Читать книгу: «La Biblia de las Tinieblas»
Título original inglés: Saints of the Shadow Bible
© John Rebus Ltd., 2013.
© de la traducción: Eduardo Iriarte Goñi, 2014.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2014.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
ISBN: 9788490563878
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
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Índice
Cita
PRÓLOGO
DÍA 1
1
2
DÍA 2
3
4
DÍA 3
5
6
DÍA 4
7
8
DÍA 5
9
10
DÍA 6
11
12
DÍA 7
13
DÍA 8
14
15
DÍA 9
16
17
DÍA 10
18
19
DÍA 11
20
21
DÍA 12
22
23
DÍA 13
24
25
DÍA 14
26
EPÍLOGO
«Los Santos de la Biblia de las Tinieblas me
siguen de bar en bar hacia la eternidad...».
JACKIE LEVEN, One Man, One Guitar
PRÓLOGO
—¿Adónde vamos?
—Solo estamos dando una vuelta en coche.
—Pero dando una vuelta ¿adónde?
Rebus volvió la cabeza para ver a su acompañante. Se llamaba Peter Meikle. El hombre había pasado casi la mitad de su vida adulta cumpliendo condena en diversas cárceles y tenía la palidez y la actitud propias de los expresidiarios. Necesitaba un afeitado y sus ojos hundidos eran como agujeritos negros y recelosos. Re-bus lo había recogido a la puerta de una casa de apuestas en Clerk Street. Unas cuantas hileras de luces y empezaron a dejar atrás Commonwealth Pool en dirección a Holyrood Park.
—Hacía una buena temporada —comentó Rebus—. ¿Qué te traes entre manos ahora?
—Nada de lo que la poli tenga que preocuparse.
—¿Te parezco preocupado?
—Tiene la misma pinta que cuando me puso a la sombra en 1989.
—¿Tanto hace? —Rebus hizo alarde de menear la cabeza en un gesto de sorpresa—. Pero, a decir verdad, Peter, opusiste resistencia a la detención... y por aquel entonces tenías muy mal talante.
—¿Acaso no lo tenía usted?
Al no responder Rebus, Meikle siguió mirando por la ventanilla. A estas alturas, el Saab había llegado a Queen’s Drive, las escarpaduras de Salisbury Crags camino de St. Margaret’s Loch. Algún que otro turista intentaba dar pan a los patos y los cisnes, aunque toda una tropa de acechantes gaviotas parecían estar llevándose bastante más de lo que les correspondía. Rebus puso el intermitente derecho para iniciar el sinuoso ascenso por la ladera de Arthur’s Seat. Adelantaron a corredores y paseantes mientras la ciudad se perdía de vista.
—Podría estar en medio de las Highlands —comentó Rebus—. Cuesta trabajo creer que Edimburgo quede ahí abajo. —Se volvió de nuevo hacia su acompañante—. ¿No vivías tú antes por aquí?
—Ya sabe que sí.
—En Norhtfield, me parece a mí. —El coche fue perdiendo velocidad hasta que Rebus salió al arcén y se detuvo. Asintió en dirección a un muro con una verja abierta—. Ese es el atajo, ¿verdad? ¿Si entraras en el parque a pie? ¿Desde Northfield?
Meikle se limitó a encogerse de hombros. Llevaba una cazadora de nilón acolchada. Hacía ruido con sus movimientos nerviosos. Vio a Rebus abrir un paquete de tabaco y encender un cigarrillo con una cerilla. Rebus expulsó una columna de humo antes de ofrecerle el paquete a Meikle.
—Lo dejé el año pasado.
—Qué novedad, Peter.
—Sí, seguro que sí.
—Bueno, si no puedo tentarte, vamos a bajarnos un momento. —Rebus apagó el motor, se desabrochó el cinturón de seguridad y abrió la portezuela.
—¿Para qué? —Meikle no cedía.
Rebus se retrepó en el asiento.
—Tengo que enseñarte una cosa.
—¿Y si no me interesa?
Pero Rebus le guiñó un ojo y cerró la puerta, rodeó el coche y se fue por la hierba hacia la cancela. Las llaves seguían en el contacto y Meikle las contempló durante sus buenos veinte o treinta segundos antes de maldecir entre dientes, recuperar la serenidad y abrir la portezuela del lado del acompañante.
Rebus estaba al otro lado del muro que señalaba el perímetro del parque, con el trazado de los barrios residenciales del este de la ciudad a sus pies.
—Hay una buena subida —dijo, haciendo visera sobre los ojos con la mano libre—. Pero entonces eras más joven. O igual no venías a pie: seguro que había algún colega que te pudiera dejar el coche. Bastaba con que dijeras que tenías que llevar algo a alguna parte.
—Esto tiene que ver con Dorothy —aseguró Meikle.
—¿Qué si no? —Rebus le ofreció una tenue sonrisa—. Casi dos semanas antes de que se denunciara su desaparición.
—Eso fue hace once años.
—Dos semanas —repitió Rebus—. Tu versión fue que creías que se había ido a casa de su hermana. Un pequeño desacuerdo entre vosotros. Bueno, eso sí que no tenías manera de negarlo: los vecinos estaban hartos de oíros discutir a gritos. Así que más te valía usarlo a tu favor. —Solo entonces se volvió Rebus hacia el hombre—. Dos semanas, e incluso entonces tuvo que ser su hermana la que se puso en contacto con nosotros. Nunca se encontró el menor indicio de que Dorothy se marchara de la ciudad: preguntamos en estaciones de tren y de autobús. Fue como si fueras un mago y la hubieras metido en una caja de esas. La abres y ya no está. —Se interrumpió y dio medio paso hacia Meikle—. Pero está aquí, Peter. Está por alguna parte en esta ciudad. —Descargó un taconazo con el pie izquierdo—. Muerta y enterrada.
—Ya me interrogaron entonces, ¿recuerda?
—Sospechoso principal —añadió Rebus, que asintió lentamente con la cabeza.
—Igual salió por ahí de copas, se topó con quien no debía...
—Fuimos a cientos de pubs, Peter, enseñamos su foto, preguntamos a los clientes habituales.
—Quizá se fue haciendo autoestop; uno se puede perder en Londres.
—¿Donde no tenía amigos? ¿Sin tocar el dinero de su cuenta bancaria? —Ahora Rebus negaba con la cabeza.
—Yo no la maté.
Rebus se estremeció de manera ostentosa.
—Solo estamos nosotros dos, Peter. No llevo micrófono ni nada por el estilo; esto es para quedarme tranquilo, nada más. Una vez que me hayas contado que la trajiste aquí y la enterraste, no hay más que hablar.
—Creía que ya no se ocupaba de casos pendientes.
—¿Dónde oíste eso?
—Están dando carpetazo a Edimburgo, lo van a transferir.
—Eso es verdad. Pero no todo el mundo está tan bien informado como pareces estarlo tú.
Meikle se encogió de hombros.
—Leo el periódico.
—¿Prestas especial atención a los artículos sobre la policía?
—Sé que están llevando a cabo una reorganización.
—¿Cómo es que estás tan interesado?
—Olvida que tengo un pasado con la poli, ¿verdad? Si a eso vamos, ¿cómo es que no está jubilado? Ya debería de estar cobrando la pensión completa, ¿no?
—Estuve jubilado: eso era la Unidad de Casos Pendientes, un montón de vejestorios muertos de ganas de obtener respuestas. Y tienes razón en lo de que han trasladado a otra parte nuestra carga de trabajo. —Ahora Rebus tenía la cara a cuatro o cinco centímetros de la de Meikle—. Pero no me he ido, Peter. Estoy aquí mismo, y justo me disponía a reabrir tu caso cuando me lo quitaron de las manos. Bueno, ya me conoces, me gusta terminar lo que empiezo.
—No tengo nada que decir.
—¿Estás seguro?
—¿Va a estamparme contra una pared y dejarme sin sentido otra vez? Así es como las gastan usted y los suyos...
Pero Rebus no escuchaba. Había centrado la atención en el teléfono móvil que tenía aferrado Meikle con la mano derecha. Se lo arrebató y vio que tenía en marcha la función de grabación. Con una sonrisa torcida, lo tiró contra un matorral de aulaga. Meikle emitió un chillido a modo de queja.
—¿Quieres seguir así, Peter? —preguntó Rebus, al tiempo que aplastaba la colilla contra el muro—. ¿Mirando siempre por encima del hombro por si aparece alguien como yo? ¿Esperando el día en que un perro vaya a husmear donde no debe y empiece a escarbar?
—No tiene nada y no es nada —le espetó Meikle.
—No podrías estar más equivocado. El caso es que te tengo a ti. —Hundió un dedo en el pecho de Meikle—. Y mientras seas un asunto pendiente, eso me convierte en un motivo de preocupación para ti.
Dio media vuelta y volvió a cruzar la verja. Meikle lo vio montarse en el Saab y poner el motor en marcha. El coche arrancó con una nube de humo del tubo de escape. Maldiciendo entre dientes, Meikle se puso a hurgar entre la aulaga en busca del móvil.
La fiesta de despedida del jefe de policía se celebraba en la cantina de la Jefatura de Lothian y las Fronteras, en Fettes Avenue. Lo habían destinado a un nuevo puesto al sur de la frontera y nadie parecía saber si alguien pasaría a desempeñar su papel. Las ocho fuerzas regionales escocesas estaban a punto de ser agrupadas en algo llamado Policía de Escocia. Al jefe de policía de Strathclyde le habían dado el puesto de mayor responsabilidad, dejando a siete de sus colegas en la situación de tener que rastrear nuevas oportunidades.
Habían hecho un intento superficial de convertir la cantina en un marco festivo, lo que suponía un par de pancartas, unas serpentinas y una docena o así de globos. En las mesas habían puesto manteles de papel. Había cuencos de patatas fritas y frutos secos, y botellas de vino y cerveza.
—Traerán la tarta dentro de media hora —le dijo Siobhan Clarke a Rebus.
—Entonces me largo de aquí dentro de veinte minutos.
—¿No te gusta la tarta?
—Es por los discursos que sin duda la acompañarán.
Clarke sonrió y tomó un sorbo de zumo de naranja. Rebus tenía en la mano un botellín abierto de cerveza, pero no pensaba terminársela: tenía mucho gas y no estaba lo bastante fría.
—Bueno, sargento detective Rebus —dijo ella—, ¿qué ha estado haciendo esta tarde?
La miró de hito en hito.
—¿Cuánto tiempo piensas seguir con esas? —Se refería a continuar dirigiéndose a él por su rango: sargento detective, mientras que ella era inspectora. Una década atrás, era a la inversa. Pero cuando Rebus presentó la solicitud de readmisión, le advirtieron que había demasiados inspectores, por lo que él tendría que pasar a ser sargento detective.
«Lo tomas o lo dejas», le dijeron.
Así que lo tomó.
—Me parece que puedo seguir exprimiéndolo un poco más —decía Clarke ahora, con una sonrisa de oreja a oreja—. Y no has contestado mi pregunta.
—He ido a ver a un viejo amigo.
—No tienes ninguno.
—Podría señalar una docena en esta misma sala.
Clarke escudriñó los rostros.
—Y probablemente otros tantos enemigos.
Rebus pareció sopesarlo.
—Sí, tal vez —convino. Y de todos modos mentía. ¿Una docena de amigos? Ni de lejos. Siobhan era una amiga, quizá la más íntima que había tenido, pese a la diferencia de edad y a que no le gustaba la mayor parte de la música que él escuchaba. Veía a la gente con la que había trabajado, pero casi nadie lo habría invitado a su casa a tomar unos whiskies y charlar. Luego estaban esos pocos a los que les hubiera dado una buena tunda: como los tres agentes de Asuntos Internos. Estaban al margen del resto de la concurrencia, su estatus de parias confirmado. Aun así tenían un aire de angustia; sus puestos correrían la misma suerte que la Unidad de Casos Pendientes: irían a parar a otra parte de resultas de la reorganización. Pero un rostro del pasado se estaba abriendo paso entre el gentío en dirección a Rebus. Tendió una mano, que Rebus estrechó.
—Demonios, casi no te reconozco —confesó Rebus.
Eamonn Paterson se palmeó la tripa que le quedaba.
—Dieta y ejercicio —explicó.
—Gracias a Dios: creía que ibas a decirme que tenías alguna enfermedad grave. —Rebus se volvió hacia Clarke—. Siobhan, te presento a Eamonn Paterson. Era sargento detective cuando yo era detective raso.
Mientras los dos se daban la mano, Rebus continuó con las presentaciones.
—Siobhan es inspectora, lo que le provoca el cruel espejismo de que es mi jefa.
—Buena suerte —dijo Paterson—. Cuando este aún estaba verde, yo no conseguía hacerle entrar en vereda, por mucho que le zurrara la badana.
—Hay cosas que no cambian —convino Clarke.
—A Eamonn antes se le conocía como Tocino —dijo Rebus—. Volvió de unas vacaciones en Estados Unidos contando que había comido tanto beicon en un restaurante que le regalaron una camiseta.
—Sigo teniéndola —reconoció Paterson, que levantó el vaso para brindar.
—¿Cuánto hace que ya no te dedicas a esto? —preguntó Clarke. Paterson era alto y esbelto, con una buena mata de pelo; no le habría echado ni un solo día más que a Rebus.
—Casi quince años. Es un detalle por su parte que sigan enviándome invitaciones. —Hizo oscilar el vaso de vino en dirección a la fiesta.
—Igual te quieren como modelo para el póster de la jubilación.
—Podría ser —convino, con una risotada—. Así que estamos ante los funerales de la Policía de Lothian y las Fronteras, ¿eh?
—Al menos esto es lo que parece. —Rebus se volvió hacia Clarke—: ¿Cómo va a llamarse ahora?
—Habrá dos divisiones: Edimburgo, además de Lothian y las Fronteras Escocesas.
—Qué chorrada —masculló Paterson—. Habrá que cambiar las placas de identificación, además de los rótulos de los coches, ¿cómo demonios van a ahorrar así? —Luego, a Rebus—: ¿Piensas ir a casa de Dod?
Rebus se encogió de hombros.
—¿Y tú?
—Podría ser otro caso de funerales. —Paterson se volvió hacia Clarke—. Trabajamos todos juntos en Summerhall.
—¿Summerhall?
—Una comisaría al lado de la Escuela de Veterinaria, en Summerhall Place —explicó Rebus—. La derribaron y construyeron encima St. Leonard’s.
—Anterior a mi época —reconoció ella.
—Prácticamente la Edad de Piedra —coincidió Paterson—. No quedamos muchos cavernícolas, ¿eh, John?
—He aprendido a hacer fuego —replicó Rebus, que sacó del bolsillo la caja de cerillas y la agitó.
—¿Sigues fumando?
—Alguien tiene que hacerlo.
—También le gusta echar un trago de vez en cuando —comentó Clarke en confianza.
—Qué sorpresa. —Paterson fingió observar el físico de Rebus con atención.
—No sabía que me estaba presentando a míster Universo.
—No —comentó Clarke—, pero has encogido el estómago, de todos modos.
—Te hemos pillado —comentó Paterson con otra risotada, al tiempo que le daba una palmada en el hombro a Rebus—. Bueno, ¿vas a ir a casa de Dod o no? Lo más seguro es que vaya Stefan.
—Me parece un poco morboso —dijo Rebus, antes de explicar a Clarke que Dod Blantyre había sufrido un derrame cerebral poco tiempo atrás.
—Quiere que nos reunamos por última vez los de la vieja guardia —añadió Paterson, que agitó un dedo en dirección a Rebus—. No querrás decepcionarlo, ¿verdad? Ni a Maggie...
—Ya veré cómo me va.
Paterson intentó sostener la mirada a Rebus hasta que el otro la desvió, luego asintió con ademán lento y volvió a palmearle el hombro.
—Muy bien —dijo, y se fue a saludar a otro viejo conocido.
Cinco minutos después, Rebus estaba perfilando la excusa que necesitaba para salir a fumar cuando entró en la cantina un grupo de recién llegados. Parecían abogados porque eso es lo que eran: invitados de la Fiscalía. Bien vestidos, con cara brillante y llena de confianza, y encabezados por la subfiscal de la Corona en Escocia, Elinor Macari.
—¿Tenemos que hacer una reverencia o algo así? —murmuró Rebus a Clarke, que se estaba arreglando el flequillo. Macari besaba al jefe de policía en ambas mejillas.
—No digas algo de lo que te vayas a arrepentir.
—Tú mandas.
Macari tenía todo el aspecto de haber pasado por varios sitios de camino a la fiesta: la peluquería, el mostrador de productos cosméticos y la boutique. Las gafas grandes de montura negra acentuaban su mirada penetrante. Tras haber barrido la sala con los ojos en un instante, ya sabía a quién saludar y a quién pasar por alto. El concejal encargado del comité de asuntos policiales se mereció el mismo beso que el jefe de policía. Otros invitados cercanos tuvieron que contentarse con apretones de manos o simples cabeceos. Llevaba en la mano una copa de vino blanco, pero Rebus dudaba que fuera poco más que atrezo. Cayó en la cuenta también de que su botellín de cerveza estaba vacío, aunque prefirió guardarse la sed para algo más digno.
