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Gustavo Chiozza

¿Por qué la gente fuma?

Un reencuentro con el humo

y el fuego



Chiozza, Gustavo¿Por qué la gente fuma? : un reencuentro con el humo y el fuego / Gustavo Chiozza. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Libros del Zorzal, 2017.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descarga y onlineISBN 978-987-599-490-41. Publicación, Promoción y Consumo de Tabaco . 2. Tabaco . 3. Adicción. I. Título.CDD 158.9

Diseño de tapa: Cynthia Kohan

© Libros del Zorzal, 2016

Buenos Aires, Argentina

Printed in Argentina

Hecho el depósito que previene la ley 11.723

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Índice

A modo de prólogo | 6

Parte I

El tabaco, el humo y el fuego

Capítulo 1

El hábito de fumar y la conquista del fuego | 26

Capítulo 2

Definiciones y orígenes de algunos términos | 34

Capítulo 3

Breve reseña de la historia del tabaco y de la costumbre de fumar | 39

Capítulo 4

¿Por qué la gente fuma? | 64

Capítulo 5

El hábito de fumar y la insatisfacción espiritual | 88

Capítulo 6

Distintas maneras de fumar | 96

Parte II

El hábito de fumar y la salud

Capítulo 7

“El fumar es perjudicial para la salud” | 113

Capítulo 8

Ciencia y religión en la política sanitaria | 120

Capítulo 9

“Fumar mata” | 128

Capítulo 10

La incertidumbre de la probabilidad | 134

Capítulo 11

“Esto no es una pipa” | 150

Fumar y enfermar | 153

“Fumar mata”… incluso sin fumar | 164

Capítulo 14

¿Por qué enferma el fumador? | 181

Parte III

El fumador y la sociedad

Capítulo 15

La sociedad libre de humo | 189

Capítulo 16

¿Discriminación o ayuda al fumador? | 191

Capítulo 17

El fumador pasivo | 198

Capítulo 18

Los derechos de unos y otros | 204

El sentido del rechazo social hacia el fumador | 207

Capítulo 20

El sentimiento de culpa del fumador | 214

Epílogo | 219

Apéndice

Más allá del determinismo psíquico | 243

A modo de prólogo

Según se especula, el hombre fuma hace unos 18.000 años. Expertos en genética vegetal han determinado que el tabaco comenzó a cultivarse entre 5.000 y 3.000 años antes de Cristo. Antes y después del Descubrimiento de América —de donde el tabaco es originario—, fumar ha sido considerado de muy diversas maneras: como un acto mágico, como una práctica saludable, como un acto placentero, como una dependencia esclavizante, como un vicio reprobable, como un hábito dañino o como una peligrosa epidemia a erradicar. Adorado o rechazado, beneficioso o perjudicial, el tabaco nunca fue algo indiferente para el hombre. ¿Qué misteriosa cualidad tiene el acto de fumar que lo vuelve tan importante? ¿Por qué se le otorgan sentidos tan distintos y opuestos?

Si bien cada una de estas maneras de interpretar el acto de fumar ha tenido su apogeo en distintas épocas y culturas, todos estos significados se han mantenido unidos a lo largo del tiempo, vivos y presentes en cada individuo. En nuestra cultura occidental, hoy predomina el rechazo: fumar es considerado algo perjudicial. El consenso general considera que fumar es malo, que no fumar es bueno y que dejar de fumar es aconsejable. Tan asentada está esta idea, que no podemos dejar de sorprendernos cuando vemos, por ejemplo en un film de sólo unos años atrás, a un sujeto fumando en un restorán, en una oficina pública, en una escuela, en un tren o en un avión…

No obstante ello, infinidad de personas continúan fumando. Y son muchos más aquellos que, sea como fumadores, como exfumadores o como no fumadores, viven pendientes del hábito de fumar. Fumar ocupa una parte importante de la vida de muchísimas personas. No sólo son muchos los que viven fumando; también son muchos los que viven dejando de fumar; y muchos también, los que viven intentando que otros no fumen. ¿Por qué? ¿Qué tiene el acto de fumar que apasiona a tantas personas?

Spinoza decía que “el hombre cree que es libre porque fuma, pero no lo es, porque no sabe por qué lo hace”. Efectivamente, no puede considerarse del todo libre alguien que depende del tabaco, pero tampoco lo es aquel que, habiendo dejado de fumar, vive con el temor de recaer en el hábito. Tampoco puede serlo aquel que vive temiendo ser contagiado o, simplemente, dañado por el humo ajeno, aquel que ve en el tabaco la amenaza de un enemigo peligroso. ¿Podrá hacernos más libres comprender los motivos profundos de tan intensa pasión? No lo sé; es difícil decirlo. Cuando los afectos son poderosos, la razón no siempre es suficiente. Pero, como pensaba Freud, lo intelectual también es un poder, aunque no de los que actúan de inmediato, sino de los que se imponen a la larga. Aun así, todo lo que podamos saber acerca de nosotros mismos y de las fuerzas que operan en nuestro interior, seguramente nos hará mejores; más fuertes, más sabios.

Comprender por qué la gente fuma es la intención original de este libro. Intento aportar algo más a lo mucho que ha escrito el psicoanálisis acerca del sentido del hábito de fumar, pero desde un punto de vista que —hasta donde sé— aún no ha sido explorado. Si bien muchos psicoanalistas se han ocupado del hábito de fumar, la importancia que, a mi parecer, tiene el fuego en el complejo ritual del acto de fumar ha pasado desapercibida. Dedico, entonces, la primera parte de este libro a comprender el sentido del hábito de fumar a partir de su relación con los significados propios del humo y, por extensión, del fuego. El camino recorrido me ha permitido también formular una hipótesis —que expongo en la tercera parte del libro— para comprender lo que motiva, desde lo inconciente, el rechazo hacia el fumador, tan vigente en nuestros días.

Como veremos, este rechazo no es algo nuevo; sin embargo, en nuestros días como nunca antes, el hábito de fumar ha sido identificado como el causante directo de un sinfín de perjuicios y convertido, de este modo, en uno de los principales enemigos de la salud. Pocas cosas hay tan unilateralmente negativas para la medicina de hoy como el hábito de fumar. Para vincular este hábito con ciertas patologías, se invoca a la ciencia de una manera que, como médico, me parece cuando menos dudosa y, sobre todo, exagerada. Creo ver en los argumentos que la medicina de hoy esgrime contra el hábito de fumar ciertos errores de pensamiento que resultan sorprendentes, a menos que se los considere nacidos de poderosas motivaciones afectivas. Son, según pienso, las mismas pasiones que el acto de fumar siempre ha sabido despertar en los hombres de todos los tiempos.

Sin embargo, amén de estos errores de pensamiento que pretenden identificar al hábito de fumar como el causante directo de una infinidad de patologías y perjuicios, creo que también es necesario reflexionar sobre el modo en que hoy concebimos la salud y cómo esta concepción se entrelaza con la posibilidad de elegir el modo en que queremos vivir nuestra vida.

Los notables progresos que ha hecho la medicina de nuestro tiempo han transformado el límite que separa la salud de la enfermedad en una frontera concreta y objetiva; algo que, incluso, se puede medir y expresar en cifras precisas (por ejemplo, de colesterol, de glucosa o de tensión arterial). Sin discutir los beneficios que esta nueva posibilidad pueda comportar, vale la pena destacar que tiene una influencia insospechada en nuestra concepción de la salud. Por ejemplo, hoy podemos saber que estamos “enfermos” mucho antes de sentirnos enfermos; cuando aún nos sentimos sanos.

Así, para bien o para mal, la salud deja de ser un asunto del alma para transformarse en un asunto del cuerpo. Ya no es un sentimiento o un estado de ánimo —personal y subjetivo— que sólo el propio sujeto puede experimentar y determinar; la salud ahora es un “estado corporal objetivo” que debe ser decretado por el médico. En efecto, sólo el médico sabe cuándo hemos alcanzado ese estado o cuándo lo hemos perdido; sólo el médico nos puede decir cuál es el camino que conduce a la salud. Resulta de esto que, a los efectos prácticos, es el médico quien —muchas veces, a pedido nuestro— termina decidiendo cómo debemos vivir nuestra vida.

De más está decir que esas cifras concretas —que hoy se consideran sinónimo de salud— son las mismas para todos; y así la salud se transforma en algo universal que debe ser igualmente beneficioso para cualquier individuo, en cualquier circunstancia. Un molde único en el que todos debemos encajar sin importar el precio a pagar para lograrlo. Si una cosa he aprendido ejerciendo mi profesión de médico-psicoanalista durante más de treinta años, es que la salud nunca es, en sí misma, un fin, sino un medio necesario para llevar adelante nuestra vida; y “nuestra vida” es algo personal, único e irrepetible. Por lo tanto, cada uno tiene el derecho —que es también una responsabilidad indelegable— de encontrar su personal manera de vivir. Lo que es mejor para unos no siempre lo será para otros.

Todos sabemos lo que se entiende por llevar una “vida sana”: no fumar, no beber, evitar las grasas, las carnes rojas, las harinas y azúcares refinados, hacer ejercicio, evitar el estrés, etc… Pero solemos olvidar que llevar una “vida sana” no nos hace inmunes al cáncer, a la hipertensión, al infarto, a los accidentes o a la muerte. Ni siquiera nos asegura que nuestra vida vaya a ser mejor. Para lograr tener una buena vida, una vida plena, no basta con el simple intento de perseguir la salud tratando de evitar ciertas enfermedades. Lo que define nuestra vida es lo que hacemos con ella, no lo que evitamos que en ella nos suceda. Tanto Roger Federer como Julio Cortázar han logrado —por lo menos a simple vista— vidas más que interesantes y llenas de éxitos y satisfacciones, vidas dignas de ser imitadas. Lo que parece difícil de lograr es parecerse a Cortázar siguiendo el estilo de vida de Federer.

A nadie se le escapa que la salud completa —tal como la define la Organización Mundial de la Salud (oms)— es algo imposible de alcanzar. Una cierta cuota de enfermedad, inevitablemente, forma parte de toda vida, de modo que los que intenten seguir el modelo de vida de Cortázar —sedentario, fumador, bebedor— deberán asumir el riesgo de padecer cierto tipo de enfermedades, por ejemplo respiratorias (aunque ese no haya sido el caso de Cortázar, que murió de leucemia). Aquellos que, en cambio, elijan el estilo de vida de Federer —deportista de alto rendimiento, sometido al estrés físico y mental— no por ello quedarán exentos de asumir otros riesgos; por ejemplo, padecer de las articulaciones (aunque tampoco llegue a ser el caso de Federer).

Creo que, en nuestros tiempos, la importancia de la salud se ha sobredimensionado hasta el punto de transformarse en un bien absoluto; es decir que, sea cual fuere el término de comparación, a nuestro parecer, la salud siempre es mejor. Alcanzar la salud —en lo que al cuerpo se refiere— parecería haberse transformado en uno de los principales objetivos de la vida moderna. “Salud, dinero y amor”, se suele decir; en ese orden: con la salud por delante de todo lo demás.

