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Hélène Gutkowski

Querido país

de mi infancia

Memorias entrelazadas de niños

que sobrevivieron en la Francia ocupada y emigraron a la Argentina

Traducido del francés por Agustina Blanco



Gutkowski, HélèneQuerido país de mi infancia : memorias entrelazadas de sobrevivientes judíos de la Francia ocupada que emigraron a la Argentina / Hélène Gutkowski. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2019. Libro digital, EPUB Archivo Digital: descarga y online Traducción de: Agustina Blanco. ISBN 978-987-599-577-21. Biografías. 2. Holocausto Judío. I. Blanco, Agustina, trad. II. Título. CDD 920

Cet ouvrage, publié dans le cadre du Programme d’aide à la publication Victoria Ocampo, a bénéficié du soutien de l’Institut français d’Argentine.

Esta obra, publicada en el marco del Programa de ayuda a la publicación Victoria Ocampo, cuenta con el apoyo del Institut français d’ Argentine.


Traducción: Agustina Blanco

Diseño de tapa: Eduardo Ruiz

Título original: De la France occupée à la Pampa. Mémoires entrelacées de trente survivants juifs émigrés en Argentine. Volume I

© Éditions Le Manuscrit, coleción Témoignages de la Shoah dirigida por Philippe Weyl, 2017

© Fondation pour la Mémoire de la Shoah

© Libros del Zorzal, 2019

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

Para sugerencias o comentarios acerca del contenido de esta obra, escríbanos a: <info@delzorzal.com.ar>

Asimismo, puede consultar nuestra página web: <www.delzorzal.com>.

Índice

Prefacio | 9

Introducción | 17

La historia de la Shoá también se cuenta en Argentina...Treinta memorias entrelazadas | 17

¿Por qué un nuevo libro? | 18

Génesis de nuestro grupo de memoria | 19

1 Presencia judía en Argentina:orígenes y colonización rural | 27

Judíos en Argentina. ¿Una presencia posible? | 28

Un nuevo continente: ¿un hogar posible? | 29

La colonización rural | 37

Los pogromos, el “desierto” argentino y un hombre que coloca su fortuna al servicio del salvataje de los judíos de Europa | 49

La Jewish Colonisation Association (jca) y la colonización agraria judía en Argentina | 50

Vuelta al trabajo de la tierra. Esperanzas y desazones | 52

La obra de la jca tras la muerte del barón Hirsch | 53

2. Presencia judía en Argentina:inmigración urbana | 61

Discriminación y persecuciones en Rumania | 64

¿Hacia una Argentina agrícola o urbana? | 64

La inmigración urbana | 71

Primera etapa: el período preindustrial (1895-1913) | 71

La inmigración urbana | 80

Segunda etapa (1914-1932) | 80

La inmigración urbana | 87

Tercera etapa: restricciones a la inmigración judía (1930-1950) | 87

Testimonios de los sobrevivientes | 99

3 Maurice Ajzensztejn | 100

Biografía | 100

Diálogos | 105

Orden de evacuación: es preciso abandonar Sedan | 108

La redada | 114

Mis padres de la guerra | 120

Se llevan a los niños | 125

13 de junio de 1944 | 136

Recuperar a los huérfanos: ¡un deber judío! | 141

El Nuevo Mundo | 146

4.Myriam Dawidowicz de Kesler | 150

Biografía | 150

Diálogos | 158

De Bruselas a París | 167

De París a Ploeren (Morbihan) | 170

De Ploeren a Sendets (Pirineos Atlánticos) | 173

Sendets: un período feliz | 177

De Sendets a Caylus (Tarn-et-Garonne) | 178

De Caylus a Guéret (Creuse) | 189

Au Petit Bénéfice (Creuse) | 193

Guéret, marzo de 1942 | 198

Guéret, la tenaza… | 202

La deportación de papá | 210

Guéret después de la deportación de papá | 224

Guéret y Oradour-sur-Glane | 232

Regreso a Bélgica | 237

5 Francis Lévy | 243

Biografía | 243

Diálogos | 249

Los judíos en Alsacia-Lorena | 249

Francia invadida | 258

De Sarrebourg a Roanne: el éxodo de los Lévy | 258

Julio de 1940: Roanne, ¿la última etapa? | 260

1943 o cómo volverse invisible | 263

El fin de la guerra | 280

Retorno a Francia | 295

6 Micheline Wolanowski de Papiernik | 302

Biografía | 302

Diálogos | 311

Una adolescente judía en Francia durante la guerra | 313

De septiembre de 1939 a mayo de 1941 | 315

La redada llamada “del billete verde” | 316

Cumpleaños y redada del Vél’ d’Hiv’ | 328

Al día siguiente de la Gran Redada | 333

De Confolens a Eymoutiers | 343

Bajo la protección de la ose | 345

Principios de abril de 1944 | 354

La redada de 1944 en Eymoutiers | 355

7 Henri Pechtner | 379

Biografía | 379

Diálogos | 385

Del éxodo a la deportación | 411

De Beaune-la-Rolande a Drancy | 414

15 de septiembre 1942, ¡me liberan! | 420

En Montigny-le-Gannelon (Eure-et-Loir) | 423

Tras la Liberación | 432

8 Claire Stein de Suchecki | 444

Biografía | 444

Diálogos | 449

Alrededor de nuestra mesa de trabajo… | 455

La historia de un sufrimiento | 464

El día que mi padre y mi hermano fueron liberados | 470

9 Mariette Diamant | 486

Biografía | 486

Diálogos | 491

¡Una generación más, y no se hablará más del tema! | 494

De la revelación… | 506

… al ocultamiento como legado | 508

1o de septiembre de 1939 | 524

El éxodo, la ruta del sur | 527

Annonay | 529

Posfacio para mi familia | 537

10.Nicolás Rosenthal | 542

Biografía | 542

Diálogos | 550

“Tuve suerte…” | 550

26 de febrero de 1939 | 557

El verano de 1939 | 559

La guerra… La guerra… ¡La guerra! | 560

Mayo-junio de 1940 | 562

De octubre de 1940 a julio de 1941 | 564

En Beauce | 565

Los judíos de Baden, Sarre y Palatinado | 567

Julio de 1942, primeros pasos en la zona “libre” | 572

Sábado por la mañana, en la estación de Perpiñán | 576

Rivesaltes | 576

La deportación | 581

Del campo de Annaberg al campo de Lazy | 584

Blechhammer, Gräditz y Gnadenfrei | 587

Faulbrück y Langenbielau (Silesia): otros campos que no hemos oído nombrar | 592

¿Qué es la suerte en el universo concentracionario? | 595

El fin de la guerra | 597

El último milagro | 599

Argentina | 601

11 Elsa Rozin | 605

Biografía | 605

Diálogos | 610

Primera etapa de la degradación: desnudamiento y desinfección | 616

Segunda etapa de la degradación: el rapado | 617

Tercera etapa de la degradación: el marcado | 617

¡Salvar a los niños! | 621

Cambia la suerte | 627

Auschwitz | 629

Las primeras semanas en Birkenau | 630

La Union | 631

La “marcha de la muerte” | 637

Las marcas que nos dejó la guerra y el deber del sobreviviente | 648

¿Por qué Argentina? | 651

Las consecuencias de la guerra. El sobreviviente y su judaísmo | 654

Agradecimientos | 656

Prefacio

Por Serge Klarsfeld

Siempre ha sido natural para los exiliados agruparse nostálgicamente y rememorar el país que allá lejos han dejado.

Reunirse entre franceses en un país como Argentina no tiene nada de extraordinario, pero congregarse entre judíos de Francia que se han visto obligados a abandonar el continente europeo para no caer en manos de la policía, o de la Gestapo, y elegir como nombre grupal “Francia… ¿dulce Francia de nuestra infancia?”1 sería sorprendente si no se reparara en los signos de interrogación de este título y si lo que emerge de este detalle no fuera sólo la dolorosa nostalgia, sino también el reconocimiento que cada uno de los miembros de esta agrupación conserva para con su país de origen. Si bien es cierto, en efecto, que muchos franceses fueron capaces de delatarlos y perseguirlos, también debemos recordar que gran parte de esa población nutrida de caridad cristiana y de valores republicanos los ha protegido y ha cubierto su huida, una huida que llevaría a quienes aquí brindan su testimonio hacia un país que simpatizaba con Hitler, pero terminó declarándole la guerra cuando su derrota pareció ineluctable.

Treinta sobrevivientes de Francia, el más joven de ellos hoy de 75 años de edad, se reunieron; nueve brindan su testimonio en este primer volumen.

Juntos, encontraron en la notable Hélène Gutkowski una directora de orquesta de este trabajo colectivo vivo, pedagógico y logrado, que se lee de un tirón y merece ser releído por la cantidad de conocimientos nuevos que aporta sobre las relaciones entre los judíos europeos y el país de los caudillos y las juntas militares.

Recién en 1862 hubo suficientes judíos en Argentina, algunas decenas, para conformar una comunidad. Sin embargo, en 1900, sorprendentemente ese país se había convertido en la tercera destinación de los judíos, casi todos ellos procedentes de Rusia.

La colonización agrícola judía en Argentina fue una auténtica epopeya, con aspectos a menudo trágicos, que se originó en el Este europeo, encontró una esperanza en el París de la Alianza Israelita Universal (aiu) y pudo desarrollarse gracias al recordado mecenas, el barón Hirsch, quien, desde la Jewish Colonization Association, financió la emigración judía a las Pampas, donde muchos perecieron de miseria física, pero donde fundaron una ciudad bíblica: Kiryat Moshé. ¡Fueron sólo 35.000! Divididos en dieciséis colonias, algunos de esos colonos devinieron en auténticos gauchos, pero gauchos que quedaron fieles a su pertenencia ancestral.

Aquella primera inmigración judía en Argentina fue seguida de varias olas de inmigración urbana, oriundas tanto de Europa del Sur como del Este. Cuando en los años 1930 Argentina cerró sus puertas a la inmigración judía, el país contaba con unos 150.000 judíos. Sus fronteras se hicieron entonces infranqueables y a los clandestinos se los devolvía a Europa, ¡incluso en plena guerra!

Esta historia introductoria era necesaria: permite también comprender las dificultades con las que se toparon los judíos de Francia para llegar a Argentina durante la Segunda Guerra Mundial.

La mayoría de los testigos de esta labor colectiva arribó después de 1945, y sus historias “entrelazadas” relatan sobre todo su recorrido por la Francia ocupada. Las persecuciones llevaron a la madre de Maurice a la locura, una locura de la cual ya nunca pudo recuperarse, y a Mielich, su esposo, a la deportación por el convoy del 15 de mayo de 1944 hacia los Estados bálticos. Szlama, el padre de Myriam, es víctima de la gran redada de los trabajadores extranjeros de la zona sur que tuvo lugar a finales de febrero de 1943; sucumbió en el campo de Majdanek. Myriam narra su éxodo de Bélgica y a través de Francia; al igual que los otros testigos, recuerda a los franceses que la ayudaron: su maestra, la secretaria del alcalde, una simple tejedora de alma bondadosa, sus compañeros de la escuela. Luego, traza el miserable período de Guéret, su detención y la de su madre, en agosto de 1942, por una interpretación “equivocada” del prefecto, durante la gran redada emprendida contra los judíos extranjeros y apátridas, y, dos días más tarde, su liberación gracias a las exenciones del 5 de agosto… ¡suprimidas cuatro días después!

Al evocar sus recuerdos, los treinta testigos se acercaron entre sí, pues sucedió en varias oportunidades que sus recorridos se entrecruzaran: Francis, de adolescente, formó parte de un grupo de resistentes que liberó Guéret, la ciudad donde Myriam estaba escondida y donde vivió temblando hasta la Liberación. La familia de Francis huyó de Alsacia. El éxodo llevó a su familia a recorrer gran parte de Francia y culminó, para sus padres y su hermana, en la región de Lemosín y, para él, en su incorporación al ejército de la Francia Libre. Esto lo conducirá, al final de la guerra, hasta el corazón de Alemania. Pero previamente ¡cuántos franceses anónimos le dieron algo de comer y cuántos le brindaron información útil antes de que un cura de la Francia profunda, de la región de Châtenet-en-Dognon, lo salvara de la Gestapo!

Cada uno de estos relatos es variado, está lleno de vida y de detalles auténticos, pues Hélène Gutkowski es una excelente entrevistadora que también vivió en esa época y en esa Francia donde los judíos se dispersaban por pueblos y ciudades para invisibilizarse.

Micheline tenía 16 años cuando su padre, Sruel, fue deportado en junio de 1942 del campo de Beaune-la-Rolande. La Obra de Socorro a los Niños (ose, por su sigla en francés) la recibe primero en su hogar de Poulouzat, luego en Le Masgelier, más adelante en el castillo de Chabannes; en 1943, con la disolución de la ose, Micheline, al igual que sus doce compañeras de más edad, es inscripta por su director en el colegio de Bourganeuf, desde donde parte a reunirse con su madre en Eymoutiers para las vacaciones de Semana Santa de 1944; al día siguiente de su llegada a Eymoutiers, ochenta judíos son arrestados por las ss (abril de 1944); a su madre, Chaja, y a su hermanita, Régine, las detienen en el hotel donde habían encontrado un lugar para vivir. Serán deportadas sin retorno. Ella, escondida bajo unas escaleras por el dueño del hotel, es la única de su familia que no caerá en las redes nazis. Cuando regresan de los campos los pocos sobrevivientes, Micheline conoce a uno, Charles Papiernik, quien le cuenta cómo su padre Sruel había muerto en sus brazos. Charles Papiernik fue un testigo preciado, cuyo libro sobre la escuela de la construcción en Auschwitz2 nos enseñó en 2014 que alrededor de quince adolescentes judíos deportados de Francia a Auschwitz no habían perecido en ese campo como todos creían, sino en el campo de Sachsenhausen, adonde habían sido transferidos. En 2015, conduje a unos treinta miembros de nuestra asociación Hijos e Hijas de Deportados Judíos de Francia (ffdjf, por su sigla en francés)3 a Sachsenhausen, donde colocamos una placa conmemorativa que llevaba los nombres de esos jóvenes mártires. Así se entrecruzan las historias de los judíos que atravesaron el Atlántico Sur y de aquellos que se quedaron en Francia; ninguno de ellos ha perdido la memoria; a veces prefieren callar, pero que aparezca una Hélène Gutkowski, y entonces ellos expresarán con fuerza su verdad profunda, su trayectoria de vida y su itinerario interior.

Durante la redada del Vél’ d’Hiv’,4 Henri, con 10 años de edad, es arrestado junto a su madre, Toni. El 5 de agosto de 1942, ella es deportada y Henri es trasladado a Drancy, de donde su padre, Jules, consigue que lo liberen. Unos meses después, Jules encomienda a Henri a una familia no judía, los Baccary. El padre es maestro y cobija a unos diez niños judíos de entre 3 y 15 años. Milagrosamente, Toni sobrevivió a su deportación. La familia decide abandonar Europa y desembarca de manera clandestina en Argentina. La familia Baccary es reconocida como Justa entre las Naciones. Desde el velódromo, Toni le había escrito una carta a una amiga, donde decía: “Se lo suplico, reciba a mi niño en su casa. […] No quiero que mi hijo muera en algún lugar de Polonia, quiero morir sin él”.

Estos relatos están coloreados por las conversaciones entre los testigos, que confrontan sus recuerdos, y numerosos documentos absolutamente apasionantes ilustran esas historias, en particular las cartas de la época, que todos guardaron con piedad.

Claire tiene un poco más de 14 años en 1941, cuando el 20 de agosto, en la redada del distrito XI de París, su padre Harry y su hermano Nathan son arrestados. Como la familia había logrado emigrar a Chile en 1926, de donde se había ido en 1927, el cónsul chileno en Berlín logra que Harry y Nathan sean liberados. La familia consigue entonces pasar a España y, de allí, a América del Sur en marzo 1942, para radicarse en Argentina en 1944.

Mariette desembarcó legalmente en Argentina en octubre 1941 en plena guerra, con sus padres Arnold y Renée y su hermano Charlie. La familia se había refugiado en Annonay, en la región de Ardèche, y había obtenido del Consulado argentino en Marsella cuatro visas que resultaron ser falsas. Mariette se casó con un militar, se integró perfectamente a la sociedad argentina tradicional y se reencontró con sus raíces judías recién a sus 70 años de edad.

Nicolás nació en el estado de Baden, Alemania; tiene 14 años en 1938, cuando sus padres Karl y Olga consiguen enviarlo como pupilo a un colegio en Montbéliard. En 1940, ambos son detenidos y expulsados a Francia. Nicolás parte a reunirse con ellos en el campo de Rivesaltes, donde acaba de morir una de sus dos abuelas; la otra había fallecido unas semanas antes, en el campo de Gurs. Nicolás será deportado junto con su padre y su madre. Karl Rosenthal, médico, salvará a numerosos prisioneros pero morirá de tifus; Olga será gaseada. Él conocerá varios campos antes de ser liberado. Se casa en Estrasburgo con una sobreviviente de Auschwitz y llegan a Argentina en 1952.

Elsa también fue deportada. Nacida en Bielorrusia, tiene 20 años en 1943; su madre y su hermana fueron deportadas desde Bélgica, donde Elsa se une a una red de salvataje de niños, a quienes hace pasar a Suiza vía la región de Jura. Arrestada en Belfort, es deportada de Drancy en enero de 1944. Sobrevive a las “marchas de la muerte” y, de toda su gran familia, sólo se reencuentra con su hermana menor, a quien había logrado hacer pasar a Suiza, y con una tía. Con esta última viaja a Argentina, mientras que su hermana hace aliá.5

Leer los nueve relatos es también viajar por la Francia de la Ocupación, gracias a esa máquina de remontar el tiempo que es la veracidad de los testigos y al talento de quien recoge los testimonios y les da forma, captando y preservando la personalidad de cada uno. La calidad literaria de este volumen es tan excepcional como su interés histórico. Es uno de los mejores libros de nuestra colección y de los más enriquecedores para el lector.

1 El nombre del grupo se puso parafraseando el título de la canción de Charles Trénet “France, douce France de notre enfance”, agregándole puntos suspensivos y signos de interrogación para dar cuenta no sólo del amor y de la nostalgia de cada miembro del grupo hacia Francia, sino también de la incomprensión y el dolor de haber sido discriminados y perseguidos por parte de su población.

2 Charles Papiernik, Une école du bâtiment à Auschwitz (le 43422 raconte), dibujos de Shelomo Selinger, prefacio de Émile Papiernik, posfacio de Henry Bulawko, París, Éd. Caractères, 1993.

3 Creada en 1979.

4 La redada del Velódromo de Invierno, decidida por las autoridades alemanas bajo el nombre de código “Viento primaveral”, es efectuada por la policía francesa, que proporciona el listado de los judíos de la capital confeccionado en octubre de 1940. Las órdenes del director de la policía municipal, Émile Hennequin, estipulan que las detenciones debían hacerse “con la máxima rapidez, sin palabras inútiles y sin ningún comentario”. La redada se lleva a cabo el 16 y 17 de julio de 1942 y apunta a los judíos extranjeros y apátridas de la región parisina: se arresta a 13.152 personas, entre ellas, 4.115 niños; 4.992 personas son internadas en el campo de tránsito de Drancy (hoy Seine-Saint-Denis); 8.160 personas (1.129 hombres, 2.916 mujeres y 4.115 niños) son encerradas en el Velódromo de Invierno (hoy destruido), sobre la rue Nélaton, en el barrio de Grenelle, distrito XV de París, en condiciones inhumanas. No se previó nada: ni comida, ni colchones, ni sanitarios, ni agua. Luego de seis días, las personas son distribuidas entre los campos de Drancy, Pithiviers (Loiret) y Beaune-la-Rolande (Loiret), antes de ser deportadas principalmente al campo de exterminio de Auschwitz (Alta Silesia, Polonia). Las autoridades francesas incluyeron a los niños con el fin de compensar el magro resultado de la redada, que inicialmente debía afectar a 22.000 personas. [N. del RC.]

5 Inmigración a Israel.

A nuestros nietos.

Que el libre albedrío y el espíritu crítico guíen vuestro presente y vuestro futuro.

Que la armonía y el entendimiento entre los pueblos haga del mundo que los espera un mundo de paz, ¡más humano que el nuestro!

Los treinta miembros de “Francia… ¿dulce Francia de nuestra infancia?”.

Advertencia al lector. Las notas al pie son de Hélène Gutkowski, salvo mención contraria: [N. de la T.] para nota de la traductora; [N. de KH.] para nota de la historiadora Katy Hazan; [N. de SK.] para nota de Serge Klarsfeld; [N. del RC.] para nota del responsable de la colección, de la Fondation pour la Mémoire de la Shoah, Paris. La edición, las biografías cronológicas, la paginación y el procesamiento de las ilustraciones también fueron realizados por este último.

Introducción

Por Hélène Gutkowski

La historia de la Shoá también se cuenta en Argentina...

Treinta memorias entrelazadas

En los dos volúmenes que componen este libro, treinta memorias se entrelazan para pintar, bajo prácticamente todas sus facetas, el siniestro fresco de lo que vivieron los judíos de Francia durante la Segunda Guerra Mundial. Somos treinta sobrevivientes que, desde la lejana Argentina donde nos hemos establecido después de la guerra o durante ella (siete de nosotros), hemos asumido el compromiso, no sin temor ni vacilación, de volver juntos a nuestro pasado. Este es un trabajo colectivo de memoria en el cual los recuerdos de uno interpelan las vivencias de los demás, donde una reminiscencia despierta otra y donde refutaciones y confirmaciones se suceden y permiten que cada uno de nosotros atestigüe acerca de lo que fueron nuestros años de infancia o de juventud en la Francia ocupada.

¿Treinta nuevos testimonios? ¿Acaso no basta con lo ya recabado? ¿Acaso no se han producido suficientes películas, escrito suficientes ensayos y tesis, análisis históricos e incluso poemas sobre este inconcebible descarrío de la humanidad que fue la Shoá?

¿Por qué un nuevo libro?

En primer lugar, porque pronto ya no será posible recurrir a las fuentes primeras. El tiempo se acorta de manera inexorable. Nosotros, los treinta miembros del grupo “Francia… ¿dulce Francia de nuestra infancia?”1 nacimos entre 1910 y 1942, lo cual nos sitúa entre las últimas personas que pueden narrar la guerra en primera persona.

En segundo lugar, porque este libro ha sido pensado y escrito desde un ángulo particular; a saber, la Argentina, el país que nos acogió después de la guerra, un país ubicado lejos del teatro de las hostilidades y que se proclamó neutro hasta el día anterior a la rendición alemana…, aunque cabría detenerse sobre las nociones de “acoger” y “neutro”, dos términos un tanto ambiguos dentro del contexto argentino de aquel entonces.

La Shoá: millones de víctimas, algo nunca visto, algo inconcebible, lo inenarrable… ¿Cómo contar lo que nadie estaba preparado para creer? La mayoría de los sobrevivientes debió esperar decenas de años para juntar coraje, hacer caso omiso a la incredulidad de los bienpensantes y animarse a traer al presente esa vida fuera de la vida en la cual el nazismo los había sumido, para atreverse a hablar de la errancia, las pérdidas irreparables, las delaciones, el hambre y la falta de higiene, el deterioro —tanto físico como moral— al que una parte de la humanidad los había reducido. ¡Mis amigos-testigos y yo debimos esperar sesenta y tres años para aceptar dar testimonio! Y acaso jamás habríamos tenido la ocasión ni la disposición para volver sobre nuestro pasado si primero no se hubiera creado la asociación Generaciones de la Shoá en Argentina y, antes de ella, el grupo Los Niños Escondidos.

Génesis de nuestro grupo de memoria

En 1997, se constituyó en Buenos Aires, de manera informal, la asociación Los Niños Escondidos, con el objeto de convocar a los sobrevivientes radicados en Argentina que eran niños durante la Shoá e invitarlos a reunirse regularmente. Nos proponíamos crear un espacio en el cual evocar entre pares nuestras vivencias de la guerra y apoyarnos mutuamente, para luego trabajar en aras de la transmisión del aprendizaje dejado por la persecución nazi.

Unos años más tarde, en 2004, por solicitud de otros sobrevivientes, el grupo Los Niños Escondidos se abrió a las otras categorías de víctimas de la Shoá, así como a los hijos de sobrevivientes —los “segunda generación”—, y se transformó, con el nombre de Generaciones de la Shoá en Argentina, en una institución oficial que hoy cuenta con unos cien miembros, oriundos de alrededor de doce países distintos. Entre esos cien adherentes, éramos quince los que habíamos sobrevivido a la guerra en Francia: once franceses y cuatro belgas.

