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La
PREDICACIÓN
Comunicando el mensaje
con excelencia
Jorge Óscar Sánchez

| Editorial CLIE C/ Ferrocarril, 8 08232 VILADECAVALLS (Barcelona) ESPAÑA E-mail: clie@clie.es http://www.clie.es | © 2020 Jorge Óscar Sánchez «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917 021 970 / 932 720 447)». © 2020 por Editorial CLIE |
LA PREDICACIÓN
ISBN: 978-84-17620-38-7
eISBN: 978-84-17620-39-4
Ministerios cristianos
Recursos pastorales
DR. JORGE ÓSCAR SÁNCHEZ
El Dr. Jorge Óscar Sánchez es oriundo de Santa Fe, Argentina. Tuvo el privilegio de nacer en un sólido hogar donde sus padres le llevaron al conocimiento de la salvación en su niñez. Dios le llamó a su servicio en enero de 1970, cuando tenía diecinueve años de edad. Desde entonces la verdad de Efesios 3:8 fue el fundamento de su ministerio: “A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, se me concedió esta gracia: proclamar a las naciones las inescrutables riquezas de Cristo.”
Buscando capacitarse para servir a Dios con efectividad creciente, Jorge se trasladó a la ciudad de Vancouver, Canadá, a fin de obtener su Maestría en Teología. Junto con su esposa Frances, comenzaron el primer ministerio de habla hispana en la ciudad. Esto condujo al establecimiento de dos pujantes congregaciones, donde centenares de hispanos encontraron la salvación por la fe en Cristo Jesús. Más tarde, Jorge completó su Doctorado en Ministerio, en Pasadena, California. Su área de concentración fue Predicación Cristiana y Desarrollo de Líderes.
Luego de servir al reino de Dios por veinte años en Vancouver, Jorge, Frances y su hijo Christopher se trasladaron al sur de Texas. Allí, Jorge fue profesor de Predicación, Ministerio Pastoral y Liderazgo Cristiano, en un reconocido Instituto Bíblico. Cuatro años más tarde, recibieron la invitación para ser los Pastores de Comunidad de las Américas en Pasadena, donde actualmente sirven desde el año 2003. Asimismo, Jorge fue invitado para ser profesor de la cátedra de Predicación Cristiana en el mismo seminario donde hizo su doctorado.
Al presente Jorge es invitado a enseñar en diversos Seminarios, Talleres y Congresos a lo largo de todo el continente. Hace quince años inició el programa de radio Realidad que se escucha en un número siempre creciente de emisoras en todo Latinoamérica. Si alguien desea escuchar este programa que contiene los sermones del Dr. Sánchez, puede visitar el sitio: realidadonline.com. Asimismo, a fin de capacitar a los futuros ministros para servir a Dios con efectividad y excelencia, fundó el Instituto de Liderazgo Cristiano, en 2010. Este Instituto es online y está al alcance de todos los que quieran beneficiarse de los conocimientos acumulados por el Dr. Sánchez en cincuenta años de ministerio activo y bendecido por Dios. Allí hallarán centenares de sermones bíblicos, Cristo-céntricos y relevantes en forma de video, desarrollados y predicados siguiendo los conceptos que se nos enseñan en este libro. Si alguien desea aprovechar los cursos y materiales que allí se ofrecen, puede visitar el sitio: institutodeliderazgocristiano.com.
Comunicando el mensaje con Excelencia, es el resultado de lo que ha sido el lema del ministerio de predicación del Dr. Sánchez por cincuenta años: “Conociendo la grandeza de Dios a través de las excelencias de su palabra; de modo que vivamos vidas felices y bendecidas que honren el nombre de Jesucristo.”
CONTENIDO
Introducción
Sección I: El predicador y el fundamento de su tarea
1.La tarea más difícil y gozosa del mundo
2.La importancia vital de la predicación cristiana
3.¿Cuál es la predicación aprobada por Dios?
4.¿Cuál es nuestra misión?
5.Un culto inolvidable: o los cuatro componentes de la predicación
Sección II: El predicador y su audiencia
6.¿Cuál es mi audiencia?
Sección III: El predicador y su sermón
7.¿Cuál es mi tema?
8.¿Cuál es mi texto?
9.¿Cuál es mi propósito?
