Читать книгу: «Poesía»
POESÍA

JOSÉ GARCÍA NIETO
JOSÉ GARCÍA NIETO
POESÍA
Introducción y selección de
Joaquín Benito de Lucas
COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL

COLECCIÓN OBRA FUNDAMENTAL
Responsable literario: Francisco Javier Expósito
Cuidado de la edición: Lola Martínez de Albornoz
Diseño de la colección: Gonzalo Armero
Diseño Digital : Criteri Digital i Multimèdia, S.L.
© Fundación Banco Santander, 2014
© De la introducción, cronología bibliográfica y selección, Joaquín Benito de Lucas
© "El corazón del poeta" , Fco. Javier Expósito Lorenzo
Reservados todos los derechos. De conformidad con lo dispuesto en el artículo 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o científica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.
ISBN DIGITAL: 978-84-92543-60-1
Depósito legal: M-15713-2014
ÍNDICE
Consideraciones para esta nueva edición, por Joaquín Benito de Lucas
Prólogo a la primera edición, por Joaquín Benito de Lucas
Sobre la selección de los poemas
Datos para una cronología
Bibliografía
VÍSPERA HACIA TI (1940)
[Doblaban en el viento las banderas]
[Al mar. Navíos varados]
[La última sombra cae en la redada]
[¡Campanas altas! ¡Campanas!]
POESÍA 1940-1943 (1944)
SONETOS
[No sé si soy así ni si me llamo]
[Tan hombre soy que siento por mi pecho]
[Soneto mío, letra, angustia, nada]
[Emplazado a quietud estaba el vuelo]
[El mar, el mar. Tú, vela y capitana]
[Mira cómo mi sangre se rebela]
[No como el toro, amor; sufro de amores]
[Tengo, tienes, tenemos acomodo]
Joven para la muerte
Lluvia en la noche
A unos lirios
Llegada de una muchacha a la amistad
A una mujer a quien mandé mi primer libro de versos
El bailarín del tiovivo
MONTE, RÍO, VIENTO…
Décimas del Guadarrama
Ofrecimiento del río
Viento en los cristales
CANCIONES
Tres canciones de muerte en primavera
VERSOS DE UN HUÉSPED DE LUISA ESTEBAN (1944)
Prólogo
Llegada
Hermano castillo
Soneto de la nieve todavía
Soneto en «El Risco»
Hacia Santa María
Romancillo de los enterradores
Patio del castillo
Despedida
TÚ Y YO SOBRE LA TIERRA (1944)
[Acaso donde el reno, la cobra o la palmera]
[Te he llamado esta noche —cuatro de la mañana—]
[No le digas a nadie que me hastía la rosa]
[He venido a la tierra hoy —nueve de septiembre—]
[Esta ocasión del labio, sonora y prolongada]
RETABLO DEL ÁNGEL, EL HOMBRE Y LA PASTORA
[Fragmento final]
TOLEDO (1945)
Orilla de ayer
Madrigal a Castilla
Nueve canciones en ruta hacia Toledo
Canción de amor desde lejos
Fábula
Ausencia de Toledo
DEL CAMPO Y SOLEDAD (1946)
EL HOMBRE
Nacimiento de Dios
En la ermita del Cristo de Gracia
Primavera de un hombre (Primer recuerdo de Soria)
Si no en mis ojos… (Segundo recuerdo de Soria)
Ante un cementerio en Castilla
EL AMOR
Soneto
Madrigal desesperado
LA AMISTAD
Soneto
JUEGO DE LOS DOCE ESPEJOS (1951)
A un espejo donde se va a mirar una niña fea
A un espejo en el fondo de un río
A un espejo de mango largo
A un espejo sin marco
Al espejo retrovisor de un coche
TREGUA (1951)
El poeta
[Hasta que llegue]
[Como estos campos del Señor que buscan]
[No sé por qué esta rama renace en lo perdido]
[¡Qué fácil has venido]
[Gracias, Señor, porque estás]
[En un lugar cualquiera]
[Tan imposible te has hecho]
[Mis ojos van por estos árboles]
[Pobre palabra mía]
[Noche de la ciudad. Dios está cerca]
[Tiene algunas palabras el corazón ardiente]
[Porque voy hacia la belleza]
[¿Estoy despierto? Dime. Tú que sabes]
[Otra vez —te conozco— me has llamado]
[Oh, niño de agua, misterioso Arlanza]
[Esta palabra insegura]
[No; la noche no es esta]
[Como este agua que brilla entre la arena]
[Oh, mundo mío, mañana mía]
[Sé que beso la muerte cuando beso]
[Toco tu bronce aquí, ya derribado]
[Sé que en bosques de muertes nos sostienes]
[Ibas «soñando caminos]
[Qué quieto está ahora el mundo. Y Tú, Dios mío]
[Qué sosiego da pensar]
SONETOS POR MI HIJA (1953)
El motivo
El Hacedor
La respuesta
Maternidad
Todavía en silencio
LA RED (1955)
La red (I)
La partida
El oficiante
El diálogo
Lluvia de Dios
La red (ii)
Noche ante «Siete Picos»
El que vuelve
El soneto
La palabra
Eucaristía
La red (III)
Carta a Gabriel Celaya
EL PARQUE PEQUEÑO (1959)
[(Camino ahora ¿de qué mano…?]
[¿Eran estos la luz y el día?]
ELEGÍA EN COVALEDA (1959)
[Después de muchos años, he venido]
[¿Me ves buscando apoyo, heredad mía?] (fragmento)
[Yo soy lo que recuerdo, padre mío]
GEOGRAFÍA ES AMOR (1961)
Dedicatoria
Lastres (Asturias)
Perlora desde lejos (Asturias)
Arco de Medinaceli
Dos recuerdos por mi padre en Soria
Caza menor (Recuerdo de Soria)
A orillas del Duero
Cigüeñas sobre el acueducto de Mérida
Cristo de los Faroles (Plaza de Capuchinos. Córdoba)
Crucero en las Rías (Galicia)
Galicia bajo la lluvia (Canto por Rosalía)
NUEVO CUADERNO DEL GUADARRAMA
«Las Peñas» (Los Molinos)
Mediodía en la cima
El verso en la montaña (San Rafael)
CORPUS CHRISTI Y SEIS SONETOS (1962)
Corpus en Toledo
Hombre junto al Tajo
Amigos de la infancia
CIRCUNSTANCIA DE LA MUERTE (1963)
Coplas por Juan Ramón Jiménez en el aniversario de su muerte
Oración por Leopoldo Panero en la ermita del Cristo de Gracia
LA HORA UNDÉCIMA (1963)
[Era como la espalda de la amada]
[Porque pasaban horas y horas, días]
[En la sombra sin nadie de la plaza]
MEMORIAS Y COMPROMISOS (1966)
Compromisos antiguos
Sólo una fruta
El lazarillo
1936-1939
HABLANDO SOLO (1968)
CINCO HOMENAJES A RUBÉN DARÍO
Ya no tengo miedo
LOS SONETOS DEL HOMBRE QUE VUELVE LA CABEZA
Balance
A Paloma
Con un verso de Antonio Machado
FACULTAD DE VOLVER (1970)
[La ciudad se termina junto a un río sin sueño]
[Ah, mi otro caballero, si volviera]
TALLER DE ARTE MENOR Y CINCUENTA SONETOS (1973)
PASEN SIN LLAMAR
El antiguo rimador se justifica
Nada más
El alquimista
LOS HOMENAJES
Dice la palabra a C. J. C.
CUATRO POEMAS ELEMENTALES
Aunque no tengas nada
MÁS LIBRE Y CON MÁS MIEDO
Hablo con mi fantasma
SONETOS Y REVELACIONES DE MADRID (1976)
Madre de Madrid
SONETOS EN LA PLAZA MAYOR
La tormenta y el mar
La paloma equivocada
La clase al sol de la tarde
SONETOS EN LA ALAMEDA DE OSUNA
[Le ha nacido un jardín en la cabeza]
[También mirando una ciudad remota]
SONETOS EN EL MUSEO DEL PRADO
El Greco ii
El Greco. (La Crucifixión)
«Hombre de 54 años» (Anónimo español)
SÚPLICA POR LA PAZ DEL MUNDO Y OTROS «COLLAGES» (1977)
[Desde el vértigo hablo, abandonado]
OTROS «COLLAGES»
Nocturno con un aria triste de Juan Ramón Jiménez
LOS CRISTALES FINGIDOS (1978)
Los cristales fingidos
Otra vez (i)
Otra vez (ii)
Otra vez (iii)
Los cristales fingidos (ii)
Parque en el otoño
Luz entre los árboles
EL ARRABAL (1980)
[Esta muchacha y su hermosura antigua]
[Olvidada entre tantas azucenas]
[Aledaños de escoria —no escoriales—]
Un sol del alba
[¿Por qué, de pronto, así, reconciliado]
A José Luis Prado Nogueira, cuarenta años después
NUEVO ELOGIO DE LA LENGUA ESPAÑOLA (1983)
[Exordio]
Nuevo elogio de la lengua española
SONETOS ESPAÑOLES A BOLÍVAR (1983)
El retrato
Manuelita Sáenz
¡Triunfar!
La muerte
PIEDRA Y CIELO DE ROMA (1984)
Velázquez pinta la Villa Médici
La creación de Adán (Miguel Ángel, Capilla Sixtina)
Las Sibilas (Miguel Ángel, Capilla Sixtina)
Los Atlas (Miguel Ángel, Capilla Sixtina)
Desde el Puente Cestio al Foro Romano
Foro Romano
En la noche Roma es un mar
En la tumba de Keats (Cementerio de los Protestantes)
GALIANA (1986)
[¿Quién es el vencedor?, ¿quién el vencido?]
El nombre
Soneto final
CARTA A LA MADRE (1988)
[¡Cuánto amor hay debajo de la tierra!]
[Si mirar es mi oficio ¿para qué lo he aprendido?]
[Éramos tres, Señor, en la mañana]
MAR VIVIENTE (1989)
Memoria de mi madre desde el mar
Negación de la aurora
«Del campo y soledad»
Se pide el silencio del mar (Quevedo… César Vallejo…)
El reloj de arena
SONETO A MADRID (1991)
Soneto a Madrid
COLOFÓN LÍRICO EN PROSA (SOBRE EL OFICIO DEL POETA)
[Creo en la poesía]
Poesía… ¿eres tú?
«¿Debo escribir…?»
Belleza con esfuerzo
Jueces para un premio de poesía
El oficio de escritor
Verano de septiembre
Hago de sobresaliente de espadas…
Texto para eludir una poética
EPÍLOGO EPISTOLAR
El corazón del poeta, por Fco. Javier Expósito Lorenzo
Carta para una niña muy pequeña
JOAQUÍN BENITO DE LUCAS
CONSIDERACIONES PARA ESTA NUEVA EDICIÓN
Transcurridos dieciocho años de la primera edición de la antología Poesía de José García Nieto, hoy se ofrece al lector una nueva reedición, con algunas novedades respecto a la primera, para conmemorar el primer centenario del nacimiento del poeta, que, nacido en Oviedo en 1914, falleció en Madrid el 27 de febrero de 2001.
La importancia de su lírica dentro de la poesía española, a partir de los años cuarenta, ha sido fundamental tanto por su obra en sí como por el magisterio que el poeta ejerció desde la revista Garcilaso. Con ella contribuyó al estímulo y desarrollo de la poesía de mediados del siglo xx junto con otras revistas (Cántico, Espadaña, Proel…) de orientación y tendencias distintas a las suyas.
