Читать книгу: «Nelson Mandela»

Шрифт:

Índice

Portada

Portadilla

Créditos

El país de los mil mandelas

Introducción

I. Nosekeni Fanny (1918-1941)

II. Lazar Sidelsky (1941-1948)

III. Daniel Malan (1948-1952)

IV. Oliver Tambo (1952-1957)

V. Albert Luthuli (1958-1961)

VI. Petrus Molefe (1961-1962)

VII. Cecil Williams (1962-1964)

VIII. Winnie Mandela (1964-1968)

IX. Thembi Mandela (1968-1975)

X. Hector Pieterson (1975-1981)

XI. Kobie Coetsee (1981-1986)

XII. Walter Sisulu (1986-1990)

XIII. Frederick de Klerck (1990)

XIV. Mangosuthu Buthelezi (1990-1994)

XV. Nelson Mandela (1994-2013)

El legado y la herencia

Anexos

Agradecimientos

Notas


© SAN PABLO 2018 (Protasio Gómez, 11-15. 28027 Madrid)

Tel. 917 425 113 - Fax 917 425 723

secretaria.edit@sanpablo.es - www.sanpablo.es

© Javier Fariñas Martín 2018

Distribución: SAN PABLO. División Comercial

Resina, 1. 28021 Madrid

Tel. 917 987 375 - Fax 915 052 050

E-mail: ventas@sanpablo.es

ISBN: 9788428561518

Depósito legal: M. 14.464-2018

Impresión y encuadernación: Rodona. Industria gráfica. S. L.

Printed in Spain. Impreso en España

Todos los derechos reservados. Ninguna parte de esta obra puede ser reproducida, almacenada o transmitida en manera alguna ni por ningún medio sin permiso previo y por escrito del editor, salvo excepción prevista por la ley. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la Ley de propiedad intelectual (Art. 270 y siguientes del Código Penal). Si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos – www.conlicencia.com).

A David, porque optó por plantarle cara a Goliat.

Nkosi Siklel’ iAfrika.

(Dios bendiga a África)

«Lo que importa en la vida

no es el mero hecho de haber vivido.

Es el cambio que hemos provocado en la vida de otros

lo que determina el significado de nuestra vida».

NELSON MANDELA (18 de mayo de 2002,

en el 90 cumpleaños de Walter Sisulu)

El país de los mil mandelas

Tap, tap, tap

En su diminuta celda de Robben Island, Nelson Mandela corría cada mañana durante una hora sin moverse del sitio. La rutina del deporte matutino la adquirió en su afición juvenil al boxeo y la adaptó luego a las estrecheces de la cárcel. Aquel tap, tap, tap de sus pies rebotando en el cemento despertaba a sus colegas presidiarios, que acabaron hasta el gorro de la vida sana de Madiba. La anécdota me la explicó Ahmed Kathrada, su amigo del alma y compañero de prisión desde el primer día. Llegaron juntos a la isla. En los seis años que viví en Sudáfrica, tuve el privilegio de entrevistar a muchas de las personas del círculo próximo a Mandela. Desde su familia, hasta compañeros de lucha, sus abogados y carceleros o a sus amigos más cercanos. Entre todos ellos, Mandela tenía una predilección especial por Kathrada, a quien consideraba su hermano mayor. El cariño era mutuo. Kathrada, quien murió en marzo del 2017, decía que echaba de menos aquel tap, tap, tap madrugador de su amigo.

Sudáfrica fue un milagro. Un milagro imperfecto y quizás exasperantemente lento, pero un milagro al fin y al cabo. Nelson Mandela fue el arquitecto principal de aquel milagro. A principios de los años noventa, lo normal habría sido que el país hubiera reventado en mil pedazos. El régimen racista del apartheid había convertido a la nación africana en un agujero de privilegios para unos pocos y en un atentado a los derechos humanos. Los muertos, las desapariciones, las humillaciones y la injusticia sostenida habían engendrado un odio candente en millones de sudafricanos negros. Cuando después de 27 años en prisión Mandela salió de la cárcel, muchos sudafricanos no solo querían justicia; querían venganza. Para el líder anti-apartheid habría sido fácil lanzar a los suyos contra la minoría blanca a pesar del coste evidente: Sudáfrica habría quedado arrasada. Prefirió tender la mano.

En el barrio de Melville, donde residí en Johannesburgo, solía desayunar en una cafetería de la 7th Street de sillas bajas y paredes de ladrillo visto. Adornaban la pared tres cuadros pintados a mano. En uno aparecía el rostro del músico Bob Marley, el segundo representaba la imagen del futbolista Diego Armando Maradona y en el tercero estaba dibujado el retrato de Mandela. Aquella pared rota era una confirmación. Sudáfrica había abrazado la conversión de Madiba de héroe anti-apartheid a icono pop. Y no solo Sudáfrica. El mundo también ha aceptado el trato. Madiba se ha convertido en leyenda. En una suerte de líder mitológico perfecto que condensa las bondades del ser humano.

En este libro, Javier se viste de historiador para acercarnos al Nelson Mandela de carne y hueso. Al hombre Madiba. En un trabajo tan minucioso como necesario, el texto se aleja del aura angelical del personaje para narrar sus imperfecciones, contradicciones y temores. Porque solo así se puede entender cómo Mandela llegó a ser Mandela. Y, sobre todo, cómo reunió el valor de estar a la altura de la historia que le tocó vivir.

Este libro también es un reconocimiento a un pueblo que luchó. Sin una Sudáfrica rebelde, orgullosa y que se rebeló en masa contra la injusticia, Mandela no habría sido imprescindible. No habría podido. Desde su niñez hasta sus años de presidencia, Madiba estuvo acompañado por personas que le hicieron evolucionar hasta ser quien fue. Recibió pronto las primeras lecciones prácticas de democracia cuando era un crío en Mqhekezweni o de liderazgo y rebeldía escuchando a Meligqili a orillas del Mbashe. «Nosotros los xhosas, y todos los sudafricanos negros, somos un pueblo conquistado. Somos esclavos en nuestro propio país», le dijo Meligqili a aquel joven Madiba. Y aquellas palabras se grabaron a fuego en su consciencia. Luego llegaron Oliver Tambo, Albertina y Walter Sisulu, Helen Suzman, Ahmed Kathrada y muchos otros. O un pueblo dispuesto a verter su sangre para derrocar a un régimen racista. No fue Mandela. Fueron mil mandelas.

De Madiba se aplaude la fidelidad a sus valores y la firmeza de sus ideales. Y que jamás bajó la cabeza. Pero Kathrada insistía en que eso no hizo de Mandela un líder extraordinario. Cualquier hombre íntegro –decía Kathradadefiende sus principios hasta el final. Madiba hizo más. El héroe sudafricano siempre intentó comprender. Mientras estuvo encarcelado –salió con 71 años y le dio tiempo a ser el primer presidente negro de Sudáfrica, ganar el Nobel de la Paz y casarse enamorado– estudió la historia y cultura del pueblo afrikáner, la del enemigo, y aprendió su lengua. Charló durante horas con sus carceleros blancos. Buscó entender el odio, el desprecio y el miedo. Al principio, Kathrada y los otros compañeros anti-apartheid encarcelados no entendían por qué Madiba se acercaba al opresor. Luego comprendieron: «Al salir libre, estaba listo para liderar a todo un pueblo, no solo el suyo». Cuando venció y pudo humillar, Madiba eligió el respeto. En su primera rueda de prensa libre, el periodista John Carlin le preguntó a Mandela cuál era su mayor reto. «Reconciliar las aspiraciones de los negros con los temores de los blancos», contestó.

Actuó en consecuencia. Al llegar al palacio presidencial encontró a decenas de funcionarios blancos que recogían sus cosas para dejar los despachos libres y les mandó parar. Quería que trabajaran con él. Incluso mantuvo como secretaria personal a una joven blanca, Zelda La Grange, que luego fue su mano derecha.

Mandela también usó el deporte para tapar trincheras. Consciente del valor simbólico del rugby en la comunidad blanca –en el apartheid, los negros apoyaban siempre al rival de los Springboks, el equipo nacional–, se enfundó la camiseta de la selección y celebró su victoria en el Mundial de 1995. Para miles de blancos sudafricanos, ver a un negro alegrarse con su equipo fue un shock. Mandela no fue perfecto. Simplemente fue un líder extraordinario porque tendió puentes con el otro y se atrevió a cruzarlos. Al trote.

Tap, tap, tap.

XAVIER ALDEKOA

(periodista especializado en África subsahariana)

Introducción

La tienda que la marca Presidential tiene en el aeropuerto internacional de Johannesburgo es más una atracción turística que un verdadero negocio. Por este comercio, cercano a establecimientos de souvenirs donde comprar gorras de los Springboks, artesanía sotho, tazas y camisetas con la bandera del país del arcoíris, o alguna de las múltiples variedades de biltong –la carne seca que los bóers llevaron hasta tierras sudafricanas–, miles de personas pasan cada día para curiosear, tocar y sentir cómo eran las madibas, las famosas camisas que Nelson Mandela comenzó a utilizar a partir de 1994, cuando se convirtió en el primer presidente negro de la nación más al sur del continente africano. De hecho, la primera de las cerca de 150 que completaron la colección, fue un obsequio de la diseñadora sudafricana Desre Buirski al propio Mandela al alcanzar el poder. Se la hizo llegar a través de uno de sus guardaespaldas con una nota que decía: «Gracias por los sacrificios que ha hecho por nuestro amado país». Un día después del regalo, Mandela se la puso durante el ensayo de la sesión de apertura del Parlamento sudafricano de la que sería su primera y única legislatura al frente del país austral. El nuevo presidente, ataviado con aquella colorida camisa, apareció retratado en un periódico local. A partir de ahí, Nelson Mandela no dejó de ponerse aquellas prendas. Las popularizó hasta el final de su vida y ahora, como cada rastro de cuanto dejó Madiba en su país, se han convertido en un filón que unos y otros, comenzado por la propia familia del histórico líder anti-apartheid, tratan de rentabilizar a costa del mito.

En el caso de Presidential, huele a esto, aunque los pasajeros que están en tránsito en el aeropuerto internacional Oliver Tambo de Johannesburgo gastan más tiempo que dinero en un local pulcramente decorado, y en el que la tentación de llevarte una madiba como recuerdo se opone a los cerca de 300 euros que cuestan algunos de los modelos.

El hombre que durante años, aquellos en los que era uno de los más reputados abogados de la ciudad de Johannesburgo, empleaba buena parte de su dinero en encargar sus trajes a los mismos sastres que confeccionaban la vestimenta de los gerifaltes de la minería sudafricana, al final pasaría a la historia, al menos en cuanto a la forma de vestir se refiere, por aquellas camisas holgadas, simpáticas y festivas con las que Desre Buirski colaboró, de algún modo, a cerrar el capítulo más doloroso de la historia de Sudáfrica. Y que ahora también sirven para matar el tiempo, entre aterrizajes y despegues, en el Oliver Tambo.

Richard Stengel, uno de los periodistas que conoció mejor al político sudafricano, en su obra El legado de Mandela, esbozó en unas pocas líneas el recorrido que transitó la vestimenta de aquel hombre natural del Transkei, y en el cual pasó de la solemnidad de su juventud a la informalidad adquirida a partir del inicio de su mandato: «Cuando era estudiante, quería dar la imagen de meticuloso y organizado. Cuando era un joven abogado, vestía trajes a medida para impresionar a los jueces y a los clientes. Cuando pasó a la clandestinidad, se puso traje de faena y se dejó barba. Cuando se convirtió en presidente, vestía trajes oscuros clásicos. Cuando se estabilizaron las cosas en Sudáfrica, abandonó los trajes de estilo europeo por las camisas de seda hechas de encargo con preciosos estampados africanos. Se convirtieron en su firma sartorial; la gente las llamaba «camisas Mandela». Le encantan esas camisas y tiene un armario lleno de ellas. Además de disfrutar de esos vívidos colores, esas camisas simbolizan una nueva clase de poder: africano, autóctono, seguro. Con esas camisas pretende expresar que a un líder africano no le hace falta vestirse a la manera occidental para parecer serio»1.

Las madibas eran camisas, pero no solamente eso. Del mismo modo que aprendió afrikáans, la lengua de aquellos que estaban sometiendo a su pueblo; igual que se interesó por el rugby, un deporte minoritario en el país y que le ayudó a reconciliar a la sociedad sudafricana; tal y como hacía al tender constantes puentes con sus enemigos íntimos. De Klerk o Buthelezi, que hacían lo posible y lo imposible por acabar con lo que él y su partido iban construyendo, aquellas blusas eran un mensaje. La gobernanza también se podía entender en clave africana. Desgraciadamente algunos de esos principios por los que optó Mandela como la escucha, el diálogo, la empatía con el enemigo político, el perdón, la delegación de funciones, la gobernanza compartida o la limitación exhaustiva de los mandatos presidenciales no han calado entre sus sucesores dentro del Congreso Nacional Africano, o entre sus homólogos –africanos o no–.

Pero también las madibas se han convertido en el atuendo con el que se le recuerda, y con el que incluso ha sido inmortalizado en infinidad de lugares públicos del país.

Un día después de que Nelson Mandela fuera enterrado en Qunu, el entonces presidente sudafricano, Jacob Zuma, inauguró una espléndida escultura de Nelson Mandela en los jardines que se abren frente a Union Buildings, el conjunto de edificios que albergan la Presidencia sudafricana, que Mandela ocupó entre 1994 y 1999. Union Buildings fue el sitio donde se personificó el cambio en la historia del país, con un inquilino negro en el despacho presidencial. Pero también fue, durante más de 40 años, el lugar desde el que el Partido Nacional, de la minoría blanca, ejecutó sin piedad un programa político que tenía como epicentro la discriminación racial y el mantenimiento de las prerrogativas de la comunidad afrikáner, en detrimento de los derechos fundamentales de la mayoría negra, y de las minorías de origen asiático y mestizo. Aquel programa político fue conocido en el mundo entero con el nombre de la ignominia: apartheid.

La escultura, fundida en bronce, muestra a un hombre ataviado con una madiba y los brazos abiertos, en un gesto con el que parece querer abrazar y unir a todo el país. Precisamente este fue un detalle que destacó el propio Zuma el día de la presentación de la obra: «Se darán cuenta de que, en todas las estatuas que se han hecho de Madiba, él levanta un puño [...]. Esta es diferente a otras muchas. Él alza sus manos. Él está abrazando a toda la nación».

Es posible que si la obra se hubiera colocado en Soweto, Sharpeville o en cualquiera de los lugares donde la comunidad negra tuvo que llorar sangre para alcanzar la libertad, Mandela hubiera estado con su puño en alto, como el día que fue condenado a cadena perpetua, o el día que fue liberado. El puño en alto era el inequívoco gesto del hombre que se enfrentaba a todo un sistema. Pero cada lugar tiene su liturgia y en Union Buildings, desde donde gobernó el país, la actitud no fue la de luchar sino la de reconciliar.

Otra escultura en la que Mandela no aparece levantando su brazo, pero sí vistiendo la blusa que lleva su nombre, está en Sandton, un lujoso barrio de Pretoria. Al salir de un imponente centro comercial, él se muestra de espaldas. Preside una plaza funcional y cómoda, pero aburrida, que lleva su nombre. Aquí aparece dinámico, como si hubiera quedado inmortalizado en una ágil caminata. En un lugar que evoca más la riqueza y el consumo que destilan las caras y lujosas aglomeraciones de comercios de todo el mundo, no parece oportuna la figura del hombre ofuscado por alcanzar la justicia y la libertad. Aquí tampoco surge grandioso con el puño en alto.

En Sandton, estereotipo de la riqueza que todavía rodea a una parte minoritaria de la población sudafricana, se puede coger la Rivonia Road, una carretera que en poco más de 10 minutos te lleva a Liliesleaf. En ese lugar, el Congreso Nacional Africano (CNA) compró una pequeña granja donde podía operar en la clandestinidad, después de que el Gobierno de Pretoria hubiera ilegalizado el histórico partido. En este lugar –uno de los más visitados de la historia del apartheid, junto a la casa de Mandela en Soweto o el Museo del apartheid– el propio Mandela vivió algún tiempo cuando ya era el hombre más buscado por la policía sudafricana. Además, cuando ya se encontraba en prisión, tras regresar de un intenso periplo por todo el continente africano, en Liliesleaf cayó la cúpula del CNA en una redada que dio lugar al juicio contra los más altos representantes del partido, un proceso en el que se incluyó al propio Mandela, y que fue conocido como el juicio de Rivonia, por la cercanía de la granja con esa población. Del juzgado salieron para Robben Island.

Así, con autopistas de peaje que abandonan Pretoria o Johannesburgo, con inmensas barriadas suburbiales, un desarrollo cultural poco frecuente en el continente, una ingente desigualdad en el reparto de la riqueza o un aroma a segregación todavía evidente, la Sudáfrica de Mandela digiere todavía la herencia recibida por un hombre que el 18 de julio de 2018 hubiera cumplido 100 años, y que hace poco más de dos décadas alcanzó el Himalaya por el que tantos habían luchado desde que en 1948 se implementara el apartheid.

Unos meses antes de que San Pablo me pidiera este recorrido biográfico de uno de los hombres más importantes de nuestro tiempo, tuve la oportunidad de pasar dos días –literalmente dos días– entre Johannesburgo y Pretoria, camino de Mozambique. De ahí los apuntes de Sandton, de Presidential, el biltong o lo que uno puede hacer o dejar de hacer en el aeropuerto internacional Oliver Tambo.

En 48 horas escasas, y sin la perspectiva de acometer esta obra, apenas tuve la oportunidad de rascar nada de lo mucho que se cuece en el país austral. Sin embargo, sí me permití una pequeña escapada para conocer un enclave, Orange Farm, donde trabajan los Misioneros Combonianos, visita que me concedió la oportunidad de intuir que buena parte de aquello por lo que Mandela había estado dispuesto a entregar literalmente su vida se había despilfarrado con la generosidad mal entendida que visten los nuevos ricos.

En un reportaje que publicamos en la revista Mundo Negro2, recordábamos que «en tiempos del apartheid, cualquier asentamiento similar a este, donde se hacinaban miles de ciudadanos negros, recibía el nombre de township. Hoy, con la herida de aquello todavía supurante, aunque oficial y legalmente superada, prefieren hablar de una ciudad dormitorio que, sin embargo, sí comenzó a fraguarse en tiempos del Gobierno supremacista del Partido Nacional. Entre 1970 y 1980 comenzaron a llegar hasta este sitio muchos inmigrantes de Lesoto, Zimbabue o Mozambique, más miles de familias procedentes de otro de los townships míticos de la lucha racial: Soweto. Hoy son cerca de 400.000 las personas que viven en Orange Farm. [...] Uno de los tres misioneros combonianos que forman la comunidad de Orange Farm incide en que el color de la piel sigue marcando de forma elocuente el devenir de cada día, las relaciones de unos y otros: “Pasarán muchas generaciones hasta que se dé una integración plena de blancos y negros, porque en el cerebro esa diferencia está muy arraigada. [...] La relación entre unos y otros está condicionada por la raza, definitivamente. Las leyes segregacionistas terminaron, y ese acercamiento trae cosas buenas, pero también es conflictivo”».

Cuando Mandela fue liberado y volvió a Soweto, lo hizo en helicóptero. Al sobrevolar el gueto reconoció internamente que en 27 años no había cambiado nada de aquel lugar inhóspito y rugoso como las lijas. En casi tres décadas el Gobierno del apartheid no se había tomado la libertad de mejorar las condiciones de vida de aquel lugar creado para la opresión y para la represión.

Orange Farm o Soweto, dos enclaves donde la población no negra se cuenta literalmente con los dedos de las dos manos, matizan el significado del final del apartheid, que en muchos lugares es más una página de la historia que una realidad.

Con ese epidérmico bagaje, llegó la posibilidad de afrontar este relato, coincidente con el centenario del nacimiento de Rolihlahla Mandela, el chico que luego se convertiría en Nelson y que acabaría siendo conocido como Madiba. Un ofrecimiento que se concretó en un tormentoso día del verano de 2017, cuando jarreaba sobre Madrid. La lluvia, considerada en tierras africanas como una bendición de Dios, no era mal presagio.

Esos apuntes eran la plataforma desde la que tocaba afrontar este trabajo y encontrar la perspectiva adecuada para hacer justicia a la grandiosidad del hombre sobre el que debía escribir. A ello me ayudaron las lecturas, las consultas, las preguntas y una certeza: tan importantes como el propio Nelson Mandela fueron las personas con las que compartió cada uno de sus días. La suya había sido una vida singular y única pero, a la vez, una vida colectiva, tramada por muchos, entretejida por una multitud. La suya, su vida, no hubiera podido ser nada parecido al resultado final sin el aporte de todos aquellos de los que se rodeó, de cuantos pasaron por allí en algún momento determinado, o simplemente coincidieron en las intersecciones de su vida.

Esto, que Mandela ejemplifica muy bien, es sin embargo algo muy común en buena parte del continente africano, donde la individualidad se empequeñece al lado del valor del colectivo, algo que comienza a ponerse en cuestión con el progreso de unas tecnologías que priman al sujeto frente a la comunidad.

Muy lejos de Mbezo, donde nació; de Qunu, donde se trasladó tras quedar huérfano; no menos alejado de Johannesburgo, donde desarrolló buena parte de su actividad profesional y política; de la isla de Robben, donde pasó años encarcelado; o de Pretoria, lugar desde el que dirigió los designios de la nación más austral del continente africano, se dice en lengua baribá que dâa teeru ta ku ra soko, sere teni tu yôra tè tu maa yôra, es decir «un árbol no hace el bosque, sino que lo hacen todos los árboles». El baribá, que se habla en el centro de Benín, a miles de kilómetros de esos lugares mencionados antes, es una de las incontables lenguas del continente que convierten a África en un lugar que asimilamos con una sola palabra, pero para la que necesitaríamos miles de libros para poder comenzar a comprender.

La bailarina zimbabuense Nora Chipaumire, en una entrevista a la revista Mundo Negro publicada en marzo de 2018, hablaba del nhaka, concepto que da nombre a un tipo de danza que ella misma se ha encargado de colocar en escenarios de todo el mundo. A la pregunta por el significado de nhaka, un término shona, la lengua materna de Chipaumire, esta decía que «significa “herencia”, lo que uno hereda en la familia y colectivamente como nación, algo que está más allá de un trozo de propiedad. Incluye ideas, formas de estar, formas de ver, de escuchar, de pensar y también formas potenciales de ser. Es la realidad de lo que has heredado, pero incluyendo la posibilidad para hacer cambios»3.

En la sudafricana lengua tswana, refranean con una intencionalidad parecida a la práctica coloquial del centro geográfico de Benín, o del vecino Zimbabue. Motho ke motho ka batho. O lo que es lo mismo, «cada uno de nosotros nos convertimos en personas gracias a otros». De forma más concisa: «Tú haces que yo sea». O, cambiando la perspectiva, «Yo soy gracias a ti». Esta breve concepción del individuo criado y desarrollado «en medio de» y «gracias a» una comunidad, encierra el concepto del ubuntu. Frente al individualismo exacerbado del Occidente rico y desesperanzado, la sociedad africana en general, y la sudafricana en particular, se reafirma en este principio, en la importancia de los demás para moldear lo que somos cada uno de nosotros.

La historia de una persona, incluso a través de su grandeza, solo es posible gracias a los demás. Nelson Mandela no se puede entender sin sus padres. Sin su infantil orfandad. Sin el regente, Jongintaba Dalindyebo. Sin su amigo Justice, con el que emprendió una huida como Telma y Louise hacia un abismo llamado Johannesburgo. Sin Oliver Tambo. Sin Walter Sisulu. Sin Winnie. Sin Desmond Tutu. Sin su hijo Thembi. Pero también sin sus enemigos íntimos. Sin Frederick de Klerk. Sin Terre’Blanche. Sin Kobie Coetsee, Peter Willem Botha o cualquiera de los carceleros que convirtieron en una tortura cada día que pasó en Robben Island.

Si el Congreso Nacional Africano no se hubiera anticipado incluso al nacimiento de Nelson Mandela para luchar contra una discriminación que antes de la llegada del Partido Nacional ya era evidente, Mandela no habría podido ocupar un primer plano en la escena política de su país. Sin un sistema como el apartheid, tampoco.

Por eso la historia personal de Nelson Mandela no deja de ser la historia colectiva de un pueblo que necesitó casi medio siglo para zafarse de una de las mayores inmoralidades, injusticias y desigualdades generadas por el hombre en los últimos siglos: un sistema que separaba, discriminaba y acosaba o agasajaba a los individuos tan solo por el color de su piel. Los blancos a un lado. El resto a otro.

Mandela no habría podido emular a Gary Cooper. Nunca hubiera podido estar solo ante un peligro institucionalizado, irracional y sólidamente arraigado en Sudáfrica desde 1948. Mandela necesitó a todos los demás, a los personajes secundarios de esta gran película de su vida que hemos de leer, obligatoriamente, a través de la existencia de otros. Incluso su forma de hacer política se puede interpretar a través de este principio, el del ubuntu, «que transmite la idea de que nos conferimos poderes los unos a los otros, de que damos lo mejor de nosotros mismos a través de la desinteresada interacción con los demás»4.

En una afirmación que mantengo viva, que intento cumplir –no siempre con éxito–, a la que me agarro y cito a hora y a deshora y que me reafirma en mi profesión, el fundador y director durante años de La Reppublica, Eugenio Scalfari, afirmaba que «periodista es gente que le cuenta a la gente lo que le pasa a la gente». La definición, intuitiva y rigurosa, me sirvió para afrontar un reto como el de poner en este soporte la vida de Nelson Mandela, sobre el que tanto y tan bien se ha escrito. Sin la posibilidad de conocer o entrevistar al protagonista, ni de emplear en Sudáfrica el tiempo necesario para percibir el aroma que dejó allí el político sudafricano y entrevistar a personas que me ayudaran a tejer una historia sin duda singular, quedaba mirar al individuo a través de lo escrito por él mismo y por otros. Lecturas y lecturas que se solapaban y en las que, ante todo, aparecían familiares, amigos, adversarios, carceleros, profesores, novietas que calaron más o menos en sus entretelas, líderes comunistas y jugadores de rugby. Todos formaban parte de ese plano secuencia que fue su vida, y que sin ellos no hubiera tenido ni el mismo principio ni el mismo final. La ausencia de muchos de ellos, por nimio que haya sido el papel que han jugado en este laberinto, hubiera condicionado el desenlace de esta historia. Esto, que el propio Mandela entendió desde el primer momento, y que asimiló a su forma de liderar la causa anti-apartheid, el Partido Nacional Africano o la propia Presidencia sudafricana, no surge de forma tan evidente en una lectura apresurada sobre alguien que es capaz de absorber todo el protagonismo de un solo golpe.

Entre el principio del ubuntu, la sabiduría popular baribá, la herencia colectiva de los zimbabuenses que hablan shona y la definición de Scalfari he trabajado estas páginas. De ahí que cada capítulo lleve el título de alguien que ayudó a Mandela a ser como fue, a convertirse en un árbol más –aunque fuera uno de los más robustos– del bosque que era la Sudáfrica del apartheid. «Gente que le cuenta a la gente lo que le pasa a la comunidad», parafraseando y retocando el ideal periodístico de Scalfari.

Un relato que conocemos en sus principales coyunturas, pero que no deja de cautivarnos y ponernos ante nuestro espejo democrático y de valores 100 años después del nacimiento de aquel hombre del Transkei que, junto a otros muchos, hizo posible lo que, unos pocos años antes, no era nada más que una utopía.

I
Nosekeni Fanny
(1918-1941)

Mandela tuvo su primer traje a los siete años. En realidad, no fue un traje, sino un pantalón de su padre que su propio progenitor recortó por las rodillas y ató a su cintura con un cordel para que no se le cayera. El tajo que el padre ejecutó sobre la prenda acertó con el largo, lo justo para cubrir las todavía enclenques piernas de Rolihlahla. Para el ancho tuvo que tirar del rudimentario cinturón. Todo ello ocurrió la víspera de su primer día de colegio. Todo ello ocurrió 24 horas antes de que comenzaran a llamarle Nelson.

Su padre ingenió aquella solución de compromiso porque no concebía que su hijo acudiera a la escuela como si fuera un desarrapado. Faltaba mucho por llover para que vistiera su primer traje, que tuvo también una percha académica, su ingreso en la Universidad de Fort Hare.

Mandela no nació como Nelson. Aquel fue el nombre que le asignaron en el colegio, el día que estrenó aquel improvisado atuendo confeccionado a base de tijeretazos. El pequeño Mandela vino al mundo en la localidad de Mvezo con el nombre de Rolihlahla el 18 de julio de 1918, hijo de Nosekeni Fanny y Nkosi Mphakanyiswa Gadla Mandela. Era jueves.

Mvezo, un pequeño pueblo donde cambiaban más las personas que las cosas, estaba en el Transkei, un sitio demasiado alejado de cualquier lugar con cierto renombre en la Sudáfrica de aquel tiempo: 1.200 kilómetros le separaban, por el este, de Ciudad del Cabo. La distancia con Johannesburgo también era sideral: cerca de 900 kilómetros al sur. El Transkei, en el sudeste sudafricano, era una de las mayores divisiones administrativas del país. El pueblo thembu, al que pertenecía Mandela, formaba parte de la nación xhosa. Cada pueblo y cada ciudadano xhosa estaban enraizados, asimismo, en un clan. En el caso de Mandela, descendía del clan Madiba, un jefe thembu que vivió en el Transkei dos siglos antes del nacimiento del futuro presidente de Sudáfrica. Así, Madiba, el sobrenombre cariñoso con el que también fue conocido era, en realidad, una herencia recibida. Le llamaban como hacían con uno de sus ancestros en el siglo XVIII. Aunque miembro de la casa real por la rama paterna de la familia, Rolihlahla no se encontraba en la línea sucesoria de la corona. Su participación en aquella dinastía, de no haberse cruzado por el camino la lucha contra el apartheid, se habría circunscrito a la del equipo de consejeros de aquellos que debían regir los designios de la comunidad.

El Transkei. La tierra donde vivían unos tres millones de xhosas. La tierra de los thembus, un pueblo heroico con un gran sentido de la justicia, una carga genética que pasaba de generación en generación. Eran la tierra y la familia de aquel niño que vino al mundo cuando la simiente del apartheid ya estaba sembrada. En la segunda década del siglo XX, en Sudáfrica ya regía la Ley de tierras, suscrita en 1913, que concedía el 87% del territorio a los blancos, y dejaba para los negros y para el resto de minorías el 13% restante. Con alguna variación, esos porcentajes se invertían para hablar de la población. Poco más del 10% de los sudafricanos eran blancos, y el 90% restante se dividía entre la mayoría negra y las comunidades india y mestiza. En el Transkei la población negra no era ni siquiera propietaria del terreno que pisaba y sobre el que vivía. Eran inquilinos en sus tierras ancestrales.

