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Exposición múltiple

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Gustavo Espinosa
Fenimore y su Blime
FOTOGRAFÍAS:
Pablo Bielli
Jorge Ameal
Para Daniel Barboza
I
Construir tiestos o macetas con pedazos de neumáticos es una perversión. Algunos de esos artistas plásticos que erigen esculturas con blísters de barbitúricos, o los que arman instalaciones con fragmentos de licuadoras de los años 70 y sábanas inmundas, descartadas en los quirófanos, deberían usar la densidad de esa cacharrería oscura; no es difícil poner a significar esas gomas, hacerlas decir cosas ominosas sobre nosotros. A esa artesanía negra se dedicaba Fenimore en el invierno de 1991, cuando vino a Treinta y Tres a vivir con nosotros en una casa de la calle Areguatí, que era en realidad una sucesión de cuatro habitaciones heladas y altas, llenas de polvo y hormigas.
No había muchos objetos en aquella casa. Destaco tres: un primus, una pequeña salamandra de fierro que Fenimore me había ayudado a instalar y un casetero marca Crown, conectado a un viejo cubo valvular, viudo de mi primera guitarra eléctrica. Fenimore (esto es: su cabeza barroca que retocaba casi diariamente con un cortapelos a pilas, sus herings de mangas cortadas, el borbollón de bíceps lustrosos) estaba casi siempre sentado entre el casetero y el primus, o entre el casetero y la quematuti, manipulando sus segmentos de goma, agujereándolos con alambre al rojo vivo, oyendo un ruido ínfimo y enfermo que era Pink Floyd en Venecia o era Machine Head jibarizados por el Crown. Mientras trabajaba, charlando con Salvador, mi hijo deslumbrado, lo rodeaba un aura de polución amarga: el olor a querosén del primus, el tufo incisivo de las gomas quemadas y los matices psicodélicos del hedor a pintura que liberaban, de cuando en cuando, unas latas rojas, azules y amarillas, chicas como dedales entre sus manos. Junto a sus borceguíes dormitaba la Juana, una perra que parecía un murciélago gordo al que le hubieran arrancado las alas, o algo así como un desprendimiento de Fenimore, que hubiera quedado orbitando en torno a él.
Un sábado gris, al atardecer, mientras él trabajaba bajo la consternación de una lamparilla de 40 watts en la última habitación (designada como cocina porque allí habíamos colocado el primus), me senté a cebarle mate. Por esa época poníamos pedazos de cucumelo en el termo; de esa forma, veíamos todo un poco más nítido, y los metales y vidrios parecían limpios y nuevos. Estuvimos recordando los tiempos en que nos habíamos conocido en Montevideo, en el apartamento de Brandzen, cuando él era uno de los cuatro negros que estudiaban en el IPA. Por aquella época había empezado a usar el corte de pelo que le había dado el nombrete (aunque la cresta era mucho menos enfática). Pero sólo en Brandzen y en algún otro círculo más o menos letrado lo llamábamos Fenimore. El resto del mundo no tenía más remedio que llamarlo Mario Baracus. Sin mirarme, concentrado en una línea quebrada de pintura roja sobre el neumático, me contó que sus compañeros de no sé qué grupo anarquista clandestino, del que formaba parte por la época en que nos conocimos, le censuraban el corte de pelo, su aspecto en general, por supuestas razones tácticas. Algo tan llamativo, recriminaban, ponía en peligro la seguridad de la organización. Fenimore pensaba que no había más que pacatería estética o mera e insostenible moralina: nada más lejano a un sospechoso de militancia libertaria que un negro aficionado a la halterofilia y con el pelo cortado como un mohicano.

Fue aquella misma tarde, mirándolo armar sus macetas y tomando mate con hongos, que me puse a explicarle la complejidad perversa de su tarea. Fenimore trabajaba en el margen más excéntrico de cualquier cadena de producción; era un bricoleur carroñero, un predador de gomerías; lo suyo era artesanía buitre. Quizás no hubiese nada más emblemático de la basura industrial que las gomas de auto descartadas. Todo podría ser desmaterializado, reducido a irradiación pura, a flujo inasible o circuito virtual. Pero ahí estaría el cúmulo descomunal de neumáticos viejos, monstruo muerto que jamás podríamos biodegradar, la mancha voraz que iría sustituyéndolo todo, la espuma negra que iría cubriendo todos los intersticios del planeta. Y era justamente con ese material irreductible, retrazando los impresos de las cubiertas —especie de signatura abstracta de la serialización fordista— que Fenimore construía simulacros póstumos de alfarería. El desecho industrial reconvertido en cacharro premoderno, con sus guardas seudoaztecas o seudocretenses, mediante la circularidad de la falsificación kitsch.
—¿Todo eso se lleva una doña cuando compra una maceta para las cretonas? —preguntó.
Luego estuvimos un rato callados. Me quedé pensando qué era lo que se llevaba una doña de Treinta y Tres cuando en la feria de los domingos le compraba algo a Fenimore para colocarlo en su jardín: teoría de la recepción de las macetas de goma. Ligeramente envenenado por los hongos, no logre más que una maraña de digresiones que preferí guardarme. Si el único precepto retórico que sigue esta crónica (y cualquier otra cosa que yo pueda escribir) no fuera la exclusión radical del adjetivo bizarro, ya habría caído en él para definir el oficio de mi amigo, y tal vez no sea del todo impreciso (aunque sí demasiado cómodo) para describirlo a él mismo. Su padre, pese a ser negro y estar afiliado al Partido Comunista, había logrado prosperar de albañil a constructor, y de constructor a barraquero, en el pueblo de Santa Clara. La dictadura (o apenas un jefe del séptimo de caballería, con asiento en aquel pueblo) determinó que los milicos del cuartel y sus familias no sólo no debían favorecer con sus compras a aquel enemigo del Nuevo Uruguay, sino que tampoco tenían la obligación de saldar las deudas que hubieran contraído con la barraca Camejo. Para peor, cuando Fenimore era sólo un adolescente llamado Ramoncito Camejo, un cáncer de estómago completó la obra patriótica del proceso cívico militar y terminó de matar a su padre. Entonces, su inverosímil madre blanca tuvo que vender el comercio y algunas propiedades para terminar de criar a sus dos hijos blancos, y al mayor, Ramón, quien, pese a tener que salir a vender pasteles por Santa Clara o emplearse como mandadero en un escritorio de negocios rurales, fue cursando el liceo con muy buenas calificaciones.
