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El hispano
JOSÉ ÁNGEL MAÑAS
El hispano


JOSÉ ÁNGEL MAÑAS. Con tan solo veintitrés años triunfó espectacularmente con la publicación de Historias del Kronen, novela de culto, emblemática de toda una generación y adaptada con un éxito no menor al cine por Montxo Armendáriz. Cabe asignarle el título de clásico contemporáneo indiscutible.
Posteriormente ha publicado una decena de novelas en clave realista, así como otra de tipo histórico (El secreto del Oráculo), además del ensayo La literatura explicada a los asnos.
En Arzalia Ediciones ha publicado con éxito Conquistadores de lo imposible, su visión de los años salvajes de la conquista de América en clave de novela.
Año 134 a. C. Bajo el mando de Retógenes, Numancia lleva más de veinte años resistiendo el poder de la Roma invencible y los páramos que la rodean han bebido tanta sangre itálica que los romanos se niegan a alistarse en las legiones. Harto de la situación, el Senado envía a su mejor general, Escipión Emiliano, el destructor de Cartago, para acabar con la resistencia de los altaneros numantinos. ¿Cómo logrará reducir a los rebeldes? ¿Conseguirá la mermada ciudad resistir al mayor desafío de los romanos?
Con una narrativa ágil y llena de suspense, José Ángel Mañas ha escrito una emocionante novela en la que los destinos trágicos de hispanos y romanos se cruzan en el entorno inhóspito de la Numancia sitiada.
El hispano nos hace revivir uno de los momentos más apasionantes de la historia de España, al tiempo que da vida a un héroe sorprendente y enigmático.
Para los amantes de la novela histórica trepidante, los curiosos de la historia de España y los huérfanos de Africanus.
El hispano
© 2020, José Ángel Mañas
© 2020, Arzalia Ediciones, S. L.
Calle Zurbano, 85, 3º-1. 28003 Madrid
Ilustración de cubierta: Ricardo Sánchez
Diseño de cubierta, interior y maquetación: Luis Brea
Diseño y realización de los mapas: Ricardo Sánchez
ISBN: 978-84-17241-82-7
Producción del ebook: booqlab
Todos los derechos reservados. Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en o transmitida por un sistema de recuperación de información en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotomecánico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia, o cualquier otro, sin el permiso por escrito de la editorial.
Para Margarita y Pepe.
PRÓLOGO
A veces se dan circunstancias que parecen increíbles.
Mi padre, José Mañas Martínez, escribió en su día una biografía de Eduardo Saavedra y Moragas. La publicó en 1983 la editorial Turner en colaboración con el Colegio de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos. Es una edición bonita y austera de la que todavía guardo algún ejemplar.
Eduardo Saavedra fue una de esas personalidades polifacéticas y humanistas que de vez en cuando producía el siglo XIX: ingeniero de caminos, arquitecto, catedrático de Mecánica Aplicada, director de la Real Academia de la Historia, arabista, arqueólogo, filólogo, miembro de la Real Academia de la Lengua, vicepresidente de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, autor de más de doscientas cincuenta publicaciones destacadas y, sobre todo —llegando a lo que nos interesa—, impulsor, a mediados de su siglo, de las excavaciones arqueológicas en el cerro de Garay, relativamente cerca de Soria, que confirmaron que allí se encontraba la Numancia celtíbera.
Aquella biografía, además de producirle grandes satisfacciones a mi padre —entre ellas que el entonces director del Museo Arqueológico Nacional, Eduardo Ripoll, le propusiera para el Premio Nacional de Historia—, hizo que en su biblioteca se acumulase mucha documentación sobre el personaje.
Como buen bibliófilo, mi padre guardó cuidadosamente fotocopias de cualquier papel importante al que tuvo acceso, ora en casa de la familia, ora en cualquiera de los archivos de las instituciones a las que perteneció Saavedra.
Hay desde entonces diseminados por la biblioteca de su casa un montón de archivadores y cajas repletos de papeles varios con un rótulo muy explícito: Eduardo Saavedra.
Fisgando un día en aquella documentación me encontré por casualidad una carpeta curiosa.
Contenía un conjunto de fotocopias algo desvaídas de un texto en castellano sobre el sitio de Numancia. Cuando le pregunté, mi padre dijo que, si no recordaba mal, era la traducción de un manuscrito en árabe y griego que Saavedra encontró en Egipto en 1869, adonde viajó para la inauguración del canal de Suez.
Por la letra tan característica, que en casa conocemos bien, concluí que la mayor parte de aquellas páginas estaban escritas por el propio Saavedra. También había líneas con otra caligrafía que recordaba, por lo que pude colegir, a la del padre Fita. Y además, notas dispersas con letra distinta que podían ser, a mi juicio, del arqueólogo alemán Adolf Schulten.
El documento relataba el sitio de Numancia con una profusión de detalle que solo un testigo presencial podía manejar, y ese alguien, especulaba Saavedra, en una carta, debía ser Polibio:
El texto, en el griego original y también en sus partes en árabe, que son traslaciones literales del original, tiene tics de su lenguaje. Aunque ciertos fragmentos recuerdan de manera casi literal a La guerra de Yugurta, claramente posterior, eso podría asimismo deberse a que Salustio hubiera bebido de esa fuente hoy desaparecida…
La hipótesis la compartió con su amigo el políglota Fidel Fita. Este la veía lo suficientemente plausible como para que en la correspondencia que ambos sostuvieron se refiriesen coloquialmente al manuscrito como «el Pseudo Polibio».
Pese a ello, Eduardo Saavedra, que era un hombre prudente, nunca se decidió a publicar la transcripción y el asunto quedó dormido entre sus papeles.
A lo mejor estaba muy ocupado. O a lo mejor la famosa edición del Buscapié, falsamente atribuido a Cervantes por Adolfo de Castro, que tanto ruido hizo en su época, le desanimó de hacer atribuciones arriesgadas. Quién sabe.
Alguna vez le he hablado del asunto a mi padre. Él tampoco lo toma demasiado en serio: «Ah, el Pseudo Polibio». Dice que si todo un Saavedra no se atrevió a publicarlo, es porque era apócrifo.
Yo tampoco confío en su autenticidad. No pienso que sea el fragmento de la Historia universal de Polibio en el que narraba, según parece, la guerra numantina. Tengo entendido que algunos historiadores incluso niegan que Polibio estuviese presente en el cerco de Numancia.
No obstante, considero que el documento que ha llegado a mis manos tiene la suficiente calidad literaria e interés como para permitirme hacer una versión adaptada al gusto contemporáneo, con el apoyo siempre entusiasta y paciente de mi editor, Ricardo Artola.
Existiese o no este tal Idris, el relato de sus aventuras resulta especialmente perturbador cuando uno conoce a los protagonistas de la historia.
Todos los artificios embellecedores del texto son míos.
JOSÉ ÁNGEL MAÑAS, 30 de junio de 2020

DRAMATIS PERSONAE
Romanos
NOBILIOR. Cónsul al frente del ejército romano durante la desastrosa batalla de la Vulcanalia, el 23 de agosto de 153 a. C. Murieron seis mil legionarios. La fecha fue declarada nefasta por la República y ningún general se atrevió de allí en adelante a librar batalla ese día. La derrota fue formidable. Los hechos se recuerdan todavía como una de las mayores humillaciones infligidas nunca a Roma.
PUBLIO CORNELIO ESCIPIÓN EMILIANO, EL AFRICANO MENOR. Cónsul que arrasó Cartago y ordenó el cerco definitivo a Numancia. Su relación con la familia de los Graco, a la que le vinculaba el matrimonio con Sempronia, habría de resultarle, a la postre, fatal.
POLIBIO. Autor de la primera historia universal. Preceptor tanto de Escipión Emiliano como de Fabio Máximo. Nacido en Megalópolis, Grecia, llegó como cautivo a Roma. Allí escribió su Historia universal. Acompañó a Escipión Emiliano en muchas campañas y conoció de primera mano los escenarios de su obra.
QUINTO FABIO MÁXIMO EMILIANO. Hermano de Escipión Emiliano e hijo natural de Lucio Emilio Paulo. Si a Escipión Emiliano lo adoptó la gens Cornelia, a Quinto lo adoptó la Fabia. Fue el primer general romano que derrotó a Viriato.
CAYO MARIO. Autor de una importante reforma militar de finales del siglo II a. C. Perteneciente a una familia de origen plebeyo. Era lo que se conocía en Roma como un «hombre nuevo». Luchó en las guerras celtíberas bajo el mando de Escipión Emiliano, el cual le ayudó en los inicios de su carrera pública. Cuando le preguntaron quién podría ser el general que lo sucediera al frente de las legiones, Escipión señaló a Cayo Mario: «Quizá él».
TIBERIO GRACO. Tribuno de la plebe. Impulsó una reforma agraria que incluía la redistribución de tierras en favor de los ciudadanos más pobres. Eso lo enfrentó con los oligarcas del Senado y con Escipión Emiliano. Murió asesinado a golpes de sus enemigos.
CAYO GRACO. Abandonó el cerco de Numancia para unirse a su hermano en Roma y ayudarle con su proyecto de reforma agraria. Al ser asesinado Tiberio, tomó el relevo. Continuó con las reformas sociales, aunque finalmente la oligarquía senatorial terminaría por imponerse.
YUGURTA. Histórico rey de Numidia cuyos avatares en Roma y África inspiraron a Salustio su Guerra de Yugurta.
MUSSA. Sofisticado e inteligente lugarteniente de Yugurta.
Hispanos
LEUKÓN. Jefe militar de la ciudad de Numancia. Padre, según fuentes no clásicas, de Retógenes el Joven y de Idris.
RETÓGENES, conocido como EL CARAUNIO. Histórico guerrero que burló el cerco de Escipión. Encabezó una arriesgada expedición en busca de ayuda.
IDRIS. Nuestro taciturno protagonista. Héroe de este relato.
AUNIA. Primer amor, nunca olvidado, de Idris.
AMA y ANNA. Hermanas de Aunia.
KARA. Joven hija del herrero. Enamorada desde siempre de Idris.
LUBO. Aedo de Numancia. Devoto de Retógenes.
OLÓNICO. Sacerdote de Numancia.
GLOSARIO
Asteros. Infantería de primera línea, armados con dos pila, jabalinas, de distinto peso, espada, escudo y placa en el pecho.
Centurión. Oficial al mando de una centuria. Cada centuria estaba compuesta de diez contubernios.
Cohorte. Unidad del ejército romano formada por tres manípulos.
Contubernio. Unidad mínima del ejército romano. Ocho hombres que compartían tienda y equipamiento.
Decurión. Jefe de una decuria, unidad compuesta por diez jinetes.
Gladius. Legendaria espada romana tomada, en realidad, de los hispanos. De ahí su apelativo tradicional, gladius hispaniense. El plural, en latín, es gladii.
Manípulo. Unidad del ejército romano formada por dos centurias, cada una de ochenta hombres.
Pilum. Lanza romana. Las había pesadas, para utilizar al modo de las picas, y ligeras, para lanzar. Las puntas de las ligeras, cuando impactaban en su objetivo, se doblaban de manera que no era posible volver a usarlas. El plural, en latín, es pila.
Príncipes. Infantería de segunda línea armada de manera similar a los asteros —eran, no obstante, más veteranos que ellos—, pero con mejor protección. Muchos tenían cotas de malla.
Sagum. Antecesor del sayo. Según Diodoro, capa «negra y áspera de una lana parecida a la de las cabras salvajes». En la novela lo llamaremos sago.
Triarios. Infantería de tercera línea. Los mejores soldados. Los veteranos que solo intervenían cuando las cosas se ponían feas. De ahí la expresión «llegar a los triarios». Empleaban largas picas con las que formaban sólidas falanges.
Vélites. Infantería ligera y la más pobremente armada.
MEDIDAS DE ÉPOCA
Un estadio: 201 metros.
Un pie romano: 0,296 metros.
El niño que no sea abrazado por su tribu, cuando sea adulto quemará su aldea para poder sentir su calor.
PRIMERA
PARTE

Donde se cuenta el nacimiento de Idris, su primer amor, su salida de Numancia y los primeros conflictos con los romanos en el arranque de la segunda guerra celtíbera (154-151 a. C.), que pone fin a la paz de Graco.
La presencia romana en la península ibérica, que empezó en 218 a. C., el mismo año que la segunda guerra púnica, se ha incrementado tras la rendición de Aníbal en 201 a. C. y el abandono de Hispania por Cartago. Hace ya medio siglo que existen bajo dominio de Roma dos provincias, la Hispania Citerior y la Hispania Ulterior, que, poco a poco, consulado tras consulado, no dejan de agrandarse.
