Читать книгу: «Un largo silencio»
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© Harlan Coben, 2016.
© de la traducción: Jorge Rizzo Tortuero, 2017.
© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2017.
Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.
www.rbalibros.com
REF.: ODBO158
ISBN: 9788490569627
Composición digital: Newcomlab, S.L.L.
Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.
Índice
Dedicatoria
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Epílogo. Tres meses más tarde
Agradecimientos
A MIKE Y A GEORGE
Y A LOS «BROMANCES» DE LA MEDIANA EDAD
1
El chico que había desaparecido hace diez años sale ahora a la luz.
No me suelo dejar llevar por la emoción, ni siquiera siento nada que pudiera etiquetarse como perplejidad. He visto muchas cosas en mis más de cuarenta años. Han estado a punto de matarme, y he matado. He visto actos de una depravación que a la mayoría de la gente le costaría entender, o que directamente clasificaría de inconcebibles, y hay quien diría que yo también los he ejecutado. Con el paso de los años he aprendido a controlar mis emociones y —lo que es más importante— mis reacciones ante situaciones tensas e inestables. Puedo atacar de manera rápida y violenta, pero no hago nada que no sea, en cierta medida, deliberado e intencionado.
Estas cualidades, por decirlo así, nos han salvado una y otra vez a mí y a quienes me importan.
Sin embargo, confieso que, cuando veo al chico por primera vez —bueno, ahora será adolescente, ¿no?—, siento que se me acelera el pulso. Un murmullo me retumba en los oídos. De forma inconsciente, aprieto los puños.
Diez años —y ahora cincuenta metros, no más— me separan del chico desaparecido.
Patrick Moore —que así se llama— está apoyado contra el pilar de hormigón del viaducto cubierto de grafitis, con los hombros caídos. Mira a un lado y al otro antes de fijar la vista en la calzada agrietada que tiene delante. Lleva el cabello muy corto, prácticamente al rape. Otros dos adolescentes dan vueltas por debajo del viaducto. Uno está dando caladas a su cigarrillo con tanta intensidad y tal gusto que da la impresión de que quiere hacerle pagar alguna ofensa. El otro lleva un collar de perro con remaches y una camiseta de malla, lo que proclama sin el menor disimulo cuál es su oficio en la actualidad.
Por encima rugen los motores de los coches, ajenos a lo que sucede allí abajo. Estamos en King’s Cross, barrio que ha «rejuvenecido» mucho en las últimas dos décadas, con museos y bibliotecas, el Eurostar e incluso una placa identificativa del andén nueve y tres cuartos, en el que Harry Potter tomaba siempre el tren a Hogwarts. Gran parte de los elementos considerados indeseables han abandonado estas peligrosas transacciones en persona, y las han cambiado por la seguridad relativa del comercio en línea —un efecto positivo más de Internet: la considerable disminución del arriesgado comercio sexual en las aceras—; pero si se va al otro extremo de las vías, tanto en sentido literal como figurado, lejos de esas nuevas torres relucientes, aún hay lugares donde la sordidez pervive, y lo hace de forma concentrada.
Ahí es donde he encontrado al chico desaparecido.
Una parte de mí —la parte impetuosa que mantengo a raya— quiere cruzar la calle a la carrera y agarrar al chico. Si realmente es Patrick, y no alguien que se le parezca o un error de cálculo, tendrá dieciséis años. Visto de lejos, da la impresión de que cuadra. Hace diez años —si hacéis una sencilla operación matemática, veréis la edad que tenía entonces—, en la más que acomodada comunidad de Alpine, Patrick había salido a jugar con Rhys, el hijo de mi prima.
Ese, por supuesto, es mi dilema.
Si ahora agarro a Patrick, cruzo la calle sin más y me lo llevo, ¿qué será de Rhys? Tengo a uno de los chicos perdidos a la vista, pero he venido a rescatarlos a los dos. Y eso significa ir con cuidado. Nada de movimientos bruscos. Tengo que ser paciente. Con independencia de lo que pasara hace diez años, y de cuál fuera el cruel giro de la humanidad (no creo demasiado en crueles giros del destino si puedo echarles la culpa a otros seres humanos) que arrancó a este chico de su opulenta mansión de piedra y lo condujo a esta asquerosa cloaca bajo el viaducto. Ahora me preocupa hacer un movimiento en falso y que uno de los chicos, o los dos, desaparezcan de nuevo, esta vez para siempre.
Tendré que esperar a Rhys. Esperaré a Rhys y luego agarraré a los dos chicos y me los llevaré a casa.
Tal vez se os hayan pasado dos preguntas por la cabeza.
La primera: ¿cómo puedo estar tan seguro de que, en cuanto tenga a los chicos a la vista, podré hacerme con los dos? Supongamos que les hayan lavado el cerebro y que opongan resistencia. Supongamos que sus secuestradores, o quienesquiera que tengan la llave de su libertad, sean muchos, violentos y aguerridos.
Esta es fácil de responder: no os preocupéis.
La segunda pregunta, que a mí me preocupa mucho más: ¿y si Rhys no aparece?
No soy de los que piensan: «Cuando llegue el momento, ya veremos», así que tengo un plan alternativo, que supone vigilar esta zona y luego seguir a Patrick a una distancia discreta. Estoy planeando exactamente cómo hacerlo, pero algo sale mal.
El asunto es tomar decisiones. En la vida todo son prioridades. Y este lugar de mala muerte no es diferente de cualquier otro lugar. Por uno de los pasos bajo el viaducto se mueven hombres heterosexuales que buscan compañía femenina. Es el más transitado. El negocio clásico, supongo. Puedes hablar todo lo que quieras de géneros, preferencias y perversiones, pero la mayoría de los que padecen frustraciones sexuales siguen siendo hombres heterosexuales insatisfechos. Lo clásico. Unas chicas con la mirada perdida ocupan sus lugares contra los muretes de hormigón, los coches se acercan, las chicas se suben y otras chicas ocupan sus puestos. Es casi como ver una máquina expendedora de refrescos en una gasolinera.
En el segundo paso bajo el viaducto hay una pequeña concentración de transexuales o travestidos en todas las fases imaginables de transformación, y luego, en el punto más alejado, donde se encuentra ahora Patrick, está el rincón de los jóvenes homosexuales.
Observo mientras un hombre con una camisa de color salmón se acerca, pavoneándose, a Patrick.
Mientras veía llegar a Patrick me preguntaba qué haría en caso de que apareciese un cliente y solicitara sus servicios. A bote pronto, daba la impresión de que lo mejor sería intervenir de inmediato. Seguramente eso sería lo más compasivo por mi parte, pero, insisto, no puedo perder de vista mi objetivo: devolver a ambos chicos a casa. Lo cierto es que Patrick y Rhys desaparecieron hace una década. Quién sabe por lo que habrán pasado, y aunque no me entusiasma la idea de que puedan sufrir ni un abuso más, ya lo tuve en cuenta en mi lista de pros y contras cuando me decidí. Ahora no tiene sentido pensar más en ello.
Solo que Camisa Salmón no es un cliente.
Me queda claro al momento. Los clientes no se pavonean con esa seguridad. No se pasean con la cabeza alta. Ni con esa sonrisa socarrona. No llevan llamativas camisas de color salmón. Los clientes tan desesperados como para venir a este lugar a satisfacer sus necesidades suelen tener vergüenza o miedo de que los descubran o, la mayoría de las veces, ambas cosas.
Camisa Salmón, por otra parte, tiene los andares, la actitud y el contoneo de alguien peligroso y seguro de sí mismo. Si sabes leer las señales, lo detectas. Lo sientes en tu cerebro reptiliano, una alarma interior, una sensación primitiva que no sabes explicar. El hombre moderno, a veces más preocupado de su imagen que de su seguridad, a menudo la pasa por alto, y puede pagar las consecuencias.
Camisa Salmón echa la mirada atrás. Han aparecido en escena otros dos hombres, que le cubren los flancos. Ambos son muy grandes, y van vestidos con pantalones de camuflaje y camisetas imperio para dejar a la vista sus relucientes pectorales depilados. Los otros chicos que trabajan bajo el viaducto —el fumador y el del collar con remaches— salen corriendo al ver a Camisa Salmón, y dejan solo a Patrick con los tres recién llegados.
Esto no pinta nada bien.
Patrick sigue sin levantar la mirada, y muestra la cabeza casi al rape. No es consciente de la llegada de los hombres hasta que tiene a Camisa Salmón casi encima. Me acerco. Lo más probable es que Patrick lleve un tiempo en las calles. Pienso un momento en ello, en cómo habrá sido su vida, arrancado de la cómoda burbuja de un barrio residencial estadounidense y arrojado a... Bueno, ¿quién sabe a qué?
Pero en todo este tiempo quizás haya desarrollado ciertas habilidades. A lo mejor es capaz de convencerlos para que lo dejen en paz. Quizá la situación no sea tan desesperada como parece. Tengo que ver qué pasa.
Camisa Salmón se planta frente a Patrick. Le dice algo. No lo oigo. Luego, sin más preámbulos, echa el puño hacia atrás y se lo planta como un martillo pilón en el plexo solar.
Patrick cae al suelo mientras trata de respirar.
Los dos culturistas de camuflaje se acercan. Me pongo en marcha a toda prisa.
—Caballeros —les digo levantando la voz.
Camisa Salmón y los dos Camuflajes se vuelven al oírme. Al principio ponen la cara que pondrían unos neandertales al oír un ruido en el bosque por primera vez. Luego me ven y fruncen el ceño. Veo las sonrisas que asoman en sus labios. No se puede decir que mi complexión física imponga. Soy más alto que la media y más bien flaco, diríais, con el cabello rubio tirando a gris, un tono de piel que siendo bienintencionados podría recordar la porcelana, pero que otros verían rubicundo, y unos rasgos que quizá parezcan delicados, con suerte incluso atractivos.
Hoy llevo un traje azul claro hecho a mano en Savile Row, una corbata Lilly Pulitzer, pañuelo de Hermès en el bolsillo del pecho y unos zapatos Bedfordshire hechos por el mejor artesano de G. J. Cleverley, en Old Bond Street.
Todo un dandi, ¿eh?
En el momento en que me acerco a paso tranquilo hacia los tres matones, deseando tener un paraguas para poder girarlo y potenciar así el efecto, percibo que su confianza va en aumento. Eso me gusta. Por lo general llevo una pistola, y a menudo dos, pero en Inglaterra las leyes son muy estrictas al respecto. No me preocupa. Lo bueno de que las leyes británicas sean tan estrictas es que es también muy improbable que mis tres adversarios lleven pistolas. Hago un examen visual rápido de los tres cuerpos, escrutando los puntos en los que podrían ocultar una pistola. Mis matones lucen atuendos ajustadísimos, más pensados por su valor estético que por su capacidad para ocultar armas.
Puede que lleven navajas —y es probable que las lleven—, pero no hay pistolas. Las navajas no me preocupan demasiado.
En el momento en que llego, Patrick —si realmente ese es Patrick— sigue en el suelo, jadeando para respirar. Me detengo, abro los brazos y les ofrezco mi sonrisa más irresistible. Los tres matones me miran como si fuera una pieza de museo que no consiguen entender.
Camisa Salmón da un paso hacia mí.
—¿Quién cojones eres?
Yo sigo sonriendo.
—Ahora deberían irse.
Camisa Salmón le echa una mirada a Camuflaje Uno, que está a mi derecha. Luego mira a Camuflaje Dos, situado a mi izquierda. Yo también miro en ambas direcciones, y de nuevo a Camisa Salmón. Cuando le guiño un ojo, las cejas se le disparan hacia arriba.
—Deberíamos trocearlo —propone Camuflaje Uno—. Cortarlo en pedacitos.
Yo finjo sorpresa y me vuelvo hacia él.
—Oh, Dios mío. No te había visto, perdona.
—¿Qué?
—Con esos pantalones de camuflaje. La verdad es que te confundes con el paisaje. Por cierto, te quedan muy bien.
—¿Tú qué eres? ¿Un listillo?
—Soy mucho más que un listillo.
Todas las sonrisas, incluida la mía, crecen. Se me acercan. Puedo intentar decir algo para quitármelos de encima, pero no creo que eso funcione. Por tres motivos. Uno, porque estos matones querrán todo mi dinero, mi reloj y cualquier otra pertenencia que descubran que llevo encima. Ofrecerles dinero no servirá de nada. Dos, porque ya han olido a sangre —la de una presa fácil y débil— y les gusta ese olor. Y tres, la más importante, porque a mí también me gusta el olor a sangre.
Ha pasado demasiado tiempo.
Intento no sonreír mientras los veo acercarse. Camisa Salmón saca un gran cuchillo de caza. Eso me gusta. No tengo muchos escrúpulos a la hora de hacer daño a quienes reconozco como malas personas. Pero así, de cara a quienes necesitan racionalizarlo todo para determinar mi catadura moral, siempre podré alegar que los primeros en desenfundar un arma han sido los matones, por lo que yo habré actuado en la más estricta defensa propia.
Aun así, les doy una última oportunidad.
Miro a Camisa Salmón a los ojos y le digo:
—Deberíais iros.
Los dos Camuflajes hipermusculados se ríen al oír eso, pero la sonrisa de Camisa Salmón empieza a desvanecerse. Lo sabe. Lo veo. Me ha mirado a los ojos y lo ha sabido.
Todo lo demás ocurre en unos segundos.
Camuflaje Uno se me echa encima e invade mi espacio personal. Es un tiarrón. Me encuentro enfrente sus musculosos pectorales depilados. Me mira, sonriendo, como si yo fuera una golosina que pudiera devorar de un bocado.
No hay motivo para demorar lo inevitable. Le rebano la garganta con la navaja que he ocultado hasta ese momento en la mano. Un chorro de sangre me mancha todo el traje, trazando un arco perfecto. Maldición. Eso significa otra visita a Savile Row.
—¡Terence!
Es Camuflaje Dos. Se parecen y, al acercarme a él, me pregunto si serán hermanos. La muerte del otro lo deja atontado, lo que me facilita mucho la labor, aunque no creo que le hubiera valido de mucho estar preparado.
Soy bueno con la navaja.
Camuflaje Dos perece del mismo modo que su querido Terence, su posible hermano.
Eso deja solo a Camisa Salmón, su querido líder, que tal vez haya alcanzado ese rango por ser algo más astuto y salvaje que sus colegas caídos. Camisa Salmón ha aprovechado el tiempo y ha empezado a moverse mientras yo me deshacía de Camuflaje Dos. Recurriendo a la visión periférica, percibo el brillo de su cuchillo de cazador cayéndome encima desde lo alto.
Eso es un error por su parte.
No atacas a un enemigo así, desde arriba. Es demasiado fácil defenderse. Tu adversario puede ganar tiempo agazapándose o levantando un antebrazo para desviar el golpe. Si le disparas a alguien con una pistola, te enseñan a apuntar al centro del cuerpo para que le des aunque te desvíes ligeramente. Te preparas para un posible error. Con un cuchillo sucede lo mismo. Hay que acortar al máximo la distancia del lance, y apuntar al centro, de modo que, si tu adversario se mueve, lo puedas herir de todos modos.
Camisa Salmón no ha hecho eso.
Me agacho y uso el antebrazo derecho, tal como he explicado, para desviar el golpe. Luego, con las rodillas flexionadas, giro y le cruzo el abdomen con la navaja. No espero a ver su reacción. Me levanto y acabo con él del mismo modo que con los otros dos.
Como he dicho, la cosa acaba en unos segundos.
El agrietado asfalto está cubierto de sangre y hecho un asco. Me concedo un breve instante, no más, para disfrutar de la sensación. Vosotros también lo haríais, si no disimularais.
Me vuelvo hacia Patrick.
Pero ya no está.
Miro a la izquierda, y luego a la derecha. Ahí está, tan lejos que casi no lo veo. Salgo corriendo tras él, pero enseguida me doy cuenta de que no valdrá de nada. Se dirige hacia la estación de King’s Cross, una de las más concurridas de Londres. Estará en la estación —a la vista de todo el mundo— antes de que lo alcance. Me veo cubierto de sangre. Puede que lo que hago se me dé bien; pero a pesar de que King’s Cross es la estación donde Harry Potter tomó el tren a Hogwarts, yo no poseo la capa de la invisibilidad.
Paro, miro atrás, analizo la situación y llego a una conclusión.
La he cagado.
Es el momento de desaparecer. No me preocupa que haya cámaras grabando lo que he hecho. Si los elementos más indeseables escogen lugares como ese es por un motivo. Está lejos de miradas curiosas, incluso de las digitales y las electrónicas.
Aun así, he metido la pata. Después de tantos años, tras todas esas búsquedas infructuosas, por fin consigo un indicio, y pierdo la pista...
Necesito ayuda.
Salgo de ahí a toda prisa y aprieto el 1 en mi teléfono. Llevo casi un año sin apretar el 1.
Él responde al tercer tono.
—¿Sí?
Pese a haber hecho acopio de valor antes de marcar el número, al oír su voz me tiembla todo el cuerpo un momento. Mi número está oculto, así que no tiene ni idea de quién lo llama.
—¿No quieres decir «Articula»?
Oigo que contiene una exclamación.
—¿Win? Dios mío, ¿dónde te has metido...?
—Lo he visto.
—¿A quién?
—Piensa.
Una pausa brevísima.
—Un momento. ¿A los dos?
—Solo a Patrick.
—Vaya.
Frunzo el ceño. ¿«Vaya»?
—¿Myron?
—¿Sí?
—Toma el próximo avión a Londres. Necesito que me ayudes.
2
Dos minutos antes de que Win llamara, Myron Bolitar estaba tendido en la cama, desnudo y con una mujer despampanante al lado. Ambos miraban al bonito revestimiento de madera del techo, con la respiración entrecortada, aún disfrutando de esos momentos deliciosos que vienen después de... bueno, de ese otro momento delicioso.
—¡Guau! —exclamó Terese.
—Sí, ¿verdad?
—Ha sido...
—Sí, ¿no?
Myron tenía su propio código de lenguaje poscoital.
Terese sacó las piernas de la cama trazando una curva, se puso en pie y se acercó a la ventana. Myron la observó. Le gustaba cómo se movía desnuda: como una pantera, con movimientos medidos, suaves y seguros. El apartamento estaba en una planta alta del West Side, junto a Central Park. Terese miró por la ventana hacia el lago y Bow Bridge. Si alguna vez habéis visto una película ambientada en Nueva York en la que una pareja de enamorados corre por un puente peatonal en el parque, habéis visto Bow Bridge.
—Caray, qué vistas —exclamó Terese.
—Eso mismo pensaba yo.
—¿Me estás mirando el culo?
—Prefiero pensar que lo estoy observando. Vigilándolo.
—¿Como si lo protegieras?
—Apartar la mirada sería poco profesional por mi parte.
—Bueno, pues no vamos a dejar que parezcas poco profesional.
—Gracias.
Terese no se volvió.
—¿Myron?
—¿Sí, amor mío?
—Soy feliz.
—Yo también.
—Da miedo.
—Es aterrador —confirmó Myron—. Vuelve a la cama.
—¿De verdad?
—Sí.
