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ROBERTO CORTÉS CONDE

LA ECONOMÍA DE PERÓN


Es imposible entender la Argentina actual sin tener presente el período 1946-1955: los primeros dos gobiernos de Juan Domingo Perón. Aunque han pasado casi siete décadas desde entonces, los efectos de sus transformaciones se sienten hasta hoy. La perspectiva, el tiempo histórico transcurrido, nuestras sucesivas y cíclicas crisis, invitan a analizar ese tiempo de otra manera.

Este libro, dirigido por Roberto Cortés Conde, Javier Ortiz Batalla, Laura D’Amato y Gerardo della Paolera, y con trabajos de reconocidos especialistas, se propone exactamente eso: una profunda revisión de las decisiones económicas tomadas en esos años. Las temerarias medidas de política monetaria y los cambios en el mercado laboral, el impacto en la industria y en el campo, en las finanzas y en lo fiscal. Si se tienen en cuenta los objetivos y las metas declamados por aquel peronismo, se verifica que sólo una se cumplió: la mejora en la vida de los trabajadores. La contracara de esto es una sucesión de déficits y desequilibrios, y un país que en 1955 estaba descapitalizado y que no era capaz de sostener, de manera genuina, esas mejoras en el tiempo. La base era frágil: se habían consumido las importantes reservas que el Banco Central tenía en 1945, en gran medida como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial, y no se había logrado la transformación económica prometida. La economía de Perón discute la forma en que se implementaron esas políticas, señala sus numerosas contradicciones, hace una crítica aguda de su legado y demuestra que ciertos dilemas de mediados del siglo XX siguen vigentes, y agudizados, en la segunda década del siglo XXI.

Cortés Conde, Roberto

La economía de Perón : una historia económica : 1946-1955 / Roberto Cortés Conde... [et al.] ; editado por Roberto Cortés Conde... [et al.].- 1a ed.- Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2020.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-628-596-4

1. Historia Económica Argentina. 2. Peronismo. I. Cortés Conde, Roberto, ed.

CDD 330.982

Es una publicación de la Academia Nacional de la Historia de la República Argentina


Academia Nacional de la Historia

Mesa Directiva (2018-2020)

DR. FERNANDO ENRIQUE BARBA / Presidente; DR. EDUARDO ZIMMERMANN / Vicepresidente 1º; DRA. BEATRIZ J. FIGALLO / Vicepresidente 2º; DR. HORACIO SÁNCHEZ DE LORIA PARODI / Secretario; DR. JOSÉ EMILIO BURUCÚA / Prosecretario; CN DR. GUILLERMO A. OYARZÁBAL / Tesorero; DRA. BEATRIZ MOREYRA / Protesorera

Comisión de Publicaciones Dr. Eduardo Zimmermann / Director; Dra. Beatriz Moreyra - Dr. Hernán Otero - Dr. Guillermo Banzato / Vocales

Coordinación general y editorial María Sol Rubio García

Agradecemos al Banco Ciudad de Buenos Aires por su contribución a este proyecto. Los editores de este libro agradecen la posibilidad de reproducir algunas imágenes publicadas en la obra Afiches del Peronismo, editada por la Universidad Nacional de Tres de Febrero, y compilada por Raquel Quintana y Raúl Manrupe.

Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere

Primera edición: diciembre 2020

Edición en formato digital: enero 2021

© Roberto Cortés Conde; © Javier Ortiz Batalla; © Laura D’Amato; © Gerardo della Paolera, 2020

© de la presente edición Edhasa, 2020

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ISBN 978-987-628-596-4

Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares del Copyright bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático y la distribución de ejemplares de ella mediante alquiler o préstamo público.

Conversión a formato digital: Libresque

Índice

  Cubierta

  Portada

  Sobre este libro

  Créditos

  Índice

  Prefacio. Roberto Cortés Conde, Javier Ortiz Batalla, Laura D’Amato y Gerardo della Paolera

  Introducción. Preludio a Perón. Roberto Cortés Conde

  Capítulo 1. Impulso expansivo, redistributivo e industrializador: la política fiscal bajo el peronismo

  Capítulo 2. Política monetaria y bancaria: el Banco Central y el sistema financiero durante el primer peronismo

  Capítulo 3. La reforma financiera de 1946 y sus consecuencias sobre los instrumentos de ahorro del sector privado argentino

  Capítulo 4. Las condiciones externas en tiempos de Perón

  Capítulo 5. El mercado laboral

  Capítulo 6. La política previsional

  Capítulo 7. Precios, producción y productividad en el agro argentino entre 1946 y 1955

