Читать книгу: «El excéntrico señor Dennet»

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© 2020 Inmaculada Concepción Aguilera García
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
El excéntrico señor Dennet, n.º 269 - junio 2020
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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I.S.B.N.: 978-84-1348-506-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Dedicatoria
Cita
PRIMERA PARTE: El Mundo
I: Lecturas
II: El señor Dennet
III: La institutriz
IV: Lecciones
V: Ficción y Ciencia
VI: Imposibilidades
VII: El tiempo
VIII: Difícil de explicar
IX: Fácil de entender
X: De vida o muerte
SEGUNDA PARTE: Mi Mundo
0.1: Despertar
0.2: El futuro
0.3: Evolución
0.4: Incomprensible
0.5: Distracciones
0.6: La verdad
0.VII: El tiempo presente
Agradecimientos y aclaraciones
Si te ha gustado este libro…
A mi padre, por enseñarme a poner la mirada en cada rincón de Málaga.
A mi madre, por apoyarme en mis tonterías.
No me preocupa caminar.
No existen las distancias cuando se tiene un motivo.
Orgullo y Prejuicio, Jane Austen
Cuando te sientas junto a la mujer que amas,
una hora parece un segundo,
pero si te sientas sobre una estufa caliente,
un segundo parecerá una hora.
Eso es relatividad.
Albert Einstein
El día que Dennet llegó a mi vida, el mundo entero cambió.
PRIMERA PARTE
I
Lecturas
Es duro ser mujer.
Y mucho más si no has nacido de alta alcurnia, destinada para un noble propósito.
No obstante, el destino nunca fue algo que me importara especialmente. Por no hablar de que, dentro de mis posibilidades, siempre me consideré una persona afortunada.
Puesto que mi padre, Gustavo, llevaba toda su vida ejerciendo como guardés en la fábrica siderúrgica con mejores rendimientos del país, nuestro nivel de vida era bastante más privilegiado que el de cualquier otro obrero. Aunque quizás no lo suficiente como para que la única hija de un viudo pudiera mantener ciertos intereses.
—Mira, Eugenia, otro paquete de tu tío Adolfo —me dijo mi padre recogiendo el correo de la mañana, justo antes de partir a su jornada laboral. Contempló el fardo con cierta pesadumbre mientras yo lo hacía con la mayor de las ilusiones—. Un día de estos voy a tener una buena charla con mi hermano por llenarte la cabeza de tonterías.
Gustavo Cobalto llamaba «tonterías» a los libros.
Y no era una impresión exclusivamente suya.
En general, leer se consideraba un hábito demasiado extravagante y culto para alguien de nuestra clase social. Principalmente porque no podíamos, ni debíamos, permitirnos perder un tiempo que había que emplear en trabajar. O eso creían los ricos.
Sin embargo, hasta mi padre terminó esbozando una sonrisa que devolví al instante mientras me tendía el envuelto tomo.
Gustavo trabajaba más que vivía y Adolfo vivía más que trabajaba. No porque trabajara menos, sino porque le apasionaba su cometido. ¿A quién no cuando tu deber es viajar? Se dedicaba a comerciar en el extranjero y ello le permitía ser realmente dichoso, lo que contrastaba notablemente con la resignación obrera de mi padre.
No obstante, incluso siendo tan distintos, los dos hermanos siempre me consintieron ser una acérrima apasionada de los libros. Mi tío, porque compartía mi amor por las lecturas, y mi padre, por su incondicional amor hacia mí. O quizás porque él también disfrutaba de las tonterías, aunque en su caso se tratase de introducir pequeños barcos en botellas de cristal que él mismo tallaba desde el principio. Una afición tan minuciosa como entrañable. Ambos hermanos amaban el mar y los barcos a su respectiva manera. Por lo que, en el fondo, siempre supuse que mi padre comprendía que todos necesitábamos alguna tontería que no sirviera de nada a nivel colectivo, pero lo significase todo a nivel personal.
Sea como fuere, mi adorado padre contemplaba satisfecho cómo desenvolvía impaciente el maltrecho papel de embalaje. Esbocé una expresión maravillada cuando leí la portada de la publicación:
—No puedo creer que lo haya encontrado.
Mi padre se asomó a verlo y terminó arqueando una ceja.
—¿Frankenstein? —leyó extrañado—. Cielos, niña, tu tío debe de estar empezando a perder la escasa cordura que le quedaba.
—Para nada —repuse plena de felicidad, apretándolo contra mi pecho—. Llevamos detrás de este libro varios años. Por lo visto fue publicado en 1818 y reescrito en 1831, tal es esta edición. Pero lo mismo es, querido padre. Dicen que se constituye como una de las obras más anómalas de los últimos tiempos. Con un atrevido científico y el monstruoso producto de su ambición —me carcajeé girando sobre mí misma—. ¡No puedo esperar a leerlo!
Dado mi entusiasmo, Gustavo terminó sacudiendo la cabeza y apoyó su curtida mano sobre mi hombro:
—Sabes que te quiero con todo el corazón, Eugenia. Sin embargo, no ocultaré que a tu edad preferiría que centrases tu interés en encontrar un buen hombre. —Puesto que le dediqué una profunda mirada de reproche, el anciano terminó echándose a reír y se enfundó su boina para acudir a donde le aguardaban sus obligaciones—. Aunque también es cierto que, si no fuera por tus tonterías, no serías el principal foco del interés de doña Amalia.
Yo sonreí.
Hasta mi padre debía reconocer que leer tenía ciertas ventajas en lo social. Curiosamente, en lo social más alto.
Amalia Heredia Livermore era la hija predilecta de don Manuel Agustín Heredia, uno de los empresarios más adelantados de España, lo que le había dotado de gran fortuna. Se alzaba como el dueño de un montón de propiedades y fábricas en nuestra hermosa ciudad de Málaga, entre ellas la fábrica de La Constancia, donde trabajaba mi padre. De ahí que hubiéramos tenido la oportunidad de tratarlo personalmente y conocer la bondad de su corazón, escondida tras su fuerte personalidad y afamado carácter.
Pero si don Manuel Agustín era un hombre increíble, nada de lo que pudiera decir sobre él se pondría a la altura de su hija Amalia.
La joven era la décima de los doce hijos que había engendrado don Manuel Agustín de su matrimonio con doña Isabel Livermore Salas, sin embargo, ella siempre supo destacar de entre todos sus hermanos por una naturaleza tan intensa como la de su padre. Amalia disponía de una visión del mundo mucho más allá de los eventos sociales y de las apariencias. Era una dama y, como tal, se aplicaba en el presente, pero su cultura y privilegiada inteligencia le hacían tener un ojo en el pasado y otro en el futuro, por lo que se declaraba amante de la arqueología y de la buena literatura.
Cuando la joven Heredia descubrió que, además de la edad, compartíamos la pasión por los libros, no le importó lo más mínimo nuestras diferencias sociales y me invitó a sus tertulias y reuniones, en las que me exigía compartir todas y cada una de mis opiniones a viva voz y siempre con amplia sinceridad. Yo, que la admiraba y apreciaba tanto su estima, era incapaz de no concederle lo que me pedía, y, aunque muchos de sus invitados se escandalizaban con las reflexiones que salían por mis labios, Amalia se mostraba orgullosa de tenerme entre sus amistades, como si fuera una pieza muy extraña y valiosa cuyo descubrimiento se adjudicaba.
No obstante, cuando don Manuel Agustín falleció dos años atrás, comprobé que Amalia buscaba mi hombro como paño de lágrimas con mucha más desesperación que incluso en sus propios hermanos, y comprendí que realmente veía en mí a una buena amiga.
Algo que yo correspondía de todo corazón.
Por lo que tenía muy claro que aquella misma tarde, cuando fuera a su casa para la merienda, le enseñaría la nueva adquisición que me había provisto mi tío Adolfo.
Aunque su reacción no fue exactamente la que me esperaba.
—¿Frankenstein o el moderno Prometeo? —leyó con los ojos achicados un tanto decepcionada, mientras se llevaba una taza de té a los labios—. He escuchado algo al respecto. ¿No es acaso una novela de fantasía?
—Mejor —repuse dejando mi taza en la preciosa mesita de mármol—. Es ficción científica.
Aquel salón era tan grande como toda mi casa, y desde luego había muchos más libros, distribuidos por varias estanterías de roble de exquisitos labrados, junto a las cuales descansaba un precioso piano de cola.
Mi expresión extasiada continuó sin sorprender a Amalia.
Carraspeó, dejó su taza de té a un lado y me cogió las manos:
—Nía, querida, sabes que te adoro…
—Si tu intención es expresarme lo mismo que mi amado padre sobre que desvíe mis atenciones hacia un hipotético amorío, te aseguro que mi afecto por ti no será suficiente para evitar mi disgusto, Amalia.
Eso la llevó a liberarse en carcajadas. Pese a su considerable temperamento, Amalia tenía una risa agradable y muy honesta.
—Cielos, por supuesto que no. Pero casi —rectificó de forma pícara mientras me mostraba tres libros nuevos que nunca había visto—. Donde se encuentre el romance, que se aparte toda fantasía.
—El romance es la mayor fantasía de todas, Amalia —expresé con cierta chanza.
Lo que provocó que ella sonriera de nuevo y negase con la cabeza:
—A ti te encanta el romance, Nía. Fuiste tú la que me recomendó a Jane Austen.
—Austen es mucho más que romance, y lo sabes —remarqué con las manos. Luego cambié de registro rápidamente para señalar las novelas—: Pero esas no son de Austen, ¿cierto?
Amalia me miró enigmática mientras cogía las obras para tendérmelas.
—No, aunque he oído que están en la misma línea que ella. Puede que mejor.
—Eso lo dudo —opiné escéptica observando sus portadas—. Jane Eyre, Agnes Grey y Wuthering Heights. Es decir, Cumbres borrascosas —leí y traduje del inglés.
Cuando se percató de mi avispada inteligencia, Amalia no tardó en instruirme en su lengua materna, lo que a mí me resultó muy útil para leer novelas extranjeras y a mi amiga, para conversar conmigo al respecto. La de Mary Shelley por supuesto también se encontraba en el idioma de Shakespeare.
Revisé todo posible detalle en los libros de Amalia que pudiera suscitar mi curiosidad. No tardé en deparar en algo, lo que motivó mucho a Amalia:
—Te has dado cuenta, ¿verdad?
—Los tres autores se apellidan igual: «Bell» —respondí rotunda, y aún más convencida añadí—: Son seudónimos. —Y al ver su prominente sonrisa, caí en lo que trataba de decirme—: Son mujeres.
—Y hermanas —certificó Amalia gratificada, desplegando su enorme abanico de bordado—. Hace unos meses me dijeron que se había hecho muy famoso un libro de un tal Currer Bell. —Me indicó la novela de Jane Eyre—. Pero, curiosamente, a la vez salieron publicados otros dos por autores con su mismo apellido. Investigué un poco y resultó que Currer Bell se llama en realidad Charlotte Brönte.
—No me suena —reconocí.
—Pues créeme que lo oirás —asintió—. Se está haciendo de oro en Inglaterra con esta novela. Cosa que no puede decirse de Ellis Bell, o, más bien, de su hermana Emily.
—¿No ha agradado Cumbres borrascosas? —pregunté alzando el tomo.
—Desde luego no tanto como el de su hermana Charlotte —indicó Amalia retomando su té—. Dicen que es polémico, provocador…
—Vaya, que ese es el primero que has adquirido —deduje, calada como la tenía.
—Por supuesto —reconoció entre recatadas risas y aplausos—. Quería los tres, pero Cumbres borrascosas es el primero que pienso leer.
—¿Ves como no todo es el romance? —me jacté.
Sin embargo, la joven Heredia se inclinó hacia mí en su asiento.
—Este supuestamente también es romance, Nía, y de los intensos. —Me guiñó un ojo, haciéndome sonreír—. Lo que trato de demostrarte es que hay muchos tipos de romance.
—Y yo te digo que no —suspiré defendiendo mi postura—. ¿Cuántos libros habremos leído ya, Amalia? —Me recosté en el precioso sillón isabelino—. ¿Y en cuántos pasa siempre lo mismo? Hasta en los de Jane Austen —me exasperé un tanto cómica—. Siempre hay una muchacha insegura, con carácter o no, pero insegura, a la que se le aparece un caballero orgulloso que no se doblega por nada hasta que comprende que la ama. O ella le ama a él y se conquistan mutuamente. ¿No te cansa intuir tanto el final de una historia? ¿No te aburre?
Amalia liberó un enorme e irónico suspiro ensoñador:
—Oh, sin duda, es soporífero.
Yo le di un pequeño achuchón cómplice por su escepticismo.
—Hablo en serio, Amalia. Leo porque me gusta soñar y precisamente por ello no puedo soñar siempre con lo mismo, pues no hay mayor ponzoña para las ilusiones que el hastío. —Ya que me sonrió enternecida, tuve que decirlo—: A veces es más sano para el corazón soñar con verdaderos imposibles, que no te esperancen de ninguna manera. El romance planta una semilla de anhelo en el alma de las doncellas que se marchita cruelmente cuando es regada por la triste realidad de la arrogancia masculina.
Amalia esbozó una mueca de desagrado:
—En eso no puedo más que darte la razón. De ahí sostengo que el amor es un estupendo imposible con el que fantasear.
Al momento dibujé una enorme sonrisa:
—¿Lo dices por don Jorge?
—¿Qué? —se escandalizó ella algo sobreactuada—. Por favor, no me ofendas con semejante sujeto. Bastante debo aguantar con que sea socio de la familia.
—No finjas, Amalia, es evidente que le profesas los más bellos sentimientos.
—Por enésima vez, eso no es cierto, Nía —negó apurada, aunque enseguida expresó desconsuelo—. Y, de serlo, como si le importase. Cuando nos tiene delante a ambas es obvio a cuál de las dos antepone.
Yo resoplé.