Y así como el hábito de fumar se ha convertido en el símbolo privilegiado de todo lo que es perjudicial —y entonces se pretende afirmar que es perjudicial para “todo”— sucede que se buscan afanosamente aquellas cosas que, al contrario, comporten ciertos beneficios y luego, con la misma intencionalidad dudosa, se pretenden que sean saludables para “todo”.

Así, por ejemplo, si nos enteramos de que el pescado tiene omega 3, pensamos que consumir pescado es bueno, aun sin entender del todo en qué consiste ese supuesto beneficio o si será aplicable a nuestro caso particular. Si nos dicen que una determinada marca de yogurt satisface las necesidades diarias de calcio, tendemos a elegirla, aun sin saber si se refiere a la necesidad de calcio de un niño en crecimiento o de una mujer menopáusica (cosa que, de modo ex profeso, la publicidad no aclara). No se nos ocurre pensar que, acaso, consumir calcio en exceso podría ser perjudicial, porque según la propaganda el calcio es saludable, y para nosotros la salud nunca puede “sobrar” ni ser demasiada. De igual modo, consumimos complejos vitamínicos aun sin necesitarlos, porque pensamos que “nunca están de más”.

Resulta llamativo que, al mismo tiempo que creemos que la clave para tener una “vida sana” consiste en evitar cualquier tipo de exceso, nos cueste creer que pueda existir un “exceso de salud” (dicho sea de paso, tampoco pensamos que puedan haber cantidades excesivas de dinero y mucho menos de amor). En lo que tenga que ver con la salud, nos parece que “lo que abunda no daña”… El problema es que en nuestros días todo parece tener que ver con la salud; y, para peor, en materia de salud pareciera suceder que todo lo que no está prohibido es obligatorio.

Con el espíritu de dar satisfacción a este interés exacerbado por la salud, por ejemplo, se financian investigaciones “científicas” que arrojan conclusiones tales como que sonreír o besarse es saludable. Estas conclusiones son siempre bienvenidas y reciben mucha atención y difusión, porque a todos nos alivia enterarnos de que algo sencillo y placentero pueda proporcionarnos la salud que tanto anhelamos. Resulta entonces que lo bueno de besarse ya no radica en que es un modo de expresar la alegría por haber encontrado el amor. Lo bueno de besarse es que reduce la tensión arterial, consume calorías acelerando el metabolismo, tonifica los músculos de la cara, sube las defensas, previene problemas dentales, etcétera.

Al pensar así, sin siquiera notarlo, estamos cambiando el norte de la vida o, como suele decirse, estamos colocando el carro delante de los bueyes. En lugar de pensar que necesitamos la salud porque su ausencia nos puede dificultar “la búsqueda de la felicidad”, pensamos, confundidos, que lo que tiene de bueno “la felicidad” es, principalmente, que resulta saludable… A nuestro parecer, entonces, lo mejor de “ser feliz” es que, al disminuir el estrés, disminuye también la presión arterial. De manera inadvertida, reducimos el bienestar a ser sólo un medio para alcanzar “las cifras de la salud”, que ahora han pasado a ser el fin último.

Desde esta perspectiva distorsionada, buscamos, así, acumular toda la salud que sea posible, como si de dinero se tratara, aun antes de saber qué vamos a hacer con ella; como si imagináramos que en un futuro, cuando hayamos descubierto qué hacer con nuestra vida, toda esa salud acumulada será como un “capital ahorrado” que nos permitirá “comprar” el tiempo suficiente para hacerlo. Nuestro anhelo se reduce, por ejemplo, a llegar a los 80 años en buena forma, como para no vernos privados por la vejez de hacer, en ese momento, la vida que nos gusta. Lo paradójico es que, para lograr ese beneficio futuro, estamos dispuestos, justamente, a renunciar en el presente a hacer la vida que nos gusta. Pero ¿qué sentido puede tener que, por intentar llegar a los 80, nos perdamos de vivir los 40, los 50, los 60? Nos olvidamos de que la vida que tenemos ya la estamos viviendo; que, inevitablemente, ya la estamos gastando; que ya no volveremos a tener la edad que tenemos hoy.

Así se nos escapa que lo que verdaderamente importa no es la salud en sí, como cosa aislada —y mucho menos como una cifra de colesterol—, sino el uso que le demos a la vida que hoy tenemos. Y muchas veces, en lugar de recordar que la salud nos tiene que servir para hacer la vida que queremos, cometemos el error de poner nuestra vida al servicio de la salud. Viendo el modo de vivir de algunas personas, uno no puede dejar de pensar que, para ellas, vivir no es otra cosa que cuidar la salud; que la meta de la vida no va más allá de evitar enfermar. Como esos equipos “chicos” que, convencidos de que no tienen nada para ganar, salen a la cancha con el modesto objetivo de cuidar el empate.

Seguramente, habrá algunas personas en quienes la vida que les gusta hacer y que les da placer vivir coincide con lo que la medicina de hoy considera una “vida sana”; amantes del deporte y de las actividades al aire libre, o del yoga y las dietas naturistas; ¿por qué no? No veo en ello nada de malo. Pero no tengo dudas de que son muchos los que tienen la idea errónea de que renunciar a las cosas que les dan placer equivale a ganar salud. Como si imaginaran que, por ese camino, lograrán poner la vida en suspenso, para vivirla después. En lugar de usar la salud que tienen para vivir su vida, se desviven por tener una vida sana…

Pero, según lo veo, este desatino llega todavía más lejos. ¿Qué pensaríamos de alguien que, cegado por el afán de tener más salud, apostara toda la que posee en la ruleta del casino? Pues esto es lo que a menudo ocurre con la sobredimensión que se hace de la medicina preventiva. Incluso si nuestro mayor interés no fuera otro que la salud, ¿qué sentido tiene que, intentando disminuir el riesgo de padecer ciertas enfermedades, nos expongamos al riesgo de padecer otras? Porque estamos tan cegados por el temor a enfermar, que solemos olvidar que muchas de las cosas que hacemos para cuidar la salud también la ponen en riesgo.

No descubrimos nada si afirmamos que todo recurso terapéutico, por más necesario y valioso que pueda resultar, siempre conlleva sus riesgos. No sólo la cirugía, sino también los fármacos o, incluso, las radiografías nos exponen a daños colaterales y efectos adversos. Pero, en cambio, suele creerse que la medicina preventiva es siempre inocua. Esta idea es errónea. No sólo nos expone a procedimientos —como pinchazos, anestesias, radiaciones, etc.— que conllevan la posibilidad de ciertos daños —como infecciones, hemorragias, iatrogenia y mala praxis—, sino también al riesgo de padecer los perjuicios —a veces muy serios— de los resultados fallidos; “falsos positivos” que nos dicen que estamos enfermos cuando no lo estamos y “falsos negativos” que provocan el efecto contrario. Estos peligros están bien documentados, pero esos trabajos reciben poca difusión. Al parecer, es una verdad incómoda que nadie tiene interés en escuchar ni repetir. El mismo 5% de riesgo para la salud que en el caso de un alimento o un hábito de vida nos alarma nos parece insignificante en el caso de un procedimiento médico (por ejemplo, una punción diagnóstica).

Pero creo que la medicina preventiva conlleva, además, otro importante perjuicio que, como no se puede objetivar cuantitativamente con los métodos diagnósticos de la medicina, no se lo suele apreciar en su justa medida. Un ejemplo ilustrará mejor lo que quiero decir: si estando “sanos” preguntáramos a distintos especialistas qué deberíamos hacer para conservar la salud y evitar futuras enfermedades —además de los consejos sobre llevar una “vida sana”—, cada uno de ellos nos recomendará realizar de forma periódica ciertos exámenes con el fin de detectar posibles patologías en estado incipiente. El cardiólogo nos sugerirá ciertos estudios; el oncólogo, muchos otros; lo mismo sucederá con el gastroenterólogo, el odontólogo, el nefrólogo, etc., etc., etc... Cuanto mayor sea el número de enfermedades que queramos evitar, mayor será el número de especialistas consultados y, por lo tanto, más larga será también la lista de exámenes periódicos a realizar. Algunos serán anuales; otros, cada seis meses. Amén de los beneficios que pudiera aportar esta tarea preventiva —si estamos dispuestos a correr los riesgos que antes mencionábamos—, de ella resulta también que para cumplir con todos esos “chequeos de rutina”, durante una buena parte del año, deberemos interrumpir el curso normal de nuestra vida para pasar varias horas en salas de espera de consultorios, clínicas, hospitales, laboratorios y centros de diagnóstico. Deberemos padecer el estrés que nos genera la incertidumbre hasta tener los resultados y lidiar con lo que ellos puedan arrojar. En otras palabras: estando sanos, nos veríamos obligados a hacer una vida similar a la que, por necesidad, se ven sometidos los que están enfermos.

A esto me refiero cuando digo que, en lugar de utilizar la salud que tenemos para vivir nuestra vida, a veces ponemos nuestra vida al servicio de la salud. En lugar de vivir con la salud que tenemos, nos desvivimos por conseguir más… Por esto creo que vale la pena que volvamos a reflexionar sobre el lugar que debemos darle a la salud en el conjunto total de las cosas que componen nuestra vida. Preguntarnos si lo que —hoy por hoy— entendemos por “salud” no puede, por lo menos en ciertas circunstancias, resultar “perjudicial para la salud”.

Sólo unos pocos milímetros de mercurio de más en la tensión arterial, o unos pocos miligramos de menos en la concentración de hemoglobina, o una pequeña imagen en una radiografía le permiten al médico decirnos que no estamos sanos; que somos hipertensos, que estamos anémicos o que tenemos un tumor. Solemos creer que ese diagnóstico es también un destino y, en esa creencia, para recuperar la salud que creemos perdida, muchas veces nos internamos por caminos que pueden ser, incluso, más perjudiciales que la enfermedad que creemos tener. De modo que no resulta tan sencillo dar un significado adecuado a ese dato objetivo. Así como puede ser imprudente subestimarlo, igual de imprudente puede llegar a ser sobrestimarlo considerando que el hecho de sentirnos sanos es nada más que un error. El médico podrá tener razón, pero la razón no lo es todo en la vida… Su razón es solamente una verdad, pero de ninguna manera es toda la verdad. Si, a pesar de esos datos, nos sentimos sanos, eso también es verdad; y aunque ese sentimiento no pertenezca al tipo de cosas que se pueden medir objetivamente, muchas veces es todo lo que necesitamos. Como ya dijimos, la salud tal como la define la oms es un ideal imposible de alcanzar; la enfermedad forma parte de la vida. Una simple várice, el acné, la miopía o la calvicie ya nos colocan fuera de ese estado ideal de salud. Pero que esa salud objetiva, completa e ideal no exista no significa que no exista la posibilidad de sentirnos bien, con la salud suficiente como para llevar adelante nuestra vida.