—¿Tienes unas palabras pensadas por si se acerca? —le preguntó a Clarke.
—Me parece que estamos muy lejos de su órbita.
—No te falta razón. Pero ahora que ha llegado, no puede faltar mucho para que empiece la ceremonia. —Rebus levantó el paquete de tabaco e hizo un gesto en dirección al mundo exterior.
—¿Vas a volver? —Clarke vio su expresión y frunció la boca, reconociendo que era una pregunta estúpida. Pero cuando salía de la cantina, Macari se percató de la presencia de alguien y fue directa hacia allí, de modo que Rebus tuvo que sortearla. Ella frunció el ceño, como si intentara ubicarlo, llegando al extremo de seguir con la vista su figura en retirada. Pero para entonces ya se hallaba junto a su presa. Siobhan Clarke vio cómo la abogada más poderosa de Escocia tomaba a Malcolm Fox por el brazo y lo alejaba de su cohorte de Asuntos Internos. Lo que se estaba a punto de tratar, fuera lo que fuese, requería un mínimo de intimidad. Una empleada de la cantina había llegado al umbral con la tarta entre las manos, pero un gesto del jefe de policía le dio a entender que la ceremonia tendría que esperar a que la subfiscal estuviese preparada.
DÍA 1
1
Había llegado una grúa remolque con el nombre de un desguace de coches local estampado en las portezuelas. La víspera por la noche se había montado un endeble cordón policial que consistía en una cinta de ocho centímetros de anchura con la palabra POLICÍA. La cinta iba de un árbol indemne al poste de una cerca y de allí hasta otro árbol. El conductor de la grúa la había atravesado y se disponía a remolcar cuesta arriba por medio de un cabrestante el Golf accidentado hasta la camilla de la camioneta.
—No hace mala tarde —comentó Rebus, al tiempo que encendía un cigarrillo y echaba un vistazo a su alrededor. Un tramo estrecho de carretera rural a las afueras de Kirkliston. El aeropuerto de Edimburgo no quedaba muy lejos, y el bramido de los aviones de pasajeros que aterrizaban y despegaban interrumpía la escena campestre. Habían venido en el Vauxhall Astra de Clarke. Estaba aparcado en el arcén contrario, con las luces de emergencia encendidas como advertencia a cualquier conductor que se acercara. Aunque no es que pareciera haber ninguno.
—Es una recta —decía Clarke—. La superficie no estaba helada ni cubierta de aceite. Debía de ir a toda pastilla, a juzgar por los daños...
Era cierto: el morro del Golf había quedado hecho un acordeón al chocar con el venerable roble. Atravesaron la valla destrozada y bajaron la cuesta. El conductor de la grúa levantó la barbilla a guisa de saludo, pero por lo demás no tenía intención de preguntar quiénes eran o qué hacían allí. Clarke llevaba una carpeta de anillas, lo que para él ya era indicio suficiente: quería decir que eran funcionarios, y por lo tanto más le valía mantenerse al margen.
—¿Está bien el conductor? —indagó Rebus.
—Es una conductora —le corrigió Clarke—. El coche está registrado a nombre de Jessica Traynor, con domicilio en el suroeste de Londres. Está en el hospital.
Rebus estaba rodeando el coche. Tenía menos de un año y era de color perla. Por lo que se veía de los neumáticos, tenían dibujo más que suficiente. El parabrisas había desaparecido, la portezuela del conductor y la del maletero estaban abiertas de par en par y los dos airbags habían saltado.
—¿Y estamos aquí porque...?
Clarke abrió la carpeta.
—Sobre todo porque parece ser que su padre tiene contactos. La orden ha llegado de muy arriba: hay que asegurarse de no pasar nada por alto.
—¿Qué se puede pasar por alto aquí?
—Espero que nada. Pero esta zona es conocida porque la frecuentan los locos del volante.
—Será loca, en todo caso.
—Conduce un coche de los que les gustan a esos que se dedican a las carreras ilegales.
—No sabría decir.
—Creo que el Golf sigue siendo un «coche guay».
Rebus se llegó hasta la grúa remolque. El tipo del desguace estaba recogiendo un cable con un gancho de gran tamaño al final. Rebus le preguntó cuántos Golf acababan en la trituradora.
—Unos cuantos —reconoció. Llevaba un mono azul con manchas de grasa debajo de una cazadora de cuero con rozaduras, y tenía mugre incrustada en las manos y bajo las uñas. La gorra de béisbol que lucía estaba tan sucia que las letras eran indescifrables, y tenía la barbilla y el cuello cubiertos por una tupida barba entrecana. Rebus le ofreció un pitillo, pero el hombre negó con la cabeza.
—¿Estas carreteras se utilizan como circuitos de carreras? —continuó Rebus.
—A veces.
—¿Está a dieta o algo así? —El hombre se quedó mirándole—. Lo digo porque parece que hace ascos hasta a las palabras —le explicó Rebus.
—Yo solo he venido a hacer un trabajo.
—Pero no es el primer accidente así que ve, ¿verdad?
—No.
—¿Con qué frecuencia ocurren?
El hombre se lo pensó.
—Cada dos meses o así. Aunque la semana pasada hubo uno en la otra punta de Broxburn.
—¿Y son coches que compiten entre sí? ¿Tiene idea de cómo se organiza el asunto?
—No —aseguró el hombre.
—Bueno, gracias por la información. —Rebus se dirigió de nuevo hacia el Golf.
Clarke miraba por la portezuela abierta, examinando el interior.
—Echa un vistazo —le dijo, al tiempo que entregaba a Rebus una fotografía. Se veía una bota de gamuza marrón de lo que parecía un número de zapato de mujer, enmarcada por el suelo del coche.
—No veo ningún pedal.
—Eso es porque estaba en el lado del acompañante.
—De acuerdo. —Rebus le devolvió la foto—. O sea que, según tú, ¿había una acompañante?
Clarke negó con la cabeza.
—Es una del par de botas Ugg de Jessica Traynor. La otra la llevaba en el pie izquierdo.
—¿Ugg?
—Así se llaman.
—¿De modo que la bota salió despedida al chocar? ¿O se le cayó cuando la sacaron los de Urgencias?
—Cuando llegó el primer coche patrulla al escenario, el agente hizo unas fotos con su teléfono, incluida la de la bota. Jessica seguía en el coche entonces. La ambulancia llegó unos minutos después.
Rebus pensó en ello.
—¿Quién la encontró?
—Una mujer que volvía a casa de Livingston. Trabaja allí en un supermercado. —Clarke consultaba una hoja mecanografiada de la carpeta—. La puerta del lado del conductor estaba abierta. Es posible que fuera por el impacto.
—O que la conductora intentara salir.
—Estaba inconsciente. La cabeza apoyada en el airbag. No llevaba cinturón.
Rebus le cogió las fotografías a Clarke y las observó mientras esta hablaba.
—La empleada del supermercado llamó a urgencias justo después de las ocho de la tarde, cuando ya no había luz en el cielo. Tampoco había farolas, solo el lejano resplandor de la propia Edimburgo.
—El maletero está cerrado —dijo Rebus, que le devolvió las fotos.
—Sí, es verdad —convino ella.
—Pero ya no. —Rebus rodeó la parte de atrás del coche—. ¿Lo ha abierto usted? —le preguntó al de la grúa, que negó con la cabeza como respuesta. El maletero estaba vacío, salvo por un rudimentario juego de herramientas.
—¿Saqueadores, tal vez? —sugirió Clarke—. El coche ha estado aquí toda la noche.
—¿Y por qué no se llevaron las herramientas?
—Supongo que no valen gran cosa. Podría haberlo abierto cualquiera, John: un conductor de ambulancia, nuestro agente...
—Puede ser. —Probó a cerrar el maletero. Estaba intacto y permaneció cerrado. La llave estaba en el contacto, y apretó el botón para volver a abrir el maletero. Un chasquido metálico le indicó que lo había logrado.
—Parece que el sistema eléctrico funciona —dijo.
—Señal de que el coche está bien hecho. —Clarke estaba hojeando el papeleo—. Bueno, ¿qué pensamos?
—Pensamos que el coche iba demasiado rápido y se salió de la carretera. No hay indicios de una colisión previa. ¿Igual iba hablando por el móvil? Más de una vez ha ocurrido.
—Merece la pena comprobarlo —asintió Clarke—. ¿Y la Ugg?
—A veces —repuso Rebus— una bota solo es una bota.
Clarke estaba comprobando un mensaje en su móvil.
—Parece que la propietaria está de nuevo entre los vivos.
—¿Queremos hablar con ella? —preguntó Rebus.
La mirada que le lanzó Clarke era toda la respuesta que necesitaba.
Jessica Traynor disponía de una habitación individual en la Royal Infirmary. La enfermera explicó que había tenido suerte: tenía fracturado un tobillo, unas costillas contusionadas y otras heridas leves que sugerían un traumatismo cervical.
—Tiene inmovilizados el cuello y la cabeza.
—Pero ¿puede hablar? —preguntó Clarke.
—Un poco.
—¿Algún indicio de alcohol o droga en sangre?
—A mí me parece de las que llevan una vida sana. Ahora está tomando analgésicos, así que estará confusa. —La enfermera hizo una pausa—. ¿Quieren hablar primero con su padre?
—¿Está aquí?
La enfermera asintió de nuevo.
—Llegó en plena noche. Ella aún estaba en Urgencias entonces...
Se había detenido delante de una ventana por la que se veía la habitación de Jessica Traynor. Su padre estaba sentado a su lado, tenía la mano de su hija en la suya y le acariciaba la muñeca. Ella tenía los ojos cerrados. El dispositivo de sujeción parecía hecho de gruesos pedazos cuadrados de poliestireno unidos por un entramado de grapas de metal. Al levantar la mirada, su padre vio las caras en la ventana. Comprobó que su hija estaba dormida y luego apoyó una mano con suavidad en la cama y se puso en pie.
Mientras salía de la habitación en silencio, se pasó los dedos por la mata de cabello moreno y plateado. Llevaba los pantalones de un traje de raya diplomática; la chaqueta estaba sobre el respaldo de la silla junto a la cama de su hija. Su camisa blanca se veía arrugada, y se había desprendido de los gemelos para remangarse. Rebus dudó que el reloj de aspecto caro que llevaba en la muñeca fuera de imitación. Se había quitado la corbata en algún momento y desabrochado los dos botones de arriba de la camisa, dejando asomar un mechón entrecano de pelo del pecho.
—Señor Traynor —dijo Clarke—, somos de la policía. ¿Cómo está Jessica?
La falta de sueño había hecho aflorar ojeras bajo los grandes ojos, y cuando resopló percibieron en su aliento olor a café de máquina.
—Está bien —dijo, al cabo—. Gracias.
Rebus se preguntó si el bronceado de Traynor sería de rayos uva o de unas vacaciones de invierno. Probablemente lo último.
—¿Se sabe algo más sobre lo ocurrido? —estaba preguntándole a Clarke.
—No creemos que hubiera ningún otro vehículo implicado, si a eso se refiere. Es posible que fuese un simple caso de exceso de velocidad...
—Jessica nunca conduce rápido. Siempre ha sido sumamente cauta.
—Es un coche potente —matizó Rebus.
Pero Traynor negaba con la cabeza.
—Seguro que no iba más deprisa de lo debido, así que eso ya lo podemos descartar.
Rebus miró el calzado de su interlocutor. Gruesos zapatos de cuero negro. Un empresario de éxito hasta el último detalle. Su acento era inglés, pero no de la clase social más acomodada. Rebus recordó la edad de Jessica anotada en las notas de la carpeta de Clarke: veintiún años.
—¿Su hija es estudiante? —dedujo. Traynor asintió—. ¿En la Universidad de Edimburgo? —Otro asentimiento.
—¿Qué estudia? —añadió Clarke.
—Historia del arte.
—¿En qué curso está?
—Segundo. —Traynor parecía estar impacientándose. Miraba a su hija por el cristal. Su pecho subía y bajaba de manera casi imperceptible—. Tengo que volver a entrar...
—Queremos preguntarle a Jessica un par de cosas —le advirtió Clarke.
La miró.
—¿Como qué?
—Solo para asegurarnos de tener toda la información.
—Está dormida.
—Tal vez podría despertarla.
—Está dolorida de la cabeza a los pies.
—¿Qué le ha dicho acerca del accidente?
—Que lamentaba lo que le había pasado al Golf. —Traynor había vuelto a dirigir la atención hacia la ventana—. Fue un regalo de cumpleaños. El seguro costó casi tanto como el coche...
—¿Ha dicho algo sobre el accidente en sí?
Traynor negó con la cabeza.
—Tengo que volver, de veras.
—¿Le importa decirme de dónde es usted, señor Traynor? —La pregunta la planteó Rebus.
—Wimbledon.
—¿En el suroeste de Londres?
—Sí.
—Y para cuando se enteró de que su hija había tenido un accidente, ya no debía de haber vuelos a Escocia. ¿Vino en tren?
—Tengo acceso a un avión privado.
—¿Así que ha estado despierto toda la noche y lo que llevamos de hoy? Tal vez le vendría bien descabezar un sueño.
—He dormido una o dos horas en esa butaca.
—Aun así... ¿Su esposa no ha podido acompañarle?
—Estamos divorciados. Vive en Florida con un tipo que tiene la mitad de años que ella y se considera su «preparador físico personal».
—Pero le ha contado lo de Jessica, ¿verdad? —comprobó Clarke.
—Aún no.
—¿No cree que debería saberlo?
—Nos abandonó hace ocho años. Jessica no recibe ni siquiera una llamada por Navidad. —Las palabras estaban impregnadas de bilis. Traynor estaba agotado, sí, pero no estaba de humor para perdonar. Se volvió hacia los dos detectives—. ¿Todo esto viene a que pedí que me devolvieran un favor?
—¿Cómo dice? —Clarke había entornado los ojos al oír la pregunta.
—Resulta que conozco a un par de personas en la policía de Londres: llamé desde el avión para asegurarme de que todo se hiciera con discreción. El caso es que, como ustedes mismos han dicho, fue la clase de accidente que podría haberle ocurrido a cualquiera. —Adoptó un tono más brusco—. Así que no veo qué ganan hablando con ella.
—No hemos dicho exactamente que podría haberle pasado a cualquiera —terció Rebus—. Un tramo recto y despejado: tiene que haber algún motivo para que el coche se saliera de la calzada. A los de esa zona les gusta hacer carreras después de ponerse el sol...
—Ya les he dicho que Jessica es la conductora más precavida que quepa imaginar.
—Entonces tiene que preguntarse por qué iba a semejante velocidad. ¿Tal vez había perdido los estribos al volante? ¿Intentaba escapar de alguien que iba pegado a su parachoques? Son preguntas que solo ella puede contestar, señor Traynor. —Rebus se interrumpió—. Preguntas cuya respuesta pensaba que usted también querría averiguar.
Esperó a que el comentario hiciera mella. Traynor volvió a pasarse la mano por el pelo y luego dejó escapar un largo suspiro.
—Denme su número —accedió—. Les llamaré cuando esté despierta.
—Vamos a tomar un bocado a la cafetería —le dijo Rebus—. De modo que si se despierta en los próximos veinte minutos, seguiremos aquí.
—Podemos traerle un sándwich, si le apetece —se ofreció Clarke, con el gesto un poco menos hosco.
Traynor negó con la cabeza, pero tomó su tarjeta de visita cuando se la tendió.
—El teléfono está detrás —dijo—. Ah, y otra cosa, ¿podemos echar un vistazo al móvil de Jessica?
—¿Cómo?
—Supongo que debe de estar por alguna parte junto a su cama.
Traynor empezaba a estar molesto de nuevo, pero dio media vuelta y entró en la habitación para volver a salir instantes después con el aparato.
—Gracias —dijo Clarke, que se lo cogió y se volvió para llevarse a Rebus pasillo adelante.
Rebus salió a la calle a fumar mientras Clarke se ocupaba de las bebidas. Cuando regresó, lo hizo con una tos de mucho cuidado.
—¿Voy a ver si tienen alguna cama libre en el pabellón de enfisemas? —preguntó ella.
—No estaba solo ahí afuera: no sé si había más personal que pacientes o al revés. —Tomó un sorbo de una taza de cartón—. Voy a suponer que es té.
Ella asintió y bebieron en silencio un momento. La cafetería daba a la explanada central del hospital. Había una tienda al otro lado, ante la que había gente guardando cola para comprar golosinas y patatas fritas. Más allá, otro establecimiento especializado en comida sana no tenía ni un solo cliente.
—¿Qué piensas de él? —preguntó Clarke.
—¿Quién? ¿El doble del presentador de televisión David Dickinson?
Clarke sonrió.
—Yo creo que se parece más a George Clooney.
Rebus se encogió de hombros.
—Lleva trajes caros y viaja en avión privado: quiero casarme con él, naturalmente.
—Ponte a la cola. —La sonrisa de Clarke se hizo más amplia—. Sin embargo, hay que reconocer que adora a su hija. Probablemente sea director de alguna gran corporación, pero lo deja todo para venir al norte.
Rebus asintió con la cabeza y se las arregló para tomar otro trago de té antes de tirar la taza.
—¿A qué ha venido eso de la conducción agresiva? —continuó Clarke—. ¿Se te ha ocurrido sin más?
