Читать книгу: «Muerte helada»
Título original: Let It Bleed
© John Rebus Limited, 1995.
© de la traducción: Efrén del Valle Peñamil, 2017.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO083
ISBN: 9788490568460
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
CITAS
INTRODUCCIÓN
MUERTE HELADA
UNO. PUENTES
1
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DOS. JIRONES
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TRES. ZUGZWANG
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AGRADECIMIENTOS
NOTAS
La avaricia, el acicate de la industria.
DAVID HUME, «De la libertad civil»
Los lectores más sofisticados simplemente repetían el proverbio italiano «Se non è vero è ben trovato».
MURIEL SPARK, La imagen pública
Sin mujeres, la vida es un pub.
MARTIN AMIS, Dinero
INTRODUCCIÓN
Escuché por primera vez Let It Bleed, el disco de los Rolling Stones, cuando tenía solo diez u once años. No me gustó aquella música; a esa edad escuchaba a Marc Bolan y poco más. El aficionado a los Stones era el novio de mi hermana. Sin embargo, las letras me resultaron interesantes. Intuí que había algo «sucio» en ellas. Hacían alusión al sexo, al libertinaje, a la violencia y a las drogas. Había incluso una canción («Midnight Rambler») que parecía tratar sobre un asesino en serie real. Así que, finalmente, acabé comprándome el disco.
No obstante, por aquel entonces tenía ya veintitantos y había escrito un par de libros. También trabajaba como periodista musical y crítico de equipos de alta fidelidad en Londres. Let It Bleed, con su fantástico sonido de estudio, pronto se convirtió en una constante en mi Linn Sondek y, en 1994, llegado el momento de escribir la séptima novela de John Rebus, me animé a tomar prestado el título del álbum.1
Si bien el libro está ambientado en un invierno de Edimburgo, lo escribí en mi casa del sudeste de Francia, casi siempre bajo un calor sofocante (hacía mucho tiempo que había dejado el empleo como crítico de equipos de música, pero todavía utilizaba el tocadiscos Linn). Ahora mismo, no sé a ciencia cierta si trabajar en el libro me proporcionó una especie de aire acondicionado interno, pero sí estoy seguro de que durante una ola de frío en Edimburgo quieres que la calefacción central funcione. De ahí el juego de palabras del título: lo que Rebus realmente necesita que sangre en el libro es un radiador.2
En los años noventa me convencí de que, para ganar una suma decente de dinero, tendría que trasladar mis aptitudes a la televisión. Ya había intentado escribir varios guiones para la consolidada serie policíaca The Bill. En las reuniones con el equipo de producción, supe que cada uno de los guiones de The Bill debía contener exactamente tres escenarios y que la acción no podía versar sobre la vida privada de los policías ni mostrarlos fuera de servicio. Por alguna razón, era incapaz de ceñirme a la fórmula. Más o menos por la misma época, la televisión había mostrado cierto interés en Rebus. Asistí a más reuniones, en aquella ocasión con la BBC, e intenté escribir algunos guiones (adaptaciones e historias originales), aunque también tropecé con diversos obstáculos. Al final, empecé a plantear ideas no relacionadas con Rebus a mis contactos televisivos, pero fue en vano. No obstante, todo ello podría explicar el comienzo trepidante de Muerte helada. Todavía es algo que me encantaría ver en la gran pantalla, al más puro estilo de Hollywood: una persecución automovilística nocturna en plena tormenta de nieve con el puente de Forth Road como testigo. Fantástico.
Muerte helada era una novela política, ya que se servía de políticas locales y nacionales en buena parte de la trama. En aquel momento, tenía a un agente real a mi lado, un seguidor de mis libros que había detectado varios errores de procedimiento en historias anteriores. Además, con algunas novelas publicadas en mi haber, era conocido en Edimburgo, de modo que podía abordar a completos desconocidos (funcionarios del ayuntamiento, por ejemplo) para que me ayudaran en mis investigaciones. En mis viajes a la capital de Escocia para escribir Muerte helada, dormí en el sofá de un amigo, formulé numerosas preguntas en las oficinas de varios organismos del gobierno e invité a unas cuantas comidas y rondas. En ciertos aspectos, el nuevo libro sería un regreso al Edimburgo de mi segunda novela, El escondite. Ambas historias tratan sobre el rostro cambiante de la capital y sus intentos por conseguir crear nuevas oportunidades de empleo (a través de las nuevas tecnologías) sin perder su identidad. De hecho, en Edimburgo ya estaban produciéndose cambios estructurales: existía un plan para que una destilería abriera un parque temático cerca del Palacio de Holyrood. A la postre, el lugar también albergaría Our Dynamic Earth y el Parlamento escocés, pero en aquel momento ya me embargaba un sentimiento de regocijo: ¡construir un parque temático sobre el alcohol! Bueno, ¿por qué no? Varios monumentos de la ciudad, entre ellos el Usher Hall, se habían edificado con dinero procedente de las dinastías que habían hecho su fortuna con el alcohol. De ahí el uso de una de mis citas favoritas de Martin Amis al principio del libro: «Sin mujeres, la vida es un pub».
Aunque en Muerte helada hay mucha acción, también es, a mi juicio, un libro bastante conmovedor. Se nos brinda acceso a los pensamientos de Rebus como nunca antes había hecho. Sabemos por qué le gusta la música y por qué recurre tan a menudo a la botella. Se desvelan recuerdos de su infancia y eso nos permite modular nuestra idea de él como un ser tridimensional. El libro contiene algunas de mis escenas e imágenes favoritas (por ejemplo, la visita de Rebus a un constructor de muros de piedra a la antigua usanza, o su invitación a una cacería en Pertshire), y termina con algunos cabos sueltos. Esos cabos sueltos me parecieron de lo más realistas, pero irritaron a mis editores estadounidenses hasta tal extremo que me pidieron que escribiera un capítulo adicional para su publicación en Estados Unidos. Finalmente lo hice, aunque tuve la sensación de que no aportaba nada a la suma del libro (motivo por el cual no se incluye aquí). Entretanto, regresan a la serie algunos viejos amigos (Sammy, la hija de Rebus, su examante Gill y la periodista Mairie Henderson), lo que, sumado al hecho de que Rebus haya vuelto a su antiguo piso tras echar a los estudiantes a los que se lo había alquilado, infunde a la novela una sensación de solidez y confortabilidad. En aquel tiempo, me sentía muy cómodo con mi capacidad para escribir una historia de crímenes decente y recrear el mundo de Rebus... cosa que probablemente explique por qué me costó tanto esfuerzo que mi siguiente libro fuese tan distinto, lo cual me planteó toda una serie de nuevos retos.
Por el momento, sin embargo, era feliz. Conocía la mente de Rebus. Y él también era feliz, feliz con su adicción al alcohol, con sus cigarrillos y con su música.
«Después de una copa, le gustaba escuchar a los Stones. Las mujeres, las relaciones y los compañeros habían ido y venido, pero los Stones siempre habían estado allí. Puso el disco y se sirvió un último trago. El riff de guitarra, uno entre media docena en el incansable repertorio de Keith, daba comienzo al disco. “No tengo gran cosa —pensó Rebus—, pero tengo esto...”».
En el disco Let It Bleed, hay una canción sobre el Estrangulador de Boston. Mick Jagger había escrito sobre un crimen real. Y lo que era bueno para Mick sin duda lo era también para mí, como demostraría mi siguiente novela.
IAN RANKIN,
mayo de 2005
MUERTE HELADA
UNO
1
Una noche de invierno, saliendo a todo gas de Edimburgo.
El coche que circulaba delante era perseguido por otros tres, ocupados por agentes de policía. Caía aguanieve en medio de la oscuridad, y el viento soplaba en horizontal. En el segundo coche de policía, el inspector John Rebus apretaba la mandíbula. Con una mano se agarraba con fuerza a la puerta, y con la otra sujetaba la parte delantera del asiento del copiloto. Tras el volante, el inspector jefe Frank Lauderdale parecía haber rejuvenecido treinta años. Estaba claro que disfrutaba de la sensación de poder que le confería conducir a toda pastilla, un poco alocadamente, y se inclinaba hacia delante, casi pegándose al parabrisas.
—¡Los atraparemos! —gritó por enésima vez—. ¡Cogeremos a esos cabrones!
Rebus no pudo abrir la mandíbula lo suficiente para formar una respuesta. No es que Lauderdale fuese mal conductor... De acuerdo, lo era, pero es que además, con aquella lluvia... Cuando bordearon la segunda rotonda en la intersección de Barnton, Rebus notó que las ruedas traseras perdían adherencia en la resbaladiza superficie de la carretera. Para empezar, los neumáticos no eran nuevos... Probablemente incluso fuesen recauchutados. La temperatura rondaba los cero grados y el aguanieve los esperaba traicioneramente. Habían salido de la ciudad, dejando atrás semáforos y cruces, y allí una persecución automovilística sería más segura... Pero Rebus estaba cada vez más nervioso.
En el coche de delante viajaban dos efectivos uniformados, jóvenes y sagaces, y en el otro vehículo un sargento y un agente. Rebus miró por el espejo retrovisor y vio unas luces. Miró también por la ventanilla... y no vio nada. Allí fuera estaba negro como la boca del lobo.
«No quiero morir en la oscuridad», pensó.
Una conversación telefónica del día anterior.
—Diez de los grandes y soltaremos a su hija.
El padre se pasó la lengua por los labios.
—¿Diez? Eso es mucho dinero.
—Para usted no.
—Espere, déjeme pensar... —El padre miró el cuaderno, donde John Rebus le estaba garabateando algo—. Necesito más tiempo —dijo a su interlocutor.
Rebus escuchaba por un pinganillo, contemplando en silencio cómo la grabadora hacía girar la bobina.
—Esa actitud podría perjudicar a su hija.
—No... por favor.
—Entonces será mejor que consiga el dinero.
—¿La traerán con ustedes?
—No somos timadores, caballero. Estará allí si también lo está el dinero.
—¿Dónde?
—Llamaremos esta noche para darle los detalles. Una última cosa: nada de policía, ¿entendido? Cualquier rastro de ella, aunque sea una sirena lejana, y la próxima vez que vea a su hija será en el tanatorio de la cooperativa.
—¡Los atraparemos! —gritó Lauderdale.
Rebus notó que por fin podía abrir la boca.
—De acuerdo, los atraparemos, pero ¿qué tal si aminoramos un poco?
Lauderdale lo miró y sonrió.
—¿Es que has perdido la botella, John? —dijo justo antes de dar un volantazo y adelantar a una furgoneta de transporte.
El hombre que había llamado parecía joven y de clase trabajadora. Había mencionado la cooperativa. Había utilizado la palabra «caballero». Sin duda era un muchacho de clase obrera, y quizá un tanto ingenuo. Aunque Rebus aún no las tenía todas consigo.
—La policía de Fife está esperando al otro lado del puente ¿verdad? —insistió, imponiéndose al rugido del motor.
Lauderdale machacó la palanca de cambio y redujo a tercera.
—Exacto —respondió.
—Entonces ¿qué prisa tenemos?
—No seas blando, John. ¡Ya son nuestros!
Rebus sabía a qué se refería su superior. Si no lo interceptaban antes, el coche al que perseguían cruzaría el puente de Forth Road y entraría en Fife, donde le esperaba un control de policía. La presa sería para Fife.
Lauderdale estaba ahora hablando por radio con el coche de enfrente. Con una mano conducía ligeramente peor que con dos, y Rebus se balanceaba de lado a lado. Lauderdale dejó el receptor.
—¿Tú qué opinas? —preguntó—. ¿Saldrán en Queensferry?
—No lo sé —contestó Rebus.
—Esos novatos de ahí delante creen que los atraparemos en el peaje si deciden seguir hacia el puente.
Probablemente lo harían, empujados por el miedo y la adrenalina. Esa combinación solía cegar el instinto de supervivencia. Uno seguía adelante sin pensárselo dos veces. Lo único que deseaba era huir.
—Al menos podrías ponerte el cinturón —sugirió Rebus.
—Podría —dijo Lauderdale, pero no lo hizo. Los pilotos de carreras no se preocupaban de esas nimiedades.
Se acercaron a la última salida, y el coche que iba delante la rebasó. Ya no tenía otra alternativa: iba directo al puente. La iluminación de la carretera volvió a intensificarse cuando se acercaron a las cabinas del peaje. Rebus se imaginó a los fugitivos deteniéndose a pagar, como todo el mundo. Bajarían la ventanilla, buscarían las monedas...
—Están aminorando.
La carretera se ensanchó y de repente tenía media docena de carriles. Ante ellos se extendía ahora la hilera de cabinas, y detrás de ellas el puente, que se curvaba ligeramente en el tramo central, donde los cables de acero sostenían en vilo la calzada, de modo que ni siquiera en un día despejado podía verse el otro extremo al entrar en él.
—Definitivamente, están aminorando.
En aquel momento, solo unos metros separaban a los cuatro coches, y por primera vez Rebus distinguió claramente la parte trasera del vehículo al que perseguían. Era un Ford Cortina matrícula Y. La iluminación elevada le permitía ahora distinguir dos cabezas, conductor y pasajero, ambos varones.
—Puede que la chica esté en el maletero... —dijo poco convencido.
—Es posible —coincidió Lauderdale.
—Si no va en el coche con ellos, no pueden hacerle daño.
Lauderdale asintió, aunque no parecía estar escuchando. Volvió a coger la radio. Había muchas interferencias.
—Si llegan al puente —dijo— se acabó, callejón sin salida. No hay escapatoria, a menos que los de Fife la caguen.
—Entonces... ¿nos quedamos aquí? —propuso Rebus. Lauderdale se echó a reír—. Ya me figuraba que no.
Pero algo estaba sucediendo. De pronto, se encendieron unas luces rojas en la parte trasera del coche de los sospechosos. ¿Estaban frenando...? ¡No, ahora daban marcha atrás a gran velocidad! Impactaron fuertemente contra el primer coche de policía y salieron despedidos hacia el de Lauderdale.
—¡Cabrones!
El coche fugitivo viró bruscamente, se dirigió hacia de una de las cabinas cerradas y golpeó la barrera sin llegar a partirla, aunque la dobló lo suficiente para pasar. Se oyó un chirrido de metal contra metal y desaparecieron. Rebus no podía creérselo.
—¡Van en contradirección!
Así era. Ya fuese accidental o planeado, el vehículo, que empezó a coger velocidad con las luces largas puestas, se dirigía ahora al norte por los carriles que discurrían hacia el sur. El coche patrulla que lideraba el convoy titubeó y, finalmente, se lanzó a seguirlos. Lauderdale parecía dispuesto a hacer lo mismo, pero Rebus extendió una mano y agarró el volante con todas sus fuerzas para mantenerse en el carril dirección norte.
—¡Qué demonios haces! —le espetó Lauderdale, pisando a fondo el acelerador.
Era bien entrada la noche y apenas había tráfico. Aun así, el conductor del coche que iba en cabeza corría cierto riesgo.
—Solo deben de tener bloqueada esta calzada ¿no? —comentó Rebus—. Si esos lunáticos llegan al otro lado, acabaran escapando.
Lauderdale no dijo nada. Estaba mirando al otro lado de la mediana, tratando de mantener los otros dos coches en su campo de visión. Cuando intentó coger la radio de nuevo, estuvo a punto de perder el control. El coche se balanceó hacia la derecha y después, con más fuerza, hacia la izquierda, y topó con las vallas metálicas. Rebus no quería pensar en el estuario del Forth, situado varios centenares de metros más abajo, pero lo hizo de todos modos. Había cruzado un par de veces el puente a pie, utilizando las aceras situadas a ambos lados de la carretera, y le resultó aterrador, ya que el omnipresente viento amenazaba con arrojarlo al precipicio. Notaba un hormigueo en los dedos de los pies, el miedo a las alturas...
En la otra calzada estaba sucediendo lo inevitable, y lo increíble estaba a punto de comenzar. Un camión articulado, que circulaba a velocidad máxima tras alcanzar penosamente la cima de la elevación, vio unas luces donde no debía haberlas. El coche de los fugitivos ya había esquivado a dos coches y podría haberse desplazado al carril izquierdo para evitar al camión, pero al conductor le invadió el pánico. Cambió al carril rápido y sus manos permanecieron inmóviles mientras seguía pisando a fondo el acelerador. El camión impactó contra la valla y empezó a elevarse por encima de la mediana, que consistía en una red de cables de acero. El remolque quedó atorado y la cabina se separó de la caja e invadió los carriles en dirección norte, deslizándose sobre un mar de chispas y agua justamente en la trayectoria del coche en el que viajaban Lauderdale y Rebus.
El inspector jefe pisó el freno con todas sus fuerzas, pero no había donde ir. La cabina se deslizaba hacia ellos en diagonal y ocupaba ambos carriles. No tenían escapatoria. Rebus dispuso de dos segundos para asimilarlo. Sintió que todo su cuerpo se contraía, intentando ocultarse en su escroto. Levantó las rodillas, apoyó los pies y las manos en el salpicadero y presionó la cabeza contra las piernas...
¡Bam!
Con los ojos bien cerrados, Rebus solo podía guiarse por los ruidos y su instinto. Algo lo golpeó en el pómulo y pasó silbando. Oyó cristales rotos, como hielo quebrándose, y el sonido del metal sometido a tortura. La barriga le indicaba que estaban desplazándose hacia atrás. Se oyeron otros sonidos más lejanos. Más metal, más cristal.
