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GRANDES RIVALES DE LA HISTORIA
Título original: Great Rivals in History
© del texto: Joseph Cummins, 2013
© de la traducción: Albert Beteta Mas, 2021
© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.
Primera edición: enero de 2022
ISBN: 978-84-18741-37-1
Diseño de colección: Enric Jardí
Diseño de cubierta: Anna Juvé
Imagen de cubierta: The Emperor Napoleon in His Study at the Tuileries, Jacques-Louis David y Sir Arthur Wellesley, Thomas Lawrence Maquetación: Àngel Daniel
Producción del ePub: booqlab
Arpa
Manila, 65
08034 Barcelona
arpaeditores.com
Reservados todos los derechos. Ninguna parte de esta publicación puede ser reproducida, almacenada o transmitida por ningún medio sin permiso del editor.
SUMARIO
INTRODUCCIÓN
ALEJANDRO MAGNO Y DARÍO III
Un duelo entre los dos grandes reyes de la Antigüedad
ANÍBAL BARCA Y ESCIPIÓN EL AFRICANO
Leyendas y caballeros
CAYO JULIO CÉSAR Y CNEO POMPEYO MAGNO
Una batalla por el espíritu de Roma
GUILLERMO EL CONQUISTADOR Y EL REY HAROLDO GODWINSON
Solo un rey puede reinar
ENRIQUE II Y TOMÁS BECKET
«¡Que alguien me libre de este cura insurrecto!»
EL REY RICARDO I Y EL REY JUAN
Hermanos y adversarios
FELIPE IV DE FRANCIA Y EL PAPA BONIFACIO VIII
La batalla épica entre el cuerpo y el alma
FRANCISCO PIZARRO Y DIEGO DE ALMAGRO
Conquistadores y rivales
ISABEL I Y MARÍA ESTUARDO
Dos reinas, una corona
CARLOS XII DE SUECIA Y PEDRO EL GRANDE DE RUSIA
Una lucha a muerte entre los reyes del norte
BENEDICT ARNOLD Y HORATIO GATES
Una lucha por el poder
AARON BURR Y ALEXANDER HAMILTON
El duelo que cambió la historia de los Estados Unidos de América
NAPOLEÓN BONAPARTE Y EL DUQUE DE WELLINGTON
Tan parecidos y tan sumamente diferentes
EL CONDE DE LUCAN Y EL CONDE DE CARDIGAN
La carga de la Brigada Ligera
BENJAMIN DISRAELI Y WILLIAM GLADSTONE
Grandes hombres de Estado, grandes resentidos
FRANCISCO «PANCHO» VILLA Y EMILIANO ZAPATA
Dos rebeldes de causas dispares
ADOLF HITLER Y ERNST RÖHM
La noche de los cuchillos largos
IÓSIF STALIN Y LEÖN TROTSKI
El ejecutor y el soñador
CHIANG KAI-SHEK Y MAO ZEDONG
La batalla por una nación
EL GENERAL VASILY CHUIKOV Y EL MARISCAL FRIEDRICH PAULUS
El campesino contra el burócrata
GEORGE S. PATTON Y BERNARD LAW MONTGOMERY
El guerrero contra el estratega
HARRY S. TRUMAN Y DOUGLAS MACARTHUR
El presidente frente al general
VO NGUYEN GIAP Y CHRISTIAN DE CASTRIES
La lucha por Dien Bien Phu
JOHN F. KENNEDY Y RICHARD M. NIXON
Dos rivales por la presidencia
BIBLIOGRAFÍA
«Si me detengo a pensar quién podría llegar a estar
a mi altura, no se me ocurre persona alguna».
GENERAL GEORGE S. PATTON
INTRODUCCIÓN
En adelante, en cualquier comunicado que me hagáis, dirigíos a mí como el Rey de toda Asia. No me escribáis como a un igual. Todo lo que poseéis ahora es mío; de modo que, si queréis algo, comunicádmelo en los términos apropiados o tomaré medidas para que seáis tratado como un criminal. Si, por otro lado, deseáis disputar el trono, mostraos y luchad por él en vez de huir. Allí donde os escondáis, tened por seguro que os encontraré.
La nota anterior, enviada por el altivo Alejandro el Grande a su gran rival Darío, rey de Persia, puede que nos resulte dura y avasalladora: ¿realmente era necesario humillar a un hombre de esa manera? Pero a decir verdad, ¿quién de nosotros no ha escrito alguna vez algo similar, aunque sea en nuestros pensamientos? Muchos de nosotros hemos mandado (aunque sea por telepatía) este tipo de mensajes implacables a gente de todos los ámbitos —a compañeros de trabajo, a hermanos, a rivales en el amor o incluso a esa persona tan simpática que acaba de quitarnos el aparcamiento.
Este impulso de competitividad puede parecer un tanto impactante, pero la rivalidad es, literalmente hablando, algo del todo natural. «Si la evolución y la supervivencia de los más fuertes es un hecho —escribió William James— la destrucción […] de los adversarios humanos probablemente sea uno de los instintos primarios más importantes del hombre». Los humanos nacen rivales —se han observado signos de rivalidad en bebés de seis meses, especialmente entre hermanos.
Muchas de nuestras rivalidades tienen efecto solo sobre nuestras vidas y sobre algunas de las personas que nos rodean, pero hay veces en que las rivalidades han llegado a cambiar el curso de la historia, y es alrededor de estas guerras personales que se ha forjado este libro. Desde el conflicto entre Alejandro y Darío hasta el enfrentamiento entre dos maestros del espionaje que compitieron durante la Guerra Fría, el libro muestra lo que sucede cuando la gente que tiene enemistades personales tiene enormes recursos a su alcance y poco reparo en llegar hasta las últimas consecuencias para destruir a sus rivales.
La firmeza con que algunos de los personajes de estas historias intentan erradicar a sus oponentes es sobrecogedora. Alejandro y Darío lucharon con hordas de hombres enfrascados en un combate cuerpo a cuerpo en un intento de matarse el uno al otro; Alexander Hamilton y Aaron Burr terminaron batiéndose en duelo en un acantilado de Nueva Jersey, y Adolf Hitler acabó con Röhm en la celda de una prisión.
Pero otras rivalidades pueden llegar a ser más complejas. Muchas de ellas surgen cuando las partes enfrentadas compiten por un interés mutuo. Una consecuencia de que dos personas deseen fervorosamente lo mismo es que pueden llegar a descubrir que son bastante iguales. Por ejemplo, Isabel I y María Estuardo tenían mucho en común y ambas expresaban un deseo desgarrador no de gobernar sus reinos, sino de ser buenas amigas. Tomás Becket y el rey Enrique II se amaban el uno al otro —no cabe la menor duda—, pero ambos deseaban llevar las riendas, y llegados a este punto jamás llegaron a reconciliarse.
Sea como fuere la naturaleza de la rivalidad, en cada una de las veinticuatro historias compiladas en este libro la rivalidad personal cambió el curso de una sociedad, de una batalla, de un país o incluso de toda la humanidad. Aunque la historia ha sido moldeada por causas tan diversas como complejas, la competición entre Julio César y Cneo Pompeyo, entre Guillermo el Conquistador y el rey Haroldo, entre Benedict Arnold y Horatio Gates, por nombrar a algunos, cambiaron la vida de millones de personas. La rivalidad entre Carlos XII y Pedro el Grande hundió a Suecia y puso a Rusia en el mapa. La fiera pugna entre el rey Felipe IV de Francia y el papa Bonifacio puso las bases de la separación Iglesia-Estado. Chiang Kai-shek y Mao Zedong lucharon y decidieron el futuro de la nación más poblada de la tierra.
Verdaderamente, estas grandes rivalidades de la historia han dejado el mundo tal y como hoy lo conocemos.

ALEJANDRO MAGNO

DARÍO III
ALEJANDRO MAGNO
Y DARÍO III
Un duelo entre los dos grandes reyes de la Antigüedad
La época de Alejandro el Grande de Macedonia y el rey Darío III de Persia eran tiempos de héroes épicos, una era en que los reyes guerreros luchaban en primera línea de combate escoltados por una multitud de fanáticos. Alejandro era conocido por abalanzarse contra sus enemigos en la batalla blandiendo la espada sin calibrar las consecuencias. Darío, que era unos veinte años mayor que él, no era tan temerario; pero, montado en su cuadriga real, también acometía fervorosamente contra el enemigo en las sangrientas aglomeraciones que se formaban en las guerras de la Antigüedad.
Los dos gobernantes, ambos criados en cortes reales inestables, tenían mucho en común, incluyendo la rápida capacidad de reacción en situaciones extremas: Darío pagó con la misma moneda a un hombre que pretendía envenenarlo, forzando al asesino a beberse su propio brebaje mortal; mientras que la cabeza fría de Alejandro frente al peligro extremo no tiene parangón en ningún general, exceptuando a Napoleón. Ambos también compartían el principio moral de nobleza obliga y la capacidad de admirar las estratagemas del otro. A fin de cuentas, sin embargo, según la política del poder del siglo IV a. C., la suya era una rivalidad que tenía que lucharse a muerte. Alejandro y Darío se enfrentaron en tres batallas cruciales en un lapso de cuatro años, y en dos de ellas intentaron matarse mutuamente.
Solo uno de ellos sobrevivió, y su suerte cambió el curso de la historia.
EL MUNDO DE ALEJANDRO Y DARÍO
Durante el siglo y medio que precedió a la época de Alejandro y Darío, el todopoderoso Imperio persa regía el mundo conocido. Fundado en el año 559 a. C. por Ciro II el Grande, conquistador de la gran metrópolis de Babilonia, el Imperio acabó extendiéndose desde Pakistán en el este, a través de Asia Central por el oeste y hasta Egipto por el sur. Los persas dividieron el mundo conquistado en provincias sometidas al poder de los sátrapas, como se denominaban los gobernadores de las provincias persas, cuya función principal era recaudar tributos para las arcas imperiales, lo que proporcionó una extraordinaria riqueza a sus dirigentes.
Hasta cierto punto, los persas eran tolerantes con las religiones de los pueblos conquistados, e incluso con su forma de autogobierno, siempre y cuando pagaran sus impuestos. No obstante, sus gentes debían inclinarse ante la augusta figura del Gran Rey, o del Rey Único, el hombre divino que los persas consideraban a todas luces el gobernante más glorioso de la faz de la tierra.
Pero pagar este tipo de tributos era una exigencia que los aguerridos griegos rehusaron. Durante las Guerras Médicas del 500-448 a. C., el poderío del rey Jerjes y su masivo ejército persa fueron contenido por una alianza de fuerzas de las ciudades-Estado griegas en célebres batallas como Maratón, las Termópilas y Salamina, bajo el mando de cabecillas como el rey espartano Leónidas y el ateniense Temístocles. Tras mantener a raya a los invasores persas, emergió la era dorada de Grecia, pero la unidad no tardó en resquebrajarse. A decir verdad, jamás perduró debido al díscolo carácter de los antiguos griegos. La guerra del Peloponeso devastó el país a finales del siglo V, tras la cual el rey Filipo II de Macedonia —esa región salvaje y montañosa del norte de Grecia— conquistó toda Grecia a excepción de Esparta y puso sus codiciosos ojos en las satrapías persas de Asia Menor, que se encontraban al otro lado del Helesponto, como se conocía entonces el actual estrecho de los Dardanelos.
En el 356 a. C. Filipo tuvo un hijo al que llamó Alejandro. Al alcanzar su juventud, Alejandro ya era un chico glorioso —atractivo, de rubicundas mejillas y pelirrojo, a pesar de tener, como anotó más de un antiguo cronista, unos dientes pequeños y peculiarmente puntiagudos—. Su tutor fue ni más ni menos que Aristóteles —no está mal para un futuro conquistador—, pero su instrucción ultrapasó las doctrinas convencionales, ya que luchó junto a su padre durante las conquistas de Filipo y se distinguió por su bravura casi temeraria.
«FILIPO HA MUERTO, ¡LARGA VIDA A ALEJANDRO!»
Más tarde, una noche de verano del año 337 a. C., Filipo —soez, bebedor y duro de roer— fue atravesado por una espada mientras iba de camino a un banquete nupcial. El asesino, que fue abatido inmediatamente por la guardia real de Filipo, era un joven llamado Pausanias, con quien Filipo había tenido una aventura (la homosexualidad, así como la poligamia, solían darse con frecuencia entre la aristocracia macedonia), lo que indica que probablemente se tratara de un crimen pasional. Sin embargo, las intrigas de la corte real macedonia eran tan enmarañadas como el pelo de Medusa. Filipo también se había enemistado con su tercera esposa, la imponente Olimpia, quien resultó ser la madre de su hijo Alejandro, que por aquel entonces tenía ya veinte años. Algunas fuentes de la Antigüedad culpan a Olimpia y a Alejandro del asesinato de Filipo: Olimpia, vehemente y hermosa, era miembro de una secta adoradora de serpientes; y Alejandro, dotado de una mente brillante pero de naturaleza inestable, estaba convencido de que su verdadero padre era Zeus y de que este había embarazado a Olimpia lanzándole un rayo en el vientre.
Fuera como fuere, Alejandro subió al trono en el año 336 a. C. y, con ello, pasó a acaudillar al veterano ejército macedonio, que se había curtido en las guerras de Filipo contra los griegos y ahora se preparaba para invadir los emplazamientos persas de Asia Menor, en el actual norte de Turquía. Territorios pertenecientes al rey elegido: Darío Codomano.
DARÍO, EL GRAN REY
Darío había asumido el poder en circunstancias tan violentas como las de Alejandro. Nacido alrededor del año 380 a. C., Darío no era un descendiente directo de los grandes emperadores persas Darío I y Jerjes, quienes antaño habían luchado contra los griegos. No obstante, nuestro Darío, cuyo nombre de nacimiento era Codomano, probablemente era un primo lejano suyo. Pero la sangre real de los reyes persas corría por sus venas y tuvo una infancia acomodada en las ricas tierras de Mesopotamia, entre el Tigris y el Éufrates, durante la cual pasó largos periodos en los suntuosos palacios reales de Babilonia.
Darío, ya de joven, era un guerrero feroz. En aquellos tiempos era frecuente una práctica que consistía en que antes de que dos fuerzas enemigas entraran en combate los campeones se desafiaban individualmente, como si de gladiadores se tratase, mientras ambos ejércitos se observaban. En una ocasión, alrededor del año 360 a. C., Darío retó al líder de una tribu persa rebelde a un duelo como ese, y terminó decapitando a su adversario a los pocos minutos tras una polvorienta lucha.
A pesar de su bravura, Darío, que era un cortesano de la realeza babilónica, no era un hombre cruel y veía con consternación cómo el rey persa Artajerjes III Oco y su hijo, Arsés, trataban a sus súbditos con severidad, les cobraban impuestos despiadadamente y sofocaban con violencia cualquier rebelión. Esta impopularidad los convirtió en vulnerables. Por ello, el eunuco Bagoas, visir de la corte, urdió una conspiración: asesinó a padre e hijo y buscó a alguien que ocupase el trono de Persia, alguien a quien pudiera controlar fácilmente.
Bagoas propuso a Darío, que ascendió al trono el mismo año que Alejandro —336 a. C.— y adoptó el nombre dinástico de Darío III. Sin embargo, Bagoas advirtió que Darío no era lo suficientemente manipulable: un día de verano, mientras el cantar de los pájaros irrumpía en los coloridos jardines de la corte persa, el visir trató de asesinar a Darío ofreciéndole una copa decorada con joyas que contenía veneno en su interior. Darío le sonrió, alzó la copa y, a continuación, agarrando al eunuco por el pelo, lo obligó a tragarse el ponzoñoso brebaje. Bagoas empezó a respirar con dificultad hasta asfixiarse y cayó muerto a sus pies, lo que convirtió a Darío en el verdadero soberano de Persia y de gran parte del mundo conocido.
LA INVASIÓN DE ALEJANDRO
El flamante Gran Rey apenas tuvo tiempo de disfrutar de su dominio y gloria todopoderosos, y es que en la primavera del año 334 a. C. Alejandro embarcó a su imponente ejército en ciento cincuenta trirremes y cruzó el legendario Helesponto (actual estrecho de los Dardanelos) rumbo a Asia Menor. ¿Con qué propósito? Esta es una pregunta interesante de hipotéticas respuestas. Alejandro era un joven enamorado del supuestamente glorioso pasado de los griegos (portaba con él una copia de la Ilíada de Homero en sus campañas e incluso cruzó el Helesponto tomando la misma ruta por la que discurrieron los antiguos griegos camino de Troya). Alejandro también quería liberar las ciudades griegas de Asia Menor que se encontraban bajo dominio persa —igual que muchos otros conquistadores, buscaba ser visto como un libertador—. También su ego, su abrumador concepto de sí mismo, era tan grande que pretendía someter al mundo a su voluntad. Pero justo es decir que también había una razón mucho más mundana, las deudas. Filipo había dejado Macedonia prácticamente arruinada, y Alejandro quería llenar las arcas macedonias con oro persa.
Así que Alejandro marchó sobre Persia con cuarenta mil hombres: cinco mil unidades de caballería a lomos de los veloces ponis macedonios (dos tercios inferiores en tamaño respecto a los corceles usados posteriormente por los caballeros del medievo) junto con un conjunto de falanges que constituían la temible columna vertebral del ejército, cada una de las cuales estaba formada por una unidad de dieciséis soldados armados con una robusta lanza de 5,5 metros de largo conocida como sarisa. Dichas falanges —cuya infantería se conocía como falangitas— habían sido adiestradas para moverse simultáneamente a conveniencia y tenían la capacidad de atacar por los flancos o por el frente. Eran muy temidas en el mundo antiguo, pues eran tan impenetrables que prácticamente constituían pequeñas fortalezas armadas móviles.
LA BATALLA DEL GRÁNICO
A pesar de que Darío se tomó muy en serio la amenaza que suponía la invasión de Alejandro, al principio fue incapaz de concebir la magnitud del problema que entrañaba su desafío. Al fin y al cabo, el rey persa era consciente de que en poco tiempo podía reunir un ejército de ciento cincuenta mil unidades entre caballería e infantería, equipado con armas más ligeras que el macedonio, pero rápido, valiente y fácil de maniobrar, con arqueros capaces de producir aterradoras lluvias de flechas mortíferas. Envuelto en un halo de invencibilidad tan inescrutable como el de Alejandro, Darío se reunió con su mejor general, Memnón de Rodas (sí, un griego, como tantos otros que servían entre las filas persas), y le pidió consejo sobre cómo manejar la incursión del advenedizo macedonio. «Una política de tierra quemada —respondió Memnón—. Quemadlo todo, retiraos ante Alejandro y no dejéis nada con lo que él o su ejército puedan abastecerse». Darío estaba al tanto de la crítica situación financiera de Alejandro; incapaz de alimentar o pagar a sus soldados, no tardaría en abandonar su campaña y en emprender el camino de vuelta a Macedonia.
Pero Darío y la aristocracia persa, con grandes palacios y extensiones en Asia Menor que hubieran sido pasto de esa política, no lo permitieron. El orgullo de Darío, menos aún. Desoyendo sus consejos, puso a Memnón al mando de un ejército de setenta y cinco mil hombres —más que suficiente, a su entender, para hacer frente a cuarenta mil macedonios— para salvaguardar los bancos del río Gránico (hoy llamado río Kocabaş por los turcos), que fluye al oeste de la actual Turquía. Supuestamente, el macedonio no iba a ser tan insensato como para cargar directamente cruzando un río bajo una lluvia de lanzas y flechas persas y remontar un terraplén escarpado.
Pero eso fue nada más y nada menos lo que hizo Alejandro un día de junio del año 334 a. C. Así lo narran las crónicas del historiador romano Plutarco:
Alejandro se zambulló en el río con trece escuadrones de caballería. Entonces recibió una salva de proyectiles enemigos, y avanzó en dirección a un área escarpada protegida por hombres armados y caballería mientras sorteaba una corriente que arrastraba a sus hombres y los hundía en el agua.
Plutarco califica su comportamiento como «incauto e insensato, en vez de prudente». Y efectivamente estaba en lo cierto. Alejandro perdió su caballo y su yelmo, y un noble persa le infligió una herida severa de sable en la cabeza (su compañero Clito el Negro le salvó la vida en el último momento). No obstante, finalmente, el desconcierto provocado por su ataque sorpresa surtió efecto e hizo que los persas huyeran dejando atrás dos mil quinientos muertos. Alejandro había salido airoso de la contienda.
DARÍO VA A LA BATALLA
Alentado por su victoria, Alejandro continuó su marcha por Asia Menor liberando las ciudades griegas que encontraba a su paso. Era un proceso lento, así que no fue hasta agosto del año 333 a. C. cuando llegó al área cercana a la actual Ankara. Mientras tanto, Memnón había muerto por causas que la historia desconoce, y los consejeros de Darío le insistían en que no debía demorarse más tiempo, que debía acaudillar un ejército personalmente contra este macedonio indómito, pues era la única forma de conservar sus territorios. Más pérdidas a manos de Alejandro y hubiesen estallado revueltas en todos los rincones del imperio.
Aunque Darío accedió, parece ser que lo hizo a regañadientes. Desde hacía un año había estado enviando a asesinos para matar a Alejandro —asimismo, había puesto un precio de mil talentos por su cabeza—, con la esperanza de que alguno de ellos le ahorrara el trabajo. Al ver que esto no sucedía, Darío reunió a sus fuerzas —unos cien mil soldados— y marchó contra Alejandro. Los inicios de su campaña fueron estratégicamente brillantes y pusieron de manifiesto la gran destreza militar del monarca persa. En un corto periodo de tres meses había movilizado su enorme ejército de Babilonia al este de la actual Turquía, rodeando a Alejandro por la retaguardia y cortando sus líneas de aprovisionamiento mientras el confiado macedonio avanzaba por el sur. Alejandro se encontraba atrapado con el Mediterráneo a sus espaldas.
