Читать книгу: «El precio de una pasión peligrosa»

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© 2020 Jane Porter
© 2021 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
El precio de una pasión peligrosa, n.º 2838 - febrero 2021
Título original: The Price of a Dangerous Passion
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1375-213-6
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Prólogo
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Prólogo
Nochevieja
CHARLOTTE SEGUÍA unas normas de comportamiento. Nunca se desviaba de ellas. Sin excepción. Y tampoco había tenido que esforzarse para cumplirlas, al margen del valor de sus clientes. Todos sus clientes eran igualmente importantes para ella, clientes que requerían sus servicios debido a su buena reputación profesional. Acudían a ella porque necesitaban que los ayudara con problemas relativos a la imagen, las relaciones públicas y las redes sociales. ¿Cómo iban a poder fiarse de su raciocinio si este le fallaba?
¿Si no lograba razonar con objetividad?
¿Si olvidaba el motivo por el que estaba allí?
Charlotte Parks sabía todo eso y, sin embargo, Brando Ricci estaba logrando que le resultara imposible recordar la importancia de las normas por las que se regía. Hacía semanas que había cerrado el caso con la familia Ricci-Baldi, bastante antes de las navidades. Estaba allí, como invitada, en la gran fiesta de Nochevieja que daba la familia Ricci, porque a la familia Ricci le gustaba dar grandes fiestas e invitar a todo aquel que los había ayudado. Y ella los había ayudado, había pasado el otoño entero en Florencia tratando de rebajar las tensiones causadas por una opinión pública negativa debido a luchas internas en el seno de la familia por cuestiones de poder y asuntos de herencias.
No todos los asuntos estaban resueltos, pero había mucha menos tensión y la familia había logrado presentar un frente unido de cara a la opinión pública. La fiesta de esa noche era para representar esa imagen de frente unido de cara a la galería.
No obstante, ella no debería estar allí. Su trabajo había acabado. Le habían pagado muy bien. No tenía motivos para haber regresado a Florencia con el fin de asistir a una fiesta.
La música cambió, se hizo lenta, y Brando la atrajo hacia sí, pegándole los senos a su pecho.
–Piensas demasiado –murmuró Brando, su aliento acariciándole la oreja.
–Sí. Sé que pienso, pero no demasiado. Pienso que eres peligroso.
–Yo nunca te haría daño. Te lo prometo.
Y Charlotte lo sabía. También sabía que él sería maravilloso en la cama, y fuera de la cama. Se atraían desde el momento en que se conocieron, en septiembre. Pero esa atracción le preocupaba, justo porque nunca le había gustado un hombre tanto como Brando.
–No debería haber venido –murmuró ella entrelazando los dedos con los de Brando.
El corazón le latía con fuerza. Tenía mucho calor. Estaba exquisitamente excitada. Hacía unos dos años que no se acostaba con nadie. Por una parte, quería rendirse a la pasión, a pesar de saber que era un error, que con ello podía poner en peligro su reputación profesional y… su corazón.
Alzó el rostro y clavó los ojos en el hermoso semblante de él. Brando era realmente guapo. Pero no solo era guapo, también era inteligente, fascinante y cautivador. Durante los meses que había trabajado con la familia Ricci, era con Brando con quien mejor se había entendido. A pesar de ser el miembro más joven de esa familia, era el que poseía más sabiduría y entendimiento. En los momentos en los que no había habido forma de que Enzo, Marcello y Livia se pusieran de acuerdo, ella había acudido a Brando con la esperanza de que este encontrara la forma de lograr que se entendieran. Y lo había conseguido.
Había vuelto aquella noche a Florencia por él.
Por ese momento…
–¿De qué tienes miedo? –preguntó Brando mirándola fijamente.
–Tengo miedo de perder la cabeza, de perder el control.
Brando sonrió y le acarició la espalda.
–Somos adultos y no tenemos que pedir permiso a nadie.
–Sí, pero nunca hay que mezclar los negocios con el placer…
–Ya no estamos trabajando juntos –le recordó Brando antes de bajar la cabeza y acariciarle el cuello con los labios.
Charlotte tembló, cerró los ojos y trató de ignorar sus pechos, sus hinchados pezones, el deseo que la consumía… Le resultaba cada vez más difícil mantener la mente despejada. Lo único que quería era sentir la boca de Brando en la suya, las caricias de sus manos en todo el cuerpo… Le quería encima, llenándola, quería el placer que sabía que él podía darle. El placer que ella anhelaba y buscaba en él, solo en él, en Brando Ricci, viticultor, empresario, multimillonario.
Amante.
No, todavía no era su amante.
–No deberíamos estar así –susurró Charlotte con la respiración entrecortada.
–No estamos haciendo nada malo. Solo estamos bailando –murmuró él.
Charlotte alzó el rostro y lo miró a los ojos, unos ojos plateados que no tenían nada de fríos, unos ojos que eran ardientes. Llevaba meses reprimiendo su atracción por él, luchando contra su deseo, pero aquella noche estaba a punto de claudicar.
–Es casi medianoche –dijo ella desviando la mirada hacia el enorme reloj que colgaba de una de las paredes del salón de fiestas del palacio.
–Faltan diez minutos –observó Brando mirando el reloj.
Charlotte paseó la vista por el escenario en el que se encontraba la orquesta y también por la pista de baile. El salón, del siglo xvii, estaba abarrotado de gente, gente famosa y adinerada de toda Europa. Esa gente se divertía, reía, bailaba, bebía y festejaba la ocasión. Y cuando el reloj diera las doce campanadas, el alboroto sería ensordecedor.
A ella nunca le habían gustado los sitios concurridos y, por lo general, no iba a fiestas. Pero al recibir la invitación de la familia Ricci, no había podido rechazarla. No había podido decir que no.
–¿En qué estás pensando, cara?
El termino cariñoso la hizo temblar. Había ido a esa fiesta por él. Solo por él. Y, sin embargo, no se atrevía del todo a romper una de sus reglas. Sus estúpidas reglas.
–No mezclo…
–Los negocios con el placer, sí, ya lo sé –interpuso Brando–. Pero esta noche no es una noche de negocios. Hemos concluido con los negocios, hemos dado por zanjados los asuntos de la familia, ya no tenemos por qué hacer lo que nos digan los demás.
Brando le acarició los labios con los suyos, un leve beso que prometía infinitas y deliciosas posibilidades…
Charlotte siempre había llevado una vida solitaria, controlada y contenida. Pero esa noche se sentía como si, quizás, perteneciera a otro lugar, a otra persona. Aunque solo fuera por una noche.
