Читать книгу: «El asesino dentro de mí»

Шрифт:

Título original: The Killer Inside Me

© Jim Thompson, 1952.

© de la traducción: Galvarino Plaza, 1975.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: OEBO270

ISBN: 9788490067215

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

1

Había terminado el pastel y estaba tomando la segunda taza de café cuando le vi. Pocos minutos antes había llegado el mercancías de medianoche; el sujeto andaba fisgando por una esquina de la ventana del restaurante, la más cercana a la estación, con una mano a guisa de visera y con los ojos entornados para que la luz no le cegase. Se dio cuenta de que le observaba y desapareció en la oscuridad. Pero yo sabía que continuaba allí, al acecho. Los vagos siempre me toman por un tipo fácil de despistar.

Encendí un puro y me levanté. La camarera, una chica nueva de Dallas, me miró mientras me abrochaba despacio el abrigo.

–¡Vaya! Pero si ni siquiera lleva revólver –dijo como si me diese una gran noticia.

–No –sonreí–. Ni revólver, ni porra, ni nada que se le parezca. ¿Para qué?

–Pero usted es un poli... Bueno, sheriff adjunto. ¿Y si algún maleante dispara contra usted?

–Aquí, en Central City, no hay muchos maleantes, señorita –expliqué–. Y además, también son personas, aunque se alejen del camino recto. Si uno no les hace nada, ellos tampoco. Se avienen a razones.

Negó con la cabeza, mirándome con ojos temerosos, y me dirigí hacia la caja. El propietario no quiso aceptar mi dinero, y me lo devolvió con un par de cigarros. Me dio una vez más las gracias por haberme ocupado de su hijo.

–El chico ya no es el mismo de antes, Lou –dijo, pisando una palabra con la otra, como suelen hacer los extranjeros–. No sale por las noches, va muy bien en la escuela. Y siempre habla de usted, dice que Lou Ford es una gran persona.

–Yo no hice nada –respondí–. Sólo hablé con él. Mostré interés. Cualquier otro podría haber hecho lo mismo.

–No. Sólo usted –afirmó–. Usted es bueno y hace buenos a los demás.

Lo dijo como despedida, pero yo quería seguir hablando. Apoyé el codo en el mostrador, crucé un pie por detrás del otro y di una larga calada al cigarro. El hombre me caía bien–a decir verdad, me cae bien casi todo el mundo–, demasiado como para dejarlo escapar. Educado, inteligente: un individuo como los que a mí me gustan.

–Bueno, le diré una cosa –anuncié con parsimonia–. Tal como yo lo veo, un hombre no le saca a la vida más que lo que pone en ella.

–¡Mmm! –asintió con impaciencia–. Creo que tiene usted razón, Lou.

–El otro día pensaba en ello, Max. Y de repente se me ocurrió una idea estupenda. Como si me hubiese caído del cielo. Un niño es un hombre en potencia. Así, sin más. Un niño es un hombre en potencia.

La sonrisa de mi interlocutor se hizo tensa. Oí cómo crujían los zapatos al removerse con impaciencia. Si hay algo peor que un pelmazo, es un pelmazo sentencioso. Pero ¿cómo librarse de un tipo educado y cordial que está dispuesto a darte hasta la camisa si se la pides?

–Creo que tendría que haber sido profesor, o algo parecido –afirmé–. Hasta cuando duermo intento resolver problemas. Como el de la ola de calor que tuvimos hace varias semanas. Mucha gente se cree que lo que provoca el bochorno es el calor. Pero no es cierto, Max, no es cierto. La culpa la tiene la humedad. ¿A que no lo sabía usted?

Carraspeó, para luego insinuar que le necesitaban en la cocina. Hice como si no le oyera.

–A propósito del tiempo, le diré otra cosa –seguí–. Todo el mundo habla del tiempo, pero nadie lo arregla. Aunque tal vez sea mejor así. Detrás de las nubes está el sol, vamos, tal como yo lo veo. Quiero decir, que si no lloviera, tampoco habría arco iris, ¿no le parece?

–Lou...

–En fin –concluí–. Creo que ya es hora de irme. Tengo que dar aún muchas vueltas por ahí, y no quiero ir luego con prisas. Las prisas hacen perder el tiempo, digo yo. Me gusta medir las distancias antes de dar un salto.

Me estaba pasando, pero ya no podía contenerme. Castigar a la gente de ese modo era casi tan agradable como del otro, con la verdad. Ese otro modo que tanto había luchado yo por olvidar –y casi había olvidado– hasta que me topé con ella.

Y en ella estaba pensando cuando salí a la fría noche de Texas y vi al vagabundo que aún me aguardaba.

2

Central City se fundó en 1870, pero nunca llegó a ser una verdadera ciudad hasta hace diez o doce años. Era un centro de transportes que traficaba con muchas reses y algodón, hasta que Chester Conway, oriundo del lugar, lo convirtió en cuartel general de la Conway Construction Company. Pero, incluso así, no era aún más que una encrucijada en una carretera de Texas. Luego vino el boom del petróleo, y casi de la noche a la mañana su población llegó a los 48.000 habitantes.

El pueblo estaba enclavado en un pequeño valle rodeado de colinas. Apenas había espacio para los nuevos habitantes que se desparramaron con sus casas y sus comercios por donde pudieron, y que ahora ocupan casi una tercera parte del condado. Eso no es excepcional en una región petrolera... por esta ruta hay muchas poblaciones como la nuestra. No tienen una policía consolidada; sólo uno o dos agentes. La oficina del sheriff se hace cargo del orden tanto en la ciudad como en el condado.

Desempeñamos esta tarea muy bien, por lo menos desde nuestro punto de vista. Aunque, de vez en cuando, las cosas se desmandan un poco y tenemos que dar un escobazo. Fue durante una de esas limpiezas, hace cosa de tres meses, cuando la conocí.

–Se llama Joyce Lakeland –me explicó el viejo Bob Maples, el sheriff–. Vive a unos siete u ocho kilómetros, en Derrick Road, inmediatamente después de la vieja granja de los Branch. Tiene una casita que no está mal, por allá arriba, detrás de acacias.

–Creo que conozco el sitio –dije–. ¿Es una fulana, Bob?

–Bueeno, es probable, aunque actúa muy discretamente. No hace tonterías, ni se lía con el primero que encuentra. Si no me fastidiasen algunos de esos clérigos de la ciudad, no me preocuparía lo más mínimo por ella.

Me pregunté si se la beneficiaría, pero me dije que no. Tal vez no tenía mucha cabeza, pero Bob Maples era un hombre recto.

–Entonces, ¿qué hago con Joyce Lakeland? –le pregunté–. ¿Le digo que se largue una temporada o que no vuelva?

–Bueeeno –se rascó la cabeza enfurruñado–. No sé, Lou. Esto... bueno, tú vas a allí a verla, te haces una idea y decides tú mismo. Estoy seguro de que serás amable y educado con ella, como tú sabes hacer. Y lo estoy también de que si es preciso actuarás con firmeza. Ve a ver y haz lo que te parezca. Tienes mi apoyo, hagas lo que hagas.

Me presenté allí hacia las diez de la mañana. Aparqué el coche en el patio y di media vuelta para salir con más facilidad. La placa oficial de la oficina del sheriff quedaba oculta, pero no lo hice a propósito. Tenía que ocurrir así, sin más.

Llegué al soportal, llamé y retrocedí un poco, con el Stetson en la mano.

Me sentía incómodo. Apenas sabía qué iba a decirle. Porque nosotros tal vez seamos anticuados, pero nuestras normas de conducta no son las mismas que en el este o el Medio Oeste. Aquí todos dicen «sí, señora» y «no, señora», a cualquier persona que lleve faldas; a cualquiera mientras sea blanca, se entiende. Aquí, si se pilla a un sujeto con los pantalones bajados, se le piden excusas... aunque inmediatamente después haya que detenerle. Aquí se es hombre, hombre y caballero, o no se es nada. Y al que no lo sea, que Dios le ampare.

La puerta se entreabrió unos centímetros. Luego se abrió de par en par y ella se me quedó mirando.

–¿Qué hay? –preguntó con frialdad.

Llevaba unos pantalones de pijama cortos y un jersey de lana; su cabello oscuro estaba enredado como la cola de un borrego, y la cara sin maquillar, aparecía abotagada por el sueño. Pero nada de eso importaba. Ni habría importado que saliese de una pocilga cubierta por un saco de arpillera. Tenía todo lo que quería. Bostezó sin cumplidos y volvió a preguntarme:

–¿Qué hay?

Pero yo seguía sin recuperar el habla. Creo que tenía la boca abierta como un aldeano. Eso fue hace tres meses y no me había pasado casi desde hacía quince años. Cuando tenía catorce.

La mujer medía un metro sesenta, no debía de pesar más de cincuenta kilos, y el cuello y los tobillos parecían algo más flacos de la cuenta. Pero estaba muy bien. Perfectamente bien. El Señor había acertado a distribuir la carne donde realmente convenía.

–¡Oh, Dios mío! –se echó a reír–. Pase. No acostumbro a recibir visitas tan temprano, pero...

Sujetó la mosquitera para que pudiera entrar y me hizo un gesto. Entré, y cerró la puerta con el pestillo.

–Lo siento, señora –dije–, pero...

–No, no se preocupe. Pero primero tendré que tomar un café. Pase usted al fondo.

En el extremo de un pequeño pasillo encontré la habitación. Incómodo, oí cómo ponía el agua para hacer café. Me había comportado como un bobo. Con semejante comienzo, difícil resultaría mostrarme firme con ella, pero algo me decía que tendría que serlo. No sabía por qué, ni lo sé aún. Pero lo presentí desde el principio. Tenía que habérmelas con una mujercita que conseguía lo que deseaba, sin preocuparse por el precio.

Bien, qué diablos, pensé; no era más que una impresión. Ella se había comportado con corrección, la casa era agradable. Decidí que le dejaría la iniciativa, al menos por el momento. ¿Por qué no? Se me ocurrió echar un vistazo a los armarios, e inmediatamente supe por qué no. Imposible. El cajón superior de la cómoda estaba entreabierto, y el espejo ligeramente inclinado. Y una cosa son las fulanas y otra las fulanas que tienen revólver.

Lo saqué del cajón, un 32 automático, al entrar ella con la bandeja del café. Me echó una mirada fulminante y, con un golpe, puso la bandeja sobre la mesa.

–¿Qué está haciendo con eso? –saltó.

Me desabroché la chaqueta y mostré la insignia.

–Sheriff adjunto, señora. Y usted con eso, ¿qué hace?

Se limitó a coger el bolso del armario, lo abrió y sacó de dentro una licencia. Había sido extendida en Fort Worth, pero era legal. Esos documentos suelen admitirse en cualquier ciudad.

–¿Satisfecho, polizonte? –dijo.

–Creo que está en regla, señorita –le contesté–. Pero no me llame polizonte, me llamo Ford.