10.¿Cuál es la idea central?
11.¿Cómo estudio mi texto?
12.¿Cómo desarrollo mi sermón?
13.¿Cómo despego?
14.¿Cómo aterrizo?
15.Aprendiendo a predicar como Jesús
16.¿Cuál es mi estilo?
17.¿Cómo entrego mi sermón?
Sección IV: El predicador: sus cualidades personales y su preparación personal
18.El retrato de un predicador excelente
19.La preparación del predicador
Sección V: El predicador y su relación con el Espíritu Santo
20.Invitando a Dios a nuestra predicación
Epílogo
APÉNDICES
A.¿Cuánto debe durar un sermón?
B.¿Vale la pena servir a Jesucristo?
C.La oración de un profeta menor
Bibliografía
INTRODUCCIÓN
SI USTED QUIERE TRIUNFAR EN EL MINISTERIO CRISTIANO…
«A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre las naciones el evangelio de las inescrutables riquezas de Cristo…» (Efesios 3:8).
¡Fue una muy buena noticia!
Era un lunes por la noche y terminaba de entrar a casa junto con mi hijo, cuando mi esposa me dice: «Hace un rato llamó una persona que no conocemos para compartirnos un testimonio muy interesante. Prometió volver a llamar porque quiere hablar con vos. Tiene una historia que te va a bendecir. Prefiero no contártela, así no te robo el impacto».
Efectivamente, a la media hora sonó el teléfono y allí estaba este individuo a quien nunca había escuchado antes. Después de las presentaciones de rigor, me dice: «Pastor, me gustaría invitarlo a almorzar, ya que si usted es tan amable, me gustaría conocerlo personalmente. Tengo una historia que quisiera compartirle, ya que sin saberlo, usted ha sido una tremenda bendición para mi vida». Es muy difícil rechazar una invitación semejante, ¿no le parece? Tres días más tarde nos juntamos a almorzar, y allí conocí a Alberto. Y de forma muy abreviada, comparto con usted la historia que él quería hacerme conocer. Me dijo: «Nací en El Salvador, y cuando tenía seis años falleció mi padre. Mi madre tuvo que criarnos a mí y a otros tres de mis hermanitos. El único trabajo que encontró fue en una cantina. Muchas veces como no tenía con quien dejarme, mi madre me llevaba con ella a su trabajo».
«Ese era un lugar muy violento. En esa taberna, vi morir a muchas personas. Duelos a cuchillo, a machetazos. Yo conocí bien desde niño la realidad de la muerte. Un día, cuando tenía apenas seis años de edad, un individuo completamente alcoholizado tomó un machete en una mano, y un vaso de licor en la otra. Y me dijo: ‘bébete este vaso o te mato’. Sabía muy bien que la amenaza era en serio, por lo tanto, no me quedó otra alternativa que tomar aquel licor. Cuando aquel líquido entró en mi organismo, sentí una fuerza impresionante que me dio valor. De ahí en adelante, comencé a consumirlo por mi propia cuenta, primero a escondidas y luego de forma abierta. La consecuencia, lógicamente, fue que comencé una carrera a toda velocidad en el alcoholismo. A medida que los años fueron pasando, este vicio se convirtió en una verdadera pesadilla en mi vida, arruinándome todas mis mejores posibilidades».
«Me moví a vivir a Estados Unidos pensando en empezar una nueva vida y, sin embargo, las cosas en lugar de mejorar, empeoraron. La razón principal es que ahora al alcohol le agregué la drogadicción. Mi vida llegó a ser un verdadero infierno. Al punto tal, que un día decidí acabar con ella. Yo trabajaba haciendo limpieza en un edificio de departamentos de ocho pisos en New York. Una noche me subí a la azotea, e ingerí una sobredosis lo suficientemente poderosa como para matarme diez veces. La droga comenzó a actuar, y como no me gustaron los efectos que estaba produciendo en mi cuerpo, pensé: ‘para que sufrir. Mejor acelero esto...’. ¡Y salté al vacío!».
