Читать книгу: «Historia. Libros VIII-IX»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 130

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por BEATRIZ CABELLOS ÁLVAREZ .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1989.

www.editorialgredos.com

PRIMERA EDICIÓN , 1989.

REF. GEBO240

ISBN 9788424931698.

LIBRO OCTAVO
URANIA


SINOPSIS

SEGUNDA GUERRA MÉDICA : FIN DE LAS OPERACIONES MILITARES DEL AÑO 480/479 A . C. (1 -144 ).

Batalla naval de Artemisio (1 -25 ).

Enumeración de los efectivos griegos. La cuestión del generalato (1 -3 ).

Intervención de Temístocles para evitar la retirada de la flota griega (4 -5 ).

Maniobra envolvente de la escuadra persa mediante el envío de un contingente a circunnavegar Eubea (6 -7 ).

Escilias de Escione informa a los griegos del plan persa (8 ).

Primer enfrentamiento naval, con victoria griega (9 -11 ).

Violenta tempestad que destruye el contingente persa destacado para rodear a los griegos (12 -13 ).

Segundo enfrentamiento naval, con victoria griega (14 ).

Tercer enfrentamiento naval, que termina con resultado indeciso (15 -17 ).

Retirada de la flota griega, informada del triunfo persa en las Termópilas. Artimaña de Temístocles para intentar conseguir que jonios y carios abandonen a Jerjes (18 -22 ).

La flota persa alcanza Eubea (23 ).

Jerjes exhibe los cadáveres de los griegos caídos en las Termópilas, ocultando a la flota la magnitud de sus propias bajas (24 -25 ).

Avance persa por Grecia Central (26 -39 ).

Nuevo ejemplo del talante de los griegos (26 ).

Excurso sobre la ancestral enemistad entre tesalios y focenses (27 -30 ).

Los persas conquistan Dóride y Fócide, penetrando en Beocia (31 -34 ).

Delfos se salva milagrosamente del ataque persa (35 -39 ).

La flota griega fondea en Salamina (40 ).

Evacuación del Ática (41 ).

Enumeración de las fuerzas navales griegas, con datos étnicos sobre los diversos contingentes (42 -48 ).

Los generales griegos celebran consejo, decidiendo, inicialmente, abandonar Salamina y dirigirse al Istmo de Corinto (49 ).

Jerjes ocupa Atenas, donde sólo la Acrópolis resiste por un tiempo (50 -55 ).

Pánico en la flota griega (56 ).

Temístocles, a instancias de Mnesífilo, persuade a Euribíades para que convoque una nueva reunión de los generales griegos (57 -58 ).

Pese a la oposición de Adimanto, Temístocles convence a los aliados para librar batalla naval en aguas de Salamina (59 -63 ).

Batalla de Salamina (64 -96 ).

Antecedentes inmediatos de la batalla (64 -82 ).

Los griegos se encomiendan a los dioses (64 ).

Prodigio, favorable a los helenos, acaecido en Eleusis (65 ).

La flota persa llega a Falero (66 ).

Jerjes celebra consejo con sus almirantes y, pese a la oposición de Artemisia, decide presentar batalla en Salamina (67 -69 ).

Primeros movimientos de la flota persa (70 ).

Los peloponesios fortifican el Istmo de Corinto ante un posible ataque del ejército persa (71 -73 ).

Digresión etnológica sobre el Peloponeso (73 ).

Descontento entre parte de la flota griega por la decisión de librar batalla en Salamina (74 ).

Estratagema de Temístocles para evitar que la flota aliada se retire al Istmo (75 ).

La flota persa inicia una maniobra envolvente y ocupa Psitalea (76 ).

Oráculo de Bacis favorable a los helenos (77 ).

Aristides informa a los generales griegos de la maniobra persa (78 -82 ).

Desarrollo de la batalla (83 -96 ).

Temístocles arenga a las dotaciones (83 ).

Maniobra griega para romper la formación enemiga (84 ).

Bravo comportamiento de los jonios (85 ).

Victoria griega (86 ).

Artemisia sobrevive al acoso adversario (87 -88 ).

Desorden entre las naves persas (89 ).

Calumnias de los fenicios contra los jonios (90 ).

Huida persa (91 ).

Incidente entre Polícrito y Temístocles (92 ).

Los griegos más destacados (93 ).

Comportamiento de los corintios (94 ).

Aristides, al frente de hoplitas atenienses, aniquila a los persas desembarcados en Psitalea (95 ).

Los griegos, vencedores, regresan a Salamina (96 ).

Jerjes proyecta huir de Grecia (97 ).

Excurso sobre el sistema de correos empleado en Persia (98 ).

Impresión causada en Susa por la derrota (99 ).

Jerjes, ante los consejos de Mardonio y Artemisia, decide retirarse dejando al primero en Grecia al frente de parte de las tropas (100 -103 ). Digresión sobre el eunuco Hermotimo (104 -106 ).

La escuadra persa zarpa de Falero (107 ).

La flota griega en persecución de la persa. Campaña de los aliados en las Cícladas (108 -112 ).

Mardonio decide invernar en Tesalia. Retirada de Jerjes (113 -120 ).

Los griegos se reparten el botín obtenido en Salamina. Temístocles es homenajeado en Esparta (121 -125 ).

Ante la sublevación de Palene, Artabazo toma Olinto y asedia Potidea (126 -129 ).

Preparativos persas y griegos para proseguir la guerra: la flota persa apareja en Samos y la griega en Egina (130 -132 ).

Mardonio, desde Tesalia, manda consultar los oráculos (133 -135 ).

Mardonio envía a Atenas, en calidad de embajador, a Alejandro de Macedonia para entablar negociaciones de paz (136 ).

Origen de los reyes de Macedonia (137 -139 ).

Atenas rechaza la oferta de Mardonio (140 -144 ).


VARIANTES RESPECTO A LA EDICIÓN OXONIENSIS DE HUDE




Batalla naval de Artemisio. Enumeración de los efectivos griegos. La cuestión del generalato

Los griegos 1 que integraban la flota [ 1 ] eran los siguientes 2 : ante todo, los atenienses, que aportaban ciento veintisiete naves 3 (pese a su inexperiencia marinera, los plateos 4 , haciendo gala de su valor y de su entusiasmo, figuraban entre las dotaciones de los navíos atenienses). Los corintios, por su parte, aportaban cuarenta naves, y los megareos, veinte [2] Los calcideos también equipaban veinte (quienes les facilitaban las naves eran los atenienses 5 ); los eginetas, dieciocho; los sicionios, doce; los lacedemonios, diez; los epidaurios, ocho; los eretrieos, siete; los trecenios, cinco; los estireos, dos; y los de Ceos, dos trirremes y dos penteconteros. Además, los locros opuntios acudieron en su ayuda con siete penteconteros 6 .

Estas eran, en definitiva, las fuerzas presentes en Artemisio 7 [ 2 ] (ya he indicado la cantidad de naves que aportaba cada Estado 8 ), siendo el número de los navíos allí reunidos, sin contar los penteconteros, doscientos setenta y [2] uno 9 . Por otra parte, fueron los espartiatas 10 quienes proporcionaron el general que poseía la autoridad suprema (se trataba de Euribíades 11 , hijo de Euriclides), pues los aliados habían manifestado que, si los laconios 12 no ejercían el mando, no obedecerían las órdenes de los atenienses, sino que renunciarían a la expedición que iba a organizarse.

Resulta que, en un principio 13 , antes incluso de enviar [ 3 ] emisarios a Sicilia para conseguir apoyo militar 14 , se había hablado 15 de que convendría confiar la dirección de la flota a los atenienses. Pero, ante la disconformidad de los aliados, los atenienses transigieron, porque su principal deseo era que Grecia se salvase 16 y porque comprendían —siendo su apreciación correcta— que, si se producía un altercado a propósito del mando, la Hélade sucumbiría, pues una disensión intestina es peor que una guerra que responda a un común objetivo, de la misma manera que la guerra es peor que la paz 17 .

Pues bien, en ese firme convencimiento, transigieron [2] sin oponerse, al menos 18 —como luego demostraron— mientras necesitaron imperiosamente a los aliados; de hecho, después de rechazar al Persa —cuando, a partir de entonces, pasaron a luchar por el control de sus dominios 19 —, privaron a los lacedemonios de la hegemonía so pretexto de los excesos de Pausanias 20 . Pero eso ocurrió posteriormente.

Intervención de Temístocles para evitar la retirada de la flota griega

Entretanto, en aquellos momentos, [ 4 ] cuando los efectivos griegos que, a la sazón 21 , habían acudido hasta Artemisio vieron que, en Áfetas 22 , habían atracado numerosas naves, y que todo estaba lleno de soldados, se aterrorizaron (dado que la situación de los bárbaros 23 se les antojaba bien distinta de lo que esperaban 24 ) y proyectaron huir del Artemisio rumbo a [2] Grecia Central 25 . Entonces los eubeos, al tener conocimiento de lo que proyectaban, rogaron a Euribíades que aguardase cierto tiempo, hasta que ellos pudiesen evacuar a sus hijos y a sus familiares. Pero, en vista de que no lograban persuadirlo, recurrieron a Temístocles, el general de los atenienses, y, mediante el pago de treinta talentos 26 , lo convencieron 27 para que permaneciesen donde estaban y libraran la batalla naval al norte de Eubea 28 .

Por su parte, Temístocles consiguió retener a los griegos [ 5 ] de la siguiente manera: de la citada suma entregó a Euribíades cinco talentos 29 , como si, en realidad, se los diese de su propio peculio.

Una vez que Euribíades quedó convencido por su gesto, como quiera que Adimanto (hijo de Ocito), el general corintio, era el único estratego 30 que se resistía, afirmando que iba a zarpar del Artemisio y que no se quedaría, Temístocles, en esa tesitura, le dijo solemnemente: «Tú, [2] desde luego, no nos vas a abandonar, porque yo te daré más presentes de los que te podría enviar el rey de los medos si abandonaras a los aliados 31 ». Y, al tiempo que pronunciaba esas palabras, hizo que llevaran a la nave de [3] Adimanto tres talentos de plata. Ambos, en suma, se dejaron convencer, seducidos por sus regalos, y los eubeos quedaron satisfechos, pero fue Temístocles quien, personalmente, salió ganando, pues, sin que se supiera, tenía en su poder el resto del dinero; es más, quienes recibieron parte de esa suma creían que [el dinero] había llegado, procedente de Atenas, con esa finalidad.

Maniobra envolvente de la escuadra persa, mediante el envío de un contingente a circunnavegar Eubea

[ 6 ] Así fue, en definitiva, como los griegos se quedaron en Eubea y presentaron batalla naval, que se desarrolló de la siguiente manera: tras haber arribado a Áfetas a primera hora de la tarde 32 , los bárbaros, que ya se hallaban informados de antemano de que, en las inmediaciones del Artemisio, montaba guardia un pequeño contingente de naves griegas 33 , y que en aquellos instantes pudieron divisarlas con sus propios ojos 34 , estaban ansiosos por pasar al ataque, para intentar capturarlas.

Ahora bien, consideraban que, en aquellos momentos, [2] no convenía abordarlas frontalmente, pues, en concreto, temían que, si los griegos advertían su maniobra, consiguieran darse a la fuga, y que la noche encubriese su retirada —con lo que, indefectiblemente, lograrían escapar—, cuando, según sus palabras, ni siquiera el portador del fuego debía escapar con vida 35 .

[ 7 ] De ahí que, a tal efecto, tomaran las siguientes medidas: del total de la flota escogieron doscientas naves 36 y, a fin de que no pudiesen ser avistadas por el enemigo mientras costeaban Cafareo y doblaban Geresto 37 , circunnavegando Eubea, las enviaron a rodear Escíatos por el Norte 38 , rumbo al Euripo 39 , al objeto de cercar a los griegos: los navíos llegados por esa ruta les cortarían la retirada, en tanto que ellos se lanzarían en su persecución, hostigándolos 40 de frente.

[2] Tras haberse decidido por ese plan, hicieron que las naves encargadas de esa cuestión zarpasen, pues el grueso de la flota no tenía el propósito de atacar a los griegos ese día 41 , ni antes de que los expedicionarios estuviesen en condiciones de transmitirles la señal de su llegada 42 . Así pues, enviaron esas naves a rodear Eubea; y, en Áfetas, procedieron al recuento del resto de la flota 43 .

Escilias de Escione informa a los griegos del plan persa

Entretanto, mientras los persas procedían [ 8 ] al recuento de sus naves, se encontraba en su campamento Escilias de Escione 44 , a la sazón el mejor buzo del mundo (este personaje, con ocasión del naufragio que se produjo a la altura del Pelión 45 , ya había rescatado para los persas numerosos tesoros, aunque, personalmente, se había apropiado de otros muchos), quien, por lo visto, tenía el propósito, desde hacía ya tiempo, de pasarse a los griegos, pero resulta que, hasta aquel momento, le había sido imposible.

Pues bien, no puedo indicar con exactitud cómo acabó [2] llegando finalmente al bando griego, pero me pregunto, lleno de perplejidad, si lo que se cuenta es cierto, porque, según dicen, se zambulló en el mar en Áfetas y no emergió hasta que llegó al Artemisio, tras haber recorrido bajo el agua los ochenta estadios 46 , poco más o menos, que hay de distancia. Con respecto a ese sujeto, se cuentan, asimismo, [3] otras hazañas que parecen falsas, y algunas que son ciertas 47 ; acerca de este episodio, sin embargo, he de manifestar que, en mi opinión, Escilias llegó al Artemisio en una barca. Y, a su llegada, informó inmediatamente a los estrategos sobre el alcance del naufragio y sobre las naves enviadas a circunnavegar Eubea 48 .

Primer enfrentamiento naval, con victoria griega

Al oír su declaración, los griegos mantuvieron [ 9 ] un cambio de impresiones. Las intervenciones fueron numerosas, pero prevaleció la tesis de permanecer aquel día donde estaban anclados 49 , para, acto seguido —pasada la medianoche—, zarpar a fin de salir al encuentro de las naves que estaban rodeando la isla 50 . Pero, posteriormente, en vista de que nadie arrumbaba contra ellos, aguardaron hasta bien entrada la tarde y se hicieron a la mar para atacar a los bárbaros 51 , con ánimo de poner a prueba su manera de combatir y de maniobrar 52 .

[ 10 ] Al verlos lanzarse al ataque con pocas naves, los soldados de Jerjes, incluidos sus generales, pensaron que se habían vuelto completamente locos 53 , y, por su parte, también hicieron que sus naves ganaran mar abierto, considerando —consideración perfectamente lógica— que iban a derrotarlas con facilidad, pues veían que los navíos griegos eran realmente escasos, mientras que los suyos eran mucho más numerosos y más veleros 54 . En ese convencimiento, intentaron rodearlos formando un círculo.

Pues bien, todos los jonios 55 que abrigaban simpatía [2] hacia los griegos, y que figuraban a la fuerza entre los expedicionarios, se sentían sumamente apenados al verlos a punto de ser cercados, convencidos de que ninguno de ellos lograría regresar a sus bases (tan precaria se les antojaba la situación de los griegos). En cambio, todos y cada [3] uno de quienes se alegraban por lo que estaba sucediendo rivalizaban por ser los primeros en capturar personalmente una nave ática, para recibir del rey una recompensa; pues, entre la flota persa, el prestigio de los atenienses era enorme.

Cuando los griegos recibieron la señal, lo primero que [ 11 ] hicieron fue orientar sus proas hacia los bárbaros y, con las popas reunidas, formar un círculo 56 . Posteriormente, al recibir una segunda señal, entraron en acción, a pesar de que habían sido encerrados en un reducido espacio y tenían que atacar de frente 57 . Acto seguido, apresaron [2] treinta naves [de los bárbaros], así como a Filaón, hijo de Quersis, que era hermano de Gorgo, rey de los salaminios 58 , y que en la flota persa gozaba de prestigio. El primer griego que capturó un navío enemigo fue Licomedes de Atenas 59 , hijo de Escreo, por lo que este personaje [3] recibió el premio al valor. Finalmente, la caída de la noche hizo que quienes libraban esta indecisa batalla naval se retiraran; así que los griegos pusieron rumbo al Artemisio, y los bárbaros a Áfetas tras haberse batido con un desenlace totalmente imprevisto.

En el transcurso de esta batalla naval, Antidoro de Lemnos fue el único griego al servicio del rey que se pasó a los helenos; de ahí que, por esa acción, los atenienses le concedieran una propiedad en Salamina 60 .

Violenta tempestad que destruye el contingente persa destacado para rodear a los griegos

Había ya oscurecido cuando, pese a [ 12 ] que era pleno verano 61 , se desencadenó una lluvia torrencial, que duró toda la noche, acompañada de estruendosos truenos procedentes del Pelión. Los cadáveres y los pecios eran arrastrados a Áfetas 62 , de manera que se amontonaban en las proas de los navíos e inmovilizaban las palas de los remos 63 . Por su parte, [2] los soldados que allí se encontraban 64 , al oír todo esto, eran presa del pánico, pensando, ante la gravedad de su situación, que iban a morir irremediablemente; pues, antes de haberse podido recuperar de los efectos del naufragio y de la tempestad desatada en las inmediaciones del Pellón, se habían visto inmersos en una encarnizada batalla naval, y, concluida la misma, los había sorprendido un tremendo diluvio, acompañado de torrentes, que afluían al mar con una furia incontenible 65 , y de estruendosos truenos 66 .

[ 13 ] Así transcurrió la noche para esos contingentes persas; pero, para los efectivos encargados de circunnavegar Eubea 67 , esa misma noche resultó todavía mucho más terrible, por cuanto los sorprendió mientras navegaban por alta mar, y tuvieron un fatal desenlace: al desencadenarse el temporal y la lluvia cuando, en plena travesía, se encontraban a la altura de las «Ensenadas» de Eubea 68 , se vieron arrastrados por el viento y, como no conocían la zona a la que eran empujados, acabaron chocando contra los escollos. Todo esto sucedía por voluntad divina, para que la flota persa se equilibrara con la griega y no gozase de una neta superioridad numérica 69 .

Segundo enfrentamiento naval, con victoria griega

Así pues, esos efectivos persas resultaron [ 14 ] aniquilados 70 en las inmediaciones de las «Ensenadas» de Eubea. Por su parte, los bárbaros que se encontraban en Áfetas, cuando —para su satisfacción— rayó el día, mantuvieron sus navíos inactivos, ya que, en medio de sus desgracias, se contentaban con mantenerse de momento a la expectativa 71 .

Entretanto, arribaron en socorro de los griegos cincuenta [2] y tres naves áticas 72 . Su presencia, entonces, aunada a la noticia —que coincidió con su llegada— de que todos los bárbaros que estaban circunnavegando Eubea habían resultado aniquilados a consecuencia de la tempestad que se había desencadenado, elevó la moral de los helenos. En consecuencia,, aguardaron hasta la misma hora que la víspera y zarparon para atacar a unos navíos cilicios 73 . Y, tras haberlos destruido, en vista de que estaba oscureciendo, pusieron de nuevo rumbo al Artemisio.

Tercer enfrentamiento naval, que termina con resultado indeciso

Al tercer día 74 , sin embargo, los almirantes 75 [ 15 ] bárbaros consideraron algo inadmisible que un número tan exiguo de naves les creara problemas y, temerosos al mismo tiempo de la reacción de Jerjes, no esperaron ya a que los griegos iniciaran las hostilidades, sino que realizaron los oportunos preparativos y, hacia el mediodía 76 , hicieron que sus naves ganaran mar abierto.

Y se dio la coincidencia de que estos enfrentamientos navales, y los librados por tierra en las Termópilas, tuvieron lugar en las mismas fechas 77 . (El supremo objetivo [2] de las fuerzas navales lo constituía la defensa del Euripo, al igual que la salvaguardia del desfiladero 78 lo era para Leónidas y sus hombres.) Los griegos 79 , en definitiva, se daban mutuos ánimos para impedir que los bárbaros penetrasen en la Hélade 80 , y éstos, por su parte, lo hacían para destrozar a la flota griega y adueñarse del control del Estrecho.

[ 16 ] Cuando los efectivos de Jerjes arrumbaron contra ellos en formación de combate, los griegos se mantuvieron a la expectativa en los aledaños del Artemisio 81 . Pero los bárbaros desplegaron sus naves en forma de media luna y trataron de efectuar una maniobra envolvente para rodearlos, por lo que, en esa tesitura, los griegos zarparon a su encuentro y trabaron combate 82 .

En esa batalla naval ambos bandos se batieron con pareja [2] fortuna 83 , pues la flota de Jerjes se veía perjudicada por el importante número de sus propios navíos, que se estorbaban y chocaban entre sí. No obstante —y pese a ello—, los persas resistían sin retroceder, ya que consideraban una afrenta 84 darse a la fuga ante unas pocas naves. Pues bien 85 , los griegos sufrieron numerosas bajas en naves y hombres 86 , pero todavía mucho mayores fueron las bajas entre los bárbaros. Finalmente, ante el resultado del combate, ambas flotas se retiraron a sus posiciones.

En esa batalla naval destacaron, entre los efectivos de [ 17 ] Jerjes, los egipcios 87 , quienes, entre otras proezas que llevaron a cabo, capturaron cinco navíos griegos con dotaciones y todo. Por parte griega ese día destacaron los atenienses 88 , especialmente Clinias, hijo de Alcibíades 89 , que tomaba parte en la contienda con un navío de su propiedad, incluida una tripulación de doscientos hombres, cuyos gastos sufragaba de su propio peculio 90 .

Retirada de la flota griega, informada del triunfo persa en las Termópilas. Artimaña de Temístocles para intentar conseguir que jonios y carios abandonen a Jerjes

Al retirarse, ambos bandos se apresuraron, [ 18 ] jovialmente, a regresar a sus bases 91 . Entonces los griegos, al alejarse del escenario de la batalla, lo hicieron en formación abierta 92 y fueron apoderándose de los cadáveres y los pecios 93 ; pero, como habían sufrido un serio revés (sobre todo los atenienses, la mitad de cuyas naves se encontraban averiadas), decidieron finalmente replegarse con rumbo a Grecia Central 94 .

[ 19 ] No obstante, Temístocles se había percatado de que, si al Bárbaro se le sustraían los contingentes de raza jonia y de raza caria 95 , los griegos estarían en condiciones de imponerse al resto de sus adversarios; y, mientras los eubeos arreaban sus rebaños a la orilla del mar 96 , reunió en dicho paraje a los generales y les dijo que creía tener un plan que, en su opinión, propiciaría la defección de los mejores aliados del rey.

[2] Lo cierto es que no les reveló más detalles del plan, pero añadió 97 que, en aquellos momentos, lo que debían hacer era sacrificar, del ganado de los eubeos, todas las cabezas que quisiesen (pues era preferible que las disfrutaran sus tropas a que lo hiciesen los enemigos), e instó a cada general a que ordenara a sus hombres que encendiesen hogueras 98 ; respecto a la retirada de la flota —concluyó—, él personalmente se encargaría de fijar la hora, de manera que pudiesen regresar sanos y salvos a Grecia 99 . Los generales decidieron seguir sus indicaciones y, sin pérdida de tiempo, mandaron a sus hombres encender hogueras y ocuparse del ganado.

Resulta que los eubeos habían hecho caso omiso del [ 20 ] oráculo de Bacis 100 , como si careciera de importancia, y no habían evacuado nada de nada, ni se habían pertrechado ante una guerra que se les avecinaba, por lo que se [2] labraron su propia ruina 101 . El oráculo de Bacis al respecto reza así 102 :

Mira, cuando un hombre de extraño idioma al mar arroje un yugo de papiro 103 , aleja de Eubea a tus cabras de constantes balidos.

Al no haber sacado partido alguno de estos versos, tuvieron que sufrir las mayores desdichas en las calamidades que a la sazón se cernían sobre ellos y en las que les aguardaban 104 .

[ 21 ] Pues bien, mientras los integrantes de la flota procedían a realizar esas operaciones, se presentó el vigía procedente de Traquis 105 . Resulta que, en Artemisio, se hallaba destacado un vigía (se trataba de Polias, un natural de Anticira 106 ), quien, si la flota se veía derrotada, había recibido la orden —para lo cual disponía de una embarcación preparada a tal efecto 107 — de notificárselo a los que se encontraban en las Termópilas. Asimismo, entre las fuerzas de Leónidas, se hallaba destacado el ateniense Abrónico 108 , hijo de Lisicles, quien, si al ejército de tierra le ocurría algún contratiempo, también estaba preparado para, a bordo de un triecontero 109 , informar a los que se encontraban en Artemisio.

Como es natural, a su llegada, el tal Abrónico les [2] notificó la suerte que habían corrido Leónidas y sus tropas. Al tener noticia de lo ocurrido, los griegos no pospusieron más la retirada 110 y se hicieron a la mar conservando su posición respectiva: los corintios iban a la cabeza y cerraban la formación los atenienses 111 .

[ 22 ] Entonces Temístocles escogió las naves atenienses más veleras y recorrió los lugares donde había agua potable 112 , haciendo grabar en las piedras 113 unas inscripciones que pudieron leer los jonios cuando, al día siguiente, arribaron al Artemisio. Las inscripciones decían lo siguiente 114 : «Jonios, no estáis actuando con rectitud al atacar a vuestros antepasados 115 y pretender sumir a Grecia en la esclavitud. Así pues, poneos decididamente de nuestra parte; [2] y, si os resulta imposible hacerlo, en lo sucesivo manteneos al margen y, de paso, pedidles personalmente a los carios que os imiten. Ahora bien, si no podéis hacer ni lo uno ni lo otro, por estar sometidos a una coacción 116 demasiado grande como para poder rebelaros, cuando trabemos combate mostraos en plena acción deliberadamente remisos, teniendo presente que descendéis de nosotros y que nuestro antagonismo con el Bárbaro se originó por vuestra causa 117

En mi opinión, Temístocles mandó redactar esas inscripciones [3] con un doble propósito: para que las mismas indujeran a los jonios a cambiar de actitud y a ponerse de parte de los griegos, si el rey no se enteraba de su existencia, o a fin de que su contenido —cuando, con calumniosos comentarios, llegase a oídos de Jerjes— hiciera sospechar de los jonios 118 y propiciase su exclusión de los enfrentamientos navales.

La flota persa alcanza Eubea

[ 23 ] Eso fue lo que Temístocles mandó inscribir. Poco después se presentó a los bárbordo, a bordo de una embarcación, un natural de Histiea 119 con la noticia de que los griegos habían huido de Artemisio. Entonces los bárbaros, incrédulos 120 , mantuvieron al informador bajo vigilancia y enviaron unas naves ligeras para cerciorarse. Una vez que los tripulantes de las mismas confirmaron lo que sucedía fue cuando, al rayar el sol, [2] toda la flota zarpó en masa rumbo al Artemisio. En dicho paraje hicieron escala hasta mediodía y, acto seguido, zarparon con destino a Histiea 121 . A su llegada, tomaron la citada ciudad y efectuaron correrías por todas las aldeas costeras de la comarca de Elopia 122 , concretamente por las del territorio de Histiea.