Segeda es una ciudad perteneciente a la tribu celtíbera de los belos, grande y próspera, y estaba inscrita en los tratados de Sempronio Graco. Esta ciudad forzó a otras más pequeñas a establecerse junto a ella; se rodeó de unos muros de aproximadamente cuarenta estadios de circunferencia y obligó también a unirse a los titios, otra tribu limítrofe. Al enterarse de ello, el Senado prohibió que fuera levantada la muralla, les reclamó los tributos estipulados en tiempo de Graco y les ordenó que proporcionaran ciertos contingentes de tropas a los romanos. Esto último, en efecto, también estaba acordado en los tratados. Los habitantes de Segeda, con relación a la muralla, replicaron que Graco había prohibido fundar nuevas ciudades, pero no fortificar las existentes. A propósito del tributo y de las tropas mercenarias, manifestaron que habían sido eximidos por los propios romanos después de Graco. La realidad era que estaban exentos, pero el Senado concede estos privilegios añadiendo que tendrán vigor en tanto lo decidan el Senado y el pueblo romano. Así pues, Nobilior fue enviado contra ellos con un ejército de treinta mil hombres. Los segedanos, cuando supieron de su próxima llegada, sin dar remate ya a la construcción de la muralla, huyeron hacia los arévacos con sus hijos y sus mujeres y les suplicaron que los acogieran…
APIANO DE ALEJANDRÍA, Sobre Iberia
Ya dijo Cicerón que al combatir Roma con los celtíberos y los cimbrios no luchaba solo por la victoria, sino por su existencia. Y Eduardo Meyer, historiador alemán, escribe: «La República se desangró a causa de los sacrificios a que la obligaron de manera continuada las guerras hispánicas y de la necesidad de mantener allí un ejército permanente». Tan grandes, en efecto, fueron las pérdidas sufridas en aquellas guerras, que el número de ciudadanos romanos, en los veinte años de la guerra celtibérica, que van del 153 al 133, en lugar de aumentar en sesenta mil (por el crecimiento de tres mil cada año), se redujo en cinco mil, lo que supone una pérdida de unos sesenta y cinco mil ciudadanos. Siendo todavía más elevadas las pérdidas de los aliados itálicos, los cuales proporcionaban al ejército un número mayor de soldados que los ciudadanos romanos, podemos admitir que en total, solo entre romanos e itálicos (prescindiendo de los aliados íberos), perecieron en España de ciento cincuenta mil a doscientos mil hombres…
ADOLF SCHULTEN, Historia de Numancia
1
La guerra y la paz
Este pueblo suministra para la guerra no solo una excelente caballería, sino también una infantería que destaca por su valor y capacidad de sufrimiento. Visten ásperas capas negras, cuya lana recuerda al fieltro. En cuanto a las armas, algunos celtíberos llevan escudos ligeros semejantes a los de los celtas y otros grandes escudos redondos del tamaño del aspis griego. Sobre sus piernas y espinillas trenzan bandas de pelo y cubren sus cabezas con cascos de bronce adornados de cimeras rojas. Llevan espadas de dos filos forjadas con excelente acero y también llevan, para el combate cuerpo a cuerpo, puñales de una cuarta de largo. Utilizan una técnica especial en la fabricación de sus armas. Entierran piezas de hierro y las dejan oxidar durante algún tiempo aprovechando solo el núcleo, con lo cual obtienen magníficas espadas y otras armas. Un arma fabricada de este modo corta cualquier cosa que encuentre en su camino, por lo cual no hay escudo, casco o cuerpo que resista su golpe…
DIODORO DE SICILIA
1
Hay vidas que parecen abocadas a la tragedia desde el primer hálito.
El hombre que había de ser llamado Idris nació entre los dolores más intensos. Él mismo me contaría años más tarde que el cordón umbilical se le quedó enredado alrededor del cuello. Cuando lo sacaron del vientre de la madre, se ahogaba sin remedio.
La esclava que lo salvó, Stena, era una berona de las montañas ganada en batalla contra los vecinos del norte durante una expedición juvenil del jefe de Numancia. Ella fue la primera que exclamó:
—¡Es un niño!
Tal exclamación, tratándose del hijo de un jefe, tendría que haber provocado los gritos de alegría de Leukón y de los devotos que esperaban pacientemente.
Y sin embargo el ceño de Leukón no solo no se suavizó, sino que el velo de tristeza y cólera que cubría su vista no pudo ser despejado por nadie. Justo antes, el adivino Olónico, cuya barba aún no había encanecido y cuyos músculos guardaban todavía la elasticidad de la juventud, cuando le preguntaron por el estado de la madre había negado con la cabeza.
—Dicen las mujeres que el niño se ha presentado del revés y la desgarrará.
Entre los gritos de dolor, la parturienta se apagó antes de que Stena, como jefa de las esclavas, agarrara su largo cuchillo y terminase de abrir el vientre de la mujer ya muerta para liberar lo que llevaba en sus entrañas.
Con mano experta, Stena se apresuró a sacar el ser que luchaba por su vida y que se hubiera asfixiado de no haber sido por su intervención. Ella fue quien cortó el cordón umbilical con su cuchillo. Nada más tener a Idris en brazos, lo alzó entre sus jóvenes manos. Se lo enseñó a su padre y se lo entregó, temblorosa.
—Lo hemos salvado…
Pero Leukón, en vez de coger al recién nacido y alzarlo delante del gentío congregado ante su casa, hizo un gesto brusco con la mano. Con lágrimas de ira en los ojos, apartó la piel de ciervo que cubría el vano de la puerta.
—¡Alejadlo de mi vista!
Y se adentró en la penumbra. En la estancia aciaga persistían el olor a sangre, sudor y excrementos.
Tras debatirse durante horas con los dolores, la exhausta esposa yacía inerte sobre el suelo. Varias pieles de vaca conformaban su lecho a un lado de las brasas del hogar.
Las mujeres se apartaron. El jefe se arrodilló junto a la muerta y lanzó un prolongado quejido.
—¡Ah, que hubiera muerto él y no tú!
Muy pronto, toda Numancia estaba de luto. La noticia de lo sucedido corrió de boca en boca. Y según creció aquel niño malquerido, la antipatía de Leukón no hizo sino incrementarse hasta que se convirtió en abierta aversión y en clara incapacidad para tolerar su presencia.
—Me recuerda cada día a su madre y al crimen que cometió al nacer…
2
Como los dioses aprietan pero rara vez ahogan, tras el duelo sucedió que las lágrimas vertidas a lo largo de los muchos días en los que la pena hacía temblar la voz de Leukón las acabó enjugando la mujer que se hallaba más cerca.
Las malas lenguas siempre dirían que la relación ya existía antes de la muerte de la esposa legítima. Y es posible, no digo que no, pues los hombres cedemos ante las pasiones de la carne como el árbol ante un viento huracanado.
Sea como fuese, Stena pronto empezó a consolarle en las noches de invierno y las demás criadas y los devotos de Leukón pudieron escucharlos solazarse juntos. Poco a poco la berona pasó de ser considerada una esclava a ser la amante del jefe y, al cabo, su esposa, con voz cada vez más influyente en las cosas de la ciudad.
Stena se ocupó de Idris y le escogió una nodriza durante los primeros meses en los que Leukón evitaba verlo y mientras su vientre engordaba como en una repetición obscena del último año de la muerta.
Las viejas del clan fueron las primeras en darse cuenta. Y enseguida las tribulaciones de Leukón se trocaron en alegría cuando Stena anunció que estaba encinta.
—Pronto ha llegado —dijeron las mujeres maliciosamente.
Corría un nuevo verano cuando Stena dio a Leukón un segundo hijo al que Leukón nombró como a su padre, Retógenes, que significa ‘hombre noble’ en el idioma celtíbero. ¡Y qué diferente la actitud de Leukón con ese segundo hijo! ¡Qué saltos y voces de alegría! ¡Con qué generosidad invitó a todos a beber con él la caelia, la cerveza de los celtíberos, con la que embriagó a los jóvenes antes de hacerlos bailar a la luz de la luna! ¡Y cómo cantó esa noche después de sostener en sus brazos al recién nacido!
—He aquí a un hombre que ha recuperado la felicidad —dijeron los ancianos.
Tan feliz se mostraba con aquel segundo varón que parecía haber olvidado la existencia de un primogénito, y así sembró la semilla de su propia destrucción.
—Haz lo que quieras con él —dijo—. Pero hazlo cuando yo no lo vea.
Esas fueron sus palabras cuando supo que Stena se disponía a alimentarle con la leche de sus pechos como a su propio hijo.
Pero con ese gesto Stena se ganó a los numantinos.
Hasta quienes murmuraban a sus espaldas y hablaban con lengua sibilina de lo que sucedía le reconocieron su buen corazón. Y así obtuvo el respeto de las gentes de Numancia, que pudieron ver cómo Idris crecía junto a Retógenes amparado por el amor de una esclava.
3
Pero no todo en la vida es amargura.
Es cierto que a Idris le faltó el amor de un padre. El talante violento y cambiante de Leukón encontró un objetivo fácil en aquel niño que correteaba en torno a su hogar y pasaba el tiempo con los demás críos del clan y las mujeres que rodeaban a Stena, evitando cuanto podía al jefe, que entraba y salía y se ocupaba de las cosas de la guerra que empezaban los arévacos con Roma.
Así, mientras Leukón y sus hombres de confianza lideraban las acciones bélicas en los campos de batalla, los hermanos vagabundeaban por los pinares y escapaban al Duero, donde se bañaban con los hijos de las familias principales y, entre ellas, la de Ávaros, cabeza del segundo clan más distinguido tras el de Leukón.
Si Leukón tenía una clientela de veinte familias, Ávaros tenía diecinueve. Igual no había matado tantos enemigos, pero le aventajaba en el arte de la diplomacia. Los hombres de la asamblea se hallaban divididos entre aquellos dos caudillos que rivalizaban abiertamente por la jefatura.
La naturaleza zanjó la disputa: Leukón engendraba varones, Ávaros solo hijas. Sus tres primeros retoños fueron hembras. Solo al cuarto intento nació un varón que en un futuro defendería su nombre y llevaría el estandarte del clan.
Pero ya entonces los dos hijos de Leukón inspiraban más confianza, y eran más numerosos quienes entendían que la ciudad estaría mejor protegida con él. Como la hija mayor de Ávaros, Anna, nació coja y contrahecha, las viejas rumorearon que algo había en la semilla de Ávaros que parecía invalidarlo para regir los destinos de la ciudad.
Esas tres hijas estaban entre los chiquillos que pasaban el tiempo con Idris y Retógenes durante los días en que los hombres salían a cazar o a guerrear, cuando Olónico se encargaba de educarlos en el respeto a los dioses e iniciarlos en los secretos de la naturaleza. Y como para compensar la pasión que sentía Leukón por Retógenes, los dioses le concedieron a Idris la belleza de su madre. Más de una numantina suspiraba tras sus pasos a medida que crecía.
Anna había venido al mundo con la columna vertebral dañada, y a los pocos años contrajo una enfermedad que no le permitió desarrollar sus extremidades inferiores.
Sus dos piernas eran tan delgadas que parecía que cualquier golpe las fuese a quebrar. Aunque las cubría con la túnica, se notaba siempre esa debilidad. El dolor era tal que para andar se vio obligada a utilizar dos muletas que le fabricó el carpintero de su familia.
En cambio, Aunia era la más hermosa de las numantinas. Desde muy pronto desarrolló una querencia por Idris y él por ella, que se acrecentaba con la compasión que ambos mostraban hacia Anna. Aunia e Idris se emparejaban siempre y podían pasar muchas horas a orillas del río o en la cabaña de Olónico bajo su mirada siempre vigilante.
Aquella querencia con la pubertad se convirtió en algo más. La intimidad fue desarrollando unos vínculos que las escapadas en las noche de verano y el descubrimiento del cuerpo del otro transformaron pronto en un amor incipiente y juvenil, pero amor al fin y al cabo, aunque se contuvo durante mucho tiempo dentro de los lindes de la inocencia.
Ese fue el refugio que permitió a Idris sobrellevar esos primeros años en los que su pequeño mundo se vio amenazado por aquel imperio lejano cuyo nombre estaba cada vez más presente en los hogares celtíberos: Roma.
4
La primera vez que Idris tuvo una noción del poder de Roma fue un día que Olónico dibujó con un palo, sobre la arena húmeda junto a la laguna, un esbozo del mundo conocido.
El adivino de Numancia enseñaba cuanto necesitaba ser sabido a los niños de los principales clanes. Ese día les estaba mostrando dónde encontrar setas y cuáles se podían comer sin peligro. Y ya con las cestas llenas aprovechó para instruirlos sobre el mundo.
—Aquí están los arévacos. Aquí, hacia poniente, los lusitanos. Más arriba, pasadas unas montañas muy altas, los celtas. Al otro lado del mar también hay celtas. Y lo mismo aquí en Hibernia y en otra isla que hay hacia el oriente. Hacia el occidente nadie sabe lo que hay. Y hacia el sur, al otro lado del mar, está la Numidia…
—Pero Roma… ¿Dónde está Roma? —preguntó Idris.
—Roma está hacia el levante. Aquí.
—¿Y cuáles son los territorios que controla?
—Todas estas islas y todo esto que dominaba en su día Cartago. También Grecia, que está un poco más allá, en otra península. Y ahora Roma amenaza con expandirse hacia el Asia, que es inmensa.
—¿Cómo sabes tanto? ¿Cómo conoces todos esos sitios? —preguntó Aunia.
—Porque los hombres viajan y cuando se encuentran con otros hombres gustan de contar lo que han visto.
—¿Has visto todas esas tierras con tus ojos?
—No. Pero he hablado con suficientes viajeros para saber cómo son esos lugares y las gentes que los pueblan. ¿A vosotros os gustaría conocerlos? Por vuestras caras, Anna, Aunia y Ama, parece que no. Pero la expresión de Idris es diferente…
—A mí me gustaría ver países lejanos. Quiero descubrir qué hay más allá de los mares.
—Algún día viajarás por tierras remotas e incluso cruzarás algún mar, antes de llegar a la morada de Lugh. Pero no olvidéis ninguno que los hombres somos como las plantas. Igual no se ven nuestras raíces, pero existen. Nos atan a nuestra tierra. ¿Y qué pasa cuando se cortan las raíces? ¿Veis ese nenúfar, en ese estanque que se ha formado ahí? ¿Sabéis por qué está quieto? La raíz lo sujeta al fondo. Si esa raíz se cortase, la planta iría a la deriva y se perdería en el río. Quedaría a la merced de la corriente.
