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Las llaves de Lucy
©2019 José Luis Domínguez
©2021 de esta edición: Editorial Tequisté
Corrección: M. Fernanda Karageorgiu
Diseño editorial: Alejandro Arrojo
Arte de tapa: Alejandro Arrojo
1ª edición: febrero de 2021
Producción editorial: Tequisté
contacto@txtediciones.com.ar
www.tequiste.com
ISBN: 978-987-4935-67-0
Se ha hecho el depósito que marca la ley 11.723
No se permite la reproducción total o parcial de esta obra, ni su tratamiento informático, ni su distribución o transmisión de forma alguna, ya sea electrónica, mecánica, digital, por fotocopia u otros medios, sin el permiso previo por escrito de su autor o el titular de los derechos.
Libro de edición argentina
Domínguez, José Luis
Las llaves de Lucy / José Luis Domínguez. - 1a ed . - Pilar : Tequisté. TXT, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-4935-67-0
1. Narrativa Argentina. 2. Violencia de Género. 3. Humor. I. Título.
CDD A863
A mi esposa, Marcela.
A mis hijos: Matías, Verónica y Andrea.
A mis nietos: Baltazar y Julieta
Agradecimientos
Agradezco a mi esposa que me dio confianza. Le pedí varias veces que leyera algunos capítulos mientras escribía Lucy. Pero ella prefirió mantenerse alejada de la historia y todos sus secretos. Quería que la sorprendiera con el libro terminado. “Aunque tal vez mejor que eso —me dijo varias veces— prefiero conocer tu libro cuando den la película en el cine”. Ah ja, ja... con semejante mensaje de optimismo, lo menos que podía hacer era demostrarle que lo intentaría, esforzándome en crear una historia de suspenso, cautivante y entretenida. ¡Gracias “Marce” por tanta confianza! Espero que cuando lo leas (antes de ir al cine) no te haya defraudado.
Confié a mi amiga Teresita Libois, gran lectora y consumidora de novelas, la difícil tarea de lidiar con el primer borrador del libro. Se tomó el gran trabajo de leerlo de punta a punta. Dos o tres veces, según me contó. Le di “piedra libre” para que hiciera correcciones de sintaxis, errores u horrores que encontrara. Me hizo muchas sugerencias que en la mayoría de los casos acepté.
A José Manuel Gayoso, un gran amigo de la vida, que, no siendo un consumidor de libros de ficción, igual le confié y pedí ayuda para que leyera mi libro y saber qué le parecía. Anotó y sugirió varios cambios, sobre todo en palabras mexicanas y del lunfardo argentino. Gracias “Pepe” por tus observaciones, fueron de gran valor.
Y finalmente a mi equipo de Tequisté Ediciones, María Fernanda Karageorgiu y Alejandro Arrojo, que tuvieron que lidiar con la revisión del libro, maquetado y diseño de cubierta. Hemos tenido nuestras idas y vueltas y, como es lógico en todo proceso creativo, la diversidad de “colores”, opiniones y puntos de vista, producen un mejor producto. Mi único objetivo era que el libro tuviera un contenido que resultara atrapante y entretenido. Estoy muy conforme. Gracias por la paciencia a ambos.
Fernanda y Alejandro hicieron un gran trabajo.
Capítulo 1
¿Dónde estás? ¡Contesta, hija!
Pueblo de Santa Lucía, México.
Viernes 20 de mayo de 2011.
Campo “La Preciosa”.
La claridad de la mañana entra por la ventana de mi recámara en el primer piso. Despierto inquieto; hay demasiada luz natural. Trato de despabilarme, pero mis párpados no me responden y mi cabeza tampoco. No logro despertarme. Los calmantes que tomo todas las noches hoy me relajaron más de la cuenta. ¿Qué hora será?
Adormilado, escucho ladridos de perros, pero los oigo como apagados, lejanos. Voy abriendo mis ojos. Ubico mi reloj despertador y distingo la hora, me sobresalto ¡Son las 8:12 horas! ¡Cómo me dormí!, y Evelyn no vino a despertarme.
Muevo los pies fuera de mi cama. Con malestar, me siento en el borde e intento levantarme, pero mi espalda cada día está peor. Los medicamentos no me hacen nada. Si esto se prolonga, dentro de poco, ni siquiera podré manejar el tractor y menos caminar o bajar las escaleras.
¡Qué inaudito que Evelyn no me llamó para desayunar! Muy anormal. ¿Me habrá visto anoche quejarme de mi cintura y, ante eso, me dejó dormir más tiempo? Tal vez.
—¿Evelyn, mi amor, estás en la cocina desayunando? —silencio total, nadie contesta. Solo se siente el ladrido apagado de los perros que aún no distingo muy bien por dónde se encuentran.
Me levanto al lado de mi cama, pero mi cintura no me permite ponerme todo lo derecho que quisiera.
—¿Evelyn, estás ahí, cariño? —nadie responde.
Busco mi ropa de trabajo, me cambio y bajo despacio por la escalera para no caerme de cabeza, hasta que mis músculos se calienten un poco. Llego hasta la planta baja. La cocina está vacía. Veo dos tazas usadas dentro de la pileta. Miro al costado de la chimenea, la cama provisoria donde anoche durmió nuestro invitado está desarmada. Vacía.
Salgo de la casa y me freno en la galería. Pongo mis sentidos alertas, a ver si escucho algo. Siento los ladridos de los perros algo más fuertes, pero son ruidos amortiguados. Deben estar por el fondo. Hasta que me oriento mejor y me doy cuenta de lo que sucede. Los perros están encerrados, atrapados en el pequeño cuarto junto al cobertizo de los tractores.
Al acercarme, los oigo perfectamente. Ladran y arañan la puerta desesperados por abrir, como preguntando: “¿Recién nos escuchas?, hace horas que estamos ladrando”.
Asombrado, al ver que permanecen aislados, les abro la puerta. Los perros me saltan encima y se desviven en saludarme, moviendo la cola, locos de contentos. Desesperados, buscan el bebedero para saciar su sed. Regresan. Se paran en dos patas sobre mí tratando de que los acaricie y, luego, salen corriendo por el camino que los lleva al edificio de ordeñe.
Los sigo despacio, porque hoy mi espalda está terrible. Visualizo el corral, y las vacas están encerraditas y ordenadas. Después entro a la sala de proceso. Me asomo por la puerta de ingreso y doy un vistazo al interior. Está limpio y seco como anoche. Ni una gota de agua en el piso. Y eso no es normal. Mi niña no estuvo por aquí esta mañana.
—¡Evelyn, Evelynnnnn! ¿Dónde estás, querida?
¡Pero qué tonto he sido! Cuando salí de la casa ni siquiera revisé su cuarto. Con lo cansada que la vi anoche, seguro se habrá quedado dormida. Volveré a la casa.
Los perros se han alejado de mí y siguen ladrando a lo lejos. Pero tal vez sea por la alegría de verse sueltos. Seguro que habrán descubierto una cueva de ratas o comadrejas.
Elijo otro atajo y regreso a la casa. Ingreso por la galería y entro a la sala de estar.
—¡Evelynnnn, despierta, preciosa! ¿Vamos a desayunar, mi vida?
Subo por la escalera, todo lo rápido que mi espalda me lo permite, que no es mucho. Camino por el pasillo del primer piso. Golpeo la puerta de su aposento. Silencio. Decido entrar. Acciono el picaporte y distingo su cama. Para mi asombro, está vacía.
—¿Evelyn, estás en el baño, querida? —ninguna respuesta.
Me acerco hasta el baño. Golpeo la puerta y nadie contesta. Entro, corro la cortina de la ducha. La bañera está seca y limpia. No hay nadie ahí.
Recién en ese momento comienzo a preocuparme seriamente. Me cae la ficha. Y mi cabeza es una película. Intento tomar dimensión de lo que tal vez ocurrió. Pero aún me niego a pensar lo peor.
¿Y el hombre dónde está? ¿Habrá ido con Evelyn a reconocer el campo? Claro, tiene que ser eso. Conociéndola a Evelyn, y con lo entusiasmada que la vi anoche, deben estar dando vueltas con el tractor y mostrándoselo.
No me di cuenta de examinar si estaban los tractores o la chata. ¿O se habrán ido a caballo? Voy a revisar. Me alejo de la casa nuevamente. Repaso los lugares y todo está en orden. Los caballos, los tractores y la camioneta están en el lugar de siempre.
A oleadas, el viento me trae el ladrido de mis perros hostigando a lo lejos. Rehago el camino rumbo al edificio de ordeñe y me oriento por los ladridos, tratando de encontrar a mis perros. Observo que los tres ladran parados en dos patas, arañando la puerta de chapas del galpón. De pronto, uno de ellos enloquece y comienza a escarbar un pozo para entrar por debajo, como sea.
Me acerco al portón y deslizo los dos pasadores para abrir e ingresar al viejo granero. Los perros, desesperados, me pasan por arriba y casi me tiran. Se infiltran alborotados y ladrando furiosamente, olfateando el piso, como si buscaran una comadreja o una rata. Llegan hasta el camastro improvisado armado con forraje ayer a la noche. Los perros se ponen locos. Sus colas se mueven tanto que se les van a cortar. Olfatean y me observaban inquietos, como exigiéndome “apúrate y acércate aquí, a ver si reconoces esto”. No logro ver mucho, dado que el galpón está en desuso, sin luz y sin ventanas.
La puerta por la que ingresamos se encuentra como a treinta metros del camastro, y la claridad que entra por allí es escasa. Un momento después, mis tres guardianes siguen histéricos. Reculan sobre sus patas y huyen por el portón del depósito, husmeando todo a su paso, mientras se alejan.
Ya en el exterior del edificio, eligen otro camino rumbo al campo de maíz. Van “aspirando” todos los olores que encuentran a su paso. Es sorprendente, pero mis perros trabajan en equipo. Recién los veo tan activos. Uno o dos olfatean el piso, el otro husmea el aire de la mañana. Los tres están con las orejas a tope, en alerta máxima, tratando de detectar cualquier olor o sonido. Cruzan el alambrado e ingresan al campo de maizales, y yo voy tras ellos. Recién ahí me doy cuenta que estoy con las manos vacías. El apuro y la desesperación me nublaron. Por las dudas tendría que haber traído la escopeta para no estar desarmado, por cualquier eventualidad.
Pero sigo adelante igual, para estar atento a lo que encuentren mis canes. No puedo perder más tiempo en retornar a la casa. Sin embargo no siento miedo. Mis perros son como tres lobos; despellejarán al primero que intente cruzarse en mi camino y atacarme.
Los tres llegan hasta una zanja de riego que bordea la plantación, y los noto perdidos, intentando seguir el olor que venían olfateando. Unos minutos después vuelven a orientarse, cruzan la zanja con agua, y se meten en otro campo. Y ahí se detienen.
Los animales dan vueltas, husmean, están alertas, pero no logran salir de ahí. Es como girar en círculos, como si hubieran encontrado un callejón que tuviera una tapia. No saben cómo seguir. Se muestran perdidos, desorientados. Ellos se olfatean entre sí y me apuntan a mí, como diciendo “¿Qué está pasando aquí?” Entonces les grito en voz alta: “Volvamos. ¡Volvamos a casa!”. Y ellos me entienden perfectamente.
Regreso a la vivienda, todo lo rápido que puedo con mis perros detrás. Entro a la cocina y miro el reloj. Han pasado unos minutos de las nueve y media de la mañana y doy un último llamado, con mis lágrimas cayendo por mi cara:
—¡Evelynnn, Evelynnnnn…! ¿Mi niña, dónde estás? ¡Contesta, hija!
Hay un silencio profundo en mi casa. Desolador. Abatido, me siento desfallecer. No puedo demorar más la situación. ¿Cuánto voy a soportar la agonía?
—¿Hola…? ¿Central de Policía?”
CAPÍTULO 2
La desaparición de Evelyn
Pueblo de Santa Lucía, México.
Viernes 20 de mayo de 2011, después del mediodía…
A muchos kilómetros de distancia del Campo “La Preciosa” dos individuos discutían acalorados, continuando una conversación iniciada minutos antes:
—Pero cabrón ¿qué hiciste con la joven? Dímelo de una puñetera vez —le exige alarmado el hombre.
—La dejé dormida. Te lo juro. ¡La dejé dormida y me fui! —le responde su interlocutor.
***
Pueblo de Santa Lucía, México.
Domingo 22 de mayo de 2011, dos días después.
Temprano a la mañana.
En la portada del periódico local de la ciudad se podía leer:
DESAPARECIÓ HIJA DE IMPORTANTE COLONO DE SANTA LUCÍA
Santa Lucía, domingo 22 de mayo de 2011
Según pudo conocerse, el vecino de Santa Lucía, don George Miller, en horas del mediodía llamó a la departamental de policía de nuestra ciudad alertando en referencia a la desaparición de su hija.
Don George, de nacionalidad canadiense, dueño del campo agrícola y tambero “La Preciosa” —bautizado así en honor a su hija—, es un conocido y apreciado colono de nuestro pueblo. En el establecimiento se cultiva maíz y otros granos, además de poseer un tambo lechero de ganado vacuno manejado por su propia familia.
“A mi Evelyn la han secuestrado. Ha desaparecido” fue el mensaje que transmitió a la policía, el viernes 20 antes del mediodía.
Fuentes fidedignas nos informaron que don George continuó con la declaración a la policía local en los siguientes términos:
«Ella, estoy seguro, se levantó a las cuatro de la mañana como todos los días y, cuando me desperté alrededor de las 8:00 horas, no la encontré por ningún lado.
»Revisé mi campo de punta a punta. Y respecto a mi hija, la conozco como a la palma de mi mano. Si se hubiera ido al pueblo, me habría avisado o dejado una nota. No cabe duda de que la han secuestrado. Y lo más inquietante es que aún no he recibido ningún llamado».
Cuando llegó la patrulla al campo “La Preciosa”, don George les relató a los agentes su búsqueda y recorrida en la mañana:
—Hoy me levanté pasadas las 8:00 horas de la mañana, cosa que nunca ocurre. Eso lo juzgué muy extraño y me dio “mala espina”, como decía mi finado padre. Porque mi hija, luego de las 7:00 horas, me despierta todos los días para compartir el desayuno juntos. Y hoy eso no ocurrió. De forma que, muy preocupado, salí corriendo fuera de la casa al edificio de proceso. Encontré el corral lleno de vacas, cuando lo normal es que, después del ordeñe, las pasamos a corrales separados para alimentarse y reponerse para el de la tarde.
»La sala de extracción se veía totalmente vacía, limpia y sin animales —prosiguió el padre de Evelyn—, y con el piso seco. Tuve un pálpito que no me gustaba. Cuando no vi los tres perros jugando por allí, mi preocupación fue creciendo. Escuché sus ladridos y entonces descubrí que estaban encerrados. Pero recuerdo muy bien que la noche anterior los había soltado. Era inaudito que estuvieran encerrados, si siempre quedan sueltos todo el tiempo para cubrirnos y que se mantengan en guardia toda la noche.
»En cuanto fui abrirles, mis perros saltaban de alegría y comenzaron a olfatear un camino interno que lleva directo a un galpón alejado de mi vivienda y por el que también se accede al edificio de ordeñe. Al arribar al galpón, los tres perros enloquecieron; ladraban en la puerta queriendo entrar de cualquier manera.
»Abrí el portón y se abalanzaron al interior, corriendo y ladrando hasta un rincón donde existía un camastro de pasto. Los perros actuaban nerviosos y olfateaban esa esquina de manera inusual. Hacía tiempo que no los había visto tan incitados.
—¿Y qué pasó luego don George? —continuó preguntando un agente, mientras iba anotando las declaraciones en su libreta.
—Por un instante, los perros quedaron unos segundos indecisos, aunque continuaban olfateando el lugar. Pero enérgicamente, volvieron a encontrar otra pista y, rastreando el piso, salieron disparados hacia la salida del galpón. Ya fuera, comenzaron a seguir otro rastro hasta el cerco que limita el campo de maizales, que queda a unos 200 metros del galpón. Hasta allí se acercaron. Iban y venían por el borde, pero no pasaban. No se metían entre los maizales. Cruzaron una zanja de riego, pero hasta ahí alcanzó el rastreo.
»Eso es todo lo que puedo decirles. Estoy desesperado. No sé qué hacer. Mi mujer llegó de un periplo hoy al mediodía y está llorando sin consuelo, al borde de un ataque de nervios, totalmente angustiada. Y a mí no me falta mucho para estar igual.
—Don George, sabemos que es difícil mantener la calma en estos momentos tan complicados, pero le pedimos que lo haga. Nosotros nos ocuparemos de todo. Llamaré por radio a otra patrulla y que se acerque a su campo. Asimismo, nos comunicaremos con el Hospital Zonal requiriendo que envíen una ambulancia y atiendan a su esposa y a usted también.
—Ya hemos dado el aviso a la policía caminera y estatal, exigiendo que se mantengan alertas y muy atentos para que controlen los distintos caminos de acceso y salida de Santa Elena, Santa Lucía y alrededores.
—Mi colega ya está llamando al Juez de turno para ponerlo al tanto de este hecho.
—Gracias Agente por atendernos —le respondió un agradecido y sumamente preocupado don George—. En nombre de mi esposa y mío, le damos las gracias.
—Estamos a su servicio. Cuide a su esposa. Cualquier novedad lo mantendremos informado.
Diez minutos posteriores a retirarse la patrulla, suena nuevamente el teléfono de la policía local:
—Hola, hola, ¿hay alguien ahí?
—Policía de Santa Elena, buenos días. Sí, señor, lo escuchamos. ¿Cuál es la emergencia que grita tanto?
—Disculpe agente, aquí habla don George. ¿Usted fue el que me atendió más temprano y habló conmigo?
—No, fue mi compañero. Aguarde. Eloy, aquí tengo a un tal George que aclara que le tomaste declaración hace un rato. ¿Lo puedes atender ya?
—Sí, pásamelo.
—Hola, don George, aquí de nuevo el sargento Eloy Cifuentes.
—Vea sargento, con la angustia y la desesperación, me olvidé de contarle un detalle.
—Lo escucho. Estoy acomodado para anotar. ¿Dígame qué fue lo que se le pasó por alto?
—Ayer por la tarde, llegó a mi campo un desconocido. Trabaja con la constructora que vino a cotizar una refacción en mi campo y, de emergencia, me pidió “asilo”. No tenía dónde pasar la noche. A regañadientes lo dejé dormir en casa. Y esta mañana cuando despierto, ni sombras de él. Se ha esfumado ese hombre.
»Oficial, ¿usted cree que él puede tener relación con la desaparición de mi hija?
CAPÍTULO 3
¡LÁRGATE, PINCHE JALISCO!
Palacio Negro de Lecumberri, ciudad de México.
Enero de 2011.
Cuatro meses antes de la desaparición de Evelyn.
Mi nombre es Carlos, pero desde siempre todos me conocen por Charly. Estoy recluido en este presidio desde hace un par de años, por culpa de una chusma que me delató, aduciendo que la violé. Para nada. Fue toda una patraña para sacarme de circulación. La cuestión es que estoy encerrado en este maldito Palacio Lecumberri, más viejo que Matusalén. Los días se van sucediendo unos tras otros con igual monotonía. El prisionero aquí no tiene en qué gastar su tiempo. Lo único que se consume es su vida, su presente, la esperanza y desde ya…su futuro.
Tus compañeros, colegas, enemigos, conocidos y hasta los guardias con los que puedes interactuar, todos ellos te ocupan el día, de una u otra forma. Pero la noche es otro cantar. Para mí resulta un infierno. Cuando estás en tu celda íntegramente solo, tu mente y tú, ninguno que te hable o te haga compañía, ninguna interrupción, silencio lúgubre, es, en esos momentos, cuando la psiquis es tu reina absoluta, integral. Ella maneja todo tu cuerpo y tu alma. No hay forma de domarla. Y eso no lo he podido superar.
¿Pensamientos? ¿Sueños? ¿Referentes a qué? Cuando se hace la noche recluido en este podrido lugar, te encuentras a solas contigo. Y más en mi caso. No tengo ningún recuerdo agradable en el que pensar, que añorar. Sin que una sola evocación me devuelva y reviva aquellos momentos felices de mi niñez, con algún hecho en que aferrarme. En absoluto. Nada de nada. Es entonces cuando pienso que mi pasado está muerto. Mi pasado fue un infierno.
Debo ver por encima de los muros que me rodean. Por detrás de ellos, está la vida que algún día volveré a tener, o a intentar vivir. Debo elevar mi espíritu. Ver por lo alto de la ventana de mi celda cómo las aves vuelan en libertad. En eso debo pensar. En dedicarme a vivir, a no pensar en morir.
Ya me lo ha dicho un güey hace unos años: debo ver más alto que las nubes y no olvidarme que más arriba siempre está el sol. Y mi mente debe enfocarse en pensar en eso, en el mañana, en el futuro. No debo permitir que mi cerebro me domine o me arrastre a las profundidades oscuras de mi pasado.
Esta es una vida miserable. En la prisión la vida es un horror. Aquí los seres humanos son tratados como bestias. Y en eso nos convertimos nosotros, porque luchamos unos contra otros para subsistir. ¿Pero de qué? Nos estamos matando entre nosotros. Eso es lo que en el fondo ellos quieren: menos presos, para dar cabida a los nuevos que pronto vendrán, como una línea de producción de autos. Dejan el hueco en la línea y surge el de atrás. Aquí se van los presos e ingresan los siguientes. Jamás se acaba. La rueda se mantiene girando sin detenerse. Solo que aquí es un esquema diferente. Aquí es la destrucción de la persona, no la construcción. El sistema fue diseñado y programado así. Tú no debes preocuparte, todo lo han pensado por ti. Aquí es donde te llevan al límite emocional y de resistencia anímica, más de lo que una persona puede soportar, hasta que explotas.
Revientas de alguna manera. Te ahorcas, te envenenas, intentas escapar y te hacen colador, o te haces acuchillar por otro preso. Cualquier excusa resulta válida, cuando te sientes acorralado y tu ánimo a punto de extinguirse. Te sientes que no puedes alcanzar un futuro cercano y viable.
Tu cerebro se seca, de tanto pensar en cómo salir de este infierno en el que te han metido. O el que tú mismo te lo has buscado. O tal vez un soplón hizo que te capturaran. Lo mismo da. Estás encerrado y bien podrido.
Entonces, cuando estás hundido y absolutamente sin ninguna esperanza. Cuando posees menos ánimo y sueños que un mosquito, y tu desesperación rompió todos los termómetros, te llega el fin. Ahí es cuando te sientes devastado y, en la desesperación, te resignas a que la única manera posible de evadirte es acostado panza arriba y con los pies para adelante en un camión de la morgue.
Tirado en el camastro de mi celda y luego de tanto cavilar un largo rato, el sueño me venció. Por suerte mi espíritu me liberó. Fue como si me hubiera dicho “duérmete si quieres, pero recuerda que aquí soy tu amo y señor. Yo manejo la llave de tu cuerpo y alma. Y te dormirás cuando yo lo decida…” Y entonces, finalmente, me dormí.
Al día siguiente…
Otro día para sobrevivir. Un nuevo día para restar en tu vida, metido en este agujero gigante, rodeado por mil “ratas”, más o menos semejantes a ti. El sistema te empareja. Siempre te nivela, pero hacia abajo.
Anoche me acordaba de Jordi que, justamente por estos días, hace once meses, había cumplido su pena. Fue el 4 de febrero de 2010. Recuerdo perfectamente ese día. Antes de irse, me vino a saludar y nos dimos un abrazo de despedida. Sin que me diera cuenta, y jugándose la vida, me dejó un estuche en el bolsillo trasero de mi mameluco. Cuando estuve solo en mi celda, lo descubrí. Me obsequió una navaja Wenger plegable. Una maravilla.
Ahora que ya se ha ido, de verdad lo extraño. Le agradezco todo lo que me ayudó. Lo valoro más ahora que no está para apoyarme o darme consejos que me hacían tanto bien. Pero, por otra parte, me llama la atención no haber tenido noticias suyas en todo este tiempo. Muy raro, luego de lo que me había prometido.
Arranqué mi día y me dirigí al edificio para desayunar. Hicimos la cola en el patio. Pasaron revista de asistencia y en fila india pudimos acceder al comedor de nuestro bloque donde convivimos al menos 150 presos. Desde hace varios años, comparto el asiento con Jalisco. Cuando nos sentamos a comer, siempre intentamos estar juntos para hablar despejados y, fundamentalmente, cuidarnos las espaldas.
—Oye güey, hace años que me quemo la cabeza en encontrar formas de escaparme de aquí, pero no las encuentro. Esto es una fortaleza. El Palacio Lecumberri es infranqueable. No hallo una vía de escape factible.
—¡Claro, Charly! Pues solo si fueras Superman. De esa manera te podrías escapar y saltar por encima de los muros. Estaría bueno, ¿no?—Espera, creo que lo tengo. Cierra los ojos e imagina —me habla Jalisco, en tanto desayunamos—. Te cuento mi idea perfecta: podría juntar a los cuates para hacerte la despedida. Una tarde de estas, te plantas en el Patio de la Fuente. Es más, te subes a ella, te metes la capa bermellón de Superman, te agachas, levantas las manos, tomas envión hacia arriba y… saz… ¡te vuelas! Y todos los cabrones alrededor de la fuente aplaudimos y nos reímos como locos, viendo cómo te elevas por los aires. Y todos advertimos que, desde la ventana, el Capitán nos está contemplando con sus ojos fuera de órbita, sin dar crédito a lo que él termina de ver. ¿Te imaginas? Yo me colgaría de tu cuello y nos escaparíamos los dos juntos. ¿No es cierto, Charly? Sería fantástico cabroncito —termina de delirar Jalisco.
—Estás leyendo muchas revistas de historietas, güey. Eso solo pasa en las películas de Hollywood.
—Ja, ja, pero estaría bueno, ¿no? Evaporarnos frente a las narices del Capitán. Se pondría loco; empezaría a llamar a todos los guardias, gritándoles: “corran, corran y prendan las sirenas”. Pero ya nos habríamos elevado como a 200 metros de altura y yo enganchado a ti les gritaría desde arriba: “sigan, sigan corriendo pendejos, que jamás nos alcanzarán”. Tú me abrazarías y me llevarías volando, y te bajarías conmigo en un campo a cinco kilómetros de aquí. ¡Somos libres, güey! ¡Libres! Ja, ja.
—Sí, güey, el único conflicto es que no soy Superman. Pídele a Clark Kent que baje a tierra y pregúntale dónde escondió la Kryptonita. Así le pido que me preste unos gramos y me convierto en el súper héroe de la capa.
»Mejor regresemos a tierra, Jalisco, que estamos sonados. Se nos acabó la hora del desayuno, güey. Salgamos que nos están llamando para formar fila otra vez.
***
Presidio de Lecumberri, febrero de 2011.
Dos semanas después, en el “Palacio Negro”
—Charly, te tengo una buena para alegrarte el día.
—Jalisco, ahora no. Olvídalo. Hoy me levanté con un ánimo de perros.
—Al menos escúchame unos minutos y luego me voy.
—¡Ándale, güey!
—Charly, me acabo de enterar que van a comenzar la remodelación de un sector arruinado que queda en el primer piso frente al patio once. Es en el otro bloque.
—¿Y qué quieres, chavo, que me postule a director de obras?
—No, güey, están seleccionando gente para trabajar en la reconstrucción. Pero gratis.
—¿Gratis? Vas mal. ¿Comiste carbón de las minas de Chihuahua? Peor que peor. ¿Y esa es la buena noticia? Lárgate, pinche Jalisco, y no me jodas.
—Espera, Charly. Déjame que te explique, güey. Los chimentos dicen que los que sean elegidos tendrán cierta compensación, que nadie sabe aún cuál sería. Pero dicen que el Capitán estará como máximo responsable de la obra de remodelación. Quieren desarrollar un salón de juegos, biblioteca y usos múltiples. Me dijeron que ese bloque ofrece muy poco para “distraernos”. Comentan que este nuevo edificio será para que “todos los cuates que estamos aquí disfrutemos un mejor clima”. Textuales palabras de mi informante.
—¿Y? Todavía no me convences. ¿Qué pito vengo a hacer yo en todo esto?
—Pues que va a haber mucho jaleo, movimiento de gente de la empresa constructora, camiones, materiales, etc., etc. Ah, me olvidé de decirte que habrá una empresa contratista encargada de la remodelación. Los presos que elijan solo serán ayudantes. La responsabilidad será de la empresa.
—Podremos conocer gente nueva —continúa Jalisco pretendiendo convencer a Charly—, chavos de otros bloques del Palacio. Ocuparemos nuestro tiempo en algo y podremos platicar con los otros “compas” que trabajen con nosotros. ¿Cómo lo ves? Es una oportunidad, como hace rato no teníamos. Al menos, rompe la monotonía tediosa que soportamos todos los días. Conoceremos a otros chavos del presidio y podremos trazar algún plan. Nunca se sabe. Todo es posible.
—En eso debo reconocer que estás en lo cierto. Pero ¿no te acuerdas? Hace unos años atrás, cuando remodelaron el baño de nuestro sector, teníamos de custodia como cuatro guardias por preso. No podías ni levantar la mano para rascarte el culo, que le tenías que pedir permiso de lo que coño ibas a hacer un segundo después.
—Bueno Charly, pero han pasado varios años. Estamos en otra época, tenemos nuevo Capitán y los guardias son otros. Tal vez sea distinto.
—Aquí las reglas son siempre las mismas, menso. Están escritas desde hace décadas y siempre las perfeccionan. Eso creo yo.
—No te olvides que tenemos los mismos portones de siempre: de seis metros de altura. Cien mil cámaras que te filman hasta cuando cagas. Pinche güey, te lo repito, no hay forma de tramar nada aquí. Esto es una fortaleza infranqueable.
»¿O te olvidas que los portones están llenos de guardias y francotiradores que nos vigilan las 24 horas? Si evitaste y burlaste todo lo demás, ellos te pescarán y te harán papilla. Si intentas escaparte, tu cuerpo quedará perforado con más agujeros que una red de pesca.
—A la mierda, Jalisco, ándate que no me convences. Disculpa, güey, que te arruiné tu idea. Siempre estás pensando en los dos, lo cual sé reconocerte. Gracias. Pero cuanto más lo pienso, te pregunto ¿cuál era la gran noticia que me traías para alegrarme el día?
—Discúlpame, Charly, tal vez tengas razón. Pero por un momento me había ilusionado y quise compartirlo contigo. ¿O acaso no somos como hermanos?
—Sin ninguna duda. Discúlpame. Te contesté para la mierda. Es que hoy veo todo negro. Mi ánimo está de lo más oscuro, compa. Lo siento.
—Ok, Charly. Pero, dime ¿qué hacemos aquí mientras? Nos la pasamos maldiciendo todo el día; que no tenemos nada para hacer; que estamos aburridos como ostras; bla, bla, bla. Pues bueno, al menos es un acontecimiento distinto que podríamos intentar, para cambiar de aire y de rutina. No se me ocurren otros argumentos para intentar convencerte. No te enojes, chavo.
