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La ciencia de los sentimientos

Ignacio Rodríguez de Rivera

ISBN: 978-84-19042-39-2

1ª edición, julio de 2021.

Editorial Autografía

Calle de las Camèlies 109, 08024 Barcelona

www.autografia.es

Reservados todos los derechos.

Está prohibida la reproducción de este libro con fines comerciales sin el permiso de los autores y de la Editorial Autografía.

Sumário

planteamiento general

1  sensaciones del cuerpo y sentimientos de la mente

2  ¿qué pone en movimiento a la mente?

3  ¿cuáles son las necesidades básicas humanas?

4  la mente como tejedora de argumentos

5  significados y argumento de la vida de cada persona

6  fundamentación de las leyes del sistema mental humano

7  pulsión de poder y la destructividad humana

8  otros argumentos del poder

9  argumentos del tener

10  argumentos del valer humano

11  la pulsión sexual y sus múltiples argumentos

12  conocer y saber: ¿experiencia o información?

13  el sentimiento amoroso: un intento de estudio

14  conclusiones y sugerencias

15  fin

16  textos y comentarios

bibliografía

Frente a la creencia general e histórica de que sentimientos y ciencia son opuestos que se repelen entre sí, el autor demuestra y explica de forma divulgativa, amena y accesible, cómo el amor y la tristeza, la rabia o los celos pueden explicarse desde el prisma del método científico.

Un viaje apasionante que te hará ver lo que sientes de una manera muy distinta y te ayudará a gestionar de otra forma tus emociones.

“No ignores lo bueno de tu enemigo,

ni lo malo de tu amigo”.

Gratitud a:

Todos los que me habéis acompañado (bien o mal) en mi vida, pues a todos os debo mucho.

Dedicado:

A quien le importe comprender un poco mejor a los demás y a sí mismo.

A quien, además, le interese la investigación humana con base científica.

planteamiento general

Desde hace mucho tiempo, sobre todo en el ámbito que llamamos ‘civilización occidental’ (heredera de la Grecia Clásica y del cristianismo), estamos acostumbrados a distinguir dos mundos diferentes dentro de los humanos: el mundo del pensamiento (más o menos de índole racional) y el mundo de las emociones o sentimientos (calificado como irracional).

De ahí proviene la conocida frase de que el corazón tiene razones que la razón no entiende.

Pero también hay que citar la frase de Goya, al pie de una de sus obras: El sueño de la razón produce monstruos.

Sin embargo, a pesar de esa dualidad, cada persona es considerada como una unidad indivisible, un individuo; aunque lo más frecuente ha sido pensar (o más bien creer ) que esa unidad está compuesta de dos cosas diferentes: cuerpo y alma, o cuerpo y mente, que para el caso es lo mismo, porque mente y alma son prácticamente sinónimos.

De esa forma de pensar, que en filosofía se llama dualismo, proviene el gran escándalo que produjo inicialmente (y aún ahora en muchos casos) la teoría iniciada por Darwin en el siglo XIX, cuando afirmó que la especie humana había surgido por evolución de otras especies animales; porque, según esa teoría, la especie humana no es sino una especie animal más, entre otras muchas.

De modo que, desde Darwin, eso que llamamos mente tiene que ser explicado como el producto de una evolución biológica, no como algo que se introduce repentinamente en un cuerpo, sino que se desarrolla paulatinamente en paralelo a la evolución de los organismos y, más concretamente, del cerebro de esos organismos. La pregunta que trataré de responder es: ¿cómo y por qué se produce el paso de lo físico (‘objetivo’) a lo psíquico (‘subjetivo’).

En cualquier caso, hasta bien entrado el siglo XX, el tema de la mente constituyó un problema casi irresoluble para la ciencia, hasta el punto de que algunas corrientes – como la psicología conductista – llegaron a afirmar que el mismo concepto de mente era un error, pues sólo podemos estudiar con método científico la conducta del individuo; y esa conducta podría explicarse mediante una serie de reflejos condicionados.

No obstante, a partir del nacimiento de la cibernética y de la investigación de los sistemas de información, la mente recuperó su rango de realidad digna de estudio; con lo que el viejo conductismo quedó obsoleto; sin negar sus logros en el campo de los reflejos condicionados que han servido, entre otras cosas, para la investigación del funcionamiento de la memoria (como es el caso del premio Nobel Eric Kandell, de 2000).

En consecuencia, la nueva psicología, llamada ‘cognitiva’, se ocupa principalmente de estudiar la mente desde el punto de vista de procesos de información, íntimamente vinculados al funcionamiento del cerebro.

Este campo ha tenido un enorme desarrollo sobre todo a partir de la década de los noventa del siglo XX, gracias a la innovaciones técnicas de exploración del cerebro, que siguen creciendo hasta ahora y que prometen seguir siendo muy fructíferas para comprender el cómo funcionan los procesos de conocimiento (no sólo humanos, sino de otras especies).

Pero una cosa es averiguar cómo se produce y se tramita la información, y otra bien distinta es comprender cómo y por qué esa información la sentimos del modo que la sentimos y cómo esa forma de sentirla condiciona nuestra respuesta o conducta.

Esto que acabo de decir nos pone frente a la dualidad humana entre pensamiento y sentimiento, porque parece que pensar y sentir discurren por distintos caminos y de forma muy diferente, a veces en mutua sintonía, pero con demasiada frecuencia en clara discordancia e incluso en conflicto: pienso una cosa y siento todo lo contrario ¿cómo es esto, si yo soy una única persona?.

El caso es que, aunque hemos averiguado mucho respecto al tema de pensar, entendido desde la perspectiva de procesar información, todavía sabemos muy poco del tema de sentir, a pesar de que nos hemos dado cuenta de que nuestro pensamiento está notablemente influido por nuestros sentimientos.

De modo que llegamos a la conclusión de que seguimos divididos ante el problema de ensamblar esos dos hechos que ocurren en nosotros, como si pensamiento y sentimiento fuesen dos mundos claramente diferenciados, cada uno siguiendo sus propias leyes o sus propias razones: las razones de la ‘razón’ y las del ‘corazón’, que sólo con gran dificultad logramos poner de acuerdo.

¿Ser humano es ser inteligente exclusivamente de forma racional? Entonces nos parece que esa persona carece de humanidad. ¿O ser humano consiste exclusivamente en ser inteligente emocional? Entonces nos parece que esa persona es poco racional.

¿Pensar o sentir?: este es el dilema (Hamlet parafraseado).

¿En qué radica la unidad del individuo humano?.

Este es un problema o una pregunta que pretendo abordar: ¿cómo podemos comprender que cada uno de nosotros es un individuo (no divisible)?. La hipótesis de la que parto, para comprobar su validez de acuerdo con los conocimientos de los que disponemos actualmente, es que sentir y pensar son dos facetas de un solo hecho que es el conocimiento, entendiendo que conocer implica necesariamente sentir.

Aclaremos una cosa: no es lo mismo conocer algo que saber de algo: yo puedo saber mucho de Moscú, pero no lo conozco; tu puedes conocer Moscú y saber muy poco de esa ciudad.

El principal obstáculo con el que nos venimos tropezando desde que se inició la ciencia moderna, allá por tiempos de Newton, es que el campo de estudio de las ciencias se ha limitado a aquellos hechos que pueden ser observados de igual modo por distintas personas, hechos que pueden ser repetidos a voluntad del investigador mediante el procedimiento que llamamos experimental. También se pueden estudiar científicamente hechos no experimentales, como es el movimiento de los astros, pero cuya observación se repite reiteradamente; de modo que, una vez repetidas las mismas observaciones, podemos formular leyes que se cumplen invariablemente en esos hechos. Ya tenemos, pues, observaciones que llamamos objetivas, porque no dependen de quién sea el observador; y tenemos también unas fórmulas o leyes que corresponden a esas observaciones.

Finalmente, siguiendo con el procedimiento científico, tratamos de explicar esos hechos regulares (obedientes a leyes) mediante establecer una relación entre el hecho en cuestión y su causa; es decir, decimos que ese hecho (efecto) es causado por otro (causa), cuando a la causa siempre le sigue el efecto, y nunca se produce el hecho-efecto sin que haya ocurrido el hecho-causa.

Ejeemplo: primero observamos y medimos el movimiento de los astros, después enunciamos leyes que enuncian su regularidad; por último establecemos una hipótesis teórica de la fuerza gravitatoria como causa de esas leyes.

Con estos tres pasos – expuestos muy tosca y resumidamente – podemos decir que hemos logrado una teoría científica que nos explica aquellos hechos que habíamos observado y que, además, nos permite predecirlos siempre que ocurran los hechos causantes que hemos averiguado.

Esa teoría explicativa sigue siendo válida mientras no observemos algún otro hecho que la contradiga. Por eso se considera que toda teoría científica es provisional y susceptible de ser invalidada mediante nuevas observaciones.

Así nos hemos venido manejando con bastante éxito durante aproximadamente tres siglos, en los cuales ha imperado el punto de vista inaugurado por Newton cuando explicó el movimiento de los cuerpos materiales mediante las leyes de la física mecánica y la causa de la fuerza gravitatoria: los cuerpos se atraen en proporción directa al producto de sus masas y en proporción inversa al cuadrado de su distancia (dejo de lado las operaciones numéricas, pues ahora no nos interesa el aspecto cuantitativo).

Tanto éxito ha tenido esta forma de entender el mundo que llegó a creerse que todos los procesos del universo podían ser explicados con esas leyes; de modo que todo fenómeno podría predecirse si tuviésemos la suficiente información del estado actual de las cosas del mundo (Laplace).

El Mundo era, entonces, un complicado reloj y el Creador un genial relojero.

En el Mundo, claro está, se incluía a todos los seres vivos, incluido el ser humano, aunque éste con la particularidad de poseer un alma pensante (so pena de muerte para quien afirmase lo contrario, a quien se tildaba de materialista).

El asunto, pues, es que la materia no puede pensar, que eso es cosa del espíritu.

Pero siguiendo con el materialismo (al margen del poder de las iglesias) se siguió investigando el comportamiento de la materia, incluyendo la energía, pues se descubrió que el calor y otras formas de energía se comportaban de acuerdo con la leyes de la mecánica (termodinámica) y, más tarde, cuando se inició el tema de la información (que también tiene que ver con la energía-materia), el ‘materialismo’ encontró despejado el terreno para estudiar el funcionamiento de la mente humana como un proceso de información.

Así las cosas, a lo largo del siglo XX se han producido muchos descubrimientos científicos que han cuestionado gran parte de lo anterior:

El gran matemático H. Poincaré introdujo en el panorama de las ciencias algo totalmente nuevo, que venía a contradecir a Laplace, quien había considerado que todo estado del mundo futuro sería predecible, aplicando las leyes de la mecánica newtoniana, siempre que tuviésemos toda la información del estado actual de las cosas del mundo físico.

La novedad de Poincaré surgió cuando trataba de estudiar el movimiento de tres cuerpos que interactúan gravitatoriamente entre sí; pues descubrió que cualquier mínima variación o inexactitud en los datos iniciales producía enormes desviaciones en los cálculos de sus trayectorias en un futuro cercano.

Esto quiere decir que dicho estado futuro, aunque está determinado según las leyes mecánicas clásicas, no es predecible.

Aún así, se continuó creyendo que dicha predicción era teóricamente viable, siempre que pudiésemos evitar aquellas pequeñas inexactitudes iniciales.

Pero en los años 60 del siglo XX, Loren confirmó experimentalmente lo que había planteado Poincaré, diseñando un modelo con tres variables que interactúan entre sí y comprobando que, efectivamente, se comporta de modo impredecible; a pesar de que las variables iniciales estaban perfectamente definidas.

Con esto nació la teoría matemática del caos determinista, que nos permite estudiar la trayectoria de sistemas hasta ahora considerados caóticos (sin ley ni orden), que sólo podemos formular en términos de probabilidad, pero que sí obedecen a leyes deterministas; aunque se continúa utilizando el calificativo de caótico porque parecen sin orden alguno.

Por otra parte, el mismo Poincaré inició un tipo de geometría, la topología, en la que no se opera con medidas, (es decir, con cantidades), como la distancia entre los puntos, ni su colocación espacial, sino que lo que estudia es la relación que existe entre esos puntos; de modo que las líneas imaginarias que unen unos puntos con otros, aunque se doblen o retuerzan, aunque la forma del cuerpo en cuestión se modifique como si fuese de plastilina, si esas líneas se conservan sin romperse, el cuerpo topológico mantiene su identidad: dos cuerpos de forma diferente, pero cuyos puntos o elementos están relacionados entre sí del mismo modo, son topológicamente iguales.