—¿Como un milano soplado por el viento?
—Así es. Pero Lugh, a todo le da sentido aunque nosotros no lo entendamos. Cuando nosotros, débiles mortales, no vemos la razón de un suceso, como las lluvias torrenciales, la sequía que destruye las cosechas o las epidemias, solo nos queda confiar en Lugh porque todas esas cosas ocurren por su designio.
—Si Idris se fuera a un lugar lejano, yo me iría con él —dijo Aunia.
—Yo también —apuntó Kara, la hija del herrero, que también asistía a las lecciones del sacerdote, tras un momento de duda.
El sol se estaba poniendo. Se encendía por encima del robledal al otro lado de la laguna.
—Ya es tarde —concluyó Olónico—. Volvamos a Numancia. Volvamos con vuestras familias.
5
Los romanos siempre fueron el principal enemigo de los arévacos. Con ellos habían estado en guerra desde que Leukón se erigió en jefe militar, y con ellos seguirían en guerra cuando Leukón muriese.
Durante la infancia de Idris, Roma estuvo en el centro de todas las discusiones que mantenía el consejo de ancianos en casa de Leukón al calor de las brasas o a la luz de la luna, cuando se reunía en las cálidas noches de verano.
¡Roma! La lejana ciudad hacía más de dos décadas que mantenía la paz firmada por Sempronio Graco con los pueblos de Hispania. Los ejércitos romanos que controlaban el territorio se habían mantenido mucho tiempo inactivos. Y sin embargo Segeda, la ciudad de los belos, aliada de los numantinos, osó desafiar al lejano poder construyendo una muralla que, decían los invasores, violaba los términos de la paz.
Aquel incidente inflamó los ánimos de los segedenses y el Senado de Roma ordenó a sus legiones marchar contra la ciudad. Ante la presencia de un ejército tan numeroso, los segedenses optaron por refugiarse en territorio de los arévacos, en las faldas de los cerros de Numancia, bajo la protección de Leukón, quien al enfrentarse a la potencia extranjera buscó alianzas con las ciudades vecinas.
De entre todas ellas, Termancia, hacia el suroeste, era con la que mejores relaciones mantenían. Termancia nunca capituló ante Roma. Por eso Leukón viajó hasta allí con sus dos hijos. El jefe Babpo los acogió en su casa y allí compartieron la carne asada de un ciervo. Entre jarra y jarra de cerveza, los dos caudillos intercambiaron las esteras de hospitalidad y se juraron fidelidad mutua y odio eterno a Roma.
En Termancia Idris y Retógenes vieron por primera vez a un legionario.
Ese año los romanos llevaban desde la primavera en la región. Habían plantado ante la cara sur de Termancia, no lejos del río, un campamento fortificado. Los termantinos, jactándose de la inaccesibilidad de su ciudad, tenían por costumbre salir de las murallas a la caída del sol y acercarse a provocar. Había entre ellos un guerrero que medía más de seis pies. Era fornido como ninguno y llegaba hasta casi las puertas del campamento enemigo, donde increpaba a los legionarios a grandes voces y los retaba a un combate singular. Cada noche rodeaba el lugar con su carro y regresaba a la ciudad, por la puerta del sur. El silencio respondía a los gritos que les lanzaba en su tosco latín.
—¡Esos son los romanos! Cobardes como ellos solos.
Al cuarto día de repetirse la provocación, de repente sonaron las bucinas en el interior del campamento. La puerta se abrió para dejar salir a un único legionario que, poco a poco, con su gladius en la mano, se acercó al gigante.
—¿Y ese es el campeón que enviáis? —se burló el termantino. Y bajó de su carro.
Al correrse la voz, los arévacos acudieron a las murallas.
Leukón subió a lo alto de uno de los farallones de arenisca que sobresalía de la fortificación con Babpo y sus hijos para presenciar la escena. Pese a la distancia, Idris y Retógenes pudieron observar perfectamente cómo se batían los dos guerreros en un espacio, cercano al campamento, que los romanos habían despejado de árboles. El termantino acometía con fiereza desde el principio. Buscaba intimidar a su contrario. Le insultaba a cada momento. Y sin embargo aquel romano bajito y quieto aguantaba cada embestida con entereza, sin pronunciar ni una palabra.
—¿Qué te pasa, romano? ¿Es que no sabes hablar? ¿Te ha comido el miedo la lengua?
Cada nueva bravuconada era acompañada por la correspondiente embestida. No obstante, el romano esquivaba las embestidas con habilidad, sin dejar de observar a su contrincante.
Por fin los dos se enzarzaron cuerpo a cuerpo. Los golpes de espada de uno y otro se encontraron con los escudos y en las murallas se oyeron exclamaciones animando al grandullón: nadie dudaba de que saldría vencedor. Pero repentinamente el gigante dio un paso atrás. Se tambaleó. Tras bajar el brazo que agarraba el escudo dejó caer la espada que sostenía en la diestra. Se estremeció un momento. Se llevó una mano al vientre, donde el romano le había hundido la espada, y cayó de rodillas.
El legionario se acuclilló para limpiar la hoja en la hierba y la enfundó. Se acercó al caído y se inclinó sobre él. Al ponerse en pie, agitó en dirección a las murallas de la ciudad la torca que había arrancado a su rival. La alzó en el aire al son de las bucinas triunfales y los gritos de júbilo de sus compañeros de armas que contemplaban todo desde el campamento.
Años más tarde Idris todavía recordaría la amargura con que su padre y Babpo acogieron aquella derrota simbólica.
—Aprended los dos que no siempre muerde más el perro que más ladra… —dijo Leukón—. La fuerza se le fue por la boca.
—Son pequeños esos romanos, pero saben luchar —asintió Babpo.
Ese día Idris entendió que la jactancia nunca jamás es buena consejera.
6
Pese a ello no fueron derrotas frente a las legiones que llegaban cada primavera, siempre bajo mando de un nuevo cónsul, sino victorias las que prevalecieron y marcaron la jefatura de Leukón. De todas, la mayor fue la que obtuvieron en la batalla que los romanos llamaron de la Vulcanalia, por darse en el día consagrado a Vulcano, dios del fuego.
Ese año los numantinos y sus ciudades aliadas reunieron un gran ejército para combatir a las legiones consulares. El enfrentamiento era seguro, vista la hostilidad con que se había acogido en Roma a los mensajeros arévacos, a los que se obligó a permanecer fuera de las murallas de la ciudad y se dio tratamiento de enemigo.
Finalmente, durante la primavera, se pudo juntar un ejército de más de veinte mil infantes y cinco mil jinetes que lideró el segedense Caro.
Apenas tres días después de su elección, Caro se apostó en una zona de monte bajo y atacó a los romanos cuando la columna de marcha se adentró en una quebrada del terreno.
Leukón lideraba el contingente numantino.
El combate, duro e incierto en un principio, terminó con un gran triunfo sobre los invasores, que dejaron el terreno lleno de cadáveres. Y sin embargo, cuando los arévacos los perseguían de forma desordenada, un contrataque de la caballería romana que custodiaba los bagajes resultó en la muerte de muchos celtíberos y entre ellos, Caro.
Esa misma noche, los arévacos se reunieron en Numancia y eligieron como nuevos generales a Ambón y, de manera unánime, a Leukón.
7
Corría, pues, el tercer año de la centésima quincuagésimo sexta Olimpiada*, y el sol se alzaba como una gran rueda de fuego por encima del río Duero, cuyo cauce había menguado lo suficiente en el estío como para ser vadeable, cuando llegaron las noticias de que el cónsul Nobilior, ya repuesto de la derrota, se acercaba de nuevo a Numancia.
Por el Duero habían cruzado de manera precipitada, un mes atrás, los romanos después de la estrepitosa derrota ante Caro.
El ejército consular se dirigió hasta el Talayón de Renieblas, un alto monte a escasos veinticuatro estadios de Numancia, donde, con el pretorio orientado hacia la ciudad arévaca, habían recompuesto sus fuerzas en un campamento que rodeaba la cima.
Los cuarteles romanos miraban por un lado hacia el este, por donde se levanta el Moncayo, monte sagrado de los arévacos, siempre coronado de nieve, y por otro hacia la coalición de celtíberos que, tras elegir nuevos jefes, acampaba en la llanura al pie de Numancia, perfectamente visible desde su atalaya.
El mundo amanecido debió antojárseles hermoso a aquellos hombres que se despertaron con el alba en sus tiendas y que, tras un frugal desayuno de pan con aceite y garum, una crema de pescado fermentado, agarraron sus jabalinas, sus espadas, sus escudos.
En un día normal los romanos habrían cargado su impedimenta en las mulas y preparado una marcha o algún entrenamiento con los que sus mandos pretendían mantenerlos en tensión y con los ánimos altos después de los durísimos enfrentamientos del verano.
Pero hoy había batalla y justo antes cada cual tenía su propia rutina: los más rezaban en sus aras a Júpiter o a sus dioses familiares, a sabiendas de que el augur había encontrado indicios favorables en las entrañas de la oveja sacrificada. Otros afilaban sus gladii mientras los centuriones pasaban por las barracas urgiéndolos con sus voces.
—¡No os preocupéis, que los que hoy durmáis en el Hades no necesitaréis gran cosa! Pero no olvidéis que la muerte persigue a quien le muestra la espalda.
Un par de horas más tarde los manípulos se organizaban en la amplia llanura que se extendía por el lado menos resguardado de Numancia.
Todos quedaron encarados con la sierra de Urbión en el poniente, con el sol de espaldas. A su izquierda, una hilera de álamos acompañaba el curso menguante del río Merdancho.
Teniendo a la vista la ciudad rebelde, los legionarios se escalonaron en una forma de damero dejando el suficiente espacio entre hombre y hombre para combatir con holganza.
Delante iban los vélites, los más jóvenes.
Detrás se prepararon los asteros, los príncipes y, en una tercera fila, los veteranos triarios que de inmediato hincaron una rodilla en tierra con solemnidad.
8
Aquel espectáculo lo contempló Idris junto con los críos y las mujeres que se iban colocando en lo alto de las murallas de Numancia. Todos vitorearon a los hombres que habían dormido en la ciudad, mientras salían por la puerta oriental en pos de Leukón.
A los romanos los flanqueaban tanto los aliados celtíberos que habían reunido por el camino —carpetanos y sobre todo tribus costeras del levante y también del sur de la Hispania Citerior— como la siempre numerosa caballería de los númidas, sus aliados tradicionales.
Los africanos cabalgaban sin silla y aun así controlaban como nadie sus pequeñas monturas.
Desde su posición en las almenas, a Idris le costaba apartar los ojos y se fijaba especialmente en los númidas, porque como buen numantino estaba obligado a ser un ágil jinete.
En toda Celtiberia el mismo caballo llevaba a dos guerreros, uno de los cuales descendía a luchar a pie, y muchos enseñaban a sus monturas a permanecer quietas durante el combate, atadas a una clavija de hierro en el suelo, hasta que regresaban. El propio Idris había visto a Leukón y a sus mayores domar a los animales y entrenarlos para que no tuvieran miedo al fragor de la batalla. Él mismo empezaba a cabalgar y a entrenarse para la lucha.
Un sol cruel iluminaba cada vez más un cielo claro y despejado donde no había ni una sola nube. El astro rey se cernía sobre la llanura agostada donde poco a poco la sombra de los romanos se iba acortando.
El sol hacía brillar los cascos de los celtíberos que se asomaban por el poniente a espaldas de Leukón.
Sin soltar su báculo de autoridad, el jefe de Numancia marchaba en posición adelantada en tanto que por encima de sus cabezas los buitres se juntaban por decenas en el cielo y volaban con sus largos cuellos encogidos y la vista puesta en el llano, en espera de que apareciesen los cadáveres, tal como ocurría cuando se congregaba tanta armadura.
—¡No os dejéis impresionar! ¡Todo el mundo en su puesto! ¡Mantened la formación en cuadro! —gritaban los centuriones romanos. La sed acrecentaba su impaciencia.
Cada vez despuntaban por el horizonte más y más penachos rojos de jinetes arévacos que con sus petos y armas de asta rivalizaban en número con la caballería númida. A sus espaldas, y formando una ordenada línea, llegaban infantes numantinos con sus escudos de madera en ristre, menos largos que los de los romanos pero más manejables.
La vista de aquellos celtíberos debió ser terrorífica. Aun así, los romanos se mantenían firmes en sus posiciones.
—¡Ha llegado el momento de vengar a Caro! —gritó Leukón—. ¡Acabemos lo que no pudimos concluir el mes pasado! ¡Rematemos a ese ejército de soberbios extranjeros!
—Que nadie se mueva. Que los vélites y asteros se preparen para el ímpetu. ¡Eicere pila! ¡Lanzad las jabalinas! —ordenó, por su parte, Nobilior desde lo alto de su caballo.
El cónsul se había instalado a la derecha de sus hombres en una zona ligeramente elevada.
Los niños y mujeres numantinas encaramados a las murallas podían verle desde lejos. Lo señalaron y aderezaron el ademán con insultos y maldiciones, como si el viento que se levantaba fuese capaz de llevarlos hasta aquel general romano de capa roja, acompañado de oficiales también a caballo, que observaba la cuidadosa disposición de su ejército y se preparaba para enfrentarse a su destino.