Jorge Enrique Loring Oyarzábal era el tercer hijo de George Loring, un comerciante originario de Massachusetts. Se afincó con su esposa en Málaga tiempo atrás y se habían convertido en una de las principales familias de empresarios junto con los Heredia y los Larios, incluso después de fallecer su progenitor, gracias a la formidable gestión de los hijos con sus propiedades. Jorge tenía ocho años más que nosotras, había cursado sus estudios en Harvard y mantenía algunas diferencias notables en su refinado comportamiento con las maneras que nos procurábamos en Málaga, pero desde el primer momento que Amalia posó su mirada de azabache en él, supe que esta le había entregado por completo su corazón.
Sin embargo, dado el carácter orgulloso de mi amiga, esta prefería evitarle o saltar con alguna impertinencia de las suyas cuando Jorge le hablaba, lo que había provocado en el caballero una cierta preferencia hacia mi compañía. Pese a ello, yo sabía que en el fondo aquella actitud solo pretendía enmascarar su incomodidad hacia el desdén de la otra.
—Qué diferente es usted de ciertas damas, señorita Cobalto —me expresaba el joven Loring cada vez que Amalia se mostraba desagradable con él—, sin duda la categoría no lo es todo en la educación de una mujer. Por eso, para mí usted es mucho mejor que la mecenas a la que tanto estima.
Y yo me limitaba a sonreírle bastante apurada, pues lo que él denominaba categoría, yo lo consideraba libertad, y de haber dispuesto de ella, estaba convencida de que habría demostrado incluso más genio que Amalia a la hora de expresar mis ocurrencias. A pesar de saber que mi bajo nivel social nunca me lo permitiría.
Dejaba mis reflexiones menos apropiadas para los poemas o relatos que escribía por pura afición y que no compartía ni siquiera con Amalia. Sencillamente porque no me convenía que se conociera esa parte de mí.
Y eso era quizás lo que me tenía tan desencantada del romance o del amor.
¿Cómo iba a encontrarlo cuando no podía permitirme ser yo misma? Mucho menos con un hombre.
Así asumí que todo buen sentimiento que me pudiera procesar un caballero como Jorge Loring, por muy distinguido que este fuera, sería para mí tan irreal como las novelas más rocambolescas. Además de que nunca podría traicionar a Amalia de ese modo sabiendo lo que sentía por él.
—Eres tan hermosa —me dijo la Heredia de repente haciéndome sonreír—, normal que todos mis invitados se muestren embriagados por tu presencia. Contemplan esos ojos que tienes y dudan si eres real.
Yo me cohibí un poco.
Era cierto que mis ojos oscuros siempre habían presentado un matiz violáceo tan poco común como difícil de explicar. No obstante, lejos de hacerme sentir orgullosa, siempre me habían acomplejado. Por lo que precisé cambiar de tema.
—Tú eres mucho más bella que yo —corregí imprimiéndome de cierto humor—, y seguro que todos esos invitados tuyos en realidad se sorprenden porque me toman por tu ama de llaves y no entienden cómo puedo hablar tanto en tu presencia.
—¡Oh, no digas eso ni en broma, Nía! —me riñó contundente mi amiga—, cualquiera que te oiga se da cuenta de que tu educación no es la de cualquier mujer. Mucho menos la de un ama de llaves. Aunque les guarde gran respeto —corrigió al instante haciéndome sonreír.
Amalia no era la típica señorita rica que juzgara a los demás por su ocupación o por sus orígenes.
No era la típica señorita en nada.
—Me basta con que tú sepas la verdad sobre mí —le tomé la mano—, por eso eres la única con la que comparto mis lecturas. Tanto las que son de papel como las que me surgen sobre el mundo.
La joven Heredia me devolvió la expresión de afecto, se levantó y me animó para fundirnos en un cálido y fraternal abrazo. Luego me acompañó a la enorme entrada de su casa, pues ya era hora de que regresase.
La mansión de los Heredia estaba situada en el número 28 de la avenida de la Alameda, en la esquina con la calle Torregorda. Aquella era la zona residencial más adinerada y prestigiosa para vivir, repleta de árboles que refrescaban las tardes de verano y en cuyo centro a menudo tocaban orquestas por las noches, a las que podías escuchar cómodamente desde los bancos de piedra. Casi todos sus vecinos eran socios de la familia Heredia, como los Loring, que vivían en el número 49. La casa de los Heredia, por su parte, era igualmente impresionante, tan grande como un hotel, aunque Amalia solo la compartiera con su madre, sus dos hermanos mayores y sus respectivas mujeres.
En el lado de la Alameda que daba a su puerta me esperaba su coche de caballos, como siempre, para llevarme hasta el barrio del Perchel, donde se encontraba mi hogar. Bastante más humilde, pero no menos acogedor.
Justo cuando pensé que nuestra conversación había terminado, Amalia Heredia me detuvo antes de que saliera por la puerta:
—A propósito, Nía, no te he dicho que tenemos un nuevo vecino.
Informó indicándome la vivienda de en frente, algo más pequeña que la suya, pero igual de bonita y envidiable. Por lo general, siempre estaba vacía, aguardando a que acaudalados comerciantes extranjeros o nacionales se afincaran en ella temporalmente para establecer algún negocio.
—¿Un socio vuestro? —pregunté con no demasiado interés.
—Que yo sepa no —respondió ella—. Todavía no le he visto. Aunque he oído que es un joven heredero de una empresa americana de transportes. —Me miró de esa forma que escondía claras intenciones, por lo que ya empecé a negar—. Y que es tan excéntrico como apuesto.
—Tanto reproche por interpretar tus sentimientos cuando tú eres incluso más testaruda que yo en esos términos —la reñí algo exasperada—. ¿Cuántas veces deberé rogar que no me presentes a más socios o conocidos tuyos con propósitos casaderos? Por Dios, Amalia, eres peor que la Emma de Austen.
—Lo dices como si te buscara pareja —ironizó con cierto retintín—. Además, ya es tarde. —Se cruzó de brazos, satisfecha—. Lo he invitado a mi fiesta de mañana en la Hacienda de San José. Así que más te vale acudir y ponerte el vestido que te regalé.
La contemplé incrédula y muy molesta, lo que no le impidió cerrarme la puerta en las narices. Eso sí, lo suficientemente despacio como para darle tiempo a informar:
—Y, por cierto, se llama Dennet.
II
El señor Dennet
La Hacienda de San José era una preciosa residencia que la familia Heredia había instalado a las afueras de Málaga, colindando con sus montes y en plena naturaleza. A Amalia le encantaba que las reuniones se organizaran allí, sobre todo las de tipo cultural. Aunque también la destinaban a celebrar algunas fiestas o eventos sociales.
Siempre me decía que, cuando se casara, su sueño era comprársela a su hermano Tomás, quien la había heredado directamente de su padre, y hacer de ella un auténtico parque natural de árboles y plantas exóticas, así como convertirla en el lugar donde depositar su futura colección de hallazgos arqueológicos. Una vocación que había nacido de su reciente viaje al extranjero, acompañando a su hermano mayor Manuel y a su encantadora mujer Trinidad Grund. Puesto que se trataba del viaje de novios de la pareja y que la madre de Amalia deseaba distraerla a ella y a su prima Mercedes Cámara, el acompañamiento no debía tener en principio más propósito que el esparcimiento. Pero pese a la fama caprichosa de mi amiga, yo sabía que ella de verdad había despertado algo en su interior durante aquellos meses que estuvo fuera, volviéndose mucho más ansiosa por aprender y buscarle utilidad a sus conocimientos.
Por supuesto, siempre dudaba de que existiera un hombre lo suficientemente inteligente como para comprender y compartir sus ambiciones.
Por eso yo no entendía por qué se esforzaba tanto en encontrarme un marido cuando ambas pensábamos exactamente igual. Aunque yo no hubiera tenido la oportunidad de viajar para constatarlo.
—Estás fabulosa, Nía —me dijo Amalia después de corregir mi peinado en el tocador de su habitación antes de recibir a los invitados—. Si ya los hombres suspiran por ti, a saber con qué ocurrencia surgen hoy al verte.
Yo me contemplé en el espejo a su lado y me pareció realmente hermoso el contraste del rojo de mi vestido con el esmeralda del suyo. Por un momento creí que parecíamos de la misma clase social.
La alegría que ello me supuso me hizo sentir un poco avergonzada.
—Es la hora —anunció la joven Heredia, dirigiéndose a la puerta para instarme a salir con ella.
El encuentro estaba resultando en general muy agradable, exceptuando algunos detalles susceptibles a la crítica. Estaba repleto de caballeros con traje o esmoquin y señoras muy garbosas y elegantemente vestidas, pero que tendían a dividirse en grupos por género.
A Amalia y a mí no nos gustaba nada aquella realidad. Ninguna de las dos entendíamos por qué la mujer debía estar tan apartada y diferenciada de los hábitos masculinos. Pero, como en muchas otras cuestiones, el rango de la Heredia le otorgaba la suficiente potestad como para meterse en los temas de conversación de los caballeros. Y era más que inevitable para ella hacerlo cuando descubría la presencia de Jorge Loring entre ellos, llevando el testigo de la palabra, tal como en aquella ocasión:
—… Es por ello que garantizo los notables beneficios de una inversión de tal calibre.
La tensión de Amalia y su forma de tirar de mí para acercarse al colectivo ya me hizo presagiar que pensaba inmiscuirse. Y, por supuesto, de forma presuntuosa:
—¿Será que no me escucha, don Jorge, cuando advierto que en mis eventos no quiero que se hable de trabajo?
En cuanto el joven Loring oyó su voz, puso los ojos en blanco y se giró para dedicarle una expresión de reproche a la vez que una reverencia de cortesía que ambas correspondimos.
—Como si fuera posible no escucharla. O, aún más, como si fuera posible osar desobedecerla, doña Amalia —replicó él con gran distinción e ingenio, haciéndonos sonreír a todos los presentes. Excepto a la aludida, que frunció los labios. Más ante lo que añadió a continuación—: Puede quedarse tranquila en cuanto a que no estaba hablando de negocios, sino de inversiones por placer.
Amalia me oprimió el brazo y parpadeó interesada, aunque fingió no estarlo:
—¿Y de qué tipo de inversiones trataban?, si puede saberse.
—Sin duda, el joven Loring ha heredado el espíritu aventurero de su padre —comentó con segundas un caballero de avanzada edad que fumaba en pipa. Si le reconocí bien, se trataba de don Serafín Estebáñez Calderón, poeta y escritor, tío político de Amalia. Pese a sus intentos de disimularlo, era notable el desencanto que le procesaba a su fallecido cuñado y a todos sus socios, incluidos el también ausente padre de Jorge y el mismo Jorge, a quienes había apodado La Oligarquía de la Alameda—, aunque admito que es fascinante, dudo que se halle rentabilidad alguna en la inversión de descubrimientos arqueológicos tanto como usted sostiene.
—¿Arqueo… logía? —susurró Amalia perpleja, a la vez que le dedicaba una mirada llena de significado a Jorge.
No pude contener mi diversión. Sobre todo, después de que Jorge se sonriera para explicarse:
—¿Qué puedo decir? No es rentabilidad económica lo que yo persigo, sino una rentabilidad moral y personal —dijo embelesado mientras alzaba su copa de vino—, ¿acaso no se constituye el pasado como aquello que nos enseña cómo somos y a dónde nos dirigimos? Pienso que conservar una huella, por pequeña que sea, resulta un tesoro mucho más valioso que cualquier ninguna otra inversión.
Si la ensoñación de Jorge era palpable, nada podía compararse a la de Amalia en aquel momento mientras lo escuchaba hablar. Quedó maravillada al enterarse de que Jorge compartía su pasión por la arqueología. Añadido a ese atractivo y porte inglés característico que le otorgaba su estiloso peinado casi rubio y su elevada estatura, Amalia parecía casi perdida en sus sentimientos mientras lo contemplaba.
Hasta se le escapó un pequeño suspiro.
Por eso no esperé que cambiara de expresión y liberase aquella impertinencia:
—Una extravagancia muy propia de los caballeros como usted.
Aquello provocó las risas de los demás hombres, incluida la de don Serafín, y la perplejidad de Jorge Loring, que no dudó en dejar su copa para marcharse muy ofendido a otra zona de la fiesta. Aunque se detuvo un momento para dirigirse a mí:
—Me alegro de verla, señorita Cobalto. Lástima que solo me suceda con usted.
Y pese a que Amalia lo había escuchado perfectamente, esta mantuvo la sonrisa desviada hacia otro lado, para aparentar ignorarlo. Gesto que no le pasó inadvertido al caballero y que le sentó todavía peor.
Cuando se hubo alejado lo suficiente, yo resoplé con pesadumbre.
—Que Dios me libre de entenderte, Amalia —le expresé sin cortarme.
Ella simplemente se encogió de hombros y tiró de mí para atravesar el jardín.
Después de largo rato conversando muy agradablemente, sus hermanos la reclamaron y tuvo que dejarme, así que me acerqué a la exuberante fuente principal para contemplar los peces y las ranas. También los nenúfares.
Sus preciosas formas y colores me tenían cautivada. Parecían de otro mundo.
Ascendí inconscientemente la mirada y terminé fijándome en una distinguida señora que permanecía de pie en un recodo del jardín sin hablar con nadie, pero muy pendiente a todo pese a la parsimonia de sus oscuros ojos. No me sonaba su rostro maduro, y tampoco había visto nunca un traje de un gris perla tan hermoso como el que ella lucía. Sin embargo, cuando se le acercó una mujer para conversar animadamente como con cualquier otra, comprendí que todo detalle inusual apreciado en ella no fue más que un leve espejismo.
Estuve tan ensimismada por aquella contemplación que no deparé en las presencias que había tenido a las espaldas hasta que estas me hablaron:
—Vaya, hermana, mira a quién tenemos aquí. Si es Eugenia Cobalto.