—No… ¡espera, güey! En eso estás acertado. Son los estados de ánimo que a veces no te hacen pensar con sentido común. Pero si lo veo por ese lado, creo que estás en lo cierto. Un cambio nos despejaría por un tiempo. Aquí me siento como una estatua en medio del desierto, universalmente al pedo. Tal vez determinada acción, y otro ambiente rodeados de distintos chavos, nos inspiren ideas. Podríamos probar a ver qué pasa. Déjamelo pensar.
—Es un hecho entonces, güey. Así me gusta ese carácter, Charly. Intentémoslo. Tal vez el Capitán nos regale un presente, un pequeño sueldo para nuestros gastos.
—Sí, y una travesía por Europa con todos los gastos pagos.
—Bueno, eso no, Charly, pero quién te dice... Vamos a conocer a otros mensos y siempre existe la posibilidad de concebir algún negocio o trato con ellos. Es bueno tejer relaciones. Uno no sabe cuándo las va a necesitar.
—Dame plazo para analizarlo. De todas maneras, no me hago ilusiones, porque primero hay que postularse y luego ganar, ¿no? Habrá cientos de chavos que tal vez estén pensando o tramando ideas similares a las nuestras —conjetura Charly—¿No lo crees?
—Es cierto lo que dices. Me enteré relativamente tarde de esta chamba, pero creo que igualmente tendremos ciertas posibilidades. Mañana, a las 13:00 horas, termina el plazo. Los postulantes deben escribir su nombre y número de preso en unos cartoncitos y meterlos en la urna que colocarán en los comedores. En total, según mi informante, elegirán treinta fulanos; diez de cada bloque. Y el nuestro podría ser uno de los favorecidos. Además, el sorteo se puede arreglar. Tengo algunos “botones” donde apretar, para que se abra el cofre de la suerte.
»Yo lo tengo decidido, Charly, y me voy a anotar. Mañana meteré ni nombre en la urna.
—¿Y cuánto durará la obra?
—Estiman tres meses, si no llueve y no encuentran problemas en la estructura del “castillo”.
—¿Sabes qué? Ahora que lo mencionas y me lo pienso mejor, esto puede resultar interesante. Se me está despertando una que otra neurona dormida. En el transcurso de tres meses, podré conocer gente con la que tal vez podamos “preparar” algo… tal vez, tal vez… Justo me recuerdo una frase de Jordi: “no te des por vencido, ni aún vencido. Siempre existe una oportunidad. Todo depende de ti, de tu actitud. Piensa en positivo, y no renuncies”. Eso me decía.
»Déjamelo meditar esta noche, Jalisco, y mañana, un rato antes del almuerzo, te respondo.
—Bueno, Charly, pero anticípame algo: ¿te anotas o no, güey?
CAPÍTULO 4
“GOB-30”
“Palacio Negro” de Lecumberri, ciudad de México.
Viernes 11 de marzo de 2011.
Dos meses antes de la desaparición de Evelyn.
Nos habían reunido en una sala vacía, junto a un depósito de provisiones del Bloque, en otro sector del “Palacio Negro”. Nos exigieron colocarnos en fila de a seis, uno al lado del otro, firmes, como rulo de estatua.
—Caballeros —arrancó el discurso el Capitán con cara de bulldog francés—, han sido seleccionados entre 142 compañeros que se han postulado para colaborar en forma “gratuita” con la Administración y la Dirección de este Instituto Correccional. —»Ustedes han sido distinguidos para este proyecto y formarán un grupo selecto de apoyo que participará en la remodelación: una nueva “Biblioteca, sala de juegos y usos múltiples”.
»El gobierno estatal, luego de varias peticiones de este Capitán, ha puesto a nuestra disposición los fondos económicos para esta obra que enaltece a las Prisiones Federales.
—¿Qué sarta de pinches promesas dice este cabrón? Se asemeja a un político en campaña. Todo será bonito, factible y a favor de la comunidad —le explicó Charly en voz baja a Jalisco.
—Ni que lo digas, Charly. Te promete el oro y el moro. Ya que está, podríamos pedirle que diseñe una barra con tacos, botanas y cervezas bien frías, así nos servimos a voluntad.
—Por ese motivo —continuó el Capitán en su discurso— vamos a realizar las inversiones solicitadas para el bienestar de toda la comunidad carcelaria. Las obras darán comienzo en una semana, aproximadamente. En consecuencia, dispondrán de pocos días por delante, pero igual tendrán un período para prepararse y ponerse al tanto de los pormenores, antes del inicio oficial del proyecto.
»El jefe Rosty Williams, aquí a mi lado, ha sido asignado para liderar y coordinar este grupo, y ponerse a disposición de la empresa contratista que tendrá a cargo la construcción de esta obra. Él será el nexo entre la empresa y ustedes. Y, obviamente, me reportará diariamente todos los eventos más significativos —continuó advirtiendo el director del presidio.
»En los próximos días, conocerán nuevos detalles, a medida que la empresa nos vaya pasando su planificación y las necesidades de personal de apoyo, o sea, ustedes.
»¿Alguna duda caballeros? —no se escuchó ni el sonido de una mosca—. A partir de hoy, el jefe Rosty les irá contando las novedades, a medida que vayamos iniciando la remodelación.
»Caballeros, jefe Rosty, buenos días y rompan fila.
Al cabo de una semana, y en el horario de las 8:00, nos concentraron al grupo de treinta chavos en el patio once, próximo al edificio en remodelación que iba a dar inicio. Jalisco y yo formábamos parte de “los elegidos”. La empresa abrió tres frentes de trabajo. Ese primer día, a Jalisco y a mí nos enviaron a distintos sectores.
La primera etapa era la demolición propiamente dicha. Las instrucciones indicaban que era prioritario recuperar la mayor cantidad de materiales posibles, para respetar y mantener el estilo arquitectónico del Palacio, y cientos de objetos “de estilo y antiguos” que deberíamos recuperar, en la medida que pudieran restaurarse, para usarlos en la nueva construcción. De lo contrario, irían a la basura.
Y así arrancamos. El material seleccionado se trasladaba con cuidado por escalera a una sala de planta baja, preparada para la restauración y recuperación de estas piezas y materiales. El resto de los escombros se descargaban por tres toboganes estratégicamente ubicados desde el primer piso a la planta baja. Allí caían dentro de volquetes, donde se juntaban los desechos que íbamos acumulando desde la obra.
Las puertas, ventanas, rejas, molduras, placas de cielorrasos y demás elementos, los bajábamos entre varios chavos por escalera y los llevábamos a la sala de restauración, en la planta baja, para que otro grupo los limpiara y acondicionara para su recuperación. En cambio, aquellos escombros demasiado pesados, que no se podían tirar por el tobogán, los bajábamos de la misma forma: a mano, por las escaleras.
Cuando nos dimos cuenta, la mañana se había pasado volando. Había llegado la hora del almuerzo. Nos formaron y nos llevaron en fila india al comedor.
Al Capitán Pierre Arnoux lo habían rebautizado: “bulldog francés”. Los cuates eran asombrosos para poner apodos. Me contaron que lo de bulldog fue porque era “chiquito, feo y con la cara igual a ese perro de raza”; y lo de francés, porque obviamente había nacido en Francia.
La cuestión es que el Capitán había previsto todo para el almuerzo. Nos destinó un espacio exclusivo en el comedor principal que está contiguo a la obra. Movilizó a treinta presos que almorzaban todos los días allí y los trasladó al comedor en otro bloque. Seguramente se mantendría el cambio mientras continuara la remodelación. Dio instrucciones al contratista y mandó a construir unos tabiques que nos separaran del resto en el comedor, aislándonos así de los demás cuates del presidio.
“El Comedor de Chicharito” era el nuevo lugar que nos habían asignado para nuestros almuerzos, al menos por los próximos tres meses. Uno de los cuates me explicó que le pusieron el nombre “Chicharito” en honor a uno de los cocineros que aún está allí y lleva más de 25 años preparando comida para los presos. Y en estos días, por supuesto, también seguiría cocinando para nosotros, solo que en otro ámbito, llamémosle “selecto”.
A medida que íbamos entrando, nos ubicamos y sentamos sin ningún orden prestablecido. Nos devoramos la comida como lobos hambrientos. Un rato después, nos dieron el aviso de “terminado” y en fila salimos avanzando con destino al patio once. El jefe Rosty nos ordenó formación en cuadrícula seis por cinco (seis filas de cinco personas cada una). Controló que estuviéramos todos y nos ordenó avanzar hacia nuestros lugares en la obra para continuar con la tarea asignada en la mañana.
A las cinco de la tarde, nos indicaron que hiciéramos un alto. El director de obra y su personal daban por concluida su jornada y, por ende, nosotros también. Todo nuestro equipo fue asomando de los distintos lugares de trabajo con la instrucción de concentrarnos nuevamente en el patio de reunión. Otra vez formación seis por cinco. Varios guardias apostados en lugares estratégicos monitoreaban nuestros movimientos. Estaban armados hasta los dientes.
Le di un vistazo a las paredes y a las columnas de iluminación del patio que oficiaba de lugar de encuentro diario.
El que manejaba las cámaras CCTV desde el control se había convertido en un poseído. Las cámaras “bailaban” de un lado a otro, y hasta pude detectar cómo le hacía un zoom para aproximar la lente a todos nosotros.
Fue solo un paneo con mis ojos, mientras estábamos todos formados en la fila. El jefe Rosty controlaba rápidamente que no faltara ninguno de nosotros treinta.
—Caballeros, gracias por la colaboración en este, su primer día de trabajo. Pueden romper fila y cada uno regresar a su pabellón. Hasta mañana y que descansen.
—Hasta mañana, jefe —le respondimos varios.
A la mañana siguiente, mediodía y tarde continuamos ajetreados en la obra, con los idénticos procedimientos de ingreso, control y conteo de cabezas. Eran en total cuatro conteos por día que hacían de todos nosotros un martirio, pero esas eran las reglas de seguridad establecidas por el director.
Cierto día, en que almorzábamos con Jalisco y varios chavos, nos avisaron que un preso nos había puesto un apodo a todos los que habíamos sido convocados para la obra. Ahora éramos los “GOB-30” ¿Qué significaba?: “Grupo de Obras Bulldog 30”.
Era extraordinaria la velocidad y el ingenio que tenían varios chavos para ponerte un “alias”.
Acelerado, uno de los compas, siguiendo la broma, nos propuso una locura. Mientras almorzábamos sentados en el comedor, comenzó a idear su novela:
—Oye, chavo, tenemos que hablar entonces con el jefe Rosty para que mande a bordar una etiqueta y que la peguen en nuestras camisas. ¿No lo creen muchachos?
—Sí, sí —respondieron diversos cuates en la mesa—. Es una muy buena idea.
—¡Tú estás chiflado! —aportó un güey.
—Le voy a pedir al jefe —alentó el primer chavo— que envíe a coser con hilo dorado y nos borde el nombre de cada uno de nosotros debajo del GOB-30. (Risas y palmadas de aprobación con la idea.)
—¿Se imaginan la cara del Capitán bulldog? Se sentiría desconcertado cuando nos hicieran el conteo y nos viera a todos formados sacando pecho.
—Me lo veo parado frente a mí —teatralizó Jalisco asomando en la conversación, y simulando la escena del Capitán parado frente a él—. “Caballero, muy bonita esa identificación. ¿Me puede explicar que significa esa sigla?”. Sí, mi Capitán, pensamos que, con ese logo, nos identificábamos mejor como equipo. Este nombre es un símbolo de unión y permitirá que nos acordemos que formamos un equipo, y, al pertenecer a distintos bloques, es difícil reconocernos. La mayoría de nosotros es la primera vez que nos miramos las caras entre la población carcelaria.
—En eso coincidimos —respondía el capitán—, imaginamos que esa sería la respuesta que daría el bulldog. Y también le facilitaría al director de obra y su equipo —prosiguió la novela Jalisco— para cuando arman los sub-equipos de trabajo. Así nos identificarían rápidamente a cada uno.
—Ajá, no se me hubiera ocurrido —respondió imaginariamente el Capitán Arnoux. —¿Y lo que se ve arriba... ese “GOB-30”? —preguntó el Capitán—. ¿Qué significa?
—¿GOB-30? Esa sigla es la que nos representa, Director. Es que somos “Grupo de Obreros Bravos”. Y los “30” obviamente por la cantidad de cuates.
—Muy interesante, muy interesante, recluso —concluyó el Capitán, dirigiéndose a Jalisco, en su entrevista imaginaria con el francés.
Y todos nos matamos de risa con los aportes y actuaciones que hacía cada uno, allí reunidos en la mesa del comedor, imaginando la reunión delante del “bulldog”.
Lógicamente, esa ocurrencia de la etiqueta “se quedó” en el comedor. Lo que todos aspirábamos era pasarla lo mejor posible. Y las salidas ingeniosas de ciertos güeys nos permitían reírnos un rato y soñar que estábamos en una obra, pero en una ciudad a cien kilómetros fuera de los muros del presidio.
En la práctica, lo que todos clamábamos era que nos vieran a los treinta iguales. Sin ninguna identificación de ningún tipo. Las cámaras filmaban todo y todo el tiempo. Poseer una identificación en el cuerpo o en una gorra significaría que te podrían rastrear en las filmaciones y controlar hasta cuánto tardaste en el baño, si te fuiste a mear.
Lo que sí quedó grabado a fuego, a partir de ese día, fue el “GOB-30”. Para nosotros y el resto de los presos seguíamos siendo Grupo Obreros Bulldog. Para los guardias y el Capitán éramos sus “Obreros Bravos”. Alguien de la administración se enteró lo de la identificación y se le ocurrió que era una buena idea bordar el “GOB-30” en nuestros mamelucos. Al final, ellos tomaron la decisión por nosotros. Por suerte, no grabaron nuestros nombres en la “etiqueta”. Suspiramos aliviados cuando nos la entregaron terminada.
Al tercer día de iniciadas las tareas, durante la formación de las 8:00 de la mañana, en el patio habitual, se presentó diligente el Capitán Pierre Arnoux.
—Caballeros, buenos días. Les debo comunicar que el arquitecto de la obra ha tenido una reunión con el jefe Rosty para anunciarle el avance de la misma y cuáles serán los próximos pasos de aquí a una semana.
—El arquitecto Francis Pucci es nuestro director de obra. Nos ha redactado un informe relativo al desenvolvimiento de todos ustedes. Y tengo aquí una copia de ese resumen —el Capitán agitaba el papel en el aire, en medio de su discurso.
Mientras estábamos en formación, comenzamos a vislumbrar entre nosotros que algo no estaba bien, nos quedamos impávidos, con cara de: “La chingamos. ¿Qué hicimos mal?”
El rostro del Capitán bulldog era inmutable. Evocaba una pieza del museo de cera. No transmitía nada. Fuera una alegría o una desgracia, su rostro era el mismo. Nunca mejor que en este instante, entendí el porqué de su apodo. Cabía a las mil maravillas. Siempre ostentaba la misma cara de culo. Por eso, de ningún modo distinguíamos, si estaba enojado o feliz. Su cara de “bulldog francés” era imperturbable.
El director proseguía comentando su resumen y observándonos a todos. Por sus gestos y como exponía su discurso, pensábamos lo peor: que nos habíamos mandado una chingada, o que nos iban a reemplazar a todos por no estar a la altura de sus expectativas o por no estar alineados con los objetivos de este proyecto. Cualquier excusa podía ser válida para sancionarnos. Y entonces llegó directo al meollo:
—Caballeros, como les decía y para no olvidarme ni una coma, les quiero leer textualmente el párrafo que se refiere a vuestro desempeño —hubo un silencio absoluto, no se escuchaba ni la respiración de los compas—: “…y pasando al capítulo de su personal, deseo mencionar —escribió el Arq. Pucci— que sus muchachos no poseen ningún conocimiento de construcción, ni albañilería ni pintura, y menos sobre tareas de restauración”.
—Estamos fregados —dijo en voz baja uno de nosotros en la fila—; nos van a botar a todos, junto con los escombros.
—Sin embargo —continuó el Capitán con el mensaje del arquitecto—, les puedo mencionar que sus muchachos han entendido rápidamente el método de trabajo y se han complementado entre ellos, esforzándose en las tareas que les hemos asignado. Los pequeños desajustes ocurridos se irán puliendo con el correr de los días. Estamos muy satisfechos con sus labores y conformes con su trabajo en equipo. Envíeles mis saludos a sus “treinta bravos cuates”.
Todos respiramos aliviados y nos distendimos por la noticia. Incluso algunos de nosotros sonreímos y nos dimos unas palmadas, aunque el Capitán permanecía con su cara de bulldog, como si nos hubiera comunicado que la madre acababa de morir en un accidente.
—Caballeros, veníamos pensando en diferentes temas relacionados con vuestro comportamiento y colaboración en esta obra, pero con esta noticia lo pondremos en práctica en este día. Son reconfortantes para ustedes y para nosotros. ¡Felicitaciones!
—Rompan fila y buena jornada de trabajo.
El jefe Rosty nos fue guiando a cada pequeño equipo a distintos lugares de la obra para cumplimentar el cronograma y necesidades dispuestas por el arquitecto Pucci.
Y hablando del arquitecto, en uno de los momentos, mientras estábamos trabajando, se acercó a mí para darme unas instrucciones y entonces le agradecí a Francis Pucci sus palabras de reconocimiento sobre nosotros que le había transmitido al capitán. Aproveché el momento y le pregunté si conocía el tamaño y diseño del Palacio Lecumberri. «Sí, por supuesto —me dijo—. Hace años que me llaman para hacer reformas. Lo conozco bastante bien. Las celdas se agrupan en siete corredores que se asemejan a los brazos de una estrella; la más pequeña de 49 metros de largo y la mayor de 121. En el centro hay una torre de vigilancia de varios niveles, totalizando 35 metros de altura, desde donde los guardias pueden observar a todos los prisioneros recluidos en celdas individuales alrededor de la torre. La cárcel tiene forma de “una rueda cuadrada” de 248 por 222 metros, ocupando un área de 5 hectáreas de terreno. Ahora cuenta con 13 “rayos” partiendo desde el centro y construcciones administrativas y de servicios en sus lados perimetrales. Los “rayos” son los edificios construidos de uno a cuatro niveles donde se ubican las celdas, dormitorios y otros destinos. Se los conocía como crujías. Originalmente fueron 7, pero, en el año 1910 y posteriores, se amplió a 13, llegando a una superficie cubierta superior a los 25.000 metros cuadrados. Entre medio de cada crujía, se desarrollan los patios donde se asignan a los reos, según su peligrosidad». Lo saludé y le agradecí la historia y sus ponderaciones hacia nosotros. Ese chavo sabía mucho.
La mañana pasó rápido. Nuevamente, a las 12:00 horas nos llamaron para salir de la obra y 12:10 teníamos que estar en el patio, formados en cuadrícula, para el control y aprobación del censo respectivo.
—Todo ok —gritó el guardia de turno.
—Caballeros, rompan fila, pueden pasar al comedor y celebrar su merecido almuerzo.
Cuando nos ordenamos en fila india, el jefe nos hizo esperar a un costado de la puerta del comedor, para dejar que el resto de los reos de la prisión ingresasen primero.
Minutos después, nos permitieron entrar y seguimos al jefe Rosty que nos guiaba a una sala separada del comedor. Nos hicieron sentar en unas sillas y mesas dispuestas solo para nosotros. Recién nos estábamos ubicando y hablando entre nosotros, intentando descubrir de qué se trataba todo esto de estar aislados del resto, cuando el Capitán ingresó al lugar y cerró la puerta.
—Caballeros, esto es lo que les anticipé esta mañana. A partir de hoy, ustedes almorzarán en este comedor ambientado para la ocasión y, aprovechando la buena idea que han tenido con la sigla que se han puesto, le asignaremos el nombre de “Comedor GOB-30”.
No sé por qué, pero todos aplaudimos respetuosamente.
—Señores, ninguna persona ajena al GOB-30 podrá instalarse aquí. No se aceptarán invitados. Esto es un premio solo para ustedes, por haber aceptado colaborar con esta obra y por “sudar” duro. Toda la comunidad carcelaria, en su conjunto, se verá favorecida con este nuevo edificio, gracias al esfuerzo de ustedes.
»Por las positivas consideraciones que ha vertido de ustedes el arquitecto Pucci, le hemos dispuesto un almuerzo diferenciado al resto de sus colegas del presidio —prosiguió el Capitán.
Aplausos nuevamente y tibios “bravo”, con murmullos y risitas incluidas.
—Podrán degustar platillos abundantes y variados. Y elegir para cada día una variedad de postres que habitualmente están reservados para uso exclusivo de la dirección y administración del “Palacio Negro”, como lo han apodado ustedes.
»Les pido, en lo posible, que sean discretos con este beneficio especial de la comida en sus almuerzos, para evitar celos con el resto de sus colegas. Caballeros, este almuerzo “VIP”, por calificarlo de cierta forma, continuará durante los tres meses que estimamos demandará la obra. Demás está decir que este ámbito debe ser cuidado tanto en lo material, como en el desenvolvimiento de cada uno de ustedes. Aquí deben respetar el reglamento, como en cualquier lugar del Palacio. Recuerden que continúan en el presidio, por si se les olvidó. ¿Lo captan, caballeros? Y les advierto: cualquier queja, comentario negativo o un comportamiento fuera de lo normal que nos mencione el arquitecto, su personal o el jefe Rosty, el almuerzo VIP, señores, “será cancelado”. ¿Han entendido?
—Sí, Capitán —dijimos los treinta a coro. O casi todos.
—Y aún más: un desliz que cometa uno de ustedes, lo pagarán todos. A buen entendedor… Amén.
»Caballeros, que disfruten su almuerzo. Buenas tardes.
Vimos que el Capitán y el jefe Rosty se retiraban. Entonces, nosotros comenzamos a cuchichear, a comentar las buenas noticias y beneficios que nos habían dado. El Capitán, estaba cumpliendo con su promesa. Si bien debíamos batallar rudo, solo demandaría tres meses, o tal vez algunas semanas adicionales, pero, teniendo en cuenta que el día se nos pasaba entretenido, sumado a esta nueva comida que nos prometieron, bien valía el esfuerzo. Ver para creer. En los próximos días lo sabríamos.
—¿Y? ¿Qué te dije, Charly? ¿Mi contacto estaba bien informado o no? Ya vez que nos están dando alicientes para gratificar nuestro trabajo gratis. ¡Al menos nos llenamos mejor la panza!
—Bueno, Jalisco, no te agrandes. Valoro tus contactos, pero tuvimos suerte también. Y para que veas que aprecio tu sugerencia, y hasta que me hayas convencido de que aceptara esta faena, te regalaré mi postre: lo comerás durante tres días, ¿eh, chavo? ¡Solo por tres días, güey! ¡Gratis!
—¡Muy bien...! ¡Gracias Charly! Eres una persona de palabra.
En ese momento, ingresaban varios meseros con carros y bandejas para distribuir los platos principales y los refrescos. Esto último era todo un lujo que el Capitán ni había mencionado. Nos servían como si estuviéramos almorzando en un restaurante de cinco estrellas y no en el comedor de la cárcel más jodida del país.
Los días fueron pasando, con idéntica rutina, al igual que los almuerzos que continuaron con la calidad y abundancia prometidas. El “GOB-30” prolongaba el trabajo en la obra y nos juramos cuidarnos entre todos porque, si cualquiera de nosotros se “saltaba” de las vías, perderíamos de manera instantánea los privilegios que habíamos conseguido.
A partir de la cuarta semana de trabajo, todos los viernes por la noche nos prometieron un nuevo beneficio: nos ofrecerían para el GOB-30 una cena VIP en el comedor Chicharito. El Capitán estaba muy conforme con nuestras tareas y la obra avanzaba a buen ritmo, según los plazos establecidos.
Nos enteramos que el arquitecto Pucci nuevamente había hablado muy bien de nosotros y, por ende, el Capitán nos obsequió un beneficio adicional. Todo el grupo se notaba feliz en ese aspecto.
Un día, mientras transcurría el almuerzo, se presentó por sorpresa el director.
—Caballeros, hoy se cumplen treinta días desde que iniciamos este proyecto, que en definitiva redundará en beneficio de ustedes y de sus colegas del presidio —seguía dando su discurso el Capitán, como si estuviera en acto de campaña—. Las noticias que me llegan es que vamos muy bien con el plan de tareas y ustedes, con su aporte, son los responsables de haber logrado el objetivo.
»Para que evalúen que el Presidio reconoce vuestras labores, se habrán dado cuenta que el viernes pasado les hemos concedido una nueva compensación, tanto por su buen desempeño como por la normativa y comportamiento de todos ustedes. Por ese motivo, les vamos a conceder otro premio especial —se oyeron chiflidos y palmas de todos nosotros que nos animábamos a expresarnos con mayor libertad.
—¡Gracias, Capitán! —respondieron varios cuates.
—Caballeros, caballeros, por favor, que esto no es una fiesta de cumpleaños. Como les decía, a partir del próximo sábado por la noche, y únicamente los sábados, montaremos aquí un proyector para que ustedes vean una película de cine estrenada el último año, igual que las que pasan en la ciudad por estos días —nuevamente hurras y festejos—. Caballeros, por favor, mantengan el orden. Les vuelvo a refrescar que las reglas aquí son de acero. Cuando uno de ustedes sea sorprendido en falta, “Sanseacabó”. ¿Lo conocen a ese Santo?
—Sí, sí —dijeron la mayoría riéndose— Lo que les dije no es broma. A buen entendedor, pocas palabas. ¡Salud! —dijo alzando una copa—.Continúen con su almuerzo.
—Viste, Charly, ahora nos pondrán un cine. Solo nos faltarían unas botanas con un par de cervezas bien heladas, ¿no?
—No es mala idea Jalisco. La próxima vez, le podremos tirar la idea al jefe Rosty, para que lo convenza al Capitán.
Los días y las semanas transcurrieron con normalidad. El Capitán fue cumpliendo con todo lo que nos prometió. Teníamos nuestro almuerzo, cenas VIP los viernes y cine los sábados. En ese aspecto, no podíamos quejarnos de nada.
***
“Palacio Negro” de Lecumberri.
Jueves 19 de mayo de 2011.
A dos meses del inicio de la remodelación de la Biblioteca.
Aquella mañana de jueves, en el Palacio de Lecumberri, se cumplían dos meses desde la apertura de la reconstrucción de la Biblioteca. A las doce sonó el silbato del guardia indicando el mediodía. Era la hora de almorzar. Poco a poco, el equipo dejó sus tareas y se fue concentrando en el patio número once para pasar revista como todos los días, al tiempo que nos agrupábamos en el sector de siempre.
—Señores, por favor se ordenan y dejan de hablar. En fila bien alineados y callados. Formación seis por cinco, como de costumbre.
—Pero, güey —le animó uno del grupo, contestándole al guardia, para que escuche el jefe Rosty—, hace dos meses con la misma jodida historia. ¿Tú sabes por qué nos llaman “GOB-30”? Entonces, no nos jodas con tanta formación y siempre firmes, que tenemos hambre y queremos ir al comedor.
—Señores, esto está muy claro: si ustedes se rebelan, el Capitán sabrá de esta indisciplina más rápido de lo que canta un gallo, y ustedes saben también que, si al “Capi” lo agarramos cruzado, a ustedes se les acaban todos los privilegios.
Imposible rebatir esos fundamentos, así que, todos calladitos, nos reunimos como ordenaba el guardia y nadie más abrió la boca para quejarse.
—Gracias, señores —y comenzó el conteo—. Segundos después, la cara del guardia García cambió de semblante.
—Jefe Rosty, mi conteo suma 29. Nos falta un reo.
—Tal vez esté demorado por ahí terminando su chamba —saltó uno.
—Seguro está descompuesto y no puede dejar el baño —aportó otro.
Inmediatamente, el custodio habló por radio y, como por arte de magia, y no sé de dónde, surgieron ocho guardias armados y nos rodearon.
—¡Guardias! Revisen toda la obra, los baños, recovecos de aquí y de allá —señalando con el dedo y en un creciente estado de nerviosismo—. Quiero que encuentren al que falta y me lo traigan aquí de las bolas. Le vamos a recordar lo que es la puntualidad. ¡Rajen, ya!
—»Si hace falta levantar las baldosas y los inodoros, háganlo. Cualquier novedad me avisan por radio, en la frecuencia de seguridad —todos se cuadran en saludo militar—.¿Entendido?
—¡Sí, señor! —respondieron los ocho a coro y salieron disparados a la búsqueda del “impuntual”.
—Aquí García a Central de Control General ¿Me escuchan?, cambio.
—Lo escucho, García.
—¿Hay algún reporte, un acto que le llame la atención, escrito en el libro diario de anotaciones desde las 8:00 de la mañana de hoy?
—Aguarde que me fijo, señor.
Un instante después.
—Nada, señor García. Todo aparenta normal. Las mismas anotaciones de rutina de siempre. Nada diferente.
—Jefe Rosty, por favor, lleve a este grupo a una sala. Vamos a controlar nombre y apellido de cada uno para determinar quién falta.
—Sí, señor.
—Jefe Rosty, por su integridad, le sugiero que llame al Capitán Arnoux y le avise de esta situación, antes de que disparemos las sirenas. Y prepárese con lo que se viene, ¡nos va a querer comer crudos! —le apuntó un viejo guardia a Rosty, para salvar su pellejo.
—Guardia García a “equipo de búsqueda”. ¿Me escuchan?, cambio.
—Lo escucho, señor García.
—¿Tiene novedades?, cambio.
—Negativo. Ya estamos volviendo señor. El área de obra y el patio trasero están limpios y ordenados; no hay un hueco donde esconderse. Aquí no queda nadie. Cambio.
—¿Y en los sanitarios?
—Solo los inodoros, señor García. Vacíos.
—Gracias. Cambio y fuera.
—Aquí agente García a Central de Control General. ¿Me escuchan?, cambio.
—Lo escucho García.
—¡Alerta roja! ¡Alerta roja! ¡Ya mismo!
El ruido atronador de las sirenas comenzó a escucharse en todos los recovecos del Palacio Lecumberri, como hacía años que no sonaban, salvo para pruebas de funcionamiento o simulacros. Pero esta vez no era un ensayo. Era real.
Era la primera vez, en los últimos treinta años, que “estallaban” las alarmas y sirenas de esta manera. La cárcel de mayor seguridad del estado había sido burlada. Ni el Capitán ni el jefe Rosty recibirían la medalla de honor por lo que acababa de suceder. Todo lo contrario. Se avecinaba una guerra.
CAPÍTULO 5
EL CAPITÁN ARNOUX Y SUPERMAN
“Palacio Negro” de Lecumberri.
Jueves 19 de mayo de 2011, al mediodía…
Un día antes de la desaparición de Evelyn.
El Capitán Pierre Arnoux ordenaba unos escritos y certificados en su bunker del tercer piso del Pabellón Central, cuando de pronto sonó el teléfono fijo. Lo levantó y atendió. Era el jefe Rosty. Erguido frente a su escritorio escuchaba con prestancia la conversación con su asistente, pero luego de unos segundos se bloqueó y su semblante se transformó.
Cuando terminó de enterarse, y procesar el breve resumen que le había comunicado su colaborador, se sentía otra persona. De golpe se puso pálido, furioso, echaba chispas. Le temblaba la mano y no pudo colocar el teléfono en la posición correcta. Intentaba analizar la real dimensión de lo que acababa de ocurrir. Recién, cuando escuchó sonar las sirenas, tomó conciencia del huracán que se avecinaba, mientras el sonido penetraba estrepitosamente en su oficina y lo invadía todo. Su centro del mundo, desde donde gobernaba la prisión, comenzaba a desmoronarse.