«Mire Pastor...». Alberto se levantó la camisa para mostrarme algunas de las cicatrices que le habían quedado. «Qué milagro Pastor… Todas mis costillas explotaron hacia afuera. Ninguna me perforó los pulmones. Me desperté en el hospital y, a pesar de semejante escape, no pude cambiar mi vida por más que quise. Fue entonces, que decidí venirme a vivir a Vancouver. Y una vez más con la esperanza de tener un nuevo comienzo».
«Aquí me conocí con mi esposa. Ella también era alcohólica, y como podrá imaginar nuestra relación desde el primer día fue el comienzo de un nuevo infierno. Ella tenía un hijo de una relación previa, yo también, y luego tuvimos uno propio. Estábamos mal, pero no sabíamos cómo salir de nuestro enredo. Yo participé en el programa de Alcohólicos Anónimos, pero sin ningún resultado».
«Entonces, un día decido poner en venta mi automóvil. Comienzo a limpiarlo para poder venderlo, y cuando estoy limpiando el asiento trasero, deslizo mi mano hacia atrás para saber si algo se había caído, y debajo del asiento encuentro un casete. A quién que se le cayó ahí atrás nunca lo sabré. Lo miro y decía en la etiqueta: ‘Cómo tener una vida feliz y con propósito’, Jorge Óscar Sánchez... Creí que era un cantante mexicano...».
«Eso fue un sábado. Al siguiente lunes, cuando regresaba del trabajo, puse el casete para escucharlo. Me impactó. Pero, por supuesto, había mucha información nueva para mí, ya que nunca antes en toda mi vida había visitado una iglesia. Como el viaje se me quedó corto, esa noche después de la cena, me fui al garaje y terminé de escuchar su sermón. Al día siguiente volví a escucharlo, y luego lo escuché no sé cuantas veces más. Lo cierto es que algo difícil de explicar pero muy real se fue encendiendo dentro de mí, una débil llama de esperanza. Pero todavía no me atrevía a compartirlo con mi esposa. Con todo, muchas veces me iba al garaje a escucharlo a usted a solas dentro del automóvil. Mientras tanto, nuestra relación hogareña seguía empeorando, hasta el punto tal que ya estábamos hablando de tomar caminos separados».
«Ante la gravedad de la situación, y la inminencia de la ruptura, un sábado por la mañana mi esposa me anunció que salía con los niños a hacer las compras. Ese día supe que algo tenía que pasar. Como no sabía qué hacer exactamente, me encerré en mi cuarto y comencé a orar. A clamarle a Dios con todas mis fuerzas, a suplicarle que me salvara, que me librara de la maldición que arrastraba por años con los vicios. A ese Dios del cuál usted hablaba en el casete. No sé cuanto habré orado, Pastor, pero en un momento sentí como una bola de fuego abrazador que entró dentro mi ser. Me invadió desde la cabeza hasta los pies. En ese momento, Cristo nació en mi corazón y todas las cadenas que me ataron por décadas fueron cortadas de forma instantánea. Llegue a ser una nueva criatura por el poder de Dios».
«En las siguientes semanas al ver el cambio que había experimentado, a mi esposa le atrapó la curiosidad. Le conté lo que me había sucedido y varias semanas más tarde ella misma aceptó al Señor. Y más tarde encontramos una iglesia donde congregarnos y crecer espiritualmente. A los que nos conocen de antes, les cuesta creer la diferencia en nuestras vidas gracias a Jesús. Desde que comenzaron los cambios siempre tuve en mi corazón el deseo encontrar al hombre que había predicado aquel sermón, que fue el comienzo de la esperanza para mi vida. Por esa razón, le estuve buscando hasta que lo hallé para darle las gracias por haber predicado aquel sermón que me trajo a la salvación y a la vida verdaderamente feliz y con propósito, a mí primero y luego a toda mi familia».
