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Título: Nunca digas tu nombre

Autor: Jackson Bellami

© Jackson Bellami, 2020

© de esta edición, EDICIONES LABNAR, 2020

Corrector: Israel Sánchez Vicente

Imagen y diseño de cubierta e interiores por Ediciones Labnar

LABNAR HOLDING S.L.

B-90158460

Calle Virgen del Rocío 23, 41989, La Algaba, Sevilla

www.edicioneslabnar.com

info@edicioneslabnar.com

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita fotocopiar o escanear algún fragmento de esta obra; (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 45).

ISBN: 9788416366507

Depósito Legal: SE 1756-2020

Código Thema: YFB 5AQ

Primera Edición: Octubre 2020

Impreso en España

Impreso y encuadernado por Ulzama Digital

A los fantasmas que habitan en casa.

A él.

A ella.

Al que nos sigue a todas partes.

Nunca nos dejéis.

Para una experiencia completa, se recomienda acudir a la lista de reproducción de la novela (NDTN Novel) en los momentos de referencia musical que encontrarás a lo largo de la lectura:

Spotify

Youtube

«No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir, recuérdalo».

ALBUS DUMBLEDORE.

Hablemos de la luz. Sí, de la luz del final. Muchos creen, y el cine tiene gran parte de la culpa de eso, que al morir nos aborda una luz cegadora. Durante el destello, los recuerdos emergen de nuestra mente cadáver y presenciamos una sucesión de imágenes que recopila toda la vida que se nos ha arrebatado.

Error.

Cuando se muere dejas de existir. Punto final. Finito. No hay aplausos, vítores o música. Lo que ocurre al dejar el mundo es tan diverso como la salvaje sociedad. Hay quienes se reencuentran con sus seres queridos ya fallecidos. También dicen que se experimenta una paz absoluta. ¡Pues claro que estás en paz, acabas de morir! Los problemas y las preocupaciones son para los vivos y ya no perteneces a ese grupo de idiotas. Así que el primer paso es dejar de lamentarse. Sobre todo, por aquellos que lloriquean al pensar —con su mente de cadáver, no hay que olvidarlo— las cosas que no podrán hacer: el viaje que quedó pendiente, la fiesta de mi mejor amigo, bodas, nacimientos, besos no dados, amores callados, la experiencia de ser padre o madre o tío… ¿Cuando se come en un restaurante hay que lamentarse por lo que no se prueba del menú? Pues eso, menos llantos. Al fin y al cabo, se otorga la eternidad. No hay mayor regalo que ser eterno.

Sin embargo, hay casos en los que se permiten ciertas licencias. Por ejemplo, ser asesinado. El final de esa historia no estaba en el programa del universo. Quizá por esa razón la persona que lo sufre desbloquea alguna que otra habilidad. Aunque más que persona debería llamarse espectro, fantasma o ente. No importa el término, sino la transformación. Podría describirse como uno de esos videojuegos en los que el personaje suma experiencia y capacidades especiales a medida que avanza en la historia.

Aquí es donde entra en escena el efímero Connor Payton.

Para describir a Connor habría que utilizar el adjetivo de crédulo. Quizá, ingenuo. Porque el joven pensó que sus actos no tendrían consecuencias. Al menos no tan… mortales. Y ese ha sido su fatal error. A todo ser se le proporciona la oportunidad de vivir la vida de un modo exclusivo: a su manera. Pero cada decisión, toda acción que se lleva a cabo, trae anexada una letra pequeña que pocos en este mundo de locura se detienen a leer. Y leer puede sacar a las personas de muchos apuros.

Para comprender el final se debe conocer el principio. Nadie debe creerse una historia solo porque alguien se la cuente, un hecho que hoy parece haberse olvidado. Y ese es el motivo de todo esto.

No viajaremos por la vida de Connor de cualquier manera. Si algo nos ha enseñado la era de la televisión, o lo que quiera que se use para pasar el rato, es que hay maneras y maneras de contar una historia. La de Connor no daría para una gran serie, pues a sus diecisiete años ya nos ha dejado. Pero tiene contenido para algunas temporadas.

Comencemos.

Lo haremos con una buena canción, como debe ser, y Connor habría elegido la versión que The Beach Boys hicieron del tema Da Do Ron Ron en 1979, una de sus canciones favoritas desde que era un mocoso.

Sí, una historia que comienza con el chico muerto también puede ser una historia de amor.

Tabla de contenidos

TEMPORADA 1

La fiesta roja

Sueño de una noche de verano

Malditos vecinos

50 sombras de Hastings

Beetlejuice, Beetlejuice, Beetlejuice

Buenos días, América

Mi chica

Equipo a la fuerza

Agárrame ese fantasma

House of Cards

Un funeral de muerte

Ciudadano Payton

TEMPORADA 2

La familia Addams

Pactar con el diablo

Jóvenes y brujas

Hocus Pocus

Karate «sobrenatural» kid

Damn Pretty Little Liars

Touchback

La comunidad del anillo

R.I.P.D.

La exdama y el vagabundo

The one walking dead

Regreso al futuro

TEMPORADA 3

Escuela de jóvenes asesinos

Adivina quién viene a comer hoy

Payton el cazagigantes

Happy together

Un mundo aparte

El club de los idiotas no muertos

Este muerto está muy vivo

La feria de las vanidades

Una noche para morirse

Espera al ùltimo baile

Daisy y el dragón

Agradecimientos



La fiesta roja

«¿Qué es ese zumbido? Me va a estallar la cabeza. ¡Maldita sea! Que pare ya. No puedo soportarlo».

—¡Daisy! ¿Qué estás haciendo?

«Parece más suave ahora. ¡Dios, mis ojos! Demasiada luz…».

Me levanto de la cama y me veo obligado a sentarme de nuevo. Todo parece tambalearse bajo mis pies. Incluso las paredes de mi habitación se mueven, como si manara agua de ellas. ¿Qué diablos ocurre? Esa fiesta… Maldita sea. Por esta razón debí quedarme en casa. Yo y mis estúpidas promesas. ¿Y todo para qué? Podía haber escogido otro día para dejar a Jess o arreglar las cosas con Chris. El partido de hoy es demasiado importante para jugar con esta resaca.

«Espera…».

Yo no probé una gota de alcohol, solo bebí cola light y ponche de huevo. Además, esto no es una consecuencia del vodka. Nunca he despertado así después de una borrachera.

Intento incorporarme apoyado en la mesita de noche. Logro ponerme en pie, que no es un gesto insignificante en mi estado. Tengo que alcanzar la ventana y hacer algo con esas cortinas o me quedaré ciego.

Camino como un anciano, pero no como un anciano cualquiera. Parezco el señor Grimsly con su andador cuando sale en busca del periódico al jardín. Sorteo las zapatillas, que me hacen tropezar. Después la ropa. ¿Ropa?

Miro hacia abajo para ver que estoy desnudo.

«Joder. ¿Qué pasó anoche?».

Espero no haber subido a mi habitación con Jessica…

Espero no haber hecho nada con Jessica…

Tengo que hablar con ella cuanto antes. Me juré decirle la verdad después de la maldita fiesta. No puedo estirar la farsa hasta el baile de graduación, quedan meses. Esta pantomima está durando demasiado. Merece a alguien que la quiera de verdad.

Esta odisea personal me lleva hasta mi destino: la maldita ventana. Tiro de las cortinas y dejo la tortuosa luz del sol al otro lado del cristal. Mis ojos se recuperan a ritmo lento. Aprovecho para calzarme unos vaqueros y la sudadera de los Vikings. Daisy podría entrar en cualquier momento y no me gustaría que me viese desnudo y acabado. Por suerte, hoy es sábado. Siempre duerme un poco más los fines de semana. Igual que mamá. Mi padre debe de estar llegando a Pine Bend, como todos los sábados. Por muy mal que me sienta ahora, no me cambiaría por él. Odio el olor del combustible. No imagino pasar toda la mañana en una refinería gigantesca. Solo con pensarlo me dan ganas de vomitar.

«Espera…».

No es imaginación mía.

Voy a vomitar.

Apoyo las manos en las rodillas y me preparo para vaciar mi estómago sobre mis nuevas zapatillas Nike, pero no sale más que un sonido gutural que me hace toser como un enfermo decrépito.

Algo me devuelve la verticalidad. Es música.

Vuelvo a la ventana y me arriesgo a perder la vista al mirar por ella. Solo se trata de Caleb Reynolds, mi antiguo amigo. Baila como un imbécil por toda su habitación. Recuerdo cuando teníamos los vasos comunicadores de una casa a la otra. No hace tanto de aquello, pero todo es muy diferente ahora. Él es… dejémoslo en peculiar, y yo el mejor tailback del equipo. Mis piernas son puro fuego al correr. En este momento no, está claro.

Salgo de mi desordenada habitación antes de que mi madre se levante y me obligue a recoger todo para poder desayunar. Tengo que hacer un gran esfuerzo para bajar por las escaleras. Me sujeto a la barandilla y…

Un destello se mete en mi cabeza.

«¡Joder!».

Duele. Duele mucho.

Me veo subiendo las escaleras a oscuras, reptando por cada peldaño. Siento el sudor empapándome la ropa. Tropiezo en el último escalón y consigo llegar a rastras a mi habitación.

Destello.

Abro los ojos para comprobar que sigo en las escaleras, aferrado a la barandilla.

«¿Qué ha pasado? ¿Así volví a casa anoche?».

Continúo el camino hacia la cocina, donde me sirvo un vaso de agua. Dos, mejor. Tres.

Maldita sea, esta sed es insaciable. ¿Qué está ocurriendo?

El vaso se me resbala de la mano y se estrella contra el suelo.

Oigo que bajan por las escaleras.

«Mierda, me va a caer una buena».

Desde que trabaja en seguros del hogar, mi madre está obsesionada con los accidentes domésticos.

Entra en la cocina sin decir nada, aún en pijama. Pasa a mi lado. Nada.

Vaya un asco de día.

—Buenos días —le digo—. Ten cuidado con los cristales, enseguida los recojo.

Sigue sin pronunciar palabra. Hay ocasiones en que no comprendo sus enfados.

Miro al suelo y…

«Pero…».

No hay un maldito cristal, ni rastro del vaso roto.

—Mamá… Creo que no me encuentro bien…

Ella prepara el desayuno como cada mañana.

—Mamá…

Intento agarrarla del brazo y atravieso su piel como si fuera humo.

—¡MAMÁ! —grito, asustado.

Pero nadie parece oírme.

«¿Qué cojones pasó ayer? ¿Estoy soñando? Debe ser eso. Sigo en la cama, esto es solo un mal viaje».

Un nuevo destello me sienta en una de las sillas de la cocina. Me lleva por las imágenes al día de ayer, desde el principio.

Y lo veo todo…


Oigo a Daisy acercarse por el pasillo incluso antes de que entre en mi habitación. Es su ritual de la mañana: despertarme con cariño para después atacarme como un monstruo. En realidad, odio que me despierten, ya sea el teléfono, Daisy o mi madre. Pero no le digo nada a mi hermana. Sé que le gusta hacerme rabiar desde que dio sus primeros pasos.

Entra a hurtadillas en mi habitación. La imagino caminando hacia la cama de puntillas y controlando su respiración. Cuando me alcanza, me acaricia el rostro para apartarme el pelo de la frente.

—Connor… —susurra—. Buenos días, Connor.

Abro los ojos. Es la señal para despertar a la bestia.

—¿Qué…? —respondo en mi papel de sorprendido.

Entonces, Daisy levanta sus garras, enseña sus dientes y salta sobre mí.

—¡Levanta! —gruñe al tratar de destaparme a zarpazos.

—Eres una bestia horrible —me defiendo bajo la sábana—. ¡Deseo que vuelva mi hermana de siete años!

Ser el único niño de casa durante diez años me ha convertido en el hermano más idiota del mundo. Desde que Daisy nació, encontré en ella a mi juguete favorito, uno que emitía sonidos y lo babeaba todo. Por esa razón, o eso me gusta pensar, me comporto como un payaso con ella. Aunque he de admitir que nos divertimos juntos.

Salgo de debajo de la sábana, mi protección contra seres de otro mundo, y la encierro en mis brazos para envolverla en la colcha como a un burrito de chile picante.

—¡Déjame salir! —grita ella y se retuerce.

—Tienes que decir la contraseña.

—No, resistiré.

Puedo ver por los bultos cómo se cruza de brazos.

—Pues te quedarás sin tortitas esta mañana.

—Está bien —se rinde.

—Vamos, di las palabras mágicas.

—Connor es el más guapo de Valley Rock —promulga, como un mago anciano.

La libero de su prisión de algodón y poliéster y huye de mi alcance.

—No te comas mis tortitas o tendré que comerte a ti.

Mi madre cruza por el pasillo con el cesto de la ropa hasta arriba.

—Ni se te ocurra bajar sin hacer la cama —dice sin mirar.

—Buenos días para ti también, mamá.

—Te quiero —suelta desde las escaleras.

Al menos, no se ha fijado en la ropa que decora cada rincón de mi habitación. Busco mi camiseta favorita en el montón que hay sobre el escritorio. Desisto en cuanto veo lo arrugada que está. Necesitaba que hoy me acompañase la suerte de Salazar Slytherin, aunque nadie sepa que la serpiente de mi camiseta representa mi casa favorita de Hogwarts. No puedo permitirme ir por ahí con merchandising de Harry Potter, las consecuencias serían desastrosas social y físicamente. Todos creen que soy un joven libertario del siglo XXI.

Tendré que conformarme con la que lleva estampada la pequeña lámpara de Pixar vistiendo la gorra de los Minnesota Vikings, todo un clásico. Espero que la NFL no me falle con la suerte, aunque la cita sea mañana. Cualquier cosa que me ocurra hoy podría afectar al partido. No puedo permitirme un solo error si quiero la beca deportiva. Ya puede tener buena vista el ojeador del Macalester College. Me juego demasiado.

Salto por las escaleras y aterrizo frente a la cocina con la pose de Spider-Man. Daisy sonríe y me enseña sus dientes manchados de jarabe de arce. Mamá baja el volumen de los altavoces que usa cada mañana.

—Las arañas no comen tortitas —me dice Daisy.

—Pero sí ordenan sus cosas —añade mi madre mientras se recoge la melena pelirroja con un coletero.

—Mamá, ya no estás en la universidad. Deberías ir más…

—No me va a dar consejos de belleza un chico que lleva un corte de pelo de los años treinta.

—Así lo lleva Andrew Sendejo.

—¿Quién?

—Uno de los defensas más infravalorados de la NFL, pero no espero que lo entiendas.

Me lanza una mirada represora.

—Podías dejarlo crecer, como papá —comenta Daisy.

—Los rizos de papá los has heredado tú. A mí me dejó su metro ochenta y cinco… ¡Y su hambre voraz!

Levanto a Daisy de la silla para llevármela a la boca.

—¡Me voy a comer tus tripas!

—¡No! ¡Mamá! Es solo un juego para comerse mis tortitas.

—Chicos, tengo que ir a trabajar. Dejadlo para más tarde.

Tras devolver a mi hermana a la mesa, devoro las tortitas de mi madre, su plato estrella. Dice algo sobre comer como las personas civilizadas, pero estoy nervioso por el partido de mañana.

Dejo a Daisy esperando el bus de clase junto a nuestro buzón mientras mamá saca el coche del garaje. Camino hasta el cruce de la calle Rochester, donde Chris no tarda en aparecer.

Trae la música demasiado alta. Llamar la atención es la marca personal de mi amigo. Su corcel, un Dodge Challenger blanco, vibra con rap.

No pasamos por el mejor momento de nuestra amistad, pero es algo que arreglaré antes del partido de mañana. Él también debe jugar frente al ojeador, aunque pueda permitirse cualquier universidad.

—Que seas negro y judío no quiere decir que tengas que estar escuchando a Drake a todas horas —le digo y estrechamos las manos.

—Drake es el mejor, Payton.

—¿Preparado para el partido de mañana?

—Estoy preparado para todo desde mi bar mitzvá.

Acelera para dejar huella en el asfalto. Así es Chris Hoffman, mi amigo en el equipo del instituto. Hoy se comporta diferente, nada que ver con los días anteriores. Quizá, la charla en la hoguera del embarcadero haya funcionado. De todos modos, hablaremos en la fiesta de esta noche.

Llegamos al instituto en cuestión de minutos, demasiado tiempo para escuchar rap a todo volumen. Quizá sea un aburrido a la hora de escoger música, pero donde esté Fall Out Boy que se quite lo demás.

El cartel de William Mayo High, nombre heredado del fundador del complejo clínico más importante del país, tuvo tiempos mejores, como cualquier rincón de nuestro centro de estudio. «La reforma de los cristales», así llamaron los estudiantes a las obras que cambiaron ladrillos por cristaleras. No le hicieron un grato favor. Ver cada día el reflejo de todos mis compañeros desfilar por delante de los ventanales me hace pensar en la transparencia.

Aquí, todos se las dan de ser sinceros, afables y abiertos. Sin embargo, cada uno tiene su manada. Nosotros, los miembros de los Timberwolves del William Mayo, no nos mezclamos con inadaptados, raritos, frikis o empollones. No somos los populares, esa etiqueta se perdió en el momento que los canales de YouTube o las redes sociales cobraron más importancia de la que deberían tener. Hoy, las celebrities del instituto son Ricky Title, un chico greñudo que hace vídeos sobre experimentos caseros para su millón y medio de suscriptores, Erica Derry, la chica de las versiones de canciones más popular del estado, o Ty Meetmore, el idiota de mi curso que se pasa todo el día haciendo el payaso en TikTok.

Cristaleras y algo de ladrillo, como enormes pantallas en las que mirarse y darte cuenta de que no te gusta lo que ves.

El interior no mejora la experiencia. Cuando entro me invade un fuerte sentimiento de insignificancia. Pasillos blanqueados interminables para aprovechar la luz exterior. En Valley Rock estamos comprometidos con el medio ambiente. «Hashtag, gilipollas».

Las taquillas ya las usaron mi abuelo, mi padre y apuesto que las usarán mis nietos, si llego a tenerlos algún día. El metal está oxidado y el azul de la pintura parece gris. Las pancartas que animan al equipo ocupan gran parte de las paredes, siempre en el mismo lugar. Juraría que detrás de ellas hay manchas de humedad y por eso no las quitan nunca. Los baños apestan. La cafetería se moja los días de lluvia. Las aulas parecen celdas.

Si pretenden crear un ambiente de estudio aquí, deberían trabajar en pos de eliminar la sensación de que nos encontramos en un psiquiátrico abandonado.

Lo he intentado como presidente del Consejo de Estudiantes, pero es una batalla perdida. Me va mejor con el tráfico de influencias.

A primera hora, las zonas comunes parecen el Mall of America un día de rebajas. Da igual que sea el mayor centro comercial de Estados Unidos, si puedes ahorrarte algo de pasta en unos vaqueros, todos acuden como mosquitos a una charca. Melenas rosas y verdes, abrigos viejos y chaquetas de moda, rostros de acné y labios pintados… Una fauna extraña que encuentra la armonía en el caos mañanero.

Alguien me cubre los ojos desde atrás con las manos. No tengo que girarme para saber que se trata de ella.

—Buenos días, Jessica.

—Buenos… —dice, antes de besarme—. Días —termina después.

Sacudo los hombros en señal de protesta.

—¿Qué ocurre? —me pregunta, mientras aparta su brillante y rubio pelo del rostro. Resulta tan artificial…

—Ya sabes que no estoy cómodo con las muestras de afecto en público.