–Solo esta noche –declaró Charlotte con voz ronca–. Debes aceptar que se trata solo de una noche, nada más. Prométemelo, Brando.
Brando volvió a deslizar los labios por los suyos.
–De acuerdo. Será nuestra noche. Esta noche es nuestra noche.
–Y mañana….
–No pensemos en eso. Mañana aún no existe.
Capítulo 1
CHARLOTTE Parks se recogió el pelo detrás de la oreja, se alisó la solapa del abrigo de moda y llamó al timbre del elegante edificio del siglo xvii en el corazón de Florencia, a escasos metros del puente Vecchio. Aunque originalmente el edificio era un palacio, había sido dividido en varias viviendas posteriormente, una de ellas era la de Brando Ricci.
Había ido allí en dos ocasiones anteriormente: el octubre anterior, por cuestión de trabajo, y la Nochevieja. Era una casa grande de tres pisos y por eso esperó con calma a que alguien le abriera la puerta.
Charlotte sabía controlar los nervios. Como el miembro más joven de una familia inglesa extensa y bastante famosa, se había acostumbrado a desenvolverse en situaciones estresantes y de mucha tensión, debido a la tendencia de sus aristocráticos y ricos padres a casarse y divorciarse, regalándole así una docena de hermanos, medio hermanos y hermanastros. Había nacido en Inglaterra, después había ido a Los Ángeles con su madre, cuando esta se casó con el director de cine Heath Hughes, y allí había pasado diez años; después, regresó a Europa, a los quince años, para acabar los estudios preuniversitarios en Suiza.
Sus hermanos y hermanastros eran también gente famosa: modelos, actrices, corredores de coches y envidiados miembros de la alta sociedad inglesa. Las dos familias, Parks y Hughes, incluso habían tenido un programa de televisión durante un tiempo, antes de que ciertos miembros de la familia se quejaran de que aquello era demasiado vulgar, demasiado grosero, demasiado americano. No ayudaba mucho que ahora la mitad de la familia era americana, con muchos planes y muy ambiciosa. Charlotte, que había pasado diez años con su madre en América, ahora vivía allí también sola en su bonita casa en Hollywood Hills, y tenía su pequeña y exitosa empresa de relaciones públicas.
Su capacidad para resolver problemas era lo que la había llevado a Florencia. Había conocido a Brando Ricci nueve meses atrás, cuando él la contrató para resolver una situación muy complicada en la que se veía involucrada la legendaria familia Ricci, una de las familias de mayor reconocimiento en toda Italia, famosa por sus vinos, sus artículos de cuero y modernos diseños de moda.
El negocio familiar de los Ricci databa de principios de siglo, cuando sacaron al mercado un magnífico Chianti. Después de la Segunda Guerra Mundial, comenzaron a fabricar artículos de cuero de lujo. Los tres hermanos Ricci, nietos del fundador de la empresa, habían seguido manteniendo y ampliando el negocio; no obstante, la situación se había complicado desde hacía un tiempo, porque cada uno de los tres hermanos tenía dos o tres hijos, ya en edad de trabajar en la empresa. Una cosa era dirigir un negocio entre tres y otra muy distinta era una corporación con ocho dirigentes.
Charlotte había intervenido el agosto pasado para contrarrestar una publicidad negativa que las luchas internas en el seno de la familia habían provocado y había tenido éxito, a pesar de que la familia seguía dividida y los problemas de sucesión no habían sido resueltos. No obstante, ella ya había cumplido con su trabajo, la prensa había dejado de hablar de los Ricci y a ella le habían pagado bien por sus servicios. Asunto concluido.
Pero no, no era así.
Charlotte, que casi nunca se equivocaba, había cometido un error descomunal la Nochevieja pasada. No debería haber pasado la noche con Brando Ricci. Sí, había sido una noche extraordinaria, pero había bajado la guardia con catastróficas consecuencias.
Y ahí estaba, temiendo el momento de enfrentarse a él cara a cara. Brando era inteligente, poderoso, interesante e ingenioso. La había hecho sentir cosas que no había sentido nunca mientras se deslizaban por la pista de baile. Después, en la casa de él, Brando la había llevado en brazos a su dormitorio y el sexo entre ambos había sido lo más extraordinario que había sentido en su vida. Al día siguiente, había regresado a su casa como si hubiera estado flotando, completamente anonadada.
Por suerte, vivían muy lejos el uno del otro, a nueve mil novecientos cincuenta y ocho kilómetros de distancia, para ser precisos. Tras su regreso, había decidido no pensar en el pasado, sino en el futuro, y olvidarse del hombre que sabía cómo hacer que una mujer se sintiera la mujer más maravillosa del mundo.
Pero era imposible ocultar las repercusiones de su unión. A pesar de que ella había estado tomando la píldora y de que Brando había utilizado un preservativo…
La puerta se abrió de repente y Charlotte se encontró delante de una joven alta, delgada con el cabello negro revuelto, labios rojos y obviamente desnuda bajo la bata de seda blanca.
Charlotte reconoció inmediatamente a la modelo. Era una belleza argentina que aparecía en todas las revistas dedicadas a la moda.
–¿Si? –preguntó Louisa al tiempo que la bata se deslizaba por su hombro dejando al descubierto uno de sus pechos.
–¿Brando è disponibile? –preguntó Charlotte ignorando el pecho de la modelo y haciendo gala del italiano que había aprendido en la escuela de Suiza.
Louisa, con una pícara sonrisa, la miró de arriba abajo.
–È un po legato.
«Está un poco atado», había contestado la modelo. Y a juzgar por la ladina sonrisa de esta, Charlotte tomó literalmente la contestación.
–¿Sería tan amable de desatarle? –dijo Charlotte–. Dígale que Charlotte Parks está aquí. Le esperaré en el gran salón.
Tras esas palabras, Charlotte entró en la casa y echó a andar por el vestíbulo de suelo de mármol. A sus espaldas, oyó cerrarse la puerta y luego unos pasos en dirección a la escalera que conducía al piso donde Brando tenía su dormitorio. Lo sabía porque había estado allí, desnuda, con el cuerpo de Brando pegado al suyo.
Y ese cuerpo de un metro ochenta y ocho centímetros de estatura, en ese momento, entró en el salón vestido con unos gastados pantalones vaqueros y un jersey de pico de cachemira color gris que hacía juego con el color de sus ojos, todo ello acompañado de un espeso cabello negro.