A pesar de su temple y coraje, un mareo invadió su cuerpo y se sintió flojo. Con cada segundo que iba pasando, se notaba peor. Le bajó la presión y hasta sintió nauseas. Un gusto amargo de reflujo ácido le llegó hasta su boca. En ese estado de conmoción, dejó el teléfono encima de su escritorio, mientras, del otro lado de la línea, el jefe Rosty insistía hablando solo. Porque el Capitán ya no lo escuchaba.
Se acercó al dispensador y se tomó un vaso de agua, como si eso fuera una poción mágica que lo salvaría de todo. Inspiró dos o tres bocanadas de aire, tratando de recuperarse. No lo logró.
Luego caminó hasta la ventana de su despacho en el tercer piso. Se detuvo justo para escudriñar a los reos que se paseaban por el patio de su presidio. Sí, era su presidio. Porque lo mantenía bajo su cargo. Él era el responsable máximo del edificio, de sus empleados y de la población carcelaria de más de mil presos. Ese era su mundo, su presidio, el Palacio Lecumberri.
Él era la máxima autoridad de la cárcel y reportaba directamente al Gobernador del estado, sin pasar por nadie más. Compartía una línea directa con su jefe.
Y justo en este momento tenía que usarla, y no se encontraba ni remotamente preparado para darle semejante noticia. Ni por asomo.
Abrió el tercer cajón de su escritorio, buscó su revolver reglamentario, revisó las balas y lo metió en su cartuchera. Se la calzó en la cintura. Buscó su chaqueta de uniforme y su gorra de Capitán. Abrió la puerta de su oficina y salió por el pasillo hacia el lugar de los hechos, a reunirse con sus subordinados y colaboradores.
Su cabeza era un torbellino de imágenes y pensamientos, y por desgracia todas malas. Todavía le quedaban dos años por delante al mando de la Penitenciaría Federal del Estado.
Unos meses atrás, el gobernador le había prometido una oficina al lado de su despacho y asignarle el cargo máximo. Manejaría la Superintendencia General de Presidios de todas las cárceles del estado. Hoy el país contaba con una población de 275.000 presos, según el último censo, distribuidos en 480 establecimientos carcelarios, incluido el mismísimo Palacio Lecumberri.
Ese nuevo puesto ofrecido lo catapultaría a una nueva dimensión, a un título no existente. Era un nuevo cargo donde podría demostrar sus dotes de mando y de gran administrador de recursos, tanto humanos como económicos; de terminar su carrera con todos los honores, de manera brillante. Toda su familia se mostraría orgullosa de él.
En cambio, hoy todo había explotado por los aires. Sus sueños y esperanzas se habían desintegrado. No existían. Se había hecho la noche. Oscuridad total.
Estaba tan convulsionado, como si hubiera caído un misil destruyendo su bunker. Como si la explosión lo hubiera hecho volar por los aires, quedando colgado del borde de su ventana hacia el patio, y sólo sus dedos lo retuvieran suspendido desde el tercer piso. Imaginaba esa película, y a los reos allí abajo, vigilando hacia arriba, señalando con sus dedos lo que veían. Hasta fantaseaba con la multitud burlándose de él. Se morían de risa, gritaban y saltaban de felicidad, al verlo colgado por la ventana de su oficina, con su uniforme hecho añicos. «El Capitán está “nocaut”», imaginaba que gritaban los reos. En su delirio, de esa manera suponía la escena. Era el fin del Capitán Arnoux, que había volado por la ventana.
Era su apocalipsis, un final catastrófico. Porque sabía lo que vendría a continuación: amonestación por incumplimiento de funciones; disminución de sueldo; investigaciones del gobierno, los diarios, la TV; y hasta posible jubilación anticipada. Y eso era solo para empezar. Podría ser echado y pateado como perro malo.
Durante los próximos meses, su vida sería un calvario, atendiendo tantas solicitudes, llamadas, inspecciones, auditorías, y mil respuestas que dar. Y no estaba seguro si iba a soportar todo eso.
Posteriormente, luego de tanto cavilar, llegó caminando a la sala que le había indicado el jefe Rosty, donde lo estaban esperando.
Cuando entró, uno de los reos dijo en voz baja: «ahí entró el bulldog francés. Lo veo más feliz que nunca, ¿Qué opinas?». Y otro le respondió: «Sí, cállate, y no me hagas reír, que nos pescarán y nos meterán en “el agujero” a pan y agua por treinta días, mínimo».
—Caballeros, buenos días. Aunque solo es una expresión de deseos. Este es el peor día de la institución en los últimos treinta años. Saben muy bien por qué lo digo, y ustedes son parte de estos hechos —así iniciaba su réplica el Capitán, intentando dar una imagen de gran templanza ante lo ocurrido, aunque por dentro comenzaba a agrietarse su solidez personal—.Y por supuesto que nosotros también. Nuestro deber era controlarlos, y fallamos.
—Jefe Rosty, ¿ya sabemos el reo que falta?
—Sí, señor.
—Perfecto. Que sus compañeros se queden aquí formados y no se muevan de esta sala. Iniciaremos investigaciones en este preciso momento—exigió el Capitán.
—Señor García, jefe Rosty, acérquense —se separaron de los reos, sin que puedan escuchar lo que ellos conversaban—. Acompáñenme al patio once. Agente García, llame al arquitecto Pucci y dígale que las obras se suspenden por 48 horas, por causas de fuerza mayor. Examinen el registro de los GOB-30 y determinen de qué pabellón viene cada reo. En una hora, quiero sus fichas completas, sus fotos, un reporte integral de cada uno, desde qué ingresaron al Palacio. Ah, y quiero que el que se escapó aparezca en primer lugar del listado. ¿Han entendido?
—Sí, Capitán.
—¿De quién se trata, jefe Rosty?
—Un tal “Charly”. Todos lo conocen por ese apodo.
—Bueno, quiero que averigüen sus amistades en la cárcel, sus aliados y enemigos, sus gustos, movimientos, todooooo. ¿Me escuchó, Rosty?
—Sí, Capitán.
—¿Señor García?
—Sí, Capitán.
—Para usted también tenemos acción, no se preocupe. Las sirenas sonaron a las 12:17 horas y para esa instancia ya había tomado posición el nuevo personal de relevo de guardia, que generalmente entra quince minutos antes de las 12:00 horas. ¿Estoy en lo cierto, García?
—Correcto, Capitán. A las 12:00 horas, había entrado en funciones el nuevo equipo de guardias del turno tarde. En realidad, lo hacen siempre diez minutos antes.
—Pues, entonces, quiero aquí a todos los guardias del primer turno que estuvieron de custodia desde la mañana. Y los quiero de regreso en dos horas, máximo. —Luego necesito que hable con el Jefe de Monitoreo. Le pide además que retire la unidad de back up de grabación donde se almacenan todas las filmaciones y grabaciones de las cámaras de vigilancia, incluidas las unidades de memoria. —Que seleccione todo lo grabado entre las 7:30 y 12:30 horas de hoy. Además, muden equipos, guardias y ayudantes a la sala de reuniones que tengo en el tercer piso, junto a mi oficina. Les propongo que instalemos allí la “base de operaciones”. Que acarreen monitores, proyectores, computadoras y todo lo que sea necesario para nuestra investigación. Tenemos que ejecutar esto contrarreloj. —¿Va anotando, García?
—Sí, Capitán.
—Que el jefe junte diez guardias y que los suba a todos a la nueva base de operaciones. Cuando se ubiquen y conecten todo, cada uno deberá ver “con lupa” treinta minutos de la filmación por separado y en secuencia, e ir anotando cualquier cosa que les llame la atención, por mínima que sea. En una hora, quiero el primer reporte sobre mi escritorio ¿Me va captando, García?
—Sí, Capitán.
—»Con todo respeto, Capitán, discúlpeme. Deducía haciendo una cuenta y, entre todos los lugares a monitorear, en las áreas involucradas, deben sumar como veinte cámaras para revisar. Un cálculo rápido: a cinco horas por cámara serían cien horas de filmación para analizar. Lo veo difícil...
—Problema del jefe, entonces. ¡No mío!
—Sí, Capitán.
—Otra cosa, García, le avisa usted a la Central de Policía de nuestra jurisdicción para que implemente el plan de emergencia para estos casos. Que cubran las rutas de salida y entrada del estado. Envíen las fotos del famoso Charly a los diarios y TV. Y que sea la más actual que tengamos registrada de él. ¿De cuándo es la última foto?
—No lo sé. Voy a averiguar y le aviso.
—Muy bien. En marcha. No en primera, ¡ponga sexta directa, García! Y a mí me toca la más fácil. Yo me encargaré de avisar al Gobernador de este hecho. Y si no me ven mañana por aquí, ustedes saben los motivos —se sinceró el Capitán con sus colaboradores.
—Caballeros, voy a mi oficina a efectuar la llamada. En quince minutos nos encontramos de nuevo aquí. Iremos a recorrer la obra y los patios anexos, y me van detallando los pormenores de lo que ocurrió en la mañana de hoy.
—Sí, señor.
El Capitán, como prometió, tuvo que asumir la difícil tarea de llamar al Gobernador para contarle lo que acababa de suceder en su prisión: la primera fuga de un reo, en los últimos treinta años. Una bonita noticia que encantaría al Gobernador, justo a escasos meses de intentar su reelección política.
El máximo funcionario de la gobernación lo escuchó y no lo interrumpió en la breve explicación del Capitán. Pero, luego de su resumen, ya no lo dejó hablar más. La respuesta del Gobernador fue un monólogo. Le dijo de todo, menos bonito, lo cual ya era mucho decir. Lo amenazó con reducción de sueldo, sanciones, suspensión de francos y días de vacaciones, además de sumarios administrativos y toda la parafernalia legal de investigaciones.
La justicia federal y carcelaria en pleno aterrizaría en Lecumberri para levantar hasta la alfombra de su oficina y rastrear hasta el último alfiler perdido por allí. Los próximos días serían un martirio para el Capitán y su equipo.
—Capitán, ¿cómo pudo ocurrir esto? —permanecía interrogando el gobernador del otro lado del teléfono— ¿Tanta mala suerte puedo tener? ¿Por qué este año, justo que hay elecciones de gobernador, sucede esto? —continuó—. La primera evasión en treinta años en la cárcel más segura del estado. ¿Justo en esta precisa oportunidad y bajo el periodo de mi gran gobernación? ¿Cómo fue posible? ¿Cómo pudo suceder? ¿Qué perverso complot ha provocado esto para tirar por la borda los últimos años de esfuerzos de mi carrera? ¿Me lo puede explicar? —concluyó el gobernador muy alterado.
El funcionario levantaría un sumario administrativo a todos los involucrados. En un plazo de 48 a 72 horas enviaría una comisión investigadora al presidio para analizar los hechos y descubrir a los responsables.
—Ya mismo le ordeno que aísle a los 29 reos compañeros del que se fugó y me los separa por el número de bloque del cual habían procedido, al menos por dos días, a ver qué averiguan en ese tiempo. Que los interroguen a fondo. ¡Quiero que le revisen hasta el color de los botones de sus camisas! ¿Me entendió, Arnoux?
Lo único que pudo responder el Capitán, luego del discurso del Gobernador fue: “Sí, señor”. La bronca y la paranoia del Capitán subían a niveles inimaginables. Y esa expresión cuadraba a la perfección con lo que podía sucederle. Lo harían elevar por los aires, hasta una altura por encima del planeta Tierra, para no pertenecer nunca más al presidio.
Lo separarían del cargo y adiós carrera, adiós oficina adjunta al Gobernador como Superintendente de Presidios. Todo se había acabado. Su impecable trayectoria se había desintegrado para siempre, de la noche a la mañana. Y el Gobernador se lo había detallado con todas las letras.
Bajó de su bunker con su peor cara, con toda la furia, por no tener argumentos para responderle al Gobernador. Nada de nada. No había ninguna evidencia que rebatir y menos defenderse. Llegó al patio once a reunirse nuevamente con su equipo, según lo previsto minutos antes.
—Caballeros, necesito que expliquen con lujo de detalles cuál fue la rutina de esta mañana. Simultáneamente iremos recorriendo el camino. Les iré pidiendo datos y tomando nota de lo que crea conveniente y necesario.
—Sí, señor.
Ambos colaboradores le estuvieron explicando al Capitán los procesos de control y rutinas habituales con el GOB-30; dónde se apostaba la gente de seguridad custodiando los desplazamientos de los reos; dónde los sanitarios provisorios; y demás aspectos de todo lo ocurrido esa fatídica mañana.
El grupo, con el Capitán a la cabeza, subía y bajaba escaleras, cruzando la obra, observando cada lugar y recovecos. Hasta que finalmente arribaron al patio trasero e hicieron un alto.
—Esas marcas rectangulares ahí en el piso, ¿qué son?
—Ahí estaban los volquetes donde todos los días tiran los escombros. Parte de la basura que sacan de la obra del primer piso, un volumen menor, y otro tanto de lo que desechan de la sala de restauración que está ahí, detrás de esa puerta amplia de madera.
—Ajá. ¿Y qué han hecho con los volquetes?
—Se los llevaron.
—¿Cuándo?
—Esta mañana. Lo máximo que entra en este patio son seis vertederos. Como ayer quedaron llenos a reventar, el jefe de obra coordinó que al día siguiente vinieran los camiones a llevárselos y dejaran otros vacíos para reiniciar el proceso.
—¿Y entonces?
—Según lo establecido ayer, esta mañana ingresaron seis camiones, pasadas las 8:00 horas, y en quince a veinte minutos cargaron los volquetes repletos, uno por cada vehículo, y se retiraron del presidio rumbo a un vaciadero fuera de la ciudad —explicó el jefe Rosty.
—Entonces quiero las filmaciones de esa cámara. A ver… no, no. —y girando casi 360 grados, concluyó—. Quiero las imágenes de las tres que están en este patio.
—»García —le seguía ordenando el Capitán—, anote los números de las cámaras de video y se los pasa al Jefe de Seguridad. De esta manera podremos acotar la búsqueda, en lugar de inspeccionar veinte cámaras, analizaremos menos.
—Y el personal de la empresa constructora, ¿vio algo, jefe Rosty?
—No lo sé señor. Esta mañana a las 12:00 horas, ellos se retiraron del presidio y retornarán a las 14:00 horas.
—Anote: llame al arquitecto Pucci y le explica que lo quiero aquí de nuevo en dos horas, a él y a su gente. Al igual que los choferes de camiones.
—Los camiones son de una empresa contratista —comenzó a explicarle el jefe Rosty— y no siempre son los mismos choferes los que vienen aquí. La empresa debe contar al menos con 200 camiones. Por ende, estime aproximadamente 250 a 300 choferes, por los cambios de turnos, francos y descansos. ¿Cómo saber quiénes son los seis choferes que vinieron aquí esta mañana? Con todo respeto, se lo aseguro, es imposible, Capitán. No hay modo de reclutar una tropa de 300 choferes para indagarlos dentro de unas horas —intentó convencerlo Rosty.
—¡Imposible un coñazo! Les envío una orden judicial y tendrán que mover el culo como si estuvieran arriba de un fuego. Caballeros, van a darse cuenta con sus propios ojos cómo el presidente de la empresa de camiones y sus 300 choferes se presentarán aquí hoy mismo. Ni lo duden, como que me llamo Pierre Arnoux.
—Sí, señor —respondió García.
—¿Por dónde salieron los camiones?
—Por este portón, Capitán.
—Dígame, García, ¿qué camino hicieron hasta llegar al portón principal?—Acompáñeme, Capitán.
Y el agente García le fue mostrando el recorrido y los procedimientos. A su lado, el Capitán le pedía que anotara tal o cual cámara de CCTV, exigiendo que el “equipo de crisis” investigara y analizara cada minuto de filmación con lo que cada aparato había grabado durante esa mañana. Cuando estuvieron junto al portón de entrada del presidio, el Capitán se frenó. Con su peor cara y saliéndole espuma por la boca, casi les escupió las palabras:
—¡Malditos sean! ¿Cómo fue posible que saliera por aquí y nadie vio cómo se esfumaba? Esto es una fortaleza: dos portones de máxima seguridad, quince guardias, diez cámaras filmando cada segundo, francotiradores, cámaras infrarrojas. ¡No lo puedo creer! ¿Se tomó la pastilla mágica y se transformó en el hombre invisible? Se paseó delante de ustedes, por las narices de todos, ¿y nadie vio cómo se fugaba el chingón de Charly?
»¿Comprenden el desastre y la magnitud de lo que acaba de ocurrir? Por un segundo, ¿logran tomar conciencia de las formidables consecuencias directas e indirectas que les esperan a todos? ¿Pueden entenderlo?
»Esto es peor que un tsunami. Lo que se nos avecina… es peor. Lo tenemos a solo a cien metros de nosotros y nada podremos hacer para frenarlo. ¿Saben por qué? Porque lo maneja el Gobernador a control remoto desde su despacho —siguió vociferando furioso el Capitán Arnoux—. El agua nos cubrirá a todos.
El director resistía como podía. Tal era el estado de tensión e indignación, que, literalmente, escupía las órdenes y reclamos que daba, en una de cada tres palabras.
—Todos los equipos de guardia fueron capacitados estrictamente para cumplir el reglamento —seguía machacando el embroncado Capitán— ¿Me explican el procedimiento de control de camiones al entrar y salir del Palacio?
»Hace treinta años que es el mismo. Hace treinta años que se cumple a rajatabla y nunca falló. Es muy claro. Está escrito y fue perfeccionado cientos de veces. De modo que aquí alguien hizo la vista gorda. Ese Charly tuvo que haber comprado varios cómplices. Es la única forma de escapar de este sitio. ¿Lo captan?
—Sí, señor.
—Por eso caballeros, esto ha sido un plan maestro: falla humana y cómplices —proseguía hablando el Capitán, despotricando y salivando palabra de por medio—. ¿Coincidimos?
—Sí, señor.
—Necesito conversar urgente con el jefe de guardia y que me explique si los portones principales uno y dos estaban agujereados, y le dejó vía libre a nuestro héroe Charly.
—Sí, señor.
—Vaya a buscarlo, García. Quiero hablar con él aquí afuera. No permitiré que me escuchen en la cabina de control.
—Sí, señor.
—Hola, jefe.
—Capitán Arnoux, buenas tardes.
—¿Me explica el procedimiento de control de vehículos? El que se hizo esta mañana y se hace todos los días. Y le pido que no me haga ninguna farsa. ¿Entendido?
—Por favor, señor. Todo lo que le diré incluso se encuentra filmado. Lo puede chequear usted cuando lo desee, y corroborará que coincide con lo que le explicaré a continuación.
—Lo escucho.
—Desde que ha comenzado la obra hace dos meses, han entrado y salido más de cien camiones.
—¿Tantos?
—Sí, mi Capitán. Le cuento: todos los días entran por vez seis camiones con su box vacío, o sin nada, según las necesidades. Siempre en el horario de la mañana, alrededor de la 8:00 horas. Aunque, las primeras semanas, también venían al mediodía. La cuestión es que ingresan por estos portones, continúan por esta calle y, luego de varios desvíos, estacionan en el patio trasero donde están los escombros de la obra. Pero, a veces, los boxes de desechos se llenan en dos o tres horas y entonces regresan igual cantidad de camiones con contenedores vacíos y se llevan las cajas de basura a reventar de desperdicios.
»No todas las semanas siguieron iguales, debido a que la cuantía de escombros y la basura se hallaban en un volumen mucho menor. Entonces los camiones, comenzaron su intervención en forma más espaciada, no diariamente como al comienzo de la demolición. Tenemos todo filmado y, por supuesto, registradas las matrículas de todos los camiones o camionetas que ingresaron y salieron del presidio.
—¿Y su gente cómo requisa?
—A la entrada y a la salida; tanto que los camiones estuvieran llenos o vacíos, el método era el mismo. Los camiones quedan “atrapados” entre el primer y segundo portón. Los rodados entran y salen en caravana para mantener abiertos los portones el menor tiempo posible. Además, hacemos bajar a los choferes para revisar sus cabinas.
—Muy bien, jefe. Eso me gustó. ¿Y qué más?
—Luego, dos guardias de mi equipo se ponen uno a cada lado de un camión. Cada guardia utiliza un espejo cóncavo de treinta centímetros de diámetro con un mango de dos metros en el extremo. Lo mueven entre el piso y la parte de abajo del camión, revisando la zona inferior del vehículo, de punta a punta. Esto incluye las ruedas, guardabarros y el chasis completo, por si alguien hubiera tenido la intensión de ocultarse debajo del vehículo. Con ese espejo, lo detectamos inmediatamente —explicó el Jefe de Custodia.
—¿Y arriba?
—Por arriba del camión y los vertederos, tenemos una batería de cámaras que están filmando en todos los ángulos y además el ojo humano, a través de los francotiradores que están apostados en sus cabinas elevadas y pueden observar cualquier movimiento. Imposible no ver o detectar un movimiento anormal. ¡Imposible!
—¡Imposible un carajo! —gritó enfurecido el Capitán—. Fue posible. ¡Recontra posible! Porque el famoso Charly les pasó a todos por delante, por delante de sus chingadas narices, y nadie pudo ver nada. ¡La madre que me parió! ¿Cómo putas hizo para escaparse sin que ustedes vieran o detectaran nada? Con toda la parafernalia tecnológica que tenemos y personal entrenado. ¿Me lo puede explicar, jefe...? ¿Sabe por qué le pregunto, jefe?
—No, Capitán.
—Porque cuando le explique al Gobernador lo que usted me acaba de decir, rodará mi cabeza por el piso y atrás mío vienen la suya y las del resto. ¿Lo entiende ahora?
—Lo siento, Capitán. Veo la gravedad de la situación.
—¿Gravedad...? ¡Esto es catastrófico!
—Sí, Capitán. Asimilo la crisis que se nos viene.
—La cuestión es que el famoso Charly ya no está con nosotros. Y por culpa de eso, el Gobernador pide que me aten en la plaza de la ciudad y me prendan fuego. Y mientras, ustedes irán haciendo cola detrás de mí para que siga la fogata… de uno en uno. ¿Lo capta, jefe?—Así que manga de imbéciles, no me vengan con “imposible”. Intuyo que recibió ayuda de Tom Cruise y se escaparon juntos. Entonces, la fuga se convirtió en “posible”.
Al promediar la tarde, la comisión de crisis de investigación, comandada por el Capitán, iba procesando exiguos hallazgos y las primeras conclusiones.
—García, hágame un resumen. ¿Qué tenemos investigado hasta esta hora?
—Sí, Capitán. Hemos analizado que, en la última semana, el control de ingreso de camiones siempre fue ejecutado con los métodos precisos habituales. En ningún momento se vio una escena anormal. Eso lo chequeamos verificando, tanto las cámaras de ingreso, como las del fondo de la calle interna. —Sin embargo, detectamos una cuestión sorprendente.
—¿De qué se trata, García? ¿Es una buena o mala noticia? —entusiasmado, al Capitán le surgió una leve sonrisa en su cara de bulldog—. No se ande con vueltas y dígalo ya.
—Pues hemos chequeado las tres cámaras del patio del fondo donde se ubican los volquetes y lo que aconteció resultó increíble, pero sucedió.
—Vaya al grano, García.
—Las cámaras 68 y 69 están por encima de la hilera de las seis cajas aliviadoras de escombro que allí depositan cada día. Las filmaciones que verificamos no ofrecen nitidez, apenas se ven, están borrosas, por lo tanto, todas esas filmaciones aéreas están inservibles. No nos permiten ver o detectar una imagen nítida. Bah, en realidad, como si les hubieran “tapado” la lente.
—¿Qué dice, García? No logro entenderlo bien —sarcástico, el Capitán reinició la metamorfosis de escupir en todas las palabras que emitía por sus labios—.¡Quiero saber quién saboteó las cámaras! ¡Son todos unos chingones come mierda! Quiero a los culpables aquí. Ya mismo. ¡Ahora!
—Con todo respeto, Capitán, nada de eso ocurrió. Cruzamos la filmación con la unidad número 70, que es la otra cámara que existe en el patio, y allí la filmación es nítida. Además, con esa cámara vimos el enfoque desde otro ángulo y detectamos el motivo de porqué las unidades 68 y 69 están borrosas.
—Dígalo de una cojonuda vez, García, que me va a dar un infarto.
—Las cámaras ostentan una lente auto limpiante, pero en la madrugada baja la temperatura. A la mañana, con los primeros rayos de sol, la lente, todavía fría, se condensa y, cuando los obreros tiran los escombros a través de las mangas de descarga, el material cae al basurero y levanta polvo, una pequeña nube de polvo. Ese polvillo se pega al lente como una manada de pulgas a un perro. Y eso es lo que ocurrió. Ningún sabotaje. Fue un hecho fortuito. Igual que la cámara 70 que también filmó borroso, pero en menor medida. Aparentemente, esta mañana hubo menos polvillo en suspensión contiguo a ésta última cámara —concluyó García.
—Híjole, la suerte que ha tenido ese Charly. ¿Y qué atestiguaron los 29 compañeros del GOB-30? ¿Qué vieron, qué escucharon, qué saben?
—Nadie se dio cuenta de sus movimientos, Capitán. Cada uno asumía a su cargo una tarea asignada en ese momento y estaban en diferentes lugares de la obra. No saben nada. Nadie se enteró del incidente.
—Vamos, García, no me joda. ¿O me ve cara de estúpido? Si ellos siempre andan todos juntos como conejitos y se cuidan unos a otros. Cuénteme hechos que no sé. Seguro que todos estaban al tanto y se confabularon para cubrirlo. De eso no me cabe duda. ¿O me toman por pendejo?
—Por favor, Capitán.
—Entonces dígame qué farsa le contaron.
—Pudimos averiguar que dos reos apodados “Jalisco” y “Popeye” son sus mejores camaradas, al menos los más cercanos. Los dos, junto a Charly, fueron seleccionados y se hallaban trabajando en la remodelación. Los tres provienen del mismo bloque, pero confesaron que desconocían los hechos. Ninguno sabía nada, ni siquiera estaban al tanto de lo que había sucedido esta mañana.
—Aquí tengo una copia del careo que le hizo uno de los guardias —continuó García—. Jalisco le confesó: «Esta mañana el Jefe de Obra nos llevó al patio de atrás, porque iba a necesitar más gente en la sala de restauración. Nos quedamos charlando en pequeños grupos, antes de separarnos según los equipos de trabajo que armó el contratista».
—Lo que nos contó Jalisco fue verificado en las filmaciones de la unidad 70 y coincide con sus declaraciones.
—Analizamos días anteriores la asignación matinal de cada grupo y, por lo general, se los distribuía en equipos diferentes. Y ahí nosotros no tuvimos ni teníamos ninguna injerencia. Tampoco interferimos en los nombramientos que hacía el arquitecto Pucci o si los armaba de tal o cual manera. Era una decisión que no nos interesaba y tampoco nos metíamos. Nuestra misión era de custodia —aseguró García—. Tanto Popeye como Jalisco se enteraron de que Charly se había esfumado cuando todos se reunieron pasadas las 12:00 horas, en el patio once, para el control diario de esa hora. Y nosotros de una confesión muy íntima.
—¿De qué se trata, García? Cuente de una puñetera vez. ¿O por casualidad usted no será primo lejano de Sir Alfred Hitchcock?
—Ni un cromosoma, Capitán.
—Bueno, entonces prosiga y vaya al grano.
—Jalisco, que era inseparable con Charly, le reveló esta mañana a la Comisión: «Charly me dijo hace tiempo que cuando intentara concretar su plan, yo no lo iba a saber. No quería perjudicarme. Cumplí 62 años y más de treinta encerrado aquí. Me quedan aún dos insufribles años por mi sentencia. Él pretendía que yo no tuviera ningún conocimiento o participación en cualquier cosa que me ocasionara una pena adicional y terminara mi vida muriendo entre las rejas de esta perversa cárcel. De modo que, caballeros, lamento no poder ayudarlos en esta oportunidad. Además, no soy un soplón. Busquen por otro lado». Y esa fue la declaración de Jalisco. La de Popeye fue similar; desconocía las intenciones de Charly —aclaró García—. Igualmente, todos los guardias fueron careados y nadie vio ni escuchó nada. De la misma manera opinó la gente de la empresa constructora. Nadie se dio cuenta que alguien faltaba en el lugar.
»Capitán, hemos estado haciendo los primeros contactos con el Juez de Turno y lo ve muy difícil lo de los 300 choferes. ¿Cómo conseguimos la dirección, datos personales, documentos y demás temas? Cuando se obtengan, habrá que redactar una nota, persona por persona y despacharla por correo a su domicilio, hasta reunirlos a todos. ¡Es una tarea imposible! El Juez nos explicó que esa faena puede demandar varias semanas. O meses.
Analizando todo lo que acababa de escuchar, la conclusión del Capitán Arnoux fue que con los resultados que iban saltando a la luz, la investigación avanzaba de mal en peor. Sin embargo, dos horas después, mientras se encontraba en su bunker maldiciendo la desgracia que había caído sobre él, sonó su radio VHF. Un mensaje aparentó devolverle su alma al cuerpo.
—Capitán, Capitán, aquí el guardia García. ¿Me escucha?, cambio.
—Lo escucho, García. ¿Qué pasa que está tan alterado?
—¡Tengo una noticia sorprendente, Capitán! ¡No lo va a creer!
CAPÍTULO 6
“BOMBUCHA” Y EL “CHANFLE”
“Palacio Negro” de Lecumberri, ciudad de México.
Jueves 19 de mayo de 2011, por la tarde…
—Capitán, no lo va a creer. ¡Tengo una noticia sorprendente!
—Cuente, señor García, y no me tenga en ascuas.
—Desde el mediodía estamos haciendo un rastrillaje intensivo en todo el Palacio, buscando algún dato relacionado con la huida de Charly.
—¿Y? —le preguntó inquieto el Capitán.
—Un reo dice que tiene una primicia para darnos.
—Largue el rollo, entonces. ¡¿Qué espera, García?!
—Mi asistente, “el gordo bombucha“, digo el cabo Fernández, me avisó que en el Pabellón tres entrevistaron a un reo que dice tener datos precisos de cómo se escapó Charly.
—¿No me diga? —le respondió entusiasmado el Capitán.
—Sí, señor.
—¿Y qué espera que no lo trae de las pestañas al reo?
—No sabía, Capitán. Pensé que usted tenía intenciones de entrevistarlo en otro momento.
—Seguro, García, tranquilo, tranquilo, no se apure. Vamos a esperar hasta navidad para platicar con el reo, le consultamos lo que sabe y, de paso, le contamos cuáles serán nuestros planes para pasar las fiestas.
»¡Garcíaaaa, tráigame ahora mismo a ese cabrón! ¿O me está jodiendo?
Minutos después, el “gordo bombucha” y otro agente trajeron al reo para tomarle declaración. Lo llevaron a un cuarto de seguridad ubicado en el edificio del bunker del Capitán. Lo sentaron en una silla al costado de una mesa y lo rodearon otros agentes. Hasta el mismísimo Capitán se encontraba presente en el careo que lo podría sacar del abismo en que se encontraba en ese momento y salvar su cabeza como máximo responsable del presidio de Lecumberri.