—Intentaba pensar motivos por los que una conductora prudente pisaría el acelerador así.
—Es una idea. ¿Crees que la hija vive en la ciudad?
—Seguro que sí, tal vez incluso en un piso comprado por el señor Raya Diplomática.
—Entonces, ¿qué hacía tan lejos, ya de entrada? Es más o menos una carretera hacia la nada.
—Es otra pregunta que tenemos que hacerle —convino Rebus—. ¿Qué había en su móvil?
—Llamadas y mensajes de texto sin contestar.
—¿Ningún indicio de que lo estuviera utilizando mientras conducía?
Clarke negó con la cabeza.
—Por otra parte, si su papi es tan espabilado como parece a primera vista...
—Es posible que haya decidido borrar cualquier prueba de la estupidez de su hija. —Rebus asintió con gesto lento.
El teléfono de Clarke emitió un pitido.
—Es Page —dijo, con la mirada en la pantalla—. Quiere que lo pongamos al tanto.
—No nos llevará mucho rato.
Otro pitido.
—Y justo a tiempo, Jessica ha despertado. —Clarke empezó a levantarse de la mesa.
—¿Te llevas el té? —preguntó Rebus.
—¿A ti qué te parece? —fue su respuesta.
La misma enfermera salía de la habitación de Jessica Traynor cuando llegaron.
—Trátala con delicadeza —dijo Clarke entre dientes.
—Tenemos fama de ello —le aseguró Rebus.
La ropa de cama seguía lisa, la paciente con la mirada fija en el techo. Movió los ojos y parpadeó varias veces mientras enfocaba a los recién llegados. Tenía los labios húmedos, como si acabara de tomar algún líquido del vaso de la bandeja que tenía al lado. Su padre estaba sentado de nuevo, cogiéndole la mano igual que antes.
—Jessica —empezó Clarke—. Soy la inspectora Clarke y este es el sargento Rebus. ¿Cómo te encuentras, o es una pregunta estúpida?
—Como si me hubiera arrollado un coche.
—He visto cómo ha quedado el Golf. Probablemente el airbag te salvó la vida. Fue una tontería no llevar el cinturón de seguridad.
Traynor se puso rígido al oír sus palabras. Jessica abrió los ojos de par en par.
—Siempre me abrocho el cinturón de seguridad —protestó.
—La automovilista que te encontró, la que llamó a la caballería, dijo que no llevabas cinturón.
—¿No pudo desabrocharse por efecto del impacto? —preguntó Traynor.
—No sé de ningún caso —le dijo Clarke. Luego, a su hija—: ¿Tienes idea de por qué fue a parar una de tus botas al suelo del lado del acompañante?
—No entiendo. —Jessica Traynor fue pasando de un rostro a otro con la mirada.
—Tú estabas en el asiento del conductor —le explicó Clarke—, pero una de tus Ugg fue a parar al otro lado del panel central. Eso tampoco he visto que ocurriera nunca.
Su padre se inclinó hacia ella.
—Los agentes me preguntaban antes si tal vez algún coche iba demasiado rápido detrás de ti, y te empujó a hacer lo que hiciste.
—No sé lo que ocurrió. —Jessica Traynor empezaba a tener los ojos arrasados en lágrimas.
—¿Se estaba disputando alguna clase de carrera? —indagó Clarke—. ¿Tal vez te cruzaste en su camino y te sacaron de la carretera?
—No...
Traynor se había levantado de la silla. Su hija tenía los ojos firmemente cerrados y él le preguntaba si le dolía algo.
—No quiero pensar en ello —dijo—. No quiero recordar nada de lo sucedido. El coche se salió de la carretera, eso es todo.
Con la mano de su hija aún en la suya, Traynor se volvió hacia los dos detectives.
—Creo que es mejor que se vayan ahora. Denle tiempo para recuperarse.
Su mirada les dio a entender que no tenía intención de discutir, pero aun así, Clarke se demoró. Fue Rebus, no obstante, el que habló.
—Necesitamos la dirección de Jessica aquí, en Edimburgo.
—¿Por qué? —La pregunta procedía de la cama. Jessica había cerrado la mano derecha formando un puño. Seguía con los ojos cerrados pero parecía dolorida.
—Sencillamente nos hace falta —insistió Clarke.
Traynor hizo un gesto hacia el pasillo.
—Jessica —dijo—, intenta relajarte. Voy a acompañar a los agentes a la salida.
—Sigo sin entender a qué han venido.
—Se van ahora mismo. —Dio un último apretón a la muñeca de su hija y luego la soltó, al tiempo que extendía un brazo para indicar a Rebus que fuera abriendo camino.
Una vez en el pasillo, con la puerta ya cerrada, Traynor les facilitó la dirección. Clarke la tecleó en el móvil.
—Por cierto... —Traynor tendió una mano con la palma hacia arriba.
Clarke sacó del bolsillo el teléfono de su hija y se lo entregó.
—¿Comparte Jessica piso con alguien? —preguntó la detective.
—Otra estudiante. Se llama Alice o Alison, solo la he visto una vez.
—¿Sabe lo de Jessica?
—Supongo que habría venido si lo supiera.
Rebus tenía una pregunta de cosecha propia.
—¿Sale Jessica con alguien?
—¿Que si tiene novio? Salía con un tal Forbes. No lo ha mencionado de un tiempo a esta parte.
—¿Forbes es nombre de pila o apellido?
—Lo cierto es que no lo sé. —Traynor tenía la mirada fija en la ventana y en la cama de más allá—. Tengo que volver.
—Si su hija le cuenta algo en plan confidencial...
Se volvió hacia Rebus y asintió lentamente antes de volver a entrar en la habitación de su hija. Lo vieron tomar asiento de nuevo.
—No estaba sola en ese vehículo, ¿verdad? —sugirió Clarke.
—Me parece que ni siquiera conducía ella —respondió Rebus.
2
En su angosto despacho —antes un trastero de las oficinas del Departamento de Investigación Criminal—, el inspector jefe James Page escuchó su informe. La comisaría de Gayfield Square formaba parte de la División B de la ciudad, pero esa designación no tardaría en desaparecer, y Page temía que la propia comisaría iba a ser cerrada, derribada y remodelada. La «plaza» que había delante era una zona de césped que no se segaba lo bastante a menudo. El tráfico bramaba de aquí para allá por Leith Walk, a veces haciendo vibrar las ventanas de la fachada del edificio. Aunque eso no afectaba a Page, pues su despacho no tenía ventana alguna.
—Entonces ¿cómo fue a parar la bota allí? —preguntó.
Rebus y Clarke estaban los dos de pie, porque no había sitio para ninguna silla aparte de la que ocupaba su jefe.
—El que iba al volante se largó del lugar del accidente —explicó Rebus—. Eso nos deja con dos posibilidades. Una, recuperó el conocimiento un instante, se dio cuenta de que estaba sola y se arrastró hasta el asiento del conductor.
—¿Por qué?
—Para proteger a la otra persona. Así daríamos por sentado que conducía ella.
Page lo sopesó.
—¿Y la segunda opción? —preguntó.
—Que quien iba al volante no perdió el sentido, o si lo hizo lo recuperó antes que ella. Le entró pánico, por la razón que fuera, y se largó por piernas. Pero no antes de desabrocharle el cinturón y arrastrarla hasta el lado del conductor.
—Sin molestarse en volver a abrocharle el cinturón —añadió Clarke.
—¿Y todo eso porque una bota de gamuza marrón estaba en el lado del acompañante? —Page desvió la mirada de Clarke a Rebus y luego otra vez a ella.
—Sí —replicó Clarke.
—Bueno, supongamos que tenéis razón. ¿Qué cambia eso exactamente?
—Tal vez la persona al volante iba borracha o colocada —sugirió Rebus.
—O tomaba parte en una carrera ilegal —dijo Clarke—. O lo estaban siguiendo... Lo cierto es que no lo sabremos a menos que sigamos investigando. Jessica tiene un piso en Great King Street, compartido con una tal Alice o Alison. También se ha mencionado a un novio.
Page se rascó la nariz mientras pensaba.
—No quiero que nadie piense que somos chapuceros —saltó Rebus—. Creo que bastaría con una visita rápida al piso.
—Iremos esta tarde —confirmó Clarke—. Esa Alice o Alison es estudiante: es posible que tenga clases durante el día.
—Muy bien. —Page ya había tomado una decisión—. Pero respondedme a una pregunta: ¿cómo es que con vosotros dos no hay nunca nada sencillo?
—La culpa la tiene ella —dijo Rebus, señalándola con el dedo.
—La culpa la tiene él —aseguró Clarke, casi exactamente al mismo tiempo.
Ya en la sala del Departamento de Investigación Criminal, los dos respiraron hondo varias veces. El pequeño trastero de Page siempre estaba mal ventilado, y sin embargo, él parecía a sus anchas, como si la incomodidad fuera tan vital para su bienestar como el oxígeno. Dos detectives, Christine Esson y Ronnie Ogilvie, estaban enfrascados en el papeleo. Clarke comprobó si tenía algún mensaje telefónico mientras Rebus se preparaba un café.
—No queda leche —le advirtió Esson.
—Con la cantidad que tomamos, deberíamos hacer un bote y comprar una vaca —añadió Ogilvie.
—Así no crecería tanto la hierba —coincidió Rebus, mirando hacia Gayfield Square; el vidrio retembló al pasar un camión por la carretera del otro lado. Se ofreció a poner agua al fuego para Clarke, pero ella negó con la cabeza.
—Si no queda leche, no.
—Igual tengo un sobrecito de leche en polvo en algún cajón —dijo Esson.
—¿En polvo? —comentó Rebus—. ¿Qué es esto, la Segunda Guerra Mundial? Creía que estábamos en el alba de un nuevo y glorioso país.
—Solo si te tomas la molestia de votar —le reprendió Clarke.
—Ya te digo qué casilla estoy dispuesto a marcar: la de tomar un par de copas después de pasar por Great King Street.
Pero Clarke negaba con la cabeza.
—He quedado para cenar —explicó.
—Creía que ya lo habías dejado con... —Rebus hizo un gesto hacia el despacho de Page.
—Así es.
Christine Esson decidió que Rebus necesitaba una aclaración.
—En esta ciudad una chica soltera no pasa hambre mucho tiempo.
—¿Lo dices por experiencia? —terció Ogilvie.
—Entonces, ¿de quién se trata? —Rebus se lo preguntó a Clarke por encima del borde de la taza.
—¿Es que una no puede tener vida privada?
—Desde luego, en cuanto me convenzas de que sus intenciones son honradas.
Clarke puso los ojos en blanco y decidió prepararse un café después de todo. Rebus mantuvo el tipo, la boca fruncida, absorto en sus pensamientos. Luego se acercó a ella y le dijo al oído en un susurro:
—Un abogado.
Ella se quedó de piedra un segundo antes de echar una cucharada de café soluble a una taza limpia.
—Vaya, vaya —comentó Rebus. Ahora ella le miraba de hito en hito, a la espera de una explicación—. Me di cuenta cuando entró en la cantina Macari seguida de su equipo —la complació—. Erguiste la espalda un poco y te retocaste el flequillo. Pensé que igual lo hacías por ella. Porque no recuerdo que ninguno de los hombres fuera especialmente brillante o atractivo.
—Entonces no eres muy buen detective.
—Eso dicen. Bueno, ¿va a llevarte a algún sitio bonito?
—¿Por qué te interesa?
—Hace falta tiempo para emperifollarse un poco... Estaba pensando que igual podía ocuparme yo de lo de Great King Street...
Pero Clarke negaba con la cabeza.
—Sigues «a prueba», ¿lo recuerdas? Si metes la pata una sola vez volverás a la casilla de salida.
—Sí, jefa. —Hizo una pausa—. Así que no va a llevarte a ningún sitio de postín, ¿eh? Igual no tiene un cargo de mucha responsabilidad. No te habrás liado con un jovencito, ¿verdad?
Clarke le clavó un dedo en el pecho.
—Todo el mundo tiene un límite, John. —Pero sonreía, y él también sonreía.
Rebus se volvió hacia Esson y Ogilvie.
—¿A alguno de los dos le apetece ocuparse de un trabajito de vigilancia esta noche?
—Te lo advierto... —dijo Clarke, que le clavó el dedo más fuerte esta vez.
Great King Street era una calle amplia en la zona de New Town que iba de Howe Street a Drummond Place. Con edificios de tres y cuatro pisos de altura, la calle probablemente debió estar poblada de casas independientes cuando se levantó a principios del siglo XIX, pero ahora muchas habían sido subdivididas en apartamentos. A Rebus nunca le había gustado mucho New Town. Para empezar, había que subir una empinada cuesta para regresar al centro de la ciudad. Además, no había jardines delanteros, y aparcar era un incordio. La puerta que buscaban tenía cuatro timbres a un lado, con los apellidos TRAYNOR/BELL en el de arriba.
—Es de suponer que se trata del último piso —masculló Rebus.
—Igual no hay nadie en casa —sugirió Clarke a modo de consuelo. Pero cuando pulsó el timbre, una voz crepitó por el interfono.
—¿Señorita Bell? —supuso Clarke.
—Sí.
—Somos de la policía. Queremos hablar con usted de Jessica.
—¡Lo sabía! La puerta está abierta. Estamos en el último piso.
Para cuando subieron el primer tramo de escaleras, Rebus ya estaba resollando, y Clarke le pedía que le recordase cómo había superado las pruebas físicas. Él tosió a guisa de respuesta y vio aparecer una cabeza por encima de la barandilla.
—Aquí arriba —dijo Alice o Alison Bell.
Cuando hacía pasar a los detectives, Clarke decidió asegurarse.
—Me llamo Alice —confirmó la estudiante.
Rebus había esperado techos altos y habitaciones espaciosas, pero al parecer estaban en el ático. El pasillo era estrecho, una estrechez a la que contribuía la presencia de dos bicicletas. Alice Bell no se había molestado en pedirles que se identificaran. Les hizo pasar por la cocina de muebles empotrados hasta la sala de estar. Sonaba música en un MP3 conectado a un altavoz. Era clásica: un solo de violonchelo. En un soporte en un rincón había un chelo de verdad.
—¿Es tuyo o de Jessica? —preguntó Rebus, pero Bell tenía la atención centrada en Siobhan Clarke.
—Casi me da miedo preguntarlo —dejó escapar.
—Se pondrá bien —la tranquilizó Clarke.
Dio la impresión de que a la joven le cedían las rodillas por efecto del alivio; se dejó caer con todo su peso en un sillón. Clarke y Rebus decidieron acomodarse en el sofá. Era blanco y moderno y a duras penas servía para su propósito.
—¿Qué pasó? —preguntó Bell.
—Un accidente de coche. ¿Estabas preocupada por ella?
—Le envié varios mensajes de texto: esta mañana no ha ido a clase, y eso no es propio de ella.
—¿Tú también estudias historia del arte, Alice?
La joven asintió. Llevaba una camiseta y una rebeca desabrochada encima, además de vaqueros negros. Rebus no alcanzó a ver ningún piercing, ni tatuajes. Tenía la cara redondeada y las mejillas un poquito hinchadas, lo que le hizo pensar en un querubín de un cuadro, efecto realzado por su pelo rizado de color castaño.
—¿Cuánto hace que conoces a Jessica? —preguntó Rebus.
—Casi un año. Puso anuncios en el departamento, de que se alquilaba habitación, y yo no dejé escapar la oportunidad. —Hizo una pausa—. ¿De verdad se va a poner bien?
—Traumatismo cervical, torceduras y contusiones —explicó Clarke—. Su padre está convencido de que conduce con cuidado.
—Es verdad.
—Anoche no, por lo visto.
—¿Qué ocurrió?
—El accidente se produjo al otro lado del aeropuerto, en una carretera rural. ¿Tienes idea de qué podía hacer por allí?
Bell negó con la cabeza.
—¿Ha venido su padre?
—Está con ella en el hospital —dijo Rebus.
—Tengo que ir a verla.
—¿Hay que informar a algún otro amigo de Jessica? —se interesó Clarke.
—Su novio, por ejemplo —añadió Rebus.
—¿Forbes? —Bell levantó un poquito la voz—. ¿Nadie le ha...? —Se interrumpió, las manos cogidas entre las rodillas, la mirada fija en el suelo de madera barnizada.
—No tenemos sus datos de contacto —confesó Clarke.
—Puedo llamarle por teléfono.
—Muy bien, pero nos gustaría tener unas palabras con él también. —Rebus carraspeó—. ¿Cuándo viste a Jessica por última vez, Alice?
—Ayer. En torno a las cuatro o las cinco.
—¿Aquí en el piso?
—Iba a salir.
—¿Adónde?
—No estoy segura.
—Pero en su coche, ¿no?
—Supongo.
—Y hasta donde tú sabes, ¿no tiene amigos en Kirkliston o Broxburn?
—Ni siquiera sé con seguridad dónde están esos sitios.
—¿De dónde eres?
—De Stirling.
Rebus lo asimiló y miró de soslayo a Clarke, sin saber muy bien por dónde tirar.
—El número de Forbes —instó Clarke a la estudiante—. Y su apellido.
—Se llama Forbes McCuskey.
—McCuskey —repitió Clarke, introduciendo el apellido en el móvil.
