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CUENTOS PARA QUINCEAÑERAS

BIBLIOTECA JAVIER COY D’ESTUDIS NORD-AMERICANS

http://puv.uv.es/biblioteca-javier-coy-destudis-nord-americans.html

http://bibliotecajaviercoy.com

DIRECTORAS

Carme Manuel

(Universitat de València)

Elena Ortells

(Universitat Jaume I, Castelló)

CUENTOS PARA QUINCEAÑERAS

James Fenimore Cooper

Edición y traducción

Marcelo G. Burello y Alejandro Goldzycher

Biblioteca Javier Coy d’estudis nord-americans

Universitat de València

© Marcelo G. Burello y Alejandro Goldzycher

Cuentos para quinceañeras, James Fenimore Cooper

1ª edición de 2020

Reservados todos los derechos

Prohibida su reproducción total o parcial

ISBN: 978-84-9134-645-6

Ilustración de la cubierta: Portrait of a young elegant lady, three-quarter length, in a red dress with an embroidered shawl, standing in a landscape (1824), Eduard Friedrich Leybold

Diseño de la cubierta: Celso Hernández de la Figuera

Publicacions de la Universitat de València

http://puv.uv.es

publicacions@uv.es

Edición digital

Índice

J. F. Cooper y los orígenes de la narrativa breve norteamericana

CUENTOS PARA QUINCEAÑERAS

Prefacio

Imaginación

Corazón

James Fenimore Cooper

y los orígenes de la narrativa breve norteamericana

Marcelo G. Burello y Alejandro Goldzycher

De la novela al cuento

En el siglo XVIII, como se sabe, el “ascenso de la novela” –por usar la famosa fórmula de Ian Watt– obedeció mayormente a un doble factor promovido por el advenimiento de la sociedad burguesa: por un lado, el paulatino interés por las complejidades de toda alma humana, más allá de la formación o la posición económica del individuo en cuestión; por el otro, la creciente alfabetización de las capas medias y la compartimentación de la vida urbana en tiempo de negocio y tiempo de ocio (que en el caso de muchos ciudadanos se llenó de lectura). No es casual, en este sentido, que el fenómeno se haya dado fundacionalmente en Gran Bretaña, país que también comandó –no sin sucesivos baños de sangre– la democratización de la vida: a partir de la saga del náufrago Robinson Crusoe, pasando por el sentimentalismo de Richardson y la picaresca de Fielding, la novela inglesa supo aprovechar las nuevas condiciones y crear un nuevo tipo de lector, un lector al que quizás haya sido Rousseau con su Julia, o la nueva Eloísa el primero en saber apelar de forma programática y consciente.

A mediados del siglo XVIII, sin embargo, fue surgiendo otra necesidad, más infraestructural, si se quiere: la de narrativa de breve o mediana extensión, capaz de ocupar los espacios disponibles en diarios y revistas (y a la sazón, capaz de combinarse con otro tipo de textos como recetas de cocina y poemas didácticos para completar los gift-books y los “almanaques”). Casi de pronto, en muchas naciones se requería un cierto tipo de material que no existía. Los novelistas abundaban, pero no había cuentistas en el sentido en que hoy concebimos el “cuento” moderno: había fábulas, alegorías, parábolas, leyendas, chistes, anécdotas, cuentos de hadas, crónicas, pero estas formas comenzaban a resultar obsoletas o insatisfactorias por su tradicional apelación a una sensibilidad demasiado simple, y simplemente no existían las ficciones en prosa con menos pretensiones didácticas y más esmero estilístico, aptas para ser leídas de un tirón por los ávidos lectores dieciochescos; había que inventar algo nuevo, breve, intenso e interesante. Para los aspirantes a narradores de brevedades, el nuevo desafío era atraer durante un rato a un lector habituado a entregarse durante una quincena o un mes como mínimo, logrando en unas pocas páginas la emoción que se generaba en un extenso in crescendo novelístico, a lo largo del cual la clave era la mimesis del mundo “real” y la empatía con los personajes. Y los modelos de escritores exitosos contemporáneos eran todos novelistas… Por supuesto, los relatos de Boccaccio, Chaucer y Cervantes disfrutaban de prestigio universal, pero o estaban enmarcados en un ciclo, o seguían siendo demasiado extensos, o acaso abusaban del pudor expositivo y de las aspiraciones pedagógicas. O adolecían de todas esas cosas a la vez. Era preciso aligerar las pretensiones moralizantes, acortar las páginas, y crear pequeñas piezas autónomas, que pudieran leerse “en una sentada” (idea que de hecho invocaría Poe al elaborar explícitamente la poética del cuento moderno).

¿En qué consistía exactamente el desafío? Desde un punto de vista del efecto global, y simplificando mucho las cosas, puede decirse que la narrativa de mediana o breve extensión implica la prevalencia de los sucesos por sobre los protagonistas; la novela moderna, en cambio, había invertido la jerarquía: para el siglo XVIII, orgullosamente burgués, era mucho más importante el sujeto que el objeto, los personajes que los hechos. Pues si en las formas breves se contesta a la pregunta “¿qué le pasó a quién?”, en la narrativa larga se responde a “¿a quién le pasó qué?”. Por eso, subgéneros narrativos extensos tales como la épica antigua, el romance medieval e incluso la novela de aventuras moderna tienden a producir un efecto que el lector actual identifica más con el cuento que con la novela propiamente dicha: tanta exterioridad impide adentrarse de lleno en los personajes y empatizar a fondo con sus perspectivas y aspiraciones. En estos formatos, el héroe o los protagonistas son memorables en función de los hechos que les ocurren, y no tanto en sí mismos; su “subjetividad” –por usar un término clave en este contexto– no es una cuestión interesante desde el principio, su sensibilidad no es un manantial potencial y proverbial de entrada: se trata de personajes que tienen que actuar para suscitar interés.

James Fenimore Cooper, escritor

James Fenimore Cooper (1789-1851) pertenece a la segunda generación de escritores estadounidenses “profesionales” con una obra de cierta extensión y regularidad de publicación. Los primeros, aunque polígrafos como lo era casi toda persona aficionada a escribir en el siglo XVIII, habían sido novelistas, preferentemente, como Hannah Webster Foster, Susanna Rowson (nacida en Inglaterra), y Charles Brockden Brown, y en todo caso no siempre habían logrado –o siquiera pretendido– vivir en forma exclusiva de la escritura. En sintonía con la serie literaria europea, tocó entonces a la generación subsiguiente ensayar los primeros intentos en ficción breve, por supuesto que mezclada con anécdotas, parábolas, crónicas, bocetos, etc. Para estos autores las presiones y exigencias eran numerosas: desde un punto de vista económico, los nuevos medios de la opinión pública –los diarios y revistas, tan importantes para la guerra de independencia y la conformación de una identidad nacional– ofrecían espacios en blanco bien remunerados para llenar; desde un punto de vista cultural general, la sensibilidad romántica y su legitimación de la imaginación y de lo novedoso promovía la búsqueda de nuevos formatos y temas; y desde un ángulo netamente regional, los Estados Unidos querían grandes plumas que supieran describirlos, cantarlos e inmortalizarlos con obras originales y a la altura de sus pares del Viejo Continente.