Por ejemplo, una taza con asa, si la deformamos sin romperla, conservando el agujero del asa, podemos convertirla en un donut (en geometría clásica se llama toro al donut); de modo que la taza y el donut son equivalentes en términos de topología.

La importancia, entre otras cosas, de esta nueva geometría es que la matemática empieza a ocuparse de algo que no es cuantitativo, sino cualitativo, pues se trata de las relaciones, no de las medidas de cantidades. Lo cual es fundamental para el concepto de información, ya que la información de dos sistemas es la misma si las relaciones internas entre sus elementos son iguales en ambos sistemas.

Por otra parte, como de todos es sabido, a principios del siglo XX, Einstein cambia todo con la teoría física de la relatividad, cuya principal revolución para la ciencia estriba en que dos pilares de la mecánica de Newton, el espacio y el tiempo, dejan de ser magnitudes fundamentales: el espacio no es ya algo que existe por sí mismo, ya no es, por decirlo en términos coloquiales, un lugar en el que ocurren los hechos; ni el tiempo es algo que existe por sí mismo, o una dimensión durante la que transcurren los sucesos, sino que espacio y tiempo son dos medidas de los hechos.

Las consecuencias que esto tiene para nuestra forma de pensar el mundo son innumerables y, como veremos a lo largo de mi exposición, es fundamental para comprender el modo de funcionamiento de nuestra mente en su doble faceta de consciente e inconsciente, pues la consciencia opera con espacio y tiempo, mientras para la mente inconsciente no rigen tales dimensiones.

Por si todo lo anterior fuera poco, cuando los físicos se ocupan de estudiar los tamaños ínfimos, empezando por el átomo, y descubren que esa partícula mínima considerada indivisible (que eso es lo que significa ‘átomo’) – está a su vez compuesta por otras unidades más pequeñas (partículas subatómicas) y que, además, la energía, que se consideraba como una especie de fluido continuo, es decir, infinitamente divisible, resulta que sólo se manifiesta (se transmite, se emite o recibe) siempre en ‘paquetes’ de cierta medida y nunca menor de esa medida, nace una nueva mecánica, la mecánica cuántica (un cuanto es una unidad de energía-materia). Lo cual introduce en la física el hecho de la discontinuidad.

Otra de las grandes innovaciones producidas en el ámbito científico durante el siglo XX ha sido el estudio de los sistemas complejos, en los que intervienen múltiples elementos cuyos estados son variables y que interactúan entre sí: dicho estudio ha permitido comprobar que, cuando ese conjunto de elementos está sometido a determinadas restricciones de sus grados de libertad, las mutuas interacciones entre esos elementos producen unos parámetros de orden que antes no existían, es decir, que el sistema se autoorganiza generando un orden interno que no le ha sido impuesto desde el exterior.

Un ejemplo de esto puede ser un conjunto de soldados que marchan en desorden por un camino ancho; llegan a un estrecho puente y se aproximan entre sí, hasta el punto de que se tocan hombro con hombro y casi se tocan con el de delante y detrás. Con esta nueva distribución de la tropa, ya no pueden marchar en desorden, sino que forman filas y marchan al mismo paso, sin que nadie les haya impuesto ese orden (autoorganizado).

Dicho de otro modo, la materia inorgánica (mundo ‘inanimado’) puede generar una organización nueva que produce nuevas funciones o comportamientos del sistema. Lo más importante – a mi modo de ver – es que las características de ese nuevo sistema no pueden reducirse ni explicarse a partir de las características de cada uno de los elementos que lo componen.

Por decirlo con un ejemplo muy sencillo: las propiedades del agua no son deducibles de la propiedades del hidrógeno y el oxígeno que la forman (H2O): la materia ha ‘inventado’ el agua cuando las relaciones entre el oxígeno y el hidrógeno se producen bajo determinadas condiciones (térmicas, de presión y electromagnéticas). El agua desaparece y se convierte en oxígeno e hidrógeno cuando cambian esas condiciones.

Este fenómeno de la autoorganización ha dado pie para una nueva disciplina científica, iniciada por Haken en 1970, que recibe el nombre de Sinergética.

Todo lo anterior nos pone de manifiesto un mundo muy diferente del universo contemplado por la ciencia de corte newtoniano: de un mundo mecánico en el que nada nuevo podía producirse, en el que todo era predecible según una trayectoria lineal de causa-efecto; un mundo que existía en el espacio y transcurría en el tiempo; un mundo que se movía según una corriente continua, sin saltos (de ahí el cálculo infinitesimal = infinitamente divisible); un mundo regido por leyes propias de la lógica racional; de ese mundo hemos pasado a otro discontinuo, sin espacio ni tiempo, impredecible, en que la incertidumbre no es un accidente, sino una realidad, en el que no todo se puede medir, porque no es un universo meramente cuantitativo, sino cualitativo, donde las cosas no son cosas compuestas de otras cosas, sino que las ‘cosas’ no son sino ‘relaciones entre relaciones’.

Este nuevo mundo es tal que ya no podemos pensarlo con nuestras mentes conscientes, no podemos ‘imaginarlo’ (ponerlo en imágenes…: no podemos imaginar cuatro dimensiones, por ejemplo); pero sí podemos operar con él, calcular con sus datos, comprobar que nuestros cálculos se cumplen o verificar cuándo no se cumplen; es decir, podemos estudiarlo con método científico y hacer teorías sobre él, y cambiar esas teorías cuando nuevas observaciones las hacen inválidas.

De modo que, con todo este nuevo equipaje de conocimientos, ahora estamos en condiciones de empezar a estudiar una realidad tan compleja como es el ser humano que, desde luego, no se ajusta para nada a la racionalidad clásica; con la esperanza (hipótesis que debemos confirmar) de que la realidad humana sí tiene explicación científica; teniendo en cuenta que la realidad humana no es solamente racional, sino también (tal vez sobre todo) emocional. Teniendo en cuenta que, además de pensamientos, los humanos también sentimos (sensaciones y sentimientos).

Espero que lo anterior sirva como planteamiento del asunto que me propongo tratar en estas páginas y deseo que te interese continuar leyendo, pues me produciría una gran satisfacción que mi esfuerzo tenga fruto.

(Eso, en todo caso, es un sentimiento mío cuyo origen y significado yo conozco pero no creo que te interese a ti conocerlo).

1

sensaciones del cuerpo y sentimientos de la mente

Nos interesa hablar de los sentimientos, pero para entenderlos tenemos que comprender antes qué son las sensaciones, cómo se forman, qué significan y la función que cumplen.

¿Por qué es necesario entender las sensaciones?, por una razón muy sencilla: los sentimientos son algo que sentimos. De modo que hemos de averiguar qué es eso de sentir.

Todos conocemos de primera mano sensaciones de calor o frío, dolor y placer, color, forma, posición y movimiento de las cosas; presión, peso, suavidad, aspereza, luz, penumbra y oscuridad, olores, sonidos, sabores, posición y movimiento de nuestro cuerpo, somnolencia, sed, hambre, asco, cansancio, necesidad de movernos, picor, escozor, deslumbramiento, atracción, repulsión, excitación sexual, calma, satisfacción, hastío…

Cada una de esas sensaciones depende de dos factores: la índole del estímulo que las provoca y el estado en que se encuentra nuestro cuerpo al recibirlo.

Unos estímulos proceden del exterior, otros del interior de nuestro cuerpo.

A su vez, las sensaciones (por sí mismas) pueden tener un carácter, tonalidad o signo (valor) que puede ser: 1) positivo (agradable o atractivo), 2) negativo (desagradable o repelente) y 3) neutro (indiferente).

Según sea el signo o valor de la sensación, se provoca una reacción (las positivas o negativas) o una ausencia de reacción (las neutras).

Otra cosa diferente es que alguna sensación esté enlazada (debido a la experiencia) con otras que tienen un signo diferente, de modo que una sensación que, por ejemplo, en sí misma sea neutra, ha quedado enlazada con alguna otra de signo negativo, por lo cual aquella neutra adquiere una tonalidad negativa.

Ese nexo entre varias sensaciones simultáneas o sucesivas queda establecido mediante enlaces entre diversas neuronas del cerebro, lo cual constituye la memoria, como ha demostrado Eric Kandel en su investigación sobre el cerebro del caracol marino Aplysia, que le valió el premio Nobel del 2000 (el detalle puede verse en su obra En busca de la memoria).

Creo importante insistir en que las sensaciones, aunque sean neutras, dejan su impronta en la memoria, porque cada sensación no consiste en la estimulación de una sola neurona, sino en la excitación simultánea de un conjunto de neuronas que, en consecuencia, quedan enlazadas entre sí, a través de las conexiones sinápticas entre axones y dendritas (‘troncos’ y ‘ramas’ de las neuronas); de modo que esos enlaces se refuerzan o debilitan en función de la intensidad del estímulo y de las repeticiones del mismo.

No olvidemos que la intensidad de un estímulo se traduce, a nivel de las conexiones neuronales en una mayor frecuencia de la activación del enlace; porque ese enlace es del tipo de un interruptor de un circuito eléctrico: apagado o encendido, sin términos medios: una neurona, cuando alcanza el límite de carga que se llama ‘potencial de acción’, descarga, mediante los neurotransmisores que se ‘derraman’ en el espacio sináptico, esa carga eléctrica, la cual pasa a las dendritas de las siguientes neuronas. De modo que esa vía dendrítica queda fortalecida aumentando el ‘aislante’ que es su revestimiento de mielina y, por tanto, facilitando la transmisión del impulso (como el cauce de un río se ahonda con el paso de la corriente).

De este modo, el cerebro cuya estructura o diseño inicial se construye en función del código genético se va transformando o rediseñando en función de la experiencia, sea por estímulos externos al cuerpo o internos del propio cuerpo.

Es fundamental tener presente que ese desarrollo cerebral se produce en función, además del código genético, de las condiciones ambientales, incluyendo aquí los hechos que ocurren durante la vida fetal, no sólo después del nacimiento.

Para aclarar lo anterior, pondré el ejemplo (mejor dicho, la analogía) de un Estado político: el ADN o código genético de un Estado vendría a ser representado por las condiciones del territorio y de sus habitantes; las interacciones entre esos habitantes entre sí, y de ellos con su territorio llegan a producir una Constitución (una organización política del Estado). De modo similar, cuando hablamos de características ‘constitucionales’ (si se quiere: innatas) de una persona, no estamos hablando únicamente de su genética, sino también de los procesos experimentados por el individuo (proceso constitucional).

Todo ello determina el modo en el que ese individuo va a experimentar los estímulos externos o internos, es decir, la modalidad (subjetiva) de sus sensaciones.

Ahora bien, con todo lo que llevo dicho sobre las sensaciones, seguimos sin saber en qué consiste eso de ‘sentir’, que no es algo que pueda ser observado desde fuera, no es objetivo, sino sólo sentido desde dentro, es decir, subjetivo.

Sin embargo, aunque tu no puedas sentir mi propia sensación, sí existe la posibilidad de que nos transmitamos de algún modo o por alguna vía esas sensaciones, aunque sean propias de cada uno. Ya veremos de qué modo es posible esto; pero antes hemos de entender en qué consiste la sensación propia de uno.

Tratemos de aclarar el motivo por el que nos planteamos este asunto como un problema a resolver, pues podría parecer que se trata de algo obvio; por ejemplo, tendemos a pensar o creer que los colores son algo que existe en el mundo exterior, pero eso no es así, porque en ese mundo lo que hay son ondas luminosas de distinta frecuencia de onda e intensidad; de modo que el color es algo que sólo ocurre dentro de nuestra cabeza.

Lo que llega a nuestra retina es una onda luminosa; en la retina hay dos tipos de células, llamadas conos y bastones (por la forma que tienen), los bastones son ‘sensibles’ a la intensidad luminosa, tan sensibles que pueden ser ‘excitados’ por un solo fotón; mientras que los conos son ‘sensibles’ a la frecuencia de la onda luminosa.

Hay tres tipos de conos, cada uno de ellos sólo es excitado por unas determinadas frecuencias que corresponden a los tres colores siguientes: azul, verde y azul1. Pero insistamos: esa onda luminosa no es amarilla, ni verde, ni azul, sino que tiene una determinada frecuencia que se transforma en sensación cromática. Dicha sensación puede ser el resultado de una mezcla, en diversas proporciones, de esas tres longitudes de onda; es decir, de distintas proporciones del número de bastones de cada tipo que son excitados simultáneamente.

La enorme diversidad cromática que así se obtiene se parece a lo que hace un buen pintor cuando toma pinturas de esos tres colores y las mezcla en distinta proporción para obtener el tono que busca.

Algo parecido podríamos decir de otras sensaciones como el sabor, el olor, el sonido, etc.