Rolihlahla. Nelson. O Madiba. Aquel chico, otro más del fértil y oprimido Transkei, nació seis años después de que lo hiciera el partido que lideraría años después, el Congreso Nacional Africano (CNA). El año del nacimiento de Rolihlahla Mandela, el CNA, que durante años esgrimió una política poco impulsiva y de mucha mano izquierda, participó en la Conferencia de Paz de Versalles para defender los derechos de la población negra sudafricana. El día de su nacimiento, el 18 de julio de 1918, Mandela se unió a una causa ya existente, la de la lucha contra una forma de discriminación que, años más tarde, sería conocida en el mundo entero como apartheid.

El pequeño Rolihlahla fue el único hijo varón del matrimonio formado por Nkosi Mphakanyiswa Gadla Mandela y Nosekeni Fanny, la tercera de las cuatro mujeres que tenía Nkosi y a las que visitaba esporádicamente, una vez al mes, semana arriba o abajo. Cada una tenía su propio kraal, una especie de granja donde practicaban una economía de subsistencia para ellas y para los hijos que iban teniendo con Nkosi.

A pesar de las necesidades económicas que precisaba la manutención de cuatro esposas y trece hijos, Nkosi mantenía cierto estatus, ya que era el máximo responsable de Mvezo. Sin embargo, una disputa por cuestiones de ganado enfrentó al padre de Mandela con la administración colonial inglesa, lo que provocó su inmediata destitución y la pérdida de la jefatura de la familia Mandela. «Mi padre –recordaría años más tarde el propio Nelson– que era un noble adinerado según los baremos de la época, perdió tanto su fortuna como su título. Le fueron arrebatadas la mayor parte de su rebaño y de sus tierras, y perdió los ingresos que de ellas obtenía. Debido a nuestra difícil situación económica, mi madre se mudó a Qunu, una aldea algo más grande que había al norte de Mvezo, donde gozaría del apoyo de amigos y parientes. En Qunu no vivíamos tan bien, pero fue en aquella aldea cerca de Umtata donde pasé los años más felices de mi infancia»1.

Qunu era un lugar casi fantasmal. Sin estadísticas ni censos de los que fiarse, aquella pequeña aldea a la que se tuvo que trasladar Nosekeni Fanny con Rolihlahla no tenía más de 200 o 300 habitantes. En realidad, para ser más precisos, habría que decir que en Qunu no vivían más de 200 o 300 mujeres y niños. Aquello parecía un enclave de viudas y huérfanos, a pesar de lo cual en la memoria de Mandela no había ni atisbo de rencor o pena. El traslado le trajo nuevos amigos, con los que cuidaba del ganado y disfrutaba del paisaje único de la sabana. A pesar de las apreturas económicas, Qunu le permitió crecer en un ambiente idílico para un niño. Mientras, la mayoría de los hombres de aquel lugar, emigrantes forzosos en busca de trabajo y de salario, pasaban largas temporadas en las ya famosas minas de oro sudafricanas.

Las viviendas en aquella aldea eran simples cabañas construidas en barro. Como suelo, los vecinos utilizaban el barro de los termiteros. Nosekeni Fanny tenía tres de estas chozas. Utilizaba una de ellas como cocina, otra como dormitorio y la última como despensa.

Lejos de Qunu se seguía escribiendo la historia de Sudáfrica, la historia de la discriminación. En 1923 se aprobó la Ley de áreas urbanas, a través de la cual se promovía la creación de suburbios alrededor de las grandes ciudades, los llamados townships. Estos asentamientos pretendían nutrir de mano de obra negra y barata a partes iguales a las florecientes industrias urbanas. Esto fue especialmente significativo en el entorno de Johannesburgo y de aquellos enclaves donde el oro manaba de entre la tierra con solo rascarla. La Ley, que tenía como principal objetivo que las explotaciones mineras no pararan ni un momento de destilar la riqueza del subsuelo, generó un movimiento migratorio protagonizado mayoritariamente por hombres. De todas partes fluyeron trabajadores en busca de un éxito y un salario que casi siempre se demostró exiguo.

La infancia del pequeño Rolihlahla, ajeno a la agonía por la pérdida de la estabilidad económica de su familia, la falta de infraestructuras e inconsciente de lo que significaba la ausencia de un colegio donde aprender los rudimentos de la lengua o las matemáticas, fue feliz. Aprendió lo que cualquier niño de aquella época y en aquel contexto. El ganado, cualquier árbol o un arroyo eran motivos para el juego y la ausencia de preocupaciones. Aprendió a montar a lomos de los terneros que pastaban por el entorno de las cabañas. Rolihlahla, junto al resto de niños de Qunu, jugaba al ndize, la versión xhosa del escondite y, de vuelta al hogar, era partícipe de la tradición oral de su pueblo. Su padre le emboscaba con historias de guerreros, de luchas, de las batallas que habían hecho grande y digno a aquel pueblo, mientras que su madre recitaba de memoria las fábulas xhosas, esas que habían pasado como el humo de padres a hijos. De hijos a nietos. De nietos a bisnietos. Y así desde el origen de los tiempos.

Entre la tradición y la influencia de los misioneros presentes en la zona, Nosekeni Fanny se convirtió al cristianismo e hizo que bautizaran al pequeño Mandela en la Iglesia metodista, conocida también como Iglesia wesleyana. Fue el paso previo a su matriculación en el colegio. Un amigo de Nosekeni, George Mbekela, le propuso que su hijo comenzara a estudiar. Aunque nadie de la familia había pisado nunca una escuela, los padres de Rolihlahla aceptaron de inmediato que se formara en aquella escuela metodista compuesta por una única clase bajo una cubierta a dos aguas. Mandela tenía siete años y, entonces sí, se produjo el episodio de su primer traje. Después de ajustar el largo de aquellos pantalones a base de tijera, su padre le pidió que se los pusiera. Mandela dejó atrás, para aquel día solemne, la tradicional túnica xhosa.

Su primer traje. Su primera escuela. Su primera profesora, la señorita Mdingane. El día del estreno la maestra rebautizó a aquellos chavales con nombres occidentales. Y a él le tocó Nelson.

A la par que el hijo de Nkosi y Nosekeni se formaba en materias desconocidas para la gran mayoría de los chavales de su entorno, el goteo del futuro apartheid iba calando el cuerpo legal del país como si fuera un orvallo silencioso y tenaz. En 1926 se aprobó la Ley de restricción por el color, que determinaba qué profesiones podían desempeñar los sudafricanos dependiendo de la tonalidad de su piel. Era evidente que los trabajos mejor cualificados y remunerados nunca estaban destinados a los sudafricanos negros. Ni a los mestizos. Ni a los indios. Un año más tarde, la que entró en vigor fue la Ley de administración de los nativos, por la que la Corona británica, y no los jefes tribales, se convertía en la autoridad suprema en todo el país. Era un proceso del que, por cuestiones obvias, el pequeño Nelson vivía completamente ajeno pero que, al final, determinaría buena parte de su vida.

El traslado a Qunu supuso una metamorfosis en muchos aspectos, pero en otros la vida continuó siendo la misma. Su padre visitaba a sus esposas e hijos por turnos.

Una noche, cuando Nelson tenía 9 años, se encontró a Nkosi tumbado en la cabaña. Tosía y tosía. Acostado, no hacía nada más que toser. Nosekeni y otra de las esposas de su padre, Nodaymani, cuidaron de él varios días y varias noches. Aquejado, aunque nunca diagnosticado, de una enfermedad pulmonar, el padre de Nelson murió como vivió, fumando. Todavía muy pequeño para asumir la magnitud de lo que se le escapaba entre los eternos cigarrillos, el pequeño Nelson sintió la orfandad como el náufrago la soledad del mar. Allí estaba él, solo frente a la inmensidad de la vida. En el momento de fallecer Nkosi, su descendencia era de trece hijos, nueve chicas y cuatro chicos, de los que Nelson era el más joven de los varones.

Después de unos días, su madre decidió enviarlo a Mqhekezeweni para ser criado por Jongintaba Dalindyebo, el rey de los thembus, que quería que Nelson fuera consejero de su hijo cuando este se convirtiera en rey. Justice, que así se llamaba el chaval, fue su mejor amigo de infancia y juventud. De algún modo, tanto Jongintaba como Justice asumieron el rol de la figura paterna que Nelson acababa de perder.

Sin padre, ahora le tocaba despedirse de su madre. Esta ni le besó, ni le aconsejó. Hablaron poco, como siempre. Más que por frialdad fue una opción de Nosekeni para que el hijo, de 9 años, no se sintiera desamparado. Solo le dijo «Sé fuerte, hijo mío»2.

Falta le iba a hacer a aquel niño, que pasaba de un rincón perdido del Transkei, Qunu, al centro de poder de los thembus. Todo era nuevo. La vida, pero también las aspiraciones. Con 9 años no era consciente de lo que quería para su futuro. Hasta ahora, los sueños personales no iban más allá de los juegos colectivos y las historias regaladas por sus progenitores. Todo un sistema de valores que podía entrar en crisis con el cambio de vida. No obstante, a pesar de la edad, también fue consciente de que aquella podía ser una puerta a oportunidades impensables hasta ese momento.

Su paso por la escuela metodista de la señorita Mdingane preludió el ingreso en otro colegio de la misión metodista de Mqhekezweni, situado junto al palacio del jefe thembu. Además de la lengua xhosa, Nelson Mandela comenzó a estudiar inglés, geografía e historia. Por aquel entonces, la historia que se impartía en las aulas estaba muy vinculada al pasado colonial de Sudáfrica. El nacimiento de la nación estaba fechado en 1652, cuando Jan van Riebeeck llegó al Cabo de Buena Esperanza. Solo la tradición oral, especialmente a través de Zwelibhangile Joyi, uno de los ancianos que frecuentaban la casa real de los thembus, le hizo conocer, con matices, los orígenes de su pueblo. Ahí, entre humos y humores, a la sombra de los libros y de las tradiciones, Nelson Mandela se abrió a la historia de su tierra. La versión oficial, la que se enseñaba en los colegios, estaba en tinta de color blanco.

Aunque Jongintaba Dalindyebo trataba a Nelson del mismo modo que a sus dos hijos, Justice y Nomafu, su vida no estaba exenta de responsabilidades adecuadas a su edad. Nelson ocupaba en la casa real una figura parecida a la de un recadero, aunque también realizaba otras labores que, de forma sorprendente, agradaban a un chico de pocos años. Entre estos trabajos estaba el de planchar los elegantes trajes que solía llevar el regente. Puede que aquí estuviera germinando la pasión por el bien vestir que acompañó años después, y hasta su fallecimiento, a Nelson Mandela. En poco tiempo pasó de cuidar rebaños a planchar trajes.

Estudio. Trabajo. Y vida religiosa. Desde el día de su bautismo, Mandela no había vuelto a pisar una iglesia. Ese absentismo duró hasta que llegó a Mqhekezweni. El regente, hombre riguroso con su fe, iba a la iglesia todas las semanas, y aquella cercanía con la comunidad metodista hizo que el ahijado de Jongintaba Dalindyebo pusiera en valor el trabajo que los misioneros estaban realizando en la zona. Funcionarios y agentes de policía, oficios por los que suspiraban los negros del Transkei, se formaban en la misión de Mqhekezweni.

Sin embargo, aquella proximidad con lo sagrado le llevó a recibir la primera y única paliza que le infligió el regente. Un domingo Nelson decidió, como cualquier chiquillo, sustituir el oficio religioso por una buena pelea con los chicos de un pueblo vecino. Cuando el regente y su esposa se enteraron, le propinaron un severo castigo que hizo entrar en razón a Nelson, para quien la fe pasó a ser insustituible..., al menos los domingos.

Aquellos escarceos con ambientes poco propicios para el estudio y el aprendizaje hicieron que Jongintaba Dalindyebo tomara ciertas precauciones. Lo hacía por el propio Nelson, pero también por su hijo Justice. Si el primero debía ser uno de los consejeros del futuro rey de los thembus, tenía que preocuparse de que aquel no se deslizara por la pendiente equivocada, por eso evitaba en lo posible que se alejara de su zona de influencia. En lugar de enviarle a Qunu para que viera a su madre, hacía que Nosekeni Fanny viniera a Mqhekezweni a visitar a su hijo. Aquellas restricciones privaron a Nelson de la compañía de su primo, Alexander Mandela. Pronto se acostumbró a que la vida era una constante ruleta en la que toca elegir y descartar. Optar para fallar o acertar.

En el crecimiento de Nelson Mandela tuvieron cierta importancia los sermones dominicales del reverendo Matyolo que, además de poner rostro a las enseñanzas sobre la fe, era también el padre de Winnie, su primer gran amor preadolescente. Pero la hermana de la chica, Nomampondo, hizo lo posible y lo imposible por convertir al imberbe Nelson en un gañán a ojos de su hermana. Aunque Winnie le había dado un juvenil «sí, quiero», aquella relación no pasó de un amor efímero que terminó cuando la joven cambió de escuela.

La formación en la capital de Thembulandia no se limitaba a lo aprendido en la escuela, sino que el regente le hizo partícipe de numerosas reuniones de su corte: «Mandela adquirió a una corta edad muchos de los peculiares hábitos que lo caracterizan. Uno de los más importantes, derivado de su educación tradicional en Thembulandia, era escuchar con atención a los mayores y a todo aquel que hablara en las reuniones tribales, y observar cómo se llegaba poco a poco a un consenso bajo la dirección del rey, el jefe tribal o jeque. Tanto las autoridades convencionales como las instituciones educativas en las que estudió Mandela exigían esos hábitos de disciplina, orden, autocontrol y respeto por los demás»3.

Buena parte de todo eso lo aprendió de la mano de Jongintaba Dalindyebo, quien mostraba una gran capacidad de escucha, incluso ante los mayores agravios de los jefes tribales que se daban cita en aquellas reuniones, en las que al final prevalecían la síntesis y el consenso. Fueron las primeras lecciones prácticas de democracia que recibió el joven Nelson, muy lejos todavía del liderazgo que se habría de ganar y mantener en el Gobierno de Pretoria y, antes, en el Congreso Nacional Africano. Pero las bases se sentaron en Mqhekezweni.

Justice y Nelson crecieron a la par. Y los procesos vitales también caminaron por el mismo sendero. Cuando a los 16 años llegó el momento de la circuncisión, también. Aquel proceso, en la tradición xhosa, no era tanto un procedimiento quirúrgico como el tránsito a la edad adulta. Justice y 26 jóvenes más formaban aquel grupo de chavales que, al término de aquel paso, serían considerados como adultos por el resto de la comunidad.

Tyhalarha, un valle a orillas del río Mbashe, fue el lugar elegido para instalar las chozas donde conviviría la muchachada hasta que llegara el momento. Las noches se fueron sucediendo en un ambiente de camaradería en el que destacó Banabakhe Blayi que, «aunque no sabía leer ni escribir, era uno de los más inteligentes entre todos nosotros. Regalaba nuestros oídos con historias de sus viajes a Johannesburgo, lugar que ninguno habíamos visitado. Nos emocionó tanto con sus relatos de las minas, que estuvo a punto de persuadirme de que ser minero era más atractivo que ser monarca. Los mineros tenían su propia mística: ser minero significaba ser fuerte y audaz, el ideal de la hombría. [...] En aquellos tiempos, trabajar en las minas era un rito de paso casi tan importante como la circuncisión, un mito que beneficiaba a los propietarios de las minas más de lo que ayudaba a mi pueblo»4.

El día amaneció temprano para los 27 jóvenes, que se bañaron en el río. Después, cubiertos con túnicas impolutas, fueron circuncidados. Uno a uno, aquellos jóvenes pasaron por la mano del anciano, que ejecutó con precisión una ceremonia repetida, repetida y repetida con cada hornada de jóvenes xhosas. Los chicos solo tenían que aguardar su turno y aguantar el dolor. Como respuesta apenas debían gritar «Ndiyindoda!», algo así como «¡Ya soy un hombre!». Mandela recordaba con cierta aprensión aquel momento. No por el escalofrío que le produjo el corte, sino porque tuvo la impresión de que tardó más que sus compañeros en pronunciar aquella frase ritual, porque se había quedado paralizado por la rapidez en la ejecución por parte del ingcibi, o simplemente porque creyó que no había estado a la altura de las circunstancias.

Miedos y frustraciones aparte, después del trance el joven Nelson ya era un xhosa adulto. Igual que al nacer o al ingresar en el colegio, la circuncisión otorgaba un nuevo nombre a cada uno de ellos. El de Nelson fue Dalibunga, algo así como «persona fundadora del gobierno tradicional xhosa».

Pero la ceremonia no acababa ahí. Debían pintarse el cuerpo de blanco y correr en medio de la oscuridad para enterrar sus prepucios. Aquel acto nocturno y simbólico era el paso definitivo a la madurez. Lo que enterraban, según la tradición xhosa, eran su infancia y juventud, la tierra del nunca jamás. Después de quitarse la capa blanca que cubría su cuerpo, los embadurnaban con una pasta rojiza. Esa noche los circundados debían dormir con una mujer que sería la encargada de dejar su cuerpo limpio. Nelson se tuvo que quitar él mismo aquella costra rojiza que le cubría por completo.

Los nuevos adultos xhosas recibían una pequeña dote que variaba según su estatus social. A Justice le correspondió un rebaño. A Nelson, cuatro pequeños novillos y cuatro ovejas. A pesar de la diferencia en la remuneración no sintió celos. Sabía dónde estaba y a qué estaba predestinado. Sabía cuál era el futuro que les esperaba a él y a su amigo. Aquellas cuatro cabezas de ganado le convirtieron en el hombre más rico del mundo.

Pero, aunque en aquel momento no lo entendiera, uno de los tesoros escondidos que recibió a orillas del Mbashe vino del jefe Meligqili, quien tomó la palabra y se dirigió a los nuevos hombres de la comunidad para hablarles de la hombría que, en teoría, acababan de alcanzar. Más allá de un discurso sobre la virilidad y su futuro como adultos xhosas, las palabras de Meligqili se deslizaron por una brecha que para Mandela no se había abierto todavía. La hombría, les dijo «no es más que una promesa vacía e ilusoria. Es una promesa que jamás podrá ser cumplida, porque nosotros los xhosas, y todos los sudafricanos negros, somos un pueblo conquistado. Somos esclavos en nuestro propio país. Somos arrendatarios de nuestra propia tierra. Carecemos de fuerza, de poder, de control sobre nuestro propio destino en la tierra que nos vio nacer. Se irán a ciudades donde vivirán en chamizos y beberán alcohol barato, y todo porque carecemos de tierras para ofrecerles donde puedan prosperar y multiplicarse. Toserán hasta escupir los pulmones en las entrañas de las minas del hombre blanco, destruyendo su salud, sin ver jamás el sol, para que el blanco pueda vivir una vida de prosperidad sin precedentes. Entre estos jóvenes hay jefes que jamás gobernarán, porque carecemos de poder para gobernarnos a nosotros mismos; soldados que jamás combatirán, porque carecemos de armas con las que luchar; maestros que jamás enseñarán porque no tenemos lugar para que estudien. La capacidad, la inteligencia, el potencial de estos jóvenes se desperdiciarán en su lucha por malvivir realizando las tareas más simples y rutinarias en beneficio del hombre blanco. Estos dones son hoy en día lo mismo que nada, ya que no podemos darles el mayor de los dones, la libertad y la independencia»5.

Habían ido a una fiesta y se encontraron con un funeral.

Las palabras de Meligqili no difirieron demasiado del mensaje que Nelson pronunciaría tantas y tantas veces. Sin embargo, aquello que después abrazaría con un fervor casi enfermizo, al principio le provocó repulsa y rechazo. El joven Dalibunga no era capaz de entender una crítica tan despiadada hacia el hombre blanco. Había aprendido los fundamentos del conocimiento de la mano de aquellos misioneros. Había ampliado el horizonte de sus expectativas gracias a aquellos hombres. Si ahora tenía ante sí un porvenir, era por ellos. Meligqili se había excedido en el fondo y en la forma. Convirtió en un drama lo que debía ser un jolgorio.

A la circuncisión no le siguió el traslado de aquellos 27 jóvenes al entorno de Johannesburgo a trabajar en las minas de oro, tal y como pretendía haberles embaucado días atrás Banabakhe Blayi. El regente tenía otros planes para él, y estos pasaban por continuar con su formación en el Instituto Clarkebury, en Engcobo, fundado en 1825 por misioneros metodistas y que se había convertido en una de las instituciones educativas para negros más importantes de Thembulandia.

Su padre le engalanó, cuando tenía apenas siete años, con un traje compuesto por un pantalón recortado para ir a su primer colegio. Ahora, en ausencia de la figura paterna, el regente le obsequió con un par de botas, su primer par de botas, y con una fiesta antes de su ingreso en Clarkebury. Era la primera celebración que se organizaba específicamente para él.

El propio regente fue quien llevó a Nelson en su imponente Ford hasta el instituto. En el trayecto su mentor no se explayó en consideraciones ni en consejos farragosos. Solo le pidió que su comportamiento fuera un orgullo para él y para su esposa. Nelson le prometió que cumpliría con aquella petición.

Clarkebury era un lugar donde formarse académicamente. Pero para aquel joven del Transkei fue mucho más. Fue el contacto directo con un mundo que hasta ahora no conocía más que de oídas, más que a través de referencias de otros, nada más que por los libros de historia que había comenzado a manejar en Mqhekezweni: el mundo de los blancos. «Mandela creció siendo un hombre fuerte y seguro. Eso no era muy habitual en la Sudáfrica de principios del siglo XX. El colonialismo y después el apartheid se idearon para despojar de sus derechos a los sudafricanos negros. Desde muy temprana edad, Mandela tuvo un porte aristocrático. En parte, lo llevaba en el ADN, pero fundamentalmente le venía de su educación en una corte real africana. Criado en un mundo tribal decimonónico en el que los blancos apenas se dejaban ver, la discriminación no hizo mella en él como en tantos negros sudafricanos de su generación. Los blancos eran una presencia lejana que no afectaba a su vida cotidiana [...]. Su mundo estaba aparte y no era igualitario, pero, a pesar de sus privaciones, esa separación le permitió crecer sin contagiarse del veneno del racismo y las bajas expectativas. La confianza en sí mismo fue la clave de su éxito»6.

Los edificios de estilo colonial que albergaban las aulas, los dormitorios, la biblioteca... Todo era nuevo para un chico que se había criado en la corte del regente. Este mundo era diferente a todo lo conocido hasta ahora.

En Clarkebury estrechó, por primera vez, la mano a un blanco, el reverendo C. Harris, director de la escuela. Este le dio un billete de una libra para sus gastos personales, la mayor cantidad de dinero que había tenido jamás, y le asignó la tarea de cuidar su huerto. Además del estudio, todos los internos de Clarkebury debían realizar algún trabajo, y aquel encargo fue más importante de lo que jamás pudiera pensar Nelson Mandela. Durante sus años de la cárcel, tanto en Robben Island como en Pollsmoor, la horticultura fue una de las actividades con las que obtuvo mayor placer y recompensas personales. A pesar de hablar poco con el reverendo, este se convirtió en un referente para el nuevo alumno. Con la mujer de Harris sí mantenía largas conversaciones, después de las cuales, ya por la tarde, muchas veces le obsequiaba con pasteles calientes por el trabajo, por la conversación o por simple agradecimiento.

La de Clarkebury fue la época en la que descubrió algunos resortes del modo de vida occidental. Conoció sus usos y costumbres. Aprendió a ir calzado, como el hombre blanco. En aquel lugar, los alumnos se formaban de acuerdo al estilo británico. El blanco era, por tanto, el referente, pero también fue descubriendo el valor del hombre negro, algo que hizo a través de algunos de sus formadores. Gertrude Ntlabathi, una de las profesoras que tuvo Mandela en aquella escuela, fue la primera sudafricana en obtener una licenciatura. Otro de sus profesores, Ben Majlasela, era de los pocos que se atrevía a tratar de igual a igual al hombre blanco. Ni siquiera la equiparación académica igualaba a los hombres. Con los mismos méritos, blancos y negros formaban una pareja de desiguales. Pero Majlasela no era así. Aunque causaba extrañeza, e incluso en ocasiones no era comprendido por su actitud que, en cierto modo, parecía altiva, aquella semilla se unió a la que sembró Meligqili el día de su circuncisión. Tardarían en germinar. Pero lo harían.

Una compañera de Clarkebury, Mathona, fue, posiblemente, la primera mujer en la vida de Mandela, aunque no lo fuera en el plano estrictamente sentimental. Fue la primera mujer en la que confió, con la que se sinceró y con la que trabó una profunda amistad. Al final, Mathona, que no vivía interna en el centro, tuvo que abandonar los estudios por la falta de posibilidades económicas de sus padres.

La frustración en carne ajena que experimentó Mandela no le descentró y obtuvo el certificado que expedía Clarkebury en apenas dos años, en lugar de los tres que contemplaba el programa normal. Más que a sus capacidades innatas, Nelson Mandela consiguió aquel logro gracias a su tenacidad y a su capacidad de trabajo.

Todavía faltaba mucho para que sus horizontes se abrieran de manera definitiva. El paso por Clarkebury no le había hecho tomar conciencia de la existencia de un mundo más allá de su trabajo al servicio del rey de los thembus.

Ya con 19 años, Nelson Mandela se trasladó a Healdtown para estudiar en el colegio metodista de Fort Beaufort. Allí coincidió con Justice. Después de dos cursos en Clarkebury, se reunía de nuevo con el hijo de su mentor.

Fort Beaufort era el más importante centro educativo del África austral, con cerca de 1.000 estudiantes, chicos y chicas, procedentes de todo el país. A pesar de ser una institución amparada por la comunidad xhosa, y en la que confraternizaban chicos de todas las comunidades autóctonas sudafricanas, la formación era típicamente inglesa: «El inglés culto era nuestro modelo; aspirábamos a ser “ingleses negros”, como a veces nos llamaban despectivamente. Nos enseñaban –y nosotros lo creíamos– que las mejores ideas eran inglesas, que el mejor gobierno era el gobierno inglés y que no había hombres mejores que los hombres ingleses»7. Uno de ellos, el rey Jorge VI, presidía, con un gran retrato, el comedor del colegio metodista.

De lunes a viernes la rutina de estudio, trabajo y deporte completaba casi todas las horas del día que no estaban dedicadas a dormir. Sin embargo, los pocos ratos libres de que disponían a diario, más los fines de semana, las camarillas, los grupos y los corrillos se organizaban de acuerdo a la procedencia de cada alumno. Los xhosas gastaban su ocio con los xhosas. Los sothos, con los sothos. La lengua, las tradiciones y también una rivalidad no siempre bien entendida con sus convecinos, convertían el tiempo de descanso en un archipiélago de alumnos y alumnas a través del cual se podía trazar el mapa de las comunidades negras del país.

Mandela comenzó a abrirse al mundo y a la igualdad en Healdtown. Su pertenencia a la familia real thembu había sido clave y, en ocasiones, casi hasta excluyente con el resto de las realidades que coexistían en el país. Sin embargo, ahora tenía amigos sothos, como Zachariah Molete, o su profesor de zoología, Frank Lebentele. Este último se casó con una joven xhosa de Umtata. El mundo de las identidades en Sudáfrica, que parecía monolítico en el ideal de Mandela, se comportaba ahora como una utopía con un sinfín de fisuras. Una de ellas fue la unión del propio Lebentele. Si quería conocer al pueblo sudafricano debía pensarlo en su globalidad, y no a través del microcosmos que personificaba cada una de sus etnias. Sudáfrica era mucho más que aquellas comunidades orgullosas pero fragmentadas.

Su paso por la casa del regente le había permitido crecer en muchos aspectos, pero en otros seguía siendo el chico criado en el Transkei. En lo intelectual se abría paso a marchas forzadas a un mundo más cosmopolita y en el que convivían compañeros de diferentes procedencias y formación, pero en los usos occidentales en los que tanto se esmeraban en Fort Beaufort todavía andaba muy lejos de buena parte de sus compañeros. Eso provocó que no pocos domingos saliera del comedor hambriento y malhumorado ya que no sabía manejar bien la cuchara, el tenedor y el cuchillo. No pensaba autoinfligirse el severo castigo de mostrar a sus compañeros, y especialmente a sus compañeras, que no sabía manejar con la soltura necesaria los cubiertos. Prefería el hambre a la humillación.

El rugir de las tripas no impedía, sin embargo, que el sentido de la justicia se alojara, poco a poco, en su interior. El reverendo Mokitimi y el doctor Wellington, dos de los responsables de Fort Beaufort, le nombraron prefecto durante el segundo curso, un cargo que tenía que ver con el mantenimiento del orden entre el alumnado. Uno de los cometidos de los prefectos era controlar que por la noche los chicos no orinaran fuera de las letrinas. Una noche no solo pilló a 15 compañeros cumpliendo con sus necesidades fisiológicas debajo de un porche, sino que junto a ellos estaba otro prefecto. Tuvo el dilema de delatar lo de unos, los alumnos, y callar lo del otro, el prefecto. Al final, no quiso romper la norma no escrita de mantener el respeto entre iguales, entre los prefectos, pero tampoco quiso señalar a los más débiles, a los alumnos. Muchos años después, Mandela reconocería que aquella injusticia le rascaba todavía la conciencia.

Durante el segundo curso que Mandela estuvo en Fort Beaufort recibió un impacto similar al que provocaron las ya lejanas palabras de Meligqili el día de su circuncisión. Algo similar ocurrió en Healdtown cuando se presentó en el comedor el poeta xhosa Krune Mqhayi. Aquel hombre, uno de los grandes custodios de la tradición oral de la comunidad en la que se había criado Mandela, apareció ante los alumnos vestido con un karoos de piel de leopardo y una lanza en cada mano. La imponente puesta en escena de aquel hombre dejó boquiabiertos a todos. Poco elocuente y torpe en la elección de las palabras, generó un sentimiento de frustración entre los jóvenes que le escuchaban. Pero en una de sus idas y venidas encima del escenario golpeó con la punta de su lanza un cable del telón. Y ahí, en ese anecdótico tropezón durante la dramatización del discurso, cambió todo. Él calló. Los demás callaron, más expectantes que curiosos, hasta que retomó un discurso que ya nunca fue igual. Arrancó con una metáfora, para acabar con la realidad: «La azagaya (punta de la lanza) representa toda la gloria y la verdad de la historia africana; es un símbolo del africano como guerrero y como artista. Este cable metálico es un ejemplo de la industria occidental, competente pero fría, inteligente pero sin alma. Hablo no del contacto entre un trozo de hueso y otro de metal, ni siquiera del solapamiento de dos culturas; de lo que hablo es del choque brutal entre lo que es nativo y bueno, y lo que es foráneo y malo. No podemos permitir que estos extranjeros a quienes no les preocupa nuestra cultura se apoderen de nuestra nación. Predigo que algún día las fuerzas de la sociedad africana lograrán una histórica victoria sobre el intruso. Hace demasiado tiempo que hemos sucumbido ante los falsos dioses del hombre blanco. Pero algún día emergeremos de entre las sombras y desecharemos esas ideas venidas de fuera»8.