Considerando que la decisión nazi de exterminar a todo un pueblo no puede en ningún caso ser entendida como un accidente de la historia, entendemos que es vital que las jóvenes generaciones tomen conciencia del peligro que representa toda ideología fundada en una superioridad de cualquier índole. Esta es la misión de Generaciones de la Shoá en Argentina, que trabaja sobre la transmisión de la Shoá y su enseñanza a todo nivel. Nuestro objetivo es que el aprendizaje de la Shoá que preconizamos —una “pedagogía positiva”, que ponga el acento en el espíritu crítico y la aceptación del otro como un igual— sea incorporado a la currícula de las escuelas públicas y privadas de Argentina y de América Latina.2

En 2006, la Embajada de Francia en Argentina nos informó que se iba a rendir homenaje a los judíos del país que habían sobrevivido a la Shoá en Francia, fueran estos franceses o no, así como a los franceses que habían contribuido a su salvación.

Como francesa y miembro de Generaciones de la Shoá, fui invitada por el Sr. De Canson, entonces primer secretario de la embajada, a colaborar en la organización de ese evento y, en particular, a convocar a todos los posibles sobrevivientes de Francia establecidos en Argentina. La investigación que hice en ese sentido me llevó a contabilizar a cuarenta y cinco personas que habían vivido en Francia durante la guerra: los quince miembros de Generaciones de la Shoá y otros treinta sobrevivientes que, siendo hijos de padres perseguidos, jóvenes resistentes o deportados, o estando ellos mismos acorralados, habían vivido bajo una identidad falsa, escondidos, la mayoría de ellos en círculos cristianos, y habían escapado de las garras nazis gracias a la solidaridad de uno o varios ciudadanos franceses.

Se organizaron varias reuniones a fin de estrechar lazos entre esos treinta sobrevivientes recientemente conocidos y mis otros quince amigos. Treinta historias nuevas salieron a la luz, distintas y a su vez semejantes a las quince que ya conocíamos: historias fuertes, la mayoría de ellas dramáticas, a veces impactantes, otras veces increíbles, a veces maravillosas.

Esos encuentros dieron lugar a momentos muy emotivos. Nos conocíamos desde hacía muy poco tiempo, habíamos vivido experiencias a menudo diferentes (si bien provocadas por una coyuntura común), pero nuestra historia, curiosamente, nos unía más allá de nuestras individualidades y permitía que cada uno de nosotros se reconociera en el otro.

Con cada informe que le presentaba al Sr. De Canson sobre esas reuniones, no podía evitar comentarle ciertas experiencias que me habían sido reveladas. ¡Me resultaba tan increíble descubrir aquí, en Buenos Aires, todos esos aspectos de la guerra que aún me eran desconocidos! Y el Sr. De Canson, incansablemente, me sugería: “Hay que registrar todo eso, Hélène, hay que hacer un trabajo sobre el tema…”.

Era fácil adivinar en qué estaba pensando el Sr. De Canson, pero yo sabía que embarcarme en un proyecto de semejante envergadura me tomaría varios años y que, habida cuenta de la edad de los intervinientes y la mía, sería una difícil carrera contrarreloj.

No obstante, no pude sustraerme ni al insistente entusiasmo del Sr. De Canson ni a mi conciencia.

De los cuarenta y cinco sobrevivientes de Francia que asistieron al homenaje de la embajada, sólo veintinueve aceptaron acompañarme en esta aventura de la memoria. Son esos veintinueve recorridos, más el mío, los que nos permitieron “reconstruir” las condiciones en las cuales vivieron los judíos de Francia bajo la Ocupación y, en lo que a mí respecta, recuperar algunos fragmentos de mi historia.

Porque, por más increíble que parezca, en esas treinta historias narradas en primera persona, en Argentina, se hallan condensados, en un sorprendente microcosmos representativo, casi todos los hechos que marcaron la historia de Francia desde los años inmediatamente anteriores a la guerra hasta el fin de esta.

– El país de la Revolución y los derechos humanos, Francia, tan admirada, abriendo sus puertas en los años 1920/1930 a los inmigrantes de los países de Europa del Este…

– La invasión alemana, los comienzos de la política discriminatoria, la partición de Francia y enseguida el censo, los dos estatutos de los judíos, la arianización, las expoliaciones, las tarjetas de abastecimiento…

– El Éxodo y, para unas pocas familias adineradas, el paso de la frontera suiza o española, antes de que sea demasiado tarde…

– La “Revolución Nacional”, luego la Colaboración y sus esbirros…

– Las convocatorias, la redada conocida como la “del billete verde”,3 la redada del “Vél’ d’Hiv’” y tantas otras…

– Los campos de internación y de tránsito: Drancy, Beaune-la-Rolande, Pithiviers, Rivesaltes y Barcarès, Gurs, Compiègne…

– Los campos de trabajos forzados, Montech y otros…

– La deportación de seres queridos y, para dos de los miembros del grupo, el campo de exterminio…

– La fuga, azarosa, hacia la zona llamada “libre”, los refugios, las rutas del “escondite”, las separaciones y los “abandonos”…

– Para algunos de los mayores del grupo, el alistamiento en la Resistencia o en movimientos clandestinos de salvataje de niños. El trabajo subterráneo de la Obra de Socorro a los Niños4 y otras organizaciones, judías y no judías, las casas de niños, los pueblos-refugio, el circuito Garel…5

– Y finalmente los años de posguerra y, para casi todos, el silencio y la difícil “reconstrucción” personal, en Francia primero, luego, en nuestro caso, en Argentina.

Una sumatoria de memorias multiplica la posibilidad del recuerdo y la reflexión. Teniendo en cuenta esa hipótesis inicial, privilegiamos el testimonio grupal sobre la entrevista individual. Las encuestas llevadas a cabo mediante entrevistas colectivas donde cada testimonio interpela al otro favorecen, en efecto, la confrontación de las reminiscencias, su aprobación o su revisión. Los recuerdos así reunidos, comparados cuando resulta necesario con los documentos existentes, permiten una reconstrucción de los acontecimientos que responde a la fiabilidad que toda investigación histórica debe brindar. El panorama de la ocupación alemana en Francia que ofrecemos a través de nuestras treinta memorias entrelazadas responde a esa exigencia y aspira a ser incorporada a los archivos de la historia de la Ocupación de Francia.

Esta suma de memorias será editada en dos volúmenes.

El primer volumen se inicia situando a la comunidad judía de Argentina en su contexto: tras una rápida síntesis histórica, explicamos el fenómeno político-económico que incitó a los gobiernos argentinos de la segunda parte del siglo xix a invitar a “toda persona de buena voluntad” a instalarse en su suelo, y a los judíos de Rusia, aterrados por los pogromos, a responder a aquella “invitación” y a emigrar hacia ese país prácticamente ignoto. La historia de la comunidad judía en Argentina merece ser conocida, tanto por el extraordinario fenómeno de la colonización agrícola como por su desarrollo comunitario urbano.

Los otros nueve capítulos del primer volumen corresponden a los testimonios de los sobrevivientes que yo conocía desde la creación de la asociación Los Niños Escondidos. Son historias densas, difíciles, dolorosas, distintas unas de otras, pero todas me atraparon a punto tal que las siento como propias.

El segundo volumen incluirá los testimonios de la mayoría de las personas que se incorporaron a nuestro grupo tras el acto que tuvo lugar en la embajada; historias reveladoras, la mayoría de ellas, de facetas que aún no habíamos abordado: por ejemplo, el campo de Gurs, pues el más joven de los miembros de “Francia… ¿dulce Francia de nuestra infancia?” nació allí y allí pasó sus dos primeros años de vida.

Varios testimonios de ese segundo volumen, por otra parte, versan sobre la vida de los refugiados en el sur de Francia, principalmente en Niza. Tres de ellos nos hacen descubrir la gesta projudía de los soldados italianos de la zona italiana. Magnífica epopeya que por desgracia no siempre tuvo éxito.

La última parte de ese segundo volumen dará testimonio de la vida de los miembros nacidos entre 1938 y 1942. Nuestra memoria, la de los más jóvenes del grupo, tiene poco cuerpo; sólo hemos conservado, más o menos marcado, el dolor de haber sido “abandonados por nuestros padres” y de haber sufrido, de la noche a la mañana, una transformación radical de nuestra existencia. A todos nos ha atormentado el haber tenido que mentir sobre nuestra identidad y el encontrarnos, después de la guerra, con escasos lazos familiares o ninguno. Hay blancos en nuestra memoria, pocos puntos de referencia, sentimientos ambiguos… ¡Un vacío de vida! Pero si nuestra memoria sólo está compuesta de algunos jirones, escuchar la vivencia de los otros, a veces, nos ha permitido recobrar un detalle, confirmar una duda, “reconstruir” en parte una etapa de nuestra experiencia.

Tal es mi caso. Demasiado joven en el momento de la guerra para comprender lo que sucedía a mi alrededor, atormentada desde hace años por los agujeros negros de mi pasado, busco, a través de las experiencias relatadas por mis pares, confirmar los pocos elementos reunidos cuando todavía estaba a tiempo de hacerlo y reparar los vacíos de mi memoria.

Todos los capítulos son construidos en torno al eje de vida de alguno de mis amigos-testigos. La narración de cada uno de ellos, al despertar muy a menudo, en los otros, recuerdos olvidados hace mucho tiempo, provoca el surgimiento de preguntas y reflexiones que, a su vez, en un proceso alucinante de rebotes de la memoria, generan en unos y otros nuevos recuerdos.

En cada testimonio, hemos concedido un lugar de honor a las actitudes y acciones de las personas e instituciones que nos han ayudado durante la guerra y gracias a las cuales hemos sobrevivido, pues creemos firmemente que esos comportamientos han de ser los pilares de una nueva enseñanza que haga hincapié en el desarrollo de una conciencia crítica y, asimismo, en la elaboración de una pedagogía positiva.

1 Actualmente, en 2018, tenemos entre 76 y 94 años. Estela Brawerman, nuestra compañera de más edad, quien nos dejó en 2013, ¡tenía 103 años!

2 Nuestros adherentes ofrecen su testimonio en escuelas y otras instituciones. Distribuimos gratis, principalmente en las escuelas, nuestra publicación anual: Los Cuadernos de la Shoá. Asimismo, trabajamos desde hace nueve años en torno a un nuevo método de transmisión al que hemos denominado Proyecto Aprendiz.

3 El “billete verde” es una “invitación” enviada a los judíos para que se presenten en lugares de reunión controlados por la policía francesa para “examen de situación”. Así, sobre 6.494 judíos convocados, se retiene y arresta a 3.747 judíos considerados extranjeros, quienes son enviados a los campos de Pithiviers y Beaune-la-Rolande, en el departamento de Loiret, y deportados en junio de 1942 a Auschwitz. Véase David Diamant, Le Billet vert: la vie et la Résistance à Pithiviers et Beaune-la-Rolande, camps pour juifs, camps pour chrétiens, camps pour patriotes, prefacios de Marcel Paul y Olga Wormser-Migot, posfacio de Henry Bulawko, París, Éditions Renouveau, 1977. Léase en el presente volumen el testimonio de Micheline Wolanowski-Papiernik. [N. del RC.]

4 La ose fue una organización de ayuda mutua de la comunidad judía fundada en San Petersburgo en 1912, cuando las poblaciones judías del Imperio zarista padecían repetidos pogromos (motines acompañados de saqueo y muerte). Desde su origen, su acción quiso ser educativa, médica y social. Distribuía alimentos, administraba dispensarios y ubicaba a los niños huérfanos. Financieramente, fue asistida en gran medida por el Joint (véase p. 528, n. 329). Bajo la Ocupación, su acción fue determinante para la supervivencia de los niños judíos. En junio de 1940, ante la proximidad de las tropas alemanas, los dirigentes de la ose deciden evacuar a los niños hacia el sur de Francia, a las regiones de Creuse, Haute-Vienne y Var, con la creación de catorce casas de niños. En 1942, la ose es integrada a un organismo oficial, la Unión General de los Israelitas de Francia (ugif), creada por Vichy ante la presión de los nazis, con el fin de reagrupar en una única organización las obras judías de ayuda y asistencia, y a la cual deben adherir sus miembros a título individual. Ergo, la ose continúa su trabajo, ahora a cara descubierta, pese a todas las dificultades y las medidas represivas que se multiplican. Pero, frente al peligro y desde finales de 1942, la ose inicia también una labor clandestina de protección de niños, tratando de ubicarlos en familias adoptivas bajo nombres falsos. Consigue así salvar a más de cinco mil niños y a hacer que emigren algunos hacia Suiza, España e incluso Estados Unidos. En tiempos de la Liberación, la ose recoge a más de dos mil niños huérfanos, 426 de ellos provenientes del campo de Buchenwald.

5 Sobre el circuito Garel, véanse p. 299, n. 197 y n. 199.

1

Presencia judía en Argentina:

orígenes y colonización rural

Fue en Argentina, ese país alejado del Viejo Continente y que los europeos aún conocen poco y mal, que nos hemos establecido los treinta sobrevivientes judíos que conformamos el grupo “Francia… ¿dulce Francia de nuestra infancia?”.1

Seis de nosotros lograron ingresar al país entre 1941 y 1943, pero la mayoría sólo pudo hacerlo después de la guerra: veintitrés llegaron entre 1946 y 1955, y la última, en 1961.

Aquí nos “hemos reconstruido” esos treinta niños o jóvenes que éramos cuando inmigramos. Aquí edificamos una nueva vida. Aquí creamos una familia. En 2006, 61 años después del fin de la guerra, nos hemos buscado, nos hemos encontrado y, dos años más tarde, nos hemos comprometido a reunirnos para evocar nuestras vivencias de niños y adolescentes en el período que va de 1938 a 1950, a compartir lo que nos tocó vivir en aquella Francia ocupada por los nazis y a trabajar por la reconstrucción de nuestros respectivos derroteros.

Agregar nuevos elementos —¡nuevas pruebas!— al inacabable archivo de la persecución nazi contra los judíos fue nuestra consigna. También lo fue el poder enriquecer con nuevos casos el ya largo listado de Justos y salvadores franceses, hombres y mujeres que “sólo hicieron lo que su conciencia les reclamaba” para que el altruismo y el coraje de todos ellos fueran difundidos, reconocidos y enseñados, lo mismo que el silencio cómplice de barrios o pueblos enteros, pues fueron esa nobleza y esa valentía las que posibilitaron, entre miles de otros casos de salvación, que nosotros estemos hoy aquí, escribiendo este libro.

Judíos en Argentina. ¿Una presencia posible?

Hasta finales del siglo xv, parece no haber llegado nunca ningún judío a estas tierras que hoy conforman Argentina. En todo caso, no ha quedado ningún registro de una tal presencia. Tampoco debería haberla habido en los siglos posteriores, dado que las órdenes impartidas en 1501 por la reina Isabel la Católica a sus delegados y comisionados habían sido categóricas al respecto: “Ni moros ni judíos, ni herejes ni reconciliados, ni individuos recientemente convertidos a nuestra Santa Fe…”. ¡Ningún “impuro” podía afincarse en las nuevas posesiones de la corona española!

Esta prohibición, ratificada tiempo después por la Iglesia y luego por los sucesivos poderes temporales, permaneció vigente durante los cuatro siglos siguientes.

¿Cómo nació, entonces, la comunidad judía argentina y cómo pudo llegar a ser una de las más sólidas de la diáspora? Para comprender este fenómeno, no sólo debemos situarlo en el marco de la historia rioplatense del siglo xvii en adelante y hacer referencia a las condiciones políticas, económicas y sociales que reinaban en Europa en los siglos xix y xx, sino que también debemos remontarnos a 1492, aquel lejano año del descubrimiento de América y… ¡de la expulsión de los judíos de España!

Un nuevo continente: ¿un hogar posible?

Judíos españoles y judíos portugueses

Entre los judíos españoles que en agosto de 1492 intentaban huir de la Inquisición, fueron varios los que, bajo el disfraz de oficios tan diversos como el de remero, cartógrafo o médico, abandonaron España a bordo de las carabelas de Cristóbal Colón, desembarcando el 12 de octubre de ese año en las costas de un continente que pensaban era las Indias Occidentales, cuando en realidad habían llegado a América Central.

Otros de sus correligionarios pronto seguirían su ejemplo postulándose para puestos similares cada vez que un nuevo conquistador preparaba sus naves.

Todos ellos salvaron su vida, pero no su pertenencia al judaísmo.

Otros, en cambio, resueltos a permanecer fieles a las creencias de sus ancestros, abandonaron España para refugiarse en Portugal, donde sabían iban a ser recibidos con beneplácito por el entonces tolerante rey don Manuel II. Cinco años más tarde, sin embargo, estos judíos se vieron confrontados, nuevamente, a la obligación de renegar de su fe. Para escapar de la conversión forzada ideada por Manuel II, algunos de ellos lograron llegar al norte de Europa, radicándose unos en Inglaterra, otros en Hamburgo, y otros más en los Países Bajos.

En 1630, algunos de esos judíos, ahora holandeses, se lanzaron, junto a sus nuevos conciudadanos, a la conquista del norte de Brasil, donde sólo pudieron permanecer un cuarto de siglo, dado que los portugueses reconquistaron la región en 1654. Varios de esos fallidos conquistadores judíos volvieron entonces a Holanda, mientras que otros se dirigieron hacia el norte del continente americano, estableciéndose en lo que hoy son los Estados Unidos de América, y otros más tomaron la dirección del sur logrando penetrar en las Provincias Unidas del Río de la Plata, la futura Argentina. Parecería que esos judíos españoles, quienes por la fuerza de los acontecimientos históricos habían pasado a ser judíos portugueses, luego judíos holandeses y más tarde judíos brasileños, fueron bastante numerosos en el Río de la Plata, dado que, llamativamente, el término portugués fue en esta región, y por mucho tiempo, sinónimo de judío.

Las Provincias Unidas del Río de la Plata no serían, sin embargo, el seguro refugio que esperaban encontrar, ya que la Inquisición estaba aún muy al acecho en esa parte del mundo.2

Cansados de tantas huídas y de tanto disimulo, les quedaba una única posibilidad para escapar del largo brazo de la Inquisición: adoptar la religión católica, lo que terminaron haciendo casi todos ellos, sin jamás revelar su identidad anterior.

Sólo unos pocos de estos nuevos cristianos regresarán al judaísmo, pero varias generaciones más tarde y al riesgo de su vida.

Independencia de Argentina y libertad de culto

En 1813, la Asamblea General Constituyente promulga varias leyes que apuntan a la separación entre Argentina y España. La independencia del país, no obstante, sólo se proclamará tres años más tarde, el 9 de julio de 1816.

Cuando el 12 de octubre de 1825 el gobierno de la provincia de Buenos Aires firma la ley que confiere la libertad de culto a los protestantes, hace ya doce años que se ha decretado la abolición de la Inquisición. Cinco meses después de esa ley de libertad de culto, se crea la Comisión para la Inmigración, la cual permitirá formalizar una invitación oficial a los candidatos europeos a emigrar. Con esta, el gobierno apunta a los sajones, mayormente protestantes, y ya no sólo a quienes profesan la religión católica.

Con esas nuevas normativas, aquel año llega un primer grupo organizado de inmigrantes legales, procedente de Escocia; a este le seguirán varios otros, aumentando el número de no católicos en el país.

En 1826, Bernardino Rivadavia, electo primer presidente de las Provincias Unidas del Río de la Plata,3 ofrece la protección de la nación a todo individuo que desee radicarse en el país sin hacer mención de aquellos que profesan el judaísmo, pues si bien el país ya no depende del poder español, la tolerancia religiosa aún no es aceptada por todos los hombres políticos. Recién en 1853, se producirá el verdadero gran cambio en materia de libertad de culto.

Para los judíos, hostigados y discriminados de Europa del Este que buscan emigrar cuanto antes, la situación, pues, no es tan sencilla como para los protestantes. La década comprendida entre 1815 y 1825, en que se forja la independencia de la nación argentina, coincide con el comienzo de una necesidad imperativa de emigración de los judíos de la Confederación Germánica, y luego, de los judíos de Rusia y de Europa Central, donde la exclusión y las persecuciones se tornan cada vez más virulentas. Pero para ellos, pocas puertas parecen dispuestas a abrirse…4

Así y todo, algunos judíos ya han llegado al Río de la Plata, sin darse a conocer como tales. Son originarios, principalmente, de Alsacia y todavía están muy lejos de formar una comunidad organizada.

Presencia judía durante el período de la organización nacional: ¿inmigración espontánea o artificial?

Durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas (1835-1852), la inmigración pierde el apoyo del Estado; sólo se autoriza “la inmigración espontánea”.5

Algunos historiadores estiman que antes de 1855 sólo había ocho judíos en Argentina; otros calculan que eran dieciocho, y algún otro, 31. El inicio de la existencia judía legal en Argentina puede fecharse a partir del 11 de noviembre de 1860, día en que tuvo lugar en Buenos Aires el primer matrimonio judío, un casamiento que sólo pudo realizarse después de un sinfín de trámites para lograr que la justicia lo autorizara.

Cuando, en 1862, Bartolomé Mitre es electo primer presidente de la República, ya se registran unas pocas docenas de asquenazíes.6

Mitre le va a imprimir a su política migratoria el mismo sesgo que Rosas, ya que él también es partidario de la inmigración espontánea, lo que no impide, sin embargo, que ese año, en Buenos Aires, un grupito de judíos alsacianos funde la Sociedad Israelita, primera institución judía del país. En 1868, se convertirá en la Comunidad Israelita de la República Argentina (cira), más conocida con el nombre de su sinagoga, el Templo Libertad, construido en 1897.7

La muy modesta presencia judía aumentará después de 1870 con la llegada de varios agentes comerciales de casas inglesas y francesas, así como de joyeros y de algún que otro aventurero…

Con Domingo F. Sarmiento en la presidencia de la Nación Argentina (1868 y 1874), cambia la política migratoria del país. El nuevo presidente afirma que el drama de la nación reside en su gran extensión y su escasez de habitantes, lo que él llama “el desierto”, y que la única manera de acabar con la “barbarie” es recurriendo a la inmigración.8

Juan Bautista Alberdi9 defiende la misma teoría. No obstante, cuando en Bases y puntos de partida para la organización política de la República afirma que hay que mantener el catolicismo como religión de Estado sin excluir las demás creencias, alude únicamente a los cultos cristianos, y cuando se refiere a la mejora de la “raza argentina”, se refiere más bien a los ingleses, alemanes, sajones o nórdicos que a los judíos.

Los años que van de 1870 a 1900 marcan un cambio fundamental para la inmigración judía en Argentina. Si en 1870, la cantidad de judíos en el Río de la Plata aún no superaba los quinientos, sorprendentemente, treinta años después, Argentina se había convertido en el tercer país receptor de inmigración judía en el mundo.

Ese crecimiento excepcional se debe a dos hechos de una importancia capital que se producen en simultáneo, uno en Argentina y el otro en el este de Europa, más precisamente en Rusia, como se entenderá a continuación.

Argentina y su política de inmigración

Sobre la base de los principios de Sarmiento y Alberdi (“gobernar es poblar”), el presidente Nicolás Avellaneda (1874-1880) proclama que “hay que poblar el desierto” y orienta al país hacia una “política de puertas abiertas”.

En 1876, se vota la Ley de Inmigración y Colonización, la cual permitirá favorecer la inmigración europea mediante privilegios especiales concedidos, por un lado, a los inmigrantes y, por otro, a los terratenientes que les vendieran tierras.10

Si bien ni Alberdi ni Sarmiento mencionan directamente la inmigración judía, la citada normativa fue el disparador inmediato de la consolidación del judaísmo argentino.11

La Conquista del Desierto llevada a cabo por el general Julio Roca entre 1878 y 1879 pondrá a disposición del gobierno federal enormes extensiones de tierras al sur y al norte de los ríos Negro y Neuquén, hasta entonces bajo dominación de los indios.

Cuando el 12 de octubre de 1880 Argentina se convierte en una república unificada bajo la presidencia de aquel hombre joven y enérgico que es el general Roca, el Estado cuenta con una asombrosa cantidad de nuevas tierras vírgenes, una coyuntura ideal para lanzar el programa de población y colonización recomendado por el gobierno anterior.

En aquel momento, del otro lado del Atlántico, miles de judíos de Rusia, país donde la cuestión judía es cada vez más dramática, buscan desesperadamente un lugar adonde emigrar.

La cuestión judía en Rusia y la política argentina de “puertas abiertas”

El 13 de marzo de 1881, el zar Alejandro II es asesinado en un atentado. La aristocracia y el gobierno encuentran en ese homicidio una manera de desviar el descontento de las masas, orientando la ira popular hacia los judíos.