—Algún día, Idris, tú y yo lideraremos ejércitos así —murmuró Retógenes.
9
Aquello ya no era una emboscada como la que habían sufrido los romanos por el camino.
En ausencia del elemento sorpresa, que había ayudado a los nativos en su primer encuentro, este arrancó como una batalla clásica, con un lanzamiento masivo de jabalinas por parte de los vélites.
Los escaramuzadores, para el lanzamiento, daban un paso atrás y dos o tres hacia adelante, cogiendo impulso, y luego se replegaban por los pasillos que dejaban los manípulos entre sí para la maniobra.
Los arévacos se cubrieron con sus escudos. Cuando cesó la mortífera lluvia ellos también se descubrieron y arrojaron sus propias lanzas con los alaridos correspondientes.
—¡Protegeos! —gritaron los centuriones.
La andanada de proyectiles ensombreció momentáneamente el cielo.
Asteros y príncipes alzaron sus escudos. Los gemidos de los heridos llenaron el aire. Agonizaban los primeros hombres.
—¡Vamos a por ellos! ¡Echemos a los extranjeros de nuestro país! —gritó Leukón, al frente de los suyos.
—¡Contendinte vestra sponte! —ordenó el general Nobilior.
El clamor de uno y otro bando preludió el cuerpo a cuerpo.
Los asteros, que ya habían lanzado sus jabalinas, sus pila, fueron los primeros en acudir al enfrentamiento en tanto que las caballerías de uno y otro bando corrían furiosamente al galope.
Númidas y numantinos avanzaban por los flancos. Aunque se hostigaron lanzando sus ligeras y mortíferas jabalinas de hierro fino antes de retirarse de nuevo, ninguno de los dos cuerpos de caballería consiguió envolver al ejército enemigo.
—¡Mira allá, hermano! —señaló Retógenes.
Idris no lograba apartar los ojos del campo de batalla. Las vanguardias de ambos ejércitos se habían concentrado en dos filas continuas de hombres que se acometían en las primeras oleadas con una exaltación furiosa, con voluntad decidida de matar o hacer retroceder al adversario.
Tanto los niños numantinos desde la distancia como Nobilior, parado en lo alto del cerro en medio de sus ecuestres, constataron que la batalla parecía empatada.
Fue entonces cuando, mientras los asteros retrocedían para refugiarse por los pasillos previstos entre los príncipes, Nobilior, desde su mando, dio una voz al decurión.
—¡Que vengan los elefantes!
Un mensajero de los romanos partió a galope en dirección a la retaguardia. Al poco apareció por detrás del cerro a sus espaldas el arma secreta de Nobilior: los elefantes africanos que había enviado el rey de Numidia y que habían llegado mientras se hacían fuertes en la atalaya de Renieblas.
—¡Eso es lo que le ha decidido a dar la batalla! —murmuró Olónico, que durante sus viajes había conocido bestias similares.
Idris seguía hipnotizado. Una exclamación de temor recorrió las filas de la muchachada en lo alto de la muralla. Ellos y el mujerío observaron la evolución de un enfrentamiento que a partir del día siguiente podría determinar que se convirtieran en esclavos. Todos habían rezado a sus dioses para que favoreciesen a los suyos.
La aparición de los elefantes lo cambiaba todo.
Los más pequeños apenas cargaban con un conductor y un arquero o lancero con turbante blanco y el armamento tradicional de los africanos. Pero el resto llevaban encima torres de madera, auténticos castillos que protegían hasta a cuatro númidas de oscura tez, armados de las sarissas que habían heredado de los cartagineses y estos de los griegos, picas de veinte pies de largo con las que ensartaban a todo el que se pusiese a su alcance.
Los paquidermos portaban capuchones rojos y estaban pintados para que su presencia resultase pavorosa. Eran una veintena.
—¡Son demonios de Elman! —exclamaron las mujeres.
10
La llegada de los elefantes provocó el temor de unos y envalentonó a los otros. Los triarios y príncipes romanos ampliaron los pasillos para dejar paso a los paquidermos que, con sus prolongados barritos, cargaron hacia el enemigo.
Ni Leukón ni ninguno de los arévacos en el campo de batalla habían visto jamás elefantes o bestias de un tamaño semejante. Pensando que eran demonios, sucumbieron al pánico. Los que no, se quedaron paralizados mientras los paquidermos los pisoteaban o los empalaban con sus colmillos provocando la desbandada entre sus filas.
—¡Los nuestros huyen! —exclamó Stena, que no andaba lejos de Idris.
También las tropas romanas repetían un grito parecido en su idioma.
—¡Huyen, Nobilior! ¡Los numantinos y sus aliados huyen!
Nobilior, que hasta entonces se mantenía en tensión en su observatorio en la colina, se sintió satisfecho. Consideraba que por fin los dioses le hacían justicia y que la fortuna, después de tantos reveses, volvía a estar de su parte. Desde su posición en lo alto de la ladera dio orden de perseguir a los numantinos en su retirada.
Los portaestandartes de sus tropas hicieron avanzar a las cohortes. El sonido victorioso de las bucinas arrastró tras de sí a los manípulos en formación cada vez más suelta.
Desde los muros de Numancia, tanto Idris como los demás muchachos pudieron ver cómo la caballería númida se lanzaba a galope tendido por delante del ejército romano y caía sobre los fugitivos haciendo destrozos tremendos.
—¡Que alguien abra las puertas de la ciudad! ¡Los están masacrando! —se lamentó Olónico.
El resto de las tropas consulares seguían a los elefantes. Todos avanzaban hacia Numancia por su ladera menos escarpada. La batalla parecía ganada por la legión. Los numantinos se refugiaban en su ciudad.
Y ya empezaban los romanos a preparar el asalto final, con el sol en su cénit, después de haber matado mucho arévaco por el camino, cuando desde lo alto de las murallas Leukón y otros tres hombres de los que habían regresado a Numancia, con gran esfuerzo empujaron una gran piedra y la hicieron caer sobre un elefante que embestía con la cabeza contra el muro.
—¡Ahí va!
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La roca cayó sobre la pierna del animal, hiriéndolo. La bestia soltó un tremendo gemido y se tambaleó, desconcertado por la agresión.
Por suerte para los numantinos, el conductor africano no supo apartar al elefante. Viendo que este se retorcía de dolor, los defensores rociaron al animal herido con una lluvia de jabalinas que lo irritó más aún.
Mientras tanto, Idris y Retógenes y el resto de los chiquillos en lo alto de las murallas empezaron a participar en la batalla. Lanzaban piedras. Las mujeres sacaban cuchillos y dagas para defenderse o ayudar a los hombres. Comprobar que era posible herir a una de las grandes bestias suponía una inyección de moral.
—¡Continuad! ¡Continuad! —gritaban los hombres con un entusiasmo renovado.
Y es que la veleidosa fortuna daba señales otra vez más de su intención de cambiar de bando.
Aunque parecía que el elefante herido fuera a derrumbarse, finalmente se enderezó. Con paso cojeante y sin hacer caso a las indicaciones del conductor, empezó a huir cerro abajo entre tremendos barritos.
Las orejas que agitaba —una de las partes más blandas de su anatomía— estaban erizadas de jabalinas. Al africano que lo cabalgaba no le fue posible detenerlo. Con lo mucho que se agitaba la bestia no lograba clavarle en la cerviz la estaca prevista para ello. Era el modo de proceder cuando un elefante enloquecía.
Enseguida los demás elefantes, que detrás de esas caretas monstruosas son seres inteligentes y sensibles, se contagiaron del pánico del herido. Ellos también empezaron a alejarse. Trotaron rompiendo con sus grandes patas las líneas de la infantería de Nobilior que los tribunos procuraban en vano organizar en medio del desconcierto general.
Así fue como en medio de la confusión los propios romanos, sin atender a las voces de los centuriones, se desbandaron por las cercanías.
Al ver lo que estaba sucediendo, Leukón mandó abrir las puertas y permitió que los numantinos y sus aliados saliesen nuevamente con furiosa alegría de las murallas y acometiesen por los pinares y encinares vecinos a los extranjeros que huían hacia el levante.
—¡Matadlos a todos! —gritó mientras sus hombres corrían en pos de los vencidos.
Él mismo salió con el gentío al campo de batalla. Viendo a Idris cerca, en medio de un grupo de muchachos, le obligó a avanzar hasta un tribuno romano que había caído al pie de las murallas, no lejos de la puerta.
—¡Está muerto! —exclamó, cogiéndole del brazo y alargándole su espada—. ¡Córtale la mano derecha y después la cabeza!
Idris nunca olvidaría el momento. De repente sintió una humedad por la pierna. Leukón se le quedó mirando. Al darse cuenta soltó una carcajada. Los hombres que había cerca también se rieron. El niño se había meado encima.
12
La vacilación de Idris a la hora de mutilar al tribuno romano caído había irritado al padre y provocó un nuevo disgusto.
Pasó el tiempo, y cada vez que Leukón lo veía observar el cráneo que desde entonces colgaba de un gancho en la pared junto con del resto de romanos, al menos una docena, que había matado en combate singular, y que siempre enseñaba orgulloso a los visitantes de la casa, no podía disimular su contrariedad.
—Este hijo mío no tiene el suficiente odio a Roma… Así no podrá liderar nunca a los numantinos.
Idris no contestaba, pero sufría la frialdad de Leukón y, a medida que crecía, la animadversión se hizo cada vez más evidente. Ya ni siquiera la intervención de Stena limaba las aristas.
—Ya es hora de que salgas de las faldas de las mujeres —decía Leukón, quien con la edad le exigía cada vez más.
Ni siquiera constatar que la pericia de su hijo con las armas crecía y que superaba con facilidad a su hermano Retógenes, o que montaba tan bien a caballo como él mismo, bastaba para suscitar en Leukón algo parecido al cariño. Ni aun así pudo Idris ganar el afecto paterno.
Llegó el momento en el que habiendo cumplido Idris los dieciséis años y Retógenes quince, Leukón consideró que era hora de buscarles esposa.
Hacía ya un tiempo que reflexionaba sobre la cuestión. Siguiendo una antigua tradición numantina se consideraba que, al ser Ávaros el jefe del segundo clan, correspondía que los vástagos de uno y otro se enlazasen. Y Ávaros tenía tres hijas en edad de matrimoniar.
—Así se sellará la alianza entre las dos familias. Es la manera de evitar futuros enfrentamientos —dijo Olónico.
Ávaros y Leukón se habían reunido en reiteradas ocasiones. El enlace quedó pactado a gusto de todos, salvo de los principales concernidos. Idris oyó a los ancianos hablar a sus espaldas, pero solo acabó de entender qué tramaban los dos jefes cuando se lo anunció su padre.
—Hijos míos. La decisión está tomada. Os casaréis esta primavera con las hijas de Ávaros.
En ese momento, Idris sintió una tremenda alegría. Aunia y él eran bastante más que amigos y, aunque no lo hubiera manifestado abiertamente, creyó que su padre lo había entendido. Pero el gozo duró poco.
—Se enlazará primogénito con primogénita y cadete con cadete —dijo Leukón—. Idris con Anna y Retógenes con Aunia.
Retógenes, que nunca se había interesado por ninguna de las dos, no dijo nada.
Y sin embargo Idris respondió como si le acabara de picar una avispa.
—¿Por qué?
13
—Por cuestión de edad —dijo Leukón—. Es natural que el primogénito enlace con la primogénita. Ávaros insiste en que sea así. Es una de las condiciones que impone. Quiere ver casada a la coja primero.
Idris le mantuvo la mirada. Pensó que en lo muy profundo a Leukón aquello le satisfacía.
—De todas formas, no te debo ninguna explicación —continuó Leukón—. Como jefe de Numancia te digo lo que ha de ser y tú obedeces. Te casarás con Anna y tu hermano con Aunia.
—No me casaré con ella, no.
—¿Qué acabas de decir?
Leukón no esperaba que el polluelo le replicase. Era la primera vez que Idris le plantaba cara y le miró con incredulidad.
—He dicho que no me casaré con ella —dijo Idris—. No me casaré con Anna. Y no por coja, sino porque es a Aunia a quien quiero.
Leukón hizo como si no le hubiese oído. Repitió marcando cada sílaba que era una decisión tomada. Era una orden suya avalada por el consejo de ancianos tras una negociación complicada. Pero Idris por primera vez en su vida no agachó la cabeza y mantuvo una actitud retadora.
El resultado fue que la mano del padre se disparó y golpeó al joven, quien, aturdido, permaneció en el suelo.
Hasta ese momento cada vez que su padre le golpeaba Idris bajaba la cabeza y aceptaba el castigo.
Sin embargo, aquel día en su interior se revolvieron todos los demonios. Tras levantarse, miró a Leukón y cargó contra él con toda la rabia acumulada desde niño. Lo empujó con ambas manos. Leukón tropezó. Con los ojos inyectados en sangre, el hijo agarró su báculo. Le golpeó. Lucharon por el báculo. Y quién sabe en qué habría terminado todo aquello si no se hubieran interpuesto Stena y Retógenes.
—¡Vete! —El jefe echaba espumarajos por la boca—. ¡Fuera de mi vista, muchacho infame! ¡Te casarás con quien yo te diga y harás lo que yo te ordene! ¡Y si no, te irás mañana mismo de esta ciudad! ¡Desaparece de mi vista! ¡No quiero tenerte más bajo mi techo!
14
El odio había acompañado a Idris desde que en las postrimerías de la noche cruzó las puertas de la ciudad en medio del silencio de los vigías, sin que nadie hiciera nada para detenerlo.
