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EL DÍA QUE CONOCÍ A HUGH GRANT
Isabel Montes
EL DÍA QUE CONOCÍ A HUGH GRANT
1ª Edición digital: Abril 2015
©Copyright de la obra: Mª Isabel Montes Ramírez
©Copyright de la edición: Angels Fortune Editions SCP Email: angelfortuneditions@gmail.com
ISBN: 978-84-943785-2-2
www.angelsfortuneditions.com
Todos los derechos reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de la obra, así como su contenido y/o el diseño de portada y contraportada. La editorial se exime de toda responsabilidad sobre los posibles daños o perjuicios que pudiera ocasionar el contenido mismo de la obra.
A mis queridísimos padres, habitantes perpetuos de mi corazón
y a mi querida Valentina Isabel, la hija que siempre quise tener
Capítulo 1
UNA NOCHE MÁS DE INSOMNIO
Valentina seguía despierta. Giró los ojos lentamente hacia la izquierda, para ver la hora reflejada en el techo. Las 4,55h. Suspiró resignada. Quiso recordar, sin éxito, la última vez que el odiado timbre del despertador, la devolvió al mundo consciente. Ahora, incluso lo echaba de menos. Junto a ella, Giacomo dormía plácidamente, ajeno al mar de dudas que la castigaba sin descanso. Había llegado el momento de tomar decisiones. Algo en su interior le repetía una y otra vez, que había elegido el camino equivocado. Quizás había llegado el momento de retroceder, y volver al punto de partida. ¿Sería ya demasiado tarde? Aquella noche, sin embargo, no era una noche más como las anteriores. Había vuelto a pensar en él. ¿Por qué ahora? Durante la noche, sin apenas darse cuenta, permitió que el rincón de su corazón, que había permanecido cerrado bajo llave los últimos años, se abriera como un soplo de aire fresco. A su mente regresaron aquellos recuerdos que la colmaban de felicidad. Las promesas hechas junto al olivo, los paseos a caballo por los campos de su tierra, aquel verano en Londres. Había vuelto a pensar en él como si aquello que ocurrió, no hubiese terminado nunca. No, aquella herida seguía abierta.
Lejos de allí, Gabriel tampoco podía dormir. En unas horas regresaría a Córdoba por temas de trabajo, después de cuatro largos años de ausencia. ¿Sería capaz de no intentar volver a verla? Dirigió la mirada hacia la foto que adornaba la mesita de noche. Allí estaban ellos dos, junto aquel olivo, sobre el cerro de la cruz. Todo su cuerpo se estremeció con el solo pensamiento de volver a sentirla una vez más, aunque sabía que era prácticamente imposible. Hacía ya casi cuatro años que vivía felizmente con aquel italiano, que más que un hombre parecía un patrón diseñado por Nicole. Valentina, seguramente, ya no se acordaría de él. ¿Cuándo sería capaz de olvidarla para siempre? ¿Cuándo podría rehacer su vida de una vez por todas?
Nunca.
Valentina sacudió la cabeza como si así fuese capaz de olvidarse de él. Todo había terminado hacía tanto tiempo, que lo más lógico era pensar que Gabriel, ya habría rehecho su vida. Además, después de aquel fatídico verano, desapareció sin dejar rastro. Solo tuvo noticias de él al cabo de ocho años. Una nota de su puño y letra, donde de una forma muy sutil, se disculpaba por romper sus promesas y un regalo. Un cachorro de pastor alemán, que a partir de aquel día se convirtió en su fiel guardián. No, aquello ya había terminado definitivamente y lo mejor que podía hacer era olvidarlo para siempre.
Giacomo se giró hacia ella lentamente. La rodeó con su brazo por la cintura con una suave caricia, mientras la atraía hacia él. El aliento caliente y pausado sobre su cuello, la hizo estremecer. Incluso dormido era tierno y cariñoso. Valentina supo, en ese instante, que todas sus ideas de ruptura volvían a caer en saco roto. Aprovechó el momento de debilidad que le invadió, para intentar olvidarse de Gabriel. No encontró mejor forma de hacerlo, que recordar el día que conoció a Giacomo.
“Fue en la semana de la moda de Milán, en febrero, donde se presentaba la colección otoño-invierno 2006. Allí estaba yo, junto a mi madre, la gran Nicole Beauchamp.
—Giorgio, querido, ha sido “¡merveilleux!”, —dijo mientras caminaba hacia él para abrazarle.
—Mi querida Nicole. ¿Qué sería de mis modelos sin tus toques finales? ¿Cuándo te decidirás a trabajar exclusivamente para mí?, —contestó con una sonrisa y un guiño.
—Giorgio ya sabes que soy leal a todos, pero no quiero atarme con nadie. Necesito sentirme libre como los pájaros. Mi marido lo entendió enseguida: respeto y libertad.
—Sí, pero las ideas que les das a mis competidores, podrían servirme a mí también.
—¡ No, imposible! Yo os he dado las ideas para crear vuestro propio estilo, ese que os hace únicos y diferentes. Jamás haría algo que os pudiese perjudicar.
—Lo sé, Nicole. He arriesgado mucho siguiendo tus consejos para esta temporada, pero una vez más ha merecido la pena. He roto con mi línea habitual y he hecho una colección mucho más barroca, como tú me dijiste. ¿Y sabes qué? Me han acusado de excesivos detalles parisinos, y hasta se han sorprendido que incluya el fucsia en la colección.
—¡ Ja , ja, ja! Quizás tengas razón y me haya dejado llevar por mi querido París a la hora de darte ideas, pero sigues siendo el gran Giorgio Armani. Por otro lado he encontrado exquisitos los complementos. ¿Quién ha sido el artífice de tan magno cambio?
—Celebro que lo comentes. Ha sido una apuesta que ha resultado ser un éxito. Se llama Giacomo Martinelli. ¡Giacomo! Ven, quiero presentarte a una amiga.
Al oír aquel nombre, esquivé el hombro de mi madre para fijarme en el último fichaje de Armani. Como no podía ser de otra manera, ante mis ojos apareció un cuerpo digno de la mejor clase de anatomía. Tenía el cabello negro, engominado para conseguir un “perfecto” despeinado y un efecto húmedo, como recién salido de la ducha. La cara de facciones fuertes, lucía un bonito bronceado uva, que sorprendentemente quedaba muy natural. Vestía una camiseta de manga corta, negra y ceñida que marcaba unos pectorales y deltoides perfectos. A la altura de sus pechos aparecía escrito en blanco: Armani. Las sucesivas abdominales terminaban, junto a la tira de goma del slip blanco, donde aparecía escrito en negro: Armani. A la altura de la cadera empezaba un pantalón negro ceñido, que marcaba unos cuádriceps no muy voluminosos pero bien definidos. Su atuendo terminaba con unos zapatos negros de punta cuadrada. Al oír su nombre, Giacomo sonrió enseñando unos dientes blancos y perfectos. Metió la mano en el bolsillo del pantalón, y como si estuviese desfilando por la pasarela, se dirigió hacia nosotros.
—Giacomo, te presento a mi musa, Nicole Beauchamp.
Haciendo una reverencia le cogió la mano y la besó.
—Madame, “enchanté”.
—Giacomo me he quedado extasiada con los broches, pero sobre todo con los anillos, grandes, con carácter, dando personalidad a las delicadas manos de la mujer.
—Me congratula su comentario Madame, es exactamente lo que que-ría conseguir. Permítame el atrevimiento Madame, pero esta encantadora jovencita, ¿viene con usted?
Fue en aquel mismo instante cuando Armani tomó conciencia de mi presencia.
—¡ Valentina!, que desconsiderado he sido contigo. Deja que te dé un beso, pequeña. La culpa la tiene tu madre, que hace que todo a su alrededor desaparezca.
—No se preocupe Sr. Armani. Hace mucho que vivo a la sombra de mi madre, —dije con voz firme y sin mirarla.
Nicole me miró furiosa, pero trató de controlar sus emociones. A nadie de los allí presentes le importaba nuestros más y nuestros menos.
—Por favor, llámame Giorgio.
—Como quiera, —le dije con una dulce sonrisa.
Habían pasado ya tres años desde que regresé de mi “exclusivo encarcelamiento” en París y Londres, pero yo seguía sin ser la Valentina de siempre. Me había acostumbrado tanto a vivir acatando los deseos de mi madre, que mi espíritu de lucha había desaparecido. Además, hacía tiempo que había asumido el fin de mi historia con Gabriel, así que me resigné simplemente, a cumplir con sus deseos. Como estaba segura que Giacomo encajaba en sus planes, no demoré ni un instante en ir a la caza y captura. Aunque a la vista de su comportamiento, se dejaría cazar sin oponer ningún tipo de resistencia. Me dirigí directamente hacia él. Le tendí la mano para estrechársela, pero con una exquisita galantería la cogió, y sin dejar de mirarme a los ojos, la besó.
—“Enchanté Mademoiselle”.
—No es necesario que me hables en francés. Nací en Córdoba. Me llamo Valentina Ordoñez Beauchamp, —le contesté como si tuviese un Dios en el cuerpo.
—Giacomo Martinelli, a tu servicio.
Sé que aquella escena era lo que Nicole había soñado durante mucho tiempo. Pues ya lo había conseguido. Todos estos años nos había intentado inculcar a mi hermana y a mí la pasión por la moda. Quería que fuésemos modelos de fama internacional. Cuando Natalie le comunicó la decisión de estudiar la carrera de medicina, el mundo se le vino abajo. El cuerpo de mi hermana era perfecto. Sé que aquel día se juró a si misma que no permitiría una derrota más. Mi cuerpo, en cambio, se asemejaba más a una guitarra española. Pensé que gracias a eso me escaparía de pasear pasarela arriba, pasarela abajo, pero no lo conseguí. De una forma diferente, mi vida acabó uniéndose al mundo de la moda. El día que le dije a mi madre que mi pasión era la literatura y que quería estudiar Filología Hispánica, no me dejó muchas opciones.
—¡ Olvídate de eso jovencita! Serás mi secretaria. Trabajarás en mi despacho como diseñadora y contactarás con proveedores y clientes. Me acompañarás en mis viajes, organizarás mi agenda y serás mi mano derecha, ¿está claro?
Mi respuesta no fue otra que: “si mamá”.
—Giorgio, ¿tienes planes de abrir alguna de tus “boutiques” en Barcelona?, —preguntó Nicole con cara de negocios.
—Pues la verdad es que te estaba esperando para que me ayudases con este tema. Quiero abrir dos tiendas, una de alta costura y otra “prêt a porter” ¿me aconsejas alguna zona?
Sin perder ni un minuto, aproveché el único momento de gloria que mi madre me permitió, para demostrar mi eficiencia en el negocio.
—Creo que podemos ayudarle. Tenemos disponibles dos locales que por su ubicación pueden ceñirse a sus necesidades. El primero está en la Avda. Diagonal, 490 y el segundo en Paseo de Gracia, 68-72. Ambos están en el centro de la moda de Barcelona.
—¡ Fantástico! Quiero enviar a Giacomo a Barcelona para que dirija la apertura de las tiendas, y una vez abiertas y en funcionamiento, quiero que siga diseñando los complementos en algún despacho que ya buscaremos.
Parecía que el destino se había puesto de parte de mi madre. Giacomo me miró con una sonrisa delatora de lo que estaba pensando. Yo seguía pensando en Gabriel.
—Giorgio, por el despacho no te preocupes. En mi oficina podemos hacerle un hueco a Giacomo, para que disponga de los recursos y sobre todo de la privacidad necesaria, para desarrollar su trabajo de diseñador.
—Eres un encanto Nicole. Sabía que podía contar contigo. Por cierto ¿aún sigues enamorada de Antonio?
—Hasta la muerte Giorgio, hasta la muerte”.
El recuerdo de aquel encuentro terminó por derrumbar los endebles propósitos de ruptura, que Valentina se había propuesto llevar a cabo de inmediato. Se movió, intencionadamente, para hacer que Giacomo despertara. Fue fácil conseguirlo. Con un leve bostezo y sin necesidad de abrir los ojos, él deslizó la mano sobre el picardías de seda, que Valentina llevaba puesto aquella noche, hasta que llegó al pecho. El tacto del pezón erecto en su mano y la forma de moverse de ella, fueron la excusa perfecta para que Giacomo la abrazara y la poseyera con ansia y rapidez. Valentina se dejó llevar, mientras trataba de convencerse de que él la quería, y merecía la pena darle una nueva oportunidad.
—¡Uf! cielo, tienes mi permiso para despertarme así siempre que quieras. —dijo Giacomo mientras liberaba a Valentina de su peso, para acomodarse junto a ella. Por cierto ¿qué hora es?
—Las cinco y cuarto.
—Perfecto, aún tenemos dos horitas para dormir de nuevo. Anda, ven aquí y bésame—dijo Giacomo mientras la abrazaba.
—No tengo ganas de dormir más. —dijo Valentina, después de darle un fugaz beso en los labios. Si no te importa me voy a la playa a hacer un poco de footing.
—Como quieras, pero llévate a Hans. Con un poco de suerte cuando despierte me tendrás el desayuno preparado —dijo Giacomo mientras se acomodaba para volver a dormir.
—De acuerdo. Que descanses.
—Adiós reina, ves con cuidado.
Valentina se dirigió al vestidor para enfundarse su equipo de footing. Aunque aún no había amanecido, no tenía miedo de correr por la playa desierta y oscura. Su fiel pastor alemán, regalo de Gabriel, era su mejor guardaespaldas.
Cuando la puerta de la terraza se abrió, Hans salió velozmente de su caseta. Sus orejas empezaron a girar como radares en busca de sonidos que le alertaran de cómo estaba la situación. Solo oyó a su querida Valentina. “Vaya, esto me huele a problemas otra vez. No sé por qué piensa que corriendo por la playa los va a solucionar. Lo que tendría que hacer es volver con mi amo. El de verdad.” Pensó Hans, mientras se preparaba para acompañarla. Sin perder un segundo, estiró todos los músculos y empezó a mover la cola enérgicamente, para demostrarle que estaba “pletórico de felicidad” ante la excursión nocturna que tenía por delante.
—¡Este es mi chico! ¿Listo para ver el amanecer Hans? —dijo Valentina con una sonrisa que era incapaz de esconder sus verdaderos sentimientos. Venga vamos, hoy haremos el recorrido corto. “¡Menos mal!, —pensó Hans. No podría resistir tanto ejercicio con el estómago vacío y las tripas por desocupar”.
Salieron de casa en silencio. Cogieron el ascensor, llegaron al jardín comunitario y como si fueran ladrones, caminaron sigilosamente hasta la puerta que les llevaba directamente al paseo marítimo de Gavà. Valentina miró el mar. Llenó los pulmones con el aire fresco de la mañana y con una sonrisa le dijo a su fiel amigo:
—¿Listo Hans? ¡Guaff! Fue la respuesta que recibió. ¡Vamos allá!
El paseo marítimo seguía iluminado por las farolas. El suave vaivén de las olas parecía un agradable saludo para los primeros visitantes de la mañana. Como una pareja perfectamente sincronizada, Valentina y Hans recorrieron el paseo hasta que llegaron a la plaza de las palmeras, donde los jóvenes hacían piruetas con los monopatines durante todo el día. Allí dieron media vuelta ya que el sol estaba a punto de salir y era una visión que no se podían perder. Cuando llegaron a la altura del apartamento se sentaron en la arena para recobrar el aliento y ver el espectáculo del amanecer en primera fila.
—¿Sabes una cosa Hans? Soy una cobarde. Sí, sí, no me mires así. Soy una cobarde porque sé perfectamente lo que tengo que hacer pero no lo hago. ¿Y sabes por qué no lo hago? Porque pienso antes en los demás que en mí. Porque no quiero hacerles daño y me lo estoy haciendo a mí. Pero creo que ya ha llegado el momento de cambiar. “¡Por fin se ha dado cuenta de lo que tiene que hacer!” Pensó Hans, esperanzado de que esta vez decidiera ir en busca de su verdadera felicidad. Antes de que Valentina pudiera reaccionar, se levantó de un salto para darle un lametón en la mejilla. Era un perro, sí, pero sabía perfectamente que aquel beso era lo que ella necesitaba en ese momento. Valentina le abrazó con todas sus fuerzas, para devolverle la muestra de cariño que acababa de recibir. Le miró a los ojos y no pudo evitar recordar a Gabriel. Cuando le soltó, Hans se acomodó junto a ella sin dejar de mirarla, para demostrarle que era todo oídos, y que estaba ansioso por saber los planes que tenía previsto llevar a cabo.
—Llevo toda la vida haciendo lo que los demás quieren que haga, y no estoy haciendo lo que yo quiero hacer. Trabajo con mi madre en su negocio de moda. Soy su secretaria-asistenta-esclava. No me puedo quejar, en cierto modo me gusta. He viajado, he conocido a gente muy interesante, tengo ropa de marca a buen precio, y todo eso. Trabajo con mi padre en el mundo de los caballos. Soy su secretaria-asistenta-traductora. Me gusta mi trabajo, me apasiona mi tierra y adoro a mi padre. Tengo una pareja que me está volviendo loca. Es un Don Juan, un Valmont, un Casanova, llámale como quieras pero el resultado es el mismo. Tiene el don de hacerte enfermar de amor. Es incapaz de ser fiel a su pareja, porque vive para seducir a toda mujer que se le ponga por delante. Necesita sentir pasión en cada momento. Nos trata como si fuéramos reinas, y cuando eres consciente de que has perdido la cuenta de todas las mujeres, con las que te ha sido infiel, intentas separarte de él, y entonces descubres que sufres más estando sin él que con él. Quieres razonar y le suplicas que te deje, pero entonces te dice que te quiere, que intenta ser fiel pero que no puede. Como dijo Valmont repetidas veces en aquella película: “no puedo evitarlo”. Y le crees, y le das otra oportunidad y confías que esta vez será la definitiva. Vuelves a pensar que tu relación es perfecta, y te entregas a él de la forma que le gusta: con pasión. Y por último está mi gran pasión: la escritura. ¿Y dónde la he dejado? En el olvido, ahí es donde se ha quedado. Yo quería ser profesora de literatura y escribir novelas de amor, y mira donde estoy, haciendo footing a las cinco de la mañana, y con una agenda que no me deja respirar.
Valentina guardó silencio durante unos segundos, mientras miraba fijamente hacia el cielo. Hans la imitó mientras buscaba en el horizonte, el motivo que la silenció.
—Algo en mi interior me dice, que yo he nacido para hacer algo más, de lo que estoy haciendo, —dijo Valentina en un leve susurro.
Hans posó su cabeza sobre el muslo de Valentina, mientras emitía un gemido de preocupación. La brisa marina les envolvió en una amalgama de aromas y perfumes, que les hizo cerrar los ojos, e inspirar todo lo que los pulmones les daban de sí. La última estrella del firmamento desapareció del cielo, como si de un guiño se tratase, para dar paso a la luz y el calor del sol en su amanecer. Las olas del mar acariciaron la arena fresca, con más energía para dejarse oír. La reflexión de Valentina era cierta. Abrió los ojos, acarició a Hans y sonrió.
—¿Qué haría yo sin ti Hans? Creo que hoy voy a tomarme el día libre. A mi madre no le importará y creo que es lo que necesito. ¿Tienes hambre? ¡Guau, guau, guau! “Los cambios con el estómago lleno siempre sientan mejor” pensó Hans mientras se levantaba rápidamente para dirigirse al apartamento.
—Ya me lo imaginaba, vamos campeón.
Después de ducharse y de dar de comer a Hans, empezó a preparar el desayuno, como hacía cada mañana. Giacomo y ella desayunaron juntos como una pareja perfecta, en la terraza del apartamento, cada uno centrado en sus pensamientos. Mientras Giacomo recogía la cocina, Valentina se enfundó en un Victorio y Lucchino negro, con un drapeado cruzado en los pechos y generoso escote. Desde la cintura salían tres pliegues de colores rosa palo, granate y azul, que llegaban hasta el final del vestido, rompiendo así la monotonía del negro. La ropa interior fue seleccionada con mucho cuidado, como si tuviese una cita prometedora. El sujetador rosa palo con bordados y transparencias, resaltaba los pechos y favorecía el escote del vestido. El tanga, del mismo tono, fue puesto por encima del liguero, que sujetaba unas medias finas, de un tono bronceado. Abrochó a los tobillos las sandalias de tacón alto y fino. La americana rosa palo y el bolso a juego, terminaron por completar el atuendo de aquella mañana.
Cuando Giacomo la vio, pensó que era muy afortunado por tener una pareja tan atractiva. Quizá debería asentar la cabeza de una vez por todas.
—Estás preciosa, —dijo Giacomo con unos ojos que delataban pura pasión.
—Gracias. Lástima que el césped del vecino siempre sea más verde que el de casa.
—¿Qué dices? —preguntó Giacomo, sin entender muy bien el significado de aquella frase.
—Nada. Cosas mías. ¿Me llevas a Barcelona en coche o cojo el tren? Dijo Valentina, mientras cubría sus ojos con unas sofisticadas gafas de sol, regalo de la casa Emporio Armani.
