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JIM GOAD (1961) sobrevivió a una adolescencia solitaria, misántropa y de bicho raro, con padre violento y monjas abusivas, en Clifton Heights, Pennsylvania, un barrio de lo más redneck, del que suele decirse que, como no te largues a tiempo, a los veinte años estás acabado. En cuanto puede huye a Nueva York, estudia interpretación con Stella Adler y conoce a Debbie, una chica judía de Coney Island, en un concierto de Johnny Thunders. Por problemas con un casero se marchan a Los Ángeles (se casan en Las Vegas) y juntos fundan la mítica revista de culto ANSWER Me! de la que, entre 1991 y 1994, salen cuatro números (el último, dedicado a la violación, es retirado de las tiendas por obscenidad). Entrevistas con Russ Meyer, Timothy Leary, Public Enemy, Iceberg Slim y artículos satíricos y muy cabrones sobre la masturbación en la literatura, la pedofilia en la obra de Steven Spielberg, los asesinos en serie, los 100 mejores suicidios de la historia o la música country racista. Se dice que Kurt Cobain andaba leyendo el número del suicidio antes de sacarse el carnet del Club 27. También inspiraría el suicidio de tres neonazis británicos. Francisco Martin Duran, el tipo que se lió a tiros desde la verja de la Casa Blanca con su carabina semiautomática en el 94, llevaba recortes de la revista en el bolsillo… La relación de Jim con Debbie y, luego con Anne «Skye» Ryan, «la dulce chica Drácula», fue bastante tormentosa; el asunto acabaría con Jim cumpliendo dos años en la prisión estatal de Oregón, preso nº12800236, por agresión. Allí escribiría sus memorias, Shit Magnet (Imán para la mierda). Se declara miembro orgulloso de la Nación de la Basura Blanca y ha girado con Hank III. No hay ni una sola minoría que no le odie. Él se ríe. Ellos no. Él piensa que sin humor estamos perdidos. Y lo estamos. Actualmente no vive en un parque de caravanas, pero se lo está pensando.

MANIFIESTO REDNECK

MANIFIESTO REDNECK

De cómo los hillbillies, los hicks y la basura blanca se convirtieron en los chivos expiatorios de Estados Unidos

Jim Goad

Traducción Javier Lucini


Título original:

The Redneck Manifesto: How Hillbillies, Hicks, and White Trash Became America’s Scapegoats

Simon & Schuster Inc., 1997

Primera edición: Junio 2017

Segunda edición: Septiembre 2017

Tercera edición: Diciembre 2017

Cuarta edición: Octubre 2018

Quinta edición: Noviembre 2020

© Jim Goad, 1997

© 2017 de la traducción: Javier Lucini

© 2017 de esta edición: Dirty Works S.L.

Asturias, 33 - 08012 Barcelona

www.dirtyworkseditorial.com

Traducción: Javier Lucini (con Tomás

Cobos ayudándole en el alambique)

Diseño de cubierta: Nacho Reig

Ilustración: © Antonio Jesús Moreno «El Ciento», 2017

Maquetación: Marga Suárez

Correcciones: Marta Velasco Merino

ISBN: 978-84-19288-07-3

Producción del ePub: booqlab

Índice

Nota de los editores

Agradecimientos

1- Los negratas blancos también tienen sentimientos

2- Existencia feudal. Las raíces de la eurobasura

3- Una historia rápida de la clase baja blanca estadounidense (y una historia aún más rápida de los Goad)

4- La vista desde fuera. De cómo los rednecks se convirtieron en extraños

5- Trabajar duro

6- Ocio duro

7- Rezar duro

8- ¿Qué tienen de malo los incitadores al odio, los locos por las armas y los extremistas paranoicos que se niegan a pagar impuestos?