—Como Patrick McCuskey.
Clarke levantó la mirada hacia Alice Bell.
—¿El político?
Bell asintió y Clarke volvió la vista hacia Rebus, que contrajo la comisura de la boca en respuesta. Bell estaba sacando su propio móvil de un bolsillo del pantalón para buscar el número de Forbes McCuskey. Lo recitó para que lo anotase Clarke y preguntó:
—¿Le llamo ahora?
—Si quieres...
Pero por lo visto Bell se lo pensó mejor. Empezó a dar vueltas al teléfono en la mano y dijo que esperaría a que se hubieran marchado.
—Pero aún querrán hablar con él, ¿no? —se aseguró—. Y no pasa nada si se lo advierto, ¿verdad?
Clarke asintió, dando su conformidad.
—Pues muy bien.
La estudiante se había puesto en pie. Clarke y Rebus hicieron lo mismo y Bell los condujo por el pasillo. Rebus se planteó pedirle que les enseñara la habitación de Jessica, pero no tenía una buena razón para ello. En la puerta, Alice estrechó la mano a los dos detectives. Estaba a punto de cerrar la puerta cuando Clarke recordó que no tenía el número de contacto de Bell. La universitaria se lo dijo de carrerilla y se retiró hacia el interior del piso.
—¿«Si se lo advierto»? —repitió Rebus.
—Sí, yo también me he fijado.
—Bueno, ¿qué hacemos?
Clarke miró el reloj de pulsera.
—Tengo que ir a casa y cambiarme para esa cena de tres al cuarto.
—Después de haberme llevado a mí, claro.
—¿Colina arriba hasta el Oxford Bar?
—Aún conseguiremos hacer de ti una buena detective...
El Bia Bistrot era un pequeño restaurante de estilo francés en Colinton Road. Los vecinos llamaban a la zona «Holy Corner», el rincón sagrado, debido a la abundancia de iglesias en la intersección: Clarke contó cuatro, aunque no hubiera sabido decir cuáles seguían abiertas. David Galvin ya estaba sentado a la mesa. Le ofreció una sonrisa radiante a la vez que se levantaba para saludarla. Alto y delgado, llevaba un traje oscuro con camisa blanca, abierta por el cuello. Al inclinarse para darle un beso en la mejilla, ella le preguntó si aquella era su idea de vestirse en plan informal.
—Lo que tenía en mente era Reservoir Dogs —explicó—. Pulcro pero peligroso.
—Buen intento.
Galvin era solo un par de años más joven que ella y llevaba en la Fiscalía desde su llegada a la ciudad media década atrás. Habían trabajado juntos en un caso el otoño anterior y fue entonces cuando él la invitó a tomar una copa, con el pretexto de revisar unas notas. Ahora era el código que habían acordado, y más o menos una vez a la semana él le enviaba un mensaje para preguntarle si tenía una noche libre a fin de «hacerle una consulta».
—No había estado aquí —reconoció Clarke, mirando en torno.
—A mí me gusta, y está a solo cinco minutos de mi casa.
—De la mía no.
La sonrisa de él se esfumó.
—Tendría que haberlo pensando...
—No pasa nada, David, hay taxis de sobra por ahí. —Tomó la carta de bebidas y pidió una ginebra con lima y soda.
—Igual yo también me tomo una de esas —le dijo Galvin al camarero. Luego, a Clarke—: ¿Un día ajetreado?
—No especialmente. ¿Y tú?
Movió los hombros para restarle importancia.
—El mismo rollo de siempre.
—¿Qué te pareció la fiesta de despedida del jefe de policía?
—Fue un detalle que nos invitaran.
—¿Fue cosa de la subfiscal?
—Le gusta ir por ahí con varios acompañantes.
—¿Para sentirse importante? —supuso Clarke.
Volvió a encogerse de hombros. Galvin estaba concentrado en la carta.
—Aquí todo está bueno —dijo.
—Rillettes de salmón y lomo de cordero —decidió Clarke.
—No has tardado mucho.
—No suelo titubear.
Les trajeron las copas. Brindaron y tomaron unos sorbos.
—¿Qué tal van las cosas con tu viejo sparring? —preguntó Galvin.
—¿John? Le va bastante bien, de momento.
—¿Se comporta? ¿Obedece órdenes?
Clarke le miró.
—¿Te ronda algo por la cabeza, David?
Galvin negó. El camarero andaba cerca, así que pidieron. Había pan en la mesa y Clarke partió un trozo, cayendo en la cuenta de que hacía horas desde la última vez que había comido algo.
—¿Pedimos vino? —preguntó su acompañante.
—Una copa de blanco ya me va bien.
—¿De la casa? —preguntó el camarero.
—De la casa —accedió Clarke.
—¿Grande o pequeña?
—Grande.
—Yo lo mismo —le dijo Galvin. Luego se retrepó en la silla y cerró los ojos un momento.
—Es agradable desconectar, ¿eh? —supuso Clarke.
—No tengo claro que los que somos como tú y yo desconectemos alguna vez, Siobhan. El motor siempre está al ralentí.
—No dirías eso si me vieras tirada en el sofá con una tarrina de helado. Pero puesto que parece que hablamos de trabajo...
—¿Sí?
—¿Conoces a Patrick McCuskey?
—¿El ministro de Justicia? —Galvin arqueó una ceja—. Está muy por encima de mi categoría salarial. Bueno, he estado presente alguna vez mientras él tenía la palabra.
—Lo he buscado en Google: incondicional del Partido Nacional Escocés..., rostro de la campaña a favor del Sí..., casado con una abogada llamada Bethany...
—Es americana, me parece. Se dedica al derecho mercantil en Glasgow.
—Él no proviene del mundo de la abogacía, ¿verdad?
—Estudió derecho en la universidad pero se dedicó a la política: yo diría que tuvo que hincar los codos antes de ocuparse de la cartera de Justicia. ¿A qué viene todo esto?
—Tiene un hijo llamado Forbes. Sale con una universitaria que se llama Jessica Traynor.
—¿Está emparentada con Owen Traynor? —la atajó Galvin.
Clarke se dio cuenta de que no sabía el nombre de pila de Traynor.
—¿Quién es Owen Traynor?
—Un empresario del sur. Estuvo involucrado en un caso hace tiempo. Salió en la prensa.
—¿Qué ocurrió?
—Una de sus empresas se fue a pique. Hubo un montón de inversores furiosos.
—¿Y?
—Al inversor más furioso y peleón le dieron una paliza a la puerta de su casa.
—¿Dónde fue eso, en Londres? —Galvin asintió—. Entonces, ¿qué te llamó la atención al respecto?
—Me recordó un caso que estudiamos en la universidad, nada más.
Clarke se estaba imaginando al padre de Jessica.
—El Traynor que yo digo tiene amigos en cargos importantes de la policía de Londres.
—Entonces, igual no es el mismo. Sea como sea, me estabas hablando de Forbes McCuskey.
—Jessica Traynor sufrió un accidente de coche. La encontraron en el asiento del conductor, pero no estamos convencidos de que fuera ella quien conducía.
—¿Está bien?
—Se recuperará.
Galvin se quedó pensativo.
—¿Forbes salió por piernas?
—No lo sabemos; aún no hemos hablado con él.
—Su padre no quedaría en muy buen lugar.
—Sería bochornoso, desde luego.
—Por no hablar de que sería delito. —Galvin parecía intrigado.
—Aún tardaremos una temporada en llevarlo ante vosotros —le advirtió Clarke—. Como decía, no tenemos pruebas fehacientes, y además a nuestro jefe no le gustan los líos.
—Ya lo sé: lo conozco. ¿Sigue preocupado por el futuro de Gayfield Square?
—Todos lo estamos.
—Seguro que os irá bien, Siobhan. Perderéis sobre todo puestos de administración.
—¿Tendré que pasarlo todo a máquina yo misma? ¿Y también fichar a los detenidos? Igual tendré que aprender a hacer autopsias...
Se interrumpieron al llegar los entrantes, y comieron sin decir gran cosa. En la pausa antes del segundo plato, Clarke sacó el móvil, pensando que podría buscar en Google a Owen Traynor, pero no consiguió conectarse.
—La cobertura no es muy buena —explicó Galvin—. A veces cuesta creer que estemos en medio de una ciudad.
—Y además de una capital. —Volvió a dejar el teléfono. El camarero había regresado para preguntar qué tal estaba el vino—.
—Está bien —respondió Clarke, aunque se fijó en que Galvin no había vuelto a probar el suyo, ni había tocado casi el aperitivo.
»¿Quieres estar despejado mañana por la mañana? —le reprendió.
—Algo así —reconoció él.
Media hora después, cuando retiraban los platos, les preguntaron si querían ver la carta de postres. Clarke miró a su acompañante y negó con la cabeza.
—¿Té o café?
Clarke y Galvin cruzaron otra mirada.
—En mi casa hay café —propuso él.
—¿Y banda ancha? —preguntó ella.
—Y banda ancha —confirmó. Luego, tras otra pausa—: ¿Vamos a seguir con la consulta?
—Pues sí —dijo Clarke con una amplia sonrisa.
Rebus solo tomó una copa en el Oxford Bar, y luego cogió un taxi de regreso al aparcamiento de Gayfield Square para recoger el Saab. Sabía que siempre podía cambiar de idea, pero también sabía que probablemente no lo haría. El semáforo estaba en rojo en South Clerk Street. Si ponía el intermitente derecho, iría camino de casa. Pero cuando el semáforo se puso en verde, siguió recto, hacia Cameron Toll y Old Dalkeith Road. A esas horas de la noche, el aparcamiento de la Royal Infirmary estaba medio vacío, pero Rebus se detuvo en la zona marcada con doble línea amarilla, sacando el cartel de ASUNTO OFICIAL DE LA POLICÍA de debajo del asiento del acompañante para ponerlo entre el salpicadero y el parabrisas. Se echó a la boca un chicle de menta, cerró el coche y entró en el hospital.
Se acercaba a la habitación de Jessica cuando se abrió la puerta. Reconoció a Alice Bell. Estaba con un joven que iba despeinado y llevaba vaqueros anchos desteñidos y una camiseta negra con cuello de pico. Iba recién afeitado y tenía los ojos verde pálido.
—Vaya cojera que tienes —comentó Rebus, a la vez que indicaba la pierna izquierda de Forbes McCuskey.
—Me he torcido el tobillo.
—¿Sufres también traumatismo cervical?
Bell le apretaba el antebrazo a McCuskey.
—Es el policía —le dijo ella.
—Ya lo había supuesto.
Rebus metió las manos en los bolsillos.
—¿Podemos charlar un poco, Forbes?
—¿De qué?
—Del accidente de Jessica.
—¿Para qué tiene que hablar conmigo?
—Por lo general entrevistamos a los testigos, nos ayuda a hacernos una idea más precisa...
—Pero yo no estaba presente.
—Y lo del tobillo, ¿es una coincidencia?
—Me pasó hace unos días en la escalera de Great King Street.
—Es verdad —se apresuró a confirmar Alice Bell.
Rebus asintió con ademán lento, columpiando la mirada entre los dos.
—Pues ya es coincidencia. Pero aun así nos gustaría que nos des algunos detalles.
—¿Esta noche?
—Mañana también va bien. ¿Puedes venir a Gayfield Square a las diez?
McCuskey se lo pensó un momento.
—A las diez me va bien —decidió.
Rebus le tendió una tarjera con su número.
—Por si surge alguna complicación. Y si necesitáis que os lleve hacia el centro, voy dentro de cinco minutos.
—Hemos pedido un taxi —dijo Bell.
—Pues hasta mañana.
—Hasta mañana —convino Forbes McCuskey.
El padre de Jessica había aparecido en el umbral.
—¿Todo bien? —preguntó.
—Sí, señor —le aseguró Rebus, viendo cómo McCuskey y Bell iban hacia la salida. Rebus se volvió hacia Traynor—. ¿Sigue apañándoselas para mantenerse despierto?
—He reservado una habitación de hotel en el centro. Van a venir a buscarme dentro de media hora o así.
Habían entrado en la habitación.
—Hola de nuevo —dijo Rebus a modo de saludo a Jessica Traynor.
—Hola —contestó ella.
—Es un detalle que hayan venido a verte tus amigos.
—Sí.
—Sobre todo teniendo en cuenta el esfuerzo que le supone a Forbes, con la pierna mal y todo eso.
Ella no se molestó en contestar.
—¿Hay algo de lo que deba estar enterado? —se interesó Traynor.
Rebus le quitó importancia al asunto haciendo un gesto con los hombros.
—La verdad es que no. Solo que hay quien cree que igual no iba al volante un conductor cauto. —Se volvió hacia la paciente. Seguía tendida boca arriba, y le hubiera venido bien lavarse el pelo—. Se me ocurre que a lo mejor él no estaba asegurado, y tenía alguna sustancia en la sangre. Todo sin mayor importancia hasta ahí, pero huir del lugar de un accidente... y manipular el escenario...
—¿Se refiere a poner a Jessica en el asiento del conductor? —A Traynor se le habían tensado los músculos de la cara. Se acercó a la cama e inclinó la cabeza sobre su hija—. ¿Es eso lo que pasó? ¿Te dejó allí ese mierdecilla, sin pedir siquiera una ambulancia?
Pero Jessica ya cerraba los ojos.
—Él no estaba —dijo, su voz poco más que un susurro—. No estaba allí, no estaba.
Traynor acompañó a Rebus a la salida, caminando a su altura hasta el vestíbulo principal.
—Lo interrogaremos por la mañana —explicó Rebus—. A ver si conseguimos avanzar un poco.
—¿Y en caso contrario?
—No habremos causado males mayores, diría yo. Bueno, se le puede culpar de exceso de velocidad tal vez, pero a menos que uno de los dos nos diga la verdad... —Rebus se interrumpió—. ¿Sabe que es hijo de un político de renombre?
—¿Ah, sí?
Rebus sonrió.
—Antes fingió que apenas sabía su nombre, pero a mí me parece que es usted un hombre meticuloso, y a todas luces adora a su hija. Seguro que habrá investigado a cualquier novio que ella mencionara de pasada.
—De acuerdo —reconoció Traynor—, igual sé quién es. ¿Me está diciendo usted que lo deje correr?
—Claro que no.
—Porque sé cómo puede ponerse un asunto así con la policía y los políticos.
—Por estos pagos no, señor.
—¿Está seguro?
Rebus asintió y Traynor pareció relajarse un poco: dirigió la vista más allá de Rebus y dejó que se le perdiera la mirada. Luego parpadeó como si despertara, tomó la mano de Rebus y la estrechó.
—Procure dormir un poco —le aconsejó Rebus—. Y quizá debería comprarle a Jessica un escúter, la próxima vez.
Su comentario provocó una levísima sonrisa antes de que Traynor diera media vuelta y entrara de nuevo en el edificio del hospital. El teléfono de Rebus estaba vibrando: un mensaje de Siobhan. Abrió el sms.
«¡Echa un vistazo a la bio de Owen Traynor!».
¿La bio de Owen Traynor? Rebus siguió con la mirada la figura alta y fornida que se alejaba, doblaba una esquina y desaparecía de su vista. Pulsó el número de Clarke pero ella no respondió, así que salió, escupió el chicle en la calzada y sacó un cigarrillo del paquete.
DÍA 2
3
Forbes McCuskey llegó con unos minutos de antelación. Llevaba una mochila Harris Tweed al hombro y un abrigo tres cuartos de estilo militar, azul pálido con botones de latón. Rebus lo llevó a la sala de interrogatorios, donde esperaba Siobhan Clarke. Había dejado la carpeta —la misma del lugar del accidente— en la mesa, delante de sí. Indicó a McCuskey que se sentara enfrente. No había silla para Rebus, pero lo habían acordado así: prefería estar apoyado en una pared, siempre a la vista de la persona interrogada.
—Soy la inspectora detective Clarke. Ya conoces al sargento detective Rebus.
—Así que es usted su superiora —comentó McCuskey.
—Soy la agente de mayor rango aquí, sí.
McCuskey asintió para indicar que lo entendía. Estaba hundido en la silla de metal con las piernas extendidas, como si no le pareciera incómoda en absoluto. Clarke abrió la carpeta. Dejó una foto del Golf delante del joven.
—Jessica tuvo una suerte increíble.
—Ya lo veo —dijo, y volvió a asentir.
—También fue una suerte que pasara alguien por allí y pidiera una ambulancia.
—Desde luego.
—Si hubiera ido alguien en el coche con ella, podría haber pedido una ambulancia antes. Tal vez eso lo hubiera cambiado todo.
—Pero se va a poner bien, según me dijo.
—Aun así, tardará más en recuperarse —faroleó Clarke, dejando que la información hiciera mella en chico—. Estaba en un sitio raro para ella. ¿Te ha dicho qué hacía allí?
—Dijo que le apetecía dar una vuelta en coche.
—Su padre nos ha asegurado que no es de las que pisan el acelerador...
—Igual se encontró una mancha de aceite.
—La calzada estaba bien cuando la comprobamos. —Clarke simuló que rebuscaba en la carpeta y sacó otra foto—. Y luego está esto.
—¿Sí? —McCuskey había entornado los ojos en un gesto de aparente concentración.