Grosso modo, podemos periodizar la obra de Fenimore Cooper en una etapa de formación, que contiene los textos que incluimos en este volumen y que culminaría a comienzos de la década de 1820, y una de consolidación, cuando alcanzó una enorme repercusión mundial; desde un punto de vista estilístico y temático, se aprecia que en la primera prevalece el sentimentalismo (desde su origen mismo asociado a la forma epistolar), y en la segunda, la aventura (en tierra y en mar). Si se hace la casi inevitable comparación con su estricto coetáneo Washington Irving (1783-1859), que hizo de la forma corta su favorita (predeciblemente se había formado en el periodismo, como satirista y cronista), y que instaló el problema fundacional de lo europeo versus lo americano (que Henry James y Edith Wharton luego explotarían), saltan a la vista las diferencias: Fenimore Cooper evitó el periodismo y las formas breves lo más que pudo, y se apasionó tanto con América que el Viejo Continente no le produjo mayor vértigo. Pero por sobre todo, más allá de abundantes páginas sobre cuestiones náuticas y militares y otros escritos sobre temas de interés general, lo que más se destaca es su concentración con la épica de largo aliento. Y era comprensible: hasta entrado el siglo XIX, las novelas siguieron siendo una vía de prestigio artístico y, ante todo, un buen negocio, pues se vendían a raudales y se publicaban en dos o tres tomos, normalmente a lo largo de varios meses (nuestro autor, por caso, publicó la mayoría de sus largas novelas de a dos tomos en su país natal y de a tres en Inglaterra).

Por la otra forma literaria que podía conceder fama y dinero al mismo tiempo, el teatro, es palmario que Fenimore Cooper apenas se interesó. Como Edgar Allan Poe (que oportuna y críticamente reseñó la novela Wyandotte), solo ensayó una vez el drama: la comedia Upside Down, or, Philosophy in Petticoats (1850); que se haya representado cuatro veces y que se conserve solo un fragmento de la pieza – pese al éxito que el dramaturgo de turno había obtenido como novelista– delata el fracaso de la obra y la indiferencia del autor (que pese a todo embolsó unos jugosos 250 dólares por los derechos). En este punto hay que pensar, asimismo, que escribir dramas y comedias a la sazón era rentable en Europa, pero no en los Estados Unidos, dotados de una escasa infraestructura apropiada y por ende de un reducido público, amén de cierta herencia puritana esencialmente antiteatral.

Tales y stories

Más allá de un par de informes o crónicas sobre fenómenos naturales –un eclipse, un lago escondido– o rarezas culturales de su país –como los vapores de los ríos del sur–, James Fenimore Cooper eludió la ficción breve: sólo compuso dos relatos, y bajo un seudónimo femenino. No hay que dejarse confundir, sin embargo, por la indeterminación genérica que surge de la designación de sus obras: en el inglés de su época, novelas y cuentos se denominaban “tales” por igual, y no existía la diferencia editorial entre novel –al principio un tecnicismo– y tale o short story, que progresivamente se haría imprescindible para mercadear libros. Las piezas breves recibían otras etiquetas, y hasta la consolidación del relato breve, en general tale designaba casi siempre una novela y sketch, siempre una pieza corta y no necesariamente ficticia (piénsese por ejemplo en los Historical Sketches de Brockden Brown, escritos entre 1803 y 1807 aunque publicados en forma póstuma, y más célebre, el heterogéneo Sketch Book de Washington Irving, aparecido entre 1819 y 1820).

Al día de hoy, puede constatarse que James Fenimore Cooper ha quedado casi exclusivamente relegado a la etiqueta de novelista oficial de la gesta colonial norteamericana (más allá de su relativa sensibilidad para con los pueblos nativos),1 y es dable pensar que su nombre y su fortuna literaria estén ligados a la posición de los Estados Unidos en el concierto mundial. Sin dudas, es un autor que ha ido perdiendo lustre conforme la literatura de su país se fue poblando de nombres y figuras, empezando por Washington Irving y siguiendo por Nathaniel Hawthorne y H. W. Longfellow (Poe y Herman Melville tardarían un poco más en consagrarse). En su apogeo, que llegó a ser resonante (a mediados de siglo era probablemente el autor estadounidense más leído fuera de su país), lo parodiaron figuras como W. M. Thackeray y Francis Bret Harte de un lado y otro del Atlántico. Y como se sabe, las parodias de un autor o de una obra puntual delatan que la cosa ha llegado a su cumbre y comienza a declinar… Su hija mayor, la escritora Susan Fenimore Cooper (1813-1894), prosiguió el oficio de su padre y no solo llegó a obtener cierto renombre como autora, sino que además hizo mucho por mantener y divulgar la obra de su ilustre progenitor, pero no pudo hacer milagros. El primer golpe duro al renombre de James Fenimore Cooper lo asestó sin duda Mark Twain (¡cuándo no!), con su libelo –mordaz como toda página suya– “Fenimore Cooper’s Literary Offenses”, aparecido en 1895 (póstumamente se dio a conocer otro texto similar: “Fenimore Cooper’s Further Literary Offenses”, que luego sería reeditado como “Cooper’s Prose Style”). A continuación, la fama se fue opacando, las juventudes se volcaron a Jules Verne o Karl May, y por si fuera poco, el Far West fue sustituyendo en la mente de la gente al atractivo que a comienzos del siglo XIX todavía podía ejercer la colonización de Norteamérica: California pasaba a ocupar el lugar de la Bahía de Hudson, y los cowboys eran tanto más fascinantes que los mohicanos.

El texto

Es casi seguro que James Fenimore Cooper compuso Tales for Fifteen en 1821, mientras intentaba salir adelante con la que sería su primera novela exitosa (y que en cierto sentido podría considerarse la primera novela estadounidense cabal y propiamente dicha): The Spy. A Tale of the Neutral Ground (1821). Su intención inicial fue componer cinco historias (a juzgar por el anuncio de 1822 en el Literary and Scientific Repository, estas habrían de titularse “Imagination”, “Heart”, “Matter”, “Manner” y “Matter and Manner”), pero solo acabó dos, y a duras penas, pues la segunda, como él mismo lo reconoció en su breve prefacio heterónimo, fue terminada de apuro. Las cartas a un editor posterior confirman que el móvil principal fue el dinero que podría obtenerse de la publicación, que finalmente tuvo lugar a mediados de 1823. Pero el mayor interesado resultó no ser el propio Cooper (menos aun tras el formidable éxito de The Spy, que le dio renombre internacional) sino Charles Wiley, su editor: un imprentero de New York que por entonces atravesaba una delicada situación económica y a quien el autor accedió a ayudar como un gesto de amistad. De esta explicación se haría eco Susan, la hija del escritor. Pero el camino entre la concepción de la obra y su publicación fue más tortuoso de lo que parece. Puede que su génesis se remontase a un tiempo en que Cooper ni siquiera había ingresado en la escena literaria, excepto (si se quiere) como un ávido lector. Atraído desde niño por las novelas y otras lecturas, su pasión lo llevó a familiarizarse con las producciones de autores británicos y americanos desde el siglo XVII hasta el presente. Pero incluso una vez dados sus primeros pasos como escritor (sin contar algunos experimentos líricos juveniles), la perspectiva de desarrollar una carrera literaria y además vivir de ello siguió pareciéndole, por un tiempo, cuando menos remota. Para un autor novel y americano aún era difícil abrirse camino, y para colmo Cooper se encontraba al borde de la bancarrota. Los horizontes de su carrera empezaron a perfilarse, sin embargo, en lo que se consideraría un episodio fundacional tanto en la vida del futuro escritor como en la historia de la literatura norteamericana.