Jerjes exhibe los cadáveres de los griegos caídos en las Termópilas, ocultando a la flota la magnitud de sus propias bajas

[ 24 ] Mientras sus efectivos navales estaban en esa zona, Jerjes, tras tomar una serie de medidas relativas a los caídos, envió un heraldo a la flota. Y las medidas que, previamente, había tomado fueron las siguientes: dejó sin enterrar unos mil cadáveres de entre todas las bajas de su ejército habidas en las Termópilas (que, en concreto, ascendían a veinte mil), e hizo sepultar a los demás en unas fosas que mandó cavar, y luego cubrir de tierra y tapar con hojas 123 , para que los soldados de la fuerza naval no pudiesen verlas 124 .

Cuando el heraldo hubo cruzado a Histiea, convocó [2] a todos los integrantes de la flota y les dijo lo siguiente: «Aliados 125 , el rey Jerjes autoriza a todo el que lo desee a que abandone su puesto y vaya a ver cómo pelea contra las insensatas criaturas 126 que creyeron poder imponerse a sus fuerzas».

[ 25 ] Tras esta proclama, nada escaseó acto seguido tanto como las embarcaciones; tan numerosos eran los que deseaban contemplar el espectáculo. Transportados a la otra orilla 127 , pasaron por entre los cadáveres y los estuvieron contemplando; y todos creían que la totalidad de los caídos 128 eran lacedemonios 129 y tespieos 130 , aunque también [2] estaban viendo a los hilotas 131 . Sin embargo, los que habían cruzado el estrecho no dejaron de advertir, ni mucho menos, lo que Jerjes había hecho con los cadáveres de sus soldados. Es más, el panorama resultaba realmente cómico: por parte persa se veían mil cadáveres 132 , mientras que los griegos —en número de cuatro mil 133 — se encontraban todos juntos, al haber sido reunidos en el mismo lugar 134 . Durante aquel día los persas se dedicaron [3] a contemplar el espectáculo; y, al día siguiente, los unos zarparon en dirección a Histiea para embarcarse, en tanto que Jerjes y sus tropas se dispusieron a emprender la marcha 135 .

Avance persa por Grecia Central. Nuevo ejemplo del talante de los griegos

Entonces salieron a su encuentro unos [ 26 ] desertores; se trataba de unos pocos arcadios que carecían de medios de vida y que deseaban que les diesen trabajo 136 . Los persas, por su parte, los condujeron a presencia del rey y les preguntaron qué era lo que estaban haciendo los griegos (un único portavoz persa fue quien les formuló esa pregunta). Los arcadios les dijeron que [2] los griegos estaban celebrando los Juegos Olímpicos 137 ; es decir, que debían de estar asistiendo a unos certámenes atléticos y ecuestres 138 . Y, al preguntar acto seguido el persa que cuál era el premio que tenían establecido en sus competiciones, los arcadios le respondieron que al vencedor se le concedía una corona de olivo 139 .

Fue en aquellos momentos cuando Tritantecmes, hijo de Artábano 140 , fue tachado de cobarde por el monarca al expresar una opinión que denotaba gran nobleza. Resulta [3] que, al enterarse de que el premio consistía en una corona y no en dinero, no pudo guardar silencio y exclamó delante de todos: «¡Ay, Mardonio, contra qué clase de gente nos has traído a combatir! ¡No compiten por dinero, sino por amor propio 141 !»

Excurso sobre la ancestral enemistad existente entre tesalios y focenses

Eso fue, en definitiva, lo que manifestó [ 27 ] Tritantecmes.

En el ínterin —inmediatamente después del desastre acaecido en las Termópilas—, los tesalios enviaron un heraldo a los focenses, ya que abrigaban hacia ellos un odio inveterado 142 , que se había visto particularmente acrecentado a raíz de su último desastre. Resulta que, no muchos años [2] antes de la expedición de Jerjes que nos ocupa 143 , los tesalios, en unión de sus aliados 144 , habían invadido Fócide con todos sus efectivos y habían sido derrotados por los focenses, sufriendo un serio revés.

[3] Los focenses, que tenían consigo al adivino Telias de Élide 145 , habían sido bloqueados en el Parnaso 146 , cuando, en esa tesitura, el tal Telias los salvó con la siguiente estratagema 147 : hizo que los seiscientos soldados focenses más valerosos se embadurnasen el cuerpo, así como las armas, con yeso, y los lanzó de noche contra los tesalios después de haberles ordenado que matasen a todo el que [4] no vieran pintado de blanco. Pues bien, los centinelas tesalios, que fueron los primeros en verlos, creyeron que se trataba de un extraordinario prodigio y huyeron aterrorizados; y, tras los centinelas, hizo lo propio el ejército, de manera que los focenses se apoderaron de cuatro mil cadáveres 148 y otros tantos escudos, la mitad de los cuales los consagraron en Abas 149 , y la otra mitad en Delfos. (Por cierto que la décima parte del botín obtenido en esa [5] batalla sirvió para esculpir las grandes estatuas que, delante del templo de Delfos, están agrupadas alrededor del trípode, así como otras similares que se hallan consagradas en Abas 150 .)

Esto fue, en suma, lo que hicieron los focenses con [ 28 ] la infantería de los tesalios mientras esta última los estaba asediando. Por lo que se refiere a la caballería tesalia 151 (que había invadido su territorio), le infligieron una terrible derrota 152 : justo en el desfiladero que se halla en las inmediaciones de Hiámpolis 153 abrieron una gran zanja, depositaron en su interior unas ánforas vacías y, tras recubrirlas de tierra y nivelar la excavación a la altura del terreno circundante, aguardaron el ataque del enemigo. Y, cuando los tesalios se lanzaron a la carga, convencidos de que iban a aniquilar a los focenses, cayeron en las ánforas, donde los caballos se rompieron las patas.


[ 29 ] Como es lógico, los tesalios estaban resentidos con ellos debido a esas dos estratagemas; así que enviaron un heraldo y les dijeron lo siguiente: «Focenses, reconoced de una vez por todas que 154 no podéis compararos con [2] nosotros: hasta ahora, mientras los intereses de la Hélade nos resultaban atractivos, en Grecia hemos sido superiores a vosotros absolutamente siempre 155 ; y, en estos momentos, tenemos tanta influencia ante el Bárbaro 156 que está a nuestro alcance que os veáis despojados de vuestra tierra y reducidos, incluso, a la condición de esclavos. Todo depende de nosotros, pero, no obstante, no os guardamos rencor; mirad, como desagravio, facilitadnos cincuenta talentos de plata 157 y nos comprometemos a alejar la amenaza que se cierne sobre vuestro país».

[ 30 ] Esto fue lo que les exigieron los tesalios. Resulta que los focenses eran el único pueblo de la zona 158 que no había abrazado la causa de los medos, sin más razón para ello (de acuerdo con los resultados a que me han llevado [2] mis deducciones) que su odio hacia los tesalios. En mi opinión, si los tesalios se hubiesen alineado con los griegos, los focenses habrían abrazado la causa de los medos 159 .

Ante esa exigencia de los tesalios, los focenses respondieron que no iban a entregarles dinero, ya que, si sus intenciones fuesen otras, también ellos podían abrazar —como habían hecho los tesalios— la causa de los medos; sin embargo, no iban a traicionar a Grecia por propia iniciativa.

Los persas conquistan Dóride y Fócide, penetrando en Beocia

Al serles transmitida esa respuesta, los [ 31 ] tesalios, indignados con los focenses, decidieron guiar al Bárbaro en su avance.

Desde la región de Traquis, pues, irrumpieron en Dóride 160 (por esa zona se extiende una estrecha franja de tierra de la Dóride —de unos treinta estadios de anchura 161 , poco más o menos—, que, situada entre Mélide y Fócide, constituía antaño la Driópide; y por cierto que esa región es la patria originaria de los dorios del Peloponeso 162 ). Pues bien, al irrumpir en Dóride, los bárbaros no saquearon su territorio, pues los habitantes habían abrazado la causa de los medos y, además, a los tesalios no les pareció oportuno 163 .

[ 32 ] Desde Dóride irrumpieron acto seguido en Fócide 164 , pero no pudieron capturar a los focenses propiamente dichos: parte de ellos había ascendido a las zonas altas del Parnaso (la cima del Parnaso, que se alza en solitario en las inmediaciones de la ciudad de Neón, y que recibe el nombre de Titórea 165 , es particularmente apropiada para albergar a mucha gente; de ahí que los focenses subieran a ella sus pertenencias y luego ascendieran ellos), mientras [2] que la mayoría 166 se habían trasladado a la ciudad de Anfisa 167 , en territorio de los locros ózolas 168 , que se halla emplazada al norte de la llanura de Crisa 169 .

Los bárbaros realizaron correrías por toda la Fócide, pues los tesalios guiaban a las tropas con ese propósito; y todas las zonas que fueron ocupando las incendiaron y las talaron, haciendo que tanto las ciudades como los santuarios fuesen pasto de las llamas.

[ 33 ] En su avance por Fócide siguieron el curso del río Cefiso 170 y lo devastaron todo, reduciendo a cenizas la ciudad de Drimo, así como las de Caradra, Eroco, Tetronio, Anficea, Neón, Pediea, Tritea, Elatea, Hiámpolis, Parapotamio y Abas 171 , donde había un rico santuario de Apolo provisto de tesoros 172 y de abundantes ofrendas (por cierto que allí había entonces —y lo sigue habiendo todavía— un oráculo 173 ). También saquearon ese santuario y luego lo quemaron. Asimismo, persiguieron a algunos focenses, capturándolos cerca de las montañas, y causaron la muerte de algunas mujeres al violarlas en masa.

[ 34 ] Después de pasar por Parapotamio, los bárbaros llegaron a Panopea 174 . A partir de allí, el ejército persa se dividió en dos grupos que, en lo sucesivo, siguieron rutas diferentes 175 . El grueso de las tropas, incluidos los mejores efectivos, se dirigió hacia Atenas, en unión del propio Jerjes, e irrumpió en Beocia, concretamente en territorio de Orcómeno 176 . Y por cierto que toda la población de Beocia abrazaba la causa de los medos 177 ; de ahí que soldados macedonios, enviados por Alejandro 178 , se hubiesen distribuido por sus ciudades para protegerlas: su protección consistía en 179 demostrarle expresamente a Jerjes que los beocios eran partidarios de los medos.

Delfos se salva milagrosamente del ataque persa

[ 35 ] Mientras esos efectivos del ejército bárbaro avanzaban, pues, por esa ruta, los demás contingentes, dejando a la derecha el Parnaso 180 , se dirigieron contra el santuario de Delfos acompañados de unos guías. Y también ellos devastaron todas las zonas de Fócide que fueron ocupando (concretamente, incendiaron las ciudades de Panopea, Daulis y Eólida 181 ).

[2] La razón de que siguieran esa ruta, tras haberse separado del resto del ejército, se debía a que querían saquear el santuario de Delfos para mostrarle sus tesoros al rey Jerjes 182 , porque, según tengo entendido, el monarca, debido a los incesantes comentarios que le hacía mucha gente, estaba mejor informado de todos los objetos destacables existentes en el santuario —y, especialmente, de las ofrendas de Creso 183 , hijo de Aliates— que de lo que había dejado en su palacio.

Al enterarse de sus intenciones, los delfios fueron [ 36 ] víctimas del pánico más absoluto y, presas de un terror cerval, formularon al oráculo una consulta relativa a los tesoros sagrados, para saber si debían sepultarlos bajo tierra o trasladarlos a otro país. Sin embargo, el dios les prohibió cambiarlos de sitio, indicándoles que él, personalmente, se bastaba para proteger sus bienes. Entonces los [2] delfios, al oír esta respuesta, se preocuparon de su propia seguridad, por lo que enviaron a sus hijos y a sus mujeres a la otra orilla del golfo 184 —a diferentes puntos de Acaya 185 —, mientras que la mayoría de ellos ascendieron a las cumbres del Parnaso, subiendo sus enseres a la gruta Coricio 186 , y los demás buscaron asilo en la ciudad locra de Anfisa 187 . Todos los delfios, en suma, abandonaron su ciudad a excepción de sesenta hombres 188 y del profeta 189 .

Cuando los bárbaros, en el curso de su avance, se [ 37 ] encontraban cerca (en concreto, podían divisar el santuario), justo entonces el profeta, cuyo nombre era Acérato, vio depositadas delante del templo las armas sagradas 190 , que ningún ser humano podía tocar sin incurrir en sacrilegio y que habían sido trasladadas allí desde el interior del mégaron 191 . El sacerdote fue, pues, a informar del prodigio [2] a los delfios que se habían quedado con él; y, entretanto, cuando los bárbaros, que avanzaban a marchas forzadas, se hallaban a la altura del santuario de Atenea Pronaya 192 , les sucedieron una serie de prodigios aún más formidables que el que acababa de producirse. Realmente lo ocurrido (que unas armas de combate aparezcan por sí solas depositadas fuera del templo) ya constituye algo sumamente sorprendente. Pero no hay duda de que los fenómenos que se produjeron inmediatamente después son susceptibles de provocar una admiración superior, incluso, a la de cualquier otro portento. Resulta que, cuando en [3] el curso de su avance, los bárbaros se encontraban ya a la altura del santuario de [Atenea] Pronaya, de repente unos rayos procedentes del cielo 193 cayeron sobre ellos, mientras que del Parnaso se desprendieron dos peñascos 194 , que, en medio de un gran estruendo, se precipitaron sobre ellos, aplastando a gran cantidad de soldados, y del santuario de la Pronaya surgió un clamor acompañado de un grito de guerra.

[ 38 ] La concurrencia de todos esos prodigios había hecho que el terror se apoderara de los bárbaros. Además, los delfios, al percatarse de que sus enemigos se daban a la fuga, bajaron en su persecución 195 y mataron a un buen número de adversarios, en tanto que los supervivientes huyeron en dirección a Beocia 196 .

Esos efectivos bárbaros que lograron regresar de esta misión relataron, según tengo entendido, que, además de los citados, pudieron observar, asimismo, otros fenómenos sobrenaturales; concretamente, que dos hoplitas de una estatura sobrehumana 197 se lanzaron a por ellos y estuvieron matándolos y persiguiéndolos.

Por cierto que, al decir de los delfios, esos dos hoplitas [ 39 ] eran Fílaco y Autónoo, unos héroes de la región 198 , cuyos recintos sagrados se hallan en las inmediaciones del santuario; el de Fílaco al lado mismo del camino, encima del santuario de la Pronaya 199 , y el de Autónoo cerca de Castalia 200 , al pie de la peña Hiampea 201 . Por su parte, [2] los bloques de piedra que cayeron del Parnaso todavía en mi época se conservaban intactos 202 : se hallaban en el recinto sagrado de [Atenea] Pronaya, a donde fueron a parar al precipitarse por entre los bárbaros. Así fue, en definitiva, como esos contingentes se alejaron del santuario.

La flota griega fondea en Salamina

[ 40 ] Entretanto la flota griega, que había abandonado el Artemisio 203 , arrumbó sus naves a Salamina 204 a petición de los atenienses. La razón por la que los atenienses solicitaron a los aliados que fondeasen en Salamina tenía por finalidad poder evacuar personalmente a sus hijos y a sus mujeres del Ática, y, de paso, planear la estrategia a seguir, pues, dado que sus previsiones habían resultado erróneas, tenían la intención de mantener, en aquellos momentos, un cambio de impresiones [2] sobre la situación 205 . Resulta que creían que iban a encontrar a los peloponesios apostados en Beocia con todos sus efectivos a la espera del Bárbaro, pero se encontraron con que no había el menor contingente 206 ; más aún tenían noticias de que estos últimos, preocupados sobre todo por la salvación del Peloponeso —y con ánimo de mantenerlo a buen recaudo—, estaban construyendo un muro en el Istmo 207 , sin cuidarse del resto de Grecia. Al tener noticias de ello fue por lo que solicitaron a los aliados que fondeasen en Salamina 208 .

Evacuación del Ática

Todos los aliados, pues, pusieron rumbo [ 41 ] a Salamina, en tanto que los atenienses se dirigieron a su propia ciudad 209 . Y, a su llegada, lanzaron un bando según el cual cada ateniense debía poner a salvo a sus hijos y a sus familiares donde pudiera 210 ; de ahí que la mayoría los enviasen a Trecén, otros a Egina [2] y otros a Salamina 211 . Y por cierto que se apresuraron a evacuarlos al objeto de obedecer al oráculo 212 y, muy en especial, por el siguiente motivo: los atenienses aseguran que, en el interior del santuario 213 , vive una gran serpiente 214 en calidad de guardiana de la Acrópolis; eso es lo que aseguran y, es más, todos los meses le hacen entrega de una ofrenda, como si realmente existiese (la ofrenda mensual consiste en una torta de miel). Pues bien, esa [3] torta de miel, que hasta entonces había sido consumida siempre, quedó a la sazón intacta. Cuando la sacerdotisa informó de lo ocurrido, los atenienses abandonaron la ciudad con mucho mayor empeño todavía, convencidos de que también la diosa había dejado la Acrópolis 215 . Y, tras haberlo puesto todo a salvo, zarparon para reunirse con la flota.

Enumeración de las fuerzas navales griegas, con datos étnicos sobre los diversos contingentes

[ 42 ] Cuando los efectivos procedentes de Artemisio hubieron arrumbado sus naves a Salamina, el resto de la flota griega, al tener noticias de ello, hizo lo propio, acudiendo en bloque desde Trecén (pues, con antelación, había recibido la orden de reunirse en Pogón 216 , el puerto de Trecén). Así se reunió un número de naves muy superior al que había combatido en Artemisio, procedentes, además, de un número superior de ciudades 217 .

[2] Por cierto que el navarco 218 que estaba al mando de la flota era el mismo que en Artemisio: Euribíades, hijo de Euriclides, un espartiata que, sin embargo, no era de sangre real 219 ; no obstante, eran los atenienses quienes, con mucho, aportaban las naves más numerosas y veleras.

La flota la integraban los siguientes efectivos 220 : del [ 43 ] Peloponeso figuraban los lacedemonios, que aportaban dieciséis naves, mientras que los corintios aportaban la misma cifra que en Artemisio 221 .

Los sicionios aportaban quince naves; los epidaurios, diez; los trecenios, cinco; y los hermioneos, tres 222 (estos pueblos, a excepción de los hermioneos, son de raza doria y macedna, y, en última instancia, habían emigrado desde Eríneo, Pindo y la Driópide 223 ; los hermioneos, por su parte, son dríopes que fueron expulsados, por Heracles y por los melieos, de la región que en la actualidad se denomina Dóride 224 ).

[ 44 ] Estos eran, en definitiva, los peloponesios que figuraban en la flota, mientras que los expedicionarios procedentes del continente, al norte del Peloponeso, eran los siguientes: ante todo, los atenienses, que aportaban ciento ochenta naves, un número equivalente al de todos los demás griegos juntos 225 ; y ello por sí solos, pues los plateos no combatieron en Salamina al lado de los atenienses 226 debido, poco más o menos, al siguiente motivo: cuando los griegos, al retirarse del Artemisio, se encontraban a la altura de Calcis 227 , los plateos desembarcaron en la otra orilla —en Beocia— y se dedicaron a evacuar a sus familiares; de ahí que, por ponerlos a salvo, se quedaran rezagados.

Y por cierto que, en la época en que los pelasgos ocupaban [2] el país que hoy en día se denomina Grecia, los atenienses eran pelasgos y recibían el gentilicio de cránaos 228 ; en el reinado de Cécrope 229 recibieron el apelativo de cecrópidas; cuando Erecteo heredó el trono, pasaron a llamarse atenienses 230 ; y, cuando Ión, hijo de Juto, se convirtió en su caudillo, recibieron, en su memoria, el nombre de jonios 231 .

[ 45 ] Los megareos aportaban el mismo número de navíos que en Artemisio 232 , en tanto que los ampraciotas acudieron en auxilio de los griegos con siete naves, y los leucadios con tres 233 (estos tres pueblos son de raza doria y originarios de Corinto 234 ).

[ 46 ] Por lo que a los isleños se refiere, los eginetas aportaban treinta navíos 235 (los de Egina contaban con más naves equipadas 236 , pero con ellas custodiaban su propio territorio, y en Salamina combatieron con las treinta más veleras). Por cierto que los eginetas son dorios originarios de Epidauro, y su isla antaño se llamaba Enone 237 .

Después de los eginetas figuraban los calcideos, que [2] aportaban sus veinte naves de Artemisio, y los eretrieos, con sus siete navíos (ambos pueblos son jonios 238 ).

Inmediatamente después figuraban los de Ceos, un pueblo de raza jonia, originario de Atenas, que aportaban los [3] mismos navíos que en Artemisio 239 . Los naxios, por su parte, aportaban cuatro naves, pues, pese a que —al igual que los demás isleños 240 — habían sido comisionados por sus compatriotas para unirse a los medos, hicieron caso omiso de sus órdenes y, a instancias de Demócrito, un personaje que gozaba de prestigio entre sus conciudadanos y que, a la sazón, capitaneaba un trirreme, se pasaron a los griegos 241 (los naxios, por cierto, son jonios originaríos [4] de Atenas). Los de Estira aportaban las mismas naves que en Artemisio 242 , y los de Citnos un trirreme y un pentecontero (estos dos pueblos son dríopes 243 ). En la flota también figuraban los de Serifos, Sifnos y Melos 244 , pues eran los únicos isleños que no le habían entregado al Bárbaro la tierra y el agua 245 .

Todos estos pueblos que integraban la flota residen [ 47 ] al este de Tesprotia y del río Aqueronte 246 , pues los tesprotos son vecinos de los ambraciotas y de los leucadios, que constituían los aliados procedentes de las regiones más occidentales. Por lo que a los pueblos residentes al oeste de esos límites respecta, los crotoniatas 247 fueron los únicos que, ante el peligro que corría, acudieron en socorro de la Hélade, y lo hicieron con un solo navío que capitaneaba Faílo, un personaje que obtuvo tres veces la victoria en los Juegos Píticos 248 (por cierto que los crotoniatas son de raza aquea 249 ).

[ 48 ] Todos los pueblos que integraban la flota aportaban, en definitiva, trirremes, a excepción de los melios, los sifnios y los serifios, que proporcionaban penteconteros 250 . Los melios (que son de origen lacedemonio 251 ) aportaban dos, en tanto que los sifnios y los serifios (que son jonios originarios de Atenas 252 ) aportaban uno cada uno.

La cifra total de navíos, sin contar los penteconteros 253 , ascendía a trescientos setenta y ocho 254 .

Los generales griegos celebran consejo, decidiendo, inicialmente, abandonar Salamina y dirigirse al Istmo de Corinto

Cuando se reunieron en Salamina, los [ 49 ] generales de las ciudades que he citado estudiaron la situación 255 , pues Euribíades había propuesto que el que quisiera manifestase su opinión sobre qué lugar, que estuviera en su poder, parecía más idóneo para presentar batalla naval (como quiera que el Ática había sido ya abandonada, su proposición se refería a las demás zonas de Grecia). Entonces la mayoría de las [2] opiniones de quienes intervinieron 256 coincidieron en que había que zarpar con rumbo al Istmo y librar batalla ante el Peloponeso, aduciendo la siguiente observación: que, en el caso de resultar derrotados en la batalla, si se encontraban en Salamina, se verían bloqueados en una isla, donde no se les presentaría oportunidad alguna de recibir socorros, mientras que, en las inmediaciones del Istmo, podrían alcanzar territorios bajo su control 257 .

Jerjes ocupa Atenas, donde sólo la Acrópolis resiste por un tiempo

[ 50 ] Mientras los generales naturales del Peloponeso aducían esas consideraciones, se presentó un ateniense con la noticia de que el Bárbaro había llegado al Ática y de que toda la zona estaba siendo pasto de las llamas.

[2] Resulta que Jerjes y sus tropas, después de haber atravesado Beocia, donde habían incendiado la ciudad de Tespias 258 (cuyos habitantes la habían abandonado, refugiándose en el Peloponeso), así como la de Platea 259 , habían llegado a Atenas 260 y lo estaban devastando todo. Y por cierto que incendiaron Tespias y Platea al saber, gracias a los tebanos, que dichas ciudades no habían abrazado la causa de los medos 261 .

A partir del cruce del Helesponto, desde donde los [ 51 ] bárbaros, después de haber permanecido en la zona por espacio de un mes —que emplearon en pasar a Europa—, comenzaron su avance, los persas llegaron al Ática en el plazo de otros tres meses 262 , durante el arcontado de Calíades en Atenas 263 .

[2] El caso es que se apoderaron de la ciudad 264 , que se hallaba desierta, si bien se encontraron, refugiados en el santuario 265 , con unos cuantos atenienses (se trataba de tesoreros del santuario 266 y de personas pobres), que habían fortificado la Acrópolis con una barricada de planchas 267 y troncos de madera para intentar rechazar a los invasores. No se habían trasladado a Salamina tanto por su falta de recursos como porque creían que sólo ellos habían comprendido el significado del oráculo que les había vaticinado la Pitia (que el muro de madera sería inexpugnable 268 ); es decir, consideraban que, según el oráculo, el refugio lo constituía justamente la empalizada, y no las naves.

Por su parte, los persas tomaron posiciones en la colina [ 52 ] que se encuentra frente a la Acrópolis, y a la que los atenienses denominan Areópago 269 , y llevaron a cabo el asedio de la siguiente manera: por lo regular, envolvían sus flechas con copos de estopa, les prendían fuego y las lanzaban hacia la barricada. Con todo —y en esa tesitura 270 —, los atenienses que se hallaban sitiados se iban defendiendo, a pesar de que se encontraban en una situación desesperada y de que la barricada no les había dado resultado. [2] Es más, se negaron a aceptar las ofertas de capitulación que les hicieron los Pisistrátidas 271 , y, entre otros medios que urdieron para defenderse de los asaltantes, se dedicaron a arrojar bloques de piedra cada vez que los bárbaros se acercaban a las puertas 272 , de manera que Jerjes se vio sumido en un aprieto durante largo tiempo, pues no conseguía reducirlos.

[ 53 ] Pero, al cabo de cierto tiempo, los bárbaros descubrieron finalmente un medio para salir del atolladero 273 , pues, de acuerdo con el vaticinio 274 , todo el Ática continental 275 debía caer en manos de los persas.

Por la parte frontal de la Acrópolis (concretamente, detrás de las puertas y de la rampa de acceso 276 ), justo en una zona en la que nadie montaba guardia, ni se hubiera pensado que por allí —por las proximidades del santuario de Aglauro 277 , hija de Cécrope— pudiese subir alguna vez un ser humano, fue precisamente por donde subieron algunos soldados, a pesar de lo escarpado del terreno. Cuando los atenienses vieron que los enemigos habían [2] subido [hasta la Acrópolis], unos se arrojaron muralla abajo, pereciendo, y otros se refugiaron en el templo 278 . Entonces los persas que habían subido se dirigieron ante todo hacia las puertas 279 , las abrieron y mataron a los suplicantes 280 ; y, tras haber acabado con todos, saquearon el santuario e incendiaron toda la Acrópolis 281 .

