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Significado y verdad

en el Arte

John Hospers

Significado y verdad en el Arte

PUV


Anacleto Ferrer, director

Romà de la Calle, director fundador

Esta publicación no puede ser reproducida, ni total ni parcialmente, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recuperación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, ya sea fotomecánico, foto químico, electrónico, por fotocopia o por cualquier otro, sin el per miso previo de la editorial.

Título original:

Meaning and Truth in the Arts

© University of North Carolina Press, 1946

© De la primera edición en castellano:

Fernando Torres Editor, S.A., Valencia, 1980

© De la traducción (revisada):

Román de la Calle y M. Teresa Beguiristáin, 2019

© Del Proemio de esta edición: Román de la Calle, 2019

© De esta edición: Universitat de València, 2019

Producción editorial: Maite Simón

Diseño del interior y maquetación: Inmaculada Mesa

Corrección: Communico-Letras y Píxeles, S. L.

Diseño de la cubierta:

Celso Hernández de la Figuera y Maite Simón

ISBN: 978-84-9134-527-5

Índice

PROEMIO A LA PRESENTE EDICIÓN, Romà de la Calle

SIGNIFICADO Y VERDAD EN EL ARTE

John Hospers

INTRODUCCIÓN

PARTE I EL SIGNIFICADO EN LAS ARTES

1. DISTINCIONES PRELIMINARES

2. LA REPRESENTACIÓN

3. LA EXPRESIÓN

4. EL SIGNIFICADO

4.1 El significado en la música

4.2 El significado en la pintura

4.3 El significado en la literatura

PARTE II LA VERDAD EN LAS ARTES

5. VERDAD PROPOSICIONAL

6. LA VERDAD ARTÍSTICA

7. LA RELEVANCIA ESTÉTICA DE LA «VERDAD»

8. «REALIDAD» Y CONOCIMIENTO

BIBLIOGRAFÍA


El estudio de un libro no debe hacer abstracción de su contexto; ningún análisis puede ciertamente descontextualizarlo, ni aun en el caso de aquellas publicaciones a las que el tiempo y/o su propia profundidad han aureolado con el quizá quebradizo, pero ineludible, argumento de autoridad o con la respetuosa y a veces enmohecida pátina del clasicismo. Esto es especialmente cierto cuando lo que se desea no es solo conocer la información directa que tal libro pueda suministrar, sino más bien llegar a una comprensión adecuada de este, lo que conlleva simultáneamente tanto una justificación correcta como una fundamentada y minuciosa crítica.

Por ello no hay que olvidar –con lo que esto supone– las específicas coordenadas espacio-temporales subyacentes al texto que tenemos ahora entre las manos: Estados Unidos, posguerra mundial (1946).

La historia de la Estética, entre nosotros, ha descuidado, durante numerosas décadas, con frecuencia de forma lamentable, sobre todo en una buena parte de la segunda mitad del siglo XX, las corrientes anglosajonas, en beneficio explícito de las de raíz germánica en primer lugar y, en segundo grado, de las de cuño italiano o galo. Todo lo cual viene a coincidir, aunque con ciertas alteraciones, con lo acaecido generalmente en el dominio de la filosofía, entendido este en su más amplio sentido, hasta fechas ya próximas al siglo XXI.

En concreto, desde una postura que pretendidamente quiere ser aséptica y neutral, común a muchos intentos enraizados de modo directo o indirecto en el análisis textual, se abordan en el volumen principalmente dos bloques de cuestiones, ya enmarcadas en el propio título del trabajo: las relativas al significado y la verdad en el dominio artístico, aunque paralelamente otra serie de nociones –como «realidad», «conocimiento»–, estrechamente imbricadas con ellas, sean asimismo tamizadas de manera sutil en sus páginas.

Como es lógico suponer, dada la estrecha relación existente entre tales nociones, se desarrolla una constante revisión (a veces quizá reiterada) del uso que de esos correspondientes términos hace el lenguaje, tanto en el ámbito cotidiano como en el científico y el artístico. De esta tripartita indagación diferencial se intenta precisamente extraer la especificidad lingüística y la corrección práctica en el campo del correspondiente criticismo artístico.

Las corrientes de pensamiento vigentes en aquellas fechas (al margen de la influencia ejercida por la situación sociopolítica concreta), herederas en gran medida de la actividad filosóficocientífica centroeuropea, sazonadas con los frutos del naturalismo y servidas con la particular guarnición del pragmatismo americano, explican sobradamente la línea básica de desarrollo cultivada por el profesor John Hospers en este estudio, que quiere ser de carácter propedéutico a una Estética más ambiciosa.

No extrañará por tanto (aunque se note, en cierto modo) la ausencia de los nuevos planteamientos estéticos subsiguientes, deudores del estrecho contacto mantenido por la teoría del arte con el devenir prolífico de la praxis artística posterior (entre la que no puede olvidarse la envidiable salud del arte «made in Usa» desde la posguerra) y motivados, en gran medida, por las metodologías más recientes. Tampoco habrá que esperar enfoques enlazados a supuestos ideológicos distintos o extraños a las coordenadas concretas a las que, históricamente, se hizo ya referencia.

Esto aclarará por qué, quizá, algunas explicaciones, ciertos matices o diversas ejemplificaciones no sean fácilmente extrapolables al arte más actual, con toda su sorprendente diversificación, o asimilables a los planteamientos lingüístico-filosóficos más modernos. No obstante, el propio interés de la obra (típica de un determinado momento histórico y ejemplo de un concreto desarrollo sistemático) nos movió, ya en su momento, a tenerla en cuenta al pensar en una colección de textos dedicada explícitamente al eje definido entre «Estética & Crítica». Y a ello nos atuvimos en la primera edición (1980), ya agotada hace tiempo y ahora rescatada y revisada, de nuevo, en esta segunda oportunidad (2019), gracias a la colaboración y diligencia eficaces de Publicacions de la Universitat de València (PUV), que ha retomado la versión castellana, que la profesora Maite Beguiristáin puso a punto en el seno del equipo histórico de investigadores que integramos el Departamento de Estética y Teoría de las Artes y el Instituto Universitario de Creatividad e Innovaciones Educativas de la UVEG, cuyos cuarenta años de existencia intergeneracional acabamos de celebrar oficialmente.

Por otra parte, el propósito de verter al castellano esta concreta obra de John Hospers (con el fin primordial de que el estudioso de temas estéticos tuviera fácil acceso a ella) era un plan que, desde hace años, teníamos pendiente. Concretamente el proyecto nació en los años setenta en un seminario monográfico impartido en el Departamento de Estética en torno a «La significación en el dominio artístico».

El talante crítico del análisis que Hospers realiza, estrechamente vinculado, por un lado, a las diversas teorías de los múltiples autores que baraja y comenta –próximos a su medio cultural–, así como el repertorio de los numerosos ejemplos de obras de arte, que paralelamente cita y señala (como constatación de las distintas posturas estudiadas), nos parecieron sumamente idóneos para servir de base a concretos trabajos de discusión en grupo o de directa aplicación al análisis crítico de textos sobre arte.

Por otro lado, el hecho de que la corriente del pensamiento analítico, de alguna manera, se hubiera difundido en nuestro país muy considerablemente en los últimos años del postrer tercio de siglo (a partir de una innegable actividad centrada en diversos núcleos universitarios, que nos son tan caros como próximos) era un aliciente más que nos decidía a decantar, en la medida de lo aconsejable, nuestra atención hacia esta corriente filosófica, aunque buscando su aplicación y desarrollo dentro del «ámbito de la Estética», sector este, hay que reconocerlo, muy abandonado aún entre nosotros, a pesar de los diferentes trabajos (y contadas traducciones) que simultáneamente se estaban llevando a cabo, de modo progresivo, en tales décadas, que clausuraban la anterior centuria.

Si es cierto que algunas doctrinas estéticas provienen de otras teorías estéticas precedentes, por contraste o por simpatía,1 no es menos cierto que la reflexión directa sobre los objetos artísticos mismos y acerca de los problemas que en su entorno operativamente se desarrollan ayuda claramente a la decidida «relectura» de los planteamientos teóricos y a su crítica, desde la base de las cuestiones actuales que el hecho artístico en su complejidad nos brinda. Por ello, el recorrido analítico que el profesor Hospers2 nos ofrece en esta obra puede ser muy útil, como punto de discusión, en lo que respecta, por un lado, al estudio de las interpretaciones de lo que se entienda por significado y verdad en los distintos géneros artísticos (especialmente en la Música, la Pintura y la Literatura), y, por otro lado, para la clarificación y adecuada puesta a punto del «lenguaje de la Estética».

La ambición por elaborar «sistemas de Estética» es una tentación en parte casi vencida, desde hace ya algunos años, siendo reemplazada en ciertos medios por una labor más cauta y concreta en lo concerniente al análisis y la revaluación de determinados «conceptos básicos», con técnicas desarrolladas principalmente por la filosofía del lenguaje.

En esta línea esclarecedora, que quizá muy confiadamente lo esperaba todo –o casi todo– del método que empleaba, se halla la obra de John Hospers. No cabe duda, como se ha dicho,3 de que fue una época de atareada forja y refinamiento de herramientas de trabajo, aunque en ciertos ámbitos se era escéptico de lo que por este camino pudiera lograrse. De hecho –y esto es innegable–, mucha «innecesaria maleza intelectual» fue eliminada o al menos detectada, aunque a veces se pudiera efectivamente tener la impresión de que lo que quedaba tras el proceso analítico y depurador se reducía a un entramado escuálido, insuficiente y pobre para captar quizá toda la diversa riqueza de la realidad estética con la que se enfrentaba.

Pero toda esta reducción metodológica (que no siempre drásticamente perentoria), esta revisión instrumental y este replanteamiento de los propios fundamentos se convierte en algo básico, saludable e imprescindible, que es positivo que ocurra periódicamente en el desarrollo de cualquier proceso investigador, para poder, conociendo las propias posibilidades y subsiguientes limitaciones, volver a nuevos intentos reestructuradores y encarar quizá el futuro con más suspicacia analítica y nuevas abarcadoras perspectivas.

No cabe duda de que, en cierta medida y alcance, esto se ha logrado. Las grandes aspiraciones sistemáticas se han moderado, centrándose en estudios más restringidos y definidos con mayor propiedad, a la vez que metodológicamente también más estrictos, como pueden ser, entre otros puntos:

a) cuestiones específicas, propias de las artes particulares;

b) problemas abiertos en torno a la significación artística y sus implicaciones diferenciales, frente a la ciencia, la tecnología y la cotidianidad;

c) aspectos diversos relacionados con el eficiente y eficaz alcance de la creatividad artística (tanto a nivel social como individual).

Estos vendrían a ser, asimismo, grosso modo, algunos de los puntos en los que el profesor John Hospers se centra, contraponiendo las opiniones de las posturas más relevantes y conocidas del momento, lo que enriquece considerablemente, por cierto, su aportación comparativa. Por ello, pues, el enfoque de la obra (cuya ordenación y claridad sobresalen minuciosamente) tiene una valiosa función propedéutica y didáctica en estas materias. Lo que no le exime de complejidad en el desarrollo de sus razonamientos críticos, especialmente en su segunda parte, dedicada explícitamente al siempre complejo problema de la «verdad» en el arte.

Si su trabajo lntroduction to Philosophical Analysis ha sido justamente alabado,4 no debe serlo menos este texto que hoy presentamos, de nuevo, al público, repescado del río dispar de las publicaciones existentes, pero cuyo valor, a nuestro parecer, sigue, de hecho, en líneas generales, vigente como hemos tenido ocasión de constatar reiteradamente, a nivel docente, toda vez que tras conocer el cauto desarrollo del libro de Hospers, el lector se vuelve más agudo en la clarificación de los distintos posibles sentidos adoptados por los términos fundamentales de la filosofía del arte. La ambigüedad y vaguedad con que habitualmente nos topamos en este y otros dominios afines nos resultan más fáciles de detectar, analizar y resolver en sus distintas opciones, con lo que las posteriores lecturas suelen ser más críticamente juzgadas. No es este, por lo tanto, un mérito que se deba desechar, tampoco, en el siempre revisable ámbito universitario actual.

Por otra parte, como reconocía recientemente un consagrado crítico de arte, este tipo de análisis, aunque solo aportase una función correctora (metacrítica) a nivel lingüístico-con-ceptual, ya podría considerársele mucho más que justificado, especialmente si se le aplicara a la siempre arriesgada actividad evaluativo-prescriptiva que la crítica artística ejercita, la cual con frecuencia lamentable acaba por ser tan considerada como esotérica y tan celebrada como ambigua y estetizante.

Sabido es que la Metaestética debe considerarse como una de las ramas de la Estética, la que genuinamente encarna y objetiva el autoanálisis y la subsiguiente revisión que toda ciencia, en cuanto tal, debe esforzarse en mantener y realizar sobre sus propios supuestos y principios, sus métodos y terminología. Pues bien, Hospers puede ser incluido en la nómina de pensadores que, en este dominio metaestético, se afanan por estudiar y clarificar los problemas generales planteados por la interpretación de la experiencia estética, especialmente conectada al dominio artístico.

Muy influido, asimismo, por las corrientes teóricas del naturalismo estético (sobre todo por J. Santayana y John Dewey, aunque también por otros cultivadores de orientaciones similares como D. W. Prall, C. I. Lewis o Stephen C. Pepper) y buen conocedor igualmente de los enfoques «ampliamente» considerados como semióticos (Ch. S. Peirce, I. A. Richards, Ch. W. Morris, W. M. Urban o S. K. Langer), él mismo se inclina a considerar la Estética como una «rama de la filosofía que se ocupa de analizar los conceptos y resolver los problemas que se plantean cuando contemplamos objetos estéticos».5 Sobre todo si se tiene en cuenta, como a su vez subraya el propio Hospers, que

hay quienes niegan la existencia de cualquier tipo de experiencia específicamente estética, aunque no niegan, sin embargo, la posibilidad de formular juicios estéticos o de dar razones que avalen dichos juicios. En realidad, podemos compartir que el recurso a la expresión «objetos estéticos» incluiría, pues, aquellos objetos en torno a los cuales se emiten tales juicios y se dan tales razones.6

Este es el terreno preferido, al fin y al cabo, por el profesor Hospers, siendo explícitamente consciente de no pretender elaborar sistema alguno de estética, sino, como ya hemos dicho, de apuntar y aplicar abiertamente un método capaz de someter a cierta revisión los ya existentes. Con este fin –insistimos una vez más–, ofrecemos este texto, de nuevo, al público de habla castellana, que ya disponía, desde luego, en adecuadas versiones, de otros títulos, como hemos comentado, del mismo autor,7 cuyas principales preocupaciones han ido siempre preferentemente dirigidas –dentro del campo prioritario del análisis filosófico– hacia el tándem conformado por el dominio de la Ética8 y el de la Estética,9 respecto a los cuales solía postular y practicar un fluido diálogo.

Primavera, 2019.

ROMÀ DE LA CALLE

Universitat de València-Estudi General

1. G. Morpurgo-Tagliabue: La Estética contemporánea, Buenos Aires, E. Losada, 1971, p. 9.

2. El profesor John Hospers nació en Pella (Iowa) en 1918 y se doctoró en la Universidad de Columbia. Ha impartido docencia en diversas universidades como las de California, Los Ángeles o Londres. Desde 1956 profesó en el Brooklyn College. En 2002, un vídeo de una hora de duración acerca de la vida, Trabajo y filosofía de Hospers, fue publicado por Liberty Fund de Indianápolis como parte de su serie Clásicos de la Libertad. Falleció en el año 2011 en Los Ángeles. Se dedicó asimismo a la vida política como público ejercicio aplicado de sus planteamientos teóricos.

3. H. Osborne (ed.): Estética, México, Fondo de Cultura Económica, 1976, p. 9.

4. En inglés ya ha tenido diversas ediciones y en castellano fue editado por la editorial Macchi, Buenos Aires, 1965, y posteriormente también por Alianza Editorial, Madrid, 1976. Es una obra fundamental para quien desee introducirse en esta corriente del pensamiento.

5. Hospers y Beardsley: Estética: Historia y fundamentos, Madrid, Cátedra, col. Teorema, 1976, p. 97. Un texto que fue también propiciado/pro-

logado por nosotros y que resultó sumamente útil en su contexto histórico, realizándose varias ediciones de él, por su versatilidad de cara a los estudios no solo de filosofía, sino también de historia del arte, arquitectura, bellas artes y literatura.

6. Ibíd.

7. Ya se han señalado, paulatinamente, en notas anteriores, dos de tales publicaciones: Introducción al análisis filosófico y Estética: Historia y fundamentos (con participación, en la parte histórica, de Monroe C. Beardsley). También es notable su voluminosa obra La conducta humana, vertida al castellano igualmente en la editorial Tecnos, colección Estructura y Función, Madrid, 1964. En esta obra se explicitan directamente sus ideales frente al egoísmo humano. En tal sentido diferencia de forma abierta entre el egoísmo de carácter psicológico y el egoísmo de cuño ético.