Cuando Alejandro III ocupa el trono, su hombre de confianza, decidido a resolver el “problema judío”, le propone la siguiente estrategia: promover la conversión de un tercio de la población judía, obligar al otro tercio a emigrar y… ¡matar a los demás! Aquel plan maquiavélico abría paso a todas las brutalidades y “legalizaba” los pogromos. Organizados por el gobierno, estos son ejecutados por el populacho. Para los judíos, se inicia un sangriento período que dura dos años: 1881 y 1882.

Los tres o cuatro millones de judíos que entonces estaban establecidos en Rusia vivían en una miseria atroz. Reducidos a las tareas más ingratas, hacía ya un siglo que eran obligados a vivir en la Zona de Residencia Forzada.

A partir del pogromo de Kherson, en Galitzia,12 que tuvo lugar menos de un mes después del asesinato de Alejandro II, se desató una ola de violencia contra los judíos en toda la región, en particular en Kiev y Odessa, y aquellos que vivían cerca de las zonas fronterizas fueron expulsados.

Unas cien comunidades judías fueron saqueadas, decenas de judíos fueron asesinados en plena calle, miles fueron reducidos a la mendicidad, mientras nuevas leyes discriminatorias —los Reglamentos Provisionales, que permanecieron vigentes hasta 1917— se promulgaron en todo el país.

El mundo judío tradicional parecía desmoronarse… La frustración orientó a parte de sus jóvenes hacia el sionismo y la resurrección nacional judía, y a otros muchos, hacia los movimientos revolucionarios.

Grandes masas de gente comenzaron a buscar la manera de abandonar Rusia. A pesar de la prohibición de vivir en las zonas limítrofes, miles de judíos se encaminaron hacia las fronteras occidentales del país, y, pese a todas las dificultades, entre seis y siete mil personas lograron reunirse en Brody (Galitzia), con la esperanza de poder emigrar.13

El pueblo judío y Argentina, en el umbral de un nuevo período de su respectiva historia. La Conferencia de Viena de 1882

Los acontecimientos que se producían en Rusia fueron rápidamente conocidos en Europa. El representante en París del organismo argentino para la inmigración entró en contacto con personas influyentes en San Petersburgo, con el objeto de orientar hacia Argentina una parte de los judíos rusos que pretendían emigrar.

En agosto de 1882, trece representantes de organizaciones judías europeas se reunieron en Viena para encontrar una solución a la situación de los 6.363 refugiados concentrados en Brody. Considerando que la emigración era la única posibilidad de salvar a los judíos de Rusia, la Alianza Israelita Universal (aiu)14 se comprometió a ayudar a las primeras familias resueltas a partir.

En Argentina, se hacían oír varias críticas en cuanto a la conveniencia de dejar entrar a judíos en el país, pero el gobierno no se retractó y les abrió las puertas. Ese hecho resulta tanto más llamativo y loable cuanto que, justo en esa época, las organizaciones y la prensa judías de Estados Unidos se oponían a que prosiguiera la inmigración a gran escala a su país, un fenómeno inquietante que se repetía en Inglaterra y en Francia. Los judíos establecidos de larga data en esos países europeos temían, al igual que sus correligionarios americanos, que una excesiva cantidad de inmigrantes judíos de Rusia pusiera en peligro la emancipación que con tanta dificultad habían obtenido.

En tales circunstancias, Argentina parecía ser el único país —pese a varias voces discordantes— dispuesto a recibir a los judíos que intentaban escapar de las persecuciones.

La colonización rural

Los inicios de la inmigración judía organizada hacia Argentina

El engranaje de la inmigración recién comienza a funcionar de veras a partir de 1886, cuando Argentina decide ayudar económicamente a los futuros inmigrantes, sea cual fuere su origen.

Durante algunos años, las condiciones favorables brindadas y sobre todo los pasajes de barco absolutamente gratuitos dieron un ímpetu sensacional a la inmigración en general y a la inmigración judía en particular.

Que un país desconocido para la mayoría de los europeos ofreciera el viaje sin cargo a las personas deseosas de asentarse allí para trabajar la tierra, inclusive a los judíos, ¿acaso no era un espejismo?

¡No lo era!

Convención de Katowice

En 1884, un grupo de 120 familias oriundas de Podolia que habían conseguido llegar hasta Brody se había organizado con el fin de encontrar un destino a donde emigrar.

Sus delegados, reunidos en Katowice, seleccionaron tres posibles lugares: Palestina, África y Estados Unidos; la opción preferida fue Palestina. Argentina aún no aparecía como una alternativa posible.

Tres de los delegados se ocuparon de contactar a los dirigentes del judaísmo francés, con la expectativa de que pudieran ayudarlos a encontrar el modo de emigrar a Palestina, país que entonces se hallaba bajo la autoridad del Imperio otomano, el cual prohibía la entrada a los judíos.

Luego de varias semanas de trámites infructuosos, los delegados de Podolia perdieron las esperanzas de poder establecerse en Eretz Israel.15 En cambio, su estadía en París les había permitido enterarse de que un país desconocido de América del Sur, Argentina, había abierto sus puertas a los judíos de Rusia.

Eliezer Kaufman, jefe de los delegados, logró que le presentaran al gran rabino de Francia, que a su vez le presentó a los directivos de la aiu. De autoridad en autoridad, Kaufman tuvo una entrevista con el Dr. Lamas, director de la oficina que Argentina acababa de abrir en París para promover la inmigración, y luego con J. Frank, agente comercial argentino. Frank, que asimismo era el representante del terrateniente Rafael Hernández,16 le comunicó a Kaufman que este último tenía la intención de vender a los potenciales inmigrantes de Rusia una serie de parcelas de su estancia, la Nueva Plata, situada a unos 60 kilómetros al sur de Buenos Aires.

Así pues, Kaufman firmó un acuerdo con Frank mediante el cual Hernández le vendía tierras para las 120 familias que él representaba. Tal como estipulaba la Comisión de Colonización, Hernández se comprometía a pagar una parte de los gastos del viaje de esos aspirantes a colonos y a proporcionarle a cada familia un terreno, una residencia temporaria, herramientas y animales, así como alimentos hasta que pudieran vivir de sus propias cosechas.

Los judíos del Weser: primeros tiempos en Argentina

El grupo de Podolia comenzó a prepararse. Así resume Haim Avni su epopeya: “Gracias a la ayuda de la Alianza Israelita Universal y de Sigmund Samuel, un rico comerciante de Berlín, los más de ochocientos aspirantes a colonos de Kamenetz pudieron finalmente, después de muchos impedimentos, embarcarse en el navío Weser, el cual, el 14 de agosto de 1889, tras 35 días de travesía y un año después de que el grupo hubiera comprado sus tierras, llegó al puerto de Buenos Aires con sus 826 pasajeros judíos”.17 Era la primera vez que desembarcaba en Argentina un grupo organizado de judíos.

Con su rabino, sus Rollos de la Ley y su respeto por las tradiciones, los recién llegados formaban una auténtica congregación, mucho más organizada que los 1.500 judíos que entonces vivían en Buenos Aires.

Esos 826 judíos de Podolia iban a constituir la base de la colonización agraria judía en las provincias de Entre Ríos y Santa Fe, bastiones de lo que durante mucho tiempo se llamó, aunque de manera errónea, un “crisol de razas”.

Entre 1881 y 1888, la cantidad de extranjeros de toda procedencia llegados a Argentina aumentó de forma tal que, lamentablemente, las autoridades decidieron frenar por completo la emisión de pasajes gratuitos y el otorgamiento de subvenciones a los aspirantes.

Los comienzos de la inmigración judía en Argentina se sitúan justo en aquel momento, en 1889, cuando ya no pueden contar con pasajes brindados por el gobierno argentino y, en simultáneo, comienza a brotar por todo el país una inquietante agitación social provocada por la falta de vivienda, las malas condiciones laborales y los elevados precios de los productos alimentarios.

El período propicio para la inmigración judía parece haber quedado muy atrás…

¿Sería esa la razón por la cual la Dirección General de Inmigración tardó tanto en concederles la autorización de desembarco a los judíos del Weser? ¿O acaso fue por sus largas barbas, sus extrañas ropas y sus peot,18 que deben de haber causado una extraña impresión en las autoridades portuarias?

Numerosos escollos hicieron de esos primeros días en suelo argentino una amarga experiencia para los podolianos, pero lo más grave e incomprensible fue que las tierras que habían comprado ya no estaban disponibles. ¡Hernández se había retractado!

¡Esto significaba que su magra fortuna había sido invertida en tierras que ya no les pertenecían! ¡Lo habían perdido todo!

Los judíos de Buenos Aires se acercan a ellos para ayudarlos y les ofrecen los servicios del abogado de la colectividad, el Dr. Pedro Palacios, quien enseguida se muestra interesado por la posibilidad de venderles una parte de las tierras que posee a 650 kilómetros de Buenos Aires, en la provincia de Santa Fe, región donde se está construyendo la línea de ferrocarril Buenos Aires-Tucumán. La última estación de esa línea, en construcción ella también, se encuentra precisamente en las tierras del abogado y lleva el nombre de la familia, Palacios.

Los podolianos aceptan ese nuevo contrato y compran las tierras que les ofrece Palacios a 40 pesos la hectárea, cuando en la región ¡el precio ronda los cinco o diez pesos!

Y he aquí que la historia se repite: llegan al lugar y no hay nadie para conducirlos hasta sus tierras, como se les había prometido. ¡Palacios tampoco cumplió con su compromiso!

Los judíos del Weser pronto se hallan en la más aguda indigencia. “Debieron instalarse en galpones del ferrocarril, en vagones abandonados, algunos en carpas de lona, otros en madrigueras. Aquellos judíos deambulaban entre los pastizales, sin comida suficiente, sin trabajo, sin higiene… Si hasta se nutrían de raíces, agrega Fanny.”19

Sometidos a lo largo de cuatro meses a las inclemencias del tiempo, sin ropas adecuadas, sin alimentos, sin suministro de agua, en aquella región deshabitada, su resistencia no puede sino sorprender. Pero no todos resistirán. Las condiciones son cada vez más deplorables. No hay intimidad posible, tienen hambre, desfallecen, varios mueren…

En esa pampa donde el horizonte se pierde y parece ya no existir de tan lejos que se lo percibe, la felicidad de haber podido huir de Rusia se desvanece a medida que transcurren los días.

Reducidos a la miseria, ¿a quién mendigarle si no hay nadie alrededor? Los únicos seres humanos que conocen son los obreros que trabajan en el ferrocarril y que les traen pan y galletas cada vez que pueden.

El destino se empecina con el grupo de Podolia: 62 niños mueren de una epidemia y deben ser enterrados dentro de bidones de kerosene, a falta de otro material apto para fabricar ataúdes…

El Dr. Wilhelm Loewenthal

El proyecto de inmigración rural está a punto de naufragar cuando se produce el milagro que permitirá a los judíos del Weser sobrevivir y a la colonización agraria judía de realmente iniciarse.

El Dr. Loewenthal, bacteriólogo francés que había sido invitado por el ministro de Asuntos Exteriores de Argentina a realizar una investigación sobre el estado de salud de la población, estaba viajando en tren de Buenos Aires hacia Tucumán, cuando, en el andén de una estación perdida en medio de la infinita llanura verde, ve a gente harapienta y distingue, en la cacofonía de sus ruegos, sonoridades que le son familiares, ¡palabras en ídish! Menuda sorpresa se lleva el hombre, pero enseguida ata cabos: ¿no le había recomendado la aiu que una vez llegado a Argentina averiguara qué había sido del grupo del Weser, del cual nadie tenía noticias en Francia? ¡Pues allí estaba el grupo del Weser, en el andén de la estación Palacios!

Loewenthal desanda inmediatamente el camino, vuelve a Buenos Aires y pide una audiencia con el canciller argentino, quien conmina al Dr. Palacios a cumplir con sus promesas. Herido en su amor propio, Palacios acude sin demora a sus tierras para organizar el transporte de las cincuenta o sesenta familias que aún se encuentran en sus tierras.




Los podolianos en sus tierras: Moisés Ville

He aquí a aquellos pioneros de la colonización agrícola judía en Argentina, por fin en sus “dominios”: ¡tierras yermas, llenas de arbustos impenetrables, suelos donde la mano del hombre jamás aún ha plantado algo!

Grande, sin embargo, es la emoción. ¡Esas tierras son suyas, les pertenecen!

Conmovido hasta lo más hondo de su ser, el rabino que los acompaña, Aron Goldman, compara al grupo de los podolianos con los judíos salidos de Egipto, y el hogar que están fundando será bautizado con el nombre del libertador bíblico, Kiriat Moshé, ¡la ciudad de Moisés, Moisés Ville! ¡Una “ciudad judía” en Argentina!

Los primeros tiempos de esos judíos en Argentina fueron marcados por un sinnúmero de adversidades. Las condiciones de vida eran de lo más primitivas: escaseaba el combustible, los animales merodeaban. Y como si el destino quisiera ponerlos a prueba, períodos de sequía sucedieron a años de inundaciones; luego los cielos fueron invadidos por nubes de langostas, plaga bíblica que devora las cosechas y hasta las cortinas y la ropa en los armarios. Y la muerte… cuarenta personas perecieron por causa de la desnutrición.


No sólo les fue adversa la naturaleza, sino también la convivencia con los gauchos. La mentalidad de aquellos “hombres de a caballo” sólo podía resultarles incomprensible a los colonos judíos. En aquella época, el gaucho todavía era un ser solitario, sin domicilio fijo; el hombre de los grandes espacios, que no tenía obligación ni para con un patrón ni para con una mujer; un hombre cuyo único bien era su caballo, y cuya única práctica religiosa consistía en encenderle una vela al santo protector que desde la pared de su rancho tal vez le concedería el favor que le solicitaba. Los gauchos más bien creían en las almas del purgatorio. En sus fantasías, la llegada de aquellos forasteros barbudos no podía ser más que una amenaza para su modo de vida, de allí su desconfianza y su agresividad en los primeros años. Para unos y para otros, convivir fue un aprendizaje difícil.


Como triste efecto de ese choque de culturas, varios asesinatos añadieron su dramática nota a las dificultades de los primeros tiempos…

Allí en el cementerio de Basavilbaso, donde la brisa parece querer borrar todo dolor, me detengo frente a una gran piedra tumbal. Nunca antes había visto una lápida tan grande. Cuadrada, fría y descarnada, cubre los restos de una familia entera… Entre las tumbas cubiertas de citas en letras hebraicas ya buriladas por el viento, va caminando una anciana que todavía recuerda los alevosos hechos y mientras limpia las lápidas de aquellos judíos que la criaron y a quienes amó, cuenta al visitante la historia de quienes forjaron las colonias entrerrianas y también la de esta familia que había huido de Rusia temiendo los pogromos sólo para encontrar la muerte en suelo entrerriano, víctima del desconocimiento y de la desconfianza de unos pobres nativos.

Por encima de la sencilla pared de piedra que rodea al camposanto, apabullan la lontananza y los verdes pastizales, las vacas por miles, los sauces llorones y los eucaliptos del buen aire.20

Por las colonias, corre la voz… ¡Matan a los judíos!

¿Otra vez la persecución?

¡No! El contexto de esos hechos trágicos es absolutamente distinto pero no por eso menos dramático.

Mientras en Rusia el odio a los judíos provenía de siglos de intolerancia religiosa y de supuestas diferencias raciales, los asesinatos perpetrados por los gauchos no fueron motivados ni por la religión, ni por la raza, ni por las costumbres, sino por el miedo de verse desposeídos de las tierras que sentían como propias y donde, cuando lo creían necesario para su supervivencia, hallaban un trabajo temporario.

A medida que pasaron los años, los gauchos comprendieron que los judíos no eran sus enemigos, que aquellos barbudos les daban empleo y, la mayoría de las veces, también techo y comida. Poco a poco, una franca amistad reemplazó la desconfianza, y el gaucho llegó a enseñarle al judío los secretos de la naturaleza y hasta a manipular el facón.21

Los pogromos, el “desierto” argentino y un hombre que coloca su fortuna al servicio del salvataje de los judíos de Europa

La colectividad judía de Argentina no sería lo que es hoy si a la decisión del gobierno argentino de abrir las puertas del país a todos los hombres de buena voluntad no se hubiera sumado la decisión de un hombre, el barón Hirsch, quien tras la muerte de su hijo resolvió destinar su fortuna a mejorar la vida de los judíos pobres y perseguidos de Europa del Este y del Cercano Oriente. “He perdido a mi hijo, pero no a mi heredero —escribió—. El pueblo judío y la humanidad recibirán mi herencia.”22

En Le Moïse des Amériques,23 Dominique Frischer afirma que el barón Hirsch creía “en la regeneración de sus correligionarios por medio de la instrucción y el trabajo de la tierra en el Nuevo Mundo. En la coyuntura en la que vivían, la herramienta primordial, a su modo de ver, era poner tierras a su disposición para que pudieran trabajarlas”.

Tan pronto como regresó a París, el Dr. Loewenthal presentó un memorándum a las autoridades de la aiu, describiendo la situación desesperada del grupo de Podolia y el proyecto que había esbozado para la creación de una empresa de colonización agraria en Argentina, a fin de asegurar el futuro de los judíos de Rusia.

La aiu asumió el deber de prestar su concurso a la realización del proyecto y transmitió dicho memorándum al barón Hirsch. Este, “indignado por las condiciones de vida de los judíos de Europa Central, que había podido observar durante la implantación de la red ferroviaria Viena-Constantinopla, se propuso, a partir de la iniciativa de Loewenthal, hacer emigrar a tres millones de personas de Rusia hacia Argentina, Brasil, Uruguay, Canadá y América del Norte”.24 Aquella empresa debía transformar en colonos a la mayor cantidad posible de judíos de Rusia y, así, demostrar al mundo que el hombre judío podía adaptarse a “trabajos nobles”, y no sólo vivir de la usura y el comercio.

La Jewish Colonisation Association (jca) y la colonización agraria judía en Argentina

La jca, uno de los organismos filantrópicos judíos más destacados de nuestra historia, fue constituida en agosto de 1891. Contrariamente a los organismos colonizadores que ya existían en Argentina, su meta no era hacer fructificar los enormes capitales que iba a invertir en la colonización rural, sino establecer en Argentina un núcleo sólido de agricultores judíos para que cada uno de ellos pudiera labrar su tierra y sacar de allí su medio de subsistencia.

Si bien distó mucho de ser perfecto, el programa del barón Hirsch fue una empresa notable, que se propuso encontrar un “asilo activo” para varios miles de judíos por año.

Los pampistas

El 15 de diciembre de 1891, llegaba al puerto de Buenos Aires el vapor Pampa. A bordo venía el segundo contingente de aspirantes a colonos judíos, oriundos, en este caso, de Odessa (Besarabia).

Al igual que los podolianos, los ochocientos pampistas se habían organizado por sí mismos y habían invertido todo lo que poseían en la preparación de su emigración a Palestina. Consiguieron llegar hasta Constantinopla, sólo para enterarse de que las puertas de Palestina permanecerían cerradas para ellos. ¿Dar marcha atrás? ¡Imposible! Su situación parecía sin salida, cuando el barón Hirsch, al tanto de esa grave situación, decidió asumir su protección pagándoles el viaje a Argentina.

Así fue como los judíos de Odessa fueron el primer grupo de futuros colonos agrícolas ayudados por la jca, la cual había sido fundada sólo cuatro meses antes.25

Cuando los pampistas llegaron a Buenos Aires, la jca aún no había tenido tiempo de adquirir las tierras que les estarían destinadas. Primero enviados a un gran hotel de turismo a unos 500 kilómetros al sur de Buenos Aires, debieron finalmente tomar un barco que remontó el Paraná y los llevó a la provincia de Entre Ríos. Unos se establecieron en Basavilbaso; los otros, en Domínguez y San Antonio.


Vuelta al trabajo de la tierra. Esperanzas y desazones

Dice Alberto Gerchunoff: “La rueda mayor giró y el grano empezó a derramarse como lluvia dorada bajo la bíblica bendición del cielo inundado de luz. [Moisés] colocó su mano, bajo la clara cascada de trigo, y así la mantuvo un largo rato. ¿Veis, hijos míos? Este trigo es nuestro… Y por sus mejillas, aradas por una larga penuria, corrieron dos lágrimas, que cayeron, con el chorro de gordo grano, en la primera bolsa de su cosecha”.26

¡Una inmigración judía rural! El concepto no es frecuente ni muy conocido, y la obra de la jca, que sin embargo se forjó en Francia, aún es ignorada por gran parte del judaísmo francés y más ignorada aún por los judíos en general.

El ambicioso programa del barón Hirsch, que esperaba que Argentina pudiera recibir entre tres y cinco mil colonos judíos por año, lamentablemente no pudo concretarse sino de manera muy limitada.

Pese a todo, la colonización agraria judía en Argentina es un fenómeno sociohistórico único en la historia judía. El hecho de haberse visto privados durante siglos del derecho a la propiedad de la tierra en la mayoría de los países donde vivían había convertido a gran parte de los judíos en habitantes urbanos, artesanos, pequeños comerciantes, gente sencilla, pero también pedagogos, médicos, abogados. Para unos como para otros, era prácticamente imposible concebir que podrían volver al trabajo agrícola, y más difícil aún imaginar que llegarían a trabajar una tierra tan distante y tan distinta del entorno judío conocido. Esta epopeya, la colonización judía agraria en Argentina, teñida del milenario ideal del retorno a la tierra bíblica, ha marcado la formación de la colectividad judeo-argentina, hoy una comunidad casi enteramente urbana, con un sello muy particular.

La obra de la jca tras la muerte del barón Hirsch

La muerte del barón Hirsch, que tuvo lugar en 1896, justo antes de la visita que su esposa y él proyectaban hacer a Argentina, marcó un punto de inflexión en la obra de la jca, que devino en una gran burocracia de estilo colonial inglés que perduró así hasta 1970.

Durante sus ochenta años de actividad, la Jewish Colonisation Association llegó a “colonizar” a cuatro mil familias, 35.000 personas en total, una cifra apreciable pero inmensamente menor a la proyección hecha por el barón, que esperaba salvar entre dos y tres millones de judíos.

En Argentina se fundaron dieciséis grupos de colonias judías, la primera en 1892 y la última en 1937.

De una extensión total de 617.500 hectáreas (6.175 kilómetros cuadrados), las colonias estaban repartidas en siete provincias; cada una de ellas estaba formada por varios grupos de “subcolonias”. A su vez, cada subcolonia estaba compuesta por “líneas” a lo largo de las cuales se ubicaban entre diez y doce casas. Allí, en esta urbanización tan peculiar, poco a poco se fue recreando la vida judía de Europa y cada colonia pronto tuvo su centro comunitario y cultural, su sinagoga, su biblioteca, su teatro, su cooperativa y su hospital, así como su o sus escuelas.

La enseñanza impartida en los colegios de las colonias no tenía nada que envidiarles ni a las escuelas públicas ni a las escuelas privadas. La formación de los docentes, entre los cuales varios eran jóvenes sefardíes con diploma de la aiu de París,27 era excelente. A la jca se le había ocurrido contratar a esos maestros porque su idioma materno, el djudeo-español o djudezmo, tan cercano al español, iba a permitirles una comunicación más fluida con la población local que la que podían tener docentes recién llegados de Rusia.


Los gauchos judíos

“El trabajo era duro, pero la vida era bella”, les dirá cualquier exgaucho judío. “La vida nos parecía muy hermosa, no me lo vas a negar, Bernardo, ensillabas tu caballo con un buen apero ¡y te sentías un príncipe!”28

El esfuerzo físico se veía compensado por una intensa vida comunitaria y por los placeres del espíritu. Celia, que vivía en la colonia Barón Günzburg, disfruta recordando las obras de teatro en ídish o en castellano que daba la compañía local. Luis, bon vivant, se sentía más atraído por “las reuniones alrededor del gramófono, en casa de uno u otro de los jóvenes de la colonia. Bailábamos, cantábamos, éramos felices…”.29

En cuanto a Bernardo, él prefería el kestel uvnt,30 una velada (uvnt) donde se charlaba sobre un tema escogido al azar entre los papelitos que previamente se habían introducido en una caja (kestel). “Me emociona recordar las infinitas inquietudes culturales que animaban a aquellos sufridos colonos, quienes, lejos de cualquier ciudad importante, se las ingeniaban para quedar conectados con la actualidad y con el pensamiento —dice Bernardo—. En cada papelito —se extraía uno al azar—, se había escrito algo: cita literaria, pregunta histórica, dilema ético, problemas morales, etc… temas todos ellos que daban lugar a reflexiones en grupo y a intensos debates. ¡Con qué pasión se debatía!”31

La llegada de los diarios se esperaba con impaciencia. Algunos colonos recibían el periódico de la capital. Otros, como el padre de Bernardo, o el de Celia, recibían Di Yiddishe Gazete desde América del Norte.32

Los primeros grupos de colonos conformaron la base de una vida judía rica en creación espiritual y cultural. Un porcentaje elevado de figuras destacadas del judaísmo argentino desciende de esos primeros inmigrantes, y la comunidad judeo-argentina reconoce en numerosos descendientes de colonos una suerte de aristocracia espiritual e intelectual.33

Los aportes de la colonización judía a la agricultura argentina

Para luchar contra los miserables precios que se les pagaba por su producción y contra el monopolio de la venta de semillas que poseían los estancieros, los colonos decidieron unirse. Así fue cómo surgieron las primeras cooperativas agrícolas de América Latina, con el objeto no sólo de mejorar las condiciones de comercialización de las cosechas, sino también de obtener mejores precios para la compra de herramientas, semillas y demás factores de producción que necesitaban. Las primeras cooperativas rurales del país nacieron a partir de las ideas del ingeniero Miguel Sajaroff en 1900 y 1904, respectivamente, en Basavilbaso y Domínguez. Más adelante, se crearon cooperativas de producción lechera, así como comisiones de arbitraje para dirimir los diferendos entre los miembros de una colonia.