[ 54 ] Una vez dueño absoluto de Atenas, Jerjes despachó a Susa 282 a un emisario a caballo para que notificara a Artábano 283 su éxito de entonces. Y, un día después de haber enviado al heraldo, convocó a los exilados atenienses que lo acompañaban 284 y les mandó que subieran a la Acrópolis y que realizasen sacrificios con arreglo a sus ritos (ya fuera porque había tenido alguna visión en sueños, o porque sintió remordimientos por haber hecho incendiar el santuario, lo cierto es que esa fue la orden que dio 285 ). Los exilados atenienses, pues, cumplieron su orden.

Y voy a explicar por qué he hecho alusión a estos [ 55 ] pormenores. En la Acrópolis de Atenas hay un templo dedicado a Erecteo (quien, según dicen, nació de la tierra 286 ), donde se encuentran un olivo y un pozo de agua salada, que, de acuerdo con una tradición de origen ateniense, dejaron Posidón y Atenea en testimonio de su disputa por el patronazgo de la región 287 . Pues bien, resulta que dicho olivo fue presa, con el resto del santuario, del incendio provocado por los bárbaros. Sin embargo, un día después del incendio, cuando los atenienses comisionados por el monarca para ofrecer sacrificios subieron al santuario, comprobaron que del tronco había brotado un retoño de cerca de un codo 288 . Eso es, en definitiva, lo que contaron esos sujetos.

Pánico en la flota griega

[ 56 ] Entretanto, los griegos que se encontraban en Salamina se quedaron tan desconcertados, cuando recibieron la noticia de la suerte que había corrido la Acrópolis de Atenas 289 , que algunos generales ni siquiera esperaron a que se resolviese la cuestión objeto del debate 290 , sino que se lanzaron hacia sus naves y mandaron izar velas con ánimo de escapar de allí 291 . Por su parte, los generales que se quedaron decidieron presentar batalla ante el Istmo.


El caso es que cayó la noche 292 y levantaron la sesión, embarcándose en sus respectivas naves.

Temístocles, a instancias de Mnesífilo, persuade a Euribíades para que convoque una nueva reunión de los [2] generales griegos

[ 57 ] Pues bien, en el preciso momento en que Temístocles llegó a su nave, Mnesífilo, un natural de Atenas 293 , le preguntó que cuál era la decisión que habían tomado 294 . Y, al saber por Temístocles que se había acordado trasladar la flota al Istmo y presentar batalla ante el Peloponeso, exclamó: «A fe que, si los griegos hacen zarpar sus naves de Salamina, ya no podrás librar batalla naval por patria alguna, pues todos ellos se dirigirán a sus respectivas ciudades, y ni Euribíades, ni ninguna otra persona, conseguirá detenerlos e impedir que la flota se disperse, de manera que, por su errónea decisión, Grecia se verá abocada al desastre. Ahora bien, si existe alguna posibilidad, ve y trata de revocar la decisión adoptada, a ver si logras convencer a Euribíades para que cambie de opinión y permanezca aquí 295 ».

[ 58 ] A Temístocles le pareció perfecta la sugerencia y, sin responder nada a sus palabras, se dirigió hacia el navío de Euribíades. Y, a su llegada, manifestó que deseaba conferenciar con él de cierto asunto de interés general. Euribíades, por su parte, le invitó a subir a bordo para que [2] dijese lo que quería. Entonces Temístocles se sentó a su lado y, haciéndolas suyas, le repitió todas las consideraciones que le había oído a Mnesífilo (a las que añadió otras muchas), hasta que, a fuerza de insistir, lo convenció para que abandonara la nave y convocase a junta a los generales 296 .

Pese a la oposición de Adimanto, Temístocles convence a los aliados para librar batalla naval en aguas de Salamina

El caso es que, cuando se reunieron, [ 59 ] Temístocles, antes de que Euribíades explicara el motivo por el que había citado a los generales, comenzó a hablar largamente, dada la entidad de su demanda. Y, durante su intervención, el general corintio Adimanto 297 , hijo de Ocito, exclamó: «Temístocles, en las pruebas atléticas quienes toman la salida antes de la señal son apaleados 298 ». «En efecto —contestó Temístocles, excusándose—, pero quienes se quedan rezagados no se llevan la corona 299 .»

Temístocles, en aquellos momentos, respondió al corintio [ 60 ] en un tono sosegado, y, por lo que a Euribíades se refiere, no volvió a repetirle nada de lo que hacía poco le había manifestado —es decir que, en cuanto zarparan de Salamina, los griegos se darían a la fuga, dispersándose—, pues, en presencia de los aliados, se le antojaba de todo punto improcedente 300 ponerse a acusarlos; así que hizo hincapié en otras consideraciones, expresándose como sigue:

[α] «En tus manos está en estos instantes 301 salvar a la Hélade, si me haces caso y, a fin de presentar batalla, permaneces donde estamos, en lugar de hacer que las naves pongan proa al Istmo cediendo a los argumentos de los aquí presentes. Mira, escúchame y coteja ambos planes: si trabas combate en las inmediaciones del Istmo, librarás la batalla en mar abierto, cosa que no nos conviene en absoluto, dado que contamos con navíos más pesados 302 e inferiores en número; además, aun suponiendo que, en líneas generales, nos acompañe la fortuna, causarás la perdición de Salamina, Mégara y Egina. Por otra parte, las fuerzas terrestres del enemigo avanzarán a la par que su flota, y, en consecuencia, tú personalmente los conducirás contra el Peloponeso y pondrás en peligro a toda Grecia.

[β] En cambio, si adoptas el plan que yo propongo, conseguirás con él todas estas ventajas: ante todo, si, con pocas naves, trabamos combate en un estrecho contra una flota numerosa y el resultado del enfrentamiento es el presumible, obtendremos una rotunda victoria, pues a nosotros nos beneficia librar batalla en un estrecho, en tanto que a ellos les beneficia hacerlo en mar abierto 303 . Además, se salva Salamina, a donde hemos evacuado a nuestros hijos y a nuestras mujeres. Más aún, mi plan incluye la cuestión que, precisamente, más os interesa; se trata de la siguiente: de permanecer aquí, combatirás en defensa del Peloponeso de la misma manera que si estuvieses en las inmediaciones del Istmo; por eso, si adoptas una decisión verdaderamente acertada, no conducirás al enemigo contra el Peloponeso. Pues, si realmente sucede lo que yo [γ] presumo y alcanzamos la victoria con nuestra flota, los bárbaros no se os presentarán en el Istmo ni progresarán más al sur del Ática: se retirarán sin orden alguno 304 y nos beneficiaremos de la salvación de Mégara, Egina y Salamina, en donde, además, según un oráculo 305 , nos impondremos a nuestros adversarios. El éxito, en suma, suele sonreír por lo general a las personas que toman decisiones sensatas; en cambio, cuando las decisiones son insensatas, la divinidad tampoco suele auspiciar los planes de los hombres 306 .»

[ 61 ] En plena intervención de Temístocles, el corintio Adimanto volvió a arremeter contra él, exigiendo que aquel apátrida guardara silencio y tratando de impedir que Euribíades sometiese a votación la propuesta de una persona cuya ciudad no existía; de hecho, insistía en que, para que pudiese manifestar su opinión, Temístocles debía representar a una ciudad (Adimanto lo injuriaba en esos términos porque Atenas había sido tomada y se hallaba en poder del enemigo).

[2] En esa tesitura, Temístocles, como es natural, dirigió numerosos reproches contra Adimanto y contra los corintios, y demostró explícitamente que ellos —los atenienses— poseían una ciudad, así como un territorio, más importante que el de los corintios, en cuanto que disponían de doscientos navíos con sus dotaciones 307 , de manera que ningún pueblo de Grecia podría resistirse ante ellos si lo atacaban.

[ 62 ] Al tiempo que hacía esas puntualizaciones, se dirigió a Euribíades, siguiendo en el uso de la palabra, y le dijo, poniendo más énfasis 308 : «Por lo que a ti se refiere, si estás dispuesto a permanecer aquí, actuarás, precisamente por hacerlo, como un buen soldado 309 ; de lo contrario, ocasionarás la perdición de Grecia, pues, para nosotros, el éxito de la campaña depende de las naves; así que sigue mi consejo. Mas, si no haces lo que te digo, nosotros recogeremos [2] de inmediato a nuestros familiares y nos trasladaremos a Siris, en Italia 310 , que nos pertenece desde hace ya mucho tiempo 311 ; y, además, al decir de los oráculos 312 , debemos fundar allí una colonia. Vosotros, entretanto, al veros privados de unos aliados como nosotros, os acordaréis de mis palabras».

[ 63 ] Ante estas manifestaciones de Temístocles, Euribíades cambió de opinión (a mi juicio, lo hizo sobre todo ante el temor de que los atenienses los abandonaran, si ordenaba que las naves pusiesen rumbo al Istmo, pues, sin el concurso de los atenienses, el resto de los griegos no estarían ya en condiciones de presentar batalla 313 ). Se inclinó, en suma, por el plan de Temístocles: permanecer en Salamina y librar en sus aguas una batalla decisiva.

Batalla de Salamina. Antecedentes inmediatos. Los griegos se encomiendan a los dioses

[ 64 ] Así que, después de tales escaramuzas verbales, los griegos que se hallaban en Salamina se dispusieron, ante la decisión de Euribíades, a presentar batalla naval en aquella zona.

Entretanto, se hizo de día y, al salir el sol, se produjo un seísmo acompañado [2] de un maremoto, por lo que decidieron elevar preces a los dioses 314 e invocar la ayuda de los Eácidas 315 . Y decidirlo y hacerlo fue todo uno: tras haber elevado preces a todos los dioses, solicitaron, desde la propia Salamina, el auxilio de Áyax y de Telamón 316 , y enviaron un navío a Egina para que trajese a Éaco y a los demás Eácidas 317 .

Prodigio, favorable a los helenos, acaecido en Eleusis

Y por cierto que, al decir de Diceo, hijo [ 65 ] de Teocides (se trataba de un exilado ateniense que se había granjeado prestigio entre los medos 318 ), en aquellos momentos, cuando el Ática, que había sido abadonada por los atenienses, estaba siendo devastada por los efectivos terrestres de Jerjes, él —que se daba la circunstancia de que a la sazón se encontraba, en compañía del lacedemonio Demarato 319 , en la llanura de Tría 320 — vio que desde Eleusis avanzaba una polvareda, como si la causasen poco más o menos unos treinta mil hombres 321 . Ellos dos se preguntaban, llenos de perplejidad, quiénes podían levantar la polvareda, cuando, de repente, oyeron un griterío que a Diceo le pareció que se trataba del grito ritual que, en honor de Yaco, se entona en los misterios 322 . Entonces Demarato, que no conocía los ritos que tenían [2] lugar en Eleusis, le preguntó qué era aquel murmullo que se escuchaba. Y él le respondió: «Demarato, las tropas del rey van a sufrir forzosamente un gran desastre, pues, teniendo en cuenta que el Ática se halla desierta, es de todo punto evidente que el murmullo que se escucha tiene un carácter sobrenatural: que procede de Eleusis para socorrer a los atenienses y a sus aliados. Y, desde luego, si [3] se lanza sobre el Peloponeso, el peligro acechará a la persona del rey y a su ejército de tierra; en cambio, si se encamina contra las naves que están en Salamina, el monarca correrá el riesgo de perder su flota. Esta fiesta la celebran [4] los atenienses todos los años en honor de la Madre y de la Hija 323 , pudiendo iniciarse en ella todo ateniense, o cualquier otro griego, que lo desee; y el grito que oyes es la invocación que, durante dicha fiesta, dirigen a Yaco».

«Calla —contaba Diceo que replicó Demarato ante sus manifestaciones—, y no relates este episodio a nadie más, [5] pues, si esas palabras llegan a oídos del rey, de seguro que perderás la cabeza 324 , y ni yo ni ninguna otra persona, ni una sola, podremos salvarte. Mira, guarda silencio, que de esas tropas se encargarán los dioses.»

[6] Ese fue, en suma, el consejo que le dio Demarato; y, entretanto, con la polvareda, y una vez acallado el griterío, se formó una nube que se elevó al cielo y se dirigió hacia Salamina, en dirección a la flota griega. Así fue como ambos comprendieron que los contingentes navales de Jerjes iban a ser destruidos. Eso es lo que contaba Diceo 325 , hijo de Teocides, poniendo por testigos a Demarato y a otras personas.

La flota persa llega a Falero

Por su parte, los efectivos que integraban [ 66 ] la flota de Jerjes, tras haber constatado la derrota infligida a los lacedemonios 326 , pasaron desde Traquis a Histiea, donde hicieron escala por espacio de tres días, navegaron luego a través del Euripo y, al cabo de otros tres días, llegaron a Falero 327 . En mi opinión, los bárbaros que invadieron Atenas por tierra y por mar no eran inferiores en número a los que llegaron hasta Sepíade 328 [2] y las Termópilas; de hecho, voy a compensar las bajas que tuvieron a consecuencia de la tempestad, y las que sufrieron en las Termópilas y en los combates navales de Artemisio, con los contingentes que, hasta entonces, no habían acompañado todavía al monarca 329 , y que eran los siguientes: los melieos, los dorios, los locros y los beocios —que, salvo los tespieos y los plateos, se unieron a los invasores con todos sus efectivos 330 —, así como los caristios, los andrios, los tenios 331 y todos los demás isleños, a excepción de los cinco Estados cuyos nombres mencioné hace poco 332 , pues resulta que, cuanto más se internaba el Persa en Grecia, tanto mayor era el número de pueblos que se unían a él.

Jerjes celebra consejo con sus almirantes y, pese a la oposición de Artemisia, decide presentar batalla en Salamina

Pues bien, cuando todos los efectivos [ 67 ] persas, salvo los parios, hubieron llegado a Atenas (los parios se habían quedado apostados en Citnos esperando a ver de qué lado se decantaba la guerra 333 ), es decir, cuando la flota arribó a Falero, justo entonces Jerjes en persona bajó hasta las naves al objeto de entrevistarse con sus hombres y [2] conocer la opinión de las dotaciones. A su llegada, tomó [2] asiento en un trono y, acto seguido, comparecieron, a instancias suyas, los tiranos 334 de los pueblos de su Imperio y los comandantes de las naves 335 , que tomaron asiento con arreglo a la jerarquía que el monarca había otorgado a cada uno de ellos: primero el rey de Sidón, luego el de Tiro 336 , y después los demás. Una vez sentados unos junto a otros conforme al protocolo, Jerjes encargó a Mardonio que sondease el parecer de cada uno, preguntándoles si debía presentar batalla por mar 337 .

Con ocasión de la ronda de preguntas que, comenzando [ 68 ] por el sidonio, fue formulando Mardonio, todos se mostraron de acuerdo sobre el particular, pronunciándose por presentar batalla naval; Artemisia 338 , en cambio, dijo lo que sigue: «Mardonio, díle en mi nombre al rey que [α] yo, que en los enfrentamientos navales librados en las inmediaciones de Eubea 339 no me comporté cobardemente ni realicé las proezas menos importantes, manifiesto lo siguiente: ‘Señor, es de justicia que te transmita mi más sincera opinión; concretamente, lo que considero más beneficioso para tus intereses. Paso, pues, a exponértelo. Reserva tus naves y no libres un combate naval, pues, por mar, nuestros enemigos son tan superiores a tus tropas como lo son los hombres a las mujeres 340 . Además, ¿por qué [2] tienes que correr a toda costa riesgos en enfrentamientos navales? ¿No eres dueño de Atenas, por cuya conquista emprendiste la expedición 341 ? ¿No eres dueño, asimismo, del resto de Grecia 342 ? Nadie te ofrece resistencia; y quienes lo han hecho han acabado tal como merecían 343 .

[β] Y voy a decirte ahora cuál va a ser, a mi juicio, la suerte que sufrirán tus adversarios: si, en lugar de apresurarte a presentar batalla naval, mantienes tus naves aquí, cerca de la costa, alcanzarás fácilmente, Señor, los objetivos que proyectabas con tu campaña, tanto si permaneces a la expectativa como si avanzas hacia el Peloponeso 344 . [2] Realmente, los griegos no están en condiciones de oponerse a ti durante mucho tiempo, de manera que lograrás dispersarlos y todos ellos huirán a sus respectivas ciudades: según tengo entendido, en esa isla 345 no cuentan con víveres, y, además, si diriges tus efectivos terrestres contra el Peloponeso, no es presumible que los griegos llegados de esa zona se queden impasibles, así que no sentirán deseos de combatir por mar delante de Atenas 346 .

En cambio, si te apresuras a librar de inmediato una [γ] batalla naval, temo que una derrota de la flota acarree, de paso, serios perjuicios al ejército de tierra 347 . Por otra parte, Majestad, ten presente, asimismo, el siguiente extremo: las personas de valía suelen tener esclavos despreciables, y los seres despreciables suelen tenerlos de valía 348 . Por eso, como tú eres el hombre más destacado del mundo, cuentas con esclavos despreciables que pretenden figurar entre tus aliados; se trata de los egipcios, los chipriotas, los cilicios y los panfilios, gente que no sirve para nada 349 ».

Mientras Artemisia le decía esto a Mardonio, todos [ 69 ] aquellos que abrigaban simpatía hacia ella se sentían apesadumbrados por sus palabras, en la creencia de que, por orden del monarca, iba a sufrir algún castigo, dado que se oponía a que presentara batalla por mar; en cambio, quienes la detestaban y le tenían envidia, porque, de entre todos sus aliados 350 , era una de las personas a las que Jerjes más estimaba, se alegraban de su intervención, seguros [2] de que le costaría la vida 351 . Sin embargo, cuando le transmitieron las opiniones de los asistentes, Jerjes se sintió muy complacido con la de Artemisia y, pese que ya la consideraba una mujer notable desde hacía tiempo, en aquellos momentos su aprecio por ella aumentó considerablemente. No obstante, ordenó seguir el dictamen de la mayoría 352 , plenamente convencido de que en las costas de Eubea sus hombres se habían mostrado deliberadamente remisos debido a que él no había estado presente; pero esta vez lo había dispuesto todo para asistir personalmente a la batalla 353 .

Primeros movimientos de la flota persa

Cuando se dio la orden de zarpar 354 , [ 70 ] los persas hicieron que sus navíos pusieran proa a Salamina y, con toda tranquilidad, se alinearon en orden de batalla con arreglo a las directrices que habían recibido 355 . Ahora bien, lo avanzado del día no les permitió presentar batalla en aquellos momentos, pues la noche se les echó encima 356 ; así que se prepararon para hacerlo al día siguiente.

Por su parte, un miedo cerval hizo presa en los griegos, [2] sobre todo en los del Peloponeso 357 . Su miedo se debía a que, apostados como estaban en Salamina, iban a combatir con sus efectivos navales en defensa del territorio de los atenienses y, en caso de resultar derrotados, se verían copados y sitiados en una isla, con lo que dejarían su patria desguarnecida 358 .

Los peloponesios fortifican el Istmo de Corinto ante un posible ataque del ejército persa

[ 71 ] Además, los efectivos terrestres de los bárbaros se pusieron en marcha, en el transcurso de aquella misma noche, para atacar el Peloponeso 359 .

Sea como fuere, se habían adoptado todas las medidas posibles para evitar que los bárbaros pudiesen invadir la zona por tierra firme; de hecho, en cuanto tuvieron noticias de que Leónidas y sus hombres habían sucumbido en las Termópilas, los peloponesios, procedentes de sus ciudades, acudieron a toda prisa al Istmo, donde tomaron posiciones (a su frente se hallaba, en calidad de comandante en jefe, Cleómbroto 360 , hijo de Anaxándridas y hermano de Leónidas). Al tiempo [2] que tomaban posiciones en el Istmo, bloquearon la ruta Escirónide 361 y, acto seguido, de acuerdo con la resolución a la que llegaron en un cambio de impresiones, empezaron a construir un muro a través del Istmo 362 . Y, como había muchas decenas de miles de hombres y todo el mundo trabajaba, la obra iba progresando 363 : se acarreaban piedras, ladrillos, troncos y espuertas llenas de arena 364 , y quienes habían acudido a prestar su colaboración no dejaban de trabajar ni un solo instante, ni de noche ni de día.

[ 72 ] Los griegos que acudieron en masa al Istmo a prestar su colaboración eran los siguientes: los lacedemonios, todos los arcadios 365 , los eleos, los corintios, los sicionios, los epidaurios, los fliasios, los trecenios y los hermioneos 366 . Éstos fueron quienes, angustiados por el peligro que corría Grecia, acudieron a prestar su colaboración (al resto de los peloponesios les traía sin cuidado 367 ; y eso que los Juegos Olímpicos y las Carneas ya habían terminado 368 ).

Digresión etnológica sobre el Peloponeso

Por cierto que el Peloponeso lo habitan [ 73 ] siete pueblos 369 . Dos de ellos, los arcadios y los cinurios, son autóctonos y se hallan establecidos en la actualidad en la misma región que ocupaban antiguamente 370 . Otro pueblo, el aqueo, ha sido el único que no ha salido del Peloponeso, aunque sí abandonó su tierra natal para instalarse en una ajena 371 . Los otros cuatro [2] pueblos, del total de siete, son inmigrantes; se trata de los dorios, los etolios, los dríopes y los lemnios. Los dorios cuentan con numerosas y célebres ciudades; los etolios con una sola: Élide; los dríopes con Hermíone y Ásine, que se halla cerca de Cardamila, en Laconia; y los lemnios con todos los paroreatas 372 . (Parece ser que sólo los cinurios, [3] que son autóctonos, son jonios, si bien se han convertido en dorios debido a la dominación de los argivos y al paso del tiempo: se trata, concretamente, de los orneatas, unos periecos 373 .)

Pues bien, las restantes ciudades de los siete pueblos en cuestión, excepción hecha de las que he enumerado 374 , permanecían neutrales; y, si puedo hablar con franqueza, con su neutralidad favorecían la causa de los medos.

Descontento entre parte de la flota griega por la decisión de librar batalla en Salamina

Los griegos que se encontraban en el [ 74 ] Istmo se habían consagrado, pues, a semejante faena dado que, en aquellos instantes, iban a jugarse el todo por el todo y no esperaban poder conseguir un brillante triunfo con la flota.

Por su parte, los griegos que se hallaban en Salamina, pese a tener noticias de las tareas de fortificación, estaban asustados 375 , si bien no temían tanto por sus propias vidas como por la suerte del Peloponeso. El caso es que, [2] durante un cierto tiempo, los soldados se reunían entre sí y murmuraban en voz baja, extrañándose de la insensatez de Euribíades 376 . Pero, finalmente, el descontento estalló abiertamente; de ahí que tuviera lugar una asamblea en la que se habló largamente sobre el mismo tema 377 : los unos aducían que era menester zarpar con rumbo al Peloponeso 378 y afrontar riesgos para salvarlo, en lugar de quedarse para combatir ante una región 379 que el enemigo ya había conquistado; en cambio, los atenienses, los eginetas y los megareos 380 sostenían que debían quedarse donde estaban y aprestarse a la defensa.

Estratagema de Temístocles para evitar que la flota aliada se retire al Istmo

[ 75 ] Entonces Temístocles, en vista de que su tesis iba a ser derrotada por la de los peloponesios, salió subrepticiamente de la reunión y, una vez fuera, envió al campamento 381 de los medos a un hombre en una barca, con instrucciones precisas sobre lo que debía decir. (El nombre de ese individuo era Sicino 382 , y se trataba de un criado de Temístocles; en concreto, del preceptor de sus hijos 383 . Precisamente, con posterioridad a estos acontecimientos —cuando los tespieos admitieron nuevos ciudadanos 384 —, Temístocles lo hizo ciudadano de Tespias y lo colmó de riquezas.)

Ese personaje llegó en aquellos momentos a su destino [2] en la barca y dijo lo que sigue a los generales de los bárbaros 385 : «Me ha enviado el general de los atenienses, a espaldas del resto de los griegos (pues resulta que es partidario del rey y prefiere que triunfe vuestra causa y no la de los helenos), para haceros saber que los griegos están aterrados y proyectan huir, así que en estos instantes tenéis la oportunidad de realizar la hazaña más importante de [3] la guerra, si impedís que escapen. De hecho, la disensión reina en sus filas y ya no os ofrecerán resistencia; es más, los veréis luchar entre sí con sus naves: vuestros partidarios se enfrentarán a vuestros enemigos 386 ». Esto fue lo que les comunicó Sicino y, acto seguido, se alejó de allí.


La flota persa inicia una maniobra envolvente y ocupa Psitalea

[ 76 ] Dado que los bárbaros consideraron fiable el mensaje, lo primero que hicieron fue desembarcar a un nutrido contingente de persas en el islote [de Psitalea], que se halla situado entre Salamina y el continente 387 . Posteriormente, al llegar la media noche, desplegaron su ala occidental en dirección a Salamina, iniciando una maniobra envolvente 388 , y lo propio hicieron los efectivos navales apostados en las inmediaciones de Ceos y de Cinosura, bloqueando con sus naves la totalidad del Estrecho hasta Muniquia 389 .

[2] Los movimientos de la flota persa tenían como objetivo impedir que los griegos gozasen de la menor posibilidad de huir, a fin de que, copados en Salamina, pagasen caras sus proezas de Artemisio. Y el desembarco de los persas en el islote que recibe el nombre de Psitalea lo llevaron a cabo al objeto de que, una vez iniciada la batalla, y dado que allí, sobre todo, irían a parar los hombres y los pecios (pues la isla se hallaba situada justamente en el escenario de la batalla que se iba a librar 390 ), pudiesen salvar a los [3] suyos y aniquilar a los enemigos. Y estas maniobras las realizaron con sigilo, para que sus adversarios no se diesen cuenta 391 . Los persas, en definitiva, se dedicaron durante toda la noche a tales preparativos sin concederse el menor descanso.

Oráculo de Bacis favorable a los helenos

Y por cierto que no puedo negar la [ 77 ] veracidad de los oráculos 392 , pues, cuando reparo en casos como el siguiente 393 , no pretendo tratar de discutir su claridad meridiana:

Mirad, cuando, tras haber saqueado la radiante Atenas ,

con loca esperanza 394 unan, mediante un puente de navíos, la sagrada

playa de Ártemis, la de áurea espada, y Cinosura, a la que el mar baña 395 ,

la divina Justicia extinguirá al poderoso Kóros, hijo de Hýbris 396 ,

que, ebrio de deseos, cree poder absorberlo todo 397 .

[2] A fe que el bronce chocará con bronce y Ares 398 teñirá de sangre

el mar. En ese instante, traerán la libertad para la Hélade el hijo

de Cronos, el de penetrante mirada 399 , y la augusta Victoria.

En casos como éste 400 , y ante la tamaña claridad con que habla Bacis 401 , yo, personalmente, no me atrevo a plantear objeciones a propósito de sus oráculos; y tampoco las admito en los demás.

