Читать книгу: «Un puñado de esperanzas»

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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

© 2018 Irene Mendoza Gascón

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Un puñado de esperanzas, n.º 212 - diciembre 2018

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Dreamstime.com y Shutterstock.

I.S.B.N.: 978-84-1307-249-4

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

Créditos

Cita

Primera parte

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Segunda parte

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66

Capítulo 67

Capítulo 68

Epílogo

Recomendación de la autora

Si te ha gustado este libro…

Fue aquel un día memorable para mí, porque me trajo grandes cambios. Pero en todas las vidas ocurre lo mismo. Imaginad que se suprime de ellas un día determinado, y pensad cuán diferente habría sido su curso. Deteneos los que esto leéis a pensar por un momento en la larga cadena de hierro y oro, de espinas y flores, que nunca os hubiera atado de no haber sido por un primer eslabón que se formó en un día memorable.

Grandes esperanzas, Charles Dickens

Primera parte

Capítulo 1
Yellow

Pongamos que me llamo Mark y ella Frank. Ambos con «k».

En realidad es Marc, con «c» de Marcus, pero un día me lo cambié porque mi amigo Pocket me dijo que mi nombre sonaba mejor así.

Soy Marcus Declan Gallagher. Mi amigo tampoco se llama Pocket, pero leyó Grandes esperanzas a los diez años y quiso llamarse así porque nuestra amistad había comenzado igual que la del protagonista de la novela de Dickens: por culpa de una pelea. El libro se lo había prestado mi padre.

Pocket es Jamal Moore, de Forest Hills, nuestro barrio en Queens, de donde son los Ramones y Spiderman. Y, aunque también tiene apellido irlandés, es negro negrísimo. A mí me llama «blancucho», pero es y será siempre mi mejor amigo y quien hizo posible que conociese a Frank.

En mi vida he sido chico de los recados, camarero, paseador de perros, dependiente de zapatería, modelo y actor ocasional. Lo que se tercie para poder comer, aunque en realidad me considero pianista. Bueno, no un pianista al uso. Durante años he tocado jazz por los abrevaderos de Nueva York. No se gana gran cosa, pero siempre me ha encantado tocar el piano. Soy feliz mientras toco.

Pero, por aquel entonces, lo que de verdad quería era ser pianista de jazz en la Costa Azul. Creo que se puede decir que eso era lo más parecido a un sueño que había tenido jamás.

Nunca lograba ganar lo suficiente como para irme a Francia, pero tampoco perdía la esperanza. A mis veintiocho años mis posesiones más preciadas eran mi piano y mis seis camisas a medida que me hice gracias a mi último sueldo como modelo, a los veintiuno. Siete años más tarde ya no tenía cara de niño y sí mucho pelo en el pecho, por lo que no había vuelto a conseguir trabajo como efebo. Aunque aún me valían las camisas y estaban como el primer día. La calidad se nota.

Pocket siempre ha dicho de mí que soy un tío raro, como pasado de moda. Y su madre, Charmaine, que era totalmente cierto y que mi verdadera posesión es mi sonrisa.

No es por dármelas de guaperas, pero tengo unas bonitas cejas pobladas, con carácter, ojos verdes, una estupenda cabellera oscura y muy buena planta, herencia de mi padre. Y he de reconocer que siempre he imitado un poco el estilo de tipos como Jean-Paul Belmondo en Al final de la escapada. Me encanta esa película. Gracias a mi buen aspecto y a mi sonrisa lo había conseguido todo. Empezando por los trabajos. Todos los logré gracias a esa sonrisa torcida y canalla.

Aquella fría mañana de diciembre me desperté con la sensación de que ese día no iba a ser como los demás, que algo estaba a punto de suceder, algo que me iba a cambiar la vida. Era la misma sensación que se tiene cuando uno sueña y nada más despertar aún tiene la certeza de lo soñado, pero ya no lo recuerda apenas.

En el gimnasio de Joe, donde Pocket y yo nos poníamos en forma boxeando y tras acudir a mi último y desastroso casting como modelo, mi amigo me ofreció un trabajo: ser el chófer de la hija de un millonario.

Acababan de despedir al último por llegar «puesto» y necesitaban a alguien para esa misma noche.

—Tú conduces muy bien, tío, no bebes, no te drogas. Pasarás el examen médico previo sin problemas. ¿Qué tienes que perder? —dijo Pocket.

—La paciencia. —Sonreí con sarcasmo—. Además, no me gustan los uniformes.

—Solo tienes que llevar un traje oscuro, corbata y camisa blanca. ¡Estarás elegante y eso te gusta, tío!

—No creo que… —bufé negando con la cabeza.

—¡Venga, joder! En realidad, lo que no te gusta es que te manden, te conozco. Pero pagan bien. Santino es un tipo legal, no tendrás problemas —dijo mi amigo, dándome una palmada en la espalda—. Lo de modelo olvídalo ya. No vas a conseguir ser como ese que se ha «calzado» a la Hilton. Eres viejo.

—¿Viejo? —exclamé sorprendido y dolido en mi orgullo.

—Sí, tienes casi treinta, tío.

—¡Solo tengo veintisiete!

—Veintiocho, tenemos la misma edad, ¿recuerdas? ¡Venga! Mi jefe no paga mal.

—Es un buen trabajo. Solo quieren a alguien que cumpla. Y el millonario es anónimo. Los famosos solo dan problemas —dijo Pocket.

Pensé en mi padre, que siempre fue un buen hombre, honrado y sincero, no como yo. Yo no había sido un buen chico. Él siempre intentó hacer lo correcto y no logró nada en la vida salvo una cirrosis que se lo llevó a la tumba. Cuando murió me dije que a mí no me iba a pasar lo mismo. Iba a tomar de la vida lo que quisiese sin pedir permiso a nadie.

Él solo fue el hijo de un emigrante irlandés, un perdedor, uno más de todos los malditos descendientes de irlandeses que llegaron a Nueva York con mil esperanzas y que jamás consiguieron nada del famoso sueño americano, salvo ahogarlo en alcohol.

Como me dijo una vez: no hay ninguna olla de oro al final del arcoíris.

Mi padre hizo algo bueno por mí, me enseñó a tocar el piano.

Aidan Gallagher, neoyorkino de Queens, era mi padre y tocaba el piano como nadie. Era su don. Él decía que todos tenemos un don.

Nunca supe donde aprendió. En realidad, sé muy poco de él. Solo que jamás dejó de querer a mi madre, una chica venida del sur, descendiente de franceses, que le abandonó para irse a triunfar en Hollywood. Creo que solo la amó a ella porque jamás se le volvió a ver con ninguna mujer.

Mi padre no era ningún inculto. Leía a James Joyce y a Scott Fitzgerald con veneración, a los clásicos de la literatura inglesa, y le encantaba el cine, el jazz, Van Morrison y los Mets tanto como la cerveza y el whisky. Mientras pudo trabajó en big bands para fiestas privadas de los ricos de Manhattan, pero cuando mi madre se fue y la adicción tomó el mando se escondió en garitos de mala muerte donde yo esperaba dormido a que terminase de tocar y cobrase, para sacarlo a rastras antes de que se lo gastase todo en alcohol y no en comida. Pero nunca tuve mucha suerte en esa tarea y creo que sobreviví gracias a la madre de Pocket y sus deliciosos platos de pollo frito.

Un día ya no pudo tocar, le temblaban demasiado las manos y tuve que dejar de estudiar para cuidarle y ponerme a trabajar con mi abuelo. Me quería a su manera y siempre deseó que fuese a la universidad porque yo era un buen estudiante, pero no pudo ser.

Pronto me di cuenta, junto con Pocket, de que eso de ganarse la vida no iba a ser tan sencillo, pero enseguida comprendí que contaba con un arma muy poderosa: mi físico.

Luego estaba mi encanto con las mujeres. Soy simpático, buen conversador y las hago reír. Desde que tengo catorce años todas han querido lo mismo de mí, y a cambio yo he conseguido lo que he querido de ellas. Solía beneficiarme primero a la madre y luego a la hija, la edad no era un problema. Solo tenían que ser mayores de dieciocho y menores de… pongamos cincuenta, pero muy bien llevados, eso sí. Y ricas, claro.

No penséis mal, yo no iba de ese rollo del típico crápula, caradura y machista. A mí me encantan las mujeres y estar en su compañía. Siempre me he llevado genial con ellas. Creo que son mucho más inteligentes, profundas y sutiles que nosotros. Nos dan cien mil vueltas a los hombres.

Reconozco que todo lo que he conseguido y aprendido en esta vida ha sido gracias a bellas damas, aburridas de sus maridos ocupados y distantes, que solo querían divertirse un rato y que, a cambio de compañía, charla y sexo, me trataban bien. Me llevaban a comer y a cenar, me compraban cosas caras, me invitaban a fiestas y lugares con clase y, de vez en cuando, me conseguían un trabajo. Yo solo tenía que dejarme querer.

Llegué a trabajar de jardinero de una rica y hermosa dama de la que no puedo decir el nombre. Su poderoso marido se enteró y tuve que salir por pies de aquella casa porque sacó una pistola. Aquello también tenía su peligro. En mi defensa diré que solo intentaba sobrevivir con las armas que poseo.

Pero llevaba una mala racha, la famosa crisis mundial aún golpeaba con fuerza Nueva York y había mucha competencia, así que tuve que aceptar el trabajo que me ofrecía Pocket.

Era fácil. Solo tenía que estar disponible para pasear a la hija de un millonario y mantenerme sobrio siempre. Y eso no significaba un problema. Ya no bebía. Lo había dejado. No quería ser como mi padre. Tenía mis vicios, claro, pero eran pocos porque solo me podía permitir uno: tabaco. Entre mis cuentas pendientes estaba conducir coches caros, pero con estilo, a poder ser antiguos y de importación.

En resumen, me gustaba el jazz y las mujeres bonitas, elegantes, con clase e inteligentes. Y si eran francesas o hablaban francés, más. No sé por qué, pero siempre me habían chiflado las francesas. Era una fijación que puede que tuviese que ver con mi madre. Pero prefiero no pararme a pensarlo mucho.

Ahora sé que ella, Frank, fue la horma de mi zapato. Françoise Valentine Sargent Mercier, medio francesa. Todo un peligro.

Hasta entonces, yo, Marcus Gallagher, sobrevivía y era relativamente feliz, lo suficiente. No había tenido mucha suerte en la vida, pero me conformaba. Hasta que la vi. Nunca me había sentido solo hasta que la conocí a ella. Ni fui tan ingenuo ni tuve esperanzas tan elevadas, como diría Dickens.

El día que la vi por primera vez fue mi primer día de trabajo como chófer.

Chófer disponible a cualquier hora del día o de la noche, horario completo. En parte me fastidiaba tener que prescindir de mis noches bohemias tocando jazz al piano, pero pagaban muy bien por una vez.

Pocket me dio la dirección de la casa del señor Sargent, un diplomático de una larga casta de antepasados ilustres, entre ellos el famoso retratista estadounidense John Singer Sargent.

El señor Sargent era viudo, gran mecenas del arte y millonario, y tenía una hija a la que yo debía llevar de su casa frente a Central Park a su mansión en Los Hamptons, a sus clases de danza, de compras por Manhattan o a la ópera. Al parecer, la niña, hija única, era el ojito derecho de papá y trabajaba en un musical de Broadway como bailarina. Quería ser actriz, pero sin la ayuda de papi. Adorable.

Me afeité y me corté el pelo esa misma tarde, me presenté en el teatro donde trabajaba, en el musical West Side Story, y esperé a que saliese por la puerta de emergencia, por donde pasaban los actores y bailarines. Tenía orden de llevarla directamente a casa del señor Sargent sin demora.

—A pesar de lo que ella te diga —me advirtió el mismísimo Sargent. Sonreí para mis adentros. Una niñita díscola. Solo faltaba que fuese guapa.

¡Y vaya si lo era! Estaba apoyado en el coche, un elegante Mercedes Maybach negro con las lunas tintadas, asientos de cuero, con la música puesta. Sonaba Yellow, de Coldplay, y sentí una señal divina o algo parecido porque de pronto vi a una chica menuda salir corriendo del teatro, despidiéndose de las demás compañeras entre risas, mientras se ponía un abriguito amarillo. Aquel precioso torbellino vestido de amarillo corrió hacia mí y supe que era ella. Guapa, elegante, con vaqueros ajustados, una camiseta de rayas y el pelo recogido en una coleta. Puro charme francés.

En aquel preciso instante, Chris Martin cantaba para ella.

Entró como una tormenta dentro del coche y no me dio tiempo ni de abrirle la puerta. La seguí, me senté al volante y me volví hacia el asiento trasero.

—Hola, ¿te vas a quedar ahí toda la noche? —dijo sonriendo y soltándose la coleta.

—Eh… no, claro —respondí molesto por mi falta de reflejos.

«Parezco nuevo», pensé rabioso mientras me acomodaba en el asiento del conductor.

Por el retrovisor me fijé en su rostro, ya sin una gota del maquillaje de la función. No pude evitarlo. Era preciosa, de piel tersa y pecosa, con las mejillas coloradas por el frío. No tendría más de veinte años. De labios llenos, con una forma muy sensual. El de arriba un poco más abultado en el centro. Dientes perfectos, los típicos dientes de niña bien y ojos de color miel. De pelo largo, castaño muy claro, con reflejos rubios que acababa de despeinar y que le daba un aire muy sexy, cuando hacía un momento, aún con la coleta, me había parecido la típica alumna modosita de colegio de monjas.

Un tenue perfume suave y dulce lo invadió todo. Y pensé que era su pelo el que olía tan bien, como a miel y limón o algo parecido.

—Me llamo Françoise, pero todos me llaman Frank —dijo tendiéndome la mano sin dejar de sonreír—. ¿Y tú eres…?

—Mark Gallagher, encantado. Soy su nuevo chófer. Su padre me ha dicho…

Su pequeña mano de uñas cortas, perfectamente pintadas de rojo, apretó la mía con firmeza. Cuando soltó mi mano aún sentí durante unos segundos su efusividad y su calor.

—¡Oh, paso de mi padre! Me aburre y odio aburrirme. ¡Llévame por ahí, Mark! Diremos que estaba tomando un capuchino con mis compañeras de función.

—Perdona, pero acabo de empezar hoy y pretendo conservar este trabajo para pagar el alquiler y poder comer todos los días… Frank —dije con voz suave, sonando un poco paternalista y dedicándole mi mejor sonrisa.

—No te asustes, nunca me pilla. —Sonrió guiñándome un ojo.

Rebuscó en su bolso donde se advertían claramente las dos «ces» de Chanel y cogió una barra de labios dorada con la que se pintó los labios de rojo con dos firmes y seguras pasadas, e inmediatamente volvió a guardar la barra y sacó un paquete de cigarrillos.

—¿Y a dónde se supone que debo llevarte?

—¿Te gusta divertirte, Mark? —Sonrió desafiante, tendiéndome un cigarrillo sin inmutarse.

«Fuma la misma marca que yo», pensé. Tomé el cigarrillo aceptando el reto y recordé lo que solía decirme mi abuelo: no existen las casualidades.

La miré y le sonreí con una de esas sonrisas que siempre me funcionaban. Sus ojos se cruzaron con los míos, unos ojos suaves, grandes y dulces que me examinaban curiosos. Nos quedamos absortos el uno en el otro tan solo un segundo y finalmente ella me devolvió la sonrisa, una sonrisa preciosa, contagiosa, que me hizo sonreír de verdad. Creo que fue en ese instante cuando me enamoré de Frank.

Capítulo 2
Bye Bye Black Bird

¿Creéis en los flechazos? Yo nunca había creído en ellos. Reconozco que a veces he podido ser un tipo enamoradizo, pero pronto se me pasaba el interés. Siempre era solo curiosidad y no me duraba mucho, enseguida descubría que me gustaba más mi libertad y no dar cuentas a nadie.

Yo tenía una máxima en mi vida que quería que me sirviese de epitafio:

LA VIDA ES CORTA

ROMPE LAS REGLAS

SUEÑA COMO SI FUESES A VIVIR PARA SIEMPRE

VIVE COMO SI FUESES A MORIR MAÑANA

Y la aplicaba a rajatabla intentando no hacer un daño innecesario a nadie para no tener que arrepentirme de nada. No lo he hecho nunca, no me arrepiento. No merece la pena.

Pero esa vez algo cambió y me di cuenta enseguida. Al mirar a aquella chica y respirar, el pecho se me llenó de un dolor cálido y supe que todo acaba de transformarse para mí, todos mis impulsos y mis esperanzas eran nuevos, y al oír su voz los viejos hábitos habían muerto para siempre.

Porque tenía la sospecha de que ahora llegaría, que vendría esa parte de mi vida por fin, algo que me faltaba, lo más auténtico de mi existencia.

«¿Te gusta divertirte, Mark?», me preguntó Frank.

Acababa de meterme en problemas. De los gordos. Porque no pude decirle que no.

«Con esa sonrisa ella podría conseguir lo que quisiese de mí y de cualquiera. La horma de mi zapato», pensé.

—Me encanta divertirme, es mi especialidad —dije con un tono de lo más pedante.

—Genial, entonces nos vamos a llevar muy bien tú y yo. ¡Uf, joder! Me rugen las tripas un montón. Estoy muerta de hambre —dijo Frank.

—¿Quieres cenar algo primero?

—Sí, estaría bien.

—¿A dónde te llevo? —Sonreí divertido.

—Sorpréndeme.

Y lo hice, la llevé a un garito de Queens donde nos conocían a Pocket y a mí perfectamente, al pub de Sullivan. Allí trabajaba su tío como cocinero. Era una taberna al más puro estilo irlandés, como su dueño, y ponían las hamburguesas más deliciosas de todo Forest Hills.

Ahora que lo pienso, si hubiese sido un chico malo, esa noche la hubiese llevado de garito en garito hasta emborracharla y así aprovecharme de ella, pero supongo que en el fondo no lo soy tanto porque en sus ojos vi algo que me infundió ternura, algo dulce que me invitaba a protegerla de este jodido mundo. Así que me porté como un buen chico y la llevé a cenar a mi barrio. Y eso pareció gustarle, como quien va de excursión a algún lejano país exótico.

Me dediqué a fijarme en Frank mientras cenábamos, no podía apartar mis ojos de aquella chica. Había algo en ella… una especie de frenesí salvaje, una hiperactividad. Lo observaba todo a su alrededor y por supuesto sacaba conclusiones. Daba su opinión, sin cesar, jurando como un camionero. Y eso me hacía reír.

«Es… simpática, inteligente y realmente expresiva», pensé. No como todas las niñas pijas que había conocido. Ninguna había logrado emocionarme lo más mínimo. Ninguna tenía alma.

«No es para ti», recapacité de inmediato, bajando a la tierra y siendo el que siempre había sido, un tío práctico. Pero esa sonrisa suya hacía creer en sueños y cosas bonitas. Como cuando era niño y tenía la mágica idea de que un día llegaría alguien y me diría que yo había heredado una fortuna de un pariente muy rico que había muerto en alguna parte y entonces todo sería sencillo, mi padre dejaría de beber y ya nunca nos faltaría de nada.

—¿Y tus amigas? —pregunté.

Recordé que todas aquellas niñas bien solían llevar adosadas un par de amigas que siempre dificultaban la tarea de quedarme a solas con ellas. La solución solía ser tirarme también a las amigas.

—Estarán todas con sus novios pijos y aburridos. O esquiando en Aspen o en el club de tenis de Los Hamptons, pescando marido —criticó lúcida e insolente, masticando su hamburguesa doble a dos carrillos.

—¿Y tú? ¿No te vas de vacaciones? —reí.

No me atreví a preguntarle si ella también buscaba marido, pero tuve la sospecha de que eso no iba con Frank.

—Prefiero trabajar en la obra. Es mi primer sueldo —dijo orgullosa y sonreí con ternura al escuchar su entusiasmo—. Estoy solo de sustituta, pero da igual. Me encanta mi trabajo, adoro actuar y no quiero un jodido marido rico, ya tengo mucho dinero, o lo tendré. Dentro de un año, cuando cumpla veintiún años y herede lo que me dejó mi madre.

—Tu madre… —empecé a decir, pero Frank enseguida se me adelantó. No podía estar callada.

—Mi madre fue Valentine Mercier, la famosa mezzosoprano francesa.

—Sí, la recuerdo. Era muy hermosa. No sabía que tenía una hija —dije extrañado.

—Ella lo prefería así. A una gran diva le hace mayor decir que tiene una hija —dijo encogiéndose de hombros y dejando de sonreír.

—¿Ah, sí? —pregunté sonriéndole con toda mi alma e intentando que ella también lo hiciera.

En ese momento supe que no quería verla triste jamás.

—Ella era genial, no sé qué pudo ver en mi padre —bufó y enseguida volvió a sonreír—. ¿Y tú, Gallagher?

—¿Yo? —reí—. Yo trabajo para el señor Sargent. Ahora él paga mi apartamento, mi comida y mi tabaco.

—No pareces ningún idiota, no sé qué mierda haces trabajando de chófer.

—No te callas nunca, ¿eh? —Sonreí hechizado por aquella niña impertinente.

—No, ¿te ofendo?

—Para nada, pero… no todos nacemos en el Upper East Side, chéri.

—Pronuncias fatal, mon amour —dijo con un gracioso y perfecto acento francés.

—Es que soy de Queens, nena. Y mi abuelo era irlandés, del condado de Cork, y nunca he salido de Nueva York —dije exagerando el acento irlandés.

—¿Nena? —rio poniendo los ojos en blanco.

Pocket llegó más tarde y nada más vernos se unió a nosotros. Bebieron cerveza de barril, yo té helado, y los tres jugamos al billar. Frank era una consumada jugadora y nos dio una paliza a ambos.

En un momento en el que ella se fue al baño, Pocket se dedicó a ponerme verde.

—¡Pero en qué coño estás pensando, tío! ¡Es la hija de un cliente!

—Ya, pero no estoy haciendo nada malo. Solo quería cenar y parece ser que no le gusta hacerlo sola. Solo le estoy dando conversación —alegué.

—Y por eso le sonríes como un auténtico memo cada vez que ríe una de tus gracias. A mí no me la das, tío. Sé cuándo te las quieres llevar al «catre».

—¡Oh, joder tío! Así con los brazos en jarras pareces tu madre —bufé molesto—. La llevaré a casa y ya está.

—Esa tía es peligrosa. Es guapa, lista y…

—Vale, vale, te capto, mamaíta.

—No, no me captas en absoluto, tío. Hazme caso. Estás jugando con fuego. No sois compatibles y las incompatibilidades se pagan caras. Ya sabes cómo terminaron esos dos.

—¿Quiénes?

—¡Romeo y Julieta!

Solté una carcajada y Pocket se calló porque Frank regresó del lavabo. Pocket se despidió de Frank para irse a casa y nos dejó jugando a los dardos.

—Esa hamburguesa… ¡estaba deliciosa, joder! —dijo tirando el dardo con fuerza.

—Sí, son las mejores hamburguesas de Queens, te lo garantizo. ¡Eh, eres buena!

—Soy buena en todo, tío —dijo imitando a Pocket y arrancándome una carcajada.

—Ya lo veo —susurré sonriendo con mi sonrisa—. Ahora debería llevarte a casa.

—No me trates como a una niña, Gallagher. No lo soy —dijo acercándose a mí hasta rozar mi cadera con la suya.

De camino a su apartamento frente a Central Park, se sentó a mi lado en vez de en el asiento trasero y comenzó a bostezar. Nunca más volvió a sentarse detrás a partir de esa noche. Siempre fue a mi lado.

Puse la radio y ella rozó mi mano intentando sintonizar algún dial que no tuviese radio fórmula, así que la dejé y volví a poner toda mi atención en el volante del Mercedes. De pronto captó una emisora de su agrado y subió el volumen.

Una voz femenina cantaba Bye Bye Blackbird y ella comenzó a tararearla demostrando tener una voz maravillosa, profunda y sincera.

Su suave canto provocó un torrente de sentimientos en mí. Fue como si conociese esa melodía, como si viniese de algún lugar lejano en mi mente, de mi pasado. Como una voz en el tiempo que me tranquilizaba.

Deseo, ternura, nostalgia. Era algo que ella tenía, una especie de cadencia suave y casi ronca, muy sensual. Cantaba con el alma y su alma era triste, lo percibía.

Eran más de las dos de la madrugada cuando llegamos a su casa.

—Te veo mañana, ¿no, Mark?

—Espero no ser despedido por tu culpa —bromeé.

—Tranquilo, mi padre no está y mañana tendrá cargo de conciencia por pasar la noche con su putilla de treinta años, así que será todo amabilidad con el planeta entero —dijo con desprecio—. Él la llama «novia», pero solo es su amante. Mi padre le dobla la edad. ¡Es asqueroso!

La miré en silencio. Había mucho rencor en esas palabras y adiviné una infancia llena de lujos, pero muy carente de afecto.

La acompañé hasta la entrada de su apartamento y ella me miró fijamente antes de cruzar la puerta. Se quitó el abrigo amarillo muy despacio, tentadora, incitante. Estaba claro lo que quería.

—¿No quieres pasar? —susurró mordiéndose el labio de un modo muy provocativo.

Después se apoyó en el marco de la puerta con una sensual indolencia, haciendo que todo mi cuerpo comenzase a desearla intensamente.

—Nos vemos mañana, señorita Sargent —dije sonriéndole con ternura.