—Lo siento, bombón, pero es mi manera de marcar el territorio frente a las hienas. Desde que te nombraron presidente del consejo estudiantil, las zorras se te rifan. Además —La pausa dramática no sirve si mantienes una radiante sonrisa, pero a ella no le importa—, estoy deseando que llegue esta noche. No olvides tu promesa…

—Buenos días, Jess —dice Chris, anulado por completo para ella.

—Ah, hola.

Me coge del brazo para seguir hacia clase de Cálculo.

Chris se mofa a mi lado y me clava el codo. Sabe que no soporto el comportamiento de mi chica, tan dulce que te pudre los dientes. Aunque hay algo más allá de hacerme rabiar. Él comentó que estaba colado por ella desde séptimo grado. Creo que le irrita vernos juntos.

Sin embargo, para mí es solo una estrategia, un modo de asegurarme la entrada en el Macalester College. Como el Consejo de Estudiantes. Todos son puntos extra para mi expediente. El padre de Jess es uno de los decanos de la universidad. Creí que lograría soportarla todo este curso y así las puertas se me abrirían solas. Pero mi seguro contra pifias se tambalea. Cada día que pasa me es más difícil luchar conmigo mismo para mantener tantas mentiras y secretos. No sé cuánto durará esto, pero soy consciente de que no llegará a final de curso. Todo dependerá del partido de mañana, una oportunidad que nos ha brindado el padre de Jess. Ya la he utilizado suficiente. Son demasiados los besos, las sonrisas y las caricias en su coche. No quiero hacerle daño.

—¿Habéis pensado algo para esta noche? —pregunta Chris.

La maldita fiesta de bienvenida para los estudiantes de intercambio. Otra bala que esquivar.

—No, colega. De todos modos, no voy a probar el alcohol. Ya sabes…

—Sí, Payton, el puto partido de mañana.

Este sí es el Chris Hoffman de estos días atrás.

—Es importante, Chris. No todos tenemos el futuro asegurado en la empresa familiar.

—No digas tonterías, cielo —interviene Jess, quien sigue tan sujeta a mi brazo que mi mano empieza a dormirse—. Iremos juntos a Macalester. Papá se ocupará.

Chris sonríe de un modo irónico, porque me conoce bien. La idea de compartir la universidad con Jessica me provoca escalofríos.

—Siempre tendrás un puesto en Pine Bend.

—Que tu padre sea uno de los accionistas no me asegura nada —le digo a mi amigo—. Y ya sabes que odio ese olor. Cuando mi padre llega a casa los sábados me dan arcadas.

—Como quieras, tío.

Entramos en clase de Cálculo, donde el profesor Miller nos espera de brazos cruzados.

—Ya era hora —dice, ajustándose las gafas del grosor de las ventanas.

—No ha sonado el timbre —nos defiendo.

—El timbre no funciona, Payton. En este centro todo está roto. Sentaos.

—Sí, deberías hacer algo, presidente —comenta Amy Chambers, mi rival en las pasadas elecciones al consejo y enemiga política.

La mando a paseo con un claro gesto de mi mano.

—Silencio, por favor —solicita el señor Miller.

Me dejo caer en mi pupitre, junto a Bethany Brown, la chica que siempre me ha fascinado. Un simple problema nos separa. Quizá dos, pero Jess tiene los días contados. El verdadero reto es su inteligencia, pues mi estupidez es demasiado tangible como para intentar algo con ella. Soy un cobarde si no veo propósito alguno, esa es la verdad.

—Buenos días, Correcaminos —me dice, mascando chicle. Siempre con chicle.

Antes me llamaba Con. Cuando entré en el equipo el curso pasado, comenzó a llamarme así. Y me encanta.

—Buenos días, Beth.

Es algo increíble cómo me absorbe esta oscura chica. Su indumentaria diaria, de estilo gótico, no le resta importancia a su extraña belleza. Llevo a su lado desde cuarto grado y continúo hipnotizado por su salvaje aspecto. Pelo cobrizo con alguna trenza loca perdida en él, ojos negros, labios…

Escucho el murmullo amortiguado de Chris, a mi derecha, quien mira por debajo de mi mesa. El instinto me ha traicionado.

—Pay, relájate o tendrás que cambiarte los pantalones —me susurra, sin dejar de mirar mi problema.

—Cállate.

—¿Qué ocurre, Payton? —dice el profesor Miller—. ¿Acaso se ofrece voluntario para resolver esto?

Señala hacia la pizarra.

—No, profesor. No es nada.

—Venga aquí. Ilumínenos con sus dotes.

Chris es incapaz de aguantarse la risa y estalla.

—Hoffman, será el siguiente —Miller insiste con su mirada.

Miro hacia abajo, a mi entrepierna.

—Payton, no tenemos todo el día. Creí que necesitaba un expediente impecable para Macalester…

—Sí, solo…

Vuelvo a mirar mi pequeño desliz, no tan pequeño en este instante. Los nervios parecen haberle otorgado más fuerza y vigor.

—Connor Payton, es la última vez que le pido que se levante.

—Está bien —respondo, al mismo tiempo que retiro mi silla del pupitre.

—Yo lo haré, señor Miller —dice Beth con la mano en alto.

También mira mi zona abultada y me sonríe.

—Salvado por su compañera, Payton. Ya puede darle las gracias.

—Sí, Correcaminos. Ya me darás las gracias.

Beth me guiña un ojo y Jess gruñe detrás de mí.

La mañana transcurre como cada día, salvo por el hecho de que estoy obligado, como presidente del consejo, a realizar el tour de los estudiantes extranjeros por el William Mayo. Lo positivo de la experiencia es no tener que aburrirme con la profesora Alden, una gran profesional de cómo fabricar tu propio compost. Es demasiado asqueroso cuando la clase de Biología se transforma en un tutorial para hacer de tu mierda un potente fertilizante.

La charla sobre la fiesta continúa durante el almuerzo en la cafetería, donde Chris y yo nos reunimos con algunos del equipo. El día antes del partido todo son proteínas y porquerías en el menú. Pollo, fruta, avena con leche sin lactosa, muesli, zumo natural de rábano negro… Nuestra mesa tiene un aroma a fruta y clase con Alden.

—No quiero locuras esta noche —dice Alan Monroe, nuestro quarterback.

No soy fan de Monroe, aunque la última charla que mantuvimos ha saneado nuestra relación deportiva. Pero solo eso, porque Alan Monroe es un capullo de cojones.

—Eso no depende de nosotros, capi —comenta Chris, quien se dispone a hacer un gesto obsceno—. Eso depende del mercado extranjero —y comienza con la explicación visual de brazos y cadera.

No comprendo a Chris. Ayer tuve que convencerlo para tomar unas cervezas frente al fuego y hoy es una montaña rusa de reacciones. Su inestabilidad emocional es imposible.

—Preocúpate por el ojeador, Hoffman. Mañana podría ser un gran día para algunos de nosotros.

—Haz caso a Alan —le aconsejo a mi amigo—. Es una gran oportunidad.

—Cállate, Payton. Estás tan dentro de esa universidad como de Jessica O’Hara.

Todos ríen el comentario de Alan. La verdad es que no hemos pasado de la tercera base. No voy a negar que ha habido tocamientos, aunque nada más. Por esa razón, Jessica trata de embaucarme cada fin de semana. Puede que ella esté preparada para marcar un touchdown, pero yo no. Aún me queda una pizca de honestidad. Estoy con ella por un motivo puramente egoísta, no por sexo.

Vuelvo a casa después del entrenamiento. El entrenador Hasting nos ha animado a dar lo mejor de nosotros mañana y nos ha advertido de que estará en la fiesta de esta noche como vigilante. Han pasado muchas cosas desde principio de curso, cuando le pillé en el almacén de deportes con la profesora Cass de Química… Me dejó claro que ambos estaban casados y tenían mucho que perder. Aquel día dejé de calentar el banquillo en los partidos, como exigí. Él prometió ayudarme a conseguir la beca deportiva. Al igual que yo le he prometido al equipo que volveré del partido de mañana con un precontrato firmado con el Macalester College. Chris se ha burlado de mí. Comprendo que se sienta amenazado. Juega en mi misma posición en el campo y alguien debe mantener la temperatura de la zona de suplentes. Si logro brillar, él quedará al resguardo de mi sombra. Así son las cosas en esta vida, una competición continua. Y no me gustaría que fuese de otro modo. Merecemos el valor que somos capaces de otorgar a nuestros méritos.

Mañana voy a dejarme la piel. Los sueños están para cumplirse.


La música suena. Es el tema de Only Love Can Hurt Like This de Paloma Faith.

Destello.

Discuto con Jessica en mitad del gimnasio. Todo mi alrededor está decorado con motivos internacionales: una torre Eiffel gigantesca hecha de cartón, el Big Ben de papel brillante…

Destello.

Ahora suena Champion de Fall Out Boy.

Destello.

El equipo al completo salta como dementes al bailar.

Destello.

Me sirvo otro ponche mientras escucho las notas de Mr. Brightside de The Killers.

Destello.

Empiezo a sentirme mal. Amy Chambers me mira con una sonrisa cuando la veo en el pasillo de los baños. Puedo oír la voz de Taylor Swift y la letra de Look What You Made Me Do salir del gimnasio.

Destello.

Corro lejos de la fiesta, dejo el instituto y me cruzo con Beth. Mi cabeza estalla con Run Boy Run de Woodkid.

Destello.

Llego a casa, exhausto. Me cuesta respirar. En mi mente hay ecos de Believer, la canción de Imagine Dragons.

Destello.

Me arrastro por las escaleras. Llego a mi habitación. Oscuridad. Luz.

Caigo sobre la cama y me arropo. Tengo mucho frío.

Y muero.


Regreso al presente, a la cocina de casa, donde continúo sentado. Todo vibra a mi alrededor. O quizá sea yo quien tiembla de arriba abajo. Siento ese impulso de vomitar, aunque sé que sería inútil. Los muertos no hacen tal cosa. Esto no puede ser verdad. Acabo de pensar en mí mismo como un muerto. Un maldito cadáver. ¡Joder!

Mamá no está, puedo oírla arriba.

Grito con todas mis fuerzas, pero nadie me oye.

Descuelgo el espejo de la entrada y lo lanzo contra el suelo. Se hace añicos. Nadie se alarma.

Me dirijo a la puerta de casa. Necesito salir de aquí, correr… Agarro el pomo y mi mano se desvanece al tocarlo.

«¿Qué? Acabo de coger el espejo…».

Pero ese espejo no era real, ni el vaso que rompí en la cocina tampoco.

Corro hacia la puerta con toda la rabia que me ahoga. Cierro los ojos. Cuando siento la claridad vuelvo a abrirlos. Estoy fuera de casa.

Y corro.

La música, esa estúpida música, vuelve a mis oídos.

Miro hacia la casa de los Reynolds y me detengo. Caleb lleva las bolsas de basura hasta los cubos, saltando al ritmo de Dance Monkey de Tones and I que sale de su bolsillo.

«El teléfono», pienso.

Tengo que intentarlo, quizá por teléfono puedan oírme.

Alcanzo al idiota de Caleb, intentó llamar su atención de alguna manera.

—Eh, colega —digo frente a él.

Ocurre algo que me produce un irremediable asco. Porque, al tratar de frenarle, Caleb me atraviesa. Sin duda soy un puñetero fantasma. Me guardo la repulsión y sigo gritándole.

—¡Joder, colega! Escúchame de una maldita vez.

Él actúa como siempre, bailando con pequeños saltitos y cantando una letra que no se sabe. La música y la situación amenazan con superarme. ¡Voy a explotar!

—¡Caleb! —chillo con toda la capacidad de mis pulmones antes de que Caleb vuelva a atravesarme.

Entonces, ocurre lo más extraño.

Vuelvo a sentir la brisa, la luz del sol me calienta el rostro. Siento el peso de mis brazos y piernas. Camino hacia casa de los Reynolds.

«¿Cómo?».

Me detengo a un paso de la puerta. Miro hacia abajo para ver mi cuerpo. Llevo el pijama del Capitán América que el infantil de Caleb tenía puesto. El suelo está más cerca que de costumbre y con la tripa solo veo la punta de los pies.

Levanto la mirada hacia el cristal de la puerta.

No soy yo quien aparece reflejado en ella.

Es Caleb.

—¡Mierda! —escapa de mi boca, o de la de Caleb.

—¿Quién ha dicho eso? —oigo en mi cabeza—. ¿Cómo he llegado a la puerta?

Sube la mano y se acaricia con ella el rostro, aunque supongo que soy yo quien necesita ser pellizcado.

—Caleb…, ¿eres tú? —pregunto en voz alta a su imagen del cristal.

— ¿Connor? ¿Connor Payton?

—Necesito tu ayuda.



Sueño de una noche de verano

Son muchos los que aman el verano. Las clases desaparecen, el clima es cálido, la ropa encoge… Todo parece diseñado para permanecer en la calle la mayor parte del día. Sin embargo, nadie se detiene a pensar que durante los meses de vacaciones las personas se vuelven irresponsables, o más irresponsables que de costumbre. Exposiciones al sol que provocan quemaduras en el mejor de los casos, y cáncer en los más ineptos, juerga, desenfreno, contagios por pasiones enterradas durante el resto del año… Si se analiza, la época estival fue creada por el ser humano para cometer errores. Después llega el otoño, meses en los que se trata de comprender el alcance de los hechos veraniegos. En invierno todos juegan a las máscaras y se sientan a la mesa rodeados de familiares, mientras ponen cara de «todo va bien» con la más falsa de las sonrisas. Durante la primavera, aquellos disparates ya parecen menos graves bajo el sol y sobre el césped del parque. Entonces, llega el verano un año más, la oportunidad perfecta para ocultar los viejos errores con otros nuevos. La estupidez humana hecha calendario estacional.

Connor Payton no solía ser de esos jóvenes que tropiezan una y otra vez con la misma piedra. La presión social no fue nunca un inconveniente para él, aunque no tanto para sus hormonas adolescentes. El último verano, sus primeras vacaciones como miembro de los Timberwolves del William Mayo, resultaría muy diferente. Y así, tipo reminiscencia, esto fue lo que ocurrió a modo de flashback:

La creciente popularidad de Connor entre las chicas más sencillas de mente del instituto, entiéndase como idiotas, le llevó a recibir invitaciones para las fiestas que se celebrarían durante las vacaciones. Tal era la importancia que el nuevo Connor daba al asunto, que se negó a las vacaciones con sus padres en Canadá. Solo en casa. Diecisiete años. Bomba de equivocaciones.

Chris, el bueno de Chris Hoffman, un joven carismático que acabó convirtiéndose en su mejor amigo, le convenció para dar una fiesta en casa sin precedentes.

Más errores.

Alan Monroe, quarterback de los imbéciles, se haría con el alcohol mediante un carné falso. Chris, el bueno de Chris Hoffman, hay que repetirlo, pondría la música: temas de rap que hablan de la dominación masculina, la delincuencia y las drogas. ¡Drogas! Sí, la química correría a cargo de Brian Jones, el chico con granos que guarda una caja de pañuelos de papel y un bote de lubricante en el cajón de su mesita de noche, y a quien solo invitan a los eventos para salpimentar las mentes podridas de la juventud.

La decoración, con elementos como un bol con preservativos, otro con hierba y una docena de botellas de vodka, aclaraba a los más despistados las intenciones de aquella fiesta.

El cóctel estaba servido.

¡Qué comience el espectáculo!

La casa de los Payton, una vivienda familiar americana de clase media, vibraba con un centenar de jóvenes dando saltos en el salón, la cocina y las escaleras. La banda sonora del ritual, Start a Riot de Beginners y Night Panda, salía de los altavoces instalados en el comedor y amenazaba con romper el jarrón de cristal que la madre de Connor tiene reservado para el ramo de rosas del Día de San Valentín. El jardín trasero fue tomado de manera instantánea por los primeros invitados, compañeros de clase de Connor a los que no había visto nunca. Pero así son los jóvenes de hoy, un rebaño que sigue al resto sin preguntarse dónde o por qué. Son convencidos con una tendencia viral en las redes sociales que acatan como si fuesen leyes de estricto cumplimiento. Las leyes de verdad son todo obligaciones y castigos para hacer de ellos seres subyugados. Pobres críos ciegos…

Si la primera mala decisión de Connor fue celebrar la fiesta en casa, la segunda entraba por la puerta. Se trataba de Jessica O’Hara, una chica con demasiadas expectativas para ser una amante de los realities. Para Chris había entrado un problema en forma de chica que podría distanciarles. Para Connor una chica más, aunque su opinión estaba a punto de cambiar.

—Voy a por una servilleta. Se te cae la baba —comentó a Chris.

Jessica se fijó en los chicos y aprovechó la ocasión para ajustarse el vestido dorado que resaltaba la juventud de su parte más… inflamada, por así decirlo.

—Es solo una chica con un vestido demasiado elegante para esta fiesta —dijo Chris.

—Sí, olvidé poner la alfombra roja en la entrada para la pija de Jessica —bromeó Connor.

—Deberías llevarte bien con ella. Su padre es decano del Macalester College —le advirtió su amigo—. ¿No es allí donde te gustaría estudiar?

Para Connor, aquellas palabras sonaron a marcha triunfal, a Pompa y circunstancia de Edward Elgar. Le entregó su cerveza a Chris y emprendió camino. No se dirigía hacia la chica. Caminaba hacia la universidad, con la banda local tocando el tema de su victoria.

—Hola, Jess.

—Connor, ¿verdad?

Asintió, cautivado por sus sueños, no por los bucles de mantequilla de Jessica.

—Bonita fiesta —observó ella.

—Vayamos a por una copa.

Cuando se trataba de sus sueños, la timidez era solo un rumor lejano para Connor.

Chris los siguió hasta la cocina.

—Eres un cabronazo, Payton —susurró su amigo cuando tuvo la oportunidad.

—Espero ser un cabronazo que sabe bailar, porque pienso invitarla.

Chris volvió a quedarse a solas.

Connor había puesto en marcha su plan maestro: en caso de necesidad, tírese a la hija del decano. Se unió a la masa amorfa de cabezas engominadas con algún que otro brazo alzado en señal de «momentazo» cuando sonaba Burn Out de Martin Garrix y Justin Mylo. Buscó a Jessica en la selva de rostros histéricos y se pegó a ella de tal modo que incluso se arañó el vientre con las lentejuelas doradas de su vestido.

La noche solo precisaba tiempo, el suficiente para que Connor olvidará su tímida personalidad y el justo para que Jessica confiara en que su pareja de baile era un buen partido.

El tercer error…

El clímax perdió el control con el cigarrillo de marihuana que ambos se fumaron en el jardín de atrás, ella sentada en el columpio de Daisy y él en el suelo, admirando la perfección de sus intenciones.

Todo se fue al traste con la visita inesperada de Bethany Brown, la chica que hizo que a Connor le brillase la mirada. Pero Beth no traía buenas noticias:

—Eh, Correcaminos, mi padre está aquí.

Connor estaba perdido en la tenebrosidad de Beth.

—¡Connor! —insistió ella, con un toque de atención a modo de patada—. El sheriff acaba de aparcar el coche en tu puerta.

—¡Mierda! —exclamó él.

Se levantó de un salto y sintió por primera vez los efectos narcóticos de la hierba. Su mundo daba vueltas y vueltas y vueltas… Hasta que acabó vomitando las cervezas.

—¡Vamos! —dijo al agarrar a Jess de la mano y tirar de ella.

—¡De nada, idiotas! —les gritó Beth a lo lejos.