Cuando, apadrinado por algún vecino del pueblo y por unos parientes no tan pobres que vivían en Manga, se fue a pasar hambre a Montevideo mientras comenzaba un profesorado de historia (que nunca terminó), ya había empezado a hacer pesas con unos artefactos caseros armados con restos de cemento y varillas de fierro que habían quedado luego de la quiebra de la barraca. El corte de pelo vino después, ya en la capital. Él decía que había sido antes de que la televisión uruguaya empezara a emitir Los Magníficos (The A-Team); a veces bromeaba con que iba a demandar a Míster T, y porfiaba que había tomado la idea de un número de la revista Ajo Blanco, en la que se leían y veían noticias de la estética punk. Algún compañero viajado habría puesto aquella publicación en sus manos negras. Teniendo que sobrellevar un entrevero tan complicado de subalternidades abigarradas en un sujeto que no era otro que él mismo, del que no podía huir ni volviéndose millonario, ni sometiéndose a cirugías astrales, ni mediante psicoterapias heroicas, no es raro que decidiera, como lo hacen tantos, sobrecargarse de sí mismo, teratizarse. Estuviera donde estuviera, aun callado y sonriente como casi siempre, la enormidad de Fenimore se profería excesivamente, asustaba. En la pieza más pequeña de la casa, donde dormía junto con mi hijo, había puesto una reproducción ampliada de la cubierta de una edición de 1896 de The Last of the Mohicans (Adela, mi mujer, la había conseguido en la Alianza Uruguay Estados Unidos) que le habíamos regalado ni más ni menos que el 1.o de Mayo, día de su cumpleaños, tal como lo había programado su padre bolchevique, según afirmaba Fenimore. Una noche (no la noche del sábado en que le estuve perorando sobre la arqueología de la maceta de goma, sino una noche en que habíamos tomado mucho vino y té de hongos), Fenimore o Baracus se paró fijo ante aquel afiche y se puso a repetir:
—Yo soy Ramón Camejo.
Estuvo así durante horas, hasta el amanecer.
II
Aquel invierno en que Fenimore vivió con nosotros, yo me había propuesto terminar de una vez mi primera novela, cuyo título aún me ruboriza un poco.
—¿Y cómo se va a llamar? —preguntaba mi padre o alguna tía vieja o una colega de biología en la sala de profesores.
Prefería contestar que no sabía, que no tenía nombre todavía, que estaba indeciso. Revelar que el título iba a ser China es un frasco de fetos era revelarme en tanto monstruo, salir del closet, mostrarles que yo era una especie de Fenimore secreto. Tal vez el relicto de aquel pudor, malamente contrariado por el gesto de publicar —unos cuantos años después— la novela, haya sido la causa de que siempre haya permanecido como un libro secreto, que ningún distribuidor ni reseñista logró sacar del anonimato, como un conejo rabioso que ni el mago más audaz puede hacer emerger del sombrero. Otro de tantos rasgos culteranos o circenses de China… es un fragmento que reproduce la secuencia de métrica, de rima, y algunas armazones de sintaxis de la Soledad primera de Góngora:
Era del año la estación florida
en que el mentido robador de Europa
—media luna los cuernos de su frente
y el sol todos los rayos de su pelo—…
Yo deformé aquel comienzo ilustre:
Era del día la hora melancólica
en que se ahoga en los horizontales
límites del planeta el sol gigante
ahogado con telones colorados.
Y así seguí durante cientos de versos. Si algún bienhechor me hubiese comentado a tiempo que más o menos eso es lo que hacen los letristas de murga, cambiando el contenido de alguna matriz melódica y métrica ya conocida, tal vez yo hubiese desistido de aquella acrobacia. Pero nadie me lo advirtió, y hasta hubo quien festejó mi habilidad, así que continué garrapateando el fragmento gongorino, y todo el resto de la historia, en cuadernos escolares, para que después de innumerables tamizados y tachaduras mi mujer lo pasara sonora y trabajosamente en una Underwood, que es lo único parecido a Roberto Arlt que he tenido en mi vida, y que lamento haber perdido por desidia. Escribía duro de frío, mientras las rápidas hormigas que caían del cielo raso trajinaban sobre los papeles, oyendo la secuencia circular de cumbias del Grand Magnum Park, que aquel invierno había quedado varado en el baldío de la esquina. A veces —si Adela estaba en el trabajo y Salvador en la escuela— también tenía que oír las risitas de Fenimore y los rugidos ferales que Blime hacía para él.
Lo que podría señalarse como relevante para estos recuerdos, si se me perdona el exceso, es que desde hacía ya bastante tiempo yo había decidido que una de las peripecias centrales de mi novela fuese una extraña batalla que se desarrollaría, justamente, en uno de esos parques de diversiones miserables que de vez en cuando caían por Treinta y Tres. Eso es lo que se narra en formato de Soledad primera.
Pasó entonces que cuando yo estaba terminando o corrigiendo esos pasajes, el Grand Magnum Park se instaló en la esquina. Era como todos: gente mal entrazada y despectiva, autos viejos, carromatos que todavía no se llamaban motorhomes, una calesita, una rueda gigante enana, algunas hamacas con forma de botes y varios puestos donde se ofrecían modalidades diversas, aunque no muy creativas, de la timba. Todo era esquelético, despintado, herrumbrado. Las latas, los fierros empapados y los tenderetes vacíos exageraban o exasperaban el invierno, y el repertorio de cumbias (eran veintiséis, siempre en el mismo orden) que chillaban durante más de doce horas al día me hubiesen dado un pretexto para ponerme a llorar y declarar que era imposible escribir una novela, y aún un epigrama, en aquellas condiciones. Pero mi mujer me amenazó con abandonarme para siempre si no me dejaba de mariconerías. Tuve que recurrir a cierto irracionalismo medio adolescente —probablemente de raíz cortazariana— que ya había dejado atrás hacía tiempo. Yo había inventado una batalla o una especie de guerra de civilizaciones que se dirimía en un parque abyecto; y entonces el parque venía a instalarse al lado de mi casa, para obstruir la escritura con su bochinche y con su tristeza. Era una señal o un desafío: la novela debía ser escrita. Recuerdo haber discurseado ante Fenimore (esa vez era él quien me cebaba mate sin alucinógenos mientras yo corregía escritos) sobre las continuidades y retroalimentaciones entre la literatura y la realidad, y sobre el escritor como vate o artefacto anticipatorio.

He contado, y es verdad, que cuando llegó el Grand Magnum Park, su simulacro literario ya existía. Parecía que aquello hubiese llegado no se sabía desde dónde para mimetizar lo que yo había creado: la misma calesita en el barro, el mismo aullido ovárico de la amplificación, las mismas palanganas de plástico rosado y verde como premios en los puestos de tiro al blanco. Lo que no había (ni hubo después) en el parque de China… era el acto de licantropía de la Sublime Maika, la Fiera Humana. Se trataba de una atracción más o menos independiente, adjunta al Grand Magnum. Cuatro o cinco veces al día, los parlantes interrumpían las cumbias y una voz grabada con afectaciones de presentador de box y acento riverense gritaba:
—Vecinos de esta hermosa localidad, señoras y señores, Grand Magnum Park tiene el honor de presentar el espectáculo más increíble y horrendo: La Sublime Maika, la Fiera Humana…
Según continuaba el anuncio, los vecinos y vecinas no podíamos dejar de ver cómo una hermosa mujer se transformaba ante nuestros propios ojos en la criatura más horrenda (no puedo olvidarme, porque lo escuché tantas veces, que al locutor o a quien fuera el autor del texto se le había multiplicado el adjetivo, como suele ocurrir).