Mientras Alberto compartía su historia por momentos era muy difícil retener las lágrimas. De tristeza, mientras me describía los horrores de su niñez y toda su vida pasada fuera de la familia de Dios. Pero de gozo inefable y glorioso también, frente a la grandeza y el poder de nuestro bendito Señor. Cada vez que recuerdo la vida de Alberto, pienso en el ejemplo notable de esta historia de los tratos de Dios para con sus hijos; que él se ha propuesto llevar a muchos hijos a la gloria, salvándolos hasta lo sumo, y utilizando las circunstancias de un modo tan dramático para conducirlos finalmente a la vida eterna. Además, qué ilustración del principio de que «no depende del que quiere, ni del que corre, sino de Dios que tiene misericordia» (Rom. 9:16). Alberto nunca buscó a Dios, Dios lo había escogido a él antes de la fundación del mundo. Asimismo, qué recordatorio es esta historia del poder de la palabra de Dios y la promesa de Isaías 55:10-11: «Porque como desciende de los cielos la lluvia y la nieve, y no vuelve allá, sino que riega la tierra y la hace germinar y producir, y da semilla al que siembra y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca: no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero y será prosperada en aquello para la cual la envié». Cuesta creer que de un casete olvidado en el asiento trasero de un automóvil, Dios usaría la grabación de ese mensaje bíblico para abrir la prisión y romper las cadenas que sujetaban a Alberto. Por último, qué privilegio inmenso el de todo hombre y mujer que predican el evangelio: que nuestros sermones tantas veces limitados y falibles, puedan ser vitalizados y utilizados por el Espíritu Santo con tanto poder para operar una transformación tan gloriosa, poderosa y eterna en la vida de otro ser humano.
Muchas veces recordando esta historia me he visto forzado a preguntarme: Y si no hubiera predicado ese sermón evangelístico, ¿me hubiera empleado Dios en la conversión de Alberto? ¿Qué tal si en lugar de ser un sermón sencillo, claro y directo sobre las demandas de Dios y las soluciones que nos ofrece por su obra en la cruz, hubiera sido uno de esos que son incomprensibles como densa niebla? ¿Qué hubiera ocurrido si en lugar de predicar el evangelio del poder y la gracia transformadora de Dios, hubiera sido un mensaje de corte contemporáneo sobre psicología popular y cómo tener una mejor imagen propia? Esta historia de Alberto, ilustra los enormes privilegios que implica proclamar las Buenas Nuevas de salvación en Cristo, pero así también, en la misma proporción coloca sobre los hombros de aquellos que hablamos en nombre del Dios vivo, una inmensa responsabilidad. En la historia de Alberto yo hice mi parte y Dios hizo la suya. De haber sido yo negligente, ilógico o sub-bíblico, estoy seguro que Dios (parafraseando la historia de Saúl) me hubiera desechado y le hubiera dado el privilegio de ser su instrumento a «un prójimo tuyo mejor que tú» (1Sam. 15:28). Esta historia dramática de Alberto y su conversión y el rol que juega la proclamación del mensaje de salvación y el mensajero que lo proclama, es una adecuada introducción al tema que nos confronta en este libro: El llamado, el desafío y las posibilidades infinitas que ofrece la tarea de predicar a Jesucristo como Señor y Salvador, a personas tan dolidas y necesitadas como Alberto.
Me alegra saber que tiene en sus manos una copia de Comunicando el mensaje con excelencia1. Supongo que lo habrá conseguido porque es alguien que está dando los primeros pasos en la tarea de predicar el evangelio o enseñar al pueblo de Dios. O tal vez ya tiene algunos años en la tarea y tiene el deseo de llegar a ser cada vez más efectivo en el desempeño de su labor. O quizá, ya es un veterano con años en la trinchera y está buscando refinar aun más los talentos y dones que Dios le ha conferido. No importa en qué etapa esté de su servicio a Jesucristo y a la extensión de su reino, le garantizo que en este libro encontrará material para informarle, capacitarle y desafiarle a hacer su labor con un grado más elevado de perfección, eficiencia y excelencia. Mi deseo sincero es que usted también en su servicio a Dios, pueda ver como resultado de su labor vidas transformadas y pueda tener experiencias tan increíbles como la historia de Alberto.