La cabina articulada había perdido buena parte de su impulso al verse arrastrada por el asfalto, y el impacto con el coche la hizo frenar en seco. Rebus creyó que se partiría la columna. ¿Latigazo cervical lo llaman? Más bien parecía un ladrillazo en la nuca. El coche se detuvo, y lo primero en que reparó es en que le dolía la mandíbula. Miró hacia el asiento del conductor, pensando que Lauderdale le había propinado un puñetazo por alguna razón ignota, pero vio que su superior ya no estaba allí.
Bueno, su trasero sí estaba allí, mirando a Rebus a la cara desde una posición poco halagüeña en el lugar que solía ocupar el parabrisas. Lauderdale tenía los pies atrapados en el volante. Había perdido un zapato y sus piernas descansaban encima del salpicadero. El resto de su cuerpo yacía sobre lo que quedaba del capó.
—¡Frank! —gritó—. ¡Frank!
Rebus sabía que no debía meter de nuevo a Lauderdale en el coche; sabía que no debía tocarlo siquiera. Intentó abrir la puerta, pero era un amasijo informe, así que se desabrochó el cinturón de seguridad y se deslizó por lo que quedaba del capó. Su mano entró en contacto con algo metálico y sintió que se quemaba. Lanzó una maldición y apartó la mano, y vio que la había apoyado en una zona del motor que había quedado al descubierto.
Detrás de ellos, se detuvieron varios coches. El sargento y el agente fueron corriendo hacia él.
—Frank... —susurró Rebus.
Observó el rostro de Lauderdale, ensangrentado pero aún con vida. Sí, estaba convencido de que el inspector jefe seguía vivo. Aun así, había algo... No se movía, ni siquiera sabía con certeza si respiraba, pero detectaba algo, una energía invisible que no se había disipado. Todavía no.
—¿Se encuentra bien? —preguntó alguien.
—Ayúdenle —ordenó Rebus—. Llamen a una ambulancia y vayan a ver cómo está el conductor del camión.
Después, miró al otro lado del puente... y lo que vio lo dejó helado. Al principio no estaba seguro, no del todo, así que se encaramó a las vallas metálicas que separaban ambas calzadas.
El coche de los sospechosos había desaparecido. Había desaparecido del todo. Habían saltado el guardarraíl y cruzado la acera, y todavía les quedó velocidad suficiente para atravesar las últimas vallas, que separaban el paso para peatones del vacío que se precipitaba hacia el estuario del Forth. El viento azotaba el rostro de Rebus y le arrojaba aguanieve a los ojos. Los entrecerró y miró de nuevo. Sí, el Cortina seguía allí, suspendido en el aire, con las ruedas delanteras al otro lado de la valla y las traseras y el maletero sobre la calzada. Pensó en lo que podía contener ese maletero.
—Dios mío... —dijo, y empezó a trepar a la mediana agarrándose a los gruesos cables de metal.
—¿Qué está haciendo? —gritó alguien—. ¡Vuelva!
Pero Rebus siguió caminando, apenas consciente del abismo que se abría a sus pies y del hueco que mediaba entre cada barra metálica y su vecina. Había más espacio que hierro. El frío metal le resultó agradable. Todavía sentía que la palma de la mano le ardía. Pasó junto a lo que quedaba de la caja del camión, que descansaba sobre un lateral, la mitad sobre el asfalto y la otra mitad en la mediana. Había un rótulo en un costado: Transportes Byars. Por Dios, qué frío hacía. El viento, aquel maldito viento perenne... Sin embargo, notaba que estaba sudando. «Debería llevar abrigo —pensó—. Este frío acabará matándome».
Finalmente, saltó a la calzada, donde una hilera de coches se había detenido desordenadamente. Había cierta separación entre la carretera y el paso de viandantes; era una distancia corta, pero invadida por el gélido aire. El Ford Cortina había retorcido las vallas, y Rebus se encaramó a ellas y dio un pequeño brinco hasta la calzada.
Los dos adolescentes del coche habían conseguido ya salir del vehículo.
Habían tenido que trepar por los asientos y deslizarse por la parte trasera. Las puertas delanteras solo los abocaban a una caída segura. Miraban a izquierda y derecha, atenazados por el pánico. Se oían sirenas al norte. La policía de Fife estaba en camino.
Rebus levantó las manos. Los dos agentes estaban detrás de él, pero los jóvenes no miraban a Rebus, solo veían a los policías de uniforme. Comprendían los mensajes sencillos. Comprendían qué significaban aquellos atuendos. Miraron de nuevo a su alrededor, buscando una escapatoria que no estaba allí. De pronto, uno de ellos —de pelo rubio, alto y un poco mayor que su compañero— agarró al más joven de la mano y empezó a tirar de él hacia atrás.
—No hagáis ninguna tontería, muchachos —dijo uno de los agentes uniformados.
Pero eran meras palabras. Nadie las escuchaba. Ahora, los dos adolescentes estaban contra la valla, a unos tres metros del coche accidentado. Rebus avanzó lentamente, señalando con el dedo para dejarles claro que se dirigía hacia el vehículo. El impacto había hecho que el maletero se abriera un par de centímetros. Rebus levantó el capó con cuidado y miró dentro.
No había nadie en su interior.
Al cerrarlo, el coche se balanceó sobre su punto de apoyo y volvió a estabilizarse. Rebus miró al mayor de los dos muchachos.
—¡Aquí hace un frío que pela! —gritó—. ¡Os meteremos en un coche!
En ese instante, las cosas parecieron sucederse a cámara lenta. El muchacho rubio meneó la cabeza, casi sonriendo, rodeó a su amigo en un extraño abrazo, y finalmente se apoyó en la valla, dejándose caer hacia atrás y llevándose a su compañero con él. No hubo resistencia. Sus zapatillas de deporte baratas se aferraron a la carretera un segundo y después resbalaron, y las piernas dieron rápidos latigazos mientras se precipitaban al vacío en medio de la oscuridad.
Puede que fuera un suicidio, o tal vez un vuelo, pensó Rebus más tarde. Fuese lo que fuese, era una muerte segura. Cuando uno impacta en el agua desde aquella altura, es como si chocara contra el cemento. Una caída como aquella, en plena noche, y ni siquiera gritaron, no emitieron sonido alguno. Tampoco pudieron ver cómo el agua se alzaba para recibirlos.
Sin embargo, no cayeron al agua.
Una fragata de la Marina Real acababa de zarpar del puerto de Rosyth y se deslizaba hacia el mar, y ambos se incrustaron en la cubierta metálica.
Lo cual, como dijo todo el mundo en la comisaría, ahorró a los buzos de la policía una ingrata inmersión a bajo cero.
2
Llevaron a Rebus a la Clínica Real.
Viajaba en la parte posterior de un coche patrulla. Frank Lauderdale estaba siendo trasladado en ambulancia. La fragata había sido contactada por radio desde Rosyth, pero la tripulación ya había encontrado a los cadáveres. Algunos incluso habían oído el golpe contra la cubierta. El barco regresaba a la base; estaba claro que las reparaciones llevarían cierto tiempo.
—Tengo la sensación de que me han golpeado con un martillo —le dijo Rebus a la enfermera de urgencias.
La recordaba. Era la misma enfermera que, tiempo atrás, le había curado unas quemaduras. Le había puesto una loción y cambiado el vendaje. La enfermera sonrió al salir del pequeño box en el que su paciente yacía sobre una camilla y, cuando se quedó solo, Rebus volvió a examinarse. Le dolía la mandíbula en la zona en la que había impactado el puño de Lauderdale antes de salir despedido por el parabrisas. El dolor parecía escarbar en sus profundidades, como si estuviese llegando a los nervios dentales. Por lo demás, no se encontraba demasiado mal, tan solo agitado. Alzó las manos y las sostuvo frente a él. Sí, siempre podría achacar el temblor al accidente, aunque sabía que temblaba mucho últimamente, con colisión o sin ella. La palma de su mano palpitaba. Antes de vendársela, la enfermera le preguntó cómo se había quemado.
—Apoyé la mano en un motor caliente —explicó.
—Se ven unos números...
Rebus pudo ver a qué se refería: parte del número de serie del motor había quedado grabado en su carne. Finalmente, apareció el médico. Era una noche ajetreada. Rebus lo conocía también. Se llamaba George Klasser y era polaco o algo por el estilo, o al menos lo eran sus padres. Rebus siempre había creído que Klasser era demasiado mayor para el turno de noche, pero allí estaba.
—Hace frío ahí fuera, ¿eh? —dijo el doctor Klasser.
—¿Se supone que eso hace gracia?
—Solo quería darle conversación, John. ¿Cómo se encuentra?
—Creo que empiezan a dolerme los dientes.
—¿Algo más?
El doctor Klasser toqueteaba sus herramientas habituales: linterna de bolsillo, estetoscopio, un sujetapapeles y un bolígrafo que no funcionaba... Por fin estaba listo para examinar al paciente. Rebus no opuso mucha resistencia. Pensaba en la bebida: la espuma cremosa, casi sin gas, coronando una pinta de ochenta chelines. El cálido aroma de un vaso de whisky de malta...
—¿Cómo está mi inspector jefe? —preguntó Rebus cuando la enfermera volvió a entrar.
—Están haciéndole radiografías —le indicó.
—Persecuciones automovilísticas a su edad... —farfulló Klasser—. La culpa es de la televisión.
Rebus lo miró atentamente, y se dio cuenta de que nunca antes lo había hecho. Klasser tenía poco más de cuarenta años, el cabello tieso y un rostro bronceado y envejecido prematuramente. A juzgar solo por la cabeza y los hombros, podría esperar que fuese más alto de lo que era en realidad. Parecía bastante distinguido, y por ese motivo Rebus siempre había pensado que era un especialista o algo similar.
—Pensaba que solo trabajaban por la noche los lacayos y los novatos —comentó mientras Klasser le apuntaba a los ojos con la linterna.
El doctor dejó la linterna y empezó a apretarle la espalda como si estuviese mullendo un cojín.
—¿Le duele aquí?
—No.
—¿Y aquí?
—No más de lo habitual.
—Hum... En respuesta a su pregunta, John, veo que trabaja usted de noche. ¿Lo convierte eso en un lacayo o en un novato?
—Eso sí que ha dolido.
El doctor Klasser sonrió.
—Entonces —dijo Rebus mientras se ponía de nuevo la camisa—, ¿qué tengo?
Klasser encontró un bolígrafo que funcionaba y garabateó algo en el sujetapapeles.
—Según mis cálculos, a tenor de su estado le queda un año de vida, tal vez dos.
Ambos se miraron. Rebus sabía exactamente a qué se refería el doctor.
—Hablo en serio, John. Fuma, bebe como un cosaco y no hace ejercicio. Desde que Patience dejó de alimentarle, su dieta se ha ido al garete. Fécula, carbohidratos, grasas saturadas...
Rebus intentó dejar de escuchar. Sabía que la bebida era un problema precisamente porque había aprendido a ejercer cierto autocontrol. Gracias a ello, poca gente se percataba de que tenía un problema. Iba bien vestido al trabajo, estaba alerta cuando la ocasión lo exigía e incluso visitaba a veces el gimnasio a la hora de comer. Tal vez sus hábitos alimentarios eran descuidados, quizá comía en exceso y sí, había vuelto a fumar, pero nadie era perfecto.
—No me esperaba ese diagnóstico, doctor. —Rebus terminó de abotonarse la camisa y empezó a metérsela por dentro de los pantalones, pero desistió. Se sentía mejor con ella por fuera. Sabía también que estaría más cómodo con el botón del pantalón desabrochado—. ¿Y lo ha adivinado con tan solo tocarme la espalda?
El doctor Klasser, que estaba recogiendo el estetoscopio, sonrió de nuevo.
—No puede ocultarle algo así a un médico, John.
Rebus se puso la chaqueta.
—Entonces ¿nos vemos después en el pub?
—Llegaré sobre las seis.
—Perfecto.
Rebus salió del hospital y respiró hondo. Eran las dos y media de la madrugada, y la noche no podía ser más fría y oscura. Se había planteado ir a ver a Lauderdale, pero luego pensó que eso podía esperar hasta la mañana siguiente, así que salió a la calle y se dispuso a regresar a casa. Su piso se encontraba justo al otro lado del parque, pero no le apetecía nada ir andando: seguía cayendo aguanieve, que iba formando copos, y aquel viento cortante continuaba acosándolo como un matón que le impidiera el paso en un estrecho callejón.
Entonces oyó el claxon de un coche, y vio un Renault 5 de color rojo cereza y a la agente Siobhan Clarke que lo saludaba desde el interior. Rebus llegó casi bailando hasta el vehículo.
—¿Qué haces aquí?
—Me he enterado —contestó ella.
—¿Cómo? —replicó él mientras abría la puerta del acompañante.
—Tenía curiosidad. No estaba de servicio, pero me mantuve en contacto con la comisaría para averiguar cómo había ido el intercambio. Cuando me enteré del accidente, me vestí y vine hacia aquí.
—Bueno, pues me alegra mucho verte con el dolor de muelas que tengo.
—¿De muelas?
Rebus se frotó la mandíbula.
—Parece una locura, pero creo que ese golpe me ha dado dolor de muelas.
Clarke arrancó el coche. Era bonito y cálido, y Rebus notó que se adormecía casi de inmediato.
—¿Ha sido un desastre, entonces? —preguntó ella.
—Un poco.
Franquearon la entrada del hospital y se dirigieron a Tollcross.
—¿Cómo está el inspector jefe?
—Aún no lo sé. Están haciéndole radiografías. ¿Dónde vamos?
—Te llevo a casa.
—Debería volver a comisaría...
Clarke negó con la cabeza.
—He llamado. No quieren que vayas hasta mañana.
Rebus se relajó un poco más. Probablemente los analgésicos empezaban a hacer efecto.
—¿Cuándo les practican la autopsia?
—A las nueve y media. —Se encontraban ya en Lauriston Place—. Podrías haber cogido un atajo por ahí atrás —dijo Rebus.
—Es una calle de sentido único.
—Sí, pero a estas horas de la noche no pasa nadie... —Se dio cuenta de lo que acababa de decir—. Madre mía —añadió, frotándose los ojos.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Siobhan Clarke—. ¿Ha sido un accidente o pretendían escapar?
—Ninguna de las dos cosas —contestó él pausadamente—. Si tuviese que apostarme algo, diría que fue un suicidio.
Ella lo miró.
—¿Un doble suicidio?
Rebus se encogió de hombros y después se estremeció. En Tollcross, esperaron en silencio a que el semáforo se pusiera en verde. Un par de borrachos se dirigían a casa con el cuerpo inclinado por el viento.
—Hace una noche horrible —comentó Clarke al reemprender la marcha. Rebus asintió sin mediar palabra—. ¿Irás a la autopsia?
—Sí.
—No puedo decir que te envidie.
—¿Sabemos ya quiénes eran?
—Creo que no.
—Me olvido todo el tiempo de que no estás de servicio.
—Exacto. No estoy de servicio.
—¿Y el coche? ¿Le hemos seguido la pista?
Clarke se volvió hacia él y se echó a reír. A Rebus le sorprendió aquella reacción. Allí, en aquel coche sobrecalentado, a aquella hora de la noche y con todo lo que había sucedido, una risa repentina era el sonido más inesperado que podía imaginar. Se frotó la mandíbula y se introdujo un dedo en la boca. El diente que tocó parecía bastante sólido.
Entonces vio unos pies que se deslizaban súbitamente sobre el asfalto bajo dos cuerpos jóvenes; dos cuerpos que caían de espaldas al vacío y desaparecían. No habían emitido ni un solo sonido. No fue un accidente ni un intento de huida; fue algo fatalista, algo que forzosamente ya habían pactado los dos.
—¿Tienes frío?
—No —dijo él—. No tengo frío.
Clarke puso el intermitente para girar por Melville Drive. A su izquierda, Rebus vislumbraba los prados cubiertos por una capa reciente de nieve. A la derecha, estaban Marchmont y su casa.
—La chica no iba en el coche —afirmó sin emoción alguna.
—Siempre cabía esa posibilidad —dijo Siobhan Clarke—. Ni siquiera sabemos con seguridad si ha desaparecido.
—No —coincidió él—. No lo sabemos.
—No eran más que unos insensatos.
El acento inglés de Clarke hizo que la expresión sonara extraña. Rebus sonrió, amparado en la oscuridad.
Había llegado a casa.
Clarke lo dejó frente a la puerta del bloque de apartamentos, y rechazó una desganada oferta de café. Rebus no quería que viese el antro al que llamaba hogar. Los estudiantes se habían marchado en octubre y aquel lugar no parecía suyo. Había cosas que no estaban en su sitio, al menos no como él las recordaba. Faltaban cubiertos, que habían sido sustituidos por objetos que no había visto jamás, y lo mismo ocurría con la vajilla. Cuando se fue de casa de Patience, trajo sus cosas en cajas, la mayoría de las cuales seguían esperando en el recibidor a que alguien las abriera.
Estaba exhausto. Subió las escaleras, abrió la puerta y pasó junto a las cajas, directo hacia el salón y su butaca.