Se ha dicho que Garcilaso fue un verdadero movimiento lírico. El propio García Nieto ha afirmado: «Más que un movimiento en sí, lo que resultó Garcilaso fue un punto de partida conformador, vivificador […]. El diálogo sobre la poesía española contemporánea arranca y no se puede soltar de Garcilaso».
La conmemoración de este centenario y la reedición antológica de treinta libros de su obra están más que justificadas. Pero conviene destacar que esta nueva reedición ofrece una novedad que viene a enriquecerla. Se trata de una serie de artículos, nueve en total, que José García Nieto fue escribiendo a lo largo de los años setenta y ochenta, relacionados con el «oficio» de poeta.
Los títulos de cada uno de ellos nos anticipan, de algún modo, su contenido. Así, en el titulado «Belleza con esfuerzo» nos habla del divorcio que a veces existe entre el poeta y el público, y de «la primera soledad y desamparo del artista en el acto de su creación». En «Creo en la poesía» reflexiona sobre su conciencia de humilde creador que busca una poesía que le delate como hombre.
En el artículo «¿Debo escribir…?», medita sobre la necesidad o no de la escritura a propósito de una carta de un joven que le plantea tan espinoso asunto. Para responderle y responderse nos habla de Rilke y de su obra Cartas a un joven poeta.
En «El oficio de escritor» pone de manifiesto, no sin cierta ironía, la incomprensión de los demás ante este «oficio» que usa como únicos utensilios para su ejecución la pluma y el papel, a diferencia de los materiales de trabajo más variados y visibles de los que se sirven otras profesiones.
Y, así, se continúan las meditaciones sobre diferentes aspectos de la vida literaria: jurados de premios de poesía, dificultades para definir una poética, evocación lírica del mes de septiembre, perennidad de la obra literaria...
Quiero detenerme unos instantes sobre las consideraciones que, en el artículo titulado «Poesía... ¿eres tú?», expone el poeta para encontrar la definición de algo tan indefinible como es la Poesía. Pasa revista a las definiciones que se recogen en diversos diccionarios: de Julio Casares, de la Academia de la Lengua en sus ediciones de 1956 y 1970, y las que ofrecen en sus obras numerosos poetas contemporáneos. Y, cómo no, la definición de Gustavo Adolfo Bécquer que sirve, modificada en su intención, al título de este trabajo.
Colofón importante este que se incluye en la nueva reedición de la antología Poesía de José García Nieto. Según mi opinión, tiene al menos dos motivos de interés para el lector: el primero, que nos permite disfrutar de la belleza y claridad de la prosa del premio Cervantes; el segundo, que nos hace ver cómo el poeta, junto a las vicisitudes del diario vivir, tenía como preocupación fundamental los numerosos e inescrutables misterios que guarda la Literatura, y, en particular, la Poesía.
J. B. L.
JOAQUÍN BENITO DE LUCAS
PRÓLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN
Una de las primeras preguntas que se hará el lector de poesía en general, y de la de José García Nieto en particular, es por qué hasta hoy no se había publicado una antología de la obra de este poeta. Bien es verdad que en 1951 la editorial Afrodisio Aguado dio a luz en su diminuta —por el tamaño— colección «Más Allá» dos tomitos en los que se recogían los ocho primeros libros por él publicados. También, en 1970, la colección «Arbolé», dirigida por el poeta Luis López Anglada, publicó el volumen 8 con el título Los tres poemas mayores, donde se reunían El parque pequeño, Elegía en Covaleda y La hora undécima, los dos primeros publicados conjuntamente en una edición de 1959 por la editorial Punta Europa, y el tercero, en 1963, en la colección «Palabra y Tiempo», dirigida también por Luis López Anglada. Además, en 1973 apareció la edición completa de Toledo, que acogía los libros Toledo (1945), Corpus Christi y seis sonetos (1962) y Facultad de volver (1970), más otros poemas
de La red (1955) y Geografía es amor (1961) cuyos motivos eran también toledanos. E, incluso, en 1982, Espasa-Calpe, en la colección «Austral», editó un volumen extra que contenía Tregua (1951), La red (1955) y Geografía es amor (1961).
Y, sin embargo, hasta hoy no existía una antología lo suficientemente amplia y representativa en la que se ofrecieran ejemplos que diesen una idea lo más aproximada posible de la obra de nuestro autor, compuesta por treinta libros.
En el caso de José García Nieto, quizá más que en el de otros poetas de su promoción, el conocimiento de algunos de sus libros no presupone el conocimiento de los contenidos que se encierran en los demás, no sólo por el tema, sino, también, por los procedimientos métricos empleados. O, dicho de otro modo, su obra, aunque obedece a una unitaria visión de la realidad, está sustentada en una serie de preocupaciones fundamentales que pueden manifestarse de distintos modos según como sean tratadas. Por ello se hacía necesaria, ya hace tiempo, la publicación de una antología de toda su producción poética.
Pero junto al valor intrínseco de su obra, al hablar de José García Nieto conviene tener en cuenta su importancia fundamental en el desarrollo de la poesía española durante los años inmediatamente posteriores a la guerra civil. Son los años de la publicación de sus primeros libros, los años del nacimiento del grupo de poetas denominado «Juventud Creadora», los años de la revista Garcilaso. Muy joven aún, García Nieto inicia la aventura poética junto a otros jóvenes con iguales inquietudes —Pedro de Lorenzo, Jesús Juan Garcés, Jesús Revuelta, los hermanos Prado Nogueira y Camilo José Cela, entre otros— enarbolando la bandera del «neogarcilasismo». Del mismo modo que la generación del 27 tomó a Góngora como modelo
—aunque sólo fuera en el año del tercer centenario de su muerte— y los poetas de la generación de 1936 reivindicaron la poesía de Fernando de Herrera, un nutrido grupo de poetas de la promoción que surgió inmediatamente después de la contienda nacional, encabezados por José García Nieto, tomó a Garcilaso de la Vega como guía y modelo. Este hecho, que puede considerarse como la manera de irrumpir esos jóvenes en la vida literaria, tuvo además consecuencias notables en el desarrollo posterior de la poesía de la época. Gracias a ese impulso «garcilasista», la poesía, que vivía en duermevela tras tres años de guerra, comenzó a despertar en 1940, fecha de la publicación de Víspera hacia ti, para resucitar plenamente a partir de mayo de 1943, fecha de la aparición del primer número de la revista Garcilaso. Glosando a don Antonio Machado en su «Retrato» cuando dice que cortó «las viejas rosas del huerto de Ronsard», José García Nieto fue el jardinero que cortó también las viejas rosas, pero estas del jardín de Garcilaso, para hacer con ellas una corona que sirvió como ejemplo en esos momentos en los que la lírica crecía escasa y pobre en nuestro país.
A partir de esa fecha surgen nuevas revistas de poesía —Espadaña (1944), Proel (1944), Entregas de Poesía (1944), Halcón (1945), Verbo (1946), Cántico (1947)…— que con distintas estéticas y diferente orientación, pero estimuladas por el ejemplo de Garcilaso, van a enriquecer la poesía de esos años siguiendo caminos distintos
—y algunos contrarios— a los seguidos por Garcilaso.
La poesía de esa primera época de José García Nieto, que recoge el espíritu que él mismo llevó a Garcilaso, está transida de un sentimiento de serenidad y equilibrio. El poeta, con una visión de la realidad clara y armoniosa, enmarcada dentro de un paisaje de amable belleza, canta con esperanzado optimismo un nuevo renacer del verso. Y para ello utiliza un lenguaje claro, equilibrado y convincente, y unas formas métricas heredadas de la tradición renacentista.
En lo que respecta a las formas métricas clásicas, cuánta razón tenía Juan Ramón Jiménez al escribirle, acusando recibo del envío de Sonetos por mi hija, en estos términos:
«Muchas gracias, mi querido amigo, por haberme enviado sus Sonetos por mi hija (los publicaré en la revista Universidad, para que se lean en Puerto Rico). ¡Qué hermosos son! A veces me pregunto ¿en qué nos aventajan los llamados clásicos a nosotros?, ¿en qué bellezas han ido más cerca de la belleza esos clásicos? Sonetos como estos suyos, el segundo, el cuarto, todos, ¿no son como los de Garcilaso, Lope, Góngora, Quevedo, Calderón, o mejores, más enteramente mejores…?»1
En efecto, basta acercarse a cualquiera de los muchos sonetos que forman la obra de nuestro autor en libros como Corpus Christi y seis sonetos, La red, Sonetos y revelaciones de Madrid o Piedra y cielo de Roma, por poner sólo cuatro ejemplos, para convencerse de que el juicio de Juan Ramón Jiménez no tiene nada de falso elogio ni de infundada valoración…
Pongamos un ejemplo del primero de los libros citados:
Cuántas veces, orillas de otros ríos,
aguas como estas aguas, lentamente
han dejado vagar por su corriente
los claros sueños de los ojos míos.
Por otoños e inviernos, por estíos,
por primaveras, con la vida enfrente,
alzaba hacia la luz, calladamente,
las ramas de mis árboles sombríos.
Siempre hay un agua lenta, acompasada,
que acerca con la curva de su espada
una esperanza en que el amor se esconde.
Así tú vuelves hoy, oh espada rota,
la delgadez de mi niñez remota
y un cielo que he perdido no sé dónde.2
Pero José García Nieto no es sólo un sonetista comparable —según Juan Ramón— a cualquiera de los mejores poetas del Renacimiento y el Barroco, sino que también es un poeta de gran aliento cuando expone en sus poemas extensos —tan extensos que algunos constituyen todo un libro— sus preocupaciones religiosas, su angustia ante la muerte o sus reflexiones sobre el paso demoledor del Tiempo.
Rosario Hiriart3 nos lo muestra como un ser contemplativo de una realidad —la de él— variada y compleja; como un poeta que lo mismo poetiza aspectos amorosos de su vida sentimental con una técnica impecable, que medita sobre la angustia existencial del hombre y su «estar» en el mundo. Por lo tanto, su amplia obra está concebida a través de una variada contemplación de la realidad múltiple, que el poeta reconoce y ordena con procedimientos también muy variados.
Se da una evolución, pues, a lo largo de toda la obra, en la que sus principios garcilasistas se ven enriquecidos, en unos casos, y superados, en otros, por nuevos asuntos y variados procedimientos métricos. En esa evolución, el propio poeta es consciente de cómo se han liberado del «dolorido sentir»:
Ahora quito la cinta de las cartas. Leed; leamos. Son amor vencido.
Tiempo del corazón. Males del hombre. Golpes de España… Quemo lo que es mío. Yo, solo, me he quitado «el dolorido sentir».4
Pero ¿cuáles son los temas de la poesía de José García Nieto? Si resulta difícil determinar cuáles sean los temas fundamentales de cualquier poeta, en el caso de García Nieto esta dificultad parece agrandarse. Se podría convenir que todo sujeto poético, al realizar su obra, se mueve impulsado por los asuntos fundamentales que desde siempre han sido motivo de preocupación para el hombre: Dios, Tiempo, Muerte, Amor. Si consideráramos que estos cuatro temas son comunes a la mayor parte de nuestra historia literaria, podríamos llegar erróneamente a la conclusión de que toda la poesía española es un calco de sí misma. Y, sin embargo, como todos sabemos, no ocurre así. Cada sujeto poético se enfrenta al mundo y lo interpreta desde una perspectiva diferente: la que le ofrece su visión de la realidad. Y a través de esa visión, de esa mirada contemplativa, da una interpretación individualizada de cada tema. En el caso de nuestro poeta podemos percibir unos núcleos generadores de su obra, unas «preocupaciones fundamentales» que, aunque en algún aspecto coincidan con las de otros poetas de épocas anteriores o de la actual, ofrecen en García Nieto un marcado sello personal, no sólo en su interpretación y planteamiento poéticos, sino también en sus resultados.