Nada más escuché aquella voz aguda y desagradable, mi piel se erizó. Me di la vuelta con toda la serenidad que pude.
Las hermanas Belmonte, Narcisa y Mirta. Eran las hijas gemelas del practicante más conocido de la ciudad. Un hombre tan rico como agradable. Cosa que no podía decirse de sus herederas, pues por más dinero que invirtieran en sus recargados trajes, nada podían hacer los enrevesados tejidos para conferir algo de elegancia a sus insípidos y mezquinos rostros. Siempre llevaban el mismo modelo, aunque en distinto color. En este caso, rosa y turquesa. Una costumbre que me conducía inevitablemente a compararlas con las insufribles hermanas del cuento de La Cenicienta.
—Buenas tardes, Mirta —me incliné tratando de ser educada—, Narcisa.
—Si no fuera por la amabilidad de nuestra adorada doña Amalia, sería impensable que alguien de tu clase estuviese en un encuentro tan selecto como este —dijo Narcisa.
—Faltaría más —se carcajeó Mirta—, estoy convencida de que ese vestido también es cortesía de su buen corazón.
Yo me llevé las manos al corpiño con recato, pues era bien cierto. Aunque no pensaba darles la satisfacción de hacerme daño, cosa que parecía ser su pasatiempo favorito. Mirta y Narcisa no resultaban las únicas jóvenes adineradas que envidiaban mi relación con Amalia o la generosidad que esta manifestaba conmigo. Pero tampoco se trataban de las únicas que la valoraban falsamente, pues su amor por los libros solo era excusado por su enorme fortuna. En realidad, se burlaban de ella, o la consideraban una lunática por mostrar simpatías hacia personas como yo. Amalia estaba muy al corriente de ello, así que no era de extrañar que prefiriese mi compañía a otras interesadas. Ni que se indignase incluso más que yo cuando alguna dama se atrevía a ofender mis orígenes.
De ahí que las dos hermanas hubieran aprovechado su ausencia para reírse de mí.
Aunque no esperé que fueran a ensañarse hasta tal punto.
—Es preciso admitir que resulta un vestido muy bonito —opinó Narcisa acariciando los bordados de mis hombros.
—Desde luego —certificó Mirta apoyando su mano en mi otro brazo—, sería una lástima que… se estropeara.
Y sin poder preverlo, ni impedirlo, ambas me empujaron para que cayera de espaldas a la fuente.
El estruendo de mi impacto contra el agua fue tan grande, que todos los invitados de la fiesta desviaron sus atenciones hacia mí. Amalia Heredia interrumpió su conversación y Jorge Loring, al otro lado del jardín, se apresuró a socorrerme.
Verme toda empapada y helada por la caída tenía a las maléficas hermanas muertas de risa.
—¡Pero qué torpe!
—¿Estás bien, Eugenia? —preguntó Narcisa sin siquiera molestarse en fingir preocupación.
Yo las miré con reproche al borde del llanto, sobre todo porque el vestido se había hecho tan pesado por el agua que era incapaz de levantarme sola.
—Espere, señorita Cobalto —me dijo Jorge sin importarle introducirse en la fuente o mojarse los zapatos para pasarme los brazos por detrás—, yo la ayudo.
—¿Puedo saber qué acaba de suceder? —exigió Amalia a sus horribles invitadas mientras me tomaba las manos desde fuera.
—A nosotras también nos gustaría, doña Amalia —se contuvo la risa Mirta.
—Estábamos hablando tan tranquilas y resbaló —mintió Narcisa con malicia—, quizás no está acostumbrada a llevar un traje tan… opulento.
Tanto Amalia como Jorge les dedicaron una expresión de desprecio a las dos gemelas y se limitaron a conducirme al interior de la residencia lo más raudo posible, ante la mirada atenta y escandalizada de todos los demás invitados.
Me horroricé de mi aspecto cuando pasé por delante del espejo de la entrada. No solo estaba empapada, sino que mi peinado se había desmoronado y tenía el pelo pegado por todo el rostro.
Se me contrajo el gesto y Amalia me acarició para que la contemplase.
—Una dama de tu intelecto no debe sufrir por estos percances, Nía. Ellas sí que llorarían durante semanas, pues no tienen más en el mundo que la estima que pretenden ganar en vano de los demás.
—Espero que disponga de otro atuendo para ponerse, señorita Cobalto —enunció Jorge preocupado, mientras ascendíamos por las escaleras.
—Le prestaré uno de los míos —respondió Amalia por mí. Ya que yo no disponía de muchos ánimos por la vergüenza que estaba pasando—. Lo importante es secarla cuanto antes o pillará un resfriado.
—Siento mucho las molestias que os estoy causando —susurré agobiada.
Ellos negaron al unísono, hasta tal punto que me hicieron sonreír.
—Las molestas son esas dos desgraciadas —opinó Amalia de mala gana.
Y sonó tan contundente que Jorge Loring se perturbó:
—Doña Amalia, ese vocabulario no es adecuado para una dama de su nivel.
—Menos aún lo son mis invitadas si se dedican a perseguir la vergüenza pública para mi más preciada amiga —repuso altiva—, ¿qué clase de dama sería entonces si no expresase mi desagrado ante tal maldad de corazón, Jorge?
El joven Loring quedó perplejo ante la parrafada de la Heredia, y se mantuvieron la mirada con intensidad, hasta que él terminó asintiendo:
—Tiene usted razón.
—Por supuesto que la tengo —repuso ella satisfecha y, al llegar a la puerta de su habitación, me metió dentro y a él le indicó el camino de vuelta con el mentón—. A partir de aquí me haré cargo yo, si es de su cortesía consentir.
Él se mostró contrariado, pero lo vio perfectamente razonable:
—Es menester.
—Muchas gracias por su ayuda, mi estimado señor —le indiqué yo.
Él se limitó a inclinarse a modo de despedida, no sin sacudir la cabeza por la severidad de la joven Heredia.
Casi no pude aguantar a que se perdiera por las escaleras para reírme.
—Sabes que te has referido a él por «Jorge», ¿verdad?
Amalia puso los ojos en blanco y me empujó para adentro de la estancia:
—No empieces.
Mi amiga me ayudó a desanudarme el corpiño y me facilitó algunas toallas mientras me buscaba otro vestido en el armario. A la par que no dejaba de despotricar contra las hermanas Belmonte y sus dudosos métodos para mantener la amistad con su querida cuñada.
—No sé por qué Trini las sigue invitando. Bueno, sí que lo sé: ¡Porque es una santa! Si fuera por mí, te aseguro que me ocuparía de que no volvieran a pisar jamás la zona norte de la Alameda.
Yo, todavía con el camisón y el corpiño interior empapado, me reí y traté de desviar su atención de aquellas desagradables personas:
—Hablando de invitados, ¿tú no deberías volver y atender a los doscientos que te esperan abajo?
—Pero ¿cómo voy a dejarte aquí así, Nía? —se escandalizó.
Yo ladeé la cabeza:
—Sé secarme y cambiarme sola, Amalia. Hazme caso, ve abajo que enseguida acudiré yo.
Ella me escudriñó son su mirada de azabache. Sonrió con cariño y me acarició el rostro.
—Estás bien, ¿no, Nía?
Yo suspiré y asentí:
—Estoy perfectamente.
Amalia me dio un cálido beso en la frente y me meció el mojado cabello:
—Qué largo lo tienes.
—Sí, demasiado —opiné contemplándome en el espejo—. ¿No crees que es absurdo que las mujeres llevemos el cabello de tal longitud para luego recogérnoslo?
—Porque es como una dama luce mejor la elegancia de su cuello.
—A eso me refiero. ¿Si el propósito es que la melena quede en alto, no sería mejor segarla?
—¿Llevar el pelo corto, dices? —se carcajeó Amalia—. Qué ocurrencias tienes, Nía. —Luego tomó la puerta y me dejó sola para terminar de cambiarme—. No tardes, ¿de acuerdo? Me han comunicado que nuestro invitado está al caer.
Permanecí un largo instante contemplando la blanca puerta por donde se había marchado mi amiga.
Resoplé alzando el nuevo vestido azul que esta me había prestado.
Lo del cabello no era la única extraña reflexión que se me pasaba por la cabeza. Si bien disfrutaba de la belleza de los vestidos, tampoco entendía por qué debían ser tan recargados y engorrosos. Tal y como estaba en aquellos momentos, con el camisón, las enaguas y el corpiño, todo en blanco, me daba la sensación de que aquellas prendas eran más que suficientes para cubrir las vergüenzas y proteger del frío. Estábamos todavía en primavera y los trajes se podían aguantar, pero, en verano, el calor de Málaga te hacía sentir poco menos que desfallecer cuando lucías toda cubierta como exigían las normas sociales.
Y había que obedecer lo estipulado.
Eso me fastidiaba.
Igual que con la compostura. O que con mi amor por la literatura y el escribir, hasta tal punto de anhelar vivir de ello antes que condenarme a un casamiento o a la cría de los hijos, como todas las mujeres.
¿Por qué no podía vestir como quisiera?
¿Por qué no podía hacer lo que quisiera?
¿Por qué no podía ser como quisiera?
A veces sentía que no pertenecía a la época en la que había nacido. Como si estuviera adelantada a mi tiempo.
Por cavilar en mis pensamientos, sin embargo, no me di cuenta de que la puerta de la habitación que daba a la otra estancia se había abierto y que alguien había emergido por ella.
Me estuvo contemplando bastante rato hasta que comprendió que iba a proceder a desnudarme de verdad.
—¡Espere, señorita!
Me pidió con una voz masculina, lo que casi me provoca un infarto.
Abochornada, y pese a todas mis anteriores conjeturas, cogí el vestido para cubrirme con él.
—¡Cielos! ¡¿Quién es usted y cómo ha entrado aquí?!
Mi cara de espanto se vio sustituida por la extrañeza al deparar en que se había tapado la cara con una de las máscaras tribales de Amalia que descansaban esparcidas por la pared. Esta sin ranuras, supuse, por la cortesía de no seguir contemplándome en mis vergüenzas.
—Lo siento muchísimo —se excusó avergonzado con una mano mientras se sostenía la máscara con la otra—, acabo de llegar y desconocía que esta habitación fuera privada —aguardó un instante—. Soy el criado del señor Dennet. No sé si sabe quién es.
Cuando oí aquel nombre, me relajé un poco. Después de todo, no dejaba de ser un invitado de Amalia.
Sin embargo, tuve que sorprenderme. Por su voz no parecía un mayordomo. Sonaba grave, pero jovial. Y su complexión también me resultó la de un hombre joven, la cual era imponente, no solo por su considerable estatura, sino porque se percibía una buena forma física bajo su camisa. Así me fijé en su traje. Y no pude creer que no hubiera deparado antes en él, pues lucía de la forma más llamativa que hubiera visto jamás. Camisa blanca, pero pantalones, chaleco y chaqueta de un malva muy oscuro e intenso, resaltado por remaches metálicos con formas geométricas y redondeadas, igual que los engranajes de un reloj, así como unas sutiles rayas celestes, a juego con su corbata, aunque esta era de un azul más denso. También deparé en que llevaba guantes. Negros. Como sus relucientes zapatos, o el escaso cabello que conseguía apreciar por encima de la máscara. Daba la sensación de ser abundante, pero resultaba imposible asegurarlo.
—Algo he oído —contesté al comentario sobre el nombre de su señor.
—¿Y qué ha oído?
Preguntó relajando su postura al notar que ya no estaba tan enfadada ni asustada. Aunque seguí tapándome con el vestido azul, por supuesto.
—No demasiado —repuse con sinceridad—, Amalia Heredia me ha comentado que es un empresario de herencia americana, dedicado al transporte.
El criado se enderezó y se llevó la mano libre a la espalda:
—¿Nada más?
Por alguna razón, quizás porque no veía ni su rostro ni su gesto, me sentí en la libertad de serle honesta:
—También que es tan excéntrico como apuesto. Aunque ella misma todavía no ha podido comprobar ninguna de dichas características en persona.
Me dio la impresión de que aquello le divirtió, pues el movimiento que hizo con la cabeza fue muy significativo.
—Espero que mi señor Dennet sea digno de sus expectativas cuando este aparezca.
Yo le escudriñé, como si pudiera a través de la madera de aquella talla.
—¿Y qué opina usted? —Puesto que pareció extrañarse, insistí—: ¿Quién mejor que un criado para confirmar o desmentir lo que se dice de su señor? Y sobre todo para describirlo. ¿Cómo diría que es el señor Dennet?
Él meditó un instante tras la máscara y caminó hacia mí con tiento para no tropezar con nada. Pese a ello, sus movimientos me resultaron muy elegantes. Enseguida volvió a hablar:
—¿Cómo querría usted que fuera?
Eso me desconcertó.
—Perdón, señor, no le comprendo.
—Goza usted de la suficiente confianza con doña Amalia Heredia como para que esta le ceda su habitación y comparta sus confidencias. Dígame si estoy equivocado cuando pienso que es usted una de esas damas adineradas que persiguen un matrimonio digno de su posición o, si cabe, más aceptable.
Aquello me ofendió tanto que no pude más que expresarlo con gran indignación.
—Pues sí, señor, se equivoca y mucho. Viendo la calidad de su vestimenta puedo garantizarle que mis orígenes son considerablemente más humildes que los suyos, siendo incluso un criado como usted mismo afirma. —Aquella revelación pareció pillarle totalmente por sorpresa, pues intentó hablar, pero yo continué—: Si estoy en esta habitación a punto de ponerme un vestido de un nivel que no me corresponde, no es solo porque goce de la tremenda suerte de que doña Amalia Heredia sea mi amiga, sino porque su corazón es grande y considerado. Con respecto a esa tremenda suerte, le aseguro que me la he ganado, no por los medios o fines que el resto de sus conocidas, sino porque compartimos muy diversos intereses. Aunque en esto tampoco puedo quitarle mérito alguno a su corazón más de lo que yo pudiera merecer. Y por supuesto no pretendo contraer nupcias con nadie, ni mucho menos con su tan apuesto y noble señor. Cabe pensar si los rumores que corren sobre él son realmente ajenos o si vienen de un ego alimentado por todas esas damas de dudosa moralidad a las que usted pretendía incluirme.