Le dirigí una sonrisa afectuosa, que no fue correspondida. Mi instinto no me había engañado. Un minuto antes parecía dispuesta a tendérseme en la cama, sin importarle lo más mínimo que yo no tuviese un centavo. Pero ahora su actitud era distinta, sin que le importara tampoco que yo fuese un policía o Jesucristo en persona. Me pregunté cómo habría conseguido vivir tanto tiempo.

–¡Santo cielo! –se mofó la mujer–. El tío más guapo que he visto en mi vida, y resulta que es un asqueroso y entrometido polizonte. ¿Cuánto va a ser? Yo no me acuesto con polis.

Noté que me ponía colorado.

–Señora, no es usted muy cortés. Sólo vine para charlar un poco –expliqué.

–¡Estúpido bastardo! –chilló–. Qué quieres.

–Ya que insiste, se lo diré. Quiero que se largue de Central City antes de que anochezca. Si la pillo por aquí más tarde, la haré encerrar por prostitución.

Me encasqueté el sombrero y me dirigí hacia la puerta. Se me plantó delante cerrándome el paso.

–¡Miserable hijo de puta! Tú...

–No me llame eso –dije–. No lo repita, señora, o...

–Te lo he llamado y te lo volveré a llamar. Hijo de puta, bastardo, chulo...

Traté de abrirme paso a la fuerza. Tenía que salir de allí. Sabía lo que ocurriría si no me iba inmediatamente, y no podía consentirlo. Era capaz de matarla. Podía volverme la enfermedad. Y aunque no sucediese una cosa ni otra, estaba perdido. Se iría de la lengua. Se pondría a chillar. La gente empezaría a pensar, a pensar y a preguntarse qué ocurrió quince años antes.

Me abofeteó con tanta fuerza que los oídos me retumbaron, primero uno, luego el otro. Continuó pegándome una y otra vez. Se me cayó el sombrero. Al agacharme para recogerlo, me clavó la rodilla en el mentón. Vacilé sobre mis talones y me encontré sentado en el suelo. Oí una risita malévola, seguida de otra más suave, a modo de excusa. Me dijo:

–Caray, sheriff, yo no quería... yo... me sacó de quicio, y... yo...

–Claro –sonreí. Empezaba a distinguir de nuevo los objetos y a recuperar el habla–. Claro, señora. Lo comprendo. A mí también me pasa a veces. ¿Me ayuda a levantarme?

–¿No... no me pegará?

–¿Yo? ¡Oh! Por favor, señora...

–No –exclamó casi defraudada–. Sé que no lo hará. Se le ve enseguida, tiene buen carácter.

Se inclinó lentamente hacia mí y me tendió las manos.

Me levanté de un salto. Asiéndole las muñecas con una mano empecé a golpearla con la otra. Casi perdió el conocimiento, pero yo no quería que se desmayase. Tenía que darse cuenta de lo que le ocurría.

–No, preciosa –le mostré toda mi dentadura–. No te voy a pegar. Sólo voy a arrancarte el culo a tiras.

No era una bravata, lo dije en serio y casi lo cumplí.

Tiré del jersey hacia arriba hasta cubrirle la cabeza y le hice un nudo. Luego la tumbé en la cama, le bajé los pantalones cortos de un tirón y le até los pies con ellos.

Me desabroché el cinturón y lo balanceé sobre mi cabeza...

No sé cuánto tiempo pasó hasta que me detuve y recuperé el dominio de mí mismo. Sólo sé que el brazo me dolía terriblemente y que sus nalgas estaban en carne viva. Me sentía asustado hasta lo indecible, asustado casi hasta el punto de perder la cabeza.

Le desaté los pies y la liberé del jersey. Empapé una toalla en agua fría y se la apliqué. Le puse en los labios una taza de café. Y, mientras, le hablaba y hablaba sin parar, suplicándole que me perdonase, explicándole lo mucho que lo sentía.

Me arrodillé junto a la cama, le pedí perdón una y otra vez. Al fin, sus párpados temblaron y se abrieron.

–No... –musitó.

–No –respondí–. No, señora. Le juro por Dios que jamás volveré...

–Calla –me acarició los labios con los suyos–. No digas eso.

Volvió a besarme. Empezó a desabrocharme la corbata, la camisa, y me desnudó a pesar de haber estado a punto de desollarla.

Volví al día siguiente y al otro. Ya no pude dejar de acudir. Era como si un huracán hubiese avivado un viejo fuego que se extinguía. Empecé a zaherir a la gente con indiferencia, a injuriarla a falta de otra cosa. Empecé a pensar en ajustarle las cuentas a Chester Conway, de la Conway Construction Company.

No puedo ocultar que lo había pensado muchas veces antes. Tal vez, si me había quedado tantos años en Central City era sólo con la esperanza de vengarme de él. Pero de no ser por Joyce, creo que nunca me habría atrevido a intentarlo. Ella reavivó las cenizas. Hasta me enseñó lo que debía hacer con Conway.

Joyce me proporcionó la solución sin saberlo. Fue un día, o mejor dicho una noche, seis semanas después de habernos conocido.

–Lou –dijo–. No quiero seguir así. Vayámonos de esta maldita ciudad juntos, tú y yo solos.

–¿Cómo? ¿Estás loca? –le contesté, sin conseguir contenerme–. ¿Crees que yo...?

–Continúa, Lou. Quiero oírlo de tus propios labios. Dímelo –y comenzó a arrastrar las palabras–. Nosotros los Ford somos de muy buena familia. Dímelo, nosotros, los Ford, señora, jamás viviríamos con una puta vieja y despreciable, señora. Nosotros, los Ford, no hacemos así las cosas, señora.

En parte era verdad, una buena parte de la verdad. Pero no era lo principal. Yo sabía que Joyce alentaba lo peor que había en mí, sabía que de no detenerme pronto, jamás volvería a conseguirlo. Acabaría en la cárcel o en la silla eléctrica.

–Dilo, Lou. Dímelo, y te responderé.

–No me amenaces, preciosa –le dije–. No me gustan las amenazas.

–No te amenazo, sólo te digo lo que te pasa. Te crees que eres demasiado para mí y yo... yo...

–Sigue. Ahora te toca hablar a ti.

–No quería decírtelo, Lou, querido, pero no te voy a soltar. Nunca, nunca, nunca. Si ahora eres demasiado para mí, haré que dejes de serlo.

Le di un beso, un beso muy largo y duro. Porque Joyce no lo sabía, pero estaba muerta, y sin embargo nunca la había amado tanto como en aquel momento.

–Bueno, encanto, escúchame –le dije–. Has montado un auténtico drama, y total para nada. Lo que a mí me preocupaba era el problema del dinero.

–Yo tengo bastante dinero. Y puedo conseguir más. Mucho más.

–¿Ah, sí?

–Puedo conseguirlo, Lou. ¡Te digo que puedo! Está loco por mí, y es más ciego que un topo. Apuesto a que si su padre creyera que iba a casarme con él...

–¿Quién? –pregunté rápidamente–. ¿De quién estás hablando, Joyce?

–De Elmer Conway. ¿Sabes quién es, no? El hijo de Chester...

–Sí –gruñí–. Sí, conozco muy bien a los Conway. ¿Cómo piensas atraparles?

Hablamos largamente de su plan, tendidos sobre la cama, y de las profundas sombras de la noche me llegaba insistente una voz que decía «déjalo, Lou, todavía estás a tiempo». Y bien sabe Dios que lo intenté. Pero inmediatamente después, la mano de Joyce asía una de las mías y la llevaba hasta sus senos, entre temblores y gemidos... y eso me impidió dejarlo.

–Bueno –murmuré al fin–. Creo que podemos hacerlo. Tal como yo lo veo, si no lo consigues a la primera, lo intentas de nuevo, has de intentarlo una y otra vez.

–¿Cómo, cariño?

–En otras palabras –concluí–. Querer es poder.

Se retorció un poco y se echó a reír como una loca.

–¡Oh, Lou! Siempre con tus refranes... Eres imposible.

... La calle estaba oscura. Me había detenido unos pocos portales más arriba del bar; el vagabundo estaba inmóvil, observándome. Era joven, de mi edad más o menos, y llevaba un traje que en su momento debió de ser de buena calidad.

–Bueno, ¿qué amigo? –me dijo–. ¿Qué te parece? Lo he pasado muy mal, y por Dios que si no puedo comer algo enseguida...

–¿Quieres algo caliente, verdad? –le pregunté.

–Sí, lo que puedas darme. Yo...

Me saqué el cigarro de la boca con una mano y fingí que buscaba algo en el bolsillo con la otra. De improviso, le tomé de la muñeca y le hundí la punta del cigarro en la palma de la mano.

–¡Maldita sea! –gritó, apartándose con brusquedad–. ¿Qué diablos haces?

Solté una carcajada, mientras le enseñaba mi insignia.

–¿Tú qué crees? –dije.

–Claro, amigo, claro –murmuró, apartándose más.

No parecía especialmente indignado ni atemorizado, sino sorprendido.

–Será mejor que te andes con cuidado, amigo. Es un buen consejo, ándate con ojo.

Dio media vuelta y se fue en dirección a la vía del tren.

Le observé con un estremecimiento; me sentía mal. Al fin, subí al coche y me fui a ver a Joe Rothman.

3

La Casa del Trabajo de Central City estaba en una calle pequeña, a dos manzanas de la plaza del Palacio de Justicia. No era gran cosa, una vieja edificación de ladrillo con una planta alquilada a una sala de billares y con las oficinas sindicales y la sala de asambleas en el primer piso. Subí y me metí en un pasillo sombrío que desembocaba en una puerta que daba los despachos mejores y más espaciosos del inmueble. En el cristal se leía:

CENTRAL CITY, TEXAS

Consejo Sindical de la Construcción

Joseph Rothman, Presidente

Rothman abrió la puerta antes de que yo tocase el timbre.

–Vámonos ahí atrás –dijo estrechándome la mano–. Siento haberle hecho venir a estas horas, pero como usted es policía me pareció lo mejor.

–Sí –asentí.

En realidad, hubiera preferido no verle. Aquí, la ley se alinea muy claramente en un lado determinado de las barricadas. Y además, sabía de antemano de qué iba a hablarme.

Era un hombre de unos cuarenta años, bajo y achaparrado, con incisivos ojos negros y una cabeza desmesuradamente grande en proporción con el cuerpo que la sustentaba. Fumaba un puro, pero al sentarse tras el escritorio lo dejó y se puso a liar un cigarrillo. Lo encendió y apagó la cerilla con una bocanada de humo, rehuyendo mi mirada.

–Lou –empezó a hablar el dirigente sindical, vacilante–. Tengo que decirle algo, absolutamente confidencial, ¿comprende?, pero antes querría que me explicase algunas cosas. Probablemente, se trata de un tema doloroso para usted, pero... bueno, ¿en qué concepto tenía usted a Mike Dean?

–¿En qué concepto? No sé a qué se refiere usted, Joe –contesté.

–Era su hermano adoptivo, ¿verdad? Su padre le adoptó, ¿no?

–Sí. Como ya sabe, mi padre era médico...

–Un gran médico, tengo entendido. Perdone, Lou. Siga.