Brando era alto, delgado, estaba en buena forma y más guapo que nunca. El corazón le dio un vuelco. La piel que asomaba por el escote del jersey de Brando la hizo recordar esa noche en la que ambos, desnudos, habían estado abrazados. Y Brando también sabía cómo moverse; dentro de ella, la satisfacción que la había hecho sentir había sido algo extraordinario, algo único.
Pero Brando no la había proporcionado placer físico solamente, también la había hecho sentir… paz, plenitud. Lo que no tenía sentido, ya que Brando era un rompecorazones. Nunca había tenido relaciones duraderas. Brando se negaba a comprometerse emocionalmente.
Por ese motivo, estaba convencida de que Brando aceptaría lo que iba a proponerle, que se sentiría aliviado al saber que ella podía encargarse de todo.
–Charlotte –dijo él y, acercándose a ella, se inclinó y le dio un beso en cada una de las mejillas–. ¿Qué es lo que te trae a Florencia?
–Tú –Charlotte le dedicó una sonrisa–. Espero no haber venido en un momento inoportuno.
Brando sonrió irónicamente, indicándole que sabía que ella sabía que sí había llegado en el momento menos indicado.
–¿Te parece que nos sentemos? –sugirió Brando indicándole uno de los sillones con un tapizado en tonos rojos y anaranjados.
–Sí, gracias –respondió ella, y ambos tomaron asiento, el uno frente al otro, guardando las distancias–. Supongo que Louisa se estará impacientando.
Brando volvió a sonreír, perezosamente, casi con una nota de paternalismo.
–Louisa sabe entretenerse sola –contestó él, pero sus ojos empequeñecieron y su expresión se tornó más dura–. ¿Cuándo has venido a Italia?
–He llegado hoy. He dejado el equipaje en el hotel, pero aún no he reservado habitación.
–¿Tantas ganas tenías de verme?
–No sabía si estarías aquí o en la casa que tienes en el campo. Si hubieras estado en el campo, habría alquilado un coche para ir a verte.
–Justo mañana voy a la villa –Brando la miró fija e intensamente–. Tienes buen aspecto.
–Gracias. Me encuentro bien.
Charlotte no sabía cómo continuar, no lograba recordar todo lo que había pensado decirle. Se había convencido a sí misma de que Brando no iba a darle importancia a su embarazo; igualmente, se había convencido de que él iba a sentir un gran alivio cuando ella le dijera que se encargaría de todo, que él no tenía de qué preocuparse. Pero el pulso se le había acelerado y se veía presa de una gran angustia.
–¿Te importa si me quito el abrigo? Hace mucho calor.
–Sí, estás muy colorada.
En el momento en que se quitara el abrigo Brando lo vería. Se daría cuenta… Pero titubeó, vacilaba…
¿Y si Brando no reaccionaba como ella había imaginado que haría? ¿Y si Brando…?
No, Brando era un soltero empedernido. Un donjuán. No tenía madera de padre. No le interesaría ejercer como tal.
–Charlotte, ¿te encuentras mal? –preguntó él.
«Díselo. Díselo ahora mismo».
En vez de decírselo, se sacó los brazos de las mangas del abrigo y lo dejó caer sobre el sillón. El fino tejido de su vestido verde dejaba ver el abultado vientre en contraste con su delgado y pequeño cuerpo.
–Estoy embarazada de seis meses –declaró ella logrando que no le temblara la voz–. Está siendo un embarazo fácil, sin complicaciones. No quería decir nada hasta que pasara un tiempo, hasta que se me notara… Pero ya no podía seguir ocultándolo y pensé que tampoco debía hacerlo.
–¿Quieres que te felicite?
–Solo si te incluyes en la felicitación.
Se hizo un tenso y breve silencio.
–¿Quieres decir que quien te ha dejado embarazada soy yo?
–Sí.
–¿Estás segura?
–Sí.
Brando clavó sus grises ojos en los de ella. No había censura en su expresión, ni enfado, ni sorpresa y ni siquiera decepción.
–Los dos tomamos precauciones.
–Al parecer, un ser tiene muchas ganas de nacer y ser parte de este mundo –respondió ella enderezando los hombros.
–Un ser con mucha fuerza de voluntad –replicó él.
Charlotte le dedicó la más encantadora de las sonrisas, consciente de que ambos estaban jugando a lo mismo.
–Lo que es admirable.
–Estoy de acuerdo –Brando titubeó unos segundos–. ¿No consideraste la posibilidad de abortar?
–No. ¿Habrías preferido que lo hubiera hecho?
–Soy italiano. Católico. Así que la respuesta es no.
–Yo no soy ni italiana ni católica, pero tampoco quería abortar.
–Y ahora estás aquí –declaró él.
–Sí –respondió ella alzando la barbilla–. Me pareció mejor decírtelo en persona. Sabía que preferirías saberlo, que mereces saberlo. Pensé que no era justo tomar todas las decisiones sin consultarte.
Brando arqueó las cejas.
–No me has consultado nada.
–Lo sé. Es por eso por lo que he venido.
Se hizo un prolongado silencio. Ese no era el Brando que ella conocía. Se estaban comportando como dos desconocidos, a pesar de haber tenido una relación íntima. Se había entregado a él y no se había arrepentido hasta descubrir las consecuencias de aquella noche de pasión.
–Me sentí muy confusa al enterarme de que estaba embarazada –dijo ella, interrumpiendo el silencio–. Me llevó varias semanas asimilarlo. Pero ahora, la verdad es que me hace ilusión la idea de ser madre.
–Esta visita tuya… ¿Qué es lo que pretendes? ¿Quieres dinero? ¿Quieres apoyo económico?
–No.
–Entonces… ¿qué?
Su plan era ofrecer a Brando justo lo que él no quería, la oportunidad de ejercer de padre. Iba a ofrecerle criar a su futuro hijo con ella, algo que sabía que Brando rechazaría; entonces, le ofrecería encargarse de todo ella sola y él aceptaría. Brando era un hombre guapo e inteligente, pero no estaba listo para sentar la cabeza. La propia hermana de Brando lo había dicho en más de una ocasión. Brando era el rebelde de la familia y, sobre todo, valoraba su independencia. Cosa que ella comprendía muy bien porque le ocurría lo mismo.
–Quiero que seas un padre para el niño o la niña… si quieres serlo –declaró Charlotte en voz baja–. Y si no quieres, no hay problema, estoy segura de que me enamoraré y me casaré con alguien que quiera ser el padre de mi hijo. Entretanto, reconozco tus derechos y quiero incluirte en la toma de decisiones… si es que quieres participar.