La metamorfosis se prometía, y al parecer se verificaba, en determinados horarios, si se juntaba público, en una carpa del tamaño del baño de un circo, ubicada en un extremo algo apartado del predio, junto a la casa rodante que anunciaba en caracteres aparatosos, análogos a la voz del presentador, a La Sublime Maika, la Fiera Humana. Parada junto a la enorme M del nombre, ondulaba estampada en pinturas primarias una especie de pin up girl con cabeza de perro o de hiena, con pinceladas de baba celeste chorreando del hocico.
III
Antes de ver el espectáculo de Maika, acompañado por Fenimore, mi hijo pensaba que ella se transformaba en una gran víscera supurante, algo así como un hígado enorme y viscoso. Esa imaginación, según pudo explicarnos después, se debía a sus prejuicios respecto de la palabra sublime, que —nunca sabremos por qué— era el apelativo o eslogan de La Fiera Humana. Como casi todos nuestros conciudadanos, Salvador sólo había escuchado aquel adjetivo entreverado con otras locuciones bombásticas pertenecientes a la lengua familiarmente extranjera en que está escrita la letra del himno nacional: «De entusiasmo sublime inflamó». Él suponía, además, que eran dos palabras: el sustantivo blime precedido de un posesivo. La vecindad del verbo, que sólo había escuchado en su sentido clínico aplicado a amígdalas o tobillos, lo llevó a pensar que la blime era un órgano interno, algo así como la vesícula o el vaso. El himno versaba sobre ciertos bravos, seguramente Artigas y sus amigos, sujetos exagerados, capaces de afrontar con estoicismo no solo fieras batallas, sino el dolor de sus respectivas blimes tumefactas y heroicas. Eso, confesó después de las carcajadas de su madre y de las mías, le daba un poco de miedo. Así, la licántropa de la esquina tuvo una nueva mutación y para nosotros pasó a ser Blime, la Fiera Humana.
Según Salvador, el show de Blime era buenísimo. Él había estado buscando la trampa por todas partes y no la había encontrado. Parecía que la muchacha se transformaba, ahí, frente a toda la gente. Aquello también daba miedo, como las entrañas inflamadas de un prócer. Fenimore opinó más tarde que el espectáculo era una tristeza ridícula. La que estaba buena era Maika.
Quince o veinte días después me di cuenta de que el Grand Magnum Park había quedado empantanado en medio del invierno en aquella punta polvorienta de Treinta y Tres, a cincuenta metros de donde yo intentaba dar fin a un nuevo hito de la narrativa en lengua castellana. No tenían plata para irse. Un mediodía en que había interrumpido la escritura para ir a comprar malteadas o querosén al almacén que estaba justo frente al parque, vi la primera señal de naufragio. Entre el kiosco de los boletos y el carromato de Blime había un triciclo de niño, repintado de rojo; encima del asiento habían colocado un cartón escrito con la misma pintura colorada: «Se vende». La confirmación de aquello, aunque en verdad creo que no tuve la astucia de advertirlo entonces, ocurrió al domingo siguiente, cuando —después de algunas noches de ausencia, de unos cuantos días de andar esquivo y alegre— Fenimore apareció a mediodía con una damajuana de tres litros de vino bajo el brazo izquierdo y con Blime bajo el brazo derecho. Antes de que ella se presentara como Maika Kapek (Fenimore nunca dejo de creer que aquella trabazón de aliteraciones era un nombre de verdad), supimos que era la legítima Fiera Humana por la estupefacción de Salvador tras el vapor de la fuente de ravioles recién puesta en la mesa. Parecía algo mayor que nosotros, chica, muy blanca, más chica y más blanca junto a Fenimore. Tenía la nariz y los ojos muy grandes, y —no sé si por la claridad de la piel o por el pelo muy lacio y oscuro que se le pegaba en la frente y en el cuello— daba la impresión de que recién había dejado de sudar. Tenía puesta la enorme campera de cuero de Fenimore, y el jogging algo desteñido sólo dejaba suponer algunos ángulos obtusos de huesos débiles. No había nada de sublime en su conversación con acento de Belvedere o Capurro. Cuando comenzamos a almorzar, Adela y yo teníamos claro que ella no quería hablar de su trabajo, que apenas se refirió a él para desalentar nuestra curiosidad, con el mismo tono de desinterés que usó después, cuando nos resignamos a hablar de fútbol o del recorrido y destino de ciertas líneas de ómnibus montevideanas. Dijo que ella sólo ponía la cara y alguna otra cosita; el que hacía todo con las luces y los espejos era un tío suyo, era él quien había aprendido de los padres o abuelos, cuando vinieron de Europa con un circo grande. Ni el vino ni el deslumbramiento escrutador de mi hijo modificaron su desdén. Las frases cortas, casi siempre terminadas en vo, sólo expresaron alguna cortesía y hasta cierta euforia cuando se aplicó a elogiar el tuco cocinado por mí. Nada había de Blime en Maika Kapek, salvo tal vez su apetito de Fiera Humana. Comía simultáneamente de su propios ravioles y de los que Fenimore le acercaba primorosamente a la boca desde el plato de él; después que repitió, aceptó engullir lo que había dejado de comer Salvador, paralizado de maravilla, pese a todo.
Desde entonces, casi hasta el final de aquel invierno crispado, Fenimore se mudó al Grand Magnum Park. Hacía girar la calesita para una niña solitaria, cavaba zanjas de desagüe, tensaba las riendas que sostenían la rueda gigante o conectaba cables clandestinos. A cambio de todo eso, pasaba las noches con Blime y se le permitía exponer inútilmente sus tiestos silenciosos en alguno de los kioscos. Casi todos los mediodías aparecía por casa con una vianda de plástico naranja, donde trasegaba un poco de nuestros guisos de carne de oveja, siempre algo perfumados de querosén, o alguna rodaja de leonesa primavera u otras calamidades de las que comíamos entonces.
