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EL LIBERALISMO HERIDO
© del texto: José María Lassalle, 2021
© de esta edición: Arpa & Alfil Editores, S. L.
Primera edición: mayo de 2021
ISBN: 978-84-17623-99-9
Depósito legal: B 6488-2021
Diseño de colección: Enric Jardí
Diseño de cubierta: Anna Juvé
Maquetación: Àngel Daniel
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José María Lassalle
EL LIBERALISMO HERIDO
Reivindicación de la libertad frente
a la nostalgia del autoritarismo

SUMARIO
INTRODUCCIÓN: ¿ORDEN O CAOS?
1. La era populista
2. El siglo antiliberal
3. Escombros liberales
4. Guerras culturales
5. Mercado total
6. El giro autoritario
7. Hacia la Ilustración oscura
8. Golpe de Estado 4.0
9. Momento Spinoza
10. Humanismo tecnológico
BIBLIOGRAFÍA
Para las tres mujeres de mi vida, Gisela, Adriana y Valeria.
Naturalmente nosotros, los que no queremos ser radicales, nos encontramos en una situación de dificultad creciente: no debemos dejarnos apartar...
STEFAN ZWEIG, Diarios (1931-1940)
INTRODUCCIÓN
¿ORDEN O CAOS?
El 6 de enero de 2021 el tsunami populista golpeó la colina del Capitolio estadounidense. La estampa de un búfalo humano presidiendo la Cámara de Representantes quedará para la posteridad como el recordatorio de que la democracia liberal está en peligro. Desde entonces, esta idea ha dejado de ser hipótesis para convertirse en un hecho incontrovertible. Ahora sabemos que la versión más agresiva y poderosa del populismo quiere acabar con ella. Digo versión, porque la era populista en la que nos adentramos ofrece varios rostros, aunque todos comparten el mismo objetivo: reconfigurar el sujeto político y ponerlo a las órdenes de un poder que se ejerce utilizando las emociones.
Por un tiempo se pensó que el populismo sería transversal e igualitario. Ahora empezamos a ver que será vertical y autoritario, aunque también cabe un tercer rostro que hibride ambas posibilidades. Con todo, desde el asalto al Capitolio, la versión más autoritaria del populismo gana enteros; y la consumación de sus propósitos, también. Quiere convertir la democracia en lo que Pierre Rosanvallon define como una democradura. Una forma política posmoderna que fusiona la democracia y la dictadura mediante un gobierno esencialmente iliberal que, sin embargo, mantiene el aspecto exterior de una democracia.
El siglo XXI ha hecho posible que hablemos de ella y una sucesión de crisis que la televisión ha registrado con imágenes nos muestra el proceso que nos ha traído hasta aquí. Primero, los Boeing impactando sobre las Torres Gemelas. Después, los ejecutivos de Lehman Brothers abandonando con sus cajas la sede neoyorquina de la compañía. Finalmente, una multitud de fanáticos ocupando el hemiciclo de la Cámara de Representantes en Washington tras escuchar una alocución del expresidente Trump.
11 de septiembre de 2001, 15 de septiembre de 2008 y 6 de enero de 2021. Tres fechas que conectan tres momentos críticos de la historia de la democracia liberal y que el coronavirus ha modelado como una hipercrisis global. Los malestares acumulados tras las vivencias colectivas de cada una de esas crisis nos han traído aquí, y han provocado el oleaje populista que ha chocado estrepitosamente contra los muros del templo de la democracia moderna.
El desenlace hasta el momento es desolador: nos falta seguridad, no tenemos prosperidad y tampoco salud. Esta circunstancia hace que nos asomemos a un momento histórico donde la impotencia y la vulnerabilidad van de la mano y nos abocan peligrosamente a una psicología colectiva que busca redentores. Crece la sensación de que la democracia liberal es un modelo fallido. Los estados de excepción no han restaurado la seguridad; el capitalismo cognitivo no ha traído el bienestar para todos y la vacunación contra la covid-19 restablece lentamente la salud física y mental de una sociedad agotada y resignada ante la adversidad.
El viejo dilema seguridad o libertad se agudiza con la descomposición perceptiva de ambos en otro nuevo: orden o caos. Aquí es donde la democracia liberal pierde pie ante las profundidades posmodernas de una sociedad ingobernable agitada por un imaginario de catástrofes globales. Primero, porque el ser humano empieza a estar cansado y decepcionado de la experiencia cívica de ser un adulto kantiano; y segundo, porque la interacción compleja de problemas que acompaña la globalización adquiere tal magnitud e intensidad que solo la inteligencia artificial se ve como solución a ella. La suma de todo explica que el liberalismo esté herido por la nostalgia de que alguien decida por nosotros. Una pulsión que irá a más. Hasta el punto de dibujar un horizonte con rostro y propósito de hiperpoder: un Ciberleviatán que decida por todos dentro de la experiencia colectiva de un mercado total. Una distopía que es posible, pero no inevitable, bajo la era del populismo.
Con la reflexión que ofrezco en este libro continúo las que contienen Contra el populismo y Ciberleviatán. En ellos, modestamente, anticipé lo que vivimos. Lo digo sin ánimo de reivindicarme. No aspiro a ser una nueva Casandra. Tampoco a que me den la razón. Lo recuerdo porque sigo pensando que el populismo es un fenómeno político evitable, aunque se agudicen sus efectos. De hecho, se pueden prever incluso los momentos críticos si se analizan correctamente y se actúa sobre ellos antes de que se produzcan. Siempre me he sentido bastante interpelado por las palabras con que Raymond Aron se definía a sí mismo al decir que era un pesimista activo. En mi caso, también, y por eso vuelvo a la carga para reivindicar que, a pesar del riesgo de democradura tecnológica que se vislumbra en el horizonte, la libertad es todavía más posible que su negación bajo el orden y el caos que aquella propicia. Solo hace falta convencerse de que merece la pena luchar por la libertad humana, a pesar de todo. Eso busco con este libro.
1
LA ERA POPULISTA
Entramos en una nueva era marcada por la incertidumbre absoluta. Por primera vez en muchos siglos, somos incapaces de encontrar un relato totalizador que interprete el mundo y nos explique cómo vivir nuestra experiencia de él. La humanidad se globaliza. Lo hace frenéticamente, con un ritmo acelerado que tensiona los ejes institucionales que marcan su gobernanza y provocan, como apunta Hartmut Rosa, una sensación generalizada de alienación y pérdida de contacto con la existencia individual y colectiva1. Hasta el punto de que se abre camino la sensación de que nos enfrentamos a una situación de colapso. Un momento crítico de catástrofe que nos emplaza a preguntarnos hacía dónde nos dirigimos. Un momento refundacional de la humanidad que nos pone delante el reto de la consumación del Antropoceno y sus dinámicas de movilización utilitaria del planeta y de sus recursos físicos y humanos impulsadas desde los inicios de la modernidad hasta nuestros días2.
Esta percepción colectiva de alienación no es un proceso reciente. Nos acompaña desde principios del siglo XXI. Es cierto que el coronavirus se ha convertido en una calamidad que ha agudizado y acelerado el fenómeno, pero sobre los rieles psicológicos de una experiencia que ya se había instalado con firmeza en la sociedad occidental. La pandemia lo que ha hecho es intensificar los problemas que existían y los ha relacionado entre sí. Esto ha generado una interacción compleja entre ellos que los ha agudizado localmente y, al mismo tiempo, los ha proyectado fuera de su perímetro original al hacernos a todos partícipes de ellos. Desaparecidos los tabiques de la historia y la geografía, ya no hay compartimentos estancos a la hora de abordar su gestión, propiciando esta circunstancia que surjan nuevos problemas asociados a la interacción de los que ya existían antes. De hecho, los problemas de los demás se han convertido también en los nuestros, y viceversa. La globalización ha borrado las fronteras con la goma de la digitalización y el cambio climático, y los estados se ven incapaces de gestionar una eclosión de problemas transfronterizos para los que no tienen recursos institucionales. Básicamente porque la vieja soberanía nacional surgida en el siglo XIX se empequeñece ante la titánica sombra que proyectan sobre las cabezas de los gobiernos de nuestro tiempo las catástrofes del siglo XXI3.
El mayor de los problemas que actúan sobre esta trama de complejidad global es que carecemos de una gobernanza común capaz de gestionarla. Se vio en 2001, cuando el terrorismo islamista comenzó a golpear de forma deslocalizada y sistemática las manifestaciones del capital simbólico de Occidente diseminadas por todo el planeta. Después, volvió a ponerse de manifiesto en 2008, cuando la crisis financiera estalló por una iliquidez sistémica surgida de un modelo de capitalismo especulativo basado en el endeudamiento global. Y vuelve a suceder ahora, cuando un virus surgido en la ciudad china de Wuhan se convierte casi en tiempo real en una pandemia que desestabiliza el planeta. Algo que ha sido posible porque el coronavirus se ha acoplado a las redes de transporte diseñadas por el capitalismo cognitivo del siglo XXI para favorecer la movilidad que requieren los intercambios profesionales y culturales que aquel provoca.
A esta insuficiencia en la gobernanza, se añade la debilidad de una metodología moderna fundada en la razón y en el conocimiento que se desprende de ella. Un método que desfallece en la impotencia, como vuelve a demostrar la pandemia, a la hora de definir cuáles son las acciones normativas que hay que seguir para neutralizar los daños ocasionados por la propagación masiva de una enfermedad global. Esto es especialmente significativo respecto al cálculo de los consensos necesarios para operar más allá de situaciones de complejidad lineal como las que predominaban en el pasado. Ahora, los modelos fracasan ante una complejidad que no solo hace interactuar los problemas entre sí, sino que agrega otros nuevos con los que se hibrida. Fracaso que se agrava porque la racionalidad que buscaba el bien común ha sido sustituida por la eclosión de una pluralidad de sensibilidades y percepciones que, además, están en conflicto. Esto nubla y oscurece de antemano la racionalidad anticipatoria y previsora de los consensos. La política parte en estos momentos de la premisa posmoderna de que contribuir a la elaboración de una ley ya no es invertir en un capital público que compensará en el futuro la pérdida de nuestros intereses particulares más inmediatos. Ahora, la ley es un equilibrio transitorio e inestable asociado a una mayoría provisional que identifica como interés general una alianza de intereses particulares contrapuestos a otros. El bien común no existe porque no se puede prever ni establecer un consenso estable sobre cómo identificarlo.