El mayordomo, después de semejante verborrea, no pudo más que titubear e inclinarse ante mí, arrepentido. Así confirmé que no solo tenía el cabello abundante y muy negro como suponía, sino también repeinado hacia atrás.
Lo cierto es que hasta yo me sorprendí de mi atrevimiento y mal carácter. Quizás porque estaba expulsando de golpe toda la rabia que llevaba acumulada desde hacía rato.
—Le pido mil disculpas por mis precipitadas conjeturas y mi mala educación —dijo casi en un susurro mientras volvía a alzarse, recordándome lo alto que era—. Me siento terriblemente avergonzado.
—Debería —le espeté todavía ofendida—, aunque intuyo que estará acostumbrado a que las mujeres casaderas persigan a su señor. Habrá que ver cómo se lo toma él, si le desagrada tanto como a usted o si por el contrario está encantado. Francamente, creo que prefiero no imaginármelo.
—Ni podría —remarcó el criado.
Tanto su forma de decirlo como el tono de su voz me sonsacó una pequeña sonrisa. Pero eso no diluyó mi enfado.
—Ahora, si me lo permite, le agradecería que me dejara sola para que pueda terminar de vestirme —expresé indicándole la puerta a pesar de que no me viera.
—Faltaría más —se apresuró a decir él y fue hacia la salida más cercana sin soltar la máscara, para dejar claro que no iba a osar mirarme—. Me voy, no sin disculparme de nuevo ante usted.
Dicho esto, volvió a inclinarse y cerró la puerta tras de sí.
Por fin solté el vestido, no sin liberar un enorme resoplido de estupor.
Era la segunda vez en aquella noche que me afrentaban por mis orígenes.
Me alegraba pensar que en aquella ocasión no había ocurrido en público.
Después de secarme, vestirme y volver a arreglarme el pelo, descendí por las escaleras con la intención de regresar a la fiesta.
Ciertamente me daba bastante vergüenza volver tras semejante bochorno, pero recluirme solo serviría para culminar las oscuras intenciones de las hermanas Belmonte. Y cuando me vieron reaparecer, sus expresiones de rabia y envidia me certificaron lo acertada de mi decisión. Aunque el principal mérito debía dárselo al vestido de Amalia, como indicaron el resto de miradas de asombro que recibí.
—Nía —se acercó a mí la joven Heredia. Y me tomó del brazo con deleite—, si lo llego a saber, te habría vestido con este antes. Estás increíble.
—Entonces se habría echado a perder —bromeé aludiendo al percance con el agua de la fuente.
Amalia sonrió comprendiéndolo y me instó a seguirla:
—Ven, voy a presentarte a alguien.
Por un momento pensé que se trataría de aquel para quien había organizado el evento, pero en su lugar me condujo hasta un caballero de considerable estatura y porte distinguido. Con grueso bigote blanco pese al marmoleado de su cabello, y brillantes ojos claros, demasiado brillantes, de un tono verde intenso. Vestía con un impecable esmoquin gris con algunos detalles rojizos y unos guantes blancos de seda fina.
—Nía, te presento al señor Larry Johansen, trabaja para el señor Dennet —me reveló Amalia para mi absoluto desconcierto—. Señor Johansen, esta es mi buena amiga Eugenia Cobalto.
Arrugué el gesto con desagrado.
Lejos de provocármelo el caballero en cuestión, sí lo hizo su presencia y aquel a quien destinaba su lealtad. Empezaba a asociar ese nombre a un continuo disgusto e incomprensión, pero supuse que el hombre del esmoquin no tenía culpa alguna.
—Mucho gusto, señor Johansen.
—El gusto es mío, señorita Cobalto. —Se inclinó hacia mí con una mano en el pecho y otra a la espalda, impresionándonos con sus perfectos modales—. No todos los días se aprecia a una mujer tan refinada como hermosa y yo ahora mismo tengo la fortuna de estar viendo a dos.
Ambas sonreímos por el cumplido y Amalia no pudo evitar preguntarlo:
—¿Cuándo vendrá el señor Dennet, mi buen señor Johansen?
—Intuyo que no tardará mucho más, doña Amalia —respondió él comprobando su reloj de bolsillo.
Puesto que aprecié gran calidad en aquel instrumento, de repente fui yo la incapaz de contenerse:
—¿A qué se dedica usted, señor Johansen?, si no es indiscreto preguntar.
—En absoluto, mi estimada señorita —respondió con una sonrisa amable—. Soy el criado personal del señor Dennet.
Yo parpadeé extrañada.
No porque su porte fuera demasiado exquisito para un criado, sino porque el encuentro que había experimentado minutos antes me condujo irremediablemente al desconcierto después de escuchar semejante sentencia.
Deduje en voz alta la única posibilidad que se me ocurrió:
—Debo suponer que no es el único criado que tiene el señor Dennet, ¿verdad?
Amalia me miró confusa por la determinación de mis conjeturas y el señor Johansen se limitó a responder, también con un matiz extrañado:
—Mi señor tiene el suficiente nivel adquisitivo como para tener muchos criados, eso es cierto. Pero me temo que para su estancia en Málaga solo me ha traído a mí y a la señora Soler, la cocinera.
Se me cortó la respiración.
Si aquel joven que irrumpió en la habitación no era el criado del señor Dennet, ¿quién era?
Debí ponerme terriblemente pálida, pues mis dos interlocutores se preocuparon hasta por mi salud.
—Nía, querida —me cogió Amalia de la mano—, ¿te encuentras bien?
Procuré asentir para librarla de cualquier inquietud hacia mí, pero el anuncio del señor Johansen terminó por trastornar mi compostura.
—Oh, ahí llega mi señor Dennet.
La expectación de Amalia le llevó a buscar al momento el lugar donde indicaba el señor Johansen y yo no pude más que imitarla. Eso sí, con la mirada desorbitada. Aunque no fuimos ni mucho menos las únicas en contemplar o atender al supuesto recién llegado. Vimos a lo lejos cómo la gente iba abriéndole paso al avanzar por las escaleras del jardín principal, al mismo tiempo que los murmullos sobre su persona se volvían más y más palpables. Las mezquinas gemelas Belmonte liberaron un suspiro de ensoñación cuando depararon en él, que resultó secundado por casi todas las demás jóvenes presentes.
Entonces llegó hasta nosotros y descubrí que ningún rumor podría haberle hecho justicia.
De cabello negro como la noche más absoluta, su rostro quedaba perfectamente equilibrado y enmarcado por unas sutiles patillas y unas cejas tan espesas como expresivas. Su nariz y su barbilla eran angulosas, con presencia. Lucía además unos ojos ambarinos, casi dorados. Imposibles. Como todo su rostro.
Sonrió de una forma tan carismática, rezumando tal inteligencia, que constató la verdad de lo que se decía sobre su atractivo.
Sin embargo, ninguno de aquellos detalles de su fisionomía fue lo suficientemente llamativo como para que no deparase en su traje lavanda con corbata azul y en sus guantes negros. Un conjunto muy concreto que me provocó una fuerte sensación en el pecho al borde del colapso.
—Señor Dennet —se dirigió Amalia a él con hospitalidad en plena reverencia—, por fin le conozco. Sea usted bienvenido.
—Permita que le exprese mi gratitud con el mayor de los honores —dijo él mientras le pedía la mano para besársela con caballerosidad. Al escuchar su voz ya no me quedó duda alguna de que era el mismo hombre que había irrumpido en la habitación mientras me cambiaba—. Yo también estaba deseando conocerla, señorita Heredia.
—Llámeme Amalia, por favor.
No muy lejos de allí se encontraba Jorge Loring charlando animadamente con un par de socios suyos. Sin embargo, en cuanto vio el gesto del nuevo invitado y la sonrisa que le dedicaba a la joven Heredia, no dudó en excusarse de su conversación para incorporarse sutilmente a la nuestra.
—Con mucho gusto, doña Amalia —se dirigió el señor Dennet a mi amiga en tono galante—, usted puede llamarme entonces Ambrose. —Luego deparó en Jorge y volcó su singular mirada hacia él—. Y usted debe de ser el señor Loring, ¿me equivoco?
—No se equivoca, señor —se inclinó Jorge ante el desconocido, no sin cierto tono hostil—, una distinción que haya oído hablar de mí. Siento no poder decir lo mismo.
—Qué curioso. Tenía entendido que ya gozaba de cierta fama —respondió para mi vergüenza, y eso no fue nada cuando me observó de soslayo confirmándome que lo decía, efectivamente, por mí. Aunque pronto demostraría hasta dónde llegaba su mentalidad retorcida—, a la que no tengo el agrado de conocer es a su acompañante, doña Amalia.
Mi amiga, en cambio, se mostró encantada de su interés.
—Le presento a Eugenia Cobalto, una de mis mejores amigas.
—Encantado, señorita Cobalto. —Me pidió la mano de la misma forma que a Amalia, a lo que tuve que ceder. Sin embargo, sus dedos me transmitieron algo que no supe describir a través del cuero, y su gesto de besarme los nudillos se alargó un poco más de lo estipulado mientras me escudriñaba—. Fascinante que su apellido connote en cierto sentido su mirada, pero debo decir que no le hace justicia a su singularidad en cuanto a que sería más apropiado llamarla amatista.
Consiguió ruborizarme, sin duda. Y nuestra compañía sonrió. Salvo Jorge Loring, que alzó una ceja dándose cuenta del exceso de zalamería en sus modales. Igual que a él, su ocurrencia hacia mis ojos me pareció fácil y contrahecha. Lo que me animó a expresarlo:
—Podría describir lo mismo de su nombre, señor Dennet. He leído que algunos dan a la ambrosía el aspecto y el color de la miel, aunque la confianza de sus maneras transmite que probablemente usted prefiera el sentido divinizado de la palabra.
Eso, por alguna razón, pareció incomodarle, aunque trató de disimularlo con una sonrisa más amplia, gesto que imitó su mayordomo. Mientras, los rostros de Jorge y Amalia tuvieron que confirmar mis apreciaciones.
—Lo de sus ojos es bien cierto, don Ambrose —asintió la Heredia—. Intuyo que debe de ser por su ascendencia americana.
Tampoco nos extrañó a ninguno de los presentes que careciera de acento extranjero, pues los mismos Jorge y Amalia eran mestizos y su pronunciación en ambos idiomas resultaba perfecta.
—O quizás sea efecto del color de su traje, que acrecienta el contraste —solté yo, para dejar claro que había reconocido su atuendo y que sabía quién era.
A lo que él, no obstante, curvó todavía más sus labios.
—No podría estar más de acuerdo, señorita Cobalto. A la vista está que cualquier belleza resalta más cuando está infundada de color —indicó nuestros vestidos a modo de cumplido—. Sin embargo, yo soy partidario de que una mujer siempre luce mejor desde la sencillez. Por ejemplo, vistiendo de blanco roto.
Casi me atraganté.
Tanto de bochorno como de rabia.
Manteniéndome la ambarina mirada me estaba dando a entender que finalmente me había llegado a ver en ropa interior.
Noté cómo las mejillas me ardían y comprendí que me había provocado un escandaloso sonrojo, lo que le dejó muy satisfecho.
No quería que la conversación terminase ahí, ni mucho menos, aunque el desvergonzado caballero enseguida se giró hacia Jorge:
—Señor Loring, tengo entendido que le interesa la arqueología. Me gustaría charlar con usted al respecto, si me lo permite.
El aludido asintió con curiosidad. Y ambos se despidieron de nosotras e iniciaron su conversación mientras se alejaban.
Al momento, no sin cierto apuro, el señor Johansen se disculpó también con Amalia y conmigo para acudir tras su señor.
Y yo me quedé poco menos que estática.
Amalia me agarró del brazo con mucho humor:
—Vaya, los rumores sobre él se quedaban cortos. En todos los sentidos. ¿No te parece un hombre increíble?
¿Increíble?
Sin duda.
Increíble era un buen término. Pero en la peor de sus acepciones.
Yo le dediqué a mi amiga una mirada angustiada y llena de calor que esta no comprendió. Aún menos mi arrebato de pedirle el coche de caballos para poder recogerme cuanto antes, pues no podía seguir un segundo más allí. Compartiendo el mismo espacio que aquel individuo.
Dennet.
Sí, el increíble señor Dennet.
III
La institutriz
Al día siguiente, me resultó imposible salir de casa.
Por suerte era domingo, y gocé de la compañía de mi padre. Así como de la de Mary Shelley para mostrarme el increíble universo gótico que había plasmado en su obra.
Sopesé para mis adentros que existían sujetos mucho peores que la criatura de Frankenstein paseándose tranquilamente entre las demás personas, camuflados bajo un aspecto agradable y atrayente.
Entonces llamaron a la puerta de casa y, tras una manifiesta alegría de Gustavo, cual toro de miura irrumpió en mi habitación una Amalia Heredia muy indignada.
—¿Qué es eso que me ha dicho mi mensajero de que no quieres acudir conmigo a un evento de tarde? —expresó con la mirada desorbitada. Y yo dirigí la mía hacia arriba con cierta aspereza—. Primero te vas de mi fiesta como un vendaval y hoy te niegas a salir. Nía… Dime que no es por las gemelas Belmonte, porque por san Ciriaco y santa Paula que te juro que estallo.
—¿Las gemelas Belmonte? —se interesó mi padre, quien se había detenido en ese momento delante de la puerta para revisar su caja de herramientas—. ¿Qué han hecho esta vez esas malcriadas?
Tuve que sonreír.