¿Cómo puedo estar tan seguro de hacer esa promesa? Básicamente por tres razones. La primera de ellas es que, detrás de este libro hay casi 50 años de experiencia ministerial desde el púlpito. Dios me llamó a su servicio en enero de 1970 y desde ese momento sentí que se encendió una llama en mi pecho que ha estado ardiendo con fuerza cada vez más creciente hasta este mismo día. Con San Pablo puedo exclamar «Ay de mí si no predico el evangelio» (1 Cor 9:16). Desde ese encuentro transformador con mi Señor, todo mi ser fue poseído por el deseo de predicar el evangelio de la gracia de Dios y edificar en la fe a sus hijos mediante la enseñanza sistemática de la Biblia. Honestamente, al comenzar en aquel tiempo no estaba preparado para una tarea tan exigente, nadie me enseñó a desarrollar un sermón efectivo antes de subir por primera vez a un púlpito. Sin embargo, Dios me dio un empujón que me lanzó dentro de la piscina y a los manotazos tuve que salir como pude para no ahogarme. Junto con ese fuego, también se encendió dentro de mí la sed de aprender: ¿En qué consistía un buen sermón? ¿Qué hacía Billy Graham para que multitudes se reuniesen a escucharlo? ¿Dónde podía encontrar materiales para estudiar que valiesen la pena? En aquellos años, los materiales disponibles para el mundo de habla hispana eran muy limitados, todo se reducía a un puñado de obras traducidas de autores de habla inglesa. Nada que ver con el presente donde uno encuentra millares de libros en la librería más humilde, más el sin fin de recursos que ofrece internet. Sin embargo, comencé a predicar y la gracia de Dios fue mucho más grande que todas mis limitaciones humanas y en consecuencia, comenzaron a suceder los milagros de las conversiones.
Al comienzo de la década de los 80 me trasladé a la ciudad de Vancouver, en Canadá, a fin de obtener mi maestría en estudios teológicos. Al llegar a la ciudad Dios me puso en contacto con una familia de compatriotas que necesitaban a Jesús con desesperación. Los guié a los pies de Jesús y ese fue el comienzo del primer ministerio evangélico de habla hispana en aquella ciudad. Cuando diecinueve años más tarde salimos de allí, dejamos detrás una hermosa congregación que se edificó principalmente como consecuencia de la predicación clara, sencilla y relevante de la Biblia. Contábamos con recursos financieros y humanos muy limitados para lograr nuestra misión, pero con todo, Dios honró su mensaje y millares de personas entraron al reino de Dios. La locura de la predicación produjo resultados admirables. Esa fue mi primera experiencia pastoral a tiempo completo y fue de sumo gozo, como consecuencia de predicar el evangelio con pasión, claridad y sencillez.
Años más tarde, recibí el llamado a ser pastor de la iglesia donde sirvo en la actualidad, Comunidad de las Américas en Pasadena, al norte de la ciudad de Los Ángeles. Llegamos a una congregación que había quedado reducida a un grupo de 50 adultos en el culto principal y esa era su única actividad. Una vez más volvimos a hacer lo mismo que trajo tantas bendiciones espirituales en Vancouver. Nos aferramos a predicar a Cristo crucificado y dieciocho años más tarde puedo dar testimonio que Dios volvió a honrar la predicación fiel y sincera de su palabra. Desde que llegamos, centenares han entrado al reino de Dios y la congregación ha crecido en cantidad y la calidad de los discípulos que siguen a Cristo Jesús como Señor es mayor. Y si usted preguntara a las personas que asisten a nuestra iglesia, qué fue lo que las atrajo a ella, la gran mayoría contestará: «La calidad de la predicación». Por lo tanto, es obvio que en estos cincuenta años que llevo predicando, algo he aprendido a través del estudio, de la práctica continua y en las aulas, en cuanto a este tema vital y apasionante. Y esa riqueza que viene del ministerio la verá reflejada en las páginas de esta obra. En ella confío pasarle muchos secretos de esta profesión admirable que no se hallan en ningún libro de predicación cristiana, sino que se aprenden en el campo de batalla. Por tanto, quisiera que recuerde que lo que enseño a continuación no son meras teorías de alguien sentado en una torre de marfil, sino lecciones vitales que vienen respaldadas por resultados concretos.
La segunda razón, por la que me atrevo a asegurar que este libro le capacitará para ser un mejor predicador es que llevo 20 años enseñando Homilética. Una vez que comencé a predicar hace ya tantas décadas y siendo que yo no escogí esta vocación sino que Dios me llamó a mí, me propuse llegar a ser excelente en esta profesión, dándole lo mejor al Señor. Como consecuencia, comencé a devorar todos los libros que pudiese hallar sobre el tema de la predicación bíblica. Además de mis lecturas de centenares de autores, en cinco largas décadas he escuchado millares de grabaciones de predicadores excelentes y he viajado miles de kilómetros para escuchar a los mejores maestros de esta ciencia apasionante. A lo largo de este proceso de formación personal y crecimiento ministerial, fui abrazando convicciones teológicas que son el fundamento de la tarea de predicar y en forma paralela fui desarrollando un método eficaz basado en principios eternos, sobre cómo desarrollar un sermón bíblico, dinámico y poderoso.