—Vale, será lo mejor. Au revoir —asintió sonriendo también para, acto seguido, ponerse seria—. Tienes que saber que no tengo corazón, Mark.

De pronto una niebla de tristeza cubrió su mirada y sentí ganas de abrazarla. Quise decirle que lo dudaba, que sabía que no era así, susurrándole muy bajito, al oído, acariciando su pelo, que no podía existir una belleza como la suya sin corazón.

—Y yo no soy un buen chico, Stella.

Me miró fijamente a los ojos y su mirada volvió a cambiar. Esta vez se volvió fría y distante para, inmediatamente, volver a tornarse desafiante y alegre.

—Dickens, ¿eh? ¿Ves como no eres ningún palurdo?

—Autodidacta y sinvergüenza. —Sonreí con una de esas sonrisas que hacían que las mujeres se volviesen suaves y dulces entre mis brazos.

—No te creo —rio y sus ojos brillaron provocadores.

—Hasta mañana Frank, que tengas dulces sueños —dije sin dejar de sonreír, caminando hacia el ascensor muy despacio. No quería marcharme de allí.

«Sueña conmigo», deseé con fuerza.

De pronto me llamó.

—¡Eh, Gallagher!

—¿Qué? —dije volviéndome a mirarla.

—¿Entrarás a verme al teatro mañana?

—¿Yo? —pregunté descolocado por su proposición.

—Sí, venga, me haría ilusión —pidió Frank haciendo pucheros como una niña pequeña.

—Bueno… sí, vale —reí azorado.

—Y después elijo yo el sitio, Mark —me dijo justo antes de que las puertas del ascensor se cerrasen.

Esa noche sentí que conectábamos, que éramos dos doloridas almas solitarias, muy parecidas, tal vez demasiado.

Quizás el mirlo negro se iba a marchar por fin, iba a levantar el vuelo y dejar de acechar mi puerta y la suya.

Y al regresar a casa solo, tras dejar a Frank en su casa y el Mercedes en el garaje de los Sargent, sentí que la ciudad era más bonita, el mundo más amable, la existencia más confortable. Porque ahora que sabía que ella habitaba este mundo, que existía un ser como Frank, esta vida ya no se parecía tanto a una broma pesada o a un fraude.

Tal vez había llegado la hora de añadir algunas nuevas frases a mi epitafio.

Capítulo 3
Maria, West Side Story (Leonard Bernstein)

Está mal que yo lo diga, pero soy un tío guapo y sé que a las mujeres se lo parezco en general. Y estaba seguro de que con Frank no iba a ser diferente.

La noche siguiente me descubrí mirándome en el espejo, comprobando mi aspecto, recién duchado y afeitado. Después salí silbando de mi apartamento, de camino a casa de los Sargent, y así continué en el metro, para llegar al Upper East Side, en Manhattan, recoger el Mercedes y llevar a Frank a Broadway.

Estaba contento. No, rectifico, contento es decir poco, estaba exultante. Y de ese buen humor entré al teatro, media hora antes de que comenzase la función. Ella me había dicho que solo formaba parte del grupo de baile, pero aun así vi la función entera entre bambalinas.

Nada más comenzar la historia me vi reflejado en Tony, me reconocí en aquel chico de un barrio de Nueva York, ese que sentía que algo estaba a punto de sucederle, el que presentía que su vida iba a cambiar, lo sentía en el aire, en las cosas y lo cantaba.

La escena del baile donde se conocen los protagonistas comenzó y, una vez la vi bailar a ella, para mí ya no existieron las demás bailarinas, ni los actores que hacían de María y Tony ni nadie. Frank formaba parte de las chicas de los Jets, la banda enemiga de los Sharks, los puertorriqueños.

La música me envolvió en aquella escena del encuentro de los dos amantes, en la que todo desaparece para ellos, cuando se descubren y se sumergen el uno en la mirada del otro. Jamás había visto un musical de Broadway y disfruté al máximo de él, admirando cómo Frank cantaba y movía su cuerpo, su pequeño, elástico y hermoso cuerpo, al compás de la música de Leonard Bernstein.

Después, Tony cantaba a María y yo era ese Tony, el que acababa de conocer a una chica y se había enamorado.

Más tarde ocurría la tragedia anunciada y enseguida comprendí que la obra estaba basada en Romeo y Julieta. Había leído a Shakespeare en el colegio, me gustaba y me hubiese encantado poder estudiarlo en serio, en la universidad, pero no pudo ser.

Cuando Frank acabó su interpretación aplaudí a rabiar, orgulloso de ella, de su trabajo, y feliz por haber podido tener el privilegio de contemplarlo. Y sintiéndome muy poca cosa, deseé poder tener un trabajo del que ella también pudiese sentirse orgullosa.

La seguí hasta los camerinos dispuesto a decirle lo mucho que me había gustado la obra y su papel. Pasé entre bonitas bailarinas semidesnudas que no paraban de saludarme y silbar a mi paso. Pero tenía prisa, solo quería verla a ella.

La encontré al fondo del camerino, una estancia grande y con un ambiente bohemio y ruidoso, en penumbra, donde todas las actrices se cambiaban de ropa y se maquillaban juntas, charlando, cantando y riendo mientras hacían estiramientos o preparaban la voz. Si yo hubiese sido el de antes, tan solo un día atrás en mi vida, aquel espectáculo de perfectas formas femeninas casi desnudas me hubiese parecido el paraíso en la Tierra. Pero estaba claro que algo me pasaba porque pasé de largo en busca de Frank y me quedé allí, sin atreverme a salir, medio escondido tras una cortina llena de lentejuelas, espiándola entre las sombras mientras se desvestía.

Frank se quitó la falda de vuelo y la blusa, junto con el sujetador, y se puso un batín que parecía de hombre, de seda y a rayas, en color granate, haciéndolo resbalar sobre su piel, de pie ante mis ojos. Tan solo tapaba su sexo con una escueta tanga, el resto de su menudo y sensual cuerpo quedó expuesto a mis ávidos ojos. Admiré sus formas de piel blanca y perfecta sin poder dejar de disfrutar de su contemplación, con ansia. La silueta de sus pechos algo respingones, de pezones grandes y sonrosados, naturales, sin cirugía; su cintura que cabría entre mis manos sin dificultad, su trasero redondo y generoso, y sus piernas preciosas y bien proporcionadas.

Mis ojos la recorrieron culpables una y otra vez. Me di cuenta de cuánto la deseaba cuando mi cuerpo comenzó a mostrar signos de una primitiva y evidente excitación bajo la tela de mis pantalones. Inmediatamente necesité de todo mi autocontrol para mantener mi erección a raya. Respiré hondo intentando calmar mi anhelo de ella y continué mirando cómo se sentaba a desmaquillarse frente a un espejo.

De pronto miró hacia donde yo estaba, como si me presintiese, y me descubrió tras la cortina. Primero se quedó parada, observándome extrañada. Yo me decidí a salir de las sombras para mirarla directamente a los ojos. Posé mi mirada en su cuerpo desnudo bajo el batín sin poder evitarlo. Y continué empleando todo mi autocontrol para no permitir que mi entrepierna fuese por libre y mucho menos que se me notase.

Pero no fue fácil. Frank estaba sofocada, preciosa, sexy y fui consciente de que acababa de darse cuenta de lo que yo sentía al mirarla. Ella me miró con una caída de ojos que hubiese calentado el Polo Norte, pero no dijo nada. Se volvió hacia el espejo y continuó quitándose el maquillaje de los labios como si yo no existiese y no pude evitar pensar que me gustaría haber sido yo quien se lo quitase con mis propios labios, en un salvaje beso, largo y húmedo, mordiéndole la boca, chupándosela hasta dejarla sin aliento.

Aguardé a que se vistiese, ya sin mirarla, y cuando estuvo frente a mí tomé su abrigo amarillo y la ayudé a ponérselo rozándole suavemente el cuello mientras le retiraba el pelo que se le había quedado metido dentro del abrigo.

—Me ha encantado. Has estado genial —susurré sincero.

Noté cómo su piel se erizaba al paso de las yemas de mis dedos y supe que mi tacto la alteraba más de lo que quería aparentar.

—Gracias, Mark. Siempre quise ser bailarina de niña, pero me lesioné a los doce años y el ballet clásico se acabó para mí. Pero esto me encanta. Amo actuar.

Cuando retiré mis manos, ella se giró hacia mí y me miró a los ojos.

—Dijiste que eras un chico malo, Gallagher.

—¿Eso dije? —Sonreí con sarcasmo—. No me tomes tan en serio.

—Hoy elijo yo —dijo saliendo sin esperarme.

Frank me hizo llevarla a buscar a una amiga, una tal Chloe. Otra pija que parecía una modelo, pero que carecía, como casi todas las niñas del Upper East Side, de la verdadera belleza, la interior, la que a Frank le daba esa fuerza y ese espíritu rebelde que tanto me gustaba.

Después de recoger a Chloe y cenar algo rápido, pasamos a buscar a su novio, un tío pijo de veintidós años que tras saludar se dedicó a morrearse y meter mano a «su amiga», como él dijo, sin volver a mediar palabra alguna.

Y con ellos en el asiento trasero de un precioso y antiguo BMW 325i blanco descapotable nos marchamos a Los Hamptons.

The Hamptons, para aclararlo, es un término usado para identificar a un grupo de pueblos en el extremo oriente de Long Island, la isla que se extiende hacia el este desde Queens, ubicada al otro lado de la ribera este del río de Manhattan, siempre tan cerca y tan lejos para un chico de Queens como yo.

Uno se siente en otro mundo entre aquella naturaleza extraordinaria, tan lejos y tan cerca de Nueva York. Era un entorno que me recordaba a esos mitos que yo había absorbido sobre cierto Estados Unidos, el de El gran Gatsby o los Kennedy, a los que mi padre idolatraba.

Las grandes mansiones entre la carretera y el mar, sobre aquella estrecha lengua de tierra y arena donde es imposible comprar nada por debajo de cincuenta millones de dólares, tienen jardines descomunales con helipuertos y caballerizas.

Yo había estudiado que, en el siglo XVII, los pueblos de Southampton y East Hampton fueron los primeros asentamientos ingleses de Nueva York. En aquella época había tribus Montaukett, Shinnecock y Manaste en la zona. Su máximo jefe, Wyandanch, acabó vendiendo sus tierras a un inglés que le salvó el pellejo cuando entró en guerra con la tribu de los Pequots, del actual estado de Massachusetts. Los nombres derivados del algonquino siguen recordando a los antiguos habitantes de estas tierras, antes de que el inglés Lion Gardiner le diera a Wyandanch un perro, un poco de pólvora y unas mantas a cambio de una isla en la bahía de Napeague.

—Técnicamente, para ser un Hampton, el pueblo tiene que llevar la palabra en su nombre: East Hampton, Southampton, pero también están Watermill, Amagansett, Springs y Sag Harbor, antiguos pueblos balleneros que por cercanía ya han sido incorporados al concepto Hamptons. Es decir, pueblos al borde del océano Atlántico. Pero en realidad Los Hamptons es un estado mental a tan solo dos horas de la ciudad.

Frank me fue dando su versión de Los Hamptons de camino a su casa en East Hampton.

—Los Hamptons es más que un destino vacacional, es un fin en sí mismo. A lo que aspira un montón de gente, por lo que viven. ¡La gente se vuelve obsesiva, es como algo religioso! Cada viernes hay que venir aquí. ¡Es de locos! —dijo Frank con indignación—. De hecho, los fines de semana de verano, con la ciudad desierta y mesas disponibles en todos los restaurantes, Manhattan puede ser muy agradable, pero queda la sensación de que uno es un perdedor si no está atascado en el tráfico de camino aquí. Y llegar es como acceder al sueño americano.

—Tú lo has dicho, eso es exactamente lo que es para la gente de mi barrio —asentí ante esas palabras tan sabias.

—Y luego parece un Manhattan transportado. El sábado te encuentras a la misma gente pretenciosa que el resto de la semana, pero en pantalón corto. ¡Es ridículo!

—Pues sí, un poco —reí ante su agudeza.

—Y un coñazo. ¡Están todos los aprendices de banqueros pijos del Upper East Side de Manhattan que tratas de evitar en Manhattan! Los tipos que le encantan a mi padre como futuros yernos. Mi madre se codeaba más con la élite bohemia, ya sabes, Pollock, Yoko Ono, de Kooning, muchos dramaturgos de Broadway, músicos, escritores, gente interesante que no solo está podrida de dinero. Ella se escapaba a East Hampton en cuanto podía.

—Pero es bonito, a mí me gusta. No me importaría ser uno de esos poco atrayentes banqueros —dije admirando la naturaleza que ya nos rodeaba.

—¡No, tú no! ¡Tú eres interesante! —rio—. Bueno, he de reconocer que realmente es un lugar donde la gente viene para escaparse, para estar un poco más tranquila y disfrutar de la naturaleza. A mi madre le encantaba. Y el entorno natural es igualmente bonito todo el año, aunque en invierno esto está completamente vacío y eso lo hace perfecto. Ya lo verás, East Hampton parece un pueblo fantasma. En invierno, nevado y silencioso, es un paraíso —dijo Frank. Así que en el fondo le gustaba, pero estaba claro que no era la típica preppy. Su forma de hablar, su pasión, no eran las de alguien que se conforma—. Ya estamos llegando. Es por ahí —siguió señalándome una estrecha carretera privada—. Este es un lugar donde todo está regulado. Al llegar a la playa no se puede aparcar salvo que se tenga un permiso especial por poseer una casa en la zona y una licencia de Southampton no sirve para estacionar en East Hampton. Tampoco está permitido ir a la playa pasada cierta hora, hacer hogueras sin permiso municipal. Y si quieres hacer toples te meten en la cárcel. Yo voy a playas alejadas, las menos frecuentadas y más salvajes, pero aun así siempre aparece un policía en bici y pantalón corto.

Y sonrió con picardía.

Casi amanecía cuando llegamos a Main Beach, la playa de East Hampton. Hacía mucho frío, así que los cuatro entramos corriendo en la casa de la playa de la familia Sargent. En realidad, aquella solo era la casa de invitados, una antigua casita para guardar los aparejos de pesca que pertenecía a la finca de los Sargent. La casa de verano se divisaba al fondo, imponente, hacia las marismas. Nos pusimos a encender rápidamente el fuego de la chimenea para no quedarnos helados e iluminar la blanca casita de madera.

La casita estaba decorada al gusto de Los Hamptons, maderas claras, telas de chintz para las tapicerías de los sofás y butacones y motivos marineros en tonos azules.

Frank sacó unas mantas de un armario, dispuso todos los cojines que encontró por el suelo y rebuscó en la despensa hasta que encontró una botella de vino y un sacacorchos. Chloe y su amiguito enseguida se pusieron a lo suyo en el cuarto de al lado, sin ningún reparo en que los oyésemos. Así que decidí hacer uso del tocadiscos que había en el salón para intentar disfrazar el sonido de los jadeos que llegaban de la otra habitación. Estaba claro que me las había prometido muy felices, pero la noche no estaba saliendo como esperaba, poca intimidad y demasiada en el caso de sus amigos.

Saqué un CD de ópera que imaginé sería de la madre de Frank.

—Espera —dijo poniéndolo ella—. Esta era la preferida de mamá, su favorita, la nueve. La cantaba de maravilla.

Una maravillosa y profunda voz femenina comenzó a cantar la famosa melodía.

—Es Carmen, de Bizet y su habanera. «El amor es un pájaro rebelde que nadie puede domesticar…» —comenzó a traducir Frank para volver inmediatamente al francés.

Definitivamente, estaba perdido.

… Si tú no me amas, yo te amo;

y si te amo, ¡cuídate de mí!

El pájaro que creías domesticado

bate las alas y remonta vuelo…

El amor está lejos y tú lo esperas;

ya no lo esperas ¡y aquí está!

A tu alrededor, rápido, muy rápido,

viene, se va y luego regresa…

Crees que lo tienes y se te escapa.

Crees escaparle y él te tiene.

L’amour est un oiseau rebelle, Carmen (Gorges Bizet)

Capítulo 4
La Bohème, Giacomo Puccini

Ambos continuamos escuchando en silencio. Cuando terminó la hermosa melodía aún se oían los gemidos de la tal Chloe y el crujir de los muelles de la cama. Su acompañante, al parecer, era de los silenciosos.

Las cosas no marchaban como yo me había imaginado. En mi mente había pensado dar esquinazo a la niñata y su amiguito y aprovechar esa cama con Frank.

Minutos después volvieron a empezar y resoplé entre rabioso y excitado.

—Parece que no se cansan —dije harto.

—Pasa de ellos. Pondremos más ópera —dijo Frank cambiando el CD—. La preferida de mi madre era un aria que nunca cantó porque no entraba dentro de su registro, el dueto de Mimí y Rodolfo en La Bohème de Puccini. Ella era mezzo, no soprano.

—No entiendo nada de ópera —reconocí sonriendo avergonzado.

—No importa, solo debes sentir la música. Hay gente con una gran educación y sin gota de sensibilidad.

Hice caso a Frank y me puse a escuchar. Pronto comencé a sentir el diálogo entre ambos, la música es igual sea la que sea, no importa qué genero tenga, expresa emociones y siempre me ha sido fácil captarlas en una partitura. Aunque mi modo de tocar sea más intuitivo que otra cosa.

—Cuéntame más —le pedí.

—Verás, esta obra transcurre en el París bohemio de la primera mitad del siglo XIX. Rodolfo es un poeta mujeriego y Mimí una bordadora que cree en el amor. Son vecinos y se encuentran en la escalera. Ella está enferma de tuberculosis, se desvanece de cansancio y él la ayuda a entrar en casa. La luz de la vela se apaga mientras buscan una llave. Tanteando en la oscuridad sus manos se encuentran —me fue explicando Frank con voz suave, casi en un susurro mientras comenzaba a traducir—. Rodolfo canta primero, ve a Mimí e inmediatamente se enamora de ella. Che gélida manina, «Qué manita más fría», le canta. Después le sigue Mimí y luego continúa Rodolfo con O soave fanciulla, «Oh, niña suave», es un aria que cantan los dos juntos declarándose su amor. Es como… como si…

—Si cantasen su flechazo, ¿no?

—Sí, eso es.

—Sé algo de música. Toco el piano —reconocí algo azorado.

—¿Ah, sí? Pues aquí no hay piano, pero tendrás que demostrármelo en cuanto tengas uno delante.

—No hay problema —asentí.

Frank me miraba fijamente, supongo que sorprendida, y creo que enseguida se dio cuenta de que me gustaba aquello de la ópera. Eso me hizo sentirme menos inseguro delante de ella.

—Eres… me asombras, ¿sabes? —dijo.

Cogió de nuevo la botella de vino y le dio otro trago largo. Se la estaba bebiendo entera ella solita y eso no me estaba haciendo ninguna gracia.

—¿No bebes? —preguntó extrañada.

—No, nunca.

Se encogió de hombros y volvió a beber de la botella.

—Pero supongo que sí bailas. —Sonrió con los ojos brillantes por culpa del alcohol.

—Anda, no bebas más —dije serio, quitándole la botella, dejándola sobre una mesita y tomando su mano.

No quería verla borracha, a ella no.

—¿Quieres que bailemos? —me pidió con dulzura.

—Sí —susurré.

Había algo en aquella chica que me hacía sentir una gran ternura, algo frágil en su forma de mirarme, cuando estaba en silencio.

«¡Te estás volviendo un blando, joder!», me dije a mí mismo y decidí probar suerte a ver si al menos conseguía besarla y acariciar ese culo perfecto que me volvía loco.

«Lo mejor va a ser comenzar por la sonrisa Gallagher», pensé.

—Aunque no sé si esto se puede bailar. —Sonreí con intención, intentando lo que siempre me había funcionado.

—Claro que se puede —dijo poniendo sus pequeñas manos alrededor de mi cuello.

Yo tomé su cintura entre las mías para bailar esa música que, aunque culta, era muy romántica. Pensé en comenzar con mi numerito de seducción de siempre, pero la miré a los ojos y estaba claro, Frank no era la típica chica fácil y aquella vez mi sonrisa especial abre piernas no iba a funcionar, con ella no. No quería que fuese así.

Ella apoyó su cabeza sobre mi pecho, soltándose de mi cuello y posando sus manos en mí, cerró los ojos. Algo dulce, muy agradable, como un suave calor, me invadió.

Con ella debía tener más imaginación, más clase, y estaba claro que aquella noche no era mi noche, así que me di por vencido y decidí disfrutar de su calor, su compañía y nada más.

—Bailas bien, Gallagher —susurró Frank.

—Lo sé. Todo el mundo me lo dice.

—Eres un creído, ¿lo sabías? —rio.

—Y creo que tú eres una romántica —reí con ella.

Cogí un mechón de pelo que se le echaba sobre la cara y se lo coloqué tras la oreja, acariciando lentamente su mentón al retirar mi mano de su mejilla. Me pareció que mi gesto le turbaba porque suspiró quedamente.

—Me encantan los hombres que son capaces de… morir o matar por una mujer. Como en la ópera. Pero… creo que ya no existen, que son… de otro tiempo —murmuró bajo los efectos del alcohol y me pareció triste de pronto.

—Sí que existen esos hombres —dije muy serio—. Mi padre murió por una mujer. Fue una muerte lenta gracias al whisky y la cerveza, pero al fin y al cabo fue por culpa de ella, por mi madre.

Frank me miró fijamente y sin decir nada enredó sus manos en mi pelo, acariciándome con ternura, hasta alcanzar mi nuca, haciendo que la piel de todo mi cuerpo se erizase de placer, pero yo rechacé su mano retrocediendo sin brusquedad.

No me gusta que me compadezcan, nunca me ha gustado. Frank no insistió y se separó de mí sin decir nada.

La música cesó y ya no se oía nada en la habitación de al lado. Frank y yo nos sentamos en el suelo rodeados de mullidos cojines carísimos, frente a la chimenea, y el CD continuó desgranando las grandes arias de la ópera. Ella se apoyó sobre mí cerrando los ojos y yo le acaricié la cabeza, los hombros, los brazos. Parecía que iba a quedarse dormida cuando apareció su amiga Chloe a medio vestir, fumándose un porro de marihuana que compartió con Frank. El tipo roncaba en la otra habitación.

Al final nos quedamos dormidos los tres, tumbados sobre los almohadones y cojines. Cuando desperté tenía a la tal Chloe dormida, agarrada a mi pierna y a Frank recostada entre mis muslos.

«Quién me ha visto y quién me ve», pensé.

No había nada en la alacena y acabamos desayunando unas galletas rancias. Frank y yo pusimos en orden la casita y cogimos el coche para irnos de allí en busca de algún sitio donde tomar un café caliente. Hacía una mañana preciosa y aunque el sol no calentaba nada decidí quitar la capota del deportivo blanco.

—Mark, me has defraudado, ¿lo sabías? —dijo Frank sentada a mi lado.

—¿Por qué, nena?

—¡Oh, joder, no me llames así! —dijo dándome un codazo.

Solté una carcajada.

—A ver… dime.

Los amigos con derecho a roce volvieron a lo suyo en el asiento trasero.

—Me dijiste que te gustaba hacer locuras y no es verdad.

—¿Y qué esperabas, una orgía con esos dos gilipollas? Soy un tío tradicional, solo follo con una persona a la vez —dije mordaz.

—Ya lo veo, vaya decepción, joder.

—¿Ah, sí? —dije picado en mi orgullo—. Vas a ver.

E inmediatamente me puse a conducir como un demente, desviándome del camino hacia la carretera principal, entrando en la mismísima playa de Main Beach con el BMW.

—Mark, no corras tanto —me pidió ella.

—¡No corro! ¡Solo voy a cien por hora! —grité.

—¡Gallagher, para! —gritó Frank asustada.

—No, aquí no podemos chocar con nada, tranquila.

Continué riéndome como un loco y pasó lo que tenía que pasar, el coche encalló en la arena y Frank se quiso bajar inmediatamente, llamándome de todo y sacando su lado más caprichoso, el lado que más me gusta de ella. Soy masoquista.

Supongo que se asustó. Yo la tomé en brazos y la saqué del coche en volandas para que no se mojara los pies. Ella se calmó y se dejó llevar entre mis brazos acariciando mi cuello con su nariz, haciéndome sentir el hombre más feliz de la Tierra.

De pronto me miró a los ojos y me dedicó una sonrisa llena de sensualidad. Sus largas pestañas aleteaban, sus labios estaban entreabiertos, húmedos, y mis ojos se deleitaron en esa dulce visión del rostro de Frank cerca, muy cerca del mío. Mi boca estaba a tan solo un par de centímetros de su rostro.

Estuve a punto, lo sé, pero en el último instante decidí que era mejor no hacerlo, que tampoco era el momento. Una corazonada, tal vez, o simplemente el querer prolongar lo que a veces es aún mejor que el romance en sí, ese tiempo previo a que ocurra nada físico entre dos personas, ese sueño de que ocurrirá más tarde o más temprano y que todo será perfecto. Felices para siempre, almas gemelas y todas esas patrañas que mientras podemos nos las creemos encantados.

—¿No vas a besarme? —susurró Frank, coqueteando conmigo.

—No, creo que no —dije seguro de mí mismo.

Los dos nos miramos a los ojos con vehemencia, como si nos retáramos el uno al otro. Estaba claro que no era ninguna niñita inexperta y que sabía lo que se hacía.

«Cada vez me gusta más», reconocí fascinado.