La anécdota en cuestión –reiterada por Susan en varias ocasiones, con ligeras variantes– evoca a Cooper leyendo una novela en voz alta para su esposa, según era su costumbre. Se cuenta que, ya mal predispuesto por el título y la tapa del volumen, el antiguo oficial de marina no tardó en interrumpir la lectura para apostar que él mismo podría escribir algo mejor y fue su esposa quien selló el desafío. La anécdota originaría incluso una tradición crítica –todavía en boga a mediados del siglo XX– según la cual Cooper habría aprovechado la práctica de la lectura en voz alta como pretexto y como coartada para una afición que hubiera podido juzgarse poco “masculina”, caracterización que parece decir más de la victoriana Susan que de su padre. Varias hipótesis se han tejido en torno a la identidad de aquel “relato inglés”. Susan creyó recordar que se trataba de uno de Amelia Opie o de alguien “de su escuela”. Su padre, según esta versión, había decidido componer una imitación que a la vez superara el original. Cooper se enfrascó en la escritura a un ritmo frenético –que sin duda exageró en una carta– sin dejar de compartir los avances diarios con su familia y con algunos conocidos. El producto final de este experimento fue Precaution (1820), su primera novela, que sugestivamente publicó en forma anónima y que fue atribuida a una dama inglesa.

Los lectores no podían no pensar en alguna fiel imitadora de Opie o de Jane Austen, que justamente tuviera su boom durante la década de 1810. ¿Es posible que el tan mentado “relato inglés” fuera uno de la mismísima Austen? Críticos como Wayne Franklin y Barbara Alice Mann prácticamente lo descartan. La estima de Cooper por la obra de Austen está documentada. En ciertos aspectos, incluso situó su obra por encima de la de Walter Scott, entonces de moda en los círculos literarios. También le atribuyó el mérito de haber desplazado la literatura sentimental antes de que Scott fuera conocido siquiera como poeta. Parece cierto, en fin, que Cooper tuvo en mente otro proyecto antes de volcarse al que sería su debut novelístico. En una carta al editor Andrew Thompson Goodrich remitida en mayo de 1820, Cooper comentó haber estado trabajando sobre cierto “relato moral”. La fuente de esta tentativa, aventura Mann, acaso fue Emmeline, novela de Mary Brunton publicada póstumamente en 1819 que no tardó en arribar al mercado americano (dato que también encaja con las memorias de Susan). Años más tarde, Cooper citaría a Brunton a la par de Austen como uno de los más valiosos novelistas de su tiempo, sin distinción de género. Pero aun así se comprende que aquella obra en particular pudiera no ser de su agrado. James Franklin Beard, por su parte, se inclina por el nombre de Amelia Opie, cuyos Simple Tales (1807) y Tales of Rural Life (1813) cuenta entre los modelos más probables de lo que bien pudo ser una primera versión de Tales for Fifteen. Tanto llegó a extenderse el borrador –comentaría el autor más tarde– que Cooper mismo tomó la decisión de componer una novela hecha y derecha, no sin antes destruir el manuscrito original. Solo entonces habría adoptado más directamente el admirado modelo de Austen, más allá del ánimo de superación que lo moviera en un principio. De todas formas, también vale mencionar la posición de Lance Schachterle, para quien las semejanzas con una novela como Persuasion no descartan que el principal modelo de Cooper pudiera ser, todavía entonces, la narrativa de Opie.

En medio de los contratiempos que sufrió la escritura de The Spy, puede que Cooper se convenciera de que la mayor falla de Precaution –y la razón de su relativo fracaso– tal vez no radicara en la elección de sus modelos genéricos, sino en su ambientación. Su percepción del escenario inglés provenía casi exclusivamente de sus lecturas y de sus dos visitas a Londres; fue su amigo británico James Aitchison quien lo ayudó a darle mayor autenticidad. Una reseña en el Repository, por lo demás elogiosa, lamentó sin embargo que la novela no estuviera ambientada en América. Puede que, influido por su editor y otros allegados o bien por cuenta propia, Cooper se replanteara esta cuestión. Antes (o en lugar) de entregarse al trabajo que tantas dificultades le estaba ocasionando, ¿por qué no probar fortuna aplicando las convenciones de su novela anterior a un espacio americano? Puede que la hipótesis de Beard sea incomprobable; no por eso es menos sugestiva. Pero las dudas de Cooper, si las tuvo, evidentemente fueron pasajeras. Su atención se dirigió nuevamente a su novela en curso y, tras el inesperado estímulo que esta imprimió a su carrera, emprendió la proyección de una tercera novela. Mientras tanto, su compromiso con Wiley seguía pendiente. En una carta donde lo felicitaba por su éxito, el editor lo urgió a terminar los cinco American Tales que le había prometido. Desvanecido todo su interés al respecto, Cooper finalmente entregó dos relatos con la condición de que se ocultara su autoría. Lo que fuera una táctica de marketing terminó siendo, al mismo tiempo, una forma de abjuración. Casi dos décadas más tarde, Cooper declararía retener una impresión bastante favorable de “Imagination”, que dijo haber escrito en un día lluvioso, entre la vigilia y el sueño. Por el contrario, su veredicto sobre “Heart” – una pieza prácticamente inconclusa– siguió siendo tan desfavorable como lo expresara en el prefacio. Que el autor no conservara ninguna copia de los relatos es otra prueba de que, más allá de la relativa indulgencia de sus palabras, Cooper nunca llegó a ver en aquel volumen más que un poco significativo incidente del pasado.

Convertido en un lecho de Procusto donde comprimir las convenciones de la ficción doméstica británica, la especificidad del escenario americano en Tales for Fifteen conserva un lugar más bien marginal en relación con la trama. Muy particularmente “Imagination” abreva a menudo en lo sublime y lo pintoresco; tampoco desdeña las referencias toponímicas, como las tierras altas del Hudson o los yermos territorios entre Albany y Schenectady. Pero el relato todavía está lejos de los modos de articulación entre acción, paisaje y significado que caracterizarían la producción más típicamente cooperiana. La trama de una muchacha que entiende y vive la realidad a través del prisma de la ficción novelesca hace pensar en antecedentes como The Heroine (1813), del irlandés Eaton Stannard Barrett, y la célebre Northanger Abbey (1818), de Austen. Schachterle arriesga otra posibilidad, curiosa por cuanto remite a una popular novela local: Female Quixotism (1801), de Tabitha Gilman Tenney. Es posible que Cooper conociera estas obras. Sí es seguro que, por lo menos años más tarde, el autor estaba familiarizado con la obra cumbre de Cervantes. A falta de pruebas, vale recordar que los supuestos riesgos que la lectura de novelas implicaba para las jovencitas eran ya, en todo caso, un tópico bien establecido entre los moralistas de principios de siglo. Más allá de la ironía dramática con que presenciamos las fantasías y las peripecias de Julia, el humor de “Imagination” también ostenta una vena más claramente satírica. En elementos como este –que el relato deriva de los excesos y los tics de la sociedad neoyorkina del momento– Beard ha vislumbrado rasgos que el autor desarrollaría más adelante. No así la desmesura lacrimógena de “Heart”, en la que Cooper volvería a incurrir solo en forma excepcional (en sus textos polémicos y al hablar de sí mismo, dice Grossman; como una concesión a su público femenino, sostiene Beard).