No creo que la medicina de nuestro tiempo sea del todo inocente en esta confusión general en la cual se entiende y se espera que el médico nos diga cómo vivir. Creo que el papel de la medicina no es el de imponer un estilo de vida único, sino, por el contrario, el de informar, de la manera más veraz posible, y asistir a quienes lo solicitan. Así, aquel que recurra a nosotros tratando de encontrar una mejor forma de vivir su vida —con más satisfacciones y menos padecimiento— podrá saber mejor a qué atenerse, en función de las decisiones que tome. Como médicos, tenemos que recordar que la medicina siempre se debe ofrecer, no imponer. Pretender, como suele hacer la medicina actual, que todo paciente fumador deje de fumar de manera inmediata me parece algo ingenuo y, en muchos casos, lisa y llanamente una forma de abandono hacia una persona que sufre, hacia una persona que no puede ser “mejor”, que no logra estar a la altura de lo que hoy por hoy se considera “saludable”. Algo no muy distinto a recetarle, por ejemplo, un medicamento que no puede comprar. Creo que la medicina debe y puede ser mejor que eso.

De todas estas cuestiones que, con creces, trascienden el ámbito del hábito de fumar me ocupo en la segunda parte del libro. Si bien allí intento restringirme a la consideración de los aspectos de la salud relacionados con este hábito, soy conciente de que el tema es tan grande, que amenaza con hacer que el título del libro termine resultando insuficiente y parcial.

Tratando de encontrar la mejor manera de finalizar el libro y dar un cierre a los muchos argumentos que en él se abren, me ha parecido oportuno hacer propio un recurso que solía utilizar Gregory Bateson. He imaginado, a modo de epílogo, un diálogo en el cual un padre, a través de las preguntas de su hija, intenta reflexionar sobre los motivos profundos que lo llevan a fumar, a pesar de considerarlo nocivo. El padre que he imaginado es un fumador común y corriente, que dispone de la misma información acerca del fumar que cualquier sujeto en la actualidad; no es médico, ni ha leído este libro, ni representa todo lo que en él se dice. Pero sí se trata de un sujeto al que, particularmente, le gusta reflexionar, pensar las cosas por sí mismo y llevar estos pensamientos hasta sus últimas consecuencias. No pretendo que el diálogo se tome por real ni tampoco pretendo hacer literatura; se trata sólo de una excusa —que espero resulte medianamente verosímil— para poder retomar algunos de los argumentos planteados en el libro, pero con “otras palabras”, de una forma menos racional y, quizá, más vivencial.

Con el manuscrito ya terminado, me vi tentado de incluir, en un apéndice final, un breve artículo que publiqué en 2015, que trata sobre la razón de ser del psicoanálisis como forma de ejercer la medicina; sobre la particular mirada que el psicoanálisis tiene acerca de la vida, la muerte, la salud y la enfermedad. Es una manera de explicar, desde otra perspectiva, la esencia de lo que pienso sobre las cuestiones que en este libro se abordan.

Este libro ha sido escrito pensando en un lector que puede o no ser fumador. No persigue el fin de que el lector modifique sus hábitos de vida; aunque, claro está, distintos lectores encontrarán en el libro argumentos que juzgarán válidos tanto para seguir fumando como para seguir “no fumando”. Habrá quienes encuentren en este libro una motivación para dejar de fumar, como los habrá también quienes, habiendo intentado dejar de fumar, luego de la lectura juzguen innecesario continuar con el intento. Sea como fuere, si este libro logra ayudar a alguien a vivir mejor, siendo su autor me sentiré muy satisfecho; pero eso no significa —repitámoslo— que mi propósito al escribirlo haya sido modificar el estilo de vida del lector. Hago esto explícito porque no descarto que, por tratarse de un tema tan polémico y controversial, distintos lectores —fumadores y no fumadores— intenten descubrir en el autor ocultas intenciones de convencerlos en uno u otro sentido.

Si además del placer intelectual de satisfacer la curiosidad expresada en el título del libro, y compartir su esclarecimiento, pudiera haber alguna otra intención, secundaria, en lo que escribo, quizá sea la esperanza de ayudar a algún lector a pensar mejor sobre algunas cuestiones que hacen al fumar, pero también a la manera de vivir. Si, en el mejor de los casos, esto ocurre, no será por haber tratado de imponer mis ideas como dogmas absolutos, sino —todo lo contrario— por haber ofrecido los argumentos que sustentan mi modo de pensar —y vivir— de la forma más clara y fundamentada que me ha sido posible.

No obstante lo dicho, y a pesar de haber reflexionado con detenimiento sobre cada uno de los argumentos que ofrezco en este libro, no descarto la posibilidad de que lectores más lúcidos que yo puedan encontrar errores capaces de invalidar, total o parcialmente, las conclusiones que de ellos extraigo. Se trata de una posibilidad siempre presente en todo ensayo que se publica. De modo que —valga la aclaración— las consideraciones ofrecidas aquí son, como suele decirse, “a mi mejor saber y entender”.

Sin embargo, dado el tenor de lo que en este libro se trata, considero probable que algunos lectores experimenten un fuerte rechazo hacia algunos de los argumentos que ofrezco; por ejemplo, aquellos que ven al fumar como un enemigo peligroso, al que es necesario combatir. Es posible también que algunos de ellos hagan extensivo ese rechazo a todo el libro, e incluso a su autor, y que por eso me crean un “enemigo” de las nobles intenciones de las campañas de salud. Es un riesgo que, luego de meditarlo mucho, he decidido asumir. Como psicoanalista, no desconozco lo difícil que resulta aceptar un argumento cuando las conclusiones que de él se derivan nos desagradan o contravienen intereses a los que damos mucho valor; mucho más aún cuando se trata de cuestionar creencias que están muy arraigadas. Pero creo que, por mejores que puedan ser las intenciones de una campaña de salud, el deber de la ciencia es intentar, siempre, descubrir cómo las cosas son, sin dejarse influir por cómo nos gustaría que sean. Como se verá, tengo motivos para pensar que esta lamentable deformación de los hechos ha sucedido más de una vez con investigaciones que pretendían determinar cuáles son los daños que el hábito de fumar genera en el fumador o en su entorno. Es mi esperanza, entonces, que algunos de estos lectores, mirando las cosas con otros ojos —con los míos—, superando el rechazo inicial, puedan verse enriquecidos al iluminar aspectos menos evidentes de un tema que, a mi entender, es mucho más complejo de como se lo suele presentar.

Para eliminar toda sombra de suspicacia, de entrada me confieso fumador. He comenzado a fumar cigarrillos en la adolescencia, a escondidas primero, y adquiriendo el hábito un poco más tarde. A los 18, ya fumaba alrededor de un paquete diario, cantidad que mantuve hasta mis 34 años. Fumar fue siempre para mí algo placentero. Durante ese período, nunca me propuse dejar de fumar. (Mi padre, en aquellos años, buscaba inculcarme su pasión por la pipa —seguramente menos nociva—, pero esa forma de fumar no me satisfacía y luego de un rato debía volver al cigarrillo; “son amores distintos”, solía decirle yo.)

Sin embargo, inesperadamente, sin que yo lo buscara, de un día para el otro el cigarrillo me abandonó. De pronto dejé de tener deseos de fumar; prendía un cigarrillo y no sentía ganas de fumarlo. Aún no logro encontrar una explicación para un hecho tan inusual. Quizá porque unos meses antes había nacido mi primer hijo; quizá porque había terminado una investigación —en colaboración— sobre el significado inconciente de la obesidad… no lo sé. Algo cambió en mí. De modo que así, a la mitad de un paquete, abandoné el hábito de los cigarrillos sin mayores dificultades ni penurias, ayudado seguramente por el hecho de haber empezado a fumar en pipa. Aún hoy —casi veinte años después—, cada tanto sueño que fumo un cigarrillo. Aún hoy, de vez en cuando, al ver a alguien encender un cigarrillo ejecutando los rituales típicos, me asalta una tenue nostalgia de algo perdido.

Desde entonces, fumar en pipa se ha vuelto para mí algo mucho más placentero de lo que fuera, en su momento, el cigarrillo; también me ha aportado otros rituales, igualmente queridos. Encendida o apagada, es común verme con una pipa en la boca. De modo que he fumado la mayor parte de mi vida. No he tenido, en todos estos años, ninguno de los serios problemas de salud que en general se vinculan al hábito de fumar. El hábito de fumar no me ha impedido tener la salud necesaria para practicar deportes o, quizás, al revés, practicarlos es lo que ha impedido que el hábito perjudique notoriamente mi salud (aunque he pasado largos períodos de mi vida sin practicar deporte alguno). Como sea, he practicado buceo y desde hace unos años juego al tenis de manera bastante frecuente e intensa. A menudo me desplazo en bicicleta. Físicamente me siento bien, de modo que no veo una necesidad urgente de introducir modificaciones en mi vida en lo que respecta al hábito de fumar. A lo mejor, en un futuro… quién sabe.

Lo dicho no significa que busque erigirme en ejemplo. He vivido como he podido y, como todo el mundo, tendré que vivir con las consecuencias —buenas y malas— de mis actos. En la vida que, mal o bien, he sabido hacer seguramente la medicina de hoy encontrará aspectos nocivos junto a otros saludables. Yo mismo, mirando atrás, puedo concebir caminos mejores; cosas que mejor hubiera sido hacer o evitar. Pero lo que hice hecho está, y no me siento demasiado disconforme con el resultado. En un sistema complejo —y toda vida lo es—, las cosas no se dan siguiendo una lógica lineal, de modo que no resulta sencillo predecir los efectos futuros de los cambios puntuales que se implementan. Lo que quiero decir es que no sé —sinceramente— cómo hubiera sido mi vida si no hubiese hecho lo que hice; si, por ejemplo, no hubiese fumado. No sé qué cosas hubiera ganado ni tampoco qué cosas hubiera perdido. Por lo pronto, podría decirse que, si nunca hubiera fumado, me habría perdido de vivir ciertos placeres concretos y me habría ahorrado, a cambio, ciertas molestias, también concretas. Pero fumar ha sido para mí algo importante; por lo tanto, intuyo que si nunca hubiera fumado, muchas más cosas habrían sido distintas en mi vida. Este libro, muy probablemente, no existiría, y yo no sería hoy la misma persona que soy.

Siempre que un tema convoca afectos poderosos —como es el caso del hábito de fumar—, resulta inevitable que sobre él se susciten controversias que tienden a simplificar excesivamente su consideración. Si sobre estos temas uno se propone abrir nuevas reflexiones, por más empeño que se ponga en señalar los distintos matices de grises, existe siempre el riesgo de que el ánimo del interlocutor se incline a extraer, de manera apresurada, una conclusión en términos de blanco o negro. Por lo tanto, resulta muy difícil en estos casos escapar a esa alternativa binaria, según la cual no estar “en contra” sólo puede significar estar “a favor”. De nada sirve evitar pronunciarse en uno u otro sentido, ya que no sólo no nos exime de ser ubicados, por cuenta del interlocutor, en alguna de estas dos únicas posibilidades, sino que, además —y para peor—, uno genera la impresión de que oculta una posición que no se atreve a asumir.