—Es una de sus botas, que estaba en el suelo del coche, en el lado del acompañante. ¿Se te ocurre cómo pudo llegar allí?
McCuskey hizo un pequeño mohín y negó con la cabeza.
—Bueno, la conclusión más evidente, para nosotros, claro, es que Jessica no iba sola en el coche. Era la acompañante. Y después de chocar, el conductor la cambió de asiento para que pareciera culpa de ella. Luego se largó.
McCuskey sostuvo la mirada a Clarke.
—¿Y creen que fui yo?
—Bueno, ¿fuiste tú?
—¿Qué dice Jessica? —Al no obtener respuesta, McCuskey lanzó una carcajada breve, como un ladrido—. Fui a verla anoche. Si me hubiera largado dejándola allí, ¿se habría alegrado de verme? ¿Habría tenido lágrimas en los ojos cuando nos besamos?
—¿Cómo te torciste el tobillo, Forbes? —La pregunta la había hecho Rebus.
McCuskey le dirigió la atención.
—Ya se lo dije: tropecé con un peldaño de la escalera en el piso de Jessica.
—¿Has ido al médico?
—Ya se me pasará.
—¿Tienes más magulladuras, dolores o lesiones?
—No iba en el coche con ella. Ni siquiera conduzco.
—¿No conduces? —Clarke no pudo evitar mirar en dirección a Rebus cuando McCuskey asintió para confirmar sus palabras.
—¿Saben tus padres que estás aquí? —preguntó Rebus, tras un tenso silencio.
—No.
—¿No les has contado lo de Jessica?
—Todavía no.
—¿Y qué hay de su padre? ¿Te llevas bien con él?
—Lo conocí anoche.
—Tiene cierta reputación. Tendrías que buscarlo en Google; eso hice yo. —Rebus se había acercado unos pasos a la mesa—. No es un personaje al que convenga contrariar.
—¿De verdad?
—Un inversor de una de sus empresas empezó a hablar mal de él. Acabó en la UCI. Luego, no quiso decir quién le había dado la paliza. Y esa es solo una de las historias que corren sobre él. —Rebus hizo una pausa—. Por eso es una pena que se me escapara nuestra pequeña teoría, la de que el responsable eres tú.
—¿Qué? —Por primera vez desde que había entrado en la sala, McCuskey pareció nervioso. Clarke observaba a Rebus, intentando dilucidar si decía la verdad o era un farol. Cuando este la miró, su semblante no cambió. Era verdad, pues.
—Tienen que decirle que se equivocan —decía McCuskey—. Han hablado con Jessica y conmigo, ¿por qué íbamos a mentir?
—No lo sé —respondió Rebus—. Sin embargo, algo así..., empieza por una minucia pero puede convertirse en una bola de nieve, recogiendo toda clase de porquería a medida que va rodando ladera abajo.
—No puedo confesar algo que no hice.
—Es verdad —dijo Clarke, al tiempo que recogía las fotografías—. Pues creo que eso es todo. Necesitamos una dirección tuya y ya puedes irte.
McCuskey se quedó mirándola.
—Y luego, ¿qué?
Clarke se encogió de hombros y cerró la carpeta.
—Si tenemos que volver a hablar contigo, ya te lo haremos saber. —Le entregó una hoja y un bolígrafo—. La dirección, por favor. —Mientras él escribía, le preguntó si iba a la universidad. McCuskey asintió—. ¿Qué estudias?
—Historia del arte.
—Lo mismo que Jessica y su compañera de piso.
—Estamos todos en segundo.
—¿Así os conocisteis?
—En una fiesta. —Había terminado de escribir. Los garabatos apenas resultaban legibles.
—¿Arden Street? —preguntó Clarke.
—Sí.
—Eso está en Marchmont, ¿verdad?
McCuskey asintió. Clarke y Rebus cruzaron una mirada: la misma calle donde vivía Rebus. Miró el número del edificio: unas seis puertas más abajo en la acera de enfrente.
—Gracias otra vez por venir —dijo Clarke, al tiempo que se ponía en pie.
McCuskey estrechó la mano a los dos detectives y llamaron a un agente de uniforme para que lo acompañara a la salida.
—¿Y bien? —preguntó Clarke, una vez hubo salido.
—Su novia lo protege.
—Pero no le falta razón al preguntar por qué iba ella a hacer algo así.
—Igual es de las que perdonan fácilmente. El chaval acude a su lecho, le susurra unas cuantas tonterías y parpadea con esas pestañas suyas, y es entonces cuando preparan su versión de los hechos.
Clarke se quedó pensativa; su boca era una línea fina y decidida.
—¿De verdad le contaste a Owen Traynor toda la historia? ¿Después de tu viajecito al Ox, con unas cuantas cervezas encima...?
—Me pasé por allí para ver cómo le iba a la paciente. Coincidí con McCuskey y Alice Bell cuando se marchaban.
Clarke meneaba la cabeza lentamente.
—Esa es justo la clase de comportamiento que deberías evitar... —Se interrumpió al aparecer James Page en el umbral.
—¿Qué es lo que debería evitar John? —indagó.
—Apostar a que los Raith Rovers van a subir de división —respondió Rebus.
—Yo estoy contigo, la verdad. —Page se interrumpió—. Bueno, ¿dónde estamos con el accidente ese?
—No hemos avanzado mucho —reconoció Clarke.
—En ese caso, probablemente sea hora de dejarlo correr, ¿no os parece? Ahí no tenemos nada que hacer, no merece la pena desperdiciar energías.
—El novio —dijo Rebus—, el que creemos que igual iba en el coche...
—¿Qué pasa con él?
—Es hijo de Pat McCuskey.
—¿El ministro de Justicia?
—Y cabeza de cartel de una Escocia independiente. —Rebus sabía lo que pensaba su jefe sobre el tema: como a todos los demás en el departamento, Page le había retorcido la oreja para inculcarle la necesidad de que Escocia siguiera formando parte del Reino Unido—. Y McCuskey encabeza la campaña por el Sí.
Page asimiló la información.
—¿Qué piensas, John? ¿Una llamadita a algún periodista amistoso?
—Solo si podemos dar con algo sólido. De otro modo, parecería demasiado político.
—De acuerdo.
—Un momento —terció Clarke—. ¿Planeas servirte del hijo para atacar al padre? No me parece justo, precisamente.
—Todos sabemos lo que vas a votar tú, Siobhan.
A Clarke le subió el color a las mejillas.
—Sencillamente, no creo que...
Pero Page ya les había dado la espalda y se marchaba.
—Un par de días más —gritó—. A ver qué averiguáis.
Clarke fulminó con la mirada a Rebus, que tendió los brazos para aplacarla.
—Tampoco tenemos nada más que hacer —señaló.
—Y ese numerito que acabas de montar... —dijo señalando con un dedo en dirección a Page.
—Sabía perfectamente que iba a picar.
—Igual él sí, pero yo no.
—Estás decepcionada conmigo. —Rebus intentó mostrarse arrepentido—. Pero tienes que reconocer que no es una situación común y corriente: Pat McCuskey y Owen Traynor...
—Me pregunto cómo un empresario tan poco de fiar como Traynor acaba en una posición que le permite exigir que le devuelva favores la policía de Londres.
—Esos se siguen rigiendo por su propia ley, Siobhan, como en los viejos tiempos.
—Una época que a todas luces echas de menos. Entretanto, esto te permite liarlo todo solo por diversión.
—Pero a veces es así como encontramos un tesoro.
—¿Y qué clase de tesoro esperas encontrar esta vez? —Se cruzó de brazos en ademán desafiante.
—Lo divertido es liar el asunto —repuso Rebus—. A estas alturas ya deberías saberlo.
—¿No está tu padre? —preguntó Rebus.
Jessica Traynor tenía mejor aspecto. El dispositivo de sujeción había sido sustituido por un simple collarín, y habían levantado un poco la cabecera de la cama, de modo que ya no tenía que estar con la mirada fija en el techo.
—¿Qué quiere? —le preguntó.
—Solo he venido a ver qué tal estás.
—Estoy bien.
—Me alegro.
—Mi padre está en su hotel.
Rebus reparó en que tenía el móvil en la mano derecha.
—¿Has tenido noticias de Forbes hoy?
—Un par de mensajes de texto.
—Me dijo que os conocisteis en una fiesta.
—Así es. Fui con Alice y me puse a hablar con Forbes en la cocina.
—Como en la canción aquella, ¿eh?
—¿Qué canción?
—Es de antes de tu época —reconoció Rebus, que señaló el teléfono con un gesto—. Un par de mensajes, dices: supongo que uno antes de ir a hablar con nosotros y otro después, ¿no?
Ella hizo caso omiso.
—Sigo sin saber muy bien qué hace aquí.
Rebus se limitó a encogerse de hombros.
—Es que me mosqueo cuando la gente me miente a la cara. Empiezo a preguntarme de qué tienen miedo. En tu caso, es posible que no sea nada, pero hasta que lo sepa con seguridad...
—¿De verdad importaría que Forbes hubiera estado en el coche? —Le miraba fijamente.
—Si estaba en el coche, eso supone que te dejó allí. No pidió ayuda por teléfono ni detuvo a ningún otro coche...
—No veo por qué tendría que interesar nada de eso a la policía.
Rebus volvió a encogerse de hombros.
—¿Y a tu padre? ¿No le interesará a él?
—En realidad no es asunto suyo, ¿no cree?
—Es verdad. —Rebus la observó mientras miraba la pantalla de su móvil. Tal vez tenía mensajes o tal vez no—. ¿Cuándo te darán de alta?
—Primero tengo que hablar con un fisio.
—Probablemente te dirá que te mantengas alejada de los coches rápidos durante una temporada.
Ella se las arregló para esbozar una media sonrisa.
—Y de las carreteras rurales por la noche —añadió Rebus—. No por nada llaman las Malas Tierras a West Lothian.
Ella levantó la mirada.
—¿Malas Tierras?
—Porque en buena medida es un territorio sin ley.
—Eso lo explica.
Rebus esperó a que dijera algo más, pero ella frunció los labios. Un clásico gesto delator: sabía que se le había escapado algo.
—Jessica, si crees que hay algo que tienes que...
—¡Fuera de aquí! —gritó ella, justo cuando entraba en la habitación una enfermera—. ¡Quiero que se vaya! ¡Por favor!
Rebus ya había levantado las manos en un gesto de rendición. Pasó junto a la enfermera y salió al pasillo.
«¿Malas Tierras?».
«Eso lo explica».
Pero ¿qué explicaba? Esa noche había ocurrido algo. Rebus tomó la notita mental de comprobarlo: en la sala de comunicaciones de Bilston Glen habría quedado constancia de todo aquello de lo que se hubiera dado parte. ¿Carreras ilegales? ¿Gente de la zona intentando asustar a los turistas?
«Puede ser algo o no ser nada», masculló, al tiempo que salía del hospital y se disponía a encender un pitillo. Se había detenido un taxi negro. El pasajero había bajado del asiento de atrás e iba a pagar al taxista por la ventanilla del lado del acompañante. Un error básico de alguien que estaba acostumbrado a un sistema distinto: en Edimburgo, se pagaba antes de bajar. Rebus se acercó y esperó detrás de Owen Traynor. Parecía llevar el mismo traje pero una camisa limpia. El conductor le devolvió el cambio y una factura, y Traynor se dio media vuelta, pasmado al encontrar a Rebus justo delante.
—Coño —exclamó.
—Lo siento. Salía ahora.
—¿Ha venido a ver a Jessica?
Rebus asintió.
—¿Y?
—¿Y qué, señor Traynor?
—¿Sigue creyendo que ese novio suyo iba al volante?
—Es una posibilidad.
—Bueno, igual a mí me lo cuenta.
Rebus lo dudaba, pero no lo dijo.
—Probablemente sería más sencillo para todos si lo dejáramos correr —sugirió, en cambio—. Sea cual sea la verdad, Jessica está de parte del señor McCuskey.
—Sí, pero si le hizo algo así...
—Como digo, señor, es mejor dejarlo estar. Más vale que nadie haga ninguna tontería, ¿verdad?
Traynor le miró de hito en hito.
—¿Entiende a qué me refiero? —continuó Rebus.
—No estoy seguro —respondió Traynor, arrastrando las palabras.
—Tiene usted cierta reputación, señor Traynor. Y me interesa saber cómo trabó usted amistad con miembros de la policía de Londres.
—Igual es que soy socio de los clubes más selectos. —Traynor pasó sin detenerse junto a Rebus, en dirección a la entrada del hospital.
—En mi ciudad rigen mis normas —le gritó Rebus. Pero Owen Traynor no dio señal de haberle oído.
—Gracias por reunirte conmigo —dijo Malcolm Fox, que se levantó de la mesa y tendió una mano a Siobhan Clarke—. ¿Qué quieres tomar?
—Brian ya está en ello. —Hizo un gesto con la cabeza hacia el mostrador. El dueño del establecimiento estaba atareado con la máquina de café. El local estaba a un escaso centenar de metros de Gayfield Square por Leith Walk, pero ella no conocía a ningún otro poli que lo frecuentara. Lo que hacía que aquella fuera una cita segura, más o menos.
Clarke tomó asiento en la banqueta alargada enfrente de Fox. Ya habían coincidido alguna vez, pero solo de pasada.
—Oí que estás a punto de dejar la sección de Denuncias —comentó ella—. No puede ser una situación cómoda.
—No —convino Fox, pasando una mano por encima de la barra.
Otra vez la reorganización: los agentes de Asuntos Internos no se iban a librar. Estaban a punto de hacer recortes en sus oficinas de Edimburgo. Además, Fox ya había cumplido el tiempo que le correspondía. Lo iban a enviar de vuelta al Departamento de Investigación Criminal, donde trabajaría codo con codo con hombres y mujeres a quienes había investigado, en comisarías que había investigado, comisarías donde sería objeto de desconfianza, cuando no de desprecio.
El dueño del local le llevó a Clarke su capuchino y le preguntó si quería otro café a Fox, que asintió.
—Café negro, sin azúcar —le recordó.
—Porque ya eres muy dulce —fingió adivinar Clarke, sonsacándole una sonrisa irónica. Se retrepó un poco y se volvió para ver a los viandantes en la calle—. Entonces, ¿cómo es que estoy confraternizando con el enemigo? —preguntó.
—Igual porque ya sabes que no soy el enemigo. La sección de Denuncias existe para que los polis como tú, los buenos polis, salgan adelante.
—Apuesto a que ya habías dicho eso antes.
—Muchas veces.
Se volvió hacia él. Aún tenía la misma sonrisa irónica en la cara.
—¿Te urge un favor? —supuso, y recibió un lento gesto afirmativo a modo de respuesta.
Llegó el café de él, que tocó el borde del platillo con las yemas de los dedos.
—Tiene que ver con John Rebus —dijo.
—Claro.
—Tengo que hablar con él.
—No te lo impido.
—El caso, Siobhan, es que necesito que quien hable sea él. Y si se lo pido yo, sin duda responderá con unas cuantas palabras de lo más granado de su vocabulario.
—¿Es una petición?
—Una orden, entonces. Y no vendrá de mí, no en última instancia.
—¿La subfiscal de la Corona? —sugirió Clarke. Fox procuró no sorprenderse mucho de que ella lo supiera—. La vi acercarse directamente a ti en la fiesta de despedida del jefe de policía.
—Me ha encargado un trabajo.
—¿Un trabajo para la sección de Denuncias?
—El último —respondió en voz queda, mirando fijamente el platillo.
—Y si sudas la gota gorda, ¿cómo te recompensará? ¿Un ascenso importante? ¿Algo que te rescate del terreno de juego y te lleve directo al palco de la directiva?
—Qué bien se te da esto. —El tono de admiración de Fox sonó bastante auténtico.
Clarke ya sabía a estas alturas lo que había estado tanteando David Galvin durante la cena en Bia Bistrot. «¿Qué tal van las cosas con tu viejo sparring? ¿Se comporta? ¿Obedece órdenes?».
—¿De veras crees que voy a entregarte a John en bandeja?
—No es a Rebus a quien busco, sino a gente que conoce, o conocía en otros tiempos. Voy a remontarme treinta años atrás.
—¿Summerhall?
Fox hizo una pausa y la observó con atención.
—¿Te ha hablado del asunto? —Ella negó con la cabeza—. Entonces, ¿cómo lo sabes? —Pero ya lo había deducido en cuestión de segundos—. Esa fiesta de despedida —dijo, casi para su coleto—. Eamonn Paterson estaba presente. Lo vi con Rebus...
—Entonces, sabes tanto acerca de Summerhall como yo. Y sigo sin ver por qué tendría que echarte una mano.
—Pase lo que pase, voy a acabar haciéndole a Rebus unas preguntas. Simplemente creo que todo iría más suave si hay alguna clase de árbitro.
—¿Un árbitro?
—Para que vele por el juego limpio, por ambas partes.
Ella tomó un sorbo de café, y luego otro. Fox hizo lo propio, imitándola casi con exactitud.
—¿Se supone que eso es una táctica para demostrar empatía? —indagó ella.
—¿Qué?
—Lo de imitarme para hacerme creer que soy yo la que controla la situación.
Él dio la impresión de planteárselo.
—Al coger tu taza, me has recordado que la mía está aquí, nada más. Pero gracias por el consejo: lo tendré presente.