La reacción de Mandela no fue la misma que un par de años atrás en la orilla del río Mbashe. No había nada malo en reconocer el valor de lo propio, nada malo en poner en entredicho los presuntos beneficios de los principios impuestos por los colonos blancos. No había rubor en intentar alcanzar las mismas metas, sentarse en los mismos sillones y optar a disputar la hegemonía a aquellos que ahora manejaban los designios del país, como si solo ellos pisaran aquella tierra.

Esa percepción era algo que los hechos y un carácter dúctil moldearon con el tiempo en Mandela. No solo no establecería diferencias con el resto de comunidades negras sudafricanas, sino que con ellos, mestizos, indios o, incluso, blancos, logró derribar el muro de la vergüenza que se había levantado en Sudáfrica.

A Fort Beaufort le siguió Fort Hare, la universidad en la que ingresó en 1939. Era la única para negros en Sudáfrica y donde completó dos cursos del grado de Historia. Tenía 21 años y comenzó a llevar esos trajes cruzados característicos del Mandela joven. Ostentaba ya ese porte alto, elegante y orgulloso. El primero de ellos, color gris y chaqueta cruzada, fue un regalo del regente antes de su ingreso en la universidad.

Primero un pantalón recortado.

Luego unas botas nuevas.

Ahora un traje.

La vanidad, de algún modo, había llegado al corazón de Mandela, que se sentía el más elegante y pulcro de todo el campus. Pero para eso, tuvo que pulir algunas de las lagunas que todavía acarreaba desde el lejano Qunu. Desde los tiempos de su aldea natal utilizaba ceniza para blanquearse los dientes. Eso quedaría atrás y comenzaría a usar pasta de dientes y cepillo. Supo, a través de la práctica, lo que eran un inodoro y una ducha. Las pastillas de jabón sustituyeron al detergente de color azul que había utilizado hasta entonces.

Sin embargo, no todo iban a ser renuncias del pasado, de su infancia, de sus gustos y de las tradiciones del Transkei. A pesar de todas las comodidades y expectativas de las que era sujeto y objeto directo, echaba de menos su tierra y algunas de sus costumbres. Así, junto a varios compañeros, algunas noches protagonizaba escarceos que les llevaban a robar mazorcas de maíz para asarlas y comérselas a la luz de una buena lumbre. Aunque la transformación era evidente, seguía siendo el joven travieso de Qunu.

Los nuevos hábitos adquiridos le ayudaron a avanzar en el camino de la sofisticación y la elegancia, un campo en el que en Fort Hare tenía menos competencia que en Healdtown. Si aquí eran cerca de un millar los alumnos que asistían a clase, Fort Hare era más elitista y estaba menos masificada. Coincidiendo con su llegada, cursaban allí sus estudios unos 150 jóvenes. Uno de ellos, K. D. Matanzima, fue su padrino y cicerone. Y no solo eso. Como el regente no les atribuía una asignación para sus gastos, de no haber sido por su primer amigo en Fort Hare no se hubiera podido permitir ningún dispendio. Gracias a la generosidad de su mentor, Mandela podía acompañar a algunos compañeros en una excursión gastronómica que se repetía casi cada domingo. El destino era un restaurante de la localidad de Alice al que aquellos jóvenes universitarios negros debían acceder por la puerta de atrás, y solo hasta la cocina, para poder degustar algunas de las viandas que allí se servían. Sin ser demasiado conscientes de ello, o sin darle demasiada importancia porque la edad y las ansias de divertirse sobrepasaban cualquier atisbo de crítica, aquellos mozos que apuntaban alto dentro de la juventud negra sudafricana estaban siendo víctimas de un sistema de discriminación que todavía no había alcanzado su cénit. La puerta de atrás de aquel restaurante era también la puerta de servicio que daba entrada a una sociedad desigual.

Además de permitirle ciertos gastos extraordinarios, K. D. cuidaba de que el crecimiento académico de Nelson fuera el adecuado. Le recomendó estudiar Derecho, aunque Mandela en aquel tiempo consideraba que su futuro pasaba por el Departamento de Asuntos Nativos. El sueño de las minas, de momento, se había esfumado. Ahora, el anhelo pasaba por ser funcionario del Gobierno sudafricano. Otro de sus compañeros de fatigas en aquella pequeña universidad fue un hombre que le acompañaría durante toda su vida: Oliver Tambo.

En la universidad completó un proceso que se había desarrollado íntegramente en instituciones metodistas: Clarkebury, Healdtown y el propio Fort Hare. Aquí, incluso, llegó a ser catequista por los pueblos cercanos a la universidad. Los domingos era habitual verle en las celebraciones y se incorporó, incluso, a la Asociación de estudiantes cristianos.

Cuando llegó a Fort Hare pensó que la formación y el título que allí obtendría le servirían para convertirse en líder de su comunidad. En cierto sentido, el prestigio y el rigor formaban parte de la imagen que aquella institución ofrecía a sus alumnos, y que ellos asumían como un valor añadido en relación a las universidades públicas, en las que la segregación era ya algo más que una posibilidad futura. Muchos de los que de allí salían ocupaban puestos relevantes, con un salario y unas condiciones laborales muy interesantes para los jóvenes de entonces. En aquel momento, eso era suficiente para ellos. Con el tiempo, Nelson Mandela entendió que, aunque importante, la formación en Fort Hare no les preparó para derribar el muro de la injusticia que se interponía entre ellos y la igualdad entre las razas: «Sin embargo, mi experiencia fue bastante distinta. Me movía en círculos en los que eran importantes el sentido común y la experiencia práctica, y en los que no era necesariamente determinante tener altas calificaciones académicas. Casi nada de lo que me habían enseñado en la universidad parecía directamente relevante en mi nuevo entorno –reconocería Mandela–. Los profesores, por lo general, habían eludido temas como la opresión racial, la falta de oportunidades para los negros y los numerosos ultrajes a los que se enfrentaban en su vida diaria. Nadie me había enseñado cómo acabaríamos finalmente con los males de los prejuicios raciales, los libros que debería leer al respecto y las organizaciones políticas a las que tenía que afiliarme si quería formar parte de un movimiento por la libertad disciplinado. Tuve que aprender todo eso por pura casualidad y por el método de ensayo y error»9.

Casi como cualquier estudiante, el aprendizaje que se produce fuera de las aulas, el que se recibe a través de las amistades, fue fundamental. Ahí Mandela no sería diferente.

Lo que sí adquirió en Fort Hare fue mayor disciplina y diligencia en los deportes. Destacó en la carrera campo a través, no porque fuera un gran atleta, sino porque siempre gozó del empecinamiento de los constantes. También se aficionó al teatro y llegó a interpretar a John Wilkes Booth, el asesino de Lincoln, en una representación organizada por estudiantes, aunque en realidad le hubiera gustado asumir el papel del Presidente norteamericano. Richard Stengel explicó que, «Mandela era consciente de que Lincoln había nombrado miembros de su gabinete a algunos de sus más encarnizados rivales; y, de la misma manera, Mandela introdujo a miembros de la oposición en su primer gabinete. Le impresionaba la forma en que Lincoln usó la persuasión en lugar de la fuerza para dirigir su Gobierno»10. Pero, en Fort Hare, se trataba de una simple representación teatral, en la que era el malo de la película.

La llegada de Nelson Mandela a la universidad coincidió con el inicio de la II Guerra mundial, durante la que se convirtió en acérrimo defensor de la posición británica. En ese contexto, se organizó en el campus una conferencia del que posteriormente se convertiría en primer ministro sudafricano, Jan Smuts. Más allá de las palabras de Smuts a aquel alumnado probritánico que escuchaba de noche, a través de la BBC, los discursos encendidos de Winston Churchill, sería el debate posterior el que enriquecería aquella presencia relevante. En ese contexto, destacó Nyathi Khongisa. Hasta ese momento no dejaba de ser un alumno más, uno de los 150 compañeros de Mandela en Fort Hare. Sin embargo, su particularidad radicaba en su afiliación política. Era miembro del Congreso Nacional Africano, el CNA, el partido al que Nelson entregaría su vida y también la de su familia. Pero en este momento, cuando el único deseo que tenía era ser funcionario y no era capaz de ver discriminación en el hecho de tener que comer en la cocina de un restaurante, o en no poder cursar sus estudios en una universidad con jóvenes blancos, o en no percibir que el Gobierno de su país ya apuntaba maneras autoritarias y discriminatorias, tomó la palabra Khongisa y comenzó a disparar por igual contra las dos comunidades europeas que pugnaban por hacerse con el control del país. Aquella alocución eclipsó al propio Smuts. Se trataba, sencillamente, de un discurso transgresor en boca de un joven negro.

Casualidad o no, el CNA se iría adhiriendo poco a poco a la piel de Mandela. Casi sin darse cuenta. Como por azar. Así, de un modo aleatorio y sutil. Otro de sus amigos en Fort Hare, Paul Mahabane, tenía un vínculo familiar con el histórico movimiento de liberación. Su padre, Zaccheus Mahabane, había presidido en dos períodos el CNA. Y su hijo, en Fort Hare, compartía aulas con Nelson. Como ambos hicieron buenas migas, este invitó a Paul a pasar unos días de vacaciones en el Transkei.

Un día, en Umtata, el comisario local, un hombre blanco con una edad cercana a los 60 años, pidió –casi exigió– a Paul que le comprara unos sellos. En aquellos tiempos, los jóvenes negros eran casi de facto los recaderos de los blancos. Estos tenían un derecho implícito, pero no consensuado, para pedir algún favor o algún pequeño trabajo a cualquier negro con el que se cruzaran por la calle. Estos, aunque podían negarse, solían agachar la cabeza, aceptar y cumplir con el deseo de los dueños del país. Pero Paul no actuó así. Se negó y acusó de holgazanería a aquel hombre, que representaba a la autoridad en la ciudad. «La conducta de Paul me hacía sentir sumamente incómodo. Si bien respetaba su coraje, también me resultaba inquietante. El comisario residente sabía muy bien quién era yo, y que si me hubiera pedido a mí que le hiciera el encargo en vez de a Paul lo habría hecho sin más y me habría olvidado del asunto. Pero admiraba a Paul por lo que acababa de hacer, aunque yo aún no estuviera listo para seguir su ejemplo. Empezaba a comprender que un hombre negro no tenía por qué tolerar las docenas de pequeñas indignidades a las que se ve sometido día tras día»11.

Se sintió falto de valor, como cuando calló esos segundos eternos que fueron desde la circuncisión hasta que pronunció el grito con el que abandonaba la pubertad y pasaba a la edad adulta, pero la contestación de Mahabane no fue estéril. El coraje de su amigo y compañero se unió a la semilla de mostaza que otros habían plantado en él y que, paradójicamente, en la única universidad para negros de todo el país no se habían preocupado de regar.

En Fort Hare no se abordaba el problema de la discriminación que sufría la población negra en el país. Ni dentro de las aulas, ni en los diferentes ambientes que rodeaban el campus se podía debatir sobre el germen de aquella forma concreta de injusticia. Fort Hare era un espacio de formación para adquirir determinados hábitos profesionales; era un semillero de las élites negras. Si hubiera sido un espacio en el que se pudiera debatir sobre la opresión racial, si se hubiera orientado a los alumnos sobre qué lecturas completar, sobre qué camino seguir para acabar con la incipiente discriminación, probablemente Fort Hare no habría existido jamás. Era, a fin de cuentas, y de forma indirecta, una institución al servicio de la minoría blanca.

En su segundo año en la universidad, con las expectativas de la graduación, Nelson entendió que recuperaría para la familia el prestigio que nunca debió perder por aquella lejana discusión de su padre. También el nivel económico. En aquel tiempo, el hecho de que un sudafricano negro alcanzase una graduación, y con ella un puesto funcionarial en algún departamento estatal o local, era lo máximo a lo que se podía aspirar. Nelson Mandela comenzó a escribir su propio cuento de la lechera: junto a la reputación personal y a la vanidad del reconocimiento ajeno, contaba con comprar una casa en Qunu a su madre, los muebles, la decoración y el atrezo que la vivienda de su madre precisara.

Pero toda aquella secuencia se descabaló cuando fue nominado para formar parte del Consejo de representación de estudiantes en medio de una protesta de los alumnos, que reclamaban a la universidad una mejora en el rancho diario. La forma de boicotear aquella elección era, precisamente, no elegir a nadie, no votar. La inmensa mayoría de los universitarios secundaron la iniciativa, pero cerca de 25 sí depositaron sus papeletas. Y entre los seis representantes estaba Mandela. Como querían seguir adelante con la protesta, los elegidos presentaron la dimisión. El responsable de Fort Hare la aceptó y acordó unilateralmente que habría una segunda votación la noche siguiente durante la cena, para garantizar el quorum necesario que hiciera válida la elección. Salió elegido, aunque con los votos del mismo número de alumnos. Nelson no se veía legitimado para ser representante de todos sus compañeros, por lo que dimitió por segunda vez. El rector le emplazó a abandonar las aulas hasta el próximo curso. Le expulsó de Fort Hare. Eso sí, si decidía reincorporarse a las aulas, debía hacerlo también al Consejo de representación de los estudiantes. Fue el doctor Kerr quien le comunicó la decisión y quien le emplazó a tomarse un verano de reflexión antes de valorar si se reintegraba a la vida universitaria con ese único requisito. En la toma de aquella decisión, Mandela compartió sus inquietudes con su amigo y compañero K. D. Matanzima, quien le advirtió de que los principios estaban por encima del beneficio o perjuicio que pudiera obtener de aquello. Y decidió no dar marcha atrás: «Aquel joven había renunciado a una ventaja educacional que lo habría convertido en una fuerza más poderosa para luchar contra la discriminación. No todos los principios son iguales. Tienes que sopesar las ventajas relativas. En este caso el principio era intrascendente y el sacrificio fue considerable. El precio superó con creces el beneficio»12. Después de una efímera victoria frente a las autoridades académicas, con la graduación a la vista, obtendría un duro revés. No se puede decir que perdiera la guerra, pero sí que dejó un reguero demasiado evidente.

Volvió a Mqhekezweni expulsado de Fort Hare, y el regente le reprendió por ello, además de recordarle el compromiso que adquirió con él antes de ingresar en aquellas aulas. El regente pensó por él y le obligó a volver a la universidad en otoño. Hasta entonces, retomó algunas de las tareas que había acometido con entusiasmo en los años de la infancia que siguieron a la muerte de su padre. Lo que recuperó también fue su amistad con Justice, el futuro rey de los thembus, del que se habría de convertir en fiel consejero si todo seguía el orden previsto.

Sin embargo, cuando esperaba el regreso a Fort Hare, lo que se encontró fue con una boda pactada. Se lo encontró él, y también Justice. Sus vidas, aunque ocasionalmente separadas, volvían a encontrarse y a transitar de la mano. Justice se tenía que casar con la hija de un miembro de la nobleza thembu, mientras que Rolihlahla, como siempre le llamaba el regente, debería hacer lo propio con la hija de un sacerdote thembu. El regente, con la autoridad que le correspondía por su cargo, dispuso que los enlaces fueran casi inmediatos.

Entre los planes de Mandela no estaba, desde luego, el matrimonio. Tampoco entre los de la joven a la que también habían impuesto la decisión. Intentó frenar el enlace a través de la esposa del regente, pero fue imposible torcer su voluntad. También lo fue quebrar los ideales por los que Mandela comenzaba a pelear. Su paso por aquellos centros educativos había abierto la mente de Nelson. Las tradiciones de su pueblo ya no eran su única referencia. Había compartido aula con chicos y chicas y había dado por amortizados un par de amores juveniles. No era ya el niño modelable que planchaba los trajes del regente. Ahora tenía capacidad para decir «sí» o «no» a aquella propuesta. Y había optado por la segunda opción, aunque tuviera que pagar un peaje demasiado elevado para sus exiguos recursos. De momento, no podían cuestionar la autoridad del regente, por lo que Justice y Nelson decidieron huir. El destino sería Johannesburgo.

Como no tenían dinero, los dos novios –convertidos de repente en prófugos– vendieron furtivamente dos bueyes del regente para coger un taxi hasta la estación de tren más cercana. Pero Jongintaba Dalindyebo se adelantó y dio órdenes para que no dejaran comprar los billetes a los dos jóvenes huidos. Exprimieron un poco más sus bolsillos y pagaron al taxista para que les llevara a la próxima estación, a unos 80 kilómetros de distancia. Allí pudieron tomar un tren que, descubrieron entonces, no les llevaría hasta su Dorado particular, sino que se quedaría en Queenstown.

Las horas que siguieron a su negativa a casarse se convirtieron en una carrera de obstáculos, donde las vallas se sucedían cada vez con menos zancadas de por medio. No solo se tuvieron que enfrentar a la obstinación de Jongintaba Dalindyebo por cumplir con la boda, ni con un tren que no llegaba a su destino. También se tuvieron que enfrentar a las propias leyes que regían en Sudáfrica: «En la década de 1940, viajar era un proceso complicado para un africano. Todos los negros de más de 16 años tenían que llevar obligatoriamente “pases para nativos” emitidos por el Departamento de Asuntos Nativos y debían mostrárselos a cualquier policía, funcionario o empresario blanco que lo solicitara. No hacerlo podía significar un arresto, un juicio, la cárcel o una multa»13.

Justice y Nelson tenían el pase. Pero para cambiar de distrito, como era su caso, necesitaban también documentos que acreditaban que podían viajar, un permiso de trabajo más alguna recomendación de algún empresario. Solo tenían el pase y debían conseguir el resto.

En Queenstown vivía el jefe Mpondombini, un hermano del regente que conocía a los dos jóvenes. Le pidieron que mediara con el comisario local para conseguir la documentación que les permitiera proseguir viaje a Johannesburgo. Cuando lo hizo, este llamó por cortesía a su homólogo de Umtata para darle a conocer la situación de aquellos dos chicos. Por mero azar, en la comisaría de Umtata estaba el padre de Justice, que pidió al comisario que hiciera volver de inmediato a aquellos dos jóvenes. La todavía escasa formación jurídica de Mandela le sirvió, no obstante, para argumentar que con la ley en la mano no podía obligarlos a regresar, ni detener, ni retener. Aunque fuera un jefe local el que se lo pidiera, eran hombres libres que no habían cometido delito alguno.

El comisario reconoció que les amparaba la ley, pero el jefe Mpondombini también les advirtió que se sentía engañado y que, por lo tanto, dejaría de prestar cualquier tipo de soporte a estos dos jóvenes que se habían embarcado en una huida sin retorno a Johannesburgo.

Ahora solo les quedaba completar el trayecto que unía Queenstown con la ciudad del oro. La madre de Sidney Nxu, un amigo de Justice, les ayudaría en aquel viaje largo, muy largo, de más de 700 kilómetros. Esa mujer iba en coche hasta la ciudad de sus sueños. Les cobraría 15 libras, un precio más que elevado para dos individuos sin trabajo y con muy pocos recursos. Pero era su única posibilidad.

Salieron por la mañana y «a eso de las diez de la noche vimos ante nosotros, parpadeando en la distancia, un laberinto de luces que parecía extenderse en todas direcciones. Para mí –reconoció Mandela– la electricidad siempre había sido una novedad y un lujo, y delante tenía un enorme paisaje eléctrico, una ciudad de luz. Estaba terriblemente excitado por ver el lugar del que llevaba oyendo hablar desde que era un niño. Siempre me habían pintado Johannesburgo como una ciudad de ensueño, un sitio en el que uno podía pasar de ser un pobre campesino a ser un hombre rico y sofisticado, una ciudad de peligros y oportunidades»14.

A medida que se adentraban en el corazón de la ciudad, los coches crecían, crecían y crecían. Y a medida que la densidad del tráfico crecía, la velocidad se ralentizaba, se ralentizaba y se ralentizaba. El joven Mandela vivió el primer atasco de su vida.

La madre de Sidney Nxu se dirigió a una vivienda de un barrio residencial, donde el lujo obnubiló las percepciones de los dos pasajeros ocasionales de aquel vehículo. Aunque les condujeron a las dependencias del servicio doméstico, aquel primer dormitorio de Johannesburgo fue el más lujoso en el que había dormido en su vida.

II
Lazar Sidelsky
(1941-1948)

Johannesburgo era una de las fuerzas motoras de la economía sudafricana. La ciudad apuraba el paso por el esfuerzo que suponía la participación del país en la II Guerra mundial, en la que había declarado oficialmente las hostilidades contra el gigante nazi. Esa ciudad iluminada que habían descubierto Justice y Nelson en el coche que les trajo desde Queenstown era capaz de devorar mano de obra de cualquier rincón del país. De día, el hormiguero se trasladaba a las áreas industriales. De noche, a sitios como Sophiatown, Alexandra, Martindale o George Goch. Eran barrios para negros, para trabajadores llegados de fuera. Sitios inhóspitos, sin árboles, donde la gente se arremolinaba en pequeñas casitas, construidas con chapas o con lo que el ingenio o la casualidad pusieran por delante de sus inquilinos. Tan minúsculas y tan parecidas unas a otras que fueron bautizadas como cajas de cerillas. Aquellos suburbios eran, en realidad, guetos alejados de la exuberancia de los barrios de los blancos.

Justice y Nelson no tenían dinero ni porvenir, por lo que la primera encomienda a la mañana siguiente fue la búsqueda de empleo. Johannesburgo significaba, para muchos sudafricanos, trabajo. Y trabajo, para esos mismos hombres, era sinónimo de minería. De oro. De túneles. De picar. De excavar. De una vida bajo la superficie. Dos millones de negros trabajaban en las minas sudafricanas; 600.000 de los cuales lo hacían en el entorno de Johannesburgo. De aquellas explotaciones salía cerca del 70% de la producción mundial de oro; un 20% del uranio y el 35% de los diamantes.

Los dos recién llegados se dirigieron a Crown Mines con una recomendación que el regente había trasladado a la compañía para que contrataran a su hijo. Del resto, del puesto de trabajo para Nelson, se encargarían sus ingenios y sus mentiras. Justice se entrevistó con Piliso, el capataz de la mina. Además de ajustar sus condiciones, le advirtió de que Nelson era su hermano y que el regente pedía también un empleo para él. Piliso cayó en la trampa y le contrató.

En la superficie, la ciudad podía alcanzar el millón de habitantes, a los que se sumaban los que vivían en las zonas aclimatadas para los trabajadores. Allí, en el primer entorno laboral que Mandela conoció en la Johannesburgo de sus sueños, experimentó el contraste entre trabajar dentro y fuera de las minas; entre hacerlo en los túneles o en las oficinas. Y una diferencia, posiblemente la más evidente, procedía del lugar donde cada uno de aquellos hombres se ganaban el pan. Bajo tierra solo había trabajadores negros: «Una mina de oro no tiene nada de mágico. Desnuda y perforada, todo tierra y sin árboles, vallada por los cuatro costados, una mina de oro recuerda un campo de batalla devastado por la guerra. El ruido era estridente y constante: el chirrido de los ascensores, el golpeteo de las perforadoras, el rugido constante de la dinamita, el ladrido de las órdenes. Allá donde mirara –recordaría Mandela–, veía hombres negros con monos polvorientos, de aspecto cansado y abatido. Vivían sobre el terreno en desnudos barracones que contenían cientos de lechos de cemento separados entre sí solo unos cuantos centímetros»1. El mito del que les había hablado Banabakhe Blayi se desmoronaba delante mismo de sus ojos.

Mandela comenzó a conocer no solo la injusticia de las leyes que segregaban, donde los trabajos se dividían según el color de la piel de quien los ejecutara, o según el privilegio que pudiera conseguir algún jefe local, sino también la de un capitalismo salvaje que ya hacía de África su campo de experimentación más lustroso y, a la vez, más luctuoso. Aquellas excavaciones de Crown Mines fueron para los jóvenes Nelson y Justice un aldabonazo de la realidad que acompañaba, y acompañaría, al continente. Eran clases en directo de materias muy diferentes a las impartidas en Mqhekezweni, Clarkebury o Fort Hare.

La estructura social sudafricana quería mantener a los negros fuera de las ciudades, había que tratarlos como ciudadanos de segunda día tras día. Sin embargo, los reyes tribales y los líderes comunitarios sí eran recibidos con reverencia, casi con veneración, en determinados lugares donde la dominación blanca era una evidencia. Uno de esos lugares eran las minas. ¿El motivo? Una sola palabra, apenas una indicación de los líderes comunitarios, servía para que jóvenes de las aldeas emprendieran el fatigoso camino hacia lo que parecía un futuro prometedor: las minas de oro de Johannesburgo. Con esa petición, directa o indirecta, las grandes compañías mineras, en poder del capital blanco, se nutrían de la mano de obra poderosa, barata y silenciosa de los negros que escarbaban la tierra hasta hacerla sangrar, llorar o regurgitar la mayor cantidad posible de oro que hubiera en sus entrañas. En el caso de Crown Mines, por la escasa calidad del mineral, la hemorragia de trabajo debía ser abundante. Muy abundante.

En este contexto, la carta del regente y la mentira de Justice los convirtieron casi en privilegiados. Casi entre comillas. El hijo de Jongintaba Dalindyebo pasó a engrosar el equipo de oficinistas, algo que era casi un exotismo para un ciudadano negro. Nelson, por su parte, ocupó un puesto como guarda nocturno. Ambos tendrían, además del trabajo, la comida gratis y un lugar para dormir. Piliso, obsequioso por la carta del padre de Justice, e ignorando la mentira propinada, les dejó dormir varios días en su casa. Después tendrían que pasar a los barracones.

¿El salario? Ahí no había diferencias. Escaso. Pequeño. Raquítico.

En la soldada, Justice y Nelson se igualaban con el resto de trabajadores negros que agujereaban las tripas de Johannesburgo.

Ese pequeño sueldo era un caramelo con sabor a pequeño privilegio que consolaba, o alegraba, a dos jóvenes que habían dejado atrás una boda no deseada.

Una vez hubieron abandonado la relativa comodidad del hogar de Piliso, Justice –en su condición de hijo del regente– era tratado con deferencia por sus compañeros de barracón. Le recibieron con regalos, agasajos e, incluso, con un dinero que compartía con el camarada Nelson. De este modo, junto a la ausencia de compromisos familiares o matrimoniales, los dos amigos se antojaban poseedores de las cartas marcadas de la vida: un trabajo no demasiado exigente, al que se añadía la pleitesía de sus compañeros convertida en más monedas con las que llenar el bolsillo.

Una de las infinitas diferencias entre los trabajadores negros y blancos de la mina era el espacio donde pretendían descansar y lamerse las heridas provocadas por el trabajo diario. Los lugares infectados por su propio nombre, los barracones, eran para los negros, que eran estabulados según su comunidad o lugar de procedencia. De este modo, los responsables de Crown Mines y de otras tantas compañías trataban de mantener cierta paz social. Sin embargo, si este objetivo no se cumplía y se producían enfrentamientos entre unos y otros, la empresa se ponía de perfil y no gastaba ni un gramo de sus energías –ni de sus recursos– para cuidar a su mano de obra, sabedora de que en los bantustanes la gente seguía anhelando el sueño de la gran urbe, de Johannesburgo, la ciudad del oro.

Su primer y efímero éxito como amigo de un respetado miembro del equipo de oficinistas fracasó porque Piliso les pilló en la mentira. Ni era hermano de Justice ni el regente había sugerido a Crown Mines su admisión. Fue despedido. Se acabaron las monedas regaladas, la envidia de los compañeros y un trabajo sin demasiadas exigencias.

Justice, a pesar de la patraña, mantenía una buena agenda de contactos de su padre. Por eso no dudó en recurrir a un antiguo amigo del regente que, además, ocupaba un alto cargo en el ya pujante Congreso Nacional Africano, A. B. Xuma. A través de este, y por la circunvalación de un tercero, llegaron de nuevo con una solicitud de trabajo a Crown Mines a la que tuvo que dar respuesta Piliso, el capataz. Esta vez no hubo turno de réplica ni tiempo para la duda: los echó de allí sin contemplaciones.

El despido trajo a Mandela un nuevo compañero de viaje, su primo Garlick Mbekeni, con el que se fue a vivir y con el que emprendió la azarosa tarea de encontrar un nuevo empleo.

La nueva búsqueda de trabajo le llevó a ver a un importante agente inmobiliario en Market Street, era Walter Sisulu, pieza destacada de una agencia especializada en la compraventa de inmuebles para negros.

La oficina de Market Street supuso el descubrimiento de un mundo protagonizado por ciudadanos negros, algo impensable para él hasta entonces. El fogonazo sucedió por medio de la secretaria de Sisulu. A aquella entrevista de trabajo fue con su primo Garlick: «Nos sentamos en la sala de espera del agente inmobiliario mientras una bonita recepcionista africana anunciaba nuestra presencia a su jefe en el despacho que había dentro. Una vez transmitido el mensaje, sus ágiles dedos bailaron sobre el teclado de una máquina mientras escribía una carta. Jamás en mi vida había visto un mecanógrafo africano, y menos aún una mecanógrafa. En los pocos despachos oficiales y empresariales que había visitado en Umtata y Fort Hare, los oficinistas habían sido siempre blancos y varones»2.

Aquello era Johannesburgo, un ambiente completamente diferente a todos los lugares por los que había pasado antes. De su aldea natal a Qunu sintió que había un escalón. De ahí a Mqhekezweni, entendió que había subido un tramo de golpe. Pasar a Clarkebury equivalió a una zancada de un piso de altura. Fort Hare, más de lo mismo. Pero Johannesburgo fue diferente. Era una ciudad que impartía lecciones casi en cada baldosa de sus aceras. Aquí entendió que no era necesario que un negro tuviera un título universitario para triunfar en la vida. Aquello, que casi se había amachambrado en su mente en las distintas etapas formativas que había completado, se había venido abajo con estrépito tras los primeros contactos con Walter Sisulu, ese hombre negro de impecables trajes grises cruzados, inglés fluido y don de gentes que se había convertido en una referencia para muchos sudafricanos que querían emprender una nueva vida en Johannesburgo. Sisulu no había terminado ningún ciclo universitario. El modelo en el que se miró entonces, y en el que seguiría mirándose años y años, rompía el tinglado que tanto trabajo había costado levantar a Nelson. En Johannesburgo la universidad no garantizaba, en principio, nada más que un título. Nada más.

Después de un breve período en casa de su primo Garlick se fue a vivir con el reverendo J. Mabutho a Alexandra, una barriada de apenas ocho kilómetros cuadrados a las afueras de Johannesburgo. En aquel momento, Alexandra también era conocida como la ciudad oscura por la ausencia de suministro eléctrico. Fue el primer contacto de Nelson Mandela con un entorno donde la segregación era más que evidente: «Allí aprendí a adaptarme a la vida urbana y entré físicamente en contacto con todos los males de la supremacía de la raza blanca. Aunque el distrito segregado tenía edificios bonitos, era el típico suburbio pobre, superpoblado y sucio, con niños desnutridos deambulando por ahí desnudos o vestidos con sucios harapos. [...] A pesar de eso, Alexandra era más que un hogar para sus 50.000 residentes. Al ser una de las pocas áreas del país en las que los africanos podían adquirir bienes inmuebles de propiedad y gestionar sus propios asuntos lejos de la tiranía de las regulaciones municipales, era tanto un símbolo como un reto»3.