Pues bien, siguiendo con el ejemplo de la visión del color, lo que ocurre en ese bastón cuando es excitado, es que emite una señal eléctrica (transportada por una sustancia que llamamos neurotransmisor) a la siguiente célula del nervio óptico. De modo que lo que se transmite a lo largo de esa vía nerviosa es un impulso eléctrico, hasta que llega a la zona del cerebro que es la corteza visual, donde cobra el carácter de sensación de color.

El color es algo que únicamente existe ahí, en la corteza visual, en ninguna otra parte del universo. Pero, sin duda es algo que existe, como todos sabemos y conocemos de primera mano (salvo aquellas personas que son ciegas o daltónicas, a quienes les servirán otros ejemplos sensoriales, que funcionan de modo parecido).

Un ejemplo, ahora del sonido, puede ilustrar este asunto: como todos sabemos Beethoven se quedó sordo, aunque siguió componiendo su magnífica música. Cuando ya era sordo no podía oír sonidos, pero estoy completamente seguro que sí podía seguir soñando la música, seguía siendo capaz de ‘oírla en sueños’.

Esto quiere decir que, cuando soñamos, nuestro cerebro se activa de tal modo que ‘percibe’ sensaciones de sonido, de color, etc. aunque no exista el estímulo que las provoca cuando estamos despiertos.

Ahora no vamos a tratar el tema del sueño, cosa que haremos más adelante; pero sí es oportuno que veamos algún experimento neurológico que pone de manifiesto el fenómeno de transformación de una señal eléctrica, transmitida por la vía nerviosa en una sensación:

Si introducimos un micro-electrodo en el cerebro, en una vía nerviosa que conduce hasta la corteza visual, o hasta la corteza auditiva, etc., el individuo, que sigue despierto y consciente (porque el cerebro no siente dolor alguno por ese motivo), lo que ocurre es que el individuo en cuestión ‘ve’ un color, u ‘oye’ un sonido, exactamente igual que si esa carga eléctrica se hubiese originado por un estímulo exterior sobre el ojo o el oído, etc.

El mismo estímulo eléctrico puede introducirse en cualquier otra vía nerviosa, dando como resultado las diversas sensaciones que corresponden a cada una de esas vías.

De hecho, existe un fenómeno, que se da en algunas personas, llamado ‘sinestesia’, que consiste en que un estímulo sonoro, por ejemplo, es percibido por la persona de dos formas simultáneas: como sonido y como, por ejemplo, color o forma. De modo que esa persona ‘ve’ sonidos; otra ‘oye’ colores; etc. (en realidad deberíamos decir que siente visualmente ondas sonoras, o siente auditivamente ondas luminosas).

La explicación de este fenómeno parece ser que el estímulo sonoro, por ejemplo, se transmite por su vía correspondiente, pero también por otra vía que termina en la corteza visual; como una especie de derivación en un circuito eléctrico.

Todo esto es lo que nos lleva a plantearnos la pregunta anterior: ¿cómo se transforma ese estímulo eléctrico que llega a la zona cerebral correspondiente en una ‘sensación’ que tiene la cualidad de sonido, forma, color, presión, temperatura, etc.?.

A ese resultado sensorial, que sólo percibe el sujeto (la sensación es un hecho subjetivo) es a lo que los neurocientíficos llaman cuale (plural: cualia).

Los cualia sólo existen en el sujeto, es decir, en el cerebro del sujeto, pero los neurocientíficos se debaten en cómo explicar ese enigma. Porque nosotros no sentimos cargas eléctricas sino colores, sonidos, etc.

En el mundo no hay color, sino ondas electromagnéticas, no hay sonidos, sino ondas de presión, no hay sabores, sino sustancias químicas. Mejor dicho: en el mundo exterior no existen esas sensaciones, pero sí en la parcela del mundo que somos nosotros y otros seres vivos.

Veamos lo que dice uno de esos neurocientíficos, llamado Llinás2:

“El término ‘cualia’ se refiere a la calidad de las entidades. El filósofo Willar Quine empleó el término para denotar el carácter subjetivo de las sensaciones. (…) lo emplearé para referirme a cualquier experiencia subjetiva generada por el sistema nervioso, como por ejemplo el dolor, el color, o el tono específico de una nota musical.” (p. 235).

“Mi razonamiento es que la existencia misma del sistema nervioso central se origina en la experiencia sensorial, la cual, gracias a la predicción, permite el movimiento activo (motricidad)”. (p. 237)

“Penfield encontró (…) que era posible evocar experiencias sensoriales muy específicas al estimular eléctricamente la corteza sensomotora (…). Dependiendo de la corteza estimulada, los pacientes ‘oían’ fragmentos de canciones familiares o de voces, o ‘veían’ a algún familiar o evocaban alguna imagen del pasado”. (p. 239)

“Teóricamente hay razones de muchísimo peso para pensar que el fundamento de las cualia se encuentre en fenómenos eléctricos neuronales” (p. 240)

“Aceptamos, pues, que las cualia se desencadenan gracias a la actividad eléctrica en el cerebro y que están constituidas por eventos muy cercanos en el tiempo a las estructuras eléctricas que se deslizan sobre la superficie de las membranas neuronales” (p. 241)

“Las cualia realmente son eventos celulares fugaces y discontinuos” (p. 242)

“Los PAF [patrones de acción fijos] sensoriales están acompañados de experiencias subjetivas, bien sea por la activación de las vías sensoriales debida a estímulos externos, bien por la estimulación experimental eléctrica (o química) en diversas áreas del cerebro, o bien por acciones iniciadas en el interior, como en los sueños.” (p. 243-4)

“Al parecer, las cualia se relacionan no sólo con neuronas particulares en sí sino, más aún, con la geometría dinámica de los patrones de actividad eléctrica que las neuronas son capaces de producir”. (p. 244)

“…creo que la esencia de la sensación es justamente el conjunto de patrones de actividad eléctrica de las neuronas y de sus contrapartes moleculares”. (p.245)

“Desde hace tiempo se sabe que células simples tienen propiedades de irritabilidad (la capacidad de responder comportamentalmente a estímulos). (…) Si pensamos que las cualia representan una especialización de este sensorio primitivo, sería un paso razonable (…) para llegar al fenómeno de los ‘sentimientos corporativos’ de los organismos superiores, en el ámbito multicelular. Si nos podemos acomodar a esta noción, comprenderemos que las cualia deben surgir fundamentalmente de propiedades de las células aisladas, amplificadas gracias a la organización de circuitos especializados en funciones sensoriales” (p. 248) (Subrayado mío)

“En las cualia, el producto de la activación celular – la ‘sensación’ – es la suma (logarítmica) de cada activación celular sobre un evento coherente común (una propiedad geométrica) en un momento determinado”. (p. 250)

“Quienes niegan que las cualia se reducen a la actividad eléctrica y a la geometría de los circuitos neuronales, tal vez lo hagan por no haber comprendido las geometrías funcionales; las cualia no son eventos misteriosos (…) que operan el milagro de transformar la actividad eléctrica en ‘sentimientos’. (…) La actividad neuronal y la sensación son el mismo y único evento” (p. 255).

[Comentario mío: es por todo lo anterior por lo que digo que la sensación, eso que sentimos, no es el ‘resultado’ o consecuencia de una activación neuronal, sino que es esa misma activación neuronal: eso que estás sintiendo es lo que están sintiendo tus células, visuales, olfativas, etc. Sabemos lo que sienten las células: es lo que sentimos nosotros. Lo que afirma Llinás es una teoría poco usual, creo que es original suya, y anula el ‘misterio’ de cómo la actividad neuronal ‘se convierte en’ sensación subjetiva, pues no hay sino una sola cosa ahí].

[Todo lo anterior de Llinás, incluido el comentario mío, es copia de un fragmento del libro que publiqué en 2017, titulado ‘Clara-Mente. El alma del cuerpo’].

Tomando la teoría de Llinás como válida (mientras no se compruebe lo contrario), podemos dar por respondida la pregunta que nos habíamos planteado respecto a qué es, cómo se produce y porqué es así, el fenómeno de sentir.

“Sensaciones del cuerpo”, es la primera parte del título de este capítulo.

Ahora nos toca tratar de entender la segunda parte de ese título: “sentimientos de la mente”.

En realidad, sería más preciso decir que cuando hablamos de las cualia ya estamos hablando de la mente porque, como hemos visto, las cualia son un fenómeno subjetivo, no objetivo u observable por nadie que no sea el propio sujeto que las experimenta.

Es más: mi hipótesis es que los cualia son los elementos fundamentales e irreducibles del sistema psíquico.

Destaco esto porque, de ser acertada mi hipótesis, estaríamos nada más y nada menos que ante la frontera o paso entre lo físico (orgánico) y lo psíquico.

Como dije antes, una característica fundamental de lo que llamamos sentimientos es que es algo que sentimos; por este aspecto sensorial es por lo que me he detenido a hablar de las sensaciones.

Pero lo que diferencia a un sentimiento de una sensación es que en el sentimiento, además de un conjunto de sensaciones, hay también otro ingrediente, al que llamamos pensamiento.

Quiero decir: un conjunto de sensaciones simultáneas que se enlazan entre sí de modo que configuran una especie de ‘constelación’ sensorial, contiene diversos tipos de sensaciones cualitativas (cualia): puede incluir sensaciones positivas y negativas, pero también neutras. El resultado final de la activación de ese conjunto de cualia será una conducta de atracción o rechazo (o indiferencia).

Pero debemos tener presente que esos enlaces entre los elementos del conjunto, quedan establecidos en nuestro cerebro en forma de enlaces neuronales, de modo que, cada vez que uno o varios de esos elementos o cualia es activado por un nuevo estímulo, todos los demás también se activan. (Como luces de Navidad en serie).

Es muy importante tener en cuenta que, en ese conjunto de cualia, puede haber algunos elementos de índole neutra, es decir, que por sí solos no producen re-acción en el sentido de conducta (de atracción o rechazo); pero si la huella de memoria de alguna (o varias) de esas sensaciones neutras es nuevamente activada por un estímulo, también se activan aquellas otras sensaciones de signo positivo o negativo enlazadas a ella.

Mi hipótesis es que esos cualia neutros son los elementos básicos con los que se forma el sistema del pensamiento; es decir, un conjunto de huellas de memoria de cualia neutros que se relacionan entre sí formando un sistema cuyo origen está en la experiencia del individuo, pero que por sí mismo no produce reacción emocional o de conducta; aunque, a través de su enlace con las otras sensaciones (positivas o negativas), cobra un significado de experiencia, emocional.

Para aclarar esto que acabo de plantear, pondré un ejemplo sencillo: un niño recibe el estímulo de una luz intensa que le deslumbra, al mismo tiempo que su madre da una voz alegre diciendo ‘¡sol!’.

El estímulo luminoso produce en el niño una sensación de deslumbramiento ante la que entorna los ojos; al mismo tiempo el sonido sol también es registrado como sensación neutra.

Ambas sensaciones quedan enlazadas: hay una primera palabra que, en sí misma no motiva nada, pero que significa (señala a…) otras sensaciones (deslumbramiento, calor, etc.).

Con lo que opera el pensamiento es con esas palabras (sol, etc.) o ideas; con ‘representaciones’ mentales carentes de valor emocional o de motivación para la conducta; esto son cualia neutros.

Cuando la madre vuelva a gritar “sol” (jugando) el niño reaccionará guiñando los ojos.

Nuestro pensamiento contiene ‘ideas’ concretas (p.ej. ‘sol’) y las relaciones entre ellas producen ‘ideas’ abstractas (luminosidad, temperatura..).

El pensamiento viene a ser, por lo tanto, el funcionamiento del sistema formado por cualia neutros. Y el significado del pensamiento es la correspondencia existente entre los cualia neutros y los cualia con valor positivo o negativo. (Correspondencia entre el sonido ‘sol’ y la sensación luminosa y térmica).

Cuando hablamos de ‘pensamiento abstracto’ de lo que estamos hablando es del desarrollo de un sistema de significantes y de la generación de nuevos significantes por combinación entre los anteriores. Dicho de otro modo: el pensamiento es un proceso de relación entre los “’átomos” mentales con carga neutra que son los cualia neutros.

Que todo ese sistema (el sistema de nuestros pensamientos) guarde o no correspondencia con los fenómenos de la realidad sensible (sensible directa o indirectamente) es cuestión de la ciencia, que comprueba dicha correspondencia mediante la observación, sea inducida por experimentos o por repetición de fenómenos no experimentales.

Pero de lo que aquí nos queremos ocupar es de los sentimientos, los cuales están formados con ambos ingredientes: sensoriales y de pensamiento3.