Connor y Jessica salieron por la puerta de la verja del jardín hacia la calle trasera. Corrieron a la velocidad que el ajustado vestido de la chica le permitía. Se refugiaron en el parque del vecindario, bajo el complejo infantil con forma de nave espacial. Y allí surgió la magia de las drogas, el alcohol y los errores.

Desde aquel día, él era su chico y ella su chica. Infelices para siempre. Aunque eso de siempre le quedaba grande a Connor.

El verano avanzó como lo hizo el falso amor adolescente. Una fiesta tras otra. Besos. Caricias. Suspiros, miles de ellos. Porque a Connor no le interesaba Jessica ni en sus momentos más… íntimos. Para poder tolerarlo, cada mañana se miraba al espejo y se repetía: «Bienvenido al Macalester College, señor Payton». Aquello fue su terapia, la manera de sobrellevar la mierda en que se había metido. ¿Merecen la pena los sueños a cualquier coste?

Connor habría llevado una vida excelente aun sin Jessica de por medio. Era un hijo maravilloso. Un hermano ejemplar. Un buen estudiante con un amigo en quien confiar. Porque, a pesar de los sentimientos, Chris jamás se alejó de su lado. Ni siquiera cuando Jessica demostraba delante de todos lo que Connor despertaba en ella. Siempre le fue fiel. Quizá, demasiado. Y la verdad es que Chris admiraba y quería a su amigo Payton. Igual que Jessica amaba a su chico.

Sin embargo, hay un refrán para toda situación.

Y del amor al odio hay solo un paso.


Como de costumbre, Chris recogió a Payton en casa para ir a la fiesta y después pasaron a por Jessica. La promesa de una noche completa para el amor tenía a la joven inquieta, demasiado cariñosa. En el asiento de atrás intentaba por todos los medios comenzar con la velada privada entre ellos dos. No le importaba si Chris podía verlos desde su posición al volante.

—Jess, por favor, Chris está con nosotros —la detenía Connor cuando intentaba desabrochar su cinturón—. Vas a mancharme el traje.

—A Chris no le importa, ya ha visto en las duchas lo que yo quiero ver —replicó al subirse el vestido de vuelo blanco con estampados invernales.

Pero a Chris sí que le importaba, aunque nadie en ese coche lo supiera. Trataba de mantener el tipo que había fingido todo el día, y de verdad hacía un esfuerzo increíble, pero todos tenemos un límite.

—¿Qué te ocurre? —cuestionaba Jessica, enfadada—. No me tocas como debería hacerlo un chico con su chica.

—Ya sabes que estas cosas me dan cierto pudor. Te prometí que después de la fiesta sería tuyo. Disfrutemos la noche.

—Está bien, Connor Payton. Hoy no te escaparás.

Chris bajó la ventanilla. Necesitaba que el frío invernal calmase su ansiedad. No estaba, ni lo estaría jamás, preparado para lo que iba a hacerle a su amigo.

La última noche de Connor acababa de comenzar.


Malditos vecinos

De repente me encuentro dentro de Caleb, sin saber cómo salir o cómo he entrado. Él sigue aquí, en el interior de su cuerpo, y no deja de gritar.

—¡Cálmate, Caleb! Yo tampoco sé lo que ocurre.

—Sal de mi cabeza. ¡Sal de mi cabeza! —repite una y otra vez.

Continúo parado frente a la puerta de su casa sin saber qué hacer.

—Es una pesadilla. Es una pesadilla.

—Caleb, no es tal cosa. Por favor, escúchame.

—Quiero entrar en casa. Déjame pasar, Connor.

Juraría que está llorando.

—Estoy muerto, Caleb. No sé cómo, pero he muerto.

El sollozo cesa un instante.

—He despertado así, como un fantasma, supongo —le explico y, a medida que lo hago, me dan ganas de romper a llorar también—. Ojalá se tratase de una pesadilla… Puede que lo sea. Aunque me temo que es real.

Caleb sigue en silencio.

—He intentado hablar con mi madre… —Sí, estoy llorando—. Tenía que salir de casa. Ellos aún no saben nada. No quería estar ahí cuando descubrieran mi cadáver en mi habitación…

El llanto toma el control del cuerpo de Caleb y lloramos juntos delante de su puerta.

—¿Connor? —oigo en mi cabeza, en la de Caleb—. Connor, yo…

—Cariño, ¿qué ocurre?

La señora Reynolds me ve desde el interior a través del cristal. Acude en busca de su hijo, que llora en la puerta de casa después de tirar la basura. Pero no es él, sino yo.

Lleva la cabeza cubierta de rulos y unas gafas demasiado pequeñas para su rostro en la punta de la nariz. Siempre ha mirado por encima de ellas.

—Cielo… —dice, ayudándome a entrar—. ¿Por qué lloras?

Caleb se ha quedado mudo y a mí me ahogan las palabras.

—Cal, habla. Me estás asustando, cariño.

—Dile que ha sido por la canción —susurra Caleb en mi interior como si su madre pudiese oírnos.

—Es por la canción…

—¿Otra vez escuchando Wrecking Ball? —cuestiona la señora Reynolds.

«¿Caleb llora con una canción de Miley Cyrus?».

Yo asiento con el rostro de su hijo.

Esto es demencial.

—Ya te dije que la eliminaras de tu lista. —Me acompaña hasta la cocina—. Siéntate, te prepararé un batido de chocolate.

—No, estaré en mi habitación —digo con la voz de Caleb.

Si le digo a Greta Reynolds que soy el fantasma de Connor Payton encerrado en el cuerpo de su hijo… Ni yo me creería algo así.

Dejo la cocina y subo las escaleras. Conozco la casa de los Reynolds. Son muchas tardes las que hemos pasado Caleb y yo juntos.

«Nunca hemos estado tan juntos como ahora».

—Puedo oír tus pensamientos, ¿sabes?

Su voz suena demasiado fuerte y casi tropiezo en las escaleras.

—Joder, Caleb, me has asustado —susurro.

—Dijo el fantasma… Es subiendo a la derecha.

—Recuerdo dónde está tu habitación.

—Entonces soy yo lo único que has olvidado.

Otro maldito silencio. No puedo defender algo que no tiene sentido. Solo dejé de verme con Caleb porque el equipo le creía un pardillo, un chico con gafas que odiaba el deporte. Y lo era, claro que lo era. Como yo. Nos pasábamos el día entero jugando a la videoconsola, creábamos comunidades de jugadores en red y recorríamos el mundo para batirnos en duelo. Escuchábamos la banda sonora de nuestros animes favoritos y nos grabábamos en vídeo caracterizados como los personajes al cantar las canciones de las cabeceras. Sí, éramos los mejores amigos, pero no podía seguir siendo así si quería ser alguien en clase.

Al entrar en la habitación me doy cuenta de que Caleb sigue siendo Caleb, el amigo divertido y espontáneo con quien jamás me aburría. Tiene las paredes cubiertas de pósteres de series japonesas, cómics y películas de todo tipo. Predomina la inclinación marvelita, pues hay como medio centenar de figuras de acción de superhéroes de Marvel en una estantería junto al escritorio del ordenador. Aunque también veo algún que otro Batman y Superman. Frente a su cama hay una diana con varias fotografías agujereadas en ella y en su mesita de noche un juego de dardos.

—Sí, estás ahí —me advierte—. Junto a Ben Affleck con la máscara de Batman. Los dos me decepcionasteis.

— ¿Por esa razón atraviesas mi foto del anuario con un dardo todas las noches?

—Te equivocas, Connor.

— Pues ya me dirás qué hago en la diana…

—No lo hago por las noches, es todas las mañanas. Me ayuda a levantarme con energía y buenas vibraciones.

—Gracias, Cal.

—De nada.

Me miro al espejo de la habitación, cargado de viejas pegatinas coleccionables de Naruto.

—¿Qué te ha pasado? —pregunta Caleb al mirarme fijamente en el reflejo.

—No lo sé, colega. Ayer dejé la fiesta porque me sentía mal, aunque no recuerdo detalle alguno de nada. —Miro los ojos de Cal y me pierdo en ellos—. Me arrastré hasta mi habitación y supongo que allí ocurrió.

—El qué.

—Mi muerte…

Giro la cabeza para ver mi habitación desde la ventana de mi vecino. Sé que sigo ahí, en la cama, sin vida. Es extraño pensar en la muerte así. Ya me ocurrió cuando murió Duster, nuestro labrador retriever y un miembro más de la familia hasta mis catorce años. Duster fue para mí más que un perro. Siempre me seguía a todas partes. Incluso me acompañaba al bus de clase y me esperaba en la acera al llegar. Me pasaba horas jugando con él en el jardín después de estudiar mientras Duster dormía su siesta diaria. Nunca he dejado de echarle de menos, su ausencia aún duele. Cuando murió de cáncer me era imposible estar en casa sin mi gran amigo a mi lado, yendo de un lado a otro en busca de algo que llevarse a la boca. Las noches sin él a los pies de la cama se volvieron frías y solitarias. Algo así siento ahora que soy yo quien se ha marchado. Es imposible no pensar que todo esto es mentira, una gran tomadura de pelo que ya dura demasiado y empieza a resultar insoportable. No puedo haber muerto. ¿Qué va a ser de mi familia ahora? ¿Qué va a ser de mí? No quiero desaparecer. Dejar de existir no estaba en mis planes, maldita sea. Debe tratarse de una broma. Una broma cruel y despiadada del puñetero destino…

Me acerco a la ventana y corro las cortinas.

—¿Qué haces?

—Mi madre no tardará en despertarme. No quiero verlo.

Vuelvo al espejo.

—Espero que no sea Daisy quien me encuentre.

Freno el llanto que se empeña en salir.

—Connor, siento ser un insensible, pero tenemos que arreglar esto.

—¿A qué te refieres?

—Tienes que salir de mi cuerpo, devolvérmelo.

—Tienes razón, pero no sé cómo hacerlo. Ni siquiera supe entrar. Solo… ocurrió.

—¿Cómo fue? ¿Qué hiciste o pensaste? —insiste Caleb, y le comprendo.

—Intentaba hablar contigo, llamar tu atención. Me atravesaste como si fuese de aire. Te grité. Te llamé. Hice aspavientos…

—Vuelve a hacerlo.

Me preparo frente al espejo, sin apartar la mirada.

—Caleb, te devuelvo tu cuerpo —digo.

Nada.

—Caleb, quiero salir —pruebo, pero el resultado es el mismo.

—Maldita sea —oigo a Cal.

—Tranquilo, te devolveré tu cuerpo antes de que me claves un dardo en la cara o algo así.

—¿Te parece el momento para hablar de eso? —pregunta.

—Ya sé que fui un imbécil, pero no por eso merezco esto.

Me siento sobre la cama, derrotado.

—Claro que no mereces esto, Connor, pero quiero recuperar mi cuerpo.

—Lo siento, no sé hacerlo.

—Si te soy sincero, no creo que sea real —comenta Cal—. Juraría que sigo en la cama, soñando este absurdo reencuentro paranormal.

—¿En serio?

—Sí.

—Probemos una cosa.

Pellizco el brazo de Caleb con fuerza, hasta que él se queja y yo lo soporto, porque también me ha dolido.

—¿Qué ha sido eso? —pregunta.

—Nos he pellizcado.

—No seas idiota, eso no funciona para despertarse de una pesadilla.

—Qué sugieres para convencerte…

—No sé, piensa en alguna historia de fantasmas y posesiones.

—¿Tengo que potar una cantidad imposible de algo verde para que me creas, Cal?

—¡Ya lo tengo! —grita.

—Baja el tono, colega. Me va a explotar la cabeza.

—Coge algo para leer. Sin mis gafas, no podrás leerlo.

—¿Qué?

—Que seas un fantasma que ha poseído mi cuerpo no quiere decir que hayas reparado mis ojos. Eres un espíritu o alma o lo que sea, pero no un dios —me explica.

Me levanto y cojo el libro de Francés de su escritorio.

—Adelante, ábrelo y lee —me pide.

Abro el libro por cualquier página y trato de leer. El texto se empaña de tal modo que me es imposible. Todo está borroso.

—No veo una mierda.

—¡Bingo!

Incluso Caleb necesita un instante para darse cuenta de que su teoría se ha ido al traste.

Él no está soñando.

Yo estoy muerto.

—¿Bingo? —le pregunto—. Eso quiere decir que no estás soñando, según tu profesional conocimiento sobre realidad y sueño.

—Ya… Lo siento.

—¿Por qué?

—Porque entonces estás muerto.

—Y tú atrapado en tu cuerpo conmigo dentro.

—Menuda mierda…

Me tumbo en la cama de Caleb. Las sábanas huelen a lavanda. Odio el aroma a lavanda. Me recuerda a los baños del centro comercial. Y, por consiguiente, me recuerda que ya no estoy vivo. No más helados de Ice World, el único lugar del mundo con helado de cerveza sin alcohol.

—¿Por qué me han entrado ganas de comer helado? —pregunta Caleb.

—Cállate, colega, a no ser que tengas el número de los Cazafantasmas —le digo con apatía.

—Querrás decir las Cazafantasmas.

—No me jodas más de lo que estoy. Eso que hicieron fue una aberración.

—Bueno, no conozco a ningún cazador de fantasmas, pero podemos probar con alguien que sabe de rollos astrales y esas cosas.

—¿Doctor Strange? —murmuro con sarcasmo.

—Bethany Brown.

Salto tan rápido de la cama que siento cómo el desayuno de Caleb sube hacia la garganta.

—¿Has comido gofres para desayunar? —le interrogo al sentir el sabor en la boca.

—Sí, un par.

—Deberías cuidarte un poco, Cal.

—Supongo… Cuando perdí a mi único amigo me dio por comer.

—Está bien —le interrumpo—. Siento mucho haberte dejado tirado. Siento que tu vida se fuese a la porra cuando entré en el equipo. Siento que hayas engordado por mi culpa. Pero soy yo quien está muerto. Ten un poco de compasión, joder.

Un silencio más. Ya he perdido la cuenta de cuantos.

Pero el grito de mi madre rompe la afonía del momento. Su desgarrador llanto llega desde mi habitación y me hace pedazos. Intenta despertar a su hijo. Intenta que mi hermana pequeña no me vea sin vida. Llama a Emergencias y es imposible comprender lo que dice. Porque está destrozada. Sea lo que sea lo que me ha ocurrido, acaba de hundir a una familia en la más oscura realidad.

Siento que el aire se detiene en la garganta de Caleb. Me asfixio, aunque no creo que pueda volver a morir. Pero Caleb sí. Me obligo a respirar, trato de evitar que la crueldad del momento haga sufrir a Caleb.

—Connor —oigo su voz, esta vez con tono delicado—. Entonces… ¿Estás muerto de verdad?

—Sí —respondo al absorber el dolor por la nariz.

Las lágrimas no se oyen, pero las percibo como cuchillas por el rostro.

Puedo sentir la tristeza en Caleb. Su mutismo esconde los sentimientos por un amigo que no merece su llanto.

—Vayamos a ver a Beth —resuelvo.

No puedo seguir parado mientras mi madre se deshace junto a mi cuerpo.

«Lo siento, Daisy», pienso en mi hermana. Y en papá.

Aunque he olvidado que Caleb escucha mis pensamientos, él continúa en silencio.

Un silencio abrumador que en casa durará una eternidad.

El silencio de mi voz.



50 sombras de Hastings

Pocas cosas son más peligrosas que las obsesiones. Porque todos pasamos por ellas más de lo que nos gustaría admitir. El encaprichamiento temporal puede hacer mucho daño si no se sabe controlar. Roba el sueño, destroza momentos y es el motivo de los comportamientos más extraños que somos capaces de manifestar. Cuando algo, ya sea una idea, un deseo o una preocupación, se mete en la cabeza de una persona, se aloja en sus entrañas como un parásito y, como tal, se alimenta de sus sueños más anhelados, que no tienen por qué hacerse realidad nunca. Y ¿qué ocurre cuando las ambiciones más profundas no se cumplen? Que la obsesión muta a un sentimiento que manda al traste todos los planes: la locura. Obsesionarse no es más que un tipo de demencia. Y pocas locuras son sanas.

Para el joven Connor, su obsesión por estudiar en Macalester College le había colocado a su lado a una chica desafortunada en el amor. Jugar con los sentimientos de alguien podría diagnosticarse como psicopatía o algo igual de feo. Desde luego, no es una cualidad para resaltar en un currículo. De cualquier manera, lo que el chico había experimentado puede denominarse «el salto». Sí, ese salto que se da para pasar de la obsesión a la locura. Aunque, por tremendo que parezca, no acaba ahí el recorrido de los obsesos… A algunos les cuesta incluso la vida.

El verano terminó de la mejor manera que pudo hacerlo: de repente, por ejemplo. Cuando Connor quiso darse cuenta, las clases estaban a punto de comenzar. Un nuevo curso. Un nuevo Connor. Ahora tendría que afrontar los problemas de juventud con una chica de su mano. Chica a la que no quería realmente y a quien soportaba cada día un poco menos. Pero un soldado no flaquea a las puertas de la victoria, ¿verdad? Connor aguantaría como fuese en una relación tóxica y sin futuro solo para asegurarse una plaza en su ansiada universidad.

El olor a libro nuevo no era lo que Connor amaba de aquel primer día de instituto después de unas vacaciones de locos. Su alzamiento de don nadie a envidiado por muchos, lo que Disney llamaría From Zero to Hero, prometía haber cambiado para siempre su perspectiva del mundo estudiantil. Todos conocían su nombre. Nadie se atrevería a toserle. Había comenzado su carrera hacia el éxito. Estos jóvenes…

El primer cambio le esperaba frente a casa. El bus de clase era para pequeños e impopulares y Connor sabía que su cordial relación con Bernard, el conductor del trasto amarillo con ruedas que siempre le había dado los buenos días, debía acabar. En su lugar, Chris aceleraba su carísimo coche en la calle como señal para su amigo de que la vida se les escapaba esperando. Menudos idiotas.

Connor salió de casa a saltos, igual que entró en el coche, mientras Chris despertaba a todo el vecindario con Roxanne de Arizona Zervas.

—Mola el tema —dijo al subirse al Dodge Challenger blanco.

Una clara mentira por parte del futuro fiambre, pues él era más de rock alternativo. De hecho, Connor odiaba el hip-hop.

—Por supuesto que mola, colega —respondió Chris—. ¿Listo para el nuevo curso?

—Espero que este año el entrenador me deje jugar algún partido. Solo me ha sacado para los minutos del final y exclusivamente si íbamos ganando.

—Para eso tendrás que superar al imbatible judío negro, chaval —dijo Chris al volante, señalándose a sí mismo.

—Podemos compartir las victorias.

—No con tu marca, Payton.

Aquel comentario de crítica deportiva, con cierta dosis despectiva, no hizo sonreír a Connor, pero sí a Chris. Porque, además de fingir con su chica, Connor debía hacerlo con su amigo.

—Vamos, no te pongas serio, tío —añadió Chris al verle—. Entrenaremos juntos. Ya verás que los dos conseguimos el trofeo estatal.

—Gracias, colega.

Los alumnos no tienen autorizado aparcar junto al edificio del William Mayo. Son las plazas reservadas al profesorado. Sin embargo, nadie en el instituto se atrevía con Chris Hoffman, hijo del principal benefactor del equipo. Gracias a Asaia Hoffman, importante accionista de Pine Bend, la refinería estatal, las instalaciones deportivas del William Mayo no son un despropósito total. Al igual que los uniformes del equipo. Aun así, Chris es bueno en el campo. No tuvo que comprar su lugar entre los Timberwolves, aunque sí resultaría complicado sacarle de él.

