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Los Afectos

Religiosos

La Válida Experiencia Cristiana

por Jonathan Edwards

Publicaciones Faro de Gracia

P.O. Box 1043

Graham, NC 27253

USA

Primera Edición, impresa en EEUU, 2000

Segunda Edición, impresa en Colombia, 2011

Publicado por:

Publicaciones Faro de GraciaP.O. Box 1043 Graham, NC 27253

ISBN: 978-1-629461-22-9

Este libro fue traducido de una versión abreviada en inglés titulada: “The Experience That Counts” publicada por Grace Publications Trust y en su versión original en inglés por Banner of Truth Trust. El título de la versión original en inglés es: “A Treatise Concerning Religious Affections” por Jonathan Edwards.

Agradecemos el permiso y la ayuda brindada por Grace Baptist Mission (139 Grosvenor Ave. London N52NH England) y Banner of Truth(3 Murrayfield Road, Edinburgh, EH126EL) para traducir e imprimir este libro al español.

Traducción realizada por Stan Line

© Publicaciones Faro de Gracia. Derechos Reservados para la traducción al español.

© Las citas bíblicas son tomadas de la Versión Reina-Valera © 1960 Sociedades Bíblicas en América Latina. © renovada 1988, Sociedades Bíblicas Unidas. Utilizado con permiso

Contenido

PREFACIO

PARTE PRIMERA: LA NATURALEZA DE LAS EMOCIONES Y SU IMPORTANCIA EN EL CRISTIANISMO

Comentarios Introductorios

¿Qué son las Emociones?

La religión verdadera tiene mucho que ver con las emociones

Las Diferentes Emociones

El Amor, Resumen de la Verdadera Religión

David, Pablo, Juan, y Cristo como ejemplos de emoción santa

Las Emociones en el Cielo

Las Emociones y Nuestros Deberes Religiosos

Las Emociones y la Dureza de Corazón

¿Qué lecciones en cuanto a la emoción podemos aprender de todo esto?

PARTE SEGUNDA: SEÑALES INVALIDAS PARA COMPROBAR QUE NUESTRAS EMOCIONES SEAN PRODUCTO DE UNA VERDADERA EXPERIENCIA DE SALVACIÓN

El que nuestras emociones sean vivas y fuertes no comprueba que sean o no sean espirituales

El que nuestras emociones tengan un gran impacto sobre nuestro cuerpo no comprueba que sean o no espirituales.

El que nuestras emociones produzcan gran fervor y disposición de hablar del cristianismo no comprueba que sean o no espirituales.

El que no hayamos producido nuestras emociones por nuestros propios esfuerzos no comprueba que sean o no espirituales.

El que nuestras emociones vengan acompañadas por un versículo bíblico no comprueba que sean o no espirituales.

El que nuestras emociones aparentemente tengan amor no comprueba que sean o no espirituales

El que experimentemos gran variedad de emociones no comprueba que estas sean o no espirituales

El que consolaciones y gozos se sucedan en cierto orden no comprueba que nuestras emociones sean o no espirituales

El que nuestras emociones nos lleven a pasar mucho tiempo en los deberes externos de la adoración cristiana, no comprueba que sean o no espirituales

El que nuestras emociones nos lleven a alabar a Dios con nuestras bocas no comprueba que sean o no espirituales

El que nuestras emociones produzcan la seguridad de la salvación no comprueba que sean o no sean espirituales

No podemos saber si las emociones de una persona son espirituales o no, solo porque las cuenta de una manera conmovedora

PARTE TERCERA: SEÑALES DISTINTIVAS DE LAS VERDADERAS EMOCIONES ESPIRITUALES

Comentario Introductorio

Las verdaderas emociones espirituales nacen de influencias espirituales, sobrenaturales y divinas en el corazón

El enfoque de la emoción espiritual es la hermosura de las cosas espirituales, no nuestro interés propio

Las emociones espirituales están basadas en la excelencia moral de las cosas espirituales

Las emociones espirituales nacen de un entendimiento espiritual

Las emociones espirituales traen una convicción de la realidad de las cosas divinas

Las emociones espirituales siempre existen lado a lado con la humildad espiritual

Las emociones espirituales siempre existen simultáneamente con un cambio de naturaleza

Las emociones espirituales verdaderas difieren de las falsas en que promueven un espíritu de amor, humildad, paz, perdón y compasión, parecido al de Cristo

Las emociones espirituales verdaderas ablandan el corazón y existen junto con una ternura de espíritu cristiana

Las emociones espirituales verdaderas, contrario a las falsas, demuestran belleza de balance y simetría

Las verdaderas emociones espirituales producen una añoranza por mayor santidad, mientras que las emociones falsas descansan, satisfechas consigo mismas

El fruto de las emociones espirituales verdaderas, es la práctica cristiana

La práctica cristiana es la principal señal para los demás de las sinceridad de uno que profesa ser cristiano

La práctica cristiana es señal segura de conversión para la conciencia de la persona misma

Conclusión

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PREFACIO

La pregunta fundamental para la raza humana y para cada persona como individuo es esta:¿Cuales son los rasgos distintivos de las personas que disfrutan del favor de Dios, aquéllas que van camino al cielo? Esta, sólo es otra manera de preguntar: ¿Cuál es la naturaleza de la verdadera religión? ¿Qué tipo de religión personal es la que Dios aprueba?