—Quizás no tengas otra oportunidad —dijo orgullosa.

—Quizás. —Sonreí con cinismo.

Me miró furiosa y de pronto se bajó de mis brazos y comenzó a caminar por la playa en dirección contraria a mí. Yo la seguí. Ella se cubrió el cuerpo con sus brazos cruzándolos sobre el pecho. El viento era helador.

—¡Frank, no seas niña!

Como respuesta solo obtuve una «peineta».

—¡Ven aquí! ¡Te vas a helar! —grité.

La alcancé y le tendí el abrigo amarillo.

—¡Dile a mi padre que me quedo en Los Hamptons el fin de semana! —gritó sin ni siquiera volverse.

Ni me miró. Se fue caminando hasta el paseo de tablas que daba entrada y salida a la playa y desapareció de mi vista. Volví al coche y eché a sus amigos, que continuaban dándose el lote en el asiento trasero, sin contemplaciones. Saqué el coche de la arena, no sin dificultad y de un humor de perros regresé a Nueva York solo.

Capítulo 5
Whole Lotta Love

Frank se había enfadado conmigo por no besarla en la playa y supuse que, debido a su resentimiento de niña a la que nunca se le ha negado nada, me castigó con su ausencia y estuve todo el fin de semana sin ser requerido por el señor Sargent.

Así que aproveché para adecentar el BMW, que yo mismo había llenado de arena, en la empresa de alquiler de coches y chóferes de Santino, antes de devolverlo al garaje del padre de Frank.

—Me sentía extraño, estaba inquieto, con el ceño fruncido, de mal humor todo el rato. Enseguida me di cuenta de que todo era porque echaba en falta a Frank, era así de simple. Y la radio a todo volumen con la canción Whole Lotta Love, de Led Zeppelin sonando no ayudaba. Comencé a cantarla sintiendo cada palabra.

Estaba realmente jodido, lo sabía. Y muy cabreado con Frank. Acababa de conocerla hacía solo cuatro días y no podía sacármela de la cabeza.

Su risa, el modo en que movía las manos al hablar, su voz, el sutil perfume que utilizaba. Hasta añoraba su vistoso abriguito amarillo.

Nunca antes había pensado tanto en una mujer. Normalmente, ellas me perseguían a mí, pero con Frank estaba en territorio desconocido. Me mandaba constantes mensajes contradictorios y eso me descolocaba. No sabía casi nada de ella, pero aquella chica me había tocado profundamente y la echaba de menos.

Un día sin ella y entraba en lo que podríamos llamar un verdadero síndrome de abstinencia. Frank era algo de lo que ya no podía prescindir.

—¿Qué todavía no te la has tirado? —gritó Pocket.

—No, ¿qué pasa? —gruñí—. ¿Has sabido alguna vez lo que es ser un caballero?

Ese fue uno de los consejos inútiles que me dio mi abuelo: sé siempre un caballero.

—¡Joder tío! —dijo mi amigo mirándome a la cara—. Tú te has enamorado de esa Frank o estás perdiendo facultades.

—¿Qué dices? ¡No! Solo me estoy tomando mi tiempo, disfrutando los preliminares —dije molesto de que fuese tan obvio—. Tampoco sabes lo que es eso, ¿verdad?

—A mí no me engañas. La miras con la misma cara de panoli con la que mirabas a la señorita Trudeau.

Ahí me había dado. A los trece me enamoré, por primera y hasta entonces última vez, de mi profesora de francés del colegio. Delphine Trudeau era nuestra profesora más joven, además de la más guapa y la destinataria de mis primeros placeres solitarios. Era francocanadiense, preciosa, olía de maravilla y me prestaba atención, o eso creí hasta que la pillé en su despacho follándose al director cuando iba a llevarle unas flores que había robado del jardín de nuestra vecina.

Lloré amargas lágrimas de despecho al darme cuenta de que solo se trataba de una chica y no de la santa virgen llena de virtudes que yo creía, y perdí mi virginidad dos días después con la chica más promiscua del barrio, Mary Ryan. A partir de entonces solo me fijé en chicas que me demostrasen su experiencia sin nada más a cambio y dejé de creer en el amor platónico y verdadero. Me volví práctico, supongo.

«Tú eres de Queens y ella del Upper East Side»,dijo Pocket. Y supe que tenía razón, pero pensé que Frank bien valía el intento de creer en cuentos de hadas. Y yo soy un tío creyente, a pesar de todo. Un irlandés muy cabezota, creyente y con agallas.

El lunes, un par de días antes de Navidad, me llamaron de casa de los Sargent para que fuese a recoger a Frank y la llevase de tiendas por Manhattan.

Pucci, Chanel, Fendi, Celine, Marni, Vuitton, Hermes, Prada, Marc Jacobs, Dior, Paul & Joe… la lista parecía interminable.

Fue todo un peregrinaje agotador en el que descubrí a la otra Frank, la fría, la altiva, la voluble con zapatos de tacón de aguja, que me tenía esperándola y me hacía cargar con sus bolsas de acá para allá sin ni siquiera dignarse a mirarme.

Hasta que me harté.

—¿Esto es porque no quise besarte en la playa? —dije exasperado.

—¿Qué? ¿De qué coño hablas? —chilló Frank.

En ese momento la hubiese mandado a la mierda, pero me obligué a recordar que su padre pagaba. Metí la enésima bolsa en el maletero y me dispuse a abrirle la puerta sin mirarla. Estaba realmente cabreado.

—Espera, aún no nos vamos. Falta una tienda. Acompáñame —me dijo con insolencia.

Faltaba lo peor, su verdadera venganza. Sin tan siquiera pedirlo por favor, me hizo entrar con ella a una exclusivísima boutique de lencería. Al cruzar el umbral tras ella no pude evitar reírme de su ocurrencia. Al parecer, Frank era una clienta asidua porque nada más verla dos dependientas llegaron dispuestas a atenderla con una sonrisa de oreja a oreja. Las dependientas a comisión suelen ser encantadoras, lo sé por experiencia.

Ese fue el día en el que descubrí que tengo algo de masoquista en mi interior porque disfruté horrores de esa parte final de la tarde. Frank me «castigó» obligándome a acompañarla hasta el probador reservado a los clientes VIP y, entre copa de champán que no bebí y sofás de terciopelo, pude disfrutar de la visión celestial de ella mostrándome diversos conjuntos de lencería.

Ni en mis sueños más eróticos me hubiese imaginado algo más sublime, así que me quité la chaqueta, me senté cómodamente frente al probador y me dispuse a deleitarme solo con la mirada.

—Ponte cómodo —me dijo juguetona, tirándome su abrigo de tweed de Burberry a la cara.

Intenté ser paciente y aguardé como un buen chico a que Frank se desvistiera y se probase uno de las decenas de conjuntos que había ido cogiendo a medida que entraba en la tienda.

De pronto, la cortina del probador se abrió y apareció con un conjunto rosa, liguero incluido. Parecía más bien un vestuario de cabaret, pero me dejó fascinado. Frank estaba realmente espectacular. No me había equivocado al espiarla mientras se cambiaba tras la función. Tenía un cuerpo precioso, muy bien proporcionado, con curvas y no excesivamente delgado.

A las mujeres os engañan, os dicen que debéis ser como esas modelos andróginas que nunca sonríen, sin pecho, ni caderas, ni culo, y eso… no nos gusta a los hombres, que va. Somos mucho más básicos y nos guiamos por el sentido de la vista en primer lugar, es así. Los huesos y el pellejo no son sexys. Cualquier hombre al que le gusten las mujeres os lo dirá si es realmente sincero. Todo lo demás es pura literatura.

En aquella sala había un montón de espejos que me permitieron apreciar la perfección de su cuerpo mucho mejor que en la penumbra del vestuario del teatro. Frank tenía lo que yo llamo un cuerpo incuestionable, bello, se mire por donde se mire. Nada huesuda, tampoco musculosa, de piel inmaculada, sin tatuajes ni piercings desagradables. Me dan verdadera dentera estos últimos. Hombros suaves, buen pecho, de forma redondeada y natural. No hay nada más bello en el mundo que unos pechos naturales, sin nada de silicona. Estaba harto de mujeres con pechos operados. Entre las damas de Manhattan es lo habitual. Las madres les regalan a las hijas unas tetas nuevas como las suyas como regalo de graduación. Era una delicia ver las de Frank, doy fe.

Le seguían una cintura de avispa, caderas generosas y por consiguiente un buen culo, tirando a grande, de nalgas llenas y respingonas y con una curva perfecta en el final de la espalda, lo que hacía que sobresaliese para afuera, marcándole esos hoyuelos que a mí me vuelven loco en las mujeres. Perfecto.

—¿Qué tal este? —preguntó con intención.

No era la primera vez que me encontraba en un trance semejante y reconozco que sé algo de lencería femenina, pero preferí hacerme el tonto.

—No puedo compararlo con nada, así que… no sé —dije con falsa candidez, sin poder evitar una inmensa sonrisa.

Frank soltó una exclamación muy malsonante poniendo los ojos en blanco y se metió de nuevo en el probador. Me reí, disfrutando de aquel extraño y sensual momento, viendo cómo ella iba dejando lo que se quitaba colgado de la tupida cortina del probador.

Lo que ella había imaginado como un castigo se acababa de convertir en un auténtico sueño hecho realidad. Supongo que Frank había pensado hacerme pasar un mal rato, que me imaginó sonrojado y avergonzado, pero erró el cálculo. No soy un tipo que se achante en un caso así. Eso sí, reconozco que necesité de todo mi autocontrol para que no se notaran mis verdaderos deseos de pervertido, que en realidad eran meterme en aquel probador y follar con ella sin preliminares y con urgencia.

Frank continuó con un candoroso conjunto de cremosas puntillas que a simple vista parecía muy casto, pero nada más salir con él puesto se dio la vuelta y me dejó admirar su trasero apenas tapado por una fina tela de gasa transparente rematada por un lacito que deseé con todas mis ganas poder soltar.

No me había recuperado de la impresión cuando volvió a aparecer en forma de visión celestial con push up incluido. Tragué saliva y me pasé la mano por el pelo. Después, sin darme tiempo a procesar esas imágenes anatómicamente gloriosas, me obsequió con un bonito y sofisticado conjunto, que ella denominó vintage, con braga alta, y continuó con otro lleno de corazoncitos y un liguero a juego. En este pude apreciar la elasticidad de la tela porque se sentó en un taburete cruzando las piernas con indolencia, sin quitarse los tacones, despeinada, preciosa. La imagen perfecta. Pura sensualidad, genuina, nada forzada.

—Qué, ¿no te decides por ninguno? —dije intentando controlar el tono de mi voz para que no notara mi creciente entusiasmo.

—¡Ayúdame a elegir! ¡Para eso te he traído, no para que te quedes bizco ahí sentado! —se quejó Frank.

—¡Necesito mi tiempo! —reí remangándome la camisa hasta los codos.

—¿Tienes calor, Gallagher? —preguntó acercándose a mí con una malvada sonrisa en su dulce rostro.

—Solo me pongo cómodo —alegué recostándome en la butaca.

—¡A este paso nos vamos a pasar aquí todo el día, joder! —bufó impaciente, caminando de vuelta al probador.

—Por mí, encantado.

Lo dije con deliberada lentitud, sonriendo adrede.

—¡Solo necesito un conjunto para Nochevieja! —gimoteó.

—¿Para quién? —Sonreí.

Estaba disfrutando como un crío de la situación.

—¿Tiene que ser para alguien?

—Creo que sí.

«Ojalá fuese para mí, nena», pensé.

—Aún no lo sé —susurró—. Imagina que es para ti.

—Tengo poca imaginación, me temo —mentí.

Me sacó la lengua desde el probador haciéndome reír. Sin cerrar la cortina, comenzó a quitarse las medias negras de encaje poniendo a prueba mi infinita paciencia, la que hasta entonces no sabía que tenía. Para entonces yo ya me había deshecho de mi corbata y soltado un par de botones de la camisa. Los ojos de Frank se posaron en mi cuerpo. Ella me miró directamente a esa parte que la camisa dejaba al descubierto, donde asomaba el vello de mi pecho. Su mirada me recorrió entero y se paró en mi entrepierna un instante. Eso me dio una pista clara de que también me deseaba.

«Mucho mejor así», pensé. Ambos nos lo estábamos pasando en grande con aquel jueguecito.

—¿Uno más? —preguntó haciéndose la inocente.

—Por favor —susurré en voz baja, ronco.

En ese mismo instante la deseaba con fuerza, intensamente.

La apoteosis llegó gracias a un corsé sin tirantes, en satén rojo, que juntaba sus pechos de un modo espectacular y que acentuaba su estrecho talle aún más. Para rematarme se puso un antifaz de encaje que dejaba entrever sus ojos juguetones y perversos.

—Ese me parece fantástico, pero para no llevar nada más que el antifaz —dije atrevido.

—Lo tendré en cuenta —rio.

Como no nos decidíamos ninguno de los dos se llevó todos los conjuntos.

Ya en el coche, sentada a mi lado, continuó contraatacando.

—Ahora tengo que estrenar algo de todo esto, así que… ¿qué tal si esta Nochevieja… tú y yo nos vamos por ahí?

Ella ya lo había decidido, lo supe. Frank estaba empeñada en hacérselo conmigo.

—¿Me estás invitando? —Sonreí vanidoso.

—Sí, claro —respondió.

—¿Y cuál sería el plan?

—Colarnos en una fiesta.

Esa noche soñé con ella, rodeada de blondas de seda y encajes. Soñé con su cuerpo. En desnudarlo lentamente soltando cada corchete, cada lazo. En acariciarlo mientras retiraba esa lencería fina que me sobraba, en cubrirla con mi cuerpo y hacerle el amor sin parar, como un desesperado.

En mi sueño ella me llamaba, tumbada sobre una gran cama, vestida con un culotte y un cuerpo de encaje, esperándome, dispuesta. Yo la tumbaba boca abajo tomándola por sorpresa, demostrándole quién estaba al mando. Me sentaba sobre sus piernas inmovilizándola y de un poderoso tirón rasgaba la fina tela que cubría sus nalgas entrando en ella con fuerza, una y otra vez, haciéndola gemir de gusto. Después era ella quien se presentaba frente a mí vestida con un conjunto de bustier negro, antifaz y un látigo para empujarme sin miramientos sobre la misma cama y ponerse a horcajadas sobre mí con la intención de agotarme de tanto follar.

Un sinfín de eróticas imágenes se sucedían en mi mente dormida, una detrás de otra, excitándome en sueños. Unos sueños en amarillo, tan vívidos que podía sentir su calor, su olor, el roce de nuestros cuerpos, el aroma y el sonido del sexo.

Me desperté sofocado y completamente duro. Suspiré con fuerza al recordar fragmentos de aquel sueño y, aún adormilado, metí la mano en mis calzoncillos para desquitarme de tanto deseo insatisfecho.

No recordaba la última vez que había tenido que recurrir al placer solitario de mi adolescencia, pero ahora lo necesitaba con urgencia.

Fue muy rápido, unas cuantas sacudidas bastaron para que me corriera con una fuerza increíble, jadeando de ganas, susurrando su nombre como un desesperado.

Capítulo 6
Dreams

—¡Con mis amigas no puedo hacer esas cosas! —dijo Frank saliendo del coche, en el garaje—. Son muy sosas y no se atreverían nunca. Van a ir todas al cotillón de casa de los Hooper y te aseguro que aquello es un jodido aburrimiento.

—¿Y por qué no vamos a Times Square como todo el mundo? —dije cerrando la puerta del Mercedes y acompañándola hasta el ascensor.

—Estarás de broma —dijo haciendo un gesto de asco. Acto seguido me agarró de la solapa de la chaqueta tirando de mí hacia su cuerpo—. Venga, Mark… ¡Siempre he querido hacer esto!

No sabía si hacerme de rogar o no, pero justo al entrar al ascensor, antes de despedirnos me rozó con su pierna acariciando la mía y apretó su cadera contra mi cuerpo con toda la intención. Eso y su sonrisa me hicieron ceder de inmediato.

—Acepto —le dije y su cara se iluminó haciendo que mi corazón latiese más deprisa, más fuerte.

—Feliz Navidad, Mark —susurro Frank besando mi mejilla en el mismo instante en que se cerraban las puertas del ascensor.

Según me dijo, iba a pasar el día de Navidad con su tía Millicent, hermana de su padre, y sus primos cuarentones de Boston, y me daban unos cuantos días libres, cosa que me entristeció porque significaba que no estaría con ella. Así estaban las cosas. Frank me tenía completamente obsesionado.

Pero el día anterior a Nochevieja tuve una grata sorpresa. Se celebraba una gala en honor a la madre de Frank en el Metropolitan Opera y el otro chófer, el del señor Sargent, aún estaba de vacaciones, así que tuve que hacer mi trabajo y ejercer de chófer de su padre, no de amigo. La realidad me ponía en mi sitio.

Acudí a casa de los Sargent para llevarlos en el Rolls Royce Phantom 2010 gris, uno de los muchos automóviles que poseía el padre de Frank. Planché mi traje, adecenté el coche, lo saqué del garaje y esperé frente a la puerta del edificio, con su toldo y su portero de librea. Al rato apareció el señor Sargent y tras él Frank, vestida de amarillo y negro, preciosa, con el pelo cardado recogido en una especie de coleta rematada por un lazo negro. No pude evitar comérmela con los ojos cuando le abría la puerta para dejarla pasar en primer lugar, admirándola casi con la boca abierta. Estaba espectacular con aquel vestidito corto, con vuelo y eso que creo que llaman cancán.

No sé por qué en ese momento me recordó a Brigitte Bardot en sus inicios. Ella me miró de reojo, bajó su mirada cargada de rímel y delineador negro y sonrió haciéndose la tímida. Y yo resoplé justo antes de cerrarle la puerta y dirigirme al asiento del conductor.

El trayecto hacia el Metropolitan transcurrió entre monosílabos de Frank a su padre, que parecía tenso. El señor Sargent prohibió a su hija fumar dentro del coche, lo que enfureció a Frank, que se removió en el asiento mascullando entre dientes y bufando. La miré por el espejo retrovisor y mis ojos se cruzaron con los suyos un instante. Su mirada cambió nada más ver la mía y conseguí que volviese a sonreír solo con sus bonitos ojos del color del caramelo.

Al llegar dejé a los Sargent en la puerta, no sin antes apreciar el andar de Frank en dirección a la escalinata del teatro, con sus tacones de aguja, unos Louboutines, me pareció, y sus medias negras de seda con la costura detrás, muy años 40, moviéndose con gracia y sensualidad a partes iguales. Imaginé que para sujetarlas llevaría alguno de aquellos conjuntos con liguero tan sexys que se había comprado y no pude evitar ilusionarme con la visión mental de ella con un corsé y su respectivo liguero.

Después me dirigí al aparcamiento del Metropolitan, a la zona reservada para los invitados ilustres, políticos y otras personalidades de la ciudad, para aparcar el Rolls y esperar junto con los demás chóferes a que terminase la gala y regresar a la entrada para recoger de nuevo a los Sargent. Otro de los chóferes me comentó que ese tipo de eventos duraban casi cuatro horas y que más o menos hacia la mitad solían hacer un descanso. Así que salí a fumar a la calle.

Habría pasado la primera mitad del recital cuando de pronto vi salir a Frank por la puerta principal del teatro y dirigirse hacia el aparcamiento a toda prisa.

Cuando llegó hasta mí se quitó una especie de chaquetilla de piel que llevaba sobre los hombros y abriendo la puerta del copiloto la tiró al asiento trasero y se sentó a mi lado maldiciendo.

—¡Vámonos, Mark!

No fue un ruego, fue una orden. No dije nada y puse en marcha el motor, pero no arranqué porque me di cuenta de que Frank estaba a punto de echarse a llorar. La barbilla le temblaba y tenía los ojos brillantes.

—Frank… —comencé a decir.

—¿No te he dicho que nos vamos? —chilló y justo después sollozó con fuerza.

—¿Estás bien? —pregunté con ternura, haciendo caso omiso a su mal genio.

—He discutido con mi padre —hipó como una niña pequeña—. Ha tenido la caradura de traerla al homenaje de mi madre. ¡Es increíble! Puede quedar con esa furcia cualquier otro día y la invita y se sienta con nosotros. Y encima me dice que regresa en su coche.

—Frank, toma —le dije con ternura tendiéndole un pañuelo.

Lo cogió y se sonó ruidosamente.

—No quiero ir a casa, Mark. Llévame a cualquier otra parte. Esta noche estás libre, no eres mi chófer. Mi padre ya tiene a su putilla para que le lleve.

—¿Has cenado? —pregunté sintiendo un punzante dolor al verla así.

—No —negó suspirando con fuerza, intentando calmarse.

—¿Te apetece una hamburguesa? —pregunté mirándola con mi mejor sonrisa.

Y en ese momento la «sonrisa Gallagher» hizo su efecto porque ella me sonrió también y asintió en silencio.

Nada más dar el primer bocado a la hamburguesa completa del tío de Pocket, a Frank pareció desaparecerle el disgusto.

Mientras comíamos alguien fue hasta la jukebox y puso Dreams de The Cramberries.

Frank se levantó y se puso a bailar y su visión gloriosa en amarillo me cautivó encadenándome a ella un poco más. No podía esperar ni un minuto para decirle lo preciosa que estaba. A mitad de la canción se sentó junto a mí rozando mi brazo con el suyo y dejándolo así me sonrió.

—Por cierto, siento no haberte dicho nada aún, he sido un idiota, un desconsiderado —dije.

—¿De qué hablas, Gallagher? —dijo dándole un enorme mordisco a su hamburguesa.

—De ti, estás preciosa y me encanta tu vestido. —Sonreí mirando su escote con entusiasmo.

—Eres un pelota —rio—. Es un vestido de mi madre, un Christian Lacroix de los 80, con embroidery de crepé de seda negro y encaje de Chantilly sobre satén amarillo. Palabra de honor e inspiración goyesca, ¡y deja de mirarme las tetas!

—Pues te queda perfecto, sea lo que sea —insistí hablando con voz suave sin poder borrar una sonrisa inmensa de mi cara.

—Tengo el mismo tipo que mi madre, aunque ella era más alta y morena. Yo soy castaña clara. De niña era rubia.

—Yo también era rubio de niño —asentí—. Me parezco a mi padre en casi todo salvo en los ojos, él los tenía azules y yo los tengo verdes, como mi madre. No recuerdo nada de ella, solo sé que cantaba.

Frank me miró fijamente y sentí que me comprendía, que éramos almas gemelas, que nos entendíamos sin necesidad de palabras.

Quizás el hecho de no haber tenido sexo aún con Frank me había dado tiempo a sentir una conexión diferente y desconocida. Aquello era nuevo para mí y estaba disfrutando de ese ignorado y creciente sentimiento que los ilusos del mundo llaman amor, gozando de él con asombro y con una sensación extraordinaria que me abrumaba y me hacía feliz como nunca.

Pensé que Frank representaba una oportunidad para expiar mis pecados y redimirme. Estar con ella era como volver a la adolescencia y dejar el cinismo a un lado. Nada de seducción tramposa o falsas promesas que no iba a cumplir. Nada de interés o fríos cálculos para conseguir sexo a cambio.

Dolores O’Riordan continuaba cantando a mi sueño. Porque ella era un sueño para mí.

Frank terminó su hamburguesa antes que yo. La música cesó y Sullivan, el dueño del pub, comenzó a barrer el suelo del local dándonos a entender que era la hora de cerrar.

—Deberíamos irnos ya —dije pagando y dejando una buena propina.

—¿No me vas a dejar pagar a mí?

—¡Por supuesto que no! —dije mirándola ofendido—. Soy un caballero. ¿Qué te has pensado?

Frank soltó una carcajada y negó con la cabeza.

—Eres un carca, Gallagher.

—Sí, supongo que lo soy —dije asintiendo mientras le abría la puerta del pub y la dejaba salir primero—. Por eso te voy a llevar a casa.

—¡Uf, estoy deseando cumplir los veintiuno para hacer lo que me dé la gana y no darle cuentas a mi padre! —dijo suspirando y tomándome del brazo—. Y ahora nos vamos a ir por ahí a celebrarlo, nada de llevarme a casa.

—¿Qué celebramos?

—No lo sé, lo que quieras. Mi padre se marcha a pasar la Nochevieja con esa guarra a algún paraíso exótico y quiere que me vaya con mi tía para no dejarme sola, tiene mala conciencia. Le he dicho que ni hablar y me da igual lo que él opine —dijo haciendo un esfuerzo por sonreír—. Además, habíamos quedado tú y yo.

—Puedes cambiar de planes si lo prefieres.

—No, prefiero ir contigo. No soporto estar en casa de tía Milly —susurró.

«Y yo contigo», pensé sonriendo y tendiéndole un cigarro de camino al coche. Ella lo encendió y tras darle una calada me lo puso en los labios, manchado con su carmín.

Dejamos el Rolls en el garaje y, así, con su vestidito, estaba tan preciosa que parecía una princesa, así que decidí llevarla en un coche de caballos a pasear por Central Park, como si lo fuera de verdad. Yo no podía hacerle regalos caros. Simplemente me pareció algo romántico, algo que estaba seguro que le iba a sorprender.

Alquilé un coche cubierto, nos tapamos con una manta y en silencio recorrimos The Mall escuchando los cascos de los caballos, el ruido lejano de la ciudad y al cochero silbar alguna vieja canción irlandesa.