8. Además de Human Conduct es autor (junto con el profesor Wilfrid Sellars) de una cuidada selección comentada de trabajos en torno a cuestiones éticas titulada Readings in Ethical Theory. Asimismo, en su Introducción al análisis filosófico dedica también una muy considerable porción al análisis de cuestiones relativas a la Ética y la filosofía política. Por otra parte, hay que subrayar que, en 1971, publicó su destacado trabajo Liberalism. A Political Philosophy for Tomorrow. En dicho volumen describe lo que bien podría ser asumido como la filosofía política y económica del Libertarismo. De hecho, Hospers complementó sus actividades docentes e investigadoras con su directa participación en la vida política americana. Efectivamente, fue el primer candidato que se presentó, en 1972, a unas elecciones para la presidencia de Estados Unidos por parte del Partido Libertario (LP). Buen ejemplo, pues, de la vertiente pragmática de sus posturas filosóficas y sociales.

9. Aunque es precisamente Significado y verdad en el arte su obra fundamental de Estética, tiene también un volumen, sumamente útil, por su habilidad selectivamente didáctica, titulado Introductory Readings in Aesthetics (1969), y el resumido estudio sobre «fundamentos de Estética» comentado ya (nota 5). Igualmente dedica a cuestiones de análisis de problemas estéticos el último capítulo de su Introduction to Philosophical Analysis. Obligado es citar dos publicaciones más sobre esta área: Artistic Expression (1971) y Understanding the Arts (1982).

SIGNIFICADO Y VERDAD EN EL ARTE

John Hospers

Introducción

Tener experiencias es una cosa; hablar de ellas es otra. Es posible tener intensas y estimables experiencias como respuestas a obras de arte, sin pretender hacer especiales reclamaciones para ellas o caracterizarlas de algún modo particular. Pero por lo regular, no obstante, es eso lo que precisamente tratamos de hacer; y aquí es donde comienza una interminable confusión. Preguntamos cuál es el significado de esta composición musical, sin parar a preguntarnos a nosotros mismos qué es lo que intentamos averiguar, qué concreto concepto de «significado» se está usando aquí, o qué quiere decirse de una obra de arte cuando se afirma que tiene significado. Mantenemos, con frecuencia, que el arte revela la realidad, o que expresa la verdad, sin profundizar en los significados concretos de palabras cruciales como realidad, verdad, o expresión, tan constantemente empleadas en discusiones de esta clase. Además, en las cuestiones acerca del arte (como también sucede en ética) hay una fuerte inclinación a permitir que nuestros sentimientos nos arrebaten y que, en consecuencia, hablemos con una inclinación más bien emotiva, lo que significa el fin de una discusión racional. Términos que ya de por sí son vagos, en el mejor de los casos, pierden rápidamente parte del significado, que han podido alguna vez tener, al usarse con esta motivación. Una, al menos, de las importantes funciones de la filosofía del arte es, precisamente, intentar analizar y clarificar los conceptos centrales que se emplean al estudiar las distintas artes; un análisis tal no puede sino hacernos más cuidadosos en el uso de los términos que lo expresan.

Pero el propósito de este estudio no es únicamente resaltar lo negativo. Es también investigar positivamente ciertas cuestiones que pueden ser de gran valor para aquellos que están interesados en las artes, y especialmente en la teoría de la estética; en concreto cuestiones que giran, de algún modo, en torno a conceptos básicos como significado y verdad aplicados a las artes. ¿Tienen las obras de arte significado en algún sentido? Si es así, ¿cómo se diferencia un significado artístico del significado de una palabra o del de una proposición? ¿Y cómo se diferencia el significado de la expresión y de la representación? Del mismo modo, ¿en qué sentido se puede decir que las obras de arte contienen verdad? Usamos con frecuencia la palabra verdad para caracterizar una novela o un retrato; sin embargo, ¿cómo nos arreglamos para analizar tal uso? ¿Es una obra de arte verdadera como lo es una afirmación? ¿Términos generales tales como significado, realidad o verdad tienen algún sentido definido cuando se aplican a las artes? Y si es así, ¿se trata del mismo significado que estos términos tienen en lógica o en metafísica? La mayor parte de los estudiantes de estética convendrán en que tales cuestiones necesitan una urgente clarificación. La finalidad primaria de este libro será, precisamente, el acortar distancias con el objetivo de conseguir dicha clarificación.

En la preparación de este volumen tengo muchas deudas que reconocer: la primera de ellas es a mi antiguo profesor y amigo el Dr. lrwin Edman, por cuya sugerencia se comenzó este libro y cuya constante ayuda y consejo fueron inestimables al aceptar dirigirlo hasta su terminación. Merecen agradecimiento, también, las útiles sugerencias de los profesores H. W. Schneider, Virgil C. Aldrich, Meyer Achapiro, Lionel Trilling, Katherine E. Gilbert y Helmut Kuhn, así como la frecuente discusión de problemas con mi buen amigo Martin Lean.

JOHN HOSPERS

1946

Agradecimientos

Desearía manifestar mi agradecimiento a las siguientes personas y editoriales que amablemente me han concedido permiso para citar extractos de las siguientes publicaciones:

Dr. Albert C. Barnes: The Art in Painting; A. P. Diamand: Transformations y Vision and Design de Roger Fry; Allen & Unwin: Scepticism and Poetry de D. G. James; British Journal of Psychology, «Psychical Distance» de Edward Bullough; Chatto & Windus: Art y Landmarks in Nineteenth-Century Painting de Clive Bell; F. S. Crofts & cía.: Understanding Fiction de C. Brooks y R. P. Warren; Harcourt, Brace & cía.: Enjoying Pictures y Landmarks in Nineteenth-Century Painting de Clive Bell, Communication de Karl Britton, Speculations de T. E. Hulme, Principles of Literary Criticism de I. A. Richards, y The Meaning of Meaning de I. A. Richards y C. K. Ogden; Harvard University Press: Philosophy in a New Key de S. K. Langer; Hogarth Press: Esthetics and Psychology de Charles Mauron; Henry Holt & cía.: A Modern Book of Esthetics de M. M. Rader; Alfred A. Knopf: Beethoven: His Spiritual Development de J. W. N. Sullivan; Macmillan Company: Aristotle’s Theory of Poetry and Fine Art de S. H. Butcher, A Study in Esthetics de L. A. Reid y The Theory of Beauty de E. F. Caritt; McGraw-Hill: The Meaning of Music de C. C. Pratt; Novello & cia.: The Beautiful in Music de E. Hanslick; Partisan Review: «An Interview with Marc Chagall» de J. J. Sweeney; Princeton University Press: The Arts and the Art of Criticism de T. M. Greene; G. P. Putman: The Gentle Art of Making Enemies de J. M. Whistler, y Art as Experience de John Dewey; The Literary Mind de Max Eastman, con el permiso de Charles Scribner (1931), Reason in Art de George Santayana, con el permiso de Charles Scribner (1905-1933), The Sense of Beauty de George Santayana, con el permiso de Charles Scribner (1896-1923), y The Realm of Truth de George Santayana, con el permiso de Charles Scribner (1937-1938); M. Secker & cía.: The Theory of Poetry de L. Abercrombie; University of North Carolina Press: Modern Poetry and the Tradition de C. Brooks, y Literary Scholarship de N. Foerster (ed.); Viking Press: The Story of Modern Art y A World History of Art de S. Cheney; Warburg Institute: «Allegory in Baroque Music» de M. Bukofzer, de Journal of the Warburg and Courtauld Institutes; y una selección extraída de The Philosophy of Art de C. J. Ducasse, con permiso de The Dial Press, Inc. (1929).

Los libros a los que nos referimos en el texto se reseñan en la bibliografía del final del volumen. Las referencias a artículos de revistas aparecen en notas a pie de página, y por consiguiente no se listan en dicha bibliografía. Los libros marcados con un asterisco (*) son los recomendados a los lectores no-técnicos como los más interesantes y fructíferos en la estética de una u otra de las artes específicas; los señalados con dos asteriscos (**) se recomiendan como obras generales de estética. Muchos libros excelentes han quedado sin marcar con asterisco porque son primariamente obras de crítica más que de teoría estética.

Parte I

El significado en las artes

1.

Distinciones preliminares

El punto de partida de toda filosofía del arte es el hecho de la experiencia estética. Sin esto no habría arte puro, ni especulación acerca de la belleza, ni discusión de los problemas que nos afectarán en las siguientes páginas. Y el primer punto, que es necesario tratar acerca de la experiencia estética, es que existe tal experiencia: es decir, que hay una clase de experiencia que, aunque no completamente aislada del resto de nuestra experiencia, es suficientemente distinta de ella para merecer un calificativo especial: «estética». ¿Qué es lo que precisamente caracteriza esta clase de experiencia? ¿En qué aspecto, si lo hay, es diferente de otras? Intentaré abordar esta cuestión solo cuando sea necesario para desarrollar el argumento principal de este libro. Será imprescindible hacer una breve caracterización general de la experiencia estética antes de iniciar ciertas distinciones dentro de ella, lo que nos servirá de base de discusión en gran parte de los siguientes capítulos.

Podemos presumir que la palabra estética ha aparecido, como la mayor parte de las palabras, para satisfacer la palpable necesidad de una distinción –en este caso, una distinción entre una clase de experiencia poseedora de cierta propiedad común (o grupo de propiedades) y toda experiencia no así caracterizada–. Pero, como muchas palabras, no adquiere precisión por el uso común: cuando el «lenguaje» de la vida diaria se desarrolla sin exactitud, la palabra no posee precisión y, en consecuencia, si deseamos usar palabras con una precisión más que ordinaria, hay que purificar y clarificar su, más o menos indefinido, significado usual; y este «refinamiento» es, en parte, un asunto convencional.

Hay experiencias que unos llamarían estéticas y otros no, y el que sean o no estéticas depende de una imposición más o menos arbitraria del uso que uno hace de las palabras que el «habla» ordinaria nos proporciona. ¿Pero hay alguna clase de experiencia que caiga tan claramente dentro de los límites de lo que se ha llamado comúnmente «estética» que rehuir aplicarle tal calificativo sería privar al término de algún significado distintivo?

La actitud estética ha sido definida de varias formas en términos de empatía, de sensación de irrealidad o de simple placer. Estos conceptos no son necesariamente incompatibles entre sí; cada uno de ellos toma algún aspecto o elemento de una clase de experiencia que tenemos –por ejemplo, en la sensibilidad artística– y define la experiencia estética en términos que le son propios. Y la clase de experiencia que habitualmente tenemos al contemplar obras de arte es, de hecho, lo suficientemente compleja y abigarrada como para hacer tal situación natural y casi ineludible. No es mi propósito aquí discutir y comparar estos conceptos o decidir entre ellos. Es suficiente con decir que hay una clase de «actitud» que es fundamental para todas las experiencias descritas y sin la cual debe desaparecer completamente el uso del término estética al aplicarlo a cualquier cosa distinta en nuestra experiencia. Esta actitud fundamentalmente consiste en la separación de la experiencia estética de las necesidades y los deseos de la vida ordinaria y de las respuestas que damos por costumbre a nuestro ambiente, como personas prácticas. Ordinariamente percibimos una silla simplemente como algo para sentarse, un cielo oscuro como un pronóstico de lluvia, el sonido de un timbre como la señal para «comer» o «para recibir visitas» o «para la hora de levantarse». Pero la actitud estética solo puede darse cuando esta respuesta práctica a nuestro ambiente es mantenida «en suspenso». Nosotros podemos sentir placer al mirar el cielo como un conjunto de formas y de sombras de color que varían y no meramente como un indicador de cambios de tiempo; podemos contemplar con un peculiar agrado, totalmente separado de consideraciones prácticas, el espectáculo nocturno de un edificio en llamas, el fuego elevándose y penetrando en el cielo oscuro e iluminando los rostros de los espantados espectadores. En estas ocasiones estamos percibiendo algo «no por el placer de una acción, sino por el placer de una percepción». «Como norma, las experiencias nos suministran constantemente aquello que desarrolla una mayor fuerza de atracción. Nosotros de ordinario no somos conscientes de aquellos aspectos de las cosas que no nos afectan inmediata y prácticamente».1 Esta actitud, por supuesto, no puede ser nuestra postura usual y normal. No obstante, a veces percibimos cosas en este sentido, incluso en situaciones de peligro personal, cuando la actitud práctica parecería ser casi inevitable. Una niebla en el mar, por ejemplo, es normalmente una experiencia muy desagradable e incluso peligrosa.

Aparte de la molestia física y las formas secundarias de incomodidad, tales como «los retrasos», pueden producirse sentimientos de peculiar ansiedad, temores de peligros invisibles, tensiones al percibir y oír señales a distancia y no localizadas...

No obstante, una niebla en el mar puede ser una fuente de intenso gozo y disfrute, dejando a un lado de momento, en tal experiencia, su peligro real, de la misma forma que cualquiera en el gozo de una escalada de montaña pasa por alto el esfuerzo físico y el riesgo (aunque no se niega, esto mismo puede incidentalmente entrar dentro del goce y realzarlo); si dirigimos la atención a las características que «objetivamente» constituyen el fenómeno –el velo que nos envuelve con una opacidad de láctea transparencia, empañando el contorno de las cosas y distorsionando sus formas en fantásticas extravagancias–; si observamos la fuerza de arrastre del aire, produciendo la impresión como si se pudiera alcanzar alguna remota sirena solo con extender la mano perdiéndonos detrás de esta blanca pared, advertimos la curiosa suavidad cremosa del agua, engañándonos hipócritamente como si fuera una sugerencia de peligro, y, ante todo, la extraña soledad y lejanía del mundo como solo puede encontrarse en las cumbres de las más altas montañas; y la experiencia puede adquirir, en su misteriosa mezcla de tranquilidad y terror, un sabor tal de concentrada amargura y encanto como para contrastar agudamente con la ciega y destemplada ansiedad de sus otros aspectos. Este contraste, que frecuentemente emerge con asombrosa brusquedad, es como el cambio momentáneo a una nueva corriente o el paso vertiginoso de una luz más brillante, iluminando los aspectos sobre los objetos físicos quizás más ordinarios y familiares –una impresión que experimentamos a veces en instantes extremos cuando nuestro interés práctico se tensa como un alambre debido a una sobretensión límite y vigilamos la consumación de alguna inevitable catástrofe con la admirable impasividad de un mero espectador.2

El pintor que, al contemplar una extensión de tierra de pastos, observa la suave curva de las colinas, las gradaciones de luz y sombra en la hierba, el contorno de los árboles formando siluetas complicadas contra el cielo, se puede decir que está viendo la escena estéticamente; pero no el topógrafo que está interesado meramente en medir su extensión o el hombre de negocios cuyas preocupaciones están limitadas a estimar su valor. El hombre que busca un cuadro, porque es raro o caro, y la mujer que aprecia un jarrón, porque es antiguo o porque perteneció a su bisabuela, no están viendo estos objetos más estéticamente que la persona que se obsesiona con la desnudez de una estatua, de tal forma que deja de mirarla como una obra de arte.3

Aunque cualquier otra cosa pueda caracterizar, además, la actitud estética, si el término estética ha de retener algún significado distintivo, debe por lo menos hacer referencia a algo de lo que acabamos de describir. Si esto se niega, queda eliminado el terreno más obvio y fundamental para distinguir lo estético de lo no-estético. Muchos escritores sobre estética, sin embargo, al afirmar que tal caracterización de la actitud estética no sirve de mucho, han tratado de limitarla o hacerla más precisa en varios aspectos. Algunos han declarado que la sensación olfativa o gustativa, así como las demás sensaciones orgánicas, están de algún modo por debajo del nivel de la estética, limitando así la aplicación del término a las experiencias visuales y auditivas. Otros han sostenido que la contemplación estética debe ser de una percepción sensorial concreta y no puede serlo de una abstracta, tal como un carácter moral o una prueba matemática. Incluso otros han subrayado la presencia o ausencia de empatía, o alguna clase de efectos fisiológicos, por ejemplo, el «equilibrio», como criterio para distinguir lo estético de lo no-estético. Y ciertos extremistas como Clive Bell han limitado la «emoción estética» a una relativamente pequeña clase de experiencias que ocurren en la contemplación de relaciones formales abstractas en las obras de arte. Yo no apruebo la mayor parte de estas restricciones y refinamientos propuestos; pero no es necesario para mi propósito discutirlos aquí. Se puede definir la actitud estética como se desee, pero el uso común del término estética indicará que significa por lo menos lo que yo he descrito, y que cualquier otra cosa que se añada es más o menos arbitraria, en desacuerdo con el sentido en que la gente usa generalmente este término. La actitud estética es, sin duda, «una cuestión de grado»; una actitud dada puede ser más estética o menos estética que otra, y lo estético y lo no-estético se difuminan gradualmente entre sí; hay una penumbra o semioscuridad en la cual no sería seguro trazar límites definitivos. Por ello he tomado, como ejemplos, actitudes que podemos llamar típicamente estéticas, las cuales podrían ser admitidas como estéticas en cualquier uso común, y las he contrastado con otros ejemplos que no serían llamados estéticos bajo ningún criterio concebible, omitiendo la mención de estados dudosos intermedios. Y creo que estos ejemplos indican, en modo tan preciso como lo permite el uso común, lo que constituye la actitud estética.