Llegó al Duero sin mirar en ningún momento hacia atrás. Los años podrían pasar, pero Idris nunca olvidaría los golpes que su padre le había prodigado tantas veces, el desprecio con que siempre le había tratado y que resultaba más hiriente por contraste con el amor que mostraba sin embozo por Retógenes…
Todo ese odio se había empozado en su alma.
Cuando esa tarde había bajado a la laguna para encontrarse con Aunia, lo único que quería era vengarse y escapar de la tiranía de Leukón.
Y cuando regresó a la ciudad ya había corrido la voz de la disputa entre ambos, y ningún numantino le dirigió la palabra. Eso propició que a la madrugada siguiente, después de dormir en el corral con los animales, recogiese sus pocas posesiones en un petate y saliese como un ladrón de una casa a la que no pensaba regresar jamás.
La orilla relucía con el rocío. Amanecía cuando Idris echó sus cosas dentro de uno de los muchos esquifes ocultos entre las hierbas. Lo empujó dentro del agua, se subió a él y cogió el remo que había encima. Sonaba el canto de una codorniz. El remo penetró una y otra vez en la superficie del agua. Por el aire volaba una alondra que Idris ni miró. Mientras guiaba la embarcación río abajo y sin volver la cabeza, permitió que la corriente lo alejase cada vez más rápido.
Al torcer el primer recodo del Duero sintió una exaltación liberadora y a la vez una gran congoja.
Ambos sentimientos eran como la luz y las sombras que luchaban en el horizonte que ya se encendía y donde la aurora se abría como una gran rosa en el cielo.
Así fue cómo Idris abandonó Numancia.
Se marchó para no regresar sino diez años después, cuando muchos pensaban que estaba muerto y nadie esperaba volver a verlo jamás.
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Bellum a nulla re bella*.
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* 153 a. C. (N. del E.).u
* Este latinajo estaba escrito en un margen del manuscrito original con la letra del padre Fita. (N. del A.).
2
Escipión Emiliano y el regreso de Idris
Más tuvo (Escipión) que luchar dentro del campamento con nuestros soldados, que en el campo de batalla con los numantinos. Vejados aquellos con asiduos y serviles trabajos, se les mandaba construir empalizadas, ya que olvidaron el manejo de las armas, y mancharse con el lodo, ya que rehusaron cubrirse de sangre.
LUCIO ANNEO FLORO, Compendio de las hazañas romanas
1
El tiempo pasaba con rapidez y diez años después los numantinos que pastoreaban por los alrededores de su ciudad pudieron ver cómo por uno de los senderos del cerro más alto, hacia el noreste, ascendían las primeras hiladas de romanos con sus escudos y sus lanzas, seguidos por tropas auxiliares hispanas que los doblaban en número y una infinidad de mulas y carros.
Aquellos legionarios formaban parte de cohortes derrotadas en muchas batallas que había reagrupado en la costa tarraconense el veterano cónsul Publio Escipión Emiliano, quien hoy marchaba en cabeza a caballo y que, en espera de volver a vestir la púrpura, llevaba encima de su túnica un sencillo sago negro. De luto, decía, por la molicie de sus hombres.
Cinco meses habían bastado al afamado general para convertir aquel cúmulo de indisciplinados combatientes en algo parecido a un ejército.
Medió hasta entonces un severo entrenamiento durante el cual el cónsul los había obligado a excavar y rellenar fosos a diario, construir y demoler muros de piedra, marchar siempre en formación de cuadro y, si bien permitía a los enfermos desplazarse a caballo, también repartía entre los demás las cargas excesivas para las mulas.
Cinco meses durante los cuales se les habían unido sus aliados en la región, además de los contingentes asiáticos enviados por Antioco de Siria y Átalo de Pérgamo; y por último, una docena de elefantes africanos regalo de Micipa, rey de Numidia, cuyos barritos ya apenas asustaban a los indígenas, dado que la experiencia enseñaba que pese a su aspecto imponente eran bestias de instinto gregario y pacífico: a veces su mera presencia atemorizaba al adversario y otras bastaba con herir a uno en la trompa para que los demás se desbandasen.
A aquellas bestias se debía, aun así, el que durante la penosa travesía por los abruptos territorios de la Hispania Citerior, tan duramente conquistada palmo a palmo, los hubiesen evitado las tribus rebeldes.
Bajo el mando del cónsul Escipión, los romanos únicamente se habían detenido para arrasar los cultivos a su paso. Especialmente los de los vacceos, que suministraban trigo de Numancia.
Su actividad principal había consistido en talar árboles y apilar las estacas en los grandes carros que los seguían tirados por acémilas, esclavos y soldados, y a veces, cuando los hombres se agotaban, por elefantes.
Por fin, una vez fijado el emplazamiento del campamento en el cerro más elevado, y mientras se cavaba una zanja alrededor, Escipión Emiliano decidió salir acompañado únicamente por un puñado de hombres de su guardia personal, escogidos entre los veteranos que permanecían junto a él desde Roma, y su fiel Polibio.
2
—Ahí está Numancia —dijo Escipión.
Él y Polibio al frente del pequeño contingente habían descabalgado para encaramarse a una peña desde lo alto de la cual se divisaba por fin la ciudad enemiga. El mismo sol que los venía azotando a lo largo de los meses de verano, enrojeciendo sus rostros y agostando los campos de trigo, se ponía ahora lánguidamente por el poniente.
—Poca cosa parece para oponer tanta resistencia… —dijo Polibio.
Y era cierto. Aquel recinto amurallado de seis hectáreas contenía varios centenares de casas, la mayoría chozas, alineadas a media ladera del cerro vecino que se elevaba unos doscientos pies sobre el llano. Las casas tenían muros de mampostería, tejados de paja y barro, y los moradores que se afanaban a lo lejos en calles pobremente empedradas no sobrepasaban las dos o tres mil almas. Contando los de fuera de la muralla, como mucho llegarían a ocho mil.
La colina que a tramos aparecía cubierta por una alfombra dorada estaba salpicada de zonas boscosas con mucho pino, mucha encina, bastantes robles, campos de cultivo parduzcos y pequeñas granjas que bajaban por la ladera hasta la orilla del Duero, donde las hileras de puntiagudos chopos acompañaban el curso del agua.
Hacia el norte de la ciudad un abundante arbolado escondía numerosos humedales y también la laguna que formaba el río allí donde recibía las aguas de otro curso menor, el Tera.
A esas alturas los romanos estaban familiarizados con la manera de guerrear de los arévacos, a la que habían bautizado como «guerra de fuego».
Si las confrontaciones con los pueblos germánicos y asiáticos se decidían habitualmente con una única batalla y casi todas al primer choque por el ataque de todas las tropas, en Hispania, en cambio, la noche podía interrumpir la contienda, pero los dos bandos resistían y, al amanecer, retomaban unos combates que solo terminaban con los fríos del invierno.
—Poco parece para llevar tantos lustros resistiéndonos, es cierto —continuó Escipión—. Pero los dos sabemos que esos campesinos que se mueven entre cabras son los responsables de los mayores quebraderos de cabeza que han caído sobre Roma desde la guerra con Cartago. Ellos encabezaron la confederación que derrotó a Nobilior en esta misma llanura no hace tanto. Después osaron enfrentarse al ejército del cónsul Metelo, que sucedió a Nobilior y quien tras dos años guerreando no consiguió doblegarlos.
»Se burlaron igualmente de Quinto Pompeyo, primer nombre famoso de esa gran familia patricia, el cual firmó un tratado de paz innoble a espaldas del Senado. Y por último han derrotado al cónsul Mancino, a quien acompañaba como cuestor mi cuñado Tiberio Graco. Con una hábil emboscada en un desfiladero consiguieron que les rindiese su ejército sin combatir…
»Y cuando el Senado, como castigo por su comportamiento deshonroso, ordenó entregarles a Mancino, abandonándolo ante esas murallas desnudo y con las manos atadas, esos rústicos que vemos ahí nos lo devolvieron vivo, para mayor deshonra de Roma.
»Y por eso los siguientes cónsules nunca se han atrevido a atacarlos hasta que me han encomendado a mí, a Publio Cornelio Escipión Emiliano, el nieto del vencedor de Aníbal, acabar de una vez por todas con su rebelión.
»Hoy me llaman el Africano Menor porque soy el responsable de que Cartago sea una ruina. Pero te puedo decir que cuando termine con esto me llamarán el Numantino y llevaré ese título con orgullo.
Mientras hablaba, Escipión Emiliano observaba las toscas murallas de Numancia y se arrebujó en su sago ibérico protegiéndose del incómodo viento.
Al cabo, tras una nueva mirada hacia el poniente por donde el sol empezaba a descender, frunció el ceño y se encaminó de vuelta hacia donde esperaban el poeta Lucilio y los restantes jinetes de su guardia personal.
—Ahora nos toca descansar, Polibio. Debemos reposar el cuerpo y la mente. Es importante empezar mañana la campaña bien dispuestos. Hasta aquí todo ha sido un largo prolegómeno. Regresemos —dijo, mientras sus sandalias pisaban las breñas de aquellas tierras salvajes con las que empezaba a estar cada vez más familiarizado.
3
Hacía ya demasiados años que Hispania se había convertido en un problema para Roma. Eso se reflejaba en la actitud de una juventud romana que no quería luchar en aquella salvaje y dura guerra, como la llamaba el poeta Lucilio. Durissimum bellum, decía Cicerón.
Para cualquier destino siempre había habido en la ciudad de las siete colinas más aspirantes a tribunos de los necesarios.
Pero vistas las decenas de miles de muertos cuya sangre bebían los páramos celtíberos, eran cada vez menos los que escogían la península ibérica para adornarse de las necesarias victorias que les permitiesen, a su regreso a Roma, triunfar en la política. Y eso que había inmensas cantidades de riqueza en juego.
Desde hacía más de dos décadas, la Hispania Citerior se había convertido en sinónimo de problemas. Los casos de cónsules castigados durante el arranque de las guerras numantinas perduraban en la memoria de todos.
Cuando se elegían tribunos para servir en Hispania con cualquier general, los jóvenes se resistían e incluso se negaban a alistarse sin que ningún castigo pudiese evitarlo, de lo numerosos que eran.
En semejante circunstancia había sido muy admirada en su día —de eso hacía ya diecisiete años— la actitud de Escipión Emiliano cuando, preguntado sobre el destino que deseaba, declaró sin dudarlo que, pese a que le invitaban a ir a Macedonia y a su convencimiento de que conseguiría mayores riquezas en Asia, sin embargo, como buen ciudadano, consideraba su deber plegarse a las necesidades de la República:
—En consecuencia, iré a prestar mis servicios como tribuno a Hispania.
Al oír aquello la mitad del Senado acudió a abrazarle. Más de un patricio se vio obligado a alistarse, so pena de que la comparación los deshonrase.
Ahí había empezado la brillante carrera militar de Escipión.
Quizás por ello a nadie le extrañó cuando a los pocos años, ya de regreso en Roma, ese mismo joven de pulcros bucles y cuidadosa higiene fuese elegido el cónsul más joven de la historia de la República para enfrentarse con Cartago.
Y ya con la cabeza cubierta de canas y menos cabello en las sienes, a sus cincuenta y un años, tras ser nombrado nuevamente cónsul, aquel era el hombre en quien el Senado había pensado para poner fin a las revueltas incesantes de la provincia.
—¿Cómo puede ser que no haya un Catón que clame por la destrucción de Numancia como se hizo hace catorce años con Cartago? —dijo, al tiempo que cruzaba la puerta pretoriana del campamento.
Por doquier se levantaban las primeras tiendas entre gritos marciales.
—¿Tanto han decaído nuestros valores? ¿Tan difícil es que alguien dé un paso al frente? ¿A esto está llegando nuestra República? —lamentó.
4
Los numantinos que salieron al día siguiente bajo un cielo con las nubes colgadas de los picos de la sierra anunciando próximas lluvias se encontraron con que, hacia levante, se alzaba una larga empalizada que bajaba del cerro más alto de los que rodeaban Numancia y llegaba hasta las cercanías del río Merdancho.
Durante las horas de la noche, los romanos habían cavado una fosa de medio metro, aprovechando la tierra extraída y cualquier piedra cercana para apuntalar unas estacas a las que solo dejaban las ramillas laterales que luego se entrelazaban.
Pero la sorpresa de los numantinos fue todavía mayor cuando en torno al mediodía y con un sol esplendoroso en lo alto del cielo corrió la voz de que volvía Idris, el hijo de Leukón, el gran caudillo de Numancia, al que este había expulsado de la ciudad diez años atrás como consecuencia de un enfrentamiento en el que era fama que estuvieron a punto de entrematarse.
A esas alturas nadie ignoraba que el profundo aborrecimiento de Leukón por su hijo databa del mismo día de su nacimiento.
A cualquier interesado por el asunto se le contaba que la madre había muerto durante el parto y que Leukón, que amaba con pasión a su esposa, nunca pudo soportar la vista del niño, que fue criado por una nodriza proveniente del norte y por Stena, la esclava que el caudillo había tomado como segunda esposa y con quien tuvo su segundo hijo.
Aquella era una de las historias que los viejos del lugar contaban al calor de la hoguera, cuando caía la noche, junto con otros relatos que explicaban el pasado de Numancia. Desde entonces muchos viajeros regresaban jurando que habían visto al hijo de Leukón enloquecido y cabalgando como un alma en pena por los montes que rodeaban su antigua patria.