—«Oh, Danny Boy, las gaitas, las gaitas están llamando de valle a valle y bajo la ladera de la montaña. El verano se ha ido, y las rosas van cayendo. Eres tú, debes irte y yo debo aguardar» —canté recordando la letra de aquella melodía—. La cantaba mi abuelo.

—¿Por qué todos los cocheros son descendientes de irlandeses? —preguntó Frank, recostándose en mi hombro y aferrándose a mi brazo.

—No lo sé, también lo son casi todos los policías y los bomberos de Nueva York —dije hablando con voz suave, muy cerca de su oído.

—¿Y tu padre?

—Mi padre era pianista. —Sonreí.

—Un soñador, como tú —dijo mirándome a los ojos.

Me quedé mirándola sintiendo cómo mi cuerpo la reclamaba. «Tal vez es el momento», pensé a punto de besarla. Pero de pronto ella tembló y la atraje hacia mí para darle calor.

—¿Y tú con que sueñas, Frank? —susurré.

—Con ser libre, cuando actúo me siento así, libre de mi padre y de todos.

—Es un buen sueño —dije besando su pelo.

—¿Y el tuyo? ¿Tienes un sueño, Mark?

Y pensé que ella era mi sueño, que en realidad siempre lo había sido, aunque yo no lo supiese.

—Quiero ser pianista de jazz en La Costa Azul —dije avergonzado.

Pero en vez de reírse, como pensé que haría, Frank me miró con un brillo especial en los ojos.

—Me parece un sueño precioso —susurró.

—Solo necesito… un poco de suerte —suspiré—. Aunque los sueños pueden cambiar.

Olía de maravilla, la noche era preciosa, el parque parecía un oasis dentro del caos de la ciudad y amortiguaba el incesante ruido de los coches de policía, las ambulancias y el tráfico perpetuo.

—Nadie me había traído a pasear en calesa por el parque —dijo cerrando los ojos—. Eres un romántico, Gallagher.

Sonreí dándole la razón. Ella comenzó a respirar profundo, más lentamente y sin apenas moverme para no molestarla, pude contemplar cómo Frank se iba quedando dormida poco a poco, recostada sobre mi hombro, mientras el cochero silbaba aquella vieja canción irlandesa que hacía llorar a mi abuelo.

Capítulo 7
Night & Day

El plan de Frank era colarse en el cotillón de Nochevieja del Waldorf Astoria. Nada más ni nada menos.

—¿Por qué el Waldorf? —le pregunté extrañado.

—Porque… no sé… es un lugar con historia, con clase, algo antiguo. Y porque a mi madre le encantaba ese hotel —dijo con melancolía.

—Nunca he estado, así que…

—Pues te va a gustar. Tengo un secreto —rio.

—No sé si preguntar… —dije riéndome y negando con la cabeza.

—Verás… mi padre es diplomático. —La miré con extrañeza—. Entre los pisos veintiocho y cuarenta y dos del Waldorf, las Waldorf Towers tienen los mejores apartamentos y suites de la ciudad donde vive gente muy importante. Las Naciones Unidas tienen allí la residencia oficial de su representante permanente y…

No entendía nada y todo aquello me parecía una locura absoluta.

—¿Y?

—Y mi padre tiene llave. No se suele utilizar nunca esa suite, pero da la casualidad de que yo tengo acceso a esa llave. —Sonrió muy orgullosa de sí misma—. Mi padre y mi madre se citaban allí en secreto. Y gracias a eso nos vamos a colar en el cotillón que se celebra en el hotel esa noche. Será divertido —añadió Frank convencida de sus palabras, y creo que también me convenció a mí con su entusiasmo, ese arrebato tan maravilloso que ponía en todo cuanto hacía o decía.

En realidad, tengo que reconocer que me daba igual dónde quisiese pasar la Nochevieja. Lo único que yo quería era descubrir qué ropa interior iba a ponerse aquella noche tan especial. Me importaba bien poco la locura que intentase poner en práctica. Es más, me divertía mucho todo lo que ella había tramado. Y me moría de curiosidad, así que le seguí el juego e hice una apuesta conmigo mismo. Estaba casi seguro de que no elegiría el típico conjunto de sujetador rojo para nuestra noche en el Waldorf.

Terminaba el 2011, apenas le quedaban unas horas y sentía ese cambio en el aire, en mi cuerpo. Era la constatación de que deseaba a Frank con cada fibra y cada poro de mi ser, con cada nueva respiración.

El apartamento que compartía con Pocket era un loft sin paredes, pero con un amplio ventanal con vistas a la ciudad, que llenaba de luz toda la estancia sin apenas muebles.

Me gustaba mucho aquel apartamento. Estaba situado en un antiguo y medio abandonado edificio industrial del que querían echarnos los dueños para construir apartamentos de lujo. Queens estaba cambiando y ahora todo eran pisos carísimos y viviendas de diseño.

—Me has decepcionado, ¿sabes, tío? —me dijo Pocket mientras me probaba la mejor chaqueta que tenía.

—¿Por qué? —pregunté sin apartar la mirada del espejo, comprobando cómo me quedaba la ropa.

Soy un presumido, lo sé.

—¡Mírate! Eras mi ídolo, algo a lo que aferrarme, un mito masculino, y ahora… —Negó con la cabeza—. Ahora vas y te enamoras. Tú que siempre pasabas de eso del amor. Tío, me encantaba verte rodeado de tías estupendas de las que ni siquiera recordabas el nombre después de tirártelas.

—Frank es estupenda —dije con énfasis.

—Lo sé, lo sé. Pero hay muchas así. ¿Por qué conformarte con una pudiendo salir con todas las que quieras? Yo no tengo esa planta de actor de cine y esa sonrisa, pero si la tuviese…

—Frank es diferente, tiene algo que no tienen las demás, me…. —Hice una pausa buscando las palabras exactas—. Consigue emocionarme. Hace que todo, que la vida sea más divertida e interesante. ¡Me sacude por dentro, hermano!

—¡No me jodas! Ahora me dirás que antes no te divertías.

—Las demás me aburrían, eran predecibles y ella no. Es todo lo contrario en realidad —reí recordándola—. Nunca sabes lo que te va a ocurrir estando a su lado.

—Pero ¿ella quiere algo contigo?

—Sé cómo me mira y lo que expresa su cuerpo cuando estamos juntos y creo que conozco un poco a las mujeres —dije con arrogancia.

«Esta noche lo sabré de verdad», me dije sintiendo un cosquilleo en el estómago, por culpa de los nervios.

—Ponte esto, tío, irás mucho más elegante —dijo Pocket tirándome su abrigo de paño de lana color camel.

—¿Esto? —dije mirándolo extrañado.

No estaba muy convencido, aunque tengo que reconocer que Pocket suele ser un tío elegante, pero su gusto por los colores no concuerda con el mío.

—Sí, es un abrigo muy bueno, tío, me costó una pasta. No tienes ni gota de gusto.

—¿Y tú sí?

—Yo soy todo un dandi, y si no pregúntale a mi chica.

—¿Vas a volver con Jalissa? —Sonreí.

—Hoy la llevo a bailar —dijo dando unos pasos de baile.

—¡Te das por vencido! —reí a carcajadas.

—¡Llevo meses sin follar! Ninguna me hace ni caso, todas buscan un Jay-Z o algo parecido. Y Jalissa no es Beyoncé, pero me quiere y yo a ella, y me va a dar otra oportunidad. Hice el tonto este verano con eso de querer mi independencia y le he pedido perdón.

—Me alegro por ti. Sois tal para cual, siempre te lo he dicho.

—Además, le cae bien a mi madre.

—Sí, están compinchadas —reí.

—¿Y tú a dónde vas con Frank?

—¡Al Waldorf!

Terminado en 1931, el Waldorf Astoria, el primer rascacielos hotel del planeta que tuvo un salón de baile, es parte de la historia de Nueva York y en mi opinión debería de considerarse como un museo. Durante los años 50 y 60, el expresidente Herbert Hoover y el general retirado Douglas MacArthur vivieron en suites en diferentes plantas del hotel. Churchill tiene una suite con su nombre. Los gánsteres Frank Costello, «Lucky» Luciano y «Bugsy» Siegel vivieron en el Waldorf, en la habitación 39 C. Y Sinatra y Marilyn Monroe también fueron sus inquilinos.

Fue mi padre quien quiso inculcarme el amor que él tenía a su ciudad hablándome de sus edificios y su historia. Cole Porter, al que mi padre admiraba, también fue parte de esa historia. Él y Linda Lee Thomas tuvieron un apartamento en las torres Waldorf, donde Porter murió en 1954. La canción de Porter de 1934, You Are The Top incluye en su letra, «Tú eres lo mejor, tú eres una ensalada Waldorf».

Frank era mi ensalada Waldorf, lo mejor de lo mejor. Y así, confiado y de buen humor, salí a buscarla esa última noche del 2011.

La verdad era que el abrigo, sobre un jersey negro de punto y unos pantalones que aún no había estrenado, me sentaba como un guante. Llegué hasta casa de los Sargent para buscar a Frank y al verme me echó un vistazo de arriba abajo asintiendo y dándome su aprobación.

—¿Te has puesto elegante para mí, Gallagher?

—Exacto. Aunque yo siempre voy así de elegante —dije.

—Pues vámonos ya —dijo Frank caminando delante de mí, sonriendo y mirándome de reojo.

Nos colamos por la puerta principal de aquel edificio de cuarenta y siete pisos y ciento noventa y un metros de altura con total aplomo. Frank me tomó de la mano como si fuésemos unos despreocupados amantes que se alojaban en el hotel y, para mi sorpresa, nadie se fijó en nosotros ni sospechó nada.

El vestíbulo del Waldorf me pareció impresionante, con majestuosas columnas y escalinatas e inmensos árboles adornados en rojo y plata. No pude pararme a observar todo aquello porque Frank tiró de mí para que la siguiese.

No íbamos vestidos de etiqueta. Yo podía parecer elegante con aquel abrigo de tres cuartos camel, pero Frank iba vestida tan solo con un traje de pantalón y chaqueta de lana negra con un suéter en color amarillo y tacones. He de decir que no le hacía falta nada más para estar perfecta. Pero aun así, con su chaqueta al hombro y sin soltar mi mano nos dirigimos al salón de baile donde se celebraba el cotillón de Nochevieja.

El baile estaba lleno de vejestorios luciendo joyas y vestidos largos. Un montón de parejas de una media de cincuenta en adelante bailaban al son de una big band y nada más ver la orquesta y escuchar las notas del piano recordé a mi padre.

—Esto parece un geriátrico —me susurró Frank al oído.

—¿Y qué esperabas? —Sonreí.

—No sé… otra cosa. Yo me imaginaba una fiesta estupenda, una de esas a las que acudían mi padre y mi madre. Verás… a la familia de mi padre nunca le gustó mi madre. Decían que era frívola por ser francesa y hasta que aceptaron la relación pasó un tiempo. Al ser mi padre un Sargent, diplomático de la ONU y un importante miembro del Partido Republicano, prefirieron mantenerlo en secreto. Según tía Milly, mi madre truncó las esperanzas políticas de mi padre. —Frank miró a su alrededor y resopló desilusionada—. Aquí no pintamos nada.

—Habla por ti. Yo me siento muy cómodo aquí —reí echando un vistazo.

—Todas esas señoras te miran. Al final vas a ser un tipo raro —dijo arrugando la nariz de un modo adorable.

—Espera un momento, ahora vengo —le susurré al oído aspirando su exquisito perfume.

Me miró extrañada y yo ni corto ni perezoso me dirigí con decisión hacia el pianista y le sugerí que tocara Night & Day. Al volver con Frank me fijé en una mujer. Era la misma que me había dado un repaso de arriba abajo al aparecer con Frank de la mano.

Era la típica señora que había sido una belleza y que aún conservaba, gracias a la cirugía y al bonito y favorecedor vestido, las ultimas luces de su juventud, esas que parpadeaban a punto de extinguirse. Su marido no había corrido la misma suerte ni tenía esa necesidad. Conocía a ese tipo de mujeres, solían ser muy inteligentes, más que sus maridos, y se resistían con todas sus fuerzas, y su dinero, en un denodado e inútil esfuerzo por parecer jóvenes eternamente, por no apagarse.

Me acerqué y le tendí la mano, pidiéndole permiso para bailar, y la mujer, asombrada primero, se ruborizó como una adolescente después. La orquesta comenzó a tocar aquella maravillosa canción de Cole Porter y con los primeros pasos de baile pareció que ella rejuvenecía como por arte de magia, aferrada a mi mano. Le dije que bailaba de maravilla y ella rio como una chiquilla.

Me sabía el guion de memoria. Lo había escenificado un montón de veces. Soy capaz de seducir a una mujer con una sola mirada.

Mientras, su marido me miraba con cara de pocos amigos.

—No se la robo más, amigo —le dije cediéndole a su esposa.

Ella hizo un gesto de pena y me lanzó un beso soplado en su mano. Aún era guapa, aún se sentía bella en ese momento.

Regresé con Frank y sin decir nada la tomé por la cintura agarrando su mano y me puse a bailar con ella. Frank me miraba asombrada y algo confusa.

—Así que te dedicas a seducir mujeres —me dijo muy seria.

Frank era muy inteligente y lo captaba todo a la primera. Era mi forma de que no se hiciese falsas expectativas sobre mí. De mostrarle la verdad antes de dar un paso más allá.

—Soy un pobre huérfano de Queens, Frank. No le debo dinero a nadie y nunca he robado nada para vivir. No pretendo que lo entiendas ni contarte historias de Oliver Twist, pero eso es lo que soy.

—Lo entiendo —dijo en un susurro.

Le miré a los ojos y supe que decía la verdad, que por alguna razón me comprendía y no me juzgaba. Entonces sonrió y me di cuenta de que aquella situación le divertía.

—A esa señora se le caía la baba contigo. No la culpo, tienes estilo —rio—. Solo por curiosidad. ¿Con cuántas mujeres has estado, Gallagher?

—Con unas cuantas, curiosa —reí—. ¿Y tú, con cuántos hombres?

—Hombres pocos, solo tengo veinte años. —Sonrió con picardía.

Y pensé que en breve yo iba a ser uno de esos hombres y un sentimiento de impaciencia me poseyó. La miré intensamente queriendo darle a entender que la deseaba, la deseaba más de lo que había deseado a ninguna otra mujer en toda mi vida y más de lo que desearía a ninguna, estaba seguro. Era algo tan fuerte que dolía. Frank me sostuvo la mirada mientras se mordía el labio de un modo muy sensual, pero al final apartó sus ojos de los míos, turbada.

Girábamos y girábamos siguiendo a Cole Porter, perdidos el uno en los ojos del otro, sin hacer caso a nada ni a nadie, solos entre aquella multitud, juntos.

Eso era lo que quería, hacerle el amor, a toda costa, toda la noche, todo el día. Había estado con muchas mujeres, ella tenía razón, pero ahora no quería estar con ninguna otra que no fuese ella. Supongo que de eso se trata, que eso es lo que pasa cuando te enamoras.

La atraje hacia mí presionando su cintura y sus pechos rozaron mi cuerpo haciéndome respirar con más fuerza. Ella bajó la mirada y me pareció que sus mejillas se teñían de un leve rubor delicioso que me terminó de aturdir.

Cuando volvió a mirarme lo supe. Supe que aquella noche haríamos el amor. Había algo en ella que lo gritaba, estaba en sus ojos, en su boca, en su silencio.

—¿Nos vamos de aquí? —preguntó Frank dulcemente.

Y sin esperar mi respuesta me tomó de la mano y me sacó de allí, de mi pasado. Porque ya lo era, lo acababa de dejar atrás.

Capítulo 8
Empire State of Mind

Estábamos saliendo del salón de baile del Waldorf cuando nos percatamos de que alguien nos seguía. Parecía que habían dado parte a la seguridad del hotel de que un par de intrusos, sin traje de etiqueta, rondaban por el baile.

Dos camareros intentaron cerrarnos el paso en el vestíbulo, pero Frank y yo logramos escaparnos hacia las cocinas, no sin que ella se llevara uno de los cócteles de champán de una de las bandejas, antes de correr junto a mí, cogida de mi mano.

Era divertido corretear por las entrañas del magnífico hotel agarrados, mirándonos y riéndonos como dos críos. Conseguimos escabullirnos y entrar a uno de los ascensores, en dirección a una de las Waldorf Towers. Pero justo al salir en la planta del apartamento de las Naciones Unidas, casi nos dimos de bruces con otro guarda de seguridad con pinganillo en el oído y con cara de muy pocos amigos.

—¡Eh, vosotros! —gritó.

—¡Joder! Creo que nos han pillado —dijo Frank.

—¿Y ahora qué? —dije volviendo a meterme con ella en el ascensor.

—¡A la azotea! ¡por las escaleras!

Y saliendo en el piso siguiente echamos a correr por el pasillo hasta alcanzar las escaleras de emergencia. Yo agarraba la mano de Frank con fuerza, sintiendo cómo ella apretaba la mía con confianza.

Dejé pasar a Frank delante pensando en que una vez más mis planes para estar con ella esa noche estaban echándose a perder.

«Adiós a la suite, lástima», pensé.

Pero no era momento para lamentaciones, no quedaba otra que correr.

Llegamos a la azotea del Waldorf sin resuello, flanqueada por sus dos espectaculares torres art déco, con el edificio Chrysler iluminado frente a nosotros y desde donde se divisaba el Empire State perfectamente, refulgiendo en el skyline nocturno. Ese al que ya siempre le faltaría una parte, la que ningún neoyorkino olvidaría jamás.

El viento soplaba con fuerza allá arriba. Era frío, húmedo y cortaba. Me subí las solapas del abrigo, inspiré el aire con fuerza intentando calmar mi respiración y sentí cómo entraba en mis pulmones, doliendo en la nariz, quemando en mi pecho, para salir de nuevo por mi boca formando una nube de vapor.

Frank exclamó un sonoro «oh» en cuanto divisó la ciudad a nuestros pies. Y yo sonreí al ver esa demostración suya de asombro.

—Nunca había visto Nueva York así —dijo emocionada, tiritando de frío.

—Es preciosa, ¿verdad?

—Sí, es increíble —susurró.

—Amo Nueva York —dije maravillado ante aquel escenario, mirándola fijamente.

Ella era única, alocada, sensual, un espíritu libre, indomable, salvaje y adorable.

Me quedé allí plantado, admirándola y, al darse cuenta, Frank comenzó a caminar hacia mí sonriendo.

Se acercó lentamente, con una extraña emoción en la mirada, viniendo a mi encuentro, sin apartar sus ojos de los míos. Cuando llegó hasta donde yo estaba, se quedó a tan solo un par de centímetros de mi cuerpo y sin decir nada posó el suyo sobre el mío.

Era el momento, ella estaba tomando la iniciativa y ya no podía alargarlo más. Tenía que besarla, era la noche de fin de año y la oportunidad perfecta. Sentí cómo mi estómago hormigueaba debido a los nervios, por la presión de querer besarla bien, de hacerlo inolvidable.

La tomé de la cintura sin dejar de mantener el contacto visual, como había hecho un millón de veces con otras mujeres, solo que esta vez lo que pretendía demostrar era real, mi anhelo de ella, mi intenso deseo.

En ese mismo instante comenzó a oírse la cuenta atrás del nuevo año, la de toda la ciudad gritando a la vez.

¡Seis, cinco, cuatro, tres, dos, uno…! Llegaba de todas partes y de repente todo el mundo estaba cantando el All Long Syne y un eco de miles de gargantas nos rodeaba.

—Feliz Año Nuevo, Mark —susurró Frank junto a mi boca, casi haciéndome temblar de ilusión.

—Feliz Año Nuevo, Frank —respondí sin apartar mi mirada de la suya.

No me había sentido así desde mi adolescencia. Estaba asustado, nervioso, impaciente. Era una sensación desesperante. «¡Yo sé besar!», me dije infundiéndome la seguridad que me faltaba en esos momentos. Sus ojos brillaban reflejando las luces de la ciudad. Había algo muy cálido en ella, que brotaba de su forma de mirarme, de todo su cuerpo, y que me conmovía y me intimidaba intensamente.

«Te voy a decir lo que es el verdadero amor. Es ciega devoción, abnegación absoluta, sumisión incondicional, confianza y fe contra ti mismo y contra todo el mundo, abandono de tu corazón y tu alma enteros al que los destroza…», recordé las palabras de Dickens en boca de mi padre poco antes de morir y, a pesar suyo, de mi madre y de este jodido mundo, al mirar a Frank decidí que merecía la pena correr el riesgo.

Y entonces me rendí a esa quimera que ella encarnaba, lo que había estado persiguiendo siempre y por lo que me avergonzaba de mí mismo y de mis orígenes: el dinero, pero no solo era eso. En realidad, se trataba de una clase de dinero, el heredado, de un estatus, un estilo de vida con el que yo soñaba desde niño.

Recordé a Scott Fitzgerald cuando describía a Daisy y su voz «llena de dinero» y me di cuenta de lo que Frank representaba para mí en realidad. Al igual que para Gatsby, ella era esa voz llena de dinero, de lujo, de elegancia, la promesa de una vida mejor y el cumplimiento de todos mis anhelos más ocultos.

La besé. Suave primero, solo posando mis labios sobre los suyos, pero inmediatamente después mi mano se hundió en su pelo para sujetar su cabeza y abrí la boca haciendo que la suya me siguiese. Presioné con fuerza, deslizándome posesivo sobre sus blandos labios. Sus labios cálidos se volvieron húmedos y urgentes al contacto con los míos y yo los saboreé cerrando los ojos, embriagado.

Su sabor era suave, dulce y delicioso, como ella. Fue como si algo muy vivo, una fuerza sobrehumana, me golpeara el pecho. La sensación era increíblemente intensa. Un cosquilleo cada vez más agudo que me nacía en la boca del estómago, se dispersó por mi cuerpo hacia mi bajo vientre, hasta alcanzar mi entrepierna. Me estaba excitando rápidamente.

Tuve que respirar de su tóxico aliento y, entonces, al sentir el mío, Frank respiró afanosa y yo gruñí levemente penetrando su húmeda boca con mi lengua. Ella enredó su lengua con la mía haciendo que mi deseo creciese.

La necesitaba tanto que sentía dolor. Intensifiqué el beso dejándola sin aliento y la apreté con fuerza agarrándola por la espalda, pegando mi ya dura erección a su vientre, bajando mi mano hacia su culo. Ella gimió al sentirla y se aferró a mí mientras acariciaba mi nuca con sus manos y apretaba sus pechos contra mi torso.

Su boca era arrolladora y me arrastraba al límite, cada vez más. Yo ardía de ganas, mordisqueando su labio inferior, aprisionándolo entre los míos, chupando suave pero firmemente y me imaginé cómo sería hacerle eso a sus pezones.

Ese pensamiento hizo que mi erección palpitara contra su vientre blando y cálido provocando que Frank gimiese dentro de mi boca intensificando al máximo mis ansias de hacerle el amor.

Pero en ese mismo instante en que creí que acabaríamos por hacerlo allí mismo, en la azotea, noté cómo algo caía sobre mi cara, algo esponjoso y frío que se deshizo inmediatamente sobre mi piel. Era un copo de nieve. Acababa de comenzar a nevar. El invierno se había compadecido de mí y me brindaba un escenario perfecto para que no olvidásemos nunca ese beso.

—¡Está nevando! —exclamó Frank en un susurro.

Ella y yo miramos al cielo y en un momento todo a nuestro alrededor se había llenado de copos de nieve flotando y girando a merced del viento. Desde el mismo Waldorf llegaba la música del baile de Año Nuevo, la primera que daba la bienvenida al 2012, una canción de Alicia Keys, neoyorkina, como nosotros. La cantante comenzó a entonar la primera estrofa y creo que al oírla los dos nos emocionamos.

—Nueva York… —susurró Frank.

—«Tengo un puñado de sueños cariño, yo soy de Nueva York» —canté a voz en grito haciendo reír a Frank.

La vieja Nueva York… Esa era nuestra ciudad, la de Frank y la mía. Dos personas de barrios tan distintos, vidas tan diferentes pero ambos neoyorkinos, como tantos otros que lo eran por nacimiento o por adopción, descendientes casi todos de todos aquellos valientes llenos de ambición y de sueños, que una vez cruzaron el mar en busca de otra vida, de otro mundo mejor.

Yo que siempre había visto la isla de Manhattan desde la otra orilla, visitando Long Island con mi padre o mi abuelo, o a los pies del Queensboro Bridge o desde el Calvary Cementery, ahora la tenía frente a mí, a mis pies, y casi sentía que la podía tocar con mis manos.

Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza. Porque por una noche iba a ser el rey de la colina en aquella ciudad que nunca duerme, como decía aquella otra vieja canción de Sinatra, con ella, junto a ella. Y supe que nunca olvidaría aquella noche, pasase lo que pasase en mi vida.

Frank y yo volvimos a mirarnos y nos echamos a reír. La abracé con fuerza y la besé de nuevo con ansia, saboreándola y acariciando su cuello y su cintura. Sentí cómo temblaba y la envolví en mi abrigo para infundirle calor. Frank se apretó contra mí y yo aspiré el aroma de su pelo abrazándola más fuerte aún, besando su pelo, su frente. Ella me miró a los ojos y, como si de un imán se tratase, mi boca regresó a la suya sin remedio. Besarla era increíble, la sensación más dulce y placentera de toda mi jodida vida.