Cuando quiso empezar la verdadera primavera, mi novela ya estaba mecanografiada en ciento cuarenta hojas de Educación Secundaria. Una de esas tardes luminosas, camino al almacén, megalómano y aliviado (no por causa de hongos, sino porque me sentía como si fuera Melville rumbo a una taberna de Nantucket, después de haber lidiado exitosamente con su cetáceo, o novela), vi estacionado sobre la vereda del parque un jeep faraónico, pintado con manchas de vaca blanca y negra, con dos largos cuernos en la proa y sustentado en ruedas como baobabs inflados, que bien le hubieran servido a Fenimore para fabricar las macetas de un templo babilónico de Las Vegas. Esa misma noche, apenas nos acostamos, oímos llegar pesadamente a Fenimore. Media hora después, Salvador apareció en nuestro cuarto preguntándonos por qué lloraba.
El jeep, conducido por un cowboy de botas de taco alto, sombrero blanco y acento brasilero (aquí mi fuente es la muchacha del almacén), había arrancado a la Fiera Humana y su casa rodante del baldío de penuria en que estaban atascados, antes de que los restos del Grand Magnum terminaran de disgregarse.
Mi amigo estuvo como un mes sin salir de su cuarto más que para ir a prepararse un mate a la cocina o pedirme un tabaco. Casi no comía, como si quisiese compensarnos de lo que nos había tragado la Fiera Humana. Se había sacado las muñequeras, los cinturones y cadenas; pasaba echado en la cama revuelta, mirando la pared, dedicado a heder, como si fuera —él también— un neumático muerto.
Un lunes en que yo debía entrar a trabajar temprano, lo encontré en la cocina ofreciéndome un mate humeante, recién bañado y enjaezado con toda su talabartería.
—Me voy a la mierda —dijo —, si sigo tirado ahí me voy a terminar amasijando.
Desde entonces no he dejado de arrepentirme dos o tres veces por año de algunas mezquindades que cometí durante aquella conversación. La primera fue distraerme en el verbo anticuado y argentino que había usado para nombrar la posibilidad del suicidio: me entretenía en banalidades filológicas, en lugar de consolar a mi amigo. La otra mezquindad fue permitir que Fenimore me complicara en cálculos sobre ciertos dineros ínfimos que nos debíamos mutuamente. Además, no le pregunté para dónde iba.
Cuando salí para el liceo, me acompañó sobrecargado de mochilas y morrales durante tres cuadras. En Manuel Meléndez nos abrazamos, y dobló hacia el Sur, supuse que hasta la ruta 8. La perra Juana o Murciélago Triste, que nos había seguido, se fue con él. Volvió a casa dos días más tarde, muerta de sed.
IV
En el mundo desconectado que concluyó no hace tanto tiempo, era fácil y tolerable que un amigo desapareciera por dos o tres años.
Fenimore vino a visitarnos en una Mondial 250, que era —me explicó— la mejor versión barata y coreana de una buena moto custom. Se había afeitado, por fin, la cresta. Su cabeza brillaba como el tanque de la moto. Para mí, trajo un disco nuevo de Buddy Guy y Junior Wells; para Adela, un ejemplar de Absalón, Absalón, y para Salvador una muñequera con tachas. Durante los diez días que estuvo con nosotros, fuimos haciendo en el patio un cerro de vidrio con las botellas caras que iba trayendo del supermercado. Mientras las vaciábamos, hablamos de todo menos de Blime. Recuerdo que se sorprendió por lo rápido que habían levantado una casa grande y complicada en el baldío donde había estado el Grand Magnum Park. También se asombró de que mi famosa novela inédita llamada China es un frasco de fetos, que él me había visto garabatear en decenas de cuadernos y libretas, estuviera metida dentro de un disquete. Noté que ya no estaba tan interesado en la política. Para retribuirme los asombros, prefería contarme cosas extrañas de un gallinero industrial del tamaño de un aeropuerto, en Toledo Chico, donde vivía y trabajaba desde que se había ido. No era que ganara mucho, pero no tenía cuándo ni cómo ni dónde gastar la plata.
Esa fue la última vez que lo vi.
Unos meses más tarde (poco antes de enterarnos de golpe que había dejado el empleo en la avícola, que se había ido a Montevideo y que se había matado en la Mondial mientras repartía muzzarella para una pizzería de Pocitos), se me apareció en sueños. Estaba parado, aún con su cresta erizada, en medio de una llanura tapizada por millones de pollos faenados que brillaban a la luz de la luna llena.
Guillermo Álvarez Castro
Perro
FOTOGRAFÍAS:
Mariana Méndez
Guillermo Carballa
Goslar, en la Baja Sajonia de la Alemania reunificada, no es un lugar de destino. Es un sitio de paso, una antigua ciudad minera cuyo casco antiguo fue edificado en la Edad Media. Es muy fácil enamorarse de la ciudad y querer permanecer en ella, pero todos siguen su camino.
Habíamos pasado por Brujas y por Ámsterdam. Tal vez eso nos hizo creer que varios canales recorrían Goslar, pero sólo vimos uno.
Tampoco la mujer con quien viajo parecía ser mi destino. Nos conocemos desde niños y nos queremos mucho, pero ninguno de los dos sabe todavía si tendremos un futuro juntos.
Nuestro porvenir (el de mi exmujer y el mío) era la espera. O lo que finalmente ocurrió. Yo contaba los días que faltaban para jubilarme. Supongo que ella pensaba en lo que iba a pasar, nada bueno, cuando me quedara todo el día en casa. Habíamos tenido nuestras noches de amor y —aunque esto ya fue escrito— nuestro paraíso perdido, como todos. Pienso que ella se dio cuenta antes que yo de lo que vendría y fue por eso que decidió dejarme. No fue la rutina ni el desgaste, como la mayoría supone, sino la inminencia de un desastre. Nos divorciamos cuando ya ninguna pareja se plantea hacerlo; ni siquiera la posibilidad de hacerlo. Pero era eso o la espera, la resignación, las justificaciones y la muerte.
Ahora trabajo como cuando era joven y estoy de viaje con otra mujer. Mientras tanto, mi exesposa espera el momento en que ella, a su vez, partirá hacia los Estados Unidos. Nosotros, que jamás pudimos viajar juntos.
«Tal vez deberíamos construir siempre las casas en el valle para protegernos del viento», digo.
Caminamos por la orilla del que tal vez sea el único canal que atraviesa Goslar. Hemos esperado, a mediodía, que las figuras del carillón del reloj de la plaza del mercado nos contaran la historia de la ciudad y de las minas de Rammelsberg, hemos tomado fotos de los cisnes, de las calles estrechas, de las fachadas con más de cuatrocientos años de historia. Por la ventana de una de ellas se asoma un anciano y retoca la pintura del muro. Una viga de madera y un pilar le dificultan el trabajo, pero se las arregla como si fuera parte de su rutina cotidiana. Le tomo un par de fotos al pasar, lo saludamos y nos devuelve el saludo. Es una mañana clara, soleada, calurosa. La disfrutamos: venimos del invierno austral.