–Cuando fui a Los Ángeles al principio del año, ya sabías que estabas embarazada, ¿verdad?
–Sí.
–¿Por qué no me lo dijiste entonces?
–Hacía poco tiempo que me había enterado y no sabía qué iba a pasar con mi embarazo. Mis hermanas han tenido abortos naturales en los tres primeros meses y me advirtieron de que a mí podía ocurrirme lo mismo.
–Entonces… ¿lo sabe tu familia?
–No. He conseguido disimular hasta ahora, pero a partir de este momento va a resultar imposible. Se me nota.
–¿Por qué no se lo has dicho a tu familia?
–Porque no tiene nada que ver con ellos –Charlotte se llevó una mano al vientre–. Y antes de decírselo a nadie más, sabía que tú eras el primero que debía saberlo.
Charlotte Parks estaba tan guapa como la última vez que la había visto, desnuda, en su cama, con sus dorados cabellos esparcidos por la almohada y la boca enrojecida por sus besos. En esos momentos, la veía sorprendentemente distante y sorprendentemente resplandeciente. El embarazo le sentaba bien. La piel parecía brillarle, sus ojos se veían más azules y el cabello rubio le brillaba bajo los rayos del sol que se filtraban por la ventana.
Y ahora, al parecer, él la había dejado embarazada.
No era la primera vez que una mujer aseguraba que él la había dejado embarazada. Le había ocurrido unos años atrás. Por suerte, la prueba de ADN había dado resultados negativos. Y se alegraba infinitamente de ello.
Ahora… Ahora no sabía qué pensar.
–¿No te ha resultado difícil mantener en secreto el embarazo hasta ahora? –preguntó él.
–No.
–¿En serio?
–No siento necesidad de pedir ayuda para tomar decisiones y tampoco pido consejo a nadie. Lo que necesitaba era tiempo, lo he tenido y por eso estoy aquí, lista para hablar contigo del futuro.
–Sí. Pero todo esto me pilla de sorpresa –interpuso Brando.
–Tienes razón –Charlotte lo miró a los ojos–. Supongo que, como es natural, querrás una prueba de ADN. He confeccionado una lista de las clínicas en Florencia que hacen estas pruebas. Es un procedimiento muy sencillo. Podríamos hacerla hoy mismo si quieres. Cuanto antes tengamos el resultado, mejor.
–¿Y si resulta que soy el padre?
–Aunque seas el padre, te aseguro que lo tengo todo bajo control. No quiero exigir nada de ti. De hecho, tú podrás seguir con tu vida como hasta ahora. Solo quería hacer lo correcto y…. –Brando lanzó una ronca carcajada, interrumpiéndola. Ella arqueó las cejas y enrojeció visiblemente–. ¿Qué es lo que te ha hecho tanta gracia?
–Eso de que podré seguir con mi vida como hasta ahora. Bella, mi vida entera va a cambiar. Ya ha cambiado… si soy el padre.
–Es obvio que yo voy a ser madre, pero tú no tienes por qué involucrarte en esto. No me importa la idea de criar al niño, o la niña, yo sola.
–Todo eso está muy bien, si yo no fuera el padre. Pero si soy yo el padre de la criatura, puedes estar segura de que voy a formar parte de su vida.
–Me sorprende que te lo hayas tomado tan bien –declaró ella–. Solo pasamos una noche juntos, apenas fue una aventura pasajera, y, sin embargo, estás dispuesto a ejercer de padre.
–Siempre he tomado precauciones para evitar un embarazo accidental; no obstante, ahora que nos encontramos en esta encrucijada, no lo considero una tragedia, no lo veo como algo a lo que hay que resignarse. Somos dos personas adultas e independientes, capaces de proporcionar un hogar seguro y feliz a nuestro hijo.
Charlotte abrió los labios y volvió a cerrarlos. El sonrojo de sus mejillas se intensificó, el brillo de sus ojos aumentó.
De repente, Brando, sorprendido, se dio cuenta de que había dejado perpleja a Charlotte. ¿Qué había imaginado ella que iba a decir él? ¿No, gracias y adiós?
¿Había supuesto que él iba a lavarse las manos?
–Pero quizá no he sido yo quien te ha dejado embarazada –dijo Brando, recordando la otra mujer que había tratado de engañarlo.
–Sí, has sido tú. No cabe la menor duda. No obstante, no esperaba que me creyeras. ¿Por qué ibas a hacerlo? Solo pasamos una noche juntos. Por eso es por lo que quiero que hagamos la prueba de ADN hoy mismo. Solo voy a quedarme aquí el fin de semana, el lunes me iré a Inglaterra a pasar allí una semana, pero nos darán los resultados de la prueba de ADN dentro de siete días laborales, tres si pagamos extra –Charlotte paró, tomó aire y añadió–: Preferiría pagar extra. De esa manera, podría quedar resuelto el papeleo de la custodia antes de tomar el vuelo de regreso a California.
–¿El papeleo de la custodia? –repitió él, consciente de que Charlotte parecía haberlo planeado todo, hasta el último detalle.
–El niño, o la niña, vivirá conmigo.
–Me parece que tenemos que hablar largo y tendido.
–Brando, quiero asegurarte que no he venido aquí para causarte problemas. Estoy más que dispuesta a encargarme yo sola de la crianza de nuestro hijo.
Brando arqueó una ceja.
–¿Y nuestro hijo no va a saber que yo soy su padre?
–¿Quieres ser padre? –replicó ella.
–No entiendo la pregunta, cara. Si soy el padre, soy el padre.
–Supongo que eso es lo que tenemos que discutir –dijo Charlotte enrojeciendo de nuevo.
¿En serio quería Charlotte mantenerle al margen de la vida de su hijo? Sintió un súbito ataque de cólera, pero lo controló.
–Sí, creo que tenemos mucho que discutir –dijo él–. Pero prefiero que lo hagamos en privado. Con Louisa aquí, no es el momento más adecuado.
Charlotte miró al techo como si esperara ver a Louisa allí, colgada de la araña.
–Tienes razón –Charlotte se puso de nuevo el abrigo, abrió su bolso y sacó un papel–. Esta es la clínica más cercana que hace pruebas de ADN. Podrían hacérnosla esta misma tarde. Cuando salga de tu casa iré directamente allí. ¿Podrías llamarles y pedirles una cita para ti hoy mismo?