Este panorama ingobernable e irresoluble de complejidad sistémica que ha evidenciado definitivamente la pandemia confirma que la metodología de gestión diseñada por la modernidad liberal carece de respuestas para atajar los retos asociados a la globalización conforme a los presupuestos de análisis que se dio a sí misma en el siglo XVIII, cuando surgió. Retos que aumentan exponencialmente la revolución digital y el cambio climático, que básicamente son los vectores que resumen la interacción de problemas que provoca un mundo que está saliéndose de sus ejes normativos porque los criterios contractualistas pensados por individuos que desarrollaban responsablemente un cálculo racional de oportunidades han sido superados. Este marco de incertidumbre generalizada genera una infraestructura inquietante y movediza que socaba los cimientos de lo que podría denominarse el «mundo del ayer», que representaba la cosmovisión democrática del siglo XX. Esto hace que el contexto liminal en el que nos movemos exija de nosotros capacidad para entender hacia donde debemos reorientar nuestros pasos4.
Algo que, como analizaremos a lo largo del libro, no puede abordarse a partir de los presupuestos metodológicos de un individualismo expansivo y activista, seguro de sí mismo debido a los patrones de una racionalidad que le permitía tomar decisiones que se ajustaban responsablemente a las necesidades de quien aspiraba a ser frente a ellos, a la manera kantiana, un adulto. Un individualismo que, además, sintonizaba con el programa de una modernidad pletórica y provista de una hoja de ruta volcada sobre la transformación del planeta conforme a los designios de la Ilustración. Tampoco sirven los Estados democráticos, tal y como los hemos entendido hasta ahora. Entre otras cosas porque la soberanía legal sobre la que asentaban su poder, el perímetro competencial de las acciones que podían desarrollar, ha visto mermada su eficacia ante el azote de los problemas globales que surgen fuera de aquel debido a la crisis climática, la automatización deslocalizada o las pandemias de ahora y las que surjan en el futuro.
Las escenas con las que comenzó 2021 resumen plásticamente el momento de gravedad al que se enfrentan las democracias liberales. Nos han puesto delante los síntomas de la enfermedad política y social que padecemos. La ocupación del Capitolio de Estados Unidos por una multitud ciberdirigida desde las redes sociales nos alerta del peligro que nos acecha de una manera inmediata. Hay que recordar que los asaltantes lo hicieron convencidos de que eran héroes que luchaban por la democracia que otros les arrebataban fraudulentamente a través del recuento de votos. Además, la intentona golpista fracasó porque se bloquearon las cuentas en Twitter, Facebook, Instagram y YouTube de Donald Trump. No porque se hubiera dado una respuesta institucional que restableciera la legalidad cuestionada por la multitud. La democracia liberal se impuso porque las corporaciones tecnológicas decidieron por sí mismas que querían estar alineadas con lo que las urnas habían dado a entender oficialmente. De este modo, confirmaron en la práctica que son titulares de una soberanía digital que tutela de facto la soberanía popular al disponer de un poder aristocrático que condiciona todo lo que sucede en la infoesfera. Nos adentramos, por tanto, en una era hostil a la libertad y a los valores que acompañaron la construcción de la democracia. Al menos, de acuerdo con los patrones liberales que la han definido hasta ahora. Una era que anuncia que el eje de legitimidad de aquella se desplaza, quizá irreversiblemente. Tanto, que se insinúa una democracia distinta. Una democracia que sigue siéndolo en apariencia pero que resignifica sus presupuestos y modifica sus bases y fundamentos conceptuales mediante un giro autoritario que verticaliza la relación con el poder. Como señala Pierre Rosanvallon, la democracia evoluciona de nuevo porque nunca fue un universal predeterminado, estable e inamovible. La democracia nació movediza. Algo que se ha evidenciado con la historia. Ahora nos enfrentamos a una nueva mutación que hace que se decline probablemente como una democracia personalista, directa, polarizada e inmediata, por seguir citando al politólogo francés5.
Entrado el siglo XXI la democracia adopta nuevas adjetivaciones. Evoluciona de un gobierno liberal hacia otro cesarista que la reconfigura como una organización agónica y excepcionada de la política. Basada en el conflicto y no en el consenso. Dominada por las pasiones y por una multitud acechante que reclama ser gobernada a golpes de autoridad y sin más limitaciones que el alcance de la seducción populista de sus líderes. Es cierto que hay otras versiones posibles para ella, aunque todas parecen abocadas a revestir en alguna medida estos rasgos. Pero la que se impone sobre todas ellas tiene un relato detrás que estudiaremos con detalle en los próximos capítulos. Se escribe desde una óptica autoritaria y neoliberal, que convierte al mercado en un sustituto del Estado. Así, mientras este se despolitiza, aquel se politiza hasta convertirse en un Mercado total. De este modo, se produce por la vía de los hechos una reconfiguración del fascismo a través del mercado. Una resignificación neoliberal del orden en donde el Estado y el Mercado se hibridan como una estructura disciplinaria que normaliza una teología del laissez faire tecnologizada.
Si se confirmaran estas impresiones, habrá que buscar cómo limitar y condicionar el nuevo statu quo. Es más, si acabara siendo inevitable un perímetro político tan asfixiante, habría que encontrar un espacio para que fuese posible la libertad. Esto solo podrá hacerse si se define una estrategia circunstancial que devuelva al liberalismo su razón de ser como pensamiento al servicio del humanitarismo y la dignidad crítica de la persona. Algo que, de antemano, aventuro que no será fácil. El populismo está actuando como un tsunami político. Sin embargo, ¿cuándo ha sido fácil trabajar por la libertad? ¿Lo fue cuando nació el liberalismo a finales del siglo XVII? ¿Lo fue después, en el contexto de las revoluciones atlánticas, o en el difícil marco social del siglo XIX, o en el escabroso contexto político del siglo XX? En todos esos momentos el liberalismo tuvo que evolucionar y adaptarse a las circunstancias si no quería perecer. Baste recordar cómo John A. Hobson escribía en 1909 un ensayo que no dudó en titular como La crisis del liberalismo6. Apenas una década después la influencia de este autor, y otros que también mostraron sus críticas a la situación por la que entonces atravesaban las ideas liberales, condujo a sentar las bases para un desarrollo que retomó la estirpe humanitaria y democrática que desde Tocqueville y Stuart Mill mantuvo en pie un pensamiento que ha ido siempre de la mano de la transformación de la democracia que contribuyó a legitimar. Algo que hoy, como entonces, tendrá que volver a hacer, aunque cueste más. Para ello deberá localizar el hilo que permita reconectar con el presente y ser útil para que nuestro tiempo sea más acorde con la continuidad de sus ideales emancipatorios, críticos, pluralistas y tolerantes.
La multitud se impone sobre el individuo, pero quizás haya que revisitar aquella y comprender, como advertía Spinoza, que hay «multitudes libres, y hay también multitudes sojuzgadas: una multitud libre se guía más por la esperanza que por el miedo, mientras que una multitud sojuzgada se guía más por el miedo que por la esperanza. Aquella, en efecto, procura cultivar la vida, esta, en cambio, evitar simplemente la muerte; aquella, repito, procura vivir para sí, mientras que esta es, por fuerza, del vencedor»7. Llevado por las palabras de Spinoza, me atrevo a aventurar que la nueva democracia que se insinúa en el horizonte posterior a la pandemia será básicamente multitudinaria. Pero entiéndase bien, o una multitud colaborativa o una multitud polarizada. O una multitud en la que el individuo desempeñe, como veremos en el capítulo 9, un papel que le impulse a cooperar voluntariamente con los otros, o una multitud atomizada y dispersa, en la que los individuos se confronten en una guerra civil permanente y que reactive la tesis hobbesiana de que el hombre es un lobo para el hombre.
Por desgracia, la tendencia que en estos momentos nos muestra la democracia liberal es que la tentación de un populismo multitudinario se ve favorecida por una serie de cambios sociales que han hecho a los individuos especialmente inclinados al egoísmo y el miedo. Algo que, como analizaremos con detalle, afrontó el neoliberalismo a partir de los años 80 del siglo pasado, cuando se hizo hegemónico. La interpretación del mundo a través de las claves de un sujeto que se veía a sí mismo como un homo oeconomicus al que gobernaba un imperativo maximizador de egoísmo individual y una búsqueda desenfrenada de bienestar material, ha desembocado en la desaparición de la acción colectiva y su disolución en fragmentos integrados en multitudes. Bajo este panorama la sociedad se ha hecho ingobernable, pues el imperativo neoliberal asumido por el capitalismo cognitivo de las grandes plataformas y los datos disuelve más y más las bases consensuales de racionalidad cívica y contractualista del liberalismo de estirpe lockeana y nos aboca a una forma pura de dominación algorítmica sin contestación ni disidencia. De este modo, articular mayorías de acuerdo con las propuestas del liberalismo democrático es cada vez más difícil. Desmenuzada la sociedad dentro de un melting pot de multitudes emocionalizadas, el poder democrático se resignifica en clave populista como una suma de grupos que configura coaliciones negativas frente a algo o alguien.