Es difícil responder con objetividad a una pregunta tan discutible. Aún más difícil es escribir al respecto con objetividad. Y lo más difícil de todo es tener objetividad al leer algo referente a este tema. Es probable que ofenda a muchos de mis lectores encontrar que en este libro he criticado, tantas emociones y experiencias religiosas. Tal vez, puede que otros se enojen al ver las cosas que he defendido y aprobado. He tratado de mantener el equilibrio. No es fácil apoyar lo bueno de los avivamientos religiosos y a la vez, ver y rechazar lo que en ellos está mal. Sin embargo, si queremos que el reino de Cristo prospere, sin duda, tendremos que hacer las dos cosas.

Admito que hay algo muy misterioso aquí. ¡Tanto bien y tanto mal se hallan mezclados dentro de la iglesia! Es igual de misterioso como la mezcla de tanto bien y tanto mal en un cristiano individual. No obstante, ni uno ni otro de estos misterios es nuevo. No es novedad que una religión falsa aparezca y prospere en un momento de avivamiento, ni que entre creyentes verdaderos aparezcan hipócritas. Esto sucedió en el gran avivamiento que hubo en los días de Josías, como vemos en Jeremías 3:10 y 4:3-4. Fue igual en los días de Juan el Bautista. Juan conmovió a todo Israel con su predicación, y sin embargo poco después, la mayoría ya se había echado atrás. Juan 5:35: “vosotros quisisteis regocijaros por un tiempo en su luz.” Otra vez, cuando predicó Cristo, sucedió la misma cosa. Muchos lo admiraron por un tiempo, pero pocos fueron fieles hasta el final. (Juan 6:66) Y una vez más, cuando predicaron los apóstoles, se repitió la historia como sabemos por las herejías y divisiones que agobiaban las iglesias aun en vida de los apóstoles.

Esta mezcla de religión falsa con verdadera ha sido el arma más poderosa de Satanás contra la causa de Cristo. Es por esto que nos urge aprender a distinguir entre la religión falsa y la verdadera; entre emociones y experiencias que realmente nacen de la salvación, y las imitaciones que aunque externamente atractivas y creíbles, son falsas.

Fracasar a la hora de distinguir entre la religión falsa y la verdadera trae consecuencias terribles. Por ejemplo:

1. Muchos ofrecen a Dios una adoración falsa la cual piensan que le es aceptable, pero que El rechaza.

2. Satanás engaña a muchos en cuanto a la condición de sus almas, de esta manera los arruina eternamente. En algunos casos, satanás hace que las personas piensen que son extraordinariamente santas, cuando en realidad no podrían ser más hipócritas.

3.Satanás daña la fe de creyentes verdaderos, mezclando con ella corrupciones y deformidades, hace que los creyentes se enfríen en sus emociones espirituales. A otros confunde con grandes dificultades y tentaciones.

4. Cuando los enemigos empedernidos del cristianismo ven a la iglesia tan corrompida y distraída, cobran ánimo.

5.Bajo la ilusión de que con su pecado están sirviendo a Dios, los hombres pecan con desenfreno.

6. Aún, los amigos del cristianismo engañados por las enseñanzas falsas, adelantan sin darse cuenta, la causa de sus enemigos. Bajo la ilusión de estar avanzando el cristianismo, son mucho más eficaces en destruirlo que los propios enemigos.

7. Satanás divide al pueblo de Cristo y lo pone a pelear entre sí. Los cristianos riñen con gran fervor, como si esto fuera celo espiritual. El cristianismo se degenera en disputas sin sentido. Los partidos en pugna se abalanzan a extremos opuestos, dejando casi en el olvido el camino correcto que queda en medio de los dos.

Cuando los cristianos ven las terribles consecuencias de la religión falsa que se hace pasar por la verdadera, sus mentes se inquietan. No saben a dónde mirar, ni qué pensar. Muchos dudan que pueda haber algo real en el cristianismo. El ateísmo, la incredulidad y la herejía empiezan a extenderse. Por estas razones es vital que hagamos todo lo posible para entender la naturaleza de la religión verdadera. Hasta haberlo hecho, no podremos esperar que los avivamientos duren mucho, ni sacaremos mucho provecho de nuestras discusiones y debates religiosos, ya que ni siquiera sabremos a favor de qué discutir.

Mi propósito en este libro es contribuir en lo que pueda al entendimiento de la religión verdadera. Me propongo mostrar la naturaleza y las señales de la obra del Espíritu Santo en la conversión de los pecadores. También buscaré explicar cómo podemos distinguir la obra del Espíritu de todo aquello que no es una verdadera experiencia salvífica. Si lo logro, espero que este libro ayude a promover los intereses del cristianismo genuino.

Que Dios acepte la sinceridad de mis esfuerzos, y que los verdaderos seguidores del manso y amoroso Cordero de Dios reciban mi ofrenda con oración y con mentes abiertas.

Jonathan Edwards

PARTE PRIMERA
LA NATURALEZA DE LAS EMOCIONES Y SU IMPORTANCIA EN EL CRISTIANISMO
Comentarios Introductorios

El apóstol Pedro, refiriéndose a la relación entre los cristianos y Cristo, dice: “a quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso;” (1 Pedro 1:8)

El versículo anterior aclara que los creyentes a quienes Pedro escribía estaban sufriendo persecución. El aquí observa cómo su cristianismo les afectaba durante estas persecuciones. Menciona dos señales claras de que su cristianismo era genuino:

1. Amor por Cristo. “A quien amáis sin haberle visto.” Los no cristianos se aterraban de ver que los cristianos estuvieran dispuestos a exponerse a semejantes sufrimientos, dejando atrás los deleites y las comodidades de este mundo. Para sus vecinos no creyentes, estos cristianos parecían locos. Se portaban como si se odiaran a sí mismos. Los incrédulos no veían nada que los inspirara a sufrir así. A la verdad, los cristianos tampoco veían nada con sus ojos terrenales. Amaban a alguien a quien no podían ver. Amaban a Jesucristo, Porque lo veían espiritualmente, aunque no físicamente.

2. Gozo en Cristo. Aunque sus sufrimientos externos eran terribles, sus gozos espirituales internos eran mayores. Estos gozos los fortalecían y los capacitaban para sufrir con buen ánimo. Pedro recalca dos cosas en cuanto a este gozo. Primero, nos dice su origen. Era producto de la fe. “En quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable.” En segundo lugar, nos describe la naturaleza de este gozo: “inefable y glorioso”. Era gozo que no se podía expresar porque era tan diferente de los gozos del mundo. Era puro y celestial. No había palabras para describir su excelencia y dulzura. Era inefable también en el sentido de que Dios lo había derramado sobre su pueblo atribulado en tanta abundancia, que era imposible definir su alcance.

Ahora, la doctrina que Pedro nos está enseñando es esta: La verdadera religión consiste principalmente de emociones santas.

Pedro selecciona las emociones de amor y gozo cuando describe la experiencia de estos cristianos. Recuerde, está hablando de creyentes que estaban sufriendo persecución. Sus sufrimientos estaban purificando su fe, haciendo que fuera “hallada en alabanza, gloria, y honra cuando sea manifestado Jesucristo” (v. 7). Estaban, por lo tanto, en una condición espiritual saludable, y Pedro resalta su amor y gozo como evidencias de esta salud espiritual.

¿Qué son las Emociones?

Se podría hacer en este momento la pregunta: “¿Precisamente a qué se refiere usted cuando habla de emociones?”

Mi respuesta sería la siguiente: “Las emociones son las actuaciones enérgicas e intensas de las inclinaciones y la voluntad del alma.”

Dios ha dado al alma humana dos capacidades centrales. La primera es entendimiento a través del cual examinamos y juzgamos las cosas. La segunda capacidad nos permite observar las cosas, no como espectadores indiferentes, sino como quienes, agradados o no agradados, gustando o no gustando, las aprobamos o rechazamos. A veces llamamos a esta segunda capacidad inclinación. En su relación a nuestras decisiones, solemos llamarla la voluntad. Cuando la mente ejerce su inclinación o voluntad, nos es común referirnos a la mente como el corazón. Las capacidades del alma son, pues, las del entendimiento, y de la voluntad para responder a aquello que entiende.

Hay dos maneras en las cuales los seres humanos respondemos con nuestras voluntades:

a) Podemos acercarnos a las cosas que vemos, gustando de ellas y aprobándolas.

b) Podemos alejarnos de las cosas que vemos, y rechazarlas. Estos actos de la voluntad, claro, difieren grandemente en grado de intensidad. Hay inclinaciones de gusto o disgusto que apenas logran movernos de una total apatía. Hay otras en que el gusto o el disgusto es más fuerte hasta el punto de ser tan fuerte que nos lleva a actuar con propósito y energía.

A estas actuaciones enérgicas e intensas de la voluntad llamaremos “emociones”.

La religión verdadera tiene mucho que ver con las emociones

¿Quién puede negar que la verdadera religión tenga como ingrediente fundamental las emociones, esas acciones vigorosas y enérgicas de la voluntad? La religión que Dios requiere no consiste de emociones debiluchas, pálidas, y sin vida que escasamente logran desalojarnos de la apatía. En su palabra Dios insiste en que seamos serios, espiritualmente enérgicos, teniendo nuestros corazones vigorosamente comprometidos con el cristianismo. Tenemos que ser “fervientes en espíritu, sirviendo al Señor” (Romanos12:11). “Ahora, pues, Israel, ¿qué pide Jehová tu Dios de ti, sino que temas a Jehová tu Dios, que andes en todos sus caminos, y que lo ames, y sirvas a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma?” (Deuteronomio 10:12). “Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es. Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón, y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio 6:4-5).

Esta participación viva y vigorosa del corazón en la verdadera religión viene como resultado de la circuncisión espiritual, o regeneración, a la cual pertenecen las promesas de la vida. “Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas” (Deuteronomio 30:6).

Si no tenemos seriedad en nuestro cristianismo, y si nuestras voluntades no están vigorosamente activas, no somos nada. Las realidades espirituales son de tal magnitud que si nuestros corazones han de dar respuesta adecuada a ellas, deberá ser con poder y energía.

No hay campo en el cual el esfuerzo de nuestras voluntades sea tan necesario como lo es en el de las cosas espirituales; aquí, como en ninguna otra parte, es odiosa la tibieza. La religión verdadera es poderosa, y su poder se manifiesta en primer lugar en el corazón. Es por esto que las Escrituras se refieren a la verdadera religión, “el poder de la piedad”, como distinta a las apariencias externas que son tan solo su forma--” tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella...” (2 Timoteo 3:5). El Espíritu Santo es un Espíritu de santa y poderosa emoción en los cristianos genuinos. Por esto, las Escrituras dicen que Dios nos ha dado un espíritu “de poder, de amor, y de dominio propio” (2 Timoteo 1:7). Cuando recibimos al Espíritu Santo, las Escrituras dicen que somos bautizados en “Espíritu Santo y fuego” (Mateo 3:11).

Este “fuego” representa las emociones santas que el Espíritu produce en nosotros haciendo que nuestros corazones ardan dentro de nosotros (Lucas 24:32).

A veces las Escrituras hacen una comparación entre nuestra relación a las cosas espirituales y aquellas actividades seculares en las cuales los hombres agotan mucha energía. Hablan, por ejemplo, de correr (1 Corintios 9:24), luchar (Efesios 6:12), agonizar por un premio, pelear contra enemigos fuertes (1 Pedro 5:8-9), y librar una guerra (1 Timoteo 1:18). La gracia, por cierto, tiene grados, y hay cristianos débiles en los cuales los actos de la voluntad hacia las cosas espirituales tienen relativamente poca fuerza. No obstante, las emociones de todo cristiano verdadero hacia Dios son más fuertes que sus emociones naturales o pecaminosas. Todo genuino discípulo de Cristo lo ama más que “padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida” (Lucas 14:26).

Dios, quien nos creó, no solo nos ha dado emociones, sino que también ha hecho que sean muy directamente la causa de nuestras acciones. No tomamos decisiones ni actuamos a no ser que el amor, el odio, el deseo, la esperanza, el temor, o alguna otra emoción nos influencie. Esto es cierto tanto en los asuntos seculares como en los espirituales. Es la razón por la cual muchas personas escuchan que la palabra de Dios les habla de cosas de importancia infinita--de Dios y de Cristo, el pecado y la salvación, el cielo y el infierno--sin que tenga efecto alguno sobre sus actitudes o su comportamiento. Sencillamente, lo que oyen no les afecta. No toca sus emociones. Atrevidamente afirmo que jamás verdad espiritual alguna cambió la conducta o la actitud de una persona sin haber despertado sus emociones. Nunca un pecador deseó la salvación, ni un cristiano despertó de frialdad espiritual, sin que la verdad hubiera afectado su corazón. ¡Así de importantes son las emociones!

Las Diferentes Emociones

Las Escrituras, de principio a fin, insisten en que la verdadera religión se encuentra primordialmente en nuestras emociones -en el temor, la esperanza, el amor, el odio, el deseo, el gozo, la tristeza, la gratitud, la compasión, y el celo.

Considerémoslas por un momento:

Temor. Según las Escrituras, el temor piadoso es una parte principal de la verdadera religión. Un nombre que las Escrituras frecuentemente dan a los creyentes es “temerosos de Dios”, o, “los que temen a Jehová”. Por esto la verdadera piedad a veces se conoce como “el temor de Dios”.

Esperanza. La esperanza en Dios y sus promesas es, según las Escrituras, una parte importante de la verdadera religión. El apóstol Pablo la menciona entre las tres grandes columnas que conforman la religión verdadera (1 Corintios 13:13). La esperanza es el yelmo del soldado cristiano: “Con la esperanza de salvación como yelmo” (1 Tesalonicenses 5:8). Es el ancla del alma: “La cual tenemos como segura y firme ancla del alma” (Hebreos 6:19). A veces el temor piadoso va unido a la esperanza en definir el carácter del verdadero creyente: “He aquí el ojo de Jehová sobre los que le temen, sobre los que esperan en su misericordia” (Salmos 33:18).

Amor. En las Escrituras hay una estrecha relación entre la verdadera religión y la emoción del amor: amor por Dios, por Jesucristo, por el pueblo de Dios, y por la humanidad. Son innumerables los versículos que enseñan esto, y los enfocaremos en el capítulo que sigue. Sin embargo, debemos observar que las Escrituras hablan de la emoción opuesta, la del odio, odio por el pecado como una emoción también importante dentro de la religión verdadera. “El temor de Jehová es aborrecer el mal” (Proverbios 8:13). De acuerdo con esto, las Escrituras hacen un llamado a los creyentes a que demuestren así su sinceridad: “Los que amáis a Jehová, aborreced el mal” (Salmos 97:10).

Deseo. Las Escrituras a menudo mencionan un deseo santo, expresado en hambre y sed por Dios y por la santidad, como parte importante de la religión verdadera. “Tu nombre y tu memoria son el deseo de nuestra alma” (Isaías 26:8). “Mi alma tiene sed de ti, mi carne te anhela, en tierra seca y árida donde no hay aguas” (Salmos63:1).“Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mateo 5:6).

Gozo. Las Escrituras hablan del gozo como una gran parte de la religión verdadera. “Alegraos, justos, en Jehová” (Salmos 97:12). “Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos! (Filipenses 4:4). “El fruto del Espíritu es amor, gozo,” etc. (Gálatas 5:22).

Tristeza. Tristeza espiritual, contrición, y quebrantamiento de corazón, conforman una gran parte de la religión verdadera, según las Escrituras. “Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán consolación” (Mateo5:4).“Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmos 51:17). “Porque así dijo el Alto y Sublime, el que habita la eternidad, y cuyo nombre es el Santo: Yo habito en la altura y la santidad, y con el quebrantado y humilde de espíritu para hacer vivir el espíritu de los humildes, y para vivificar el corazón de los quebrantados” (Isaías 57:15).

Gratitud. Otra emoción espiritual que las Escrituras suelen mencionar es la gratitud, especialmente aquella expresada en la alabanza a Dios. Esta emoción aparece con tanta frecuencia, particularmente en los salmos, que no necesito citar versículos específicos.

Misericordia. Frecuentemente las Escrituras hablan de la compasión o la misericordia como parte esencial de la verdadera religión. Jesús enseñó que la misericordia es una de las demandas más importantes de la ley de Dios: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5:7). “¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! Porque diezmáis la menta y el eneldo y el comino, y dejáis lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe”. (Mateo 23:23). De igual manera, Pablo enfatizó esta virtud: “Vestíos, pues, como escogidos de Dios, santos y amados, de entrañable misericordia” (Colosenses 3:12).

Celo. Las Escrituras dicen que el celo espiritual es parte esencial de la verdadera religión. Cristo tenía en mente lograr en los suyos esta actitud cuando murió por nosotros: “quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras” (Tito 2:14).

He mencionado tan solo unos pocos textos de muchos que establecen que la religión verdadera se centra de manera definitiva en nuestras emociones. Si alguno deseara disputar esto, se vería obligado a descartar la Biblia y buscarse alguna otra norma según la cual evaluar la naturaleza de la verdadera religión.

El Amor, Resumen de la Verdadera Religión

El amor es el principal de las emociones. Cuando alguien le preguntó a Jesús cuál era el primer mandamiento, su respuesta fue: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primer y gran mandamiento. El segundo es similar: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. De estos dos mandamientos dependen la ley y los profetas” (Mateo 22:37-40)

El apóstol Pablo enseñó lo mismos: “el cumplimiento de la ley es el amor” (Romanos 13:10). “Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio” (1 Timoteo 1:5). En 1 Corintios 13, Pablo habla del amor como lo más grande que hay en el cristianismo, su alma y esencia, sin el cual el conocimiento, los dones, y las actividades más fenomenales no tienen valor alguno.

Comprobado queda, pues, que nuestras emociones son el eje de la religión auténtica. El amor no es tan solo una de las emociones, sino la mayor de ellas, y, por decirlo así, la fuente de las demás. Es del amor que surge el odio, odio por las cosas que son contrarias a aquello que amamos. De un amor vigoroso y afectuoso hacia Dios nacerán las otras emociones espirituales: odio por el pecado, temor de desagradar a Dios, gratitud a Dios por su bondad, gozo en Dios cuando experimentamos su presencia, tristeza al sentir su ausencia, esperanza de un futuro disfrute de Dios, y celo por la gloria de Dios. De la misma manera, amor por nuestro prójimo producirá en nosotros todo lo demás que debemos sentir hacia él.

David, Pablo, Juan, y Cristo como ejemplos de emoción santa

La religión de los santos más sobresalientes de las Escrituras fue una religión de emociones santas. Enfocaré en particular a tres grandes santos, y al Maestro mismo, para demostrar la verdad de lo que digo.

Primero, consideremos al rey David, ese hombre según el corazón de Dios quien nos ha dejado en los Salmos un vivo retrato de su religión. Esas canciones santas no son ni más ni menos que el derramamiento de emoción devota y santa. En ellas vemos un humilde y ferviente amor por Dios, admiración de sus gloriosas perfecciones y maravillosas obras, y deseos y añoranzas del alma hacia él. Vemos deleite y alegría en Dios, una dulce gratitud por su gran bondad, y un santo regocijo en su favor, suficiencia, y fidelidad. Vemos amor por, y deleite en, el pueblo de Dios, gran deleite en la Palabra de Dios y sus ordenanzas, tristeza por el pecado propio de David y el de los demás, y ferviente celo por Dios, en contra de sus enemigos.

Estas expresiones de emoción santa en los Salmos tienen especial relevancia para nosotros. Los Salmos no solo expresan la religión de un santo como lo fue el rey David, sino que también fueron inspirados por el Espíritu Santo para ser cantados en la adoración pública de los creyentes, tanto en esos días como en los de ahora.

En seguida, consideremos al apóstol Pablo. De acuerdo con lo que las Escrituras dicen de él, parece haber sido un hombre de una vida emocional altamente desarrollada, especialmente en lo que al amor se refiere. Sus cartas dejan ver esto claramente. Un ardiente amor por Cristo parece encenderlo y consumirlo. Se contempla a sí mismo como sobrecogido por esta santa emoción, impulsado por ella a seguir adelante en su ministerio a o por ella a seguir adelante en su ministerio a través de todas las dificultades y sufrimientos (2 Corintios 5:14-15). También sus cartas están llenas de un desbordante amor por los cristianos. Los llama sus muy amados (2Corintios12:19, Filipenses 4:1, 2 Timoteo 1:2), y habla de su tierno y afectuoso cuidado por ellos (1Tesalonicenses2:7-8).Con frecuencia habla de sus añoranzas y deseos afectivos hacia ellos (Romanos1:11, Filipenses1:8, 1Tesalonicenses2:8; 2Timoteo1:4). A menudo, Pablo expresa la emoción del gozo. Habla de regocijarse con gran gozo (Filipenses 4:10, Filemón 7), de gozarse mucho más (2 Corintios 7:13), y de regocijarse siempre (2 Corintios 6:10). También al respecto hablan: 2 Corintios 1:12, 7:7,9,16; Filipenses 1:4, 2:1-2, 3:3; Colosenses 1:24; 1 Tesalonicenses 3:9. Pablo habla de su esperanza (Filipenses 1:20), de su celo piadoso (2 Corintios11:2-3),y de sus lágrimas de tristeza(Hechos20:19,31, y 2 Corintios 2:4). Escribe del grande y continuo dolor en su corazón debido a la incredulidad de los judíos (Romanos 9:2). En cuanto a su celo espiritual, no es necesario mencionarlo, ya que es obvio a través de su vida entera como apóstol de Cristo.

Si alguno puede considerar estos relatos escriturales de Pablo, sin ver que la religión de Pablo era una religión de emociones, debe ser que tiene la extraña capacidad de cerrar sus ojos a la luz que le brilla en toda la cara.