Aristides informa a los generales griegos de la maniobra persa

Mientras tanto, entre los generales que [ 78 ] se hallaban en Salamina seguía teniendo lugar un fuerte altercado verbal 402 , pues todavía no sabían que los bárbaros los estaban rodeando con sus naves; todo lo contrario, creían que continuaban en la misma posición en que los habían visto alineados de día 403 .

Mientras los generales estaban discutiendo, arribó, [ 79 ] procedente de Egina, Aristides 404 , hijo de Lisímaco (se trataba de un ateniense que había sido condenado al ostracismo 405 por el pueblo, pero a quien yo, por las informaciones que he recabado acerca de su conducta, considero la persona más sobresaliente e íntegra que hubo en Atenas 406 ). Este personaje se llegó hasta el lugar donde se celebraba [2] la reunión y le pidió a Temístocles que saliese 407 , a pesar de que este último no era amigo suyo, sino su peor enemigo; pero, ante la enorme gravedad de la situación, relegó al olvido sus diferencias y le pidió que saliese al objeto de entrevistarse con él, pues ya estaba enterado de que los del Peloponeso querían, a toda costa, trasladar la flota al Istmo.

Y, cuando Temístocles, atendiendo su petición, salió, [3] Aristides le dijo lo siguiente: «Nosotros debemos rivalizar en todo momento, y ahora más que nunca, sobre cuál de los dos rendirá mayores servicios a la patria. Por eso, te [4] aseguro que lo mismo da que los peloponesios aboguen mucho o poco por zarpar de aquí; he de decirte, porque lo he visto con mis propios ojos, que, en estos instantes, aunque los corintios y el mismísimo Euribíades quieran hacerlo, no podrán abandonar Salamina, pues estamos totalmente rodeados por el enemigo 408 . Así que entra y házselo saber».

[ 80 ] Entonces Temístocles le respondió en los siguientes términos: «Tu sugerencia es muy acertada 409 y magnífica la noticia que me has dado, pues acabas de ver con tus propios ojos lo que yo deseaba que sucediera. Has de saber que yo soy el responsable de lo que están haciendo los medos, porque, como los griegos no estaban dispuestos a presentar batalla por propia iniciativa, había que obligarlos a la fuerza. Ahora bien, dado que tú eres el portador de tan formidable noticia, comunícasela a ellos personalmente, [2] pues, si soy yo quien la transmito, parecerá que mis palabras son una invención y no podré convencerlos, puesto que no creerán en semejante maniobra de los bárbaros: así que preséntate ante ellos y expónles personalmente la situación. Y, si, cuando lo hayas hecho, te creen, tanto mejor; pero, si no confían en tus palabras, lo mismo nos dará, pues ya no podrán escapar, si, como dices, realmente estamos rodeados por todas partes».

[ 81 ] Aristides se presentó en la reunión y explicó la situación: había llegado de Egina —manifestó— y a duras penas había logrado burlar el bloqueo enemigo 410 sin que lo vieran, pues toda la flota griega estaba rodeada por los navíos de Jerjes; así que les aconsejaba que se preparasen a fin de repeler su ataque. Dicho esto, Aristides se retiró; pero, entonces, volvió a suscitarse una disputa verbal entre los asistentes, pues la mayoría de los generales no se creían la noticia.

Los generales seguían desconfiando cuando, capitaneado [ 82 ] por Panecio 〈de Tenos〉, hijo de Sosímenes, arribó un trirreme de desertores tenios 411 que les aportó, definitivamente, toda la verdad. (Por esta acción el nombre de los tenios fue inscrito, en el trípode de Delfos, entre los de quienes derrotaron al Bárbaro 412 .)

Así pues, con esa nave que se pasó a sus filas en [2] Salamina y con la de Lemnos, que ya lo había hecho en Artemisio 413 , la flota griega alcanzó las trescientas ochenta unidades, pues, hasta entonces, le faltaban justamente dos navíos para redondear esa cifra 414 .

La batalla. Temístocles arenga a las dotaciones

[ 83 ] Al considerar verídicas las afirmaciones de los tenios, los griegos, por fin, se prepararon para combatir.

Cuando ya alboreaba el día, los generales reunieron a los soldados de la flota 415 y, en nombre de todos 416 , Temístocles pronunció una vibrante alocución: todo su discurso 417 consistió en contraponer lo más noble y lo más vil que realmente puede darse en la naturaleza y en el temperamento 418 del ser humano; y, tras dar por concluida su intervención con [2] una exhortación a que, de las dos alternativas, optaran por la mejor, dio la orden de que se embarcaran. Así lo estaban haciendo las tropas cuando arribó, procedente de Egina, el trirreme que había ido a buscar a los Eácidas 419 . Los griegos, entonces, zarparon con todas sus naves; pero, mientras lo estaban haciendo, los bárbaros los atacaron de improviso 420 .

Maniobra griega para romper la formación enemiga

[ 84 ] En esa tesitura, la práctica totalidad de los griegos empezaron a ciar 421 , dirigiendo las naves hacia la costa. Sin embargo, un ateniense, Aminias de Palene 422 , siguió avanzando 423 y embistió a un navío enemigo; y, como su nave se quedó enganchada, sin que ambos adversarios pudieran separarse, fue entonces cuando el resto de los griegos acudió en socorro de Aminias, [2] comenzando la batalla. Así fue, según los atenienses, como se trabó el combate; no obstante, al decir de los eginetas, fue la nave que había ido a Egina a buscar a los Eácidas la que inició las hostilidades 424 .

Y por cierto que también se cuenta el siguiente episodio: a los griegos se les apareció la imagen de una mujer 425 que, al dejarse ver, se puso a animarlos en un tono tal que toda la flota griega pudo oírla, aunque previamente les dirigió el siguiente reproche: «¡Desdichados! ¿Hasta cuándo 426 váis a seguir ciando?»

Bravo comportamiento de los jonios

El caso es que, frente a los atenienses, [ 85 ] se hallaban alineados los fenicios, pues estos últimos ocupaban el ala próxima a Eleusis, la occidental 427 , mientras que, frente a los lacedemonios, figuraban los jonios, que ocupaban el ala oriental, la próxima al Pireo 428 . Entre sus efectivos fueron realmente pocos los que, conforme a las instrucciones de Temístocles 429 , se mostraron deliberadamente remisos, ya que la mayoría no lo hizo. [2] En ese sentido, estoy en condiciones de citar los nombres de muchos trierarcos 430 que capturaron navíos griegos, pero voy a hacer caso omiso de todos a excepción de Teomestor, hijo de Androdamante, y de Fílaco, hijo [3] de Histieo, ambos naturales de Samos 431 . Y la razón de que los mencione sólo a ellos estriba en que, debido a esa hazaña, Teomestor se convirtió, por designación de los persas, en tirano de Samos, en tanto que Fílaco pasó a formar parte de la lista de bienhechores del monarca y fue recompensado con una extensa propiedad 432 . (Por cierto que los bienhechores del monarca reciben, en persa, la denominación de orosángas 433 .)

Victoria griega

Esto es, en suma, lo que ocurrió con [ 86 ] estos dos personajes.

No obstante, en Salamina, la mayoría de las naves persas fueron puestas fuera de combate 434 , al ser destruidas unas por los atenienses y otras por los eginetas. De hecho, dado que los griegos combatían con disciplina y en formación, mientras que los bárbaros no habían mantenido la suya y no efectuaban con coordinación maniobra alguna 435 , era inevitable que les sucediera precisamente lo que les pasó. Y eso que, sin ningún género de dudas, aquel día se superaron a sí mismos notablemente y demostraron más valor que en Eubea 436 , pues todo el mundo ponía un gran interés por temor a Jerjes, ya que cada uno creía que el monarca lo iba a observar a él.

Artemisia sobrevive al acoso adversario

[ 87 ] Pues bien, por lo que a los demás combatientes se refiere, no puedo precisar a ciencia cierta cómo se batió cada bárbaro o cada griego en particular 437 . Pero, con respecto a Artemisia, ocurrió un incidente que le permitió acrecentar su prestigio ante el rey 438 ; fue el siguiente: en el preciso momento en que [2] las fuerzas del rey se hallaban en plena confusión, la nave de Artemisia se vio acosada por un navío del Ática 439 ; como no podía escapar (pues delante de ella había varias naves aliadas y se daba la circunstancia de que la suya era la que se hallaba más próxima al enemigo 440 ), decidió —y la medida le dio resultado— hacer lo siguiente: al verse acosada por el navío del Ática, embistió violentamente a una nave aliada, tripulada por calindeos, a bordo de la cual iba el propio rey de Calinda, Damasitimo 441 . Ahora [3] bien, yo no puedo precisar si es que había mantenido alguna polémica con él cuando todavía se hallaban en el Helesponto 442 , ni tampoco si lo hizo premeditadamente, o si la nave de Calinda chocó con la suya por haberse cruzado [4] casualmente en su camino. Sea como fuere, después de haberla embestido, provocando su hundimiento, Artemisia tuvo la fortuna de granjearse un doble beneficio: el trierarco de la nave ática, al ver que embestía a un navío bárbaro, creyó que la nave de Artemisia era griega o que estaba desertando de la flota de los bárbaros para apoyar a los griegos, por lo que mandó cambiar el rumbo y se dirigió contra otras naves.

[ 88 ] Así fue como, ante todo, Artemisia pudo escapar, evitando la muerte; pero, además, resulta que el accidente que había causado le permitió acrecentar considerablemente [2] su prestigio ante Jerjes. Según cuentan, el monarca, que estaba contemplando la batalla 443 , se fijó en que su nave había embestido a otro navío, y entonces uno de los presentes exclamó: «Señor, ¿ves lo bien que se bate Artemisia y cómo ha hundido un navío enemigo?» Jerjes —agregan— preguntó si la hazaña se debía realmente a Artemisia, a lo que los asistentes respondieron afirmativamente, pues conocían a la perfección el emblema 444 de [3] su nave y creían que el navío destruido era enemigo (a la serie de circunstancias favorables que, como he dicho, le sucedieron, se añadió el hecho de que no se salvara ningún tripulante de la nave de Calinda que pudiese acusarla). Y, según cuentan, ante esa aseveración, Jerjes manifestó: «Los hombres se me han vuelto mujeres; y las mujeres, hombres 445 ». Esto fue, según dicen, lo que comentó Jerjes.

Desorden entre las naves persas

En el transcurso de esa gesta murió [ 89 ] el estratego Ariabignes, que era hijo de Darío y hermano de Jerjes 446 ; y también encontraron la muerte otros muchos persas, medos 447 y aliados de renombre. En las filas griegas hubo, asimismo, bajas, pero fueron pocas, pues, como sabían nadar, quienes perdían sus naves, sin sucumbir en los combates cuerpo a cuerpo, alcanzaban Salamina a nado. En cambio, la mayoría de los [2] bárbaros perecieron en el mar, dado que no sabían nadar 448 .

Y por cierto que los bárbaros perdieron el mayor número de naves justamente cuando las de la primera línea se dieron a la fuga, pues los que ocupaban la segunda línea, en su intento por pasar adelante con sus navíos para realizar, también ellos, alguna proeza a la vista del rey, abordaron a las naves de su propia flota cuando éstas huían 449 .

Calumnias de los fenicios contra los jonios

[ 90 ] En medio de aquella confusión se produjo también el siguiente incidente: unos fenicios, cuyas naves habían resultado destruidas, se presentaron ante el monarca y calumniaron a los jonios, asegurándole que habían perdido sus navíos por su culpa, porque habían cometido traición 450 . Pues bien, lo que ocurrió fue que los generales jonios 451 no perdieron la vida y, en cambio, los fenicios que los calumniaban recibieron su merecido [2] de la siguiente manera: mientras todavía se hallaban hablando del asunto, un navío samotracio 452 embistió a una nave ática. Esta última se estaba hundiendo cuando he aquí que una nave egineta 453 se abalanzó sobre el navío samotracio, echándolo a pique. Pero, como los samotracios manejaban bien la jabalina, abatieron con sus disparos a los soldados que iban en la nave que los había echado a pique 454 , treparon a bordo y se apoderaron de la embarcación. Este lance fue lo que salvó a los jonios, [3] pues, cuando vio la gran hazaña que habían realizado los samotracios, Jerjes, ante la enorme indignación que sentía, y en su deseo de responsabilizar a todo el mundo, se revolvió contra los fenicios y mandó que les cortaran la cabeza, para evitar que pudiesen calumniar a quienes eran más valientes cuando ellos se habían comportado cobardemente. [4] Resulta que Jerjes (que se hallaba sentado al pie del monte situado frente a Salamina y que recibe el nombre de Egáleo 455 ), cuando veía que, en el transcurso de la batalla, uno de los suyos llevaba a cabo alguna hazaña, se informaba de quién la había hecho, y sus secretarios 456 anotaban el nombre del trierarco, el de su padre y el de su ciudad 457 . Por otra parte, la presencia del persa Ariaramnes 458 , que era amigo (de los jonios), también contribuyó, en cierta medida, a ese desgraciado final de los fenicios.

Huida persa

Los persas, en definitiva, se revolvieron [ 91 ] contra los fenicios.

Cuando los bárbaros se dieron a la fuga, intentando replegarse con rumbo a Falero 459 , los eginetas, que se habían emboscado 460 en el Estrecho, realizaron proezas dignas de mención 461 , pues, mientras los atenienses aprovechaban el barullo para destruir tanto las naves que les presentaban batalla como las que pretendían escapar, los eginetas hacían lo propio con las que intentaban replegarse. Así que, cuando algún navío lograba zafarse de los atenienses, se topaba de inmediato con los eginetas.

Incidente entre Polícrito y Temístocles

[ 92 ] Fue en aquellos momentos cuando se encontraron la nave de Temístocles, mientras perseguía a un navío enemigo, y la del egineta Polícrito 462 , hijo de Crío, que había embestido a un navío sidonio (se trataba, precisamente, del que había capturado a la nave egineta que montaba guardia en Escíatos 463 y en la cual figuraba Píteas, hijo de Isquénoo, a quien los persas, llenos de admiración por su valor, habían mantenido a bordo a pesar de haber resultado gravemente herido 464 . La nave sidonia, que, además de su contingente de persas 465 , transportaba a Píteas, pudo, en definitiva, ser apresada, por lo que este último fue rescatado, regresando así a Egina.)

[2] Cuando reparó en el navío ático, Polícrito lo reconoció, al ver la enseña de la nave capitana, así que llamó a gritos a Temístocles y, aludiendo sarcásticamente a la adhesión de los eginetas hacia los medos 466 , lo llenó de insultos. Esto es, pues, lo que Polícrito, tras haber embestido a un navío enemigo, le echó en cara a Temístocles.

Por su parte, los bárbaros cuyas naves se habían salvado dándose a la fuga arribaron a Falero, donde quedaron protegidos por su ejército de tierra.

Los griegos más destacados

En la batalla naval que nos ocupa los [ 93 ] griegos que más elogios recibieron fueron los eginetas 467 , seguidos de los atenienses; y, a título individual, el egineta Polícrito y los atenienses Éumenes de Anagirunte 468 y Aminias de Palene, el personaje que, precisamente, persiguió a Artemisia. Por cierto que, si hubiera sabido que a bordo de aquella nave iba Artemisia, no habría cejado hasta haberla apresado o hasta haber sido [2] hecho prisionero él, pues esa era la orden que habían recibido los trierarcos atenienses; es más, incluso se había ofrecido una recompensa de diez mil dracmas 469 para quien la capturase viva, ya que consideraban algo inadmisible que una mujer hiciera la guerra a Atenas 470 . Sea como fuere, Artemisia, como he dicho hace poco 471 , logró escapar; y también se encontraban en Falero todos aquellos bárbaros cuyas naves se habían salvado.

Comportamiento de los corintios

[ 94 ] Por lo que a Adimanto, el general corintio, se refiere, los atenienses aseguran que, desde el mismo momento en que las naves iniciaron la batalla, perdió la cabeza y que, presa de un pánico cerval, mandó izar velas 472 , dándose a la fuga; y, cuando vieron que su nave capitana huía, los corintios hicieron lo propio. [2] Pero, al llegar, en el transcurso de su huida, a la altura del santuario de Atenea Escírade 473 , en territorio salaminio, resulta que, por voluntad divina, se topó con ellos una barca (no se supo de nadie que la hubiese enviado y, además, se presentó ante los corintios cuando éstos ignoraban cualquier noticia sobre la suerte de la flota griega 474 ). Y se considera que lo ocurrido tuvo un carácter sobrenatural debido a que, cuando estuvieron cerca de los navíos corintios, los de la barca dijeron lo que sigue: «Adimanto, con el cambio de rumbo que has ordenado [3] a tus naves, te has lanzado a la fuga, traicionando a los griegos; ellos, sin embargo, están ahora imponiéndose tan aplastantemente a sus adversarios como pedían en sus plegarias». Como quiera que Adimanto ponía en duda lo que decían, los desconocidos añadieron que estaban dispuestos a que se los llevara en calidad de rehenes 475 y a morir, si no era cierta la victoria de los griegos; de ahí que Adimanto [4] diera orden de virar de bordo, reuniéndose con la flota, en compañía de los demás corintios, cuando todo había terminado. Tal es el rumor que, propalado por los atenienses, circula sobre los corintios. Estos últimos, sin embargo, se muestran en total desacuerdo; es más, consideran que en la batalla naval sus fuerzas figuraron en primera línea 476 ; y el resto de Grecia corrobora su testimonio 477 .

Aristides, al frente de hoplitas atenienses, aniquila a los persas desembarcados en Psitalea

Por su parte Aristides, hijo de Lisímaco, [ 95 ] el ateniense a quien ya aludí algo antes 478 indicando que fue un individuo sobresaliente, este personaje, insisto, en medio de ese barullo que se produjo en Salamina, hizo lo siguiente: tomó consigo a muchos de los hoplitas que habían sido apostados a lo largo de la costa de Salamina 479 —y que eran de nacionalidad ateniense—, y desembarcó con ellos en Psitalea, donde acabaron con todos los persas que había en dicho islote 480 .

Los griegos, vencedores, regresan a Salamina

Una vez concluida la batalla naval, los [ 96 ] griegos remolcaron hasta Salamina todos los pecios que a la sazón se encontraban todavía por aquella zona 481 y se prepararon para una nueva batalla, pues suponían que el monarca iba a volver a utilizar las naves que le quedaban.

Y por cierto que un viento de poniente, que se levantó [2] de improviso, arrastró gran cantidad de pecios hasta la zona de la costa del Ática que recibe el nombre de Colíade 482 , de manera que, además de toda la serie de vaticinios pronunciados por Bacis y Museo 483 sobre dicha batalla, también se cumplió lo que, muchos años antes de la época que nos ocupa, y a propósito de los pecios allí arrastrados, manifestara Lisístrato, un adivino 484 ateniense, en un vaticinio cuyo significado había pasado inadvertido a todos los griegos 485 :


«Las mujeres de Colíade tostarán 486 con los remos».

Cosa que iba a producirse tras la retirada del monarca.

Jerjes proyecta huir de Grecia

[ 97 ] Cuando Jerjes se percató del desastre que había sufrido 487 , ante el temor de que algún jonio 488 pudiera sugerir a los griegos la idea de zarpar con rumbo al Helesponto para destruir los puentes 489 , o de que se les ocurriese a estos últimos por su cuenta (con lo que se vería bloqueado en Europa y en peligro de muerte), empezó a proyectar la huida. Pero, como no quería revelar sus planes ni a los griegos ni a sus propias tropas, mandó que, a través del Estrecho, se intentara construir una escollera en dirección a Salamina 490 , que se ensamblasen gaulos 491 fenicios para que sirvieran de pontón y de parapeto 492 , y que se realizasen preparativos bélicos, como si fuera a librar una nueva batalla naval. En [2] vista de esta actividad del monarca, todo el mundo se hallaba plenamente convencido de que Jerjes estaba dispuesto, de todo corazón, a quedarse para proseguir la guerra. Ninguna de esas medidas, sin embargo, logró engañar a Mardonio, pues conocía como nadie sus intenciones 493 .

Excurso sobre el sistema de correos empleado en Persia

[ 98 ] A la vez que tomaba esas medidas, Jerjes despachó a Persia un emisario para que informara a sus súbditos de su revés de entonces. Y por cierto que no hay mortal alguno que llegue a su destino antes que esos mensajeros 494 ; tan eficaz es el procedimiento que han ideado los persas 495 . Con arreglo —dicen— a las jornadas de que conste la totalidad del recorrido, hay dispuestos, a intervalos regulares, igual número de caballos y de hombres, a razón de un caballo y un hombre por cada jornada de camino 496 ; y ni la nieve, ni la lluvia, ni el calor, ni la noche les impide cubrir a toda velocidad el trayecto que a cada uno le corresponde. Una vez finalizado [2] su recorrido, el primer correo entrega al segundo los mensajes que haya recibido, el segundo al tercero, y, de correo en correo, se va repitiendo la operación hasta completar el trayecto, igual que ocurre en Grecia con la carrera de antorchas que se celebra en honor de Hefesto 497 . (A este sistema de postas los persas lo denominan angarḗion 498 .)

Impresión causada en Susa por la derrota

[ 99 ] Pues bien, la llegada a Susa del primer mensaje 499 , notificándoles que Jerjes era dueño de Atenas, produjo en los persas que se habían quedado en su patria una alegría tan sumamente grande que recubrieron con ramas de mirto todas las calles, quemaron sustancias aromáticas y la gente se entregó a festejos 500 [2] y diversiones. Pero la llegada, acto seguido, del mensaje los sumió en una consternación tal que todo el mundo se desgarró las vestiduras, y prorrumpió en gritos y lamentos interminables, echándole la culpa a Mardonio 501 . Y esa actitud de los persas no respondía tanto a su pesar por la pérdida de las naves como a su preocupación por la suerte del propio Jerjes.

Jerjes, ante los consejos de Mardonio y Artemisia, decide retirarse dejando al primero en Grecia al frente de parte de las tropas

Este fue el estado de ánimo que reinó [ 100 ] en Persia durante todo el tiempo que medió hasta que la llegada del propio Jerjes tranquilizó a sus súbditos 502 .

Entretanto Mardonio, al ver que Jerjes se sentía sumamente desolado por el resultado de la batalla naval, sospechaba que el monarca proyectaba huir de Atenas, de manera que, en su fuero interno, llegó a la conclusión de que iba a ser castigado, por haber inducido al rey a organizar una expedición contra Grecia 503 , y de que más le valía arrostrar nuevos peligros, bien fuera para someter Grecia o para terminar gloriosamente su existencia, arriesgándose en aras de importantes objetivos (no obstante, se inclinaba más bien a creer que lograría someter Grecia 504 ). Así pues, ante esas consideraciones, se dirigió a Jerjes en los siguientes términos 505 : «Señor, no te [2] aflijas ni en absoluto te sientas sumamente desolado por este suceso pasado: el desenlace definitivo de nuestra campaña no depende de unos maderos 506 , sino de hombres y caballos. Además, ninguno de esos sujetos que creen haberlo conseguido ya todo va a desembarcar de sus naves para intentar oponérsete, y tampoco lo intentará nadie de este continente (quienes se opusieron a nosotros, recibieron [3] su merecido 507 ). Por lo tanto, si lo estimas oportuno, ataquemos el Peloponeso sin pérdida de tiempo; si, por el contrario, opinas que debemos esperar, también podemos hacerlo. Sea como fuere, no te desanimes. Los griegos no tienen posibilidad alguna de evitar ser tus esclavos después de haber rendido cuentas de sus acciones presentes y pasadas. Lo mejor, por lo tanto, es que actúes como te digo. Pero, si resulta que has decidido retirarte al frente [4] de las tropas, en ese caso también tengo otro plan. Tú, Majestad, no conviertas a los persas en objeto de mofa para los griegos, pues tu situación no se ha visto en absoluto comprometida por culpa de los persas; es más, no podrías citar una sola ocasión en la que hayamos sido unos cobardes. Si lo han sido los fenicios, los egipcios, los chipriotas y los cilicios 508 , el desastre de ahora no es en modo alguno imputable a los persas. En suma, dado que los persas [5] no son responsables ante ti, hazme caso: si tienes pensado no permanecer en Grecia, regresa a tus dominios al frente del grueso de las tropas, que yo he de entregarte la Hélade esclavizada a condición de que pueda escoger a trescientos mil hombres de tu ejército 509 ».

Considerándose libre de problemas 510 , Jerjes se sintió [ 101 ] alegre y complacido al oír las palabras de Mardonio, así que le respondió que, después de haber deliberado sobre el particular 511 , le haría saber por qué opción se decantaba. Y, cuando se hallaba deliberando con sus consejeros persas 512 , decidió llamar también a consulta a Artemisia, dado que anteriormente 513 había sido, sin lugar a dudas, la única en intuir lo que había que hacer. A su llegada, [2] Jerjes mandó salir a todo el mundo —tanto a los persas del Consejo como a su guardia personal 514 — y le dijo a Artemisia lo siguiente: «Mardonio me sugiere que me quede aquí y que ataque el Peloponeso, alegando que, ante mí, los persas y el ejército de tierra no son responsables de desastre alguno y que, para ellos, sería un placer poder [3] demostrarlo. Eso es, en suma, lo que me sugiere hacer. En otro caso, está personalmente dispuesto a entregarme la Hélade esclavizada a condición de poder escoger a trescientos mil hombres de mi ejército; y, en cuanto a mí, me sugiere regresar a mis dominios con el resto de las tropas. [4] Por consiguiente, y como quiera que me diste un buen consejo a propósito de la batalla naval que acaba de tener lugar, al tratar de que no la librase, aconséjame ahora qué plan debo seguir para que mi decisión sea realmente acertada».

[ 102 ] Este fue el consejo que le pidió Jerjes; y, entonces, Artemisia le dijo lo siguiente: «Majestad, es difícil acertar a decirle lo más idóneo a una persona que pide un consejo 515 . No obstante, en las presentes circunstancias, considero que, por lo que a ti se refiere, debes regresar a tu patria y dejar aquí a Mardonio —si quiere hacerlo y se compromete a cumplir lo que ha dicho— con los soldados que desea. Pues, ante todo, si logra someter lo que, según [2] él, pretende subyugar y le sale bien el plan del que habla, el éxito, señor, te pertenece a ti, ya que lo habrán conseguido tus esclavos 516 . Pero, además, es que, si sucede lo contrario de lo que piensa Mardonio, no será ninguna catástrofe, dado que tú estarás a salvo, al igual que lo estará todo lo relativo a tu dinastía. De hecho, si tanto tú como [3] tu dinastía os encontráis a salvo, los griegos deberán arrostrar otras muchas campañas para salvarse. Y, en cuanto a Mardonio, de pasarle algo, carece de importancia: si los griegos lo vencen, su victoria será intranscendente, porque habrán matado a un esclavo tuyo. Por otra parte, tú te vas a marchar después de haber incendiado Atenas, que era el objetivo por el que organizaste la expedición 517 ».