Con que ésas teníamos. Pinta por un lado, pinta por el otro. Estábamos sondeándonos mutuamente, contándonos cosas que cada uno sabíamos de sobra. Rothman tenía algo importante que contarme, y al parecer había elegido la forma de decirlo más complicada... y más cautelosa. Bueno, no me importaba; le seguiría la corriente.

–Los Dean y él eran grandes amigos. Cuando murieron en aquella terrible epidemia de gripe, mi padre adoptó a Mike. Mi madre había muerto ya, murió siendo yo muy pequeño. Mi padre pensó que Mike y yo estaríamos mejor juntos, y que el ama podría hacerse cargo de dos niños igual que de uno.

–Ajá. ¿Y le afectó esto, Lou? Quiero decir que usted era hijo único, el heredero, y de repente su padre le mete un hermano en casa. ¿No le incomodó?

Me eché a reír.

–¡Caray, Joe! Yo tenía cuatro años, y Mike seis. A esa edad, no se preocupa uno mucho por el dinero, y además mi padre jamás tuvo un centavo. Era demasiado bondadoso como para mostrarse exigente con sus pacientes.

–O sea, que apreciaba usted a Mike –no parecía muy convencido.

–Apreciar es poco –le respondí–. Mike era la persona mejor y más noble del mundo. No habría podido querer más a un hermano de verdad.

–¿Incluso después de lo que hizo?

–¿Y eso –silabeé– qué tiene que ver?

Rothman arqueó las cejas.

–Yo también apreciaba a Mike, Lou. Pero los hechos son los hechos. Toda la ciudad sabe que de haber tenido Mike unos años más habría ido a parar a la silla eléctrica y no al reformatorio.

–Nadie sabe nada. Nunca hubo pruebas.

–La niña le identificó.

–¡Una niña que no tenía ni tres años! Hubiera identificado a cualquiera.

–Y Mike confesó. Y se descubrieron algunos otros casos.

–Mike estaba asustado. No sabía lo que decía.

Rothman meneó la cabeza.

–Dejémoslo, Lou. No es eso lo que me interesa exactamente, sino sus sentimientos hacia Mike... ¿No se sintió incómodo al volver él a Central City? ¿No habría preferido que se quedara en cualquier otra parte?

–No –aseguré–. Mi padre y yo sabíamos que Mike era inocente. Quiero decir –vacilé– que, conociendo a Mike, estábamos convencidos de que no podía ser culpable. [Porque el culpable era yo. Mike había cargado con mi culpa.] Yo quería que Mike volviese. Y papá también. [Quería que estuviese aquí para cuidar de mí.] ¡Por todos los santos, Joe! Mi padre se pasó meses revolviendo cielo y tierra hasta que le consiguió a Mike ese puesto de inspector municipal de la construcción. No fue nada fácil obtenerlo, dada la reputación de Mike, a pesar de lo popular e influyente que era mi padre.

–Todo parece lógico –asintió Rothman–. Y así es como veo las cosas. Pero tenía que cerciorarme. ¿No se sintió digamos aliviado al morir Mike?

–Fue un golpe definitivo para mi padre. Nunca se recuperó. En cuanto a mí, bueno, todo lo que puedo decir es que habría preferido morir en el lugar de Mike.

Rothman sonrió.

–Muy bien, Lou. Ahora me toca a mí... Mike se mató hace seis años. Pasaba por una viga del octavo piso de New Texas Apartments, una obra a cargo de Conway Construction, cuando al parecer pisó un remache suelto. Se echó hacia atrás, intentando caer en el interior del inmueble. Pero los pavimentos no habían sido cubiertos debidamente. No había más que algunos tablones mal repartidos. Y Mike fue a parar al sótano.

Asentí.

–Ya –dije–. ¿Y bien, Joe?

–¿Cómo y bien? –Rothman me echó una mirada fulminante–. Me lo pregunta cuando precisamente...

–Como presidente de los sindicatos de la construcción, sabe muy bien que los operarios montadores dependen de usted, Joe. Su obligación, la de usted, es que se cubra debidamente cada piso conforme se levanta un edificio.

–¡Habla como un abogado! –Rothman dio una palmada en la mesa–. Los montadores tienen poca influencia aquí. Conway no quería cubrir los pisos, y nosotros no podíamos obligarle.

–Podían parar la obra.

–¡Ah, bien! –Se encogió de hombros–. Me pareció entenderle mal. Creí que lo que quería decir...

–Me ha entendido muy bien –espeté–. Y es mejor que no nos andemos con rodeos; Conway hacía chapuzas para ganar más dinero. Y ustedes se lo consentían para ganar más dinero. Yo no digo que Conway y ustedes hayan cometido un delito. Las cosas son como son.

–Bueno –Rothman dudaba–, está adoptando una actitud muy curiosa, Lou. Parece tomarse este asunto de forma muy impersonal. Pero ya que lo ve así, tal vez yo...

–Mejor yo –repuse–. Déjeme hablar a mí, y mi actitud no le parecerá tan curiosa. Cuando Mike cayó, estaba un soldador con él. Haciendo horas extras. Trabajaba solo. Pero para soldar se necesitan dos hombres: uno que sujeta el metal y otro que maneja la pistola. Me dirá usted que ese tipo no tenía nada que hacer allá arriba, pero creo que se equivoca. No tenía que estar soldando remaches forzosamente. Podía estar recogiendo herramientas, o cualquier otra cosa.

–Pero si no sabe toda la historia, Lou. Ese hombre...

–Sí que la sé. Era un trabajador eventual, trabajaba con un permiso. Llegó a la ciudad sin un céntimo. Y tres días más tarde se fue conduciendo un Chevrolet nuevo, pagado al contado. Eso huele mal, aunque no prueba nada. Tal vez había conseguido la pasta jugando a los dados...

–Pero no lo sabe todo, Lou. Conway...

–Veamos si no lo sé todo –seguí–. La empresa de Conway era a la vez dueña y contratista. Y no había previsto espacio suficiente para las calderas de la calefacción. Para ponerlas, tenía que introducir unas alteraciones que Conway sabía sobradamente que Mike jamás consentiría. O eso, o perder varios cientos de miles de dólares...

–Continúe, Lou.

–Conway eligió. Le fastidiaba mucho, pero se decidió y lo hizo.

Rothman lanzó una carcajada.

–Con que sí, ¿eh? Mire, yo mismo he trabajado como soldador y... y....

–Bueno. –Le dirigí una mirada de curiosidad–. ¿Lo hizo, no? Prescindiendo de lo que le ocurrió a Mike, sus sindicatos no hubiesen cerrado los ojos ante una situación tan peligrosa como ésta. Es usted el responsable. Le pueden procesar. Pueden juzgarle por cómplice de homicidio. Usted...

–Lou. –Rothman carraspeó levemente–. Tiene toda la razón, absolutamente toda la razón, Lou. Nosotros no podíamos comprometernos en eso a ningún precio, como es natural.

–Claro –sonreí estúpidamente–, sólo que usted no ha reflexionado lo suficiente sobre la cuestión, Joe. Entonces estaban en excelentes relaciones con Conway, pero ahora se le ha metido en la cabeza no hacer caso de la reglamentación sindical, y naturalmente están ustedes indignados. Ya supongo que si hubiera sospechado que se trataba de un asesinato, no habría aguardado seis años para hablar.

–Naturalmente que no, en absoluto. –Empezó a liar otro cigarrillo–. ¡Humm! ¿Cómo ha descubierto todas esas cosas, Lou, si no le importa contármelo?

–Bueno, ya sabe cómo son las cosas. Mike era de la familia, y me he ido enterando de muchos detalles. Y todo lo que se cuenta por ahí, yo lo escucho, como es natural.

–Mmm. No sabía que se hubiese hablado tanto. Vamos, no creí ni que se hablase siquiera. ¿Nunca pensó en presentar una demanda?

–¿Por qué? –respondí–. Sólo se trataba de murmuraciones. Conway es un gran hombre de negocios... el contratista más importante al oeste de Texas. No iba a estar implicado en un asesinato, ni ustedes hubieran silenciado una cosa así.

Rothman volvió a echarme una mirada sombría, luego clavó la vista en la mesa.

–Lou –murmuró–, ¿sabe usted cuántos días al año trabaja un especialista en estructuras metálicas? ¿Sabe cuál es su promedio de vida? ¿Ha visto a alguno de los viejos operarios que hacen ese trabajo? ¿Ha pensado alguna vez que hay muchas formas de morir, pero sólo una de estar muerto?

–Bueno, no. Creo que no –admití–. No sé adónde quiere ir a parar, Joe.

–Déjelo. No tiene nada que ver.

–Supongo que esos chicos no se lo pasan muy bien –continué–. Pero así es como yo lo veo, Joe. No hay ninguna ley que les obligue a hacer un trabajo determinado. Si no les gusta, pueden hacer otra cosa.

–Ya –replicó–. Es cierto, ¿no? Resulta curioso comprobar cómo se ven los problemas desde fuera... Si no les gusta, que hagan otra cosa. Está bien, muy bien.

–¡Oh! Déjelo –le dije–. No tiene importancia.

–No estoy de acuerdo. Resulta muy revelador. Me sorprende usted, Lou. Llevo años viéndole por la ciudad, y, francamente, nunca me pareció que fuese usted una lumbrera... ¿Se le ocurre alguna solución para nuestros problemas más graves, la situación de los negros, por ejemplo?

–Bueno, eso es muy sencillo –afirmé–. Yo les embarcaría a todos rumbo a África.

–Ajá. Ya veo, ya veo –murmuró, poniéndose en pie y tendiéndome la mano–. Lamento haberle molestado para nada, Lou, pero me ha gustado de veras charlar con usted. Espero que nos volvamos a ver en otra ocasión.

–Me encantaría –reconocí.

–Mientras tanto, por supuesto, no nos hemos visto. ¿Comprendido?

–Oh, claro.

Hablamos uno o dos minutos más y luego me acompañó hasta la puerta del pasillo. La contempló preocupado y me miró.

–¡Oiga! –exclamó–. ¿No dejé cerrada esta maldita puerta?

–Eso me pareció –dije.

–Bueno, espero que no haya pasado nada –suspiró–. ¿Me permite que le dé un consejo por su propio bien, Lou?

–Hombre, naturalmente, Joe. Lo que usted quiera.

–Échele esa mierda a otros cerdos.

Inclinó la cabeza sonriéndome; y durante el minuto siguiente se habría podido oír el vuelo de una mosca. Pero no iba a decir nada más. Nunca lo confesaría. De modo que terminé devolviéndole la sonrisa.

–Ignoro el porqué de esto, Lou... no sé absolutamente nada, ¿entiende? Nada de nada. Pero vaya con cuidado. Me gusta su número, pero ojo con pasarse.

–Usted se lo ha buscado, Joe –repliqué.

–Y ahora ya sabe el porqué. Y no soy un lince, porque de lo contrario no sería un pobre sindicalista.

–Ya –dije–. Entiendo lo que quiere decir.