9- Yo y los negros

10- Varios argumentos de peso para la esclavización de todos los progresistas blancos

Notas

Bibliografía

NOTA DE LOS EDITORES

A lo largo de la obra, el autor utiliza varios términos de uso común en Estados Unidos (básicamente peyorativos) para referirse al objeto de su estudio: el trabajador blanco de clase baja estadounidense. Salvo en el caso de «white trash», que tiene una traducción poco chirriante y más o menos establecida («basura blanca»), hemos decidido dejar el resto en su versión original. La opción era traducirlos por los consabidos términos recurrentes: paleto, palurdo, cateto, pueblerino, patán, gañán o rústico, pero lo cierto es que no son solo ni exactamente eso. La iracunda erudición de la que hace gala el propio autor, declarado ciudadano de la Nación White Trash, es buena prueba de ello. Por otro lado, cada término tiene su origen y su idiosincrasia (a veces puramente geográfica) y, en la mayoría de los casos, el autor los explica en el texto.

El término «redneck» hace referencia a una circunstancia muy concreta, la nuca roja, achicharrada de tanto trabajar al sol, de los aparceros blancos pobres. Suele utilizarse para referirse peyorativamente a los sureños conservadores. Muy de interior, baja renta, lata de cerveza y bandera confederada.

El «hillbilly» también ha llegado a convertirse en un término insultante para referirse a los habitantes de ciertas áreas remotas, rurales o montañosas, sobre todo de la cordillera de los Apalaches y, en ocasiones, de los Ozarks, dos de las zonas más pobres del país. Denota aislamiento respecto a la cultura dominante (accidental o voluntario). Según Anthony Harkins, en su libro Hillbilly: A Cultural History of an American Icon, el término aparece impreso por primera vez a principios de siglo, en un artículo del New York Journal, con la siguiente definición: «Un Hill-Billie es un ciudadano blanco, libre y sin restricciones, de Alabama, que habita en las colinas (“hills”), carece de medios reseñables, se viste como buenamente puede, habla como le da la gana, bebe whisky en cuanto tiene la oportunidad y dispara su revólver cuando se le antoja». El estereotipo lo pinta como un blanco sureño con barba descuidada, muy mala dentadura, escasa educación, un rifle y un sombrero de paja destrozado que anda descalzo, casi en harapos, bebe whisky ilegal de elaboración casera, toca el banjo o el violín, tiene una camioneta que se cae a trozos y, en general, es feliz con lo poco que tiene. Ha dado lugar a un género musical: la música hillbilly.

En el capítulo 4, Jim Goad explica el origen de los términos «hick», «rube», «hayseed» y «yokel» como denominaciones peyorativas rurales que se construyen de manera similar a la de «hillbilly» (Billy de las colinas), tirando del nombre propio de un varón imaginario que, supuestamente, vendría a representar a todos los hombres del campo; en el caso de «hick» la palabra procede de una variante actualmente obsoleta del nombre «Richard», «rube» es una abreviatura rural de «Reuben». El caso de «Hayseed» apunta directamente a la vida rural, por lo de simiente («seed») y heno («hay»), más utilizado en el Medio Oeste rural. «Yokel» parece designar a un tipo de granjero, el que lleva el yugo («yoke»), un pobre diablo.

En el mismo capítulo Jim se extiende un poco más con la etimología del término «cracker» y su derivado «corn-cracker». Encuentra su origen en Bretaña, en el siglo XVII, como sinónimo de bomba (como en el caso de «firecracker», petardo). Vendría a referirse a una persona de ira explosiva o demasiado ruidosa. También rastrea la raíz hasta el término «corn-crackers», los «cruje-maíz» o «chasca-maíz», porque machacar, o crujir, el maíz, era una de las pocas formas que tenían los primeros moradores de los bosques norteamericanos para obtener alimento. Otra explicación que apunta el autor es la de que «cracker» sea una reducción de «whip-cracker», una expresión inventada por los urbanitas sureños para etiquetar a los vaqueros rurales (chasqueadores) de Georgia y Florida que conducían a sus mulas y sus bueyes por tierras de pastoreo valiéndose de un látigo. Los afroamericanos modernos, que son quienes parecen utilizar más la palabra «cracker», alegan que el chasquido del látigo no era el del vaquero sino el del negrero. También nos explica el autor que, a mediados del siglo XIX, poco a poco, los afroamericanos empezaron a favorecer el uso de la palabra «cracker» para denigrar al odiado blanquito, abandonando el término que hasta entonces tenía más solera: «po’ buckra», una mezcla de pobre («poor») y una palabra africana que viene a significar algo parecido a «demonio blancucho».