Los primeros pasos de Mandela en Johannesburgo fueron una secuencia de mentiras que le hicieron perder trabajos y lugares donde vivir. Esas mentiras, o esas verdades contadas con matices, esos relatos que bordeaban lo real con lo imaginado sostuvieron sus primeros tiempos en la gran ciudad. Los embustes que arrastraba desde su huida de casa del regente provocaron que también tuviera que abandonar la casa del reverendo cuando este se enteró por terceros de las trapacerías de su joven inquilino. La salida de su nuevo y efímero hogar tuvo algo de pedagógico. El reverendo dio ejemplo con él y le mandó al purgatorio de la búsqueda de una nueva casa. Eso sí, fue una penitencia con indulgencia incorporada, ya junto a la expulsión hizo posible que Nelson se instalara con la familia Xhoma, que vivía en el vecindario.

Tuvo que comenzar una nueva vida. Físicamente en una habitación con el suelo de tierra apelmazada y techo metálico, sin calefacción, ni agua corriente, ni luz eléctrica. Una chabola. La nueva dirección del joven Nelson estaba en Alexandra: Séptima Avenida número 46.

Alexandra era una ciudad de contrastes. Más bien era un suburbio de contrastes. Mejor dicho, era solo un suburbio.

Las apariencias, en Alexandra, no eran ni más –ni menos– que eso. Alguna fachada ilustre o un edificio resultón por aquí y otro por allá no podían apagar el resplandor siempre original del hambre; o el silencio siempre dañino de la suciedad de los niños de la calle; o que las fuentes de agua potable se alternaran casa sí y casa no, y que cada caño fuera el responsable del suministro de varias unidades familiares; o ese olor a humo de unas cocinas que no siempre ardían por la noche debajo de un puchero; o de ese gris marengo que reinaba en la noche alexandrina, cuyas calles casi nunca se iluminaban haciendo justicia a su apodo.

Alexandra, la ciudad oscura. Alexandra, un enclave con el vaso medio vacío, donde la oscuridad era muy diferente a la del Transkei, donde las estrellas se encargaban de llevarle la contraria a la realidad.

Lo mejor, que no era otra cosa que la vida sin aditivos, naufragaba o braceaba sin piedad en Alexandra. La vida sin más. Mucha vida en términos cuantitativos, porque más que ordenación urbana aquello parecía un desorden apelotonado. Lo peor de aquella sucesión de vidas, también sin aditivos, ocupaba los papeles principales y secundarios de aquel lugar. Muerte y violencia con un linaje de ocho apellidos. Y alcohol, mucho alcohol. Había casi más, o casi tantos, bares clandestinos –los conocidos como shebeens, en los que se bebía cerveza casera de baja calidad y menos control sanitario– que fuentes de agua potable. Aquellos tugurios gozaban de una buena salud que convivía con la mala muerte que, a la corta o a la larga, aseguraba el consumo masivo de esa cerveza que se vendía por unas pocas monedas. El dinero que se empleaba en alcohol del malo hubiera venido muy bien en las esqueléticas despensas de Alexandra.

Ahí, donde Cerbero custodiaba sus puertas con sigilo, Mandela encontró algo en apariencia impensable, una especie de paraíso colectivo: «Al ser una de las pocas áreas del país donde los africanos podían adquirir propiedades libremente y hacerse cargo de sus propios asuntos, un lugar donde la gente no tenía que aceptar la tiranía de las autoridades municipales blancas, Alexandra era una tierra prometida urbana, una prueba de que nuestra gente había roto sus vínculos con el campo convirtiéndose en habitantes permanentes de la ciudad. El Gobierno, en su intento de mantener a los negros en el campo o en las minas, sostenía que los africanos eran por naturaleza un pueblo rural, mal adaptado a la vida en la ciudad. Alexandra, a pesar de sus problemas y defectos, desmentía tal aseveración»4.

La táctica de vencer a través de la división que pregonaba con hechos el Gobierno sudafricano se quebraba en este lugar. Un pequeño triunfo, aunque todavía no premonitorio de lo que habría de venir. En aquel paraíso con goteras encontró Mandela un hogar, aunque nunca tuviera una casa. En Soweto, donde sí vivió mucho tiempo, sí tuvo una casa aunque, también según él mismo reconoció, nunca encontró un hogar. Esta es la diferencia entre la casa y el hogar.

En lo laboral, gracias a la influencia de Walter Sisulu, comenzó su trabajo como pasante, como aprendiz, en el bufete Witkin, Sidelsky & Eidelman. A pesar de husmear desde lejos el olor de la toga, Mandela no se conformaba con la pasantía. Incluso, aunque el propio Sisulu le mostraba con su ejemplo que el hecho de terminar sus estudios era algo relativo, Mandela expuso con claridad a sus nuevos jefes que deseaba terminar Derecho en la Universidad de Sudáfrica, que le permitía seguir el trayecto académico a distancia. Podría trabajar y estudiar a la vez. Aquella contratación fue un paso más en el curso rápido de aprendizaje que estaba completando Mandela en sus primeros meses en Johannesburgo. Witkin, Sidelsky & Eidelman era un bufete de abogados blancos que contrataban a un joven negro. Uno de los socios, Lazar Sidelsky, mostró especial atención en el joven becario y, en particular, en su formación. Frente al criterio de Sisulu, Sidelsky sí consideraba fundamental la educación para el desarrollo de los sudafricanos negros.

Mandela no fue el único negro contratado en el reputado despacho de abogados, que no hacía distinción entre sus clientes. Defendía del mismo modo a un hijo de la clase dominante blanca, que ayudaba en alguna transacción inmobiliaria que tenía a Sisulu como intermediario. Por eso no fue de extrañar que contrataran a otro joven negro, Gaur Radebe. Con diez años más en su tarjeta de identidad, Radebe se mostró desde el principio mucho más suspicaz que Mandela ante la discriminación racial. También demostró estar más capoteado en la vida de una gran ciudad y en el trato con el blanco que el joven del Transkei.

Los jefes y las secretarias recibieron casi con mimo a los nuevos. Mandela escuchó las explicaciones pertinentes sobre el funcionamiento de la empresa, dónde estaban sus puestos de trabajo, sus labores y los usos y costumbres de esa pequeña comunidad humana en la que, frente a los pronósticos, convivían negros y blancos. La encargada de guiar ese improvisado tour de bienvenida fue una secretaria, y a partir de ahora compañera, de apellido Lieberman.

Uno de aquellos momentos donde unos y otros se igualaban era el rato que dedicaban a tomar el té. Ellos, como negros, no tenían ninguna obligación de llevar o traer las tazas o la tetera a sus compañeros. Solo tenían la obligación de tomar el té cuando les apeteciera. En la explicación de aquella ceremonia laboral del té, Lieberman le insistió, casi machaconamente, en que tenían dos tazas nuevas compradas expresamente para ellos. Dos tazas exclusivas para ellos. Dos tazas. Dos. Le insistió mucho en ello, del mismo modo en que le repitió casi hasta la pesadez que debía replicar esas indicaciones a su compañero Gaur. Debía repetirle todo, pero no se podía olvidar del asunto, en apariencia trivial, de las tazas.

El halago de las tazas. El regalo de las tazas. La trampa de las tazas.

El obsequio escondía la letra pequeña y las cláusulas invisibles que evidenciaban la discriminación. Los compañeros de Witkin, Sidelsky & Eidelman podían compartir tiempo y espacio con sus compañeros de piel negra. Pero beber de las mismas tazas era muy distinto.

Entre máquinas de escribir, legajos y mesas donde fluían los recursos y apelaciones propias de un bufete de abogados, Mandela –cuyo trabajo oscilaba entre la mensajería y las labores administrativas– trasladó a Gaur de forma precisa las indicaciones de Lieberman. Aquel aprovechó la coyuntura y sacó a pasear el colmillo del que quiere provocar y sabe cómo hacerlo. Pergeñó una venganza preventiva en silencio, de la que solo compartió una indicación con Mandela: este debía hacer lo mismo que él hiciera.

En la primera de las ocasiones en la que un empleado del bufete llegó con una bandeja en la que brillaban las cucharas, humeaba la tetera y entrechocaban sus cerámicas las tazas, destacaban por su poco uso las que deberían pertenecer desde ese momento a los dos nuevos. Gaur se adelantó a sus compañeros y cogió, intencionadamente, una de las tazas viejas, usadas y, por supuesto, propiedad de sus compañeros de piel blanca. Se sirvió ceremonioso el té en medio de un silencio educado pero tenso. Con la mirada invitó a Mandela a seguir su ejemplo. No fue la inapetencia hacia el té lo que llevó a Nelson a no tomar una tacita ese día, aunque apelara a ello en su descargo. Otra mentira, una más, pero esta justificada en la conciencia de Mandela. Optó por no secundar a Radebe. Debía haber hecho pública su disconformidad a formar parte de una provocación en el lugar en el que les acababan de abrir las puertas, pero aquel día se limitó a excusarse. El resto, tomó el té en solitario. Con su taza.

Otro paso más en el aprendizaje de la compleja sociedad sudafricana, servido en una simple taza de té.

El trabajo en Witkin, Sidelsky & Eidelman le reportaba una mísera fortuna de dos libras por semana. De ahí, chelín a chelín, penique a penique, había que restar el alquiler de una humildad llamada vivienda; el precio del autobús para negros –autobús para nativos lo llamaban, en uno más de los ilustrativos eufemismos salidos de la fábrica de falacias conceptuales que inventaran y desarrollaran con pericia los sucesivos Gobiernos sudafricanos–, algo para comer y velas, muchas velas, con la que poder seguir sus estudios por correspondencia en la Universidad de Sudáfrica. Cumplía así con la promesa que le hizo a Sidelsky, jefe y mentor en el bufete.

Velas porque no había corriente eléctrica. Velas porque no podía permitirse una lámpara de queroseno.

Entre Alexandra y el bufete había nueve kilómetros. Cuando el mermado presupuesto no alcanzaba para nada más, empleaba casi dos horas en llegar andando al trabajo. Como tampoco había dinero para adecentar o renovar el vestuario, se ponía el traje de su jefe. Literalmente se ponía su traje. En concreto uno que le regaló y que mantuvo, remiendo tras zurcido, durante cinco años. Él mismo diría en su autobiografía que cuando se deshizo de él había ya más arreglos que traje. Pobreza en estado puro.

El aspecto de Mandela era desastrado, en contraposición con las imágenes que veríamos de él, apuesto y galán, en su época de esplendor. Pero lo peor estaba bajo una chaqueta que escondía el hambre del cuerpo. Hambre que saciaba muchos días solo a base de pan. En la casa de los Xhoma, donde vivió cerca de un año, se acostumbró a comer los fines de semana. Era, muchas semanas, la única comida caliente que ingería a siete días vista.

A través del contacto con la soledad y el bullicio que comparten espacio en las grandes ciudades, Mandela entendió que había desatado buena parte de los lazos que mantenía con su pasado. No se trataba tanto de desentenderse de su pueblo, de su gente, del mundo rural al que pertenecía, sino de liberarse de algunos grilletes que seguían condicionando a muchos sudafricanos negros que trataban de emprender su vida en lugares como Johannesburgo o Alexandra: «Lentamente, descubrí que no tenía por qué depender de mis relaciones con la realeza ni del apoyo de la familia para seguir avanzando, y forjé relaciones con personas que ni conocían ni les importaba mi vinculación con la casa real thembu. Tenía mi propia casa, por humilde que fuera, y empezaba a desarrollar la confianza y seguridad que necesitaba para seguir adelante yo solo»5.

Pero compartió camino con gente como Sidelsky, que siguió de cerca a su pupilo, y le animó tanto a terminar sus estudios como a alejarse de la política. En opinión de uno de los pilares del bufete, esta sacaba lo peor de cada individuo: la corrupción, las envidias, las luchas de poder o el logro personal a toda costa. Todo aquello formaba parte de un mundo que, para Lazar Sidelsky, no era recomendable. Si quería ejemplificar aquella propuesta de vida, tenía dos modelos en los que Nelson no debía fijarse demasiado: uno muy cercano, Gaur Radebe. El otro, demasiado influyente en la Johannesburgo del momento –y en el futuro del propio Mandela–, Walter Sisulu. Eran, para el jefe de Nelson, un ejemplo en lo profesional, pero un mal reflejo en el que mirarse desde el prisma de lo político.

Las palabras de Sidelsky no solo no ahuyentaron el riesgo del dúctil Mandela, sino que provocaron casi el efecto contrario. El interés del mentor se convirtió casi en un conjuro para rodear a su joven pasante de lo más granado, y lo más prometedor, de la política del momento. Tras Sisulu y Radebe llegó Nat Bregman, considerado por Mandela como su primer amigo blanco. Aterrizó en el bufete como él, contratado como pasante. Si una simple taza de té le había hecho comprender el mundo en el que vivía dentro de aquella oficina, un no menos simple bocadillo le abrió la perspectiva a una ideología, el comunismo, con la que muchos quisieron vincular a Nelson Mandela durante toda su vida. Bregman le invitó a compartir un pedazo de aquel simple almuerzo que llevaba, entre pan y pan, una moraleja: el espíritu del comunismo radicaba en compartir absolutamente todo. Nat era miembro del Partido Comunista sudafricano e intentó acercar a su amigo hacia esa ideología. Le invitó a fiestas, a charlas, a escuchar qué era aquello que defendían individuos entre los que, a priori, la cuestión del color no era demasiado importante. Una de las reticencias que tenía Mandela respecto a aquel partido era su relación con la religión, algo que para él, que se había criado y formado en centros cristianos, suponía un conato de conflicto personal. Sin embargo, aquella no fue la principal diferencia. «Empezaba a ser consciente de la historia de opresión de mi propio país, y consideraba la lucha en Sudáfrica como algo puramente racial. Pero el partido (comunista) interpretaba los problemas de Sudáfrica a través del prisma de la lucha de clases. Para ellos, se trataba de que los que lo tenían todo oprimían a los que no tenían nada. Me resultaba un punto de vista interesante, pero no me parecía especialmente relevante en la Sudáfrica de aquellos días. Tal vez fuera aplicable en Alemania, Inglaterra o Rusia, pero no parecía apropiado para el país que yo conocía»6. El Partido Comunista, muy importante en el África austral, encontró entre la población negra, normalmente descontenta y ubicada entre los sectores menos favorecidos de la sociedad, una tierra fértil donde extender sus ideas.

Su estancia en el domicilio de los Xhoma duró solo unos meses. Mandela seguía siendo uno más de los sudafricanos negros que esperaban en Alexandra, a las puertas de Johannesburgo, a que ocurriera el milagro de una prosperidad que no terminaba de cuajar. En 1942 se mudó a la Witwatersrand Native Labor Association (WNLA), la agencia de contratación de los trabajadores de las minas, donde convivió con sudafricanos de todas las etnias, con mozambiqueños, con namibios... Allí se hablaba una lengua a medio camino de todas ellas, el fanagalo. En aquel lugar, donde la mayoría de los compañeros de hospedaje eran mineros, Nelson era literalmente un bicho raro. Los demás bajaban a la mina en busca de lo que hubiera en las entrañas de la tierra. Mientras, él gastaba los días entre la pasantía y sus estudios.

La WNLA, por ser el sitio en el que vivían muchos de los negros que llegaban del campo a la ciudad a causa de la fiebre de un oro que nunca era para ellos, también era lugar de paso para los líderes tribales de toda Sudáfrica. Caían por allí de vez en cuando si se les requería por algún asunto relacionado con los trabajadores de su zona, si se les pedían más brazos para escarbar la tierra, o si iban a la ciudad por negocios de uno u otro pelaje. No era infrecuente que unos u otras hicieran acto de presencia por las dependencias de este microcosmos sudafricano. Una de ellas fue la reina regente de Basutolandia (Lesotho), Mantsebo Moshweshwe, quien se detuvo un momento a hablar con el bicho raro de aquel hábitat hostil para el estudio y el Derecho. En mitad de la conversación se dirigió a Nelson en la lengua del pueblo sotho. Mandela respondió con el desconocimiento atado a la mirada. La regente tiró de crítica solemne ante el gesto. «Me miró con incredulidad y después se dirigió a mí en inglés: “¿Qué clase de abogado y líder será usted si no sabe hablar el lenguaje de su propio pueblo?”. La pregunta me azoró y me hizo poner los pies en la tierra. Fui consciente de mi papanatismo y descubrí hasta qué punto estaba poco preparado para servir a mi pueblo. Había sucumbido a las divisiones étnicas potenciadas por el Gobierno blanco y no sabía cómo hablar a mi propia gente. Sin el lenguaje no es posible comunicarse con la gente ni comprenderla; no es posible entender sus esperanzas y aspiraciones, conocer su historia, apreciar su poesía o saborear sus canciones. Una vez más, comprendí que no éramos pueblos diferentes con distintas lenguas, éramos un único pueblo con lenguas diferentes»7.

En el invierno de 1942 falleció Jongintaba Dalindyebo. Mandela y Justice recibieron tarde la notificación del deceso, por lo que llegaron al palacio un día después de su entierro. Nelson tuvo sentimientos contradictorios. Se había reconciliado con él hacía meses, olvidando toda la peripecia de su huida y de la contratación en las minas de Johannesburgo. Ahí percibió alivio. Frente a esto, lamentaba no haber correspondido la grandeza que el regente había manifestado siempre con él. No haber llegado a tiempo de la despedida, ahondó en aquella sensación de cierto abandono del deber con una de las grandes autoridades de su pueblo.

Pasó casi una semana en Mqhekezweni, tiempo que le sirvió para enfrentarse de nuevo con la persona que había sido y con la que ahora era; para confrontar lo que significaba para él su etapa en Johannesburgo, lo que podía llegar a ser. Y lo que podía haber sido de haber perseverado en los planes que para él tuvieron el regente y su familia. Ahora, antagonistas unos y otros, la imagen que surgía era la de un personaje situado frente a un espejo cóncavo y a otro convexo. Y él, en medio.

Justice tuvo que asumir el cargo de su padre y se acabó para él la aventura en Johannesburgo. Pero Nelson volvió a la gran ciudad. Otra maroma que Mandela desataba de forma consciente. Poco a poco, el pantalán del puerto de su tierra natal iba quedando más lejos; no en lo afectivo, pero sí en lo profesional y en la vida que le esperaba.

A finales de 1942 aprobó el examen de graduación. Su periplo académico avanzaba, del mismo modo que su amistad con Gaur Radebe. Este le animaba cada vez más a comprometerse en el campo de la política. Sabía, por las conversaciones que mantenían, que el comunismo no estaba entre las preferencias del joven pasante. Nunca le cautivó esa ideología, aunque sí encontró algo de lo que quería para su país y para su gente: «En realidad, no me interesaba la política. Me interesaba la vertiente social de la política... Me impresionaban los miembros del Partido Comunista. El hecho de ver blancos que no le daban ninguna importancia al color de la piel era algo que..., era una nueva experiencia para mí»8. Entre el amor y el escepticismo por el comunismo, Radebe le recomendó adherirse y seguir los postulados del Congreso Nacional Africano. En opinión de Gaur, la lucha de liberación del pueblo protagonizada por este partido era el espacio ideal para la participación de Mandela en la vida política.

Persuadido o convencido, Mandela asistió de manera informal a reuniones del CNA, en principio como observador. Pero llegó el momento en el que tuvo que soltarse. Años después, en la cárcel, en una carta que escribió a Winnie Mandela el 20 de junio de 1970 reconocería que aquellos atisbos de liderazgo eran, para el propio Mandela, imperfectos, vacíos y estaban ataviados con cierto toque de egocentrismo: «Llega un momento en la vida de todo reformador social en el que gritará desde cualquier plataforma, principalmente para liberarse de los trocitos de información no digerida que se le han acumulado en la mente; un intento de impresionar a las masas en vez de iniciar una exposición tranquila y simple de principios e ideas cuya verdad universal se hace patente mediante la experiencia personal y el estudio en mayor profundidad. En esto no soy una excepción, y he sido víctima de la debilidad de mi propia generación, no solo una, sino cien veces. Debo ser sincero y decirte que, al revisar de nuevo algunos de mis textos y discursos del principio, me desconcierta su pedantería, su artificialidad y su falta de originalidad. Su apremiante necesidad de impresionar y de hacer propaganda es claramente perceptible»9. Propaganda en el corazón de la lucha contra el apartheid. Eso sí, tamizada por la reflexión que le dieron los años de cárcel.

Los primeros escarceos de Mandela con la política no agradaban a Lazar Sidelsky, quien le aseguraba que la política echaría a perder su prometedora carrera en la abogacía. Trabajaba con tal dedicación y diligencia en el bufete que se anticipaban dotes para un futuro brillante entre leyes. Además, como si fuera agorero de malos –o, en este caso, certeros– presagios, un día le dijo que «si te metes en política, tu profesión sufrirá y tendrás problemas con las autoridades, que a menudo son tus aliadas en este trabajo. Perderás a todos tus clientes, te quedarás sin dinero, destruirás tu familia y acabarás en la cárcel. Eso es lo que ocurrirá si te metes en política»10. Al dejar escrita en sus memorias esta reflexión de Sidelsky, Mandela reconocía la inteligencia de su mentor en el bufete, de su capacidad de profetizar aquello que él intuía que habría de suceder.

A primeros de 1943 fue a Fort Hare para su graduación, tras aprobar el examen en la Universidad de Sudáfrica. Para tal evento, un hombre pulcro y elegante como Nelson, sabía que no podía ir con el traje remendado que un día le dejó Sidelsky. Pero no tenía dinero para comprar uno nuevo. Ya era miembro del bufete tras la marcha de Gaur Radebe, pero no tenía posibilidad de renovar el fondo de armario, por lo que prefirió tirar en esta ocasión de la amistad, y los recursos, de Walter Sisulu.

Para su primera llegada a Fort Hare había estrenado el traje que encargó el regente para él. Para volver a su tierra, para volver a la universidad en la que empezó a madurar, estrenaría otro atuendo. Los ropajes académicos también fueron prestados por un amigo y antiguo compañero de aula, Randall Peteni. Elegante y solemne, su madre y la viuda del regente le acompañaron aquel día. Aprovechó la graduación para quedarse en su tierra unos días. Al igual que ocurrió con el entierro de Jongintaba Dalidnyebo, se replanteó lo que era y lo que quería llegar a ser. En este caso, con un añadido, le plantearon la posibilidad concreta de volver al Transkei una vez que se convirtiera en abogado. El argumento fue emotivo y justo a partes iguales: si de algo adolecía aquella zona era de personas formadas que pudieran colaborar en su desarrollo. Sin la conciencia del todo clara, aunque con un pálpito que cada vez apostaba más por la vida que le esperaba en Johannesburgo, no se atrevió a negar tal posibilidad. Pero lo que no hizo en modo alguno fue pronunciar un simple sí.

Mandela ya no pensaba en clave Transkei. Ni Transvaal. Ni Thembulandia. No pensaba ni en xhosa, ni en zulú, ni en sotho. Ni en blanco. Solo pensaba en negro. En derechos. En libertades. En futuro. Su engranaje mental pasaba por una nación pensada en su conjunto. Era ya un incipiente pensamiento global.

Con los ropajes académicos prestados por su amigo. Con su madre allí presente. Con la alegría de sus compañeros de graduación. Y con su traje nuevo. Con el lustre del pantalón y de la chaqueta recién comprados, Nelson percibió con nitidez que aquel acto, aquella celebración, no tenía demasiado sentido. O, al menos, que no tenía la importancia que él mismo le había dado en su momento. Años ha, consideraba que para que un sudafricano negro fuese el líder de su comunidad, debía completar unos estudios, obtener una graduación, lograr una licenciatura, para después volver entre los suyos, destacar, brillar y ser reconocido.

El joven Mandela, que había soñado con un buen salario, un trabajo como funcionario y una apacible vida en torno a la casa real thembu, veía ahora que había aprendido mucho más en los pocos meses que llevaba en Johannesburgo que en toda su vida en el Transkei. Lo que le había aportado la ciudad sin necesidad de título académico era más valioso que ese cúmulo de estudios que sus padres primero, y el regente después, se empeñaron en ofrecerle. La gente y la vida cotidiana en la ciudad le permitían contemplar con perspectiva la inmoralidad de un sistema político quebrado por la falta de justicia de sus postulados. Cada vez era más consciente de que para hacer frente a esa inequidad no le habían preparado en Fort Hare. «En la facultad, los profesores habían rehuido temas como la opresión racial, la falta de oportunidades para los africanos y la maraña de leyes y reglamentos cuyo único fin era subyugar al hombre negro. Pero en mi vida en Johannesburgo me enfrentaba a todo aquello un día sí y otro también. Nadie me había sugerido nunca un modo de erradicar los males derivados de los prejuicios raciales, y tuve que aprender de mis propios errores»11. Eso, de sopetón, es algo de lo que se percató Mandela en aquel acto académico que vivió con dos trajes que, por sus circunstancias económicas, él no habría podido portar.

A su vuelta a Johannesburgo se matriculó en la Universidad de Witwatersrand, conocida como Wits, con el fin de licenciarse en Derecho. Fue el único negro que cursó aquellos estudios ese año. Un solo negro en un campus en el que había alumnos blancos comprometidos con la causa de la igualdad de derechos, pero donde tampoco sobraban compañeros que de una manera u otra le hacían saber que aquel no era lugar para un negro. Wits, como el resto de los centros por los que circuló el expediente académico de Mandela, era de origen inglés. A pesar de las dificultades, en una universidad afrikáner, la presencia de Nelson hubiera sido imposible. Aquí descubrió la política en una dimensión que nunca antes había alcanzado. La catarata de debates estudiantiles, las proclamas casi constantes, la afiliación como forma de supervivencia... Este ambiente superaba con mucho el planteamiento que había visto hasta ahora a través de Nat Bregman o Gaur Radebe.

En aquel tiempo ya había dejado Alexandra y residía en Orlando, Soweto.

La participación sudafricana en la II Guerra mundial, a la que se añadió una grave sequía y el hambre consiguiente entre la población, provocó un gran movimiento ciudadano de las áreas rurales a las grandes concentraciones urbanas. Uno de aquellos lugares fue Soweto, acrónimo de South West Town (la ciudad del suroeste), que a pesar de lo simbólico e insignificante del contenido de su nombre, ya se había convertido en uno de los mayores conglomerados de población del país, «aunque pocos residentes blancos en Johannesburgo habían entrado en ella, y los mapas y planos ni siquiera señalaban su existencia. En el sitio peor emplazado del paraje que constituían los vertederos de las minas, donde el viento arrastraba consigo el polvillo residual del oro, Soweto era una vasta extensión de decenas de miles de pequeños cubículos carentes de electricidad, dominado por los cuartelillos de la policía, sin otra cosa que vallas y cercados destacándose contra el cielo o rompiendo la línea del horizonte. Su aspecto era uniformemente proletario, pero encerraba en su seno a maestros negros, pequeños comerciantes, dependientes y empleados, gánsteres y vagabundos, que todos los días se amontonaban para subir a los trenes y autobuses atestados que los conducían al trabajo en la ciudad blanca»12. Ahí viviría Mandela hasta su encarcelamiento y después de su liberación.

El aprendiz de abogado trabó amistad con blancos miembros y simpatizantes del Partido Comunista, así como con jóvenes de origen indio, la otra gran comunidad presente en Sudáfrica, como J. N. Singh e Ismail Meer. Un día los tres iban al piso de este último. Tomaron un tranvía que sí podían utilizar los indios, pero no los negros. El conductor paró el convoy y avisó a la policía, que los detuvo, los llevó a comisaría y los denunció. Otra lección, otra asignatura que no hubiera nunca podido recibir en Fort Hare.

Fueron sucediéndose los acontecimientos de los lunes, de los martes, de los miércoles y jueves. Fueron pasando todas las horas de todos los días sin que nada en apariencia cambiara, para que al final todo se diera la vuelta como un calcetín antes de ser depositado en el cesto de la ropa sucia.

No fue Gaur. O no solo Gaur. Tampoco Sisulu. O no solo Sisulu. Ni las aulas de Wits. Ni aquellos autobuses que subían de precio haciéndolos inaccesibles para los negros que iban a trabajar a Johannesburgo. Ni aquella taza de té que Mandela utilizó en soledad en el bufete de Sidelsky. No hubo un caballo. Ni una caída. Ni un Damasco. Hubo un mucho y un poco de todo ello: «No experimenté ninguna iluminación, ninguna aparición, en ningún momento se me manifestó la verdad, pero la continua acumulación de pequeñas ofensas, las mil indignidades y momentos olvidados, despertaron mi ira y rebeldía, y el deseo de combatir el sistema que oprimía a mi pueblo. No hubo un día concreto en el que dijera: “A partir de ahora dedicaré mis emergías a la liberación de mi pueblo”; simplemente me encontré haciéndolo, y no podía actuar de otra forma»13.

Sin embargo, en aquella ensaladera rebosante de ideas y personas, sobresalía Sisulu, su personalidad y el camino de movilización que había adoptado: el CNA, que en aquel momento buscaba cómo revitalizar su posición dentro de la sociedad y convertirse en el gran movimiento de liberación sudafricano. Con el tiempo, el propio Sisulu al recordar el momento en el que conoció a Mandela, apuntó que «queríamos ser un movimiento de masas, y un día entró en mi oficina un líder de masas»14.

Una persona, Sisulu, y una declaración, la Carta del Atlántico, fueron los primeros herretes a través de los que comenzó a asentarse la carrera política de Mandela. En el caso de la Carta, suscrita por Roosevelt y Churchill a bordo del USS Augusta el 14 de agosto de 1941 «en algún punto del océano Atlántico», el tercero de sus ocho principios recordaba la necesidad de «respetar el derecho de los pueblos a elegir el régimen de gobierno bajo el cual han de vivir, deseando que se restituyan los derechos soberanos y la independencia a los pueblos que han sido despojados por la fuerza de dichos derechos».

La mente de Mandela se abrió a la política definitivamente por una extraña mezcla, fruto de la combustión de una reunión en altar mar, junto a lo que brotaba en Wits y lo que surgía, de manera informal, en la casa de Sisulu. Y también, por qué no, de lo que salía de unos fogones que manejaba con maestría MaSisulu, la madre de Walter.

Uno de tantos que pasaron por aquella casa fue Anton Lembede, doctor en Arte y licenciado en Derecho. Más allá de la crítica al blanco y a su forma de gobierno, Lembede ponía el acento en la población negra y en su eterno complejo de inferioridad. Ahí, en su opinión, había que incidir para que la lucha contra la desigualdad y la discriminación tuviera sentido y, ante todo, resultados. «Lembede mantenía que África era el continente del hombre negro, y que era tarea de los africanos reafirmarse y reivindicar lo que era suyo por derecho. Detestaba la idea del complejo de inferioridad de los africanos y arremetía contra lo que llamaba la “adoración e idolatría hacia Occidente y sus ideas”. El complejo de inferioridad, afirmaba, era el mayor obstáculo para la liberación. Señalaba que allá donde los africanos habían tenido oportunidad de hacerlo, se habían mostrado capaces de desarrollarse en la misma medida que el hombre blanco»15.