Los colonos judíos fueron pioneros en la utilización de la maquinaria agrícola e introdujeron cultivos que eran poco conocidos o aún totalmente desconocidos en el país, como el girasol, plantado por primera vez en Carlos Casares, o el ajo, en Médanos, ambos en la provincia de Buenos Aires. Mejoraron la producción de otros cultivos como la alfalfa, principalmente en Moisés Ville; la cebada, en Rivera y Bernasconi; las hierbas secas, en Colonia Dora y Moisés Ville.

Las cooperativas impulsaron la industrialización de la materia prima en los lugares de producción, dando lugar a la creación de las primeras queserías, lecherías y fábricas de manteca en las provincias de Santa Fe y Entre Ríos.

Otra consecuencia de los cambios que se produjeron a partir del trabajo de los colonos judíos en la producción alimentaria fue la necesidad de medios de transporte más eficientes, para que los productos elaborados en las colonias pudieran circular entre las diferentes provincias, lo cual derivó en un mayor desarrollo del ferrocarril.

Señalemos, asimismo, que el sistema proyectado por la jca se basaba en la diversificación de la producción, en extensiones de tierra más reducidas que lo que se estilaba en Argentina. La economía mixta que introdujo, fundada en una explotación intensiva, era muy distinta del cultivo y la ganadería extensivos que el país había conocido hasta entonces.

La segunda generación de gauchos judíos

Entre los jóvenes nacidos en las colonias, numerosos fueron los que optaron por una educación secundaria y superior y se fueron a vivir a Santa Fe, Rosario, Córdoba o Buenos Aires. El fenómeno “m’hijo el dotor” representó un éxodo considerable de posibles futuros colonos, pero también una cepa particularmente interesante de nuevos miembros de las colectividades judías urbanas.

De entre los hijos de colonos que intentaron incorporarse al movimiento colonizador, muchos debieron luchar contra la falta de previsión de la jca, que no había anticipado como correspondía la segunda fase de la colonización. La infraestructura en general fue deficiente para las familias que se formaban. Los jóvenes que querían continuar en el marco de la jca prácticamente no tenían parcelas para comprar, o bien aquellas disponibles se encontraban lejos de las de sus padres, lo cual obstaculizaba la utilización de la misma maquinaria. Si la jca se hubiera preparado mejor para la segunda y tercera generación, la colonización habría podido cobrar un cariz diferente y, sobre todo, incitar y ayudar a otros judíos de Europa a venir a Argentina.

Así y todo, luego de los dramáticos años iniciales y pese a las crisis económicas que afectaron a la agricultura, la vida en las colonias judías se fue tornando poco a poco más fácil, más amable. Los colonos le tomaron cariño al país. Trabajaban la tierra o criaban animales, al tiempo que llevaban una vida profundamente judía, tanto en el plano religioso como comunitario y cultural, lo cual convertía a la suya en una sociedad muy diferente de las que se habían desarrollado en el mundo rural argentino tradicional, caracterizadas por el aislamiento social y cultural.


Las tierras eran fértiles y trabajo no faltaba. Comían a su antojo y eran libres. Podían mandar a sus hijos a la escuela y a la universidad. ¡La vida en este país era una bendición! Eso era lo que percibían los colonos y lo que les escribían a sus parientes o amigos que se habían quedado en Europa, invitándolos a abandonar el viejo continente y sus pogromos. Así fue como muchos tomaron la resolución de emigrar a su vez, en forma individual la mayoría de ellos, y con el objetivo de instalarse en las ciudades.

“La alternativa argentina” pasó incluso a ser preferida a la de Estados Unidos, ya que los controles sanitarios aquí eran menos severos y también porque los valores religiosos judíos, se decía, corrían allá serios peligros.

En Historia de los judíos argentinos, Ricardo Feierstein sostiene, con razón, que la colonización judía agraria implica un proceso transcultural sin precedentes en la historia del pueblo judío, dado que sustituyó el trabajo servil, la discriminación y las limitaciones que la vieja Europa imponía a los judíos por la cultura moderna de la libertad.

Nos es lícito preguntarnos, sin embargo, si lo de “gaucho judío”, esta hermosa expresión acuñada por Alberto Gerchunoff, se correspondía con la realidad que vivía el hombre judío en las colonias argentinas. ¿Es esta expresión, que deja entrever una conjunción perfecta entre la inmigración judía y la generosidad de la tierra argentina, realmente acertada? La respuesta de Feierstein, que compartimos, es que no es del todo atinada, pues los judíos, que siempre fueron hombres muy ligados a su familia y a la vida comunitaria, jamás habrían podido ser auténticos gauchos, hombres por definición sin apego.

Suponemos, con Feierstein, que si Gerchunoff creó esa expresión que sólo remite a una figura mítica fue para recalcar la integración del judío a la tierra argentina y a las costumbres de ese país y concluiremos, como él, que el mestizaje que se produjo en Argentina es un mestizaje cultural excepcional, que enriqueció ambas culturas, la judía y la argentina.

Lamentablemente, esa epopeya judía, tan rica en esperanzas, tan pletórica en proezas y en logros, estuvo lejos de salvar a todos los judíos de los horrores, de los pogromos primero, y luego del nazismo que pronto asfixiaría la conciencia de Europa.

1 Los puntos suspensivos y los signos de interrogación del nombre que hemos elegido para nuestro grupo intentan reflejar los sentimientos encontrados que tenemos cuando de Francia hablamos: amor, nostalgia y dolor.

2 En las Provincias Unidas del Río de la Plata, la Inquisición recién fue abolida en 1813.

3 Primer nombre oficial del país independiente.

4 Fuentes: Haim Avni, Argentina y la historia de la inmigración judía. 1810-1950, Buenos Aires, amia, 1983; Ricardo Feierstein, Historia de los judíos argentinos, Buenos Aires, Ameghino, 1999; Hélène Gutkowski, Vidas… en las colonias. Rescate de la herencia cultural, Buenos Aires, Contexto, 1991, p. 5.

5 En el caso de Argentina, la inmigración espontánea es la que se da por decisión de los propios migrantes, quienes no reciben ni incentivo ni ayuda del gobierno, mientras que la inmigración artificial es la que está alentada desde el gobierno, con leyes permisivas y hasta, a veces, con ayuda material, para paliar el déficit de población.

6 Judíos oriundos de Europa Central y Rusia.

7 Ese templo, que todavía lleva el nombre de la calle donde está situado, fue reconstruido bajo su forma actual en 1932.

8 Efectivamente, Argentina era entonces el país menos poblado de América, con un habitante cada 2 kilómetros cuadrados.

9 Autor intelectual de la Constitución Argentina promulgada en 1853.

10 Esa ley quedará vigente hasta 1946.

11 Véase Haim Avni, Argentina y la historia de la inmigración judía, op. cit.

12 Galitzia, región ubicada al sur de Polonia, fue disputada en varias oportunidades por Austria, Rusia y Polonia. En la época a la que nos referimos, pertenecía al Imperio austro-húngaro.

13 De Brody partió un gran número de judíos oriundos de la Zona de Residencia Forzada hacia Estados Unidos, Inglaterra, América del Sur y Palestina.

14 Institución francesa de educación y beneficencia, creada en 1860 por un grupo de intelectuales judíos franceses, Adolphe Crémieux y Michel Netter, entre otros.

15 En hebreo, tierra de Israel. [N. de la T.]

16 Hermano del poeta José Hernández, autor del Martín Fierro.

17 Véase Haim Avni, Argentina y la historia de la inmigración judía, op. cit.

18 Vocablo en hebreo que designa las mechas de cabello que los judíos ortodoxos se dejan crecer en las sienes.

19 Hélène Gutkowski, Vidas… en las colonias. Rescate de la herencia cultural, op. cit., p. 5.

20 Hélène Gutkowski, Vidas… en las colonias. Rescate de la herencia cultural, op. cit.

21 Puñal que el gaucho siempre lleva en la cintura.

22 Maurice de Hirsch, nacido en Alemania en 1831 en el seno de una familia de banqueros, aumentó su fortuna de manera considerable al participar en la construcción de ferrocarriles en Oriente.

23 Dominique Frischer, Le Moïse des Amériques, París, Grasset, 2002.

24 Ibid. La Jewish Colonisation Association (jca) también creó colonias en Uruguay, Brasil, Canadá y Estados Unidos, que, por distintos motivos no prosperaron.

25 La colonización agraria es una empresa que apunta a comprar tierras en un país extranjero para que quienes quieren emigrar de donde viven junto con su familia puedan instalarse allí y vivir del producto de su trabajo agrícola. Su objetivo es facilitar a los inmigrantes-trabajadores rurales, los colonos, la posibilidad de ser propietarios de la tierra labrada. En general, se propició la instalación de varias familias oriundas del mismo país en una misma localidad, para, de esta manera, formar una colonia. En Argentina, hubo colonias italianas, alemanas, rusas, suizas, judías e inclusive una colonia francesa, Pigüé, situada al sudoeste de la provincia de Buenos Aires y creada en 1884 por un grupo de 166 habitantes de Aveyron.

26 Alberto Gerchunoff, Los gauchos judíos, Buenos Aires, Aguilar, 1975. Nacido en Proskurov (Podolia), Gerchunoff era un niño de 6 años cuando su familia llegó a Argentina en 1889. Su padre fue asesinado por un gaucho unos meses después de instalarse en Moisés Ville.

27 Término que designa a los descendientes de judíos expulsados de España en 1492 y de judíos que fueron convertidos a la fuerza en Portugal en 1497. Deriva del término Sefarad, que en hebreo significa España. Aproximadamente la mitad de los judíos españoles prefirieron el exilio a la conversión. Se establecieron en varios de los países de la cuenca mediterránea y de los Balcanes, principalmente en aquellos que pertenecían entonces al Imperio otomano, donde fueron recibidos con beneplácito.

28 Hélène Gutkowski, Vidas… en las colonias. Rescate de la herencia cultural, op. cit., p. 118.

29 Ibid.

30 Velada del buzón. Véase Ibid.

31 Ibid., p. 202.

32 Ibid.

33 Ricardo Feierstein, Historia de los judíos argentinos, op. cit.

2.

Presencia judía en Argentina:

inmigración urbana

Los últimos años del siglo xix y las primeras décadas del siglo xx estuvieron marcados por innumerables movimientos migratorios. Abandonar una Europa donde la pobreza era la condena de millones y donde las crisis económicas y políticas se sucedían sin tregua era la meta para miles de italianos, españoles, suizos, rusos, alemanes, judíos, galeses, franceses y otros. Un sinnúmero de desesperanzados partió en busca de mejores horizontes.

Pero eran pocos los países dispuestos a aceptarlos.

En cuanto a puertas que se abrieran para judíos a principios del siglo xx… ¡eran menos aún! Sólo cuatro naciones estaban dispuestas a recibirlos: Gran Bretaña, Canadá, Argentina y Estados Unidos. De esas, Argentina era la más ignota y el país al cual, hasta entonces, habían llegado menos inmigrantes.

Faltaba información sobre este posible destino. Para paliar ese déficit, las autoridades argentinas abrieron oficinas en varias ciudades de Europa; lo mismo hicieron algunas organizaciones judías. Los datos que transmitían esas agencias, empero, fueron durante mucho tiempo insuficientes, y de no haber circulado más que esas referencias, es probable que pocos candidatos hubieran pensado en Argentina como un hogar posible.

La información más eficiente resultó provenir de las cartas que los candidatos a la emigración recibían de los pocos parientes o conocidos que ya estaban establecidos aquí, aunque no todas las noticias eran del mismo tenor. Algunos decían que era un país prometedor, donde lo más importante —la comida— no faltaba, pero otros hablaban de un país agrícola desprovisto de industria, donde uno se instalaba a costa de grandes dificultades, tanto en el plano laboral como en lo social o económico. Todos manifestaban, sin embargo, que, aun si distaba de ser un destino tan seductor como Estados Unidos, Argentina les posibilitaría a los judíos tener una vida más digna que en Europa.

Los primeros judíos que se radicaron en Argentina entre 1896 y 1914 eran en su mayoría oriundos de Rusia y Rumania, donde la discriminación se tornaba intolerable y los pogromos, cada vez más frecuentes, irracionales y despiadados. Luego arribaron judíos de Polonia y del Imperio austro-húngaro y, más o menos para la misma época, judíos de Marruecos, Siria, Líbano y otros países del Cercano Oriente, regiones todas estas donde la miseria no dejaba de crecer.

Si comparamos la inmigración judía que en aquella época se produjo, por un lado, a Estados Unidos y, por otro, a Argentina, veremos que se trató de dos procesos muy distintos. Emigrar al país del norte fue casi siempre una decisión individual o familiar, y los judíos que llegaban a la goldene midine1 se afincaban en las ciudades más importantes, donde no tardaban en conseguir trabajo en las usinas metalúrgicas, las fábricas y los talleres de confección.

La emigración hacia Argentina, por el contrario, fue en gran medida colectiva y en prácticamente todos los casos corrió, como lo hemos visto en el capítulo anterior, por cuenta de la Jewish Colonization Association (jca), organismo filantrópico creado con el único objetivo de dirigir a los candidatos judíos a la emigración hacia la actividad agrícola.

A finales de 1901, doce años después de la llegada del primer grupo de futuros colonos de Rusia a Argentina, se calculaba que en todas las colonias de la jca había 1.080 chacras; en vísperas de la Primera Guerra Mundial, ese número ya se había elevado a más del doble: 2.655 familias colonizadas, unas 18.900 personas.2

Sin embargo, ese incremento numérico estaba lejos de alcanzar las cifras que el barón Hirsch se había propuesto, y la política de absorción de la jca se vio incluso frenada tras su muerte, a raíz de un cambio de orientación en la política del organismo.

En 1913, en efecto, alarmadas por las proporciones que cobraba la inmigración, las autoridades de la jca decidieron reducir el ritmo de la actividad, al igual que el capital a invertir en la ayuda ofrecida a los aspirantes a transformarse en colonos, limitando la incorporación de nuevas familias a cincuenta por año para 1914, 1915 y 1916. Esa decisión, difícil de interpretar a la luz de lo que hoy sabemos sobre los acontecimientos que se producían en Europa, y se produjeron a continuación, conllevó una preocupante disminución del ritmo de desarrollo de la empresa de colonización.

¿Cómo no pensar en qué hubiera sucedido si la jca hubiera incrementado la inmigración a la Argentina y así evitado que tanta gente renunciara a emigrar, cuando por toda Europa la situación se agravaba?

Discriminación y persecuciones en Rumania

En 1897, apenas un año después de la muerte del barón Hirsch, 38.000 judíos rumanos pidieron ayuda al judaísmo internacional para huir de la discriminación y las persecuciones de su país. La visión errática que guiaba en esos años a las instituciones judías de ayuda mutua las llevó a obrar de manera totalmente opuesta a los principios mismos de su razón de ser y, ante esa dramática situación, ¡a convencer a los perseguidos de que no intentaran emigrar! Dos años después, a las inquietudes de las autoridades judías del Imperio austro-húngaro y de Rusia, que también querían incentivar la emigración de sus coterráneos hacia Argentina, la jca contestaba que no estaba en condiciones de hacerse cargo de los emigrantes espontáneos y que prefería estimular a los grupos que respondieran a los criterios necesarios para desempeñarse como trabajadores de la tierra, así como a esos otros colectivos que por su reducido tamaño pudieran adaptarse con mayor facilidad al proceso de integración en Argentina.

Uno de esos grupos estaba formado, como lo vimos en el primer capítulo, por los exalumnos de la Alianza Israelita Universal de Marruecos y Turquía, porque su lengua materna, el judeoespañol, les garantizaba una mejor adaptación al país. Esto explica la presencia de cierto número de sefardíes entre los docentes de las colonias.

Para toda esta gente, abandonar Europa ya no podía postergarse más.

¿Hacia una Argentina agrícola o urbana?

De todos los judíos que deseaban abandonar Europa del Este, está claro que sólo una minoría tenía la intención de convertirse en agricultores. Para todos los demás, aquellos que llegaron a Argentina por fuera del proyecto de colonización rural, no hubo ninguna institución equivalente a la jca, por lo menos hasta 1902: ni organización judía, ni organismo público de ayuda a los artesanos u obreros recién llegados. Los inmigrantes judíos no rurales no tuvieron más remedio que abrirse camino por sus propios medios, y la mayoría de ellos debió luchar contra enormes complicaciones.

El año 1901 signó, si no una mejora en ese sentido, al menos un cambio. El asesinato de un colono de Colonia Mauricio3 por un gaucho incitó a los miembros de la colonia a elegir a sus jornaleros ya no entre los nativos, sino entre los inmigrantes judíos recientemente llegados, por más que estos carecieran de experiencia en labores agrícolas. El ejemplo fue rápidamente imitado en las demás colonias.

Inmigrantes no colonizados:4 las dificultades de inserción

Ambas situaciones, a saber, la necesidad para los judíos rumanos de emigrar y la posibilidad que se ofrecía a los recién llegados de encontrar un empleo como trabajadores asalariados en las colonias, aparentemente se reforzaron entre sí e incitaron a la jca a intervenir en la evacuación de los judíos rumanos y rusos hacia Argentina; también hacia Canadá y Estados Unidos, aunque en menor proporción.5

Para gran parte de esos inmigrantes que no aspiraban a convertirse en trabajadores agrícolas, pero que por falta de otras posibilidades fueron dirigidos hacia las colonias, esa experiencia no fue más que una etapa intermedia, a menudo difícil, antes de poder establecerse en Buenos Aires, Rosario, Santa Fe, Tucumán o en alguna de las pequeñas ciudades que iban creciendo en los alrededores de las colonias.

Los padres de Esther Shejtman, a quienes unos paisanos6 de Moisés Ville habían convencido de emigrar a Argentina, se radicaron primero en Ceres, pequeña localidad próxima a la colonia Montefiore.7 Luego decidieron unirse a sus amigos en Moisés Ville, donde el padre de Esther, panadero, esperaba abrir una panadería, lo cual no pudo ser por ya existir tres locales de panificación en la colonia. Los Shejtman decidieron, entonces, probar suerte en San Cristóbal, otro pueblito de los alrededores. San Cristóbal era un sitio tan tranquilo, recuerda Esther, que la única distracción posible era ir a pasear hasta la estación de tren. “Dos veces por semana, a las 9 de la noche, llegaba el ‘coche motor’ de Santa Fe, y a esperarlo iban todos aquellos que no tenían nada que hacer, es decir… casi todos los parroquianos. En realidad, nadie iba a esperar a nadie… Se iba a esperar el tren, para mostrarse, para charlar… Nos llevábamos bien con todo el mundo”, también recuerda Esther. La imagen que conserva del 9 de julio de 1931 es un conmovedor reflejo de aquella buena convivencia:

Era el Día de la Independencia; nadie quería perderse los discursos ni el desfile… La columna se preparaba. A la cabeza debía ir la banda militar del municipio; seguirían los abanderados de las escuelas y de las colectividades; luego, todos los alumnos del pueblo en sus delantales blancos impecablemente almidonados. En el pecho de grandes y chicos, la escarapela celeste y blanca. Cada abanderado, con su bandera desplegada en la cima de su asta, se dirigió hacia el sitio que le había sido asignado. ¿Y el pabellón judío? ¡Benjamín no estaba! Uno de los miembros de la comisión salió como una flecha a ver qué le había pasado. ¡Benjamín se había quedado dormido! ¡Qué vergüenza! ¡Qué reto le dio el emisario que corrió a buscarlo! En un abrir y cerrar de ojos, Benjamín ya estaba en la calle bandera en alto, corriendo sin parar. Jadeando, llegó donde estaban los miembros de la comisión. Alguien vio que venían corriendo los cuatro ‘rusos’, como nos llamaban, con su bandera flameando al viento. Se dio la voz de alto y la orden de que toda la columna se diera vuelta; mientras los cuatro judíos y su bandera se iban acercando al lugar que les correspondía, todos los presentes esperaron en respetuoso silencio y cada una de las banderas de las demás colectividades saludó a su paso a la que llegaba, inclinándose como mandan las normas internacionales. Mi corazoncito se estremeció de emoción al ver mi bandera azul y blanca, con su dorada estrella de David ubicarse en el lugar asignado, y ya no pude retener mis lágrimas al ver cómo las otras insignias le rendían homenaje a esa, mi bandera, la bandera de ese minúsculo grupo de judíos, radicados en ese ignoto pueblito de las infinitas pampas argentinas.8

En los primeros años del siglo xx, la crisis provocada en el sistema de la jca por la afluencia no calculada inicialmente de tantos inmigrantes no colonizados alcanzó proporciones dramáticas. Para esos inmigrantes no se habían previsto techo ni elementos de trabajo, tampoco apoyo social, y vivir en los galpones que a veces se ponían a su disposición era retroceder a lo más primitivo.

La larga temporada de lluvias de 1904, que anuló toda posibilidad de trabajo estacional, acorraló a cincuenta familias en la hambruna, obligando al administrador de Moisés Ville a formar un comité para la instauración de una olla popular y asistencia médica gratuita.9

Entretanto, debido a los sucesos de 1905 en Europa y a la guerra ruso-japonesa, asomaba para los judíos de Rusia una nueva y urgente necesidad de emigrar. Esta vez, la elección recaía principalmente en Argentina, donde la mayoría de los candidatos rusos a la emigración ya tenía familiares. Dice Bernardo Gershanik:

Mi padre, Moisés, nació el 5 de octubre de 1874 en Rusia, en la colonia Israelovka, que luego pasaría a llamarse Iasser. Esas colonias agrarias habían sido fundadas en las fértiles tierras del sur de Rusia a fines del siglo xix por orden del zar Alejandro el Bendito para solucionar el problema judío imperante en Rusia. A la edad de 30 años, después de haber luchado en la guerra de Extremo Oriente,10 de 1901 a 1904, Moisés volvió a Iasser, se casó… y retornó a su trabajo en el campo. El pogromo de Kishinev, ocurrido en 1903, impactó terriblemente en toda la judeidad de Europa del Este. Violencia y guerra por todas partes… Y hete aquí que al poco tiempo de haber vuelto Moisés del frente, ¡estalla la guerra ruso-japonesa!

Moisés no quiso saber más de trincheras, de heridas, de luchas y de persecuciones y decidió emigrar a la República Argentina.

Llegó en 1905 en el vapor Pampa junto con mi abuela y su hijita… Fueron colonizados en la Estación Pedernal, ubicada en la provincia de Entre Ríos, Colonia Santa Isabel, departamento de Concordia, distrito Yeruá.11

Durante la temporada de cosechas de 1908-1909, doscientas familias no colonizadas llegaron a la colonia Lucienville12 con la esperanza de hallar un trabajo temporario. Mil doscientos hombres, mujeres y niños vivieron más de un año expuestos a la mayor precariedad.

El informe de la situación en la que se encontraban esos inmigrantes alarmó al director general de la oficina de París, quien ofreció la ayuda de la jca a los funcionarios argentinos, a fin de que se construyeran refugios, lo antes posible, para todas esas personas.

Todo parecía ensañarse contra aquellos pobres inmigrantes… No sólo la cosecha de aquel año fue un fracaso, sino que la oferta de mano de obra, al ser cada vez mayor, hacía que los salarios se volvieran cada vez más precarios. Uno de los altos funcionarios de la jca, de visita durante el invierno de 1910 a Lucienville y colonia Clara13 y luego a colonia San Antonio,14 quedó espantado ante el espectáculo de familias enteras apiñadas en miserables casuchas, expuestas a la lluvia y al viento, hacinadas, con hambre y carentes de higiene.