La butaca era la misma de siempre, y se había adaptado rápidamente a la forma de Rebus. Se sentó, se levantó de nuevo y tocó el radiador. Apenas emitía calor y se oía un desesperante ruido en su interior. Necesitaba una llave especial, alguna herramienta con la que pudiera abrir la válvula y purgarlo. Los otros radiadores estaban igual.
Se preparó un café caliente, puso una cinta en el reproductor y cogió el edredón de la cama. Cuando volvió a la butaca, se quitó parte de la ropa y se tapó. Extendió el brazo, destapó una botella de Macallan y vertió un poco en el café. Se bebió media taza y añadió más whisky.
Aún podía oír los sonidos del motor del coche y del metal retorciéndose, y el del viento soplando a su alrededor. Veía unos pies, las suelas de unas zapatillas deportivas baratas y algo parecido a una sonrisa en los labios de un adolescente de pelo rubio. Pero entonces la sonrisa se fue apagando y todo se desvaneció en una profunda oscuridad.
Poco a poco, se rodeó a sí mismo con los brazos y cayó dormido.
3
En el Depósito de Cadáveres Municipal de Cowgate no había rastro del doctor Curt, pero el profesor Gates ya estaba trabajando.
—Uno puede caerse desde la altura que quiera —decía—, pero es el último centímetro el que resulta letal.
Alrededor de la mesa lo acompañaban el inspector John Rebus, el sargento Brian Holmes, otro médico y un ayudante forense. La Notificación Preliminar de Muerte Repentina ya había sido remitida a la fiscalía, y ahora estaban preparando el Informe de Muerte Repentina sobre dos varones fallecidos, cuyas identidades eran, probablemente, William David Coyle y James Dixon Taylor.
James Taylor... Rebus contemplaba el caos sobre el que trabajaba el profesor Gates y recordó aquel último abrazo. Es bonito saber que tienes un amigo.
La fuerza del impacto de los cuerpos sobre la cubierta de acero del Descant, la fragata de Su Majestad, los había convertido en algo más parecido a una mermelada grumosa que a seres humanos. Parte de sus cuerpos se encontraba sobre la mesa, y el resto se amontonaba en unos relucientes cubos de acero. No se pediría a ningún familiar directo que participara en una identificación formal. Era algo que podían conseguir con una simple prueba de ADN en caso de que fuese necesario.
—Paquetes planos, los llamamos —siguió diciendo el profesor Gates—. Vi muchos en Lockerbie. Los arrancamos del suelo y los llevamos a la pista de patinaje sobre hielo. Siempre viene bien una pista de patinaje cuando de pronto te encuentras con doscientos setenta cuerpos.
Brian Holmes había visto muertes desagradables, pero no era inmune. No dejaba de mover los pies y los hombros, y miraba con dureza y cierto aire de censura a Rebus, que estaba tarareando fragmentos de «You’re So Vain».
Determinar la hora, la fecha y el lugar de la muerte era sencillo. La causa certificada de la defunción tampoco era un problema, aunque el profesor Gates no sabía muy bien cómo describirla.
—¿Traumatismo con elemento contundente?
—¿Qué tal accidente de navegación? —propuso Rebus.
Algunos sonrieron. Como la mayoría de los médicos forenses, el profesor Alexander Gates, doctor en medicina, afiliado al Ilustre Colegio de Medicina Legal y Forense, diplomado en jurisprudencia médica y miembro del Ilustre Colegio de Médicos de Edimburgo y del Ilustre Colegio de Médicos de Familia, poseía un sentido del humor tan extenso como su membrete; un sentido del humor bastante necesario, por cierto. No parecía un médico forense. No era alto ni de un gris cadavérico, como el doctor Curt, aunque su figura resultaba imponente; su físico era más propio de un luchador que de un enterrador. Tenía un pecho musculoso, cuello de toro y unas manos rechonchas, y le gustaba hacer crujir los dedos, uno a uno o todos a la vez.
Prefería que la gente lo llamara Sandy.
—Soy yo quien redacta el certificado de defunción —dijo a Brian Holmes, que rellenó el recuadro relevante en el borrador del Informe de Muerte Repentina—. Puede hacérmelo llegar a Medicina Forense, en Cowgate.
Rebus y los demás observaron a Gates mientras realizaba su examen. Fue capaz de confirmar la existencia de dos cadáveres distintos, y tomó muestras de sangre venosa para conocer su grupo sanguíneo y ADN, realizar un análisis toxicológico y determinar los niveles de alcohol. Normalmente se obtenían también muestras de orina, pero en aquel caso no era posible, y Gates dudaba incluso de la eficacia de los análisis sanguíneos. El humor vítreo y el contenido del estómago fueron el siguiente paso, junto con la bilis y el hígado.
Empezó a reconstruir los cuerpos ante la atenta mirada de los presentes. No solo para que pudieran ser identificados como humanos, cosa que sería bastante difícil, sino para sentirse satisfecho porque recuperaban todo lo que habían tenido en su día. Que no faltara nada. Que no hubiese nada no pertinente.
—De joven me encantaban los puzles —comentó el patólogo, absorto en su tarea.
En el exterior, el día era seco y gélido. Rebus recordó que también le gustaban los puzles y se preguntó si los niños aún jugaban con ellos. Cuando la autopsia terminó, salió a la calle a fumar un cigarrillo. Había pubs a izquierda y derecha, pero ninguno estaba abierto todavía. El trago de whisky que había tomado para desayunar prácticamente se había evaporado.
Brian Holmes salió del depósito de cadáveres guardando una carpeta de cartón verde en su maletín, y vio que Rebus se tocaba la mandíbula.
—¿Estás bien?
—Me duele la boca, eso es todo.
Sin duda se trataba de un dolor de muelas, o al menos de encías, pero le resultaba difícil identificar el origen de la molestia. El dolor simplemente estaba allí, agudizándose bajo la superficie.
—¿Te acerco?
—Gracias, Brian, pero tengo mi coche ahí.
Holmes asintió y se levantó un poco el cuello del abrigo. Llevaba la barbilla tapada con una bufanda de lana azul.
—Ya se puede circular por el puente —dijo—. Han abierto uno de los carriles en dirección sur.
—¿Y el Cortina?
—Lo tiene Howdenhall. Están buscando huellas dactilares, por si la chica estuvo en algún momento en el coche.
Rebus asintió sin decir nada y Holmes también guardó silencio.
—¿Puedo hacer algo por ti, Brian?
—No, la verdad es que no. ¿No se suponía que debías estar en comisaría a primera hora?
—¿Y?
—Entonces ¿por qué has venido aquí?
Era una buena pregunta. Rebus miró las puertas del depósito, rememorando la escena una vez más. El camión articulado deslizándose hacia ellos por la calzada, Lauderdale tendido sobre el capó, la imagen del otro coche..., un último abrazo..., una caída.
Se encogió de hombros a modo de evasiva y se dirigió al coche.
El inspector jefe Frank Lauderdale se recuperaría.
Esa era la buena noticia.
La mala era que el inspector Alister Flower aspiraba a un ascenso temporal para reemplazar a Lauderdale.
—Y con el cadáver aún caliente —apostilló el comisario Watson, conocido como el Granjero. Inmediatamente se ruborizó por lo que acababa de decir—. No es que haya... un cadáver ni nada, claro...
Después tosió, tapándose la boca con el puño.
—Es lógico que sea Flower, señor —dijo Rebus para aliviar el rubor de su jefe—. Lástima que tenga el tacto de un gato en celo. Pero alguien tendrá que sustituir a Frank. ¿Cuánto tiempo estará fuera de juego?
—No lo sabemos aún. —El Granjero cogió una hoja de papel y la leyó—. Las dos piernas rotas, dos costillas fracturadas, muñeca rota, contusiones... Hay media página de diagnóstico.
Rebus se frotó el pómulo amoratado, preguntándose si era el responsable de la rotura de muñeca de Lauderdale.
—Ni siquiera sabemos si podrá volver a caminar —continuó el Granjero con parsimonia—. Las fracturas son bastante graves. Mientras tanto, lo último que necesito es que Flower y usted se peleen por un ascenso temporal que quizá no esté en mi mano conceder.
—Entendido.
—Bien. —El Granjero hizo una pausa—. ¿Qué puede contarme sobre ayer noche?
—Figurará en mi informe, señor.
—Por supuesto, pero preferiría la verdad. ¿A qué jugaba Frank?
—¿A qué se refiere?
—A que iba conduciendo por ahí como los Dukes de Hazzard. Tenemos vehículos preparados para este tipo de persecuciones.
—Solo íbamos a por ellos, señor.
—Desde luego, eso está claro. —Watson estudió a Rebus—. ¿Algo que añadir?
—Poca cosa, señor, excepto que no fue un accidente y que no tenían intención de escapar. Fue un suicidio, y parecía que lo tenían pactado si algo salía mal: no lo hablaron allí mismo, pero fue un suicidio en toda regla.
—¿Y por qué cree que lo hicieron?
—No tengo la menor idea, señor.
El Granjero suspiró y se sentó de nuevo.
—John, creo que debería saber qué pienso de todo esto.
—¿Sí, señor?
—Ha sido una cagada de principio a fin.
... Por no decir algo peor.
Solo estaban allí por una cuestión de poder, de influencia, porque alguien había pedido un favor. Así es como había empezado todo: con una discreta llamada del alcalde de la ciudad al jefe de policía adjunto de Lothian y Borders, solicitando que la desaparición de su hija fuese investigada.
Nada apuntaba a un quebrantamiento de la ley, ni tampoco había sido secuestrada, atacada, asesinada ni nada por el estilo. Simplemente había salido de casa una mañana y no había vuelto. En efecto, había dejado una nota. Iba dirigida a su padre y el mensaje era de lo más sencillo: «Me largo, gilipollas». No estaba firmada, pero era la caligrafía de su hija.
¿Hubo un desacuerdo? ¿Una discusión? ¿Insultos? Era imposible convivir con una adolescente sin que aflorara alguna que otra discrepancia. ¿Y qué edad tenía la hija del alcalde, la pequeña Kirstie Kennedy? Ese era el quid de la cuestión: tenía diecisiete años y era una chica madura y culta, sobradamente capaz de cuidar de sí misma y en edad legal para marcharse de casa cuando se le antojara, todo lo cual habría descartado la intervención de la policía, de no ser... De no ser porque quien lo pedía era el alcalde, el muy honorable Cameron McLeod Kennedy, juez de paz y concejal por South Gyle.
Así que fue el jefe de policía adjunto quien envió el mensaje: «Busquen a Kirstie Kennedy, pero sean discretos».
Cosa que, a decir de todos, era prácticamente imposible. No se podían hacer preguntas en la calle sin que empezaran a circular rumores, sin que la gente se temiera lo peor por el sujeto de tales preguntas. Esa fue la excusa esgrimida cuando los medios de comunicación difundieron la noticia.
La policía recibió una foto de la hija y, por alguna razón, acabó en manos de los medios. El alcalde montó en cólera. Según sus propias palabras, eso demostraba que tenía enemigos dentro del cuerpo. Como bien podría haberle dicho el propio Rebus, si uno exigía un favor, alguien podía sentirse agraviado en algún momento.
Así que allí estaba la pequeña Kirstie Kennedy, en la televisión y en los periódicos. No era una foto muy reciente. Debía de tener dos o tres años menos, y la diferencia entre los catorce, los quince y los diecisiete era determinante. Rebus, padre de la que en su día fuera una adolescente, lo sabía bien. Kirstie ya era adulta, y aquella foto apenas aportaría nada a su búsqueda.
El alcalde aplacó el alboroto mediático concediendo una rueda de prensa acompañado de su mujer; era su segunda esposa, no la madre de Kirstie —que había fallecido—, y le preguntaron qué le gustaría decirle a la fugitiva.
—Me gustaría que supiera que rezamos por ella, eso es todo —respondió.
Entonces se produjo la primera llamada.
No era difícil contactar con el alcalde. Figuraba en el listín telefónico y su número para concertar cita aparecía junto al de todos los demás concejales en un útil panfleto repartido a decenas de miles de habitantes de Edimburgo.
El interlocutor parecía joven, con una voz que había mudado no hacía demasiado tiempo. No reveló su nombre. Lo único que dijo es que tenía a Kirstie y que quería dinero a cambio. Incluso obligó a una chica a ponerse al teléfono, y ella masculló unas palabras antes de que le arrebataran el auricular. Esas palabras fueron «papá» y «yo».
El alcalde no podía estar seguro de que fuera Kirstie, pero tampoco de que no lo fuera. Solicitó la ayuda de las fuerzas del orden una vez más y le pidieron que organizara un encuentro con los secuestradores. Aunque no habría dinero esperándolos, sino agentes de policía, y muchos.
La intención no era enfrentarse a ellos, sino seguirlos. En la operación intervino un helicóptero de la policía, además de cuatro coches camuflados. Debería haber sido fácil.
Debería haberlo sido. Pero el interlocutor había elegido para la cita una parada de autobús en la ajetreada Queensferry Road. Había mucho tráfico circulando a toda velocidad y ningún lugar donde detener un coche de incógnito. Había sido inteligente. Cuando llegó el momento de la recogida, el Cortina estacionó al otro lado de la calle. El pasajero cruzó la calzada al trote esquivando el tráfico, cogió la bolsa, llena de fajos de papel de periódico, y la llevó al coche.
Tres coches patrulla estaban encarados en la dirección errónea y tardaron mucho en dar la vuelta. Pero el cuarto había informado por radio del paradero del vehículo del sospechoso. El helicóptero, por supuesto, se había visto obligado a aterrizar hacía rato, forzado por las condiciones climáticas. Todo ello dejó a Lauderdale —el agente al mando— acelerando frenéticamente para iniciar la persecución y, de paso, quitarse unos años de encima.
Rebus esperaba que hubiera merecido la pena. Esperaba que Lauderdale, postrado y con ambas piernas alzadas en el hospital, disfrutara rememorando la persecución. Lo único que le había aportado todo aquello a Rebus era una sensación de mareo en las tripas, una pesadilla y aquel maldito dolor en la mandíbula.
Se organizó una colecta para comprarle algo al inspector jefe. Con grandes alardes y excesiva presteza, el inspector Alister Flower puso un billete de diez. Caminaba sacando pecho y con una sonrisa en su rostro como de maquillaje teatral. A Rebus le parecía más despreciable que nunca.
Todo el mundo miraba a Rebus, preguntándose si sería ascendido en detrimento de Flower, preguntándose qué haría si, de repente, Flower se convertía en su jefe. Los rumores se acumulaban con más rapidez que el dinero de la colecta. Con mucha más rapidez.
Rebus no era el único que consideraba que el secuestro era una farsa. Lo supieron muy pronto, ahora que habían seguido el rastro del coche, localizado a su propietario y descubierto que se lo había prestado a dos amigos. Al parecer, incluso había ido a la casa que compartían sus dos amigos para pedirles que se lo devolvieran, pero no había encontrado a nadie.
El propietario del coche se encontraba abajo, en una sala de interrogatorios. Le dijeron que, si era sincero con ellos, olvidarían que el vehículo carecía de póliza de seguros en vigor. Él les contó una historia tras otra, la vida y milagros de Willie Coyle y Dixie Taylor. Rebus bajó a escuchar un rato. El sargento Macari y el agente Allder se ocupaban del interrogatorio.
—Entra el inspector Rebus, 12:15 horas —dijo Macari a la grabadora, antes de volver a dirigirse al joven que estaba sentado ante él y añadir—: Así pues, ¿de qué vivían Willie y Dixie? Ambos cobraban el paro, pero siempre se puede complementar, ¿eh?
Rebus se apoyó en la pared, fingiendo desinterés. Incluso sonrió al propietario del coche y asintió para hacerle saber que todo iba bien. Aquel joven debía de rondar los veinte años y estaba bastante presentable, vestido y acicalado impolutamente. Llevaba un discreto aro de plata en la oreja derecha, pero ninguna otra joya, ni siquiera un reloj.
—Se las arreglaban —contestó—. El subsidio de paro, incluso el de la Seguridad Social, está bastante bien. Puedes vivir de él si eres prudente.
—¿Y lo eran? —Macari hizo una pausa—. El señor Duggan asiente —dijo de nuevo a la grabadora—. Entonces ¿por qué organizaron una farsa como esta?
Duggan negó con la cabeza.
—Ojalá lo supiera. No tengo ni idea. Willie nunca me había pedido el coche. Me dijo que tenía que transportar una cosa.
—¿Qué tipo de cosa?
—No lo mencionó.
—Pero le prestó el coche de todos modos.
—Como le digo, Willie es una persona cuidadosa.
—¿Y Dixie?
Duggan esbozó una leve sonrisa.
—Bueno, Dixie es diferente. Necesita que lo cuiden.
—¿Qué? ¿Era tonto o algo así?
—No, simplemente despreocupado. Era difícil que se interesara por algo. —El joven levantó la mirada—. No es fácil expresarlo con palabras.
—Inténtelo, señor Duggan.
—Desde la escuela, Willie y Dixie habían sido íntimos. Les gustaba la misma música, los mismos cómics y los mismos juegos. Se entendían.
—¿Y compartieron gustos desde que se fueron de casa?
A Rebus le gustaba el estilo de Macari. En comisaría lo llamaban «Toni» por el personaje de Oor Wullie. Había logrado que Duggan estuviese relajado y comunicativo; había forjado una relación. Con Allder no lo tenía tan claro. Era uno de los hombres de Flower.