–No veo motivo para retrasarlo.
–Estupendo. Gracias –Charlotte se puso en pie–. Te pido disculpas por haberme presentado aquí sin avisar, debería haber considerado la posibilidad de que no estuvieras solo.
–No te preocupes. Estoy es importante –Brando no podía imaginar nada tan importante ni una mujer más hermosa que Charlotte Parks. La deseaba desde el momento de conocerla.
Brando la acompañó a la puerta de la casa.
–¿Dónde te hospedas?
Charlotte le dio el nombre del hotel, un hotel de cinco estrellas con vistas al río. Era donde se había hospedado con anterioridad.
–Deja que te busque un taxi –dijo él.
–Prefiero caminar –Charlotte forzó una débil sonrisa–. Creo que el aire fresco me sentará bien antes de ponerme a trabajar.
–¿No has dejado el trabajo?
–No, por supuesto que no –volvió a sonreírle–. Es lo que mejor se me da.
–¿No es peligroso que sigas trabajando estando embarazada ya de seis mese?
–No. Todo está bien.
Ver a Brando de nuevo la había dejado sintiéndose vulnerable, pensó Charlotte mientras caminaba de regreso al hotel.
No sentía nada por él, y sin embargo…
Respiró hondo, parpadeó y se preguntó por qué se sentía tan terriblemente confusa, tan extraña, tan dolida, con los nervios a flor de piel.
Lo que no tenía sentido, ya que Brando se había mostrado educado, respetuoso y comprensivo a pesar de la noticia que le había dado. Nada de tragedias. No obstante, la falta de drama la tenía en vilo, demasiado maravilloso para ser verdad.
Quizá Brando no creía ser el padre y estaba esperando a que les dieran los resultados de la prueba de ADN para desafiarla.
O quizá ya ni siquiera pensaba en eso y estaba de vuelta en la cama con Louisa.
El estómago le dio un vuelco.
¡Qué mala suerte que Louisa hubiera estado allí ese día! ¿Por qué, por qué?
Brando salió de la clínica, delante del hospital Maria Beatrice, y llamó a Charlotte.
–Hola, soy Brando –dijo él cuando ella contestó–. ¿Estás ocupada?
–No. Estoy tratando de redactar un comunicado de prensa, pero no consigo concentrarme. Anoche no dormí bien.
–Deberías acostarte un rato.
–Quizás tengas razón –respondió ella.
–¿Qué vas a hacer luego? –preguntó Brando–. ¿Tienes planes para cenar esta noche?
–No. Iba a trabajar.
–Cena conmigo.
–¿Te has hecho la prueba?
–Sí. Y se supone que nos van a dar los resultados mañana por la mañana.
–¿Cómo es posible? Me habían dicho que como pronto tardarían tres días…
–A menos que pagues un montón de dinero.
–Ah.
–Bueno, la cena…
–¿Y Louisa?
–No la he invitado.
–Brando.
–¿No puedes pensar en ti aunque solo sea por una vez? Estás aquí, embarazada de seis meses. ¿No te parece que ya es hora de que por fin logremos comunicarnos?
Capítulo 2
BRANDO vio a Charlotte salir del ascensor del hotel. En vez del vestido de aquella mañana, llevaba unos pantalones estrechos negros y un blusón blanco que disimulaba su abultado vientre.
Aunque se había sometido a la prueba de ADN, estaba seguro de que era él quien había dejado embarazada a Charlotte. Ella no habría ido a Florencia si no hubiera estado segura. Charlotte tampoco necesitaba el dinero de él, tenía dinero propio y trabajo. Como había dicho por la mañana, Charlotte no quería nada de él, tenía pensado criar ella sola a su futuro hijo, en California, al margen de él.
Pero Brando no estaba dispuesto a vivir al margen de la vida de su hijo.
En realidad, se había sometido a la prueba de ADN con el fin de reclamar sus derechos. Iba a ser una presencia permanente en la vida de su hijo.
Echó a andar en dirección a Charlotte y se reunieron delante del mostrador de recepción.
–Estás encantadora –dijo él dándole un beso en la mejilla.
Charlotte enderezó los hombros y le lanzó una mirada suspicaz.
–No hay necesidad de halagos. Esto no es una cita romántica.
–¿Preferirías que dijera algo como que eres muy puntual? –respondió él en tono burlón.
–Sí.
–Charlotte, me alegro de verte. Eres muy puntual.
–Hacer esperar a la gente es una falta de consideración –contestó ella.
–En ese caso, debió irritarte mucho que Marcello se presentara con una hora de retraso a nuestra primera reunión.
–No me hizo mucha gracia, no. Pero tú sí fuiste puntual. Tú siempre eres puntual.
–Hablando de puntualidad, tenemos la mesa reservada para dentro de diez minutos. ¿Qué prefieres, caminar o ir en coche? El restaurante no está lejos.
–Prefiero ir andando.
–Bien. Yo también –Brando le puso una mano en la espalda y la empujó suavemente hacia la puerta; allí, le dio las llaves del coche al aparcacoches.
La sensación de la mano de Brando en su espalda era exquisita. Al besarla en el vestíbulo del hotel, había podido oler el aroma de él y casi se había mareado. Brando la dejaba sin sentido.
–¿A qué restaurante vamos a ir a cenar? –preguntó ella en un intento por distraerse.
Brando pronunció el nombre de un hotel que ella no conocía y durante unos minutos hablaron sobre la cocina de Florencia. Una conversación neutral, pensó ella, superficial a más no poder, pero mejor que hablar sobre lo que realmente era importante.
El hijo que iban a tener y el futuro.
–¿En serio crees que nos van a dar los resultados mañana? –preguntó ella apartando los ojos del dorado cielo para mirar a Brando.
–Me dijeron que incluso podrían tratar de tener los resultados esta noche, pero mañana por la mañana con toda seguridad.
A Charlotte no le preocupaban los resultados de la prueba de ADN. Brando era el único hombre con el que se había acostado durante los últimos años, pero sabía que él no tenía por qué creerla.
–¿Estás nerviosa? –preguntó él.
–¿Por el resultado del ADN? –preguntó ella arqueando las cejas–. No. Lo que ocurre es que volver a verte me tiene algo confusa. Es… surrealista.
–No pensabas volver a verme, ¿verdad?
–No, no pensaba volver a verte –respondió ella con sinceridad–. No mezclo los negocios con el placer; así que, después de acostarme contigo, no pensaba verte de nuevo ni trabajar para ti jamás.