  Capítulo 8. El sector agropecuario

  Capítulo 9. La industria y sus políticas

  Capítulo 10. Fuentes y estadísticas para el estudio de la historia económica del peronismo

  Conclusiones. Laura D’Amato, Gerardo della Paolera y Javier Ortiz Batalla

  Epílogo. Roberto Cortés Conde

  Cronología

  Bibliografía de referencia

  Biografías

Prefacio

Roberto Cortés Conde, Javier Ortiz Batalla,

Laura D’Amato y Gerardo della Paolera

En qué consistió la economía de Perón (1946-1955)

Los editores de este libro, que contaron con la colaboración de doce especialistas, hemos querido revisitar algunos de los temas relevantes de lo que fue la economía durante las dos primeras presidencias de Juan Domingo Perón (1946-1955). Sobre estas se ha discutido mucho y existe ya una extensa literatura (sugerimos revisar el listado de bibliografía). El trabajo nos retrotrae a un pasado que parece hoy remoto pero en el que, con sus múltiples facetas, ideas y tendencias, se conformó un régimen que –aun en su ambigüedad– tuvo una característica única y una notable perduración.

Cuando pensamos el libro en el año 2019 nada se sabía de la pandemia que afectaría al mundo y a nuestro país y que creemos tendrá consecuencias más allá de la epidemia misma, hechos que no estamos en condiciones de predecir todavía. Pero antes de entrar en este contexto en 2020, Argentina ya transitaba una crisis de financiamiento con elevada inflación, arrastrando un estancamiento de varios años, un Estado con una elevada presión impositiva, niveles de miseria muy altos y grandes desequilibrios macroeconómicos, lo que hará más compleja la salida de esta nueva y grave realidad.

Algunos de esos problemas económicos tienen que ver con los eventos tratados en esta obra, por lo que puede ser que, en alguna medida, ayude al lector a entender mejor este complejo presente.

Se pensó que este libro no debía limitarse a una reflexión más, sino que debía tratar de revisar la literatura en la materia incorporando, en alguna medida, nuevos aportes. Cuando el lector recorra los trabajos advertirá que los autores coinciden muchas veces en las referencias a los hechos, aunque no siempre en sus causas ni en la dirección que tomaron, sus posibles alternativas y resultados.

En la introducción, Roberto Cortés Conde se detiene en los antecedentes internacionales y locales en los que surgió el peronismo, poniendo especial atención al período que comienza con la crisis de 1929 y se generaliza con el desarrollo de la Segunda Guerra Mundial. El autor describe la transición desde un mundo abierto a la circulación de bienes, capitales y personas, y con pleno funcionamiento de los mercados, a otro con economías cerradas y visible intervención del Estado. Frente a esta situación, el capítulo explica cómo el país respondió con medidas similares, adoptadas inicialmente como acciones de emergencia, pero que se prolongaron después de la guerra y se hicieron permanentes cuando el mundo ya estaba cambiando hacia economías más abiertas y un funcionamiento crecientemente normal de los mercados.

Laura D’Amato y Javier Ortiz Batalla se ocupan de analizar la conducta del sistema financiero y, en particular, del Banco Central de la República Argentina. El análisis parte desde su fundación en 1935 con funciones monetarias y de estabilización cíclica, para luego narrar cómo, con las reformas a las Cartas Orgánicas de 1946 y 1949, cambió sus funciones, adquiriendo las características de un mero ente administrativo, cuyas funciones fundamentales fueron financiar al gobierno y actuar como un banco de desarrollo. Además, explican cómo el Banco Central llevó a cabo sus políticas macroeconómicas expansivas utilizando como instrumento protagónico el redescuento que, pensado para atender situaciones de iliquidez transitoria, se usó en cambio para emitir, financiando al sector público y a sectores productivos (a la industria principalmente) con tasas de interés reales negativas. Así se desató un proceso inflacionario y de crisis cambiarias recurrentes del que el país no se pudo desentender en adelante.