—Ya te llevo yo. ¿Estás hoy en la oficina?, —preguntó Giacomo con inquietud.
—No. No pienso aparecer por allí hoy. Como tienes reunión, tampoco iré a comer contigo. Tienes plena libertad para trabajar sin estar pendiente de mí. Hoy he decidido tomarme el día libre. Llamaré a mi madre más tarde para decírselo.
—¿Y qué vas a hacer, si se puede saber?, —preguntó Giacomo, extrañado ante esa actitud tan poco habitual en Valentina.
—Ya te lo he dicho. Me tomo el día libre. Encima de infiel resulta que también es celoso, —pensó Valentina, con una sonrisa de resignación en los labios.
Durante el trayecto en coche apenas hablaron. Cada uno permaneció inmerso en sus pensamientos. Giacomo estaba intrigado por saber qué estaba tramando Valentina. ¿Se habría enterado de su affair con Susana? No, seguro que no. Con un poco de suerte, en breve viajaría a Lucena para estar con su padre, y así tendría plena libertad para salir con ella, sin necesidad de inventarse excusas absurdas. Y ya de paso podría quedar también un par de noches con Pilar.
Valentina volvía a pensar en Gabriel.
Giacomo la dejó en Paseo de Gracia esquina calle Aragón, justo antes de entrar en el parking de la oficina. Se despidieron con un beso, que más que un beso fue un roce de labios. Valentina cerró la puerta, se agachó y le hizo un gesto para que bajara la ventanilla.
—Dile a Susana que al final le voy a coger celos, —dijo Valentina con una sonrisa falsa.
—¿Por qué dices eso?, —preguntó Giacomo, mientras un justificado rubor apareció de inmediato en su rostro.
—Por nada chato, simplemente porque pasas más tiempo con ella que conmigo. Adiós y suerte en la reunión.
—Adiós Valentina. Llegaré tarde. No me esperes para cenar.
—No lo haré, —le contestó, con toda la soberbia que pudo demostrar, aunque en el fondo, ella sabía muy bien los motivos que tenía para llegar tarde.
Cuando se quedó sola, en pleno corazón de Barcelona, volvió a sentirse frágil y débil. Necesitaba ayuda y lo sabía, o quizás solo un golpe de suerte. No, la suerte la tenía que buscar ella, y para encontrarla lo primero que tenía que hacer era poner orden en su vida. ¿Por dónde empiezo? ¿Qué es lo que tengo qué hacer?, se preguntó mientras apretaba su cabeza entre las manos. Vuelve a Lucena. Aquel pensamiento acudió a su mente, como si alguien le hubiese respondido. Sí, tengo ganas de ver a mi padre y a mi querido abuelo. Lástima que Gabriel ya no esté allí, se dijo a sí misma.
El avión procedente de London Gatwick acababa de aterrizar en el aeropuerto de Málaga. Gabriel había desistido de trabajar con su portátil, debido al jolgorio vacacional que llevaban los ingleses durante el trayecto. Sin nada que hacer para ocupar su mente, no dejó de pensar en un sinfín de excusas para ir a Barcelona a ver a Valentina. Su padre le estaría esperando en el aeropuerto para llevarle a Lucena, pero sabía que no le podía preguntar nada sobre ella. Cuando su padre ponía punto y final a un tema, no se podía volver a hablar de él. Aunque sabía que tenía una carta debajo de la manga: Don Antonio. Él seguro que le ayudaría a ponerse en contacto con ella.
Sin saberlo, Valentina había abierto aquella mañana la puerta a su verdadero destino. El golpe de suerte que estaba pidiendo, no tardaría en aparecer. Solo necesitaba dejar a un lado sus principios, para ser capaz de cruzar la puerta que le llevaría directamente a una vida llena de magia. Una vida repleta de brillo, creatividad y amor.
Capítulo 2
EL DÍA QUE TODO OCURRIÓ
Nada más decidir que lo mejor sería ir a Lucena a pasar unos días, sintió una extraña sensación de bienestar en todo su cuerpo. De repente estaba feliz y llena de energía. Volvía a sentirse atractiva, como hacía mucho tiempo que no se había sentido. Aquella mañana era el inicio de su nueva vida. ¿Por dónde empiezo? —pensó. A su derecha tenía la Casa Batlló, a su izquierda el Banco Pastor, a su espalda la tienda Burberry y sobre ella, en la 5ª planta, su oficina. Se giró, miró hacia arriba en busca de la ventana de su despacho y con una amplia sonrisa se dijo: “cafelito y magdalena de manzana en el Café di Francesco”. Al llegar, se acomodó en la barra, como hacía cada mañana.
—Buenos días, preciosa. ¿Lo de siempre?, —le preguntó el camarero, con una sonrisa insinuadora.
—Buenos días Joan. Sí, gracias, pero hoy, por favor, ponme la magdalena más grande que tengas. No tengo prisa.
—Así me gusta bonita. Hoy no sé que tienes pero te veo diferente.
—Espero que sea para bien, —contestó Valentina mientras colocaba el bolso sobre sus piernas.
—Por supuesto que sí. Tú nunca tienes mal aspecto, pero hay días que se ve claramente, que no puedes tirar ni de tu alma. Hoy sin embargo estás espléndida.
—Tú siempre tan amable conmigo. He pensado en marcharme unos días a Lucena. Tengo el negocio de mi padre muy abandonado, y luego se me acumula la faena.
—Yo sé de uno que va a estar muy contento, aunque tampoco se corta un pelo cuando tú estás por aquí. —dijo Joan mientras le dejaba el café junto a ella.
—Sí, ya sé a qué te refieres, —contestó Valentina, agachando la cabeza.
—Me sabe muy mal meterme en estos temas, pero eres una chica tan guapa y tan buena persona, que no paro de preguntarme ¿por qué demonios estás tirando tu vida a la basura? ¿Crees que disimula cuando viene con esa morena aquí a tomar café?
—Déjalo ya Joan. No merece la pena, —contestó Valentina con voz firme.
—Perdóname Valentina, pero es que hay cosas que me ponen enfermo, —respondió Joan con cara de arrepentimiento.
Joan era el propietario de la cafetería. Tenía cuarenta y siete años muy bien llevados gracias, en parte, a las horas de gimnasio que dedicaba para mantener los músculos en su sitio. Tenía el cabello castaño claro, muy corto y engominado para mantenerlo de punta, consiguiendo así un toque más juvenil. Las relaciones públicas eran su fuerte. La mayoría de sus clientes venían por el café que servía, pero sobre todo por el trato tan amigable que recibían. Les hacía sentir como en casa. Cuando conoció a Valentina, no tardó en sentirse atraído por ella. Veinte años de diferencia no son nada, —pensó. Lástima que por aquel entonces ya estuviese casado con Marta. De la atracción física, pasó a la protección paternal, que fue acentuada a medida que veía la actitud de Giacomo con otras féminas. Valentina tenía que dejarle tarde o temprano.
—¿Cómo está Marta?, —preguntó Valentina para cambiar de tema.
—Bien, como siempre. Ayer estuvimos viendo una película de George Cloony y ¿sabes lo que me dijo?
—¿Qué está para comérselo?, —contestó Valentina con los ojos abiertos como platos.
—Peor aún. Me dijo que si algún día se lo encontraba y le decía “¿vienes?”, que ni se lo pensaba. Vamos que se iba a la cama con él sin ningún remordimiento.
—Bueno, yo de ti estaría tranquilo porque esas cosas no pasan.
—Oye nunca se sabe. ¿Con quién te irías a la cama tú?
—Hombre, me iría con unos cuantos pero con el que no dudaría ni un segundo es con Hugh Grant.
—Lo ves. Tú también caerías.
—Vaya, qué buena idea me has dado, —contestó Valentina, mientras dejaba el café sobre el plato.
—¿Qué quieres decir? ¿Vas a llamarle para quedar con él?
—No, hombre, pero sería una buena historia para un libro.
—¿No me digas que por fin has decidido empezar a escribir?, —preguntó Joan con una sonrisa en los labios.
—Ya me gustaría. ¿Te imaginas que algún día presente mi novela aquí al lado, en “La Casa del libro”?
—Si eso ocurre, las magdalenas corren a cargo mío.
—¡Ja, ja, ja! Esto me lo apunto. ¿Trato hecho?
—Hecho.
Ambos chocaron sus manos, para sellar el trato que acababan de hacer. Valentina terminó el desayuno y se despidió de Joan. Al salir de la cafetería, se puso las gafas de sol, mientras cruzaba Paseo de Gracia, y empezaba a caminar en dirección a Plaza Cataluña, cuando el teléfono sonó.
—Valentina, hija ¿habéis tenido una pelea esta mañana?, —preguntó Nicole sin decir ni buenos días.
—¿Por qué dices eso mamá?, —preguntó extrañada.
—Giacomo está con un humor de perros, y muy nervioso y como no has venido con él.
—Te iba a llamar ahora. Hoy no pasaré por la oficina, si no te importa. Y en cuanto a Giacomo, no te preocupes por él. Seguramente estará molesto porque le he dicho que me tomaba el día libre, y ya sabes que le gusta tenerme controlada. Estoy en Paseo de Gracia, justo delante de la oficina pero en la acera de enfrente, no sé si me verás.
—Por supuesto que te veo. Llevas el Victorio y Lucchino y ¡¡¡Valentina!!! ¿Qué haces con esa americana de Zara?, —gritó encolerizada Nicole.
—Menuda vista que tienes, —contestó sorprendida. Mamá ya hablaremos mañana. Hoy necesito tomarme el día libre, si no te importa. Además, también he pensado en marcharme unos días a Lucena. Hace mucho que no veo a papá. Me irá bien desconectar un poco.
—Me parece una idea estupenda. A tu padre, y sobre todo a tu abuelo, les encantará tenerte unos días con ellos.
Nicole sabía perfectamente que la relación de su hija con Giacomo, no era lo que hubiese deseado. En parte se sentía culpable. Valentina no era feliz, y en verdad tenía motivos para no serlo. Ojalá Gabriel decidiese regresar pronto a Córdoba. Quizás si se volviesen a ver, podrían retomar lo que ella rompió.
—Llamaré a papá para decírselo, —dijo Valentina.
—No te preocupes, le llamaré yo. Espero que pases un buen día. Ven mañana a desayunar conmigo y hablamos un rato ¿vale cariño?, —dijo dulcemente Nicole.
—Está bien. Hasta mañana, —contestó Valentina, sin querer alargar más la conversación.
—Adiós hija.
Valentina era incapaz de enfadarse con las personas a las que quería. Ella siempre perdonaba pero nunca olvidaba. Sabía que su madre estaba arrepentida por lo que hizo, e intuía que estaría al corriente de las infidelidades de Giacomo, pero claro, cuesta mucho reconocer que te has equivocado. Además ¿quién podía prever que esta relación acabaría así? Echando la vista atrás recordó cómo empezó con él.
“A los dos meses de nuestro encuentro en Milán, Giacomo llegó a Barcelona dispuesto a cumplir con los deseos de Giorgio Armani, pero con un objetivo personal muy bien definido: seducirme y hacerme suya. Aquel cinco de abril de dos mil seis, fui a recogerle al aeropuerto. Nos saludamos con un par de besos efusivos en la mejilla, que reflejaban la pasión contenida por ambos. Desde aquel día fuimos uno la sombra del otro. Trabajamos juntos en la apertura de la tienda de la Avda. Diagonal; comíamos juntos; tomábamos cafés juntos y los fines de semana hacíamos turismo juntos. La verdad es que no tardé mucho en caer en sus redes. En parte lo agradecí, ya que cuando regresé a Lucena, después de mi obligado exilio, Gabriel había desaparecido. Pensé que ya no quería saber nada de mí. No había respondido a mis cartas, no me había llamado ni un solo día y, según su padre, no quería que nadie supiera dónde había ido. Estaba claro que yo, ya formaba parte de su pasado. Aquellos años fueron un calvario para mí, así que, cuando Giacomo apareció, quise darle una segunda oportunidad al amor. Al mes de su llegada, la tienda empezaba a perfilarse. Sobre las ocho y media de la tarde, de aquel cinco de mayo, llegué a la boutique para ver cómo iban las obras. Giacomo me recibió con una mirada, que reflejaba como un espejo el deseo que sentía por mí. Cuando los trabajadores empezaron a marcharse, y nos dejaron solos, Giacomo apagó las luces y cerró la puerta de entrada. Sin decir una sola palabra, me cogió de la mano y me condujo hacia los vestidores. Uno de ellos estaba totalmente terminado. Abrió la puerta despacio, como si quisiera desvelar poco a poco una gran sorpresa. Entré, devolviéndole una mirada de complicidad. Cerró la puerta a nuestras espaldas. Lo que vi, me dejó atónita. El vestidor era digno de cualquier reina. La pared del fondo estaba totalmente cubierta de espejo, lo que producía un efecto de mayor amplitud, al igual que el techo, donde habían instalado tres ojos de buey, orientados hacia el centro del vestidor, como si el objetivo fuese iluminar a una artista sobre el escenario. A la derecha había un sofá de dos plazas, que recordaba la época dorada de Venecia, acolchado y forrado de una tela aterciopelada, en diferentes tonos rosas. El suelo estaba cubierto por una moqueta de un tacto suave y algodonado, en un tono rosa pálido a juego con el color del sofá. En la esquina de la derecha, se erguía una lámpara larga que acababa con una forma de tulipán grande, que obligaba a la luz a dirigirse hacia el techo. En la pared de la izquierda, había un gran espejo con un marco del mismo estilo del sofá. Giacomo apagó los ojos de buey, y se acercó a la lámpara, para regular la intensidad de la luz, y dejar casi en penumbra el vestidor. Caminó hacia mí muy despacio, hasta que se puso a mi espalda. Deslizó sus manos por mis brazos, hasta que las entrelazó con las mías. Apoyó la barbilla en mi hombro, y con la mirada fija en el espejo, me preguntó mi opinión. Antes de decirle que me parecía maravilloso, traté de disimular la excitación que sentía en mi interior, aunque creo que no lo conseguí. Giacomo recibió aquellas palabras, como si le hubiese dado permiso para hacerme suya. Sin perder un segundo, empezó a besarme el cuello, provocando que todo mi cuerpo se estremeciera. Sus manos empezaron a dirigir las mías, en un sinfín de caricias que me hacía a mí misma. Casi sin darme cuenta, noté como empezó a deslizar la cremallera de mi vestido. Cuando ya lo tenía desabrochado, me di la vuelta. Solo necesité encoger ligeramente mis hombros, para que mi vestido cayera al suelo. Mi exquisita ropa interior quedó a la vista de sus ojos. Giacomo no perdió un segundo. Se quitó el jersey, los pantalones y los zapatos, antes de que yo pudiera quitarme el tanga. No me dio tiempo a deshacerme del liguero y las medias. Me tumbó, delicadamente, sobre aquella moqueta, para dar rienda suelta a la pasión contenida en aquellos meses. No dejamos ni un solo milímetro de piel sin besar ni acariciar. Cambiábamos de postura una y otra vez, y mirábamos nuestros cuerpos en movimiento en aquellos espejos, testigos de aquella explosión de placer. Exhausta, me tumbé con los ojos abiertos, para verme reflejada en el techo y poder ver y sentir como me poseía con fuerza y energía. Con cada movimiento, descubrí un nuevo significado de la palabra placer. Hasta que el placer se convirtió en éxtasis, y el éxtasis en un abrazo y unos besos que sin palabras le daban las gracias”.
Valentina volvió a la realidad. Estaba parada junto al semáforo de la calle Aragón, a la espera de poder cruzar la calle. Aquel recuerdo reblandeció tanto su corazón, que no pudo hacer otra cosa que replantearse, el objetivo que se había propuesto para aquel día. Con una sonrisa en los labios, empezó a caminar hacia la oficina para abrazar a Giacomo, y darle una nueva oportunidad. Pero el destino de Valentina ya no estaba en sus manos. Justo en el momento en que empezaba a cruzar Paseo de Gracia, le vio salir junto a Susana. El corazón se le paralizó cuando los vio subir a un taxi. Retrocedió unos pasos hasta llegar junto al quiosco de helados, que había en la acera contraria, para intentar no ser vista. El taxi pasó delante de ella a la velocidad justa para ver, en primera fila, como se besaban apasionadamente. Valentina cerró los ojos todo lo fuerte que pudo, como si así pudiese paliar el dolor que sentía en el pecho. Al cabo de unos pocos segundos, suspiró profundamente, abrió los ojos y se dijo así misma: Punto y final.
Cruzó la calle Aragón con paso firme. Ya no era dolor lo que sentía, sino más bien una rabia contenida, por haber estado a punto de volver a caer en sus redes. En su cabeza solo había un objetivo: separarse definitivamente de él, y retomar la vida que le había sido prohibida. Cuando llegó a la altura de la tienda Loewe, se detuvo delante del escaparate. Miraba hacia todas partes, pero era incapaz de ver nada en concreto. Seguía ciega de ira por lo que acababa de ver. Entró en la tienda con la firme decisión, de comprarse el bolso más caro que hubiese, a cargo de la cuenta de Giacomo, por supuesto. Consideró que era un buen pago, por los cuatro años que le había regalado de su vida. Y así lo hizo. Entró en la tienda. Saludó a la dependienta que había a su derecha. Subió los cuatro peldaños de la entrada, y se dirigió a la mesa de la izquierda, donde habían expuestos unos bolsos con sus complementos. Cogió un bolso que encajaba con su atuendo a la perfección. Miró el precio. No era suficiente. No había dejado aún el bolso sobre la mesa, cuando una voz a su espalda le dijo en inglés:
—Creo que es una buena elección. Debería llevárselo.
Valentina se giró sobresaltada, incapaz de aceptar lo que sus oídos trataban de decirle. Aquella voz ¿era de quién ella pensaba que era? Cuando sus ojos le dieron la respuesta, solo acertó a decir:
—No me lo puedo creer, —dijo Valentina, con unos ojos abiertos como platos al igual que su boca.
—No es que me considere un experto en moda, pero sigo pensando que le hace juego con el modelo que lleva puesto.
—No. Me refiero que no me puedo creer que usted esté delante mío —dijo Valentina, con una sonrisa reflejo, de la situación tan inverosímil que estaba viviendo.
—Bueno, pues sí, sí que estoy delante de usted. Por cierto, me llamo Hugh Grant —dijo mientras alargaba su mano para estrechar la de Valentina. ¿Y usted es?
—Valentina Ordoñez Beauchamp. Encantada de conocerle, y disculpe por mi patética reacción, pero es que no es muy habitual encontrarte cara a cara con tu actor favorito, aunque lo hayas soñado miles de veces.
—Nunca se sabe. A veces estas cosas ocurren —dijo Hugh mostrando aquella sonrisa que tanto gustaba a Valentina. Y gracias por lo del “actor favorito”.
—Es cierto. Le vi por primera vez cuando tenía doce años en “Cuatro Bodas y un Funeral”, y desde entonces estoy enamorada de usted, —dijo Valentina levantando sus hombros, como si fuese una niña traviesa que acaba de confesar su gran secreto, mientras que su cara se ruborizó sin poder evitarlo.
Hugh no pudo evitar sonreír cuando vio la reacción de Valentina.
—Esto es lo que yo llamo ir directamente al grano. Quizás me aproveche de la situación para pedirte un favor, si es que dispones de tiempo suficiente, por supuesto.
—Adelante, —contestó Valentina de forma eficiente.
—¿Serías tan amable de asesorarme para…
—¿Ropa para Jessica? —dijo Valentina, con cara de interesante, mientras levantaba sutilmente una ceja.
—¿Cómo sabes su nombre? —dijo Hugh con cara de asombro, ante la respuesta de Valentina.
—Ya te he dicho que eres mi actor favorito, y eso quiere decir que sé muchas cosas de ti. ¿No te importa que te tutee, verdad?
—En absoluto.
—Estás de suerte ya que me dedico al mundo de la moda, y se exactamente lo que Jessica Stone necesita —dijo Valentina tratando de imitar las poses y el carácter de su madre.
Hugh no sabía si reír o salir corriendo. Nunca se había sentido acosado por ninguna fan, pero de repente acudieron a su mente escenas de la película “Atracción Fatal”, con Michael Douglas y Glenn Close. Aunque cuando volvió a mirar a Valentina, no pudo ver más que a una mujer encantadora.
—¿Cuánto dinero estás dispuesto a gastar?, —preguntó con una sonrisa dulce y casi infantil.
—No me gustaría parecer un tacaño, así que ves orientándome y ya te diré basta.
—Hecho, —contestó Valentina poniéndose manos a la obra.
Hugh se quedó boquiabierto al ver la destreza, con la que Valentina iba eligiendo y combinando complementos. En ningún momento le preguntó por las preferencias de Jessica, ni tampoco por la talla. Estaba claro que las mujeres eran un mundo aparte, aún por descubrir. Hacía más de tres meses que se había separado de Jessica, pero aún seguía pensando en ella. Parecía que esta vez no había marcha atrás, aunque él no cesaba en su empeño por recuperarla. Cuando terminaron las compras, Hugh quiso regalarle a Valentina, el bolso que le había visto coger la primera vez que la vio, pero ella se negó, alegando que era un regalo que su pareja tenía pendiente con ella. Salieron de la tienda cargados de bolsas y riendo como si fuesen buenos amigos. El chófer de Hugh, le estaba esperando justo delante de la tienda. Cuando dejaron todas las compras en el maletero, Valentina se preparó para despedirse de aquel momento de película, y volver a la realidad.