Cooper no “confesó” públicamente su autoría del volumen hasta la reedición de “Imagination” en 1841. Difícilmente pudiera dañar su reputación la reaparición de un relato que, como aún hoy señalan algunos críticos, tampoco estaba por completo exento de mérito. La portada anunciaba ahora a su autor como la celebrada pluma detrás de The Spy o The Last of the Mohicans, y Cooper podía jactarse de haber logrado aquello que en su juventud pareciera un horizonte casi inalcanzable. En su prefacio a la edición revisada de Precaution, el autor afirmó que lejos había estado de planear la publicación de esa novela cuando comenzó a escribirla. Susan atribuiría a su madre el haberlo convencido de hacerlo; de lo contrario, dice en sus memorias, puede que su padre ni siquiera se hubiera esforzado en terminar la obra. No siempre es fácil distinguir entre una confesión genuina y una ritual captatio benevolentiae. Pero parece claro que aquella experiencia fue parte del calculado esfuerzo de Cooper por fundar los cimientos de una carrera cuyo gran modelo fue, previsiblemente, la del propio Scott. Sin entrar en la cuestión de su calidad (o, mejor, tomándola como parte del problema), su única tentativa con la narrativa breve –otras pocas piezas que podrían reclamar ese honor no pertenecen a la ficción sino a la crónica o el sketch– sin duda parece un excurso, un desvío efímero en la producción del autor. Pero de ahí, precisamente, el interés que estos dos relatos revisten como testimonio de su intento por medrar en el mercado al precio de adentrarse en un formato desconocido e incluso bajo un nombre falso. Parece irónico que un producto tan ajeno en prácticamente todo sentido a las obras más típicas de Cooper entroncase tan directamente –quizás más que cualquiera de aquellas– con una instancia fundacional de su vida literaria. Una excepción, claro está, pero también un fragmento perdido de su mito autoral. El giro brusco llegó pronto, sin embargo, y entonces sí surgió el Fenimore Cooper que todos conocen: el de las grandes aventuras en escenarios agrestes e inmensos, el inmortal poeta épico que supo capitalizar –en todos los sentidos del término– la gesta de los pioneros europeos en América y las feroces luchas con los pueblos nativos.

Nuestra versión

El tomo publicado por Wiley en 1823, del que hoy se conservan solo unos pocos ejemplares, contenía 223 páginas y varias erratas. En 1840, el editor George Roberts, con sede en Boston, le pidió a Fenimore Cooper una contribución para una revista literaria, y el autor le dijo que le daba permiso para publicar estos relatos si podía conseguir una copia; Roberts la halló en New York y publicó “Imagination” en Boston Notion, en enero de 1841 y en Robert’s Semi-Monthly Magazine en febrero de ese mismo año. Luego publicó “Heart” en Boston Notion en marzo y en Robert’s Semi-Monthly Magazine en abril de 1841. Su edición del primer relato fue pirateada en Gran Bretaña al menos tres veces, siempre en el año de 1841. En 1959, estos olvidados Cuentos para quinceañeras fueron publicados en forma facsimilar por la serie “Scholar’s Facsimiles and Reprints” en Delmar, New York, con un prólogo de James F. Beard, que tomó el texto de una de las cuatro copias sobrevivientes del original (el volumen sería reeditado en 1977).

Para nuestra versión, hemos tomado el texto de la edición crítica digital de Hugh C. MacDougall, Secretario de la James Fenimore Cooper Society (jfcooper@wpe.com), que a su vez lo toma de la primera edición (1823). Lo hemos cotejado, además, con la edición de Delphi (que no arroja diferencias sustantivas) y con una versión escaneada de la edición de 1841 de “Imagination” (que por momentos difiere en la separación de los párrafos y que además, curiosamente, omite el comienzo del capítulo VI). Por fortuna, estas versiones hoy pueden conseguirse online muy fácilmente. Conservamos las itálicas, pero ciertamente no la puntuación (la sintaxis del siglo XIX era inconsistente en general, y más la de nuestro autor, que en especial se manejaba muy discrecionalmente con el punto y coma y los diálogos). Preservamos el sabor antiguo, si no anticuado, del vocabulario, pero nos permitimos variar un poco en el léxico a fin de no aturdir (Fenimore Cooper desconocía aún los modernos parámetros de gusto y calidad literaria, que proponían recuperar el viejo ideal de la riqueza léxica pero ya no al servicio retórico, sino de la expresión personal, es decir, como índice de originalidad; en algunos párrafos puede repetir sin problemas tres o cuatro veces la misma palabra o el mismo verbo en diversa conjugación). Hemos corregido todas las erratas obvias, pues no tendría sentido indicarlas en traducción; muchos vocablos aparecen en más de una forma y los hemos homologado, haciendo notar solo el llamativo caso del apellido de la protagonista del segundo relato. Los títulos como “miss”, “mister” y “mistress” permanecen aquí invariables, para no traicionar el sabor anglosajón, así como eventuales nombres y medidas. Las notas al pie nos pertenecen o bien abrevan de la esmerada edición de MacDougall.

Bibliografía secundaria consultada

Beard, James Franklin, Aparato crítico de Complete Works of James Fenimore Cooper (Delphi Classics). Hastings: Delphi, 2013.

Dekker, G. & Williams, J. (eds.), James Fenimore Cooper: The Critical Heritage. London / New York: Routledge, 1973.

Fenimore Cooper, Susan. Small Family Memories, en James Fenimore Cooper [nieto] (ed.), Correspondence of James Fenimore Cooper (2 vols.). New Haven: Yale U. P., 1922, 7-72.

Grossman, James, James Fenimore Cooper. London: Methuen & Co. Ltd., 1950.

Franklin, Wayne, James Fenimore Cooper: The Early Years. New Haven / London: Yale U. P., 2007.

Lounsbury, Thomas, American Men of Letters: James Fenimore Cooper. Boston: Houghton, Mifflin and Co., 1882.

Mann, Barbara Alice, “‘An English Tale of the Ordinary Type’: Jane Austen’s Influence on James Fenimore Cooper”. Persuasions On-Line, Vol. 29, No. 1, Winter 2008.

MacDougall, Hugh C., Anotaciones en James Fenimore Cooper, Tales for Fifteen: Or, Imagination and Heart. Edición crítica digital: https://jfcoopersociety.org/texts/tales.html.

Railton, Stephen, Fenimore Cooper: A Study of His Life and Imagination. Princeton: Princeton U. P., 1978.

Schachterle, Lance, “Cooper’s Last Experiment in Sentimental-Domestic Fiction: Tales for Fifteen”. James Fenimore Cooper Society - Newsletter No. 56, Vol. XX, No. 1, Spring 2009, 3-4

Spiller, Robert, James Fenimore Cooper. Minneapolis: University of Minnesota Press, 1965.

Walker, Warren, James Fenimore Cooper: An Introduction and Interpretation. New York: Barnes & Noble, 1963.

White, Craig, Student Companion to James Fenimore Cooper. Westport (Connecticut): Greenwood Press, 2006.

CUENTOS PARA QUINCEAÑERAS,

O

“IMAGINACIÓN” Y “CORAZÓN”

POR JANE MORGAN

NEW YORK

C. WILEY, 3 WALL STREET

Imprenta de J. Seymour

1823

Distrito Sur de New York

Conste que el treceavo día de junio del cuadragésimo séptimo año de la Independencia de los Estados Unidos de América, Charles Wiley, del susodicho distrito, ha hecho depósito en esta oficina del título de un libro de cuyo derecho se declara propietario en las palabras y cifras que siguen, a saber:

“Cuentos para quinceañeras; o Imaginación y Corazón. Por Jane Morgan”

En conformidad con el Acta del Congreso de los Estados Unidos intitulada “Acta para la promoción de la educación mediante la protección de copias de mapas, planos y libros en poder de los autores y propietarios de dichas copias, durante el tiempo estipulado al respecto”. Y también con un Acta intitulada “Acta suplementaria al Acta intitulada Acta para la promoción de la educación mediante la protección de copias de mapas, planos y libros en poder de los autores y propietarios de dichas copias, durante el tiempo estipulado al respecto, que extiende los beneficios que de allí surgen a las artes del diseño, el grabado, el bosquejo histórico y otros impresos”.