Había olvidado por completo el episodio de las dos hermanas. Sin embargo, puesto que Amalia no sabía de mi encuentro con Dennet en su habitación de la Hacienda de San José, comprendí que su comprensión le hubiera hecho creer que me sentía humillada por lo que sucedió en la fuente principal. Episodio que le estuvo explicando a mi progenitor con tanta rabia e impotencia que tuve que mediar:
—Amalia, tranquila, no es por ellas. Simplemente llevo una semana algo agotada y es mi deseo permanecer hoy en casa.
La joven Heredia se puso en jarra y me contempló muy molesta. Su instinto le decía que algo me ocurría, y lo cierto era que este no andaba muy desencaminado. Pero por supuesto yo me negaba en rotundo a contárselo. Y estaba claro que ella tampoco iba a dejarse derrotar.
—Don Gustavo —se exasperó Amalia hacia mi padre—, su hija es una completa inconsciente.
—Lo sé, querida, lo sé —repuso él entre risas sin levantar la vista de una de sus ganzúas.
Yo suspiré y volví a mi lectura. Aunque Amalia no dudó en arrebatarme el libro de Frankenstein y arrojarlo sobre la cama.
Nos escudriñamos largo rato a los ojos hasta que ella habló de nuevo:
—Nía, no voy a consentir que te encierres por nada ni por nadie, ¿me has entendido?
Resoplé fastidiada.
¿Quién necesitaba hermanas o madres teniendo a Amalia Heredia?
En el fondo llevaba razón, pero reaccioné a la defensiva:
—¿Lo dices por mí o porque no quieres acudir sola a casa de don Jorge Loring?
Ella se puso roja como las amapolas en primavera, haciendo reír a mi padre, y este comprendió que ya habíamos entrado en intimidades, por lo que avanzó hacia el salón y nos dejó solas.
—Eso no tiene nada que ver —negó ella poco convencida—. Únicamente pretendo que camines con la cabeza bien alta. Jorge en persona te ha invitado a ti también.
—¿Jorge? —pregunté con picardía viendo que otra vez lo llamaba solo por el nombre de pila, sin añadirle el don delante—. ¿En persona?
—Su casa está muy cerca de la mía —argumentó de nuevo apurada—, ¿es que no puede venir en persona a invitarnos a las dos?
Yo sonreí y terminé por ceder.
No tenía nada de malo acudir a casa de Jorge Loring. De hecho, era la persona que más apreciaba después de Amalia. Una de mis mayores aspiraciones era que mi amiga dejase su orgullo de lado y cediera en demostrarle su amor, convencida como estaba de que no solo podía ser correspondido, sino más estimado que por ningún otro hombre. Y eso que a la joven Heredia no le faltaban admiradores. Un hecho del que no solo yo era consciente, pues ya había deparado en que el joven Loring solía intervenir cada vez que algún caballero mostraba algo de interés hacia ella. Como cuando Ambrose Dennet se presentó.
Fue solo recordarle y esbocé una mueca de disgusto.
Aunque precisamente por haber suscitado en Jorge algún tipo de competencia, podía garantizar la ausencia de aquel horrible sujeto al privado evento.
Y únicamente por eso, decidí animarme a acompañarla.
Sin embargo, cuando crucé el umbral del increíble salón de los Loring, mis peores pesadillas se cumplieron. El aura del señor Dennet embriagaba cualquier estancia con su perfume de carisma y de insufrible arrogancia, al tiempo que este se veía rodeado por continuas atenciones de todo tipo. Su considerable altura lo hacía sobresalir lo suficiente de entre las demás presencias como para apreciar su perfecta sonrisa relamida.
Quise dirigirme hacia el lado opuesto de la sala, pero enseguida Amalia tiró de mí:
—Oh, mira, Nía, si está ahí don Ambrose.
Suspiré resignada, aceptando mi rendición.
Por supuesto no fuimos las únicas jóvenes invitadas a tomar la merienda en el número 49 de la Alameda. También estaban presentes muchos de los vecinos de la familia Loring, entre ellos las mezquinas gemelas Belmonte, quienes me dedicaron una sonrisa cargada de malicia y superioridad. Supuse que su existencia colindante en aquel barrio era lo que justificaba su presencia allí, igual que la del señor Dennet, dado lo convencida que me supuse de aquella territorialidad que había demostrado Jorge en la Hacienda de San José.
Aunque todas mis conjeturas se vinieron abajo cuando contemplé que el joven Loring lucía riéndose a carcajadas con él, igual que otros muchos caballeros y damas.
Exacto. Había conseguido reunir a mujeres y a hombres en una misma conversación.
—Tengo la firme teoría de que hasta el más correcto de los caballeros debe estar siempre preparado para lo que se le pueda avecinar —añadió Dennet volviendo a hacer reír a su público.
—Desde luego, mi estimado amigo —le palmeó Jorge Loring la espalda.
Y yo no pude más que expresar mi perplejidad ante semejante manifestación de camaradería.
—Causa usted furor allí donde va, don Ambrose —expresó Amalia dedicándole una enorme sonrisa.
Tuve que darle la razón.
¿Cómo podía alguien con su personalidad caerle bien a todo el mundo?
Incluso a un señor en el que había despertado recelos el día anterior. Quizás intimaron con la excusa de que ambos tenían orígenes americanos.
Tratándose de Dennet, las posibilidades resultaban infinitas.
Bien era cierto que su presencia dejaba extasiado a cualquiera, y no solo por su atractivo. Su porte era tan incuestionable como único. Aquella tarde lucía un traje carmín oscuro pero intenso, con bordados negros, a juego con su chaleco y sus característicos guantes. Remaches y corbata dorados, aunque no menos que sus ojos.
En cuanto nos vieron, ambos jóvenes caballeros se inclinaron ante nosotras a modo de bienvenida y el resto de los presentes se dispersó al dar por concluida la conversación.
La Heredia y el Loring intercambiaron una mirada muy profunda.
—Qué bien que haya venido, doña Amalia —le dijo Jorge con una amable sonrisa—, pensé que quizás tendría asuntos más importantes que atender, tal y como me expresó cuando la invité a usted y a su buena amiga.
Amalia se mostró algo contenida y eso me hizo sonreír.
—Ya que me lo pidió con tanto interés, no me quedaba más remedio que asistir —argumentó ella manteniendo su postura altiva.
Aquello provocó las risas de Jorge:
—No estaría aquí si el interés no fuera mutuo, ¿no cree?
Pude apreciar cómo las mejillas de la Heredia se iban encendiendo, así que no me extrañó que me utilizara para cambiar de tema:
—Ya sabe que mi amiga y yo disfrutamos mucho de estos eventos. Más si asisten caballeros como don Ambrose. —Aquella focalización hacia Dennet disgustó bastante a Jorge Loring, incluso habiéndose ganado su amistad con tan prematura viveza—. Qué agradable sorpresa encontrarle aquí, ¿a que sí?
Lo preguntó para que yo respondiera, pero me limité a contemplar sus ojos amarillos con el mayor de los disgustos. Gesto que pareció hacerle a él mucha gracia:
—Me alegra verla de nuevo, señorita Cobalto. Hoy luce muy distinta de ayer.
Apreté la mandíbula.
Ese día, por lo visto, también se encontraba con ánimo de distraerse a mi costa.
—Aunque sería un hábito muy elegante —empecé a decir—, ninguna mujer va siempre vestida de noche, señor Dennet.
Él ladeó la cabeza y me escudriñó con sus topacios:
—Lo decía por el color. Quizás me ha desilusionado no verla de blanco roto.
Lo fulminé con la mirada. No solo por la confusión que generó entre nuestros acompañantes.
Su osadía empezaba a resultarme tan molesta como grosera.
Y eso no fue nada cuando las gemelas Belmonte, que se habían mantenido prudentemente cerca, decidieron intervenir:
—En realidad la explicación del aspecto de nuestra querida Eugenia es bien sencilla, señor Dennet —comentó Narcisa mientras me cogía de un brazo ante la perplejidad de Amalia.
Para mi desagrado, Mirta quiso concluir por su hermana:
—Pese a frecuentar ambientes de alto nivel, Eugenia Cobalto pertenece a la clase social más baja, mi estimado señor.
—Es la hija del guardés de la fábrica de La Constancia —completó la otra mirándome de soslayo—, es decir, que su origen es obrero, ¿no es así?
Yo no quise responder.
Solo por honor.
Amalia y Jorge les dedicaron tal expresión reprobadora, que la sonrisa desapareció al momento de sus desagradables rostros. Las ahuyentaron, literalmente. Y aunque Amalia hizo amago de seguirlas, Jorge la agarró de la muñeca para evitar que montase una escena.
Ambos se contemplaron, reprendiéndose mutuamente, pero la Heredia terminó por ceder y desprenderse de su gesto, impotente. Después de todo, se encontraba en la casa del joven Loring, no en la suya.
Por mi parte, me limité a observar los ambarinos ojos de Dennet aguardando sus burlas por lo que aquellas malas mujeres habían revelado sobre mí. Sin embargo, lejos de eso, este pareció iluminarse:
—Interesante. Yo habría dicho que usted tenía porte de institutriz.
Eso nos hizo a Amalia y a mí parpadear sorprendidas. Aunque mi amiga terminó sonriendo con amplitud.
—Desde luego serviría para tal ocupación, don Ambrose. —Me posó la mano en el hombro con orgullo—. Yo he tenido institutriz toda mi vida, pero nunca aprendí tanto como en el tiempo que hemos compartido juntas. Casi todo lo que sé sobre buena literatura me lo ha enseñado ella.
Él alzó las cejas con curiosidad, aunque no menos que yo.
—¿Es eso verdad? —preguntó en tono fascinado.
—Así es —habló Amalia de nuevo por mí. Jorge Loring arqueó una mueca, perplejo por sus insistencias para inmiscuirse—. Mi querida Nía es la mujer más inteligente que he conocido.
Yo abrí mucho los ojos, turbada porque mi amiga hubiera expresado en público el hipocorístico por el que se refería a mí. Cosa que a Dennet no se le escapó en absoluto.
Contuvo una risa que me originó un profundo sonrojo.
Decidí escapar de aquella continua cadena de bochornos y aproveché la excusa del tema de conversación que habían iniciado:
—Eso me recuerda que tengo pendiente echarle un ojo al pasaje que me mencionaste ayer de la novela que estás leyendo, Amalia.
—Cierto —asintió ella—. La he dejado en una de las repisas de té, si mal no recuerdo.
Aquello me salvó. Corrí a tomar asiento en los hermosos sillones forrados de rojo carmesí que descansaban junto a las majestuosas estanterías y agradecí el libro que Amalia me había facilitado. No era extraño que lo hubiese traído, pues en reuniones tan copiosas como aquella se hacía muy común que los invitados se proveyesen de sus propias distracciones. En nuestro caso, Amalia y yo numerosas veces traíamos las novelas que estuviéramos leyendo para comentarlas. Todo hay que decir que llamábamos la atención por los títulos escogidos, cuestión que no nos importaba en absoluto.
Mientras los demás continuaban tomando el té o conversando, yo me dediqué a leer en soledad, disfrutando de dicha lectura o tratando de que esta me evadiera de muchas presencias que compartían aquel hermoso salón conmigo.
Aunque una de ellas no pensaba permitírmelo:
—¿Puedo saber qué lee?
Dennet.
Inspiré profundamente, colmándome de aire y de fastidio. Sin embargo, terminé mostrándole el libro.
Ladeó una ceja con agrado:
—Cumbres borrascosas. Es usted una romántica entonces.
Me sorprendió que lo conociera, aunque no pude obviar su apreciación.
—Prefiero otro tipo de lecturas, la verdad —expresé rotunda—. Pero Amalia dice que esta novela es distinta al romance clásico y quería comprobar hasta qué punto podía ser así.
—Le aseguro que es uno de los más claros ejemplos de romance —comentó él sentándose en el apoyabrazos, de idéntico color a su traje, lo que invadió notablemente mi espacio personal—. Si se esfuerza por defender que hay en esta novela algún detalle para hacerle pensar que no es romance, le aseguro que es usted una romántica empedernida.
Debía reconocer que me exasperó.
—¿Por dónde empezar? —Negué lentamente con la cabeza—. Primero, ¿acaso ha leído este libro como para poder hablar sobre él con tanta propiedad?
—Lo he leído, sí —asintió con arrogancia.
—Salió publicado el año pasado —repliqué yo extrañada.
—Eso no debería ser un problema. ¿Segundo?
Lo miré perpleja. No podía creer su atrevimiento.
—Segundo —recalqué la palabra, ya que él se había molestado en hacerlo—, yo no soy una lectora de romance. Ya no. Veo más interesantes las novelas que se vuelquen con cualquier otro género.
Dennet sonrió con actitud pícara:
—Es complicado que una novela no contenga romance entre sus páginas como uno de los temas principales.
—Pero las hay —repuse molesta—. Y son precisamente esas las que encuentro algo especial y diferente. Como la que estoy leyendo ahora, Frankenstein.
—Oh. —Se irguió él cruzándose de brazos—. De Mary Shelley.
Me dejó sin palabras.
—¿La conoce?
—Es una de mis novelas favoritas, claro.
No pude más que ser completamente sincera:
—Cuesta creerlo. Si ya es poco frecuente encontrar a alguien que sea asiduo a la lectura, aún más lo es que considere interesante la ficción científica.
—¿Ficción científica? —se sonrió por el término. Y podía entenderlo, pues era bastante reciente. Aunque no esperé que añadiera la siguiente sentencia—: Qué puedo decir. Si hay algo más interesante que la ficción, eso es añadirle un toque de ciencia.
Por alguna razón, su forma de expresarlo me provocó una palpitación extraña.
Nos mantuvimos la mirada largo rato hasta que terminé por soltar aquello que llevaba tanto tiempo conteniendo:
—¿Por qué me mintió haciéndose pasar por su propio criado?
Lejos de cohibirse o mostrarse apurado, pareció deseoso de contestarme. Como si hubiese estado esperando a que se lo preguntara.