Por eso, nada más saberse la noticia, enseguida abarrotaron las calles decenas de numantinos que se asomaron para ver pasar a aquel jinete que, tras identificarse a voces, cruzaba los portalones abiertos desde primera hora que flanqueaban dos torreones por el costado norte de la ciudad.
En medio de la expectación el hombre que debiera haber sido un día su jefe recorrió en silencio y haciendo caso omiso de miradas unas calles que conocía de memoria y que se orientaban en dirección oriente-poniente, salvo las dos principales, que miraban al septentrión, y que en los cruces rompían la alineación para formar esquinas que cortaban el helado viento que corría en invierno, el temido cierzo.
Seguido cada vez por más gente, el recién llegado guio su caballo thieldón hasta el umbral mismo de la casa paterna, que estaba en el mejor barrio de Numancia, hacia el sureste, y descabalgó.
Sujetando al animal entró en el patio donde de inmediato quedó encarado con su hermano Retógenes, que salió sin siquiera dirigirle la palabra.
5
—Veo que te alegras de verme —dijo Idris. ¿Dónde está padre?
Aunque nacidos de la misma simiente, no podía haber mayor contraste entre dos hermanos.
Los ojos de Idris eran zarcos, fríos. Su tez, clara. El cabello rubio y tan largo como el de los guerreros arévacos. Medía más de cinco pies y su físico musculoso estaba lleno de cicatrices. Se cubría con un sago desgastado que medio escondía la espada sujeta al cuerpo por un tahalí, y del ancho cinturón de cuero pendía por el otro lado un puñal.
Retógenes, en cambio, era barbudo y ancho de espaldas. Tenía el pelo oscuro y enmarañado, sujeto por una fina cinta sobre la frente. Andaba en túnica corta. Llevaba a su costado una larga espada suspendida por anillas al tahalí. Y nada en su presencia lo distinguía, salvo sus ojos oscuros y penetrantes como dagas en los que anidaba siempre una sorda amenaza.
—No está nuestro padre. Y no lo estará nunca para ti, bien lo sabes. No entiendo cómo tienes la desfachatez de presentarte aquí. ¿No aprendiste que el exilio, según nuestras costumbres, es irrevocable?
—Regreso —replicó Idris—, porque he tenido noticia de que Roma ha movilizado un ejército de más de sesenta mil hombres para atacar Numancia. El general que los lidera es el cónsul que destruyó Cartago. Y tiene órdenes de hacer lo mismo con vosotros. Estáis en grave peligro. Os harán falta todos los apoyos que podáis tener.
La confrontación seguía atrayendo gente. A los numantinos congregados en la calle les llegaban las voces de los dos hermanos.
—Numancia lleva mucho tiempo resistiendo los envites de Roma —dijo Retógenes—. Y volverá a hacerlo, hermano. Llevamos años sin tu presencia. Y ni se te ha echado en falta ni se te echará cuando te marches por donde has venido. Te ruego por lo tanto que des media vuelta, montes en ese caballo y no regreses jamás, pues ese es el deseo de nuestro padre.
El caballo que Idris tenía sujeto por la brida era una hermosa yegua de pelaje moteado con cola y crines oscuras. El animal se removió inquieto y soltó un relincho. Era como si entendiera lo que se hablaba. Idris la tranquilizó acariciándole el morro.
—Te repito que no me iré sin haber hablado con él.
Retógenes meneó la cabeza. Él conocía bien la terquedad de Idris. Por unos momentos estuvo tentado de echar mano a la espada, tal como tenía encomendado. Pero justo entonces se oyó una voz ronca a sus espaldas.
—No desenvaines el arma, hijo. Déjale hablar. Quiere hablar conmigo. Sea —dijo Leukón, surgiendo de la penumbra.
6
Leukón había vivido diez largos lustros y, pese a que hacía un par de inviernos que la nieve no abandonaba su barba y que su pelo era cada día más escaso por encima de su amplia frente, aún mantenía el vigor suficiente para matar, cuando era necesario, hombres tres veces más jóvenes.
Veinte años hacía que había luchado junto a Caro el día en que ambos comandaron a los arévacos en la grandiosa emboscada que destrozó al ejército de Nobilior y que ya era cantada por toda la Celtiberia.
Cuando Nobilior lanzó sus elefantes contra Numancia, él mismo lideró la coalición celtíbera durante la persecución de las tropas invasoras y pudo pagarse el lujo de rematar a una de aquellas bestias que después de ser herida terminó por doblar las rodillas en medio de un enjambre de hombres que atacaba sus ojos y hurgaba con sus armas hasta encontrar los resquicios más blandos de su piel.
Leukón también estuvo al frente de la ciudad cuando, tras la derrota imprevista del cónsul Mancino, los romanos lo trajeron de vuelta desde Roma y lo dejaron maniatado a las puertas de Numancia.
Por su mano habían perecido centenas de legionarios a lo largo de las décadas. Y todos habían aprendido que la consigna arévaca de morir durante el combate antes que aceptar la derrota no era ninguna broma.
Bajo esa máxima, Numancia se había hecho célebre, respetada.
Aquel era el hombre que, avanzando unos pasos, se encaraba con su hijo apoyado en un báculo de autoridad que remataban en su parte superior dos bustos de caballo mirando cada cual hacia un lado.
Resultaba claro que su rostro envejecido era más parecido al de Retógenes que al de Idris, y casi se diría que la expresión se contagiaba del uno al otro.
Diez largos años habían pasado desde la última vez que Leukón e Idris habían estado frente a frente, y durante unos instantes eternos los dos mantuvieron la mirada con una tremenda dureza, sin apartarla ni uno ni otro.
La cicatriz que le había hecho al padre el hijo seguía visible en la mejilla del jefe.
—¿Qué es lo que quieres? —dijo Leukón.
—Solo ayudaros. En todas las poblaciones que nos rodean, en Uxama, en Termancia, en Lutia, se habla del enorme ejército movilizado por Roma. Os habrá llegado noticia de que Uxama les ha rendido vuestro depósito de trigo. Todos dan a Numancia por destruida. Yo no podía quedarme cruzado de brazos. Por eso estoy aquí. No exigiré honores de jefe, solo derecho a guerrear por mi gente.
—Esta ya no es tu gente.
Aquellas seis palabras pronunciadas por Leukón hirieron profundamente a Idris, quien por un instante lamentó haberse decidido a volver.
—Lo queráis o no lo sigue siendo.
—Nosotros te decimos que no —respondió Retógenes.
—¡Calla, déjame hablar! —exclamó Leukón.
7
Retógenes retrocedió un paso visiblemente enojado por la manera en la que su padre le retiraba toda autoridad ahora que era él su sucesor y el hombre destinado a ejercer la jefatura cuando desapareciese. Su orgullo se resintió vivamente.
Pero antes de que pudiese replicar nada, salió del interior de la casa su madre.
A Stena la seguían sus dos hijas pequeñas, las últimas que había alumbrado y que se agarraban a su cintura. Cada una llevaba consigo la pequeña muñeca de madera que les había entregado Olónico y que Idris reconoció enseguida: eran idénticas a las que acariciaron en su día las hijas de Ávaros.
Stena, que era tres lustros más joven que Leukón, había parido ocho criaturas, de las cuales solo tres habían sobrevivido. Pese a ello y pese a que estaba cada vez más entrada en carnes, aún se adivinaba en ella la belleza de su juventud.
Aquella mujer que le había permitido compartir el pecho destinado a su hijo se había ganado un cariño que asomó por un momento a los ojos de Idris.
La antigua esclava llevaba el pelo grisáceo cubierto por una toquilla prendida a los hombros de su túnica con fíbulas de bronce, y un pectoral dorado decorado con esvásticas brillaba en su pecho colgando de una cadena. A Idris le dolió constatar el efecto que el tiempo había tenido sobre ella.
—Idris tiene razón —dijo Stena—. No es el momento de nuevas divisiones. Hemos de enterrar lo pasado. Diez años han sido suficiente castigo.
Leukón se volvió hacia su esposa con una mirada reprobatoria. La clemencia femenina le irritaba. Pero era sabido que en el ámbito doméstico y en todo lo que tenía que ver con la familia, al final hacía más caso del que pretendía a su mujer.
—Está bien —dijo—. Aunque solo porque lo quieres. ¡Que se instale en la casa del herrero, que acaba de morir! Eso sí, hazte discreto y procura no cruzarte en mi camino.
—Así lo haré, padre. No lamentarás haber tomado esta decisión.
Pero Leukón ya le volvía la espalda y desapareció en el interior de la casa.
8
A esas horas algunas numantinas aprovechaban el buen tiempo para bajar hasta donde el Duero doblaba su curso al pasar junto a Numancia.
En la ladera, fuera de las murallas, se levantaban algunas casas. Por ahí se extendió la ciudad en tiempos de la primera guerra contra Roma, cuando muchos vacceos y arévacos se refugiaron en ella, y un poco río arriba estaba el embarcadero al que llegaban los pequeños esquifes con velas que utilizaban los comerciantes de otras poblaciones ribereñas para transportar sus mercancías.
El Duero tenía allí ciento veinte pies de ancho entre orilla y orilla. Un único comerciante de vino recién llegado negociaba con un cliente de Leukón. No muy lejos, un par de hombres con la túnica remangada y el agua hasta las rodillas pescaban con un palo afilado entre las rocas rodadas. En los sotos ribereños se alborotaban las últimas golondrinas.
Una media docena de muchachas excitadas acababan de acercarse al agua fresca que corría sobre los cantos junto a la ribera donde las raíces de los chopos, juncos y mimbreras se mezclaban con el musgo que cubría el suelo en zonas umbrías.
Aquel era el punto más cercano a Numancia donde uno podía bañarse cuando el tiempo lo permitía.
Muchos preferían la laguna emplazada hacia el norte, más tranquila, pero había orden de no acercarse por la proximidad de los romanos, de modo que las jóvenes habían decidido quedarse en la cercanía de la ciudad.
—Metamos los pies en el agua —dijo Aunia, desatándose las correas de las abarcas.
Un grupo de devotos de Leukón, todos con casco, escudo y lanza, seguían a Aunia a cierta distancia mientras las mozas se acercaban al borde del agua donde el río se remansaba.
La hija de Ávaros bajaba a menudo allí porque se decía que Numa, el fundador de Numancia, tras alcanzar al jabalí infernal y darle muerte, se había encontrado en esa misma orilla con una de las diosas Matres, a la que forzó. Esa Matre fue la que dio nacimiento a los numantinos. Aunque Lugh los castigó con la muerte de sus primogénitos, la diosa había parido en la misma ribera siete veces. Desde entonces recurrían a ella las mujeres que querían concebir. Y es que toda Numancia sabía que Aunia, después de cuatro años de matrimonio, seguía sin descendencia.
Durante algunos días la hija de Ávaros había creído que por fin la diosa escuchaba sus ruegos.
Pero esa misma mañana sus ropas volvieron a aparecer manchadas con la sangre menstrual: eso le había provocado una decepción importante. Hacía un par de horas que daba muestras de irascibilidad y las chicas sufrían su humor alterado. Todas vestían túnicas blancas de lana. Todas llevaban la cintura bien ceñida por un ancho cinturón rematado en un broche de bronce. Todas tenían el cabello recogido en largas trenzas como gustan las arévacas.
—¿Todavía no? —preguntó su hermana pequeña, Ama, alejándose del resto para sentarse a su lado. Ella conocía bien sus estados de ánimo. En los últimos tiempos se habían acercado mucho las dos. Una trucha brincó no lejos sobre el agua.
—Todavía no —respondió Aunia.
—Retógenes se va a sentir decepcionado… —dijo Ama.
Aunia se encogió de hombros y jugueteó con el brazalete en espiral que llevaba en su brazo izquierdo. Pero enseguida cambió de tema.
—Lástima que no podamos ir a la laguna. Pronto el agua estará demasiado fría…
Aunia creyó percibir un movimiento en la otra ribera. No estaba muy segura, porque sus ojos, cuando miraron hacia el otro lado donde crecía un sauce llorón, no vieron nada. Aun así se sintió incómoda.
—Vámonos… —dijo.
Y se puso en pie justo cuando desde la ciudad bajaba corriendo Nunn, una chica menuda y vivaracha perteneciente también a la clientela de Leukón, a quien su padre tenía previsto desposar en breve.
9
—¡Aunia!
La joven aún jadeaba y recuperaba el resuello mientras Aunia se calzaba en la orilla. Sus piernas relucían a la luz del sol, morenas y bien torneadas, con la firmeza de la juventud. A su lado las demás parecían niñas. Todas pertenecían al clan de los Leukón o al de Ávaros, el gran rival de Leukón, al que había disputado, sin éxito, la jefatura.
—Aunia, traigo noticias. ¡Idris ha vuelto a la ciudad!
—¿Estás segura de lo que dices?
La inquietud se había apoderado de Aunia. Un torbellino de emociones y pensamientos descabellados acudió a su cabeza. Esto era algo que ni ella ni nadie esperaba… No a esas alturas y desde luego no de esa manera.
—Como de que luce el sol. Ha cruzado la puerta norte. Llegó hasta la casa de su padre y allí se encaró con tu Retógenes. Mi prima estaba con Stena. Lo ha oído todo. Idris ha dicho que Numancia necesitará ayuda para defenderse de los romanos y que nadie puede quitarle el derecho a luchar por la ciudad. Leukón iba a echarle pero Stena ha intercedido por Idris…
Aunia torció el gesto y su hermana pequeña la ayudó a colocarse la toquilla, cubriendo las espesas trenzas sujetas por coleteros de plata. Sin decir ni una palabra ambas volvieron hasta donde esperaban los guerreros.