Ella fue quien rompió el beso, yo me hubiese pasado la vida entera perdido en su boca.

—Vámonos —susurró con un sinfín de maravillosas promesas condensadas en esa única palabra.

Capítulo 9
Sign Your Name

Sonreí y di a Frank un tierno y breve beso en los labios, asintiendo. Nos cogimos de la mano y regresamos al interior del Waldorf.

—¿A dónde? Nos están buscando por aquí dentro —susurré besando su frente.

—Llévame a tu casa —me pidió pegando su vientre contra el mío.

Me sentía tan dichoso que tenía ganas de gritar, saltar o las dos cosas juntas. Le pasé el brazo por los hombros y así, juntos y sin mayores problemas, salimos del mítico hotel a la calle, al 301 de Park Avenue.

Estoy seguro de que si alguien hubiese tenido que describirme en aquel momento hubiese afirmado que acababa de ver a un hombre enamorado.

Así era, me moría de impaciencia por llegar a casa para estar por fin juntos, para amarla como jamás había amado a nadie, de verdad, sin falsas caricias, vanas promesas, ni piropos huecos. Sabía que tendríamos un lugar para estar a solas, que Pocket estaría con Jalissa, así que dispondríamos de toda la noche para nosotros.

Por otro lado, me sentía inseguro porque temía que a Frank mi casa le pareciese demasiado poco.

Tan solo era un loft alquilado en un viejo edificio industrial que Pocket y yo habíamos limpiado, pintado y convertido en un lugar cómodo para ambos, con calefacción, por supuesto, pero casi sin muebles. Yo tenía mi piano, la vieja colección de vinilos de mi padre, mis propios discos, un montón de libros apilados en el suelo, mi bicicleta, poca ropa colgada en unos burros y un inmenso ventanal que dejaba ver unas vistas espectaculares del río. Ese era mi patrimonio y mi lugar, caótico y un poco anticuado.

Lo habíamos logrado con ayuda de amigos, gente del barrio y sacando de la basura muebles que reciclamos, pintándolos nosotros mismos. Teníamos un viejo sofá Chester, de cuero, estilo inglés, muebles de los 60 y una bañera con patas que Pocket había pintado de verde y que le daba un aire muy vintage al apartamento, como dijo Jalissa al verla. No necesitábamos más.

Lo cierto era que jamás había llevado a ninguna mujer a ese apartamento. Siempre había estado en sus casas o en hoteles, algunos muy caros, pero jamás en mi casa.

—¿Quieres ir a mi casa? —pregunté extrañado y algo temeroso.

—Sí, quiero conocerla, ver dónde vives. —Sonrió ella.

—Ni siquiera es mi casa. Solo es el lugar donde duermo, es de alquiler. —Sonreí algo avergonzado.

—Pues quiero ver el lugar donde duermes y… probar tu cama —susurró en mi oído haciéndome estremecer de anticipado placer.

En vez de responder a sus provocativas palabras la besé, con ansia, fuerte, con un beso salvaje y apasionado al que Frank respondió con avidez. Entonces, recordé con alivio que esa misma mañana había cambiado las sábanas.

Cogimos un taxi en dirección a Queens y durante el trayecto yo solo tenía ojos para ella, que, sentada pegada a mi cuerpo, jugueteaba conmigo acariciando mi pelo, pasándome sus dedos desde el cuello hasta la nuca, tan solo rozándome con la yema de los dedos, haciéndome respirar con fuerza, abrumándome con su dulce aroma, algo parecido al limón y la vainilla.

Mis manos tampoco se estaban quietas y acariciaban todo cuanto podían sobre la ropa mientras, recostados en el asiento, nos mirábamos a los ojos. Sentía nuestra atracción mutua, las ganas, nos buscábamos impacientes. Era tan intensa nuestra proximidad que respirábamos a la par, ansiosos el uno del otro.

Dentro de aquel taxi, yo intentaba aguantar mis enormes ganas de ella a la vez que combatía contra mis dudas. Quería tratarla bien, con suavidad, y a la vez me apetecía hacérselo de un modo urgente y salvaje. No sabía cómo le iba a gustar a Frank y eso me hacía sentir muy ansioso. Necesitaba calma porque mi deseo de ella era tan inmenso que supe que iba a tener que controlarme para hacerle el amor bien, lentamente, disfrutándola al máximo. Eso era lo que pretendía.

Había fantaseado con ello desde que la conocí, como un maldito obseso, soñando con hacérselo de mil formas diferentes. Me apetecía muchísimo saborearla, acariciarla entera, probarla, olerla. Quería hacérselo con fuerza, rápido y también lentamente, hasta acabar exhausto. Algo en ella, en su erótica voz, en sus movimientos sensuales y hasta en su aroma me decían que era un ser salvajemente sexual. Había algo intensamente carnal en Frank que estaba seguro de que la hacía compatible conmigo en cuanto a deseo sexual. Era algo que desprendía al moverse, al reírse o al mirarme en silencio. Eso se sabe. Yo al menos lo supe.

Desde que la conocía me había estado desquitando conmigo mismo un montón de veces, frustrado y excitado a partes iguales, lo reconozco. Pero ahora era el momento de la verdad y la ansiedad por quedar bien me ponía muy nervioso.

No es por dármelas de nada, pero las mujeres siempre se han quedado muy satisfechas con mi forma de hacerlo. Pero esta vez tenía que ser increíble, especial. Porque Frank lo era, simplemente por eso.

De lo que no tenía ninguna duda era que ella me deseaba, estaba claro. Desprendía una sensualidad tremenda, natural y sin teatralidad, era sincera y genuina. Y no paraba de tocarme volviéndome loco de ganas en aquel taxi amarillo.

Cruzamos el puente Queensboro en plena ventisca de nieve sobre el East River. El viaje hasta Queens se me hizo maravilloso y eterno. Eran los primeros minutos del nuevo año y yo estaba nervioso, impaciente, frenético, luchando por mantener mi intenso deseo a raya, con el corazón desbocado, palpitando tan fuerte que parecía saltarme dentro del pecho. Encima, Frank no paraba de besuquear mi cuello y alcanzar mi boca con aquellos sensuales labios, esos preciosos labios calientes y tiernos.

—Bésame —susurró casi en un jadeo—. Me gusta cómo me besas, Mark.

Y lo hice, con pasión, dejándola sin aliento.

—Dime una cosa… quiero salir de dudas —susurré acariciando sus labios, mordisqueándolos suavemente—. ¿Te enfadaste conmigo por no besarte en la playa?

—Sí —dijo riendo y esa risa me elevó casi al cielo en un instante—. Me rechazaste.

—No, no lo hice. Solo quería… quería que fuese en el momento adecuado.

—¿Y este lo es? —preguntó.

—Sí, creo que sí —asentí besándola muy suave en los labios.

—Yo también lo creo, chéri —susurró metiendo su lengua en mi boca, haciéndome gemir de gusto.

El taxi se paró frente al edificio donde estaba el apartamento y mi corazón, que se había calmado un poco, comenzó a palpitar intensamente de nuevo.

Tomé su mano nada más salir del taxi y la conduje al viejo edificio que estaba casi deshabitado. Tan solo teníamos un par de vecinos más. Todos artistas, los que nos habían ayudado en la rehabilitación de aquel almacén centenario.

Subí delante de Frank sin soltar su mano, acompañándola hasta el montacargas que hacía las veces de ascensor. Ella estaba extrañamente silenciosa, mirando todo con curiosidad y yo no sabía que decirle, andaba demasiado ocupado intentando calmar mi respiración y mi ritmo cardíaco como para pensar con coherencia.

Todo aquel cúmulo de sentimientos tan intensos era algo nuevo para mí. Sentía su calor mientras acariciaba su mano y en el estómago un burbujeo de puro placer crecía y crecía amenazando con volverse algo insoportable.

Abrí la puerta y le cedí el paso tomando aire y suspirando con fuerza. Notaba un peso en el pecho, algo muy intenso que me obligaba a respirar hondo. Encendí la luz, casi todo eran lámparas que proyectaban luces indirectas, dejando en penumbra parte del apartamento, dotándolo de un aire muy íntimo. En la zona donde estaba mi cama, junto al ventanal, un montón de luces de colores recordaban la Navidad pasada. Ni Pocket ni yo las habíamos quitado aún. Me toqué el pelo nervioso dejando que Frank mirase a su alrededor, aguardando.

Frank entró y se paseó por el apartamento observándolo todo, solo se escuchaba el ruido de sus tacones. Yo cerré la puerta en silencio y al oírla a su espalda se giró y me miró. Parecía casi emocionada, como si contuviese algo muy intenso en su interior. Yo estaba conmocionado, aún al lado de la puerta, sin moverme, tan solo mirándola a ella desde lejos, sin atreverme a acercarme.

—Este sitio es… ¡me encanta! —dijo al fin y yo respiré aliviado regalándole una de mis mejores sonrisas torcidas.

Volvió a pasearse mirándome de hito en hito, elegante, preciosa, sonriéndome. De pronto se descalzó y se quitó la chaqueta dejándola caer al suelo junto a los zapatos. El suéter marcaba sus perfectos pechos y mi mente no pudo evitar pensar en apretarlos con mis manos mientras mi boca se llenaba con sus duros pezones.

«Por supuesto que lo haré», pensé comenzando a sentir cómo empezaba a ponerme duro de nuevo.

Después, Frank se acercó a donde guardaba mis vinilos y CDs, unas simples baldas, junto a las torres de libros y se puso a fisgonear los títulos.

—Tienes… mucha música —dijo asintiendo—. Y buen gusto.

No respondí. Inspiré hondo y decidí pasar a la acción. Caminé lentamente hacia ella mientras me quitaba el abrigo sin perder el contacto visual en ningún momento. Lo dejé sobre el sofá y en vez de acercarme a Frank me encaminé al frigorífico, lo abrí y saqué un zumo de arándanos, granada y limón, que es lo que suelo beber normalmente, eso, zumo de naranja, cerveza sin alcohol, Coca-Cola y té o café caliente o frío, según la época del año, nada de alcohol.

—¿Quieres? —pregunté aprovechando que Frank se había girado hacia mí, intentando aparentar tranquilidad, demorando el momento.

—¿Zumo? —rio—. ¿No bebes alcohol nunca?

—No, no quiero parecerme a mi padre —susurré.

Frank asintió en silencio, algo cohibida y se volvió hacia el equipo musical de nuevo, uno muy bueno que me había costado casi todo el sueldo de un mes en mi último trabajo. Soy un tío sibarita, me gusta lo bueno, por eso creo que desde un principio me gustó tanto ella.

Frank cogió un vinilo y lo puso en el plato. Yo ya estaba junto a ella, con un vaso de zumo en la mano, cuando comenzó a sonar Introducing The Hardline According To Terence Trent D’Arby, un viejo álbum de 1987, de aquel cantante que a mí me gustaba tanto.

Sus caderas se movían suavemente, al compás de la música, haciendo que su precioso culo se contonease ante mis ojos. Frank se volvió y nuestras miradas se encontraron. Pude notar cómo el ambiente se iba cargando de sensualidad, pude escuchar su respiración a la vez que el latido de mi corazón bombeando en mis oídos, todo ello unido a aquella canción perfecta que hablaba de grabar su nombre en mi corazón. Esa noche iba a hacerlo, lo haría, la metería en mi alma para siempre.

Frank me quitó el vaso de la mano, le dio un trago apurándolo y lo dejó sobre una balda. Después tiró de mi suéter hacia arriba, desnudando mi torso sin apartar sus ojos de mí.

Sonreí y le dejé hacer, encantado, maravillado, sin poderme creer aún la suerte que tenía.

Con el torso desnudo, frente a Frank, observé cómo me miraba, escrutándome de pies a cabeza. La dejé, complacido de que se deleitase contemplándome, era parte de la diversión y a mí siempre me ha encantado jugar.

Ahora era mi turno y me tocaba mover ficha, pero algo había cambiado en mí, no me apetecía entretenerme en preliminares teatrales y estudiados o en probar posturas del Kama Sutra. No quería lucirme o demostrarle a Frank lo bien que follaba, tan solo deseaba acariciarla y decirle palabras dulces y bonitas al oído. Nada de juegos, ya no era solo diversión, con ella no. A Frank tan solo quería amarla, nada más ni nada menos.

Casi podía decirse que era mi primera vez. Sabía lo que había que hacer, la mecánica me la conocía de memoria, pero no sabía lo que debía sentir ni cómo.

Me acerqué hasta pegar mi vientre al suyo y respiré impregnándome de su aroma, hundiendo mi nariz en su pelo.

—Qué bien hueles… —susurré abrumado, cerrando los ojos e inspirando con fuerza.

Frank se apretó contra mí haciendo que mi miembro creciese al instante y acarició el vello de mi pecho con su nariz, mientras sus manos se deslizaban por mi vientre.

—Tú también. Me encanta tu olor —dijo en voz muy baja y algo ronca.

Entonces la besé fuerte y profundo, saboreando sus labios, exigente y ávido, aferrándome a su cuerpo suave y caliente, apretando su duro trasero. Llevaba días imaginando ese culo respingón entre mis manos.

Ella subió los brazos emitiendo un gruñido de placer que hizo que mi erección terminara por endurecerse al máximo, invitándome a desnudarla.

Solo quería una cosa, tenerla y hundirme en ella, tan solo eso, y estaba a punto de lograrlo.

Capítulo 10
Slave To Love

Le quité el suave suéter amarillo mientras ella me soltaba los pantalones y descubrí que no llevaba sujetador, solo una finísima camisola de seda roja y encaje negro que se pegaba a su cuerpo como una segunda piel. Le dediqué mi mejor sonrisa y ella se mordió el labio juguetona.

—Es Nochevieja —dijo.

—He ganado la apuesta —sonreí.

—¿Qué apuesta? —susurró enredando sus dedos en el vello de mi bajo vientre.

—Imaginé… que no llevarías hoy el típico conjunto de Nochevieja, que serías más… original —susurré despacio.

Mis ojos se quedaron prendados de la forma de sus pechos y mis manos se posaron sobre ellos para abarcarlos y acariciarlos con veneración, con deliberada lentitud, deslizando mis dedos por la forma que sus pezones endurecidos dejaban sobre la seda roja.

Frank inspiró con fuerza cerrando los ojos un instante y después se pegó a mi cuerpo y me besó con ímpetu. Mi boca surcó sus labios, sus mejillas. Mientras besaba su cuello y mordisqueaba el lóbulo de su oreja aspiré su aroma, el olor de su piel, aturdiéndome con él. La escuché jadear y tuve que controlarme para no abalanzarme sobre ella como un salvaje.

Ella misma se soltó los pantalones y los dejó caer sobre el suelo de linóleo mostrándome una braguita roja minúscula, a juego con la camisola. Una de mis manos se deslizó hasta su sexo para acariciarlo. Presioné, estaba blando y húmedo. La humedad mojaba la tela. Ya estaba más que dispuesta y eso me excitó aún más.

Yo quería desnudarla, no aguantaba más y tiré de sus braguitas rojas hacia abajo, con suavidad. Su sexo quedó al descubierto, sonrosado, con tan solo una línea de suave vello que dibujaba su forma. Me entretuve en admirar aquella obra de arte de la depilación antes de surcarlo con las yemas de mis dedos.

Frank no se quedó quieta. Se quitó la camisola roja y sus manos bajaron la cremallera de mis pantalones. Al notar mi erección la acarició haciéndome jadear de placer. Presioné mi duro miembro contra su mano gruñendo de gusto y ella respondió a mi gruñido con un glorioso jadeo que me hizo vibrar de ganas.

Frank parecía tan dispuesta, tan receptiva… Y yo me moría de impaciencia por estar dentro ya, por hundirme profundamente en ella más y más. Nunca me había sentido tan excitado por una mujer.

Terminé de bajarme los pantalones, que cayeron al suelo junto con mis boxers. Una vez desnudos los dos todo se precipitó. Frank se giró dejando que me adentrase entre sus muslos. La sensación era maravillosa, sus suaves muslos se bañaron con el roce de mi húmedo glande y mis caderas comenzaron a moverse presionando mi pene contra su sexo, pero sin penetrarla aún, mientras mis manos y mi boca se dedicaban a su cuerpo y a hacerla gemir.

«¡Vamos, nena! Quiero escuchar esos eróticos sonidos de tu boca».

Sus caderas comenzaron a moverse siguiendo las mías. Comencé a acariciar su cuerpo, su cintura, sus pechos, su espalda, con lentitud, pero de un modo posesivo, confiando en que si lo hacía así ella se entregaría a mis hábiles manos sin resistencia.

Sus gemidos crecieron, se intensificaron enseguida. Su deseo crecía desbordante y genuino, sin poses ni fingimientos. Puro, sincero y exuberante, como ella.

«Le gustan este tipo de caricias. ¡Dame pistas, nena! ¡Jadea y dime lo que te gusta!», pensé encendido.

Ella arqueó su espalda dejando que mi miembro alcanzase su clítoris y se giró un poco para poder mirarme. Los dos nos contemplamos perdidos cada uno en los ojos del otro. Nada más presionar contra su clítoris Frank tembló de placer emitiendo un gimoteo delicioso y cerró los ojos extasiada.

Tuvo que notar cómo mi polla saltaba de ganas, cómo todo mi ser entusiasmado la necesitaba con fuerza. Yo incremente mis movimientos acariciando sus pliegues mientras la abrazaba contra mi cuerpo, pellizcando sus pezones perfectos, mordisqueando su nuca.

Frank no paraba de gemir. Se recostó sobre mi cuerpo y me besó con ansia. Yo flexioné mis caderas para deslizarme con facilidad por su sexo empapado y jugoso. Mi respiración era agitada y afanosa, estaba haciendo verdaderos esfuerzos por no penetrarla y correrme en un par de embestidas. Recordé que tenía los preservativos en el bolsillo del abrigo.

Mi aliento jadeante calentaba su piel y sin embargo la tenía erizada y con cada caricia se sensibilizaba aún más.

«Bien, lo estás haciendo bien. Se lo está pasando en grande», me dije gozando de cada uno de sus suspiros.

Recorría su espalda, su cuello y sus hombros con mi boca, besando, chupando, aspirando, y ella, con los ojos cerrados, se movía contra mí, acariciándome con su espléndido trasero.

Continué presionando su clítoris mientras la pegaba a mi cuerpo, apretando su vientre con mis manos, acariciando sus pechos, deteniéndome en sus pezones. Casi podía sentir cómo palpitaban sus entrañas aún sin penetrarla. Mi pene se retiró una vez más y volvió a introducirse más fuerte entre sus hinchados pliegues. De pronto Frank emitió un sonoro jadeo y, apretando sus muslos empapados, presionó mi miembro con fuerza sin dejar que lo deslizase.

—¡Oh, sí! —gruñí de placer mientras sentía palpitar mi polla casi a punto de explotar.

Ella se arqueó cerrando los ojos con fuerza y en ese momento noté cómo su sexo vibraba con enérgicos espasmos.

Frank se corrió entre sonoros gemidos de éxtasis. Sus caderas se agitaron con vigor mientras su sexo se contraía rápido. Entonces presioné mi pene una vez más contra su clítoris provocándole un suspiro agónico y espectacular que me hizo sonreír orgulloso. Después, a Frank parecieron abandonarle las fuerzas y, recostando su cuerpo, descansó su cabeza sobre mi pecho, mientras con la boca abierta intentaba coger aire, sofocada y preciosa.

La sujeté entre mis brazos maravillado y sorprendido. Ni siquiera la había penetrado y ella había llegado fácilmente al clímax. Frank era asombrosa y yo me sentía muy satisfecho del goce que acababa de proporcionarle. Jamás me había ocurrido algo así. Nunca una mujer había tenido un orgasmo conmigo sin que yo tuviese que emplearme a fondo. Pero Frank… Frank acababa de correrse sin penetración, de pie, en un par de minutos.

Y lo mejor de todo era que acababa de darme cuenta de que su placer me hacía disfrutar más que nunca. Ya no era el tipo egoísta que buscaba su propio beneficio en el coño de las mujeres, no, ahora me moría de gusto con esa chica, viéndola disfrutar de mí. No quería nada a cambio, solo deseaba darle placer y recrearme en él. Y ese era un descubrimiento glorioso.

Respiré hondo sintiendo cómo se me llenaba el pecho de algo dulce que pesaba y dolía. La tomé por la cintura y le di la vuelta para besarla con pasión, robándole el poco aliento que le quedaba. Sus ojos brillaban, sus mejillas estaban encendidas y sus labios húmedos e hinchados. Era puro sexo. Frank mordisqueó mi boca y lamió mi incipiente barba, suspirando de gusto.

—Házmelo otra vez, Mark —me pidió susurrando en mi boca, mirándome a los ojos.

Mi miembro palpitaba de ganas. Me moría por penetrarla. Como respuesta deslicé mis dedos entre sus pliegues y la penetré. Estaba perfecta para mí. Ella exhalo un ronco jadeo de pérdida cuando los saqué.

La besé lenta e intensamente. Frank me tomó de la mano y así, desnuda, hermosa y sonriente me condujo hasta mi cama, se sentó y me miró desde abajo, posando sus ojos en mi formidable erección. Mi polla brillaba hinchada ante sus ojos. Sonrió con picardía y se tumbó en la cama con una indiscutible sensualidad en sus movimientos que me hacía desearla con muchísima fuerza.

Me dirigí hacia el abrigo y cogí los preservativos.

«Tres tan solo, lástima», pensé.

La canción acababa de terminar. Cambié de música y continué con algo igual de apropiado para ese momento.

«Una de Brian Ferry, el rey del sexapil», pensé. Siempre me había funcionado.

Puse Eslaves To Love y de paso logré tranquilizarme un poco para poder volver a ella y no correrme nada más penetrarla.

Regresé a su lado, rasgué el envoltorio del preservativo y me lo puse delante de Frank. La miré, tumbada, yaciendo sobre las sábanas, con las piernas abiertas, el interior de sus muslos y su sexo brillando sonrosado ante mí, aguardándome, y tuve que decírselo.

—Nena, eres maravillosa —dije con la voz ronca de deseo, sonriéndola.

—Calla y ven aquí —susurró provocativa, haciendo que mi polla saltase de impaciencia.

Sin dejar de sonreír, con mi mueca más canalla, me puse de rodillas y abrí aún más sus piernas admirando las preciosas vistas que tenía ante mis ojos. Emití un gruñido de conformidad y flexioné sus piernas agarrándolas por detrás de las rodillas y pegándolas a mi torso la penetré con una potente y concisa embestida, entrando hasta el fondo, cerrando los ojos y gimiendo de placer. Ella jadeó inspirando con fuerza, sorprendida. No me moví, esperé a que su tierno y sensible interior se adaptase a mí y acaricié sus muslos mientras la dilataba.

—Umm, me siento tan llena… No te pares —imploró lujuriosa.

Le sonreí y salí de ella para volver a penetrarla, esta vez con mayor fuerza y rapidez. Y entonces ya no paré, continué embistiéndola a un ritmo demencial, esforzándome al máximo, escuchando sus incesantes gemidos de placer que se mezclaban con mis intensos gruñidos. Ella seguía mi ritmo implacable recibiéndome a la perfección, disfrutándome.

—¡Qué bien lo haces…! —gemí entusiasmado, al borde del orgasmo.

Su vientre comenzó a contraerse obligando a mi miembro a palpitar. ¡Qué rápido se corría, sí!

—¡Me encanta! —gimoteó mordiéndose el labio.

—¡Dámelo, vamos, otra vez, dámelo ya! —le pedí gruñendo entre dientes, al límite.

No podía atrasarlo más. Mi orgasmo estaba a punto de explotar y en ese mismo instante en que le hablé ella se empujó contra mí, apretando su sexo contra el mío y cerrando los ojos, arqueándose entre temblorosos espasmos de placer, se corrió mientras yo estallaba en un potente orgasmo enloquecedor, aferrándome a sus muslos sin parar de empujarla por dentro.

Me quedé enterrado en ella, tenso y palpitante hasta que nuestros orgasmos declinaron. Después abrí los ojos y la vi, mirándome inmóvil y agotada, sudorosa y bellísima. Me sonrió y yo salí de ella para dejarme caer sobre su cuerpo. Sus piernas se aferraron a mí enredándose con la mías y, tras quitarme el preservativo, casi sin resuello, cerré los ojos relajado y satisfecho.

—¡Eres magnífica, princesa! —jadeé respirando su calor y su aroma, dejando pequeños y tiernos besos sobre sus pechos.

—¡Oh, Mark…! —rio Frank con la voz ronca y susurrante mientras acariciaba mis cabellos.

Era un nuevo sexo, el mejor que había tenido jamás. Era un sexo generoso y era… tan fácil y tan dulce que en cierto modo me sobrecogió.

«Así que esto es lo que llaman hacer el amor», me dije feliz como nunca.

Aquella chica que ahora acariciaba perezosamente mi cuerpo y descansaba entre mis brazos me había conmovido de tal manera que ya nada sería igual.

«Ella va a ser la medida para todo a partir de ahora, lo sé», me dije asombrado de mi propio descubrimiento.

«Pero esta noche no le digas que la amas, aún no, pero ámala como a la única, como nunca», decidí, pensando ya en recuperarme para volver a tenerla de nuevo.

Capítulo 11
Clair de Lune

Creo que un hombre puede volverse adicto a una mujer, lo creo firmemente porque a mí me ocurrió con Frank.