«Honky» también suelen utilizarlo los afroamericanos para humillar a los blancos, sobre todo en el Sur. Su origen es misterioso. Puede ser una variante de «hunky», que a su vez proviene de «bohunk», término despectivo con que se conocía a la población inmigrante magiar de Bohemia a principios del siglo XX. También puede proceder de los mineros de carbón de Oak Hill (Virginia Occidental), en la época en la que era un oficio segregado: los negros en una sección, los blancos en otra y los extranjeros que no hablaban inglés en una tercera que se conocía como «Hunk Hill», la zona de los Hunkies. Honky también puede ser una mutación del término «xonq nopp», que en idioma wólof de África Occidental significa «persona de orejas rojas» y, por tanto, «persona de raza blanca». Llegaría a Estados Unidos a bordo de los barcos negreros. Otro posible origen documentado es el apodo que, allá por 1920, la población negra daba a los blancos temerosos que iban en coche a los barrios negros y tocaban el claxon («honk») para que las prostitutas afroamericanas se acercasen y se fuesen con ellos sin necesidad de salir del coche y exponerse a indecibles peligros.

«Bumpkin», sinónimo de «yokel», se refiere a las personas que viven en las zonas rurales, algo necias y con escasa educación. Gente muy poco sofisticada y apenas interesada en la cultura. Visten como espantapájaros y no hay quien les entienda al hablar. Pueblerino y paleto suelen ser las traducciones más habituales.

Un «peckerwood» es un sureño blanco rural, por lo general pobre, sin cultura, ignorante e intolerante. El término ganó popularidad en el Sur profundo a principios del siglo XX con uso claramente peyorativo. Se le da la vuelta a la palabra «woodpecker», el pájaro carpintero que luce una mancha roja en la parte posterior de la cabeza, con lo que resulta que estamos hablando de un «redneck» en toda regla. En el folklore de comienzos del siglo XX se utilizaba como contraste simbólico con el «blackbird» (el mirlo, traducido literalmente, «el pájaro negro») que representaba a los afroamericanos. En la subcultura carcelaria (y de banda motera) el término hace alusión a los presos blancos en general.

Tal y como se explica en una nota a pie de página, el origen del término «Bubba» se relaciona con un mote derivado de la palabra «brother» (hermano). Un apelativo cariñoso que suele darse a los hermanos mayores dentro del círculo familiar, o a un buen amigo. Su aparición en el Sur de Estados Unidos parece proceder de la lengua creole de los afroamericanos de las islas de Carolina del Sur, concretamente de la expresión Krio «bohboh» (niño), que entre los gullah aparece como «buhbuh». Bubba suele utilizarse fuera del Sur de manera ofensiva para señalar a una persona de bajo estrato económico y educación limitada.

«Linthead» es un término despectivo de principios del siglo XX, muy de las zonas montañosas del Sur, para designar a los empleados de la industria algodonera (de «lint», pelusa y «head», cabeza: cabeza llena de pelusa). Luego se generalizaría para referirse al típico blanco sureño de clase baja.

Y por último «shit-kicker». Persona del campo ruin y poco sofisticada, bastante lerda, que anda pisando o pateando bostas de vaca (de «shit», mierda y «kicker», pateador). El paleto de toda la vida.

Nota: Para no convertir el texto en un basural de asteriscos y cruces hemos optado por numerar y referenciar a pie de página las notas que, como editores, hemos considerado necesarias para la comprensión del texto (sobre todo, notas de referencias culturales) y reservar para las páginas finales las notas del autor, puramente bibliográficas, señalándolas con números entre paréntesis.