Sin embargo, cuando Alejandro se dio cuenta de que estaba acorralado, puso rumbo hacia el norte y, tras una marcha nocturna relámpago, se enfrentó al Gran Rey cerca de las orillas del golfo de Issos. Los dos ejércitos presentaron batalla, afianzando una parte de sus líneas en la arenosa playa, y otra cerca de una línea de cerros menudos, en un campo de batalla de no más de cinco kilómetros de ancho. Ambos comandantes iban escoltados por sus guardianes elegidos —Alejandro, por sus hetairoi (cuya traducción en griego significa «compañeros»); Darío, por sus inmortales—. Mientras ambos ejércitos se acercaban, Alejandro recorrió las líneas griegas a lomos de su caballo llamando a sus lugartenientes por sus nombres, quienes al oírlo formaban ante él. Luego se puso delante de su ejército y avanzó directo hacia las líneas persas, a medio galope para que sus falanges no perdiesen la formación mientras lo seguían.
A su vez, Darío, visible en su alto carruaje —cuyos relieves exhibían imágenes de los dioses grabadas en oro y plata, con preciosas gemas incrustadas en su yugo—, avanzaba hacia las líneas griegas. Cuando las tropas se pusieron a tiro de jabalina, miles de hombres profirieron aterradores gritos de guerra y acto seguido ambas fuerzas entraron en combate, golpeando sus armas en un poderoso estruendo. La carnicería de la batalla de Issos fue extrema: las crónicas que han sobrevivido hablan de miembros seccionados desprendidos por todas partes, del suelo teñido de escarlata, del hedor de la sangre y de los fluidos corporales que impregnaban el aire, y de los gritos y alaridos audibles a kilómetros de allí.
Alejandro planteó la batalla de forma tan brillante como audaz. Advirtiendo que la infantería posicionada en el flanco interior de las líneas persas contaba con arqueros —lo cual hacía pensar que dichas unidades de choque carecían de experiencia—, Alejandro cargó contra ellos primero, y rompió las líneas de esos soldados inexpertos; entonces cambió de dirección y corrió guiando a su caballería hacia el centro de la línea, donde podía verse a Darío en lo alto de su cuadriga. Alejandro y sus generales eran conscientes de que, si conseguían matar o capturar a Darío, no solo la batalla terminaría, sino que toda la guerra llegaría a su fin. Cuando ambos reyes consiguieron acercarse el uno al otro, los inmortales y los hetairoi entraron en un encarnizado combate en el que se amontonaron cuerpos de hombres y caballos —los nobles macedonios luchaban contra los nobles persas para proteger a su rey—. Alejandro y Darío se encontraron tan cerca el uno del otro que Darío fue capaz de apuñalar a Alejandro en el muslo con su daga, o eso escribieron los cronistas más tarde —aunque después de la batalla Alejandro se refirió a la herida como un mero rasguño y no mencionó que fuera Darío quien se la hubiera infligido—. En cualquier caso, parece ser que ambos reyes llegaron a estar a corta distancia el uno del otro luchando a la desesperada. Entonces los caballos del Gran Rey entraron en pánico, se desbocaron y salieron directos hacia las líneas macedonias. En ese momento, el coraje de Darío decayó: el rey se subió a otro carro y huyó del campo de batalla mientras las fuerzas persas empezaban a desperdigarse.
Alejandro y su guardia real persiguieron a Darío a lo largo de cuarenta kilómetros, hasta el crepúsculo de aquella tarde de noviembre, pero el rey persa consiguió burlarlos.
«EL REY DE TODA ASIA»
Ahora, mientras Alejandro volvía al ensangrentado campo de batalla, quizá entendió por primera vez la inmensa riqueza del Imperio persa. Supuestamente fue en aquel momento cuando se dirigió a un hetairoi y le dijo: «Parece que esto es lo que implica ser un rey».
El mayor botín de guerra era la madre de Darío, su esposa, sus dos hijas y su heredero: Oco. Como mandaba la tradición, el rey elegido los había llevado consigo en la batalla para que presenciaran su gran victoria, pero los abandonó cuando puso pies en polvorosa. Los cautivos pudieron escuchar los llantos de las violaciones y el pillaje a medida que los macedonios asaltaban el resto del campamento persa; pero Alejandro había ordenado que debían recibir protección y un trato benevolente, pues eran demasiado valiosos como para dejar que sufrieran daño alguno.
Al amanecer del día siguiente Darío huía hacia Babilonia con una fuerza de cuatro mil mercenarios griegos contratados con dinero persa. Darío no se detuvo hasta alcanzar las puertas de la capital de su imperio, y en ese momento analizó su situación. Alejandro le había infligido una severa derrota, le había expulsado del campo de batalla y ahora poseía a su madre, esposa e hijos como rehenes. Sin pasar por alto el hecho de que toda Asia Menor había caído en manos macedonias y que los espías de Darío le habían informado de que Alejandro ahora marchaba hacia el sur, con aparente intención de conquistar la costa mediterránea y acabar con las bases navales persas.
No obstante, Darío todavía se sentía en una posición de superioridad, puesto que a pesar de haber perdido la mitad de su imperio aún disponía de mayores fuerzas y riquezas que su adversario. Por ello, Darío hizo la única cosa que creyó que podía hacer, y decidió negociar. Mientras que muchos han visto esto como un signo de debilidad en su carácter, en realidad no era una idea descabellada, pues la oferta que hizo a Alejandro —quien la recibió durante su marcha hacia el sur— era bastante generosa. Replicando que Alejandro había sido el instigador de las hostilidades (lo cual era cierto) y que él había perdido la batalla de Issos «ya que era voluntad de algún Dios» (dando a entender que evidentemente no se trataba de ningún dios persa), ofreció un generoso rescate si Alejandro le devolvía a su madre, a su esposa y a sus hijos. Pero su ofrecimiento no terminaba ahí, y es que Darío estaba dispuesto a ceder a Alejandro «todos los territorios y ciudades asiáticas al oeste del río Halis» (el actual Kizil Irmak, en tierras de Turquía), concretamente los territorios que Alejandro ya había conquistado.
Tras ponderar brevemente su misiva, Alejandro dio al emisario persa que le había traído el mensaje del Gran Rey la siguiente respuesta:
Del Rey Alejandro a Darío:
En adelante, en cualquier comunicado que me hagáis, dirigíos a mí como el Rey de toda Asia. No me escribáis como a un igual. Todo cuanto poseéis ahora es mío; de modo que, si queréis algo, comunicádmelo en los términos apropiados o tomaré medidas para que seáis tratado como un criminal. Si, por otro lado, deseáis disputar el trono, mostraos y luchad por él en vez de huir. Allí donde os escondáis, tened por seguro que os encontraré.
Si Darío albergaba duda alguna sobre el carácter de su enemigo, este mensaje debió de dejarle claro con quién se estaba jugando el pellejo. El duelo entre ambos hombres solo podía dirimirse con la muerte de uno de los dos.
LA ÚLTIMA BATALLA
Obviamente la respuesta de Alejandro a Darío había sido un farol. Al fin y al cabo, el Gran Rey —tras los pies de Alejandro, que avanzaba por el sur tomando las ciudades costeras, incluyendo Tiro e incluso Egipto— era todavía poderoso. Pero incluso siendo un engaño, la nota estaba escrita con inspiración, pues Alejandro conocía bien a su rival para entender que Darío había sido humillado y que no toleraría una segunda abyección. Ahora más que nunca lo que estaba en juego era el propio honor de Darío. Alejandro esperaba que el Gran Rey reuniera otro gran ejército para combatirlo. Para Alejandro, que no se dejaba intimidar ante nadie a pesar de que las fuerzas enemigas fueran de una superioridad aplastante a las suyas, cualquier enfrentamiento con Darío suponía su oportunidad de conquistar el mundo de una vez por todas.
Darío reaccionó en la forma que Alejandro esperaba. Su dignidad y el honor de su Imperio, intrínsecamente unidos, estaban profundamente dañados. Por ello reunió al mayor ejército jamás visto desde que el poderoso Jerjes había invadido Grecia un siglo y medio antes, y, a diferencia de su antecesor, escogió sagazmente el emplazamiento de la batalla. Evitando frentes angostos —como el Gránico e Issos—, esta vez desafiaría a Alejandro en las llanuras de su tierra natal, en los territorios fronterizos entre el Tigris y el Éufrates.
Mientras Darío reclutaba a sus efectivos —que amenazaban nuevamente los territorios conquistados por Alejandro en Asia Menor—, el líder macedonio recondujo a su ejército y en la primavera del año 331 a. C. marchó sobre el corazón de Persia. Los macedonios se abrieron paso a través de Siria, territorio que sometieron bajo una ola de calor que alcanzó los cuarenta y tres grados y bajo la cual hombres y caballos cayeron exhaustos. Las fuerzas de Alejandro cruzaron el Éufrates y llegaron al Tigris a mediados de septiembre, cuando las riadas otoñales desbordaban sus aguas, y centenares de hombres y caballos murieron arrastrados por la corriente. Sin embargo, los macedonios cruzaron espoleados por Alejandro. El joven general sabía que pronto iba a librar la batalla más crucial de su vida.
Pero Darío también lo sabía. Mientras sus exploradores contemplaban el progreso de Alejandro, el Gran Rey sopesaba dónde presentar batalla. Darío esperaba que los macedonios se dirigieran a Babilonia, pero Alejandro lo sorprendió una vez más y pasó cerca de la ciudad sin llegar a sitiarla. Tomando la iniciativa, Darío ocupó una extensa llanura denominada Gaugamela, emplazada en el actual norte de Iraq. Allí, al fin, disponía de las condiciones idóneas para combatir a Alejandro, sin colinas o ríos que obstruyeran el avance de sus carros de guerra o le impidieran desplegar su abrumadora superioridad numérica. Mientras Alejandro se aproximaba, Darío se ocupó de que sus hombres allanaran el terreno de la planicie para favorecer el avance de los carros falcados, de modo que estos vehículos segadores (poderosos pero con propensión a atascarse) alcanzaran fácilmente los flancos macedonios. También preparó fosos de estacas para neutralizar a la confiada caballería de Alejandro. Luego aguardó su llegada.
GAUGAMELA
El 29 de septiembre del año 331 a. C., rodeado de un pequeño grupo de guardianes que siempre lo acompañaban, Alejandro alcanzó una cumbre desde la que pudo divisar la llanura de Gaugamela, donde se detuvo asombrado. A pesar de que había oído hablar de la magnitud de las fuerzas de Darío, le sobrecogió ver a doscientos cincuenta mil persas desplegados ante él. Los escuadrones de caballería que levantaban auténticas nubes de polvo y el reflejo solar que producían miles de lanzas y espadas debieron de proyectar una imagen verdaderamente abrumadora.
Alejandro, con sus escasos cuarenta mil hombres, se enfrentaba a un ejército cinco veces mayor al suyo. Solo la caballería de Darío ya alcanzaba los cuarenta mil efectivos. Sin embargo, parece que Alejandro se recuperó bastante rápido de la sorpresa. El día siguiente lo dedicó a estudiar el campo de batalla: los desertores persas le informaron de los fosos de estacas escondidos y del terreno allanado para el paso de los carros falcados. Aun así, estaba en una situación difícil ante un enemigo muy superior. Parmenio, el mejor general de Alejandro, le aconsejó emprender un ataque nocturno, pero Alejandro lo rechazó desdeñosamente, y en respuesta a su general habló de él en tercera persona: «Alejandro debe vencer a sus enemigos abiertamente y sin subterfugio».
Sin embargo, no era una mera cuestión de orgullo. Los ataques nocturnos eran extremadamente arriesgados y además estaba en lo cierto: el mundo debía contemplar su victoria sobre Darío y su aniquilación del potencial militar de Persia. No obstante, la simulación de un ataque nocturno no era una mala idea, por lo que Alejandro envió espías al campamento enemigo para que esparcieran rumores sobre la amenaza macedonia, de ese modo buena parte del ejército persa permaneció despierto toda la noche. Mientras tanto, Alejandro se retiró en soledad a su tienda para meditar largo y tendido sobre cómo situaría a sus tropas al día siguiente. Cuando aparentemente hubo tomado una decisión, cayó rendido y durmió tan profundamente que el mismo Parmenio tuvo que levantarlo, atónito ante la sangre fría del joven rey.
La soleada mañana del 1 de octubre del año 331 a. C., Alejandro hizo formar a sus hombres para enfrentarse al todopoderoso ejército persa. Darío, de nuevo observando desde lo alto de su carro, alentado por el escaso número de macedonios, en notoria inferioridad en comparación con sus fuerzas, y a la vez perplejo ante la estrategia de Alejandro, que había alineado sus escuadrones orientándolos hacia el flanco izquierdo persa en vez de encararlos directamente hacia el centro, frente a frente respecto a su enemigo, como solían disponerse habitualmente los ejércitos. Esto resultaba extraño, pero más inusitada si cabe era la forma en que los macedonios empezaron a avanzar: en una especie de formación en forma de diamante. Las falanges macedónicas apuntaban sus mortíferas sarisas en posición de combate y todo el ejército macedonio avanzaba oblicuamente hacia el flanco izquierdo persa (a la derecha de Alejandro), sacrificando el flanco izquierdo, un objetivo tentador para la caballería concentrada en el flanco derecho persa.
La insólita formación era el fruto de las hondas cavilaciones en las que Alejandro había estado absorto durante la noche, y fueron decisivas en el curso de la batalla. Finalmente, Darío no pudo contenerse y envió a la caballería emplazada en su flanco derecho a cargar sobre el flanco izquierdo macedonio. Sin embargo, Alejandro había avanzado tanto hacia el flanco derecho persa que la caballería de Darío tardó demasiado en alcanzarlo, y fue interceptada por los escuadrones de caballería macedonios que Alejandro había reservado con este objetivo, los cuales los aplastaron despiadadamente. Entonces Darío ordenó que sus carros falcados, con sus siseantes guadañas, cargaran directamente sobre el centro macedonio; pero Alejandro también había previsto este ataque. Consciente de dónde se encontraba el terreno nivelado de los carros falcados, había dispuesto sus líneas para que se abrieran cuando los vehículos las alcanzaran. Llegado el momento, los carros falcados continuaron su marcha entre las filas enemigas y se convirtieron en un blanco fácil para las lanzas y jabalinas macedonias.
Finalmente, ambos ejércitos se enzarzaron en un encarnizado combate cuerpo a cuerpo. A pesar de las estratagemas de Alejandro, la superioridad de las fuerzas de Darío lo mantenían completamente rodeado. El arte de la guerra en la Antigüedad consistía principalmente en imponer la superioridad física —una fuerza se sobreponía a la otra empujándola hacia atrás—, y eso es exactamente lo que estaban haciendo las tropas persas con los macedonios. Darío empezaba a saborear la victoria sobre un enemigo que lo había humillado profundamente.
Entonces, Alejandro volvió a echar mano de su ingenio en una situación de extrema desesperación cuando detectó una abertura entre las líneas persas. Lo más probable es que meramente se tratase de un hueco cedido momentáneamente por una compañía de infantería para reagruparse, pero Alejandro no necesitaba más. Reunió a su caballería, cargó directo entre las filas enemigas que lo rodeaban y atravesó la brecha. En un lapso de quizá diez minutos, la batalla y la historia cambiaron para siempre. Cambiando su dirección, ahora Alejandro cabalgaba derecho hacia la guardia personal del Gran Rey. Los macedonios se acercaron tanto a Darío que el emperador persa y su carro —cuyo conductor murió después de que una lanza lo alcanzase— salieron huyendo uno por cada lado, como ya había sucedido en Issos, justo cuando los soldados de Alejandro se acercaban.
Alejandro persiguió una vez más a su rival sin fortuna hasta la medianoche. Sin embargo, cuando volvió al escenario del combate —donde unos cincuenta mil persas yacían muertos— encontró el carro y el arco de oro del Gran Rey; Darío los había dejado atrás cuando se retiró del campo de batalla con el rabo entre las piernas. Ahora Alejandro era rey de todo cuanto había explorado.
EL CAPÍTULO FINAL
Durante los meses siguientes, Alejandro entró en las grandes ciudades persas de Babilonia, Susa y Persépolis. Era un verdadero conquistador, el hombre que había hecho caer al Imperio persa después de dos siglos de dominación.
Darío huyó hacia las montañas del norte. Su manifiesta intención era iniciar una guerra de guerrillas contra Alejandro. Pero su moral quebradiza jamás le permitió acometer desafío real alguno contra su archienemigo.
El que había sido emperador de Persia tuvo un triste final. Mientras los hombres de Alejandro iban en su búsqueda un año después de la batalla, fue traicionado y encadenado por Bessos, primo y antiguo general suyo, y asesinado con jabalinas. Un soldado macedonio lo encontró abandonado en un carro en la cuneta de una carretera en la provincia de Bactria, cerca del actual Afganistán. El Gran Rey sangraba y agonizaba. Suplicó que le dieran agua, y el soldado le dio de beber. Tras darle las gracias con suma amabilidad, Darío le dijo: «Ahora, al menos, ya no tengo que morir solo».
Unas horas después, cuando Alejandro llegó hasta donde se encontraba, se arrodilló ante Darío y cubrió su cuerpo con su capa púrpura. Después ordenó que el Gran Rey fuese llevado de vuelta a Persépolis, donde se le dio un funeral de Estado. Con ánimo de venganza, Alejandro ordenó dar con el paradero de Bessos. Cuando lo encontró en el 329 a. C., le cortó la nariz y las orejas, el castigo tradicional que recibían los regicidas en Persia. Luego Bessos fue decapitado públicamente.
Cierto es que Darío era su rival y enemigo, el objetivo de Alejandro, pero solo un rey tenía derecho a matar a otro rey.

ANÍBAL BARCA

ESCIPIÓN EL AFRICANO
ANÍBAL BARCA
Y ESCIPIÓN EL AFRICANO
Leyendas y caballeros
El sol de septiembre brillaba inexorable sobre la aparentemente infinita llanura norteafricana cuando ambos hombres cabalgaron lentamente al encuentro del otro para saludarse. Aunque saludarse puede que no sea el término más adecuado. ¿Escudriñarse? ¿Observarse? Juzguen ustedes mismos.
Llevaban tiempo rivalizando, pero jamás habían llegado a conocerse. El mayor de los dos, cuya piel era muy bronceada, vestía una capa blanca con un broche de plata en el hombro, llevaba un parche en el ojo izquierdo y montaba su caballo a horcajadas como si estuviera ya hastiado de mantener la dignidad. El más joven, más bajo y fornido que su adversario, lucía una armadura y una capa bermellón propia de un oficial romano de alto rango. A pesar de que ni siquiera contaba treinta y cinco años, a juzgar por su talante parecía estar dotado de una aguda inteligencia. De hecho, corría el rumor entre sus hombres de que poseía el don de la clarividencia, el talento natural de vislumbrar el futuro.
Corría el año 202 a. C., miles de hombres armados pertenecientes a los respectivos ejércitos de estos dos generales, el cartaginés Aníbal Barca y el romano Publio Cornelio Escipión —quien pronto pasaría a conocerse como el Africano por el desenlace de los acontecimientos que tuvieron lugar aquel mismo día—, se miraban recelosos mientras los rivales se detenían a unos pocos metros de distancia y aplacaban a sus corceles.
No se sabe durante cuánto tiempo estuvieron contemplándose el uno frente al otro, pero según Polibio fue finalmente Aníbal —el avejentado general con parche en el ojo— quien habló primero.
«El destino nos ha traído hoy hasta aquí», dijo a Escipión.
Y el más joven lo miró fijamente a los ojos y respondió: «No ha sido el destino, señor. Ha sido la traición de Cartago».
CARTAGO Y ROMA
La traición cartaginesa. La perfidia romana. Si uno echa la vista atrás en los anales de la historia, es difícil encontrar dos naciones que llegaran a odiarse y a despreciarse tanto como Roma y Cartago. El resultado de su enemistad fue una secuencia de tres guerras que se libraron entre el 264 a. C. y el 146 a. C., y que constituyeron el conflicto más pertinaz y destructivo de la historia antigua, las guerras mundiales de la era.
La ciudad de Cartago se fundó en el siglo VIII a. C. en las costas del norte de África, en la actual Túnez, a manos de los intrépidos fenicios, los grandes comerciantes y navegantes de la Antigüedad. A comienzos del siglo III a. C., los cartagineses, cuyas destrezas mercantiles superaron incluso a las de sus antepasados fenicios, devinieron la mayor potencia del Mediterráneo. La influencia de Cartago se extendía a través de asentamientos comerciales en el norte de África, Hispania, Cerdeña, Chipre, Malta y la costa oeste de Sicilia.
La gran metrópolis del imperio se erigía sobre una tierra de gran riqueza agrícola. Con su soberbio puerto circular y los históricos templos y edificios que la caracterizaban, Cartago era la ciudad más grande de África. No obstante, en cierto modo su sociedad carecía de virtud. La corrupción era una forma de vida y el soborno permitía obtener cualquier cargo político de influencia. Mientras que la aristocracia cartaginesa era patriota, muchos individuos contrataban a mercenarios para luchar por ellos. Entre los dioses adorados por los cartagineses se encontraban Baal Hammon y su consorte Tanit, quienes codiciaban la carne humana de los más pequeños. Por ello, los cartagineses practicaban sacrificios de niños —en los lugares de culto donde se desarrollaban estos ritos, los arqueólogos encontraron huesos de cientos de niños—. Según expuso un historiador: «el espíritu de los cartagineses se regía por la aventura comercial y la codicia por el oro, la sangre y el placer».