El ladrido todavía lejano de un perro que se acerca —al menos eso creo— me trae el recuerdo de otro perro que tuve y amé cuando niño.
Recorremos el lugar en silencio. Es raro, porque conversamos mucho y la mujer con quien camino suele decir frases ingeniosas: «En Ámsterdam no vimos edificios suculentos».
Es inteligente, inquieta y cambia a menudo de opinión. Estar con ella, a veces, es como dormir con ratones en la casa.
También es sensual de una manera inquietante. Los hombres no sólo la miran. Cuando cruzamos en ferry de Dover a Calais se me adelantó para hacer una operación de cambio. Dos hombres venían en sentido contrario. Uno de ellos le dijo algo al pasar que ella, creo, no escuchó. Siguió mirándola mientras se alejaba y él avanzaba hacia mí, mientras le hacía comentarios procaces acerca de ella a su compañero. Se me ocurrió que el tipo le estaba diciendo al otro las cosas que le haría a esa mujer, si pudiera, y que lo que hablaban era polaco, no sé por qué y no importa, porque las obscenidades referidas a una mujer suenan igual en cualquier lengua.
El hombre se acercaba a mí a paso rápido y seguía sin mirarme. Me detuve. Me paré firme adelantando un pie y esperé el impacto. La cara del hombre dio de lleno contra mi hombro. Era un poco más bajo que yo, pero muy fornido. No obstante, el choque lo hizo trastabillar y espero que le haya aflojado los dientes. Mantuvo el equilibrio a duras penas y me miró con rabia.
«Excuse me», dije aunque no era necesario: él sabía que me había llevado por delante. Pero la expresión le cambió y continuó hablándole atropelladamente a su compañero. Esta vez, supongo, para insultarme a mí, porque me miraba de tanto en tanto. «Andá a la puta que te parió», murmuré sin articular y sin dejar de sonreírle.
Esa noche, ella me hizo repetirle las cosas que, según yo, el polaco había dicho que le haría si pudiera.
Era verano —como ahora en Goslar— y a mi mamá no le gustaban los animales, con excepción de los caballos. Detestaba a los gatos y a los roedores —incluso a los conejos— y no me dejaba tener un perro. Vivíamos cerca de la estación del ferrocarril, donde los turistas que regresaban a Montevideo solían abandonar a las mascotas que adoptaban al llegar.
Fue el mes de enero en el que cumplí mis once años. Lo encontré cerca de casa. Parecía un perro de los que tiran de los trineos. Yo los había visto en las películas. Me acerqué con precaución y el animal movió la cola sin desconfianza. Le acaricié la cabeza y me fui. Me siguió hasta cerca de casa pero luego lo perdí de vista. Eso me produjo una cierta tristeza. Igual seguí caminando hasta el monte y pasé el resto de la tarde jugando solo.
Cuando ya empezaba a oscurecer llegué a casa. Antes de entrar, escuché a mi hermana mayor preguntarle a mi madre de quién era el perro que andaba por el jardín.
—Será de tu hermano —respondió mamá con resignación, sorprendiéndome.
Lo busqué. Estaba echado entre las hortensias y se levantó al verme. Recorrí todo el terreno sin que dejara de seguirme.

—Lobo —dije—, quieto.
El animal se detuvo.
Me entusiasmé. Sentado, dije, y se sentó; muerto, dije, y se quedó inmóvil.
Mi madre me miraba a través de la ventana de la cocina. Mi hermana me contó que sonreía.
No volví a jugar solo ese verano.
Se llamó Lobo, obviamente, y demostró ser un perro heroico. Una vez salvó de la muerte a un niñito que había gateado hasta quedar debajo de la camioneta de su abuelo. Mi perro corrió alrededor del vehículo ladrando sin parar e impidiendo que arrancara, saltó sobre la ventanilla del conductor y arañó el vidrio cerrado, con insistencia, hasta que el hombre se dio cuenta de que algo malo pasaba y se bajó. Cuando vio a su nieto, las rodillas se le aflojaron y tuvo que sentarse en el suelo. Mientras alguien logró sacar al niño, el abuelo sólo atinó a abrazar a mi perro Lobo; apoyó la frente sobre el animal y lloró.
Otra vez, se lanzó al agua y le dio su cuerpo, algo de donde agarrarse, a un hombre que se ahogaba en el arroyo. Ese día, un turista que observó la escena me ofreció una pequeña fortuna por mi perro. Yo sonreí con orgullo y le dije que no, que muchas gracias.
Fuimos inseparables durante todo aquel verano. Dormía a la entrada, cuidando la casa durante la noche, salíamos a cazar apereás en cuanto amanecía, aprendió a ayudarme a meter los caballos en el corral, sin lastimarlos y evitando sus patadas, y estuvo siempre a mi lado cuando caminaba, me bañaba en el arroyo o pescaba en sus orillas.
Pero, de pronto, como se terminan las cosas buenas, se acabó el verano. Debía volver a Montevideo y a la escuela. La casa quedaba sola durante el invierno y era necesario encontrarle un lugar al perro.
Mi padre lo consiguió.
—El carnicero está dispuesto a quedarse con él —me dijo—. Va a estar contento, ya vas a ver, y bien alimentado. Pero pone una sola condición.
—¿Cuál? —pregunté con un hilo de voz.
—Que no lo devuelve.
—¿Y el verano que viene?
—Tampoco. Si se lo queda, se lo queda para siempre.
No dije nada. No se me ocurrió nada que decir.
—Lo viene a buscar esta tarde —agregó mi padre—. No va a venir hasta casa. No quiere que tus hermanas vean cuando se lo lleva.
—¿Adónde tenemos que llevarlo? —pregunté, tragándome las ganas de llorar.
—Al monte. El hombre te estará esperando.
—¿Vos no vas a ir conmigo, papá? ¿Tengo que ir solo al monte? Está oscuro y hay cerrazón.
La niebla se fue volviendo más densa a medida que avanzaba la tarde. Estuve sentado sobre un tronco, abrazando a Lobo y contándole lo feliz que iba a estar en su nueva casa. (No fue así; con el tiempo, supe que el carnicero lo mantenía atado con una cadena a un alambre que sólo le permitía desplazarse entre el fondo y el frente del terreno, que nunca lo soltaba y que nadie jugaba con él. Comía bien, como mi papá había dicho, pero se volvió malo y empezó a intentar morder a todo el que se le acercaba.)
Cuando caminé hacia el monte, empezó a lloviznar. El día se volvió más oscuro y apenas se veía.
El hombre, el carnicero, me esperaba en el lugar acordado. Le puso un collar. Iba a ponerle una cadena pero yo le pedí que no lo hiciera.
—Acaríciele la cabeza, don —le dije—, que él lo va a seguir.
Los vi alejarse, caminando uno al lado del otro, a mi perro y al hombre alto.