—Caballero, le anticipamos que todo lo que conversemos en esta sala está siendo grabado y filmado por nuestro sistema de seguridad —le aclaró García.
—Sí, señor —respondió el reo.
—Vayamos al grano que no podemos perder más tiempo. Díganos cómo se llama.
—Nacho Zapata, pero todos me apodan “Chanfle”.
—¿Dónde convive todos los días?
—En el Pabellón tres.
—¿Sabe el nombre de quien se escapó?
—Sí, Capitán. Me enteré que se escapó un tal Charly.
—¿Lo conocía?
—No.
—¿Y cómo se enteró?
—No soy un soplón. Digamos que fueron otros compas que me pasaron el dato.
—¿Y sabe cómo lo hizo?
—Pues claro.
—Desembuche entonces.
—Si hablo… quiero algo a cambio.
—¿Y qué pretende?
—Cumplir un deseo especial. Un sueño personal e íntimo.
—Me parece que se puede analizar. Dependiendo de lo que traiga en mente.
—Ir a saludar a mi “viejo” el día de su cumpleaños.
—Ah… veo que es algo sencillo y humano. No sería molestia señor Zapata —le respondió el Capitán—. En principio, delo por hecho. ¿Y dónde sería eso?
—En Tamaulipas, en el cementerio municipal de Matamoros.
—Oh caramba. Cuánto lo siento. No lo sabía. Pensé que… ¡Deseo concedido, Zapata! Anote, García, para que el caballero cumpla su sueño, como Dios manda.
—Sí, Capitán. Queda registrado el pedido.
—Volvamos a lo nuestro, caballero. Cuente lo que sabe.
—Me enteré por unos cuates que Charly desapareció de Lecumberri.
—¿No me diga? ¿Usted me está tomando el pelo?
—No, Capitán.
—Ya lo sabemos. Esa no es novedad. Detalle la historia de una vez.
—En realidad, ahora no me acuerdo, fueron unos chavos en el patio tres. Ellos me lo contaron.
—Pero ¿en qué quedamos, se acuerda o no? ¿Al menos tiene los detalles de cómo se escapó?
—¡Híjole, director! ¿Por quién me toma? Por supuesto. Le dije que sé todos los detalles. En colores.
Todos se miraron. El capitán bulldog, el guardia García, el jefe Rosty, se observaron entre sí, pasmados por la seguridad del reo e intentando disimular la grata noticia que estaban a punto de recibir. El Capitán palpitaba un giro sustancial en la investigación. Iban a desentrañar cómo se había esfumado Charly y, con ello, la posibilidad de remontar la cuesta ante el Gobernador del Estado. Estaban a punto de resolver la cuestión.
Por fin algo de luz —meditaba el Capitán— en este día que se había convertido en el más negro de su vida. Pierre Arnoux quería darle una excelente noticia a su jefe, salvar su puesto y su pellejo. El de los dos. Estaba cada vez más impaciente, esperando la respuesta de Zapata. Le costaba mantener la postura para no delatar su ansiedad ante todos allí reunidos.
—¿Y cómo está tan seguro? ¿Usted lo vio? —le preguntó ansioso el Capitán.
—No. Le dije que me lo contaron.
—¿Se fugó solo o tuvo ayuda?
—No. Lo hizo solito, él solito. Fue increíble lo fácil y rápido que se esfumó delante de todos.
El capitán volvió a mirarse con García, Rosty y los demás agentes, y se relamía esperando la respuesta. Pensaba en la suerte que habían tenido de encontrar al “Chanfle” para que les soplara lo que un arsenal de cámaras y profesionales aún no habían dilucidado.
—Desembuche de una vez, Zapata, que se nos acaba el tiempo.
De pronto, el reo comenzó a reírse a carcajadas…
—¿Qué le da risa, Zapata? Cuéntenos el chiste, así nos reímos todos —le dijo el jefe Rosty furioso.
—Es que fue tan fácil, tan fácil… y a la vista de todos. ¡Qué chido!
—¿No me diga? —le preguntó sarcástico Arnoux.
—Así es. Fue en el Patio de la Fuente. Se apareció con un bolsito. Se subió a la fuente, mientras lo cubrían unos cuates, se agachó para tomar impulso, puso sus brazos en alto y se elevó a los cielos. Se había calzado el traje de Superman, je, je, y se esfumó delante de todos, planeando con su hermosa capa roja. Debe haber sido “de madres”. ¡Cómo me lo perdí!
En unos segundos, la cara del capitán comenzó a transformarse en roja de furia. Más roja que la capa del condenado Superman. Luego en verde, verde de bronca. Parecía el increíble Hulk.
—Pero ¿qué coño nos está contando Zapata? Usted nos está tomando el pelo a todos y haciéndonos perder un tiempo valioso —el capitán pegó un furibundo puñetazo sobre la mesa para no golpear al reo, pero asustando a todos los presentes—.
Pero ¿qué historieta nos está vendiendo este cabrón? Garcíaaaa, llévese a este pinche mentiroso al “agujero”. Ya mismo. Sáquelo de mi vista.
—¡No, Capitán, por favor! —empezó a rogar Zapata—. Se lo juro por Dios que eso fue lo que me contaron los chavos. No, el agujero no. No, Capitán…
—¿Y quién se lo contó?
—No me acuerdo.
—García, a este “le faltan varios dulces en el frasco”. ¡Métalo sin perder un segundo en el “agujero”! Déjelo tres días a pan y agua, y una semana sin salir al patio. Así no jode más, y por ahí le vuelve la memoria. Y suspensión de dos días al “gordo bombucha” por inepto y por creerse las historias que le cuentan. ¡Estoy rodeado de una manga de majaderos!
Parece que al “chanfle” Zapata le habían llegado algunas de las historias inventadas por la imaginación de Jalisco y el chavo se las creyó. Evidentemente, no le funcionaba bien la cabeza.
En ese mismo instante, en otro sector alejado, dentro del presidio, se desarrollaba una conversación entre los “compas” de Charly.
—¿Has visto, Popeye? Al final Charly me hizo caso. Se puso el traje de Superman y saltó los muros de esta prostituta cárcel… y chau. Un súper héroe mi compañero. Te voy a extrañar güey. Fuiste un buen y leal amigo —concluyó Jalisco, un tanto emocionado.
—Que tengas suerte, Charly. Estés donde estés en este momento, te deseo lo mejor —lo saludó imaginariamente Popeye.
Al célebre prófugo se lo había tragado la tierra, esfumado, como en uno de los mejores trucos de magia de David Copperfield. Había escapado de la cárcel más segura del Estado y nadie se había enterado cómo lo había logrado.
Charly estaba fuera del presidio y técnicamente fuera de la jurisdicción y vigilancia del Capitán. Por lo tanto, legalmente, las restantes fuerzas del estado serían responsables de rastrearlo y capturarlo. El director Arnoux ya nada podía hacer. Ahora sería a través de la policía estatal, en controles de caminos, en ingresos y egresos de los aeropuertos y demás entidades. A partir de hoy, ellos se encargarían del prófugo. Pero, el Gobernador le había clavado los colmillos en la yugular al Capitán Arnoux. Había quedado al filo de ser relevado por un nuevo funcionario y se lo había dado a entender de todas las maneras posibles.
El tsunami que produjo Charly también había alcanzado al Gobernador. Se hallaba en terapia intensiva con pronóstico reservado. Era el año donde se jugaba su reelección. Por lo tanto, tendría que trazar una rápida jugada ante la sociedad, demostrando un cambio vertiginoso, con resolución efectiva y un gran poder de mando. Que la sociedad supiera rápidamente que “su gobernador” se pondría a cargo del Presidio Federal de Lecumberri. Les diría que, en 48 a 72 horas, nombraría un nuevo director y que simultáneamente iniciaría una drástica investigación interna, en todas las áreas del presidio. Al meditarlo, se daba cuenta de que esa era la mejor opción que debía tomar: sacarlo del medio al Capitán Arnoux.
Tendría que preparar ese mensaje esa misma noche, revelando sus dotes de “tomar el toro por las astas”. Y que toda la población de su ciudad y alrededores se enterara de ello. Debería informar a sus conciudadanos que esa misma tarde había impartido la orden de control total de las rutas y aeropuertos para rastrillar, por todo el estado y las localidades vecinas, la fuga de un reo con frondoso prontuario. Ya se había iniciado la cacería del famoso Charly y la sociedad debía enterarse lo antes posible. Eso se llamaba un voto ganador para su candidatura. Juzgaba que no podía perder más tiempo. Era el instante de poner manos a la obra, redactando un discurso potente y creíble, y salir por la pantalla de televisión en el principal noticiero de la noche. Debía “inflar” bastante la situación. Explicar al pueblo que se había escapado un reo con cadena perpetua. Exagerar que era un asesino sumamente peligroso y despiadado, como nunca hubiera pasado por Lecumberri. Y el gobernador prometía su captura en 96 horas. ¿O en realidad no estaba exagerando nada?, meditaba el Gobernador.
CAPÍTULO 7
¡CORRE, CHARLY, CORRE!
“Palacio Negro” de Lecumberri, ciudad de México.
Jueves 19 de mayo de 2011, antes del mediodía.
Cuando reflexiono lo vivido apenas unas horas antes, me parece increíble. No logro relajarme y darme cuenta de que lo logré. Pienso que no es verdad, pero me pellizco para despertarme. Mientras voy en viaje, me perdura una sensación tan extraña, como hace años no vivía. Mis nervios todavía a flor de piel, mi adrenalina sigue a tope y no logro aquietarme.
Luego de tantos temores e inseguridades, las adversidades que vengo soportando solo me dieron más fuerzas para revelarme y mantener mi fe inquebrantable. Por eso, ahora que lo analizo todavía en caliente, veo que valió la pena tanta espera. Era solo aguardar el momento justo. Me arriesgué y jugué todo a un pleno en la ruleta del Palacio Lecumberri. Era ahora o nunca. ¡Mi vida se jugaba en esa bolilla! Y hoy gané. “Esta vez Charly le ganó a la banca”, estarán maldiciendo en el presidio.
Mientras me alejaba, revivía la “película” de un par de horas antes, meditando que, desde que ingresé al “Palacio Negro”, no había día que estallara mi cabeza pensando en alguna oportunidad de fugarme. Porque, cuando uno decide sobrevivir, debe escaparse de esa penitenciaría mugrienta, poner todos los sentidos en eso para lograr su objetivo y esfumarse. Sin embargo, esas últimas semanas, me sentía más desamparado que otras veces, con mis defensas bajas. No soportaba seguir encerrado.
Fueron más de dos meses de exprimirme los sesos, ansiando encontrar un resquicio, una falla, una oportunidad de fugarme. Pero nos controlaban en todo momento; a cada segundo. El Palacio era infranqueable. Las cámaras captaban y grababan nuestros pasos en los patios y portones, en los baños, en los pasillos de nuestras celdas. Era una cárcel clasificada de máxima seguridad. Imposible “pirárselas”. Así lo demostraba su historial: virgen e invicta durante los últimos treinta años.
El único lugar donde no había cámaras —porque se habían desmantelado temporalmente— era en el salón que estábamos remodelando en el primer piso. Pero, las habían reemplazado por ojos humanos: un equipo de guardias armados, colocados en lugares estratégicos, para que nos vigilaran en toda la jornada de trabajo en obra.
Después de mucho analizar y devanarme los sesos, creo que la había encontrado, una oportunidad, muy riesgosa, pero una posibilidad al fin. Era la primera que me parecía viable, desde que me habían metido en la prisión de Lecumberri. Sería una ocasión muy peligrosa, porque si me pescaban, adiós todos los privilegios. Me meterían en un sector especial, encerrado y con custodia permanente. Además, me perdería los almuerzos y cenas VIP y todos los demás favores que disfrutábamos junto a mis “compas” del GOB-30.
Pero esos beneficios de la obra, a esta altura de mi vida, me importaban nada. Lo que me preocupaba sobremanera —y eso era lo que verdaderamente me paralizaba— eran los cinco o diez años adicionales que me meterían, si me pescaban por intento de evasión. Y eso me ponía loco. No soportaba estar más días allí. Así que debía asumir el riesgo, porque me estaba volviendo demasiado alterado, más de lo que estoy habitualmente.
La cantidad de escombros y basura que habíamos acumulado en la obra venía disminuyendo poco a poco. Las tareas fuertes de reciclado comenzaron a menguar a partir del segundo mes. En estos días, nos destinaban a la ejecución de tareas de restauración de los elementos que fuimos retirando de la obra, porque la empresa se dedicaba a la construcción propiamente dicha y nosotros a la recuperación y limpieza de materiales y piezas antiguas. El grueso de la demolición ya la habíamos concluido.
En el patio de atrás depositaban los contenedores de materiales donde nosotros amontonábamos todos los escombros y la basura que íbamos retirando día tras día. Desde un comienzo, se decidió que la futura sala para biblioteca y otros usos se ubicarían en el primer piso. Y era desde allí, que tirábamos a los basureros de la planta baja, los restos que demolíamos o reciclábamos.
En las cajas de acero, también se descargaba lo que se obtenía de un salón contiguo, en la planta baja. El arquitecto Francis Pucci había reservado para ese lugar un área especial de restauración. Y allí trabajaba una parte del “GOB-30” que se dedicaba a recuperar y restaurar pisos de madera, ventanas, adornos, molduras, pulidos de bronce, etc. Todo lo que se descartaba iba a parar a las cajas de escombros que eran posicionadas sobre el pavimento en esos espacios estratégicos, ubicados en el patio trasero anexo al salón de restauración.
El miércoles 18 de mayo no quedaba mucho más por tirar. Los seis volquetes que habitualmente se dejaban vacíos los habíamos llenado a tope de mugre y escombros. Por lo tanto, al día siguiente, vendrían a llevárselos todos fuera del presidio. Y otro grupo de camiones volvería a reponer otra tanda, pero de vertederos vacíos.
Llegué a un acuerdo con dos cuates del otro patio que eran compañeros circunstanciales del “GOB-30”. Ellos colaborarían conmigo, a cambio de nada.
Su tarea demandaría quince segundos a lo sumo. Esos chavos se encargarían de cubrirme cuando yo les avisara, en el instante preciso.
Organicé y preparé el plan. El día “D” había sido elegido. La escena la repasé mil veces: cuando entráramos a la obra, la gente se reuniría en grupos dispersos, en el salón o en el patio trasero. Se quedarían a la espera de instrucciones que el jefe de obra les daría para realizar las tareas en la mañana o inclusive el resto del día. Todos, allí reunidos, debíamos esperar unos minutos, sin conocer a qué lugar de la obra nos destinarían para brindar apoyo.
Esa noche, miércoles 18, dormí poco y nada, por los nervios y la gran incertidumbre que tenía, rogando que todo me fuera según lo planeado. Repasé mentalmente cada detalle y los pasos a seguir. Todos los movimientos los tenía grabados en mi pensamiento, pero cualquier situación imprevista podía surgir y debía actuar en consecuencia. Todos los aspectos daban vueltas en mi cabeza, una y otra vez, buscando una posible falla. Lo único que no lograba pronosticar era lo que ocurriría en el momento crucial en el patio trasero. No podría controlar el resto de la gente y el entorno. Eso sí se me iba de las manos. Pero esta vez me tenía fe.
La noche fue un suplicio. No pude conciliar el sueño. Sufría como si estuviera operando en el lugar previsto, poniendo en marcha el plan. Pero, era la una de la mañana y no lograba dormirme. Las dos, las tres y más… Perdí la noción de cuándo cerré los ojos.
A la mañana siguiente, 19 de mayo de 2011, como todos los días y unos minutos antes de las 8:00 horas, los reos conversábamos en varios grupos en el patio de costumbre, aguardando que asomara el jefe Rosty.
A las 8:00 horas en punto llamaron. Nos ordenaron con la formación típica de escuadra y pasaron lista controlando que estuviésemos todos, pero un minuto después, el jefe García dio la alerta al jefe Rosty. ¡Faltaba uno!
—Señor García, conté 29. Creo que falta el reo Benítez, del Bloque tres —gritó un guardia.
Pero, casi inmediatamente, alguien le retrucó en voz alta:
—¡Ahí está! ¡Ahí viene el chavo!
Y vimos cómo el cuate se acercaba hacia nosotros, avanzando despacio por el patio, doblado y tomándose el vientre. Cuando se detuvo al lado nuestro, le explicó al señor García que se había retrasado en el baño. La descompostura no le permitía levantarse del inodoro. Cree que la comida de anoche le había producido semejante malestar.
—Todo en orden, jefe. El equipo está completo.
—Coincidimos, García. Por favor, lleve al convaleciente a la enfermería para atenderlo. El resto rompan fila y pueden dirigirse a la obra. Que tengan una buena jornada de trabajo.
Estando en formación, escuchábamos el ruido característico de los caños de escape de los camiones en espera. No los veíamos, porque estaban del otro lado del muro ingresando por la calle interna de la cárcel hacia al patio del fondo. Los guardias, en estado de alerta, controlaban de manera estricta el ingreso al presidio. Los camiones venían a retirar las cajas aliviadoras repletas de basura que se habían completado el día anterior, en el patio del fondo.
Todo los del GOB-30 fuimos subiendo y bajando las escaleras, atravesando el salón en construcción, para finalmente situarnos en el patio de los volquetes. Nuevamente nos separamos en pequeños grupos informales, en tanto que el jefe de obra, planilla en mano, iba armando los equipos y los distribuía en los quehaceres que había diagramado el arquitecto para ese día.
La calle interna de acceso de vehículos se comunicaba con el patio trasero a través de un gran portón. Los guardias lo abrieron y les hicieron señas a los choferes, permitiendo que estos avanzaran con sus camiones, ingresaran y dieran la vuelta en el patio del fondo. Cada chofer debía enganchar un box, cargarlo arriba del camión, y retirarse por la calle que había entrado. Al igual que los anteriores, estos volquetes habían sido modificados. Les habían soldado una chapa de acero de por lo menos cincuenta centímetros, como coronamiento superior. Esa remodelación les permitía albergar un mayor volumen de desperdicios en cada uno de ellos.
El jefe Rosty iba definiendo los grupos para arrancar las tareas esa mañana. Salió el primero y el segundo grupo de trabajo… Todos estábamos allí. Diversos equipos iban desfilando y yendo al lugar designado para iniciar su jornada.
El siguiente camión, había entrado al patio del fondo e iniciado operaciones. Era el que se llevaría el cuarto canasto repleto de basura. Lo enganchó y comenzó a accionar los pistones hidráulicos para levantarlo desde el piso y colocarlo en posición sobre su propia planchada. Luego, lo aseguraría al camión con unos ganchos especiales que se maniobraban desde el interior de la cabina del chofer. De esta forma, cada volquete se “encastraba” firmemente al vehículo sin ningún riesgo de deslizamiento, mientras los transportaban a su destino final. El próximo camión venía maniobrando para llevarse el quinto volquete.
Hice señas a mi compinche para que se pusiera en posición junto al otro cuate en la zona establecida. Las cámaras continuaban examinando y filmando todo, pero debía correr el trance. Todo el riesgo en una sola apuesta. Era un pleno en la ruleta del Palacio Lecumberri. Y solo pensar en eso me había levantado el ánimo de una forma increíble. Mi adrenalina subió a tope, así que me puse en acción y en alerta máxima.
Ante mi señal, los cuates se agruparon entre el quinto y el sexto volquete. Yo permanecía hablando con un grupito de “compas” por detrás de ellos y casi pegado a la pared.
Otro grupo de reos del GOB-30, habían comenzado su tarea y los vi salir por la puerta de la sala de restauración con varios baldes repletos de basura, cargados encima de sus hombros. Iban directo al box de materiales para descargarlos allí. Justo en el quinto volquete había quedado algo de espacio libre, en la esquina opuesta.
Los chavos que vaciaban los escombros regresaban a la sala de restauración para retomar la carga de sus baldes y repetir la operación. Sin embargo, sucedieron dos hechos que cambiaron mis planes. No podía tener tanta mala suerte. El jefe llamó a los cuates que estaban “cubriendo” mi box de desechos. Rápido debían retirarse de allí para reunirse en el lugar que él les asignaría. Primera alerta.
El guardia García precipitó el ingreso del camión número cinco que, maniobrando, intentaba posicionarse de culata. El chofer buscaba la ubicación ideal para cargar el anteúltimo basurero. Alerta final.
Casi al instante, varios chavos venían en camino a descargar sus baldes al box número cinco que en breves instantes iba a ser enganchado e izado al camión. Entonces me decidí. Me agaché detrás de los “compas” que me tapaban por delante y, antes de que se movieran al llamado del jefe Rosty, me tiré de cabeza dentro del contenedor número cinco, justo en la esquina más liberada y vacía. Me cubrí con una bolsa de plástico gris y me hice un ovillo dentro de la basura.
Mis “compas” del GOB-30 ni se dieron cuenta, porque venían charlando y riendo. Y cuatro segundos después, sentí como varios de ellos descargaban sus cubos de basura y escombros sobre mi cabeza, y me los aguanté. Extraje un pedazo de caño corrugado para pasar cables que llevaba bajo la camisa y, como pude, lo transformé en “respirador” para tomar aire de la superficie y no ahogarme. Estaba enterrado vivo, por propia decisión.
Pensé que mi corazón explotaría de lo acelerado que latía, sufriendo y aguardando que, en cualquier momento, alguien me delatara. O desde la guardia enviaran la señal por radio, avisando que me habían descubierto por las cámaras. Los minutos me acorralaban. Mi adrenalina a tope. Mi corazón a miles de pulsaciones por minuto. La angustia era total. Imaginaba la escena de un guardia cárcel escarbando por encima de mi cabeza y levantando la bolsa de plástico, gritando: «¡Ajaaá… te estabas escapando, Charly…! ¡Guardiassssss!». Especulando con que varios guardias se acercasen hasta mí, encañonando sus rifles recortados a quince centímetros de mi cabeza.
Pero, rápidamente sentí el cimbronazo del contenedor de basura que era izado por el propio camión para colocarlo en posición sobre su plataforma plana. Luego, el bamboleo típico del vertedero de desechos cuando lo bajan, los ruidos de las cadenas, los sistemas neumáticos, los encastres, fin; volquete asegurado en posición. Y yo adentro.
En todo ese período de analizar y estudiar cualquier falla en el sistema de seguridad de la prisión, no había encontrado ninguna. Siempre temía que me fueran a descubrir de cualquier forma, pero, si era inteligente, tendría una oportunidad. La idea surgió, un par de semanas antes, cuando distinguí que los chavos del control de camiones de ingreso y salida no eran lo suficientemente estrictos y precisos en el cacheo de acceso al presidio. Desde la ventana del primer piso de la obra, varias veces, los había visto y analizado cómo procedían en otras salidas y entradas de camiones. Por eso, pensaba que tal vez yo tendría éxito si lo intentaba, y sortearía mi salida de forma similar a como lo habían hecho los demás vehículos. Debía asumir mi propio riesgo y jugármela. Pero, percibí también que la rigurosidad no provenía de los procesos, sino de las personas. Los procesos se hallaban escritos, con modificaciones y ajustes cada vez más estrictos. Los guardias los conocían de memoria y al detalle. Pero, hacerlo cumplir era otra cosa. Aquí dependía de qué tan implacables fueran las personas que me tocaran en suerte, en aplicar esas normas al controlar la salida por la puerta del “Palacio Negro”. Otra vez las personas y no las reglas, eran las que definían la situación.
Los camiones entraban todos juntos en caravana y casi pegados, para alinearse y entrar rápidamente por la puerta de control principal del presidio. De ese modo, los “apretujaban” a todos de un golpe entre ambos portones. Y allí, en fila, uno tras otro, quedaban “atrapados” como las ratas en una trampera. Cuando los camiones se retiraban del patio trasero, cargados a reventar, en el control de guardia realizaban un procedimiento similar de abrir y cerrar portones lo más rápido posible. Siempre avanzando casi “enganchados” y en fila india, como si fueran un tren.
Yo viajaba de polizón y sin boleto. Y rogaba que esta vez los guardias hicieran análoga rutina, es decir, un control livianito y rápido. Rezaba para que ningún guardia detuviera por mucho tiempo los camiones y ni se les ocurriera revisar el interior de los contenedores. El piso del camión se ubicaba a por lo menos un metro y medio del nivel del pavimento. El borde superior del volquete tendría unos dos metros por sobre el piso del vehículo. Sumando ambas alturas, estábamos hablando de que el borde superior alcanzaba más o menos tres metros y medio, desde los zapatos de los guardias. Era una altura considerable, y me imaginaba bastante incómodo para que los custodios, en su mayoría fuera de estado físico, se treparan al camión como gatos para “fisgonear” dentro de los basureros y averiguar si había algo más que escombros en su interior. Para eso tenían las cámaras aéreas del control, las malditas siete cámaras ubicadas en el portón de acceso que filmaban todas en simultáneo y en distintos ángulos, manejadas por un experto en el control de mando, un maniático del joystick.
Sin saber en qué punto del recorrido de salida se hallaba “mi camión”, yo permanecí acurrucado bajo los escombros, cubierto por la bolsa de plástico y respirando por un tubito corrugado. Era mi “cordón umbilical” que me permitía seguir vivo desde allí abajo, desde las entrañas de “mamá volquete”. El ruido del caño de escape que salía por detrás del camión y yo oculto bajo los escombros no me permitían escuchar casi nada de lo que sucedía afuera.
Finalmente, el camión se movió y luego lo sentí acelerar por el movimiento y el rugido amortiguado que apenas lograba detectar del escape del motor. Durante un tiempo, siguió ese sonido continuo, por lo que supuse que estábamos avanzando a buena velocidad, sobre un camino pavimentado.
Luego de varios minutos, y en estado de total encierro, supuse que me encontraba a salvo. Asumiendo que había traspasado los muros y los portones de la cárcel, necesitaba salir a la superficie. Empujé muy despacio toda la basura que me cubría, tratando de salir por un pequeño hueco que me permitiera al menos liberar la cabeza. Me urgía respirar aire puro, directo por mi nariz y boca. Me tomé del borde con una mano, hice fuerza y pude exhibirme lo mínimo. Vi que al menos dos camiones iban detrás. Pero se habían “colado” tres automóviles en nuestra formación de caravana por la autopista. Me agaché y me escondí, hundiéndome nuevamente en la posición original. Traté de tranquilizarme. Me hallaba fuera de los límites del “Palacio Negro” de Lecumberri. Eso era lo importante. La primera etapa, la más difícil, la había sorteado. ¡Viva la fuga cabrones!
Me daba ánimo diciéndome que hasta que el guardia García no realizara el conteo al mediodía, no se enterarían de que alguien faltaba en el GOB-30. Por lo tanto, faltaban un par de horas para eso. Era la pequeña ventaja de seguridad de que disponía. «Hagamos cuenta —me decía íntimamente—. Los camiones salieron del presidio a las 8:15 horas, pongámosle máximo 8:30 horas. A las 12:00 horas del mediodía, se realiza el recuento en el patio número once. Por lo tanto, dispongo de un máximo de tres horas y media por delante, antes de que se den cuenta que falta un reo. Cuando a las doce se reúnan en el patio mis “compas” del GOB-30 y el jefe Rosty y el guardia García hagan el recuento, recién descubrirán que el empleado Charly ya no trabajará más en el equipo. Pero aún faltan unas horas para eso. Lo fundamental es que sigo en pleno escape y dispongo de un pequeño margen de seguridad. Ese tiempo se termina justo antes de que activen todas las alarmas, antes de que le avisen al Capitán; antes que envíen la alerta a la policía estatal, antes de que el “Palacio Negro” se convierta en un pandemonio; antes de que el Capitán exija mi cabeza en cualquier lugar del planeta, vivo o muerto».
En ese lapso, me proponía huir lo más lejos posible del presidio, sin que lograran atraparme ni identificarme. Serían poco menos que cuatro horas de distancia, el margen entre mi libertad definitiva o regresar al presidio otra vez. Casi cuatro horas de distancia… casi mi propia vida.
Los camiones estuvieron recorriendo muchos kilómetros por las autopistas y en todo ese lapso me di cuenta de que solo se habían detenido dos veces, supongo que algún semáforo, un cruce de avenidas o vías de ferrocarril. Pero, en esta etapa de la evasión, había perdido enteramente la noción del tiempo. ¿Cuánto faltaría para el miserable depósito de descarga de basura?
Algún tiempo después, me di cuenta de que el camión disminuyó mucho la velocidad, giró en el camino —lo imaginé por el chillido de los cauchos en el pavimento— e ingresó en un nuevo acceso, porque el vehículo inmediatamente comenzó a saltar mientras avanzaba haciendo demasiado ruido.
Desde la altura, surgí muy despacio entre los escombros y, al asomarme, noté que entrábamos con el carromato en un camino de tierra. Detrás de nuestro transporte, se formó una polvareda infernal que no permitía ver absolutamente nada. Es más, me estaba ahogando. No lograba distinguir si éramos los últimos de la caravana o había más camiones que venían detrás de nosotros. La nube de polvo no me permitía ver a más de diez metros detrás de mi tráiler.
Posteriormente volvimos a frenar. Me asomé apenas de mi caja, por entre la basura, y observé que varios guardias hacían detener la caravana para pedir a los choferes algún papel de control de ingreso. Ante la duda de que aquí también hubiera cámaras de seguridad en el control de acceso, nuevamente me cubrí bajo la basura para proteger mi vida.
Instantes después, por fin supe dónde me encontraba. Era un gigantesco depósito a cielo abierto donde aceptaban escombros, desechos y desperdicios de todo tipo. Por fin habíamos llegado. Estaba por entrar al CITRE (Centro Integral de Tratamiento de Residuos Ecológicos), así lo indicaba un cartel sobre un arco, justo encima del portón de ingreso al lugar.
Aquí descargaban los camiones que llegaban desde el presidio para vaciar la demolición que el arquitecto Francis Pucci enviaba desde su obra.
El predio, un gigantesco vaciadero, se veía protegido con un cerco perimetral de alambre tejido. Había muchos tráileres y carromatos de muchísimas empresas en espera, llenos de cajas de escombros y contenedores, que usaban este lugar para descargar sus desperdicios.
Poco a poco, esperando su turno, los camiones se colocaron en fila por una calle de acceso interna, a medida que ingresaban a este lugar. En esa caravana se alineaba mi camión número cinco. Me asomé desde mi colector de materiales, justo en el instante en que el chofer del camión parado detrás del nuestro se aproximaba caminando hacia la parte delantera. Pasó por el costado contrario, en dirección a la cabina, seguramente para hablar con “mi chofer”.
—Alex, ¿cómo va, güey? ¿Todo bien tu recorrido?
—Sí, Chano, todo bien. ¿Y tú?
—Muy bien. ¿Sabes qué? Te quería avisar que observé moverse algo arriba de tu caja de escombros. ¿Me dejas subir a ver?
CAPÍTULO 8
ASUSTADO COMO UNA RATA
CITRE (Centro Integral de Tratamiento de Residuos Ecológicos).
Jueves 19 de mayo de 2011, al mediodía.
—Alex, observé moverse algo arriba de tu caja de escombros. ¿Me dejas subir a ver?
—Pero sí, güey, echa un vistazo si quieres —a mí se me heló la sangre cuando alcancé a escuchar la conversación de ambos. Me acurruqué e hice fuerza para enterrarme más al fondo y tirarme más escombro encima.