—No hagas promesas que no puedes cumplir.
—Oh, sí que puedo cumplirlas —dijo Myron—. ¿Hay algún local por aquí que sirva ostras y vitamina E a domicilio?
Ella se volvió, le mostró su mejor sonrisa y... ¡catapún!, su corazón estalló en un millón de pedazos. Terese Collins había vuelto. Tras todos esos años de separaciones, angustia e inestabilidad, allí estaban, a punto de casarse por fin. Era una sensación increíble. Maravillosa. Delicada.
Y fue entonces cuando sonó el teléfono.
Ambos se quedaron inmóviles, como si lo percibieran. Cuando las cosas van así de bien, prácticamente contienes la respiración, porque quieres que dure. No quieres parar el tiempo, ni siquiera ralentizarlo; lo que quieres es seguir en tu pequeña burbuja.
Esa llamada telefónica, para seguir con la triste metáfora, hizo estallar la burbuja.
Myron quiso comprobar el origen de la llamada, pero era un número oculto. Se encontraban en el edificio Dakota de Manhattan. Antes de desaparecer, un año antes, Win había puesto el piso a nombre de Myron. La mayor parte de ese año, Myron había preferido quedarse en la casa de su infancia en Livingston, en la vecina Nueva Jersey, intentando educar lo mejor posible a Mickey, su sobrino adolescente. Pero ahora su hermano, el padre de Mickey, había vuelto, de modo que Myron les había dejado la casa y había vuelto a la ciudad.
Sonó el teléfono una segunda vez. Terese se volvió de lado, como si el sonido le hubiera dado una bofetada, dejando a la vista la cicatriz de bala en el cuello. Aquella vieja sensación, la necesidad de protegerla, se hizo presente otra vez.
Por un momento, Myron tuvo la tentación de dejar que se activara el buzón de voz, pero entonces Terese cerró los ojos y asintió, una sola vez. Ambos sabían que no responder solo serviría para retrasar lo inevitable.
Myron respondió al tercer tono.
—¿Sí?
Un momento de duda, y el sonido de la electricidad estática, y entonces llegó el sonido de la voz que tanto tiempo hacía que no oía:
—¿No quieres decir «Articula»?
Aunque Myron había intentado prepararse para aquello, hubo de contener una exclamación.
—¿Win? Dios mío, ¿dónde te has metido...?
—Lo he visto.
—¿A quién?
—Piensa.
Myron pensó en él, pero no se atrevió a pronunciar su nombre.
—Un momento. ¿A los dos?
—Solo a Patrick.
—Vaya.
—¿Myron?
—¿Sí?
—Toma el próximo avión a Londres. Necesito que me ayudes.
Myron miró a Terese. En sus ojos vio de nuevo el miedo. Aquel miedo siempre había estado ahí, desde la primera vez que habían huido juntos, años atrás, pero no lo había vuelto a ver desde su regreso. Alargó la mano en su dirección. Ella se la cogió.
—Ahora mismo lo tengo complicado —respondió Myron.
—Ha vuelto Terese —dijo Win. No era una pregunta. Lo sabía.
—Sí.
—Y por fin os vais a casar.
Eso tampoco era una pregunta.
—Sí.
—¿Le has comprado un anillo?
—Sí.
—¿De Norman, en la calle Cuarenta y siete?
—Por supuesto.
—¿Más de dos quilates?
—Win...
—Me alegro por vosotros.
—Gracias.
—Pero no os podéis casar sin vuestro padrino —concluyó Win.
—Ya se lo he pedido a mi hermano.
—A él no le importará. El vuelo sale de Teterboro. El coche está esperando.
Win colgó.
Terese se lo quedó mirando.
—Tienes que irte.
Myron no estaba seguro de si era una pregunta o una afirmación.
—Win no pide las cosas por pedir —dijo Myron.
—No —corroboró ella—. No lo hace.
—No tardaré mucho. Volveré y nos casaremos. Te lo prometo.
Terese se sentó en la cama.
—¿Puedes contarme de qué va?
—¿Qué es lo que has oído?
—Solo palabras sueltas. ¿El anillo tiene más de dos quilates?
—Sí.
—Bien. Pues cuéntame.
—¿Te acuerdas de los secuestros que hubo en Alpine hace diez años?
Terese asintió.
—Claro. Informamos de ello —comentó.
Había trabajado durante años como locutora en uno de esos canales de noticias.
—Uno de los chicos secuestrados, Rhys Baldwin, es pariente de Win.
—Eso no me lo habías contado.
Myron se encogió de hombros.
—En realidad no tuve mucho que ver en el asunto. Cuando nos llegó el caso, ya había quedado bastante aparcado. Pero yo nunca le he dado carpetazo del todo.
—Pero no es el caso de Win.
—Win nunca aparca nada.
—¿Y tiene una nueva pista?
—Más que eso. Dice que ha visto a Patrick Moore.
—¿Y por qué no llama a la policía?
—No lo sé.
—Pero no se lo has preguntado.
—Confío en su sentido común.
—Y necesita que lo ayudes.
—Sí.
Terese asintió.
—Pues más vale que hagas la maleta.
—¿Estás bien?
—Tenía razón Win.
—¿En qué?
—No podemos casarnos sin nuestro padrino —respondió ella, y se puso en pie.
Win había enviado una limusina negra. Estaba esperando bajo el arco de entrada al Dakota. La limusina lo llevó al aeropuerto de Teterboro, en el norte de Nueva Jersey, que estaba a una media hora. El avión de Win, un Business Jet de Boeing, estaba esperando en la pista. Ni control de seguridad, ni facturación, ni billete. La limusina lo dejó junto a la escalerilla. La auxiliar de vuelo, una preciosa mujer asiática vestida con un uniforme ajustado clásico, con su blusa vaporosa y su gorrito redondo, le dio la bienvenida.
—Encantada de verlo, señor Bolitar.
—Lo mismo digo, Mee.
Por si alguien no había caído en ello, Win era rico.
Su nombre completo era Windsor Horne Lockwood III, y sí, su apellido era el que les había dado nombre a LockHorne Investments and Securities y al edificio LockHorne de Park Avenue. Su familia tenía dinero desde siempre, y eran de los que bajan del Mayflower con un polo de color rosa y tiempo suficiente como para tomar el té en cualquier momento.
Myron tuvo que encogerse un poco para pasar por la puerta del avión, que no parecía pensada para su metro noventa y tres de estatura. El interior estaba decorado con asientos de cuero, acabados de madera, un sofá, elegantes alfombras verdes, papel pintado con rayas de cebra (el avión había sido propiedad de un rapero, y Win había decidido no redecorarlo, porque le hacía sentir «guay»), una televisión panorámica, un sofá cama y una cama de matrimonio en el dormitorio de atrás.
Myron estaba solo en el avión. Eso lo hacía sentir algo incómodo, pero ya se acostumbraría. Tomó asiento y se abrochó el cinturón. El avión se dirigió hacia la pista de salida. Mee le hizo la demostración de seguridad. No se quitó el sombrerito. Myron sabía que a Win le gustaba aquel sombrerito.
Dos minutos más tarde estaban volando. Mee se le acercó.
—¿Puedo traerle algo?
—¿Lo has visto? —preguntó Myron—. ¿Dónde ha estado?
—No estoy autorizada a responder a eso —contestó Mee.
—¿Por qué no?
—Win me ha pedido que me asegure de que está cómodo. Tenemos su bebida habitual a bordo —informó, y le mostró la bebida de chocolate Yoo-hoo que llevaba en la mano.
—Ya, me he quitado de eso —dijo Myron.
—¿De verdad?
—¿Sí?
—Qué lástima. ¿Qué tal un coñac?
—Ahora mismo no necesito nada. ¿Qué me puedes contar, Mee?
«Me», «Mee». Myron se preguntó si realmente se llamaría así. A Win le gustaba aquel nombre. A veces se la llevaba a la parte trasera del avión y hacía juegos de palabras lamentables con su nombre, como «Necesito un poquito más de Mee» o «Me gusta estar en la cama con Mee y conmigo mismo».
Win.
—¿Qué me puedes contar? —insistió Myron.
—La previsión meteorológica da lluvias intermitentes en Londres —respondió Mee.
—Vaya, qué sorpresa. Quiero decir que qué puedes contar de Win.
—Buena pregunta —respondió ella—. ¿Y qué puede contar usted a Mee —replicó señalándose— sobre Win?
—No empieces con eso.
—En la tele puede ver el partido de los Knicks, si le apetece.
—Ya no veo el baloncesto.
Mee le echó una mirada condescendiente que casi le dio ganas de girar la cabeza.
—He visto su documental sobre deportes en la ESPN —señaló.
—No es por eso —dijo Myron.
Ella asintió, pero no lo creyó.
—Si no le interesa el partido —dijo Mee—, tengo un vídeo para usted.
—¿Qué tipo de vídeo?
—Win me ha pedido que le diga que lo vea.
—No será... esto...
A Win le gustaba grabar sus... bueno, sus encuentros amorosos y luego verlos una y otra vez mientras meditaba.
Mee meneó la cabeza.
—Esos los guarda para su visionado privado, señor Bolitar. Ya lo sabe. Forma parte de nuestro contrato.
—¿Contrato? —Myron levantó una mano antes de que ella pudiera responder—. No importa. No quiero saberlo.
—Aquí tiene el mando a distancia —dijo Mee mientras se lo entregaba—. ¿Está seguro de que no quiere tomar nada ahora mismo?
—No, nada, gracias.
Myron se volvió hacia el televisor integrado y lo encendió.
Casi se esperaba ver a Win en la pantalla con un mensaje al estilo Misión: Imposible, pero no, era uno de esos programas de delitos reales que dan en la tele por cable. Trataba, por supuesto, de los secuestros, y suponía una vuelta atrás, ahora que los chicos llevaban diez años desaparecidos.
Myron se puso cómodo y prestó atención. Le fue bien para refrescar la mente. Básicamente, se trataba de esto:
Hacía diez años, Patrick Moore, que por aquel entonces tenía seis años, había ido a jugar a la casa de Rhys Baldwin, un compañero de colegio, en el «distinguido» —en los medios siempre usaban ese adjetivo— barrio de Alpine, en Nueva Jersey, no muy lejos de la isla de Manhattan. ¿Cómo de distinguido? El precio medio de las casas de Alpine durante el último trimestre era de más de cuatro millones de dólares.
Al cuidado de los dos niños estaba Vada Linna, una au pair finlandesa de dieciocho años. Cuando la madre de Patrick, Nancy Moore, regresó a recoger a su hijo, no salió nadie a abrirle la puerta. Aquello no le preocupó demasiado. Nancy Moore se imaginó que la joven Vada se habría llevado a los niños a tomar un helado o algo así.
Dos horas más tarde, Nancy Moore volvió y llamó de nuevo a la puerta principal. Seguían sin responderle. Aunque aún no estaba demasiado preocupada, Nancy llamó a la madre de Rhys, Brooke. Y ella llamó a Vada al móvil, pero el buzón de voz le salió de inmediato.
Llegada a este punto, Brooke Lockwood Baldwin, prima de Win, volvió a casa corriendo. Abrió la puerta y ambas mujeres llamaron a los niños a gritos. Al principio no hubo respuesta. Oyeron un ruido procedente del sótano, que era una sala de juegos de lujo para los niños.
Allí fue donde encontraron a Vada Linna atada a una silla y amordazada. La joven au pair había tirado una lámpara de una patada para llamar la atención. Estaba asustada. No había sufrido ningún daño.
Pero los dos niños, Patrick y Rhys, no aparecieron por ningún lado. Por lo que dijo Vada, ella había ido a prepararles algo de merienda a la cocina cuando dos hombres armados entraron por las puertas correderas de vidrio. Llevaban gafas de esquí y suéteres negros de cuello alto.
Se llevaron a Vada al sótano a rastras y la ataron.
Nancy y Brooke llamaron de inmediato a la policía. Los padres de los niños, Hunter Moore, médico, y Chick Baldwin, gestor de fondos de cobertura, acudieron corriendo desde sus respectivos trabajos. Durante horas no hubo nada: ni contactos, ni pistas, ni indicios. Entonces llegó una petición de rescate a la cuenta del trabajo de Chick Baldwin a través de un correo electrónico anónimo. La nota empezaba con la advertencia de que no contactaran con las autoridades si querían volver a ver a sus hijos con vida.
Demasiado tarde.
La nota exigía que las familias tuvieran listos dos millones —«un millón por niño»— y los emplazaba a darles nuevas instrucciones. Reunieron el dinero y esperaron. Pasaron tres días agónicos hasta la siguiente comunicación de los secuestradores, que les ordenaban que Chick Baldwin, a solas, fuera en coche al Overpeck Park y dejara el dinero en un lugar específico junto al embarcadero.
Chick Baldwin hizo lo que le habían pedido.
El FBI, por supuesto, tenía el parque perfectamente vigilado, y todas las entradas y salidas cubiertas. También habían puesto un GPS en la bolsa, aunque hace una década esa tecnología era algo más rudimentaria de lo que es ahora.
Las autoridades habían conseguido mantener los secuestros en secreto. No se enteró ningún medio de comunicación. A petición del FBI, no contactaron con ningún amigo ni pariente, incluido Win. Se lo ocultaron incluso a los otros hijos de los Baldwin y los Moore.
Chick Baldwin dejó el dinero y se alejó en coche. Pasó una hora. Luego dos. A las tres horas, alguien recogió la bolsa, pero se trataba de un tipo que había ido al parque a correr y que pensaba hacer de buen samaritano y llevarlo a objetos perdidos.
No acudió nadie a recoger el dinero del rescate.
Las familias se reunieron en torno al ordenador de Chick Baldwin y esperaron la llegada de otro correo. Mientras tanto, el FBI desarrolló varias teorías. En primer lugar examinaron a fondo a Vada Linna, la joven au pair, pero no sacaron nada en claro. Solo llevaba dos meses en el país y apenas hablaba inglés. Solo tenía una amiga. Registraron su correo electrónico, sus mensajes de texto y su historial en Internet, y no encontraron nada sospechoso.
El FBI también investigó a los padres y las madres. El único que les dio juego fue el padre de Rhys, Chick Baldwin. Los correos pidiendo el rescate habían llegado a su cuenta; pero, además, Chick era un personaje desagradable, y estaba implicado en dos casos de uso fraudulento de información privilegiada y en varias denuncias sobre desfalco. Lo habían acusado de organizar una estafa piramidal, y había clientes —algunos de ellos poderosos— muy descontentos.
Pero ¿tan descontentos como para hacer algo así?
Por tanto, esperaron a tener noticias de los secuestradores. Pasó otro día. Luego dos. Luego tres, y cuatro. Ni una palabra. Pasó una semana.
Luego un mes. Un año.
Diez años.
Y nada. Ni rastro de ninguno de los dos niños.
Hasta ahora.
Myron se recostó en la butaca mientras veía pasar los créditos. Mee se le acercó y lo miró.
—Creo que ahora sí me tomaré ese coñac —dijo.
—Enseguida.
A su regreso, Myron le ordenó:
—Siéntate, Mee.
—No, señor.
—¿Cuándo viste a Win por última vez?
—Me pagan para que sea discreta.
Myron tuvo que morderse la lengua para no replicar.
—Había rumores —dijo—. Sobre Win, quiero decir. Estaba preocupado.
Ella ladeó la cabeza.
—¿No confía en él?
—Plenamente.
—Pues respete su intimidad.
—Eso llevo haciendo desde hace un año.
—Entonces ¿qué más le da esperar unas horas más?
Tenía razón, por supuesto.
—Lo echa de menos —añadió Mee.
—Por supuesto.
—Él le tiene mucho cariño, ya lo sabe.
Myron no dijo nada.
—Debería intentar dormir algo.
También tenía razón con eso. Cerró los ojos, pero sabía que no dormiría. Un amigo cercano lo había convencido en fechas recientes para que probara la meditación trascendental, y aunque él no estaba muy convencido de que funcionara, la sencillez y la facilidad de la técnica la hacían perfecta para esos momentos en que no conseguía conciliar el sueño. Programó su app Temporizador de Meditación para veinte minutos —sí, la tenía en el teléfono—, cerró los ojos y se dejó llevar.
La gente cree que la meditación libera la mente. Eso es una tontería. No puedes liberar la mente. Si de verdad quieres relajarte, tienes que dejar que los pensamientos fluyan. Aprendes a observarlos y a no juzgarlos ni reaccionar. Así que eso era lo que hacía Myron en ese momento.
Pensó en el reencuentro con Win, en Esperanza y en Big Cyndi, en su madre y en su padre, que estaban en Florida. En su hermano, Brad, y en su sobrino, Mickey, y en cómo habían cambiado sus vidas. Pensó en Terese, que por fin volvía a estar presente en su vida, en su inminente matrimonio, en la vida que empezarían juntos, en la posibilidad de ser felices que se le presentaba, tan repentina como tangible.
Pensó en lo asombrosamente frágil que le parecía todo aquello.
Al final el avión aterrizó, redujo la velocidad y se dirigió a la zona de aparcamiento. Cuando se detuvo por fin, Mee tiró de la manilla de la puerta y la abrió, luciendo una gran sonrisa.
—Buena suerte, Myron.
—Lo mismo digo, Mee.
—Saluda a Win de mi parte.
3
El Bentley estaba esperándolo en la pista. En el momento en que Myron bajaba por la escalerilla, se abrió la puerta trasera y salió Win.
Myron aceleró el paso; tenía los ojos anegados en lágrimas. Cuando por fin llegó a tres metros de su amigo se detuvo, parpadeó y sonrió.
—Myron.
—Win.
Win suspiró.
—Vas a montarme una escena, ¿no?
—¿Qué es la vida sin escenas?
Win asintió. Myron dio un paso adelante y ambos hombres se fundieron en un gran abrazo, cada uno agarrado al otro como si sus vidas dependieran de ello.
Mientras lo estrechaba, Myron dijo:
—Tengo un millón de preguntas.
—Y no voy a responderlas. —Ambos se soltaron—. Centrémonos en Rhys y Patrick.
—Por supuesto.
Win le indicó a Myron que pasara al asiento de atrás. Myron lo hizo, y se deslizó hasta el fondo para dejarle sitio. El Bentley era negro y de tipo limusina. El cristal que los separaba del conductor estaba cerrado. Solo había dos asientos, mucho espacio para las piernas y un mueble bar bien provisto. La mayoría de las limusinas tienen más asientos. Win no veía la necesidad.
—¿Una copa? —ofreció Win.
—No, gracias.
El coche se puso en marcha. Mee estaba junto a la puerta del avión. Win bajó la ventanilla y la saludó con la mano. Ella le devolvió el saludo. El gesto de Win era algo melancólico. Myron se quedó mirando a su amigo, su mejor amigo desde su primer año en la Universidad de Duke, con miedo de dejar de mirarlo por si volvía a desvanecerse.
—Tiene un trasero imponente, ¿no te parece? —dijo Win.
—Ajá. ¿Win?
—¿Sí?
—¿Has estado en Londres todo este tiempo?
—No —respondió él, sin dejar de mirar por la ventana.
—Entonces ¿dónde?