JAMES DILL,

Empleado del Distrito Sur de New York

PREFACIO

Cuando la autora2 comenzó a escribir estos pequeños relatos, su intención fue conformar una serie de historias que, según lo esperaba, conllevaran algún aporte moral. Pero circunstancias imprevistas han impedido su conclusión y, sin querer demorar más su publicación, las confía al mundo sin esperar una recepción halagüeña. Están destinadas a la lectura atenta de mujeres jóvenes, en esa tierna edad en que los sentimientos propios de su naturaleza empiezan a actuar sobre ellas más insidiosamente y sus mentes están menos preparadas por la razón y por la experiencia para hacer frente a sus pasiones.

“Corazón” estaba destinado a ser parte de un relato mucho más extenso y está, inevitablemente, incompleto, pero no hace falta señalar defectos que incluso la joven lectora detectará de inmediato. La autora sólo espera que si sus relatos no pueden hacer el bien, al menos no causen daño alguno.

IMAGINACIÓN

Te ruego, gentil mortal, que cantes de nuevo;

tus cantos han cautivado mi oído.

Asimismo, mis ojos se han enamorado de tus formas,

y la fuerza de tu brillante mérito me obliga

a decirte, a jurarte que te amo.

Sueño de una noche de verano 3

CAPÍTULO I

—¡Escríbeme seguido, querida Anna! —dijo entre lágrimas Julia Warren al separarse, por primera vez desde que se conocieran, de la joven a quien había honrado con el más alto lugar en sus afectos—. Piensa cuán terriblemente sola y desamparada estaré aquí, sin una compañía o un alma con quien conversar, ahora que te internarás doscientas millas en tierras salvajes.

—¡Oh! Créeme, querida, que no te olvidaré ahora ni nunca —repuso su amiga, abrazando a la otra ligeramente y quizás con cierta prisa para una despedida tan cariñosa, mientras daba una ojeada a un muchacho que miraba la escena de pie y en silencio—. Y no tengas duda de que pronto te fatigaré con mi correspondencia, más aun considerando que estará, sin duda, sometida a las críticas de Mr. Charles Weston —. Al concluir, la joven le hizo al muchacho una reverencia cuya adulación contradecía la marcada ironía del comentario.

—¡Nunca, mi querida muchacha! —exclamó Miss Warren con fervor—. Nuestra intimidad es sagrada para mí y nada, pero nada, podría hacerme traicionar jamás semejante confianza. Charles es muy amable y muy tolerante con todos mis antojos, pero nunca podría ganar tal influencia sobre mí para que lo hiciera guardián de mis secretos. Nadie puede serlo excepto una amiga como tú.

—¡Nunca! Miss Warren —dijo el muchacho con labios cuyo temblor delataba su interés por las palabras de ella—, nunca es mucho tiempo. Pero —añadió, con una sonrisa de amistoso cumplido— aun si se me concediera tal honor, no me sentiría a la altura de opinar sobre una inocencia y una pureza tan elevadas como las que sin duda encontraría en la correspondencia entre ustedes.

—Sí —dijo Anna, con algo del fervor de su amiga—. Puede darlo por seguro, Mr. Weston. La imaginación de mi Julia es tan pura como… como… —. Pero al volver de repente sus ojos desde el rostro de Julia hacia el del muchacho, el animado gozo que vio dibujado en sus llanas pero expresivas facciones hizo que olvidara lo que le quedaba por decir.

—¡Como su corazón! —exclamó Charles Weston enfáticamente.

—Como su corazón, señor —repitió la joven con frialdad.

Los últimos adioses fueron intercambiados apresuradamente y Anna Miller, asistida por Charles Weston, subió a la calesa de su padre en profundo silencio. Miss Emmerson, la soltera tía de Julia, se alejó de la puerta, donde había estado conversando con Mr. Miller, y los viajeros partieron. Julia siguió el vehículo con los ojos hasta que éste se perdió tras los árboles y los arbustos que cubrían el prado. Entonces se retiró a su habitación para desahogar la tristeza que tan dolorosamente había tocado su corazón afectuoso y que hostigaba no poco su viva imaginación.

A diferencia de su sobrina, Miss Emmerson estaba muy lejos de tener en tan alta estima las cualidades de la huésped que acababa de dejarlos. Por lo tanto, procedió en silencio y con toda tranquilidad al ejercicio de sus tareas diarias, sin sospechar en lo más mínimo la intensidad de la aflicción que, por diferentes razones, la precipitada separación había causado a su pupila.

La única hermana de esta buena mujer había muerto al dar a luz a una niña, y la fiebre de 18054 había privado a la pequeña huérfana de su progenitor pocos años después de fallecer la madre. Su padre era comerciante y había empezado a sentar las bases de lo que, con el tiempo, hubiera sido un importante patrimonio. Y puesto que tanto Miss Emmerson como su hermana gozaban de una situación holgada, y que la tía había declarado hacía tiempo su intención de permanecer soltera, la fortuna de Julia, si no brillante, se consideraba bastante significativa. Miss Emmerson había recibido su educación inmediatamente después de la guerra revolucionaria, en un momento en que el intelecto de nuestras mujeres no recibía en absoluto la atención que hoy se considera necesario dedicar a las mentes de las futuras madres de nuestras familias. El país mismo, en efecto, requería demasiado del cuidado de sus gobernantes y de sus patriotas para permitirse atender a objetos menores. Con todo el afecto y la mejor intención consagrados al bienestar de su sobrina, Miss Emmerson pronto se descubrió incapaz de preparar a Julia para el mundo en que viviría, y rehuyó con tímida modestia a la ardua tarea de capacitarse ella misma, mediante la aplicación y el estudio, para esa labor sagrada. Las costumbres de la época exigían cada vez más de las mujeres jóvenes que acumularan méritos, y el pianoforte desplegaba ya su sonora armonía de un extremo de la Unión al otro, mientras la lustrosa utilidad del bastidor era desplazada en favor del pincel y la paleta. Las paredes de nuestras mansiones empezaban a ahogarse en el verde enfermizo de campos imaginarios que caricaturizaban las bellezas naturales, así como en cielos brillantes de sol que se burlaban aun de los tintes dorados del sol americano. La experiencia de Miss Emmerson no iba más allá de los sencillos pasos de la contradanza o de la pausada y solemne secuencia del minué. No sorprende, pues, que los complejos movimientos del cotillón la dejaran perpleja. En suma, conforme la buena mujer veía los progresos diarios de las jovencitas a su alrededor, se convenció cada vez más de su incapacidad para dirigir o supervisar la educación de su sobrina huérfana, razón por la cual Julia fue confiada a la custodia de un selecto internado. Y puesto que incluso la moral de la época estaba, en cierta medida, teñida por las costumbres vigentes, tanto la mente como los modales de Julia quedaron completamente sometidos a un criterio mercenario. Pese a haber cedido esa potestad, Miss Emmerson no carecía de la capacidad de juzgar entre lo correcto y lo incorrecto. Pero la naturaleza prosaica de su sentido común, sumada a su falta de confianza en sus propias capacidades, no podía competir con el cegador alarde de méritos con que se topaba en cada casa que visitaba. Y si por momentos se sentía incapaz de ver algo útil en ese desmesurado culto de lo agradable, prefería atribuir esto a su propia ignorancia que a una falencia en el nuevo sistema de instrucción. Desde los seis hasta los dieciséis años, Julia no tuvo otra comunicación con Miss Emmerson que esas palabras de cariño que ninguna de las dos podía contener, además de la atención constante a su salud y a su presentación por parte de su tía.