José Luis Machinea, Sebastián Katz y Federico Grillo, por su parte, analizan las políticas fiscales fuertemente procíclicas orientadas a financiar la producción de bienes y servicios dirigida, principalmente, al mercado interno. Se produjo un fuerte aumento de los gastos en las nacionalizaciones de empresas (con inversiones que ya existían en el país), en defensa nacional, y en la redistribución de ingresos a sectores urbanos de trabajadores, mediante el aumento del empleo estatal y la extensión de beneficios sociales. Para lograr esos objetivos se apeló a la nacionalización de los depósitos y a la centralización del crédito usando redescuentos del Banco Central, que fijó sistemáticamente la tasa de interés por debajo de la inflación. Finalmente se instrumentó el control del gobierno sobre el comercio exterior por medio del IAPI o, alternativa o complementariamente, manipulando el tipo de cambio. En cuanto al régimen tributario, tuvo más relevancia y permitió una mayor discrecionalidad y menor trasparencia el crecimiento de los ingresos extratributarios, que dichos autores estudian en detalle.

Eduardo Corso y Gerardo della Paolera exploran la evolución del mercado local de ahorro que, luego de pasar por una larga experiencia positiva hasta los años 40 en encauzar el ahorro privado hacia instrumentos a largo plazo a tasas fijas –como fue la Cédula Hipotecaria Argentina–, comenzó a derrumbarse cuando dichos instrumentos fueron reemplazados por redescuentos del Banco Central. Con ello, y con tasas negativas en términos reales, la incertidumbre y la inflación hicieron desaparecer como fuente de la inversión al ahorro doméstico y el dinero local dejó de ser, crecientemente, utilizado como reserva de valor.

Martín Cuesta y Carlos Newland, por un lado, y Daniel Lema, por el otro, presentan desde enfoques distintos dos análisis sobre lo que fueron las políticas agropecuarias, así como sus resultados. Los primeros, Cuesta y Newland, ponen el acento en el comportamiento heterogéneo del sector donde algunos productos (en especial los principales productos agrícolas pampeanos) sufrieron un descenso mientras otros observaron entre 1946 y 1955 un modesto ascenso (como la ganadería). Y enumeran distintos factores que pueden explicar el apoyo que ellos observan de grupos del sector, como los pequeños productores, arrendatarios o ganaderos al gobierno y sus políticas.

Daniel Lema parte de un punto de vista crítico de una buena parte de la literatura previa pues aduce que esta, al no identificar con claridad los precios relativos y restricciones impuestas al sector, construyen una falsa “hipótesis”: la de la inelasticidad de la oferta agropecuaria (por ejemplo, Ferrer, 1973; Giberti, 1962). En el trabajo de Lema se enfatiza que los instrumentos de política agropecuaria utilizados por el gobierno peronista determinaron bajos precios para la producción de los exportables agropecuarios durante todo el período, aun con las modificaciones introducidas a partir de 1950. Esto funcionó en forma directa vía precios, principalmente a través del tipo de cambio diferencial para las exportaciones. Asimismo, se incrementaron las restricciones y regulaciones para un uso eficiente de los factores productivos, se racionó el capital, se expuso a los productores a un entorno de mayor riesgo durante el proceso decisorio y se limitó el acceso a nuevas tecnologías. El trabajo concluye que las políticas de bajos precios, tipos de cambio diferenciales y restricciones cuantitativas aplicadas durante el gobierno de Perón impactaron negativamente sobre las tasas de crecimiento de la producción y la productividad de largo plazo del sector agropecuario argentino.

José J. Bercoff y Osvaldo Meloni realizan un análisis minucioso de las políticas del modelo de industrialización sustitutiva, sus límites y consecuencias. Presentan en particular un análisis sobre las causas que para ellos explica el fracaso de ese proyecto. Un proceso donde se desincentivó la inversión, se discriminó contra la importación de bienes de capital, se cerraron los mercados y se mantuvieron salarios por encima de la productividad.

Juan Luis Bour se refiere a las múltiples reformas legales que incidieron en el mercado de trabajo. Las rigideces de las variadas regulaciones que se introdujeron, pero sobre todo la aprobación de una legislación que adoptó un régimen de sindicato único reconocido oficialmente por rama de actividad, constituyó un obstáculo de relevancia para adaptar la asignación de mano de obra a las cambiantes condiciones de la tecnología y de mercado. La extensión de la previsión social significó un beneficio para la gran mayoría de los asalariados registrados, pero por otra parte sirvió de fuente de financiamiento del déficit del gobierno, dado que en sus comienzos eran muchos los nuevos afiliados y pocos los que se jubilaban. Como es natural, con el pasar de los años esto cambió, pero para cuando fue mayor el número de los pasivos, los fondos de las Cajas colocadas a tasas de interés por debajo de la inflación se habían licuado en términos reales y no podían cumplir con las obligaciones que entonces tenían que afrontar.