Los chicos entraron en el edificio como lo haría una estrella de cine. Saludaron a quienes lo merecían e ignoraron al resto, pura estupidez social. El momento de terror se acercaba y Connor podía sentirlo. Jessica se lanzó desde alguna parte hacia su chico y le plantó los buenos días en los morros.

—¿De dónde ha salido? —preguntó Chris.

—Yo siempre estoy al acecho —respondió Jess.

Los tres se abrieron paso por el pasillo principal mientras el resto de los alumnos miraban el desfile de glamur y vidas arruinadas. Miembros del equipo y alguna que otra animadora se unieron a la marcha de neuronas atrofiadas a medida que avanzaban por las cristaleras marcadas por manos sucias, labios pintados y frases del tipo: «Las clases apestan». El timbre sonó en alguna parte de manera intermitente como la bocina de un viejo coche destartalado. El altavoz continuó con la sinfonía de graznidos hasta que la voz rasgada del director Chambers provocó que todos se taparan las orejas.

—¡Queridos alumnos del William Mayo! —gritó para despertar a los más despistados—. Comienza un nuevo curso y… a lo largo del año escolar… os deseo…

El mensaje quedó empañado por los problemas técnicos de un sistema de audio demasiado antiguo.

—Menuda megafonía de mierda —comentó Chris al entrar en clase de Literatura.

La profesora Brendworth hizo oídos sordos a las palabras del chico. Era el primer día. Ya habría tiempo de reprender a los rebeldes.

—A los miembros de nuestro equipo… —continuó Chamber con el discurso—. Entrenamiento a la hora de Educación Física… Maldito centro asqueroso. Aquí todo está roto…

Fue lo último que se oyó.

—Bienvenidos un año más —interrumpió Brendworth para paliar la mofa multitudinaria que amenazaba con alzarse entre los jóvenes—. Es vuestro año final antes de pasar a la enseñanza universitaria. Espero que juntos logremos tomarnos este último trago de la mejor manera posible.

Bethany levantó la mano.

—¿Qué ocurre, Brown?

—Profesora, lo que esperamos todos es que no nos amargue el curso con lecturas aburridas. El año pasado nos obligó a leer un libro sobre la importancia de la fe en el mundo. ¿Para cuándo uno sobre la influencia de lo maligno?

—Para eso ya tenéis a Stephen King. No admitiré consejos sobre cómo llevar mi clase.

—Pero…

—Cállese, Brown. No estropee el primer día.

Connor miró a su compañera y no pudo evitar darle un like físico con el pulgar acompañado de una sonrisa bobalicona.

Un saludo tras otro, los profesores fueron dando la bienvenida a los alumnos mientras estos se dedicaban a otros menesteres. Como Brian Jones, el camello juvenil de moda, quien aprovechaba las clases para repartir entre sus compañeros una tarjeta de visita con su contacto en caso de precisar terapia narcótica para los estudios. O Ty Meetmore y sus breves vídeos durante las clases en busca de más seguidores en TikTok. Tampoco pasó desapercibido el nuevo look del profesor Zimmer y su barba hípster a sus cincuenta años.

Reencuentros tras las vacaciones, cambios de aspectos y algún que otro estirón. El primer día del curso siempre es una toma de contacto para todos, jóvenes y adultos. Lo que convirtió aquel día en una fecha señalada para Connor ocurrió después del almuerzo, durante la clase de Educación Física.

La mayor parte del equipo de fútbol cursaba su último año en el único instituto de Valley Rock. Coincidieron durante la clase de Educación Física, como anunció el director Chambers de un modo desastroso. Los Timberwolves a la derecha del terreno de juego y el resto de la clase a la izquierda. Alan Monroe llamó a las armas en cuanto todos estuvieron listos.

—Bien, chicos, el entrenador Hastings se retrasará un poco —informó el capitán del equipo—. Me ha pedido que comencemos con el primer entrenamiento y nos ha dejado esto aquí.

Alan señaló hacia el material que descansaba a unos metros de ellos. Protecciones, vallas de salto, testigos de carrera, neumáticos pintados con el gris azulado del equipo… Todo lo necesario para montar una pista de obstáculos y dejarse la piel recorriéndola durante una hora.

—¿Dónde están los conos? —se preguntó Alan al ver el material—. Payton, acércate al almacén de deportes y tráete una docena de conos. No podemos montar esto sin un pasillo de zigzag. Tenemos que entrenar los movimientos.

Connor dejó la formación para entrar en el edificio. Solo tenía que recorrer el pasillo de ciencias hasta la entrada al gimnasio. Allí, junto a las gradas, se encontraba el trastero que utilizaban para guardar el material del equipo de fútbol y gimnasia. Al abrir la silenciosa puerta esperaba escuchar el chirrido del viejo metal, pero no fue eso lo que le sorprendió. Se oía algo, sí, aunque nada tenía que ver con la puerta. Eran respiraciones, alientos de esfuerzos y algún que otro jadeo. Connor se adentró unos pasos. No necesitó más para ver el origen de aquel concierto de resuellos de placer.

El entrenador Hastings, con el pantalón corto a la altura de los tobillos, abrazaba con sus brazos las piernas que le rodeaban la cintura, mientras embestía contra quien fuese que estuviese al otro lado de la repugnante escena. Entonces, tras el enorme cuerpo de piel oscura, un rostro asomó por encima del hombro derecho del entrenador. La profesora Cass Sting, de la clase de Química, se encontraba ligeramente tumbada sobre la montaña de colchonetas antes de ver que alguien les estaba espiando.

—¡Joder! —gritó ella cuando vio a Connor.

—¿Qué…?

El entrenador miró hacia atrás en el instante que Connor se disponía a huir de allí.

—Mierda, es Payton —dijo Hastings.

—Ve tras él, esto no puede saberse.

Hastings se apresuró en guardar sus atributos y corrió detrás de Connor. Le alcanzó en las puertas del gimnasio.

—¡Payton, espera!

Connor se detuvo. La voz grave y autoritaria del entrenador Hastings siempre le había sacado su lado más obediente, pues le recordaba al imponente Michel Clarke Duncan.

—No sé lo que has visto, pero seguro que no es lo que parece. Si quieres seguir en el equipo, más te vale olvidar los últimos minutos de tu vida.

Connor no era un chico fácil de amedrentar. Devoraba las películas de terror con la intención de echarse unas risas a costa de sus estúpidos protagonistas. Sin embargo, no fue la valentía televisiva lo que le hizo reaccionar de una manera desafiante. Si Connor hinchó su pecho para estar a la altura de un hombre en forma con un metro noventa de envergadura fue por su obsesión. Siempre su maldita obsesión.

De manera fugaz, el chico pensó en cómo darle la vuelta a aquella embarazosa situación. Y Connor era el mejor en los juegos de improvisaciones. Así que dejó que la puerta del gimnasio se cerrara y se acercó a Hastings. Mientras lo hacía, se imaginaba fuera del equipo, volviendo a ser un joven sin demasiadas oportunidades de cara a la universidad. La relación con su billete directo al Macalester College se esfumaría en el instante de entregar el uniforme del equipo. Sería de nuevo como los chicos que le miraban por los pasillos. Una estrella estrellada en tiempo récord. No más fiestas. No más privilegios sociales.

Y supo lo que tenía que hacer.

—Verá, entrenador, pensaba olvidarme de todo. No me importa con quién pase el rato.

—Pero…

—Pero no voy a dejar que me amenace —sonrió el chico—. Ni siquiera me ha dado la oportunidad de decirle que no debía preocuparse.

—Pero…

—Pero lo ha hecho. Y lo hecho, hecho está.

—Suéltalo de una vez. ¿Qué es lo que quieres? —dijo Hastings con enfado.

—Quiero ser titular de hoy en adelante. Se acabó el banquillo para mí.

—No puedo hacer eso, Payton. Juegas en la misma posición que Hoffman y…

—Y su padre se deja la pasta en el equipo —le interrumpió el chico.

—Exacto.

—Haz lo que tengas que hacer, Marcus —dijo la profesora Cass a su espalda—. No voy a arruinar mi matrimonio por nadie. ¿Qué pensaría tu mujer si se enterase de que te han suspendido por esto? ¿Y tu hijo?

El entrenador se quedó en silencio y alzó la mirada hacia las vigas del techo del gimnasio, como si allí arriba se encontrara la solución a semejante enredo.

—Está bien, Payton —concluyó—. Pero te vigilaré de cerca. Si se te ocurre alguna jugarreta, desearás no haberte puesto ese uniforme jamás.

Hastings indicó con su enorme dedo índice la camiseta de Connor, donde la cabeza de un lobo sonreía con fiereza.

El joven continuó hacia el almacén. Había olvidado el motivo de su inesperada visita.

—¿A dónde va? —preguntó la profesora a su amante deportivo.

—Tengo que coger los conos. Es a lo que he venido —respondió el chico.

—Ah, Payton, entrena las recepciones. No puedo mantenerte en el campo si eres un negado al coger el balón.

En realidad, Connor temblaba de la cabeza a los pies. Poner a alguien como el entrenador Hastings en el paredón no era tarea para pusilánimes. Pero, a cada paso, sus miedos se iban escurriendo. Se los sacudía con una sonrisa discreta, pues el plan B se había puesto en marcha. Si la iniciativa Jessica fallaba, Connor ya tenía un as en la manga. Solo debía aguardar a uno de esos partidos a los que acuden los ojeadores de las universidades en busca de un diamante en bruto. La cuestión era asegurarse el triunfo y el nuevo tailback de los Timberwolves de Valley Rock acababa de hacerlo al más puro estilo del hampa sureño.

Connor fue sumando así enemigos en lugar de amigos. Porque la rabia del entrenador o el odio clandestino de la profesora Cass no fueron los únicos sentimientos que el chico despertó aquel día.

Connor volvió con el equipo cargando los conos. ¿Quién le echó una mano antes de que se le cayeran todos al suelo? El bueno de Chris. Y Connor no quiso mirarle a los ojos después de lo que había hecho. Chris le ayudó a colocarlos sobre el césped. Le animó a terminar la décima vuelta que daban al circuito que habían montado cuando Connor estaba exhausto. Recorrió con él cada centímetro de aquel campo. Pero Connor no pudo dirigirle sonrisa alguna.

El entrenador apareció unos minutos antes de que acabara la clase para anunciar los cambios en el equipo.

—Bien, atended todos —solicitó Hastings, previa mirada inquisitorial hacia Connor—. Ha habido cambios para esta temporada. La alineación para el partido inaugural del sábado queda de la siguiente manera. —Más miradas—. Serkis, tú cubrirás la banda izquierda. Tienes mejores resultados cuando corres cerca de las animadoras.

—Como todos —comentó el capitán, y el equipo rio.

—Goldstein pasa al equipo de defensa —continuó.

—Pero, entrenador…

—Chaval, parece que te hayas zampado a tu madre este verano. Serás imposible de derribar —le aclaró Hastings.

Más risas.

—Payton jugará de titular y Hoffman cubrirá sus incidencias.

Todos se miraron.

—Entrenador —intervino Alan—, Hoffman hizo una temporada cojonuda.

—Es mi última palabra, Monroe.

Chris borró la sonrisa que aún mantenía por la broma de Goldstein.

Connor buscaba el consuelo de su traición en el suelo.


Connor caminaba airado a través de la fiesta.

—Eh, Payton. ¿Qué ocurre? Parece que fuéramos perdiendo cincuenta a cero. —Hastings interrumpió su desfile de rabia—. Ten, esto te vendrá bien. Al menos, te bajará la temperatura.

Le ofreció un vaso de ponche con hielo.

El chico confesó el odio que despertaba Amy Chambers en él con cada encuentro. Todo era una discusión con ella.

—Tranquilo, chico, o te va a dar algo…

El spoiler que Hastings le había soltado fue real. Solo había que esperar un poco aquella noche para comprenderlo.

—¿Cómo te sientes para el partido de mañana?

—Bien, entrenador. He estado con Hoffman hasta tarde en el campo. —Connor se acabó el vaso de un sorbo—. Esto sabe a rayos.

Hastings olvidó sonreír por un instante y mostró preocupación.

—¿Habéis hablado de algo? —quiso saber.

—¿Qué? No, ya sabe, los nervios del partido y la visita del ojeador.

El entrenador dio un sorbo al ponche.

—Hoffman me ha dicho lo del chico francés que quiere jugar —le comentó.

—¿Qué chico francés?

Connor vio que Jess le hacía gestos cerca de la pista de baile.

—Discúlpeme, entrenador. El deber me llama —dijo, olvidando la conversación.

—Espero que te vaya bien, Payton.

—Por su bien, yo también.

Connor dejó a Hastings tras aquel comentario tan inapropiado. Si el entrenador tenía dudas sobre su papel en el destino del chico, Connor las había despejado todas con su enorme bocaza.


Beetlejuice, Beetlejuice, Beetlejuice

Hay un buen paseo hasta casa de Beth, lo recuerdo de acudir a sus cumpleaños cuando aún los celebraba. Antes era diferente entre nosotros. No es que fuésemos amigos, al menos no como lo éramos Caleb y yo. Lo que tenía con Beth era como montar en el barco pirata que traen para el festival por el Día de los Presidentes. Ese péndulo gigante que te mece de un lado a otro. Así, justo. Siempre estábamos discutiendo, no nos faltaban motivos absurdos para hacerlo. Unas veces ganaba ella, el lado derecho del péndulo, y otras yo, el izquierdo. Lo que no imaginé fue el cambio que sufriría mi opinión sobre Beth con el paso de los años. Esas riñas cobraron sentido. Los tirones del pelo para molestarla en clase, sus zancadillas por los pasillos, burlas, peinetas, pintadas en los cuadernos… En mi defensa, debo decir que solo quería interactuar con ella, fastidiarla como señal de «Hola, eres importante para mí y por esa razón hago esto». Dejaron de ser cosas de críos en cuanto mi lugar favorito con ella era el medio, la mitad del recorrido del barco. Un sitio donde nunca creí querer estar con esa chica que me sacaba de quicio. Cuando todo se volvió más serio, más maduro, dejamos de hacerlo. Ojalá hubiésemos continuado haciendo el tonto.

Caminamos en silencio, Caleb y yo. Es extraño hablar en plural cuando voy solo por la calle. Pero lo cierto es que somos dos, o algo parecido. De existir solo uno, ese sería Caleb. Yo…

No puedo dejar de pensar en el hecho de estar muerto. Aunque tampoco quiero que Caleb sienta mi parte más sensible. Soy así de gilipollas. Me esfuerzo por hacerme el duro incluso sin vida. Sin vida. Cadáver. Joder, es tan inverosímil… ¿Cómo ha podido ocurrir? Quiero decir, no me sobrepasé con nada en la fiesta, ni drogas ni alcohol. Puede que haya sido una de esas muertes espontáneas de las que han hablado en ciertas ocasiones en las noticias. Debe ser eso. Como los deportistas que caen fulminados en mitad de un partido o las personas que se marchan mientras duermen plácidamente por las noches.

Lo cierto es que lo vi venir. Comencé a sentirme mal en la fiesta. Por esa razón me marché. Claro que no pensé que aquellos serían mis últimos instantes en este mundo. Bueno, no me he ido del todo. Sigo aquí… Menudo consuelo. ¡Idiota!

«Imbécil. Estúpido».

—¿Qué ocurre? —pregunta la voz de Caleb.

—Nada.

—Entonces, ¿a quién insultas? Y por qué corres.

Estoy corriendo, aunque no sé cuándo empecé a hacerlo. También estoy llorando, las lágrimas han vuelto. Como lo han hecho las ganas de gritar. Ojalá pudiese apagar la vida y retroceder al día de ayer. ¿Por qué yo? ¿Por qué ahora, cuando todo podría haber mejorado? ¡Maldita sea, solo tengo diecisiete años!

Mis pasos se desvían del camino hacia casa de Beth y tomo el sendero del río. Corro con todas mis fuerzas. Quizá no, solo con la capacidad del abandonado cuerpo de Caleb, que se calienta con cada zancada que le ordeno dar. Dejo atrás un rastro de desconsuelo que nada puede aplacar en este momento. El aire cambia, se vuelve más fresco. También el aroma a civilización que queda a mi espalda se transforma. Con cada pisada sobre el lecho de hojas libero el olor de los arces. Es agradable, pero no estoy aquí por eso. Necesito soltar la ira que recorre en mi nombre el cuerpo de Caleb, a quien estoy poniendo a prueba físicamente en estos momentos.

Veo el río a unos metros entre los árboles y no me detengo. Sigo adelante, ahogado en la verdad que encierra todo mi ser. Estoy a punto de lanzarme sobre el agua del Mississippi.

—¡Para! —grita Caleb, asustado.

Obedezco. Me apoyo en sus rodillas, que gimen por el esfuerzo al que no están acostumbradas. Respiro como un motor estropeado. Caleb está hecho polvo.

—¿Qué o-curre?

—No sé nadar. Y siento que me va a explotar el pecho.

—¿Pue-des-sen-tirlo? —pregunto, recuperando el aliento.

—Claro, igual que sentí el pellizco.

—Perdona.

—No te preocupes, tú estás más jodido que yo.

En cuanto vuelvo a la serenidad de los músculos, grito. Libero toda la furia que contengo en mi alma errante sin cuerpo propio. Lo hago hasta que la garganta de Caleb decide dejar de hacerlo. Después cojo un madero de la orilla y golpeo los árboles a mi alcance. Lanzo piedras al agua. Doy patadas a todo lo que encuentro. Y lloro. Lloro como nunca.

—¿Mejor? —pregunta Caleb tras varios minutos sentado en el suelo de tierra.

—Sí.

No ha vuelto a mencionarlo, pero sé que quiere recuperar su cuerpo cuanto antes. Su vida.

—Sigamos.

La casa de Beth es tal y como la recuerdo, aunque hayan pasado unos cuatro años desde la última vez que vine. El árbol del jardín delantero aún tiene el neumático colgado de una cuerda. Junto al porche de entrada está la motocicleta de Beth, negra y roja, sus colores favoritos, con los que suele vestir a diario. No sé en qué momento se produjo su transformación, pero Beth no siempre quiso parecerse a Winona Ryder en Beetlejuice. Es cierto que, para sus cumpleaños, a los que había que asistir disfrazado, ella elegía el disfraz de alguna bruja, cada año más siniestra. Su favorito era el de Winifred Sanderson, el papel de Bette Midler en El retorno de las brujas, una sus películas favoritas. Yo siempre acudía a la llamada de lo oscuro disfrazado de Billy, el muerto viviente de la película. Quizá fue eso lo que nos mantenía unidos de un modo extraño, nuestro apego por el cine de los ochenta y noventa, una tradición de los viernes en casa desde que tengo memoria. Y agradezco a mis padres que fuese así, pues he crecido con locas aventuras e historias imposibles de olvidar.

La ventana de la habitación de Beth se encuentra en el primer piso, la de la derecha, cerca de la celosía de madera cubierta por la hiedra. Una vía de escape para alguien como Beth.

Me hago con una pequeña piedra del jardín que lanzo contra su ventana de cortinas grises. Rezo para sea suficiente. No sabría qué excusa darle a la señora Brown con el aspecto de Caleb. Tengo que hacerlo hasta en tres ocasiones para llamar la atención de Beth, pero acaba funcionando.

Ella se asoma con expresión de incertidumbre.

—Espero que alguien se esté muriendo… —comenta ella al verme; bueno, al ver a Caleb en la acera.

No me detengo a pensar en su acertado comentario.

—Hola, Beth, necesito hablar contigo. Es importante —digo con la voz de mi viejo amigo.

—Eres Reynolds, de penúltimo curso, ¿verdad? Debe haberte ocurrido algo sumamente extraño para que vengas hasta mi puerta y apedrees mi ventana, pero supongo que puede esperar al lunes.