Yo no tenía adicciones reconocidas como mi padre, pero llevaba sus genes y para mí era un error enamorarme. Lo que no hicieron el alcohol o las drogas lo hizo su piel, su calor, su aroma, su sexo y hasta sus huesos.

Tras un breve sueño volvimos a empezar. Esta vez fui más lento y cuidadoso con ella, más cariñoso y dulce, y descubrí que ella se entregaba aún más intensamente gracias a mi estimulante ternura. Su cuerpo respondía muy rápido a mis generosas atenciones, a mis necesidades, que no eran otras que verla disfrutar de mí.

Era un espectáculo delicioso contemplar su placer, ver cómo gozaba con cada caricia, cada roce, cada beso. Jamás había estado con una mujer que se excitase tan rápido como yo, que se dejase llevar de aquella forma tan salvaje y sincera. Frank se entregaba enseguida y alcanzaba el clímax con rapidez y eso era algo nuevo, casi prodigioso.

Tengo que reconocerlo. A veces había llegado a aburrirme del sexo, algo mecánico y frío que al final resultaba tan solo una divertida manera de hacer ejercicio. Y nunca había entendido la sumisión de Pocket con Jalissa, que lo traía de acá para allá como un corderito, amenazándolo sin sexo si no hacía lo que ella quería. Pero ahora era consciente por primera vez del poder que podía ejercer una mujer si estás enamorado. Podía compararse con la necesidad enfermiza que una droga puede suponer para un adicto. Y yo ya era adicto a Frank.

Enseguida supe que a Frank le encantaba el sexo. Tomaba la iniciativa y eso nos encanta a los hombres.

Despertó en medio de la noche y acarició mi miembro con su trasero, dándome a entender lo que quería sin necesidad de palabras.

Nos entendíamos a base de caricias, gemidos y jadeos. Yo, casi en un duermevela, me apreté contra ella gruñendo de gusto y, sin abrir los ojos, con una sonrisa de satisfacción en la cara comprobé cómo, ni corta ni perezosa, se metía bajo las sábanas para agradecer mi dedicación anterior.

Su boca se empleó a fondo conmigo y no tuvo inconveniente alguno en terminar saboreando el resultado de mi placer. Después salió de entre las sábanas, desnuda y bellísima, y me sonrió relamiéndose esos dulces y estupendos labios que acababan de tratarme de maravilla.

—¡Oh… nena! —suspiré sonriendo agradecido.

—Ahora… debes darme las gracias tú —susurró Frank.

Ella rio sentada sobre mí y yo decidí complacerla empezando por acariciar su tierno sexo, que mojaba mi muslo. Con los dedos de una mano pellizqué sus pezones, eso parecía gustarle mucho, y con los de la otra me afané en acariciar su clítoris. Frank me ayudaba en la tarea, meciéndose suavemente mientras mi erección volvía a despertar entre sus nalgas.

Se deslizó sin dejar de agitarse sobre mí y tomando el último condón que había dejado en una mesilla junto a la cama, me lo puso y me introdujo en ella haciéndome gemir con fuerza. Nada más llenarla sentí cómo se contraía envolviéndome con su húmeda y tierna carne. No tuve que moverme apenas, solo disfrutar del paraíso que representaba su imagen haciéndomelo.

Nada más eyacular, aún dentro de su cuerpo, me erguí tomándola por la nuca y acercando su boca a la mía, la bese con tanta pasión que creo que eso fue lo que la hizo explotar de placer. La solté y agarrándola por la cintura contemplé cómo se dejaba llevar agitando su hermoso cuerpo sobre mí.

Después suspiró intensamente y se dejó abrazar. La acuné entre mis brazos mientras ambos recuperábamos la consciencia. Tras el orgasmo era como si Frank se abandonase a todo lo que le rodeaba y se fuese a un lugar al que yo no podía acompañarla.

—Sabes a mí —susurré besando su pelo, intentando recuperarla.

—Me gusta tu sabor —susurró sin levantar la cabeza de mi hombro, con los ojos cerrados.

Tomé su boca con ansia, la tumbé sobre mí y sin darme apenas cuenta nos dormimos de nuevo.

Desperté con las primeras luces del nuevo año y aturdido aún me giré para descubrir a Frank dormida junto a mí, boca abajo. Hacía frío a pesar de la calefacción. La tapé con ternura no sin antes contemplar su perfecto culo respingón como un auténtico pervertido, y me levanté a por un cigarro poniéndome una de las mantas por encima. Ella hizo un gruñidito maravilloso y volvió a dormirse profundamente.

Nada más salir del lavabo recordé que ya no tenía más preservativos y me dirigí al cajón donde Pocket guardaba los suyos con la esperanza de que mi amigo no se hubiese llevado todos a casa de Jalissa.

«¡Ni uno, joder!», maldije mentalmente. Había fantaseado con la idea de volver a hacerlo antes de desayunar juntos, en la cama.

Era muy pronto para preparar el desayuno, pero no para cumplir una promesa que le había hecho: tocar el piano para ella.

Desnudo, con la manta sobre mis hombros y un cigarro en los labios, me senté al piano y comencé a tocar notas arbitrarias, buscando una melodía que reconociese. Prefería hacerlo solo, sin que me observase Frank. Me daba cierto pudor ponerme a tocar el piano ante ella. Me parecía estar intentando darme aires de algo, como un esnob.

Una de esas notas me recordó al Claro de luna de Debussy. Me la sabía de memoria, así que comencé a tocarla sumergiéndome en la música lentamente.

Estaba tan enfrascado en la música que no me di cuenta de que Frank se había levantado. De pronto noté cómo se abrazaba a mí, sintiendo sus pezones en mi espalda. Giré un poco la cabeza para mirarla y me sonrió. Estaba despeinada, aún adormilada y con el abrigo camel de Pocket por encima de su cuerpo desnudo.

—Hola —susurré besándola dulcemente en los labios.

—Shhhh —susurró girándome la cabeza hacia el piano—. No dejes de tocar.

Ella me quitó el cigarrillo de la boca y dando una larga calada me lo volvió a poner en los labios. Continué interpretando el Clair de Lune mientras Frank me abrazaba descansando su cabeza sobre mí, suspirando. Sentir su aliento cálido en la nuca y su mirada me estaba poniendo nervioso. Tan solo un leve roce suyo me alteraba y fallé una nota. Frank rio y se me aferró con más fuerza, abrazando mi cuerpo.

—Sigue tocando, Mark. Je l’aime Debussy, es precioso.

—Tu sí que eres preciosa —susurré girándome para mirarla.

Ella rio con picardía. Fue consciente de que el deseo regresaba con fuerza a mi cuerpo. Deslizó una de sus manos hasta alcanzar mi miembro, comprobando encantada que mi erección estaba allí de nuevo. Me besó con avidez, metiendo su lengua en mi boca y se soltó de mi cuerpo para sentarse a horcajadas sobre mis muslos.

—No tengo más condones —susurré inspirando con fuerza.

—No importa. Solo tienes que tener cuidado. Ya sabes… —dijo justo antes de que metiese mi mano entre sus piernas.

Frank cerró los ojos al sentir mi caricia en su sexo y jadeó. Apuré el cigarro aplastándolo después sobre un cenicero lleno de colillas que descansaba sobre el piano y tras inspirar los vapores tóxicos exhalé el humo sobre su rostro, acariciando su mejilla. Ella, con los ojos cerrados, dejó caer su cabeza entre mis manos. La agarré por el trasero y alzándola un poco la penetré suavemente, perdiéndome en su interior. Gemí muy fuerte y me quedé quieto dentro de ella, disfrutando de su interior.

Era maravillosa aquella sensación, sin el preservativo, piel con piel. Suave, tierna, con la carne húmeda y caliente, algo hinchada por el constante roce de esa fabulosa noche de fin de año.

Y así le hice el amor una vez más, suave y lento, con su espalda descansando sobre el piano y sus manos aferradas a las teclas, emitiendo notas inconexas.

Justo antes de vaciarme, tras dejar que se corriese primero, salí de su interior, notando el frío que hacía afuera, añorando inmediatamente el abrigo y calor que me daba su vientre.

Me derramé entre sus muslos gimiendo de placer y me abracé a ella que, apoyada en el piano, aún jadeaba con fuerza.

Después, tomándola en brazos la llevé de nuevo a la cama y una vez allí le limpié los restos de mi eyaculación con una toalla, suavemente, despacio, mientras ella me observaba, tras lo cual volvimos a sumergirnos entre las sábanas que se habían quedado frías, abrazándonos para infundirnos calor.

—Me gusta cómo me lo haces, Mark. Mucho —susurró sobre el vello que crecía en el centro de mi pecho y que bajaba menos poblado hasta mi vientre.

—Y a mí me encanta hacértelo, nena —dije casi sin voz, ronco y fatigado.

—Está empezando a gustarme eso de que me llames nena.

—Puedo llamarte muchas más cosas. —Sonreí besando su frente.

—¿Como qué? —rio mirándome.

—Princesa.

—¿Princesa? ¡Oh, Mark, suena tan cursi! —rio haciéndome feliz.

—¡Es cursi! —asentí sonriendo.

—Pero… creo que me gusta, ¿sabes? —susurró en mis labios.

—¿Ah, sí? —dije besándola con ternura.

—Sí. Quiero que me llames nena y princesa.

—Pues lo haré. Te diré todo eso.

Se abrazó a mí de nuevo y ambos nos quedamos descansando. Después me levanté para comprar algo para el desayuno. No me apetecía ponerme a cocinar y con un beso lento y profundo la arropé para dejarla dormir un rato más.

—Trae café, me gusta doble, con azúcar —murmuró sin abrir los ojos.

—Sí, princesa —dije.

Sonreí ante su capricho y su forma de pedirlo. Incluso cuando cerré la puerta y salí a la calle continué sonriendo.

Capítulo 12
Locked Out of Heaven

Era el día de Año Nuevo y ninguno de los dos teníamos planes ni nadie que nos esperase en ninguna parte, así que decidimos pasarlo juntos en la cama.

Supuse, presuntuoso de mí, que ella prefería estar allí conmigo que en el lujoso apartamento del Upper East Side sola. Y yo, por mi parte, no tenía ninguna duda de con quién quería estar.

Cuando regresé con los cafés y unos bagels rellenos de crema me la encontré sumergida en la bañera, preciosa, dándose un baño caliente y no pude evitar sonreír. Frank no era de las que pedían permiso y por mi parte no lo necesitaba.

—¡Umm… bagels, me encantan! —exclamó con el pelo recogido en un improvisado moño que le quedaba de maravilla.

Yo fui acercándome hasta ella con los cafés y los bollos en una bandejita de cartón, sin prisa y sin poder dejar de sonreír, disfrutando el momento de verla desnuda, mojada y chapoteando dentro de mi bañera. Era mía porque Pocket no la usaba nunca. Él prefería la ducha, pero yo soy un tipo clásico y me encantan los baños de más de media hora, calientes y a poder ser con una buena música de jazz de fondo. Aunque ahora tenía una nueva imagen ideal para esa bañera verde y era que Frank estuviese metida en ella.

—Aquí tienes, princesa. Doble con azúcar.

—¿Eso que tienes en la cabeza es nieve? —dijo mirándome sorprendida.

Asentí sonriendo y me sacudí sobre ella la nieve de encima de la cabeza y de los hombros. Aún continuaba nevando sobre la ciudad.

—¡Eh! —protestó entre carcajadas.

Después cogí un bagel y le puse otro en la boca. Frank le dio un mordisco y posó el café sobre la parrilla metálica de la bañera, no sin probarlo primero.

—Anda, ven aquí conmigo, mon cher —me dijo provocativa.

Y ni corto ni perezoso me desnudé para desayunar junto a ella.

—¿Es así como sueles pasar el día de Año Nuevo? —pregunté apoyado en Frank, con los ojos cerrados.

—No —rio frotándome el pecho con la esponja—. Antes solía pasarlo con algún pariente de mi padre muy viejo y aburrido, pero ya soy mayor. ¿Y tú?

—Yo… —suspiré de gusto al sentir cómo masajeaba mis hombros y cerré los ojos—. De niño solía pasarlo con mi abuelo y luego, cuando murió él, con Pocket y su madre. Mi padre solía estar muy ocupado bebiéndose Nueva York. Y de adulto pues… con Pocket. Solo que este año él está en casa de Jalissa.

Hubo unos segundos de tenso silencio por parte de Frank.

«Tendré que explicarle que no me causa ningún trauma hablar de mi pasado dickensiano», pensé.

—¿Así que soy tu segunda opción? —bromeó Frank.

—Algo así —dije recibiendo una palmada en el pecho.

Después Frank me besó con ternura en el cuello y se dispuso a lavarme la cabeza, haciéndome ronronear de gusto.

El baño terminó conmigo entre sus muslos y el suelo lleno de agua gracias a la caja de preservativos que acababa de comprar en el chino de la esquina, que nunca cerraba.

El 2 de enero regresaron las rutinas y con ellas Pocket, que se pasó parte de la mañana conmigo, en el gimnasio. El golpeando el punch y yo le sacudía al saco de arena con la esperanza de que Frank me llamase.

—La madre de Jalissa pretende cebarme como a su marido. Tendrías que ver a ese negro. ¡No cabe por las puertas, tío! ¿Y tú qué tal con la niña pija en el Waldorf?

—No estuvimos en el Waldorf.

—¿Dónde?

—En casa. Toda la noche y todo el día.

Miré a Pocket con una sonrisa de suficiencia y como respuesta aporreé el saco de arena, diciendo «pam», con cada golpe, seis en total.

—¿Eso responde a tu pregunta? —pregunté orgulloso.

—Por eso estás hoy tan flojo —rio—. Así que la tal Frank es…

—Solo te diré que es… increíble, tío —resoplé—. Y no me tires de la lengua que soy un caballero.

—¡Vaya con la niña pija!

—Esta noche tengo que llevarla al teatro y esperar para recogerla y llevarla de nuevo a casa, y después… —Dejé de hablar para propinar un sonoro golpe al saco de arena.

—Ya, ya, después te enseñará su palacio en Manhattan —rio mi amigo.

—Algo así. Me muero por volver a estar con ella, tío.

—Ahora comprendes lo mío con Jalissa, ¿eh? ¡Esa mujer me tiene loco! —dijo pegando al punch con fuerza.

«Lo mismo que a mí Frank», pensé sin reconocerlo en voz alta.

—¿Pero vais en serio? —pregunté a mi amigo.

—Me ha presentado a su padre, así que eso creo.

Por mi parte, ese único día juntos había bastado para ambicionarlo todo en lo que a Frank se refería. La tenía en mi mente todo el tiempo. Se me iba la cabeza pensando en su piel, su cuerpo, su boca, sus gemidos…

—¿Y tú con Frank? Porque si es así quiero que me pases tu agenda en herencia —me soltó Pocket.

—¿Y Jalissa?

—¡Solo por si acaso! Eres capaz de tirarla ahora que solo piensas en el amor —rio—. La guardaré como un tesoro, palabra.

Me eché a reír y continué pegando al saco de arena. Aunque tuve que reconocer que Pocket tenía razón, pegaba sin fuerzas y todo era por culpa de Frank.

Me gustaba aquel dial. Lo tenía seleccionado desde la noche que conocí a Frank. Siempre sonaba algo bueno.

Fui escuchando a Bruno Mars y esa canción que ahora me parecía tan apropiada, Locked Out of Heaven sonaba de camino al teatro.

Aquel era el día en que Frank tenía una sola función. El resto de la semana la representación era doble y salía mucho más tarde.

Ya me había hecho el plan en la cabeza. Su padre no estaba. La llevaría a su casa y con la excusa de ver el apartamento de los Sargent tendríamos una buena dosis de sexo. Había imaginado hasta la forma en que le haría el amor, las posturas que me apetecían.

«Pero le preguntaré las que le gustaban a ella», sonreí.

Tenía aquellos gemidos maravillosos metidos en mi cabeza, los suyos. Notaba la pulsión creciente del deseo a medida que me iba acercando al teatro, cada vez con más fuerza. Era como una especie de desasosiego en las tripas. A caballo entre el hambre y los nervios.

En cuanto la vi aparecer con su abriguito amarillo aquel deseo de ella se convirtió en algo irrefrenable y demoledor.

Pero se suponía que yo era su chófer, así que debía comportarme como tal y esperarla en el coche. Aunque lo que en realidad me apetecía era ir hasta ella, lanzarme a su boca y saborearla con mi lengua durante un largo rato mientras manoseaba su culo perfecto.

Respiré hondo y asistí con paciencia al ritual de la despedida de bailarines y bailarinas que salían junto a Frank. Todo normal hasta que uno de los tíos de la obra la tomó por la cintura con confianza y la besó en la mejilla para después darle un piquito breve en la boca. Al verlo fue como si me diesen un puñetazo directo al estómago. Sentí deseos de ir hacia allá y, delante de todos, y sobre todo delante de aquel imberbe, plantarle a Frank un beso con lengua mientras la agarraba por el trasero. Pero me aguanté.

Era una extraña sensación, desagradable y nueva que me hacía sentirme inseguro respecto a una mujer por primera vez en la vida. Jamás había experimentado los celos y no quería sentirlos, pero estaban ahí. La angustia de no saber quién era ese tipo y lo que representaba para Frank dio paso al enojo.

Decidí no salir del coche y me quedé al volante fumándome un Camel, rumiando mis jodidas inseguridades. Frank entró al Mercedes como una exhalación y me quitó el cigarrillo de la boca para fumárselo ella. No dije nada y arranqué.

—¿No vas a saludarme, Gallagher? —preguntó acariciando mi nuca y haciendo que todo mi cuerpo se tensase de placer.

—Hola —dije un tanto frío, haciéndome el ocupado, conduciendo.

—Las chicas del ballet dicen que estás buenísimo —rio.

—Diles que ellas también están muy buenas —respondí brusco, sin tan siquiera mirarla.

—Eh, ¿qué mierda te pasa? —protestó. Era rápida.

—Nada, no he tenido un buen día —mentí.

—¿Por qué no me lo cuentas?

—No creo que lo entiendas. Tú te lo pasas muy bien con todos esos bailarines mientras que los demás tenemos nuestros problemas.

De repente soltó una carcajada.

—¡Oh, joder, no puedo creerlo! ¡No me digas que es por Josh!

—No sé de qué Josh me estás hablando —dije molesto.

Me repateaba ser tan transparente para ella.

—El chico que me ha besado a la salida.

—Ni me he fijado, nena.

—Nena… —dijo con un tonillo despectivo—. Es mi amigo, para que te enteres.

—Me parece muy bien que lo sea. ¿Yo también o solo soy el chófer?

—¡Vete a la mierda, Mark! —dijo enfadada.

—¡Vete tú!

—¡Es gay, idiota! —protestó.

«El ochenta por ciento de los bailarines lo suelen ser, pero podía haber sido del veinte por ciento restante», pensé enojado conmigo mismo más que con ella, sintiéndome un completo imbécil por aquel arranque de macho troglodita. Por si acaso no dije nada más y subí el volumen de la radio.

Llegamos al edificio sin dirigirnos la palabra. La tirantez era evidente entre los dos. «A la mierda mi noche perfecta en la casa perfecta», pensé asqueado. Pero no estaba dispuesto a dar el brazo a torcer, no. Tendría que ser ella la que hablase primero.

Frank tampoco se achantó. Ya en el garaje se quedó sentada esperando a que le abriese la puerta. Dando un resoplido de pura exasperación lo hice, mirándola con dureza. Ella elevó la barbilla un poco, observándome de soslayo, sin aparente emoción. Ya conocía esa altiva mirada de ofendida, la misma que el día en el que la acompañé de compras. Estaba furiosa conmigo y era su forma de demostrarlo, haciéndose la orgullosa.

—No tienes por qué escoltarme —espetó Frank.

—Lo sé, pero me da la gana.

«Me da igual cómo te pongas, princesa», pensé entrando en el ascensor tras ella. «Para orgulloso yo».

Pero lo más jodido de todo era que estaba preciosa y que yo la deseaba muchísimo.

El edificio de apartamentos de superlujo tenía infinitas plantas y Frank y su padre vivían en los áticos, así que tenía unos cuantos pisos por delante hasta llegar a su casa. Necesitaba esos escasos segundos en el ascensor para preparar mi disculpa y salvar la noche.

«Me he portado como un jodido crío celoso», pensé enfadado.

La miré de reojo, ya no fruncía el ceño y parecía tranquila. Estaba tan hermosa… Se había quitado el abrigo amarillo y llevaba un traje de chaqueta que dejaba a la vista su escote con una falda corta. Enseguida fantaseé con ese escote y con meter mis manos bajo aquella faldita.

Volví la vista un instante y me topé con la suya. Los dos apartamos la mirada enseguida. Respiré hondo y me aflojé un poco la corbata. Frank carraspeó y taconeó con el zapato. El ruidito de su zapato me estaba poniendo nervioso y me recoloqué los pantalones subiéndolos con un par de recios tirones.

Lo peor de todo era que no se me ocurría nada de nada. Estaba en blanco. Me pasé la mano por el pelo, señal de que mi malestar estaba llegando al límite, y entonces la miré. Ella me miró también y creí ver tristeza en sus ojos. Frank exhaló un suspiro casi inaudible y se quedó con los labios entreabiertos, mirándome fijamente.

Y no pude más, me giré hacia ella sin voluntad, obligado por un impulso irracional e irrefrenable. Ella también lo hizo. Ambos nos acercábamos el uno al otro como movidos por dos cargas magnéticas opuestas que se atraían irresistiblemente. Los dos cuerpos dirigiéndose a un mismo punto, con una misma intención.

El abrigo amarillo cayó al suelo. Nuestros cuerpos chocaron seguidos de nuestras bocas. Tomé su cabeza con una mano y con la otra la agarré con fuerza por la cintura, bruscamente. Frank apretó sus labios contra los míos, sus pechos contra mi pecho, su cuerpo entero, y yo la acorralé contra la pared metálica del ascensor para no dejarla hablar, metiendo mi lengua en su boca y acallando sus suspiros.

Mi boca le devoraba los labios, mis manos recorrían su cuerpo, posesivas y urgentes, y ella me correspondía jadeando de gusto. Mi mano libre levantó su falda para comprobar con regocijo que se había puesto medias con liguero. Tiré del liguero suavemente y gruñí de satisfacción. Estaba seguro de que se había vestido así para mí y mi erección, crecida y ávida, se apretó contra el hueco entre sus muslos mientras sus caderas se impulsaban contra ella. Gemí de ganas al sentir la presión de su pubis sobre mi polla. Ella se dejó acariciar el cuello, los pechos, la cintura, los muslos, sin que nuestras bocas se separaran ni un instante. Frank respiraba con jadeos entrecortados mientras, con los ojos cerrados, se dejaba llevar por el deseo.

Volví a aprisionar su cabeza entre mis manos y ella jadeó elevando los brazos, rindiéndose, a la vez que yo me frotaba con fuerza para conseguir algo de alivio a mis deseos de desnudarla allí mismo y follarla como un animal en celo.

—Quédate… No te vayas —gimió con voz sensual.

Gruñí de deseo y mi erección palpitó contra su vientre en toda su gruesa y dura plenitud en señal de aprobación, mientras ella se iba entregando cada vez más entre mis manos, que no paraban de acariciarla. Lo notaba en sus miembros, que se aflojaban adaptándose a la dureza y la tensión de los míos. Frank agarró mi cabeza y mordiendo mis labios suspiró de placer.

Sabía que, si seguía apretándola así, frotándome con tanta intensidad, la haría llegar. Ella era la mujer más rápida en alcanzar el orgasmo que había conocido en toda mi vida.

Pero el ascensor paró obligándonos a hacer lo mismo. Así que completamente duro y sofocado salí del ascensor mientras ella iba delante de mí, acariciando mi erección, con medio pecho fuera de la chaqueta y la falda subida, mostrándome sus nalgas y el liguero.

Yo metí mi mano bajo su falda y apreté su sexo tapado por apenas unas tiras y un trocito de suave tela empapada que ya fantaseé con romper en cuanto entrase por la puerta. Emití un salvaje gruñido de satisfacción y mientras ella sacaba las llaves del bolsillo de su abrigo metí un dedo en sus bragas para introducirlo en su interior. Frank jadeó sorprendida y se tensó arqueándose a punto del orgasmo.

«No vamos a llegar a la cama», pensé sonriendo, sacando mi dedo de ella con lentitud.

Justo acabábamos de entrar por la puerta. Ya me había abalanzado sobre ella sujetándola por el vientre, apretándome contra sus nalgas y mordisqueando su cuello cuando escuché una voz masculina que venía del interior de la casa y que llamó a Frank.

—¡Es mi padre! —susurró Frank separándose de mi al instante para recolocarse la ropa e intentar arreglar el desastre que mis manos habían hecho en su pelo.

—¡Joder! —exclamé.

—¡Shsssss! —me pidió tapándome la boca con su mano.

Yo se la chupé con mi lengua, riendo bajito y ella me empujó hacia la puerta.

—¡Sí, papá! ¡Hola! —gritó sacándome al descansillo del ascensor.

—Lástima —susurré dándole un rápido beso.

Ella me correspondió con su lengua y tras eso asintió sonriendo y haciéndome gestos me apremió para que me fuera.

Me metí al ascensor aún excitado, con las manos en los bolsillos para poder disimular el bulto aún visible en mis pantalones, salí del edificio de camino a casa, dispuesto a darme una ducha caliente mientras me masturbaba.