Nos dimos la mano de nuevo y me guiñó un ojo mientras negaba con la cabeza. Y yo me sumergí en la oscuridad del pasillo hasta llegar a la oscuridad de la escalera.

4

Después de la muerte de mi padre pensé en vender nuestra casa. Me hicieron varias ofertas interesantes, porque se hallaba junto a la zona comercial, pero algo me impedía venderla. Los impuestos eran muy elevados y la casa resultaba diez veces más grande de lo que yo necesitaba, pero no conseguía decidirme a vender. Algo me aconsejaba conservarla y esperar.

Tomé la senda que conducía a nuestro garaje. Entré en el coche y apagué los faros. El garaje había sido un establo, y no había cambiado mucho; me quedé sentado al volante aspirando el olor rancio de avena, heno y paja, soñando con los viejos tiempos. Mike y yo teníamos nuestros ponis en los dos pesebres delanteros, y el rincón del fondo era nuestra guarida de forajidos. Colgábamos columpios y trapecios de las vigas, y el abrevadero de los caballos era nuestra piscina. Y arriba, en el desván, donde ahora correteaban las ratas, Mike me había sorprendido con la peq...

De repente, una rata soltó un chillido agudo.

Salí del coche y me precipité a la puerta corredera del establo, hacia el patio. Me pregunté si me había quedado en aquella casa para castigarme.

Me metí por la puerta trasera y atravesé la casa encendiendo todas las luces de la planta baja. Volví a la cocina, hice café y llevé la cafetera al viejo despacho de papá. Sentado en su gran sillón de cuero, bebiendo, fumando, poco a poco la tensión me abandonó.

Siempre me había hecho bien estar allí, desde que sólo levantaba dos palmos del suelo. Era como pasar de la oscuridad a la luz del sol, de la tormenta a la calma. Era como si me hubiese perdido y me encontraran.

Me levanté y recorrí los estantes de la biblioteca, hileras interminables de literatura psiquiátrica, enormes volúmenes de psicopatología. Krafft-Ebing, Jung, Freud, Bleuler, Adolf Meyer, Kretschmer, Kraepelin... Todas las respuestas estaban allí, al alcance de quien quisiera leerlas. Sin que nadie sintiese sorpresa o miedo. Salí de aquel escondrijo –donde siempre tuve que esconderme– y empecé a jadear.

Saqué un tomo en alemán y leí un rato. Lo volví a dejar en su sitio y cogí otro en francés. Ojeé un artículo en español y otro en italiano. Yo no hablaba ninguno de esos malditos idiomas, pero los entendía. Lo había conseguido con la ayuda de mi padre, del mismo modo que aprendí un poco de matemáticas superiores, física y química y media docena de cosas más.

Mi padre quería que yo fuese médico, pero le horrorizaba mandarme lejos para estudiar, así que me enseñó todo lo que pudo en casa. Se enfurecía, sabiendo todo lo que yo había aprendido, al verme hablando y comportándome como cualquiera de los paletos de Central City. Pero, con el tiempo, al comprobar cómo había arraigado en mí la enfermedad, me alentaba incluso a imitarles. Ése era mi futuro: vivir y simpatizar con paletos. Nunca conseguiría otra cosa que no fuera un empleo modesto y estable, y debía ponerme a tono. Si mi padre me hubiera conseguido un empleo para ganarme la vida, ni siquiera hubiera sido sheriff adjunto.

Me entretuve fisgando por el despacho, resolví un par de problemas de matemáticas por divertirme. Me aparté del escritorio para mirarme en el espejo colgado de la puerta del laboratorio.

Aún llevaba el Stetson, algo echado hacia atrás. Vestía una camisa rosada, corbata de lazo y los pantalones del traje azul de sarga quedaban sujetos por la caña de las botas Jusiin. Enjuto y flexible, una boca indolente. Un vulgar guardián de la paz en un pueblo del Oeste, ése era yo. De aspecto tal vez algo más afable que el término medio. Con un poco más de personalidad, tal vez. Pero en conjunto, francamente vulgar.

Era así y no podía cambiar. Y de precisar un cambio de apariencia dudo que lo hubiera conseguido. Había fingido tanto tiempo que ahora era como mi segunda naturaleza.

–Lou...

Me volví sobresaltado.

–¡Amy! –tartamudeé–. ¿Qué dia...? No tendrías que estar aquí. ¿Dónde...?

–Arriba, esperándote. Vamos, no te enfades, Lou. He venido en cuanto mis padres se han acostado, y ya les conoces.

–Pero alguien podría...

–No me ha visto nadie. Vine por el callejón. ¿No estás contento?

No, no lo estaba, aunque supongo que tendría que alegrarme. Amy no tenía el chasis de Joyce, pero significaba una gran mejora sobre lo que podía encontrarse en Central City. Salvo en los momentos en que sacaba la barbilla y entornaba los ojos como desafiándote a engañarla, era guapa a conciencia.

–Pues claro –contesté–. Muy contento. Vayamos arriba, ¿eh?

La seguí hasta mi dormitorio. Se quitó los zapatos de un puntapié, puso el abrigo sobre una silla junto al resto de sus prendas y se dejó caer repentinamente de espaldas sobre la cama.

–¡Oh! –gimió al cabo de un instante. Y empezó a sacar la barbilla–. ¡Vaya un entusiasmo!

–Sí –reconocí, dándome una palmada en la frente–. Lo siento, Amy, estaba pensando en otra cosa.

–¡Pensando en otra cosa! –Su voz temblaba–. Me desnudo para él, me olvido de la decencia y de mi ropa por él, y él se queda ahí pensando en «otra» cosa...

–¡Oh, por favor, cariño! Es que no te esperaba y...

–¡Claro! ¿Cómo ibas a esperarme? De la forma como me esquivas y me das mil excusas para no verme. Si a mí me quedase un poco de amor propio, yo... yo...

Hundió el rostro en la almohada y empezó a sollozar, obsequiándome con una vista de primera del que probablemente sería el segundo mejor trasero del oeste de Texas. Yo estaba convencido de que fingía. Con Joyce había aprendido a calar ciertos trucos de las mujeres. Pero no me atrevía a propinarle los azotes que se merecía. En vez de eso me desnudé yo también y me tendí junto a ella, dándole la vuelta para que me mirase.

–Bueno, ya está bien, encanto –gruñí–. Sabes perfectamente que he estado trabajando como un negro.

–Pues no lo sé, ¿entiendes? Tú no quieres estar conmigo, eso es lo único que sé.

–Vaya, eso es una estupidez, cariño. ¿Por qué no iba a querer estar contigo?

–Porque... ¡Oh, Lou querido! Me he sentido tan desgraciada...

–Bueno, es absurdo que te tomes las cosas así, Amy –insistí.

Siguió lamentándose, repitiendo lo desgraciada que se había sentido, y yo seguí abrazado a ella, escuchando –con Amy hay que saber escuchar–, preguntándome a mí mismo cómo había empezado aquello.

Si he de ser franco, creo que ni siquiera llegó a empezar. Simplemente nos encontramos juntos como se encuentran dos ladrillos en una pared. Nuestras familias vivían en la misma manzana, y nosotros habíamos crecido juntos. Íbamos juntos a la escuela, nos ponían siempre juntos. No tuvimos que dar ningún paso, todo nos lo dieron hecho.

Supongo que medio Central City, incluyendo a sus padres, estaba enterado de que nos divertíamos un poco. Pero nadie decía nada, ni siquiera prestaba atención. Al fin y al cabo, íbamos a casarnos... aunque no nos diéramos mucha prisa.

–¡Lou! –Me dio un codazo–. ¡No me escuchas!

–¿Cómo? ¡Claro que te escucho, cariño!

–Pues entonces contéstame.

–Ahora no –le dije–. Tengo otras cosas en qué pensar.

–Pero... ¡Oh! Querido...

Me imaginaba que no había dejado de parlotear como una cotorra, algo usual en ella, y que ya ni se acordaba de la pregunta que debía contestarle. Pero no fue así. Porque inmediatamente, mientras le alargaba sus cigarrillos, quedándome uno para mí, me asestó otra de sus furiosas miradas.

–¿Qué me contestas, Lou?

–Pues no sé qué contestar –declaré, y era exacto.

–¿Quieres casarte conmigo o no?

–Cas... ¡pues claro! –respondí.

–Creo que ya hemos esperado bastante, Lou. Puedo seguir dando clases. No tendremos los problemas económicos de muchas parejas jóvenes.

–Pero... pero eso no es gran cosa, Amy. ¡Nunca llegaríamos mucho más allá!

–¿Qué quieres decir?

–Bueno, pues que yo no quiero seguir siendo sheriff adjunto toda la vida. Quiero... en fin... ser alguien.

–¿Por ejemplo, qué?

–No sé... No ganamos nada hablando de esto.

–¿Médico, quizá? Sería estupendo. ¿Es eso lo que te preocupa, Lou?

–Ya sé que es una locura, Amy, pero...

Soltó una carcajada, y su cabeza se revolcaba sobre la almohada.

–¡Oh, Lou! Esto es demasiado. Tienes veintinueve años y ni siquiera sabes hablar como es debido y... y... ¡Ja, ja, ja!

Rió hasta ahogarse, mientras el cigarrillo me empezaba a quemar los dedos y no me di cuenta hasta que olí a carne quemada.

–Perdóname, querido, no quiero herir tus sentimientos, pero... ¿era una broma? ¿Estabas burlándote de tu pequeña Amy?

–Ya me conoces –exclamé–. Lou, el chico bromista.

El tono de mi voz la hizo apaciguarse. Se apartó un poco, se tumbó de espaldas y se puso a pellizcar nerviosamente la colcha. Me levanté, cogí un cigarro, y volví a sentarme en la cama.

–No quieres casarte conmigo. ¿Es eso, Lou?

–No creo que nos convenga casarnos ahora.

–No quieres que nos casemos, ya lo veo.

–Yo no he dicho eso.

Guardó silencio unos minutos, pero su rostro hablaba por ella. Observé sus ojos casi cerrados, la fría sonrisa de sus labios, y supe lo que estaba pensando. Sabía lo que iba a decirme, casi palabra por palabra.

–Me temo que tendrás que casarte conmigo. Te verás obligado a hacerlo, ¿comprendes?

–No –afirmé–. Nada puede obligarme. No estás embarazada, Amy. Tú nunca te has acostado con otros y no soy yo quien te ha dejado embarazada.

–O sea, que miento, ¿no es eso?

–Por lo menos lo parece –dije–. Yo no podría dejarte embarazada aunque quisiese. Soy estéril.

–¿Tú?

–Estéril no quiere decir impotente. Me hicieron una vasectomía.

–Entonces, ¿por qué nos hemos andado siempre con tanto...? ¿Por qué llevas...?

Me encogí de hombros.

–Para ahorrarme explicaciones. En cualquier caso, y volviendo a lo que importa, no estás embarazada.

–No entiendo nada –murmuró, frunciendo el ceño, como si no le importara que hubiese descubierto su mentira–. ¿Te lo hizo tu padre? ¿Y por qué, Lou?

–Oh, yo estaba muy deprimido y nervioso y pensó que tal vez...