—Supongo que tienes que volver al trabajo ¿verdad? —dijo Hugh resignado a perderla de vista.
—La verdad es que no. Hoy me he tomado el día libre, —contestó Valentina, con la esperanza de no despertar de aquel sueño todavía.
—Estupendo. Entonces, siempre que tú quieras por supuesto, permíteme que te invite a comer. Es lo menos que puedo hacer, después de lo amable que has sido conmigo.
—Será un placer, —contestó Valentina, mientras le alargaba la mano para que se la cogiera.
—El placer es mío, —contestó Hugh, antes de besar su mano.
Valentina no daba crédito a lo que estaba ocurriendo. En su mente empezaron a fluir un sinfín de ideas para su primer libro. Lo que nunca se había imaginado, es que viviría en primera persona, escenas que solo podían ocurrir en su propia ficción. Recordó la conversación que había tenido con su amigo Joan, hacía apenas una hora. Cuando se lo contase, seguro que no se lo creería. Lo que más le extrañó, es que no sentía ni el más mínimo remordimiento. Estaba disfrutando el momento como si fuese una mujer libre. Ya pensaría más tarde cómo poner punto y final, a su relación con Giacomo. Ahora no permitiría que nada ni nadie, le arruinase el momento que estaba viviendo, ¿en sueños quizás?
Valentina dio las gracias con una dulce sonrisa al chófer, cuando éste le abrió la puerta para que pudiera acomodarse. Hugh se sentó al lado de ella. Los servicios que había contratado, incluían un paseo turístico por la ciudad así que, desde Paseo de Gracia iniciaron un recorrido por las calles de Barcelona. Subieron hasta La Pedrera. De allí fueron en dirección a la Sagrada Familia. Dieron una vuelta completa alrededor de la catedral, y se pararon delante de la puerta principal, para admirar aquella maravillosa construcción, que dejó boquiabierto a Hugh. Más tarde pusieron rumbo hacia la Catedral de Barcelona, donde el chófer los dejó al inicio de la calle peatonal. Antes de salir del coche, Valentina le miró.
—¿Estás seguro de que quieres bajar y pasear por aquí?, —preguntó Valentina, al ver al gran número de personas que paseaban por la calle.
—Me gustaría intentarlo, sobre todo porque me han recomendado probar esos cafés con leche que dicen, son tan diferentes a los nuestros.
—Pues… adelante.
Nada más salir del coche, un aluvión de mujeres empezaron a gritar, mientras se dirigían hacia Hugh, con sus móviles en marcha, para hacerse un sinfín de fotografías, que inmortalizase aquel momento. Hugh miraba a Valentina con la esperanza de que pudiera poner un poco de orden en aquel caos, que parecía no acabar nunca. El chófer abrió las puertas del coche para no demorar el regreso de su cliente, pero Valentina, con un gesto, le hizo saber que no sería necesario. Como si se tratase de la agente del actor, empezó a poner orden, muy amablemente, entre todas aquellas mujeres a las que entendía a la perfección. En menos de un minuto consiguió liberar a Hugh, al que dejó perplejo por el nuevo rol que había asumido Valentina. El chófer cerró la puerta, tocó levemente su gorra, y con un gesto de su cabeza felicitó a la nueva ayudante del actor.
El paseo por la plaza de la Catedral, y las callejuelas que recorrieron, hasta llegar a la Plaza San Jaime, no estuvo libre de paradas y fotografías, pero con un simple gesto, Valentina conseguía poner orden y liberar a su protegido, de las consecuencias de la fama. Finalmente consiguieron llegar a una cafetería, donde buscaron el rincón más apartado de la entrada, para sentarse a tomar un café con leche y unos croissants. Las propietarias de la cafetería, dos hermanas de treinta y pocos años, no cabían de gozo al ver como el actor y “su representante”, entraban en su establecimiento. Evidentemente la cuenta de la consumición estaba más que pagada, a cambio de una foto junto al actor, que adornaría la pared frontal, para deleite de los clientes habituales, los nuevos que pudieran llegar, pero sobre todo para las dos hermanas. Cuando finalmente consiguieron un poco de intimidad, empezaron a hablar. Valentina no paraba de preguntarle sobre anécdotas de sus rodajes, y curiosidades de actrices con las que había trabajado. También le preguntó por su vida. Si su sueño de pequeño había sido ser actor, o si por el contrario no había cumplido con sus sueños. A medida que Hugh iba contestando al interrogatorio al que se vio sometido, Valentina intuyó, que no estaba pasando por el mejor momento de su vida. Por su parte, Hugh también escuchó atentamente la ajetreada vida de Valentina. De cómo compaginaba el mundo de la moda, con el mundo de los caballos; de sus continuos viajes de pasarela en pasarela y de feria en feria. También le preguntó por sus sueños. Fue en ese momento cuando Valentina le confesó, que su gran pasión siempre había sido la literatura. Había crecido leyendo las novelas de Victoria Holt. Quería ser como ella. Le confesó que se había visto en sueños, desfilar sobre la alfombra roja de Leicester Square, para asistir al estreno de alguna de sus novelas llevadas al cine. Hugh le sonrió. Le cogió la mano y sin dejar de mirarla, le besó el dorso. Aquella escena le hizo recordar el día que conoció a Giacomo, pero esta vez no le hizo retroceder en su decisión de romper con él.
—¿Cuándo piensas empezar? —le preguntó Hugh, poniendo cara de “¿a qué esperas?”
Valentina se vio sorprendida por la pregunta, pero en el fondo tenía razón. ¿A qué estaba esperando?
—Creo que el día de hoy me ha dado suficiente material, para empezar a escribir. Así que, en el momento en que me siente delante de mi portátil, empiezo.
—Eso está muy bien. Por cierto ¿saldré yo por algún lado?, —preguntó Hugh con cara de despiste.
—Sin lugar a dudas. De momento ya sé que título le voy a poner.
—Sorpréndeme.
—“El día que conocí a Hugh Grant” ¿Qué te parece?
—Creo que es un título perfecto, aunque si nos ceñimos a la legalidad, te tendré que cobrar los derechos por usar mi nombre —dijo Hugh mientras la señalaba con el dedo índice, y con cara de pocos amigos.
—¿Lo dices de broma, verdad? —contestó Valentina con cara de incrédula.
Hugh la miró entrecerrando los ojos.
—Bueno, quizás me lo piense y solo te pida producir la película, con mi correspondiente beneficio, por supuesto, —contestó Hugh, con cara picarona.
Valentina le miró con las cejas levantadas, en señal de sorpresa, pero con una amplia sonrisa en sus labios. Después de unos segundos de silencio, empezaron a reír, cada uno de ellos pensando, en si lo que acababan de decir, se convertiría en realidad.
Salieron de la cafetería, no sin antes recibir un sinfín de sonrisas y de agradecimientos, por parte de las propietarias, y del resto de la gente que había en ese momento. Iniciaron el camino de regreso al coche, con la idea de pasar desapercibidos, aunque no fue fácil conseguirlo. Caminaron despacio para disfrutar del ambiente de la ciudad, hasta que llegaron al coche. El paseo programado por el chófer, les condujo desde Vía Layetana hasta la Plaza de Colón. Valentina miró a Hugh sin entender por qué se había sincerado con él. Quizá lo hizo porque consideró, que aquello era un presente efímero, y al día siguiente ese hombre desaparecería de su vida, de la misma forma que apareció. Hugh la miró con una sonrisa, mientras cogía su mano y la apretaba para darle las gracias. Valentina desconocía en ese momento, la ruptura con Jessica, así que no podía imaginar que Hugh se sintiera tan deprimido. El conductor, con una exquisita educación, continuó deleitando a sus pasajeros, con un paseo por la zona del Port Vell, hasta llegar al Maremágnum. Finalmente se dirigió al Hotel Arts, en pleno Puerto Olímpico de Barcelona, donde se alojaba Hugh. Al llegar, el chófer salió velozmente de su asiento, para abrir la puerta a Valentina. Le ofreció su mano y le ayudó a salir del coche. Ella le dio las gracias. Seguidamente abrió el maletero para coger las bolsas, y entregarlas al botones, para que las subiera a la suite del actor. Se despidió de ambos, no sin antes confirmarles, que había reservado una mesa para dos, en la terraza del Restaurante Agua, tal y como se lo había solicitado. Hugh se lo agradeció con su exquisita y británica educación. Empezaron a caminar por el Paseo Marítimo hacia el restaurante. Aquel día lució un maravilloso sol de primavera, que invitaba a pasear y a olvidarse del ya casi caduco invierno. El mar, de un azul brillante y limpio, estaba en calma, con ese toque marinero, que tanto hacía disfrutar a Valentina. Hugh estaba encantado con la meteorología. Había salido de Londres hacía tres días, con lluvia y un frío de pleno invierno. Este sol no tenía precio. Al llegar al restaurante fueron atendidos con la máxima rapidez y educación. Se sentaron en la terraza donde disfrutaron de unas maravillosas vistas al mar, y del calor del sol. Hugh dio plena libertad a Valentina para que eligiera el menú. Empezaron con unos montaditos de jamón y foie, acompañados de un Ribera de Duero, que les terminó de deleitar el paladar. Como plato principal, comieron un arroz al carbón, obligatorio para un británico, dispuesto a saborear los platos típicos de la zona. Acabaron con una crema catalana y con un Earl Grey para cada uno. Las miradas de Hugh, sus atenciones y sus perfectos modales británicos, hicieron sentir a Valentina, por primera vez en mucho tiempo, deseada. Por su parte Hugh, encontró en Valentina, el paréntesis necesario para aliviar, aunque solo fuera por un día, a su maltrecho corazón. No entendía los motivos, pero aquella chica le infundía paz. Al salir del restaurante, fueron despedidos por el camarero que les atendió y por el encargado, que no cesaban en darles las gracias, por haberles elegido para disfrutar del “lunch”. Empezaron a caminar hacia el hotel, en silencio. Valentina sabía que se acercaba el momento de despertar, de aquel día mágico, pero no quería hacerlo, aunque tampoco le pareció correcto subir a la habitación de Hugh, sin una invitación previa. Hugh no quería despedirse de Valentina todavía, porque sabía que volvería a pensar una vez más en Jessica, y eso era sinónimo de dolor. Pero tampoco se atrevía a invitarla a subir. Primero, porque no quería darle una mala imagen, y segundo, porque no sabía si podría resistirse a no besarla. Aquellos pensamientos provocaron un silencio un tanto embarazoso. Había que romper el hielo cuanto antes, así que Valentina fue directa al grano.
—¿Has roto con Jessica, verdad?, —preguntó con voz firme y mirándole directamente a los ojos.
—Sí, —contestó sorprendido, de que hubiese llegado por sí sola a esa conclusión.
—Yo también con mi pareja, —confesó Valentina, con la mirada puesta en el suelo.
—Maravilloso. Así que somos dos personas, a las que se nos resiste el amor. ¿No es así? ¿Qué te parece si tomamos una copa en mi suite, para terminar de ahogar nuestras penas?
—Me parece perfecto.
Como si se hubiesen quitado un peso de encima, aceleraron el paso para llegar al hotel. Subieron en el ascensor que les llevó hasta la planta cuarenta y tres, donde estaba la suite de Hugh, justo delante de la zona spa Six Senses. Cuando Valentina entró, se encontró con una habitación amplia, acogedora y bañada por el sol del atardecer. La cama, tamaño King Size, estaba cubierta por sábanas y edredones blancos inmaculados, hasta donde llegaban los colores dorados y rojizos de la luz del sol. Cuatro cojines blancos, puestos en perfecta harmonía, terminaban por adornarla. Los sillones, la mesa de despacho, el televisor, el inmenso cuarto de baño y las vistas que ofrecían los grandes ventanales, hacían que aquella suite fuese más bien el apartamento soñado por muchas personas, para vivir. Valentina se descalzó. Empezó a caminar sobre aquella moqueta muy lentamente, como si quisiera regalarle un masaje a sus pies. Se dirigió hacia la ventana, con la idea de admirar las maravillosas vistas del Mediterráneo, mientras cerraba los ojos e inflaba su pecho, como si quisiera oler el mar. Hugh la miraba detenidamente, de arriba abajo, con las manos metidas en los bolsillos del pantalón, como si quisiera admirar, hasta el más mínimo detalle de aquella mujer.
—¿No te parece precioso? —dijo Valentina, refiriéndose al mar.
—Me pareces divina, —contestó Hugh con un susurro.
Valentina sonrió, mientras se giraba hacia él y apoyaba su espalda contra la ventana.
—Me refiero a las vistas del mar, —contestó Valentina con tono de “no seas malo”.
—Ah, sí, por supuesto, muy relajantes y muy útiles para meditar —contestó de forma profesional.
Valentina cruzó los brazos sobre su pecho, y le miró como si sintiera la necesidad de justificarse.
—Hugh, supongo que el que esté aquí contigo, te estará dando una imagen de mi un poco “demasiado” liberal. ¿No es así?
—Lo mismo podría decirte yo a ti. Después de mi “arresto”, supongo que todas las mujeres me deben considerar un adicto al sexo, o algo parecido. Pero los dos sabemos cómo somos. ¿No crees?
Valentina le sonrió un poco más tranquila.
—Antes te dije que había terminado con mi pareja, pero lo que no te he dicho, es que él aún no lo sabe. Cinco minutos antes de encontrarte en la tienda, le vi cómo se besaba, con una de sus secretarias, en un taxi. Supongo que se dirigían a la casa de ella. Aún no he decidido como decirle que hemos roto, pero de aquí a la noche ya pensaré en algo. Y fíjate como ha terminado un día, que tenía que ser horrible. Aquí estoy, en la suite de un hotel, con mi actor favorito, debatiéndome en si tengo que salir por la puerta corriendo, o por el contrario, debería hacer lo que estoy deseando hacer.
—Hagas lo que hagas por favor no salgas corriendo, porque van a pensar que he intentado aprovecharme de ti, y no me gustaría añadir más leña a mi dañada reputación.
Valentina no pudo controlar la risa que le provocó, aquella imagen en su mente. La tensión entre ambos, estaba desapareciendo por momentos.
—¿Cuánto tiempo hace que has roto con Jessica?, —le preguntó, cuando dejó de reír.
—Tres meses, —contestó secamente.
—¿Hay posibilidades de que volváis a estar juntos?
—Ya me gustaría, pero depende de ella. Su prioridad en esta vida es llegar a ser una modelo famosa. Nunca me he considerado un machista, aunque es lo que ella me recrimina constantemente. Me gusta que las mujeres se sientan realizadas, y que mi pareja sea conocida como Jessica Stone, y no por ser la mujer de Hugh Grant. El nueve de septiembre cumpliré cincuenta años. Una de mis ilusiones en esta vida era formar una familia. Quería tener tres hijos. Pasar mis vacaciones en Escocia con ellos, como hacía yo de pequeño y así continuar, a través de ellos, mi legado familiar. ¿Qué le voy a hacer? Mi familia desciende de los Grant de Glenmoriston. Seguro que lo sabías ¿verdad? Creo que no es mucho pedir, pero ella no quiere oír hablar de eso. Piensa que no quiero que triunfe, y eso no es cierto. Una mañana me dijo que se marchaba y que era mejor que no nos volviéramos a ver. Hizo las maletas y se marchó a Cardiff, con sus padres. Después de tres meses de súplicas y llamadas sin respuesta, hice las maletas y me vine a Barcelona. Aún no sé qué estoy haciendo aquí pero como ves, le he hecho unas compras, gracias a ti, como si estuviese esperándome en casa.
Cuando Hugh terminó, se quedó pensativo. ¿Por qué le había explicado todas esas intimidades a una desconocida, por muy buena persona que pareciese?, —pensó. Solo esperaba que todo esto, no acabase complicándole más la vida.
—No pierdas la esperanza. Seguro que de una forma u otra todo se arreglará, —contestó Valentina mientras pensaba una posible solución para el problema.
—Que optimista eres. ¿Crees en el destino Valentina?
—Sí. Sin dudarlo un segundo. El problema es que muchas veces no somos conscientes del objetivo real que nos brinda.
—¿Qué quieres decir?, —preguntó extrañado Hugh.
—Quiero decir que tú y yo nos hemos encontrado hoy, por una jugada del destino, pero el resultado de este encuentro será muy diferente, al que pensamos en el momento que nos vimos. ¿Qué nos traerá a nuestras vidas este encuentro? ¿Un día maravilloso para ambos y ya está? Yo creo que no. Solo el tiempo nos lo dirá, pero ya verás cómo esto habrá servido para una finalidad.
—Valentina no sé a dónde nos llevará todo esto, pero de momento lo que tengo claro es que me encantaría besarte, pero solo si tú también lo deseas, —dijo Hugh mientras caminaba lentamente hacia ella.
—Sin tener en cuenta que eres mi actor favorito, y sin que esto interfiera en mi decisión, estoy deseando hacerlo.
Hugh se acercó a Valentina despacio. Le cogió la cara con ambas manos, y la besó con dulzura, para saborear aquellos labios carnosos, que tanto le habían gustado, desde el primer momento que la vio. Con unos movimientos lentos y acompasados, se abrazaron para sentir sus cuerpos, uno contra el otro, a medida que los besos comenzaban a ser apasionados y llenos de deseo. Sin rubor alguno, Valentina empezó a desabrochar la camisa de Hugh. Si algo había aprendido en esos cuatro años con Giacomo, era el haberse convertido en una perfecta amante. Él comenzó a bajar la cremallera del vestido. Solo tuvo que acariciar los hombros ligeramente, para que cayera a sus pies, y dejar al descubierto un cuerpo perfecto, adornado con una lencería fina, irresistible para cualquier gusto. El pulso de ambos empezó a acelerarse por momentos. La ropa que quedaba puesta, desapareció en segundos. Sin dejar de besarse, empezaron a caminar hacia la cama, hasta que cayeron sobre ella. Con movimientos sincronizados y sin separar sus labios, empezaron a acomodarse en aquel mullido colchón. Con las manos, empezaron a tirar los cojines al suelo, para disponer de todo el espacio. Hugh se colocó sobre ella. Las piernas de Valentina le rodearon la cintura, como si quisiera impedir que se escapara. Hugh dejó de besarla. La miró a los ojos, y sin esperar más respuesta que la sonrisa de Valentina, la hizo suya muy despacio, como si quisiera sentir cada roce de su interior. Valentina cerró los ojos, a la vez que emitió un dulce gemido. Hicieron el amor con los ojos cerrados, sumergidos cada uno en sus propios pensamientos.
Permanecieron abrazados en silencio. Quizás porque en su interior sentían remordimientos, por lo que acababan de hacer. Pero si se ceñían a la realidad, ninguno de los dos había sido infiel a su pareja. Ni tan siquiera Valentina. Hugh fue el primero en romper el hielo, con bromas que les provocaron carcajadas a ambos. Valentina no se podía creer que se sintiera tan feliz, después de lo que acababa de hacer. Oficialmente seguía siendo la pareja de Giacomo, aunque hubiese tomado la decisión de romper con él, esa misma mañana ¿Qué le estaba pasando? ¿Dónde había escondido sus principios? Miró a Hugh. Él se la quedó mirando a la espera de que le dijera algo.
—¿Y bien?, —dijo Hugh con los ojos como platos.
—Esto ha sido mejor, de lo que me esperaba, —dijo con voz seductora, mientras dejaba caer su melena hacia delante, y se colocaba sobre él. El sexo sin amor, también puede ser muy placentero.
—Menudo descubrimiento acabas de hacer. Solo tienes que dejarte caer, en los brazos de la pasión, —le contestó, mientras deslizaba suavemente sus manos hasta llegar a las nalgas de Valentina.
Ella le obedeció y le besó.
El sol empezó a desaparecer poco a poco de la habitación. Valentina se incorporó en la cama, de un salto.
—¿Te apetece hacer un Pretty Woman en el Jacuzzi?, —le preguntó con una sonrisa llena de picardía.
—¿Cómo dices?, —contestó Hugh, frunciendo el ceño.
—Ahora me dirás que no has visto Pretty Woman, la escena de la bañera, cuando Julia abraza con sus piernas el cuerpo de Richard.
—Oh, sí, por supuesto. Me parece una idea estupenda. No hay duda de que el cine es una de tus grandes pasiones.
—La verdad es que me encantan las historias de amor. ¿Qué le voy a hacer? Nací un catorce de febrero, y por si lo habías olvidado, me llamo Valentina. ¿Qué opinas de la historia de San Valentín?, —le preguntó, mientras cruzaba las piernas para sentarse en la cama frente a él.
—Una magnífica estrategia de marketing, que obliga a los hombres a comprar algo a sus parejas, si quieren evitar una semana de castigo.