—En muchos lugares.
—Me han llegado rumores.
—Sí.
—Decían que estabas en la cárcel.
—Lo sé.
—¿No era cierto?
—No, Myron, no era cierto. Esos rumores los difundí yo.
—¿Por qué?
—Ya llegaremos a eso. Ahora tenemos que centrarnos en Patrick y Rhys.
—Decías que has visto a Patrick.
—Eso creo, sí.
—¿Eso crees?
—Patrick tenía seis años cuando desapareció —dijo Win—. Ahora tendría dieciséis.
—Así que no ha habido modo de identificarlo a ciencia cierta.
—Correcto.
—De modo que has visto a alguien que crees que era Patrick.
—Correcto otra vez.
—¿Y luego?
—Y luego lo perdí.
Myron se recostó en el asiento.
—Eso te sorprende —dijo Win.
—Pues sí.
—Estás pensando: «No es tu estilo».
—Exactamente.
—Calculé mal —añadió Win, y asintió—. Ha habido daños colaterales.
Tratándose de Win, eso no era nada bueno.
—¿Cuántos?
—Será mejor que pulsemos el botón de rebobinar. —Win metió la mano en el bolsillo de su traje y sacó un trozo de papel—. Lee esto.
Le dio lo que parecía un correo electrónico impreso. Iba dirigido a la cuenta personal de Win. Myron había enviado media docena de mensajes a esa dirección a lo largo del año anterior. No había obtenido respuesta. El remitente era un tal anon5939413. Decía:
Estás buscando a Rhys Baldwin y a Patrick Moore. La mayor parte de los últimos diez años han estado juntos, pero no siempre. Los han separado al menos tres veces. Ahora vuelven a estar juntos.
Son libres de irse, pero quizá no se vayan contigo. Ya no son quienes tú crees que son. Tampoco son los que recuerdan sus familias. Quizá no te guste lo que encuentres. Aquí es donde están. Olvídate del dinero de la recompensa. Un día te pediré un favor.
Ninguno de los dos recuerda gran cosa de su vida anterior. Ten paciencia con ellos.
Myron sintió un escalofrío en la espalda.
—Supongo que habrás intentado descubrir de dónde ha salido el correo, ¿no?
Win asintió.
—Y supongo que sin resultados.
—Ha salido de una VPN— informó Win—. No hay modo de determinar de dónde ha salido ni quién lo ha escrito.
Myron volvió a leerlo.
—Ese último párrafo...
—Sí, ya sé.
—Tiene algo.
—Un aire de autenticidad —dijo Win.
—Y por eso te lo has tomado en serio.
—Sí.
—¿Y esta dirección que indican? —preguntó Myron.
—Es una zona bastante limitada de Londres, pero sórdida, bajo un viaducto, donde tienen lugar todo tipo de transacciones ilegales. Rastreé el lugar.
—Ya.
—Y me encontré con alguien que se parece mucho a esas imágenes obtenidas con el simulador de edad.
—¿Cuándo?
—Más o menos una hora antes de llamarte.
—¿Lo oíste hablar?
—¿Cómo?
—¿Dijo algo? Podría servir para determinar mejor su identidad. Quizá tuviera acento estadounidense.
—No lo oí hablar —reconoció Win—. Tampoco lo sabemos. Quizá lleve aquí toda su vida, en estas calles.
Silencio.
Luego Myron repitió:
—Toda su vida.
—Sí. No sirve de nada pensarlo mucho.
—Así que viste a Patrick. Y luego, ¿qué?
—Esperé.
Myron asintió.
—Esperabas a que apareciera Rhys.
—Sí.
—¿Y luego?
—Tres hombres que no parecían nada contentos con Patrick lo atacaron.
—¿Y los detuviste?
En los labios de Win apareció por primera vez una sonrisa.
—Suelo hacer esas cosas. Ya sabes.
Así era.
—¿Y... los tres? —preguntó Myron.
Win sonrió y se encogió de hombros. Myron cerró los ojos.
—Esos tipos eran matones de la peor calaña —dijo Win—. Nadie los echará de menos.
—¿Fue en defensa propia?
—Sí. Bueno, digamos que sí. ¿De verdad nos vamos a poner a analizar mis métodos ahora, Myron?
Tenía razón.
—¿Y qué pasó entonces?
—Mientras yo estaba ocupado con los matones, Patrick huyó. La última vez que lo vi se dirigía a la estación de King’s Cross. Poco después te llamé para pedirte ayuda.
Myron volvió a recostarse en el asiento. Se acercaban al puente de Westminster y al Támesis. El London Eye, básicamente una noria que se movía a un ritmo que siendo generoso podría calificarse de glacial, brillaba a la luz de la tarde. Myron había subido en ella once años atrás. Se había aburrido soberanamente.
—Entenderás la urgencia del caso —dijo Win.
Myron asintió.
—Se encargarán de hacerlos desaparecer.
—Exacto. Los sacarán del país o, si temen que los descubran...
Win no tuvo que acabar la frase.
—¿Se lo has dicho a sus padres?
—No.
—¿Ni siquiera a Brooke?
—No —respondió Win—. No veo motivos para darle falsas esperanzas.
El coche iba hacia el norte. Myron miró por la ventanilla.
—Están desaparecidos desde que tenían seis años, Win.
Win no dijo nada.
—Todo el mundo los daba por muertos desde hace tiempo.
—Lo sé.
—Menos tú.
—Oh, yo también pensaba que estaban muertos.
—Pero has seguido buscando.
Win juntó la punta de los dedos de las manos. Era un gesto familiar, que trasladó a Myron a sus tiempos de juventud.
—La última vez que vi a Brooke abrimos una botella de vino muy cara. Nos sentamos en la terraza y nos quedamos mirando al mar. Por un rato, fue la Brooke con la que me crie. Algunas personas solo transmiten tristeza. Brooke hace justo lo contrario. Transmite alegría. Siempre lo ha hecho. ¿Sabes ese tópico de las personas que iluminan una habitación con su sola presencia?
—Claro.
—Pues Brooke era capaz de hacerlo incluso a distancia. Bastaba con pensar en ella, y ya te inspiraba alegría. Es imposible no intentar proteger a alguien así. Y cuando la ves sufrir tanto, quieres... no, necesitas proporcionarle alivio.
Win entrechocó la punta de los dedos.
—Así que allí estábamos, bebiendo vino y contemplando el océano. La mayoría de la gente usa el alcohol para aletargar un dolor como el que sentía Brooke. Pero en su caso sucedía lo contrario. Esa fachada desaparecía con el alcohol. La sonrisa forzada desaparecía. Aquella noche me confesó algo.
Se detuvo, y Myron esperó.
—Durante mucho tiempo, Brooke alimentó la fantasía de que Rhys volvería a casa. Cada vez que sonaba el teléfono, sentía ese cosquilleo dentro. Esperaba que fuera Rhys, diciéndole que estaba bien. Lo veía en las calles llenas de gente. Soñaba con rescatarlo, con verlo, con su reunión, entre lágrimas. Recreaba mentalmente aquel día una y otra vez, pero quedándose en casa en lugar de salir, llevándose a Rhys y a Patrick consigo en lugar de dejarlos con aquella au pair, alterando alguna cosa, cualquier cosa, de modo que aquello no ocurriera. «Se te queda dentro», me dijo Brooke. Como un compañero de por vida. Puedes echar a correr y dejarlo atrás por un tiempo, pero ese día siempre está ahí, dándote palmaditas en el hombro, tirándote de la manga.
Myron escuchaba, inmóvil.
—Todo eso lo sabía, claro. No es ninguna revelación que los padres sufren. Brooke sigue estando guapísima. Es una mujer fuerte. Pero las cosas han cambiado.
—¿Qué quieres decir con que han cambiado?
—Que esto tiene que acabar.
—¿Qué quieres decir?
—En eso consistía la confesión de Brooke. Cuando suena el teléfono, ¿sabes qué es lo que espera ella?
Myron negó con la cabeza.
—Que sea la policía. Que le digan que por fin han encontrado el cuerpo de Rhys. ¿Entiendes lo que te digo? La incógnita y la esperanza se han vuelto más dolorosas que la muerte. ¿Entiendes lo que digo? La incertidumbre, la esperanza, se ha vuelto más dolorosa que la muerte. Y eso no hace más que convertir la tragedia en algo aún más obsceno. Ya es terrible de por sí hacer sufrir a una madre de este modo. Pero esto, me dijo (deseando que, de cualquier modo, llegara a su fin), era aún peor.
Se quedaron en silencio, y luego Win cambió de tema:
—Eh, ¿cómo van los Knicks?
—Muy gracioso.
—Tienes que relajarte.
—¿Adónde vamos?
—Volvemos a King’s Cross.
—Donde no deben verte la cara.
—Soy extraordinariamente atractivo. La gente se acordaría de mí.
—Ergo, necesitas mi ayuda.
—Me alegro de ver que mi ausencia no ha hecho que pierdas esa agudeza mental.
—Pues cuéntamelo todo —dijo Myron—. Tracemos un plan.
4
Cuando pasaron por delante de la estación de tren, Myron leyó el rótulo:
—King’s Cross. ¿No es esa la de Harry Potter?
—Sí.
Myron echó otra ojeada.
—Está más limpio de lo que me esperaba.
—Se ha aburguesado —le explicó Win—. Pero nunca te libras del todo de la basura. Te limitas a barrerla y a amontonarla en los rincones más oscuros.
—¿Y tú sabes dónde están esos rincones oscuros?
—Me lo dijeron en el e-mail. —El Bentley se detuvo—. No podemos acercarnos más sin arriesgarnos a que nos vean. Coge esto.
Win le puso un móvil en la mano.
—Ya tengo teléfono —objetó Myron.
—No como este. Es un sistema de monitorización completo. Puedo seguirte por GPS. Puedo oír cualquier conversación con los micrófonos que tiene instalados. Puedo ver lo que tú ves por la cámara.
—La palabra clave es «vía».
—Me troncho. Hablando de palabras clave, necesitaremos una señal de aviso por si te metes en algún problema.
—¿Qué tal «socorro»?
Win se lo quedó mirando, con rostro inexpresivo.
—Echaba... de menos... tu... sentido del humor.
—¿Te acuerdas de cuando empezábamos? —le preguntó Myron, incapaz de evitar una sonrisa—. Pensábamos que estábamos a la vanguardia de la tecnología.
—Lo estábamos —convino Win.
—Articula —dijo Myron.
—¿Perdón?
—Si tengo problemas, diré «articula».
Myron salió y caminó. La estación quedó atrás. Mientras lo hacía se dio cuenta de que estaba silbando una cancioncita de un musical: «Ring of Keys», de Fun Home. Eso podría parecer un tanto fuera de contexto. Al fin y al cabo, la situación era horrible, peligrosa y muy seria, pero ¿a quién quería engañar? Estaba encantado de trabajar de nuevo con Win. Por lo general era Myron quien ponía en marcha sus a menudo temerarias misiones. De hecho, pensándolo bien, siempre había sido cosa de Myron. Win había sido la voz de la prudencia, el compinche que se veía arrastrado, y que se dejaba implicar más por diversión que por convicción.
Al menos, eso era lo que afirmaba Win.
—Vaya complejo de héroe que tienes —le solía decir Win—. Te crees que puedes hacer del mundo un lugar mejor. Eres como don Quijote, lanzándote contra los molinos.
—¿Y tú?
—Yo soy un imán para las mujeres.
Win.
Aún era de día, pero solo alguien algo corto de entendederas podría pensar que los negocios de este tipo discurren solo bajo el manto de la oscuridad. Aun así, cuando Myron llegó al lugar que había usado como punto de observación Win el día anterior, bajó la mirada y constató que no sería fácil.
Había llegado la policía.
En el lugar donde Win había visto al probable Patrick había dos agentes de uniforme y otros dos tipos que parecían técnicos forenses. La sangre derramada por el suelo aún parecía fresca, incluso vista desde allí. Había un montón. Era como si alguien hubiera lanzado latas de pintura desde una gran altura.
De los cuerpos no había ni rastro. Ni tampoco estaban los que hacían la calle, claro: sabían perfectamente que les convenía evitar un escenario como aquel. «Aquí no hay nada que rascar», pensó Myron. Era hora de buscar otro plan.
Dio media vuelta para volver al lugar donde lo había dejado el Bentley cuando algo le llamó la atención. Myron se detuvo. Allí, en aquel «rincón oscuro», tal como lo había descrito Win, al final de Railway Street, vio a alguien. Solo podía ser una prostituta.
Iba vestida de fulana estadounidense de los años setenta: medias de malla, botas de tacón alto (por contradictoria que pareciese la combinación de ambas cosas), una falda que le cubría poco más de lo que le cubriría un cinturón, y un top morado tan ceñido que podría haberlo usado para embutir salchichas.
Myron se le acercó, y al verlo llegar la mujer se volvió hacia él. Myron la saludó con un discreto gesto de la mano.
—¿Buscas compañía? —le preguntó ella.
—Eh... No. La verdad es que no.
—No sabes muy bien cómo funciona esto, ¿verdad?
—Supongo que no, lo siento.
—Probemos otra vez. ¿Buscas un poco de compañía?
—Ya te digo.
La mujer sonrió. Myron se esperaba una dentadura catastrófica, pero la mujer tenía una boca perfecta, con unos dientes que hasta eran blancos. Le echó unos cincuenta años, pero quizá fueran algunos menos. Era grande y corpulenta, y estaba algo desaliñada, bien entrada en carnes, pero de algún modo aquella sonrisa lo arreglaba todo.
—Eres estadounidense —dijo.
—Sí.
—Tengo muchos clientes estadounidenses.
—No parece que tengas mucha competencia.
—Ya no, es cierto. Hoy en día las jovencitas ya no hacen la calle. Lo hacen todo por ordenador, o con alguna app.
—Pero tú no.
—No, no me va, ¿sabes lo que quiero decir? Es de lo más frío: todo el mundo en Tinder u Ohlala o donde sea... Es una pena. ¿Qué ha sido del contacto humano? ¿Qué ha sido del toque personal?
—Ya —respondió Myron, no muy seguro de qué añadir.
—A mí me gusta la calle. Así que mi modelo de negocio es básicamente el estilo clásico, ¿sabes lo que digo? Yo apelo a la... ¿Cómo se dice? —Se quedó pensando un instante y luego chasqueó los dedos—. ¡Nostalgia! Sí, ¿no? O sea, la gente está de vacaciones. Visitan King’s Cross para ver putas, no para jugar con el iPhone, ¿sabes lo que digo?
—Ajá.
—Quieren la experiencia completa. Esta calle, esta ropa, mi forma de actuar, lo que digo... Es lo que llaman cubrir un nicho de mercado.
—Siempre está bien cubrir una necesidad.
—Yo antes hacía porno.
Se quedó esperando.
—Oh, probablemente no me reconozcas. Solo hice tres películas, cuando... Bueno, no te cuento más. Una no puede contar todos sus secretos. Mi papel más famoso fue el de criada en una escena con aquel italiano famoso, Rocky o Rocco Nosequé. Pero durante años fui una estimuladora de primera. Sabes lo que es eso, ¿no? Estimuladora.
—Creo que sí lo sé.
—Lo cierto es que a la mayoría de los tipos, con las cámaras, las luces y toda esa gente mirando, bueno, no les resultaba fácil mantenerla... bueno, dura. Así que para eso estábamos las estimuladoras. Fuera de plano. Oh, era un trabajo estupendo. Lo hice durante años. Conocía todos los trucos, te lo aseguro.
—No me cabe la menor duda.
—Pero entonces llegó la Viagra y, bueno, una píldora costaba mucho menos que una chica. En realidad es una pena. Las estimuladoras somos una raza extinguida. Como los dinosaurios o las cintas VHS. Así que aquí estoy otra vez, haciendo la calle. Aunque no es que me queje, ¿eh? ¿Verdad que me entiendes?
—Perfectamente.
—Y hablando de todo un poco, el reloj hace tictac.
—No te preocupes.
—Algunas chicas venden su cuerpo. Yo no. Yo vendo mi tiempo. Como un asesor o un abogado. Lo que hagas tú con ese tiempo (y, tal como te digo, ya ha empezado a correr) es cosa tuya. Así que... ¿Qué es lo que buscas, guapo?
—Hum... A un joven —dijo Myron, y la sonrisa de ella desapareció.
—Venga ya.
—Es un adolescente.
—Naaa —respondió ella, dando un manotazo al aire—. Tú no eres un asaltacunas.
—¿Un qué?
—Un asaltacunas. Un pedófilo. No vas a decirme que eres un pedófilo, ¿no?
—Oh, no. Qué va. Solo lo estoy buscando. No quiero hacerle ningún daño.
Ella apoyó las manos en las caderas y se lo quedó mirando un buen rato.
—¿Por qué te creo?
Myron le mostró su sonrisa más seductora.
—Por mi sonrisa.
—No, pero tienes un rostro que inspira confianza. Esa sonrisa es de lo más siniestra.
—Se suponía que tenía que ser irresistible.
—No lo es.
—Solo intento ayudarlo —dijo Myron—. Corre un gran peligro.
—¿Y qué te hace pensar que te puedo ayudar?
—Estuvo aquí ayer. Trabajando.
—Ah.
—¿Qué?
—Ayer.
—Sí.
—¿Así que fuiste tu quien mató a esos patanes bocazas?
—No.
—Qué lástima —dijo ella—. Te habría regalado un servicio gratis.
—Ese chico corre un gran peligro.
—Ya me lo has dicho.
La mujer dudó un momento. Myron sacó la cartera, pero ella le hizo un gesto para que la guardara.
—No quiero tu dinero. O sea, sí que lo quiero. Pero no por eso.
Parecía confusa.
Myron se llevó un dedo a la cara.
—El rostro que inspira confianza, ¿recuerdas?
—Ninguno de los chicos volverá por aquí en un buen tiempo, con tanto poli por todas partes. Irán a su otro lugar de trabajo.
—¿Y eso dónde es?
—Hampstead Heath. Suelen ponerse por el extremo oeste de Merton Lane.
5
—Hampstead Heath —dijo Win cuando Myron volvió al coche—. Un lugar histórico.
—¿Y eso?
—Keats paseaba por sus calles. Kingsley Amis, John Constable, Alfred Tennyson, Ian Fleming... Todos tenían casa allí. Pero no es eso lo que lo ha hecho más famoso.
—¿Ah, no?
—¿Te acuerdas de cuando detuvieron a George Michael por buscar sexo en unos lavabos públicos?
—Claro. ¿Fue allí?
—Hampstead Heath, sí. Ha sido un lugar de encuentros gais toda la vida, pero por lo que yo sé no hay mucha prostitución. Siempre ha sido más bien una zona de cruising.
—¿Cruising?
—Dios, pero qué alma de cántaro eres. Cruising. Sexo anónimo entre hombres tras unos arbustos, en lavabos públicos y sitios así. Raramente hay intercambio de dinero. Aun así, los jóvenes chaperos podrían intentar hacer negocio, quizás encontrar algún sugar daddy o una red de clientes. Si de mí dependiera, yo entraría en el parque y giraría a la izquierda, hacia los lavabos públicos. Sigue el sendero más allá de los estanques. Esa zona es la que más se presta.
—Sabes mucho del tema.
—Sé mucho de todos los temas.
Eso era cierto.
—Y también uso esa gran novedad llamada Google. —Win le mostró el móvil—. Deberías probarlo de vez en cuando. ¿Esto lo necesitas?
Win le entregó a Myron las imágenes de Patrick y de Rhys obtenidas con el simulador de edad. También le describió con muchísimo detalle el aspecto que tenía el día anterior su posible Patrick, y lo que llevaba puesto.
Myron se quedó mirando fijamente aquellos rostros.
—¿Qué edad tendrían ahora Patrick y Rhys?
—Ambos tendrían dieciséis años. Se da la casualidad (o quizá no) de que esa es precisamente la edad mínima para el sexo consentido en Reino Unido.
Myron tomó unas fotos de las fotos y se las devolvió a Win. Cogió la manilla de la puerta y se paró de pronto.
—Se nos está escapando algo, Win.
—Probablemente.
—¿Tú también tienes esa sensación?
—Sí.
—¿No será una trampa?
—Podría serlo —aventuró Win juntando otra vez la punta de los dedos—. Pero el único modo de salir de dudas es seguir adelante.
El coche estaba en punto muerto, en la esquina de Merton Lane y Millfield Lane.
—¿Todo listo?
—En marcha —dijo Myron, y salió del coche.
Hampstead Heath estaba precioso cubierto de un verde exuberante. Myron recorrió el sendero, pero no vio ni rastro de Patrick ni de Rhys. Había hombres, muchísimos, de dieciocho (o menos) a ochenta años, la mayoría vestidos de forma nada llamativa, pero... ¿qué se esperaba? Myron no vio ninguna actividad sexual, pero supuso que se debía a la presencia de lavabos públicos y matorrales apartados de los caminos.
Tras un cuarto de hora de paseo, Myron se llevó el teléfono al oído.
—Nada —dijo.
—¿Nadie te ha tirado los tejos?
—No.
—Vaya.
—Ya —dijo Myron—. ¿Tú crees que estos pantalones me hacen gordo?
—Aún bromeamos —respondió Win.
—¿Qué?
—Creemos en la igualdad total y saltamos ante cualquiera que muestre el más mínimo prejuicio —añadió Win.
—Y, sin embargo, seguimos bromeando. —Myron terminó la frase por Win.
—Por supuesto.
Pero entonces Myron vio algo que lo hizo detenerse de golpe.
—Espera un momento...
—Estoy a la escucha.
—Cuando me describiste la... bueno, la escena de ayer, mencionaste que había otros dos tipos haciendo la calle.
—Correcto.
—Dijiste que había uno con la cabeza rapada y un collar de perro.
—Correcto otra vez.
Myron movió el teléfono y orientó la cámara hacia el joven vestido de cuero que estaba cerca del estanque.
—¿Y bien?
—Es ese —afirmó Win.
Myron volvió a meterse el teléfono en el bolsillo y cruzó el sendero. Collar de Perro tenía las manos metidas en los bolsillos de los pantalones como si estuviera cabreado porque allí dentro no encontraba algo. Tenía los hombros echados hacia delante. Lucía un tatuaje en el cuello —Myron no distinguía qué era— y aspiraba el humo de su cigarrillo como si quisiera acabárselo de una calada.
—Eh —dijo Myron intentando llamar su atención pero, al mismo tiempo, temeroso de alzar demasiado la voz y asustar al... ¿chico?, ¿hombre?, ¿tipo?, ¿chaval?
Collar de Perro se volvió hacia Myron. Trató de mostrarse lo más duro posible. La dureza fingida suele esconder inseguridad. Y eso fue precisamente lo que vio Myron. Quien la finge suele ser alguien que, en primer lugar, ha recibido demasiadas palizas, y de ahí la inseguridad, y en segundo, ha descubierto por las malas que demostrar debilidad no hace sino empeorar las palizas, y de ahí la dureza fingida. Los daños sufridos —y ese chico había sufrido muchos— afloraban de forma intermitente.
—¿Tienes fuego? —preguntó Collar de Perro.
Myron iba a responder que no fumaba y que no llevaba encendedor, pero ¿y si pedir fuego era algún tipo de código? Así que se acercó.
—¿Podemos hablar un momento? —preguntó Myron.
Collar de Perro movió los ojos de un lado al otro, como un pajarillo que saltase de rama en rama.
—Conozco un lugar —dijo el chico.
Myron no respondió. Se preguntó qué vida llevaría aquel chico, dónde habría empezado, qué camino habría seguido, en qué punto había empezado a torcerse. ¿Había sido una caída lenta, tal vez con una infancia rodeada de abusos o algo así? ¿Habría escapado de casa? ¿Tendría madre o padre? ¿Le pegaban? ¿Se aburría o se drogaba? ¿Había seguido una espiral descendente gradual, o tal vez había tocado fondo repentinamente, de golpe, con un grito o de un mazazo?
—¿Entonces? —lo apremió el chico.
Myron se quedó mirando a aquel chaval flacucho, con sus brazos pálidos, finos como juncos; con una nariz que le habían reventado a puñetazos más de una vez; los piercings en las orejas; el lápiz de ojos; ese maldito collar de perro, y pensó en Patrick y en Rhys, dos chicos que habían crecido en el lujo para luego perderlo todo.
¿Tendrían el aspecto de aquel chico?
—Sí —dijo Myron, intentando no parecer demasiado desmotivado—. Por mí, vale.
—Sígueme.
Collar de Perro siguió el sendero por entre los dos estanques, cuesta arriba. Myron no estaba seguro de si debía ponerse a su altura y caminar al lado del chico —pensaba en él como un chico porque le calculaba entre dieciocho y veinte años— o si debía mantenerse detrás. Collar de Perro caminaba a toda prisa, así que Myron decidió seguirlo a unos metros.
Aún no le había pedido dinero. Eso le preocupaba un poco a Myron, que no perdía de vista los alrededores. Estaban subiendo a lo alto del repecho, donde había arbustos más espesos. Allí no se veían tantos hombres. Myron se fijó en Collar de Perro. Al cruzarse con un tipo vestido con pantalones de camuflaje, Myron observó un gesto casi imperceptible con la cabeza entre ambos.
Oh, oh.
A Myron le habría gustado avisar a Win de algún modo.
—¿Quién es ese? —preguntó Myron.
—¿Eh?
—Ese tipo al que acabas de saludar. El de los pantalones de camuflaje.
—No sabes de qué estás hablando —respondió el chaval, que luego añadió—. Eres estadounidense.
—Sí.
El chico rodeó un arbusto. En ese momento estaban completamente ocultos. Myron descubrió un condón usado en el suelo.
—Bueno, ¿qué es lo que te va? —preguntó el chico.
—La conversación.
—¿Qué?
Myron era un tiarrón de metro noventa y tres, exjugador de baloncesto en la universidad. En aquellos tiempos pesaba noventa y siete kilos. Desde entonces había ganado otros cinco. Se situó de modo que Collar de Perro no pudiera salir corriendo. Myron no sabía si usaría la fuerza para detenerlo, pero tampoco quería ponérselo fácil.
—Ayer estuviste allí —dijo Myron.
—¿Eh?
—Cuando ocurrió... aquel incidente. Lo viste.
—¿Tú qué...? Un momento, ¿eres poli?
—No.
—¿Y por qué iba un estadounidense a...? —La voz se le quebró y puso los ojos como platos—. Oye, mira, yo no he visto nada.
Myron se preguntó si Win le habría dicho algo y si Collar de Perro estaría atando cabos: un estadounidense mata a tres personas... y otro estadounidense encuentra al testigo.
—Eso no me importa —dijo Myron—. Yo busco al chico que estaba allí. Salió corriendo.
Collar de Perro no parecía muy convencido.
—Mira, no he venido a haceros daño ni a ti ni a nadie.
Intentó ponerle esa cara que en teoría inspiraba confianza; pero, a diferencia de la fulana a quien había encontrado antes haciendo la calle, esa expresión debía de resultarle desconocida al chico. En su mundo solo había abusadores o clientes.
—Bájate los pantalones —ordenó Collar de Perro.
—¿Qué?
—Para eso estamos aquí, ¿no?
—No; oye, te pagaré. Te pagaré mucho.
Eso lo hizo detenerse de pronto.
—¿Por?
—¿Conoces al chico que salió corriendo?
—¿Y si lo conozco?
—Te pagaré quinientas libras si me llevas hasta donde esté.
Los ojos volvieron a disparársele.
—¿Quinientas?
—Sí.
—¿Llevas todo ese dinero encima?
Oh, oh. Pero de perdidos, al río...
—Sí, claro.
—Entonces es probable que lleves más.
Justo entonces dos tipos rodearon el arbusto y aparecieron allí mismo. Uno era el tipo con pantalones de camuflaje que Myron había visto antes. El otro era un matón enorme con una camiseta negra apretada como un torniquete, frente de cromañón y unos brazos grandes como jamones.
El matón mascaba tabaco como una vaca. Para parecer aún más duro, hizo crujir los nudillos.
—Vas a darnos todo el dinero que llevas encima —dijo Pantalones de Camuflaje— o Dex te dará una paliza... y luego te lo cogeremos, sin más.
Myron se quedó mirando a Dex.
—¿De verdad estás haciendo crujir los nudillos?
—¿Qué?
—Quiero decir que sí, que ya lo pillo: eres un tío duro. Pero ¿hacer crujir los nudillos? Eso es lo más.
Aquello confundió a Dex, quien frunció el ceño. Myron sabía cómo eran esos tipos. Un matón de taberna. De los que la toman con tipos más débiles. No debía de haber peleado nunca con nadie medianamente habilidoso.
Dex invadió el espacio de Myron.
—¿Tú qué eres? ¿Uno de esos listillos?
—¿Quiénes son los otros listillos?
—Tío, tío, tío... —Dex se frotó las manos—. Qué bien me lo voy a pasar.
—No lo mates, Dex.
Dex sonrió, y asomaron unos dientecitos pequeños y puntiagudos como los de un depredador marino rodeando un pececillo. No había motivo para esperar. Myron juntó la punta de los dedos, curvó ligeramente la mano y golpeó a Dex en la garganta, impactando con la precisión de un dardo.
Dex se llevó ambas manos al cuello y dejó el cuerpo completamente expuesto. Myron no estaba por la labor de hacerle daño de verdad. Le barrió la pierna de una patada, haciéndolo caer al suelo. Se volvió hacia Pantalones de Camuflaje, pero este no quiso saber nada. Quizá fuera por ver la facilidad con que habían derribado a su matón. O quizá fuera el saber lo que les había hecho Win a sus colegas de alta costura el día anterior. Salió corriendo.
También Collar de Perro.
Maldición.
Myron era rápido, pero al volverse sintió que la antigua lesión le presionaba la articulación de la rodilla. Debía haber estirado más la articulación durante la caminata.
Mientras tanto, el chico se movía como un conejo. Myron supuso que se habría visto obligado a correr en muchas ocasiones, y aunque en otras circunstancias aquello le habría inspirado compasión, de ningún modo iba a dejar perder aquella pista.
No podía permitir que Collar de Perro se alejara demasiado.
Si se alejaba demasiado —si llegaba a la civilización y se mezclaba con la gente—, Collar de Perro estaría seguro ante cualquier cosa que Myron quisiera... bueno, hacerle. También podría pedir ayuda. Aquellos territorios tenían sus propias normas de seguridad.
Aunque pensándolo bien, ¿querría llamar la atención un ladrón que había intentado desvalijar a un tipo en el parque?
Eso en ese momento no importaba. Myron ya estaba en el sendero, pero el chico le había sacado una ventaja considerable, y la ventaja parecía ir ampliándose. Si se le escapaba, sería otra ocasión perdida. Los vínculos con lo que había visto Win el día anterior —los vínculos con Patrick y Rhys— eran, como mucho, tenues. Si ese chaval se escapaba, se acababa todo.
Collar de Perro giró tras un farol y desapareció. Mierda. «Nada que hacer», pensó Myron. Ya no lo pillaría.
Y de pronto, Collar de Perro cayó redondo.
Las piernas le salieron volando y quedó tendido en el suelo. Alguien había hecho lo más sencillo del mundo.
Alguien le había puesto la zancadilla. Win.
Collar de Perro estaba tirado boca abajo. Myron dio la vuelta a la esquina.
Win apenas se volvió para mirarlo antes de desaparecer entre las sombras. Myron se acercó a la carrera y se puso a horcajadas sobre Collar de Perro. Le dio la vuelta. Collar de Perro se tapó la cara y esperó a que llegaran los puñetazos.
—Por favor... —suplicó con voz lastimera.
—No voy a hacerte daño —dijo Myron—. Cálmate. No pasa nada.
Tardó unos segundos más en apartar las manos del rostro. Tenía los ojos cubiertos de lágrimas.
—Te lo prometo —insistió Myron—. No voy a hacerte daño. ¿Vale?
El chico asintió entre lágrimas, pero estaba claro que no se creía ni una palabra. Myron corrió el riesgo de quitarse de encima y lo ayudó a sentarse en el suelo.
—Vamos a intentarlo otra vez —dijo Myron—. ¿Conoces al chico que salió corriendo ayer, por el que se estaban peleando?
—El otro estadounidense —respondió Collar de Perro—. ¿Es amigo tuyo?
—¿Acaso importa?
—Los mató a los tres, como si nada. Les rebanó el pescuezo sin pestañear.
Myron lo intentó por otra vía.
—¿Tú conocías a esos tipos?
—Claro. Terence, Matt y Peter. Solían molerme a palos los tres. Si tenía una libra en el bolsillo, querían que les diera dos. —Levantó la vista y lo miró a los ojos—. Si tienes algo que ver con el otro tipo, bueno, encantado de conocerte.
—No, no tengo nada que ver —dijo Myron.
—Tú solo quieres al chico al que estaban acosando.
—Sí.
—¿Por qué?
—Es una larga historia. Tengo que encontrarlo.
Collar de Perro frunció el ceño.
—¿Lo conoces, sí o no?
—Sí —dijo Collar de Perro—. Claro que lo conozco.
—¿Puedes llevarme hasta él?
En los ojos del chico asomó cierto recelo.
—¿Aún tienes las quinientas libras?
—Sí.
—Dámelas.
—¿Y cómo sé que no vas a salir corriendo otra vez?
—Porque he visto lo que ha hecho tu amigo. Si salgo corriendo, me mataréis.
Myron quería decirle que de ningún modo, pero tal vez no le iría mal tenerlo algo asustado. Collar de Perro le tendió la mano. Myron le dio las quinientas libras. El chico se metió el dinero en el zapato.
—No le dirás a nadie que me las has dado, ¿verdad?
—No.
—Pues ven. Te llevaré con él.
6
Myron intentó charlar con el chico mientras se subían a un tren en Gospel Oak. Nada más ponerse en marcha el chaval se encasquetó los auriculares y subió tanto el volumen que Myron distinguía perfectamente las misóginas letras de la canción a través del canal auditivo de su compañero de viaje.
Myron se preguntó si a Win le seguía llegando la señal de su teléfono. Al cambiar de línea, en Highbury & Islington, el chico apagó la música y dijo:
—¿Cómo te llamas?
—Myron.
—¿Myron qué más?
—Myron Bolitar.
—Eres bastante bueno con los puños. Has tumbado a Dex como si fuera una pluma.
Myron no tenía muy claro qué decir.
—Gracias.
—¿De qué parte de Estados Unidos eres?
Curiosa pregunta.
—De Nueva Jersey.
—Eres un tipo grandullón. ¿Juegas al rugby?
—No. Yo... En la facultad jugaba al baloncesto. ¿Qué me dices de ti?
El chico soltó un bufido.
—La facultad. Ya. ¿A qué universidad fuiste?
—A una que se llama Duke —respondió Myron—. ¿Cómo te llamas?
—No es asunto tuyo.
—¿Cómo es que haces la calle? —insistió Myron.
El chaval intentó poner cara de duro, pero como suele ocurrir a esas edades, le salió un gesto más adusto que amenazante.
—¿A ti qué más te da?
—No lo digo como insulto ni nada así. Simplemente es que he oído que la mayoría del... negocio ahora se hace por Internet. En Grindr, Scruff y apps de ese tipo.
El chico bajó la cabeza.
—Es un castigo.
—¿Qué es un castigo?
—La calle.
—¿Por qué?
El tren se paró.
—Baja —dijo el chico poniéndose en pie—. Venga.
Al salir de la estación se encontraron en una calle concurrida y bulliciosa. Siguieron por Brixton Road, dejando atrás unos almacenes Sainsbury, y se metieron en un local con un cartel que decía «AdventureLand».
La cacofonía de sonidos, ninguno de ellos agradable, salvo quizá de un modo nostálgico, fue lo primero que se apoderó de sus sentidos. Se mezclaban los impactos de los bolos, el tintineo de las máquinas del millón, los lamentos por los disparos fallados y los gritos de ánimo grabados que acompañaban a los tiros libres a la canasta. También se oían aviones derribados y monstruos agonizantes abatidos por los tanques. Había luces de neón y colores fosforescentes. Había máquinas de Skee-Ball, de comecocos, de tiro al blanco y simuladores de coches de carreras, y también esas máquinas con una pinza con la que hay que pescar animales de peluche de una urna de cristal. Había autos de choque, mesas de pimpón, mesas de billar y un bar karaoke.
Y había un montón de adolescentes.
Myron recorrió la sala con la mirada. En la puerta había dos vigilantes de seguridad. No podían tener un aspecto más aburrido sin ayuda de la neurocirugía. No les prestó mucha atención. Lo que Myron sí observó, casi de inmediato, fueron los hombres adultos moviéndose por el lugar, intentando encajar... no, intentando integrarse.
Llevaban pantalones de camuflaje.
El chico con el collar de perro se abrió paso por entre la multitud hacia una zona llamada Laberinto Láser, que tenía el aspecto de una de esa escenas de Misión: Imposible en la que alguien intenta avanzar sin tocar uno de los rayos de luz y hacer saltar la alarma. Detrás había una puerta con un cartel de salida de emergencia. El chico se acercó y miró hacia una cámara de vigilancia. Myron se puso a su altura. El chico le indicó con un gesto que mirara a la lente. Myron lo hizo, con una gran sonrisa y saludando con la mano a la cámara.
—¿Qué tal estoy? —le preguntó al chico—. Voy despeinado, ¿verdad?
El chico se dio media vuelta sin responder.
La puerta se abrió y entraron. La puerta se cerró. Allí había otros dos hombres con pantalones de camuflaje. Myron señaló a los pantalones.
—¿Es que estaban de liquidación en alguna tienda?
Nadie encontró divertido el chiste.
—¿Llevas algún arma?
—Solo mi sonrisa irresistible —respondió Myron, mostrándola. Ninguno de los dos tipos parecía especialmente impresionado.
—Vacía los bolsillos. Cartera, llaves, teléfono.
Myron lo hizo. Incluso tenían una de esas bandejas donde pones las llaves y las monedas antes de pasar por el control de seguridad del aeropuerto. Uno de los hombres sacó un detector de metales y se lo pasó por todo el cuerpo. No contento con ello, luego empezó a palparlo con un énfasis quizás algo exagerado.
—¡Oh, sí, qué rico! —exclamó Myron—. Un poco más a la izquierda.
Al oír eso el hombre paró.
—Vale, segunda puerta a la derecha.
—¿Puedo recuperar mis cosas?
—Cuando salgas.
Myron le echó un vistazo a Collar de Perro. Este tenía la mirada fija en el suelo.
—¿Por qué tengo la impresión de que tras esa puerta no encontraré lo que busco?
Aquella puerta también estaba cerrada con llave. Había otra cámara de seguridad por encima. El chico miró hacia la cámara y le indicó a Myron con un gesto que también mirara él. Myron lo hizo, pero esa vez sin sonrisa irresistible. No tenía nada que esconder.
Se oyó un sonido metálico. La puerta, hecha de acero blindado, se abrió. Primero entró el chico. Myron lo siguió.
La primera palabra que le vino a la mente fue «tecnología punta». ¿O eso eran dos palabras? AdventureLand era una especie de desván, con juegos que habían visto mejores tiempos. Aquella sala era elegante y moderna. Había una docena de monitores y pantallas de última generación en las paredes, sobre las mesas, por todas partes. Myron contó cuatro hombres. Ninguno llevaba pantalones de camuflaje.
En medio de la sala había un hombre corpulento de raza india, con una interfaz en la mano. Todos jugaban a un videojuego de temática militar. Mientras todos a su alrededor agitaban los mandos violentamente, el hombre corpulento parecía tranquilo, casi relajado.
—Shhh, un momento, por favor. Esos malditos italianos creen que nos pueden ganar.
El indio corpulento les dio la espalda. Todos tenían la mirada puesta en la pantalla central de la pared opuesta. Myron supuso que sería el panel de puntuaciones de algún juego. En primer lugar estaba ROMAVSLAZIO. El segundo era FATGANDHI47. El tercero era SEMENTALDOTADO12. Sí, claro, sigue soñando, videoadicto. En el panel de máximas puntuaciones también figuraban otros equipos, como UNECHANCEDETROP, DARTHPAQUETÓN (probablemente amigo de seMENTALDOTADO12) y ELSÓTANODEMAMÁ (por fin un jugador consciente de su triste realidad).
El indio corpulento levantó la mano lentamente, como un director de orquesta a punto de arrancar. Miró a un hombre negro y delgado que tenía delante de un teclado.
—¡Ahora! —ordenó el indio antes de bajar el brazo.
El negro flaco apretó una tecla. Por un momento no pasó nada. Luego la lista de puntuaciones cambió, y FATGANDHI47 pasó a ocupar la primera plaza. Los hombres de la sala prorrumpieron en vítores y se felicitaron los unos a los otros. Luego empezaron a darse palmaditas en la espalda y abrazos. Myron y Collar de Perro se quedaron allí hasta que acabaron las celebraciones. Los otros tres hombres volvieron a situarse tras sus terminales. Myron veía el reflejo de las pantallas en sus gafas. El gran monitor del centro, el que reflejaba las puntuaciones, se apagó. En ese mismo momento el indio corpulento se volvió hacia Myron.
—Bienvenido.
Myron le echó una mirada rápida a Collar de Perro. El chico parecía petrificado.
Decir que el indio era corpulento habría sido lo políticamente correcto. Era rotundo, con capas y más capas de piel y una barriga como si se hubiera tragado una bola de bolera. La camiseta le cubría la cintura a duras penas, y le caía como una falda. La grasa del cuello se unía directamente con la cabeza rapada, y formaba una única entidad trapezoidal. Lucía un pequeño bigote, gafas de alambre y una sonrisa que podría interpretarse como un gesto amable.
—Bienvenido, Myron Bolitar, a nuestras humildes ofi cinas.
—Gracias por acogerme, Fat Gandhi —dijo él.
—Ah, sí, sí —respondió el indio, evidentemente halagado—. ¿Ha visto el marcador?
—Claro.
—¿Verdad que el nombre me encaja como un guante? —añadió abriendo los brazos y ondeando los tríceps como banderolas.
—Como un guante hecho a medida —confirmó Myron, aunque no tenía ni idea de qué quería decir.
Fat Gandhi se volvió hacia Collar de Perro. El chico se encogió hasta el punto en que Myron sintió la necesidad de ponerse delante para protegerlo.
—¿No va a preguntarme cómo he sabido su nombre? —preguntó Fat Gandhi.
—El chico me lo preguntó en el metro. También me preguntó de dónde era y a qué universidad fui. Supongo que estarían escuchando.
—Por supuesto que sí.
Fat Gandhi le mostró otra sonrisa beatífica, y aunque quizás esa vez fuera efecto de su imaginación, Myron notó la falsedad que se ocultaba detrás.
—¿Cree que es el único que puede usar el teléfono como herramienta de espionaje?
Myron guardó silencio.
Fat Gandhi chasqueó los dedos. En la pantalla grande apareció un mapa. Había puntos azules parpadeantes por todas partes.
—Todos mis empleados usan ese tipo de teléfonos. Podemos usarlos como micrófonos, como GPS, o para llamarlos. Podemos seguirles el rastro a todos nuestros empleados en todo momento. —Señaló a los puntos azules que mostraba la pantalla—. Cuando uno de nuestros aparatos detecta una coincidencia... pongamos que uno de nuestros clientes manifiesta cierto deseo por un blanquito desnutrido con un collar de perro tachonado...
El chico se puso a temblar.
—... sabemos dónde se encuentra ese empleado y podemos organizar un encuentro en cualquier momento. También podemos escuchar, si queremos. Podemos descubrir si hay algún peligro. O también... —ahora sí que la sonrisa era la de un depredador— podemos comprobar si nos están engañando.
El chico se llevó la mano al zapato, sacó las quinientas libras y se las tendió a Fat Gandhi. Este no las cogió. El chico puso el dinero sobre una de las mesas. Luego se escabulló hasta que estuvo tras Myron, que se lo permitió.
Fat Gandhi se volvió hacia el mapa y volvió a abrir los brazos. Los otros hombres de la sala seguían apretando teclas en sus ordenadores sin levantar la cabeza.
—¡Este es nuestro centro neurálgico!
«Centro neurálgico», pensó Myron. Aquel tipo debería estar acariciando a un gato sin pelo. Tenía toda la pinta de un malo malísimo de James Bond.
—¿Sabe por qué no me da ningún miedo contarle todo esto? —dijo mirándolo de reojo.
—¿Es por mi cara, que inspira confianza? Hasta ahora me ha sido muy útil.
—No —respondió volviéndose hacia él—. Es porque en realidad no puede hacer nada. Ya ha visto la seguridad. Sí, claro, las autoridades podrían acabar entrando, quizás incluso quienquiera que esté al otro lado de la línea de su teléfono. Por cierto, uno de mis hombres está dando vueltas en coche con su teléfono. Para hacerlo más divertido, ¿no le parece?
—Me parece la monda.
—Pero pasa una cosa, Myron. ¿Le importa que lo llame Myron?
—Por supuesto que no. ¿Puedo llamarlo Fat? ¿O Gordo?
—Ja, ja. Me gusta usted, Myron Bolitar.
—Genial.
—Myron, quizás haya observado que aquí no tenemos discos duros. Todo, toda la información de nuestros clientes, de nuestros empleados y de nuestros negocios se guarda en la nube. Así que si alguien consigue entrar, apretamos un botón y voilà. —Fat Gandhi chasqueó los dedos—. No encontrarán nada.
—Muy inteligente.
—No se lo digo para presumir.
—¿Eh?
—Es para que comprenda con quién está tratando antes de entrar en materia. Igual que mi responsabilidad consiste en saber con quién trato.
Volvió a chasquear los dedos.
Cuando la pantalla se encendió de nuevo, Myron estuvo a punto de soltar un gruñido.
—En cuanto supimos su nombre, nos resultó fácil reunir información sobre usted. —Fat Gandhi señaló a la pantalla. Alguien había puesto el vídeo en pausa en el momento en que aparecía el título:
EL CHOQUE: LA HISTORIA DE MYRON BOLITAR
—Hemos visto su documental, Myron. Es muy conmovedor.
Cualquier amante del deporte medianamente talludito conocía la «leyenda» de Myron Bolitar, elegido tras acabar la universidad por los Boston Celtics en la primera ronda del draft. En cuanto a los no amantes del deporte, o los más jóvenes, o los extranjeros, como esos tipos... bueno, gracias a un reciente documental de deportes de la ESPN llamado El choque, que se había vuelto viral, podían saber más de lo estrictamente necesario.
Fat Gandhi volvió a chasquear los dedos y el vídeo se puso en marcha.
—Sí —dijo Myron—. Ya lo he visto.
—Oh, venga, hombre. No sea tan modesto.
El documental empezaba con un tono optimista: música alegre, un sol brillante y aplausos en la grada. Alguien había conseguido cortes de vídeo de cuando Myron jugaba en categorías menores. Luego iba avanzando. Myron Bolitar había sido una estrella del baloncesto juvenil en Livingston (Nueva Jersey). Durante su paso por la Universidad de Duke su leyenda creció. Fue seleccionado como uno de los mejores jugadores de su categoría, dos veces campeón de la NCAA, e incluso jugador universitario del año.
La música alegre fue a más.
Cuando los Boston Celtics lo escogieron en la primera ronda del draft de la NBA, parecía que sus sueños se habían hecho realidad.
Y entonces, tal como anunciaba la voz en off del documental con tono apocalíptico, «se desencadenó la tragedia».
La música alegre desapareció de pronto, y en su lugar sonó una melodía funesta.
«La tragedia se desencadenó» en el tercer cuarto del primer partido de pretemporada de Myron, el primero —y el último— que jugaría con la camiseta número 34 de los Celtics. Los Celtics jugaban contra los Washington Bullets. Hasta entonces, el debut de Myron había estado a la altura de las expectativas. Llevaba dieciocho puntos. Encajaba en el equipo, tocaba todas las teclas y se dejaba llevar por la dulce y sudorosa sensación que solo sentía en la cancha, y de pronto...
Los directores de El choque mostraron la «terrible» repetición de la jugada un par de docenas de veces, desde diversos ángulos. A velocidad normal. A cámara lenta. Desde el punto de vista de Myron, desde arriba, desde la grada. No importaba. El resultado siempre era el mismo.
El novato Myron Bolitar estaba mirando hacia otro lado cuando Big Burt Wesson, un macizo ala-pívot, lo bloqueó. La rodilla de Myron se torció de un modo que ni Dios ni la anatomía habían previsto en ningún caso. El desagradable chasquido se oyó incluso desde lo lejos.
Adiós, carrera deportiva.
—Ver esto nos ha puesto muy tristes —dijo Fat Gandhi, que hizo un mohín exagerado mientras miraba alrededor—. ¿Verdad, chicos?
Todos los demás, incluido Collar de Perro, imitaron el mohín. Luego todos se quedaron mirando a Myron.
—Sí, ya lo he superado.
—¿De verdad?
—El hombre hace planes y Dios se los toma a risa —dijo Myron.
—Esa me gusta —respondió Fat Gandhi sonriendo—. ¿Es una expresión yanqui?
—Yidis.
—Ah, en hindi decimos que el conocimiento es más grande que el debate. ¿Lo ve? Así que primero supimos su nombre. Luego vimos su documental. Luego entramos en su correo electrónico...
—¿Que han hecho qué?
—No había nada especialmente interesante, pero no hemos curioseado. También hemos comprobado sus registros telefónicos. Su teléfono móvil recibió una llamada de un número oculto mientras estaba en Nueva York, hace menos de veinticuatro horas. La llamada procedía de Londres. —Levantó las manos con las palmas hacia arriba—. Y ahora está aquí. Con nosotros.
—Un trabajo meticuloso —observó Myron.
—Intentamos que así sea.
—Así que ya saben por qué estoy aquí.
—En efecto.
—¿Y?
—¿Supongo que trabaja para la familia del chico?
—¿Acaso importa?
—En realidad, no. No descartamos los rescates, por supuesto. Si le soy sincero, todo es cuestión de rentabilidad. Eso lo aprendí del gran Eshan, que tenía una religión (ustedes lo llamarían una secta) en las afueras de Benarés, en India. Era un hombre magnífico. Hablaba de paz, de armonía y de caridad. Tenía un gran carisma. Los adolescentes acudían a él a montones, y donaban a su templo todas sus posesiones terrenales. Vivían en tiendas en un terreno yermo bien custodiado. A veces los padres querían recuperar a sus hijos. El gran Eshan siempre se mostraba comprensivo. No pedía demasiado (la codicia no es buena consejera, diría): si los padres podían darle más de lo que le daban los hijos trabajando, pidiendo limosna o reclutando a nuevos adeptos, aceptaba el dinero. Yo no voy a ser diferente. Si uno de mis trabajadores consigue mayores contribuciones con el sexo, eso es lo que hace. Si se le da mejor robar, tal como ha intentado hacer nuestro amigo Garth contigo, ahí es donde lo colocamos.
Caray, cómo le gustaba hablar a ese tipo.
—¿Cuánto?
—Cien mil libras en efectivo por cada chico.
Myron no respondió.
—La cantidad no es negociable.
—No estoy negociando.
—Magnífico. ¿Cuánto tardará en conseguir esa suma?
—Puedo hacérsela llegar de inmediato —dijo Myron—. ¿Dónde están los chicos?
—Venga, venga. No lleva usted esa cantidad consigo.
—Puedo conseguirla en una hora.
Fat Gandhi sonrió.
—Debería haber pedido más.
—La codicia no es buena consejera. Tal como dijo el gran Eshan.
—¿Conoce Bitcoin?
—La verdad es que no.
—No importa. Nuestra transacción se hará en moneda virtual.
—Tampoco sé lo que es eso.
—Consiga el dinero. Ya le diremos cómo hacerlo.
—¿Cuándo?
—Mañana. Lo llamaré y lo arreglaremos.
—Mejor si es antes.
—Sí, lo entiendo —dijo Fat Gandhi—. Pero hay una cosa que debe entender, Myron. Si intenta alterar nuestro acuerdo de algún modo, mataré a los chicos y no los encontrarán nunca más. Los mataré de una manera lenta y dolorosa, y de ellos no quedará ni la ceniza. ¿Me he expresado con claridad?
¿La ceniza?
—Perfectamente —dijo Myron.
—Pues ya puede irse.
—Una cosa más.
Fat Gandhi se quedó esperando.
—¿Cómo sé que no es un timo?
—¿Pone en duda mi palabra?
Myron se encogió de hombros.
—Solo es una pregunta.
—Quizá sea un timo —respondió Fat Gandhi—. Quizá no deba molestarse en volver mañana.
—No es que me esté arrugando. Usted —Myron lo señaló— es lo suficientemente listo para saberlo.
Fat Gandhi se frotó la barbilla y asintió.
Myron sabía perfectamente que los psicópatas no pueden resistirse a la adulación.
—Yo solo pensaba... —prosiguió Myron— que tratándose de esa cantidad de dinero no estaría mal tener alguna prueba. ¿Cómo sé que tiene de verdad a los chicos?
Fat Gandhi levantó una mano y chasqueó los dedos de nuevo.
El documental desapareció de la pantalla, que por un momento se quedó en negro.
Myron pensó que quizás hubieran apagado el televisor. Pero no, no era eso. Fat Gandhi se acercó a un teclado y se puso a graduar el brillo de la pantalla, que empezó a iluminarse. Myron vio una sala con paredes de hormigón.
Y allí, en el centro de la sala, estaba Patrick.
Tenía los ojos negros, y el labio hinchado y manchado de sangre.
—Lo tenemos apartado —dijo Fat Gandhi.
—¿Qué le han hecho? —replicó Myron, esforzándose para que no se le quebrara la voz. Fat Gandhi volvió a chasquear los dedos y la imagen volvió a oscurecerse. Myron se quedó mirando el negro de la pantalla—. ¿Qué hay del otro chico?
—Creo que con eso basta. Es hora de que se vaya.
Myron lo miró fijamente a los ojos.
—Tenemos un trato.
—Lo tenemos.
—Pues no quiero que nadie les toque un pelo a ninguno de los dos. Quiero que me dé su palabra.
—Pero no se la voy a dar —respondió Fat Gandhi—. Me pondré en contacto con usted mañana. Ahora, por favor, salga de mi oficina.
7
En su último viaje a Londres, Win había alquilado para Myron su suite favorita, la Davies, en el Claridge’s Hotel de Brook Street. Aquel viaje había acabado mal para todos. Esta vez, quizá por cambiar, Win había escogido algo más íntimo, el Covent Garden Hotel de Monmouth Street, cerca de Seven Dials. Cuando Myron llegó a su habitación, usó un teléfono de prepago que Win le había dado para llamar a Terese.
—¿Estás bien? —preguntó ella.
—Estoy bien.
—Esto no me gusta.
—Lo sé.
—Siempre estamos en las mismas.
—Estoy de acuerdo.
—Queríamos dejar todo esto atrás.
—Es cierto. Así es.
—No se me da bien el papel de la esposa que espera y desespera.
—Bonita aliteración. Todas esas eses.
—Son muchos años como locutora de éxito —dijo Terese—. No es por presumir.
—La aliteración no es más que una de tus muchas habilidades.
—No puedes evitarlo, ¿verdad?
—Quiéreme con mis defectos.
—¿Qué está pasando allí? Venga, ponme al día. Y no hagas la típica broma con eso de «ponerme al día».
—Cómo me gustaría ponerte al día...
—Te quiero, ya lo sabes.
—Yo también te quiero —dijo Myron.
Y entonces se lo contó todo.
—¿Al gordo le gusta que lo llamen Fat Gandhi? —preguntó ella cuando hubo terminado.
—Le encanta.
—Es como si Win y tú estuvierais metidos en una vieja película de Humphrey Bogart.
—Soy demasiado joven para entender esa comparación.
—Qué más quisieras. ¿Así que vas a llevar tú el dinero del rescate?
—Sí.
Silencio.
—He estado pensando... —dijo Myron—. En las familias, quiero decir. En los padres, sobre todo.
—Quieres decir en los de Patrick y Rhys.
—Sí.
Silencio.
—Y quieres mi opinión de experta al respecto —añadió ella.
Terese había perdido un hijo hacía muchos años. Aquello la había dejado destrozada.
—No debería haber sacado el tema.
—No vas bien por ahí —respondió ella—. Si le vas dando vueltas sin entrar de lleno en materia es mucho peor.
—Quiero formar una familia contigo.
—Yo también lo quiero.
—¿Y cómo lo hacemos? —preguntó Myron—. Cuando quieres tanto a alguien, ¿cómo vives con el miedo de que pueda sufrir un daño o pueda morir en cualquier momento?
—Te podría decir que así es la vida —dijo Terese.
—Podrías.
—O podría decirte que no hay otra opción.
—Oigo un «pero» que se acerca.
—Exacto. Pero creo que hay otra respuesta, una respuesta que tardé mucho en entender.
—¿Y cuál es?
—Lo bloqueamos —respondió Terese.
Myron se quedó esperando. Nada.
—¿Ya está?
—¿Esperabas algo más profundo?
—Quizá sí.
—Lo bloqueamos —repitió—. Si no, no seríamos capaces de levantarnos de la cama todos los días.
—Te quiero —dijo él otra vez.
—Yo también te quiero. Así que, si te pierdo, sentiré un dolor devastador. Eso lo entiendes, ¿verdad? Si quieres sentir el amor, tienes que estar dispuesto a sufrir dolor. Son dos cosas que vienen juntas. Si no te quisiera, no tendría que preocuparme por la posibilidad de perderte. Si quieres risas, tienes que estar preparado para las lágrimas.
—Tiene sentido —dijo Myron—. ¿Sabes qué?
—Dime.
—Por ti vale la pena.
—De eso se trata.
Myron oyó la llave en la cerradura. Win entró en la habitación. Myron se despidió y colgó el teléfono.
—¿Cómo está? —preguntó Win.
—Preocupada.
—Vámonos a un pub, ¿quieres? Estoy muerto de hambre.
Emprendieron la marcha hacia Seven Dials. En el Cambridge Theatre ponían el musical de Matilda.
—Siempre quise verlo.
—¿Perdona?
—Matilda.
—No parece que sea el momento.
—Estaba de broma.
—Sí, ya lo sé. Para ti el humor es un mecanismo de defensa. Es una peculiaridad tuya que resulta irresistible —dijo Win cruzando la calle—. Y la obra no vale nada.
—Un momento. ¿Lo has visto?
Win no se detuvo.
—¿Has visto un musical sin mí?
—Ya estamos.
—Odias los musicales. Tuve que arrastrarte para ver Rent.
Win no respondió. Seven Dials era un cruce de siete calles que creaban una pequeña rotonda en cuyo centro se levantaba una columna de tres pisos de altura con relojes de sol en lo alto. En una esquina estaba el Cambridge Theatre. En otra había un pequeño pub llamado The Crown. En aquel momento, Win estaba entrando en él.
The Crown era un clásico, con su barra de madera pulida y sus paneles oscuros en la pared y, a pesar del poco espacio disponible, había una diana con dardos. Era un lugar acogedor, atestado y bullicioso. Win llamó al camarero, que asintió. Varios clientes se desplazaron, se abrió un espacio y de pronto quedaron dos taburetes libres y aparecieron dos pintas de Fuller’s London Pride esperándolos sobre sus posavasos.
Win se sentó en un taburete y Myron, en el otro. Win levantó su vaso:
—Salud, colega.
Brindaron. Dos minutos más tarde el camarero les puso delante dos raciones de pescado frito con patatas. El olor hizo que el estómago de Myron rugiera de alegría.
—Pensaba que aquí no servían comida —observó Myron.
—No lo hacen.
—Eres un tío genial, Win.
—Sí, sí que lo soy.
Disfrutaron de la cena y de las copas. Lo que tuvieran que hablar podía esperar. En un momento dado se acabaron el pescado y las patatas y pidieron otra ronda. En la tele daban un partido de rugby. Myron no sabía mucho de rugby; aun así, miraba la pantalla.
—Así que nuestro amigo Fat Gandhi ha visto tu documental de la ESPN... —arrancó Win.
—Sí. —Myron se volvió hacia él—. ¿Lo has visto?
—Por supuesto.
Pregunta tonta.
—Es que tengo curiosidad —precisó Win—. ¿Qué te pareció?
Myron se encogió de hombros con la cerveza frente a la boca.
—Creo que se ajusta bastante a la verdad.
—Les concediste una entrevista.
—Sí.
—Eso no lo habías hecho nunca. Hablaste de la lesión.
—Cierto.
—Ni siquiera habías querido ver las imágenes de lo sucedido.
—Cierto.
Habría sido demasiado duro. Normal, ¿no? Tu sueño, el objetivo de toda tu vida, todo lo que has deseado nunca... Lo tienes ahí, a tu alcance, a los veintidós años de edad, y de pronto se apagan las luces y adiós, se acaba: sayonara, baby.
—No veía la necesidad —puntualizó Myron.
—¿Y ahora?
Myron dio un largo sorbo a su cerveza.
—Todo el mundo dice que esa lesión «me definió».
—En su momento lo hizo.
—Exactamente. En su momento. Pero ahora ya no. Ahora ya puedo ver a Burt Wesson chocando conmigo y no sentir más que un pinchazo en mi interior. El estúpido narrador no dejaba de decir que la lesión —Myron trazó unas comillas en la frase con un gesto de los dedos— «me destrozó la vida». Pero ahora sé que no fue más que una bifurcación en el sendero de la vida. Todos esos tipos con los que empecé, todas esas estrellas que lo consiguieron y tuvieron carreras exitosas en la NBA ya están retirados. A ellos también se les pasó el momento.
—Pero por el camino se tiraron a montones de chicas guapas —observó Win.
—Bueno, sí, eso es cierto.
—Y en su caso los focos no se apagaron de golpe. Fueron bajando de intensidad.
—Lentamente —añadió Myron.
—Sí.
—Quizás eso lo haga más duro.
—¿Cómo es eso?
—Es como arrancarse un vendaje de golpe o irlo quitando poco a poco.
Win le dio un sorbo a su cerveza.
—Bien visto.
—También podría añadir el tópico de lanzarse a la piscina de golpe. El hecho de que fuera tan repentino me obligó a actuar. Me obligó a estudiar Derecho. Me convirtió en representante de deportistas.
—No te obligó —matizó Win.
—¿No?
—Siempre fuiste un cabrón competitivo. Y no, no solo eso: extremadamente ambicioso.
Myron sonrió y levantó su cerveza.
—Salud, colega.
Win volvió a brindar, se aclaró la garganta y dijo:
—Der mentsh trakht un got lakht.
—¡Vaya! —exclamó Myron.
—He aprendido yidis de forma autodidacta —dijo el rubio anglosajón de ojos azules—. Va de maravilla para ligar con tías de origen judío.
Der mentsh trakht un got lakht. Traducción: el hombre hace planes y Dios se los toma a risa. Qué alegría volver a estar con Win.
Ambos se quedaron en silencio un momento. Estaban pensando lo mismo.
—Quizá lo de la lesión ya no importe demasiado —dijo Myron—, porque sé que en la vida hay muchas cosas mucho peores.
Win asintió.
—Patrick y Rhys.
—¿Qué sabes de las monedas virtuales?
—A veces se usan para pagar rescates, pero con las recientes leyes antiblanqueo resulta extraordinariamente difícil. Mi experto dice que tienes que comprar la moneda, meterla en una especie de cartera cibernética y luego hacer la transferencia. Es parte de la Internet oscura.
—¿Y entiendes lo que significa eso?
—Ya te lo he dicho. Soy un experto casi en todo —respondió Win. Myron esperó—. Pero no, no tengo ni idea.
—Puede que nos estemos haciendo viejos.
El teléfono de Win emitió un zumbido. Lo miró.
—Un amigo de la policía nos está mandando información sobre nuestro amigo Fat Gandhi.
—¿Y?
—En realidad se llama Chris Alan Weeks.
—¿De verdad?
—Veintinueve años. Las autoridades lo conocen, pero según esto trabaja sobre todo en la Internet oscura.
—Otra vez esa Internet oscura.
—Ha hecho incursiones en la prostitución, la trata de personas, robos, chantajes...
—¿Incursiones?
—Eso es de mi cosecha, no lo dicen ellos. Y... ah, por supuesto. Se ha dedicado a la piratería informática. Su sindicato realiza numerosas estafas cibernéticas.
—¿Quieres decir como esos mensajes de que un príncipe nigeriano quiere cederte todo su dinero?
—Me temo que es algo más complicado. A Fat Gandhi... Prefiero usar su nom de plume, si no te importa.
—No me importa.
—A Fat Gandhi se le dan bien los ordenadores. Se graduó en Oxford. Los dos sabemos que las fuerzas del orden odian definir a los delincuentes como «genios» o «cerebros», pero nuestro angelical amigo se acerca bastante a ambas definiciones. Hummm...
—¿Qué?
—Fat Gandhi también tiene fama de ser (y esto sí lo dicen ellos) «de una creatividad despiadada».
Win hizo una pausa y sonrió.
—Parece que no sois tan diferentes —observó Myron.
—De ahí mi sonrisa.
—¿Se dedica a los secuestros?
—El tráfico de personas supone esclavizar a alguien con la intención de explotarlo sexualmente. Por definición, eso es secuestro. —Win levantó una mano antes de que Myron lo interrumpiera—. Pero si te refieres a raptar a niños ricos para convertirlos en esclavos sexuales, no, no hay nada que indique que se dedica a eso. Además, Fat Gandhi tendría diecinueve años cuando se produjeron los secuestros. Todo indica que en ese momento estaba estudiando en Oxford.
—Así pues, ¿tenemos alguna teoría sobre cómo acabaron en sus manos Patrick y Rhys?
Win se encogió de hombros.
—Varias. El secuestrador los vendió. Los chicos pueden haber cambiado de manos decenas de veces en los últimos diez años. Puede que no sea el primer depredador que se aprovecha de ellos.
—Agh.
—Sí, agh. Podría ser que Patrick y Rhys se hubieran escapado y estuviesen viviendo en la calle. Un parásito como Fat Gandhi también consigue presas de este modo. Les ofrece trabajo. Les proporciona drogas y hace que se enganchen para que tengan necesidad de ganar dinero. Pudieron pasar montones de cosas.
—Ninguna buena —dijo Myron.
—No, no se me ocurre ninguna buena. Pero tal como hemos ido aprendiendo, la gente, sobre todo los más jóvenes, se endurece. Ahora mismo nuestra prioridad es rescatarlos.
Myron se quedó mirando su cerveza y dijo:
—Viste a Patrick en la calle.
—Sí.
—Si tenía cierta libertad de movimiento...
Win acabó la frase por él.
—¿Por qué no llamó a casa? Ya sabes la respuesta. Síndrome de Estocolmo, miedo, la posibilidad de que lo estuvieran observando, o quizá no recordaba su antigua vida. Tenía seis años cuando se lo llevaron.
Myron asintió.
—¿Qué más?
—Tengo hombres haciendo guardia en el salón recreativo.
—¿Para?
Win no respondió.
—Uno de ellos seguirá a Fat Gandhi cuando salga. El dinero llegará en unos diez minutos. Nuestras habitaciones son contiguas. Cuando te llame, nos ponemos en marcha. Aparte de eso...
—Solo podemos esperar.
La llamada llegó a las cuatro de la madrugada.
Myron se despertó sobresaltado y fue a coger el teléfono. Win apareció en la puerta de la habitación, aún vestido. Le indicó a Myron con un gesto de la cabeza que respondiera y se llevó el duplicado del teléfono al oído.
—Buenos días, señor Bolitar.
Era Fat Gandhi. La llamada a las cuatro de la mañana era a propósito. Myron lo entendía. Intentaba pillarlo desprevenido, en medio del sueño. Esperaba encontrarlo desorientado y algo fuera de juego. Una técnica clásica.
—Eh —dijo Myron.
—¿Tiene el dinero?
—Sí.
—Estupendo. Por favor, vaya al banco NatWest de Fulham Palace Road.
—¿Ahora?
—Lo antes posible, sí.
—Son las cuatro de la mañana.
—Soy consciente de ello. Una empleada llamada Denise Nussbaum lo esperará en la puerta. Diríjase a ella. Le abrirá una cuenta y hará el depósito.
—No lo sigo.
—Me seguirá si escucha bien. Vaya a donde le digo. Denise Nussbaum le dará las instrucciones para la transferencia.
—¿Espera que le transfiera el dinero antes de tener a los chicos?
—No. Espero que haga lo que le digo. Los chicos aparecerán en cuanto abra la cuenta. Cuando los vea, completará la transferencia de fondos a nuestra cuenta en moneda virtual. Y entonces tendrá a los chicos.
Myron miró a Win, que asintió.
—De acuerdo —dijo Myron.
—¿Qué pasa, señor Bolitar? ¿Prefiere la técnica clásica? ¿Cree que le voy a hacer usar varias cabinas de teléfono rojas y saltar al metro, o quizá dejar el rescate en el hueco de un árbol? —Fat Gandhi chasqueó la lengua—. Ve demasiada televisión, amigo mío.
Aquello era interminable.
—¿Hemos acabado?
—No tan rápido, señor Bolitar. Tengo algunas... digamos «peticiones» más.
Myron se quedó a la espera.
—No lleve armas de ningún tipo.
—De acuerdo.
—Venga solo. Lo estaremos siguiendo y observando. Somos conscientes de que cuenta con algún tipo de apoyo en este país, personas que trabajan para usted. Si vemos a alguna de ellas mínimamente cerca del lugar de la transacción, habrá consecuencias.
—¿Ahora quién es el que ve demasiada televisión?
Eso le gustó a Fat Gandhi.
—No querrá verme cabreado, amigo.
—No, no quiero —dijo Myron.
—Bien.
—Pero hay una cosa.
—¿Sí?
—Ya sé que usted da mucho miedo y todo eso —dijo Myron—. Pero nosotros también.
Myron esperó respuesta, pero el teléfono se quedó mudo. Myron y Win se quedaron mirándose.
—¿Ha colgado? —preguntó Win.
—Sí.
—Qué maleducado.
8
Se sentaron en el asiento trasero del Bentley. Win había puesto el dinero en una bolsa muy elegante. Myron leyó la etiqueta.
—¿Una bolsa Swaine Adeney Brigg para entregar un rescate?
—No tenía nada más barato a mano.
—¿Conoces Fulham Palace Road? —preguntó Myron.
—No muy bien.
—Así pues, ¿dónde me bajo para que no nos vean?
—Detrás del Claridge’s Hotel.
—¿Eso está cerca del banco?
—No. Está a veinte o veinticinco minutos.
—No te sigo.
—Anoche te cambié el teléfono.
—Ya, ya lo sé.
—Cuando tu gordo amigo del salón recreativo nos confiscó temporalmente el teléfono, le puso un chip rastreador.
—¿De verdad?
—Sí.
—Así que ha sabido dónde me encontraba en todo momento.
—Bueno, tú no, por supuesto. Le encargué a uno de mis hombres que llevara el teléfono al Claridge’s. Se inscribió en el hotel con el alias de Myron Bolitar.
—¿Y mi alias se alojó en la suite Davies?
—No.
—Mi alias está acostumbrado al lujo.
—¿Has acabado?
—Casi. ¿Así que Fat Gandhi cree que estoy en el Claridge’s?
—Sí. Accederás por la entrada de personal. Mi hombre te devolverá tu teléfono. También te colocará dos micrófonos.
—¿Dos?
—Dependiendo de adónde vayas, puede que vuelvan a registrarte. Probablemente no encuentren ambos.
Myron lo entendió. Cuando Win ponía mecanismos de rastreo en un coche, siempre situaba uno bajo el parachoques (donde resultaba fácil encontrarlo) y otro en un lugar más complicado.
—Usa la misma palabra en clave —dijo Win.
—«Articula».
—Sí, me alegro de que te acuerdes. —Win se volvió y miró a Myron a los ojos—. Úsala aunque creas que no va a servir de nada.
—¿Eh?
—Nos hemos pasado la noche controlando el salón recreativo —dijo Win—. Tu rollizo amigo no ha salido. Ni tampoco ha entrado nadie que coincida con las descripciones de Patrick o de Rhys.
—¿Teorías?
—Puede que los tenga retenidos en el salón. Hemos visto señales de... —Win hizo una pausa y se llevó un dedo a los labios—. Señales de vida procedentes del sótano.
—¿Querría decir que hay alguien allí abajo?
—O más de una persona.
—¿Habéis usado un sensor térmico?
—Sí, pero las paredes del sótano son gruesas. Aun así...
—¿Qué?
Win cerró el asunto con un gesto de la mano. El coche se detuvo.
—Mi hombre está nada más entrar, a la izquierda. Entra, coge tu teléfono, enciéndelo y coge un taxi a esa dirección en Fulham Palace Road.
Myron hizo lo que le había dicho Win. Le asaltaron los recuerdos de su último paso por el hotel, y de la muerte, la destrucción y el caos que se desataron, pero los apartó. Myron no reconoció al hombre que lo ayudó. El hombre se puso manos a la obra en silencio. En primer lugar, le colocó un micrófono en el pecho, bajo la camisa.
—¡Ay, está frío! —exclamó él.
Nada.
El hombre le colocó el segundo micrófono en el interior del zapato. Myron se dirigió a la puerta principal, donde encontró a un portero uniformado con sombrero de copa.
—¿Puedo ayudarlo, señor?
Agarrando la bolsa del dinero con algo más de fuerza de lo normal, Myron escrutó disimuladamente el entorno en busca de alguien sospechoso que pudiera estar mirándolo. Aún no había nadie por la calle, ningún tipo apoyado en la pared fingiendo leer el periódico o parándose a atarse los cordones de los zapatos.
Lo único que quizá llamara la atención era un coche gris con los cristales tintados aparcado algo más allá, a la izquierda.
El portero hizo sonar un silbato, aunque ya había un Hackney negro a pocos metros de la puerta. Le abrió la puerta con gran ceremonia. Myron se hurgó los bolsillos en busca de algo de cambio para darle, pero no tenía, así que se encogió de hombros a modo de disculpa. El portero no pareció inmutarse. Myron se metió en el taxi, satisfecho al ver el amplio espacio del que disponía para las piernas, y le dio al conductor la dirección del banco, en Fulham Palace Road.
A las tres bocacalles, Myron tuvo claro que el coche gris lo estaba siguiendo. Myron sabía que la línea que lo comunicaba con Win estaba abierta, de modo que este podía oírlo todo. Pero de momento no había motivo para recurrir a esos juegos. Myron cogió el teléfono y se lo llevó al oído.
—¿Estás ahí?
—Sí.
—Me sigue un coche gris —soltó Myron.
—¿Marca?
—No lo sé. No entiendo de coches, ya lo sabes.
—Descríbemelo.
—El logo parece un león rampante.
—Un Peugeot gris. Es francés. Te encanta todo lo francés.
—Es cierto.
A pesar de que eran las cinco de la mañana, en Fulham Palace Road había mucho tráfico. El taxi dejó a Myron frente al banco NatWest, que, por supuesto, estaba cerrado. Myron pagó al taxista y salió. El taxi se fue. Myron se quedó de pie frente al banco, con la bolsa de dinero en la mano. Los billetes estaban «marcados» —es decir, que Win tenía constancia de sus números de serie—, pero Fat Gandhi no había pedido que fueran billetes sin marcar. ¿O sería eso otro tópico de las películas? ¿Quién comprueba los números de serie de los billetes cuando gastas dinero?
Myron pasó allí un minuto como un pasmarote, hasta que sonó el teléfono. El número estaba oculto, pero tenía que ser Fat Gandhi. Myron descolgó, puso un falso acento británico e imitó lo mejor que pudo a Alfred, el mayordomo.
—Mansión Wayne. Enseguida aviso al señor.
—Una referencia a Batman —dijo Fat Gandhi con una risita sofocada—. ¿Quién era su favorito? Christian Bale, ¿no?
—Solo hay un Batman, y se llama Adam West.
—¿Quién?
—La juventud de hoy en día...
—¿Ve el coche gris con los cristales tintados? —le preguntó Fat Gandhi.
—El Peugeot —dijo Myron, haciendo gala de su recién adquirido conocimiento sobre coches.
—Sí. Suba.
—¿Qué hay de Denise Nussbaum y el banco?
Fat Gandhi colgó.
El coche se acercó. El negro flaco de la trastienda del salón recreativo abrió la puerta de atrás.
—Vamos, colega.
Myron comprobó el interior del coche. Un conductor. Un tipo delgado.
—¿Dónde están los dos chicos?
—Lo llevo con ellos.
El tipo se apartó, dejándole sitio. Myron no lo tenía muy claro, pero entró. El flaco llevaba un ordenador portátil.
—Deme su teléfono —dijo.
—No.
—Tampoco le servirá de nada —anunció con una gran sonrisa—. Lo tengo intervenido.
—¿Cómo?
—¿Ve este ordenador? —dijo el flaco sonriendo—. Lo estoy usando para encriptar sus señales. ¿Recuerda el tráfico de datos de ayer entre usted y quienquiera que estuviera escuchándolo? Bueno, pues ya no puede oírlo. Ah, y si le han puesto algún tipo de micrófono, lo mismo.
—A ver si lo entiendo —dijo Myron—. ¿Tu portátil está bloqueando todas las señales?
La sonrisa de aquel tipo se ensanchó.
—Exactamente.
Myron asintió. Entonces bajó la ventanilla, le arrancó el portátil de las manos y lo tiró por ella.
—¡Eh! ¿Qué...? —Miró por el parabrisas trasero en dirección a donde yacía su portátil destrozado, con las tripas abiertas—. ¿En serio? ¿Sabe lo que cuesta?
—¿Un billón de libras?
—No tiene ninguna gracia, colega.
—Estoy seguro de que no. Ahora, basta de juegos. Llama a Fat Gandhi.
El chico puso una cara como si fuera a echarse a llorar.
—No hacía falta que hiciera eso —dijo con un quejido agudo—. Yo solo cumplo órdenes.
—Pues ahora haz lo que te digo yo. Llama a Fat Gandhi. Dile que llevo el dinero. Quiero a los chicos.
El chico dejó caer los hombros.
—¿Sabe lo que me ha costado ese ordenador?
—No me importa. Si me tocas las narices otra vez, serás tú quien salga por esa ventanilla. Ahora llámalo.
—No hace falta —dijo señalando el parabrisas—. Ya hemos llegado. ¿No podía tener un poco de paciencia?
Myron miró por la ventanilla. Estaban frente al salón recreativo del día anterior.
El Peugeot se paró. Myron salió sin preocuparse de pedir disculpas. Dos tipos con pantalones de camuflaje le abrieron la puerta. El flacucho lo siguió sin dejar de protestar.
—¡El muy jodido me ha tirado el ordenador por la ventanilla!
Era como si alguien hubiera desconectado el interruptor general del salón recreativo. Quizá fuera ese exactamente el caso: nada de sonidos, ni luces, ni movimiento. Todo el local, lleno de luces y colores agresivos unas horas antes, estaba sumido en las sombras. Con todo apagado, las oscuras siluetas de las máquinas tenían un aspecto raro, amenazador, grotesco. Todo aquello tenía un aspecto casi posapocalíptico.
—Vamos —le dijo Pantalones Uno a Myron.
—¿Adónde?
—A la sala de atrás.
A Myron no le gustaba aquello.
—Esto está desierto. Podemos hacer el intercambio aquí mismo.
—Así es como funciona —dijo Pantalones Dos.
—Entonces creo que me marcharé.
—Entonces yo creo —dijo Pantalones Uno cruzándose de brazos e intentando flexionar los bíceps— que vamos a darte una paliza y a quedarnos con el dinero.
Myron apretó aún más la mano que sostenía la bolsa. Podía acabar con los dos, eso no era problema —de hecho, ya estaba ensayando mentalmente el primer golpe—, pero... ¿y luego? Llegados a ese punto tenía que ir hasta el final. Así que siguió el mismo camino que había tomado la última vez, cuando lo acompañaba Collar de Perro, y se paró frente a la puerta.
Junto a esta vio la misma cámara de vigilancia. Myron levantó la vista, mostró una sonrisa radiante y levantó un pulgar. Don Seguridad Personificada. Norma 14 para la entrega de rescates: nunca permitas que los malos te vean preocupado. La puerta se abrió. Los tipos con pantalones de camuflaje le vaciaron los bolsillos. El detector localizó el micrófono del pecho.
Estaban a punto de quitarle el aparato cuando Fat Gandhi abrió la puerta de la sala de atrás y asomó la cabeza.
—¿Nada de armas?
—No.
—Está bien; dejadle lo demás.
Myron no sabía si aquello era bueno o no.
Entró en la misma sala llena de ordenadores y pantallas. El negro flacucho volvía a estar en su puesto.
—¡Me ha roto el jodido ordenador! —dijo señalando a Myron—. ¡Lo ha tirado por la ventanilla como si fuera basura!
Fat Gandhi llevaba un llamativo traje amarillo holgado como el de Jim Carrey en La Máscara.
—¿El dinero está en esa bolsa?
—No lo llevo en los calzoncillos —dijo Myron.
Fat Gandhi respondió al chiste frunciendo el ceño, aunque era de cajón.
—Hay alguien conectado a su teléfono, escuchando —dijo Fat Gandhi. Myron no se molestó en negarlo ni en confirmarlo—. Esta guarida solo tiene una entrada —añadió—. ¿Lo entiende?
—¿Acaba de decir que esto es una guarida?
—Tenemos cámaras por todas partes. Derek y Jimmy, levantad la mano.
Dos tipos levantaron la mano sin apartar la mirada de sus monitores.
—Derek y Jimmy están controlando las cámaras de vigilancia. Si alguien intenta entrar, lo veremos. Las dos puertas que acaba de atravesar son de acero reforzado, pero eso probablemente ya lo sepa. Vamos, que no tendrían modo de entrar en esta sala a tiempo para salvarlo ni aunque fueran rápidos y estuvieran armados hasta los dientes.
Nada de miedo. No muestres miedo.
—Ya, vale. ¿Podemos ir al grano? ¿Dijo algo de una moneda virtual.
—No.
—No, no dijo...
—No tiene sentido, señor Bolitar. Primero tendría que conseguir los Bitcoin o diversas monedas virtuales. Luego, yo tendría que darle una larga dirección pública, que básicamente es el equivalente a una cuenta corriente personal. Después, usted tendría que hacerme la transferencia por Internet y, puf, el dinero llegaría. Así es como había pensado hacer el intercambio en un primer momento.
—Pero ¿ahora ya no?
—No, ahora ya no. Eso funciona con pequeñas cantidades, pero algo así de grande... Bueno, podrían seguir la pista. Hoy en día, la moneda virtual se ha convertido en algo de uso generalizado. ¿Quiere saber la verdad? —Fat Ghandi se inclinó hacia delante, como si quisiera compartir un secreto susurrándoselo al oído—. Creo que las monedas virtuales se han convertido en una enorme trampa, en un mecanismo con el que las fuerzas del orden esperan seguir el mercado negro. Así que me puse a pensar. ¿Por qué piden siempre dinero en efectivo los piratas somalíes?
Miró a Myron como si esperara una respuesta. Myron pensó que si no respondía quizás acabara antes su perorata.
—Porque el efectivo es lo más fácil, lo más sencillo, lo mejor —explicó Fat Gandhi, y alargó la mano para coger la bolsa.
—Quieto ahí —dijo Myron—. Teníamos un trato.
—¿No confía en mi palabra?
—Vamos a hacerlo así —dijo Myron, intentando parecer más tranquilo de lo que estaba—. Los dos chicos salen de aquí. Y una vez estén fuera, yo le doy el dinero.
—¿Fuera? ¿Adónde?
—Ha dicho que sabía que alguien nos estaba escuchando.
—¿Y bien?
—Esa persona sabe dónde estoy. Así que se acercará en coche. Los chicos suben al coche, yo le doy el dinero y luego me voy.
Fat Gandhi hizo un ruidito de desaprobación con la boca.
—Eso no funcionará.
—¿Por qué no?
—Porque le he dicho algo no del todo cierto.
Myron no dijo nada.
—Su amigo no le está escuchando. Ahora mismo está bloqueada la señal de todos los aparatos, incluidos nuestros propios teléfonos móviles. Esta sala está diseñada para ello para mayor seguridad. Nuestra wifi funciona, claro, pero está protegida por contraseña. Usted no está conectado, me temo. Así que cualquier aparato que lleve escondido en cualquier pliegue de su cuerpo resulta completamente inútil.
Daba la impresión de que los dedos que repiqueteaban en los teclados bajaban un poco el ritmo.
—No importa —dijo Myron.
—¿Cómo dice?
—Le he destrozado el ordenador a su amigo.
—¡Y me había costado una fortuna! —replicó el flacucho—. Ese cabr...
—Calla, Lester —ordenó Fat Gandhi volviéndose de nuevo hacia Myron—. ¿O sea?
—O sea que no tenía el teléfono bloqueado al llegar. Mi gente sabe que estoy aquí. Estarán esperando fuera. Envíe a los dos chicos al exterior; ellos los recogerán. Fácil, ¿no?
Myron les brindó a todos su Sonrisa n.º 19: «Aquí todos somos amigos» deluxe.
Fat Gandhi extendió la mano.
—Deme la bolsa, por favor.
—Deme a los chicos.
El gordo agitó la rechoncha mano, lo que dejó a la vista la pulsera que le oprimía la muñeca, y la gran pantalla de la pared se encendió.
—¿Contento?
Era otra vez aquella celda. Los dos chicos estaban sentados en el suelo, con la cabeza gacha entre las rodillas.
—¿Dónde están?
Fat Gandhi le dedicó una sonrisa siniestra.
—Se lo enseñaré. Espere aquí, por favor.
Fat Gandhi apretó un código en el teclado de la puerta, asegurándose de que Myron no pudiera verlo. Salió de la sala y en ese mismo momento entraron otros dos tipos con pantalones de camuflaje.
Humm... ¿Por qué?
Se hizo el silencio en la sala. Los teclados de los ordenadores dejaron de repiquetear. Myron intentó leerles el rostro.
Algo iba mal.
Dos minutos más tarde, Myron oyó la voz de Fat Gandhi:
—¿Señor Bolitar?
Estaba en la pantalla grande.
En la celda, con los dos chicos.
Win tenía toda la razón: los tenían retenidos en el salón recreativo.
—Tráigamelos —pidió Myron.
Fat Gandhi se limitó a sonreír a la cámara.
—¿Derek?
—Estoy aquí —dijo uno de sus hombres.
—¿Algún movimiento en las cámaras de vigilancia? —preguntó Fat Gandhi.
—Ninguno.
Fat Gandhi hizo un gesto de desdén con la mano.
—Parece que la caballería no viene a rescatarlo, señor Bolitar.
Oh-oh.
—¿Por qué deberían rescatarme?
—Usted ha matado a tres de mis hombres.
La temperatura de la sala cambió, y no para mejor. Todos empezaron a moverse lentamente.
—Yo no tuve nada que ver con eso.
—Por favor, señor Bolitar. Mentir es indigno de usted.
Pantalones Uno sacó un gran cuchillo. Lo mismo hizo Pantalones Dos.
—¿Entiende mi dilema, señor Bolitar? Una cosa habría sido que usted y sus socios se hubieran dirigido a mí de un modo respetuoso.
De detrás de un ordenador se levantó un tercer hombre. También llevaba un cuchillo.
Myron intentó programar sus movimientos. «Le quito el cuchillo a Pantalones Uno, luego voy a por el tipo de la derecha...».
—Podían haberse presentado como hombres de negocios. Podían haber pedido un intercambio justo. Un acuerdo. Podríamos haber cooperado...
«No, eso no funcionará. Hay demasiada distancia entre los dos. Y la puerta está cerrada...».
—Pero no han hecho eso, señor Bolitar. Han preferido matar a tres de mis hombres.
Derek sacó un cuchillo. Jimmy también.
Luego, el flaco sacó un machete.
Seis tipos armados en una sala pequeña.
—¿Cómo voy a dejarlo marchar después de eso? ¿Qué imagen daría? ¿Cómo iban a confiar mis hombres nunca más en mi protección?
«Quizá si me agazapo, lanzo una patada hacia atrás... pero no. Primero hay que conseguir el machete. Pero es el que está más lejos. Son demasiados, y no hay espacios».
—Yo habría querido quedarme en la sala y ver el resultado, pero... ¿con este traje? Es nuevo, y la verdad es que es precioso.
No había nada que hacer. Empezaban a acercarse cada vez más.
—¡Articula! —gritó Myron.
Todos se quedaron inmóviles un segundo. Myron se tiró al suelo y encogió el cuerpo.
Y entonces explotó la pared.
El ruido fue ensordecedor. El muro cedió como si el increíble Hulk se hubiese lanzado contra él desde la calle y lo hubiera atravesado. A los otros los pilló desprevenidos, pero a Myron no tanto. Sabía que a Win se le habría ocurrido algo. Se imaginaba que habría encontrado un modo de superar las cámaras. No lo había hecho. Le había dicho que había hecho un reconocimiento del lugar la noche anterior. Había encontrado la pared exterior que daba a aquella habitación. Probablemente habría aplicado un potente micrófono para saber cuándo actuar.
¿Habría usado algún tipo de dinamita o una granada propulsada con un cohete?
Myron no lo sabía.
Sorpresa. La especialidad de Win.
Los otros tipos no sabían qué era lo que se les había venido encima. Pero enseguida se darían cuenta.
Myron actuó rápido. Desde su posición en el suelo lanzó una patada y derribó a uno de los hombres. Era Pantalones Dos. Le agarró el cuchillo que tenía en la mano. Pantalones Dos, en un reflejo de pura supervivencia, lo aferró desesperadamente. Muy bien. Myron contaba con ello. No tenía ninguna intención de forcejear para quitarle el cuchillo. En lugar de eso agarró al tipo por la muñeca y le tiró de la mano hacia arriba.
La hoja, aún pegada a la mano del matón, se alojó en la garganta de Pantalones Dos.
Empezó a manar sangre, y la mano se abrió.
El cuchillo hizo un ruido, como el de una ventosa, cuando Myron consiguió separarlo de la mano del hombre. El resto era puro caos. El polvo que caía de la pared dificulta ba mucho la visión. Myron oía toser y gritar. El estruendo había llamado la atención del tipo que montaba guardia en el pasillo.
Cuando abrió la puerta, Myron lo estaba esperando. Le lanzó un puñetazo directamente a la nariz, y lo hizo regresar al pasillo. Myron lo siguió. No quería matar a nadie más si no era necesario. Le lanzó otro directo. El tipo se tambaleó y dio con la espada contra la pared. Myron lo agarró por la garganta y le colocó la punta del cuchillo junto al ojo.
—¡Por favor!
—¿Cómo llego al sótano?
—La puerta de la izquierda. Código 8787.
Myron le dio un puñetazo en el vientre, dejó que cayera al suelo y salió corriendo. Encontró la puerta, marcó el código y la abrió.
Lo primero que notó fue el hedor, que casi le echa atrás.
Pocas cosas causan un déjà vu tan potente como los olores intensos. Aquello era algo parecido. Myron se vio transportado de pronto a sus días de jugador de baloncesto, a la peste de un vestuario tras un partido, a los carros de la lavandería cargados de calcetines, camisetas y calzoncillos sudados de un puñado de adolescentes. Era un olor terrible, pero tras un partido o un entrenamiento, algo tan puro como un grupo de chicos jugando al baloncesto, uno se sentía tan a gusto que el olor, si no ya agradable, se volvía soportable.
Pero en ese momento no era ese el caso. Era olor a basura, rancio y hediondo.
Cuando Myron miró hacia abajo, desde lo alto de las escaleras, no pudo creer lo que estaba viendo.
Veinte o quizá treinta adolescentes salieron corriendo como ratas al enfocarlas con una linterna.
«¿Qué de...?».
El sótano era como un mugriento campo de refugiados. Había catres, mantas y sacos de dormir. No había tiempo para pensar en eso. En el momento en que empezó a bajar las escaleras, vio la celda.
Vacía.
Llegó al fondo y giró a la derecha. Los chicos se apretujaban en dirección a la esquina, como un montón de zombis en una película, amontonándose en busca de algo encajado en el ángulo. Myron se acercó. Los chavales se le interpusieron. Los fue apartando a empujones. Sobre todo eran chicos, pero también había alguna chica. Todos lo miraban con los ojos hundidos, las miradas perdidas, sin dejar de empujar.
—¿Dónde está Fat Gandhi? ¿Dónde están los chicos que tenía encerrados en esa celda?
Nadie respondió. No dejaban de apretujarse y empujar hacia aquella esquina. ¿Qué había allí? ¿Una puerta o...?
¿Un agujero?
Los chicos iban desapareciendo por una especie de agujero en el cemento.
Myron aceleró, aunque aquello significara tratar a aquellos chicos con más dureza de la que habría querido. Uno de ellos se puso a gritar y le clavó las uñas en la cara. Myron se lo quitó de encima de un manotazo. Avanzó como un jugador de fútbol americano: bajando el hombro, golpeando con el cuerpo, hasta que llegó al agujero.
Uno tras otro, los chicos se colaban por el agujero.
Era un túnel.
Myron agarró al que estaba trepando en aquel momento. Otros lo empujaban por detrás; trataban de llegar a la abertura. Myron mantuvo la posición. Tiró del chico y lo obligó a mirarlo cara a cara.
—¿Fat Gandhi se ha ido por ahí? ¿Se ha llevado a los dos chicos?
—Todos tenemos que ir —dijo el chico, asintiendo—. Si no, nos encontrará la poli.
Seguían empujando. Myron tenía dos opciones. Echarse a un lado o...
Se lanzó por el agujero y aterrizó en el suelo, frío y húmedo. Cuando se puso en pie se dio en la cabeza contra el cemento. Por un momento vio las estrellas. El techo del túnel era bajo. Los más bajitos tal vez podrían correr. Myron no tenía esa suerte.
Tras él siguieron llegando chavales.
«Hay que moverse», pensó Myron.
—¡Patrick! —gritó—. ¡Rhys!
Por un momento, solo oyó el ruido de las pisadas de los chicos que escapaban por el oscuro túnel. Pero de pronto oyó que alguien gritaba:
—¡Socorro!
Sintió que se le aceleraba el pulso. Solo había sido una palabra y no había durado mucho, pero una cosa estaba clara: el acento era estadounidense.
Intentó acelerar el paso. En el túnel había muchos chicos que le bloqueaban el paso. También chicas. Los dejó atrás.
—¡Patrick! ¡Rhys!
Muchos ecos. Pero nadie respondió a sus llamadas.
La altura y la anchura del túnel variaban constantemente. Trazaba curvas inesperadas. Las paredes eran negras, viejas y estaban cubiertas de humedad. Las pocas luces tenues que lo iluminaban le daban un aspecto aún más espectral.
Tenía adolescentes a ambos lados, detrás y delante. Algunos lo adelantaban; otros iban quedándose atrás.
Myron agarró a uno con más dureza de la prevista y lo obligó a mirarlo a la cara.
—¿Adónde lleva este túnel?
—A muchos sitios.
Myron lo soltó. «A muchos sitios. Genial».
Llegó a una bifurcación y se detuvo. Algunos de los chicos fueron a la izquierda, y otros, a la derecha.
—¡Patrick! ¡Rhys!
Silencio. Y de pronto una voz con acento estadounidense:
—¡Socorro!
A la derecha.
Myron salió corriendo tras la voz, intentando correr más rápido y al mismo tiempo no golpearse la cabeza contra el techo. El hedor le provocaba arcadas. Siguió avanzando. Se preguntó cuánto tiempo llevarían allí esos túneles; siglos, quizá. Todo aquello parecía salido de una novela de Dickens. De pronto vio a dos chicos algo más allá.
Y un hombre gordo con un holgado traje amarillo.
Fat Gandhi se volvió y lo vio. Sacó un cuchillo.
—¡No! —gritó Myron.
Seguía teniendo adolescentes por delante. Aceleró todo lo que pudo en dirección a los chicos, bajando la cabeza y tensando las piernas.
Fat Gandhi levantó el cuchillo.
Myron siguió adelante. Pero era evidente que estaba demasiado lejos.
El cuchillo cayó. Myron oyó un grito.
Uno de los chicos cayó al suelo.
—¡No!
Myron se lanzó hacia el cuerpo caído. Fat Gandhi echó a correr. Myron no hizo caso. Empezaban a llegar más adolescentes. Él se echó sobre el chico apuñalado.
¿Dónde estaba el otro?
Allí. Myron alargó la mano y lo agarró del tobillo. Aguantó con fuerza. Otros chavales les pasaron por encima. Myron no soltaba el tobillo. Se quedó cubriendo al chico apuñalado usando su cuerpo como escudo. Encontró la herida e intentó bloquear la hemorragia con el antebrazo.
Un pie le pisó la muñeca. No podría mantener agarrado el tobillo del chaval mucho tiempo.
—¡No te vayas! —gritó.
Pero lo estaba perdiendo.
Apretó los dientes. ¿Cuánto tiempo podría aguantar así?
Aguantó los tirones del chico para zafarse. Aguantó una patada que le cayó en la cara, e incluso una segunda patada. Pero luego, a la siguiente patada, lo perdió.
El chico se perdió entre la corriente de adolescentes a la fuga.
Desaparecido.
—¡No!
Myron se quedó agazapado, el cuerpo convertido en un escudo para proteger al chico herido. Presionó con el antebrazo con fuerza para cerrarle la herida.
«No te estás muriendo. ¿Me oyes? No hemos llegado hasta aquí para que ahora...».
Cuando la corriente de chavales acabó de pasar, Myron se arrancó un trozo de la camisa y aplicó presión sobre la herida. Por fin pudo mirar al chico.
Y reconoció su rostro.
—Aguanta, Patrick —le dijo—. Voy a llevarte a casa.
9
Pasaron tres días.
La policía le hizo muchas preguntas. Myron dio un montón de medias respuestas y, como abogado colegiado, se acogió al privilegio del secreto profesional para no nombrar a Win. Sí, había venido en un avión Lock-Horne a petición de un cliente. No, no podía decir una palabra ni sobre su cliente ni sobre lo que habían hablado. Sí, había entregado dinero con la esperanza de rescatar a Patrick Moore y a Rhys Baldwin. No, no tenía ni idea de qué le había pasado a la pared. No, dijo Myron, no tenía ni idea de quién había apuñalado en la garganta, con resultado de muerte, a un hombre de veintiséis años con un largo expediente policial llamado Scott Taylor. No, no sabía nada sobre la muerte de tres hombres cerca de King’s Cross unos días antes. Al fin y al cabo, en ese momento estaba en Nueva York.
Ni rastro de Fat Gandhi. Ni rastro de Rhys.
La policía no podía retenerlo mucho tiempo. No tenían pruebas de que hubiera hecho nada grave. Alguien (Win) había enviado a un joven abogado llamado Mark Wells para que representara a Myron. Wells le había sido de gran ayuda.
Así que, a regañadientes, soltaron a Myron. Era mediodía y volvía a estar en el pub The Crown sentado en el mismo taburete. Win llegó y se sentó en el taburete de al lado. El camarero les sirvió dos cervezas.
—Señor Lockwood —dijo—. Han pasado meses. Me alegro de volver a verlo.
—Y yo de verte a ti, Nigel.
Myron se quedó mirando al camarero, luego a Win, y luego arqueó una ceja en señal de interrogación.
—Acabo de llegar de Estados Unidos. Cogí el avión en cuanto oí la noticia —explicó Win.
El camarero se quedó mirando a Myron. Este miró al camarero, luego a Win, y dijo:
—Ah.
El camarero se alejó.
—Si consultan a inmigración, ¿no habrá nadie que diga que llegaste en una fecha anterior?
Win sonrió.
—Por supuesto que no —dijo Myron—. Por cierto, gracias por enviar a ese abogado. Wells.
—Procurador.
—¿Qué?
—En Gran Bretaña, se le llama procurador. En Estados Unidos, se le llama simplemente abogado.
—En Gran Bretaña, se le llama molestar. En Estados Unidos se le llama dar por c....
—Ya, vale, ya lo pillo. Y hablando de abogados, el mío está ahora mismo con la policía. Les explicará que fui yo quien solicitó tus servicios y que tú, como abogado, estabas protegiendo mis intereses.
—Yo me acogí al secreto profesional —dijo Myron.
—Pues yo lo confirmaré. También entregaremos el correo electrónico anónimo de donde arrancó todo esto. Quizá los de Scotland Yard tengan más suerte que yo rastreando el origen.
—¿Tú crees?
—Qué va. Era falsa modestia.
—No te queda nada bien —dijo Myron—. Bueno, ¿y cómo lo hiciste?
—Te dije que habíamos estudiado el lugar.
—Pero no solo el interior —precisó Myron, asintiendo—. Así que descubristeis dónde estaba esa cámara blindada.
—Sí. Luego colocamos un micrófono Fox MJ. Si lo apoyas en cualquier pared, lo oyes todo. Esperamos a que dijeras la palabra clave.
—¿Y luego?
—Era un RPG-29.
—Muy sutil.
—Yo siempre.
—Gracias —dijo Myron. Wyn fingió no haberlo oído—. ¿Y cómo está Patrick? La policía no me quiso decir nada. He leído en los periódicos que sus padres han venido de Estados Unidos, pero nadie confirmará nunca que sea él.
—Tú espera.
—¿Qué?
—Muy pronto tendremos nueva información al respecto procedente de una fuente mejor.
—¿Quién?
Win no respondió.
—Puede que te preguntes por qué la policía no te ha hecho más preguntas sobre el tipo que murió apuñalado en la garganta.
—La verdad es que no —dijo Myron.
—¿No?
—Con el jaleo que había nadie lo vio. Me imaginé que te habrías llevado el cuchillo, así que no tienen nada con lo que relacionarme.
—Eso no es del todo cierto. En primer lugar, la policía confiscó tu ropa.
—Me gustaban esos pantalones.
—Sí, te hacían más delgado. Pero analizarán los restos de sangre. Y coincidirán con la de la víctima, por supuesto.
Myron por fin se rindió y dio un sorbo a su cerveza.
—¿Y eso será un problema?
—No lo creo. ¿Recuerdas a tu amigo negro del machete?
—¿Amigo negro?
—Sí, claro, seamos políticamente correctos justo en este momento. ¿Se dice angloafricano? Déjame que consulte el manual.
—Vale, mea culpa. ¿Qué le pasa?
—Se llama Lester Connor.
—Vale.
—Cuando la policía llegó al escenario, Lester estaba inconsciente y (sorpresa, sorpresa) tenía el cuchillo manchado de sangre en la mano. Naturalmente, ha declarado que se lo habían colocado.
—Naturalmente.
—Pero tú podrías decir que viste a Lester apuñalando a Scott Taylor en la garganta.
—Desde luego que podría.
—¿Pero...?
—Pero no lo haré —respondió Myron.
—¿Por qué?
—Porque no sería cierto.
—El señor Connor intentó matarte.
—Sí, pero para ser justos le destrocé su ordenador.
—Falsa equivalencia —dijo Win.
—Más vale eso que falso testimonio.
—Touché.
—Si preguntan, diré que alguien lo apuñaló y que me cayó encima. Con tanto jaleo, no vi quién fue, ni me di cuenta.
—Debería bastar —reconoció Win.
—¿Hay alguna pista sobre Rhys?
—¿Recuerdas lo que te he dicho de una fuente mejor?
—¿Tenemos un invitado sorpresa?
—Invitada —asintió Win meneando la cabeza—. Caray, Myron, qué sexista eres. Aquí la tienes.
Win miró hacia la puerta. Myron también, y reconoció de inmediato la mujer que entraba. Era Brooke Baldwin, la prima de Win y, sobre todo, la madre del aún desaparecido Rhys.
Myron no veía a Brooke desde hacía... calculó que unos cinco años.
Entre Myron y Win apareció un taburete, y ambos se echaron atrás para hacer sitio. Brooke se acercó sin vacilar, agarró la cerveza que Nigel ya le había puesto y le dio un buen trago. Cuando volvió a apoyarla en la barra, la mitad había desaparecido. Nigel hizo un gesto de aprobación con la cabeza.
—La necesitaba —dijo Brooke.
Myron había conocido a demasiados padres, cónyuges y parejas de personas desaparecidas. La mayoría tenían un aspecto frágil y agotado, cosa que parecía tener sentido. En el caso de Brooke, era más bien lo contrario. Tenía un aspecto sano, la piel bronceada y el gesto desafiante, y parecía cargada de energía, como si acabara de hacer sus largos matutinos en una piscina olímpica o de practicar unos cuantos golpes con su entrenador de boxeo. Era de complexión fina, pero estaba musculada. La primera palabra que venía a la mente al ver a esa madre burguesa de barrio residencial que había sufrido uno de los golpes más crueles que puede dar la vida era «fiera».
Brooke Lockwood Baldwin se había criado en mansiones de piedra e internados exclusivos, pero encajaba a la perfección en un pub como aquel. Probablemente podría desafiar a cualquiera a una partida de dardos o apartar los vasos de la barra y vencer a su compañero de mesa en un pulso.
Brooke se volvió hacia Myron y, sin saludar siquiera, espetó:
—Cuéntame lo que pasó exactamente.
Lo hizo. Se lo contó todo: desde su llegada a Londres hasta el interrogatorio de la policía. Ella no dejó de mirarlo con sus ojos de color verde brillante.
Cuando Myron acabó, ella dijo:
—Así que tuviste a Rhys cogido por el tobillo.
—Eso creo, sí.
—Lo tocaste —añadió ella, ya en un tono más suave. Aquellas palabras quedaron suspendidas en el aire un buen rato.
—Lo siento —dijo Myron—. Intenté aguantar.
—No te culpo. ¿Le viste la cara?
—No.
—Así que no podemos estar seguros de que fuera Rhys.
—No puedo estar seguro, no.
Brooke miró a Win, que no dijo nada. Se volvió de nuevo hacia Myron.
—Por otra parte, no tenemos motivos para creer que no fuera mi hijo, ¿verdad?
Win habló por primera vez:
—Eso depende.
—¿Eh?
—¿Estamos seguros de que el otro chico es Patrick?
—Sí —dijo Brooke—. Al menos, Nancy dice que es Patrick.
—¿Estás segura? —preguntó Myron.
—Eso es lo que dicen Hunter y ella. Pero ahora están divorciados. Hunter y Nancy. Rompieron poco después. —No dijo después de qué. No hacía falta—. Hemos venido en el mismo avión. Los cuatro. Otra vez juntos. No recuerdo siquiera la última vez que hablamos. Seguimos siendo vecinos. Tendríamos que habernos mudado, supongo, pero... Ella siempre me culpó. Nancy, quiero decir.
—No me parece justo —dijo Myron.
—¿Myron?
—¿Sí?
—No te muestres condescendiente conmigo, ¿vale?
—No era mi intención.
—Los chicos estaban en mi casa. Era mi au pair. Yo debería haber estado en casa vigilándolos. Si hubiera sido al revés... Es igual; fue hace mucho tiempo.
—¿Existe alguna otra confirmación de que el chico sea Patrick? —preguntó Win.
—¿De qué tipo?
—De ADN, por ejemplo.
—Ya lo mencioné. Supongo que lo harán antes o después, pero ahora mismo hay un lío legal. Necesitan el permiso de sus padres, dado que Patrick (o sea, suponiendo que sea Patrick) es menor.
Win asintió.
—Y de momento no hay pruebas fehacientes de que Nancy y Hunter sean los padres del chico.
—Paradójico, ¿no?
—¿Y qué ha dicho Patrick? —preguntó Myron—. ¿Dónde han estado todo este tiempo? ¿Quién se los llevó?
Brooke cogió el vaso, miró su contenido un momento y luego lo vació. Myron y Win se quedaron mirando, a la espera.
—Patrick no ha dicho nada aún.
Hubo un momento de silencio.
—¿Tan mal está?
—Eso parece. Tampoco me dejan pasar a verlo. Solo permiten el acceso a la habitación del hospital a la familia.
—¿Son muy graves las heridas?
—Nancy dice que sobrevivirá, pero que ha estado a punto de no contarlo. Fíjate qué paradoja. Nos pasamos diez años sin saber nada sobre Rhys. Ni una pista. Ahora, de pronto, aparece alguien que me puede dar respuestas y ni siquiera puedo hablar con él.
Brooke cerró los ojos y se los frotó con los dedos pulgar e índice. Myron alargó la mano para apoyársela en el hombro. Win lo detuvo con una sacudida rápida de la cabeza.
—En cualquier caso —dijo ella al abrir los ojos—, vamos a dar una rueda de prensa esta tarde. Como sabéis, los medios se han enterado de parte de la historia. Es hora de contar el resto.
—Han pasado tres días —observó Myron—. ¿Por qué habéis esperado?
Brooke se puso en pie, se volvió y apoyó la espalda contra la barra.
—Pues porque el primer día dos agentes, o comoquiera que los llamen en Scotland Yard, nos sentaron a Chick y a mí y nos soltaron: «Tenemos un dilema. Si vamos a la prensa y dejamos que hagan pública la imagen obtenida con el simulador del aspecto que podría tener Rhys, pueden pasar dos cosas. Una —Brooke levantó el dedo índice—, que eso aumente la presión y encontremos a Rhys. O dos —el dedo medio se unió al índice—, que aumente la presión y quienquiera que lo tenga retenido lo mate y se deshaga del cuerpo».
—¿Eso te dijeron? —preguntó Myron.
—Así mismo. Nos aconsejaron que esperáramos un poco, por si podían seguir alguna pista tranquilamente.
—Y supongo que no lo han hecho.
—Correcto. Parece ser que Rhys se ha desvanecido sin dejar rastro. Una vez más.
Una vez más.
Y una vez más cerró los ojos. Una vez más Myron extendió la mano. Y una vez más Win le hizo un gesto con la cabeza para que se la guardara. No era que Win quisiera mostrarse frío. Era que no quería que su prima se viniera abajo. Myron lo entendió.
—¿Así que los investigadores han cambiado de táctica? —preguntó Win.
—No —dijo Brooke—. He sido yo. He tomado una decisión. Vamos a contarlo. ¿Ayudará eso a mi hijo o hará que lo maten? No lo sé. Estupendo, ¿verdad?
—Es lo que tienes que hacer —respondió Win—. No puedes hacer otra cosa.
—¿Eso crees?
—Sí.
Myron vio que Brooke apretaba ambos puños. Empezó a ponerse roja y, al hacerlo, de pronto Brooke le recordó mucho a su primo Win, o al menos le notó el evidente aire familiar. Cuando Brooke volvió a hablar, lo hizo con una tensión mal contenida en la voz.
—¿Así que ahora sí crees que debería poder decidir sobre lo que le pase a mi hijo?
Win no respondió.
—Recibiste un correo electrónico anónimo —dijo Brooke.
—Sí.
—Te presentaste y acabaste matando a tres hombres.
—Más alto —dijo Win—. Creo que los caballeros de la esquina no te han oído.
Pero Brooke no le hizo caso.
—¿Por qué no me hablaste del correo?
—Era anónimo. Supuse que no me llevaría a ninguna parte.
—Y una mierda —replicó Brooke—. Te pareció lo suficientemente creíble como para venir a comprobarlo.
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no me lo dijiste, Win?
No hubo respuesta.
—¿Porque pensabas que me vendría abajo? ¿Porque no querías que me hiciera ilusiones?
Silencio.
—¿Win?
Él se volvió y la miró de frente.
—Sí —respondió—. Por eso.
—No eras tú quien tenía que tomar esa decisión.
—Sin embargo, la tomé —respondió él abriendo los brazos.
—¿Qué te creías? ¿Que esto me vendría grande? ¿Creías que me estabas ahorrando un dolor mayor?
—Algo así.
—No sabes nada de mi dolor —dijo Brooke acercándose a él aún más—. ¿Cómo te atreves a decidir algo así por mí?
Le lanzó una mirada asesina. Win no dijo nada.
—¿Win?
—Tienes razón —aceptó él—. Tenía que habértelo dicho.
—No me basta.
—Pues tendrá que bastarte, Brooke.
—No, lo siento, pero no te vas a librar tan fácilmente. Quizá, si me hubieras hablado del mensaje, habría venido antes. Quizás habría podido ayudar de algún modo. Quizá... No, sin duda, las cosas habrían ido de otro modo.
Win no dijo nada.
—Y en cambio —continuó Brooke, señalando hacia la ventana del pub—, mi niño sigue ahí fuera. Solo. La has cagado, Win. La has cagado a base de bien.
—Un momento, para el carro —dijo Myron—. No tenemos la certeza de que hubiera cambiado...
Brooke se volvió y lo miró fijamente para que se callara de una vez.
—¿Tú ves a Rhys aquí, Myron?
En ese momento era Myron el que no decía nada.
—Conclusión: ¿está aquí? —Se volvió de nuevo hacia su primo—. Por primera vez en diez años tenemos una pista de verdad. En diez años horribles y angustiosos. Y ahora...
—¿Brooke?
Era Win.
—Lo entiendo —dijo—. Estás enfadada.
—Caray, chico, qué capacidad de deducción.
—Pero, más que eso, estás intentando motivarme —dijo Win—. No hace falta. Eso tú ya lo sabes.
Los dos se miraron. Si alguien hubiera pasado una mano por en medio, probablemente los rayos láser de ambos pares de ojos la habrían desintegrado. Sonó el teléfono de Brooke.
—Encuéntralo, Win.
—Lo haré.
Ambos parpadearon. Brooke sacó el teléfono y se lo llevó al oído.
Бесплатный фрагмент закончился.