Yo sabía que una sola palabra, un silbido, un carraspeo, serían suficientes para que el perro me reconociera, girara sobre sí mismo y regresara. Pero no lo hice. Mi padre me lo había pedido.

El techo de pizarra se derrama sobre la parte superior de los muros de piedra —ocultando algunas zonas— como el exceso de crema o el helado derretido por el borde y las paredes de una copa. En la fachada principal, sin embargo, la cubierta se aleja formando un alero profundo y dejando ver desde la calle la puerta de entrada, la pared revocada y pintada de blanco, y las ventanas de madera con visillos de encaje. Como en otras casas que ya hemos visto, sobre el antepecho interior han colocado objetos decorativos —muñecas antiguas, en este caso— por delante de las cortinas y a la vista de los paseantes. Se ven mansardas al menos en dos niveles distintos —un piso superior y un gran desván, seguramente—. Hay también, junto a la entrada, un sólido banco de madera maciza con dos respaldos en forma de corazones y una planta sobre el asiento.
A la entrada, sobre el pilar que sostiene el portón por el cual se llega al jardín, puede leerse un cartel, con un extenso texto en alemán, del que sólo logramos comprender la palabra bienvenidos.
Ella se siente aludida por la invitación; entra corriendo y se detiene en el medio del jardín.
—Esta es mi casa —dice—, acabo de encontrar mi lugar en el mundo. ¿Vivirías conmigo en Goslar?
—Creo que sí —respondo—. Y vos, ¿vivirías conmigo en Montevideo?
—No.
—Pero en Montevideo están nuestros trabajos, tus nietos, mis nietos…
—Sí, pero no. En Montevideo no. Aquí, en este lugar, en Goslar.
Por la orilla del canal se acerca un hombre viejo con un perro que parece un lobo (yo había leído que en Baja Sajonia habitan poblaciones de lobos y quizás eso me hace confundirme), acaso el perro que escuché ladrar hace minutos. Amaga detenerse junto a nosotros; el viejo lo reprende en un alemán áspero, cortante, y el animal desiste.
Los enfoco para tomarles una foto, pero el hombre me detiene con un gesto imperativo.
Me disculpo moviendo las manos y ensayando una explicación en una mezcla ininteligible de español y francés. El viejo y su perro lobo bien educado y obediente se alejan. Levanto la cámara y disparo sin ajustar ningún parámetro. Hay mucha luz. El ruido de la cámara es casi imperceptible; el perro lo advierte, gira sobre sí mismo y se queda mirándome. El hombre lo llama, sin volverse, y los dos continúan su camino.
—El ómnibus sale en cinco minutos —digo mientras enfundo la cámara—, ¿vamos?
—Sí, vamos —replica ella y se dirige hacia el lugar de encuentro.
Caminamos a paso rápido. De pronto, ella se detiene. Recorre con la mirada el lugar que vamos a abandonar, la casa, el canal por donde caminamos, y enseguida reemprende la marcha. Sucede tan rápido que ni siquiera nos demoramos.
—Todo el mundo hace lo que puede, ¿no es verdad? —me dice ella.
—Sí, creo que sí —le contesto.
Inés Bortagaray
Corazón
FOTOGRAFÍAS:
Álvaro Percovich
Jorge Ameal
Cuando tenía 29 años mi madre me echó de casa. La convivencia era insostenible. Para ella. Yo me hubiera quedado. Vivíamos en una casa chica pero cómoda en el Barrio Jardín del Parque Rodó, muy cerca del mar. Tenía una santa rita que se volcaba hacia el exterior y trepaba por el muro. Las flores eran de un fucsia apagado.
La vida parecía exuberante.
Mi madre se ufanaba de sus plantas. Uno de los motivos de discordia cuando vivíamos juntos era que yo no las regaba. Y esa era una de mis tareas para que la convivencia no se fuera al diablo.
«Beto —me decía, apagando con violencia el cigarrillo en un cenicero de mármol que había comprado en su mítico viaje a Italia, donde la había recibido una legión de tíos abuelos y le habían hecho la mejor lasaña de su vida—, a juventud ociosa, vejez trabajosa.»
O a veces, enojada: «Alberto, ya mismo». Después, con un ademán altivo, de reina madre ofendida, me señalaba la regadera blandiendo el índice.
Yo no era una persona ociosa; simplemente, no tenía ningún apuro. Ni en regar, ni en recibirme, ni en dejar la casa, ni en casarme, ni en ejercer alguna de todas las cosas que creía que venían después. Me había encariñado con el presente y despreciaba a las personas que hablaban de jubilarse cuando todavía no estaban trabajando. No creía que fuera a jubilarme algún día, como no creía que pudiera llegar a viejo.
Era omnipotente.
Aquella era la quinta casa de mi vida. Las casas eran cada vez más chicas y en los últimos dos años nos habíamos mudado tres veces. La plata que mi madre había heredado tras la muerte de sus padres había menguado hasta convertirse en «esta risa», como ella decía. La casa tenía sesenta metros cuadrados, pero había lugar para un limonero, la santa rita y algunos helechos que mi madre cuidaba como nietitos que no llegaron nunca.
Y para el piano, que había soportado todas aquellas mudanzas.
Mi madre tocaba mucho y más o menos mal, pero con pasión. Las sonatas de Mozart eran los puntos cardinales y la verdad suprema siempre y por siempre.
Yo no era un holgazán. Le dejaba decir aquellas cosas por pura pereza de pelear. Había empezado a estudiar abogacía; había avanzado en la carrera. Sí, me había llevado unos años más que a otros compañeros, pero esto era porque trabajaba. Primero en la biblioteca del liceo n.o 2. Hacía todo. Organizaba las fichas de los libros. Actualizaba el cuaderno de préstamos. Entregaba los libros, recibía las devoluciones, me trepaba en el banco para colocar los libros en los estantes. A veces barría.
Con ese antecedente pude pasar a atender una librería de publicaciones de Derecho en la calle Tristán Narvaja. Ganaba mejor. Pero era una suplencia. El dueño del puesto —el amigo de una amiga, un tipo remilgado, con tez amarillenta, aunque, según me dijo, nunca había sufrido hepatitis— volvió tras una licencia médica —había estado internado en un manicomio, parece, pero entonces esas cosas sólo se decían murmurando— y cuando se vio en sus cabales se quedó con lo que era suyo.
Todos aquellos volúmenes sobre derecho internacional público y privado. Los códigos. Los manuales. Bajo su égida. Y yo: de patitas a la calle. (Cuando nos despedimos, me dio, por pedido del dueño, el Tratado de derecho civil uruguayo de regalo; cuando lo tomé, recuerdo que demoró unos instantes en soltar la mano, de modo que quedamos suspendidos en el ademán, cada uno estirando el brazo derecho, el libro en el medio; él me miró como si supiera algo de mí que yo todavía no sabía; por fin abrió su garra y el libro quedó en mis manos.)