—Solo que ten cuidado, Chano, en la cárcel mataron muchas ratas grandes y las tiraron con la basura. Seguro que ha quedado alguna moribunda, intentado escapar.
—¿Dices que son ratas? ¡Qué asco, Alex!, ¡les tengo una repulsión insoportable!
—Olvídate entonces, ni te molestes en subir. Cuando descargue el vertedero de escombros, la que aún esté con vida quedará sepultada y aplastada por varias toneladas de basura. No te preocupes.
—Será eso entonces, Alex, porque vi moverse plásticos y maderas sobre el borde. O era el viento, o las detestables ratas tratando de escabullirse.
—Tal vez Chano. Tal vez es lo que tú dices. ¿Y qué hacemos aquí parados? Con la fila que tenemos por delante, nos quedaremos sufriendo una eternidad en este lugar.
—Sí, Alex, esto va para largo.
—¿Por qué no te vienes a mi camión y nos tomamos unas cervezas? Y me cuentas lo de la chaparrita que conociste la noche pasada en el bar “Pintas & Nachos”.
—¿Tú invitas, güey?
—Por supuesto, Alex, súbete que tengo un par de chelas bien frías, aquí en mi refrigerador portátil.
Evidentemente, Alex aceptó la invitación y ambos se aprontaron a conversar sentados en la cabina de “mi camión”. Si yo deseaba escapar, no merecía esperar más. Era el momento. Esta era la oportunidad: saltar de “mamá volquete” y seguir escapando como si fuera una rata asustada. Pero debía pensar bien el próximo desafío. Era muy peligroso mostrarse por los costados, porque en cualquier momento los choferes me podrían detectar, si miraban por los espejos retrovisores de sus camiones.
La fila de carromatos, incluido el nuestro, aguantaba frenada sobre el camino de tierra mejorada, dentro de la gran área para residuos. En dicho lugar y paralelo al camino, un cerco alambrado hacía de límite y dividía el depósito de basura con un campo vecino.
Ni bien asomé la nariz por el box, salté con energía. Como un refusilo bajé por detrás del camión, me metí debajo de él y logré esconderme pegado a la rueda trasera dual del vehículo. Desde allí abajo, casi pegado a la tierra, surgí y miré hacia el espejo retrovisor derecho del camión. No lograba ver la cara del chofer de ese lado, pero sí entender su conversación y escuchar las carcajadas de ambos choferes. Aproveché el momento. Salí debajo del camión y rodé hacia el alambrado. Me quedé tumbado en mi nueva posición. Esperé un momento para calmarme y recuperar aliento.
Analicé los pasos a seguir; treparme era imposible, porque llamaría la atención de todo el mundo. Por eso revisé el alambrado al ras del piso y verifiqué que no estuviera amarrado a una viga de cemento inferior. ¡Bingo! No había ningún amarre contra el piso, estaba suelto. Lo más rápido que pude, desarmé un par de rombos del alambre tejido. Abrí un hueco suficientemente grande como para cruzar del otro lado y me deslicé cuerpo a tierra hacia el terreno lindero. Era el campo vecino, lleno de pastos y arbustos achaparrados. No había sembrados ni tampoco veía animales sueltos.
Persistían mi agitación y mis nervios, por el tiempo que había pasado respirando tan incómodo, tratando de captar oxígeno por el caño de luz enterrado dentro de “mamá volquete”, que me había traído sano y salvo fuera del presidio. Mi estado físico era óptimo y ya respiraba por mi boca y nariz, pero el miedo que aún sentía me producía una incertidumbre tremenda y no me permitía controlar mi respiración. Debía relajarme, tomar control de mi cuerpo y bajar mis pulsaciones, como tantas veces lo hacía en el entrenamiento del presidio. Sin embargo, en este momento, me resultaba imposible.
Una vez que traspasé el alambrado, me fui alejando y avanzando cuerpo a tierra, por un buen trecho del campo. Pero luego, a medida que iba progresando, los pastos eran más altos. Entonces decidí ponerme en cuatro “patas” para continuar más rápido. De esta forma, poco a poco, iba huyendo y escapando del depósito de basura y de los camiones que, sin saberlo, habían posibilitado un viaje gratis de polizón desde el Palacio del Capitán bulldog.
En mi huida desesperada, me di cuenta que mi altura no sobrepasaba la de los arbustos más grandes que crecieron en el campo. Luego de varios minutos, frené para recuperar el aire. Miré hacia atrás y traté de distinguir cuál era mi posición. Un breve respiro. Desde ahí observé que la fila de camiones debía encontrarse como a 300 metros de distancia. Fue mi cálculo estimado. Se mantenían en caravana, parados esperando su turno para descargar antes de pasar por la balanza de control de peso.
Escondido donde me hallaba, agudicé mis sentidos tratando de escuchar y orientarme para ubicar la vía pavimentada por la que veníamos con el camión, antes de girar al basural. Comenzaba a afectarme el cansancio, pero no era el momento de parar. Me era imprescindible avanzar, avanzar y avanzar. Tácticamente, debía seguir escapando por el campo, en cuatro patas, volando o como fuere, continuar alejándome de allí lo más rápido posible.
El ruido de la autovía se oía mejor. En realidad, era el sonido de los camiones, con su silbido y rumor característicos, al pasar a toda velocidad por la ruta, lo que me llegaba a oleadas por el viento. Entonces, me di ánimo internamente: «sigue, sigue, vas en la dirección correcta». La idea era encontrar una salida para seguir huyendo. Alejarme lo antes posible, porque mi plazo se iba extinguiendo inexorablemente. El rugido estaba ahí. Es más, hice foco y a través de los pastos obtenía una vista de los camiones circulando en ambas direcciones, bramando, repletos con sus cargas a cuestas.
Me levanté sobre mis pies e hice un alto para recuperar el aliento, entre medio de los arbustos que me ocultaban y también porque me dolían las manos y las rodillas, por la forma en que venía huyendo. Parado, estiré mis músculos para ver mejor el panorama con toda mi estatura. Giré la vista hacia atrás. Los camiones en el depósito se veían muy pequeños, quizás a una distancia de un kilómetro, más o menos.
Avancé recorriendo el campo, cada vez más fatigado. Y varios metros más adelante, encontré el alambrado que limitaba con la autopista. ¡Por fin! Cruzar ese cerco sería un juego de niños. El típico alambrado de campo, construido con los comunes siete hilos horizontales. Con separar dos de ellos con mi mano y mi pie, alcanzaba para pasar al otro lado del camino sin ninguna dificultad. Flexioné mi cuerpo y pasé mi pierna por entre los alambres espinos, mientras mantenía la separación de los hilos. Pero una de las púas del alambre se enganchó en mi espalda y, al percatarme que rompía mi ropa, me detuve. Me moví hacia atrás, hice más fuerza para abrir más los alambres y efectué un segundo intento. ¡Bien! Estaba fuera del campo. Allí había una calle de tierra, paralela a la autopista. Me detuve semioculto y vigilé con cuidado. Observé a la derecha de la carretera y todo era normal. Giré la vista hacia la izquierda y, a poco más de cien metros, vi dos patrulleros cruzados a ambos lados de la banquina, haciendo guardia y control de paso.
Regresé disparado hacia el alambrado que recién acababa de cruzar para salir del ángulo de visión de los polis. En un suspiro, sentí que mis bolas se subían hasta la garganta. Descubrir esos uniformes de la policía, con armas largas, las luces azules de la patrulla dando vueltas… tantas veces las vi venir a buscarme durante mi adolescencia, que retornaron las imágenes como una película de terror. Mi adrenalina subió a niveles estratosféricos. El pánico me invadió de nuevo. Me congelé. Me sentía como un ratoncito acorralado entre varios gatos gordos queriéndome cazar. Pero no debía quedarme congelado ahí, precisaba despabilarme. Tenía que impedir que el miedo me dominara tanto. Entonces me cacheteé la cara, como cuando me despertaban en el reformatorio en las mañanas… «despabílate chiquillo, levántate que es la hora de la ducha o te perderás el desayuno…»
Pues claro, me decía a mí mismo. ¿Qué cuernos hacía ahí quietito? Era imperioso correr y correr. Había logrado lo más difícil: saltar los muros del presidio, estar fuera del encierro. Era primordial mantener mi plan y mi energía, y continuar alejándome más y más, protegerme para que no me atraparan. Pero no parar jamás. Siempre en movimiento. Huyendo y siendo inteligente…
Concentrado y meditando mis reacciones, sentí que alguien por mi espalda tocaba mi hombro. Se me heló el alma. Me paralicé de terror. Se me detuvo el corazón. Me di vuelta lentamente, con un miedo de pánico. Al girarme temeroso, no había nadie a mi lado, solo una figura fantasmal “colgada” en el aire, gigante. No era corpórea… pero me hablaba… Entonces lo reconocí. Era la imagen etérea de Nelson Mandela que, desde el campo y suspendido en el aire, me hablaba a escasos metros: «no te olvides nunca… eres el amo de tu destino, eres el capitán de tu esperanza». Y entonces… se esfumó. Yo me quedé anonadado. Ese mensaje me sacudió y me devolvió a la realidad. Debía retomar el control y continuar mi plan.
Procurando recuperarme de esta asombrosa aparición, me agaché junto al cerco para ocultarme temporalmente y salir del ángulo de visión de los “polis”. Comencé a inhalar hondo, a cambiar el aire, varias veces, controlando mi respiración, como lo venía haciendo por años en el gimnasio de la cárcel. «¿O te has olvidado como lo hacías?», me reprochaba internamente. Calmarme y pensar qué hacer era lo que me repetía varias veces, luego del “consejo” de Mandela. Yo solo podía lograrlo. Nadie me daría órdenes ni me ayudaría a escapar. Debía ser lo suficiente astuto y, de cualquier modo, impedir que me atraparan.
Las “cuatro horas de vida” que tenía de margen, seguro que se habían extinguido. ¿Estarían los policías avisados de mi escape? ¿Tendrían una foto o un identikit mío? No lo sabía, pero tampoco me iba acercar a ellos para averiguarlo. Tendría que preparar algún plan, una movida arriesgada… pensar, pensar.
Lo primero que hice fue ponerme en movimiento. Me levanté y fui caminando arrimado al alambre del campo, en dirección contraria a los patrulleros. Recorrí un buen trecho alejándome de ellos, hasta que llegué a una calle de tierra que era el límite del campo por donde me escapé. Era muy probable que, por allí, entraran y salieran los camiones con residuos. Seguramente, era el camino que utilizó “mi camión” cuando esta mañana se dirigió al CITRE.
El paisaje que me rodeaba era rural. No había construcciones ni casas de ningún tipo en este tramo del trayecto, solo campos ondulados y arboledas aisladas de tanto en tanto. Los dos patrulleros que tapaban mi salida, formaban parte del panorama e impedían que continuara mi fuga libremente. Siguiendo la línea del alambrado, crucé la calle de tierra de entrada al basurero que formaba esquina con la carretera por la que había llegado desde el presidio. Allí me escondí entre unos arbustos. Agudicé mis percepciones y escuché el ruido característico de un motor de camión acercándose. Distinguí que el carromato venía desde el fondo para subir a la autopista. Y se acercaba hacia mí. A lo mejor vendría sin carga desde el basurero, ¿o no?
Pero ¿hacia dónde se dirigía? Si doblaba a la derecha, volvía en dirección al presidio; y si giraba a la izquierda, era el que yo necesitaba, pero me metería en la cueva del lobo. Los patrulleros me cortaban el camino con los brazos abiertos. Tenía que arriesgarme y decidir rápido. El tiempo se iba agotando velozmente. El camión venía rugiendo, lo rodeaba una nube de polvo que lo iba envolviendo a medida que se acercaba a mi posición. Crucé los dedos para que se cumplieran mis pretensiones porque necesitaba dos deseos en simultáneo: primero, que el camión girara para el lado de “la guarida del lobo” donde estaban los patrulleros; y el segundo, que el camión apareciera con una caja de desechos. Si venía sin el box, estaría frito y tendría que esperar hasta que saliera otro desde el basurero. Sería un nuevo intento; minutos menos de vida para mí.
La cuenta regresiva del mediodía iba a la velocidad del “correcaminos”. Miré el sol varias veces en la mañana y, por la posición, creí que debía ser mediodía, o un poco más. La espera se había convertido en un sufrimiento. Pero, a los pocos minutos, logré divisar las luces de un nuevo camión, avanzando envuelto en la polvareda, saltando y escupiendo hollín espeso y oloroso por el caño de escape que subía por el costado de la cabina del conductor, lanzando su pestilente contaminación al cielo.
Agazapado y guardado donde estaba, logré distinguir los ruidos de cadenas y ganchos golpeando contra la planchada trasera de un camión. Me preparé como si fuera a salir en una carrera de cien metros llanos, porque debía saltar disparado hacia el sector trasero del camión y treparme a él una vez que cruzara frente a mí. Antes de subirme, necesitaba advertir si el camión traía un vertedero de materiales. De lo contrario, debería esperar el “próximo taxi”.
Ya lo tenía casi enfrente. Cubrí mi nariz con un pedazo de manga del mameluco que llevaba puesto y aspiré una bocanada de aire y la aguanté en mis pulmones. El polvo concentrado en la atmósfera era un infierno. Apenas veía el camión, cuando lo escuché frenar antes de subir a la ruta. Me trepé al paragolpes trasero y, como una garrapata, me sostuve agazapado. Con la nube que había, el chofer ni en broma podía ver por los espejos retrovisores. Por lo tanto, no me detectaría.
Debí esperar unos segundos para ver hacia dónde giraba. Él también estaba ciego. La polvareda le tapaba la visión y no podía arriesgarse a ingresar a la autopista y que se lo llevara alguien puesto. Debía detenerse unos segundos, hasta que se despejara la nube de polvo y tuviera visibilidad.
¡El muy cabrón me cagó! Giró hacia la derecha y retomó el camino rumbo al Presidio de Lecumberri. Justo en el punto en que estaba doblando en la carretera, me dejé caer antes de que tomara velocidad y reculé a mi escondite, condenando al hijo de perra. No tenía la culpa, pero me jodió. Debía esperar el próximo “bus” que me alejara de allí.
Al cabo de unos minutos, detecté que un camión se acercaba, giraba y entraba por “mi calle” cargado de basura y derecho al fondo a descargar su mercancía en el vaciadero. En un santiamén percibí el traqueteo de los camiones. Estaba al acecho y me di cuenta de que se acercaba un carromato gigante desde el fondo. Los choferes intercambiaban saludos con luces y bocinazos. Uno salía y el otro entraba.
Mi suerte se iba agotando y las horas también. Rogué nuevamente para que se cumplieran mis dos deseos. El camión que salía frenó antes de entrar al cruce; igual procedimiento que el anterior. Vi su volquete. «¡Vamos!», grité—. Trepé al paragolpes y me agarré fuerte para no caerme. Supliqué que virara a la izquierda. Lo imploré con todas mis fuerzas. Cerré los ojos y repetí en voz baja rezando: «por favor, por favor, sácame de aquí. No seas chingón y dobla hacia la izquierda. Vamos hazlo, hazlo». Y sucedió. El milagro sucedió, y giró como le rogué.
Montado y asegurado en el paragolpes trasero, con la mano libre que conservaba disponible, cerré el puño derecho por un instante y repetí: «sí, sí, sí, cabrón. Ahora sí. Ahora siiií».
El camión subió a la carretera y, protegido aún con el polvo que levantaba al salir de la calle de tierra, en un ambiente irrespirable, salí de abajo. Me apoyé en el paragolpes trasero, trepé como un gato y me incrusté de cabeza en el colector de escombros. El viejo carromato enderezaba sus ruedas y recorría la autopista en dirección de “los polis”. Apenas unos segundos después, mi transporte comenzó a desacelerar hasta que finalmente frenó, justo ante el control policial.
Acurrucado en el fondo de la caja radicalmente vacía, me hice un ovillo y me encogí en un rincón como si fuera una “piedrita”. El camión se detuvo.
—Buenos días. Policía caminera. Documentos suyos y del vehículo.
—Aquí tiene, agente.
—¿Autorización de transporte?
—Tome, por favor.
—¿Qué lleva en el vertedero? —le preguntó el agente.
CAPÍTULO 9
UN VOLQUETE DEL INFIERNO
Pueblo de San Francisco, México.
Jueves 19 de mayo de 2011, pasado el mediodía.
Al escuchar al “poli”, se me subió el corazón a la garganta. Traté de fundirme con el piso de acero, en el fondo de la caja de basura. “Mamá volquete” se estaba transformando en mi transporte de locomoción favorito. En el primer trayecto, sepultado vivo, sin aire y sin ver la luz. Y ahora, todo lo opuesto: sin ninguna protección, con todo el sol y el cielo a la vista, sin nada a donde esconderme. Solo un pedazo de cartón mugriento que había quedado pegoteado al piso, con el que intenté cubrirme lo que pude. Paradojas del destino.
—Buenos días. Documentación del camión.
—Aquí puede verlos —le contestó el chofer, mientras yo escuchaba la conversación, desde un lugar privilegiado.
—¿Qué lleva en el colector de alivio?
—Está vacío oficial, recién descargué en el CITRE.
—¿Permiso para transportar desperdicios?
—Sírvase oficial, hace un mes lo actualicé.
—¿De dónde viene?
—Del depósito de basura, le acabo de explicar recién.
—¿Y hacia dónde se dirige?
—Al próximo pueblo. Debo reparar el camión para continuar mi trabajo. Se aflojó uno de los ganchos del volquete. Debo reforzar la soldadura.
—Bueno. Le devuelvo sus documentos. Está todo en regla. Circule despacio que hay controles de ruta más adelante. Buenos días.
—Buenos días.
Y arrancó. Mi corazón también. Volví a respirar. No sabía la hora exacta, pero al menos volvía a estar en movimiento y en camino, alejándome del Palacio de Lecumberri y de los “polis”.
Luego de varios kilómetros en marcha, distinguí por el traqueteo que el camión comenzaba a rebotar sobre una calle. Al disminuir la velocidad y por los saltos, vi que se estaba metiendo por la colectora de tierra, anexa a la autopista principal. Asomado apenas, observé, más adelante, un gran cartel indicando “Taller mecánico”, y diferentes carromatos estacionados en la calle, frente al lugar de mantenimiento.
Mi chofer no había mentido. Su camión debía ejecutar una reparación. Por mi parte, era prioritario que me bajase del móvil rápidamente, antes de aproximarnos al taller. Era crucial que no notaran que saltaba del volquete o me viesen surgir por allí de la nada. Aproveché de nuevo el polvo que levantaba el camión para bajarme antes de que frenara, sin que lo notara el conductor. Tampoco había “moros en la costa”, como decía mi abuela. La poca gente que circulaba por la calle se veía ocupada en sus propios pensamientos.
Justo unos metros antes de detenerse, me tiré del camión al verme cerca del objetivo. Atravesé la senda corriendo y me posicioné de la mano contraria. Prosperé vagando como si nada, en la misma dirección, confundiéndome como cualquier otra persona que camina por la calle, simulando ser un lugareño o trabajador. Me fui alejando del taller y del camión y, a la distancia, pude ver una estación de combustible. Entonces apresuré el paso. Cuando estuve sobre la calle de acceso, ingresé por detrás. Busqué los baños, me lavé rápidamente la cara y las manos, y me acomodé el cabello lo mejor posible. Traté de ponerme lo más “normal” que pude, como si fuera un trabajador de la construcción, con su ropa manchada por el trabajo diario. Hurgué en mis bolsillos del mameluco; todavía escondía el dinero que había traído de la cárcel, unos pocos billetes y monedas.
Entre medio del edificio principal de la estación y los sanitarios, había una cabina telefónica. Miré a mí alrededor y no había gente merodeando por ese lugar en aquel momento, así que avancé más sereno. Tomé el teléfono e hice la llamada. Me atendió una operadora.
—Cobro revertido, por favor —le solicité.
—Aguarde un segundo que confirmo. No me corte —y enseguida me transfirió la llamada.
—Hola, ¿cómo estás?
—¿Eres tú?
—Sí, el mismo.
—¡No lo puedo creer! ¡No lo puedo creer! —repetía sollozando— ¿Dónde estás?
—Fuera del Palacio. Luego te contaré. Perdona, pero no tengo tiempo. Por favor, llama a Pancho y que se contacte con algún amigo y lo envíe a rescatarme.
—¿Y dónde estás?
—En las afueras de un pueblito que se llama Santa Lucía. En una estación de combustible Pemex, sobre la interestatal (IE) 176. Justo a cien metros de aquí, hay un cartel de bienvenida al pueblo sobre la vía principal. Anota por favor.
—Sí, sí, estoy anotando. ¿Y cómo te va a ubicar si no te conoce el chavo?
—No importa, llama al primo y dile que ese chavo se apure y venga volando a buscarme, que tal vez no encuentre a nadie aquí, si no lo hace urgente. Si no se apura, tú y yo es probable que no nos volvamos a ver. Dile que se estacione enfrente de la Pemex, pero a cien metros antes o después. No enfrente. A cien metros antes o pasando. ¿Entendiste?
—Sí.
—Muy bien. Que venga vestido con ropa sucia de albañil y que en la caja de la camioneta coloque unas maderas, palas, baldes, unos pocos ladrillos, como si fuera un constructor que hace chambas. ¿Estás anotando todo?
—Sí, descuida. Voy apuntando.
—Le explicas que estacione donde te indiqué, que levante el capó como si hubiera tenido una avería o se le hubiera descompuesto el motor. Yo iré a su encuentro.
—Anota y dile que la contraseña será: “Charito, la de ojos negros”. ¿Apuntaste?
—Sí. Todo. En cuanto veas la camioneta te arrimarás y le dirás tu frase: “¿Conoces a Charito, la de ojos negros?
—Eso es. Muy bien hermanita.
—Asegúrate que Pancho le transmita al güey todo lo que te acabo de detallar. Ah… que me traiga una muda de ropa limpia y holgada. Conoces mi estatura, sigo igual. Solo más musculoso y ancho de espaldas. Eso es todo. Gracias.
—Bueno, me alegro que estés ahí. Ahora organizo todo y luego me contarás. Cuídate, por favor.
—Claro, hermanita. Si todo sale bien, pronto nos volveremos a ver. Adiós.
La Estación Pemex fue concebida para abastecer a los agricultores del pueblo. Por ese motivo, se había construido estratégicamente en esa ubicación, rodeada de campos agrícolas y ganaderos. Santa Lucía era un pueblito rural, a un par de kilómetros de allí.
Analizando la situación, podría decir que iba hacia la tercera etapa de la fuga. Se había puesto en marcha esta instancia. Debía esperar en la estación de servicios sin que se notara mi presencia. Mi aguante se haría eterno, pero debía controlar mi ansiedad y mis nervios. Para mayor seguridad, me alejé de los sanitarios y del ingreso de vehículos que llegaban a la isla central de carga donde había seis surtidores de combustible.
Miré el cielo y, en función de la posición del sol, traté de imaginarme qué hora sería. Estaba bien alto y poco más que vertical. Por la tanto, seguro había pasado la hora del mediodía. Imaginé que, en el Palacio, debía haber un caos monumental, apoteótico, como si hubiera caído una bomba en la mismísima oficina del Capitán Pierre Arnoux. Las sirenas y alarmas del presidio debían haber saltado y enloquecido a todo el mundo. Me imaginé un desconcierto gigantesco. Debían estar buscándome por todo el estado.
Era la instancia de mayor peligro. Se habían acabado mis “cuatro horas de vida”. Se había agotado el plazo. Los perros me venían mordiendo los talones. Se había terminado mi margen. De allí en más, caminaría siempre al borde de un precipicio, sobre un piso con brasas. Pero huyendo siempre, hasta esconderme un buen tiempo. Luego tendría oportunidad de repensar mi próxima etapa de la fuga. “Eres el capitán de tu destino”. ¡Gracias Mandela! No me olvidaré de tu consejo.
Seguía contando los minutos, allí en la estación Pemex. Me ubiqué bajo un árbol, sentado en una piedra, a un costado de los sanitarios mirando la ruta, pero sin estar expuesto a que alguien pasara y me viera. Especialmente, la policía. El tiempo se hacía interminable. Mi espera aguardando al “compa” de Pancho era una tortura. ¿Por qué tardaba tanto? Los nervios me seguían destrozando.
Dos camionetas habían pasado frente a la estación a baja velocidad, pero ninguna se detuvo. ¿Y si alguna de las dos era la que venía a buscarme? ¿No se habrá desorientado? ¡Que lo parió! ¿Habrá entendido Pancho todas las instrucciones que le indicó mi hermanita? Tendría que haberle dicho que el cuate pusiera una tabla o tablón en la caja de la camioneta montada encima de la cabina, así rápidamente al verla pasar yo me daría cuenta de que esa era “la señal”, que esa era la camioneta enviada por Pancho.
Soy un estúpido. Maldita y re maldita sea. ¿Cómo se me pasó?
Un rato después, noté que una camioneta venía a baja velocidad de la mano de enfrente. Fue frenando lentamente. Se detuvo. Por unos minutos, permanecí escondido y vi todos sus movimientos. No quería precipitarme y salir a su encuentro, a pesar de la desesperación que tenía por seguir huyendo. Quería salir corriendo a la chata, pero debía ser precavido. Aguardé quieto sin moverme y observé a ver quién bajaba. El hombre descendió, iba y venía. Estaba vestido con un mameluco y un sombrero para protegerse del sol. Llevaba puestos anteojos oscuros. Se dirigió hacia el capó e intentó levantarlo. Le resultaba difícil, pero al fin logró elevarlo y trabarlo. Caminó hacia atrás y regresó con una herramienta y creo que con un pedazo de cable o alambre. Apoyó su pie en el paragolpes, inclinó el cuerpo y se metió un tercio dentro del motor, seguramente intentando repararlo.
Segundos después, salió de abajo del capó, giró y observó en dirección de la estación Pemex, mientras se secaba su frente con un pañuelo o trapo. Ya no aguantaba más la espera. Me arriesgué y salí a investigar.
El cuate saltaba entre su motor y su batea de materiales. Me di cuenta de que estaba nervioso, inquieto. Iba y venía. ¿Sería el cuate que había enviado Pancho? Me acerqué a la banquina y caminé doscientos metros distanciándome de la estación y de la camioneta. Me alejé por el único trayecto en que avanzaba la pick up. Cuando conseguí ese tramo prudencial, crucé el camino y retomé por la banquina de enfrente, procurando que piensen que vengo deambulando desde lejos, de cualquier lugar distante. Ya estaba del lado de la camioneta, iba caminando con cautela. El güey proseguía metido de cabeza bajo el capó. ¿Actúa muy bien o tendrá un problema de verdad?
Pasé a su lado y seguí sin detenerme. No me vio porque estaba metido en el motor. Di un repaso a su caja y vi en el interior que cargaba unos baldes, tachos, herramientas de obra y hasta una bolsa de cemento y otra de arena. Debía ser el conocido de Pancho, no había duda.
Regresé y encaré al chavo:
—Hola campeón, estoy desorientado y no sé si tú eres de por aquí. Estoy tratando de localizar a una chaparra. Por casualidad, ¿conoces donde vive “Charito, la de ojos negros”?
El personaje, saliendo debajo del capó me sorprendió y me encaró:
—Parece que hoy es tu día de suerte, “primo”, porque yo soy “Charito, la de ojos negros”. ¡Qué casualidad! Ah…y te manda saludos Pancho.
—Pe… pe... pero… ¡eres una mujer! —le respondí sorprendido.
—¿Y a quién esperabas, primo? ¿A un extraterrestre que te pasara a buscar con su platillo volador?
—Eh… es… no, no, por supuesto. Pensé que era un macho el que me enviaba Pancho. Eh… quiero decir que pensé que tú eras un varón. Con ese mameluco y tu pelo corto, y con los materiales de obra ahí atrás y todo eso… Desde la estación de servicio de enfrente, supuse que eras un chavo.
—Pues supusiste mal. ¿O estabas viendo otro canal de TV?
Entonces se sacó el sombrero, retiró una gomita que sujetaba su cabello recogido y revoleó al viento su atractiva melena de cabello negro y brillante.
—¿Y ahora que te parezco, primo? Qué raro que cuando pasaste no viste mi culito redondo y parado. Todos me lo admiran en la obra, cuando trabajo en mis chambas. —¿Tienes los ojos atrofiados? ¿O no logras distinguir mis curvas de mujer, a pesar del mameluco?
—Pue... pue... pues claro, claro, una mujer. Te veo una mujer bien puesta —le respondí aun sorprendido, porque no era lo que esperaba y por la forma segura en que se desenvolvía conmigo.
—Ni lo dudes por un segundo, primo, que estoy bien puesta. ¿O quieres probarme, güey? Si te parece, conozco un lugar tranquilo lindante del pueblo y te muestro lo que hay aquí debajo del “uniforme”.
Asombrado y sorprendido con semejante desconcierto, le arrebaté el sombrero, me lo calcé y, apurado, me lancé de cabeza dentro de la cabina de la camioneta, del lado del acompañante. La mujer del mameluco no entendía nada, pero me dejó seguir.
¿Una mujer? —meditaba para mis adentros—. El pinche güey de Pancho me había enviado una mujer a sacarme de aquí. Pero será mal nacido el hijo de su madre. Tantos chavos por ahí al pedo y me manda una chaparra. Es un condenado cabronazo. ¿Qué mierda sabe una mujer para huir y ocultarme? Ya no tengo alternativa. Es lo que hay. Y encima, la camioneta es una chatarra vieja. Espero que no nos quedemos atascados y eso nos impida salir de aquí.
Desde la ventanilla le grité:
—Vamos hacia adelante mujer, rajémonos de aquí ahora mismo.
Metida aun debajo del capó, asomó su cabeza por un costado y me respondió:
—Bueno, primo, nos estamos yendo. No te pongas nervioso. Espera un momento que termino con esto.
La veía por el parabrisas, cuando bajó del paragolpes y se paró frente a su camioneta. En un santiamén se recogió su cabello. Se lo ató con la gomita y, mágicamente, sacó una gorra con visera que escondía en el bolsillo trasero de su mameluco. Guardó toda su melena bajo su gorra y otra vez en acción.
Pretendía cerrar el capó y no podía porque se había trabado. Hizo varios movimientos ensayando levantar y cerrar el capó, pero sin resultados. «De esa forma no podremos salir», —me dije yo. Charito dejó el capó como estaba y pasó por mi costado caminando hacia el fondo de la “cacharra”, seguramente buscando alguna herramienta o elemento similar para destrabar el resorte y bajar la tapa.
—¡Apúrate, mujer! —le grité desde la cabina, cuando ella rebuscaba en el fondo—, que tengo los perros mordiendo mis talones.
En ese momento, la vi que regresaba por el lateral. Se plantó al lado de mi ventanilla, abrió la puerta y la cojonuda me lanzó:
—Escucha, gallito, no tanto grito, que todavía no hubo hombre que domara a esta “Chaparrita de ojos negros”. Segundo, si quieres irte rápido —continuó—, levanta tu culito marcado y musculoso y ven a ayudarme a cerrar el capó. Y tercero, no cacarees tanto, gallito, que tus huevitos son muy poca cosa para esta sartén. ¿Te queda claro? —y se fue.