—Vamos —dijo Aunia al tiempo que recogía su túnica para andar con celeridad.
Las muchachas conocían el pasado de Aunia y callaron mientras se encaminaban en grupo de vuelta a Numancia.
Los hombres armados que había desplegado Leukón por precaución las siguieron con un bostezo. Todos ascendieron por el sendero de arena que serpenteaba entre las encinas y llevaba hasta la puerta de la ciudad.
10
Amor metu vacat.
3
Arranca el asedio
CIRCUNVALAR (del lat. circumvallare). Cercar, ceñir o rodear una ciudad, una fortaleza, etc.
DRAE
1
—¿Qué demonios les pasa a los hombres, decurión Mario?
El campamento que Escipión había puesto bajo el mando de su hermano, Quinto Fabio Máximo Emiliano, estaba situado en el cerro que los indígenas llaman Peña Redonda, enclavado en unas lomas que bajaban mansamente al río Merdancho. Desde su posición elevada al sureste del cerro de Numancia se podía controlar la ladera meridional de la ciudad. Su eje principal corría de noroeste a sureste siguiendo una zona allanada y en su centro se cruzaba con otra vía perpendicular.
La organización del campamento era la habitual. Los barracones se iban levantando en torno a las tiendas. Estaban alineados a lo largo de calles paralelas formando una cuadrícula y los contubernios se organizaban según un orden que los hombres conocían de memoria. Cada cual tenía su propia mula y un par de sirvientes para cuidar la provisión de agua y ayudar a montar y desmontar las tiendas o reparar los equipos.
Más o menos en el centro de los cuarteles, donde se cortaban la vía pretoriana y la principal, se elevaban las primeras toscas construcciones alrededor de una plazoleta que hacía las veces de foro, y junto a ellas estaba, aunque aún fuera una simple tienda, el pretorio de su general Fabio Máximo. La construcción en piedra arrancaría pronto. Pero después de acabar la muralla exterior.
—No lo sé, general.
—Ve a informarte.
Sentado en una silla plegable, Quinto Fabio Máximo volvió a cerrar los ojos mientras Cayo Mario se iba al foro en torno al cual ya instalaban sus tabernas los imprescindibles mercaderes que seguían siempre al ejército romano.
A Máximo le afeitaba su barbero personal. Muchos legionarios se afeitaban, pero pocos disponían de un tonsor tan diestro como el que hoy afilaba la navaja de piedra laminitana, humedeciéndola con su saliva.
El afeitado era uno de los cuidados personales que no perdonaba ningún patricio. En campaña uno podía renunciar a vestir la toga o visitar las termas, a no mudar de túnica o de indumentaria, pero jamás al afeitado.
—¡Presta atención, que no quiero ningún corte como el que me hiciste ayer! —exclamó, viendo que el barbero se distraía con el ruido del foro y las letrinas cercanas.
De Fabio Máximo se sabía que de joven tenía un sentido de la disciplina tan riguroso como el de su hermano. Como cónsul había prosperado y apoyado a Escipión en Roma de tal manera que algunos filósofos los ponían como ejemplo de amor fraterno.
Y sin embargo, poco a poco, viendo que Escipión Emiliano alcanzaba una gloria tan superior que cada vez le hacía más sombra, algo había cambiado en él.
A su vuelta a Roma se había dejado seducir por los placeres.
Durante demasiados meses la influencia de los parásitos y las malas compañías permitió que su voluntad se debilitase. Y así había acabado germinando en él el peor de los vicios: la envidia.
Ahora mismo, por encima de él, un puñado de grullas tempraneras surcaba el cielo en formación. Volaban hacia el mediodía. Emigraban en busca del calor, y Máximo las miró mientras cavilaba sobre cuestiones de intendencia de un campamento en el que, ya sabía, se quedaría todo el invierno.
2
Quinto Fabio Máximo rumiaba aún ciertos detalles cuando su decurión —aquel ecuestre que le quería robar Escipión, que siempre le alababa en público por la disciplina de sus hombres y el estado de las caballerías— se acercó a los legionarios y, tras conseguir que se retirasen a sus labores, regresó de nuevo. A su paso algunos soldados sentados en el suelo delante de sus barracones y tiendas o descansaban o se estaban afeitando al igual que su general. Pero el resto se ajetreaba en las zanjas o levantando los muros.
—He hablado con los veteranos —dijo Cayo Mario—. El alboroto se debe a que han regresado al campamento los legionarios desplegados por la zona. Han bajado hasta el río. Al parecer han visto mujeres en la orilla, en el otro lado. Quieren autorización para volver y hacerlas prisioneras.
—Sabes que eso no es posible, Mario.
—Se lo he dicho, pero insisten en que os traslade su ruego. Dicen que lucharán mejor si pueden solazarse en los ratos de descanso. Se quejan de que llevan muchas horas seguidas trabajando sin descanso en las fortificaciones…
Quinto Fabio Máximo sentía la mejilla irritada por la navaja. Pese a ello el afeitado le dejaba una agradable sensación de placidez y suspiró. Una vez despachado su barbero con un gesto, se puso en pie. Respiró profundamente. Se notaba malhumorado. Aquello había sido un motivo de desencuentro constante entre él y Escipión desde el principio de la campaña.
A Máximo no le convencía la dureza y austeridad que Escipión imponía a las legiones.
Como los hombres carecían de la disciplina y la moral necesarias, el cónsul los había sometido a entrenamientos especialmente enojosos, y aun así no acaba de confiar en ellos. Les había prohibido llevar cualquier objeto superfluo, hecho vender demasiados carros y animales de carga, obligado a muchos a cargar ellos mismos con sus equipos.
No estaba permitida más vajilla que un asador, una marmita de bronce y un vaso, y debían comer en frío.
Como abrigo, sobre la túnica y las protecciones, únicamente se les permitía el sago ibérico, muy adecuado, eso sí, al clima de estas tierras. Además, Escipión obligaba a los tribunos a deshacerse de sus lechos y a utilizar catres como cualquier legionario. Y por supuesto limpió los campamentos de prostitutas.
Ese alarde de austeridad resultaba, a ojos de Máximo, pueril. Pero no había manera de hacer entrar en razón a su hermano. A veces lamentaba que los vínculos que los unían fuesen tan inamovibles.
—Diles que lo hablaré con Escipión, pero no les garantizo nada. Él dicta la ley aquí. Tiene la autoridad del Senado. No obstante, volveré a insistir —concedió.
Y levantó la vista. El sol empezaba a declinar. Los hombres descargaban de las mulas provisiones y equipamientos. La mayoría seguían trayendo piedras para los muros del campamento.
3
Idris se mostraba cada vez más meditabundo.
Bastaba con subirse a la muralla para atisbar bajo el cielo todavía claro el cerro sobre el que los romanos habían fijado su primer campamento y la empalizada de estacas bien visible que bajaba hasta alcanzar un segundo cerro camino del río Merdancho. Este otro cerro, se fijó, lo ocupaban ya guerreros númidas que llevaban consigo una decena de enormes bestias sobre las que los lanceros hacían guardia mientras otros trabajaban.
Dado que la casa del herrero estaba pegada a la muralla, lo primero que había hecho después de dejar sus cosas, al llegar, había sido subir a echar una ojeada. Allí recordó el final de la batalla contra Nobilior, cuando los elefantes enloquecieron al pie de la muralla y los romanos se retiraban vencidos. Entonces habían salido en persecución del enemigo. Durante la desbandada, al ver un tribuno romano caído ante él, Leukón le había cogido del brazo.
—¡Córtale la mano derecha y la cabeza! ¡No puedes dudar ante un romano! ¡Mírale, maldita sea! ¡Y ahora mírame a mí, y no olvides que ellos no tendrán compasión cuando se apoderen de tus tierras y de tu mujer!
Otra vez le asaltaban demasiadas imágenes, demasiados recuerdos. Eso era lo que implicaba el regreso. ¿Tenía sentido? ¿Iba a merecer la pena?, pensó, sacudiendo la cabeza. Espantó los pensamientos. Lo único que tenía que hacer, ya que nunca podría amarlo o respetarlo, era tolerarlo. ¿Tan difícil era?
Mientras reflexionaba se le acercó un guerrero que hacía la ronda por lo alto de la muralla.
—Salud —dijo el vigía, al cruzarse con él con paso tranquilo.
—Salud —respondió Idris.
Los dos hombres mantenían la vista puesta en la empalizada que construían los romanos, pero, como todos en la ciudad, no comentaron nada al respecto.
Pese a ello, hacía ya un par de días que todos los numantinos afilaban sus espadas y revisaban escudos y cascos. Muchos comprobaban el estado de los caballos que pacían en los establos o fuera de las murallas y las provisiones de trigo y cebada almacenadas en las alacenas y graneros y agrupaban sus animales.
Aunque el nivel de los aljibes era bajo por el estío, pronto se llenarían con las lluvias otoñales.
4
—Ahora entiendo por qué han dejado de llegar los mercaderes vacceos —observó Kara cuando Idris estuvo de vuelta.
Kara era la hija del herrero muerto, y en su corta vida había demostrado un tremendo carácter. No solo osaba llevar el pelo tan corto como algunos hombres, sino que desde el principio se negaba a aceptar un marido, pese a que hacía tiempo que dejó atrás la pubertad y que la costumbre lo recomendaba.
A Kara le daban igual las murmuraciones de las viejas y los viejos a su paso.
Al morir su padre, se había negado en redondo a mudarse con ninguno de sus cuatro o cinco tíos, los hermanos de su madre, que vivían dentro y fuera de las murallas.
Desde entonces se mantenía haciendo pequeños trabajos con la ayuda de un primo medio cojo que venía muchos días a trabajar a la fragua que quedaba fuera, junto con el yunque, hoy frío.
Idris había mirado todo de pasada. Dentro de la casa vio que el mandil de cuero del herrero muerto colgaba de un gancho en la pared. A su lado estaba también su casco de repuesto. Era, había dicho Kara, lo único que no se puso en el ajuar funerario. La hija quería guardarlos.
Las paredes estaban negras por el humo del hogar. El suelo de la tierra apisonada había sido cuidadosamente barrido por Kara nada más saber que Idris llegaba: se lo había comunicado uno de los clientes del clan a primera hora.
—Mi padre murió el día de la última cosecha. Cazaba con algunos devotos de Ávaros. Le dio un mareo y se cayó del caballo. La agonía duró una semana. Lo acompañé hasta el último momento —dijo la muchacha, que ya se metía en el establo y tranquilizaba con sus gestos a la única cabra que poseía. La había ordeñado poco antes, esa misma mañana—. Desde ese día, su espíritu acompaña a Lugh en su isla. No era un hombre viejo, pero los esfuerzos de la fragua lo agotaron. Lo único que lamento es que no se lo comiesen los buitres, al no haber fallecido en combate.
—La muerte es solo la mitad del camino —dijo Idris, utilizando la fórmula protocolaria de los arévacos.
Lo dijo sin intención ninguna pero su laconismo hizo que la frase resultase más solemne de lo que pretendía y Kara apartó la vista. La asaltó una súbita congoja.
Idris lamentó de inmediato haber hecho la mención. Comprendió que la muerte del padre seguía siendo un tema candente.
—Están protestando tus tripas —replicó ella—. Eso es que no has comido hace mucho.
5
Kara se aprestó a partir el pan con requesón que unos momentos después ambos compartían sentados sobre el banco corrido junto al hogar.
Decidió respetar el carácter taciturno de Idris, de modo que también guardó un silencio algo retador. Todavía lo mantenía cuando apareció en la puerta Olónico.
—Tu padre me envía para que me asegure de que tienes lo necesario —dijo el sacerdote, inclinando la cabeza para entrar. Su altura siempre fue considerable. Pese a que con la edad perdía algún que otro centímetro con la curvatura anormal de su columna, seguía siendo uno de los hombres más altos de Numancia.
—Dile que se lo agradezco. Ha sido muy generoso permitiéndome ocupar esta casa —dijo Idris. Había dejado sobre el banco la jarra con cerveza. Sentía todavía el gusto amargo de la bebida en la boca—. Además, sé lo que es una fragua. He ejercido muchos oficios a lo largo de estos años.
Kara sintió que la presencia de Olónico la liberaba del silencio y lo agradeció.
—Ha debido de ser duro para ti vivir tanto tiempo entre extranjeros —continuó el sacerdote, cuyo tono era amistoso y le invitaba a confiarse.
Ninguno de los dos olvidaba que Olónico lo había instruido personalmente en los misterios de la naturaleza y el culto a los dioses. Idris recordaba las muchas horas de infancia que pasó escuchando relatos sobre cómo fundó Numa Numancia y cómo Lugh forjó el mundo.
Más tarde había conocido otras ciudades y vivido entre otras gentes con costumbres y creencias distintas. Pero la palabra de Olónico seguía siendo para él sinónimo de verdad sagrada y tenía un peso y una resonancia muy especiales. El tono en que le hablaba no lo empleaba, en realidad, con nadie. Ni en Numancia ni tampoco fuera de la ciudad.
—Tú me enseñaste que la vida de un hombre es como una nube movida por el soplo de Lugh —dijo.