Clarke se le quedó mirando mientras intentaba calibrar el nivel del juego que se traía entre manos.
—El café es bueno, por cierto —añadió él, que esta vez lo sorbió ruidosamente.
Clarke no pudo por menos de sonreír. Volvió a contemplar a los viandantes mientras sopesaba sus opciones.
—Treinta años es mucho tiempo —dijo, al final.
—Lo es.
—¿Se supone que ocurrió algo en Summerhall?
—Es posible.
—¿Y John estuvo implicado?
—Tangencialmente: me parece que no llevaba mucho tiempo allí. Tenía un puesto de poca responsabilidad...
—Sabes que no va a delatar a ninguno de los hombres con los que trabajó, ¿verdad?
—A menos que pueda convencerle de lo contrario.
—Pues buena suerte —dijo Clarke.
—Es problema mío, no tuyo. Lo que me gustaría es que me ayudes a que se siente a hablar conmigo.
—Entonces, ¿de qué estamos hablando? ¿Alteración de unos cuantos testimonios? ¿Mentir ante un tribunal? ¿Presos que tropiezan y caen de camino a las celdas? —Aguardó a que respondiera.
—Es un poco más grave que todo eso —se avino a responder, mientras volvía a dejar la taza en el platillo con sumo cuidado—. Así que Rebus no te ha hablado nunca de ello, ¿eh?
—¿Te refieres a Summerhall? —Le vio asentir—. Ni una palabra.
—En ese caso —dijo Fox, que bajó el tono pese a que eran los únicos clientes del café—, ¿quizá no has oído hablar de los Santos?
—Del grupo de música.
—Bueno, esos también eran una especie de banda, supongo. Se hacían llamar los Santos de la Biblia de las Tinieblas.
—¿Y eso qué quería decir?
—No lo sé con seguridad; por lo visto en los archivos de la Fiscalía faltan algunos documentos.
—Esto tiene un aire vagamente masónico.
—Es posible que no andes muy desencaminada.
—¿Y los agentes de Summerhall formaban parte de esa sociedad?
—Eran los únicos miembros, Siobhan. Si trabajabas allí como detective en ese período, formabas parte de los Santos de la Biblia de las Tinieblas...
4
Rebus estaba sentado en su coche, observando el chalé. Ir con el Saab suponía que no podía beber, pero eso le iría bien si tenía que salir pitando. El cielo estaba despejado, la luna visible. Solo un grado o así sobre cero, la escarcha relucía en la superficie de la carretera. Tenía las manos aferradas al volante. No había visto entrar a nadie todavía. Había luces en las dos ventanas de la planta baja. El tejado de pizarra tenía claraboyas, cubiertas con cortinas y a oscuras. Rebus bajó la ventanilla y encendió un pitillo. Igual no se presentaba nadie. A las siete, le habían dicho, y ya eran y diez pasadas. ¿Y si iba a la puerta y se encontraba con que solo iban a estar Dod Blantyre, Maggie y él? Qué situación tan cómoda, ¿eh? Dio una calada al cigarrillo, entrecerrando los ojos al notar el escozor del humo. ¿Estaría Dod en cama? ¿Tal vez en la sala de estar, con una de esas sillas con orinal contra la pared? ¿Maggie agotada de cuidar de él, la vida escapándosele a ojos vistas? ¿Preguntaría por qué Rebus no iba nunca de visita, no enviaba una tarjeta navideña en respuesta a la que siempre seguía mandándole ella?
«Espero que tengamos ocasión de ponernos al día pronto. Con cariño, Dod y Maggie».
El nombre de su marido primero, pero la letra de ella. ¿De verdad quería pasar la velada encerrado con ellos? ¿Tenían algo de lo que hablar, aparte de los viejos tiempos? ¿Habría preparado ella sándwiches o alguna clase de cena, de tal modo que él tendría que mantener en equilibrio plato, tenedor y copa mientras estaba sentado o permanecía en pie?
—Joder —masculló, tirando la ceniza por la ventanilla.
—Está prohibido tirar basura —atronó una voz, al tiempo que un puño golpeaba el techo del Saab.
A Rebus estuvo a punto de caérsele el cigarrillo. Maldiciendo, miró fijamente la figura encorvada y sonriente de Eamonn Paterson.
—¿Quieres provocarme un infarto? —fingió quejarse Rebus.
—Una vieja treta de poli: la capacidad de acercarse sin ser visto.
Rebus subió la ventanilla, arrancó la llave del contacto y abrió la portezuela.
—No habrás venido andando, ¿verdad? —preguntó, al tiempo que se apeaba.
—He cogido el autobús. —Paterson señaló el Saab con un gesto de la cabeza—. ¿Eso es todo lo que tienes para hacer de conductor sobrio?
—Igualito que en los tiempos de Summerhall.
—Solo tuviste que llevarnos a todos a casa una o dos veces.
—Y limpiar el vómito del asiento trasero.
—Pero no era el mismo coche, ¿eh?
—No precisamente.
—Creo recordar a tu mujer quejándose de que no se iba el olor.
—Acabó en un concesionario a precio de saldo —dijo Rebus, asintiendo.
—¿El coche o la parienta? —Paterson le guiñó el ojo y le dio una palmada a Rebus en el hombro—. ¿Tienes ganas de ir a ver al inválido? Me ha dado la impresión de que estabas a punto de echarte atrás.
—Me preocupaba ser el único.
—Como si los Santos fueran a dejar que pasara algo así. —Otra palmada tranquilizadora, y Paterson abrió camino hasta la puerta principal del chalé.
Transcurrieron unos instantes hasta que Maggie Blantyre respondió al timbre. Bañada en calidez y luz acogedora, no parecía haber envejecido un solo día. Pelo rubio ceniza hasta el cuello desnudo, ancha de hombros pero con cintura estrecha. Llevaba joyas de aspecto caro en abundancia y su maquillaje era inmaculado.
—Chicos —dijo, y abrió los brazos para recibir un abrazo de cada uno—. Pasad a resguardaros del frío.
A Paterson le dio un par de besos en las mejillas antes de que entrara, y luego le tocó el turno a Rebus. Sus ojos se demoraron después en los de él, y llevó los dedos a su cara para limpiarle el pintalabios que le había dejado.
—John —dijo—. Esperaba que vinieras. —Luego lo llevó adentro por el brazo y cerró la puerta al mundo exterior.
—Quitaos los abrigos. —Se dirigió hacia el pasamanos, donde ya había un abrigo de lana de color camel, con una bufanda roja colgando de un bolsillo.
—¿Ha venido Stefan? —dedujo Paterson.
—Tú eres el detective —dijo Maggie, alargando las palabras—. Dímelo tú.
—Siempre he dicho que el abrigo de color camel le da aire de vendedor de coches de segunda mano. —Colgó la chaqueta acolchada. Rebus forcejeó con su propio abrigo hasta que Maggie le ayudó. Se fijó en una silla elevadora que ascendía por la pared desde el pie de la escalera.
—No estaba seguro de si teníamos que traer algo de beber —se disculpó.
—Basta con vuestra presencia —le tranquilizó ella, volviendo a tocarle el brazo—. Ahora, venid por aquí.
Cruzaron un comedorcito y entraron en la sala. Dod Blantyre estaba sentado en un sillón de aspecto normal, vestido y con un vaso de un líquido naranja en una mesilla auxiliar a su lado. Stefan Gilmour se había levantado del sofá y pasado el whisky de la mano derecha a la izquierda.
—Hola, Tocino —dijo. Los dos hombres se estrecharon la mano antes de que Gilmour se volviera hacia Rebus—. John, cuánto tiempo.
—Stefan. —Rebus observó a su antiguo jefe. Tenía algo más de setenta años, pero parecía como mínimo una década más joven. Llevaba una camisa negra bajo una chaqueta hecha a medida, con pantalones de pana de color óxido y mocasines marrones. El pelo del que aún podía alardear estaba peinado de manera que cubriera la mayor parte posible del cráneo. Tenía los ojos de un penetrante color azul y un rubor saludable en las mejillas.
—¿Vas a quedarte en la ciudad? —le preguntó Paterson.
Gilmour negó con la cabeza.
—Me llevará de regreso mi chófer.
—¿Chófer, eh? —Paterson hizo un gesto en dirección a Rebus—. Yo también tengo chófer esta noche. —Luego se dirigió al rincón de la sala donde estaba Dod Blantyre y le apretó el hombro a modo de saludo.
—Perdona que no me levante. —Un lado de la cara de Blantyre se veía más caído que el otro, lo que hacía que sus palabras sonaran ligeramente gangosas.
—No es necesario, Dod —le aseguró Paterson.
Blantyre asintió y centró la atención en Rebus.
—Y aquí está el hijo pródigo —anunció—. Creía que la bebida había podido contigo, o te habías ido a vivir a España.
—Me limito a trabajar duro —respondió Rebus, encogiendo los hombros como disculpa.
—Bueno, pues ahora estás aquí. Maggie, ¿vamos a dejarle que se muera de sed?
Había un mueble bar abierto. Maggie ya parecía saber que Paterson querría un Highland Park.
—¿Lo mismo para ti, John? —preguntó.
—Más vale que me tome uno de esos. —Rebus asintió en dirección al vaso de naranja junto a Blantyre.
—¿Con las tres medidas de vodka?
—Mejor sin ellas.
—Dod sabe que no debería beber. —Maggie empezó a servir zumo del envase de tres litros.
—Los médicos quieren quitarle toda la diversión a la vida —se lamentó Blantyre.
Rebus tuvo que esforzarse de nuevo para entender las palabras de su antiguo compañero.
—Venga, sentaos —les instó Maggie, al tiempo que les alcanzaba las copas. Había justo espacio suficiente en el sofá para las tres visitas, y Maggie se acomodó en el sillón libre—. A nuestra salud —dijo, dirigiendo el brindis a todos los presentes. Luego, al caer en la cuenta de su error, se levantó de nuevo y fue junto a su marido para levantar su vaso y ayudarle a sostenerlo mientras bebía por una pajita. Al caerle un poco de baba en la barbilla, se la limpió con el dorso de un dedo lleno de anillos.
—Es muy amable por vuestra parte haber venido —dijo, y se sentó de nuevo—. ¿Verdad que sí, Dod?
—Sí —convino él—. Los Santos de la Biblia de las Tinieblas...
—Cuánto hace que no oía esas palabras —comentó Stefan Gilmour con una sonrisa.
—Eso es porque hoy en día te mueves en otros círculos —le recordó Paterson—. Futbolistas y estrellas de cine...
—No tantos como te imaginas.
—Pero ¿todavía tienes ese hotel en Dubai?
—Va capeando la tormenta de arena económica —reconoció Gilmour.
Sentado en la otra punta del sofá, Rebus no alcanzaba a ver a su antiguo jefe si no se inclinaba hacia delante. Allá en Summerhall, Gilmour había sido el inspector, con Paterson y Blantyre como sargentos y Rebus como un humilde detective raso, junto con otro detective más joven llamado Frazer Spence. Pero Spence había muerto una década atrás en un accidente de moto en Grecia. Aquel funeral fue la última vez que se reunieron los cuatro miembros restantes de los Santos en un mismo lugar.
—¿En qué piensas, John? —preguntó Maggie Blantyre, meciendo la copa de vino blanco.
—Pensaba que no debería haber venido en coche. —Fingió contemplar el zumo de naranja.
—Pues déjalo donde está y mañana te pasas a recogerlo.
Pero él negó con la cabeza.
—Tengo entendido que sigues trabajando —dijo Dod Blantyre.
—Estuve retirado una temporada: me dedicaba a investigar como civil para la Unidad de Casos Pendientes.
—¿Es la que puso en marcha Gregor Magrath?
—Ahora le han dado carpetazo. Presenté una solicitud para reingresar en el Departamento de Investigación Criminal y tuve suerte.
—Algo así como los vejetes que contratan en los grandes almacenes de bricolaje —bromeó Paterson.
—John siempre ha trabajado duro —aseguró Blantyre.
—Qué, ¿el derrame cerebral te afectó la memoria? —preguntó Paterson con un bufido—. John era el tipo más vago que había por allí. —Se volvió hacia Rebus—. ¡A que sí, John!
—Confundes a John con el pobre Frazer —le interrumpió Gilmour—. Era Frazer el que siempre andaba escaqueándose por ahí.
—¿Ah, sí? —Paterson frunció el ceño intentando hacer memoria.
—No le des más whisky a Tocino —advirtió Blantyre a su mujer—. Apenas le quedan sinapsis ya.
Resonaron algunas risas y después se concentraron en sus copas. No está mal, pensó Rebus para sus adentros. Pero conocía a esos hombres; el estado de ánimo podía cambiar...
—¿Tiene alguien aún la Biblia de las Tinieblas? —preguntó Gilmour en pleno silencio.
—No sé qué fue de ella —dijo Blantyre—. Maggie cree que igual fue a parar a un contenedor cuando limpiamos el garaje.
—Qué pena.
Blantyre miró a Gilmour.
—Apuesto a que te alegras de haberlo dejado cuando lo hiciste: tienes más pasta de la que llegaremos a ver nunca nosotros, pobres pringados.
—¿Cuántos hoteles tienes ahora, Stefan? —La pregunta la planteó Maggie.
—No son exactamente míos. Lo que pasa es que he conseguido el puesto de director de la empresa.
—Pero, ¿cuántos?
—Diecisiete, la última vez que conté.
—Seguro que te sale el dinero por las orejas.
—Me codeo con la plantilla del Emirates.
Maggie sonrió; al parecer se alegraba por él.
—¿Y sigues saliendo con esa modelo?
—No es modelo, lo que pasa es que antes salía en la tele.
—Pero es lo mismo, hace falta ser guapa.
Gilmour asintió lentamente.
—Seguimos juntos —reconoció—. Aunque no estamos casados.
—Leímos lo tuyo en la prensa, todo eso del referéndum.
—«Stefan Gilmour dice No» —repitió Paterson como un loro—. ¿Es que aspiras a que te nombren caballero?
—¿Y qué pasó con ese plan que teníais tú y ese amigo tuyo futbolista de comprar el estadio de Tynecastle? —añadió Blantyre.
—Esto se está convirtiendo en un interrogatorio —fingió rezongar Gilmour—. Y todos sabemos lo desagradables que pueden llegar a ser. —Sonrió y bebió de su copa.
—¿Y tú qué, John? —preguntó Maggie a Rebus—. Te separaste de Rhona, ¿verdad? ¿Solo tienes un retoño...?
—Déjale en paz —instó Blantyre a su esposa. Luego, a Rebus—: Ve demasiados culebrones, John, eso es lo que pasa.
—¿Meto las empanadas en el horno? —preguntó Maggie, poniéndose ya en pie.
Su marido asintió.
—¿Empanadas? —indagó Paterson.
—A Dod le ha parecido que sería un detalle. Dice que durante dos años no comisteis otra cosa.
—Eso parecía, desde luego. —Paterson no palmeó su propio estómago sino el de Rebus—. Eran John y Frazer los que se encargaban de ir a buscarlas.
—Solo tardo un minuto. —Se acercó al sillón de su marido y le dio un beso en la frente antes de dirigirse a la cocina.
En cuanto salió, Blantyre pidió que cerraran la puerta. Fue Gilmour quien lo complació.
—Venid aquí los tres —les dijo Blantyre. Las tres visitas se acercaron a su sillón—. Así no hace falta que hable tan fuerte.
—¿Qué ocurre, Dod? —preguntó Gilmour, sin subir el tono de voz.
—Las últimas veces que he ido a ver a los matasanos, no he dejado que Maggie me acompañe. Conque no sabe que las cosas van de mal en peor. No es solo el derrame. El motor está también muy fastidiado.
—Lamento oírlo —dijo Paterson.
—Todavía me quedan unos meses, o al menos eso espero. Pero me han dado a entender que igual no son tan agradables como a mí me gustaría. —Los miró uno por uno—. Elinor Macari está en pie de guerra.
—¿Macari? —preguntó Gilmour.
—La subfiscal de la Corona —le informó Rebus.
—Quiere rastrear el caso Saunders.
—¿Por qué demonios quiere hacerlo?
—Porque puede. La ley que impide abrir un caso por segunda vez se ha ido al cuerno, por si no te habías enterado.
—Pero de aquello hace treinta años —arguyó Gilmour—. No esperarán que recordemos...
—Eso no les impedirá indagar. —Paterson se volvió hacia su amigo—. ¿Te apetece ver tu foto en la prensa, Stefan? ¿Y no abrazado a una estrella de la tele sino junto a una fotografía de la ficha policial de Billy Saunders?
—¿Sigue Saunders entre los vivos? —se interesó Gilmour.
—Macari no iría a por él si no fuera así —dijo Blantyre. Luego—: Tengo la boca seca. ¿Podéis alguno...?
Paterson levantó el vaso y ladeó la pajita hacia los labios de Blantyre. Gilmour sacó un pañuelo de hilo limpio con el que enjugarle la barbilla.
—Bueno, ¿qué hacemos? —preguntó.
—Yo solo os pongo sobre aviso —dijo Blantyre—. Dentro de unos meses, a mí me traerá sin cuidado. A vosotros, por el contrario...