Beth deja la ventana abierta, aunque desaparece en la oscuridad de su habitación.

—Mierda —suelto.

—En clase dicen que Beth es muy rara. Vas a tener que esforzarte.

—Espero que funcione —murmuro al sacar el teléfono de Caleb del bolsillo.

Busco el tema que llamará su atención y, con suerte, puede que le proporcione alguna pista sobre mi identidad.

Pulso «reproducir» con el volumen del teléfono al máximo. Espero que lo oiga.

Entonces, comienza a sonar In Your Eyes de Peter Gabriel, la canción que John Cusack reproduce en una vieja radio frente a la casa de su chica en la película Un gran amor.

Quizá Beth no la oiga. Al fin y al cabo, esto es un teléfono.

—¿Crees que esto la convencerá? —cuestiona Caleb.

—Lo creo.

Beth vuelve a la ventana.

—¿Has venido a conquistarme? —pregunta.

—Espera…

Pauso la música y guardo el teléfono.

—No te oía.

—¿Qué buscas con esta escena retro, Reynolds?

—Hablar, solo necesito hablar. Te prometo que no es nada romántico.

—¿Por qué sabías que saldría con esa canción?

Beth sonríe. Le ha gustado mi recurso.

—Solo lo sé. Lo entenderás cuando hablemos. Es importante, Beth. Solo tú puedes ayudarnos.

—¿Ayudaros?

Asiento una y otra vez con la cabeza. Se me acaban las convicciones.

Ella se muestra indecisa, así que acabo suplicando con las manos.

—Está bien. Espera ahí. Ahora bajo.

Los minutos que tarda en aparecer se estiran en un instante infinito. Sin darme cuenta, he ido hasta el neumático-columpio y me he sentado en él.

Una puerta al cerrarse anuncia la llegada de Beth.

—A ver, Reynolds, qué es eso tan importante…

Se acerca con las manos escondidas en el bolsillo central de una sudadera negra con un pentagrama invertido en rojo. Parece sangre. Beth es siniestramente rebelde.

Dejo el columpio.

—Verás, te parecerá una locura… —comienzo, buscando las palabras adecuadas para que no corra hacia su casa—. Pues… ¿Conoces a Connor Payton?

—¿Correcaminos?

—Sí, Correcaminos.

—¿Qué ocurre con él? ¿Quieres…

Beth hace un gesto con la mano que Caleb no tarda en comentar.

—¿Qué? Joder, no.

—Calla —escapa de mi boca.

—¿Que calle? —se pregunta ella y da un paso atrás—. Mira, no sé qué mierda te habrás metido, pero…

Da media vuelta para marcharse.

—Está muerto —le lanzo sin pensarlo.

No se me ocurre otra cosa para evitar que se vaya.

Beth se detiene.

—¿Qué quieres decir, Reynolds?

—La verdad es que no soy Caleb Reynolds… Beth, soy yo, Connor. Correcaminos.

—Vete a la mierda.

Vuelve a darnos la espalda.

—No dejes que se marche —me ordena Caleb.

—Espera, Beth.

Corro hasta colocarme frente a ella.

—Dime cómo podría convencerte, por favor.

—Te voy a decir lo que pasa. —Beth se acerca, desafiante—. Estabas aburrido en casa, cansado de masturbarte con algún vídeo de esos en los que una rubia sin cerebro se deja hacer cosas a las que un hombre respetable no debería prestarse, y has pensado: «Eh, voy a tomarle el pelo a la tía rara y oscura de clase. Sí, es un buen plan para el sábado». Pero no imaginabas que esa tía rara va a partirte la cara como no te apartes de su vista.

Beth saca del bolsillo de su sudadera una navaja.

—O puede que te corte a tu pequeño amigo. Así no tendrás a nadie con quien ver esas pelis guarras con las que has crecido. ¿Qué te parece?

Doy un paso atrás. Beth es capaz de eso y mucho más.

—Por favor, Beth, ayúdanos. Tengo que devolverle el cuerpo a Reynolds.

Ella se queda parada, con la navaja en la mano, pero no se mueve.

—Créeme, estoy muerto. Yo, Correcaminos.

—Vi a Connor en la fiesta. Y lo vi marcharse de ella. Es imposible.

—No, no lo es.

Doy un paso hacia ella y Beth continúa sin moverse. Es una buena señal. Me mira suspicaz. Desea creerme, lo sé. Sin embargo, si Jessica apareciese en mi casa diciendo que está poseída por el fantasma de Bethany Brown, yo también la mandaría a la mierda.

—¿Qué me ocurrió en séptimo grado? —pregunta, seria.

—No sé a qué…

—Hay un recuerdo que comparto solo con Payton. Si de verdad eres él, sabrás a lo que me refiero.

Viajo por el tiempo hasta mis doce años, en plena amistad con Caleb. Repaso los pocos momentos que he retenido en mi memoria para encontrar lo que Beth quiere que le cuente. Recuerdo a Francis Pavone bajándome los pantalones en la cafetería. A Caleb llorando por haber suspendido un examen de Lengua. Veo a un crío bailar encima de la mesa del profesor hasta que le pillan, Chris no ha cambiado. Y ahí está Beth, vestida a todo color aún, saliendo de clase para ir al baño.

«Claro, se refiere a aquello».

—¿A qué? Cuéntalo —interviene Caleb.

No le presto atención.

—Ya lo recuerdo —le digo—. Fuiste al baño durante la clase de Geografía de la profesora Raley. Yo también quería ir, pero Raley tenía la norma de solo uno por los pasillos. Esperé a que volvieras, pero no lo hiciste. Yo estaba a punto de explotar. Insistí y me dejó salir. Al cruzar frente al baño de las chicas te oí. Estabas llorando. No quise entrar, pero… La cuestión es que lo hice. Te pregunté si estabas bien y me dijiste que te dejara en paz. No hice caso, como siempre. Me quedé allí hasta que saliste del retrete, con el rostro surcado de lágrimas y muy triste. Nos sentamos sobre la fila de lavabos. Yo pinté una flor en el espejo con el rotulador que traje en la mano. Olvidé dejarlo en la mesa con las prisas. Incluso me olvidé de las ganas de hacer pis. Estuvimos allí sentados hasta que decidiste contarme lo que te había ocurrido…

Detengo el relato. Es algo íntimo. Además, es lo único que ella y yo tenemos nuestro exclusivamente. No quiero que Caleb lo sepa.

—Adelante, ya no soy una niña tonta —me anima.

Entonces, sigo con la historia en contra de mi propia voluntad, si es que aún tengo de eso.

—Te había bajado la regla por primera vez y, como tú me dijiste aquel día, quisiste hacerte la chica mayor. Por eso utilizaste un tampón que llevabas en la mochila desde principio de curso, para que no te ocurriera lo mismo que a esa chica de octavo que acabó manchando la silla de clase. Nunca habías utilizado nada parecido. Cuando intentaste colocarlo te equivocaste de orificio. Luego no quisiste volver a intentarlo.

—Connor fue hasta la enfermería a por una compresa para mí. Ninguno tenía monedas encima para la máquina del baño. Y juró guardarme el secreto —termina Beth la historia.

—Hasta hoy —concluyo, totalmente aturdido.

—Hasta hoy —repite ella, con una pose más triste.

Mi verdad golpea a la oscura y espeluznante Beth, quien se queda tan muda como nosotros al volver a pensar en la realidad.

—¿De verdad ha muerto Connor?

Asiento.

—Acudí a Caleb en un arrebato de desesperación cuando le vi en la calle al tirar la basura —le explico—. Entré en su cuerpo sin saber qué hice para que ocurriera. No tengo ni puta idea de cómo salir de él.

—Sigo sin creer que todo esto sea cierto, pero…

Beth guarda la navaja y sumerge la mano derecha en su cobriza melena.

—Qué…

—No sé si puedo ayudarte.

—Me crees, ¿verdad?

—No creo nada, Reynolds, o Connor… No creo ni en mí misma. Eso no quiere decir que no sea verdad.

Acompaño a Beth hasta el porche, donde nos sentamos en un banco blanco a juego con la casa. La tenebrosa chica de la casa de madera blanqueada.

Le narro de nuevo mi encuentro con Caleb. Cada detalle. Cada palabra. Si alguien puede ayudarnos es ella. No se me ocurre quién más podría creerme ahora.

—¿Qué ocurre? —le pregunto.

Lleva callada demasiado tiempo.

—Estaba pensando en Correcaminos… Hace unos años éramos… No sé, digamos que es lo más cerca que he estado de gustarme un chico. Era un idiota, pero lo pasábamos bien. Siempre creí que acabaría con una chica divertida y guapa, se casarían y tendrían un par de niños a los que pondrían nombres horribles —me quedo sin aire escuchando a Beth hablar de mí—. La verdad es que Jessica no tiene nada de divertida. Merece algo mejor…

—Merecía —le corrijo.

—No puedo pensar en Connor así. Anoche parecía más vivo que nunca, con sus enfados y salidas y entradas… No paró un segundo. Creí que era feliz así.

—No lo era, al menos no realmente. A saber qué acabó conmigo.

—Si de verdad estás ahí dentro… Si has muerto por la mano de alguien, Connor, lo averiguaré.

Beth se limpia los ojos con la manga de la sudadera para evitar derramar una lágrima.

—Gracias, Beth —le digo, y coloco la mano sobre su hombro.

—¿Por qué?

—Por dejarme ver que alguien me echará de menos.

—Ahora vuelvo.

Entra en su casa. Adivino que para enjuagar cualquier debilidad.

Me quedo a solas con mis pensamientos. Ni siquiera Caleb se atreve a decir nada. Puedo sentirle, aunque él no lo sepa, y está afligido. Quizá por esa razón no habla. No quiere demostrar que, aun con todo el daño que le causé, sigo siendo su amigo.

—Puede que fuese al atravesarle —opina Beth, irrumpiendo en el porche—. Quizá eso te dio la oportunidad de entrar en él.

—No me importa haber entrado en Caleb, solo quiero salir.

—Déjala expresarse, Connor —susurra el dueño de mi cuerpo temporal.

—Creo que tuviste que desearlo. De lo contrario no habrías poseído el cuerpo.

—No recuerdo ni haberlo pensado.

—Hay cosas que no pensamos hasta que las hemos hecho.

—Eso es cierto —vuelve a decir Caleb.

—Caleb, necesito que pienses, no que hables —le digo.

—¿Sigue ahí dentro? ¿Puedes oírle? —quiere saber Beth.

—Sí, sigue aquí. Yo controlo el cuerpo, pero oigo su voz.

—Curioso…

—Lo curioso es que tengo que ir al baño —anuncio.

—Claro, puedes pasar. Es la puerta de la izquierda.

—No, no lo has entendido.

—Joder, Connor, vas a tener que…

—Caleb lo ha pillado —Señalo la cabeza, como si él se encontrase ahí.

—Oh, vaya…

—Exacto, voy a tener que hacerlo con la herramienta de otro chico.

—Es asqueroso —murmura Caleb—. Solo de pensar en ti agarrando mi…

—Sí, Caleb, a mí tampoco me gusta la idea, pero tengo que hacerlo.

Beth me mira con asombro.

—Los chicos sois increíbles —nos dice—. En el lío paranormal que andáis metidos y os repugna la idea de ir a mear.

—Tú no lo entiendes, Beth.

—Por supuesto que no. Yo tengo cerebro.

Beth se levanta y abre la puerta de su casa.

—Vamos, la puerta de la izquierda.

—Tus padres…

—Han ido a hacer la compra, como cada sábado.

—Vale.

En el aseo, demoro el momento todo el tiempo que me es posible. Cuando llega, bajo la cremallera de los vaqueros e introduzco los dedos para extraer a mini Caleb. Mi expresión debe hablar por sí sola, porque además de la incómoda situación me doy cuenta de que Caleb no tiene nada de lo que avergonzarse. Hay que ser idiota para sentir envidia en un momento como este. Ese soy yo, el más idiota del mundo y, pronto, del inframundo.

Al incorporarnos al porche, las teorías de Beth abarcan toda la cultura cinéfila y literaria sobre fantasmas e historias paranormales. Perdemos la noción del tiempo allí sentados mientras hablamos de la ouija, sesiones de espiritismo y exorcismos.

—A ver, Beth, esto no es como invocar a un fantasma pronunciando tres veces su nombre —le aclaro, sin saber de lo que estoy hablando—. No va a arreglarse por decir Beetlejuice, Beetlejuice, Beetlejuice…

—Eso no funcionaría. No eres un demonio o un espíritu travieso —responde, indignada—. Por suerte, tampoco es como en Candyman…

Aunque la escucho, mi mente ha dejado su porche y ha volado hacia casa. ¿Seguiré allí, sobre mi cama? Pienso en mamá, en papá volviendo de la refinería al saber que su hijo mayor ha muerto y en Daisy… Mi hermana pequeña. Mi inocente compañera de juegos. Maldita sea la vida.

—¿Por qué no pruebas a desearlo? —me sugiere Beth—. Pero no de cualquier manera. Deséalo de verdad, con el alma. Ruega a tu ser poder devolverle el cuerpo a Reynolds.

—Sí, por favor, deséalo de corazón, Connor. Estoy muy asustado y quiero volver a casa.

«Lo sé, Caleb. Lo siento».

—Lo intentaré, aunque creo haberlo deseado con fuerzas antes…

Me pongo de pie, frente a Beth. Cierro los ojos y estiro los brazos, como si de alguna manera la postura pudiese ayudarme a lograrlo. Respiro…

—Está bien.

Intento concentrarme, ignorar los sonidos y acceder al interior. Oigo el corazón de Caleb. Su ritmo es suave y constante. La respiración me llena por completo. Una brisa acaricia el cabello de Caleb, me hace cosquillas sobre la frente.

Lo deseo.

Lo imploro.

Lo hago por él, ese chico que abandoné por cierta posición en clase. El único amigo real que he tenido, pues nuestra amistad no era una farsa, no tenía objetivos. Solo diversión y buenos momentos.

Rezo por salir.

Lo anhelo por encima de todo en este instante.

Porque Caleb merece vivir en plenitud. O al menos no con un egoísta en su interior. Sí, Caleb, vive. Disfruta de la vida que yo ya no tengo. Decide con el corazón, nunca desde la arrogancia de días que aún no han llegado, y que no llegarán.

Te libero.

Te añoro, amigo.

La luz se funde con la oscuridad tras los párpados de Caleb y todo se vuelve cegador. Grito llevado por el miedo de lo que pueda ocurrir. Aunque quiero devolverle su cuerpo a mi viejo amigo, no quiero desaparecer del todo. Y me temo que eso es lo que va a ocurrir.

No importa si cierro los ojos. A mi alrededor, el fulgor es penetrante, doloroso.

En un instante, oscuridad.

Una oscuridad silenciosa.

Sin final.



Buenos días, América

El niño pedaleaba con fuerza en contra de todo pronóstico a sus diez años. Subía por la calle con el sol de frente. Le gustaba salir temprano en septiembre, después de las vacaciones, por el olor a césped recién cortado y la brisa que anunciaba el otoño. Jugaba a esquivar las primeras hojas que se desprendían irremediablemente de los árboles que discurrían por todo el vecindario, su zona de responsabilidad. Sonreía a aquellos vecinos que pillaba en la puerta y le premiaban con un dólar o una moneda de cincuenta centavos. Poco a poco se acercaba al precio de esas zapatillas con ruedas para la que ahorraba su humilde salario. Se esmeraba en el lanzamiento como si su futuro laboral dependiera de ello. Una casa tras otra, el rollo de papel recién impreso surcaba el aire y la distancia para acabar donde su tirador se había propuesto. Conocía bien las casas y a los que dentro comenzaban a despertar una mañana más. Como la vieja vivienda de la señora Petting, quien encerraba a sus gatos en el porche para evitar que los ratones se colasen. O la de los Barrel, un joven matrimonio que dejaba un par de galletas en una bolsa colgada en la puerta para que el chico desayunara algo durante el trayecto. Pero su favorita, la que hacía que dejara la bicicleta tirada sobre el césped un par de minutos, era la de los Payton. La señora de la casa esperaba las noticias a la vieja usanza mientras preparaba el desayuno en la cocina al ritmo de canciones de los años cincuenta o sesenta. Aquello invitaba a que el pequeño Timmy aparcase su vehículo de pedales y, tras haber dejado el periódico en la puerta, acudiera a la ventana de la cocina, donde bailaba al ritmo que salía de un altavoz inalámbrico colgado junto a las sartenes.

Aquella mañana sonaba It’s My Party de Lesley Gore, un clásico del sesenta y tres. Pero eso no lo sabía Timmy. Él solo bailaba, saltaba y daba vueltas sobre el césped mojado mientras se comía las galletas de los Barrel. Era su parada, su descanso. Después continuaba con su trabajo.

El ejemplar del Valley Rock Post contenía una noticia local que Connor iba a conocer de primera mano aquel día, aunque aún quedaban horas para eso. En el noticiario, el actual presidente del Consejo de Estudiantes sonreía en una fotografía con uniforme militar, brindando una nueva oportunidad para el ansiado futuro de Connor Payton. Una lucha que abriría nuevas heridas a su alrededor y le proporcionaría más razones para su funesto desenlace. Sin embargo, por el momento, el nuevo jugador titular de los Timberwolves se disponía a asaltar la habitación de su hermana pequeña para darle un susto de buenos días.

Ataviado con una máscara de la película de terror adolescente Scream, Connor se adentró en la habitación con el sigilo de un ninja. Daisy retozaba aún en la cama, rogando por unos minutos más antes de que alguno de sus padres la obligara a levantarse. Pero Connor se les había adelantado. Se encontraba junto a la cama, donde se puso de rodillas y comenzó a grabar el asalto con su teléfono. Su respiración se volvió tétrica para hacerse notar. Entonces, Daisy rodó desde el otro lado de la cama para comprobar aquel extraño sonido del infierno. Y lo vio.

Connor gruñó como un monstruo y ella gritó cual rubia estúpida de película para televisión.

—¡Papá!

—Ahora nadie puede ayudarte, mocosa.

El hermano mayor alzó a la niña junto con la colcha y se echó todo al hombro. Daisy pataleaba, se quejaba e intentaba golpearle. Él se dirigió al baño. Allí depositó la carga, en la bañera.

—¡Te vas a enterar cuando salga de aquí! —amenazó la pequeña.

—Querrás decir «si sales».

Connor cerró la puerta del baño.

—Eh, dejad de hacer el indio y bajad a desayunar.

El padre de Connor se dejó ver desde su habitación al fondo del pasillo mientras se ataba la corbata.

—¿Quieres que vaya a por ti también?

El chico se quitó la máscara.

—¿Se supone que eso debe dar miedo? —se burló su padre, aún sin peinar con la frente surcada de mechones.

—La de Freddy Kruger está rota desde el último Halloween.

—Esas sí eran buenas pelis —comentó el señor Payton, sonriente.

El padre de Connor era un cinéfilo de libro, aunque solo defendiese con su honor las películas de los ochenta y alguna que otra de los noventa. Había una norma en casa: los viernes noche hay sesión de cine. Una ley de obligado cumplimiento, pues Lyon Payton confiaba en los valores de una época dorada de Hollywood para educar a sus hijos. Por esa razón Connor amaba esas viejas películas, creció con ellas. Como le ocurría con la música de su madre por las mañanas, temas antiguos a los que es imposible resistirse bailar. Es lo que emanaba de abajo, canciones con las que comenzar el día de buen humor, con energía.