Como es natural, Jerjes se sintió complacido con el [ 103 ] consejo, pues lo que le decía Artemisia coincidía plenamente con lo que él mismo pensaba (en mi opinión, aunque todo el mundo —hombres y mujeres— le hubiese aconsejado quedarse, el monarca no lo habría hecho; tan aterrorizado estaba).

Colmó, pues, de elogios a Artemisia y le ordenó que se dirigiera a Éfeso 518 con sus hijos, dado que lo habían acompañado algunos de sus bastardos 519 .

Digresión sobre el eunuco Hermotimo

[ 104 ] Para velar por sus hijos hizo que fuera con ellos Hermotimo, que era natural de Pedasa 520 y que, ante el monarca, no figuraba entre sus eunucos de segundo rango 521 . [Por cierto que los pedaseos residen al norte de Halicarnaso. Y resulta que, en su país, se produce el siguiente fenómeno: cuando a todas las poblaciones vecinas de dicha ciudad va a ocurrirles, al cabo de cierto tiempo, algún percance, justo en ese momento a la sacerdotisa local de Atenea le crece una poblada barba, cosa que ya les ha sucedido dos veces 522 .

Como digo, Hermotimo era originario de Pedasa.] [ 105 ] Este individuo, que nosotros sepamos, fue, sin lugar a dudas, la persona que con mayor saña se vengó de un ultraje que había sufrido 523 . Resulta que fue capturado por el enemigo 524 y puesto a la venta, comprándolo Panionio de Quíos 525 , un sujeto que se ganaba la vida con el más abominable de los oficios: solía adquirir muchachos apuestos, los castraba y los llevaba a Sardes y a Éfeso 526 , donde los vendía a elevado precio, ya que, entre los bárbaros, [2] los eunucos, por la absoluta confianza que inspiran 527 , son más caros que los esclavos dotados de sus atributos masculinos. Pues bien, entre los muchos jóvenes a quienes Panionio, dado que vivía de ese oficio, había castrado, figuraba asimismo el citado Hermotimo. Este último, sin embargo, no fue un desdichado en todas las facetas de la vida: llegó desde Sardes a la corte del rey incluido entre otros presentes y, andando el tiempo, se convirtió en el eunuco favorito de Jerjes.

[ 106 ] Mientras el monarca, con ocasión de lanzar al ejército persa contra Atenas, se hallaba en Sardes 528 , Hermotimo bajó, para resolver determinado asunto, a una zona de Misia 529 que ocupan los de Quíos y que recibe el nombre [2] de Atarneo 530 , y allí se encontró con Panionio. Al reconocerlo, se dirigió a él con palabras particularmente corteses 531 : ante todo, le enumeró la cantidad de privilegios que, gracias a él, poseía, y, acto seguido, le prometió una serie de favores que, en reciprocidad, le dispensaría, si se establecía en aquella zona con sus familiares, de ahí que Panionio aceptara gustoso su proposición, trasladando hasta allí a sus hijos y a su mujer. Pero el caso es [3] que, cuando Hermotimo lo tuvo a su merced en compañía de toda su familia, le dijo lo siguiente: «¡Mercader que te has labrado tu posición con el más abominable de los oficios que, sin lugar a dudas, hay en el mundo! A ti, o a alguno de los tuyos, ¿qué daño te hice yo?, ¿qué daño te hizo alguno de los míos 532 , para que, del hombre que era, me convirtieras en una ruina? ¡Creías que tu iniquidad de entonces iba a pasar inadvertida a los dioses! Ellos son quienes, con su justo proceder, te han puesto en mis manos por la infamia que cometiste, así que no vas a quedar descontento del castigo que voy a imponerte». Tras [4] estos reproches que le dirigió, hizo que comparecieran los hijos de Panionio, que eran cuatro, y este último se vio obligado a castrar a sus propios hijos, cosa que hizo ante la coacción de que era objeto 533 . Y, una vez que lo hubo realizado, sus hijos se vieron obligados a castrarlo a él. Así fue, en definitiva, cómo la venganza, personificada en Hermotimo 534 , alcanzó a Panionio.

La escuadra persa zarpa de Falero

[ 107 ] Después de haberle confiado sus hijos a Artemisia para que los condujera a Éfeso, Jerjes llamó a Mardonio y le ordenó que eligiese los soldados que quisiera y que procurase que sus resultados respondieran a sus palabras. Todo eso, y no más, fue lo que ocurrió durante aquel día 535 .

Por la noche, los almirantes, a instancias del monarca, hicieron que sus naves abandonasen Falero para, a la máxima velocidad posible, regresar al Helesponto 536 , a fin de custodiar los puentes flotantes, de manera que el rey pudiera [2] atravesarlos. Y por cierto que, cuando, en el curso de su singladura, se encontraban cerca de Zoster 537 , como quiera que en esa zona de la costa penetran en el mar unos pequeños promontorios, los bárbaros creyeron que se trataba de navíos y, durante un buen trecho, se dieron a la fuga; no obstante, al cabo de cierto tiempo, se percataron de que no eran naves, sino unos promontorios, y continuaron la travesía agrupados.

La flota griega en persecución de la persa. Campaña de los aliados en las Cícladas

Cuando, al rayar el día, los griegos [ 108 ] vieron que el ejército de tierra enemigo permanecía en sus posiciones, supusieron que la flota se encontraba también en las inmediaciones de Falero 538 y, en la creencia de que los bárbaros presentarían batalla con sus naves, se prepararon para rechazar su ataque 539 . Pero, en cuanto se enteraron de que su flota se había marchado, decidieron perseguirla sin perder un instante. Se lanzaron, pues, en persecución de la fuerza naval de Jerjes hasta Andros 540 , mas, como no la avistaron, al llegar a dicha isla mantuvieron un cambio de impresiones.

[2] Pues bien, Temístocles se mostró partidario de perseguir a la flota enemiga, pasando por las islas, para, acto seguido, poner proa rumbo al Helesponto a fin de destruir los puentes 541 . Euribíades 542 , sin embargo, se opuso a su plan, alegando que, si destruían los puentes flotantes, con semejante medida le causarían a Grecia la mayor de todas [3] las desgracias 543 : si el Persa —agregó—, por hallarse bloqueado, se veía obligado a quedarse en Europa, intentaría no permanecer inactivo, pues, de hacerlo, su situación no podría mejorar lo más mínimo y no se le presentaría posibilidad alguna de regresar a su patria, con lo que sus tropas morirían de hambre. En cambio, si tomaba la iniciativa y lo hacía con decisión, podría ser que toda Europa, ciudad tras ciudad y nación tras nación, abrazase su causa, unas porque, sin lugar a dudas, serían conquistadas, otras porque, antes de serlo, pactarían con él 544 ; y, además, para alimentarse, las tropas dispondrían periódicamente de la cosecha anual de Grecia. Él, sin embargo, [4] estaba convencido de que el Persa, tras su derrota en la batalla naval, no se quedaría en Europa, por lo que había que dejarlo huir, hasta que, en su retirada, llegase a su patria; que, a partir de entonces —les sugirió—, la lucha se entablaría por la posesión de sus dominios 545 . Y los generales del resto de los peloponesios eran, asimismo, de dicha opinión.

Cuando Temístocles comprendió que, desde luego, no [ 109 ] iba a poder convencer a la mayoría para zarpar con rumbo al Helesponto, cambió de actitud y, dirigiéndose a los atenienses 546 (pues estos últimos eran quienes más indignados estaban con la huida de los bárbaros y se hallaban dispuestos a zarpar con rumbo al Helesponto, aunque fuera por su cuenta y riesgo, si los demás no querían hacerlo 547 ), [2] les dijo lo que sigue: «Yo, personalmente, me he encontrado ya en muchas ocasiones (y, además, he oído decir que semejante circunstancia se ha repetido con frecuencia) con que soldados que habían resultado derrotados, al verse sumidos en una situación desesperada, reanudaban las hostilidades y reparaban su anterior flaqueza. Por eso, dado que nos hemos encontrado —tanto nosotros mismos como la Hélade— con un éxito inesperado 548 , al rechazar a un cúmulo tan grande de soldados, no persigamos [3] a un enemigo que se da a la fuga. Pues esa hazaña no la hemos realizado nosotros, sino los dioses y los héroes 549 , que veían con malos ojos 550 que una sola persona imperara sobre Asia y Europa; una persona, impía y criminal, a la que lo mismo le daban los santuarios que las casas particulares, que quemó y derribó de sus pedestales las imágenes de los dioses 551 , y que hasta hizo azotar al mar y le echó unos grilletes 552 . Así pues, como quiera [4] que, en estos instantes, nuestra situación es satisfactoria, quedémonos de momento en Grecia y ocupémonos de nosotros mismos y de nuestros familiares: que cada cual, después de haber rechazado definitivamente al Bárbaro, reconstruya su casa y se consagre con ardor a las faenas de la siembra. Y, cuando llegue la primavera, ¡hagámonos a la mar, rumbo al Helesponto y a Jonia 553 !» Esto fue [5] lo que dijo con ánimo de granjearse una deuda de gratitud ante el Persa, a fin de que, si alguna vez era víctima de algún atropello por parte de los atenienses, pudiera contar con un refugio, cosa que, en efecto, llegó a producirse 554 .

[ 110 ] Con estas palabras Temístocles pretendía engañar a los atenienses 555 . Y el caso es que estos últimos se dejaron convencer, pues, como antaño ya tenía fama de ser una persona astuta y acababa de demostrar palpablemente su astucia y su sensatez 556 , estaban dispuestos a creer a rajatabla lo que dijera.

[2] En cuanto hubo persuadido a los atenienses, Temístocles, acto seguido, envió, a bordo de una embarcación, a unos hombres de su confianza (entre ellos volvía a figurar, asimismo, su criado Sicino), seguro de que, aunque fuesen sometidos a todo tipo de torturas, no revelarían lo que, personalmente, les había ordenado decir al rey. Cuando los emisarios arribaron al Ática, todos se quedaron en la embarcación salvo Sicino, que subió a ver a Jerjes y le dijo lo siguiente: «Me ha enviado Temístocles, hijo de Neocles 557 , [3] general de los atenienses y la persona más audaz y astuta de todos los aliados, para decirte que él, Temístocles de Atenas, con el deseo de hacerte un favor, ha contenido a los griegos, que deseaban perseguir tu flota y destruir los puentes del Helesponto. Así que ahora puedes ponerte en marcha con toda tranquilidad 558 ».

Una vez transmitido este mensaje, los emisarios retornaron [ 111 ] a su punto de partida.

Entretanto los griegos, después de haber renunciado a seguir persiguiendo, mar adentro, a la flota de los bárbaros y a poner proa al Helesponto para destruir los puentes, asediaron Andros 559 con ánimo de arrasarla. Resulta que [2] los andrios fueron los primeros isleños 560 que se negaron a entregar el dinero que les fue exigido por Temístocles 561 . Es más, cuando Temístocles, a modo de consideración, adujo que los atenienses 562 se habían presentado acompañados de dos poderosas divinidades, Persuasión y Coacción 563 , de manera que forzosamente debían entregarle dinero, los andrios, ante sus manifestaciones, le respondieron diciendo que, desde luego, con razón era Atenas una ciudad poderosa y próspera, teniendo en cuenta que hasta [3] gozaba de divinidades serviciales. Dado que, por su parte, carecían de tierras hasta límites verdaderamente extremos y que dos divinidades poco serviciales, Pobreza e Incapacidad 564 , no abandonaban su isla, sino que residían allí permanentemente, ellos —concluyeron—, como contaban con el patronazgo de esas divinidades, no le iban a entregar dinero, pues el poderío de los atenienses nunca sería superior a su propia impotencia 565 . Esta fue, en suma, la respuesta de los andrios que, al no entregar dinero, se vieron sitiados.

Por otra parte Temístocles, cuya codicia no conocía [ 112 ] freno, envió, por mediación de los mismos emisarios a quienes ya utilizara para comunicarse con el rey 566 , mensajes amenazadores a las demás islas 567 y les exigió dinero, indicándoles que, si no le entregaban lo que les pedía, acudiría al frente de la flota griega 568 , para sitiarlas y arrasarlas. Merced a esas amenazas, reunió elevadas sumas que [2] le entregaron los caristios y los parios 569 , quienes, al tener noticias de que Andros se hallaba sitiada por haber abrazado la causa de los medos 570 , y de que Temístocles era el general de mayor prestigio, se atemorizaron por todo ello y le enviaron dinero. Por cierto que no puedo precisar si realmente hubo otros isleños que le dieron dinero, pero, en mi opinión, sí que hubo otros que lo hicieron, y no [3] sólo los que he citado. Sea como fuere, el caso es que no por ello pudieron los caristios retrasar su desgracia 571 en cambio los parios consiguieron propiciarse 572 a Temístocles con dinero y evitaron el ataque de la flota. En definitiva que Temístocles, tomando Andros como base de operaciones, obtenía dinero de los isleños a espaldas de los demás generales.

Mardonio decide invernar en Tesalia. Retirada de Jerjes

Entretanto, Jerjes y sus tropas aguardaron [ 113 ] unos cuantos días 573 , tras haber librado la batalla naval, y abandonaron el Ática, en dirección a Beocia, por el mismo camino 574 . Resulta que Mardonio había estimado oportuno acompañar al monarca, considerando, además, que aquella época del año era inadecuada para las operaciones militares, por lo que resultaba preferible invernar en Tesalia 575 para, posteriormente —a la primavera siguiente—, atacar el Peloponeso.

Al llegar a Tesalia fue cuando Mardonio escogió, en [2] primer lugar, a todos los persas que reciben el nombre de «Inmortales» 576 , a excepción de su jefe Hidarnes 577 (pues este último se negó a abandonar al rey); acto seguido escogió, de entre el resto de los persas, a los que iban provistos de corazas 578 y al escuadrón de mil jinetes 579 , y, a continuación, a los contingentes —tanto de infantería como de [3] caballería— medos, sacas, bactrios e indios 580 . A los efectivos de esos pueblos los eligió en su totalidad, mientras que, de entre el resto de los aliados 581 , escogió a unos pocos de cada contingente: fue seleccionando a los que contaban con un buen físico y a quienes sabía positivamente que habían llevado a cabo algo destacado. (El grupo étnico que eligió con preferencia a los demás fue el de los persas 582 , cuyos soldados lucían collares y brazaletes 583 , y después el de los medos, cuyo número no era inferior al de los persas, aunque sí lo era su capacidad combativa.) Así, el total, incluida la caballería, ascendía a trescientos mil hombres 584 .

Entretanto, mientras Mardonio llevaba a cabo la selección [ 114 ] de sus tropas y Jerjes se hallaba en Tesalia, a los lacedemonios les había llegado, procedente de Delfos, un oráculo 585 según el cual debían exigirle a Jerjes una satisfacción por la muerte de Leónidas y aceptar lo que el monarca les diese. Como es natural, los espartiatas despacharon a toda prisa un heraldo que, al encontrar en Tesalia al ejército, todavía al completo, se presentó ante Jerjes y le dijo lo siguiente: «Rey de los medos 586 , los lacedemonios [2] y los Heraclidas 587 de Esparta te exigen una satisfacción por una muerte, ya que mataste a su rey mientras defendía a la Hélade». Entonces Jerjes se echó a reír y, tras un largo silencio, como se daba la circunstancia de que Mardonio se hallaba a su lado, exclamó señalándolo: «¡De acuerdo! ¡Será Mardonio, aquí presente, quien les dará la satisfacción que se merecen 588 !»

[ 115 ] Como es lógico 589 , el heraldo se contentó con la respuesta y se fue. Jerjes, por su parte, dejó a Mardonio en Tesalia y, a marchas forzadas, se dirigió personalmente hacia el Helesponto, llegando al lugar por el que lo había cruzado, al cabo de cuarenta y cinco días, al frente —por [2] así decirlo— de un ejército reducido a la nada 590 . En el curso de su avance, fuera cual fuese el lugar en que se hallaran y el pueblo con que se encontrasen, los soldados, para alimentarse, se apoderaban de sus productos agrícolas; y, si no daban con producto alguno, cogían la hierba que crece en el campo, o arrancaban la corteza o las hojas de los árboles —tanto de los frutales como de los silvestres—, y lo devoraban todo, sin dejar nada de nada, pues el hambre los obligaba a hacerlo 591 . Además, una epidemia [3] que se declaró en el ejército, unida a la disentería 592 , iba diezmando a las tropas por el camino. Jerjes también dejaba tras de sí a los soldados enfermos, ordenando a las ciudades por las que iba pasando en su retirada que los cuidaran y los alimentasen 593 : a unos los dejó en Tesalia, a otros en Siris de Peonia 594 , y a otros en Macedonia. [4] En Siris 595 , precisamente, había dejado, cuando se dirigía contra Grecia, el carro consagrado a Zeus 596 , pero, a su regreso, no pudo recuperarlo, pues los peonios 597 se lo habían entregado a los tracios, y, cuando Jerjes lo reclamó, aquellos le dijeron que las yeguas 598 , mientras estaban pastando, habían sido apresadas por los tracios del Norte, que residen en las proximidades de las fuentes del Estrimón 599 .

[ 116 ] También en dicha zona, un tracio —el rey de los bisaltas y de la región de Crestonia 600 — cometió una acción monstruosa. Ese sujeto había manifestado que, por lo que a él se refería, no iba a tolerar de buena gana el yugo de Jerjes, por lo que se encaminó, en dirección Norte, hacia el monte Ródope 601 , prohibiendo, además, a sus hijos que tomaran parte en la expedición contra Grecia. Ellos, [2] sin embargo, hicieron caso omiso de su prohibición (o, simplemente, es que les apeteció asistir a la campaña en calidad de espectadores) y se unieron a la expedición del Persa. Pues bien, por ese motivo, cuando todos (eran seis) hubieron regresado sanos y salvos, su padre hizo que les sacaran los ojos.

Ese fue el castigo que recibieron sus hijos. [ 117 ]

Entretanto, cuando los persas, después de haber atravesado Tracia, llegaron al Estrecho, se apresuraron a cruzar el Helesponto, rumbo a Abido 602 , a bordo de sus naves 603 , pues se encontraron con que los puentes flotantes ya no estaban tendidos, al haber sido destruidos por una tempestad 604 . Mientras permanecían detenidos en aquella [2] zona, contaron con más víveres que durante el viaje, pero, por atiborrarse sin moderación alguna, además de por cambiar de aguas 605 , muchos soldados de lo que quedaba del ejército encontraron la muerte. Los demás, en unión de Jerjes, llegaron a Sardes 606 .

[ 118 ] Por cierto que circula también esta otra versión 607 : cuando Jerjes, a su regreso de Atenas, llegó a Eyón 608 , a orillas del Estrimón, ya no continuó por tierra a partir de dicha ciudad, sino que confió sus tropas a Hidarnes, para que las condujese al Helesponto, y él se embarcó en [2] un navío fenicio 609 a fin de trasladarse a Asia. Pero, en plena travesía, lo sorprendió un fuerte viento procedente del Estrimón 610 que provocó una marejada. Y, como quiera que la tempestad iba empeorando cada vez más y la nave se hallaba sobrecargada por la presencia en cubierta de muchos persas que viajaban con Jerjes, en esa tesitura el monarca fue presa del pánico y, a gritos, le preguntó al piloto si tenían alguna posibilidad de salvarse. «Señor —le respondió [3] el piloto—, no tenemos ninguna, a no ser que podamos desembarazarnos de esos pasajeros, que son demasiados.» Y, según cuentan, al oír esas palabras, Jerjes exclamó: «¡Persas! ¡Que cada uno de vosotros demuestre en este trance su devoción por su rey, pues, al parecer, de vosotros depende que me salve!» Esto fue lo que dijo [4] Jerjes y, entonces, los persas se prosternaron ante él 611 y se arrojaron al mar, con lo que la nave, al verse así sensiblemente aligerada, pudo arribar indemne a Asia. Y, en cuanto bajó a tierra, Jerjes hizo lo siguiente: por haber salvado la vida del rey, obsequió al piloto con una corona de oro; pero, por haber causado la muerte de numerosos persas, hizo que le cortaran la cabeza 612 .

Ésta es la otra versión que circula sobre el regreso de [ 119 ] Jerjes, aunque, desde luego, para mí resulta absolutamente inverosímil, sobre todo el incidente relativo a la muerte de los persas 613 , pues, si la respuesta que el piloto dio a Jerjes fue realmente la que he citado, entre infinidad de opiniones que se recabasen no podría dar con una sola que no considerara que el monarca habría hecho lo siguiente: habría ordenado a los de cubierta (que eran persas; concretamente, persas de las más importantes familias) bajar a la bodega, y habría hecho que arrojasen al mar a un número de remeros (que eran fenicios) igual al de los persas 614 . Pero lo cierto es que, como acabo de indicar 615 , Jerjes regresó a Asia, con el resto del ejército, por una ruta terrestre.

[ 120 ] He aquí, además, una prueba concluyente: es seguro que, durante su viaje de regreso, Jerjes llegó a Abdera 616 , con cuyos habitantes concertó un tratado de amistad 617 , obsequiándolos con un alfanje 618 de oro y con una tiara 619 recamada con hilos del mismo metal. (Al decir de los propios abderitas —aunque, a mi juicio, sus palabras no son en absoluto dignas de crédito—, fue allí donde, por primera vez desde que huyera de Atenas con dirección a su patria, Jerjes se soltó el cinturón 620 , dado que se sentía a salvo.) Pues bien, Abdera se halla más cercana al Helesponto que el Estrimón y que Eyón, lugar, según aseguran, en el que, precisamente, se embarcó el monarca.

Los griegos se reparten el botín obtenido en Salamina. Temístocles homenajeado en Esparta

Entretanto los griegos 621 , en vista de [ 121 ] que no conseguían tomar Andros, se dirigieron hacia Caristo y, tras haber devastado su territorio, regresaron a Salamina. Pues bien, lo primero que hicieron fue reservar para los dioses, entre otras primicias 622 , tres trirremes fenicios, uno para consagrarlo en el Istmo (dicha nave todavía existía en mi época 623 ), el otro en Sunio 624 y el tercero en la [2] propia Salamina como ofrenda a Áyax 625 . Posteriormente se repartieron el botín y enviaron las primicias a Delfos 626 (con ellas se hizo una estatua, de doce codos de altura 627 , que en la mano sostenía el espolón de una nave; y por cierto que la citada estatua se alza en el mismo lugar en que se halla la estatua de oro de Alejandro de Macedonia 628 ).

[ 122 ] Después de haber enviado las primicias a Delfos, los griegos, de común acuerdo, le preguntaron al dios si las primicias que había recibido eran suficientes y de su agrado. La divinidad, entonces, respondió 629 que contaba con ofrendas de todos los griegos, pero no de los eginetas, así que a estos últimos se las exigía por su destacada actuación en la batalla naval de Salamina 630 . Cuando los eginetas se enteraron de su respuesta, le consagraron unas estrellas de oro que, en número de tres, se alzan, sobre un mástil de bronce 631 , en el ángulo 632 , muy cerca de la crátera de Creso.

Tras el reparto del botín, los helenos zarparon con rumbo [ 123 ] al Istmo a fin de adjudicar un premio al griego que, por su valor, se hubiese hecho más acreedor a él en el transcurso de la campaña que nos ocupa 633 . Cuando, a [2] su llegada, los generales depositaron sus votos sobre el altar de Posidón 634 , para designar a quienes debían ocupar, de entre todos ellos, los puestos primero y segundo, en esa tesitura cada general se votó a sí mismo, pues cada uno consideraba que, personalmente, había sido el más destacado, pero la mayoría coincidió al designar a Temístocles en segundo lugar 635 . De ahí que los diversos generales sólo obtuvieran un voto, mientras que, para el segundo puesto, Temístocles consiguió una amplia mayoría.

[ 124 ] Pues bien, aunque, por envidia 636 , los griegos no quisieron pronunciarse sobre el particular y todos ellos zarparon de regreso a sus respectivas ciudades sin haber tomado una decisión, la fama de Temístocles, no obstante, se extendió por toda la Hélade y se le consideró, sin ningún género de dudas, la persona más astuta de Grecia 637 . [2] Pero, en vista de que quienes combatieron en Salamina no habían reconocido sus méritos, a pesar de haber sido el artífice de la victoria 638 , sin perder un instante se presentó —al objeto de que se los reconocieran 639 — en Lacedemón 640 , donde los lacedemonios le dispensaron una afable acogida y le tributaron grandes honores. En ese sentido, a Euribíades le concedieron, como premio al valor, una corona de olivo, distinción que también otorgaron a Temístocles para premiar su astucia y su habilidad, obsequiándolo, asimismo, con el carro más hermoso que había en Esparta. Y, después de haberlo colmado de elogios, [3] trescientos espartiatas de élite —concretamente quienes reciben el apelativo de «caballeros» 641 — lo escoltaron, cuando se marchaba, hasta la frontera con Tegea 642 . (Precisamente Temístocles ha sido, que nosotros sepamos, la única persona del mundo a la que los espartiatas han otorgado dicha escolta 643 .)

[ 125 ] Y por cierto que, al llegar a Atenas procedente de Lacedemonia, fue cuando Timodemo de Afidnas 644 —un enemigo suyo que, sin embargo, no era un ciudadano destacado— empezó a injuriarlo, loco de envidia, echándole en cara su viaje a Lacedemonia 645 , ya que, según él, las distinciones que le habían concedido los lacedemonios las había obtenido por representar a Atenas, y no por sus méritos personales. Entonces Temístocles, como Timodemo [2] no cesaba en sus críticas, le dijo: «Mira, eso es verdad. Si yo fuera de Belbina 646 , no habría recibido tantos honores de los espartiatas; pero, aunque eres ateniense, tú tampoco, amigo mío 647 ».

Ante la sublevación de Palene, Artabazo toma Olinto y asedia Potidea

Así, en suma, terminó dicho incidente. [ 126 ] Entretanto Artabazo 648 , hijo de Fárnaces, que ya con anterioridad era un personaje prestigioso entre los persas y que incluso llegó a serlo todavía más a raíz de la campaña de Platea 649 , había escoltado al rey hasta el Estrecho con sesenta mil hombres de las tropas que seleccionara Mardonio 650 . Pues bien, cuando el monarca se [2] encontraba en Asia, y Artabazo, de regreso a Grecia, se hallaba a la altura de Palene 651 , al encontrarse con que los de Potidea 652 se habían rebelado —y en vista de que Mardonio estaba invernando por Tesalia y Macedonia, y de que todavía no lo apremiaba para que se reuniese con el resto del ejército—, consideró un deber sojuzgarlos. [3] Resulta que los potideatas, después de que el monarca hubiera sobrepasado su territorio y de que la flota persa, huyendo de Salamina, se hubiese retirado, se habían sublevado abiertamente contra los bárbaros. Y otro tanto habían hecho los demás habitantes de Palene. De ahí que Artabazo asediara Potidea.