Una vez aclarado que esta alternativa binaria me parece una simplificación pobre, y que para saber —en profundidad— qué pienso sobre el hábito de fumar mejor sería leer el libro entero, paso entonces a recoger el guante y pronunciarme por el “más blanco” de todos los grises que veo en mi paleta:

Si fuera posible abstraer la cualidad de fumar y separarla de todas las otras cualidades que componen una vida, entonces —sólo entonces— me atrevería a decir que “no fumar” es mejor que “fumar”. Sobre todo si por fumar se entiende fumar cigarrillos en cantidad. Pero no acierto a ver el hábito de fumar como algo tan dañino y perjudicial como rezan las campañas antitabaco. Mucho menos si se trata de fumar poco, fumar cigarros o fumar en pipa. La idea de que la presencia del fumador pueda resultar dañina para las personas que lo rodean sencillamente no me convence. Me he informado acerca de las investigaciones que pretenden dar sustento científico al concepto de fumador pasivo y lo que he podido averiguar no ha hecho más que convencerme de que se trata de una falacia. En el capítulo 13, expongo los argumentos que me llevan a pensar de ese modo y reseño las mencionadas investigaciones, como para que el lector pueda sacar sus propias conclusiones.

Tampoco creo que fumar pueda hacer a alguien mejor de lo que es. No creo que uno pueda transformarse, por ejemplo, en escritor por el sólo hecho de adquirir el hábito de fumar. Pero si un escritor sintiera —como se observa con frecuencia— que no puede escribir sin fumar, la decisión de dejar de fumar es, cuando menos, algo complejo que debe ser meditado con cuidado. Afirmar, como un hecho “científicamente comprobado”, que “si fuma morirá” me parece que no ayuda a sopesar de un modo adecuado las alternativas a elegir. Es muy cierto que para poder escribir necesita salud; pero también es necesario que —como médicos— aceptemos su derecho a decidir que, si ya no podrá escribir, quizás esa forma de salud no le interese.

Ya va siendo hora de recordar que los médicos, con nuestras prácticas y consejos, no sólo intervenimos en los cuerpos de nuestros pacientes; también intervenimos —lo queramos o no— en sus vidas. No debemos olvidar que tener una buena vida es siempre mucho más que tener un cuerpo sano, principalmente en lo que a importancia se refiere. Y aunque es cierto que no está en las manos del médico que se ocupa del cuerpo poder darle al paciente una buena vida y que, en cambio, a veces sí pueda darle un cuerpo más sano, mucho cuidado se ha de tener en que esa meta parcial no haga de su vida algo peor.


Capítulo 1

El hábito de fumar y la conquista del fuego

Desde el descubrimiento del Nuevo Mundo, hace ya más de 500 años, la humanidad ha sostenido un encendido romance con el hábito de fumar. Pese a que en nuestros días son bien conocidos los efectos nocivos que la medicina atribuye a este hábito, millones de personas continúan fumando. Las numerosas investigaciones que se han abocado al intento de descubrir el porqué de esta curiosa pasión coinciden en que la respuesta está en los efectos farmacológicos —placenteros y adictivos— que el tabaco, a través de la nicotina, tiene sobre el organismo de quien lo fuma.

En otras palabras, consideran que la razón y el objetivo del fumar radican en esencia en la nicotina del tabaco; el hábito de fumar es entendido, entonces, como una adicción o, más precisamente, una toxicodependencia.1 Desde esta concepción han surgido distintas propuestas farmacológicas para alcanzar el objetivo terapéutico de la cancelación del hábito; por ejemplo, proporcionarle al fumador nicotina por otros medios menos nocivos (como los parches cutáneos) o desarrollar otras drogas (como bupropion o fluoxetina) capaces de simular los efectos placenteros o contrarrestar los adictivos que la nicotina tiene sobre el organismo del fumador de tabaco.2El psicoanálisis no fue ajeno al interés por este interrogante. Numerosos psicoanalistas se abocaron al estudio de las motivaciones inconcientes que llevan a un sujeto al hábito de fumar, identificando intensas fijaciones orales y masoquistas. Atentos a estas investigaciones, distintos sectores de la industria médica intentaron alternativas menos “masoquistas” para sustituir “la oralidad” del hábito de fumar, como cigarrillos de plástico para tener en la mano y llevarse a la boca o chicles de nicotina que, intentando matar dos pájaros de un tiro, satisficieran al mismo tiempo la necesidad “somática” de nicotina y la “psicológica” de descargar pulsiones orales.

No obstante estos intentos, dejar de fumar resulta muy difícil. Según informa Hernán Provera, médico cardiólogo y jefe del Departamento de Riesgo Cardiovascular del Instituto de Neurociencias Buenos Aires (ineba), «se estima que en algún momento de su vida uno de cada tres fumadores se plantea dejar de fumar. Entre los que lo intentan, un 25% no alcanza las 24 horas sin volver a probar un cigarrillo, el 40% resiste entre dos y siete días y sólo un 12% supera los 3 meses sin hacerlo».3 Es decir que —haciendo números— sólo un 4% de los fumadores supera los tres meses de abstinencia. Aún los tratamientos de reemplazo de nicotina por vía inhalatoria dan poco resultado. Los estudios estadísticos revelan que «mientras que cerca del 90% de los fumadores vuelve a fumar después de 12 meses si no realiza ningún tratamiento, entre el 75 y el 80% de los que reciben reemplazos de nicotina lo hace».4 De aquí fácilmente se deduce que —por lo menos para la gran mayoría de los fumadores— el acto de fumar tiene que ser algo más que el deseo o la necesidad de inhalar nicotina.

Sergio Aizenberg,5 yendo un poco más allá de las fantasías orales descriptas clásicamente, plantea que fumar es un intento particular de mantener disociados y aletargados —“fumigados”, según el autor— contenidos prenatales considerados peligrosos. Años más tarde, Hugo Litvinoff6 y, más recientemente, Pascual Bianconi,7 buscando comprender el hábito de fumar a partir de la libido propia de la función respiratoria, han identificado a la hipoxia que causa la inspiración del humo del cigarrillo como una de las motivaciones inconcientes que conducirían a este hábito. El primero de estos autores considera que el fumador de cigarrillos, a los fines de superar dificultades actuales, intenta recrear la situación de la primera inspiración que ocurre luego del nacimiento; situación de la cual, en el pasado, logró salir “airoso”. Bianconi, en cambio, emparentando la hipoxia del fumador de cigarrillos con la hipoxia relativa en la que transcurre el período fetal de la vida, sostiene que, al contrario, la inspiración del humo del tabaco buscaría recrear una simbiosis con la imago materno-placentaria. Cabe destacar que este autor, en un trabajo contemporáneo al mencionado, se aboca también al estudio de la interioridad de la nicotina,8 abordando este complejo tema desde dos frentes distintos: por un lado, la afición a la nicotina del tabaco y, por el otro, el hábito de fumar cigarrillos inhalando el humo del tabaco hasta los pulmones.

Sin embargo, el significado del hábito de fumar es un tema más amplio que no se agota con la comprensión de por qué se fuman cigarrillos de tabaco, ya que hay formas no inhalatorias de fumar (como el cigarro o la pipa) y también se fuman otras sustancias distintas del tabaco (como marihuana, opio o crack). Tampoco el consumo de tabaco se restringe al hábito de fumar, ya que hay muchas otras formas de incorporar la nicotina en el organismo.

En este libro, me propongo intentar comprender el significado inconciente del hábito de fumar a partir del significado propio del humo que se fuma y, por extensión, del significado propio del fuego que lo provoca. Se trata de un camino que, hasta donde sé, aún no ha sido explorado por el psicoanálisis.

El fuego ha fascinado a la humanidad durante siglos. Al calor del fuego, y gracias a su poder, han vivido miles de generaciones desde hace, por lo menos, 300.000 años. Antes de haber dominado el fuego, el hombre era un animal recolector, carroñero y cazador de pequeñas presas. A pesar de estar dotado de un cerebro superior, en la cadena alimentaria venía detrás de los grades predadores, como los leones, y detrás también de los poderosos carroñeros, como las hienas. El dominio del fuego colocó al hombre en la cima de la cadena alimentaria, infundiendo en él un sentimiento de superioridad frente a las demás criaturas. Un solo hombre con una rama encendida lograba hacer retroceder a los grandes predadores, infundiéndoles el mismo temor que, hasta entonces, ellos le habían hecho sentir. También podía quemar todo un bosque impenetrable para luego recoger con facilidad las nueces y los tubérculos quemados. Aquellos alimentos que, hasta entonces, no podían digerir en su forma natural, como el trigo, el arroz o las papas, pasaron a formar parte de su dieta, y la cocción de la carne facilitó su masticación y digestión. Así, gracias al fuego, la especie humana lentamente fue reduciendo el tamaño de dientes y mandíbulas. «Algunos expertos creen que hay una relación directa entre el advenimiento de la cocción, el acortamiento del tracto intestinal humano y el crecimiento del cerebro humano. Puesto que tanto un intestino largo como un cerebro grande son extraordinarios consumidores de energía, es difícil tener ambas cosas.»9Si bien los primeros usos del fuego fueron el calor y la defensa ante los predadores, al poco tiempo el hombre descubrió que tenía otras potencialidades. Observar que la punta del palo con que se removían las brasas de una fogata, al carbonizarse, ganaba dureza y se podía utilizar como arma de caza fue el principio de la aplicación del fuego como generador de técnicas. El hombre ha sabido usar la fuerza destructiva del fuego en su provecho para extraer la energía de los materiales que le proporcionaba la naturaleza o para poder moldearlos a su gusto. Si bien la mano es la principal herramienta del hombre, el fuego no ha sido menos importante en la construcción de la cultura.

Se ha subrayado repetidas veces el efecto mágico y cautivador que posee el fuego para el hombre; el poder casi hipnótico que posee la simple contemplación de una fogata. Películas como La guerra del fuego10 nos ayudan a desentrañar parte de ese vínculo ancestral, cuando vemos a los primeros homínidos refugiarse del frío, la oscuridad y los peligros de la noche al amparo de la luz y el calor de las llamas; cuán importante era para esas inermes criaturas conservar y proteger esa fuente de seguridad y calor; qué devastación anímica suponía para ellos la extinción del fuego; cómo, incapaces aún de producirlo, sus primeros pensamientos se orientaban al ingenio de transportar, en sus obligadas migraciones, unos pocos rescoldos que pacientemente debían soplar para mantenerlos encendidos.

También recordamos la interminable secuencia de los esfuerzos de Chuck Noland (Tom Hanks), en el film El náufrago,11 por producir fuego y su sensación de poder —de ser un dios— al contemplar la inmensa fogata que había logrado; o su expresión, ya de vuelta en la civilización, al observar la llama de un encendedor, pensando en todos los sufrimientos y sacrificios que ese modesto artilugio le habría podido ahorrar. Se trata del mismo artilugio que todo fumador transporta en su bolsillo… siempre al alcance de la mano.