Pongamos un ejemplo muy simplificado de la distinción entre un conjunto de sensaciones y un sentimiento que puede acompañar o no a dichas sensaciones:

Supongamos que un niño siente escalofríos, temblor, erizamiento del vello corporal, palpitaciones, respiración acelerada, sudor frío…; siente todo eso, pero no sabe qué le ocurre. Se lo dice a su madre y ésta piensa que tiene fiebre; pero comprueba que no es así, empleando un termómetro y llega a la conclusión de que el hijo lo que siente es miedo (más bien terror) y trata de indagar el motivo, además de acogerlo en sus brazos para tranquilizarle.

A través de este tipo de episodios, el niño ‘aprende’ a distinguir las sensaciones febriles de las que acompañan al sentimiento de miedo. Así ese conjunto de sensaciones corporales adquieren un significado, el significado de miedo, el cual no es sino la correspondencia entre sensaciones e ideas de peligro.

Cuando dichas sensaciones son la consecuencia del sentimiento de peligro, (tal vez ocasionado por una expresión temerosa de la madre), las sensaciones y la idea son los ingredientes con los que se forma el sentimiento de miedo.

Otra cosa bien distinta es que la fiebre sea el origen de dichas sensaciones, lo cual puede, o no, producir sentimiento de miedo al peligro de la enfermedad; pero aquí el sentimiento es la consecuencia, no la causa de aquellas sensaciones.

Insisto en esta diferencia entre sensaciones y sentimientos porque ello nos sirve para comprender mejor dos fenómenos que suelen confundirse con frecuencia: me refiero a la angustia y a la ansiedad, términos que en muchos autores he visto que se tratan como sinónimos, aunque podemos comprobar, mediante el uso de psicofármacos, que unos medicamentos son útiles para la angustia y otros lo son para la ansiedad.

[Esta observación la debo, principalmente, a mi esposa, Remedios Gutiérrez Rodríguez, que es psiquiatra (además de endocrinóloga y psicoanalista); a la cual agradezco aquí su colaboración como lectora y crítica de mis trabajos, además de otras muchas cosas, como soportarme durante tantos años].

La diferencia entre angustia y ansiedad, que he podido observar a lo largo de mi labor en psicoanálisis, me ha llevado a la siguiente definición:

Angustia es sentimiento de peligro sin objeto conocido, es decir: es igual que el miedo, pero sin un objeto (hecho o cosa) ante el que reaccionar de uno u otro modo. En el miedo podemos huir, atacar, someternos o paralizarnos (como hacerse el muerto). En la angustia no podemos hacer nada, lo cual puede llevarnos a sentir miedo (con frecuencia miedo a morir), que ya es un sentimiento.

La ansiedad es sentimiento de necesidad sin objeto conocido, es decir: uno siente la falta de algo sin saber de qué se trata. No es un deseo, porque siempre se desea algo sabido (aunque sea equivocado).

Tengamos en cuenta que la angustia se acompaña de sensaciones tales como opresión corporal, dificultad respiratoria (‘angustia’ y ‘angostura’ tienen la misma raíz), temblor, escalofríos, etc. Reaccionamos ante la angustia tratando de huir, pero nos la llevamos con nosotros a donde vayamos.

A veces, logramos atribuir nuestra angustia a un hecho o cosa en particular; entonces hemos construido una fobia a esa cosa; lo cual es relativamente más manejable que la angustia, pues nos permite maniobras de evitación del objeto fóbico, aunque a costa de limitar nuestra libertad.

Sin embargo, la ansiedad se acompaña de otro tipo de sensaciones, tales como respiración profunda y abierta (siempre insuficiente) hasta llevarnos a veces a hiperventilación (todo lo contrario que en la angustia); sensación de que falta algo, sin saber qué es ello; sensación de necesidad, sin saber qué es lo que se necesita.

Resumiendo: angustia equivale a estrechamiento, ansiedad equivale a apertura o ensanchamiento. Peligro o necesidad. Dos cosas bien distintas.

Igual que la angustia puede conducirnos a la fobia, la ansiedad puede llevarnos a la busca compulsiva de un objeto (que, si lo encontramos, no calma nuestra ‘sed’, por ser erróneo).

Un ejemplo de ansiedad, frecuente en nuestra vida cotidiana, es cuando sentimos una sensación de apetito sin saber bien qué es lo que nos apetece; vamos a la nevera o despensa y recorremos lo que hay allí, descartando fruta, embutidos, queso, pan, galletas… hasta que, si tenemos suerte, caemos en la cuenta de que lo que nos apetece es tal o cual cosa. (Las embarazadas y sus parejas conocen bien este fenómeno de los ‘antojos’).

Esos son leves episodios de ‘anhelo o ansiedad’, mientras no se identifica el objeto necesitado y, entonces, se convierte en deseo; como la angustia se convertía en miedo.

Esos fenómenos se desarrollan de muy diversa forma en cada cual y en cada situación. Por ejemplo, la angustia convertida en miedo puede llevarnos a la necesidad de encontrar un arma para defendernos.

Ante la angustia no podemos hacer nada; ante el miedo podemos hacer cuatro cosas: huir, atacar, someternos o paralizarnos (hacerse el muerto).

Muchos autores han señalado que, tal vez, la primera experiencia de angustia se produce en el nacimiento, cuando el anterior feto, que obtenía el oxígeno a través del cordón umbilical, justo al nacer (sea por vía natural o por cesárea) sufre unos momentos de falta de oxígeno (anoxia) hasta que pone en funcionamiento su aparato respiratorio.

También se ha señalado la experiencia corporal que tiene el feto al pasar por el conducto del parto, con su apretada estrechez, episodio que se ahorra con la cesárea. Pero no es esta la ocasión para ocuparnos de este asunto.

En cualquier caso, no cabe duda de que la experiencia del nacimiento ha de dejar su huella en la memoria corporal del individuo, a modo de un ‘troquel’ que condicionará en el futuro su modo de vivir otros episodios con algún tipo de semejanza.

Pero soy de la opinión de que hemos de prevenirnos ante la fácil tendencia a atribuir a una sola causa, como esta del nacimiento, por importante que sea, las características de una personalidad; pues en su formación interviene una multitud de otros factores.

El llamado ‘trauma del nacimiento’, al no tener en cuenta esa complejidad de múltiples variables, ha dado lugar a teorías excesivamente reduccionistas, como si la mente fuese un sistema de tipo lineal, no un sistema complejo de tipo ‘no lineal’, determinista sí, pero impredecible, como nos ha enseñado la teoría matemática del caos determinista, sobre la que tendremos que volver más adelante en varias ocasiones.

Discúlpeme el lector por esta digresión sobre angustia y ansiedad; el motivo que me ha llevado a ello ha sido que se trata de dos fenómenos de nuestra experiencia que nos plantean la dificultad de distinguir, según el criterio que antes presenté, si se tratan de puras sensaciones, o si estamos ante genuinos sentimientos.

Me inclino a pensar, aunque no encuentro argumentos convincentes, que estamos ante dos conjuntos de sensaciones, las cuales, con rapidez casi inmediata, desencadenan la formación de uno u otro sentimiento, según sea el pensamiento que las reviste4 con uno u otro significado.

Volvamos de nuevo al tema de los sentimientos: cada sensación, por sí misma no tiene significado alguno; en todo caso una sensación puede ser positiva, negativa o neutra. Por otra parte, y al mismo tiempo, una sensación puede estar enlazada a otras muchas; de modo que la activación de una de ellas implica inevitablemente la activación de las demás. A esto lo solemos llamar asociación de sensaciones, término que se presta a la confusión, pues parece aludir a una sucesión temporal, mientras que de lo que estamos hablando es de simultaneidad, sin tiempo; es decir, de un conjunto de sensaciones que se activan simultáneamente.

En el caso de que, dentro de ese conjunto, estén también presentes sensaciones de carácter neutro, ocurre que las huellas de memoria de esas sensaciones neutras, enlazadas entre sí, constituyen una idea o representación mental que, por sí misma, no produce reacción alguna en el individuo; pero que, a través de su enlace con el conjunto de las demás sensaciones con signo positivo o negativo, adquiere un significado de experiencia.

Es precisamente ese enlace de significado lo que podemos llamar sentimiento, el cual siempre tiene un valor, positivo o negativo, pero también (a veces) simultáneamente positivo y negativo.

Nótese bien que no hablo de dos o más sentimientos de signo opuesto, sino de un solo sentimiento con ambos signos (sentimiento ambivalente). Insisto en esto porque tal cosa no es concebible para nuestra mente consciente, en la que, por decirlo brevemente, no existe algo que pueda ser positivo y negativo al mismo tiempo; en todo caso puede ser parcialmente positivo y parcialmente negativo. Pero no estamos hablando de partes, sino de la totalidad del sentimiento, como la unidad que es, indivisible: el conjunto de sensaciones que ese sentimiento contiene. (Como un vermut, dulce y amargo simultáneamente, no por partes).

Como quiero subrayar, ese tipo de fenómeno mental, cuya formación acabamos de contemplar, no es posible que tenga cabida en nuestra mente consciente y, por lo tanto, sólo podemos conocerlo con nuestra consciencia, sólo podemos hablar de él con nuestra consciencia, deduciéndolo de los efectos que ese fenómeno inconsciente tiene para nuestra consciencia, que es con la que estoy escribiendo (y tu leyendo) estas líneas.

A nuestra consciencia sí llegan las sensaciones que forman parte de un sentimiento; pero llegan de forma separada: calor, hambre, presión, sonido, sabor, etc. Lo que no llega a nuestra consciencia es que, simultáneamente, esas sensaciones están unidas indisolublemente a, por ejemplo, un sentimiento de atracción y repulsión, de amor y odio, de miedo y deseo.

Cuando llegan a la consciencia dos sentimientos opuestos y simultáneos, sentimos un conflicto, que es un problema para la consciencia. En lo inconsciente no hay tal conflicto (no hay problemas inconscientes: es lo que es y nada más, sin preguntas).

Todo esto que ocurre en nuestra mente no consciente, inconsciente, nos es tan desconocido para nuestro pensamiento consciente (el único que re-conocemos), que llevó a Freud a afirmar que se trata de la verdadera realidad psíquica; realidad incognoscible (para la consciencia) que equivale a lo que había afirmado el filósofo Immanuel Kant, en su Crítica de la Razón Pura, respecto a la cosa en sí (la realidad misma) que sólo podemos conocer a través de los efectos que esa realidad produce en nosotros (mediante los sentidos); esos efectos que cobran en nuestra cabeza la dimensión de fenómeno (el fenómeno es eso que nuestra cabeza kantiana, nuestra Razón, construye con sus formas a priori de: espacio, tiempo y causalidad).

Dicho de modo más sencillo: lo que nosotros conocemos del mundo (incluido nuestro cuerpo) es lo que ocurre en nuestros sentidos. Por ejemplo, conocemos el color, no las ondas electromagnéticas que inciden en nuestra retina. Conocemos nuestra fobia a las mariposas nocturnas, no el enlace inconsciente de ellas con una determinada experiencia del pasado (que se hace presente ante la mariposa, sin que conozcamos esa experiencia que, no obstante se hace presente ahora sin saberlo).

Advertencia: no retrocedamos ante el hecho de que podamos hablar sobre algo que no podemos conocer directamente, ante algo de lo que sólo podemos saber (sin conocerlo); pues continuamente estamos haciendo eso mismo en muchas actividades científicas, cuyo valor y utilidad nadie pone en duda: nadie conoce el interior del sol, sólo sus efectos; ni podemos conocer un agujero negro, ni muchas otras cosas sobre las que investigamos con notable éxito práctico.

Es más, yo diría que, cuando hablamos de nuestra mente inconsciente, estamos hablando de algo que sí sentimos directamente; pero esas sensaciones que experimentamos de primera mano, las experimentamos bajo la forma que les da nuestra consciencia, de ninguna otra forma (aunque sea dolor de tripas, que es consciente, debido a una rabia inconsciente al líder).

La forma que cobran en nuestra consciencia es el sentimiento que padecemos o disfrutamos; sentimiento que podemos reconocer y asumir conscientemente, aunque nos duela o guste; pero que muchas veces nos resistimos a reconocer como propio de nosotros mismos; en cuyo caso operamos con él de diferentes formas, mediante diversos procedimientos (que no me gusta llamar ‘mecanismos’) tales como atribuirlo a otra persona (lo que se llama, inadecuadamente, ‘desplazamiento’, ‘proyección’, etc.), u operamos sobre ese sentimiento de forma tal que impedimos que se muestre en nuestra consciencia (lo que se dice, también inadecuadamente, ‘represión’, como si se tratase de un fluido al que se le pone una barrera o presa), operación ésta que podemos comprender mejor si hablamos de ‘retirar la atención’ desviándola a otra cosa.