—Es posible. Pero también sabes que el sabio impera sobre sus pasiones ahí donde el necio es esclavo. Espero que con el tiempo hayas aprendido a temperarte. Supongo que no olvidas que Numa tuvo en su día que vagar por el mundo y luchar contra los demonios de Elman antes de regresar a Numancia. Y ya basta de palabras. Me alegro de tenerte de vuelta. Veo que Kara está cuidando de ti. Supongo que mañana encenderás la fragua.
—Descuida. A partir de mañana abriré mi puerta a todo el que quiera un puñal, una cabeza de lanza o reparar una espada. Seré un numantino más. Y no me acercaré a la morada de Retógenes. Si es eso lo que te preocupa, no habrá motivo de queja.
Olónico parecía tener ganas de decir algo más, pero no encontró las palabras adecuadas o no quiso desvelar el pensamiento que le asaltaba, y finalmente esbozó una sonrisa que daba a entender que a lo mejor no era el momento: ya volverían sobre ello.
—Cuidado con el dintel… —le advirtió Kara.
El adivino agachó la cabeza para no golpearse contra la viga de madera que estaba decorada con un círculo solar con tres aspas. Cuando ella volvió a cerrar, el interior de la casa quedó iluminado por el pequeño tronco que ardía en el hogar.
Fuera caía la noche. Las restantes familias numantinas se iban recogiendo en sus casas y se preparaban para dormir.
Al ver que Kara cogía unas pieles para abrigarse y se dirigía, a través de la puerta del fondo, a la estancia que servía de almacén, Idris la retuvo.
—La noche está fría. Puedes dormir aquí al otro lado del fuego. No te inquietes, que no te molestaré. Nos conocemos desde que eres una niña —dijo.
6
Amicum perdere est damnorum maximum.
4
Yugurta
Me dispongo a narrar la guerra que sostuvo el pueblo romano con Yugurta, rey de los númidas (…). Esta contienda confundió todo lo divino y lo humano y llegó a tal grado de locura que solo la guerra y la devastación de Italia pusieron fin a estas discordias ciudadanas. Pero antes de empezar la narración de tales hechos me remontaré un poco más atrás, para que se conozcan mejor los hechos y queden más claros y más patentes…
SALUSTIO, La guerra de Yugurta
1
Sobre la presencia del joven Yugurta en el ejército romano conviene decir unas palabras.
Cuando en su día el cartaginés Aníbal infligió a los romanos la derrota más humillante que como nación habían recibido nunca desde la fundación de Roma, la batalla de Cannae, la amistad del entonces rey de los númidas, Masinisa, fue acogida con los brazos abiertos por el primer Escipión, Publio Cornelio el Africano.
Hasta entonces Aníbal había vencido siempre en el campo de batalla por la flagrante superioridad de su caballería. Pero a partir de ese momento los romanos, gracias a la inapreciable ayuda de Masinisa, contaron con una caballería parecida en número y eficacia a la de los cartagineses.
En recompensa por sus numerosas acciones de guerra, una vez doblegados los ejércitos de Cartago, el Senado de Roma había entregado a Masinisa todas las tierras africanas conquistadas y el rey númida les correspondía con su fidelidad.
A la muerte de Masinisa le había sucedido como rey de la cada vez más asentada Numidia Micipsa, que a su vez tuvo dos hijos. Él fue quien acogió en su lujoso palacio de Cintria, la capital del reino, a su sobrino Yugurta, retoño de uno de sus dos hermanos, que había sido apartado de la herencia por haber nacido de una concubina.
Yugurta llegó a la juventud pletórico de fuerzas. Se adiestró en la equitación, en el lanzamiento de jabalina y en todas las demás artes de la guerra. No tenía ningún reparo en competir en carreras con sus pares y cuando cazaba era el primero en herir al león.
Eso lo hacía tan popular entre las gentes del reino que sus cualidades acabaron por asustar a su tío.
El sobrino sobrepasaba en tanto y de manera tan evidente a sus propios hijos que Micipsa llegó a pensar en matarlo. Aunque, viendo el afecto que se le tenía en el reino, temió que hacerlo provocase una sublevación.
Y por ello, sintiendo al joven tan ávido de gloria militar, había decidido exponerlo a los peligros de la guerra colocándolo al mando de los númidas que enviaba a Hispania para luchar al lado de Escipión Emiliano.
Micipsa confiaba en que el destino se ocuparía de él.
Siendo muy consciente de la situación, Yugurta tenía decidido desde el principio aprovechar la oportunidad para conocer mejor a aquellos romanos que en tan poco tiempo se habían hecho dueños del Mar Nuestro y observaba con especial atención al cónsul Escipión.
Cada vez que estaba en su presencia se esforzaba en complacerle, y fuera de los encuentros que tenían los generales se mostraba extremadamente sensato en la toma de decisiones.
Yugurta había sido el último en incorporarse a la expedición. Su llegada al frente de veinte mil hombres y doce elefantes, ya cuando salían de la localidad de Uxama, tan cercana al objetivo, suponía un espaldarazo definitivo para la campaña. Además, aportaba saeteros y honderos, siempre útiles en las batallas.
Los romanos lo recibieron con un gran alborozo que contrastó con el temor de los auxiliares celtíberos, poco acostumbrados a la visión de bestias tan grandes como los elefantes con los que habían cruzado la península desde África.
Desde su llegada los diez elefantes habían probado su utilidad a la hora de talar árboles —si no eran grandes los rompían fácilmente con sus patazas o empujando con la cabeza— y transportarlos hasta los carros, de los que después, en muchas ocasiones, tiraban para alivio de los soldados.
Todo ello otorgaba un indudable prestigio al joven númida, quien pese a su tosco latín se mostraba además especialmente comprometido con la estrategia de Escipión.
Yugurta sabía en su fuero interno que su tío Micipsa se guardaría de enviarle refuerzos y por eso cuidaba al máximo a su gente, al tiempo que ponía gran interés en descubrir cómo funcionaba el prestigioso ejército de Roma.
2
Tan empeñado estaba Yugurta en aprender las tácticas de los romanos que desde que se había sumado a la expedición ordenaba a sus hombres fortificar cada uno de los campamentos a imitación de sus aliados e instalaba sus tiendas norteafricanas en el interior de un foso como el que habían cavado en el cerro donde habían ocupado sus posiciones frente a la ciudad rebelde. Ahora lo abandonaba junto con su reducido séquito.
—¿Tanto hay que aprender de un hombre que en vez de arrasar a un enemigo diez veces inferior en número se dedica a construir un muro a su alrededor? —preguntó su lugarteniente Mussa, un abisinio negro como el azabache, alto como una espiga—. Nunca he conocido el caso de un ejército numeroso que asedie una ciudad cuyos habitantes no rechazan el combate. Siempre he oído decir a todos los militares con los que he tratado que el asedio desgasta tanto al atacante como al defensor.
—Escipión comprende que la guerra se basa sobre todo en no atacar los puntos fuertes del enemigo —contestó Yugurta—. Él sabe que las tácticas militares son como el agua, que huye de los lugares altos y se apresura a los sitios bajos. Al igual que en los asuntos amorosos, el camino sinuoso suele ser el más seguro. Por eso en vez de llegar por la cuenca del Duero cargando con carros de trigo y hombres exhaustos, en clara desventaja, el cónsul ha preferido el rodeo que ha tomado. Y de paso aprovecha para arrasar los campos de los aliados de esta gente. Es un general inteligente.
—Su prudencia será legendaria. Pero mi impresión es que sobre todo desconfía de sus hombres. Y he oído también decir a los tribunos —continuó Mussa, al que Yugurta tenía designado como lugarteniente entre otras cosas porque había viajado a Roma y conocía los rudimentos del latín— que, tras la destrucción de Cartago, Tiberio Graco, el actual tribuno de la plebe en Roma, por quien el cónsul siente una debilidad especial, enfermó gravemente. Ambos compartían tienda durante la guerra contra Cartago. Parece que el Africano Menor estuvo a punto de adoptarlo.
—¿Y por qué no lo hizo?
—Porque Tiberio tiene inclinaciones por la plebe que no comparte. La política los ha separado. Pero Escipión siempre ha visto en él al hijo que su mujer infértil no pudo darle. Uno de los tribunos que estuvo en el asedio de Cartago cuenta que, cuando Tiberio Graco enfermó, Escipión hizo votos de que si se recuperaba no volvería a arrasar ninguna otra ciudad. Al parecer está tremendamente contrariado con las reformas que Tiberio quiere imponer en Roma y se lo hace pagar a Cayo Graco, el otro hermano de su mujer que participa en esta campaña.
Yugurta callaba meditabundo.
Él todavía no había contado a su lugarteniente los planes que tenía para el futuro. Pero Mussa era observador. A base de frecuentarlo durante las semanas pasadas juntos empezaba a conocer bien al joven y a leer sus gestos como en un libro abierto.
Yugurta todavía no sabía si era bueno o malo tener a su lado a alguien tan sagaz, y tampoco tenía del todo claro el nivel de lealtad que podría exigirle cuando llegase el momento.
—Sigue indagando, Mussa. Todo lo que sepamos de estos romanos, y en especial de Escipión, nos puede ser útil —dijo, azuzando su caballo—. Y ahora, vayamos al encuentro de esta gente.
3
Adulator propriis commodis tantum studet.
5
Continúan los preparativos
para el sitio
El ejemplo más célebre de construcción de una cerca o amurallamiento en torno a una ciudad es el del asedio de la ciudad gala de Alesia, en 52 a. C. En aquel caso, César logró rodear y aislar el oppidum mandubio mediante la erección de un muro simple. Pero, cuando el ejército galo de socorro se aproximó a la población, se vio obligado a levantar una segunda línea de muralla, orientada no hacia el interior sino hacia el exterior, y aún más compleja que la anterior…
DESPERTA FERRO, n.º VIII, La legión romana
1
Los tres generales se habían reunido a orillas del río Merdancho.
Cada cual llegaba desde el campamento que ocupaba con sus hombres: Escipión y Yugurta desde los cerros al norte, Fabio Máximo desde la Peña Redonda, al sur del riachuelo.
Entremedias, la primera empalizada estaba terminada y las tropas seguían trayendo piedras de las canteras cercanas para la muralla que habría de construirse a trescientos pies por detrás de la valla recién completada.
Los diferentes hombres de confianza de aquellos jefes —Lucilio, Cayo Mario, Cayo Graco, Mussa el lugarteniente de Yugurta— formaban un círculo alrededor con los caballos y algunos sirvientes de confianza.
—Este riachuelo, antes de que el caudal crezca con las lluvias, será fácil de salvar con un puente —dijo Escipión. Una vez pie en tierra se refrescaba la cara en la orilla—. Más complicada será la laguna que hay al norte de Numancia. Y sobre todo el Duero, vista su anchura. Eso son aguas navegables. Debemos controlar sus cauces para evitar que por ellas llegue ayuda de ningún tipo. En todo caso nos encargaremos del Duero lo último y una vez cercado el resto —añadió, con el asentimiento de Máximo.
Aunque adoptados por gens diferentes, los dos mantenían una relación estrecha desde niños debido a que sus respectivas familias tenían importantes lazos entre sí. Además, su padre natural, Lucio Emilio Paulo, el vencedor de la tercera guerra macedónica, que los dio en adopción al divorciarse y volverse a casar con una mujer con la que tenía más hijos, se había preocupado de que recibieran una formación esmerada.
Él fue quien encargó su educación a Polibio, el cual, desde su llegada a Roma muchos años atrás, tenía un gran prestigio entre la aristocracia latina. El sofisticadísimo griego había sido preceptor de ambos.
Polibio, aunque llegó como rehén, había permanecido en Roma incluso cuando Escipión consiguió que el Senado le diese permiso para regresar a Grecia. El griego hacía dos décadas que acompañaba al Africano Menor en sus campañas importantes. El tiempo había trocado el afecto tutelar en amistad. Veinte años los separaban.
—En fin, ¿cuáles son las nuevas de hoy?
—En mi campamento ha surgido un problema, Publio. Hay mujeres numantinas que bajan cada día a orillas del Duero y mis hombres andan alborotados. Ya lo he dicho alguna vez. Tener soldados faltos de hembras nunca es bueno.
—Sabes lo que pienso al respecto, Quinto.
—Y yo te repito que suscitamos tensiones innecesarias. A mis hombres los están volviendo locos unas piernecitas de niñas bañadas por el Duero —continuó Máximo cuya capa ondeaba al aire siempre molesto de la meseta—. Sé que me vas a decir que deben conformarse como hacemos nosotros. El problema es que a veces se alivian unos a otros por las noches. Eso tampoco es bueno. Muchos dicen que en vez de tanto cavar lo que deberíamos es coger las espadas y atacar de frente esa población tan mermada por los años de guerra. Cada vez hay menos varones armados. Como mucho, he calculado que queden ahora mismo cuatro mil hombres capaces de empuñar un arma. Nosotros somos quince veces más.
—Lo hemos discutido, Quinto. Sabes perfectamente que lo que tenemos es una tropa de malos legionarios y muy corrompidos, desmoralizados por derrotas sufridas bajo los anteriores cónsules. No hay fondos para más. Por otra parte, estás cuestionando mis órdenes. Olvidas quién es el cónsul nombrado por el Senado.
—Y tú, Publio, olvidas que con diecisiete años acompañé a nuestro padre a Macedonia y luché con él en la batalla de Pidna, y que no hace tanto fui nombrado cónsul para Hispania, junto con Mancino. Y aquí regí los destinos de la Ulterior y mandé el ejército que obtuvo la única victoria de Roma contra Viriato.
—El asunto está zanjado, Quinto —dijo Escipión, mirando a su alrededor.
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