Miss Emmerson tenía un hermano residente en la ciudad de Nueva York que era un abogado eminente y que, por haber recibido su educación cincuenta años antes, aventajaba en veinte a la generación más joven de su sexo. A ese mismo factor se debía, por el contrario, la desventaja de sus hermanas frente a las mujeres más jóvenes. La familia de Mr. Emmerson era numerosa: además de varios hijos tenía dos hijas, una de las cuales permanecía aún soltera en casa de su padre. Katherine Emmerson era sólo dieciocho meses mayor que Julia Warren, pero su padre había adoptado un rumbo distinto del que comúnmente se seguía al tratarse de muchachas con esas expectativas. Había contraído matrimonio con una mujer de buen juicio y ahora cosechaba la más rica bendición de ese vínculo, que era la capacidad de su esposa para supervisar la educación de su hija. El cuidado materno sirvió para corregir errores que sólo el cariño de una madre podía descubrir, y, en lugar de sistemas generales y teorías demasiado abarcadoras, la mujer dedicó a su hija esa vigilancia cercana y rigurosa que adapta el remedio a la enfermedad, que analiza la disposición del educando, que reconoce sus faltas o sus méritos y que entiende mejor cuándo recompensar y cómo castigar. Las consecuencias eran fáciles de ver en los modales y en el carácter de la muchacha. Sus logros, incluso los que eran fruto de una pedagogía, se manifestaban en ella con naturalidad y de una manera acorde a sus capacidades. En lugar de los gestos artificiales derivados de reglas prescritas, sus modales exhibían la casta y delicada modestia del refinamiento, conjugada con buenos principios. No es que se disfrazara con ellos para mostrarse como una mujer y como una dama. Por el contrario, estaban profundamente arraigados en ella y formaban parte no sólo de sus hábitos, sino también, si se nos permite la expresión, de su naturaleza. Miss Emmerson tenía suficiente buen juicio para reconocer lo valiosa que esta relación sería para su pupila. Sin embargo, contrariando su deseo de entablar una amistad entre sus sobrinas, Julia ya había formado una en la escuela y no concebía que su corazón fuera suficientemente espacioso para admitir dos amistades a la vez en su santuario. La continuación de nuestro relato demostrará lo errada que estaba.

Mientras Anna Miller permaneció en el internado, Julia estuvo contenta de compartir su suerte. Pero cuando el padre de Anna tomó la determinación de mudarse a una hacienda en el interior del país, su hija fue retirada de la escuela y, mientras se realizaban los preparativos para la recepción de la familia a orillas del Gennessee,5 se le concedió a Anna probar fugazmente los placeres del mundo en la residencia de Miss Emmerson a orillas del Hudson.

Charles Weston era un pariente lejano de la buena tía y, al igual que Julia, un huérfano con quien la fortuna había sido bastante pródiga. Estudiaba la profesión del tío de Julia y, siendo gran favorito de Miss Emmerson, pasaba muchas de sus horas de ocio, en los calurosos días de verano, en la tranquilidad de su casa de campo.

Cualquiera fuera la actitud de su soltera tía mientras Julia lloraba en su habitación la larga separación que, en adelante, la apartaría de su amiga, el joven Weston no mostraba en absoluto la misma filosófica indiferencia. Caminó a paso rápido de un lado a otro del salón, dirigiendo muchas miradas ansiosas a la puerta de su prima, y luego se detuvo con la aparente intención de leer el volumen que llevaba en sus manos. Pero sólo recobró algo de su compostura cuando Julia reapareció en el rellano de las escaleras, descendiendo lentamente los escalones. Sólo entonces, tras contemplar largamente las encantadoras facciones de la muchacha, que resplandecían con belleza juvenil, más encantadora aún, si eso fuera posible, por los rastros de lágrimas en sus ojos, Charles Weston retomó serenamente su lectura. Julia había recobrado la compostura y él se sentía satisfecho. Miss Emmerson y su sobrina tomaron asiento discretamente y retomaron sus labores junto a una ventana abierta en el salón, y el orden pareció restaurarse, en cierto grado, en la casa. Tras dedicar unos minutos a sus diversas tareas con un silencio que últimamente les había sido extraño, la tía observó:

—Veo que tienes algo nuevo en tus manos, querida. Estoy segura de que no te faltan bordados, ¿y ya estás trabajando en otro?

—Es para Anna Miller —dijo Julia, sonrojándose de afecto.

—Tenía la esperanza de que cumplieras tu promesa a tu prima Katherine, ahora que Miss Miller se ha ido, e hicieras lo que te corresponde de las prendas para el asilo de huérfanos —repuso Miss Emmerson con seriedad.

—¡Oh! La prima Katherine debe esperar. Prometí este bordado a Anna para que le sirviera como recuerdo mío y por nada del mundo quisiera decepcionar a la querida muchacha.

—No es tu prima Katherine, sino los huérfanos quienes tendrán que esperar, y sin duda una promesa a un familiar es tan sagrada como otra a una conocida.

—¡Una conocida, tía! —repitió la sobrina con disgusto—. Te lo suplico, no llames a Anna una simple conocida. Es mi amiga, mi mejor amiga, y como tal la amo.

—Gracias, querida —dijo secamente la tía.

—¡Oh! No quise faltarte el respeto en absoluto, querida tía —prosiguió Julia—. Sabes cuánto te debo, y debes saber que te amo como a una madre.

—¿Y darías preferencia a Miss Miller, entonces, sobre una madre?

—Sin duda no en respeto, gratitud u obediencia. Pero aun así puedo amarla, sabes. De hecho, tan diferentes son mis sentimientos hacia las dos que de ningún modo se interfieren, al menos no en mi corazón.

—¡No! —dijo Miss Emmerson con un poco de curiosidad—. Quisiera que trataras de explicarme esa diferencia, de modo que pueda entender esas distinciones que tanto te gusta hacer.

—¡Pues nada más fácil, querida tía! —dijo Julia animadamente—. A ti te amo porque eres amable conmigo, atiendes a mis necesidades, velas por mi bienestar, eres afectuosa, y… y… también por el hábito, y porque eres mi tía y me cuidas.

—¡Admirables razones! —exclamó Charles Weston, quien dejó su libro para seguir la conversación.

—Son contundentes, lo admito —dijo Miss Emmerson, sonriendo afectuosamente a su sobrina—, pero háblame ahora de esa otra clase de amor.

—Pues Anna es mi amiga, sabes —proclamó Julia, sus ojos brillando de entusiasmo—. La amo porque tiene sentimientos que congenian con los míos. Tiene tanto ingenio, es tan amena, tan franca, tan talentosa… es tanto como… tanto como todo aquello que admiro yo misma.

—Es una pena que alguien con dones tan elevados no pueda proveerse ella misma de vestidos —dijo la tía, con algo más que su sequedad habitual— y así dejarte trabajar para aquellos que más los necesitan.

—Olvidas que lo hago para que me recuerde —dijo Julia, dejando claro cuán altamente valoraba ese obsequio.

—Una pensaría que semejante amistad no requeriría nada que la recordara — repuso la tía.

—¡Pero…! No es que, de lo contrario, ella fuera a olvidarme. Se trata de que tenga algo para recordarme… —se apresuró a decir Julia, aunque se interrumpió apenas se percató de la contradicción.