Por ejemplo, es notable observar cómo personas aquejadas de lo que se llama ‘trastorno obsesivo compulsivo’, se sienten impulsadas a centrar toda su atención, con extraordinaria tensión, en asuntos o cosas que ellos mismos consideran triviales; mientras que se muestran incapaces de sentir unos u otros sentimientos (aunque frecuentemente puedan hablar de esos sentimientos en forma de pensamientos carentes de valor, como pensamientos neutros).

Quiere decir esto, que nuestra cabeza es capaz de inhibir ciertos enlaces que implican sentir algo (como sentimiento), mediante el procedimiento de activar otros enlaces (de pensamiento, prioritariamente); pero no es capaz de anular las sensaciones que todo eso acarrea (tensión, ansiedad, etc).

Los neurocientíficos han podido observar cómo unas vías neuronales pueden inhibir a otras de su proximidad. Tal vez por ahí podría encontrarse la explicación del cómo sucede eso (no el por qué, cuya explicación se hallará en la historia de la experiencia del individuo).

A propósito de todo lo que vengo exponiendo sobre los sentimientos, sobre las sensaciones y el pensamiento, viene a cuento comentar, aunque sea de pasada, algo que creo muy interesante mencionar: se trata del título de un libro del filósofo español, nunca bastante destacado, Xavier Zubiri: Inteligencia Sentiente. Inteligencia y Realidad (Alianza Editorial, Madrid, 1980). El título lo dice todo respecto a lo que vengo diciendo. Trata del problema del saber, planteado en filosofía desde Aristóteles.

Necesidad de saber a la que obedece este trabajo mío en el que me estás acompañando hasta ahora y espero que así continúes, pues también existe en mí la necesidad humana de compartir el saber.

1. Wikipedia: En la especie humana y en muchos otros primates, existen tres tipos diferentes de conos, cada uno de ellos es sensible de forma selectiva a la luz de una longitud de onda determinada, verde, roja y azul. Esta sensibilidad específica se debe a la presencia de tres sustancias llamadas opsinas:

 La eritropsina tiene mayor sensibilidad para las longitudes de onda largas de alrededor de 700 nanómetros (luz roja).

 La cloropsina para longitudes de onda medias de unos 530 nanómetros (luz verde).

 La cianopsina con mayor sensibilidad para las longitudes de onda pequeñas de unos 430 nanómetros (luz azul).

Los 3 tipos de conos mencionados más arriba son llamados:

Tipo L: sensibles a longitudes de onda larga

Tipo M: sensibles a longitudes de onda mediana

Tipo S: sensibles a longitudes de onda corta (corta = short [en inglés])

2. Rodolfo F. Llinás, El cerebro y el mito del yo (ed. Belacqua, Barcelona, 2002):

3. Debo la idea de que los sentimientos están formados por sensación más pensamiento a un autor psicoanalítico, desgraciadamente poco conocido en nuestro país, tal vez por haber escrito su obra en inglés, a pesar de ser chileno, y de haber desarrollado una notable labor en Chile, (además de Londres, Milán y Roma) pero que se formó en Inglaterra. Se trata de Ignacio Matte Blanco, y su obra más destacada es ‘The Unconscious as Infinite Sets. An Essay in Bi-logic’, Ed. Karnac Books, London, 1975 (edición revisada, 1998). En dicha obra estudia las lógicas consciente e inconsciente, empleando la lógica matemática de Russell-Whitehead.

4. Tomo este término metafórico de la obra antes citada de Matte Blanco

2.

¿qué pone en movimiento a la mente?

Recordemos que la mente es un sistema formado por un conjunto de elementos que hemos llamado cualia (cualidades sensibles, positivas, negativas y neutras) y que, por lo tanto, son de índole subjetiva – “y” de las relaciones entre ellos (que se originan por ser activados simultáneamente).

Cada uno de esos conjuntos de cualia constituye una representación mental de una experiencia sensible del individuo, bien sea originada por estímulos externos o internos (o de ambos al mismo tiempo).

Tomemos un ejemplo que muchos hemos podido experimentar en nuestra vida cotidiana: veamos cómo se produce una sensación de movimiento en algunas ocasiones:

Estoy sentado en el asiento del tren, junto a una ventanilla, y el tren está detenido en la estación junto a otro tren, también parado.

‘Veo’ que el tren vecino se mueve, primero lentamente y, poco a poco, más rápido. Al poco tiempo, percibo una vibración en mi cuerpo y entonces siento y me doy cuenta de que es mi propio tren el que está moviéndose (si su movimiento fuese más acelerado, también percibiría, a través del órgano del equilibrio de mi oído, mi propio desplazamiento; pero en este ejemplo eso no sucede, porque la aceleración no es suficiente para estimularlo).

Durante la primera etapa, cuando sólo siento el movimiento a través de la vista, lo atribuyo a que el movimiento es ajeno: el tren vecino. Pero cuando, además de la vista, interviene el sentido corporal de la vibración, ambos sentidos unidos y simultáneos dan como resultado la cualidad sensorial de movimiento propio.

Lo que pretendo poner de manifiesto con este ejemplo es que un mismo hecho (movimiento del tren) puede producir dos cualia diferentes, según intervenga uno o varios sentidos en su formación: cualidad de movimiento ajeno, o cualidad de movimiento propio.

(Queda por saber si, en realidad, al mismo tiempo que se mueve mi tren, también se mueve el otro en sentido contrario. Necesitamos otros datos para averiguarlo).

Esto nos ocurre continuamente cada día, cuando vemos que el sol se desplaza allí arriba, porque no percibimos el movimiento de nuestro planeta. Por eso seguimos diciendo que el sol ‘sale’ o ‘se pone’ sobre el horizonte. Eso es lo que sentimos, aunque ‘sepamos’ que ambos se desplazan respectivamente: primero creímos saber que el Sol se movía; luego averiguamos que la Tierra se mueve en torno al Sol; más tarde llegamos a saber que ambos se desplazan respectivamente, aunque en distinta proporción. (Y el cuento sigue con que todo el sistema solar se mueve, que también se mueve la galaxia, etc.).

Pero volvamos al tema de la mente y los hechos que ocurren en su interior:

El hecho de que varios cualia se produzcan simultáneamente tiene la consecuencia de que las neuronas que se activan al mismo tiempo quedan enlazadas entre sí, de modo que, cuando uno de esos cualia es reactivado por un nuevo estímulo, se activan todos los demás a él enlazados; es decir, que si la primera constelación contenía, por ejemplo, la sensación de color rojo, y también el calor; cuando recibamos un estímulo visual de cierta frecuencia correspondiente al rojo, también se activa la cualidad de temperatura. O a la inversa: la activación del calor activa la de rojo.

Esa ‘representación’ de la experiencia rojo-caliente se vuelve a hacer presente ante lo rojo o ante lo caliente. Por eso podemos decir que la mente es un sistema de re-presentaciones de la experiencia.

Pero, antes de seguir adelante, tratemos de aclarar ese concepto de sistema que vengo usando:

Un sistema es un conjunto de elementos relacionados entre sí de tal modo que la variación o cambio de uno de ellos acarrea (directa o indirectamente) cambios en los demás.

Suele decirse que un sistema es un conjunto de elementos “y” la relación entre ellos. Por lo tanto un sistema es una unidad, no una suma o agregado de unidades; un sistema no es reducible a los elementos que lo componen.

La molécula de agua es un sistema compuesto de tres elementos atómicos: dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, que están relacionados entre sí. Si los separamos, desaparece el agua, con todas sus propiedades químicas y físicas.

Una imagen, a tamaño perceptible, de un sistema puede ser el siguiente (que pongo siempre como ejemplo gráfico de los elementos y sus relaciones):

Tenemos un conjunto de poleas y las tenemos colocadas en un mismo plano en el espacio. Cada una de esas poleas puede girar libremente, con independencia de las demás.

Ahí tenemos un conjunto de elementos, que son las poleas.

Ahora colocamos una cadena, cable o cuerda (‘cabo’ que dirían los marinos) de tal modo que rodee en cierto orden de particular a esas poleas. Con este método bien trazado hemos obtenido algo que se llama “sistema” de poleas, el cual funciona de tal modo que, cuando una de las poleas gira, provoca giro en las demás (lo cual sirve para elevar grandes pesos) con velocidades angulares que dependen del diámetro respectivo.

En ese sistema tenemos representadas dos cosas: los elementos (ruedas) y las relaciones entre ellos (la cuerda o cabo).

Los cambios de uno de los elementos produce cambios en los demás. Esto quiere decir que la ‘libertad’ de cada elemento queda limitada al formar parte de un sistema. Pero también quiere decir que el sistema así formado posee unas características o potencialidades que no tiene la mera suma de sus elementos. (En el ejemplo anterior se cumple aquello de que la unidad hace la fuerza)5.

A mí personalmente me gusta intentar una definición, en términos matemáticos, del concepto de sistema (los especialistas dirán si es acertada o no): Un sistema es un conjunto de variables mutuamente dependientes; porque creo que dicha definición permite caracterizar cada sistema según sea la índole de sus elementos y de las funciones que los relacionan entre sí.

Una vez entendido el concepto de sistema, podemos volver al asunto de ese sistema que llamamos mente:

Hemos visto que sus elementos más simples son los cualia, también hemos visto el tipo de relaciones iniciales que existe entre ellos: simultaneidad y mutua reactivación en cada nueva experiencia en la que coincide, al menos, uno de esos elementos.

Con sólo esto me atrevo a afirmar que hemos descrito y explicado cómo se forma la mente humana inconsciente. Y a partir de aquí podemos explicar el modo peculiar en que funciona esa mente o si se quiere decir en términos del antes citado Matte Blanco la lógica propia de la mente inconsciente (lógica que él formula en términos de la lógica matemática de Russell-Whitehead: lógica simétrica vs. asimétrica).

Las características del sistema inconsciente son las que enunció Freud en su célebre (y discutida) obra La Interpretación de los Sueños, características de las que únicamente me interesa destacar aquí dos, a saber: A) en el sistema inconsciente hay ausencia del factor temporal y B) hay ausencia del principio de no contradicción.

Es decir: ni tiempo ni negación; o, dicho de otro modo: sólo hay presencia (actualidad) y no hay contradicción, cosa que ya vimos cuando hablamos de sentimientos opuestos y simultáneos o, mejor dicho, de sentimientos que contienen simultáneamente valores negativos y positivos, pues en sí mismos no son contradictorios, sólo lo son para la consciencia.

Una vez aclarado el concepto general de sistema, podemos pasar a plantearnos cuáles son las causas o hechos que ‘ponen en funcionamiento’ al sistema mental, pues no todos los procesos que ocurren en el cerebro tienen que ver con la mente. Por ejemplo, el cerebro regula muchos procesos del organismo (respiración, ritmo cardiaco, vigilia o sueño, actos reflejos ‘automáticos’ a un estímulo, etc., por mencionar sólo algunos que son perceptibles para el sujeto).

Es un error, bastante frecuente entre neurocientíficos, calificar a esos procesos como inconscientes pues, aunque es cierto que transcurren sin que la mente sea consciente de ellos (como no somos conscientes de la circulación linfática o sanguínea), sería más apropiado decir que son procesos cerebrales ‘ajenos’ al ámbito propio de la mente (a nadie se le ocurre decir que la circulación de la sangre es un hecho inconsciente). Cuando hablamos de consciencia o inconsciencia, se sobreentiende que estamos hablando de asuntos o características de los procesos mentales, los cuales involucran necesariamente ciertos procesos cerebrales que todavía no han sido suficientemente aclarados por las neurociencias.

De paso, sobre esta última cuestión, creo oportuno señalar que las neurociencias han comenzado, a partir del último tercio del siglo XX, a investigar cuáles son los hechos neuronales que acompañan a la consciencia, por iniciativa de Krick (el mismo que descubrió, junto con Watson, la forma de doble hélice del ADN). Pero tengamos en cuenta que una cosa es saber cuáles son esos hechos cerebrales y otra muy distinta ‘explicar’ la consciencia. Por ejemplo: una cosa es saber cómo funciona una bicicleta (de qué está formada y cómo se mueven sus piezas) y otra bien diferente explicar su movimiento, que no es consecuencia de esas piezas, sino de la fuerza que se les comunica.

Lo que tratamos de averiguar ahora no es de qué está formado el sistema mental (cosa que ya hemos visto y llegado a la teoría de que está formado por cualia producidos por la experiencia), ni tampoco cómo funciona ese sistema mental (reactivando enlaces o relaciones entre esos cualia), sino qué es lo que hace que se produzca dicha reactivación.

Pues bien: ya hemos visto que una cualidad sensible es originada por un estímulo, sea procedente del mundo exterior o del interior del propio cuerpo.