Así lo comprobamos tanto si poetiza sobre el amor como si reflexiona sobre el tiempo, medita sobre la idea de Dios o discurre acerca de nuestra geografía. Amor, Tiempo, Dios y España son, pues, cuatro elementos que constituyen lo esencial de su producción lírica.
•
Si todo lo que hasta aquí se ha dicho brevemente con el propósito de comprender mejor la poesía de José García Nieto no fuera equivocado, podríamos convenir en que estamos ante un lírico que ha arriesgado su palabra para «decir» aquello que el hombre moderno necesita «escuchar». «Los poetas son los heraldos de la paz y su voz se apaga con infinita tristeza cuando la paz no florece y grana en próvidos racimos»5, dijo Camilo José Cela hablando de nuestros poetas. José García Nieto nos ha dejado en el mensaje de su obra la paz, la suya y la nuestra, recuperada tras su bajada a lo más profundo del ser del hombre. El lector será el mejor testigo de que la paz no es sólo una paloma que zurea en torno nuestro, sino también un águila que nos habita el corazón. Sólo el poeta, en este caso José García Nieto, es el que puede, de igual modo, mimar la paloma y domeñar el águila.
J. B. L.
1 Juan Ramón Jiménez, Cartas literarias, Barcelona, Bruguera, 1977, pág. 274.
2 «Hombre junto al Tajo», Corpus Christi y seis sonetos, Toledo, Impr. Gómez Menor, 1962, pág. 15.
3 La mirada poética de José García Nieto, Barcelona, Icaria, 1990.
4 «1936-1939», Memorias y compromisos, Madrid, Editora Nacional, 1966, pág. 110.
5 Nuevo elogio de la lengua española, Madrid, Real Academia Española, 1983, pág. 56.
SOBRE LA SELECCIÓN DE LOS POEMAS
Con la presente antología poética de José García Nieto tratamos de ofrecer una visión lo más completa y variada posible de su obra lírica. Se han seleccionado poemas de sus treinta libros siguiendo un doble criterio: por un lado, dar muestras de todos ellos, incluso de Retablo del ángel, el hombre y la pastora, que, aunque en rigor no es un libro de poemas, está escrito en verso; por otro, ofrecer ejemplos de cada uno de los libros de un modo proporcional a su extensión, seleccionando los poemas más representativos.
En lo que respecta a los libros que están concebidos como un solo poema de carácter unitario, aunque dividido en partes —El parque pequeño, Elegía en Covaleda, Súplica por la paz del mundo y Galiana—, hemos seleccionado una o más de ellas eligiendo las que, según nuestra opinión, conservan un mayor sentido unitario o ayudan a comprender mejor la totalidad del poema. También, algunos de los poemarios, debido a su brevedad, se han incorporado completos a la antología; tal es el caso de Versos de un huésped de Luisa Esteban, Sonetos por mi hija, así como el poema «Corpus en Toledo» del libro Corpus Christi y seis sonetos. Lo mismo hemos hecho con Nuevo elogio de la lengua española, por considerar esta obra fundamental en su bibliografía.
Finalmente, el soneto con que se cierra la antología corresponde al último poema publicado por José García Nieto en el libro Madrid: Historia. Arte. Vida, editado por El Consultor de los Ayuntamientos y de los Juzgados (Madrid, 1991, pág. 19) con motivo de la designación de Madrid como Capital Europea de la Cultura para 1992.
DATOS PARA UNA CRONOLOGÍA
1914. José García Nieto nace en Oviedo el 6 de julio, en el número 8 de la calle Portugalete (hoy Melquíades Álvarez). Sus padres son don José García Lueso y doña María de la Encarnación Nieto Fernández. El padre, que tenía estudios de Derecho, se dedicó al periodismo; la madre era maestra.
1916. La familia se traslada a Covaleda (Soria), donde el padre desempeña el cargo de secretario de Ayuntamiento.
1920. Muere su padre. Se traslada con su madre a vivir a Zaragoza, en la casa de un hermano de doña María que era militar. Estudia las primera letras en el colegio de los Escolapios.
1922. Al ser destinado su tío a África, doña María y José van a vivir a Toledo con el abuelo materno, que es ciego, y otra hija de este. La circunstancia de la ceguera la evoca en el poema «El Lazarillo» de Memorias y compromisos. Referencias de su vida en Toledo aparecen en numerosas obras suyas, particularmente en Toledo, Corpus Christi y seis sonetos y Facultad de volver. Viven junto a la plaza de Zocodover, en la calle de Santa Fe, 14. En Toledo permanecen hasta 1928. En esa ciudad vive José de los ocho a los catorce años. Lee a Alfonso Camín, Campoamor, Gabriel y Galán y otros autores, cuyas obras se encontraban en la biblioteca de su padre. Por esta época hace sus primeros versos.
1929. Su tía se traslada a Madrid. Con ella van el joven José y su madre. Se instalan en la calle Ponzano, 32. Estudia bachillerato en el Instituto de Enseñanza Media Cardenal Cisneros.
1931. Obtiene el título de Bachiller Superior en Ciencias.
1933-1934. Lee constantemente. Frecuenta la Biblioteca del Museo Pedagógico en la calle de San Bernardo. Se matricula en la universidad para estudiar Ciencias Exactas. Prepara unas oposiciones para el Ministerio de Hacienda, a las que finalmente no se presenta. Sin embargo, se presenta a otras de Ayuntamiento y obtiene plaza. Es destinado al de Chamartín de la Rosa.
1935. En sus frecuentes visitas a las bibliotecas «descubre» la Antología de Gerardo Diego. A partir de ese momento comienza una nueva forma de escritura.
1936-1939. Sigue trabajando en el Ayuntamiento de Chamartín de la Rosa. En una ocasión, estando de guardia, es detenido. Tras varios días preso, es puesto en libertad sin cargos, pero queda cesante en su trabajo. Es movilizado. Se incorpora al Batallón del Ministerio de la Guerra. Por entonces conoce a Carlos y José Luis Prado Nogueira, a Jesús Juan Garcés, a Jesús Revuelta… Se reunían en casa de los hermanos Prado y en la de Garcés para hablar de literatura y leer versos. Pone prólogo al primer libro de Carlos Prado Nogueira titulado Canción sentimental. El batallón al que está destinado es trasladado a Valencia. En la capital del Turia vive varios meses. Regresa a Madrid. Vuelve a ser detenido junto a José Luis Prado. Permanece siete meses encarcelado. Estas experiencias las cuenta en el libro Memorias y compromisos. Sometido a juicio, es absuelto.
1940. Se lo restituye en su puesto como funcionario de ayuntamiento. En febrero publica su primer libro, Víspera hacia ti. El poeta tiene veinticinco años.
1943. El 13 de mayo aparece el primer número de la revista Garcilaso, de la que es fundador y director. La redacción estaba en la calle Fernando VI. Acude a la tertulia del café Comercial en la glorieta de Bilbao. Conoce a Rafael Sánchez Mazas, Pedro Mourlane Michelena, José María Alfaro y Camilo José Cela. Frecuenta el café Gijón.
1944. Publica Poesía, Versos de un huésped de Luisa Esteban y Tú y yo sobre la tierra. En agosto viaja con Camilo José Cela y el hispanista Charles David Ley a Las Navas del Marqués, donde pasan unos días, viaje que da origen a los Versos de un huésped de Luisa Esteban.
1945. Publica Retablo del ángel, el hombre y la pastora y Toledo. El Retablo fue estrenado el 29 de noviembre en el Teatro Español de Madrid por la compañía del Teatro Español Universitario dirigida por Modesto Higuera.
1946. Se publica Del campo y soledad. Se deja de editar la revista Garcilaso, cuyo último número doble (35-36) corresponde a los meses marzo-abril.
1947. En enero sale el primer número de la revista Acanto. Era el suplemento de Cuadernos de Literatura, publicados por el CSIC. A petición de Joaquín de Entrambasaguas, José García Nieto es nombrado director.
1948. Sale el último número (doble) de Acanto, correspondiente a los meses marzo-junio, más un índice adicional con los índices de autores y materias de todos los números publicados.
1950. Obtiene el Premio Adonais el libro titulado Dama de soledad, del que es autora Juana García Noreña. Se sospecha, no obstante, que su autor, según las iniciales del nombre y apellidos de la ganadora, es José García Nieto.
1951. El 15 de octubre contrae matrimonio con María Teresa Sahelices Martín en la iglesia parroquial de San Marcos de Madrid. Celebra la ceremonia el padre Félix García. Entre los testigos, por parte de la novia, figura Camilo José Cela; por parte del novio, Gerardo Diego. Se le concede el Premio Nacional de Literatura «Garcilaso» por su libro Tregua. Es nombrado secretario general de la revista Mundo Hispánico del Instituto de Cultura Hispánica. Después pasó a ser subdirector y, más tarde, director. Se publican Tregua y Juego de los doce espejos. En este mismo año la editorial Afrodisio Aguado da a luz en dos tomos (Primer libro de poemas y Segundo libro de Poemas) todos sus libros publicados hasta el momento excepto Tregua. El 21 de diciembre, un grupo de escritores y poetas, pintores y artistas le rinde homenaje en el café Gijón.
1952. El 12 de agosto nace María Teresa, su primera hija. Publica, en edición no venal, Sonetos por mi hija. En enero aparece el primer número de Poesía Española, de la que García Nieto es director.
1953. El 3 de septiembre nace su hija Paloma.
1954. El 23 de febrero le escribe Juan Ramón Jiménez desde Puerto Rico, acusando recibo de Sonetos por mi hija de un modo elogioso. En la misma carta le propone la publicación del poema «Espacio» en Poesía Española. Consigue el Premio «Tomás Morales» de Canarias, por su «Canto a Hispanoamérica desde el mar de Canarias». Obtiene el primer premio en el Certamen Hispanoamericano de La Coruña por su poema «Galicia bajo la lluvia (Canto por Rosalía)», recogido más tarde en Geografía es amor.
1955. El 28 de febrero nace su hijo José María. Obtiene el Premio «Fastenraht» de la Real Academia Española por Geografía es amor. Se publica La red.
1957. Obtiene el Premio Nacional de Literatura por su libro Geografía es amor. En febrero sale el número 62 de Poesía Española. En octubre comienza la segunda época de la revista con el número 63.
1959. Publica El parque pequeño y Elegía en Covaleda.
1961. Publica Geografía es amor. La Fundación Juan March le concede una pensión de Literatura para escribir La hora undécima.
1962. Publica Corpus Christi y seis sonetos.
1966. Publica Memorias y compromisos. Se le concede el Premio Internacional de Poesía «Portugal» por el conjunto de su obra. Se estrena en el teatro Español su adaptación de El lindo de don Diego de Agustín Moreto.
1967. Se le concede el Premio de Poesía Castellana «Ciudad de Barcelona» por su libro Hablando solo.
1968. Se publica Hablando solo. Obtiene el Premio Meliá de Periodismo.
1969. El 9 de marzo es nombrado Académico Correspondiente de la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias Históricas de Toledo.
1970. Se publican Los tres poemas mayores, libro compuesto por El parque pequeño, Elegía en Covaleda y La hora undécima. Publica Facultad de volver.