—Te entiendo perfectamente, mi niña —la interrumpió la tía—. Simplemente como una garantía innecesaria, quieres decir.

—Para que la seguridad sea doblemente segura —exclamó Charles Weston riendo.

—¡Oh! Ríe usted, Mr. Weston —dijo Julia un poco enojada—, pero a menudo he dicho que es usted incapaz de amistad.

—¡Pruébame! —exclamó el joven con vehemencia—. No me condenes sin juicio.

—¿Cómo podría? —dijo Julia, riendo a su turno—. No eres una chica.

—¿Es que sólo las chicas pueden sentir amistad? —inquirió Charles, tomando el asiento que Miss Emmerson había dejado libre.

—A veces lo pienso —dijo Julia, con su sonrisa bien humorada—. Son ustedes tan poco sutiles… tan celosos… Lo cierto es que nunca se ven amistades entre los hombres como las que existen entre las mujeres.

—En cuanto a amistades entre chicas, lo admitiré sin reparos —repuso el joven—. Pero examinemos esta cuestión a la manera de los tribunales…

—¡Ah, no! Si empiezas a hablar como un abogado, me retiro —interrumpió alegremente la joven.

—Sin duda, una persona tan versada en el asunto no temerá un interrogatorio — proclamó el muchacho con el mismo tono.

—Bien, adelante —exclamó ella—. He dejado fuera de juego a la tía Margaret y a ti no te irá mejor, te lo aseguro.

—Dices que los hombres son demasiado poco sutiles para sentir una amistad pura. En primer lugar, por favor explícate en relación con este punto.

—Lo que quiero decir es que las amistades de ustedes generalmente son interesadas: se sostienen a fuerza de favores y de influencias.

—Mientras que las de las mujeres dependen de…

—El sentirnos solas.

—¿Pero qué es lo que despierta ese sentimiento? —sonrió Charles.

—¿Qué? Pues la afinidad… y el conocer las virtudes de la otra persona.

—¿Piensas, entonces, que Miss Miller posee más virtudes que Katherine Emmerson? —dijo Weston.

—¿Cuándo he dicho tal cosa? —se sorprendió Julia.

—Lo infiero del hecho de que la estimas más, simplemente —repuso el joven, con algo de la sequedad de Miss Emmerson.

—Sería difícil compararlas —dijo Julia tras una breve pausa—. Katherine ha crecido en el mundo y ha tenido la oportunidad de lucir sus méritos, oportunidad que Anna nunca ha tenido. Katherine sin duda es una muchacha excelente y me agrada mucho, pero no hay razón para pensar que Anna no fuera capaz de superar esa prueba, de tener la oportunidad.

—Por favor dime —dijo muy serio el abogado—, ¿cuántas de estas amistades íntimas, confidenciales, puede tener al mismo tiempo una chica?

—Una, solo una, así como tampoco podría amar a dos hombres —dijo Julia rápidamente.

—¿Por qué, entonces, te pareció necesario entablar amistad con una que no se había probado en el ejercicio del bien, pudiendo hacerlo con una persona tan excelente como tu prima Katherine?

—Pero Anna, lo sé, lo siento, reúne todo cuanto es bueno y sincero, y fue nuestra mutua afinidad lo que nos atrajo la una a la otra. A Katherine la amaba naturalmente.

—¿Qué entiendes por “naturalmente”?

—¿No es natural amar a los parientes? —dijo Julia sorprendida.

—No —fue la breve respuesta.

—Sin duda, Charles Weston, te parezco una simplona. ¿No ama todo padre a su hijo por un instinto natural?

—No: no más que cuanto amas por instinto cualquiera de tus distracciones. Si el padre se encontrara con un niño sin saber que es suyo, ¿crees que el instinto le revelaría su parentesco?

—Claro que no, si no se hubieran encontrado antes. Pero apenas supiera que el niño era suyo, lo amaría naturalmente.

—Es una cuestión complicada, que implica mil sentimientos entrecruzados — dijo Charles—. Pero todo amor, o al menos el amor del corazón, brota de las causas que mencionaste a tu tía: el apoyo recíproco, la mutua dependencia y el hábito.

—Sí, y también la naturaleza —dijo la joven con bastante seguridad—. Y sostengo que el amor natural y el amor por afinidad son dos cosas diferentes.

—Muy diferentes, lo admito —dijo Charles—, aunque dudo seriamente de la durabilidad de un afecto que no tenga fundamento más sólido que la imaginación.

—Empleas términos tan extraños, Charles, que no tratas el asunto con justicia. Llamar “imaginación” a la certeza inmediata de la valía de alguien es poco honesto.

—Lo cierto es que ahora tus propios términos me desconciertan —sonrió Charles—. ¿Qué es esa “certeza inmediata de la valía”?

—Pues, la convicción de que alguien posee todo aquello que uno valora en sí mismo, y que se descubre en virtud de sentimientos concordantes y afinidades naturales.

—Caramba, Julia; eres realmente una casuista en este tema. ¿Depende entonces el amor entre los sexos de esta afinidad y de esta certeza inmediata?

—Hablas ahora de un tema del que nada entiendo —dijo Julia ruborizándose, y, tras tomar el tan preciado bordado, corrió a su habitación, dejando en el muchacho una mezcla de admiración y lástima.

CAPÍTULO II

Tras esta conversación, Julia Warren pasó dos semanas de ansiedad sin recibir noticias de su amiga. Con febril agitación observaba cada vapor que pasaba en su afanoso camino hacia la metrópolis y cada día recibía, en el portón del parque, al sirviente que volvía de la ciudad, sólo para acumular una decepción tras otra. Eventualmente, Charles Weston ofreció de buen grado sus servicios, afirmando entre risas que su suerte, hasta donde se sabía, jamás le había fallado. La propia Julia había escrito a Anna varias extensas cartas y ya era hora de que algunas tuvieran respuesta, al margen de las mil promesas que le hiciera su amiga de escribirle desde cada oficina de correos que encontrara camino a Gennessee. Pero llegó, felizmente, el día en que todas estas decepciones tuvieron fin.

Como de costumbre, Julia esperaba con gran impaciencia en el portón, asomando de vez en cuando su encantadora figura entre los matorrales para dar un vistazo a quienes pasaban por la carretera, cuando Charles apareció cabalgando a todo galope hacia la casa. Todo en su actitud anunciaba éxito y Julia saltó en medio del camino para tomar la carta que él le extendía.

—Sabía que tendría éxito, el cual me genera casi tanto placer como a ti el que lo haya tenido —dijo el joven, desmontando su caballo y abriendo el portón para que su compañero pudiera pasar.

—Gracias… gracias, Charles querido —dijo Julia cariñosamente—. Nunca olvidaré lo bueno que eres conmigo… cuánto amas ayudarme, no sólo a mí, sino a cualquiera a tu alrededor. Ahora perdóname, tengo esta preciada carta para leer; en otro momento te agradeceré como corresponde.

Entonces Julia corrió hacia la glorieta y, tras cerrar la puerta, se entregó por primera vez al placer de leer una carta. Ya estaba muy familiarizada con las notas y las breves epístolas de su tía, así como con las cartitas que Anna le escribía a hurtadillas en clase y le deslizaba sobre la falda. Pero esta era la primera vez que recibía una carta auténtica, genuina, sellada por el correo, arrugada en la bolsa del cartero, consagrada por el vapor. Esta era, en efecto, una carta de verdad: ríos y vastas extensiones de tierra separaban a Julia de su autora, y esa autora era una amiga a quien había elegido sobre la base de la certeza inmediata. Julia necesitó hacer una pausa y respirar hondo antes de abrir la carta. Para cuando lo hubo hecho, su encendida imaginación había revestido tanto a la carta como a la autora de tal excelencia que Julia estaba preparada para sumergirse en sus contenidos con un respeto rayano en la exaltación: cada palabra era, sin duda, verdadera; cada idea, la pureza misma. Para que nuestras lectoras puedan darse una idea de cuán rigurosamente la vivísima imaginación de Julia la había capacitado, a los dieciséis años, para juzgar una carta, la transcribimos íntegramente.