—No quería que su primera impresión sobre mi persona confirmara la supuesta excentricidad de la que se le había informado. —Se inclinó hacia mí buscando discreción—. Debe usted reconocer que nuestro primer encuentro da bastante para la anécdota. Aunque intuyo que no lo ha compartido ni siquiera con su más preciada amiga.
—No quisiera destrozar tan pronto la buena imagen que tiene sobre usted —respondí cortante—. Así que supongo que estamos en la misma tesitura —añadí acalorada para su deleite—. Y permita que le informe de que sus propósitos fueron un completo fracaso. No solo ha confirmado su supuesta excentricidad, sino que, para mí, usted, sin ayuda de nadie, se ha añadido un valor de embustero muy difícil de enmendar.
Dennet me contempló con la cabeza gacha, como si entendiera bien lo que le estaba diciendo. Sin embargo, terminó por defenderse:
—Siempre puedo intentarlo.
Me resultó muy arrogante, como siempre. Así que cerré el volumen de golpe y me lo coloqué bajo el brazo a la vez que me levantaba. Con mi gesto de dirigirme hacia la entrada, pretendí dar la conversación por concluida, pero descubrí con enojo que el heredero americano había decidido seguirme ante todas las curiosas y envidiosas miradas.
Pese a sentirnos tan observados, la amplitud de la estancia concedía a nuestro diálogo gran privacidad. Algo que me alentó cuando se le ocurrió volver a hablarme.
—Doña Amalia Heredia se refiere a usted por «Nía». Es muy tierno. ¿Puedo llamarla yo así?
—Rotundamente no. —Ni siquiera necesité pensarlo. Lo que le resultó más divertido de lo que por supuesto pretendí—. Para usted soy la señorita Cobalto y usted es para mí Dennet.
—¿Ni siquiera señor? —cuestionó burlón, arqueando sus perfiladas cejas.
Dilaté las aletas de la nariz. No pensaba amilanarme:
—Cuando me demuestre que es un caballero, me referiré a usted como tal.
—En ese caso yo la llamaré Nía, hasta que usted me demuestre que no es tan bonita como yo la veo.
Tuve que detenerme.
Y le contemplé en silencio, incapaz de replicar.
Consiguió sonrojarme.
Agradecí que entonces sonara el timbre de la puerta anunciando la llegada de otro invitado, pese a que en principio nos hallábamos en la vivienda todos los previstos.
Sencillamente, fue alguien inesperado.
—¡Hermanito!
Una chica elegantemente vestida de rosa pastel y de largo cabello oscuro y rizado irrumpió en la estancia tirándose a los brazos de Dennet. Me di cuenta de que esta llevaba un guante de encaje blanco en la mano derecha.
—Adriana —la reprendió de una forma severa y paternal que no habría esperado de él—. ¿Qué haces aquí?
Cuando la muchacha se separó lo suficiente, pudimos comprobar que era tan hermosa como su hermano. Parecía rondar los catorce años. Aunque lo que nos dejó a todos extasiados fue la extravagancia de sus ojos, pues si bien resultaban tan llamativos como los de Dennet, estos eran azules, y el derecho lucía significativamente más claro que el izquierdo. Aunque nada resultaba tan luminoso como su sonrisa pícara e infantil.
—Quería estar contigo —respondió sincera y entrañable. Con un acento tan curioso como tierno.
Hasta el punto de que nos conmovió a todos, incluido a su hermano.
Este le acarició el rostro y suspiró rendido.
—Don Ambrose —se dirigió a él Amalia Heredia—, no sabía que tenía usted una hermana tan encantadora.
—Eso es porque no debería estar aquí —volvió a sermonearla con su ambarina mirada.
Hubo algo en su forma de tratarla, algo protector, que me agradó. No sabría explicarlo. Quizás lo más satisfactorio para mí fue descubrir aquel matiz de su personalidad. A pesar de que lo cierto era que no resultaba exactamente nuevo, pues aquella misma fue la impresión que me transmitió cuando nos conocimos y se cubrió el rostro preocupado por mi posible reacción.
Entonces apareció el señor Johansen entre jadeos, como si se hubiera dado la carrera de su vida. De hecho, así fue.
—Lo siento muchísimo —se disculpó el hombre ante su señor en cuanto este le dedicó una expresión de reproche—. Fue llegar, decirle que estaba usted aquí, despistarme un momento y salió corriendo a buscarle.
—Eso son muchos acontecimientos, ¿no le parece, señor Johansen? —lo amonestó Dennet.
Don Larry se encogió de hombros:
—Ya sabe cuánto le adora.
El nuevo abrazo que la muchacha le dio lo constataba.
—¿Por qué te molesta tanto que viaje contigo, hermanito?
Él, manteniendo el gesto, se alzó para conferirse solemnidad.
—Ya sabes por qué, Adriana. —Nos dedicó una mirada profunda a todos, especialmente a mí—. Primero porque están tus estudios. Y luego, porque siempre olvidas los protocolos. Has irrumpido en un encuentro social de una casa ajena sin ser invitada.
—Por mi parte no se preocupe, señor Dennet —le dijo Jorge Loring con porte y cierto humor—, sé lo que es tener hermanas y que estas se dejen llevar por los caprichos de la edad.
Los demás le reímos el comentario.
—Le agradezco su amabilidad, señor Loring —repuso el caballero de rojo aún con expresión apurada—, pero entonces sabe mejor que nadie que no conduce a ninguna parte consentirles todo lo que desean.
La situación se normalizó tanto que al final se redujo el asunto al señor Dennet, su hermana Adriana, el mayordomo Johansen, Amalia Heredia, Jorge Loring y yo.
Sobre todo, porque Dennet se inclinó y se dirigió a su hermana más tajante:
—Adriana, vete a casa con el señor Johansen y luego hablaremos.
—No, hermanito —repuso ella hinchando los carrillos—. Te conozco y tratarás de convencerme para que no me quede. Puedo ser más sofisticada, te lo prometo.
Dennet resopló y su desesperación me resultó más divertida de lo que esperaba. Por lo que decían y lo presenciado, pese a su belleza y elegancia externa, la señorita Adriana resultaba una joven bastante despistada en lo que a modales sociales refería. Y eso parecía incomodar bastante a su hermano.
Este se frotó los labios con el reverso del guante en un gesto más exasperado e informal de lo que le correspondería:
—¿Y qué pasa con tus estudios, Adriana?
Ella se mostró despreocupada:
—No va a suceder nada con mis estudios.
Su actitud no alentó al distinguido y joven invitado.
—Adriana, tengo pensado pasar una larga temporada aquí. Por supuesto que sucede mucho con tus estudios.
Debía reconocer que la información suscitó mi curiosidad.
Por su parte, ella se cruzó de brazos, muy molesta por lo que su hermano le decía. Sin duda porque este debía de albergar bastante razón.
—¿Acaso la señorita Adriana se está instruyendo en alguna materia? —preguntó Amalia Heredia con gran interés.
No para menos se mostraba partidaria de la educación de las mujeres desde muy temprana edad, y cuando escuchó la importancia que le estaba dando el señor Dennet a que su hermana no la descuidara, tuve claro que no solo estaba encantada con ambos, sino que iba a contribuir en lo que pudiera.
—Literatura inglesa —respondió la hermosa joven a mi amiga, y esta no pudo más que llevarse la mano a la boca tan emocionada como gratificada. Luego Adriana se dirigió a su hermano con gran intensidad—. No tengo por qué perder el ritmo académico solo por estar aquí contigo. En el fondo, lo que yo estudio es el idioma. Y un idioma siempre puede retomarse.
Su hermano le dedicó una mueca poco convencida. Lo que no esperé fue que Amalia se entrometiese con tanta efusividad.
Aunque quizás sí que podía intuirlo.
—No estoy de acuerdo con usted, señorita Adriana —expresó tajante—. Un idioma es mucho más que palabras o conceptos. Es una forma de ver el mundo, y más cuando se trata de literatura. —Me tomó entonces del brazo—. De eso sabemos mucho mi amiga Nía y yo. De hecho, estoy segura de que ella tiene más y mejores argumentos que yo para certificarlo, pues es una auténtica experta. —Previendo sus intenciones, la miré muy preocupada—. Con lo cual, no debería abandonar sus estudios ni un solo día de su vida, por muy agradables o tentadoras que sean las distracciones. Y con ello no quiero decir que usted deba negarle su compañía, don Ambrose —le indicó a él con resolución—. Precisamente la literatura es una materia a la que se le puede dedicar tiempo y entrega desde cualquier lugar. Por eso la animaría a quedarse siempre y cuando la provea de una buena institutriz, y creo que usted mismo ha deparado en que Nía es idónea para tal tarea.
No supe qué me dejó más atónita, si su discurso o que me incluyera al final.
Sabía que tramaba algo, pero ni en mis más descabellados planteamientos hubiera imaginado semejante enredo por su parte. Y eso que mi amiga podía llegar a ser verdaderamente problemática.
La cuestión es que se me cortó la respiración, y el señor Dennet también esbozó una mueca divertida de incredulidad. Larry Johansen y Jorge Loring quedaron simplemente sorprendidos por el descaro de Amalia Heredia.
—¿En serio? —se dirigió a mí la bella muchacha de ojos azules con gran ilusión—. ¿Ejercería como mi profesora particular de literatura? Así podría permanecer tranquilamente junto a mi hermano.
—Señorita Adriana —la reprendió el mayordomo por sus licencias.
—Yo no… —me interrumpí con cierto apuro y miré a Amalia con mucho reproche—. Yo no soy profesora.
—Pero adoras la literatura, sobre todo la inglesa —repuso la Heredia—, no conozco a nadie a quien se le dé mejor el análisis de textos y la reflexión de autores, y siempre has dicho que te encantaría dedicarte a la discusión de obras con fines didácticos.
La fulminé con la mirada.
Aquello era un condenado secreto, maldita sea.
Pero Dennet me contempló con notable provecho:
—¿Eso es cierto? ¿Estaría dispuesta a darle clases particulares a mi hermana?
En cuanto manifestó su aprobación, Adriana se mostró eufórica y el mayordomo Johansen alzó las cejas, como si no diera crédito a la actitud de su señor.
Por mi parte, la intensidad de aquellos topacios me resultó más de lo que podía soportar. Y me salió del corazón decirlo:
—Siempre puedo intentarlo.
Le repetí la frase que me había dedicado minutos antes, provocándole una singular sonrisa.
Muy similar a la que surgió en el rostro de Amalia:
—Perfecto entonces. ¡Qué suerte que mañana sea lunes! Debería empezar cuanto antes con su ocupación, ¿no creen?
Jorge Loring le dedicó una expresión de reproche con cierto toque burlesco por su sentido entrometido.
Sin embargo, Dennet continuó mirándome a mí:
—Estoy de acuerdo. ¿Y usted?
Terminé por asentir ante los aplausos de Adriana, o de la que iba a ser mi alumna.
Después de disfrutar de un rato más de esparcimiento y de la compañía de todos los presentes, el señor Dennet, su hermana y su mayordomo se despidieron de Jorge Loring agradeciendo su enorme hospitalidad y luego se dirigieron a mí para dedicarme un instante de cortesía. El desenvuelto señor de los llamativos trajes se detuvo un momento en el quicio de la puerta, para ofrecerme una intensa mirada con sus ojos dorados a la par que me decía:
—La esperamos mañana a las diez, Nía.
Y aunque la risa de Amalia estuvo a punto de llevarme a reprenderla por su desvergüenza, consentí que se fueran, no sin esbozar una ligera sonrisa yo también.
IV
Lecciones
A las diez menos cuarto de la mañana del día siguiente me vi en la puerta del señor Dennet incapaz de llamar.
Me levanté especialmente temprano aquel lunes, no sin que mi padre se mostrase entusiasmado por el trabajo que me había surgido. Y me dirigí con tiempo de sobra desde mi casa del Perchel en la calle Jacinto, cruzando el río por el puente de Tetuán, hacia la lustrosa Alameda, donde comencé a aletargar mis pasos hasta la mansión de Dennet, situada frente a la de los Heredia. Y dando gracias porque mi entrometida amiga no estuviese despierta para espiarme desde la ventana. De hecho, miré varias veces para constatarlo.
La cuestión era que llevaba como veinte minutos frente al enorme portón de roble sin decidirme a llamar por haber llegado demasiado pronto. Por no hablar de los terribles e inexplicables nervios que me tenían presa las entrañas, impidiéndome posar los nudillos con contundencia.
No sabía qué me ocurría.
Justo me estaba martirizando por mi ilógica actitud cuando la puerta se abrió y apareció el señor Johansen, quien se llevó una buena sorpresa al verme, así como una gran alegría:
—Señorita Cobalto, qué temprano llega usted.
—Perdone. No sabía si llamar a la puerta.
—No se disculpe —quitó él importancia con sus manos enfundadas en guantes blancos, y me fijé en que había salido a recoger un par de botellas de leche, que por supuesto los ímpetus no me dejaron apreciar—. Aparece usted justo a tiempo para el desayuno.
Aquello me desconcertó. Aunque no más que cruzar el umbral de la casa y que la señorita Adriana se tirara a mis brazos con gran frenesí.
Me di cuenta rápidamente de que era una muchacha muy efusiva. Así como cercana. No tardó ni un segundo en tutearme.
—¡Has venido! —Se separó un poco para mirarme con sus bellos ojos azules de matiz dispar—. Nía, ¿no?
Me quedé sin habla. Y no solo por el recibimiento.
Aquella mansión resultaba realmente espectacular. Incluso más que la de los Heredia o la de los Loring. Si bien el exterior se mostraba dotado de cierta discreción en las molduras o en las columnas pintadas de blanco, añadidas a la suavidad de los rosados muros, el interior parecía poco menos que un constante juego de contrastes. El suelo lucía todo forrado de parqué, del mismo tono caoba que los muebles, de enrevesadas tallas. Las paredes estaban cubiertas de un hermoso papel dorado y gris de motivos geométricos. Sin embargo, resultaba difícil prestarle atención con tantísimos relojes descansando sobre su superficie, y de todo tipo. Grandes, pequeños, redondos, ovalados. Todos ellos de metal, aunque de diferentes tonalidades. Mis ojos solo pudieron seguir hacia arriba los detalles de la sinuosa escalera de caracol, de mármol y hierro fundido. Al llegar al techo deparé en la reluciente lámpara de cristal y en el inmenso mural de motivos mitológicos.