—Creo que sí —respondió Duggan—. Estaban muy unidos. Leímos un libro en la escuela en el que aparecían dos personajes como ellos, uno bobo y el otro no.
—¿De ratones y hombres? —aventuró Rebus.
—Creo que se refiere a Burns y a su secretario Smithers —dijo Allder.
Rebus indicó a Macari que se iba.
—El inspector Rebus abandona la sala. 12:30 horas. Bien, señor Duggan, volviendo a lo del coche...
Como siempre, Rebus calculó mal el momento de su salida. Alister Flower venía hacia él por el pasillo silbando «Dixie».
—Hay un muchacho ahí dentro —le recordó Rebus— que acaba de perder a dos amigos. Uno de ellos se llama Dixie.
Flower dejó de silbar y soltó una risotada desagradable.
—Habrá sido el subconsciente.
—Uno tiene que ser muy consciente cuando hace algo así —le reprochó Rebus mientras se alejaba—. Lo cual no te deja en muy buen lugar.
Por su parte, Flower no iba a dejar que se marchara tan fácilmente, y alcanzó a Rebus cuando se disponía a cruzar las puertas dobles.
—Las cosas serán distintas cuando me nombren inspector jefe —le soltó sin más.
—Sí, lo serán —coincidió Rebus—. Porque para entonces habrán encontrado la cura contra el cáncer y enviado un hombre a Marte.
Después franqueó las puertas y desapareció.
4
Rebus se dirigió a Stenhouse. Se encontraba más alejado del centro de la ciudad y era más bonito de lo que recordaba. Todo se volvía más tranquilo una vez salías de Gorgie Road. Había casas adosadas de dos plantas con pulcros jardines y aceras limpias. Algunas de las escaleras de entrada parecían recién fregadas. Un par de veces por semana, su madre se arrodillaba, como todas las demás mujeres de su calle, para lustrar la escalera con agua jabonosa caliente o lejía. Una escalera sucia proyectaba una mala imagen de la casa.
Rebus estaba más acostumbrado al centro de Edimburgo y a sus edificios de apartamentos. Los pequeños barrios de las afueras todavía lograban sorprenderlo. Habían vertido sal en las aceras y las calles. En verano, los vecinos cotilleaban junto a las vallas de sus jardines, pero ahora estaban todos hibernando.
El invierno en Edimburgo podía ser de lo más pertinaz. Empezaba a principios de octubre y se prolongaba hasta abril. Los días no eran constantes: a veces se imponía el crepúsculo durante veinticuatro horas, y a veces la nieve fresca en el suelo hacía que el brillo del sol te abrasara los ojos. La gente caminaba siempre entrecerrando los párpados, ya fuera para orientarse en la penumbra o para protegerse de la penetrante luz.
Aquel era un día crepuscular. El cielo era de un lóbrego marrón, y amenazaba lluvia. Rebus se metió las manos en los bolsillos y notó la pequeña bolsa de papel. Había encontrado un ferretero en Gorgie Road que lo mandó a una tienda especializada en la que le vendieron una llave de radiador. Miró a su alrededor, encontró la casa que estaba buscando y se dirigió a la puerta principal.
—Buenas tardes —lo saludó Siobhan Clarke—. ¿Cómo te encuentras?
Rebus se abrió paso. En la casa no hacía mucho más calor que fuera. En el salón, Brian Holmes estaba dando un vistazo a una colección de CD.
—¿Hay algo? —preguntó Rebus.
Holmes se levantó.
—Hay algunos periódicos con artículos sobre el caso Kennedy. Probablemente sacaron la idea de ahí. No hay ningún indicio de que la chica haya estado aquí. Por otro lado, es bastante improbable que anduviera por ahí con unos vagos como esos. Es una chica de Gillespie’s; Willie y Dixie eran de colegio público.
—Parece un engaño en toda regla —coincidió Clarke.
Rebus miró a su alrededor y se volvió hacia Clarke.
—Supongamos que eres una chica bien educada, que ha estudiado en colegios caros y lleva una vida acomodada. Supongamos que quieres escapar de casa y desaparecer una temporada, tal vez para siempre. ¿Te juntarías con gente de tu clase o bajarías unos peldaños, donde nadie te conociera ni te prestara atención?
—¿Con gente como Willie y Dixie, quieres decir?
Rebus se encogió de hombros.
—Son solo especulaciones. Yo diría que ha hecho lo que hace cualquiera cuando quiere huir de Escocia: irse a Londres.
—Que Dios la asista —dijo Holmes pausadamente.
—¿Has terminado con el registro?
—No.
—Pues no te interrumpo más. De hecho, si enciendes esa estufa eléctrica, puede que incluso te eche una mano.
Brian Holmes buscó monedas en los bolsillos para el contador de luz y se pusieron a trabajar.
Había dos dormitorios, uno de ellos ordenado, con la cama hecha, y el otro caótico. La habitación ordenada pertenecía a William Coyle, tal como confirmaba una carta del Departamento de Servicios Sociales que había sobre el colchón. Había libros en una estantería, en su mayoría nuevos. Rebus se preguntaba qué librería habría perdido existencias recientemente. Cogió uno titulado Trainspotting, y vio que había varias hojas de papel ocultas detrás de la hilera de libros. Estaban grapadas en una esquina y editadas profesionalmente con gráficas. Aquello parecía un informe de empresa, un proyecto de algún tipo.
Holmes intentó ver de qué se trataba.
—No me digas que Willie era emprendedor...
Rebus se encogió de hombros, pero enrolló el informe y se lo guardó en el bolsillo.
—¡Aquí! —exclamó la agente Clarke.
Cuando llegaron, estaba sacando algo de debajo de la cama de Dixie Taylor. Eran tres jeringuillas desechables, todavía con su envoltorio, una vela totalmente consumida y una cucharilla de postre ennegrecida por debajo.
—No hay rastro de jaco —dijo al levantarse, atusándose el pelo.
—Miraré debajo de la otra cama —intervino Holmes.
Rebus sonrió.
—¿«Jaco»? —preguntó—. ¿Qué clase de libros has estado leyendo? —Entonces se puso serio—. Será mejor que pidamos refuerzos y echemos un buen vistazo a este lugar.
—Vale.
Cuando Rebus se quedó solo en la habitación, examinó las jeringuillas. Había una fina capa de polvo en los paquetes, y quedaban pequeñas bolas de sustancia en la cuchara. Obviamente, Dixie no había utilizado sus utensilios desde hacía algún tiempo. Rebus fue al cuarto de baño en busca de metadona o lo que fuera que recetaran ahora los médicos para desintoxicarse, aunque solo encontró un jarabe para la gripe, paracetamol y enjuague bucal. Volvió a revisar el correo, pero no había nada de ningún hospital o centro de rehabilitación.
Después llamó al profesor Gates y preguntó por las muestras de sangre.
—Todavía no tengo los resultados. ¿Hay algún problema?
—Un posible consumo de heroína —dijo Rebus—. Al menos uno de ellos.
—Podría examinar los cuerpos de nuevo. No busqué marcas de pinchazos.
—¿Cree que las encontraría si las hubiera?
—Bueno, como pudo comprobar, los cuerpos no están precisamente inmaculados, y los consumidores de droga por vía intravenosa son expertos en ocultar sus heridas. Se inyectan en la lengua, en el pene...
—Bueno, vea qué puede hacer, profesor.
Rebus colgó el teléfono. De repente, dejó de sentirse cómodo allí y salió en busca de un poco de aire fresco. Resistió treinta segundos ahí fuera, se dirigió a la casa contigua y pulsó el timbre. Abrió la puerta una mujer de mediana edad, y Rebus le mostró su identificación.
—Sé quién es —dijo ella—. Es una verdadera lástima lo de esos pobres muchachos. Pase, pase.
Se llamaba señora Tweedie, y en la casa hacía calor. Rebus se sentó en el sofá y se frotó las manos. Necesitaba recuperar la sensibilidad y mitigar un poco el dolor de la quemadura.
—¿Los conocía bien, señora Tweedie? —La mujer se fijó en que Rebus sacaba cuaderno y bolígrafo—. No le importa ¿verdad? —preguntó.
—En absoluto, pero pensaba preparar una taza de té primero. ¿Le parece bien?
A John Rebus le parecía bien.
Permaneció allí sentado algo más de veinte minutos. Hacía tanto calor en aquel salón que tuvo la sensación de que se quedaría dormido, pero las palabras de la señora Tweedie lo despertaron de golpe.
—Eran buenos chicos los dos. Una vez me ayudaron a traer la compra, pero no quisieron quedarse a tomar una taza de té.
—¿Los veía a menudo?
—Sí, los veía ir y venir.
—¿Seguían unos horarios marcados? ¿Tenían actividad nocturna?
—La verdad es que no lo sé. No me acuesto tarde. A veces ponían la música un poco alta, pero lo único que hacía yo era subir el volumen de la tele. Si celebraban una fiesta, siempre nos avisaban con antelación.
Rebus sacó la fotografía de Kirstie.
—¿Ha visto alguna vez a esta chica, señora Tweedie?
—¡Claro que sí!
—¿De veras?
—La vi en The Daily Record.
Las esperanzas de Rebus se desvanecieron.
—¿Nunca por aquí?
—No, jamás. Al que veía a menudo era a su casero.
Rebus frunció el ceño.
—Creía que estas viviendas eran propiedad del ayuntamiento.
La señora Tweedie asintió.
—Y lo son.
Rebus empezaba a comprender.
—Pero ¿los nombres de Willie y Dixie no aparecen en los libros?
—Me explicaron que habían... esto... subnosequé.
—¿Subarrendado?
—Exacto, eso es. Al chico que tenía la casa antes que ellos.
—¿Y cómo se llama ese chico, señora Tweedie?
—Su nombre de pila es Paul. No sé su apellido. Era un chico majo, siempre iba muy elegante. Lo único que no me gustaba es que llevaba uno de esos... —Se tiró de la oreja e hizo un mohín—. No les quedan nada bien a los hombres.
—¿Paul Duggan? —preguntó Rebus.
La mujer pronunció el nombre en voz alta.
—Podría ser —dijo finalmente.
De camino a Gorgie Road, Rebus fue tarareando mentalmente una canción. Era un viejo tema de Neil Young, «The Needle and the Damage Done». Detuvo el coche frente a la prisión para ordenar sus pensamientos. Una carretera de acceso conectaba Gorgie Road con la alta valla y el macizo edificio de la cárcel que se alzaba detrás, con su enorme puerta y su voluminoso reloj. Aunque todavía no habían dado las cinco, ya estaba oscuro, pero el recinto contaba con buena iluminación. Oficialmente era la Cárcel de Su Majestad, pero todo el mundo la conocía como Saughton. El edificio principal parecía un taller penitenciario victoriano.
«Habrían terminado entre rejas —pensó—. Sabían que incluso un falso secuestro era un delito grave».
Willie Coyle, el más alto, el de pelo rubio. Rebus imaginó lo que debió de pasársele por la cabeza en aquellos últimos instantes previos al salto. Dixie y él irían a la cárcel. Con toda probabilidad los internarían en diferentes alas, si no en diferentes centros, y Dixie no tendría a nadie que cuidara de él. Rebus pensó en el personaje de Lenny en De ratones y hombres. Dixie se pinchaba. Puede que hubiera recibido ayuda, tal vez de su amigo Willie, pero en las cárceles de Escocia abundaba la droga. Naturalmente, debías disponer de algo con lo que comerciar, y un chico de la edad de Dixie siempre tenía cosas que ofrecer.
¿Había sopesado Willie las opciones y después abrazado a su amigo hasta el final? A Rebus empezaba a caerle bien ese Willie Coyle. Ojalá no estuviera muerto.
Pero lo estaba. Ambos lo estaban. Fríos y mezclados sobre la mesa, no habían dejado gran cosa atrás, excepto el hecho incontestable de que Paul Duggan era muy buen casero. Rebus iba a hablar con él más pronto que tarde. Pero por el momento tenía que ver a otras personas, asistir a otra cita. Era el único encuentro al que durante todo el día sabía con seguridad que acudiría, lloviera o nevara.
5
Había una estufa de gas, de las que emitían llamas de verdad, en lo que parecía la chimenea original. También había humo, pero de cigarrillos y pipas. La televisión estaba encendida, pero la música en directo ahogaba el sonido. Como sucedía a menudo en una noche de invierno, los músicos folk de Edimburgo se daban cita en el mismo pub a la misma hora. Estaban tocando en una esquina: tres violines, un acordeón, un bodhrán y una flauta. La flautista era la única mujer. Los hombres eran barbudos, con las mejillas rubicundas, y llevaban jerséis gruesos. En las pintas que tenían sobre la mesa quedaban tres cuartos de líquido. La mujer era delgada y pálida, con una larga melena castaña, pero sus mejillas brillaban al calor de la estufa.
Algunos clientes se habían levantado a bailar con los brazos entrelazados, pugnando por el poco espacio que había. A Rebus le gustaba pensar que tan solo intentaban entrar en calor, pero en realidad parecían estar pasándolo bien.
—Tres medias y un par de tragos —le dijo al camarero.
—¿Y qué beben tus amigos?
—Ja, ja —replicó Rebus.
En la barra estaba flanqueado por sus compañeros de copas, George Klasser y Donny Dougary. Klasser era conocido allí como Doc, y Dougary como Salty. Rebus no los conocía muy bien fuera de los confines del pub, pero la mayoría de las noches, entre seis y seis y media, eran sus mejores amigos. Salty Dougary intentaba hacerse oír en medio de la confusión general.
—Lo que digo es que puedes ir a cualquier lugar de la superautopista, a cualquiera, y en el futuro será aún más grande. Comprarás y verás la tele por ordenador, jugarás, escucharás música... y todo estará allí. Puedo hablar con la Casa Blanca si quiero, puedo descargar cosas de todo el mundo. Me siento a mi mesa y puedo viajar a cualquier sitio.
—¿También puedes viajar al pub utilizando el ordenador, Salty? —preguntó un parroquiano sentado al fondo de la barra.
Salty lo ignoró y separó los dedos pulgar e índice un par de centímetros.
—Habrá discos duros del tamaño de una tarjeta de crédito. Tendrás todo un PC en la palma de la mano.
—No deberías decirle eso a un policía, Salty —intervino Klasser, lo cual motivó algunas carcajadas. Se volvió hacia Rebus—. ¿Qué tal va esa molestia en la boca?
—La anestesia ayuda —respondió Rebus, apurando el whisky que quedaba.
—Espero que no estés mezclando alcohol con analgésicos.
—¿Me ves capaz de hacer eso? Salty, dale al hombre un poco de dinero.
Salty dejó de hablar solo. El camarero estaba esperando, así que sacó un billete de diez libras y se lo dio, observando su triste oscilación al deslizarse en la caja registradora. A Salty3 lo llamaban así por la sal y la salsa, que es de lo que se acompaña una cena comprada en un puesto de comida rápida. El guiño de su sobrenombre relacionaba los chips con las patatas fritas, puesto que trabajaba en una fábrica de material electrónico en South Gyle. Había llegado recientemente a «Silicon Glen», y esperaba que el sector siguiera prosperando. Habían cerrado seis fábricas antes que esta, y pasó mucho tiempo sin empleo entre una y otra. Todavía recordaba los días en que el dinero escaseaba —«Podría haber accedido al subsidio de Escocia»— y, por ello, era muy cuidadoso con su trabajo. Ahora fabricaba microchips en una cadena de montaje en Clydeside y en otra de Gyle Park West.
—¿Bailas?
Rebus se dio la vuelta y vio a una mujer desdentada sonriéndole. Creía recordar que su nombre era Morag, y estaba casada con el hombre de los zapatos de tartán.
—Esta noche no —respondió Rebus mientras fingía sentirse halagado.
Con el hombre de los zapatos de tartán nunca se sabía: si bailabas con su mujer, estabas coqueteando; si la rechazabas, le hacías un feo a él. Rebus apoyó el pie en la barandilla de metal pulido y se tomó sus copas.
A las ocho, Doc y Salty se habían ido, y junto a Rebus había un anciano con un sombrero deforme. El hombre se había olvidado la dentadura postiza y tenía las mejillas hundidas. Estaba hablándole a Rebus de la historia de Estados Unidos.
—Me gusta, amigo. Solo lo estadounidense, nada más.
—¿Por qué?
—¿Eh?
—¿Por qué solo lo estadounidense?
El hombre se relamió. No estaba prestando atención a Rebus ni a nada que hubiese en el bar. Ni siquiera se podía estar seguro de que prestara atención al día en que vivía.
—Bueno —dijo al fin—, supongo que es por las pelis del Oeste. Me encantan las pelis del Oeste. Hopalong Cassidy, John Wayne... Me gustaba Hopalong Cassidy.
—«Could It Be Forever» era suya —dijo Rebus.4
Después apuró su copa y se fue a casa.
Estaba sonando el teléfono. Rebus se planteó no responder, pero su resistencia duró diez segundos.
—¿Sí?
—Hola, papá.
Rebus se desplomó en la butaca.
—Hola, Sammy. ¿Dónde estás? —La pausa fue demasiado larga—. Todavía en casa de Patience, ¿eh? ¿Cómo va todo?
—Bien.
—¿Qué tal el trabajo?