El fuego tiene que haber sido, también, un factor importante de reunión y cohesión social para los hombres de todos los tiempos, porque aún hoy lo sigue siendo para nosotros. Podemos imaginarnos que alrededor de una fogata, al amparo de la noche, a salvo de los peligros de la oscuridad, los integrantes de la tribu se reunían para compartir el alimento, pero también para compartir el espíritu. Tal vez, en un principio, fuera ese el único momento dedicado a la vida espiritual, en el cual se podían compartir vivencias, revivir los sucesos del día, contar historias de caza, cantar o, simplemente, dejar correr la imaginación, estimulados por la contemplación de las hipnóticas llamas.

Y dado que donde hay fuego hay humo, qué duda cabe de que acercarse al abrigo de una fogata es también, inevitablemente, aspirar el humo, lagrimear los ojos e impregnarse la ropa y el cabello con su particular aroma. Todavía hoy, nuestros hijos festejan la última noche del campamento escolar cantando reunidos alrededor del fogón y regresan luego a casa con olor a humo. También el acto de fumar ha sido parte de esa cultura que el hombre ha sabido construir y que hoy heredamos de nuestros antepasados.

El acto de fumar brinda la posibilidad de estar en contacto con el fuego, con las brasas y con el calor que ellas desprenden, y es justamente esa característica la que lo convierte en un acto ritual. Creo que la importancia de este aspecto ha sido subestimada. Así, por ejemplo, perdidos en las nieves de los Andes, a 3.660 metros de altura, donde el oxígeno que se consume en cada movimiento no se puede recuperar con facilidad de la atmósfera, los sobrevivientes del vuelo chárter uruguayo, padeciendo temperaturas que llegaban a los 40 grados centígrados bajo 0 por la noche e imposibilitados de hacer fogatas debido a la falta de sustancias combustibles, refieren que fumaban sólo por el afán de estar en contacto con algo caliente.12Así como me resulta convincente que el fumador de cigarrillos busque un cierto estado de hipoxia que le permita recrear, en su fantasía, la simbiosis fetal, también me parece convincente que todo fumador, a través del humo que respira y de las brasas que tiene en la mano y lleva consigo, busque recrear esa situación de ancestral amparo que todos sentimos alguna vez junto al calor del fuego.

Como puede apreciarse, se trata de un tema enorme, de modo que mi objetivo es principalmente recopilar material, proponer algunas ideas y ofrecer el conjunto como tema de conversación, de la manera más amena que me sea posible. Espero que algo de ese espíritu confortable que se respira en esas charlas junto al fogón logre impregnar, como el humo, las páginas de este libro.

Comenzaremos nuestro recorrido con una breve reseña de la historia del hábito de fumar. Dado que esta historia se halla indisolublemente ligada a la historia del tabaco, también nos ocuparemos de él, pero a los fines de la meta que nos proponemos —comprender los significados del humo y del fuego y su participación en el hábito de fumar— nos resultará, hasta cierto punto, indistinto si el humo que se fuma proviene de la combustión del tabaco o de cualquier otra sustancia fumable; si al fumar se inspira el humo, como se hace con los cigarrillos, o si sólo se lo aspira, como se hace con la pipa o el cigarro.

Capítulo 2

Definiciones y orígenes de algunos términos

“Fumar”, en su primera acepción en español, es un verbo intransitivo que significa aspirar y despedir humo. De no mediar mayores precisiones, se da por sentado que “fumar” significa “fumar tabaco”. Así, por ejemplo, si se está hablando de “los aspectos nocivos del hábito de fumar”, se sobreentiende que lo dicho se refiere a los efectos nocivos del tabaco fumado y no a los producidos por fumar otras sustancias, como la marihuana, el opio o el crack.

En otras acepciones, “fumar” también se emplea como verbo transitivo, es decir que requiere de un objeto directo de la acción; así significa tomar el pelo a alguien o consumir algo de manera indebida (por ejemplo: “Se fumó el sueldo y ahora anda sin dinero”) y de aquí, coloquialmente, faltar a una obligación (por ejemplo: fumarse la clase o fumarse la oficina). Más recientemente, también se lo utiliza en el sentido de tener que aguantarse algo desagradable; es posible que esta acepción surja de la connotación negativa que en nuestros días reviste al hábito de fumar.

“Fumar” proviene de la voz latina fumare, que significa “humear”; literalmente, “arrojar o producir humo”. Este término ha dado origen a vocablos como perfumar, donde la partícula “per-”, de carácter aumentativo (como en “híper” o “súper”), comunica la idea de que el perfume es humo, en su máxima expresión. Cabe conjeturar que, así como a nosotros nos suele resultar entrañable el olor a pan tostado, es posible que el olor del humo que impregna a quienes están junto a una fogata haya resultado para el hombre primitivo un aroma igualmente querido; un olor agradable capaz de evocar el hogar, el grupo social, el calor, la comida y la seguridad. Todo aquel que tuviera el “perfume del fuego” sería identificado, entonces, como alguien que no es un paria; como un hombre que tiene un hogar en el que algún alimento se cocina; como un hombre que no está solo, que pertenece a un grupo social, que goza del calor, el alimento y la protección.

Fumare, como verbo latino, deriva a su vez del sustantivo fumus, que significa “humo”. En el idioma español, se ha perdido esta identidad entre el sustantivo y el verbo —presente en otras lenguas romances como el italiano o el francés—, ya que para algunos sentidos se mantiene la efe y para otros se la sustituye con la hache. Muchas palabras del español que empiezan con hache se emparentan con otras, de significado similar, que empiezan con efe por un origen latino común, como “hierro” y “fierro”, ambos derivados del latín ferrum, o con “hechura” y “factura”, del latín factura, del verbo “hacer”, facere. Otros ejemplos son “hijo” y “filial”, “hoja” y “folio”, o también “hambre” y el desusado “fambre” o el actual “famélico”. No se sabe, a ciencia cierta, por qué la efe del latín y de otras lenguas romances se transformó en hache en algunos vocablos del español. Algunos conjeturan que, como la hache hasta el siglo xiii se pronunciaba aspirada, pudo confundirse con la efe pronunciada aspiradamente por personas a las que les faltaban todos los dientes superiores (cosa común en la Edad Media).

El humo, a su vez, es una suspensión en el aire de pequeñas partículas sólidas que resultan de la combustión incompleta de un combustible, producido en fogatas, brasas o motores de explosión. Por lo tanto, se lo considera un subproducto no deseado de la combustión (excepto, claro está, para los fumadores). En las víctimas de los incendios, la inhalación del humo es la principal causa de muerte. El humo mata por intoxicación debido a sus componentes tóxicos —como el monóxido de carbono—, que impiden el transporte de oxígeno por la hemoglobina de la sangre, y a las pequeñas partículas sólidas de carbón que taponan los alvéolos pulmonares dificultando el intercambio gaseoso.

Por su parte, la combustión es una reacción química en la que un elemento combustible se combina con otro llamado comburente —generalmente oxígeno en forma gaseosa—, desprendiendo calor y produciendo un óxido. Cuando una combustión es completa, los únicos subproductos son agua en forma de vapor, dióxido de carbono y compuestos de diversos elementos del combustible. La violenta oxidación de una materia combustible, con desprendimiento de llamas, calor y gases no es otra cosa que el fuego; en otras palabras, el fuego es, para la química, la manifestación visual de la combustión.

Según señalan Carl Sagan y Ann Druyan13 en su libro Sombras de antepasados olvidados, para que exista el fuego debe existir oxígeno, y este elemento no siempre ha estado presente en nuestra atmósfera. Por lo que se deduce que el fuego es posterior a la existencia de la Tierra y posterior, también, a la presencia de oxígeno en la atmósfera terrestre. Al contrario de lo que suele pensarse, el Sol no tiene fuego, sino plasma incandescente.

Aprovechando esta sección de definiciones y a modo de enlace con el siguiente capítulo, definamos también qué se entiende por “tabaco”. El tabaco es un producto vegetal obtenido de las hojas de varias plantas del género Nicotiana. Este género abarca a más de cincuenta especies, subdivididas en cuatro grupos principales: Nicotiana tabacum, Nicotiana petunoide, Nicotiana rustica y Nicotiana polidiclia. Su particularidad química está dada por la nicotina, un alcaloide que se encuentra en las hojas en proporciones variables (entre menos del 1% y 12%) según la especie. El resto es el alquitrán, una sustancia oscura y resinosa compuesta por varios agentes químicos, muchos de los cuales se generan como resultado de la combustión.

Para algunos, el nombre proviene del árabe tabbaq, que ya en la Europa del siglo xv se aplicaba a varias plantas de uso medicinal.14 Algunas versiones tomadas de cronistas españoles de la conquista de América proponen que la palabra tabaco proviene de la castellanización del lugar donde la planta fue descubierta, ya sea la isla antillana Tobago o la localidad mexicana Tabasco. Iain Gately15 sugiere otra versión según la cual los españoles creyeron entender que el nombre autóctono de la planta era “tabaco”, aunque en realidad este vocablo se refería al tubo o pipa con que los indios fumaban la planta. De similar opinión, Ricardo Socca16 afirma que tobago era la palabra con la que los primitivos habitantes de Haití designaban a una caña alargada que usaban para fumar a modo de pipa.

Confusiones de este tipo, al parecer, suelen ser muy frecuentes en los conquistadores. Así, por ejemplo, cuando le preguntaron a un nativo australiano por el nombre autóctono del extraño animal que poblaba esas regiones, el nativo respondió que no entendía la pregunta, algo que en su idioma sonaba parecido a kan gu ru. Otro gracioso ejemplo es el nombre de Yucatán, que significa “yo no soy de aquí”, respuesta que dio un nativo americano cuando se le preguntó cómo llamaban ellos a la región que hoy se designa, justamente, con los fonemas autóctonos de su respuesta.

Volviendo al tema del tabaco, el nombre científico dado al género de esta planta y, por extensión, el del alcaloide que contiene —la nicotina— fue creado por Linneo en homenaje a Jean Nicot de Villemain; embajador francés en Portugal a quien, para bien o para mal, debemos la temprana y extensa difusión del tabaco en Europa.

Algunos afirman que fue Hernández de Boncalo, cronista e historiador de las Indias, quien, en 1559 y por orden de Felipe II, llevó las primeras semillas de tabaco a España, con lo que se dio inicio al cultivo de tabaco en Europa. Otras fuentes afirman que este evento sucedió medio siglo antes, en 1510, y que el responsable fue Francisco Hernández de Toledo.17 Como sea, la cuestión es que estas semillas fueron plantadas en tierras situadas alrededor de Toledo; más precisamente en una región que, por estar asediada frecuentemente por plagas de cigarras, se la conocía como Los Cigarrales. Según algunos historiadores, a esta región deberían su nombre cigarros y cigarrillos.

Capítulo 3

Breve reseña de la historia del tabaco y de la costumbre de fumar

Cuando pensamos en la historia de la civilización occidental, nos resulta impensable que la mayor parte de esta historia haya transcurrido sin tabaco y sin el hábito de fumar. Y sin embargo así fue. Ni egipcios, ni griegos, ni romanos fumaron. No se fumaba en la Edad Media; tampoco en la milenaria cultura oriental. El hábito de fumar —incluso opio—, como veremos, llegó al Viejo Mundo de la mano del tabaco.