La historia de Roma era diferente, si bien el oro, la sangre y el placer ciertamente también ocupaban un lugar destacado en la sociedad romana. Fundada alrededor del año 750 a. C. en Italia en los bancos del río Tíber, en la confluencia de diversas rutas comerciales importantes, la ciudad primero fue gobernada por reyes y luego pasó a ser una república. Hacia mediados del siglo IV a. C., mediante el comercio y la conquista, ya se había anexionado buena parte de los territorios de la península itálica. Los romanos eran una sociedad familiar, religiosa, orgullosa de su libertad y rebosante de soberbia.
A comienzos del siglo III a. C., Roma había conquistado los antiguos asentamientos griegos del sur de Italia y estaba inmersa en la ocupación de las ciudades-Estado que los griegos aún conservaban en Sicilia —un hecho que los llevó a rivalizar directamente con los cartagineses por el control del comercio en esta próspera isla.
LA PRIMERA GUERRA PÚNICA
La primera guerra púnica, que se desató en el año 264 a. C. y se prolongó hasta el 241 a. C., terminó con una severa derrota para los cartagineses. (El nombre púnico deriva del latín punicus, que a su vez proviene de la palabra griega phoinix, que significa «fenicio» y hacía referencia a los orígenes de los cartagineses). Su poderosa armada fue destruida en una serie de importantes batallas tras las cuales Roma se hizo con el control del Mediterráneo. Aunque los romanos zozobraron en su intento de invadir el norte de África, forzaron a los cartagineses a implorar la paz. El tratado resultante otorgó a Roma el pleno control sobre Sicilia y forzó a los humillados cartagineses a pagar considerables reparaciones de guerra. Sin embargo, debido a su tamaño y distancia de Roma, Cartago no podía ser anexionada y fue incorporada como territorio subordinado, gobernado por títeres de Roma, de la misma forma que Roma había hecho con la mayoría de sus antiguos adversarios.
Cartago, en un intento de restaurar su gloria, se expandió hacia occidente, hasta Hispania. Allí, el comandante cartaginés Amílcar Barca, de la prontamente famosa dinastía de los Bárcidas, conquistó a las tribus celtíberas de gran parte de la mitad meridional de la península ibérica e instaló una serie de enclaves para llevar a Cartago las riquezas generadas por las minas de plata hispanas. A medida que más aumentaba el poderío de Cartago, mayor era la preocupación en Roma, pues una base naval en Hispania amenazaba directamente a los intereses romanos. En el año 229 a. C. Roma dispuso el asesinato de Amílcar Barca a manos celtíberas, de modo que pareciera que se trataba de una mera revuelta tribal.
Los romanos suspiraron aliviados sin tener la menor idea de la que se les venía encima, y es que ahora el hijo de Amílcar, Aníbal, tomaría el relevo de su padre en el escenario de las guerras púnicas.
ANÍBAL BARCA
Siglos después de que Aníbal Barca —barca significa «luz» en cartaginés— se convirtiera en polvo, las matronas romanas amedrentaban a sus revoltosos pequeños susurrándoles que Aníbal se encontraba a las puertas de la ciudad. Nacido en el año 247 a. C. y siendo solo un niño cuando la primera guerra púnica llegó a su fin, Aníbal creció aleccionado en el odio contra Roma, un odio que le inculcó principalmente su padre, cuya magnífica armada había sido completamente aniquilada por Roma. Tiempo después, Aníbal contaría la historia de que, con tan solo nueve años, tuvo que prestar el juramento a su padre de que «tan pronto como mi edad lo permita, emplearé el fuego y el acero para decidir el destino de Roma».
Cierto o no, su objetivo no era otro que llevar a Roma a la absoluta destrucción. Cuando tuvo veintiséis años, corría el año 221 a. C., tomó el control de las fuerzas cartaginesas en Hispania y venció a diversas tribus celtíberas aliadas de los romanos. Pero el asedio de la ciudad aliada de Saguntum (actual Sagunto) colmó la paciencia de Roma, que exigió que trajeran a este engreído joven cartaginés encadenado a la capital. Sin embargo, Aníbal siguió con su propósito y en el año 218 a. C. capturó la ciudad a sangre y fuego. La segunda guerra púnica había comenzado.
Aníbal no perdió un segundo —su rauda toma de decisiones es el sello de identidad de sus acciones como comandante—. Consciente de que lo último que esperaban los romanos era un ataque por el norte, decidió cruzar los Pirineos, pasar por el sur de la Galia y descender hasta la península itálica a través de los Alpes. Era una jugada extraordinariamente audaz. Algo que nadie había hecho jamás. El joven cartaginés llevó consigo a cuarenta mil hombres (además de los anecdóticos cuarenta elefantes de guerra). Bajo el mando de oficiales de la aristocracia cartaginesa, el ejército de Aníbal se componía de mercenarios —celtíberos, ataviados con pieles; honderos de las Islas Baleares, que exigían que se les pagara con mujeres en vez de oro; y jinetes nubios, que destacaban por una ferocidad y velocidad de movimiento sin igual en el mundo conocido.
Tras una serie de sobrecogedoras calamidades, siguiendo una ruta que, según muchos historiadores de hoy, cruza los puertos más peligrosos de los Alpes, Aníbal descendió las laderas de Italia a finales de otoño del 218 a. C. La mitad de sus hombres habían perecido, así como todos sus elefantes de guerra excepto dos. Pero los campos fértiles verdes y dorados de Italia se extendían ante él en forma de damero y —aunque no llegase a verla, tuvo que visualizarla— la gloriosa ciudad de Roma brillaba en la distancia, lista para ser tomada.
ESCIPIÓN EL AFRICANO
Los romanos, que lo último que esperaban era que Aníbal llevaría a sus ejércitos hasta los mismísimos campos itálicos, reaccionaron desesperadamente para detenerlo, y entonces entraron en juego los hombres de otra familia distinguida y belicosa. La rama de los Escipión de la familia Cornelia durante mucho tiempo había sido considerada una de las más distinguidas de Roma, muchos de cuyos miembros habían sido cónsules. En la época en que Aníbal invadió la península itálica, Publio Cornelio Escipión el Viejo era cónsul romano y se había estado preparando para invadir Hispania para detener las fuerzas cartaginesas. Tras descubrir que Aníbal se encontraba en su retaguardia, llevó su ejército al norte mientras Aníbal intentaba reclutar nuevos hombres de entre las tribus galas locales, aprovechando su odio a Roma. Tan pronto como Aníbal supo que el viejo Escipión iba a su encuentro, se movilizó rápidamente para recibirle. Ambas fuerzas se encontraron cerca del río Tesino, un afluente del río Po, en el norte de Italia.
El viejo Escipión venía acompañado de su hijo y tocayo, Publio Cornelio Escipión —a quien llamaremos Escipión el Africano para evitar confusiones, aunque aún faltaban muchos años para que se ganara ese nombre honorífico—. Escipión el Africano nació en el seno de esta distinguida familia en el año 236 a. C. y se crio como correspondía a un joven de alto linaje en Roma. Era hermoso, atlético y un distinguido pupilo en el arte de la guerra, en el que todo patricio romano era instruido. Pero había algo diferente en el pequeño aristócrata, ya que también era erudito (sabía leer y escribir fluidamente en griego) y estrictamente devoto, a menudo acudía a rezar al templo de Júpiter. (Posteriormente devino sumo sacerdote de Marte). Escipión el Africano también creía en los sueños y en los augurios —y no en la manera en que lo hacían muchos romanos, precisamente, sino desde lo que podríamos considerar una interpretación astrológica: supuestamente Escipión se creía capaz de predecir el futuro—. Y una cosa más: cuenta la leyenda que, al igual que su rival Aníbal, el joven Escipión fue obligado por su padre a prestar un juramento mediante el cual se comprometía a destruir al peor enemigo de Roma, Cartago.
LAS BATALLAS EN ITALIA
En el río Tesino, Escipión el Africano y Aníbal se enfrentaron por primera vez el uno al otro, aunque es improbable que entonces el segundo supiera de la existencia del primero. Aníbal más bien tenía entre ceja y ceja vencer al padre de Escipión. Bajo el clima frío y seco de noviembre, cartagineses y romanos advirtieron mutuamente los movimientos del otro debido a las nubes de polvo que levantaban. Tesino fue principalmente una batalla de caballería. Escipión el Viejo puso a sus vélites (la infantería ligera romana, armada con jabalinas) delante de su caballería, pero apenas tuvieron oportunidad de entrar en combate puesto que la caballería de ambos bandos se adelantó y cargó en formación cerrada, sabedores de que iban a aniquilar al enemigo. Ambos bandos avanzaban y retrocedían y la batalla no se decantaba por ningún bando, hasta que los veloces jinetes numídicos de Aníbal atacaron los flancos romanos, lo cual provocó que cundiera el pánico entre los vélites, que se batieron en retirada. Esto permitió que los jinetes ligeros cargaran contra la caballería romana por la retaguardia.
En mitad del caos, la caballería romana empezó a retirarse y, en ese instante, por vez primera, Escipión el Africano entró en las páginas de la historia. Situado en la retaguardia por orden de su padre, al mando de un escuadrón de caballería de reserva, Escipión supuestamente vio o presintió que su padre estaba en peligro, por lo que cabalgó —hay quien afirma que solo— hasta la vanguardia y rescató a su padre, malherido tras recibir el impacto de una jabalina, del tumulto de jinetes en medio de una lluvia de espadazos. Tras reunir a una pequeña fuerza, Escipión el Africano se abrió camino en mitad del caos y sacó a su padre del campo de batalla.
La pequeña batalla de Tesino es importante porque demostró al ejército de Aníbal —y a las tribus celtas que aguardaban expectantes— que era posible vencer a los romanos en su propio territorio. Tras ella se produjeron una serie de célebres victorias cartaginesas y amargas derrotas romanas. En su incesante camino hacia el sur de la península itálica, Aníbal derrotó a los romanos en las batallas del Trebia, del lago Trasimeno y, la más asombrosa de todas, de Cannas. El 216 a. C. fue el año glorioso de las victorias de Aníbal, su annus mirabilis. La velocidad de movimiento de sus fuerzas y la efectividad de las estrategias empleadas durante la campaña —Aníbal comandaba a un ejército numeroso, pero lo dirigía como si de una guerrilla se tratase— arrollaron a las legiones romanas, poderosas pero poco versátiles.
Sin embargo, la semilla de la caída de Aníbal ya estaba sembrada. Por una razón u otra, después de Cannas el general cartaginés decidió no marchar sobre Roma. Puede que esta fuera una decisión sabia. Con líneas de aprovisionamiento cada vez más largas, no podía permitirse una batalla campal y decisiva (aunque los romanos habían perdido cincuenta mil hombres en Cannas, Aníbal también había perdido un número significante de sus fuerzas, sensiblemente inferiores a las de su adversario). Pero su decisión permitió a los romanos fortalecerse y aprender a combatirlo. Por otro lado, Escipión el Africano todavía seguía vivo. Mientras su padre se recuperaba de sus heridas, Escipión había luchado contra Aníbal en Trebia y, principalmente, en Cannas, donde tuvo que reunir a un grupo de soldados para salvarse de la carnicería masiva en la que se vio involucrado su padrastro, el cónsul Lucio Emilio Paulo, que cayó víctima de la masacre, así como cientos de miembros de la élite romana.
Al volver a Roma, los políticos alarmados se congregaron y decidieron rendirse ante Aníbal. En ese momento Escipión, que solo contaba dieciocho años, se enfureció en mitad de la asamblea junto con otros comandantes afines a él y forzó a los políticos, a punta de espada, a jurar que jamás se rendirían ante Cartago. Por encima de su cadáver.
CAMBIAN LAS TORNAS
Aníbal continuó su guerra contra los romanos en el sur de Italia, pero con bastante menos éxito, ya que el enemigo había aprendido que no podía permitirse librar una lucha en campo abierto ante el genio militar de la época. Además, por entonces ya había surgido otro genio militar, el joven Escipión el Africano. En el año 212 a. C., Escipión devino senador, a pesar de no haber llegado a los treinta, la edad legal para ostentar dicho cargo. El año siguiente, su padre y su tío cayeron en batalla mientras combatían a las fuerzas cartaginesas bajo el mando del hermano de Aníbal, Asdrúbal, en Hispania, y así en el año 210 a. C. Escipión pidió y se le concedió el puesto de procónsul y general de las fuerzas de Roma (supuestamente, no había romano alguno que osara pedir el cargo). Entonces Escipión desembarcó en Hispania y empezó a cambiar la suerte de la segunda guerra púnica. Espoleado por la muerte de tantos miembros de su familia a manos de los cartagineses, encadenó una victoria tras otra hasta que libró a Hispania del control de Cartago.
Ya hacia el año 205 a. C. Escipión había conquistado Hispania y había vuelto a Roma, donde a la edad de treinta y un años fue nombrado cónsul. Aníbal todavía seguía inmerso en su campaña por el suroeste de Italia, y ya entonces sabía de la existencia del joven caudillo romano. Este hombre, once años más joven que él, había vencido a su hermano y aniquilado a las fuerzas cartaginesas en Hispania. Ahora se rumoreaba que su próximo objetivo a la vista era destruir el corazón del Imperio cartaginés: la mismísima ciudad de Cartago.
LOS RIVALES SE APROXIMAN
Un día de finales de la primavera del año 204 a. C., Escipión embarcó en una playa siciliana con su ejército de treinta mil hombres entre las unidades de infantería y caballería. La enorme flota de invasión romana surcó las agitadas olas del Mediterráneo con una fuerza de cuatrocientos buques de transporte y cuarenta quinquirremes (barcos de guerra romanos propulsados por cinco remos a cada lado). Pero como Escipión creía tan firmemente en la fortuna y en los dioses, no dejó que sus hombres se embarcaran en su planificada invasión del norte de África hasta que no hubieron ofrecido sacrificios a Marte, dios de la guerra, y a Victoria, diosa del triunfo. Los soldados llevaron una oveja hasta la playa y el mismo Escipión le rebanó el cuello e introdujo su mano en el cuerpo caliente del animal para arrebatarle las entrañas y arrojarlas a las aguas del mar.
Los hombres vitorearon. La invasión había comenzado. Tras tres días de navegación, las fuerzas de Escipión desembarcaron en lo que hoy conocemos como Túnez, en el actual cabo Farina, no muy lejos de la ciudad cartaginesa de Útica. Su invasión cogió totalmente desprevenidos a los cartagineses. Los romanos vencieron a un pequeño escuadrón de caballería cartaginesa y capturaron a ocho mil civiles, que fueron llevados a Roma como esclavos. A continuación, los hombres de Escipión asolaron gran parte del ubérrimo valle del Bagradas y, a finales de verano del año 204 a. C., sitiaron Útica, ciudad que tomaron tras vencer a una numerosa fuerza cartaginesa. Escipión sacó partido de su pacto con un antiguo aliado de los cartagineses, un líder númida llamado Masinisa, quien trajo consigo a su célebre caballería.
En Italia, Aníbal supo de estas victorias y, para más inri, oyó que los cartagineses habían enviado emisarios a Escipión para pedirle la paz. Y no solo eso, sino que culpaban de la guerra a Aníbal y a su familia. Escipión, tras recibir poderes de negociación por parte del Senado, propuso generosos términos, que incluían retirar de Italia el ejército de Aníbal y un tributo anual por parte de Cartago a Roma. Los cartagineses aceptaron estas condiciones y Aníbal emprendió su retorno junto con su ejército. El comandante cartaginés, ya en plena cuarentena, lucía un rostro envejecido y deteriorado. Los largos años de campaña en un país extranjero y la traición de sus compatriotas —que habían tratado de culpar de la guerra, de la que anteriormente habían sido partidarios, a él y a su familia— habían hecho mella en su aspecto.
A pesar de ello, Aníbal estaba dispuesto a asumir la paz. Su padre y su hermano Asdrúbal habían muerto a manos de los romanos. La paz de Escipión probablemente era la mejor oferta que podían recibir. Más tarde, en la primavera del año 203 a. C., una flota romana cargada de suministros varó durante una tormenta precisamente frente a las costas de la ciudad de Cartago. Los cartagineses, hambrientos, saquearon los barcos. Escipión envió una delegación exigiendo el retorno de las naves, y los cartagineses finalmente accedieron, no sin antes tratar con desprecio a los delegados romanos —el odio de los cartagineses hacia Roma era tan visceral que les hacía cometer acciones capaces de poner en peligro su propia supervivencia.
Cuando Escipión escuchó las nuevas, montó en cólera. Era otra señal de «la traición de Cartago». En otoño del año 202 a. C. retomó la guerra y devastó los campos del norte de África aledaños a Cartago. Esta vez rehusó ofrecer algún tipo de clemencia o cuartel, arrasó las grandes fincas de los terratenientes cartagineses y cortó las vías de suministro de la misma capital, que empezó a llenarse de refugiados.
Como era de esperar, los gobernantes de la ciudad —el mismo consejo de ancianos que en un gesto de cobardía habían culpado de la guerra a Aníbal— rogaron a su comandante que volviese a tomar las armas para salvar a su nación.
Y así es como en el mes de septiembre del año 202 a. C. Aníbal se encontró cara a cara con el único hombre de la Tierra a la altura de sus dotes como general: Escipión.
ZAMA
Los dos hombres probablemente hablaron durante algunos minutos. Cuando Escipión hizo alusión a «la traición cartaginesa», las conversaciones llegaron a su fin. No había nada más que añadir. Cuando se miraron el uno al otro por última vez, ambos supieron que la batalla que estaba a punto de librarse iba a marcar su destino para siempre.
En cualquier caso, los dos volvieron a sus respectivas líneas aclamados por los feroces gritos de sus hombres. La batalla dio comienzo. Los treinta y cinco mil romanos se alinearon en formación clásica, divididos en manípulos (cuyo significado era «puñados»), cada uno de los cuales estaba compuesto por unidades de unos ciento veinte hombres. Estos, a su vez, se dividían en tres grupos: los hastati, los jóvenes que formaban en el frente; los princeps, de edad ligeramente mayor a los anteriores, quienes formaban en la segunda línea; y los triarii, los veteranos, que se situaban en la retaguardia. Estos hombres iban equipados con una armadura y una gladius, una espada corta que se utilizaba como un puñal, y una lanza pesada arrojable llamada pilum. La veloz caballería númida de Masinisa se situó en los flancos.
Los cartagineses superaban en número a los romanos por unos diez mil hombres, pero las tropas de Escipión contaban con hombres curtidos en las batallas de Hispania y durante los primeros años de la campaña en el norte de África. Aníbal, por su parte, disponía de un núcleo de veteranos cartagineses, pero su ejército también estaba compuesto por un gran número de reclutas sin apenas experiencia en combate, principalmente celtas y ligures que, pese a su bravura, no eran buenos combatientes en la lucha cuerpo a cuerpo. Probablemente esta fue la razón por la que Aníbal decidió que los elefantes de guerra cargaran primero, y ochenta estruendosas bestias se lanzaron directas hacia las líneas romanas. Resistir una embestida de ese calibre era una prueba de fuego realmente aterradora, pero Escipión estaba preparado para dicha eventualidad. El general ordenó a sus legiones que se abrieran, y los elefantes pasaron entre sus filas, donde recibieron una gran descarga de lanzas y flechas a su paso.
Heridos y rabiosos, muchos de ellos huyeron desbocados hacia las filas cartaginesas y sembraron el caos entre los hombres de Aníbal. En ese momento, los númidas de Masinisa cargaron y ahuyentaron a la pequeña fuerza de mercenarios númidas de los cartagineses, y la batalla pasó a convertirse en un duro y accidentado combate de infantería. Aníbal hasta el momento había reservado a sus tropas veteranas, y los manípulos romanos arrollaron a las tropas cartaginesas más inexpertas. Aníbal esperaba que la carga de los elefantes sembrara el desconcierto entre las legiones romanas y así romper las filas de los hombres de Escipión. Nada más lejos de la realidad. Según el antiguo historiador Tito Livio, tras repeler la embestida, las legiones romanas hicieron retroceder a los cartagineses: «Con los codos y los umbos de sus escudos […] avanzaron implacablemente, como si el enemigo fuera incapaz de contener su acometida».
No obstante, cuando los romanos hubieron avanzado considerablemente, se toparon con la tercera línea del ejército cartaginés, formada por los veteranos de Aníbal, lo que dio paso a una encarnizada batalla. Los veteranos se batieron a muerte, a la vieja usanza de las guerras púnicas. Escipión y Aníbal, acompañados de sus generales y de su guardia personal, observaban los acontecimientos con inquietud. Por un instante pareció que los sueños de Escipión se desvanecían, que Aníbal obraría otro milagro y saldría airoso de la batalla. Pero entonces los númidas de Masinisa, que venían de repeler a la caballería púnica, volvieron a la carga y se echaron encima de la infantería cartaginesa por la retaguardia, de la misma forma que Aníbal había hecho en la batalla de Cannas. Con serias dificultades en todos los frentes, el ejército cartaginés empezó a desmoronarse y terminó batiéndose en retirada.
Al anochecer, Aníbal consiguió llegar a la capital junto con un reducido grupo de miembros de su guardia personal, pero en este punto puede decirse que la segunda guerra púnica ya había acabado.
¿QUIÉN FUE EL MÁS GRANDE?
La caída de Cartago fue cruel. Si bien es cierto que los términos impuestos por Escipión no fueron tan severos como cabía esperar —la ciudad no fue arrasada ni sus dirigentes crucificados—, Cartago fue obligada a pagar una indemnización a Roma durante cincuenta años. Aun así, sus resilientes gentes resurgieron de sus cenizas y hacia el año 151 a. C., tras pagar íntegramente su deuda para con Roma, la ciudad volvió a florecer. Su prosperidad inquietaba tanto a los romanos que, en una guerra absolutamente instigada por Roma, finalmente arrasaron la ciudad de Cartago en el año 146 a. C. Literalmente la destruyeron. La ciudad fue reducida a cenizas y sus gentes sometidas a esclavitud. El hombre que encabezó la masacre final fue Escipión Emiliano, nieto adoptivo de Escipión el Africano. A partir de entonces, aniquilado su enemigo natural, Roma empezó su legendario ascenso hacia la gloria.