Cuando Connor bajó a la cocina encontró a sus padres bailando como en el baile de fin de curso. Sonrientes. Enamorados. Giraban abrazados con Will You Still Love Me Tommorrow de The Shirelles, una escena que sacó al chico una sonrisa. Daisy apareció por las escaleras. Connor la invitó a bailar y se unieron a sus padres. Rodearon la isla de la cocina, riendo felices.

Una escena que ya no podrá repetirse jamás.

En clase, una hora después del baile mañanero, aquella noticia sin importancia hasta entonces para Connor se hizo eco entre los alumnos del William Mayo. Fue durante la clase del profesor Miller. Connor y compañía se entretenían lanzando bolas de papel a la papelera.

—Buenos días, América. Escuchad —les pidió a los jóvenes—. Vamos, chicos, prestad atención. Vuestro compañero Gregory Walker ha decidido dejarnos para servir en el ejército. Al parecer, la patria le necesita más que sus estudios, los cuales terminará en la academia militar. La cuestión es que deja vacante su puesto como presidente del Consejo de Estudiantes, ya que su sustituta, Cheryl Crow, comenzó este curso en otro instituto. Así que habrá elecciones.

Después de escuchar aquella palabra, «elecciones», la mente de Connor comenzó a trabajar.

Para asegurar la victoria, un soldado debe controlar sus cuatro flancos. Eso es de primer curso de estrategia. Si no acometes por un lado, lo harás por otro, al igual que en la defensa hay proteger en todas direcciones. Pues eso andaba Connor contemplando.

Había asegurado, más por suerte que por pericia, dos de esos flancos y en aquel instante, con aquella noticia a la que nadie prestó atención en el periódico local, se le presentaba la oportunidad de cubrir un tercer margen. Un nuevo comodín de última hora. A su derecha se encontraba la traición de su primera opción, Chris Hoffman, amigo y compañero del equipo que no pisaría el campo de fútbol para el partido inaugural del sábado. Detrás, a su retaguardia, estaba sentada Jessica, su póliza contra estúpidos accidentes que pudiesen poner en riesgo su entrada en la prestigiosa universidad. A su frente, sin haberlo planeado, se presentaba su ocasión de añadir una muesca más a su cinturón dorado. Hacerse con el puesto de presidente del Consejo de Estudiantes era como colocar un pie dentro del Macalester College, o al menos engordar el saco de puntos para lograrlo.

Sí, aquella lucha de poder se convirtió a la postre en un motivo más para matarle. Sobre todo, si se es de esas personas capaces de todo por un poco de poder. Como Amy Chambers.

Amy es hija del director Chambers, quien en su día fue alumno ejemplar y, por supuesto, presidente del Consejo de Estudiantes. También su madre dispone de un currículo de liderazgo, pues lleva al frente de PIS, Parents Involved Society, desde que Amy pisó el colegio por primera vez. Una asociación de padres ciegos y sordos que no han tenido tiempo alguno en más de quince años para cambiar el ridículo nombre del club con el que esconden problemas con el alcohol y la promiscuidad de sus miembros. Dios bendiga a América…

Durante el almuerzo en la cafetería, sin perder un segundo más de su preciado último año, Connor no dudó en dejar claras sus intenciones. Lo hizo rodeado de sus amigos, y de su chica, siempre pegada a su trasero.

—Voy a presentarme a las elecciones del consejo —anunció, con los labios manchados de crema de cacahuete, algo que Jessica arregló en seguida con el mismo dedo que se llevó a la boca.

Asqueroso.

—¿No te vale con haberme jodido la temporada? —preguntó Chris desde el rencor, y se arrepintió nada más hacerlo.

—Colega, ya te he dicho que no he tenido nada que ver en eso —se defendió Connor.

Mentira.

—Sí, Chris, lo que dice el entrenador va a misa. Ya sabes cómo es —añadió el jefe del equipo—. Además, Payton se está currando las recepciones como nadie. Démosle una oportunidad.

—Ya lo sé, solo necesito soltar mi frustración. ¿Con quién mejor que con mi amigo?

Chris sonrió a Connor y este se sintió la persona más ruin del mundo, pero nunca es suficiente para dejar los sueños a un lado…

Alan miró a sus jugadores y comentó:

—No quisiera estar en la piel de Payton…

—¿Por qué? —Jessica acudió en su defensa.

—Porque Amy va gritando por los pasillos que ese puesto será suyo.

Todos esperaban más detalles.

—A ver —continuó Alan—. Ya sabéis que salimos juntos el año pasado y os juro que preferiría vérmelas con cualquiera antes que con Amy. Es una tía calculadora, cruel y con pasta. Pobre Payton…

—Mirándolo por el lado bueno —intervino Chris—, si Amy acaba contigo volveré a jugar más de dos minutos.

Todos rieron. Incluso Payton lo hizo. ¿Qué habría pensado el chico de saber su destino?

Las paradojas acuden a nuestra vida en los peores momentos. Solo cuando estamos desbordados, nos destrozamos aún más con el «y si…». Porque eso hará que nos volvamos totalmente locos, errados, y nos conducirá irremediablemente al desastre.

El encuentro entre ambos candidatos tuvo lugar al final de aquel día, al salir de clase. Connor se había encargado de encuestar al equipo sobre las elecciones al consejo. Amy hizo el sondeo con todo ser viviente del instituto. Él actuaba risueño y despreocupado. Ella se enfurecía con cada noticia que tenía de Payton.

Cuando sonó la destartalada campanilla que anunciaba el final de la jornada, Amy corrió desde el aula de Francés, una de las clases que no compartía con Connor, para que su objetivo no escapase a las reprimendas de un ansiado futuro elitista entre la muchedumbre a la que se veía obligada a soportar por no estudiar en el Instituto Highlands de Saint Cloud, capital del estado y ciudad a dos horas de distancia de Valley Rock. Si Amy se quedó allí, en Valley Rock, fue por el lema que resalta sobre el espejo de su habitación: «Es fácil distinguir un dorado grano de maíz entre el estiércol».

La chica se colocó frente a Connor para cerrarle el paso.

—¿Qué es eso de que te presentas a las elecciones?

—Hola, Amy —saludó Connor.

—Responde, no tengo todo el día. Debo ocuparme de hundirte la vida.

—Es un derecho que cualquier ciudadano estadounidense puede ejercer.

—No es un puesto para cualquiera, Payton.

—Mira, Ivanka Trump, te lo voy a dejar claro —dijo Connor, acercando su rostro al de ella—. Pienso ganar las elecciones, como pienso ganar el regional de fútbol este año. Ni tú ni tu estúpido padre podréis evitarlo. Así que quítate de en medio si no quieres que nos expulsen, porque estoy a punto de escupirte a la cara.

Aquellas palabras de Connor dejaron a Amy sin aire, sin voz. Vio que su padre, el director Chambers, salía del edificio para llevarla a casa. Frente a Connor solo refunfuñó, para no montar una escena. Sin embargo, cuando subió al Ford de su padre, el pataleo salió con la rabia de la verdad. Y la verdad es que Amy es una chica que a todos mira por encima del hombro y a la que pocos soportan. Al cesar el berrinche, bajo la atenta mirada del director, quien no comprendía nada, Amy miró a Connor desde el coche. Descargó su aliento sobre el cristal de la ventanilla y escribió con el dedo medio:

stás muerto!!!

Después utilizó el mismo dedo para saludar a su rival.


Al entrar en el gimnasio, el rostro de Connor se encendió como una bengala de rescate. La decoración, toda de motivos internacionales, había sido cubierta por banderines con los colores del Orgullo, símbolos feministas y mensajes en contra del patriarcado social.

Cruzó la pista hasta el escenario, subió de un salto y fue directo a por Amy, quien se encontraba hablando con Doug Sutton, o DJ Sutton para todos.

—¿Qué cojones has hecho con la decoración? —atacó a Amy.

—Lo mismo que estoy haciendo con la música —respondió, orgullosa—. Hay canciones machistas en la lista. Solo estoy remplazándolas por temas que hablan sobre el poder de las mujeres y la igualdad.

—Ni se te ocurra cambiar la lista o no volverás a pinchar en baile alguno, Sutton —amenazó al chico con unos auriculares gigantes.

—Eres un maldito dictador, Payton —comentó Amy.

—Pues espera a ver lo que voy a hacer con tu estúpida decoración, chalada.

Connor volvió a saltar del escenario. Como un poseso, tiró de banderas, carteles y emblemas a riesgo de destrozar todo el ornato que la clase de manualidades de la profesora Pample había creado para la ocasión. Amy no se saldría con la suya aquella noche. Ni aquella ni ninguna, si de él dependía. Reunió todo el material y lo arrojó al cubo de basura más cercano. Después, recogió los vasos ya usados que había por las mesas altas para vaciarlos sobre los símbolos de género. Así los dejaría inservibles.

El ejército de Amy no tardó en responder a aquella blasfemia socio-sexual. Llamaron a Connor machista, fascista, homófobo y alguna que otra frase ensayada.

—Acabaremos contigo, Connor Payton —oyó en la voz de Amy—. Tenlo por seguro.


Mi chica

Las sensaciones de estar vivo me abandonan una vez más. Estoy cansado, es lo que puedo sentir, si es que un fantasma puede fatigarse… Mi entorno cobra luz, colores, y vuelvo a estar en el mismo lugar. Es el porche de Beth. La voz que oigo también es la suya. Habla con Caleb, que parece mareado en estos momentos. Ella le ayuda a sentarse en el banco en que estábamos antes del exorcismo. ¿Puede llamarse así si es el propio fantasma quien desea salir del cuerpo? Tengo tantas preguntas que no sabría anotarlas todas sin olvidar alguna.

Beth y Caleb parecen haberme olvidado de repente. Están ahí mismo, frente a mí, pero sin mí. Ella intenta que Caleb recupere el tono de piel bronceado que lleva durante todo el año. Supongo que él se siente a salvo, ahora que he dejado su cuerpo para vagar por un mundo al que ya no pertenezco. Resulta insultante que aún no se hayan preguntado qué ha sido de mí. Me enfurece que no intenten llamarme, contactar conmigo.

—Parece que ha bajado la temperatura de repente —comenta Beth y se rodea con sus propios brazos—. Entremos, aún tienes mala cara.

Se levantan para dirigirse hacia la puerta. Entran y les sigo. Algo detrás de mí cae al suelo.

—¿Qué ha sido eso? —pregunta Caleb, y al hacerlo desprende una nube de aliento blanco.

Ojalá pudiera sentir al menos la temperatura.

Beth se gira con expresión de asombro. Observa lo que ha provocado el ruido: una escoba que había detrás de la puerta.

—Está aquí —dice ella.

—¿Connor? ¿Cómo lo sabes?

—Porque la escoba ha caído.

—Pero…

—Ssshhh…

Manda a callar ella.

—Connor, sé que has entrado en casa —anuncia, mirando a su alrededor mientras recoge la escoba y la apoya de nuevo en su lugar—. Lo de la escoba es un truco que aprendí en Prácticamente magia. Creo que sabes de qué peli hablo.

Lo sé, y me gusta.

—Intenta comunicarte con nosotros —continúa Beth—. Da unos golpes. Habla. Prueba a mover algún objeto.

Lucho contra la pared en señal de mi presencia, pero nadie parece detectarlo. Intento agarrar los abrigos del perchero. Nada ocurre.

—¡Beth! ¡Caleb! —grito hasta cansarme.

Ellos siguen tratando de ver el polvo flotar entre nosotros.

Nada funciona.

—Concéntrate —me aconseja.

Vuelvo a hacer el idiota por el recibidor de la casa con el mismo resultado. Me enfado con el mundo de los muertos porque nada tiene sentido. Veo que Caleb contrae los brazos de nuevo por el frío. Al parecer, eso es todo lo que puedo hacer, helar el ambiente con mis rabietas de espectro.

Debo ser el peor fantasma de la historia, al menos desde Moquete.

Pruebo una vez más, trato de percibir todo a mi alrededor, la técnica que utilicé para salir de Caleb. Me cuesta concentrarme, no dejo de pensar en haberme convertido en nada. Solo un recuerdo. Me aborda la tristeza, pero aguanto el llanto. Entonces, aparece la rabia. Lo intento. Nada.

Me doy por vencido.

Me fijo detenidamente en Caleb y Beth. Hay algo de ellos que antes no estaba ahí. Parece un aura o algo similar. Nunca se me han dado bien las explicaciones de lo que no alcanzo a comprender. Pero de ellos emana cierto brillo, un color para cada uno, breve y ligeramente desapercibido. El de Caleb es claro, blanquecino. Sin embargo, Beth se aproxima al verde.

Puede que la locura que logré eludir en vida me haya asaltado en la muerte.

Incluso he llegado a pensar que no he muerto del todo. Quizá solo esté en coma, inconsciente sobre mi cama.

Tengo que volver a casa.

Cuando me dirijo hacia la puerta, una sombra se manifiesta al otro lado de la entrada.

—Son mis padres —dice Beth a Caleb.

—¿Qué hacemos?

—Si te preguntan, has venido por un trabajo de clase.

La puerta se abre frente a mí y reacciono apartándome de ella, como si alguien pudiese verme.

—Beth, cielo —dice su madre, tan joven como la recordaba.

Deja la bolsa en el suelo y la abraza. Los extraños colores que rodean a todos se mezclan, el verde de Beth con el rosado de su madre.

Siempre comparé a mamá con la señora Brown. Es una versión más alta y de pelo moreno de mi madre, aunque sin las ausencias por el trabajo. Madeleine Brown es ama de casa, su agenda la ocupa su familia: una chica singular y un marido armado. Dicen que los niños crecen de un modo diferente cuando alguno de los padres trabaja en casa. Yo no aprecio la diferencia. Beth es tan corriente como yo o cualquiera, aunque sin caer en lo estúpido. La oscuridad de su inquietante personalidad es solo cosa suya, de nadie más.

—¿Qué ocurre? —se pregunta Beth ante tal muestra de afecto inesperado.

—Hola… —la señora Brown saluda a Caleb—, disculpa mis modales…

—Caleb —responde él.

La mujer asiente, extrañada. Adivino que Beth no acostumbra a traer chicos a casa.

—Nos hemos encontrado con el director Chambers en Walmart y nos han contado lo del hijo de los Payton.

«Mierda».

«¡Joder!», grito hacia adentro.

A la porra con mis sospechas.

—Supongo que ya os habrán avisado vuestros amigos por esos grupos de chats del teléfono —comenta su madre.

—Mamá, yo no tengo amigos. Pero sí, lo sabemos.

El padre de Beth entra cargando con el resto de las bolsas. De él emana un tono verdoso como el de su hija. Siempre he creído que Beth se parece más a él que a su madre. El pelo, oscuro y demasiado largo para un sheriff, es una clara herencia paterna. La barba parece ir con el cargo, tan poblada y oscura que infunde respeto.

Son pocas las veces que he visto al sheriff Brown sin uniforme. Incluso en los cumpleaños de su hija acudía con el sombrero y la cartuchera. Tenerle tan cerca vestido con unos vaqueros y una camisa de cuadros no hace que la autoridad que desprende disminuya una pizca. Sin embargo, su voz es amable, al menos con su hija.

—Eh, escarabajo —dice el señor Brown refiriéndose a Beth, adivino que por el color de su atuendo diario—, siento mucho lo de ese chico. Era el que siempre venía a los cumpleaños disfrazado de muerto viviente, ¿verdad?

Beth asiente. Se la ve triste.

—Una crueldad del destino… —añade su padre—. Hola, chaval, Warren Brown —saluda a Caleb—. Te daría la mano, pero tendría que recoger todo esto del suelo.

—Caleb Reynolds, sheriff… Señor sheriff… Señor Brown…

A Caleb le traicionan los nervios en el peor momento.

—Aquí soy el señor Brown, Caleb. Lo que me recuerda que debo irme.

—Es por… —Beth no se atreve a terminar la frase.

—Sí, escarabajo, tengo que acercarme al hospital. Estas situaciones requieren de informes y papeleo… —Warren se percata de su falta de tacto—. Siento ser tan franco, chicos. Este trabajo te hace ver las cosas con otra perspectiva.

—No se preocupe, sheriff Brown —comenta Caleb, aún más nervioso que antes—. Yo no tardaré en irme. Solo he venido por el trabajo de clase.

—¿Estás bien, cariño? —pregunta Madeleine a su hija.

—Sí… Bueno, lo estaré. Subamos —le indica a Caleb.

—La puerta abierta. Son las normas —le advierte su padre.

Los Brown desaparecen por la derecha, la entrada a la cocina, y Caleb sigue a Beth escaleras arriba. Me quedo a solas, sin intención alguna de moverme. Tengo la sospecha de que, si intento decir algo o mover un solo músculo fantasmal, comenzaré a llorar y no podré parar. Jamás.

La madre de Beth acaba de confirmar lo que en realidad ya sabía. Es muy duro pensar en tu propia muerte cuando esta acaba de producirse. Creí que, una vez nos marchábamos, simplemente dejábamos de existir. Polvo al polvo. Pero esto, presenciar aunque sea desde otro plano la verdad, ser consciente de tu completa eliminación de este mundo, es algo que no puedo soportar. Quizá solo necesite tiempo para asumir que ha llegado el final del camino. Así, sin aviso alguno. No es que sea un hecho inaudito. Todo el mundo sabe que la vida, de ser algo, es injusta. No sé… De cualquier manera, lo que sí sé es que no tengo tiempo para lamentarme. Puede que sean los efectos de mi locura espiritual, pero siento que ha comenzado una cuenta atrás. Sí, es una extraña sospecha que me pone los vellos de punta cuando pienso en mirar el reloj que no hay en mi muñeca traslúcida.

Ahora la duda que mantiene mis pies clavados al suelo es sobre a dónde dirigirme. No quiero volver a casa y ver a mi familia destrozada, aunque soy consciente de que solo estoy demorando lo que tarde o temprano tendrá que ocurrir, pues no pienso dejar este mundo sin despedirme de ellos. El otro lugar al que podría ir es la habitación de Beth. Allí arriba voy a encontrar a dos jóvenes disfrutando de una vida que a mí me ha sido arrebatada. No parece la mejor idea, pero tampoco tengo otro sitio al que acudir.

Subo las escaleras mientras pienso que, ya que me han jodido la existencia, al menos debería poder volar. Cosas que Hollywood nos ha metido en la cabeza.

«Que te jodan, Casper», pienso, aunque no con sinceridad. Me encantaba esa película de crio.

Las que han dejado de ser un obstáculo son las puertas. Camino por el pasillo, decorado con fotografías de la familia Brown en las que se puede apreciar la evolución de Beth como si de un Pokémon se tratase. Intento dar pasos silenciosos sobre la moqueta. A veces olvido que me he convertido en una puñetera visión… Me castigo demasiado. Ayer mismo disfrutaba de toda mi vitalidad…

Tengo que hacer algo.

Me coloco frente a la puerta de la habitación de Beth y cierro los ojos antes de coger aire. Me tomo esto como si fuese a zambullirme en una piscina. Maldita sea, solo tengo que atravesar una lámina de madera. Allá voy.

Cruzo al otro lado, donde espero verlos hablando de esta nueva amistad que he ayudado a crear. Pero no es eso lo que encuentro. Caleb está sentado en el suelo, con la espalda apoyada sobre los pies de la cama. Tiene el teléfono en la mano y le brillan los ojos. Apostaría que está tratando de no llorar. Miro lo que tiene en la pantalla: Instagram. Hay decenas de publicaciones con la etiqueta #DEPPayton. Es lo que tiene a mi vecino tan abrumado.