—¿Cómo dices? Pero si es una historia de amor preciosa. Desde que la conocí, decidí que si alguna vez me casaba, lo haría en un jardín, un campo o mejor aún, en un bosque.
—¿Casarte en un bosque? Y ahora me dirás que tus damas de honor serán unas elfas ¿no? A ver, sorpréndeme con esa historia tan maravillosa.
—Qué poco romántico que eres. Quizás por eso no hayas tenido suerte con tus parejas. Escucha y aprende Mr. Grant de Glenmoriston.
San Valentín fue un sacerdote cristiano que vivió en pleno mandato del emperador Claudio II. Cuando el imperio romano empezó a desmontarse, al emperador se le ocurrió la brillante idea, de prohibir las bodas de los soldados ya que, según él, los hombres casados no rendían tan bien en el campo de batalla. Muchas parejas se vieron truncadas por aquella nueva ley, hasta que a San Valentín se le ocurrió una solución. Empezó a casar a las parejas, en los bosques, a escondidas, bajo el rito cristiano. ¿Te acuerdas de la escena de Braveheart cuando Mel se casa con su novia en el bosque? Pues eso mismo hacía San Valentín. Pero como ocurre siempre, la voz empezó a correr entre las gentes, hasta que llegó a los oídos equivocados. San Valentín fue llamado ante la justicia por incumplir el mandato del emperador. Cuando argumentó sus actos, casi consiguió que el emperador se convirtiera a la fe cristiana, pero los consejeros de éste, finalmente consiguieron que cambiara de opinión y lo encarcelara. Al entrar en prisión, el carcelero se burló de su fe. San Valentín siguió defendiendo su religión, hasta el punto que el carcelero le retó. Le dijo que si su Dios era tan milagroso, sería capaz de devolverle la vista a su hija, ciega de nacimiento. San Valentín aceptó el reto y encomendándose al Señor, obró el milagro de devolverle la vista a Julia. Cuando aquello ocurrió, el carcelero se arrodilló a sus pies para pedirle perdón y suplicarle que instruyera a su hija en la fe cristiana. Diariamente Julia acudió a la prisión, a recibir las clases que San Valentín le daba, hasta el día antes de la ejecución. Aquel día, cuando se despidieron, dejaron muchas cosas por decir. La última noche que pasó San Valentín con vida, descubrió un nuevo significado de la palabra amor. Se había enamorado perdidamente de Julia. Le escribió una nota donde le explicaba todo lo que sentía por ella, y la firmó: “de tu Valentín”. Aquel catorce de febrero al amanecer, San Valentín fue ejecutado.
Valentina cayó durante unos segundos. Cerró los ojos y puso su mano sobre el pecho, como si pudiese tocar su interior.
—No me digas que no es bonita esta historia, —dijo con voz pausada y con los ojos vidriosos.
—Pues sí. Y muy triste a la vez, —contestó Hugh. ¿Sabes una cosa Valentina? Tienes un don para contar historias. Deberías hacer un pensamiento y empezar.
—Sí. Es lo que he decidido hacer, —dijo con voz firme. Bueno que ¿Jacuzzi Richard?, —preguntó con voz infantil.
—Jacuzzi Julia, —contestó, mientras la cogía de la mano y la llevaba directamente al baño.
Mientras la bañera se llenaba, Valentina preparó un té, y lo acompañó con unas galletas escocesas de mantequilla, que había en el mueble bar. Esta imagen tan hogareña, provocó una sensación de bienestar en Hugh. Estuvieron cerca de una hora dentro del Jacuzzi. Hablaron, rieron, se olvidaron del mundo, mientras disfrutaban del momento.
—¿Por qué no te quedas esta noche? “y no porque te pague, sino porque tú quieras”, —preguntó Hugh acentuando la voz.
—Vaya, veo que recuerdas el diálogo de Pretty Woman. “Ya sabes que no puedo”, —contestó Valentina interpretando su personaje.
—Fuera bromas ¿Por qué no te quedas? En serio, —preguntó Hugh mientras la encaraba a él.
—Me encantaría. Pero te recuerdo que aún tengo que romper con mi pareja. Cuanto antes acabe con todo esto, antes podré empezar a ser la verdadera Valentina. Además, mañana regresas a Londres, y yo me marcho unos días a Córdoba. Está claro que nuestras vidas siguen caminos diferentes. Aunque, siempre nos quedará Barcelona.
—¿No era París?, —preguntó mientras se rascaba la cabeza.
—Claro que sí hombre, pero ¿es que has estado alguna vez conmigo en París?
—No.
—Pues entonces… “siempre nos quedará Barcelona”.
Salieron de la bañera. Se vistieron entre risas y comentarios de lo ocurrido aquel día. Cuando ya no quedaba nada más por hacer ni por decir, se dirigieron a la puerta de la suite, para despedirse y finalizar aquella historia de un día.
—Le diré al chófer que te acompañe a casa, y así mañana me presentaré con un ramo de flores y te gritaré desde la calle: “¡Princesa Bibian!”
—¡Hugh!, —contestó mientras le daba una suave palmada en el brazo. Esta salida no me la esperaba. Que gracioso que eres. No, no te preocupes, me iré paseando un rato, y luego cogeré un taxi hasta casa.
—Ni hablar. Irás con el chófer y por favor, película aparte, aquí tienes mi tarjeta y mi teléfono particular. Siéntete libre de llamarme siempre que quieras, y si viajas por mi país, no dudes en venir a verme. Intentaré no llevarte a la cama, pero me encantará disfrutar de una cena en tu compañía.
—Eres un encanto. La guardaré bien a mano. Nunca se sabe. Te dejo la mía por si algún día decides regresar por aquí. ¿Sabes una cosa? Cuando te vi en Cuatro bodas y un funeral, soñé con acostarme contigo tantas noches, que ahora que mi sueño se ha hecho realidad, no quiero despertar. Por cierto, ha sido mejor de lo que imaginaba, —dijo Valentina casi en un susurro.
—Muchas gracias. Ha sido un verdadero placer disfrutar de este día contigo. Creo que eres ese tipo de persona, con una luz especial, que se hace imposible de olvidar. No entiendo como tu pareja puede dejarte escapar.
Se abrazaron y juntaron sus labios, en un beso que pretendía sellar una amistad. Ambos sabían muy bien por quienes latían sus corazones. Valentina se sentía feliz, y con energía, para asumir las decisiones que debía de tomar. Le acompañó al ascensor, y esperó hasta que las puertas se cerraron. Valentina desapareció de su vista. Hugh volvió a la suite cargado de dudas. No tenía claro por dónde empezar. Lo único que sabía con certeza, era que debía de hacer las maletas, para coger su vuelo de mañana. Miró la tarjeta de Valentina y la guardó en su cartera.
Valentina salió del hotel con paso enérgico y seguro; con la espalda erguida y los hombros firmes; y con una sonrisa en los labios. Lo primero que hizo, al notar el calor del sol sobre su cuerpo, fue pellizcarse el brazo. Sí, estaba despierta y aquello había ocurrido de verdad. Miró el reloj. Eran las siete y treinta y dos minutos. Cogió su móvil y marcó el número de Giacomo. Al tercer timbre contestó.
—Estoy ocupado Valentina, te llamo luego, —dijo con voz ruda y sin querer perder ni un minuto.
—No es necesario que te molestes. Solo llamaba para decirte que hemos terminado, y que te dejo el camino libre con Susana, y con el resto de tus amantes. Me marcho unos días a Lucena. Cuando vuelva no quiero nada de tus cosas en mi casa.
Antes de que Giacomo pudiera reaccionar, Valentina colgó el teléfono. Contrariamente a lo que esperaba, se sentía liberada, como si esa puerta con la que había topado durante los últimos cuatro años, se hubiese abierto de par en par, para dejarla escapar. Ya había cruzado. Ya estaba en el otro lado. Lo único que tenía que hacer ahora era, emprender el camino, quizás hasta regresar al punto donde se desvió.
El chófer la dejó en el apartamento sobre las ocho y cuarto de la tarde, pero no se vio con ganas de subir todavía. Decidió dar un paseo por la playa. Necesitaba poner un poco de orden en su mente. Eran las nueve y media de la noche cuando entró en casa. Al poner el móvil en marcha, descubrió las múltiples llamadas perdidas que su madre le había hecho, a lo largo del día. Giacomo no había vuelto a llamar. Le envió un mensaje a su madre donde le decía, que a las nueve estaría en su casa para desayunar. Antes de que pudiera reaccionar, recibió la contestación: “No tardes. Un beso”. Cuando abrió la puerta de la terraza, Hans empezó a girar sobre ella, moviendo la cola enérgicamente. Entró en el comedor. Olió. Estaban solos. “¡Bien. Esto promete!, —pensó Hans, mientras volvía a la terraza a comer el pienso, que Valentina le había puesto en su plato. Cuando terminó, salieron a la playa a pasear, para que él pudiera hacer sus necesidades, y correr un rato. Su hocico de sabueso le decía que había pasado algo, pero no sabía exactamente qué era. Valentina estaba muy pensativa, y no mostraba señales de querer jugar con él. Hans no se lo tuvo en cuenta.
Entraron en el apartamento al cabo de un cuarto de hora. Valentina se cambió de ropa. Se puso un chándal y unos calcetines gruesos. Cogió una manta y una almohada, y salió a la terraza. Hans estaba sentado delante de su caseta, moviendo la cola enérgicamente, ante la inesperada visita de su ama. Sus orejas se empezaron a mover como radares, en busca de más sonidos, pero solo pudo oír las olas del mar. Esto quería decir que Giacomo no estaba. Miró a Valentina con la idea de descubrir si estaba triste o alegre. La vio como se acomodaba en el balancín de la terraza. Apoyó la cabeza en una gruesa almohada y se tapó con la manta. “¿Iba a pasar la noche allí fuera con él? ¿No estarían mejor los dos dentro de casa, calentitos?”, —pensó Hans, feliz pero a la vez inquieto por esta extraña situación.
—Hans ven aquí. Sube y acurrúcate conmigo como cuando eras un cachorrito.
Hans se acomodó encima de la manta entre sus piernas apoyando la cabeza sobre su abdomen. La miró con toda la ternura que pudo.
—Hoy ha sido un día increíble. Pero cuando digo increíble, es que me han pasado cosas que en la vida real no ocurren, bueno lo de Giacomo ocurre más a menudo de lo que pensamos, pero lo de pasar un día con tu actor favorito, y acabar en la cama con él, no es que ocurra habitualmente. En fin creo que este cinco de abril, no lo voy a olvidar fácilmente. Mañana iré a desayunar con mamá, necesito hablar con ella y empezar a tomar decisiones, pero no te preocupes que allí donde vaya yo, vendrás tú.
Hans emitió un dulce gemido, mientras lamía la mano de su ama. Valentina recibió aquellos besos con una sonrisa. Levantó la vista hacia el mar. La luna estaba casi llena y su reflejo dejaba ver un mar en calma. La última imagen que recordó, antes de dormirse profundamente, fue la de Gabriel.
Habían pasado cuatro años desde que Gabriel abandonó Lucena, con el corazón destrozado y con las esperanzas perdidas. En Brighton encontró un poco de paz, pero no el olvido necesario para aliviar a su corazón. Miró hacia la luna casi llena. Quizás, con un poco de suerte, ahora que había regresado, tuviese una nueva oportunidad.
Capítulo 3
CONFESIONES ENTRE MADRE E HIJA
La primera luz del día, fue como una caricia cargada de energía, sobre la cara de Valentina. Sin abrir aún los ojos, sonrió satisfecha de haber dormido plácidamente la noche entera. Con gran esfuerzo despegó sus párpados para abrir los ojos, a un nuevo día. Lo primero que vio fue a Hans, acurrucado en el hueco que dejaban sus rodillas flexionadas. Estaba con la cabeza apoyada en su cadera, y los ojos abiertos como platos, admirando las facciones de su ama. Valentina le rascó la cabeza. Él empezó a lamerle el brazo y a mover la cabeza en busca de caricias. La rutina diaria no tardó en ponerse en marcha. Primero fue el desayuno de Hans y después el paseo por la playa. Al regresar a casa, Valentina se duchó. Se enfundó unos vaqueros, con una camiseta blanca ajustada de tirantes. Anudó un pañuelo al cuello. Se puso las sandalias de tacón y la americana de Zara que tanto le gustaba, aunque no tardó en cambiarla, por el básico de Mini BMW, para no tener que oír a su madre otra vez. Perfiló ojos y labios. Difuminó un poco de colorete sobre sus mejillas, y para terminar se perfumó con Lola de Marc Jacobs. Se despidió de Hans y sin perder un momento, se dirigió al parking en busca de su coche. Aunque la mañana amaneció un poco fresca, el sol brillaba con todo su esplendor. Al poner el coche en marcha, en la radio sonó Careless Whisper de George Michael. Aun siendo una de sus canciones preferidas, cambió el dial, sin dudarlo, para sintonizar uno de sus programas favoritos, El gallo máximo, con Dani Moreno. Aquella mañana no necesitaba canciones de amor. Cuando miró su móvil, confirmó que Giacomo seguía sin dar señales de vida.
Cuando Nicole abrió la puerta de casa, abrazó a su hija fuertemente, como si así fuese capaz de aliviarle el dolor, que supuestamente sentiría por la ruptura. Valentina no se sorprendió por la reacción de su madre. Sabía qué hacía mucho tiempo que estaba arrepentida, del comportamiento que tuvo con Gabriel. Este fracaso se lo merecía. Sin dejar de abrazarla, se dirigieron hacia la terraza. El desayuno estaba preparado. Allí encontró sus cereales preferidos, con yogur de frutas del bosque, los muffins de chocolate que tanto le gustaban, y el café con leche corto de café con sacarina.
—Mamá ¿hoy no te preocupa que mis cartucheras aumenten de tamaño con el muffin? —preguntó Valentina de forma sarcástica.
—No hija. Hoy quiero que comas, que no estés triste y que me expliques todo lo que pasó ayer.
—En resumen, Giacomo y yo hemos terminado. Y no te preocupes por mí, porque estoy mejor que nunca. No sé qué palabras usar para explicarte cómo me siento. ¿Libre? ¿Activa? ¿Creativa? ¿Fuerte? Todo eso y mucho más, excepto triste y abatida. ¿Tiene sentido?
—Sí. Claro que lo tiene. Te has sacado un buen peso de encima, que no te ha dejado ser completamente feliz.
—¿Te ha dicho algo Giacomo? —preguntó por curiosidad, Valentina.
—Ayer a las ocho de la tarde, cuando ya se marchaba, entró en mi despacho para decirme que habías roto con él por teléfono. Que en breve dejaría el despacho y que ya por fin, no ten-dría que aguantarle más.
—¿Tú lo sabías verdad mamá? ¿Por qué no me lo dijiste?
Nicole agachó la cabeza avergonzada.
—Hija intenté que Giacomo te dejara, antes de que estuvieras al corriente de su affair con Susana.
—¿Cómo lo descubriste?, —preguntó Valentina con voz firme y con la mirada fija en sus ojos.
—Los pillé besándose en el despacho, —contestó Nicole ruborizada.
—Me imagino que la gente de la oficina debe de estar al corriente de todo, —contestó Valentina con una extraña tranquilidad.
—Creo que intuyen algo, pero no te preocupes, también pensaban que Pierre, de Air France, y yo teníamos un lío.
—¿El de la séptima planta?, —preguntó sorprendida Valentina.
—El mismo.
—Dime que no es verdad, mamá, —amenazó Valentina a su madre, señalándola con el dedo.
—Hija, para mí el único hombre que hay y que habrá en mi vida, es tu padre, —contestó Nicole, serena y con una sonrisa cargada de recuerdos.
—¿Cómo lo hacéis mamá? Me refiero a ¿cómo se puede llevar una relación tan pasional y sincera en la distancia?
—Bueno la verdad es que ese es nuestro secreto. Pero también influye que somos la media naranja unida; que él es mi alma gemela; que estamos hecho el uno para el otro. Puedes usar todos los tópicos que existen, porque todos nos encajan.
—Sí. Yo también lo creo. Vuestra historia es una historia de amor, digna de cualquier novela de género romántico. Parece sacada de una película.
“Nicole nació en París un veinticuatro de julio de 1958, en el seno de un matrimonio humilde, formado por Jean Luc Beauchamp y Michelle Lemoine. Jean Luc creció en pleno barrio latino de París, donde sus padres regentaban la Boulangerie Beauchamp, muy cerca de la Plaza de San Miguel. Al morir éstos, Jean Luc continuó con el negocio familiar, al que le dio un nuevo giro después de la segunda guerra mundial. La convirtió en una Boulangerie de delicatesen. Con los años consiguió que su establecimiento fuera, el punto de encuentro donde desayunar y merendar en pleno barrio de los estudiantes, y punto imprescindible de visita para los turistas. En cuanto a Michelle, trabajaba como costurera por las mañanas, y por las tardes ayudaba a Jean Luc en la Boulangerie. Sus años de experiencia y su pulcritud en el trabajo, la hicieron llegar hasta los talleres de Pierre Balmain, donde se consolidó como una de sus mejores costureras. Vivían en un piso justo encima de la Boulangerie. A medida que Nicole iba creciendo, se dieron cuenta rápidamente de su espíritu aventurero, y de que tarde o temprano, París se quedaría pequeño para ella. Cuando terminó los estudios obligatorios, se empeñó en estudiar Relaciones Públicas, porque lo que quería era ver mundo y hablar idiomas. Sus padres no tenían muy claro a dónde le llevarían aquellos estudios, pero confiaron que alguna puerta se abriría tarde o temprano. En algunas ocasiones, Michelle traía algunas prendas, para terminarlas en casa. Cuando Nicole las ojeaba, siempre acababa poniendo pegas: “a este vestido le sobran volantes, yo lo haría con un hombro descubierto, quedaría mejor en tonos malva, etc”. Michelle descubrió que su hija tenía un don para la moda, y sin pensárselo dos veces, un buen día se armó de valor. Con una educación exquisita y disculpándose con antelación, se presentó ante Monsieur Balmain, para comentar los cambios sugeridos por Nicole. Tras permanecer en silencio durante unos minutos, que parecieron eternos para Michelle, Monsieur Balmain le dijo que quería conocer a su hija. Con un “muchas gracias señor, mañana a primera hora estará en su despacho”, Michelle regresó a casa a contarle a Jean Luc la gran noticia, y suplicar a la rebelde Nicole, que viera en esta entrevista, la gran oportunidad de su vida. Nicole accedió solo porque vio unas puertas abiertas al mundo. Aquel cinco de abril de 1978 la vida de Nicole cambiaría para siempre. Cuando Nicole se presentó ante Monsieur Balmain, éste la miró de arriba abajo para analizar con detalle su atuendo y los complementos elegidos. Estaba claro que aquella muchacha, tenía un don innato para la moda. Después de saludarla y hablar de la gran profesional que era su madre, la hizo pasar a su despacho, donde había una mesa amplia, repleta de bocetos de su nueva colección. Nicole echó un vistazo general, y sin esperar permiso ni consulta, cogió un boceto y dijo: “este modelo quedaría mejor con un tejido de mucha caída como el crepe, y en lugar de acabar recto tendría que acabar con vuelo. Sería perfecto si eligiese un color champagne adornado con flores amarillas y rosas pálidas. Este de aquí quedaría mucho mejor con un escote palabra de honor recto más que con un escote barca”.
Y así siguió rectificando los diseños, ante los ojos atónitos de Monsieur Balmain, quien no dudó un instante en descubrir el gran potencial que tenía aquella muchacha.
A partir de aquel día, Nicole se convirtió en la musa de Balmain en su recta final. Todos los diseños pasaban por sus toques finales, sin necesidad de que Balmain diera su visto bueno. Aquel año viajó con él por Italia y Nueva York de pasarela en pasarela. Era su secretaria-traductora-musa. Nicole era inmensamente feliz con su nueva vida. A finales de 1978 Monsier Balmain le pidió que viajara a Madrid, para valorar la idea de abrir una Boutique en España. Le dijo que tan pronto terminase de analizar las posibilidades que había, se podía tomar unos días libres para viajar donde quisiese. Había trabajado mucho durante aquellos meses, y se merecía unas vacaciones. Sin dudarlo un segundo, Nicole eligió Sevilla para pasar unos días de descanso. Que poco se imaginaba que en aquel viaje, encontraría al amor de su vida. Mi padre.