–¡Vamos, eso no es verdad! ¡Tú nunca has estado así!

–Bueno –admití–, mi padre lo creyó.

–¡Lo creyó! ¡Hizo una cosa tan horrible, como impedirte tener hijos, sólo porque creyó algo! Pero eso es terrible. Me pone mala sólo pensarlo... ¿Cuándo fue eso, Lou?

–¿Y qué importa? –murmuré–. Ni me acuerdo. Fue hace mucho.

Debí haber cerrado la boca y callar acerca de su falso embarazo. Ahora no podía volverme atrás con mi historia. Se daría cuenta de que estaba mintiendo y se volvería más recelosa que nunca.

Sonriendo, deslicé los dedos por la tenue ondulación de su vientre. Le estrujé su seno y alargué la mano hasta su cuello.

–¿Qué importa eso ahora? –susurré–. ¿Por qué arrugas esa bonita cara?

No dijo nada. Ni me devolvió la sonrisa. Yacía inmóvil como una estatua vigilante, recorriéndome lentamente con la mirada, y me pareció que se apaciguaba en un sentido pero se ponía tensa en otro. Trataba de hallar como fuera la respuesta, y no lo conseguía del todo. Porque yo estaba en medio. La imagen que ella conocía del amable, cariñoso e indolente Lou Ford se lo impedía.

–Creo que será mejor que vuelva a casa –suspiró.

–Tal vez sea mejor –concedí–. Pronto amanecerá.

–¿Nos veremos mañana? Hoy, quiero decir.

–Bueno, el sábado es un día complicado para mí –expliqué–. Creo que podríamos ir juntos a la iglesia el domingo, o cenar juntos, pero...

–Pero estás ocupado el domingo por la noche.

–De veras, cariño. Le prometí a un amigo que le haría un favor y no veo forma de salir del compromiso.

–Comprendo. Nunca se te ocurre pensar en mí cuando haces planes, ¿no es eso? ¡No, si está claro! Yo no cuento para nada.

–El domingo no estaré ocupado hasta muy tarde –aseguré–. Como mucho, hasta las once, o así. ¿Por qué no vienes y me esperas como hoy? No sabes cómo me gustará verte.

Le brillaron los ojos, pero omitió hacer ningún comentario, como le hubiese gustado, y me empujó para poder levantarse. Se puso en pie y empezó a vestirse.

–De veras que lo siento, cariño –aseguré.

–¿De veras?

Se pasó el vestido por la cabeza, se lo ajustó cuidadosamente en las caderas y se abrochó el cuello. Se puso los zapatos apoyándose primero sobre un pie y luego sobre el otro. Me levanté para sostenerle el abrigo y le alisé los hombros después que se hubo metido las mangas.

Se volvió entre mis brazos y me miró de frente.

–Está bien, Lou. Por esta noche no se hable más –dijo, con tono cortante–. Pero el domingo tendremos una larga conversación. Me vas a explicar tu conducta de estos últimos meses. Y sin mentiras ni evasivas, ¿comprendes?

–Sí, señora. Señorita Stanton. Por supuesto, señora –prometí.

–Muy bien –asintió–. Estamos de acuerdo. Ahora será mejor que te pongas algo encima o te vuelvas a la cama antes de que pilles un resfriado.

5

Aquel día, sábado, fue bastante movido. La ciudad estaba llena de tipos que se gastaban la paga, como cada quincena, y los borrachos trajeron pendencias. Todos los adjuntos, los dos agentes y el propio sheriff Maples tuvimos que movernos para mantener el orden.

A mí, los borrachos no me crean problemas. Papá me enseñó que eran como el demonio, y muy cobardes, y si no se les incomoda ni se les alarma, resultan la gente más tratable del mundo. No hay que reprender nunca a un borracho, me decía, porque el pobre ya se ha estado reprendiendo a sí mismo y no puede más. Ni tampoco hay que apuntar con una pistola ni zarandear a un borracho, porque entonces es capaz de creer que su vida corre peligro y obrar en consecuencia.

Por eso yo me limitaba a pasear tranquila y amigablemente acompañando a los tipos a su casa en vez de encerrarlos en el calabozo, sin la más mínima agresión de una y otra parte. Pero resultaba trabajoso. Desde que me incorporé al mediodía hasta las once de la noche, no pude ni pararme a tomar un café. Hacia medianoche, cuando iba a marcharme, me cayó uno de esos trabajitos que el sheriff Maples siempre me reservaba. Un mexicano que trabajaba en el oleoducto, exaltado por la marihuana, había matado a un compatriota de una puñalada. Los chicos le habían traído a golpes y empujones, y a pesar de la hierba, el hombre se comportaba como un energúmeno. Habían conseguido meterle en uno de los calabozos de aislamiento, pero a juzgar por como se lanzaba contra las paredes, pretendía echarlas abajo o morir en el empeño.

–No puedo tratar a ese mexicano loco como deberíamos –refunfuñó el sheriff– porque es un caso de asesinato. Si no me equivoco, hemos dado ya motivo a cualquier picapleitos para acusarnos de emplear el tercer grado.

–Veré qué puedo hacer –dije.

Bajé al calabozo y me estuve allí tres horas, sin un momento de respiro. En cuanto cerré la puerta el mexicano se me echó encima. Le sujeté los brazos y le empujé hacia atrás, dejándole debatirse y patalear lo que quiso; luego le solté y volvió a abalanzárseme. Le sujeté y le volví a soltar una y otra vez.

En ningún momento le pegué. Ni siquiera le di un puntapié. Dejé que se hiciese daño al revolverse. Dejé que se agotara poco a poco, y cuando se tranquilizó lo bastante como para oírme, empecé a hablarle. Por aquí casi todo el mundo habla español, y yo lo hago mejor que la mayoría. Hablé sin descanso, al notar que se relajaba. Durante todo el tiempo sólo pensé en mí mismo.

Aquel chicano estaba ahora completamente indefenso. Drogado y enloquecido. Llevaba una buena tunda encima, y unos cuantos golpes más no se hubieran notado. Había corrido más riesgos con el vagabundo de unas noches antes. El vagabundo podía crearme problemas. El mexicano, solo, en un calabozo conmigo, no.

Pero no quise ni retorcerle un dedo. Jamás he pegado a un detenido, por cómoda que haya sido la ocasión.

Ni tenía deseos de hacerlo ahora. Tal vez sentía demasiado orgulloso de mi reputación de no usar la fuerza. O tal vez porque creía subconscientemente que los detenidos y yo estábamos en el mismo bando. En cualquier caso, nunca golpeé a ninguno de ellos. Si no lo hacía pronto dejaría de desearlo. Iba a librarme de ella, y sería para siempre.

Después de tres horas, como digo, el mexicano estaba dispuesto a ser un buen chico. De modo que le devolví la ropa, le di una manta para el camastro, y mientras le acostaba le dejé fumar un cigarrillo. Al irme, vi que el sheriff Maples nos miraba a hurtadillas y negaba con la cabeza, pensativo.

–No sé cómo lo consigues, Lou –me juró–. Que me parta un rayo si sé de dónde sacas la paciencia.

–Basta con sonreír siempre –le dije–. Ése es el verdadero secreto.

–¿Sí? Cuéntame.

–Es cierto –aseguré–. Sonreír es vender.

Me miró socarrón; solté una carcajada y le di una palmada en el hombro.

–Era una broma, Bob.

¡Qué diablos! No puedes cambiar de costumbres de la noche a la mañana. ¿Qué daño hay en una broma inocente?

El sheriff me deseó un buen domingo, y cogí el coche para ir a casa. Me hice un enorme plato de huevos con jamón y patatas fritas, y me lo llevé al despacho de papá. Allí comí con una sensación de paz conmigo mismo que desde hacía tiempo no experimentaba.

Había tomado una decisión. Aunque se tuviese que hundir el mundo, no me casaría con Amy Stanton. Había alargado la situación para no causarle pena; sentía que no tenía derecho a casarme con ella. Pero ahora estaba decidido. De casarme con alguien, no sería con una mujercita autoritaria, de lengua cortante como el alambre de espino y carácter igual de seco. Devolví los platos a la cocina, los lavé y me di un buen baño caliente. Luego dormí como una marmota hasta las diez de la mañana.

Mientras desayunaba, oí rechinar la grava del camino de entrada. Al asomarme vi el Cadillac de Chester Conway.

Entró sin llamar –todos guardaban esa costumbre de cuando mi padre ejercía– y se metió en la cocina.

–No se levante, muchacho, tranquilo –ordenó como si yo hubiese hecho ademán de ponerme en pie–. Siga desayunando.

–Gracias –dije.

Se sentó torciendo el cuello para contemplar lo que comía.

–¿Está recién hecho ese café? Creo que tomaré un poco. Ande, levántese y tráigame una taza, ¿quiere?

–Sí, señor –contesté con parsimonia–. Inmediatamente, señor. A sus órdenes, señor.

No le sorprendió, claro; creía tener derecho a que le hablasen así. Tomó ruidosamente un sorbo de café y luego otro. Al tercero, dejó vacía la taza. Dijo que no quería más, sin necesidad de que yo se lo ofreciese, y encendió un puro. Tiró la cerilla al suelo, echó una bocanada y empezó a dejar la ceniza en la taza.

Los texanos, en general, son muy arrogantes, pero no tratan de avasallar a un hombre que les hace frente; no dudan en respetar los derechos del vecino. Chester Conway era una excepción. Conway había sido el hombre importante de la ciudad antes del boom del petróleo. Siempre pudo imponer sus condiciones a los demás. Había vivido tantos años sin la oposición de nadie que, de hallarla ahora, no se habría dado cuenta. Creo que si le insultara en la iglesia, no movería ni un músculo. Creería simplemente que le zumbaban los oídos.

Nunca se me hizo difícil pensar que él decidió el asesinato de Mike. Para él estaría automáticamente justificado.

–Bien –exclamó, desparramando la ceniza por la mesa–. Está todo preparado para esta noche, ¿no? ¿Nada fallará, verdad? ¿Cuidará de que este asunto quede liquidado definitivamente?

–Yo no me cuidaré de nada –dije–. Hice todo lo que tenía que hacer.

–No crea que vamos a dejar las cosas así, Lou. ¿Recuerda que le dije que no me gustaba esa idea? Pues sigue sin gustarme. Ese maldito imbécil de Elmer la sigue viendo, no se sabe lo que puede ocurrir. Llevará el dinero usted mismo, muchacho. Lo tengo preparado, diez mil en billetes pequeños, para...

–No –le interrumpí.

–... ella. Después de pagarle le da unos cuantos golpes y que cruce la frontera del condado.

–Señor Conway... –dije.

–Hay que hacerlo así –rió, haciendo temblar sus grandes y pálidos carrillos–. Pagarle, pegarle, y echarla... ¿Decía usted algo?

Se lo repetí todo, muy despacio, palabra por palabra. La señorita Lakeland insistía en ver a Elmer por última vez antes de irse. Insistía en que fuese él quien le llevase la pasta, y en que no quería testigos. Ésas eran sus condiciones, y si Conway quería que se fuera sin armar escándalo, tendría que aceptarlas. Podíamos detenerla, naturalmente, pero se iría de la lengua, y no sería para decir cosas agradables.