«¡Híjole, qué mujer! ¡Qué pelotas tiene la cojonuda! Será mejor que me baje y la ayude, de lo contrario, jamás nos iremos de aquí».
A la puerta de la camioneta le faltaba la manija desde adentro. «¡Qué chatarra de porquería, por Dios!». Entonces bajé el vidrio para pasar la mano y abrirla desde afuera, pero en ese instante me quedé congelado de miedo. Mis recientemente rebautizados “huevitos” se me subieron nuevamente a la garganta. Levanté desesperadamente el vidrio y, en simultáneo, vi por el espejo retrovisor estacionarse detrás de nosotros un patrullero con sus temibles luces azules girando. Un policía se bajó y fue caminando a “cien kilómetros por hora” para pasar rasante a mi puerta.
Con un rápido reflejo me hice el dormido. Recliné mi cabeza contra la ventana y coloqué el sombrero de paja tapando mi cara, como si llevara durmiendo varias horas.
—Buenas tardes señora. ¿La podemos ayudar?
—No se moleste oficial, estaba finalizando.
—¿Qué le pasó señora?
—Veníamos por la ruta y de golpe se apagó el motor. Nos dejó tirados aquí. Al abrir el capó, descubrí que se había salido la manguera de combustible. Por suerte no se había roto. La volví a enchufar y la apreté con alambre, y listo.
—¿A qué se dedica?
—¿Y usted qué cree? ¿Le parezco que con esta ropa hago de estríper en algún local nocturno?
«Pero qué pendeja desubicada —me digo—, cómo le va a responder así esa chingada al oficial. Cierra la boca mujer, por Dios, y rajémonos pronto de aquí».
—Perdón, ¿cómo dice, señora? —le repreguntó el agente con voz sorprendida.
—No, oficial, le explicaba que con esta ropa me dedico a chambas de construcción, en el pueblo o donde me necesiten.
—¿Y el fulano que está adentro?
—Es mi asistente. Estuvo descompuesto anoche y no pegó un ojo. Con el traqueteo de la chata, se quedó dormido como un bebé.
—¿Hacia dónde se dirigía, señora?
—Tengo que ver a un cliente en el próximo pueblo. Vive en el campo de aquí a unos diez kilómetros, más o menos. Debo ver el trabajo que hay que hacer para pasarle un presupuesto.
—¿Y cómo dijo que se llamaba?
—¿Quién, mi cliente?
—No, el pueblo.
—Ah, el pueblo, se llama Santa Lucía.
—¿Y su cliente?
—No se lo dije, porque recién me lo pregunta.
—Pues entonces se lo estoy preguntando. Dígamelo.
—Solo conozco su nombre de pila o apodo; se llama George, don George.
—¿Y dónde dijo que vive?
—¿Quién… yo o George?
—No, usted.
—Yo vivo en el poblado de Itzel.
—¿Y hasta aquí viene?
—Oficial, el trabajo está muy escaso y difícil. Viajamos a donde sea, con tal de conseguir una changuita para vivir, allá vamos.
Desde la cabina, no veía lo que hacían los “polis” y la chaparrita. Al permanecer el capó abierto, me impedía la visión, pero escuchaba casi todo el interrogatorio. Acorralado allí, en el asiento, transpiraba sudor frío y temblaba de miedo. Estos oficiales cabrones la intentaban acorralar para que se pisara con el interrogatorio, pero la chaparra persistía su defensa con uñas y dientes. ¡Una tigresa, la chava!
—Registros de la camioneta y sus documentos, por favor, señora.
—Sí, como no oficial.
Se me paralizó el corazón. Contuve la respiración, esperando que, en cualquier coyuntura, se abriera la puerta para buscar los papeles con los “polis” pegados a su espalda.
Los renombrados huevitos volvieron a tomar protagonismo, los sentía subiéndose otra vez a mi garganta. En cuanto abriera la camioneta para buscar los papeles en la guantera, yo estaría muerto. Al descubrirme sin documentos, los polis —seguro con mis fotos encima del patrullero— me identificarían de inmediato. Y estaría bien fregado. ¡Qué cabrones!
—Aquí tiene oficial —escuché por fin y mi alma volvió al cuerpo.
—A ver… —y luego de unos instantes—. Bueno, señora, todo está en orden. Prosiga. Suerte con su trabajo.
—Oficial ¿Le puedo pedir un favor? ¿No me ayuda con el capó, que no logro cerrarlo?
—Pero por supuesto, apártese a un lado, por favor. Nosotros nos encargaremos. No permitiremos que se lastime.
—Leonardo, tú que eres más alto, levanta a tope el capó, que yo destrabo aquí.
—Esto está oxidado, señora, por eso no baja. ¿Tendrá en la caja algún martillo o un palo para destrabar el resorte de la bisagra?
—Sí, oficial.
—José Manuel, acompaña a la señora y ayúdala a ver si encuentra la herramienta.
—Ok, Leonardo.
—Ven acompáñame, José Manuel. Yo me inclinaré dentro de la caja; tú sujétame para que no me caiga. ¿De acuerdo?
—Sí, señora. —José Manuel, sujétame fuerte y no me dejes caer.
—Por supuesto, señora, yo la sostengo.
Charito hizo como si perdiera el equilibrio y actuó exageradamente; ejercitó sus meneos de “colita” en la cara, delante de sus ojos. Le movió sus pompis sobre el rostro. No le hacía falta verlo, al pobre oficial José Manuel. Lo imaginaba retorciendo sus ojos y lo duro que se le habría puesto “su amiguito” ante sus balanceos.
—¡Mamacita, que pompis más bonitas! —le escuchó susurrar.
—Perdón… ¿qué fue lo que dijiste, José Manuel? —lo encaró.
—Que… que… despacito, señora, que yo la sujeto. Busque confiada que la sostengo perfecto.
—Te había entendido otra cosa. ¡Eres todo un caballero, José Manuel! Aguarda, ya vi el martillo, lo tengo. ¿Puedes ayudarme a bajar?
—Oficial Leonardo —le gritó—, aquí conseguimos la herramienta —y cuando se dio vuelta comprobó la cara del pobre José Manuel. Su rostro ardiente como un hierro, y abajo ídem. Se había empalmado y no podía ocultar el bulto en su pantalón. El pobre transpiraba porque no podía disimularlo.
—Leonardo, sujeta el capó bien arriba, que no se te venga encima. Le voy a destrabar el pestillo, a ver si logro aflojarlo.
—Luego de darle unos golpes:
—Listo, Leonardo, lo tenemos. Ahora que aflojó, puedes bajar el capó con cuidado.
—Voy a tener que arreglar eso, oficial. Sino definitivamente estaré en problemas.
—Seguro, señora. En esta oportunidad le solucionamos el inconveniente. Pero le recomendamos que, cuando pueda, vaya a un taller para remediar esto. La próxima vez, usted sola no lo podrá cerrar. Buena suerte.
—Gracias por la ayuda, oficiales.
La chaparrita trepó a la camioneta, se sentó a mi lado y la puso en marcha.
—No te salgas desesperada. Mueve despacio la chata, sin ninguna prisa, y sube al pavimento como si tal cosa. Acelera normal —yo simulaba dormir con el sombrero en la misma posición de los últimos minutos, mientras le hablaba a Charito.
—Cálmate, primo, sé cómo proceder.
—Verifica por el espejo —le pedí— a ver qué hacen esos cabrones. ¿Nos acechan?
—No. No nos acosan, pero se están moviendo. Aguarda, acaban de subir a la ruta y avanzan en nuestro sentido.
—Son unos cabrones insoportables. ¿Me habrán reconocido?
—Un momento. Relájate. Acaban de girar. Están ingresando en la estación Pemex.
—Listo. Uff… Cambiaron de idea —me incorporé, me saqué el sombrero y dejé de simular—. Gracias por sacarnos de aquí. ¿Cómo te llamas?
—Mayalén, primo.
—¿Mayalén? No había escuchado ese nombre tan exótico. ¿De dónde proviene?
—Es de nuestros ancestros mayas. De nuestro país. ¿Y tú cómo te llamas, primo?
—Por las dudas, para no involucrarte en nada, sígueme llamando “primo”.
—Déjate de joder. ¿Qué nombre es ese? Inventa cualquier nombre.
—No se me cae ninguno…
—Descuida, ya lo tengo. El señor te bautiza en este acto: “huevitos” —me respondió Mayalén riendo—. Oh… perdón “primo” por lo que dije antes, pero te pusiste muy “alteradito” conmigo. Y por si no te diste cuenta, te estoy ayudando. ¿O qué crees? No soy tu sirvienta. Te vengo a hacer un favor en esto, hasta que te entregue a Pancho. Y después… “si te he visto no me acuerdo” —me contestó con cara seria.
—Disculpa, soy un menso. Esta fuga me ha puesto más loco que una cabra, con un estado de excitación que exploto. Tengo los nervios de punta y salto como leche hervida ante cualquier cosa.
—Te entiendo, pero me importan un coñazo tus nervios. No tengo por qué aguantarme tus pendejadas. Ni que te hubieran aplicado mil voltios.
—Discúlpame por la contestación. No te lo mereces. Estás dándome un gran apoyo. Eres muy buena en esto.
—Escucha, tengo un nombre especial para rebautizarte y que no se me olvide: por unos días te llamarás… Hernán, eso es: “Hernán Gonzalo Cifuentes”. Pero yo solo te diré Hernán a secas. ¿Te convence?
—Me gusta. De acuerdo. Adelante.
—Acepto tus disculpas, huevitos. Sigamos.
Con Mayalén al mando, reanudamos la marcha y avanzamos con su chata, moviéndonos y alejándonos de los polis cabrones.
—Nena, debo felicitarte. Has estado imponente. Primero con la camioneta, camuflada de contratista de obras; y luego con tu simulación del capó. Ah… y lo más sublime: tu actuación y la seguridad con que le respondías a los agentes. Cuando te pidieron los documentos, casi me cago, perdón. Si entraban a la cabina, hubiera sido mi final.
—Gracias, Hernán, pero no simulé nada. Todo lo que hice y dije fue verídico. Lo único que simulé fue la avería de combustible.
—¿En serio? —le pregunté sonriendo.
—Por supuesto. Te lo firmo, güey.
—Eres insuperable, Mayalén. Mi primo Pancho te ha seleccionado muy bien. Me has sorprendido gratamente. Dame la mano —y me dio la palma derecha y la chocamos los dos.
—Gracias. Solo vine a recogerte. ¿Tienes en mente algún plan para mí?
—Sí, Mayalén. Lo primero es salirnos de esta vía, antes que nos crucemos con un nuevo control policial. Intenta encontrar caminos alternativos, secundarios, inter chacras, o por donde sea. Pero salgamos de aquí arriba, porque rodamos sobre fuego. Búscame un buen escondite —continué—. A esta hora, toda la policía del estado me debe estar buscando. Viendo la geografía de zonal rural, seguramente debe haber por aquí algún cobertizo o establo, en algún campo alejado de la ruta, un lugar que sea poco conocido. Me ocultas. Luego lo llamas a Pancho y le pides que venga a buscarme por esta zona. Tú te retornas a tu casa. Fin del viaje y tu ayuda.
—De acuerdo, Hernán. Déjame pensar qué hacemos.
—¿Sabes qué hora es, Mayalén?
—Sí, casi las cuatro de la tarde.
—Mayalén, lo primero es encontrar un escondite. Asegúrate de llegar sin que nos vean y que ningún jodido poli nos detenga en el camino —le imploré.
—Baja la tensión. Descuida, me parece que lo que estoy tramando, puede resultar... ¡Ya lo tengo! Se me ocurrió una idea brillante. Creo disponer un plan. Ni a Pancho se le hubiera imaginado una madriguera tan ingeniosa como la que estoy elucubrando.
—No me entusiasmes. ¡Dime qué te traes entre manos, chaparrita!
—Ya lo verás, huevitos. Salgámonos de aquí, ahorita, antes de que te pesquen los miles de policías que te buscan.
CAPÍTULO 10
CAMPO “LA PRECIOSA”
Santa Lucía, Campo “La Preciosa”, México.
Jueves 19 de mayo de 2011, a la tarde.
Casi una hora después y luego de haber pasado por varios campos, abierto tranqueras y hasta meternos por el medio de un cultivo de girasoles, nos detuvimos junto a un portón de entrada. El cartel lo indicaba: Campo “La Preciosa”.
Me bajé, abrí la tranquera y avanzamos con la “chatarra” de Mayalén. Era un camino de por lo menos 150 a 200 metros de longitud, flanqueado de cada lado por una hilera de álamos de corteza blanca. Instantes después, nos recibían varios perros furiosos. Ni bien frenamos, un viejo de mediana estatura, de cabellos y bigote blanco salió a recibirnos. Mayalén se acercó caminando y lo saludó. Yo me quedé arriba, esperando ver cómo actuaba ella y qué plan escondía, a ver cuál era el show que quería montar.
—Hola don George, ¿cómo está?
—Bien, ¿y tú Mayalén?, ¿qué cuentas? No te esperaba tan pronto.
—Es que estábamos por esta zona, entonces decidimos aprovechar el trayecto.
—Le presento a mi ayudante Hernán —y me llamó haciéndome señas con la mano, invitándome a bajar rápido de la chata—. Aproveché que habíamos terminado una obra más temprano por aquí cerca y se me ocurrió visitarlo para que nos contara las refacciones que deseaba realizar.
—¿Cómo le va señor? Soy George Miller, para servirle. Aunque todo el mundo me conoce por don George.
—¿Qué tal? Soy Hernán, mucho gusto.
—¿Me puede mostrar lo que necesita, don George? Aún disponemos de claridad y podremos ver lo que está planeando que le construya.
—Seguro, Mayalén, acompáñame. Síganme por este lado.
Nos separamos apenas dos metros detrás del viejo y rápido le consulté a ella en voz baja: «¿En qué lío nos estás metiendo, tienes idea de esto?». Con sus bellos ojazos negros, Mayalén me fulminó. Lo más campante y en tono similar me respondió: «descuida huevitos, confía en mí; todo saldrá bien».
Fuimos detrás de don George, avanzando por un camino de piedras, hasta un galpón de chapas bastante deteriorado, distante a unos 300 metros de una vivienda. Por detrás y a un costado del galpón, se veía un tanque australiano, posiblemente para reserva de agua de lluvia.
—¿Le ha gustado a su esposa cómo refaccioné y amplié la sala de estar y el hogar a leña?
—Por supuesto, Mayalén. Le ha encantado. Incluso el invierno pasado estrenamos la estufa. Funciona de maravillas. No penetra humo en la sala. ¡Está contentísima!
—Me alegra, don George —y me fulminó como diciendo “viste huevitos, ¿qué pensabas, que era solo un lindo culito?”— Bueno, don George, a ver si me explica qué desea refaccionar.
—Tengo en mente armar aquí una nueva sala de ordeñe con varios boxes de ambos lados y un pasillo central. Por fuera, necesito que construyas un nuevo corral, conectado con este galpón. Nos han traído un nuevo plantel de vacas Jersey y el edificio actual de ordeñe se ha quedado chico.
—¿Vacas Jersey? No conocía esa raza, don George.
—Sí, Mayalén, te explico brevemente: se las llama Jersey, porque justamente su nombre proviene de la isla de Jersey, en Inglaterra, de la cual son originarias. Según estudios, la leche obtenida de estas vacas proporciona más calcio y proteínas que el común de las leches de otras razas vacunas. Y se la usa en la elaboración del helado artesanal. Pienso probar este nuevo rango de negocio, a ver cómo funciona. Y vender mi leche a empresas que lo fabriquen. En consecuencia, quiero convertir este galpón para producción de leche de esa raza —terminó de explicarnos don George.
—Bueno, entremos, así me describe su idea. Yo iré tomando nota en este cuaderno.
Casi una hora después, ella había hecho varios croquis y anotado los detalles que le proponía el dueño del tambo. Incluso yo le ayudé a tomar unas medidas dentro del galpón y en la periferia. Una vez que habíamos terminado la recorrida, le explicó al viejo:
—Mire, don George, en unos días le preparo los costos y lo llamo para indicarle el costo de la obra y cuando podríamos empezar. ¿Está apurado?
—No, Mayalén, estamos bien de plazo. Espero tu presupuesto. Gracias por haberte arrimado hasta aquí, vives bastante lejos.
—Sí, es cierto, pero para eso estamos; para atender a los clientes. Y hablando de atender, necesito pedirle un gran favor, don George, muy especial. A ver si consigue colaborar.
—Si puedo, con gusto.
—No es para mí. Es por mi asistente. Le agradecería si le puede echar una mano. Porque yo no tengo posibilidades.
—¿De qué se trata? —le preguntó confundido el dueño.
—Hace dos noches, Hernán tuvo una salida con unos chavos y bebió unas copas de más. Llegó accidentalmente “mareado” a su casa. Cuando entró, la mujer lo saludó, pero también “lo olfateó”. Además del tequila, le descubrió olor a perfume de mujer. ¿Se imagina como se puso de furiosa? Lo echó a patadas. Ni siquiera pudo abrir la boca. La esposa lo sacó a escobazos, literalmente, don George. “Vete a dormir con la chaparrita que te pegó el perfume”, le contestó, y lo dejó afuera con un portazo en las narices.
—¡Brava la bruja! Perdón, digo… tu señora, Hernán —se disculpó don George, observando al extraño.
—Ni que lo diga —y aproveché y metí mi bocadillo—. Fíjese que estoy con la ropa de trabajo desde hace dos días. Y anoche Mayalén me ayudó y pude cobijarme unas horas en su chata. Al menos, no estuve a la intemperie. Pero la realidad es que me morí de frío.
—Por eso, don George, le pido el favor, si por esta noche le da asilo aquí. Aunque sea en el galpón. Él se puede armar un camastro de pasto o forraje. Y usted le da una manta vieja para taparse y con eso es suficiente. Mañana vendré a buscarlo por la mañana —concluyó Mayalén—. ¿Qué me responde, don George? ¡Ándele güey, échele una mano! ¡Es solo esta noche!
—Bueno, de acuerdo. Lo hago por ti, porque te conozco. Se podrá quedar ahí y dormir en el galpón. Mi mujer no dirá nada.
—Muchas gracias por su deferencia —le agradeció Mayalén—. Hernán, me olvidaba, en la camioneta tengo el bolso. Te traje la ropa que me pediste anoche. Es de mi padre que es más o menos de tu tamaño. Así te puedes cambiar y estar decente. Ven, acompáñame a la chata, que debo retornar a casa. Tengo un largo trayecto.
—Hasta pronto, don George. Saludos a su esposa.
—Gracias, Mayalén. Buen regreso a casa.
Me hizo señas y juntos nos volvimos andando hasta donde había estacionado su “chatarra”.
—Oye, cabroncita, lo volviste a hacer de nuevo. Eres una campeona. ¡Impresionante! Estoy pensando seriamente en ti como futura socia, para cuando atraque el Banco Nacional, je. Eres muy hábil con tu lengua, convenciendo gente.
—Hablando de lengua, huevitos, cuando estés más tranquilo, me invitas unos tragos. Te puedo demostrar mis otras habilidades lingüísticas, pero en circunstancias más sosegadas. ¿Te animarías?
—Y cómo no. No te tengo miedo. No pienses que me asustas ni que me vas a intimidar. Te llamaré algún día para recordar estas aventuras y nos tomaremos unas pintas con unas quesadillas. ¿Te gustaría?
—Encantada. Te estaré esperando… huevitos.
—Te decía que eres muy buena con tu prédica. Pones cara de póker sin cambiar de color. Ni se te mueve un pelo. Hablas de una manera muy convincente. ¡Actúas de primera!
—Gracias, chavo.
—Escucha, Mayalén, te quiero pedir un último favor. Llámalo a Pancho desde un teléfono público y le avisas que has cumplido tu parte, y que me has dejado a buen resguardo al menos por 24 horas. De parte mía, le pides que esta misma noche te espere en su casa, que es muy importante y que guardas un encargo para él.
—¿Y qué le anuncio?
—Nada. Solo entrégale este sobre. Él sabrá qué preparar cuando lo lea. Ahí dentro está el plan —saqué un sobre doblado y sucio de mi bolsillo y se lo entregué.
—Pero entonces no hace falta que me traslade. Lo llamo por teléfono y le cuento todo lo que detallas en tu carta.
—No insistas. Te lo dije antes. No quiero comprometerte más. Cuanto menos sepas de todo este embrollo, mejor para ti. Pancho recibirá instrucciones de tu paga por la ayuda que me estás ofreciendo, pero yo te daré un adicional. Te compensaré por este esfuerzo. Estuviste fantástica. Pero no te demores y vete lo antes posible a lo de Pancho. Te espero mañana de regreso. Lo más temprano que puedas.
—Ok, Hernán. ¿Me crees ahora, huevitos, que soy constructora? —me respondió jocosa.
—Ven, acércate, quiero contarte una idea al oído, sobre cómo elaborar el mejor desayuno mexicano: tal vez mis huevitos sean poco para tu sartén, sin embargo, es muy chiquita para mi salchicha.
—No seas grosero. Eres un cabroncito de lo más vulgar —por primera vez la vi ruborizarse.
—Adiós… chaparrita de ojos negros y hermosos.
—¡Hasta la vista… grandote! Cuídate y pórtate bien… huevitos. ¡No me olvides!
Como despedida, nos chocamos ambas palmas de las manos, matándonos de risa. Mientras se subía a la chatarra y se alejaba del campo “La Preciosa” con mi segundo pedido de salvataje.
CAPÍTULO 11
DÉJAME QUE TE ACARICIE
Campo “La Preciosa”.
Jueves 19 de mayo de 2011, al atardecer.
–Oye… ¿cómo dijiste que te llamas?
—Todo el mundo me dice Hernán.
—Bien, Hernán. Ven por aquí antes de que oscurezca, a ver cómo preparamos tu cama. Vamos a buscar unos fardos de pasto que tengo por aquí guardados. Están bien secos y limpios. Con eso improvisaremos tu colchón, aquí en este rincón —explicó don George—. Selecciona el pasto, mientras yo voy al rancho a buscarte una manta para abrigarte esta noche.
—Gracias, don George. Un favor adicional: ¿dónde puedo darme una ducha y cambiarme de ropa, por favor?
—Bueno, hagamos una cosa: primero debo encerrar los perros, sino no podrás ni asomar la nariz. Prepara tu cama, antes que te quedes sin luz. En unos minutos, vendré a buscarte y te mostraré donde puedes darte una enjabonada.
Al rato vino por mí.
—Te conseguí esta manta. Es grande, pero la doblas: una mitad arriba del pasto y con la otra parte te tapas. Ven que te indico dónde está el sanitario.
Salimos del galpón y giré mi vista para monitorear el entorno. Estábamos rodeados por un inmenso campo sembrado de maíz, con plantas como de mi altura. El sol se cortaba en el horizonte, rodeado de unas nubes anaranjadas y colores pastel. El contraste en el cielo era increíble en el atardecer que se extinguía, con la luna apenas elevándose segundo a segundo en el extremo opuesto. Hacía muchos años que no veía un crepúsculo semejante. Los muros del presidio me impedían ver las puestas de sol. Ver estos cuadros tan majestuosos que pintaba la naturaleza me reconfortaban el alma, por más simple y sencillo que fuera el momento. En ese instante lo sentía como una sensación espiritual, tan simple como la mismísima energía natural.
—Ya estoy aquí —me avisó don George a mis espaldas.
—Es soberbio este lugar, rodeado de tanto verde, olor a animales, vacas, pájaros, perros... ese cielo increíble y una luna para verla cuando uno lo desee.
—¿Dónde está tu casa? Pensaría que vives en otro planeta.
—Más o menos —le respondí con una sonrisa forzada—. Usted no sabe lo brava que es la bruja. ¡Mi casa parece de otro mundo! Cambiando de tema, don George, ¿a qué distancia queda la ruta de aquí?
—Es muy sencillo. Cuando nosotros vamos al pueblo, salimos por la tranquera que seguro tuviste que abrir al ingresar con Mayalén. Es la principal. A unos metros de ahí, giras un poquito a tu izquierda y te topas con un camino mejorado. Luego lo avanzas derecho sin salirte y, más o menos a cinco kilómetros, te encuentras con la ruta IE 176, por donde seguro ustedes llegaron más temprano.
—Sí, sí claro, claro. Lo que pasa es que venía medio dormido, mientras manejaba Mayalén, y me desorienté en el trayecto.
—Bueno, sígueme —me ordenó don George.
Fuimos recorriendo en dirección a su vivienda, pero al aproximarnos, giramos hacia un lado, continuando una huella de tierra angosta marcada por el tránsito de las personas que caminan todos los días por ese tramo. Era una pequeña construcción sólida para depósito de herramientas y elementos usados.
—Aquí hemos armado un baño de emergencia. Yo lo uso cuando reaparezco embarrado y sucio desde el campo o del corral, hecho un desastre. Si hubiera querido entrar así a mi casa, mi esposa se pondría el doble de brava que la tuya.
—Seguro. Este sanitario está muy bien para esas ocasiones.
—Ven, ayúdame. Aquí atrás tengo una calderilla para calentar agua. Funciona a leña. Le vamos a meter madera y activar el fuego. Así te puedes bañar con agua caliente.
—Agradecido, don George. Haga lo suyo, que yo me encargo. Gracias.
—Por esta puerta —me señaló— pasas al baño. Ahí puedes ducharte, y de este lado te puedes cambiar. En veinte minutos vendré a buscarte.
—Sí. Muchas gracias por su amabilidad.
—De nada. Enseguida regreso. No me demoro.
Bañado y vestido, lo aguardaba apoyado en la puerta del baño, desde donde podía reconocer el caserón de don George. Era una construcción sencilla, pero se veía sólida y muy fuerte. Estaba construida de piedra y madera, al menos es lo que se observaba por afuera. De dos plantas, con un techo de tejas a dos aguas y una amplia galería en todo un lado de la casa, orientada hacia la puesta del sol.
Avistando en dirección a la vivienda, me di cuenta que George venía a mi encuentro.
—¿Eres tú, Hernán, o es un fantasma? Ni te asemejas, chavo. Era real que precisabas una buena remojada. ¡Has rejuvenecido muchos años!
—¡No es para tanto!, pero la ducha ha sido fantástica y siento que recuperé mis energías. Es que estuvimos dos días seguidos con Mayalén haciendo una demolición en la obra que tenemos, y nos llenamos de polvo hasta las orejas.
—¡Pero si te daba más edad! Disculpa por la indiscreción y confusión. Lo siento.
—Nada que disculpar, señor. Es cierto, la ducha me hizo revivir. ¡Recuperé como diez años!
—Vayamos al rancho, a ver qué podemos hacer. Ya ha oscurecido.
Caminamos un trecho, subimos unos escalones por la galería y entramos a la casa. Al ingresar, nos encontramos con una sala amplia y de techo alto con madera a la vista y piedra tallada en las paredes. En un lateral, había una mesa grande y cómoda, rodeada de sillas. Sobre el fondo de la estancia y a un costado, una estufa a leña —la que había mencionado Mayalén— con varios sillones envolviéndola, como lugar de descanso.
En el sector de la ventana que daba a la galería, se ubicaba el área de cocina. Había otras puertas dando vueltas por allí y una amplia escalera de madera torneada y lustrosa que te llevaba hasta un nivel superior, completando la agradable ambientación.
Mientras contemplaba despreocupado la decoración, le escucho:
—Voy a preparar la cena, a ver qué me sale.
—¿Vive solo, don George?
—No. Mi mujer se ha ido esta mañana a visitar a su hermana que vive retirada de aquí. Su hijo se lastimó una pierna y mi esposa fue a echarle una mano. Si no surgía ninguna complicación, me dijo que regresaría mañana.
—Ok. Usted me indica en que lo ayudo.
—Está bien, yo me arreglo.
Don George cocinaba y mientras tanto platicábamos de sus tareas en el campo, las pestes que afectaban sus cultivos, de las vacas, los perros, sus animalitos de granja y generalidades de su tambo.
—Hernán, la cena estará a punto dentro de unos minutos. Fíjate en aquel armario y ayúdame con los platos y la vajilla. Encuentra lo necesario que somos tres para cenar.
—¿No imaginaba que había otro invitado? Si quiere, me llevo mi comida al galpón y no los molesto.
—No es un invitado. Es mi hija que vive y trabaja aquí con nosotros, y de vez en cuando se alimenta.
—Pues claro, señor, disculpe usted mi indiscreción. Entonces con más razón todavía, no deseo importunarlo de ninguna manera e incomodarla a ella.
—Al contrario —reforzó don George—. Con sinceridad, te revelo que no tenemos muchos invitados y menos a cenar. Disponer de un concurrente como tú seguro le agradará para que hablemos un rato y cambiemos nuestra rutina.
—Como usted prefiera, señor.
—¡Evelyn!, en cinco minutos estará la cena —gritó hacia arriba en dirección a las escaleras—. Ponte linda, mi amor, que tenemos un invitado.
—Bueno, papi, enseguida bajo —se escuchó desde la planta alta.
—Evelyn, apúrate, mi amor, que voy sirviendo.
—Ya estoy aquí, papi, detrás de ti.
—¡Que linda que estás, mi amor!
—Hola, papi —y le dio un beso y un mimo—. Qué bien huele esa comida. ¿En qué momento has regresado?
—Terminé más temprano con el tractor en el campo del fondo y me volví al rancho. Y justo vino a visitarme Mayalén. Es la constructora que nos hizo aquí la refacción y nos construyó la chimenea que tanto le gusta a tu madre. ¿La recuerdas?
—Sí, papi.
—Bueno, ella nos remodelará el viejo galpón, para construir los boxes de ordeñe para las vacas Jersey. Y este señor es su ayudante. Más adelante te contaré los detalles.
—Hola, Evelyn, todos me llaman Hernán.
—Hola, Hernán —y me dio la mano.
—Siéntate aquí, mi amor. Hernán se sentará de este lado. Ah, hija, me olvidé la bebida. ¿Quieres traerla del refrigerador, por favor?
—Sí, papi.
»¿Hace mucho qué se dedica a esto, señor?
—Desde hace unos meses que trabajo con Mayalén. Hacemos refacciones y obras edilicias de todo tipo.
—¿Y qué le ha pasado que está aquí? Perdón, señor, disculpe la indiscreción.
—Tranquila. Es que tuve un dilema personal.
—Mi amor, el señor tuvo una dificultad en su casa y hoy no puede volver. Se quedará aquí con nosotros. Hemos arreglado un lugar en el galpón. Es precario, pero solo será por una noche.
—Pero papi, hace frío allí. Además, ¿no has visto la suciedad y el olor a ratas que existen? ¡Ese sitio es un asco!
—No se hagan problema. He dormido en lugares mucho peores.
—No, papi, que duerma aquí en la casa. Le prepararé una cama improvisada frente a la estufa. Acomodamos a un lado los sillones y no será tanto lío.
—Déjame pensarlo hija. Al terminar la cena te contesto.
—Por favor, no quiero incomodarlos. Yo estaré bien en el galpón. Gracias por sus atenciones.
—Luego lo resolveremos. Comencemos de una vez, que se enfría la comida. Buen provecho.