En cualquier caso cualquier estímulo produce un efecto en una u otra parte del cuerpo, efecto que consiste en que el órgano afectado es apartado de su propio equilibrio homeostático, y reacciona de tal modo que recobra ese equilibrio.

Por ejemplo, en el caso de una célula de la retina ocular, el estímulo recibido (que la ‘excita’) es una onda luminosa de cierta frecuencia e intensidad (si se trata de ondas fuera de ese ámbito, ultravioleta o infrarrojo, la retina no se estimula: son ondas invisibles). Esa célula excitada, recobra su estado de equilibrio anterior emitiendo o descargando una señal electroquímica al nervio óptico.

Cuando el estímulo es de origen interno, por ejemplo, que se produzca un gasto de glucosa, el órgano en cuestión restablece su equilibrio enviando la ‘señal’ correspondiente hasta la zona cerebral donde se produce la sensación de hambre.

Lo que quiero poner de manifiesto con esos ejemplos simples es que el sistema mental es puesto en actividad a raíz de que el cuerpo necesita algo que sirva para restablecer su equilibrio homeostático.

Dicho del modo más breve posible: la mente se pone en funcionamiento cuando el cuerpo necesita algo.

La tarea de la mente es ‘averiguar’ y responder a eso que ‘me pide el cuerpo’, por expresarlo en términos coloquiales.

Eso ‘que me pide el cuerpo’ es a lo que Freud vino a llamar ‘pulsión’. Él empleó el término alemán ‘trieb’, palabra sin equivalente en español ni en inglés, y que fue traducida a la palabra española ‘instinto’ por Ballesteros (primer traductor de su obra completa) (edición promovida por el filósofo Ortega y Gasset y que revisó el propio Freud, que conocía bien nuestro idioma y que había leído en su juventud ‘El Quijote’); y por Strachey que la tradujo al inglés con la palabra inglesa ‘instinct’.

El propio Freud había señalado que prefería utilizar el término ‘trieb’, en vez de ‘instinkt’, porque el segundo (instinto) se refiere a una conducta programada del individuo; mientras que ‘trieb’ es un impulso de origen orgánico carente de un programa de conducta específico.

El neologismo español ‘pulsión’ fue propuesto por el segundo traductor de la obra completa de Freud, el argentino Etcheverry, debido a las connotaciones que sugiere ese término tales como la de un impulso o empuje de índole indeterminada o inespecífica. (Su raíz latina ‘pellere’=empujar, ha dado origen a múltiples términos: compulsar, compulso, compulsión, expulsar, repulsa, impulsar, impeler, propulsar, pulsar, etc.)

Si me detengo a comentar lo anterior es porque se trata de un concepto que se presta a muchas confusiones y que, si no se aclara suficientemente, puede dar lugar a grandes errores sobre los procesos mentales que ocasiona dicha ‘causa’ del dinamismo mental.

Pondré un ejemplo que ya he utilizado antes: uno tiene la sensación de hambre o apetito, sin saber muy bien qué es lo que le apetece. La ‘señal’ que está recibiendo su mente es la de una ‘pulsión’ que llamamos hambre (para mayor precisión: el hambre es la sensación (cuale) producida por la pulsión originada por la falta de nutrientes) .

La tarea a la que se enfrenta esa persona es averiguar de qué apetito particular se trata. Si el interesado padece un episodio de hipoglucemia, con toda probabilidad que ‘sepa’ detectar que se trata de apetito de azúcar; pero con mucha frecuencia las cosas no son tan fáciles y cuesta mucho descubrir que la apetencia es de, por ejemplo, naranjas (como le ocurrió a las tripulaciones de antiguos navíos, cuya carencia de vitaminas les producía escorbuto).

Una pulsión, en general es de ese modo: una exigencia del cuerpo, sentida como necesidad o apetencia (según su intensidad) inespecífica en principio.

La pulsión es el ‘empuje’ del cuerpo, la sensación que produce no está inicialmente conectada o dirigida a una cosa particular. Por eso decía Freud que supone una exigencia de trabajo para la mente.

En el caso de otros animales, la mayoría de sus necesidades pulsionales desencadenan un repertorio de conductas que están programas ‘instintivamente’; pero en el caso humano, salvo escasos repertorios instintivos, la mayoría de sus pulsiones o exigencias del cuerpo requieren de un aprendizaje más o menos largo.

Este rasgo que nos es propio (aunque, en menor medida, lo comparten algunas especies animales) parece ser debido a que los humanos nacemos con un cerebro inmaduro, todavía poco desarrollado, y a que su desarrollo se completa durante muchos años (dicen que hasta los 21 no se desarrolla la corteza cerebral); de modo que ese desarrollo o madurez se produce en función de las relaciones con el ambiente (sobre todo de su entorno humano).

El carácter inespecífico de la pulsión podemos verlo con mayor claridad si observamos a un recién nacido: el bebé siente una incomodidad, desazón, molestia, dolor, que no ‘sabe’ identificar: reacciona pataleando y llorando (conducta, esta sí, instintiva o refleja). La persona que lo cuida (función ‘madre’) detecta ese malestar del bebé y emprende la tarea (a veces bastante ardua por estar sometida a la tensión que le genera el llanto) de averiguar cuál es la necesidad del bebé: cambio de posición, hambre, sed, escozor por humedad, gases, etc. (unas son pulsiones originadas en el cuerpo del bebé, otras son necesidades provocadas por estímulos externos).

Hasta que no responde adecuadamente, la pulsión no cesa (ni el estímulo adverso tampoco).

Si las cosas marchan suficientemente bien, la madre responde adecuadamente a la necesidad de la criatura, y ésta ‘aprende’ a ir identificando, a través de múltiples repeticiones, cuál es su necesidad.

Otras veces, por desgracia, la madre (insisto en emplear este término para designar a cualquier persona cuidadora) ‘interpreta’ erróneamente aquella necesidad, por ejemplo, cada vez que llora le pone a mamar, lo cual satisface al bebé y se duerme, aunque siga escocido por su orina o heces.

Este error materno facilita o determina, en mayor o menor medida, que el lactante en cuestión desarrolle la tendencia a intentar satisfacer cualquier situación incómoda con una conducta equivalente a la de mamar: será ‘un mamón’ que, siempre que se siente necesitado de algo, quiera resolverlo incorporando cosas de otras personas. Un carácter ‘oral’, que diría Freud.

Con este ejemplo, bastante simplificado, quiero poner de manifiesto dos cosas: A) que la pulsión (‘lo que me pide el cuerpo’) es lo que pone en movimiento al sistema psíquico y B) que la mente se organiza de un modo u otro en función, no sólo de las pulsiones que surjan durante la vida, sino también en función del aprendizaje adquirido a través de la experiencia; experiencia notablemente dependiente de las condiciones del entorno.

Ahora bien, sería un error considerar que las pulsiones son el único motivo por el que se produce una actividad psíquica, ya que la pulsión es el resultado de una variación del equilibrio homeostático del cuerpo, originada por el propio dinamismo orgánico; pero a las pulsiones, que se manifiestan con cierta periodicidad propia de cada sujeto y de la etapa de su vida, hay que añadir otro motivo por el que el organismo es apartado de su equilibrio homeostático; se trata de los estímulos, tanto los de origen externo como interno (por ejemplo los gases intestinales del bebé anterior).

También los estímulos acarrean una necesidad corporal más o menos urgente e intensa que debe ser respondida desde el sistema mental (salvo aquellos casos en que exista una respuesta refleja o instintiva).

En cualquier caso, el que existan o no ciertos estímulos es bastante aleatorio y no corresponde a necesidades propias del individuo.

Una vez averiguado lo anterior, nos toca ahora intentar indagar cuáles son esas pulsiones básicas, aproximadamente iguales para todos nosotros, con independencia de la cultura o ámbito social en el que vivamos. (Los estímulos, sobre todo los externos, sí que varían mucho según el ambiente).

Otra cosa es que una misma pulsión puede tener distinto grado de intensidad en cada cual, en función de su propia dotación genética. Por ejemplo, la necesidad de comer será más o menos intensa o frecuente dependiendo del metabolismo de la persona.

Un error, que ha sido muy criticado, de Freud, que fue quien acuñó ese concepto de pulsión, fue creer que sólo existía la pulsión sexual, por una parte, y por otra un conjunto (nunca detallado por él) de ‘pulsiones de autoconservación’.

Más tarde, englobó a esas pulsiones en una sola, más general, que denominó ‘pulsión de vida’ e introdujo otra pulsión denominada ‘pulsión de muerte’. Teoría aún más criticada, si cabe, que la anterior.

No voy a entrar ahora en ese debate, que continúa abierto entre los propios psicoanalistas; aunque más adelante trataré el asunto de la hipotética ‘pulsión de muerte’, pero para hacerlo necesitamos aclarar otros muchos asuntos previamente.

De momento nos basta por admitir que las pulsiones, en el sentido que antes he expuesto, son hechos producidos por la dinámica de los organismos y que producen la activación del sistema mental humano.

5. El asunto de los sistemas tiene una larga historia que no vamos a tratar aquí, pero vale la pena leer la Teoría General de los Sistemas, escrita por Karl Ludwig von Bertalanffy en 1928.

3.

¿cuáles son las necesidades básicas humanas?

Para plantear la cuestión del modo más sencillo o coloquial posible, diré que de lo que se trata es de averiguar cuáles son las necesidades corporales que no son satisfechas de forma automática o predeterminada por el propio cuerpo, estas últimas son las que el propio cuerpo ‘sabe’ tramitar, coordinándolas mediante operaciones cerebrales tales como actos reflejos (parpadear ante la luz intensa, por ejemplo) o mediante conductas prefijadas por vía instintiva, que son hereditarias.

Se trata, pues, de averiguar cuáles son esas otras necesidades, también del cuerpo, cuya respuesta tiene que ser elaborada o aprendida con intervención de la mente (consciente o inconsciente).

En el primer caso, el de las conductas ‘heredadas’, la respuesta está disponible y es, por así decirlo, ‘automática’; mientras que en otros casos, la vía de solución tiene que ser ‘buscada’.

(3-1-A): Alimentación

La necesidad de alimentación, por ejemplo, no tiene de antemano un modo de ser satisfecha si no es con el concurso de la ayuda ajena (la madre que amamanta), pues el individuo no ‘sabe’ cómo resolverla, hasta que aprende a obtener el alimento. La pulsión que conduce hasta la alimentación es la pulsión de “hambre” (o “sed”, que es la necesidad de líquido)

(3-1-B): Respiración

Otra necesidad corporal, de índole semejante a la alimentación (realmente, también es alimentación) es la de incorporar oxígeno, necesidad mucho más urgente que la anterior. A esa necesidad se responde desde el nacimiento con la conducta respiratoria; la cual sí está programada instintivamente. No obstante es posible dejar de respirar durante breve tiempo, por ejemplo si nos sumergimos en agua; pero la ‘pulsión’ (¿?) respiratoria impulsa con una frecuencia mayor que la alimenticia, llegando a ser tan intensa que, transcurridos escasos minutos, nos impele a respirar inevitablemente, aunque estemos sumergidos en agua; entonces nos ahogamos porque ‘respiramos’ agua.

Esto último puede ser un ejemplo extremo del carácter indeterminado de las pulsiones, que tienden a satisfacerse aún en perjuicio de la propia vida; bien sea porque las condiciones ambientales no les ofrece aquello que necesita nuestro cuerpo, o bien porque el estado del cuerpo no permite satisfacerlas adecuadamente (por ejemplo una contractura de la vía respiratoria impide inhalar aire; cosa que se produce, en menor medida, en una crisis de angustia).

También el estado emocional altera esa función instintiva de respirar, como ocurre en una crisis de ansiedad que provoca una respiración rápida y profunda que conduce a la hiperventilación, con las indeseables secuelas que ocasiona.

Hay otras muchas pulsiones, siempre de origen orgánico, que se manifiestan cuando el desequilibrio homeostático supera cierto nivel y que lo hacen de modo periódico, no continuo (ni siquiera la respiración es continua, cuánto menos el hambre o la sed).

(3-2): Sexo

La pulsión sexual aparece claramente en sus manifestaciones genitales cuando las glándulas de secreción interna funcionan a raíz del desarrollo orgánico correspondiente.

Si dicha pulsión sexual no es tramitada del modo adecuado, mediante una conducta que estimule apropiadamente esos órganos, el propio cuerpo se deshace del estímulo pulsional interno descargando espontáneamente dicha tensión (eyaculación nocturna por ejemplo).