Gilmour se volvió hacia Rebus.
—Tú eres el único de nosotros con acceso al Departamento, John. ¿Puedes averiguar qué está ocurriendo?
—Lo puedo intentar —admitió John.
—Sin que parezca que estás intentando ocultar algo —añadió Paterson.
—¿Ocultar? —repitió Rebus, en el momento en que Maggie volvía a entrar.
—¡Ay! —dijo, espantada al ver a los tres invitados en torno a su marido—. ¿Ha pasado algo?
—Estoy bien —le aseguró Blantyre—. Estaba tomando un trago.
Ella se llevó la mano al pecho.
—Me habéis asustado. —Luego hizo un gesto en dirección a la cocina—. Las empanadas estarán listas en unos quince minutos, y me parece que voy a salir a fumar.
—Igual salgo contigo —dijo Rebus. Fijó la mirada en los ojos de Dod Blantyre—. Si no hay inconveniente...
—Claro —accedió Blantyre, tras dudarlo solo un instante.
Rebus siguió a Maggie por la pequeña cocina hasta el jardín de atrás. Había un patio, los muebles cubiertos a la espera de que mejorara el tiempo, con un trozo de césped más allá. Maggie encendió el pitillo antes de pasarle el mechero de oro a Rebus. Se cruzó de brazos como para mantenerse abrigada.
—¿Quieres que vaya a buscarte un abrigo? —preguntó él, pero Maggie negó con la cabeza.
—A veces me entra mucho calor en la casa. A Dod le gusta que la calefacción esté bien fuerte.
—¿Os las apañáis bien, los dos?
—¿Qué otra cosa podemos hacer? —Se retiró una hebra de cabello de un ojo.
—Pero tiene que ser duro, ¿no?
—¿Podemos cambiar de tema?
—Como quieras.
Maggie lo pensó un momento.
—Bueno, mejor no, vamos a ceñirnos precisamente a ese tema. ¿Qué hacéis todos aquí?
—No sé si te entiendo.
—¿Cuándo fue la última vez que estuvisteis los cuatro en la misma habitación?
—En el funeral de Frazer.
—Y de eso hace diez años, conque ¿por qué ahora? —Levantó una mano—. No te molestes en meter paja. He visto suficiente en mis tiempos como para llenar un granero. —Se acercó un paso. Él alcanzó a oler su perfume—. Es porque se está muriendo, ¿verdad? ¿Se muere y cree que me lo puede ocultar? —Ella vio la respuesta en sus ojos y se volvió, dio una fuerte calada al cigarrillo y expulsó el humo por la nariz de tal modo que su cara entera quedó envuelta en una nube.
—Maggie —empezó Rebus, pero ella negaba ya con la cabeza. Al cabo, respiró hondo y empezó a serenarse.
—¿Sigues teniendo la misma dirección? —preguntó—. ¿Esa a la que envío una postal todos los años?
—Sí.
—¿No te tomaste la molestia de mudarte? ¿Pensabas que Rhona regresaría?
—No especialmente. —Cambió el peso del cuerpo al otro pie.
—Pero nos gusta aferrarnos al pasado, ¿verdad? Dod sigue hablando de Summerhall. A veces creo que lo que necesita es un cura y no una esposa. —Vio su mirada y levantó una mano—. Me ahorra los detalles truculentos. Eran otros tiempos, había otras normas, ¿verdad?
—Igual eso es lo que nos decimos. —Rebus observó la brasa reluciente del cigarrillo.
—Pero algo lo tiene preocupado, ¿verdad? No es solo la cruda realidad de que se está muriendo. Y tiene que ver con los Santos, ¿no?
—Es mejor que se lo preguntes a él.
Maggie sonrió.
—Te lo pregunto a ti, John. Se lo pregunto a mi viejo amigo. —Y al no responder él, se le acercó y le besó en los labios, le besó lentamente, borrando luego las pruebas con un dedo—. No llegó a enterarse —dijo, su voz apenas un suspiro—. No a menos que se lo dijeras tú.
Rebus negó con la cabeza sin decir nada.
—No erais más que unos chavales, todos vosotros. Chavales jugando a ser vaqueros. —Le pasó otro dedo por la mejilla y el cuello.
—¿Y qué eras tú, Maggie? —preguntó mientras ella examinaba el contorno de su rostro.
—Yo era lo mismo que soy ahora, John. Ni más, ni menos. Tú, por otra parte...
—Desde luego ahora ocupo más espacio.
—Pero también pareces más triste. Me pregunto por qué crees que tienes que seguir haciendo el trabajo que haces.
—Bueno, ¿cómo era yo por aquel entonces?
—Era como si estuvieses conectado a un cable eléctrico.
—Por suerte, conseguí que me lo arrancaran.
—No estoy tan segura. —Dio una última calada al pitillo y lo tiró de un capirotazo a un cubo cercano—. Más vale que entremos antes de que empiecen a cuchichear. Aunque no es que los Santos no confiéis los unos en los otros...
Rebus terminó su cigarrillo y lo tiró junto al de ella.
—No era más que un nombre que nos pusimos —explicó Rebus—. No significa nada.
—Prueba a decírselo a Dod. —Hizo una pausa en la puerta trasera mientras giraba el pomo—. Por lo que a él respecta, es como si hubierais salido de un cómic.
—No recuerdo a muchos superhéroes alimentándose de empanadas —repuso Rebus.
—Probablemente tampoco lleváis los calzoncillos por encima de los pantalones —convino ella—. A menos que haya algo que me quieras contar...
La casa de Paterson era una propiedad victoriana adosada en Ferry Road. La mayoría de sus vecinos habían abierto Bed & Breakfast, lo que suponía que sus jardines se habían convertido en aparcamientos rudimentarios. La parte delantera de la casa de Paterson, en cambio, se distinguía por unos árboles añejos y un seto de acebo bien arraigado. Llevaba viudo siete años, pero no parecía tener intención de mudarse a un lugar más pequeño.
—Mis hijos siempre andan dándome la lata —confesó a Rebus en el Saab. Había bebido suficiente whisky para estar soñoliento y dejaba las frases a medias—. Tendría menos trabajo con un bonito piso moderno en alguna parte, pero a mí me gusta estar donde estoy.
—Lo mismo digo —asintió Rebus—. Con un par de habitaciones de invitados que no me harán falta nunca.
—Cuando se llega a nuestra edad, ¿qué más da? Fíjate en el pobre Dod: nunca se sabe lo que le espera a uno a la vuelta de la esquina. Más vale seguir adelante y no... —No atinaba a dar con las palabras adecuadas, así que hizo girar las manos una en torno a la otra.
—¿Devanarse los sesos? —sugirió Rebus.
—Sí, quizá. —Paterson resopló ruidosamente—. A Stefan le ha ido bien, ¿eh? Millones en el banco y un avión privado para ir de aquí para allá. —Rebus asintió con la cabeza—. Y Maggie sigue siendo una mujer maravillosa: ahí sí que tuvo suerte Dod.
—Es verdad.
—Sigue siendo hermosa y... —Paterson se interrumpió con el ceño fruncido—. Intento recordar un poema: hermosa y no sé qué y luego igual algo más.
—Me tienes sobre ascuas.
Paterson le miró, intentando enfocar la vista.
—Qué frío eres, John. Siempre lo fuiste. No quiero decir que... —Lo pensó un momento—. ¿Qué quiero decir?
—¿Frío en plan reservado? —sugirió Rebus.
—No, eso no. Es más bien que nunca te ha gustado mostrar emociones: temías que los demás se mostraran compasivos.
—¿Y no lo quería?
—Pues no —aseguró Paterson—. Éramos tipos duros, todos nosotros. Así eran los que se metían a policías por aquel entonces, no licenciados universitarios y demás. Y si teníamos dos dedos de frente, entonces igual conseguíamos entrar en el Departamento de Investigación Criminal... —Hizo una pausa, escudriñando por la ventanilla—. Ya hemos llegado.
—Lo sé.
Paterson le miró de hito en hito.
—¿Cómo?
—Porque llevamos cinco minutos delante de tu casa. —Rebus tendió una mano para que la estrechara Paterson—. Me alegra volver a verte, Tocino.
—¿Te alegras de haber ido?
—No estoy seguro.
—Y eso que ha dicho Dod, ¿crees que podrás...?
—Es posible. Pero no prometo nada.
Paterson le soltó la mano a Rebus.
—Eres un buen tipo —dijo, como si acabara de llegar a esa conclusión. Luego abrió la portezuela e hizo ademán de apearse.
—Sería mejor que antes te desabrocharas el cinturón de seguridad —le recordó Rebus.
Unos instantes después, Paterson había quedado libre e iba dando tumbos por el sendero hacia la puerta principal. Se encendió una luz de seguridad, y se despidió con la mano sin volver la vista, dando a entender a Rebus que ahora ya se apañaba él solo. Con una sonrisa hastiada, Rebus metió la primera e intentó calcular el trayecto más sencillo hasta su casa.
Le llevó veinte minutos, con un CD de Mick Taylor en el estéreo y los semáforos que parecían ponerse en verde cada vez que se acercaba. El móvil emitió un zumbido en su bolsillo, pero aguardó a estar aparcado delante de su casa antes de sacarlo y mirar el texto. Era de Siobhan Clarke.
«¿Podemos hablar?».
Rebus se quedó en el coche mientras la llamaba. Clarke contestó al instante.
—¿Qué ocurre? —preguntó él.
—He pasado por tu casa un par de veces: quería hacer esto cara a cara.
—¿Hacer qué?
—Interceder.
No estaba seguro de haberla oído bien.
—¿Interceder?
—En nombre de Malcolm Fox. Solicita el placer de tu compañía en algún momento de mañana o así.
—¿Y le da miedo pedírmelo directamente?
—Algo parecido.
—¿Y tú «intercedes» porque...?
—Porque a veces una cara amiga va bien. —Hizo una pausa—. Pero ya sé que vas a decirle que no de todos modos.
—¿Ah, sí?
—Es de Denuncias, John. Tienes el sistema cableado para escupirle a la cara.
Cableado... Recordó las palabras de Maggie: «Era como si estuvieses conectado a un cable eléctrico».
—Algo de cierto sí que hay en eso —reconoció.
—Bueno, ¿qué le digo? Teniendo en cuenta que soy un alma sensible como una florecilla.
—No me venga con chorradas, inspectora detective Clarke.
—Pero de todas maneras, vas a decir que no, ¿verdad?
—Voy a decir que mañana, en la sala del fondo del Ox, a las doce del mediodía.
Se hizo el silencio al otro lado de la línea.
—¿Sigues ahí? —preguntó él.
—No estoy segura.
—Mañana a las doce —confirmó.
—¿Así, sin más?
—Así, sin más.
—Ahora no voy a poder pegar ojo: no hasta que me digas por qué. —Se interrumpió de nuevo—. Es casi como si ya lo hubieras sabido.
—¿Ah, sí?
—Sabías que te rondaba —continuó Clarke—. Pero ¿cómo es posible? Solo me lo dijo a mí...
—Los magos nunca enseñan sus trucos, Siobhan.
—¿Sabes que tiene que ver con Summerhall? ¿Y los Santos del Libro de las Tinieblas?
—La Biblia de las Tinieblas —la corrigió Rebus.
—Pero ¿lo sabes? —insistió ella.
—Hay una cosa que no tengo clara...
—¿Sí?
—En la reunión de mañana, ¿estarás conmigo o con él?
—¿Tú qué crees?
—Igual es mejor que no estés.
—Pero entonces, ¿quién impedirá que le des una buena tunda?
—No voy a zurrarle, Shiv: quiero oír lo que tenga que decirme.
—Tiene que ver con un hombre llamado Billy Saunders.
—Claro que sí —dijo Rebus, que puso fin a la llamada y se apeó del coche.
DÍA 3
5
A las doce del día siguiente, Rebus estaba sentado a una mesa en un rincón, con una pinta de cerveza IPA. El Oxford Bar tenía dos salas: una con la barra y la otra solo con mesas y sillas. Contra las paredes de la sala del fondo había bancos de iglesia reciclados. Habían encendido un fuego de carbón en la chimenea y el establecimiento olía a humo, con un matiz de lejía de haber fregado esa misma mañana. Un amplio ventanal daba a Young Street, pero la luz natural era como mucho intermitente. Rebus había tomado un par de sorbos del vaso. No había nadie más en la sala del fondo y en la otra solo estaba Kirsty, la camarera, con las noticias de la televisión por toda compañía. Cuando se abrió con un traqueteo la puerta de la calle, Rebus se permitió esbozar una leve sonrisa: Malcolm Fox llegaba puntual, como era de esperar. La figura apareció, vio a Rebus y se acercó a la mesa. Retiró una silla y se sentó, sin molestarse en averiguar si Rebus se negaría a estrecharle la mano en el caso de que se la hubiera tendido. Siobhan Clarke estaba en el umbral, señalando lo que bebía Rebus. Este negó con la cabeza y ella se retiró hacia la barra para aparecer instantes después con dos vasos de agua mineral con gas.
—Gracias por reunirte conmigo —dijo Malcolm Fox, que colocó cuidadosamente el vaso sobre el posavasos. Clarke tomó asiento en el mismo banco que Rebus, pero manteniéndose equidistante entre los dos hombres, sin pronunciar palabra—. ¿Te importa decirme por qué aquí?
—En Edimburgo existe una larga tradición de hablar de negocios en pubs —explicó Rebus—. Además, es una muestra de lo interesado que estás.
Fox le miró fijamente.
—¿Interesado?
—Podrías haberlo hecho en plan oficial, haberme citado en la jefatura de policía. En cambio, aquí estamos, en mi terreno. Significa que estás interesado, rayando en desesperado.
Fox decidió pasarlo por alto.
—Vengo en nombre de la subfiscal de la Corona. Quiere reabrir unos casos antiguos.
—Ahora que han retocado las leyes que impiden juzgar un caso por segunda vez.
—Así es.
—¿Y tiene a Billy Saunders en el punto de mira?
—Eso para empezar.
Rebus se volvió hacia Clarke.
—¿Qué más te ha contado?
—Hace treinta años —respondió Clarke—, llevaron a juicio a Saunders por matar a golpes a un hombre. El caso se vino abajo. Más adelante, cumplió condena por otro delito y reconoció ante otro preso que lo había hecho. Daba igual, porque no podían juzgarlo por segunda vez.
—Ahora pueden —añadió Fox.
—Entonces, ¿a qué espera Elinor Macari? —preguntó Rebus.
—El caso contra Saunders se vino abajo por lo que hicieron en el Departamento de Investigación Criminal de Summerhall. Manipularon pruebas, no se llevaron a cabo los interrogatorios como era debido...
—Creo recordar que nuestro inspector por aquel entonces cargó con la culpa.
—¿Te refieres a Stefan Gilmour? Sí, al final. Pero hay quien dice que fue porque quería tapar el asunto.
—¿Tapar qué?
—Billy Saunders había sido uno de los soplones de Summerhall. Decidisteis que os resultaba más útil en la calle que en chirona. El tipo que se cargó era un cabronazo llamado Douglas Merchant: Merchant se había liado con la pareja de Saunders. Por lo que a Summerhall respecta, Merchant ya podía pudrirse. Así que os asegurasteis de que el caso contra vuestro colega no pudiera llegar a buen puerto.
—Eso no quedó demostrado.
—Por lo que tengo entendido, nadie lo intentó. Stefan Gilmour presentó la dimisión, luego cerraron la comisaría y entraron en acción los buldózeres. Se acabó Summerhall y se acabaron los Santos de la Biblia de las Tinieblas.
—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Rebus, al ver que Fox intentaba sofocar una sonrisa.
—¿No te parece que es pasarse un poco de la raya? ¿A quién se le ocurrió el nombre, de todos modos?
Rebus se encogió de hombros.
—Ya corría por allí antes de llegar yo a Summerhall.
—¿Así que es de los setenta, o incluso de los sesenta?
Volvió a encogerse de hombros.
—¿Qué crees que vas a sacar de todo esto, aparte de hacer méritos ante la subfiscal?
—Están desempolvando los informes sobre el caso. Se volverán a examinar las pruebas que queden. Se interrogará a los principales implicados...
—Eso no es lo que he preguntado.
—Me han encargado un trabajo y voy a hacerlo —aseguró Fox.
—George Blantyre sufrió un derrame: te deseo suerte cuando intentes sacarle respuestas. Y Frazer Spence murió hace diez años.
Fox asintió para dar a entender a Rebus que nada de eso le cogía de nuevas.
—Pero tú sigues aquí —dijo en tono de salmodia—. Igual que Stefan Gilmour y Eamonn Paterson. Además de otros vinculados con el caso...
—¿Billy Saunders?
—Conduce un taxi de alquiler privado. —Fox se interrumpió—. ¿Te has tropezado alguna vez con él?
—Hace un cuarto de siglo que no.
—Algo así se puede comprobar —le advirtió Fox.
—Pues compruébalo. —Rebus apoyó los codos en la mesa y se inclinó hacia delante—. Pero no esperes encontrar gran cosa, aparte de telarañas y polvo.
—Puedo dar por sentado que avisarás a tus antiguos colegas de que me pondré en contacto con ellos, ¿verdad?
—Te dirán que pierdes el tiempo, así como una buena pasta a cargo de los contribuyentes.