En aquellas reuniones también se citaba otro de los históricos de la lucha contra el apartheid y del propio CNA, Oliver Tambo. Allí comenzó a fraguarse la Liga Juvenil del CNA, con el fin de romper con la imagen que muchos tenían del histórico partido como una organización acomodada y en la que sus líderes miraban solo por sí mismos y por sus privilegios.

Estas y otras iniciativas pretendían romper con una política capciosa que los británicos habían desarrollado a lo largo del tiempo: crear una burguesía negra formada por ciudadanos relativamente pudientes que ocuparan ciertos espacios de poder. Las escuelas, las universidades y determinadas formas de hacer, pretendían generar una élite negra con ciertas aspiraciones que quedaba, al final, subyugada por los beneficios del sistema.

Se trataba, en definitiva, de una división de clases dentro de la comunidad negra. Los que se reunían en la casa de Sisulu sabían del peligro que eso suponía. Y Mandela, con una carrera guiada por la educación británica que había recibido, habría corrido el riesgo de caer en esa tela de araña de no haberse rodeado del CNA y su entorno.

Si de las palabras se pasa a los hechos, de las reuniones se pasa a la manifestación pública, en la calle, de las ideas. Mandela dio ese paso, por primera vez, en agosto de 1943. Y lo dio en una gran concentración. Cerca de 10.000 personas se congregaron en Alexandra para clamar contra la subida del precio de los autobuses. Los responsables del servicio incrementaron de 4 a 5 peniques el coste del billete. Nelson era uno de los muchos perjudicados por la medida. Él mismo, con unos ingresos más que ajustados, no podía tomar el transporte colectivo muchos días para poder llegar a fin de mes. El nuevo precio era abusivo para una población que a duras penas podía ir y venir al trabajo. No solo tenían autobuses segregados. No solo tenían que utilizar un transporte peor. No solo eran ciudadanos de segunda. También debían costear unos excesos destinados de forma implícita o explícita a minar la moral de todo un pueblo. Aquilatada poco a poco su concepción de la discriminación, más aquellas reuniones ya bastante habituales del CNA en las que participaba, se animó esta vez a no ver pasar la manifestación. Formó parte de la misma. Se unió a esa decena de miles de negros que pedían que se frenara un abuso más. Mandela en su autobiografía calificó aquella experiencia como estimulante y alentadora. Percibió el estímulo al instante, como un chute de adrenalina, cuando se sintió unido al grito de sus vecinos, de sus amigos, de sus compañeros de batalla en los autobuses segregados. Que fue alentadora lo descubrió poco después. La convocatoria fue eficaz. Junto a la concentración humana, los convocantes decidieron secundar una medida de presión que muchos, obligados por un salario raquítico, adoptaban con frecuencia: no montar en aquellos autobuses. Así, pasaron casi 10 días en los que los vehículos que debían llevar a los trabajadores de Johannesburgo a Alexandra y a otros lugares circularon vacíos. «Ya volverán», debieron pensar los responsables del transporte urbano de la ciudad el primer día. «Ya volverán», pensaron con menos énfasis, el segundo día. A la tercera jornada, la reflexión comenzó a virar: «¿Y si no vuelven?». Después de cuatro, cinco, seis, siete, ocho días, la empresa retrocedió en su propuesta inicial.

El precio del viaje se quedó en 4 peniques. Los negros volvieron a sus autobuses segregados. Pero al precio por el que se habían sacrificado.

Luego vendrían derrotas y sanciones; un camino pedregoso. La cárcel. Una condena. Pero la primera fue una victoria del pueblo negro sudafricano, entre el que estaba Nelson Mandela.

Su ingreso en el CNA, en 1944, se produjo como la llegada de las nubes al acercarse la época de lluvias, con naturalidad. Aquella nueva forma de compromiso traslucía la importancia que Nelson daba a la lucha contra la segregación racial. Dentro de la formación se comenzaba a contemplar un cierto aburguesamiento del propio partido. La casa de Sisulu era uno de esos espacios en los que se analizaba tanto lo que hacía el Gobierno de Pretoria por mantener el statu quo, como aquello que la población africana debía modificar para cambiar el sentido de la historia. Y una de las medidas que se propusieron fue la creación de la Liga Juvenil del CNA, orgánicamente unida al partido, pero con la identidad propia que le daría una masa social joven, pujante y resolutiva. Esos rasgos le alejarían del cuerpo jerárquico del CNA, compuesto por los viejos dirigentes que, en opinión de muchos, se habían dejado mecer por la historia y habían arrinconado la reivindicación. Las nuevas generaciones pedían cambios, más actividad y otra actitud. Los luchadores por la libertad que impulsaron la Liga «habían ido a las escuelas de misioneros, estudiaron con becas, leían libros de texto, pero también periódicos y se contagiaban del descontento con un nacionalismo directo y vigoroso. La Liga de Jóvenes atacó las políticas anteriores del Congreso (Nacional Africano), el liderazgo de los moderados, la vacilación y la transigencia»16.

Aunque no había llegado todavía el momento del uso de la violencia, algo que fue real con Umkhonto we Siezwe (la Lanza de la Nación), sí se esperaba algo más de contundencia en la reivindicación. Una comisión de seis personas, entre las que estaban Lembede, Sisulu, Tambo y el propio Mandela, planteó la cuestión al entonces presidente del CNA, Alfred Xuma. Este rebajó las expectativas del organismo del partido y propuso que la Liga Juvenil se convirtiera en un espacio para la captación de nuevos afiliados al CNA. Así se aprobaría el Domingo de Ramos de 1944, en la Conferencia Anual del CNA celebrada en Bloemfontein. Lembede fue elegido presidente, Oliver Tambo secretario, Sisulu tesorero y Mandela ocupó un cargo en el comité ejecutivo. En su documento fundacional reconocían que el desarrollo de África debía estar protagonizado por los propios africanos.

El compromiso de Mandela con el CNA no le satisfacía, entre otros motivos porque como trabajaba todo el día en el bufete y el resto del tiempo intentaba centrarse en unos estudios que casi siempre iban a remolque de todo lo demás, no tenía disponibilidad para una causa que le había absorbido la mente. Era más frustración por falta de tiempo que apatía por los escasos resultados logrados hasta el momento.

Los debates dentro del partido se sucedían, y uno de los que mayor peso ocupó entonces fue la idoneidad o no de incluir en las filas de la lucha contra la segregación a blancos y a comunistas sensibles con la lucha por la libertad. Entonces, con un ideario político todavía en mantillas, Mandela se opuso a ambas posibilidades. Ante el riesgo o el temor de padecer una especie de síndrome de Estocolmo que les hiciera entender la causa de los blancos, no quería ni a unos ni a otros. Ni a la mezcla de ambos. A pesar de contar con amigos blancos y con comunistas comprometidos en la lucha de los negros por la liberación, en aquel momento su pensamiento era contrario a ello.

Buena parte de aquellos debates se seguían sucediendo en casa de Walter Sisulu donde Mandela también conoció a Evelyn Mase, la primera gran mujer de su vida, con la que tendría cuatro hijos. Evelyn vivía con su hermano Sam en casa de los Sisulu. Estudiaba Enfermería en el Hospital General para no europeos de Johannesburgo. A pesar del bullicio político que acompañaba la vida cotidiana de aquellas cuatro paredes, Evelyn se sentía muy ajena a todo aquello.

La falta de decisión que Nelson Mandela había mostrado con otras chicas a las que había conocido y de las que se había enamorado, le sobró con Evelyn. Le pidió iniciar relaciones. Se enamoraron y, a los pocos meses, se casaron en Johannesburgo. Se convirtieron en marido y mujer en 1944 en el juzgado segregado para negros, como marcaba la ley. Evelyn, de blanco y con un velo que cubría su pelo. Nelson, de traje oscuro y corbata de nudo estrecho. Serios ambos. Muy serios, al menos para la instantánea. No hubo celebración, solo los testigos. No hubo fiesta, solo los testigos y la firma. No había hogar, ni vivienda. Tuvieron que compartir las primeras nupcias en Orlando East en casa de uno de los cuñados de Nelson. Luego se fueron con una hermana de Evelyn a las minas de City Deep.

De familia en familia, los Mandela se independizaron en 1946. Se trasladaron a Orlando East y, después, a una vivienda más grande en el 8.115 de Orlando West. Aquel era uno de esos townships en los que Pretoria había ubicado a los negros que querían vivir cerca de las grandes ciudades. Ese lugar, sucio, polvoriento y empobrecido, se convertiría en el primer hogar real para el matrimonio. Entre otros factores, pudieron acceder a esta casa porque había nacido su primogénito, Madiba Thembelike, y necesitaban más espacio que para la simple pareja. Y con el hijo, y con el nuevo hogar, los Mandela pasaron de ser acogidos a ser acogedores. Por allí comenzaron a desfilar durante más o menos tiempo, familiares y amigos de él y de ella. Se cumplía así una de las máximas del pueblo africano, y en especial de la comunidad de origen de Mandela, donde cualquier miembro de una familia tiene derecho a solicitar un hueco donde dormir y vivir a cualquier miembro de la misma en caso de necesidad. La familia extendida comenzó a ser realidad a partir de entonces en Orlando West, un enclave que, al final, formaría parte de uno de los nombres históricos del apartheid: Soweto. Ese lugar, más allá del simbolismo, no era más que un nuevo zarpazo a la dignidad del pueblo negro. Los suburbios del suroeste. Las miserias del suroeste. La segregación del suroeste.

La vida de los Mandela caminaba aprisa. Varias viviendas y un hijo en apenas dos años de matrimonio. Pero la realidad no les daba la tregua que cualquier pareja joven pudiera requerir. No podían dedicarse mutuamente todo el tiempo que hubieran necesitado. El compromiso de Nelson con el CNA y con la Liga Juvenil, junto al desarrollo de los acontecimientos históricos, no hacían fácil la compatibilidad de las esferas familiar y política en el 8.115 de Orlando West.

En 1946 se produjo una de las grandes huelgas mineras de la historia sudafricana. Sindicados desde 1940 en la African Mine Workers Union, gracias al impulso del CNA, los cerca de 70.000 mineros que trabajaban en el Reef pedían un salario digno y justo, vacaciones pagadas y una serie de mejoras a las que el Gobierno no accedió. En lo fundamental, el salario, reclamaban multiplicar por cinco el sueldo, y pasar de dos a diez chelines diarios. La huelga duró una semana, en la que Mandela ya conoció los entresijos de la reivindicación, se acercó al movimiento minero, recorrió las galerías, los túneles, percibió el dolor que supuraba el subsuelo sudafricano. Pero aquella huelga no sirvió nada más que para el aprendizaje. La represión fue contundente, murieron 12 mineros, la huelga terminó y el sindicato fue laminado por las fuerzas del orden. Otros 52 sindicalistas y líderes del parón minero fueron procesados por incitar a la huelga y por sedición. Según Carmen González, autora de El movimiento obrero negro sudafricano, «la violencia de la represión estatal indicaba hasta qué punto la acción de los mineros negros había conmocionado al régimen. [...] Las tensiones registradas en épocas anteriores entre el Partido Comunista sudafricano y el CNA habían sido superadas, entre otras cosas, con el surgimiento en el seno de este último de una Liga Juvenil comprometida con una teoría y una práctica que se alejaban de los viejos métodos de resistencia pasiva. El resultado de la combinación fue dramático: por primera vez en muchos años, los sindicalistas negros entraron en estrecha relación con las principales organizaciones del movimiento de liberación y muchos de ellos pasaron a ocupar posiciones claves en el CNA, en el cual también habían confluido numerosos militantes y dirigentes del Partido Comunista»17.

Aquella fue una de tantas, porque «las huelgas de mineros ocupaban un espacio sagrado en la leyenda de la Lucha. Había pocas injusticias que evocaran tanto al apartheid como un minero negro, excavando en la tierra de sus ancestros para enriquecer a sus jefes blancos, mal pagado, víctima de enfermedades pulmonares, viviendo en moteles-prisión y con los ocasionales derrumbamientos de túneles»18.

Ese mismo año, 1946, el Gobierno sudafricano también apretó las bridas a la comunidad india con la Ley de posesión y ejercicio de actividades de los asiáticos. Este cuerpo legal establecía límites bastante parecidos a los que ya condicionaban la vida de los negros: ponía freno a la libertad de movimientos, multiplicaba los requisitos para adquirir propiedades, establecía los lugares donde podían residir. A cambio, podían tener representación en el Parlamento a través de testaferros blancos. Esta ley se convertiría en el preludio de la Ley de áreas para los grupos, que pretendía mantener inmune e incontaminada a la población blanca del resto de grupos y comunidades que vivían en Sudáfrica. La respuesta de la comunidad india a tal desatino fue la resistencia pasiva, organizada y sistemática durante dos años. Era otra forma de lucha que también tuvo consecuencias, porque sus principales impulsores fueron condenados a trabajos forzados y cerca de 2.000 voluntarios fueron encarcelados por oponerse a una ley radicalmente injusta. La forma de protesta que puso sobre el tapete la comunidad india subyugó a los impulsivos miembros de la Liga Juvenil del CNA. Había más formas de oponerse al Gobierno de Pretoria que la simple manifestación y la declaración de intenciones, por muy contundente que esta fuera. La resistencia pasiva y la pérdida del miedo a la cárcel o a la represión policial cautivaron a un movimiento que necesitaba otro discurso y otra épica a la que aferrarse.

Al rebufo de aquella campaña de resistencia pasiva, y con la perspectiva de que la legislación comenzaba a ser represiva también para el resto de la población sudafricana no blanca, los máximos representantes del Congreso Nacional Africano, el Congreso Indio del Transvaal y el Congreso Indio de Natal, Alfred Xuma, Yusuf Dadoo y Monty Naicker, suscribieron el conocido Pacto de los Doctores, según el cual –manteniendo su independencia y sus propias líneas políticas de acción– serían capaces en determinadas circunstancias de trabajar de forma conjunta para luchar contra las desigualdades raciales en el país.

Mientras, Mandela ahondó aún más su relación con el Congreso Nacional Africano al ser nombrado miembro del comité ejecutivo. Era su primer cargo de responsabilidad en el partido. Sí, se había significado más en la Liga Juvenil, pero no en el CNA. Hasta ahora, junto al interesante proceso de escucha y debate del que había sido testigo como actor secundario, apenas acumulaba cierto conocimiento de la lucha sindical por la huelga minera de 1946. Eso y poco más. Sin embargo, ocupar un sillón en la dirección nacional del partido le reafirmó en su compromiso con el país: «No me había visto directamente involucrado en ninguna campaña de importancia, y aún no comprendía los riesgos y las incalculables dificultades de la vida de un luchador por la libertad. Me había limitado a dejarme llevar sin pagar precio alguno por mi compromiso. Desde el momento en que fui elegido miembro del comité ejecutivo de la región del Transvaal empecé a identificarme con el Congreso en su conjunto, con sus esperanzas y desalientos, sus éxitos y sus fracasos; quedé vinculado a él en cuerpo y alma»19, según señaló el mismo Mandela al hacer memoria de su vida en aquellos años.

En 1947 finalizó su período de trabajo y formación en el bufete de Witkin, Sidelsky & Eidelman. Junto a lo que suponía para su crecimiento profesional, para el joven padre de familia la salida del bufete significaba perder un exiguo, pero necesario, salario que entonces era de ocho libras, diez chelines y un penique. Evelyn trabajaba y aportaba 17 libras a la economía familiar, bastante más que Nelson. Sin embargo, aquel trabajo mal remunerado era fundamental para el sustento familiar y para poder continuar con sus estudios. Por ello pidió un préstamo al Fondo de Bienestar Bantú a través del Instituto Sudafricano de Relaciones Raciales de Johannesburgo. Con la cantidad solicitada, 250 libras esterlinas, tendría que asumir el pago de matrículas, libros más una pequeña cantidad para los gastos diarios. Sin embargo, solo recibió 150 libras.

En medio de aquellas estrecheces económicas, nació su segunda hija, Makaziwe, que falleció cuando solo tenía nueve meses.

III
Daniel Malan
(1948-1952)

Aquel chico gritaba como si su vida y la de su familia le fueran en ello. Nada anormal para un vendedor de periódicos, cuya soldada dependía del número de ejemplares que fuera capaz de enjaretar a los clientes. Del portal del edificio salió un puñado de hombres tan negros como aquella noche. Salían distraídos, a lo suyo, hasta que el chaval que ofrecía el Rand Daily Mail y, ante todo, sus voces, les pusieron sobre aviso. Después de todo el día reunidos, no tenían ganas más que de volver a casa y reconfortarse en el calor del hogar. Pero no sería así. Las noticias que cantaba aquel mozo eran las que nadie esperaba. La noche era la del 26 de mayo de 1948. El escenario de la secuencia, una calle de Johannesburgo. Los protagonistas, Oliver Tambo, Nelson Mandela y otros compañeros del CNA.

Mandela pasó todo el día con Oliver Tambo y otros líderes del partido. Ese día había elecciones generales y todo el mundo esperaba la victoria del United Party de Jan Smuts. Apenas dedicaron tiempo a cambiar impresiones sobre un hipotético –por poco probable– cambio de titular en el sillón presidencial de Pretoria. Cuando abandonaron, ya de noche, la reunión, un chaval vendía periódicos. El Rand Daily Mail les avisó de lo que habría de venir. Había ganado el Partido Nacional de Daniel Malan. Frente a la sorpresa inicial y al desaliento que generaba la ideología del partido que gobernaría el país, Oliver Tambo trasladó a sus compañeros una alegría matizada. Al menos, no habría que mirar de reojo quién era el enemigo del pueblo negro y qué podría hacer a partir de ahora. Desde el 27 de mayo de 1948, el enemigo venía, orgulloso, de frente. Y llegaba dispuesto a aniquilarlos, si hacía falta.

El Partido Nacional, de la minoría afrikáner, se impuso en las elecciones generales de Sudáfrica al United Party, del general Smuts, e impulsó el apartheid, concepto que literalmente significaba «desarrollo por separado». Malan, fundador y teórico del apartheid ganó. Su símbolo, una esvástica. Su eslogan: «El lema racista de Hitler es nuestro lema». La campaña giró principalmente en torno a un par de cuestiones. Una de ellas, la II Guerra mundial, en la que Smuts había hecho participar a Sudáfrica del lado de los aliados, frente al Partido Nacional, que rechazaba a los británicos y se ponía del lado del nazismo. La otra cuestión relevante, y por la que el Partido Nacional pasaría a la historia, era la racial. O, de modo más concreto, lo que ellos denominaban como el swart gevaar (el peligro negro). Frente al eufemismo habitual en el discurso político, el Partido Nacional manejó ideas elocuentes de lo que habría de ser su ejecutoria hasta el final del apartheid, el odio al diferente. Una de ellas rezaba, en su afrikáans nativo: «Die kaffer op sy plek» (el negro en su lugar); la otra advertía: «Die koelies uit die land» (los coolies –término despectivo con el que se referían a los indios–, fuera del país). De una forma más genérica, y no aludiendo ni a negros ni a indios, los miembros del Partido Nacional resumían su ideario diciendo: «El hombre blanco debe ser siempre el amo». Ello también fue posible por el amparo que dio a este ideario político la Iglesia holandesa reformada, que creía en el afrikáner como un pueblo elegido por Dios. «La justificación teológica de la discriminación racial se fue afinando cada vez más, alcanzando su punto álgido en el período inmediatamente antes y después del triunfo del Partido Nacional en 1948. Uno de sus principales exponentes fue Daniel Malan. En 1954, dirigiéndose a un grupo de clérigos reformados en Estados Unidos, dijo: “La diferencia de color es simplemente la manifestación física del contraste entre dos formas de vida irreconciliables, entre barbarismo y civilización, entre paganismo y cristianismo”. Malan sigue diciendo: “El apartheid se basa en lo que el afrikáner cree que es su llamada divina y su privilegio... Nuestra historia es la obra de arte más grande de todos los siglos. Nosotros conservamos esta nacionalidad como nuestro don más preciado, porque nos fue otorgado por el mismo Arquitecto del Universo”»1.

Los negros, frente a esa elección divina, eran ciudadanos de segunda clase.

Aquella noche, y a pesar de la advertencia de Tambo, no había tiempo para la reflexión. Advirtieron, con el paso del tiempo, que la propuesta del Partido Nacional no hacía nada más que institucionalizar la división racial que ya sufrían millones de sudafricanos casi desde el origen de los tiempos. Así lo reconocería el propio Mandela con los años: «La declaración formal de los principios políticos que alentaban el partido de Malan era conocida como apartheid. Era una palabra nueva, pero resumía una idea ya vieja. Significaba literalmente “segregación”, y representaba la codificación en un sistema opresivo de todas las leyes y normas que habían mantenido a los africanos en una posición de inferioridad respecto a los blancos durante siglos. Lo que hasta entonces había sido una realidad más o menos de facto iba a convertirse de manera inexorable en una realidad de iure. La segregación había sido a menudo implantada sin orden ni concierto a lo largo de los anteriores 300 años. Ahora, iba a consolidarse en un sistema monolítico que era diabólico en sus detalles, implacable en sus propósitos y despiadado en su poder. El apartheid partía de una premisa, que los blancos eran superiores a los africanos, los indios y los mestizos. El objetivo del nuevo sistema era implantar de modo definitivo y para siempre la supremacía blanca»2.

En una derivada menos relevante, lo inglés quedaba relegado a un plano secundario. El afrikáans, hablado por la minoría, pasaba a ser lengua oficial. El resto, quedaba a rebufo del imperio de la ley, de su ley, que pretendía ante todo el mantenimiento de un estatus económico y político que no entendía ni de justicia ni de igualdad.

Los blancos, que conservaban las tierras, negaban cualquier derecho a la población negra. Los no blancos debían desarrollarse en bantustanes o reservas tribales. El Partido Nacional promulgó en los años siguientes, para amachambrar su supremacía, un conjunto de leyes que dio forma al apartheid. A pesar de que 1948 marcó la ruptura definitiva entre los privilegios de los blancos y el sometimiento de los negros, la historia de segregación había arrancado mucho antes. En 1913 el Gobierno sudafricano había aprobado la Ley de tierras de nativos, por la que la minoría blanca acaparaba el 87% del territorio del país. La herida por esa injusticia aún sangraba cuando el Partido Nacional llegó al poder y apretó más las condiciones que debían cumplir los negros para ser poseedores de tierras. Los pocos resquicios legales que manejaban para ser propietarios de un suelo sobre el que levantar su casa se vieron reducidos considerablemente.

Otras leyes previas a la llegada de Daniel Malan al poder, aprobadas entre 1923 y 1927, ya habían organizado los suburbios de los negros que nutrían de mano de obra el tejido industrial sudafricano; ya habían establecido qué trabajos podían ocupar los negros y habían limitado el peso de los jefes tradicionales africanos frente a la Corona británica. El cerco ya era oprimente antes de la llegada del Partido Nacional. Con ellos en el poder, la opresión se convirtió en asfixia.

Daniel Malan comenzó con fuerza su mandato. Habida cuenta del impulso que habían adquirido los sindicatos, especialmente los mineros, expresó su deseo de controlar o reprimir el movimiento de los trabajadores y retiró el derecho de representación de los mestizos en el Parlamento. Uno de los principales artífices del apartheid, Hendrick Verwoerd, ministro de Asuntos Nativos, recordó de forma categórica que «no hay sitio para el bantú en la comunidad europea por encima del nivel de ciertas formas de mano de obra... ¿Qué sentido tiene enseñar matemáticas a un niño bantú, cuando no va a poder aplicarlas?»3.

Al año siguiente de su elección, el Gobierno de Malan prohibió los matrimonios mixtos, aprobó la Ley contra la inmoralidad, que ilegalizaba las relaciones sexuales entre blancos y miembros de otras razas; así como la Ley del censo y población, que convertía el color de la piel en fundamental para establecer el tipo de ciudadanía de los sudafricanos. Este cuerpo legal, intrínsecamente injusto, obligaba a la Oficina del Censo a guardar fichas de todo el mundo de acuerdo al color de su piel. Por esta legislación se segregaba a los individuos por su raza o por sus rasgos. Un tono de piel más claro o más oscuro podía provocar la división de una familia. El pelo más o menos rizado podía causar el mismo efecto. No había lugar para la discrepancia o el recurso. La ciudadanía se establecía de una simple paleta de color.

Sudáfrica se había convertido en un país de blancos y de negros. El Gobierno de Pretoria había dividido el país por zonas y esta clasificación racial podía tener consecuencias directas e inminentes, como la posibilidad de que el Gobierno obligara al traslado de residencia para evitar los cambios forzosos, o a portar los famosos pases para acceder a determinados lugares. Por eso, y para evitar el estigma de ser negro, indio o mestizo, miles de sudafricanos intentaban cambiar cada año de raza. Intentaban pasar de negros a mestizos o blancos. De mestizos a indios o blancos. Se intentaba, en definitiva, subir en el ranquin establecido por el Gobierno de Pretoria. Algunos de estos casos, por terriblemente ridículos, alcanzaron el estatus de noticia en los periódicos de la época. Uno de ellos, que recuperó Vicente Romero en su libro África en lucha, fue el protagonizado por la hija de Hutchison Maholwana: «El cumplimiento de una ley absurda y cruel produce situaciones absurdas y crueles. Como ejemplo de ellas se puede recordar el caso protagonizado por el mestizo Hutchison Maholwana, que tiempo atrás conmovió a los lectores de todo el mundo cuando contrató a su propia hija como sirvienta doméstica para que pudiera continuar viviendo con él, y que había sido considerada oficialmente como negra»4.

Por interés o necesidad, los blancos podían «descender» de categoría. Para que tal cosa ocurriera solo era necesario que testimoniaran que tenían ascendientes negros o de origen asiático. La palabra, para los blancos, era el único requisito. Los mestizos tenían más complicado adquirir la categoría de ciudadanos blancos, ya que además de la documentación requerida, era necesaria la declaración de testigos. Los negros prácticamente tenían vetado el cambio «oficial» de color de piel.

La Ley del censo se complementaba con la de áreas para grupos, que dividía las ciudades por grupos y que en palabras del propio Daniel Malan se convirtió en el espíritu del apartheid. La Ley de áreas para grupos trajo consigo los odiados pass (pases), que los negros debían portar los días pares y los impares, de lunes a domingo. Eran su salvoconducto para ir a trabajar, para desplazarse, para moverse por su propio país. Sin ellos, la vida podía ser una tragedia, literalmente.

Esta ley determinaba los lugares donde podían vivir unos y otros. Negros con negros. Indios con indios. Mestizos con mestizos. Y blancos, con blancos y donde quisieran los blancos. Además del desigual e injusto reparto territorial trazado más de tres décadas atrás, la minoría blanca tenía la posibilidad de determinar qué parcela le apetecía ocupar en un determinado momento. Como si de un niño caprichoso se tratara, si una comunidad blanca se sentía tentada a expandirse por una zona previamente ocupada por alguna minoría o por la mayoría negra, no tenía más que sugerirlo. Si no quería negros, indios o mestizos cerca de sus viviendas, no tenían nada más que indicarlo. Si quería tal o no quería cual, no había nada más que pedirlo. Sin nada de evangélico ni de justo, era la versión afrikáner del «pedid y se os dará». Esta política de hechos casi consumados, inició un proceso de reasentamientos que se extendió durante muchos años y provocó la movilización de millones de sudafricanos. Uno de los primeros intentos de reasentamiento fue el de Sophiatown, una de las barriadas más ilustres y esperanzadas, dentro de sus miserias particulares, de Johannesburgo.

Más tarde vendrían la Ley sobre servicios públicos separados y la Ley sobre salvoconductos. Esta última establecía una serie de documentos que todo ciudadano negro debía poseer. El primero de ellos era un permiso de residencia que cualquier persona debía tener antes de instalarse a vivir en cualquier rincón del país. Pero también debían poseer un permiso para circular de día, que le otorgaba su empleador; y otro para poder transitar de noche. En este caso era la policía la que permitía, a través de este documento, que cualquier negro se desplazara fuera del toque de queda. El listado de permisos se sucedía casi hasta la extenuación, casi hasta el ridículo. «Un negro debe incluso obtener permiso de su empleador si quiere ejecutar danzas folklóricas o rituales. Y así, las danzas escenográficas que ejecutan cada domingo, vestidos con su atuendo tradicional, los zulúes que trabajan en las minas de oro de Johannesburgo son autorizadas por los encargados de las minas. Estos últimos, calculadamente, explotan así la pasión instintiva del negro por las danzas tribales colectivas»5.

Esta Ley de salvoconductos, además de la desazón que provocaba en la población no blanca de Sudáfrica, plagó de miedo y detenciones el país más al sur del continente. Sin datos para cotejar, miles de sudafricanos pasaron noches y noches de calabozo durante el período del apartheid simplemente por no portar un documento firmado y sellado por el baas, el amo, el patrón.

«El apartheid –dice Alex Perry en La gran grieta– se construyó sobre una insistencia en ver a los negros no como individuos, como seres humanos con derechos y libertades, sino colectivamente, como una raza inferior. La pobreza de lugares como el Transkei se tomaba como ejemplo de la inadecuación de la raza negra. Los negros eran atrasados, una raza incapaz de salir adelante por sí sola. Y si blancos y negros quedaban separados por la capacidad mental y la cultura, tenía sentido dividirlos también geográficamente. Los negros, como grupo, eran el problema. De modo que se movía a los negros, como grupo, a cualquier otro lugar»6. Todo tenía su porqué. Negros, indios y mestizos no eran considerados como iguales, y por tanto no podían estar en los mismos espacios ni bajo las mismas condiciones que la hegemónica comunidad blanca. Era la lógica del apartheid. Sencilla pero cruel.

Ante este arreón legislativo inicial, el CNA, especialmente a través de la Liga Juvenil, se planteó una campaña de movilizaciones que incluía la resistencia pasiva, la huelga, el boicot, la desobediencia civil y la no cooperación con la Administración. La comunidad india les había hecho perder el miedo a la represión. Y desde el CNA entendieron que era el momento de cambiar de estrategia. De un riguroso seguimiento de la ley a la transgresión de la misma en aras de un bien mayor, la justicia. O en detrimento de un mal infinitamente superior. Ese programa de acción fue aprobado, en medio de grandes resistencias, por el CNA en su conferencia anual de 1949, celebrada en Bloemfontein. Alfred Xuma, su presidente, entendía que un enfrentamiento radical con el Gobierno podría servir como excusa para que su formación política fuera borrada del mapa. Pero Xuma perdió la batalla y fue sucedido en la presidencia por J. S. Moroka. El nuevo secretario general fue Sisulu. Oliver Tambo entró en el comité ejecutivo nacional, al que también se incorporó Nelson Mandela. «Había pasado de ser un moscardón que rondaba en torno a la organización a ocupar uno de los puestos de poder contra los que me había estado rebelando. Me producía un sentimiento embriagador, no carente de emociones encontradas. En alguna medida, es más sencillo ser un disidente, ya que uno no tiene responsabilidades. Como miembro de la ejecutiva, debía sopesar argumentos, tomar decisiones y estar dispuesto a ser criticado por los rebeldes, cosa que yo mismo había sido»7.