Sonreí al salir a la calle imaginado a Frank haciendo lo mismo.

«¿Lo hará?». Y pensé que me encantaría verla en esos menesteres solitarios.

«Mañana se lo preguntaré. O mejor aún, la llamaré luego para salir de dudas».

Capítulo 13
Nights of White Satin

Pocket no estaba cuando llegué a casa, así que aproveché para meterme en la ducha. Pero ya me había tranquilizado en el largo camino desde Manhattan hasta Forest Hills, así que desistí en mi primer propósito de aliviarme bajo el agua caliente. En vez de eso me consolé con un sándwich y un vaso de leche.

«Debo de estar envejeciendo», recuerdo que pensé.

Me tumbé en la cama con el estómago lleno y pagué los excesos sexuales de la noche anterior y mi sesión de boxeo de la mañana porque me quedé como un tronco y ni me di cuenta de cuándo llegó mi amigo.

Cuando llamaron a la puerta pensé que era Pocket, pero percibí su voz dentro de casa, aún con los ojos cerrados, y me percaté de que era él mismo quien estaba abriendo la puerta a alguien. De pronto escuché cómo Pocket me llamaba y oí la voz de Frank como en un susurro, o más bien fue un sollozo, y me levanté inmediatamente para correr hacia la puerta en calzoncillos.

—Mark… Frank quiere… —balbuceó Pocket.

Ella estaba en la puerta llorando y mi amigo la miraba sin saber muy bien qué hacer.

—Lo siento… —sollozó—. Me he peleado con mi padre y… no sabía a dónde ir.

—Anda, pasa —le dije dulcemente, acariciando su espalda para hacerla entrar.

—No quiero estar en esa casa con él —protestó entre lágrimas.

—Tranquila. Ven, ven conmigo —le dije conduciéndola hacia mi cama.

En ese momento me di cuenta de lo sola que estaba Frank. Parecía muy alterada, no dejaba de hipar y tuve que ayudarla a quitarse el abrigo. Bajo él tan solo llevaba un sujetador y la faldita corta de vuelo. Aún llevaba puesto el liguero.

Pocket regresó a la cama para darnos privacidad y yo me tumbé junto a Frank tapándola con el edredón. Tengo que reconocer que me asustó verla en ese estado y hasta pensé que podía ser por mi culpa. Tal vez su padre se había enterado de lo nuestro.

—¿Quieres contarme lo que ha pasado? —susurré acariciando su espalda con suavidad, intentando confortarla.

Ella negó con la cabeza en silencio. Por lo menos había dejado de llorar y eso me dejó un poco más tranquilo.

—¿Te preparo un té? —pregunté.

—No, quédate conmigo —susurró apretando su espalda y su trasero contra mi cuerpo.

«No es el momento», suspiré.

No tardó en quedarse dormida y fue cuando me levanté a hacerle el té. En ese momento recordé todos los tés que había preparado para mi padre. Le aliviaban la resaca, decía.

Me había desvelado por completo. Fue cuando vi que Pocket estaba vestido y se ponía un anorak.

—¿Te vas? —pregunté en voz baja.

—Sí, a casa de Jalissa, ya la he avisado. Os dejo solos —dijo acercándose—. Si necesitas algo llámame, ¿vale, tío?

—Sí, sí, gracias —dije agradecido, dándole una palmada en la espalda.

Pocket salió por la puerta y yo continué preparando el té, inquieto aún por Frank.

Tan solo habían pasado cuatro horas desde que la dejé en su casa. ¿Qué le había ocurrido para largarse de allí en ese estado? Mil ideas cruzaban por mi cabeza, a cual peor, pero solo Frank podía sacarme de dudas cuando estuviese preparada, y en ese momento no parecía estarlo en absoluto.

Regresé a la cama con dos tazas de té que dejé junto a una caja, la que hacía las veces de mesilla. Frank estaba acostada de lado y se había destapado dejando ante mi vista sus preciosas piernas adornadas con aquel erótico liguero. Suspiré y me tumbé a su lado con cuidado de no despertarla. Pero su sueño era frágil y sentí cómo se removía junto a mí.

Despertó de pronto y se giró con cara de extrañeza, pero al verme su sonrisa iluminó la habitación entera. Le devolví la sonrisa y acaricié su rostro, retirando un mechón de pelo de su preciosa cara, llena de churretes de rímel negro. Aun así, estaba preciosa. Se sorbió los mocos como una niña pequeña y me acarició la cabeza enredando sus dedos en mi pelo. Después de un lapsus, que duró unos segundos, en el que me quedé fascinado mirando los contornos de su rostro, la suave piel de sus párpados, la carnosidad de sus labios, regresé a la realidad para ofrecerle la taza de té que le había preparado.

—Ten un té. Tómatelo, aún está caliente —le dije con una suave firmeza que solía serme útil en casos de llanto femenino.

Aunque conociendo a Frank bien podía no servirme para nada. Ella era distinta, estaba claro. Con ella me daba la sensación de andar en la cuerda floja todo el tiempo. Las viejas normas ya no servían para nada.

—Ahora te lo aceptaré encantada. —Sonrió.

Me incorporé aliviado y se lo di mientras ella se sentaba en la cama tranquila y sosegada para empezar a beberse el té a sorbos pequeños.

—¿Y Pocket?

—Se ha ido a casa de Jalissa —dije algo más relajado ya.

—No debí… Vaya numerito os he montado. —Negó con la cabeza culpándose a sí misma.

—Él es como mi hermano. No te preocupes.

Asintió y le dio un sorbo al té. En ese momento Frank me parecía tan frágil y vulnerable que solo sentía deseos de abrazarla y decirle que yo la cuidaría, que la haría feliz, que todo iría bien. Pero no soy ningún mentiroso y no suelo prometer lo que sé que no podré cumplir. Nadie puede prometer eso, nadie debería creer que la felicidad de otra persona dependerá solamente de sí mismo porque eso es imposible y peligroso.

—Luego te lo contaré todo. Ahora… no puedo —susurró.

—Tranquila, no importa.

—Tú me has contado cosas. Es lo justo. —Sonrió con amargura.

No sé cómo, pero sentí que me invadía una dolorosa ternura hacia ella y la atraje hacia mí sujetando su nuca y posando mi frente en la suya. Ella cerró los ojos y suspiró.

—No soy buena para ti —suspiró de pronto.

—¿Quién lo dice? —Sonreí acariciando su cuello.

No me contestó, se levantó de la cama para buscar el paquete de tabaco en su abrigo y encendió un cigarrillo que me pasó enseguida para fumárnoslo juntos. Después se volvió hacia mi colección de música y rebuscó hasta encontrar algo que le gustase. Eligió Nights of White Satin, de The Moody Blues y regresó a la cama.

—Mi madre siempre me decía que era una niña mala, pero en broma, luego se reía y me abrazaba —dijo exhalando el humo—. Se suicidó, ¿sabes?

—Frank… —susurré negando con la cabeza.

No quería que se hiciese eso a sí misma, que se causase dolor. Conocía ese mecanismo, el de la autocompasión, y era siempre dañino.

—No se despidió de mí, solo de mi padre. Aunque ya no estaban juntos. Se metió en la bañera, se maquilló y se puso uno de sus turbantes. Aún era muy hermosa. Tomó champán y sus antidepresivos. Dijeron que fue un paro cardíaco. Claro que lo fue —dijo sarcástica e hizo otra pausa para quitarme el cigarrillo y lo miró despectiva y sonriendo—. Esto debería ser un porro, ¿sabes?

—No fumo porros —dije.

Frank se rio, pero tras esa sonrisa forzada vi el dolor de su corazón. Yo sabía perfectamente lo que era eso. La comprendía perfectamente.

No iba a poder pararla, lo necesitaba, necesitaba soltarlo, lo que fuese, así que la dejé continuar con el rostro muy serio, intentando no demostrar compasión. Comenzaba a conocer un poco a Frank como para saber que, si percibía eso por mi parte, seguro que se molestaría.

—Hoy me he enterado de que estaba enferma. Tenía cáncer y no era operable —dijo con rabia—. Mi padre lo sabía y pudo decírmelo porque siempre… siempre pensé que fue mi culpa, que no llegué a tiempo de salvarla. Él dice que lo hizo por mi bien, que fue para protegerme. Siempre dice lo mismo.

No podía decir nada, no debía, solo la abracé con fuerza para intentar absorber ese dolor que la invadía y que había convertido en rabia y resentimiento, ese que casi la hacía temblar.

—Mi padre también se suicidó, muy lentamente, pero me dejó ser consciente del proceso. Tu madre tuvo más piedad de ti —le dije.

Frank me miró y creí que se pondría a llorar, pero no lo hizo.

—Mi padre quiere casarse con esa putilla. Pensé que sería como con las otras, pero parece que con esta va en serio. Se hace viejo y no quiere estar solo —rio mordaz.

—Frank, es su vida, déjale.

Pero no me escuchaba y continuó con su monólogo.

—Siempre pensé que ella se había suicidado por mi culpa. Yo le dije que papá tenía una amiga, fui yo. Los vi y se lo conté a mi madre. Ahora resulta que se eran infieles el uno al otro. Seguían juntos por imagen, todo era mentira. Las fotos de mi madre con mi padre en las revistas, los bailes en el Waldorf, las fiestas… Y mi padre va y me jura que la quería, que la quiso siempre, pero que mi madre era muy complicada.

—Puede que fuese verdad, puede que la quisiese.

—¡Puf! ¡Basura! Todo era mentira —dio otro sorbo al té y otra calada llena de rabia—. Y esa… Fue a por él desde el principio. Mi padre me ha pedido que por lo menos guarde las apariencias, aunque no la tolere, y le he dicho que yo no soy mi madre. Ahí ha comenzado toda la discusión.

—Frank, tu eres más lista que ellos y no cometerás los mismos errores.

—¿Eso crees? —me dijo con tristeza—. Eso es lo que intentas tú, ¿verdad, Mark?

No respondí. Ella leía en mí como en un libro abierto y aún no sé cómo.

Allí estaba Frank, en sujetador negro y liguero, mirándome a los ojos y de pronto sentí cómo la atmósfera se iba cargando de una intensa sensualidad que emanaba de su cuerpo y también del mío, llenando el espacio circundante entre ambos, con la música y todo cuanto nos rodeaba, llenando hasta nuestra soledad.

Creo que en ese instante fuimos conscientes de que Pocket ya no estaba y de que ambos nos deseábamos con vehemencia. No hablábamos, no nos movíamos, pero ambos nos escrutábamos codiciosos y febriles.

Frank se quitó el sujetador sin apartar sus ojos de los míos, mirándome con aquellos inmensos ojos acuosos y hambrientos y yo le contemplé los pechos maravillado, aguardando una señal suya para comenzar a tocarla y besarla.

Me moría de ganas de hacérselo y me parecía que la noche anterior había ocurrido hacía mucho tiempo. La excitación que había sentido esa tarde en su casa volvía con renovado furor. Fue entonces cuando habló.

—Cuando me lo haces me olvido hasta de mi nombre, ¿sabes, Mark?

Temblé de puro placer al escucharla. No podía creer lo que ella me estaba susurrando con la voz más erótica y sensual que había escuchado en mi vida.

—Mark, haz que lo olvide. Fóllame como anoche y haz que lo olvide todo —dijo.

Me suplicó de tal manera que mi erección comenzó a crecer inmediatamente bajo mis boxers.

—Yo no te follo, princesa… yo te hago el amor —le susurré acercándome a su boca y acariciando su escote con mi nariz.

Quería sexo, era su forma de dejar de lado el mundo, ahora me daba cuenta y me reconocía en ella, en su necesidad de escapar, de evadirse conmigo, así que eso es lo que tendría. Y yo estaría encantado de proporcionárselo.

Me quité rápidamente los boxers bajo la atenta mirada de Frank, que al ver mi erección en plenitud se mordió el labio con total descaro. No pude evitarlo y me lancé a sus pezones como un desesperado, chupándolos consecutivamente, tirando de ellos, apretándolos entre mi lengua y el paladar, saboreándolos y mordisqueándolos entre los dientes con apasionada ternura. Ella gimió como si le doliesen y yo frené pensando automáticamente que quizás había sido demasiado rudo.

—¿Te he… hecho daño? —susurré.

—Es que… —Negó con la cabeza—. Los tengo muy sensibles.

—Entonces… los dejaré —dije besándoselos con ternura, acunando sus pechos entre mis manos.

Frank suspiró con fuerza cerrando los ojos y echando la cabeza hacia atrás.

—No, hazlo, chúpame, muérdeme, me encanta. —Sonrió.

Así que continué con aquel tratamiento tan poco delicado para sus pezones. Después, cuando Frank ya no podía parar de jadear fui bajando por su vientre, lamiéndolo y haciendo que su piel se erizase al paso de mi lengua. No paré, la tumbé sobre la cama y proseguí hasta alcanzar su pubis y después sus pliegues, tiernos y cálidos, animado por sus cada vez más intensos gemidos, le quité las bragas y hundí mi lengua en ella para dedicarme por completo a apretar su clítoris, frotando y lamiendo, succionando y estrujando, sin otra idea en la cabeza que conseguir un rato más de esos sonoros jadeos perfectos.

Mi duro miembro presionaba contra el colchón palpitando, aguardando su momento, pendiente de su placer.

La dependencia era mutua porque en cuanto dejé de dedicarme a ella para poder contemplar cómo disfrutaba, Frank protestó ansiosa manifestándome su impaciencia, con la cara transfigurada por el placer, aún con el liguero y las medias negras puestas.

Sonreí y mordisqueé su protuberancia suave, sonrosada y dura y tiré un poco haciendo que Frank se tensase y gritara. Volví a hacerlo, sumergido entre sus muslos, y entonces Frank estalló. Su sexo explotó en una intensa secuencia de palpitantes y temblorosos espasmos que arquearon todo su cuerpo mientras sus muslos aprisionaban mi cabeza y ella gritaba un agudo y triunfal «joder». Mis labios presionaron todo lo que fui capaz de abarcar mientras la punta de mi lengua se explayaba chupando y chupando, sintiendo su húmedo placer vibrando en mi boca. Emití un gruñido de pura satisfacción y ella agarró mi cabeza con sus manos para que continuase besando su clítoris. No quería que parase.

El orgasmo fue desapareciendo y dando paso a una voluptuosa dejadez que quise admirar elevándome sobre ella, contemplándola fascinado.

Frank estaba tumbada, con los ojos cerrados, relajada y satisfecha y yo me puse sobre su cuerpo para penetrarla suavemente. Quería notar su calor sin nada que me separase de su piel. El quejido de gusto que salió de sus labios me hizo jadear con fuerza y recordar que debía ponerme un preservativo, no iba a aguantar tanto placer mucho más. Hice el intento de salir de ella, pero Frank me sujetó por las caderas mientras fruncía el ceño.

—Tengo que… —jadeé.

—No, aún no, espera un poco, quiero sentirte así, sin nada, solo tu piel —gimió con voz ronca.

Suspiré maravillado y mi polla palpitó en su interior como respuesta. Frank volvió a gemir de nuevo y presionó sus caderas contra las mías para pedirme más. ¿Cómo iba a negarle nada?

Capítulo 14
Do I Wanna Know?

Fue un polvo lento y dulce. Comencé a moverme despacio, pero de forma muy profunda, contemplando su metamorfosis, los cambios que yo ejercía sobre ella, sobre su cuerpo, con el mío absorbiendo su deleite y su calor, convirtiéndolos en propios.

Fue algo fascinante y misterioso ver cómo el cuerpo de Frank se iba cargando de placer y desprendiéndose de su deseo, del que primero se había llenado. Era algo hermoso y nuevo para mí y simplemente lo era porque nunca me había parado a apreciar ese mecanismo en una mujer, el del funcionamiento de su sexualidad, más mental que física, menos primaria y más evolucionada que la masculina, y por ello más compleja. Ahora me daba cuenta de que ciertos procesos mentales previos eran los que realmente la excitaban, el clima anterior a lo meramente carnal, los lugares, las sensaciones, los sonidos. Mi voz la excitaba mucho, por ejemplo. Era eso en su conjunto, un cúmulo de sensaciones lo que la hacía luego dispararse de aquella manera tan esplendorosa y potente durante el sexo.

Mi cuerpo yacía sobre el suyo y yo me impulsaba entre sus piernas, apoyado sobre los antebrazos, con mis labios muy cerca de los suyos sintiendo su aliento mientras jadeábamos y suspirábamos a la vez.

Mientras, el ritmo de mis penetraciones iba aumentando y haciéndose cada vez más fácil, constante y fluido a la vez que iba sintiendo cómo su interior se dilataba para acogerme, para luego estrecharse alrededor de mí, proporcionándome cada vez mayor placer.

Frank disfrutaba cada una de mis embestidas arqueándose en busca de más hasta que estalló de nuevo y se propulsó contra mi sexo entre fuertes gemidos de éxtasis. En ese instante salí de ella, con el tiempo justo para derramarme sobre su vientre y sus muslos gritando su nombre.

Me tumbé junto a Frank acariciando su vientre tembloroso con unos pañuelos de papel, limpiando el rastro de mi orgasmo, aguardando fatigado a que regresase de esa especie de sopor erótico en el que se perdía tras correrse. Abrió los ojos lentamente y me miró sonriendo con perezosa dulzura. No pude reprimirme y la besé en los labios lenta y apasionadamente. Ella me devolvió el beso enredando su lengua con la mía.

—Sabes a mí —susurró ronca.

Yo asentí tan solo. No podía hablar, tenía algo dentro, algo muy dulce y fuerte, como una especie de calor que solo sentía junto a Frank, que no me dejaba expresarme con desenvoltura. Si hablaba estaba seguro de que la emoción me haría prometerle la luna y eso me daba respeto. Sabía a lo que conducían ese tipo de promesas. Las conocía. Mi padre siempre me prometía cosas que con el tiempo comprendí que jamás podría cumplir.

Ella se quedó mirándome, como aguardando algo, y después suspiró profundamente. Me levanté besándola otra vez y me dirigí al baño primero y después al fregadero, a por un vaso de agua. Estaba sediento y sofocado.

—¿Bebes agua del grifo? —me preguntó horrorizada.

—Sí —dije encogiéndome de hombros—. ¿Quieres?

—¿No tienes… agua embotellada?

Frank me miraba como si yo fuese un extraterrestre y eso me divertía.

—No, princesa, no bebo Evian —dije sarcástico apurando el vaso.

—¿Sabes que el agua de Nueva York tiene cal, entre otras cosas?

—Bueno, de algo hay que morir —dije—. No pienso gastarme el sueldo en agua y creo que tenemos suerte de disponer de agua potable en Queens. No todo el planeta puede abrir el grifo y beber de él sin peligro inminente.

—Bueno, haz lo que quieras. Prefiero un té con agua hervida y colada. Y deberías poner un filtro especial en el grifo del agua. Al menos para filtrar los metales pesados —dijo sacando su lado más caprichoso, levantándose aún con las medias y el liguero puesto, de camino al baño.

Yo no pude evitar sonreír y seguir sus pasos con codicia, deteniendo mis ojos en su perfecto y espectacular trasero respingón. Ella se dio cuenta y se contoneó sonriendo descarada, haciéndome reír a mí también.

Frank era una chica desinhibida, atrevida. Se notaba que estaba muy cómoda con su cuerpo y su desnudez. Yo, como buen nieto de irlandés y antiguo alumno de colegio católico, tengo mis problemas con la desnudez y la desinhibición. Pero eso sí, no soporto a esas mujeres pudorosas que se andan tapando todo el tiempo y no te dejan verlas. ¡A los hombres nos encanta veros desnudas! No hay nada más hermoso que el cuerpo de una mujer. Nosotros los hombres somos mucho más feos desprovistos de ropa, muy poco estéticos. Sé lo que me digo, hice de modelo en una escuela de arte, pero me echaron porque me tiré a varias alumnas y a una profesora.

—¿Tienes hambre? —pregunté notando crujir mis tripas.

—¡Sí, mucha! No he comido nada desde este mediodía —gritó desde el baño, con el ruido de la cisterna como fondo.

Después se paseó de nuevo hasta la cama y me quitó la camiseta interior de tirantes que siempre llevo bajo las camisas blancas. No me gusta que se me transparenten los pezones o el vello del pecho. Me parece una ordinariez. Reconozco que soy un bicho raro.

Se la puso y se quitó el liguero ante mi atenta mirada. Ni siquiera intenté disimular.

—¿Qué? —rio.

—Me gusta ver cómo te quitas las medias.

Me miró sonriendo, mordiéndose el labio, y se las fue quitando lentamente, con toda la intención de provocarme, y lo consiguió, pero las tripas me crujieron de nuevo, recordándome que eran las cuatro de la madrugada y que los dos estábamos hambrientos. Me toqué el estómago improvisando una falsa mueca de dolor.

—Voy a ver si tengo algo de comer. —Sonreí.

—¿Tienes hambre?

—¡Mucha! —asentí.

Abrí la despensa y eché un vistazo recordando que me tocaba hacer la compra a mí y que, saltaba a la vista, lo había olvidado por completo.

—Creo que solo tengo leche, algo de mantequilla y poco más. No tengo ni gofres, ni harina para tortitas, ni mermelada, ni fruta, ni cereales —dije avergonzado de mi exigua despensa.

—¿Tienes huevos, pan de molde, azúcar y canela?

—Sí… eso creo —dije dudándolo.

—Pues si es así voy a prepararte pain grillé français.

Lo dijo en su perfecto francés, casi haciéndome suspirar, mientras venía hacia mí muy resuelta.

—¿Necesitas algo más? —dije rodeando su cintura con mis brazos.

—Que te apartes y pongas algo de música.

Elegí la música y pensé en algo con fuerza, muy potente, algo que me recordara a ella.

—Prueba mi pain perdu —me dijo acercándome una tostada a la boca.

Así lo hice, y debo decir que Frank hizo las tostadas francesas más deliciosas del mundo a ritmo de Do I Wanna Know?, de los Arctic Monkeys.

Frank cantaba con su sensual voz dejándose llevar por la música. Yo la miraba deslumbrado mientras disfrutaba el ritmo de aquella estupenda canción que a mí me gustaba tanto, a la vez que nos comíamos las tostadas recién hechas.

—¡Umm…! —exclamé.

—Aún están calientes, cuidado —rio.

—Están… deliciosas —dije con la boca llena de esa mezcla cremosa y caliente de pan, canela, azúcar, huevo, leche y mantequilla.

Alex Turner cantaba jodidamente bien a aquella chica que volvía loco a un chico que la amaba, un tipo como yo, algo masoquista.

Todo apuntaba a que acabaría con el corazón roto, que Frank me lo iba a romper en mil pedazos cualquier día, lo sabía, pero supongo que por ser tan consciente de ello me daba igual. Aquel calor, aquella pasión, ese sexo maravilloso que tenía con ella y que estaba claro ya que no había sido una casualidad o cosa de una noche, lo compensaba todo. Merecería la pena pasase lo que pasase.

Era cierto, la noche era para eso y para soñar con ella cuando no estuviese en mi cama.

Frank se colocó a horcajadas sobre mi cuerpo. Yo aún estaba desnudo y ella gloriosa, con aquella camiseta mía que le transparentaba los pechos y con la boca llena de tostada.

Acaricié sus muslos, sus nalgas, sus caderas mientras me iba poniendo más y más tieso ante sus ojos que no se perdían detalle del proceso. Ella acarició mi miembro y yo abrí el cajón de un pequeño mueble que tenía junto a la cama. Cogí un preservativo y se lo di. No hizo falta que le dijese nada más, rasgó el paquetito, lo sacó y, tras chuparse los dedos llenos de azúcar y canela, lo deslizó con manos hábiles por mi miembro hasta cubrirlo, haciéndome jadear de gusto mientras yo le acariciaba el sexo, sintiendo cómo se iba humedeciendo mediante mi tacto.

La penetré con mis dedos, Frank gimió y sin más preámbulos se colocó sobre mí para dejar que me introdujese dentro de su cuerpo.

La penetré o fue ella la que se deslizó, resbalando y haciendo que me hundiese en su interior todo lo profundo que fui capaz, no lo sé, solo sé que inmediatamente comenzó a moverse de un modo animal, febril y tremendamente sensual sin que yo tuviese que hacer apenas nada. Ella marcaba el ritmo presionando e impulsándose al compás de la música.

Pronto estuvimos resoplando los dos, perdidos en el placer que nos dábamos el uno al otro, excitadísimos. Frank se agachó sobre mí rozando mi rostro con sus pezones y retiró mis manos de sus caderas para elevar mis brazos por encima de mi cabeza y así, aferrándose a mis manos, impulsarse aún con más fuerza. Ella me envestía mientras yo saboreaba sus pezones bajo la camiseta, metiéndolos en mi boca, haciendo un ruido de húmeda succión que se confundía con el de nuestros sexos al juntarse y separarse a toda velocidad.

—¡Ah… qué bien, quel plaisir! —gruñó al borde del orgasmo.

Al escucharla jadeé con fuerza y cerré los ojos perdido en su aroma dulzón, en el roce de su pelo sobre mi rostro, en los sonidos de la fricción de nuestros cuerpos y de sus gemidos, abandonándome por completo a esas exquisitas sensaciones hasta que ella se alzó tensando todo su cuerpo, con el rostro trasformado por el orgasmo. Noté sus primeros espasmos y entonces me dejé ir bajo sus muslos temblorosos, a la vez. Sus nalgas temblaban, su vientre, pechos, su boca, todo su cuerpo lo hacía, agitado por aquel frenesí de violento placer que nos poseía.