Con toda la riqueza que describo, dejé la ciudad de Vancouver para ser profesor de Ministerios Pastorales en un reconocido Instituto Bíblico al sur de Texas. A partir del año 1999, comencé a enseñar Homilética, o cómo comunicar el mensaje con excelencia. Fue allí donde puse el fundamento para la obra que ahora tiene en sus manos.
Después que me trasladé a California para iniciar mi segundo pastorado, recibí la honrosa invitación a ser profesor de la Cátedra de Predicación de un prestigioso Seminario Teológico de esta ciudad. Como resultado, durante los últimos veinte años he tenido el privilegio de enseñar a centenares de estudiantes y pastores de un sin fin de países y trasfondos denominacionales. Por lo tanto, como puede apreciar, detrás de Comunicando el mensaje con excelencia, hay más de cinco décadas de ministerio predicando las riquezas inescrutables de Cristo, más la riqueza de haber devorado cientos de libros sobre el tema de la proclamación del mensaje cristiano, más 20 años de ser profesor de este tópico que es el corazón de nuestro servicio a Dios.
La tercera razón por la cual me atrevo a prometer que Comunicando el mensaje con excelencia le ayudará de forma poderosa y efectiva, es porque después de todo creo ser un muy buen oyente. Esta es la primera cualidad que caracteriza a todo verdadero predicador. ¡Tiene tanto sentido común como para darse cuenta de que Dios ha dotado a cada ser humano con dos ojos, dos oídos y una sola boca…! Y en consecuencia aprende a escuchar.
Desde que tengo uso de memoria vengo escuchando a predicadores de todos los estilos y sermones de todas las clases imaginables. Si una persona oye tres sermones por semana a lo largo de 50 años, ha escuchado 7.800 sermones. ¡Imagínese! Si a eso le agregamos las predicaciones leídas, en mi caso debo haber triplicado esa cantidad. De ese elevado número de sermones me atrevo a afirmar que solo un 10% fueron bíblicos, inspiradores e inolvidables, un verdadero manjar. Un 40% fueron comida sólida, buena y útil; y el 50% restantes fueron comida chatarra, como una hamburguesa fría de McDonald’s. Sin embargo, de todos los predicadores y sus sermones por más pobres que fuesen siempre aprendí algo útil. En algunos casos aprendí qué debía hacer para mejorar mi tarea; en otros casos, cómo no cometer los mismos errores. Al final, no obstante, creo que he salido ganando, aunque a veces me pregunto cómo no he terminado siendo ateo…
Por estas tres razones, 55 años de oyente, más 50 de predicador activo, más 20 de profesor de Predicación, confío que puedo asegurarle que si sigue leyendo hasta el final, su ministerio en general y de predicación en particular, serán cimentados sobre un mayor conocimiento de la Biblia y recibirá muchos consejos que le ayudarán a que sus sermones y la predicación de estos, sea una fuente de gozo para usted y de profunda bendición para sus oyentes.
El desafío que ofrece Latinoamérica
En el Seminario donde enseño actualmente, todos mis estudiantes ya son pastores a tiempo completo o están involucrados, cuando menos, como líderes en las iglesias donde sirven. Todos ellos tienen un ministerio muy activo en predicación y en la enseñanza de la palabra de Dios. Algunos predican tres o cuatro veces por semana, otros de forma esporádica. Algunos son pastores de iglesias con miles de miembros, otros, recién están comenzando el trabajo de plantar una nueva congregación. A todos, sin embargo, sin excepción en mi primera clase siempre les hago la misma pregunta: ¿Quién les enseñó a predicar? Cuando hago esta pregunta, de forma invariable, todos se me quedan mirando con asombro. Y la respuesta unánime que recibo es: «A mí nadie me enseñó a predicar. Simplemente me dijeron, el domingo te toca hacerlo, y tuve que saltar a la piscina tal como estaba». La consecuencia es que una inmensa mayoría de predicadores latinoamericanos fuimos lanzados a hacer una tarea para la cual no estábamos preparados. Esto es un llamado al fracaso. Peor aún, como resultado, una gran mayoría al no tener discernimiento crítico termina repitiendo el modelo con que ha sido formado y así se perpetúa la miseria. Es evidente que este «sistema» de iniciación tiene dos problemas muy serios.