Jean Jacques Brochier,18 en su libro Yo fumo, ¿y qué?, relata una bella historia creada por Pierre Louÿs, en la cual el propio escritor es visitado en su estudio, en el París de 1900, por el espectro de una cortesana griega. Callisto —así se llama ella— sólo desea preguntarle al escritor si, desde los tiempos de la antigua Grecia, la humanidad había sido capaz de inventar algo que justificara la continuación del mundo; algo valioso y placentero que compensara sus desventuras, sus masacres, sus sufrimientos y dolores. El escritor comienza a enumerar las “voluptuosidades” de los placeres nuevos, pero ella ya los conoce. Ninguna novedad significativa en las artes, la arquitectura, la bebida, la comida o el sexo. Agotados todos los descubrimientos, y ya convencidos ambos de que la humanidad no había podido generar, desde entonces, más que cosas desagradables, el escritor, maquinalmente, ofrece a Callisto un cigarrillo. Ella lo mira desconfiada, lo enciende, aspira dos o tres bocanadas de humo, y —en palabras del autor— la existencia del mundo queda completamente justificada. Se trata en verdad de un placer nuevo, voluptuoso, que da título a la historia (“Une volupté nouvelle”).

Podríamos preguntarnos cómo continuar esta historia y, modestamente, nos imaginamos a Callisto, quizá luego de encender su segundo o tercer cigarrillo, pidiéndole al escritor que le cuente cómo y de dónde surgió esta extraña costumbre de fumar. Lo que sigue podría ser una respuesta.

1. Una vieja costumbre en el Nuevo Mundo

Tanto la Nicotiana rustica como la Nicotiana tabacum son originarias de América, y allí las conoció el hombre hace aproximadamente 18.000 años. Expertos en genética vegetal han determinado que el lugar donde se cultivó el tabaco por primera vez, en una fecha estimada entre los 5.000 y los 3.000 años antes de Cristo, se sitúa en la zona andina entre Perú y Ecuador. Posteriormente, el consumo se fue extendiendo hacia el norte y, para cuando Colón descubre América, ya estaba extendido por todo el continente.

«Una pipa primitiva encontrada por los arqueólogos revela que la llegada del tabaco al norte del continente americano fue anterior al año 2.500 a. C. Al parecer, el uso del tabaco en la América prehistórica se extendía por todo el continente […] puede decirse que allí donde había seres humanos se consumía tabaco. Incluso aquellas tribus que carecían de otra forma de agricultura plantaban y cultivaban tabaco. […] El hábito de fumar era un rasgo esencial de muchas de aquellas tribus que habitaban la América del Norte precolombina.»19Fumar era una de las muchas variedades de consumo de tabaco, tanto en América del Sur como en América Central. Además de fumarse, el tabaco se aspiraba por la nariz, se masticaba, se comía, se bebía, se untaba sobre el cuerpo, se usaba en gotas en los ojos y se utilizaba en enemas. «Excepto la inyección intravenosa, los indígenas de Sudamérica usan el tabaco a través de todos los medios humanamente posibles.»20Se usaba en ritos soplándolo sobre el rostro de los guerreros antes de la lucha; se lo esparcía en campos antes de sembrar; se lo ofrecía a los dioses; se lo derramaba sobre las mujeres antes de una relación sexual, y tanto hombres como mujeres lo utilizaban como narcótico. Sin embargo, Johannes Wilbert,21 en su trabajo sobre “El significado cultural del uso del tabaco en Sudamérica”, sostiene que la forma más común de consumo era fumarlo. De la misma opinión, Sander Gilman y Zhou Xun escriben:

«Fue la costumbre de fumarlo, de quemar la hierba para hacer humo, la que pronto pasó a formar parte de rituales sacerdotales aliados al diagnóstico y a la curación de enfermedades, así como a la expulsión de los espíritus malignos que presuntamente las causaban. Fumar facilitaba la intoxicación inherente al ritual […]. El humo servía asimismo de alimento a los espíritus que habitaban en los chamanes. […] Ni el rapé ni las enemas ni el té ni las gelatinas de tabaco proporcionaban un efecto tan rápido como la inhalación.»22Los nativos de América consideraban que las plantas capaces de alterar el estado mental de quienes las usan estaban dotadas de poderes sobrenaturales y, por lo tanto, dichas plantas, incluido el tabaco, desempeñaban un papel importante en las ceremonias y el folclore. Francis Robicsek,23 en “El ritual de fumar en América Central”, afirma que es probable que los hábitos de fumar de los antiguos mayas procedieran de las ceremonias con incienso de los hechiceros y sacerdotes. A diferencia de los nativos de América del Norte, que sólo fumaban en pipa, los mayas fumaban exclusivamente cigarros. Análoga importancia parecía tener el tabaco para aztecas, mazatecas, cuicatecas y muchos otros pueblos de América Central.

«El tabaco y el acto de fumar no sólo tenían un hondo significado religioso en la vida de los antiguos mayas, sino que además llegaban al arte y tenían gran relevancia en la iconografía. Más que un mero entretenimiento, probablemente fumar fuera una actividad de importancia considerable, desempeñada por personas de alto rango. No puede comprobarse ni descartarse la posibilidad de que fumar por placer también fuera una costumbre extendida [ya que] las vidas de la gente común no se consideraban lo suficientemente importantes como para ser registradas y preservadas para la posteridad.»24Las descripciones de los notables efectos psicotrópicos del tabaco sobre los indígenas resultan desconcertantes si se comparan con los efectos que tiene, hoy en día, el tabaco para quienes lo fuman. Robicsek25 ensaya cuatro distintas respuestas, advirtiendo que la correcta probablemente sea una combinatoria de todas o varias de ellas:

a) Quizá los indígenas fumaban otra variedad de tabaco; la Nicotiana rustica, por ejemplo, posee una concentración mucho mayor de nicotina que otras variedades de tabaco.

b) Quizá los indígenas fumaran una mayor cantidad de tabaco; hay registros de indios que fumaban cigarros de hasta 75 cm de largo.

c) Quizá los indígenas reforzaran el efecto del tabaco mediante prácticas no farmacológicas, como cánticos rituales, vibraciones, danzas, etcétera.

d) Quizá los indígenas fumaran otras hierbas de propiedades psicotrópicas en conjunción o en lugar del tabaco. Es posible que los españoles, que recién tomaban conocimiento de estas plantas, hayan confundido el tabaco con otras sustancias. También es posible que el error lo hayan cometido los traductores modernos de los antiguos manuscritos españoles, tomándose la licencia de traducir por “tabaco” expresiones españolas como “caña de fumar”, “hierba odorífera” o “humo”.

2. Una nueva costumbre en el Viejo Mundo

Sorprendentemente, se conocen las identidades de los dos primeros europeos en fumar tabaco. Según Bartolomé de las Casas26 —el sacerdote que en 1514 editó el manuscrito perdido de Cristóbal Colón—, el 6 de noviembre de 1492 Luis de Torres y Rodrigo de Jerez, dos integrantes de la tripulación de Colón, regresaron de una incursión en lo que hoy sería Cuba y refirieron un encuentro con los nativos del lugar en el que habían inhalado el humo de unas hojas secas y enrolladas. Se trataba de las mismas hojas que Colón, un mes antes —el 15 de octubre de ese mismo año— y sin comprender el motivo, había recibido de los indígenas en señal de amistad. La primera referencia escrita al tabaco y a la costumbre de fumarlo aparece en 1535 en el primer volumen publicado por el cronista Gonzalo Fernández de Oviedo sobre el primer encuentro y las primeras décadas de la conquista.

Según Gilman y Xun,27 fue la costumbre de fumar lo que suscitó el interés del tabaco como mercancía; «de no haber sido por la voluta de humo, el tabaco habría seguido siendo una hierba usada para tratar una gran variedad de dolencias». Fumar se convirtió en el modo preferido de consumir tabaco y muchas otras sustancias; «el tabaco conquistó al mundo mediante la magia del humo». El humo capturó la imaginación de los europeos, ya que proporcionaba una experiencia para la que carecían de vocabulario. Según estos autores, el término “fumar” tardó casi doscientos años en cobrar vigencia; «hacia principios del siglo xvii se acuñó la palabra para lo que el predicador jesuita Jacob Blake había denominado “embriaguez seca” en un tratado contra el humo en 1658: lo que todo el mundo estaba haciendo era “fumar” (to smoke = hacer humo)».28 (Entendemos que debe referirse, o bien al término en inglés, o bien al enlace del término con el hábito, ya que, como vimos en el apartado de definiciones, el término en latín existía mucho antes.)

De modo que tanto para los conquistados (en opinión, como vimos, de Wilbert) como para los conquistadores (en opinión de Gilman y Xun), el efecto cautivador del tabaco radicó, principalmente, en la posibilidad de fumarlo; en otras palabras, lo verdaderamente cautivador no fue el tabaco en sí, sino el acto de fumar.