No he definido la actitud estética. No pienso que sea posible definirla con palabras. Como en todas las expresiones que se refieren a experiencias o estados de ánimo, se ha debido tener antes la experiencia para saber de qué clase es. Es imposible definir el gusto de un níspero; se puede dar una idea general comparándolo con el sabor de un caqui o una lima (presumiendo que la persona en cuestión los haya degustado), pero no hay palabras que puedan transmitir exactamente cómo sabe. Del mismo modo, no se puede definir la actitud estética de manera que transmita su naturaleza a cualquiera que no lo haya experimentado. Lo mejor que podemos hacer es llamar su atención hacia ciertas experiencias que confiamos que haya tenido –tales como la experiencia de la niebla o del campo verde–y contrastar la actitud que recuerda en esas ocasiones con su actitud hacia otras cosas o hacia la misma cosa en otras situaciones, esperando que la diferencia entre las dos clases de ejemplos le aclarará la distinción que tenemos in mente.

Mucha confusión resulta de constatar que «la estética» se refiere a una clase de actitud más que a los objetos hacia los que esta se toma. Por ejemplo, puede ser con frecuencia más difícil delimitar la actitud estética ante los objetos que percibimos a través del gusto y del olfato, que hacia aquellos que contemplamos por la vista o el oído (debido sobre todo a su más estrecha conexión con necesidades corporales prácticas y la consecuente dificultad de «conservar la distancia» ante ellas), aunque se pueda discutir el que a veces adoptemos o no esta actitud respecto a ellos; no veo ningún límite teórico respecto al número de objetos frente a los cuales sea posible adoptar la actitud estética. La confusión se introduce cuando preguntamos si los olores y sabores (o las sustancias concretas olidas y degustadas) son en sí mismos estéticos; de hecho, lo que es estético es nuestra actitud hacia ellos y esta puede ser estética en algunas ocasiones y en otras, no.

Es importante recordar también que la actitud estética puede estar copresente con otras actitudes y solo ocasionalmente está presente de un modo exclusivo. Rara vez la experiencia alcanza tal cumbre de intensidad como para excluir toda otra del campo de la conciencia. Y, en el otro extremo, es muy probable que la actitud estética raras veces desaparezca íntegramente, excepto en momentos de terror o crisis; si la composición de colores de una habitación en la que nos hallamos no nos complace, tenemos una vaga sensación de inquietud, aun a pesar de que esta sensación puede que nunca llegue al primer plano de la conciencia. Hay probablemente un elemento de estética en todas las actitudes que adoptamos en la experiencia consciente. El comprador de tierras que extiende la mirada sobre el campo puede estar estéticamente afectado, en alguna medida, aun cuando esté evaluándolo como un objeto crematístico, pero desde luego no tan intensamente, sin duda, como el artista.

Dentro del área que hemos descrito, sin embargo, hay aún distinciones que establecer. Cuando el pintor ve desde la distancia la silueta de Nueva York como una combinación de líneas y espacios, colores y volúmenes, podría decir en general que lo está contemplando estéticamente; pero ¿qué pensar de esta actitud cuando lo contempla como un centro de hervidero humano, con toda clase de propósitos conflictivos y también ideales, o como una pequeña porción de materia animada en movimiento, apiñada al mismo tiempo en una área infinitesimalmente pequeña cuando se compara con las vastas extensiones del universo? ¿Qué pensar del artista que observa el campo verde, no en términos de arreglo de masas en equilibrio o formas de coloraciones cambiantes, sino como una expresión de la vida de la gente sencilla, o de lo que podemos llamar aproximadamente «cualidad pastoral»? Todos, menos los más sofisticados «puristas», pienso, estarían de acuerdo en que ambas actitudes son estéticas; pero hay ciertamente una diferencia entre estos ejemplos últimamente mencionados y los otros. Y esta es la distinción que yo quiero explorar en el resto del presente capítulo.

2

La primera dimensión de la experiencia estética que quiero subrayar es la a veces llamada superficie estética.4 Cuando se tiene una experiencia de superficie estética en la naturaleza o en el arte, estamos disfrutando simplemente del aspecto, del sonido o del sabor de la sensación, sin hacer distinciones y sin considerar los significados o interpretaciones, es decir, simplemente gozamos de la «percepción» de una representación sensible «en la verdadera superficie de la experiencia directamente tenida». El perfume de una rosa, el sabor de un vino, el lustre y la trama de un trozo de tela, el vivo azul del cielo, la riqueza sensible de un poema sinfónico de Strauss o una estrofa de Swinburne, el sonido puro de Mallarmé, la exquisita coloración de Tanguy: todos estos son ejemplos de «superficie sensible». Los colores y los sonidos tomados por separado son ejemplos mejores que cuando se toman en combinación, porque cuando se ofrecen juntos estamos en disposición de centrar parte de nuestra atención sobre sus relaciones mutuas, en cuyo caso hemos ya pasado a la segunda dimensión, que es la de «forma», aunque es perfectamente posible contemplar un trabajo de gran complejidad formal o de rico y variado significado, desde el punto de vista de la superficie estética, limitando la atención a ese aspecto de esta.

El sentido de superficie estética resulta más claro por contraste con la segunda dimensión, a la que podemos llamar «forma estética». Esto también puede quedar más claro a través de ejemplos. Todos nosotros exigimos, supongo, cierto grado de equilibrio y simetría en la disposición de los objetos en el espacio; habitualmente, los cuadros en una habitación no deben colocarse todos al lado derecho, ni estar ordenados «mecánicamente», ni ser tan numerosos como para abigarrar la pared, ni tan escasos como para que esta parezca desnuda; debe haber simetría, aunque una simetría geométrica perfecta sería monótona.

En la mayor parte de las escenas que se dan en la naturaleza, y ciertamente en las obras de arte, hay ciertas exigencias de forma que deben ser satisfechas, aunque es verdaderamente difícil señalar justamente cuáles son estas. Cierta respuesta a la «forma» se ha convenido universalmente que es algo esencial a nuestra experiencia de una obra de arte. Por ejemplo, necesitamos no solamente un equilibrio del tipo antes descrito, sino también una unidad, y no la unidad que no revela distinciones en sí misma –una pared lisa tiene unidad–, sino una unidad que consiste en la síntesis de una variedad de elementos, pero no una variedad tan grande que sea desconcertante o tal que no se subordine a cierto ordenamiento dominante o idea básica. La «unidad orgánica» es generalmente establecida como sine qua non de toda obra de arte. Cada elemento es necesario para el resto y juntos forman un todo tan unificado que ninguna parte puede ser separada sin perjudicar a las restantes. Una obra cuyo efecto quede «desdoblado en dos», sin que las partes estén conectadas, es un sencillo ejemplo de falta de unidad orgánica. Estrechamente relacionado con esto está el principio de «el tema y la variación»: hay una forma central preeminente, un color o pauta melódica por ejemplo que, no obstante, no puede ser simplemente repetida, so pena de hacerse monótono, ni tampoco puede introducirse de continuo en la obra algo enteramente diferente a la forma central, ya que entonces no habría unidad, sino solamente una desconcertante sucesión de diferencias; si se da incluso una repetición deberá estar basada en diferencias. Una simple repetición es monótona; una continua diferencia es caótica. También existen los principios de ritmos y evoluciones, de tensión y relajación, de conflicto y resolución, que, no obstante, no alternan simplemente, sino que crecen y se desarrollan y (en las artes temporales en todo caso) alcanzan un clímax. Debe haber un desarrollo hacia cierta meta y no mera secuencia o yuxtaposición. El ritmo debe ser dinámico y no estático (no como el golpe de un tambor, que simplemente se repite, sino cambiando, aunque en concordancia con algún principio de desarrollo u orden), lo que dará lugar a cierta repetición con diferencias.5

Estos principios son quizás la parte más importante de lo que puede llamarse el aspecto formal de nuestra experiencia estética. Cuando nuestra experiencia de una obra de arte carece de alguno de estos elementos, queda dañada; y, tanto si somos conscientes de ello como si no, desempeñan un gran papel en nuestro goce de las obras de arte –y en menor extensión, de la naturaleza–, prescindiendo de lo que puede ser el contenido de la obra particular. La lista recién presentada, me temo, ha sido algo arbitraria. Diversos escritores clasifican los principios de la forma con procedimientos algo diferentes. Y algunos escritores que insisten en la suprema importancia de la forma, especialmente Clive Bell, afirman que todos los intentos de descripción de la forma estética deben fracasar y que no se puede indicar ningún criterio eficaz en favor de su presencia. En cualquier circunstancia, no importa realmente para nuestro propósito qué principios de forma, si existe realmente alguno, puedan establecerse; yo he sugerido estos simplemente para dar a la noción de forma algún significado bastante concreto, pues sin ello cualquier uso futuro de la palabra, en estas páginas, sería más bien insustancial; y como la forma es un aspecto importante de nuestra experiencia estética, pienso, no puede fácilmente negarse.6

3

Es evidente, sin embargo, que hasta aquí solamente un pequeño aspecto del argumento ha sido comentado. Solo una reducida parte de nuestro goce de las artes (e incluso de la naturaleza) consiste en un placer por la superficie estética o por la forma estética simplemente en sí mismas. De hecho, nuestra apreciación de las obras de arte no se limita por lo general únicamente a estos niveles. Solemos emplear, sin embargo, con frecuencia las palabras hermoso y grande para obras que, vistas desde el punto de vista de la forma y la superficie, serían menos «impresionantes» que muchas menos valoradas: como puede suceder, por ejemplo, con un retrato que presente una fuerte caracterización, o incluso con otro que en cierta medida puede ser repulsivo, como La vieja cortándose las uñas de Rembrandt. La superficie «sensorial» en King Lear y en los Desastres de la guerra de Goya, así como en los últimos cuartetos de Beethoven, ciertamente no es predominante; y si la forma se da es empleada más que nada como un vehículo de algo fuera de sí misma, algo manifestado a través de la forma y en la superficie estética. Este algo proviene de la vida, del mundo de la experiencia fuera del arte, y por falta de un término mejor llamaremos a lo así manifestado valores vitales.

Las artes, especialmente las bellas artes, tienen a veces una superficie estéticamente rica y satisfactoria, aun cuando a veces sea menos viva y cautivadora, que ciertos elementos sensibles meramente aislados [...] pero esta superficie no es lo central ni lo más significativo de las artes como tampoco lo es en la vida o en la naturaleza. Y no existe ninguna teoría estética plausible que deje de anunciar que las artes en sí mismas son actividades humanas «dirigidas», operaciones y procesos de creación, no mera superficie estética [...]. Las bellas artes son sobre todo [...] artes, y solo secundariamente, bellas.7

En este aspecto, las «bellas artes» difieren de las artes meramente de dibujo, como el arabesco, en las cuales los valores vitales son de pequeña o ninguna importancia.

Es esta «penetración» del material de la vida lo que hace que el arte sea algo más que superficie y forma estéticas, y esto es lo que constituye nuestra tercera dimensión. En virtud de este tercer aspecto, empleamos el lenguaje de la vida al hablar de arte; podemos reconocer caracteres humanos y situaciones distintas en un drama, así como melancolía o viveza en una pieza musical. Cuando calificamos una columna de mármol de «graciosa», estamos también empleando un valor vital. Los valores vitales desempeñan un papel importante en la apreciación artística de la mayoría de personas (correcta o incorrectamente) y se tienen en cuenta más ampliamente que los valores formales o de superficie.8

El mismo principio rige en las experiencias estéticas más allá del dominio de las bellas artes. Cuando contemplamos una noche estrellada o un lago de la montaña, los vemos no meramente como un ordenamiento de colores agradables, formas y volúmenes, sino como expresión de muchas cosas vitales, empapadas con la íntima asociación de diversas escenas y emociones imaginables o reales.9 Lo mismo sucede con las artes útiles, cuando, por ejemplo, gozamos del negro brillante y plateado de un coche aerodinámico, o del agradable ladrillo rojo de la chimenea, o de las afiladas puntas de flecha de los indios, pero tomando estas superficies y formas como expresión de ciertos valores vitales adaptados a ciertas finalidades cotidianas. El diseño del coche aerodinámico parece expresar rapidez, eficacia, facilidad, poder (todos ellos valores vitales, dependientes de nuestro conocimiento de la experiencia diaria de lo que un coche es y hace). La curva afilada de la punta de flecha no se percibe meramente como una línea, sino que admiramos el que esté diseñada para su propósito, puesto que la misma forma y la misma superficie serían inapropiadas y no serían agradables en otra clase de objeto. El mismo rojo que nos agrada en una puesta de sol nos repugna cuando se observa en un furúnculo sobre la cara de alguien. Pocas veces, en verdad, nuestro goce de los objetos lo es pura y únicamente de su superficie o forma estéticas, sino que más bien se vincula a cosas que son apropiadas y expresivas para su función cotidiana.

4

Al llegar a este punto quiero sugerir una distinción entre dos sentidos de la palabra estética, que se puede hacer ahora, sobre la fase del análisis anterior y que, pienso, puede librarnos de muchas confusiones. Ciertos «puristas» –que se mencionarán especialmente y discutirán en este apartado 4– han declarado que la apreciación estrictamente estética solamente se da cuando estamos ocupados con valores de superficie y de forma, y que cuando consideramos los valores vitales hemos abandonado el dominio de la estética. La mayor parte de las obras de arte, según este punto de vista, no contienen exclusiva o primariamente valores estéticos. Ahora bien, a este sentido de «estética», que excluye gran parte de lo que habitualmente se incluye en este término, me agradaría denominarlo sentido sutil o estricto de la palabra. (Ningún menosprecio está implicado en este uso). Pero no es este el único sentido posible de «estética». Cuando contemplamos una pintura como algo más que un juego de afinidades de líneas y colores, cuando gozamos de su genialidad o de los valores de la luz que en ella se dan, o de la «tristeza» de una composición musical, o del estudio de caracteres en una novela, o de la emoción amorosa en un poema, sugiero que a esta clase de experiencias, que dependen de una experiencia previa de la vida, para las que los «puristas» negarían totalmente el título de «estéticas», sean bautizadas con el sentido pleno o amplio de «estética».10

Algunas obras de arte son notables precisamente porque son estéticas en este sentido, y otras porque son estéticas en el otro. Botticelli y Matisse, por ejemplo, son ciertamente autores de obras estéticas primariamente en el sentido sutil, mientras que las de Rembrandt y Van Gogh lo son desde luego en el sentido pleno. Para explorar la afinidad entre estos dos tipos, y su importancia mutua, nos ocuparemos ampliamente de analizar la naturaleza del significado artístico, cuando las artes de la música, pintura y literatura sean tratadas por separado.

Durante el curso de esta exposición una interesante cuestión quizá puede habérsele presentado ya al lector. Hemos comenzado por examinar la experiencia estética, pero parece que hemos llegado al estudio de obras de arte, como si diéramos por supuesto que ellas fueran en sí mismas estéticas, por ejemplo, al decir que la mayor parte de las obras de arte pueden ser estéticas en el sentido pleno. Sin embargo, hablamos habitualmente de este modo, y en lugar de decir que tenemos ciertas experiencias que podemos denominar «experiencias de forma», decimos que una obra de arte contiene en sí misma ciertos valores formales, o en lugar de afirmar que tal pieza musical nos da una impresión de melancolía, decimos que es en sí misma melancolía, etc. Así, nos topamos con la siguiente pregunta: ¿qué podemos significar al decir que una obra de música contiene en sí misma o engloba estas cualidades?, ¿queremos decir que produce en nosotros, o en una mayoría de los oyentes, o en un cierto grupo selecto de oyentes, algo más que la impresión o «experiencia» de melancolía? Cuando decimos que una obra de arte tiene forma estética, ¿cómo puede ser analizada esta expresión sino en términos de ciertas experiencias (reales o potenciales) de los observadores de las obras? Hablamos normalmente de estas cosas como objetivamente constitutivas de la obra, al igual que su tamaño o color, y nuestros hábitos lingüísticos, al referirnos a cualidades objetivas admitidas, abarcan también estos casos de manera completamente natural; además, no podemos encontrar un adecuado equipamiento lingüístico para tales casos, y así inevitablemente hablamos un lenguaje referido a objetos (object-language) en vez de un lenguaje referido a experiencias (experience-language).

¿Pero puede una obra de arte definirse de alguna otra forma que como un juego de experiencias actuales o posibles? Esta es una vasta cuestión, y si nosotros entráramos ahora en ella nos embrollaríamos durante el resto de este volumen. A lo largo de los desarrollos siguientes intentaremos emplear un conveniente «lenguaje referido a objetos» y hablaremos con frecuencia, por ejemplo, de la melancolía como si ella fuera una propiedad de la música, sin analizar exactamente qué significa decir «Esta música es melancólica». En los desarrollos que siguen, tratando de la incómoda distinción entre forma y materia, emplearemos este uso, es decir, como entidades objetivas, sin preguntarnos cuál sería el análisis correcto de estos términos experienciales (lo que implicaría la cuestión del «estatus ontológico de la obra de arte»).