—¿De verdad lo quieres saber?
—Solo estaba siendo educado.
Paternal, pensó de repente. Debería haber dicho paternal, no educado. A veces deseaba que la vida incorporase la función de rebobinar.
—Entonces no te aburriré con los detalles.
—Imagino que Patience está fuera.
Parecía lo lógico. Sammy nunca llamaba cuando ella estaba en casa.
—Sí, ha salido con... a algún sitio. Ha salido a algún sitio.
Rebus sonrió.
—En realidad querías decir que ha salido con alguien.
—Esto no se me da muy bien.
—No te culpes, mejor culpa a tus genes. ¿Quieres que nos veamos?
—Esta noche no, estoy agotada. Patience me ha preguntado si te gustaría venir a tomar el té algún día. Cree que deberíamos vernos más a menudo.
«Como de costumbre —pensó Rebus—, Patience tiene razón».
—Me encantaría. ¿Cuándo?
—Le preguntaré a ella y te digo algo. ¿Trato hecho?
—Trato hecho.
—Hoy me voy a acostar temprano. ¿Y tú?
Rebus miró la butaca.
—Yo ya estoy acostado. Que duermas bien.
—Tú también, papá. Te quiero.
—Y yo a ti, pequeña —masculló Rebus en voz baja, pero cuando ella ya había colgado el teléfono.
Se acercó al equipo de música. Después de una copa, le gustaba escuchar a los Stones. Las mujeres, las relaciones y los compañeros habían ido y venido, pero los Stones siempre estaban allí. Puso el disco y se sirvió un último trago. El riff de guitarra, uno entre media docena en el incansable repertorio de Keith, daba comienzo al disco. «No tengo gran cosa —pensó Rebus—, pero tengo esto». Imaginó a Lauderdale en su cama de hospital, a Patience pasándolo bien y a Kirstie Kennedy en una caja de cartón en Charing Cross. Entonces vio unas zapatillas de deporte baratas, un último abrazo y la cara de Willie Coyle.
El alcohol no bastaba para que Rebus desterrara aquellos pensamientos de su mente.
Recordó el informe que había encontrado oculto en el dormitorio de Willie. Lo había dejado en la encimera de la cocina, y fue a cogerlo. Era un plan de negocio, algo relacionado con una empresa de programas informáticos llamada LABarum. El texto explicaba que la definición de «labarum» según el diccionario era «criterio u orientación moral», y el motivo por el que la empresa utilizaba las mayúsculas para las tres primeras letras era enfatizar las iniciales de Lothian y Borders. El plan de negocio abordaba futuros desarrollos, costes, previsión de balance general y rango de empleo. La redacción era bastante cargante, y estaba formulada en condicional. Rebus sacó el listín telefónico, pero no encontró LABarum por ningún sitio.
Alguien había subrayado algunas partes del texto y rodeado palabras con un círculo. También había hecho cálculos a mano junto a las gráficas de barras. Ciertas frases habían sido tachadas con bolígrafo rojo y algunas palabras modificadas. Algunos puntos llevaban un visto bueno. Rebus no podía saber si la caligrafía era la de Willie Coyle. Ni siquiera sabía si Willie tenía un bolígrafo rojo. Pero se preguntaba qué hacía un documento como aquel escondido en su habitación. Cuando llegó a la última parte, había una palabra garabateada en diagonal y subrayada insistentemente. La palabra era DALGETY. Volvió a hojear el informe, pero no encontró mención alguna a Dalgety. ¿Era una persona, un lugar u otra empresa? Estaba escrita en bolígrafo azul. Era imposible afirmar si la caligrafía se correspondía con las correcciones y las notas al margen.
Se sirvió otra copa —sería la última— y puso la otra cara del disco. Estaba molesto, más consigo mismo que con cualquiera. Al fin y al cabo, era un caso cerrado: un par de impostores desesperados cayeron de un puente y murieron. Eso era todo. Ya debería haberlo borrado de su mente, pero no podía.
—Maldita sea, Willie —exclamó en voz alta.
Se sentó de nuevo con su copa y cogió el plan de negocio. Había un par de letras en la esquina superior derecha, escritas vagamente a lápiz. CK. Se preguntaba si eran una abreviatura.
—¿Qué más da? —dijo, tratando de concentrarse en la música. Menudo desastre era el grupo, aunque a veces podían ser tan precisos que dolía.
»Va por ti, Willie —añadió alzando el vaso.
6
Hasta que se despertó a la mañana siguiente, no recordó que tenía la llave del radiador en el bolsillo de la chaqueta. Las tuberías tintineaban y la caldera rugía, pero los radiadores apenas se calentaban.
Compró café y un panecillo de beicon en una cafetería, y desayunó en el coche de camino al trabajo. El suelo estaba cubierto de una gruesa capa de hielo y las nubes de tormenta, de un gris plomizo, amenazaban con que la cosa iría a peor. Le había llevado más de cinco minutos quitar parte de la escarcha del parabrisas, y aun así era como conducir un tanque, mirando por la única abertura despejada.
Un mensaje sobre su mesa le avisaba de una reunión a las nueve y media en el despacho del Granjero. Rebus consideró que se merecía otro café y se dirigió a la cantina. A una de las mesas, se sentaba una mujer solitaria, agitando lentamente una taza de té.
—¿Gill?
Ella levantó la cabeza. Era Gill Templer. Rebus esbozó la primera sonrisa del año, cogió una silla y se sentó junto a ella.
—Hola, John. —Tenía la mirada clavada en su bebida.
—Creía que estabas en Fife.
—Sí.
—En la Unidad de Delitos Sexuales, ¿verdad?
—Eso es.
Rebus asintió, tratando de ignorar la frialdad que desprendía el tono de Gill.
—Tienes buen aspecto.
Lo decía en serio. Llevaba el pelo oscuro, y el corte desenfadado hacía que unas largas medias lunas cayeran sobre sus mejillas. Tenía los ojos verde esmeralda. No había cambiado ni un ápice. Gill Templer sonrió agradecida, pero no dijo nada.
Brian Holmes puso una mano en el hombro de Rebus.
—Han llegado los exámenes forenses.
—¿Ah, sí?
Holmes fue a servirse un café y también cogió un dónut. Rebus le siguió.
—¿Qué noticias tenemos?
Dio un mordisco al dónut y se encogió de hombros.
—Nada —farfulló Holmes antes de tragar—. El profesor no puede confirmar la presencia de heroína u otra droga en la sangre de ninguno de los chicos. Cree que podría haber un par de marcas de golpes en uno de los cadáveres, pero no son recientes.
—¿En cuál de los cuerpos?
—En el del más bajo.
—Dixie.
Rebus cogió el café y dejó que Holmes le invitara. Cuando se dio la vuelta, Gill Templer había desaparecido y su taza de té seguía ahí, intacta.
—¿Quién era? —preguntó Holmes mientras se guardaba el cambio en el bolsillo.
—Una chica a la que conocía.
—Bien, eso reduce bastante las posibilidades.
Rebus eligió una nueva mesa para sentarse.
El inspector Alister Flower parecía ir de camino a una sesión fotográfica de moda para una tienda de Princes Street.
—Se han quedado sin maniquíes, ¿no? —preguntó Rebus al entrar en el despacho del Granjero Watson.
Flower llevaba un traje azul claro con camisa a conjunto y una corbata blanca y negra con un motivo en zigzag. Había resaltado el atuendo con unos lustrosos mocasines marrones y lo que parecían unos calcetines de deporte blancos. Rebus se sentó junto a él y se fijó en sus propios zapatos, pensando que necesitaban un repaso. Además, llevaba una mancha de grasa del bocadillo de beicon en la camisa.
—He convocado esta reunión —empezó a decir el Granjero— para que se queden tranquilos.
—El inspector Flower siempre lo está —observó Rebus.
Flower trató de soltar una carcajada espontánea, y Rebus se percató de lo desesperado que estaba aquel hombre.
—John —dijo el Granjero—, usted siempre se lo toma todo a broma.
—Déjelos que se rían, señor —terció Flower.
Pero el Granjero no estaba riéndose, y Rebus sabía qué significaba aquel silencio. Mientras persistiera en «cierta actitud», el ascenso sería imposible.
Con lo cual, solo quedaba Alister Flower.
—Aly... —dijo por fin el Granjero. Flower estaba mirándolo fijamente, prestando atención; Rebus no había visto aquel truco antes—. ¿Quiere un poco más de café?
Flower miró su taza y apuró lo que quedaba.
—Por favor, señor.
El Granjero se levantó de la mesa, cogió la taza de Flower y se dirigió a la cafetera. Estaba de espaldas a ambos cuando empezó a hablar:
—El sustituto temporal de Frank Lauderdale empezará de inmediato...
Entonces Rebus lo entendió todo. De pronto, era como si su cuerpo hubiera asumido una masa nueva, mucho más voluminosa.
—Su nombre —prosiguió el Granjero— es Gill Templer.
Flower se fue directo a los lavabos, donde sin duda entablaría un concurso de insultos con el espejo. Rebus volvió pensativo a la sala del DIC. Gill ya se encontraba allí, revisando el informe forense.
—Felicidades, Gill —dijo.
—Gracias. —Templer continuó leyendo. Rebus no se movió hasta que ella levantó la mirada—. John... —dijo en voz baja.
—¿Sí, jefa?
—A mi despacho.
El nombre de Lauderdale seguía en la puerta. No se molestarían en colgar una placa nueva. Al menos, no por ahora. Sin embargo, Rebus se dio cuenta de que Gill ya había cambiado algunas cosas.
—No hace falta que te sientes, John —dijo en cuanto entraron. Rebus sacó un paquete de tabaco—. Venga, ya conoces las normas: prohibido fumar.
Él se llevó el cigarrillo a los labios.
—Entonces me limitaré a chupetearlo —contestó.
Templer cerró la puerta y fue hacia la mesa de Lauderdale, se apoyó en ella y cruzó los brazos.
—John, hay mucha historia aquí. —Rebus observó el despacho—. Ya sabes a qué me refiero. Me he enterado de que tú y la doctora Aitken habéis roto.
Rebus se sacó el pitillo de la boca.
—¿Y?
—Que estás en fase de recuperación, y no quiero que pienses que yo puedo ser tu muleta. No creas que puedes apoyarte en mí unas cuantas veces antes de volver a caer.
Rebus sonrió.
—¿Estabas ensayando en la cafetería?
—A lo que me refiero es que dejemos el pasado tranquilo y seamos profesionales.
—De acuerdo.
Rebus volvió a llevarse el cigarrillo a los labios y Templer se sentó en su butaca.
—Bien, ¿qué puedes decirme de esos dos idiotas que cerraron anoche el puente del Forth?
—Eran un par de impostores, tal vez con deudas o una adicción que financiar. Dos delincuentes de medio pelo un tanto desesperados. No hay ningún indicio de que conocieran a la chica. Howdenhall registró el coche; no hay huellas suyas en el vehículo.
—Entonces ¿por qué te interesaban tanto los resultados toxicológicos?
—¿Me interesaban?
—Alguien fue a buscarte a la cafetería para decirte que ya habían llegado.
Rebus sonrió de nuevo.
—Sospecho que trabajaban para otra persona.
—¿Tienes algún nombre?
—Paul Duggan. Les prestó el coche a los muchachos. Además, les subarrendó su casa de protección oficial.
—Eso es ilegal.
—Sí, lo es. Tal vez deberíamos hacerle algunas preguntas a ese tipo.
Templer sopesó la posibilidad y asintió.
—¿En qué más estás trabajando?
Rebus se encogió de hombros.
—Poca cosa. Esta época del año siempre es tranquila.
—Esperemos que siga siéndolo. Sé cuál es tu reputación, John. Ya era nefasta cuando te conocí, pero dicen las malas lenguas que últimamente ha empeorado. No quiero problemas.
Rebus miró por la ventana. Había empezado a nevar.
—Con este tiempo —dijo—, nunca hay demasiados problemas en Edimburgo, créeme.
7
Hugh McAnally era universalmente conocido como Wee Shug. No sabía por qué la gente que se llamaba Hugh siempre acababa siendo apodada Shug. Había muchas cosas que no sabía ni llegaría a saber jamás. Desearía haber pasado su estancia en la cárcel mejorando como persona. Y de hecho, al menos supuestamente, lo había conseguido en ciertos aspectos: ahora sabía utilizar una fresadora y montar un sofá. Aunque también era consciente de que no tenía cultura, no tanta como su compañero de celda, un tipo sumamente inteligente, un hombre con sustancia. No se parecía en nada a Shug; bien mirado, eran como el día y la noche. Pero le había enseñado a Shug muchas cosas y había sido un amigo. Incluso estando rodeado de gente, la cárcel podía ser un lugar muy solitario sin un amigo.
Aun así, ¿qué habría cambiado si hubiera sido más inteligente? Nada en realidad, ni una pizca.
Pero aquella noche pensaba cambiar algo en su vida.
Era otra noche aciaga; soportar aquel viento era como caminar sobre cuchillas.
El concejal Tom Gillespie no esperaba que muchas almas se dieran la caminata para acudir a su consulta semanal. Sin duda recibiría unas cuantas de las habituales quejas sobre cañerías heladas y reventadas, tal vez alguna pregunta sobre asignaciones sociales por mala climatología, y eso sería todo. Los votantes del distrito de Warrender tendían a ser autosuficientes o timoratos, dependiendo del punto de vista y de las opciones políticas de cada uno. Gillespie dirigió una sonrisa a la extravagancia que él denominaba secretaria, y después estudió las obras de arte que colgaban en las paredes del aula.
Siempre celebraba la consulta en esta escuela el tercer jueves de cada mes en periodo lectivo. Entre petición y petición, se ponía al día con la correspondencia y dictaba cartas a su grabadora portátil. El Departamento Central de Servicios para Miembros del Ayuntamiento mecanografiaba las cartas, y para asuntos políticos de índole general y cuestiones relacionadas con su partido había otra administrativa a su disposición.
Por eso precisamente su esposa le había hecho notar en numerosas ocasiones que una secretaria privada era una extravagancia. Pero, tal como argumentaba el concejal (y era muy bueno argumentando), si quería despuntar entre aquella multitud de políticos debía estar más ocupado que los otros concejales y, sobre todo, debía parecer que lo estaba. Una extravagancia a corto plazo, una ganancia a la larga. Había que pensar siempre a largo plazo.
Gillespie aplicó el mismo criterio cuando dejó su trabajo. Como le explicó a su mujer, Audrey, la mitad de los concejales de su circunscripción tenían otros empleos, lo que les impedía concentrar todas sus energías en los asuntos municipales o políticos del ayuntamiento. Debía parecer tan atareado que no tenía tiempo para un trabajo fijo. Además, los plenos del ayuntamiento se celebraban durante el día, y ahora gozaba de total libertad para asistir a ellos.
Tenía otros argumentos a su favor. Trabajando en asuntos municipales durante toda la jornada, las noches y los fines de semana eran relativamente tranquilos. Por otro lado (y en ese momento sonreiría y cogería a Audrey de la mano), no necesitaban el dinero. Lo cual estaba bien, ya que el salario básico como concejal era de 4.700 libras.
Por último, le diría que aquel era el momento más importante para el gobierno local en veinte años. En poco más de siete semanas, se celebrarían nuevas elecciones y daría comienzo el cambio, que convertiría la Ciudad de Edimburgo en una autoridad única denominada Ayuntamiento de la Ciudad de Edimburgo. ¿Acaso podía permitirse no estar en el centro de esos acontecimientos?
A pesar de todo, Audrey había puesto una condición: su secretaria debía ser una mujer mayor, sencilla y casera. Y Helena Profitt encajaba en ese perfil.
Bien mirado, Gillespie jamás salía victorioso de una discusión con Audrey, al menos en un primer momento. Ella empezaba a chillar, a replicar y a dar portazos, pero a él no le importaba. Necesitaba el dinero de Audrey. Su dinero le compraba tiempo. Si al menos pudiera ahorrarle el purgatorio de aquellos jueves por la noche en una escuela prácticamente desierta...
La secretaria llevaba consigo su calceta, y Gillespie podía calibrar hasta qué punto había habido ajetreo en función de lo que hubiera tejido en una hora. Observó sus agujas y se concentró de nuevo en la carta que estaba redactando. Aquella misiva no era tarea sencilla; llevaba más de una semana intentando redactarla. No era algo que pudiera confiar a un dictado, y hasta el momento lo único que había conseguido era anotar la dirección en el encabezamiento y la fecha debajo.
La escuela estaba tranquila, los pasillos bien iluminados y los radiadores funcionando a pleno rendimiento. El conserje andaba ocupado en algún lugar, al igual que las cuatro encargadas de la limpieza, y cuando ellas y el concejal se marcharan a casa, el conserje cerraría las puertas hasta el día siguiente. Una de las limpiadoras era mucho más joven que las demás y tenía un cuerpo bonito. Mientras la observaba, Gillespie se preguntaba si viviría en su circunscripción. Consultó de nuevo el reloj de pared. Faltaban veinte minutos.
Entonces oyó un golpe y miró hacia la puerta del aula. En el umbral se hallaba un hombre de corta estatura, con aspecto de estar aterido de frío dentro de aquella delgada cazadora tipo bomber y aquellos pantalones raídos. Llevaba las manos metidas en los bolsillos de la cazadora, y no parecía tener ninguna intención de sacarlas.