A propósito del asunto de la pulsión sexual, debido a las características que tiene, fácilmente observables desde el exterior, y correspondiendo a las sensaciones que el propio sujeto experimenta, es comprensible que Freud – que tuvo el mérito, nada desdeñable, de estudiarla con detalle y descubrir que no se trata de algo ‘instintivo’, sino pulsional y que, además, no es un proceso lineal simple, sino complejo y compuesto de muchos ingredientes – es comprensible, digo, que llegase a pensar que el sexo se manifiesta, natural y espontáneamente, de diversas formas desde el origen de la vida, dependiendo de la etapa del desarrollo del individuo.

Cuando Freud lo planteó de ese modo, que implicaba la existencia de una pulsión sexual desde la infancia, desencadenó numerosas críticas, porque hasta entonces se consideraba que eso aparecía con la pubertad.

Otra característica peculiar de la pulsión sexual, cosa que ya se había señalado mucho antes de Freud, es que no se trata de una ‘necesidad’ del organismo, en el sentido de que no es necesaria para la supervivencia del individuo, aunque sí para la de la especie.

Ello había llevado a muchos a diferenciar entre instintos de supervivencia o autoconservación e instinto sexual (conducente a la supervivencia de la especie, no del individuo). (Empleo el término ‘instinto’ porque era el utilizado en ese tiempo).

Una prueba de esto es que hay animales que, por su carácter híbrido, son estériles (como la mulas y mulos), lo cual no es obstáculo para la vida de esos animales; pero una especie de esas características no se conserva por procreación entre sus miembros, sino entre miembros de otras especies.

De modo que el sexo sólo existe como procedimiento biológico que conserva a la especie, no al individuo (en algunas especies, el macho perece tras la cópula).

Incluso, en especies vivas evolutivamente anteriores a la reproducción sexual, como es el caso de organismos unicelulares, la reproducción se realiza mediante la ‘unión’ de dos células en una sola, de modo que los dos organismos iniciales ‘desaparecen’ como tales individuos y resulta una sola célula, con mezcla de los dos códigos genéticos anteriores; la cual seguirá el mismo procedimiento para reproducirse. Esto último, que ya podemos considerar un precedente (a escala evolutiva) de la sexualidad o, tal vez, la primera forma de sexualidad, lo que nos lleva a pensar es que lo más propio de la sexualidad, lo que tal vez nos sirva para definir la sexualidad en general, es que la sexualidad es la tendencia o impulso (de los seres vivos sexuados) a ‘unirse’; con la consecuencia (si la cosa marcha bien) de que esa unión produce un nuevo organismo.

Al fin y al cabo, lo que se une en la reproducción de nuestra especie humana (entre otras muchas especies animales) son dos células: espermatozoide y óvulo.

Antes de todo eso, existía (y sigue existiendo) un tipo de reproducción no sexual: un organismo unicelular se desarrolla hasta un estado límite (en determinadas circunstancias) y entonces ‘se divide’ en dos, con idéntico ADN.

Ese tipo de reproducción tuvo éxito y continúa teniéndolo pero, desde el punto de la capacidad de adaptación a los cambios ambientales, tiene la desventaja de que se produce una escasa variación en su repertorio genético; pues esos cambios genéticos sólo se producen por mutaciones azarosas y/o accidentales.

Mientras que la mezcla de dos códigos genéticos (aunque sea a escala celular, como siempre lo es) multiplica extraordinariamente las posibilidades de nuevas configuraciones; es decir, la reproducción sexual da lugar a una gran diversidad de los individuos de una misma especie, lo cual amplía las posibilidades de adaptación a los cambios ambientales.

Como esto es así, ese ‘éxito’ de la diversidad favorece (por cálculo de probabilidades) de selección natural de los individuos mejor adaptados al ambiente y, por consiguiente, a su propia supervivencia.

Con lo hasta aquí dicho podemos decir que la pulsión sexual es una de las pulsiones que representan necesidades orgánicas (no del individuo, pero sí de la especie).

También podemos decir que ‘el meollo’ de la sexualidad, lo que puede servirnos para definir esa pulsión (por su meta final) es la pulsión de unión.

Si aceptamos, según yo propongo definir de ese modo la sexualidad, debemos revisar, matizar, completar o corregir algunas de las cosas que afirmó Freud respecto a este asunto:

Por ejemplo, él consideraba que la primera forma en que se manifestaba la sexualidad era en la excitación de las mucosas bucales del bebé, producidas al mamar. Dado que ahí se produce una excitación de órgano y también un placer que sirve para descargar dicha excitación.

Valga este primer ejemplo para comprender el criterio de Freud: consideraba que todo proceso de excitación (tensionante o displacentera) y descarga (placentera) de excitación, era un fenómeno sexual, aunque de una sexualidad centrada en un único componente (sexualidad oral, en este caso).

Es importante señalar que, como indicó el propio Freud, esa característica de la sexualidad se producía, por así decirlo, a rastras o a espaldas de una función biológica distinta: en este caso, acompañando a la función nutricia de mamar.

Más tarde, siguiendo el curso del desarrollo del individuo, otras funciones corporales, como la de defecar, también conllevan un proceso de excitación (displacentera), así como otro proceso de descarga (placentera), por cuanto el acto de defecar estimula las mucosas anales; con lo cual se obtiene un segundo componente de la sexualidad, que se añade al oral ya obtenido; este segundo componente es el de la sexualidad anal.

Y así en adelante, hasta llegar a un tipo de sexualidad que contiene, mejor o peor integrados, todos los componentes anteriores y que culmina con la sexualidad genital.

Dicha teoría freudiana ha contado con múltiples seguidores, que la han desarrollado con detalle y éxito; pero también con detractores, que consideran que tal concepto de sexualidad era excesivamente extensivo, por una parte, y demasiado restrictivo o reduccionista, pues dejaba de lado otros fenómenos que no podían ser abarcados dentro de la sexualidad.

Por otra parte, muchas de los fenómenos a los que Freud atribuyó significado sexual, es discutible que realmente sean procesos sexuales propiamente dichos, aunque parece indiscutible que sí pasan a formar parte de la conducta sexual adulta, lo cual pudo llevar a la confusión de creer que son aspectos parciales de la sexualidad.

Trataré de aclarar este asunto, atreviéndome a cuestionar algo que, para los psicoanalistas parece indiscutible, que es la sexualidad infantil. (¡Ojo!: no el que esos fenómenos infantiles pasen a participar en la sexualidad adulta, impregnándola de unas u otras características).

Lo que quiero plantear es lo siguiente: la excitación sexual, producto de un incremento de pulsión, (sea por procesos orgánicos internos o por adecuados estímulos externos) se descarga, (con efecto más o menos placentero, pero siempre con sensación de alivio), en una serie de procesos corporales que llamamos orgasmo

Que se sepa, en la infancia no se produce esa forma de descarga de la tensión sexual; lo cual me lleva a planearme la pregunta de si, realmente, existe esa excitación sexual dicha etapa de la vida o si, por el contrario, estamos interpretando erróneamente ciertas manifestaciones que “parecen” de índole sexual.

El ejemplo más notable, en mi opinión, de esta posible confusión es cuando un niño experimenta placer con ciertas caricias (propias o ajenas) y su cuerpo responde con una erección.

Decimos que el niño se está masturbando (o está siendo masturbado, cosa bastante punible). Sin embargo también podemos observar que ese niño no tiene orgasmo sino, en todo caso, se queda tranquilo (y tal vez se duerma).

¿Qué es lo que ha ocurrido ahí?. Pensemos que eso mismo podemos observarlo (sin erección en el niño) cuando a un estado de intranquilidad respondemos con caricias en cualquier otra parte de su cuerpo; en esos otros casos, no pensamos que se trate de una manifestación de su sexualidad, sino de su necesidad de contacto, cosa que también le produce placer y alivio.

¿Por qué hemos llegado a considerar que todos esos hechos tiene un significado sexual?. Tal vez porque esos mismos hechos también ocurren durante la relación sexual adulta, como ocurre no sólo con las caricias, con el chupeteo, etc.; lo cual llevó a Freud a pensar que todos esos fenómenos eran manifestaciones parciales de la sexualidad. Afirmación que, desde él, ha permanecido como una verdad indiscutible.

Dejo el problema planteado, a riesgo de ser estigmatizado por la “academia” psicológica postfreudiana.

Por otra parte, sin invalidar las aportaciones de Freud y otros psicoanalistas, más tarde se han descubierto otras necesidades diferentes, que expongo a continuación.

(3-3): Apego

Un notable ejemplo de estas nuevas aportaciones fue la que hizo Bowlby6, quien descubrió lo que él llamó ‘instinto de apego’. Utilizó el término instinto, por considerar que se trataba de una conducta programada filogenéticamente, con lo que rompió la barrera entre psicoanálisis y estudio de la conducta. (En cualquier caso, los autores ingleses suelen utilizar la palabra “instintc” cuando se refieren al concepto psicoanalítico de “pulsión”, lo que puede generar cierta confusión entre ambos).

Lo que descubrió Bowlby por observación de niños hospitalizados, es que, al estar separados de su madre, presentaban claros síntomas de ansiedad, con múltiples secuelas que obstaculizaban su buena evolución médica; y que dicha ansiedad disminuía de forma notable o desparecía con la proximidad de la madre o de otra figura acogedora. Pudo observar con más detalle que los niños presentaban una clara inclinación a la proximidad y al contacto humano, así como signos de desazón, angustia o ansiedad ante el alejamiento y, más aún, con la total separación.

Resumiendo mucho, la conclusión fue –comprobado en múltiples observaciones– que existe una tendencia o ‘instinto’ básico al apego a una figura cálida y protectora; cosa que, como todos podemos ratificar, se extiende incluso a objetos (muñeco de peluche, por ejemplo) que sirven para establecer un vínculo de ese tipo, como extensión de la madre.

Esta misma observación puede hacerse en muchos animales que se inquietan, hasta llegar a la ‘depresión’ o decaimiento general, ante la lejanía o ausencia de la madre. Sin que para ello sea necesario que exista la necesidad de alimento ni de calor o cobijo.

Un etólogo como Konrad Lorenz investigó algo semejante (pero no igual) estudiando el fenómeno que él denominó ‘imprinting’ (impronta), según el cual ciertas aves, como la ocas que fueron sus objeto de estudio prioritario, establecen un vínculo de dependencia con la primera figura viva que perciben al nacer; figura que a veces fue el propio Lorenz, al que seguían sin descanso.

El impulso al apego aumenta ante la ausencia y disminuye frente a la proximidad, desapareciendo o satisfaciéndose con el contacto de ambos cuerpos.

Las razones biológicas de este impulso básico no son difíciles de comprender, pues cumple una función facilitadora de la supervivencia del recién nacido.

Lo que quiero destacar aquí es que esa necesidad de apego es de tales características que no cabe interpretarla como una de tantas manifestaciones de la sexualidad, aunque, como es bastante fácil comprender, es un fenómeno que se agrega con harta frecuencia a la forma de realizarse la función sexual; pero sin confundirse con ella. No se trata, pues, de que el apego sea un ingrediente del sexo, sino de algo que puede acompañarlo o no (como el condimento que se agrega a una comida). En todo caso es algo que favorece la continuidad del emparejamiento sexual; o que la dificulta si el apego está dirigido a otra figura diferente de la pareja sexual (uno puede sentirse atraído sexualmente por alguien, pero sentir apego por otra persona).

El desarrollo de la vida de una persona puede estar muy influido por el tipo de apego experimentado por el individuo: apego inseguro, inestable, temeroso, fiable, estable, ansioso, absorbente, etc.; de modo que, según sea, condiciona notablemente su carácter y modo de relación interpersonal.

Un hecho a considerar es que los niños no presentan ansiedad por falta de sexo, pero sí por falta de apego.

Y cuando digo apego no estoy diciendo caricias, besos ni abrazos, que podrían entenderse como manifestaciones del sexo, sino que digo proximidad, cercanía, puro contacto tranquilo y quieto (aunque haga calor). El contacto de apego produce calma; el contacto sexual produce excitación (hasta el orgasmo): son dos contactos diferentes.

La satisfacción de la necesidad de apego es la que todos podemos experimentar, por ejemplo, cuando un perrito se tumba a nuestro lado, sin que ello nos produzca la más mínima excitación sexual y aunque nos resulte incómodo para dormir. Nos produce placer, sí, pero sin la más leve excitación sexual; se trata de un placer de tranquilidad, que no es el placer de una rápida descarga de excitación. Alivio no es lo mismo que placer.

Dicho todo lo anterior, tenemos ya, dentro del ámbito propio del psicoanálisis dos necesidades básicas que son la sexual y la de apego. Además de las pulsiones orgánicas del hambre y la sed. (¿Acaso la necesidad de apego no es orgánica?).