Bloemfontein significó el final de la oposición pacífica y de guante blanco que había caracterizado al CNA. Fue la victoria de la corriente en la que navegaba Mandela, un triunfo del que no pudo ser testigo directo, ya que acababa de estrenar empleo en otro bufete de abogados y no le dieron permiso para asistir a la conferencia. Con una economía poco boyante como la suya, la idea de retar a sus nuevos jefes con una ausencia de un par de días para aquel encuentro no hubiera sido lo más oportuno, por lo que se quedó en la oficina en contra de su voluntad.

En marzo de 1950, se celebró en Johannesburgo la Convención para la defensa de la libertad de expresión, organizada por el CNA en colaboración con el Partido Comunista y el Congreso Indio. A pesar del éxito de la convocatoria, Mandela no era partidario de mezclar colectivos con intereses tan diferentes. Sin embargo, uno de los frutos de la cita fue la convocatoria del conocido como Día de la Libertad, para el 1 de mayo de ese año. El objetivo era protestar contra la Ley de los salvoconductos, que limitaba el movimiento de los ciudadanos no blancos por el país, así como para la derogación de cualquier ley segregacionista. La huelga había nacido por iniciativa del Partido Comunista, por lo que el CNA no apoyó de manera oficial ese paro, que fue prohibido por el Gobierno, pero que provocó que dos tercios de los obreros se quedaran en casa. Sin embargo, por la noche, Walter Sisulu y él se unieron a una de las marchas ilegales que transcurría por Orlando West. Un grupo de negros en una manifestación ilegal era un objetivo fácil para la policía sudafricana, que comenzó a disparar contra ellos en cuanto tuvo la oportunidad. Sisulu y Mandela pudieron esconderse, pero aquello terminó con 18 muertos y otros muchos heridos de bala o por el impacto de las porras de los agentes. No hubo mayor provocación que participar, ya de noche, en una manifestación. Semanas después, el Partido Comunista era ilegalizado y ser miembro de la formación podía suponer hasta 10 años de prisión. Aunque la medida ponía el acento en el Partido Comunista, era un aviso para los navegantes de la insurrección. El texto advertía de forma implícita que casi cualquiera que protestara contra los postulados y las políticas del Partido Nacional podía ser acusado de comunismo. Se consideraba delito cualquier ideología que incitara a cualquier forma de manifestación que supusiera una alteración del orden público. No había opción. El que se moviera, literalmente no salía en la foto, salvo que la instantánea se tomara en su ingreso en comisaría. El riesgo era, pues, para todos. Por eso el CNA convocó un Día nacional de protesta el 26 de junio de 1950 por los 18 muertos de mayo y por la ilegalización de uno de los grandes partidos políticos de Sudáfrica.

Sisulu recorrió todo el país para informar e invitar a una huelga de marcado carácter político, mientras que Mandela se quedó al frente de la sede del CNA, que se apuntó una pequeña victoria dentro de la gran guerra contra el apartheid. Los comercios regentados por negros no abrieron y algunas manifestaciones, como la que secundaron cerca de 5.000 personas en el Transvaal, merecieron una atención mediática que pocas veces lograban los negros. Fue una llamada de atención al Gobierno de Daniel Malan. No estaban dispuestos a callar ante la vulneración sistemática de sus derechos. El Partido Comunista había desaparecido, pero ahí estaban ellos para mantener vivo el espíritu de la lucha. Ese pequeño triunfo hizo que dentro del partido de Mandela la jornada se rebautizara como Día de la Libertad. Era una pequeña muesca en el revólver.

La disolución del Partido Comunista y la muerte de 18 africanos negros había unido los intereses del CNA con los de la agrupación clandestina. Este hecho y el contacto con amigos comunistas, hizo replantearse a Mandela su inicial aversión a aquel partido, a sus ideales y a la posibilidad de compartir lucha en la Sudáfrica del momento. La dialéctica todavía no era el punto fuerte de Mandela, que casi siempre doblaba el brazo en sus confrontaciones ideológicas con aquellos hombres más avezados que él en el debate de las ideas. Ser consciente de ello le llevó a la lectura, casi compulsiva, de las grandes obras del socialismo y el comunismo. Por sus manos desfilaron Lenin, Stalin, Mao, Marx o Engels. Ahí, en la reflexión sobre aquellos textos, encontró algunos puntos de fuga de su inicial reprobación al comunismo. La sociedad sin clases que propugnaba el socialismo se parecía mucho a la sociedad tradicional africana. Además, la propensión que él percibía dentro del marxismo a la acción revolucionaria era una actitud que encajaba con el impulsivo Mandela de entonces. Y junto a eso, el apoyo que la Unión Soviética estaba prestando a las colonias africanas para su emancipación, se derrumbó su muro de Berlín particular. No tuvo problema en asumir el cambio de posición. A partir de ahora sería uno más en dar la bienvenida a la presencia de seguidores del comunismo en las filas del CNA.

El Día de la Libertad también nació su tercer hijo, Makgatho Lewanika. Por aquel entonces, su matrimonio con Evelyn ya empezaba a dar síntomas de naufragio. De hecho, el esposo y padre solo hizo un breve paréntesis en el hospital dentro de la vorágine del Día nacional de protesta, del Día de la Libertad. Del día de Makgatho. El compromiso con el CNA y la causa anti-apartheid le alejaban más y más de su casa. Los reproches de Evelyn, cuya actitud y convicciones religiosas diferían de los gustos políticos de su marido, eran cada vez más frecuentes. Pero también aquel compromiso con el pueblo sudafricano causaba inquietud en su hijo mayor, que apenas levantaba unos pocos palmos del suelo. «En aquella época, mi mujer me comentó un día que mi hijo Thembi, que por aquel entonces tenía cinco años, le había preguntado dónde vivía papá. Volvía tarde a casa por las noches, mucho después de que él se fuera a la cama, y salía temprano por las mañanas, antes de que se despertara. No me agradaba verme privado de la compañía de mis hijos. Ya en aquellos días, mucho antes de que tuviese el menor atisbo de que pasaría décadas alejado de ellos, les echaba mucho en falta»8.

Mandela pasó a presidir la Liga Juvenil del CNA a la vez que comenzaba a fraguar la necesidad de dar un paso más en la lucha contra el sistema impuesto por el Gobierno de Malan que, quizás, pudiera incluir cierta forma de violencia contra el sistema. Ahí, sin embargo, sabían que tendrían un duro hueso que roer dentro del propio partido, Albert Luthuli, el histórico líder del Congreso Nacional Africano. Luthuli «era un ferviente discípulo del Mahatma Ghandi y creía en la no violencia por ser cristiano y por principios. Muchos de nosotros no..., porque adoptarlo como principio implica que, sea cual sea la posición, te aferrarás a la no violencia... Adoptamos la actitud de que nos aferraríamos a la no violencia solo cuando las condiciones lo permitieran. Tan pronto como las condiciones giraran en contra, abandonaríamos automáticamente la no violencia y utilizaríamos los métodos que requiriese la situación»9.

Esa rabia contenida comenzó a ser combatida en el ring. Literalmente. En 1950, Mandela comenzó a practicar el boxeo en el Donaldson Orlando Community Center de la mano de Skipper Molotsi quien «le enseñó que, para triunfar, un boxeador no solo debe ser ágil y fuerte, tiene que conocer a su contrincante»10. Se entrenaba cuatro días a la semana.

Después del bufete.

Después del CNA.

Antes de la familia.

Una hora y media de deporte que le permitía evadirse del aquelarre de reuniones y problemas más o menos cotidianos. Era un centro mal equipado, sin un cuadrilátero adecuado, con pocos pares de guantes, sin cascos, sin protectores dentales. A pesar de lo rudimentario que era, Eric Ntsele, campeón de los pesos gallo sudafricanos, o Freddie Ngidi, campeón mosca del Transvaal, fueron algunos de los humildes logros de aquel club en el que una veintena de jóvenes negros pegaban golpes al saco todas las noches. Mandela, que ya había practicado el boxeo en Fort Hare, nunca consideró dedicarse a ello de manera profesional. Peso pesado con poca pegada y movimientos torpes, consideraba esta práctica deportiva, además de una forma de escapar de la rutina, como un cauce para estudiar la estrategia del adversario, fuera cual fuera su naturaleza y condición. Cómo rodear al enemigo. Qué hacer. Cómo moverse. Cómo encontrar sus puntos débiles. Cómo y dónde golpear. Con el tiempo, su hijo Thembi se convertiría en asiduo en la práctica de este deporte.

El desarrollo legislativo del apartheid corría casi tanto como los deseos de la minoría blanca que había votado al Partido Nacional en 1948. Tres años más tarde, el Gobierno aprobó la Ley de representación segregada y la Ley de autoridades bantúes, que provocó la desaparición del Consejo de Representación Nativa, el único espacio en el que, de forma indirecta, los africanos tenían cierta presencia en el gobierno de las distintas áreas en que se dividía el país. A partir de ahora, este organismo quedaría sustituido por un sistema de jefes tribales nombrados por el Gobierno. A través de estos se pretendía perpetuar un sistema que, objetivamente, solo beneficiaba a la minoría bóer.

La firma de estas leyes generó una insatisfacción entre negros, indios y mestizos que comenzó a fraguar en lo que sería una gran campaña nacional de desobediencia civil. Esa campaña contemplaba la posibilidad de una resistencia pasiva que podría llevar a cientos, o miles, de voluntarios a las cárceles sudafricanas. Superada la hostilidad intelectual al comunismo, ahora las reservas de Mandela se centraban especialmente en los partidos que representaban a la minoría india, por lo que defendió con vehemencia que esa campaña estuviera monopolizada por la mayoría negra. Trasladó esa oposición al comité ejecutivo nacional y a la Conferencia nacional del CNA en diciembre de 1951. En ambos casos, tumbaron sus reticencias con solemnidad y contundencia. Mandela, tan vehemente como obediente, acató la decisión. En la protesta contra el Gobierno de Pretoria irían de la mano con indios, mestizos y con aquellos blancos que renegaban de la discriminación racial.

El 29 de febrero de 1952, el CNA pidió al Gobierno que revocara la ley que había convertido al comunismo sudafricano en una página de su historia contemporánea. Además, exigió que anulara las leyes en las que se sustentaba su entramado de injusticia: la de áreas para grupos, la de representación segregada, la de autoridades bantúes, la de pases y salvoconductos.

Antes de la Campaña de desafío de las leyes injustas, realizaron una convocatoria para el 6 de abril de 1952. No era un día más. La fecha coincidía con el 300 aniversario de la llegada de Jan van Riebeck a Ciudad del Cabo en 1652. Aquel momento era, de algún modo, el inicio del descalabro del pueblo negro en su propio país. Los blancos celebraban los tres siglos del nacimiento de la nación. Ese mismo día, los negros repasarían, uno a uno, los 300 años de opresión que llevaban anotados en su colectivo libro de familia.

Cuando Mandela comenzó a trabajar en el bufete de Sidelsky, este le dejó un traje. El día de su graduación en Fort Hare, le dejaron dinero para comprarse otro y le prestaron los ropajes académicos. La suya parecía una vida fiada por otros, porque el día que obtuvo el carné de conducir, se examinó con un coche que no era suyo. Mientras el país vivía bajo el yugo del Partido Nacional y el endurecimiento de las leyes contra los negros y las minorías no blancas, la historia personal de Mandela se escribía, muchos días, a golpe de embrague y viajes con la ventanilla bajada por las más que decentes carreteras sudafricanas.

Como no eran muchos los negros que tenían carné, el novel conductor se convirtió en una especie de recadero del CNA. Si había que traer o llevar compañeros o materiales, si había que hacer mandados o llevar algo de correspondencia a las diferentes agrupaciones del partido, ahí estaba Mandela. Una de aquellas encomiendas tuvo como contexto la Campaña de desafío de las leyes injustas. El CNA iba a dirigir una carta al mismísimo Daniel Malan indicándole la forma, el modo y, ante todo, los plazos que le marcaban para la anulación de ese cuerpo legal irreconciliable con la dignidad y con los derechos de los negros y de las minorías india y mestiza. La carta debía ir firmada por el presidente del CNA, James Sebe Moroka, que sería arrestado precisamente con motivo de la Campaña de desobediencia civil. Camino de Thaba ‘Nchu, Mandela se acercó demasiado a un par de chavales blancos que iban en bicicleta por la carretera. Uno de ellos, sin percatarse de la presencia del vehículo, invadió el carril e impactó levemente contra el coche. Bicicleta y muchacho se desparramaron por la carretera. A pesar de lo aparatoso del golpe, el chico no se lastimó, pero un camionero que pasaba contempló la escena y avisó a la policía. Un negro había atropellado a un chico blanco. Nelson Mandela, en su autobiografía recuerda bien el episodio, porque uno de los agentes que llegó hasta el lugar de los hechos le dijo en afrikáans: «Kaffer, jy sal kak vandag», algo así como: «La acabas de cagar, cafre». Mandela, preocupado por el chaval y por la situación, no se arredró. «Estaba conmocionado por el accidente y me consternó la violencia de sus palabras, pero le dije con toda firmeza que cagaría cuando quisiera, no cuando me lo dijera un policía»11. Eso, como era de esperar y como Mandela sabía, solo podía empeorar las cosas. Lo agravó su respuesta, como también el ejemplar de la revista The Guardian, tildada de izquierdista en la Sudáfrica del momento, que el sargento encontró debajo de la alfombrilla del coche. La carta que debía firmar Moroka quedó a salvo bajo su ropa. Con la publicación en la mano, y con el Partido Comunista ilegalizado, Mandela se convirtió en carne de cañón para un arresto seguro. El agente no se cohibió de gritar nada más que a los vientos el hallazgo de aquella presa. Lo hizo, como era de esperar, en afrikáans: «Wragtig ons het’n Kommunis gevang». Traducido, aquel mensaje era como el vozarrón del grumete al avistar tierra desde lo alto del mástil: «Válgame, hemos cogido a un comunista». La entonación iría encadenada a varios signos de exclamación que equivalían al deber cumplido, al reconocimiento de los compañeros y al hecho de acabar, poco a poco, con la plaga de comunistas –y encima negros– que termiteaban el país.

La predicción no siempre se cumple, y Mandela pudo continuar un viaje que, sin embargo, prosiguió accidentado. Por la mañana, después de una noche de conducción casi eterna, se quedó sin combustible. Con un bidón vacío en la mano, Mandela se acercó hasta una explotación agrícola donde una mujer mayor, y blanca, directamente le dijo que para él no tenía gasolina. En realidad, la mujer podía haber dicho que no tenía gasolina ni para él, ni para nadie que fuera como él. Pero resumió el mensaje. Para él no había nada que vender ni que prestar ni que regalar. Siguió caminando, lo que le permitió razonar un cambio de estrategia. La situación no daba para orgullos estériles, sino para una humildad práctica, aunque fuera falsa. Por eso, en la siguiente granja, Mandela se dirigió al granjero con el término baas, que significaba amo o patrón. Odió la palabra y lo que ella denotaba y connotaba, pero obtuvo el combustible.

La secuencia que siguió fue sencilla. Llegó a Thaba ‘Nchu. Moroka firmó el documento. Mandela volvió a Johannesburgo.

Lo que vino después, no lo fue tanto. El CNA advirtió al Gobierno de que debía derogar las seis leyes antes del 29 de febrero de 1952. Si no lo hacía, se sentían legitimados para emprender acciones fuera del marco legal para conseguirlo. Malan respondió con un lenguaje que no auguraba nada bueno. El Gobierno tenía, en su opinión, la autoridad suficiente para tomar cualquier medida que considerara oportuna frente a aquella postura. Cualquiera era cualquiera.

Mandela, en su autobiografía, calificó este momento como una declaración de guerra. En cualquier caso, aquello sirvió para preparar la desobediencia civil como forma de lucha contra la injusticia. Después de varias manifestaciones por las principales ciudades del país, el CNA y el Congreso Indio de Sudáfrica (CISA) anunciaron el 31 de mayo que la Campaña del desafío comenzaría el 26 de junio de 1952, cuando se cumplía el segundo aniversario del Día nacional de protesta. Mandela fue el responsable en su organización, de reclutar voluntarios y de recaudar fondos. La campaña se preveía difícil. El objetivo era la resistencia pacífica a la acción del Gobierno, lo que podía suponer el arresto y encarcelamiento de los voluntarios. «Uno de los objetivos de la Campaña de desobediencia civil de 1952 fue... imbuir cierto espíritu de resistencia ante la opresión; no tener miedo al hombre blanco, al policía, a su cárcel, sus juzgados..., y aquella vez 8.500 personas fueron a la cárcel deliberadamente porque rompieron leyes cuya intención era humillarnos y mantenernos aislados, reservar determinados privilegios a los blancos. Rompimos aquellas leyes y nos expusimos al encarcelamiento, y como resultado de campañas de esa naturaleza conseguimos que nuestro pueblo ya no temiera la represión, que estuviera preparado para desafiarla Y si un hombre puede enfrentarse a la ley e ir a la cárcel y salir de ella, no es probable que ese individuo se deje intimidar por la vida carcelaria»12.

Uno de los actos simbólicos de aquella campaña fue la quema del carné que habilitaba la circulación de los ciudadanos negros, el conocido pass. Mandela fue el primero en hacer arder aquel documento, antes de lo cual «escogió el momento y el lugar que podían causar el máximo impacto en los medios. Las fotografías de la época le muestran sonriendo para las cámaras mientras infringía aquella ley fundamental del apartheid. En el plazo de unos días, miles de personas negras siguieron su ejemplo»13.

La campaña contemplaba dos niveles de acción. En la primera, grupos reducidos de voluntarios irrumpirían en espacios exclusivos para blancos. Trenes. Bancos. Playas. En este caso, incluso se preveía avisar a las autoridades del tipo de acción que se pretendía desarrollar para que las detenciones y acciones policiales fueran lo menos violentas posible. La segunda, sin acuse de recibo, pretendía movilizaciones masivas y paros organizados por todo el país. Cuatro días antes de la Campaña tuvo lugar el Día de los voluntarios, en el que Mandela ofreció un mitin a cerca de 10.000 personas. Todo estaba a punto.

La primera acción fue en Port Elizabeth. Un grupo de 32 voluntarios entró en la estación de tren por la puerta de los ciudadanos blancos. Fueron detenidos; los primeros de un total de 250 voluntarios que se habían saltado de forma pacífica las normas del apartheid. Entre ellos estaba Mandela, que fue abordado por la policía cuando regresaba a casa después de un duro día de trabajo. Eran ya más de las once de la noche, por lo que estaba vigente el toque de queda, y un ciudadano negro no podía circular por la calle sin un permiso extraordinario. Entre sus planes no estaba ser detenido tan pronto, pero no hubo excusas. Era uno de tantos que durmió en Marshall Square, una cárcel sórdida y oscura en la que, a pesar de todo, los huelguistas entonaron a todo pulmón el Nkosi Sikelel’ iAfrika (Dios bendiga a África), el himno del pueblo negro sudafricano que, con el tiempo, formaría parte del nuevo himno de la nación. La preocupación de Mandela en aquella noche de canciones y reivindicación fue quién llevaría adelante la campaña si él iba a estar mucho tiempo encerrado. Al final, fueron solo tres días.

Antes de esa breve detención ya había pasado por la cárcel. Bueno, hablar de cárcel sería mucho. Pasó apenas un día en el calabozo no por participar en la Campaña de desobediencia civil, sino por pasar a un baño para blancos. ¿Se equivocó al leer el letrero que determinaba quién podía orinar o no en ese lugar o convirtió aquello en un gesto simbólico de lucha contra todo un sistema? En una conversación con Richard Stengel, y entre risas, reconocería que fue por un error. Aunque esa sonrisa escondía, quizás, otra intencionalidad14.

Durante la campaña, al final fueron detenidas 8.500 personas. Entre los que estaban dentro y, sobre todo, entre los que no habían sido arrestados, se hizo viral un llamamiento dirigido al Primer Ministro: «Malan, abre las puertas de la cárcel. Queremos entrar». La estancia en prisión solía ser breve, apenas unos días que terminaban tras la asunción del pago de una pequeña multa, pero la repercusión del hecho fue mayúscula durante los seis meses que duró el desafío. El impacto tuvo un efecto directo e inmediato en el CNA, que multiplicó por cinco sus afiliados, pasando de 20.000 a 100.000 miembros. «Cometimos muchos errores, pero la Campaña de desafío abrió un nuevo capítulo en la lucha. Las seis leyes que habíamos cuestionado no fueron derogadas, pero no nos habíamos hecho ilusiones al respecto. Las habíamos elegido porque eran la manifestación más inmediata y visible de la opresión, y el mejor mecanismo para incorporar a la lucha al mayor número posible de personas»15, cosa que lograron con la primera embestida.

El 30 de julio de 1952, Nelson Mandela estaba trabajando en un despacho de abogados cuando llegó la policía con una orden de detención. Se le acusaba de violar la ilegalización del Partido Comunista. El requerimiento, replicado con otros líderes del partido en Johannesburgo, Kimberley y Port Elizabeth, era una nueva forma de actuar del Gobierno de Daniel Malan. La Policía se había hecho con documentación en diversas redadas en sedes del CNA y en casas de sus afiliados, lo que permitió la detención de militantes del partido, de la Liga Juvenil, del CISA y del Congreso Indio del Transvaal (CIT). James Sebe Moroka, presidente del CNA, Walter Sisulu o el propio Mandela se sentaron en el banquillo en un juicio que se desarrolló en septiembre de ese año en Johannesburgo. Eran, en total, 21 acusados. Si salían condenados, las autoridades descabezarían a los principales actores de la inestabilidad en la que se veía inmersa Sudáfrica desde el inicio de la Campaña de desobediencia. Si eso hubiera ocurrido, se habrían cumplido los planes del Gobierno, pero también los de los acusados, ya que estos habían planificado ser condenados en grupo. Sin embargo, Moroka se desmarcó y actuó por cuenta propia. Eligió un abogado diferente y en pleno proceso renegó de la causa anti-apartheid, expresó su convencimiento de que los negros nunca podrían tener los mismos derechos que los blancos y señaló a algunos de sus compañeros de banquillo como seguidores del Partido Comunista. Una traición en toda regla que quebró el ánimo del resto de los antiguos compañeros de brega. El juicio, que social y mediáticamente tuvo gran impacto entre la ciudadanía, se saldó con una condena de nueve meses de cárcel y trabajos forzados por «comunismo estatutario». La sentencia quedó en suspenso durante dos años. El juez tuvo en consideración que, a pesar del efecto de las movilizaciones, decidieron intencionadamente no utilizar la violencia.

Una de las cosas que cambió la Campaña del desafío fue el estigma del prisionero. Antes de la misma, ir a la cárcel se convertía en una rémora para el ciudadano negro, mestizo o indio. Ahora era casi un orgullo. Y había, al menos, 8.500 orgullosos ciudadanos de haberse plantado desarmados y pacíficos frente al mecanismo opresor del Partido Nacional. La campaña se fue desvaneciendo y a finales de año cayó casi por agotamiento y apatía. Era muy difícil mantener un alto nivel de emoción y actividad durante tanto tiempo. Además, frente a lo que algunos pensaban –que el Gobierno estaba noqueado por el impacto de las acciones de desobediencia–, el enemigo se mantuvo firme y tenía unos cimientos que ni siquiera habían comenzado a oscilar. La segunda fase de la campaña no llegó ni a plantearse, y el CNA se mostró incapaz de llevar la resistencia pacífica al ámbito rural. En las ciudades la repercusión había sido significativa. En el campo, apenas perceptible. Sin embargo, entre sus logros, uno se embutió en el alma de uno de los principales impulsores de la campaña, Nelson Mandela. Ahora sí, después de la participación directa en aquella protesta, tras su paso por la cárcel unos días, y con una condena en su expediente, se consideraba preparado para la lucha. Ese sería, sin duda, el momento de suscribir su compromiso de por vida contra el apartheid.

A finales de 1952, con la traición reciente de James Sebe Moroka, el CNA eligió nueva dirección. El presidente electo era un hombre más enérgico, Albert Luthuli. Mandela emergió ya como primer vicepresidente, cargo que se acumulaba a la presidencia del CNA en el Transvaal que ya ostentaba. Luthuli, que ocupaba el cargo de jefe tribal elegido por el Gobierno, recibió meses antes presiones del Ejecutivo para abandonar el CNA y renegar de la Campaña del desafío. Luthuli se negó y se reafirmó en la lucha no violenta contra el desafío del Gobierno del Partido Nacional. Hizo pública entonces una carta titulada «El camino a la libertad pasa por la cruz», en la que reincidía en su compromiso por la lucha no violenta y la resistencia pacífica. A pesar de la apuesta de Mandela por Luthuli, no pudo asistir a su elección, igual que le ocurrió unos años antes cuando se votó al ahora repudiado Moroka. Entonces un empleo recién estrenado imposibilitó su presencia. Ahora la causa vino de manos del Gobierno, que prohibió participar a 52 líderes políticos del país en mítines o encuentros durante seis meses. Junto a esa limitación para tomar parte en actividades políticas, se limitaban sus movimientos a Johannesburgo, ciudad de la que no podía salir. No podía hablar con dos personas a la vez. No podía ir a reuniones familiares. Se perdió el cumpleaños de su hijo.

Era, literalmente, un proscrito.

«La proscripción –dejó escrito Mandela– representa tanto un confinamiento físico como espiritual. Induce una especie de claustrofobia psicológica, que hace que uno añore no solo la libertad de movimientos sino también la de espíritu. Era un juego peligroso, ya que uno no se encontraba cargado de grilletes ni entre rejas. En este caso, las rejas eran leyes y reglamentaciones que eran fáciles de violar, y a menudo se violaban. Era posible escapar sin ser visto durante breves períodos de tiempo y disfrutar temporalmente de una libertad ilusoria. El efecto más insidioso de aquellas prohibiciones era que llegaba un momento en que uno podía acabar pensando que el opresor no estaba en el mundo exterior, sino dentro de uno mismo»16. Aquella sería la primera de muchas.

A pesar de que el partido diseñó, con su nueva dirección, una nueva estructura, Mandela era consciente de que el Gobierno podía plantear en breve la ilegalización tanto del CNA como del CISA, igual que hizo antes con el Partido Comunista, por lo que debían organizarse de tal modo que el movimiento no desapareciera, la lucha no se perdiera y las ilusiones de tantos ciudadanos negros no mutaran en una profunda decepción. Desde el partido le pidieron idear un camino alternativo que les permitiera trabajar en la clandestinidad. Aquello se denominó Plan Mandela o, en clave, Plan M. El propio Mandela, proscrito en Johannesburgo, participó en encuentros y reuniones formativas furtivas, normalmente por la noche, para establecer la que sería forma de organización del partido cuando estuviera fuera de la ley. El objetivo era «consolidar el mecanismo administrativo del CNA. Permitir la difusión de importantes decisiones tomadas a un nivel nacional a cada miembro del organismo sin necesidad de reuniones públicas, de declaraciones de prensa ni de circulares impresas. Crear, en las mismas ramas locales, congresos locales, que representaran efectivamente la fuerza y la voluntad del pueblo. Extender y dar más ímpetu a los vínculos entre el Congreso y el pueblo y consolidar la dirección del Congreso»17.

Esta estrategia, el Plan M, fue adoptada de forma desigual por el país, por lo que cuando llegó la ilegalización, el CNA no tenía una estructura sólida y engrasada para hacer frente a lo que habría de venir.

IV
Oliver Tambo
(1952-1957)

Llegar a final de mes era tan arduo como tratar de frenar la avalancha del apartheid. La política en Nelson Mandela era una de las dos caras de la moneda de un hombre, y de una familia, que pasaban por apuros económicos todos los meses de todos los años.

A pesar del nivel de compromiso adquirido por Nelson con el CNA durante este tiempo, pertenecía a un partido muy numeroso pero orgánicamente poco estructurado. No percibía ni un céntimo por su trabajo allí. De hecho, en todo el CNA solo había un liberado, Thomas Titus Nkobi. El resto, hacían de la causa el motivo de su desgaste personal y familiar.

Evelyn recibía un pequeño sueldo como enfermera en prácticas, al que se sumaron y sucedieron los sueldos de miseria que Mandela percibió en Witkin, Sidelsky & Eidelman; Terblanche & Briggish; Helman & Michel o H. M. Basner, los bufetes en los que había ido capoteando en las lides del Derecho. Los conocimientos se fueron acumulando, pero la falta de tiempo le impidió obtener el título por la Universidad de Witwatersrand. Un suspenso tras otro, tras otro, tras otro, le hicieron replantearse la necesidad de empeñar tiempo y dinero en la consecución del rango académico requerido. Después de trabajar a las órdenes de Basner comprendió que era el momento de abrir su propio bufete, una aventura en la que navegó junto a su secretaria, Zubeida Patel, con cierto éxito hasta que maduró con Oliver Tambo, amigo y antiguo compañero en Fort Hare, la posibilidad de trabajar juntos. Tambo, contratado entonces en el bufete Kovalsky & Tuch, accedió en cuanto pudo dejar ese trabajo. Nacía Mandela & Tambo. El pequeño despacho, situado justo enfrente de la sede judicial de Johannesburgo, en Chancellor House, se convirtió en el primero y único de abogados africanos negros en todo el país. «La Cancillería, en la calle Fox era uno de los pocos edificios en los que se alquilaban oficinas a arrendatarios negros: los dueños eran indios. Esto era antes de que cayera el hacha de la Ley de áreas por grupos declarándola zona blanca, y persiguieran a los propietarios que no desahuciaran a los africanos. Mandela & Tambo estaba escrito en letras gigantescas en los cristales esmerilados de las ventanas, como un reto. Sudáfrica blanca ya tenía suficiente con que dos hombres de piel negra ejercieran la abogacía, pero aún peor era que las letras revelaran también nuestra afiliación política»1, recordaría años más tarde el propio Oliver Tambo.

Los negros sudafricanos, obligados a pagar unas minutas muy por encima de las de los blancos, y muy por encima de sus exiguas posibilidades, convirtieron a Mandela & Tambo en un fenómeno en la ciudad. No fueron pocas las veces en las que tuvieron que abrirse paso entre una pequeña multitud para poder acceder a su puesto de trabajo. Mandela, con su traje claro, chaleco en pico cerrado casi hasta el cuello, la corbata oscura con algún escarceo en blanco, veía a través del cristal el conjunto en mármol que, delante del tribunal, representaba a la Justicia. «Aunque su formación jurídica le enseñó que la justicia es ciega, empezó a ver demasiadas pruebas de lo contrario. Vio casos en los que los jueces valoraban la clasificación racial de sus clientes por la inclinación de sus hombros o teniendo en cuenta si se les adhería un lápiz al pelo o no. Vio causas en las que los acusados blancos quedaban libres gracias al color de su piel, y en las que a los acusados negros se los condenaba debido al color de la suya. [...] Y a regañadientes concluía que la ley no consistía en unos principios morales inmutables de justicia igualitaria, como había creído anteriormente; era una táctica susceptible de ser utilizada para sus propios fines políticos»2.