Pasé una época de zozobra. Mi madre me daba dinero y anotaba las sumas puntualmente en una libreta. Un día me dijo que le debía diez mil pesos y que no podía seguir ocupándose de mi manutención. Dejó de convidarme con cigarrillos. Al riego de las plantas sumó toda clase de actividades (yo debía limpiar el baño, barrer y hasta encerar, tender su cama y la mía, lavar ropa, colgar ropa, y las pocas veces que cocinábamos debía ocuparme de que toda la vajilla quedara limpia y seca; la cocina era compartida; las compras livianas le tocaban a ella, todas las demás, a mí).
Pasaron unos meses. Y yo sin trabajo.
Después amenazó con no dejarme nada cuando se muriera y premiar a su sobrina predilecta. Alicia.
Alicia, un dechado de virtudes.
Todo tiene un límite y esa amenaza me dolió de veras. Creí que exageraba, hasta que invitó a Alicia a casa y le mostró los platos de Limoges que tenía guardados y los restos de la pinacoteca familiar —que ella consideraba valiosa, y que de poco me sirvió cuando tuve que venderla en un movimiento agónico—.
Le explicó con pelos y señales todo sobre sus tesoros: que cómo los había heredado o conseguido, que de qué año eran, que cuánto podrían llegar a costar en el mercado de las antigüedades. Alicia, una mujer que medía un metro con noventa centímetros y además usaba el pelo en un rodete que le sumaba un palmo más de altura, secretaria de la Coca Cola con un buen pasar y una debilidad por los perros sin hogar, hacía bailar las cejas con actitud admirada y decía: «Ajá. Ajá. Ajá».
Conseguí enseguida un trabajo en una gestoría. Me pasaba haciendo trámites en el Banco de Previsión Social y en oficinas oscuras, con moquette desaseada y personas que gozaban de un espasmo de placer cada vez que aplicaban un sello con tinta fresca en un certificado.
Aprendí mucho. Aprendí a conocer varios artilugios para que los expedientes pasaran de una oficina a otra rápidamente. Encontré atajos. Conocí algunas personas con ganas de ayudarme. Supe que memorizarme todos los nombres de mis interlocutores, una expresión ciertamente bonachona y una tableta de chocolate Águila envuelta en papel plateado podía hacer más por mis gestiones que cualquier otra clase de pericia. Mi cartera de clientes aumentó, y en la gestoría me consentían.
Me recibí de procurador.
El mundo era grato entonces. Tenía a mi madre. Mi madre me odiaba pero me amaba al mismo tiempo. Tenía un futuro incierto y por lo tanto promisorio. Tenía un título intermedio. Tenía pelo. Era delgado. Tenía un aire a James Stewart. Me decían, por eso mismo, Jimmy. (Sólo mi madre siguió diciéndome Beto. Alberto, en épocas más ásperas.) Iba al cine casi a diario.
Era un hombre impune y era cínico.
Impune ya no soy.
A Ernesto lo conocí cuando tenía 25. Nos llevábamos apenas una semana de diferencia. Yo era el mayor. Seguía siendo procurador (no llegué a recibirme de abogado; no estuvo mal, de todos modos, trabajo no me faltó nunca con ese título intermedio). Él se había recibido de contador.
Carlitos, un amigo, nos presentó en la fiesta que daban con Mara, su esposa, en el Kibón. Era carnaval y había que ir disfrazado. Mara y Carlitos eran Vilma y Pedro Picapiedra. Habían ido de luna de miel a Estados Unidos y estaban enterados de muchas novedades que daban allá en la televisión. (A veces veo a Carlitos. Un tipo simpático y malhablado, con ojeras color ocre, con su vozarrón, con su impenitente hábito de fumar y prender el siguiente cigarrillo con el que todavía está fumando.)
Ernesto estaba disfrazado de Gene Kelly, es decir que no tenía disfraz. Apenas una remera polo blanca y un pantalón con pinzas. Era magro y espigado. Tenía el pelo peinado con gomina, pero un mechón oscuro le caía sobre la frente. Bailaba bien. Él sabía que bailaba bien. Yo estaba disfrazado de jockey y me parecía que mi camisola de colores me quedaba ridícula. Alguien creyó que era un bufón. Andaba incómodo. No me gustaba el lugar. Las chicas parecían enardecidas y en particular María Gladys, la hermana de Mara, estaba pesadísima lanzándome dardos amorosos cada vez que me arrimaba a la mesa a servirme otro gin tonic. (Su atuendo era indescifrable. Una mezcla entre hada madrina y abejorro que nunca comprendí.)
«Jimmy, give me a kiss», me decía borracha.
Y la besé.
Para que se callara un poco.
Pero fue para peor.
«Jimmy, take me to the beach and kiss me hasta que no pueda más.»
Y me escapé.
Busqué a Ernesto. Me había parecido un hombre fino. Nos pusimos a conversar en la terraza. Había viento del este. Un aire caliente y espeso nos bañaba y el agua refulgía de a ratos, cuando las nubes se corrían y la luna se hacía espacio para mostrar su claridad.
Hablamos de cine y de actualidad. Su familia era blanca como hueso de bagual. Tenían apellido; habían acumulado mucho campo en el pasado; ahora estaban fundidos. Él había votado a Gallinal y detestaba a Gestido. Yo simpatizaba con Frugoni, pero había votado a Erro. Hablamos de cine. Habíamos adorado La felicidad de Varda. Esa posibilidad de amar a dos personas y no sentir culpa. Esa hondura en el terror mientras suena Mozart y el prado se ve tan verde, con girasoles apenas agitados por el viento. Yo había ido con mamá, que la odió. Le pareció el colmo de lo pretencioso. Ella se creía dueña de Mozart y de todos los usos posibles, presentes y futuros, de sus sonatas. Y no le gustaba el cine francés, y esto incluía también a los belgas.
Tal vez nos cruzamos los tres aquella vez en la función del Trocadero. Quién sabe. (A mamá Ernesto la conoció poco después; él le regaló unas fresias y ella hizo como si le gustaran, aunque el perfume le parecía demasiado dulce.)
Ahora que tengo tiempo para recordar, me demoro en ese tipo de alternativas.
Busco confirmar el camino que finalmente se tomó.
Pensar que fue el mejor camino posible para los dos.
Vuelvo a los breves puntos de contacto. Las coincidencias que pudieron haber ocurrido mientras estuvimos cerca, viviendo en una ciudad tan endogámica. Y a lo que nos distanciaba (siempre fue tan cumplido, siempre le horrorizó tanto ir en contra de la corriente) y terminó por romper nuestra amistad.