1972. Obtiene el Premio «Hucha de Oro» por su cuento «Teo y el autocar de las ocho quince».
1973. Se publica Taller de arte menor y cincuenta sonetos, y la edición completa de Toledo. Obtiene el Premio de Poesía «Juan Boscán», que concede el Instituto Catalán de Cultura Hispánica de Barcelona, por su libro Súplicas por la paz del mundo y otros «collages».
1976. Se le otorga el Premio «Francisco de Quevedo» del Ayuntamiento de Madrid por su libro Sonetos y revelaciones de Madrid. En este mismo año se publica el libro.
1977. Se publica Súplicas por la paz del mundo y otros «collages». Obtiene el Premio «Alcarabán» de Poesía con el poema «Visión de Rilke sobre el Tajo», poema en tercetos publicado en La Estafeta Literaria, núm. 266, 15 de octubre de 1977, pág. 17.
1978. Obtiene el Premio «Ángaro» de Poesía (Sevilla) por su libro Los cristales fingidos, que es publicado ese mismo año. Se jubila como archivero del Ayuntamiento de Madrid. Se le rinde un homenaje en Madrid, cuya convocatoria firman más de treinta escritores y al que asisten más de doscientas personas. El ofrecimiento corrió a cargo de José Hierro.
1979. Se le concede el Premio Internacional de Poesía Religiosa «San Lesmes Abad» (Burgos) por su libro El arrabal.
1980. Se publica El arrabal.
1982. Es elegido académico de la Real Academia Española el 28 de enero. Ocupa el sillón «i» que dejó vacante José María Pemán. Se publica en la colección Austral un volumen que contiene Tregua, La red y Geografía es amor.
1983. El 13 de marzo lee su discurso de ingreso en la Real Academia Española: Nuevo elogio de la lengua española. Le contesta Camilo José Cela. Se publica el discurso de ingreso.
1985. El 13 de junio muere su madre, doña María de la Encarnación.
1986. Obtiene el Premio de Periodismo «Mariano de Cavia». Se le concede el Premio de Poesía «Ibn Zaytun» del Instituto Hispano-Árabe de Cultura por su libro Galiana, que es publicado ese año.
1987. Se le concede el Premio de Periodismo «César González Ruano». Obtiene, también, el Premio «Atlántida» concedido por el Gremio de Editores de Cataluña.
1988. Obtiene el VI Premio Mundial «Fernando Rielo» de Poesía Mística con su libro Carta a la madre. Se publica el libro.
1989. Publica Mar viviente, edición no venal en pliegos de amplio formato, compuesta de 24 sonetos.
1990. Una enfermedad le obliga a dejar su cargo de secretario de la Real Academia Española.
1991. Publica el poema inédito «Soneto a Madrid» en el libro Madrid: Historia. Arte. Vida., editado por el Consultor de los Ayuntamientos y de los Juzgados, con motivo de la designación de Madrid como Capital Europea de la Cultura para 1992.
1992. El 17 de junio, el Aula Literaria «Gerardo Diego», de la Concejalía de Educación y Cultura del Ayuntamiento de Pozuelo de Alarcón, le rinde un homenaje. Se publica el libro Homenaje a José García Nieto (Madrid, Ayuntamiento de Pozuelo de Alarcón), donde se recogen veinticinco colaboraciones de otros tantos autores que participaron en el homenaje. Sufre un infarto cerebral que le produce un grave deterioro en su salud.
1993. El alcalde del ayuntamiento de la capital de España le concede la Medalla de Oro de la Villa de Madrid.
1996. El 10 de diciembre se le concede el Premio Cervantes. Unos meses antes se publica la primera edición del volumen Poesía (Madrid, Fundación Central Hispano).
1997. El 23 de abril se hace la entrega oficial del Premio Cervantes, siendo leído el discurso, dado su estado de salud, por el poeta Joaquín Benito de Lucas.
2001. El 27 de febrero fallece en Madrid a los 87 años de edad.
BIBLIOGRAFÍA
Libros de poesía de José García Nieto
Víspera hacia ti, Madrid, Gráfica Administrativa, 1940.
Poesía, Madrid, Ediciones de la Revista Garcilaso, 1944 (retrato del autor por Rafael Pena).
Versos de un huésped de Luisa Esteban, Madrid, Ediciones de la Revista Garcilaso, 1944.
Tú y yo sobre la tierra, en Entregas de Poesía, núm. 10, Barcelona, octubre de 1944.
Retablo del ángel, el hombre y la pastora, Madrid, Ediciones de la Revista Garcilaso, 1945 (escenario de J. G. Ubierta, ilustraciones de Rafael Pena, viñeta de Liébana).
Toledo, Madrid, Ediciones de la Revista Fantasía, núm. 3, 1945.
Del campo y soledad, Madrid, Rialp, 1946 (colección «Adonais», núm. xxv). Comprende también Versos de un huésped de Luisa Esteban (págs. 55-71).
Juego de los doce espejos, Santander, Colección Hordino, 1951.
Primer libro de poemas, Madrid, Afrodisio Aguado, 1951 (colección «Más Allá», núm. 98), 1951. Comprende Víspera hacia ti y Poesía.
Segundo libro de poemas, Madrid, Afrodisio Aguado, 1951 (colección «Más Allá», núm. 98), 1951. Comprende Tú y yo sobre la tierra; Retablo del ángel, el hombre y la pastora; Toledo; Juego de los doce espejos; Del campo y soledad y Versos de un huésped de Luisa Esteban.
Tregua (Premio Nacional de Literatura «Garcilaso» 1951), Madrid, Tipográficas Martínez Chumillas, 1951 (viñeta de Estruga).
Sonetos por mi hija, Madrid, 1953, edición no venal (viñeta de Molina Sánchez).
La red (Premio «Fastenrath» de la Real Academia Española 1955), Madrid, Editorial Ágora, 1955. Segunda edición: 1956.
El parque pequeño y Elegía en Covaleda, Madrid, Ediciones Punta Europa, 1959 (Cuaderno iv de Poesía).
Geografía es amor (Premio Nacional de Literatura 1957), Madrid, Gráficas Óscar, 1961 (colección «Palabra y Tiempo», vol. i). Nueva edición aumentada: Madrid, Editorial Kaliope, 1969.
Corpus Christi y seis sonetos, Toledo, Impr. Gómez Menor, 1962 («Biblioteca Toledo», vol. 8).
Circunstancia de la muerte, Sevilla, La Muestra, 1963 («Entregas de Poesía», núm. 5).
La hora undécima, Madrid, Gráficas Óscar, 1963 (colección «Palabra y Tiempo», núm. xiv).
Memorias y compromisos, Madrid, Editoria Nacional, 1966 (colección «Poesía»).
Hablando solo (Premio de Poesía Castellana «Ciudad de Barcelona» 1967), Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1968. Segunda edición aumentada: 1971 (colección «La Encina y el Mar», núm. 41).
Los tres poemas mayores, Madrid, Editorial Oriens, 1970 (colección «Arbolé», núm. 8). Comprende El parque pequeño, Elegía en Covaleda y La hora undécima.
Facultad de volver (en Toledo), Madrid-Palma de Mallorca, Ediciones de los Papeles de Son Armadans, 1970.
Taller de arte menor y cincuenta sonetos, Madrid, Editorial Doncel, 1973 (colección «Libro Joven de Bolsillo»).
Toledo, Madrid, Editorial Teype, 1973 (colección «La Selva que navega», núm. 1). Edición completa; contiene los libros Toledo, Corpus Christi y seis sonetos, Facultad de volver, poemas relacionados con Toledo de La red y Geografía es amor, más «otros poemas» de tema toledano. (Ilustraciones de César Olmos).
Sonetos y revelaciones de Madrid (Premio «Francisco de Quevedo» del Ayuntamiento de Madrid 1974), Madrid, Ayuntamiento de Madrid, 1976.
Súplicas por la paz del mundo y otros «collages» (Premio «Boscán» del Instituto de Cultura Hispánica 1973), Barcelona, Instituto Catalán de Cultura Hispánica, 1977.
Los cristales fingidos (Premio «Ángaro» de Poesía), Sevilla, Editorial Católica Española, 1978 (colección de Poesía «Ángaro», año x, núm. 63).
El arrabal (Premio Internacional de Poesía Religiosa «San Lesmes Abad» 1979), Burgos, Monte Carmelo, 1980.
Tregua. La red. Geografía es amor, Madrid, Espasa-Calpe, 1982 (colección «Austral», núm. 1634).
Nuevo elogio de la lengua española, Madrid, Real Academia Española, Iberográficas, 1983 (discurso recepción del Excmo. Sr. don José García Nieto, y contestación del Excmo. Sr. D. Camilo José Cela, el día 13 de marzo de 1983).
Sonetos españoles a Bolívar, Caracas, Editorial Arte, 1983 («Biblioteca Venezolana Ediviagro», núm. 3, liminar de BVE, prólogo de Mariano Briceño Peroso, ).
Nuevo elogio de la lengua española. Piedra y cielo de Roma, introducción de Camilo José Cela, Madrid, Espasa-Calpe, 1984 (selecciones Austral, núm. 123).
Galiana (Premio de Poesía «Ibn Zaydun»), Madrid, Instituto Hispano-Árabe de Cultura, 1986 (colección de poesía «Ibn Zaydun», núm. 8, palabra previa de Jesús Riosalido).
Carta a la madre (IV Premio Mundial «Fernando Rielo» de Poesía Mística), Madrid, Caballo Griego para la Poesía, 1988 (colección «Pentesilea», núm. 10, preliminar de Pere Gimferrer, epílogo de Pureza Canelo).
Mar viviente, Madrid, Editorial Naval, 1989, edición no venal.
Bibliografía selecta sobre José García Nieto
A) General
Benito de Lucas, Joaquín, «Cuatro voces distintas: José García Nieto», en Literatura de la posguerra: La poesía, Madrid, Cincel, 1981, págs. 35-37.
García de la Concha, Víctor, «Neoclasicistas, neobarrocos, neorrománticos. García Nieto: El mundo está bien hecho», en La poesía española de 1935 a 1975. I. De la preguerra a los años oscuros, 1935-1944, Madrid, Cátedra, 1987, págs. 393-402.
Hiriart, Rosario, La mirada poética de José García Nieto, Barcelona, Icaria Editorial, 1990.
Jiménez Martos, Luis, «García Nieto: Desde la retórica a la desnudez», en Informe sobre poesía española. Siglo xx, Barcelona, Magisterio Español, 1976, págs. 55-59 (Colección «Biblioteca Cultural RTV», núm. 77).
Lanero Lanero, Luis, La poesía de José García Nieto (resumen de tesis doctoral), Salamanca, Publicaciones de la Universidad, 1983.
Mantero, Manuel, «La busca de Dios: José García Nieto», en Poetas españoles de posguerra, Madrid, Espasa-Calpe, 1986, págs. 490-524.
Palomo, M.ª del Pilar, «Clasicismo formalista y algo más», en La poesía del siglo xx (desde 1939), Madrid, Taurus, 1988, págs. 79-82.
VV. AA., Homenaje a José García Nieto, Madrid, Ayuntamiento de Pozuelo de Alarcón, 1992.
B) Sobre libros
Alonso, Dámaso, «Poesía», Bibliografía Hispánica, Madrid, núm. 7, julio de 1994.
Benito de Lucas, Joaquín, «José García Nieto», en Once poetas españoles, Madrid, Bruño, 1981, págs. 24-25, 52-54, 52-54 y 99-108.
——, «José García Nieto: El autor enjuicia su obra», en Joaquín Benito de Lucas (ed.), Reflexiones sobre mi poesía, Madrid, Eneida, 2003, págs. 341-356.
Berasátegui, Blanca, «García Nieto, tras los cristales fingidos», ABC, Madrid, 9 de enero de 1977.