Cenamos y charlamos de temas diversos, pero cuando le preguntaba a Hernán ciertas cuestiones personales, me esquivaba y cambiaba de tema. Y entonces, mi papi se fue de boca…
—Mi Evelyn, a pesar de ser tan joven, es muy guapa y trabajadora. Ella nos da una ayuda enorme con el tambo. Se sacrifica mucho. Se levanta a las cuatro de la mañana y realiza íntegramente el ordeñe de nuestro plantel de vacas lecheras. Y luego, por la tarde, se repite el proceso. A las vacas hay que ordeñarlas dos veces al día, de lunes a lunes.
—¿De lunes a lunes? No sabía —apuntó Hernán.
—Con ese procedimiento obtenemos mejor producción y lo hemos comprobado en nuestro propio tambo. Mi Evelyn me demostró lo inteligente que es. Hace como un año atrás, se reunió con un ingeniero de la Asociación de Tamberos de Santa Lucía y me dijo que traía una buena noticia. La quería probar aquí, para que hiciéramos el experimento y mejorar nuestra producción de leche.
—¿De qué se trata, don George?
—Evelyn se encargó de todo. Seleccionó seis vacas y las ordeñó dos veces por día durante una semana. En paralelo, eligió otras seis vacas diferentes, pero en ese grupo las ordeño solo una vez al día. ¿Resultado? ¡Espectacular! Las vacas ordeñadas dos veces al día produjeron 36% más leche que el otro plantel ordeñado una vez diariamente. En la segunda semana continuó la prueba con mejores resultados aún. Las vacas de un ordeñe diario redujeron su extracción de leche en un 6%. ¿Increíble no, Hernán? Mi hija revolucionó la producción de nuestro tambo. Durante años ordeñé las vacas una vez al día, hasta tres cuartos de su capacidad y le dejaba un cuarto de leche, para que se amamantaran sus ternero. Pero el experimento de Evelyn hizo que nuestra forma de trabajar cambiara drásticamente, luego de tantos años bajo mi dirección. Se incrementaron un poco los costos de alimentación y, por supuesto, el trabajo y dedicación, pero la producción y las ventas mejoraron de manera notable.
»Mi hija nos sorprendió al intentar cosas nuevas. Estamos muy orgullosos de ella.
—Es una tarea muy dura para una mujer —replicó Hernán— ¿Y no ayudan los peones que hay en el tambo?
—No hay nadie aquí, que lo haga mejor que mi Evelyn. Ella va ordenando el ganado en el corral, antes de entrar al edificio de ordeñe. ¿Te imaginas el lodazal con tantas vacas dando vueltas?
—Debo usar botas —expliqué—, echar agua a presión para barrer la suciedad de las vacas y que caiga a una canaleta. Así el piso se mantiene lo más limpio posible dentro de los boxes. Y esa faena repetirla dos veces por día. No tenemos descanso. Sábados y domingos deben ser ordeñadas las vaquitas.
—Esta actividad es demasiado sacrificada —aclaró papá.
—Evelyn, si te hubiera visto caminar por la calle entre la gente, ni me hubiera imaginado que hacías este trabajo tan rudo —se sinceró Hernán.
—Y mi Evelyn incluso maneja el tractor —reanudó papá— y monta a caballo para reunir el ganado, cuando dejamos la tropa en el campo, necesitando que se alimenten. ¡No sabes lo guapa que es trabajando!
—Increíble, señorita, todo el trabajo que hace aquí. La felicito.
—Gracias, señor.
A papá se le notaba, en la vibración de su voz y la emoción en sus ojos, el orgullo y el reconocimiento que tenía por mí.
Entre tanto, yo intentaba descubrir la personalidad de Hernán, analizando sus gestos y sus rasgos, apreciando su cabello negro, prolijo y cortado al ras en los costados. Evidentemente, el trabajo de obra al aire libre, le producía un bronceado increíble.
¿Qué edad tendría? —me preguntaba— No era un adolescente. Se veía un hombre joven y saludable. Pensaba que debía tener veinticinco años, treinta como mucho. No era muy experta en estimar la edad de las personas, pero tan grande no era. Y esos pectorales tan marcados, a punto de explotar de la camisa. Sus antebrazos eran más gordos que los muslos de mis piernas. ¡Por Dios! Se veía que este muchacho trabajaba muy duro en la construcción.
Dos o tres veces, al hablar con mi papi, disimuladamente nos cruzamos las miradas. Esos ojos negros me perforaban, me devoraban casi con lujuria. Mientras recogía los platos para ir al fregadero, lo pesqué en dos oportunidades mirándome de reojo. Toda vez que me movía, no me perdía de vista, principalmente contemplando mis pechos y mi cola. Era una actitud bastante grosera y lujuriosa de su parte. Pero me hice la tonta y seguí haciendo otras cosas sin decir nada. Tal vez era mi imaginación.
Mi padre proseguía hablando de mí. Se desvivía contándole a Hernán mis tareas en el campo y otras faenas. Tantos halagos me abochornaban. Lo amo tanto a mi padre, pero el pobre sin darse cuenta me hacía sentir muy incómoda ante un desconocido.
—Papi, por favor, lo estás cansando al señor con tanto hablar de mí. Me haces ruborizar y poner nerviosa.
—No, qué va, todo lo contrario —reveló Hernán—. Eres un ejemplo para tu familia. Bueno, permiso. Muchas gracias por la cena. Si me permiten, me voy a dormir. Hoy tuve un día agotador.
—No, espere, señor. Yo le prepararé un lugar, así duerme protegido aquí dentro en la casa.
Lo miré a mi papi con cara de “por favor ten compasión por este hombre” y no tuvo más remedio que aceptar mi ruego.
—Permitido, mi amor; se puede quedar aquí.
—Gracias, papi. Voy a buscar la ropa al altillo para prepararle la cama.
—De acuerdo, en tanto hago lugar frente a la chimenea y voy moviendo los sillones para dejar lugar —sugirió mi padre.
—Le ayudo, don George. Y gracias por su consideración.
Cuando yo iba subiendo por la escalera al primer piso, noté como el señor me buscaba con sus ojos todo el tiempo. ¿Papi mencionó que era casado? No recuerdo haberlo oído.
—Ya hemos despejado el espacio. Quédate aquí, Hernán, que Evelyn ya retorna. Iré a soltar a los perros, que los tengo encerrados desde que tú fuiste a bañarte. Y aprovecho a revisar los corrales para ver que todo esté en orden, antes de irnos a dormir.
—Lo acompaño, don George.
—No, por favor. Los perros te comerían. No te muevas de aquí y ayuda a Evelyn cuando baje con la ropa y la colchoneta, para preparar tu cama improvisada.
En el instante en que papá salió de la casa…
Al llegar al final de la escalera, seguí por el pasillo en busca de mi dormitorio para buscar las cosas e intentar hacerle una cama improvisada al invitado.
Entré en mi habitación y rebusqué a ver si encontraba donde estaba la escalera pequeña que me permitiera subir al altillo. Fui al armario del baño y allí no estaba. Hacía tanto tiempo que no la usaba, que ya no me acordaba dónde la habíamos guardado.
Regresé a la habitación y finalmente la descubrí en el estante superior de mi placar. Ahí estaba acostada la escalera de aluminio que necesitaba. Me estiré y con precaución la fui bajando desde el estante al piso alfombrado de mi recámara. Era del tipo tijera, de dos hojas, con seis peldaños de ambos lados, y una plataforma superior que coronaba y unía ambas hojas.
Abrí la escalera, la ubiqué bajo la zona del altillo y comencé a subir para quedar justo debajo de la puerta. Cuando mi mano estaba por llegar a la manija del altillo, escuché que alguien golpeaba la puerta de mi habitación.
—Adelante, papi, estoy aquí —le dije dándole la espalda y sin darme vuelta.
Unos segundos después sentí que una mano tocaba mi cintura y di un grito del susto. Parada desde la escalera, me giré con el corazón aun latiéndome en la boca, y me di cuenta de que no era mi papi.
—Pero ¿qué hace aquí señor? ¿Quién le dio permiso? Y además casi me mata de un susto.
—Discúlpame, Evelyn, no fue mi intención. Ya hice lugar allí abajo junto al hogar y pensé que tal vez necesitarías ayuda para llevar los trastos y hacer mi cama. Por eso subí.
—Mi padre no le dio permiso para estar aquí. Quédese en el pasillo, por favor.
Me hizo caso, dio unos pasos hacia atrás y regresó al pasillo. Se apoyó en la baranda observándome por la puerta y también dándole un vistazo al living en la planta baja.
Permanecí parada en la escalera y comencé a hacer fuerza desde la manija, tirando hacia abajo para abrir la puertita del altillo. Ni un milímetro se movió, como si estuviera clavada o soldada al cielo raso. Me bajé un peldaño para quedar un poco colgada y hacer más fuerza con todo mi cuerpo. Luego de varios intentos y bufidos, me sentía agotada y resignada a la vez. Durante uno de mis movimientos, observé por mi rabillo del ojo, que el señor amigo de mi padre, me miraba desde la puerta de mi alcoba.
—Me parece que necesitas ayuda, Evelyn. Si me permites, puedo intentarlo.
—Creo que tiene razón; yo no logro abrirla. Dese prisa entonces, antes de que regrese mi padre. De lo contrario tendrá que ir a dormir al galpón. Definitivamente.
—Mire, es esa puerta que está en el techo y está demasiado atorada. Aquí, sobre el cielo raso, hay una bohardilla y guardamos estos objetos, porque en mi armario no hay tanto espacio. Señor, acérquese, por favor. Use esta pequeña escalera. La puerta tiene bisagras y están del lado de la pared, ¿las ve? La apertura es hacia abajo, desde la traba que tiene aquí —y le indiqué con el dedo—. Intenté tirar, pero ni se movió. ¿Me puede auxiliar?
—Desde ya. Entendí tu explicación, Evelyn. Déjame hacerlo por ti.
Lo vi subir por los escalones y apoyarse en la plataforma. Estaba a no más de un metro del piso. Sujetó la manija de la puertita y comenzó a tirar. Las venas de los brazos y de su cuello se le notaban a punto de estallar, de tan marcadas que se veían. Al cabo de tres intentos, por fin cedió.
—Puf, cómo para abrirse. Se han oxidado las bisagras. Se ve que hacía rato que no se usaba esta puerta.
—Es verdad, muy de vez en cuando la abrimos. Poco y nada sacamos del altillo. Usted es una excepción en mucho tiempo. Muchas gracias, señor. Si me permite, necesito subir para elegirle la ropa e improvisarle la cama para esta noche.
—No seas tan formal conmigo, tutéame, por favor. Me llamo Hernán.
—Disculpe, pero me cuesta. De acuerdo. Hernán, yo me subiré a la escalera y te los iré pasando.
Subí por la escalera y asomé mi cabeza por la compuerta del techo, intentando encontrar el interruptor de luz que ilumina el altillo.
—¿Ves algo?
—Estoy buscando el interruptor de la luz. Ah… aquí está. Tantos meses sin abrirlo, que no me acordaba dónde habíamos dejado estos objetos.
—Muy bien. Pásame la manta y las otras cosas, que te ayudo.
—Veo la colchoneta, pero ha quedado alejada y no logro alcanzarla. Voy a estirarme a ver si llego. Por favor sujétame. No quiero caerme —le decía, parada desde el anteúltimo peldaño de la pequeña escalera.
En ese momento, sentí sus manos que me sostenían a la altura de mis rodillas, mientras yo me estiraba tanteando para alcanzar la ropa. Sus poderosas manos y dedos comenzaron a subir muy despacio por mis piernas, debajo de mi pollera. Y me quedé paralizada. Sorprendida.
Sosegado me platicó:
—¿Llegas a la colchoneta o quieres que suba yo?
—Eh... no… no. La veo, pero no llego con mis dedos. Sujétame que voy a estirarme un poquito más, subiendo un peldaño.
Sus manos sujetaban mis muslos. Y lo dejé hacer. Me sentía como protegida. Ningún hombre me había tocado. Había descubierto una sensación distinta, placentera. Me hacían bien sus dedos y sus manos ahí. Unos instantes después, llegué hasta el último peldaño. En su esfuerzo por sostenerme, sentí la cara de Hernán apoyada en mi cola. Sus manos dejaron de sujetarme. Ahora los dedos se movían muy despacio y se iban deslizando hacia arriba por mis muslos internos. ¿Qué intentaba hacer? ¿Podría atreverse a tanto?
No debía permitir que siguiera. Estábamos cometiendo una locura. Ambos. Yo por permitirlo y él por ser tan poco considerado, tan grosero e inoportuno. Sus dedos se iban aproximando al límite de mi entrepierna. Decir que era un degenerado sería la palabra correcta. Deseaba propasarse conmigo de una manera escandalosa.
Las vibraciones y efectos que sentí con las primeras caricias, pronto se convirtieron en preocupación y en un llamado de alerta, cuando él me mantenía apresada y casi suspendida en el aire. Me puse muy nerviosa y no me explico, pero sentí miedo. Se me cerró la garganta, me faltaba el aire y mi corazón latía más acelerado. Luego de alcanzarle el último objeto, aún me mantenía apresada en el aire, apenas sobre la escalerita. Como si fuera un maniquí, me sujetó por la cintura y me giró en el aire, dejándome caer deslizándome frente a su cuerpo. Mi pollera acampanada se fue quedando en el camino y, cuando mis pies llegaron al piso, sentí un leve roce de uno de sus dedos en mi entrepierna, acariciando mi sexo por encima de mi bombacha. Y me estremecí totalmente.
—Nena, qué dulce que estás —me susurró Hernán—. Opino que mis manos te gustaron, ¿no es verdad?
—De… de… ¿de qué está hablando, señor? —mi voz salía sin aire y estaba muy asustada.
Ni yo misma escuchaba nítidamente lo que salía de mis labios. El nerviosismo y la escena me iban envolviendo. ¿Qué hacía sola con un desconocido en mi propia alcoba?
—¡Por favor, no… no sea atrevido!
—Bonita, las palabras que salen de tus labios se contradicen con lo que dices y lo que percibo de tu cuerpo. Lo interpreto cuando te toco y te acaricio con mis dedos. Noto como se te eriza tu piel. Tu perfume es como el de una gatita en celo. Sé positivamente que mis caricias te gustaron. Y a mí también.
Me hallaba paralizada, confundida. No lograba responderle. Continuaba asustada y mi cuerpo temblaba. Sentía mi respiración entrecortada y de pronto envuelta en sudor.
—Bonita, tu boca dice una cosa, pero tu cuerpo me transmite otra. Sé que te gustaron mis manos. Quiero ser muy atento contigo. Verás cómo te gustará.
Su contestación me terminó de desarmar. No quería reconocerlo, pero su respuesta fue tan acertada que me fulminó. Me quedé ahí paralizada. Sin reacción. Sin saber que responderle.
—Princesa, déjame que roce tu suave y dulce entrepierna. Te noto excitada. Ni te imaginas como te encantará. ¿No lo crees?
Mi cabeza era un lío. Es real que sus manos me habían gustado. Sin embargo, mil dudas y contradicciones pasaban por mi cerebro. Mi excitación y bienestar por las caricias de sus manos —que fueron tan efímeras— se convierten en otra cosa. Él me sujetaba por la cintura y, con su otra mano libre, volvió a rozar mi entrepierna debajo de mi pollera. Sentía en mi garganta los latidos de mi corazón desbocado. Mi cuerpo no reaccionaba. En un segundo el efímero placer se había convertido en alerta y, unos segundos después, en miedo. El pánico se había apoderado de mí. Anhelaba salir corriendo y pedirle socorro a mi papi, pero mi garganta continuaba seca.
Y en ese instante, cuando menos me lo esperaba, escuché una voz salvadora…
—¡Evelyn! ¿Sigues en el dormitorio, hija? ¿Quieres que suba a ayudarte? ¿Has visto a Hernán?
CAPÍTULO 12
ERES BONITA COMO UNA PRINCESA
Campo “La Preciosa”.
Jueves 19 de mayo de 2011, de noche.
—¡Evelyn! ¿Sigues en el dormitorio hija? ¿Quieres que suba a ayudarte? ¿Has visto a Hernán?
Atrapada por ese desconocido, demoré unos segundos en contestarle, desconcertada por el llamado y alterada por lo que estaba sucediendo.
—¡Mi padre! ¡Ya voy papi! Suéltame. ¡Mi padre! —le denuncié a Hernán—. Él está subiendo por las escaleras. Sal a su encuentro con las mantas en la mano y atájalo para que no siga subiendo. Como sea. ¡Ahorita!
»Aquí, papi. Estábamos por bajar —le formulé temblorosa desde el interior de mi pieza—. Apúrese Hernán y salga al pasillo, por favor.
—Hola, don George —lo saludó Hernán y lo cruzó en el medio del pasillo del primer piso—. Va a necesitar revisar esa puerta y cambiarle el pestillo, está muy oxidado.
—La revisaré cuando pueda. Baje inmediatamente, señor. ¿Qué hace aquí? Nadie le dio permiso para subir al dormitorio de mi hija —le replicó muy enérgico mi padre—. ¿Todo bien, mi amor?
—Sí, papi —le contesté de espaldas por si llegaba a entrar a mi alcoba y me viera en qué estado me encontraba—. Bajo en unos minutos, estoy por entrar al baño. En un ratito llevo el resto de la ropa para armar la cama —terminé diciendo.
—¿Quieres que te ayude con la colchoneta? —me preguntó mi padre desde el pasillo.
—Bueno, Papi. Voy a entrar al baño. Aquí la dejo doblada en el piso.
Vi de reojo a mi papi entrar, justo cuando yo cerraba la puerta del baño de mi recámara y me ocultaba. Me miré al espejo. Mi cara enrojecida como un tomate. Mi respiración agitada. Mis ojos comenzaron a llorar, aliviada por haber zafado de Hernán. Varias veces me refresqué la cara con agua fría. Me acomodé mi pollera y la chomba, y luego peiné mi cabello. No lograba calmarme ni estabilizarme.
Pasados unos minutos, bajé a la sala de estar.
—¿Qué te pasa hija que estás tan colorada y agitada?
—Fue por el esfuerzo de abrir la puerta, papi. Y además la ropa me quedó muy alejada en el altillo. Me tuve que esforzar más de la cuenta.
—Sí, don George. Esa maldita puerta, ni que estuviera clavada en el techo. En el último intento, me colgué de la manija con todo el peso de mi cuerpo. Pensé que cuando se abría, se vendría el altillo encima.
—Apúrate, Hernán, y prepárate la cama aquí, que Evelyn debe levantarse a las cuatro de la mañana —le recriminó molesto mi padre.
—No te preocupes, papi. Hemos terminado.
—Hija, revisé afuera y todo se encuentra en orden. Volví a soltar a los perros, que había encerrado mientras Hernán se bañaba. Les llené los comederos y les puse agua limpia. Los corrales y las vacas están en perfecto estado. Nos podemos ir a descansar.
—Sí, papi. Gracias. Espérame y subimos juntos.
—Bueno, Hernán, todo ordenado. Espero que se sienta cómodo aquí. Que descanse y hasta mañana.
—Gracias, señorita Evelyn, igualmente a usted, señor. Buenas noches.
Tomé del brazo a mi papi y juntos nos dirigimos a nuestros dormitorios. Le di un beso y le deseé un buen descanso. Mi madre no regresaría esta noche. Tendría la cama para él solo.
—Evelyn, ¿seguro que te encuentras bien, mi vida?
—Sí, papi. Gracias. Que descanses. Hasta mañana.
Hasta él me notaba extraña y no me reconocía. Recorriendo el pasillo, volví hasta mi recamara, todavía temblando. Por un pelo, no fuimos descubiertos por mi padre. En el trayecto de pasar a mi cuarto, fui meditando: ¿cómo se había dado cuenta Hernán que me había excitado? Esos dedos y sus manos acariciando mi entrepierna me gustaron. Me hizo subir la adrenalina por las nubes… ¡madre mía! Pero no todo lo demás. La forma como me abordó fue de lo más indecente. Me sentí muy molesta por su gesto tan irrespetuoso. Pero muy en el fondo de mi alma, y aunque no lo pretendía reconocer, me había encendido. Ese roce me excitó. Esos dedos me erizaron la piel. Pero cuando intentó bajarme el bikini, puf... mi papi me salvó. Su llamado me protegió.
¿Cómo conciliar el sueño en este instante? Debía olvidarme y quitármelo de la cabeza. Era una locura lo que acababa de pasar. Él se había querido aprovechar de mí. Primero muy dulce y suave, pero luego se mostraba enceguecido y apurado, como si la excitación le borrara todas sus intenciones de delicadeza y cortejo. Necesitaba urgente una ducha de agua fría y pensar con mi cabeza, no con mi sexo. Eso es lo que debía hacer. Y no dejarme llevar. A punto estuvimos de que mi padre nos pescara. Si lo hubiera visto a Hernán acariciándome, lo habría ejecutado de un escopetazo fulminante. Ahí mismo.
Trabé la puerta de mi suite y, luego de darme una ducha, me puse mi pijama. Me metí en la cama, pensando en la odisea que acababa de sufrir aquí, ante un completo y total desconocido. Intenté descansar y relajarme, pero no pude, hasta que finalmente el cansancio me doblegó. No sé cuándo, pero definitivamente me dormí.
Casi al instante, sonó mi despertador. Y luego de dos o tres intentos lo encontré, y apagué la chicharra. ¿Qué pasó, me equivoqué en poner la hora de alarma?
Encendí mi velador y vi el despertador. ¡Eran las cuatro de mañana! Me había quedado frita. ¡Dormí cinco horas de un tirón! Fui al baño y luego me cambié con mi ropa de trabajo, como todos los días. Bajé a la sala. Hernán continuaba durmiendo junto al hogar. Ese sector permanecía en penumbra y no detecté movimientos mientras me acercaba a la cocina.
Me arrimé hasta la mesada y solo prendí la luz bajo la alacena. Preparé un café con leche bien caliente, tratando de no hacer ningún ruido para no despertar a nadie.
Abrí la puerta del armario donde guardo mis cosas, busqué mis botas de goma de caña alta y le puse talco por dentro para deslizar mis pies sin dificultad. Cuando me estaba preparando para ponerme la segunda bota, sentí una mano en el hombro. Pegué un salto en la silla y giré con mi cara de susto a ver quién era. Todo junto en un segundo.
—¡Ayyy!
—Hola, Evelyn, buen día. Oh… lo siento. Disculpa, quise mantener silencio para no despertar a tu padre. Por eso no te hablé.
—¡Por favor, señor! Casi me muero del susto. ¡Jamás intente hacerlo nuevamente! Estoy dormida todavía. Por las mañanas, no suele ocurrir que una mano me toque el hombro y me haga saltar del susto.
—Te pido disculpas. Perdóname, por favor. Es que no quise armar alboroto.
—Está bien, está bien. ¿Desea tomar un café? Está recién hecho.
—Sí, por favor. Gracias. ¿Ya te vas al tambo?
—Sí, señor.
—Quisiera acompañarte y de paso intentar colaborar contigo.
—Pero el lugar es muy sucio, lleno de caca de vaca, orina y todos los olores que te puedas imaginar.
—No importa. Te ayudaré. Quiero conocer como una chica tan jovencita hace semejante tarea.
—Te ensuciarás mucho la ropa.
—No te preocupes, me visto con el mameluco que uso en las obras.
—Ya que insistes tanto… como tú quieras. Pero entonces tendré que encerrar a los perros, sino ladrarán y despertarán a mi padre y, además, en cuanto asomes tu nariz, te destrozarán. Quédate aquí unos minutos, que enseguida estoy contigo.
—Muy bien. Cuando reaparezcas, estaré listo con mi vestimenta de trabajo, esperando tu señal. Ve, que te espero.
—No hagas ruido que mi papi duerme. Regreso pronto.
Minutos después, me serví el café con leche y lo acabé enseguida de varios sorbos. Con mi cabello me hice una cola de caballo. Le di unas vueltas y lo convertí en rodete para meterlo bajo mi gorra con visera. Estaba lista con mi uniforme perfecto de ordeñadora.
—Vamos, Hernán, que estoy demorada.
—Sí, te sigo. Gracias. ¿Y los peones vienen a ayudarte?
—No, en el ordeñe de la mañana trabajo yo sola —le aclaré—, pero, más tarde, es posible que se acerquen algunos, cuando vayan a pasar el arado en el lote cuatro, al fondo de nuestra finca.
—¿O sea que también llevas el rodeo del corral hasta la sala de ordeñe?
—Ajá, yo sola. Y a veces me ayudan mis perros. Pero como los acabo de encerrar, en esta oportunidad tal vez tú me puedas asistir.
—De acuerdo. Yo te ayudo.
—Recién en uno o dos meses más, levantaremos la cosecha de maíz, entonces sí que habrá mucha gente y movimiento por aquí.
—¿Y tu padre no coopera contigo?
—Él es bastante mayor y con molestias en la espalda. Hace unos años se cayó de uno de nuestros caballos y se lastimó dos vértebras lumbares. Desde entonces, casi no trabaja. Solo maneja el tractor y la camioneta. Y lo menos posible. Porque cada vez le duele más su espalda. En un par de horas, cuando yo termino y dejo todo limpio aquí, preparo el desayuno, lo despierto y comemos juntos.
—Estoy admirado de ti, Evelyn. Por ser tan joven, tienes una enorme responsabilidad, con el gran trabajo que realizas todos los días. Ahora entiendo por qué tu padre se deshacía en alabanzas contigo, por todo el brío y esfuerzo que haces para la familia. Te felicito.
—Gracias, señor.
Seguimos caminando juntos, rumbo a los corrales. Precisaba orientar a mis vacas para que ingresaran por la manga que las guiaba directo a los boxes de la sala de ordeñe. Íbamos andando juntos por el camino hacia el establo. A punto de abrir el portón para entrar al corral, él me tomó la mano y me frenó. Se paró frente a mí, me tomó de los hombros y me retiró la gorra. Luego deslizó una mano hacia mi cintura y me habló:
—Evelyn, te pido disculpas, pero quiero ser muy sincero contigo. No he podido conciliar el sueño en toda la noche, pensando en lo bien que lo estábamos pasando anoche en tu habitación.
—Por favor, Hernán. Eso fue un tremendo error de tu parte. Si mi padre nos hubiera visto, te aseguro que te habría disparado con la escopeta, sin siquiera preguntarte qué hacías conmigo. Te hubiera fusilado sin contemplaciones.
—Evelyn, no me podía contener, percibía cómo te derretías en mis manos. Pude advertir tu excitación. Un varón se da cuenta de eso.
—¿De qué estás hablando, Hernán? —mientras negaba sus palabras, mi cabeza me transportaba a lo que había ocurrido en la noche—. No sigas por favor, estoy muy atrasada y debo arrancar mi tarea sin perder más tiempo. Si quieres, acompáñame. Sino, quédate aquí.
—Espera, Evelyn. Quiero pedirte disculpas de verdad. Es la forma más romántica que puedo hacerlo contigo —se acercó de frente hacia mí y sin más me dio un beso caliente y desesperado en la boca.
—No, Hernán, ¿qué haces? Esto es una locura.
—Ven cariño. Tenemos que terminar esto. Ambos quedamos en llamas anoche. Tenemos tiempo de sobra.
—No, no, Hernán. Te estás confundiendo.
—He soñado toda la noche contigo. Y estoy muy seguro que tú también. Estoy hambriento de tus besos. Y sé que te encantaría que te acaricie. Cuando anoche recorrí mis dedos sobre tu piel suave, tu cuerpo se erizaba. Sé que te excitaba y te daban placer mis caricias. Aunque no lo quisiste reconocer y me dijiste otra cosa.
—No sigas, por favor, Hernán. Debo iniciar cuanto antes el ordeñe.
—Ven, mi amor. Vamos, aquí estaremos cómodos. No te haré daño. Te trataré como a una princesita. Y verás lo que soy capaz de darte, para que disfrutes con locura y vibres de placer. Te haré sentir plena. Mi princesa, te mimaré con toda suavidad.
Sus comentarios me endulzaron el alma. Me hicieron efecto al instante. Resultaron como anestesia para mi cerebro. Conquistada y convencida con sus palabras dulces y frases halagadoras, terminó de enmarañar mi voluntad. Me tomó de la mano, pero me sentía como suspendida en una nube. Fascinada, dejé que me llevara caminando hacia el viejo galpón.
Lo único que pasaba por mi mente, era un encuentro celestial.
Sin saber siquiera, entonces, el infierno que me aguardaba…
CAPÍTULO 13
TAN OSCURO QUE DA MIEDO
Campo “La Preciosa”.
Viernes 20 de mayo de 2011, de madrugada.
Hernán me llevaba de la mano. Iba a su lado, aceptando su propuesta. Sus comentarios me cautivaron el alma. Se convirtieron en anestesia para mi cerebro. Me había conquistado, con sus palabras dulces y frases halagadoras.
Hipnotizada, imaginaba un encuentro celestial. Sentí que me hablaba con el corazón, con palabras dulces y sinceras. Sus piropos y elogios me encantaron. Además, me había prometido que me iba a tratar delicadamente. Y le creí. Me convenció que todo iba a ser muy suave y dulce. Sus palabras me sonaron muy convincentes, como música para mi alma.
Conocer a un joven fuerte, interesante y embriagador, me atrapó. Pero una sensación en el fondo de mi alma, no me dejaba enteramente convencida. Una porción de mi ser me decía «No y no... No entres. Vete corriendo de ahí». Pero otra mitad de mí había sido embrujada por una mezcla de actitudes. Su mirada seductora, sus palabras zalameras, su voz convincente, sus promesas. Dentro del galpón todo era oscuro. Pero a través de los agujeros de las chapas oxidadas, se filtraban escasos rayos de luz que provenían de las columnas de alumbrado que había en el camino que llevaba a la sala de ordeñe.
—Ven aquí, cariño. Anoche preparé el camastro donde iba a dormir. Al final lo estrenaremos juntos. Nosotros dos, bonita.
Sentí que sus manos tocaban mi cuerpo. Y tomándome la cara, me besó buscando mi boca. Me besó suave y comenzó a hacerme mimos y a besarme hasta el cuello. Mi cuerpo empezó a reaccionar.
—Evelyn eres tan bonita y dulce. Me encanta cuando sonríes. Déjame que te haga unas caricias como anoche. Permíteme que te desvista muy despacio y te haga vibrar. Siente como mis dedos recorren tus curvas y la piel tan suave que atesoras.
—¡Ay, Hernán! Qué bien que hablas. Me gustan las palabras que me dices. Me encantan.
—Déjame que te acaricie. Mi experiencia me indica que estás excitada, bonita. ¡Apuesto a que cuando te toque, te derretirás!
—Ay, Hernán, nadie me habló así de esta forma. Me da vergüenza todo lo que me propones. Solo quiero que lo hagas despacio. Y que me trates con ternura. Nadie me ha dicho lo que tú me estás diciendo, de esa forma tan especial.
—Lo sé, muñeca. Y como sé que te gusta, no te defraudaré. Relájate y déjame que comience a darte mimos. Tu cuerpo me lo pide a gritos.
Me envolvía y buscaba mis labios. Me besaba suave y me acariciaba. Y me encantaba cómo lo hacía.
Continuó besándome suavemente y su mano intentó aflojar el botón de mi camisa, mientras sus labios hacían estragos en mi boca, mordiéndome los labios y chupando mi lengua. Su otra mano, sobre mi nuca, me transportaba y aumentaba mi excitación. Perdía la noción del tiempo por momentos.
Pero en un instante todo se aceleró.