Pero enseguida volví a la realidad de mi presente, pues el abrazo de su joven dueña se estaba prolongando en exceso para lo estipulado.
Por suerte Johansen medió por mí distanciándonos.
—Señorita Adriana, ya ha quedado claro que su institutriz es bien recibida —se carcajeó el hombre—. Y su nombre es Eugenia. Debe referirse a ella por doña Eugenia o señorita Cobalto, así como hablarle de usted. Ya escuchó ayer los consejos de su hermano.
Eso me hizo recordarle.
Aunque en realidad me sentí un tanto culpable, pues en verdad estaba esperando a que lo mencionaran.
—A propósito, ¿dónde se encuentra el señor Dennet?
—Está trabajando en su estudio de la planta de arriba —respondió Johansen a mi pregunta ofreciéndose a ayudarme con el chal—. El señor inicia sus ocupaciones desde bien temprano.
—Sieeempre está trabajando —expresó Adriana con notable pereza, de una forma que me hizo sonreír—. No hace otra cosa. Y si le sobra algo de tiempo se comporta terriblemente estirado.
—Señorita Adriana —le regañó de nuevo el mayordomo.
Tuve que taparme la boca para no resultar grosera por mi risa. Al parecer mis primeras impresiones sobre el dueño de la casa no habían sido desacertadas. Me pilló desprevenida que Adriana me cogiera de la muñeca con la mano forrada en guante y se dirigiese a mí:
—Eres realmente guapa, por cierto.
—¿Le apetece tomar algo en concreto, señorita Cobalto? —quiso cambiar de tema Johansen.
—¿Cuántos años tienes? —le ignoró Adriana.
—¿Tal vez un café? —intentó hacer también el hombre—. ¿O unas tostadas?
Volví a contener la sonrisa.
Tuve claro que aquellas personas eran muy diferentes de las que estaba acostumbrada a tratar.
—Un café estaría bien —repuse escueta.
—¡Café! —canturreó la muchacha, sorprendiéndome por su entusiasmo.
El caballero asintió y me indicó que lo siguiese a lo que, supuse, sería la cocina. Sin embargo, hasta la entrada me resultó poco menos que exquisita, tan decorada y meticulosa como todas las demás estancias.
El señor Johansen se dirigió a alguien en su interior:
—La señorita Cobalto desea un café, doña Gloria.
—¿Solo un café? —se oyó decir desde dentro con cierta indignación.
Cuando vi la amplitud de la estancia quedé impresionada. Estaba amueblada como la típica cocina inglesa, pero su disposición resultaba muy original. Albergaba un pequeño comedor y una barra de servicio que daba al mismo, tras la cual se encontraban todos los muebles necesarios para proveer cualquier buen banquete. A la par que era una composición sencillamente placentera.
Detrás de la barra vi una figura trabajando animadamente que me daba la espalda, hasta que Larry Johansen carraspeó para proceder a presentarnos:
—La señorita Eugenia Cobalto. Señorita Cobalto, esta es la señora Gloria Soler.
—Mucho gusto, querida —me dijo la mujer dándose la vuelta—. Dígame qué puedo ofrecerle. Soy la mujer más feliz del mundo cuando me piden cocinar.
Me sentí enmudecer. Descubrí a una dama con atuendo de cocinera, por lo que no quedó duda alguna de su ocupación, aunque no esperé que rezumara tantísimo estilo. Su hermosura, resaltada por un cabello blanco como la nieve y unos ojos azules increíblemente claros, provocaba tal impresión que, de haber vestido con otros hábitos, la habrían hecho pasar por emperatriz.
Me incliné ante ella a modo de saludo:
—Si eso es así, no dudaré en solicitar unas tostadas con mantequilla, por favor.
—Por supuesto —se alegró ella poniéndose manos a la obra. Aunque se dirigió un momento al mayordomo—. Cielos, es toda una belleza. Y qué ojos.
—¿A que sí? —se jactó Adriana, haciéndome sonrojar.
Resultaba increíble que se fijaran en mis ojos dada la intensidad de sus propias miradas, pero puesto que el señor Johansen me vio apurada, volvió a carraspear y las riñó a ambas mientras me ofrecía asiento en la mesa de comedor.
—Señorita Adriana y señora Soler, sé que es mucho pedir, pero les ruego que no espanten tan pronto a la nueva institutriz, no vaya a ser que tome la puerta y no vuelva jamás por aquí.
Sonreí ligeramente y resté importancia:
—Para nada. En todo caso solo puedo estar agradecida por el honor de sentarme a su mesa cuando ya debería estar empezando mi jornada laboral por petición del señor Dennet.
—Qué disparate, niña —exclamó la señora Soler, asombrándome por sus formas—. Que el señorito le dijera de estar a las diez no quiere decir que fuera para ponerse inmediatamente a trabajar. Lo primero en el día es un buen desayuno.
—Y mejor… —añadió el mayordomo otorgando cierta expectación.
A lo que concluyeron los tres al unísono:
—Si son más de uno.
Adriana aplaudió gratificada. Y yo no pude más que fascinarme por la personalidad de todos ellos. Juegos de palabras incluidos.
—Solo así se puede empezar a rendir como es debido —sonrió la cocinera sirviéndome café y un par de apetitosas tostadas.
En ese gesto, me di cuenta de que ella también llevaba unos preciosos guantes blancos de textura impermeable. Di por sentado que debía de ser una norma para el servicio.
—Es de sentido común —dijo Adriana son cierto tono impertinente sentada lo más cerca posible de mí, provista de lo mismo que yo, más un zumo de naranja. Me sorprendió mucho la contundencia de sus mordiscos dada la categoría de su nivel—, qué triste que mi hermano carezca de él.
Curiosamente, y como si lo hubiéramos invocado, unos fuertes pasos se oyeron atropelladamente en el piso de arriba y se extendieron por las escaleras principales, volviéndose más y más próximos, hasta que surgió alguien por la puerta de la cocina, hablando entrecortadamente:
—¡Viejo, ¿por qué no me has dicho que ya casi eran las diez?!
Me manifesté perpleja.
Aunque no menos que él cuando me descubrió allí.
De repente apareció un Dennet muy distinto al que había visto hasta entonces. Con el negro cabello algo revuelto y un lustroso traje ambarino a medio poner, pues, pese a llevar ya los guantes negros y una corbata lavanda colgando, lucía una parte del pecho ligeramente descubierto que no le había dado tiempo a atrapar con toda la hilera de botones. Me pareció dilucidar algunas extrañas cicatrices en su busto, el cual me resultó más definido de lo que ya me había figurado. Sin embargo, apenas pude fijarme bien, pues fue verme y alzar instintivamente las manos al cuello para cerrarse la camisa con mucho pudor. O eso me revelaron sus increíbles ojos amarillentos.
Aquella expresión de desconcierto me resultó la más hermosa de sus versiones y, en aquel instante, se me pasó por la cabeza que quizás fue esa misma la que esbozó cuando se cubrió con una máscara la noche en que nos encontramos por primera vez.
—Nía —titubeó confuso—, qué temprano está aquí.
—Lo… lo siento mucho —dije contrariada.
Sentí que estaba en la obligación de disculparme. Incluso me puse de pie. A fin de cuentas, él era el dueño de la casa y yo había aceptado la invitación de su servicio y de su hermana pequeña.
Sin embargo, él negó con la cabeza:
—En absoluto, yo…
—Por supuesto que no debe sentirlo —continuó la señora Soler por él para mi absoluto asombro por sus confianzas. Y eso no fue nada para lo que añadió—: En todo caso debería disculparse él, que cuando se mete en su trabajo se olvida completamente del mundo y de los demás.
Dennet arqueó una ceja y dibujó una mueca de reproche mientras terminaba de cerrarse la camisa.
Nunca había visto a una cocinera interrumpir o dirigirse así a su señor. Aunque tampoco sonreírle con tanta ternura a la vez que le ofrecía algo que comer.
—A ver cuándo aprende a relajarse un poco, señorito —le dijo con cierto tono maternal, poniéndole un plato de pan y algo de zumo en la mesa—. Un día va a estallar de tantas ideas que surgen en esa cabeza.
Este le dedicó una expresión agradecida a la par que cariñosa mientras tomaba asiento a mi lado.
Puesto que no me dijo nada, continué de pie.
Me incliné ligeramente, con prudencia:
—¿De verdad le parece bien que me siente?
Él sacudió la cabeza, como si no hubiese deparado en algo fundamental. Más bien en alguien. Y me indicó con la mano que me acomodara, restando importancia.
—Por supuesto que sí —asintió con cierto apuro y se llevó las manos al cabello para adecentarse un poco—. La señora Soler tiene razón. A veces me introduzco demasiado en mis proyectos.
Yo le miré con curiosidad, y no solo por lo simpático que me resultó el contraste de su glamuroso porte con la distendida manera de servirse el desayuno.
—¿Puedo saber en qué consisten esos proyectos para resultar tan absorbentes? —pregunté sin contenerme.
De repente, Adriana, el señor Johansen y la señora Soler dejaron todo lo que estaban haciendo para observarnos con atención. Pendientes a lo que Dennet iba a responderme.
Muy consciente de ello, él esbozó una sonrisa tímida y enigmática:
—Digamos que requieren tener en cuenta demasiadas variables como para poder despistarme de alguna de ellas.
—¿Tantas variables precisa el transporte? —formulé con notable interés. Y su sorpresa me llevó a insistir—: Es eso a lo que se dedica su empresa, ¿no es así?
Dennet aguardó manteniéndome la mirada, a la vez que nuestros acompañantes fingían seguir con sus atenciones.
—Justamente —asintió él. Condujo su dorada mirada a las tostadas, pese a que fue evidente que seguía pendiente de mí—. Discúlpeme, pero no voy a ocultar que sigo muy impresionado por su puntualidad, Nía.
—Dudo que mi puntualidad impresione a un hombre que colecciona tantos relojes —señalé haciéndole reír—. Cuesta creer que descuide su tiempo disponiendo de tantos indicadores para recordárselo.
—¿De verdad cree que los relojes indican mi tiempo?
Aquello originó otro silencio en la estancia. Y de nuevo los otros tres permanecieron atentos a mi réplica.
Eso me llevó a arrugar el ceño:
—¿Para qué si no sirve un reloj?
Dennet me escudriñó entonces con intensidad.
Luego esbozó una sonrisa y se centró en su bebida.
—Una reflexión muy lógica —puntualizó con sencillez. A continuación, miró a su hermana, quien estaba a punto de beberse su café con gran placer, pero le puso la mano sobre la taza para centrar su atención—. Hablando de tiempo, y para no hacer perder el suyo ya que ha tenido el detalle de ser tan precisa, qué menos que ponerse cuanto antes con sus lecciones, ¿no crees, Adriana?
—Por mi parte, claro. —Se encogió la joven de hombros mientras se giraba hacia mí con la más bella de sus expresiones—. ¿Qué va a enseñarme primero, señorita Nía?
El señor Johansen se llevó la mano a la cara por la forma en la que había decidido llamarme la señorita Adriana. Dennet, lejos de reñirla, no pudo más que sonreír. Y dada su desenvoltura me vi obligada a consentírselo. Después de todo, su pregunta me pilló desprovista.
—Lo cierto es que no traje sopesado nada en concreto —repuse sincera, a lo que añadí con cierta presteza—: Me gustaría primero conocer en qué punto se encuentran ahora sus conocimientos y seguir desde ahí.
Dennet dio un sorbo a su zumo sin apartar su amarilla vista de mí, detalle que me tenía algo turbada. Pero procuré mantener la atención en Adriana.
—Acabo de empezar con mis estudios —reveló ella con algo de pudor—, salvo lo más clásico, no conozco mucho más.
Medité con actitud analítica:
—¿Por «clásico» debo suponer a Shakespeare?
La joven arrugó el gesto y pareció dudar, buscó en su hermano algún tipo de indicación, a lo que este le dedicó un simple asentimiento de cabeza.
Así que Adriana volvió a contemplarme decidida:
—Sí, Shakespeare sería un buen comienzo.
—De acuerdo —convine, y junté los dedos a la par que me erguía para tomar una postura distinguida y de autoridad—. ¿Ha leído alguna obra suya?
—Alguna sí —respondió poco convencida.
—¿Cuál?
—Entera… creo que solo El sueño de una noche de verano.
—Esa es formidable para empezar —determiné metida en mi papel de institutriz—. Le diré lo que haremos, a ver qué le parece. Esta semana, empezando por hoy mismo, dedicaremos las mañanas a leer algunos pasajes de dicha obra para analizarlos. ¿Disponemos de su versión en inglés? —pregunté dirigiéndome a Dennet. Y puesto que me confirmó con la cabeza, proseguí—: A su vez, le mandaré otra de sus creaciones para que la vaya leyendo por las tardes con el propósito de repetir el proceso la semana que viene. De este modo trabajaremos con el idioma, el análisis de texto y del estilo del autor mientras usted sigue leyendo.
Adriana mostró una expresión bastante atónita, puede que asustada, lo cual me preocupó:
—¿Es mucho pedir quizás?
—Es perfecto —respondió Dennet por su hermana, a la que quiso forzar recalcando sus palabras—, ¿a que es un plan perfecto, Adriana?
—¿Lo es? —curioseó ella hacia su hermano manteniendo la expresión, y puesto que este intensificó la mirada, no sin algo de desgana, terminó por asentir hacia mí—: Lo veo bien, señorita Nía.