Para los miles de inmigrantes judíos que entre 1900 y 1914 llegaron a Argentina por iniciativa propia con la intención de radicarse en alguna ciudad del país, pero primero fueron dirigidos hacia las colonias, las condiciones en las cuales tuvieron que vivir, a veces durante varios años, fueron realmente miserables. Las colonias de la jca no estaban en condiciones de brindarles ni un empleo estable, que les hubiera permitido esperar el momento propicio para establecerse en otro lugar, ni las condiciones de vida que ellos habían esperado encontrar en el nuevo país.

Crear nuevas fuentes de trabajo: proyectos que fracasaron

Dos dirigentes de la jca de París, de visita en las colonias en 1911, propusieron la creación de granjas auxiliares. Estas serían construidas en parcelas de unas diez hectáreas cada una y se arrendarían a los aparceros por una duración máxima de cinco años, posibilitando así que los campesinos adquirieran los conocimientos necesarios para tener su propia producción de verduras o frutas y trabajaran como jornaleros cuando se presentara la ocasión. Lamentablemente, sólo se llegaron a construir 65 granjas.

Las autoridades de París presentaron entonces otra alternativa al problema de la falta de trabajo para quienes llegaban por fuera del programa de la jca: desarrollar actividades artesanales en las pequeñas ciudades de los alrededores de las colonias. Asimismo, y siempre para paliar la carencia de empleo, las autoridades de la asociación propusieron a las cooperativas que alentaran la industria de derivados de la agricultura, tales como la curtiembre, la producción de aceites o de arpillera.

Si la jca intentó, de este modo, dar trabajo a los inmigrantes cuya meta no era quedarse en las colonias sino establecerse en una u otra de las grandes ciudades argentinas, ciertamente fue por solidaridad, pero también porque temía que, sin ayuda comunitaria, esas personas se transformaran en un proletariado urbano revolucionario que suscitara críticas por parte de las autoridades del país.

Los medios de subsistencia brindados por la jca siguieron siendo insuficientes y terminaron provocando el éxodo de la mayoría de esos inmigrantes, aumentando así la cantidad de gente deseosa de instalarse en las ciudades.

Como afirma Haim Avni, la enorme capacidad financiera de la jca, cuyas iniciativas estuvieron marcadas por una prudencia demasiado puntillosa y una economía demasiado estricta, lamentablemente no fue utilizada como habría podido o debido serlo en pos de absorber una mayor inmigración judía.


La inmigración urbana

Primera etapa: el período preindustrial (1895-1913)15

Si los inicios de la inmigración judía en Argentina fueron dificultosos para los inmigrantes rurales, lo fueron aún más, como lo acabamos de ver, para los inmigrantes urbanos, y muchos de ellos decidieron volver a su hogar en Europa. Ya en 1896, año de la muerte del barón Hirsch, comenzó a producirse un considerable éxodo de inmigrantes decepcionados. Ese éxodo continuó durante los dos años siguientes y generó en Europa múltiples críticas sobre las duras condiciones de vida que esperaban a los judíos cuando llegaban a Argentina.

La jca, que por otra parte había recibido numerosos reclamos de parte de las instituciones europeas por no haber prestado el apoyo que se esperaba de ella a los judíos de Rumania, firmó, en 1900, un acuerdo con la Ezrah, organismo de ayuda social, fundado poco tiempo antes,16 por el cual, a cambio de su apoyo financiero, la Ezrah se comprometía a ayudar a esas personas y a encontrarles trabajo.

En 1901, con el agravamiento de la situación de los judíos de Rusia, la política de la jca se flexibilizó aún más. La actividad colonizadora de Argentina se reanudó y en 1904 llegaron más de 4.500 judíos.

En adelante, la jca iba a mostrarse dispuesta a ayudar económicamente a todos los inmigrantes judíos, incluso a aquellos que no tuvieran la intención de establecerse en las colonias. Con una condición, sin embargo: que los organismos de ayuda se encargaran de recibir a los recién llegados y realizaran su seguimiento y que no se supiera de dónde provenían los fondos destinados a tal asistencia.

Fue con esa intención que en 1905 un grupo de miembros de la Congregación Israelita y de la Asociación Ezrah creó la Shomer Israel, Sociedad Protectora de los Inmigrantes Israelitas, con el objetivo de velar por la continuidad del apoyo a los inmigrantes. La bolsa de trabajo de la Shomer ayudó a varias centenas de personas a conseguir empleo, cosa relativamente sencilla en aquel entonces, pues Argentina, entretanto, se había convertido en un país con fuerte demanda de mano de obra en todas las ramas de la economía.

Al cabo de dos años, la Shomer Israel, una obra fundamentalmente filantrópica, apoyada en parte por la jca y en parte por más de doscientos miembros benefactores, dejó de funcionar. De allí en adelante, los recién llegados sólo podrían recurrir al asesoramiento y a los servicios de oficinas privadas.

La cantidad de inmigrantes urbanos que anualmente desembarcaron en el puerto de Buenos Aires entre 1904 y 1914 fue fluctuando; por un lado, en función de la situación en Europa y, por otro, en función de las dificultades que se presentaban en los demás países receptores. Pero también, y así como había sucedido con los inmigrantes rurales, según el estímulo que recibían por parte de parientes y amigos ya radicados en Argentina.

El proletariado judío en Argentina y los organismos de apoyo

Los numerosos obstáculos que los inmigrantes debieron enfrentar en sus primeros años en Argentina acentuaron la fuerte conciencia de clase que muchos de ellos traían. En 1905, Buenos Aires ya había visto nacer esbozos de organizaciones proletarias judías. Socialistas y sionistas primero; anarquistas y bundistas después.17 Esas agrupaciones fracasaron en sus primeras tentativas de creación de sindicatos judíos, pero la actividad cultural que desarrollaron permitió a los recién llegados sentirse rodeados de una atmósfera de camaradería.

La Unión Obrera Israelita, creada en 1896, primera organización judía argentina netamente orientada hacia la ayuda al proletariado urbano, obtuvo en 1906 una subvención que la jca le concedió a condición de que los inmigrantes que se beneficiaran de ella se instalaran en las ciudades del interior. De esa manera, la jca intentaba evitar, una vez más, que grupos proletarios importantes se concentrasen en un mismo sitio. Poco tiempo después, la Unión Obrera Israelita reorientó sus esfuerzos hacia la ayuda médica a los inmigrantes bajo el nombre de Bikur Holim.18 La Unión Obrera sería luego reemplazada, en 1909, por la Unión General de Trabajadores Judíos, la cual se dio por misión transmitir a los candidatos a la emigración en Europa información fiable sobre la situación en Argentina.

Los inmigrantes sefardíes

Contrariamente a lo que pasó en el seno de la comunidad asquenazí, ningún organismo sefardí se creó durante esta primera etapa de inmigración judía a Argentina para proporcionar asesoramiento y atención a los inmigrantes provenientes de la cuenca mediterránea. Si el acostumbramiento al país fue sencillo para aquellos sefardíes de Marruecos, Turquía y Grecia que se incorporaron a las colonias agrícolas como docentes, tal no fue el caso para los demás inmigrantes judíos de Medio Oriente, a pesar de la similitud entre el español hablado en Argentina y el judeoespañol suyo.19

Protección y defensa de los candidatos a la emigración

A partir de 1911, la necesidad de huir de Europa oriental se hace cada día más imperiosa para cientos de miles de judíos, y las voces que reclaman una organización internacional de protección y defensa de los emigrantes —presas fáciles para individuos sin escrúpulos— son cada vez más numerosas.

Falsos pasajes de barco, engaños en cuanto al tipo de cambio y otros fraudes preocupaban a las autoridades de la jca, tanto del comité central de San Petersburgo como de la oficina de París, que terminaron proponiendo a sus corresponsales de Buenos Aires que fomentaran la creación de un comité de defensa de los inmigrantes. La jca aceptó el pedido, comprometiéndose a pagar los gastos de organización de ese futuro organismo que se encargaría de las transferencias de fondos, así como de la compra de pasajes, puesto que la asociación estaba en condiciones de negociar importantes reducciones ante las compañías de transporte. El comité de defensa debía luego hacerse cargo de orientar a los inmigrantes hacia los empleos que se les ofrecían, no sólo en Buenos Aires, sino también en las ciudades del interior.

Esta propuesta, que por fin tomaba en cuenta todas las necesidades de los inmigrantes, desde la compra del pasaje hasta el conseguir empleo una vez llegado a Argentina, fue aceptada por unanimidad, pero el proyectado comité sorprendentemente jamás salió a la luz y unos meses más tarde la oficina de París decretó una severa reducción de las ayudas económicas que ella misma había calculado y prometido.

Desde los comienzos mismos de la inmigración judía a Argentina y como hemos tratado de sintetizarlo, las propuestas para la mejora de las condiciones de vida de los inmigrantes fueron numerosas y realmente innovadoras, más aún si tomamos en cuenta el contexto de entonces. Lamentablemente, demasiados temores y contramarchas invalidaron muchas de esas buenas intenciones.

En su defensa, las autoridades de la jca argüían que su actitud precavida se debía principalmente a la presencia entre los inmigrantes de proxenetas judíos, “los tenebrosos”, como se los llamaba, y de prostitutas. Si bien “los impuros” rápidamente fueron aislados de la comunidad, no por ello dejaban de ser una mancha sobre toda la sociedad judía de Argentina, un motivo de ignominia que atentaba contra el respeto que la colectividad deseaba recibir del resto de la población. Había que denunciarlos, pues, desde el seno mismo de la comunidad.20

El resultado es que en 1914, en el momento en que en Europa estalla la Gran Guerra y siendo que la presencia judía urbana en Argentina es ya importante, aún no hay aquí ningún organismo que se ocupe íntegramente de la protección y defensa de los inmigrantes judíos.

Las instituciones de ayuda que para ese entonces existen en la colectividad judía de la Argentina son tres y tienen otros objetivos. La Jevra Kedusha Ashkenazi, creada en 1894, brinda ayuda y acompañamiento a los moribundos y a su familia. Dará nacimiento en 1940 a la organización central de la colectividad judeoargentina, la Asociación Mutual Israelita Argentina (amia). El Bikur Holim —nombre que en hebreo significa “ayuda a los enfermos”— nació en 1896 como Unión Obrera Israelita y es ahora una asociación popular de asistencia a los enfermos. La Ezrah, por su parte, es una institución de socorro mutuo y de beneficencia creada en 1900, que poco tiempo antes del inicio de la Gran Guerra compra un amplio terreno con la intención de crear allí el Hospital Israelita, cuyo primer pabellón será inaugurado en 1916.

Los inmigrantes urbanos durante la Primera Guerra Mundial

En vísperas de la Gran Guerra, los avances de la agricultura comenzaban a repercutir sobre la industria, así como sobre el consumo interno y los servicios.

El crecimiento del capital invertido en la industria y la mecanización provocaron entre 1895 y 1913 —etapa preindustrial en Argentina— un cambio notable en la composición de la población. A medida que aumentaba la cantidad de personas en el sector industrial, se acentuaba en las grandes ciudades la presencia de inmigrantes de múltiples procedencias, así como la concentración de obreros por establecimiento.

También iban surgiendo, fuera de los dos circuitos clásicos, el agrícola y el urbano, nuevas oportunidades de trabajo; por ejemplo, en la explotación de los bosques de quebracho o en la construcción de ferrocarriles.21

Las empresas de obras públicas en las grandes aglomeraciones, así como el comercio y el artesanado incipientes, también comenzaban a brindar nuevas posibilidades de ocupación, pero la mayoría de los inmigrantes judíos establecidos en las ciudades prefirieron orientarse, por lo menos en un primer momento, hacia la confección y la fabricación de muebles, oficios que en general les resultaban familiares.

En sus primeros años en Argentina, por su parte, aquellos inmigrantes judíos que no tenían experiencia laboral recurrieron a la venta ambulante. Lo mismo hicieron muchos pequeños comerciantes. Esto les permitió, durante un tiempo, ganarse lo indispensable para vivir. A esos vendedores que iban de casa en casa vendiendo su mercadería “a cuenta”, se los llamaba cuenteniks. La imagen del cuentenik22 ha quedado como una postal indisolublemente ligada a la inmigración judía de las tres primeras décadas del siglo xx. También la de los conventillos, viviendas que se extendían a ambos lados de un largo corredor y podían alojar hasta cuatrocientas personas.


Casi no hay inmigrante que no haya vivido durante sus primeros tiempos en el país en uno de esos vecindarios ruidosos y coloridos, donde las expresiones en italiano se mezclaban con el habla española, y el ídish, con el alemán. Allí, cada domingo, el niño judío comía con agrado el plato de tagliatelli que le ofrecía su vecina napolitana, en una atmósfera solidaria y de cálida convivencia.

Abandonos y tenacidad

Así y todo, la nostalgia, además de la precariedad de las viviendas y la imposibilidad en la que se hallaban las sociedades de beneficencia de satisfacer todas las demandas de ayuda, llevaron a numerosos inmigrantes a desandar camino.

Según Haim Avni, esto explica que en los años previos a la Primera Guerra Mundial el índice de reemigración de judíos recientemente llegados a Argentina haya sido casi tres veces más alto que esa misma variable observada en Estados Unidos.

Argentina, ¿un crisol de razas?

Desde 1806 y tal como hemos explicado en el primer capítulo, las autoridades argentinas apostaban a la inmigración —espontánea u organizada, según el gobierno de turno— para poblar el país y obrar en aras de su desarrollo. Desde esa visión, la inmigración anglosajona debía formar la base de la Argentina del futuro. Esas previsiones resultaron erróneas: los anglosajones jamás representaron más que una escasa minoría de la población argentina.

Pero no sólo en la inmigración estaban puestas las esperanzas de los distintos gobiernos de la época, sino también en la homogeneización identitaria entre los recién llegados y los argentinos nativos. Pues también en este punto estaban equivocados, porque así como la homogeneización no estaba en los planes de los inmigrantes judíos, tampoco lo estaba en el proyecto de vida de los italianos, de los galeses o de las demás minorías, que muy pronto crearon sus propias instituciones comunitarias de beneficencia y de cultura (círculos de conciudadanos, clubes, hospitales, etc.) y empezaron a publicar sus propios periódicos, en italiano, alemán, inglés, francés e ídish, y otros en formato bilingüe. Pronto se fundaron escuelas privadas alemanas, italianas, francesas y otras, no sólo en Buenos Aires, sino también en las principales ciudades del interior, mientras que en las colonias de la jca se desarrollaba una red escolar judía de excelencia, así como bibliotecas y salas de teatro. Formar una “generación de argentinos de fe mosaica, que pudiese tomar la posta de los colonos”, era la misión que se habían fijado las instituciones educativas de la colectividad judía, y esa educación fue excepcional tanto por la red que se conformó como por sus métodos de enseñanza. El ideal pedagógico de la colectividad judía coincidía, según sus mentores, con los ideales de la República Argentina: ¡formar jóvenes educados, emancipados e iguales ante la ley!

En 1914, al final del primer período de inmigración masiva y pese a la sangría que representó el retorno a Europa de numerosos inmigrantes decepcionados por las condiciones de vida en Argentina, un censo calcula en un 50% la cantidad de extranjeros establecidos en Buenos Aires.

En 1909, los 30.000 judíos que vivían en la capital representaban el 2,5% del total de habitantes del país. Al momento de estallar la Primera Guerra Mundial, se estimaba que en toda Argentina había entre 100.000 y 110.000 judíos, ¡una cantidad superior a la población judía que había entonces en Palestina! Concentrada la mayoría en Buenos Aires, y los demás establecidos en las colonias agrícolas y en algunas ciudades del interior, los inmigrantes judíos ya habían fundado para esa época no sólo varias instituciones, sino también varios partidos políticos.

La inmigración urbana

Segunda etapa (1914-1932)

Con la llegada al poder de Hipólito Yrigoyen, electo presidente de la República en 1916, la Argentina aristócrata y elitista de los primeros tiempos de la colonización agraria va transformándose en un país democrático —nos dice Haim Avni—, más sensible a las esperanzas de la clase media, en formación desde la década de 1880.

Aquel año nacen los dos primeros diarios judíos y se crean, por una parte, el sistema cooperativo y, por otra, los Landsfahrein,23 tres fenómenos que marcan el inicio de la cristalización institucional de la comunidad judía de Argentina.

La Gran Guerra y sus repercusiones en la comunidad judía argentina

La Gran Guerra va a tener repercusiones negativas sobre el campo argentino. Muchos pequeños agricultores van a quebrar.

En cambio, en las ciudades se acelera el desarrollo de la industria: se crean nuevas fábricas y las ya existentes aumentan su producción. Lamentablemente, la infraestructura en el ámbito industrial es aún muy deficiente e impide que tal coyuntura pueda capitalizarse en toda su potencialidad. El desarrollo de una industria hasta entonces expuesta a la competencia de la importación será insuficiente para absorber toda la mano de obra disponible.

El judaísmo argentino, que parece atravesar uno de sus mejores períodos desde el punto de vista económico y cultural, se ve sin embargo todavía poco aceptado en el campo político y social. La desconfianza hacia los judíos aún sigue vigente…

Parecería que los destacados logros obtenidos por los colonos en materia de agricultura y ganadería no bastan para borrar la imagen del judío como elemento “urbano y dependiente del comercio, ergo, parásito”. Por lo demás, esa visión negativa no es la única con la cual los judíos deben lidiar. Según Avni, a los ojos de numerosos argentinos también son “portadores de bolchevismo”, una especie de germen maligno propio de ellos ¡y contagioso!

Empiezan a oírse algunos ecos de oposición a la inmigración judía.

Del otro lado del océano, en cambio, la condición judía tras la Primera Guerra Mundial se anuncia más favorable que antes, puesto que con la Revolución Rusa acaban de votarse la igualdad civil y la anulación de la discriminación religiosa. En ese clima inédito, la Declaración Balfour, mediante la cual Inglaterra afirma que la creación de un hogar nacional judío en Palestina será considerada con beneplácito, añade, en noviembre de 1917, una poderosa nota de optimismo.

La Europa de entreguerras

Lamentablemente, como un enorme contrasentido de la historia, el panorama prometedor que parecía implantarse en Europa del Este luego de la Revolución Rusa, esa igualdad civil obtenida a costa de tanto esfuerzo, esa apertura religiosa, todos esos derechos por fin adquiridos, todas esas promesas, muy pronto se convierten en letra muerta. En 1919-1920, en esa Rusia de la posguerra, las manifestaciones antijudías se desatan con mayor vigor aún que antes. También en Polonia. En Galitzia, se reanudan los pogromos y comunidades enteras son salvajemente destruidas, al igual que en Transilvania y Hungría. En Alemania y en Austria, retumba un rumor amenazador: “Los judíos son los responsables de la derrota”.

¡Una vez más, el judío es el culpable de todos los males!

En esos años, los judíos de Grecia, Turquía, Siria y las islas del mar Egeo también están luchando contra toda suerte de dificultades, aunque por motivos menos siniestros.24 A fin de cuentas, sefardíes, mizrahim y asquenazíes25 comparten la necesidad de buscar un país donde la esperanza de mejorar sus condiciones de vida y educación no se verá defraudada una vez más.

Pero, justo cuando para los judíos la necesidad de irse se torna apremiante, las puertas del principal país receptor se están cerrando. Así, en 1921, por temor a la importación de la revolución comunista a su país, Estados Unidos suspende la inmigración por un año y anuncia que, una vez vencido ese plazo, sólo se autorizará el ingreso al país de acuerdo con una reglamentación muy estricta, basada en un sistema de cupos.26

En Argentina, también se teme ¡“el peligro rojo”! y las autoridades se preguntan si no habrá que seguir ese ejemplo.

Justificando esos temores, en enero de 1919, a raíz de un conflicto por el reconocimiento de la representatividad sindical, se produjeron varias manifestaciones, y esas jornadas de protesta y disturbios fueron utilizadas por los grupos nacionalistas para atacar los barrios judíos de Buenos Aires.

Durante ese primer y único pogromo que tuvo lugar en Argentina, cientos de judíos fueron agredidos, golpeados, injuriados y humillados; sus propiedades fueron saqueadas. Los autores de tales desmanes fueron tácitamente apoyados por el gobierno, que justificó su acción inventando la existencia de un complot bolchevique.

Así y todo, el pogromo no detendrá la inmigración, pues los miles de judíos que estaban en camino hacia Estados Unidos cuando aquel país decidió cerrar sus puertas se encontraban acorralados en una situación sin salida y buscaban con desesperación un país a donde llegar.

Para socorrerlos, se unen los dos principales organismos mundiales de ayuda a los judíos, la Hebrew Inmigrant Aid Society (hias)27 y la jca, para crear, en 1921, un organismo común, la Emigdirect, que ayudará a los candidatos a la emigración a resolver sus múltiples problemas: primero, en el país que desean abandonar; segundo, durante el viaje; por último, al llegar al país de destino.

Muy poco tiempo después de la creación de la Emigdirect, Argentina alinea oficialmente su política migratoria con la de Estados Unidos y refuerza sus sistemas de control. Luego, a finales de 1923, un nuevo decreto, basado en un “cálculo” que estipulaba en qué medida los diferentes extranjeros podían servir al país, va a limitar aún más severamente la entrada de todo candidato a la inmigración. Entre 1924 y 1925, la cantidad de inmigrantes de todos los orígenes disminuye en un 30%.

A esas restricciones impuestas por el gobierno argentino, se agregará un infeliz desacuerdo entre los organismos judíos de asistencia: la concepción paternalista de la jca se opone a la visión más democrática de la hias, y esto finalmente hará fracasar el proyecto de la Emigdirect.

La jca, con el apoyo de la Ezrah, crea entonces el Comité de Protección a los Inmigrantes Israelitas, el cual logrará obtener, entre otras gestiones, la autorización para que ingresen cien huérfanos de Ucrania a Argentina.

Nuevas divergencias, en este caso internas, llevan a algunos de los miembros de ese nuevo comité a fundar una enésima organización, independiente de los organismos ya existentes, la Soprotimis, Sociedad de Protección a los Inmigrantes Israelitas. Esa nueva institución, que recibe el estímulo de la jca, es la que en esos años difíciles va a desempeñar el rol más activo y más positivo en la inmigración de los refugiados que se hallan bloqueados en los puertos europeos, en virtud del reciente cambio en la política migratoria estadounidense.

Balance del trabajo realizado por las sucesivas instituciones de ayuda a los judíos entre 1914 y 1932

Pese a las divergencias entre los organismos judíos de socorro y a las restricciones impuestas a la inmigración, que se tornaban cada vez más estrictas tanto en Estados Unidos como en Argentina, 48.000 judíos fueron admitidos en el país entre 1922 y 1927. Esta cifra incluye a todos aquellos que se infiltraron clandestinamente tras haber pasado un tiempo más o menos largo en Uruguay y Paraguay, así como a un número apreciable de personas que desembarcaron en las playas argentinas como turistas y se quedaron de modo ilegal.

Esos inmigrantes provenían casi todos de centros urbanos de Europa Central, y ya no sólo de la Zona de Residencia rusa. La mayoría de ellos había tenido acceso a cierta educación y no sentía atracción por la agricultura; formarán la estructura urbana de la comunidad judeoargentina.

El año 1927 vio nacer la esperanza de la creación de una organización internacional de socorro a los emigrantes, ya que con motivo de una reunión entre la hias, la jca y la Emigdirect, se decidió que las oficinas respectivas de ayuda a la inmigración de esas tres instituciones se fusionaran en un único organismo mundial: el hicem.

1929: año de la reelección del presidente Yrigoyen

En 1929 se inicia la crisis mundial. La caída de los precios agrícolas en el mundo repercute rápidamente en el sector rural argentino, que acaba de vivir dos de sus mejores años de producción. Luego, el impacto de la crisis comienza a hacerse sentir en el sector urbano, donde la construcción se paraliza poco a poco y donde, como consecuencia de la quiebra de numerosas empresas, se instala un inquietante desempleo.

No obstante, y como ya había ocurrido durante la Primera Guerra Mundial, la disminución de las importaciones terminará estimulando el desarrollo de una industria local de sustitución que gradualmente irá absorbiendo toda la mano de obra disponible, lo cual, cabe indicar, no dejará de tener secuelas políticas, ya que un fermento revolucionario acompaña el crecimiento de los sectores obreros. Esto preocupa a las fuerzas armadas, que no esperarán demasiado para intervenir militarmente.

Uriburu

Convencido de que debe “salvar a Argentina de la plaga populista inoculada por la plebe de los inmigrantes”, el general Félix Uriburu derroca a Yrigoyen en septiembre de 1930 y toma el poder. Las tendencias xenófobas del nuevo gobierno lo incitarán a restringir al máximo los permisos de inmigración, transformando rápidamente las fronteras argentinas en barreras infranqueables mientras la crisis mundial no cesa de empujar a numerosos judíos de Europa del Este y del Cercano Oriente hacia las costas del Río de la Plata.