Esta es la razón por la que se impone una gestión del poder que se traduce en ahormar de manera eficiente esa estructura socialmente multitudinaria y en permanente conflicto, relegando al liberalismo como relato de legitimación intelectual de la política. Frente a él, el populismo, especialmente autoritario, gana peso y atractivo. Adopta una variedad de formas que comparten una narrativa más o menos idéntica, aunque, según se hace la sociedad más ingobernable, se abre camino la figura de un líder redentor que ofrece una visión que da sentido frente a la inseguridad, la incertidumbre, la precariedad o la división. Un proceso de exacerbación populista que puede revestir narrativas diferentes según los agentes que las promuevan, pero que conducirán todas ellas al mismo destino: una democracia asentada sobre dimensiones emocionales que abren horizontes interpretativos de liderazgo carismático. Una democracia que se nivelará por abajo al desaparecer la intermediación pero que, a cambio, se jerarquizará y verticalizará en uno que concentrará por arriba toda la capacidad de decisión. Aquí es donde se insinúa una forma de democracia autoritaria o democradura. No a la manera literalmente descrita por Marx en El dieciocho de Brumario de Luis Bonaparte, sino conforme a un cesarismo 4.0 que utilizaría la inteligencia artificial y las tecnologías exponenciales para, dentro de un proceso de soberanía algorítmica, hacer que nuestras vidas estén predeterminadas y automatizadas al servicio del orden y no de la cooperación. Un autoritarismo de nuevo cuño, capaz de manejar y disciplinar tecnológicamente a multitudes barbarizadas que se vivirán a sí mismas dentro del bucle simplificador de unas redes sociales y una estructura de identidades atomizadas que carecerá de cualquier ánimo crítico.
Pero al hablar de posibilidad rehúso hacerlo desde una visión determinista. Me limito a describir una tendencia que gana peso porque enfrente no hay nadie, todavía, con capacidad de réplica que esté organizado conforme a un relato actual que pueda voltear la energía populista. ¿Lo habrá más adelante? Ojalá. Aunque en términos objetivos pienso que estoy describiendo un proceso más o menos inevitable, subjetivamente aún creo que pueden cambiarse las cosas. Es indudable que la pandemia no ayuda. Ha acelerado el vector de cambio social y político que conduce a nuestras sociedades hacia la instauración de un Ciberleviatán. El biggest data que estamos viviendo durante estos meses de confinamientos y reducción de la movilidad ha incrementado exponencialmente nuestra huella digital y contribuye de manera decisiva a ello. No solo a nivel psicológico sino también técnico. Se están desarrollando infraestructuras digitales de vigilancia que centralizan datos y diseñan algoritmos más evolucionados que abrirán el camino hacia un marco que debilite aún más nuestras capacidades de elección y decisión autónomas. La persona se está acostumbrando a diario a desresponsabilizarse de sí misma. La libertad se hace cada vez más dependiente de las experiencias de inteligencia artificial que nos acompañan. Nos acomodamos a que nos ayuden a ser más eficientemente nosotros. Algo que epistemológica y moralmente destruye las bases de la libertad.
Con todo, creo que lo que acabo de describir no es inevitable. Es imprescindible que decidamos qué margen de maniobra queremos dejar a la libertad personal y cómo podemos preservarlo primero y ensancharlo después. Hablo de una responsabilidad política que puede ejercer el liberalismo. Debilitado por la guerra cultural que le planteó históricamente el neoliberalismo, ha perdido capacidad de respuesta frente a su enemigo secular. Especialmente cuando el neoliberalismo se ha convertido en el relato legitimador de un giro iliberal de sí mismo que ha desembocado en el autoritarismo populista que gana adeptos en todo el mundo. Pero su debilidad no tiene por qué significar su derrota, tal y como se ha visto en Estados Unidos. Aunque el populismo autoritario le lleva ventaja, puede recuperar terreno; algo que exige una reflexión crítica sobre sí mismo para asumir, después, el reto de encontrar una narrativa distinta a través de la cual limite el populismo y abra espacios de disidencia organizados frente a la normalidad que quiere imponer si venciera definitivamente.
Herido por un siglo que lo ha combatido sin tregua desde su comienzo, el liberalismo debe ser capaz de encontrar su sentido dentro de la coyuntura de aparente inevitabilidad populista a la que estamos abocados. Pierre Rosanvallon ha definido recientemente al siglo XXI como el siglo del populismo y, por desgracia, va camino de serlo. Pero el liberalismo, aunque herido, no está muerto. Si asume esta realidad puede reencontrarse a sí mismo. Es más, podría abordar una reformulación que lo visibilice con un cometido que le permita ganar nuevas batallas al servicio de la libertad. Probablemente, su capacidad totalizadora para recubrir con el manto de su legitimidad a la democracia ya es inviable en el formato que diseñó la Ilustración. Entre otras cosas, porque su programa político caducó con la llegada de la posmodernidad. Sin embargo, la constatación de estos hechos no significa que el liberalismo haya dejado de ser necesario. El aprendizaje que tiene ante sí es comprender que debe modificar su rol y ser más selectivo en el enfoque de sus capacidades. Se trataría de sintonizar, dentro del marco de la democracia que pensó Spinoza, las políticas de amistad de Jacques Derrida con la teoría de los buenos sentimientos que Adam Smith describió para dar sentido y coherencia a la riqueza de las naciones.
Hablamos, por tanto, de una hibridación virtuosa del liberalismo que lo hiciera amistoso y hospitalario mediante una reivindicación actualizada de una educación cívica basada en la cultura y el humanismo como soportes de nuevos consensos. Porque de lo que se trata es de encontrar una nueva trayectoria por la que transite la libertad después de las catástrofes de un siglo que ha debilitado la esperanza. Una trayectoria que recupere nuestra fe en la cooperación y el consenso con los otros. Que reconstruya el valor del humanismo en medio de un mundo robotizado que margina a la persona y, lo que es peor, que la somete a dinámicas de instrumentación que la objetivan y relativizan. Necesitamos un liberalismo empático que vuelva a incentivar nuestra capacidad crítica de emancipación dentro del ecosistema digital en el que nos movemos. Un liberalismo crítico que dé al individuo habilidades emancipatorias para no disolverse en las multitudes que propicia el populismo para imponerse. Un pensamiento que reivindique el valor de la amistad frente al odio que despliegan los populistas para dislocar la democracia y ver lo que es capaz de dar de sí ésta antes de provocar su ruptura y justificar la implantación de una dictadura. Eso significa que tiene por delante el cometido de impedir que la era populista sea irreversible y definitiva. Supone que debe preservar la naturaleza mutable de la democracia y pugnar para que la resignificación que tiene ante sí se lleve a cabo bajo parámetros que protejan la dignidad de la persona.
El liberalismo debe comprender cuál ha de ser su propósito en el siglo XXI, y este ha de centrarse en salvaguardar la capacidad de elección del ser humano manteniendo su disponibilidad emancipadora y crítica y su apertura a la amistad. Desde este propósito ha de ejercer una función de disidencia humanitaria. Primero, para impedir que la democracia populista acabe transformada en un Ciberleviatán frío e inhumano; y, segundo, para fundamentar un humanismo tecnológico que pueda desarrollar una alternativa a aquél mediante una ciberdemocracia que sea capaz de conciliar sin dificultades el desarrollo de la tecnología y el ejercicio de la ciudadanía.
Pensar la vialidad de este propósito, así como su eficacia de resistencia y acción, son los fines que animan la redacción de este ensayo. Espero que la revolución silenciosa que vivimos y que desplaza el soporte de legitimación de la democracia hacia el populismo no debilite nuestra confianza en ver este cambio como transitorio. La victoria de Joe Biden en las elecciones norteamericanas reabre una oportunidad de esperanza para el liberalismo. Lo mismo que la capacidad que ha demostrado la democracia estadounidense para conseguir que se movilizara en las urnas una mayoría suficiente que impidiera a Trump perpetuarse en el poder.
Una y otra son oportunidades que pueden hacer que los liberales reconecten con la realidad posmoderna que tienen que gestionar, aunque desde claves que, como trataremos de demostrar, tienen que actualizarse si pretenden tener éxito en su propósito. Esta circunstancia y el hecho de que Europa resista los pulsos del Brexit y de países como Hungría y Polonia tensionan la viabilidad de su proyecto liberal, aunque evidencian que hay margen para impedir la supuesta inevitabilidad de la democradura.
2
EL SIGLO ANTILIBERAL
Afrontamos una época dominada por el populismo. Un tiempo que proyecta desconfianza y recelo hacia el humanismo liberal y sus valores: la libertad, la igualdad, la tolerancia, el pluralismo y la confianza en el progreso. Estos sentimientos incluso se ven agravados al adquirir tintes de hostilidad hacia quienes pretenden convencer a la sociedad de que las ideas liberales son todavía válidas y, quizá, más necesarias que nunca.
La causa de ello hay que buscarla en la historia inmediata. El siglo XXI está derrumbando la arquitectura institucional de la democracia liberal. Lo hace con golpes que, bajo la forma de crisis sucesivas, impactan brutalmente sobre su fachada varias veces centenaria. De hecho, son cada vez más los que ven en la pandemia de la covid-19 el golpe definitivo. Los portavoces del antiliberalismo que se propaga por las redes con voracidad viral explican que la crisis sanitaria que seguimos padeciendo demuestra cómo el tribunal de la historia ha dictado sentencia condenatoria sobre el liberalismo y su ineficiente capacidad para gestionar los momentos de excepción. Con independencia de si es recurrible o no, lo cierto es que hablamos de un fenómeno que está destruyendo su crédito y su respetabilidad. Es tan intenso, que las raíces morales del liberalismo parecen fatalmente dañadas mientras progresa su antípoda populista. El problema radica en que asistimos a un fenómeno que afecta directamente a la democracia liberal. No hay que olvidar que sus instituciones se han asentado hasta ahora sobre presupuestos liberales. Estos, además, han trascendido las fronteras históricas que marcaban la división derecha e izquierda, convirtiéndose en un acervo común que ha permitido los consensos entre el conservadurismo y la socialdemocracia en la mayoría de los países occidentales.