——, «José García Nieto escribe desde la cumbre», ABC, Madrid, 10 de febrero de 1980.
Blanco Vila, Luis, «García Nieto: Algún retorno llega», Ya, Madrid, 9 de julio de 1988.
Canelo, Pureza, «José García Nieto», ABC, Madrid, 13 de marzo de 1983.
——, «Epílogo», en Carta a la madre de José García Nieto, Madrid, Caballo Griego para la Poesía, 1988, págs. 61-67 (colección «Pentesilea», núm. 10).
Cano, José Luis, «Del campo y soledad», Ínsula, Madrid, núm. 3, marzo de 1946.
Cela, Camilo José, «Discurso de contestación» de ingreso en la RAE de José García Nieto, en Nuevo elogio de la lengua española, Madrid, Real Academia Española, 1983, págs. 53-62. Se reproduce en Nuevo elogio de la lengua española. Piedra y cielo de Roma, Madrid, Espasa-Calpe, 1984 (selecciones Austral), págs. 11-22.
Corbalán, Pablo, «Pequeño parque y elegía de José García Nieto», Informaciones, Madrid, 28 de enero de 1960.
Díaz-Plaja, Guillermo, «Memorias y compromisos», ABC, Madrid, 9 de junio de 1966.
——, «Hablando solo, de José García Nieto», ABC, Madrid, 25 de julio de 1968. Reproducido en Guillermo Díaz-Plaja, Cien libros españoles. Poesía y novela 1968-1970, Madrid, Anaya, 1971, págs. 53-57.
Diego, Gerardo, «José García Nieto», Pueblo, Madrid, 27 de abril de 1944.
——, «El compromiso y la memoria», Arriba, Madrid, 11 de febrero de 1968.
Dolç, Miguel, «La fidelidad a los compromisos. Realidad y memoria de José García Nieto», La Vanguardia Española, Barcelona, 18 de septiembre de 1966.
Fernández Almagro, Melchor, «Tregua, por José García Nieto, ABC, Madrid, 13 de enero de 1960.
——, «El parque pequeño y Elegía en Covaleda, por José García Nieto», ABC, Madrid, 31 de enero de 1960.
Fernández Pombo, Rafael, «La luz interior. Los cristales fingidos, por José García Nieto», Ya, Madrid, 5 de octubre de 1978.
Halen, Juan Van, «Los encuentros (José García Nieto)», Treinta días, Madrid, marzo de 1982.
García Posada, Miguel, «Nuevo elogio de la lengua española. Piedra y cielo de Roma», ABC, Madrid, 31 de marzo de 1984.
——, «Carta a la madre, de José García Nieto», ABC, Madrid, 12 de noviembre de 1988.
Gimferrer, Pere, «Preliminar», en José García Nieto, Carta a la madre, Madrid, Caballo Griego para la Poesía, 1988 (colección «Pentesilea», núm. 10), págs. 9-12.
Iglesias Laguna, Antonio, «Garcilaso, tópico», La Estafeta Literaria, núm. 280, Madrid, 1 de diciembre de 1963.
Jiménez Martos, Luis, «El parque pequeño y Elegía en Covaleda», Ágora, núms. 39-40, Madrid, enero-febrero de 1960.
——, «José García Nieto. Circunstancia de la muerte», La Estafeta Literaria, núm. 270, Madrid, 20 de julio de 1963.
——, «La hora del poeta. José García Nieto. La hora undécima», La Estafeta Literaria, núm. 277, Madrid, 26 de octubre de 1963.
——, «Memorias y compromisos», La Estafeta Literaria, núm. 347, Madrid, 2 de julio de 1966.
——, «Cuatro poetas de hoy. Hablando solo. José García Nieto», La Estafeta Literaria, núm. 400, Madrid, 15 de julio de 1968.
Lamet, Pedro Miguel, «José García Nieto. La hora undécima», Reseña, Madrid, núm. 7, abril de 1965.
Luis, Leopoldo de, «Tregua», Ínsula, núm. 72, Madrid, 1951.
——, «El arrabal, de José García Nieto», Pueblo, Madrid, 8 de noviembre de 1980.
——, «La más reciente poesía de José García Nieto», Ínsula, núm. 460, Madrid, marzo de 1985.
M. A., «El corazón y la memoria», Papeles de Son Armadans, año xi, tomo xlii, núm. cxxvi, Madrid-Palma de Mallorca, septiembre de 1966.
Martínez Ruiz, Florencio, «Geografía es amor, de José García Nieto», El Español, Madrid, del 30 de abril al 6 de mayo de 1961.
——, «Los cristales fingidos, de José García Nieto», ABC, Madrid, 1 de junio de 1978.
——, «Galiana. José García Nieto», ABC, Madrid, 14 de febrero de 1987.
Miró, Emilio, «Memorias y compromisos, por José García Nieto», Ínsula, núm. 241, Madrid, diciembre de 1966.
——, «Hablando solo, de José García Nieto», Ínsula, núm. 266, Madrid, enero de 1969.
Morales, Rafael, «José García Nieto, poeta melancólico», Arriba, Madrid, 23 de junio de 1968.
Mostaza, Bartolomé, «En sus más maduros frutos», Ya, Madrid, 19 de febrero de 1964.
Murciano, Carlos, «Hablando solo. García Nieto o la madurez», La Vanguardia Española, Barcelona, 23 de agosto de 1968. Reproducido en El Universal de Caracas, 13 de octubre de 1968.
——, «Toledo. Memoria de una luz», La Vanguardia Española, Barcelona, 22 de agosto de 1974.
——, «García Nieto y sus “collages”», ABC, Madrid, 23 de noviembre de 1977.
——, «José García Nieto: Los cristales fingidos», La Estafeta Literaria, núm. 639, Madrid, 1 de julio de 1978.
——, «El arrabal, de José García Nieto», El Imparcial, Madrid, 18 de octubre de 1980.
——, «De Dios y soledad», Nueva Estafeta, núm. 36, Madrid, noviembre de 1981.
——, «Sonetos españoles a Bolívar, de José García Nieto», ABC, Madrid, 19 de noviembre de 1983.
Revuelta, Jesús, «Poesía», Arriba, Madrid, 3 de mayo de 1944.
Sainz de Robles, Federico Carlos, «José García Nieto: El parque pequeño y Elegía en Covaleda», Madrid, 5 de febrero de 1960.
Sánchez-Bendito, M.ª José, «Diálogos con… José García Nieto», Albor, núm. 74, Madrid, 1951.
Serrano, Eugenia, «Tregua», Ambiente, Madrid, 1 de noviembre de 1951.
Umbral, Francisco, «José García Nieto: Semblanza directa y esquema biográfico», Punta Europa, Madrid, marzo de 1963.
——, «José García Nieto, entre Garcilaso y Cernuda», La Estafeta Literaria, núm. 408, Madrid, 1 de octubre de 1968.
VÍSPERA HACIA TI (1940)
… que a ver el deseado
sol de tu clara vista me encamine…
Garcilaso
Doblaban en el viento las banderas
de todos los adioses que esperabas.
Caían copos blancos de chilabas
por una despedida de palmeras.
Dormida en las arenas de tu cuna
quedó una huella de tus pies perdidos.
Se levantaban ecos escondidos
en las ciudades de color de luna.
Marcó el mar entre espumas tu partida;
iba por una brisa la arrogancia
de tu mirada limpia hacia otra vida.
Se suicidaron, lejos, muy pequeñas,
cerca del horizonte de tu infancia,
dos nubes de blanquísimas cigüeñas.
Al mar. Navíos varados.
Ruta abierta. Fiesta plena.
Dorada de toda arena,
tú. Dos mundos a los lados
de tu figura: costados
de dos colores. Llegar
a tu lado y encontrar
todo lo que ya no aleja.
Horizonte, cauda vieja
de la tarde, ¡al mar, al mar!
La última sombra cae en la redada.
Plenitud de acuarela. Luz de bronce.
Mañana de alamar. Son unas once
divorciadas de cifra y campanada.
Labor de aceras —amplios dobladillos—
harán sus pasos; justas sus puntadas.
Proyectarán color siete amarillos
en un monótono iris de fachadas.
Distinta a todo, definida, exacta,
presa en tu red, cantar de tus cantares,
te sueño línea pura, curva intacta.
Única y fija en el final que anhelas,
irás desenhebrando bulevares
entre un temblor de acacias paralelas.
¡Campanas altas! ¡Campanas!
Bronce y viento. Claridad.
Al fin cubren mi ciudad
tus cigüeñas más lejanas.
Regreso a todo. Mañanas
de canción libre. Ahora sí.
Ya las flores que perdí
llenan de luz el rosal
y abre tu rosa al final
de mi víspera hacia ti.
POESÍA 1940-1943
SONETOS
A cantar dulce, y a morirme luego.
Góngora
No sé si soy así ni si me llamo
así como me llaman diariamente;
sé que de amor me lleno dulcemente
y en voz a borbotones me derramo.
Lluvia sin ocasión, huerto sin amo
donde el fruto se cae sobradamente
y donde miel y tierra, juntamente,
suben a mi garganta, tramo a tramo.
Suben y ya no sé dónde coincide
mi angustia con mi júbilo, ordenando
esta razón sonora y sucesiva.
Y estoy condecorado, aunque lo olvide,
por un antiguo nombre en que cantando
voy a mi soledad definitiva.
Tan hombre soy que siento por mi pecho
ríos de un corazón precipitado
que avanza rumoroso y desbordado,
cuantos más años tiene, más derecho.
Baja a mis pulsos, súbito, en acecho,
y hasta mi lengua sube enamorado;
vive para mi voz y su cuidado,
se ahoga entre los llantos que cosecho.
Tan hombre soy que por vivir daría
lo que tengo, que es vida solamente,
barro que sólo en barro se sustenta.
Y un día llegará la muerte, un día
se llenará de sombras esta frente
que es sólo carne y carne la alimenta.
Oscura noticia
Dámaso Alonso
Soneto mío, letra, angustia, nada;
noticia oscura, pálpito del cielo
dentro del corazón, cortado vuelo
del ángel que precisa su llamada.
Mío cuando eres sombra adelantada
y subes de la sangre y traes un velo
que al abrirse me restituye al suelo
y me convierte en tierra aprisionada.
Así queda la lengua sorprendida
por esta anunciación de ala que tiene
el destino tristísimo del lodo.
Y esto que es sólo letra, rastro, huida,
es toda la ambición que me sostiene,
toda mi libertad y mi amor todo.
Agradecido amor a mi pie errante.
Góngora
Emplazado a quietud estaba el vuelo;
a silencio la voz, y el alma a olvido.
Herido estoy de amor y no vencido,
ni habito el aire ni evidencio el suelo.
Ni tu palabra invade mi desvelo
ni en tu ausencia se crece mi descuido;
se alza a mi lado el pálpito del nido
sobre la sangre inédita del celo.
¡Qué mal guerrero fui de tu impaciencia!
¡Qué mal abril del agua renovada
que te encontró hecho junco en la ribera!
Luché sin triunfo en lid de adolescencia
con un dolor antiguo en la mirada
y una ambición novísima en la espera.
El mar, el mar. Tú, vela y capitana,
tela tostada y dulce jerarquía.
Atrás, la tarde lenta y la alquería
—aprendiza de ermita sin campana—.
Tú emplazando la luz de la mañana
para el más encendido mediodía.
Aquí tu ausencia abriendo para el día
mi amargura ya antigua y cotidiana.
Allí tus ojos fáciles buscando
una nueva altamar o un libro nuevo
donde encontrar el hueco de mi huella.