Llegó a Madrid un lunes a las nueve y media de la mañana, y sin demora alguna hizo todas las gestiones que tenía que realizar, para poder coger, el martes a las doce del mediodía, el avión que la llevaría a Sevilla, a disfrutar de sus merecidas vacaciones. Gracias a que estudió castellano, no tuvo ningún problema a la hora de comunicarse con la gente. Al llegar al aeropuerto cogió un taxi que le llevó directamente al Hotel Meliá Lebreros, situado en la calle Luis Morales nº 2. El Hotel era la joya del momento, ya que se había inaugurado ese mismo año. Al entrar en su habitación, Nicole se sintió en la cima del mundo. Con veinte años era toda una mujer con un futuro muy prometedor. Sin embargo su vida privada distaba mucho de los triunfos de su vida profesional. No había tenido mucha suerte en temas de pareja. Había flirteado con un par de amigos, pero estas relaciones terminaron incluso antes de empezar. François había sido diferente, se había enamorado de él, pero a los seis meses de relación encontró a faltar la pasión. ¿Qué futuro le esperaba con un hombre sin aspiraciones? Con un hombre que no la hacía vibrar, que no le hacía sentirse deseada. Aunque le costó mucho tomar la decisión, pensó fríamente en su futuro, y le dejó. ¿Por qué había decidido pasar sus vacaciones en Sevilla? Sin lugar a dudas se había dejado llevar por su instinto, ese que le decía que allí encontraría lo que su corazón tanto anhelaba. Deshizo la maleta mientras la bañera se llenaba. Estuvo sumergida en agua caliente y espuma durante más de una hora. Una vez seca, perfumó su piel con una crema hidratante de rosas. Se maquilló resaltando sus ojos y marcando su origen francés. Sin saber ni entender por qué, eligió su pantalón de montar y sus botas, camisa blanca, americana marrón, pañuelo al cuello y guantes a juego. Para terminar se encomendó a Coco Chanel para perfumar sus muñecas y su cuello. Se colgó el bolso y salió de la habitación en busca de lo que el destino le tuviese guardado. Al llegar a la recepción, preguntó si había algún espectáculo de caballos por los alrededores. La recepcionista del Hotel le dijo que estaba de suerte, ya que esa semana había una feria de criadores de caballos andaluces, donde también se hacían demostraciones de doma. Nicole pidió la dirección pero no le hizo falta anotarla, ya que al salir del Hotel, tenía un taxi esperando con el destino de su pasajera debidamente anotado. Lo que vio de la ciudad hasta que llegó al recinto de la feria, le hizo pensar que había llegado al lugar adecuado. La luz, las calles, el olor a azahar, las gentes. Tenía cuatro días por delante para verlo todo. Acostumbrada al duro invierno francés, encontró la temperatura de la ciudad muy agradable. Se despidió del taxista con una generosa propina, por todas las explicaciones y consejos que le había hecho durante el trayecto. Al llegar a las taquillas del recinto, compró su entrada con un generoso descuento, gracias al pase que le facilitaron en el Hotel. La taquillera le aconsejó que se diera prisa, ya que estaba a punto de empezar la demostración de doma de la casa Ordoñez-Torres, y le habían dicho que era una de las mejores. Nicole se apresuró. Nada más llegar y tomar asiento, Antonio salió a la arena, con un caballo bayo, de crines negras.
Cuando Nicole le vio, se quedó literalmente con la boca abierta. Sin apartar la vista de Antonio, se levantó para dirigirse a la silla más cercana a él, que pudo encontrar. No podía apartar la mirada de aquel bello equino, y de la elegancia de Antonio. Como si su corazón quisiera avisarla de que aquel hombre, era el hombre de su vida, empezó a latir a tal velocidad, que las sienes parecían que le iban a estallar. No sé en qué momento Antonio fue consciente de su presencia. A lo mejor ni la vio llegar, pero a Nicole no le importó, ya que tenía claro que iría a presentarse en el momento que le fuera posible. Ni siquiera se fijó en los aires que realizaba. No sabría decir si trotaba o galopaba. Lo único que sus ojos veían era a Antonio. Iba vestido con un traje cordobés negro. La torera hacía resaltar el blanco inmaculado de su camisa. Los pantalones ajustados, dejaban ver unos muslos musculosos y bien formados. Sus botas camperas resaltaban por el corte del pantalón. Sus manos fuertes, se agarraban poderosas a las riendas del caballo. Tenían un tono tostado por el sol al igual que la piel de su cara, perfectamente afeitada y resplandeciente, que hacía resaltar el negro de su pelo engominado, oculto en parte, por el sombrero cordobés que llevaba puesto. Nicole estiraba el cuello todo lo que podía, no sé si para verle mejor o para dejarse ver, pero él ni se inmutaba de su concentración. Cuando terminó la demostración, empezó a galopar alrededor del escenario, para dejar ver la belleza de las crines de su caballo. Cuando se paró, lo hizo justo delante de ella. En aquel instante, Nicole no pudo contener más sus modales, y sin reparo alguno se levantó de la silla, para empezar a aplaudir como si estuviese delante de una soprano, en la ópera de París. Aquella vez fue la primera que Antonio le sonrió. Levantó su sombrero, y le hizo una reverencia, mientras sus labios gesticulaban la palabra “gracias”. Nicole no se lo pensó dos veces. Se acercó a él para pedirle si, por favor, podía concederle unos minutos. Antonio desmontó y se acercó a ella para decirle, que en media hora estaría libre, y que si quería, podía acercarse a las cuadras para ver sus caballos. Nicole miró el reloj para cronometrar la media hora más larga de su vida. Le dijo que allí estaría. Antonio se alejó junto a su caballo. Nicole admiró sus hombros anchos y su cuerpo perfecto. Cuando pensó que no se giraría nunca, cambió las riendas de mano y empezó a caminar de espaldas para mirarla y saludarla con su sombrero. La sonrisa de Antonio la volvió loca. Se giró despacio y desapareció. Nicole se marchó en busca del bar del recinto, para esperar con impaciencia, que el reloj llegase a la hora indicada. Inicialmente quiso pedir una tila para calmarse un poco, pero cuando vio las tapas de queso y jamón que había preparadas, y el fino listo para ser bebido, se lanzó al ruedo con la confianza de que no le subiría a la cabeza, más de la cuenta. A las cinco y veinte ya no podía esperar más. Se acercó al camarero y le preguntó cómo podía llegar a las cuadras. Con cuatro indicaciones rápidas, encontró el camino. Pagó y empezó a caminar con pasos firmes, ya que el fino había hecho su efecto, mucho más rápido de lo que ella hubiese imaginado. Cuando llegó, le vio de espaldas sin su torera. Estaba cepillando al caballo.
—¿Cómo se llama?, —preguntó Nicole de forma seductora y sin esconder su marcado acento francés.
Antonio se giró despacio, con una sonrisa como si ya supiese que estaba allí.
—¿El caballo o yo?, —preguntó con la mirada fija en sus ojos.
En los labios de Nicole apareció una sonrisa facilona, propia del alcohol que circulaba por sus venas.
—Ya puestos los dos.
Antonio alargó su mano hacia ella.
—Antonio Ordoñez Torres. A su servicio señorita.
—Nicole Beauchamp. Encantadísima de conocerle.
Antonio le cogió la mano, pero no se la estrechó, sino que optó por besarla. El tacto de los labios sobre su piel, la hizo estremecer. Nicole hubiese querido detener el tiempo en aquel instante, pero enseguida que pudo reaccionar, continuó con las preguntas.
—¿Y el caballo? —dijo Nicole un tanto nerviosa, mientras separaba su mano de la de Antonio.
—Se llama Canelo, y es el mejor tesoro que tengo, de momento, —dijo Antonio con una mirada cargada de picardía y insinuación.
Nicole se ruborizó.
Estuvieron cerca de una hora viendo los caballos que tenía en la feria. Antonio le explicó que estarían hasta el domingo, y que el lunes regresarían a Lucena, donde vivían. Nicole le dijo que vivía en Paris, que había venido a Madrid por temas de trabajo, y que ahora estaba disfrutando de unos días de vacaciones. El sábado regresaba por la tarde a casa. Cuando Antonio oyó aquellas palabras, la miró con aquellos ojos negros que se te clavan en el corazón, y le dijo que estaría encantado de acompañarla durante esos días, para enseñarle la ciudad. Podía organizarse con su padre y su hermano el trabajo en la feria y así disponer de un poco más de tiempo libre, siempre y cuando a ella le pareciese correcto y quisiese. Nicole le miró con los ojos vidriosos, como consecuencia de la ingesta acelerada de fino, y le dijo que le parecía una idea maravillosa. Quedaron aquella misma noche. A las ocho de la tarde, Antonio pasaría a recogerla por el Hotel, para llevarla a cenar.
Y así fue como se desencadenó todo.”
—Ayer hablé con tu padre. Está encantado de que pases unos días en Lucena. Está deseando verte. También le dije que habías roto con Giacomo, pero no pude comentarle nada porque la verdad, aún no sé qué es lo que ocurrió.
—¿Qué quieres que ocurra? Le vi, a la media hora de dejarme en Barcelona, como cogía un taxi con Susana. Pasaron delante de mí, pero claro, no pudieron verme porque se estaban besando como lo que son: dos amantes.
—Hija lo siento mucho —dijo Nicole, incapaz de mirarle a los ojos.
—Mamá muchas veces me he preguntado, si alguna vez creíste posible, que el abuelo hubiese intentado impedir tu relación con papá. Y si fuera cierto ¿Qué hubieses hecho tú? Si analizamos fríamente la situación, hubiese sido lo más lógico. Dos vidas tan diferentes y alejadas una de la otra, sin ningún nexo de unión excepto, el amor. ¿Por qué crees tú que no lo hizo?
Nicole la miró avergonzada.
—No lo sé, —contestó apesadumbrada.
—Yo sé la respuesta mamá. Porque vio más allá de lo que podía parecer un capricho de juventud. Porque vio amor y pasión entre vosotros, y eso es algo que no se debe ni se puede impedir, aunque todo a tu alrededor te diga, que es la crónica de una muerte anunciada.
Nicole seguía con la cabeza agachada, muy consciente de que su hija tenía toda la razón. Cuando pudo recomponerse un poco, levantó la cabeza.
—¿No podrás perdonarme nunca, verdad hija?
—Sí que puedo mamá, ya me conoces. Lo hice ayer por la mañana cuando vi a Giacomo con Susana. Creo que ambas nos merecíamos este castigo. Tú por impedir mi relación con Gabriel, y yo por consentirlo.
—Hija, el amor verdadero nunca se olvida. Estoy segura de que si…
—¿Qué quieres decir? —dijo Valentina con cara de pocos amigos y levantando un poco la voz. ¡Han pasado doce años mamá! ¡Hace doce años que no sé nada de Gabriel! ¿Quieres que le diga a Don Manuel que me lo he pensado mejor y quiero volver con su hijo?
—¡Valentina, no me grites!
—¿Y qué quieres que haga? —dijo Valentina un poco más calmada. Habéis tenido mucha suerte con Don Manuel. Ha seguido fiel a papá y a su trabajo en el cortijo, aunque hayáis menospreciado a su hijo. Otro, en su sano juicio, os hubiese plantado el mismo día que dijisteis que Gabriel no era un candidato ideal para mí.
—¡Eso no es cierto! Dijimos que erais muy jóvenes para empezar una relación, que antes teníais que estudiar y labraros un futuro.
—¡Eso es mentira y tú lo sabes! Fue mi “querida” hermana, la que al darse cuenta de que Gabriel me prefirió a mí antes que a ella, no encontró mejor forma de vengarse de nosotros que contaros que me había acostado con él, y claro ¿cómo podía la hija de la gran Nicole Beauchamp, acostarse con el hijo del capataz del cortijo? ¡Qué deshonra para la familia! ¿Verdad mamá?
—¡Basta, Valentina! Ya es suficiente. Tienes toda la razón. Lo siento mucho y si te sirve de consuelo, jamás podré perdonarme lo que te hice.
Valentina se había quitado un peso de encima. Miró a su madre y pensó que ya era suficiente. No merecía la pena seguir hurgando en el pasado. Trató de calmarse y cambiar de tema.
—Está bien. Iré esta mañana a ver a Natalie para despedirme de ella.
—Me alegro hija. No me gustaría veros nunca más distanciadas.
—Me marcho mañana por la mañana temprano. Me llevo a Hans conmigo. Si puedes, me gustaría que pasaras por mi apartamento, para ver si Giacomo ha recogido sus cosas. Supongo que no se le ocurrirá destrozar nada de casa por sentirse despechado, pero nunca se sabe.
—No te preocupes. Vete tranquila que ya me ocuparé yo de todo. Este viernes me voy a Málaga. Tú padre vendrá a buscarme al aeropuerto y pasaremos el día y la noche allí. Llegaremos a Lucena el sábado hacia el mediodía.
—Me parece perfecto, —contestó secamente Valentina.
Desayunaron mientras hablaban de temas de trabajo, como si la conversación que habían tenido anteriormente, no hubiese ocurrido nunca. Valentina se despidió de su madre, con todo el cariño con que lo hacía habitualmente. En su mirada no había rastro de rencor, ni de dolor. Nicole cerró la puerta con el corazón destrozado. La bondad de su hija era su mayor castigo. Siempre consideró que la religión, era un tema del pasado, hasta que vio los sentimientos de su hija. No había duda de que Valentina era una bendición de Dios. Cuando pensó fríamente qué habría hecho ella, si sus padres se hubiesen negado, a que su relación con Antonio continuara, vio claramente el gran error que había cometido con su hija. Valentina era infeliz por su culpa. Ojalá pudiera echar marcha atrás.
Mientras se dirigía al coche, Valentina comprobó su móvil. Ninguna noticia de Giacomo. Por un momento tuvo la tentación de llamarle, pero al final reclinó su decisión. Era él, el que debía dar señales de vida, aunque solo fuera para pedirle perdón. Subió al coche y puso rumbo al hospital, para visitar a su hermana. El día, aún le depararía una sorpresa más.
Capítulo 4
NATALIE Y JOSEP
Valentina llegó al Hospital Quirón sobre las doce y media. Entró por la puerta principal; saludó a las chicas de información y se dirigió a las escaleras del fondo, para llegar a la primera planta, donde se encontraba la consulta de su hermana. Natalie formaba parte del equipo del Dr. Cabero, y aunque las noticias siempre decían que la natalidad estaba disminuyendo, en aquella consulta parecía que se habían propuesto aumentarla. No importaba que el estado hubiese retirado la ayuda familiar, debido a la crisis económica y a los recortes presupuestarios. Aquellas futuras mamás se habían propuesto ir en contra de toda encuesta. Valentina se sentó en la sala de espera, rodeada de mujeres con barriguitas prominentes. Estuvo allí ojeando revistas y controlando su móvil, sin descanso, hasta que su hermana terminó la consulta, pasados diez minutos de la una de la tarde. Cuando Natalie la vio, se llevó una grata sorpresa. No era muy habitual que fuera al hospital a visitarla. Cuando Valentina le dijo de ir a comer, Natalie ni se lo pensó dos veces. Antes de llegar al restaurante, se pararon un momento en la recepción.
—Hola María, ¿cómo estás?, —preguntó educadamente Natalie.
—Muy bien Doctora ¿Y usted?, —contestó la recepcionista, con una agradable sonrisa.
—Muy bien, gracias. Aquí estoy con mi hermana. Valentina, te presento a María Lasala.
—Encantada de conocerla, —se apresuró a contestar María, mientras alargaba la mano para estrechársela.
—Igualmente, —dijo Valentina con un gesto de cabeza.
—¿En qué puedo ayudarla Doctora?, —preguntó con eficiencia.
—El Dr. Miquel está hoy en quirófano. Cuando veas a Elia, la supervisora de la consulta del Dr. Cugat, o a Inma, cargada con la comida de los doctores, ¿le podrás decir, por favor, que avise a mi marido para que suba a tomar café en cuanto acabe?
—No se preocupe que ahora mismo la llamo, vaya ser que me despiste y no la vea, —contestó María, mientras descolgaba el teléfono.
—Muchas gracias María, eres un sol, —contestó Natalie con un guiño.
—Gracias Doctora, que les aproveche.
Al llegar al restaurante, se sentaron en los sofás del fondo, en busca de un poco de intimidad. Desde que ocurrió lo de aquel verano, se habían distanciado mucho, y no era muy normal que Valentina viniese a comer con ella, así que merecía la pena disfrutar de la compañía de su hermana, y más en un día tan especial como aquel.
—Y bien ¿A qué se debe esta inesperada visita?, —preguntó Natalie con alegría.
—Me marcho mañana a Lucena a pasar unos días con papá, —contestó Valentina con una inapreciable sonrisa.
—Bueno, lo haces muy a menudo y no vienes a despedirte de mí. ¿Ha pasado algo más que quieras comentarme?, —preguntó extrañada.
—Ayer fue un día maravilloso, —dijo Valentina, con la mirada perdida en los momentos vividos con Hugh. Puse punto y final a mi relación con Giacomo. ¿Qué te parece?
Natalie tuvo que procesar durante unos segundos, el mensaje que le acababa de dar su hermana. Había roto con su pareja, pero fue un día maravilloso. Algo no encajaba en todo esto, pero si Valentina estaba feliz, eso era lo que importaba.
—Bueno, si dices que fue un día maravilloso, entonces creo que debería de alegrarme. Además, estaba claro que era cuestión de tiempo que rompieras con él. Entonces ¿estás bien?, —preguntó intrigada.
—Bien, muy bien, gracias. Me siento libre y con ganas de darle un nuevo rumbo a mi vida. Te engañaría si te dijera que no estoy pendiente del teléfono por si me llama, pero sigo sin recibir noticias de él desde ayer por la tarde, así que he de pensar que le he hecho un favor.
—Pues entonces, me alegro. ¿Tienes pensado quedarte mucho tiempo en Lucena?, —preguntó Natalie, mientras apretó la mano de Valentina con fuerza, durante unos segundos.
—La verdad es que estoy valorando la idea de tomarme un año sabático, y dedicarme a escribir. Quizás me mude a Londres. Allí hay muy buenas escuelas de escritores. No me importaría asistir a las clases de Ian McEwan, aunque no creo que sea muy fácil acceder.
—Por más que quieras desviar el cauce de un río, siempre acabará llegando al mar. Deberías haberte mantenido firme en tu decisión de estudiar Filología, y no complacer a mamá en todo.
—Eso ahora ya no importa. Lo único que demuestra, es que tú y yo somos totalmente diferentes.
—Sí. Lo sé. Tú nunca me hubieses traicionado, —contestó Natalie, con un nudo en la garganta, pero con la mirada fija en ella.
—Soy incapaz de hacer cualquier cosa, que pueda perjudicar a dos personas que se quieren, ya lo sabes—contestó Valentina, agachando la cabeza.
—Lo sé. Y también sé que no me creerás cuando te diga, que me he arrepentido muchas veces de lo que hice, y no te lo digo para que me perdones. Pero no quiero que pienses que no intenté enmendarlo. Ahora, a lo mejor puedo ayudarte. Hace mucho que sé dónde está Gabriel, pero como te vi bien con Giacomo no quise decírtelo. Pensé que eras feliz. Como vuelves a estar libre, creo que ha llegado el momento de que sepas que vive en Brighton. Tengo su dirección y su teléfono. Te mandaré un e-mail para que lo tengas.
—¿Y cómo lo conseguiste? Si se puede saber, —preguntó atónita Valentina.
—Hice pasar a Josep como si fuera un amigo de Gabriel. Fue tan convincente, por teléfono, que Don Manuel no tuvo ningún reparo en darnos su número y la dirección. Si decides marcharte a Gran Bretaña, siempre puedes hacerle una visita.
—Seguramente ya tendrá su vida encauzada con alguna inglesita, y además, no creo que quiera saber nada de nosotros, en especial de mí, —contestó Valentina con resignación.
—No te quedes con la duda y ves a visitarle. Seguro que se alegrará de verte.
—Gracias. Me lo pensaré. Y ¿qué tal tú con Josep?, —se apresuró a preguntar Valentina, para cambiar de tema.
—De maravilla. Es un encanto. Cada día creo que le quiero más, —contestó con los labios fruncidos, como si supiese que aquellas palabras le harían daño en esos momentos.
—Sí, ya me lo imagino. Parecéis cortados con el mismo patrón. Nacisteis el mismo día con dos años de diferencia. Tú ginecóloga, él traumatólogo. Trabajáis en el mismo hospital. Os encanta ir al campo. Cualquier momento libre que tenéis os marcháis a la masía con sus padres. ¿Qué hacéis en Breda, si se puede saber?
—Desconectar del mundo y dedicarnos el uno al otro. Ya conoces Can Miquel. Es una masía con muchos años sobre su espalda. Se tendría que restaurar un poco la parte de arriba, pero de momento la casa aguanta. Los abuelos de Josep y sus padres apenas suben, así que estamos de maravilla solos, concentrados en nuestro trabajo, en nuestros estudios y en nosotros.
—Fuiste muy discreta con tu relación. Aún no sé dónde le conociste, si en la facultad o en el hospital.
—Nadie me preguntó. Papá estaba en Lucena, mamá viajando y tú estabas lejos, y además no me hablabas.
Después de una breve pausa, Natalie miró a su hermana y le dijo con voz temblorosa.
—Siempre he querido darte las gracias por cómo le trataste, desde el primer momento que le conociste. Le costó creer que hiciera cinco años que no nos hablábamos. Gracias por tratarle con tanto cariño.
—No hay de qué. Él no fue responsable de tus actos. Bueno pues ya que tenemos tiempo ¿me lo vas a contar ahora?, —preguntó con una sonrisa, que borraba los temas del pasado.
—¿Por qué no?, —contestó Natalie con una sonrisa de complicidad.