El apóstol Juan era un hombre cortado de la misma tela. Sus escritos ponen en claro que era una persona de una vida emocional profunda. Se dirige a los cristianos a quienes escribe de una manera realmente tierna y conmovedora. Sus cartas no respiran sino el amor más ferviente, como si él estuviera hecho de afecto dulce y santo. La única manera de comprobar esto que digo sería citar la totalidad de sus escritos.

Mayor que todos estos, Jesucristo mismo tenía un corazón asombrosamente tierno y afectuoso, a la vez que expresaba su justicia fuertemente con emociones santas. Tenía el más fuerte amor por Dios y por los hombres, el ardor y el vigor más grandes que hayan existido. Este amor santo fue el que triunfó en el Getsemaní cuando luchó con el temor y el dolor, cuando su alma estaba “muy triste, hasta la muerte” (Mateo 26:38).

Vemos que durante sus días en la tierra, Jesús tuvo una vida emocional poderosa y profunda. Leemos de su gran celo por Dios: “El celo de tu casa me consume” (Juan 2:17). Leemos de su tristeza por el pecado de los hombres: “entristecido por la dureza de sus corazones” (Marcos 3:5).

Al considerar el pecado y la miseria de la gente impía de Jerusalén, irrumpió en lágrimas: “Y cuando llegó cerca de la ciudad, al verla lloró sobre ella, diciendo: ¡Oh, si también tú conocieses, a lo menos en este tu día, lo que es para tu paz!” (Lucas 19:41-42). Con frecuencia leemos de la compasión de Jesús.(VéaseMateo9:36,14:14,15:32,18:34,Marcos6:34;Lucas 7:13.)¡Cómo se enterneció su corazón ante la muerte de Lázaro! ¡Cuán afectuosas sus palabras de despedida a sus discípulos la noche antes de ser crucificado! De todos los discursos pronunciados por labios humanos, las palabras más afectuosas, y las que más afectan, son las que dijo Cristo en los capítulos 13-16 del evangelio de Juan.

Las Emociones en el Cielo

Indudablemente tiene que existir religión verdadera en el cielo. La religión del cielo, por cierto, es absolutamente pura y perfecta. Según el cuadro que las Escrituras nos pintan del cielo, su religión consiste mayormente de amor y gozo, expresado en las alabanzas más fervientes y exaltadas. La religión de los santos en el cielo es la religión de los santos terrenales perfeccionada. La gracia que vemos en la tierra es el amanecer de la gloria venidera. Textos como

1 Corintios 13 nos lo comprueban. Así pues, si la religión del cielo es una religión de emoción, toda religión verdadera tendrá que ser una religión de emoción.

La manera de llegar a conocer la verdadera naturaleza de algo es empeñarnos en seguir su rastro hasta tanto logremos descubrirlo en su estado puro. Por lo tanto, si hemos de descubrir qué es la religión verdadera, es necesario que alcemos nuestras mentes al cielo. Todos los que verdaderamente son espirituales no son de este mundo. Son extranjeros aquí, perteneciendo más bien al cielo. Son nacidos de arriba, y el cielo es su país de origen. La naturaleza que reciben de su nacimiento celestial es también celestial. La vida de la religión verdadera en el corazón de un creyente es una semilla de la religión del cielo. Conformándonos a ella, Dios nos prepara para el cielo. Por lo tanto, si la religión del cielo es una de emoción, la nuestra aquí en la tierra también ha de serlo.

Las Emociones y Nuestros Deberes Religiosos

Vemos la importancia de las emociones espirituales en los deberes que Dios ha establecido como expresiones de culto.

La Oración. Al orar declaramos las perfecciones de Dios, su majestad, santidad, bondad, y absoluta suficiencia, y nuestro propio estado vacío e indigno, junto con nuestras necesidades y deseos. Pero ¿Por qué? No para informar a Dios de estas cosas, pues él ya las sabe, y de seguro no para cambiar sus propósitos y persuadirle que nos bendiga. No, declaramos estas cosas para conmover y afectar, a través de lo que expresamos, nuestros propios corazones, así preparándonos para recibir las bendiciones que pedimos.

Alabanza. El deber de cantar alabanzas a Dios parece no tener otro propósito que el de animar y expresar emociones espirituales. Solo hay una explicación que podemos dar para entender por qué Dios nos mandaría a expresarnos hacia él en poesía además de prosa, y cantando además de hablando. La explicación es esta: cuando la verdad divina se expresa en poesía y canto, tiene más tendencia a impactarnos y a conmover nuestras emociones.

El Bautismo y la Cena del Señor. Lo mismo se puede decir del bautismo y la Santa Cena. Nuestra naturaleza es tal que las cosas físicas y visibles nos influencian mucho. De aquí que Dios haya ordenado que no solamente oigamos el evangelio por su Palabra, sino que también la veamos exhibida delante de nuestros ojos en símbolos visibles para que nos afecte más. Los símbolos visibles del evangelio son el bautismo y la Cena del Señor.

La Predicación. Una gran razón por la cual Dios ha ordenado la predicación en la iglesia es para imprimir en nuestros corazones y emociones las verdades divinas. No basta con tener buenos comentarios y libros de teología. Estos pueden alumbrar nuestros entendimientos, pero no tienen el mismo poder que tienen la predicación para movilizar nuestras voluntades. Dios usa la energía de la palabra hablada para aplicar su verdad a nuestros corazones de una manera más particular y viva.

Las Emociones y la Dureza de Corazón

Otra prueba de que la religión verdadera se encuentra muy bien centrada en las emociones es que la Escrituras con frecuencia llaman al pecado “dureza de corazón”. Considere estos textos:

“Entonces, mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la dureza de sus corazones,...” (Marcos 3:5). “Si oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón, como en Meriba, como en el día de Masah en el desierto, donde me tentaron vuestros padres, me probaron, y vieron mis obras. Cuarenta años estuve disgustado con la nación, y dije: Pueblo es que divaga de corazón, y no han conocido mis caminos” (Salmos 95:7-10) “¿Por qué, oh Jehová, nos has hecho errar de tus caminos, y endureciste nuestro corazón a tu temor?” (Isaías 63:17). “Y endureció su cerviz, y obstinó su corazón para no volverse a Jehová el Dios de Israel” (2 Crónicas 36:13)

Junto con estos textos, consideren que las Escrituras dicen que la conversión es como el quitar el corazón de piedra y dar un corazón de carne. (Ezequiel 11:19, 36:26). Un corazón duro obviamente es uno que no es fácil de mover o de impresionar con emociones espirituales. Es como la piedra--frío, insensible, y sin sentimientos hacia Dios o la santidad. Es lo opuesto de un corazón de carne el cual sí siente, y puede ser tocado y movido. Se desprende, pues, que la santidad de corazón consiste en gran parte de emociones espirituales.

¿Qué lecciones en cuanto a la emoción podemos aprender de todo esto?

a) Aprendemos que es un gran error rechazar todas las emociones espirituales como falsas. Este error puede surgir después de un avivamiento religioso. Debido a que las fuertes emociones de algunos parecen desvanecerse por completo con mucha rapidez, la gente empieza a despreciar todas las emociones espirituales, como si el cristianismo no tuviera nada que ver con ellas.

El otro extremo es el de tener a todas las fuertes emociones religiosas como señales de verdadera conversión, sin inquirir en cuanto a la naturaleza y la fuente de dichas emociones. Si las personas se ven calurosas y llenas de vocabulario espiritual, los demás concluyen que deben ser cristianos piadosos.

Satanás busca empujarnos de un extremo al otro. Cuando ve que las emociones están de moda, siembra su cizaña entre el trigo. Mezcla emociones falsas con la obra del Espíritu de Dios. De esta manera engaña y arruina eternamente a muchos, confunde a los verdaderos creyentes, y corrompe al cristianismo. No obstante, cuando las malas consecuencias de estas emociones falsas se hacen aparentes, Satanás cambia su estrategia. Ahora busca persuadir a la gente de que todas las emociones espirituales son inválidas. Así trata de cerrar nuestros corazones a todo lo espiritual, y de hacer del cristianismo un formalismo muerto.

La respuesta correcta no es ni la de rechazar todas las emociones, ni la de aprobarlas todas, sino la de distinguir entre ellas. Debemos aprobar algunas, y rechazar otras. Debemos separar el trigo de la cizaña, el oro de las impurezas, lo precioso de lo que no vale.

b) Si la religión verdadera tiene mucho que ver con nuestras emociones, debemos valorar altamente aquello que produce en nosotros estas emociones. Debemos desear el tipo de libro, de predicación, de oración, y de canción, que profundamente afecte nuestros corazones.

No interprete mal lo anterior; estas circunstancias a veces pueden despertar las emociones de personas débiles e ignorantes sin traer provecho alguno a sus almas. Esto se debe a que es posible que estas situaciones exciten emociones que no son ni espirituales ni santas. Tiene que haber una presentación clara y un entendimiento correcto de la verdad espiritual en nuestros libros religiosos, nuestra predicación, nuestras oraciones, y nuestro canto. Siempre que sea así, entre más conmuevan nuestras emociones, mejores son.

c) Si la religión verdadera tiene mucho que ver con nuestras emociones, tenemos mucho de qué avergonzarnos al ver que las realidades espirituales nos afecten tan poco. Dios nos ha dado emociones con el mismo propósito que todas nuestras otras facultades--para que nos sirvan en aquello que es nuestro fin principal: Nuestra relación con él. Sin embargo, ¡cuán común es que las emociones humanas se ocupen con todo lo imaginable, menos con las realidades espirituales! En los intereses mundanos, los deleites externos, las reputaciones, y las relaciones naturales--en estas situaciones los deseos de la gente son fuertes, su amor vivo, y su celo ardiente.

Pero en cuanto a las cosas espirituales ¡cuán insensibles son la mayoría de las personas! Aquí su amor es frío, sus deseos flojos, y su gratitud enana. Son capaces de sentarse a escuchar del infinito amor de Dios en Jesucristo, de la agonizante muerte de Cristo por los pecadores, de su sangre que nos salva de los fuegos eternos del infierno haciéndolos aptos para los gozos inexpresables del cielo, ¡y seguir fríos, sin respuesta, y sin interés! ¿Acaso algo debe mover nuestras emociones si no estas verdades? ¿Es posible que exista algo más importante, más maravilloso, o más relevante? ¿Puede algún cristiano concebir la idea de que el glorioso evangelio de Jesucristo no despierte y excite las emociones humanas?

Dios planeó nuestra redención de tal manera que revelara las verdades más grandes de la forma más viva e impactante. La personalidad y la vida humana de Jesús revelan la gloria y la belleza de Dios en la forma más conmovedora imaginable. Así como la cruz muestra el amor de Jesús por los pecadores en la manera que más nos toca, también muestra la naturaleza odiosa de nuestros pecados en la manera más impactante, ya que vemos el terrible efecto que nuestros pecados produjeron en Jesús cuando sufrió por nosotros. En la cruz también vemos la revelación más impresionante del odio que Dios tiene por el pecado, y de su propia justicia e ira al castigarlo. A pesar de que era su propio hijo, infinitamente hermoso, quien tomaba el lugar de nuestro pecado, Dios lo aplastó hasta la muerte. ¡Cuán estricta, pues, debe ser la justicia de Dios, y cuán terrible su santa ira!

Mucho debemos avergonzarnos de que estas situaciones no nos afectan más.

PARTE SEGUNDA
SEÑALES INVALIDAS PARA COMPROBAR QUE NUESTRAS EMOCIONES SEAN PRODUCTO DE UNA VERDADERA EXPERIENCIA DE SALVACIÓN

Las emociones religiosas pueden tener un origen natural o espiritual. Pueden existir en personas que no han sido salvas, al igual que en aquellas que verdaderamente se han convertido. En esta parte del libro, voy a examinar experiencias que ni comprueban que nuestras emociones, sean espirituales, ni demuestren que no lo sean. En otras palabras, quiero que miremos experiencias que no nos dicen nada acerca de la naturaleza espiritual o no espiritual de nuestras emociones.

El que nuestras emociones sean vivas y fuertes no comprueba que sean o no sean espirituales

Algunas personas condenan toda emoción fuerte. Albergan prejuiciosencontradetodoelquetengasentimientospoderososyvivosacercadeDiosylascosasespirituales.Instantáneamente asumen que tales personas sufren de algún engaño. Sin embargo, si, como acabo de comprobar, la religión verdadera tiene mucho que ver con nuestras emociones, se desprende que la abundancia de la verdadera religión en la vida de una persona resultará en plenitud de emoción.

El amor es una emoción. ¿Dirá algún cristiano que no debemos amar abundantemente a Dios o a Jesucristo? ¿O dirá alguno que no debemos sentir gran odio y dolor por el pecado? ¿O que no nos compete sentir un alto grado de gratitud a Dios por su misericordia? ¿O que no nos es necesario desear con intensidad a Dios y su santidad? Hay algún cristiano que pueda decir, “Estoy bien satisfecho con el grado de amor y gratitud que siento hacia Dios, y con el grado de odio y tristeza que siento hacia el pecado. No tengo necesidad de orar pidiendo una experiencia más profunda de estas cosas.”?

1 Pedro 1:8 Habla de emociones vivas y fuertes cuando dice: “os alegráis con gozo inefable y glorioso.” De hecho, las Escrituras suelen requerir de nosotros profundidad en el sentir. En el primer y gran mandamiento, agotan el alcance del lenguaje para expresarnos el grado hasta el cual debemos amar a Dios: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, y con todas tus fuerzas” (Marcos 12:30). Las Escrituras también nos mandan a sentir fuerte gozo: “Alégrese Israel en su Hacedor; ... Regocíjense los santos por su gloria, y canten aun sobre sus camas” (Salmos 149:3,5). Además, con frecuencia nos exhortan a estar agradecidos con Dios por sus misericordias.

De los creyentes cuyas experiencias se nos narran en las Escrituras, los más sobresalientes expresan a menudo emociones fuertes. Por ejemplo, veamos al salmista: Él menciona su amor como si fuera indecible: “!Oh cuánto amo yo tu ley!” (Salmos 119:97). Su deseo espiritual lo sobrecoge: “Como el ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti, oh Dios, el alma mía” (Salmos 42:1). Habla de inmensa tristeza por sus propios pecados y los pecados de los demás: “Porque mis iniquidades se han agravado sobre mi cabeza; como carga pesada se han agravado sobre mí” (Salmos 38:4). “Ríos de agua descendieron de mis ojos, porque no guardaban tu ley” (Salmos 119:136). Expresa también ferviente gozo y alabanza espiritual: “Porque mejor es tu misericordia que la vida; mis labios te alabarán. Así te bendeciré en mi vida; en tu nombre alzaré mis manos... Porque has sido mi socorro, y así en la sombra de tus alas me regocijaré” (Salmos 63:3-4, 7).

Esto, pues, demuestra que la existencia de fuertes emociones religiosas no es necesariamente una señal de fanatismo. Erramos gravemente si condenamos a la gente de exaltada simplemente porque sus emociones son fuertes e intensas.

Por el otro lado, el hecho de que nuestras emociones sean fuertes e intensas tampoco comprueba que su naturaleza sea verdaderamente espiritual. Las Escrituras nos muestran que las personas se pueden emocionar mucho en cuanto a la religión sin llegar a ser verdaderamente salvas. En el Antiguo Testamento, por ejemplo, la misericordia de Dios en el éxodo conmovió grandemente a los israelitas, y cantaron sus alabanzas--Éxodo 15:1-21. Sin embargo, pronto olvidaron sus obras. La entrega de la Ley en el Sinaí los animó de nuevo; parecían estar llenos de santo entusiasmo, afirmando, “Todo lo que Jehová ha dicho, haremos” (Éxodo19:8). Al poco tiempo ¡los vemos adorando al becerro de oro!.

En el Nuevo Testamento, las multitudes de Jerusalén profesaban admirar grandemente a Cristo, y lo alababan. “¡Hosana al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! ¡Hosana en las alturas!” (Mateo21:9). Pero cuán pocos de estos eran verdaderos discípulos de Cristo. Muy pronto las mismas multitudes estarían gritando, “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!” (Marcos 15:13-14).

Todos los teólogos ortodoxos están de acuerdo en que pueden existir sentimientos muy vivos en cuanto al cristianismo sin que haya una genuina experiencia salvadora.

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9781629461229
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