Yo aquí tejiendo insomnios y esperando
que Leo le haga a Cáncer su relevo
para soñar tu amor en otra estrella.
Mira cómo mi sangre se rebela,
cómo pide tu pie, cómo reclama
la voz de amor que como a ti me llama
y tu pasión a mi pasión gemela.
Mira cómo este afán que me desvela,
con su inquietud te viste y te recama;
cómo es tu fuego idéntico a mi llama
y tu angustia a mi angustia paralela.
Cómo se une en el aire mi destierro
al tuyo abandonado en las arenas,
acostadas, mojadas y amarillas.
Si a hierro estás herida, yo a tu hierro
muero, pero me muero en las almenas
que esperan tu regreso de puntillas.
Como el toro he nacido para el luto.
M. H.
No como el toro, amor; sufro de amores
y estoy sólo a tu labio sometido.
Mejor que prado el toro, tengo un nido,
y mi luto es de alados resplandores.
Mejor que el toro, amor. Voces mejores
ordenadas por ti; más que vencido,
estoy alzado, amor; si soy herido
lo soy por mis venablos interiores.
Vivo mi noche, amante y desvelado,
habitando entre nubes por tu huellas.
Así sí, como el Toro, en el sosiego,
resido en este cielo que me has dado,
siendo mi guardia eterna las estrellas
y Aldebarán mi corazón de fuego.
Tengo, tienes, tenemos acomodo
en un mundo cortado a la medida;
tela para vestir toda la vida,
todo el amor y el entusiasmo todo.
Amo, amas. Amar de cualquier modo;
aquí ceñido el sol, aquí ceñida
la voz, sujeta aquí está la partida,
atado aquí el ardor codo con codo.
Por tenerte, tenerme, por tenernos
y limitar el vuelo de los ojos
a la ocasión del labio más perfecta,
paso, pasas, pasamos, siempre eternos,
sujetos al dolor por los hinojos
y al día por un alba predilecta.
JOVEN PARA LA MUERTE
Arrojado a tu luz madrugadora,
me muero niño y soy todo un deseo
de varón en continuo jubileo
hacia tu corazón de ruiseñora.
De trino escalador junto a la aurora
eres, y voy a ti, y hay un torneo
donde la algarabía del gorjeo
triunfa de mí y en mí se condecora.
Arrancados de un sueño o de una fuente,
por tu espada los límites del nardo
me mintieron temprana primavera.
Y estoy ahora por ti tempranamente,
como nadie, de amor herido, y tardo
en morirme de amor como cualquiera.
Rémora de mis pasos fue su oído.
Góngora
LLUVIA EN LA NOCHE
Llueve mientras se espera la mañana.
Sonidos diminutos se han llevado
un sueño y otro sueño me han dejado.
¡Qué dulce cae la lluvia en mi ventana!
Me trae la flor del agua su lejana
lección con un rumor deletreado.
Se mojan en la torre y en el prado
la caña de maíz y la campana.
Grano en mi corazón, grano y ruido
esperan que traspase techos, muros,
agua multiplicada, dividida.
El fruto sueña y sueña sin sentido,
se abren dentro los surcos más oscuros,
y llueve, llueve, llueve por mi vida.
A UNOS LIRIOS
Uniformados ya. Tan vegetales
que la sangre del agua se adivina
fresquísima y guiada se encamina
a su sueño de blancas verticales.
No hay evasión posible. Son iguales;
uno, dos, tres… El viento determina
el juego de la lanza que se inclina
hacia los más jugosos pedestales.
Triunfa el claror unánime, ascendido
sobre el asta capaz, sobre la pura
delgadez de la escala deseada.
Entre la hierba, el pie, tan escondido;
tan verde aquí, a la mano, la cintura,
y en la cima la sien, tan demudada.
LLEGADA DE UNA MUCHACHA
A LA AMISTAD
Tu sitio estaba aquí, y era tan cierta
tu llegada al difícil paraíso
de nuestra palidez que fue preciso
abrirte sin llamada nuestra puerta.
Fue habitable por ti esta rosa yerta
de soledad plural, y sin aviso
quiso la luz que fueras nuestra y quiso
eternizar tu angustia más despierta.
Embajadora dulce de mendigos,
aquí está ya tu carne fugitiva,
anclado aquí tu vuelo sin testigos,
presa tu frente aquí, y aquí cautiva
tu boca en su color, como una viva
corola inesperada entre los trigos.
A UNA MUJER A QUIEN MANDÉ
MI PRIMER LIBRO DE VERSOS
No sé nada de ti. Yo te di toda
mi amargura y mi voz apasionada
en un libro medida y encerrada
por la primera noche de mi boda.
¿Cómo celebras tú la tornaboda?
¿Te dio fiesta mi sangre traspasada?
¿O se quedó un momento en tu mirada
esta línea del nombre que me apoda?
En esto que te ofrezco está mi credo;
dicté desde el amor o desde el ocio
con mi verbo doliente y cotidiano.
Si más no doy es porque más no puedo.
Ya has entrado en mi dulce sacerdocio.
Come del pan que parto con mi mano.
EL BAILARÍN DEL TIOVIVO
Recreará la rueda la mirada
y habrá un hombre delgado, fuerte y frío,
que hará girar el río por el río,
helando el corazón de la yeguada.
Tú acordas tu tristeza, traspasada
de música, de amor, de escalofrío,
con el paisaje joven y el tardío
vuelo del agua antigua, acompasada.
Sangre parada en trance de latido,
rosa para imposibles mediodías,
devanador del aire y su madeja;
el ojo muerto, el muslo bien ceñido,
y en el telar de las monotonías
la delgadez del ritmo sin pareja.
MONTE, RÍO, VIENTO…
DÉCIMAS DEL GUADARRAMA
1
Lograda suerte de estío
por ausencia de ciudades.
Diálogo de sociedades
en las márgenes del río.
Señor de su señorío,
el álamo se asegura,
cabalga plata y altura
a golpes de brisa y hoja
y ofrece a la tarde roja
su delgadez sin cintura.
2
Vivo para la distante
malva que crece tan honda;
para la copa redonda
del pino vive mi amante.
Sandalia de caminante
y vuelo de garza real.
Aventura desigual
donde mi anhelo se pierde.
Mi amante es un pino verde
con la copa de cristal.
3
La catarata infantil
del arroyo se desata.
Trenzado a su cabalgata
se hace mayo tanto abril.
Para romper el añil
de este cielo que se enciende,
la zarzamora se prende,
paso a paso, a la ladera,
y triunfa una primavera
para la luz que desciende.
4
En la menta abanderada
descansa la mariposa.
Está tan lejos la rosa
como el perfil de la espada.
No importa; aroma y cruzada
nardo y arroyo los dan.
En los espinos están
de guardia torres floridas,
y el viento, suelto de bridas,
se proclama capitán.
5
El búho —canto de esquilas—
asusta a la noche oscura;
huyen al son su figura
las heredades tranquilas.
El cielo en diez mil pupilas
se asoma por mi ventana
y hay una copla galana
que escala la acacia en flor.
¿Por qué camino de amor
vendrá mi amante mañana?
6
Hoy subo la amanecida
—sendero turbio, alta loma—,
mensajero sin paloma
para mi amante perdida.
Mi voz salta. No hay huida
posible. Invade un claror
que desnuda. —¡Amor, amor…!—
Y nadie contesta. El alba
ha descubierto en la malva
carne de mi amante en flor.
7
Dame para la escalada
el cayado de tu brazo;
la almohada de tu regazo
para descansar, amada.
Dame la miel apretada
de tus hombros, al llegar;
tus manos para peinar
mi cabeza contra el viento,
y dame tu voz, que siento
que se me escapa el cantar.
8
En las agujas del pino
tu vestido cosería.
Vísteme de tu alegría
para seguir mi camino.
Heraldo de mi destino,
protégeme en tu candor.
Yo le pediré a la flor
que baje al llano a buscarte
para después desnudarte
con su desnudo de olor.
9
Camino de la Fuenfría
te llevaré en mi caballo;
te diré versos de mayo
mientras llega el mediodía.
Cómplice de tu alegría
subirá la zarzamora,
y en el viento, retadora,
serás la mágica espuela
que haga saltar la canela
de mi caballo, señora.
10
Por el surco va la yunta
con su rosario de días,
ensartando mediodías
en el testuz. Se barrunta
temporal. El cielo apunta
su amenaza. Llueve. En cada
piedra hay un verdor. Cansada
se abre la mano, contenta,
y en el yugo espera atenta
Castilla la adelantada.
OFRECIMIENTO DEL RÍO
Vengo erguido y bien lunado,
torres de luz arrastradas;
capitán de cien cruzadas,
soy clarín y brazo armado.
Traigo el árbol bien cortado,
el hacha de amanecida,
sollozos de despedida
hechos ya nada en mi espuma.
Traigo prendida la bruma
de mi carne bien mecida.
Ato ciudades, desgrano
cuenta a cuenta mi collar;
traigo un antiguo cantar
que juego de mano en mano.
Bajo de un cerro lejano
mi rodada sonería
y traigo esta sed tan mía
de arena y de caracola.
Voy doncel a nueva ola
con el agua amante y fría.
¡Ay, qué verdor me limita,
me cerca, me acerca, lleva!
La pasión que me subleva
me empuja en flor a mi cita.
Si he de llegar donde habita
mi amor, sin amor crecido,
destrenzado y distendido,
dejaré rizo y pujanza,
que voy clavado en la lanza
de mi acero florecido.
VIENTO EN LOS CRISTALES
«Anoche cuando dormía»
el viento mató mi sueño
bruscamente.
Y floreció un nuevo día
con un arcángel pequeño
por la nieve de mi frente.
¡Cuánto grito!
Aires, alas, irrumpieron
en mi silencio infinito.
¡Qué sonrisa
para mis labios trajeron
velas de viento y de prisa!
Anoche tuve el mensaje
de mi último amor en vilo.
Para subir el sigilo
de mi soledad sin traje,
torres blancas, frío hilo,
me ayudaron en mi empeño.
Viaje a vela por mi sueño.
CANCIONES
TRES CANCIONES DE MUERTE EN PRIMAVERA
MUERTO EN FLOR
Junto al árbol del amor,
sin yo saberlo, mi amada,
me lo mató el cazador.
Junto a la rama florida,
florida de flor morada,
me lo han matado, mi vida.
Al alba, junto a la flor,
sin pólvora y sin espada
me lo mató el cazador.
El cazador de luceros
lo mató una madrugada
sin halcones ni monteros.
Mi sueño mejor crecido
murió en la rama delgada
del árbol mejor florido.
Junto al árbol del amor,
sin otoño y sin nevada,
me lo mató el cazador.
LA NIÑA MIEDOSA
No quiero que vuelva el toro
que junto al agua del río
nubló mi pelo de oro.
Amigo, dile al vaquero
que el toro me ha dado frío
junto a la flor del romero.
Dile al toro que no vuelva,
que están escalando el muro
la mora y la madreselva.
A los panaderos, diles
que encierren al toro oscuro,
a la fuerza, en los toriles.
Que le lleven a la arena,
que suben a mis tejados
aromas de hierbabuena.
Para su tercera suerte
escalan ya mis costados
lirios de condena a muerte.
Que lo maten en el sol,
que está guardando mi pelo
en su hojita el caracol.
Que lo maten sin puntilla
al toro de terciopelo
que me ha asustado en la orilla.
EL GALGO
La rama del alhelí
le ha dicho a la encrucijada
que lo mató el jabalí.
A mi galgo de canela,
de fuego por la cañada
y tibio junto a la espuela.