Pero ¿qué hay de Aníbal y de Escipión el Africano? Tras su derrota, Aníbal pasó el resto de sus días en el exilio, errando por el Mediterráneo y combatiendo al servicio de diversos enemigos de Roma. Pero era un hombre atormentado. En el año 183 a. C., con los romanos a las puertas de su guarida en el reino de Bitinia, cerca del mar Negro, se suicidó con veneno. Tenía sesenta y cuatro años y, como dijo el historiador griego Plutarco: «se había convertido en un pájaro que se había vuelto demasiado viejo para volar».
Curiosamente, Escipión murió ese mismo año en su casa de campo de Campania, quizá también tras cometer suicidio. Cuando volvió triunfante a Roma y fue nombrado oficialmente Escipión el Africano, cayó en desgracia en el nido de avispas de la política romana. Muchos creyeron que los términos de la rendición que impuso a Cartago habían sido demasiado indulgentes; otros se mostraron ofendidos por sus métodos, que consideraban despóticos. Finalmente, fue acusado injustamente de recibir sobornos, y puede que eso lo indujera a poner fin a su vida.
Según cuenta la leyenda, Aníbal y Escipión llegaron a verse una vez más. El historiador griego Apiano de Alejandría relató que el encuentro tuvo lugar años después de la última gran batalla de Zama, cuando Aníbal se encontraba al servicio del rey Antíoco de Siria. Roma envió a Escipión como emisario a hablar con Antíoco y se encontró a Aníbal en la corte. Supuestamente, Escipión le preguntó a Aníbal quién creía que era el mayor general de todos los tiempos, a lo que Aníbal contestó: «Alejandro de Macedonia».
Escipión replicó: «¿Y qué lugar ocuparías tú, Aníbal, si yo no te hubiera vencido?». Cortésmente, Aníbal respondió que seguramente incluso llegaría a superar al mismísimo Alejandro, sin embargo, Escipión le arrebató la magna gloria.
Como es lógico, ninguno se dejó engañar por la cortesía del otro y fueron rivales hasta el fin de sus días.

CAYO JULIO CÉSAR

CNEO POMPEYO MAGNO
CAYO JULIO CÉSAR
Y CNEO POMPEYO MAGNO
Una batalla por el espíritu de Roma
No resulta irónico que estos dos hombres murieran de forma violenta —las muertes atroces eran prácticamente una constante en la caótica y sangrienta década que precedió al desmoronamiento de la República en Roma—, sino el hecho de que su fatal desenlace se produjera cuando un supuesto aliado les tendió la mano amistosamente. Acto seguido cayeron bajo el frío acero de sus asesinos.
Cneo Pompeyo Magno, más conocido como Pompeyo, murió en la costa de Egipto, en las aguas del Mare Nostrum, el nombre que los romanos daban al mar Mediterráneo, con las olas cubriendo su cuerpo. Su rival, Julio César, pereció en el mismo corazón de Roma, en el suelo del Senado, mientras intentaba combatir a sus atacantes con el estilete que usaba para firmar documentos. Sin embargo, mientras vivieron, la suya fue una rivalidad tan gloriosa como autodestructiva para Roma, ya que supuso el fin de la República.
UNA REPÚBLICA QUE SE HABÍA EXPANDIDO DEMASIADO
Desde el siglo VI a. C., Roma había sido siempre una república. El régimen gozaba de relativa estabilidad, sin guerras civiles ni conflictos internos de especial relevancia. Después de las Guerras Púnicas, en las cuales los romanos destruyeron por completo a sus enemigos, la República entró en una etapa de expansión sin precedentes, que se prolongó un siglo, durante la cual se hizo con el control de todo el Mediterráneo y llevó a sus ejércitos a librar guerras en Asia Menor, Hispania y la Galia. Las soberbias legiones romanas literalmente no perdieron una sola batalla.
La República romana se erigió guiándose por un principio muy simple: ningún hombre podía hacerse con el poder y mantenerlo eternamente. Para asegurarse de ello, dos hombres eminentes eran nombrados cónsules para gobernar el país durante el periodo de un año, tras el cual volvían a la vida civil y se escogía a otros dos. Aunque era posible, era sumamente infrecuente que los cónsules ocuparan el cargo más de una vez. Entretanto, los ciudadanos más prominentes (y más ricos) de Roma conformaban el Senado —a veces hasta seiscientos hombres—, el cual aconsejaba a los cónsules y básicamente constituía la maquinaria burocrática que dirigía el país. No había partidos políticos. La nobleza ganaba votos proclamando sus hazañas individuales en el campo de batalla, prometiendo mejoras civiles e incluso sobornando a los ciudadanos con importantes sumas de dinero o grandes festividades.
Pero en pleno siglo II a. C. la República empezó a tambalearse. Los botines de las conquistas de Roma solo estaban en manos de un reducido grupo de familias importantes, las cuales cada vez enriquecían más sus arcas, mientras que las otras familias nobles se empobrecían. El control del Senado y de los consulados pasó a manos de una pequeña camarilla de superricos, y esto provocó un gran resentimiento entre los hombres que ya no se podían permitir una carrera política. Estos hombres, que poseían grandes sumas de dinero para financiar sus campañas, empezaron a buscar el apoyo de la plebe, seduciéndola con promesas de tierras propias, impuestos más bajos y, básicamente, un trozo más grande de la cada vez mayor tarta romana. Naturalmente, la rica élite romana que controlaba el Senado —los llamados optimates, que literalmente significa «los mejores»— lo interpretó como un hecho potencialmente peligroso que invocaba el espectro del gobierno de la turba y de la violencia colectiva.
Los políticos que buscaban seducir a la muchedumbre de ciudadanos ordinarios eran conocidos, a veces desdeñosamente, como los populares (popularis en singular). Uno de estos popularis fue el carismático Julio César.
EL GRAN CÉSAR
Julio César nació en el año 100 a. C. en el mes de quintilis, que más tarde pasó a llamarse julio en su honor. César era miembro de ese grupo de gente que estaba perdiendo sus poderes de forma vertiginosa a causa de las desigualdades en el sistema romano. Su familia, los Julios, fue una de las primeras familias originarias de Roma, que constituían la nobilitas. El padre de César había sido pretor, el segundo rango más alto de magistrado, y había gobernado una provincia de Asia, pero la familia no era precisamente rica y había ido perdiendo influencia a lo largo de los años.
La primera infancia de César era una época de extraordinaria agitación. A lo largo de los años 90 a. C., se desató una guerra (conocida como guerra mársica) entre Roma y sus aliados en la península itálica cuando los segundos (socii) pidieron los derechos de ciudadanía. Tras librarse sangrientas batallas, la ciudadanía romana se extendió a todos los habitantes, pero entonces la República tuvo que hacer frente a una nueva amenaza. Lucio Cornelio Sila, comandante romano y miembro de los optimates, cogió seis legiones romanas y marchó sobre Roma en el año 81 a. C. —violando el antiguo principio constitucional según el cual ningún ejército romano podía entrar en la capital—. Allí tomó el poder como dictador y lo mantuvo durante dos años. Sus escuadrones de la muerte campaban a sus anchas por la capital, apuñalando a líderes de los populares y a aquellos contrarios a Sila.
Uno de los que se opuso al dictador fue el joven César, que con su matrimonio se había aliado con uno de los cabecillas de los oponentes de Sila. En un momento dado Sila ordenó el arresto de César (seguramente para ejecutarlo), pero este huyó y se ocultó en la Italia rural. Dada la situación, los Julios creyeron oportuno sacar a César del país y lo enviaron a servir como soldado en Asia Menor. Esta experiencia constituyó un adiestramiento de vital importancia para César, que pasó dos años de campañas militares allí, donde se labró la reputación de ser un comandante firme y hábil. Cuando volvió a Roma tras la muerte de Sila en el año 78 a. C., asumió el rol de defensor de las masas: un hombre joven, que empezaba a quedarse calvo, conocido por su voz aguda y sus discursos fogosos y provocadores. Era un hombre de extraordinaria confianza en sí mismo. En su viaje a Rodas en el año 75 a. C. para estudiar filosofía, fue capturado a manos de piratas que pidieron por él una recompensa de veinte talentos. César insistió en que pidieran cincuenta. Luego, mientras seguía cautivo, les dijo que volvería, que los encontraría y que los crucificaría. Y así lo hizo.
CNEO POMPEYO MAGNO
Mientras César empezaba a cobrar protagonismo, su rival Pompeyo ya estaba bien asentado en el camino a la fama. Nacido en el año 106 a. C., era hijo de Pompeyo Strabo (strabo significa «bizco»), el vástago de una familia provinciana pudiente que, a pesar de su falta de lazos con la aristocracia de Roma, había conseguido llegar a cónsul en el año 89 a. C. Seis años más tarde, Pompeyo, con solo veintitrés años, fue en ayuda de Sila al mando de tres legiones de veteranos que habían servido a las órdenes de su difunto padre. Luchó contra los enemigos populares de Sila en Italia, Sicilia y el norte de África, y destacó hasta tal punto que Sila lo apodó «Pompeyo el Grande», aunque puede que hubiera un matiz de sarcasmo en la distinción, y es que la relación que mantenían quedó arruinada por la sospecha y la celosía mutua. Sin embargo, ambos hombres sostenían un estrecho vínculo y Sila había persuadido a Pompeyo para que se divorciase de su esposa y se casara con su hijastra.
Tras la muerte de Sila, Pompeyo continuó librando la guerra contra los populares, enemigos del difunto tirano, sin mostrar piedad alguna contra aquellos que se opusieron a él —otro de los alias del joven general era «el niño carnicero»—. Después de obtener grandes victorias contra un ejército de populares en Hispania y de socorrer tardíamente a Marco Licinio Craso para aplastar la revuelta de esclavos del año 73 a. C., Pompeyo, con solo treinta y seis años, llevó a sus legiones a las afueras de Roma, contraviniendo la ley romana, y de esta manera forzó al Senado a nombrarlo cónsul en el año 70 a. C. Craso devino su colega en el consulado. No obstante, Pompeyo sorprendió al Senado. Tras su año como cónsul, tomó posesión del nombramiento en el Senado y pareció dar un giro a sus inclinaciones políticas cuando aprovechó su poder para impulsar reformas en la línea de los populares. Con dichas medidas Pompeyo tenía la intención de resarcir parte del daño perpetrado por la dictadura de Sila y proporcionar tierras a los soldados legionarios que reclamaban una compensación por sus años de servicio.
EL PRIMER TRIUNVIRATO
Llegado este punto, los caminos de César y Pompeyo se cruzaron, inicialmente de una forma que bien podría ser un gran ejemplo de una buena relación entre dos hombres de poder. César, llegado a Roma después de exitosos años como gobernador militar de Hispania, fue nombrado cónsul en el año 59 a. C. Su colega fue Marco Bíbulo, un hombre fácilmente influenciable (la burla que corría por Roma ese año era que en efecto había dos cónsules: uno llamado Julio, otro llamado César). Cuando empezó su primer año en el poder, César se acercó tanto a Pompeyo como a Marco Licinio Craso, los hombres más influyentes de Roma, y formaron una alianza en secreto a la que los historiadores se refieren como el Primer Triunvirato. Craso, en agradecimiento al apoyo político de César como cónsul, pagó las deudas de César, mientras que César apoyó felizmente el deseo de Pompeyo de llevar a cabo una reforma agraria para sus legionarios. Y no solo eso, Pompeyo se casó con la hija de César, Julia, en un enlace arreglado que se convirtió en un verdadero matrimonio amoroso.
Aunque existían discrepancias entre Pompeyo y Craso, y entre César y Craso, la relación entre César y Pompeyo era extraordinariamente buena. César, con el favor de Pompeyo, se aseguró el gobierno de importantes provincias de la Galia Cisalpina y Transalpina (principalmente el sur de la actual Francia) y en el 58 a. C. fue allí para emprender su famosa conquista de las Galias. Estas guerras lo tuvieron alejado de Roma durante ocho años y fueron los tiempos más gloriosos de César. Conquistó un área de Europa occidental de un tamaño de cuatrocientos ochenta y tres mil kilómetros cuadrados —los territorios que actualmente abarcan Francia, Bélgica, Luxemburgo y la Alemania al oeste del Rin— e invadió en dos ocasiones la (para los romanos) mítica isla de Gran Bretaña. Estas hazañas llenaron de riquezas las arcas de Roma y la fortuna personal del gran César. Cada invierno, desde el norte de Italia, César escribía un volumen de su famoso Commentarii de Bello Gallico (Comentarios sobre la Guerra de las Galias) y lo enviaba a Roma para que fuera publicado, lo que agrandaba su fama.
Si bien esta especie de gloria acrecentó la fama de César entre las clases populares (y especialmente entre los soldados que servían a sus órdenes), también le reportó poderosos enemigos entre ciertos senadores —entre los cuales se encontraba Catón el Joven y el famoso orador Cicerón— que lo envidiaban y lo temían. En el año 57 a. C., César cometió el error de secundar a un demagogo popularis llamado Publio Clodio, cuyos acólitos callejeros se volvieron en contra de Pompeyo. Este, a su vez, se vio obligado a enviar a sus matones para luchar con los de Clodio. (En esa época no había ninguna fuerza policial en Roma, de modo que las trifulcas callejeras entre facciones rivales a menudo se asemejaban a pequeñas batallas militares por lo sanguinarias que llegaban a ser). No se sabe a ciencia cierta si César llegó a condenar este ataque contra su antiguo aliado, pero es una obviedad que estos hechos desataron la ira de Pompeyo. Aunque Pompeyo y César se reconciliaron temporalmente y César apoyó el consulado de Craso y Pompeyo en el 55 a. C., las cosas empeoraron. En el año 54 a. C., Julia, la hija de César, murió al dar a luz, lo cual rompió otro lazo entre ambos hombres; y dos años más tarde, Pompeyo se casó con la hija de uno de los oponentes aristocráticos de César. El escenario estaba dispuesto para un enfrentamiento armado.
EL CRUCE DEL RUBICÓN
Después de que la guerra de las Galias terminara en el 50 a. C., César tuvo que afrontar una gran decisión. Una vez que su gobierno de la Galia llegara a su fin y cruzase hasta Italia, se vería obligado por ley a desprenderse de su ejército; una maniobra peligrosa, pues sus triunfos le habían granjeado muchos enemigos que podían intentar encarcelarlo o incluso asesinarlo. Solo Pompeyo podía protegerlo —pero Pompeyo no dejaba de enviar señales que cada vez ponían más en duda su confianza—. Pompeyo rehusó apoyar a César frente al Senado, que estaba intentando aprobar medidas para arrebatarle su poder o perseguirlo por ciertas irregularidades ocurridas durante su gobierno. Las medidas no se aprobaron, pero Pompeyo —después de su breve acercamiento hacia los populares— se postuló al lado de los optimates en cuestiones políticas. César entonces tuvo que tomar una decisión crucial: abandonar a sus legiones y regresar a Roma, donde iba a depender del patrocinio de Pompeyo para protegerlo, o plantarse con su ejército en Italia y empezar una guerra civil.
Julio César escogió la guerra. El 11 de enero del 49 a. C. cruzó el Rubicón, un río que por aquel entonces marcaba los límites del norte de Italia, y pronunció su famosa frase alea iacta est («la suerte está echada»). Avanzando con rapidez con una sola legión, ocupó diversas ciudades del norte de Italia. No encontró ningún tipo de oposición; de hecho, la rapidez de sus movimientos hizo cundir el pánico en Roma, donde se extendió el rumor de que César impondría una dictadura, como Sila antes que él, y enviaría a asesinos a matar a sus enemigos. El mismo Pompeyo seguía indeciso por muchas razones. A sus cincuenta y siete años, contaba con múltiples victorias militares a sus espaldas; mientras que César, seis años más joven que él, llegaba resuelto, al mando de legiones aguerridas en sus grandes victorias. Daba la sensación de que Pompeyo no tenía la cabeza en la guerra, que su estrecha relación con un hombre que una vez fue su suegro le impedía actuar con la misma resolución que con toda seguridad habría empleado en otras circunstancias. Incluso se ofreció a partir a Hispania con sus legiones si César desistía de su empeño, pero por aquel entonces César ya no confiaba en Pompeyo lo suficiente como para establecer con él pacto alguno.
Hacia finales de enero, Pompeyo huyó de Roma camino al sur junto con la mayor parte del Senado. El plan de Pompeyo era cruzar el Adriático hacia Grecia, donde contaba con numerosos aliados que podían proporcionarle un ejército. Era una buena jugada desde un punto de vista militar, pero a nivel político era una insensatez, ya que a muchos romanos corrientes les dio la impresión de que Pompeyo les había abandonado a su propia suerte. César, por su parte, persiguió a Pompeyo por el sur de la península itálica, y a punto estuvo de detenerlo en Bríndisi, una ciudad del sureste; pero Pompeyo logró escapar con barcos junto con miles de sus soldados y muchos de los más eminentes senadores de Roma.
Sin una flota a su disposición, César no pudo perseguirlo. Pero en un periodo de dos meses conquistó toda la península. Sabiamente, actuó con humanidad y fue clemente con aquellos que se habían opuesto a él, incluso con los senadores que tanto lo habían vilipendiado.
Ahora había llegado el momento de ajustar cuentas con Pompeyo.
EL CONFLICTO SANGRIENTO
En un movimiento inesperado típico de él, César no persiguió inmediatamente a Pompeyo; en vez de ello, lo que hizo fue llevar a sus legiones a Hispania en una aventurada marcha de veintisiete días, pues ahí había emplazadas significativas fuerzas leales a Pompeyo. Primero declaró que iba a luchar contra un ejército sin líder, y que luego vencería a un líder sin ejército. De abril a agosto del 49 a. C., César luchó en Hispania y, a pesar de los contratiempos, venció a todas las fuerzas de Pompeyo que quedaban allí, y una vez más fue clemente con aquellos que pidieron su perdón. Los soldados que una vez fueron leales a Pompeyo fueron incorporados a sus legiones, y entonces César marchó hacia el este. Se detuvo en Roma a finales del año 49 a. C. y se autoproclamó dictador. No obstante, solo ostentó el poder absoluto durante once días antes de renunciar a él, después de disponerlo todo para ser elegido cónsul. Después de reunir a sus legiones en Bríndisi en enero del año 48 a. C., emprendió una insólita travesía invernal y fue capaz de llegar hasta Grecia con buena parte de su flota, pero la armada de Pompeyo (al mando del viejo colega de César en el consulado, Bíbulo), que era mucho más numerosa, pudo detener los transportes en su viaje de retorno para recoger a Marco Antonio, lugarteniente de César, y a sus tropas.
Ahora César se enfrentaba a un rival que había tenido nueve meses de preparación para la batalla y que había reunido a nueve legiones (cada legión estaba compuesta por una fuerza de cinco mil hombres), así como cinco mil unidades de infantería ligera y siete mil unidades de caballería. César prácticamente disponía de la mitad de sus fuerzas y andaba corto de suministros, mientras que Pompeyo, siempre precavido, había pertrechado bien a sus hombres. Pero César contaba con una gran ventaja: conocía demasiado bien a Pompeyo. César había advertido la inteligencia y la prudencia de Pompeyo tanto en la política como en su vida personal, y sabía que se tomaría su tiempo antes de atacarlo. En vista de ello, César dedicó gran parte del tiempo a elaborar estratagemas para eludir a las tropas de Pompeyo, pero sus legionarios pasaban hambre, y se alimentaban de pan elaborado con una raíz local llamada charax. Cuando los hombres de Pompeyo se hicieron con este alimento y lo llevaron a su líder, este exclamó, en un alarde de elitismo, que los hombres de César debían de ser más bestias que soldados.
A pesar de ello, esas bestias se las arreglaron para sobrevivir hasta abril, cuando Marco Antonio consiguió llegar con el resto de legiones. En julio, en la batalla de Dirraquio, las fuerzas de ambos caudillos finalmente se encontraron. Era una legión romana contra otra, ambos contingentes eran mandados por oficiales que anteriormente habían luchado codo con codo en el mismo bando y que ahora eran enemigos acérrimos. Los legionarios de ambas fuerzas iban armados con la famosa gladius, o espada corta, y el pilum, una jabalina de madera con una punta de acero de sesenta centímetros de largo que normalmente se lanzaba desde una distancia de catorce metros, capaz de atravesar un escudo y a un hombre entero.
Entonces, dos de los cabecillas galos de César, al mando de las tropas auxiliares, desertaron y proporcionaron a Pompeyo información esencial sobre las posiciones de César. Pompeyo lanzó un ataque contra las fortificaciones de César. César y Marco Antonio consiguieron repelerlo e incluso contraatacaron. Pero la contraofensiva fue aplastada por los ejércitos de Pompeyo, cuya fiera oposición produjo una imagen insólita: las escuadras de César huyendo despavoridas del campo de batalla.
César trató por todos los medios de detener la retirada intentando movilizar a los portaestandartes, cuya labor era reunir a los hombres, pero fue inútil. Pompeyo había logrado una gran victoria y había aniquilado a mil legionarios de César. Pero parece que no creyó firmemente en la victoria. Y es que sorprendentemente no acometió el asalto final para aniquilar por completo a su adversario, y así fue como el audaz comandante pudo vivir para presentar una última batalla. El gran César reconoció tiempo después que si Pompeyo hubiera sabido vencer, aquel día en Dirraquio todo se habría perdido.