Fumar, al principio, era una cura, pero pronto se convirtió en pasión. Como la mayoría de los estimulantes usados con fines religiosos o medicinales, el hecho provocó que las elites empezaran a fumar por placer. Lo que empieza por la medicina y el ritual pasa a formar parte de la cultura; primero de la elite y luego de la sociedad toda. «Fumar, inhalar los residuos de materiales candentes, era algo que los europeos percibieron como novedad.»29 «Fumar suministraba eficazmente el químico potente de la nicotina; pero además el acto en sí parecía dueño de un aura mágica.»30Para Tanya Pollard,31 la introducción del acto de fumar tabaco en la Inglaterra de fines de siglo xvi inauguró el uso recreativo de las drogas medicinales en la cultura inglesa, «sentando las bases pare el té, el café, el cacao, los licores destilados y el opio». Como el tabaco se cultivaba en todo el mundo, fumar se convirtió en un artículo de consumo que generó más riquezas que toda la plata de las Indias. «En Europa se identificaba el olor del humo de pipa como un “olor caballeresco”. […] alrededor del 1600 […] casi todo el mundo, tanto ricos como pobres, hombres como mujeres, daba pitadas a largas pipas de arcilla.»32Fuera de Europa, la práctica del fumar se extendió con rapidez en los dominios otomanos de Asia y África. En Asia Central y en la India de los mongoles, adoptaron el hábito de fumar mezclando el tabaco con hierbas locales y usando una pipa de agua conocida como narguile. El arte de fumar también se extendió en el continente africano gracias a los comerciantes portugueses y franceses. Hacia fines del siglo xvi, ya existía en África una rica cultura fumadora que abarcaba también los rituales sociales.33El fumar en pipa llegó a Japón en abril de 1600, y sólo una década más tarde se observó que hombres, mujeres y niños habían adoptado el hábito. Españoles y portugueses introdujeron la práctica de fumar tabaco en China y fumar pasó en seguida a formar parte esencial de la ya existente cultura del té. «En sólo una generación, China adquirió una cultura fumadora que lo abarcaba todo» y preparó el terreno para el opio. «Los chinos hicieron del fumar opio un arte verdadero e incomparable. Fumar se convirtió en un ritual para los consumidores del humo mágico del opio.»34Aunque los responsables de exportar esta tradición de los indios americanos al resto del mundo fueron los europeos, fumar pronto se convirtió en una práctica global; «de continente en continente, la gente empezó a experimentar y a crear técnicas, modos y métodos más sofisticados de fumar. Esta práctica se incorporó a otras culturas y adquirió funciones diversas en tradiciones y rituales locales. En un mundo extensamente dividido por las distancias geográficas, las religiones y las condiciones sociales, fumar se volvió una práctica común a muchos, que estimulaba la interacción social».35Oriente y Occidente coincidían en los pródigos efectos del fumar. «La creencia de que fumar era beneficioso para la salud se basaba en gran parte en la doctrina de los humores, la filosofía médica dominante, heredada de Galeno y de la antigua medicina griega. Según ella, el cuerpo se componía de distintos humores —caliente, frío, húmedo y seco— y el secreto de la salud residía en saber equilibrarlos. Algunos de estos equilibrios eran mejores que otros: a los humores frío y húmedo, asociados a las mujeres, se los caracterizaba como lentos, aletargados y especialmente perjudiciales para la salud. Fumar aprovechaba extremada y literalmente el calor seco del fuego y, por consiguiente, se creía que calentaba y secaba el cuerpo conduciéndolo a un estado de vigor masculino y expulsando todo tipo de males. En cierta medida, la popularidad del fumar se debió a ideas preexistentes sobre los usos médicos del vapor. El médico William Barclay argumentó en 1614 que “la fumigación o práctica de recibir vapores no es un remedio recién inventado, es un método medicinal antiguo y respetado que sirve para muchas enfermedades”».36 «Girolamo Francastoro, que acuñó el término de “sífilis” en 1530, creía que si los gérmenes son capaces de diseminar una enfermedad por el aire, [acaso] el humo pudiera curarla.»37Una de las opiniones médicas más controvertidas era que el fumar tabaco curaba la melancolía. Dado que, como bilis negra, se la consideraba producto de los humores frío y húmedo, se suponía que debía reaccionar favorablemente a los efectos caliente y seco del humo. El mismo Barclay, mencionado arriba, afirmaba que «hay tal hostilidad entre él [el tabaco] y la melancolía, que se trata del único medicamento del mundo diseñado por la naturaleza para tomarse en buena compañía».38Jean Jacques Brochier,39 no sin cierta ironía, reflexiona: «Qué hierba milagrosa, llamada santa, divina, que todo lo podía curar. O la gente de aquellos tiempos eran de una constitución distinta a la nuestra (no había contaminación, sólo la peste cada tanto), o sino sus médicos se equivocaban al no hablar de tumores al pulmón y de enfermedades cardiovasculares; a menos que los equivocados sean los nuestros.»

Si bien en el apartado anterior ya hicimos algunas consideraciones acerca de los efectos desconcertantes —incluso contradictorios— que se le atribuían al tabaco, hay consenso en que fumar se adapta a muchos usos y algo mágico parece haber, sino en el tabaco, quizás en el acto de fumar:

«Puede ser un sedante, un estimulante, un calmante para los nervios, un relajante, un modo de recogimiento y también un significante de cohesión social. Se puede fumar sólo por el placer que da el tabaco, pero, más a menudo, se fuma como complemento de una multitud de otras experiencias presentes en el trabajo y en la cultura popular. […] Los cigarrillos y pipas fumados en soledad quizás sean los que se recuerdan, pues suscitan pensamientos y reflexiones que luego parecen claves para la identidad del fumador, pero el tabaco se consume mayormente en sociedad. Fumar en compañía, entonces, es tan divertido como fumar solo.»40Algo de razón parece haber en aquel conocido eslogan publicitario de una marca de cigarrillos que rezaba: “Cualquiera sea el placer, Player lo completa”. Una idea similar aparece contenida en la anécdota según la cual, interrogada sobre qué significaba para ella el acto sexual, Marilyn Monroe respondió: “Una copa antes y un cigarrillo después”.

La tremenda difusión del fumar, considerado en sus comienzos en Europa una costumbre de clases altas, terminó por borrar las fronteras sociales. Las diferencias sociales se desplazaron entonces del acto de fumar a la forma de hacerlo con ayuda de un nuevo invento destinado a las clases altas: el cigarro, un primo lejano de aquel que los primitivos cubanos ofrecieron a los marineros de Colón. «El cigarro es un ejemplo perfecto de cómo el tabaco se reinventó a sí mismo, cautivando al mundo una vez más. […] Como el humo mismo, el objeto era pura esencia. Mientras que se ha caracterizado al siglo xviii como el siglo del rapé, hacia principios del siglo xix el atractivo del cigarro se había vuelto tan enorme que aparecieron salones fumadores en toda Europa.»41 En estos salones destinados al relax, la lectura y la conversación, donde sólo se permitía la presencia masculina, la etiqueta en el vestir era menos rigurosa que en otros contextos sociales; bastaba, entonces, llevar una prenda más ligera a la que, justamente, se la llamó smoking.

«A medida que los cigarros se convertían en un índice de la condición social de los aristócratas, los privilegiados, los adinerados y las elites sociales, se renovó entre las masas el interés por la “buena vieja pipa”.»42 En la clase trabajadora, las tabernas y los bares cumplían la misma función que, en las clases adineradas, los salones de fumadores, y fumar pasó a ser parte de la cultura del alcohol: «El humo definía el mundo de los bebedores tanto como la bebida».43 Casi todo el mundo podía conseguir gratis una pipa corta de arcilla en el bar. En 1896, la Tobacco Trade Review calculó que cada propietario de bar regalaba entre 11.520 y 14.400 pipas al año.44Además de cigarros y pipas, los europeos pronto tuvieron una nueva opción para fumar que rápidamente se transformó en el producto tabacalero más extendido en la actualidad. El cigarrillo apareció en 1832 cuando los egipcios sitiaron la ciudad de Acre, entonces bajo dominio turco. Muchos afirman que fue durante la guerra de Crimea (1854-1856) cuando el personal británico vio por primera vez a los soldados turcos fumar tabaco picado envuelto en papel; de ahí en más, el cigarrillo se extendió por Europa y América del Norte.45 Según reconoció el general Pershing de Estados Unidos, durante las dos guerras mundiales los suministros de tabaco eran más importantes que los alimentos: «Los cigarrillos fomentaban la solidaridad y la disciplina y levantaban la moral».46 La nación entera, con un esfuerzo colectivo, apoyó a los fumadores que se encontraban en el frente, asegurándose de que los soldados recibieran cigarrillos y tabaco extra para suplementar los 55 gramos que obtenían del Departamento de Guerra. Según Matthew Hilton, «los cigarrillos ayudaron a ganar la guerra y las dos guerras mundiales hicieron del Reino Unido una nación de fumadores. A fines de la década de 1940, cerca de cuatro quintos de los hombres adultos y dos quintos de las mujeres fumaban tabaco asiduamente».47 «Con el tiempo, fumar cigarros y cigarrillos se asoció con los hombres, o se convirtió en un indicador de un tipo distintivo de mujeres, cuyo lugar rara vez estaba en el hogar.»48A juzgar por esta historia, contrariamente a la creencia de nuestros días, la difusión del hábito de fumar se debe a algo más que a los poderosos intereses de la industria tabacalera, mucho más recientes. Si el fumar no hubiese despertado semejante pasión y no estuviese tan difundido, la industria tabacalera nunca habría llegado a ser tan poderosa. El invento de la publicidad ayudó a consolidar este poder.

Durante la década de 1880, las mejoras en el transporte, el volumen de fabricación y el embalaje permitieron que fuera posible vender un mismo producto en todo el mundo. Como consecuencia de esto, nació la publicidad y los productos tabacaleros se contaban entre los más preciados en la nueva vidriera de las ventas globales.49A medida que el cigarrillo reemplazó al cigarro, las mujeres de todo el espectro social empezaron a fumar. En 1900, cuatro quintos del tabaco que se fumaba en el Reino Unido venían en forma de cigarros; para 1950, la proporción se había invertido. En 1920, la American Tobacco Company, con el asesoramiento psicológico de Edward Bernays (sobrino de Sigmund Freud), decidió lanzar una agresiva campaña para conseguir que las mujeres fumaran Lucky Strike, con el argumento de que el fumar las liberaba de los “tontos prejuicios que les habían inculcado”; en sólo tres años incrementaron sus ventas, de 13.700 millones a 43.200 millones.50Un dato de color que forma parte de esta campaña publicitaria es lo que se conoce como el Eastern Parade: en 1929, Edward Bernays hizo un misterioso comunicado de prensa en el que anunciaba que el Domingo de Pascua, en la Quinta Avenida, se celebraría una manifestación feminista en la cual se encenderían “las antorchas de la libertad”. La prometida manifestación consistió solamente en un grupo de seis mujeres liderado por Bertha Hunts —secretaria del propio Bernays—, que ante el asombro de los periodistas convocados, desprejuiciadamente encendieron cigarrillos Lucky Strike. Al día siguiente, la repercusión en los medios de prensa no se hizo esperar: los cigarrillos eran las “antorchas de la libertad” feminista; fumar era un gesto de libertad con el que las mujeres feministas pretendían destituir un tabú de la desigualdad sexual.

«Hacia mediados del siglo xx, los fumadores de cigarrillos eran mayoría social.»51 Para tener una idea de la notable difusión del hábito de fumar, veamos algunas cifras: se calcula que en el año 2000 había 1.100 millones de fumadores; la cantidad de hombres en esta población era tres veces mayor que la de mujeres. La mayor cantidad se hallaba en China: 340 millones de fumadores, cada uno de los cuales consumía 1.791 cigarrillos por año (o sea, 608.940 millones de cigarrillos vendidos y fumados). El aumento de la cifra de cigarrillos consumidos en China durante el siglo xx es impresionante: 300 millones de cigarrillos en 1902; 4.000 millones en 1924 y sólo cuatro años más tarde, en 1928, 28.000 millones.

Semejante difusión comenzó a generar preocupación en el gobierno chino. En 1994, por decreto gubernamental, desapareció toda publicidad tabacalera, y en 1997 el gobierno prohibió que se fumara en la mayoría de los lugares públicos. En ese mismo año, la Organización Mundial de la Salud empezó a trabajar en pos de un tratado en contra del fumar, que habría de implementarse en el año 2003.52Y con esto entramos en otro aspecto del tema.

3. “Prohibido fumar”

Aunque esta restricción parezca un invento de nuestros días, la historia nos muestra que no es así. Según Gilman y Xun,53 el sultán otomano Amurat IV (1623-1640) fue uno de los primeros gobernantes que prohibió fumar, pues lo veía como una amenaza a la moral y a la salud. Ejemplos similares ocurrieron en distintas partes del mundo; muchas veces prometiendo a los contraventores los más crueles castigos. Por ejemplo, en China, un emperador decretó en 1638: «Aquellos que introduzcan clandestinamente el tabaco y lo vendan a los habitantes serán decapitados cualquiera sea la cantidad vendida; sus cabezas serán expuestas sobre una pica»54. En 1634, «el Patriarca de Moscú prohibió la venta de tabaco y sentenció a los hombres y mujeres que fumaran a que les cortaran las fosas nasales o los azotaran hasta que no les quedase piel en la espalda».55 «Urbano VIII, en una bula papal de 1642 condenó el hecho de que se fumara porque “las personas de ambos sexos, sacerdotes y clérigos inclusive […] durante la celebración de la Santa Misa […] no se abstienen de consumir tabaco por la nariz o por la boca”.»56 También en Inglaterra en 1604 James I condenó que se fumara tabaco con similares argumentos.