La inmigración urbana

Tercera etapa: restricciones a la inmigración judía (1930-1950)

Argentina, que desde 1890 y con mayor o menor complacencia de parte de sus autoridades, había recibido a más de 100.000 inmigrantes judíos, comienza, bajo el gobierno de Uriburu, a impedir drásticamente el ingreso de los extranjeros, en especial, la inmigración de judíos. En 1933, año en que Hitler es nombrado canciller del Reich, Argentina dicta una reglamentación destinada a limitar al máximo su inmigración.

1933-1939: los judíos de Alemania. ¿Irse o esperar? Argentina, ¿un país posible?

En Alemania, a finales de 1933, el nacionalsocialismo va a aplicar un boicot cada vez más riguroso contra los judíos, contra todas esas familias establecidas en el país desde hace siglos, que se sienten tan alemanas como sus vecinos y, en muchos casos, más alemanas que judías. La Cruz de Hierro y otras distinciones que muchos hombres judíos han recibido en reconocimiento por su bravura durante la Gran Guerra son sus recompensas más preciadas. Esa Alemania que años atrás había sabido así expresarles su gratitud, ese país que había dado refugio a miles de sus correligionarios de Rusia y Polonia hostigados por gobiernos intolerantes…, ¿ese país era realmente el mismo que ahora los discriminaba a ellos, el país que ahora pretendía convertirse en judenrein28?

¿Habría que irse de Alemania?

En 1933, un pequeño grupo de judíos alemanes afincados en Argentina desde antes de la Primera Guerra Mundial funda la Sociedad de Ayuda a los Judíos de Lengua Alemana. Aquel año, son 37.000 los que toman la decisión de abandonar Alemania, pero muy pocos de ellos eligen Argentina. Algunos parten a Palestina, mientras la mayoría prefiere establecerse en alguno de los países fronterizos: Francia, Bélgica, Holanda, sin prever que los tentáculos del Reich rápidamente iban a extenderse y alcanzarlos…

En 1935, con la promulgación en Alemania de las leyes sobre “la pureza de la raza” y “la ciudadanía”, la legislación antijudía llega a su paroxismo y transforma la emancipación que tanto enorgullecía a los judíos alemanes en letra muerta.

Nadie ya discute la urgencia de irse de allí. ¿Pero a qué país dirigirse?

Las puertas de Estados Unidos están herméticamente cerradas. Las de Palestina, que se habían abierto por un tiempo, se han cerrado de nuevo so pretexto, dicen los ingleses, de un creciente hostigamiento a los habitantes judíos de parte de terroristas árabes. En cuanto a Argentina, las limitaciones a la inmigración, que con la llegada al poder de Uriburu se habían hecho muy rigurosas, se tornan aún más estrictas a partir de la guerra civil española, con el objeto, dicen las autoridades, de evitar la entrada de elementos comunistas en el país.

En 1936, la Sociedad de Ayuda a los Judíos de Lengua Alemana consigue, empero, una autorización para la inmigración de un grupo de 46 futuros colonos, que tan pronto como llegan son dirigidos a la colonia Avigdor, que la jca acaba de fundar a solicitud de esa sociedad, en el norte de la provincia de Entre Ríos, para alojar a los refugiados de Alemania. Un año más tarde, se calcula que en Avigdor hay 99 familias, y la jca obtiene 400 permisos de entrada adicionales para 1.267 personas que también serán enviadas a sus colonias.

Entre 1933 y 1939, sólo las familias que reciben una “llamada” de sus parientes29 o aquellas que pueden demostrar que van a orientarse hacia las colonias logran conseguir un permiso de entrada. Esos permisos no serán numerosos.

El 6 de julio de 1938, mientras los cónsules de treinta países están reunidos en Evian30 para tratar de encontrar una solución al problema de los judíos de Alemania y Austria que buscan un país que los acepte, los cónsules argentinos reciben de su gobierno una orden secreta: ¡suspender toda nueva entrega de visa a los judíos que soliciten su admisión en Argentina!31

Cuatro meses más tarde, la Noche de los Cristales Rotos32 les dio a los judíos alemanes que aún guardaban una mínima esperanza en su país la última prueba del horror que se anunciaba.

La comunidad judía de Argentina, impotente, no supo reaccionar ni a la suspensión de los permisos de ingreso ni a la despiadada actitud de las autoridades argentinas, que a principios de 1939 ¡llegaron hasta prohibir el desembarco de más de cien judíos, que fueron devueltos a Europa pese a tener visas de tránsito para entrar a Paraguay! El objetivo de la Dirección General de la Inmigración era rechazar a los “indeseables”, desviarlos de Argentina. Inútiles fueron las protestas de varios intelectuales argentinos, y también del Comité contra el Racismo y el Antisemitismo.

La inmigración judía en Argentina durante los primeros años de la Segunda Guerra Mundial

Ni la declaración de guerra ni la situación cada día más dramática de los judíos de Europa pudieron modificar la cruel posición adoptada por las autoridades migratorias argentinas. Cuando todavía hubiera sido posible salvar a muchos israelitas, resultó imposible a sus correligionarios radicados en el país conseguir la más mínima excepción a la implacable reglamentación.

En cambio, y uno no puede sino sorprenderse, algunas centenas de judíos que habían logrado cruzar ilegalmente la frontera uruguaya, y otros que habían entrado en el país con una visa de turista, sí pudieron quedarse. “En aquel momento, 1939, solamente una feliz avivada me permitió entrar a la Argentina, que ya había puesto severas limitaciones al ingreso de los judíos”, me había contado Julio Loria.33 “Con el ingenio que da la desesperación, se me ocurrió juntar todo mi dinero y anotarme como turista en un crucero de Nápoles a los canales fueguinos en primera clase, junto con muy distinguidos pasajeros… Nadie sospechó que el joven ingeniero judío italiano cuya solicitud de inmigración a la Argentina había sido rechazada días antes podía estar mezclado con ese mundo que hoy llamaríamos del ‘jet set’. A bordo, me di cuenta de que no había sido el único vivo: rápidamente se formó en el barco un pequeño y esperanzado ‘gueto’ entre correligionarios refugiados de Italia, Alemania y Hungría.”

Pese a la mejora de la situación económica de Argentina, favorecida en aquel momento por la economía de guerra, y pese a las numerosas intervenciones de la Soprotimis ante las autoridades migratorias, sólo 271 personas fueron autorizadas a inmigrar a Argentina en 1940, y otras 351 en 1941.

De los treinta miembros del grupo “Francia… ¿dulce Francia de nuestra infancia?”, seis consiguieron atravesar, entre 1941 y 1943, ese muro casi infranqueable que eran las fronteras argentinas.

Intentaremos dilucidar, a partir de sus respectivos testimonios, si Mariette, André, Pierre, Claire, Catherine y Michel formaban parte de las 622 personas que lograron entrar en Argentina en plena guerra, y si su inmigración fue posible gracias a la intermediación de la Soprotimis, o porque sus parientes supieron encontrar otros contactos u otras vías…

Llegamos a Argentina en el Cabo de Buena Esperanza el 1º de octubre de 1941 —recuerda Mariette Diamant—. De Annonay,34 donde vivíamos clandestinamente desde hacía un año, mi madre había viajado a Marsella y conseguido una entrevista con el cónsul argentino, quien, después de mucho hablar, le había otorgado, y cobrado, las cuatro visas que necesitábamos.

A nuestra llegada a Buenos Aires, nos esperaba una amarga sorpresa: ¡las visas eran falsas! El “buen cónsul” no solo se había burlado de mi madre, ¡sino que le había cobrado por ello! Nos llevaron al Hotel de los Inmigrantes y nos prohibieron salir de allí.

Por suerte, mamá, previsora como siempre, traía consigo una carta de recomendación firmada por mi padrino, el marqués de Champvant de Farèmont.

Si la madre de Mariette no hubiera sido amiga del marqués de Champvant de Farèmont, las falsas visas emitidas por el cónsul argentino de Marsella habrían provocado la expulsión a Europa de los cuatro miembros de la familia. La suerte que tuvieron los Diamant no la tuvieron los 86 refugiados judíos que llegaron en ese mismo Cabo de Buena Esperanza un mes y diez días más tarde y que, al no tener los documentos necesarios, no sólo no fueron autorizados a desembarcar en Buenos Aires, sino que además fueron conducidos a Montevideo y de allí… ¡devueltos a Europa!

¡Devueltos a Europa! Justo en el momento en que los judíos ya no podían siquiera ilusionarse con emigrar, puesto que una nueva orden de Himmler venía de entrar en vigor prohibiéndoles ahora abandonar Europa…

La inmigración judía en Argentina entre 1942 y 1945

Noviembre de 1941. No sólo las fronteras de los países potencialmente receptores están cerradas, sino que un obstáculo casi insuperable va a oponerse de esa fecha en adelante a la necesidad imperiosa de huir: ¡hay que obtener una autorización para salir de los territorios ocupados por Alemania! Y esa autorización es poco menos que imposible de conseguir. Otros escollos más se acumularán para los judíos en esos primeros meses del tercer año de la guerra, pues tras el ataque de Japón a Pearl Harbor, en diciembre de 1941, y a modo de apoyo a Estados Unidos, los países de América, reunidos en Río, declaran la ruptura de las relaciones diplomáticas con los países del Eje. Un solo país se niega a renunciar a su “neutralidad”: ¡Argentina! Más que neutra, ¡Argentina es proalemana!

Y sin embargo, a pesar de todas esas trabas, 4.400 judíos obtendrán el derecho a residir en Argentina entre 1940 y 1944. Entre ellos, los miembros del grupo “Francia… ¿dulce Francia de nuestra infancia?” que ya hemos mencionado: Michel Neuberger, Claire Stein, Pierre Kalb, André Gattegno, Catherine Stad y Mariette Diamant, cuyos padres, a pesar de los múltiples peligros que los esperaban, se animaron a intentar el cruce de los Pirineos con sus hijos y, desde España o Portugal, esperar alguno de los buques que todavía hacían la travesía del Atlántico.

Finalmente, y así como lo informan los registros migratorios, la actitud hostil de las autoridades argentinas para con la inmigración israelita no pudo impedir que, entre 1939 y 1945, 26.500 personas vinieran a sumarse a la población judía; judíos alemanes y austriacos principalmente, la mitad de los cuales se estableció en Avigdor. Otros diez mil judíos, ingresados en el país durante la guerra con visas de turista o de tránsito para Paraguay y Bolivia, también hallaron el modo de hacer caso omiso de las prohibiciones y quedarse en Argentina.35

La inmigración judía en Argentina entre 1945 y 1950

Las familias habían sido destruidas; los hogares, devastados. Ninguna de las comunidades judías de Europa había permanecido intacta, y la mayoría de los judíos que habían tenido la suerte de escapar al aniquilamiento decretado por el nazismo sólo deseaba una cosa: abandonar esas tierras impregnadas de sangre judía.

¿Hacia dónde ir?

Los años comprendidos entre 1945 y 1950 son cruciales para asentar el futuro de la judeidad. En esos cinco años de la inmediata posguerra emigró la mayoría de los sobrevivientes judíos de Europa, entre ellos, veintitrés de los treinta miembros del grupo “Francia… ¿dulce Francia de nuestra infancia?”.

A pesar de los múltiples obstáculos que Argentina había puesto en el camino de los aspirantes a inmigrantes desde los años treinta, el potencial de este país como receptor de sobrevivientes seguía siendo enorme. Lamentablemente, la comunidad judía no había preparado ningún plan para hacer frente a la situación que generaría el fin de la guerra ni había pensado en la ayuda que iban a necesitar quienes volverían del infierno nazi. Algo tanto más inconcebible cuanto que la industrialización del país todavía estaba en curso y las grandes masas rurales que habían sido empujadas hacia Buenos Aires para cubrir el importante déficit de mano de obra no llegaban a satisfacer toda la demanda.

Había que paliar ese déficit y, para ello, las autoridades argentinas no iban a tener otro recurso que estimular de nuevo la inmigración. ¿Tendrían en cuenta, ahora sí, a la inmigración judía? ¡Pues no! ¡Todo lo contrario!

Avni subraya aquí el espíritu claramente discriminador de la ley argentina en esos años de posguerra, ya que mientras el gobierno autoriza la entrada de cientos de miles de extranjeros, entre ellos fascistas italianos, alemanes y colaboracionistas, pertenecientes a los pueblos deseables, los sobrevivientes de la Shoá, por primera vez en la historia de la inmigración del país, serán objeto de una discriminación abierta y extrema.

A partir de finales de 1945, sin embargo, y sabiendo que las probabilidades de recibir la autorización necesaria son muy limitadas, numerosos sobrevivientes que ya antes de la guerra habían oído hablar de Argentina, o que tenían parientes o amigos radicados aquí, intentan postularse como inmigrantes.

En 1946, el general Perón es electo presidente. Nadie ignora que durante la guerra mantuvo nexos poco disimulados con las potencias del Eje y se sabe asimismo que su director general de inmigración, Santiago Peralta, se muestra abiertamente antisemita. Las primeras decisiones de Perón en materia de inmigración no dejarán lugar a duda. Apenas unos meses después de su llegada al poder, en efecto, acepta recibir a veinte mil soldados del ejército polaco en el exilio, lo cual abrirá un nuevo debate sobre la inmigración, mientras que Peralta responde a quien le pregunta si también se concederán permisos de inmigración a los sobrevivientes judíos: “¡Pero no podemos transformar la República en un inmenso hospital para enfermedades nerviosas!”.

La cantidad de solicitudes de entrada al país denegadas, presentadas por sobrevivientes de la Shoá entre 1941 y 1945, no deja dudas en cuanto a las intenciones de las autoridades migratorias y del mismo Perón en relación con no alentar la inmigración judía. Si aparentemente Perón no fomentaba ninguna discriminación oficial entre inmigrantes deseables e indeseables, sí les daba preferencia a aquellos que él estimaba deseables…

Más allá de alguna que otra excepción a la prohibición impuesta por Peralta, la política migratoria no sufrirá ningún cambio significativo hasta 1947. Los escasos gestos de buena voluntad que hubo por parte del presidente fueron las más de las veces dictados por el interés y acompañados de gran publicidad.36

Finalmente, en 1947 se promulga una nueva ley de inmigración y colonización y, un tiempo después, Peralta es destituido.

En 1948, la Soprotimis presentó al gobierno un proyecto de ley de amnistía general para todos los inmigrantes ilegales, amnistía que fue concedida y benefició a seis mil judíos; no obstante, a nadie se le escapaba que esa misma normativa también iba a servir a los intereses de los nazis y de los colaboracionistas que se habían infiltrado en el país desde un tiempo antes de que terminarse la guerra.

La amnistía fue prorrogada en varias oportunidades y se concedió un último plazo hasta marzo de 1950. La política del gobierno peronista en materia de inmigración judía muestra aquí sus contradicciones, puesto que gracias a tal amnistía once mil judíos consiguieron regularizar su situación, mientras que legalmente sólo mil quinientos sobrevivientes habían podido entrar a Argentina en el mismo período.

Una vez más, la actitud del gobierno argentino frente a aquellos que habían transgredido las disposiciones restrictivas a la inmigración fue más liberal que la ley misma de inmigración, la cual no se modificó, dando por resultado que 1949 fuera un período donde casi no hubo permiso de ingreso para los judíos. Legalmente, la inmigración a Argentina seguía bloqueada.

Argentina no era el único país imposible… La misma situación se repetía en todos los países conocidos como posibles receptores, pues el mundo entero, increíblemente, estaba cerrado a los sobrevivientes de la Shoá.

Ejemplos de ello son los 39.000 sobrevivientes que por un decreto especial habían sido autorizados a inmigrar a Estados Unidos, de los cuales sólo la mitad en definitiva fue aceptada, y el rechazo por parte de Inglaterra de autorizar a cien mil sobrevivientes a establecerse en Palestina cuando Australia y Canadá seguían con sus fronteras herméticamente cerradas.

Nosotros, que nos hemos asentado en Argentina, no podemos no preguntarnos qué hubiera ocurrido si, diez o quince años antes de la Segunda Guerra Mundial, en la época en que cientos de miles de judíos necesitaban abandonar el Viejo Continente y las fronteras argentinas aún eran permeables, la jca y demás organizaciones judías de socorro no hubieran interpuesto tantos obstáculos a la inmigración…

La actitud inflexible de los gobiernos de Canadá, Australia, Inglaterra, Estados Unidos y Argentina, entre otros, fue lo que finalmente aceleró la “Solución Nacional”, es decir, la fundación del Estado de Israel.37


Testimonios

de los sobrevivientes


1 En ídish, la patria de oro. Así era como los judíos se referían a Estados Unidos, como si fuera un eldorado.

2 Haim Avni, Argentina y la historia de la inmigración judía, op. cit.

3 Primera colonia del sistema de la jca, así bautizada en honor al barón Maurice de Hirsch. Situada a 400 kilómetros al sudoeste de Buenos Aires, fue fundada en 1891 en las primeras tierras adquiridas por el Dr. Loewenthal en nombre de la fundación.

4 Inmigrantes que llegaban a Argentina fuera del programa de colonización agraria de la jca. Estas personas no tenían intención de convertirse en trabajadores rurales, sino de establecerse en alguna ciudad, pero dado que en esos años no había ninguna asociación que pudiese ayudarlos en su inserción en el medio urbano, la jca les ofreció trabajos temporales en las colonias hasta tanto pudiesen independizarse.

5 La colonización prevista por la jca en Brasil, Uruguay, Estados Unidos y Canadá fue mucho menos importante que en Argentina y se interrumpió de inmediato.

6 Aquí empleado en el sentido vernáculo del término, personas oriundas del mismo país, región o ciudad.

7 Situada en la provincia de Santa Fe, a pocos kilómetros del pueblo de Ceres, por una parte, y, por otra, de Moisés Ville. Esta colonia fue fundada en 1912. Lleva el nombre de un filántropo judío italiano.

8 Hélène Gutkowski, Vidas… en las colonias, op. cit.

9 Haim Avni, Argentina y la historia de la inmigración judía, op. cit.

10 Entre Rusia y China.

11 Hélène Gutkowski, Vidas… en las colonias, op. cit.

12 Colonia fundada en 1894 en la provincia de Entre Ríos, así llamada en memoria del hijo del barón Hirsch, fallecido poco tiempo antes.

13 Colonia fundada en 1892 en la provincia de Entre Ríos, así llamada en honor a la baronesa Hirsch.

14 Colonia fundada en 1892 en la provincia de Entre Ríos.

15 Seguimos aquí la clasificación de Haim Avni.

16 Asociación Israelita de Beneficencia y Socorros Mutuos.

17 Bund: movimiento socialista y antisionista creado en la clandestinidad en Vilna, en 1897.

18 Término en hebreo que significa “visita a los enfermos”, obligación religiosa y social para todo judío. Nombre de las instituciones que se ocupaban de visitar a los enfermos de la comunidad y brindarles apoyo, acompañamiento y medicamentos.

19 Los judíos de Marruecos hablaban jaketía. En Turquía y tanto en el Egeo como en los Balcanes hablaban judeoespañol, también llamado djudezmo o espanyolit, idiomas derivados del antiguo español. Los mizrahim, judíos de Siria, Egipto y Líbano, hablaban árabe y judeoárabe.

20 Se trata de una organización de proxenetas que, con falsas propuestas de matrimonio, atraía a jóvenes judías de Polonia y las forzaba a prostituirse. Esa organización, la Tzvi Migdal —por el nombre de uno de sus bienhechores—, recién se disolvió en 1930, cuando una de aquellas mujeres logró atraer el interés de un comisario de policía.

21 Más de 20.000 kilómetros de ferrocarril fueron construidos entre 1910 y 1925.

22 El término cuentenik se debe a que vendían sus productos “a cuenta”.

23 Asociaciones que agrupaban, sobre el plano social, a las familias oriundas de una misma ciudad o pueblo. Jugaron un papel importante en la aclimatación y asistencia de los nuevos inmigrantes.

24 El problema que incita a los judíos de la cuenca mediterránea a emigrar no es el antisemitismo, pues en general viven en buenos términos con sus vecinos musulmanes, sino la extrema pobreza de la región, el retraso cultural y la falta de fuentes de trabajo. A partir de 1920, se añade a esas condiciones desfavorables la obligación del servicio militar no sólo para los turcos, sino también para los miembros de las colectividades minoritarias, y eso implica varios años de alejamiento y grandes riesgos, y además, para los jóvenes judíos, que en general son muy respetuosos de las tradiciones, la imposibilidad de cumplir con sus obligaciones religiosas.

25 Recordamos que se llaman sefardíes a los descendientes de judíos expulsados de la península ibérica, mizrahim a los judíos de lengua árabe —principalmente de Egipto, Siria y Líbano—, y asquenazíes a los judíos oriundos de Europa Central y Oriental.

26 Mediante esa ley, la cantidad de inmigrantes que serán autorizados a radicarse anualmente en Estados Unidos no podrá superar el 3% del total de personas de la misma nacionalidad establecidas en el país en 1910.

27 Organización norteamericana de socorro a los refugiados, fundada en 1902.

28 “Limpio” de judíos, libre de judíos.

29 Una llamada: una carta certificando que su familia se hará cargo de ellos.

30 Esa conferencia que tuvo lugar en 1938, en la ciudad francesa de Evian y a la cual asistieron los representantes de treinta países, fue convocada por el presidente Roosevelt para intentar hallar una solución a los problemas de los refugiados judíos de Alemania y Austria.

31 Hace menos de quince años, una de las copias de esta orden secreta, conocida como la Circular 11, fue descubierta en la Embajada de Suecia por la socióloga B. Gurevich y, después de un extenso trabajo del periodista Uki Goñi, derogada en junio de 2005.

32 Conocida en alemán como la Kristallnacht, fue un violento pogromo que tuvo lugar los días 9 y 10 de noviembre de 1938. Fue organizado por los funcionarios del partido nazi pero presentado como una explosión de ira popular por el asesinato de Von Rath, un funcionario de la Embajada alemana en París, a manos del joven judío Herschel Grynszpan. El joven no intentó escapar y dijo que había querido llamar la atención del mundo sobre las condiciones espantosas en las cuales se hallaban 12.000 judíos, entre ellos sus padres, oriundos de Polonia, que vivían en Alemania desde hacía varias décadas y habían sido devueltos a Polonia cuando este país ya no aceptaba que volvieran los judíos que se habían marchado. Herschel murió en una cárcel alemana en 1943.

33 Hélène Gutkowski, Érase una vez… Sefarad, Buenos Aires, Lumen, 1999.

34 Pequeña ciudad de Ardèche, Francia.

35 Los judíos autorizados a permanecer en Argentina entre 1914 y 1939 totalizaban un poco menos del doble de esos 36.000 inmigrantes llegados durante la guerra.

36 Haim Avni, Argentina y la historia de la inmigración judía, op. cit.

37 La parte relativa al estado actual de la comunidad judía en Argentina será tratada en el segundo volumen del presente libro.

3

Maurice Ajzensztejn

Biografía

1898 Nacimiento de Mielich Ajzensztejn, padre de Maurice, en Zaklików (hoy en día, voivodato de los Bajos Cárpatos, Polonia).

1924 Una vez llegado a Francia, Mielich/Michel se establece en Sedan (Ardenas), donde ya viven algunas personas oriundas de su pueblo. Toma un puesto de venta en las ferias de los alrededores.

1929 En poco tiempo logra establecer su negocio en la ciudad. Su tienda se llamará “Bonneterie troyenne”.1 Hace venir a Frajda Kipersztock, originaria de Janów Lubelski (voivodato de Lublin), a unos 30 kilómetros al este de Zaklików. Mielich/Michel y Frajda se casan y establecen su vivienda en el piso de arriba de la tienda de Michel, en el número 5 de la rue de l’Horloge.

1932 8 de septiembre: nace Bernard, hermano de Maurice.

1938 Mielich compra un Citroën tracción delantera.

22 de junio: nace Maurice.

1940 Mayo: las autoridades ordenan a los habitantes de Sedan que abandonen la ciudad y se dirijan hacia el sudoeste. Mielich y su mujer toman las joyas y todo el dinero que han ahorrado y la familia emprende el Éxodo. Mielich elige establecerse en la ciudad de Niort (Deux-Sèvres), en el número 5 de la rue du Soleil.

La familia Ajzensztejn se acostumbra a su nueva vida. Mielich se siente cómodo en Niort, mientras que su mujer está cada vez más preocupada.

1942 9 de octubre: se produce una redada en el departamento de Deux-Sèvres, dirigida por la policía francesa.2 Al alba, dos gendarmes traen orden de arresto para los padres de Maurice. Frajda consigue salir al patio y alertar a sus vecinos. Maxime y Edmée Rousseau, que atienden la droguería que se encuentra en el contrafrente, se precipitan para llevar a los niños a su casa.

El doctor Suire, médico y amigo de Mielich, provee a la pareja Ajzensztejn un certificado médico que les debería evitar la deportación. Mielich es llevado al hospital de Niort; pero Frajda, sumida en la locura, debe ser internada en el hospital psiquiátrico de la ciudad. Nunca recobrará la razón.

Los Rousseau crían a Bernard y a Maurice como si fueran sus propios hijos. Edmée los enviará a menudo a pasar el día a Sainte-Pezenne, a casa de unos parientes, los Chiron, dueños de una chacra.

1943 Septiembre: Mielich es trasladado del hospital de Niort al campo (de concentración, porque allí se concentra a los judíos arrestados) de la ruta de Limoges, en Poitiers (Vienne).

1944 31 de enero: Bernard y Maurice están en casa de los Chiron cuando un sobrino de estos, gendarme, les anuncia que por la noche habrá una redada. La Sra. Chiron manda a los niños de vuelta a Niort y le pide a Bernard que transmita la advertencia a Maxime Rousseau. Sucede que este, que tiene buenas relaciones tanto en la municipalidad como en la comisaría, no toma en consideración el aviso. A medianoche, sin embargo, dos oficiales golpean a la puerta y, pese a las quejas y a los ruegos de los Rousseau, conducen a los niños al centro de reagrupamiento.

El 1o de febrero, un gendarme informa a los Rousseau dónde están los niños. Una vez in situ, Edmée y Maxime reconocen en la multitud al doctor Épagneul, que ha sido nombrado jefe del control sanitario en el centro de reagrupamiento. El médico firma un certificado que declara que los dos hermanos Ajzensztejn y tres otros muchachos judíos presentan riesgos de contagio; le ordena a un oficial que los lleve al hospital.

De febrero a principios de abril, los cinco niños permanecen hospitalizados en el departamento de asistencia pública del hospital de Niort, constantemente vigilados por la policía.

22 de marzo: ante el creciente riesgo de deportación de niños, los Rousseau recurren a la autorización que les ha dado Mielich y bautizan a Bernard y a Maurice en la capilla del hospital.

A principios de abril, los niños son trasladados al orfanato de la ciudad.

29 de abril: el doctor P., nuevo en la institución, redacta la siguiente declaración: “Se ha observado que los niños Bernard y Maurice Ajzensztejn hoy serían aptos para ser transportados”.

6 de mayo: Mielich es trasladado al campo de tránsito de Drancy (hoy en día, Seine-Saint-Denis).

15 de mayo: Mielich es deportado por el convoy número 73. Nadie sabrá jamás si murió en el Fuerte de Kaunas, en Lituania, o en la prisión de Reval, en Estonia.

20 de mayo: Maurice y su hermano son conducidos al campo de Poitiers, sobre la ruta de Limoges.

13 de junio: se produce un bombardeo británico sobre la estación ferroviaria de Poitiers. Los nazis huyen. Los internados del campo son liberados.

16 de junio: luego de algunos días de incertidumbre, los niños son hallados y recuperados por la familia Rousseau, con la cual seguirán viviendo hasta 1946.

1946 Buscados por su tío, Bernard y Maurice deben despedirse de Maxime y Edmée Rousseau para ir a vivir con sus familiares en Sedan. Regresarán a menudo a visitar a su “familia de la guerra”.

1956 Maurice, quien reprobó el bachillerato, viaja a Bolivia, donde un tío paterno radicado en La Paz lo recibe y le da trabajo.

1957 Abril: tras quedarse varios meses en Bolivia, decide retomar los estudios y parte a Buenos Aires, donde lo recibe un tío materno.

Junio: conoce a Telma. Maurice se queda a vivir en Buenos Aires, donde se inscribe en la Facultad de Arquitectura.

1964 Maurice obtiene su diploma de arquitecto.

Junio: se casa con Telma, recibida de odontóloga. Tendrán dos hijas, Marianne y Lorraine.

Maurice monta un estudio de arquitectura y luego una empresa de construcción de pisos especiales para la instalación de los primeros centros de computación.

La única relación que mantiene con la comunidad judía es por medio de la familia de su madre y en ocasión de las fiestas judías.

1986 Frajda, la madre de Maurice, fallece en el hospital psiquiátrico de Nancy.

1997 Nacimiento de Marco, hijo de Lorraine y único nieto de Maurice, del cual se ocupará mucho.

2002 3 de marzo: Edmée y Maxime Rousseau son reconocidos Guardianes de la Vida durante una ceremonia en la Municipalidad de Niort, título otorgado por la Asociación Francesa para el Homenaje de la Comunidad Judía a los Guardianes de la Vida, bajo los auspicios del Consistorio Central de Francia.

2009 10 de febrero: fallece Maurice.

Marco es el destinatario principal de su testimonio.


Mañana serán grandes…

Diálogos

La historia del convoy número 733 ya pronto dejará de ser narrada en primera persona, dado que sólo 23 hombres han sobrevivido al trágico destino que les estaba reservado a los casi 900 judíos de ese transporte que partió de Bobigny-Drancy el 15 de mayo de 1944. De esos 23 sobrevivientes, pocos deben de estar aún con vida…4 También son cada vez menos numerosos los hijos de esos 878 deportados, quienes se han dado la misión de no dejar que semejante iniquidad caiga en el olvido.

Maurice Ajzensztejn era uno de ellos. Y acaba de dejarnos.

Para honrar su memoria, le dedicamos el primer capítulo de testimonios de este libro.

Fue a través de Maurice que nos enteramos de la singular historia de aquel convoy que nunca llegó a Auschwitz. No se sabe dónde ni por qué ese tren fue escindido en dos, ni por qué 600 de los 878 deportados fueron afectados al Fuerte IX de Kaunas, en Lituania, mientras que los otros 300 fueron enviados a la cárcel de Reval, en Tallinn (Estonia).5 Los propios detenidos ignoraban que no eran más de 600 al llegar a Kaunas, puesto que uno de ellos grabó en un muro del Fuerte: “Somos 900 franceses”.

De esos 878 judíos de Francia que habían puesto sus esperanzas en el país de los derechos humanos, nadie más oyó hablar.6

***

Maurice: Mi padre se sentía francés. ¡Ay! Si no se hubiera sentido tan francés…

Había nacido en Zaklików, Polonia, al igual que su padre y su abuelo. La mayoría de los hombres de la familia se dedicaba a la compra y venta de caballos, lo cual no impedía que varios de ellos también fueran rabinos. Hasta la investigación que realizó mi primo Charles sobre nuestro apellido, pensábamos que éramos judíos de Polonia desde siempre. Pero según los diferentes archivos que Charles consultó, parece que el nombre Ajzensztejn proviene de Eisenstadt, nombre de una pequeña ciudad de Austria, y que tenemos el privilegio de llevar ese nombre desde 1723, fecha en la cual la ciudad le concedió esa prerrogativa a nuestro antepasado, el rabino Meir Ben Isak, estimado por su sabiduría tanto por judíos como por no judíos. En adelante, ese ancestro mío, quien había nacido en Lituania, fue conocido como rabino Meir Eisenstadt, y ese apellido pasó, con sus diversas variantes, a toda su descendencia.

Charles Ajenstat, que vive en París, está intentando descubrir ahora las razones por las cuales los Ajzensztejn abandonaron Austria para ir a Polonia, donde vivieron durante al menos seis generaciones, para volver a emigrar a finales del siglo xix hacia Francia unos y hacia América del Sur, Estados Unidos y Sudáfrica los demás.

Mi periplo familiar (de Polonia a Argentina, pasando por Francia y Bolivia) comienza con mi padre en 1898.

Papá fue el primero de su familia en irse de Polonia. Llegado a Francia en 1924, a los 26 años de edad, decide establecerse en Sedan, región de Ardenas. Supongo que había llegado con algo de dinero, pues muy rápidamente pudo comprar algunos lotes de mercancías y, asociándose con amigos que habían llegado a Francia al mismo tiempo que él, comenzó a vender en las ferias ambulantes de la región.

Hélène: ¿Sabes por qué tu padre eligió establecerse en Sedan?

Maurice: Porque, de las veinte familias judías que estaban allí radicadas, varias eran oriundas de Zaklików.7

Aparentemente, los judíos se sentían a gusto en Sedan, puesto que tras la Liberación, varios sobrevivientes regresaron a la ciudad, el padre de Charles, Jankiel Ajzensztadt, y su familia, entre otros.

A finales de 1929 y luego de trabajar en las ferias de los alrededores durante cuatro años, papá estableció su negocio en la ciudad bajo el nombre Bonneterie Troyenne. Su negocio funcionó bien desde el inicio y unos meses después, considerando que estaba en condiciones de fundar una familia, hizo venir a Frajda, la muchacha a quien le había prometido matrimonio cinco años antes. Se casaron en Sedan e instalaron su vivienda en el número 5 de la rue de l’Horloge, arriba de la tienda de papá. Fue allí donde nacimos mi hermano y yo: Bernard en 1932 y yo en 1938.

En 1938, cuando nací, hacía catorce años que mi padre vivía en Sedan. Le había ido bien en la vida; era propietario de su tienda y de un stock de mercancías bastante considerable, valuado en 100.000 francos de aquella época. Su última adquisición: ¡un coche de tracción delantera! Tenía una linda familia, muchos amigos. En Sedan, se sentía en su casa, estaba feliz de haber hecho esa elección: Francia era su país.

Orden de evacuación: es preciso abandonar Sedan

Pero estalla la guerra.

Los alemanes invaden Francia.

En mayo de 1940, dado que por su cercanía con la frontera alemana la región iba a ser la primera en sufrir las consecuencias de la invasión, los habitantes de Sedan reciben la orden de abandonar la ciudad y refugiarse en la región del sudoeste. Mi padre escoge ir a Niort, en el departamento de Deux-Sèvres, mientras que su primo hermano, Jankiel, se dirige con su familia hacia Les Sables-d’Olonne.

Cabe aclarar que la orden de evacuación de las poblaciones de la comarca concernía a todo el mundo, judíos y no judíos, y que los refugiados no tenían la opción de ir adonde quisieran. A cada prefectura le correspondía un lugar de repliegue bien preciso; para Sedan era el sudoeste, pero nunca supe por qué una parte de la familia había elegido la ciudad de Niort y la otra, Les Sables-d’Olonne. Aquellos que esperaban instalarse en alguna ciudad costera, como mis tíos, tuvieron la desagradable sorpresa de descubrir que una franja de 30 kilómetros de ancho, a lo largo de toda la costa francesa, les estaba vedada; por ende, fueron forzados a irse apenas veinticuatro horas después de haber llegado.8

Tan pronto como se enteran de que habrá que irse de Sedan, mis padres se apresuran en reunir las alhajas de mi madre, así como todo el dinero del que disponen. Esconden todo en el auto, encima apilan toda la mercancía posible y así emprendemos el camino del Éxodo mi padre, mi madre, mi hermano y yo. ¡Diez millones de civiles que se lanzan al mismo tiempo sobre las rutas de Francia!

El viaje duró más de dos días. Me acuerdo de las paradas obligadas para “hacer al aire libre” o para comer, sentados en el pasto, al lado del coche. Tenía cuatro años. En una de nuestras paradas recuerdo haberme quedado solo en el auto un momento, haber aprovechado esta suerte para soltar el freno de mano y… morirme de miedo al verme solo en un vehículo que comenzaba a andar por un sendero en pendiente. Por suerte, mi padre corría rápido; pudo salvar la situación a tiempo.

[Mielich (Michel en francés) Ajzensztejn y su mujer Frajda, de soltera Kipersztock,9 así como sus dos hijos, Bernard y Maurice, figuran como refugiados del departamento de Ardenas recibidos en 1940 en el departamento de Deux-Sèvres.10]

Maurice: Niort era una pequeña ciudad agradable, y sus habitantes eran por demás acogedores. Cuando llegamos, nos sentimos cómodos enseguida, en particular, mi padre.

Menos de un mes después del inicio del Éxodo, como la situación parecía haberse calmado, la mayoría de los franceses volvieron a tomar la ruta, esta vez en sentido inverso. Papá, en cambio, optó por quedarse en Niort, sin saber que unas semanas más tarde Francia sería dividida en zona “libre” y zona ocupada, y que Niort (y el departamento de Deux-Sèvres) quedaría en esta última. Tenía su auto, un poco de mercancía, hacía algunas changas y sus ahorros le permitían no preocuparse demasiado. Así que comenzamos una nueva vida en Niort, donde éramos “uno del montón”.

Hélène: ¿Qué recuerdos personales has conservado de tu infancia en Niort, Maurice?

Maurice: Tengo pocos recuerdos, sólo dos o tres imágenes. Primero, la de mi padre llevándome por primera vez al jardín de infantes. Sentado en el asientito trasero que él había instalado en su bicicleta, yo lloraba con todo mi ser, pues no quería separarme de mi madre. Todavía la veo, de pie bajo el umbral de la puerta, suplicándole a papá que me dejara en casa… Grabados en mi cabeza, también están, para siempre, el torreón de Niort y la vieja picota ubicada en lo alto de la loma, al igual que el recuerdo de mi madre dándome el pecho en las siestas del número 5 de la rue du Soleil, donde residíamos…

Hélène: ¿Te acuerdas de eso?

Maurice: Sí, pero son sólo flashes, debía de tener tres años y pico y… ¡todavía tomaba el pecho! Lo que sí quedó muy nítido en mi memoria es el recuerdo de la casa donde vivíamos. Veo perfectamente el cuarto de mis padres, la cocina, que también servía de comedor, y la disposición de la pieza que mi hermano y yo compartíamos. Mi cama, cerca de la ventana; la suya, colocada en diagonal del otro lado…

¡La vida que llevamos en Niort era una buena vida! Una vida casi normal, e inclusive agradable. ¡Hasta la redada de octubre de 1942!

[Las redadas de 1942 marcaron un antes y un después en la vida de los judíos de Francia, incluso de aquellos que se encontraban en la zona “libre”. Se empezaba a entender que la guerra recién comenzaba y que se estaba librando una segunda guerra, una guerra dentro de la guerra, una guerra no declarada, que los nazis no hacían para ganar territorios ni para ocupar zonas estratégicas. Tampoco era una guerra ideológica, término demasiado noble para definir semejante monstruosidad. Era una guerra contra nosotros, contra los judíos, un pueblo sin armas ni país. Las discriminaciones se tornaban cada vez más evidentes; las persecuciones, más virulentas; la presión aumentaba día a día, en la zona ocupada pero también en la zona “libre”.11]

Maurice: Para la mayoría de los judíos, se hacía cada día más claro que había que esconderse o, mejor aún, irse de Francia, e incluso de Europa. No había más tiempo que perder, el peligro estaba ahí, delante de nuestras puertas…

Pero papá no lo veía de ese modo…

Ni sus primos hermanos, ni los pocos amigos judíos que habían hecho el éxodo de Sedan a Niort al mismo tiempo que nosotros y habían decidido, algunos de ellos, intentar pasar a Suiza y, los demás, partir a Argentina, lograron convencerlo de abandonar Francia. ¡Mi padre no intuía la amenaza! Había elegido Francia para construir su vida porque era el país de la Igualdad y de la Fraternidad. Y esa Fraternidad él la vivía a diario, en uno u otro de los cafés de la ciudad, cuando por la tarde iba a jugar una partida de naipes con sus amigos. Los franceses eran sus amigos. ¿Los peligros que anunciaban los otros? Puro cuento… Además, con todo el tiempo que llevaba viviendo en Francia, ¿acaso no era él un auténtico francés?

Estaba a mil leguas de imaginar lo que pronto iban a perpetrar los soldados alemanes, esos mismos soldados a quienes él les daba ánimo, mitad en ídish, mitad en alemán, cuando se los cruzaba en la plaza de la Brêche, convencido de que la guerra no duraría y de que aquellos muchachos pronto regresarían a su casa.

Y si por casualidad las hostilidades se prolongaban más tiempo de lo previsto, pues él tenía ahorros que nos permitirían quedar al resguardo del hambre. De todos modos, todo volvería en breve a su curso normal, ¡de eso estaba seguro!

Mamá, en cambio, vivía inmersa en la angustia. El desamparo se leía en su rostro. Pensaba que había que irse, ¿pero a dónde? El doctor Suire,12 que atendía a mi padre a raíz de una deficiencia cardíaca y se había hecho amigo suyo, le daba la razón a mi madre, y a él le repetía sin cesar: “Michel, deberías irte, ¡agarra a tu familia y vete!”. Mi padre invariablemente le contestaba: “¡Soy francés y me siento muy bien aquí!”.

Una vez más, yo sólo tenía 4 años, mis recuerdos son muy vagos, pero a mi hermano, que tiene 6 años más que yo, lo marcó la ceguera de nuestro padre, ¡la negación que hacía de la realidad!

[Sin duda fue por eso que Maurice exclamó: “¡A eso había que animarse!”, en referencia a la decisión tomada por el padre de Catherine Stad,13 quien en octubre de 1941, luego de esconder su dinero y las mejores joyas de su negocio en el doble fondo de un maletín y amontonar a toda su familia en su gran coche, atravesó Francia y cruzó la frontera española antes de que fuera demasiado tarde. “¡A eso había que animarse!”, repitió Maurice en varias oportunidades a medida que oía el testimonio de Catherine. “Arriesgarse a irse siendo una familia de ocho personas, el padre, la madre, la abuela y los cinco hijos, apretujados como sardinas en el auto, tener el valor de intentar cruzar los Pirineos y conseguirlo… ¡A eso había que animarse!”

La historia de Catherine, que para la mayoría de nosotros parecía no ser más que una “pequeña historia”, cobró a ojos de Maurice una dimensión superlativa. La determinación de Henri Stad despertó en él una admiración que de buenas a primeras me costó comprender. Con un poco de distancia, creo percibir ahora en las exclamaciones de Maurice un reproche velado a su propio padre. Sesenta y seis años después, tal vez aún le recriminara haber sido demasiado crédulo, cuando su situación económica y social era bastante semejante a la del padre de Catherine. “¡A eso había que animarse!”, no pudo evitar decir una vez más Maurice cuando Catherine hubo terminado de contar la odisea de la familia Stad. Maurice probablemente pensaba en su fuero íntimo, sin jamás haber querido reconocérselo a sí mismo, que en última instancia Michel Ajzensztejn había sido el responsable de su propia deportación y de la “muerte en vida” de su esposa.]

La redada

Maurice: Las redadas se extienden por todos los rincones de Francia, y el 9 de octubre de 1942 ocurrió aquella que iba a cambiar nuestra vida para siempre.

[“La mañana del 9 de octubre de 1942 —podemos leer en el libro de Jean-Marie Pouplain14—, tuvo lugar una segunda redada en el departamento de Deux-Sèvres. En la ciudad de Niort, el operativo fue conducido por la policía francesa, de madrugada, mientras que en las zonas rurales la redada llevada a cabo por la gendarmería tuvo lugar en plena noche. Era la primera vez que las autoridades policiales de ese departamento tenían la responsabilidad de ese tipo de intervención. Aquella mañana, las detenciones se desenvolvieron como estaba previsto, con su cortejo de llantos, pánico y gritos.

A eso de las 7, el Sr. y la Sra. Rousseau oyeron ruegos que provenían del patio de la casa que se encontraba en su contrafrente, en la rue du Soleil.”]

Maurice: Fue una llamada de auxilio que hizo mi madre a Maxime y a Edmée Rousseau, suplicándoles que se hicieran cargo de nosotros.

Los Rousseau, que atendían la droguería del 33 de la rue Victor-Hugo, llegaron a casa de inmediato. “¿Pueden quedarse con los niños?”, les preguntó mi padre; Maxime y Edmée no dudaron un instante. Otros vecinos, que también se habían acercado raudamente, los ayudaron a llevar nuestros colchones y algunas pertenencias. Con discreción, mi padre deslizó en la mano de Maxime una bolsita donde había colocado las alhajas de mi madre y dinero. Luego le señaló un gran bolso donde había apilado mercancías que los Rousseau podrían vender para satisfacer nuestras necesidades.

¡Y entonces…!

El doctor Suire, a quien seguramente alguien había prevenido, llegó y se interpuso: exhibió el documento médico que afirmaba que Michel Ajzensztejn estaba enfermo del corazón. Ese certificado le permitió a mi padre no ser deportado, al menos… no en seguida.

Al ver la orden de arresto que le mostraba uno de los agentes, mi madre tambaleó; el mundo se le desplomaba. Y eso que el doctor Suire había redactado un certificado de enfermedad para ella también. Podría haberse salvado, pero hubo que internarla en el hospital psiquiátrico de Niort, donde permaneció hasta la Liberación. Su conciencia había sufrido un bloqueo irremediable que ni la trepanación efectuada en 1946 ni el hecho de haberse reincorporado luego al medio donde había vivido antes de la guerra le permitieron vencer.

El presente y el futuro ya no existían para ella, sólo algunos puntos de referencia del pasado podían hacerla salir de su mutismo. Había vuelto al polaco, su lengua primera, y sólo utilizaba el francés si hablaba de sus hijos. Cuando la íbamos a visitar, éramos el Bernard y el Maurice de antes de 1942: nos preguntaba dónde estaba papá, cómo iba el negocio…

Unos años después de la guerra, cuando los médicos nos hicieron entender que ya no se podía hacer más nada para curarla, la familia tomó la resolución de internarla en el hospital psiquiátrico de Nancy, donde murió en 1986.

Micheline: ¿Sin jamás recobrar la razón?

Maurice: ¡Jamás! Uno de sus hermanos, que había emigrado a Argentina mucho antes de la guerra, fue a visitarla en la década de 1950. Le pidió que redactara una notita en ídish, que yo aún conservo. La memoria de su infancia estaba intacta, pero el resorte de su reloj de vida se había roto… Algunos viejos amigos de la comunidad de Sedan iban a visitarla cada tanto, y nosotros íbamos dos veces al año a Nancy para verla. Ya sólo era el fantasma de sí misma.

Hélène: ¡Qué dolor!

Maurice: Tengo que reconocer que su muerte me alivió. Me apaciguó, porque por fin la sentí liberada del deterioro en el que había caído. Es horrible de decir, pero a menudo he pensado que hubiera sido preferible que la deportaran junto con mi padre, eso le habría evitado vivir cuarenta y cuatro años como una muerta en vida.

[Los nazis perdieron la guerra, pero su derrota no ha puesto punto final a la destrucción que habían planificado. El mal que han sembrado ha hecho estragos durante largos años y todavía lo hace. Se fue filtrando como un monstruo reptante por el cuerpo y el alma de los sobrevivientes, provocando en ellos múltiples dolencias físicas y psíquicas. Son muchos los hijos y nietos de deportados y de sobrevivientes que han recibido el sufrimiento, la angustia y la enfermedad en legado. Hay corazones que se marchitaron, espíritus que se amargaron. Hay gente que se casó para “reconstruirse”, niños que nacieron para honrar la vida y otros, tristemente, para “reemplazar” a otros hijos, los hijos “de antes”… El Mal siguió actuando largos años después del fracaso del nazismo, y todavía está activo. Según Dominique Frischer, ¡esa es la victoria de Hitler más allá de su derrota!15]

Maurice: El certificado que el doctor Suire redactó para papá permitió que lo “hospitalizaran” y ganara algunos meses de vida. En cada una de sus visitas, el médico intentaba convencerlo repitiéndole: “Michel, te quedan tus hijos, ¡agárralos y vete!”. Papá siguió haciendo oídos sordos. Y eso que le hubiera sido fácil irse, pues nadie realmente lo vigilaba. Durante su “internación”, su vida había vuelto a su curso normal; era libre de ir y venir sin pedirle nada a nadie. Por ejemplo, cuando mis padres adoptivos me llevaron al hospital porque me había contagiado difteria, él fue quien se acercó a recibirme y, sin pedirles permiso a las enfermeras, me agarró en sus brazos para llevarme a la habitación donde iba a quedarme internado. Todo el tiempo que duró mi enfermedad, vino a verme tan seguido como quiso, y nadie nunca le dijo lo más mínimo.

¡Es increíble que jamás haya admitido que podía ser deportado! Hasta el último momento, se negó a ver la realidad que tenía enfrente. Su terquedad causó su desgracia. Hasta su traslado del hospital de Niort al campo de la ruta de Limoges, en Poitiers, le pareció un contratiempo pasajero, nos dijo más adelante un testigo. Estaba convencido de que rápidamente sería liberado. Aquel día, el doctor Suire llegó a casa de mis padres adoptivos con el reloj y la licencia de conducir de papá envueltos en un pañuelo. “Los alemanes vinieron a arrestarlo, nos dijo con una voz entrecortada. Se negó a seguirlos, diciéndoles y repitiéndoles, tal vez cien veces: “Soy francés, oigan, ¡soy francés!”. Se lo llevaron, por supuesto…, pese a sus protestas.

Me he preguntado muchas veces si mi padre conservó su optimismo hasta el último momento… El 6 de mayo de 1944, se lo llevaron de nuevo, esta vez a Drancy, donde sólo permaneció nueve días, y el 15 de mayo de 1944, el convoy número 73 arrancaba hacia un destino que no fue Auschwitz. Mi padre era uno de los 878 hombres que ese día partían hacia la muerte.

Nunca sabremos si murió en el tren o en el Fuerte de Kaunas, en Lituania, o bien en la cárcel de Reval, en Estonia.

Papá no tiene tumba…

[Maurice, como la mayoría de los sobrevivientes que nacieron entre 1938 y 1943, sólo tiene escasos recuerdos de los años de la guerra. Para evocar esos momentos traumáticos de su infancia y para respetar la exactitud histórica, prefiere recurrir a la información que Jean-Marie Pouplain brinda respecto de su familia en Les Enfants cachés de la Résistance.

Ese día, somos quince personas escuchándolo. Maurice no nos puede engañar al atrincherarse detrás de la narración de Pouplain. Es cierto que no tiene todos los detalles en mente, pero, más que ayudar a su memoria, este recurso le permite involucrarse menos y no sufrir tanto. Pese a ese ardid, el esfuerzo que acaba de hacer es absolutamente ostensible, por más que intente disimular su tristeza detrás de su aire de eterno pilluelo francés.

Ese intenso trabajo sobre sí mismo lo hizo por nuestro grupo. Para que su historia y la de su familia queden inscritas en la larga cadena de la historia de la Shoá. Para que su testimonio sea un eslabón más y una advertencia al mundo, pero también, y ante todo, con el fin de que sus hijas, sus allegados y sus amigos aquí, en Argentina, sepan que una familia francesa, no judía, supo infringir una ley injusta para dar refugio a dos niños judíos, pese a los peligros que corrían por ello. Lo hizo para que aquellos que no vivieron esa época atroz entiendan el alcance —y los riesgos— de semejante decisión.

Desde el momento mismo en que lo conocí, Maurice siempre me dio la sensación de ser “el más francés de nuestro grupo de franceses”. Su relato me permite comprender por qué.

¿Pero acaso era más francés que judío? ¿Judío? Lo era a su manera, él, que de niño decía —y así siguió diciéndolo hasta el fin de su vida, pues así lo sentía— que era un “judío católico”. ¿Y francés? ¡Lo era hasta la punta del dedo gordo! Era tan profundamente francés que llamó a sus hijas, inconscientemente dicen en su familia…, ¡Marianne y Lorraine16!

Su testimonio, recogido apenas unos meses antes de su muerte, hoy parece la expresión de su última voluntad. Es como un mensaje que deja a sus hijas, una exhortación solapada: que tomen el ejemplo de la familia de sus “padres adoptivos de la guerra” (con esas palabras se refería Maurice a Maxime y Edmée Rousseau), una gran familia de gente sencilla y profundamente justa, que vivía en armonía y compartía un mismo código de dignidad y compromiso para con el otro. Y que sus hijas también sepan distinguir lo primordial de lo trivial, que comprendan que la apertura mental, la indulgencia, la escucha son las bases de toda construcción humana…

Pero si Maurice nos contó su infancia a pesar de lo doloroso que le resultaba, si tan a menudo insistió en la obligación moral que había asumido de llamar por teléfono todos los sábados a “su tío y a su tía” hasta el día de su muerte, tal vez fue más aún para dejarle un “mandamiento” a su nieto, Marco, e inculcarle los fundamentos mismos de la vida: el respeto del otro, la generosidad, el altruismo. Maurice siempre se involucró mucho para que Marco, un eslabón de nuestra tercera generación, pudiera convertirse en un adulto respetuoso de los valores que él mismo había recibido de sus salvadores.

Así, a través de estas páginas, delega a ese niño el deber de nunca olvidar y de obrar por el entendimiento y la tolerancia.

“Papá no tiene tumba…”

Ningún lugar sagrado adonde Maurice pudiera ir a recogerse, o decir una oración en recuerdo de su padre… Lo que Maurice nos transmitió aquel día, él, que no era practicante, cobró la fuerza de un kaddish17 en memoria de sus padres, mientras que en nuestro corazón es en donde ha depositado las piedritas del recuerdo.]

Mis padres de la guerra

Maurice: 9 de octubre de 1942. Arrestado… ¡Mi padre arrestado! ¡Y mi madre que pierde la razón! Sin entender bien lo que acaba de ocurrir, Bernard y yo seguimos al Sr. y la Sra. Rousseau. Maxime y Edmée se habían comprometido ante nuestros padres a llevarnos a su casa. ¡Hicieron mucho más que eso! Nos albergaron, nos protegieron, nos dieron cariño y muy rápidamente se convirtieron en verdaderos padres para nosotros, satisfaciendo todas nuestras necesidades, tanto materiales como afectivas. Nos mandaban a menudo al campo, a lo de los padres de la Sra. Rousseau, o bien a la casa de los Chiron, unos amigos que vivían a 6 kilómetros de Niort, dueños de una chacra, donde siempre éramos bien recibidos y bien alimentados. Esa gran “familia adoptiva de la guerra” fue mi familia durante mi niñez y todavía lo es.

Hélène: ¿Cuánto tiempo se quedaron escondidos en lo de la familia Rousseau?

Maurice: Vivíamos con ellos, ¡no estábamos escondidos! Sí estábamos “marcados”. Me enteré de eso gracias al libro de mi amigo Pouplain: éramos “niños marcados” o, para emplear el término utilizado por la policía francesa, “niños fichados”.

Micheline: ¿Eso significa que la administración sabía que estaban allí?

Maurice: ¡Sí! En aquella época, los judíos naturalizados franceses o nacidos en Francia aún no estaban afectados por las medidas de interpelación, por ende, Bernardo y yo no figurábamos en las listas de judíos pasibles de ser arrestados. Pero las autoridades sabían que estábamos allí… Estábamos “fichados”.

Si no hubiera sido por el dolor de la ausencia de nuestros padres, cada día más claramente definitiva, Bernard y yo habríamos tenido una infancia muy feliz. Éramos los hijos que Tonton y Tata18 no habían tenido.



No sólo no nos impedían que saliéramos a la calle, sino que nos insistían para que fuéramos a jugar con los niños del barrio. Nos cuidaban, nos malcriaban, pero también nos enseñaban el respeto hacia el otro, la rectitud, el Bien.

Con ellos, nos sentíamos al resguardo de toda desgracia. Gracias a ellos, éramos unos “francesitos” como todo hijo de vecino, iguales a los pibes con quienes jugábamos.


Qué felicidad cuando Tata nos enviaba a pasar un día o dos a Sainte-Pezenne, a casa de los Chiron! Nos reencontrábamos con nuestros amigos. Fue allí que conocí a Jean-Marie Pouplain. Era un sitio ideal para varones, la casa de las carcajadas… Hacíamos unas travesuras tremendas, ¡cosas imposibles! Este hombre, don Chiron, tenía una gran propiedad. Estaba orgulloso de su granero y de su huerto, pero sobre todo de su viña, que trepaba hasta arriba de un cerro y llegaba a metros de la puerta de una casita de piedra, tal vez una antigua cabaña de pastor donde jugábamos sin cansarnos nunca. Cuando la abuela Chiron nos llamaba para cenar, siempre nos faltaba “sólo una cosita más, por favor, ¡sólo un minutito!”. Un día que tardábamos más que de costumbre en responder a la llamada de la noche, don Chiron se envolvió con una sábana blanca y se ató varias cadenas alrededor de la cintura y los tobillos. Así, disfrazado, subió hasta la cabaña. ¡Ay! Ante la visión del fantasma, bajamos la colina a toda velocidad y, sin que doña Chiron tuviera necesidad de repetir su llamada, en un abrir y cerrar de ojos, los cinco chicos que estábamos ese día en la granja estábamos sentados como unos santos alrededor de la gran mesa de la cocina.

A finales de enero de 1944, en una de esas ocasiones en que habíamos ido a pasar el día a Sainte-Pezenne, la abuela Chiron llevó a mi hermano aparte y le dijo: “Escúchame bien, Bernard, ¿te acuerdas de mi sobrino que es gendarme? Vino hace un rato a decirme que esta noche, a las doce, va a haber una redada. Todos los judíos que aún estén en la región van a ser arrestados. Incluso los niños”.

Bernard tragó saliva…

“¿Qué hacemos entonces?”

“Toma a tu hermano contigo, regresa a Niort y avísale a Maxime.”

Mi hermano me agarró de la mano para recorrer tan rápido como me lo permitían mis piernitas, los 6 kilómetros que nos separaban de Niort.

Hélène: ¿Qué edad tenían?

Maurice: Yo tenía 6 años y Bernard, apenas 12. Cuando llegamos a la droguería Christol, donde nuestro tío era gerente, mi hermano fue directo hacia él y le dijo muy bajito: “Tonton, la abuela Chiron nos dijo que volviéramos y te dijéramos que esta noche va a haber una redada”.

“Alguien me lo hubiera advertido, chiquito mío. Es imposible, ¡no te preocupes!”

Maxime, muy conocido en la ciudad, era querido por todos, tanto en la municipalidad como en la comisaría. Confiaba en quienes en teoría debían estar al tanto de ese tipo de cosas. Así que no le dio ninguna importancia al aviso de la abuela Chiron.

El reloj de la picota estaba dando las doce cuando unos golpes en la puerta nos despertaron sobresaltados.

¡Cuántas veces recordará más adelante la tía el shock que provocaron en ella el sonido de las campanas y el martilleo de los golpes a la puerta, todo junto, en aquella noche oscura y tan fría!

Se llevan a los niños

Medianoche en punto… ¡Los gendarmes vienen a arrestarnos!

Maxime no podía creer lo que estaba viendo. Eran hombres de la zona, los conocía. Conversó con ellos y les suplicó: “Digan que los niños no estaban, me los llevo de inmediato al campo”.


¡No logró convencerlos! Los gendarmes nos llevaron con ellos.

Era 31 de enero, hacía mucho frío. La tía nos hizo ponernos dos o tres suéteres, uno sobre otro, y un abrigo y guantes. Nos preparó un café con leche a toda prisa y, para ayudarnos a soportar mejor la separación, nos dio de comer un trozo de pan con manteca antes de subir al autobús. Ella, que no era judía, en ese momento de angustia ¡fue la más ídish de todas las idishe mames!

Muerto de miedo, ¡vomité en el bus todo lo que me había hecho comer!

Tal como nos lo había dicho abu Chiron, la redada apuntaba a todos los judíos que aún no habían sido deportados. ¡Inclusive aquellos nacidos en Francia! Uno tras otro, los cinco autobuses depositaron su carga humana en un inmenso galpón situado muy cerca de la estación de tren de Niort, que hacía las veces de centro de reagrupamiento.

[¡Cruel sensación de culpa debió de sentir Maxime Rousseau por desoír la advertencia de doña Chiron! ¿Y si a los niños los deportaban?]

Maurice: El tío tenía buenas relaciones en Niort. ¡No todos eran como los dos gendarmes que habían venido por nosotros! Al día siguiente, temprano por la mañana, lo fue a ver otro policía para decirle dónde estábamos. Edmée y Maxime vinieron a vernos. La suerte quiso que, apenas traspasada la reja de entrada, se toparan con nuestro pediatra, el doctor Épagneul, nombrado jefe de control sanitario en el centro de reagrupamiento. Luego de intercambiar algunas palabras con mis padres adoptivos, el doctor hizo lo necesario para que nos separaran del grupo a Bernard, a mí y a tres chicos judíos más. Y después de redactar para cada uno de nosotros un certificado declarando que presentábamos riesgos de contagio, le ordenó a un gendarme que nos condujera al hospital de Niort.

Myriam K.: Si de algo tenían miedo los alemanes, era de las enfermedades transmisibles…

Maurice: Sí. Y de la locura. Fue por eso que no se llevaron a mi madre.

Nos conducen al hospital donde, sin otro trámite, nos ubican en una misma habitación a Bernard, a mí y a los otros tres muchachos. La religiosa que nos recibe nos conduce a toda prisa hacia las camas: “¡A la cama enseguida! ¡Dense prisa, se quitarán la ropa más tarde!”. Apenas hubo terminado de taparnos con la frazada hasta el cuello y de marcar algunas líneas de fiebre en las pizarras que se hallaban al pie de cada cama, se abrió la puerta. Por el resquicio apareció la cara de un oficial alemán. Había venido a comprobar que los cinco niños “contagiosos” estaban allí. Miró, ¡pero no entró!

La imagen de la puerta entreabierta, del cuello estirándose y de los ojos que nos examinaban a la distancia todavía me hace doler la panza.

Hélène: Te creo… ¡Pero cuánta buena gente también hubo en tu camino, Maurice! Es cierto que los gendarmes que los detuvieron eran franceses, ¡pero cuántos otros franceses, diametralmente opuestos a aquellos, los ayudaron! El doctor Suire, el sobrino de la Sra. Chiron, los Chiron, los Rousseau, el agente de policía que fue a decirle a Maxime dónde estaban ustedes, el doctor Épagneul, las religiosas… ¡Todos franceses! ¡Un eslabón, cada uno de ellos, de la larga cadena de salvadores franceses!19



[El caso de Maurice confirma lo que a menudo hemos debatido en el transcurso de nuestras reuniones: durante la Ocupación era prácticamente imposible que un judío pudiera sobrevivir por sus propios medios, sin ayuda exterior.20 Máxime tratándose de niños. Para evitar caer en las redes nazis, había que vivir escondido o con una falsa identidad. En una palabra, había que volverse “invisible”, y eso no era posible sino con la ayuda de al menos una persona. Para la mayoría de los sobrevivientes, sobrevivir implicó el apoyo de varias personas, lo cual podríamos definir como un encadenamiento de apoyos, por más que el “salvado” no siempre se diera cuenta de ello (como veremos, en particular, en el testimonio de Lily y Jean Ventura21).

La mayoría de nosotros, si sobrevivimos, fue gracias a toda una red, compuesta por un “salvador principal”, el que corrió los mayores riesgos, y uno o varios “salvadores secundarios”, gente que a menudo permaneció en las sombras, como el amigo de un amigo que recomendó un posible escondite, un desconocido que aconsejó no aventurarse a tal lugar, funcionarios que hicieron caso omiso de las órdenes recibidas o confeccionaron falsos documentos de identidad o de alimentación, vecinos que “sabían” y desviaron la mirada, otros que sencillamente fueron a llevar un mensaje o ayudaron a superar un obstáculo…]

Maurice: Nos quedamos cuatro meses en el departamento de asistencia pública del hospital de Niort, vigilados noche y día por policías o por el personal hospitalario. Nos traían la comida al cuarto, pues no teníamos permiso de salir. Eso era lo más difícil de soportar para nosotros. ¡Imaginen a cinco chicos, unas veces deprimidos, otras veces sobreexcitados, obligados a vivir entre las cuatro paredes de una habitación durante cuatro meses! No teníamos distracción alguna más allá de la mesa y las sillas que utilizábamos para hacer toda suerte de saltos “mortales”, ya que nos entrenábamos para la eventualidad de tener que saltar de un tren en marcha. Nos entreteníamos como podíamos… Todos los meses, un médico debía venir a examinarnos y firmar un papel certificando que todavía no éramos aptos para la deportación. Los tres primeros meses, el doctor Épagneul estuvo a cargo de ese control, así que todo salió bien, pero todos éramos conscientes de que el cerco podía cerrarse de un momento a otro.

“Hagan todo lo que sea necesario para salvarlos”, le había dicho mi padre a los Rousseau antes de ser detenido. En marzo de 1944, la situación había cobrado un cariz tan amenazante que el tío y la tía jugaron la carta que habían evitado hasta entonces: ¡el bautismo! Bernard y yo fuimos bautizados en la capilla del hospital, el 22 de marzo, en presencia de la madre superiora, del Sr. y la Sra. Rousseau y de Madeleine Béguier, prima de Maxime, quien mediante su presencia aportaba a los tíos el apoyo de toda su familia.22


Unos días después, nos trasladaron al orfanato, cuyas religiosas también hicieron todo lo que estuvo a su alcance para quedarse con nosotros, hasta el día en que un médico, el doctor P., oficialmente enviado por el prefecto de Deux-Sèvres, quien estaba bajo las órdenes de la Gestapo y estimaba que había demasiados enfermos en el hospital de Niort, fue a efectuar una visita de control. Ese doctor tenía la misión de detectar entre los internados aquellos que tenían certificados de complacencia. El 29 de abril de 1944, el doctor P., que sin embargo gozaba de la estima de la mayoría de los habitantes de Niort, redactó la siguiente declaración: “Se ha observado que los niños Bernard y Maurice Ajzensztejn hoy serían aptos para ser transportados”.

Hélène: Es decir… ¡“Estaban en condiciones para la deportación”!

Maurice: ¡Exactamente! Con lo cual, tres semanas después de la emisión de ese certificado, la gendarmería, que había recibido la orden de expedir a los últimos judíos de Niort al campo de la ruta de Limoges, en Poitiers, vino a buscarnos. Bernard y yo, respectivamente con 12 y 6 años, ¡prisioneros! Aquel día, el 20 de mayo de 1944, fuimos conducidos al campo de Poitiers, donde mi padre había estado detenido durante más de once meses, para finalmente ser trasladado a Drancy con el tren del 6 de mayo, es decir, ¡tan sólo catorce días antes de que llegáramos nosotros! El dolor de no habernos cruzado por tan poco se volvió aún más intenso cuando, más tarde, entendimos que ese tren del 6 de mayo había sido el último en partir de la estación de Poitiers, ya que nueve días más tarde, esta fue bombardeada por los aliados.

El tío y la tía hicieron cuanto pudieron para ayudarnos. Vinieron a traernos paquetes en varias oportunidades, pero las visitas estaban casi siempre prohibidas y muchas veces se toparon con la mala voluntad de los guardias, que sólo les permitían vernos de lejos, a través de las rejas o por arriba de los alambres de púa. Un día, el tío se puso nervioso con un soldado y le gritó: “¡Pero por favor, déjelos acercarse a nosotros! ¡Están solos, son niños!”. El guardia, apoyando la pistola en la sien de Maxime, le respondió fríamente: “Mañana serán grandes…”. Un cinismo imposible de olvidar.

Micheline: Las dos Francias, la de la solidaridad activa y la de la ignominia…


Maurice: Sólo una vez durante nuestros tres meses y medio de internación se les permitió acercarse a nosotros, pero ¡“no más de diez minutos”! Al ver nuestro estado, la tía no pudo contener las lágrimas. Y eso que no estábamos completamente abandonados a nuestra suerte, ya que una señora judía que trabajaba en una pensión en La Rochelle y estaba allí con su nieta nos cuidaba. Nosotros, a cambio, le dábamos un poco de lo que recibíamos de Edmée y Maxime: chocolates y galletas hechas por la tía.

La gran suerte que tuvimos, que no tuvieron ni mi padre ni los cientos de miles de judíos deportados antes del mes de mayo de 1944, fue el desembarco aliado.

Por fin la cosa empezaba a moverse, oíamos hablar de sabotajes por todas partes, principalmente en las vías férreas. No por ello había llegado nuestra reclusión a su fin, pero al menos sabíamos que la deportación ya no se iba a hacer tan fácilmente como antes.


Hélène: Seguramente no estarías aquí con nosotros, Maurice, si el doctor P. hubiera firmado el “aptos para ser transportados” un mes o, inclusive, quince días antes de lo que lo hizo… ¡A veces, un sólo día signa la diferencia entre la vida y la muerte!

Maurice: Así es. A veces la vida depende de un minuto.

13 de junio de 1944

Rugidos de motores, aviones que pasan por encima del campo, se alejan y regresan. “¡Los ingleses!”, oímos que exclaman por todas partes. “¡Los ingleses!” Gritos de alegría, observamos, nos escondemos… ¡Un alboroto! Las bombas caen, enormes. Y ahí están aquellos hombres que hasta un instante atrás nos miraban, orgullosos y cínicos; que ahora corren de aquí para allá; abren las rejas, cargan sus camiones, se suben a ellos de un salto, ponen en marcha los motores y arrancan en medio de un bochinche infernal.

El infierno se aleja.

¡Somos libres!

Apenas han recorrido unos cientos de metros, que comienzan a arrojar paquetes sobre la ruta: grandes bolsas caen, cajas, bultos… ¡Parece que han sobrecargado sus camiones y ahora tienen que abandonar buena parte de su botín!

Habíamos vivido en tal angustia estos últimos meses, que nos habíamos olvidado lo que era reír, pero hete aquí que vemos a nuestros carcelarios que tiran los tesoros que se querían llevar y… explotan las carcajadas de quienes, hasta una hora antes, ni osábamos mirarlos. ¡Burda payasada! Los cartones de cigarrillos caen sobre la calzada, las latas de foie gras vuelan por los aires y rebotan, las cajas de coñac y de licor pasan por encima de las barandillas, así como las bolsas repletas de quesos. Los prisioneros, que diez minutos atrás aún mantenían una prudente distancia con sus ahora exguardias, se ponen a perseguirlos. Todo lo que cae sobre la ruta vale la pena ser levantado. Mi hermano se hace de dos botellas de coñac Camus, todavía me pregunto cómo, al tiempo que recoge balas de ametralladora. Yo atrapo un paquete de cepillos de dientes de todos los colores. Preciosos eran, ¡pero Bernard había dado con algo mejor!

Myriam K.: Era la debacle…


Maurice: ¡La debacle alemana! Los camiones desaparecen a lo lejos. Regresa la calma. Ahora todo es silencio. Nos miramos los unos a los otros, incrédulos.

Se forma una larga columna, tomamos la ruta. ¡Libres pero sin saber a dónde ir! Nadie sabe cómo hacer para retornar a su hogar. Bernard y yo avanzamos con otras personas por un camino rural donde los escasos carteles que vemos no nos significan nada. Ya era el atardecer cuando nos cruzamos con unos monjes que tras enterarse de dónde veníamos y qué nos había sucedido nos llevan a su monasterio. Recuerdo un lugar maravilloso, casi irreal, en el corazón del bosque. Nos aseamos. Los religiosos nos cuidan, nos dan de comer, nos reconfortan. Los niños corren al aire libre. Dormimos…

No sé exacto cuánto tiempo pasamos allí, habrán sido dos días, tres días tal vez…

Hélène: ¿Y vuestros padres adoptivos no fueron a buscarlos?

Maurice: Sí, por supuesto, tan pronto como se enteraron de la liberación del campo y de la huida de los alemanes, fueron hacia allí. ¡Pero nosotros ya nos habíamos ido! “Probablemente, han sido recogidos por alguna persona de bien, pensaron. No deben de estar muy lejos, ¿pero cómo hacemos para encontrarlos?”

Maxime, que había sido conductor de ómnibus en su juventud, fue a consultar a su exjefe, el Sr. Landry Brivin, con quien mantenía muy buenas relaciones. Este le propuso enviar su coche y a su chofer personal, el Sr. Guignard, en nuestra búsqueda. Ese hombre, cuyos tres hijos habían pasado a la Resistencia, había tenido la desgracia poco tiempo antes de perder a su hijo menor en una emboscada. Acaso fue por eso que encontrarnos y llevarnos sin demora de vuelta a Niort se convirtió para él en una cuestión de honor.

Sentados en el asiento trasero del imponente coche del Sr. Brivin, mi hermano y yo mirábamos con asombro a la gente que a lo largo de la avenida Victor-Hugo se detenía para saludar a los dos niños judíos… Nunca olvidaré el momento en que entramos a la droguería Christol. Pese a todos mis piojos [la voz de Maurice devela su emoción],

mi “madre adoptiva de la guerra” me abrazaba y me seguía abrazando. “¡Están aquí —repetía—, están aquí!” Me pasé toda la tarde acurrucado contra ella.

Myriam K.: ¡Es una historia maravillosa!

Maurice: Nos habíamos reencontrado con “nuestra familia”. Pocos días después, empezaba el inicio del año escolar y, por primera vez, tomé el camino de la escuela.

Bernard y yo estábamos tan felices de haber vuelto con Tonton y Tata, que nos habíamos olvidado de que ellos no eran nuestros verdaderos padres; si alguien nos hubiera preguntado en aquel entonces si deseábamos quedarnos a vivir con ellos, no hubiéramos entendido la pregunta de lo obvia que resultaba la respuesta.

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Дата выхода на Литрес:
31 марта 2025
Объем:
666 стр. 144 иллюстрации
ISBN:
9789875995772
Издатель:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

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