“Josep Miquel Almirall nació en Breda, una población de la provincia de Girona, el diecinueve de marzo de 1978, en el seno de una familia acomodada. Sus padres, el Joan y la Joana, regentaban un negocio muy próspero de cerámica, en el mismo pueblo. Vivían en un piso en la calle Virgen de Montserrat, esquina con la carretera de Arbúcies. Los abuelos de Josep vivieron en Can Miquel, la masía de sus antepasados, hasta que la avanzada edad, los devolvió definitivamente al piso que tenían en Breda, para estar más próximos a todos los servicios del pueblo. A los dos años del nacimiento de Josep, llegó al mundo su hermana Eva, para culminar la felicidad de la familia.
Durante los años de su infancia vivió feliz en aquel pueblo, jugando con sus amigos y martirizando con sus travesuras, a su hermana. Las tardes en Can Miquel le permitieron jugar en pleno campo, y disfrutar de la naturaleza, alejado del tumulto de la ciudad. Pero este no era el único futuro que Joana quería para sus hijos. Desde que Josep y Eva acabaron sus estudios primarios, supieron que mamá les haría estudiar una carrera. Desde bien jovencitos, tuvieron claro a qué querían dedicar su vida profesional. Lo que nunca llegaron a imaginar, fue la forma en que lo harían.
Los años iban pasando con su rutina habitual, pero Joana no dejaba de pensar en el futuro de sus hijos. Un buen día le dijo a su marido, que marchaba a Barcelona a hacer unas compras, y que estaría todo el día en la ciudad. Aquella noche, cuando regresó a casa, le dio la noticia de que había dado paga y señal, para un piso en la calle Aribau, número 58, esquina con la calle Aragón. Joan se quedó pálido sin entender a que venía todo aquello. ¿Estaba tan metido en su negocio de cerámica, que no se había dado cuenta de que su mujer no era feliz? ¿Le iba a dejar? ¿Se llevaría a los niños? El color volvió a sus mejillas, cuando Joana le explicó que los chicos debían de trasladarse a Barcelona, a estudiar una carrera, y que no podían ir arriba y abajo cada día. Ella les llenaría la nevera los domingos; los visitaría los miércoles para poner un poco de orden en casa; y los sábados regresarían a Breda a pasar el fin de semana. Y tal como Joana lo planeó, así fue como ocurrió. Josep empezó a estudiar medicina, para especializarse en traumatología, y Eva empezó a estudiar la carrera de farmacia.
Joana sabía que había hecho lo mejor para sus hijos, pero no contó con que sus estudios y trabajos, no les permitiese subir a Breda, tan a menudo como a ella le hubiese gustado.
Al tercer año de carrera, Josep empezó a hacer las guardias que le correspondían, como adjunto del Dr. Jaime Albareda, en las urgencias del Hospital de Bellvitge. Una de aquellas noches de guardia, Natalie iba en su coche con sus amigas Alicia y Montse, por la Avda. del Tibidabo, en dirección al Mirablau, un bar de copas con unas vistas maravillosas de la ciudad de Barcelona, cuando fueron testigos de un accidente entre dos coches, a pocos metros de donde ellas estaban. Un Opel Corsa bajaba a toda velocidad, hasta que perdió el control en una curva, e invistió a un Citroën AX que subía en dirección contraria. Natalie estaba en su primer año de carrera, pero tenía su profesión muy bien asumida. Salió del coche a toda velocidad, gritando a los cuatro vientos que era médico y que llamaran a una ambulancia. El panorama era desolador. Los chicos del Opel Corsa tenían un pronóstico muy poco esperanzador, debido a la imprudencia de no llevar el cinturón abrochado. La conductora del Citroën era una chica de unos treinta años, embarazada y con una gran hemorragia provocada por la rotura del fémur y la arteria femoral. Natalie hizo todo lo que estuvo en su mano, hasta que llegó la ambulancia.. Sin acordarse de su coche, ni de sus amigas, consiguió acompañar a Ana, la conductora del Citroën. Cuando llegaron al Hospital de Bellvitge, el Dr. Albareda junto con Josep, salieron a toda prisa a recoger la camilla donde traían a Ana. Natalie corría a su lado. Le apretaba con fuerza la mano, mientras no paraba de dar órdenes como si de un médico se tratase.
—¡Está de treinta y siete semanas. Tiene el fémur roto. Por el sangrado que tiene, la femoral debe de estar dañada. Le he hecho un torniquete! ¡Tienen que salvar al niño!, —gritó Natalie con los ojos desorbitados.
—¿Vienes con ella? ¿Eres alguno de sus familiares? ¿Eres médico? —preguntó Josep con la esperanza de que así fuera, para no perder de vista a aquella preciosidad que tenía delante.
—¡Llamen a mi marido por favor! ¡Llamen a Carlos! ¡Mi hijo por favor! ¡Salven a mi hijo!, —gritaba Ana desesperada.
—No te preocupes que ya me encargo yo de llamar a tu marido, tú resiste. ¿Me oyes? ¡Resiste!, ¡quiero entrar con ella!, ¡soy médico! —gritó Natalie con la intención de no separarse de aquel chico, tan tremendamente atractivo.
—¡Y nosotros también señorita! ¡Quédese aquí fuera y gracias por su ayuda!, —gritó el Dr. Albareda con la idea de sacarse de encima, a aquella estudiante un tanto prepotente.
Las puertas del box se cerraron, y Natalie se quedó quieta en mitad del pasillo. A los pocos segundos llegaron las otras dos camillas con los muchachos. Una de ellas a toda velocidad, la otra sin prisa alguna. Natalie se dirigió a la recepción del hospital, para intentar localizar al marido de Ana, y ya de paso preguntar a qué hora se cambiaba el turno de urgencias. La recepcionista le contestó, sin apenas mirarle a los ojos, que a las seis de la mañana. Natalie nunca imaginó que pasaría la víspera de su cumpleaños, sentada en una silla de urgencias. Pero aquel chico, bien merecía la pena.
A las seis menos cinco de la mañana, Natalie se levantó de su silla, para dirigirse a la puerta de entrada del Hospital. Era una mañana fría, como era de esperar para el mes de marzo. En dos horas empezaban sus clases prácticas. Tenía que ducharse, desayunar algo y averiguar dónde estaba su coche. Ya llamaría a Alicia un poco más tarde, para ver qué había hecho con él. A las seis y diez de la mañana, Josep salió por la puerta, pálido, con ojeras y escondido entre la cazadora y la bufanda.
—¿ Se ha salvado el bebé? —preguntó Natalie para dejarse ver.
—Creo que era más importante la madre ¿no crees? —contestó Josep, sorprendido y a la vez emocionado por volverla a ver.
—Depende. Para ella seguro que no.
—Sí. Están los dos bien. Cuando hemos normalizado la hemorragia, se le ha tenido que practicar una cesárea. El niño está bien pero en la incubadora. Ella está en la UCI, pero creo que lo conseguirá. ¿Llevas aquí toda la noche?, —preguntó, con un inicio de sonrisa en los labios.
—Sí. No quería irme sin saber cómo había acabado todo. Y como no tengo tu teléfono para llamarte, he decidido esperar para que me lo cuentes todo, —respondió con cara de intelectual.
—Pues ahora mismo te lo doy, —contestó complacido. No me imaginé que empezaría mi cumpleaños de esta manera.
—¿Hoy es tu cumpleaños? —preguntó Natalie sorprendida por la casualidad.
—Sí. ¿Por qué?
—También es el mío. Felicidades ¿Te apetece celebrarlo con un café con leche y un croissant?, —preguntó Natalie con una expresión de felicidad en su rostro.
—Me parece una idea estupenda, —dijo Josep.
—Me llamo Natalie, —dijo, mientras le alargaba la mano.
—Yo soy Josep—le contestó, sin prestar atención al saludo, mientras se acercaba a ella y le daba dos besos.
Natalie se ruborizó sin poder evitarlo.
Desayunaron en la cafetería del hospital. Hablaron de sus proyectos, de sus estudios, del futuro que querían conseguir y de sus metas. Poco a poco se dieron cuenta, de que sus vidas eran caminos paralelos que, por una jugada del destino, se habían cruzado aquel diecinueve de marzo de 1999. Josep acompañó a Natalie, en coche, hasta su casa en la calle Mallorca. Si no hubiese tenido que ir a la facultad, a hacer unas prácticas, no le hubiese importado pasar toda la mañana con él. Además, seguramente nadie en casa, se acordaría de que era su cumpleaños. Antes de despedirse, intercambiaron los números de teléfono. Josep se marchó a su piso de la calle Aribau, feliz de estar a tan solo tres manzanas, de donde vivía aquella futura ginecóloga, que le acababa de robar el corazón.
Aquella mañana, en contra de lo que le pedía el cuerpo, Natalie fue a la facultad. Allí se encontró con su coche y sus amigas. Estaba ansiosa por explicarles lo que le había ocurrido. Nada más llegar, respondió a todas y cada una de las preguntas del interrogatorio. Cuando acabaron las dos horas de prácticas, que tenían aquel sábado, se marcharon las tres al Fornet d´en Rossend, en la Rambla de Catalunya, muy cerca de la casa de Natalie. Aunque ya no tenía nada más que contar, y sus ojos estaban pidiendo a gritos un descanso, sus amigas insistían en retenerla en aquella cafetería un poco más. ¿Qué estarían tramando aquellas dos?, —pensó. A las doce del mediodía, como si fuese la hora acordada, Alicia y Montse se levantaron para acompañarla a casa. Natalie no entendía nada, pero estaba claro que parecía que no se marcharían nunca. Decididamente, algo se estaba cociendo a sus espaldas. Cuando Natalie abrió la puerta de casa, escoltada por sus dos amigas, encendió la luz del enorme pasillo, en el mismo instante en que todos, excepto yo, salieron a recibirla con confeti y aplausos. Para su gran sorpresa allí estaban, mamá, papa y mis abuelos Jean Luc, Michelle y Antonio. Yo me negué a regresar a Barcelona y decidí quedarme en París con Sidonie. Quizás Natalie me echara en falta, o quizás no. Aquella fiesta sorpresa, puso el broche final a un día maravilloso, que no olvidaría jamás.
Natalie se sintió culpable al pensar que nos habíamos olvidado de ella. Pero lo que no sabía era que mamá, se había pasado semanas organizando el viaje de los abuelos. Creo que aquella fue la primera vez, que desobedecí a mi madre. Si no hubiese sido por Sidonie, me hubiese visto obligada a regresar a Barcelona, y lo que menos quería, en ese momento, era volver a ver a mi hermana. Durante cuatro días, no la dejaron sola. Pobre Natalie. Estaba feliz, pero ansiosa por volver a ver a Josep.
El martes, de la semana siguiente, cuando salió de casa, a las siete y cuarto de la mañana, para ir a la facultad, se encontró cara a cara con Josep. Estaba sentado, estratégicamente, en la terraza de la cervecería de debajo de casa, tomando un café. La expresión de su cara, mostraba como un espejo, el intenso frío que sentía. Vino, nada más terminar su guardia en el hospital.
A Natalie no le importó saltarse su clase de anatomía. Estaba sorprendida de preferir la compañía de Josep. ¿Qué le estaba pasando a aquella chica tan responsable, que nunca faltaba a clase? Quizás se estaba enamorando. Desde aquel día, organizaron sus apretadas agendas, para pasar juntos todo el tiempo que tuvieran libre. Cuando Nicole estaba trabajando en casa, Natalie marchaba a la calle Aribau, donde conoció a la encantadora Eva, y con la que rápidamente entabló una bonita amistad. Cuando Nicole salía de viaje, Josep venía a casa. Gracias a la compañía inseparable de Josep, Natalie descubrió que no era tan fuerte, ni tan segura, como demostraba a los demás. En el fondo se sentía muy sola. Papá era el amor de su vida, pero ella quería seguir viviendo en Barcelona, porque sabía que allí estaba su futuro. Desde que empezó en la facultad, le veía poco. Era mamá la que solía viajar a Lucena. Cuando ya hacía mucho tiempo que no se habían visto, papá venía a Barcelona para verla y pasar el fin de semana juntos, pero no era lo más habitual. Por otro lado, Natalie sabía que siempre había sido el ojo derecho de mamá, hasta que decidió empezar su carrera de medicina, y renunciar al mundo que le ofre- cía. Un mundo de pasarela y de moda, que no le atraía lo más mínimo. Nicole aceptó su decisión, pero los continuos viajes y su ajetreada agenda, la distanciaron un poco de ella. Conmigo ya no existía relación alguna. Al conocer a Josep supo que, por fin, tendría a alguien que la protegería, que estaría a su lado en todo momento, con el que pudiese hablar y disfrutar de una tarde de domingo, abrazados en el sofá. Fue entonces cuando tomó conciencia del daño que me había hecho. Aquellos meses también fueron especiales para Alicia y Montse, ya que gracias a aquel encuentro, empezaron a salir con Víctor y José, amigos de Josep. Sin darse cuenta, habían formado una pandilla divertida y llena de un futuro profesional, muy prometedor.
Los meses fueron pasando hasta que llegó el tan esperado verano, y con él las deseadas vacaciones, la playa, las noches de fiesta y también la distancia. ¿Le dejaría mamá quedarse en Barcelona el mes de agosto? Aunque ya sabía la respuesta, tenía que intentarlo. No podía estar un mes entero sin ver a Josep.
—Mamá, tengo que pedirte algo. Alicia, Montse y yo queremos reservar un apartamento en Lloret de Mar, para pasar los cuatro últimos días de julio, antes de que nos vayamos cada una por su lado. ¿Supongo que no te sabrá mal verdad?
—Y supongo que Josep también irá ¿no?, —preguntó Nicole mientras le guiñaba un ojo.
—Bueno, Josep, Víctor y José, —se apresuró a contestar, sin poder controlar el rubor que afloró en sus mejillas.
—Natalie, no te sientas violenta hija que tienes diecinueve años, y no hace falta que me digas que estás enamoradísima de ese chico. Solo hay que mirarte la cara. Supongo que tomarás precauciones. ¿Verdad hija?
—¡ Mamá!
—¡ Qué! No te considero tan tonta como para no tomarlas, pero nunca está de más recordártelo. Y ¿cómo llevas eso de estar un mes entero sin verle?
—Bueno de eso también te quería hablar…
—La respuesta es no. No te voy a dejar aquí todo el mes de agosto, sola en esta casa. Tienes que ver a tu padre. Bastante tiempo estamos separados, para que encima el único mes que tenemos para estar juntos, tú no estés.
—Bueno Valentina tampoco vendrá a Lucena ¿Por qué no me puedo quedar yo en Barcelona?
Nicole miró a Natalie con una expresión de dolor, como si hubiese hurgado en una llaga.
—Valentina está con los abuelos. No está sola. Además los padres de Josep, ¿no querrán estar con él? —se apresuró Nicole a preguntar, para cambiar de tema.
—Supongo que sí, pero no estará todo el verano en Breda.
—¿ Por qué eres tan reservada Natalie? ¿Piensas que te voy a prohibir verle? Si estos meses he viajado más, es porque sé que se pasa el día contigo. Y no, no te preocupes, que no es mi intención separarte de él. Anda hija dame un abrazo. Dime, ¿le quieres?
Natalie abrazó a su madre, con la misma pasión que cuando era pequeña. Con aquel abrazo sintió que el vínculo, que las unía, nunca había dejado de existir.
—Mamá estoy loca por él. Le quiero muchísimo. Tenemos los mismos gustos, las mismas inquietudes, los mismos planes de futuro. Nunca pensé que encontraría a alguien que encajase conmigo tan fácilmente. Incluso nacimos el mismo día.
—Sí, ya me he dado cuenta que está enamoradísimo de ti. ¿Qué te parece si le invitamos la primera quincena de agosto a Lucena? Tu padre no deja de darme la tabarra de que quiere conocerle, para ver qué impresión le da, y así se quedará más tranquilo.
—Mamá me encantaría que viniese a Lucena. Es lo mejor que me podías decir hoy. Verás que contento se pondrá, cuando se lo diga. No sé como agradecértelo.
—Agradéceselo a tu hermana. De ella es la idea de que le invitemos a Lucena.
Natalie se quedó paralizada al oír aquella confesión. Era lo que menos se podía imaginar.
—Aunque no me pregunta por ti, cuando le explico tus cosas, las escucha con atención. Cuando le dije que llevabas meses saliendo con un chico, y que te veía muy feliz, me sugirió que le invitara a Lucena, para que pasarais el verano juntos. Ya la conoces. Es una fiel defensora del amor. Desde luego hay que reconocer que tu hermana tiene un corazón que no le cabe en el pecho. Por cierto, desahógate todo lo que puedas en Lloret de Mar, porque en Lucena, tu padre no te quitará el ojo de encima.
—Mamá, ¿cómo es posible que Valentina actúe así conmigo, después de lo que le hice el verano pasado?
—Ya la conoces. Para ella la familia es lo primero. Sé que ha sido muy duro para ella, pero creo he hecho lo correcto. Tiene un gran futuro por delante que no voy a dejar que tire a la basura.
—Espero que no te equivoques mamá.
—Eso espero yo también hija.
Aquel veintinueve de julio, Natalie y Josep cogieron las maletas y el coche para dirigirse a Lloret de Mar. Lo del apartamento era cierto, pero el resto de la historia no. Alicia y Montse actuarían en consecuencia, para no levantar sospechas. Nicole cerró las cortinas del comedor con una sonrisa, al ver marchar a su hija, sola con su novio, a pasar aquellos cuatro días de intimidad, en las playas de la Costa Brava. A su mente acudieron los maravillosos días que vivió con Antonio en Sevilla.
Llegaron a los apartamentos Alva Park, en la Playa de Fenals, a las once y media de la mañana. Aparcaron el coche, justo delante de la entrada del Restaurante Disaster Café, que tanto le habían recomendado sus amigos. Cogieron las maletas, se presentaron en recepción y con las llaves en la mano, subieron al apartamento en la tercera planta, con vistas a la piscina del complejo. Mientras subían en el ascensor, Natalie no paraba de preguntarse ¿por qué había esperado cuatro meses para acostarse con él, si lo estaba deseando? ¿Quería hacerse valer? ¿Demostrar que no era una chica fácil? En el fondo estaba un poco chapada a la antigua, pero todo esto se iba a acabar, tan pronto abriese la puerta del apartamento.
Nada más dejar las maletas en la habitación, Josep recibió un cariñoso empujón de su novia, que le hizo caer en la cama. Natalie se acomodó, despacio, encima de él, hasta que le besó. Por fin había llegado el deseado momento de recibir, la clase práctica de ginecología, que tanto le había prometido su novia.
—¿ Por qué no me desnudas y me haces el amor? —dijo Natalie, casi en un susurro.
—A sus órdenes doctora. Pero, por favor, esta vez no me preguntes qué músculos son los que hacen mover mi cadera una y otra vez, ¿de acuerdo?
—Vale, pero me lo dices después.
Se tomaron todo el tiempo que necesitaron, para entregarse por primera vez, hasta el punto que olvidaron que fuera de aquella habitación, el mundo seguía existiendo. No les hacía falta nada más. Estaban ellos dos, y cuatro días por delante de agradable intimidad.
Cuando regresaron de aquella escapada, mi hermana había cambiado. No había duda de que había encontrado al hombre de su vida. Mamá nunca puso objeción alguna a esta relación. Un futuro traumatólogo era un magnífico partido para su hija. En los quince días que estuvieron en Lucena, Josep consiguió buena nota. Mi padre y el abuelo le dieron un “sobresaliente”. Los quince días restantes de aquel mes de agosto, los pasaron en Breda. Aunque mi hermana se esmeró todo lo que pudo, solo consiguió un “notable” ya que para Joana, aunque estaba encantada con su futura nuera, aún no había nacido la mujer que cuidara a su hijo, como lo hacía ella.
A primeros de diciembre de 2002, Josep recibió la mejor oferta de trabajo que jamás pudo imaginar. Gracias, en parte, a la recomendación del Dr. Albareda, le ofrecieron un puesto de trabajo en la Clínica del Pilar, en la calle Balmes de Barcelona, para trabajar en la consulta del Dr. Cugat, el famoso traumatólogo que trataba a todo deportista de élite, que tuviese la mala fortuna de lesionarse. Aquel trabajo le representó el triunfo a sus seis años de estudio. La posibilidad de aprender y ampliar su formación con su propia consulta, le hizo pensar en su futuro personal. Una de las primeras cosas que tuvo que hacer, fue asistir en Sevilla, al congreso organizado por el Dr. Cugat, sobre los avances y mejoras conseguidas con los factores de crecimiento, en la regeneración de los tejidos dañados. Josep tenía que aprender y ponerse rápidamente a la altura del equipo del Dr. Cugat. El congreso se organizó en el prestigioso Gran Hotel Meliá Colón, situado en la calle Canalejas número 1 de Sevilla. Aquel Hotel de cinco estrellas, parecía más un museo. Cada planta rendía homenaje a un artista español, desde El Greco hasta Goya. Como estaba seguro de que aquello le encantaría a su novia, no dudó en invitarla a pasar cuatro días en la capital sevillana. Cuando Natalie se lo comentó a su madre, se vio sorprendida por un abrazo, que casi la deja sin aliento.