Para Gilman y Xun, lo que motivó la protesta contra el fumar fue un deseo de reinstaurar las barreras sociales que la extensión del hábito había borrado. Fumar daba placer, pero debía limitarse a la realeza, los privilegiados, las elites, no a cualquier masa de trabajadores, cuyas preocupaciones debían ser el trabajo, la productividad y la disciplina; fumar era un pasatiempo que hacía que los trabajadores descuidaran sus obligaciones. «Cuando se vio como una amenaza al orden social, fumar se convirtió en un crimen digno de castigo.»57Pero como suele suceder, cuanto más intensa es la prohibición, más crece el deseo, de modo que, incapaces de impedir que se fumara, los gobernantes se volcaron a controlar la actividad mediante el monopolio estatal. «Gracias a este monopolio, el tabaco les reportó riquezas, alivió tensiones sociales y fortaleció sus dominios. Todo el mundo contento.»584. Peligro fumar

Hacia fines del siglo xix, la conciencia de que fumar guardaba relación con diversas formas de alteración celular iba en aumento. Se lo relacionaba, además, con falencias morales. Recién luego de la Segunda Guerra, en 1948, comenzaron las investigaciones científicas sobre cuán perjudicial podía ser el hábito de fumar y, junto a los estudios epidemiológicos, comenzaron las campañas contra el fumar.59Sin embargo, aún se adjudicaban al hábito aspectos positivos para la salud. En 1958, en la revista médica Lancet, al mismo tiempo que se admitía una relación entre el hábito de fumar y el cáncer de pulmón, un artículo explicaba que los fumadores eran «hombres inquietos, enérgicos, impulsivos, independientes, interesantes, apasionados al hacer lo que les interesaba y que en tiempos de guerra se enrolaban en unidades de combate»; a los no fumadores, por contraste, se los describía como «hombres de familia insulsos, estables, confiables, trabajadores, poco comunicativos y que en tiempos de guerra tendían a especializarse en unidades no combativas».60«El cáncer volvió a los fumadores más concientes de sus identidades de fumadores […]. Pero quizás las consecuencias más sorprendentes de las campañas de salud fueron las nuevas formas de sociabilidad que se establecieron entre los fumadores. El año que siguió a la publicación del informe del Royal College de 1962 vio el nacimiento de una nueva cultura: la del “dejar de fumar”.»61Pese a que no dudamos de la veracidad de este dato, cuando pensamos en el tema de “dejar de fumar” no podemos menos que evocar otro hecho, sucedido mucho antes. En 1923, Italo Svevo escribió La conciencia de Zeno, una grandiosa novela que narra la historia de una vida dedicada al intento de dejar de fumar. En un pasaje, Zeno Cosini, su protagonista, reflexiona:

«Ahora que estoy viejo y nadie me exige nada, sigo pasando del cigarrillo al propósito [de dejarlo] y del propósito al cigarrillo. ¿Qué significan hoy esos propósitos? ¿Acaso me gustaría, como a ese viejo higienista descrito por Goldoni, morir sano tras haber vivido enfermo toda la vida?»62Volviendo a los datos estadísticos, de acuerdo con algunos estudios, en el año 2000 el 70% de los 12 millones de fumadores del Reino Unido quería dejar de fumar.63 No obstante estos datos, Matthew Hilton, profesor asociado de Historia Social en la Universidad de Birmingham, en su interesante estudio sobre “El fumador social” advierte que la tendencia sociabilizadora del hábito de fumar persiste a pesar de los peligros que las campañas de salud pública vinculan al consumo de tabaco.64 Señala que casi un tercio de la población adulta sigue fumando incluso a sabiendas de los riesgos tan difundidos del hábito. «Hay una nueva tierra de Marlboro —sostiene el autor— no poblada por vaqueros solitarios sino por citadinos sociables que se aúnan en contra de las restricciones de salud pública.» Y, destacando el aspecto social del acto de fumar, concluye su ensayo con las siguientes palabras:

«Hoy día, los fumadores, obligados a fumar fuera de sus oficinas, padecen el frío y la lluvia, pero al menos saben lo que el Lancet sabía hace cincuenta años: los fumadores son mejor gente. De ahí que sigan fumando todos juntos».

5. Un nuevo encuentro con un viejo conocido

Si una conclusión podemos extraer de los apartados anteriores, es que la novedad de fumar despertó una pasión universal sin precedentes. En menos de 100 años de su llegada a Europa, la costumbre de fumar se había diseminado con la rapidez de un virus por todo el Viejo Mundo, Asia y África incluidas. Se trata de algo más que sorprendente si uno se detiene a pensar en las posibilidades de comunicación intercontinental disponibles entre los siglos xvi y xvii.

Los conquistadores, como suele suceder, tomaron para sí las riquezas de los conquistados, pero poco o nada de sus culturas nativas. Hoy, culturalmente hablando, el continente americano forma parte del mundo occidental. Muy poco ha sobrevivido de aquellas culturas primitivas; de la cultura azteca, de la cultura maya o de la cultura inca. No sólo se han perdido muchos de sus conocimientos, sus religiones, sus idiomas y sus organizaciones sociales, sino también sus formas de pensar y de vivir. Sin embargo, la costumbre de fumar —presente en todas las culturas precolombinas— parecería ser el único elemento que fue capaz de sobrevivir a este “holocausto cultural” e insertarse en todas las distintas culturas del Viejo Mundo. Este es un dato llamativo sobre el que vale la pena reflexionar. Acaso la costumbre de fumar sea el único elemento de la cultura de los conquistados que supo “conquistar” a los propios conquistadores.

Por más de cuatro siglos, fumar ha tenido un gran impacto en los estilos de vida y en las sociedades de todo el mundo: «El consumo ininterrumpido de tabaco en diversas formas en casi todo el mundo civilizado durante los últimos cuatrocientos años ha generado una profusión de aparatos, utensilios, equipos y accesorios [que] han enriquecido nuestras vidas: la variedad admirable de estos objetos es ahora un testimonio de la importancia que fumar tuvo para millones de personas».65Como supusimos en el capítulo 1 al hablar del vínculo ancestral con el fuego y el humo, quizás una de las razones para explicar esta inusitada pasión sea que, en lugar de un descubrimiento, fumar haya sido un redescubrimiento; un querido reencuentro con la vieja e inextinguible pasión por el fuego. Este aspecto no ha pasado desapercibido para Gilman y Xun:

«El espíritu del humo mágico viene acechando el alma y el cuerpo humanos desde tiempos inmemoriales, muy anteriores al descubrimiento del Nuevo Mundo. El humo se relaciona con la nostalgia de un mundo perdido».66Los egipcios, los babilonios y los hindúes ofrendaban incienso a sus respectivas deidades; en la China antigua, se quemaba moxa para espantar demonios y conservar la salud. En la antigua Grecia, se recomendaba la inhalación de humo como práctica curativa y también se lo usaba en los rituales. Así, las pitonisas del oráculo de Delfos inhalaban humo proveniente de hoyos naturales que las embriagaban al punto de anunciar sus profecías en estado de trance. También para los griegos inhalar el humo era fuente de placer; según Herodoto, en sus tiendas arrojaban semillas de cáñamo sobre piedras calientes. En el Templo de Jerusalén, se quemaba incienso noche y día y los israelitas escaparon a una plaga mortal por medio de una ofrenda de incienso a Yahvé. Del mismo modo, las catedrales góticas estaban llenas de humo perfumado. Mencionemos también el humo blanco con el que, en el Vaticano, todavía hoy, se anuncia la elección del nuevo pontífice.67«Los europeos habrán “descubierto” el Nuevo Mundo, pero no “descubrieron” el acto de fumar. Sencillamente recordaron el mundo del humo. Lo que les sorprendió fue la manera de administrarlo. Ya no había habitaciones llenas de humo, sino que los individuos lo aspiraban de rollos de tabaco o mediante pipas.»68«Aunque la inhalación de hierbas candentes ha sido parte de la experiencia humana durante milenios, el fumar tabaco le dio forma a la invención y a la cultura, cautivando la imaginación como ninguna otra cosa en la historia.»69Con esto ponemos fin a esta “breve historia” y pasamos a abocarnos a nuestra tarea: el intento de aportar, desde el psicoanálisis, algún contenido que ayude a comprender mejor los motivos de tan intensa y duradera pasión por el hábito de fumar.

Capítulo 4

¿Por qué la gente fuma?

Como se desprende del recorrido que hemos hecho hasta aquí, fumar es mucho más que el simple deseo de inhalar nicotina. Por eso se comprende que tan poco resultado ofrezcan los parches o chicles de nicotina que, en comparación con el acto de fumar, resultan ser un muy pobre sustituto de una experiencia que es mucho más rica y compleja. No cabe duda de que lo que busca el fumador es el humo que producen sus hogueras portátiles, ya sea inhalándolo de cigarrillos o aspirándolo de pipas y cigarros. Sólo el tiempo dirá cuál será la suerte que correrá el reciente invento de los cigarrillos electrónicos que, enfocados esta vez en el humo, ofrecen como sustituto vapor saborizado, pero nada tienen que ver con el fuego.

Como vimos, el humo producido por el fuego ha participado en rituales de todos los tiempos y culturas, tanto en el Viejo Mundo como en el Nuevo. El vínculo espiritual que el hombre ha establecido con el humo del fuego es tan antiguo como la misma humanidad. Ya hemos citado a muchos autores que dan sobrados testimonios de este hecho y, en lo que sigue del libro, citaremos a muchos más.

En la cultura primitiva de los nativos americanos, «cuando un hombre quería comunicarse con su tótem, o con el mundo espiritual, encendía su pipa, que estaba tallada con la forma de su animal totémico o con la de un ser que pudiera comunicarse con los dioses. Se fumaba para entrar en un estado de meditación, para elevarse por encima de las distracciones del mundo carnal. Al inhalar humo, el fumador bebía la sustancia del espíritu eterno, y al expulsarlo hacía llegar a los espíritus sus propias preguntas y deseos transformados en humo»70.Como ya dijimos, fue esta posibilidad la que tanto cautivó a los europeos. James Barrie, al comentar el efecto que tuvo la introducción del hábito de fumar tabaco en Inglaterra, declara que «los hombres que hasta aquí se habían ocupado sólo de cuestiones cotidianas se llevaron la pipa a la boca y se volvieron filósofos».71 El significado espiritual que el hombre de Occidente —al igual que el primitivo americano— dio al acto de fumar quedó plasmado en las artes plásticas:

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