–En ese caso, ¿por qué te acostaste conmigo?
Charlotte esbozó una leve y tensa sonrisa.
–Creo que sabes muy bien por qué.
–Si así fuera no te lo preguntaría.
–Te encontré irresistible –respondió ella con un ligero tono burlón–. Y pensé que… ¿por qué no? Iba a ser solo una vez, ¿por qué no disfrutar un poco? Debería haber tenido en cuenta las posibles consecuencias…
Charlotte se interrumpió al tropezarse con uno de los adoquines del pavimento. Pero no se cayó, Brando la sujetó.
–Te tengo –dijo él.
Y así era. El brazo de Brando era como un brazo de fuego alrededor de su cintura. Estaba pegado a ella y la proximidad de ese cuerpo la sobrecogió. No quería sentir lo que estaba sintiendo. Debía tener cuidado con él.
–No me tropezaría si no estuviera contigo.
–No quiero que te pase nada.
–Me fallan las piernas porque estás pegado a mí. Preferiría que no me tocaras –dijo Charlotte en tono de broma–. Creo que el embarazo está afectando mi sentido del equilibrio.
Brando la miró fijamente, su expresión mostraba escepticismo.
–Apenas te he tocado.
De repente, Charlotte recordó esa noche en la que Brando sí la había tocado y sintió un intenso calor subirle por el cuerpo. Nunca había sentido nada parecido y dudaba volver a sentirlo con otro hombre. El sexo con Brando era arte puro. Hacer el amor con él había sido una experiencia transcendental, transformadora.
–De todos modos, me afecta –dijo ella con una sequedad de la que se arrepintió al instante–. Tómatelo como un halago. Aunque esté embarazada de seis meses, tú sigues siendo tú y no puedo evitar reaccionar así.
Brando se plantó delante de ella en medio de la calle.
–Lo pasamos bien, ¿verdad?
–Demasiado bien –Charlotte se dio cuenta de que estaban entorpeciendo la circulación y que la gente tenía que dar un rodeo para seguir andando por la acera–. Deberíamos seguir andando.
Cinco minutos más tarde llegaron a un edificio en una callejuela no lejos de las famosas plazas. Tuvieron que bajar unas escaleras ya que el establecimiento se encontraba en el sótano del edificio. Había frescos en las paredes, el solado era de grandes baldosas y las vigas del techo estaban pintadas en tonos azules, rojos y dorados. Había alrededor de una docena de mesas, cada una en apartados formados por cortinas de terciopelo color vino. Sobre cada mesa colgaba una araña del techo, proyectando una acogedora luz en cada uno de los apartados.
Les condujeron a una mesa en un rincón apartado del resto de los comensales. El asiento, tapizado de un tejido azul oscuro con brocado dorado era muy cómodo. No obstante, Charlotte estaba hecha un manojo de nervios. Por la mañana, al llegar a Florencia, se había sentido más tranquila. Pero todo había cambiado después de haber visto a Brando.
–Sabía que esto no iba a ser fácil –declaró ella sin más–. Pero, al mismo tiempo, no imaginaba que fuera a resultar tan difícil.
–¿Lo dices por mí? ¿Crees que he sido poco razonable?
–No, no, en absoluto. Es que estoy… muy confusa.
–¿Qué es lo que te preocupa?
Charlotte no sabía explicar lo que sentía. En realidad, ni ella misma lograba entenderlo.
No había ido a Italia con la esperanza de que Brando le declarara su amor. Ni siquiera se le había pasado por la cabeza que él quisiera formar parte de su futuro. Se habían acostado una vez y eso era todo. Sin embargo, ver a Louisa semidesnuda por la mañana la había hecho sentir unos celos que no tenía derecho a sentir. Brando y ella no tenían una relación; por lo tanto, ¿por qué se angustiaba tanto cada vez que recordaba a Louisa?
¿Y por qué Brando la hacía sentir tanto deseo y tanto dolor?
Eso era lo que no comprendía.
¿Por qué se sentía traicionada?
Brando no era nada suyo.
–No puedo leerte el pensamiento, cara. Tendrás que ser explícita –dijo él.
–Es una ridiculez. Vas a pensar que soy tonta.
–No.
–Sí, porque sé que es una tontería. Verás, soy una persona segura de sí misma; sin embargo, ver a esa novia tuya, Louisa, me ha… afectado –Charlotte lo miró y se encogió de hombros–. Perdona. Sé que es mezquino y…
–No, no lo es. Estás embarazada y te sientes sola.
–Yo no diría tanto. Estoy entusiasmada con la idea de ser madre. Pero ver a Louisa abriendo la puerta de tu casa ha hecho que realmente me diera cuenta de lo rara que es la situación. Debería haberte llamado primero. No debería haberme presentado en tu casa sin más.
–No tiene importancia.
–Louisa debe estar muy disgustada.
–Louisa no sabe nada. No le he dicho nada.
–Lo comprendo; sobre todo, teniendo en cuenta que tienes que esperar a que te den el resultado de la prueba de ADN.
–Estoy seguro de que me dirán que es mi ADN.
Charlotte asintió.
–Sí, así es. Y… ¿vas a decírselo?
–No, no se lo voy a decir a nadie; al menos, de momento.
Charlotte lanzó un suspiro de alivio.
–Gracias. Aún no me apetece que lo sepa nadie. No estoy preparada. Pero… no decírselo a Louisa podría causarte problemas en el futuro, Brando.
–Louisa y yo nos divertimos juntos, pero no tenemos una relación seria.
–¿Has tenido relaciones serias alguna vez?
–No –respondió Brando arqueando una ceja–. ¿En serio quieres hablar esta noche sobre mis relaciones amorosas?
–No. Es más de lo que podría soportar –respondió ella haciendo una mueca.
Brando lanzó una suave y ronca carcajada.
–Antes de dejar de hablar de Louisa, quiero asegurarte que, aunque Louisa es una chica encantadora y muy divertida, lo nuestro no es serio ni exclusivo. Que tú y yo estemos aquí, cenando juntos, no es ningún problema ni significa que yo esté engañando a nadie. No estamos haciendo nada a espaldas de Louisa. Ella sabe que estoy aquí contigo, lo mismo que yo sé que ella está con otros esta noche. No tienes por qué preocuparte por ella ni sentirte mal.
–Y, sin embargo, esta mañana ha abierto la puerta de tu casa prácticamente desnuda.