Y, ante la sospecha de que los de Olinto 653 también [ 127 ] pretendían sublevarse contra el rey, asedió, asimismo, dicha ciudad. (Olinto la ocupaban botieos que habían sido expulsados del golfo Termeo por los macedonios 654 .) Después de apoderarse de la plaza merced a su asedio, hizo que trasladaran a sus habitantes a un lago y que los degollasen; y, acto seguido, entregó la ciudad a las gentes de la Calcídica y nombró gobernador a Critobulo de Torone 655 , siendo así como los calcideos se adueñaron de Olinto.

Tras haber conquistado Olinto, Artabazo se dedicó intensamente [ 128 ] a asediar Potidea; y, mientras se dedicaba afanosamente a ello, Timóxeno, el general de los escioneos 656 , llegó con él a un acuerdo para entregarle la ciudad. Yo, personalmente, no puedo precisar cómo iniciaron sus contactos (pues lo cierto es que no hay noticias al respecto 657 ); no obstante, he aquí cómo concluyó el asunto: siempre que Timóxeno o Artabazo se escribían una carta que querían hacerse llegar el uno al otro, la enrollaban a lo largo de las muescas de una flecha y, tras haber cubierto la misiva con plumas, lanzaban la saeta a un lugar convenido 658 . [2] Pero la traición que Timóxeno estaba cometiendo contra Potidea acabó descubriéndose. Resulta que Artabazo lanzó una flecha al lugar en cuestión, pero falló el blanco, hiriendo a un potideata en el hombro; y, como suele ocurrir en caso de guerra, alrededor del herido se congregaron numerosas personas que le extrajeron inmediatamente la flecha y, al reparar en la misiva, se la llevaron a los generales (por cierto que en Potidea se encontraban, asimismo, tropas aliadas llegadas de las demás ciudades de Palene 659 ). No obstante, después de haber leído la carta y de haber [3] identificado al autor de la traición, los generales, en atención a la ciudad de Escione, decidieron no acusar abiertamente a Timóxeno de traición, para evitar que, en el futuro, los escioneos tuvieran una perenne fama de traidores.

Así fue, en definitiva, como Timóxeno se vio descubierto. [ 129 ]

Llevaba ya Artabazo tres meses 660 de asedio cuando se produjo una gran bajamar 661 que duró largo tiempo. Entonces los bárbaros, al ver que se había formado una marisma, empezaron a pasar por allí en dirección a Palene 662 . Pero, cuando habían cubierto dos quintas partes [2] del trayecto (con lo que aún les quedaban tres por recorrer para penetrar en Palene), los sorprendió de improviso una pleamar de una magnitud que, al decir de los lugareños 663 , no se había producido hasta la fecha, aunque el fenómeno es frecuente en la zona. Pues bien, los bárbaros que no sabían nadar encontraron la muerte, y los de Potidea, que los atacaron a bordo de unas embarcaciones, acabaron con [3] quienes sí sabían hacerlo. (Por cierto que, según los potideatas, la causa de la marea y del desastre de los persas se debió a que fueron precisamente esos soldados persas que perecieron por la acción del mar quienes profanaron el templo de Posidón, así como la imagen del dios que se alza en las afueras de la ciudad; y, a mi juicio, tienen razón al atribuir esa causa al episodio 664 .) Artabazo, entonces, condujo a los supervivientes a Tesalia, reuniéndose con Mardonio.

Preparativos persas y griegos para proseguir la guerra: la flota persa apareja en Samos y la griega en Egina

[ 130 ] Tal fue la suerte de los efectivos que habían escoltado al rey.

Por su parte los restos de la flota de Jerjes, después de haber arribado a Asia, huyendo de Salamina, y de haber trasladado al monarca y a las tropas desde el Quersoneso 665 hasta Abido, pasaron el invierno en Cime 666 .

Nada más despuntar la primavera, la flota se concentró en Samos, donde también habían pasado el invierno algunas naves 667 (por cierto que la mayoría de los soldados de a bordo eran persas y medos 668 ). Para comandar la [2] flota habían acudido Mardontes, hijo de Bageo, y Artaíntes, hijo de Artaqueas; y con ellos compartía, asimismo, el mando Itamitres, que era sobrino de Artaíntes y a quien este último había designado personalmente para dicho cargo 669 . Ahora bien, dado el enorme desastre que habían sufrido, renunciaron a avanzar más al Oeste (además, nadie les obligaba a hacerlo), y permanecieron en Samos custodiando Jonia con trescientos navíos, incluidos los de los jonios, para evitar que la zona se sublevase 670 . Por otra [3] parte, tampoco esperaban que los griegos fueran a presentarse en Jonia; al contrario, suponían que se iban a contentar con guarnecer su propio territorio, suposición motivada por el hecho de que los helenos no los habían perseguido al huir de Salamina, sino que habían regresado satisfechos a sus bases 671 . Por mar, en cualquier caso, se consideraban derrotados, pero estaban convencidos de que, por tierra, Mardonio se impondría rotundamente.


[4] En suma que, mientras se hallaban en Samos, al tiempo que trazaban planes para ver si podían infligirle algún daño al enemigo, permanecían asimismo atentos a las noticias sobre el resultado de la campaña de Mardonio.

[ 131 ] Entretanto, la llegada de la primavera y la presencia de Mardonio en Tesalia movilizaron nuevamente a los griegos. Por aquel entonces sus fuerzas terrestres todavía no se estaban congregando 672 cuando la flota —cuyos efectivos ascendían [2] a ciento diez naves 673 — arribó a Egina. Su general y almirante supremo 674 era Leotíquidas 675 (hijo de Ménares, nieto de Hegesilao 676 y descendiente de Hipocrátidas, Leotíquidas, Anaxilao, Arquidamo, Anaxándridas, Teopompo, Nicandro, Carilao, Éunomo, Polidectas, Prítanis, Eurifonte, Procles, Aristodemo, Aristómaco, Cleodeo, Hilo y Heracles 677 ), que pertenecía a la segunda familia [3] real 678 (todos esos personajes, salvo los siete primeros que he enumerado tras Leotíquidas, habían sido reyes de Esparta 679 ). Por su parte, al frente de los atenienses se hallaba Jantipo 680 , hijo de Arifrón.

[ 132 ] Cuando todas las naves estuvieron en Egina, llegaron al campamento griego unos emisarios jonios (entre quienes figuraba Heródoto, hijo de Basilides 681 ), que, poco antes de los hechos que nos ocupan, ya se habían presentado en Esparta para pedirles a los lacedemonios que liberasen [2] Jonia 682 . Estos sujetos, que en un principio eran siete, se habían conjurado para tramar la muerte de Estratis, el tirano de Quíos 683 ; pero, al ser descubierta su conspiración, dado que uno de los implicados denunció el complot, fue por lo que los otros seis abandonaron subrepticiamente Quíos, dirigiéndose a Esparta; y, en aquellos precisos momentos, se trasladaron a Egina 684 para pedirles a los griegos que condujeran su flota a Jonia.

Los emisarios jonios a duras penas consiguieron que los helenos llegasen hasta Delos 685 , pues toda la zona que [3] quedaba más al Este infundía pavor a los griegos, ya que no conocían aquellos parajes y creían que todos ellos se hallaban atestados de soldados enemigos; es más, en su fuero interno, consideraban que Samos se encontraba tan lejos como las Columnas de Heracles 686 . Así, se dio la circunstancia de que los bárbaros, aterrorizados como estaban, no se atrevieron a adentrarse en alta mar más al Oeste de Samos, ni los griegos, pese a las demandas de los de Quíos, más al este de Delos, de manera que el miedo se convirtió en guardián del espacio que los separaba.

Mardonio, desde Tesalia, manda consultar a los oráculos

[ 133 ] Mientras los griegos, insisto, ponían proa a Delos, Mardonio seguía invernando por Tesalia. Y, cuando se disponía a abandonar dicha región 687 , envió a los diversos oráculos a un natural de Europo 688 , cuyo nombre era Mis, con la orden de que fuera a interrogar a todos aquellos oráculos que los persas podían consultar 689 . No puedo precisar (pues lo cierto es que no hay noticias al respecto) qué es lo que quería saber de los oráculos al encargarle esa misión; pero, personalmente, creo que lo envió para que recabara informaciones sobre sus perspectivas de entonces, y no sobre otro tema.

El tal Mis, como es sabido, visitó Lebadea 690 , donde [ 134 ] mediante cierta suma, convenció a un lugareño para que bajase a la gruta de Trofonio 691 ; y también visitó Abas, en Fócide, a fin de interrogar al oráculo 692 . Con todo, el primer lugar que, en concreto, visitó fue Tebas, donde, a su llegada, ante todo consultó a Apolo Ismenio 693 (dicho oráculo puede consultarse, al igual que ocurre en Olimpia, mediante las entrañas de las víctimas 694 ), y, acto seguido, convenció —sobornándolo— a un forastero, y no a un tebano, para que fuera a dormir al santuario de Anfiarao 695 . [2] (Ningún tebano puede solicitar predicciones en dicho oráculo por el siguiente motivo: Anfiarao los animó, por medio de vaticinios, a que, de dos posibles opciones —contar con él en calidad de adivino o como aliado—, escogieran la que quisiesen, renunciando a la otra. Ellos, entonces, prefirieron que fuera su aliado; de ahí que ningún tebano pueda pasar la noche en el interior del santuario 696 .)

Y por cierto que, al decir de los tebanos, en aquellos [ 135 ] momentos se produjo un portento que se me antoja extraordinario: resulta que Mis de Europo, con ocasión del recorrido que estaba efectuando por todos los oráculos, se presentó también en el recinto sagrado de Apolo Ptoo 697 . (Este santuario, que recibe el nombre de «El Ptoo», pertenece a los tebanos 698 y se halla situado al norte del lago Copaide 699 , en el flanco de una montaña, muy cerca de la ciudad de Acrefia 700 .)

[2] Cuando este personaje, el llamado Mis, entró en dicho santuario, acompañado de tres ciudadanos designados oficialmente 701 para anotar el vaticinio que fuera a dictar el dios, he aquí que, de improviso, el sacerdote se puso [3] a profetizar en una lengua bárbara 702 . Los tebanos que acompañaban a Mis, al oír un idioma bárbaro en vez de griego, se quedaron estupefactos y no sabían qué hacer ante lo que estaba ocurriendo. Entonces Mis de Europo les arrebató de las manos la tablilla 703 que llevaban y consignó en ella lo que estaba diciendo el profeta, indicándoles que vaticinaba en lengua caria. Y, una vez anotada la respuesta, se fue, regresando a Tesalia.

Mardonio envía a Atenas, en calidad de embajador, a Alejandro de Macedonia para entablar negociaciones de paz

Cuando Mardonio leyó lo que, en concreto 704 , [ 136 ] decían los oráculos, envió acto seguido a Atenas, en calidad de embajador, a Alejandro de Macedonia 705 , hijo de Amintas; y lo envió tanto porque con él se hallaban emparentados los persas (el persa Búbares estaba casado con Gigea 706 —hermana de Alejandro e hija de Amintas—, con la que había tenido al Amintas de Asia, que se llamaba como su abuelo materno y a quien, por cierto, el rey le había concedido el gobierno de Alabanda 707 , una importante ciudad de Frigia), como porque Mardonio había averiguado que Alejandro era próxenos [2] y evergétes 708 . De hecho, creía que esa sería la mejor manera de ganarse a los atenienses, un pueblo que, según sus noticias, era verdaderamente 709 numeroso y valiente; además, sabía que los principales responsables de los reveses que los persas habían sufrido por mar habían [3] sido los atenienses. Así pues, si estos últimos abrazaban su causa, estaba seguro de hacerse fácilmente con el dominio del mar (cosa que, en efecto, habría sucedido 710 ), y por tierra se consideraba netamente superior, por lo que, en esas condiciones, estimaba que sus fuerzas se impondrían a las de los griegos. También es posible que los oráculos le hubieran prevenido sobre el particular, aconsejándole que se procurase la alianza del pueblo ateniense; de ahí que, siguiendo su dictado, enviara a Alejandro.

Origen de los reyes de Macedonia

Y por cierto que Perdicas, el sexto [ 137 ] antepasado 711 del tal Alejandro, fue quien se apoderó del reino de Macedonia; y lo logró de la siguiente manera: tres hermanos —Gavanes, Aéropo y Perdicas—, que descendían de Témeno 712 , huyeron de Argos a Iliria 713 , desde donde pasaron a la Alta Macedonia 714 [2] y llegaron a la ciudad de Lebea 715 . En dicha localidad trabajaron a sueldo al servicio del monarca 716 : uno apacentaba caballos, el otro bueyes y Perdicas, el más joven de los tres, ganado menor 717 .

Antiguamente, hasta las familias reales eran pobres, no sólo el pueblo; y, por eso, la mujer del rey les preparaba personalmente la comida 718 . Pues bien, siempre que ponía [3] a cocer el pan, la hogaza del jornalero más joven, la de Perdicas, se hacía espontáneamente el doble de grande 719 ; y, en vista de que ese fenómeno se repetía una y otra vez, la mujer se lo contó a su marido. Al oírlo, a este último le asaltó inmediatamente la idea de que se trataba de un prodigio que presagiaba algo serio, así que llamó a sus jornaleros, ordenándoles que se marcharan de sus tierras, si bien ellos le respondieron que, antes de partir, tenían [4] derecho a cobrar su salario. Entonces el rey, al oír hablar del salario —y como quiera que un rayo de sol penetraba en la estancia por el agujero que servía de chimenea 720 —, ofuscado por alguna divinidad 721 , exclamó, señalando el rayo de sol: «¡Ese es el salario que os merecéis y que os [5] entrego!» Como es natural, Gavanes y Aéropo, los hermanos mayores, se quedaron atónitos al oír esa respuesta; pero el benjamín, que casualmente tenía un cuchillo, le dijo lo siguiente: «Majestad, aceptamos lo que nos das». Y, con su cuchillo, trazó un círculo alrededor de la luz que el sol proyectaba en el suelo de la estancia; tras de lo cual, hizo en tres ocasiones ademán de sacar del círculo la luz del sol y de introducirla en el pliegue de su túnica 722 . Y, acto seguido, se marchó en compañía de sus hermanos.

[ 138 ] Los tres hermanos, como digo, se fueron, pero un consejero 723 del rey le aclaró qué es lo que había hecho 724 y con qué propósito había cogido su remuneración el hermano más joven. Entonces el monarca, al oír la explicación, montó en cólera y envió en su persecución a unos jinetes para que los matasen. Sin embargo, en esa región hay un río 725 (al que los descendientes de esos personajes llegados de Argos le ofrecen sacrificios por haberlos salvado) que, cuando los Teménidas 726 lo hubieron cruzado, experimentó [2] una crecida tan grande que los jinetes no pudieron vadearlo. Por su parte, los tres hermanos llegaron a otra comarca de Macedonia 727 y se establecieron cerca de los jardines que, según cuentan, pertenecieron a Midas, hijo de Gordias 728 , donde crecen rosas silvestres, cada una de las cuales tiene sesenta pétalos y cuya fragancia supera a la de las demás rosas 729 . (Al decir de los macedonios, [3] fue asimismo en dichos jardines donde Sileno 730 se vio capturado. Y por cierto que, dominando los jardines, se alza una montaña, llamada Bermio, que resulta inaccesible a causa del frío 731 .) Una vez dueños de esa región, los Teménidas la utilizaron como base de operaciones y conquistaron asimismo el resto de Macedonia 732 .

[ 139 ] Pues bien, Alejandro descendía del tal Perdicas con arreglo a la siguiente genealogía 733 : Alejandro era hijo de Amintas, que lo era, a su vez, de Álcetas. El padre de Álcetas fue Aéropo; el de este último fue Filipo; el de Filipo, Argeo; y el de éste lo fue Perdicas, el personaje que se hizo con el trono.

Atenas rechaza la oferta de Mardonio

Tal era, en suma, la genealogía de [ 140 ] Alejandro, hijo de Amintas.

Cuando llegó a Atenas —a donde Mardonio [α] lo había enviado 734 —, Alejandro se expresó como sigue 735 : «Éste es, atenienses, el comunicado de Mardonio 736 : «Me ha llegado un mensaje del rey 737 que dice así: ‘Perdono a los atenienses [2] todos los agravios que me han inferido. Por ello, Mardonio, ahora debes hacer lo siguiente: ante todo, devuélveles su territorio 738 ; y, acto seguido, que se anexionen por su cuenta cualquier otro país que deseen 739 , y que conserven su autonomía 740 . Además, si realmente están dispuestos a llegar a un acuerdo conmigo, restaura todos los santuarios que yo mandé incendiar en su patria 741 . Al haber recibido estas instrucciones, me veo en la necesidad de cumplirlas, a no ser que por vuestra parte haya algún impedimento. Por eso os hago la siguiente consideración: [3] ¿por qué os obstináis actualmente en mantener contra el rey una guerra insensata? Es indudable que no váis a conseguir derrotarlo y, por otra parte, no estáis en condiciones de resistir permanentemente: habéis visto el ingente número de los efectivos de Jerjes y los éxitos que han conseguido 742 ; y también estáis al corriente de las fuerzas con que cuento en estos momentos, de manera que, aun suponiendo que os impongáis a nosotros, alzándoos con la victoria —cosa que, si estáis en vuestro sano juicio, no podéis esperar en modo alguno—, acudirá otro ejército mucho más potente. Por mediros con el rey, no aspiréis, en [4] definitiva, a perder vuestra patria y a poner constantemente en juego vuestra propia existencia; todo lo contrario, firmad la paz: podéis hacerlo con todos los honores, dado que esa es la voluntad del monarca 743 . ¡Conservad vuestra libertad aliándoos con nosotros sin fraudes ni engaños 744 !»

Esto es, atenienses, lo que Mardonio me encargó que [β] os dijera. Por lo que a mí se refiere 745 , no voy a hablaros de la simpatía que siento por vosotros (de hecho, no sería ahora la primera prueba que tendríais de ella 746 ), pero os [5] ruego encarecidamente que prestéis oídos a Mardonio, ya que no os veo en condiciones de luchar permanentemente contra Jerjes (realmente, si os viera capaces de ello, jamás me hubiera presentado ante vosotros con semejantes proposiciones), pues el poderío del rey es sobrehumano y, además, [6] su brazo llega a todos los rincones 747 . Si —en resumidas cuentas—, ante las ventajosas condiciones que os ofrecen los persas por su deseo de pactar con vosotros, no llegáis a un rápido acuerdo con ellos, temo por vuestra suerte, pues os encontráis, mucho más que cualquiera de vuestros aliados, en plena ruta de los invasores, y sois los únicos que en todo momento os váis a ver perjudicados por ser dueños de una tierra idónea para servir de campo [7] de batalla 748 . Así que hacedme caso, pues para vosotros es un verdadero honor que el Gran Rey 749 acceda expresamente a perdonaros sólo a vosotros, en toda Grecia, los agravios pasados y a ser vuestro amigo».

[ 141 ] Esto fue lo que dijo Alejandro.

Por su parte los lacedemonios, al tener noticias de que Alejandro se había presentado en Atenas para inducir a los atenienses a pactar con el Bárbaro, se acordaron de los oráculos 750 que predecían su expulsión —así como la de los demás dorios— del Peloponeso a manos de los medos y de los atenienses, y temieron seriamente que estos últimos pudieran pactar con el Persa, por lo que decidieron enviar embajadores de inmediato. Y el caso es que [2] se dio la circunstancia de que la audiencia concedida a Alejandro y a los espartiatas fue simultánea, pues los atenienses habían retardado la sesión 751 , dándole largas al asunto, convencidos de que los lacedemonios iban a enterarse de la llegada de un emisario, enviado por el Bárbaro, para proponerles un acuerdo, y de que, al tener noticias de ello, despacharían embajadores a toda prisa. La actitud de los atenienses era, pues, premeditada, al objeto de testimoniarles sus intenciones a los lacedemonios.

Cuando Alejandro puso fin a su intervención, tomaron [ 142 ] la palabra los embajadores espartanos: «Los lacedemonios —dijeron— nos han enviado para pediros que no cometáis ningún atentado contra Grecia y que no aceptéis las proposiciones que os hace el Bárbaro, ya que ello constituiría [2] una enorme iniquidad y una deshonra para cualquier pueblo griego, pero, sobre todo, lo supondría —y por muchas razones— para vosotros en particular. De hecho, fuisteis vosotros quienes provocasteis esta guerra 752 , cuando nosotros no la deseabamos; e, inicialmente, el conflicto, que ahora afecta también a la totalidad de Grecia, [3] se suscitó por la defensa de vuestra patria 753 . Por otra parte 754 , sería absolutamente intolerable que los atenienses, además de ser los responsables de toda esta situación, lo fuerais también de la esclavitud de Grecia, cuando en todo momento, y desde tiempos remotos, pasáis por ser los libertadores de mucha gente 755 . Así que nos solidarizamos con vuestros sufrimientos, tanto por las dos cosechas que ya habéis perdido 756 , como por la ruina económica en que, desde hace ya mucho tiempo, os veis sumidos. Es más, para resarciros, los lacedemonios y sus aliados 757 [4] os prometen cuidar, mientras dure esta contienda, de la alimentación de vuestras mujeres y de todos vuestros familiares que no sean aptos para la guerra 758 . ¡Pero que no os llegue a convencer Alejandro de Macedonia por mucho [5] que matice la oferta de Mardonio! Su deber es actuar como lo está haciendo: al ser un tirano, coopera con un tirano 759 . Pero, desde luego, vosotros, si realmente estáis en vuestro sano juicio, no debéis hacer lo que os dice, pues sabéis que entre los bárbaros no rige la lealtad ni la sinceridad 760 ». Esto fue lo que dijeron los embajadores espartanos.

[ 143 ] Entonces los atenienses le dieron a Alejandro la siguiente respuesta 761 : «Nosotros, personalmente, ya sabemos sin ningún género de dudas que el Medo cuenta con un potencial muy superior al nuestro, así que, desde luego, huelga que nos eches en cara esa inferioridad. Pero, pese a todo, prendados como estamos de la libertad 762 , nos defenderemos como podamos. Por eso, no trates de convencernos para llegar a un acuerdo con el Bárbaro, porque no vamos a prestarte oídos. Así pues, transmite cuanto [2] antes a Mardonio la contestación de los atenienses: ‘Mientras el sol continúe recorriendo el mismo curso que sigue en la actualidad 763 , jamás pactaremos con Jerjes; al contrario, confiando en el auxilio de los dioses y de los héroes, cuyos santuarios e imágenes mandó él incendiar sin respeto alguno 764 , nos enfrentaremos a él para defendernos.’

Y, por lo que a ti se refiere, en lo sucesivo no te presentes [3] en Atenas con proposiciones de este tipo, y no nos incites a incurrir en infamias so pretexto de prestarnos un señalado favor, pues no queremos que, en tu condición de próxenos y amigo 765 , sufras de nosotros el menor daño 766 ».

Esa fue la respuesta que le dieron a Alejandro, mientras [ 144 ] que a los embajadores de Esparta les dieron esta otra: «El que los lacedemonios temieran que pudiesemos llegar a un acuerdo con el Bárbaro era del todo humano; pero que os hayáis asustado, conociendo como conocéis la manera de pensar de los atenienses, se nos antoja a todas luces una vergüenza 767 , porque no hay en toda la tierra oro suficiente, ni una comarca tan excepcional por su belleza y su fertilidad, como para que estuviesemos dispuestos, a ese precio, a abrazar la causa de los medos y a esclavizar [2] a la Hélade 768 . De hecho, hay muchas y poderosas razones que nos impiden hacerlo aunque quisieramos. La primera y principal la constituye el incendio y la destrucción de las imágenes y los templos de los dioses, que exigen de nosotros una implacable venganza 769 , en vez de pactar con el autor de tales sacrilegios; por otro lado está el mundo griego, con su identidad racial y lingüística, con su comunidad de santuarios y de sacrificios a los dioses, y con usos y costumbres similares 770 , cosas que, de traicionarlas, supondrían un baldón para los atenienses.

Sabed, por lo tanto —si es que no lo sabíais ya de [3] antemano 771 —, que, mientras quede vivo un solo ateniense, jamás pactaremos con Jerjes. Desde luego, os agradecemos la buena predisposición que mostráis para con nosotros; el que os preocupéis de la ruina económica en que nos encontramos hasta el extremo de ofreceros a cuidar de la alimentación de nuestros familiares. Vuestra generosidad [4] es abrumadora 772 ; no obstante, aguantaremos como podamos, sin suponer la menor carga para vosotros. De momento, empero —y tal y como están las cosas—, enviad un ejército a marchas forzadas, pues, según nuestras previsiones, [5] el Bárbaro no tardará en presentarse, invadiendo nuestra patria: atacará en cuanto reciba la noticia de que no vamos a hacer nada de lo que nos pedía. Por eso, antes de que se presente en el Ática, tenéis una buena ocasión para adelantaros y acudir a Beocia con socorros 773 ». Ante esta respuesta de los atenienses, los embajadores espartanos regresaron a su patria.


1 El texto griego, en realidad, dice: «Por otro lado, los griegos…», ya que, entre los libros VII y VIII, no había, originariamente, solución de continuidad (la división de la Historia en libros fue obra de la filología alejandrina y aparece atestiguada por vez primera en la Crónica de Lindos . II c, 38 [cf. C. BLINKENBERG , Lindos. II. Inscriptions , Berlín-Copenhague, 1941, pág. 173], y en DIODORO , XI 37, 6). No obstante, como el comienzo de este libro no guarda relación temática con el capítulo que cierra el libro VII, hay que suponer que se ha perdido el texto que servía de transición entre VII 239 y este capítulo, o que el final del libro VII es una interpolacion (cf., supra , nota VII 1099; y R. W. MACAN , Herodotus. The seventh, eighth & ninth books , I, Nueva York, 1973 [ = Londres, 1908], pág. 357).

2 Heródoto, que va a pasar a narrar los enfrentamientos navales en las inmediaciones de Artemisio (sobre la topografía de la zona, cf. VII 176, 1, y notas ad locum ), utiliza una convención literaria propia de la épica, según la cual el relato de una batalla viene precedido por el ‘catálogo’ de las fuerzas combatientes; en este caso enumera sólo las griegas, ya que de los efectivos persas ya ha hablado en VII 89-96. También es destacable el hecho de que, pese a la absoluta relación existente entre las operaciones militares desarrolladas en las Termópilas y el Artemisio (cf. nota VII 856), el historiador, al igual que ocurre en el epos (cf. T. KRISCHER , Formale Konventionen der homerischen Epik , Munich, 1971, págs. 91 y sigs.), no las temporaliza simultáneamente.

3 Las fuerzas griegas son enumeradas en orden decreciente de acuerdo con su potencial (a diferencia, por ejemplo, de lo que ocurre con la descripción de la flota jonia en Lade [cf. VI 8], donde se adopta un criterio posicional, o de la flota aliada en Salamina [cf. VIII 43 y sigs.], donde el historiador se atiene a un orden geográfico). El poderío naval ateniense, muy superior al de cualquier otro Estado griego, había tenido como origen la proposición de Temístocles, citada en VII 144, de emplear la plata de las minas de Laureo para la construcción de doscientos trirremes (dicha cifra de navíos atenienses debió de ser utilizada en las operaciones de Artemisio: a los ciento veintisiete aquí aludidos hay que sumar los veinte prestados a los calcideos y los cincuenta y tres [cf. VIII 14] que montaban guardia en el Euripo). Cf. J. LABARBE , La loi navale de Thémistocle , París, 1957, págs. 61 y sigs.