FARSALIA
Con la oportunidad de reponerse, César se retiró a la provincia de Tesalia, donde sus hombres finalmente pudieron alimentarse bien de sus maduras cosechas. Pompeyo les siguió y, como era habitual en él, prefirió emplear la estrategia romana conocida como «golpear el vientre del enemigo», que consistía en evitar la batalla y cortar las líneas de aprovisionamiento del ejército enemigo. Esto podría haber funcionado —o Pompeyo simplemente podría haber dado media vuelta y volver a Italia, ya que ahora estaba entre César y la patria—, pero muchos de los senadores optimates que lo acompañaban lo instaron a combatir ahora, terminar esta guerra y destruir a César de una vez por todas.
Y así, la mañana del 9 de agosto del año 48 a. C. llevó su ejército a una llanura cerca del río Enipeo, no muy lejos de la ciudad de Farsalia. Ambos bandos sabían que esta iba a ser la última batalla para decidir el destino de la República. César dio a sus hombres el santo y seña «Venus, portadora de la victoria», mientras que Pompeyo utilizó la frase «Hércules indómito».
La batalla empezó cuando la caballería de Pompeyo, numéricamente superior a la de César pero menos experimentada, atacó las líneas de César por el flanco. Pero César, que había dispuesto una línea de infantería de reserva para prevenir una cometida así, hizo avanzar a esos hombres. La infantería cargó utilizando sus pila como lanzas de estoque y no como jabalinas, y vencieron a la caballería, que huyó hacia la retaguardia.
Ahora las principales líneas de infantería se enfrentaron entre sí. Los hombres mejor entrenados de César avanzaron, andando primero y luego en carrera, y arrojaron sus pila desde una distancia de quince metros. Las fuerzas de Pompeyo devolvieron el golpe, pero la avalancha de lanzas previa había causado serios estragos en la primera línea, cuyos hombres yacían en el suelo malheridos. La segunda línea de Pompeyo luchó arduamente durante un rato, hasta que César condujo a más hombres a la batalla, y poco a poco fue haciendo retroceder al enemigo hasta que llegó un momento crítico en que las legiones de Pompeyo empezaron a retirarse, perseguidas por las exultantes fuerzas de César.
César envió una misiva en la que decía que todos los hombres de Pompeyo que quisieran rendirse podían hacerlo. Entre aquellos que depusieron la espada estaba Marco Junio Bruto —el hijo de la amante de César, Servilia—, a quien César recibió con los brazos abiertos. En cuanto a Pompeyo, se deshizo de su capa escarlata de general y huyó hacia la costa con un pequeño grupo de guardias con la intención de zarpar hacia Egipto. Iba acompañado de su familia. Cansado y deteriorado, en Farsalia le faltó garra y espíritu combativo. Cuando huyó, César celebró una gran victoria, había capturado a veinticuatro mil prisioneros y causado quince mil muertos a las tropas de Pompeyo, y en comparación apenas había perdido doscientos hombres.
EL FIN DE POMPEYO
En septiembre del año 48 a. C., el barco de Pompeyo ancló en las costas de la ciudad de Alejandría, a la espera de un mensaje del rey Ptolomeo XIII (que gobernaba Egipto junto con su hermana Cleopatra). El rey y sus consejeros tenían miedo de dejar entrar a Pompeyo en Egipto, temiendo que César urdiera una venganza contra todo aquel que osara ayudar al derrotado comandante de Roma. Por ello, los egipcios tomaron una astuta decisión: asesinar a Pompeyo a fin de ganarse el favor de César.
El 28 de septiembre —justo el día en que cumplía cincuenta y ocho años— Pompeyo fue convocado en la orilla para celebrar una audiencia con el rey. Cuando atracó su pequeño bote, reconoció a dos viejos soldados romanos que antaño habían servido con él: Aquilas y Lucio Septimio. Después de saludarlos cordialmente, siguió estudiándose el discurso que iba a pronunciar ante el monarca egipcio. Los dos hombres se le acercaron sonriendo y acto seguido le clavaron sus espadas en la espalda. Luego pusieron el cuerpo en la orilla, lo decapitaron y abandonaron su cadáver flotando en el agua, hasta que su sirviente acordó que lo incineraran en la playa.
Cuando la familia de Pompeyo, desde el barco, vio lo que había sucedido, se hicieron a la mar. Cuando César llegó a Egipto poco tiempo después, recibió la cabeza y el sello de Pompeyo en una cesta —un presente que los egipcios pensaron que sería del agrado del gran comandante—. Sin embargo, César lo rechazó y rompió a llorar. Aquel no era el final que había imaginado para su rival. Como venganza, depuso al joven rey Ptolomeo, ejecutó a sus consejeros y proclamó reina a Cleopatra, quien luego se convirtió en su amante.
CÉSAR. ¿DICTADOR O LIBERTADOR?
César y Roma estaban manchados de sangre, pero en el año 46 a. C. —tras vencer a las fuerzas de Pompeyo en Egipto, África y Asia Menor—, el gran conquistador regresó triunfante a la capital. La larga guerra civil parecía haber concluido. César fue proclamado dictador, pero gozaba de una enorme popularidad entre los soldados del Imperio. Distribuyó tierras a unos ochenta mil romanos y se comprometió a dar tierras de labranza a aquellos ciudadanos que tenían tres o más hijos. También promovió activamente la construcción de obras públicas —como acueductos y embalses— que mejoraron la vida de miles de romanos.
Por estos actos era querido por la gente común y odiado por los optimates. Estos hombres, muchos de los cuales pertenecían a las familias más antiguas de Roma, vieron las reformas de César como cínicas estratagemas con que ganarse el favor de las masas a fin de conseguir más poder para sí mismo. Algunos de ellos, liderados por Bruto y Gayo Casio Longinio, formaron un grupo secreto llamado «los Liberadores». Cuantos más honores públicos recibía César —el 15 de febrero del 44 a. C. se proclamó dictador vitalicio—, más se enfurecían, hasta el punto de que decidieron que la única salida que les quedaba era matarlo. (Según la ley romana, asesinar a un tirano no era un crimen).
El 15 de marzo —los Idus de Marzo, como lo llamaban los romanos—, los conspiradores esperaron impacientes a César en el Senado de Roma. A los pocos días tenía intención de abandonar la ciudad para sofocar una revuelta en Asia Menor, por lo que era probable que no volviera a la capital en mucho tiempo. El dictador entró al Senado con rapidez, con ánimo de dejarlo todo atado antes de su partida. Todos los senadores se pusieron en pie en cuanto cruzó la sala y se sentó en su silla con su toga púrpura por encima de los hombros.
Los conspiradores se agruparon a su alrededor y le distrajeron suplicándole clemencia para un antiguo fugitivo partidario de Pompeyo. Luego le dieron una petición para que la leyera, pero César la rechazó haciendo un gesto con la mano y alegó que había asuntos más importantes que discutir. Entonces, de repente, un conspirador llamado Tilio Cimbro arrancó la toga púrpura de los hombros de César mientras otro intentó apuñalarlo por la espalda ansiosamente, pero solo consiguió rozarlo César reaccionó clavándole su estilo, pero los conspiradores se le echaron encima cuchillo en mano para rajarlo y apuñalarlo una vez tras otra. Acorralado, César solo pudo estremecerse preso del miedo y de la rabia hasta que, finalmente, con la toga envuelta en la cabeza, cayó al suelo inconsciente. El azar quiso que su cuerpo, mutilado con veintitrés puñaladas, yaciera junto a los pies de una estatua de Pompeyo.
Una ironía, pero no la mayor de todas. Y es que con el asesinato del hombre al que ellos veían como un dictador, Bruto y sus conspiradores pusieron fin a la República romana a la que tanto veneraban. Como consecuencia directa de la muerte de César —y con el sobrino adoptivo de César, Octavio, como emperador—, dio comienzo el periodo de la Roma imperial, que duraría cinco largos siglos.

GUILLERMO EL CONQUISTADOR

EL REY HAROLDO GODWINSON
GUILLERMO EL CONQUISTADOR
Y EL REY HAROLDO GODWINSON
Solo un rey puede reinar
En marzo de 1066, hombres y mujeres de toda Inglaterra salieron de sus casas y miraron al cielo. En el firmamento un cometa se movía a excesiva velocidad. Su larga cola fugaz brillaba detrás de él, tan cerca que su resplandor hacía que pareciera tan grande como la luna. Una bonita imagen —de hecho, se trataba del astro que hoy conocemos como el cometa Halley— que los anglosajones de Inglaterra contemplaron con horror, como si de un aciago presagio se tratase. Repentinamente, un monje benedictino llamado Eilmer de Malmesbury cogió pluma y pergamino y dejó escritas las siguientes frases, incapaz de contener su furia:
Has venido, ¿verdad? Te has manifestado. Tú, río de lágrimas de muchas madres. Hace mucho tiempo que te vi, pero ahora percibo que eres mucho más atroz y que traes la destrucción a mi nación.
Eilmer tenía setenta y seis años, lo cual hace indicar que debía de tener solo cinco años la última vez que el cometa Halley pasó, en el año del Señor 990. Ahora temía que el terrible poder del astro presagiara el final de la Inglaterra sajona a manos de un solo hombre: Guillermo de Normandía, también conocido como Guillermo el Conquistador o Guillermo el Bastardo.
Otro anglosajón que vio el cometa fue el nuevo rey de Inglaterra, Haroldo Godwinson, que fue coronado el 6 de enero, el mismo día que su predecesor, el rey Eduardo el Confesor, fue enterrado en la abadía de Westminster. Haroldo —alto, guapo y temible guerrero, pero tan devoto y supersticioso como cualquier campesino inglés— probablemente se conmovió en su interior cuando vio el cometa atravesar fugazmente los cielos como si un dios vengativo lo hubiera arrojado con toda su fuerza. Haroldo sabía que Guillermo el Bastardo pretendía apoderarse de su trono —de hecho, decían que el mismo Haroldo le había prometido que se lo cedería—. Y Haroldo sabía que más pronto que tarde, Guillermo volvería para reclamarlo. No había tiempo para augurios, había llegado la hora de reunir un ejército y defender Inglaterra.
ANTES DE 1066
La aparición del cometa Halley en 1066 señaló un año de cambios drásticos en la historia de Inglaterra, una era de confrontación entre dos culturas que finalmente configuró una sociedad que asentó las bases de la Gran Bretaña que hoy conocemos, concretamente, las leyes y la lengua de todo el mundo anglosajón. Sin embargo, la situación en Inglaterra antes de que el cometa iluminara la oscuridad celeste ya era caótica.
Siglos después de la ocupación romana de Gran Bretaña, la población celta había afrontado una afluencia de tribus germánicas invasoras —los anglos, los sajones y los jutos— que ocuparon la mayor parte del extremo suroriental del país. Más tarde, a finales del siglo VIII, los vikingos empezaron a hacer incursiones en las islas británicas, y en un periodo aproximado de dos siglos destruyeron buena parte de la vieja cultura de Irlanda y de Escocia y se instalaron en grandes áreas de Inglaterra.
En el 1012 el feroz monarca de Dinamarca Svend I, apodado Forkbeard (que en inglés significa «barba bifurcada»), enfurecido por la masacre de compatriotas daneses por parte de Inglaterra a manos del rey anglosajón Etelredo, apodado el Indeciso, invadió el país y forzó a Etelredo a huir a Normandía. Svend murió en 1014 y su hijo, Canuto, forjó un gran imperio en el norte que comprendía Dinamarca, Noruega e Inglaterra.
Si Canuto y sus sucesores hubieran sido capaces de conservar su imperio, la historia de Inglaterra y de Europa probablemente hubieran sido bien distintas. Sin embargo, las tensiones internas, así como la oposición de ciertos barones anglosajones ingleses, provocaron que este gran reino se rompiera en pedazos, y en 1042 Inglaterra cayó de nuevo en manos anglosajonas bajo el reinado de Eduardo el Confesor, hijo de Etelredo el Indeciso y su esposa, Emma de Normandía.
LA CONEXIÓN NORMANDA
Eduardo tenía un gran problema que preocupaba a muchos lores anglosajones: el monarca se había criado en el exilio, lejos de Dinamarca, en Normandía, por lo que tenía costumbres y consejeros normandos, así como una madre normanda. Los lores anglosajones —liderados por Godwin, conde de Essex, y su hijo de veintiún años, Haroldo Godwinson— no querían ninguna influencia extranjera más en el trono de Inglaterra. Habían soportado décadas de sufrimiento bajo el domino danés, y ahora se sentían ofendidos ante el influjo de los normandos.
En el año 911 el rey francés Carlos el Simple cedió a los normandos, o escandinavos, fieros guerreros descendientes de los vikingos, las tierras que luego pasarían a ser Normandía, a fin de evitar las violentas incursiones vikingas en el corazón de Francia. En Normandía el pueblo escandinavo prosperó enormemente, sus habitantes desarrollaron una sociedad guerrera y recorrieron el mundo —en un momento dado los aventureros normandos llegaron a controlar Sicilia.
La esposa de Etelredo, Emma, era también normanda y, casualmente, también era la tía abuela de un tal Guillermo de Normandía, nacido en 1028 y que solo era un adolescente cuando Eduardo el Confesor asumió el trono.
GUILLERMO EL BASTARDO
Aunque pasó a la historia como Guillermo el Conquistador, hasta el año 1066 Guillermo de Normandía era conocido por el humilde nombre de Guillermo el Bastardo. Era el hijo de un caballero normando bravo y caprichoso conocido diversamente como Roberto el Magnífico y Roberto el Cruel (exhibía ambas características), quien heredó el ducado de Normandía tras el asesinato de su hermano Ricardo. Cuando Roberto falleció por causas naturales en una peregrinación a Jerusalén para expiar sus pecados, dejó al joven Guillermo, cuya madre probablemente era hija de un curtidor, como único heredero, y dispuso que fuera criado por regentes.
La infancia y la adultez temprana del duque Guillermo fueron tumultuosas, ya que se dedicó a combatir a los pretendientes al trono y a perfeccionar sus destrezas como caballero. Según escribió un historiador, «era un admirable soldado a caballo y habilidoso guerrero en el uso de la lanza y la espada». En un momento dado, se urdió una conspiración para matar a Guillermo. Pero esta resultó fallida gracias a su bufón, quien en el último momento entró a hurtadillas en los aposentos del duque, lo despertó y este pudo huir a caballo campo a través.
Hacia el año 1050, tras haber sobrevivido a numerosas sangrientas batallas con barones rivales y sus caballeros (que iban provistos de cota de malla, empuñaban lanzas y espadas y montaban a caballo), Guillermo era duque de Normandía por derecho propio. También se había casado y gozaba de un matrimonio feliz con Matilde, la mujer con quien tendría cuatro hijos y cuatro hijas (quizá cinco).
Guillermo era un hombre devoto que mantenía buenas relaciones con la Iglesia católica —algo que le sería muy útil con el paso del tiempo—, le encantaba divertirse en su castillo de Ruan y celebraba multitudinarias audiencias en el gran vestíbulo, donde se daban cita muchedumbres de nobles, damas, caballeros, sacerdotes, músicos y bufones.
Más tarde, en 1052, tuvo lugar un hecho trascendental. Guillermo visitó Inglaterra para presentar sus respetos ante el rey Eduardo el Confesor. Un cronista contemporáneo inglés lo narró así: «El conde Guillermo vino desde la otra orilla del mar con una compañía de franceses, y como el monarca vio bondad tanto en él como en muchos de sus hombres, dejó que se marchara». Según Guillermo —el sobrino nieto de Emma, la madre de Eduardo—, durante esta visita el inocente Eduardo le prometió la corona de Inglaterra.
Al menos, así lo contaron Guillermo y los normandos.
En 1064, el destino cambió su suerte y Guillermo recibió a un visitante de Inglaterra, uno que literalmente llegó a sus costas sacudido por la tempestad. Fue un golpe del destino lo que trajo a Haroldo Godwinson a las tierras de Guillermo, pero lo que sucedió (o dejó de suceder) en Normandía aquel otoño de 1064 produjo un cataclismo que cambió el curso de la historia.
HAROLDO GODWINSON
En 1064 Haroldo Godwinson, conde de Essex, un hombre hermoso con un prominente mostacho rubio y que lucía una abundante melena a la altura de los hombros, tenía treinta y dos años y era un veterano de las luchas internas que se produjeron en Inglaterra por aquellos tiempos. A principios de la década de 1050, su padre, Godwine, había acaudillado a un grupo de barones para combatir al rey Eduardo el Confesor en el contexto de una guerra civil en la que mató al hermano de Eduardo, Alfredo. Exiliado durante algún tiempo (incluido el periodo en el que Guillermo visitó Inglaterra), Godwine y su hijo Haroldo regresaron y lograron forzar a Eduardo a expulsar a sus consejeros normandos y a ceder grandes poderes a Godwine. Cuando Godwine murió en el año 1053, sus tierras y su título pasaron a manos de su hijo Haroldo, y su hermano Tostig a su vez recibió el norteño condado de Northumbria. Sorprendentemente Haroldo pudo forjar una buena relación con el rey Eduardo. Principalmente lo logró con una campaña brillante contra los rebeldes galeses en 1063, tras la cual Haroldo envió al rey Eduardo la cabeza del líder galés, así como el mascarón de su barco.
Eduardo por aquel entonces sufría un declive mental y psicológico, y pasaba la mayor parte de su tiempo obsesionado con asuntos religiosos e inmiscuido en la construcción de una enorme abadía en honor a san Pedro. Según Haroldo Godwinson, el rey Eduardo se había reconciliado tanto con él que le había prometido el trono de Inglaterra en su lecho de muerte.
EL NAUFRAGIO DE HAROLDO EN NORMANDÍA
En septiembre del año 1064, Haroldo embarcó en una nave con un numeroso séquito de siervos reales y puso rumbo al canal de la Mancha. Su propósito todavía hoy en día es motivo de discordia entre los historiadores. Hay quien dice que se trataba de una especie de misión diplomática al continente —aunque no traía consigo la gran comitiva habitual que requería semejante cometido—. Otros historiógrafos señalan que los cronistas de la época describen la embarcación de Haroldo como un acto lúdico, pues afirman que viajaba con un halcón de caza atado a su muñeca e iba acompañado de amigos y perros de montería. Es probable que se dirigieran a Flandes, a una corte aliada gobernada por un cuñado del hermano de Haroldo, Tostig.
Sea como fuere, su séquito se hizo a la mar con dos naves —largos barcos vikingos con una sola vela multicolor estrechos de proa y popa—. Pero el viaje se vio afectado por una fiera tempestad que sacudió el barco de Haroldo y lo arrastró hacia la costa cerca de Abbeville, un territorio bajo dominio del conde francés Guido de Ponthieu, donde la nave quedó encallada. Según la draconiana ley de Guido, cualquier náufrago sería hecho prisionero hasta que alguien pagara su rescate, por lo que el conde francés apresó a Haroldo y a sus hombres, confiscó sus espadas y, según una de las crónicas, encerró y encadenó en su mazmorra al futuro rey.
Cuando el duque Guillermo supo la noticia, envió a dos de sus hombres al castillo de Guido para reclamar la libertad de Haroldo; y Guido, que temía el poder de Guillermo, se vio obligado a acceder. Con un gran séquito de caballeros franceses, acompañó a Haroldo y a sus hombres hasta Guillermo, que había partido con otros miembros de la corte al encuentro del conde inglés.
Este crucial encuentro tuvo lugar en campo abierto, cuando los dos grupos se reunieron en la carretera principal que llevaba a Normandía. Guido cabalgaba a paso firme, e hizo una señal desde su cabalgadura para que Guillermo viera que traía consigo a Haroldo. Los dos rivales y pretendientes al trono de Inglaterra se encontraron por vez primera —el alto y esbelto Haroldo, con su característico mostacho, y Guillermo, más alto que él, robusto y corpulento, y completamente afeitado al estilo normando—. Tras llevar a Haroldo a su palacio de Ruan, Guillermo le mostró gentileza y cortesía, algo que un historiador describió acertadamente como «una seducción política».
Guillermo entretuvo a Haroldo con torneos y exhibiciones de armas y, a pesar de la impaciencia de Haroldo por volver a Inglaterra, incluso llegó a convencerlo para que lo acompañara en su campaña militar contra la provincia rebelde de Bretaña. Allí, el mismo Haroldo se desenvolvió admirablemente en el campo de batalla, pero indudablemente debió de tener sentimientos encontrados, pues se estaba jugando la vida por el hombre que era su rival al trono que reclamaba.
Lo que siguió fue todavía más sorprendente. Según fuentes normandas, que incluían el tapiz de Bayeux, cuando terminaron las hostilidades Haroldo juró vasallaje a Guillermo en una ceremonia presenciada por la nobleza normanda. Y no solo eso, sino que —una vez más, de acuerdo con las fuentes normandas— había aceptado en privado la superioridad de la reclamación de Guillermo al trono de Inglaterra y había accedido a unir en matrimonio a su hermana con uno de los barones de Guillermo. A cambio, Haroldo se casaría con la hija de Guillermo, Adelisa.
Aunque nunca lo sabremos a ciencia cierta, parece probable que Haroldo, que debió de sentirse como un prisionero en tierra extranjera —porque independientemente del trato recibido, eso es exactamente lo que era—, llegara a aceptar la ceremonia para asegurarse la liberación. Días más tarde viajó de vuelta a Inglaterra, pero los allí presentes advirtieron que estaba profundamente afligido. A pesar de que se vio forzado a prestar juramento, lo había hecho; y en el medievo, la palabra de un hombre era un compromiso ineludible. Un cronista francés escribió sobre Haroldo:
El inglés era un hombre muy alto y atractivo, destacaba por su fuerza física, su ímpetu y elocuencia, su sentido del humor y el coraje de sus actos. Pero ¿cuáles eran sus dotes si carecía de honor, la esencia de toda magnanimidad?