Fox hizo caso omiso.
—Creo que tengo la dirección de George Blantyre. A Stefan Gilmour no habrá problema para localizarlo: siempre sale en los periódicos. —Se interrumpió—. ¿Sigue viviendo Eamonn Paterson en Ferry Road?
—Hasta donde yo sé, sí.
—Dudo que se haya mudado desde anoche. —Fox tenía la mirada fija en Rebus—. Estuve de reconocimiento —le explicó—. Te vi dejarlo en su casa. Me alegra que sigáis siendo buenos amigos. —Hizo una pausa—. Cuando estalló el caso Saunders, no llevabas mucho tiempo formando parte del equipo de Summerhall, ¿verdad?
—Unos seis meses, quizá siete.
—¿El discípulo más reciente en las filas de los Santos?
—Sí.
—Igual resulta que no estuviste implicado: Gilmour y los demás no debían saber hasta qué punto podían confiar en ti.
—¿Tú crees? —Rebus se retrepó en el banco, que emitió un crujido de queja.
—Apenas acabas de volver a entrar en el Cuerpo. Algo así podría poner en peligro...
—Lo que estás diciendo es que, si te ayudo, ¿puedo quedar al margen del asunto?
—Ya sabes que no puedo hacer esa clase de promesas. —Pero el tono de Fox dio a entender otra cosa.
—¿Y lo único que tengo que hacer es delatar a algunos de mis amigos más antiguos?
—No es eso lo que te pido.
—Eres de lo que no hay, Fox. Y déjame que te diga algo que sí sé. —Rebus ya se desplazaba hacia el extremo del banco para ponerse en pie—. Te queda muy poco tiempo para dejar la sección de Denuncias. Eso significa que pronto volverás a entrar en acción, rodeado de tipos como yo: te espera una buena juerga, inspector. Espero que no te importe recibir un buen vapuleo...
—¿Me estás amenazando?
Rebus no se molestó en contestar. Ya estaba metiendo los brazos en las mangas del abrigo. La cerveza seguía donde la había dejado; no se había bebido ni la mitad.
—Las entrevistas oficiales empezarán de aquí a uno o dos días —dijo Fox—. Y te aseguro que serán rigurosas y quedarán grabadas. —Se volvió para ver a Rebus dirigirse al umbral y trasponerlo, bajando unos peldaños hacia la barra, la puerta principal y el mundo exterior.
Reinó el silencio en la mesa unos momentos y luego Fox hinchó los carrillos y resopló.
—Creo que ha ido bien —sugirió Siobhan Clarke.
—Bueno, en la medida en que no hemos acabado revolcándonos por el suelo, sí, ha ido bien.
Clarke se había puesto en pie. Fox le preguntó si quería que la llevase a alguna parte, pero ella negó con la cabeza.
—Casi se llega antes andando —le dijo—. Además, así se me despejará la nariz de tantos humos.
—¿La chimenea? —se interesó Fox.
—La testosterona —le corrigió ella.
—Gracias por echarme una mano, de todos modos.
—Lo cierto es que no hice nada.
—Conseguiste que viniera Rebus.
—En realidad no tuve que convencerlo.
Fox lo calibró unos instantes.
—Igual Eamonn Paterson lo puso sobre aviso...
Clarke tendió la mano y Fox se la estrechó.
—Buena suerte —le dijo.
—¿Lo dices en serio?
—Hasta cierto punto.
A solas en la sala del fondo del bar, Fox reparó en que su vaso no estaba del todo centrado en el posavasos. Con gesto lento y cuidadoso, abordó la tarea de reubicarlo.
Rebus se había detenido el tiempo suficiente en el cruce de North Castle Street para encender un cigarrillo y llamar al teléfono fijo de Eamonn Paterson.
—Soy John —dijo cuando contestó Paterson.
—Anoche estuvo bien, ¿verdad? Gracias de nuevo por traerme a casa.
—Acabo de hablar con Malcolm Fox.
—¿Quién es ese?
—Trabaja en la sección de Denuncias, lo que lo convierte en el perro de presa de Macari.
—Qué rapidez.
—Nos tiene a todos en el punto de mira. Cree que nos cargamos el caso Saunders para que siguiera en la calle un buen soplón.
—Como si fuéramos capaces de hacer algo semejante.
—Pero no fue así, ¿verdad?
—¿A qué te refieres, John?
—Bueno, había algo más, algo que os tenía a todos nerviosos. Puertas que se cerraban al pasar yo por delante..., conversaciones que se interrumpían de repente al entrar yo en el bar.
—Son imaginaciones tuyas.
—Tanto si lo son como si no, vais a tener que véroslas con Fox, y es posible que parezca uno de esos osos grandes y blandos que se ganan en la feria, pero tiene garras que lleva toda la vida afilando.
—¿Y por qué tenemos que hablar con él siquiera?
—Porque Elinor Macari tendrá buen cuidado de otorgarle la autoridad necesaria. Ahora mismo, está recabando expedientes y pruebas de hace treinta años. Estará bien preparado cuando llame a vuestra puerta.
—Tú lo has dicho, John: treinta años... Igual ninguno tenemos tanta memoria.
—Dudo que eso sea una buena defensa, Eamonn. No si hay por ahí algún expediente al que pueda echar mano. —Rebus hizo una pausa—. Así que déjame que te lo pregunte ahora mismo: ¿lo hay?
—Tú estabas allí, John. Ya sabes cómo trabajábamos.
—Lo sé en parte. —Rebus vio a Siobhan Clarke llegar desde Young Street. Ella también le vio y saludó con la mano—. Cuando quieras llenar los espacios en blanco, te escucharé encantado; es posible que incluso pueda echar una mano.
—John...
—Piénsalo bien —le espetó Rebus, que puso fin a la llamada. Luego le dijo a Clarke—: Hola.
—Iba a Gayfield Square. Vas en esa dirección.
—¿Por qué no?
Los dos cruzaron la calle, prestando atención al tráfico, y enfilaron Hill Street.
—Bueno, ¿qué te ha parecido? —preguntó ella por fin.
—Ya me conoces, Siobhan. No suelo dar muchas vueltas a las cosas.
—Aun así, me parece que has calado a Fox: este asunto no es más que una manera de posponer la hora maldita en que lo vuelvan a destinar al DIC. —Se interrumpió—. No te importa que haga de intermediaria, ¿verdad? —Le vio encogerse de hombros—. De hecho —se corrigió—, creo que la palabra que utilizó Fox fue «árbitro».
—No éramos más que una cuadrilla de chicos, Siobhan, lo típico en el DIC por aquel entonces.
—Solo que vuestra cuadrilla tenía un nombre.
—Yo nunca le di tanta importancia como los demás. Cuando teníamos que hacer un trabajo, llevábamos un casette en el coche: The Skids cantando «The Saints Are Coming», aquí vienen los santos. Era obligatorio ponerla.
—¿Y si se te olvidaba?
—Alguien se mosqueaba, por lo general Gilmour.
—Hoy en día es promotor inmobiliario, ¿no?
—Hoteles, sobre todo. Montó un negocio con un futbolista importante.
—¿Es millonario?
—Eso se dice.
—Le he visto en carteles de la campaña por el No... ¿Aún tienes contacto con él?
Rebus se detuvo en seco y se volvió hacia ella.
—Lo vi anoche.
—¿Ah?
—En casa de Dod Blantyre.
—¿La reunión de la que te habló tu amigo Tocino?
Rebus asintió, fulminándola con la mirada.
—Puedes contárselo a Fox si quieres. Seguro que le hace poner la antena: una reunión de los Santos, presas del pánico.
—¿Eso fue?
Rebus se rascó el mentón.
—No estoy seguro —confesó—. La excusa fue que queríamos ver a Blantyre.
—¿Porque tuvo un derrame?
—Pero él sabía lo de Macari. Y quería que yo viera qué podía averiguar al respecto.
Clarke asintió con la cabeza.
—Por eso accediste a ver a Fox, ¿no? Y la llamada de teléfono que acabas de hacer...
—Estaba poniendo al tanto a Paterson de las novedades —confirmó Rebus. Había echado a andar de nuevo, y Clarke le dio alcance poco después.
—¿Intentas jugar a dos bandas? —supuso ella—. Lo que significa que en realidad no sabes lo que ocurrió con Billy Saunders.
—No estoy seguro de que sea un asunto tan claro como cree Fox.
—Pues díselo.
—¿Y meter a los otros en el ajo? —Rebus negó con la cabeza—. No hasta que esté seguro.
—¿Vas a indagar por tu cuenta? Ya sabes lo que pensará Fox de eso, ¿verdad?
—Me importa un carajo lo que piense de eso tu amigo Fox.
Clarke le agarró por el brazo.
—Tú ya sabes de quién soy amiga.
Rebus se había parado de nuevo. Bajó la vista hacia el antebrazo y la mano aferrada a él.
—Claro que sí —dijo, casi con dulzura—. Eres amiga de Malcolm Fox.
Ella se mostró furiosa dos o tres segundos antes de ofrecerle una sonrisa torcida.
—A veces eres un auténtico capullo —dijo, soltándole el brazo para cerrar la mano y golpearle en el hombro con el puño. Rebus hizo un gesto de dolor y se frotó donde había recibido el golpe.
—¿Has estado haciendo pesas? —preguntó.
—Más que tú —le soltó ella.
—¿En el mismo gimnasio que tu amigo abogado? ¿Tenéis planeada alguna otra cena barata?
—No tiene ninguna gracia.
—Entonces, ¿por qué sonríes? —le preguntó Rebus, cuando se ponían en camino otra vez.
—Fox se está ocupando de los expedientes del caso —comentó Clarke por fin.
—Pues sí —convino Rebus.
—Así que si quieres investigar...
—No me costará más que perder la dignidad —le dijo Rebus.
—Pero en el bar...
—Si me hubiera doblegado de inmediato, él habría sospechado algo. —Miró en dirección a ella—. Hay quien podría confundir esa mirada con un gesto de admiración a regañadientes.
—Es posible —reconoció Clarke. Pero siguió mirándole así.
El centro de comunicaciones había revisado sus registros de la noche del accidente sin encontrar nada referente a la zona oeste de la ciudad, aparte de la automovilista que llamó para informar del accidente. Rebus pidió esos datos de todos modos y los anotó. Recordaba que la conductora volvía a casa de su trabajo en un supermercado de Livingston. Llamó a su móvil y la encontró trabajando. Ella le preguntó qué tal estaba Jessica Traynor.
—Se está recuperando —le aseguró Rebus—. Entretanto, tengo un par de preguntas rutinarias, si no le importa. Cuando detuvo el coche, ¿no vio ningún otro indicio de vida?
—No.
—¿Nada que indicase que tal vez no estaba sola en el momento del choque?
—¿Había alguien más?
—Estamos intentando hacernos una idea, señora Muir.
—Ella estaba en el asiento del conductor.
—¿Con la puerta abierta?
—Eso creo.
—¿Y el maletero?
—Lo cierto es que no tengo ni idea. Supongo que pudo abrirse por el impacto...
—¿No recuerda si estaba abierto o cerrado?
—No. —Se interrumpió, se disculpó y preguntó si era importante.
—La verdad es que no —la tranquilizó Rebus—. ¿Y no vio ningún otro vehículo? ¿Alguna luz carretera adelante?
—No.
—Sé que es mucho pedirle, pero ¿se cruzó con algún coche en dirección contraria en los minutos anteriores a su llegada al lugar del accidente?
—Estaba pensando en la cena. Y llevaba la radio puesta, iba cantando, seguramente.
—¿Así que no lo recuerda?
—Pues no.
Rebus le dio las gracias y colgó. Supuso que lo habría recordado si algún loco del volante hubiera salido de la nada embalado. Se levantó de su mesa y fue a la de Christine Esson.
—¿Qué tienes para mí? —preguntó.
Ella señaló la impresora.
—Puesto que estás chapado a la antigua, he supuesto que preferirías tenerlo en papel.
—Qué, ¿nos hemos quedado sin papiros? —Recogió las páginas impresas, unas treinta o así.
—Había más —le advirtió ella—. Pero era todo sobre fusiones y adquisiciones, y muchas páginas estaban duplicadas.
—Con esto tengo suficiente para empezar —dijo Rebus, que volvió a su mesa y colocó la silla de manera que pudiera estirar las piernas. Luego empezó a leer la versión de la vida y milagros de Owen Traynor que aparecía en Internet. Cincuenta y dos años de edad, casado durante diecisiete con Josephine Gray, amargo (y costoso) divorcio. Traynor se había declarado en bancarrota a los veintitantos pero se recuperó en cuestión de diez años. Había nacido en Croydon y le había dicho a un entrevistador que fue a la «universidad de la vida». Más de un perfil hacía mención de cómo cambiaba su estado de ánimo cuando se le planteaba un asunto que no le hacía gracia. Otro entrevistador confesaba incluso que Traynor había amenazado con colgarlo de la ventana por los pies, aunque en son de broma. No fue una broma cuando aquel inversor furioso empezó a armar escándalo: fue agredido a la puerta de su casa y acabó en la UCI. No se presentaron cargos. Había habido otros estallidos, casos en los que Traynor perdió los estribos. Le habían prohibido la entrada al menos a un hipódromo y un hotel de cinco estrellas de Londres.
Todo un personaje, el señor Owen Traynor.
Rebus pulsó en número de la Royal Infirmary en su teléfono y preguntó qué tal estaba Jessica Traynor.
—Le han dado el alta —le dijeron.
—¿Tan pronto?
—Tendrá que hacer una serie de sesiones de recuperación y demás...
—Pero ¿ya puede subir escaleras? —Rebus estaba pensando en los tres tramos hasta su piso de Great King Street.
—Su padre le ha reservado una habitación en un hotel durante unos días.
«Al lado de la que ocupa él», supuso Rebus. Dio las gracias a la enfermera, puso fin a la llamada y echó otra ojeada a las notas impresas. Se dio cuenta de que el caso estaba desapareciendo, como si lo hubieran cargado en un camión y fuera ya camino de la chatarrería. Paseó la mirada por la oficina. Page estaba en alguna reunión y se había llevado a Clarke. Ronnie Ogilvie andaba preparándose para prestar testimonio en un juicio. Christine Esson estaba repasando unas declaraciones. ¿Era eso lo que había echado en falta mientras estaba jubilado? Había olvidado los momentos de calma, las horas dedicadas al papeleo, el estar allí mano sobre mano. Pensó en Charlie Watts: ¿no había dicho algo así sobre su vida en los Rolling Stones? Cincuenta años en el grupo, diez tocando la batería y otros cuarenta esperando a que pasara algo. Lo que conectaba con lo que cantaba Peggy Lee en «Is There All There Is?». (¿Acaso no hay nada más?)
—Y una mierda —masculló Rebus, a la vez que se ponía en pie. Probablemente había pasado tiempo suficiente. Se palmeó los bolsillos en busca de tabaco, cerillas, móvil.
—¿Ya te vas? —bromeó Esson.
—Solo unos minutos.
—Hacer de jefe te ha pasado factura, ¿eh?
—No me importa interpretar papeles —le contestó Rebus, camino ya de la puerta—. De hecho, ahora voy a otro casting.
El pequeño aparcamiento era una especie de patio interior, limitado por la comisaría de hormigón gris que lo rodeaba. Rebus era casi siempre el único fumador que lo usaba. Llamó a la jefatura de policía y pidió que le pusieran con Asuntos Internos, «o como hubiesen decidido llamarlo esa semana». La extensión emitió media docena de tonos antes de que contestaran.
—Sargento Kaye —dijo la voz a modo de identificación: Tony Kaye. Rebus ya había tenido tratos con él.
—¿Está tu novio por ahí? Dile que Rebus quiere hablar con él.
—Está en una conferencia.
—Ni que fuera un magnate como el puto Alan Sugar —rezongó Rebus.
—Bueno, está reunido. Perdona, no sabía que fueras tan puntilloso con la gramática.
—Es el vocabulario, gilipollas, no la gramática.
—¿Por qué no vas a que te devuelvan el dinero en la escuela de buenos modales?
—En cuanto haya hablado con tu generalísimo. ¿Está reunido con la dulce señora Macari, por un casual?
—¿Cómo lo sabes?
—Soy detective, hijo. Un auténtico detective.
—Olvidas que he visto tus expedientes. Hay muchas palabras largas, pero «auténtico» la borraron del diccionario el día que saliste de la academia.
—Creo que estoy un poco enamorado de ti, sargento Kaye. Déjame que te dé los detalles de mi vida. —Dijo de corrido su número de móvil—. Dile a Fox que creo que puedo ayudarle. Que me llame en cuanto Macari le abra la cremallera de la careta sadomaso.
Puso fin a la llamada antes de que Kaye tuviera ocasión de responder. Con la mirada fija en la pantalla del móvil, esbozó una sonrisa. Lo cierto es que Kaye le caía bien, no sabía qué demonios hacía ese tipo en la sección de Denuncias. Cuando llegó un texto, lo escudriñó.
«Chúpamela», decía, seguido de tres besos. Enviado, era de suponer, desde el móvil de Kaye. Rebus guardó el número en sus contactos y deambuló por el espacio entre los coches, terminándose el pitillo en paz.
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