El jabalí le ha dejado
la miel de media granada
dando muerte a su costado.
En la hierba estremecida
su carne está amortajada
de luna y lila florida.
Su carne pálida y yerta,
su carne yerta y clavada,
su carne clavada y muerta.
VERSOS DE UN HUÉSPED
Dedicatoria: A Luisa Esteban «La Reluces».
Otra: A Camilo José Cela, Charles David Ley y Martín Abizanda.
Te has quedado aquí, Luisa Esteban; conmigo y en mis versos. Y en las manos de mis amigos. También en los ojos de estos tres, cuyos nombres sirven de claveros a mi memoria, a tu memoria, Luisa Esteban.
Pequeña era tu casa, como lo es este libro, y allí cupo mi voz en la que te quedaste prendida sin remedio. Sin salida, Luisa Esteban, como nos vamos quedando en muchos rincones del mundo, en tantas y tantas de las innumerables salas de la tierra. Tú no lo sabrás nunca y, sin embargo, tienes ahí, por donde te mueves, mi gesto de señorito y mis pasos quedos a la madrugada; ahí donde tus hules pintados y tu San Antonio, tu enjalbegado vasar, tu falda tiesa y tu partido pelo. Déjame aquí, y en cambio, tu nombre alto, hondísimo, traspasando mi costumbre, el ir y venir irremediable de mi corazón al de los hombres.
LLEGADA
La luna de agosto viene
en hombros del Guadarrama.
Tus tejados, Luisa Esteban,
hace tiempo que la aguardan.
La luna parece un río
desbordado por Las Navas.
Quién me diera un San Cristóbal
que a la puerta de tu casa,
con un pino por cayado,
dulcemente me llevara.
¡Que me ahogo, Luisa Esteban,
en esta luna de agua!
Con un anillo en el cuello
me revolvía en tus sábanas
que aullaban en mis oídos
como el viento entre las ramas.
Por una tierra de lobos
me sorprendió la mañana.
HERMANO CASTILLO
Mi soledad es esto que ahora siento,
este silencio, esta quietud que apenas
deja un poco de música en mis venas,
un poco de razón al pensamiento.
Como tú, fortaleza, contra el viento:
yo sin brazos, tú puente sin cadenas;
sin ilusiones yo, tú sin almenas;
los dos memoria o labio sin acento.
Mi soledad es vernos en la tierra,
hincado yo también porque te clavas,
elevado en mi voz porque tú subes.
Tú como yo; los dos como esta sierra;
Ávila hundida aquí por esas Navas
y allí Gredos crecido entre las nubes.
SONETO DE LA NIEVE TODAVÍA
Mira cómo se quema el Guadarrama
en sus torres azules. Esa loma
tiene un poco de nieve, una paloma
que ha librado sus alas de la llama.
Qué desierta de pájaros la rama
donde a la luz mi corazón se asoma,
como un clavel de invierno sin aroma,
como un campo segado de retama.
Crezco de amor bajo este sol tendido,
y crecen las montañas imitando
el hielo que mi ardor no te ha deshecho.
Bajo un ave de nieve estoy vencido
y están sus alas frías coronando
una sierra de sangre por mi pecho.
SONETO EN «EL RISCO»
He encontrado a mi paso todavía,
aquí donde la tierra se reposa,
una rosa de piedra prodigiosa
que la mano de Dios colocó un día.
Le falta al corazón de cada cosa
el agua de la gracia. Se diría
que trajo solamente el alma mía
el río de su voz para esta rosa.
Nadie la ve, pero los hombres llegan
y liban en la miel que el sol derrama
y deja entre sus pétalos cautiva.
Brazos que luchan y ojos que se anegan
en el mar de Castilla, pura llama
con una isla en flor de roca viva.
HACIA SANTA MARÍA
El arrendajo, pato
de los aires, oscuro,
pasa. ¿Por dónde? Hay algo
que nos oculta el rumbo.
Y llora la resina
intermitentemente
por la amarilla herida
que tiene el pino verde.
A nuestro alrededor
sólo el vuelo y el árbol;
la garganta sin voz,
sin amigo la mano.
Pero Dios no está lejos.
Ya se anuncia. Sin prisas,
detrás de aquel otero
nace Santa María.
ROMANCILLO DE LOS ENTERRADORES
Domingo de misa
mayor en el pueblo.
Los enterradores
del Ayuntamiento,
en un banco largo
vestidos de negro.
Diez boinas iguales
y ningún sombrero.
Hoy no irán al toro
ni a ojear al ciervo,
ni a las amarillas
eras de Cebreros.
Por toda la iglesia
deja su silencio
el adelantado
frío de los muertos.
Ayer se llevaron
a Juan el barbero
y hoy ven su camisa
blanca en el incienso.
PATIO DEL CASTILLO
Por los arcos vencidos
de este castillo
¿qué escarabajo pasa
que tanto tarda?
En este escudo roto
que entra en mis ojos
¿quién dejó el musgo verde
de los cuarteles?
La torre sin almenas
que nadie vela
¿por qué cuida la lumbre
de un sol sin nubes?
Las dos, las tres, las cuatro;
se abre mi mano,
y entre las piedras toco
sangre de agosto.
No hay puente ni cadenas
ni santo y seña,
y un grillo canta y abre
toda la tarde.
DESPEDIDA
Vuelvo a mi casa, más alta
que la tuya, Luisa Esteban,
pero sin una ventana
que dé al atrio de la iglesia.
—¡Adiós, adiós!—
Y no oyes,
Luisa Esteban.
No levantarás el cántaro,
por mí, de su cantarera,
con el agua del aljibe,
sonora, delgada y fresca.
En tu cama de altos hierros
no dormiré más la siesta.
Ni en tus sábanas de hilo,
Luisa Esteban.
Porque a mí me llevan —mira,
tú que no oyes, mi pena—
amores de otras ciudades
hasta otra calle cualquiera
que no es esta con un toro
descansando ante tu puerta.
TÚ Y YO SOBRE LA TIERRA (1944)
Acaso donde el reno, la cobra o la palmera,
donde no hemos sabido —hielo o fuego en el viento—,
haya heraldos que lleven nuestra pasión o puente,
mensajeros de luna, siempre lenta y la misma.
Y una envidia tremenda y antes desconocida
lanzará dardos, flechas y venenos viajeros
que portarán heridas para una muerte exótica
hasta nuestro latido único, inabatible.
No importa, nada importa; pero ya sé qué sueño
cuajado de tumultos irrumpe en tus pestañas,
ya sé por qué en tu pelo duerme a veces un frío.
Ahora ya sé que el látigo que me amenaza, el viento
que me seca, o la nieve que recorre mi espalda,
son señales del reno, la cobra o la palmera.
Te he llamado esta noche —cuatro de la mañana—
cuando mi insomnio hacía su balance sin cifras,
cuando estaban los álamos —¡tan lejos de mi almohada!—
diciéndole a la luna su verso delgadísimo.
Te he llamado esta noche y he abreviado distancias
con mis ojos abiertos, casi desorbitados,
buscadores de oro, donde la sombra, entera,
derramaba su vino capaz e interminable.
Te he llamado esta noche con la voz que me nace
con alas y con remos desde mi cuerpo inmóvil
para buscar tu sueño deseado y distante.
Si un día te llegara, aunque ahora lo desee,
yo no sería nunca para ti más que un ruido
de otoño derramado dentro de tus cabellos.
No le digas a nadie que me hastía la rosa;
cuando llega a los labios su verdad, me subleva
que el pétalo no tenga tu seda primitiva
o que esté en una torre distinta a tu cintura.
No le digas a nadie que júbilos y páginas
y dolores del tiempo para mi piel, resbalan
sin dejar una lágrima o un mundo diminuto
donde se encierre toda tu ausencia indeclinable.
Pero vendrás un día cuando todos los libros
te esperen a la puerta de su primer capítulo
para que tú les digas: «Abrid; ya soy llegada».
Y entonces aves, mundos, silencios y adjetivos
llenarán a la rosa de esencias y evidencias
por ti y en ti, a tu lado, maravillosamente.
He venido a la tierra hoy —nueve de septiembre—
buscándote en la puerta de este otoño vacío.
Nadie sabe que tengo menos años que nunca
y que sólo conozco tu contorno inmediato.
He venido a la tierra, arrancado de un sueño
donde hacía contigo los lagos y las frutas,
donde la tela tersa de todas las mañanas
buscaba enamorados dardos de nuestros dedos.
Y tú no estás o vives fuera de mi costumbre.
Lejanías te roban, te someten; te cercan
litorales ajenos a mi fácil llegada.
He perdido mi viaje, mi pulso y mi camino,
y encuentro ahora en todo lo que te amó y amaste
el ala y la mirada de tu paso de estrella.
Esta ocasión del labio, sonora y prolongada,
donde se justifican la anémona y el cisne
trayendo monarquías de tu mano o tu boca,
un día serán sólo cal y canto en la tierra.
Un día, brazos y alas, serán musgo y silencio
fríos y sometidos hasta el fin de los tiempos,
y en el último gesto del pecho habrá memoria
de vendavales y águilas caudales destructoras.
Rodarán pulsos, voces, por un río oscurísimo
donde todas las velas del barco o del vestido
serán cuevas tremendas de sombras milenarias.
Pero entre ceguedades, gravedades y muros
pasará un suave viento movido por el ángel
que un día vio mi frente reclinada en tu hombro.
RETABLO DEL ÁNGEL, EL HOMBRE
[FRAGMENTO FINAL]
Cae el Hombre de rodillas, y la Doncella, como despertando de un sueño, se levanta y camina hacia la montaña. A su paso se van enfriando las piedras, y el Hombre, detrás, pisa seguro. Este se vuelve al Ángel, que sonríe a las primeras luces del alba.
Hombre
¿Por qué dejaste, por qué,
que consiguiera mi intento?
Corta mi voz y mi aliento
por la rama que corté.
¿Cómo le devolveré,
buen Ángel, doncellería?
Ángel, ¿por qué robaría
lo que ahora sube en las andas
del alba, casi en volandas
hasta mi alta montería?
Ángel
Hombre, tu amor te ha salvado
y yo salvé a la Doncella.
Tu brazo no llegó a ella.
Sobre el deseo exaltado
yo puse un sueño pesado
que en el umbral te abatió.
La tierra no floreció
para el mar y su recreo.
Hombre
¡Estoy ciego a lo que veo!
¿Quién cambió mis ojos?
Doncella
Yo.
Hombre
¿Y ahora…?
Doncella
Sube a los alcores,
vencedor de primaveras.
Yo clavaré tus banderas
sobre mis palos mayores.
Ya llegan los cazadores,
anunciadores del alba,
quemando pólvora en salva
de bienvenida y saludo.
El día es un niño mudo
que aprende a hablar en la malva.
Llega rotundo el día entre los disparos de madrugada de los cazadores.
Jara
Que mi pecho se abra,
y guarde el corazón de mi semilla
tu primera palabra.
Río
Señal de tu rodilla
daré multiplicada por mi orilla.
Montaña
Daré de loma en loma
la noticia de amor de la Doncella;
sus ojos de paloma
que ha encendido una estrella,
su mejilla de almendro y de grosella.
Zarzamora
No tocaré su piel
cuando su mano tienda a mis espinas.
Romero
Mi aroma para él.
Hombre
Para ella, la más fina
lágrima del arroyo y la resina.
Lirio
Hombre, cuando tú vengas
se rendirán mis lanzas a tu paso.
Amapola
Doncella, haré que tengas
el labio en que me abraso
y el tacto delicado de mi raso.