—¿Es usted el concejal? —preguntó. Gillespie se levantó y sonrió. Entonces el hombre se volvió hacia Helena Profitt—. ¿Quién es usted?
—Es mi secretaria —explicó Tom Gillespie. La señorita Profitt y el hombre parecieron estudiarse mutuamente—. ¿Puedo ayudarle en algo?
—Sí, sí puede —contestó el recién llegado. Acto seguido, se desabrochó la chaqueta y sacó una escopeta de cañones recortados—. Usted —le dijo a la secretaria—, lárguese de aquí. —Apuntó con la escopeta al concejal—. Usted se queda.
Helena Profitt salió corriendo del aula y a punto estuvo de arrollar a las limpiadoras. Un cubo de agua sucia se derramó con estrépito en el suelo de madera.
—¡Justo acababa de pulir esta zona!
—¡Un arma, tiene un arma!
Las limpiadoras la miraron incrédulas, y justo en ese instante se oyó un estruendo en el aula que recordaba a un neumático estallando. Al igual que la señorita Profitt, las demás mujeres se arrodillaron.
—¿Qué demonios ha sido eso?
—Ha dicho que llevaba un arma...
Ahora había una figura en el umbral. Era el concejal, que apenas controlaba las piernas. Parecía uno de los cuadros del aula, salvo que no era pintura lo que ahora empapaba su rostro y su cabello.
Rebus se encontraba en la sala y observaba las pinturas. Algunas eran bastante buenas. Los colores no siempre resultaban acertados, pero las formas eran identificables. Casa azul, sol amarillo, caballo marrón en un prado verde y un cielo rojo salpicado de gris...
Oh.
El aula había sido acordonada con dos simples sillas frente a la puerta. El cuerpo seguía allí, con los brazos y las piernas en cruz, delante de la mesa del profesor. El doctor Curt estaba examinándolo.
—Parece que esta es su semana de casos desagradables —le dijo a Rebus.
Era desagradable, desde luego. Apenas quedaba nada de la cabeza, con la salvedad de la mandíbula inferior y la barbilla. Cuando uno se lleva a la boca una escopeta y aprieta el gatillo, no puede esperar convertirse en Mr. Suicidio Glamuroso. Ni siquiera quedaría entre los dieciséis últimos.
Rebus se acercó a la mesa del profesor. Sobre ella había un bloc de papel pautado, y en la primera página podía leerse «Señor Hamilton – asignación de parcela», al lado de una dirección y un número de teléfono. La sangre había empapado el papel. Rebus arrancó la primera hoja. La de debajo, obviamente, era el comienzo de una carta. El concejal Gillespie había llegado hasta la palabra «querido».
—Bien —Curt se puso en pie—, está muerto, y si usted me pidiera una opinión razonada, yo diría que utilizó eso —añadió, señalando con la cabeza la escopeta, que yacía a medio metro del cuerpo—. Y ahora se ha ido al otro barrio.
—Eso está a tiro de piedra —comentó Rebus.
Curt lo miró.
—¿Viene hacia aquí el fotógrafo?
—Tenía problemas para arrancar el coche.
—De acuerdo. Dígale que quiero muchas fotos de la cabeza. Tenemos un testigo, ¿no es así?
—El concejal Gillespie —contestó Rebus.
—No lo conozco.
—Es concejal de mi circunscripción.
El doctor Curt empezó a ponerse unos delgados guantes de látex. Había llegado el momento de examinar el cuerpo, y empezaron por el carnet de identidad.
—Aunque esta sala es muy acogedora —dijo Curt—, preferiría estar sentado ante mi chimenea.
Rebus encontró un sobre doblado en el bolsillo trasero de los pantalones del difunto. Parecía un documento oficial.
—Señor H. McAnally —leyó—. Es una dirección de Tollcross.
—Está a menos de cinco minutos de aquí.
Rebus sacó la carta del sobre y la leyó.
—Es del Servicio de Prisiones —le explicó al doctor Curt—. Son detalles sobre la ayuda que recibiría el señor H. McAnally al salir de la cárcel de Saughton.
Tom Gillespie se había limpiado en los lavabos de la escuela. Tenía el pelo mojado y algunos mechones apelmazados. No cesaba de pasarse la mano por la cara y de buscar sangre en ella. Había llorado y tenía los ojos irritados.
Rebus se sentó frente a él en el despacho del director. Había decidido requisarlo provisionalmente en cuanto el rector llegó al colegio, y utilizarlo como sala de interrogatorios. A las mujeres de la limpieza les sirvieron una taza de té en la cantina del personal, y Siobhan Clarke estaba allí con ellas, haciendo cuanto estaba en su mano por calmar a la señorita Profitt.
—¿Conocía a ese hombre, señor Gillespie?
—No le había visto en mi vida.
—¿Está seguro?
—Totalmente.
Rebus se metió la mano en el bolsillo, pero en el último instante se contuvo.
—¿Le importa si fumo?
Por el olor a tabaco que desprendía aquella habitación, ya sabía que al director no le importaría. Gillespie negó con la cabeza.
—Es más —respondió—, deme uno ya que estamos. —Gillespie encendió el cigarrillo y dio una honda calada—. Lo dejé hace tres años.
Rebus no hizo ningún comentario. Estaba estudiando a aquel hombre. Había visto sus fotos entre el arsenal de panfletos electorales que alguien había deslizado en su buzón. Gillespie debía de rondar los cuarenta y cinco años. Normalmente llevaba unas gafas con montura roja, pero las había dejado sobre la mesa. Tenía el cabello ralo y liso en la parte superior, pero rizado a la altura de la coronilla. Sus pestañas eran gruesas y oscuras, y no solo porque hubiera llorado, y su barbilla poco pronunciada. Rebus no lo habría descrito como un hombre atractivo, precisamente. En el dedo anular llevaba un sencillo aro de oro.
—¿Cuánto tiempo hace que es concejal, señor Gillespie?
—Seis años, casi siete.
—Yo vivo en su circunscripción.
Gillespie observó a Rebus.
—¿Nos conocemos de antes?
Rebus negó con la cabeza.
—De modo que ese hombre entró en el aula...
—Sí.
—¿Le buscaba a usted en particular?
—Me preguntó si era el concejal, y después quiso saber quién era Helena.
—¿Helena es la señorita Profitt?
Gillespie asintió.
—Le ordenó que se fuera... Luego le dio la vuelta a la escopeta y se metió el cañón en la boca. —Gillespie se estremeció, y de su cigarrillo se desprendió un poco de ceniza—. Jamás lo olvidaré, jamás...
—¿Dijo algo más?
El concejal hizo un ademán negativo.
—¿No dijo nada?
—Ni una palabra.
—¿Tiene idea de por qué lo hizo?
Gillespie miró a Rebus.
—Eso es trabajo suyo, no mío.
Rebus aguantó la mirada hasta que Gillespie la apartó, buscando un lugar donde apagar el pitillo.
«Hay algo en ti —pensó Rebus—, algo bajo la superficie que resulta mucho más frío, mucho más taimado».
—Solo unas preguntas más, señor Gillespie. ¿Cómo se publicitan sus sesiones de consulta municipal?
—Hay un panfleto del ayuntamiento. Se repartió en la mayoría de los hogares. Además, cuelgo carteles en consultas médicas y lugares así.
—No es algo privado, entonces.
—¿Privado? No, claro que no. ¿De qué serviría que un concejal mantuviera cualquier tipo de reserva con respecto a sus consultas?
—El señor McAnally vivía en Tollcross.
—¿Quién?
—El hombre que se ha suicidado.
—¿Tollcross? Eso no está en mi distrito.
—No —dijo Rebus mientras se ponía en pie—. Creo que no.
La agente Siobhan Clarke acompañó a la señorita Profitt, que seguía muy alterada, al despacho del director. Las escasas palabras que conseguía articular apenas eran descifrables y Rebus tuvo claro que el interrogatorio no sería fácil. Era mayor que el concejal, puede que incluso unos diez años. Sobre el regazo sostenía con fuerza una gran bolsa de la compra, como si se tratara de un salvavidas que la mantenía a flote. Tal vez lo fuera. Era de corta estatura, llevaba el pelo rubio y una permanente caduca de la que casi no quedaban vestigios. De la bolsa asomaban un par de agujas de tejer.
—... Y entonces —dijo entre lágrimas— me pidió que me marchara.
—¿Cuáles fueron sus palabras exactas? —preguntó Rebus.
Profitt suspiró y se tranquilizó un poco.
—Me ordenó que me largara de allí.
—¿Dijo algo más?
Profitt negó con la cabeza.
—¿Y se fue usted?
—¡No iba a quedarme!
—Por supuesto que no... ¿Qué pensaba que iba a hacer?
La mujer todavía no se lo había preguntado.
—Bueno —respondió al fin—, no sé qué pensaba en ese momento. Parecía... Parecía que iba a tomar a Tom como rehén, a pegarle un tiro o algo así.
—¿Y por qué le pareció que iba a hacer algo así?
Profitt alzó el tono de voz.
—¡No lo sé! ¿Quién sabe, en los tiempos que corren?
De repente, volvió a sumirse en sus sollozos histéricos.
—Solo un par de preguntas más, señorita Profitt...
Pero la mujer ya no estaba escuchando. Rebus miró a Siobhan Clarke, que se encogió de hombros. Con ello, estaba sugiriendo que lo dejaran para el día siguiente, pero Rebus sabía que no era conveniente; conocía las malas pasadas que podía jugar la memoria si uno orillaba las cosas demasiado tiempo.
—Solo un par de preguntas más —insistió en voz baja.
Profitt se sonó la nariz y se enjugó las lágrimas. Luego suspiró profundamente y asintió.
—Gracias, señorita Profitt. ¿Cuánto tiempo pasó desde que se fue corriendo del aula hasta que oyó los disparos?
—La clase está al final del pasillo —dijo—. Abrí la puerta y tropecé con las mujeres de la limpieza. Me arrodillé, y fue entonces cuando oí... fue entonces...
—¿Estaríamos hablando de unos segundos?
—Solo unos segundos, sí.
—¿Y no oyó ninguna conversación cuando salió del aula?
—Solo el disparo, eso es todo.
Rebus se frotó el tabique nasal.
—Gracias, señorita Profitt. Pediremos un coche para que la lleve a casa.
El doctor Curt había terminado en el aula. La Unidad Forense había llegado y el fotógrafo, que por fin estaba allí, cambiaba el carrete. El director estaba en la puerta del aula.
—Tenemos que asegurar este lugar —le dijo Rebus—. ¿Se puede cerrar la sala?
—Sí, tengo las llaves en mi mesa. ¿Podremos abrir la escuela mañana?
—Yo de usted no lo haría aún. Estaremos yendo y viniendo todo el día... Alguien podría abrir la puerta...
—No me diga más.
—Y tendrá que hacer una buena limpieza, además de pintar...
—Correcto.
Rebus se volvió hacia el doctor Curt.
—¿Podemos trasladarlo ya al depósito?
Curt asintió.
—Le echaré un vistazo por la mañana. ¿Alguien ha ido ya a esa dirección?
—Iré yo mismo —contestó Rebus—. Como usted dice, está a solo cinco minutos de aquí.
El inspector se volvió hacia la agente Clarke.
—Asegúrate de que el fiscal recibe esa notificación preliminar.
Curt recorrió la sala con la mirada.
—Acababa de salir de la cárcel, quizá estuviera deprimido...
—Eso podría explicar un suicidio, pero no uno como este: mucha planificación, el lugar escogido...
—Nuestros primos estadounidenses tienen una expresión para eso —dijo Curt.
—¿Cuál? —preguntó Rebus, que tenía la sensación de que estaba a punto de escuchar otro de los chistes del doctor.
—En tu cara —respondió Curt.
8
Rebus fue caminando a Tollcross.
Notaba un sabor en los pulmones y cierto aroma en el paladar, y esperaba que el frío los atenuara. Podía entrar en un pub y matarlos allí, pero no lo hizo. Solo recordaba un invierno más gélido que aquel. Veinte bajo cero, clima siberiano. Las tuberías exteriores del edificio se habían congelado y las aguas residuales no circulaban. El olor era repugnante, pero siempre cabía la posibilidad de abrir la ventana. Con el hedor de la muerte no ocurría lo mismo; no desaparecía abriendo una ventana o dando un paseo.
El suelo estaba helado y resbaló un par de veces. Otra buena razón para no tomar una copa: necesitaba conservar la entereza. Había copiado la dirección de McAnally en su libro de notas, aunque de todos modos conocía bien la zona; se encontraba dos calles por encima del armazón calcinado del Crazy Hose Saloon. Había un interfono en la entrada principal. Encendió el mechero y vio que MCANALLY era el tercer nombre empezando por abajo. Se le estaban entumeciendo los dedos de los pies, así que pulsó el botón. Había ensayado el discurso. A ningún policía le gustaba dar malas noticias, y menos aún tan malas como aquella. «Su marido ha perdido la cabeza» no resultaría muy apropiado.
El interfono cobró vida.
—¡No me digas que has perdido las llaves otra vez, Shug! Si has estado bebiendo y las has perdido, por mí como si se te congela el culo. ¡Me importa un carajo!
—¿Señora McAnally?
—¿Quién es?
—Inspector Rebus. ¿Puedo subir?
—Por el amor de Dios, ¿qué ha hecho esta vez?
—¿Puedo subir, señora McAnally?
—Sí, será lo mejor.
El interfono emitió un zumbido, y Rebus abrió la puerta. Los McAnally vivían en un primer piso: por una vez, había abrigado la esperanza de que fuese el ático para posponer el momento unos segundos más. Subió lentamente, valorando las palabras adecuadas. Ella le esperaba en el umbral. Era una bonita puerta que parecía nueva, de madera oscura y con un motivo de cristal en forma de ventilador. El picaporte y el buzón de cobre también eran recientes.
—¿Señora McAnally?
—Pase.
La mujer lo acompañó hasta el salón por un corto pasillo. Era un piso pequeño, pero bien amueblado y cubierto de hermosas alfombras. Había una cocinita junto al salón, y ambas estancias debían de sumar como mucho unos treinta metros cuadrados. Los vendedores de pisos sin duda lo describirían como «acogedor» y «compacto». Las tres barras de la estufa eléctrica estaban encendidas, y el salón le pareció demasiado caldeado. La señora McAnally estaba viendo la televisión, con una lata de cerveza negra Sweetheart apoyada en uno de los amplios reposabrazos de la butaca y un cenicero y tabaco en el otro.
Parecía una persona... enérgica; no encontraba una descripción más adecuada. Las esposas de los expresidiarios solían encajar en ese perfil. Las visitas a la cárcel les endurecían la mandíbula y convertían sus ojos en hendiduras suspicaces. Llevaba el pelo teñido de rubio y, aunque por lo visto iba a pasar la noche en casa, se había pintado las uñas y se había aplicado un poco de lápiz de ojos y maquillaje.
—¿Qué ha hecho? —insistió—. Siéntese si quiere.
—Me quedaré de pie, gracias. La cuestión, señora McAnally, es que...
Rebus se interrumpió. Esa era la manera de proceder: bajar la voz respetuosamente, pronunciar unas palabras introductorias, y guardar silencio con la esperanza de que la viuda o el viudo, o la madre o el padre, o el hijo o la hija, se dieran cuenta de lo que había ocurrido.
—¿La cuestión es qué? —le espetó.
—Bueno, lamento tener que decirle...
La señora McAnally tenía la mirada clavada en el televisor. Era una película, una ruidosa aventura hollywoodiense.
—¿Podríamos bajar el volumen? —preguntó Rebus.
Ella se encogió de hombros y pulsó un botón del mando a distancia. En la pantalla apareció un altavoz tachado. De pronto, Rebus se fijó en lo grande que era aquel televisor. De hecho, llenaba todo un rincón de la sala. «No me haga pronunciar las palabras», pensó. Entonces vio un destello en sus ojos. Le pareció que eran lágrimas. «Está conteniéndose».
—Lo sabe, ¿verdad? —dijo Rebus comedidamente.
—¿Saber qué? —replicó ella.
—Señora McAnally, creemos que su marido podría estar... muerto. —La mujer lanzó el mando a distancia al otro extremo del salón y se puso en pie—. Se ha suicidado un hombre —continuó Rebus—. Llevaba una carta en el bolsillo que iba dirigida a su marido.
La mujer lo miró con dureza.
—¿Y qué? Eso no significa nada. Quizá se le cayera y alguien la recogiese.
—El fallecido... el hombre, llevaba una cazadora negra de nailon y unos pantalones de color claro, un jersey verde...
La señora McAnally le dio la espalda.
—¿Dónde? ¿Dónde ha ocurrido?
—En Warrender Park.
—Muy bien —dijo en tono desafiante—. Wee Shug ha ido a Lothian Road, a sus antros habituales.
—¿A qué hora esperaba que volviera?
—Los pubs siguen abiertos, si eso responde a su pregunta.
—Mire, señora McAnally, sé que esto no es fácil, pero me gustaría que me acompañara al depósito de cadáveres y viera unas prendas de ropa. ¿Le parece bien?
Tenía los brazos cruzados y se balanceaba sobre sus pies.