Un cartel en la ventana anunciaba un bufete conformado por una pareja muy bien avenida, pero que también demostró ser muy trabajadora. «Todas las semanas hablábamos con ancianos venidos del campo que nos contaban que sus familias habían trabajado durante generaciones un trozo de tierra casi yerma del que iban a ser desahuciados. Todas las semanas hablábamos con ancianas que fabricaban cerveza africana como forma de complementar sus miserables ingresos y por ello se enfrentaban a penas de cárcel y a multas que no podían pagar. Todas las semanas hablábamos con personas que habían vivido en la misma casa durante décadas para encontrarse ahora con que el área donde estaba enclavada había sido declarada zona blanca y se les obligaba a abandonarla sin indemnización alguna. Todos los días escuchábamos y éramos testigos de los miles de humillaciones a las que se veían sometidos durante toda su vida los africanos de a pie»3. Todo eso ocurría porque decidieron abrir un bufete en un país en el que ser negro era casi como ser ilegal en su propia tierra. Lo que quedó como ilegal, literalmente, fue el propio despacho. Meses después de la inauguración descubrieron que según la Ley de áreas urbanas no podían tener la oficina abierta en la ciudad sin un permiso gubernamental. Se lo denegaron, aunque les concedieron una licencia provisional amparada en la Ley de áreas para los grupos. Cuando expiró no se lo renovaron y les invitaron a marcharse a una zona para negros, cosa que hubiera supuesto el cierre definitivo del bufete, así como la imposibilidad de atender a sus numerosos clientes al no poder desplazarse fuera de Johannesburgo.

Con la extinción de aquel permiso, el cierre fue cada día una amenaza real. Si el bufete hubiera estado dirigido por dos ciudadanos de piel blanca, aquello no hubiera ocurrido. Pero los nombres que aparecían en la ventana, frente a la imagen de la Justicia, eran los de Mandela y Tambo. En cualquier momento podían obligarles a quitar ese letrero y a cerrar la puerta. La clausura del despacho habría supuesto la salida de Mandela de una ciudad, Johannesburgo, en la que se encontraba cómodo, muy cómodo. Una ciudad que recorría presuntuoso con sus siempre bien encajados trajes y al volante de uno de aquellos grandes y elegantes Oldsmobile que poblaban sus calles, pero que pocas veces estaban conducidos por manos negras.

Cerca de Johannesburgo estaba Sophiatown, una de esas barriadas genuinamente africanas y en las que los ciudadanos negros tenían prerrogativas utópicas en otros townships. Situada a poco más de cinco kilómetros de la ciudad del oro, Sophiatown tenía el orgullo de albergar la única piscina para niños negros de toda la zona. Esa, y algunas edificaciones que originariamente eran para ciudadanos blancos y daban cierto aire solemne y señorial a la barriada, constituían las principales diferencias respecto a otros barrios de las mismas características. Dentro, era casi todo igual al resto de townships. Calles abandonadas. Edificios miserables. Pocos puntos de suministro de agua. Pensado originalmente como un barrio de expansión para blancos relativamente pudientes –de ahí un significativo número de construcciones de hermoso trazado– su cercanía con un basurero hizo que el proyecto inicial cayera en el olvido y el constructor se viera obligado, contra su voluntad, a vender sus casas a los negros. De hecho, los sudafricanos negros podían en Sophiatown comprar terrenos antes de la aprobación de la Ley de áreas urbanas, en 1923. Este hecho sí era diferencial respecto a otros townships donde el suelo era de titularidad pública. Al ser privado, los negros no tenían necesidad de pases para acceder a su barrio. El tipo de algunas de sus construcciones, la cercanía respecto a Johannesburgo y cierto aire de libertad dentro del barrio, convirtieron a Sophiatown en objeto de deseo de la población blanca. Por muy paradójico que resultara, cierta clase media-baja blanca envidiaba esas edificaciones de Sophiatown. Envidiaba que los negros fueran propietarios de sus terrenos. Envidiaba que se sintieran libres en ese pequeño reducto. Y eso, en un país donde su supremacía no se podía contestar, era todo un insulto. Por eso Sophiatown, junto a Martindale y Newclare, barrios en los que podían vivir hasta 100.000 personas, entraron en la dinámica de eliminación y realojo de su población a lugares determinados por el Gobierno. Aquella no era más que otra muestra del afán del Gobierno de Pretoria de construir una sociedad a su antojo y de darse el gusto de saberse dueños de los destinos de los ciudadanos de su país, especialmente de aquellos que no eran de piel blanca. La justificación de Pretoria para la asunción de tal medida era la eliminación de los suburbios, pero lo que se escondía detrás de esa exposición de motivos era una forma, una más, de control y dominio de los blancos sobre la vida de los negros. En este caso, incluso, habían previsto el movimiento forzoso de población sin disponer de las infraestructuras necesarias para reubicar a tal cantidad de familias en otro gueto.

En el fondo de aquellos movimientos de desalojo y realojo estaban los intereses económicos y grupales de la minoritaria y poderosa población bóer, que era la que controlaba la industria más poderosa y floreciente del país: la minería del oro. Según el Anuario oficial de la Unión de Sudáfrica, en 1953, frente a los 46.700 blancos que trabajaban en el sector, el número de negros y mestizos superaba los 452.000. Pero no solo ahí. También en el resto del tejido industrial o productivo del país, la aportación de la mano de obra blanca era casi anecdótica. El trabajo en las granjas gastaba la misma desproporción. En 1952, el Anuario reconocía la existencia de cerca de 300.000 blancos en explotaciones agrícolas y ganaderas ocupadas por granjeros de ascendencia europea. Los sudafricanos negros casi alcanzaban los 2,2 millones. Entre indios y mestizos, sumaban otros 600.000 más.

Números aparte, aquel rincón, Sophiatown, seguía barruntando la forma de oponerse a la decisión de los que ostentaban el poder. En junio de 1953, un cine del township, el Odin, acogió el primer gran mitin de cuantos se sucedieron durante meses en contra de aquel anuncio de realojo forzoso. Al advertir la presencia de Mandela en el entorno de aquel lugar, la policía se dispuso a detenerlo porque creían que seguía siendo un ciudadano proscrito y confinado en Johannesburgo. Sin embargo, la orden acababa de expirar. Aquella sala de proyecciones y Freedom Square fueron los lugares emblemáticos de la protesta en Sophiatown. En cada convocatoria se vieron rodeados e intimidados por una policía con ganas de empujar, atosigar, molestar o provocar a una ciudadanía harta de soportar los desmanes del poder, y muy preocupada por lo que parecía un seguro cambio de vida. Pocos días después del mitin en el Odin –en el que el activista anti-apartheid Ahmed Kathrada sería detenido–, fue Nelson Mandela quien se encargó de dirigirse al público. La injusticia que sentía por todo lo que estaba ocurriendo en aquel township hizo que poco a poco se fuera calentando, hasta que sus palabras se incendiaron y apelaron a la violencia como única forma de hacer caer el sistema del apartheid. Mandela advirtió que aquel cambio de estrategia podía estar más cerca de lo que muchos pensaban. Sus palabras restallaron entre el público y fueron recibidas con rencor por la policía, allí presente. De algún modo, con su actitud y sus gestos, los agentes le advirtieron que lo peor estaba por llegar.

Mandela sabía, o al menos intuía, que eso podía ser así, pero había llegado a un punto en el que no se resignaba a que su comunidad ocupara un papel segundón dentro de la sociedad que le había visto nacer. Tenía la impresión de que tras el éxito relativo de la Campaña del desafío, el Gobierno no se iba a dejar interpelar de nuevo con movimientos a gran escala de la población negra y del resto de las minorías, y que pronto, muy pronto, no sería posible manifestarse ni legal ni ilegalmente.

Las palabras de Mandela en el Odin llegaron a la dirección del CNA, que reprendió con severidad al enardecido orador. Dentro de las filas del partido temían que la adopción de una postura de enfrentamiento directo con el Gobierno no podía traer más que perjuicios. Entendían que no era el momento, que el cara a cara no podía ser la estrategia. Mandela acató las órdenes y a partir de entonces en cada intervención pública defendió la línea oficial de la no violencia. Sin embargo, dentro de sí, estaba convencido de que ese no era el camino.

En ese tiempo, Walter Sisulu fue invitado a participar en el Festival mundial de la juventud y los estudiantes por la paz y la amistad, que se celebró en Bucarest. A espaldas del CNA, Mandela le consiguió un documento que certificaba su identidad y nacionalidad, lo que le permitió viajar hasta la capital rumana en las líneas aéreas israelíes, las únicas que no requerían otra documentación para los ciudadanos negros sudafricanos. Mandela, convencido de que el tiempo de la resistencia pacífica había terminado, le pidió que intentara completar una visita a la República Popular China para informarles de la situación en el país, y para sondear la posibilidad de que les suministraran armamento para emprender la lucha armada contra el Gobierno del Partido Nacional. A pesar del conflicto que supuso en el CNA que Sisulu y Mandela hubieran actuado a espaldas del partido –el presidente, Albert Luthuli consideró que ambos habían vulnerado las leyes internas del partido, y el profesor Zachariah Keodirelang Matthews estimó que aquel momento no era propicio para la visita a un país del bloque socialista–, Sisulu logró llegar a China, donde apoyaron su causa, aunque la complejidad de la lucha armada no sedujo demasiado en el país asiático.

No fue este el único rifirrafe de Mandela con el partido. La tensión emocional que vivía Mandela en aquel momento, en el que había sido amonestado por su ímpetu verbal, más el enervamiento que le provocaba la ilegalidad eterna en que vivía la comunidad negra, le hicieron enfrentarse verbalmente a la dirección del partido, lo que llevó incluso a Albert Luthuli a plantear un amago de dimisión. Mientras, Zachariah Keodirelang Matthews, más sereno pero más contundente que Mandela, intentó poner en su sitio al joven abogado y casi siempre impetuoso miembro del CNA: «Mandela, ¿qué sabes tú de los blancos? Yo te he enseñado todo lo que sabes sobre ellos y sigues siendo un ignorante. Acabas de salir del cascarón»4.

La presencia de Mandela en Sophiatown fue posible por el final de la proscripción, lo que también le permitió continuar con su trabajo en el despacho más allá de los límites de Johannesburgo. El final de la cárcel interior en la que se convertía aquella forma de castigo, justificó que Mandela aceptara algunos casos lejos de allí. Esta huida era una forma de defender a personas que vivían lejos del bufete, pero también una manera de escaparse del reducto de la gran ciudad. Una de aquellas escapadas le llevó el 3 de septiembre de 1953 a Villiers, en el Estado libre de Orange. Condujo de noche, como a él le gustaba, y con el regusto de la tranquilidad del camino se presentó en el tribunal donde le esperaba una sorpresa. La policía le estaba esperando para entregarle una orden en la que se le pedía que dimitiera de sus cargos del CNA. Además, se le volvía a confinar a los límites de Johannesburgo y se le prohibía, de nuevo, participar en reuniones o concentraciones de índole político. La nueva condena, amparada en la Ley de supresión del comunismo, se extendería los próximos dos años.

La primera consecuencia de aquella comunicación fue su regreso inmediato a Johannesburgo. La segunda, y más dolorosa, el paso atrás que tuvo que dar en su compromiso con el CNA que, a partir de ahora, debería mantener en la clandestinidad.

En octubre, un mes después de su proscripción y dimisión de los cargos del partido, tuvo lugar la Conferencia del CNA del Transvaal, en la que Andrew Kunene, miembro de la ejecutiva, leyó el discurso que ya tenía preparado Mandela. En él, de nuevo, incidía en la adopción de nuevas formas de lucha contra el apartheid: «El pueblo oprimido y los opresores están enfrentados. El día del ajuste de cuentas entre las fuerzas de la libertad y las de la reacción no está lejano. No tengo la menor duda de que cuando llegue ese momento prevalecerán la verdad y la justicia... Los sentimientos de la población oprimida nunca habían alcanzado tal grado de amargura. La grave situación del pueblo le obliga a enfrentarse hasta la muerte a la repugnante política de los delincuentes que gobiernan nuestro país... Derribar a los opresores es algo que la humanidad aprueba, y es la más elevada aspiración de todo hombre libre»5.

El Gobierno, que pretendía que el apartheid dividiera a los negros y a la minoría india, asumió que la Campaña de desobediencia había logrado el efecto contrario. Por eso, en 1953 aprobó la Ley de seguridad, que otorgaba al ejecutivo la posibilidad de declarar la Ley marcial y autorizar detenciones arbitrarias. La enmienda del Código Penal, también de ese año, restablecía los castigos físicos dentro de los laxos márgenes de la ley. A pesar de que el enemigo invitaba constantemente a mantener prietas las filas, dentro del CNA surgió una corriente de oposición a la postura que el partido había mantenido en la Campaña del desafío. También, arreciaron las voces que ponían en cuestión sus coaliciones y uniones puntuales con el Partido Comunista. De este modo surgió el National Minded Bloc. Sus postulados se hicieron un hueco entre la masa social del CNA, especialmente entre los miembros de la Liga Juvenil.

El ejecutivo parecía ajeno a cualquier iniciativa que le distrajera de la idea de la segregación, por lo que aprobó otras leyes de menor carga política pero de mayor calado a la hora de estructurar una sociedad. El Parlamento dio el «sí» a la Ley de educación bantú, por la cual la formación de los niños era asumida por el Departamento de Asuntos Nativos. Antes de la llegada al poder del Partido Nacional, la inversión educativa en un niño blanco multiplicaba por seis la que se realizaba en un niño negro. Las familias negras apenas podían permitirse que sus hijos fueran a la escuela, y la enseñanza solo era gratuita en Primaria, lo que favorecía un absentismo y un analfabetismo lacerante entre la mayoría de los niños del país: «El sistema de educación bantú estaba considerado por los negros una forma de educación inferior: “Educación para la ignorancia” era la denominación que le dieron. Una comisión gubernamental determinó que la educación bantú “equipararía al niño para su futuro trabajo y su medio”, objetivo que el doctor Verwoerd explicó: “No hay sitio para él (el africano) en la comunidad europea más allá de ciertas formas de trabajo”. El apartheid pretendía consolidarse a través del control de las mentes de los niños en las escuelas. En cuanto se puso en marcha el plan de educación bantú del Gobierno en las escuelas primarias y secundarias, se ordenó a las universidades abiertas que cerraran sus puertas a los estudiantes africanos y se extendió en este nivel de formación el adoctrinamiento de la inferioridad»6. El control sobre los centros educativos también afectaría a una de las instituciones clave en la formación de Nelson Mandela, el Colegio Universitario de Fort Hare, cuyos empleados pasaron de inmediato a ser trabajadores del Gobierno de Pretoria.

En el país, las instituciones eclesiales y misioneras jugaban un papel fundamental en la educación de niños y niñas. Con la nueva ley, el Gobierno pedía a las comunidades religiosas que entregaran sus centros educativos al Estado o, en caso contrario, este tendría que reducir paulatinamente las subvenciones que hasta el momento recibían. Apenas católicos, judíos reformados y adventistas del Séptimo Día se opusieron a esta forma de presión y decidieron que mantendrían los colegios con sus propios medios. El resto, por unos motivos u otros, decidió entregar al Gobierno sus infraestructuras educativas, algo que tendría lugar de forma efectiva en abril de 1955. A los profesores se les prohibía cualquier tipo de disidencia respecto a las políticas gubernamentales. El inglés quedó definitivamente marginado. El plan de estudios, además, estaba explícitamente diseñado para que los jóvenes negros no pudieran alcanzar más que una formación elemental. El sistema educativo era, en definitiva, una forma más de segregación. De este modo, los estudiantes negros quedaban condenados a los escalafones más bajos de la sociedad. El propio Mandela reconoció que «el objetivo de esta ley es enseñar a nuestros hijos que son inferiores a los europeos. Hay que arrebatar la educación de los africanos de las manos de los que educan en la igualdad entre los blancos y los negros. Cuando se apruebe esta ley no serán los padres, sino el Ministerio de Asuntos Nativos quien decida si un niño africano debe o no recibir una formación superior u otro tipo de educación. No sería de extrañar que a los hijos de los que critican al Gobierno y luchan contra sus políticas se les enseñe a taladrar rocas en las minas y a arar campos de patatas en las granjas de Bethal. La educación superior acabará siendo el privilegio de los hijos de las familias que tienen una tradición de colaboración con los colonos en el poder»7.

Mientras sus declaraciones trataban de hacer descarrilar el curso de la historia, su vida más allá del partido también se complicaba. En abril de 1954, la Asociación de Abogados del Transvaal pediría al Supremo que retiraran la acreditación profesional a Mandela por las actividades políticas que le habían valido diversas condenas tras la Campaña del desafío. El recurso de Mandela, que se sirvió de uno de los bufetes de abogados más antiguos de Johannesburgo, fructificó, y el Tribunal falló a favor de la petición del abogado negro. La sentencia señalaba que tenía derecho a defender sus ideas políticas, aunque estas fueran contrarias a las del Gobierno. Una sentencia en contra hubiera sido la puntilla para el bufete Mandela & Tambo, ya completamente consagrado en la ciudad.

Durante este año y las primeras semanas de 1955, continuaron apoyando a los vecinos de Sophiatown, sobre los que pendía la amenaza de una reubicación que cada vez se veía más próxima. Las asambleas se sucedían varias veces por semana y el colectivo se iba enfureciendo a medida que se aproximaba la fecha prevista para el desalojo.

El 9 de febrero de 1955 era el día D en Sophiatown. Todo el trabajo anterior había madurado en una oposición radical a los planes del Gobierno y había generado un eslogan que se convirtió en un acicate para la población, especialmente para los más jóvenes y radicales: «Sobre nuestros cadáveres». Las cartas, las protestas, las manifestaciones y las asambleas solo sirvieron para autoconvencerse de que el realojo era otra injusticia. Pero poco más. Incluso, algunas de esas asambleas fueron intencionalmente mutiladas por las autoridades. Unos días antes, con 10.000 personas congregadas en la mítica Freedom Square, la plaza de la libertad, se esperaba al presidente del partido, Albert Luthuli. De manera oportuna, el político fue proscrito nada más pisar Johannesburgo. A pesar del impacto que tuvo la decisión del Gobierno, no podía saltarse aquel mandato judicial, por lo que tuvo que regresar a Natal.

El CNA organizó el realojo de algunas familias en viviendas de compañeros del partido, pero fue incapaz de plantear alternativas razonables a los habitantes del township. La peor parte de la reubicación se la llevaron los propietarios, mientras que algunos de los inquilinos veían en el traslado una oportunidad de mejorar sus condiciones de vida. La noche anterior, cerca de 500 jóvenes exaltados intentaron una improvisada guerra de guerrillas contra la policía, el ejército y la maquinaria pesada que iría arrasando con todo el barrio. Aquel lema que literalmente insinuaba que la autoridad debería pasar por encima de sus cadáveres había calado entre los más envalentonados. Querían que aquel eslogan se hiciera vida y sus barricadas, sus piedras y sus soflamas fueran realidad. Puerta grande o enfermería. Sin embargo, algunos líderes del CNA locales, como Joe Modise o el propio Mandela, convencieron a los jóvenes de que una acción de ese tipo requeriría de una planificación detallada. De un trabajo previo. De medios para enfrentarse a la policía. Necesitaría de tantas cosas que era difícil enumerarlas sin dejarse nada por el camino. El debate apaciguó los ánimos y a la mañana siguiente la maquinaria pesada arrasó con aquel espacio de libertad para el pueblo negro llamado Sophiatown. No hubo víctimas. No hubo heridos. Varios líderes fueron proscritos. Solo quedó dolor. Y una derrota difícil de digerir para el vecindario, que acabó realojado en Meadowlands, el lugar en el que pensó desde un principio el Gobierno supremacista para aquella comunidad. A pesar de que ayudó a templar los ánimos de aquellos jóvenes, nublados por la injusticia y por todo lo que supuso la noche previa a la expulsión, Mandela afianzaba cada vez más su postura acerca del uso de la violencia contra las políticas del Gobierno. No había más posibilidad. Las huelgas, las manifestaciones, los mítines, los discursos y las peticiones formales habían fracasado. El poder les obligaba a defender su causa por otras vías.

La imagen que se repitió en las calles de Sophiatown, trazadas con orden y desconcierto, fue la de las familias que cargaban literalmente con lo que podían para emprender otro camino de ida. Dejaban sus tierras, las de su propiedad, para ocupar espacios cedidos por el Gobierno. Dejaban sus casas, muchas construidas con ladrillo y cubiertas con chapas de color rojo, con chimeneas y pequeños huertos delante o detrás de las viviendas, para reubicarse donde otros querían. La magia de Sophiatown se desvanecía. Dentro de las casas, que poco a poco fueron cayendo como escombros, como si todo aquello nunca hubiera existido, quedaron las vidas de familias enteras. Los camiones o las espaldas se llevaron lo que pudieron. Del resto se ocupó la maquinaria pesada del Gobierno.

El Ejecutivo de Pretoria, se encontró con una victoria quirúrgica, obtenida casi sin pelea, un trofeo cuyo origen era la envidia de un grupo de blancos porque la población negra gozaba de un mínimo espacio de libertad llamado Sophiatown.

Los libros de historia nada dijeron después sobre qué ocurrió con la única piscina para niños negros que había en todo Johannesburgo.

El 1 de abril de 1955 era la fecha establecida por la Ley de educación bantú para la entrega de los colegios al Departamento de Asuntos Nativos. Desde finales de 1954, el CNA estudió la situación y qué respuesta podía y debía dar. En aquellas largas reuniones, las deliberaciones oscilaron entre varias posturas. Por una parte estaban los convencidos de la necesidad de demostrar el malestar a través de una huelga o el boicot en las aulas, frente a los que pensaban que con una semana de parón sería suficiente y aquellos cuya apuesta pasaba porque las aulas permanecieran cerradas indefinidamente. Mandela se ubicó entre los primeros, no tanto porque pensara que el Gobierno blanco no merecía un castigo semejante, sino porque consideraba que ni el CNA ni el pueblo negro estaban preparados ni tenían la infraestructura necesaria para llevar adelante una manifestación de repulsa tan contundente.

Tenía demasiado reciente el papel que había asumido el partido en Sophiatown, donde no habían sido capaces de dar solución a un problema muy concreto, y otro fracaso podría convertir al CNA en el partido de las promesas incumplidas, o en el partido sin promesas ni soluciones que dar.

Esas orientaciones no pudieron doblegar la postura de aquellos que pedían llevar al límite la oposición, por lo que al final se decretó una huelga indefinida. Como el Gobierno amenazó con expulsar a los niños que no fueran a las aulas, los huelguistas organizaron un sistema paralelo de educación en escuelas clandestinas –denominadas clubes culturales, instaladas en su mayoría en casas particulares– para que los alumnos no sufrieran todavía un mayor retraso en su formación. Mandela tuvo razón y el seguimiento fue desigual. No se consiguió la paralización de las escuelas, no se obtuvo un seguimiento masivo a la huelga por parte de las familias negras, pero sí se logró que el Gobierno, al menos, se replanteara algunos postulados de la Ley de educación bantú. El ministro de Asuntos Nativos, del que dependían los centros educativos, Hendrick Frensch Verwoerd, señaló que la educación debía ser la misma para todos. En realidad, eso no fue más que una declaración de intenciones.

Los hijos de Mandela y Evelyn no secundaron la huelga. Eran alumnos de una escuela de la Iglesia Adventista del Séptimo Día.

La presidencia de Luthuli en el CNA significó un empuje para la causa negra. Una de las cuestiones que comenzó a fraguarse entonces, apoyada por el profesor Matthews fue la oportunidad de que el CNA convocase un Congreso de los Pueblos, una gran asamblea nacional en la que estuvieran representadas todas las razas y comunidades para elaborar una carta fundacional para un nuevo país. Se trataría de un manifiesto en el que se abogaría por una nación plenamente democrática. No querían en modo alguno que aquella especie de nueva constitución sudafricana emanara del partido. Querían que fuera el documento del pueblo, que lo hiciera suyo desde el momento de su firma.

A nivel interno, sin embargo, también debería ser importante para el CNA. Después de algunos fracasos recientes, como el reasentamiento de Sophiatown o la huelga escolar, el CNA debía rearmarse moralmente frente a la ciudadanía. Con el runrún de que el partido podía ser ilegalizado de forma inmediata, no renunciaban a un gran impacto mediático y social. Y el Congreso de los Pueblos podía ser esa oportunidad.

Su origen remoto tuvo lugar en 1953, en una conferencia provincial que el CNA organizó en El Cabo. Allí, «el profesor Matthews propuso una convención nacional de todos los sudafricanos para redactar una carta de la libertad realmente representativa de todas las razas. La propuesta estimuló la imaginación del conjunto del CNA»8. Convocaron a cerca de 200 organizaciones que representaban a las comunidades blanca, mestiza, negra e india a un encuentro previo, que habría de celebrarse en marzo de 1954. Suponía un movimiento casi global para la Sudáfrica del momento. Las cartas con la petición de ideas, de solicitudes, de propuestas, llegaban de ciudad en ciudad. De barrio en barrio. De casa en casa. «“¿Qué haría usted si pudiera redactar las leyes?” o “¿Qué haría para convertir Sudáfrica en un lugar feliz para todos los que en ella viven?”. [...] Convocamos a todos los pueblos de Sudáfrica, blancos y negros... ¡Hablemos juntos de la libertad! Que se escuchen todas las voces, que queden registradas las propuestas que nos harán a todos libres. ¡Reunamos todas nuestras reivindicaciones en una gran constitución por la libertad!»9.

Eran preguntas, frases, que se podían leer en aquellas comunicaciones que comenzaron a recorrer, como el magma de un volcán desatado, todo el país.

Si el deseo de los organizadores de aquel congreso era obtener una respuesta clara, aquello comenzó a convertirse en realidad casi desde el principio. Así lo recordaba Mandela en su autobiografía: «Llegaban escritos en servilletas, en papeles arrancados de cuadernos escolares, en trozos de impresos oficiales, en el dorso de nuestros propios panfletos. Era una invitación a la humildad ver hasta qué punto las sugerencias de la gente de a pie estaban a menudo muy por delante de las de los dirigentes. La existencia más común era la de “una persona, un voto”. Todo el mundo reconocía que el país pertenecía a aquellos que lo habían convertido en su hogar»10.

Si alguien quería aportaciones del pueblo, ahí estaban, por centenares, por miles. Con todo ello, un pequeño grupo del Consejo Nacional de Acción y la ejecutiva del CNA revisaron el borrador del documento que se presentaría en el Congreso de los Pueblos, cuya celebración se fijó para los días 25 y 26 de junio de 1955 en Kliptown. «¿Por qué es significativa y única esta asamblea? –se preguntaba Albert Luthuli–. Su tamaño, espero, la hará única. Pero por encima de todo, la harán única su naturaleza multirracial y sus nobles objetivos, porque será la primera vez en la historia de nuestra nación multirracial en que sus gentes, de toda condición, se reúnan como iguales, sin distinción de raza, color, ni credo, para redactar una carta de la libertad para todos los pueblos del país»11.

Participaron 2.888 delegados de la conocida como Alianza de Congresos, fundada en 1950, y que formaban el CNA, el Congreso Indio Sudafricano, la Organización Sudafricana de Personas de Color y el Congreso Demócrata. Estaban todos menos los que detentaban el poder. Todos menos los representantes del Partido Nacional, aunque sí participó una pequeña delegación de ciudadanos blancos que se oponían, casi desde la clandestinidad intelectual, al apartheid. Si la vida no era fácil para negros, indios y mestizos, los blancos que anhelaban libertad y democracia para todos, tampoco eran personas felices y plenas en la Sudáfrica segregada. Los indios superaban los 300. Los mestizos, sumaban más de 200. La inmensa mayoría, hasta alcanzar esos 2.888 representantes, eran negros. Estas cuatro organizaciones asumieron la Carta de la Libertad como documento que estructuraría su acción política, su ejecutoria a partir de entonces. Era una declaración de intenciones pero, ante todo, fue considerada como una ofensa para el poder supremacista bóer.

En Kliptown hacía sol. Y casi 3.000 personas desafiaban a una policía redundante en su personal desafío. Tenían tomado prácticamente todo el pueblo. Sin una sola provocación, más allá de la propia convocatoria, los policías se dedicaron a hacer fotografías, a identificar de forma preventiva a los que se habían dado cita delante de una gran rueda con cuatro radios que representaban a cada una de las organizaciones convocantes.

La historia de Nelson Mandela, plagada de pequeñas ausencias y casualidades livianas, se repitió en el Congreso de los Pueblos, donde no tuvo papel ni protagonista ni secundario. Sisulu y él estaban proscritos en Johannesburgo, por lo que oficialmente no podían estar en esta pequeña localidad que, a pesar de su cercanía con la gran ciudad, se ubicaba fuera de la cárcel interior en la que habían sido confinados. Pero ambos líderes no quisieron perderse el momento. El desfile de personas. Los eslóganes. Las consignas que apelaban a la libertad y a la igualdad de derechos. Los brazaletes, las camisetas, las faldas con los colores verde, negro y amarillo que identificaban al CNA. Fueron testigos de ello desde la distancia, desde un lugar en el que mascaron el aroma de aquel ambiente, pero desde el que no pudieron paladear el sabor de los debates, de las reuniones, de la toma de decisiones. Con tanta policía, hubieran sido presa fácil, como se demostraría más tarde.

Las jornadas fueron un éxito casi hasta el final. Se leyó el borrador de la Constitución en sesotho, xhosa e inglés. Se fueron debatiendo y aprobando todos los puntos. Entre la solemnidad y la fiesta, los delegados hicieron caminar una asamblea nada fácil en lo organizativo, teniendo en cuenta el número de participantes. Pero a punto de votarse el documento final ocurrió lo que todos esperaban de antemano: irrumpió la policía al sospechar que lo que allí se tramaba era una traición al Estado. No se podía salir del edificio sin el consentimiento de los agentes del orden. La cuestión osciló entre lo terrible –cuando estos se pusieron a confiscar documentos, carteles y anotaciones de los participantes– y lo ridículo, cuando hicieron lo propio con los papeles en los que se indicaba el contenido del menú que se había servido a los casi 3.000 congresistas.

La respuesta de la gente, igual que había ocurrido en anteriores ocasiones, fue pacífica e interpelante a partes iguales. Todos, en un coro gigantesco, comenzaron a cantar el Nkosi Sikelel’ iAfrika. Bajo los sones del himno que muchos sudafricanos querían para su tierra, los policías comenzaron a identificar e interrogar a muchos de los que allí se habían dado cita. Estaba claro que a Pretoria no le era indiferente lo que había ocurrido en Kliptown. Mandela, en un documento elaborado con otros delegados ante las propuestas de la Carta de la Libertad, reconocería que «los ministros están armándose de poderes arbitrarios e inquisitoriales para destruir las organizaciones hostiles y a los oponentes. Están construyendo un estado monopartidista, cuya esencia es la identificación del Partido Nacional con el poder del Estado. Toda oposición a los nacionalistas se considera oposición al Estado. Cada faceta de la vida nacional está subordinándose a la necesidad imperiosa del partido de conservar su poder. Se están tirando por la borda todas las garantías constitucionales y se están suprimiendo sin escrúpulos todas las libertades individuales. Los linchamientos y los pogromos son las armas a las que evidentemente van a recurrir si el movimiento de liberación sigue avanzando»12.

Mandela, que contempló el devenir de la asamblea y del acoso policial desde un lugar seguro, dudó entre quedarse y acompañar a su pueblo o marcharse a Johannesburgo, donde se había convocado apresuradamente una reunión para evaluar lo ocurrido. Optó por lo segundo. Quedarse allí hubiera supuesto una detención y una condena segura.

Con irrupción policial de por medio, la Carta de la Libertad salió adelante. Era todo un programa político y suponía una enmienda a la totalidad al sistema político del apartheid, al reconocer que «nuestro pueblo ha sido despojado de sus derechos de nacimiento a la tierra, la libertad y la paz por una forma de gobierno fundada en la injusticia y la desigualdad». En su redacción, la Carta explicitaba algunas de sus principales reivindicaciones: «Cada hombre y cada mujer tendrá derecho a votar por y para presentarse como candidato a todos los organismos que hacen leyes; [...] los derechos del pueblo deberán ser para todos los mismos, independientemente de su raza, color o sexo; [...] todo el pueblo tendrá el mismo derecho a utilizar sus propios lenguajes y a desarrollar su cultura popular y sus costumbres; [...] la riqueza de nuestro país, el patrimonio de los sudafricanos, será devuelto al pueblo; [...] las restricciones acerca de la propiedad de la tierra sobre una base racial deberá terminar y toda la tierra deberá volver a dividirse entre los que la trabajan para erradicar la hambruna y el hambre de la tierra; [...] nadie deberá ser encarcelado, deportado o sufrir restricciones sin un juicio justo [...]; todas las leyes que discriminan por motivos de raza, color o creencia deberán ser derogadas; [...] todos tendrán derecho a vivir donde ellos elijan, a tener una vivienda digna y a crear a sus familias en dignidad; [...] nadie deberá pasar hambre; [...] los lugares cerrados y los guetos deberán suprimirse y las leyes que separan a las familias deberán ser derogadas; [...] Sudáfrica deberá ser un Estado completamente independiente, que respete los derechos y la soberanía de todas las naciones»13. Así, una tras otra, hasta completar una retahíla de 55 peticiones prorrateadas entre derechos humanos, derechos fundamentales, propuestas económicas, vinculadas a la propiedad de la tierra, educativas, sobre igualdad, trabajo, educación y cultura, vivienda o relaciones internacionales. Anthony Sampson, en su obra Negro y Oro señaló que la Carta de la Libertad «fue lo más aproximado a un manifiesto o proclama emitido por la organización (CNA). De tono más parecido a un salmo que a una enunciación política, rebosante de intencionada vaguedad, comprendía dos frases pugnaces que retumbarían a lo largo de futuras décadas: “Sudáfrica pertenece a todos los que viven en ella, sean negros o blancos” y “La riqueza mineral del subsuelo, los bancos y los monopolios industriales deben pasar al patrimonio del pueblo en su conjunto”. La Carta de la Libertad pronto hallaría su sazón en la historia, dado que después de que a sus autores se les encarcelara y las organizaciones políticas se prohibieran, fue objeto de incesantes interpretaciones»14.

La Carta de la Libertad, adoptada en el Congreso del Pueblo, en Kliptown, el 26 de junio de 1955, remataba así: «Estas son las libertades por las que vamos a luchar, codo con codo, durante toda nuestra vida, hasta que hayamos obtenido nuestra libertad». El Gobierno consideraba aquella declaración de intenciones –en palabras del propio Nelson Mandela, el documento más importante de cuantos había tomado parte el Congreso Nacional Africano–, como un alegato evidentemente rupturista, pero también con evidentes matices asumidos del Partido Comunista. Esa supuesta adhesión del CNA y del propio Mandela al comunismo fue algo de lo que ni el partido ni el hombre lograron sacudirse, y que a este último le fue recordada cada vez que tuvo que sentarse en el banquillo ante un tribunal, primero en el juicio por traición y después en el histórico proceso de Rivonia. Precisamente, en este juicio, del que el líder del CNA saldría directamente hacia Robben Island con una cadena perpetua amarrada a los grilletes, la estrategia del Gobierno volvería a incidir en ese aspecto del que, de nuevo, tuvo que defenderse Mandela. La Carta de la Libertad, dijo en su famoso alegato final, «no es una receta para un Estado socialista. Pide la redistribución, pero no la nacionalización de la tierra; estipula la nacionalización de las minas, y de los bancos, y de los monopolios industriales, porque los mayores monopolios pertenecen a una sola raza, y sin tal nacionalización la dominación racial se perpetuaría a pesar de la distribución del poder político. [...] El CNA nunca ha defendido en ningún período de su historia una transformación revolucionaria de la estructura del país, ni ha condenado jamás, por lo que yo sé, la sociedad capitalista»15.

Kliptown fue una gran noticia no solo por la gestación y proclamación de aquella Carta, considerada como uno de los documentos fundacionales de la lucha moderna contra el apartheid. Aquella cita también sirvió para poner luz y taquígrafos a una tendencia que permanecía viva dentro del país, pero de la que se tenía poca constancia fuera de los límites geográficos de Sudáfrica. Uno de los grandes hombres en la historia del CNA, Albert Luthuli, reconoció que «aparte de la Carta de la Libertad, la Asamblea del Pueblo tuvo otros efectos. Nada en la historia de la liberación de Sudáfrica había acaparado tan bien como esta la atención popular; ni la Campaña del desafío. Incluso en las remotas zonas rurales se sabía lo que estaba aconteciendo y su significado. La oposición ruidosa en la prensa blanca hizo propaganda del Congreso y de la Carta mucho más efectivamente de lo que todos nuestros esfuerzos unidos hubieran logrado. [...] Y se extendió el interés. La participación de grupos de todas las razas en este esfuerzo subrayó la fuerza de la desvelada resistencia»16.

Un año después de su firma, 156 militantes de las cuatro formaciones que organizaron el Congreso de los Pueblos fueron acusados de sedición. El juicio, que se extendió durante cuatro años, terminó con su absolución, algo que no sirvió para que el Gobierno bóer se replanteara sus relaciones con aquellas organizaciones y, ante todo, con sus afiliados. El caso de Nelson Mandela resultó evidente. Durante los años que siguieron, las proscripciones y las limitaciones de movimientos y de reunión contra el que ya era la cabeza más visible del CNA, fueron casi constantes. Esos condicionantes no impidieron que el político sudafricano siguiera trasladando sus ideas a la opinión pública del país. Para ello empleó la plataforma que le propuso la revista mensual Liberation, que editaba Dan Tloome. Aquellos textos aparecieron de forma regular hasta mayo de 1959.

En septiembre de 1955, después de finalizar su segunda proscripción, fue a su tierra. Desde 1948 no había podido tomarse vacaciones. Era, para él, casi una necesidad vital. Llevaba dos años confinado en Johannesburgo y 14 fuera del Transkei en el que nació y se crio. Por mucho que le gustara el ambiente de la gran ciudad, añoraba el cielo y la sabana donde se hallaban sus raíces.

El trabajo en el bufete y, sobre todo, el compromiso con el CNA, le habían convertido en un reo de la formación política. Su familia quedaba, incluso, por detrás de las obligaciones con el CNA. Como tenía que solucionar algunas cuestiones familiares, decidió cogerse unos días y volver a su tierra, también con el deseo de ver cómo era la vida del pueblo sudafricano lejos del aura de las grandes ciudades. Allí, en Johannesburgo, todo se magnificaba, pero Mandela quería ser consciente de cómo se vivía lejos de su burbuja personal. Llevaba 14 años fuera de allí.

Como casi siempre que emprendía un viaje en coche, salió de noche. Le gustaba ver amanecer en medio de las carreteras sudafricanas. Radio Bantú fue su compañera de viaje. El programa Rediffusion Service le convocó con Miriam Makeba, Dorothy Masuku, Thoko Shukuma y Dolly Rathebe. Durante el viaje, de varios días, aprovechó para encontrarse con el presidente del CNA, Albert Luthuli, proscrito en Groutville.

El plan de viaje incluía una parada en Umtata, donde debía tratar con los jefes locales algunos asuntos relacionados con la Ley de autoridades bantúes. A pesar de haber finalizado su encierro en Johannesburgo, la policía sudafricana seguía de cerca los pasos de Mandela y un viaje tan largo no hacía más que levantar sospechas. «Creía que había dejado a la policía secreta atrás en el Rand y no sospechaba que habían extendido sus tentáculos hasta alcanzar un lugar tan lejano como mi pueblo natal. Aún estaba tomando café con dos jefes en mi habitación cuando, a primera hora de la mañana siguiente, mi anfitriona hizo entrar a un caballero blanco. Sin saludar siquiera, me preguntó con arrogancia: “¿Es usted Nelson Mandela?”. “¿Y quién es usted?”, le respondí. Me informó de su rango de sargento y detective y me dio su nombre. Entonces le pregunté: “¿Puedo ver su orden judicial, por favor?”. Se ofendió por mi impertinencia mucho más de lo que yo detesté su arrogancia, pero tras una cierta vacilación me enseñó sus credenciales. Entonces le dije que yo era Nelson Mandela»17. En aquel momento no quedaría detenido, pero fue sometido a un intenso interrogatorio. De dónde venía. A dónde iba. Cuántos días iba a quedarse allí. Con quién iba a verse. Si tenía permiso para entrar en el Transkei. Respondió a muchas preguntas, pero a otras no. Se sentía un hombre libre, a pesar de todo, y no estaba dispuesto a plegarse a los deseos ni a todas las cuestiones de la policía.

Su siguiente parada era Qunu, lugar en el que se había criado. Lugar en el que residía su madre. Según la costumbre de su pueblo, a pesar del tiempo transcurrido desde la última vez que se habían visto, no se abrazaron. Nosekeni Fanny comenzó a preparar un té en medio de las cavilaciones de Mandela sobre la situación en la que vivía su madre, metida en medio de ningún sitio y en una situación de estrechez y pobreza que le dolieron al hijo. Le pidió que le acompañara a Johannesburgo, pero no estaba dispuesta a dejar el entorno rural que tanto quería.

Si la noche antes de emprender este regreso al Transkei su hija Makawize le había pedido que le dejara acompañarle en el viaje, algo a lo que se negó, ahora era su madre la que con su modo de vida le hacía plantearse el esfuerzo que su modo de vida estaba suponiendo para su familia. «Me pregunté –y no por vez primera– si estaba realmente justificado que descuidara el bienestar de mi propia familia para luchar por el bienestar de otros. ¿Puede haber algo más importante que cuidar de una madre anciana? ¿Es la política tan solo un pretexto para eludir las propias responsabilidades, una excusa ante la incapacidad para atender a la familia como uno habría querido hacerlo?»18.

Mandela estuvo 15 días en su tierra, alternando momentos y tiempos con su madre, con sus amigos y con la familia del regente. Su viuda, Non-England, le acogió como siempre lo había hecho. Sin embargo, aquellas jornadas le convencieron de que no quedaba de lo vivido en su infancia más que el recuerdo y un puñado de lugares.

Emprendió el camino de vuelta, cómo no, de noche. El trayecto, igual que a la ida, tuvo varias paradas, numerosos encuentros e intercambio de pareceres con líderes del CNA de las localidades por las que fue pasando. Para evitar seguimientos no deseados o por simple curiosidad, no tomó el mismo itinerario, y recorrió por primera vez el camino que une Port Elizabeth con Ciudad del Cabo. Descubrió nuevos paisajes. Vio, por primera vez, elefantes y babuinos. En Knysna, en lo alto de una ladera, paró el coche para contemplar un paisaje boscoso ejemplar que se expandía por los puntos cardinales de la brújula. Sin embargo, la mirada de Mandela no era de admiración por lo que veía. Era una mirada estratégica por lo que un paraje como aquel podía significar, era el lugar ideal para que un grupo guerrillero pudiera esconderse después de una acción de sabotaje contra algún objetivo del Gobierno. La evolución interna de Nelson seguía en marcha, y en ese proceso se abría hueco a codazos cierta forma de lucha armada contra el sistema implementado por el Partido Nacional.

En Ciudad del Cabo pasó unos días. El 27 de septiembre cuando subía las escaleras que daban acceso a la sede de la revista New Age escuchó el cambio de impresiones subido de tono de su administrador, Fred Carneson, y varios miembros de la policía. La discusión se aderezaba con el indudable sonido de un registro: portazos, muebles que se movían de sitio, papeles que caían abruptamente sobre el suelo. Mandela dio marcha atrás y se fue. No tenía ganas de unirse a una fiesta que no iba con él. Ese día, la policía, amparada en la Ley de supresión del comunismo, realizó registros y redadas en más de 500 casas, oficinas y despachos de todo el país. Entre ellas, en el despacho Mandela & Tambo. Era una vuelta de tuerca más. Casi como si se tratara de una premonición autocumplida, se anticipaban nuevas proscripciones. Nuevas detenciones. Nuevos dolores.

Tras una parada en Kimberley, regresó a casa. Los chicos le acosaron con preguntas y con el ansia de los regalos esperados. En su autobiografía, Mandela no cita ni de pasada a su esposa, Evelyn, que sufría por un matrimonio que no marchaba bien. «El matrimonio, que, en apariencia, estaba sólidamente fundado y sellado con el nacimiento de cuatro hijos, empezaba a derrumbarse. Había resistido los problemas económicos, pero ahora era sacudido por la presión de la separación. La propia Evelyn sentía que había pagado un precio muy alto por su carrera de obstetra, que su ausencia había producido la pérdida de afecto de su esposo. Nelson resultaba sumamente atractivo para las mujeres y era fácilmente seducido por ellas»19.

El dosier que Mandela presentó al CNA de su viaje al Transkei coincidió con el debate dentro del partido sobre otro informe, el de la Comisión Tomlinson, que establecía las condiciones para el desarrollo de los bantustanes. En síntesis, el plan proponía las condiciones para un modelo de desarrollo separado. Como era imposible la integración de las razas, el plan preveía la industrialización de los bantustanes. El Gobierno supremacista, a través del ministro de Asuntos Nativos, H. F. Verwoerd, entendía que todo lo que no supusiera el desarrollo de los negros en los lugares en los que habían sido confinados, estaba condenado a fracasar. El Gobierno proponía una agrupación en siete homelands, que se corresponderían con los principales grupos étnicos de Sudáfrica. «El Gobierno del Partido Nacional estaba convirtiendo la vida de mi pueblo en un cruel rompecabezas. La intención de las autoridades al crear el sistema de homelands era emplear el Transkei y otras áreas africanas como reservas de mano de obra barata para la industria blanca»20.

El Transkei era en aquel momento el principal vivero de mano de obra de la industria sudafricana; de hecho más de una tercera parte de los sudafricanos empleados en las minas de oro de Witwatersrand procedían de la tierra de Nelson Mandela.

El hijo de Nosekeni Fanny se convirtió en un hombre proscrito por tercera vez en marzo de 1956. De nuevo recluido en una cárcel con calles y avenidas que respondía al nombre de Johannesburgo. De nuevo imposibilitado para participar en reuniones de cualquier tipo. Esta vez, la proscripción tenía un período de tiempo más extenso: 5 años. Sin embargo, en esta ocasión, interiormente Mandela se sintió poco interpelado. Había asumido la primera proscripción como un ejercicio de sumisión inquebrantable a la ley. Durante la segunda, que coincidió con la firma de la Carta de la Libertad en Kliptown, se permitió ciertas licencias. Ahora, aunque no formalmente, se había declarado en rebeldía por una decisión que consideraba formal y moralmente injusta. Pero ahora parecía que la cosa iba más allá.

El 5 de diciembre comenzó movido y tenso. Tres agentes de policía aporrearon la puerta de su domicilio al alba, registraron la casa y le detuvieron por alta traición. Sus hijos fueron testigos de aquella acción que no hacía más que incrementar la presión que sufría Mandela desde hacía meses. No era suficiente con la proscripción. Ahora llegaba la detención. Desde su casa se trasladaron al despacho, donde tuvo lugar otro exhaustivo registro que duró tres cuartos de hora. El siguiente paso fue un lugar ya conocido por Mandela, la cárcel de Marshall Square, donde pasó tres noches después de la Campaña del desafío. En aquel lugar se volvió a encontrar con compañeros de circunstancias. La detención de Mandela formaba parte de una gran redada a nivel nacional que provocó el arresto de 145 activistas en todo el país. Se enteraron de ello porque alguien introdujo en la prisión un ejemplar de la edición vespertina del diario The Star. Ni siquiera Albert Luthuli se libró de la razia. Los detenidos fuera de Johannesburgo fueron trasladados rápidamente a Marshall Square. Todos debían estar juntos para la vista del día siguiente, en la que fueron acusados de alta traición y de querer derrocar al Gobierno.

La acción policial no terminó ahí. Una semana más tarde cayeron otros 11, entre ellos Walter Sisulu. Casi toda la ejecutiva del CNA fue arrestada por la policía. El paso hacia la aniquilación del partido parecía, esta vez, más firme que nunca.

De Marshall Square fueron conducidos al Fuerte, sobrenombre con el que se conocía a la prisión de Johannesburgo. Desnudos y puestos en fila contra la pared, pasaron un ridículo examen de salud que los convirtió en aptos para ser encerrados. Los 156 prisioneros ocuparon dos grandes celdas comunes recién pintadas. Recibieron como dote tres mantas finas y una estera para dormir en el suelo. Los retretes, a la vista de todos, estaban en el suelo de las celdas.

Lo que pretendía ser un escarmiento al movimiento anti-apartheid, en realidad se convirtió en un aldabonazo a su lucha. Fuera del Fuerte, la opinión pública sudafricana y la comunidad internacional se adhirieron a la causa que les había llevado hasta la cárcel. Dentro, los 156 detenidos convirtieron cada uno de los 15 días que allí pasaron en una asamblea permanente de la Alianza para el Congreso. Entre proscripciones, redadas y detenciones, en muy pocas ocasiones los líderes negros, indios y mestizos sudafricanos habían tenido la oportunidad de debatir, de cambiar impresiones, de conocerse más. Y los días del Fuerte fueron propicios para ello. Cada día tenía su afán. Tenían tiempo para la actividad física, para la reflexión política y para la música. Las canciones para la libertad eran la banda sonora de aquella prisión de Johannesburgo. Entre rutinas y rutinas se intercalaban las visitas de amigos, abogados y familiares. Una de aquellas, en las dos semanas que transcurrieron entre la detención y la vista previa, fue la de Evelyn. Fue la última vez que compartieron un tiempo y un espacio como matrimonio.

La vista preliminar tuvo lugar el 19 de diciembre en una instalación militar de Johannesburgo, el Drill Hall. Eran tantos los acusados que no había en toda la ciudad un edificio capaz de albergar una sesión tan nutrida. Las medidas de seguridad para el traslado fueron tan evidentes que cualquiera hubiera pensado que los que iban dentro de los furgones eran asesinos en serie. Entre la gente que se agolpaba en las inmediaciones del tribunal y los 156 encausados se estableció un diálogo a través de las canciones que reivindicaban la libertad. Cantaban desde las aceras y respondían las voces desde dentro de los furgones, lo que generó un ambiente de triunfo. Luego habría que esperar el resultado de la condena, pero en los prolegómenos, los luchadores por la libertad se habían ganado el respeto y el reconocimiento de la ciudadanía, algo que suponía una victoria frente al Gobierno afrikáner.

La sala era un reflejo, otro más, de la sociedad sudafricana. Había bancos para blancos y para negros. Los acusados esperaban una sentencia ejemplarizante, y sus secuaces, bulliciosos, mostraban un apoyo que transformaba el escenario hasta hacerlo parecer un mitin. El Drill Hall era una especie de hangar, muy amplio, casi gigantesco, ocupado por sillas de madera apelotonadas en las que, a pesar de todo, era difícil mantener el rigor establecido por la ley. Los periodistas ocupaban el sitio que podían, entre afines al Gobierno y seguidores de la causa de la libertad. Los policías transitaban entre las filas de sillas, aparecían y desaparecían por cualquier parte. Entraban y salían para poner orden dentro o fuera de la sala. Era un juicio horneado en medio de la tensión, la excitación colectiva y el ánimo de revancha. Todo junto en una vista que, debido al número de encausados y a la jerarquía de los mismos, tenía pinta de no ser una más.

Sobre todos los imputados recaían los mismos cargos: alta traición y conspiración para acabar con el Gobierno por métodos violentos y con el objetivo de instaurar un régimen comunista. La acusación no se circunscribía a un hecho concreto, sino a un período de tiempo lo suficientemente amplio –y en el que se habían producido acontecimientos tan significativos– que era difícil esperar algo que no fuera una condena. El plazo donde comenzó a correr el reloj de la acusación se iniciaba el 1 de octubre de 1952, y finalizaba el 13 de diciembre de 1956, cuando fue detenida la segunda parte del grupo. En aquel tiempo tuvieron lugar la Campaña del desafío, el desalojo de Sophiatown y el Congreso de los Pueblos, con la proclamación de la Carta de la Libertad. Si eran considerados culpables podía esperarles un único castigo: la muerte. El objetivo de la vista previa tenía como objetivo determinar si el caso debía pasar al Tribunal Supremo.

Todo parecía en orden para comenzar la sesión hasta que tomó la palabra el juez encargado del caso, F. C. Wessel, magistrado jefe de Bloemfontein. Debido a la multitud que abarrotaba la sala, a las dimensiones de esta... y a la voz queda y plana del magistrado, su inicio se tuvo que aplazar un par de horas hasta que se instaló un sistema de altavoces capaz de hacer audibles las diferentes intervenciones. Al final, la sesión se pospuso al día siguiente. Los imputados comieron en el patio de las dependencias militares y convirtieron la jornada casi en una fiesta hasta su vuelta al Fuerte.

Aquel jolgorio, que pareció molestar a las autoridades, se tornó en ambiente sombrío al día siguiente cuando introdujeron a los 156 acusados dentro de una jaula metálica. Además del valor simbólico de ver al grupo de los líderes raciales dentro de aquella estructura, la instalación imposibilitaba que estos se comunicaran con su defensa. Esta protestó por un gesto que indignaba a unos y hacía indignos a los otros. Si no retiraban aquella jaula, la defensa abandonaría la sala inmediatamente. Con la queja lograron que parte de aquella estructura despareciera antes del inicio de la vista previa, en la que el fiscal jefe, Van Nierck, empleó dos sesiones para enumerar los cargos. Sin embargo, al cuarto día, todos fueron puestos en libertad bajo fianza. Blancos, indios, mestizos y negros pagaron diferente cantidad para quedar en libertad provisional. Como muchos de ellos no podían asumir esos costes, personas a título personal se ofrecieron para colaborar en el pago de las mismas. De una manera informal surgió lo que luego quedaría institucionalizado como el Fondo de ayuda a la defensa en el juicio por traición, impulsado, entre otros, por un obispo, Ambrose Reeves; un escritor, Alan Paton; un diputado laborista, Alex Hepple; o Ellen Hellman, del Instituto de Relaciones entre Razas.

Se vio de repente en la calle cuando más preparado estaba para quedarse en la cárcel. Estaba listo para asumir lo que había ocurrido: la detención y un paso por el presidio. Había intensificado el ejercicio físico y había ajustado la dieta, de modo que había perdido peso, bastante peso. Sabía que en la cárcel el cuerpo debía mantenerse con menos recursos. Su figura ya no era la del hombre corpulento. Ahora seguía siendo, por estatura, un hombre grande, pero delgado, fino, estilizado. Estaba física y mentalmente preparado para la batalla política, para afrontar el juicio por traición, para el encierro, el silencio y el castigo. Quizás lo que no estaba era listo para que su vida familiar naufragase cuando menos lo esperaba.

El compromiso de Mandela con la política y la forma de entender la vida de Evelyn no tenían ni un solo punto de intersección. El enamoramiento inicial, los hijos, la todavía incipiente carrera política de Nelson, algunos éxitos, la vivienda unifamiliar... Algunas situaciones habían mantenido a flote el casco de una nave agujereado por las balas. Alguien achicaba el agua de vez en cuando, pero no se podía salvar el Titanic vaciando las bodegas con un pequeño barreño.

En 1953, Evelyn se matriculó en un curso para trabajar como matrona en Durban. Debía permanecer varios meses en aquella ciudad, donde completaría sus estudios en el Hospital King Edward VII. La madre y la hermana de Mandela fueron las que achicaron el agua durante este tiempo. No habría reproches porque Evelyn podría completar sus estudios y Nelson continuaría su ya pujante carrera política, además de seguir trabando en el bufete. Aunque fue mucho el tiempo que pasaron separados, Mandela apenas la visitó en una ocasión.

Engendrada durante aquella visita, o antes de la partida, con los exámenes finalizados, Evelyn regresó a casa con un diploma bajo el brazo y un ya más que evidente embarazo. A finales de 1953 nació Makawize, seis años después de la muerte de la segunda hija del matrimonio. Llevaría su mismo nombre.

Con la hija muy pequeña, y un marido cada vez más ausente del domicilio, Evelyn entró en contacto con los Testigos de Jehová y comenzó también una dinámica que la mantenía mucho tiempo fuera de casa. Uno defendía la causa de los excluidos. La otra se aferró a la difusión de La Atalaya, la revista de los Testigos. Cada uno con su causa. Cada uno mirando para un lado. Ninguno de los dos entendía del todo los principios que enarbolaba el otro. En el caso de Evelyn, confiaba en que la política no sería más que un pasatiempo, un entretenimiento pasajero y que, una vez abandonado, haría que Mandela retomase su carrera como abogado en el Transkei.

Mandela, por su parte, analizaba casi con precisión de entomólogo la vida religiosa de su mujer. «Aunque algunos aspectos del credo que había adoptado me parecían interesantes y valiosos, ni podía ni quería compartir su devoción. Había en ella un punto de obsesión que me producía rechazo. Por lo que podía discernir, su fe propugnaba la pasividad y la sumisión frente al opresor, algo que yo no podía aceptar bajo ningún concepto [...]. Cuando yo le decía que estaba prestando un servicio a la nación, ella me contestaba que servir a Dios estaba por encima de servir a la nación. Estábamos perdiendo todo terreno en común, y yo me iba convenciendo de que nuestro matrimonio empezaba a ser insostenible»21.

Pero del plano de las ideas se pasó al de los hechos, al de las influencias, al de las buenas y las malas influencias. Eso se trasladó de la discusión marital a los hijos. Evelyn los llevaba a la iglesia y les leía La Atalaya. Nelson les hablaba de la causa del apartheid y de Roosevelt, Stalin o Gandhi. El hijo mayor, Thembi, incluso, estaba inscrito en una especie de sección infantil del CNA.

El cabeza de familia y sus ausencias del hogar, cada vez más frecuentes, eran un foco de sospecha de infidelidades. El escaso tiempo que pasaban juntos se hacía denso, cada minuto era una cucharada de masa repleta de grumos.

A pesar de la mediación de Walter y Albertina Sisulu, al final no hubo nada que salvar.

Una vez abonadas las fianzas de rigor tras el juicio por traición, Mandela se dirigió a su casa, y lo que se encontró fue un espacio vacío y silencioso. No estaba Evelyn. No estaban los niños. Por no haber, no había ni lo imprescindible de cualquier hogar. Por no quedar, no quedaban ni las cortinas. Evelyn se había marchado con su hermano. Este, como si de la Magdalena se tratara, fue el que anunció a Nelson que la esposa y los hijos estaban viviendo en su casa. «Tal vez sea lo mejor. Tal vez cuando las cosas se hayan tranquilizado volváis a juntaros»22, fue lo que dijo. Era una posibilidad, aunque alguien que se va de forma transitoria no se lleva hasta las cortinas. «La pareja rompió porque Mandela tuvo sus propias aventuras durante los años cincuenta, pero, tal como él explicaría más adelante, también porque Evelyn le planteó un ultimátum: tenía que escoger entre ella y el CNA. (Evelyn) era una mujer menuda y gentil, testigo de Jehová, que regentaba un comercio rural y parecía contenta de que su matrimonio con Mandela hubiera finalizado en su momento»23.

El 9 enero de 1957 se reanudó la vista con el turno para la defensa, que dirigía Vernon Berrangé. La exposición trató de desmontar la idea de que la Carta de la Libertad fuera un elemento que alentara el odio o incitara a la comisión de cualquier delito. La idea no era tanto defenderse de las acusaciones, como probar que el macrojuicio era político, y que eran estas y no otras motivaciones las que les habían llevado ante el tribunal.

Contra esa exposición de motivos, la Fiscalía buscó una especie de victoria por agotamiento. Las pruebas se fueron sucediendo cadenciosas, aburridas, algunas hilarantes hasta llegar a cerca de 12.000 documentos de todo tipo, desde la Declaración de los Derechos del Hombre a un libro de cocina ruso, infinidad de recortes de prensa, notas manuscritas o mecanografiadas. Todo valía para intentar que 156 alborotadores no consiguieran desestabilizar el sólido cimiento del apartheid. Con pinceladas de grueso trazo jurídico, una a una, esas pruebas servían como piezas de un puzle irreal que conducían a dibujar la imagen del comunismo en el ideario del tribunal. Todo tendía a pintarlos como comunistas empedernidos, miembros de un partido ilegalizado. Junto a esa obsesión, el Estado también incluyó entre sus testigos a gente como Solomon Ngubase, que se presentó como licenciado en Letras por Fort Hare y secretario del CNA en Port Elizabeth. En una declaración que se destapó como falsa, Ngubase subrayó lo que parecía una política conspiratoria del CNA para acabar con los blancos en el Transkei o la búsqueda de armamento en la Unión Soviética para llevar la revolución a Sudáfrica. El interrogatorio de Vernon Berrangé sacó a la luz las mentiras de Ngubase, que ni era licenciado ni había tenido cargo orgánico alguno en el partido. Sin embargo, el pájaro de la falsedad estaba listo para volar. En Drill Hall se había hablado de conspiración, y eso complicaba las cosas para los encausados.

La vista preliminar se convirtió, de facto, en una condena para los acusados, que iban de sesión en sesión atiborrados de aburrimiento, tedio, hastío y la sensación de que si las pruebas no eran concluyentes, el Estado se encargaría de fabricarlas. Fueron diez meses en los que no faltaron los crucigramas, los periódicos o las lecturas en el banquillo de los imputados.

12.000 pruebas y 8.000 páginas de testimonios más tarde se cerró la fase preliminar y se entregó la documentación a las defensas para su estudio. Tres meses después se retiraron las acusaciones contra 61 de los imputados. Aunque la mayoría de ellos eran cargos bajos o intermedios, entre la larga lista se escurrieron Albert Luthuli y Oliver Tambo. Los que quedaron atados a la silla del proceso sintieron tanta alegría como desconcierto. No entendían cómo dos de los pesos pesados del CNA habían eludido la fase definitiva del juicio. Habría que esperar.

Бесплатный фрагмент закончился.

1 170,37 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Объем:
664 стр. 8 иллюстраций
ISBN:
9788428561518
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги