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Gustavo Rimoldi
CABEZAS PERDIDAS

Cuando Santone lo llama y lo convoca para un trabajo, Elio Rubato intuye que no será uno más. Es abogado de profesión, pero su oficio no son las leyes, sino las búsquedas, como si de un detective se tratara. Es peronista, lleva una foto de Perón firmada por el general el bolsillo interior del saco y le gusta ir a los cabarets a bailar tango. Estamos en las Buenos Aires de la década del cuarenta y él honra las virtudes de los porteños: lealtad a los amigos, el amor que se declina en melancolía, entereza frente a la soledad. Rubato no equivoca el pronóstico: lo único que debe hallar a una mujer que se robó unos documentos de una asociación italiana. Parece todo tan sencillo que no se entiende para que lo contratan. Por supuesto, apenas comienza la pesquisa lo sencillo se bifurca en pistas extrañas: los documentos son incunables que se remontan al Martín Fierro de José Hernández, Rubato no es el único que los busca, la mujer parece haberse esfumado, el fascismo español y una tradicional familia de terratenientes son parte interesada, la asociación italiana no hace gala de beneficencia.
Con ritmo cinematográfico y prosa exquisita, con personajes memorables, Cabezas perdidas aprovecha las reglas de la novela policial para narrar una historia de traiciones y desamores, impunidad y doble moral. Gustavo Rimoldi retrata una Argentina de antaño, políticamente convulsa, como si hubiera vivido ahí. Al cerrar el libro, el lector siente lo mismo.
Rimoldi, Gustavo
Cabezas perdidas / Gustavo Rimoldi. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2021.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-628-642-8
1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.
CDD A863
Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere
Edición en formato digital: octubre de 2021
© Gustavo Rimoldi, 2021
© de la presente edición Edhasa, 2021
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Índice
Cubierta
Portada
Sobre este libro
Créditos
Dedicatoria
Epígrafe
Prólogo
Primera Parte 1. Ella seguirá soñando 2. La misión para los Hermanos en su mundo 3. El vacío de la profesora 4. ¿Los juicios nunca absuelven? 5. Casa de altos estudios, aromas, cruces, rastros 6. Una mujer llega sin que la llamen 7. Brindando con la oscuridad y a lo lejos hoteles abandonados 8. Festejos, navajas y luces amarillas 9. Cómo seguir adelante a veces es una certeza, ¿y después? 10. Verdades levemente desviadas
Segunda Parte 11. El paso al horizonte abierto 12. Las fotografías: Magdalena Tenuto, el presidente Perón, Evita 13. Pequeños pueblos en paz 14. Una tierra redonda y rosada 15. El museo y un fantasma 16. ¿Qué hacer cuando no se sabe qué hacer? 17. Los creyentes no tienen límites 18. La mano que salta a la garganta, la patada al corazón 19. ¿Sin razones para odiar? 20. Yo moriré 21. Cualquier cosa menos los payasos 22. Una distancia vigila, otra distancia resguarda 23. ¿Qué hace una dama inglesa con sus secretos? 24. Bienvenidos al otro mundo 25. En el camino espera un futuro incierto 26. No se cuentan los sueños: son túneles oscuros 27. Arrogante oscuridad que todo lo apagas 28. Un hombre habla desde muy lejos 29. ¿Dónde se guarda el silencio?
Tercera Parte. Final 30. Fantasías al oído: la verdad desnuda nunca se nombra 31. Adiós Santone 32. Ni una maldita célula en este enorme rebaño 33. Suena el teléfono y uno siempre piensa quién puede ser 34. Los elegidos saltan el cerco al final
Posprólogo
Agradecimientos
Sobre el autor
A Gaby y Federico, el amor y la sonrisa
Paso a paso hasta salir al viento frío y débil, a la humedad que se agolpaba en neblina, ya perdido y atrapado.
Juan Carlos Onetti
¿Cómo puede hacerse esencial la vida?
György Lukács
Ser capturado,
saber por fin,
qué hay fuera del río
en el aire infinito.
Alberto Cheín
Prólogo
Al fin me encontraba inmerso en la idea o en la imagen que había tenido de una casa frente a un río de curso estrecho.
La cabaña donde vivía se encontraba a menos de treinta metros, rodeada por un bosque silvestre, con un claro que se abría en semicírculo hasta la orilla. Me llevó un tiempo darme cuenta de que una de las cosas que más me llamaba la atención era que no siempre se escuchaba el agua, dependía de la dirección del viento, de la intensidad de la corriente. Antes supe que algunas noches esperaba ver una estrella en particular, y que durante ciertas tardes templadas necesitaba de la lluvia. Todo comenzaba a cobrar una presencia determinante, formaba parte de mi vida, desplazaba el resto de mi historia que se retiraba en silencio para aguardar su momento en las sombras del bosque. Mis ocupaciones del día estaban dedicadas a lo imprescindible y lo necesario, hacía arreglos en la cabaña, desmalezaba los alrededores, me familiarizaba con las alimañas, juntaba leña, atendía con ensayos y errores una huerta que había improvisado, cocinaba, comía. A la mañana muy temprano los pájaros hacían lo imposible para que me levantara, sobre todo las cotorras que anidaban en las ramas más altas. Cada tanto me iba con la cupé hasta un almacén de ramos generales que había sobre una ruta polvorienta, en las proximidades del pueblo más cercano, donde compraba lo que precisaba. Lo atendía una familia de mujeres polacas, la madre y sus tres hijas. Las cuatro eran de un rubio furioso con tintes de trigo, curiosas aunque reservadas tal vez por buena educación, o por temor. Yo llevaba una existencia en la cual la cupé Chevrolet representaba mi única conexión con el pasado, si quería podía traerme recuerdos, pero los evitaba. Venderla hubiera sido un error, simplemente por una cuestión práctica, además de que me generaba la misma comodidad y confianza por la que prefiero una camisa usada a una nueva. En su quietud pasaba a formar parte del paisaje, y como allí no se podía sintonizar ninguna radio, silenciosamente la cupé se transformaba en una gran planta de color bordó aferrada a la tierra. Yo podía ser del mismo modo un integrante más de la naturaleza, mi mente se contagiaba de los sonidos, con todos sus matices a medida que transcurría el día: brillantes por la mañana en la inagotable energía de los pájaros, de transición durante el mediodía y las primeras horas de la tarde cuando aparecían repentinos vacíos, de tristeza agotadora al atardecer. A la noche se deslizaba el silencio, las tinieblas se ampliaban como una marea que se extendía a lo largo del mundo, del tiempo y de mi propia memoria. En esas ocasiones no lo podía evitar: esperaba escuchar el agua del río. Si estaba acostado era capaz de levantarme en las madrugadas en las que el viento soplaba en dirección contraria a la cabaña, lo precisaba como a los cigarrillos que les compraba de a montones a las polacas porque no había podido dejarlo atrás como a otras cosas. El cigarrillo era una cuota que seguía pagando, y el sonido del río la porción de paz, el agua que diluía y se llevaba las voces de mi vida que el desvelo hacía regresar, la fórmula inyectada en la sangre que actúa y se las entiende a su manera con las células.
El árbol se materializó una de esas noches. Se materializó, repito, y no fue una cuestión de magia. Entonces, ¿siempre había estado? Sí, siempre había estado, sólo que yo no lo había visto. Un árbol más entre cuántos, ¿diez, veinte, cientos? ¿Por qué iba a detenerme en él? Y sin embargo lo vi una de las veces que me levanté para escuchar el agua. Caminé por el sendero como lo venía haciendo, mirando derecho al río. En la hondonada no se distinguía ningún reflejo de luz, a la distancia sólo se formaba una especie de vacío. Miré al cielo bajo, sostenido por una única nube negra. A medida que avanzaba, una precaución instintiva me obligaba a caminar más despacio. Debí haber recorrido unos quince metros cuando me pareció escuchar un gruñido y desvié la vista hacia la izquierda, pensé de inmediato en los perros cimarrones que me habían advertido aparecían cada tanto. La hermana mayor de las polacas se había empecinado con esa historia para venderme una carabina. Me detuve conteniendo la respiración y la recordé pensando que quizás tenía razón. De nuevo me pareció escuchar algo como un ladrido ahogado, un principio de aullido. Después, estoy seguro, siempre me quedó esa impresión, el curso del agua me llegó simultáneamente con una serie de pisadas rápidas que salían de la oscuridad y creí que se me venían encima, pero se alejaron, como si se fueran con la corriente del río. Me quedé paralizado, sin la paz que había ido a buscar, sin quitar la vista del sitio de donde estaba seguro que había provenido el gruñido. Y lo que miraba era el árbol, que en ese instante se transformó en una frontera: éste es tu límite, me advertía, ni se te ocurra dar un paso hacia mí.
A la mañana siguiente di vueltas por los alrededores de la cabaña e incluso me interné un trecho en el bosque sin poder localizar rastros de perros cimarrones ni nada que resultara extraño. Seguí hasta el mediodía empecinado en hallar una explicación, y lo único concreto que encontraba de la noche anterior era el árbol. A media tarde me dediqué a examinarlo, como si hubiera caído del cielo y me viera visto obligado a hacerme cargo de él. En principio no noté nada en particular, sólo que era el único que había dentro del claro en el que estaba construida la cabaña. Se encontraba próximo al margen del río y lo llamativo era que yo, que lo había tenido enfrente todos los días, no me había dado cuenta de ese detalle. Calculé por el tronco ancho y rugoso (mis cálculos con la flora resultaban bastante novatos e inseguros) que debía tener setenta o más años. Me convencí de que era un olmo por la forma de las hojas.
Después de ese acontecimiento que cambió un poco la simplicidad en que vivía, los días pasaron sin novedades, con mi rutina asimilada al ritmo de la naturaleza. Y sin embargo a primera hora de la mañana, cuando salía de la cabaña, ya no miraba en línea recta hacia el río sino hacia el árbol que se recortaba contra el cielo. No podía evitarlo, porque si lo hacía, si adrede me esforzaba por simular que mi interés estaba puesto como antes en el curso de agua, de inmediato sentía con todo el cuerpo una fuerza irresistible que me hacía mirarlo otra vez. A partir de ese momento pasaron semanas en que poco a poco fui relegando tareas para dedicarme a observarlo, a estudiarlo, a interpretar qué tenía que ver conmigo. Una de las cosas que comprendí fue que estaba enfermo, lo vi en detalle una tarde en que saqué una escalera de la casa y subí. Tenía orugas y otras pestes que se extendían por las ramas hasta las hojas. Igual empecé a preguntarme si no portaría otro tipo de enfermedad o anomalía, porque después de un rato de estar arriba sosteniéndome con esfuerzo, me convencí de que así como yo no podía quitarle los ojos de encima, el árbol a su vez me miraba a mí, incluso mucho más que yo a él, que por su inmovilidad lo hacía hora tras hora, y comprendí que la advertencia que me había hecho, “No vengas hacia mí”, no fue un desafío en vano.
*
Las cuatro polacas asintieron y sobre todo la hermana mayor sonrió con un entusiasmo tímido, como si la hubiera invitado al cine, cuando les pedí que me vendieran la carabina. Me dieron las instrucciones para usarla, para limpiarla, y hasta se ofrecieron a una práctica de tiro en el monte, en caso de que yo no supiera disparar. Algo de práctica tenía, así que les agradecí la buena intención y les confesé que no me gustaban las armas. Solo donde vive no debe estar desarmado, dijo la madre polaca, a la par que las otras asentían y yo, sin decir nada, les daba la razón con cada billete que ponía sobre el mostrador para pagarles. Salí, imaginé que esa noche me iba a animar a dar unas vueltas cerca del olmo, puse la carabina en el asiento de atrás de la cupé, y a un costado acomodé el hacha que también les acababa de comprar a las polacas.
No esperé para comenzar a talar el árbol. Sospeché que iba a ser un trabajo duro y no me equivoqué. Hachar un ejemplar como ése requiere un entrenamiento del que carecía por completo: enseguida supe que me faltaba una buena técnica y el ejercicio físico necesario para terminar el asunto lo más rápidamente posible. Me llevó el esfuerzo de muchos días derribarlo, y en todo ese tiempo padecí yo a la par de cada hachazo con el que iba horadando el viejo tronco. Se me llenaron de ampollas las manos, los músculos de la espalda y los intercostales me tenían en vela al acostarme hasta que el cansancio era más fuerte y me rendía dormido. De algún modo, aunque no logre recordarlo por completo, estoy seguro de que en sueños también seguía la tarea que me obsesionaba de día. Al despertar me quedaba la sensación de haber escuchado truenos interminables, y una madrugada, ya con los ojos abiertos, me vi asomado a la ventana, aterrado porque en vez de árboles había infinidad de hombres sujetos a la tierra con los brazos hacia arriba, como si le rogaran al cielo la lluvia, la salvación, que se les otorgara el poder de caminar, tal vez de poder huir. El cierto orden que había fundado y por el cual sobrevivía desde el primer día en que me instalé en la cabaña, pasó a un lugar casi inadvertido, sin importancia, de abandono, de dejadez, de indiferencia. Viví pendiente del hacha, de la piedra que le pasaba para afilarla, de los golpes secos que le daba al tronco, arriba y abajo, abriendo en la madera viva un ángulo que hiciera caer al gigante del lado contrario al río. Fue una carnicería para ambos.
Jamás voy a olvidar el primer temblor. No puedo dejar de lado todo lo sucedido hasta ese momento, quiero decir que jamás voy a olvidar ese estremecimiento que llegó junto con un crujido, ambos increíblemente simultáneos, esos segundos en los cuales uno sabe que algo se transforma para siempre. Un crujido y un temblor, o un gruñido y un temblor. El sonido lo asimilé a aquél que había escuchado, y el temblor del árbol a la desorientación que sentí aquella noche. Como si no terminara de rendirse, o como si no supiera hacia dónde caer, quedó suspendido en un equilibrio que lo podía llevar a cualquiera de los costados, incluso hacia el río. Yo había estado completamente enfrascado en nuestra lucha cuerpo a cuerpo y había postergado atar una soga en una rama alta para darle el impulso preciso, y cuando se dio el momento ya era tarde, así que en un arranque de desesperación y aun sabiendo que podía cometer un error irreparable, me puse detrás del ángulo de corte y empecé a dar golpes con la cara posterior del hacha, golpes frenéticos porque el olmo quedó erguido como si ya estuviera sostenido por el hilo invisible de la eternidad, pero insistí, me tiré encima enloquecido, lo empujé con los hombros y seguí golpeándolo con el hacha hasta que cedió, primero inclinándose lentamente, resonando en una especie de quiebre de toda la madera que yo ya había hachado. Y como si se viniera el mundo abajo de golpe se derrumbó haciendo estremecer la tierra mientras se partían las ramas que daban contra el piso y quedaban envueltas en una masa de polvo.
Lo que sobrevino fue el silencio, todo pareció caer en un pozo con el árbol, desde el tránsito de los pájaros hasta el correr del agua, tan próxima a donde estábamos. Y la porción de cielo que ocupaba dejó de existir.
Primera Parte
1. Ella seguirá soñando
La adivina fue el primer paso, después vino todo. Y a ese primer paso llegué de manera brutal en una sola noche, sin que yo lo hubiera buscado.
En el frío agosto del cuarenta y siete recibí una llamada de Marcelo Santone. Me encontraba en mi oficina revolviendo papeles, ordenando el trabajo de la semana. Estaba algo distraído, y tal vez por eso cuando sonó el timbre del teléfono, cuando me quedé sosteniendo el tubo contra el oído, Santone no me dio muchas posibilidades de reacción. Hablaba rápido, lo cual no era su costumbre, y se lo notaba ansioso porque yo le dijera de inmediato que sí. Acepté sin dudarlo, cómo iba a negarme, si era un amigo. Así que una hora después lo tenía sentado del otro lado de mi escritorio, como de costumbre impecable, con uno de sus tantos trajes y el minúsculo bigote que a toda hora parecía recién recortado. Decía de nuevo con impaciencia que en la Avenida Córdoba, a la altura del Bajo, desde hacía unas pocas semanas un conocido nuestro había abierto junto a otros socios un cabaret. Al hombre lo frecuentábamos en ese ambiente en el que uno comparte una copa por algunos minutos, mantiene una conversación circunstancial en la barra o en una mesa mientras observa con qué mujeres anda cada uno, y después por suerte todos nos perdemos en el humo que atesta el lugar, en la perspectiva difusa por la que se esfuman las parejas a medida que se entrecruzan unas con otras y se alejan bailando. Yo ya tenía información de la apertura del local porque durante esos días tocaba la gran orquesta del maestro Magnano.
Santone siguió hablando con esa capacidad que tenía para estirar un tema cuando ya estaba agotado desde el inicio, y yo me limité a esperar. Le costó decidirse, pasaba de una mano a la otra el atado de cigarrillos que había estado manoseando desde que entró a la oficina, hasta que me convidó uno y dijo que yo sabía que no iba a molestarme si no fuera por algo importante, lo cual era estrictamente cierto.
De golpe soltó: Preciso que me lleves a ver a la adivina.
Me quedé mirándolo, mi cara le preguntaba a él y a mí mismo de qué me estaba hablando. Santone comprendió el silencio en el que había caído. ¿Te acordás de la adivina de la que me hablaste hace un tiempo? Yo seguía mudo pero había recordado perfectamente. Lo que estaba reviviendo mientras lo escuchaba eran algunos de los instantes que pasé con ella. Resulta llamativo eso de reencontrar una persona cuando uno menos la espera: y ahora la tenía de nuevo enfrente, adentro de mi oficina, sentada justo al lado de Santone. La había conocido mientras llevaba adelante una búsqueda. La familia que me contrató me pidió que la consultara a la semana de que empezara el trabajo, después de hacer los trámites de rutina con la policía y de revisar las entradas en hospitales de Capital y Provincia. Sin demasiadas dilaciones me negué pues no estaba dentro de mis parámetros ese tipo de práctica, pero insistieron y no tuve más alternativa que visitarla. Total, me dije, tanto el valor de la cita como el tiempo perdido los pagan ellos. La impresión que me causó el encuentro motivó que una noche en el bar Del Carmen comentara más o menos al pasar algunas cosas sobre esa mujer que debieron afectar a Santone. En esa oportunidad también estaba el doctor Amaro, recuerdo que primero se quedó pensativo y que enseguida me pareció descubrir cierta ironía en su viejo rostro bien afeitado.
Santone esperaba mirándome fijamente. Sin proponérmelo me encontré especulando sobre los motivos que lo impulsaban, y de inmediato pensé en su esposa. La asociación fue instantánea e incluso previa, pues su mujer ya se me había cruzado por la cabeza cuando él empezó a hablar del cabaret.
—Estás pensando para qué quiero verla.
—No hace falta que me lo digas.
—Gracias, dame hasta la noche y después te cuento, no me resultó fácil venir a pedirte esto, pero me vino esa idea a la cabeza y no me la puedo quitar, tengo la esperanza de que me pueda ayudar.
Yo sabía que Santone podía demorar una decisión, pero cuando la tomaba se volvía obsesivo hasta el hartazgo, y esa no era la excepción: pretendía que me comunicara con la adivina en ese preciso momento y que le concertara una entrevista para ese mismo día.
—Atiende sólo de noche —objeté con la esperanza de que su compromiso matrimonial lo hiciera desistir, pues desde que se había casado no volvió a salir tan tarde y a los únicos bailes de tango a los que siguió yendo fue a los que se hacían en Sorellanza Italiana, ni siquiera para bailar sino como miembro directivo del establecimiento.
—Recuerdo perfectamente que atiende sólo a esa hora, vos fuiste a verla después de la medianoche. Llamala ahora, por favor.
El pedido sonó fuerte, estaba más cargado de tensión que de solicitud cordial. Él mismo se dio cuenta y para salir del paso me explicó su propósito: las cosas no andaban bien con Rebeca, habían tenido una fuerte discusión y decidió que esa noche, después de una reunión pautada en Sorellanza Italiana, no regresaría hasta muy tarde a su casa; su mujer iba a creer que se había metido de cabeza en algún cabaret, y prefería eso a que sospechara lo que realmente tenía pensado.
—¿Entendés por qué tiene que ser hoy mismo, por qué no puedo perder esta oportunidad?
Era característico en él eso de fijar días y horarios, de crear circunstancias a su medida para transformarlas en acontecimientos de orden universal, pero la angustia que sentía parecía verdadera, y había entrado a mi oficina con el alma entre las manos, pidiéndome que le quitara la espina que llevaba clavada, ¿cómo iba a negarme? Además, merecía ayuda por el sólo hecho de tener por esposa a Rebeca. Se habían conocido en uno de los bailes de tango menos santos a los que solíamos ir, y probablemente ésa era la causa por la cual, puesta en el rol de ama de casa, Rebeca se sintiera en inferioridad de condiciones para enfrentar las necesidades, debilidades, o como se le quiera llamar a las costumbres que había practicado Santone por años. En su ceguera posesiva no alcanzaba a ver que él había aceptado su nuevo papel con una entereza sorprendente, con la determinación de una vela que cambia de rumbo y avanza viento en popa sin mirar atrás. Ése era Marcelo Santone. Sus hermanos de Sorellanza Italiana lo habían instado a que sentara cabeza, a que formara una familia y que progresara en los cargos jerárquicos dentro de la Sociedad. Finalmente se convenció de que ya tenía edad más que suficiente para casarse, debió ser entonces cuando se cruzó Rebeca, la afortunada ganadora de la Lotería Santone. Como todo sujeto que se pega un baño de felicidad y cree que las aguas donde se sumerge son iguales para el resto de los mortales, intentó convencerme de que siguiera sus pasos, de que no debía continuar llevando una existencia solitaria, más aún cuando yo era mayor que él. ¡Hijos, Rubato!, me decía, para qué venimos al mundo si no tenemos un hijo, alguien a quien cuidar, alguien que se preocupe por nosotros cuando seamos viejos y ya no nos quieran en ningún lado. Eso de los hijos lo mencionó varias veces hasta que pasó el primer año de matrimonio y después no volvió a repetirlo. A partir de ese plazo su humor se volvió más apagado porque, resultaba evidente, la obsesión que lo perseguía al casarse con Rebeca no alcanzaba el resultado práctico que buscaba. La necesidad de Santone por ver a la adivina no pasaba por descubrir si su esposa lo engañaba, si el amorío de fuegos de artificios que habían vivido se encontraba ya extinguido y si todavía podía hallar una mecha para volver a encenderlo, ni tampoco para encontrarle una solución a los celos enfermizos con los que lo atacaba su mujer cuando él no le daba el más mínimo motivo. No, esas sombras no lo molestaban. Utilitario y objetivo, Santone sólo necesitaba de algo tan concreto como un hijo.
Me levanté y empecé a revolver para dar en mi archivo con los datos de aquella búsqueda, pues nunca se tiran los documentos, menos aun cuando un trabajo no se pudo resolver. Se lo indiqué mientras sacaba los papeles:
—No sirvió de nada ver a la adivina.
—Eso me habías contado, ¿pero no te diste cuenta de que te advirtió que no ibas a encontrar a la persona?
—Sí –le contesté—, pero no preciso que me den presupuestos negativos.
—Igual lo pagaba el cliente, ¿no?
—Por supuesto.
—En mi caso es lo mismo.
Volví al escritorio y puse una mano sobre el tubo del teléfono, en la otra tenía la ficha con el número. Antes le advertí que no le había contado todos los detalles de lo sucedido en la entrevista, pero Santone pasó por alto lo que le decía y me pidió, o me ordenó: Llamala. Arreglá para hoy, decile que por la urgencia y la molestia le pago el doble de lo que pide normalmente. Y lo hice, por supuesto, cómo no iba a hacerlo. Ella me recordó como si me hubiera visto ayer y mantuve una corta conversación en la que me dijo a todo que sí y nos dio cita a la una y cuarto de la madrugada. Yo no lo podía creer pero era cierto: por trabajo había cedido a llevar a cabo un disparate similar, el mismo que ahora iba a cometer por amistad. Sabía también que la verdadera pregunta que se formulaba a mis espaldas porque yo no me animaba a mirarla de frente era por qué el destino me conducía nuevamente a la casa de esa mujer.
*
A lo que dije no, resistiendo los embates de su carácter taurino, fue al empecinamiento de Santone por encontrarnos en el cabaret de la Avenida Córdoba antes de ir a ver a la adivina. Tenía razón en que contábamos con el tiempo suficiente para cenar primero en otro sitio, después tomarnos unos tragos en el local y bailar con la orquesta del maestro Magnano, o si ya había tocado conformarnos con otra formación menor. Pero con la perspectiva de la madrugada que me aguardaba prefería quedarme solo y esperar a que llegara el momento para salir disparado como si se tratara de un trabajo, ya tenía bastante con haber aceptado acompañarlo. Además, sabía muy bien que lo que buscaba Santone era contar con el apoyo de una historia real cuando tuviera que enfrentar a su mujer, para él pasar por el cabaret significaba grabar en su cabeza esas imágenes, e incluso si tenía la mala suerte de que le quedara impregnado en el traje algo de perfume femenino después de bailar unos tangos, estaba dispuesto a transformar el accidente en algo oportuno, como si aferrarse a esa contradicción lo volviera más fuerte. Rebeca, con su naricita felina, iba a quedar por completo alucinada y lo atacaría durante semanas por la traición. Santone había armado esa maniobra y estaba dispuesto a soportar el peso de las consecuencias con tal de que ella no sospechara adónde había estado realmente esa noche.
Estacioné la cupé bordó en la calle Piedras a la una en punto. La dejé cerca de la esquina de la Avenida Belgrano, frente al Mercado Manuel Dorrego. Encendí un cigarrillo y me quedé esperando. Afuera la luz era escasa, no había nadie por la vereda, el único movimiento apreciable era el del humo que a su manera bailaba los tangos que pasaban por la radio de la cupé. Divisé por el espejo retrovisor la luz de un auto que doblaba la esquina. Unos metros antes de que estacionara supe que era Santone. Salí cuando vi que abría la puerta y estuvimos conversando un par de minutos en los que me comentó cómo le había ido en el cabaret.
A la una y cuarto nos paramos frente al portón de Piedras 469. El entusiasmo de Santone había quedado rápidamente de lado, ahora debía estar concentrado en lo que le aguardaba. Además, uno se mueve con más cuidado a esa hora en que las sombras se imponen sobre las intenciones, lo vuelven todo discreto y enigmático. Más aún cuando se entra a una casa desconocida para visitar a una vidente. Por el interior de Santone debía estar pasando lo mismo que yo sentí la única vez que había estado en ese sitio. Entonces pensé que aquello era buscado, que convocar a una persona en plena madrugada tenía por objeto llevarla a un estado inducido antes de la consulta, a que quedara más expuesta, al alcance de la mano de los arcanos.
El edificio de cinco pisos no tenía timbres, bastaba con bajar el picaporte de la pesada puerta de hierro para que se abriera. Cruzamos el corto palier y levanté la mano para llamar el ascensor, pero Santone me tomó de la muñeca para detenerme: No, me dijo, menos en este lugar. Había olvidado en ese instante que para él no había opciones entre escaleras y ascensores, pues siempre subía caminando. No sé desde cuándo arrastraba esa manía pero solía extenderla a quienes lo acompañaban, y en eso mostraba cierta solidaridad, porque participaba primero de sus prevenciones a los demás y después los dejaba librados a su estrella. No es tanto el miedo a que se caigan, confesó una vez, sino a la interrupción del tiempo que se produce ahí dentro. Aquella noche no me dio alternativas y acepté sin más, me quité el sombrero y encabecé la marcha hasta el último piso. Nuestros pasos se fueron acompasando a medida que pasábamos de un rellano a otro y el sonido de las respiraciones se expandía, como si se filtrara el viento frío de afuera. Cuando llegué estaba mucho más cansado, también más arrepentido de volver a encontrarme allí. Me consolaba el hecho de que no se ponía en juego mi suerte, yo sólo era nuevamente un contacto, contaba con la ventaja de que me tocaba nada más que esperar en la antesala, y ya estaba ansioso porque pasaran los minutos. Miré a Santone que apretaba sin darse cuenta el sombrero entre los dedos y se pasaba un pañuelo por la frente, ¿qué le estaría pasando a él por la cabeza? Aguardamos un minuto para estar presentables y luego tocamos el timbre, dos toques cortos, la señal que nos identificaba como consultantes. Pasaron unos segundos de silencio, Santone estaba inquieto, tal vez llegó a plantearse que aún había tiempo para dar media vuelta y emprender la retirada por la misma escalera por la que habíamos subido, o la ansiedad que transmitía no era más que la agitación que lo ganaba por estar cerca de descubrir lo que había ido a buscar. Entonces la puerta se abrió como si la fortuna nos llamara y ya no hubiera vuelta atrás. No recuerdo ese encuentro en que nos saludamos con la adivina, retengo aún la imagen del momento en que, todavía bajo la luz mortecina del pasillo, sentí que desde sus ojos se tendía una cuerda que de alguna forma buscaba enlazarme, y de inmediato paso al tiempo de espera en la antesala, a volver a percibir en la espalda la incomodidad del sillón, aguantando las ganas de fumar porque un cartelito así lo pedía. Apenas podía escuchar el murmullo de las palabras al otro lado de la puerta. Se alternaba la voz gruesa de Santone con la de la mujer. No llegaba a entender lo que decían, se los escuchaba sumergidos en la distancia, enviando mensajes imposibles de descifrar. Cada tanto me levantaba y miraba por la ventana del quinto piso que daba hacia el este. Se me ocurría que podía llegar a ver el río entre medio de los edificios y de las torres de las antiguas iglesias que abundan en esa zona. Eso me quedó grabado, el empecinamiento por tratar de penetrar en la oscuridad para ver la masa negra del río que se pierde hasta el horizonte. Me sirvió también ese capricho para mantener la mente ocupada durante la espera. Y entonces sí, lo revivo todo. Apareció Santone, hizo una pausa en el vano, como si reconociera nuevamente el mundo al que regresaba. Había perdido el color, la frente le brillaba, su mirada permanecía fija en un sitio que no era el que nos encontrábamos. La adivina esperó a que diera unos pasos y salió detrás de él. Lo tomó del brazo mientras lo conducía hasta el sillón, dijo algo así como que era conveniente que se sentara un rato. Entonces giró o no sé qué maniobra hizo, si me puso suavemente la mano en la espalda o si sólo me habló diciéndome que pasara. Yo caminé el par de metros que me separaban del cuarto, atravesé la puerta que se cerró detrás de mí y de pronto ella estaba sentada de un lado de la mesa, yo del otro, y vi su rostro, la forma en que me observaba, como si jamás se hubiera roto la cuerda que sujetaba nuestras miradas. Me di cuenta de que tenía miedo, de que no recordaba cómo era el cuarto en el que me encontraba, qué tipo de muebles había, si tenía cuadros en las paredes, si había una ventana con o sin cortinas, nada, pese a que anteriormente ya había estado ahí. Sí detecté un perfume particular que no he sentido en otra parte. Toda mi atención estaba concentrada en la vidente y en la conciencia de que allí había otra puerta que llevaba al resto del departamento, además de la que conducía a la antesala donde ahora estaba Santone. No me encontraba hipnotizado ni nada por el estilo, podía pensar, sabía dónde me hallaba, pero, es difícil de explicar, no podía levantarme e irme, que es lo que realmente deseaba, del mismo modo que no se puede bajar de un tren en movimiento por más que uno lo pretenda. No quiero estar acá, le dije.
—Lo sé, pero no tema.
—Por qué me trajo.
Usted me atrajo a mí, me respondió la adivina. Algo muy fuerte me ha llamado, ¿no se da cuenta, no siente que algo está en usted? Le respondí que no. ¿No percibe lo que lo rodea o tal vez lo sigue de muy cerca? Volví a negar. Usted está dominado por una voluntad que lo encandila. Cierre los ojos conmigo. Yo dudé. No tenga temor, insistió, ciérrelos conmigo. Vi cómo ella entornaba los párpados y una fuerza empujó suavemente los míos. Permanecimos respirando despacio hasta que dijo: Yo no puedo ver qué es, pero está ahí. ¿Lo siente ahora?
—No –respondí. Me había ganado por completo una enorme confusión.
—¿Qué cree que puede ser? –me preguntó y no esperó respuesta alguna—: yo lo siento, no sé lo que es pero lo siento. Usted va a tener que acercarse para descubrirlo.
—No –mi respuesta fue un reflejo más que un pensamiento.
—Sí, acérquese para saber qué es. Si lo ve ahora va a poder atravesarlo mejor, ¿entiende?
No contesté, no sé si entendía o no, no quería responder.
—No es usted cualquier persona, tiene algo especial, por eso está aquí ahora. Tiene que saberlo aunque se niegue porque si no lo acepta arruinará su vida. Haga un esfuerzo.
Lo hice, no sabía en qué debía esforzarme pero lo intenté: trataba de ver qué significaba esa confusión, de encontrarle un sentido, mientras la adivina me instaba: No piense, entre ahí directamente, no busque nada en su mente, sólo camine y entre. El miedo que había sentido se había ido, como si lo hubiera olvidado, lo que me dominaba era más el desgaste por intentar hacer algo que no podía, ingresar en esa confusión me resultaba tan difícil como correr dentro de un desierto, hasta que de pronto regresó el temor con toda intensidad, con más fuerza todavía que antes, a causa de que el perfume extraño en la habitación había aumentado notablemente. La adivina me dijo suavemente que abriera los ojos, me lo reiteró dos veces más pero yo me negaba, seguía con los párpados apretados, no quería abrirlos. Ábralos, me ordenó. El perfume me asfixiaba y si abría los párpados me entraría en la cabeza de un modo distinto a como penetraba por mi nariz. Hice un terrible esfuerzo y vi: la adivina tenía los ojos vueltos hacia arriba, en blanco, la boca algo abierta y la respiración agitada, su mano derecha estaba sujeta a otra mano. Yo empecé a tener saltos involuntarios como descargas eléctricas en un brazo y en el cuello, lo recuerdo bien, pequeños movimientos espasmódicos. El temor que me había perseguido tenía la vista clavada en mí y yo no podía quitarle la mía de encima. Era la misma niña que había aparecido igual que la primera vez junto a ese perfume intenso que debía salir de ella. ¿Quién era? ¿Formaba parte de una alucinación o realmente existía? Estaba vestida con un camisón blanquecino, algo arrugado sobre los hombros, y el pelo castaño le caía en desorden a los costados de la frente y las mejillas, como si recién se levantara de dormir. No pestañeaba los ojos castaños, casi negros, los dos permanentemente abiertos formaban una esfera capaz de reflejar cualquier brillo. Los labios de la niña estaban levemente separados, su pecho apenas subía y bajaba. La adivina habló, mientras mantenía los ojos en blanco, con una voz un poco más grave y balbuceante: Sigo sin ver, dijo, y me preguntó: ¿Usted qué ve ahora? Las manos entre ambas se tensaron y yo volví a tener un movimiento reflejo que me hizo dar un salto. ¡No piense, vea!, me exigió la adivina. Pero yo no podía dejar de pensar aunque fuera en forma desordenada, a medida que empezaba a vislumbrar una especie de nube que debía ser eso que llamaba confusión, una nube negra en un cielo indeterminado, y quería evitarla, dejar esa tormenta atrás, pero no podía levantarme de la silla ni sacarme la mirada de la niña que se aferraba con fuerza a la mano de la adivina. ¿Habrá hecho lo mismo frente a Santone, por eso salió medio desmayado? ¡No piense, ella se ha levantado por usted!, me gritó la mujer, y en un tono más bajo: ¿No ve que ha querido verlo de vuelta? De vuelta, me dije. ¿Qué edad tenía esa niña hacía dos años atrás cuando apareció de la misma forma incomprensible, nueve, diez años a lo sumo? No había crecido en altura ni había cambiado su rostro, ¿cómo podía ser que se mantuviera exactamente igual? La adivina volvió a hablar: No comprende que ella ha querido verlo, ahora mismo está soñando con usted. Se lo digo por su bien, haga un esfuerzo, yo lo ayudo, trate de ingresar en la confusión para atravesarla ahora, no la espere. ¿Puede sentirla?
—Sí –respondí de inmediato, casi automáticamente.
—Bien –la adivina esbozó una sonrisa que brevemente hizo juego con sus ojos en blanco, pero enseguida su gesto se volvió oscuro—, yo también, y hay como una especie de olor a lluvia, ¿verdad?
—Sí.
—¡Dios! –se lamentó de golpe—: ha sido una tormenta..., y ha pasado. Le dije que se esforzara por verla y atravesarla, ahora lo perseguirá y ella lamentablemente seguirá soñando. ¡Cierre los ojos! –me ordenó—, ciérrelos así puede irse esta pequeña.
Cerré los ojos. Manténgase así y serénese, me pidió en un tono más calmado. Permanecí de ese modo algunos minutos en los que no escuché ningún movimiento en la sala, por lo cual temía que la niña siguiera allí mirándome, aunque, a medida que continuaba el silencio, también cambiaba el aire dentro de la habitación, por lo cual sabía que la realidad se transformaba a mi alrededor. Luego la mano cálida y humana de la adivina se posó en mi mejilla. No me acarició, sólo la mantuvo así mientras me pedía que abriera los ojos. Lo hice y ella mencionó cosas que cruzaban por mi cabeza con la velocidad del viento, palabras que pasaban de largo y la vez me calmaban. Sí retengo que afirmó: Ahora es su tiempo.
2. La misión para los Hermanos en su mundo
Cuando salimos del edificio de la calle Piedras permanecimos mudos, ambos ensimismados en lo que a cada uno le había sucedido en su encuentro con la adivina. Ninguno de los dos supo nunca qué le pasó al otro. Yo imaginaba que el problema de Santone era por el hijo que no llegaba, sigo creyéndolo aunque no pueda jurarlo. Y en cuanto a él, probablemente no se haya preguntado o ni siquiera dado cuenta de que algo me estaba ocurriendo en el salón contiguo en el que se encontraba. Luego, en los meses que siguieron, hablamos un par de veces y en ambas ocasiones percibí un cierto tono distante, cortado, como si quisiera disimularlo y una fuerza mayor lo traicionara y no le permitiera hablarme con la naturalidad de siempre. Mis sospechas rondaban por aquel oscuro episodio ocurrido a la madrugada, en lo que podría haber causado en su más cerrada intimidad. Y yo, que nada tenía que ver, había sido un testigo inoportuno.
Pasó un tiempo, hasta que me llamó diciéndome que querían ofrecerme un trabajo en Sorellanza Italiana. Me explicó que necesitaban una persona especializada, de plena confianza, y que él me había propuesto a mí. Es un tema delicado y a vos puede resultarte en extremo conveniente, me aseguró. No me dio detalles, me los contaría durante la reunión que combinamos en la sede de la calle Mitre. A partir de entonces Santone no fue el mismo que conocí, y yo también me transformé de algún modo. La distancia se evidenció aquella tarde en que me encontraba dejando que pasaran los minutos frente a la fachada de Sorellanza Italiana. Culpé en parte al edificio que de día me intimidaba más que de noche (la hora magnífica de los bailes de tango en el Salón Escenario), tal vez por los frisos alegóricos que estaban en lo más alto, por la piedra fría que reviste de gris toda la vereda que ocupa, por asociaciones oscuras de otras construcciones sombrías. Así esperaba fumando con el sombrero en la mano a que pasaran los escasos minutos que faltaban para la hora en que me habían citado, mientras la extraña sensación seguía dando vueltas alrededor, hasta que escuché que Santone me llamaba señalando con el índice su reloj para indicarme que me diera prisa. Crucé la calle dando por hecho que íbamos a intercambiar unas palabras antes de tener la reunión con los miembros de la Sociedad, un poco porque hacía bastante que no nos encontrábamos personalmente y otro porque me parecía lo más natural entre nosotros, sin embargo nos saludamos casi sin intercambiar palabras porque Santone salió apurado rumbo a la escalera que estaba en el hall central. En el primer piso fuimos hasta uno de los dos despachos principales de la Casa, que yo había visto muchas veces pero en los que jamás había estado. Entramos al despacho de la izquierda, que correspondía a la Sala del Consejo. La Sala se mantenía fresca, las ventanas cerradas y tapadas por unas gruesas cortinas dejaban al ambiente casi en penumbras, pese que a esa hora el sol todavía daba a pleno en el frente del edificio. Era un espacio amplio, prácticamente despojado de mobiliario. Sobre una tarima había una gran mesa de madera oscura que hacía de cabecera en las reuniones de Consejo. Un sillón especial estaba reservado para la presidencia de la reunión, colgado detrás se encontraba un óleo de Garibaldi y otro de Verdi, con los colores apagados por el paso del tiempo. En el centro de la Sala había dos hileras con cuatro filas de butacas cada una, todas empotradas en el piso, eran de madera sin ningún tipo de tapizado. No se veían modificaciones en el edificio que era de principios de siglo. De espalda a los óleos se encontraba un hombre de pie, que alzó la cabeza de unos papeles. Con voz grave nos felicitó por la puntualidad. Hablaba el castellano con marcado tono italiano. Era Baco Rossi, a quien Santone presentó también como el Delegado. Yo esperaba encontrarme con un hombre entrado en los setenta, más bien bajo y calvo, con la mirada atenta detrás de unos lentes de marco dorado, tal como era Mario Luti, el presidente de Sorellanza Italiana; Santone me lo había presentado una noche antes de ingresar al Salón en el que iba a tocar la orquesta del maestro Pugliese. En cambio, Baco Rossi debía tener alrededor de cuarenta y cinco años y era el tipo de persona que da la impresión de estar en la plenitud de su vida. El Delegado arrimó una silla a la primera fila de butacas y después de las cortesías de rigor nos sentamos de manera tal que quedamos formando un pequeño triángulo en la gran sala. Baco Rossi nos convidó un cigarrillo, se mostró satisfecho porque me encontrara en ese lugar, y sobre todo confiado ya que la recomendación la había hecho Santone. De pronto me preguntó si conocía el funcionamiento institucional de la Casa, lo que hizo que mirara con cierta sorpresa a Santone, ya que él sabía perfectamente que no tenía la más mínima idea de cómo se manejaban más allá de lo que podía resultar obvio en ese tipo de asociaciones. Me desconcerté porque Santone sólo se interesó por la ceniza del cigarrillo del Delegado que estaba a punto de caer y se deslizó con el sigilo de una sombra para alcanzarle un cenicero y volver a fijar la vista en algún punto fijo del piso, en una deliberada actitud de distancia, o de falsa distancia. Como si saliera a rescatarme, el Delegado empezó a hablar de la Sociedad, aseguró que la situación era grave y mencionó a un miembro del Consejo Directivo y también de los Siete. El hombre era casado y tenía una amiga de la cual no se sabía nada desde hacía casi un mes. Explicó que ya se habían hecho los trámites imprescindibles como la denuncia policial, la averiguación en hospitales de la Capital y el interior, sin obtener ningún dato sobre esa mujer. Aclaró que no pretendían que estuviera detrás de ese tipo de trámites sino que necesitaban a alguien con una sólida experiencia en búsquedas para dar con ella. Su nombre era Magdalena Tenuto, pasaba los cuarenta y cinco años y trabajaba como profesora en la facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires. El dirigente involucrado era el presidente de la institución, Mario Luti. Por lo que yo había visto de Luti durante un baile del Salón Escenario, las vías de conexión que pudiera mantener con la profesora parecían bastante dudosas, ya por las diferentes ocupaciones que tenía cada uno, ya por la distancia que le llevaba en edad el máximo representante, más aún cuando aseguraban que Magdalena Tenuto era decididamente atractiva.
Las sospechas de los hombres de Sorellanza Italiana recaían en ella, y aseguraban que se había movido por un interés ajeno a la relación. ¿Qué pensaban que había hecho la profesora? Creían que había robado un documento interno. Para poder lograrlo se valió del ingenuo presidente Luti, quien afirmaba que la juzgó verdaderamente enamorada de él: se dejó llevar en una especie de carrera libidinosa que los condujo a recorrer de manera clandestina los ambientes solitarios de la Casa cuando ingresaban a escondidas por la noche: el Salón en penumbras sin las parejas bailando, el escenario vacío donde tocaban las grandes orquestas de tango, los camarines, la Galería de los Estandartes y Blasones, la Sala del Consejo..., y hasta la Presidencia. En fin, en su desenfreno lo habían recorrido todo. O casi todo hasta ese momento porque entonces llegó el turno de la puerta más prohibida: la dependencia donde se preservan los archivos internos, la que ni siquiera los asociados pueden atravesar, a la que sólo acceden los Siete con previo acuerdo entre ellos. Lo que sucedió allí se dio en unas pocas horas: Magdalena Tenuto revisó los archivos hasta que dio con un expediente, lo extrajo, y entre los dos acordaron retirarlo para que ella lo pudiera leer con tranquilidad. De la sede volaron en el Chrysler de Luti al departamento donde vivía la mujer, en la calle Pinzón de Barracas. Allí tuvieron un episodio propio de amantes descontrolados por los sucesivos ocultamientos, y el documento quedó en manos de la profesora hasta el día siguiente en que se lo entregaría a Luti para restituirlo a su sitio. Sin embargo eso no sucedió porque Magdalena Tenuto ya no dio señales de vida, desapareció de su casa y del trabajo en la facultad de Filosofía y Letras. En el transcurso de la semana Luti dio enloquecidas vueltas en torno al departamento, siempre al límite de cometer una locura irreparable, o más irreparable de lo que ya era la situación. Llamó tantas veces al teléfono de la amante que en una de esas oportunidades lo atendió un hombre, a quien reconoció por la voz como al padre de la profesora, y al instante cortó sin decir una palabra para no delatarse. Sin embargo al día siguiente se comunicó con el viejo Tenuto (el presidente lo llamaba viejo cuando el otro le llevaba apenas cinco años), simulando un saludo institucional a un antiguo asociado del que hacía tanto no tenía noticias, y ahí Tenuto le explicó que su hija no aparecía por ningún lado, por eso había entrado a su casa, y que su preocupación se debía a que ella jamás viajaba sin avisarle antes cuántos días iba a estar ausente. Para salir del paso Luti no tuvo más remedio que ofrecerle su ayuda solidaria. En semejante situación de descontrol, Luti se vio acorralado y acabado, fue entonces cuando confesó ante los Siete porque no encontró otra salida.
Todo esto que me contó el Delegado era la versión de los hechos del presidente Mario Luti. Baco Rossi se extendió mucho más, por cierto, pues consideraba que para mí debía ser de utilidad conocer desde las supuestas promesas pasionales hasta las discusiones que habían mantenido la pareja. El italiano dejaba entrever cierta faceta chismosa, como si, además de informarme, gozara en su rol de distribuidor de anécdotas y miserias humanas. Y, mientras tanto, envuelto en las sombras que oscurecían la opaca y desgastada Sala del Consejo, Marcelo Santone permanecía en un silencio hermético. Yo estaba atento a Baco Rossi pero también a quien aún consideraba mi amigo, quería creer que su actitud tenía que ver exclusivamente con el tema que estábamos tratando. A la vez, percibía la distancia entre nosotros y me preguntaba qué Santone era el que tenía enfrente. A regañadientes empezaba a especular que debía ser uno que yo no conocía en absoluto.
El Delegado no ocultaba dos sentimientos que manifestaba con vehemencia: un rencor profundo hacia la mujer que les había quitado lo que les pertenecía, y una indignación no exenta de estupor hacia el miembro directivo que los había traicionado. De la profesora no les importaba su suerte, sólo pretendían dar con ella para recuperar los documentos. En cuanto al presidente Luti estaban dispuestos a hacer todo lo posible para sostenerlo en su puesto como a un monigote hasta que se aclarara la situación, pues de ningún modo debía hacerse público el drama que atravesaban, era imprescindible mantenerlo restringido a los Siete y al Delegado. Justamente por eso me habían llamado, no sólo porque trabajaba en búsquedas sino, y sobre todo, porque no era un Hermano de la Casa. Santone habría jurado que yo era tanto o más reservado que un muerto. Me proponían entonces visitar al señor Tenuto para que me diera las llaves del departamento de su hija, una vez adentro mi tarea era rescatar los documentos y alguna carta de amor escrita por el patético presidente de Sorellanza Italiana. Y querían que se hiciera ya, en esto Baco Rossi parecía perder el control, la ansiedad se le dibujaba entre los labios porque no podía contenerla, debía hervirle por dentro para que se le escapara de ese modo. Me dije que la confianza que tenían en Santone debía ser extrema para que quisieran darme el trabajo. Claro, descubrí de pronto, ¿quiénes eran los Siete de los que hablaban? El presidente Luti uno de ellos, ahora fuera de juego por el desastre que había armado, el Delegado no pertenecía al selecto heptágono pero estaba en un rango similar, vaya a saber por qué, y de los otros seis anónimos que quedaban podía despejar la incógnita de uno: Marcelo Santone. Por eso confiaban tanto en él y querían agarrarme de los pelos. O Baco Rossi perdía puntos en sagacidad e intriga, o su conducta vehemente formaba parte de la escena montada. Quizás ya lo tenían premeditado para cuando llegara ese momento de la exposición, tal vez hubo una seña entre ambos porque percibieron que el asunto no terminaba de convencerme y temieron que me levantara y los dejara plantados, lo concreto es que el Delegado se decidió a decirme que me ofrecían pagarme una excelente suma, así la calificó Baco Rossi, de “excelente”, además de todos los gastos extras que tuviera que afrontar. Vea, me dijo mientras sacaba una tarjeta del bolsillo del saco, anotaba detrás una cifra y con la discreción de un caballero inglés me la alcanzaba para que la registrara.
—¿Qué le parece?
El número era realmente inmejorable, igual permanecí mirando la tarjeta con una indiferencia que me costaba mucho sostener. Baco Rossi se incomodó, no pudo evitarlo o tal vez no lo intentó, y mientras yo seguía con la vista clavada en el papel sin decir una palabra, advertí que le echó una ojeada a Santone. Mi campo visual no daba para detectar el imperceptible gesto de respuesta que el otro le devolvió, pero antes de que alzara los párpados o abriera la boca, el Delegado se apuró a aclararme que, en caso de que no hallara nada en la casa de la profesora, el monto que me pagarían para llevar a cabo la búsqueda pasaba a ser el doble.
Asombroso: miré los óleos de Garibaldi y de Verdi hundiéndose ambos en la deriva de la noche que se iniciaba, las deprimentes sombras con que se iba cubriendo la sala, y por el contrario tuve la total lucidez de que mi cabeza se había iluminado con los fuegos artificiales de la codicia, esa palabra repulsiva que nos afila los dientes, nos convierte en lobos hambrientos, en banqueros sanguinarios. Y yo mismo me supe la bola en la ruleta lanzada por el crupier, a mí tocaba ser la suerte y decidir hasta dónde llegar.
Los dos esperaban mi confirmación y estaba seguro de que no había dejado traslucir ningún rasgo que delatara la repentina ansiedad que me poseía. Me pregunté si Santone pretendía ayudarme con semejante propuesta que me hacían, si me habría llamado para hacerme un favor y la actitud apartada que había tomado era una forma de no quedar en evidencia frente a la Sociedad. Poco me importaba ese desconocido que era el Delegado, ni los anónimos Siete ni todas las hermandades con sus enigmáticos conflictos, mi único interrogante estaba puesto en Santone. Él conocía en parte mis planes, no podía recordar la ocasión precisa en que los comenté, estaba seguro de que aunque fuera muy por arriba habré murmurado un boceto de deseo en voz alta para el cual hacía falta dinero, puede que fuera en la mesa de un bar o la vez que lo llevé al Sótano, con el incentivo de los reflejos del río tan cercano. Ahora, mientras Baco Rossi aguardaba desconcertado y ansioso, Santone mantenía la cabeza vuelta al techo y jugaba a la displicencia con las piernas estiradas y un pie puesto sobre el otro: sólo por ver esa actitud comprendí que había aprovechado la oportunidad para ponerme a prueba, para arrinconarme, para demostrarme que me conocía más que yo a mí mismo y sabía que por esos dos cheques me pondría a aullar y a dar dentelladas. Y su actitud estaba inspirada en el resentimiento, pues habrá comprendido en alguna noche de desvelo, con Rebeca sin la mínima señal de embarazo, roncando en la habitación mientras él buscaba desesperadamente el sueño en una copa, que yo habría imaginado la causa por la cual me pidió que lo llevara a la adivina. Se halló iluminado en el rincón tenebroso de la frustración en el que se encontraba atrincherado, ese sitio donde sólo se alimenta el resentimiento. La revancha por saberse revelado la encontró exponiéndome. Su pantalla para atraparme había sido mi discreción frente a la necesidad urgente de solucionar el inconveniente en que se encontraban, por lo cual estaban dispuestos a pagarme una suma extraordinaria. Pero, como buenos animales de la noche que eran los Hermanos, debían olfatear que mi silencio objetaba sus costumbres y sus vicios secretos, por eso cuando llegara el momento en que el buen Elio Rubato se encontrara a punto de echarles en cara que ellos, los honorables miembros de Sorellanza Italiana le daban más valor a unos papeles perdidos, tal vez robados, que a la suerte de una mujer de cuyo paradero no se sabía nada, entonces me pondrían delante los billetes para que los tomara o para que los saltara como a una valla, para demostrarme al fin mi condición, y cuál de las dos libertades era yo capaz de elegir.
Puedo asegurar que me sabía del todo perdido, igual, un poco por no darles el gusto de atraparme tan fácilmente por un puñado de monedas, aunque fuera justo el puñado que había estado esperando, y sobre todo para confrontar con Santone, dije abiertamente que me llamaba la atención que pudieran pagar esa suma. Miré alrededor, señalé las cortinas descoloridas, las pinturas avejentadas, y comenté que daba toda la impresión de que ahí la plata no sobraba.
—No tenga cuidado —me respondió el Delegado—, en esta Casa tenemos palabra y cumplimos. Nosotros el dinero lo invertimos en cosas más importantes que el mantenimiento de un edificio, lo dirigimos por ejemplo a la ayuda de un miembro que lo necesita. Se habrá dado cuenta de que hoy estamos frente a una emergencia que no podemos postergar. Esperamos que dé con los papeles en el departamento de la hija de Luti así terminamos de una vez para siempre con este asunto. Y fíjese, sólo por encontrarlos ahí, usted puede cobrar una muy buena suma.
—No se haga ilusiones, lo más probable es que en ese lugar no haya nada.
El Delegado se movió incómodo:
—¿Da por hecho que no están?
—Por hecho no, pero casi seguro.
—Esperemos que no llegue ese momento, para nosotros sería un gran inconveniente. ¿Ve?, para esto también lo necesitamos, en caso de que tenga que llevar adelante la búsqueda, sabemos que cuenta con facilidades para moverse en la realidad que vive hoy el país.
“Sabemos” acababa de decir el Delegado. Me pregunté qué es lo que sabían y quién lo sabía. Estuve a punto de acorralar a Baco Rossi y escupirle en la cara: ¿A qué se refiere con eso de “realidad que vive el país”?, pero no tenía sentido, hubiera sido igual que sentarse a discutir con un caniche alimentado a veneno, el mismo que salía de la boca de Santone cada vez que hablaba del gobierno de Perón, por lo cual entre ambos habíamos vedado el tema. Santone, ahora lo terminaba de entender, me había buscado también por el hecho de tener esos contactos con los cuales supuestamente me podría mover en un mundo nuevo que para los hombres de Sorellanza Italiana era poco menos que una caricatura del régimen mussoliniano. Encerrados como estaban en lo que llamaban “la Casa”, con C mayúscula, no tenían la más mínima idea de lo que pasaba en las calles. Santone me había buscado por la foto con la firma de Perón que llevaba en el bolsillo del saco, por esa supuesta llave mágica que me abría puertas. Y lo peor de todo, buscaba demostrarme que yo iba a ceder por la suma que me ofrecían. Este Santone dejaba en el recuerdo al que había conocido.
—Un momento, —dije con tono seguro en una arrebatada embestida por burlar la derrota que me infringía Santone—: ¿Y si Luti trabajó en colaboración con Magdalena Tenuto para robar los documentos internos? O, por el contrario, peor aún: ¿y si fue él quien hizo desaparecer a esta mujer? ¿No se les ocurrió pensarlo?
Baco Rossi se permitió mostrarse abiertamente molesto, Santone movió su fino bigote y se acomodó como si recién hubiera sufrido por la butaca de madera en la que estaba sentado.
—No quiero causarles una preocupación más, pero Luti pudo haber urdido todo este relato. Si saben que los traicionó, ¿qué les hace pensar que no inventó gran parte de la historia? Son muchas las posibilidades de encubrimiento —los ametrallé con una lista que los puso blancos del susto, y enseguida les pregunté—: ¿Esos papeles tienen valor económico?
—No tienen ningún valor económico —afirmó con fastidio el Delegado.
—Puede ser que tengan otro tipo de valor, y en ese caso vayan pensando, si es que ya no lo saben, quién puede ser el interesado. Creo además que debería hablar con Luti.
Pero ellos no querían que el presidente conociera sus movimientos. Les advertí que en caso de que tomara la búsqueda ponía como condición hablar con el presidente cuando lo considerara necesario. De mala gana el Delegado no tuvo más remedio que aceptar, de mala gana yo también entraba en un lugar que no me convencía, de buena gana me llevaría el dinero que podía dar vuelta a una vida transitada y algo cansada. Sólo faltaba que les diera el gusto de cerrar el trato y que me hiciera cargo del asunto.
—¿Entonces?
Baco Rossi hizo una ínfima pausa después de la pregunta, dijo casi simultáneamente “¿Entonces, contamos con usted?”, pero a mí me bastó el instante de respiración entre el entonces y el contamos, para distinguir un halo agudo y penetrante de satisfacción que irradiaba Santone pese a la oscuridad que lo envolvía, porque estaba muy seguro lo que yo iba a responder.
3. El vacío de la profesora
Estaba dispuesto a ir rápido por mi propia conveniencia, necesitaba saber a qué atenerme, si mi nuevo trabajo lo solucionaba en apenas un día o por el contrario debía resolver los compromisos que tenía en ese momento porque el tiempo que me esperaba por delante se convertía en una incógnita. Para averiguarlo debía hurgar en los papeles de la profesora Tenuto, así que crucé el Riachuelo con la cupé bordó y me dirigí al barrio obrero de Piñeiro donde vivía su padre, de quien esperaba obtener la llave del departamento. Tenuto me aguardaba porque después de la última llamada telefónica que había recibido de Luti, Baco Rossi y Santone obligaron al Presidente a llamarlo nuevamente para avisarle que la Sociedad estaba dispuesta a colaborar en la búsqueda de su hija, y como buena hermandad se haría cargo de los gastos. No obstante el viejo comportó de una manera extraña, se mantuvo retraído, evidenciaba desconfianza y recelo, como si no quisiera hablar demasiado del tema y pretendiera que me fuera cuanto antes de su casa. Pero se trataba de la desaparición de la hija, ¿por qué iba a actuar de ese modo? Durante esos primeros minutos me pregunté si acaso sospechaba algo de Luti y de la relación que mantenía con Magdalena, aunque sería el propio Tenuto quien poco después se encargó de poner las cosas en orden, pues el único resquemor que lo atormentaba era contra sí mismo. Por empezar se las arregló para apartar de la conversación a su mujer, que era bastante más joven y, por supuesto, no se trataba de la madre de la profesora sino de una segunda esposa con la que se había casado hacía ya unos cuantos años. La señora apenas pasaba los sesenta: robusta, más bien alta, de alrededor de un metro setenta de estatura, rubia, los pechos enormes, firme en la postura, con la piel tensa y sonrosada, labios grandes y ojos celestes más grandes aún. Llevaba un delantal sobre una blusa de color crema y una ceñida pollera negra. Al saludarme me dio una mano húmeda y fresca después de secársela con un repasador. No daba la impresión de estar muy sensibilizada con el tema pero manejaba algunas cuestiones prácticas como la fecha exacta, el veintisiete de noviembre, en que Tenuto entró con su juego de llaves al departamento de la hija porque desde hacía una semana no daba señales de vida. Elsita, como la llamaba Tenuto, le estaba encima como a un chico, sin embargo no puso ningún reparo cuando el marido le dijo abiertamente que quería ir a su taller de trabajo para hablar a solas conmigo. Apenas subimos por el patio a la terraza, el hombre se derrumbó.
Me contó una oscura historia familiar vinculada a su primera mujer y a su hija. La madre de Magdalena Tenuto, también inmigrante italiana, llegó al país desde muy joven pero nunca logró adaptarse, sufrió el desarraigo hasta caer primero en pozos de melancolía y luego en una especie de síndrome depresivo irrecuperable del que resultaba imposible levantarla. Tenuto me aseguró que jamás había hablado con nadie acerca de lo que verdaderamente ocurrió después, que ésa era la primera vez que lo hacía. Explicó que la madre de la profesora estuvo internada en el Hospital de mujeres de Barracas hasta que murió. Él no había sido lo suficientemente fuerte para afrontar esa realidad, lo hizo como pudo, cometiendo enormes errores. Uno de ellos fue no haber llevado ni siquiera una vez a Magdalena a visitar a su madre, por más que se justificara en que era muy chica, pues la hija cursaba por entonces el segundo o tercer grado de la escuela primaria. Y el otro, el peor, fue cuando su mujer falleció casi dos años después de permanecer internada. Entonces, por el mal consejo de una vecina con la que tenía asuntos amorosos, le hizo creer a la chica que a los locos que morían en el manicomio se los enterraba en un sector especial de nichos altos en la Chacarita. La llevó hasta el lugar que había inspeccionado y elegido previamente, y le señaló una lápida entre otras tantas, de la cual resultaba imposible adivinar el nombre escrito en la placa por la altura en que se encontraba, y mucho menos dejar un ramo de flores. Los lirios que habían comprado en un puesto los dejaron sobre una tumba en tierra que estaba tan abandonada como la de la madre loca. A partir de ese momento Magdalena no volvió a hablar del tema ni pidió regresar al cementerio. Lo que Tenuto decía que en verdad había sucedido, y que nunca admitió frente a su hija, fue el hecho de que había abandonado a su esposa durante el tiempo en que permaneció internada, y que ni siquiera retiró el cuerpo cuando le hicieron saber que había muerto. Con patetismo revivía lo sucedido: lo llamaron, le hicieron firmar los papeles necesarios para permitir que estudiaran el cadáver, y sin saber en realidad qué estaba haciendo, autorizó que sepultaran lo que quedara de su cuerpo en una fosa común. Ahora, como si esa tumba anónima que jamás había visto se hubiera abierto, todo aquello había regresado al encontrarse con que su hija había desaparecido, y de pronto se halló pensando que muy probablemente Magdalena habría descubierto la verdad. Temía que se hubiera enterado por alguna de las mujeres de Piñeiro con las que él anduvo cuando ella era chica. Sospechaba entonces que Magdalena había ido hasta el manicomio para averiguar sobre su madre, y que ahí le dijeron que, de aquella vieja paciente muerta hacía décadas, lo que aún se podía encontrar era su cerebro flotando en un frasco con formol, arrumbado en los rincones de una vitrina tenebrosa. Haciendo un esfuerzo sobrehumano volvió después de décadas a la administración del Hospital de mujeres, donde le aseguraron que ninguna persona había ido en busca de datos sobre la paciente que él mencionaba. Había conseguido al menos un pequeño alivio pero seguía creyendo que Magdalena se había marchado por su culpa. Se preguntaba: “¿Lo ha hecho para vengarse de mí, para hacerme sufrir? ¿O tal vez se ha vuelto loca como la madre?”
De una historia plagada de remordimientos, y aunque estuviera construida principalmente por los fantasmas del padre de Magdalena Tenuto, el posible desequilibrio por parte de la profesora era un elemento para tener en cuenta. Enseguida apareció otro importante. Tenuto dijo que cuando entró al departamento estuvo mirando un poco las cosas, los papeles, viendo si encontraba alguna nota o una carta, por los temores que tenía de que alguien le hubiera contado lo que pasó con su madre, pero no había hallado nada.
—Imagínese: tener que estar en la casa de mi hija sin saber dónde se ha metido ni qué le puede haber pasado. Fue por eso que no le di importancia aunque me haya molestado. Después, cuando Luti me comentó lo del baile, uní las dos cosas y me figuré que debían estar relacionadas. ¿Me entiende?
Yo no sabía de qué me estaba hablando pero él creía que sí. Había metido a Luti en el medio y eso era importante. Lo animé a que continuara:
—Sí, por supuesto, lo del baile. Y en la casa de su hija, ¿qué es lo que vio?
—La foto. ¿No le comentó nada el señor Luti?
Respondí que no con la cabeza, con la mayor naturalidad posible para seguirle la corriente.
—¿Ve? Soy yo el que vinculó las cosas —Tenuto se detuvo un instante para señalar con el índice en dirección al piso del taller—: La tengo abajo. Me traje la foto de esa mujer, la de Perón, que encontré en la casa de Magdalena. La tenía en una de las bibliotecas. Mi hija es inteligente, por eso hizo bien en irse hace años de Piñeiro. Acá la gente es buena y trabajadora pero ahora son todos peronistas. Magdalena en cambio es una profesional, no puede tener la foto de ésa en su casa: hay algo raro, esta gente es peligrosa. ¿Y bailar con un peronista? El señor Luti la vio en el Salón de Sorellanza Italiana con ese tipo y me preguntó si yo lo conocía. ¡Mire si lo voy a conocer! Dijo que fue no mucho antes de que desapareciera. Yo pienso: si bailaba con un peronista y tenía una foto de la mujerzuela, puede que en esto esté metido el gobierno. No sé cómo, porque no tengo idea de en qué podía andar mi hija, pero algo de esto tiene que haber. Yo sé lo que le digo, busque por ahí.
Luti la había visto bailar con un peronista: en Sorellanza Italiana desconocían el dato que Tenuto acababa de darme, o me lo habían ocultado.
Antes de irme el viejo me entregó las llaves del departamento y una fotografía de la hija, que le pedí que fuera lo más actualizada posible. Según él se la había regalado hacía unos meses, después de uno de los tantos viajes que ella hacía por el interior de Buenos Aires.
*
Faltaban quince minutos para las dos de la mañana, hora silenciosa en que pasé un par de veces con la cupé por la puerta del departamento. En la calle no había un alma, de todos modos estacioné en la esquina del colegio Santa Felicitas, a una cuadra de distancia. No debía haber nada turbio por parte de la Sociedad, en todo caso actuaban de manera acorde a sus hábitos. Eran tradicionalistas y sectarios, por lo tanto para ellos lo peor que alguien podía hacer era meterse sus asuntos. ¿Qué contenían esos papeles para que estuvieran tan preocupados por rescatarlos? Cualquier cosa podían considerarla muy importante, aun cuando no significara nada fuera de la institución: actas de reuniones, declaraciones, nombres. ¿O era en verdad una cuestión de intereses económicos? No servía la posibilidad de consultar fuentes que tuvieran relación con ellos porque a corto o mediano plazo los pondrían en alerta, y eso daría por terminado el trabajo. Me encontraba en un terreno en el que debía avanzar tanteando, hasta descubrir alguna forma cierta en medio de la bruma.
Recorrí una cuadra hasta la gruta de Lurdes que estaba dentro del parque de la iglesia y quedaba exactamente frente al departamento de Magdalena Tenuto. Iba con una sensación de incertidumbre previa a lo que esperaba que fuera el primer bosquejo sobre quién podía ser esa mujer. No presentía si estaba cerca o lejos, si ella era una víctima o un victimario.
La mala iluminación de la madrugada opacaba las dos persianas del primer piso donde vivía la profesora. En el balcón no se veían flores ni plantas. El edificio tenía otro piso más, sin balcón, con dos ventanas. Con la mano derecha hacía tintinear suavemente las llaves, pero mi atención estaba puesta en esa casa a la que estaba por entrar y en la foto que guardaba en el bolsillo derecho del saco, detrás tenía escrito en lápiz: Coronel Roma, y debajo 1947. Magdalena estaba de pie, las manos unidas sosteniendo algo que no se veía con claridad, aparentaba ser una pequeña caja, un libro o un cuaderno. Sonreía contenta. Tenuto no supo decirme a qué había ido a ese lugar. Estaba al aire libre y podía ser tanto en una plaza como en una calle arbolada. Una cosa sí sugería claramente la imagen: que me costaba imaginar a esa mujer con un sujeto de la edad de Luti, el hombre mayor que yo había visto en uno de los bailes en el Salón Escenario. En cuanto a todo lo que me habían contado el Delegado y Santone sobre lo referido por Luti, me lo tomaba con pinzas. Probablemente habían transmitido fielmente su testimonio porque así me ofrecían todos los datos que contaban para llegar cuanto antes a los papeles, todo exactamente, o una parte, porque bien podían haber quitado o agregado elementos a la versión para acomodar el asunto a sus conveniencias. Instantes antes de entrar al departamento tenía la impresión de que estaba a punto de traspasar la puerta de un laberinto, pero me contaba entre los que creen firmemente que los laberintos fueron inventados para los hombres, no para las mujeres. Era muy triste aceptar que una cabeza tan bonita como la que reflejaba la foto, podía estar en ese mismo momento tratando de despertar de una pesadilla.
Crucé la calle desierta, abrí la puerta vidriada de Pinzón 1535, y me interné en el pasillo largo y angosto. En el primer piso había cinco departamentos en total, de los cuales el único que daba a la calle era el “F”, donde vivía Magdalena Tenuto. Seguramente los sonidos de entrada y salida de personas, como los que estaba haciendo en el palier al accionar la cerradura de la puerta, difícilmente pasaran por completo inadvertidos para algún oído nocturno y atento.
A la madrugada, el ausente está más presente, como si merodeara rondando de alguna manera cada cosa que le pertenece. De inmediato encendí las luces y eché una rápida ojeada a los tres ambientes para no chocarme con nada ni nadie. En lo que era una especie de comedor y estudio, la medianera que daba hacia la plaza Colombia, tenía un aparador con estantes abiertos, del tipo en los que la gente suele poner adornos, vajilla, recuerdos. La dueña de casa lo tenía ocupado con libros, acomodados de manera que pudiera entrar la mayor cantidad posible. Nada de lo que había resultaba notoriamente femenino, pero a la vez lo era, quizá por el orden, por una cierta disposición del espacio. Sobre la base del mueble había carpetas, anotadores, útiles escolares, un almanaque y tres biblioratos. En la punta lindante al balcón estaban la radio, el teléfono y un juego de llaves, que por la forma pertenecían a un automóvil. La pared de enfrente tenía una biblioteca repleta. Un signo de lo innecesario es la quietud, y ese suele ser el motivo por el cual todo lo inventado por el hombre, sin su presencia, pasa de inmediato al orden de la naturaleza, a ser devorado por el pozo del tiempo. Ver una casa que ha sido abandonada por su dueño es ver ese proceso, lo sabía y para entrar al departamento había elegido esa hora en que uno tiene las terminales nerviosas más sensibles. El espacio resultaba algo ajustado, con el centro ocupado por una mesa rectangular de madera, con dos carpetas de hilo similares a las que había visto en la casa del viejo Tenuto en Piñeiro. Un par de sillas en los laterales permitían una mejor circulación que si hubiese habido dos o tres más, como en cualquier otro comedor. Sobre la mesa había una serie de objetos de uso cotidiano que guardaban una disposición estética algo ambigua, incluso por un sifón casi vacío, como si fuera un centro de mesa, que le daba al conjunto el desequilibrio necesario.
Estuve después durante una hora y media más entre la cocina, la habitación, e incluso el baño, revisando nuevamente cada rincón hasta quedar completamente convencido de que no estaban en el departamento los documentos de Sorellanza Italiana ni ninguna carta de Luti escrita a Magdalena Tenuto.
Entonces fui hasta el teléfono y disqué.
Tres veces sonó el timbre y de pronto una voz empastada aulló diciendo: “¡Hola, quién habla!”
Las buenas noches y las disculpas no son efectivas con una mujer desconfiada y compulsivamente celosa. Le dije mi nombre y me apuré a preguntar ante el vacío entre aparato y aparato, sinónimo de insulto atragantado, si se encontraba su marido. Desconcertada, Rebeca permaneció muda, con un gruñido por respiración, mientras de fondo se podía escuchar la voz entrecortada de un hombre que no era otro que Santone, luchando por hacerse con el tubo. Cuando lo logró, dijo exactamente lo mismo que su mujer: “¡Hola, quién habla!” Para no ser menos también repetí mi nombre, con más serenidad incluso que antes. Tuvimos entonces un breve intercambio:
—¿Rubato? ¡Qué pasa!
—Nada que no hubiera podido esperar.
Santone se tomó un segundo para pensar, si hasta lo podía imaginar llevándose nervioso la mano derecha al fino bigote. De pronto soltó: “¿Estás borracho? ¿Sabés qué hora es?” Yo lo sabía perfectamente y se lo dije:
—Según mi reloj pasaron cinco minutos de las cuatro.
Santone tapó con la mano el tubo pero debió recibir un codazo de su mujer porque lo escuchaba decirle que sí, que era Elio Rubato quien había llamado, lo cual no representaba la mejor de las credenciales por el pasado en el que compartíamos las salidas a los bailes de tango. Rebeca mucho no podía chillar ya que conoció a Santone justamente en un viejo cabaret al que solíamos ir, en donde lo que menos había era ambiente familiar. Yo no tenía idea de cómo estaban las cosas entre ellos en la actualidad. Por lo visto la deriva de la vida matrimonial los seguía arrastrando. Como si quisiera mostrar su liderazgo, casi a los gritos Santone preguntó: “¡Se puede saber qué pasa! ¿Se puede saber dónde estás?” La repetición del ¿se puede saber? me sonó a que hacía teatro frente a su esposa. En el departamento de Magdalena Tenuto, le dije, y entonces sí se despertó el dirigente de Sorellanza Italiana:
—Esperá —ahora no tapó el tubo así que pude escuchar—: Rubato es abogado de la Sociedad, es un tema urgente que no puedo dejar de atender así que voy a hablar al comedor.
No cortes que ya te atiendo, me pidió. No corté y Rebeca tampoco. Pobre Santone.
—Rubato, ¿qué es lo que pasa para llamar a esta hora?
Aunque en la voz había la oquedad del que recién se despierta, el tono con que habló, en extremo impostado, se aproximó bastante al de un gerente que le habla a su empleado.
—Nada personal, cuestiones de trabajo, como podrás imaginar.
—¿Entonces diste con lo que había que dar?
—Negativo.
—¿En serio?
—Absolutamente.
Santone había sentido el golpe. ¿De verdad ellos creían que los documentos iban a estar a la vista como una corista sobre el escenario?
—Bueno... —empezó. En ese momento se escuchó un clic en la línea. Rebeca debió aceptar, por cómo venía la conversación, que lo mejor era seguir durmiendo porque no iba a escuchar otra cosa que no fueran disquisiciones sobre los raros negocios de su marido.
—En realidad, no —me gustó ser impiadoso y robarle ese breve momento de alivio que debió sentir Santone.
—¿En realidad, no? ¿Me estás jodiendo?
Le dije que al día siguiente quería ver a Luti, tal como se los había advertido si lo consideraba necesario, o de lo contrario no pensaba seguir con el trabajo, que arreglara con el Delegado durante la mañana para que al mediodía me confirmara el horario del encuentro en Sorellanza Italiana. Y Santone no tuvo más remedio que aceptar.
4. ¿Los juicios nunca absuelven?
En el hall de entrada de Sorellanza Italiana me indicaron que me esperaban en la Sala del Consejo. Subí y golpeé la puerta. Sin decir nada, ni siquiera esbozar una mueca de bienvenida, Santone abrió y me dio la mano. Adentro estaba Baco Rossi, que se sentó como yo en una de las incómodas butacas de madera. Santone se había apoyado sobre el escritorio. Aparentemente iba a representar el mismo papel que en la primera reunión, aunque ahora con mala cara, justificada por el llamado que lo despertó a la madrugada y que debió llevarle algún sobresalto familiar, sumados a lo que ya tenía. Esperaban ansiosos mi palabra así que fui directo al asunto:
—Los papeles no están, ni a la vista ni escondidos. Entonces me pregunto: si esos documentos pasaron por ahí, ¿quién se los llevó? ¿La propia Magdalena Tenuto u otra persona? ¿Luti, tal vez?
El Delegado acusó el golpe y se movió en la silla. Era notorio que esta vez no se había propuesto fingir absolutamente nada.
Santone se acercó y dijo con voz más penetrante de lo habitual:
—Sé claro. Qué averiguaste.
Como buen abogado, todo lo que se salía de la raya en términos profesionales me provocaba un gran placer. Y desde hacía un par de días Santone había pasado a ser sólo un cliente, así que su estúpida desubicación fue bienvenida. Ni siquiera le dediqué una mirada. Proseguí:
—Hoy estuve en la comisaría de Barracas. No vieron nada que les haya llamado la atención como para ponerse a investigar. Para ellos una vez cumplidos los trámites de rutina el problema pasa a ser de la familia, y con más razón si nadie mueve el asunto, que es justamente lo que ustedes quieren y por eso me contrataron. Por lo que pude ver en su casa diría que Magdalena Tenuto es femenina, pero no tan femenina como la mayoría de la mujeres en el arreglo: no tiene adornos, fotos, ni nada por el estilo. Sí le da importancia a la limpieza y a su aspecto, ya que su armario está lleno de ropa de primera calidad. Pero no dudo en pensar que todo su interés está puesto en otro lado; en los libros, en el estudio, en su trabajo. Diría que es una mujer conforme en su soledad: imaginen que debe pasar muchas horas leyendo y alguien que lee necesita estar solo. No se perciben signos de vida social en su casa ni di con datos de posibles amigos. No dudo de que para encontrar algún vínculo habrá que buscarlo por el lado de su trabajo. Si podemos conseguir algo más tiene que andar por ahí, ya que la familia no nos puede ayudar. La madre murió cuando era chica y el padre vive con una señora que lo atiende muy bien, por lo cual se preocupa poco por su hija. Esta mañana pude ver a los vecinos. Ninguno vio nada fuera de lo normal antes de la desaparición ni tampoco escuchó ruidos anoche mientras yo trabajaba. Tampoco nadie reconoce a un hombre que pudiera ser Luti. Sobre Magdalena Tenuto no agregaron nada en particular: una buena vecina, educada, que no se mete con nadie y cosas por el estilo.
—¿Cree que realmente desapareció? —preguntó el Delegado.
—No puedo creer nada por el momento. Ante todo resulta muy extraño considerar que una persona con las características de Magdalena Tenuto, por quedarse con unos documentos, haya dejado una casa en la que vive sola y un trabajo estable que le interesa. Lo que veo es una serie de contradicciones. La primera: cómo puede ser que no haya podido dar con una agenda ni tampoco con fotografías de ella. ¿Quién no tiene por lo menos una agenda vieja, y qué mujer no se saca fotos y las guarda? Agendas y fotos son importantes en estos casos para la búsqueda. Se puede considerar que la propia Magdalena Tenuto las quitó, o que alguien se tomó el trabajo de hacerlo; pensar así nos lleva a creer que la desaparición fue intencionada. Si tenemos en cuenta que en la casa todo se encuentra en su lugar, tal como lo deja quien sale para volver durante el transcurso del día, y que no hay signos de que falte ropa para un viaje, podríamos descartar que haya sido ella quien se fue con los papeles, y en cambio conjeturar con que algo le pudo haber pasado: desde un accidente hasta un secuestro, o una negociación que finalizó en malos términos, ya que pudo haberse hecho con los documentos para venderlos. Pero, ¿y si fue ella la que dejó armado el escenario para irse? En este caso no se marchó con el auto, lo cual es lógico porque deja más pistas que una persona sola. Lo revisé y me encontré que además de la tierra acumulada por estar parado desde hace más de un mes en el garaje, la rueda de auxilio está pinchada, hay restos de barro en las cubiertas y también en el baúl, lo mismo que en los guardabarros, una buena cantidad que no puede haber salido de los adoquines de Buenos Aires. Magdalena Tenuto ha ido a alguna parte del interior no hace mucho tiempo. El padre me dijo que viajaba seguido pero no sabía adónde iba. Ahora les pregunto a ustedes: ¿qué harían en mi lugar para seguir adelante?
Santone se pasó la mano por el bigote y buscó el atado de cigarrillos en el bolsillo del saco. Con la boca abierta Baco Rossi tomó aire como si fuera a dar una opinión pero permaneció en silencio.
—Yo soy el que cobra para hacer este trabajo, así que les comento lo que me dije a mí mismo: que el primer paso para seguir adelante es conocer cuál es el contenido de los papeles, de lo contrario no puedo continuar. Sabemos que las casualidades existen, pero que una mujer como Magdalena Tenuto haya tenido esos documentos internos de Sorellanza Italiana, que justo al día siguiente se hiciera humo, que pase más de un mes sin que aparezca, y que cuando vamos a ver su casa todo resulte tan confuso, no me convence que sea obra del azar. Entonces lo primero que necesito conocer es qué es lo que tuvo entre manos.
Con el cigarrillo encendido, Santone se había levantado para buscar el cenicero. Se movía nervioso alrededor del escritorio. Aproveché la pausa para prender el último que a mí me quedaba.
—A esta altura —opinó Baco Rossi— no creo que faltemos a ninguna regla si le hablamos al doctor Rubato sobre los documentos. Estamos en sus manos...
Como si dijera “¡Adelante!” o “¡Qué carajo me importa si este tipo siempre se sale con la suya!”, Santone consintió haciendo círculos con la brasa del cigarrillo.
—Hay muchos documentos como éste —comenzó a decir Baco Rossi—, diría que la mayoría o casi todos, de los cuales los Siete no conocen su contenido en particular porque se guardaron en el pasado y se cuidan como patrimonio por si en algún momento se los necesita, ya sea por pedido de los Siete o por una Sociedad hermana de Italia. Donde se preservan los documentos hay un fichero que remite al respectivo trabajo. Controlamos todas las fichas hasta que dimos con los papeles que faltan. La investigación es sobre Orazzio Lontano, originario de Génova, que desapareció aquí en la Argentina entrada la segunda mitad del siglo diecinueve. Figura también el nombre del miembro de la Sociedad responsable de la tarea, Fabrizio Marraso, y el año en que se archivó el documento, 1911. No hay copias, por lo cual no sabemos más sobre el contenido. Fabrizio Marraso fue desterrado por Mussolini en Procida, donde murió enfermo. No hay registro de los otros miembros que hayan estado al tanto, ya sea para colaborar o para aportar datos, dado que el responsable del trabajo es el único que los conecta y conoce todo, hasta que se realiza el archivo final, que es lo que falta. Entonces nadie más que el propio Marraso podría hablarnos sobre la investigación, por lo cual ahora comprenderá por qué estos archivos se guardan con tanto celo. Imagínese, ¿quién puede pensar que el presidente de la Sociedad los iba a robar y a entregar? Cuando nos encontramos con el hecho consumado, buscamos saber quién era Lontano, con la idea de que esto pudiera darnos alguna pista. Como Marraso provenía de la Universidad de Génova nos comunicamos con ellos y nos informaron que fue un científico especializado en enfermedades nerviosas y en estudios sobre tipologías psiquiátricas; trabajaba para la universidad y su prestigio llegaba a toda Europa; pidió licencia para viajar a Buenos Aires después de aceptar un ofrecimiento que le hizo el gobierno argentino, pero jamás regresó a Italia. Nunca se lo dio por muerto y su búsqueda se diluyó con el tiempo. Hasta el día de hoy la Universidad de Génova lo recuerda como uno de sus pioneros científicos. No sabemos más que eso. Nuestra conclusión fue que Luti había dicho la verdad, y que la mujer estaba detrás de ese documento en particular, pero, ¿con qué sentido? ¿Cómo podía conocer el trabajo hecho por Marraso? Ya ve, unos papeles guardados durante décadas, olvidados por todos, y que involucran a gente muerta desde hace tanto tiempo, de pronto cobran un valor inusitado. Nos ocupamos del tema junto con Santone, como representante de los Siete de Sorellanza Italiana, y yo, como el Delegado de Sociedades hermanas. Ambos pusimos en usted toda nuestra confianza, ¿se da cuenta ahora de la situación en que nos encontramos? Lo que no debe perder de vista en ningún momento, doctor Rubato, es que esta información no puede salir de aquí.
Yo sabía que de los dos, el único que había visto a Magdalena Tenuto junto a Luti era Santone. Le pedí que precisara la escena y describió a una mujer atractiva en contraste con un anciano dando saltitos como un enano a su lado porque era mucho más bajo. No pudo ver si habían bailado o si ella estuvo con otro hombre. En un sitio tan lleno de gente como el Salón en las noches de baile, se ve a las personas como fotografías instantáneas que se revelan y se pierden.
Llegué a la conclusión de que habíamos hablado lo suficiente y se los hice saber: quiero ver a Luti, les dije. Me miraron estupefactos.
—A propósito, ¿realmente creyeron todo el cuento que les hizo? Señores, su presidente miente. Jamás le puso una mano encima a la profesora Tenuto.
*
Caminamos sólo un par de metros hasta el Salón de la Presidencia, sin embargo tanto Baco Rossi como Santone estaban demacrados al abrir la puerta, como si hubieran tenido que recorrer un trayecto tortuoso, repleto de sospechas y sembrado de miedos. Habían apostado a no tener que dar ese paso y habían perdido. Mostrar a Luti significaba llenarse de vergüenza.
La Presidencia era una estancia contigua a la Sala del Consejo. Todo hacía que el ambiente más pequeño tuviera a la vez una atmósfera solemne y más jerárquica que la Sala del Consejo. Todo, menos Luti.
Estaba sentado, con los antebrazos apoyados sobre el escritorio, rígido, como si intentara permanecer derecho. Parecía la imperfección de un cuadro torcido.
Nos acercamos al escritorio y quedamos los tres de frente, a la izquierda Santone, a la derecha Baco Rossi, y yo en el centro. Luti no miró a ninguno. El Delegado me nombró, dijo que era el representante legal de la Sociedad y que quería hacerle unas preguntas porque estaba investigando lo sucedido. Los párpados del presidente se movieron. Acerqué una silla y me senté. Quedaron de pie a cada lado Santone y Baco Rossi, sorprendidos e inmóviles por el movimiento que hice.
—Señor presidente, estoy acá para ayudarlo. ¿Quiere usted decir algo?
Luti no respondió, los labios resecos se separaron imperceptiblemente.Entonces me puse de pie y coloqué mi silla y otra más, una a cada lado del presidente. Santone y el Delegado no se animaron a decir nada. Los invité a sentarse, de modo que quedaron los tres en una misma fila, con Luti en el centro. Volví a donde estaba antes, permanecí de pie y empecé a hablar. Lo hice dirigiéndome solamente al Delegado y a Santone. Enfocaba la vista alternativamente en ambos, pasando por Luti como si fuese un mueble o un muñeco inanimado. Lo que buscaba era llegar sólo a un punto en el que sí tendría que hacerle una pregunta, que la dejaba para cuando el despojo en que ya estaba convertido Luti fuera mucho mayor.
Empecé a reflexionar sobre la traición y sobre el carácter del traidor. ¿Tiene retorno la traición?, les preguntaba a Santone y al Delegado, y yo mismo respondía que no. ¿Y qué sería si no conociéramos la traición como un mal execrable, propio de los cobardes? Los Luti del mundo nos hacen pensar en el destino humano, ellos son una de nuestras grandes dudas, son piedras que brotan de la tierra o que caen desde el cielo, y a las que miramos asombrados preguntándonos qué hacer, cómo cargarlas, dónde ponerlas, y aun lo peor, cómo seguir adelante cuando ya impactaron en nuestra confianza y la hicieron trizas.
En el caso de Luti sabía muy bien que al sustraer los documentos de la Casa, de esta Casa, enfaticé, se jugaba su pasado y el resto de su futuro. Y ahora, ¿dónde está el presidente Luti? Me detuve con los brazos separados, las manos abiertas en dirección a Santone y al Delegado. Santone giró lentamente la cabeza en dirección a Luti. El presidente no está aquí, señor Santone, la Casa tiene un primer mandatario que no está con nosotros en este momento. Regresará, más tarde, si no él, por lo menos su sombra. Luti no puede hablar, Luti no existe. Y sin embargo sus Hermanos esperan. Un traidor es un cadáver insepulto en vida. Luti no está y aun así los tres podemos sentir cómo apesta, porque la podredumbre del alma es un olor hediondo que no admite vallas. Ni ustedes ni yo podemos quitarnos esta náusea de encima. Es el gran poder que tiene un traidor: se pega al alma de los hombres buenos para provocarnos primero indignación, después dolor, más tarde rencor, y cuando creemos que podemos respirar un poco de aire fresco, nos damos cuenta de que nosotros mismos estamos corrompidos. Un traidor nos causa una herida que supura siempre. Por eso, aunque el presidente Luti no esté en esta Sala, ustedes tienen la firme convicción de que se encuentra muy cerca, si hasta pueden sentir su hedor.
Cuando uno hace este tipo de discurso es porque se dirige hacia un propósito. Pero se corre el riesgo de dejarse llevar por cierto morbo. Un placer muy concreto que se siente igual que un enamoramiento repentino: se lo percibe en la voz, en los genitales, en las ideas que brotan y que crecen como el sufrimiento de la víctima que de a poco vamos destrozando con cada palabra. Nunca ha sido mi especialidad, pero esa tarde algo me llevó y lo cierto es que no opuse ninguna resistencia.
Les pedí que esperaran y que me hicieran el favor de convidarme un cigarrillo. Fumé las dos primeras pitadas y les pregunté: ¿No se han cuestionado qué necesidad tenía de hablar? Díganme si es incorrecto lo que digo: ¿se hubieran enterado de no haber sido por el propio Luti? Los documentos guardados rara vez son revisados y es extraordinario el caso en que se los requiere. El presidente mostró su error, ha querido corregirse. Sinceramente pienso que un hombre que nunca ha traicionado actúa así, con cierta ingenuidad, con secreta expectativa, como un chico que espera ser perdonado. No sabe que bañarse en el fuego es llevar llagas de por vida. ¿O tal vez piensan que el ingenuo soy yo? A veces me engaño a mí mismo, lo admito. Hoy por ejemplo llegué a esta reunión convencido de que tenía un atado entero de cigarrillos y ya ven que me encuentro pidiéndoles uno a cada rato. La ingenuidad acaba en el instante en que uno se da cuenta de la verdad. Y la verdad va muchas veces de la mano de la necesidad, como en este caso en que apenas estoy por terminar el cigarrillo, recuerdo que ya no tengo ninguno. ¿Pero cuál es la verdad en el caso del presidente Luti? ¿La ingenuidad de su confesión, o la necesidad de hacerla por temor a un mal mayor? El mal mayor es la desesperación por haber entregado los documentos y el temor a sufrir una extorsión, ya sea por parte de la mujer a quien se los dio o por otra persona desconocida. O también la posibilidad de que esos papeles aparezcan en algún sitio, por ejemplo en el mismo departamento de Magdalena Tenuto. Entonces jamás podría remontar su caída.
Hablemos ahora de Magdalena Tenuto. La profesora es lo que nosotros podríamos considerar una mujer fuera de lo común. Ustedes saben: independiente, no tiene hijos, viaja, le importa sobre todo su trabajo. Y encima sin ser joven es atractiva. Según se desprende de las palabras del presidente Luti, mantuvo con ella una relación apasionada. Pero no contamos con la versión de Magdalena Tenuto. ¿Qué diría ella al respecto? Dejemos de lado por un momento si aceptaría o desmentiría la existencia de la relación, lo que sí no podemos dejar de considerar es que tendría que defenderse, porque el presidente Luti basó el descargo de su acción, o sea de su traición, en que fue víctima de una estafa por parte de esta mujer. Una mujer que no puede defenderse. ¿Cómo se llama a un hombre que intenta escudar sus actos en una mujer? ¿Y si esa mujer no puede hacer ningún descargo, cómo se lo nombra? No tiene nombre. El presidente Luti ha pasado a ser Luti, en tanto Luti es sólo una identificación, por un lado vacía de los valores del presidente Luti que fue, y por otro llena de una podredumbre inefable.
—Finalmente, señores —indiqué con un movimiento de la mano derecha para que se levantaran—, les ruego que vengan de este lado: ahora sí podrán ver a Luti.
Santone y el Delegado, mudos, llevaron cada uno su silla a cuestas y se colocaron donde habían estado antes. Aparte de mis excesos, yo tenía un par de objetivos muy precisos que justificaban el espectáculo que había montado. El primero de ellos era probar si Santone y Baco Rossi me habían dicho toda la verdad con respecto a las declaraciones de Luti, y si en definitiva habían existido como tales. Después de denigrar al presidente de Sorellanza Italiana, ya no tenía dudas de que realmente lo consideraban un traidor.
—Dudo que Luti hable si no lo ha hecho hasta ahora —aseguré—. De todos modos los invito a que ustedes le hagan las preguntas que deseen para que después yo pueda finalizar este asunto.
Lo último que esperaban tanto Baco Rossi como Santone era el pedido que les terminaba de hacer. Estaban en estado de conmoción, como si acabaran de sufrir un accidente y hubieran salvado la vida por milagro.
—Para cerrar —dije, llenando el vacío que dejaron el Delegado y Santone—, sin asumir la defensa de Magdalena Tenuto, dado que no me corresponde, es necesario aclarar algunas cuestiones. Después de todo, amparar a una mujer que no conozco pero que empiezo a imaginar no deja de ser una tarea atractiva. Las pocas cosas que sabemos de la señorita Tenuto ya se han dicho. Agreguemos algo más, como por ejemplo que en su casa no hay bebidas alcohólicas. Tampoco hay copas de ningún tipo. ¿Podría haberse tomado alguien el trabajo de retirarlas? Es muy probable que no. Y si fuera así, ¿para qué? Sólo tendría objeto en el caso de que se quisiera perjudicar a Luti, lo cual nos haría considerar que esa persona conoce su testimonio, ya que él asegura haber tomado demasiado en el departamento. Esto es realmente lo que no me parece posible, que alguien más esté al tanto de la declaración que Luti les hizo a ustedes, dado que para él no tendría el más mínimo beneficio sino todo lo contrario. Luti mintió en que mantuvo un lazo amoroso con la señorita Tenuto, mintió en que ella lo emborrachó para quedarse esa noche con los documentos bajo la promesa de devolvérselos al día siguiente. La verdad es que Luti más bien aspiró a mantener esa relación con Magdalena Tenuto, soñó con que semejante mujer se tomara el trabajo de embriagarlo. Después, cuando la realidad se impuso, transformó sus sueños en pesadilla para justificar la triste conducta de anciano reblandecido, de hombre sin pasado de hombre, lleno de quimeras inservibles. Y tampoco hay rastros de los documentos ni de Magdalena Tenuto. Seguramente la profesora tenía interés en esos papeles. Alguno de los dos los nombró primero, pero quién, ¿Luti o ella? No lo duden: ella. En forma vaga, como documentos en general, con la secreta sospecha de la existencia de papeles ocultos y con la esperanza de llegar hasta ellos. Piensen: ¿hay algo más apetecible para un historiador? No sabemos por qué los buscaba ni si quería localizar los que se llevó, o si simplemente dio con ellos y le resultaron llamativos. Quizá lo sabremos pero no por Luti, que no tiene la más mínima idea. Su aventura terminó muy pronto aunque el tendal que dejó va a durar bastante tiempo. Los justos, cuando se pierden, suelen recurrir a su pasado para tratar de salvarse. No es el caso de Luti. Sacó lo peor de él que estuvo escondido durante toda una vida. Les habló, confesó su bajeza sabiendo que le iban a creer porque había sido siempre uno de la Sociedad. Al sentirse acorralado utilizó su imagen de presidente para salvarse a toda costa aunque eso significara hundir a la profesora Tenuto. De lo contrario, señor Santone, debería haber pensado que semejante mujer no podía estar con este sujeto, salvo que fuese una profesional en busca de dinero, una insana mental, o mediando como en este caso la cuestión de los documentos, una especie de Mata Hari.
Luti había llegado al punto máximo de color ceniciento en una persona que todavía respira. No me miraba mientras le hablaba, ni a ninguno de los otros dos, pero hacía un esfuerzo enorme por mantener los párpados levantados. Consideré que había llegado el momento apropiado: Luti, le dije, ahora tiene que responder un par de preguntas. ¿Quién es ese peronista con el que bailaba Magdalena Tenuto? El hombre se sacudió de espanto. Santone y el Delegado también reaccionaron de inmediato al escuchar la palabra “peronista”. Usted se lo dijo al padre de la señorita Tenuto cuando lo buscó para averiguar qué pasaba con ella, con lo cual lo dejó bastante nervioso porque los peronistas son personas que inquietan. ¿Y bien? Esperé. Si no habla, lo conminé, su familia puede enterarse de la fantasía amorosa que nos contó. Luti separó despacio los labios empastados. Serví agua de una jarra que había sobre el escritorio. ¡Hable!, le ordené, plantándole enfrente el vaso. Luti tomó un poco y se atragantó. Tosió durante unos segundos, se secó los ojos llenos de lágrimas y de pronto se desató en un llanto inconsolable. Baco Rossi y Santone estaban espantados. No se conmuevan, señores. Y usted, Luti, empiece a hablar, no se lo repito más. Entonces abrió como pudo la boca: No conozco a ese hombre. Sonreí: ¿No lo conoce? Él gritó que no y yo le fui muy sincero: Mire, me tiene harto. Déjese de hipear como una criatura y asuma la realidad. ¿Quién es ese hombre? ¡No lo conozco!, volvió a decir. ¿Y de dónde sacó que era peronista, por qué le dijo al padre de Magdalena Tenuto que debía tener cuidado con esa relación? Le voy a decir lo que creo: ese hombre existe y usted intentó averiguar qué sabía el señor Tenuto para conseguir más datos. Luti imploró jurando que no lo conocía. Le advertí: Está muy equivocado si cree que esto que está viviendo es el fin. Lo puedo pasear por un sin número de infiernos que ni se imagina. Dudó: Lo vi con ella..., y le pregunté por el hombre pero no quiso decirme nada. Estaban en el Salón, en uno de los palcos.
—Luti: usted no mantenía ningún vínculo estrecho con Magdalena Tenuto, salvo en su imaginación, como para poder preguntarle quién era un hombre que hablaba con ella. Si lo hizo, debió ser un forzado comentario de su parte.
—Eso fue. Y me dijo que era un español.
—¿Un español peronista? ¡Esto sí que no lo tenía previsto!
—No era peronista, eso lo inventé yo.
—¿Lo inventó?
—Sí, para asustar un poco al viejo y ver si me ocultaba algo.
Al parecer, la conversación que espió a la distancia daba la impresión de no ser casual, de esas que se dan en los salones, sino que tuvo la impresión de que Magdalena Tenuto y el español ya se conocían. El presidente estaba más deshecho al revivir aquella escena. Son recuerdos tremendos para cualquier hombre enamorado, ironicé, y más para un sujeto de su edad. Después lo obligué a que describiera al individuo: Alto como usted, balbuceó, pero más robusto. Muy erguido y serio. Pelo negro, peinado para atrás sin gomina. Nariz recta, grande, mandíbula fuerte. Usaba lentes y traje gris.
Al fin me dirigí a Santone y Baco Rossi:
—Creo que es suficiente —dejé pasar unos instantes. Los tres esperaban: Santone y el Delegado todavía perplejos; Luti en una especie de agonía inconsciente—. En cuanto a usted, Luti –agregué—, siga como hasta ahora haciendo de cuenta que todavía es el presidente de Sorellanza Italiana y abriendo la boca sólo para respirar. Digo, manténgase vivo por si en algún momento lo necesito. Seguramente sobrevivirá, porque con lo que ha venido soportando debe tener buena salud, si no ya hubiera reventado.
Sabía que Baco Rossi estaba pensando que yo era un sádico, que Luti ni siquiera se lo podía plantear, embotado como se encontraba por el sufrimiento, y que Santone me miraba como se descubre a una persona cercana en un mal sueño, de esos que no terminan sino que parece que aumentan, aumentan, y aumentan.
5. Casa de altos estudios, aromas, cruces, rastros
Bartés se llamaba el decano. Su despacho se encontraba en Facultad de Filosofía y Letras de la calle Viamonte. La secretaria que me atendió con una amabilidad distante era la señorita Iglesias. Se la veía tensa, quizás a gusto con las tareas que realizaba pero no así con el ambiente en que se encontraba. Se debatía entre la fortuna y la desgracia de ser atractiva, llevaba un inmenso crucifijo que oscilaba de modo grotesco entre sus senos, con el cual debía creer que podía conjurar la atracción que provocaba su cuerpo envuelto en una blusa ceñida y en una pollera tubo muy ajustada. Por el semblante con el que entraba y salía del despacho del decano, imaginé que la relación con su superior debía ser tan tirante como las prendas que vestía.
La mujer me hizo pasar después de treinta minutos de una paciente espera. Apenas vi al decano comprendí que era un perfecto prototipo de cierta altivez femenina, propia de las clases altas, combinada con la peor pedantería militar, que se expresa como síntesis en la personalidad de los obispos: la falsa bondad, la sutileza de mando inflexible, la prodigiosa capacidad para atravesar el infierno, la tierra y el cielo sin demostrar el más mínimo cambio de estado. Y la mirada helada de la inclemencia. Lo demás, no era como el modelo obeso de los monseñores que descansan las manos unidas sobre el vientre, por el contrario, se hacía notorio su esfuerzo por ubicarse en los imperios de la seducción: traje impecable, delgado, el pelo negro y brillante pegado a la cabeza, los dedos finos y largos. Llevaba un anillo con una cruz dorada en el anular derecho. Como suele pasar en estos casos, la fenomenal confianza en sí mismo debió impulsarlo a un permanente acoso a su asistente.
Sobre el escritorio estaba la tarjeta que yo le había entregado a la señorita Iglesias. Bartés la había dejado en perfecta escuadra entre otros papeles y documentos. Tomó un bolígrafo y señaló con la punta mi apellido impreso. Ejecutó ese movimiento con una exactitud acorde a la ocasión, para no despedir más de lo necesario la colonia que llevaba impregnada en todo el cuerpo.
Nuestro diálogo no fue muy amable al principio, el hombre no parecía demasiado interesado en concederme unos minutos para hablar sobre la profesora Tenuto. Quiso despacharme rápidamente porque creyó que me encargaba sólo de las cuestiones legales a partir de la desaparición. Me dejó en claro que debía contactarme con su secretaria por los trámites del depósito de haberes y cuestiones de ese tipo. No demostró ningún interés personal ni humano por la señorita Tenuto, pese a la gran cruz expuesta a sus espaldas. Como yo no me levantaba para irme, pretendió hacerlo él pero lo detuve diciéndole que quería hacerle varias preguntas, a la vez que sacaba un cigarrillo. Bartés no fumaba, eso era evidente, y mi pretensión de hacerlo lo desconcertó. Tras un par de requerimientos que no supo responder, me interrumpió preguntándome:
—¿Pero acaso usted va a buscarla?
—Sí.
—Creí que se encargaba de lo burocrático y nada más. Es costoso buscar a una persona perdida. Gente acomodada los Tenuto, ¿verdad?
—No. El señor Tenuto es un trabajador.
—La madre, entonces.
—Murió cuando la hija era chica. El señor Tenuto se volvió a casar, con una señora también humilde.
—Alguien de la familia solventará los gastos...
—No tiene familia más que su padre.
—¿Y usted trabaja gratis?
—Yo trabajo.
—Nadie trabaja gratis, mucho menos un abogado.
Bartés terminó de emitir su sentencia a la vez que tomó impulso para despedirme, exasperado porque yo acababa de encender el cigarrillo. Pero no le di tiempo. Sin moverme de mi lugar, apenas estirando el brazo para dejarla frente a sus narices, puse la foto de Perón firmada por el Presidente. Se detuvo en la imagen durante unos segundos sin disimulo. Luego sacó de un cajón del escritorio un cenicero, justo para que yo dejara caer la ceniza. Entonces juntó las manos y se transformó. Sin duda, poseía todas las condiciones de un obispo maravilloso: con la mayor amabilidad me dijo que contara con su apoyo. Me explicó que no llevaba mucho tiempo en el decanato pero que tenía unos cuantos años de docente en la casa, por lo cual conocía bastante al personal. Se disculpó por no poder profundizar en el caso de la profesora Tenuto porque ella pertenecía al Departamento de Historia, mientras que él siempre había trabajado para el de Letras. Me aclaró que de todos modos la ubicaba, que sabía que era una excelente profesional, dedicada, de carácter fuerte, meticulosa en sus tareas. La conocía por haber cruzado alguna palabra en los pasillos. Confirmaba lo que me había dicho Santone acerca de que se trataba de una mujer atractiva, y, para el decano, interesante. Afirmaba que no tenía enemigos entre sus colegas porque de lo contrario se hubiera enterado, y que hasta donde tenía entendido no pertenecía a ninguno de los dos grupos que se disputaban el poder dentro de la carrera de historia. No podía afirmar si se trataba de una opositora al gobierno, como era el caso de la mayoría de los docentes, más bien la consideraba prescindente en política. La actitud cómplice de Bartés llegó al máximo cuando se levantó del escritorio para volver con una lista de docentes. Empezó a leerla y a hablarme de cada uno de ellos. Daba toda la impresión de que se sentía a gusto al mencionar alguna característica profesional o particular que le pudiera parecer sospechosa. La delación debía ser un juego mental muy practicado por el decano. Hablaba sin parar recorriendo con el índice la extensa lista como si tuviéramos todo el tiempo del mundo, hasta que lo frené para preguntarle:
—¿Hay algún extranjero en la facultad?
—¿Extranjero?
—Un español, más precisamente.
—Sí —afirmó sin ocultar su sorpresa—, un español. Pero ya no está en la facultad: renunció hace más o menos un mes.
Me acomodé en la silla que de pronto me pareció muy grande.
—Cómo se llama la persona que busca.
—No sé su nombre.
—¿Tiene que ver con la profesora Tenuto?
—Tengo información de que la vieron con un español, alto, robusto.
—Amado Pons —especificó—: alto, robusto. Un hombre muy distinguido. Nunca imaginé que pudiera tener relación con la profesora, mucho menos perteneciendo a distintos Departamentos.
El español resultó ser un lingüista muy destacado que había trabajado en la cátedra de latín durante un año. El decano aseguraba que era una eminencia en lo suyo. Había llegado de una universidad de la península con un currículum deslumbrante. Quise saber si había establecido relación con alguien de la facultad a quien pudiera consultar pero Bartés fue bastante directo al indicarme sin reparo que al español no lo quería nadie: se hablaba de él con respeto profesional pero sobresalía por una arrogancia que lo alejaba de cualquier mortal más o menos corriente. Antes de irme, mi anfitrión pretendió husmear de dónde había sacado yo que ellos se conocían. Me limité a sonreír para que al instante dejara de curiosear. Salimos del despacho y se dirigió a la señorita Iglesias, desbordante de femineidad y de un asco inocultable hacia su jefe, por cierto indiferente al desprecio, para pedirle que me entregara los documentos que yo le pidiera: números de teléfono de compañeros de Magdalena Tenuto para que los pudiera llamar, como así también el legajo de Amado Pons.
Al salir a la calle Viamonte, casi no me importó llevarme impregnado el desagradable perfume del decano, mi atención estaba puesta en el español, que había llegado un año atrás y se había marchado hacía un mes, justo el tiempo que llevaba desaparecida Magdalena Tenuto.
6. Una mujer llega sin que la llamen
Una mujer esperaba el ascensor cuando entré al edificio donde estaba mi oficina. Debía pasar los treinta, treinta y cinco a lo sumo, y tenía la suerte de que la favorecía la moda de las polleras ajustadas. No así el sombrerito con flores echado hacia atrás que le tapaba gran parte de la nuca, le aplastaba el pelo castaño que salía por los costados en bucles rebeldes y caía sobre la blusa blanca con volados de tul en el cuello. Sostenía con la punta de los dedos una pequeña cartera, casi un monedero, que balanceaba con impaciencia delante de sus piernas. Giró la cabeza a la derecha para mirarme por un segundo mientras yo avanzaba y volvió a fijar la vista en la puerta de hierro del ascensor. Eran las nueve y media de la mañana, afuera el sol brillaba y anunciaba un día de calor intenso, pero en el palier había más sombras que luz y el aire enrarecido se mantenía fresco. Pasé por detrás de ella, no me detuve porque mezclada con su perfume percibí la incomodidad que sienten ciertas mujeres cuando se imaginan encerradas con un desconocido. Empecé a subir por la escalera y de inmediato volví a pensar en el doctor Amaro. Aún no había hablado con él sobre el caso Magdalena Tenuto, dudaba hacerlo porque involucraba a Santone. Amaro no lo conocía demasiado pero le caía bien, sólo por compartir un trago en los bailes, y unas cuantas horas de amistad durante una noche en el Sótano de Quilmes, antes de que Santone se casara. El Sótano quedaba frente al río, yo los había llevado para que escucharan a las mujeres que cantaban. Era un lugar hecho de madera y chapa, como tantos de esa zona, rodeado de sauces y aislado. En verano se ponían mesas afuera, en un piso de cemento alisado que se usaba también como pista de baile. Lo llamaban el Sótano porque el mundo parecía estar muy lejos, tenía otro nombre que casi nadie conocía. Había que bajar hasta el río por un camino de tierra poceado que en distintos trechos se angostaba por la espesura de árboles silvestres, cañas y maleza que crecía alrededor. Desde el Sótano se veía el río, adivinado en la profundidad de las noches cerradas, brillante cuando subía la luna, y de vez en cuando difusamente coloreado por la luz remota de un barco en el vacío del horizonte. Santone y el viejo Amaro habían bailado al rato de llegar, después tomaron de más porque ahí cantaban las mujeres. En cambio, a quien nadie le prestaba atención porque siempre se mantenía distante, como desentendido de todo lo que lo rodeaba, oculto detrás de los gruesos vidrios de sus lentes, con un rostro que era una síntesis de perpetuo asombro y tristeza constante, era a Olivesi, que velaba por las muchachas. A cierta hora los hombres se quedaban en las mesas, manoseando los vasos de ginebra, de vino o de cerveza: entonces las mujeres bailaban entre ellas. Quien las haya visto sabe que naufragaban abrazadas. Después Santone habló al ritmo del alcohol y el doctor se sonreía para sí, como si hubiera sobre la mesa una baraja y estuviera por armar un juego del que poseyera el secreto de la suerte, más que la suerte misma. Le brillaban los ojos a Santone aquella noche en el Sótano, mientras escuchaba las opiniones aisladas del doctor Amaro, que le hablaba reprendiéndolo amigablemente. Después fui como siempre muchas veces solo al Sótano. Y aunque Amaro me lo pidió en dos oportunidades, con distintos pretextos jamás volví a llevarlo, mientras que con Santone no tenía por qué justificarme porque ya estaba alejado de todo a partir de su nueva vida con Rebeca. Yo sabía que alguna de las excusas que le ponía al doctor Amaro eran valederas y otras no tanto, pero por lo visto el egoísmo del solitario se hacía fuerte en mí. Por eso me entusiasmé pero también me desorienté cuando me llamó a la oficina, al día siguiente de esa especie de juicio sumario en el que me desquité con Luti. Me alegré porque estaba esperando comunicarme con él ya que había decidido evitar lo sucedido con Santone y remitirme a comentarle los detalles del caso de la mujer desaparecida junto con los papeles de la Sociedad. Para mí su opinión era muy importante, me doblaba en experiencia y pese a la podredumbre del ambiente se había mantenido en pie a lo largo de los años, era el único abogado en el que tenía plena confianza, y estaba seguro de que a mí me juzgaba mucho más honesto que capaz, que justamente por eso me apreciaba. Quedé desorientado cuando Amaro me comentó que llegaba fin de año y que sería bueno que yo no pasara esa fecha solo. Tomé aire para agradecer y ensayar una disculpa a cualquier invitación: me imaginé levantando una copa a las doce del 31 junto al entrañable doctor Amaro y a Irene, su hija, y de inmediato espanté la imagen de la cabeza. Irene era también la secretaria del doctor, rondaba mi edad, siempre la recordaba entrando al despacho con una bandejita de madera sostenida por ambas manos, visiblemente turbada, haciendo equilibrio, el pelo castaño al compás de sus nervios, la blusa beige, falda gris, pantorrillas firmes y unos zapatos en punta de taco mediano; pedía permiso débilmente, sin quitar los ojos de las tazas de café que se balanceaban en la bandeja. Amaro la trataba bien, con mucho afecto. Se preocupaba porque pasaban los años y no conseguía marido. Me daba la sensación de que ella trabajaba más para pagar una deuda con el padre que para cobrar un sueldo. Aún a riesgo de que Amaro se ofendiera, estaba dispuesto a rechazar la invitación de recibir el año nuevo en su casa. Sin embargo el doctor se adelantó y propuso algo inesperado, lo dijo con un tono más bajo del acostumbrado: por qué no me lleva a ese lugar al que fuimos una vez con su amigo Santone y pasamos el fin de año ahí. Ese lugar era el Sótano de Quilmes. Amaro debió advertir mi desconcierto. De nuevo se adelantó y habló primero, pero esta vez para hacerme el favor de decirme que me llamaría al día siguiente para hablar del asunto. Fíjese si le entusiasma la idea, comentó y se despidió. El día había llegado y en pocos minutos sonaría el teléfono. Resolví, era mi mejor justificación, que lo más conveniente para el doctor Amaro era no volver al Sótano, por lo tanto iba a decirle que el 31 estaba cerrado. Lo decidí al pisar el palier del cuarto piso, al tiempo que a la altura de mi oficina reconocí a la mujer que había visto en la planta baja esperando el ascensor. Ella hizo exactamente el mismo movimiento que cuando entré al edificio, pero en vez de quedarse quieta mirando hacia delante, llevó por un segundo la vista a la escalera, que estaba a mi lado, y al ascensor que se encontraba detrás. Entonces salió de inmediato hacia el fondo del pasillo. Percibí nuevamente su inquietud, pero ahora la sentí más intensa. Caminé en dirección a la mujer que seguía alejándose por el corredor oscuro, cuando a unos pocos metros de mi oficina escuché que adentro sonaba el teléfono. Saqué las llaves y miré la hora: las 9.30 de la mañana. Sin duda era el doctor Amaro, que llamaba tal como lo había anunciado. Abrí y di unos pasos largos para atender. Hola, dije, y lo repetí un par de veces porque nadie contestó. Me volví y vi a la mujer que miraba el número 455 pintado con letras negras sobre el vidrio traslúcido de la puerta que había dejado abierta al entrar. Ella preguntó a media voz:
—¿Doctor Rubato?
—Sí.
—¡Ah! —dijo, o más bien suspiró—. ¿Puedo hablar con usted?
—Por supuesto, pase. Parece que llegamos juntos.
—Sí, estuve golpeando la puerta y como lo vi de golpe en el pasillo...
—Se asustó.
—No sabía que era usted.
—Yo también me hubiera asustado. Este edificio es más oscuro de lo debido. Tome asiento mientras abro un poco la ventana así no hay tanto olor a encierro, no es mucho pero al menos lo intentamos —abrí la única que había—. Sólo cuento con agua para ofrecerle, señorita...
—Profesora María Zenobia Yepes. Disculpe que no me presenté. Trabajo en la facultad de la calle Viamonte. Supe que usted representa a la familia de la profesora Magdalena Tenuto.
Serví un vaso de agua para cada uno y acomodé un poco los papeles que habían quedado desordenados del día anterior. No tenía necesidad de mirar la lista que me había dado el decano, recordaba muy bien todos los nombres y el de ella no estaba allí. La mujer mantuvo la vista en el vaso, se movía incómoda en la silla y manoseaba el monedero.
—Represento a la familia, sí –comenté.
—Yo quería saber si había alguna novedad, si la están buscando. Bueno, no sé con exactitud qué es lo que pasó con la profesora Tenuto.
Detecté el estrabismo cuando nos miramos de frente por primera vez. El ojo izquierdo se corría levemente de la línea con que el derecho mantenía la mirada y por momentos éste también se desviaba. Eran de color canela.
—¿Vino a que yo le informara sobre la situación de la señorita Tenuto?
Ella afirmó varias veces con la cabeza, sus labios apretados formaban una línea rosa.
—¿Y cómo se enteró de que represento a la familia?
—Trabajo en la facultad...
—Sí, ya me lo comentó. ¿El decano le dio mi nombre y la dirección?
—No.
—¿No?
—No fue el decano. La señorita Iglesias, la secretaria me lo dijo.
—Ajá —recordé los minutos que estuve esperando—. Me da la impresión de que el señor Bartés no está al tanto de lo que le contó a usted su secretaria, ¿verdad?
—Me temo que no —la mujer no disimuló la aprensión—: ¿hice mal en venir?
—Al contrario. Imagino que usted también es docente.
—Soy profesora adjunta.
—De historia.
—No, de literatura argentina.
Sus respuestas eran tajantes, la actitud a la defensiva.
—¿Es amiga de la señorita Tenuto?
—No.
—¿Alguna cuestión profesional que las vinculara?
Los ojos de la profesora Yepes se unieron en una recta para quedar fijos en los míos. Insistí con cierto descaro:
—¿Ni siquiera han tomado el té juntas?
La línea perfecta duró un par de segundos o menos incluso, luego la mujer bajó la frente y jugó con el monedero. Una rara combinación de fragilidad física con temperamento y firmeza interior. Respondió:
—Le repito que no.
—Lo que yo le puedo contar sobre la señorita Tenuto es que desapareció hace aproximadamente un mes, de un día para el otro, sin ningún motivo aparente. Parece que la profesora no tenía ninguna relación cercana, de amistad. Por un momento tuve la esperanza de que usted fuera amiga suya. Por eso insistí con la pregunta.
—Lo lamento.
—No se haga problema, estoy acostumbrado a este tipo de decepciones. Dígame, con lo poco que usted dice que la conoce, ¿sabe si se llevaba mal con alguien de la facultad?
—No tengo idea.
—O, ¿tuvo usted alguna vez la sensación de que la señorita Tenuto quisiera dejar el trabajo, irse?
—Difícilmente pudiera tenerla...
—Lógico, no la conoce lo suficiente —convine—. Hay poca gente como usted que se molesta por alguien a quien no lo une un vínculo cercano, sólo por ser compañero de trabajo. Observé los párpados bajos, sombreados de un gris suave, como toda respuesta. Sólo podía verla de la cintura para arriba, no obstante noté, por un breve balanceo de derecha a izquierda y el gesto inquieto de dejar la carterita sobre la falda, que ajustaba con las manos la pollera debajo de las piernas.
—¿Tiene miedo? ¿Cree que le puede pasar algo a usted?
—No.
Fue un no que aparentemente no dejaba lugar a dudas, como su estrabismo, que se acentuó; un estrabismo que le daba al conjunto de las líneas del rostro una circularidad y movimiento que atraía de manera extraña.
—Quise saber, nada más. ¿Está mal que alguien se preocupe por otro ser humano?
—No está mal. Sin ir más lejos yo me preocupo por el mismo ser humano que usted y tampoco la conozco...
La profesora no respondió a mi sonrisa.
—Debo irme. Perdón por hacerle perder tiempo.
—Perdone si no puedo darle más detalles. Cuando me pasa este tipo de cosas me digo que debería tener más imaginación, muchas veces sirve para encontrar un camino. Por cierto, usted que trabaja con la literatura me podría ayudar a encontrar uno.
La profesora Yepes se irguió y puso la carterita sobre el escritorio. El sombrero se le corrió un poco hacia atrás.
—Dedicarse a la literatura no es imaginar cosas.
Consideré que lo que no me gustaba de la mujer era ese sombrerito, quizá por el color más que por la forma, o porque me distraía del conmovedor estrabismo.
—Si bastara con la imaginación yo más que ser abogado debería dedicarme a escribir.
—Recién dijo que no tenía imaginación.
—No, dije que debería tener más. Entonces ya que vino hasta aquí, ¿no le molestaría que le haga algunas preguntas sobre la facultad? Todo sirve para ayudarnos a encontrar a la profesora Tenuto.
—Desde ya, cómo no voy a colaborar.
—Bien, fíjese en esta lista de gente, me la dio el decano —la puse enfrente de ella—. Son compañeros de la señorita Tenuto. ¿Los conoce?
La mujer miró el papel sin tocarlo.
—Son de historia. Los conozco de vista.
—¿Nada particular sobre alguno de ellos?
—No.
—Ayer me pasé gran parte del día llamando a esas personas. Ninguno mantenía con la señorita Tenuto una relación más allá de lo laboral; nadie me supo decir si tenía amigas, amigos, un afecto. Extraño, ¿no?
—Es común que suceda: en la facultad las relaciones son profesionales.
—Lo mismo me dijo el decano. ¿Nadie tiene amistades allí?
—Casi nadie.
Yo hacía un enorme esfuerzo por resultar amable, pero el modo de contestar de la profesora Yepes le imprimía al diálogo una incómoda forma de interrogatorio. No había manera de evitarlo.
—¿Y la señorita Iglesias, por la cual está ahora conmigo?
—Bueno, sí, con ella tenemos un buen trato. Digamos que somos como amigas. Pero ella no es profesora.
—Comprendo. ¿Y enemigos? Dicen que es un ambiente muy competitivo.
—Competitivo, pero no hablaría de enemigos.
—¿Envidias?
—Envidias, sí.
Qué hacía realmente esta mujer en mi oficina, me preguntaba, con esa cara de fastidio, respondiendo de mala gana cuando ella era la que había ido a preguntar. Tomé agua y sonreí con afabilidad mecánica:
—¿Cuándo se enteró de la desaparición de la señorita Tenuto?
—A los pocos días —respondió.
—Más o menos, cuánto tiempo atrás.
—Un mes, calculo. ¿Fue hace un mes, no, que desapareció?
—Aproximadamente. Pero en ese momento nadie sabía que había desaparecido, ni siquiera su padre que la empezó a buscar unos días después.
—Tiene razón, diciembre es un mes que pasa volando: los exámenes, el año que se va... Habrá sido hace unas dos semanas más o menos.
El decano me había dicho que hacía un mes había renunciado el español contratado por la facultad.
—Qué me puede decir de Amado Pons —dije de pronto.
La mujer se acomodó en la silla.
—¿Lo conoce –insistí—, sabe algo de él?
—Pons, sí, lo conozco. Trabajó en la facultad este año.
—¿Trabajó?
—Renunció –puntualizó la profesora Yepes—, eso me dijeron. ¿Tiene algo que ver con lo que le pasó a Magdalena Tenuto?
—¿Usted cree que pudo haber tenido algo que ver?
—Lo digo porque lo nombró.
—¿Qué me puede decir de ese español?
—Por qué me lo pregunta.
—Bartés me explicó que estaba en Letras, igual que usted.
—Lo único que le puedo decir es que es un catedrático en lingüística, ésa es su especialidad.
—Ajá.
—¿Sabe lo que es un lingüista?
—Puedo imaginarlo, pero mejor si usted lo pone un poco en limpio.
La profesora me lo explicó brevemente y enseguida se detuvo como si se hubiera descubierto a sí misma mal vestida o medio desnuda.
—Disculpe, parece que estuviera dando clase.
—Se ve que le entretiene el tema.
—No me dedico a la lingüística, es demasiado para mí.
—¿Sí?
—Hay que tener la mente fría como la de un científico.
—¿No es así en su especialidad?
—No tanto para estudiar literatura argentina del siglo XIX.
—Pons debe tener la mente fría.
—Maneja una cantidad increíble de idiomas...
—Y este académico, qué tipo de documentos estudia.
—Puede que estudie alguno, pero yo no lo sé. Aquí en la facultad dictó latín.
—Ajá.
La mujer murmuró una disculpa poniéndose de pie.
—Me parece que no le estoy siendo muy útil.
—Si tengo información sobre la señorita Tenuto se la hago saber, lo mismo le pido si se entera de algo, por mínimo que sea, que nos pueda ayudar. ¿Le parece bien?
—Sí —se acomodó el sombrero y los bucles sobre los hombros.
—¿Quiere dejarme su teléfono así la puedo llamar?
—Claro –anotó el número en un papel que le acerqué.
Salimos juntos y la acompañé hasta el ascensor. Detrás de las rejas, mientras bajaba, guardaba restos de la aprensión con que me había mirado cuando entré al edificio, pero ahora creía descubrir también un matiz nuevo en ese reparo, ya no de temor por su desprotección sino todo lo contrario, de animal al acecho, porque algo estaba buscando, algo que a mí se me escapaba.
7. Brindando con la oscuridad y a lo lejos hoteles abandonados
Podía estar equivocado pero valía la pena correr el riesgo. La única forma de saberlo era quedándome ahí, soportando el aire viciado del departamento y aguantando unas enormes ganas de fumar. En el silencio del ambiente escuchaba los movimientos inusuales que había esa noche en el edificio: voces fuertes, chicos que corrían por el palier, música que salía de alguna radio; y desde afuera los petardos espaciados, el ruido de un coche que cada tanto pasaba veloz por la calle Pinzón. Unos minutos antes había revisado rápidamente los ambientes para constatar que nada se había movido de su lugar y que las marcas que había puesto a modo de trampa no habían sufrido la más mínima modificación. Lo que sí estaba por cambiar en apenas sesenta minutos era el año, y en esos últimos días de diciembre una idea difusa me había rondado la cabeza, hasta que acepté que no era más que un presentimiento, algo que debía descartar de plano o decidirme a darle una oportunidad. Un presagio de fin de año. Formaba parte de las cosas absurdas que pasan durante esas fechas, en las que a la gente le da por ponerse a hacer recuentos como si fueran contadores: para algunos el saldo es la alegría y para otros el desánimo o la nostalgia. En cambio a mí me dio por sospechar que Magdalena Tenuto podía aparecer por el departamento de Pinzón 1535. Desde las diez y media de la noche permanecía sentado esperando que sucediera algo. Adivinaba la persiana baja en la oscuridad del ambiente. Me había ubicado en la silla en que siempre se sentaba Magdalena Tenuto, con un poco de agua en un vaso. Los papeles que ella había dejado sobre la mesa permanecían en el mismo lugar. Pasaron más de cuarenta minutos sin ningún otro movimiento que las vibraciones y los ruidos del edificio y de la calle. Pese a la monotonía de las sombras, estaba atento a la puerta del departamento, a que apareciera el aviso de una llave entrando en la cerradura, mientras repasaba lo sucedido después de estar con el decano Bartés. Su secretaria me había entregado el listado con los nombres de los docentes de historia y también el legajo de Amado Pons. La señorita Iglesias había regresado al escritorio y continuaba golpeando la máquina de escribir, plenamente consciente de la sensualidad que emanaba en silencio, mientras yo miraba el legajo. Ahí estaba el español:
Universidad de Buenos Aires
Filosofía y Letras
Contaduría
Sección Personal
Antecedentes de:
Apellido: Pons
Nombre: Amado
Legajo nº: 18/081
En el interior, la carpeta se dividía en “Datos Personales”, “Documentos”, “Estudios Cursados”, y “Otros Datos”. De “Documentos” anoté el número de pasaporte español; de “Datos Personales” la fecha de nacimiento y el lugar. Me llamó la atención el estado civil: “Casado”. Estaba la fecha del enlace y el nombre de la esposa de Pons. No tomé nota de “Estudios Cursados”, pero observé con cierto estupor el ítem “Idiomas” por la gran cantidad que había. Las restantes páginas eran asientos contables con los detalles del cargo, haberes, toma de posesión, resolución y cesación. En “Domicilios” figuraba Salta 135, Capital Federal. No encontré nada más que me interesara así que regresé a la página de “Datos Personales”. En el margen superior izquierdo había un recuadro donde estaba pegada la foto carnet del docente. Apenas me detuve en ella. La despegué, la guardé en el bolsillo derecho del saco, cerré la carpeta y la dejé sobre el escritorio de la señorita Iglesias.
—Gracias —sonreí.
La secretaria sacó las manos de las teclas, tomó el legajo y lo abrió. Sus movimientos fueron automáticos, casi por hacer algo mientras yo estaba de pie junto a ella. Me pareció que ni siquiera había visto que faltaba la foto de Pons. O, tampoco podía asegurarlo, que hacía como que no se había dado cuenta. La carpeta quedó en una pila de papeles que esperaban ser archivados.
—Si sabe algo sobre la señorita Tenuto puede llamarme a este número.
Puse mi tarjeta sobre el carro de la máquina de escribir, ella sacudió la cabeza —el crucifijo enorme se sacudió un poco.
—No sé nada —soltó lacónica— si me entero de algo le aviso.
Salta 135: la dirección que había declarado Amado Pons como su domicilio era un bar. Me quedé mirando el lugar desde la angosta vereda de enfrente, con el sombrero echado hacia atrás y los coches pasando delante en dirección a la Avenida de Mayo. Faltaba poco para el mediodía, era la última semana del año y hacía calor. El bar estaba en el centro de dos casas de alto, con balcones en el primero y segundo piso. Las entradas eran Salta 133 al norte, y 137 al sur. Averigüé en ambas pero eran casas de familia y no recibían pensionistas de ningún tipo, ni habían tenido visitas de familiares españoles durante los últimos años. En el bar el gallego del mostrador era un asturiano y el mozo un gallego auténtico. Los dos miraron la foto de Pons durante un rato. Antes de dar una respuesta definitiva el mozo atendió a una pareja que lo llamaba desde una mesa y el del mostrador preparó un copetín y un vermut. Después de una mirada interrogante entre ellos el veredicto cortante y final fue “No”. Aproveché para comer algo a media cuadra de ahí, en el Globo. Dejé una propina generosa y mostré la foto. La misma negativa obtuve en toda la zona, hasta del boletero del Teatro Avenida al que se me ocurrió entrar por puro capricho. En cambio, algo me llevó al Castelar. Mario Luti me había hablado del hombre que había visto con Magdalena Tenuto como robusto, alto, elegante, erguido. El presidente de Sorellanza Italiana no soportaba decir “distinguido”, porque eso era denigrarse él mismo aún más de lo que ya estaba, pero era la idea que me había dado del español. Gracias a eso fui al Castelar. Tuve que insistir ante el conserje hasta que terminé hablando con el gerente. Me costó convencerlo pero después del conmovedor relato sobre la búsqueda de una persona desaparecida, ante el cual el gerente ni pestañeó, sacar la billetera, abrirla y mostrar por un segundo una fotografía del presidente hizo que mágicamente se abrieran los libros de registro. El empleado jerárquico revisó todo el año, de atrás para delante, hasta que constató que un pasajero de nombre Amado Pons se había hospedado durante la última semana de febrero. Del resto, nada. Esos días que había pasado en el Castelar costaban más de un tercio del salario como profesor extraordinario de latín que figuraba en los asientos contables de la facultad. O debió resultarle muy caro el hotel, o se había ido por otro motivo. Había mentido en el domicilio, pero debió elegir esa dirección porque sabía que era una zona de la colectividad española. Recorrí los hoteles de la Avenida de Mayo preguntando y mostrando la foto, desde el Roma, frente a la estación Sáenz Peña, hasta los últimos en la cuadra de Perú. No probé suerte con el resto que había en los alrededores, sabía que ya era suficiente. Volví a la calle Victoria donde había dejado la cupé bordó y fui directamente al edificio de migraciones en el puerto. Pedí hablar con la señora Laké, responsable de la Dirección de Certificación de Documentos. No está, respondió de inmediato un hombre joven detrás del mostrador. Eran cerca de las 15, las oficinas de atención al público ya estaban cerradas, los movimientos de los empleados se habían reducido hasta volverse un poco más lentos y eso parecía ampliar los metros a recorrer de un pasillo a otro, como si la distancia entre los escritorios de los distintos departamentos fuera más lejana, y los papeles, biblioratos y documentos para archivar se hubieran vuelto más pesados.
—El horario de atención es hasta las catorce, ¿cómo lo dejaron pasar?
—Dígale que es de parte de Elio Rubato.
—Ah..., ¿ella lo conoce?
No respondí.
—Comprendo –murmuró el empleado, como si adivinara las causas profundas de mi silencio.
Un año y medio atrás había vivido la misma escena. En esa ocasión yo había sido más amable, sólo que después de quince minutos de idas y vueltas me prometí no cometer nuevamente el mismo error.
—La señora Laké se encuentra en la Delegación de Control. No sé decirle cuánto puede tardar. Está en una reunión —el tipo arrugaba los labios hacia abajo y movía la cabeza con zarandeos cortos—, vaya a saber para cuánto tiene. Quizá no lo pueda atender.
Ese debía ser su deseo inmediato, pensé. El empleado señaló una de las sillas que había en el pasillo:
—Siéntese, si quiere. Yo le aviso cuando llegue.
—Gracias, la espero en el parque.
—Umm —los labios fruncidos con una sonrisa irónica se arquearon cómplices—, se ve que conoce el lugar.
La Delegación de Control quedaba en el edificio de la derecha mirando hacia el río, lindante a la dársena donde las personas que arribaban al país hacían los primeros trámites de migraciones y los que estaban por partir aguardaban para embarcarse. El portón de rejas que permitía el acceso estaba cerrado. La espera sin duda se iba a prolongar. Encendí un cigarrillo y me paré de frente al parque. Lo mejor era irse cuanto antes de allí, toda la mañana había sido inútil y no iba a perder lo que restaba de ese día. Pero me quedé, primero fumando y después mirando sin darme cuenta el enorme Hotel de los Inmigrantes a unos setenta metros, de espaldas al río, cerrado y en desuso desde hacía ya muchos años. Alguien se interpuso de pronto entre la imagen del parque y el Hotel, y descubrí a Marta Laké, muda, mirándome vagamente. La había conocido por otro caso de búsqueda de persona. Un abogado me la había recomendado: funcionaria intachable y eficiente, me aseguró; andá de parte mía, me había dicho, y había agregado con el índice levantado a la altura de los labios: una mujer sensible..., no digo bella, no, sí muy sensible. Tenía algo de belleza pero la disimulaba muy bien, igual que su sensibilidad. Era eficiente y directa, aunque con menos afecto al mundo que la rodeaba que el que puede tener un mueble. No usaba anillo de casada, no tenía fotos de ningún familiar ni tampoco la más mínima marca personal que humanizara su despacho, ejemplo de frialdad y despojo. Mientras le hablaban abusaba de la costumbre de entornar los párpados como si entrara en un sueño, que ni siquiera era estar con la cabeza en otra parte dado que no se perdía ni una palabra de lo que le decían, lo hacía sólo porque le satisfacía el saberse inmersa en una relación de desinterés con el mundo.
—Señora Laké —murmuré. Hice una pausa por costumbre más que por esperar una contestación al saludo—. Su empleado me dijo que estaba en una reunión en la dársena —un nuevo intervalo sin respuesta. Al punto, me dije, esta mujer no tiene otro sentido en la vida—. La vine a ver porque necesito pedirle un favor. Usted me ayudó hace más de un año cuando yo estaba buscando una persona, ahora la molesto por otra búsqueda.
—¡Ah, otro pedido! —dijo Marta Laké sin sorpresa, sin interés, incluso sin hartazgo; fue en cambio la afirmación vacía de un muerto debajo de la tierra que se dice a sí mismo: “¡Ah, llueve!”. Y de inmediato empezó a caminar, indiferente y muda como si tuviera dos metros de tierra encima.
En su despacho Marta Laké anotó el nombre de Amado Pons en un papel.
—Me acordé de usted apenas González me dijo que me estaba esperando —comentó mientras escribía despacio, con una cuidada caligrafía—. Me acuerdo porque llegó a través de Soto. Me acuerdo más de Soto que de usted. ¿Es su amigo?
—Nos conocemos de Tribunales.
—O sea, nada más que colegas.
—Nada más.
—Mejor —afirmó sin énfasis la mujer—. La vida es una profesión. ¿No le parece?
No supe qué decir.
—No entiende —dijo la funcionaria—, no tiene importancia. Ahora va a tener que esperar media hora más o menos. Cuando me traigan los informes le digo lo que aparece. Haga lo que quiera mientras tanto, quédese acá o vaya al parque a mirar el Hotel como estaba haciendo. Yo tengo que trabajar.
Y así lo hizo. Se levantó con el papel en la mano, desapareció y volvió al minuto para firmar planillas y revisar carpetas. A partir de ese momento actuó como si estuviera sola: escribía, leía, firmaba, revisaba, murmuraba palabras y cada tanto se echaba hacia atrás y se apoyaba en la silla. Dejaba escapar un silbido corto y agudo, como de alivio al dolor de espalda. Me pregunté si me habría vuelto invisible cuando la mujer abrió uno de los cajones del escritorio, sacó un sándwich y lo empezó a comer con la boca abierta mientras seguía trabajando. Fue el momento en que me arrepentí sinceramente de no haber salido a tiempo para esperar en el parque.
—Ahí —indicó Marta Laké.
El hombre joven que me atendió había entrado y dejó la carpeta sobre una pila de papeles a la derecha de la funcionaria.
Marta Laké no se apuró en lo más mínimo. Entre mordisco y mordisco se puso a mirar la carpeta. Cuando terminó, dijo:
—Acá lo tiene. Amado Pons. Español. Ingresó al país el 22 de enero de este año a bordo del W. West. ¿Qué más quiere saber?
—¿Se embarcó en España?
Laké bajó la vista sobre los papeles apoyados en el escritorio. Con la mano derecha luchaba con un hilo de salamín que le había quedado enredado entre los dientes, se tomó un instante de tregua y respondió:
—No, en Génova. Declara ser español, catedrático, católico, casado, y que viene a trabajar a la Universidad de Buenos Aires. Es todo. No tengo más información para darle, ya sabe que nuestras fichas no contienen otros datos. Salvo que necesite el número de pasaporte.
—No, gracias. Lo último: ¿salió del país?
—Se lo hubiera dicho —respondió dando a entender una obviedad, y agregó—: al menos por acá no salió. Cuando necesite otra cosa venga a verme.
Y al instante Marta Laké se metió en la boca el último pedazo de sándwich que le quedaba. Esa fue la despedida.
Con los nuevos datos en la cabeza, caminé por el parque interno de migraciones. Entre los jacarandás había una mitad de silencio por la extensión del río hacia el este y otra mitad de murmullo sordo que llegaba de los movimientos de la ciudad al oeste. Hasta el momento sólo por Mario Luti había conseguido vincular a Amado Pons con Magdalena Tenuto. Resultaba interesante la imagen de ese hombre, de quien Bartés decía que era arrogante. La foto carnet completaba la descripción que me había dado el presidente de Sorellanza Italiana. Por lo demás, el rostro se diluía en los huecos que se producían en su renuncia al cargo en la facultad, coincidente con la desaparición de Magdalena Tenuto, en la dirección inexistente de la calle Salta, en el humo en que se había convertido el lingüista. En cambio, muy sólido estaba el monumental Hotel enfrente, patético en su soledad. Marta Laké me aseguró que me había visto mirándolo, cuando en realidad me había tomado unos instantes para poner la mente en blanco y no pensar en nada. No había fijado la más mínima atención en el edificio. Ahora sí me detenía en los ventanales cerrados de esos tres pisos abandonados al deterioro del tiempo. El tiempo, que parecía haberse tragado a Magdalena Tenuto. La imaginé incorpórea por ausente, entrando y saliendo de los corredores vacíos, de los salones en los que sólo había tierra en los rincones y polvo suspendido en el aire.
8. Festejos, navajas y luces amarillas
En Barracas, el aullido largo y penetrante de las sirenas para saludar al año que se iniciaba seguía más allá del estruendo de las explosiones y los silbidos de las cañitas voladoras, se prolongaba como una onda que se aleja, rebota y vuelve. Sentía una mezcla de resquemor por no haber obtenido nada de mi sospecha y cierta conformidad por no haber resignado el capricho que me mantuvo esperando en vano durante el encierro a oscuras, mientras todos festejaban, porque tuve la ocurrencia de que Magdalena Tenuto podía aparecer durante la última noche del año, como si fuera a resguardarse o estuviera escondiéndose. Había sido nada más que un pálpito pero igual lo seguí.
Salí quince minutos después de las doce. Había cinco o seis chicos jugando en el angosto y oscuro pasillo del primer piso. Corrían unos metros, se movían veloces, se juntaban y se dispersaban como la frecuencia de una alarma ondulante para desaparecer de golpe en uno de los dos departamentos que tenían sus puertas abiertas. En uno de los movimientos de los chicos, una nena de alrededor de seis o siete años quedó sola, como si una cámara hubiera disparado el obturador y ella misma quedara paralizada antes de entrar a la casa. Llevaba un vestido entablado con moño en la espalda a la altura de la cintura, zapatos de charol negro, medias rosas con puntillas, el pelo atado con una cinta blanca que hacía juego con la ropa. En el instante en que fue una fotografía, mantuvo los ojos negros y grandes bien abiertos, las piernas separadas, suspendidas en el movimiento sobre el piso, los brazos doblados a la altura del pecho con la mano derecha un poco más arriba que la izquierda y ambas con los dedos separados. Yo había terminado de sacar la llave de la cerradura. Probablemente para la nena también fui por un momento una fotografía. Nos miramos, inmóviles, como si ninguno de los dos quisiera salir mal en la instantánea, hasta que la chica rompió el hechizo del foco y desapareció tras el vano de la puerta. No pasaron más que unos segundos para que apareciera, por donde había entrado la nena, un hombre corpulento de edad madura, con el nudo de la corbata un poco deshecho y las mejillas enrojecidas. A resguardo de sus pantalones se escondía la chica con gesto curioso. Yo había caminado sólo un par de pasos, por lo que me faltaban todavía unos metros para llegar a la escalera. Se escuchaban cada vez más fuertes las voces de adentro y la música de la radio. El grandulón debía ver en mí a un intruso o a un marciano que irrumpía en medio de las fiestas. No pude aprovechar la confusión cuando el grupo de chicos salió de nuevo porque enseguida el hombre les gritó que se metieran adentro. Los que sí aparecieron fueron otros dos hombres, en condiciones similares al primero: corbatas flojas, las mangas arremangadas de las camisas un tanto caídas, mejillas coloradas, mirada aturdida por la hora, la comida, y sobre todo por la bebida. Una mujer gritó, la escuché a lo lejos. Vi una botella de sidra vacía que alguien sostenía en un balanceo amenazante y me olvidé de Magdalena Tenuto. Calculé la distancia que me separaba de la escalera, sospeché una rápida explicación que sería más prontamente confusa que veraz para la carga de desconfianza con que me estaban mirando, imaginé un descenso demasiado rápido, peligroso, atropellado, y con suerte airoso, después del cual vendría la salida por la puerta, si la puerta de calle no me dejaba con la llave trabada y tironeando como ya me había pasado un par veces, momento en el cual para los otros mi actitud sería entonces el mejor ejemplo de “A confesión de partes, relevo de pruebas”, y si no se trababa la llave y llegaba rápidamente a la calle Pinzón, comenzaría la corrida final hasta la cupé. Era cuestión de elegir entre tamaña peripecia o enfrentar con vanas reflexiones a tres borrachos que me amenazaban. Opté por el juicio, no en vano era abogado. Lo primero que dije fue “Magdalena Tenuto”, de manera rápida, corta y clara para que se entendiera, ya llegarían después las explicaciones. Pero no debieron comprender porque siguieron acercándose, más nerviosos, las frentes perladas y el aliento fétido de un alcohol revuelto en el estómago que subía como lava reverberante de erupciones, cólera, y agria violencia porque las sirenas y las explosiones que seguían atronando Buenos Aires, de pronto se convirtieron para ellos en un estimulante tronar de batalla. Pero llegó un nuevo grito que no fue de guerra, sino de una mujer que decía: ¡Es el abogado! ¿No ves que es el abogado de la vecina?, ¡Animal! El animal al que le gritaba la esposa era uno de los dos últimos hombres que había salido, el que llevaba la botella de sidra vacía. El marido—animal levantó la cabeza con la mirada confusa y la nariz aleteante como un perro al que le dan una patada para alejarlo de la mesa. La mujer dijo en una sucesión ininterrumpida de unos pocos segundos: “Disculpe. ¡Felicidades! ¿Qué lo trae por acá? ¿Tiene alguna novedad? ¿Se sabe algo? ¿No quiere pasar a brindar?” Sonreí aliviado, respondí gracias, me disculpé con un “me esperan”, y de paso pregunté, como para que no quedaran dudas de que era el abogado al que se refería la señora, si en los últimos días no habían escuchado ningún movimiento raro en el departamento de la señorita Tenuto. Esto preocupó a la vecina y también a su esposo que aparentemente salió de la nube etílica que lo rodeaba porque frunció los labios para preguntar:
—¿Movimientos raros? ¿A qué se refiere? ¿Acaso alguien más que usted y el padre de la profesora tienen la llave de su casa?
—Suponemos que no —respondí con un nosotros siempre efectivo a la hora de generar expectativas de todo tipo—. Pero como la señorita Tenuto salió con sus llaves y no regresó, si alguien las tuviera y quisiera entrar...
Había instalado la inquietud. La mujer se llevó las manos a las mejillas y la boca se le abrió como si estuviera viendo al extraño.
—¡Cómo no cambiaron la cerradura de la puerta de calle...! —balbuceó.
—Querida —la interrumpió el marido, aparentemente lúcido y protector—, ¿no te das cuenta de que lo que buscan es que si alguien entra al departamento deje pruebas para después poder atraparlo? ¿No es así?
—Así es —consentí con complicidad—: se ve que el señor entiende de estas cosas.
—Bueno, un poco...
—No hay ningún riesgo —seguí—, aquí no hubo robo ni violencia.
—Es cierto, ¡pero qué hubo entonces, qué hubo! —casi gritó la mujer.
—No lo sabemos.
—¿Para qué cree que quieren volver? —insistió.
—Señora, es nada más que una posibilidad, como bien dijo su esposo.
En el pasillo habíamos quedado los tres solos. Los otros dos que estaban con el dueño de casa a punto de atacarme se habían metido en el departamento junto con los chicos. El ambiente había cambiado mientras hablábamos. Se seguía escuchando la música de la radio, pero el ruido de las voces superpuestas se había apagado. En la calle los estampidos se hacían espaciados y ya no se escuchaban los ecos de las sirenas. Estábamos a sólo un metro de la puerta del departamento de la pareja. La nena asomó la cabeza y me miró con sus ojos enormes.
—Metete adentro, Evangelina.
—Cualquier cosa que sepan, llámenme. No quiero interrumpir más la fiesta familiar.
—¡Pase a tomar una copa! ¡O a comer algo!
—Gracias de nuevo, señora. Me esperan y ya estoy llegando tarde.
—Claro.
—Les dejé mi tarjeta cuando hablamos por primera vez, ¿correcto?
—Sí, nos dejó —consintieron ambos. La mujer seguía preocupada. De pronto soltó—: ¿Por qué no habla con el cura?
—Susana —el marido le tocó el brazo para hacerla callar—, la profesora jamás fue a misa.
—No —lo detuve—, igual es un buen aporte el de la señora.
—¡Viste! No soy tan estúpida.
Una afirmación que aproveché porque los dos dudaron un instante de su veracidad (la estupidez podía ser tanto personal como de pareja): les di la mano a cada uno y desaparecí del pasillo lo más rápido que pude. No hice ni tres escalones cuando escuché la voz de la chica que decía con énfasis, y seguramente señalándome mientras bajaba:
—¡Estaba encerrado ahí solo mientras todos brindábamos!
Inteligente la nena, pensé. Sabía desde tan chiquita sembrar dudas e intrigas, tal como lo hacía yo, ya de muy grande.
*
Ninguna duda tuve en cambio cuando ya en la cupé bordó miré la hora y me vino a la cabeza el doctor Amaro en el Salón del Plata. Pese a que no le había asegurado que iría, me sentía comprometido por su inusual insistencia, esa especie de antojo por recibir el año nuevo en un baile. Me había dicho que no quería quedarse solo en la casa con su hija. Me lo había comentado así, directamente: “La verdad es que quisiera ir al lugar ese del río en Quilmes que me hizo conocer aquella noche, pero como usted dice que va a estar cerrado, venga conmigo al Salón del Plata, yo voy a ir seguro. Irene se va a quedar en casa con unas vecinas. Usted no se haga rogar, si total está solo. Una que otra serpentina no nos va a hacer mal, ¿no le parece?” Serpentinas, copas, orquesta, parejas bailando, ojos brillantes, aire enrarecido de calor, humo y alcohol. Así estaba el Salón del Plata cuando terminé de cruzar la ciudad desde el sur hacia San Nicolás. Y no podía dar con el doctor Amaro. El lugar estaba atestado de gente pero con un poco de esfuerzo se podía pasar por repentinos corredores que se formaban entre la movediza pista de baile y las mesas ubicadas a los costados y en el fondo del salón. Pasé unos cuántos minutos perdido en medio de ese raro laberinto de muchedumbre más o menos borracha. Para peor, la orquesta era de jazz y no estaba anunciada la actuación de ninguna típica. Sólo me distraían algunas mujeres que con una mano enlazada sobre el hombro de su compañero de baile alzaban lentamente uno de sus ojos delineados para seguirme con la mirada. A esa altura sospechaba que Amaro se había ido, o por más que estuviera en el salón jamás lo iba a encontrar. Me equivoqué en las dos posibilidades porque fue el doctor el que dio con conmigo. Primero creí que me chocaban, después me pareció escuchar que me llamaban por sobre el sonido de la música y los ruidos del ambiente, finalmente sentí que alguien me tomaba del brazo. Cuando me di vuelta lo tenía enfrente, a solo veinte centímetros, con la sonrisa enorme y vieja, pero olvidada de sí misma. Me preocupó de inmediato porque nunca lo había visto tan feliz. Sus pupilas flameaban, había un viento enorme en su ojos y probablemente él creyera que esa fuerza era verdadera y no sólo un recuerdo. Lo acompañaba una mujer. Era joven, se veía que no estaba trabajando, que era una señorita con roce social a la que le gustaba divertirse. Fue en ese instante en el cual hubo una acción simultánea de los tres —la mujer, el doctor y yo—, y también de un tercer hombre que llegué a divisar: Amaro me dice unas palabras sin soltarle el talle a la señorita; ella echa la cabeza hacia atrás y expresa algo que no se termina de escuchar por la música, sólo se distingue “Gracias”, yo lo entiendo porque la veo de frente, y Amaro no lo oye o hace que no escucha; el hombre muy joven del que el doctor no había tomado nota se ríe; Amaro termina de hablarme; la mujer sigue riéndose; Amaro la mira y sonríe a garganta plena disponiéndose a bailar; la mujer dice “No”, lanza una carcajada en la cara de del viejo y suelta su mano derecha de la de él; Amaro tiene la mano izquierda todavía alzada, se fija en ella durante un segundo, la ve vacía y no alcanza a entender; el hombre y la mujer ahora ríen juntos como si formaran un dúo de canto; Amaro comprende; yo soy testigo de todo y creo que el viejo se va a desmayar porque ha pasado de un rosado intenso en sus mejillas chupadas, en las que se había concentrado la poca sangre que le quedaba en el cuerpo, a un blanco ceniciento primero y a un amarillo funesto después; las risas continúan orgullosas de la burla; y para colmo de males, el hombre toma del bolsillo del saco un silbato de cartón enrollado en la punta, sopla, suena y a la vez el cartón se desenvuelve estirándose: va a dar a un límite milimétrico con la nariz de Amaro; la mujer festeja. Todo era una gran broma de fin de año, o de año nuevo, o de ambos juntos: ¿cómo semejante mujer iba a estar con ese anciano? Me dispuse a tomar del brazo al doctor Amaro y sacarlo de ahí antes de que se desvaneciera y fuera pisoteado por la muchedumbre indiferente. Amaro miró mi mano que lo sostuvo y buscó llevárselo. De inmediato la apartó. Ambos actos los hizo con precisión mientras la mujer y el hombre seguían riéndose. Apenas vislumbré el carácter del cambio. Lo comprendí cuando vi el silbato estampado contra la cara del hombre que lo había hecho sonar. Inmediatamente Amaro le dio un fuerte empujón al tipo con la mano izquierda, llevó la derecha a la cintura, sacó una navaja y el filo se abrió brillante y sediento. Los ojos del viejo ya no soñaban, eran áridos, estériles y cortantes como la navaja. La orquesta seguía tocando canciones del estilo de Beso su boca, las parejas bailaban, y salvo por un raro movimiento que se hizo en el espacio que ocupábamos, aparentemente nadie más supo lo que estaba sucediendo. Ayudó también que el incidente fue rápido como un choque: Amaro no esperó una reacción del otro, llevó el brazo hacia atrás y tiró la navaja a la altura del estómago enemigo. La mujer gritó. El hombre con cara de espanto se echó hacia atrás, los brazos abiertos por no saber de qué otra forma defenderse. Detrás de él había una muchedumbre que le hizo de pared, lo frenó, y prácticamente lo llevó a rebotar para caer de lleno con sus tripas sobre la hoja ávida de inundar con sangre caliente todo el odio y la frustración que llevaba la mano del viejo. Así hubiera pasado de no ser porque pude impedirlo. Lo hice de la única forma que me fue posible dada la velocidad de lo sucedido y la ubicación en que me encontraba: deslicé con fuerza el brazo derecho por debajo del mentón de Amaro, empujé el torso hacia atrás, y con el puño izquierdo bajé de un golpe el antebrazo delgado, nudoso y seco del viejo. La navaja rebotó en el mosaico del salón, Amaro perdió el equilibrio y cayó de espaldas. No alcancé a detener su caída y quedó boca arriba. Perdió en ese derrumbe todas las fantasías que le vi en la mirada, también todo el resentimiento destructor que se congestionó en su rostro ante la burla. Lo que le quedó estampado fue una mueca extraviada común a tantos borrachos tirados en el suelo. Un incidente fugaz del que se enteraron unos pocos de todos los que estaban a esa hora en el Salón del Plata. Algunas mujeres le dieron a la escena cierto tono de fatalidad cuando gritaron al ver que el viejo se abalanzaba a matar. El joven que se salvó seguía paralizado, miraba al viejo en el piso, después a mí, y se llevaba la mano a la boca seca y empastada por el miedo.
Salimos en la cupé, y pese al calor de esa madrugada del primero de enero, el doctor Amaro fumaba sin bajar la ventanilla, haciendo rebotar el humo en el vidrio. Algo del Amaro escondido había aparecido esa noche y quizá había una razón que podía conectarse con el deseo que venía expresando en los últimos días de ir al Sótano de Quilmes, algo que no supe detectar. Recordé los gestos perturbados de su hija Irene y algún que otro pedido murmurado que ella me hacía para que lo cuidara al salir. Tal vez había errado al mentirle y no acceder a llevarlo al Sótano. Por cierto, yo no sabía si iba a estar cerrado, de lo que sí no tenía dudas era de que quería ir solo. Una porción de remordimiento debió llevarme esa noche hasta el Salón del Plata en vez de ir directamente desde Barracas al río de Quilmes. Traté de evitar una culpa más, me obligué a acompañarlo y acepté pasar un minuto a tomar una copa. Un nuevo error.
Irene estaba en el comedor junto a dos mujeres de mayor edad, con la música de la radio encendida, sentada en la cabecera de la mesa rectangular, y las otras dos enfrentadas una a cada lado. El mantel blanco tenía una mancha roja que corría hacia el extremo opuesto de donde se hallaban, con algunas servilletas húmedas encima. Platos sucios apilados sobre una bandeja, un pan dulce cortado por la mitad, nueces, turrones despedazados, una botella de sidra vacía y otra empezada. Migas y restos diseminados por el mantel. Pasaron unos segundos hasta que las mujeres se dieron cuenta de que las estábamos mirando.
Amaro se transformó de inmediato, como si de pronto hubiera salido del coma en el que había estado sumido para mirar lo que lo rodeaba. Sonaba un bolero en la radio. En el instante en que entramos, sin que ellas se dieran cuenta, pudimos verlas abandonadas a sí mismas, tal cual eran realmente en ese momento. Componían un cuadro con el escenario del comedor como decorado (los muebles oscuros, el cortinado cremita de la ventana que daba al patio interior, un lienzo al óleo con motivo mitológico y colores ennegrecidos por el tiempo), mientras que la larga mesa rectangular en perspectiva saliente con los restos desparramados sobre unos de los extremos eran un montaje de naturaleza muerta, una construcción aleatoria para destacar lo que en realidad constituía el motivo central de la obra: las tres mujeres en un triángulo digno de Leonardo. Irene la virgen madura en el centro, y a cada lado de la mesa dos ángeles destruidos. Irene sostenía la base de la copa con los dedos de la mano derecha, hablaba y a la vez escuchaba el bolero, sus ojos acuosos miraban un punto perdido en el aire al que le tarareaba como una estúpida. Las otras dos formaban la base necesaria sobre la cual la hija de Amaro ascendía en la imagen. La mayor de las mujeres se sostenía la sien con la palma y con la boca abierta perdía la vista por sobre la cabeza de Irene, extasiada en una aureola invisible. La que aparentaba unos años menos que la más vieja estaba levemente recostada sobre la mesa, con una de las manos estirada hacia la copa que sostenía Irene, el dedo mayor apenas alzado sobre las migajas, entre los pedazos de pan dulce y nueces, como buscando su piel. Fue lo último que vimos de la obra antes de que el cuadro tomara vida propia.
Irene nos miró a uno y otro alternativamente sin dejar de canturrear. Sonreía incrédula y empezó a modular algunas palabras sueltas del bolero: déjame..., las sombras, tu amor... Estaba perdida. En el padre y en mí debía ver figuras fantasmales de su sueño. Cada tanto tomaba un trago de sidra y apoyaba la copa sobre la mesa. No la soltaba, como si esa copa fuese su único anclaje en el mundo. La mujer que tenía unos años más que la hija de Amaro y otros tantos menos que la mayor de las tres, se irguió un poco al ver que Irene canturreaba a esos hombres que habían aparecido, y estirando aún más el brazo por sobre el mantel le tomó la mano. El pelo le caía en la frente y le tapaba por completo un ojo. Irene quiso sacar su mano, hubo un forcejeo, se volcó la sidra en el mismo lugar donde el mantel ya estaba manchado. Era de suponer que antes había sucedido una escena similar.
Miré de reojo al doctor.
—Ésa es una vecina —indicó a la más vieja que apoyaba la cabeza en la palma de la mano y se balanceaba hacia atrás y hacia adelante. Su voz se hizo más áspera cuando señaló a la que tocaba la mano de su hija—: A la otra hacía mucho que no la veía. Yo creía que estaba muerta la hija de puta.
Atiné a decir:
—Si usted quiere me quedo y lo ayudo en lo que pueda...
—No —me interrumpió—, gracias. Esta noche ya tuvo bastante conmigo. Vaya, Elio, ¡lindas fiestas le hice pasar!
—¿Por qué no se viene y vamos hasta el río de Quilmes a ver si el Sótano está abierto? —hablé sin pensar, o sabiendo que eso era lo único que podía hacer por él en ese momento.
—Ya es tarde —respondió Amaro mirando su reloj—. Al menos para mí —me tomó del brazo y me llevó hasta la puerta de calle—. ¿Vio cómo es la vida? No sé por quién sentir más vergüenza, si por mi hija o por mí mismo. Una cosa, sobre mi conducta no voy a justificarme, pero de Irene no vaya a creer que toma seguido y esas cosas. Yo me equivoqué, debí quedarme en casa. La verdad, le confieso, ella me pidió ir conmigo pero no quise. Por qué, no lo sé —Amaro se esforzaba por no contradecirse, algo que resultaba insólito en él—. Quizá yo ya iba con la idea de dejarme llevar esta noche, y al menos por eso me alegro de que no me haya visto. Ya ve, me alegro de no haberla dejado ir y cuando vuelvo a mi casa la encuentro así. La justicia es ciega, Elio, se tapa los ojos para no vernos. Tal vez yo tampoco sepa quién es mi hija. Una pobre mujer soltera a su edad... Me duele pensar que cuando me muera voy a dejar a esta chica sola en manos de vaya a saber quién. Una manera funesta de empezar el año. Y encima tenemos feria judicial. A mí la justicia es lo único que me mantiene vivo. Estoy como el juez Trascasi, ¿se acuerda? ¡Qué podrida tenía el alma ese hombre, pero qué bien que sentenciaba a los demás!
*
Apenas entré a la cupé pensé por cuántos años había dado por sentado que el doctor Amaro ya no tenía nada que descifrar de sí mismo. Y esa conjetura se fue diluyendo a medida que calculaba cuánto tardaría en llegar al Sótano de Quilmes. Calculé que entre las tres y las cuatro de la madrugada, una hora alta, límite, justa para el Sótano, si es que aquella noche tenía la suerte de encontrarlo abierto. Crucé los barrios obreros del sur, llegué a los límites difusos entre Bernal y Quilmes. La impaciencia hizo que me desviara antes y que no fuera por el trayecto conocido. Entré a un paraje que tenía un sendero en diagonal por el que nunca había tomado. Ya después de la última barranca la zona se dividía entre terrenos loteados y baldíos. A partir de ahí no había habitantes ni tampoco ningún tipo de iluminación. Para llegar necesité atravesar los dos kilómetros al este que llevaban a la costa, un sendero estrecho y sinuoso, con intervalos abiertos a los costados por cañadones y en otros rodeado de un monte cerrado.
El Sótano se encontraba muy aislado allí abajo. Estaba a menos de cien metros del río, en una concavidad, rodeado de árboles de todo tipo, en su mayoría sauces. El negocio era regenteado por un matrimonio de mediana edad, ambos de una personalidad distante. En verano se sacaban las mesas al aire libre y se usaba la pista de baile abierta. Ahí las mujeres reían por cada copa que le sacaban a los clientes y entrada la madrugada, a la hora en que los hombres se extraviaban en el alcohol —o fingían que se extraviaban— había dos momentos que parecían espectáculos compitiendo para ver cuál llegaba a ser el más sensual: uno era cuando las mujeres bailaban entre ellas, el otro cuando cantaban.
La verdad, creía que al terminar el viaje me iba a encontrar con cualquier cosa menos con el Sótano abierto, por eso me sorprendió una emoción intensa al ver las guirnaldas con las luces de colores encendidas. Cruzaban la pista, contra el cielo despejado se fundían con las estrellas muertas para iluminar con languidez a las parejas. El Sótano tenía un público variado, la mayoría eran hombres pero también llegaban mujeres que buscaban una compañía o sólo bailar. Se comentaba que muchas en verdad iban en busca de otras mujeres, pero era una de las tantas cosas que se decían. En el Sótano no había distinciones sociales, el solo hecho de estar allí igualaba a todo el mundo. Cada uno de los que iba lo sabía y lo aceptaba. No valían las categorías, ni las tarjetas, ni el pasado.
Salvo por unas cuantas botellas de sidra desperdigadas por distintas mesas, aquel primero de enero resultaba similar a cualquier madrugada. Unas pocas parejas bailaban un tango en la pista, sin mucho esfuerzo. La chica que cambiaba los discos de pasta me sonrió cuando me vio llegar y siguió sacando y ensobrando, no debía de tener más de veinte años. Yo conocía a casi todas las mujeres del lugar que estaban sentadas o bailando, también había unas cuantas que nunca había visto, un par de ellas hablando sentadas, y otras tantas recostadas en el brazo de un hombre. En una de las mesas más alejadas, con una botella de vino tinto de primera calidad, siempre la misma marca, un cigarrillo encendido que parecía pegado entre los dedos, de anteojos con enorme marco negro, el pelo echado hacia atrás, medio pelado, los ojos grandes, las mejillas hundidas, el gesto desvalido, como ausente de todo, entre triste y resignado, Olivesi observaba el movimiento de las muchachas con la meticulosidad del agua que corre al mar. Me saludó de lejos con un ambiguo gesto de bienvenida. Daba toda la impresión de ser un hombre muy solo y sin embargo, nadie sabía por qué, era el más amado de todos en el Sótano.
Esa madrugada yo quizás buscaba salir un poco de la obsesión que me perseguía con el nombre de Magdalena Tenuto, o continuaba haciéndolo de otra forma mientras me olvidaba de ella en ese pequeño mundo que parecía tener un espacio para mí.
Balbi me sonrió desde una mesa, fui hasta su lado, dejé el sombrero sobre una silla y puse la llama del encendedor en la punta del cigarrillo que ella había sacado. Escuchamos unos tangos y me contaba cómo habían brindado a las doce mientras Olivesi permanecía en su mesa, solo como siempre.
—¡Me da una pena! —suspiró Balbi. Se interrumpió bruscamente con un pequeño sobresalto—: ¡Ah, escuchá! —la orquesta de Magnano tocaba Una noche más, con la voz de Raúl Marvel—, ¿vamos a bailar?
Me levanté. Bailar un tango era lo que necesitaba. Balbi me tomó la mano izquierda. Tenía la piel suave y tibia. La atraje para abrazarla y ella me enlazó apretando el cuello de mi camisa, con los ojos cerrados, abandonada al sueño de un movimiento que surgía de la música y que en algún lugar lejano y desconocido nos unía.
Una noche más
ahora que no estás.
Te llevo en el silencio...
Balbi se entregaba por completo en un tango que le gustaba. Creía a cada instante y era capaz de habitar mil vidas, de convertirse en la mujer deseada o en el amor perdido, todo su cuerpo lo transmitía y yo podía sentir que abrazaba su alma. También podía ser la que engaña, la que abandona, y las manos suaves de Balbi se volvían espinas que brotaban de mi propio recuerdo.
Bailamos dos tangos más, ahora instrumentales, y como se había alejado el momento breve e intenso que habíamos sentido, aproveché para preguntarle si ya habían cantado las mujeres.
—Sí —respondió en un susurro a mi oído—. Qué lástima que no estabas. Yo también canté.
Después nos quedamos solos en una mesa y ya no volvimos a bailar, nada más escuchábamos la música que nos llevaba de a poco al fin de la noche.
Antes del amanecer caminamos por el sendero los pocos metros que faltaban para la costa del río. Yo estaba cansado pero sentía un tipo de bienestar que a veces se alcanza cuando todo se silencia. De pronto mi amiga me abrazó y gritó, ¡Mirá!, señalando al horizonte. Alcancé a ver la luz que se dibujaba por unos segundos, una línea blanca apenas curvada a medio camino del cielo. Balbi se preguntó si habría sido una estrella fugaz o una cañita voladora que habrían tirado desde un barco. Seguimos mirando hacia donde había aparecido el destello en la oscuridad del río. Ella dijo para sí:
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