—Hija, que ilusión que me hace. Vas a ir a Sevilla las mismas fechas en las que yo conocí a tu padre. No hay duda de que esto es una jugada del destino. La historia siempre se repite y a la vista está. ¿Sabes que tu padre se me declaró en la isleta de los patos?
—¿No fue delante de la Torre Eiffel?, —preguntó sorprendida Natalie.
—Sí, sí, oficialmente me dio el anillo allí, pero nuestra primera promesa de amor, fue en el mismo sitio donde Alfonso XII se declaró a María de las Mercedes, y en el mismo sitio donde tu abuelo se declaró a tu abuela.
—Mamá te pareces a Valentina. Te recuerdo que voy a un congreso de traumatología, no de vacaciones románticas. Josep acaba de empezar en este trabajo, y no está por estos temas, así que tendremos que dejar las bodas y festejos para cuando acabe yo mi carrera, si no te importa.
—Vas de mujer fuerte y segura, pero te apuesto un Armani a que en el momento en que te presente un anillo de compromiso, caerás como una mosca, y sino, al tiempo.
—¿ El Armani que yo quiera o el que tú elijas?
—El que tú quieras.
—Trato hecho.
Llegaron al Hotel el miércoles once de diciembre, a las nueve de la noche. Dejaron las maletas en la habitación, y salieron a cenar algo por las calles de Sevilla. Tenían dos días y medio de congreso, y poco tiempo para hacer turismo por la ciudad, así que no tenían tiempo que perder. Mientras cenaban en un tablao flamenco, Natalie le explicó que fue en Sevilla donde sus padres se conocieron, y que curiosamente fue en las mismas fechas en las que ellos estaban ahora. Sin saber muy bien por qué, también le dijo que había una isleta, en la parque de Mª Luisa, donde su padre se declaró a su madre. ¿Por qué le había dicho aquello? Natalie se sorprendió de su comportamiento, y rápidamente cambió su actitud. Pensó que esas cosas ya no se hacían hoy en día. Además, no estaban allí para eso. El congreso se clausuró el sábado a las dos de la tarde. Todos los asistentes disponían de la tarde libre para hacer turismo. Natalie y Josep subieron a la habitación. Se cambiaron de ropa y salieron del Hotel a toda prisa, para aprovechar las pocas horas de sol, que aún lucía aquel catorce de diciembre. Comieron muy cerca del parque de Mª Luisa. Al terminar, Josep le preguntó si le apetecía caminar un poco por el parque. Natalie accedió ya que la temperatura era bastante suave, para la época del año en la que estaban. Empezaron a caminar, cogidos de la mano. Hablaron de temas de la conferencia, y del futuro que le esperaba a Josep en aquella consulta. Sin apenas darse cuenta, llegaron hasta la isleta de los patos. El corazón de Natalie se aceleró. Cuando Josep la miró, no pudo hacer otra cosa que sonreír, al ver como las mejillas de su novia se habían ruborizado. Caminaron en silencio, hasta que llegaron a un banco para sentarse, y dar un poco de sosiego a la carrera que había emprendido, por su cuenta, el corazón de Natalie.
—¿ Por qué me miras así? —dijo Natalie, intentando parecer lo más calmada posible.
—¿ Por qué tu cara parece un tomate maduro? —preguntó Josep con toda la ironía que pudo.
—Debe de ser el vino de la comida, —contestó Natalie, mientras giraba la cara para que no la viera.
—Ya. Natalie lo que me ha ocurrido este mes, me ha hecho pensar mucho. Creo que este trabajo me dará la estabilidad suficiente, para empezar a pensar en otras cosas, como por ejemplo irnos a vivir juntos. También he pensado que sería mejor que acabaras la carrera antes, pero creo que el que durmamos cada día en la misma cama, no hará peligrar tus estudios. ¿No crees?
—Bueno…—empezó a decir Natalie, sin saber muy bien qué contestar.
—Déjame acabar por favor, sino creo que no lo diré nunca. Bien, sigo. Mi primera idea fue la de irnos a vivir de alquiler, ya que creo que no querrías vivir con mi hermana, pero cuando lo pensé fríamente me dije: “yo no tengo ninguna duda de que esto funcionará. ¿Por qué irnos de alquiler para probar cuando lo tengo tan claro?” Entonces taché esta opción de la lista. La siguiente era comprar un piso, para irnos a vivir juntos en cuanto lo tuviéramos listo. Esta idea me gustó más, pero entonces pensé en el momento que le comunicase esta opción a mi madre, y como ya sé lo que me iba a decir, pasé directamente a la siguiente opción de la lista.
—¿ Y qué otra opción tienes? ¿Irnos a vivir al extranjero?
—No. Si tengo claro que te quiero, que esto va a funcionar y que quiero que vivamos juntos. ¿Qué es lo que me retiene para casarme contigo?
En aquel instante, Natalie pensó que se iba a desmayar pero no podía hacerlo, tenía que vivir aquel momento de gloria y disfrutarlo al máximo. ¿Verdaderamente le estaba pasando esto a ella, en el mismo lugar que eligieron sus padres veinticuatro años atrás?
—Y bien. ¿Qué me dices? —preguntó Josep, un poco nervioso.
—¿ Qué te digo a qué?
Josep abrió su abrigo para acceder al bolsillo interno, de dónde sacó una cajita de terciopelo negro, en cuyo interior se escondía un anillo de oro blanco con tres diamantes.
—Natalie Ordoñez Beauchamp ¿Te quieres casar conmigo?
Las lágrimas de Natalie inundaron sus ojos, hasta tal punto que le resultaba imposible ver con claridad aquel anillo de prometida, que sería la envidia de sus amigas y el que le aseguraba a su madre, un nuevo modelo de Armani.
—Por supuesto que sí mi amor. Me casaré contigo mañana si tú quieres, o si encuentras un cura, me casaría ahora mismo.
—Creo que a mi madre le daría un infarto, y a la tuya le sabría muy mal no organizar una fiesta por todo lo alto. ¿No crees?
—Sí, creo que tienes razón.
Se abrazaron y se besaron con pasión, sellando con aquel beso la promesa de su amor. Antes de que Josep pudiera reaccionar, Natalie sacó del bolso su móvil y empezó a marcar.
—¿ A quién llamas ahora? —preguntó Josep sorprendido por esta actitud tan poco romántica.
—A mi madre. Mamá, hola ¿cómo estás? ¿Estás en Lucena con papá?
—Hola hija, sí aquí estoy ¿Cómo ha ido el congreso?
—Bien, muy bien. Mamá te llamo desde la isleta de los patos. Estoy aquí con Josep. Solo quería decirte que es un lugar maravilloso, y que ya puedes ir pensando en qué modelo quieres que te compre.
—¡ Ahhhh ! ¡Hija, lo sabía, lo sabía! Cómo me alegro, ahora mismo se lo digo a tu padre. Hija dale un beso a Josep de mi parte. Adelantaré mi vuelo al lunes, para estar contigo y empezar a pensar en un montón de cosas. Hija me alegro muchísimo por ti. Te quiero.
—Y yo a ti mamá.
Natalie lloraba de emoción ante los ojos de su prometido, que no dejaba de admirar la belleza de su futura mujer.
Con el anillo adornando su dedo, y abrazados como si estuviesen muertos de frío, se dirigieron al Hotel donde se entregaron el uno al otro.
La fecha ideal hubiese sido el veintitrés de junio, aniversario de boda de mis padres, pero como aquel año caía en lunes, decidieron casarse el trece de junio de 2003, día de San Antonio, ante ciento sesenta invitados de mundos muy diferentes. La medicina, la doma y la moda, se unieron para celebrar aquella boda, en la iglesia de Breda. A mi madre le costó acceder, que el acontecimiento se celebrase en aquella localidad, pero finalmente dio su brazo a torcer. Lo que no consintió, es que el convite se celebrara en la masía familiar. Por su cuenta y riesgo, lo organizó todo en Can Marlet, un hotel situado en plena falda del Montseny, con un jardín maravilloso donde se sirvió un exquisito aperitivo, con la clase que aquella boda se merecía. Natalie rechazó, sin ningún miramiento, los vestidos que sus padres le habían ofrecido. Ni Armani, ni Victorio & Lucchino serían los encargados de vestirla. Ella lo tuvo claro desde el principio. Manuel Mota supo resaltar la belleza de Natalie, con un sencillo diseño que la encumbró, a los más altos niveles de elegancia. En aquella ocasión, mi madre fue incapaz de añadir ningún retoque. Sencillamente, era perfecto. Joana eligió un traje oscuro para Josep, de la firma Antonio Miró. Aunque mi madre estaba ocupadísima atendiendo a todos sus amigos y compromisos, no cesó ni un minuto en intentar acercarme a todos los amigos disponibles de Josep, para ver, si con un poco de suerte, yo también encontraba mi media naranja. Aunque en el fondo, sabía muy bien por quién seguía latiendo mi corazón, cuando regresé a España. La marcha de los novios puso el punto y final a aquel día maravilloso, que a mis ojos, estuvo cargado de amor. ¿Tendría yo la misma suerte que mis padres y mi hermana?, o por el contrario ¿había dejado escapar a mi alma gemela?
Aquella noche, Natalie y Josep durmieron en la suite del Hotel Arts, la misma que yo tendría el placer de conocer años más tarde. Al día siguiente marcharon a disfrutar de su luna de miel, en las playas de Cuba.
En cuanto al tema de la vivienda, después de valorar las opciones que tenían, decidieron comprar el piso de la calle Mallorca a mis padres, ya que era lo suficientemente amplio para vivir y tener sus despachos. Nicole compró un nuevo piso, más pequeño, en la calle Córcega esquina Rambla de Catalunya, y alquiló un despacho más amplio, para desarrollar su negocio en la 5ª planta del edificio situado en Paseo de Gracia, nº 56, esquina con la calle Aragón. Por mi parte, tomé la decisión de ir a vivir sola. Aunque les había dejado ver que volvía a ser la de siempre, no me apetecía estar cerca de mi madre ni de mi hermana. Mis padres me habían encargado llevar sus dos negocios. Entre los dos me ganaba un buen sueldo, que me permitió hipotecarme en un apartamento, en primera línea de mar en Gavà, una población lindante a Castelldefels, a veinte minutos de Barcelona.
Eva siguió viviendo en el piso de la calle Aribau, muy bien acompañada de su novio David que, a partir de aquel momento, dormiría más de una noche con ella. Más que nada para no dejarla sola”.
El recuerdo de aquellos momentos tan emotivos, provocaron que Natalie no pudiera contener las lágrimas.
—Caramba, sí que estás sensible, —dijo Valentina, extrañada de ver a su hermana llorar.
—No te puedes ni imaginar lo feliz que me siento. Me sabe muy mal que estés atravesando este momento. Solo espero que algún día vuelvas a estar con el hombre que te quiera de verdad.
—No lo creo, —contestó Valentina, con la mirada clavada en los ojos de Natalie.
—No digas eso, —se apresuró a contestar su hermana.
Natalie cambio de tema, tan pronto vio acercarse a la mesa a Josep.
—Hola Valentina —dijo Josep sin casi apenas mirarla. Cariño ¿cómo te encuentras?
—Estoy bien tonto ¿Qué no me ves?, —contestó Natalie con una sonrisa y un beso.
Valentina no entendía a qué venían aquellas preguntas, y tampoco cómo su cuñado había sido capaz de no darle ni un beso. ¿Qué estaba pasando allí?
—¿Te pasa algo Natalie? —preguntó Valentina extrañada.
—La verdad es que sí. Creo que no hubieses podido elegir un día mejor para venir a verme. Eres la primera en saber que estoy embarazada.
Capítulo 5
MÁS VALE TARDE QUE NUNCA
La noticia del embarazo de Natalie, le creó un conflicto de sentimientos en su interior. Por un lado se sintió feliz por su hermana, pero aquella noticia la sumió en una incontrolable tristeza. Recordó las palabras de Hugh; los deseos que tenía de formar una familia con Jessica. Y pensó en sus deseos. ¿Cómo hubiese sido su vida con Gabriel? ¿Hubiesen formado ya una familia? ¿Dónde vivirían? Valentina lloró desconsoladamente. Miró su móvil. Seguía sin noticias de Giacomo. Recordó indignada, aquel dicho que tanto le había oído repetir a su abuelo: “no hay mejor desprecio que el no aprecio”. Y la verdad, era que tenía toda la razón. Además de engañada, se sentía despreciada. Ni tan siquiera le había llamado para ver cómo estaba, o para pedir disculpas, o para decirle que se marchaba definitivamente. Lo único que deseaba en ese momento, era que Giacomo se sintiera igual o peor que ella. Estaba tan furiosa que quería llamarle para decirle cuatro verdades, pero su orgullo se lo impedía. En un arrebato de furia, decidió enviarle un mensaje: “Mañana marcho temprano a Lucena. Tienes libertad para recoger tus cosas”. Ni siquiera esperó la respuesta. Entró en su coche, lo puso en marcha y empezó a conducir en dirección a su apartamento, cuando el móvil sonó. Miró rápidamente la pantalla para ver si era Giacomo, pero apareció un número desconocido. Contestó.
—¿Sí?
—¿Valentina?
—Yo misma ¿Quién es?
—Hola, soy Hugh. Estoy en el aeropuerto a punto de embarcar, pero no quería marcharme sin despedirme de ti.
—Que amable eres. ¿Cómo estás? Espero que estés pensando en una bonita forma, de dar a Jessica todos los regalos que le llevas.
—Bueno, aún estoy pensando si la llamaré o no. Quizás le dé la ropa a Julie, mi asistenta. Seguro que me lo agradecerá más que ella. Solo quería volver a recordarte que vengas cuando quieras a Londres. Si necesitas vivir allí un tiempo, puedo ayudarte. Además, me gustará volver a verte.
—Muchas gracias. A lo mejor me ves antes de lo que imaginas.
—Será un placer Valentina. Gracias por el día de ayer. Fue maravilloso.
—Gracias a ti Hugh. También lo fue para mí y gracias por llamar. Adiós.
—Adiós Valentina.
Al llegar a casa, fue directamente a la terraza para ver a Hans, y salir a pasear con él un rato por la playa. En aquel mismo instante recibió un mensaje: “Así lo haré.” Cuando lo leyó, lo borró apretando las teclas del móvil con tanta fuerza, como si quisiera destruirlo. ¿Cómo era capaz de comportarse así? Se sentó en el balancín de la terraza, donde había visto tantos atardeceres abrazada a Giacomo. Con gran esfuerzo intentó controlar su agitada respiración, pero la impotencia que sentía en su interior, la aumentaba por momentos. Cuando Hans la vio, supo que en breves momentos empezaría a llorar, como así ocurrió. Definitivamente había llegado al fondo del oscuro pozo, en el que ella misma se había ido hundiendo poco a poco. De nada servía arrepentirse ahora de las decisiones que tomó en el pasado, frente a hechos de los que dependía su felicidad. En estos momentos hubiese dado lo que fuera necesario, por retroceder doce años de su vida. Ahora no volvería a cometer los mismos errores. Pero ya no había marcha atrás. Al tomar conciencia de esa realidad, sintió una angustia que le oprimió tanto el pecho, que casi le impedía respirar. De repente, un olor a rosas frescas la envolvió por completo. Fue tan placentero que ni siquiera se molestó en pensar, de dónde provenía aquel olor. Instintivamente infló sus pulmones con los ojos cerrados, como si aquel aroma pudiera aliviar su dolor. “Vuelve a Lucena”, oyó en su mente. Cuando abrió los ojos, sorprendentemente, se encontró un poco más aliviada. El punto de vista de todo lo que le estaba ocurriendo, había cambiado de perspectiva. Ahora veía con claridad, que aquella ruptura, era lo mejor que le podía haber pasado. Volvía a ser libre para regresar al punto de partida, y retomar la vida que le fue arrebatada. Hans no dejaba de mirarla, atento a cualquier cambio en su humor. “Tengo que verla sonreír”, pensó Hans. Y como sabía perfectamente cómo hacerlo, no demoró un instante en llevar a cabo su propósito. Puso sus patas delanteras sobre las piernas de Valentina, y empezó a lamerle la cara. Valentina le abrazó, mientras trataba de detener sus efusivas muestras de cariño.
—¡Hans!, besitos no, que ya sabes que no me gustan. Estate quieto. Ya está mi vida, estoy bien, estoy bien. Vámonos a pasear un rato —dijo Valentina entre risas y abrazos. “Sabía que lo conseguiría” se dijo asimismo, orgulloso de sus actos.
Hans esperó paciente junto a la puerta del apartamento, a que Valentina estuviese lista para salir a pasear. Aunque el paseo fue corto no le importó, ya que la volvía a ver feliz. Estaba claro que Valentina tenía prisa por llegar a casa, pero no sabía por qué. “¿Qué es lo que querrá hacer?” —pensó Hans desorientado ante esta actitud.
Nada más regresar, Valentina se cambió de ropa a toda velocidad, como si no tuviese tiempo que perder. Aquellos cambios de humor, tan repentinos y repletos de nerviosismo, y movimientos de aquí para allá, le volvían loco. En lugar de seguirla por todo el apartamento, decidió sentarse en un punto estratégico, que le permitiese controlar los movimientos de Valentina, y tratar de entender qué es lo que estaba pasando allí. La vio como preparaba una taza de té. “Eso significa que se sentará en la terraza a leer o a pensar en sus cosas.” Dejó la taza de té sobre la mesa de la terraza; volvió a entrar; cogió su portátil. “Esto significa que se va a poner a trabajar un rato, pero normalmente cuando trabaja, no sonríe. Bueno, qué más da, lo importante es que sonríe, que ese hombre no ha vuelto y que yo estoy aquí con ella”. Cuando Valentina se sentó frente a su portátil, Hans pensó que ya estaba todo bajo control, y decidió echarse junto a sus pies. Lo primero que hizo fue revisar su correo. Fiel a su palabra, su hermana le había enviado los datos de Gabriel. Tenía una dirección y un teléfono. Era suficiente. Cogió su móvil con la intención de llamarle, pero antes de apretar la tecla verde, colgó. ¿Qué le iba a decir después de doce años? “Hola Gabriel, ¿te acuerdas de mí? Soy Valentina, la que se marchó a Paris y te dejó plantado. ¿Te apetece tomar una cerveza conmigo en Brighton? Puedo acercarme si quieres.” No, así no podía llamarle. Aquella no era la forma más adecuada de contactar con él. Pensó en varias excusas, que parecieran verosímiles, pero ninguna acababa de satisfacerle. Dejó el móvil sobre la mesa; frotó sus manos por la cara como si quisiera despertar; volvió a coger el móvil; marcó el número. El pulgar hacía movimientos de vaivén sobre la tecla verde. Finalmente lo añadió a su agenda de contactos, y volvió a dejarlo sobre la mesa. “Cálmate un poco. No es el momento. Antes tienes que acabar con Giacomo definitivamente” se dijo así misma mientras trataba de despejar su mente, para empezar a trabajar en su nuevo proyecto.
Gabriel abrazó a su padre con fuerza, nada más salir por la puerta de llegadas del aeropuerto. Ambos se emocionaron, sin ningún reparo en derramar lágrimas de alegría. Habían pasado casi cuatro años, desde la última vez que le vio. Don Manuel miró a su hijo con admiración. Tal y como se prometió aquel fatídico día, su hijo se había convertido en un hombre de provecho. Estaba deseando llevarlo al cortijo para que Don Antonio lo viera. La única pena que sentía en esos momentos, era que su madre ya no estuviese con ellos, para poder disfrutar de su hijo, tanto como lo estaba haciendo él. Cuando llegaron al parking del aeropuerto, Gabriel se encontró con una grata sorpresa. Su padre había venido a buscarle con su coche, un VW Golf al que tanto había echado de menos, y del que su hermana Anabel, se había ocupado de mantener hasta su regreso. Condujo en dirección a Lucena con una sonrisa perenne en los labios. La visión de su tierra, la compañía de su padre y la esperanza de volver a ver a Valentina, le impedían sentir otra cosa que no fuera felicidad. Aunque hablaban semanalmente, no podía parar de contarle cosas de su trabajo, y del nuevo proyecto que tenía previsto llevar a cabo. Don Manuel hubiese sido incapaz de describir con palabras, la admiración y el orgullo que sentía por su hijo, en aquellos momentos. Al cabo de hora y media llegaron a Lucena. Dos meses antes de marcharse a Brighton, Gabriel había comprado un piso, en la misma escalera donde los padres de Valentina tenían un dúplex. Evidentemente su piso era mucho más pequeño y estaba todo por reformar, pero de eso ya se había encargado su hermana Anabel, durante su ausencia, sin él saberlo.