Beth está en el escritorio, perdida en su ordenador. También lee las publicaciones de nuestros compañeros de clases en Facebook:


Hay un anuncio en la página de Facebook del William Mayo. El partido de hoy se ha suspendido por el fallecimiento de uno de sus jugadores. Chris ya no tendrá que atiborrarse a Gatorade en el banquillo a la espera de los 2 Minutes Warning. Es la única ventaja que saco de todo esto. Él se lo merece después de mi jugarreta a principio de curso.

La habitación de Beth es peculiar, a falta de un término más apropiado. Tiene las paredes cubiertas de ilustraciones sobre brujas, duendes, elfos y criaturas que provocarían pesadillas a cualquier persona, pero no a ella. Predominan los talismanes de piedras de sal y símbolos de toda índole y culto. También hay fragmentos de textos en los muros: poesías, hechizos y frases motivadoras de lo oscuro. Una de ellas resalta sobre las demás junto a la ventana: «Dios diseñó el mundo como castigo, afróntalo con orgullo». Beth es una chica única; su habitación también.

Algo llama la atención de la anfitriona que la obliga a darse la vuelta. Es el atrapasueños que hay justo encima de la cama, no deja de girar. El azul y blanco de sus hilos se vuelve celeste con el movimiento que entona la melodía de sus pequeñas conchas y caracolas chocando entre plumas que también cuelgan de su circunferencia. Es hipnótico.

—¿Qué ocurre? —pregunta Caleb con la cabeza inclinada hacia atrás.

—¿Correcaminos? —interpela ella sin apartar la vista del repelente indio de malos espíritus.

«¿Eso es lo que soy? ¿Un espíritu de peli de terror?».

—¿Por eso gira esa cosa? Crees que está aquí.

—Es que está aquí, Reynolds.

Beth se levanta de su escritorio y abre la puerta de su armario. Busca en la zona inferior. Saca de él cajas de zapatos, juegos de mesa, disfraces, muñecos espeluznantes… Se deja caer en la cama con una caja de madera. Caleb mira por encima de su hombro.

—No, ni hablar —dice—. Esas cosas me dan mucho repelús.

Es una ouija, bastante vieja, al parecer.

Beth abre la caja y saca de ella un tablero.

—¿Tienes alguna otra idea, Reynolds?

—Podríamos ir a una adivina de esas…

—Ya, Madame Serena, ¿no? —pregunta ella, aun sabiendo que Caleb no lo va a pillar.

Beth se refiere a la pitonisa de Una disparatada bruja en la universidad, una película de finales de los ochenta que ha sido olvidada por todos. De repente, su canción, Never Gonna Be The Same Again, de Lori Ruso, salta a mi cabeza. Ahora Robyn Lively ha sido sustituida por una joven Sabrina cuyos capítulos de la serie de Netflix son demasiado largos y desmotivadores, aunque jamás le daría mi opinión a Beth. Lleva la carpeta de clase cubierta de ilustraciones de sus personajes.

—No tenemos otra alternativa si queremos ayudar a Connor.

—Ayudarle a qué, Beth —se cuestiona Caleb, más asustado que alterado—. Está muerto, no en problemas…

El rostro de Caleb se apaga por un instante y el extraño brillo blanco aumenta brevemente. Se echa las manos a la cabeza antes de darle la espalda a Beth. Cambio de posición para verle. Intuyo que no está demasiado bien. No me sorprende cuando veo una lágrima caer por su rostro, siempre ha sido mejor amigo conmigo que yo con él. Tuvo que pasarlo realmente mal cuando lo expulsé de mi vida. Soy un maldito cretino, nada que no supiera cuando aún vivía.

—Quizá esté atrapado en este mundo —explica Beth al acercarse a Caleb—. Si hay algo que podamos hacer por él…

Caleb borra la tristeza con la manga de su sudadera de One Piece, uno de nuestros animes favoritos.

—Está bien.

Vuelven a la cama, donde se sientan con las piernas recogidas con la ouija entre ellos.

Beth coge la guía triangular con el cristal en medio y la coloca en el centro de la tabla.

—A ver… —comienza—. ¿Hay alguien aquí?

No sé lo que se supone que debo hacer, pero quiero responder.

Estiro el brazo sin tocarles e intento mover la guía que ambos tienen sujeta suavemente con un dedo.

Nada.

—Connor Payton, ¿estás con nosotros? —repite Beth.

Vuelvo a intentarlo. No dejo de hacerlo una y otra vez, hasta que siento cómo mis dedos rozan la superficie de la guía. Apenas se ha movido, solo lo justo para que ellos se miren.

—¿Se ha movido? —inquiere Caleb.

—Eso creo.

—Connor, vuelve a intentarlo. Concéntrate —me sugiere Caleb, menos triste que hace un instante.

Lo hago, unas diez veces. Entonces, la guía se desliza por el tablero y acaba sobre la palabra «Sí».

—Joder —escapa de la boca de Caleb.

—Connor, ¿tienes problemas para continuar tu camino? —lanza Beth al aire.

Mismo procedimiento, una docena de intentos hasta conseguir que el testigo triangular se deslice hasta el «No». Pero no me detengo ahí. Lo arrastro con dificultad hasta las letras que hay repartidas por la parte inferior de la tabla. Tras unos minutos de esfuerzo, consigo mostrar mi primer mensaje:

«No quiero irme».

—Pero, Connor, tienes que continuar —me advierte Beth.

Logro responder: «No preparado».

Es la verdad, no quiero marcharme a donde quiera que vayamos al morir. Quiero ver a mi familia. Necesito averiguar qué fue lo que me ocurrió anoche. Tengo que encontrar respuestas.

—¿Por qué? —pregunta Caleb.

«Respuestas», les digo.

—Supongo que te refieres a saber qué te ha pasado… —dice Beth.

«Sí».

—Vale, no pensaba en someterme a semejante experiencia —responde ella—, pero he decidido que será más sencillo que vuelvas a poseer a uno de nosotros. Y creo que debería ser yo.

«No».

—¿Estás segura? —quiere saber Caleb.

—No te lo tomes a mal, Reynolds, pero eres demasiado asustadizo, o inocente, como quieras llamarlo.

Sin duda alguna, Beth está loca.

—Vamos, Correcaminos. Si quieres respuestas, necesitas poder comunicarte, preguntar, hablar. No todo el mundo va por ahí con una ouija.

No puedo entrar en el cuerpo de una chica. Si el momento del baño con Caleb ha sido incómodo, con Beth sería así a cada instante.

«Caleb».

—Como quieras, Payton, pero soy mejor opción…

—Maldita sea —dice Caleb.

Se levanta de la cama y camina por la habitación. Quizá no debería poseerle otra vez… Si Caleb estuviese en mi… lugar, por así decirlo, no estoy seguro de si yo dejaría que lo hiciese. Él ha sido mi mejor amigo… No pretendo joderle la vida por no haber sabido gestionar la mía. No. No voy a hacerlo, ni con él ni con Beth.

—Connor, quiero que sepas una cosa antes —me dice, con la mirada puesta en la moqueta del suelo—. Si me ofrezco a esto es solo por… —Mira a Beth antes de continuar—. Cuando murió mi padre yo tenía ocho años. Todo se volvió triste, quería llorar a todas horas. Llevábamos en la nueva casa unos meses. Aún no me había atrevido a hacer amigos. Entonces, aparecieron Connor y su madre con un pastel de chocolate en nuestra puerta. Él subió conmigo a mi habitación y, por unas horas, me olvidé de la asquerosa realidad. Fuiste tú, Connor, quien me sacó de aquel agujero oscuro cuando sugeriste que atáramos dos vasos de plástico con un hilo para charlar desde la ventana. Nos pasamos noches enteras hablando… —Caleb sonríe—. ¿Recuerdas el día de Hundir la flota a distancia? Nunca te lo dije, pero hacía trampas, por eso ganaba siempre.

Beth se sienta al borde de la cama con la intención de que Caleb la perciba más cerca. Necesita apoyo en estos momentos.

—Tú me ayudaste entonces y yo lo haré ahora, amigo mío.

Caleb solloza sin importarle que Beth sea testigo de su lado más frágil. Aquellos recuerdos de nuestra niñez me llegan al… ¿corazón, alma? y me obligan a esforzarme para no llorar junto a mi verdadero amigo.

—Déjame ir al baño antes —añade Caleb—. No quiero que tengas que limpiarme el culo.

Beth muestra en su rostro la decepción del momento. Caleb, siempre sincero y natural, acaba de hacer pedazos el instante, y me saca una sonrisa. Sobre todo, al pensar que no tendré que hacer eso que él ha dejado claro.

—La puerta de la derecha —le informa Beth.

Cuando Caleb sale de la habitación, Beth deja la ouija de lado para decirme algo.

—He visto antes en las redes sociales que tu funeral será mañana —comienza—. Lo siento mucho, Payton. Siempre creí que bailaríamos juntos en el reencuentro de nuestra promoción dentro de unos veinte años. Incluso ahora que eras un idiota más de la pandilla testosterona del equipo, con esa cabeza hueca de Jessica al brazo. Eras diferente, tenías algo especial. Un chico cualquiera no se disfraza de zombi clásico cada año para hacer sonreír a una niña perdida en esta ciudad de mierda. Gracias, Correcaminos.

Me cuesta más esfuerzo mover la guía de la ouija sin nadie que la sujete, algo incomprensible para mí. Pero lo hago, recorro el tablero por encima de las letras. Completo poco a poco un mensaje que Beth debe saber antes de que desaparezca del todo, lo que podría ocurrir en cualquier momento. Ella da voz a cada letra que voy señalando. Cuando me detengo en la última, Beth sonríe y llora en silencio.

«Siempre he soñado con que fueses mi chica».

Entonces, ella canta en susurros una canción que jamás admitiría haber soltado por sus labios pintados de negro, sobre todo para un chico. Lo hace mientras seca sus lágrimas con un cojín del emoticono morado del diablo.

—I’ve got sunshine on a cloudy day. When it’s cold outside, I’ve got the month of May. Well, I guess you’d say. What can make me feel this way? My girl…

Ya no solo llora ella, también lo hago yo. Y no por haber muerto y perderme toda una vida de posibilidades… Lloro por haber muerto sin haber besado a Beth, la chica de mis sueños.

Caleb entra y le sorprende lo que ve.

—¿Qué ha pasado? —se pregunta.

—Nada, vamos a ayudar a Connor a poseerte.

—Que conste que eso nunca dejará de sonar terroríficamente pornográfico —comenta Caleb, y provoca la risa de Beth.

Y la mía.

—Espero que estés listo, Payton. Caleb, Colócate aquí —le dice y lo posiciona junto a la cama.

—¿Por qué aquí?

—Por si caes de espaldas cuando ocurra.

Me enfrento a Caleb mientras trato de controlar mi «respiración» como si la necesitara para vivir. Es lo que siempre he hecho para concentrarme. Repaso la escena del jardín frente a la casa de Caleb, cada palabra o gesto… Comienzo con el número sobrenatural.

Primero intento entrar físicamente. Ya le atravesé entonces. Puede que funcione así. Pero no lo hace. Actúo como si quisiera detenerle, grito para que me atienda. Sigue sin ocurrir. Entonces, pronuncio su nombre…

—Caleb.

Destello.

Y vuelvo a ser él.



Equipo a la fuerza

Lo que es especial para algunos no tiene que serlo para otros. No hay unas normas impuestas sobre qué debe ser singular y qué ordinario. Somos nosotros mismos quienes etiquetamos así los momentos, las personas o los días. Solo necesitamos una razón para que un instante deje de ser corriente y se transforme en un momento único. Algo debe hacerlo diferente del resto. Un ansiado estreno de cine, el aniversario de un evento importante, la visita a un lugar deseado… Son tantas las ocasiones que utilizamos para resaltar en nuestra vida lo exclusivo que incluso deja de tener sentido. Aunque no era este el caso para Connor. Porque aquel sábado sí que era especial para él. Sin embargo, podría decirse lo contrario de Chris. Como dice el sabio refranero: «Lo que uno desecha, otro lo aprovecha». Ni más ni menos.

Connor había estado entrenando las recepciones durante toda la semana, ya fuese con el equipo o en casa. Lyon Payton trabajaba evaluando riesgos laborales de lunes a viernes y los sábados se pasaba el día como analista de riesgos en la refinería Pine Bend. Un sacrificio que pagaba las vacaciones de la familia en Canadá cada verano. La hora que pasaba con su hijo tras la jornada laboral para mejorar su técnica lo dejaba sin aliento. Adiós a la copa de vino que acostumbraba a tomarse con la señora Payton antes de cenar.

Aquella tediosa dedicación hacía que Connor se sintiera menos culpable por la puñalada asestada en la espalda de su amigo Chris. El fin justifica los medios…

El sábado llegó, con los nervios y las dudas de un adolescente que tenía pleno conocimiento de la sucia naturaleza de sus acciones. Pero todo quedó blanqueado cuando razonó las consecuencias que podría tener aquel importantísimo partido.

—Connor, llevas una hora en el baño —dijo su padre frente a la puerta cerrada, atendiendo las quejas de Daisy con la cara cubierta de espuma de afeitar—. Deja las guarradas para otro momento. Tu hermana me está poniendo de los nervios y voy a llegar tarde a la refinería.

Lyon habría escogido dos semanas de informes sobre los riesgos del sector del tratamiento del petróleo antes que enfrentarse a sus hijos por la mañana. Eran como animales salvajes.

—No estoy haciendo guarradas, son los nervios —se oyó tras la puerta—. Me tienen sentado en el retrete desde hace una hora.

—Pues no olvides encender una vela cuando hayas acabado.

El desayuno de los fines de semana en casa de los Payton no tenía nada que envidiarle a los bufés de los grandes hoteles. Susan Payton se pasaba las primeras horas del sábado preparando el menú de ambos días. Como ella suele decir: «También es fin de semana para mí».

La música sonaba por toda la casa. Lo hacía al ritmo de Runaround Sue de Dion DiMucci, un clásico del sesenta y uno. Daisy bailaba por la planta baja con una diadema de princesa, mientras su madre no dejaba de moverse con la sartén de huevos revueltos al fuego.

Lyon bajó las escaleras, giró un par de veces con su hija y, tras darle un beso de despedida a su mujer, se marchó al condado de Rosemount, donde le esperaban un escritorio y demasiadas firmas en una de las mayores empresas de Minnesota.

El último en sentarse a la mesa fue Connor, quien lucía pálido y enfermizo.

—Cielo, tienes un aspecto horrible —observó su madre.

—Son los nervios por el partido.

—Come, ya verás como te sentirás mejor en un rato.

—No se puede entrar en el baño… —comentó Daisy.

—Cierra el pico o te encerraré en él.

—Connor, deja a tu hermana y come.

Se obligó a engullir un par de tortitas con frutos rojos silvestres y un poco de revuelto. Afrontar el partido con el estómago vacío solo empeoraría las cosas.

A una hora del encuentro, el equipo se concentró en el gimnasio. Había llegado el momento esperado y el entrenador Hastings necesitaba asegurarse de que ninguno de sus muchachos cometía errores de última hora. Repasaron las nuevas jugadas que Hastings tenía dibujadas en una pizarra portátil. Todos debían conocerlas y memorizarlas.

—Monroe —el entrenador alertó al capitán del equipo—. ¿Qué debes hacer si Payton no puede desmarcarse?

—Buscar a Serkis por la izquierda.

—Si no está babeando por alguna de las animadoras —comentó Jyung, el running back.

El equipo bromeó en el peor momento.

—¡Maldita sea! —gritó el entrenador—. Centraos, joder. Tú, Bully. —Señaló al chico con la cabeza cubierta de pequeñas trenzas que jugaba como tight end—. Si Monroe se ve superado…

—Me posiciono por la derecha para protegerle, entrenador —respondió, exaltado.

—¡No, no y no! —El entrenador partió sobre su pierna el palo con el que indicaba las posiciones en la pizarra—. Te liberas para que el puñetero quarterback pueda pasar el balón antes de que nos jodan con un sack y perdamos un puñado de yardas.

Goldstein, el joven que había cogido peso durante el verano, rompió el silencio tras la bronca del entrenador al abrir una chocolatina de cereales.

—¡Goldstein! —gritó Hastings.

—Señor…

El sobresalto hizo que el tentempié volara un par de metros hasta acabar en el suelo.

—Como no muevas ese culo de hipopótamo ahí fuera, te arrastraré por el campo hasta que tu mierda sea tan verde como el césped. ¿Me has oído?

—Sí, entrenador.

El eco del entrenador continuó surcando el gimnasio y sumió a todo el equipo en el silencio.

—Si alguno falla hoy, me aseguraré personalmente de que no vuelva a pisar el campo.

La amenaza no habría tenido tanta fuerza en Connor de no haber mirado directamente al chico al lanzarla.

Chris, justo al lado de su amigo, sonreía al verle el rostro empapado en sudor.

—Ya sabes, Payton —le dijo—, cúrratelo ahí fuera o volverás a abrillantar el banco con el trasero.

Connor dejó que el equipo volviese al vestuario y se quedó a solas con sus pensamientos. Se preguntó si Chris se habría comportado con el mismo sarcasmo de haber sido el entrenador quien tomase la decisión real de sacarle al campo. La respuesta que encontró, un rotundo sí, le hizo sentir mejor, pues Chris no sospechaba nada sobre treta alguna por parte de su compañero. Aquel momento en soledad despertó en él su parte más competitiva y rencorosa. Se planteó entonces hacer que tanto el entrenador como Chris se tragasen sus malditas palabras.

El primer partido de la temporada arrancó con un festival de humo y colores. La música estallaba por todo el terreno de juego mientras las animadoras de los Timberwolves de Valley Rock saltaban y hacían piruetas al son del tema Game Time de Flo Rida con Sage The Gemini. El equipo, comandado por Alan Monroe, rompió la pancarta con el mensaje «Es nuestra temporada» al salir del pasillo de los vestuarios. Al otro lado les esperaban los Warriors del instituto de Brainerd, semifinalistas de la temporada anterior. Había más seguidores de los Timberwolves que del equipo visitante. En las gradas no cabía ni un alma más y, aun con todo a rebosar de gente, Jessica se las ingenió para que cualquiera pudiese reconocerla. Llevaba el cuerpo cubierto de tiras de celofán brillante con los colores de su chico, blanco y azul. Un tanto desacertado en aquella ocasión, pues los rivales también lucían en sus banderas los mismos tonos, razón por la que los Timberwolves decidieron jugar con el uniforme secundario de color negro y marrón. Dejando a un lado el chasco que se llevó, nada perturbó a Jess, quien animaba a Connor con la intención de que el chico no se fijase ni un segundo en las animadoras del equipo.

Susan Payton y su hija no necesitaban llevar puesto un atuendo estrafalario para que su hijo las encontrara en las gradas. Era su primer partido como titular. Ellas no iban a perdérselo y él no tenía necesidad de que nadie más lo presenciara. Solo la pancarta con el ocho en purpurina que Daisy había estado haciendo toda la mañana era suficiente para la moral del chico. El resto, todo el público presente, solo le importaba en la medida de la repercusión que podrían tener sus hazañas en el campo.

Tras el lanzamiento de moneda, los Timberwolves optaron por empezar atacando.

Y comenzó el partido.

En cada jugada ofensiva de los Timberwolves, Alan lanzaba con precisión a todos sus corredores. No había duda de que era la estrella del equipo. Sin embargo, alguien supo hacerle sombra durante el segundo cuarto. Connor necesitó unos primeros quince minutos para tomar el control de sus nervios. Pero, en cuanto lo hizo, no tardó en brillar con luz propia. Corrió como nunca, saltó más que en toda su vida. Monroe dejó de decidir entre los diferentes corredores y escogió a Payton para llevarlos a la victoria. Los pases del capitán parecían cohetes con el claro objetivo de acabar en las manos de Connor. El fruto de tanto entrenamiento no eclipsaba la traición a su amigo, pero… ¡Qué demonios! Él se lo estaba pasando francamente bien.