En la terraza hablamos un rato largo, mientras cantaba Dean Martin.
Ernesto tenía los ojos pardos y rasgados.
Parecía un príncipe persa.
Nos había fascinado Lilith. Los reflejos en el agua. La locura, la culpa, la pasión, Warren Beatty.
Me dijo que estaba buscando un estudio. Le dije que sabía de uno bien ubicado, a la vuelta de la plaza Independencia.
Un mes más tarde instalamos un escritorio. Él ofrecía servicios contables. Yo, como procurador y al frente de una gestoría que me tenía a mí como único integrante.
En la puerta pusimos una placa dorada: Butler & Benítez. Mi apellido se elevaba al lado del suyo, bromeábamos.
Mi oficina estaba adelante, en la sala principal. Habíamos tirado una moneda y me había salido a mí la suerte. Ahí tenía mi escritorio, la máquina de escribir, tres archiveros, una máquina de café, un cenicero, una papelera, una reproducción de un cuadro de Caravaggio, un perchero. Detrás, en la habitación, Ernesto había armado su escritorio, con los mismos objetos que el mío pero sin Caravaggio, y con una copia de Rembrandt.
Yo tenía muchos clientes. Varios me siguieron desde la otra gestoría, cuando renuncié. Tuve una cierta prosperidad que me permitió pagar aquella cuenta de diez mil pesos con mi madre. La tenía un poco abandonada a mamá. Me pasaba el día en el Centro, y a la salida iba por ahí a tomar whisky, a comer un copetín, al cine con Ernesto… Ya no le regaba las plantas y ella parecía todo el tiempo ofendida conmigo.
Él no tenía tanto trabajo como yo. Sus clientes eran parientes ricos y pagaban bastante bien, aunque siempre tarde y en cuotas. Dos por tres me tocaba auxiliar a Ernesto, pagar su mensualidad por el estudio o invitarlo con el almuerzo. Era muy agradecido, Ernesto. Me miraba con una sonrisa de niño, soplaba el humo del cigarro haciendo aritos perfectos y aceptaba mi ayuda con pudor.
Me devolvió cada peso que le presté.
Su madre: Elsa Nívea, su padre: Arturo —y en menor medida sus hermanas: Aurora y Teresa, la linda— me toleraban pero no me querían. Intentaron mudarlo varias veces, buscando para él otros escritorios mejor ubicados —o por lo menos más cercanos a su casa en Carrasco—, más luminosos, que por supuesto ni ellos ni Ernesto podían darse el lujo de pagar. Ernesto no me contaba demasiado. No quería que me hiciera mala sangre.
A veces, en el cine, sentados uno al lado del otro, mirando la pantalla, yo había sentido que su camisa rozaba la mía con intención. Una presión casi inapreciable. Algo tímido.
Yo no quería contrariarlo.
Había buscado en varias conquistas clandestinas alguna clase de confirmación, pero no estaba preparado para mostrar eso de mí ante alguien tan cercano.
No me sentía sucio ni tenía culpa.
Nunca tuve culpa.
No conozco ese esperpento que hace que tantos de sus propietarios se sientan mejores personas.
Mamá sospechaba todo y no me decía nada. En aquel momento yo creía que era una retrógrada y la subestimaba.
Ahora pienso distinto.
Lo que le habrá costado a ella todo eso.
Cómo de alguna manera con su silencio disgustado me acompañó y hasta supo aceptar.
En el cine, Ernesto se abstraía totalmente. De reojo, yo atendía su perfil iluminado por el resplandor intermitente que proyectaba la pantalla. Casi sonreía. Tenía aquella sonrisa que me encandilaba. Una melancolía y un afán de ser querido y una indecisión que me causaban un dolor que se me concentraba en el pecho como las agujas clavan en manojo los costureros de bolsillo. No movía las manos. No cambiaba su postura en el asiento. Sólo en un movimiento casi imperceptible se iba arrimando a mi hombro, milimétricamente, hasta que ambos quedábamos imantados.
Con los créditos del final se rompía el embrujo, él se paraba, yo lo seguía, avanzábamos levitando por la alfombra de fieltro, prendíamos un cigarrillo, bajábamos las escaleras, salíamos al exterior y caminábamos mudos, sin rumbo, hasta que por fin decantaban las palabras para comentar lo que habíamos visto. A veces no decíamos nada y nos perdíamos, cada uno por su senda, todavía afectados por la ficción, y yo me palpaba en el brazo izquierdo los rastros improbables de su contacto. Como si tuviera frío, pero sin frío.

Me presentó a su novia el 31 de diciembre de 1969. Ella pasó por el estudio. Yo pensé que era una clienta. Golpeó la puerta. Cuando la abrí, noté que cerraba rápidamente un espejito de mano y vi el lápiz de labios fresco en su boca. Era una monada. Castaña, de largas pestañas y expresión de candidez. Elegantísima, con un vestido liviano color azul eléctrico y arriba, a la izquierda, un prendedor con forma de mariposa, unas alas de una textura muy fina, como de tul, y en los bordes unas lentejuelas iridiscentes, purpúreas. (Se lo olvidó en la oficina de Ernesto. Nadie lo reclamó. Todavía lo guardo. Las lentejuelas se desprendieron, pero el resto sigue intacto.)
La conduje hacia Ernesto, que se sobresaltó al verla. Noté su turbación y creí que sería alguna de sus primas de la rama materna. Por cuentos, sabía que eran afectadas, que vivían la mitad del año en París pero que nunca habían visitado Montmartre. Me dijo su nombre: Clarita, y no dio más datos. Cerró la puerta de la oficina. No me extrañó. Ambos éramos muy discretos con los asuntos que llevaban y traían los clientes.
Media hora más tarde salieron juntos y él me miró sin verme, como si yo —enfrascado en aporrear, como él decía, el texto de una carta en el teclado de la máquina de escribir— fuera una mota de polvo flotando en la sala.
Hacía calor.
Decidí que yo también podía irme de ahí y tomar algo fresco antes de pensar cuáles serían mis pasos esa noche.
Mamá me había invitado a pasar la nochevieja con ella, la prima Alicia y tres o cuatro mujeres más de la familia en la casa de una de ellas, en Punta Gorda. No era un gran programa, por cierto. Carlitos y Mara recibían amigos en su casa en Pocitos después de la medianoche. En último caso, podía ir primero a la reunión familiar y después podía deslizarme hacia el baile. Me di cuenta de que los últimos festejos habían seguido ese patrón: mamá, pareja de amigos.
Me sentí solo y aquejado por un aburrimiento infinito.
Me perdí en unos bares oscuros. Tomé más de la cuenta. Triste y desaliñado, anduve por las calles. Ardía el pavimento y en la ciudad se vivía un aire de expectación, pero los presagios no eran buenos.
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