5

Con frecuencia, al tratar las artes distinguimos entre la «forma» y la «materia» de una obra, generalmente sobre la base de que materia se refiere a ‘lo que se dice’ mientras que «forma» denota ‘cómo se dice’. Ambos planos son de algún modo obviamente distinguibles, pero la diferencia es algo extremadamente desorientador.

La confusión central radica en el término materia, que es ambiguo y puede referirse tanto a algo que está en la obra de arte como a algo que está fuera de ella. Esta confusión es apuntada ya por A. C. Bradley en el capítulo inicial de Oxford Lectures on Poetry y puede ser descrita como sigue: muchas personas se dan cuenta de que pueden escribirse pésimos poemas sobre cosas que valen la pena y buenos poemas a partir de cosas triviales, y así afirman que lo que realmente cuenta no es el objeto que elige el poeta, sino cómo lo trata, lo que les lleva a decir que no es la materia lo que cuenta sino la forma. En esta línea de razonamiento, ciertos «conocedores» de poesía se entusiasman y dicen; ¡solo es relevante la forma! ¡Todo lo que importa en un poema es el modo en que el poeta expresa lo que dice, no lo que expone! Esto es absurdo ya que, de hecho, el modo como el poeta se expresa depende de qué es lo que él quiere expresar; el modo es solamente un medio para un fin, que es la expresión. No es la ventana, sino el paisaje que vemos a través de la ventana lo que es importante. ¡El arte no se reduce al arte por el arte; el arte se vincula a la vida; y a menos que una obra de arte tenga algún contenido significante perderá su propósito, sin importar cuál pueda ser su forma!

Ahora bien, el profano está en lo cierto, pienso, al sostener que el intento de reducir una obra como Hamlet a un ejercicio de estilo, versificación y valores de sonido, antes que a una «preocupación con respecto al hombre y su destino» (palabras de Bradley), es realmente confundir los medios con el fin, y que el crítico que afirma: «No importa lo que el poeta dice, solamente que lo diga bien; el qué diga es poéticamente indiferente...» pone realmente el arte dentro de una torre de marfil. Pero yo no pienso que el crítico de estética desee, realmente, adoptar esta postura; más bien creo que está forzado a ello por el hecho de que la materia-sujeto11 no garantiza un buen poema, y viceversa. El crítico está situado ante un desconcertante dilema entre afirmar, por un lado, que únicamente la forma es importante y, por otro, que el arte está en conexión con la vida y la revela. Y tomaría quizás partido por la forma antes que admitir por un momento que el mérito del poema no tiene nada que ver con su materia-sujeto.

Pero este dilema es solamente una suposición basada sobre una ambigüedad en la palabra materia. La distinción entre forma y materia puede mantenerse en otras ramas de la filosofía, pero en estética es algo terriblemente desorientador. «Materia» en arte puede referirse, por un lado a los materiales o la «materia-sujeto» sacada de la vida, extrínseca al poema, o a «lo que es expresado» intrínseco al poema, lo que llamaremos contenido o sustancia. Es verdad que la materia-sujeto, que es extrínseca al poema, es bastante indiferente al valor del poema: un poeta puede hacer algo valioso (o no) con cualquier materia-sujeto dada, pero, por otro lado, el contenido es importante, ya que está en el poema y hace referencia a lo que el poeta ha expresado realmente. Muchos poemas han sido escritos sobre el tema del amor, y todos ellos han tenido la misma «materia-sujeto», pero en cada caso el contenido era diferente. Como dice Bradley: «el formalismo extremado pone toda su carga en la forma porque piensa que su opuesto es mera “materia-sujeto”. El lector medio se enoja, pero comete el mismo error y da a la “mate-ria-sujeto” elogios que pertenecen a la sustancia».12

Se ha dicho con frecuencia que «en arte el tratamiento lo es todo», es decir, lo que el artista hace con su materia-sujeto, y que por ello la propia materia-sujeto no es lo que cuenta. En consecuencia, «el contenido expresado en una pintura es determinado no por la materia-sujeto como tal sino por el modo en que es tratada».13 Y esto, podemos verlo ahora, puede ser exacto sin implicar que solo la forma sea lo importante, ya que también el contenido está en la obra de arte y es un producto del genio del artista, representa lo que él hace con la materia-sujeto, como opuesto a lo que la mate-ria-sujeto es en sí misma. El crítico de un cuadro que representa la crucifixión, si es un crítico de pintura y no de historia o teología, ciertamente no se interesará sin más por el juicio crítico de la crucifixión como un suceso histórico, pero no por ello deberá limitarse a observaciones acerca de la forma (ritmo, equilibrio de color y masas, etc.); sino que puede también criticar lo que el artista ha expresado, el punto de sensibilidad de la obra, el grado de espiritualidad que ha logrado en ella, y asimismo comentar si el artista nos ha dado (o no), por ejemplo, solo un bello aspecto sensible pero sin añadir «nada significativo». Y para hacer esto el crítico debe tener no solo sensibilidad estética y dominio de las tendencias diversas de las formas artísticas, sino también conocimiento de los aspectos de la vida que la obra pone de relieve y, en igual medida, sensibilidad para la mate-ria-sujeto que está tratando, de tal manera que pueda evaluar mejor lo que el artista ha realizado con esa materia-sujeto. Un crítico que sea insensible al sentimiento religioso no sería la persona adecuada para evaluar a Giotto. Del hecho que un crítico no sea un puro formalista no se sigue el que se preocupe solo por cosas que son estéticamente relevantes. «La confusión de valores se origina solamente cuando el espectador es movido no por lo que el artista le muestra, sino por lo que él no le muestra: el acontecimiento histórico. El interés por esto es totalmente espontáneo, y si forma parte de la determinación crítica de la obra no puede producir sino confusión».14 Y si el cuadro no tuviese ningún valor propio (de superficie, forma o valor vital) sino que solamente lo recibiera de nuestro interés por la materia-sujeto histórica (el acontecimiento representado en ella) se trataría entonces de una pintura ilustrativa simplemente y no de una obra de arte. La respuesta de la mayoría de personas a la pintura es probablemente de este tipo ilustrativo; responden solo a la materiasujeto, particularmente si le es familiar o se trata de reminiscencias de recuerdos infantiles, y no se centran en lo que el artista ha realizado con tal materiasujeto.

La noción de forma ha sido desarrollada en una sección previa,15 y la de contenido es equivalente a lo que ya he llamado «valores vitales». Un concepto más complejo y ambiguo es el de materia-sujeto. Y quiero antes que nada distinguir la materiasujeto de las obras de arte de sus materiales.

A mí me gustaría definir los «materiales» de una obra de arte como el conjunto total de las experiencias que el artista tuvo y que fueron pertinentes para la producción de la obra de arte, así como todo lo que a través de estas experiencias (cualquier objeto y acontecimiento del mundo) estimuló e inspiró al artista para crear su obra. Ciertamente no se puede negar que todas las artes tienen materiales en este sentido, toda vez que en todas las artes existen experiencias (del artista) que son pertinentes y capitales para la creación artística, y sin las cuales él no habría creado la obra como lo hizo. Cuáles puedan ser los materiales, en cualquier caso concreto, es una cuestión biográfica y no artística, y de aquí que dilucidarlo sea más importante para el historiador que para el crítico.

Dewey pone de relieve que los materiales del artista son el propio mundo, el mundo de la experiencia común humana, de las cosas objetivas y los acontecimientos, y que la obra de arte es un producto de mutua interacción entre el artista y sus materiales, es decir, entre el artista y su medio ambiente. Todo esto es cierto, pero se refiere a «materiales» desde un punto de vista distinto al sentido en que lo he definido arriba; ya que, en todo caso, los «materiales» para el arte no son simplemente el mundo como tal y los objetos que están en él, sino la experiencia del artista que ha sido moldeada por estos materiales y sobre la base de los cuales crea su obra; las cosas y los acontecimientos del mundo, que moldearon y formaron su experiencia (que es el material inmediato del que es extraída su obra), son materiales pero en un sentido más remoto.

Debemos señalar, de pasada, que ninguna distinción entre artes representativas y no-representativas puede establecerse sobre la base de sus materiales, pues todas las artes tienen igualmente materiales en este sentido. Si aceptamos que las reflexiones políticas de Shelley forman parte del material de Prometheus Unbound, está por lo menos igualmente bien fundamentado el que parte del material de Brahms para su segundo concierto de piano pudiese ser el azul brillante del cielo de Italia. Ambas explicaciones pueden ser las causas pertinentes que ayudaron a la producción de sus obras de arte.

Quiero ahora distinguir «los materiales» de las obras de arte de su «materia-sujeto». Materia-sujeto es, artísticamente, un concepto más importante y más ambiguo. En un sentido en que creo que se usa el término, «materia-sujeto» hace referencia al modelo u objeto de imitación, es decir, cualquier cosa que sea imitada en la obra de arte. Si, por ejemplo, un pintor ve una ladera concreta en Burgundy y trata de trasladarla «fotográficamente» al lienzo, o si el novelista intenta describir con perfecta «precisión» alguna situación histórica, entonces se puede decir que están imitando (en el sentido literal) esta escena o esta situación, y la ladera o el hecho histórico serían su respectiva materia-sujeto en el más estricto sentido posible. Ahora bien, se da por sabido que esto ningún artista realmente lo hace, ya que la naturaleza es siempre transformada, interpretada, «falseada» en arte (este tópico será desarrollado en la Parte II); y respecto al grado en que se dé esta «falsificación», la naturaleza no será exactamente imitada: es decir, respecto a este grado, el artista toma el suceso histórico o la escena de la naturaleza no como su materia-sujeto, sino meramente como material, estímulo o fuente de inspiración de la que puede arrancar, o como la base a partir de la cual puede concebir imaginativamente su obra.

Me parece que en el proceso de creación de las obras de arte literarias o pictóricas, que como base tuvieron alguna escena o persona o hecho histórico, debió de oscilarse constantemente entre usarlos como materia-sujeto (en este sentido) o como material, y es a veces difícil saber en qué medida primó uno u otro aspecto. Cuando el pintor produce una obra teniendo en mente un paisaje que ha visto, ¿hasta qué punto en esta «transformación fotográfica de la realidad» es posible decir que la pintura deja de ser una reproducción de esta ladera concreta de Burgundy (con falseamientos para acentuar algunos efectos) y es en cambio solamente una pintura de un paisaje en la mente del artista, que tuvo esta ladera particular de Burgundy como estímulo, punto de arranque, como material? Los dos polos se funden uno en otro y el punto en el que cesa de ser una pintura de la ladera de Burgundy y pasa a ser «una ladera de la imaginación del artista con la ladera real de Burgundy como material» es algo que, por muchas razones, no es necesario discutir aquí. Igualmente ocurre cuando un retrato deja de ser retrato de este hombre (esta persona histórica particular) y se transforma en «un retrato de la imaginación del artista», aunque se parta de este hombre como material (estímulo). También sería esta una cuestión algo difícil de decidir y pienso que tampoco necesita ser determinada ninguna línea clara de limitación. Lo mismo se sostendría verdaderamente de una obra literaria que describiera una serie de acontecimientos históricos; a medida que la «ficción» o «libre juego de la imaginación» sobre los incidentes históricos se hiciera cada vez mayor, estaríamos menos autorizados para decir que la serie histórica de acontecimientos fuera la materia-sujeto de la obra, y más para afirmar que se trata meramente del material.

Es obvio sostener que las artes no-representativas (como la música) difieren de las artes representativas (como la pintura) en este sentido de materia-sujeto, puesto que la pintura puede, al menos teóricamente, imitar alguna escena real de la naturaleza. Pero ¿qué puede imitar la música? Podemos contestar que si la pintura puede imitar escenas naturales, la música puede imitar sonidos de la naturaleza. Es, desde luego, bastante cierto (como veremos en el próximo capítulo) que la magnitud de sonidos de la vida que la música puede imitar es proporcionalmente menor que las escenas de la vida que la pintura puede reproducir; pero esto es una diferencia en el grado, no en la clase. Tampoco es sobre esta base de donde podemos extraer una distinción entre artes representativas y no-representativas.

Es importante observar aquí que algunas obras de arte tienen una materia-sujeto (en el sentido que hemos expuesto) extrínseca a sí mismas y otras no. Hasta aquí hemos estado desarrollando solamente las que la tienen. Pero muchas no la poseen: por ejemplo, no hay, que yo sepa, ningún doble histórico de la persona de Ulises; Ulises y sus experiencias existen solamente en la Odisea. En esta, Ulises se opone a Agamenón, quien sí tiene (o tuvo) una existencia extrínseca al drama de Esquilo, lo mismo se podría decir, por ejemplo, de Enrique IV (en la obra escénica de Shakespeare) y de Rembrandt (en cualquiera de sus autorretratos). En estos últimos casos la materia-sujeto existió fuera de la obra de arte y «fueron» antes de que existiera la obra de arte. Ahora bien, yo pienso que se podría aceptar generalmente que tanto si una obra de arte tiene como si no una materia-sujeto fuera de sí, en la vida o en la historia, esto constituye un hecho que no es artísticamente importante; la grandeza de la Odisea no se vería afectada de una manera o de otra si la persona de Ulises resultara ser histórica. Es suficiente hacer patente que hay a veces una materia-sujeto extrínseca a la obra (que el artista puede imitar más o menos exactamente, y cuanto más exacta sea la imitación el objeto o el acontecimiento histórico podrá interpretarse más como materia-sujeto que como material), mientras que a veces no la hay (en cuyo caso no surge ninguna cuestión de materia-sujeto en el sentido anterior).

Así pues, tanto si hay como si no una materia-sujeto extrínseca a la obra es, como hemos visto, artísticamente irrelevante, y pienso que es mejor pasar al segundo sentido de materia-sujeto, que no depende de esta distinción: es decir, el sentido en el que decimos que la materia-sujeto de la Odisea se identifica con las aventuras de Ulises, o que la materia-sujeto de la Olympia de Manet es una mujer tendida en su lecho con una gata negra. La materia-sujeto en este sentido está ciertamente en la propia obra de arte; ya que, como hemos visto, no hay un Ulises histórico –Ulises es una persona solamente en el poema–. La materia-sujeto, en este sentido, se refiere a cualquier persona, objeto, escena o acontecimiento pintado o representado en la obra de arte, sin hacer relación alguna a si tiene o no algún doble histórico. Pienso que este es el sentido de «materiasujeto» que ordinariamente empleamos cuando preguntamos por la materia-sujeto de una obra de arte. «¿Cuál es la materia-sujeto de la Odisea?». «Las aventuras de una persona llamada Ulises...». Es decir, preguntamos por lo que es representado o expuesto a nuestra consideración y contemplación en la obra de arte.

¿Cuál es la relación entre este sentido de materia-sujeto y el argumento, en el caso de una novela o drama o poema narrativo? Me parece que la única diferencia está en que el argumento es la materia-sujeto con más detalle; cuando nos preguntan por la mate-ria-sujeto de una novela respondemos indicando quiénes son los principales personajes y lo que les sucede, y si se nos pide únicamente el argumento solo describimos estos personajes y acontecimientos con más detalle. Si lo hacemos con algún detalle decimos entonces que hemos dado una narración del argumento.

Ambos, argumento y materia-sujeto (en este sentido), están en la obra, aunque, como hemos visto, los acontecimientos descritos pueden tener también materia-sujeto en el primer sentido, es decir, un doble histórico con respecto a los hechos «narrados» en la obra de arte.

Podemos afirmar que lo que realmente sean los acontecimientos concretos narrados, por ejemplo, en una novela, no es aquí importante, pero lo que el artista «hace» con ellos sí que lo es. Sin embargo, alguna importancia deben poseer, ya que se critica con frecuencia una novela o drama diciendo que tiene un débil argumento; y esto es crítica no de una cosa extrínseca al drama o a la novela sino de algo presentado en/por ella, a lo que nada extrínseco puede quizá corresponder.

Hemos visto que algunas obras de arte (tales como dramas históricos) tienen materia-sujeto extrínseca a la obra, y que algunas (como por ejemplo la Odisea) no la poseen. Queda ahora algo más por preguntar: «¿tiene toda obra de arte materia-sujeto en este segundo sentido, es decir, materia-sujeto en la obra?, ¿tienen todas contenido representativo?». A este respecto pienso que podemos contestar negativamente. Y aquí, al fin, nos topamos con la distinción entre «artes representativas y no-representativas». Las artes representativas y no-representativas han de distinguirse no sobre la base de algo exterior a ellas, sino sobre la base de algo interno a las propias obras, es decir, si hay o si no hay personajes, escenas o acontecimientos descritos en las obras. Y estará claro, desde luego, que en el caso de novelas, dramas, poemas narrativos y pinturas representativas, hay personajes y escenas y acontecimientos representados en las obras; mientras que en la pintura y música abstractas no se da, de ninguna manera, nada de esto en la obra. Y aquí encontramos la diferencia entre artes representativas y no-representativas (una diferencia de la que se tratará en el capítulo 2 al estudiar la representación).

El que haya o no personajes y acontecimientos o escenas en la obra –materia-sujeto en el segundo sentido– es a veces una cuestión de grado. En las pinturas semiabstractas, tal como algunos Violines de Picasso, donde tenemos líneas y fragmentos, aquí y allá, sugeridores de violines, el uso común no es tan preciso como para que nos obligue a afirmar definitivamente que los violines sí que están representados o que no lo están, al igual que el uso común no nos exige decidir si tales experiencias límites son estéticas o no lo son.

Al desarrollar hasta aquí el estudio de la materia-sujeto, he usado dos sentidos distinguibles del término: materia-sujeto puede referirse a: 1) escenas, personajes o acontecimientos de la vida que actúan como modelos para las imitaciones artísticas; esta materiasujeto es una cuestión de grado, y cuando de algún modo existe, es más o menos patente, según el grado de fidelidad de la imitación. La materia-sujeto en este sentido es definitivamente exterior a la obra de arte. Puede también referirse a: 2) escenas, personajes y acontecimientos descritos en la obra, por ejemplo, la materia-sujeto de la Odisea se identifica con los viajes de Ulises. Registrada con mayor detalle, la materia-sujeto en este sentido viene a ser el argumento. Y, en este sentido, se puede decir que la materia-sujeto está en la obra de arte, pudiéndose llamar «contenido representativo».

Pero creo que hay todavía un sentido más amplio en el que se usa la palabra materia-sujeto. Cuando preguntamos cuál es la ma-teria-sujeto de Paradise Lost quizá no estemos preguntando por los personajes y acontecimientos narrados en el poema o por algo exterior al poema, sino por la idea central, la idea fundamental del poema: su tema. Cuando nos preguntan cuál es el tema del poema, daremos probablemente una contestación tal como la siguiente: «La verdad moral de que el hombre libre que ejerce su albedrío es preferible al hombre en su estado original sin culpa», o «La eterna lección de la humana falibilidad», o algo por el estilo. Pero nuestra respuesta no se formulará, de ninguna manera, en términos de contenido representativo.16

Acepto que hay un uso de la palabra tema en el cual esta se refiere a la materia-sujeto en el segundo sentido; si preguntamos cuál es el tema de la Odisea, podemos estar satisfechos con la respuesta «Ulises y sus aventuras constituyen el tema de la Odisea», y pienso que estaríamos satisfechos con una contestación como esta. Pero si decimos, por ejemplo, que «el tema de Pilgrim’s Progress son las aventuras de una persona imaginaria, llamada Cristian, enfrentándose a muchos obstáculos», y que «el tema de Paradise Lost son interacciones de Satán y el hombre antes y después de la caída», esto ya no nos satisfaría tanto, puesto que hemos preguntado por el «tema» en el sentido mencionado en el párrafo anterior; es decir, la idea fundamental de la obra. Y la única razón de por qué nos hemos inclinado a aceptar «Ulises y sus aventuras» como el tema de la Odisea es que en este caso concreto es muy difícil decir cuál es (si hay alguno) realmente el tema. ¿Diremos que es «la esencia de la aventura o la humanidad errante» o «el hombre siempre acosado por desgracias»? Estas respuestas parecen insatisfactorias, y quizás no hay ningún tema para la Odisea en el mismo sentido en el que puede decirse que existe una verdad moral acerca del hombre en el tema de Paradise Lost, o que las tentaciones del hombre en el camino para la salvación es el tema de Pilgrim’s Progress. Quizás la Odisea es solamente una historia. En algunas ocasiones es verdaderamente difícil en muchas obras de arte decir exactamente cuál es el tema de cada una; y en muchos casos no hay quizá ninguno, y atribuir entonces uno a la obra parece verdaderamente arbitrario. Pero cuando hay de hecho un tema, en el sentido de «idea fundamental» (materia-sujeto en el tercer sentido), entonces no estaremos satisfechos con respuestas acerca del contenido representativo (materia-sujeto en el segundo sentido) cuando preguntamos por el tema de la obra de arte.

Ciertamente es difícil indicar en qué grado el tema está en y es una parte de la obra de arte. El «contenido representativo» está ahí; puede uno referirse a él y señalarlo, y no se duda de que es parte de la obra en un sentido diferente a como lo pueda ser nuestra reacción emocional hacia ella; pero qué sea el tema puede muy bien ser un punto de controversia. El tema puede, con frecuencia, estar contenido, o «deducido» de la obra; y así en una época histórica puede tomarse como tema una cosa, mientras que la generación siguiente puede darle una interpretación enteramente diferente. (¡Cuántas personas piensan que el tema de Crimen y castigo es que el pecador tiene que arrepentirse a causa de los remordimientos de su conciencia!). En algunos casos, el tema es verdaderamente obvio (como en Pilgrim’s Progress), mientras que en otros casos es extremadamente oscuro y dudoso (como en los escritos proféticos de Blake o Major Barbara de Shaw, donde todo lo que se dice parece tomar dos caminos).

6

Queda por hacer una ulterior distinción que puede ser sacada a la luz mejor por medio de un ejemplo concreto. ¿Cuál es el material de la música? ¿Las notas o las experiencias y sensaciones humanas? Ambas respuestas parecen ser verdad, y con todo habrá que preguntarse si ambas cosas y en qué medida pueden constituir el material. Esto apunta a una distinción de «material» a la que el profesor Greene asigna los nombres de «primario» y «secundario».17

Un compositor puede escribir una sinfonía, en parte, como resultado de experiencias (particularmente experiencias afectivas) que él mismo ha tenido, las cuales fueron a su vez ocasionadas por objetos y acontecimientos del mundo; estos son sus materiales, en el sentido de estímulos, o fuente de inspiración, causas pertinentes de su composición.18 Nosotros hemos desarrollado ya este sentido de «material», y es lo que llamaremos material secundario.19 Pero sus materiales primarios son sonido –o, para ser más preciso, las notas en una escala de semitonos; es con estas con las que se crea la composición–. Ambos constituyen el material en dos diferentes órdenes o dimensiones. En la misma línea, el mundo de la experiencia –o más específicamente la experiencia del autor– es el material secundario de la literatura, y las palabras y oraciones son el material primario. Las formas representadas sobre los lienzos con pinturas y pinceles son el material primario del pintor. Esta distinción, una vez indicada, es, pienso, obvia.

La noción de «primario» no parece ser aplicable sin más a la materia-sujeto. La materia-sujeto de Paradise Lost ha sido descrita en sus tres sentidos en la sección anterior (como representación de un supuesto acontecimiento histórico, como su argumento y como su tema, todos estos serían en sí «secundarios»). La materia-sujeto de una obra, en alguno de los anteriores sentidos, es aquella a lo que se refiere la obra, y ninguna obra se refiere a su material primario, ni a algo estrictamente «considerado como medio», tal como la palabra primario indica. Lo que la «materia-sujeto primaria» pueda ser no creo que sea fácilmente imaginable. Más importante, sin embargo, es la noción de materia-sujeto que no se aplica en el sentido «secundario» a la música, excepto en aquellas raras ocasiones en que la música imita algunos sonidos de la vida y puede decirse que la música se refiere a estos sonidos. (El grado en que la música puede hacer esto será expuesto en el próximo capítulo). La música no tiene ningún «contenido representativo» (ninguna persona u objeto o acontecimiento aparece en ella como sucede en la pintura o la literatura), ni tiene un tema en el sentido en el que un poema o drama puede tenerlo. Hablamos de un «tema musical», pero aquí la palabra tema tiene un sentido ambiguo: los temas en la música no son la caída del hombre o las hazañas de Ulises; son temas musicales que aparecen entera y exclusivamente dentro del medio musical. La diferencia es importante. Cuando preguntamos por el tema de un poema estamos interesados no por un juego de palabras sino por las ideas que estas palabras representan; pero cuando preguntamos por el tema de una pieza musical preguntamos por una sucesión de notas, que constituyen la melodía principal. Esto es, de hecho, lo que se tiene en mente cuando hablamos habitualmente de «tema» musical.20 De nuevo nos estamos refiriendo a algo «considerado como medio». Se ha dicho alguna vez que la música tiene como su materiasujeto las emociones. Pero ¿«se refiere» la música a emociones en el mismo sentido en que Paradise Lost se refiere a la caída del hombre? ¿Qué significaría decir que una composición música se refiere a emociones, o cómo podríamos establecer unas afirmaciones así? No basta decir que el compositor escribió su composición como resultado de ciertas experiencias (incluyendo emociones) y que la composición al ser oída evoca también esas experiencias.

En el caso del pintor hay una relación más estrecha entre los materiales primarios y secundarios que la que existe en el caso de la música. Ya que los materiales principales (secundarios) de la pintura son intuiciones de objetos visuales (o intuiciones de cualquier otra cosa dada en otras modalidades sensibles, que pueden también ser evocadas por la visión de estos objetos), y los objetos visuales poseen color y extensión; por su parte, los materiales primarios del pintor son formas coloreadas y extensas, como aparecen en los lienzos. Así, en el caso de la pintura, las dos clases de «material» se dan en la misma modalidad sensible. El principal estímulo para pintar proviene de lo que el pintor, en la imaginación, ve; pero el estímulo básico para la música no proviene de ningún sonido que el compositor oye, pues el estímulo musical nace de situaciones internas, no simplemente auditivas. A este respecto la literatura es como la música y no como la pintura; las experiencias no son respecto a las palabras más de lo que las emociones son respecto a las notas.

Con estas consideraciones podemos ahora emprender nuestra tarea principal, que es la investigación del concepto de significado artístico.

1. E. Bullogh: «Psychical Distance», en British Journal of Psychology, vol. 89.

2. Ibíd., pp. 88-89.

3. La actitud estética está particularmente bien caracterizada por Langfeld: The Esthetic Attitude, especialmente en los tres primeros capítulos; Charles Mauron: Esthetics and Psychology, pp. 31 y ss.; C. J. Ducasse: The Philosoph of Art, cap. 9; T. E. Hulme: Speculations, el capítulo «Bergson’s Theory of Art»; y el artículo de Bullough ya citado anteriormente.

4. Tomo este término de D. W. Prall, cuyo análisis se encuentra en Esthetic Judgment, especialmente en los capítulos 3, 4, 5 y 10.

5. Las mejores explicaciones que conozco de estos «criterios formales» respecto a las obras de arte se encuentran en The Analysis of Art, de De Witt Parker, cap. 2; John Dewey: Art as Experience, caps. 7-10; Kenneth Burke: «The Psychology of Form», y en Counterstatement; Stephen Pepper: Esthetic Quality.

6. Se puede hacer aquí alguna. Otras distinciones son: 1) Forma estética (esthetic form) y superficie estética (esthetic surface) no son lo mismo que forma (form) y superficie (surface). Cualquier representación sensorial, por mucho que se discuta, tiene alguna forma y también una superficie. «Forma estética» y «superficie estética» son conceptos normativos, no meramente descriptivos; no todas las formas y superficies son estéticas. Cuáles sean y hasta qué punto pueda el término aplicarse mejor a las formas como tales que a nuestra experiencia de ellas es desde luego otra cuestión. La que ahora nos ocupa es que no todas las formas pueden ser descritas como estéticas. 2) Algunos escritores, como el profesor T. M. Greene en The Arts and the Art of Criticism (pp. 123-125), distinguen entre forma estética y forma artística. La forma estética se encuentra, en algún grado, tanto en la naturaleza como en el arte; pero la forma artística, según este análisis, es peculiar del arte, porque esta es una forma condicionada por las intenciones del artista. Podemos convenir en esta distinción si queremos; ello no cambiará el hecho de que permanezcan los criterios formales (indica solamente que también han de ser considerados otros factores).

7. D. W. Prall: Esthetic Judgment, pp. 181-184. Prall usa «superficie estética» (esthetic surface) como un término general opuesto a «belleza expresiva» (expressive beauty), o lo que yo he llamado «valores vitales» (life-values).

8. La división tripartita en superficie, forma y valores vitales está descrita de una forma general en L. A. Reid: A Study in Esthetics, caps. 1-4, y encuentra un paralelo en la de Santayana: belleza material, belleza formal y belleza expresiva, en su libro The sense of Beauty.

9. Cfr. el excelente ejemplo del jardín de Prall, op. cit., pp. 180-181.

10. Este uso lleva consigo una fuerte analogía respecto a los dos sentidos que Prall establece acerca de «belleza» –belleza de superficie (surface beauty) y belleza expresiva (expressive beauty)– que introduce en Esthetic Judgment (pp. 219 y ss.), pero que nunca desarrolla. Aunque la palabra belleza introduce complicaciones que yo preferiría eludir en este momento.

11. Hemos optado por mantener la expresión «materia-sujeto» (subjectmatter) debido a las posteriores diferencias que Hospers apunta respecto a esta noción frente a «tema», «asunto», «contenido» o «sustancia», términos estos por los que habitualmente suele traducirse en castellano tal expresión (N. del T.).

12. A. C. Bradley: Oxford Lectures on Poetry, p. 13.

13. T. M. Greene: The Arts and the art of Criticism, p. 13.

14. A. C. Barnes: The Art in Painting, p. 25. Pudo objetarse aquí que la materiasujeto (subject-matter) es relevante; por ejemplo, los bodegones de Cézanne muestran una vajilla, frutas y pequeños artículos domésticos, objetos íntimos de la vida común, fácilmente manipulados y movibles y que poseen poca «vida interna» propia; por esta razón, Cézanne usa estos objetos con preferencia a otros. Ahora bien, puede ser cierto que determinados efectos puedan quedar mejor logrados por medio de concretas materias-sujeto; sin embargo, no es la materia-sujeto como tal lo que importa, sino su tratamiento por parte del artista. No todos los bodegones con platos de fruta son obras de arte. La diferencia entre los que lo son y los que no lo son no estriba en la materia-sujeto.

15. Todo objeto, sea una obra de arte o no, tiene alguna forma, incluso un trozo de cielo azul o el sonido concreto de un diapasón tiene alguna forma, la forma de la unidad. Se debe, pues, distinguir forma de forma estética: algunos de los requisitos de la forma estética han sido ya descritos en este capítulo. (Yo la denomino «forma estética» mejor que «forma artística», porque las formas descritas se dan tanto en la naturaleza, en cierta medida por lo menos, como en las obras de arte). Este uso del término difiere un poco del de Dewey en Art as Experience, donde refiere la «materia o sustancia» al «poema mismo», mientras que la forma «marca el modo de considerar, de sentir y de manifestar la materia experimentada de suerte que llegue a ser con mayor prontitud y efectividad el material para la construcción de la experiencia adecuada por parte de aquellos menos dotados que el creador original [...]. La misma obra es la materia transformada en sustancia estética» (p. 110). Este uso da lugar a confusión; aparentemente la forma es algo extrínseco al poema, algo que el poeta introdujo en la materia original para transformarla en poema. De ordinario nosotros hablamos de la forma como algo presente en la obra. Y cuando hablamos del «contenido del poema» no nos referimos al poema mismo, pues hablamos del «contenido del poema» y nunca lo tomaríamos para significar «el poema del poema».

Debe distinguirse la forma de la técnica. Técnica es una palabra extremadamente ambigua y evasiva. En un sentido puede referirse a los recursos o artificios mediante los cuales el artista consigue una serie de efectos, algo que puede ser evidente al contemplar la obra, pero que no es «una parte de» la propia obra. Cuando estudiamos cómo el artista mezcló sus pinturas para conseguir tales colores, o qué artificios utilizó para crear la ilusión del espacio tridimensional, o cómo contrastó los colores para acentuar los valores vitales, estamos estudiando la técnica. De otra forma,aunque relacionada, decir que un artista tiene «técnica», esto es, que se mueve como en su propio elemento dentro del medio artístico que emplea, es decir que se aplica fácilmente a la forma artística, como Renoir a la pintura o Mozart a la música. O también, «técnica» puede ser un término de reproche, significando que el artista puede manejar su medio, sabe cómo poner los colores en el lienzo, pero no puede expresar nada significativo a través de tal medio, en ninguna dimensión amplia o sutil. Un pintor puede ser hábil en el uso de su medio artístico pero sin obtener de él un buen provecho; entonces lo llamamos un «mero técnico». Técnica no es en sí talento artístico, las virtudes en el uso del medio no son virtudes artísticas; sin duda son una condición necesaria para ellas. Un artista debe ante todo estar familiarizado con su medio elegido, pero solo esto no lo convierte en un artista.

16. Si respondemos que «la caída del hombre», esta respuesta es ambigua; pues si con esto queremos decir la caída del hombre como un acontecimiento histórico, nos estamos refiriendo a la materia-sujeto en el primer sentido; si hacemos alusión a los caracteres y acontecimientos que constituyen la caída del hombre en el poema, nos referimos a esta en el segundo sentido; y si queremos presentar la caída del hombre como una idea o concepto, nos estamos refiriendo a la materia-sujeto en el tercer sentido, por ejemplo, el tema.

17. Greene: The Arts and the Art of Criticism, p. 39.

18. El profesor Greene usa la distinción entre materia prima y medio (y diferencia también «primario» y «secundario» en cada uno), siendo el medio solo un nuevo grado en el desarrollo del material en la experiencia del artista, concretamente el material tras ser estéticamente «condicionado» por el artista. En el presente contexto encuentro inútil esta distinción.

19. En este punto yo me opondría al análisis del profesor Greene. Él afirma que el material secundario de la música son «los estados de emoción y conato». ¿Por qué no dice que el material de una composición musical es el campo total de la experiencia relevante por parte del compositor, como lo dice en el caso de la pintura y de la literatura? Porque él se adhiere a una teoría particular acerca de la relación del material primario respecto al secundario, a saber, que el segundo se transforma o se traduce en el primero: «estados de emoción y conato», según el profesor Greenne (op. cit., p. 60), «son traducidos en tipos musicales expresivos». Ahora bien, no estoy exactamente seguro de en qué consiste esta transformación o traducción. Ciertamente la composición está causalmente relacionada con ciertas experiencias que tiene el compositor (su material secundario), y el campo de estas podría no haber abarcado casi cualquier cosa («los cielos azules de Italia» de Brahms para su segundo concierto de piano) y no solamente «estados de emoción y conato». Pero el profesor Greene parece indicar que estos estados pueden, mientras que los objetos y su percepción por nuestra parte no pueden, ser transformados y traducidos en un modelo de notas y pausas, y por ello limita los materiales de la música a «estados de emoción y conato». Pero yo discrepo de esto. ¿Qué sería esta traducción? ¿No envuelve esta traducción el traslado de algo de un medio a otro, y la transformación, el cambio de una entidad de un estado a otro? ¿Pero los «estados de emoción y conato» se traducen y transforman en sólidos? Esto ciertamente es, si no algo peor, un retorcimiento del significado normal de una palabra.

20. Hay casos aislados en los que decimos que el tema (o, a veces, la materiasujeto) de la Quinta Sinfonía de Beethoven es el hado, en el mismo sentido en que el tema de Paradise Lost es la caída del hombre. ¿Pero en qué sentido se podría decir que esto es el tema, y cómo se podría establecer tal afirmación? En la música representativa, este fenómeno es muy frecuente. Se dice, por ejemplo, que el Don Quijote de Strauss tiene al héroe de Cervantes como su tema o como su materia sujeto. Pero respecto a si puede decirse que la música representativa tiene materia-sujeto en este sentido de la palabra (es decir, de representar objetos o acontecimientos del mundo) ya trataremos de verlo en el capítulo 2.

2.

La representación

Cuando preguntamos acerca de qué significa una palabra, generalmente queremos indagar sobre qué representa o qué simboliza. Del mismo modo podemos interrogarnos sobre qué significa una obra de arte. Y tenemos que descubrir si concedemos idéntico sentido al término significado en este último caso que en la cuestión de las palabras. Es decir, ¿hay alguna cosa o grupo de cosas a las que una obra de arte, o una parte de ella, se refiera (o signifique) en el mismo sentido que la palabra silla se refiere a la clase de objetos a la que pertenece aquel en el que yo estoy ahora sentado?

Y si no hay nada en el arte que represente alguna cosa en este sentido, ¿se da la simbolización en algún otro sentido?, ¿cuál es, precisamente, el criterio para afirmar que en las artes una cosa representa otra? Este será el primer paso en nuestra investigación del significado artístico.

1

Siempre que un elemento de nuestra experiencia sustituye o está en lugar de otro, se dice que el primero representa al segundo, o que es un símbolo del otro, mientras que a la cosa simbolizada o representada se le llama el referente del símbolo.

Usaremos aquí la palabra símbolo para aplicarla a cualquier situación en la que haya algo que está en lugar de alguna otra cosa –siendo este el más amplio uso posible del término–.

Quizás el tipo más común de símbolo es el que se llama generalmente símbolo convencional o arbitrario, que está en lugar de su objeto referencial solo por un convenio común que resulta de una determinación explícita del significado que hay que conectarle. Así, un cabeceo significa sí; una sacudida de la cabeza, no. Una bandera roja significa peligro; una bandera blanca significa el deseo de una tregua. Alguien no familiarizado con tales convenios no sabría qué significan estos símbolos, tendría simplemente que aprender qué cosa, por acuerdo, estará en lugar de otra. Es en este sentido en el que las palabras son símbolos. Las criaturas que conocemos como gatos pudieron igualmente haber sido aludidas mediante otros nombres, como realmente son en otras lenguas, por ejemplo, chat, felix, katze, etc. Pero el castellanohablante, por el propio interés mutuo, ha convenido designar esta clase de objeto con la palabra gato. Hay, desde luego, palabras onomatopéyicas que suenan algo parecido a la cosa que representan –por ejemplo, zumbido, roncar, tic-tac, runruneo, succionar, etc.–. Pero, aun en estos casos, el «recuerdo» se hace generalmente aparente, solo después de que el significado es ya conocido. Aquellos que no conocían previamente el significado de los símbolos probablemente no hubieran podido adivinarlos.

Como opuesto a los símbolos convencionales están los llamados símbolos «naturales», en los cuales hay alguna relación no convencional pero sí natural (usualmente suelen ser de parecido o conexión causal) entre el símbolo y la cosa simbolizada. Una fotografía del Capitolio de Estados Unidos representa al objeto fotografiado en una relación natural de semejanza; el simbolismo no necesita ser aprendido (excepto los simples convenios, como la representación de objetos tridimensionales en superficies bidimensionales) y una fotografía de alguna otra cosa no habría bastado en su lugar. Un mapa de EE. UU. también representa al país, y la relación es una relación natural con respecto a las proporciones espaciales de los dos (no con respecto al color o a la topografía, a menos que sea un mapa en relieve). Los nimbos representan o significan lluvia, no en virtud de un parecido, sino debido a una consecuencia causal observada; el uno ha precedido a la otra tan a menudo en la experiencia que ha llegado a convertirse en un signo bastante seguro de lluvia. Aquí, de nuevo, el simbolismo es natural: no hay ningún convenio humano por el cual este objeto ha sido convenido para representar al otro; y ningún otro fenómeno en la naturaleza hubiera podido realizarlo del mismo modo.

La diferencia entre símbolos naturales y convencionales puede ilustrarse bien con el ejemplo del profesor Polloek de las señales de tráfico:1 si un hombre que conduce un automóvil ve una luz roja de tráfico en un cruce, pone su pie en el freno; pero no hay ninguna relación «natural» entre la luz roja y la parada. Una luz verde pudo haber sido convenida exactamente igual;2 y realmente una placa con la palabra Stop se usa con la misma finalidad. Pero si el conductor ve en lugar de una señal de tráfico, otro coche que se dirige directamente hacia él, hace el mismo movimiento para parar el coche, y aquí el signo para parar (la aproximación del otro coche) es un signo natural.3 Cualquier otro símbolo elegido al azar, tal como un vaso de agua o un mondadientes, no hubiera sido suficiente en su lugar. El término natural aquí no implica «sin experiencia»; el hombre no hubiera pisado el freno (al ver el otro coche) el día que él nació; ha de estar primero familiarizado, a través de la experiencia del mundo, con las propiedades de los objetos pesados en movimiento, es decir, aquellos que por su inercia y aceleración son capaces de destrozar cualquier cosa con la que choquen. La cuestión está en que no hubo ninguna estipulación o convenio acerca de ello, ningún código que aprender; un símbolo natural presupone alguna experiencia, pero no convenio.

Hay muchos símbolos que no pueden ser clasificados puramente como convencionales o naturales, aquellos símbolos en los que hay alguna relación natural entre el símbolo y la cosa simbolizada, pero que no es suficiente para que la relación resulte obvia sin convenio, y que en la mayoría de los casos pudo fácilmente haber sido sustituido por otro. En estos casos hay generalmente desde luego algún convenio o estipulación, pero el hecho de que un convenio fuera seleccionado, mejor que otro, no es «una casualidad», sino el resultado de alguna relación natural (aunque remota). Las palabras onomatopéyicas ya mencionadas son ejemplos de esto. Una curva en geometría analítica representa una cierta ecuación; no hay aquí de ninguna manera semejanza física alguna, pero no obstante hay una relación no-convencional (precisamente cualquier curva no podría representar lo expresado por la ecuación). La representación gráfica de la relación (por ejemplo, ordenada y abscisa) es convencional, pero una vez que esta indicación convencional ha sido establecida solo esta concreta curva simboliza tal relación. Tampoco una curva (de fiebre) posee semejanza directa con el aumento o disminución del calor en el cuerpo humano, pero es claro que hay un elemento no-convencional en la relación entre la temperatura y la curva, aunque ciertamente pudieron haber sido usados diferentes medios para representarla.

Es importante darse cuenta de que la representación delimita los extremos, por un lado, de esta inexorable relación, y por otro, la cambiante relación del signo convencional para con su término, al que denota según un acuerdo puramente arbitrario. Entre estos polos está el amplio espacio de las distintas representaciones, solo en parte, de-terminadas.4

Para ilustrar este punto Bernheimer usa el siguiente ejemplo: la función de representación del águila que aparece en la moneda de veinticinco centavos de América es puramente convencional; indica que la moneda es dinero válido de los EE. UU. Es el resultado de un convenio (que pudo ser alterado) del Gobierno con su pueblo, y significa que las piezas de plata llevando tal inscripción e imagen han de ser reconocidas como representativas de un valor de veinticinco centavos. El águila en la moneda es también un símbolo natural en su función de representar una cierta clase de ave. Hay otros convenios envueltos también aquí (la estructura del ave es solo grosso modo indicada; no aparece en su verdadero color, etc.), pero en general las proporciones de la figura en la moneda recuerdan a aquellas de las verdaderas aves, de manera que podemos reconocer el parecido e identificar el ave sin que se nos indique qué representa la figura. Y en una tercera función, el águila quiere representar el vigor, la libertad y la nobleza del Gobierno americano. «Se supone que hay en el águila ciertas cualidades que la hacen apropiada para que reemplace por analogía las correspondientes cualidades de la institución que ella representa».5 La relación aquí no es de ningún modo tan «inexorable» como en el caso de la función anterior (un león, por ejemplo, pudiera haber sido elegido para representar el mismo conjunto de cualidades), y con todo estas cualidades no podrían ser apropiadamente representadas o simbolizadas por una serpiente o un mosquito. Esta clase de símbolo puede denominarse «semiconvencional».6

Antes de que apliquemos este análisis a las artes, son necesarias unas palabras acerca de la terminología empleada. He usado el término símbolo para designar cualquier relación de representación, o «referencia»; pero los usos difieren ampliamente en este punto. Carritt usa «símbolo» para representar el «símbolo convencional» solamente,7 mientras que Bernheimer usa, para las tres funciones del águila recién compendiadas, los términos signo convencional, semejanza de imagen y símbolo, respectivamente. S. Langer, por su parte, distingue entre signo y símbolo sobre la base de si la relación es triple (sujeto-signo-objeto) o cuádruple (suje-to-símbolo-concepción-objeto).8 Ambos, signos y símbolos, se distinguen algunas veces de las «señales» y también de «tipos» y «muestras». Para nuestro propósito aquí creo que no es necesario llegar a estos refinamientos. Pienso que es más conveniente aplicar el término símbolo a toda clase de «representación» de una cosa (no necesariamente una cosa material, desde luego) que en algún sentido «apunte» a otra, y hacer las distinciones necesarias dentro de esta categoría general de símbolos: símbolos convencionales o arbitrarios, naturales y semiconvencionales.

2

Las palabras son símbolos convencionales; y como una de las artes mayores –la literatura– depende para su verdadera existencia del uso de palabras, tenemos aquí ya un ejemplo de símbolos convencionales en las artes. Hasta qué medida el uso de las palabras simplemente como símbolos es relevante para la literatura como arte es algo que será desarrollado en el capítulo 4.

¿Qué se puede decir de las otras artes, por ejemplo, de la música y de la pintura? ¿Las notas musicales, o grupos de ellas, o movimientos o composiciones, o elementos similares (tales como colores y formas) en las artes visuales, representan o simbolizan alguna cosa en el sentido en que las palabras simbolizan objetos y relaciones? Supongamos que alguien afirma que sí. Podríamos preguntar en seguida cómo lo sabe. En el caso de palabras, la respuesta debería ser «por convenio: la gente de habla castellana ha concertado usar esta palabra para hacer referencia a...», etc. Pero ¿cómo podríamos nosotros dar tal respuesta en los otros casos?, ¿a qué alude un «do menor»?, ¿cuáles son las referencias de la Sonata en do menor de Beethoven? Tales cuestiones, creo, no son de hecho tan tontas como parecen, aunque las notas musicales no tengan asignada ninguna referencia, ni (en este sentido) tampoco los distintos elementos de las artes visuales. Esto es innegable.

Se me podría decir que

las notas musicales (o grupos más amplios) hacen referencia a todo lo que sus compositores establecieron para ellas, justamente como, cuando yo invento una palabra, como «pirots», y digo que la usaré en el futuro para representar todos los edificios de más de diez pisos de altura, entonces la palabra «pirots» representa todos los edificios de más de diez pisos; i. e., tal palabra para mí y para todos los que adoptaran mi modalidad, convencionalmente denota tales edificios.

Pero los dos casos son bastantes diferentes: a una palabra se le da significado por convención y por el uso subsiguiente. Pero en la música dudamos de tales cuestiones convencionales y, en consecuencia, podemos decir: «no creo que La Mer represente el mar con éxito», o «Debussy pretende que La Mer simbolice el mar, pero yo no creo que sea así».

Hay, naturalmente, ciertas «frases» musicales que han llegado a tener un significado convencional; por ejemplo, las cuatro primeras notas de la Quinta Sinfonía de Beethoven han venido a simbolizar «Victoria» (o en tiempo de preguerra, «el destino llamando a la puerta»); pero aquí hay, como base del convenio, una relación natural: las notas fácilmente nos recuerdan el golpear sobre una puerta y el parecido estructural entre la letra uve en el código Morse y las primeras cuatro notas de la sinfonía es bien conocido. En el Ring des Nibelungen de Wagner, cada uno de los principales personajes, algunas de las emociones y aún algunos de los objetos que aparecen en las óperas están simbolizados por un «motivo» o un breve conjunto de notas. Las notas se escuchan a la entrada de la persona en cuestión, o al recordarla, y en el caso de las emociones u objetos, en cada una de las ocasiones importantes en que estos son vistos, sentidos o recordados. (A veces este método es incluso usado para transmitir al oyente una información que el personaje de la ópera desconoce, como cuando se toca el motivo del Valhalla mientras Siegmund está manifestando desconocimiento de su parentesco. De esto deducimos que Wotan era su padre, aun a pesar de que Siegmund no lo sabe). Pero no interpretamos estos símbolos simplemente como convenios; nos preguntamos cuál es la conexión entre este conjunto de sonidos y Siegfried y si no podría haberse establecido otra mejor. Yo no veo ninguna conexión entre ellos. ¿Por qué va a ser este «motivo» más apropiado que otro? Buscamos así semejanzas entre símbolo y referencia, lo que no hacemos en el caso de la mayoría de las palabras. En la música (como también en ejemplos análogos que pudiéramos aducir de la pintura), no aceptamos la simple determinación del compositor, sino que nosotros requerimos alguna relación no-arbitraria entre el símbolo y la cosa simbolizada. Esta clase de relación debe ser analizada.

3

Antes de pasar a los símbolos puramente «naturales» en las artes, quiero desarrollar lo que ha sido descrito anteriormente como símbolos «semi-convencionales», cuya importancia y prevalencia en las artes no ha sido siempre enteramente comprendida. De nuevo tomaré de la música la mayoría de mis ejemplos.

En la música, que de todas las artes podía parecer como la única en que un simbolismo de esta clase es menos posible que se dé, hay abundante ilustración de símbolos semiconvencionales. Manfred Bukofzer, en un notable artículo sobre «Alegoría en la Música Barroca», cita muchos ejemplos interesantes que él llama «alegorías» para distinguirlos de los símbolos puramente convencionales, que denomina simplemente «símbolos».

Encontramos que en la música del siglo XVI, casi siempre, cuando el texto dice «descendit de coelis» aparece una melodía descendente, y cuando el texto dice «ascendit in coelum» una melodía ascendente... El descenso (que es directamente expresado en la palabra «descendit» y que por esta razón no requiere ninguna transformación figurativa ulterior) se diría que aparece en el declinar de la melodía.

Yo indicaría que la melodía descendente no es una expresión emocional de la frase textual «descendit de coelis»; pues estas figuras musicales no tienen nada expresivo respecto a ella. No expresan emoción o sentimiento, puesto que la forma de la melodía no está definida y puede igualmente ser una tercera descendente, una escala descendente, o simplemente unas cuantas notas que descienden. En lo que se refiere a la alegoría, esta es inmaterial, como es, por ejemplo, la forma de la balanza en una alegoría de la justicia; pero la cuestión es que exista allí tal balanza.9

Para simbolizar distancia, cuando el texto dice «tan lejos», Bach escribe un intervalo en el cual las notas están ampliamente espaciadas... Aquí Bach escribe una novena aumentada o disminuida. De forma similar ocurre con las palabras «vagaba por aquí y por allá».10 «Noche y oscuridad» es simbolizado por intervalos descendentes, «los más profundos abismos», con los bajos. En otras ocasiones Bach usa la novena disminuida para simbolizar no distancia, sino más bien ira y horror, debido a su sutileza armónica. («Suena tan horrible como el horror que él desea alegorizar»). Lo que en concreto se simbolice en cada caso solamente puede ser determinado por el contexto (y, en este caso, el texto de las palabras).