Comprometida la supervivencia de esos principios, es inevitable que se vea también amenazada la continuidad de la democracia y su sistema de libertades, al menos, tal y como la hemos entendido hasta el momento. Esta circunstancia agrava las dudas sobre la viabilidad de las sociedades abiertas, sometidas desde hace años a un estrés populista que debilita la resistencia de sus materiales de legitimidad. A ello contribuye la emergencia de un vector autoritario que ha favorecido la pandemia, aunque ya estaba fuertemente arraigado en las sociedades democráticas desde la crisis de seguridad del 11-S y el desarrollo del movimiento neoconservador surgido como respuesta política a esta última. Hablamos de un vector populista y multitudinario que defiende una nueva forma de democracia que se propaga con habilidad infecciosa como una especie de virus antipolítico. Hasta el punto de que no esconde su desafío ni el cuestionamiento de los fundamentos morales de la democracia liberal. Esgrime para ello el conflicto y alega estar dando una guerra cultural contra los consensos normalizados por el liberalismo después del New Deal y la Segunda Guerra Mundial. Su origen es confuso. Nace de aportaciones diversas, aunque el vector primordial en estos momentos proviene de un neoliberalismo que ha experimentado numerosas mutaciones a lo largo de su vida. De hecho, cada una de las crisis que han debilitado al liberalismo durante el siglo XXI han ido de la mano de una mutación específica de su enemigo neoliberal. Este, tras el 11-S, se hizo neoconservador al incorporar el decisionismo, las dinámicas de excepcionalidad y una narrativa sentimental que abrió un proceso de paulatina marginación de la racionalidad política. La adopción de presupuestos extremistas explica por qué, tras la crisis de 2008, se aceleró su transformación de la mano del Tea Party.
Este movimiento inauguró una estrategia de acoso y derribo hacia el liberalismo progresista que encarnaba la figura de Obama y sus políticas. Abrió la caja de los truenos de una furia antisistema y movilizó una estrategia populista e insurreccional que cuestionaba la legitimidad democrática de la presidencia de Obama a partir del hábil manejo de la propaganda televisiva y las incipientes redes sociales. El éxito del fenómeno fue tan rotundo que hizo posible la victoria de Donald Trump sobre Hillary Clinton al desarrollar un ciberpopulismo del que surgió la derecha alternativa o Alt-Right1.
La adopción generalizada de medidas extremas bajo los estados de alarma decretados con la pandemia, así como la introducción de infraestructuras tecnológicas de vigilancia y monitoreo, han dado impulso y fuerza renovada a la idea de que el orden urge. Este se ve como imprescindible en sociedades cada vez más ingobernables y necesitadas de seguridad. Sobre todo si se quiere garantizar la consolidación de las nuevas formas de prosperidad basadas en la automatización y la innovación tecnológica. Un reto que aborda sin prejuicios la versión de un neoliberalismo que invoca una libertad antidemocrática y un poder sin más control y límite que su propia autorregulación. Se abre paso la idea de que existe una superioridad técnica en la capacidad de respuesta del autoritarismo frente a situaciones de crisis como la que vivimos con el coronavirus. Esta idea, de hecho, gana terreno y adeptos en la opinión pública. Tanto que, revestido con el uso del big data y la inteligencia artificial, se insinúa en el horizonte como un marco futuro de legitimación de la política. Básicamente por la capacidad que ofrece de respaldar la toma de decisiones en contextos de aceleración que requieren rapidez en las respuestas y que no pueden depender de procesos deliberativos que supongan un cálculo de oportunidad que analice con lentitud los intereses en juego. El uso de tecnologías exponenciales como las mencionadas permite abordar decisiones casi en tiempo real. Solo requieren la voluntad de asumirlas políticamente con la misma rapidez que se procesan. Este ahorro deliberativo que hace el análisis algorítmico le atribuye una superioridad técnica irrebatible por la fuerza argumentativa de una gestión de datos inabarcable por la mente humana. Esta legitimación técnica de decisiones unilaterales es una herramienta antidemocrática poderosísima. Bien a través de la reconfiguración de la propia democracia bajo un diseño iliberal y populista, bien mediante la instauración de cesarismos recubiertos con una mínima capa de formalidades democráticas, o bien, lo que es más probable, mediante una hibridación de ambas fórmulas.
La clave de esta creencia que resucita el autoritarismo en cualquiera de sus versiones parte de una premisa común, economicista y técnica a la vez: los intereses del poder en el siglo XXI ya no deben alinearse con la ciudadanía sino con la eficiencia sistémica del mercado. La urgencia que provoca la vivencia constante de sucesivas situaciones de excepción aconseja que se instaure un orden despolitizado que permita al capitalismo cognitivo acelerar la revolución digital que lo impulsa. Algo que requiere convertir al laissez faire en el interés general del sistema y que este vaya progresivamente naturalizando las desigualdades sociales con el objetivo de justificar, después, las políticas. Tesis que hizo suya Sandro Gaycken, director del Digital Society Institute, cuando afirmó sin ningún rubor que en el futuro quienes quieran votar tendrán que acreditar su competencia política para hacerlo2. Como analizaremos más adelante, esta premisa que tantos líderes del ecosistema digital suscribirían, tiene su origen en la defensa que hace el neoliberalismo de un modelo corporativo basado en un laissez faire que permita innovar sin los límites que establece la regulación ética del humanitarismo liberal y su desfasado concepto de ciudadanía. Así las cosas, el debate político de los próximos años será si las incertidumbres que plantea la problemática asociada a la globalización automatizada se gestionarán conforme a criterios autoritarios y populistas o democráticos y liberales. Criterios que nos obligarán a dilucidar si las decisiones políticas serán abordadas pensando en proteger y anteponer la seguridad a la libertad, o la multitud al individuo. Algo que ya se produce con la pandemia pero que se intensificará en el futuro. Especialmente si, como sucede en estos momentos, se ensalza el valor de la seguridad como fundamento básico de la comunidad política. Un hecho que se da al tiempo que se desecha la libertad por ser operativamente inviable en un contexto de información cambiante e imperfecta como el que provocan las diversas experiencias catastróficas asociadas a los procesos de globalización.
En la actualidad aumentan las voces que niegan, incluso, la oportunidad de la libertad humana a la hora de gestionar los desafíos de nuestro tiempo. Es más, se discute si es admisible que tengamos la capacidad de autodeterminarnos para decidir el sentido de nuestras acciones y de cómo respondemos por ellas. Algo que Locke sintetizó en el momento fundacional del liberalismo al afirmar que los seres humanos teníamos por naturaleza una perfecta libertad para ordenar nuestras acciones y disponer de nuestras pertenencias y personas de acuerdo con nuestra razón y experiencia3.
Precisamente, esto es lo que se discutirá en la sociedad pospandémica. ¿Son viables nuestra libertad y su dinámica de socialización cooperativa frente a retos globales que comprometen nuestra vida y para los que no ofrecen respuestas fiables ni la razón ni la experiencia individuales? ¿No será mejor para nuestra supervivencia someternos a un poder disciplinario que, a la manera china, haga más eficiente la toma de decisiones en tiempo real debido a las urgencias que van a pesar sobre el futuro de la humanidad? Esta última pregunta se propaga ahora como un virus ideológico tras sufrir en nuestra experiencia colectiva el asalto de una enfermedad que ha desestabilizado nuestra sociedad y nuestra economía como no sucedía desde la Gran Depresión de los años 30 del siglo pasado. Lo sintetiza John Gray cuando plantea la siguiente cuestión: ¿qué parte de libertad querrán los ciudadanos que les sea devuelta después de que hayamos vencido definitivamente la pandemia?4
Aquí radica, sin duda, el problema más acuciante de nuestro tiempo y para el que este libro trata de ofrecer respuestas. Lo haremos a partir de la reivindicación de un liberalismo autocrítico que asume que hay que dejar atrás la obsesión por blindar materialmente una libertad que se confunde con el disfrute sin obstáculos de nuestras preferencias personales, para asumir que estas deben enmarcarse dentro del respeto de vínculos morales, condicionantes ecológicos y contextos culturales que convenzan al conjunto de la sociedad que debe seguirse invocando la libertad como referente ético de una autonomía moral que sea nuestro acompañante en la toma de decisiones colectivas. Un liberalismo que reclama el derecho colectivo a la heterodoxia y el derecho individual a la diferencia como sustentos de una libertad cualitativa que es más necesaria que nunca, cuando el análisis masivo de datos trata de homogenizarnos algorítmicamente y disolvernos en un todo que es una simple agregación de valor de nuestras preferencias. Hablamos, por tanto, de una libertad orientada a la persecución del bienestar humano que no mide ni calcula en términos materiales, sino que valora y juzga en claves morales. Pero una libertad que se proyecta a favor de un ethos cooperativo que implique a los otros porque nace de una predisposición reflexiva que lleva a entender que la personalidad individual no puede existir sin los demás. Algo, por ejemplo, que el krausismo en nuestro país identificó con nitidez cuando se reivindicó a sí mismo como una especie de liberalismo que defendía la armonía social y que hizo posible un diálogo enriquecedor con la izquierda progresista de su tiempo. Habrá quien piense que la renuncia a la libertad que allana el camino hacia el autoritarismo es el problema que también estuvo detrás del auge de los totalitarismos del periodo de entreguerras. Sin embargo, a diferencia de entonces, ahora no solo es el miedo lo que neutraliza el apego a la libertad, sino un rechazo deliberado de ella al considerarla inoperante e innecesaria colectivamente ante los problemas que provocan los procesos de la globalización. De hecho, no solo es el miedo lo que aparta a la gente de la libertad, sino la decepción que provoca en la conducta de muchas personas la ineficacia de las respuestas que da a los problemas de un siglo XXI cuyo desarrollo hace prescindible la autonomía personal cuando se extiende más allá de la esfera económica que guía el egoísmo ensalzado por el neoliberalismo.
«¿Libertad para qué?», dicen que Lenin contestó a Fernando de los Ríos cuando le preguntó por el papel que ocuparía la libertad dentro de la arquitectura de la Rusia comunista que nació de la revolución de 1918. Avanzado 2021, las clases medias del planeta parecen hacer suya la respuesta de Lenin. Lo hacen arrastradas por la añoranza de un soberano que garantice el orden y ayude a restablecer el bienestar que perdieron en los últimos años. No hay que olvidar que pesa sobre ellas una fatiga psicológica que tiene que ver con la pérdida de estatus y rentas debido a un incremento de la desigualdad que les ha golpeado especialmente. De este modo, los aliados históricos de la democracia liberal le dan la espalda, al tiempo que mengua el espacio que ocupaban dentro de la sociedad y se reduce su capacidad adquisitiva. El problema es que no se quedan ahí: le piden cuentas y la acusan de mala pagadora.
Lo increíble del fenómeno es que hubiera sido impensable hace tan solo un puñado de años. Bastaría retroceder en el tiempo hasta 1989 para ver cómo entonces se celebraba la apoteosis de las ideas que sustentaban la democracia liberal. De la mano de Hegel leeríamos que la historia llegaba a su fin. ¿Acaso no había derrotado sin paliativos al comunismo, su mayor enemigo desde la revolución de 1848? Para Fukuyama este acontecimiento sellaba la dialéctica hegeliana de la historia. Después de tres siglos de paulatina expansión, la democracia liberal se había hecho universal. Había ido consolidándose a partir de sucesivas etapas de implantación que fueron forjando las instituciones democráticas de Occidente, así como generando familias y tendencias que, a pesar de sus diferencias, quedaban todas ellas alojadas bajo la misma arquitectura ideológica. Nada ni nadie le daba réplica ni podía ofrecerse como alternativa5.
¿Qué ha sucedido desde entonces para que el panorama haya cambiado tan radicalmente? La respuesta es inmediata: que se ha cruzado por delante el siglo XXI. Este ha adoptado el aspecto de un Vesubio histórico que ha vertido sobre la confiada democracia liberal toneladas de ceniza que han ido enterrándola. Aquí reside la explicación del fenómeno que analizamos. Sufrimos un siglo que ha bloqueado el progreso del liberalismo y su consolidación hegemónica porque ha hecho que este evidencie sus debilidades metodológicas de gestión en situaciones excepcionalmente complejas. De hecho, con apenas dos décadas de vida, el siglo XXI se ha transformado en un siglo que acumula un balance tan negativo para la libertad que está destruyendo los principios de acción y las creencias morales que la sustentaban.
Entre otras cosas, porque el liberalismo humanitario en el que se basa la democracia liberal a nivel institucional y legal fue paulatinamente minado en sus fundamentos igualitarios tras el triunfo de la revolución conservadora de Margaret Thatcher y Ronald Reagan. Desde entonces el neoliberalismo hegemonizó las políticas económicas de Occidente y fue presionando el propósito del liberalismo de definir la sociedad como una comunidad ética basada en un equilibrio entre la libertad y la igualdad. Presión ideológica que fue intensificándose a medida que las políticas neoliberales lograron que la atomización individualista de las sociedades occidentales rompiera la idea de bien común y el egoísmo economicista se impusiera como dinamizador de la convivencia social.
Esta bipolaridad liberalismo-neoliberalismo tensionó la democracia liberal y comprometió seriamente la coherencia de su relato. La principal causa al paulatino debilitamiento del primero, que fue perdiendo protagonismo en los relatos ideológicos de los partidos conservadores y socialdemócratas debido a la transformación del neoliberalismo en una especie de lengua franca de la economía global. Ayudó a ello que China y la mayoría de los países asiáticos asumieran sus dogmas, mientras despreciaban el humanitarismo liberal, pero, sobre todo, que el siglo XXI encadenara una crisis tras otra y que el desenlace de las mismas fuese ver cómo la confianza social en las virtudes del binomio humanitario que equilibraba libertad e igualdad perdía apoyos.
La consecuencia de todo ello es que vivimos una época antiliberal. Desde 2001 hasta ahora el liberalismo ha perdido fuerza debido a esa sucesión de crisis de la que hablamos y que ha deshecho su crédito ante la sociedad. 2001, 2008 y 2020 son fechas fatídicas que borran la trayectoria ejemplar e ilusionante de un pensamiento tres veces centenario. Baste recordar que vino al mundo como un ariete del progreso que las clases medias europeas y norteamericanas emplearon contra el patriarcalismo absolutista del Antiguo Régimen. Así como el siglo XXI engancha tres crisis, el siglo que media entre 1689 y 1789 vivió tres revoluciones liberales que cambiaron la cultura política occidental. Primero fue la Revolución Gloriosa inglesa, que logró el triunfo de los whigs sobre los Estuardo y el establecimiento de una monarquía liberal. Después la guerra de la Independencia americana, que instauró una democracia liberal que derrotó al imperialismo británico e implantó una república igualitaria. Finalmente, la Revolución francesa, que democratizó el poder de arriba abajo y proclamó la Declaración Universal de los Derechos del Hombre y del Ciudadano.
Esta trayectoria aportó un repositorio revolucionario que cambió Occidente. Las revoluciones atlánticas engarzaron y engrosaron sucesivamente un relato fundacional del liberalismo durante un siglo que, luego, permitió añadir otros dos, que estuvieron repletos de logros para el conjunto de la humanidad. Es cierto que fue, también, un tiempo de vicisitudes y conflictos. Una época con contrastes abruptos de desigualdad e injusticia que fueron superándose hasta ofrecer un balance muy positivo al convertirse en el programa definitivo de la Modernidad, que la izquierda hizo suyo con la aparición de la socialdemocracia europea y el pensamiento progresista desde finales del siglo XIX. La revolución de 1848 fue un momento de conflicto entre el liberalismo y el socialismo, pero la evolución posterior de los acontecimientos políticos transformó la lucha en un diálogo que, finalmente, desembocó en una colaboración abierta. Especialmente en Inglaterra, donde el socialismo nunca adoptó tintes revolucionarios al asumir un discurso pragmático y reformista. La Sociedad Fabiana lo demuestra, pues en el cuerpo de su doctrina era más hondo el tono de las ideas de Stuart Mill que el de Marx. Algo que Harold Laski reconoce cuando señala en El liberalismo europeo que los fabianos fueron decisivos en la aparición del laborismo. Un fenómeno que también se produjo en el resto de Europa cuando, a partir de 1848, la riqueza inmensa que creó el capitalismo tras la Revolución Industrial se tradujo en «concesiones a las masas que, si no detuvieron el progreso del socialismo, al menos aplacaron su fervor revolucionario en la mayor parte de los Estados donde la democracia política había conseguido una base efectiva». Desde entonces, el desarrollo de un diálogo progresista alrededor de la asimilación de los planteamientos ilustrados hizo posible que el humanitarismo liberal se convirtiera en una herencia común para el liberalismo propiamente dicho y la socialdemocracia también. Esta circunstancia favoreció que el humanitarismo liberal impulsara un acervo común de derechos que se tradujo en los vectores sociales, políticos, económicos y culturales que materializaron colectivamente la Ilustración. A partir de entonces, la humanidad confió en un futuro de progreso que puso los cimientos de una estructura de convivencia basada en la libertad y la cooperación a partir del respeto de los derechos individuales.
Lo sorprendente, como decíamos más arriba, es que la crisis de la arquitectura liberal de la democracia se produce tras alcanzar lo que parecía su hegemonía con la caída del Telón de Acero y la desaparición de la antigua Unión Soviética. Un fenómeno que ha ido acelerándose a medida que el calendario de nuestro siglo pasaba páginas. Un proceso vertiginoso que comenzó con el 11-S y que luego continuarían la crisis financiera de 2008 y la crisis sanitaria del coronavirus en 2020. De este modo, el atentado de las Torres Gemelas de Nueva York, como ya señalábamos, nos despojó de la seguridad y desató la tempestad neoconservadora mediante un decisionismo que activó las pasiones políticas de las que surgieron los populismos. La crisis financiera de 2008 nos arrebató la prosperidad y nos echó a los brazos de populismos que, como el Tea Party, canalizaron la decepción neoliberal hacia una furia antisistema de la que brotaron la derecha alternativa y Donald Trump. Y ahora, el coronavirus nos priva de la salud y pone las bases de una reconfiguración neofascista del neoliberalismo como un proyecto autoritario de vigilancia, control y desigualdad al servicio de la automatización empresarial del mundo y la consumación acelerada de la revolución digital como nueva estructura del mundo. ¿Estamos a tiempo de enmendar este balance y evitar que se produzca la muerte del liberalismo? ¿Es posible salvarlo? Es más, ¿podemos impedir que su criatura, la democracia liberal, vea comprometida su supervivencia?
Desde hace quince años esta sufre un declive progresivo en su apoyo social. No solo porque se reduce el número de democracias liberales en el mundo, sino porque en los países donde subsiste ve mermada la confianza que el pueblo deposita en ella. Desde la crisis financiera de 2008, según el V-DEM Institute, los índices de confianza en las instituciones democráticas descienden constantemente, incluso en las democracias consolidadas. A este dato se añade otro, más inquietante aún, pues avanza el número de países que adoptan regímenes autoritarios. La nómina de los países que son auténticas democracias liberales se ha reducido en una década de 45 a 37. En la misma línea, Freedom House denuncia que 2020 ha sido otro año malo para la democracia liberal. Un vaticinio que se ha quedado corto después de que la pandemia del coronavirus desbordara cualquier labor de prospectiva en este campo. No en balde, como aventura Anne Applebaum, nos enfrentamos a un pesimismo colectivo que se convierte en casi mayoritario a la hora de valorar la viabilidad de la democracia y la libertad6.
Estamos, por tanto, ante un retroceso de la confianza en la democracia que se relaciona directamente con el descrédito del liberalismo. Como señalaba hace unos meses International Idea en The Global State of Democracy, aunque el mundo sigue siendo estructuralmente democrático, la calidad de la democracia, donde sobrevive, se deteriora sin remedio. Las razones son diversas, tal y como analizaremos en el siguiente capítulo. Baste apuntar ahora la que, en mi opinión, es más relevante: que el liberalismo se ha visto superado por dinámicas globales para las que no tenía respuesta. Una tesis, por cierto, que Vladímir Putin resumió con arrogancia autoritaria al justificar su popularidad diciendo que el liberalismo estaba obsoleto.
¿Es cierta esta acusación? La respuesta la abordaremos a lo largo de este libro, pero avanzo ahora una idea que está en la base del mismo y que gira en torno al hecho de que el liberalismo nació como un programa de acción política asociado a las expectativas de cambio y progreso de una Modernidad incipiente que luchaba contra las estrategias de poder del Antiguo Régimen. El error liberal fue pensar que ese programa sería definitivo tras la conquista del poder político y que el establecimiento de una alianza con las clases medias lo reforzaría a medida que estas aumentaran en número e influencia social. Al hacerlo olvidó que estaba ofreciendo las medidas que necesitaba una Modernidad en construcción y que se veía a sí misma como la salida de una minoría de edad a través de los ideales de ciudadanía y progreso fundados en la razón. Repito, medidas que fueron concebidas para conquistar el poder y sintonizarlo como una respuesta a los conflictos de una época que demandaba políticas para mejorar la vida de la humanidad.
El problema vino después, cuando la Modernidad se materializó y desató dialécticas que, como vio la Escuela de Fráncfort, podían provocar conflictos para los que el liberalismo ha tenido dificultades crecientes a la hora de encontrar respuestas adecuadas. Una problemática que fue en aumento ya que el marco posmoderno de gestión de los conflictos que desatan las catástrofes globales coloca a la democracia liberal en un escenario de impotencia. Esto se debe básicamente a que no está concebida para encadenar una sucesión de excepciones a la normalidad, ni encajar en su perímetro nacional todos los problemas que sacuden el planeta. Excepciones todas que le obligan a elegir agónicamente bajo urgencias que colisionan con la búsqueda de consensos de racionalidad dialógica que definen el marco ideal de su toma de decisiones. Aquí reside, en mi opinión, el origen de la debilidad actual. En haber diseñado un corpus normativo que se veía a sí mismo como la solución definitiva a la tensión libertad-miedo. Un corpus que ha dejado de ser prescriptivo bajo un horizonte de posmodernidad tecnológica y de catástrofes frente a las que la razón está colapsando. Entre otras cosas porque la realidad ha desaparecido sustituida por otra virtual que carece de base cognitiva y que se ha convertido en un modus vivendi que consume mentiras, conspiraciones y desinformación.
Llegados a 2021, sabemos que el programa liberal es insuficiente. No para construir la Modernidad, sino para afrontar las crisis que ha experimentado después de consumarse. Aquí radica el principal problema del liberalismo: que está desactualizado porque ha caducado en su formato moderno. Se ha quedado sin conexión con el presente. Surgió como relato de una Modernidad que sabía adónde quería ir y dentro de las coordenadas de un mundo que creía conocer a la perfección, pero el siglo XXI ha roto sus esquemas. Por eso, está herido y agudizada su vulnerabilidad: porque la hoja de ruta que trazó con las revoluciones atlánticas ha llegado a su fin. Se ha quedado corta para el camino que tenemos que seguir en adelante. Entre otras cosas porque la libertad pensada por la Ilustración ya no sirve si queremos emanciparnos de un mundo que ha relativizado la verdad y nos acostumbra a vivir dentro de un orden de vigilancia y control algorítmico deseado cada vez por más gente.
La libertad se debilita por fuera y por dentro. Por fuera, porque su margen de acción se reduce. Por dentro, porque son cada vez más los que desconfían de ella. Un doble fenómeno que favorece el desmoronamiento del pensamiento liberal y la urgencia de abordar una transformación radical de sus ideas. Para afrontar este empeño hay que realizar antes una labor de cartografía que recupere arqueológicamente lo mejor de él a lo largo de los siglos de vida que han acompañado su fructífero deambular por la historia de las ideas. Pero una labor que permita también identificar dónde están los problemas que han dañado el crédito de la libertad; cómo se han patentizado; en qué situaciones, y quiénes han sido sus promotores y protagonistas.
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ESCOMBROS LIBERALES
El liberalismo llegó al mundo como el programa político de una Modernidad que pretendía salvaguardar la libertad y combatir el miedo sobre el que fundaba su poder el Antiguo Régimen. Este programa se orientaba hacia la acción y buscaba el progreso de la humanidad. Lo hacía con el fin de arrebatar el poder a los monarcas absolutos y las iglesias que los respaldaban. Su energía de cambio fue tan intensa y estuvo tan bien diseñada y articulada teóricamente, que logró derrotar a su enemigo y universalizar la democracia liberal, así como garantizar con el tiempo la estructura de derechos de una sociedad abierta.
Sin embargo, las cosas han cambiado. El enemigo ha vuelto reforzado y la democracia liberal sobrevive a duras penas y ha dejado de ser universal. La causa reside en que el miedo ha reescrito una narrativa poderosa que consigue que los principios del absolutismo, aunque formulados de forma posmoderna, ganen acólitos. Es cierto que no visten los ropajes del siglo XVII, pero siguen persiguiendo lo mismo: favorecer la implantación, en palabras de Martha C. Nussbaum, de una monarquía del miedo. Una nueva forma de poder verticalizado que devuelva frescura a las tesis de Hobbes para dar respuesta a los problemas que ocasiona la posmodernidad a quienes se sienten amenazados por las catástrofes de nuestro siglo, y que básicamente tienen que ver con la globalización y la automatización1.
La diferencia entre entonces y ahora es que el liberalismo, como señalaba en el capítulo anterior, se ha desactualizado y ofrece una escasa capacidad de resistencia frente a un enemigo que ha vuelto vigorizado y lleno de razones. Entre otras cosas, porque las ideas liberales han perdido la pujanza combativa y la capacidad de seducción que llevaron a movilizar a todos aquellos que no querían ser vencidos por el miedo y el autoritarismo hace tres siglos. ¿Qué ha sucedido para que haya perdido actualidad? La respuesta no es fácil. Nos enfrentamos a una concurrencia de factores que analizaremos más adelante. Básicamente, se relacionan con la impotencia de las ideas liberales a la hora de solucionar los problemas que libera la complejidad del siglo XXI. Esto se hizo evidente durante la crisis de 2008. Las políticas que se pusieron en marcha para hacerle frente lograron reactivar la economía y sanear la vitalidad financiera de la banca internacional, pero no redujeron las desigualdades que ya existían, ni tampoco su intensidad. Por si fuera poco, crearon otras desigualdades y debilitaron la capacidad adquisitiva de las clases medias, haciendo que estas se deslizaran hacia una percepción generalizada de vulnerabilidad que coincidió, además, con el aumento de la riqueza en unas pocas manos.
En este sentido, la gestión de la crisis de 2008 ha sido determinante en el descrédito reputacional que ha minado la capacidad de interlocución del liberalismo con los más perjudicados por la crisis. La clave está en que el desenlace de la misma salvó la estabilidad básica de la prosperidad, pero no trabajó por adaptarla a las nuevas exigencias de redistribución surgidas con la introducción paulatina de una economía de plataformas y datos. Tampoco aprovechó la recuperación económica para restablecer los compromisos éticos de solidaridad que el neoliberalismo rompió durante sus años de hegemonía económica. Ni se preocupó por coserlos ni impidió que aumentara la invisibilidad de la mayoría de las clases populares, incluyendo las migrantes. En esta ceguera ética que mostró el liberalismo humanitario hacia lo que era una seña de identidad muy profunda frente a su competidor neoliberal, es lo que más pesa a la hora de restablecer su imagen y devolverle el papel de defensor de los derechos digitales, ecológicos, culturales y sociales que debería liderar para volver a visibilizarse como referente frente a los críticos de los consensos que necesita la humanidad si quiere gestionar con éxito los retos de la globalización.
A este daño de imagen, hay que añadir la incapacidad del liberalismo por dar una respuesta adecuada a la constante agresión ideológica sufrida de manos de su competidor neoliberal. Este, no solo ha puesto a la defensiva a los liberales, sino que ha ocultado su perfil propio y los ha marginado al papel de una fuerza secundaria. Combatido con saña cainita por el neoliberalismo, el liberalismo ha sido acusado de tibieza y de estar más preocupado por desempeñar un papel conciliador con la izquierda que de defender la libertad y el individualismo que impulsan al capitalismo. Esto ha debilitado su energía propositiva y ha desmoronado lentamente su arquitectura ideológica. Hasta el punto de parecer un pensamiento anticuado y manido, que ha perdido capacidad para innovar y evolucionar críticamente. Por eso es urgente afrontar una labor de desescombro previo que nos permita identificar dónde está el perímetro fundacional y qué podemos salvar de él para abordar su resignificación actualizada.
Como decíamos más arriba, el programa liberal se pensó como una acción de conquista del poder para proteger a la libertad frente al miedo que acompañó a los inicios de la Modernidad. Esto sucedió en medio de las guerras religiosas, la intolerancia y el riesgo de opresión que pesaba sobre los disidentes de un poder que quería convertirse en ilimitado para solucionar las incertidumbres que dislocaban la estabilidad social de la Europa posterior a la guerra de los Treinta Años. Como entonces, hoy asistimos otra vez al riesgo de que triunfe una solución política que lleve a la gente a aceptar un statu quo de servidumbre a cambio de una cobertura de seguridad y orden para todos. Una supuesta posibilidad que es real de la mano de un autoritarismo populista que ofrece un discurso posmoderno que ensambla neoliberalismo y neofascismo. De este modo se proyecta ante la sociedad como un retorno de lo reprimido, en palabras de Zizeck, asegurando que habrá prosperidad si se evita el desgobierno que provocan la incompetencia e ineficacia de una democracia liberal que nos aboca, con sus disfuncionalidades, al caos2.
Es imprescindible, por tanto, afrontar una arqueología ideológica que nos ayude a retirar los escombros causados por los seísmos del siglo antiliberal que padecemos. El objetivo es localizar dónde están los fundamentos liberales. Un propósito que guía el convencimiento de que siguen siendo potencialmente actuales. Para ello habrá que identificar el núcleo fundacional del liberalismo y después actualizarlo, si queremos oponerlo a un enemigo que utiliza el miedo mediante una hibridación ideológica que, como hace Trump, invoca el neoliberalismo libertario para reclamar una defensa autoritaria del mismo.
Esta tarea de desescombro nos obliga a situarnos en Inglaterra y Holanda en las últimas décadas del siglo XVII. Un momento histórico turbulento marcado por los ecos de los conflictos religiosos que descuadernaron ambos países. El liberalismo nació entonces como una respuesta política que protagonizaron las clases medias disidentes y heterodoxas para frenar el miedo que se utilizaba como herramienta de legitimación de un absolutismo que quería imponer su voluntad.
Para restaurar el orden y la autoridad perdida en Inglaterra, los Estuardo ensayaron un proyecto autoritario que se inspiraba en Hobbes. Intentaron establecer un Leviatán absoluto en el que se mezclara el poder irresistible del rey con la hegemonía religiosa de la Iglesia anglicana que aquel encabezaba. Esto solo podía conseguirse si sometía al Parlamento que controlaba entonces una oposición puritana que agrupaba a los diferentes grupos disidentes alrededor del partido whig. La estrategia de resistencia frente al rey que urdieron los whigs fue el origen del liberalismo inglés. Adoptó la forma de una narrativa que cavó trincheras institucionales alrededor de la propiedad y con las que trató de proteger la complejidad religiosa que la reforma protestante había favorecido, así como la prosperidad comercial y agraria que impulsaron las clases medias calvinistas. Hablamos, por tanto, de una ideología que desplegó una lógica de resistencia frente al miedo que proyectaba el absolutismo de los Estuardo y los apoyos políticos que se organizaban alrededor de los tories. Pero fue una lógica que no se quedó en la trinchera, sino que pasó al contraataque. Se proyectó en 1688 como una fuerza activa que conquistó el poder para reorganizarlo. Destronó al rey, arrinconó a sus partidarios y refundó la monarquía con un soberano que trajo del extranjero. Limitó la corona y la sometió al Parlamento, iniciando la senda que condujo a una democracia liberal.
En Holanda las cosas fueron distintas. Se vivió un proceso de construcción de la democracia liberal rodeado de conflictos y tensiones, antes y después de su independencia. Coincidió inicialmente con la lucha de ochenta años que libró con España y que, tras reconocerse la soberanía de las siete Provincias Unidas en 1648, se enfrentó al reto de consolidarse internamente dentro de un escenario de revueltas, polarizaciones y desafíos involutivos que recuerdan la coyuntura actual por la que atraviesa la democracia liberal en Occidente. Lo veremos más adelante con detalle, cuando estudiemos las ideas políticas de Spinoza como una oportunidad para abordar el propósito de impulsar una reconexión del liberalismo con nuestro presente.
Baste señalar ahora que los Países Bajos fundaron en el siglo XVII una democracia liberal que trató de establecerse y consolidarse utilizando la tolerancia como seña de identidad, mientras combatía a poderosos enemigos, dentro y fuera de sus fronteras. Fuera estaban España y Francia, que quisieron abortar su independencia. Dentro, la Casa de Orange, que desarrolló un cesarismo populista que combatió la joven democracia para establecer una monarquía con un príncipe de esa dinastía en el trono. Como en Inglaterra, la defensa de la democracia holandesa estaba en manos de un partido que agrupaba a los numerosos disidentes del país y que lideraban Johan y Cornelius De Witt. Pero a diferencia de su competidora naval y comercial, donde los whigs eran oposición y luchaban por tomar el poder, en Holanda los liberales gobernaban y desarrollaban políticas que favorecían desde las instituciones la libertad y la tolerancia. Convertida en el santuario europeo de ambas, acogió a los heterodoxos de toda Europa, entre otros a Locke. La República de las Provincias Unidas vivió una efervescencia humanista tan vigorosa que favoreció, según Jonathan Israel, la aparición de una Ilustración radical que acabó influyendo sobre todo el continente3.
Estas experiencias políticas de resistencia proactiva que tuvieron lugar en Inglaterra y los Países Bajos fueron el soporte de la cosmovisión liberal que ahora vivimos en retirada frente al auge populista. Hablamos, por tanto, de un esfuerzo de inteligencias individuales que movilizaron partidistamente a los whigs ingleses y a los republicanos holandeses. Lo hicieron en torno a sendos programas políticos que cobraron forma en un cuerpo de ideas revolucionarias que contribuyó a fundar el mundo moderno sobre bases de justicia, democracia, valores seculares y universalidad.
Este esfuerzo fue el liberalismo. Surgió como una serie de acciones colectivas basadas en la cooperación de iniciativas individuales que estaban al servicio de la construcción de una democracia. Fue pensado básicamente por dos intelectuales nacidos en 1632: John Locke y Baruch Spinoza. El primero, inglés y de orígenes calvinistas. El segundo, holandés y de procedencia sefardí, aunque excomulgado por la comunidad judía a la que pertenecía. Locke abandonó la universidad de Oxford para hacerse político y asesorar a Lord Shaftesbury, el líder de los whigs y promotor de la lucha parlamentaria contra los Estuardo. Spinoza dejó los negocios familiares para moverse dentro de una disidencia que hizo que se dedicara al pulido de lentes y a escribir a favor de la causa de la democracia holandesa que impulsaba Johan De Witt como jefe de gobierno o Gran Pensionario (Raadpensionaris) y su partido republicano.
Locke registró su legado en tres libros que condensan su proyecto liberal: el El ensayo sobre el entendimiento humano (1689); Los Dos tratados sobre el gobierno civil (1689) y la Epístola sobre la tolerancia (1690). Spinoza fraguó el suyo en otros tres: Tratado teológico-político (1670), Ética (1661-1675) y Tratado político (1675). De los dos pensadores, Locke fue quién logró éxito y fama política. Se convirtió en el pensador de la Revolución Gloriosa de 1688, mientras que Spinoza quedó oculto, tras su temprana muerte, en el papel de filósofo de extraordinaria relevancia intelectual pero escasa proyección política. De hecho, la fertilidad de sus ideas alimentó el genio de otros que vinieron después sin que su contribución quedara explicitada nítidamente.
Se atribuye a Locke casi en exclusiva la autoría promocional del liberalismo por la preponderancia política y económica que acompañó la historia del Reino Unido a lo largo del siglo XVIII. A ella contribuyó el autor inglés al consolidar con sus ideas el diseño constitucional de la monarquía británica sobre una concepción de la propiedad con una fuerte raigambre humanista. Componente moral que daba una dimensión ética al capitalismo, tal y como luego analizaría Max Weber4. Algo que se contraponía claramente —desde sus orígenes— al diseño neoliberal que luego favorecieron los librecambistas y sus herederos de la Escuela de Chicago. En cualquier caso, después de varios intentos frustrados de conspiración y un exilio en Holanda, las ideas promovidas por Locke y el partido whig que lideraba intelectualmente, se convirtieron en un programa de reforma política que materializó la Bill of Rights aprobada por la primera revolución liberal de la historia: la Revolución Gloriosa.
Después vino un segundo hito revolucionario que reforzó el protagonismo de Locke. El motivo estuvo en que los artífices del mismo reivindicaron su nombre. Además, invocaron sus ideas como propias. Fue en 1776, cuando las trece colonias norteamericanas redactaron la Declaración de Independencia. En ella se delimitó el programa liberal y su relato fundacional. Se describió como un proyecto de progreso y cambio para la humanidad. Lo hizo basándose en evidencias fundadas en la naturaleza. Veía en la modernidad filosófica el soporte de una democracia cívica legitimada por la mayoría de edad de sus protagonistas. Se plasmó en una serie de acciones políticas, sociales y económicas que surgieron de la Ilustración y donde la presencia de Spinoza se dejó sentir, casi clandestinamente, a través de las controversias intelectuales de autores como Bayle, Leibniz, Wolff, Vico, Diderot o Rousseau, todos ellos influidos por sus ideas.
Pocos años después, la independencia americana volvió a Europa en un ida y vuelta trasatlántico que condujo a la Revolución francesa de 1789 y su famosa Declaración Universal de Derechos del Hombre y el Ciudadano. Otra vez la figura de Locke tuvo su reconocimiento a través de los fisiócratas franceses y pensadores como Montesquieu, Voltaire y Turgot, que lo vieron como su antecedente. Spinoza, sin embargo, quedó de nuevo silenciado, aunque en 1787 apareció la primera traducción alemana de su Tratado teológico-político y unos años después Goethe expresó la fascinación que le producían sus ideas.
Desde entonces el liberalismo se convirtió en una ideología que combatía por el progreso de todos los seres humanos. Un programa ilustrado que derribó el Antiguo Régimen, el feudalismo y la tutela moral de las iglesias. Asumió sin reparos, siguiendo a Kant, que su propósito era liberar a la humanidad de la culpa y le otorgaba confianza para tomar las riendas de su destino. A partir de estas premisas surgió la institucionalidad del liberalismo como una estructura de libertad y derechos al servicio de una democracia igualitaria y solidaria. Un diseño político que fijó el marco de un relato colectivo emancipador que cambió la faz del mundo.
Este se basó en una generosidad organizada al servicio de educar a los seres humanos en una libertad responsable, empática y tolerante. Un proyecto colectivo que favorecía una libertad solidaria y sin exclusiones, que hacía progresar la prosperidad de la mano de una arquitectura institucional que promovía la felicidad del mayor número y su seguridad jurídica frente a la arbitrariedad y el egoísmo del poder. En este proceso, autores como Montesquieu, Adam Smith o Jefferson tuvieron papeles asimismo decisivos. En todos ellos, la estirpe del muchas veces centenario pensamiento republicano fue también determinante. A través de ella se consolidó una reflexión que combatía el despotismo cercenador de los derechos individuales; propugnaba la separación de poderes y el establecimiento de mecanismos institucionales que limitaran legalmente el riesgo de corrupción innato al ser humano. Especialmente si entraba en contacto con el poder.
Así, el liberalismo y la virtud fueron de la mano desde el principio, una relación esencial si queremos entender el fundamento moral del liberalismo. Lo explica Helena Rosenblatt cuando analiza cómo el siglo XX interrumpió la relación virtuosa que sonaba en la partitura fundacional del liberalismo. A ello contribuyó desgraciadamente el estruendo ideológico neoliberal. Sobre todo debido al énfasis subjetivista con el que priorizó su exacerbada defensa del egoísmo individual. No solo como soporte psicológico de la libertad personal, sino como resorte íntimo de la acción humana, tanto cuando se volcaba sobre el mercado como sobre los mecanismos de socialización de la identidad individual5.
Y es que el liberalismo, según Rosenblatt, fue diseñado históricamente como una actitud generosa paulatinamente socializada. De hecho, nunca se declinó como una ideología egoísta ni esencialmente individualista, a pesar de lo que digan algunos. Este giro último fue asumido por el neoliberalismo a partir del enfoque que, como veremos en el quinto capítulo, impulsó la Escuela Austriaca a finales del siglo XIX siguiendo la estela de Bastiat. El liberalismo, por el contrario, nació a partir de una conducta virtuosa de liberalidad. Concretamente vino al mundo asociado al valor moral que se atribuía a la generosidad hacia los otros, mayor aún si estos eran débiles y vulnerables. Hablamos, por tanto, de una disposición que estaba en el espíritu libre que originariamente acompañó el cultivo formativo de la conducta de los patricios romanos y que, siglos después, la Reforma protestante cristianizó e introdujo en el discurso de la ley natural y del contrato social, tal y como se produjo en Locke.
No nos detendremos en la importancia que este autor tuvo en el diseño virtuoso de las ideas liberales a través de su concepto de propiedad. Un diseño en el que la obligación republicana fue revisitada por una lectura iusnaturalista que la transformó en derecho individual, pero siempre dentro de una lógica de deber moral vinculada a la observancia estricta de la ley natural. El peso del calvinismo puritano fue determinante en la construcción de un liberalismo anglosajón que tuvo a Locke como protagonista principal, al poner en circulación un individualismo virtuoso que anteponía las obligaciones a los derechos, también cuando estos tenían un carácter económico. Incluso en el seno de las relaciones laborales entre empleador y empleado, Locke reclamaba que se desarrollaran dentro de un respeto riguroso a la dignidad, pues tan legítimo era el comportamiento de los que maximizaban su obligación de trabajar empleando a otros, como el de quienes cumplían con este deber haciéndolo por cuenta ajena.
Retomando la reflexión de Rosenblatt, la conducta «liberal» que practicaban las élites bajo la República romana fue democratizada y extendida más allá del ámbito original de comportamientos que asumía la nobleza. Vinculada desde entonces al calvinismo que profesaban las clases medias —por cierto, mayoritario entre ellas en Inglaterra y Holanda—, transformó la liberalidad aristocrática de los antiguos en el liberalismo democrático de los modernos. Rosenblatt considera el dato más significativo del proceso, la aparición moderna de un contexto moral y educativo que favoreció que la liberalidad romana se dotara de atributos semánticos democráticos que complementaron y ampliaron el antiguo ideal de generosidad.
Entrado el siglo XVIII la palabra «liberal» pasó a significar la conducta de alguien que respetaba al otro y empatizaba con él. Un espíritu tolerante, abierto y desprejuiciado que se comportaba racionalmente y que rechazaba tanto el fanatismo dogmático y enfervorizado de la ortodoxia, como la superioridad material de quien no reconoce al otro como un igual en términos morales. Una actitud que adquirió densidad política e intelectual gracias a las revoluciones atlánticas y a que la Ilustración la insertó dentro de un relato que vinculó la liberalidad de espíritu con el programa liberal. De este modo, los ciudadanos podían perseguir sus propios intereses dentro de una disposición generosa y empática que se ajustaba al marco de igualdad de oportunidades, libertad y justicia que hizo suyo la Modernidad. Este proceso fue progresivo y sostenido en el tiempo. Un proceso siempre fiel a un hilo argumental virtuoso y basado en el deber. Estaba ya en los Dos tratados sobre el gobierno civil de Locke, donde se afirmaba: «Ningún hombre pudo tener un poder justo sobre otro, por derecho de propiedad o posesiones». Apostillando a modo de reproche moral que: «siempre será pecado si un hombre de posición deja perecer en la necesidad a su hermano por no darle algo de lo mucho que tiene»6.
Esta idea virtuosa de deber y generosidad hacia los demás fue retomada intensamente por la Ilustración escocesa. En ella, la educación de la conciencia individual fue el soporte narrativo de un proyecto que, como explica Adam Smith en esa educación sentimental del liberalismo que escribió antes de reflexionar sobre la riqueza de las naciones, debía fundamentar moralmente la política y la convivencia colectiva. Así, dejó dicho una década antes de la Revolución francesa que la preocupación por la felicidad de cada uno recomendaba practicar la virtud de la prudencia, la preocupación por los demás, así como las virtudes de justicia y beneficencia. Un proyecto benevolente al servicio de la dignidad personal que debía ser socializado dentro de una dinámica de cooperación que tenían que promover los gobiernos.
De la acumulación de ideas que liberaron esas revoluciones surgieron las que, para Edmund Fawcett, son las directrices básicas del liberalismo y que, en mi opinión, delimitan lo esencial de sus fundamentos. Hablamos de cuatro principios que definieron la práctica política que se desarrolló a partir de la derrota definitiva de Napoleón y que siguen en pie a pesar del tiempo transcurrido.
El primero es la relación estrecha del liberalismo con la diversidad. La razón está en que fundamenta las bases de la estabilidad social al impulsar directamente la cooperación entre todos los miembros de la comunidad. De hecho, la diversidad que aloja una sociedad plural es el valor superior sobre el que se hace posible convivir en libertad. Entre otras cosas porque a partir del pluralismo que genera se desarrolla una estructura de derechos individuales y colectivos que está a su servicio mediante un gobierno que protege e impulsa el debate, la experimentación y el intercambio de ideas y acciones.
El segundo descansa en cómo se relaciona el liberalismo con el poder. Lo hace considerando que, sea cual sea su naturaleza, tiende a la arbitrariedad y la dominación si no es condicionado, regulado y limitado de antemano. De aquí surge la insistencia liberal de que las leyes y la instituciones se diseñen para impedir que un «interés, una fe o una clase determinados» tomen «el control del Estado, la economía o la sociedad» y los pongan «al servicio de sus propósitos de dominio».
El tercero es la convicción de que el progreso surge de la innovación técnica y científica, del impulso del talento individual y de la difusión socializada de sus avances. Un progreso que requiere cooperación social e iniciativa individual y que ha hecho posible con el tiempo no solo el Estado del bienestar, sino los sistemas educativos, de salud y seguridad social que han favorecido un progreso humano abierto al conjunto de la sociedad.
El cuarto, por último, defiende que el poder siempre está al servicio de los gobernados. Lo que no solo significa que no podrán ser maltratados ni excluidos por razón de su identidad o creencias sino que, además, el poder está limitado en su capacidad de acción, pues no podrá entrometerse en la vida privada de sus gobernados, interferir en cómo administran sus iniciativas empresariales y decisiones económicas, o como desarrollan y dan a conocer sus opiniones7.
Alrededor de estos principios surgió el liberalismo, que fue codificado conceptualmente gracias a la Revolución francesa. Con ella, la libertad de los antiguos, siguiendo a Constant, se hizo definitivamente moderna y se democratizó. Los fundamentos del liberalismo trascendieron el ámbito personal para generalizarse socialmente, y de este modo se propulsaron los cambios que llevarían al siglo XIX y a la Revolución Industrial.
La guerra de la Independencia española bautizó esos fundamentos como liberales. Fue entonces cuando la Modernidad política vio cómo se acuñaba el término «liberal» para adjetivar su relato. Llevaba ya un siglo de vida a las espaldas y tres revoluciones, pero todavía le faltaba un nombre que identificara su narrativa, y encontró en la semántica perfilada por la palabra «liberal» la mejor manera de representarse a sí misma.
Lo hizo asumiendo ese trasfondo de generosidad, empatía y virtud que se vinculaba a la liberalidad antigua y que hizo que los políticos de Cádiz se autodenominaran «liberales», aunque ese concepto asociado al pensamiento whig y a sus propuestas políticas circulaba entre autores de la Ilustración escocesa. Aquí, la referencia a Ferguson es fundamental. En sus escritos conectaba whig con liberal, y consideraba que, más allá de cualquier otra intención, el individuo abrigaba un amor por la humanidad intenso y sincero, la parte más valiosa de su carácter. Lo justificaba con la empatía sentimental que tiene el ser humano hacia sus semejantes. Una empatía que era consecuencia de saberse igual en el derecho a disfrutar de un entorno compartido de benevolencia socializada.
En cualquier caso, el bautismo partidista de quienes defendían el conjunto de ideas que hemos visto resumidas bajo la palabra «liberal» tuvo lugar en España, como acabamos de señalar. Lo oficiaron políticos que compartían todos ellos una longitud de onda anglófila y jovellanista. Reflexión que en algún momento merecería ser atendida con profundidad. Argüelles, Quintana, Toreno, Muñoz-Torrero o Alcalá-Galiano fueron algunos de ellos. Fue un bautismo de fuego ya que se abordó en un contexto excepcional como fue el asedio de Cádiz durante las guerras napoleónicas.
Gracias a su resistencia heroica en nombre de la libertad política frente al absolutismo imperialista de Napoleón, las palabras «liberalismo» y «liberal» ganaron fama e hicieron arrancar con fortuna dos conceptos que se anudaron de forma inequívoca al desarrollo político del siglo XIX. Un siglo donde el liberalismo adquirió el estatus de ideología predominante. Precisamente esta circunstancia hizo que comenzara a experimentar tensiones en su seno debido a la aparición de lecturas e interpretaciones diversas acerca del contenido del legado que reivindicaba como propio la familia liberal. El comienzo de las tensiones se produjo en relación con las transformaciones económicas y sociales que surgieron con la Revolución Industrial. Estas, como veremos en seguida, provocaron un paulatino resquebrajamiento de la unidad inicial. Incluso desataron finalmente un conflicto ideológico que desembocaría en la aparición de los presupuestos teóricos de un proceso que arrastró al neoliberalismo a abrazar el populismo y transformarse en promotor de la democracia populista y el neofascismo.
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