Conway asintió enfurecido.

–Lo he entendido muy bien. No quiero publicidad. Pero no veo...

–Le diré qué es lo que no ve, señor Conway –le corté–. No ve que tiene usted una desfachatez sin límites.

–¿Eh? –abrió la boca pasmado–. ¿Qué dice?

–Lo siento –me disculpé–. Reflexione un momento. ¿Qué impresión produciría la noticia de que un representante de la ley ha entregado el dinero de un chantaje... en el caso de que ella consienta en que yo se lo entregue? ¿Cree que me gusta estar involucrado en un lío semejante? Mire, es Elmer quien se metió en el lío y acudió a mí...

–Es lo único razonable que ha hecho nunca...

–Y yo acudí a usted. Y usted me pidió que procurase echarla de la ciudad discretamente. Lo hice. Y eso es todo lo que voy a hacer. No veo cómo puede exigirme nada más.

–Bueno, ejem –carraspeó–. Tal vez no, muchacho. Creo que tiene razón. ¿Se asegurará de que ella se larga en cuanto tenga el dinero?

–Lo haré –afirmé–. Y si al cabo de una hora no se ha ido, la echaré yo mismo.

Se levantó, inquieto, y le acompañé hasta la puerta para librarme de su presencia. No podía soportarle por más tiempo. Aun sin saber lo que le hizo a Mike, me habría caído mal igualmente.

Me metí las manos en los bolsillos aparentando no ver la que me tendía. Abrió la puerta de repente, pero se detuvo, vacilando.

–Será mejor que no salga –ordenó–. Voy a mandarle a Elmer tan pronto como dé con él. Quiero que le haga ver las cosas claras, que le haga entender la situación. Que se entere bien de por dónde va. ¿Comprendido?

–Sí, señor –asentí–. Le agradezco su consideración al permitirme hablar con él.

–Está bien. No es ninguna molestia –gruñó. Y la puerta se cerró tras él...

Un par de horas más tarde se presentó Elmer.

Era grande y fofo como su padre, y se esforzaba por ser tan autoritario como él, pero le faltaban agallas para conseguirlo. Algunos de los chicos de Central City le habían bajado los humos más de una vez, y eso le había hecho un bien inmenso. Su rostro lleno de ronchas chorreaba sudor, y su aliento apestaba a alcohol a veinte pasos de distancia.

–Muy temprano has empezado a empinar el codo hoy, ¿verdad? –le saludé.

–¿Y qué?

–Nada –respondí–. He intentado hacerte un favor. Si lo estropeas, es tu problema.

Gruñó y cruzó las piernas.

–No sé, Lou –frunció el ceño–. No estoy tranquilo. ¿Qué pasa si el viejo no quiere saber nada más de mí? ¿Qué hacemos Joyce y yo cuando nos hayamos pateado los diez mil?

–Bueno, Elmer –expliqué–. Me temo que aquí hay un malentendido. Yo creí que estabas convencido de que tu padre lo olvidará todo con el tiempo. Si no es éste el caso, quizá sería mejor que hablara con la señorita Lakeland y...

–¡No, Lou! ¡No hagas eso! ¡Qué demonios, ya se le pasará! Siempre se le pasa. Pero...

–¿Y por qué no haces una cosa? –sugerí–. No te patees los diez mil dólares. Monta algún negocio; podéis llevarlo Joyce y tú. Cuando la cosa marche, ponte en contacto con tu papá. Se dará cuenta de que has hecho una jugada inteligente, y todo quedará arreglado.

Elmer se animó, aunque por poco tiempo. Trabajar no le parecía una buena solución para ningún problema.

–No quiero influir en ti –continué–. Me parece que a la señorita Lakeland se la ha juzgado mal... El hecho es que me convenció, y no soy fácil de convencer. Me he metido en esto hasta el cuello para que ella y tú podáis empezar una nueva vida juntos, pero si tú no quieres...

–¿Por qué lo has hecho, Lou? ¿Por qué has hecho todo eso por nosotros?

–Tal vez por dinero –afirmé, sonriendo–. No gano mucho. Pensé que tal vez podrías hacer algo por mí en cuestión de dinero.

Se ruborizó ostensiblemente.

–Bueno, podría darte algo de los diez mil, supongo.

–Oh, no quiero tocar nada de ese dinero (y no sabes hasta qué punto es cierto). Pensé que un hombre como tú dispondría de algún dinero personal. ¿Cómo pagas el tabaco, la gasolina, el whisky? ¿O te lo compra todo tu padre?

–¡Y una mierda! –Se levantó de un salto, sacando un manojo de billetes–. Tengo todo el dinero que quiero.

Empezó a apartar unos cuantos billetes –todos eran de veinte dólares, por lo visto– y me miró. Le sonreí. Mi sonrisa expresaba, claro como el día, que ya esperaba que se portase como un tacaño.

–Ah, mierda –gruñó, tendiéndome todo el fajo–. Nos veremos por la noche.

–A las diez –asentí.

Se levantó y se fue.

El fajo contenía veinticinco billetes de veinte. Quinientos dólares. Ahora que los tenía, bienvenidos eran; siempre conviene algo de dinero extra. Pero nunca pensé en sacarle ni un centavo a Elmer. Lo había hecho únicamente para que no sospechase de los motivos que me habían llevado a ayudarle.

No tenía ganas de cocinar, así que cené en la ciudad. Al volver a casa escuché un rato la radio, leí los periódicos del domingo y me acosté.

Sí, tal vez me lo tomaba con mucha calma, pero le había dado tantas vueltas al asunto que ya me estaba acostumbrando. Joyce y Elmer iban a morir. Joyce se lo había buscado. Los Conway también. Yo no era más cruel que la mujer que me había hecho pasar un infierno para satisfacer un capricho. Ni más cruel que el tipo que había hecho caer a Mike desde un edificio de ocho pisos.

No había sido Elmer, desde luego; probablemente, ni siquiera tenía la menor idea de lo ocurrido. Pero a través de él yo podía castigar al viejo. Era el único medio a mi alcance, y tenía que ser así. Le haría a Conway lo que él había hecho a papá.

Eran las ocho cuando me levanté. Las ocho de una noche lóbrega y sin luna, que yo esperaba desde hacía largo tiempo. Tomé una taza de café, saqué el coche y me dirigí hacia Derrick Road.

6

Aquí, mal país del petróleo, hay bastantes edificaciones parecidas a la vieja casa de los Branch. En otro tiempo, ranchos o casas solariegas habían sido invadidas por los pozos de petróleo, a veces hasta el mismo umbral, y ahora todos los aledaños eran una cloaca de petróleo, agua sulforosa y barro rojo recocido por el sol. Los pastos se morían. Los arroyos y las fuentes desaparecían. Y luego se acabó a su vez el petróleo, y las casas permanecieron ennegrecidas y abandonadas, perdidas y solitarias entre una maraña de girasoles, salvias y hierbas de toda especie. La casa de los Branch se erguía a un centenar de metros de Derrick Road, al término de un camino tan lleno de maleza que casi lo paso de largo. Me metí por él, paré el motor a los pocos metros y salí.

Al principio no veía nada; la oscuridad era completa. Pero gradualmente mis ojos se habituaban a ella y pude ver lo preciso. Abrí el maletero del coche y tomé algunas herramientas. Saqué luego del bolsillo un clavo recio y herrumbroso y lo hundí en el neumático derecho de atrás. Se oyó un «¡puf!» y luego un «jjsss». Con un chirrido de las ballestas, el coche enseguida quedó ladeado.

Puse un gato bajo el eje y lo hice subir unos treinta centímetros. Luego sacudí el coche hasta que el gato resbaló. Lo dejé así y me adentré en el camino.

Me llevó cinco minutos llegar hasta la casa y arrancar una tabla del soportal. La dejé apoyada junto a la puerta para recogerla a toda prisa si era necesario, y fui a campo traviesa hasta la casa de Joyce.

–¡Lou! –Se levantó sorprendida–. No podía imaginar quién... ¿Dónde está tu coche? ¿Te ha pasado algo?

–Nada, aparte de un pinchazo –sonreí–. Tuve que dejar el coche ahí cerca, en la carretera.

Me metí sin prisas en la salita, y Joyce se puso delante de mí y me abrazó, pegando su rostro a mi pecho. La bata se le abrió, supongo que por intencionada casualidad. Restregó su cuerpo contra el mío.

–Lou, cariño...

–¿Sí?

–Sólo son las nueve, y ese estúpido tardará por lo menos una hora. Vamos a estar dos semanas sin vernos. Y... bueno, ya sabes...

Claro que lo sabía. Como sabía también el efecto que eso produciría en la autopsia.

–Bueno no sé, querida –vacilé–. Estoy deshecho, y tú ya te has arreglado...

–¡Oh! Pero yo no –me pellizcó–. Y siempre estoy arreglada para oírtelo decir. Date prisa, y así luego podré tomar un baño.

Un baño. Eso cambiaba las cosas.

–Me has convencido, querida –afirmé, tomándola en brazos.

La llevé al dormitorio. Y no me costó el menor esfuerzo, porque justo a la mitad de nuestro número, entre las palabras suaves y los suspiros, de repente se puso rígida, y se apartó para mirarme a los ojos.

–Vendrás a buscarme dentro de quince días, ¿verdad, Lou? En cuanto vendas la casa y liquides tus asuntos.

–Es lo convenido.

–No me hagas esperar. Quiero portarme bien contigo, Lou, pero si tú no correspondes, verás lo que es bueno. Volveré aquí y armaré un escándalo. Te seguiré por todo el pueblo y le contaré a todo el mundo cómo...

–... ¿te robé la virginidad y te abandoné? –le dije.

–¡Tonto! –Se rió entre dientes–. Da igual, Lou... El caso es que...

–Lo sé. No te haré esperar, querida.

Me quedé tumbado en la cama mientras Joyce se bañaba. Volvió secándose con una toalla grande, y sacó unos panties y unos sostenes de un maletín. Canturreando se puso los panties y me tendió los sostenes. Le ayudé a ponérselos, y le di de paso unos cuantos pellizcos, lo que la hizo reír y retorcerse.

«Voy a echarte de menos, preciosa –pensé–. Tienes que desaparecer, pero estoy seguro de que te echaré de menos.»

Lou... ¿crees que Elmer va a crearme problemas?

–Ya te lo he dicho –respondí–. ¿Qué va a hacer? No irá a quejarse a su papá. Le diré que he cambiado de opinión, que hemos de obedecer a su padre. Y asunto resuelto.

Frunció el ceño.

–Parece todo tan... ¡oh, tan complicado!... A veces pienso si no podríamos haber conseguido dinero sin meter a Elmer en este asunto.

–Bueno... –miré el reloj.

Las nueve y media. No podía entretenerme más. Me senté a su lado, poniendo los pies en el suelo; como por casualidad, me puse los guantes.