4 Dada la afirmación de Heródoto, es presumible que los plateos figuraran en los navíos atenienses en calidad de epibátai; es decir, de soldados de cubierta (lo habitual, en la táctica naval de la época, era atacar a un navío adversario con el espolón de proa, para, acto seguido —si el navío embestido no se hundía rápidamente—, abordarlo con los epibátai) . Sobre las relaciones de amistad entre Atenas y Platea, puestas ya de relieve con ocasión de la batalla de Maratón, cf. VI 108, y nota VI 539.

5 Es posible que esos calcideos fueran los clerucos (cf. nota V 365) atenienses instalados en Calcis (cf. V 77; VI 100, 1), que ascendían a unos cuatro mil, ya que la dotación de un trirreme se componía de doscientos hombres, de los que ciento setenta eran remeros. Cf. C. HIGNETT , Xerxes’ invasion of Greece , Oxford, 1963, pág. 156.

6 En ayuda de la flota aliada, se entiende, y no de los de Ceos. Sobre las características y diferencias entre los trirremes y los penteconteros, cf. notas VII 145 y 218. Corinto, tras Atenas y Egina, constituía por estas fechas la tercera potencia naval de Grecia (cf. ED . WILL , Korinthiaka , París, 1955, págs. 653 y sigs.), de ahí el importante contingente que aportaba. Puede resultar sorprendente el escaso número de naves suministrado por Egina, teniendo en cuenta el poderío marítimo de la isla (cf. nota V 383), pero posiblemente el grueso de la flota egineta se hallaba por entonces protegiendo sus propias costas (cf., no obstante, C. HIGNETT , Xerxes’ invasion …, pág. 157). Sición se encontraba en el Peloponeso nororiental, próxima al Golfo de Corinto, y formaba parte de la Liga Peloponesia desde el año 510 a. C., aproximadamente, fecha en que fue depuesto el último de los Ortagóridas (cf. Papiro Rylands 18 = F. JACOBY , Die Fragmente der griech. Historiker [= Fr. Gr. Hist .], Berlín-Leiden, 1922-1958, 105, fr. 1). Las naves lacedemonias debían de estar tripuladas por periecos (cf. nota VII 1087), siendo espartiatas (cf. nota VII 513) los oficiales y los epibátai . La presencia de siete trirremes de Eretria (localidad occidental de Eubea) implica que no fue esclavizada toda la población con ocasión de la Primera Guerra Médica (cf., supra , VI 101, 3; 119), o que la ciudad había concedido la ciudadanía a extranjeros para paliar su déficit de población (cf. F. GROSSO , «Gli eretriesi deportati in Persia», Rivista Filologia Istruzione Classica 86 [1958], páginas 350 y sigs.). Epidauro estaba situada en la Argólide, a orillas del golfo Sarónico; y Trecén se hallaba a unos 20 km. al SE. de Epidauro, también a orillas del golfo Sarónico. Estira era una localidad emplazada en la costa Oeste de Eubea, en la zona suroccidental de la isla. Ceos es la más occidental de las Cícladas, distante unos 15 km. de la costa sudoriental del Ática (tanto Estira como Ceos fueron tributarias de Atenas en la Liga delo-ática; cf. G. F. HILL , Sources for Greek History (revisado por R. MEIGGS y A. ANDREWES ), Oxford, 1962, págs. 422-423). Sobre los locros opuntios, que ocupaban la costa meridional del Golfo de Eubea, al E. de las Termópilas, cf. nota VII 626.

7 La flota griega debía de estar fondeada en la actual bahía de Pevki, a unos 10 km. al oeste del cabo Artemisio propiamente dicho (cf. PLUTARCO , Temístocles 8, 3-6). La razón de que los efectivos navales aliados se apostasen tan lejos de las Termópilas (unas 40 millas náuticas), cuando podían haberse internado aguas adentro del canal de Oreo, se debía a que había que evitar a toda costa un desembarco enemigo en el norte de Eubea, ya que ello hubiera permitido a los persas cortar la retirada de la escuadra griega, bloqueando el Estrecho del Euripo (que, a la altura de Calcis, sólo tiene unos 30 m. de anchura), y, por otra parte, hubiesen podido pasar a la otra orilla y atacar a Leónidas y sus hombres por el Este (cf. G. B. GRUNDY , The Great Persian War and its Preliminaries , Londres, 1901, págs. 269-270). El ‘catálogo’ de las naves griegas se cierra mediante una Ringkomposition inclusoria; cf., en general, I. BECK , Die Ringkomposition bei Herodot und ihre Bedeutung für die Beweistechnik , Hildesheim, 1971.

8 Sigo la lectura de los manuscritos, a pesar de que el texto plantea problemas y se han propuesto diversas correcciones. Vid. A. MASARACCHIA , Erodoto. La battaglia di Salamina. Libro VIII delle Storie , Verona, 1977, pág. 156.

9 Las cifras precisas que da el historiador sobre la flota griega deben proceder de documentos oficiales. No se incluyen los penteconteros (cosa que sí hace DIODORO , en XI 12, al atribuir un total de 280 unidades a la flota griega), pues, como navíos de guerra, se habían quedado ya anticuados con respecto a los trirremes. Cf. J. LABARBE , «Chiffres et modes de répartition de la flotte grecque à l’ Artémision et à Salamine», Bulletin Correspondence Hellénique 76 (1952), págs. 384 y sigs.

10 Cf. nota VII 513.

11 Que desempeñaba el cargo de navarco de Esparta —es decir, de jefe de la flota—, magistratura de carácter anual para la que había sido elegido por la apélla (la asamblea popular espartiata) para el año 481/480 a. C. Vid. más datos sobre Euribíades en G. STRASBURGER , Lexikon zur frühgriechischen Geschichte , Zurich-Munich, 1984, págs. 144-145.

12 Porque el número más elevado de aliados venía constituido por los miembros de la Liga peloponesia (integrada por Esparta, Corinto, Sición, Mégara, Egina, Epidauro, Trecén, Hermíone, Tirinto, Micenas, Fliunte, Orcómeno, Tegea, Mantinea, Élide y Lépreo), cuya cabeza indiscutible era Esparta; cf. W. G. FORREST , A History of Sparta, 950-192 B. C ., Londres, 1968, págs. 85 y sigs. En el texto griego (que dice «si el laconio…») aparece un singular colectivo.

13 Probablemente en la reunión mantenida, en otoño del año 481 a. C., por los delegados de los Estados griegos que iban a oponerse a los persas, en el templo de Posidón, en el Istmo de Corinto (cf. VII 145, 1), donde debieron de aprobarse las líneas maestras de la defensiva griega. Cf. G. BUSOLT , Griechische Geschichte bis zur Schlacht bei Chaeroneia , III, 2.a ed., Gotha, 1904, pág. 654.

14 Cf., supra , VII 157 y sigs.

15 Del texto griego se infiere que la proposición tuvo un origen ateniense. Cf. R. W. MACAN , Herodotus. The seventh, eighth …, I, pág. 360.

16 El tema de la generosidad de Atenas, al renunciar al mando de la flota en la Segunda Guerra Médica (medida que PLUTARCO , Temístocles 7, atribuye al estadista ateniense), se convirtió en un tópos panegirista en la oratoria ática. Cf. ISÓCRATES , Panegírico 72; LICURGO , Contra Leócrates 70; ELIO ARISTIDES , Panatenaico 217; y M. NOUHAUD , L’utilisation de l’histoire par les orateurs attiques , París, 1982, pág. 186 y sigs.

17 La afirmación constituye una sentencia, en la línea de la tradición gnomológica (cf. TEOGNIS 51), y se ha apuntado que Heródoto puede estar parafraseando una expresión hexamétrica (cf. C. VERRALL , Classical Review 17 [1903]. pág. 99).

18 Sigo la interpretación de A. MASARACCHIA , Erodoto. Libro VIII …, págs. 156-157, en contra de la hipótesis de M. POHLENZ (Herodot, der erste Geschichtsschreiber des Abendlandes , Leipzig, 1937, págs. 150 y sigs.; 170 y sigs.), quien, considerando que Heródoto no podía imputar a los atenienses una actitud egoísta, tras haber hecho alusión a su desinterés sobre el mando, estimaba que en el texto se produce un cambio de sujeto («… [los atenienses) transigieron … hasta que [los aliados] necesitaron imperiosamente [a los atenienses]»). Aceptando, sin embargo, la traducción propuesta, tenemos una buena prueba de la imparcialidad del historiador (cf. H. STRASBURGER , «Herodot und das perikleische Athen», Historia 4 [1955], pág. 20).

19 Concretamente, por la zona costera de Asia Menor, a partir del año 478/477 a. C. Cf. G. BUSOLT , Griechische Geschichte …, III, página 69; y H. B. MATTINGLY , «The Growth of Athenian Imperialism», Historia 12 (1963), págs. 257 y sigs.

20 El hecho aludido (aunque Heródoto no creía en las acusaciones espartanas contra la pretendida hýbris de Pausanias; cf., supra , V 32, y A. LIPPOLD , «Pausanias von Sparta und die Perser», Rheinisches Museum 108 [1965], págs. 320 y sigs.) se produjo en primavera del año 477 a instancias de los jonios (cf. TUCÍDIDES , I 95-96; ARISTÓTELES , Constitución Atenas 23, 5; DIODORO , XI 45); en general, cf. D. LOTZE , «Selbstbewusstsein und Machtpolitik. Bemerkungen zur machtpolitischen Interpretation spartanischen Verhaltens in den Jahren 479-477 v. Chr.», Klio 52 (1970), págs. 255 y sigs.

21 Traduzco así, de acuerdo con W. W. HOW , J. WELLS (A commentary on Herodotus , Oxford, 1928, 11, pág. 236), el kaí que aparece en el texto griego, aunque también podría traducirse por «de nuevo», aludiendo a la segunda llegada de la flota griega al Artemisio (cf. VII 192, 2), tras haberse guarecido, de la borrasca que se abatió sobre la zona (cf. VII 188, 2), en el Golfo de Edepso, en la zona Norte del canal de Eubea, una acción que Heródoto interpretó erróneamente como una retirada (cf. VII 183, 1); vid., en general, H. HOERHAGER , «Zu den Flottenoperationen am Kap Artemision», Chiron 3 (1973), págs. 43 y sigs. Sea como fuere, la traducción de kaí presenta problemas (cf. PH . E. LEGRAND , Hérodote. Histoires. Livre VIII , París, 1953, pág. 10, nota 3).

22 Cf. nota VII 928. El que el historiador afirme, en VII 193, 1, que la flota persa penetró en el Golfo de Págasas puede deberse a que consideraba que el canal que separa Magnesia de Eubea, y el Golfo de Págasas, constituían un mismo golfo, o a que fueran los navíos auxiliares persas los que penetraron en el Golfo de Págasas (cf. nota VII 926), ya que, como, en VIII 8, 2, Heródoto dice que Áfetas distaba 80 estadios de Artemisio, si este último lugar puede responder a la bahía de Pevki, Áfetas tenía que estar en la costa Sur de Magnesia, frente a las posiciones griegas (cf., además, VIII 4, 1 y 6, 1, donde se implica que persas y griegos se veían mutuamente). Una posibilidad alternativa —que conciliaría la situación que Heródoto atribuye a Áfetas (en el Golfo de Págasas) con el desarrollo de la batalla— sería suponer que Áfetas era el cuartel general de los almirantes persas, así como el centro de reparaciones de sus naves, mientras que la flota persa se hallaba diseminada por diversos puntos de la costa Sur de Magnesia; cf. A. J. B. WACE , «The Topography of Pelion and Magnesia», Journal of Hellenic Studies 26 (1906), pág. 146.

23 Cf. nota VII 155.

24 Porque, después de la tormenta que se había abatido sobre los persas en la costa oriental de Magnesia, los griegos estaban «en la creencia de que se iban a encontrar sólo con unas cuantas naves enemigas» (cf. VII 192, 2).

25 La afirmación del historiador (el texto griego dice literalmente: «hacia el interior de Grecia») no puede responder a la realidad, ya que ello hubiera supuesto abandonar a su suerte a los griegos de las Termópilas. Es posible que, si la flota helena inició una aparente maniobra de retirada, fuera para atraer a los persas a las estrechas zonas del canal de Oreo, donde los navíos persas no habrían podido sacar partido de su mayor número y de su superior capacidad de maniobra (cf. S. SIDEBOTHAM , «Herodotus on Artemisium», Classical World 75 [1982], págs. 177 y sigs.). O bien, como señala C. HIGNETT (Xerxes’ invasion …, pág. 180-181), «Herodotus may be correct in his assertion that the Greeks were much disappointed when they realized how many Persian ships had survived the storm, even though his next statement, that they thereupon contemplated an immediate retreat southwards, is a fabrication, invented to introduce the story that Themistokles was bribed by the Euboians to keep the fleet at Artemision».

26 Unos 777,5 kg. de plata. Heródoto volverá a hacer alusión a la codicia de Temístocles en VIII 111-112, y la imputación pasó a convertirse en un rasgo etopéyico del político ateniense (cf. PLUTARCO , Temístocles 7; y H. BARTH , «Das Verhalten des Themistokles gegenüber den Gelde», Klio 43 [1965], págs. 34-36). La historia, sin embargo, debe de ser falsa, tratándose probablemente de una invención surgida en los círculos aristocráticos atenienses, que sentirían escasas simpatías por Temístocles, la máxima figura del ‘partido’ democrático en Atenas. Cf. M. B. WALLACE , «Herodotus and Euboia», Phoenix 28 (1974), págs. 22 y sigs.

27 O, según otra interpretación que permite el texto, «… adoptaron otra táctica y, mediante el pago de treinta talentos, convencieron a Temístocles, el general de los atenienses, para que…».

28 Literalmente, «ante Eubea».

29 Casi 130 kg. de plata (1 talento = 25,92 kg., de acuerdo con el sistema euboico, el empleado en Atenas, tras la reforma atribuida a Solón, para los pesos monetarios). Para las conversiones a nuestro sistema métrico decimal de los pesos y medidas utilizados por el historiador, me atengo, en lo fundamental, a la obra de F. HULTSCH , Griechische und römische Metrologie , Graz, 1971 (= 1882).

30 Es decir, el único jefe militar (en este caso de un contingente naval). Adimanto es el mismo personaje citado, en VII 137, 3, como padre de Aristeas (cf. nota VII 656). La versión que da PLUTARCO (Temístocles 7, 5) del soborno difiere significativamente de la de Heródoto (la versión plutarquea proviene del discípulo de Aristóteles FANIAS de Ereso; cf. F. WEHRLI , Die Schule des Aristoteles , 9, Basilea, 2.a ed., 1969, 9 y sigs.): Temístocles recibe el dinero de un eubeo y se lo entrega a Euribíades (con lo que Temístocles no es el principal encausado en el soborno). Por otra parte, su mayor oponente no es, como aquí, el corintio Adimanto (que reaparecerá en VIII 59 y 61 como el principal opositor a la táctica naval propugnada por Temístocles en Salamina), sino su adversario político Arquiteles, trierarco de la nave sagrada ateniense. La fuente de Plutarco, por sus rasgos antiaristocráticos, es, pues, más favorable a Temístocles.

31 Pese a lo que opina PH . E. LEGRAND (Hérodote. Livre VIII …, pág. 11, nota 3), no se trata de una exageración de Temístocles. Hay, sí, una desproporción entre la solemne promesa de Temístocles y la cantidad que le envía a Adimanto (3 talentos = 77.5 kg. de plata), pero con ello se subraya el desprecio de aquel por éste: Jerjes, pese a sus enormes riquezas, le habría dado a Adimanto —que se hubiera dejado sobornar por esa cifra— menos de tres talentos.

32 La flota persa debió de arribar a Áfetas dieciséis días después de que Jerjes abandonara Terme (cf. VII 183, 2). Y los enfrentamientos navales en la zona del Artemisio no comenzaron el mismo día de la llegada al canal de Eubea de las naves persas, sino dos días después, coincidiendo con el primer ataque de los efectivos de Jerjes a las Termópilas (cf. Apéndice XI al libro VII, y C. HIGNETT , Xerxes’ invasion …, páginas 384-385). Como indica A. R. BURN (Persia and the Greeks: the Defence of the West, c. 546-478 B. C ., Londres, 1962, nota de la pág. 396), «the discrepancy [entre la cronología de las operaciones del ejército y flota persa] is clearly due to H. having failed to distinguish the days, in his narrative of the sea operations, between the arrival at Aphetai and the first battle at sea. The reorganization (‘numbering’) after the catastrophe of the storm may well have occupied the whole of D. 17; and the destruction of the detached squadron off the Hollows… must have taken place before the night of DD. 18-19, to give time for news of it to reach the 53 Athenian ships and then for the ships to reach Artemision within the forenoon of D. 19 It may even have taken place, as many scholars have thought, in the first storm; and the last échelon of the Athenian reserve fleet, after confirming the reports and perhaps dealing with any survivors who escaped to leeward of Euboia, would then be free to come north».

33 Pese a que G. GIANNELLI , La spedizione di Serse da Terme a Salamina . Milán, 1924, pág. 15, nota 3, apuntaba que esta observación de Heródoto había que entenderla en el sentido de que, a la llegada de los persas a Áfetas, en la zona de Artemisio sólo se encontraba una avanzadilla griega, ya que el grueso de la flota aliada se había resguardado en el Golfo de Edepso para evitar la tormenta (cf. nota VIII 21), parece indudable (cf. VII 192; VIII 4, 1) que todos los efectivos griegos habían regresado al Artemisio, por lo que las palabras del historiador han de entenderse como su convicción personal de que la flota persa seguía contando con una aplastante superioridad a pesar de las pérdidas sufridas en la costa de Magnesia.

34 Los persas debieron de obtener informaciones sobre la flota griega de las tripulaciones del navio trecenio y del egineta que habían capturado (cf. VII 179 y sigs.). E, indudablemente, vieron los efectivos griegos mientras navegaban por el canal de Eubea rumbo a Áfetas, a donde los helenos les permitieron arribar porque, para evitarlo, hubieran tenido que combatir en mar abierto, cosa que en absoluto les convenía (cf. nota VII 856).

35 En el ejército espartano (cf. JENOFONTE , República lacedemonios 13, 2-3), el ‘portador del fuego’ (en griego, pyrphóros ), tenía por misión tomar fuego del altar de Zeus Agḗtōr (= «Caudillo») en el instante en que las tropas abandonaban la ciudad para entrar en campaña, sirviendo ese fuego —que debía permanecer constantemente encendido— para la realización de los sacrificios mientras el ejército estuviese ausente de Lacedemonia. La persona del pyrphóros era inviolable, y de ahí la frase transmitida por los paremiógrafos (cf. ZENOBIO , V 34): «no se salvó ni el portador del fuego», para aludir a una destrucción total. Pese a que también es posible que Heródoto esté aludiendo al portador del fuego en el ejército persa, lo más probable es que estos últimos supieran de la existencia del pyrphóros en Esparta gracias a las informaciones que, sobre las costumbres de los espartiatas (cf., por ejemplo, supra , VII 209), les habría facilitado Demarato.

36 El envío de estas 200 naves para realizar una maniobra de tenaza contra la flota griega plantea serios problemas de autenticidad. Como ya señaló K. J. BELOCH (Griechische Geschichte , II, 2, Estrasburgo, 1916, págs. 87-90), en el consejo de guerra mantenido tras la victoria persa en las Termópilas (es decir, teóricamente tras la pretendida destrucción de este contingente de naves), Aquémenes reconoce (cf. VII 236, 2) que se habían perdido 400 naves, cifra que respondía a las pérdidas sufridas con ocasión de la tormenta desencadenada sobre los navíos persas en la costa de Magnesia (cf. VII 190). Además, los persas podrían haber intentado lograr evitar la posible huida de la flota griega a través del Euripo evolucionando desde Áfetas con su ala derecha, algo que, si no hicieron, quizá se debía a que la superioridad naval persa ya no era tan aplastante. Por eso, G. B. GRUNDY , The Great Persian War …, pág. 330, suponía que las 200 naves fueron enviadas a rodear Eubea antes de la tormenta de Magnesia; es decir, durante la travesía de la flota persa de Terme al cabo Sepíade, lo que permitiría admitir que la tormenta que, según Heródoto, destruyó esas 200 naves fue la misma que afectó al grueso de la flota en Magnesia. Como indica A. MASARACCHIA , Erodoto. Libro VIII …, págs. 159-160, «è meglio comunque pensare a una tradizione nata in margine ai fatti: o per atribuire ai persiani una manovra di accerchiamento analoga a quella delle Termopili, o per atenuare la differenza tra il numero delle navi atribuito alla flota persiana originaria e il loro numero all’ Artemisio».

37 Los cabos Cafareo y Geresto constituyen, respectivamente, las extremidades sudeste y sudoeste de la isla de Eubea; cf. PLINIO , Hist. Nat ., IV 63.

38 Literalmente «por fuera» (con relación al continente). Sobre Escíatos, cf., supra , nota VII 858. Presumiblemente la maniobra persa tuvo que haber sido descubierta por los griegos (que tenían vigías en las alturas de Eubea; cf. VII 192, 1), si las 200 naves partieron cuando dice el historiador (a no ser que los navíos persas pasaran el resto del día en Escíatos y prosiguieran su viaje de noche, algo que no parece probable, pues la navegación entre Escíatos y Pepareto —isla situada al este de aquélla, de la que dista unos 3 km.— es peligrosa). Como de Áfetas a Geresto, incluyendo el rodeo por Escíatos, hay unas 130 millas náuticas (cf. N. G. L. HAMMOND , A History of Greece , Oxford, 1959, pág. 232), los persas no habrían podido alcanzar la costa Sur de Eubea cuando Heródoto data su destrucción —la noche que siguió al primer enfrentamiento naval—, ya que la velocidad media de una nave en la Antigüedad (variable, sin embargo, según los vientos y las corrientes; cf. ESCÍLAX , Periplo 69, quien consideraba que la media de navegación diaria, contando el día y la noche, era de mil estadios [= 177,5 km.]) era de unos 5 nudos por hora (cf. R. VAN COMPERNOLLE , «La vitesse des voiliers grecs à l’époque classique», Bulletin Institut Historique Belge de Rome 30, 1957), por lo que el viaje habría durado más de 26 horas. Y, aun teniendo en cuenta la errónea cronología que Heródoto facilita para las operaciones de la flota persa, el viaje hubiese resultado tan agotador, para las dotaciones de las 200 naves persas, que antes de tres o cuatro días, desde el momento de su partida, no habrían estado en condiciones operativas. En general, cf. C. HIGNETT , Xerxes’ invasion …, págs. 386-392.

39 Cf. nota VII 841.

40 Traduzco así epispómenoi , ya que la forma empleada en griego tiene valor praegnans y designa tanto la idea del ataque frontal con efectivos superiores como la subsiguiente persecución del enemigo que se da a la fuga.

41 Es decir, el día de la llegada de la flota persa a Áfetas.

42 Como Eubea se hallaba bajo el control de los griegos, la señal de la llegada del contingente persa al Euripo sólo podría haberse realizado por tierra firme. De ahí que R. W. MACAN (Herodotus. The seventh, eighth …, I, pág. 367) considerara que el objetivo de los 200 navíos persas no era el Estrecho del Euripo, sino las Termópilas, a fin de desembarcar al este de la posición de Leónidas y atacar por ambos lados del desfiladero a los griegos allí apostados.

43 Operación en la que los persas debieron de invertir todo el día siguiente al de su llegada a Áfetas. El objetivo de este segundo recuento de la flota (para el primero, celebrado en Dorisco, cf. VII 89 y sigs.) habría sido establecer un balance de las pérdidas sufridas en la costa magnesia, y quizá proceder a una reorganización de la flota (cf. VIII 67; y H. HAUBEN , «The chief commanders of the Persian fleet in 480 B. C.», Ancient Society 4 [1973], págs. 23 y sigs.). Si admitimos, como cifra aproximada de sus efectivos navales, que los persas contaban en Dorisco con unas 600 naves (cf., supra , Apéndice VII al libro VII), a las que se sumarían unos 120 trirremes reclutados en Tracia y las islas adyacentes (cf. VII 185, 1), y aceptamos que las pérdidas en Magnesia afectaron a casi un tercio de la flota, los persas contarían en Áfetas con unas 500 naves.

44 En la costa meridional de la Península de Palene, la más occidental de la Calcídica. Cf. VII 123, 1; y G. STRASBURGER , Lexikon frühgr. Geschichte …, pág. 414.

45 Sobre el Pelión, cf. nota VII 616. Para la tempestad y las pérdidas persas, cf. VII 188 y 190, donde el historiador alude al botín con que se hizo Aminocles de Magnesia.

46 Algo más de 14 km. Pese al criticismo que Heródoto manifiesta al final del capítulo, es posible que Escilias cubriese la distancia a nado y que, para escapar a la vigilancia de los centinelas persas que sin duda habría apostados en las orillas, buceara sólo unos cuantos metros desde que se lanzó al agua, ya que dirigirse a las posiciones griegas en una barca hubiese resultado más peligroso.

47 Heródoto, entre otras, debía de considerar falsa la noticia (cf. PAUSANIAS , X 19, 1; PLINIO , Hist. Nat ., XXXV 139; ATENEO , VII 296e; Antología Palatina , IX 296) según la cual Escilias, ayudado por su hija Hidna, a la que había enseñado a bucear, cortó las amarras de los navíos persas durante la tormenta que se abatió sobre la flota persa en Magnesia, lo que hizo que las pérdidas de los bárbaros fuesen aún mucho mayores. No obstante, como en Delfos los Anfictiones (es decir, los delegados de los pueblos que integraban la asamblea de la anfictionía pileodélfica, una confederación religiosa que reunía a jonios, dorios y pueblos de Grecia Central, y que tenían a su cargo la organización de los Juegos Píticos, la gestión de los bienes del templo de Apolo, y la defensa de los intereses de la divinidad; cf., supra , Apéndice XII al libro VII, y V. EHRENBERG , Der Staat der Griechen , Leipzig, 1958, págs. 108 y sigs.) le habían dedicado una estatua (cf. PAUSANIAS , l.c .), de ahí, quizá, que el historiador admitiera algunas de las hazañas que sobre Escilias debían de circular en Grecia.