—No, no me parece bien. ¿De qué serviría? No es Wee Shug. Solo lleva una semana en libertad, una miserable semana. No puede estar muerto... —Hizo una pausa—. ¿Le atropelló un coche?
—Se quitó la vida.
—¿Está usted loco? ¿Se quitó la...? ¡Salga de mi casa! ¡Vamos, lárguese!
—Señora McAnally, debemos...
Pero entonces empezó a propinarle puñetazos y a empujarlo por el salón y el pasillo.
—¡Aléjese de él, ¿me oye?! ¡Aléjese de nosotros! Esto es acoso policial...
—Sé que está preocupada, señora McAnally, pero una identificación aclararía las cosas y la dejaría tranquila.
Sus golpes habían ido perdiendo fuerza, hasta que cesaron por completo. A Rebus le dolía la palma de la mano en la que había recibido la mayoría de los golpes.
—Lo siento... —dijo ella, respirando entrecortadamente.
—Es natural, está preocupada. ¿Tiene algún vecino o amigo, alguien que pueda acompañarla?
—Maisie vive al lado.
—Bien. ¿Le parece si voy a buscar el coche y la recojo? Tal vez Maisie pueda ir con usted.
—Se lo preguntaré.
La señora McAnally abrió la puerta y salió al rellano en dirección a una puerta con el rótulo FINCH.
—Utilizaré su teléfono, si no le importa —dijo Rebus mientras regresaba al interior del piso.
Dio un vistazo rápido. Solo había un dormitorio y un baño, además de un trastero. Ya había visto el resto de la vivienda. El dormitorio estaba muy bien amueblado, con cortinas rosas fruncidas y colcha a juego, y una pequeña mesita cubierta de frascos de perfume. Se dirigió al pasillo y realizó un par de llamadas: una para pedir un coche, y la otra para asegurarse de que alguien del DIC estuviera en el depósito de cadáveres para colaborar en la identificación.
La puerta se abrió y entraron dos mujeres. Esperaba que la señora Finch fuera más o menos de la misma edad que McAnally, pero era una chica de unos veintitantos con las piernas largas, enfundadas en una falda ajustada. La tal Finch lo miró como si fuera un bromista retorcido. A cambio, él le dedicó una sonrisa que aunaba compasión e interés. Ella no le correspondió, de modo que hubo de contentarse con la imagen de sus largas piernas mientras la joven ayudaba a la señora McAnally a recorrer el pasillo y entrar en el salón.
—Un poco de Bacardí, Tresa —dijo Maisie Finch—, te calmará. Antes de nada, tomaremos un Bacardí con cola. ¿Tienes algún Valium por aquí? Si no, creo que me queda alguno en el armario del cuarto de baño.
—No puede estar muerto, Maisie... —gimió Tresa McAnally.
—No hablemos de él —repuso Maisie.
Era un consejo extraño, pensó Rebus cuando se disponía ya a marcharse.
9
No había mucha distancia a pie desde Tollcross hasta la jefatura de la División C, en Torphichen Place, pero Rebus sabía que estaba alejándose cada vez más de su casa. No pensaba regresar caminando, y esperaba que en Torphichen hubiese algún coche libre que pudiera utilizar a modo de taxi.
En recepción, había un hombre alto y calvo con un grueso abrigo raído. Estaba sentado con los brazos cruzados y se miraba los pies. Nadie atendía el mostrador, así que Rebus pulsó el timbre. Sabía que no dejaría de sonar hasta que llegara alguien.
—¿Lleva mucho rato aquí? —preguntó.
El hombre levantó la mirada y sonrió.
—Buenas noches, señor Rebus.
—Hola, Anthony...
Rebus lo conocía. Era un vagabundo de Edimburgo, y formaba parte del ejército de vendedores de The Big Issue que se distribuían a lo largo de Princes Street. Rebus solía comprarle un ejemplar a menudo. Su territorio sagrado se hallaba frente al Saint James Centre.
—¿Ha venido a ayudarnos con nuestras pesquisas?
Anthony esbozó una sonrisa desdentada.
—Solo quería entrar en calor. Le dije al policía de recepción que estaba esperando al agente Reynolds, pero acabo de verlo entrar en el Hopscotch Bar, de Dalry Road.
—Lo cual significa que tiene sesión de copas...
—Y que yo puedo quedarme aquí sentado hasta que alguien se caiga redondo.
En ese momento, acudió a recepción un agente uniformado que, en cuanto vio la identificación de Rebus, le abrió la puerta y lo dejó pasar.
—¿Conoce el camino, señor?
—Lo conozco. ¿Quién está de servicio?
—El piso de arriba parece un cementerio.
Rebus subió las escaleras de todos modos. Torphichen era una comisaría antigua y pequeña, con sencillas paredes de piedra y un ambiente ligeramente depresivo. A Rebus le gustaba. Desde luego, la prefería a St Leonard’s, su centro de operaciones, un lugar mucho más moderno y presuntamente ergonómico. Se acercó a la sala del DIC. El hombre al que buscaba estaba leyendo el periódico vespertino sentado a una larga mesa de madera llena de muescas.
—Señor Davidson —dijo Rebus.
Davidson alzó la mirada y gruñó.
—Necesito un favor —añadió Rebus al entrar en la sala.
—Menuda sorpresa.
—¿Se ha enterado de lo de Warrender?
—¿El suicidio con una escopeta?
Las noticias volaban. Davidson cerró el periódico.
—El artífice se llamaba Hugh McAnally y vivía en Tollcross.
—Conozco a Wee Shug. Le vendría mejor el apodo de Wee El Cabrón. Acababa de salir de Saughton.
—A lo mejor sentía nostalgia.
—¿Le apetece un trago?
—Un poco de café, quizá.
Pero Davidson cogió su abrigo.
—He dicho un trago.
—Mientras no esté proponiendo el Hopscotch... La rata de Reynolds está allí.
Davidson se ató la bufanda de cuadros escoceses.
—De acuerdo, obviaremos el Hopscotch. Y ya que invita usted, le dejaré elegir.
Rebus se decantó por una gran hostería situada cerca de la estación de Haymarket. El bar estaba abarrotado, pero el salón parecía tranquilo. Pidieron whisky doble.
—Hace demasiado frío fuera para beber cerveza —dijo Davidson—. A su salud.
—Y a la suya. —Rebus bebió un sorbo y de inmediato notó cómo el líquido desempeñaba su labor presta y sensata. A veces casi era demasiado bueno—. Y bien —dijo finalmente—, hábleme de Wee Shug.
—Era un ladrón de poca monta. Se había especializado en robos desesperados en viviendas.
—¿Había?
—Se pasó a la venta de objetos robados, falsificaciones; un poco de aquí y un poco de allá.
—¿Cuánto tiempo llevaba en la cárcel?
—¿Esta vez, quiere decir? Es curioso, cuando me enteré de que había salido hice un cálculo rápido. Le redujeron la condena; cumplió algo menos de cuatro años.
—Bueno, si lo único que tenían contra él era contrabando...
Davidson sacudió la cabeza.
—Lo siento, pero creo que no me ha entendido. Culpa mía. No le metieron entre rejas por ninguno de sus tejemanejes habituales.
—¿Y entonces por qué?
—Por la violación de una menor.
—¿Qué?
Davidson asintió.
—La cuestión es que lo crucificamos por ello, pero, con el corazón en la mano, no sé si fue de justicia.
—Explíquese.
Rebus hizo señas al camarero para que les sirvieran dos whiskys más.
—Bueno, la muchacha tenía quince años, pero todo el mundo decía lo mismo: quince, a punto de cumplir los treinta y cinco. No era una chica tímida, precisamente. Debería leer las transcripciones del interrogatorio. Aun así, ella insistía en que la había violado. Era una menor, y el fiscal siguió adelante con la acusación. No me importó demasiado, la verdad; apartar a Wee Shug de la calle me parecía bien.
—¿Vivía en Tollcross en aquel momento?
—Siempre fue su zona.
Rebus pagó la segunda ronda.
—¿Era una persona violenta?
—No, al menos que yo sepa. Tenía mal genio cuando le provocaban, pero ¿quién no lo tiene, en ese caso? Eso es lo curioso de la violación: no había lesiones físicas.
—¿Lo corroboró alguien?
—Teníamos un puñado de pruebas circunstanciales. Unos vecinos oyeron voces, un grito, y la chica se encontraba en un estado lamentable, llorando y todo eso. Además, Wee Shug reconoció haber mantenido relaciones sexuales con ella. Decía que sabía que era ilegal, pero, en sus propias palabras, «solo por unos meses». La chica aseguraba que no había sido consensuado, así que abrimos una investigación.
—Vamos a suponer, solo a modo de hipótesis, que fue consentido.
—Sí.
—Entonces acababa de cumplir cuatro años de condena por algo que no hizo.
Davidson se encogió de hombros.
—¿Está buscando un motivo detrás de su muerte?
Rebus se quedó pensativo unos instantes.
—Ahora mismo me interesan los suicidios.
—Y siempre buscamos justificaciones, ¿eh, John?
Rebus bebió de su copa.
—¿Tenía armas? ¿Alguna vez anduvo metido en líos relacionados con armas de fuego?
—Nada. Aunque probablemente tenga compinches por ahí que sepan dónde conseguirlas.
—Utilizó una escopeta de cañones recortados.
—Me lo creo. No podrías meterte una escopeta larga en la boca y apretar el gatillo. Es mucho más fácil con un arma más corta.
—Menudo estropicio.
—Desde luego, pero sirvió. Uno no quiere quedar como un desorganizado, ¿verdad? Con una escopeta de cañones recortados hay menos margen de error.
—Ningún margen en absoluto —precisó Rebus.
Cuando ya se iban, le vino a la mente una pregunta.
—¿Cómo se llamaba la víctima de McAnally?
Davidson tuvo que pensarlo.
—Mary... no se qué. Mary Finlay. No... —Cerró los ojos con fuerza—. Mary Finch.
Rebus lo miró fijamente.
—¿Maisie Finch?
Davidson pensó de nuevo.
—Sí, eso es, Maisie.
—Es vecina de los McAnally.
—Cuando se produjeron los hechos, también lo era. Los conocía desde hacía años.
—Dios mío —dijo Rebus—. Acabo de mandarla al depósito para que ayude a Tresa McAnally a identificar a su marido.
—¿Qué?
—Hágame un favor. Présteme un coche y un conductor.
—Haré algo mejor: le llevaré yo mismo.
Cuando llegaron al depósito, era demasiado tarde. Se había completado la identificación, y todos se habían ido ya a casa. Rebus se encontraba en Cowgate y miró con anhelo hacia Grassmarket. Algunos pubs todavía debían de estar abiertos, sin ir más lejos el Merchant’s Bar. Pero se montó en el coche y le pidió a Davidson que lo llevara a casa. De repente, estaba cansado. Dios, se sentía agotado.
10
—¿Qué? —dijo Rebus.
Estaba hablando por teléfono desde St Leonard’s con el doctor Curt, que se encontraba en el Departamento de Patología de la universidad. Tenía ocupados a Curt y sus colegas, de eso no cabía la menor duda. Además de su labor policial, Curt impartía clases en la Facultad de Medicina y también a estudiantes de Derecho.
Aun así, Curt gozaba de una ventaja con respecto a los simples mortales: nunca dormía. Podías llamarlo a cualquier hora y siempre estaba alerta. A las ocho de la mañana deambulaba ya por su despacho.
En realidad eran las ocho y cuarto, y Rebus sostenía un enorme café descafeinado que había comprado en un local de comida rápida de Pleasance que abría temprano.
—¿Sordera matinal, John? —preguntó Curt—. Repito: estaba muriéndose de todos modos.
—¿Muriéndose de qué?
—Tenía unos tumores enormes. En el páncreas y el intestino grueso para empezar. Debía de estar agonizando. Apuesto a que las pruebas toxicológicas demuestran la presencia de potentes analgésicos.
—¿Me está diciendo que iba colocado?
—Tenía que estarlo para soportar el dolor.
Rebus frunció el ceño.
—No lo entiendo.
—¿No ha oído hablar de la eutanasia voluntaria, autoinfligida en este caso?
—Sí, pero ¿con una escopeta de cañones recortados?
—Bueno, esa no es mi especialidad. Yo puedo hablarle de efectos, no de causas.
Rebus finalizó la llamada y fue a ver a su inspectora jefe.
Gill Templer había realizado más cambios en el despacho de Lauderdale. Había traído unas cuantas fotografías enmarcadas de sus sobrinos y una frondosa planta de yuca. Además, un par de tarjetas le deseaban lo mejor en su nuevo trabajo.
—Tengo entendido que estuviste presente en ese suicidio de ayer noche —dijo, indicándole con un gesto que se sentara.
Rebus asintió con aire distraído.
—Sí, y hay algo que no encaja.
—¿Ah, sí?
Rebus le expuso lo que sabía. Gill Templer escuchaba con la barbilla apoyada en ambas manos, un gesto que él conocía perfectamente. También reconoció el perfume que llevaba.
—Hummm —dijo cuando Rebus hubo terminado—, muchas preguntas. Pero ¿son competencia nuestra?
Rebus se encogió de hombros.
—Para ser sincero, no estoy seguro. Dame un par de días. Puede que para entonces tenga una respuesta.
—Esos dos muchachos del puente —musitó ella—. Luego otro suicidio y otra conexión con el ayuntamiento.
—Lo sé. Podría ser una mera coincidencia.
—Dudo que sea otra cosa. De acuerdo, tómate un día o dos y veamos qué averiguas. Pero mantenme informada regularmente, al menos un par de veces diarias.
Rebus se levantó.
—Perfecto —repuso—, ya empiezas a hablar como una inspectora jefe.
—John —dijo en tono de advertencia—, recuerda lo que te he dicho.
—Sí, señora. ¿Algo más?
Gill Templer negó con la cabeza y se puso a organizar unos documentos. Al salir de su despacho —ahora era suyo, qué duda cabía—, Rebus se encontró con Siobhan Clarke.
—¿Noticias de Paul Duggan?
—Vendrá esta tarde para mantener una charla.
—Bien —dijo Rebus—. ¿Me necesitarás?
Clarke sonrió.
—No hará falta, Brian y yo hemos perfeccionado nuestra interpretación de Jekyll y Hyde.
—¿Cuál de los dos hará de Hyde?
Clarke ignoró el comentario.
—¿Qué vas a hacer hoy?
Era una buena pregunta. Rebus formuló su respuesta.
—Perseguir fantasmas —dijo mientras se dirigía a su mesa.
Telefoneó a Tresa McAnally. Había identificado la ropa de su marido y también su cuerpo, al que le cubrieron el rostro previamente. Ahora lo único que quedaba pendiente era el funeral.
—Lamento molestarla otra vez —dijo Rebus después de presentarse.
—¿Qué quiere?
—Solo me gustaría saber cómo está.
—¿Ah, sí?
Rebus debería haber sabido que no se tragaría ese tipo de excusa.
—¿Sabía que su marido estaba enfermo, señora McAnally?
—Me lo contó.
—¿Gravemente enfermo?
—Nunca me lo dijo.
—¿Cuál era el problema, según él?
—¿Por dónde quiere que empiece? Hipertensión, piedras en el riñón, úlceras, un soplo en el corazón, enfisema... Wee Shug era un poco hipocondríaco.
—Pero estaba enfermo de verdad; se medicaba.
—Ya sabe cómo son los médicos. Te recetan placebo y adiós muy buenas. He leído las noticias, sé cómo están las cosas. —Hizo una pausa—. Perdone que le pregunte, pero ¿por qué se interesa ahora por su salud?
—Tenemos motivos para creer que su marido estaba gravemente enfermo. En fase terminal, señora McAnally.
—Debería haberlo imaginado... —dijo tras unos segundos de vacilación, como si se sintiera avergonzada—. Estaba diferente cuando vino esta vez. ¿Era un cáncer?
—Sí.
—Fumaba tabaco de liar. Siempre se lo advertía: mi madre murió de lo mismo. —Hizo otra pausa para dar una calada a un cigarrillo—. ¿Cree que por eso se suicidó?
—¿Usted qué opina?
—Tendría sentido ¿no? Pobre desgraciado.
Rebus se aclaró la garganta.
—Señora McAnally, ¿sabe de dónde pudo haber sacado el arma?
—Ni idea.
—¿Seguro?
—¿Y qué cambia de dónde la sacara? Lo único que consiguió fue hacerse daño.
Pensando en el concejal Gillespie y en la señorita Profitt, Rebus también se lo preguntaba. Le daba la sensación de que Wee Shug McAnally había hecho daño a mucha gente... Como a Maisie Finch.
—El entierro es el próximo martes, inspector. Será usted bienvenido en casa.
—Gracias, señora McAnally. Haré todo lo que pueda por estar allí.
Había salido el sol, que bañaba los cansados edificios de una luz cegadora. La arquitectura de Edimburgo era más apta para el invierno, para una luz intensa y fría. Daba la sensación de que uno se encontraba muy lejos de cualquier lugar, en un rincón reservado en el norte para los más fuertes y temerarios.