Ana Isabel era cinco años mayor que Gabriel, y aunque no era una gran diferencia, siempre se había sentido la protectora de su hermano pequeño, y más aún desde que su madre murió. Anabel estudió la carrera de arquitectura entre Córdoba y Barcelona. Aunque tuvo una muy buena oportunidad de trabajar en la ciudad Condal, no se vio capaz de dejar a su padre solo en Andalucía. Desde la muerte de su madre, había asumido el rol de convertirse en la nueva mujer de la casa. Así que en el momento que pudo, abrió su despacho en la misma Plaza Nueva de Lucena. Durante los cuatro años que Gabriel no quiso volver por España, Anabel lo había visitado a menudo, conocedora de los motivos por los cuales no quería regresar. Nunca perdonaría a la familia Ordoñez-Beauchamp la ofensa hecha a los suyos. A la única persona a la que no podía dejar de querer, era a Don Antonio. Primero porque sabía muy bien en la gran estima que tenía a su familia, y segundo porque estaba al corriente de lo mucho que quería a su hermano, y de todo lo que le había ayudado económicamente, a escondidas de su padre. Ella sabía que Don Antonio quería a su hermano, como si fuera su propio nieto.
Nada más entrar en el piso, Gabriel se quedó con la boca abierta. No podía dar crédito a lo que estaba viendo. Su hermana se había vuelto loca. Había conseguido trasladar la decoración británica, al mismo corazón de Córdoba. La verdad es que le encantaba. Dejó las maletas en su habitación, y empezó a recorrer todo el piso para admirar cada detalle, y sorprenderse de lo mucho que había cambiado todo. La verdad es que aquello no tenía nada que ver, con lo que había comprado años atrás. Se dirigió al comedor donde le esperaba su padre. Intentó disimular un poco, ya que quería sacar el tema que tanto le angustiaba, pero no sabía cómo hacerlo.
—¿Qué te parece hijo? ¿Te gusta?, —preguntó Don Manuel con satisfacción.
—Parece imposible que éste sea el piso que compré. Anabel es increíble. ¿Qué haríamos sin ella, verdad papá?
—Sí hijo. Eso mismo me digo yo cada mañana cuando me levanto. Por cierto, está deseando verte.
—Ya me lo imagino. La verdad es que me ha extrañado que no viniera al aeropuerto a recibirme.
—Le ha sido totalmente imposible, porque tiene que acabar un proyecto hoy mismo, pero está en el despacho esperándote con los brazos abiertos, así que no la hagas impacientarse, que ya sabes el mal genio que tiene.
—Tienes razón. Voy ahora mismo. Por cierto… ¿cómo está….? Bueno quiero decir, que espero que …
—Don Antonio y su familia están bien, —dijo Don Manuel con cara de no querer hablar del tema. Cuando tengas un momento, me gustaría que te pasaras por el cortijo para que Don Antonio te vea. Está muy mayor, y sé que le hará mucha ilusión verte.
—Iré en cuanto haya visto a Anabel, si no te importa.
—Me parece bien.
Don Manuel regresó al cortijo, en contra de lo que le había ordenado Don Antonio, para continuar con su jornada laboral, no sin antes volver a abrazar a su hijo. Gabriel se despidió de él hasta la hora de cenar, donde volverían a reunirse los tres como una familia. Sin demorar un segundo, dejó la maleta abierta sobre la cama, y se dirigió hacia la Plaza Nueva, en busca de su hermana. Los pensamientos de su cabeza, estaban en guerra con los deseos de su corazón. Tenía que poner orden, si no quería acabar con un colapso. La prioridad lógica y justa era ir a ver a su hermana. Con gran esfuerzo apartó de su mente, cualquier cosa que no fuera Anabel. No es que no deseara verla, pero no podía alejar a Valentina de sus pensamientos. Mientras caminaba hacia el despacho, pensó si algún día sería capaz de agradecerle lo suficiente, todo lo que Anabel había hecho por él.
Cuando entró en la oficina, Manoli, la recepcionista, le recibió con un grito de alegría, que hizo girar la cara de todos los allí presentes. Antes de que pudiera reaccionar, vio venir a su hermana corriendo hasta que, de un salto, se agarró a él como una lapa. Los brazos de Anabel rodearon su cuello y las piernas su cadera, con tanta energía, que casi les hace caer a los dos al suelo. Le besó una y otra vez sin parar, como si quisiera recuperar en un minuto, todos los besos que no le había dado, desde la última vez que se vieron en Brighton. Manoli esperaba pacientemente junto a ellos, a que Anabel le liberara de la captura, para poder darle la bienvenida a aquel hombre, que según las últimas noticias, seguía soltero y sin compromiso.
Después de unas cuantas presentaciones, y de explicar por encima los proyectos que le traían de regreso a su tierra, se dirigieron al despacho de Anabel para hablar con un poco más de intimidad.
—¿Has estado ya en tu piso?, —preguntó Anabel, ansiosa por conocer la opinión de su hermano.
—Creo que le tendríamos que llamar “nuestro” piso, ya que aunque yo sigo pagando la hipoteca, tú lo has dejado nuevo, y que yo sepa no he pagado nada de la reforma.
—Qué más da, —contestó Anabel, cómo si eso fuera un detalle sin importancia. Pero ¿te gusta o no?
—¿Tú qué crees? Me encanta, —dijo Gabriel apretando las manos de su hermana entre las suyas.
—Me alegro, —dijo Anabel con un suspiro, como si se hubiese quitado un peso de encima. Y bien, después de la feria a la que has venido, ¿tienes pensado ya poner en marcha tu proyecto?, “pero esta vez desde Córdoba”, —preguntó Anabel resaltando cada sílaba, como si quisiera decirle que ya era hora de regresar a casa.
Gabriel sonrió ante el tono de sus palabras. Agachó la cabeza y sin atreverse a mirarle a los ojos le preguntó:
—¿Sabes algo de Valentina?
Al oír aquello, Anabel sintió como la rabia y la impotencia crecían en su interior. Le hubiese zarandeado una y otra vez, hasta conseguir sacarle de la cabeza, a esa niña que le había robado el corazón. Pero antes de recriminarle nada y de intentar razonar con él, por enésima vez, cogió aire y le contestó con toda la calma que pudo.
—No, lo siento. No he hecho el más mínimo esfuerzo por saber nada de ella, ni de su madre y mucho menos de su hermana. Don Antonio tiene muchas ganas de verte. Cada semana, desde que te fuiste a Brighton, ha venido a verme para saber de ti. Es una bellísima persona y le tienes que agradecer mucho. Que sepas que la reforma de tu piso la ha pagado él. Sigue pensando que tarde o temprano te casarás con su nieta, y que será ahí donde viviréis juntos. Ves a verle pronto. El señorito Antonio también te aprecia mucho. Vino a preguntarme a dónde te habías marchado. Le dije que a Inglaterra. Quiso darme dinero para que te lo enviara, pero yo me negué. Le informé de que habías terminado tu carrera, y que tenías un buen trabajo con un buen sueldo, y que no necesitabas dinero de nadie. No quiso insistir.
Gabriel levantó despacio la cabeza, para mirar cara a cara a su hermana. Estaba sorprendido por las confesiones que le acababa de hacer. No sabía qué decirle, así que optó por cambiar de tema.
—¿Dónde vamos a cenar esta noche?, —preguntó con una sonrisa traviesa.
Anabel hizo un esfuerzo por volver a sonreír, como si la conversación anterior no hubiese existido.
—Espero acabar este proyecto antes de la nueve. Entre que recojo, cierro y todo lo demás, no creo que pueda estar lista antes de las diez, así que o nos vamos al cortijo con papá, o nos marchamos los tres de tapas por ahí.
—No te preocupes. A las diez en mi piso y si vas a llegar más tarde, me llamas y listo. Estoy deseando estrenar esa cocina que me has instalado.
—Hecho. Me parece una idea estupenda.
Gabriel se marchó enseguida del despacho, para que su hermana pudiera continuar con su proyecto, y acabarlo lo antes posible. Además, estaba deseando poder pasar al segundo punto de su lista. Se abrazaron como si no se volvieran a ver nunca más. Manoli esperaba ansiosa su turno.
—¿Se quedará usté mucho tiempo en Lucena? —preguntó Manoli con una amplia sonrisa y una voz encantadora.
—Por favor, no me llames de “usted”. Depende de cómo me vayan unos asuntos pendientes que tengo que solucionar, —contestó Gabriel educadamente.
—Si puedo ayudarte en argo, solo tienes que desírmelo, —dijo Manoli con su acento andaluz y con toda la picardía que pudo.
—Muchas gracias Manoli. Lo tendré en cuenta. Adiós.
—Hasta pronto, —respondió Manoli con un guiño.
Gabriel salió del despacho sorprendido por la actitud de aquella chica, pero a la vez orgulloso de levantar tantas pasiones. Había oído hablar de ella, a través de su hermana, pero personalmente no la conocía aunque, a juzgar por su actitud, parecía que ella le conociese de toda la vida. Cuando caminaba hacia su coche, su cabeza y su corazón empezaron una vez más, la lucha por el poder. Su cabeza le decía que fuese al piso a deshacer la maleta, y a comprar algo para la cena. Su corazón le gritaba que se dirigiese al cortijo para ver a Don Antonio. En esta ocasión ya no hubo opción para la duda.
El cortijo de la familia Ordóñez estaba a cinco kilómetros a las afueras de Lucena, al pie de una loma, conocida por todo el pueblo como el cerro de la cruz. Allí descansaba Dña. Isabel, la abuela de Valentina, junto a un olivo.
A medida que se acercaba al cortijo fue consciente de que su amor por Valentina, seguía tan vivo como el primer día. No entendía cómo podía sentirse tan ilusionado si todo, excepto Don Antonio, lo tenía en contra. Pero lo estaba. No sabía ni cómo ni cuándo, pero tenía la certeza de que tarde o temprano acabarían juntos.
Al llegar, aparcó junto a la puerta del cortijo, para aprovechar la sombra que cubría la entrada. No sabía a quién se encontraría allí, pero en ningún momento se sintió débil, sino todo lo contrario. Había trabajado mucho durante los últimos años de su vida, para demostrar que no era un simple chico de pueblo. Ya era un hombre con un presente próspero, y con un futuro prometedor. Cerró el coche; guardó la llave en el bolsillo del pantalón, y empezó a caminar hacia la puerta de entrada. No tuvo tiempo de cruzarla. Don Antonio venía todo lo rápido que sus piernas le permitían, cogido del brazo de Dña. Ana. Don Manuel le había dicho que su hijo vendría a verle, tan pronto como pudiese, así que, desde ese momento, estuvo pendiente de cualquier coche que se acercara por el cortijo. Cuando le vio venir, llamó a Dña. Ana, la asistenta del cortijo, para que le ayudase a ir más rápido hasta la puerta. Cuando lo tuvo frente a él, Don Antonio levantó los brazos, con lágrimas en los ojos, y con una sola palabra en los labios: “hijo”.
Gabriel tenía frente a él a un Don Antonio envejecido, como si en esos cuatro años hubiese perdido las ganas de vivir. Aunque la mirada denotaba tristeza, las facciones de su cara demostraban todo lo contrario. Gabriel se maldijo, por no haberle dado señales de vida durante esos años. Don Antonio no se lo merecía, pero no fue hasta ese mismo instante, cuando fue consciente de lo mucho que le quería. A partir de ahora todo iba a cambiar. Se prometió así mismo que le cuidaría, como si de su propio abuelo se tratase. Se dirigió hacia él y le abrazó con fuerza, sintiendo en su pecho, la respiración entrecortada de Don Antonio, provocada por los sollozos de alegría, que sentía por aquel reencuentro. Si Dña. Ana no le hubiese cogió del brazo, aún seguiría abrazado a Gabriel. Fue en aquel momento cuando ella aprovechó para besar a aquel muchacho, al que había visto crecer, y comprobar con sus propios ojos, el hombre en el que se había convertido. No había nadie más en el cortijo, excepto ellos tres, así que se dirigieron a la cocina donde Dña. Ana, ya estaba cocinando el bizcocho preferido de Gabriel. Tenían que sentarse y hablar con tranquilidad del futuro, que esta vez tenían que conseguir.
Al cabo de poco más de una hora, Gabriel salió del cortijo incapaz de coordinar sus actos. En su cabeza solo se repetían una y otra vez las palabras de Don Antonio: “Mi nieta ha roto con el italiano, y tiene previsto venir a Lucena a pasar unos días.” Aquello era sin duda, lo que había estado deseando escuchar durante los últimos cuatro años. Ahora que se había hecho realidad, le parecía imposible que pudiera ser cierto. Como por arte de magia, todas las piezas empezaban a encajar. Solo necesitaba verla una vez más, para pedirle una segunda oportunidad. Con un poco de suerte, aún sentiría algo por él. Aunque el tiempo se le echaba encima, quiso visitar la tumba de Dña. Isabel antes de regresar a Lucena. Empezó a caminar hacia al cerro de la cruz, mientras pensaba en qué le diría cuando la viera; en cómo sería después de doce años; y sobre todo, en cómo la podría volver a conquistar. Cuando llegó a la cima del cerro, se santiguó ante la tumba de Dña. Isabel. Tal y como lo recordaba, las rosas rojas seguían adornando aquella tumba, siempre frescas y nunca marchitas. Empezó a mirar a su alrededor, para admirar los campos de su tierra, hasta que tuvo frente a él, el olivo que había sido fiel testigo, de las promesas de amor que se hicieron años atrás. Había esperado pacientemente durante doce años. Podría esperar una noche más.
Valentina había terminado su té. Hans dormía plácidamente, estirado junto a ella, a una distancia tan imperceptible, que el más mínimo movimiento de los pies de Valentina, le hubiese despertado. El móvil estaba sobre la mesa, como un castigo que la torturaba minuto a minuto. La pantalla del portátil seguía en blanco. El sol de la tarde empezaba a asomarse a la terraza. “Así no se puede trabajar” pensó Valentina. Se levantó de un salto, como si quisiera poner orden definitivamente. Hans se incorporó sobresaltado, mientras agudizaba sus sentidos para averiguar el estado de la nueva situación. Valentina apagó el móvil y lo lanzó al balancín, como si no quisiera saber nada de él en las próximas horas. Cogió la taza de té, la llevó a la cocina y la dejó en el fregadero. Abrió la nevera, sacó la botella de vino blanco que tenía reservada para las cenas, y se sirvió una copa bien completa. Dio un sorbo. “Umm, esto está mejor” pensó mientras caminaba hacia la terraza. Movió la silla hasta que se sentó frente al sol, dejó la copa de vino a su derecha, entrelazó los dedos de las manos para flexionarlos, los colocó sobre el teclado y empezó a escribir.
“Nicole regresó al hotel todo lo rápido que pudo. “¿Me ducho otra vez? Sí, creo que será lo mejor, no quiero que se acerque a mí y huela a caballo, o a lo mejor le gusta, no, no lo creo” pensó mientras corría por toda la habitación, como si la persiguiese el propio diablo. Volvió a meterse en la bañera para darse una ducha rápida. Rehidrató su piel una vez más, con la crema de rosas; desmaquilló su cara para volver a cubrirla con maquillaje, sombreó los párpados con tonos rosas, para hacerle juego con el Chanel rosa y negro que se pondría esa noche, aquel que compró con el primer sueldo que ganó trabajando para Monsieur Balmain. Cada vez que se lo ponía, recordaba el remordimiento que sintió cuando lo compró, pero sabía que su jefe lo entendería, ya que un Chanel era imprescindible en el armario de toda mujer. Se alargó las pestañas con rímel negro, perfiló los labios para delimitar el pintalabios rosa que eligió, y empezó a cepillar su cabellera ondulada para conseguir un parecido asombroso con Rita Hayworth en Gilda. Un segundo después empezó a vestirse. Eligió el conjunto de ropa interior negro, con el liguero a juego, para sujetar a sus piernas unas medias negras finas. Cubrió su cuerpo con un viso negro de seda con un encaje en el escote muy favorecedor, y ya frente al espejo, cogió su inseparable nº 5 de Chanel para perfumarse. Lo hizo detrás de las orejas, en las muñecas, en la parte de atrás de las rodillas y el nacimiento de sus pechos. Se puso la falda, abotonó la chaqueta, se calzó unos zapatos negros de tacón con un poco de plataforma, cogió su bolso y guantes, la llave de la habitación y salió apresuradamente hacia la recepción del hotel, cuando faltaban dos minutos para las ocho de la tarde.
Al salir del ascensor, empezó a caminar con rapidez hacia la salida, pero ralentizó el paso nada más ver a Antonio, en mitad del hall principal. Cuando ambos se vieron, no hicieron falta palabras para entender lo que sentían. Nicole caminó despacio, como una gran profesional de la pasarela, hasta que llegó a su lado.
—Nicole estás preciosa. ¿Me permites que te dé un beso?, —preguntó Antonio mientras se la comía con los ojos.
—En Francia nos damos tres. ¿Qué te parece?, —respondió Nicole con una sonrisa seductora.
—Que me encanta tu país.
—Y a mí el tuyo.
Con una pasión controlada, besaron sus mejillas tres veces. Antonio cogió la mano de Nicole para entrelazar sus brazos y así, juntos, fue como partieron a disfrutar de la noche sevillana.
El Citroën CX azul metalizado de mi abuelo, les esperaba en la puerta del Hotel. Antonio abrió la puerta del coche para que Nicole se sentara, mientras admiraba la belleza de aquella mujer que le estaba volviendo loco por momentos. Cuando Antonio entró en el coche, la miró con unos ojos llenos de pasión, que la hicieron ruborizar. Sin decir palabra alguna, puso el coche en marcha para dirigirse a un tablao flamenco, donde había reservado una mesa para cenar y ver el espectáculo.
Aquella noche, la magia del amor les envolvió para hacerles disfrutar, como nunca antes lo habían hecho. Sus corazones se aceleraban, con cada roce intencionado de sus manos. Las miradas que se intercambiaban, acabaron por confirmarles que se estaban enamorando. Cenaron tapas acompañadas de un fino; tocaron las palmas para acompañar a los bailarines del tablao; disfrutaron de la guitarra y del cantaor y cuando ya la noche parecía que había llegado a su fin, salieron a pasear para que el frío aire de diciembre, les hiciera calmar el calor que sentían sus cuerpos. Caminaron despacio por el Paseo de Colón, hasta que llegaron a la altura de la Torre del Oro. Allí se acercaron al río Guadalquivir, para escuchar el sonido de sus aguas, en una interminable carrera hacia el mar.
—¿Por qué se llama la Torre del Oro?, —preguntó Nicole, mientras se giraba para ver el edificio.
—Bueno bien podría ser porque aquí se guardaban los metales preciosos, que traían de las Indias, pero la verdad es que su nombre tiene origen en el reflejo dorado que tenían sus azulejos, —contestó Antonio sin dejar de mirarla.
—Qué bonito es todo esto. Muchas gracias por esta noche Antonio, —dijo Nicole mientras se giraba para ponerse cara a cara.
—Ha sido un placer. Mañana, si quieres, podemos coger un barco y marchar hasta Sanlúcar de Barrameda. Allí hay unas bodegas, que estoy seguro, te gustaría visitar.
—No te preocupes. Creo que hay tanto por ver en esta ciudad, que no hace falta marcharse a otro sitio.
—Tienes razón, —contestó Antonio, con voz firme.
—¿A qué hora estarás libre mañana?, —preguntó Nicole con la esperanza de que le dijera que tenía todo el día libre.
—Intentaré estar antes de las cinco, —contestó Antonio, con cara de resignación.
—¿Te importa si me acerco por la feria un poco antes? Me gustaría ver alguna cosa más, —preguntó Nicole, mientras pensaba en qué haría todo el día, hasta las cinco de la tarde.
—Será un placer verte cuanto antes. Cuando llegues a la entrada, le dices al portero que vienes de parte mía, y si aún así te quiere cobrar la entrada, dile que me llame y ya saldré a buscarte.
—Deberíamos volver al hotel. No quiero entretenerte más. Mañana supongo que tendrás que madrugar.
—Podría pasar la noche en vela a solas con tu compañía, y estar listo para el trabajo al día siguiente.
—Bueno, tenemos tres días por delante. No te canses el primer día.
—Cuatro.
—¿Cuatro?, —repitió Nicole sorprendida.
—Sí, cuatro. Te marchas el sábado y hoy es martes por la noche.
—Bueno teóricamente ya es miércoles.
—Pues si ya es trece de diciembre, me encomendaré a Santa Lucía para que el sábado, no sea el último día que te vea.
Antonio cogió las manos de Nicole, las juntó y las dirigió a sus labios. Las besó tan dulcemente, que Nicole sintió un estremecimiento por todo su cuerpo.
Cogidos del brazo, se dirigieron hacia el coche en silencio. Cada uno inmerso en sus pensamientos, en sus dudas, con un sinfín de preguntas sin respuesta. Sin entender muy bien cómo estaba ocurriendo todo aquello tan rápido. Al llegar al hotel, Antonio abrió la puerta de Nicole, le ayudó a salir del coche y la acompañó hasta la puerta principal. Antes de que ella pudiera reaccionar, le cogió la cara entre sus manos y la besó despacio, para saborear cada roce de sus labios. Nicole se sintió como si estuviera en el cielo. Sus labios se separaron unos milímetros.
—Esta vez no has pedido permiso, —dijo Nicole en un susurro.
—Le pedí permiso a tus ojos, y hace tiempo que me lo dieron. Te veré mañana en la feria, —dijo Antonio, mientras se separaba poco a poco de ella.
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