48 Como se desprende de la narración de Heródoto, los persas estaban interesados en pasar al ataque lo antes posible (cf. VIII 6, 1), cosa que no habían podido hacer hasta entonces por falta de tiempo el día de su llegada a Áfetas, y por haber reorganizado y reparado las averías de la flota al día siguiente (medida que quizá se prolongó por espacio de dos jornadas). La táctica griega, en cambio, se basaba en una resistencia lo más prolongada posible en las Termópilas y en una batalla naval defensiva al amparo de la costa de Eubea. Debió de ser, pues, el mensaje de Escilias lo que indujo a los griegos a atacar al día siguiente (presumiblemente Escilias llegaría al campamento griego ya avanzado el día de su deserción). Pese a que los argumentos de C. HIGNETT (Xerxes’ invasion …, págs. 181-183) son acertados, al apuntar que Temístocles (suponiendo que la estrategia se debiese a él) tuvo que comprender que los griegos no podían atacar frontalmente a los persas, porque tendrían que haberlo hecho en plenas aguas del canal norte de Eubea, donde la mayor capacidad de maniobra de las naves de sus adversarios se habría impuesto, la iniciativa griega en los dos primeros enfrentamientos en Artemisio pudo deberse a que Escilias informó a los helenos que la flota persa se hallaba diseminada por diversos lugares, y no concentrada en un único puerto.

49 O bien, «quedarse aquel día donde estaban y permanecer acampados», que es la interpretación que sugieren la mayoría de los críticos (cf. W. W. HOW , J. WELLS , Commentary Herodotus …, II, pág. 238: «they bivouacked on shore to deceive the enemy as to their intentions»).

50 El relato del historiador vuelve a ser confuso e incoherente (después de haber adoptado una decisión, los griegos cambian bruscamente de parecer y atacan a los persas). La flota aliada no podía abandonar Artemisio mientras las Termópilas resistieran y, aun suponiendo que los persas hubiesen enviado las 200 naves a rodear Eubea, los 53 navíos áticos a que se alude en VIII 14 se habrían bastado para defender el Euripo (incluso si los griegos temían que las pretendidas 200 naves pudiesen atacar posiciones al sur de Eubea —como Falero o el Istmo de Corinto, por ejemplo—, el escaso número de naves eginetas destacadas en Artemisio [cf. VIII 1, 2] implica que las aguas del golfo Sarónico estaban protegidas por navíos griegos de reserva; cf. E. OBST , Der Feldzug des Xerxes , Leipzig, 1914, pág. 119). Quizá nos encontramos, pues, ante una confusa e incompleta repetición del tópos del capítulo 4 (los griegos quieren huir y Temístocles acaba consiguiendo que se queden), que volverá a reaparecer en vísperas de Salamina; cf. A. MASARACCHIA , Erodoto. Libro VIII …, pág. 161.

51 Esta medida debió de ser la que se adoptó en el consejo que mantuvieron los generales (DIODORO , XI 12, se la atribuye a Temístocles): aguardar hasta la tarde y atacar a algún contingente no demasiado numeroso de la flota bárbara (quizá al chipriota, según parece desprenderse de VIII 11), para regresar a sus posiciones, al anochecer, antes de que todos los efectivos persas pudieran agruparse. Cf., sin embargo, J. LABARBE , «Chiffres et modes de répartition de la flotte grecque…», página 397, para un intento de justificar la narración de Heródoto en este capítulo.

52 Literalmente, «… y de efectuar el diékploos ». Sobre esta maniobra, cf. nota VI 44. Como el diékploos se empleó por vez primera con eficacia por los atenienses durante la Guerra del Peloponeso (cf. TUCÍDIDES , II 83; VII 36, 4), y, en tiempos de la Segunda Guerra Médica, esta táctica no estaba todavía generalizada, sino que lo normal era que los navíos abordaran al enemigo y que luego la infantería de a bordo pasara a la acción, se ha supuesto que la alusión de Heródoto es anacrónica; cf. H. FRENCH , «Topical Influences on Herodotus’ Narrative», Mnemosyne 25 (1972), pág. 20.

53 Al igual que habían pensado las tropas persas al ver cargar a la carrera a los hoplitas atenienses y plateos en Maratón (cf. VI 112, 2), lo cual es un indicio (aunado a la importancia que, al final del capítulo, se concede a los atenienses entre los efectivos persas) de que la fuente de Heródoto para su relato sobre los enfrentamientos en Artemisio era ateniense.

54 Porque, como el propio Temístocles reconoce en VIII 60a, los navíos griegos eran más pesados que los de los persas, debido sobre todo a que el tonelaje que desplazaban los trirremes griegos (que se atenían a la técnica corintia de construcciones navales) y los de los bárbaros (que se atenían, en su mayoría, a los modelos fenicios) difería. Cf. L. BASCH , «Phoenician Oared Ships», The Mariner’s Mirror 56 (1969), págs. 139 y sigs., 227 y sigs.

55 Que no debían de ser muchos (cf. VIII 85). Hasta la batalla de Mícala, los jonios no se sublevaron contra los persas (cf. IX 103, y J. HART , Herodotus and Greek History , Londres, 1982, págs. 181 y sigs.).

56 Teóricamente, para evitar que los persas pudieran realizar la maniobra del diékploos , pero resulta difícil admitir la afirmación de Heródoto, ya que en el capítulo anterior el historiador simplemente ha mencionado el intento persa de rodear a los griegos, no que la maniobra envolvente se hubiese completado; además, mantener en perfecto orden circular a los 271 navíos griegos hubiese comportado serios problemas (como los que sufrieron los navíos peloponesios, en 429 a. C., al intentar evitar el ataque de las naves atenienses mandadas por Formión; cf. TUCÍDIDES , II 84). No hay que olvidar, por otra parte, que en este primer enfrentamiento naval cerca de Artemisio los griegos no debieron de luchar contra toda la flota persa (cf. nota VIII 51). Lo más probable, en suma, es que los griegos atacasen a un contingente naval persa formando un semicírculo; cf. J. KROMAYER , G. VEITH , Schlachten-Atlas zur Antiken Kriegsgeschichte , IV, 1, Leipzig, 1926, col. 5.

57 Es decir que persas y griegos se enfrentaban «Bug gegen Bug» (cf. H. STEIN , Herodotos. Buch VIII , Dublín-Zurich, 1969 (= 5.a ed., 1893), pág. 11), lo cual impedía a los adversarios emplear los espolones. Como señala A. MASARACCHIA (Erodoto. Libro VIII …, pág. 162), «il principale motivo di confusione della narrazione erodotea è que, date queste premesse [i.e., el presunto circulo que los griegos habían formado con sus naves], non si capisce la vittoria successiva, con la cattura (o distruzione) di ben trenta navi nemiche. Bisogna supporre una fase intermedia di passaggio della difensiva all’ offensiva, che Erodoto ha oscuramente indicato, senza spiegarla, con deútera dè sēmḗnantos [= ‘al recibir una segunda señal’].»

58 Esto es, de la ciudad de Salamina, localidad emplazada en la costa oriental de Chipre. Sobre Gorgo, cf., supra , V 104 (y nota V 517). Respecto a la actitud de los Eveltónidas a propósito de la dominación persa en Chipre (Onésilo, el otro hermano de Gorgo citado por Heródoto [cf. V 108 y sigs.], apoyó decididamente la sublevación de la isla, coincidente con la rebelión jonia), cf. F. G. MAIER , Cypern, Insel am Kreuzweg der Geschichte , Munich, 2.a ed., 1982, especialmente cap. II: «Zwischen Perserreich und Poliswelt», págs. 46 y sigs.

59 Como ocurre otras veces en la Historia (cf. VIII 84; IX 62), nos encontramos ante un ejemplo de la llamada Prôtos-Formel , o «fórmula de desencadenamiento», una reminiscencia épica (cf. Il . IV 457), que atiende a la indicación del personaje o personajes que principian un combate. De Licomedes (a quien PLUTARCO , Temístocles 15, atribuye esta iniciativa en Salamina) no tenemos ulteriores noticias.

60 La isla del golfo Sarónico, a poca distancia de la costa del Ática. Lemnos, isla del Egeo septentrional, quizá había sido conquistada por Atenas hacia el año 555 a. C. (cf. H. BERVE , Die Tyrannis bei den Griechen , Munich, 1967, I, págs. 66 y sigs.), como punto de apoyo para la política pisistrática del control del Helesponto. La isla había sido, a su vez, conquistada por los persas en 512/511 a. C., con ocasión de la campaña de Ótanes (cf. V 26). Lo que sí parece seguro es que Milcíades II (el ‘Maratonomaco’), en su calidad de tirano del Quersoneso, vasallo de los persas, incluyó la isla entre sus dominios (cf. VI 140), en una fecha indeterminada de los años 510-500, cediéndola a los atenienses entre 496-493, sin duda para tratar de involucrar a Atenas en la sublevación jonia (cf. E. LANZILLOTTA , «Milciade nel Chersoneso e la conquista di Lemno», Miscellanea greca e romanà 5 (1977), págs. 65 y sigs.). Sobre Antidoro, vid. M. MOGGI , «L’insediamento a Salamina di Antidoro Lemnio», Annali Scuola Normale Superiore Pisa 8 (1978), págs. 1301 y sigs.

61 A finales de agosto del año 480 a. C. Cf. nota VII 228, y G. BUSOLT , Griechische Geschichte …, II, pág. 674.

62 Parece un contrasentido que, si la tormenta se desencadenó en el Pelión (es decir, al norte de Eubea), los restos humanos y materiales de la batalla librada aquella tarde fueran arrastrados por el oleaje a Áfetas, en vez de haberlo sido al Artemisio. Ello puede explicarse por la dirección de las corrientes marinas en el canal norte de Eubea, o bien porque el viento —independientemente de la zona en que se producían los truenos— soplaba del S. o del SW. (cf. G. GIANNELLI , La spedizione di Serse …, pág. 19).

63 Pese a lo que opinan W. W. HOW , J. WELLS , Commentary Herodotus …, II, pág. 239 («the ships lay ashore with their prows pointing seaward»), esta afirmación del historiador permite suponer que, al llegar a Áfetas, los persas habían dejado sus navíos anclados en el agua.

64 Es decir, los integrantes de la flota persa.

65 Y que anegarían las posiciones persas diseminadas por la costa.

66 Sobre el estado de estupor (o embróntēsis ) producido por los truenos, cf. nota VII 93.

67 Cf., supra , VIII 7, 1, y notas VIII 36 y 38.

68 Un paraje de localización controvertida, ya que hay testimonios antiguos (cf. ESTRABÓN , X 1, 2; VALERIO MÁXIMO , I 8, 10) que lo sitúan en la costa sudoccidental de Eubea, entre la localidad de Caristo —al sur de la isla— y un punto situado frente a la localidad ática de Ramnunte, a unos 40 km. al noroeste de Caristo, mientras que otros testimonios (cf. TOLOMEO , III 14, 22) lo sitúan en la costa sudoriental de Eubea, entre los cabos Quersoneso y Cafareo. Se trataba, en cualquier caso, de una zona de la costa de la isla formada por una serie de ensenadas (lo que permite suponer que estaba en la costa sudoccidental), salpicadas de promontorios rocosos que entrañaban gran peligro para la navegación (cf. EURÍPIDES , Troyanas 84; LIVIO , XXXI 47). Vid. G. B. GRUNDY , Great Persian War …, pág. 335, nota 3. No obstante, y pese a que una identificación de las «Ensenadas» en la zona apuntada permitiría aceptar que el viento que arrastró a los persas hacia las rocas de la costa soplaba del S o del SW, con lo que su destrucción habría estado motivada, como pretende el historiador, por la segunda tormenta sufrida por la flota persa, lo más probable es que esta nueva tempestad constituya uno de los dobletes narrativos que con frecuencia aparecen en la obra herodotea; cf. R. LATTIMORE , «The second storm at Artemisium», Classical Review 53 (1939), págs. 57 y sigs.

69 La afirmación de Heródoto (que, inicialmente, atribuye a la flota persa una cifras exageradas; cf. VII 89, 1) se debe a su creencia en la existencia de un principio rector del universo que vela por el mantenimiento del equilibrio. Cf. H. PAGEL , Die Bedeutung des aitiologischen Momentes für Herodots Geschichtsschreibung , Berlín, 1927, págs. 23 y sigs. No obstante, el historiador incurre en contradicciones, ya que considera en todo momento que la flota persa superaba con amplitud a la griega (cf. VIII 66, 2, sobre los refuerzos persas que paliaron sus bajas hasta ese momento), cuando, desde el punto de vista estratégico, esa presunta superioridad no se evidencia a lo largo de su obra (cf., por ejemplo, VII 236, 2-3).

70 Como resulta difícil admitir que todos los navíos persas hubiesen sido destruidos, W. W. TARN , «The Fleet of Xerxes», Journal Hellenic Studies 28 (1908), pág. 215, admitiendo la veracidad de la circunnavegación de Eubea por el contingente naval persa, suponía que esas 200 naves se habían visto afectadas por la primera tormenta en la costa sudoriental de Eubea, y por la segunda en la costa sudoccidental.

71 Dado que el día a que alude Heródoto debe de ser el decimonoveno de la «Cronología de las operaciones del ejército y flota persa» (cf., supra , Apéndice XI al libro VII), es presumible que los persas esperaran de Jerjes la noticia de la caída de las Termópilas antes de pasar al ataque.

72 Si la maniobra persa de rodear Eubea es cierta, estas naves debían de haber sido destacadas del grueso de la flota griega para custodiar el Euripo (cf. J. B. BURY , «The campaign of Artemisium and Thermopylae», Bulletin School Athens 2 (1895-96), pág. 88), aunque el número de naves destacado para semejante misión resulta excesivo. No obstante, también se ha pensado que podían proceder directamente de Atenas; cf. A. KÖSTER , Studien zur Geschichte des antiken Seewesen , Klio, 32, 1934, pág. 76.

73 Resulta imposible poder identificar a este contingente cilicio (no debía de tratarse de la totalidad de los efectivos navales cilicios en la flota de Jerjes, que ascendían a 100 navíos; cf. VII 91). Ciertos críticos que admiten la circunnavegación persa de Eubea piensan en la posibilidad de que se tratara de los supervivientes de la primera, y única, tormenta, a su regreso a Áfetas. Sin embargo, lo más probable es que los griegos, en este segundo enfrentamiento naval en Artemisio, se atuvieran a la táctica del día precedente, atacando a un contingente de naves aislado del grueso de la flota persa debido a la morfología de la costa magnesia frente a Eubea, que ofrece puertos alejados entre sí.

74 Es decir, el mismo día en que se produjo el definitivo ataque persa contra las Termópilas. Los persas ya se encontrarían en su totalidad en condiciones operativas, tras su llegada a Áfetas (cf. nota VIII 43), y, además, habrían recibido órdenes concretas de pasar al ataque en ese día por parte del Estado Mayor de Jerjes (la alusión al temor que reinaba entre los jefes de la flota, ante eventuales represalias por parte del monarca, debe considerarse parte integrante de la leyenda negativa sobre Jerjes que existía en Grecia; cf., supra , nota VII 216, y, en general, E. HERMES , Die Xerxesgestalt bei Herodot , Kiel, 1951.

75 Cf. VII 97 y notas ad locum .

76 Coincidiendo, pues, con el momento del asalto final de los persas contra Leónidas y los suyos. Cf. VII 223, 1. No obstante, vid. PH . E. LEGRAND , Hérodote. Livre VII …, pág. 198; y J. LABARBE , «Chiffres et modes de répartition…», pág. 398.

77 Heródoto, en consecuencia, consideraba un hecho fortuito la simultaneidad de los enfrentamientos navales y terrestres, cuando la interdependencia de las operaciones desarrolladas en las Termópilas y el Artemisio era absoluta. Cf. nota VIII 2, y W. K. PRITCHETT , «New Light on Thermopylae», American Journal Archaeology 62 (1958), págs. 203 y sigs.

78 Sobre la topografía de las Termópilas, cf. VII 176, 2-3, y nota VII 862.

79 Los integrantes de la flota, se entiende.

80 Es decir, en la Grecia Central propiamente dicha; cf. C. HIGNETT , Xerxes’ invasion …, pág. 154, nota 5.

81 Los griegos se mantienen próximos a la orilla, en la bahía de Pevki, para que la propia costa proteja sus flancos. Este tercer enfrentamiento naval en el Artemisio constituyó, por el número de naves y de hombres que en él tomaron parte, la batalla más importante que hasta entonces se había librado en el Mediterráneo. Cf. W. W. TARN , «The Fleet of Xerxes…», pág. 219.

82 Como puede advertirse, la información que facilita el historiador es, poco más o menos, una repetición de la batalla librada el primer día en lo que a las maniobras de ambas flotas se refiere; la única diferencia estriba en el bando que inició las hostilidades. Cf. A. MASARACCHIA , Erodoto. Libro VIII …, pág. 165.

83 Estratégicamente la batalla puede considerarse una victoria persa (los griegos no consiguieron su propósito de detener a los persas en el Artemisio; cf. W. K. PRENTICE , «Thermopylae and Artemisium», Transactions American Philological Association 51 (1920), págs. 14-15), aunque tácticamente el éxito se decantó del lado griego (cf. PÍNDARO , fr. 77, B. SNELL , Pindari Fragmenta , Leipzig, 3.a ed., 1964 [citado por PLUTARCO , Temístocles 8, 2], quien, refiriéndose al Artemisio, dice: «donde las gentes de Atenas pusieron un glorioso cimiento a la libertad»).

84 Heródoto concibe aquí la ética militar de manera similar a la que manifiestan los guerreros homéricos, impregnados de los valores de una «cultura de vergüenza» (cf. E. R. DODDS , The Greeks and the Irrational = Los griegos y lo irracional [trad. de M. ARAUJO ], Madrid, 1980, páginas 39 y sigs.).

85 O «como es lógico», dado que «ambos bandos se batieron con pareja fortuna».

86 Las estimaciones de J. LABARBE (La loi navale de Thémistocle …, pág. 182) ascienden a 71 naves griegas hundidas o fuera de combate (con las bajas humanas que ello implica) y por lo menos mil prisioneros hechos por los persas en los trirremes capturados (cf. VIII 17).

87 Sorprende, inicialmente, esta preeminencia de los egipcios, que quizá se debió al hecho de ir provistos de armas pesadas (cf. VII 89, 3). DIODORO , XI 13, da una versión diferente, al citar, como los efectivos más destacados de la flota persa en la tercera batalla del Artemisio, a los sidonios, cuya pericia marinera resalta Heródoto en otras ocasiones (cf. VII 44; 100, 2; 128, 2).

88 PLUTARCO , Temístocles 8, menciona que, en una estela erigida cerca del santuario de Ártemis Proseṓa (cf. nota VII 859), figuraba un epigrama, atribuido a SIMÓNIDES (fr. 24, D. PAGE , Supplementum Lyricis Graecis , Oxford, 1974), que incidía en la destacada actuación de los atenienses:

En estas aguas las gentes de Atenas, cierto día ,

vencieron en naval batalla a la ingente hueste de Asia

venida, y en honor de la virginal Ártemis, por haberse

impuesto su flota a los medos, erigieron esta estela .

89 Tradicionalmente, y a partir de PLUTARCO , Alcibíades 1, 1, se ha considerado que el Clinias aquí citado era el padre del famoso Alcibíades (cf. J. HATZFELD , Alcibiade , París, 2.a ed., 1951, pág. 12-13). Pero, como ese personaje murió peleando contra los beocios en la batalla de Coronea, librada en 447 a. C., resulta difícil aceptar esta identificación. Es más verosímil pensar que se trataba de un hermano del abuelo de Alcibíades, con lo que la genealogía quedaría de la siguiente manera:


90 Prueba de su gran riqueza y patriotismo. Una manera de contribuir a sufragar los gastos del Estado consistía en una serie de prestaciones en especie (las llamadas liturgias = griego leitourgíai ), entre las que figuraban el mando de los buques de guerra, o triērarchía . Los estrategos nombraban cada año 400 trierarcos entre los ciudadanos más ricos y, al iniciarse una campaña naval, el Estado fletaba el casco del buque de guerra, generalmente con sus correspondientes pertrechos (cf. ARISTÓFANES , Caballeros 911; TUCÍDIDES , VI 31), y facilitaba el sueldo de la tripulación más los fondos para su manutención. El trierarco tenía la obligación de costear todo el material restante necesario para poner la nave en condiciones de zarpar y debía mantenerla durante ese año, al cabo del cual tenía que entregarla en buen estado a su sucesor.

91 Literalmente «a su fondeadero»; es decir, los griegos a la costa de Eubea y los persas a Áfetas.

92 O «lo hicieron en grupos», sin guardar la formación con la que inicialmente se habían enfrentado a los persas. Traduzco así diakrithéntes , pese a que la mayoría de los críticos lo interpretan redundantemente con ek tḗs naumachíēs apēlláchthēsan .

93 Pese a que, tras una batalla, pedirle permiso al adversario (cosa que, en esta ocasión, no hacen los griegos) para retirar y enterrar los cadáveres era reconocer que se había perdido el combate, y aunque PH . E. LEGRAND (Hérodote. Livre VIII …, pág. 18, nota 2), refiriéndose a los griegos, opina que «ils étaient donc restés maîtres du champ de bataille et pouvaient se considérer comme vainqueurs», lo más probable es que la información de Heródoto esté piadosamente distorsionada, o que, aprovechando la corriente, los griegos recogieran los cadáveres y pecios que pudieron, mientras regresaban al Artemisio.

94 La decisión de retirarse la debieron de tomar los griegos sólo después de haber recibido la noticia (cf. VIII 21, 2) de que las Termópilas habían caído, cuando la presencia de la flota aliada en el Artemisio ya no tenía ninguna razón de ser (cf. nota VIII 25; ISÓCRATES , Panegírico 92; DIODORO , XI 12; PLUTARCO , Temístocles 9; De Herodoti malignitate 34). El permanente impulso a huir, que aparece citado en varias fases de la campaña (cf. VII 183, 1; 207; VIII 4, 1), vuelve a ser un tópos , a partir probablemente de las fuentes de información del historiador —sin duda, atenienses— sobre este episodio de la guerra. Cf. G. B. GRUNDY , Great Persian War …, pág. 324.

95 Aunque Heródoto no lo especifica, además de los jonios y los carios (Temístocles, al intentar inducirlos a abandonar la armada invasora, tendría presente su decidida participación en la sublevación jonia contra los persas; cf. V 103; 118-121), cabe suponer que hay que incluir a los dorios de Asia Menor, a los eolios, a los helespontios y quizá a los isleños, que en total habían aportado inicialmente a la flota persa (pues, entre las bajas sufridas hasta entonces por los persas, sin duda se contaban navíos de esos Estados) 427 naves (cf. VII 93-95), una cifra que habría desequilibrado, de pasarse a los aliados, las fuerzas en juego.

96 No resulta claro a qué se debía esta acción de los eubeos. Dado que el episodio transcurre al final de la jornada, puede referise a que, como de costumbre, y después de haber llevado sus rebaños a pastar a los valles de las montañas próximas, los habitantes de la zona estaban recogiendo su ganado en los establos (pero cf. PH . E. LEGRAND , Hérodote. Livre VIII …, pág. 18, nota 4). Quizá los eubeos se habían enterado de que la flota iba a retirarse (tras producirse el final de Leónidas en las Termópilas) y pretendían ser evacuados de la isla, en un tardío intento por seguir los dictados del oráculo citado en el capítulo siguiente.

97 Se produce ahora un paréntesis en la narración del plan de Temístocles, para intentar la defección de los griegos y carios integrantes de la flota persa, que no será retomado hasta el capítulo 22.

98 Con un doble objetivo: engañar a los persas, haciéndoles creer que las tripulaciones habían bajado a tierra y pensaban pasar la noche en la costa de Eubea, y poder guisar los animales que servirían de alimento a las dotaciones.

99 Cf. nota VIII 80. Parece poco verosímil la iniciativa de Temístocles a este respecto, ya que no le competía a él hacerlo, sino a Euribíades. Por otra parte, en el relato del historiador no tiene lugar el cumplimiento de la promesa de Temístocles.

100 Un profeta legendario (cf. ARISTÓFANES , Paz 1071; PAUSANIAS , IV 27, 4; X 12, 11, para su inspiración por las Ninfas), a quien se atribuía una colección de oráculos, similar a los que se consideraban emitidos por Orfeo y Museo (cf. nota VII 37), que fue recopilada en Atenas en tiempos de los Pisistrátidas (para el impulso que dieron los Pisistrátidas a las corrientes religiosas misticistas, cf. nota VII 39). En Eleón, una localidad de Beocia, cercana a Tanagra, existía un oráculo regido por los «Bácidas» (también había oráculos relacionados con Bacis en el Ática y en Arcadia; cf. TEOPOMPO , fr. 77, F. Gr. Hist . 115), una casta de profetas (pese a que aquí Heródoto habla de Bacis como si se tratara de un nombre propio, originariamente Bacis pudo haber significado «profeta», relacionándose con el verbo Bάζειν, que significa «hablar»; cf. ARISTÓTELES , Problemas 30, 1), que ganaron fama con el auge de la religión extática en los siglos VII y VI a. C. Cf. E. ROHDE , Psyche. Seelencult und Unsterblichkeitsglaube der Griechen = Psique. El culto de las almas y la creencia en la inmortalidad entre los griegos [trad. S. FERNÁNDEZ RAMÍREZ ], Barcelona, 1973, págs. 329 y sigs.; y O. KERN , s.v. Bakis, Real Encyclopädie der klassischen Altertumswissenschaft [= R.E .], II, 2, 1896, cols. 2801-2802.

101 La veracidad de un oráculo, y su errónea interpretación por los hombres (o, como en este caso, la indiferencia humana), es un tema que aparece con frecuencia en la obra de Heródoto (cf., por ejemplo, I 91; III 124 y sigs.) y responde a niveles de pensamiento típicamente griegos, procedentes de la religión popular de su tiempo: la sobreestimación de las facultades humanas para interpretarlos es una fuente de errores. No obstante, este oráculo debía de hacer referencia únicamente a los habitantes de la Histieótide, la zona septentrional de Eubea (que fue saqueada por los persas; cf. VIII 23, 2), ya que no tenemos noticias de que el resto de la isla sufriera especiales daños.

102 Para este oráculo, cf. J. KIRCHBERG , Die Funktion der Orakel im Werke Herodots , Gotinga, 1965, págs. 101 y sigs.

103 Una referencia a los puentes del Helesponto (cf. VII 25, 1; 34; 36, 3). Sobre el papiro, cf. notas II 335 y 336.

104 El texto griego presenta un juego de palabras intraducible (quizá con sentido irónico), al aparecer un doble poliptoton (chrēsámenoi … pareoûsi … parên … chrâsthai ) en expresiones lexicalizadas.

105 Naturalmente se refiere a la región situada al S. de Mélide, en la orilla occidental del golfo Malíaco (donde estaban las Termópilas), y no a la capital de la comarca, que tenía su mismo nombre, dado que la ciudad había sido ya conquistada por los persas (cf. VII 201). Los griegos debían de haber establecido, entre las Termópilas y el Artemisio, algún procedimiento para intercomunicarse, quizá mediante señales de humo, y poderse advertir mutuamente del inicio del ataque persa a las respectivas posiciones. Los dos mensajeros a que se alude en este capítulo habían sido mantenidos en reserva, para ser empleados en una situación limite. Cf. G. B. GRUNDY , Great Persian War …, pág. 265.

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