Querida mía:

¡Oh, Julia! Aquí estoy, ¡y en qué lugar! Sin ciudad, ni iglesias, ni Broadway, ni nada que pueda hacer placentera la vida. Y añadiré también: sin ninguna amistad; nadie con quien verse y con quien conversar, salvo mamá y papá y una casa llena de hermanos y hermanas. No puedes darte una idea de cuánto te extraño, más y más cada minuto que pasa. Pero no pierdo la esperanza de convencer a papá de que me deje pasar el invierno con tu tía en la ciudad. Te digo que me pongo mal cada vez que pienso en su encantadora casa de Park Place. Si alguna vez me caso, y eso tenlo por seguro, será con un hombre que viva en la ciudad, en la casa contigua a la de mi Julia. ¡Oh! Qué encanto sería eso, vivir cada una de nosotras en una de esas preciosas casas nuevas, con esos subsuelos de moda. Entraríamos y saldríamos a cualquier hora, y sería tan práctico para prestarnos cosas la una a la otra. Creo firmemente que no hay mayor placer en la tierra que el de usar las cosas de tu amiga. ¿O no recuerdas lo mucho que me gustaba vestir tus prendas en la escuela, aunque a ti no te gustara el intercambio tanto como a mí? Pero esto no es para sorprenderse, considerando que la tacañería de papá me dejaba tan pobremente vestida que me avergonzaba dejar que te vieran con esa ropa. ¡Oh, Julia! Nunca olvidaré esas horas felices, así como tampoco tú lo harás. A propósito: espero que no hayas olvidado ese bordado que prometiste hacer para mí, como recuerdo de ti. Lo ansío muchísimo y espero que me lo envíes antes de que el río se cierre. Supongo que tú y Charles Weston no hacen otra cosa que ir a caballo entre esas hermosas casas de campo en la isla y reconfortarse mutuamente. Confieso que envidio tanta felicidad, pues creo que cualquier pretendiente es mejor que ninguno, si bien Mr. Weston no es mi tipo. Próximamente te escribiré seis hojas, pues nada me agrada más que conversar a distancia con una amiga, sobre todo en una situación como la mía, sola como estoy sin un alma a quien decir palabra, excepto mis hermanas. Adiós, mi Julia siempre bienamada. Sé para mí lo que yo soy para ti: una amiga de lealtad probada. A las apuradas, tu

ANNA.

Gennessee, 15 de junio de 1816.

PD: No olvides refrescar la memoria de la tía Emmerson en cuanto a invitarme a Park Place.

PD, 25 de junio: Sin haber remitido todavía mi carta, aunque estoy segura de que debes estar muriéndote de ansiedad por saber cómo nos va, debo añadir que tenemos aquí una compañía que te agradaría mucho: un tal Mr. Edward Stanley. ¡Qué nombre tan encantador! Y él lo es tanto como su nombre: sus ojos, su nariz, su semblante todo, son perfectos. En suma, Julia, es un hombre como aquel que imaginábamos en la escuela. Es rico, intrépido y sensato, y no hago otra cosa que hablarle de ti. Dice que ansía verte, no tiene duda de que eres atractiva y está seguro de que eres una buena persona. ¡Oh! Vale lo que una docena de Charles Weston. Pero envíale mis saludos a Mr. Weston, aunque dudo que alguna vez considere que valga la pena recordar a una chiquita como yo. Me gustaría saber qué dice sobre mí, y yo te contaré todo lo que Edward Stanley dice de ti. Una vez más, adieu. Tus cartas llegaron en tiempo y forma. Dejé que Edward les diera una miradita.

La primera vez que Julia leyó esta carta se sintió rotundamente decepcionada. No contenía ninguna descripción de los hermosos paisajes del Oeste. La luna se había elevado y el sol se había puesto sobre los lagos del interior, y Anna no había escrito una sola palabra al respecto. Pero la tercera y la cuarta lectura de la carta reportaron a Julia mayor placer, y a la decimotercera la juzgó encantadora. Evidentemente había mucho que interpretar, vacíos que la imaginación podía colmar con facilidad, y antes de que Julia hubiese dejado la glorieta, la carta se había extendido, en su imaginación, a las seis hojas prometidas. Atravesó lentamente los matorrales rumbo a la casa, cavilando sobre los contenidos de su carta, o más bien sobre aquello que podía suponerse que contenía, y repitiéndose inconscientemente en voz baja:

—Joven, buen mozo, rico y sensato: exactamente lo que solíamos imaginar en nuestras conversaciones. ¡Oh, qué encanto!

—Es encantador, en efecto, el poseer tantas buenas cualidades. ¿Y quién es el afortunado individuo así bendecido? —preguntó Charles Weston, quien había estado merodeando en los senderos con un paraguas para proteger a Julia, a su regreso, de la lluvia que se avecinaba.

—¡Oh! —dijo Julia, sobresaltada—. No sabía que estabas cerca. He estado leyendo la dulce carta de Anna —dijo, apretando el papel contra el pecho.

—Sin duda ya habrás terminado, Julia, y —señaló las nubes—deberías apresurarte a volver a casa. Me figuré que estarías aterrada por los relámpagos, ahí sola en la glorieta, y por eso he venido a protegerte.

—Eres muy bueno, Charles, ¿pero es que hay relámpagos? —dijo Julia aterrada, apurando su regreso.

—Tu carta debe haberte interesado muy profundamente para que no notaras los truenos: justamente tú, que tanto te asustas con los relámpagos.

—Estoy segura de que dirías “que tan tontamente te asustas” si no temieras herir mis sentimientos —dijo Julia.

—Es un temor natural, y por ende uno del que no corresponde reírse — respondió Charles amablemente.

—Hay un temor natural, entonces, pero no un amor natural, Mr. Charles. ¡Bien has caído ahora! —exclamó Julia, exultante.

—Bueno, que así sea. En mi caso, el temor es muy natural, y casi podría persuadirme de que el amor también lo es.

—Espero que no seas un cobarde, Charles Weston. Un hombre cobarde es muy poca cosa. Yo nunca podría amar a un hombre cobarde —dijo Julia riendo.

—No sé si es a mí a quien llamas cobarde —dijo Charles con seriedad—, pero cuando estoy en peligro siempre tengo miedo.

Apenas había pronunciado estas palabras cuando el destello de un relámpago, seguido de inmediato por el terrible estruendo de un trueno, prácticamente los aturdió a los dos. La repentina conmoción paralizó por un momento la energía del muchacho, mientras que Julia apenas se inmutó. Pronto recobrado, sin embargo, Charles la condujo hacia el interior de la casa, justo a tiempo para escapar de una catarata de lluvia. La tormenta concluyó rápidamente, y el temor natural y la sorpresa de ambos fueron motivo de risa para Julia. Las mujeres raramente se avergüenzan de sus miedos, ya que su temor se considera femenino y atractivo. Pero los hombres no sobrellevan tan bien la acusación de ser miedosos, ya que se piensa que esto indica una carencia de cualidades masculinas.

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