–Mira, querida, te lo voy a explicar –anuncié–. Es algo complicado pero tenía que ser así. Probablemente has oído lo que se decía de Mike Dean, mi hermano adoptivo... Bueno, Mike no era el culpable. Pagó por mí. Y si tú quisieras armar un escándalo en el pueblo, sería mucho peor de lo que imaginas. La gente empezaría a atar cabos, y antes de que todo acabe...

–Pero Lou, si no voy a decir nada. Tú vendrás a buscarme y...

–Es mejor que me dejes terminar –interrumpí–. ¿Te conté que Mike se había caído de aquel edificio en construcción? Pues no se cayó; le asesinaron. El viejo Conway lo arregló todo y...

–Lou –no comprendía nada–. ¡No permitiré que le hagas ningún daño a Elmer! No debes hacerlo, cariño. ¡Te cogerían y te llevarían a la cárcel! Y... ¡oh, cariño –rió–, ni se te ocurra!

–¡No me cogerán! –exclamé–. Ni siquiera sospecharán de mí. Pensarán que Elmer estaba medio borracho, como de costumbre, que os peleasteis y os matasteis el uno al otro.

Seguía sin entenderlo. Se reía, aunque un poco inquieta.

–Pero Lou... eso es una tontería. ¿Cómo voy a estar muerta si...?

–Muy fácil –dije, y le di una bofetada.

Pero aún seguía sin entenderlo.

Se frotó la mejilla con lentitud.

–No hagas eso, Lou; ahora, no. Tengo que salir de viaje y...

–No vas a ninguna parte, preciosa.

Y le volví a pegar.

Al fin lo entendió.

Se puso en pie de un salto, y yo también. La hice girar como una peonza y le di un rápido uno-dos, salió disparada hacia atrás, hasta chocar con la pared, tambaleándose. Consiguió mantenerse en pie, manoteando, farfullando no sé qué, para casi caer ante mí. Entonces volví a golpearla otra vez.

La estampé contra la pared, pegándole una y otra vez, y era como machacar una calabaza. Dura, al principio, para luego ablandarse de repente. Se derrumbó, con las rodillas dobladas y la cabeza colgando. Luego, lentamente, centímetro a centímetro, logró enderezarse otra vez.

No veía nada; no sé cómo lo consiguió. No sé cómo podía sostenerse ni seguir respirando. Pero alzó la cabeza, tambaleante, levantó los brazos y los extendió hacia mí. Se me acercó, tambaleándose, al tiempo que un coche entraba en el garaje.

–Ah... ah-diós... bes-s... am-am...

Tomé impulso y le lancé un gancho al mentón. Se oyó un crack seco, y su cuerpo fue proyectado hacia arriba, para caer otra vez hecha un guiñapo. Y ya no se movió.

Limpié los guantes en su cuerpo; la sangre era suya y le correspondía por derecho. Saqué el revólver del armario, apagué la luz y cerré la puerta.

Elmer subía los peldaños de la entrada. Fui a la puerta y abrí.

–¡Hola, Lou! Amigo, viejo amigo –saludó–. ¿Puntual, eh? Así es Elmer Conway, siempre puntual.

–Medio borracho –gruñí–. Así es Elmer Conway. ¿Traes el dinero?

Dio unos golpecitos en la cartera marrón que llevaba bajo el brazo.

–¿Y qué crees que es esto? ¿Dónde está Joyce?

–Dentro, en su habitación. ¿Por qué no entras? Apuesto a que si quieres meterte en su cama, no va a decirte que no.

–¡Caramba! –farfulló como un tonto–. Caramba, no digas eso. Ya sabes que vamos a casarnos.

–Como prefieras –me encogí de hombros–. Pero apuesto lo que sea a que te la encuentras tendida cuan larga es aguardándote.

Tenía ganas de soltar una carcajada. Tenía ganas de gritar. Tenía ganas de lanzarme sobre él y hacerle pedazos.

–Bueno, tal vez...

De repente se volvió y se metió por el pasillo. Me arrimé a la pared aguardando a que encendiese la luz de la habitación.

Le oí sollozar.

–¡Hola, Joyce! Querida niña, querida niña, que... ri...

Oí un golpe sordo y un estertor ahogado; luego un aullido.

–Joyce... Joyce... ¡Lou!

Entré sin prisas. Estaba de rodillas con las manos llenas de sangre, y tenía una gran mancha en el mentón: debía haberse frotado la cara con la mano. Me miró boquiabierto.

Me eché a reír sin poder contenerme –tenía que reírme o hacer algo peor–, mientras Elmer cerraba los ojos con todas sus fuerzas y se ponía a chillar. Reí sin parar, casi doblado en dos, dándome palmadas en las rodillas. Me retorcía, desternillándome, y soltando pedos como un asno. Hasta que agoté cuanta risa podía haber en mí y en todos. Agoté toda la risa que había en el mundo.

Elmer se puso en pie, ensuciándose la cara con sus manos gordas y fofas, sin dejar de mirarme estúpidamente.

–¿Quién ha sido, Lou?

–Es un suicidio –respondí–. Un caso clarísimo de suicidio.

–Pero no tiene sentido...

–¡Es lo único que tiene sentido! Fue como te digo, ¿me oyes? Un suicidio, ¿me oyes? ¡Suicidio, suicidio, suicidio! Yo no la maté. No digas que yo la maté. SE MATÓ ELLA MISMA.

Fue entonces cuando disparé, dentro de aquella estúpida boca abierta. Vacié todo el cargador.

Me agaché para doblar el dedo de Joyce en torno al gatillo, y dejé caer el arma junto a ella. Salí de la casa, y atravesé de nuevo el campo, sin mirar atrás ni una sola vez.

Recuperé la tabla y la llevé hasta el coche. Si alguien lo había visto, aquella tabla era mi coartada. Había tenido que buscar una tabla para apuntalar el gato.

Puse el gato encima de la tabla y cambié el neumático. Metí las herramientas en el coche, arranqué y di marcha atrás hacia Derrick Road. Normalmente, no daría marcha atrás de noche por una carretera con los faros apagados, del mismo modo que no saldría a la calle sin pantalones. Pero las circunstancias no eran normales. Simplemente, no se me ocurrió encenderlos.

Si el Cadillac de Chester Conway hubiese llevado más velocidad, no estaría yo escribiendo esto.

Se apeó del coche soltando juramentos y, al reconocerme, arreciaron sus maldiciones.

–¡Maldita sea, Lou! ¿Qué demonios hace? ¿Quiere suicidarse, maldita sea? ¿Eh? ¿Qué demonios anda haciendo por aquí?

–Tuve que meterme ahí para cambiar una rueda –expliqué–. Lamento que...

–Está bien, vámonos. No puedo pasarme toda la noche charlando. Vamos allá.

–¿Ya? –protesté–. Si todavía es temprano.

–¡Un cuerno es temprano! Las once y cuarto, y el condenado de Elmer todavía no ha vuelto a casa. Me prometió que volvería inmediatamente, y todavía le espero. Estará metido en otro lío.

–Quizá sea mejor darle un poco más de tiempo –insistí.

Tenía que esperar un poco, no podía volver a aquella casa inmediatamente.

–¿Por qué no se va a casa, señor Conway, y yo...?

–Voy ahora mismo. –Se apartó de mi coche–. ¡Y usted venga detrás de mí!

Oí la puerta del Cadillac. Arrancó gritándome otra vez que lo siguiese. Le grité que de acuerdo, y salió como una exhalación.

Encendí un cigarrillo. Puse el motor en marcha y se caló. Hice otra tentativa y se volvió a calar. Por fin, arrancó sin calarse, y tuve que moverme.

Me metí en el camino hasta la casa de Joyce y aparqué al final. En la entrada no había espacio, estaban los coches de Elmer y de su padre. Paré el motor y me apeé. Subí los peldaños, crucé el porche.

Hallé la puerta abierta; Conway estaba en la salita hablando por teléfono. Parecía como si le hubiesen alisado la cara con una navaja, despojándola de bolsas y mofletes.

No parecía muy excitado. Ni siquiera triste. Su actitud era fría, sencillamente, y en cierto sentido era peor.

–Claro, es una desgracia –decía–. No es preciso que me lo repita. Ya sé que es una desgracia. Está muerto y eso no tiene remedio; lo que me interesa es ella... ¡Pues haga lo que le digo! Venga aquí. No podemos dejar que se muera, ¿entiende? No puede morir así. Quiero ver cómo se fríe en la silla eléctrica.

7

Eran casi las tres de la madrugada cuando terminé de hablar –de responder preguntas, sobre todo– con el sheriff Maples y con Howard Hendrikcs, el fiscal del condado, y mi estado no era muy brillante. Se me revolvía el estómago y me sentía mal, bueno, triste y furioso. Las cosas no tendrían que haber salido así. Era una situación completamente estúpida. Y también injusta.

Yo había hecho todo lo posible para librarme de un par de ciudadanos indeseables, limpiamente, sin complicaciones. Y ahora uno de ellos seguía vivo; y la muerte del otro iba a provocar especulaciones.

Al salir del juzgado fui al bar del Griego a tomar un café que no me apetecía. Su hijo hacía media jornada en una gasolinera, y el hombre no estaba convencido de que el trabajo le conviniese. Le prometí que me pasaría por allí a ver cómo iba el chico.

No quería volver a casa para contestar un montón de preguntas de Amy. Confiaba en que, si tardaba lo suficiente, ella se cansaría y se iría.

Johnnie Pappas, el hijo del Griego, trabajaba con Slim Murphy. Al llegar me lo encontré delante del garaje, manipulando el motor de su viejo bólido. Bajé del coche y se me acercó despacio, receloso, limpiándose las manos con un trapo grasiento.

–Acabo de enterarme de tu nuevo trabajo, Johnnie –le saludé–. Te felicito.

–Ya. –Era alto y de buena presencia; no se parecía en nada al Griego–. ¿Es mi padre quien le envía?

–Me han dicho que trabajabas aquí –contesté–. ¿Tiene eso algo de malo?

–No... como es tan tarde.

–Tú también trabajas hasta tarde –me reí–. ¿Qué tal si me llenas el depósito y miras el aceite?

Puso manos a la obra y al rato habían disminuido sus recelos.

–Siento no haber estado muy cordial, Lou. Mi padre me ha estado fastidiando... no entiende que un chico de mi edad necesite un poco de dinero propio. Creí que le había enviado para espiarme.

–Me parece que ya me conoces, Johnnie.

–Claro que sí –sonrió abiertamente–. Mucha gente me ha estado fastidiando, pero usted es el único que intentó ayudarme. El único amigo de verdad que tengo en esta ciudad. ¿Por qué lo hace, Lou? ¿Qué saca con ayudar a alguien a quien nadie aprecia?

–Oh, no lo sé –y no lo sabía en absoluto, como tampoco sabía por qué estaba allí perdiendo el tiempo con todo lo que tenía yo en la cabeza–. Quizá porque yo también era un chico no hace mucho tiempo. Los padres son gente pintoresca. Cuanto mejores son, más insoportables se vuelven.

–Es verdad. Bueno...