Las malas flores, arrepentidas, ofrecen sus gracias a la Doncella.
Zarzamora
¡Pide!
Lirio
¡Pide!
Romero
¿Qué quieres?
Doncella
Pastor, sólo te quiero y nada pido;
quiero verte como eres
y soñar con un nido
donde ante Dios te tenga por marido.
Hombre
Señor, Señor. Tu gracia me convida
a ser de miel ganada y verdadera.
Dame el trabajo diario de la cera
sobre el panal difícil de la vida.
Señor, si vi los bordes de la herida,
la espada de mi anhelo, tan primera,
en trance de esperada primavera
quedó alzada en el aire y ya vencida.
Todo el rumor del bosque se me adentra,
me dice de tu voz, y dice el río
de una ruta y un fin que Tú señalas.
Ya te pide mi boca y ya te encuentra
mi mirada en la luz, y el paso mío
se ciñe a la costumbre de tus alas.
Guiado por el Ángel, el Hombre alcanza la cumbre del monte, de donde bajó, pisando por las huellas de amor de la Doncella.
TOLEDO (1945)
ORILLA DE AYER
Brazo capaz, cintillo delicado,
hacia el remoto sol de otras arenas
va el sonoro rodar de tus cadenas
dejando atrás el álamo dorado.
Si hondísimo y en sombra te has llevado
el labio casi azul de las almenas
¿qué encontrará después tus manos, llenas
de Toledo, hacia ti precipitado?
Yo, como tú, me iré por otro cielo,
como tú, con memoria de este suelo;
las manos, como tú, tan regaladas.
Y como tú, le dejaré al olvido
un álamo, un amor y el dulce ruido
de mi brazo de niño en tus espadas.
MADRIGAL A CASTILLA
Aquella era Castilla, mi morada
la novia interminable del estío,
sorprendida de verse en tanto río,
tan sin querer fielmente reflejada.
La tierra roja y vuelta la mirada
—¿por qué rubor y a qué lejano frío?—,
llena de luz, desnuda de atavío,
castamente te he visto desposada.
¿Y a qué varón tu limpio plenilunio?
¿en qué labios el beso de tu junio?
¿por qué lecho tu dura geografía?
Estás aquí, imposible para esposa,
tan sin casar que tienes una rosa
cerrada, indescifrable, todavía.
NUEVE CANCIONES EN RUTA HACIA TOLEDO
1
Dos filas largas de álamos,
blancos hasta la cintura
con sus delantales blancos.
Y, ahora, Olías del Rey.
¡Qué nombre, amor! Y ¿por qué?
Dime qué rey a caballo
pasó por aquí y a qué.
2
Avéntame, segador,
la carne que envuelve el alma
y déjame sólo el trigo
de mis mejores palabras.
3
A Pedro Pérez Clotet
Villaluenga y por Castilla.
En un pueblo de igual nombre
tengo yo un amigo, amiga.
Pero a aquella tierra clara
la llaman Andalucía.
4
La noria, pesadamente,
sacando a la luz el agua.
Castilla quieta en el aire,
desnuda y atravesada
por cien vuelos que descienden
a sus diminutas playas.
Los cañaverales crecen
almenas para Galiana.
La tierra rueda que rueda
su noria deshabitada.
5
Dicen que en los cigarrales
sestea un toro a la sombra.
La gracia de los erales
entre castillos se dobla.
Toledo se ciñe el río
para la media verónica.
6
En mi corazón entraste
alta, segura y ligera,
sin llamada y sin sorpresa.
Hoy pasaremos la puerta,
puerta vieja de Bisagra,
sin decir el santo y seña.
7
Bajando de San Servando
te asustó la cinta verde
—verde y blanca— del lagarto.
Y ahora al pasar por el puente,
señora de tanto río,
no temes al agua verde.
8
Le faltan torres al aire
de la tarde.
La casa donde viví
no tiene nombre ni plaza,
ni la plaza reloj grande
que diga sus campanadas.
Zocodover busca un niño
por el sol de sus terrazas.
y 9
Junto al brazo desclavado
del Cristo, la mala adelfa.
Sobre el juramento falso
sangre floreció en la Vega.
Sobre el veneno la flor,
por gracia de una palabra,
junto a la puesta de sol.
CANCIÓN DE AMOR DESDE LEJOS
Toledo en mi corazón
y en mi soledad tus ojos
¿memoria de qué, mi amor?
¿Memoria de qué batalla,
ganada en qué dura almena,
levantada en qué mañana?
Madrugador el castillo,
dormido el río en la vega,
y tú soñando conmigo.
Para decirte, mi amor,
dónde empiezan mis caminos,
a Toledo he de volver
con tus ojos por testigo.
FÁBULA
I
Por el puente y el río,
dos caballeros.
Uno era peregrino
y otro guerrero.
Por el río y el puente
van dos muchachas.
Una busca una estrella
y otra una espada.
Por el puente y el río,
dos celosías.
Una, tierra caliente,
y otra, agua fría.
II
Por el río y el puente,
soldado y santo.
Uno marcha a la guerra
y otro a Santiago.
Por el puente y el río,
lunas y peces.
Dos doncellas, heridas
de amores, vuelven.
AUSENCIA DE TOLEDO
La voz a ti debida
I
Ya cruzarán de Alcántara a Galiana
las nuevas aves de la primavera,
y un sueño mío irá por la ribera
del río que adelanta la mañana.
Ya escalará la hierba más temprana
piedras de San Servando. ¡Oh, la primera
aventura de amor, la azul ladera,
y el paisaje de ayer en mi ventana!
Guardará el cigarral su sombra, y tanto
retrasará la tarde su relevo
que caerán las estrellas de repente.
Y en esta soledad donde te canto
llega también la voz que a ti te debo
como un agua delgada por un puente.
II
Qué desconsuelo al aire de Castilla,
ciudad, lleva este verso en que termino
mi voz de ti heredada, como un vino
que es ya rubor sobrado en la mejilla.
Cómo creces sin mí, cómo se humilla
mi sien a tu recuerdo. No hay camino
que a ti no me conduzca, y falta lino
para enjugar mi llanto por tu orilla.
¡Oh, ascendido refugio de campanas!
Tú ordenaste mi pie, y encuentro bajo
mi huella los rumores de tus bronces.
Cómo añora la luz de mis mañanas
al claro, curvo y descansado Tajo,
hoy buscador de mi niñez de entonces.
DEL CAMPO Y SOLEDAD
EL HOMBRE
NACIMIENTO DE DIOS
Y Tú, Señor, naciendo, inesperado,
en esta soledad del pecho mío.
Señor, mi corazón, lleno de frío,
¿en qué tibio rincón lo has transformado?
¡Qué de repente, Dios, entró tu arado
a romper el terrón de mi baldío!
Pude vivir estando tan vacío,
¡cómo no muero al verme tan colmado!
Lleno de Ti, Señor; aquí tu fuente
que vuelve a mí sus múltiples espejos
y abrillanta mis límites de hombre.
Y yo a tus pies, dejando humildemente
tres palabras traídas de muy lejos:
el oro, incienso y mirra de mi nombre.
EN LA ERMITA DEL CRISTO DE GRACIA
1
¡Qué solo estás! La tarde, fuera, tiene
una lejana música. Yo paso
vacilante, hijo tuyo en el ocaso,
sombra que con tu muerte se sostiene.
Herida está tu casa y tan vacía
como mi corazón, también deshecho.
Como Tú, en esta nave de mi pecho
tengo un lugar donde la cera ardía.
Y hoy vengo de mis sueños más oscuros
donde hundido te espero a la mañana.
Una antigua costumbre de campana
trae mi labio al silencio de tus muros.
Nada quiero, Señor; nada te pido;
tengo esta pobre voz que Tú me has dado,
y como un perro fiel marcha a mi lado
en mi diario camino hacia el olvido.
Se va la tarde, y yo me iré con ella.
Cuando alcancen mis pasos la colina
oirás entre las ramas de esta encina
otra oración bajo la misma estrella.
Un hombre cantará incansablemente,
¿por qué, para qué oído y hasta cuándo?
La soledad del mundo le irá dando
tu cruz y tu camino nuevamente.
Ya sé lo que es andar. El alma herida
otro nombre dejó por otra sierra,
donde mi corazón se haría tierra
para darle un momento de mi vida.
No volverá mi amor a lo que amaba.
Me esperarán las cosas que ahora toco,
y se irán olvidando poco a poco
de mí, junto a tu muerte que no acaba.
2
Ser un ala
perdida, Cristo de Gracia,
para llamar en un vuelo
al cristal de tus ventanas.
O ser en el duro mármol
agua con tu nombre, agua.
O metal estremecido
de tu única campana.
O nido de tu espadaña.
O niño, Señor, jugando
—teniéndote y sin pensarte—
en el atrio de tu casa.
O mano alzando la blanca
forma de tu cuerpo muerto
con el alba.
PRIMAVERA DE UN HOMBRE
(PRIMER RECUERDO DE SORIA)
Por Soria estará ya la sierra pura
enseñando su azul entre la nieve,
y entre el bajo pinar el cielo breve
tendrá otro azul: aquel de mi ventura.
Sala de la niñez, fresca hermosura
que abril a levantar en mí se atreve;
aire de ayer que al pecho de hoy conmueve,
gota de luz entre mi sangre oscura.
Cómo volver los ojos, hacia dónde,
si a este grito de Dios nadie responde,
del Dios niño que todo lo podía.
A Soria llegará la primavera.
Siempre hay tiempo de amor para el que espera:
¡Señor, di que no es tarde todavía!
SI NO EN MIS OJOS…
(SEGUNDO RECUERDO DE SORIA)
Si no en mis ojos, en mi sangre queda,
Soria, tu corazón entero y frío,
dando silencio y soledad al mío
que se aleja de ti y en ti se enreda.
¡Qué hielos desde Urbión a Covaleda
y qué honda el agua en el pinar umbrío!
La carreta de leña sobre el río,
el grave leñador junto a la rueda.
Allí empezaba todo, allí las alas
entraban libres, locas, en las salas
de la tierra salvando su relieve.
Era un niño jugando entre los leños
del bajo hogar. Las llamas y los sueños
morirían en flor junto a la nieve.
ANTE UN CEMENTERIO EN CASTILLA
Hasta la sombra del ciprés se os niega,
oh, puñado de muertos en Castilla;
quemados bajo el sol; con una orilla
de piedra y una cruz de hierro ciega.
Qué triste en la llanura y qué pequeño,
cuando el agua se alegra en la pendiente,
este trozo de tierra, suficiente
para el hondo manar de vuestro sueño.
Una sala de alientos hay vacía,
un bosque de cinturas derribado;
la mano cuidadosa del arado,
el pie con que el camino se rendía.
La luz, enloquecida, irremediable,
de rama en rama va, de loma en loma,
pidiéndole al silencio una paloma
que por vuestras oscuras bocas hable.
Muda brilla en sus labios la mañana;
quiebra el pinar el pájaro y su acento,
y se queda en los álamos el viento
con su amorosa lengua de campana.
No llegará la música al oído
que la tierra implacable mina y puebla,
y un gigantesco corazón de niebla
recogerá la sangre sin latido.
Lejos está la piel cerrada en besos,
está el amor, el hombre que ahora canta,
el estrecho collar que a la garganta
pone la claridad de vuestros huesos.
Si bajo la quietud de Dios no hay nada
más que esta soledad y esta manera
que da la muerte al labio y su sonido,
Señor, deja tu mano sosegada
sobre mi corazón, que ya te espera
en lo eterno del campo y del olvido.
Бесплатный фрагмент закончился.