En el último cuarto, con la esperanza podrida de los Warriors de Brainerd, tuvo lugar la jugada que elevó a Connor a la estratosfera de la sociedad juvenil. Tras un lanzamiento perfecto que Payton logró encajar entre sus brazos, al librarse del fuerte bloqueo que el equipo rival le había establecido desde que comenzara a sumar puntos en el marcador, el chico corrió por el centro del campo como un soldado en medio de la batalla. Así se imaginaba él, cruzando un terreno minado para salvar su confusa moral. Dos jugadores le cortaban el paso. Al primero, más alto que Connor, pudo sortearlo con un hábil quiebro de piernas y un juego de caderas. Aquello no le serviría con el segundo.

Corrió hacia él, poseído por el éxito de lo que podría ocurrir si todo se desarrollaba igual que lo tenía planeado en su cabeza. Un paso tras otro, cada cual más rápido que el anterior. Al frente, un corpulento joven con la rabia en el rostro. Connor no cambió de dirección, siguió adelante. Se encontraban a un par de metros de la zona de anotación. No había necesidad de marcar otro touchdown, el partido ya estaba ganado. Pero no era eso lo que importaba a Connor en aquel momento. Todo estaba relacionado con la gloria y el orgullo. Por esa razón, cuando estuvo a una zancada de aquel muro protegido con casco y coraza, Payton esperó a que su rival se lanzase contra él. En ese instante, a segundos de una acometida brutal, Connor saltó hacia arriba y encogió el cuerpo para facilitar la voltereta.

El silencio de los allí presentes permitió que se oyera el grito que acompañó la pretendida embestida del joven de los Warriors. Mientras, Connor giró por el aire, volando hacia la zona final, donde cayó sobre el césped para continuar rodando por el suelo.

El árbitro levantó los dos brazos para señalar la anotación.

Payton se había coronado así mismo.

Incluso Chris, quien había presenciado todo el partido con cierto rencor, se levantó impulsado por la proeza de su amigo. Supo entonces que jamás volvería a pisar el campo de juego a no ser que a Payton le ocurriese algo horrible.

Y le ocurrió.


Al dejar el baño, le sorprendió oír a Chris. No sabía dónde se encontraba, pero no estaba lejos. Connor se aproximó a la esquina del pasillo de ciencias. Allí vio a su amigo. Hastings le increpaba contra las taquillas mientras Chris intentaba explicarse. El contenido de la conversación no llegaba hasta sus oídos, aunque no era necesario si se fijaba en la comunicación no verbal.

Era una clara discusión.

—¿También rezáis para que pase esta noche? —se entrometió Connor para salvar a Chris.

Chico y hombre se sorprendieron al verle. Demasiado.

—¿Va todo bien? —preguntó Connor al comprobar la reacción a su presencia.

—Sí, Payton, cosas del partido —respondió rápidamente el entrenador—. Las emociones nos traen a todos de cabeza.

—Sí, eso —afirmó el joven.

Chris pasó junto a su amigo con una expresión incierta.

Hastings sonrió a Connor, quien siguió los pasos de su amigo.

—Chris. Chris, espera.

El chico se detuvo por un instante.

—¿De qué iba todo eso? —le interrogó.

—Nada, Payton.

La mirada de Chris parecía pesar una tonelada. No intentó levantarla para buscar la de Connor.

—Quieres jugar mañana, ¿verdad? Se trata de eso —intentaba adivinar Connor.

—No… Bueno, sí. Pero…

Chris había encontrado una salida al interrogatorio.

—Vas a jugar, yo me encargaré de ello.

Connor puso las manos sobre los hombros de su amigo.

—Y, ahora, olvídate de todo y disfrutemos un poco. Vamos, colega.

Aquella palabra, «colega». Esa maldita palabra que lo hacía todo tan difícil para el atormentado Chris Hoffman. Debía olvidarse de ella por una noche.

Para Connor fue mucho más.

Toda una eternidad.


Agárrame ese fantasma

Estar en la piel de Caleb podría compararse con haber vuelto a los doce años. Al convertirme en él por segunda vez, el mundo parece más grande y, aunque peso unos kilos menos, los músculos de Caleb actúan como si jamás hubiese hecho ejercicio. Es extraño vestirse con el cuerpo de otro chico. Sobre todo, cuando el único modo de que Beth me vea es con el aspecto de mi enclenque vecino.

Además, pensar en buscar respuestas con Caleb como presentación es un tanto contraproducente. Siempre ha sido tímido y demasiado vergonzoso. Recuerdo un día en la tienda de videojuegos del centro comercial Northern Lakes. El tipo barbudo y gordo que trabajaba allí fue despedido por utilizar las cámaras de seguridad del establecimiento con fines lucrativos sexuales. Lo que se traduce en que se la pelaba más que un mono mientras veía las grabaciones de las escasas chicas que entraban allí. Fue sustituido por una joven excéntrica y amante de los shooters, un cambio que Caleb se tomó como todo un desafío. Aquel día, tras una hora tratando de buscar la edición completa del último Call of Duty, se marchó de la tienda sin preguntar siquiera a la chica. Tuvo que volver conmigo al día siguiente para poder comprar el juego. Así de introvertido es Caleb, aunque parece haber encajado bien con Beth.

—¿Qué tienes pensado? —pregunta ella.

—No tengo ni idea de por dónde empezar.

—Lo primero que tienes que saber son las causas de tu muerte.

—Buena idea, Beth.

—¿Seguro que no te sobrepasaste en la fiesta? —cuestiona Caleb en su cabeza—. Porque no pienso ser la marioneta de un imbécil de mierda.

—Ya te lo he dicho, Caleb. Ni siquiera me bebí una sola cerveza.

—Es extraño que no recuerdes nada de anoche —comenta Beth.

—¿Qué recuerdas tú? —pregunto.

—Te vi con los chicos del equipo en el gimnasio… —trata de recordar—. Salí a fumar a eso de las once y volvías con Jessica por el pasillo de Ciencias. La última vez que apareciste fue pasada la medianoche, cuando te vi salir de allí un tanto perjudicado. Parecía que te habías pasado con las copas. No sé si comprendes a qué me refiero.

—No estaba borracho —reitero—. Ya no me encontraba bien…

—Pues algo debió ocurrir para que… —añade Caleb, creo que para hacerse notar.

Como si pudiera olvidarme de él.

—¿A qué hora es mi funeral?

No puedo creer que haya hecho esa pregunta.

—A las diez está anunciado.

—Bien…

No, de bien nada. Estoy pensando en acudir disfrazado de Caleb a mi propio entierro. Esto tiene que ser como mínimo la experiencia más traumática de la historia del ser humano.

—Connor, no voy a dejar que hagas esto solo —dice Beth y coge la mano de Caleb, que en este instante es mía.

Debo tener una expresión de aflicción inmedible para que Beth, la señorita «si me tocas te mato», rompa su norma sobre el contacto físico para hacerme sentir mejor.

—Yo tampoco —interviene una vez más Caleb—, aunque en mi caso es diferente…

Caleb siempre tan sincero.

—No sé qué hacer hasta mañana —les digo—. ¿Duermen los fantasmas? Porque la verdad es que me vendría bien echarme un rato y descubrir al despertarme que todo esto no es más que una pesadilla.

—Ojalá mi padre entendiese esto. Así podrías quedarte aquí a dormir.

—Tengo una madre que se preocupa por mí —me recuerda Caleb.

—Es cierto —le confirmo—. Caleb tiene razón, su madre debe preguntarse dónde se ha metido.

—Nos vemos mañana a las nueve y media en la puerta de la iglesia.

Asiento con la cabeza.

No quiero soltar la mano de Beth. El gesto me ha brindado el poco consuelo que soy capaz de encontrar en este momento.

—Gracias, Beth.

—Dámelas cuando averigüemos lo que te ha matado.

Mi madre siempre nos ha dicho que hay una versión de You Are My Sunshine para cada ocasión. Para los cumpleaños de Daisy es la de Stine J. la que suena. También la ha utilizado para algunos de nuestros vídeos familiares de las vacaciones.

Mientras camino hasta la casa de Caleb, a un palmo de la mía, no se me ocurre mejor versión de la canción que la de Johnny Cash. El tipo consigue destrozar con su voz vieja y rota un tema sobre el amor y el cariño de un modo ofensivo. La imagino en mi cabeza, sin que Caleb pueda oírla, acompañando cada paso que doy. Y me quiebra lo único que me queda, el alma. No quiero sentirme así, pero no podría ser de otra manera. Estoy deshecho, no encuentro otra palabra para describirme ahora. No es dejar de existir, es algo más retorcido.

Me detengo frente a la casa de Caleb. Hago todo lo posible por no entrar en la mía. Miro hacia mi puerta y me invade un frío que tersa la piel que no me pertenece. Parece no haber nadie dentro. Puede que estén en el hospital, en la morgue.

—¿Estás bien, Connor? —pregunta Caleb—. He sentido un frío…

Miro hacia su casa.

—Caleb, voy a salir de tu cuerpo. Tu madre estará esperando a verte para decirte lo que ha ocurrido conmigo. No quiero tener que escuchar más veces lo mismo. Habla con ella, quédate a su lado. Aprovecha cada instante con tu madre. Yo esperaré en tu habitación.

—¿Estás seguro? Verás…

Sé lo que va a decir y no necesito oírlo para ser consciente de la nobleza de mi amigo. Porque Caleb es mi amigo, siempre lo ha sido. Ojalá yo hubiese sido igual de honrado con él.

—Connor, siento que te he recuperado de alguna manera, que volvemos a ser… No quiero que desaparezcas.

—No me iré a ninguna parte, Caleb. Ve con tu madre.

Cierro los ojos y me pierdo en el interior de su cuerpo, aunque es por mi alma donde navego hasta que deseo abandonar su piel.

Tras el destello, Caleb se encuentra a mi derecha rodeado de ese extraño brillo blanco.

—No me dejes, amigo —susurra. Echa un vistazo discreto hacia la ventana de mi habitación, tan oscura como todo lo que siento en este instante.

Entra en casa. Le sigo de cerca. Su madre grita al verle y le abraza con fuerza. Les dejo abajo. Subo hacia su habitación. Me siento en su cama, desde donde se ve mi habitación. La ventana está abierta. Adivino que mi muerte ha dejado cierto tufo a cadáver. Mi cama sigue revuelta. También veo mi ropa ocupando todo de manera desordenada, mis banderines de los Vikings, mi balón firmado por Kirk Cousins, mi ordenador apagado, mi vida…

Observar desde fuera mi lugar favorito del mundo es como volver a estar en la piel de otro. Mis cosas están ahí, pero yo no. Siguen como siempre han estado, pero sin mí. Es una demencial alienación sin sentido. Ver tu vida en los objetos, en tu ropa, en las paredes de tu habitación… Soy el espectador de mi yo, que ya no volverá a dormir en esa cama, pensar en chicas bajo las sábanas o pasar el fin de semana con maratones de series online. No más estúpidos bailes con una raqueta como guitarra. Se acabaron las horas de estudio en el mismo escritorio que estudió papá con mi edad. Adiós a las largas tardes tirado sobre la moqueta.

Hasta siempre, Connor Payton.

Puedo oír el llanto de Caleb desde aquí. Su madre también trata de esconder en un abrazo la tristeza por la muerte del joven vecino. Así les imagino, abrazados, rogando porque a Caleb no le ocurra nada parecido. Solo se tienen ellos en esta vida. Yo tenía una familia, pero Caleb… No tuvo suficiente con perder a su padre en aquel accidente de coche, además me perdió a mí unos años después. Y aquí estoy, lamentando mi fallecimiento, sufriendo por mi marcha de este mundo, sin aproximarme siquiera a lo que mi amigo tuvo que padecer. Tengo que dejar de llorar, las lágrimas no van a servir de nada. Debo reconocer lo que ha ocurrido, porque estoy muerto y es hora de aceptarlo. Como también debo asumir que nadie más es culpable de mi muerte. Puede que en la fiesta alguien interviniera en mi destino, pero soy yo, el estúpido de Connor Payton, quien se ha colocado en la situación para que todo esto ocurra. Son mis acciones, las decisiones que he tomado y mi comportamiento las causas que me han llevado a observar como fantasma mi propia habitación desde la de Caleb. Lo que no resta importancia a saber qué me ha matado. Necesito saberlo. No pienso marcharme, si es que existe algo parecido a la otra vida, sin saber en qué momento firmé mi sentencia mortal.

Caleb sube cuando la noche ya ha caído sobre mi primer día como espectro. Mi casa sigue vacía. No he dejado de observar por la ventana en todo momento.

—¿Connor? Espero que sigas aquí —dice, con los ojos irritados.

Dejo de vigilar mi antigua vida para volver a entrar en Caleb. Comienzo el ritual como lo hice en casa de Beth. Antes de hacer el gilipollas por la habitación, me detengo en un detalle que quizás sea clave para estas dichosas posesiones. Es lo último que dije en ambas ocasiones. Puede que funcione.

—Caleb —pronuncio frente a él.

Una extraño poder me arrastra hacia su cuerpo a una velocidad demencial. Me siento absorbido, empujado, mientras una luz me ciega. Al abrir los ojos, ya no es mi mirada la que me devuelve la imagen en el cristal de la ventana.

—¿Connor? —vuelve a preguntar, aunque esta vez solo le oigo yo.

—Sí, Caleb, he vuelto. Ya sé cómo hacerlo.

—¿Y?

—Es tu nombre —le explico—. Necesito decir tu nombre para entrar en tu cuerpo.

—Eso quiere decir que si no conoces el nombre de alguien no podrías poseerle.

—Supongo…

—¿Has pensado en cómo vamos a dormir? —quiere saber.

—Pues, como cualquier persona. En realidad, estoy cansado, aunque puede que solo sea tu cuerpo.

—Descansemos, Connor.

—Sí, será lo mejor.

Sigo las directrices de Caleb antes de meternos en la cama, lo que sigue pareciéndome extraño. Ya no hay pudor a la hora de ir al baño, al menos por mi parte. Tampoco Caleb se queja cuando me desnudo para darme una ducha. Aún me sorprende lo que mi amigo escondía en su zona baja, aunque no despierta envidia o vergüenza alguna. Durante la ducha charlamos sobre lo que ha ocurrido en las series de anime que veíamos juntos desde que las dejé por el fútbol. Caleb disfruta hablando sobre nuestras antiguas aficiones. Yo me dejo llevar por la añoranza de unos años divertidos y consigo evadirme de la fría realidad.

Mientras lavo sus dientes, Caleb continúa la clase sobre Ataque a los Titanes y Dragon Ball Super. Emito mi opinión sobre el hecho de que Son Goku tenga ahora el pelo de color azul o rosa cuando manifiesta su poder. Discutimos. Me doy una bofetada en la cara para que Caleb lo sienta. Reímos. De repente, su brazo izquierdo se eleva y responde en la otra mejilla. Escupo la pasta de dientes sobre el espejo.

—¿Has sido tú? —le pregunto a su rostro en el espejo.

—Creo que sí.

—Intenta hacerlo otra vez —le pido.

No ocurre nada.

—Vamos, Caleb.

—Lo intento…

Entonces, su mano se enfrenta al espejo y me hace una peineta sin que yo intervenga en la acción.

—¡Genial! —grita.

—Vaya… No sé si es genial o no. Espera. —Me apoyo sobre el lavabo para concentrarme en evitar sus gestos—. Vuelve a intentarlo.

Nada.

—Con más garra, vamos —le insto.

—No puedo, Connor. Es como si alguien me sujetara el brazo.

—Ahora sí es genial —comento.

—¿Por qué?

—Porque si tengo que entrar en alguien para averiguar algo, no me gustaría que lograra doblegar mis actos —le explico.

—Tiene sentido.

Nos dejamos caer en la cama con el ordenador portátil.

—¿Estás seguro de querer verlo? —pregunta Caleb.

—No, pero me gustaría saber qué opina la gente sobre mí después de mi muerte.

Accedo a la cuenta de Instagram de Caleb. Nuestros compañeros de clases continúan con sus condolencias online. Parece una maldita competición por ver quién siente más la muerte de Payton. Incluso llevan a cabo un challenge, algo así como publicar la mejor fotografía que tengan conmigo. Jessica ha subido unas cincuenta. Hay publicaciones de gente que no conozco en las que se muestran llorando mientras forman un ocho con los dedos, mi número en el equipo.

—Ver para creer…

—Ya sabes que las redes son un escaparate al mundo —comenta Caleb.

Alan ha publicado una fotografía de espaldas con mi camiseta de los Timberwolves. Es lo único que tiene sentido de este circo, aunque el odio hacia él no ha desparecido. Una chica muestra en vídeo el altar improvisado que han montado con flores, velas y postales en la puerta del instituto. Hay uno igual en el campo de fútbol. Llantos, brindis en directo, imágenes de partidos en las que anoto un touchdown… No solo los alumnos se han volcado en un sentido pésame de cara a la galería en Instagram. El entrenador Hasting ha dejado claro que el equipo seguirá adelante sin mí. Lo hace con una imagen de mi camiseta de los Timberwolves y aclara bajo ella que me he llevado todo lo que sabía conmigo. Si eso no es un claro mensaje de «Adiós, chaval, ya no puedes joderme»…


Si hay alguien que pueda alegrarse de mi muerte es él. Quizá también la profesora Cass. Su secreto ha muerto conmigo.

El teléfono de Caleb vibra en alguna parte bajo las sábanas. Es una llamada de Beth.

—Buenas noches, Beth —respondo—. Soy Connor.

—Déjate de formalismos, Correcaminos. Mi padre ha vuelto hace rato del hospital y ha traído el resultado de la autopsia para acompañar su informe policial. No he podido evitar leerlo en cuanto ha entrado en el baño —el tono de Beth hace que las palabras se atropellen unas a otras.

Está nerviosa.

—¿Qué me ha matado?

Me incorporo en la cama. Tengo la impresión de que no me va a gustar su respuesta.

—Ha sido una sinergia química, Connor.

—¿Qué?

—En tu sangre han encontrado restos de alcohol, MDMA y altas dosis de oximetolona.

—¿Qué mierdas son esas? Yo no tomé nada de eso.

—Ya sabes lo que es el MDMA, pero la oximetolona… He mirado en internet y es el compuesto del Anadrol, un esteroide de los más fuertes.

—Joder… —suelto, sin pretenderlo—. Beth, eso quiere decir…

—Que todo eso te provocó una sinergia mortal, Connor.

El habla me abandona para esforzarme en recordar la fiesta, pero solo dispongo de imágenes mezcladas, música, luces, muerte…

—Connor, ¿estás ahí? —pregunta Beth al otro lado—. Connor, te han asesinado.

—Nos vemos mañana, Beth —es todo lo que puedo decirle.

Cuelgo.

—Connor, yo…

La voz de Caleb se pierde en la oscuridad que me invade. Miro el ordenador, el muro de Instagram, pero no veo nada en realidad. Mis sentidos se desconectan por un instante, hasta que reparo en la publicación que tengo frente a mí.


Si tuviera que apostar por alguien, diría que Amy está detrás de mi muerte. Siempre ha deseado mi sillón en el consejo. Es capaz de todo por conseguirlo.

Esa zorra me ha matado.


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444 стр. 41 иллюстрация
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9788416366514
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