Manifiesto Redneck

Jim Goad

AGRADECIMIENTOS

Gratitud de Varón Blanco Cabreado a quienes me inspiraron mientras estuve trabajando en este libro, a quienes de forma desinteresada me facilitaron consejos y sugerencias de documentación e incluso a quienes hicieron todo lo posible por echarme un cable y fracasaron estrepitosamente:

Phil Anselmo • Jim Blanchard • Nick Bougas • Alan Brabson • Ivan Brunetti • G. Lynn Burch • Lisa Carver • Ray Crowe • Francisco Martin Duran • Lorin Ferguson • Donna Gaines • Jane Greenhow • Rick Hall • Rob Hardin • Mark Hejnar • Michael A. Hoffman II • Scott Huffines • Phil Irwin • Darius James • Jeff Kelly • Alan «Hellstomper» King • Hollister «Gun Fag Manifesto» Kopp • Jeff Koyen • J. Keith Layne • Jessica Morgan • Michael Moynihan • Annalee Newitz • Karen Niziolek • Adam Parfrey • Randall Phillip • Dickie Joe Reed • Chip Smith • Peter Sotos • Steve Svymbersky • Sean Tejaratchi • Jesco White • Diane y Richard Willman • Matt Wray • Leroy Wright

Pero no me pidáis ningún favor. Y si no aparece vuestro nombre, bueno, quizá haya sido a propósito. Gracias también a todos los críticos que, sin darse cuenta, me han proporcionado su particular variedad embriagadora de inspiración pervertida.

Que caigan como copos de nieve bendiciones de basura blanca sobre quienes arriesgaron sus reputaciones en la industria editorial: Charlotte Sheedy, Neeti Madan, Chuck Adams, Cheryl Weinstein, Trish Todd, Bob Mecoy, Ted Landry y Andy Hafitz.

Besos torpes y endogámicos a todos los miembros de mi familia con los que me sigo hablando (¿qué pasa, hermanita?). Y, naturalmente, una caravana llena de afecto cracker para Igor, Eggy, Percy, Bjorn, Flavia y Debbie.

No hay agradecimientos para nadie más.

Dedicado a todos los que viven entre Nueva York y L.A.

«¿Estás escribiendo sobre la basura blanca? Bueno, pues espero que no te burles de ellos como el resto de los medios».

UN TIPO QUE SIGUE VIVIENDO EN MI ANTIGUO VECINDARIO

1
LOS NEGRATAS BLANCOS TAMBIÉN TIENEN SENTIMIENTOS

¿No los odias? ¿A todos ellos, desdentados, endogámicos, incivilizados, violentos e irremediablemente IDIOTAS? Dios mío, ¿cómo no vas a odiarlos? No existe gente con menos honor. Con menos dignidad. Nadie más ignorante. Más simplón. Son una estirpe primitiva de modales prehistóricos, no aptos para otra cosa que no sea el derramamiento de sangre aleatorio y los delitos menores. Sus mentes atrofiadas e infrahumanas vegetan cautivadas por el alcohol barato, la fiebre de la lotería y las más necias supersticiones de la religión de los pobres. Dejan de pegar a sus esposas solo el tiempo que a estas les lleva escurrir otro mocoso deforme de sus entrañas. Van desparramando sus genes de segunda mano en una espiral degenerativa de disfunción. Engendran niños anencefálicos que respiran por la boca. Vulgares. Todos ellos. Sanguijuelas. Sin duda, la degradación de su raza.

Por suerte para ti, no he especificado de qué raza hablo. Si me hubiese estado refiriendo a la basura negra, podrían lincharme. Si estuviese hablando de la basura blanca no sería más que otro abanderado del permanente linchamiento nacional. La diferencia entre vil racismo y sátira rigurosa depende solo del color del negrata en cuestión.

No pasa ni un solo maldito día sin que se nos invite a odiar a la basura blanca. Nuestra maquinaria mediática y sus lactantes masas oprimidas muestran escasa compasión por el redneck. Nuestros magazines, comedias de situación y bombazos de taquilla rebosan de portazos dados por hicks, hayseeds, hillbillies, crackers y escoria de tráiler. A través de la incesante exposición a todas esas imágenes que recalcan la inconveniencia de semejante chusma, acabamos por husmear con desprecio la acre pestilencia del retrógrado Eurosudor. Poco a poco llegamos a la convicción de que los blancos de clase obrera son caricaturas bidimensionales, carnaza canalla de tripa cervecera, portadora-de-rifles y muy aficionada a comerse los mocos. Babosas homófobas llenas de picaduras de mosquitos que se rascan las pelotas, follan con cerdos y meten mano a sus hijas. Aprendemos a reírnos (y a tener miedo) de sus rostros arrasados por los granos y sus ojos lechosos y estúpidos. Nos reímos por lo bajo de los chutadores de anfetas y de los esnifadores de pedos. De los lanzadores de bostas y los manipuladores de serpientes. De las amas de casa abultadas y de los leñadores con peinado de cola de pato. De los licántropos de culo peludo que ocupan parques de caravanas próximos a las zonas designadas por el Superfund1. De las mujeres obesas con rulos que posan desvergonzadas en bikini naranja con tetas caídas que ocultan las cicatrices de sus cesáreas. De sus hijos desaseados y perplejos de dientes verde-amarillentos acribillados de caries. De la piel escamosa color gris pálido de los hombres dentudos que inhalan trementina y revientan a hostias a cualquiera que sea más inteligente que ellos. Rostro cadavérico tras rostro cadavérico de gente de campo de encefalograma plano. Vertederos ondulantes de blancura cuajada. Pis de gato y pañales sucios. Platos costrosos en el fregadero. Manchas amarillentas en sobacos de camisetas blancas. Millones de gilipollas blancos y apestosos que contaminan la nación.

Los estereotipos no son nuevos, lo que pasa es que de un tiempo a esta parte se han vuelto más crueles. Persistentemente. El Paleto Blanco Idiota siempre ha formado parte del elenco estadounidense. Pero hace cincuenta años las representaciones se inclinaban hacia lo benigno y lo cómico, desde Li’l Abner2 a Ma y Pa Kettle3. A medida que nuestra percepción de una hegemonía blanca de lirio metido en el culo comenzó a fracturarse, las caricaturas se han ido volviendo cada vez más cruentas hasta degenerar en los crackers homicidas de Easy Rider4 y los desastres genéticos revienta-ojetes de Deliverance5.

Gente muy de viñeta. En la actualidad apenas se ve al redneck como otra cosa que no sea una caricatura. Todo un filón de experiencia humana, de literatura potencial, desestimado como un chiste, al igual que, hace una o dos generaciones, las nociones populares a propósito de la cultura negra en Estados Unidos quedaron relegadas a las caricaturas de Sambo6 y a las estatuillas de jockeys para jardín. En nuestra barraca de tiro étnica, el redneck es el único monigote que queda en pie. El resto de las dianas se han ido retirando discretamente por deferencia a leyes no escritas de sensibilidad cultural. Ya no tenemos a Stepin Fetchit7, pero Jim «Ernest» Varney8 sigue irguiendo su feo careto de pobre diablo9. En lugar de Amos’n’Andy10, tenemos a Beavis y Butt-head11 o a Darryl y Darryl de Newhart12. Veda abierta para la basura blanca. El parque de caravanas se ha convertido en el retrete cultural de los medios de comunicación, el único lugar aceptable en el que verter nuestras inclinaciones racistas.

Para reforzar esta descabellada afirmación mía que suena tan inverosímil, he llevado a cabo un pequeño estudio pseudocientífico sobre el modo en que la prensa dominante recurre a los términos «negrata» y «redneck» para referirse a la raza. Ratón en mano y a golpe de clic, me fui abriendo camino por los archivos digitales del Detroit Free Press desde 1987 hasta los seis primeros meses de 1995, a lo que hay que añadir un sondeo más limitado del San Francisco Chronicle desde agosto de 1994 a mayo de 1995. La búsqueda se saldó con ciento setenta y tres resultados de la palabra «negrata» frente a los ciento quince casos de la voz «redneck». Debido a las limitaciones de mi software de internet, no pude buscar expresiones como «basura blanca», aunque parece razonable que tanto «redneck» y «basura blanca» como «cracker», «honky», «hillbilly» y «hick» se registren con la suficiente frecuencia para obtener, al menos, una paridad numérica bastante aproximada con «negrata» y sus sinónimos. Pero no es hasta que uno se pone a analizar el modo en que se utilizan los insultos (y la identidad de quien los lanza) que las cifras en bruto empiezan a cobrar sentido.

Empecemos con los rednecks…

Redneck: 115 resultados

En términos generales, estas menciones pueden dividirse en las siguientes categorías:

ESOS DESPRECIABLES PAYASOS REDNECK: 39 RESULTADOS

—Rednecks representados como psicóticos y repulsivos («un redneck imbécil gordo y desaseado»; «un redneck oleaginoso»; «un redneck maníaco, retorcido y lleno de desprecio»; etc…).

—Rednecks estereotipados como borrachuzos («un redneck traga-cervezas»; «redneck mama-cervezas»; y seis casos de la expresión «bar redneck»).

—Rednecks retratados como dignos objetivos de sátira étnica («humor redneck» y la habitual plétora de chistes que comienzan diciendo: «Puede que seas un redneck si…»).

—Un par de referencias de esta categoría vinculan a los rednecks con dos viejas patologías sexuales, la endogamia y el incesto.

REDNECKS COMO EXTRANJEROS: 26 RESULTADOS

—La experiencia redneck tratada como algo procedente de otro planeta, aislada de lo corriente, tanto geográfica como ideológicamente («remotas aldeas redneck»; «un rústico Sur redneck»; «territorio redneck» y «una ciudad redneck de Texas»).

—El culo del mundo redneck queda retratado sistemáticamente como un lugar adverso del que cualquier persona sensata habría de huir. Tras escapar, se celebra al redneck rehabilitado que se disculpa por sus raíces («el marido de Lily, Ralph, ha ascendido de su origen redneck […] para fastidiar a su esposa, socialmente superior» y «Soy producto de la zona redneck donde me crié y a través de la franja horaria del Este y del budismo he intentado cultivar otra faceta de mi personalidad»).

YA SE SABE LO QUE ES UN REDNECK: 22 RESULTADOS

—Estas menciones resultan reveladoras por su falta de descriptividad, pues tienden a dar por sentado que la mente del lector ya se encuentra bastante repujada de imágenes de archivo de lo que representa el redneck. Se presume que el estereotipo está ya tan plenamente materializado que no necesita mayores explicaciones («mujeres redneck»; «un sargento instructor redneck»; «éxtasis redneck»; «una gran caminata redneck»; etc…).

REDNECKS E IDENTIDAD ÉTNICA: 28 RESULTADOS

—La palabra «redneck» utilizada por los blancos para describirse a sí mismos de un modo desafiante (las matrículas en las que se lee REDNECK Y ORGULLOSO; letras de canciones que dicen: «Me llaman redneck/y reconozco que eso es lo que soy»).

—En cinco ocasiones se cita a negros que recurren a la palabra para describir a la escoria blanca. Esto, qué interesante, nunca se considera racista.

—Se señala a los rednecks como la fuente principal de la discriminación («un miembro redneck del Ku Klux Klan»; «un redneck fanático»; «racismo redneck»; etc…).

—Por último, en solo seis de los ciento quince resultados totales, el término «redneck» se analiza como un posible insulto racial. Seis de ciento quince; menos de un cinco por ciento. Las otras ciento nueve veces en que se utiliza se hace con la certeza imperturbable de que difamar a los rednecks es lo correcto.

No pasa lo mismo con los negratas.

Negrata: 173 resultados

«Negrata», por supuesto, ocupa un recoveco situado mucho más allá del «joder» en nuestro Panteón de lo Indecible. Como era de esperar, cada vez que afloraba un «negrata» iba acompañado de una cierta repulsión implícita o explícita por el uso de la palabra. La palabra que empieza por «N» es condenada universalmente como un «apelativo feo e insultante», una «obscenidad» o «la palabra más sucia, inmunda y asquerosa del idioma estadounidense». La información referente a «negrata» puede que se analice mejor si la dividimos en tres categorías:

BLANCOS QUE DICEN «NEGRATA»: 133 RESULTADOS

—Muchas de estas referencias implican meteduras de pata racistas muy publicitadas de Grandes Idiotas Blancos como Ted Danson, Marge Schott y Mark Fuhrman13. Varias más dan cuenta de controversias y pleitos surgidos a raíz de que algún funcionario público o cualquier otro caucásico insensato haya soltado un «negrata».

—Nada menos que en ciento nueve de estas menciones se trata del trauma experimentado por el mero hecho de ser llamado negrata, equiparándolo con un «linchamiento verbal» que en varios casos conduce directamente a la violencia. En siete casos se justifica que el negro ataque después de que a un humano de tez más clara se le ocurra etiquetarle como un negrata.

NEGROS QUE DICEN «NEGRATA»: 33 RESULTADOS

—Negros que recurren al «negrata» de manera autorreferencial, una reivindicación invertida de una expresión que otros utilizan para menospreciarles. Es idéntico al modo en que algunos blancos pobres se refieren obstinadamente a sí mismos como rednecks.

—En once casos (con más frecuencia que las diez ocasiones en que se refieren a sí mismos como negratas), negros que ponen el término en boca de blanquitos. En otras palabras, que acusan a los blancos de decir «negrata» sin ninguna evidencia de que en realidad lo hayan dicho («¿Qué? ¿Es que nunca habías visto un negrata?»; «Siguen mirándote como si fueses un negrata» y «Un hombre negro con un millón de dólares es un negrata con un millón de dólares»).

—Negros que rechazan el término con rotundidad («Esa cosa del negrata no existe»; «Yo nunca he sido un negrata, así que la palabra nunca me ha molestado»; etc…).

—Negros que reconocen que la utilización por parte de los blancos de la palabra «negrata» se ha reducido notablemente («Ya nadie te sale con lo de «negrata»; «Ya no se escucha la palabra «negrata». «Ya nadie dice eso» y «Nadie me ha llamado nunca negrata»).

«NEGRATA» TRAS UN INSULTO ANTIBLANCO: 7 RESULTADOS

—Un hombre negro al que echaron de un autobús después de que el conductor blanco dijese: «Que el negrata vaya a pata», se queja del trato de ese «conductor redneck».

—Un activista negro que se queja de haber sido llamado «negrata» cuando pregunta en la universidad: «¿Por qué debería rogar a un cracker que me integre en su sociedad cuando no quiere?».

—Al reseñar una pelea callejera en la que blancos y negros se habían insultado mutuamente recurriendo al «negrata» y al «honky», el comentarista solo lamenta el uso de «negrata».

—En un colegio, un profesor blanco insiste en que él «jamás de los jamases dice “negrata” delante de sus alumnos» y remarca su pretendida amplitud de miras añadiendo: «Llamo a los blancos “basura blanca” cuando son basura».

Como el diablo blanco que soy me he reservado la estadística más incriminatoria para el final: siempre que aparece la palabra «negrata», el escritor está citando a otros. Pero en ochenta de los ciento quince casos en que aflora la palabra «redneck» (más de dos de cada tres veces) es el propio AUTOR el que la utiliza como sustantivo o adjetivo para denigrar a los blancos de clase baja. Pensadlo: ningún escritor en ningún periódico estadounidense puede decir «negrata» sin ser despedido. Pero si la nuca es roja hay luz verde.

La edición de 1989 del Webster’s New World Dictionary refleja este doble rasero semántico. A la definición de una sola palabra de la voz «negrata» (Negro) le sigue un descargo de responsabilidad de sesenta y seis palabras:

«USO: en su origen una simple variante dialectal de Negro, hoy el término negrata es aceptable solo en el inglés afroamericano; en cualquier otro contexto se considera, por lo general, poco menos que tabú debido al legado de odio racial que subyace en la historia de su uso por parte de los blancos y su permanente utilización como calificativo violentamente hostil por parte de una minoría».