–Es algo exhibicionista. Tú has venido de muy lejos para hablar conmigo sobre la crianza conjunta de…
–¿La crianza conjunta? ¿Es eso lo que quieres?
–Voy a ser el padre.
A Charlotte se le encogió el corazón. El pulso se le aceleró. Se sintió presa de un ataque de pánico.
–Tú eres un soltero empedernido. Llevas vida de soltero…
–Tú también estás soltera.
–Pero yo no me dedico a acostarme con cualquiera… Lo que quiero decir es que vivimos muy lejos el uno del otro. Un bebé no puede pasarse la vida volando de un lado al otro del Atlántico.
Brando no contestó, pero Charlotte sintió el peso de sus propias palabras igual que la acusación.
Brando se acostaba con muchas mujeres. A ella le disgustaba que así fuera. No lo había dicho explícitamente, pero lo había dado a entender.
Esperó a que él dijera algo, pero Brando guardó silencio. Sintió frío y calor, no soportaba adoptar una actitud defensiva.
–Estás soltero. Puedes hacer lo que te plazca. Te pido disculpas por haber dado la impresión de censurar tu estilo de vida.
–¿Es por eso por lo que has tardado tanto en decirme que estabas embarazada?
–No. No, te lo prometo. He tardado porque… porque no quería…
–¿Compartir a nuestro futuro hijo conmigo?
Charlotte se sintió como si le hubieran clavado un puñal en el pecho.
–Yo vivo en California.
–Y yo vivo aquí.
Charlotte trató de adivinar el significado de las palabras de Brando.
–¿En serio quieres formar parte de la vida de nuestro futuro hijo?
–Por supuesto. Y lo criaré yo.
–¿Tú? –dijo Charlotte sintiendo un nudo en la garganta.
–Mi padre participó en nuestra crianza y yo pienso seguir sus pasos.
–¿Cómo puedes estar tan seguro de que querrás hacerlo?
–Jamás evado mis responsabilidades –Brando reflexionó unos instantes–. ¿Preferirías que yo tuviera la custodia de nuestro futuro hijo? Lo criaría…
–No. De eso ni hablar.
–En ese caso, ¿por qué te crees con derecho a tener tú la custodia?
–Porque la que está embarazada soy yo.
–No lo estarías si no fuera por mi esperma –respondió Brando–. Charlotte, no voy a permitirte que me apartes de mi hijo. Voy a formar parte de su vida.
Charlotte apoyó la espalda en el respaldo del asiento. Estaba perpleja, no sabía cómo responder.
Un camarero apareció en ese momento con una botella de agua mineral con gas y, después de intercambiar unas palabras con Brando, se llevó las copas de vino.
Se hizo un tenso silencio. Seis meses atrás, Charlotte se había acostado con Brando, había tenido con él tres inolvidables orgasmos y Brando la había dejado embarazada.
–Ojalá nada de esto hubiera ocurrido –dijo Charlotte por fin–. Antes de ti, jamás había mezclado el placer con el trabajo. Y ahora mira en qué lío estamos metidos.
–No es ningún lío –respondió Brando–. Somos adultos y no somos tontos. Sortearemos los problemas y encontraremos una solución satisfactoria que tenga como objetivo principal el bienestar de nuestro hijo. Al fin y al cabo, eso es lo único que importa.
–De todos modos, disponemos de tiempo para considerar diferentes opciones –declaró ella–. Faltan aún tres meses para que dé a luz y eso nos da tiempo suficiente para sopesar los pros y los contras de las diferentes alternativas. Lo mejor será no dejar que los sentimientos nos impidan razonar.
Brando la miró fijamente. Ya no sonreía. Había tensión en su expresión y sus labios formaban una firme línea.
–El tiempo no va a cambiar lo que es justo. Para mí, lo primero es el bienestar de mi futuro hijo, lo demás se supedita a eso.
–Yo solo estaba pensando en que quizá necesitaras más tiempo… Acabas de enterarte de que estoy embarazada. ¿No crees que estás siendo demasiado impulsivo?
–¿Creías que iba a evadir mis responsabilidades?
–Yo… –Charlotte miró para otro lado y se humedeció los labios con la punta de la lengua–. Creía que tu reacción sería ambivalente. Creía que te costaría más asimilarlo.
–¿Por qué? –la interrumpió él–. ¿Cómo puedes pensar eso, tratándose de mi hijo, o hija?
–A mí me llevó semanas pensar lo que tú piensas ahora.
El camarero volvió a acercarse a la mesa en ese momento y recitó el menú, no había carta en ese restaurante. Brando recomendó filete a la florentina, tras asegurar que en ese restaurante preparaban los mejores filetes de toda Florencia.
–No tengo demasiada hambre –respondió ella–, y me apetece mucho la pasta. Creo que voy a tomar crespelle que el camarero ha mencionado. ¿Es ese plato que lleva queso ricota y espinacas?
–Sí. Y también lo hacen muy bien aquí.
–En ese caso, tomaré crespelle y una ensalada.
Brando le comunicó al camarero lo que iban a tomar y este se marchó después de volver a llenar las copas con agua.
–No has pedido vino –comentó ella.
–Tú no puedes beber, así que yo tampoco voy a hacerlo.
–No me importa que bebas. Eres un vinatero.
–No voy a hacerme abstemio. Lo único que voy a hacer es no beber esta noche –Brando la miró con dureza–. ¿En serio creías que iba a acceder a que mi hijo se críe en la otra punta del mundo?
–Creía que reaccionarías de forma diferente, sí.
–¿Qué pensabas que iba a hacer?
–Suponía que te mostrarías reacio a comprometerte a nada, que exigirías la prueba de ADN y que te costaría bastante tiempo asimilar el hecho de haberme dejado embarazada.
–¿No se te ocurrió pensar que podía haber sido otro hombre quien te hubiera dejado embarazada?
Era una pregunta lógica. No debería ponerla nerviosa ni a la defensiva.
–No. Eres el único hombre con el que me he acostado durante el último año.
–¿Por qué?
–Solo me acuesto con los hombres que me atraen realmente –Charlotte alzó la barbilla y sonrió burlonamente–. Tú me gustabas mucho.
–Debe haber otros que también te hayan gustado.
–Al parecer, no me ha ocurrido con mucha frecuencia –Charlotte se echó hacia atrás un mechón de pelo–. Repito, eres el único con el que me he acostado en ese tiempo.
–Pero utilizamos preservativos y tú tomabas la píldora.