1066
Y en este contexto llegó el fatídico año de 1066. En su lecho de muerte, fueran cuales fueran las promesas que Haroldo hiciera a Guillermo, Eduardo legó su reinado al primero, que fue ungido monarca el 6 de enero. Los espías que tenía Guillermo en Inglaterra estaban al acecho, y Guillermo tuvo conocimiento de la coronación tres días más tarde de la ceremonia. Los despachos cruzaron el canal de la Mancha en barco y fueron llevados a caballo a toda prisa hasta Ruan. Crónicas tardías relatan que Guillermo, al oír la noticia, enfureció y salió a airearse en un parque que había en los aledaños de su castillo. Su primera reacción fue enviar a Haroldo una serie de comunicados —el primero de ellos llegó aproximadamente diez días después de la coronación— en los que lo acusaba de perjurio por haberse retractado de su juramento y le exigía que renunciara al trono.
La respuesta de Haroldo a estas misivas no satisfizo precisamente a Guillermo, quien en realidad tampoco esperaba que Haroldo entregara el trono por las buenas. Simplemente se procuró un respaldo documental para que pareciese que él era la parte ofendida y que había hecho todo lo posible para no tener que recurrir a las armas. Esta correspondencia cobró una gran importancia, ya que la siguiente jugada de Guillermo fue acudir al papa Alejandro II, y entonces la gran generosidad que Guillermo había mostrado con la Iglesia en el pasado favoreció que el pontífice se decidiese a secundar su causa. Asimismo, en Inglaterra la Iglesia gozaba de la infame reputación de obrar con independencia de Roma y de demorarse a la hora de pagar sus diezmos, por lo que la razón principal por la que el Papa autorizó la invasión de Inglaterra a manos de Guillermo era poner a raya a los díscolos clérigos anglosajones. Guillermo ordenó reunir un ejército y construir una gran flota de inmediato.
Mientras tanto, Haroldo hizo lo mismo, incluso a pesar de que el cometa Halley hubiera surcado los cielos. Pero el monarca tenía otras preocupaciones además de su conflicto con Guillermo. Su hermano Tostig se había levantado en su contra y había unido sus fuerzas con Harald Hardrada, rey de Noruega, una figura épica de la época que aspiraba en secreto a hacerse con el trono inglés. A lo largo de la primavera y del verano de 1060, Haroldo mandó mensajes a todos los rincones de Inglaterra para convocar a sus thegns (los terratenientes que le habían jurado lealtad) y a sus huscarles (el gran séquito personal de nobles que formaría el núcleo de su ejército). Cada thegn trajo consigo a campesinos feudatarios conocidos como liens, quienes iban peor armados que el resto del ejército y probablemente eran menos fiables en la batalla.
El ejército normando de Guillermo era algo diferente, pues se componía de una reputada caballería —el ejército anglosajón estaba formado principalmente por infantería— cuyos jinetes eran temidos en toda Europa. Estos nobles armados portaban cota de malla —una vestimenta que les cubría el torso fabricada con anillas de hierro entrelazado hasta la altura de las rodillas— así como grebas —una armadura de hierro que les cubría de los pies a las rodillas—. Estos caballeros iban acompañados de infantes armados con lanzas y de arqueros que desempeñarían una función decisiva en la batalla de Hastings. (El ejército inglés, que aún no contaba con sus posteriormente famosos arqueros de largo alcance, tenía muy pocos arqueros, si los tenía).
Los grandes preparativos de Guillermo demoraron bastante su expedición, y sus naves no zarparon hasta la soleada mañana del 27 de septiembre. Los barcos invadieron las aguas normandas y cruzaron el canal de la Mancha. Lo que Guillermo desconocía era que dos días antes el rey Haroldo había obtenido una victoria decisiva en la batalla de Stamford Bridge, en York. Allí se enfrentó a un ejército liderado por Harald Hardrada y su propio hermano Tostig y, tras librar un encarnizado combate, consiguió matar a los dos hombres y acabar con miles de sus soldados. Fue una gran proeza militar, pero el rey Haroldo perdió a algunos de sus mejores hombres en el campo de batalla y apenas pudo saborear su victoria. Y es que, encontrándose aún en York, tuvo noticias —probablemente alrededor del 1 de octubre— de que Guillermo y sus tropas habían desembarcado en la costa del suroeste de Inglaterra, en la bahía de Pevensey, cerca de Hastings. Haroldo inmediatamente desanduvo su ruta hacia el norte y llegó a Londres —que se encontraba a trescientos kilómetros de distancia— en solo cuatro o cinco días. Allí reunió a sus exhaustos hombres, intentó hacer leva de nuevos soldados y marchó hacia el sur rumbo a la costa a través del entonces espeso bosque de Weald, que cubría esa región de Inglaterra.
Su ejército atravesó los bosques el 13 de octubre y tomó posiciones a lo largo de la colina de Senlac, por donde pasaba la carretera que iba de Hastings a Londres. Esa era precisamente la ruta que Guillermo debía tomar para llegar a la capital inglesa, y ahí es donde Haroldo pretendía detener a su rival de una vez por todas.
LA GRAN BATALLA
Haroldo, que conocía bien sus tierras, había escogido correctamente el campo de batalla. Tras llegar de Hastings la nebulosa mañana del 14 de octubre, Guillermo vislumbró en lo alto de la colina el temible muro de escudos del ejército inglés aguardándolo. Los huscarles de Haroldo y el séquito de sus leales hermanos Gyrth y Leofwine se protegieron tras sus escudos y formaron una barrera impenetrable, como las antiguas falanges griegas. Cada uno de ellos iba armado con una mortífera hacha de doble filo. Utilizada en las antiguas guerras de Dinamarca, estas hachas de guerra (tal y como refleja el tapiz de Bayeux) podían decapitar a un caballo fácilmente, por no hablar de un hombre. Firmemente posicionados, los guerreros anglosajones eran muy difíciles de vencer. Esta era su tierra. Guillermo era el invasor. «Dejad que vengan y les daremos lo suyo».
Rodeado de sus huscarles, Haroldo alzó su estandarte, el Guerrero, que mostraba un soldado vestido con una gran capa de oro bordada con piedras preciosas. En conjunto, sus fuerzas sumaban unos siete mil hombres. Cuando los normandos aparecieron, los hombres de Haroldo empezaron a golpear sus escudos y a gritar «¡Ut! ¡Ut!» (que podría traducirse como «¡Muerte al invasor!»).
Las fuerzas de Guillermo, que más o menos igualaban en número a las de Haroldo, miraron fijamente el formidable muro de escudos en lo alto de la colina. No había alternativa alguna salvo atacar. Guillermo estaba en tierra extranjera, lejos de su línea de suministros, y el tiempo jugaba en su contra. Pero presentía que tanto él como sus guerreros tenían a Dios de su lado; que luchaban contra un hombre que consideraban que había roto un juramento sagrado, y que ellos debían prevalecer.
Uno de los imbuidos por esta creencia era un extraordinario poeta de la corte normanda, un hombre llamado Ivon Taillefer (atravesador del hierro). Tras obtener el permiso de Guillermo para asestar el primer golpe contra los ingleses, cabalgó colina arriba hacia sus líneas blandiendo su espada en el aire mientras cantaba una canción sobre las proezas de Roldán y Carlomagno, que por entonces era muy popular en Francia pero desconocido en Inglaterra. Es difícil de imaginar qué debieron de pensar los guerreros ingleses al ver su extraña aparición, pues cargó directo hacia sus líneas y mató a un inglés de un golpe de su espada. Inmediatamente fue abatido a hachazos, pero los normandos ya habían golpeado primero.
La ladera retumbó con los gritos atronadores de los hombres de ambos bandos y el sonido de las trompetas de guerra. Guillermo ordenó a sus arqueros que disparasen una ráfaga de flechas, pero los ingleses se protegieron con sus enormes escudos de cuero en forma de cometa. El duque normando envió a su infantería pesada a remontar la colina, y entonces se desató un fiero combate. Los huscarles ingleses golpeaban sus hachas mortalmente, mientras que los thegns y los liens les arrojaban lanzas e incluso piedras con hondas. Los normandos se vieron obligados a retroceder. Guillermo entonces echó mano de la caballería, que espoleó a sus caballos al grito de «¡Diex aie!» («¡Que Dios nos ayude!»), el grito de guerra de los normandos. Pero los ingleses también repelieron su ataque y profirieron gritos de victoria.
Cuando todo el flanco izquierdo del ejército normando parecía batirse en retirada, algunos guerreros ingleses rompieron inconscientemente el muro de escudos y les persiguieron pendiente abajo. Fue entonces cuando corrió el rumor de que el duque Guillermo había caído, lo cual acobardó aún más a los huidizos normandos. Pero en ese momento, en un instante decisivo que cambió el curso de la batalla, el mismo Guillermo cabalgó hasta la vanguardia de las líneas normandas, se quitó el yelmo violentamente y exclamó: «Miradme todos. Aún sigo vivo, y con la ayuda de Dios saldré victorioso. ¿Cuál es la causa de vuestra lucha?». Acto seguido, condujo a su caballería colina arriba. La infantería inglesa, que había abandonado su posición para perseguir a los normandos colina abajo, ahora era una presa fácil para los caballeros —lejos de su muro de escudos, fueron degollados y pisoteados—. Aproximadamente mil anglosajones murieron allí. Pero cuando los normandos, conducidos por Guillermo, volvieron a atacar el muro de escudos ingleses que protegían a Haroldo en lo alto de la colina, fueron contenidos de nuevo en un violento combate. Si bien Haroldo y Guillermo no se encontraron en el campo de batalla, el hermano de Haroldo, Gyrth, luchó cuerpo a cuerpo con Guillermo, e incluso llegó a matar al caballo del duque (Guillermo perdió tres caballos ese día) antes de caer a manos de uno de los siervos de Guillermo. (Leofwine, el otro hermano de Haroldo, también murió aquella jornada).
El día continuó con reiteradas acometidas normandas. Advirtiendo que una retirada podía llevar a la infantería inglesa a romper filas para perseguir a los normandos, Guillermo ordenó a sus hombres que se retiraran en dos ocasiones. Las dos veces que lo hizo, los ingleses, confiados y enloquecidos en pleno fulgor de la batalla, persiguieron a los soldados que huían y cayeron en la trampa. La caballería normanda les cortó en pedazos y luego reprendió sus acometidas sobre el muro de escudos ingleses.
Los monjes que observaban la batalla desde una colina no muy lejos de allí (aunque no todos los monjes anglosajones miraban, algunos tomaron las armas y cabalgaron en ayuda de Haroldo) relataron más tarde que el muro de escudos inglés se empequeñecía cada vez más alrededor del estandarte del Guerrero. Sin embargo, parecía que los anglosajones formaban una línea tan compacta que los muertos no tenían sitio para caer y permanecían en el muro, aplastados entre los guerreros supervivientes que todavía se tenían en pie.
UNA LLUVIA DE FLECHAS DECISIVA
Cuando empezó a caer la noche, el asediado y exhausto círculo inglés se había empequeñecido más todavía, pero el muro de escudos todavía resistía bloqueando el paso a los normandos. Guillermo, entonces, ordenó a sus arqueros disparar una lluvia de flechas al aire para que cayeran sobre las cabezas de los guerreros anglosajones. Las saetas debieron parecer una gran bandada de pájaros surcando la suave luz del cielo otoñal, pero alcanzaron su objetivo: muchos ingleses cayeron y finalmente se abrió una brecha en el muro de escudos.
Uno de los alcanzados por los proyectiles fue el mismo rey Haroldo, a quien en el tapiz de Bayeux se le representa con una flecha en el ojo. Pero incluso entonces, con la sangre chorreándole por la cara, continuó luchando junto a sus huscarles, hasta que cuatro caballeros normandos se abrieron camino entre los escudos y le mataron a espadazos. Uno de ellos le cortó la pierna, un acto indigno de un caballero que Guillermo castigó expulsándolo de su ejército. Muerto el rey, el ejército inglés se desmoronó. Tras huir colina abajo por la otra ladera de la colina, las tropas supervivientes desaparecieron entre los bosques perseguidos por los caballeros normandos —que también fueron presa de aquel territorio inhóspito y muchos de ellos fueron asaltados y apuñalados hasta la muerte por los vengativos campesinos ingleses—. Sin embargo, el campo pertenecía a Guillermo, y cuando cayó la noche ya era el señor de toda Inglaterra. Los ingleses habían perdido a su rey y a casi todos sus cabecillas en el combate. El cuerpo de Haroldo yacía irreconocible entre cientos de cadáveres ingleses, hasta que su madre, la princesa Gytha, y su amante, Edith Cuello de Cisne, una mujer de una belleza legendaria, acudieron al campo de batalla para llevárselo. Edith finalmente logró reconocer el cuerpo de Haroldo por unas marcas secretas que solamente ella conocía, pero Guillermo se negó a que se llevaran el cuerpo para darle sepultura, ya que consideraba que Haroldo era un perjurador y no merecía ser enterrado en la solemnidad del rito cristiano. Puede que así lo creyese o tal vez se trató de un simple pretexto para asegurarse de que Haroldo, que había pasado a ser el último rey anglosajón de Gran Bretaña, no recibiera una gran ceremonia funeraria que provocara la agitación de las masas y pudiese dar lugar a un levantamiento popular. En lugar de ello, en un primer momento decidió enterrar el cuerpo de Haroldo bajo un túmulo de rocas en Hastings. Tiempo después, cuando consolidó su poder en el trono, Guillermo decidió trasladar el cuerpo a otro lugar más apropiado a la majestad que merecía un rey.
Ahora que había vencido a su rival, Guillermo era amo y señor de Inglaterra, y el día de Navidad de 1066 fue coronado como rey. En lo alto de la colina donde cayó Haroldo, Guillermo erigió la abadía de Battle en honor a la victoria sobre el hombre que rompió su juramento.

ENRIQUE II

TOMÁS BECKET
ENRIQUE II
Y TOMÁS BECKET
«¡Que alguien me libre de este cura insurrecto!»
Corría el día 29 de diciembre del año del Señor 1170 y despuntaba el crepúsculo invernal en Inglaterra. La catedral de Canterbury estaba fría y oscura, apenas iluminada por la titilante luz de unos pocos candiles. De uno en uno y de dos en dos, los vecinos de la ciudad iban entrando a la iglesia para asistir a las vísperas, pero los pensamientos sobre Dios o sobre la época navideña pronto se desvanecieron por el clamor de una multitud de monjes reunidos alrededor de una figura ataviada con una larga vestimenta blanca en el centro de la catedral. Los curas le hablaban con insistencia y parecían arrastrarle hacia el altar. Entonces irrumpió el estrépito inconfundible de hombres armados que corrían sobre un suelo empedrado. Aquellos que llegaban para la celebración de las vísperas, observando desde atrás del templo, apenas pudieron ver a los caballeros cuando entraron por una puerta lateral de la catedral, pero sí pudieron escuchar sus intimidantes gritos:
—¿Dónde está Tomás Becket, traidor al rey y al reino?
A lo que siguió un silencio sepulcral. Luego otro caballero exclamó:
—¿Dónde está el arzobispo?
Y alguien respondió:
—Soy cura así como arzobispo. Si me buscáis, aquí me encontraréis.
Tras pronunciar estas palabras, Tomás Becket empezó a cruzar el halo de oscuridad tras el cual hallaría su destino. En pocos segundos iba a convertirse en el mártir más famoso de Inglaterra y su propia sangre iba a ser venerada por los milagros que podía obrar. Mientras tanto, al otro lado del canal de la Mancha, un rey esperaba con impaciencia descubrir qué le había deparado la suerte al hombre que amaba y odiaba por encima de todos.
BECKET
Tomás Becket nació en Londres el 21 de diciembre de 1118, el día de la festividad del apóstol cuyo nombre le fue dado. A pesar de los intentos de los historiadores del siglo XIX por describir a Becket como un descendiente de una familia sajona (de ahí su rebelión contra los gobernadores normandos), su padre Gilbert era un comerciante normando adinerado que había servido como sheriff en Londres. Su madre —conocida indistintamente como Roesa (Rose) o Matilda— también era normanda. A pesar de ser originaria de Caen, tras la muerte de Becket circuló una leyenda que contaba que Roesa era una doncella sarracena que había conocido a Gilbert mientras se encontraba combatiendo en una cruzada y que más tarde se convirtió al cristianismo y se casó con él.
Becket se crio en un alegre hogar de clase alta junto con sus tres hermanas. A temprana edad fue enviado a un colegio primario privado en Surrey, donde aprendió latín y griego, y estudió a escritores clásicos como Cicerón, Ovidio, Virgilio y Platón. A los trece años —cuando, según uno de sus primeros biógrafos y admirador suyo, vieron claramente en él «la dulce gracia de Dios»— fue enviado a la escuela de Saint Paul en Londres, donde conoció a un joven de la nobleza, quizá unos años mayor que él, llamado Richer de l’Aigle, quien más tarde pasó a ser miembro de la corte del rey Enrique II. Richer enseñó a Tomás a cazar con perros y halcones, un talento de la aristocracia en el que Tomás destacó posteriormente.
Por aquel entonces la vida de Becket ya estaba marcada por la dicotomía en la que más tarde brillaría: era un alumno excelente dotado de una gran vocación para la religión, quien, sin embargo, poseía una funesta atracción hacia las cosas más refinadas de la vida medieval.
ENRIQUE
Enrique FitzEmpress —el hombre que, por algún tiempo, satisfizo las dos facetas de la personalidad de Tomás Becket— nació en Francia el 5 de marzo del año 1133, hijo de Godofredo Plantagenet, heredero de las provincias normandas de Anjou y Maine, y la emperatriz Matilda, hija del rey Enrique I de Inglaterra y viuda del emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Enrique I era el tercer hijo de Guillermo el Conquistador. En el año del Señor 1100 pasó a ser rey de Inglaterra y reinó hasta el año en que nació Enrique FitzEmpress. Enrique I había restablecido el orden en la nación inglesa, donde reinaba el desgobierno tras la invasión normanda, pero su muerte exacerbó el descontento popular. El vacío en el trono inglés llevó a una larga guerra entre el conde Esteban de Blois, sobrino de Enrique I —quien, a pesar de su juramento ante el monarca, se opuso a reconocer a Matilde como heredera al trono— y las fuerzas leales a Matilde.
El incierto resultado de esta guerra se dilucidó en 1153. Por entonces, Enrique FitzEmpress —un joven precoz y turbulento de veintitrés años— consiguió unirse en matrimonio con Leonor de Aquitania, y en consecuencia pasó a gobernar su imperio junto a ella. Con los dominios de su madre y de Leonor, Enrique obtuvo el control de casi la totalidad de la parte oeste de Francia. En enero de 1153 invadió Inglaterra con una gran fuerza y en noviembre de ese mismo año —ayudado por Teobaldo, arzobispo de Canterbury— logró establecer una tregua con Esteban de Blois. El acuerdo propició que fuera nombrado heredero de Esteban, bajo la condición de que Esteban mantuviera su reinado durante el resto de su vida.
Enrique FitzEmpress no tuvo que esperar mucho, ya que Esteban murió seis meses después y Enrique fue coronado como Enrique II, rey de Inglaterra, en la abadía de Westminster el 19 de diciembre de 1154.
TOMÁS EN LA CORTE
A la edad de veintiún años, Enrique se había convertido en uno de los monarcas más poderosos de Europa: era rey de Inglaterra, duque de Normandía y Aquitania, y conde de Anjou. Su llegada a la corte inglesa fue todo un soplo de aire fresco. Enrique tenía la mala fama de no permanecer en el mismo lugar durante mucho tiempo, ya que salía sin previo aviso a visitar cualquier rincón de su reino, algo que desconcertaba profundamente a sus cortesanos e infundía miedo a sus oficiales desleales, que nunca sabían cuándo se podía presentar el rey. Físicamente era bajo, de pecho fuerte y ancho y tenía el cabello pelirrojo. Curiosamente iba rapado (algo atípico de un monarca de aquella época), probablemente porque estaba empezando a quedarse calvo. A menudo sus ropajes lucían cubiertos de polvo a causa de sus continuos viajes a caballo y su afición a la caza.
Enrique podía ser extremadamente afable y abordable e incluso se mostraba caritativo respecto a la gente común, pero también era alguien que montaba en cólera ferozmente y, en ese estado de ánimo, podía llegar a agredir a cualquiera que se le acercara. Parte de este carácter era heredado y parte fruto del agotamiento y la frustración. Y es que Enrique intentaba volver a unir a una corte y a un país que se habían derrumbado bajo el caos de la guerra civil y el reinado de Esteban de Blois. El monarca tuvo que destituir y perseguir a oficiales corruptos, fijar nuevos impuestos, acuñar una nueva moneda de plata (que bajo el gobierno de Esteban se había devaluado) y, en general, restaurar la confianza en la monarquía.
Para hacerlo necesitaba ayuda, y Enrique recurrió a Teobaldo, el arzobispo de Canterbury, quien desde hacía tiempo apoyaba la guerra de Enrique y su familia contra Esteban y, de hecho, gobernó Inglaterra como regente durante el interregno que siguió a la muerte de Esteban, hasta que Enrique asumió el trono. Teobaldo sabía que Enrique necesitaba un tecnócrata, un hombre que ejerciera como secretario de Estado, que supervisara el flujo de capital que entraba y salía del erario inglés, que garantizara la buena administración de las cuentas y que designara a los candidatos apropiados para ejercer cargos tanto seculares como clericales. Y así fue como a finales de 1154 Teobaldo trajo a Tomás Becket a la corte para que Enrique lo conociera.
Tras dejar Saint Paul y recibir educación en leyes en París y Boloña, Becket había vuelto a Londres, donde estudió contabilidad y comercio. En 1143, el arzobispo Teobaldo convirtió a Tomás Becket, que por aquel entonces tenía veinticinco años, en su ayudante; pero pronto lo propuso para el cargo de arcediano de Canterbury (Becket no había sido ordenado sacerdote en aquella época, pero recibió las órdenes menores de diácono). Teobaldo envió a Becket a numerosas misiones diplomáticas a Roma, donde causó una buena impresión. Era muy alto y delgado, lucía una negra cabellera y era un gran conversador. Su ligero tartamudeo resultaba cautivador en vez de enervante.
Cuando Enrique y Becket se encontraron por vez primera, el hombre de mundo de treinta y seis años y el tosco joven rey hicieron migas enseguida. Sin apenas meditarlo, Enrique nombró a Becket canciller de Inglaterra.
LA AMISTAD
El puesto de canciller era el tercero más importante, por detrás del de tesorero y del de justiciar (cargo que, salvando las diferencias, hoy en día equivaldría a primer ministro), pero en un periodo de no más de tres meses parece ser que Becket pasó por delante de estos en lo referente a importancia para el rey. Un contemporáneo escribió: «No se hace, o debería hacerse, nada de gran importancia sin su [de Becket] consentimiento o consejo». Becket tenía a cincuenta y dos secretarios a su disposición para informarle; estos custodiaban el archivo del rey y del reino. Becket estaba a cargo de los pagos que hacían según los decretos reales, cubría las vacantes del obispado y del arzobispado, examinaba las súplicas que llegaban a la corte, las concesiones de tierras y otros muchos asuntos. Aunque era diácono, era el más importante y valorado de los hombres del rey, y era tenido en cuenta incluso cuando el monarca abordaba cuestiones como el nombramiento de prelados para cargos de relevancia. Según decía un contemporáneo suyo: «Enrique prescindió de un diácono y colocó a un canciller».
Aunque Tomás tenía quince años más, el rey y él «jugaban juntos como niños pequeños de la misma edad, en la corte, en la iglesia, en las asambleas y en sus desplazamientos a caballo». Becket, a diferencia del rey, había hecho un voto personal de castidad; por lo que el canciller no compartía las actividades libidinosas de Enrique —y es que, a pesar de su matrimonio con la bella Leonor, Enrique tenía amantes por todo el reino—, pero sí la afición a montar a caballo, la caza y un ingenioso sentido del humor. Una célebre anécdota entre ambos tuvo lugar cuando se hallaban cabalgando por Londres un gélido día invernal y de repente el rey vio a un pordiosero en plena calle tiritando de frío.
Enrique le preguntó a Becket:
—¿No sería un encomiable acto de misericordia darle a este pobre hombre una capa para abrigarle?
Becket estuvo de acuerdo con la propuesta.
—¡Entonces ganaos el mérito! —exclamó el rey, que acto seguido le quitó la capa a Becket, la entregó al mendigo y espoleó a su caballo. Becket le persiguió entre risas y maldiciones.
LA OPULENCIA DE TOMÁS BECKET
No es que Becket no pudiera permitirse una capa de repuesto. El rey recompensaba generosamente sus servicios a la corona, y el mismo Becket no se privaba de gustos con los dividendos que caían en sus manos. Becket se instaló en una casa londinense mucho más ostentosa que cualquier residencia real. A menudo solía celebrar veladas en las que deleitaba a sus invitados con exquisitos manjares de todo tipo. Sus sirvientes esparcían juncos frescos por su salón diariamente, una enorme extravagancia.
Los pajes que servían los manjares que ofrecía en cubertería de oro y plata eran hijos de los nobles más poderosos del país, enviados por sus padres a servir a Becket para que aprendieran del gran hombre. Enrique y Leonor hicieron lo mismo. En 1161, cuando tenía seis años, enviaron a su hijo y heredero, lord Enrique —conocido como el rey joven—, a vivir con Becket, quien estableció tal complicidad con el chico que se refería a él como su hijo adoptivo.
ARZOBISPO DE CANTERBURY
Teobaldo, arzobispo de Canterbury y fiel amigo de Enrique II, falleció el 18 de abril de 1161, y Enrique buscó en su lugar un reemplazo que le fuera igual de leal, pero que también pudiera ayudarlo a materializar los oscuros planes que tenía para la Iglesia de Inglaterra. Enrique creía firmemente que la Iglesia precisaba una profunda reforma —entre otras cosas, quería que a los religiosos corruptos se les pudiera juzgar ante los tribunales civiles, y no en los tribunales religiosos a los que debían someterse por aquel entonces.
Corrían rumores de que Enrique quería encargar a Becket este delicado asunto, pero muchos eran los que pensaban que no era una buena idea —al fin y al cabo, Becket era demasiado mundano, ni siquiera era cura, como para ocuparse de ello—. Becket, que estaba al tanto de todo cuanto sucedía en el reino de Enrique, sabía que el rey pensaba en él para la causa, pero parece ser que no hizo demasiado por disuadirlo de sus intenciones de nombrarlo arzobispo. Posiblemente sentía que había hecho todo lo que estaba en su mano como canciller real; también es probable que pensase que estaba desperdiciando su vida. Este hombre casto, erudito, rico y poderoso no era sacerdote ni noble; por ello, puede que Becket anhelara tener una relación más estrecha con Dios.
Es tentador psicoanalizar a Becket y preguntarse si no veía con buenos ojos ostentar una posición que le iba a permitir enfrentarse al rey y que le daría la oportunidad de poner a prueba su propia voluntad para ver si era capaz de llegar a la cima de una vez por todas. Pero es imposible sacar conclusiones sobre algo que pasó hace nueve siglos. Sin embargo, sabemos que en mayo de 1160 el rey Enrique II ordenó a Becket abandonar Francia y volver con el rey joven a Inglaterra, donde tendría lugar una ceremonia en la que los barones de Enrique jurarían pleitesía al chico y lo reconocerían como heredero de Enrique. Cuando Becket se detuvo ante el castillo del rey en Normandía, Enrique habló con él en privado y le dijo lo siguiente: «Aún no conocéis todos los motivos de vuestra misión. Es mi voluntad que seáis el nuevo arzobispo de Canterbury».
Hay muchos relatos contemporáneos acerca de la respuesta de Becket, pero todos ellos coinciden en que le pidió al rey que lo reconsiderara. Becket agachó la cabeza, observó los coloridos ropajes que llevaba y respondió irónicamente: «¿No podías haber escogido a alguien menos religioso y santo para dirigir esa sacra sede?». Luego prosiguió con un tono más serio: «Sé a buen seguro que, si Dios lo permitiera, te volverías en mi contra rápidamente, y el afecto tan grande que nos une se convertiría en un odio visceral».
Pero sus palabras no causaron en el rey efecto alguno. Enrique insistió y Becket no tuvo elección. Ese mismo mes fue oficialmente nombrado arzobispo en Londres. El 2 de junio fue ordenado sacerdote, y al día siguiente fue consagrado arzobispo de Canterbury.
«EL REY HA OBRADO UN MILAGRO»
El día en que Becket dobló la rodilla y recibió los sacramentos en la catedral de Canterbury, los presentes miraron atónitos cómo le caían las lágrimas. Muchos de estos poderosos nobles y mitrados no le tenían demasiada simpatía a Becket, ya que, como mano derecha del rey, los había apartado con su acceso al poder, su arrogancia e incluso sus turbios negocios. Seguramente dieron por hecho que sus lágrimas eran de cocodrilo, puesto que Becket tenía fama de ser un hombre muy teatrero. Gilbert Foliot, obispo de Hereford, quien envidiaba y odiaba a Becket a partes iguales, después de la ceremonia afirmó con sarcasmo: «El rey ha obrado un milagro. Ha convertido a un hombre seglar y a un soldado en un arzobispo». Sin embargo, durante los meses siguientes, todos, incluso los enemigos de Becket, reconocieron que había experimentado un profundo cambio. Desprovisto de sus coloridos ropajes, iba ataviado con un hábito de monje austero debajo del cual llevaba un cilicio largo hasta la rodilla repleto de parásitos. Flagelado con frecuencia por otros monjes, comía los alimentos más rudimentarios y solo bebía el «agua que se usaba para cocinar heno». Becket hacía penitencia por lo que él mismo describía como su «pasado pecaminoso», en el que había llevado una vida como «mecenas de actores y seguidor de gente vil». Cada mañana se levantaba temprano para ir a lavar los pies de trece mendigos y darles limosna; asimismo, cada noche hacía vigilias.
Enrique estaba seguro de que Becket continuaría sirviéndole como canciller de Inglaterra, pero Becket declinó seguir en el cargo y envió un mensajero a Francia —donde Enrique todavía residía— con el gran sello de la cancillería. Enrique lo cogió con asombro. «¿Es que ya no va a usarlo?», preguntó.
El mensajero respondió: «Dice que la carga de dos oficios es demasiado pesada para él».
«Ya no quiere estar a mi servicio —Enrique lamentó—. Puedo presentirlo».
Como venganza, Enrique retiró a Tomás el título de archidiácono de Canterbury y los grandes ingresos que percibía por ostentarlo. A pesar de que Becket había hecho un gran cambio a nivel personal, aún se recreaba con grandes lujos, y la falta de ganancias empezó a hacer mella en su estilo de vida.
Pero esto solo era el comienzo de las diferencias que afloraban entre ambos. Enrique volvió a Inglaterra en enero de 1163, era la primera vez que pisaba el país después de cinco años. Becket se reunió con él en la costa y le dio el beso de la paz, pero su relación ya había empezado a resquebrajarse.
«OS OPONÉIS A MÍ EN TODO»
El rey pasó los tres años siguientes en Inglaterra poniendo en orden su reino o, al menos, intentándolo. Unos años antes, Guillermo el Conquistador había dividido el sistema judicial inglés entre tribunales seculares y eclesiásticos. Esto implicaba que los clérigos —diáconos, monjes y curas— no podían ser juzgados en los tribunales seculares, sino solo en los eclesiásticos, los cuales destacaban por las blandas sentencias que dictaban contra los malhechores. Y es que, por ley, los tribunales eclesiásticos no podían condenar a muerte a los reos. Esto, literalmente, daba a los clérigos una especie de licencia para matar. Para más inri, Enrique descubrió que durante su corto reinado el clero había cometido más de cien asesinatos. Esta situación había propiciado la existencia de una clase de delincuentes que, vestidos a imagen y semejanza del clero, robaban y saqueaban a su antojo, y luego se acogían a la inmunidad eclesiástica.
Enrique insistió en que el clero fuera juzgado en los tribunales seculares. Esta propuesta era un tema sensible, y el monarca esperaba que Becket lo apoyara en su causa. No cabe duda de que Becket estaba al tanto del fracaso de la justicia de los tribunales religiosos en lo que a la criminalidad se refiere, pero, conociendo al rey como lo conocía, pensó que el clero interpretaría cualquier abolición de los derechos de la Iglesia como un intento de Enrique para hacerse con el control absoluto de la institución. En octubre de 1163, Enrique solicitó a Tomás y a sus obispos que le juraran lealtad en todas sus decisiones; Becket se enfureció e insistió en que se comprometían a hacerlo «a excepción de aquellas relacionadas con nuestra orden».
Pero había ido demasiado lejos. Enrique confiscó dos de las fincas más lujosas de Becket. A su vez, Tomás se vengó de él oponiéndose a que Guillermo, el hermano de Enrique, se casara, alegando motivos religiosos. También pareció desviarse del buen camino para proteger a los clérigos bandoleros o asesinos, o a aquellos que pretendían serlo. Finalmente, en enero de 1164, en una asamblea celebrada en Clarendon, Enrique ordenó la redacción de dieciséis artículos que han pasado a conocerse como las constituciones de Clarendon, cuyo artículo tercero incluía que los procesos clericales se juzgaran en los tribunales civiles.
En ese momento, sabedor de la obstinación del monarca, Becket empezó a vacilar. Primero se opuso a las constituciones e instigó a sus obispos a hacer lo mismo. Pero cuando el rey montó en cólera, e incluso amenazó con ejecutar a algunos de ellos, Becket cedió. No estaba dispuesto a firmar las constituciones, pero sí que hizo un juramento en privado conforme acataría las nuevas leyes. Poco después, el papa Alejandro recibió una copia de las constituciones y dio su apoyo a Becket, lo que hizo que este se arrepintiera de haber capitulado ante el rey.
Becket entonces cambió de parecer una vez más, pero esta vez Enrique ya no estaba dispuesto a tolerarlo. Secundado por buena parte de los obispos de Becket, quienes sentían que su carácter terco y voluble estaba menoscabando la dignidad de la posición que ostentaba, el monarca decidió retirarlo del arzobispado.
En noviembre de 1164, el rey había decido juzgar a Becket por desacato y por robar dinero a la corona durante sus años como canciller. Becket se presentó al tribunal cargando su propia cruz episcopal para reivindicar la protección de la Iglesia. El rey lo ignoró y convocó a un tribunal secular para que dictara sentencia. Becket se limitó a abandonar la corte y llamó «traidor» al rey en reiteradas ocasiones.
Aquella noche, vestido de monje, cruzó el canal de la Mancha hacia Flandes y, finalmente, viajó hasta la corte del rey Luis VII de Francia. Tardaría cinco años en volver a Inglaterra.
EXILIO Y RETORNO
En un acto compasivo, el rey Luis dispuso que Becket entrara en una abadía cisterciense en Borgoña para librarlo de la ira del rey Enrique. Desde allí, Becket escribió cartas al Papa y a eminentes clérigos de toda Europa para reivindicar que Enrique estaba persiguiendo a la Iglesia. Parece ser que lo que buscaba era la excomunión de Enrique. Aunque obtuvo numerosos apoyos a lo largo de sus años de exilio, las presiones de Becket llevaron al Papa a intervenir en el asunto. El pontífice intentó reconciliar a Enrique con su arzobispo bajo el pretexto de que el distanciamiento entre ambos estaba perjudicando a la santa institución. Esto propició que Enrique y Becket se encontraran en Francia en julio del año 1170. Enrique, visiblemente emocionado, dio un cálido abrazo a Becket y le dijo: «Mi lord arzobispo, recuperemos el afecto que sentíamos el uno por el otro».
Enrique le pidió a Becket que volviera en paz a Inglaterra y asistiera a la ceremonia de coronación del rey joven (Enrique estaba aplicando la costumbre francesa de coronar a su heredero en vida). Becket accedió, pero, si bien habían limado asperezas, sus desavenencias eran irreconciliables. No se mentó la condena de Becket en la corte del rey ni nada se dijo de las constituciones de Clarendon. Todavía había mucha aversión hacia Becket en Inglaterra —tanto por parte de los barones de Enrique como por parte de los propios obispos de Becket—, pero en octubre de ese mismo año, en Francia, Enrique expidió formalmente un salvoconducto para que pudiera regresar a Inglaterra «según mis deseos».
Cuando ambos se reunieron en Normandía para despedirse, Tomás espetó:
—Mi señor, la intuición me dice que jamás volveré a veros en esta vida.
Enrique replicó enfurecido:
—¿Creéis que sois un traidor?
—Dios no lo quiera —respondió Becket.
LA MUERTE DEL ARZOBISPO
De vuelta a Inglaterra, era evidente que Becket no tenía intenciones conciliadoras. Cuando llegó al país a principios de diciembre, fue recibido calurosamente por el bajo clero y la muchedumbre, que lo quería por sus costumbres modestas y sus buenas obras de caridad. Pero el rey joven —a quien Becket prácticamente había criado desde su infancia— se negó a verlo, y muchas otras autoridades hicieron lo propio. Como respuesta, hablando desde el púlpito de la catedral de Canterbury, Becket arremetió contra aquellos obispos que habían apoyado a Enrique durante su ausencia y los excomulgó públicamente.
Estos hechos constituían una terrible ofensa contra el rey de Inglaterra, con quien acababa de reconciliarse, pero la hostilidad que Becket había tenido que afrontar al volver a su patria había precipitado los acontecimientos. Sus actos tuvieron consecuencias inmediatas. Tres de los obispos excomulgados se presentaron enseguida en la corte del rey en Normandía, donde llegaron el día de Navidad. Enrique y sus barones escucharon enojados cómo los clérigos describían la conducta de Becket. Uno de los obispos advirtió al rey: «Os aseguro, majestad, que mientras Tomás viva no vendrán días buenos, no serán tiempos tranquilos ni reinará la concordia en vuestro reino».
Y Enrique, iracundo, exclamó: «¡Que alguien me libre de este cura insurrecto! ¡Maldito sea Becket! ¡Malditos sean todos los falsos lacayos que han comido en mi mesa y han traicionado mi confianza! […] ¡Y todos aquellos que han permitido que un cura plebeyo se haya burlado de su señor con tal ignominia y desprecio!».
No era más que una de las rabietas dramáticas a las que Enrique los tenía acostumbrados, pero algunos de los allí presentes se tomaron sus palabras muy en serio. Durante la noche, cuatro de los barones —Reginald FitzUrse, William de Tracy, Hugh de Morville y Richard de Brito— huyeron furtivamente rumbo a Inglaterra. Cuando el rey Enrique lo descubrió, envió sin éxito a buscarlos, pero por entonces ya habían zarpado. Si realmente Enrique intentó detenerlos o no, aún sigue siendo un motivo de controversia entre los historiadores; pero el hecho de que los barones huyeran en secreto, e incluso tuvieran la precaución de zarpar desde puertos diferentes, evidencia que sabían que el rey iba a intentar detenerlos una vez que se hubiera calmado.
Los cuatro caballeros consiguieron llegar a Canterbury la tarde del 29 de diciembre e irrumpieron en el despacho del arzobispo mientras se encontraba reunido con sus clérigos. Curiosamente, parece ser que Becket sabía desde hacía un día que estos hombres acudirían a verlo, pero decidió dar la cara. Pretendiendo que el rey Enrique los había enviado a arrestarlo, los barones acusaron a Becket de conspirar contra el rey joven (cuando excomulgó a algunos de los obispos que habían contribuido a su coronación). Además de lanzar esta grave acusación, los barones amenazaron al arzobispo con que debía absolver a los obispos a los que había apartado o atenerse a las consecuencias. FitzUrse lo dejó bien claro cuando se acercó a Becket y le dijo a un palmo de la cara: «Os lo advierto, es vuestra cabeza la que está en juego».
Cuando Becket se negó a retirar las excomuniones, los hombres se marcharon y salieron al patio a toda prisa al grito de: «¡A las armas!», «¡A las armas!». Entonces obligaron a uno de los lacayos de Becket a ayudarlos a ponerse su armadura, un procedimiento que requería mucho tiempo e implicaba ponerse espinilleras de acero, una coraza y un yelmo. Luego subieron corriendo hasta la residencia del arzobispo, pero sus monjes, alarmados, ya le habían llevado a la catedral, donde jamás hubieran imaginado que los barones osarían entrar —ya que derramar sangre en suelo sagrado era un pecado mortal—. Los monjes intentaron cerrar las puertas de la catedral, pero Becket replicó: «La casa de Dios no es una fortaleza. ¡Abrid las puertas!».
En aquel momento, los ciudadanos de Canterbury que acudían para asistir a las vísperas o atraídos por el tumulto se arremolinaban a las puertas de la catedral cuando los cuatro caballeros irrumpieron con estruendo desde una calle lateral. Aterrados, los monjes de Becket corrieron a esconderse en las oscuras esquinas de la catedral; todos excepto Edward Grim, un monje que estaba de visita en la catedral y que permaneció con valentía junto al arzobispo. Becket se identificó en la oscuridad y se aproximó a los barones, que acudieron acompañados de un subdiácono llamado Hugh Mauclerc, un clérigo que odiaba profundamente a Becket.
—Absolved a los excomulgados —exclamó Mauclerc.
—Ya he dicho lo que haré y lo que no pienso hacer —respondió Becket.
Los barones prendieron a Becket e intentaron sacarlo de la iglesia por la fuerza. Puede que su propósito no fuera asesinarlo allí, sino que tramaran matarlo fuera del templo. Pero Becket, haciendo alarde de su físico, agarró a FitzUrse de la armadura y lo arrojó al suelo.
«Dejadme ir, Reginald. Sois mi vasallo, me debéis fidelidad. Dejadme ir, maldito rufián».
Sus palabras enfurecieron a FitzUrse, que sacó la espada y le asestó un golpe en el cráneo que rebanó la piel de la cabeza de Becket mientras este, con las manos juntas, rezaba: «Mi iglesia y yo nos encomendamos a Dios y a la Virgen María, a san Dionisio y a san Alfege». Acto seguido, De Tracy se acercó a él y le asestó un espadazo. El monje Grim, armado de coraje, intentó proteger a Becket con su brazo, y la hoja estuvo a punto de cortarlo por la mitad cuando la espada impactó en la cabeza de Becket. Este cayó al suelo y Grim lo acogió en sus brazos mientras continuaba rezando: «En tus manos, Señor, encomiendo mi espíritu».
Agonizando y retorciéndose de dolor en la oscuridad, prosiguió: «En el nombre de Jesús y en defensa de la Iglesia, abrazo a la muerte». Entonces De Brito le propinó un golpe tan fuerte en la cabeza que le partió el cráneo y la hoja se rompió en pedazos al impactar contra el suelo empedrado. Luego el clérigo Hugh Mauclerc le pisó el cuello y, con la punta de la espada, desparramó sus sesos por el suelo de un espadazo. «Caballeros, hemos cumplido nuestro cometido. Este hombre jamás volverá a levantarse», afirmó con desdén acto seguido.
EL ASCENSO DE BECKET
Cuando los asesinos de Becket abandonaron el templo, se produjo un acontecimiento natural inusitado: una extraña tormenta invernal cayó sobre la ciudad de Canterbury. Entre destellos de relámpagos y estruendosos truenos, los monjes de Becket colocaron su cuerpo en el altar de la catedral, mientras otros monjes y vecinos de la cuidad recogieron sus despojos y los fragmentos de la espada de De Brito para guardarlos como reliquias. La gente se arrodillaba ante él, cortaba trozos de su vestido y besaba y acariciaba el cuerpo de Becket, asombrados por el cilicio que llevaba bajo el hábito. A la mañana siguiente los monjes lo enterraron en la cripta que había bajo la catedral.
Con su muerte, Becket ascendió y se volvió más poderoso que el rey al que sirvió durante tantos años. A los pocos días de su muerte, primero en Inglaterra y luego en toda Europa, empezaron a producirse milagros atribuidos al arzobispo. Mientras tanto, Enrique fue injuriado en Inglaterra y en el continente, ya que todos dieron por hecho que él había ordenado la muerte de Becket.
Lo cierto es que cuando el rey Enrique supo que Becket había muerto quedó profundamente afligido. Según relató un clérigo que presenció el momento, ataviado con un hábito de penitencia, «el monarca profirió exacerbados lamentos y pareció caer en un estado de estupor». Estuvo así seis semanas y, cuando se recuperó ligeramente, convocó a su corte para jurarles que nada había tenido que ver con la muerte de Becket. Pocos lo creyeron. El papa Alejandro excomulgó a los asesinos de Becket, pero tardó dos años en pronunciarse respecto a Enrique. Finalmente, obligó a Enrique a jurar públicamente sobre la Biblia que él no había ordenado la muerte de Becket; asimismo, tuvo que comprometerse a proveer doscientos caballeros para luchar en Tierra Santa (una costosa propuesta para el austero rey). Pero lo más significante de todo fue que Enrique se vio obligado a revocar aquello a lo que el Papa se refirió como «los malvados Estatutos de Clarendon».
Esta fue la victoria final de Tomás Becket sobre el rey, la restauración de la separación entre Iglesia y Estado en Inglaterra. No duraría para siempre, pero Enrique había perdido su batalla. Curiosamente, el monarca no se molestó por la decisión papal. En vez de eso, llegó a afirmar que lloró más la muerte de Becket que la de sus propios padres. Enrique nunca se recuperó de la muerte de Tomás Becket y la historia vinculó para siempre al turbulento rey con su revoltoso clérigo.

EL REY RICARDO I

EL REY JUAN
EL REY RICARDO I
Y EL REY JUAN
Hermanos y adversarios
Cada vecindario tiene una. Esa familia de locos, ruidosa y a menudo violenta, que vive en el piso de abajo y que amarga la vida a todos los vecinos. Es necesario llamar a la policía para impedir sus ruidosas fiestas y para disolver sus riñas familiares, ya que suelen acabar con violencia. Beben como cosacos y amenazan a cualquiera que los mire mal, y los hombres cavan misteriosamente en el patio trasero a altas horas de la noche. ¿Para enterrar tesoros o a familiares? Cualquiera sabe.
Para alguien que viviera en Francia o Inglaterra en la segunda mitad del siglo XII y hubiera compartido vecindario con la Casa de Anjou, serían ellos. En particular, el rey Enrique II y sus hijos Ricardo y Juan, aunque otros hijos, esposas, amantes femeninas y homosexuales también alimentaron esta olla de grillos. Durante más de sesenta años, del 1154 al 1216, Enrique, Ricardo y Juan se turnaron para reinar Inglaterra.
La familia era originaria de la familia de Anjou, en Francia, por eso también se les conocía como la dinastía angevina. Era una familiar peculiar: encantadores, atractivos, pasionales y rebosantes de energía, pero también violentos y con mucho carácter. Enrique II montó en cólera una mañana en la que oyó a un cortesano hacer un pequeño elogio sobre uno de sus enemigos, desgarró su almohada y se la comió literalmente. Ricardo, cuando se enfurecía, a menudo parecía un animal herido al que nadie osaba acercarse. Como describió un escritor contemporáneo suyo: «no le gustaba el triunfo si no lo conseguía con la espada y derramando la sangre de sus adversarios».
¿Y Juan? Juan, nueve años más joven que Ricardo, era dado a tener berrinches de inmadurez que en alguna ocasión habían llegado a ocasionar la muerte de alguien cercano a él. El cronista Richard de Devizes escribió: «Cuando se enfadaba, fruncía el ceño de la rabia, los ojos le brillaban encendidos y unas manchas azuladas descolorían sus rosados carrillos».
«DEL INFIERNO VINIERON»
Incluso en una época en que la inestabilidad parecía ser el prerrequisito para ser noble, es un hecho insólito que estos individuos tan volubles llegaran a mantenerse en el poder tanto tiempo. Los contemporáneos murmuraban y se sobrecogían con la estirpe de los Anjou. La dinastía angevina, supuestamente, y según las escrituras, descendía de Satán, quien en un momento concreto del pasado había enviado a su bella hija Melusina a la Tierra, donde se casó con un príncipe angevino, dio a luz a cuatro hijos y echó a volar entre aullidos cuando le mostraron la eucaristía. Por ello, san Bernardo de Claraval escribió sobre los angevinos: «Del infierno vinieron y al infierno volverán», y lo decía en serio.
Los angevinos se pavoneaban al respecto. «No nos privéis de nuestro legado», bromeaban Enrique II y Ricardo, según relata el cronista Giraldus Cambrensis. «No podemos ayudar si actuamos como demonios».
Enrique II era un hombre dotado de una inteligencia proteica y una ambición sin límites. Pasó a ser rey de Inglaterra en 1154 en una época, poco menos de un siglo después de la conquista de los normandos, en la que eso también implicaba controlar vastos territorios en Francia —Normandía, Anjou, Poitou y otras provincias—. Enrique se casó en la rica región de Aquitania con la extraordinaria Leonor de Aquitania, once años más joven que él, con la que tendría ocho hijos, de los cuales cinco varones: Guillermo, Enrique, Ricardo, Godofredo y Juan. Guillermo murió durante su infancia, pero Enrique II todavía tenía el problema de dividir sus tierras y posesiones entre sus otros hijos, y lo trató de resolver sin demasiado acierto prometiendo al joven Juan (conocido como «Juan sin tierra» por su escasa herencia) la tierra que el rey joven, entonces conocido como Enrique hijo, pensaba que era suya. En 1172, el rey joven y Ricardo se revelaron contra Enrique II. Este último, conocido como el rey viejo, reprimió su rebelión y como represalia forzó al joven Enrique a ceder parte de su herencia a Juan. Pero esto no hizo más que sembrar la semilla de una nueva discordia. El rey joven murió de disentería en 1183 y Ricardo pronto se posicionó como el heredero más poderoso de la estirpe de los Anjou, un fiero guerrero que —tal y como comentaban sus contemporáneos constantemente— parecía no tenerle miedo a nada.
En un combate fratricida, Godofredo y Juan unieron sus fuerzas para atacar a Ricardo (instigados por el rey viejo, que consideraba que Ricardo tenía demasiados humos), pero fueron vencidos. Juan, todavía sin patrimonio, fue enviado a Irlanda a sofocar la revuelta de los nativos irlandeses. No obstante, joven e inexperto como era, fracasó estrepitosamente y volvió a Inglaterra más comedido. Mientras tanto, su hermano Godofredo falleció accidentalmente en un torneo. Su esposa dio a luz a un hijo póstumo, Arturo, que fue criado lejos de la casa de Anjou.
Había llegado el fin del juego para los jóvenes y los viejos angevinos. Ricardo rehusó desprenderse de la provincia de Aquitania (la herencia de su madre Leonor) y Enrique se opuso formalmente a reconocerlo como heredero. Además, por el bien de la dinastía, empezó a acostarse con la prometida de Ricardo, la princesa Alicia, una aventura que era un secreto a voces en la corte. Esta situación era embarazosa para Ricardo no porque tuviera sentimientos hacia Alicia —al fin y al cabo el suyo era un matrimonio concertado y, en cualquier caso, es probable que Ricardo fuera homosexual—, sino porque el viejo rey verdaderamente estaba usurpando su propiedad.
En verano de 1189, Ricardo se alió con el rey Felipe Augusto de Francia y atacó a Enrique, forzándolo a rendirse y a reconocer a Ricardo como su heredero legítimo. La razón principal por la que Enrique capituló fue porque descubrió que Juan, el más joven de sus hijos y al que más quería, se había aliado con Ricardo. Enfermo y con la salud muy mermada, Enrique II murió el 6 de julio de 1189 maldiciendo a Ricardo. Cuando Ricardo asistió al funeral de su padre, según cuenta una historia ampliamente difundida y creída, el cadáver de Enrique sangraba por la nariz, lo cual significaba que Ricardo lo asesinó.
Ahora ya solo quedaban dos varones en la estirpe angevina: Ricardo y Juan. Pero el verdadero conflicto no había hecho más que empezar.
EL REY RICARDO
Ricardo fue coronado el 3 de septiembre de 1189 en la abadía de Westminster. Aunque era un día radiante y soleado, un murciélago pasó volando en círculos alrededor del trono donde Ricardo se sentó durante la ceremonia, lo cual fue interpretado como una señal de mal augurio por aquellos que creían que su reinado sería una desgracia para el reino. Tampoco ayudó que el misógino y antisemita de Ricardo hubiera ordenado que ni mujeres ni judíos asistieran a la coronación. Sin embargo, una delegación de judíos londinenses acudió, con intención de llevar presentes al nuevo rey, y fueron atacados por los cortesanos de Ricardo, lo que desencadenó disturbios antisemitas que se propagaron a otras ciudades de Inglaterra. Ricardo no tardó en sofocarlas, pero fue un mal comienzo para su reinado.
No obstante, es improbable que al nuevo rey le preocuparan demasiado estos asuntos. Tenía treinta y dos años, se encontraba en la flor de la vida, creía soberbiamente en sí mismo y había logrado obtener aquello que quería y creía que merecía: la corona de Inglaterra. El rey inglés destacaba por su gloriosa figura: alto, con una melena de tonalidad rubia y pelirroja, ancho de hombros y dotado de largos brazos y piernas, Ricardo era un ídolo de masas que, a pesar de los rumores acerca de su sexualidad y sobre la muerte de su padre, atraía a la muchedumbre allí por donde pasaba.
El único problema era que Ricardo no quería permanecer en Inglaterra por su clima frío y lluvioso. De hecho, durante sus diez años de reinado solo pasó en Inglaterra un total de seis meses, divididos en dos visitas distintas. A pesar de que muchos lumbreras ingleses lo han glorificado comparándolo con Winston Churchill, probablemente fue uno de los peores gobernantes de la historia de su nación.
LAS CRUZADAS
Básicamente, Ricardo veía Inglaterra como la gallina de los huevos de oro para su gran misión: emprender una cruzada contra los musulmanes, que poseían gran parte de Tierra Santa. Con este fin, «tomó la cruz» dos años antes de su coronación. La suya sería la tercera cruzada —la primera, emprendida en el año 1099, había logrado conquistar Jerusalén y forjar un territorio cristiano en la zona, conocido como los Estados Cruzados, a lo largo del Mediterráneo; pero la segunda había sido un fracaso, y ahora los ejércitos musulmanes bajo el mando de Saladino habían retomado Jerusalén y amenazaban con adueñarse de los territorios cristianos que quedaban en Tierra Santa.
De modo que las primeras acciones que emprendió Ricardo como rey fueron básicamente belicosas. El monarca empezó a reunir dinero para su cruzada. Los altos oficiales y los sheriffs que servían al reino fueron obligados a pagar un impuesto para mantener sus cargos, y los castillos fueron vendidos al mejor postor, así como los señoríos, los condados e incluso ciudades enteras. Ricardo liberó de la prisión al peor enemigo de los angevinos, el rey Guillermo I de Escocia, a cambio de diez mil marcos de plata. Los monasterios tuvieron que contribuir con su causa para mantener sus derechos y privilegios. En un momento dado llegó a afirmar que vendería Londres por un buen precio. Un cronista escribió irónicamente: «Ricardo alivió consideradamente a aquellos cuyo dinero era una carga para ellos».
Antes de emprender su cruzada —que duraría años y de la que muchos pensaban que jamás regresaría—, Ricardo sabía que tenía que nombrar funcionarios para que se ocuparan de los asuntos de Estado y gobernaran en su asuencia. Y como no tenía hijos, también tuvo que nombrar a un heredero. Para ello delegó esas funciones —lo que demuestra que no era un buen estadista— a varios hombres ambiciosos, pero en particular a William Longchamp, a quien nombró canciller de Inglaterra.
En el delicado asunto de elegir heredero, había dos candidatos predecibles. Uno era su sobrino Arturo; el otro, su joven hermano Juan. Desde el punto de vista angevino, la elección evidente era Arturo, que tenía cuatro años y obviamente no suponía una amenaza para arrebatarle el reino en su ausencia. No obstante, Ricardo se fue y dejó pendiente la resolución del futuro de su hermano Juan.
JUAN
Con veintitrés años cumplidos cuando Ricardo fue coronado, Juan era considerado, por sus hermanos y por otros que lo conocían, un irresponsable que había desperdiciado la oportunidad de controlar Irlanda y había malgastado el dinero que le había proporcionado el permisivo Enrique II. Sin embargo, como pariente consanguíneo de Ricardo, Juan reclamó el trono. En ese momento, probablemente, su demanda era tan legítima como la de Arturo, y Ricardo debía tenerla en cuenta. Curiosamente, la solución del rey fue cubrir de regalos a su hermano. Ricardo lo nombró conde de Mortain, en Normandía, y lo casó con la heredera: Isabel de Gloucester. La Iglesia desaprobó el matrimonio puesto que ambos eran primos segundos, pero Ricardo los obligó a aceptarlo. En consecuencia, Juan empezó a recibir la tercera parte de cada pena económica impuesta contra los malhechores en Gloucester, una bonita suma de dinero caído del cielo. Ricardo también concedió seis condados a Juan (que incluían Nottingham, el supuesto hogar de Robin Hood) y le hizo saber una vez más que podía adueñarse de Irlanda.
En ese momento hubo quien pensó que Ricardo había perdido el juicio o que estaba enfermo y no esperaba volver de la cruzada. ¿Cómo demonios podía darle semejante porción de las islas británicas a una persona tan codiciosa y de tan poca confianza? Supuestamente, a cambio de dicha generosidad, Ricardo solo pedía una única cosa: que Juan hiciese un juramento en el que se comprometiera a permanecer fuera de Inglaterra durante tres años, el tiempo que Ricardo calculaba que tardaría en volver de la cruzada y tomar las riendas. Pero incluso en eso fracasó. Juan y la madre de Ricardo se opusieron. Leonor de Aquitania consideraba que debía ser Juan y no Arturo el verdadero heredero al trono, y convenció a Ricardo para que liberara a Juan de su juramento de abandonar Inglaterra. Ricardo accedió con recelo, y a punto estuvo de poner el reino en manos de su hermano.
CUANDO LOS GATOS DUERMEN, LOS RATONES BAILAN
Hay un historiador que afirma que «pocos reyes podían haber generado una situación tan potencialmente desastrosa como hizo Ricardo durante los primeros cuatro meses que pasó en Inglaterra». No solo había impuesto despiadadamente grandes cargas fiscales a sus gentes, también había vendido gran parte de las dependencias de la Administración al mayor postor, además de poner a Juan en una situación en la que sin poder intervenir tenía la manzana del pecado original colgando delante de sus narices. Juan ha sido muy criticado por los historiadores a causa de su comportamiento durante la ausencia de Ricardo, pero si hubiera actuado de otro modo no habría sido un angevino descendiente del diablo.
Ricardo, tras unir fuerzas con el rey Felipe de Francia, puso rumbo a su cruzada el 4 de julio de 1190. Juan volvió a Inglaterra desde Francia y empezó a asegurarse su base de poder, consciente de que si Ricardo no volvía debía disponer de los hombres y de los fondos necesarios para hacerse con el trono. Lo primero que hizo fue establecer una corte para él en Londres como si fuera rey, en la que disponía de su propio canciller, portador del sello, juez presidente y tesorero. A pesar de que muchos de los cargos eran necesarios para gobernar los extensos territorios ingleses bajo su dominio, daba la impresión de que había establecido una corte rival en Inglaterra. Su siguiente paso fue asegurarse de ganarse a cualquiera que tuviera algún tipo de aversión contra William Longchamp, el canciller elegido a dedo por Ricardo. Los detractores de Longchamp incluían al violento Hugh de Nunant, obispo de Coventry, que —según decían— era tan malvado que cuando confesó sus terribles pecados en su lecho de muerte no encontró a ningún sacerdote dispuesto a absolverlo.
Junto con Nunant, Juan decidió iniciar una lucha de poder con Longchamp, que a su vez era una figura bastante impopular. Cuando Longchamp intentó arrestar a un barón al que acusaba de actividades ilícitas y sitió su castillo, Juan acudió en su ayuda y tomó dos castillos que pertenecían a Longchamp. No obstante, por aquel entonces corría la primavera de 1191 y Ricardo ya tenía noticias desde el este de que había discordia en Inglaterra. Por este motivo envió a Walter de Coutances, arzobispo de Ruan, para que mediara entre ellos, con órdenes de tomar el poder si fuera necesario. Coutances gozaba de la reputación de ser un hombre justo y honorable, y las esperanzas de Juan para que aumentara el disentimiento quedaron frustradas temporalmente. Para más inri, llegaron noticias de que Ricardo se había casado en Chipre con Berenguela de Navarra mientras iba camino de Tierra Santa —la indomable Leonor de Aquitania cruzó los Alpes en pleno invierno a la edad de sesenta y nueve años para arrastrar a la novia hasta Chipre—. Tanto Leonor como Juan sabían de las inclinaciones sexuales de Ricardo, pero Leonor quería que al menos le proporcionara un nieto. En cuanto a Juan, la posibilidad de que Ricardo tuviera un hijo —un heredero indiscutible— era la peor noticia que podía llegarle.
RICARDO ENCADENADO
Cuando finalmente llegó a Tierra Santa en junio de 1191, Ricardo obtuvo una gran victoria sobre el sultán Saladino en Acre. Pero poco después, su aliado y viejo amigo el rey Felipe de Francia abandonó la campaña en julio alegando problemas de salud. Sin embargo, sus intenciones eran más oscuras, y es que, aparte de que en realidad no tenía el afán guerrero de su aliado, quería aprovechar la ausencia de Ricardo para debilitar las posesiones del rey inglés en Francia. Abandonado a su suerte, Ricardo y sus hombres lucharon solos. En otoño de 1191 obtuvieron una victoria contra los musulmanes en Arsuf y volvieron a vencerlos en Darum en la primavera de 1192. Sin embargo, en otoño de ese mismo año, Ricardo se vio incapaz de recuperar Jerusalén y se vio forzado a firmar el tratado de Jafa con Saladino. El acuerdo permitió a los cristianos obtener un salvoconducto para peregrinar hasta Jerusalén, pero la Ciudad Santa permaneció en manos de los musulmanes.
A pesar de que fue una de las cruzadas más exitosas, Ricardo Corazón de León no era feliz con el resultado de su campaña. Una de las razones por las que decidió sellar la paz fueron las noticias que le llegaban sobre los problemas en Europa. Según estas nuevas, Juan había firmado una alianza en secreto con el rey Enrique para arrebatar a Ricardo sus posiciones en Francia. Y lo que era peor, Juan estaba usurpando el poder en Inglaterra, llevando al país a la bancarrota, prendiendo a los leales a Ricardo y obligando a otros funcionarios reales a jurarle lealtad como legítimo heredero de Ricardo. Incluso ni siquiera su propia madre podía pararle los pies.
Ricardo zarpó de Acre rumbo a casa en septiembre, con la intención de resolver estos graves acontecimientos, pero hasta Navidad no se supo nada de él. Juan hizo correr el rumor de que su hermano jamás regresaría, que había sido asesinado en alguna parte en su viaje de vuelta. La verdad es que Ricardo fue capturado y tomado como rehén. En una elección absolutamente insensata, decidió viajar por tierra de incógnito —probablemente a causa de los mareos que le ocasionaba el viaje en barco, rehusó la idea de emprender una larga travesía por mar hasta el estrecho de Gibraltar y el canal de la Mancha— y fue hecho cautivo por su enemigo Leopoldo V de Austria, quien, por una buena suma, lo vendió a otro enemigo suyo, el emperador del Sacro Imperio Romano Enrique VI, que estaba pletórico por el curso de los acontecimientos. Este vendió a Ricardo al mejor postor a cambio de una enorme recompensa. Otro que se mostró muy interesado en pagar su rescate fue el rey Felipe de Francia. Si finalmente lograba comprar a Ricardo y utilizarlo como moneda de cambio para obligar a los ingleses a abandonar sus posesiones en Francia, habría realizado una jugada maestra perfecta.
¿Y qué hay de Juan? Tras saber que su hermano se encontraba cautivo, Juan cometió una traición excesivamente ignominiosa incluso para un angevino. Negoció un acuerdo con el rey de Francia, al que ofreció abandonar a su propia esposa y casarse con la hermana de Felipe si este apoyaba a Juan en sus planes de invadir Inglaterra. Afortunadamente para Ricardo, Leonor de Aquitania y los barones leales a Ricardo sitiaron el castillo de Juan para disuadirlo de sus propósitos. Las noticias de la traición llegaron a oídos de Ricardo en su cautiverio, pero el monarca se tomó a la ligera el intento de golpe de Estado de su hermano pequeño y afirmó: «Mi hermano Juan es un hombre incapaz de conquistar un dominio ajeno por la fuerza si alguien opone la más mínima resistencia».
No obstante, incluso cuando Leonor finalmente reunió la cuantía exigida para rescatar a Ricardo de las garras de Enrique VI, Felipe y Juan continuaron conspirando. A cambio de que retuviera en cautiverio a Ricardo indefinidamente, o incluso durante un año más, ofrecieron al emperador del Sacro Imperio Romano la misma cantidad de dinero que exigía. («¡Mirad si lo amaban!», escribió un cronista con sarcasmo). Enrique informó a Ricardo de la traición de su hermano y acto seguido subió el precio del rescate. Finalmente Ricardo fue liberado en 1194.
Cuando supo de la nueva, Felipe envió a Juan el siguiente mensaje: «Andaos con cuidado, el demonio ha sido desencadenado». Juan no tardó en buscar refugio en la corte francesa.
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