Primero, cuando mi Pastor me pidió a los diecinueve años que predicara la próxima semana, en apariencia, dio por sentado que por el solo hecho de haber estado sentado toda mi vida en los bancos de la iglesia, en consecuencia, yo ya sabía en qué consistía desarrollar un buen sermón y entregarlo con eficacia. Nada puede estar más lejos de la verdad. Permítame explicarle.
Cuando tenía ocho años de edad escuché por primera vez un vals de Johann Strauss, hijo. Desde ese día feliz, mi alma quedó pegada a la música de este brillante compositor vienés hasta el día de hoy. Desde ese primer encuentro he escuchado todas (son casi 500) las obras de Strauss, no sé qué infinidad de veces. Puedo repetir de memoria muchas de sus composiciones más notables. Sin embargo, si alguien me pidiera: «Jorge, compón un vals», no tengo la menor idea de lo que tengo que hacer. Ciertamente, me he deleitado y gozado con la música del maestro, pero de ahí a componer una pieza musical está más allá de mis capacidades humanas. Tal vez, si alguien me enseñara podría intentar hacer algo. Y aun así dudo que los resultados fueran muy extraordinarios, ya que no tengo el más mínimo talento musical. Con la predicación cristiana es exactamente igual. No por el hecho de haber estado sentados en la iglesia durante décadas escuchando a otros predicar, estamos capacitados para desarrollar un sermón excelente.
Segundo, aprender a predicar copiando los modelos que conocemos nos puede llevar a correr graves peligros. Hace años atrás leí en el periódico la noticia de un escuadrón de cuatro aviones acrobáticos que se estrellaron en conjunto. Según explicaban los expertos, cuando el líder perdió la orientación, los otros que volaban casi pegados a él, le siguieron a la misma muerte. Tan estrecha es la unión entre el líder y sus dirigidos en esta peligrosa ocupación, que un error del líder significa que los seguidores corren la misma suerte. Exactamente lo mismo ocurre con la predicación cristiana. Si alguien tuvo la bendición de crecer en una iglesia donde había un predicador excelente, es muy probable que sus discípulos terminen siendo tan buenos, o inclusive mejores, que el maestro. Con todo, ¿qué ocurre cuando el maestro está tan perdido como el líder de la escuadrilla acrobática? Las consecuencias son catastróficas.
Uno de los conceptos más difíciles de captar para mis estudiantes y la gran mayoría de pastores, a quienes he tenido el privilegio de enseñarles lo que usted leerá a continuación en el resto de este libro, es la idea de que una persona puede ser excelente en la comunicación y no obstante, su sermón puede ser como el Coliseo Romano, una ruina monumental. He conocido centenares de predicadores dinámicos, apasionados y ungidos, cuyos ministerios son bendecidos por Dios. Con todo, sus sermones son una confusión completa. No tienen un método de desarrollo, por tanto, carecen de un propósito definido, de un tema central, de un estudio serio del texto bíblico. No tienen ni introducción, ni conclusión, ni desarrollo lógico y progresivo. Más bien, son una catarata de palabras, sin una gota de sentido común. Y como Dios por su gracia y su misericordia salva a las almas, vaya atrevimiento sugerirles a semejantes «gigantes», la idea que mientras comunican muy bien, el contenido de aquello que predican es muy deficiente, porque no conocen las leyes de la comunicación y la construcción de un discurso efectivo. Por los años que llevo como profesor de Homilética, después de haber leído millares de escritos, debo confesar que si los pastores trabajaran para un periódico local, el 90% de sus trabajos terminarían en la cesta de los papeles del editor. No creo que usted quiera que se diga eso de sus sermones.

© 2020 Jorge Óscar Sánchez «Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 917 021 970 / 932 720 447)». © 2020 por Editorial CLIE