En algún momento de esa extraña noche debimos de quedarnos dormidos porque despertamos ya de día. Mi cabeza descansaba sobre la almohada y su pelo rozaba mi rostro. Olía a canela. Sonreí. Frank olía a tostadas francesas.

Y ya solo quería ser suyo. Una y mil veces más.

Capítulo 15
Wicked Game

Me quedé tumbado recordando la noche anterior, pensando cómo había cambiado mi forma de ver la vida en tan solo unos pocos días, apenas dos semanas. Y todo por culpa de ella, de Frank, mi Frank. Porque así la sentía ya.

Ella aún dormía, a mi lado, oliendo a canela, y pensé que si la quería tanto como yo pensaba debía hacer lo correcto. Así que me levanté y comencé a vestirme.

Frank se despertó y se acercó a mí para abrazarme mientras me ataba las deportivas.

—¿A dónde vas? Aún es temprano —ronroneó acariciando mi nuca con sus labios.

—Voy a llevarte a casa. Puede que tu padre esté preocupado.

—¡Que lo esté! —protestó.

Pero se traicionó a sí misma y al rato encendió el móvil para comprobar si tenía alguna llamada perdida.

—¿Te ha llamado? —pregunté.

—Sí, como veinte veces —bufó.

—Tienes suerte de tener un padre que se preocupa por ti.

—No creo que realmente lo haga.

—Lo hace, no lo dudes, aunque no lo sientas así —le dije muy en serio.

—¿Te vas a poner de su parte, Gallagher? No le conoces —dijo muy seria.

—No, ya lo sé —negué con energía y la miré sonriendo—. Pero estoy seguro de una cosa, si él supiese lo que su niñita está haciendo conmigo probablemente me mataría.

—Sí, tenlo por seguro —rio.

Entonces comprendí por qué Frank estaba conmigo. En cierto modo yo era una forma de cabrear a su padre. El chico que no era apropiado, la relación prohibida, al que jamás iban a presentar en las fiestas de sociedad del Upper East Side o en el verano de Los Hamptons. A escondidas, sin permiso, no podía esperar nada más.

Puede que ni tan siquiera ella fuese consciente de su elección, o que simplemente no la tuviera, como me había pasado a mí al conocerla y decidí quedarme con esa versión amable de lo nuestro.

Mis pensamientos se volvieron sombríos hasta que ella volvió a abrazarme y me tumbó sobre la cama. Yo la tomé por la nuca, enredando mis dedos entre su pelo, dispersando ese olor a canela a mi alrededor, perdido en sus ojos de color miel sin querer pensar en nada más.

—No me mires así… —suspiró.

—Así… ¿cómo? —susurré.

—No sé… Tienes una forma de mirarme que… hace daño. Pero es como un dolor muy dulce —se apresuró a decir.

—Lo sé —dije besándola para que no continuase hablando.

Ella también dolía de la misma manera.

La llevé a su casa y dejé que arreglase las cosas con su padre. No supe de ella hasta el día siguiente en que me despertó a primera hora de la mañana para que la llevara de compras.

«Te invito a desayunar», me dijo nada más verme.

Lo hicimos, desayunamos juntos en una cafetería en la que me dejé invitar a tortitas y un café colombiano buenísimo, y después me armé de paciencia para esperar a la puerta de cada tienda que ella consideró «adorablemente vintage», en Tribeca. Lamentablemente no necesitaba más ropa interior y sí probarse cientos de botas y zapatos.

Pero Frank no era la típica niña pija que solo piensa en la ropa, no se la podía catalogar de ninguna manera. También le gustaban las tiendas de libros antiguos o de viejos vinilos. Se compró unos cuantos, entre ellos una edición de los 70 de Turandot, de Puccini, y me lo regaló.

—Toma, para ti. Te va a gustar —dijo.

—Dime de qué va. Tú te sabes todas las óperas.

—Vale. —Sonrió—. Es de una princesa oriental que decide vengarse en los hombres que vienen a cortejarla del maltrato que recibió una de sus antepasadas. A todos los que quieren casarse con ella les impone el deber de descifrar tres acertijos. Si no lo hacen, los condena a muerte. Ella es fría y nunca se ha enamorado. Un príncipe extranjero llega al reino y se enamora de la hermosa princesa nada más verla y se decide a conquistarla resolviendo los tres acertijos. Ella, sin piedad y enojada impone que le digan el nombre de ese príncipe extranjero que la ha vencido para acabar con él. Él se presenta frente a ella y se descubre diciendo su nombre, pero ella, enamorada sin remedio de él, dice que su nombre es amor y lo salva.

—Vaya historia… —Sonreí mirando la carátula del disco.

—Es mi ópera favorita. Me encanta. ¿Has escuchado alguna vez Nessum Dorma?

—Pues… no lo sé.

—Seguro que lo has hecho, es un aria muy famosa. Esta es una versión de los 70, de Pavarotti y Montserrat Caballé, es buena —dijo sonriendo.

—Yo no te he hecho ningún regalo —dije molesto conmigo mismo.

—No importa, eres un encanto y sí me lo has hecho. Lo del paseo por el parque fue genial, Gallagher.

Le sonreí avergonzado, sintiéndome muy tonto por parecerle encantador. Yo quería parecerle sexy, seguro de mí mismo, honesto y hasta rudo, pero no sensible y encantador.

Después, ya de vuelta a Manhattan, Frank decidió que tenía que arreglarse el pelo y entramos a la peluquería más extraña que había visto en mi vida. Yo iba al barbero de mi barrio, al que fueron mi abuelo y mi padre toda su vida, así que esos lugares tan modernos me desconcertaban. El local era una mezcla de club nocturno y galería de arte alternativo. Pero disponían de una cafetería con periódicos del día, así que decidí esperar a Frank tomándome otro café y leyendo la prensa, algo que a ella le pareció «deliciosamente anticuado».

Fue entonces cuando percibí la imagen de una chica de la edad de Frank, una mezcla de Blake Lively y Paris Hilton en una, junto a un clon de unos 30 años más, su madre, las dos con dos Chihuahuas idénticos y enormes bolsos que cargaban del brazo. El susto que me llevé fue fenomenal porque reconocí enseguida a Sinclair madre y Sinclair hija.

Frank vio cómo me ponía pálido de repente y me miró extrañada.

—¿Qué te pasa, Gallagher?

—¡Oh, joder, las conozco! —dije escondiéndome detrás de una columna.

—¿A Poppy Sinclair?

—Y a su madre —asentí susurrando y pasándome la mano por el pelo.

—¿De qué? —preguntó extrañada.

—Yo trabajaba… trabajaba paseando a sus perros. Tienen al menos veinte chuchos. Y bueno… verás… —balbuceé avergonzado.

Frank volvió a mirarme fijamente comprendiendo al fin.

—¿Te has follado a las dos, Gallagher? —preguntó con cara de absoluta sorpresa.

Asentí, no estaba muy orgulloso de ello, pero era la verdad. Pensé que Frank se enfadaría y ahí se acabaría todo, pero no, en vez de eso se echó a reír y tiró de mí para que saliésemos de la peluquería. Yo iba delante y cuando ya estaba en la puerta escuché la estridente voz de Poppy Sinclair llamando a Frank. No me di la vuelta, continué andando hasta el coche a toda prisa y las dejé parloteando un rato. Poco después, Frank regresó al coche y se sentó a mi lado con cara de absoluta curiosidad.

—Tienes que decírmelo —me soltó.

—¿El qué? —pregunté sospechando a qué se refería.

—Cómo es Poppy en la cama.

Hice una mueca de disgusto y me eché a reír, negando con la cabeza. No recordaba a Poppy precisamente, si no a su madre, que al enterarse de que me había liado con su hija me dijo muy dolida «la juventud se pasa con la edad y algún día dejarás de ser tan bello». Y en ese momento recuerdo que pensé que había subestimado a esa mujer.

—La conozco desde que éramos niñas, fuimos juntas al colegio, hasta los doce años. Un colegio de monjas francesas horrible —hizo una mueca espantosa—. Siempre fue tan perfecta, tan educada, tan modosita, tan… aburrida.

—Digamos que no es de las que toman la iniciativa.

—¡Cuenta, cuenta! —Frank puso cara de sorpresa y tiró de mi manga.

—Es algo… pasiva. No se parece a su madre en nada, no. —Sonreí.

—O sea que su madre también…

—Su madre es mucho mejor, sí, definitivamente —declaré riéndome y recordando el polvo en la cocina de la señora Sinclair con la señora Sinclair.

Frank me dio una colleja exclamando con sorpresa y se echó a reír para susurrarme después al oído.

—¿Y yo, Mark? ¿Cómo soy en la cama, mejor que Poppy y su madre? —preguntó melosa e insinuante como una gatita.

—Mejor que cualquiera —susurré mordiéndole la boca con pasión, sin poder ni querer reprimirme.

—Anda, vámonos de aquí —rio besándome.

—¿A dónde? —dije arrancando el motor.

—No tengo ni idea.

En ese momento se puso a llover a cantaros y el tráfico, ya de por si complicado en Manhattan, se volvió insufrible. De pronto nos vimos sumergidos en un atasco, sin poder avanzar, metidos en el coche bajo una cortina de agua y granizo. Frank encendió un cigarrillo y yo la radio, la nuestra, la emisora para carcamales, como decía ella.

Sonaba Wicked Game, de Chris Isaac, y pensé, «perfecto, justo en la diana». Porque Frank estaba jugando, jugaba conmigo y yo se lo permitía. Estaba claro y no me quedaba otra, ya no tenía escapatoria. No se trataba de querer o tener fuerza de voluntad, no. Ya la había probado y solo podía seguirle el juego, un juego perverso, como decía la canción.

Ella tarareó el estribillo con su voz suave y profunda.

Sentí que me lo estaba cantando a mí. No podía estar más claro. Ninguno de los dos había hablado de amor en ningún momento. Aunque yo jamás le había hecho el amor a una mujer como se lo había hecho a ella. Pero la diferencia entre ambos era que seguramente ella podía no colgarse de mí si no quería, pero yo no, nunca tuve opción. Yo solo era un pobre loco enamorado sin remedio, hasta el fondo de mis huesos.

Frank me daba de fumar de su cigarrillo y entre calada y calada comencé a besarla en los labios, suavemente, con besos rápidos y juguetones, sin otra intención que hacer tiempo para proseguir con el escaso trayecto que restaba para llegar a su casa.

Frank comenzó a ponerse traviesa con las manos, acariciando mi cuello, soltándome los botones de la camisa, enredando sus dedos en el vello de mi pecho y pasando su lengua húmeda por mi nuez.

—Frank… esto se va a poner en marcha en cualquier momento. —Sonreí, resoplando.

Yo también me iba a poner en marcha como continuase.

—¿Y? —Sonrió también con picardía.

—Que no me dejas conducir, nena.

No dijo nada, pero yo sabía, aun sin mirarla, que estaba sonriendo. Continuó tocando mi pecho, bajando por él, deslizando su mano peligrosamente hasta mi bragueta.

Me reí bajito cuando sus dedos juguetearon con mi cremallera. Solo con ese toqueteo mi polla comenzó a crecer sin freno. Era lo que Frank quería lograr, y vaya si lo hizo.

Allí en medio del tráfico, en pleno Manhattan, metió su mano en mis pantalones, bajo el calzoncillo, y agarró mi erección apretándola sin reparos. Para entonces yo ya estaba completamente excitado, fuera de mí.

De pronto Frank se agachó y sin más preámbulos se metió mi miembro en la boca dejándome completamente atónito. «Está jodidamente loca», pensé aturdido y fascinado a partes iguales. Cerré los ojos inspirando de golpe y solté el aire con fuerza mientras acariciaba su cabeza para que continuase. Ella se aplicó afanosa en chupar, lamer, succionar, en dejarme sin aliento ni voluntad rápidamente.

Aquello iba a ser vertiginoso. Me lo estaba haciendo para que llegase muy deprisa. Justo entonces el tráfico se puso a rodar de nuevo, muy lentamente, así que no me quedó más remedio que ponerme a conducir con Frank agachada, con parte de mí dentro de su boca.

Mientras, yo intentaba maniobrar con el volante, mirar por el retrovisor, dar a los intermitentes y pasar el limpiaparabrisas, su lengua no paraba de chupármela, como si mi polla fuese una barra de caramelo.

¿La verdad? Me importaba bien poco estar en medio de aquel caos circulatorio con mi miembro en su boca, aquello era genial. Y he de ser sincero, lo que más nos gusta a los hombres es lo que Frank me estaba haciendo en esos momentos. Somos unos verdaderos vagos.

La adrenalina corría por mis venas. Las lunas estaban tintadas y era difícil que alguien nos viese, a no ser que pegase su nariz a los cristales del Mercedes, pero aun así, aquel juego era peligroso, podíamos chocar en cualquier momento entre frenazos y arrancadas y acabaríamos saliendo en las noticias.

Ya estaba imaginándome los titulares sensacionalistas: hija de un diplomático de la ONU pillada haciéndole una felación a su chófer en pleno Manhattan.

A pesar de todo, como poseído por una locura transitoria, me eché a reír entusiasmado y Frank elevó un poco la cabeza mirándome divertida.

—¡Tienes… una boca estupenda, nena! —jadeé excitadísimo, mirándola loco de placer.

Como respuesta a mi entusiasta declaración, Frank volvió a bajar la cabeza para chupármela aún con más esmero, incitada y complacida por mi efusivo halago.

Lo hacía de fábula, estimulándome con la presión justa en el momento exacto, haciéndome farfullar gemidos sin sentido, palabras inconexas y roncas, de puro deleite.

—Frank, si sigues así me voy a… correr en tu boca —le previne.

Mi inflamada erección, palpitante y tensa, estaba a punto de estallar.

—Hazlo —susurró sin apartar su boca y en ese instante exploté entre poderosas sacudidas y potentes gemidos de genuino placer.

Después de unas suaves pasadas con su lengua y de varios intentos míos por recuperar el resuello, se levantó presumida, orgullosa de lo que acababa de hacer y sonriéndome como si no pasara nada se encendió otro cigarrillo que me pasó directamente a los labios.

¿Así cómo no iba a estar loco por ella?

—¿Te habían hecho esto alguna vez? Me preguntó quitándome el cigarro.

—No, en medio del tráfico y en marcha, no —reí suspirando.

—Yo tampoco lo había hecho nunca así. Ha sido muy divertido —rio.

Por alguna razón esa respuesta me gustó. Me daba seguridad el pensar que no iba haciéndole eso a cada tío con el que se montaba en un coche.

Y sé que ese pensamiento fue muy injusto cuando yo me había estado tirando a medio Manhattan y en peores circunstancias, pero supongo que el machista que todo hombre lleva dentro se asomó vanidoso.

—Mañana tengo la cena de despedida de la compañía. No hace falta que vayas a buscarme —me dijo tranquilamente pasándome el cigarro.

De pronto sentí una punzada de rabia porque sabía que yo no podría estar en aquella cena con ella, pero me tragué mi decepción. Lo que acababa de hacerme había sido su extraña forma de compensarme, o eso quise creer.

Capítulo 16
Nessun Dorma

Al final no fuimos a ninguna parte. La llevé al garaje, la acompañé hasta la puerta y le dije un escueto «Pásalo bien», besando su mejilla con brevedad para no alargar la despedida. Me hice el duro, sí.

—Seré buena chica —dijo haciendo un mohín muy gracioso que me arrancó una sonrisa.

Salí con Pocket esa noche. No quería quedarme en casa rumiando, pensando en Frank, en su fiesta, en con quien estaría, en si habría otro que la haría reír más que yo.

—¿Eso hizo? —gritó Pocket y yo asentí—. ¡Joder! Esa tía está loca.

—No, es genial. Me tiene completa y absolutamente… —Sonreí recordando esa mañana.

—Te avisé. Lo hice, ¿no? —me dijo Pocket señalándome con el dedo.

—Sí, lo sé —rezongué.

—Sí, estás pillado y «encoñado» —asintió sonriendo y dándome unas palmaditas en el hombro.

—Como un maldito idiota y un jodido principiante —reconocí riéndome con amargura.

—Nunca pensé que viviría para verlo, tío.

—Ni yo. —Sonreí sarcástico.

—Oye… Ahora en serio. Frank parece una tía muy maja, pero te meterá en problemas —vaticinó mi amigo.

Lo sabía, pero me daba igual.

De vuelta a casa me despedí de Pocket, que se iba a buscar a Jalissa. Justo en el momento en que comenzaba a llover, un taxi paró a la puerta del edificio donde teníamos el loft. De él salió Frank y al verme vino hacia mí corriendo bajo la lluvia.

Le sonreí, ella me sonrió también y al llegar a mi lado me plantó un apasionado beso. Estaba espectacular, con un precioso vestido de noche, corto y dorado, una cazadora de cuero negra, como de motero. Balenciaga, creo que me dijo. Seguro que el conjunto le había costado una fortuna. Se había puesto unas Dr. Martens negras, las que se había comprado esa mañana, e iba sin medias. Perfecta.

El pelo lo llevaba recogido en un moño cardado despeinado y los labios pintados de rojo. No era el color que solía utilizar. En ese momento pensé que llevaba el rojo más rojo que había visto en mi vida después de… del de mi madre.

Mi padre había conservado siempre una foto de ella en la que llevaba un rojo de labios igual de intenso y en ese instante lo recordé de golpe. Y me sentí extraño de repente, extraño y sombrío, como cuando era niño y pensaba en ella, en mi madre.

Tomé su rostro entre mis manos, volviéndola a besar con ternura, y saboreé su boca. Ese beso me supo a alcohol. Entonces me separé de ella como movido por un resorte y mis ojos se quedaron fijos en sus labios.

—Sabes a alcohol —le dije con voz suave pero muy serio, quitándole el rojo de labios que le quedaba con mi dedo pulgar, con unas ganas locas de hacerle el amor.

Ella se lo metió en la boca y me lo chupó con fuerza sin apartar sus ojos de los míos.

—Es solo champán, Gallagher, y j’aime le champagne —dijo muy sensual.

—No me gusta el alcohol, ninguno.

Cuando me sumerjo en mis pensamientos más oscuros, solo entonces, soy difícil de descifrar. Eso decía mi abuelo. Y eso debió de parecerle a Frank.

—¿Estás bien? —preguntó mirándome preocupada.

—Anda, vamos, te estás mojando —le susurré acariciando su pelo, colocándole bien un mechón que se le escapaba del moño.

—¿Tienes un cepillo de dientes que puedas prestarme? —me susurró.

Asentí sonriendo y subí a casa con ella agarrada de mi brazo.

Frank había bebido lo suficiente para estar bastante alegre, pero no tanto como para estar borracha. Pero eso la hacía más desinhibida aún de lo que ya era y, nada más entrar, se descalzó y se puso a tararear una canción que no conseguí reconocer mientras bailaba. Yo solo pude quitarme la bomber y quedarme quieto observándola, feliz de que estuviese conmigo y no con sus compañeros de función. En aquel momento yo tenía la vanidad por las nubes.

Se soltó la cremallera del vestidito dorado y se acercó hasta mi plato para vinilos y comprobó que había estado escuchando el disco que me había regalado, el de Turandot.

—Lo has oído —asintió.

—Sí —dije susurrando ronco, viendo cómo el vestido caía al suelo. Frank no llevaba sujetador.

Lo había estado escuchando en una parte, justo casi al final. Había un trozo que me gustaba mucho y que no había podido dejar de poner una y otra vez en toda la tarde, a pesar de las quejas de Pocket.

—Espera, vamos a escucharlo —me dijo Frank.

—Es… me gusta mucho, sobre todo una parte del final —dije acercándome para ayudarla con el disco.

Frank no atinaba bien debido a los excesos con el champán.

—¿El aria? Esa es Nessun Dorma.

—La había escuchado ya, pero no sabía de qué ópera era. Espera… —asentí poniendo la aguja en la parte correcta.

—Me alegra que te guste —dijo animándose a explicarme el aria—. La princesa china Turandot proclama que nadie debe dormir hasta descubrir el nombre del príncipe desconocido que ha resuelto los tres acertijos. Ese es Calaf, quien ha lanzado el desafío de que, si su nombre no es descubierto, la princesa Turandot se casará con él. Eso pasa en el final del segundo acto. El aria inicia el tercer y último acto. Calaf canta, explicando que está decidido, que no se va a rendir ante la frialdad de Turandot, que la vencerá con su amor.

La puse a todo volumen y Frank me fue explicando la música, traduciéndola, mientras terminaba de desnudarse delante de mí, quitándose las bragas, que cayeron a sus pies. Unas bragas que eran en realidad unas finas tiras de encaje.

—El príncipe desconocido canta: ¡Que nadie duerma! ¡Que nadie duerma! ¡También tú, oh, Princesa, en tu fría habitación miras las estrellas que tiemblan de amor y de esperanza…!

—Eres increíble —le dije admirado.

—No tiene mérito. Crecí escuchando óperas. —Me sonrió y fue a besarme hasta que se dio cuenta de que su aliento olía mucho a champán—. ¡Ups!, ¿me das ese cepillo de dientes?

—Espera, voy. —Sonreí.

Le robé uno sin estrenar a Pocket y Frank se lavó los dientes desnuda delante de mí. Yo terminé de hacerlo antes que ella y puse la ópera desde el principio, mientras me desnudaba.

Entre nosotros no había necesidad de preámbulos, explicaciones o palabras huecas. Sabíamos lo que queríamos juntos, sabíamos lo que se nos daba bien juntos. Ella irradiaba algo excitante, misterioso. Tenía un aura tremendamente sexual que me atraía sin remedio. Y yo parecía atraerla de la misma manera.

Frank salió del baño y vino hasta mí, mientras yo colocaba unos cuantos preservativos sobre la mesilla, a mano. He de reconocer que no me gustan, pero son necesarios. «Aunque con Frank, quizás con ella… ya veremos», pensé.

Estaba en esos pensamientos cuando ella se aferró a mí, por la espalda, acariciando mi pecho.

—Antes, cuando lo de Poppy, me he quedado pensando en que… debes de haber estado con muchas mujeres.

—No tantas —dije queriendo parecer humilde con mi mejor sonrisa.

—Yo creo que sí. Se nota que tienes mucha experiencia —aseguró provocativa, rozando mi espalda con sus pechos desnudos.

—¿Por qué? —reí.

—Por cómo me lo haces —susurró.

—¿Cómo te lo hago? —dije volviéndome para mirarla.

—Muy bien, me follas de maravilla, Mark.

Aquella chica iba a volverme loco.

Negué con la cabeza, sonriendo. No todo era merito mío, pensé. El no beber o no drogarme me daba más aguante y pericia en el sexo, pero Frank no se quedaba atrás. La experiencia hasta ahora me había demostrado que las madres de aquellas chicas del Upper East Side eran mucho mejores que sus hijas. Pero Frank era maravillosamente hábil a sus veinte años y rompía la norma.

—Tú también lo haces genial —asentí.

—Me apuesto a que has estado con más de veinte mujeres, Gallagher.

—Sí, tienes razón. —Sonreí ante su inocencia. «Con muchísimas más», pensé decirle, pero no lo hice—. ¿Y tú, con cuántos? Venga, dímelo.

—No muchos. Hermanos de mis amigas, hijos de amigos de la familia, por supuesto. Algún compañero de colegio… Chicos durante mis vacaciones en Francia… Todos unos críos y ninguno tenía ni idea de follar. Unos inútiles y puedo contarlos con los dedos de… las dos manos.

Me eché a reír. Frank era divertidísima, una chica irrepetible.

—Así que… te follo… de maravilla —susurré muy despacio, pasando mi mano por todo su cuerpo hasta alcanzar su sexo y posar mi mano en él, presionándolo suavemente.

—Me haces el amor, como tú dices —suspiró al sentir mis caricias.

—Sí… eso es. Y me encanta. Nunca me había gustado tanto —dije inspirando con fuerza, sintiendo cómo mi miembro comenzaba a crecer contra su vientre redondeado y suave

Ella se frotó contra él, muy despacio, y me acarició el pecho, incitándome.

—¿Por qué has venido? —le pregunté.

—Me estaba aburriendo en esa fiesta y… quería estar contigo.

—Ya. —Sonreí con arrogancia—. Pues voy a tener que divertirte.

—Umm… sí, eso creo mon chéri —rio justo antes de besarme con deseo metiendo su lengua con sabor a menta en mi boca.

Entonces, sin abandonar su boca, la tomé en brazos y la llevé a la cama.

Esa noche todo fue muy dulce entre nosotros. Frank fue tan carnal, tierna y suave… Y yo le correspondí haciéndole el amor del modo más intenso que hubiese imaginado jamás. Nos amamos muy despacio, sin ninguna prisa. Fue un sexo lento, agotador y fantástico. Toda la noche entera haciéndonos el amor mutuamente.

Ella se enredaba en mí impúdica, sin freno, totalmente entregada al placer susurrándome en francés y haciéndome sentir el mismísimo cielo entre sus piernas.

Hay mujeres que han nacido para volver locos a los hombres. Frank era de esas mujeres y ni tan siquiera se daba cuenta, solo jugaba y con ello hacía que la vida fuese mejor, que mi vida fuese mejor. Mejor que nunca.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
23 октября 2024
Объем:
551 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9788413072494
Правообладатель:
Bookwire
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