–Sí, así es –Charlotte lo miró directamente a los ojos–. Me gustaría criar a nuestro hijo en Los Ángeles. Tengo un jardín precioso, vivo cerca del mar…
–Yo no vivo en California, cara.
Charlotte contó hasta diez. No podía perder los estribos.
–¿No podrías comprar una casa cerca de la mía, establecer en California tu segundo hogar?
–No, eso no va a poder ser. Eres tú quien deberías venir a vivir aquí; al menos al principio, por unos años. Tu trabajo es flexible, puedes trabajar desde cualquier sitio. Yo, sin embargo, soy vinatero, no puedo abandonar mis viñas.
–No te dedicas al vino exclusivamente. Tienes otros negocios…
–Un momento, vamos a ver si te he entendido. Lo que tú quieres es que sepa que voy a tener un hijo, pero que no intervenga en su vida. Tampoco quieres ayuda económica. En realidad, lo que quieres es que me comporte como si no hubiera pasado nada y que te deje hacer lo que te venga en gana, ¿no es eso?
–No, eso no es lo que he dicho –respondió Charlotte furiosa, cerrando las manos en dos puños.
–En ese caso, explícame cómo voy a participar yo en la vida de nuestro futuro hijo. ¿Cómo, cara?
Charlotte no respondió a su pregunta; normal, no podía hacerlo. Ahora comprendía las intenciones de ella. Charlotte estaba haciendo lo correcto: le estaba informando del embarazo, pero quería mantenerle al margen de todo. No quería criar a su futuro hijo con él.
Aunque eso no era posible, Brando prefirió cambiar de tema de conversación con el fin de evitar que ella se pusiera en pie y se marchara.
Brando le preguntó sobre la campaña publicitaria que ella había dirigido el invierno anterior y, con el cambio de conversación, la atmósfera se tornó más relajada. Hablaron sobre amigos comunes y sobre la situación del negocio de los Ricci.
Les llevaron la cena y comieron en silencio. Charlotte parecía pensativa. En varias ocasiones, la sorprendió lanzándole furtivas miradas con el ceño arrugado y los labios apretados.
–Espero que sepas que nunca te habría ocultado lo de nuestro hijo –dijo ella con voz queda después de que Brando hubiera pedido café–. No te lo dije antes porque de verdad necesitaba tiempo para asimilar el hecho de estar embarazada y sus consecuencias. Ser madre soltera no es fácil, pero nos las arreglaremos.
–¿Por qué no me pediste que fuera a verte a California? –preguntó él.
–¿Con qué pretexto?
–Ningún pretexto. Podrías haberme dicho que estabas embarazada y que me necesitabas.
Aunque Charlotte bajó la cabeza, Brando pudo ver el rubor de sus mejillas.
–No estoy acostumbrada a necesitar a nadie. Es todo lo contrario, la gente me necesita a mí.
De repente, Brando comprendió a Charlotte como nunca antes la había comprendido.
Charlotte no había ido allí con segundas intenciones. No estaba tratando de marginarle; simplemente, estaba convencida de que lo mejor para ella era no confiar en nadie, no depender de nadie, y encargarse de todo ella sola. Así era como funcionaba. Era por eso por lo que había tenido tanto éxito en su profesión.
–La gente se mete en líos y yo los resuelvo –añadió Charlotte con una débil sonrisa que no le llegó a los ojos–. Se me da bien solucionar problemas. Y lo hago muy bien, si se me permite decirlo.
–Por eso es por lo que te contratamos el verano pasado –dijo Brando–. Fuiste excepcional.
–Sigo siéndolo.
Eso era lo que le atraía tanto de ella. Charlotte era inteligente, elocuente, hermosa y apasionada. La había deseado en el pasado y seguía deseándola, pero ahora todo había cambiado. Su relación ya no era sexual, ahora se trataba de formar una familia y de comprometerse el uno con el otro. Ya no podía pensar en Charlotte como en un objeto de deseo, sino como la madre del hijo que estaba por nacer.
–Puede que no quieras admitirlo, cara, pero me necesitas –declaró Brando en voz baja–. Y nuestro futuro hijo también me va a necesitar. Confía en mí… aunque solo sea un poco.
–Lo intentaré, pero no me va a resultar fácil.
–Has dicho que vuelves a California el lunes.
–Sí.
–Es viernes. Eso nos da todo el fin de semana para hablar y hacer planes. ¿Por qué no vienes conmigo a la casa en el campo? Allí estaremos tranquilos y podremos hablar del futuro sin que nadie nos moleste.
–No sé si es buena idea –contestó ella tras un momento de vacilación–. Mira el resultado de lo que ocurrió cuando nos quedamos solos.
–No voy a seducirte, si es eso lo que te preocupa.
–No, teniendo en cuenta que tienes relaciones con otras mujeres, eso no me preocupa. Pero creo que será mejor que dejemos las cosas claras: yo no te pertenezco y tú no me perteneces, a pesar de haberme dejado embarazada. No tenemos una relación, nunca la hemos tenido. Simplemente, nos acostamos una vez juntos.
–¿Qué es realmente lo que quieres decir con eso?
–Que una noche de placer no conlleva a tener una relación, por lo que me va a resultar muy difícil imaginar un futuro en el que hagamos cosas juntos. No obstante, haré todo lo que esté en mi mano por facilitar las cosas, siempre que no me pidas que deje de ser quien soy, o que deje de hacer lo que hago, solo por complacerte.
Se quedaron en silencio, sin mirarse, sin saber qué decir. De repente, él agarró el móvil, movió los dedos en la pantalla y leyó algo.
–Ya nos han enviado los resultados –declaró él–. Voy a ser padre.
–Eso yo ya lo sabía –contestó Charlotte.
Después de dejar a Charlotte en el hotel, Brando fue directamente a su casa y metió el coche en el garaje. Pero no tenía ganas de encerrarse en casa, la cabeza le daba vueltas.
Iba a ser padre.
Brando se metió las llaves del coche en el bolsillo del pantalón y echó a andar en dirección al río Arno. Caminó por la rivera del río hasta el puente Vecchio, con sus numerosas tiendas.
Brando conocía bien Florencia. Se había criado allí, igual que su padre y su abuelo. Ahora, él iba a ser padre e iba a criar a su hijo allí también… o quizá en el campo, en su castello en el valle de Chianti.
En cualquier caso, su hijo conocería bien y amaría la Toscana, igual que él la amaba, y su tierra y sus viñedos.
Eso era lo que significaba ser un Ricci: pasión, perseverancia y responsabilidad.
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