–¿Cuántas horas trabajas, Johnnie?

–Sólo desde medianoche hasta las siete, los sábados y domingos. Justo para los gastos. Mi padre cree que estaré demasiado cansado para ir a la escuela el lunes, pero no es verdad, Lou, y lo demostraré.

–Claro que sí –comenté–. Pero hay un detalle, Johnnie. Slim Murphy no tiene muy buena fama. Nunca hemos podido probar que estuviese metido en esos robos de neumáticos y accesorios, pero...

–Ya sé. –Dio un puntapié a la grava del suelo, incómodo–. No voy a hacer tonterías, Lou.

–Magnífico –aprobé–. Es una promesa... y sé que siempre cumples lo que prometes.

Le pagué con un billete de veinte dólares. Le cogí el cambio y me fui a casa. Me preguntaba qué tendría yo en la cabeza. Al volante, de vez en cuando, me daba una palmada en la frente. Porque no había hecho comedia. Me preocupaba de veras por el chico. Me preocupaban sus problemas.

La casa estaba a oscuras cuando llegué, pero eso no significaba que Amy no estuviese. De modo que no quise hacerme ilusiones. Supuse que el hecho de no presentarme habría sido un incentivo más para quedarse esperándome, justo en el momento en que tenía menos ganas de verla. Y mis presunciones resultaron ciertas.

Estaba en mi dormitorio, metida en la cama. Y vi dos ceniceros llenos con los cigarrillos que se había fumado. ¡Estaba hecha una furia! En mi vida había visto a una mujer tan furiosa.

Me senté en el borde de la cama, me quité las botas y estuve veinte minutos sin decir palabra. No tuve la menor oportunidad. Al fin empezó a calmarse un poco y traté de excusarme.

–Lo lamento, cariño, pero me fue imposible. He tenido una noche terrible.

–¡Lo juraría!

–¿Quieres que te lo cuente, o no? Si no quieres, dilo.

–¡Oh, adelante! Te he oído tantas excusas y mentiras que unas cuantas más no importan.

Le conté lo que había ocurrido. Mejor dicho, lo que en apariencia había ocurrido, y apenas pudo contenerse hasta que terminé. Así que hube pronunciado la última palabra, se desató otra vez.

–¿Cómo puedes ser tan estúpido, Lou? ¿Cómo pudiste hacer eso? Liarte con una prostituta asquerosa y con ese cretino de Elmer Conway... Ahora se armará el gran escándalo, y probablemente perderás tu trabajo, y...

–¿Por qué? –interrumpí–. Yo no he hecho nada.

–¡Quiero que me expliques por qué hiciste eso!

–Fue como un favor, ¿entiendes? Chester Conway quería que yo hiciera lo posible para sacar a su hijo de este lío, así que...

–¿Por qué ha recurrido a ti? ¿Por qué tienes que hacer siempre favores a los demás? ¡Nunca me hiciste un favor a mí!

Permanecí un momento en silencio. Pero pensaba: «Esto es lo que tú te imaginas, preciosa. Te estoy haciendo un favor no partiéndote la cara».

–Contéstame, Lou Ford.

–Está bien –admití–. No debí haberlo hecho.

–¡Lo que no debiste haber permitido es que esa mujer se quedara en el condado!

–No. –Incliné la cabeza–. No debí haberlo permitido.

–¿Entonces?

–¡No soy perfecto! –exclamé–. Me equivoco a menudo. ¿Cuántas veces tengo que repetírtelo?

–¡Bien! Lo único que voy a decirte...

Lo único que iba a decirme podía durar toda la vida; y yo no estaba de humor para escucharla. Me incliné y le metí la mano entre las piernas.

–¡Lou! ¡No hagas eso!

–¿Y por qué? –pregunté.

–¡No hagas eso! –Se estremeció–. ¡No lo hagas o...! ¡Oh, Lou!

Me tumbé sobre ella sin quitarme siquiera la ropa. Tenía que hacerlo porque era la única forma de cerrarle el pico a Amy.

Me estiré y ella me estrechó con fuerza. Cuando Amy estaba así era perfecto; no se podía pedir más de una mujer. Pero yo dejaba mucho que desear. Joyce Lakeland tenía la culpa.

–Lou... –Amy se detuvo un momento–. ¿Qué te pasa, querido?

–Todo este lío –gemí–. Me ha dejado para el arrastre.

–¡Pobrecito mío! Olvídate de todo menos de mí, y yo te acariciaré y te diré algo al oído ¿mmmm? Te voy a...

Me susurró al oído lo que me iba a hacer. Y lo hizo. Pero, demonios, se lo podía haber hecho a una estaca con idéntico resultado.

La pequeña Joyce se había ocupado ya de mí.

Amy apartó la mano y se la frotó en la cadera. Cogió la sábana y se limpió –se restregó– la cadera con ella.

–¡Hijo de puta! –gritó–. ¡Cerdo, asqueroso!

–¿Qué? –exclamé.

Era como recibir un puntapié en la boca del estómago. Amy no solía decir esas palabras. Nunca se las había oído.

–Eres un cerdo. Lo sé. Lo estoy oliendo, la huelo a ella. No has podido lavar su olor. Ni nunca podrás. Tú...

–¡Por todos los santos! –La cogí por los hombros–. ¿Qué estás diciendo, Amy?

–Te has acostado con ella. Lo has estado haciendo todo este tiempo. Has estado metiendo sus porquerías dentro de mí, me has estado ensuciando con ellas. Y me lo vas a pagar. Aunque sea lo último que haga en mi vida, yo...

Se apartó de mí sollozando y saltó de la cama. Cuando me puse en pie se parapetó tras una silla, manteniéndola entre ella y yo.

–¡Apártate de mí! ¡No te atrevas a tocarme!

–Claro, cariño –aseguré–. Lo que tú quieras.

No se daba cuenta del alcance de lo que había dicho. Pensaba sólo en ella misma, en el insulto que había sufrido. Pero yo sabía que con el tiempo –y no mucho tiempo– iría uniendo las piezas del rompecabezas. No tendría ninguna prueba, claro. Sólo contaría con unas cuantas suposiciones –intuición– y con sospechas. Intuiciones. Y lo de la operación que me había hecho mi padre; algo que, gracias a Dios, parecía habérsele olvidado por el momento. Pero de todos modos, hablaría. Y el hecho de que Amy no tuviese pruebas, no me ayudaría gran cosa.

Porque no hacen falta pruebas, ¿comprenden? No, tal como he visto proceder a la justicia. Basta con el soplo de que un tipo es culpable. A partir de ahí, si el interesado no es un pez gordo, el problema se reduce a obligarle a confesar.

–Amy –imploré–. Amy, cariño, mírame.

–N-no quiero mirarte.

–Mírame... Soy Lou, cariño. Lou Ford. El chico que conoces de toda la vida. Dime ¿crees que yo sería capaz de hacer lo que has dicho?

Vaciló, mordiéndose los labios.

–Lo has hecho. –En su voz sólo había un leve matiz de duda–. Sé que lo has hecho.

–Tú no sabes nada –repliqué–. Sólo porque llego rendido y preocupado, sacas esa estúpida conclusión. ¿Por qué, por qué iba yo a andar por ahí con una furcia teniéndote a ti? ¿Eh? ¿Por qué a causa de una fulana como ésa iba a correr el riesgo de perder a una mujer como tú? ¿Eh? Es un disparate, compréndelo.

–Bueno...

Había acertado. Había hecho blanco en su orgullo, su punto más sensible. Pero eso no bastaba para borrar sus recelos.

Recogió sus panties y empezó a ponérselos sin abandonar el parapeto de la silla.

–Es inútil discutir eso, Lou. –Suspiró con cansancio–. Supongo que he de agradecer a mi buena estrella no haber contraído ninguna enfermedad.

–¡Por todos los diablos...! –Di la vuelta a la silla, de improviso, y la abracé–. ¡Maldita sea! No quiero que hables así de la chica con la que voy a casarme. No me importa lo que digas de mí, pero no puedes decir esas cosas de ella, ¿entiendes? No puedes decir que la chica con la que voy a casarme se acuesta con un tipo que se divierte con putas.

–¡Suéltame, Lou! ¡Suél...! –Dejó de resistirse de repente–. ¿Qué has di...?

–Ya lo has oído.

–P-pero si hace sólo dos días...

–¿Y qué? –exclamé–. A ningún hombre le gusta que le obliguen a casarse. Quiere proponerlo él, que es precisamente lo que estoy haciendo. ¡Demonios! Creo que ya hemos esperado demasiado. Y la ridícula discusión de esta noche lo demuestra. Si estuviésemos casados, no nos pelearíamos ni tendríamos todos esos malentendidos que tenemos ahora.

–Querrás decir desde que llegó esa mujer a la ciudad.

–Está bien –asentí–. Yo he hecho todo lo que he podido. Si sigues creyendo eso de mí, no quiero...

–¡Espera, Lou! –Se me echó encima–. Al fin y al cabo, no puedes reprocharme que...

Pero no insistió más. Por su propio interés le convenía capitular.

–Lo siento Lou. Reconozco que me equivoqué.

–Claro que te equivocaste.

–¿Y cuándo, Lou? Quiero decir cuándo nos casaremos.

–Cuanto antes mejor –mentí. No tenía la menor intención de casarme con ella. Pero necesitaba tiempo para hacer planes y mantenerla a raya–. Lo hablaremos con calma un día de éstos, cuando los dos estemos más serenos.

–No, no. –Negó con la cabeza–. Ahora que tú has... ahora que nosotros lo hemos decidido, liquidemos la cuestión. Hablemos ahora mismo.

–Está amaneciendo ya, cariño –insistí–. Si te entretienes, te verá la gente al salir.

–No me importa que me vean, querido. No me importa ni tanto así.

Se me arrimó y hundió la cabeza en mi pecho. No necesitaba verle la cara para saber que sonreía. Me tenía acorralado, y estaba encantada.

–Bueno, estoy muy cansado –murmuré–. Tendría que dormir un poco antes de...

–Te preparo café, querido. Verás cómo despiertas.

–Pero, cariño...

Sonó el teléfono. Me soltó sin darse prisa, y fui hasta el escritorio donde tenía la extensión y descolgué.

–¿Lou?

Era el sheriff Maples.

–Sí, Bob –contesté–. ¿Qué te pasa?

Me lo explicó, le dije que de acuerdo y colgué. Amy me miró, intentó protestar, pero cambió de opinión.

–¿Tu trabajo, Lou? ¿Tienes que hacer algo?

–Sí. El sheriff vendrá seguramente a recogerme dentro de un momento.

–¡Pobrecito mío! ¡Con lo cansado que estás! Me visto y me voy.

La ayudé a vestirse y fui con ella hasta la puerta trasera. Me dio dos besos cariñosísimos y yo prometí que la llamaría en cuanto tuviese un momento de respiro. Se fue dos minutos antes de que llegase el sheriff Maples.

Бесплатный фрагмент закончился.

895,71 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
14 ноября 2024
Объем:
190 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9788490067215
Издатель:
Переводчик:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги