Читать книгу: «Falsa proposición - Acercamiento peligroso»
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28001 Madrid
© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
N.º 452 - agsoto 2020
© 2008 Heidi Rice
Falsa proposición
Título original: Pleasure, Pregnancy and a Proposition
© 2013 Heidi Rice
Acercamiento peligroso
Título original: Too Close for Comfort
Publicadas originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Estos títulos fueron publicados originalmente en español en 2014
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todoslos derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1348-621-5
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Falsa proposición
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Acercamiento peligroso
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Si te ha gustado este libro…

Capítulo Uno
–Rápido, Lou, bombonazo a tu derecha.
Louisa di Marco dejó de teclear al escuchar el urgente susurro de la ayudante de redacción, Tracy.
–Tengo que terminar esto, Trace –murmuró–. Y yo me tomo mi trabajo muy en serio.
Ella era una profesional, una de las redactoras de la revista Bush más populares y respetadas entre sus colegas. Pero el artículo sobre los pros y los contras de las operaciones de aumento de pecho estaba dándole quebraderos de cabeza. ¿Cuáles eran los pros? Así que no iba a distraerse porque un tipo guapo hubiese entrado en la oficina.
–Estoy hablando de un ejemplar fabuloso –insistió Tracy–. No te lo pierdas, de verdad.
Louisa siguió tecleando sin hacerle caso hasta que, por fin, se decidió a mirar.
–Espero que sea algo bueno de verdad.
Louisa giró la cabeza sin esperar demasiado porque los gustos de Tracy no solían coincidir con los suyos. Pero el tipo, por feo que fuera, no podría provocarle tantas náuseas como las fotos que llevaba toda el día mirando.
–¿Dónde está ese adonis?
–Ahí –Tracy señaló hacia el fondo de la oficina–. El tipo que está hablando con Piers –añadió, con tono reverente–. ¿No es para morirse?
Louisa esbozó una sonrisa. Le gustaba saber que no era la única demente en la oficina.
Detrás de las demás redactoras, todas tecleando como locas el último viernes antes de galeradas, vio a dos hombres de espaldas, frente al mostrador de recepción… y tuvo que contenerse para no lanzar un silbido.
Tracy no solo la había sorprendido, la había dejado atónita. Ni siquiera podía ponerle una pega, al menos desde aquel ángulo. Alto, de hombros anchos, con un traje de chaqueta azul marino que parecía hecho a medida, Adonis hacía que el editor, Piers Parker, que medía al menos metro ochenta, pareciese un enano.
–¿Qué te parece? –preguntó Tracy, impaciente.
Louisa inclinó a un lado la cabeza. Incluso a veinte metros de distancia, el hombre merecía un suspiro de admiración.
–Desde luego, tiene un trasero estupendo, pero debo verle la cara antes de emitir un juicio. Como sabes, nadie entra en la categoría de bombón a menos que haya pasado el test de la cara.
Erguido, con las piernas separadas, Adonis eligió ese momento para meter las manos en los bolsillos del pantalón. Su expresión corporal denotaba enfado, pero a Louisa le daba igual porque, al hacerlo, había levantado la chaqueta, dejando claro que no estaba equivocada: tenía un trasero de escándalo. Si se diera la vuelta…
Louisa se llevó el bolígrafo a los labios, esperando. Aquello era mucho mejor que los implantes de silicona.
El ruido de la oficina y las conversaciones empezaron a disminuir a medida que las mujeres se fijaban en el recién llegado. Louisa casi pudo escuchar un suspiro colectivo.
–A lo mejor es el nuevo ayudante de redacción –dijo Tracy, esperanzada.
–Lo dudo. Lleva un traje de Armani y Piers prácticamente está haciendo genuflexiones. Y eso significa que, o Adonis es del consejo de administración, o es un jugador del Arsenal.
Aunque con ese cuerpo tan atlético no le sorprendería que fuese deportista, Louisa estaba segura de que un futbolista no tendría ese aire tan sofisticado.
Casi tenía que contener el aliento. Había pasado tanto tiempo desde que sintió el deseo de flirtear con un hombre que casi no reconocía la sensación. ¿Cuánto tiempo había pasado desde que se emocionó al ver a un hombre guapo? En su mente se formó una imagen que descartó de inmediato.
«No vayas por ahí».
Pero ella sabía que había sido tres meses antes. Doce semanas, cuatro días y… dieciséis horas para ser exactos.
Luke Devereaux, el guapísimo, encantador lord Berwick, que en realidad era una cobra venenosa, ya no le afectaba en absoluto.
Piers se volvió para señalarla a ella. Qué raro, pensó. Adonis se volvió también y cuando un par de penetrantes ojos grises se clavaron en su rostro, Louisa se quedó sin respiración.
El corazón le latía como una apisonadora, la sangre se le subió a la cara y el vello de la nuca se le erizó. Y entonces, el recuerdo que había intentado suprimir los últimos tres meses la golpeó como una bofetada: unos dedos acariciándola, unos labios insistentes sobre el pulso que le latía en el cuello, ola tras ola de un orgasmo eterno sacudiéndola hasta lo más profundo…
Louisa experimentó una mezcla de nervios, furia y náuseas.
¿Qué estaba haciendo allí?
No era Adonis. El hombre que se acercaba a ella era el demonio reencarnado.
–Viene hacia aquí –anunció Tracy–. Ay, Dios mío, ¿no es el aristócrata ese… como se llame? Ya sabes, el que salió en la lista de los británicos más deseados. Tal vez haya venido a darte las gracias.
Para nada, pensó Louisa amargamente. Ya se había vengado de eso tres meses antes.
Nerviosa, irguió los hombros y cruzó las piernas, el tacón de su bota golpeó la silla como la ráfaga de una ametralladora.
Si había ido para volver a intentar algo con ella lo tenía claro.
Se había aprovechado de su confiada naturaleza, de su innato deseo de flirtear y de la incendiaria atracción que había entre ellos, pero no volvería a pillarla desprevenida.
* * *
Luke Devereaux recorrió en un par de zancadas el espacio que lo separaba de ella. Apenas se fijó en el editor que le pisaba los talones o en el mar de ojos femeninos clavados en él. Toda su atención, toda su irritación, concentrada en una mujer en particular. Que estuviese tan guapa como la recordaba, el brillante pelo rubio enmarcando un rostro angelical, el fabuloso escote acentuado por un vestido ajustado de estampado llamativo y unas piernas interminables, lo obligó a hacer un esfuerzo para mantener la calma.
Las apariencias podían ser engañosas.
Aquella mujer no era ningún ángel y lo que planeaba hacerle era lo peor que una mujer podía hacerle a un hombre.
Debía reconocer que las cosas se les habían ido de las manos tres meses antes y la culpa, en parte, había sido suya. El plan había sido darle una lección sobre la obligación de respetar la privacidad de la gente, no aprovecharse de ella como había hecho.
Pero ella también tenía parte de culpa. Nunca había conocido a nadie tan impulsivo en toda su vida. Y él no era un santo. Cuando una mujer tenía ese aspecto, sabía como ella y olía como ella, ¿qué podía hacer un hombre?
No podía imaginar a ninguno pensando con claridad en esas circunstancias. ¿Cómo iba a saber que no tenía tanta experiencia como había pensado?
Una cosa era segura: estaba harto de sentirse culpable.
Después de hablar con un amigo mutuo, Jack Devlin, el día anterior, el sentimiento de culpa y los remordimientos habían dado paso a una tremenda furia.
Ya no se trataba solo de los dos; una vida inocente estaba involucrada y él haría lo tuviese que hacer para protegerla. Y cuanto antes se diese cuenta ella, mejor.
Louisa di Marco estaba a punto de descubrir que nadie podía reírse de Luke Devereaux.
¿Qué le había dicho el difunto lord Berwick en su primer y único encuentro años antes?
«Lo que no te mata te hace más fuerte».
Él había aprendido esa lección cuando tenía siete años. Asustado y solo, en un mundo que no conocía ni entendía, había tenido que volverse duro. Y era hora de que la señorita Di Marco aprendiese la misma lección.
Cuando llegó frente al escritorio de Louisa vio un brillo de furia en sus preciosos ojos castaños, las mejillas ardiendo de rabia y la elegante barbilla levantada en gesto de desafío. Y, de repente, se imaginó a sí mismo enredando los dedos en ese pelo y besándola hasta que la tuviese rendida…
Para contener el deseo de hacerlo tuvo que meter las manos en los bolsillos del pantalón, mirándola con la expresión que solía usar para asustar a sus rivales en los negocios.
Louisa, sin embargo, ni parpadeó siquiera.
Mirándola, experimentaba la misma descarga de adrenalina que solía asociar con algún reto profesional, pero enseñarle a aquella mujer a hacer frente a sus responsabilidades sería más placentero que problemático. Y ya estaba anticipando la primera lección: obligarla a contarle lo que debería haberle contado meses antes.
–Señorita Di Marco, quiero hablar con usted.
Louisa pasó por alto el suspiro de Tracy para mirar a aquel demonio a los ojos.
–Perdone, ¿con quién estoy hablando? –le preguntó, como si no lo supiera.
–Es Luke Devereaux, el nuevo lord Berwick –anunció Piers, como si estuviera presentando al rey del universo–. ¿No te acuerdas? Apareció en el artículo de los solteros más cotizados del país. Es el nuevo propietario de…
Luke Devereaux lo interrumpió con un gesto.
–Con Devereaux es suficiente. No uso el título –anunció, sin dejar de mirar a Louisa. Su voz era tan ronca y grave como ella la recordaba.
Pensar que una vez esa mirada de acero le había parecido sexy…
Esa noche, alguien debía haberle echado Viagra en la copa. Su voz no era atractiva sino helada; y los ojos azul grisáceo eran fríos, no enigmáticos.
Y todo eso explicaba por qué tenía que contener un escalofrío a mediados del mes de agosto.
–Seguro que su vida es fascinante, pero me temo que estoy muy ocupada ahora mismo. Y solo publicamos el artículo de los solteros más deseados una vez al año. Vuelva el año que viene y lo entrevistaré para ver si pasa el corte.
Louisa se felicitó a sí misma por el insulto, totalmente deliberado.
Ella sabía que Luke detestaba haber aparecido en esa lista, pero no obtuvo la satisfacción que había esperado porque, en lugar de parecer molesto, siguió mirándola sin decir nada. No reconoció el golpe ni con un parpadeo.
De repente, apoyó las manos en el escritorio y se inclinó hacia ella, el aroma de su colonia, algo masculino y exclusivo, haciendo que golpease la silla con el tacón a toda velocidad.
–¿Quiere que hablemos en público? Me parece bien –le dijo, en voz tan baja que tuvo que aguzar el oído–. Pero yo no soy quien trabaja aquí.
Louisa no sabía de qué quería hablar o por qué estaba allí, pero sospechaba que la discusión era de índole personal. Y aunque no quería verlo ni en pintura, tampoco quería que la humillase públicamente.
–Muy bien, señor Devereaux –murmuró, apagando el ordenador–, tengo diez minutos para entrevistarlo. Podría hablar con la jefa de redacción, tal vez ella esté dispuesta a incluirlo en el número del mes que viene. Evidentemente, está deseando que su rostro aparezca en la revista.
Él se apartó de la mesa, apretando los dientes. Ah, en aquella ocasión había dado en la diana.
–Muy amable por su parte, señorita Di Marco. Créame, no va a perder su tiempo.
Louisa se volvió hacia Tracy, que parecía estar imitando a un pez.
–Terminaré el artículo más tarde. Dile a Pam que lo tendré a las cinco.
–No volverá aquí por la tarde –anunció Devereaux entonces.
Louisa iba a corregirlo cuando Piers la interrumpió:
–El señor Devereaux ha pedido que te demos el resto del día libre y yo lo he aprobado.
–Pero tengo que terminar el artículo –protestó ella, atónita.
Piers, que solía ser un nazi con las fechas de entrega, se encogió de hombros.
–Pam va a incluir un par de páginas más de publicidad, así que tu artículo puede esperar hasta el mes que viene. Si el señor Devereaux te necesita hoy, tendremos que acomodarnos.
¿Qué? ¿Desde cuándo la editora de la revista Blush aceptaba órdenes de un matón, por muy aristócrata que fuese?
Devereaux, que había estado escuchando la conversación con aparente indiferencia, tomó su bolso del escritorio.
–¿Es suyo? –le preguntó, impaciente.
–Sí –respondió Louisa, desorientada.
¿Qué estaba pasando allí?
–Vamos –dijo él, tomándola del brazo.
Aquello no podía estar pasando. Louisa quería decirle que dejase de actuar como Atila, pero todo el mundo estaba mirando y preferiría morir antes que hacer una escena delante de sus colegas. De modo que se vio obligada a salir con él y bajar la escalera como una niña obediente, pero cuando llegaron a la calle se soltó de un tirón, a punto de estallar.
–¿Cómo te atreves? ¿Quién crees que eres?
Devereaux abrió la puerta de un deportivo oscuro aparcado frente a la oficina y tiró su bolso sobre el asiento.
–Sube al coche.
–De eso nada.
¡Qué descaro! La trataba como si fuera una de sus empleadas. Pues de eso nada. Piers podía obedecer sus órdenes, pero ella no pensaba hacerlo.
Cuando cruzó los brazos sobre el pecho, decidida a no dar un paso, él enarcó una ceja.
–Sube al coche –repitió, con voz helada–. Si no lo haces, te meteré a la fuerza.
–No te atreverías.
Apenas había terminado la frase cuando Luke la tomó en brazos y la tiró sobre el asiento como si fuera un saco de patatas.
Louisa se quedó tan sorprendida que tardó un segundo en reaccionar; segundo que él aprovechó para subir al coche y arrancar a toda velocidad.
–Ponte el cinturón de seguridad.
–Déjame salir. ¡Esto es un secuestro! –exclamó ella, furiosa.
Sujetando el volante con una mano, Luke abrió la guantera para sacar unas gafas de sol.
–No te pongas tan melodramática.
–Melo… ¡pero bueno! –exclamó Louisa. Solo su padre la había tratado de ese modo, pero le había parado los pies cuando era adolescente–. ¿Cómo te atreves?
Luke detuvo el coche en un semáforo y se volvió hacia ella con una sonrisa en los labios.
–Creo haber dejado claro que sí me atrevo. Podemos seguir peleándonos, aunque no vas a conseguir nada –afirmó, con total seguridad–, o puedes hacer lo que te digo y salvar tu preciosa dignidad.
Antes de que se le ocurriera una réplica adecuada, él volvió a arrancar.
Demonios, había perdido la oportunidad de saltar del coche.
–Ponte el cinturón de seguridad –repitió Luke.
A regañadientes, Louisa se lo puso. No estaba tan loca como para tirarse del coche en marcha, pero tendría que parar tarde o temprano, y entonces le diría lo que pensaba. Hasta ese momento, lo mejor sería no decir una palabra.
Ese plan funcionó durante cinco minutos, porque cuando cruzaron Euston Road la curiosidad pudo más que ella.
–¿Se puede saber dónde vamos? Si yo, pobrecita de mí, puedo preguntar.
Luke esbozó una sonrisa burlona.
–¿Pobrecita? ¿Tú?
Louisa no dignificó la pregunta con una respuesta.
–Tengo derecho a saber dónde me llevas.
Él giró en una calle estrecha y aparcó frente a un edificio de seis plantas. Quitó la llave del contacto y, apoyando el brazo en el volante, se volvió para mirarla. Sus hombros parecían anchísimos bajo la chaqueta de lino, e intimidada a pesar de todo, Louisa tuvo que hacer un esfuerzo para no encogerse.
–Ya hemos llegado. La cita es en… –Luke miró su reloj– diez minutos –anunció, como si eso lo explicase todo.
Ella miró por la ventanilla.
–¿Qué hacemos en la calle Harley?
En el portal del edificio frente al que había parado había una placa con el nombre de una clínica. ¿Por qué la había llevado allí?
Luke se quitó las gafas de sol y las tiró sobre el asiento trasero.
–Respóndeme a una pregunta –le dijo, con voz tensa–: ¿Pensabas contármelo?
–¿Contarte qué?
¿Por qué la miraba como si la hubiese pillado intentando robar las joyas de la corona?
Luke Devereaux clavó en ella sus ojos grises, más fríos que nunca.
–Lo de mi hijo.
Capítulo Dos
–¿Tu qué? ¿Qué hijo? –exclamó Louisa–. ¿Te has vuelto loco?
Intentó abrir la puerta, decidida a salir del coche, pero él la sujetó por la muñeca.
–No te hagas la inocente, sé lo del embarazo. Sé lo de tus cambios de humor, el supuesto virus estomacal que tuviste hace poco y que no has tenido la regla en varios meses –Luke miró sus pechos–. Y hay otras señales que puedo ver por mí mismo.
Louisa tiró de su mano.
–¿Qué has estado haciendo, espiándome?
–Me lo ha dicho Jack.
–¿Jack Devlin te ha dicho que estoy embarazada? –gritó Louisa. Le daba igual que la oyese toda la calle.
Que mencionase al marido de su mejor amiga, Mel, era la gota que colmaba el vaso. Había olvidado que Jack y Luke eran colegas de squash. Así era como se habían conocido, en una cena en casa de Mel. Y Jack le había dicho que estaba embarazada… la próxima vez que le viera tendría que matarlo.
–No directamente –dijo Luke entonces–. Estábamos hablando del embarazo de Mel y te mencionó a ti. Por lo visto, Mel cree que estás embarazada, pero lo guardas en secreto por alguna razón.
Muy bien, entonces tendría que matar también a Mel.
–Por favor, dime que no le has hablado a Jack de nosotros.
El encuentro con Luke Devereaux fue tan humillante que no se lo había contado a nadie. Ni siquiera a Mel, a quien normalmente se lo contaba todo.
¿Pero cómo iba a contarle a su mejor amiga que se había acostado con un hombre en la primera cita, que había descubierto lo asombroso que podía ser el sexo, que durante diez minutos se había engañado a sí misma pensando que había encontrado el amor… para luego llevarse la mayor desilusión de su vida?
¿Cómo iba a decirle que ese hombre era un canalla, que no era el tipo sexy, divertido y encantador que fingía ser sino un frío y manipulador miembro de la aristocracia que la había seducido como venganza por escribir un artículo sobre él que no le había gustado?
La palabra «humillación» no explicaba lo que Louisa había sentido.
–No le ha hablado a Jack de nosotros. Estaba más interesado en saber lo que él tenía que decir de ti.
De repente, harta de él y de su actitud, Louisa supo que tenía que irse de allí lo antes posible.
–No estoy embarazada. Y ahora, después de haber mantenido esta estúpida conversación, vuelvo a mi trabajo.
Pero cuando iba a abrir la puerta del coche, de nuevo Luke le sujetó la muñeca.
–Suéltame.
–¿Cuánto tuviste la última regla?
–No voy a responder a eso.
–No vas a ir a ningún sitio hasta que lo hagas –dijo él, con firmeza.
Aquello era más que ridículo. ¿Por qué estaban discutiendo?
Apoyando la cabeza en el respaldo del asiento, Louisa cerró los ojos. Debía convencerlo de que no estaba embarazada para no volver a verlo nunca más.
Intentó recordar cuándo había tenido la última regla… pero no lo recordaba. En fin, sus reglas siempre habían sido irregulares, no tenía la menor importancia.
Además, había tenido una desde que estuvieron juntos y se había hecho una prueba de embarazo. No era tan tonta.
–Me hice una prueba de embarazo y dio negativa.
Para su sorpresa, en lugar de parecer arrepentido, Devereaux enarcó una ceja.
–¿Cuándo te la hiciste?
–No lo sé, unos días después.
–¿Te molestaste en leer las instrucciones correctamente?
Louisa torció el gesto.
–Lo suficiente como para saber que el resultado era negativo –respondió, irritada.
–Ya me lo imaginaba.
–No me hables como si fuera tonta. Me hice la prueba y dio negativo. Además, después de esa noche tuve la regla –Louisa se puso colorada. ¿Por qué le estaba hablando de su ciclo menstrual a aquel bárbaro?–. A ver si te enteras: no hay ningún hijo.
Él le soltó la muñeca para mirar el reloj.
–Tenemos cita con una de los mejores ginecólogas del país. Ella te hará una prueba de embarazo.
–¿Pero quién crees que eres?
–Posiblemente, el padre de tu hijo –respondió Luke, sin parpadear–. El preservativo se rompió, Louisa, tú lo sabes.
–¿Y qué?
–No has tenido la regla en los últimos meses, has sufrido mareos por las mañanas y tus pechos parecen más grandes, así que vas a hacerte una prueba de embarazo. Una prueba de verdad.
Louisa miró sus pechos, sorprendida. ¿Desde cuándo eran más grandes?
–No estoy embarazada y aunque lo estuviera… ¿por qué crees que tú serías el padre? Podría haberme acostado con otro hombre después de ti. O con cuarenta.
–Sí, pero no lo has hecho –respondió él, tan arrogante que Louisa tuvo que contenerse para no darle una bofetada.
El ego de aquel hombre no tenía límites.
–Ah, ya veo. Crees que eres tan memorable que ya no puede gustarme ningún otro hombre, ¿no? Pues te equivocas.
–Deja de fingir algo que no eres. Supe que el flirteo era falso en cuanto estuve dentro de ti.
Louisa, avergonzada, hizo un esfuerzo para mirarle la entrepierna con gesto de desprecio.
–Ah, ya, entonces es que tienes un radar ahí, ¿no?
Él sacudió la cabeza, riendo.
–Ojalá fuera así. De haber sabido que eras tan inocente no me habría acostado contigo.
–Ah, qué noble por tu parte. Pues no te sientas culpable, no era virgen.
–No, pero prácticamente –Luke exhaló un suspiro–. Siento lo que pasó esa noche, pensé que tenías más experiencia. No quería hacerte daño, de verdad.
Sí querías, pensó ella. Pero no lo dijo en voz alta. Que supiese lo vulnerable que era sería aún más humillante.
–Sí, bueno, esta conversación es muy interesante, pero la realidad es que no hay nada que discutir.
–Decidiremos eso cuando te hayas hecho la prueba de embarazo.
Louisa podría haber protestado, y seguramente debería haberlo hecho, pero de repente estaba agotada. Solo quería terminar con aquello lo antes posible para no volver a verlo.
Y si para eso tenía que hacerse una prueba de embarazo, se la haría.
Pero ya estaba ensayando lo que iba a decirle cuando el resultado de la prueba fuese negativo.
–Enhorabuena, señorita Di Marco, está usted embarazada.
El corazón de Louisa empezó a latir con tal violencia que pensó que estaba sufriendo un infarto.
No podía haber oído bien.
–Perdone, ¿qué ha dicho? –su voz sonaba débil y lejana.
–Está esperando un hijo, querida –la doctora Lester volvió a mirar el resultado de la prueba, que había recibido del laboratorio hacía diez minutos–. De hecho, es un resultado muy fiable. Por el nivel de hormonas, yo diría que está embarazada de tres meses. O eso, o está esperando mellizos.
Louisa tuvo que agarrarse a los brazos de la silla para no caer al suelo.
–¿Podría decirnos la fecha aproximada del parto? –preguntó Devereaux, a su lado.
Louisa lo miró, perpleja. Había olvidado que estaba allí. No había puesto pegas cuando quiso entrar con ella para saber el resultado porque creía que el resultado iba a ser otro.
Aquel debería ser el momento en el que le mandaba al infierno, pero él no parecía satisfecho o particularmente contento por su victoria sino tranquilo, sereno.
–¿Qué tal si hacemos una ecografía? –sugirió la doctora–. Así podremos comprobar cómo va el desarrollo del feto y dar una fecha más exacta.
–No diga tonterías, no hay ningún feto. Tiene que ser un error, no estoy embarazada. Me hice la prueba yo misma en casa y tuve la regla después. Además, no… –Louisa no terminó la frase, avergonzada. Pero daba igual lo que Devereaux supiera sobre su vida sexual o falta de ella– no he estado con nadie desde entonces.
La doctora Lester juntó los dedos.
–¿Qué clase de prueba se hizo?
–No recuerdo la marca, pero la compré en una farmacia.
–¿Y cuándo se la hizo?
–Una semana después… de nuestro encuentro –Louisa se aclaró la garganta.
–Algunas pruebas de embarazo son fiables, otras no tanto, depende de la marca. Y pueden dar un falso negativo si se hacen demasiado pronto. ¿Tuvo la regla después de eso?
–Sí.
–¿Una regla normal o más ligera?
–Más ligera.
–¿Cuántos días después del coito?
–Una semana o así.
–Entonces no era una regla, señorita Di Marco. Estaba manchando, es algo habitual mientras el feto se implanta en el útero.
–Pero yo pensé que solo podías quedar embarazada durante el período de ovulación.
Otra de las razones por las que había estado convencida de que no habría ningún problema.
–El embarazo puede ocurrir en cualquier momento, especialmente cuando se trata de parejas jóvenes o excepcionalmente fértiles.
–¿Ese manchado podría afectar al bebé? –preguntó Devereaux.
Louisa miraba a la doctora, decidida a ignorarlo. La situación era surrealista, como si hubiera salido de su cuerpo y estuviera viéndolo todo desde fuera. ¿Cómo podía estar embarazada de aquel hombre? Ella, que no había querido pensar en la posibilidad de tener hijos por el momento. Solo tenía veintiséis años y había trabajado mucho para llegar donde estaba. Se había matado a estudiar en la universidad, había hecho de todo para pagar sus estudios, incluso turnos de noche y dobles turnos en London Nights para hacerse un hueco en el mundo del periodismo local, hasta que por fin se había establecido como redactora en Blush.
Estaba orgullosa de lo que había conseguido. Blush era una buena revista que no solo publicaba artículos superficiales sino también sobre todo lo que significaba la experiencia femenina.
Y, de repente, todo eso estaba en peligro porque había cometido un error. Se había acostado con un hombre al que no le importaba un bledo y quien, además, parecía tener el esperma de un semental.
–No se preocupe por el manchado, lord Berwick –dijo la doctora, con tono indulgente–. Estoy segura de que el feto está bien. Como he dicho, la prueba demuestra que está firmemente establecido en el útero, pero una ecografía haría que se sintieran más tranquilos –luego sonrió a Louisa, que aún estaba intentando procesar toda aquella información–. ¿Por qué no viene conmigo a la sala de ecografías, señorita Di Marco?
Louisa miró de soslayo a Devereaux, que estaba observándola con gesto serio.
No solo el esperma de un semental sino la cabezonería de un mulo.
Suspirando, Louisa soltó los brazos de la silla.
–Muy bien.
Entró en la sala con las piernas temblorosas. Tal vez aún había alguna posibilidad de que todo fuese un error y, cuando la doctora hiciese la ecografía, vería que no había bebé alguno.
–Ahí está la cabeza y la espina dorsal –empezó a decir la doctora Lester, señalando la pantalla.
–Es increíble –murmuró Devereaux–. Se ve tan claro.
–Tenemos el mejor equipo de ultrasonido, estamos muy orgullosos.
Louisa estaba transfigurada. El frío gel sobre su abdomen, la presión de la sonda, incluso los rápidos latidos del corazón del bebé, todo eso desapareció mientras miraba la cabecita, los brazos… el cuerpo ya formado de un ser diminuto.
De repente, se le hizo un nudo en la garganta.
La doctora pulsó unos botones y, como por arte de magia, el rostro del bebé apareció en la pantalla. Tenía los ojos cerrados, un puñito le cubría la nariz y la boca…
–¿Qué está haciendo? –Louisa escuchó su propia voz como si llegase de muy lejos.
–Creo que se está chupando el dedo –respondió la doctora.
Los ojos se le llenaron de lágrimas e intentó parpadear para contenerlas. Desde que supo que estaba embarazada solo había pensado en sí misma, en cómo iba a afectarle la situación, cuando había algo más importante en juego: su hijo.
El bebé no le había parecido real hasta ese momento, pero lo era. Fueran cuales fueran sus problemas con Devereaux, por mucho que aquel embarazo fuese a cambiar su vida, jamás lamentaría el milagro que crecía dentro de ella.
Pero iba a traer al mundo a un bebé sin ninguna de las cosas que había dado por sentado: una familia, un hogar estable…
Louisa dejó escapar un suspiro. Si pudiese hablar con su madre un momento, solo una vez más. El eco de un dolor que no olvidaría nunca hizo que las lágrimas le rodasen por el rostro, pero cuando levantó la mano para apartarlas, otra mano, más grande, le sujetó la muñeca.
Devereaux, mirándola con una expresión indescifrable, se sacó un pañuelo del bolsillo y, después de secar sus lágrimas, se lo puso en la mano.
–¿Estás bien?
No, pensó ella, pero se sonó la nariz, enterrando la cara en el pañuelo al mismo tiempo. Lo último que necesitaba era que se mostrase amable.
–Sí, claro –respondió en cuanto pudo hablar, intentando parecer serena cuando tenía el corazón encogido.
Él se quedó mirándola un momento con esos ojos de acero y luego se volvió hacia la doctora.
–¿Está todo bien?
–Muy bien. Yo diría que el feto es un poco largo para la fecha que me han dado. ¿Puedo preguntarle cuánto mide, lord Berwick?
–Llámeme Luke –dijo él–. Mido un metro noventa.
–Ah, bueno, eso lo explica –la doctora tomó un pañuelo de papel para limpiarle el gel del abdomen–. Mientras la señorita Di Marco esté segura de que no puede haber concebido una semana antes…
Tendría que ser tres años antes, pensó Louisa.
–No, fue entonces –dijo Devereaux, antes de que ella pudiese responder–. Fue concebido el día vienticinco de mayo.
Louisa apretó los labios, airada. Le gustaría decirle dónde podía meterse sus conclusiones, pero no podía hacerlo porque, desgraciadamente, tenía razón. El precioso ser humano que habían visto en la pantalla era su hijo.
Mientras la doctora empezaba a hablar de fechas, escalas de crecimiento y vitaminas prenatales, Louisa vio que las atractivas facciones de Devereaux se iluminaban cada vez que miraba a su hijo en la pantalla.
Louisa suspiró. El bebé que crecía dentro de ella significaba que, hiciera lo que hiciera, siempre tendría una conexión con aquel hombre dominante, implacable, que tanto daño le había hecho. Un hombre que la había engañado, haciéndole creer que era el hombre de sus sueños, para luego reírse de ella.
¿Qué clase de padre iba a darle a su hijo?
De nuevo, se le hizo un nudo en la garganta. No podía pensar en eso en aquel momento. Era demasiado pronto para preocuparse por ello, de modo que hizo un esfuerzo para tranquilizarse.
Qué ironía, pensó, que el momento más increíble y asombroso de su vida hubiera resultado ser el más devastador. Entendía lo que David debió sentir mientras apuntaba a Goliat con su pequeña honda.
Capítulo Tres
Luke giró en Regent’s Park y miró a la mujer que iba sentada a su lado, en silencio, mirando por la ventanilla. Solo un pómulo era visible bajo la cortina de pelo dorado, como un halo alrededor de su cabeza. Apenas había dicho dos palabras desde que salieron de la clínica.
Y empezaba a preocuparlo.
Por su corta relación con Louisa di Marco, sabía que no era una persona silenciosa. En su única cita se había sentido cautivado por su personalidad, su sentido del humor y su incesante charla.
Por supuesto, también había visto otra faceta de su personalidad… su lengua afilada cuando le dijo quién era, por ejemplo. Pero prefería esa lengua afilada a aquel opresivo silencio.
Mientras atravesaban la majestuosa avenida flanqueada por robles y arces, Luke pensó que tal vez el silencio era una bendición. Necesitaba ordenar sus pensamientos, analizar la situación, pensar bien en lo que iba a hacer.
No se le había ocurrido que Louisa no supiera que estaba esperando un hijo. ¿No se suponía que las mujeres tenían un sexto sentido para esas cosas?
Pero era evidente que ella no tenía ni idea. Tumbada en la camilla de la clínica, tan vulnerable bajo la bata, la sorpresa en su rostro había sido genuina.
–¿Adónde vamos? –preguntó Louisa entonces, interrumpiendo sus pensamientos.
–A tu casa.
Ella se volvió, con gesto de sorpresa.
–¿Recuerdas dónde está?
Luke asintió con la cabeza, incapaz de hablar mientras miraba ese rostro que había estado grabado en su cerebro doce semanas: los ojos de color caramelo, los labios gruesos y sensuales, los altos pómulos, la piel de color miel.
Recordaba cada detalle de esa noche, no solo su dirección. El fresco aire de la noche mientras paseaban por Regent’s Park, el calor de su cuerpo, el aroma de las flores, su cautivadora sonrisa, el rico sabor del capuchino que habían tomado en Camden High Street, las caricias robadas.
Y después, los brazos de Louisa alrededor de su cuello mientras la llevaba por el pequeño apartamento, el sabor de sus labios, su sensual inocencia mientras la desnudaba en el pasillo, sus sollozos cuando la llevó al primer orgasmo y lo que había sentido él cuando los dos llegaron a un devastador final.
Sí, recordaba mucho más que su dirección. Ella volvió a mirar por la ventanilla.
–Tengo que volver a la oficina. Te agradecería que me llevaras allí.
–Voy a llevarte a Havensmere –dijo Luke. Tal vez tenía que pensar un par de cosas, pero su plan seguía siendo el mismo–. Solo vamos a pasar por tu casa para que hagas la maleta.
Ella giró la cabeza bruscamente, sus ojos tan oscuros que parecían negros, y Luke se preparó.
–¿Sabes una cosa, Devereaux? No tengo que hacer lo que tú ordenes. Será mejor que dejes de hacerte ilusiones.
–Yo creo que, en estas circunstancias, deberías llamarme Luke.
–Te llamaré como quiera, Devereaux –replicó ella, indignada.
Luke no se molestó en replicar hasta que aparcó a unos metros de su casa.
–Estás cansada y asustada –empezó a decir, con un tono paternalista que la sacó de sus casillas–. Te has llevado una sorpresa, lo entiendo.
Tenía mucho que aprender sobre ella, pensó Louisa, si pensaba que acusarla de estar histérica iba a servir para calmarla.
Irritada, cruzó los brazos sobre el pecho y permaneció en silencio.
–Mira, no quiero que nos enfademos –siguió él–. Tenemos muchas cosas que discutir y vamos a hacerlo en Havensmere.
–¿Pero es que no lo entiendes? No quiero ir a ningún sitio contigo.
Luke exhaló un suspiro mientras quitaba la llave del contacto.
–Lo sé.
Por primera vez, Louisa notó las líneas de fatiga alrededor de sus ojos. Y también algo más, algo que la sorprendió. ¿Era preocupación? ¿Estaba tan profundamente afectado por la noticia como ella?
–Te guste o no –siguió Luke– vamos a tener un hijo y tendremos que lidiar con las consecuencias. Deja de mostrarte tan hostil, no sirve de nada.
Louisa puso los ojos en blanco. Había vuelto a hacerlo. Cuando empezaba a sentir cierta simpatía por él, la exasperaba de nuevo. Tenía un talento innato para sacarla de quicio.
¿Y qué había querido decir con «lidiar con las consecuencias»? Él era un hombre rico e influyente que había tomado la iniciativa con el tratamiento médico y ella estaba como en trance desde que supo que esperaba un hijo, pero lo había oído concertar otra cita con la recepcionista…
¿Pensaba presionarla para que abortase?
Que pudiese no querer a su hijo debería haberla enfurecido, pero en lugar de eso la entristeció profundamente.
Aunque odiaba admitirlo, Devereaux tenía razón sobre algunas cosas: estaba cansada, emocionada y francamente sorprendida. Necesitaba reunir fuerzas y en su mansión de Wiltshire podría hacerlo, pero antes de nada debía aclarar un asunto.
–Francamente, te encuentro paternalista, mandón e insoportable. Tal vez si dejases de tratarme como si fuera de tu propiedad, yo dejaría de mostrarme hostil.
Un poco, al menos.
Cuando lo vio apretar la mandíbula pensó que tenía el mismo aspecto que cuando estaba enterrado en ella, llenándola, conteniéndose mientras su cuerpo estallaba en llamas…
La reacción física que siguió a ese recuerdo dejó a Louisa en silencio. Nerviosa, apretó las piernas, pero aquel río de lava solo podía significar una cosa: estaba excitada.
¿Qué le pasaba? Devereaux la había utilizado, se había aprovechado de ella y estaba a punto de pedirle que abortase. Y, sin embargo, seguía excitándola.
–¿Qué ocurre? ¿Te encuentras mal?
–No, no pasa nada –murmuró ella, sin mirarlo.
Luke rozó su mejilla con un dedo.
–Estás pálida. ¿Sigues teniendo náuseas matinales?
Louisa se apartó.
–No.
No se encontraba enferma, al contrario. Entonces notó el aroma de su colonia… por supuesto, eso era. La repentina punzada de deseo era debida a las hormonas, mezcladas con la libido. ¿No había leído en alguna parte que las mujeres embarazadas respondían de manera instintiva al olor del padre de su hijo? Tenía algo que ver con las feromonas.
Nerviosa, tragó saliva. No se sentía atraída por él, solo era una reacción química.
–Hay gente en la casa –dijo él, mirándola intensamente–. Es una mansión con sesenta habitaciones y más de cien acres de terreno. Tendremos tiempo, espacio y privacidad para hablar tranquilamente y hacer lo que tengamos que hacer.
–Esta noche no estoy de humor para hablar –dijo Louisa.
Luke esbozó una sonrisa y ella se dio cuenta de lo que acababa de decir.
–No importa, tampoco yo. Pero quiero ir esta noche y me gustaría que fueras conmigo… por favor.
Después de su ridícula reacción, Louisa no estaba segura de que pasar el fin de semana con él fuese la mejor idea, pero su expresión cuando dijo «por favor» inclinó la balanza a su favor. Tenía la impresión de que no era una frase con la que estuviese muy familiarizado.
Además, empezaba a estar cansada de verdad y no tenía fuerzas para seguir discutiendo.
–Muy bien, de acuerdo, pero solo una noche.
Él asintió con la cabeza antes de salir del coche y le abrió la puerta en un gesto de galantería. Pero Louisa se había dejado engañar por sus buenas maneras una vez y no pensaba volver a hacerlo.
Luke caminaba a su lado mientras iban hacia el portal, pero una vez allí, Louisa se aclaró la garganta.
–Deberías esperar aquí –le dijo. Lo último que quería era que subiese con ella al apartamento porque los recuerdos de esa noche aún estaban frescos en su memoria–. Si no tienes permiso para aparcar aquí te pondrán una multa, por cierto.
–Me arriesgaré.
–Prefiero subir sola, si no te importa.
–Muy bien, te esperaré aquí –Luke le levantó la barbilla con un dedo– pero no tardes mucho.
Ella apartó la cara, turbada.
–Tardaré el tiempo que tarde, Devereaux.
Como despedida no era genial, pero tendría que valer.
Intentó concentrarse en la irritación que Luke Devereaux le provocaba, pero mientras guardaba algunas cosas de aseo y un conjunto de ropa interior en la bolsa de viaje descubrió que no podía controlar la excitación.
Y eso tenía que terminar.
Cuando bajó a la calle, Devereaux estaba apoyado en el coche, de perfil, hablando por el móvil. Desde allí no podía oír lo que estaba diciendo, pero con las mangas de la camisa remangadas y las gafas de sol tenía un aspecto relajado, tranquilo…
Y eso la molestó. Allí estaba ella, enfrentándose con el momento más aterrador y milagroso de su vida y el responsable se portaba como si no pasara nada. Su mundo se había puesto patas arriba en una hora y él parecía no tener una sola preocupación en el mundo.
Furiosa, se dirigió hacia él, los tacones de sus botas repiqueteando en el pavimento.
–Seguramente llegaremos alrededor de las ocho –estaba diciendo Luke–. Prepare la suite, señora Roberts. Nos veremos en un par de horas.
Luke cortó la comunicación, alertado por el taconeo. Con la cabeza bien alta, los ojos clavados en él y moviendo las caderas, Louisa parecía una amazona furiosa.
Pero eso era mejor que verla frágil y agotada, y se apartó del coche, dispuesto a lidiar con lo que fuera.
–¿Lista? –le preguntó.
–Toma –Louisa le entregó la bolsa de viaje–. Vamos a terminar con esto de una vez.
Después de dejar la bolsa en el asiento trasero, Luke se colocó tras el volante.
–Pensé que habíamos acordado firmar una tregua –murmuró, mientras arrancaba.
–¿Ah, sí, cuándo? Perdona, no debí escuchar esa orden –replicó Louisa.
El mal humor le sentaba bien, pensó. Hacía que sus ojos de color caramelo brillasen como nunca y que sus pechos subieran y bajasen de una manera…
Sin poder evitarlo, soltó una risotada.
–¿Te parece gracioso? –exclamó ella, indignada.
Luke intentó contener la risa. Tenía razón, no era apropiado reírse en aquellas circunstancias.
–Estás muy guapa cuando te enfadas.
–Por favor, qué vulgaridad.
–Ya, pero pensé eso la primera noche y sigo pensándolo.
–Si esa es tu idea de un cumplido, me compadezco de cualquier mujer que tenga la desgracia de relacionarse contigo.
–¿Como tú, quieres decir?
–Un revolcón a toda prisa no es una relación –replicó Louisa.
–Si no me falla la memoria, no fue a toda prisa.
Ella apartó la mirada.
–No quiero hablar de esa noche. Llevo tres meses intentando olvidarla.
–Entonces, parece que has tenido la misma suerte que yo –dijo Luke.
Cuando giró la cabeza, vio un brillo de pánico y confusión en su mirada.
–¿Qué?
–Parece que no vamos a poder olvidarla. Ninguno de los dos.
Louisa dejó escapar un suspiro.
–Supongo que no, pero eso no significa que vayamos a repetir el error.
Hasta que escuchó esas palabras, a Luke no se le ocurrió cuánto desearía repetir el supuesto error.
La encontraba increíblemente atractiva, lo excitaba tanto como lo enfurecía y no había sido capaz de olvidarla, pero él no era masoquista.
Sin embargo, al ver cómo le temblaban los labios, al ver el brillo de sus ojos, supo que estaba engañándose a sí mismo. No había sido solo el comentario de Jack lo que lo impulsó a dejarlo todo esa tarde para ir a buscarla.
Seguía deseándola. De hecho, no había dejado de hacerlo y era hora de admitirlo.
Y cuando vio la imagen del bebé en la pantalla había experimentado una oleada de satisfacción masculina que no podía explicar.
El bebé iba a complicarle la vida, sin duda. Él no era un romántico y tampoco un hombre familiar. Ni siquiera sabía lo que significaba eso. Entonces, ¿por qué estaba tan contento con el embarazo?
La respuesta era dolorosamente obvia: su reacción al bebé era instintiva y puramente masculina. Louisa estaba atada a él como no lo había estado antes.
Pero, por su combativa actitud, convencerla de que había algo que los unía no iba a ser fácil.
–Lo que pasó esa noche no fue un error –dijo, mientras arrancaba–. Ni para mí ni para ti. ¿O querías pasar el resto de tu vida fingiendo orgasmos?
Louisa tuvo que apretar los dientes. Le había contado eso en confianza… ¿cómo podía sacarlo en ese momento?
El deseo de darle un puñetazo era tan fuerte que empezó a temblar.
Quería olvidar el comentario y los recuerdos que despertaba, pero mientras intentaba tragarse la humillación, los recuerdos volvieron en cascada.
Capítulo Cuatro
Tres meses antes
–¿Tu apartamento está muy lejos de aquí? Empieza a hacer frío –Luke apretó el hombro de Louisa, que apoyó la cabeza en su brazo. Era tan sólido, tan fuerte, tan cálido.
–Deja de quejarte. Hace una noche preciosa.
–Tienes frío.
–No, en serio…
Luke se quitó la chaqueta de cuero para ponerla sobre sus hombros.
–Vamos a tomar un taxi, te llevo a casa.
La prenda conservaba el calor de su piel y el aroma de su colonia. Y cuando miró su perfil supo que no quería que la noche terminase. Nunca.
Una vez en el taxi, se inclinó para darle la dirección al taxista. Cuando terminó, Luke la tomó por la cintura para sentarla en sus rodillas.
–¿Qué te parece besarse en el asiento de un taxi?
Las pulseras de Louisa tintinearon mientras le echaba los brazos al cuello.
–Me parece muy bien, pero desgraciadamente llegaremos en cinco minutos.
–Una pena –susurró Luke, buscando sus labios.
Sabía a café y a pasión contenida. Louisa empezó a temblar mientras acariciaba su cuello…
–Será mejor que paremos –dijo él entonces, con voz ronca–. Cinco minutos no es suficiente.
En la oscuridad del taxi podía ver el brillo de sus ojos, las pupilas tan dilatadas que el gris había desaparecido.
Y el sólido bulto bajo su trasero hizo que sintiera un escalofrío.
–¿Por qué no subes a tomar un café? –sugirió.
La oferta sorprendió un poco a Louisa. A ella le gustaba tontear. Disfrutaba de las miraditas, las caricias y la anticipación, pero no solía llevar más lejos un tonteo. Por la sencilla razón de que el sexo siempre había sido una decepción para ella.
A los veintiséis años, nunca había tenido un orgasmo. Había dejado de besar ranas años antes porque, francamente, fingir un orgasmo era una pesadez. A pesar de todo, siempre había sabido que algún día oiría campanitas cuando encontrase al hombre de su vida.
Y esa noche, cuando conoció a Luke en casa de Mel, su corazón le había susurrado: ¿podría ser él?
Se habían llevado bien de inmediato, tan absortos el uno en el otro que habían ignorado a sus anfitriones y a los demás invitados a la cena. Luego, él se había ofrecido a acompañarla a casa y, mientras paseaban por Regent’s Park, con el sol empezando a ponerse, las flores perfumando el aire y el agradable calor de su brazos, todo le había parecido increíblemente romántico. No tenía el menor problema en admitir que por fin había conocido a su príncipe azul. Y el deseo que le provocaba era la guinda del pastel.
Luke frunció el ceño, deslizando una mano por su brazo.
–¿De verdad quieres que suba?
–¿No te apetece? –preguntó Louisa, sorprendida.
Él hizo una burlona mueca.
–Claro que sí, pero debo decirte… bueno, una vez que estemos en tu apartamento, no va a interesarme el café.
–Uf, menos mal –dijo ella, con el corazón acelerado–. Porque me parece que no tengo.
Luke soltó una carcajada.
–Me alegra que estemos de acuerdo –murmuró, mordiéndole suavemente el cuello mientras el taxi se detenía frente al edificio.
Pagó al taxista mientras ella salía del coche y luego tomó su mano para acercarse al portal. Louisa tuvo que rebuscar en el bolso para encontrar la llave, tan nerviosa que no era capaz de acertar con la cerradura.
–Déjame a mí –dijo él, abriendo la pesada puerta de roble.
Durante toda la noche había estado abriendo puertas para ella, apartando sillas, preguntándole si quería esto o aquello, pagando el taxi antes de que pudiese sacar el monedero. En la próxima cita se ofrecería a pagar la mitad de todo, por supuesto. Ella era una mujer moderna. Pero debía admitir que esa actitud tan anticuada y caballerosa la hacía sentir especial, preciosa y más excitada que nunca.
Luke le tomó la mano en cuanto entraron en el portal.
–¿Qué piso?
–El último –Louisa suspiró–. Tendremos que darnos prisa – añadió, soltándole la mano para correr escaleras arriba.
–Oye, espérame –riendo, Luke subió los escalones de dos en dos para llegar a su lado.
A pesar de ir al gimnasio dos veces por semana, Louisa estaba sin aliento cuando llegaron arriba, seguramente más por nervios que por agotamiento.
No encontraba la cerradura en la oscuridad, y cuando le apartó la melena a un lado para darle un mordisquito en el cuello, las llaves cayeron al suelo.
Riendo, Luke se inclinó para recuperarlas.
–Será mejor que abra… antes de que nos dejemos llevar aquí mismo.
La puerta se abrió por fin y Louisa dejó escapar un gemido cuando la tomó en brazos, su expresión decidida, sus alientos mezclándose. Le echó los brazos al cuello, intentando dejar de temblar. Si se excitaba un poco más lo estropearía todo.
Luke la dejó en el suelo para apoyarla contra la pared, la falda del vestido por la cintura, sus piernas desnudas rozando la tela de los vaqueros.
–Llevas toda la noche volviéndome loco –murmuró, su voz temblando de deseo–. Dime que tú sientes lo mismo.
–Sí –murmuró Louisa, apretándose contra su torso.
Cuando apartó a un lado el encaje de las braguitas para hundirse en su húmedo calor, de su garganta escapó un sollozo. Estaba temblando, incapaz de creer lo que sentía. Cuando Luke la acariciaba, le provocaba un río de lava ardiente entre las piernas.
Sorprendida por esa nueva sensación, se agarró a sus brazos, temblando.
–Por favor… –susurró, pensando que estaba a punto de saltar a un precipicio y romperse en mil pedazos.
–Déjate ir –la animó él–. Te gustará, lo prometo.
Cuanto volvió a rozar el capullo escondido entre los rizos, Louisa se apartó.
–No puedo.
Luke iba a pensar que estaba loca, pero no podía hacerlo. No podía saltar a lo desconocido, y contuvo el aliento, sintiéndose como una tonta.
Qué buen momento para descubrir que era frígida, cuando su príncipe azul estaba bajándole las bragas.
–Relájate –dijo él, haciendo perezosos círculos sobre los pliegues de su sexo, pero sin tocarla donde ella quería.
Podía ver unas arruguitas alrededor de sus ojos… ¿estaba riéndose? ¿Pensaba que era gracioso?
Qué horror. No se había sentido más expuesta en toda su vida.
–Tal vez deberíamos dejar el café para otro día –susurró, mientras intentaba apartarse.
Él le puso las manos en las caderas, atrapándola contra la pared.
–¿Qué ocurre?
–No estoy de humor para esto –respondió ella, sin mirarlo a los ojos.
Luke le levantó la barbilla con un dedo.
–Estabas muy cerca y, de repente, te has puesto tensa. ¿Qué ha pasado?
Louisa negó con la cabeza, temblando.
–No importa, déjalo –murmuró, desolada.
Pero cuando Luke le tomó la cara entre las manos y le acarició la mejilla, se le encogió el corazón.
–Pues claro que importa. Solo tienes que relajarte. Si estás nerviosa, es normal que no puedas llegar al orgasmo.
Lenta, muy lentamente, mientras sus dedos hacían magia, Louisa empezó a relajarse. Y cuando rozó sus pezones con el pulgar, se pusieron tensos ante la caricia.
–¿Lo ves? Puedes hacerlo –dijo él, satisfecho.
Volvió a besarla como si estuviera poseyéndola mientras le quitaba la chaqueta de los hombros para tirarla al suelo…
–Quiero verte –murmuró, dando un paso atrás.
Ella dejó que tirase del corpiño del vestido y le quitase el sujetador, alegrándose de estar a oscuras.
Debería sentirse avergonzada. Estaba prácticamente desnuda mientras él estaba vestido, pero al ver un brillo de admiración en los ojos grises, sintió una punzada de incontenible deseo.
Luke inclinó la cabeza para acariciar uno de sus pezones con la lengua, lamiéndolo y rozándolo con los dientes hasta que estuvo rígida de deseo. Por fin, cuando lo metió en su boca y tiró de él, Louisa dejó escapar un suspiro, el placer ahogándola. Y cuando volvió su atención hacia el otro pecho, sometiéndola a la misma tortura, un sollozos escapó de su garganta.
–Muy bien, vamos a lo que importa –susurró Luke, el aliento masculino acariciando sus pechos desnudos.
Tiró de sus braguitas hacia abajo y ella levantó los pies, temblando. Cuando levantó el vestido para apretar la palma de la mano contra su monte de Venus, Louisa enredó los dedos en su pelo, tirando de él para darle un beso ferviente, apasionado.
El deseo crecía hasta volverse insoportable. Sin pensar, movió las caderas, empujando hacia su mano hasta que por fin un largo dedo se introdujo en sus húmedos pliegues, buscando, tentando. Louisa dio un respingo cuando tocó el capullo escondido, la sensación eléctrica.
–No te asustes, esta vez vamos a ir despacio.
Siguió acariciándola hasta dejarla sin respiración. Pero en aquella ocasión no sintió que iba a caer a un precipicio; al contrario, estaba dispuesta a lanzarse de cabeza. Un sollozo escapó de su garganta mientras todo su cuerpo parecía desbaratarse en una gloriosa explosión pirotécnica.
–¿Lo ves? No ha sido tan difícil –bromeó Luke mientras le besaba el cuello.
Olía de maravilla, pensó Louisa con una enorme sonrisa en los labios. De modo que era eso…
Sentía como si acabase de conquistar el universo. Luke tomó su cara entre las manos para mirarla a los ojos.
–¿Qué tal si lo hacemos otra vez? En esta ocasión, juntos.
–Me parece muy bien.
Riendo, Luke le colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.
–Te llevaría a la cama, pero me temo que no vamos a llegar a tiempo –murmuró, sacando la cartera del bolsillo para extraer un preservativo.
Louisa miró el impresionante bulto bajo sus vaqueros.
Fascinada, alargó una mano para pasar los dedos por la tela, pero Luke la sujetó.
–No, mejor no –le dijo con voz ronca–. No quiero decepcionarte.
A ella le gustaría decir que no habría ninguna decepción. ¿No sabía que estaba loca por él?
Pero entonces Luke bajó la cremallera de su pantalón para ponerse el preservativo y Louisa tragó saliva. ¿Había visto alguna vez algo tan magnífico?
–Enreda las piernas en mi cintura –murmuró Luke, apretándola contra la pared.
Ella hizo lo que le pedía, lanzando una exclamación cuando lo sintió dentro. Pero la ligera molestia fue olvidada por completo en unos segundos.
Luke empezó a moverse, al principio meciendo suavemente las caderas hasta que estuvo dentro del todo. Louisa jadeaba, sintiendo que perdía el control de nuevo. Pero no podía ser, era demasiado rápido. De nuevo, su inexperto cuerpo se rebelaba y cuando contrajo los músculos el dolor hizo su aparición.
–¿Qué ocurre?
–Lo siento, no puedo evitarlo.
–Me encanta, pero eres tan estrecha –Luke tragó saliva–. No quiero hacerte daño. Vamos a intentarlo así…
Mientras se movía, la acariciaba con un dedo hasta que sintió que se relajaba. Entonces sujetó sus caderas y empezó a empujar de nuevo, apretándose contra ella, entrando tan profundamente que Louisa estaba abrumada.
Se oyó sollozar de gozo mientras explotaba de nuevo, sus gemidos haciendo que Luke se dejase ir.
–Maldita sea –susurró, apoyando una mano en la pared, tan atónito como ella.
Louisa tuvo que agarrarse a sus hombros para no caer al suelo.
–Vaya, entonces esto es de lo que tanto habla todo el mundo.
–¿No lo sabías? –Luke sonrió mientras se subía la cremallera del pantalón.
Debería sentirse incómoda, cortada, pensó, pero la euforia que le corría por las venas lo hacía imposible. Luke le había dado algo que había temido no conocer nunca.
–Eres el primer hombre que pasa el test Meg Ryan –le dijo, echándole los brazos al cuello–. Debería darte una medalla.
–¿Qué es el test Meg Ryan? –preguntó él, riendo.
–¿Has visto Cuando Harry encontró a Sally? Es una película romántica muy divertida.
–Pues no, creo que no.
–Ella finge un orgasmo en un restaurante. El test Meg Ryan es cuando una mujer no tiene que… –Louisa hizo una pausa, poniéndose colorada–. Tú sabes que el ego masculino puede ser muy frágil y antes yo solía… en fin, ya sabes…
Empezaba a sentirse como una tonta. ¿Por qué había tenido que contárselo?
–Lo entiendo –dijo él, sin dejar de sonreír–. Y me alegra mucho que no hayas tenido que fingir un orgasmo conmigo.
El beso que depositó en sus labios era un susurro de ternura y afecto.
–Será mejor que tengas cuidado –le advirtió Louisa–. Estoy a punto de enamorarme de ti.
En cuanto dijo esas palabras supo que había cometido un error. Luke se puso tenso y el brillo de humor desapareció de sus ojos.
–¿Te importa si uso el cuarto de baño?
Ella parpadeó, sorprendida por el cambio de tono. Qué raro. Por un momento, parecía como si se sintiera culpable.
–No, claro que no. Está al final del pasillo. Voy a ver si me queda algo de café.
–Muy bien.
Louisa lo miró mientras se alejaba, su estatura y sus anchos hombros haciendo que el pasillo pareciese más estrecho.
Después de rebuscar en los armarios no encontró café y tuvo que conformarse con un té de hierbas. Luke entró en la cocina unos minutos después, tan guapo que Louisa tuvo que contener un romántico suspiro.
–Tenemos un problema.
Ella lo miró, sorprendida por su seria expresión.
–¿Qué problema?
–Se ha roto el preservativo.
–Ah, vaya.
–¿Tomas la píldora?
–No, no la tomo, pero no creo que vaya a pasar nada.
Decirle que no había tenido la regla en dos meses porque su ciclo menstrual era muy irregular no le parecía muy romántico, de modo que dijo:
–Estoy al final del ciclo, así que no puedo quedarme embarazada.
–Ah, muy bien –Luke se apoyó en la encimera y colocó un pie sobre el otro–. Pero si hubiese algún problema me gustaría que te pusieras en contacto conmigo.
–Sí, claro –Louisa no pudo contener un escalofrío de aprensión. ¿Por qué iba a tener que «ponerse en contacto» con él si estaban saliendo juntos?
–¿Sabes una cosa? Lo he pasado muy bien esta noche. Eres preciosa, inteligente, sexy y muy dulce.
Aquello sonaba a despedida y, de repente, Louisa tuvo una horrible premonición.
–No eres para nada lo que había esperado –siguió él–. Y, por eso, la confesión que debo hacerte es aún más difícil.
¿Confesión? Eso no le gustaba nada.
–¿A qué te refieres?
–Para empezar, no sabes quién soy, ¿verdad?
No sonaba como una pregunta, pero ella respondió de todas formas:
–Pues claro que lo sé. Eres Luke, el compañero de squash de Jack.
«Y mi príncipe azul» hubiese añadido, pero no parecía el momento. La declaración de amor tendría que esperar hasta que se conocieran un poco mejor.
–Ya me lo imaginaba –dijo él muy serio.
–No te entiendo, ¿qué es lo que imaginabas?
–Soy Luke Devereaux, el nuevo lord Berwick. Me sacaste en la lista de los solteros más cotizados del país.
–Tú eres… ah, ya veo.
Pero no lo veía. ¿Luke era lord Berwick?
Habían tenido que publicar una fotografía borrosa, hecha por un paparazzi, porque era un hombre muy reservado que no quería aparecer en los medios, pero podía ver el parecido. Aun así, no podía creerlo.
–Qué coincidencia tan extraña, ¿no?
Debería alegrarse, pensó. El hombre de sus sueños resultaba ser el soltero más cotizado de Gran Bretaña. Pero no se sentía alegre.
Sentía como si acabase de entrar desnuda en una habitación llena de gente. El hombre que estaba frente a ella no era un tipo normal sino un extraño. Y esa fría mirada no ayudaba nada a calmar su nerviosismo.
–No ha sido una coincidencia –dijo Luke.
–¿Ah, no? ¿Qué estás intentando decir?
–Acepté la invitación de Jack esta noche porque quería conocerte. No me gustó el artículo, me ha causado muchos problemas en las últimas semanas y… –Luke hizo una pausa– tenía intención de decírtelo.
Louisa se agarró al borde de la encimera.
–No entiendo. ¿Por qué no me lo has dicho antes?
Él se pasó una mano por el pelo.
–Cuando empezaste a flirtear conmigo pensé que sabías quién era, así que te seguí el juego. Y luego… en fin, luego todo se ha complicado.
¿Qué estaba diciendo, que aquella noche había sido una trampa, una broma?
–¿Por qué lo has hecho? ¿Querías reírte de mí?
Y si era así, lo había conseguido. Se había derretido entre sus brazos, le había dicho que estaba enamorándose de él… incluso le había hablado del test Meg Ryan. Se lo había dado todo mientras él la despreciaba.
Unas lágrimas de angustia asomaron a sus ojos, pero hizo un esfuerzo para contenerlas. No iba a darle esa satisfacción.
–No, no ha sido así –dijo Luke.
–¿Ah, no? ¿Y cómo ha sido entonces? Corrígeme si me equivoco, pero parece que tienes muy mala opinión de mí y de lo que hago. Estabas molesto por el artículo y, sin embargo, me has seducido.
–Había olvidado el artículo cuando llegamos aquí.
–¿Se supone que eso debe hacerme sentir mejor?
–No te pongas sarcástica. Tenía razones para estar molesto contigo. Al menos, podrías haber tenido la cortesía de avisarme de la publicación del artículo o preguntarme si quería aparecer en esa absurda lista.
No podía hablar en serio. ¿Estaba dando a entender que todo aquello era culpa suya?
–Eso no tiene nada que ver –replicó Louisa–. Deberías haberme dicho quién eras inmediatamente. Me has engañado, esa es la verdad. Me has seducido para vengarte por un artículo que no te gustó. Es patético.
–No, eso no es verdad. Además, habría que ver quién ha seducido a quién. No te he oído quejarte cuando te llevaba al orgasmo.
Eso la enfureció.
–Serás arrogante, idiota… –Louisa tomó una taza para tirársela a la cabeza, pero él hizo un quiebro y su taza de Mickey Mouse acabó haciéndose añicos contra el suelo.
–Cálmate…
–Vete de aquí ahora mismo –lo interrumpió ella. El momento de violencia había pasado, dejándola agotada y débil. ¿Cómo podía haber sido tan ingenua?
–Muy bien, me iré si eso es lo que quieres –Luke salió de la cocina y tomó su chaqueta del suelo antes de abrir la puerta.
Ella lo siguió por el pasillo, lanzando sobre él todo tipo de insultos, pero en cuanto la puerta se cerró tuvo que apoyarse en la pared. La misma pared en la que se había apoyado unos minutos antes, cuando Luke Devereaux la había hecho sentir el único orgasmo de su vida. Bueno, habían sido dos.
Con una lágrima rodándole por el rostro, se dejó caer al suelo, enterrando la cara en las rodillas en un vano intento de esconderse de su propia estupidez.
¿Cómo podía haber sido tan tonta?
¿Cómo podía haber hecho el amor con un hombre al que ni siquiera conocía? ¿Y por qué, sabiendo que Luke Devereaux era un fraude, sentía como si le estuvieran arrancando el corazón del pecho?
Capítulo Cinco
El presente
–Serás insensible, insufrible, imbécil… –estaba diciendo Louisa, sus hombros rígidos de indignación.
Ya había derramado suficientes lágrimas por Luke Devereaux y no pensaba derramar ni una más.
–¿De verdad crees que un orgasmo compensa por cómo me trataste?
–Lo único que digo es que el sexo fue tan agradable para ti como para mí, así que deja de fingir que no fue así. Y no tuviste un orgasmo, si no recuerdo mal tuviste varios. Te traté bien…
–El sexo no tiene nada que ver con la mecánica, no sé si lo sabes. Si hubiera sabido quién eras y que querías castigarme por haber publicado ese artículo, no habría ocurrido nada entre tú y yo, así que deja de felicitarte a ti mismo. Me engañaste.
Luke soltó una risotada.
–El sexo no era precisamente un castigo… para ninguno de los dos. Las cosas se me escaparon de las manos, lo sé, pero tú disfrutaste tanto como yo, así que no veo por qué estás tan enfadada.
–Pues claro que no, porque tú no entiendes nada –Louisa se mordió los labios. No se le ocurría un adjetivo lo bastante hiriente.
–Si no te hubieras metido en mi vida…
–Yo no me he metido en tu vida para nada –lo interrumpió ella–. Esa lista es algo que publicamos cada año y yo no te conocía de nada. Si querías pedirme explicaciones, deberías haber ido a mi despacho, como haría cualquier persona normal. ¡Y no pienso aceptar una charla sobre ética periodística de alguien que no sabe nada sobre ella!
Luke exhaló un suspiro.
–Louisa…
–No había cotilleos en ese artículo –siguió ella–. La lista de los solteros más cotizados no es más que un tema divertido para nuestras lectoras, y a los hombres que aparecen en esa lista normalmente les gusta la atención. Si estás paranoico, es tu problema, no el mío.
–Pero me pusiste en esa lista sin mi consentimiento –insistió él.
–¡Porque no tenía que pedirte consentimiento! La prensa es libre, ¿o es que no lo sabes?
–Por tu culpa, tuve que soportar una estampida de chicas deseosas de casarse, un montón de paparazzi y reporteros del corazón en mi puerta. Si no crees que eso es irrumpir en la vida privada de alguien, te engañas a ti misma.
El frío y sereno Luke Devereaux no parecía tan frío y sereno en aquel momento.
–¿Esperas que nadie hable de ti? ¿Vas a decirle a la prensa qué puede publicar y qué no? ¿Quién crees que eres?
No tenía nada de lo que sentirse culpable. No era culpa suya que su nombre hubiese aparecido de repente en la esfera social cuando heredó una de las fincas más grandes del país. Y tampoco era culpa suya que fuese un hombre guapo, rico y soltero. Y, desde luego, no era culpa suya que tuviera fama de esquivo, evasivo y frío. Si no creía que eso fuera noticia, era él quien se engañaba a sí mismo.
Además, no habían publicado los rumores sobre su pasado ni se preguntaban cómo había terminado siendo el heredero de lord Berwick cuando no estaban emparentados siquiera. Blush no era una revista escandalosa. Louisa había trabajado antes para una y conocía bien la diferencia.
–Yo no soy responsable del comportamiento de los paparazzi y ese artículo no te daba derecho a engañarme sobre tu identidad ni a darme ninguna lección.
De repente, Luke pisó el freno en medio de la avenida, dio un volantazo y se detuvo a un lado. Luego se volvió, clavando en ella su helada mirada.
–Vamos a aclarar una cosa: lo que ocurrió entre nosotros fue algo imparable, una fuerza de la naturaleza. Habíamos estado tonteando toda la tarde… –la voz de Luke se volvió más ronca–. Lo que pasó no tuvo nada que ver con una venganza ni con darte ninguna lección. Tenía que pasar, así de sencillo. ¿De verdad crees que pensaba en ese artículo cuando estaba dentro de ti?
–No sé en qué estabas pensando, solo sé que me engañaste. Yo a ti, no –replicó Louisa–. Y no hace falta que te pongas grosero.
–No estaba poniéndome…
Luke se pasó una mano por el pelo, exasperado, y ella aparto la mirada.
Quería agarrarse a la convicción de que había sido una seducción calculada, una mentira, una venganza. La alternativa, que el artículo no hubiese tenido nada que ver, era demasiado peligrosa.
No quería sentirse atraída por aquel hombre. Y, desde luego, no quería reconocer la química que había entre ellos. Se quedaría sin defensas, a su merced de nuevo, y el sentido común le decía que no debía dejarse controlar por su cuerpo.
¿Qué sabía su cuerpo de la vida? ¡La había traicionado de la peor manera una vez y mira el resultado!
–No importa por qué hiciéramos el amor, lo importante es que fue un error que no vamos a repetir.
Luke volvió a arrancar sin decir nada y Louisa miró por la ventanilla, demasiado cansada y disgustada como para seguir discutiendo.
Se sentía agotada y desconcertada. No solo estaba atada a aquel hombre por el bebé que crecía en su interior sino por una pasión elemental y primitiva que aún tenía el poder de hacer que perdiese el control.
Y a él le daba igual. ¿Cómo no? No tenía nada que perder. Su corazón, si lo tenía, nunca había estado en juego.
* * *
Unos minutos después, Luke paró en una gasolinera para llenar el depósito.
–Voy a pagar, volveré en cinco minutos.
Louisa asintió con la cabeza, dejando escapar un suspiro cuando la puerta del coche se cerró. Lo vio acercarse a la oficina a grandes zancadas, los hombros tan anchos que…
Tenía que olvidarse de él, pensó, enfadada consigo misma. Pero ese aire tan dominante que exudaba la sacaba de quicio.
En los últimos cien kilómetros habían intercambiado menos de diez palabras. Al principio lo agradeció, pero a medida que pasaba el tiempo, el tenso silencio había empezado a tomar vida propia, ahogándola.
Cada vez que cambiaba de marcha y rozaba su pierna pensaba en esos largos y competentes dedos acariciándola hasta llevarla al orgasmo…
Cuando dejaron atrás el aeropuerto de Heathrow estaba tan nerviosa que cruzaba y descruzaba las piernas una y otra vez. Había intentado animarse con la radio, pero Marvin Gaye cantando Sexual Healing no era precisamente la mejor manera de calmarse. Cambió de emisora inmediatamente, pero el daño ya estaba hecho.
Luke la miró, esbozando una irónica sonrisa.
–No es mala idea –murmuró, haciendo que el pulso de Louisa empezase a latir con fuerza.
Y, para rematar el desastre, en los últimos meses su vejiga se había encogido hasta alcanzar el tamaño de una nuez. Por el momento, habían parado tres veces para ir al baño y Luke se había mostrado amable. Tenía que darle un punto por no mencionar que esa era otra señal de embarazo que le había pasado desapercibida, pero se sentía menos conciliadora a medida que se alejaban de casa.
Tenía problemas más importantes que un deseo sexual incontenible.
¿Que iba a hacer con su trabajo, por ejemplo?
¿Cómo iba a darle la noticia a su familia? A su padre, un hombre muy tradicional, no le haría gracia que su primer nieto naciese fuera del matrimonio.
Después de tantos años intentando convencer a Alfredo di Marco de que era capaz de tomar sus propias decisiones, le deprimía pensar que iba a tener que librar esa batalla de nuevo. Y luego estaba su apartamento, que era demasiado pequeño para un niño…
Pero no parecía capaz de concentrarse en ninguno de esos temas, por importantes que fueran, y era culpa de Luke Devereaux.
Si no le hubiera hecho recordar esa noche, no se sentiría tan incómoda. Y tenía la sospecha de que él lo sabía. ¿Por qué la llevaba a su casa de campo? Ese viaje podría acabar en desastre.
Pero no había logrado reunir valor para decirle que había cambiado de opinión y quería que la dejase en cualquier estación de tren.
Sencillamente, no tenía energía. Cuanto más se alejaban de Londres, más difícil le resultaba decir nada y su propia debilidad la enfadaba.
Aquel hombre merecía que le bajasen los humos. Aunque no hubiera sido su intención engañarla esa noche, eso no excusaba su comportamiento. Era el ser más arrogante que había conocido en toda su vida y no le gustaba nada que la tratase como si no supiera cuidar de sí misma.
Había tenido que soportar a su padre y sabía que había que plantarle cara a los hombres así. Entonces, ¿por qué no protestaba?
Aunque el sol había empezado a esconderse en el horizonte seguía haciendo calor y Louisa decidió salir del coche. Alegrándose al ver a Luke esperando en la cola para pagar se sentó en un banco y se preparó para la batalla.
Por desgracia, después de ponerse brillo en los labios y pasarse el cepillo por el pelo seguía sintiéndose como si acabara de atravesar la jungla: sudorosa, incómoda y cansada.
Cuando guardaba la bolsa de cosméticos en el bolso vio su móvil y recordó algo más que tenía que hacer. Bueno, al menos podía ponerse en acción mientras esperaba que empezase la batalla.
Tenía que ordenar su vida. Había recibido una sorpresa tremenda aquel día, pero esa no era excusa para acobardarse.
Y solo había una persona a la que pudiera pedir consejo: su mejor amiga, Mel Devlin. Debería haberle hablado de su noche con Devereaux meses antes. Que Mel hubiese notado las consecuencias antes que ella solo demostraba lo buena amiga que era.
Pero suspiró, decepcionada, cuando saltó el buzón de voz.
–Hola, Mel, soy yo. Tengo que hablar contigo… –Louisa vaciló. No podía darle la noticia por teléfono–. Tengo que contarte algo importante, llamaré más tarde.
Después de cortar la comunicación, llamó a su médico en Camden. No quería que la doctora Lester fuera su ginecóloga porque ella no podía pagar una clínica privada y no iba a dejar que Devereaux se hiciera cargo de los gastos. Especialmente sin saber cuáles eran sus intenciones hacia el bebé.
Suspirando, miró los coches que pasaban por la autopista hasta que por fin saltó el contestador de la clínica.
Pero bueno, ¿no había nadie en su sitio aquel día?
–Soy Louisa di Marco y quiero pedir cita con el doctor Khan lo antes posible. Por favor, llámeme a este número…
–¿Se puede saber qué estás haciendo?
Louisa giró la cabeza, sobresaltada.
–¿Estás loco? Me has dado un susto de muerte.
–¿Para qué has pedido una cita?
–¿Por qué espías mis conversaciones?
–No vas a abortar –dio Luke entonces, tomándola del brazo–. No lo permitiré.
Debería decirle que la decisión de tener o no a ese hijo era cosa suya, pero estaba tan sorprendida por su fiera respuesta que no acertó con las palabras.
–Suéltame ahora mismo.
Luke la soltó, haciendo un gesto de disculpa.
–¿Para qué has pedido una cita?
–No voy a abortar, no podría hacerlo.
–Estás mintiendo, te he oído pedir cita con un médico…
–Yo no miento –lo interrumpió ella, enfadada–. Estaba pidiendo cita con mi ginecólogo.
–¿Por qué? Tu ginecóloga es la doctora Lester.
–No, no lo es. Yo tengo mi propio ginecólogo y tú no vas a decirme quién tiene que controlar este embarazo.
–No digas tonterías. La doctora Lester es una de las mejores ginecólogas del país.
–Me da igual que sea la mejor del mundo. Es mi decisión, no la tuya, como es mi decisión tener o no este hijo –replicó ella–. Porque, en caso de que no te hayas dado cuenta, soy yo quien va a tener este hijo, no tú.
¿Cómo se atrevía a decirle lo que tenía que hacer?
Luke frunció el ceño.
–Considerando lo mal que lo has hecho hasta ahora, deberías darme las gracias. Después de todo, si no fuera por mí, aún no sabrías que estás embarazada.
–Bueno, pues ahora ya lo sé y yo me encargaré de todo a partir de este momento. Quiero que me dejes en la primera estación de tren.
–¿Qué?
–Quiero volver a Londres –dijo Louisa, colgándose el bolso al hombro–. Y a partir de ahora puedes dejar de meter tus narices en mis asuntos.
Cuando se dirigía al coche, Luke la tomó del brazo.
–¿Adónde crees que vas?
–¿Se puede saber qué haces? Suéltame de una vez.
–No vas a irte de aquí hasta que aclaremos algunas cosas.
–No hay nada que aclarar –dijo ella.
–Yo soy el padre de ese bebé y eso significa que tengo algo que decir. Yo me tomo muy en serio mis responsabilidades, será mejor que te acostumbres a la idea.
–No vas a decirme lo que tengo que hacer –le advirtió Louisa.
–Y me alegra que no hayas pensado en abortar porque tendrías una batalla entre las manos –siguió él, como si no la hubiese oído–. Nadie hace daño a algo que es mío.
Louisa no podía permitir ese comportamiento machista. Sentía la misma rabia que había sentido de adolescente, que le había obligado a rebelarse contra su padre.
Si Luke Devereaux pensaba que iba a decidir lo que era mejor para ella y para su bebé, estaba más que equivocado. Además, no le gustaba que hablase del bebé como si fuera de su propiedad.
–Yo no acepto órdenes de ti, Devereaux. Ni ahora ni nunca. Estamos hablando de un bebé, no de una posesión personal. Deja de portarte como un matón de tres al cuarto, no me asustas. Y suéltame ahora mismo o me pongo a gritar.
–Te soltaré cuando prometas escucharme.
–Muy bien, di lo que tengas que decir –asintió ella, airada–. Pero eso no significa que vaya a hacer lo que tú digas.
Luke la soltó, pero no se apartó ni un centímetro. Y le pareció… no, no podía ser. Pero el brillo de sus ojos le decía que estaba excitado y cuando bajó la mirada notó el bulto bajo su pantalón.
–Deja de hacerte la inocente.
–Y tú deja de portarte como un hombre de las cavernas.
–Será mejor que sigamos hablando en Havensmere.
–No pienso ir a Havensmere. Te he dicho que quiero volver a Londres.
–No vas a volver a Londres.
–¿Por qué no?
–Porque tenemos que hablar.
–¿Tenemos que hablar o es algo más? ––preguntó ella, mirando su entrepierna.
–Me excito cada vez que recuerdo la noche que hicimos el amor, así que todo es posible –respondió Luke.
De modo que lo excitaba. Bueno, no era nada de lo que sentirse orgullosa.
–Vamos al coche –insistió él.
–No.
–Vamos al coche.
De repente, Louisa se dio cuenta de lo ridículo de la situación y se le escapó una risita.
–Ríete todo lo que quieras. Ya veremos quién ríe el último cuando esté dentro de ti y no puedas respirar.
De repente, el humor de la situación se esfumó por completo.
–No pienso ir a Havensmere, te he dicho que he cambiado de opinión. Quiero volver a Londres.
–Louisa, cariño, ya hemos tenido esta discusión, ¿recuerdas? Si volvemos a discutir de lo mismo no acabaremos nunca y no podremos hablar de lo que es importante –Luke esbozó una sonrisa que la afectó de forma inesperada–. El niño nacerá dentro de seis meses y tenemos un tiempo limitado.
Sin poder evitarlo, Louisa le devolvió la sonrisa. Había olvidado su sentido del humor, lo peligrosamente sexy y encantador que podía ser.
En ese momento, entendió por qué la había cautivado esa noche. No habían sido sus atractivas facciones, su estatura o sus habilidades como amante. Había sido su sonrisa, su magnetismo.
No podía volver a caer en la misma trampa.
Era lógico que casi hubiera olvidado al hombre al que conoció esa noche… porque no existía, era una mentira. Podía ser simpático y encantador cuando quería serlo y la atracción sexual entre ellos seguía siendo muy potente, pero aquel día había demostrado que no tenían nada en común salvo el bebé. Y no debía olvidarlo.
Luke le levantó la barbilla con un dedo para mirarla a los ojos.
–¿Por qué has cambiado de opinión sobre ir a Havensmere?
–Tú sabes por qué –respondió Louisa–. El sexo será un estorbo si estamos solos. Lo es ahora y estamos en la calle.
–Me alegra que lo admitas, pero no sé por qué es un problema.
–No, claro que no –dijo ella, exasperada.
¿Por qué tenía que ser tan irresistible?
–Tu vida se ha puesto patas arriba, pero la mía también, en caso de que no te hayas dado cuenta. Tampoco yo tenía planeado ser padre y menos así, de repente.
–Por favor, no discutamos más, estoy agotada.
De repente, los ojos se le llenaron de lágrimas y tuvo que hacer un esfuerzo para contenerlas.
–Oye, no llores. No es tan horrible –Luke le secó las lágrimas con un dedo.
–Tengo que irme a casa para empezar a ordenar mi vida. Tengo tantas cosas que hacer… –Louisa no pudo contener un sollozo.
Sabía que era una tontería, pero no podía dejar de llorar. La enormidad del embarazo parecía estar ahogándola hasta dejarla sin respiración.
Luke se sacó un pañuelo del bolsillo.
–No te preocupes, ya lo solucionaremos.
Louisa enterró la cara en el pañuelo y se apoyó en él mientras le acariciaba la espalda. Era cierto, su mundo se había puesto patas arriba y agradecía tener a alguien a su lado. Aunque fuese Luke Devereaux.
Por fin, dejó de llorar y se secó la nariz, un poco cortada.
–No sé qué me pasa, deben ser las hormonas.
–¿Te encuentras mejor? –le preguntó él, mirándola con gesto de preocupación.
–Sí, estoy mejor. No sé que me pasa, me siento como la protagonista de un culebrón –Louisa intentó esbozar una sonrisa–. Y me temo que tu pañuelo está hecho un asco.
–Quédatelo, tengo más.
Luke le abrió la puerta del coche y ella esperó hasta que estuvo detrás del volante antes de decir:
–De verdad, quiero que me dejes en una estación de tren. Si me das tu número de teléfono, te llamaré en un par de semanas. Entonces podremos hablar de… bueno, ya sabes.
¿De qué iban a hablar exactamente?
¿De futuras ecografías? ¿Vitaminas, nombres para el bebé? ¿Quería ser el padre del niño? ¿Quería ella que lo fuese?
Sentía como si estuviera subiendo el Everest sin equipamiento adecuado y sin oxígeno. Si lo conociese mejor, podría saber por dónde empezar.
Luke la estudiaba, su expresión indescifrable.
«Por favor, que no siga discutiendo». «Tengo demasiadas cosas en las que pensar ahora mismo».
Por fin, él asintió con la cabeza.
–Sí, claro.
Louisa dejó escapar un suspiro de alivio. Necesitaba tiempo para pensar antes de lidiar con Luke Devereaux, pero una cosa estaba clara: no iba a dejar que tomase decisiones por ella.
–¿Por qué no te pones la chaqueta como almohada y duermes un rato? Pareces cansada.
Ella asintió con la cabeza, agradeciendo que fuese tan considerado, pero cuando miró la chaqueta azul sobre sus rodillas dio un respingo.
–¿Qué pasa?
–No puedo usar esto como almohada. Es de lino y se arrugará. Además, es de Armani. Sería un sacrilegio.
Luke rio mientras cambiaba de marcha.
–Prometo no contárselo a Armani, no te preocupes –respondió, haciéndole un guiño.
Sonriendo, Louisa se colocó la chaqueta bajo la cara, intentando ignorar un extraño cosquilleo en el vientre. Pero no podía ignorar la alegría que sintió mientras cerraba los ojos.
Olía a él, a su colonia, un aroma delicioso y peligroso a la vez. Como su propietario, pensó, mientras se quedaba dormida.
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