A veces lo que es simbolizado no es algo que pueda descubrirse al oír la música, sino que depende de la notación musical escrita:

En la cantata Hercules am Scheidwege las palabras «para las serpientes que trataron de atraerme con su arrullo» están representadas por figuras sinuosas en el bajo. Sin duda se oye esta elevación y descenso, pero la alegoría de la sinuosidad aparece en sus más claras formas solamente en la notación musical. El bajo no es desde luego una expresión emocional de las serpientes, sino que nos las recuerda por referencia a sus movimientos. La melodía como quiera que sea, también indica la palabra wiegend por representación constante de la figura estereotipada de un arrullo. Tenemos aquí dos significados superpuestos: la serpiente en el bajo y el arrullo en la línea vocal.11

Finalmente, hay ejemplos de una alegoría superpuesta a otra dentro de la misma composición. En la misma cantata (de Bach), Bukofzer distingue hasta cinco alegorías simultáneamente: 1) El mandamiento «amarás a Dios» es alegorizado por medio de una fuga. «Todos los pasajes de la Biblia que son de importancia dogmática y contienen un mandamiento general están realizados por Bach casi sin excepción en fuga o forma de canon... La fuga y el canon son evidentemente una alegoría de la ley, ya que son las formas más rígidas de la composición musical».12 2) Para las palabras del primer mandamiento la trompeta interpreta «estos son los Diez Mandamientos», cuyo texto se da por sentado como comúnmente conocido, para señalar el propio mandamiento. 3) La melodía de la trompeta es tomada por el bajo, en una forma especial conocida como canon en aumento: «todos los valores se doblan, y con eso los Diez Mandamientos se convierten en la base de la totalidad, del mismo modo como lo son en la vida humana».13 4) Por otra parte, la trompeta suena, como siempre en Bach, como una alegoría de la majestad de Dios (con frecuencia hasta el punto de representar la voz del propio Dios). 5) La melodía coral aparece diez veces, como una alegoría mística del número diez.

El valor musical de este artificio ha sido, a veces, puesto en duda. Para Bukofzer, estos niveles semánticos añaden riqueza suplementaria:

Cuando nosotros reconocemos la complejidad quíntuple del significado y lo oímos como una unidad musical simultánea, experimentamos una sensación de inmensa riqueza. Mientras lo oímos, es como si estuviéramos saltando constantemente de un significado a otro. Esta multiplicidad que se da en la unidad, esta combinación de placer espiritual y puramente estético, se me muestra como único en su intensidad.14

Aquí, desde luego, caben matizaciones. El punto importante para nuestra discusión es este: tenemos ejemplos de simbolización de una naturaleza que no es simplemente convencional (hay una relación natural en cada uno de los anteriores casos citados, aunque a veces puede parecer forzada y aun anodina) ni simplemente «natural», de acuerdo con los ejemplos citados bajo este título. El convenio, aunque como hemos visto tiene una base natural, debe ser conocido independientemente de la audición de la música, y el descubrimiento del simbolismo es algo intelectual, no algo experimentado, como se supone que ocurre generalmente en el caso de la música descriptiva (que desarrollaremos más abajo).

En el período barroco la música es un lenguaje de signos, en el cual cada signo tiene uno o más significados; pero estos solamente pueden reproducir cosas que son más o menos conocidas por adelantado... La música barroca no es, como la música moderna, un lenguaje de experiencias que expresa sus objetos directamente, sino una clase de iconología indirecta de sonidos. Por esta razón carece de toda psicología en el sentido moderno. La rigidez de la música barroca, especialmente desde el punto de vista rítmico, ha sido hace mucho tiempo resaltada. Pero este no es el lado débil de este tipo de música; por el contrario, esta es su verdadera fuerza. La humanización de la música, por medio de una concepción emocional dinámica de su naturaleza, aparece solamente durante la primera mitad del siglo XVIII, cuando el ceremonial barroco –el encasillado de las emociones estereotipadas– cedió ante lo que se denominó emociones naturales. Para la época de la naciente clase media el formalismo de la música barroca aparece antinatural, incluso inhumano. Los dos estilos están basados en dos concepciones musicales diferentes.15

Si esta clase de simbolismo –iconología, como Bukofzer lo llama– se da en la música, se dará mucho más en las otras artes, que están mejor adaptadas a él, y en las cuales el fenómeno es mucho más familiar. Las pinturas, especialmente en tradiciones religiosas, están llenas de significación iconográfica. La oveja es un símbolo del discipulado cristiano; el fondo plano dorado es un símbolo de eternidad como opuesto a nuestro mundo de espacio y tiempo; el blanco simboliza la pureza; el halo simboliza la santidad de un ser divino. La familiarización con estos símbolos se presupone, y sin ello no se puede ir lejos en el entendimiento de la obra. (En algunos símbolos, tal como el halo, el simbolismo es casi enteramente convencional; en cada caso tiene que ser aprendido. Ciertos simbolismos específicos deben ser conocidos antes de que sea posible una apreciación de la obra).

Además, la familiaridad con las narraciones de la Biblia es presupuesta en todos los pintores en la tradición cristiana. Alguien no familiarizado con esta tradición puede apreciar una obra como la famosa Pietá de la Escuela de Avignon como una agradable acción recíproca de formas y colores y como un documento de la actuación humana, pero no captará su significación peculiarmente cristiana y quedará perplejo por muchas cosas del cuadro, tales como el orden composicional de ciertas figuras y el contraste de las figuras realistas tridimensionales con el fondo plano dorado.16 En mi opinión, familiarizarse con los símbolos convencionales y semiconvencionales en la pintura es mucho más necesario al considerar ciertas clases de pinturas que al oír una música aunque sea barroca.

En literatura, particularmente en poesía, este simbolismo es bastante común. Un poema como Paradise Lost está lleno de esto, como todo lector sabe. A veces el simbolismo penetra incluso toda una tradición poética, como es el caso de la poesía pastoral desde Virgilio hasta Shelley; también puede ser característico de una época en particular, como lo es de los poetas ingleses del siglo XVII pero no del Romanticismo; a veces es algo peculiar de un poeta o incluso de una de sus obras concretas, como por ejemplo el conjunto de imágenes que se da en Otelo contrastando con King Lear (estudiado en distintos ensayos por Caroline Spurgeon y G. Wilson Knight). A veces los símbolos se aproximan al punto de ser puramente convencionales, pero generalmente hay suficiente relación natural entre este y la cosa simbolizada para justificar su clasificación como «alegoría» (como lo hace Bukofzer). (En algunos casos, el simbolismo se aproxima más a lo convencional que en otros y la distinción entre símbolos convencionales y semiconvencionales no es nítida, sino que procede por grados, de modo que en ciertos casos sería difícil decir en qué clasificación cae un símbolo particular). Al igual que ocurre en la pintura iconográfica, es imposible apreciar plenamente un poema como Lycidas (de Milton) sin una familiarización bastante perfecta con los símbolos convencionales y semiconvencionales de la poesía pastoral. Muchos lectores opinarían, acerca de esto, lo mismo que Bukofzer afirma de la música barroca, que la experiencia de la obra de arte se ve acrecentada y profundizada por este simbolismo y que la lectura de Lycidas no sería una experiencia poética tan rica como lo es si no estuviese sobrecargada con este simbolismo (aunque huelga decir que, al comienzo, la presencia del simbolismo con frecuencia inhibe el goce). En cada caso, el simbolismo tiene que ser aprendido.

Este no es lugar para exponer una exhaustiva relación de los símbolos particulares que se dan en las diversas artes; a mí me corresponde aquí aducir su existencia, distinguir sus varios tipos y eliminar ciertas confusiones comunes en discusiones acerca de ello. El quehacer de este estudio es el armazón intelectual, y no los ejemplos individuales de las cosas que caen dentro de él.

4

Llegamos ahora a los símbolos «naturales». ¿Qué simbolizan «naturalmente» las obras de arte? Hay varios aspectos obvios en los que las obras de arte (o más comúnmente algunos elementos de ellas) representan otro tipo de cosas en alguna clase de relación natural, y los mencionaré en primer lugar. (En este contexto particular la palabra representar es más común que la de simbolizar, aunque no veo una verdadera diferencia entre ellas).

Y el primer sentido en el que las obras de arte, o parte de ellas, representan otras cosas es aquel en que una pintura puede representar a una persona o paisaje, o una novela cierta situación real. Esto requiere alguna ampliación.

Al desarrollar la cuestión del material y de la materia-sujeto en el primer capítulo, dijimos que todas las artes tienen a la vida como su propio material; su producción arranca de ciertas experiencias vitales y no tendría lugar sin ellas, pero pienso que nadie diría, según esto, que la obra representa estas experiencias. (Si alguien lo dice, entonces para él todas las artes serán igualmente representativas).17

Podemos, por consiguiente, descartar esto respecto de la clase de representación que estamos analizando. De cualquier modo, el sentido en que una pintura, por ejemplo, representa a Napoleón no puede ser descartado sin más hasta este punto. El sentido del que estoy hablando aquí es el primero de «materia-sujeto» mencionado en el capítulo segundo; y, según él, si una obra de arte tiene una determinada cosa como su materia-sujeto, se dice que imita o representa a tal elemento, y por tanto lo simboliza (y el simbolismo es del «tipo natural», porque hay una relación natural cercana, es decir, de igualdad o parecido, entre el símbolo y la cosa simbolizada, objeto representativo y objeto representado). Ningún arte, como ya hemos visto, imita fotográficamente una cosa; pero el arte «realista» se aproxima a este punto como un límite, y cuanto más tiende a él más tenemos una «pura imitación» del original o representación literal. Las pinturas, como dijimos en el primer capítulo, pueden imitar, más o menos, a personas reales existentes o escenas concretas, y la literatura (especialmente las novelas) puede imitar con mayor o menor fidelidad la secuencia real de acontecimientos históricos. (Cómo pueda ser realizado exactamente este ideal de «puro realismo» es algo que se expondrá en la Parte II). El que lo hagan o no es, generalmente hablando, irrelevante desde el punto de vista artístico: saber que hubo un personaje histórico, Ulises, cuyas aventuras «imitan» la Odisea con todo detalle no haría de la Odisea mejor o peor obra de arte. Pero constituiría una odisea representativa de algo exterior a ella, cosa que ahora no es.

La imitación (para repetir la observación acerca de la materiasujeto del segundo capítulo) es una cuestión de grado; en ningún caso alcanza el cien por cien. (Incluso una fotografía, que podemos considerar que se aproxima a una verdadera «igualdad», aparece solamente en dos dimensiones, mientras que su original aparece en tres). Y a medida que el grado de imitación se hace cada vez menor, lo que es imitado se aproxima cada vez menos al «modelo» copiado y cada vez más se convierte simplemente en un estímulo para el artista, sobre el cual se crea el resto de la obra a través de su imaginación creadora. Lo que hace que la realidad sea más su material (secundario) que su materia-sujeto explícita (en el primer sentido de este término).18

El caso es suficientemente claro en las así llamadas artes representativas (pintura y literatura), pero ¿y de la música? ¿Puede la música representar (en este sentido de «imitar literalmente») alguna cosa? La pintura puede imitar, en una aproximación verdaderamente ajustada, escenas visuales de la vida; la literatura puede imitar (no directamente a través de un medio sensorial como puede hacerlo la pintura, sino indirectamente a través del medio simbólico de las palabras)19 cualquier clase de situación; pero este caso puede muy bien ponerse en duda respecto a la música. Parece claro que al igual que la pintura puede directamente imitar o reproducir (cuando lo hace) los aspectos de la vida –solamente lo que puede ser percibido a través de la modalidad sensorial de la visión puede ser directamente representado sobre el lienzo–, con la música, si reproduce algo de la vida, se tratará solamente de sus sonidos, es decir, solo lo que puede ser percibido a través de la modalidad sensorial auditiva. Y podría ser igualmente claro que, entre los sonidos, la música puede representar (en el presente sentido de reproducir, imitar) solamente un número muy pequeño de ellos, ya que está compuesta exclusivamente de sonidos que son reducibles a una escala musical, y en la naturaleza casi no podemos encontrar ningún sonido que sea reducible de este modo. Como dice Hanslick,

La sucesión sistemática de sonidos mensurables que llamaremos melodía no es posible encontrarla en la naturaleza, aunque sea en su forma más rudimentaria. El fenómeno sonoro, en la desprovista naturaleza, no presenta ningunas proporciones inteligibles, ni puede reducirse a nuestra escala [...]. Encontramos muy pocas melodías en la naturaleza [...] o armonías en un sentido musical, que presenten una concurrencia simultánea de ciertas notas. ¿Ha oído alguien alguna vez un acorde de sexta o séptima en la naturaleza? La armonía como melodía es un logro del hombre, solo perteneciente a un período muy posterior.20

Es verdad que el tercer factor de la música, el ritmo (la armonía y la melodía vienen a ser el primero y segundo), sí que se halla en la naturaleza.

En el galopar del caballo, en el chapoteo del molino, en el canto del mirlo y de la codorniz, hay un elemento de recurrencia periódica de movimiento fruto de los «golpes» sucesivos que, cuando se captan mezclados en el conjunto, forman un todo inteligible [...]. Pero siempre el punto en el cual el ritmo de la naturaleza difiere de la música humana es evidente: en la música no hay ritmo independiente; se da solamente en relación con la melodía y la armonía, expresadas en un orden rítmico. El ritmo en la naturaleza, por su parte, no está asociado ni con la melodía ni con la armonía, sino que es perceptible sólo en vibraciones que no pueden reducirse a una entidad definida.21

Estos sonidos, tales como el murmullo de un arroyo, el rugir del océano, el aullido del viento, no son música, sino ruido: «una sucesión irregular de vibraciones sonoras», una mezcla de sonidos de diferentes frecuencias. «Muy raramente (e incluso entonces solo en forma aislada) la naturaleza presenta la idea musical de un tono definido mensurable. Frente a esto la nota musical es la base de toda la música».22

Rara vez o nunca, pues, puede la imitación de una composición musical de un sonido en la naturaleza ser exacta. No obstante, hay obras musicales que quieren dar a entender que representan sonidos de la naturaleza –por ejemplo, La Mer de Debussy, La consagración de la primavera de Stravinsky o Brigg Fair de Delius, por mencionar unas pocas al azar–. Pero ha de ser evidente que tales obras no imitan literalmente los sonidos en la naturaleza, solamente se asemejan a ellos en cierto grado, y usualmente en un grado tan pequeño que hemos de conocer el título de la obra antes de que podamos estar totalmente seguros de lo que la música, se supone, representa. Sin el título, podríamos no asociar La Mer con el mar. Pero una vez que el título nos ha sido dado es un poderoso aliado para que podamos disfrutar de la música. (En muchos otros casos, sin embargo, es bastante accidental, y podríamos disfrutar de la música igual si la asociásemos con algo muy distinto. Algunos compositores escriben la obra completa antes de decidir cómo llamarla: «ahora que la pieza se ha terminado, ¿suena más bien como una danza salvaje o como una central generadora de energía?», se preguntan ellos mismos, y el resultado es a veces dudoso).

Algunas veces se proyecta una composición musical para imitar otro fenómeno que el meramente auditivo, como pueden ser escenas completas de la naturaleza o de la vista. Cuadros de una exposición de Mussorgsky, Reflets dans l’eau de Debussy y Nuages son ejemplos de esto. Ya hemos visto que la composición musical no puede imitar estrictamente nada más que sonidos; pero es cierto que algunas combinaciones de notas pueden, por diversas asociaciones conscientes o inconscientes, servir para recordarnos o evocar en nosotros la impresión de ciertas escenas y objetos o acontecimientos de la naturaleza o de la vida, incluyendo los sonidos. Y pienso que la mayoría de las personas estarán de acuerdo, por lo menos en el caso de las dos primeras composiciones mencionadas (La Mer y La consagración de la primavera, que incidentalmente tienen por objeto el representar tanto sensaciones visuales y orgánicas como auditivas), que tienen éxito al evocar en nosotros el sentimiento y las imágenes de las cosas indicadas por sus títulos. La cuestión de cómo la música, al estar compuesta de estímulos auditivos, puede evocar en nosotros la impresión o el sentimiento de escenas de la naturaleza, especialmente de representaciones no auditivas, es un problema psicológico complejo que no se tiene objeto investigar en este libro. Si no estamos seguros de la explicación, sin embargo, sí estamos al menos muy seguros del hecho, y esta es la piedra angular de toda la música descriptiva, sin la cual no podría existir.

En este punto puede suscitarse la siguiente cuestión: si la música descriptiva generalmente no se parece o imita a su objeto representado lo suficiente como para que nosotros sepamos qué es lo representado sin que nos lo hayan dicho, ¿pertenece a la clase de símbolos semiconvencionales como la alegoría musical de Bukofzer? El sentido en el cual la música descriptiva puede decirse que consta de símbolos naturales se discutirá brevemente, pero incluso ahora este tipo de música puede distinguirse de la alegoría. Las posibilidades son las siguientes:

1. Imitación tan exacta que podamos confundir la imitación con la cosa imitada. Esto nunca ocurre en la música, como las indicaciones de Hanslick lo demuestran sobradamente. Tampoco ocurre en la pintura, ni siquiera en la escultura, pues, por ejemplo, la coloración uniforme y la evidente «calidad pétrea» de la estatua de Lincoln (entre otras cosas) nos impiden tomar la estatua por el propio Lincoln.

2. Imitación que uno no podría confundir con el original, pero lo suficientemente próxima al original que pudiéramos ser capaces de reconocerlo sin que nos lo digan. Esto sucede frecuentemente en la pintura, pero muy rara vez en la música, aunque puede ocurrir en tales casos, como en la imitación de campanas y tormentas, cantos del cuco y fanfarrias. (En los casos en que ciertos sonidos de la orquesta vengan a significar otras cosas por acuerdo, la identificación desde luego es fácil; pero este no sería un tipo de imitación «natural»).

3. Imitación que es suficientemente distinta de su original, de manera que debamos generalmente añadir alguna indicación de su naturaleza (tal como el título o el conocimiento de las intenciones del compositor) en lugar de la simple audición de la música. Esto es cierto en la mayor parte de la música representativa, aunque una vez que lo representado es conocido, y la respuesta del oyente se ha canalizado así, el disfrute se logra generalmente (si lo representado «se adapta, realmente, a la música») a través de la asociación de las emociones e imágenes producidas por la música con las producidas por el objeto representado. La relación experimentada entre la música y el objeto representado es lo suficientemente estrecha como para que se requiera algún tipo de convenio, distinto del inicial indicado por el título (que realmente sirve como un medio de dirigir los sentimientos del oyente, «iniciando sus reacciones»). Si algún objeto representado, evidentemente, no fuera adecuado para la música, sería simplemente ignorado.

4. Representación que posee tan poco en común con su original que apenas puede denominarse imitación. Ilustremos este punto: cuando el tema coral, en Bach, se introduce diez veces con el fin de simbolizar el número mítico diez, la relación natural es tan débil que sus efectos sobre los sentimientos del oyente pueden ser de poca importancia. Como el propio Bukofzer dice, la alegoría es algo que es captado por el intelecto, no sentida y aprehendida en la misma forma como la música representativa lo es: «las alegorías no son fundamentalmente psicológicas; son intelectuales».23

La diferencia entre música descriptiva o representativa y música «pura» es, pienso, de grado. La música representativa puede definirse como aquella que evoca en muchos oyentes la impresión de objetos específicos o situaciones concretas (algunos preferirían hablar de música proyectada para lograr estos efectos). Los poemas tonales de Strauss, me atrevo a decir, provocan esta impresión en muchos de nosotros, mientras que un concierto de Mozart o un cuarteto de Haydn, probablemente no. Entre los dos extremos se da lo que pudiéramos llamar «música descriptiva» en todos sus grados; justamente, en qué punto una determinada composición cesa de ser «música representativa» no es siempre fácil de determinar, y depende de lo amplia que queramos hacer esta clase, por definición. Por ejemplo, composiciones como la Sinfonía n.º 1 de Shostakovitch, el cuarteto de Smetana Aus Mein Leben,24 el Cuarteto negro en fa mayor de Dvorak y la Obertura para una fiesta académica de Brahms no son música totalmente «pura», como lo es la de Haydn, pero tampoco son totalmente música representativa; esta música intermedia no nos recuerda a una persona concreta o escenas o situaciones, sino simplemente evoca en nosotros algún «humor» dominante, ajeno a lo que sentimos fuera de la música y al que no asignaríamos un nombre definido. Así podríamos clasificar la transición a la música representativa de la forma siguiente (no estoy teniendo en cuenta aquí las formas «mezcladas», como la ópera y la canción):

1. Música representativa: evoca la impresión de algún objeto definido, acontecimiento (Soviet Iron Foundry, El cisne de Tuonela –como ejemplo de cada extremo en esta clase–) o una serie de acontecimientos, es decir, una historia (El aprendiz de brujo, Till Eulenspiegel, Ein Heldenleben).

2. Música semirrepresentativa o descriptiva: evoca algún efecto modal relacionado con un lugar, objeto o situación, pero no intenta imitar este objeto o contar una historia; por ejemplo, se nota que Dvorak es «bohemio» o que Mussorgsky es «ruso»; la obertura Coriolanus da la impresión de la pompa, el orgullo y el sufrimiento que marcó la carrera del personaje rumano, aunque no se nos facilita una historia de su vida en la forma en que El aprendiz de brujo narra la historia del cuento a partir del cual recibe su nombre.

3. Música pura o abstracta: es el caso de cualquier pieza instrumental de Haydn, Bach o Mozart, que evoca emociones pero no está ligada a situaciones definidas de la vida.

La matización entre 1) y 2) es gradual. Por ejemplo, podríamos calificar gran parte de la música de Mussorgsky como «rusa» (por qué evoca esta impresión en muchos de sus oyentes no es una cuestión fácil de contestar; estoy convencido de que nuestra concepción de lo que es «lo ruso» en música puede venir dada por la audición de la música de Mussorgsky y por el conocimiento de ciertos hechos sobre él, más que por una concepción previa de la música rusa, aunque esta es otra cuestión). Pero si esta impresión se especifica definitivamente lo suficiente como para llegar a evocar «un paisaje ruso de invierno», entonces pienso que no vacilaríamos en llamarla música descriptiva, aunque tampoco el grado que lo haríamos si el objeto «representado» se limitase a «este monasterio particular en el invierno ruso».

De 2) a 3) la transición es también gradual. La música de Beethoven (con ciertas excepciones) no tiende a ninguna representación, tampoco es «música descriptiva»; sin embargo no es tan «abstracta» como la de Haydn o Mozart. Evoca no obstante demasiado definidamente ciertos estados de ánimo dominantes, tales como exultación, orgullo, triunfo, lucha, «noble pesadumbre», etc., aunque ninguno de estos está asociado con una situación vital específica, como en el caso de la obertura Coriolanus.

Quizás no es necesario añadir aquí que el mérito de la música «representativa» no depende de su valor como representación. Como dice Ernest Newman, «el único hecho estético del que podemos estar seguros es este: ninguna pieza musical descriptiva sería tolerada a menos de que sea al mismo tiempo música».25 Muchas personas, ciertamente, prefieren definir la música representativa como música que depende en sus efectos del conocimiento de lo que sea el objeto representado (el grado de la dependencia no está claro), y no puede disfrutarse sin este conocimiento; si podemos gozarlo (¿cuánto?) sin conocer lo representado, entonces, según esta definición, no es realmente música descriptiva o representativa.

Por ejemplo, el tercer movimiento de la Sinfonía Pastoral de Beethoven parece representar algo, pero para disfrutar del movimiento no necesitamos estar enterados de ello. Hay valor musical, sin conocimiento de la representación: incluso el trueno y el relámpago se captan en la contextura de la música tan pronto como aparecen. Pero pienso que esto daría lugar a una definición altamente perjudicial de música representativa ya que, según ello, toda música representativa sería «mala» música. Y ciertamente hay una gran cantidad de música que, con cualquier definición ordinaria de música representativa, se vería incluida en esta denominación (por ejemplo, Refles dans l’eau de Debussy) y que no depende de la representación para su éxito; es decir, puede disfrutarse como tal, aunque no se conozca la representación (incluso si Debussy no le hubiera nunca asignado este título), aunque quizás pueda disfrutarse más cuando conocemos lo que representa.

Ahora, ¿en qué sentido, si existe tal, puede una obra como La Mer, que evoca varias imágenes del mar, considerarse como representativa o simbolizar el mar?26 Supongo que debe admitirse que una expresión tal como «La Mer representa el mar» está justificada por el uso común; pero hemos de ver en seguida cómo este caso de «representación» o «simbolización» es diferente de otros ya mencionados anteriormente o que se citarán más adelante. Pues al decir que La Mer representa el mar no podemos justificadamente decir más que evoca cierta impresión, o imagen, o sentimiento del mar en algunas personas; y cuando decimos que hay otras obras de música que «describen» reflejos en el agua o cuadros de una exposición no podemos indicar más que, de hecho, estas evocaciones tienen lugar. También hay que ver en seguida que tal «representación» es una cuestión subjetiva; para algunas personas, partes de La Mer suenan como un tren que se lanza a través de un túnel, o las locas danzas de los duendecillos, etc.; y afirman que para ellos no tienen ningún parecido con el mar, ni evocan desde luego ninguna impresión de este («No representa el mar para mí»). «Representar», en este sentido, es siempre «para usted» o «para mí», nunca simplemente «representar». Dudo que muchas personas, si supiesen esto, afirmasen sin más, dogmáticamente, que cierta pieza de música descriptiva representa esto o aquello; quizá entonces, probablemente, solo se inclinarían por asignarle a la obra tal representación en un sentido subjetivo. Pero ¿en qué otro sentido podría decirse que La Mer representa el mar?27

Otra limitación debe mencionarse aquí. La palabra representar, incluso en este sentido limitado, creo que no habría de utilizarse para hacer referencia a todas las clases de evocaciones musicales. La música de Beethoven evoca estados de ánimo e impresiones definidas, pero apenas podríamos decir que los representa; más bien podríamos decir que expresa estos estados anímicos (el próximo capítulo se dedicará al concepto de expresión). Una composición que evoca la alegría, por ejemplo, no sería considerada ordinariamente como media para representar esa emoción. No obstante, decimos que La Mer representa el mar. ¿Por qué aplicar la palabra en un caso y no en otro? Creo que el criterio es este: el término representa aquí se aplica a la impresión de acontecimientos concretos, objetos o situaciones (tal como se dan en la música representativa) y no a abstracciones como los estados de ánimo y las emociones. Pero hemos de recordar que, incluso en el caso de música representativa, la palabra representar se utiliza comúnmente porque se refiere a objetos y acontecimientos concretos, y no puede utilizarse en un sentido «fuerte», como se aplica en otras artes.

Evidentemente, artes distintas a la música «representan» en este (segundo) sentido de la denominación, y con más frecuencia cuanto más evoque en nosotros la impresión de clases de cosas distintas.

Pero no pienso que pudiéramos decir jamás que las obras de arte en su medio visual o verbal «representan» cuantos tipos de objeto nos recuerdan o cuya imagen evoquen en nosotros. Solamente decimos esto en el caso de la música, porque en música no existen escenas o personajes representados en la obra de arte, como ocurre en otras artes (esto se ilustrará en la próxima sección, por el tercer sentido de «representar»); de manera que si queremos decir, como mucha gente lo hace, que la música «representa» algo, entonces (al estar desprovista de casos tan evidentes de representación como existen en otras artes) hemos de recurrir a este débil y deformado sentido de la palabra, en el cual «representar» significa simplemente «evocar la impresión de».

Ciertamente creo que el uso débil de «representar» y «simbolizar» despoja a estas palabras de una parte importante de su significado usual. Pues ¿no es crucial para el significado de estas palabras que la representación de algo sea bastante uniforme y estable? Cuando una palabra simboliza un concepto, el empleo del símbolo para dar a entender exactamente lo que es constituye un convenio entre un conjunto considerable de personas –no simboliza la cosa en un momento y deja de hacerlo en el siguiente–. Tampoco es un asunto de veleidad o capricho que una fotografía (naturalmente) simbolice o represente el objeto fotografiado. Hay términos subjetivos que evocan cierto tipo especial de significado, pero generalmente nos referimos a estos en forma distinta: decimos «la palabra “serpiente” significa (simboliza, representa) tal y tal especie biológica, pero para mí expresa (no simboliza) toda cosa que es horrible». No obstante, reconozco que ese uso, aquí como en cualquier otro lugar, es ambiguo; los usos se superponen –la gente dice: «esta música para mí representa el espíritu ruso», por ejemplo, mientras que el término expresa sería usado con más normalidad–. Mi punto de vista es simplemente que si «simbolizar» ha de retener algún significado distintivo, creo que debería restringirse en forma tal que no cubra un terreno que ya está cubierto por otras palabras: el ámbito simbólico debe ser independiente de la fantasía subjetiva, ya sea mediante un convenio reconocido o mediante alguna relación natural.

Hemos considerado, hasta ahora, dos sentidos según los cuales una obra de arte, o alguna parte de ella, puede decirse que «naturalmente» –no por convenio– representa o simboliza alguna cosa. El primer sentido consiste simplemente en la imitación de algo extrínseco; la pintura y la novela representan algún personaje histórico, por ejemplo (la pintura directamente mediante formas sobre un lienzo; la novela indirectamente mediante palabras que describen al personaje), y la composición musical puede representar ciertos sonidos de la naturaleza en una extensión muy limitada. Pero muchas composiciones musicales pretenden representar algo, a menudo cosas que no son sonidos, y este hecho nos conduce a considerar un segundo sentido de «representar» según el cual significa simplemente «evocar la impresión de» (en una persona u otra). Esto, ya lo hemos visto, desarrolla un sentido tan débil que rara vez o nunca es aplicable a las artes visuales y literarias en las que la representación (en el primer sentido y en otro que aún hemos de mencionar), de una manera muy intensa y más evidente, se presenta frecuentemente, pero la música, casi totalmente carente de representación en estos sentidos, se ha dicho a veces que lo posee (de modo especial en música descriptiva en la que lo que generalmente se representa son objetos y acontecimientos concretos) en este sentido débil que acabaría por despojar al término de su significado distintivo.

Pasemos ahora a un tercer (y último) sentido en el cual las obras de arte representan o simbolizan «naturalmente» (un sentido de la «materia-sujeto», como vimos en el primer capítulo, se refería al «contenido representativo» de la obra: los hombres, árboles y nubes mostrados en la pintura; los personajes, situaciones y acontecimientos descritos en el drama). Ciertos «elementos» son claramente representados en la obra y es importante ver cómo este difiere de otros sentidos de la palabra. En este último aspecto, podemos afirmar que el personaje está representado en la novela y el árbol, en la pintura. Están ahí, ante nosotros, en la obra propiamente dicha; la representación aquí no consiste en la correspondencia con (imitación de) algún objeto exterior a la obra; esto sería representación en el primer sentido mencionado anteriormente. Por supuesto, hay hombres y árboles y nubes en la naturaleza fuera de la obra de arte, y es en virtud de este hecho por lo que reconocemos estas representaciones en la pintura como figuración de estos objetos; pero persiste el hecho de que este hombre está en el lienzo, no fuera de él (en igual forma que, en literatura, no hay Ulises fuera del poema épico de Homero). Los colores y las formas se disponen de tal manera que representan a un hombre, y el hombre está en la pintura tanto si existe un hombre particular semejante fuera del cuadro como si no.

En este sentido, en el que el hombre está en el cuadro, no hay representación en la música (oída o «leída»); nada podría representar la música en el sentido en que el hombre está representado en la pintura; en la sucesión de sonidos que oímos no se nos presenta ningún objeto, ni nunca podrá ser esto así. Y es en este sentido de representación en el que podemos decir que la música no es un arte representativo, mientras que la pintura sí lo es. La música, como hemos visto, puede evocar la impresión de toda suerte de cosas, pero no hay ningún objeto en la música en la forma en que lo está en el lienzo. En una forma algo menos directa, la literatura puede ser también representativa: pero los personajes y acontecimientos descritos no aparecen en la página impresa como las figuras en la pintura aparecen en los lienzos –hemos de construirlos mediante palabras y frases–; sin embargo, mediante este artificio simbólico de palabras, Tom Jones y una serie completa de sus aventuras puede decirse en verdad que están representados en la novela de Fielding.28

A este respecto puede observarse una curiosa e interesante diferencia entre la literatura y la pintura. Debido al medio lingüístico de la literatura, que puede nombrar y describir con palabras, se dice que los personajes individuales, tales como Tom Jones, Becky Sharp y Ernest Pontifex, están representados en obras literarias, aun cuando ellos no aparezcan en la página impresa. Pero determinadas personas con nombres reconocidos no están representadas en la pintura. Así, Orestes está representado en el drama Electra; ya que el dramaturgo utiliza su nombre y esto forma parte de la propia tragedia; mientras que todo lo que se representa en la pintura Orestes, que menciona Hanslick, es un hombre de una determinada contextura, con este color de cabellos, esa postura, en tal lugar, etc. El hombre que corresponde a esta descripción está representado en la pintura; mientras que el drama, que se desenvuelve en el medio del lenguaje, claramente representa a Orestes. El que la pintura sea una pintura de Orestes (a juzgar por el título que el pintor le ha dado) es un hecho extrínseco a la pintura, pues si el pintor fuera a cambiar el título, posiblemente la pintura se convertiría en la de otra persona, aunque no se hubiese cambiado nada en el cuadro –clara indicación de que no hay ningún Orestes en la pintura–; es decir, Orestes no está representado en la pintura en el (tercer) sentido de «representar» que ahora desarrollamos. En este sentido, la palabra se refiere al «contenido representativo», o sea, a algo en la pintura. Lo único representado es un hombre que obedece a una determinada descripción; esa representación no puede modificarse por una variación del título o por cualquier otra alteración que no sea la de la propia pintura.

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