Tomando, de momento, únicamente esas cuatro necesidades, podemos observar que dos de ellas son, por así decirlo, de índole ‘egoísta’ o autónoma, en el sentido de que sólo requieren del propio interesado; mientras que las otras dos son de índole ‘relacional’, pues involucran a otra persona (a pesar de que la sexual puede satisfacerse, al menos en parte, sin el concurso de pareja alguna).

Nótese que cuando me he referido al sexo, al hambre y la sed, no he tenido duda en calificarlas como ‘pulsiones’, porque cumplen las dos condiciones señaladas por Freud, que fue quien acuñó ese concepto: son originadas por el dinamismo corporal, y se manifiestan de modo periódico.

Pero cuando se trata del apego, cabe dudar que se le pueda considerar una pulsión, por cuanto no surge por un desequilibrio homeostático del organismo, ni tiene, por ello, un carácter periódico (¿o sí?).

No obstante, la necesidad de apego está presente desde el inicio de la vida, y no se dirige a un objeto específico; puede ser la madre, pero también otras muchas cosas (unas más adecuadas que otras).

A estas pulsiones o necesidades básicas que han de ser tramitadas mediante la participación del sistema mental, voy a añadir otras que también afectan o determinan cómo se desarrolla y encauza la vida de cada cual.

No todo es sexo, alimentarse y tener compañía, podríamos decir, sino que los humanos necesitamos otras muchas cosas de modo inevitable y general para todos.

Esta cuestión la ha planteado un filósofo – buen fenomenólogo – francés, llamado Paul Ricoeur en su obra Hermenéutica y Psicoanálisis7 .

Dicho autor comienza reconociendo el gran valor de la obra de Freud, destacando que, desde él, la consciencia ha dejado de ser un referente válido para el pensamiento filosófico, pues la propia consciencia (racional) ha sido puesta en entredicho por el psicoanálisis (de ahí que a Freud se le considere uno de los ‘autores de la sospecha’).

A partir de ahí, pasa a señalar que a la libido freudiana hay que añadir otras ‘dimensiones’ humanas que no son de índole libidinal, e indica tres de estas ‘dimensiones’: Tener, Poder y Valer.

Como se trata de una obra filosófica que no es el ámbito que nos ocupa aquí, por valioso que sea, no voy a seguir su forma de exponer la cuestión, pero sí que tomaré esos términos, creo que en el mismo sentido que él los emplea, para desarrollarlos de acuerdo con la perspectiva propia de mi trabajo8.

Pero antes de seguir con este asunto, quiero precisar algo que ya he comentado de pasada: no todas las necesidades, por muy básicas que sean, pueden considerarse pulsiones; porque no se originan en un desequilibrio homeostático del cuerpo, ni tienen carácter periódico; pero son necesidades que exigen ser satisfechas mediante algún tipo de trabajo mental. De modo que también ellas, junto con las pulsiones, son ‘motores’ de la actividad mental, que es lo que estamos buscando en este capítulo.

(3-4): Tener

Tener significa ser propietario de algo, sea una cosa o una cualidad. Consiste en apropiarse de algo (‘objeto’ en sentido amplio) que se necesita, pero que no se necesita ahora. Un perro tiene un hueso y, si su hambre está saciada, lo esconde para, llegado el momento, comerlo; como la ardilla tiene nueces; o como nosotros tenemos un jamón en la despensa o dinero en la caja fuerte (más segura que la cuenta bancaria).

La necesidad de tener tiene hondas raíces biológicas: garantiza nuestra supervivencia. No sólo hay que tener comida, también refugio o territorio, según cada caso.

Como señala Paul Ricoeur, la esfera del tener funda la dimensión humana de lo económico (intercambio de propiedades).

La necesidad de tener es producto o consecuencia de una situación de escasez, de la experiencia de que aquello que se necesita no siempre está presente a nuestra disposición. Nadie se apropia del agua si vive junto al manantial, se limita a beberlo. Pero si otro quiere beber del manantial, uno puede ‘apropiarse’ en exclusiva de ese recurso, que pasa ser ‘propiedad privada’ (esto significa que se priva al otro de eso).

De modo que, mientras el bebé obtenga satisfacción de sus diversas necesidades, no necesita tener nada; ni siquiera se genera en él, en su mente, una representación de la cosa que necesita. Pero, en la medida en que su necesidad no es satisfecha de inmediato, el impulso de esa necesidad concreta hace que se active la representación de esa cosa, de la que ya ha obtenido experiencia anteriormente; de modo que ahora, cuando la necesita y no está presente o a su alcance, eso que necesita aparece representado en su mente sin que esté presente en su sistema perceptivo actual.

Es entonces cuando adquiere consciencia de eso que no tiene y cuando aparece la necesidad de tenerlo.

Cuando el perro come un hueso, ya no tiene hueso: ha pasado a formar parte de su cuerpo.

De todos modos hay que aclarar que muchas veces empleamos mal el verbo ‘tener’, por ejemplo, cuando digo que tengo dos piernas, como si eso no fuera yo. O cuando digo que tengo tales conocimientos, que son ya parte de mí mismo. Otra cosa es que tenga una enciclopedia en mi biblioteca, disponible para hacerla mía.

No soy sabio por poseer esa biblioteca, no tiene sentido, pues, que presuma de cultura mientras no la haya asimilado. Es diferente ser que tener, como bien ha señalado reiteradas veces Erich Fromm.

Sin embargo, el hecho de tener muchas cosas parece satisfacer algo más que la mera seguridad o garantía de supervivencia, que era su función original. Tal vez esto se deba a que confundimos tener con ser. Yo soy lo mismo o el mismo cuando tengo algo que cuando no lo tengo. Pero cuando lo tengo me parece que soy más, más grande, por así decirlo.

Pienso que esta confusión procede de una raíz muy primitiva, de aquella situación inicial en que todavía no se había establecido en mi mente una diferencia o distinción entre mí mismo y las cosas del mundo; es decir: al comienzo la representación mental de mí mismo (el self) incluía cosas o hechos que pertenecían al mundo exterior (‘self grandioso’ lo llama Kohut). De modo que, una vez ya establecida esa diferencia, el hecho de tener algo puede provocar que yo lo englobe en mi self, como si eso fuera yo mismo.

No se trata de una operación mental consciente, sino que dicha confusión se realiza en el sistema mental inconsciente.

Tal vez un ejemplo sirva para mostrar esto que acabo de decir: un conductor que se siente satisfecho del coche que tiene, siente que otro coche le ha dado un ligero roce; entonces ocurre, a veces, un fenómeno bastante sorprendente: el conductor ‘siente’ algo en su propio cuerpo, algo parecido a que le hubieran rozado ‘a él’, no al coche. Lo siente, por así decir, en sus propias tripas. Podemos pensar que, inconscientemente, el coche y él son la misma cosa.

Otro se siente más potente, que él es más potente, cuando conduce un coche potente.

Tener y ser se confunden con facilidad, aunque no siempre a nivel consciente. Una herramienta, como el hacha prehistórica de piedra, es sentida como una prolongación de la mano, como un aumento de la propia potencia: uno es más poderoso con ella que sin ella; cuando se pierde, mi poder disminuye.

Todo esto permite que la necesidad de tener, adecuada en su origen para la supervivencia, se convierta en una pieza fundamental para que se desarrolle un argumento vital, cuando dicha necesidad de tener adquiere una intensidad y persistencia inadecuadas.

De nuevo nos encontramos aquí con la pregunta por la causa de que una necesidad tenga una intensidad mayor o menor. Alguien podría pensar que, en ciertas personas, esta necesidad de tener es mayor o más urgente que en otras debido a una predisposición innata. Pero también podemos pensar que depende del modo en que se hayan experimentados los episodios de carencia de algo, pues las circunstancias de esa carencia pueden teñirla de inseguridad o desconfianza. No es lo mismo comprobar que uno desea algo que no tiene ahora, pero confía en tenerlo más adelante, que desconfiar de conseguirlo nunca. Eso bien puede depender de cómo se nos transmite el asunto por parte de quienes nos rodean.

También influye mucho en la intensidad del deseo de tener algo la importancia que se le otorga a esa posesión o al hecho mismo de tener. Ese significado de valor no es algo que uno construya por sí mismo, sino que, en gran medida, nos es transmitido por los demás.

Si el hecho de tener es sumamente importante, es fácil comprender que la persona sea muy ambiciosa, considerando que tal ambición es una cualidad positiva suya, pues una persona valiosa es ambiciosa, según ese criterio.

En cualquier caso, remitiéndonos al ámbito de lo pulsional, podemos afirmar que la necesidad de tener es un modo correcto de expresar, en términos propios de la consciencia, el hecho de que alguien siente una necesidad de algo que no posee en este momento pero que sí ‘sabe’ que necesita periódicamente y, por lo tanto, se apropia de eso para tenerlo disponible cuando vuelva a necesitarlo9.

Tener es, así, un modo de hacer propio algo que todavía no está dentro de nosotros. No es lo mismo comerme un pan que guardar un pan; pero al guardarlo en cierta forma lo he hecho mío; como si yo mismo (Myself=Self de Kohut) me hubiese extendido hasta abarcar ese pan. Por eso, si alguien trata de arrebatarme ese pan, reacciono igual que si me estuviese arrebatando una parte de mi mismo: reacciono ‘en defensa propia’.

Un toro defiende su territorio, un perro su hueso, nosotros otras muchas cosas, como la autoría de un libro ante quien nos plagia.

Pero mucho antes de tener un libro que defender, he defendido la propiedad del pecho de mi madre, o mi chupete, o mi osito de peluche.

La pulsión a tener está ahí desde el comienzo de nuestra vida.

Ahora bien, el asunto del tener no pertenece al ámbito de lo corporal, sino al de lo mental: el cuerpo obtiene comida comiendo, bebida bebiendo, aire respirando, temperatura adecuada introduciendo o expulsando calor; pero cuando el león adquiere un territorio de caza y lo defiende, no lo incorpora a su cuerpo, sino a su mente leonina (como sea esa mente); igual que cuando yo adquiero un jamón (y también lo defiendo), no lo he incorporado a mi cuerpo, sino a mi mente (humana), en la que se establece una representación del jamón enlazada a la representación de mí mismo (Self) por un vínculo peculiar que llamamos ‘pertenencia’.

La función de tener se refiere, pues a una pertenencia del Self: tengo dos piernas, dos brazos, una cabeza, unos pensamientos, un jamón, una cuenta corriente, un coche, una despensa llena o vacía. Todo eso me pertenece a mí, no a ti, y puedo canjearlo contigo por otras cosas que tú tienes: mis pensamientos te los doy a cambio del pago por mi libro, o te los regalo a cambio de tu reconocimiento, aplauso o gratitud.

Hay cosas que digo que tengo, por ejemplo “tengo cabeza” pero eso no está bien expresado: mi cabeza no es algo que pueda darte o de lo que privarte; etc.

También hay cosas que tengo que, aunque te las dé no las pierdo; por ejemplo mis pensamientos. Esa es una ventaja de la información, que puedo darla sin perderla, a diferencia de cosas materiales. Aunque algunas personas retienen la información que poseen por motivos de otra de las necesidades humanas: la necesidad de poder; porque, según dicen, ‘información es poder’.

Con ello llegamos a una segunda necesidad básica humana:

(3-5): Poder

La palabra ‘poder’, como sustantivo, no como verbo, designa una cualidad que posee uno, como quien tiene fuerza, que se refiere a otro asunto más físico; porque tener poder equivale, aproximadamente, a tener potencia; aunque la potencia se refiere más bien a capacidad de fuerza; mientras que el poder se extiende a otros ámbitos como, por ejemplo, ‘poder de convicción’, ‘poder de seducción’, etc.

La dimensión del poder, como señala el anteriormente citado Paul Ricoeur, es la base o fundamento, en los seres humanos, de la dimensión política; al igual que la dimensión del ‘tener’ era la base de la dimensión económica, en sentido amplio.

Pero el poder, por sí solo, en su esencia, podríamos decir, no se restringe al poder sobre otro u otros, cosa que ya nos conduce directamente a la política; sino que se limita a nombrar la capacidad de uno para hacer aquello que desea, sea o no dominar a cualquier cosa o persona.

En cualquier caso, tener poder (o ser poderoso) significa que uno puede actuar sobre sí mismo, sobre los otros o sobre el mundo según su deseo.

Es indiscutible que la necesidad de poder es básica para cualquier ser vivo, cada uno según sean sus características biológicas. La gacela necesita poder de carrera, el cocodrilo necesita otro tipo de poder.

En nuestro caso, al principio de la vida, no necesitamos del poder, estamos inermes y somos extremadamente dependientes. Se requiere un proceso madurativo y que surjan nuevas funciones vitales para que empiece a ser necesario un cierto grado de poder, empezando por el poder necesario para ejercer control sobre algunas funciones fisiológicas.

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