Rebus se alegraba de no encontrarse en comisaría. Era consciente de que trabajaba mejor en la calle. Además, la comisaría era ahora un verdadero campo de batalla. Sabía que Flower ya estaría conspirando contra Gill Templer, congregando a sus tropas, esperando a que sus defensas dieran un paso en falso. Pero Gill era una mujer aguerrida. Su forma de lidiar con Rebus daba buena cuenta de ello. Sabía que mantendría las distancias. Templer estaba en lo cierto: Rebus tenía mala reputación. No querría que sus fracasos la salpicaran. ¿Qué importaba que se conocieran, que hubiesen sido pareja? Ella tenía razón: hacía mucho tiempo de aquello. Ahora eran compañeros o, mejor dicho, ella era su superior en funciones. No había conocido a muchas mujeres que ejercieran de inspectoras jefe. Buena suerte, Gill.
Rebus pasó frente a la clínica, mortificándose por no detenerse a visitar a Lauderdale, y se dirigió de nuevo a Tollcross. En esta ocasión, sin embargo, no iba a visitar a Tresa McAnally, sino a su vecina.
Pulsó el botón bajo el nombre de Finch y esperó, moviendo los pies. Sus encías empezaban a dar señales de vida. Había cometido el error de abrir la boca para respirar profundamente, y el aire gélido había hecho que el nervio reaccionara. Pulsó de nuevo el botón, esperando no verse obligado a visitar a un dentista.
En ese momento, el interfono cobró vida.
—¿Quién es?
La voz era neutra.
—¿Señorita Finch? Soy el inspector Rebus. Nos conocimos de pasada ayer noche.
—¿Qué quiere?
—¿Podría subir?
Rebus abrió la puerta. Cuando llegó al rellano del primero, pasó casi de puntillas frente a la puerta de Tresa McAnally. La de Maisie Finch estaba abierta de par en par, y la cerró cuando estuvo dentro.
—¿Señorita Finch?
La mujer salió repentinamente del cuarto de baño, envuelta en una toalla corta y cepillándose el pelo. Rebus podía oler el champú y percibió el calor que despedía su cuerpo.
—Estaba en el baño —dijo.
—Siento interrumpirla.
Rebus la siguió hasta el salón. No era lo que se esperaba. La mitad del espacio estaba ocupado por lo que parecía una cama de hospital, con armazón de hierro colado, ruedas y una barra protectora lateral. Junto a ella, había una silla inodoro de color amarillento. La repisa de la chimenea era como el escaparate de una farmacia: había al menos dos docenas de cajas y frascos en fila.
Maisie Finch apartó unas revistas del sofá y le indicó que se sentara. Ella ocupó sin ningún problema la silla inodoro, cruzando las piernas.
—¿Qué problema hay, inspector?
Su rostro era demasiado anguloso como para resultar atractivo, y tenía los ojos un tanto saltones. Aun así, era una mujer innegablemente... la palabra que le venía a la mente era «sensual». Rebus cambió de postura.
—Bueno, señorita Finch...
—Imagino que esto es por Tresa.
—En cierto modo sí.
Rebus miró de nuevo la cama.
—Es de mi madre —explicó—. No puede salir de casa y tengo que cuidar de ella.
Rebus paseó la mirada por la estancia, dejando claro que buscaba a la madre ausente, y Maisie Finch se echó a reír:
—Está en el hospital.
—Lo siento.
—No lo sienta. Se la llevan durante unos días cada pocos meses. Es para darme un respiro. Estas —dijo, abriendo los brazos— son mis vacaciones de invierno.
Aquel gesto le había soltado un poco la toalla. No pareció darse cuenta, y Rebus trató de no mirar. «Los hombres —pensó— son unos malditos necios».
—¿Le apetece tomar algo? —preguntó—. ¿O es demasiado temprano para usted?
—Temprano para unos es tarde para otros.
Finch se dirigió a la cocina. Rebus se acercó a la repisa de la chimenea y examinó la hilera de fármacos. Encontró un frasco de paracetamol y cogió un par de pastillas.
—¿Una noche dura? —dijo ella, que volvió con dos botellas.
—Me duele un diente —respondió Rebus al coger la pequeña botella que le ofrecía. Estaba fría.
—San Miguel —le dijo—. Es una cerveza española. ¿Sabe qué suelo hacer en días como este? —Volvió a sentarse, esta vez con las piernas abiertas y los codos apoyados en las rodillas—. Pongo la calefacción al máximo, cierro los ojos y me imagino que estoy en España, en una piscina de un hotel elegante.
Finch cerró los ojos para dar vida a su argumento e inclinó la cabeza hacia un sol mediterráneo imaginario. Rebus se tragó las pastillas con la cerveza.
—Lamento lo de su madre —dijo.
Ella abrió los ojos, molesta por haber sido apartada de su ensoñación.
—Todo el mundo me dice que soy una santa. «No quedan muchas como tú, hija» —añadió, imitando la voz de una mujer mucho más longeva—. Llevan razón: no quedan muchas tan desgraciadas como yo. ¿Sabe cuando la gente dice que la vida les pasa por delante de los ojos? Pues en este caso es un hecho. Me siento en esta silla retrete entre ella y la ventana, y miro la calle durante horas, escuchando su respiración y esperando a que se detenga... —Finch miró a Rebus—. Disculpe, creo que estoy incomodándole.
Rebus negó con la cabeza. Su madre también había estado postrada en una cama. Conocía aquella sensación, pero no había ido allí a hablar de eso.
—Sentada junto a esa ventana todo el día —dijo—, sin duda debía de ver al señor McAnally ir y venir.
—Sí, le veía a menudo.
—No le caía bien, ¿verdad?
—No.
Finch se levantó de golpe.
—Sin embargo, la señora McAnally sí le gusta... —siguió diciendo Rebus.
Se dirigía hacia la cocina, pero se detuvo en la puerta, y se volvió hacia el inspector.
—¡La santa no soy yo, sino esa mujer! Ha sufrido mucho. Ni se imagina cuánto ha sufrido.
—Me hago cargo.
Finch no parecía escucharle.
—Casada con un animal como ese. ¿Sabe qué me hizo? —Rebus asintió, y ella dio un paso atrás para recuperarse—. ¿Lo sabe? —preguntó un tanto más calmada—. ¿Por eso está aquí?
—Estoy aquí porque siento curiosidad, señora Finch. Todavía viven puerta con puerta, y es amiga de su mujer.
—¿Y qué? ¿Acaso cree que mi madre y yo deberíamos habernos ido de aquí después de aquello?
—Algo así.
—Le han ofrecido plaza en una residencia, pero está en Granton. Siempre hemos vivido en Tollcross, y siempre lo haremos.
—Esta última semana debe de haber sido muy incómoda para usted.
—Mantenía las distancias con él. Y puede estar seguro de que él hacía lo mismo. —Ahora se hallaba junto a la ventana, mirando a la calle con la espalda apoyada en la pared. Era como si no quisiera ser vista—. Tuvo su merecido.
Rebus frunció el ceño.
—¿Se refiere a lo que se hizo él mismo?
Finch lo miró y parpadeó.
—Eso he dicho.
Después sonrió y se llevó la botella a los labios.
11
Las instalaciones de Balística del Laboratorio de Ciencias Forenses de Howdenhall no se adecuaban a su idea de ocio, precisamente. Allí había demasiadas armas para el gusto de Rebus. Leyó el informe y miró al científico de bata blanca que lo había redactado. Otra cosa que no le gustaba a Rebus de Howdenhall era que todos los cerebritos de balística aparentaban diecinueve años. Llevaban un año en su espléndido edificio nuevo, y todavía parecían pagados de sí mismos. Las nuevas instalaciones se habían financiado vendiendo propiedades, entre ellas viviendas estatales de la policía. Rebus no quería saber cuántas casas había costado ese laboratorio.
—Poca cosa, ¿no? —dijo sin dejar de mirarlo.
El hombre de la bata blanca, a quien le gustaba que lo llamaran Dave, se echó a reír.
—Ustedes, los del DIC —respondió, metiéndose las manos en los bolsillos—, siempre quieren más. ¿Quién disparó? ¿De dónde sacó el arma?
—Ya sabemos quién disparó, listillo. Pero su segunda pregunta es buena. ¿De dónde la sacó?
—Soy de balística, no de los servicios secretos. Es una marca de escopeta bastante común; el número de identificación ha sido limado. Hemos seguido el proceso habitual y no hay posibilidad de recuperarlo. Los cartuchos también eran corrientes.
—¿Qué hay del cañón?
—¿En qué sentido?
—¿Cuándo fue recortado?
Dave asintió.
—El corte que dejó lo que fuera que utilizaran para recortarlo todavía está reluciente; digamos que en los dos últimos meses.
—¿Han comprobado el registro?
—Por supuesto. —Dave condujo a Rebus a un ordenador y pulsó un par de teclas—. Hay registrados mas de setenta mil permisos para escopetas.
Rebus parpadeó.
—¿Setenta mil?
—Frente a unos treinta mil para todas las demás armas de fuego juntas. En realidad, a nadie le preocupa el número de escopetas que circulan por ahí. —Pulsó otra tecla—. ¿Lo ve? Hay más propietarios en las zonas rurales: en el norte, Grampian, Dumfries y Galloway. Los que compran estas cosas no son precisamente aficionados a la cerveza de la zona de Gorgie. En su mayoría son granjeros y terratenientes.
—¿Se han cometido robos?
—Están en el ordenador, pero lo he comprobado. Nadie ha perdido una escopeta en Edimburgo recientemente.
—¿Puedo echar un vistazo de todos modos?
—Claro. —Rebus se sentó, y Dave pulsó de nuevo la tecla. La lista de robos recientes no era extensa, y casi todos se habían producido al sur de la frontera—. ¿Quiere que se lo imprima?
—Sí.
Aunque hacerlo no serviría de nada.
—¿Qué importancia tiene de todos modos? —preguntó Dave—. Es un simple suicidio, ¿no?
—El suicidio sigue siendo un delito.
—Y el único caso en que no llevamos a juicio al culpable después de los hechos. ¿Está omitiendo información?
—No —dijo Rebus tras una pausa—. Pero es posible que alguien me la esté omitiendo a mí. —Cogió el folio impreso, lo dobló y se lo guardó en el bolsillo—. Una cosa más.
—¿Qué?
—¿Las huellas del arma eran del difunto?
Dave mostró curiosidad por la pregunta.
—Suyas y solo suyas. ¿Adónde quiere llegar, inspector?
Pero John Rebus no pensaba responder.
—Gracias por venir, concejal.
Rebus acababa de entrar en la sala de interrogatorios. Había estado haciendo tiempo frente a la puerta para que Tom Gillespie se pusiera un poco nervioso. Una sala de interrogatorios era capaz de desbaratar cualquier planificación previa. Entrabas sabiendo qué ibas a decir, la línea argumentativa que pensabas adoptar ante la policía, y unos segundos después la sala comenzaba a ablandarte.
Lo cierto es que no era tan solo la sala lo que conseguía aquel efecto, sino también lo que contenía. En aquella había carteles de prevención de delitos en las paredes, una mesa, tres sillas, cuatro tomas de corriente y un cenicero de hojalata requisado de un pub local. Las paredes eran de color crema mate, amarillo institucional, y había un largo fluorescente en el techo que emitía un zumbido constante, un rumor eléctrico casi subliminal. Rebus se preguntaba a menudo si era aquel ruido lo que inquietaba a la gente, aunque suponía que había una verdad más simple: la sala de interrogatorios se encontraba en una comisaría y, si estabas allí, ibas a ser entrevistado por la policía.
Llegado ese momento, todo el mundo tenía algo que ocultar.
—No hay de qué —respondió Gillespie, cruzando las piernas para hacer saber a Rebus lo relajado que estaba—. He oído que el pobre diablo era un exconvicto.
—Había cumplido algo menos de cuatro años por la violación de una menor.
—Cuatro años no parece mucho tiempo.
—No, no lo parece.
Permanecieron en silencio unos instantes, hasta que Gillespie lo rompió.
—Tuve un amigo que se suicidó. Todavía estaba en la universidad. Hace bastante tiempo de eso. Le preocupaban los exámenes y su novia le había dejado. —Hizo una pausa—. Le dejó por mí, debería añadir.
—¿Le importa que fume? —preguntó Rebus.
—Creía que fumar estaba prohibido en las comisarías.
—Si le molesta, no lo encenderé.
Rebus se llevó el cigarrillo a la comisura de los labios y le ofreció uno a Gillespie, que declinó la oferta con un gesto.
—Preferiría que no lo hiciera.
—Muy bien —dijo Rebus, que guardó el tabaco y el encendedor.
«Bien —pensó—, esto se pone interesante. El tipo ha estado estudiando para este examen. Cuenta una historia personal que no le deja en muy buen lugar, y después reafirma su autoridad». Y eso que, supuestamente, solo estaba allí para responder a unas simples preguntas de seguimiento.
—¿Cómo lo hizo? —preguntó Rebus.
—¿Quién?
—Su amigo.
—Se tiró desde el quinto piso de la residencia universitaria. Seguía vivo, así que lo llevaron al hospital y buscaron huesos rotos y hemorragias internas. Estaban tan ocupados con eso que no se dieron cuenta de que se había tomado una sobredosis antes de saltar.
—Bueno —observó Rebus—, ambas son vías de salida bastante habituales, ¿no es así? Saltas o duermes. El señor McAnally, en cambio...
—Estaba usted en el puente de Forth Road cuando esos dos chicos saltaron, ¿verdad? Vi su nombre en el periódico.
—Estamos aquí para hablar de McAnally, concejal.
—Bueno, las armas de fuego también son un método de suicidio bastante popular, ¿no cree?
—Tal vez entre los propietarios de armas, pero McAnally no lo era y probablemente no había utilizado una en su vida.
Gillespie descruzó las piernas y volvió a cruzarlas en posición contraria.
—Aun así, teniendo en cuenta sus antecedentes, le resultaría bastante fácil hacerse con un arma.
—Coincido —dijo Rebus—. Pero, de todos modos...
—¿Qué?
—¿Por qué tomarse tantas molestias? Es decir, aunque hayas decidido volarte la tapa de los sesos, ¿por qué ir caminando de Tollcross a Warrender en medio de una tormenta de nieve con una escopeta enorme escondida debajo de la cazadora? ¿Y por qué entrar en una escuela que a esas horas estaba cerrada todas las noches del mes excepto una? —Rebus se había puesto en pie. Apoyó el trasero en el borde de la mesa y cruzó los brazos—. ¿Por qué entrar en un aula y asegurarse de que el concejal Tom Gillespie estuviera presente? ¿Por qué hacer algo así? ¿Por qué quiso matarse precisamente delante de usted? Sin más testigos, sin invitados. Es una actitud bastante extraña, ¿no cree?
—Bueno, es obvio que ese hombre estaba trastocado... quizá iba drogado.
—Acabo de ver los resultados toxicológicos. El laboratorio de la policía tiene unas máquinas muy avanzadas...
—¿En Howdenhall? —Rebus asintió—. Sí, lo sé. Estuve en la inauguración oficial.
—Los resultados demuestran que el difunto se tomó un par de copas, pero nada de drogas, ni un simple analgésico.
—¿Adónde quiere llegar, inspector?
Rebus volvió a su sitio y apoyó las manos sobre la mesa. Ahora estaba inclinado sobre Gillespie, y esa postura pareció incomodar al concejal.
—Mire, señor Gillespie, Wee Shug McAnally estaba muriéndose. No le quedaba mucha vida por delante. Sus entrañas estaban comidas por el cáncer y habría tenido que doparse hasta las cejas para soportar el dolor. Sin embargo, esos medicamentos te ablandan el cerebro y Wee Shug no quería que eso ocurriera. Quería estar en plenas facultades mentales cuando apretara el gatillo. —Rebus se incorporó, volvió a llevarse el cigarrillo a los labios y añadió—: Ahora todavía tiene menos sentido, ¿no le parece?
—No entiendo qué tiene que ver esto conmigo.
—Francamente, yo tampoco. Lo único que sé es que tiene algo que ver con usted. ¿De qué se trata?
Se apreciaba una línea de sudor en el labio superior de Gillespie. Se quitó las gafas y se apretó el tabique nasal. Rebus se dirigió a la pared opuesta y encendió el cigarrillo. No creía que el concejal fuese a poner objeciones.
—Mire —dijo Gillespie tranquilamente—, no veo ninguna conexión entre ese tal McAnally y yo, ninguna en absoluto. No lo conocía de nada, nunca había oído hablar de él y no vivía en mi circunscripción. —Se encogió de hombros—. Puede que me guardara algún tipo de rencor, algo relacionado con su estancia en la cárcel.
Rebus volvió lentamente a la mesa y se sentó frente a Gillespie.
—¿Eso es todo? —dijo—. ¿Esa es su explicación?
—¡No tengo ninguna explicación! Simplemente... Deme un cigarrillo, por favor.
Rebus se lo encendió. Gillespie estudió el extremo del pitillo y levantó la mirada.
—¿Por qué hace esto?
—Ya se lo he dicho, concejal. Tengo que preparar un informe sobre una muerte repentina y violenta, y hemos detectado algunas... inconsistencias.
—¿Se refiere a que no saben por qué lo hizo?
—A eso me refiero.
—Me temo que no puedo ayudarles.
Gillespie se puso en pie, dispuesto a marcharse.
—¿No puede o no quiere?
El concejal miró a Rebus con dureza y volvió a tomar asiento.
—¿Qué significa eso?
—Significa que creo que me oculta algo.
—¿Por ejemplo?
—Eso es lo que tengo que averiguar... para poder finiquitar el informe.
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