Compárese con la definición de «redneck»:

«Sureño rural, blanco y pobre, a menudo, específ., considerado ignorante, racista, violento, etc…».

Nótese que el Webster’s no se detiene a discutir la descripción de los rednecks como «ignorante[s], racista[s], [y] violento[s]». Tampoco menciona que quienes recurren a la palabra «negrata» suelen considerar ignorantes, violentos y, en ocasiones, también racistas a sus objetivos. Mientras que casi se disculpa por utilizar la palabra que empieza por «N», el Webster’s deviene casi conspiratorio en su aversión por el redneck.

Esos rednecks han de ser una gente de lo más abominable.

Todos hemos oído que la basura blanca es «la peor clase de basura» que existe, por lo general dicho sin una sola gota de ironía por personas que se consideran a sí mismas estridentemente antirracistas. Pues bien, ya podéis poneros a patear mi culo de blanco hambriento de melanina hasta hacerlo picadillo, pero a mí todo esto me parece de lo más contradictorio. Yo pensaba que la Primera Regla de la Etiqueta Racial era que a nadie se le debía permitir insultar a un grupo al que no perteneciese. Y aun así los negros, los judíos, los asiáticos y los hispanos (y, más significativamente, los blancos ricos) pueden proferir «redneck» o «basura blanca» con total impunidad. De hecho, cuando lo sueltan suele considerarse una manifestación en cierto modo heroica y corajuda, como si David le hubiese estampado al matón de Goliat un pedrusco de un kilo en toda la frente.

Para que no suene a racismo, los defensores de tales infamias se apresuran a señalar que no se refieren a todos los blancos; solo a la basura blanca. Y no se demoran en añadir que no tienes que ser pobre para actuar como basura blanca. Yo solo puedo replicar que los racistas blancos insistieron durante años en que no odiaban a todos los negros, solo a los que actuaban como negratas. Y tampoco tienes que ser pobre para actuar como un negrata.

El multiculturalismo es un club de campo en el que no se admite la entrada a la basura blanca. Su negativa a considerar «basura blanca» y «redneck» como términos específicos de raza y clase les obliga a tener que lidiar con un montón de contradicciones que, de no ser tan potencialmente peligrosas, resultarían hasta cómicas. En su pronunciamiento por reparar viejos agravios, quienes se ceban en la basura se explayan sin descanso acerca del primitivismo de la basura blanca al tiempo que ignoran ciertas realidades desagradables del África moderna. Las manifestaciones de la estupidez de la negritud estadounidense se despachan como algo «cultural», mientras que los pecadillos de la basura blanca se condenan como simple y llana imbecilidad. Si un médico negro da la impresión de avergonzarse de los raperos gangsta que se frotan el escroto y de los sudorosos predicadores negros, enseguida se le etiquetará de vendido y de traidor a la raza. Pero cuando es un abogado blanco el que se abochorna de los hillbillies que se rascan las pelotas y de los sudorosos predicadores blancos, su repulsión se considerará absolutamente comprensible. Si un blanco manipula serpientes venenosas para probar su fe en Jesús, es un imbécil. Pero si el tipo es negro y sacrifica pollos vivos para apaciguar a las deidades vudú, lo suyo se respeta como expresión cultural válida. Está bien mencionar la endogamia caucásica, pero no los índices afroamericanos de embarazo adolescente. Se puede cargar contra la basura de tráiler, pero no contra la escoria del gueto. Puedes burlarte de los camioneros, pero no de los lowriders14. Los anuncios de la campaña «Acabemos con el Hambre» del Tercer Mundo afirman que los bebés viven en la pobreza porque, de alguna manera, se han visto forzados a ello, mientras que los rednecks solo pueden culparse a sí mismos de su precariedad.

1 394,55 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
13 ноября 2024
Объем:
451 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788419288073
Издатель:
Переводчик:
Правообладатель:
Bookwire
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