Los besos suaves se convierten en toscos, luego en desesperados, bruscos. Finalmente, me besó como si quisiera devorarme. De pronto sus besos no eran dulces y afectuosos. Ya no. Comenzó a tocarme. Las caricias no eran suaves. Ahora era un manoseo decidido y enérgico. Quiso aflojar mi pantalón para desvestirme.
Nos encontrábamos parados dentro de la negrura del galpón. Solo mínimos reflejos de luz penetraban por los cerramientos del depósito en desuso. Una alarma sonó en mi cabeza. No podía cometer el mismo error de anoche, por más que mi cuerpo sintiera deseos con un hombre.
—No. No, Hernán. ¡Déjame! No puedo hacer esto. No, por favor. Salgamos de aquí. Busquemos otra ocasión y otro sitio más apropiado, un lugar más romántico y que pueda verte a los ojos, como tantas veces lo soñé.
—No, dulzura. Esto no es un sueño. Esto es real. Y lo vamos a terminar ahora. Porque yo lo digo.
Y entonces, un cambio en su tono de voz y su forma de hablarme, me dieron la segunda señal de alarma definitiva. Y sentí miedo, mucho miedo. Era un lobo disfrazado con piel de cordero. Todo lo que me había dicho minutos antes para cautivarme era mentira. Caí como una tonta. Muy tarde lo advertí. Él sólo deseaba saciar sus ganas. Casi sin darme cuenta, una de sus manos tomó mi cuello y me apretó. Y en simultáneo, su otra mano tomó mi cintura y me fue empujando hacia el camastro.
—Ven aquí, mi amor. Aquí estaremos más cómodos.
—Me estás lastimando, Hernán. Dijiste que no me harías daño.
—No te hago daño, pequeña. Te dije que este es el momento, nuestro momento especial. ¿O cuál es la parte que no interpretas?
—No, no, Hernán. No quiero hacerlo. Suéltame o voy a gritar. ¿No lo entiendes?
—Tranquila, preciosa. Aquí mando yo. Creo que la que no entiende eres tú. Primero, no vas a gritar una mierda y segundo, harás lo que yo quiera y te exija. ¿Lo tienes más claro, chiquita?
Entonces sonó mi alerta final, una alarma de pánico, de miedo profundo. Sin darme cuenta, mis lágrimas comenzaron a caer por mi cara. Intenté resistirme, pero él apretó más mi cuello. Comencé a toser. El pánico me había vaciado de saliva. Mi boca se tornó seca. Mi lengua permanecía como atrapada. Mi garganta sin sonido. Quise gritar y pedir auxilio, pero ¿a quién? Estábamos ocultos en un decrépito galpón tenebroso. Mi papi, durmiendo como un tronco a 300 metros de ahí. Los tres perros encerrados… Estaba total y absolutamente sola. Me sentía aterrada, atrapada por un perfecto desconocido y maniático sexual.
—¡Sácate la ropa! —me ordenó de manera agresiva, dándome un empujón y arrojándome al camastro.
—No me haga daño. Por favor, señor.
Yo me hallaba paralizada de miedo, tirada en aquella cama improvisada. Un olor nauseabundo me invadió enteramente. Eran las suciedades de las ratas y tal vez murciélagos que pululaban en ese espacio deshabitado. Un asco total y repugnante.
Él se agachó y me volvió a apretar el cuello. Y yo a toser.
—No me lastime, se lo ruego —alcancé a decir con un hilo de voz.
—¿No me creíste, pequeña? Te pedí que te desnudaras. ¡Desvístete de una vez! —me dijo gritando arrogante y molesto.
Yo prolongaba el trance. Mi cerebro estaba paralizado de miedo. Mis manos y mis piernas, también. De mi boca no salía ningún sonido. No conseguía articular palabra.
—¿No me escuchas o te haces la sorda? Ah… ya sé. ¿Te gusta que lo haga yo? Sí, sí. Eso te calienta ¿No es cierto? Como anoche, cuando te acariciaba la entrepierna y rocé tu sexo… ¡cómo suspiraste! Bien que te gustó.
De repente sentí su manoseo. Bruscamente comenzó a tironear de mi camisa para romperla y desvestirme de cualquier forma. Una mano me paralizaba apretando mi cuello y con sus rodillas me inmovilizaba contra el camastro. Otra vez tuve un nuevo acceso de tos. Sentí que me faltaba el aire. Y mis lágrimas afloraron de nuevo.
—¡Sácate el corpiño! Ah… parece que a la princesa le excita más que la desvistan —y de un tirón me bajó el corpiño de manera bruta—. ¡Pero quién lo hubiera dicho! Debajo de esa camisa de trabajo tan holgada, se esconden unas tetas perfectas y naturales. Te mostraré como tu Hernán, además, conoce de tambos. Te va a estremecer cómo mi boca succiona y saborea tus pechos.
—No señor, por favor. No me lastime —balbuceando con lo poco que salía de mi voz—. No, no, suélteme. Me ha mentido. Es un pervertido. Déjeme, se lo ruego.
Con su mano comenzó a sobarme los pechos y luego sentí su sucia boca chuparme y lamerme en forma desesperada.
—Qué pezones tan tiernos y dulces, pequeña. Hacía mil años que no besaba unos tan lindos como los tuyos.
—Tenga compasión. No me lastime por favor.
—No te lastimo, nena. Solo te estoy haciendo lo que a ti te gusta. Ven, levántate que estás demasiado vestida.
Repentinamente se incorporó y tiró de mis manos para que yo también lo siga. Me tomó por el cuello de mi camisa y furioso me la bajó por los hombros y luego la espalda. Iba por mis pantalones. Irritado, me los terminó de romper, porque no podía desabrochar el botón. Me los quitó de un tirón hasta mis tobillos, mientras yo intentaba patalear y resistirme.
Se había transformado en un loco, un maniático, un simulador; una fiera codiciosa, intentando poseerme a toda costa, saciar sus deseos por la fuerza y lastimarme si no lo conseguía.
De nuevo volvió a tirarme sobre el camastro. Mis lágrimas corrían por mis mejillas. Mi cuerpo temblaba. Y la bestia —no merecía llamarlo de otra forma— me apretaba con su fuerte mano en mi cuello, y sus rodillas inmovilizaban mis piernas. Era imposible moverme. Me sujetaba y dominaba, física y mentalmente. Sentí sofocación. Cada vez me costaba respirar más. En un esfuerzo desesperado intenté arañarlo con mis uñas, golpearlo, pedir auxilio. Todo junto en ese instante. Pero nada pude hacer. Me produjo arcadas. El oxígeno me faltaba cada vez más. Respiraba desesperadamente por mi nariz, y lo poco que podía, por mi boca.
Mis ojos estaban cubiertos de lágrimas y me impedían distinguir con nitidez. Solo tuve unos segundos para verle la cara a Hernán, debido a la tenue luz que entraba al lugar. Estaba plenamente sacado y loco, como si en ese lapso lo hubiera poseído el diablo. Su mandíbula estaba desencajada. Jadeaba, a la vez que veía su sonrisa forzada y socarrona. Pero yo, no escuchaba en absoluto lo que balbuceaba y bufaba. Para mí era mímica, sin sonido.
Un sudor frío comenzó a invadir todo mi cuerpo. Mis fuerzas se iban desvaneciendo. Mis brazos y mis piernas perdían sensibilidad. Me sentí cansada de luchar. Me faltaba el aire cada vez más y noté que mis párpados se cerraban, como si alguien me hubiera inyectado anestesia. Pero él no llevaba ningún objeto para hacerme eso. Eran sus manos que me estaban ahorcando, que me cortaban la respiración. Me vaciaban la vida.
Y entonces me dormí. Creo que me desvanecí. La oscuridad me inundó totalmente. Me sentí caer por un tubo gigante, como un tobogán en tirabuzón al infinito, un agujero sin fondo, dando vueltas y vueltas, hacia la nada, a una negrura sin límites. Desesperadamente, procuraba agarrarme de un borde, frenarme con mis pies o mis manos, pero todo era tan liso y tan pulido, que iba resbalando a una velocidad inimaginable. No había forma de detenerse por ese tubo. Mientras me seguía hundiendo en las profundidades, por un instante pude abrir los ojos. Pero todo era igual de lóbrego y perpetuaba mi caída, sin ruido y sin luz, a mil kilómetros por hora.
De pronto todo fue sosiego, y me dejé arrastrar por él. Dejé que mi resistencia se desvaneciera. Ya no habría más miedo. Ya no habría más lucha. Solo un silencio infinito y mucha paz.
Ese fue el final.
CAPÍTULO 14
ESPANTAPÁJAROS
Campo “La Preciosa”.
Viernes 20 de mayo de 2011, al amanecer…
Luego de dos horas de caminar, Hernán se había distanciado del tambo, por el camino interno de acceso al campo. Llegó hasta la ruta IE 176. A partir de allí, transitó un buen rato, alejándose por la calle colectora que la bordea.
En el horizonte asomaba el amanecer. A esa hora de la mañana tan temprano, se veían los primeros reflejos del sol. Por la carretera, casi no había tráfico, salvo un par de camiones cargados de cereal y algún que otro tractor que salía de algún campo. A ambos lados, el paisaje era el mismo: plantaciones de maíz, kilómetros de campos sembrados a todo lo largo del recorrido por la IE 176.
A lo lejos, vio el cártel encendido de una estación de servicio de Oxxogas, entonces apresuró su paso. Entró por un costado del área de estacionamiento de camiones, deseando que no lo viera nadie. Fue al baño, se lavó, se refrescó y aseó lo mejor que pudo. Salió de nuevo al playón de la estación, tratando de localizar un teléfono público y por suerte lo encontró.
—Hola, pequeña, ¿cómo estás?
—Hola… qué suerte escucharte de nuevo, hermanito. ¿Cómo estás?
—Mal. Muy mal. Y no digas mi nombre ni nada. Anota el número que voy a pasarte. Llama a Pancho urgente y dile que me devuelva el llamado ahora mismo. Estoy desesperado.
—¿Qué te ha pasado?
—Me he quedado sin combustible. Ya te contaré en otro momento. Apúrate por favor y… ¡gracias, hermanita!
Minutos después, sonó el teléfono público de la estación de servicio.
—¿Sí?
—¿Conoces a “Charito, la de ojos negros”?
—Sí, la conozco. No digas mi nombre ni nada que me identifique —le anticipó Charly.
—Hablemos sin nombrarnos y punto.
—Ok.
—¿Recibiste la nota anoche?
—Sí.
—Pues debemos adelantar los planes. Esto es urgente. Tenemos que hacerlo ya. Todo lo que escribí ahí. ¡Ya mismo! Estoy en un grave problema.
—Pero, güey, ¿qué mierda te pasó, que debo llamarte yo, y encima tú con tantas exigencias?, ¿te atraparon los caníbales y te estaban haciendo al horno con papas?
»Segundo, no es mi problema que adelantes tus malditos planes y me llames tan temprano en la mañana. Dormía panza arriba como un león. ¿Qué bicho te picó que me mandaste a despertar?
—No ha sido culpa mía. Luego te explicaré. Serás bien compensado. Te convoco, porque se ha roto el tanque de combustible de esta chatarra y me ha dejado tirado en el medio de la nada. Por favor, vente con el auxilio para remolcar mi auto. ¿Interpretas?
—¿Y desde cuándo estás tirado en el camino?
—Llevo como dos horas.
—Dime en qué lugar estás, con precisión.
—No conozco la zona y, además, no puedo decírtelo por teléfono. Nos pueden estar escuchando y grabando.
—Y qué mierda me importa. ¿Cómo coño crees que te recogeré con el auxilio, si no sé dónde estás? Dame un indicio, chavo. Una cosa rara o distinta que veas en la carretera, una referencia u otra pista.
—No se me antoja nada en este instante. Hay campos sembrados por todo el jodido pueblo. No hay ningún cartel de referencia. Ah… ¡Qué lo parió! ¡Mi mente está en blanco! —le respondió Charly enfurecido—. No me apures.
—Busca en la naturaleza. Déjame en la ruta algún rastro o huella como para encontrarte —le exigió Pancho.
—¿Una huella? No sé. Espera, a ver… espera. Me diste una idea. Creo que lo tengo. ¿Tienes para anotar?
—Un segundo. Listo. Dame las coordenadas… Sí, perfecto, estoy tomando nota. Buena idea.
—¿Y tú manejas la camioneta de siempre?
—No. Tengo un modelo más moderno. Una...
—Silencio, primo… No digas nada. Cuando estés por aquí frente y “veas mi carro”, estaciona la camioneta y ponte a silbar la canción de la serie de TV que veíamos en casa de la abuela, cuando éramos niños. ¿Te acuerdas?
—Sí, chavo. No se me olvidó jamás.
—¿Y la canción?
—También. La tengo.
—Listo, entonces. ¿Cuánto crees que tardarás?
—Treinta minutos aproximadamente.
—¡Súper! ¡Eso era lo que necesitaba escuchar, primo!
—Eso solo de viaje. Súmale más o menos dos horas más, por todo lo demás que me pides y debo coordinar.
—¡Híjole, pendejo! ¡Eso es mucho tiempo! —respondió gritando Charly.
—¿Qué te crees, que soy el Chapulín Colorado y que puedo concederte tus caprichos de manera instantánea? No me jodas, güey. No gozas de otra alternativa. Es lo más rápido que puedo hacer. Y soy el único que puede rescatarte de ahí. Aguanta y no sudes.
—¡Qué lo parió! Porfa, no te olvides nada de lo que te pedí en el sobre.
—Y tú cuídate. Nos vemos.
Casi dos eternas horas después del llamado, Charly y Pancho avanzaban por la carretera, conduciendo un auxilio-remolque de automóviles, con un auto ficticio plantado atrás de la plataforma, disimulando toda la escena del rescate.
—¿Cuéntame que hiciste cabrón? Que me has hecho venir como los bomberos. Casi me accidento en la interprovincial, haciendo eslalon con las barreras del ferrocarril. Pasé raspando la locomotora de un tren de cargas. Figúrate como venía, güey.
—¿Y no te siguió ninguna moto o patrullero de la policía de tránsito, por exceso de velocidad?
—No, pendejo. No te sulfures, que conozco el trayecto y los carteles de velocidad, y sé cómo evitar a los polis del camino.
—Menos mal. Gracias. Bueno repasemos los planes y luego te contaré lo que pasó.
—Ok. Anoche coordiné una cita con una empresa de por aquí —le detalló Pancho— que es dueña de un par de avionetas para fumigar campos. Son propiedad de unos chavos amigos míos. Con uno de ellos, programaremos la continuidad de tu fuga a otro lado.
»Luego papeles y vestuario. Mejor, al revés: vestuario primero e inmediatamente papeles, tres o cuatro juegos de documentos, pasaportes, certificados y todo lo demás. Te convertiremos en un sueco de dos metros, tez blanca, cabello rubio y ojos verdes.
»Después te alquilo un cohete con pasaje solo de ida a la Luna. De ahí en más, te las arreglas tú solito. Desde la N.A.S.A., te manejarán a control remoto cuando te encuentres dentro del módulo de alunizaje de la “Apolo 13”, y ahí serás feliz el resto de tus días ¿Entendido, güey?
—Ok, ok. ¡No exageres, Pancho! Te pagaré hasta el último centavo por tu gran aporte y los imprevistos que estamos teniendo. Veremos cómo se extiende esto. Gracias de alma primo, por el auxilio que me das.
—De eso ni lo dudes, Charly. Me reembolsaré hasta el último peso, aunque deba ir a cobrarte al módulo espacial.
»Cambiando de tema, ¿cómo se te ocurrió esa idea para que pudiera encontrarte aquí?
—Al ver el campo, y por lo que tú me habías dicho de la naturaleza, no sé por qué, pero me acordé cuando era chico que me asustaban “los espantapájaros”. Entonces, me acordé del mameluco que tenía aquí en el bolso. Caminé hasta el campo, elegí una planta grande que estuviera al borde del cerco. Por cada botamanga le metí un tallo de maíz y los calcé en el overol, para improvisar un nuevo y escalofriante “espantapájaros”.
»Sin demora, caminé 200 metros más y saqué como quince choclos y los apilé en la colectora lateral de la interestatal, como si los estuviera vendiendo. Me adelanté y volví a cruzar el camino, retomé por la calle de enfrente y me escondí entre los maizales dentro del campo, observando la carretera, esperando que tú frenaras o pasaras despacio, de manera que pudiera detectarte.
»No salí hasta que escuché la canción de “La Isla de Gilligan”, que era nuestra serie favorita y que veíamos todas las tardes cuando tomábamos la merienda, al regresar de la escuela en casa de la abuela. ¿Qué épocas aquellas, no, Pancho? ¿Te acuerdas?
—Sí, Charly, cómo olvidarlas. La vida nos sonreía. Maravillosos días. No como los que me estás haciendo parir ahora. ¿Me cuentas que pasó? ¡Quiero saberlo todo! Porque de eso dependerá esencialmente lo que tengamos que hacer, o si debemos reprogramar los planes.
Minutos después, el camión de Pancho entró por un camino de tierra perpendicular a la IE 176, de los llamados caminos inter campos. Luego de dos kilómetros de andar, distinguieron adelante la primera curva. El primo estacionó la chata de remolque junto a una arboleda, accionó la palanca de frenos de mano, y el rodado quedó atrancado, inmóvil, como si lo hubiera partido un rayo.
—Soy todo oídos, Charly. Desembucha y cuéntame la historia.
—¿Pero por qué te frenas? ¿Tú estás loco? ¡La policía y los federales piden mi cabeza! No pares. ¡Sigue, Pancho, te lo ruego! Más adelante te lo contaré todo, mientras tanto avancemos. Es importante evaporarse de aquí, lo más lejos posible. ¡Híjole, Pancho! ¡Arranca y rajemos!
—De aquí no nos movemos, cabrón. ¡Comienza a contar tu vida!
—Déjate de pendejadas, primo. ¿Qué coño te pasa?
—Co mien zaaaaaa, Charly. Cuando termines, nos iremos a los piques.
—Eres de lo que no hay. ¡Me estás haciendo parir, Pancho!
—Estás perdiendo valiosos minutos de tu “rajemos de aquí”, primo. ¡Comienza tu historia de una cojonuda vez!
—Tú ganas, Pancho. Creo que es necesario que conozcas la historia desde el principio y te pongas en mi lugar, con la odisea que estoy padeciendo.
—Te dije que te escucho. Arranca desde dónde quieras. De todos modos, te aclaro que tengo un par de cervezas en la conservadora, por si se te seca la garganta.
—Hace mucho tiempo que no nos veíamos, Pancho. Tendré que remitirme al pasado de mi vida.
»La historia comienza hace unos quince años atrás… Desde que me escapé de la casa de la abuela, llevo más o menos ese período, entrando y saliendo de varios reformatorios y cárceles. El último presidio donde me retenían se llama Palacio Lecumberri. Es gigante. Alberga más de mil presos. Es uno de los presidios más grandes del estado.
»Hace como dos meses, me seleccionaron allí junto a treinta cuates para trabajar en una refacción interior. Desde hace mucho tiempo que vengo exprimiendo mis sesos, buscando cualquier opción para escaparme, pero lo veía imposible. En los últimos treinta años nadie lo ha logrado. Ese mote siempre me hacía desistir. Hasta que surgió esto de la obra. Y lo estudié muy bien en el transcurso de dos meses, desde que me convocaron para la refacción. Y ayer por la mañana tuve mi “día D”. ¡Me escapé con “mamá volquete”!
—¿Con quién?
—Me fugué en un camión desde el presidio, dentro de un vertedero repleto de escombros y desperdicios de la obra, que finalmente vaciaban en un basural. Y luego también me las piré de ahí.
—¿Y cuándo fue eso, Charly?
—Eso ocurrió ayer, como te dije recién. Serían las 8:15 o máximo 8:30 horas, cuando crucé el portón de seguridad de la cárcel, escapándome de ese maldito lugar. A las 12:00 horas, tuvieron que formalizar el conteo de los treinta presos que trabajábamos en la obra. Eso lo realiza diariamente el personal de guardia, antes de que vayamos al comedor. Me imagino el susto que se habrán llevado cuando contaron 29 obreros. Les faltaba uno. “Charly se les había escurrido delante de sus propios ojos”. Lástima no haber estado allí y verles las fachas a todos los guardias y compañeros. Me hubiera desternillado de risa.
—Me imagino que, al enterarse de tu ausencia, deben haber tronado las sirenas de la cárcel y hasta las alarmas de la N.A.S.A.
—Por supuesto. Ni lo dudes. Debe haber sido un zafarrancho descomunal. Apoteótico. ¡Cómo me lo perdí!
—Puedes regresar y golpear el portón del presidio, así te lo disfrutas desde adentro.
—¿Qué dices, cabrón? Ni en pedo.
—¡Sigue, entonces!
—Justamente, por el portón, pasé bien. Me fugué escondido en el volquete que llevaba el quinto camión, de los seis carromatos que salieron en caravana del presidio. Luego de varias horas de gira por carreteras o autopistas, arribamos al depósito donde vacían y descargan los escombros. Aproveché un descuido, mientras varias decenas de camiones hacían fila, hasta que les tocara el turno. Agradecido por el viaje gratis, me largué de nuevo. Me escurrí detrás del basurero CITRE y me volví a escapar. Pero esta vez era un juego de niños. Solo debía pasar por debajo de un alambrado y cruzar un campo, un trecho cuerpo a tierra, y otro tanto en cuatro patas, hasta el borde del descampado. Seguí andando y logré ubicar una estación de servicio Pemex, en el pueblo de Santa Lucía.
—¿Y ahí que hiciste?
—Busqué un teléfono público y llamé a mi hermana, anhelando que a su vez te ubicara a ti y me enviaras a alguien para recogerme. Mayalén fue una campeona. Aunque estuve a punto de orinarme la ropa por dos veces. La primera, pensé que me enviarías un pendejo y me mandaste una vieja. Pero, bueno, todo anduvo perfecto. Y la segunda fue cuando se frenó en la ruta, revelando el señuelo de que era ella la que acudía a mi auxilio. Al ver la camioneta parada, se aproximó un coche patrulla y los dos tíos de la policía se acercaron y le hicieron mil preguntas. Y Mayalén la guapeó como una campeona. Estuvo brillante.
—¿Y tú dónde te escondiste en medio de la requisa?
—Apenas vi que paraba la camioneta y la identifiqué con los trucos camuflados que te pedí, me acerqué y le arrebaté el sombrero a ella. Me apresuré y me metí de cabeza en la cabina del lado del acompañante y me hice el dormido. Le dije que arrancara, pero se le trabó el capó. Yo pensé que era parte del show, pero a la muy pendeja se le atascó realmente.
—¿Y entonces?
—Como te dije, yo me hacía el dormido y de la nada dos polis chingones surgieron como fantasmas y le hicieron el interrogatorio de su vida. Finalmente pudimos irnos, sin despertar sospechas.
—¿Y luego?
—De ahí, me llevó a un campo, porque le pedí que se saliera de la IE 176. Era muy peligroso andar tan a la vista. Con la alarma lanzada desde el presidio, las carreteras tendrían controles por todos lados. Además, seguro que la policía ostentaba mil fotos e identikits con mi cara.
»Bueno, la cuestión es que Mayalén se metió en un campo para pasar un presupuesto de obra a un fulano. Hasta pensé que formaba parte del ensayo, pero al final de la entrevista con el dueño, la chava, muy artista, armó una historia que yo carecía donde dormir, que me había echado mi mujer, y le pidió al dueño del campo que me hiciera el favor de dejarme pernoctar por esa noche en su campo.
—¿Y entonces? —le reiteró Pancho, mirando su reloj.
—El viejo aceptó. Me despedí de Mayalén y le di instrucciones proyectando que te dejara el sobre y tú vinieras a buscarme hoy a la tarde. Pero hubo un problemita y tuve que adelantar los planes.
—¿Por qué problemita? Esas muecas y gestos te los conozco desde chico. Ni que te hubiera parido. ¿Qué hiciste, pendejo? Desembucha de una puta vez.
—Cuando por la noche conocí a Evelyn, me volví loco. Una dama bella, joven, agraciada. Primo, ¿sabes cuántos años que no toco a una chaparra? Quince insoportables años. Ya ni recordaba cómo era una teta. No me acordaba, Pancho. Solo ver esa mujer, se me hizo agua la boca.
—¿Pero te le tiraste a la mujer del dueño del campo? Eres un desconsiderado y jodido cabrón. Encima te dan una oportunidad y te autorizan a que duermas en su casa. ¿Y te le tiras a la esposa? Eres un hijo de perra.
—No, no. No me entiendes. No era su esposa, era su hija.
—¿Cómo su hija? ¿Su hija? Peor que peor, entonces ¿encerraste a su mujer? Explícate. ¿Qué hiciste? Me estás poniendo muy nervioso.
—No le hice nada. La madre se había ido a visitar a un pariente no sé dónde. Y esa noche no regresaba.
—Pero cuéntame qué hiciste, Charly. Esto se ha convertido en una jodida película de suspenso.
—Pues que, a la mañana, me la llevé a la chica a un galpón y ella aceptó con ganas que tuviéramos sexo.
—¿Cómo, aceptó con ganas?
—Sí. Pero después… se arrepintió.
—Me estás confundiendo, güey. Sé más claro.
—Primero me dijo que sí y luego que no. Tú conoces a las mujeres. Son como “la gata Flora”. Entonces comenzó a resistirse. Se arrepintió. Se echó para atrás. Y yo me puse como loco. No me entraba en la cabeza que ahora se negara. Eso no lo podía tolerar.
—¿Y entonces qué pasó?
—Cuando a la noche estuvimos unos momentos solos, le acaricié las piernas y su sexo. Y eso le encantó. La sentí suspirar, ronroneando como una gatita. La había excitado. Se salvó por un pelo, con el llamado de su padre. Sino la trincaba ahí mismo en su habitación.
—Estás rematadamente loco. ¿Y entonces?
—Esta mañana me puse fuera de mí. No dormí en toda la noche pensando en ella. Me había enceguecido. Tantos años sin acariciar ni sentir el perfume de una mujer. No sabía lo que hacía. Ella se resistía y cuanto más se resistía, yo más me excitaba. Entonces la acomodé en un camastro de pasto dentro del galpón. La besé y la acaricié...
—¿Y qué más? Ya te conozco esos gestos. No pongas cara de perro que voltea la olla y se hace el distraído ¿Qué le hiciste, cabrón? Declara de una maldita vez. ¿Qué le hiciste a esa niña?
—Sin darme cuenta, la abracé con fuerza y se durmió.
—¿La abrazaste y se durmió? Déjate de pendejadas ¿Cómo que se durmió? ¿La golpeaste? ¿La drogaste?
—No, no. Mis dedos apretaron un poquito de más el cuello y empezó a toser, hasta que unos segundos después cerró los ojitos. No se movía. Se quedó quieta.
—¿Cómo que se quedó quieta? ¿Respiraba?
—¡No lo sé, no lo sé! Me estás volviendo loco con tantas preguntas, Pancho —resoplaba Charly exaltado y a punto de llorar—. Me pareció que no se movía. Además, no se veía una mierda. Estábamos en un lugar oscuro y afuera era de noche también.
—¡La has estrangulado! ¡La asfixiaste! Eres un reventado hijo de puta. Mataste a una joven que apenas conociste unas horas antes. Pero ¿qué bicho te picó? ¿Cómo has podido volverte tan violento y desconsiderado? Eres un lunático e impresentable, pendejo —le recriminaba Pancho, gritándole en un inquietante estado de nervios—. ¿Y ahora qué hacemos? Esto es peor de lo que me imaginaba. ¿A qué hora fue eso?
—No me grites, primo. Déjame pensar. Espera que recuerde. Estoy muy alterado. Ella se levantó a las cuatro de la mañana, porque era la hora del ordeñe. Así que eso sucedió como… una hora después. Ponle que fue a las cinco, creo yo, aún estaba oscuro.
—¿Y alguien está enterado de lo que hiciste? ¿Y el padre y la madre? ¿No me digas que los mataste? ¿O solo al padre? No lo puedo creer. Estás rematadamente loco. ¡Locooooo!
—Espera, espera. Cálmate, Pancho. Estoy muy nervioso y me siento muy mal. No maté al padre. Él continuaba durmiendo. Y nadie sabe nada. Ella lo iba a despertar como a las 7:30 horas, cuando terminara su ordeñe, y luego desayunarían juntos como todos los días. Pobre viejo, ja, ja. Todavía debe estar esperando el café en la cama.
—¿Pero de que te ríes? Eres un malnacido hijo de perra. Mataste a una joven, ¿y eso te causa gracia? Y encima me llamas pidiendo socorro para que te saque las castañas del fuego. No me lo puedo creer, primo. Esto prueba que tú estás enfermo. ¡En fer mo!
»Charly, no hace ni 24 horas que te escapaste del presidio y te están buscando por todo el estado. Pero eres egocéntrico y tan listo, que no te bastaba salir en la plana de todos los diarios, que encima asesinas a una pobre chica. De esta no te salva ni el genio de Aladino. Ahora sí, te encuentras bien fregado.
—Ayúdame, Pancho, te lo ruego. Te lo imploro. Te pagaré todos tus servicios y tu gran apoyo. Pídeme lo que quieras y te cancelaré hasta el último centavo.
—No importa el dinero. Hablaremos de eso en algún momento. La cagada es que los controles están en todas las rutas y accesos, multiplicados por mil, por un millón. En estos momentos, te deben estar rastreando con todos los satélites desde el espacio.
—¿No viste la televisión, algún noticiero, una alerta sobre mí?
—¿De qué hablas? Si no tuve tiempo. Desde anoche que estoy como loco preparando todo lo que me habías pedido, corriendo de un lado para el otro, llamando aquí y allá. Es una mala noticia, Charly. Muy mala. Con que tuviste un “problemita”, ¿no? No me entra en la cabeza la pendejada que acabas de cometer. ¿No podías aguantar un par de días más? Si tenías tantas ganas, te hubieras encamado con una chaparra de un bar o de donde coño fuera. Mataste a una joven de familia, una adolescente que recién comenzaba a vivir. ¿Puedes ser tan perverso y desmadrado?
»Cuando se despierte el padre y se entere, avisará a la policía y entonces tu cabeza valdrá dos millones de dólares. Saldrás en todos los diarios y noticieros del planeta. Te perseguirán por todas las galaxias del sistema solar, hasta dar contigo. No lo olvides, por si acaso.
»¿Otro “problemita” u odisea que deba saber? —lo hostigó Pancho en forma socarrona—. No me ocultes nada Charly, porque te dejo aquí en el campo y vivirás con tu amigo inseparable, el espantapájaros, por el resto de tu vida, alimentándote solo con maíz.
»¿Y qué hiciste luego con la joven?
—La dejé dormida en el camastro.
—¿Seguro? No me engañes, pendejo, que lo veo en tus ojos y además te tiembla la voz ¿Qué hiciste con la joven? Dímelo de una puñetera vez.
—La dejé allí dormida en el camastro. Te lo juro.
—No me alarmes más y relátame la verdad de la historia. De aquí no nos movemos hasta que me lo digas. ¡Empieza de una vez cabrón!
—Ok., Pancho. No te alteres, primo. Me tienes acorralado y sin escapatoria. Tendré que contarte toda la verdad.
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