Yo sonreí y me puse de pie:
—Estupendo. En ese caso, comencemos.
Adriana esbozó una mueca de resignación y me imitó. Quiso llevarse su taza de café, pero Dennet se la quitó de las manos con gran destreza, provocándole un notable disgusto. Su hermano, sin embargo, la ignoró y dio un sorbo a su propia bebida de fruta.
—Creo que en la biblioteca estaréis más cómodas. Señor Johansen —le indicó al mayordomo, y este se enderezó esperando instrucciones—, asegúrese de que la señorita Nía disponga del libro que necesita para sus lecciones de esta semana.
Johansen se inclinó ligeramente y me señaló la puerta con la mano en una pose muy cortés:
—Será un placer.
Adriana salió con pies de plomo de la cocina y yo quise ir tras ella, pero la voz de Dennet me interrumpió el paso:
—Nía, no vaya a marcharse sin que el señor Johansen me avise de su partida. Es preciso discutir con usted la cuestión del salario.
Aunque aquello me supuso cierta incomodidad, comprendí que era un asunto necesario, así que asentí y por fin me despedí de él para seguir a Adriana y al señor Johansen.
Pese a que ya no compartía el mismo espacio que él, mantuve la presencia de sus ojos ambarinos largo rato.
Solo me distrajo apreciar la estancia a la que nos condujo Larry Johansen.
Dennet la llamó «biblioteca», pero aquella habitación me resultó mucho más que eso. Era amplia, muy luminosa por las cristaleras de las inmensas ventanas, y la combinación del rojo de los sillones isabelinos con el lapislázuli de las paredes y el ébano de los muebles resultaba embriagadora. Allí también había muchos relojes, todos ellos coordinados para indicar la misma hora. Aunque por supuesto mi atención se centró en los incontables libros de las estanterías. Quedé fascinada contemplándolos mientras Adriana tomaba asiento en el sofá más ancho y Johansen buscaba el tomo que precisábamos.
Pronto, este último vino hacia a mí y me lo tendió:
—Confío en que le sirva.
Yo acaricié la cubierta verde jade con letras doradas que decía: A Midfommer nights dreame, o en español El sueño de una noche de verano. Abrí la hermosa edición en inglés y la ojeé, apreciando su calidad.
—Es sencillamente perfecta —certifiqué muy agradada, a lo que el mayordomo asintió y procedió a retirarse. Sin embargo, me preocupé de llamarle—: Señor Johansen, si no es molestia, dígale al señor Dennet que pienso concluir mis lecciones a la una y media del mediodía. Me parece cruel que no sepa cuándo va usted a interrumpirle para anunciarle mi partida. Da la sensación de ser bastante esclavo de su inspiración.
Johansen curvó su pomposo bigote blanco hacia arriba y alzó las cejas antes de darse la vuelta:
—No sabe usted hasta qué punto.
Dicho esto, nos dejó solas. Así pude tomar asiento frente a Adriana y proceder a iniciar mi primera lección:
—Dígame, señorita Adriana…
—Tuteémonos, señorita Nía —me interrumpió de repente, sorprendiéndome con su petición. Y sus ansias—. Por favor.
Lo solicitó con tanto ímpetu que no me quedó más remedio que aceptar.
—Está bien. ¿Qué recuerdas de esta obra, Adriana?
La joven señorita se meció el largo cabello con cierta parsimonia no muy propia de su personalidad, anunciándome lo que confesó instantes después:
—No demasiado, la verdad. Principalmente que tiene muchos romances y que está escrita en verso. Siendo sincera me resultó caótica y bastante absurda.
Tuve que esbozar una sonrisa:
—Suele ocurrir cuando el romance se mezcla con la comedia y hay tantos personajes en escena.
—Sí, eso lo recuerdo bien. —Me quitó el libro de las manos—. No me acuerdo de sus nombres porque me resultaron demasiados para un libro tan corto.
—Esa es precisamente la grandeza de Shakespeare —repuse yo—. Muchos estarán de acuerdo conmigo en que ningún escritor presentaba personajes mejor que él, en pocas palabras o en muchas, la cuestión es que conseguía conferirles verdadera presencia y personalidad, así como dotarlos de valores incuestionables del alma humana. Algunos incluso se atreven a separarlo por completo del resto de poetas o escritores ingleses pues, mientras que lo inglés tiende a disimular o enmascarar la ironía más descarada, Shakespeare era dado a la exageración y a los excesos.
—¿«Excesos»? —repitió Adriana poco persuadida—. Si es el colmo de lo romántico y galán.
—Eso no quiere decir que no fuese osado o atrevido —repuse en una mueca divertida—, ten en cuenta además que hablamos de una época muy anterior. Esta obra en concreto se escribió alrededor de 1595. Por entonces la gente actuaba mucho más comedida. Piensa en el personaje de Helena, por ejemplo —dije señalándole el libro, como si así pudiera mostrársela—, una mujer que es terca en su amor por Lisandro y que no duda en perseguirlo pese a ser consciente de lo humillante que resulta para las mujeres cortejar en vez de ser cortejadas, más aún cuando el amor no es correspondido. Para mí, su monólogo en dichos pensamientos es de los mejores pasajes de esta obra. Y, sin embargo, imagino a los espectadores de entonces juzgándola encarecidamente antes que apreciando esa reivindicación a manifestar tan abiertamente sus deseos de insistir o luchar por amor. He ahí la osadía de Shakespeare, quien a través de ella hace una reivindicación hacia la libertad de la mujer.
Adriana abrió el libro y lo contempló con una curiosidad que no había expresado hasta entonces:
—No se me había ocurrido. Y eso que cuando leí la escena que me citas me resultó vergonzosa y patética por el personaje.
—Tiene muchos momentos así —expliqué—, no deja de ser una comedia. Pero sin duda es una obra cargada de valores y sentidos muy profundos.
Adriana me sonrió y comprendí que la lección había tomado un buen rumbo.
Las siguientes horas las pasamos hablando de los personajes de El sueño de una noche de verano y de qué quería expresar Shakespeare a través de ellos.
El tiempo transcurrió de tal manera hablando del amor y de sus diferentes expresiones que no deparé en que alguien llevaba largo rato mirándonos apoyado en el marco de la puerta.
—Hice bien al suponer que era usted una romántica empedernida, Nía.
Se animó a decir entonces, interrumpiéndome en mi discurso.
Puesto que me encontraba entusiasmada tratando la apasionada y orgullosa relación entre Titania y Oberón, casi me sonrojé cuando aprecié que estaba allí:
—Dennet.
Contemplé entonces las paredes y comprobé que me había excedido veinte minutos de la hora acordada para concluir la clase. El apuro que me produjo me llevó a levantarme de sopetón.
Dennet resopló divertido.
—Me alegra no ser el único en evadirse de la realidad cuando el asunto le embelesa. Pese a tener tantos relojes a mi alrededor —apostilló en referencia a mi comentario de aquella misma mañana.
—Lo siento mucho —dije con la cabeza gacha.
—No se preocupe —restó importancia él con su enfundada mano de negro. Luego se dirigió a Adriana—. Hora del almuerzo, hermanita, te lo has ganado. Pero nada de café, ya has tomado bastante por hoy.
La bella muchacha aplaudió satisfecha y se levantó rauda para acudir a la cocina, dando la sensación de pretender desobedecer a su hermano. Aunque en un último instante se frenó en el quicio de la entrada para volverse hacia mí:
—¿Qué libro debo ir leyendo, señorita Nía?
Por un momento, el desconcierto de la presencia de Dennet me mantuvo ausente, hasta que caí en que se refería a la obra que tenía que ir preparando por las tardes para comentarla la semana siguiente:
—Romeo y Julieta, si quieres.
—Supuse bien, sí —susurró Dennet divertido, terco en su teoría de mi hipotética tendencia al romanticismo, para mi ligero bochorno.
—Estoy deseando escuchar lo que opinas sobre esa —me dijo Adriana con cierta motivación—, seguro que me revelas cosas en las que ni siquiera había deparado. Como en esta. —Alzó la obra de tono jade—. Vuelve a ser puntual mañana, por favor.
Y dicho eso, salió de la biblioteca dejándonos solos a Dennet y a mí.
Consciente de que el joven caballero me observaba, me recoloqué algunos mechones de cabello que se me habían escapado del recogido.
No esperé que caminase hacia mí y me dijera aquello:
—Estoy sorprendido. Es usted la primera que consigue el prodigioso logro de concentrar la atención de mi hermana, y consintiéndole que la tutee.
—No es ningún logro —decidí restarle importancia—. Es una muchacha inteligente y muy animada. Solo necesita dar con las obras que despierten su verdadera pasión por el hábito. Hablo por mi propia experiencia como lectora.
—Más que como lectora, su discurso suena al de una sabia escritora, Nía.
Lo miré a los ojos con fulgor.
No pude expresar nada por lo desprevenida que me dejó. Y puesto que se dio cuenta, no dudó en volver a retomar la charla.
—Hablemos del salario, que es lo que nos compete —me recordó entonces la razón por la que había acudido a buscarme antes de mi partida—. ¿Qué le parecen cien reales a la semana? —Mi cara tuvo que ser un poema. Parpadeé como si no hubiera oído bien y quizás por ello se obligó a decir—: ¿Prefiere que lo expresemos a destajo? Cincuenta reales por libro, que es lo que le va a pedir a mi hermana cada semana.
—Espere, espere —rogué con cierta ansiedad—, señor, eso es demasiado dinero.
Dennet esbozó una radiante sonrisa satisfecha:
—Por haber conseguido que me llame señor, desde luego bien ha merecido la pena.
Puesto que su tono se cargó de arrogancia, no solo me molestó, sino que me insuflé de cierta ofensa:
—Es demasiado porque hasta el sueldo de mi padre, que es el responsable de los exteriores de la fábrica más puntera de la ciudad, no alcanza los sesenta reales semanales.
—En ese caso, su padre se sentirá muy orgulloso de usted. —Mi expresión debió de llevarle a replantearse su osadía, porque tomó entonces una actitud más suave y cortés—. Está bien. Ya que ha dado la cifra de sesenta, ¿qué tal si lo dejamos ahí? En una sola mañana ha demostrado ser una excelente institutriz, y si usted se niega a que le pague tanto, yo me niego a pagarle menos. Además… —Alzó un dedo y se alejó para dirigirse a una estantería. De ahí sacó un volumen que me tendió con galantería—. Dados sus curiosos y fascinantes intereses, me veo obligado a insistir en que me acepte una sugerencia literaria a la semana, igual que usted se molesta en idearla para mi hermana.
Puesto que aquella propuesta me resultó tan singular como atrayente, leí en voz alta el título de la resquebrajada novela que me ofrecía:
—Somnium sive Astronomia lunaris, de Johannes Kepler. ¿Está en latín?
—Solo el título —respondió él con cierto entusiasmo—. Esta edición se encuentra traducida al español. Ya que tiene tanto interés en la ficción científica, me gustaría ofrecerle la temática de la astrofísica, a ver qué le parece. Se considera una de las primeras obras del género. Aunque por supuesto no pretendo interrumpirla en la lectura de su Frankenstein.
—No lo hará —repliqué abrazando el préstamo gratificada—. Lo terminé justo ayer.
Dennet alzó las cejas impresionado:
—Pocos días le duran los libros, por lo que veo.
—Solo los que me absorben especialmente, como a todos —respondí un tanto recatada.
—¿Debo interpretar entonces que le agradó?
Yo medité y esbocé cierta melancolía:
—Más de lo que me figuraba. Aunque me resultó muy triste. ¿A usted no?
Dennet aguardó antes de incidir:
—¿Se refiere a cómo la criatura es creada solo para ser destruida? ¿O a las penurias que desencadena en el doctor Frankenstein?
—Eso sería quedarse en la superficie de la historia —expresé con vigor, rememorando las sensaciones que había experimentado mientras leía—. Es la profunda soledad del monstruo lo que en verdad me conmueve. —Me detuve un instante—. Cuando comprende que no existe, ni existirá jamás, mujer alguna capaz de ver más allá de su horrible aspecto. Sus esperanzas por amar y ser amado se ven sustituidas por un odio desgarrador hacia su creador y hacia el resto del mundo. Me resultó doloroso. Un amor que empieza tan puro, tan desmesurado, y que, sin embargo, termina convirtiéndose en la más cruel desdicha de la vida.
Dennet me mantuvo la mirada.
Extrañado. Conmovido.
No supe exactamente qué.
La cuestión es que sonrió de una forma diferente.
—¿Ve cómo es difícil que una novela no contenga el amor como tema principal entre sus páginas? —me dijo recuperando parte de su tono irónico. Posó con delicadeza su mano envuelta en negro sobre la mía que estaba sosteniendo el volumen que me iba a prestar—. Confío en que esta sea de su gusto.
Aquel sutil contacto duró apenas unos instantes, pero me supuso un mundo.
Pensé en aquel momento que los relojes eran, y siempre serían, incapaces de registrar algo así.
Dennet se despidió de mí para acudir también al comedor con su hermana, y le indicó al señor Johansen que hablase con el cochero para que me acercase al Perchel.
Observé cómo su figura estilosa y enchaquetada del color de sus ojos me daba la espalda para desaparecer por uno de los pasillos de la enorme mansión.
Yo seguí al señor Johansen, el cual me presentó al conductor, el señor Salobre, quien atendió bien las instrucciones del mayordomo.
Luego nos despedimos y yo pude por fin disfrutar de algo de intimidad en el coche de caballos para reflexionar sobre todo lo que había experimentado aquella mañana.
Dediqué una mirada al libro que me habían prestado para esa semana y me pregunté si merecía tanta compensación por mis esfuerzos con aquella atolondrada pero increíblemente dulce señorita.
Medité, de hecho, si aquella primera lección realmente fue tan productiva.
Con una sonrisa concluí que sí.
Adriana sabía un poco más de William Shakespeare.
Y yo sabía un poco más del señor Dennet.
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