Gabriel Sánchez relata las cambiantes circunstancias internacionales y cómo se ubicó la Argentina en ese entorno. Mientras que en un comienzo las políticas respondieron a un fenómeno mundial, en los años posteriores a la guerra nuestro país se fue distanciando del camino que tomaron las economías occidentales, cuando gradualmente sus gobiernos estabilizaron sus economías y las corrientes de comercio y, más lentamente, las de capitales se fueron restableciendo progresivamente.

Marcela Harriague y Agustina Rayes presentan la información estadística más relevante sobre la economía durante ese período y la acompañan con un comentario crítico sobre los datos y sus fuentes. Finalmente, María Sol Rubio García incorpora una bibliografía y una cronología sobre algunos sucesos significativos y sus actores principales.

Aunque no fue el propósito central del libro, no se pudieron dejar de lado algunas referencias políticas incluyendo las relativas a la compleja personalidad de quien fue su líder y su capacidad para adaptarse a situaciones cambiantes. El peronismo se caracterizó por ser un movimiento que nació desde el poder y lo utilizó para mantenerse y recuperarlo por más de siete décadas. Y fue capaz de hacerlo sostenido por coaliciones corporativas de intereses constituidas como resultado de alguna de las políticas que desarrollamos en este libro.

En las conclusiones finales, los editores pretenden resumir los argumentos principales de los artículos y su opinión sobre lo que dejó el peronismo en la economía del país. Están lejos de pensar que son de algún modo definitivas, sino que sólo esperan que sirvan como un aporte más al conocimiento de este período. También quieren anotar que mientras son responsables de la introducción y las conclusiones y sus respectivas secciones, los análisis y opiniones vertidas en cada uno de los capítulos deben atribuirse a sus autores.

Por último, queremos agradecer al Banco Ciudad y a la Academia Nacional de la Historia por el apoyo brindado a esta investigación y a la presente publicación, aunque conviene aclarar que las expresiones realizadas en este libro, como es de costumbre, son responsabilidad de sus editores y autores y no representan a las de esas dos instituciones.


La Nación en marcha, 1947. Juan Dell’Acqua.

Introducción

Preludio a Perón

Roberto Cortés Conde

De un mundo liberal a uno corporativo

A pesar de las características singulares y de la fuerte personalidad con múltiples facetas que caracterizó a Perón, los grandes cambios que se produjeron en la economía, la sociedad y la política de 1943 a 1955, mientras estuvo en el gobierno, primero en el régimen militar del 43 y luego como Presidente de la República de 1946 a 1955, no surgieron de un pensamiento original, sino que se dieron en el marco de procesos que estaban transformando el mundo y la Argentina. Desde la Primera Guerra y la crisis económica mundial de 1930, estos concurrieron a poner fin a un mundo globalizado de comercio libre y limitada intervención estatal en la economía. Perón interpretó y agregó un estilo propio a creencias, ideas e instituciones que ya se conocían y que se extendieron, ampliaron e implementaron durante sus gestiones, muchas veces también modificándolas o adaptándolas con la plasticidad política que lo caracterizó.

El mundo en proceso de cambio

Ya en las últimas décadas del siglo XIX el crecimiento de las industrias fabriles llevó a un enorme desplazamiento de población rural a zonas urbanas, donde se hicieron más evidentes serios problemas sociales de pobreza que, aunque no eran desconocidos, junto con los habitacionales y de sanidad que agravó la concentración urbana, llevaron a reclamar la intervención pública y una redefinición del papel del Estado y de mecanismos de acción colectiva que se extendieron a ámbitos que las Constituciones clásicas dejaban a la iniciativa privada. Las visiones que proponían estos cambios señalaban que la igualdad proclamada por las Constituciones liberales no era suficiente, porque los individuos entraban en los mercados con capacidades de negociación y poderes distintos, por lo que había que asegurar una igualdad social, algo que sólo podía hacer el Estado, mediando entre actores colectivos con distinto poder. La cuestión social se incorporó a la agenda política con ideas que reclamaban un Estado menos neutral desde fines de siglo XIX. Asociaciones y partidos se organizaron para defender los derechos de los sectores relegados, apelando a métodos parlamentarios o inclusive a la acción directa. Con ello se pretendía extender la protección de los derechos a los individuos como tales a la de estos como parte de grupos profesionales o las de otras organizaciones, como cámaras empresarias.

Bismarck, canciller alemán conservador, para detener los avances de los socialistas en 1890, impulsó una iniciativa de previsión social con un régimen de garantías a los trabajadores que por edad o enfermedad quedaban fuera del mercado de trabajo, con indemnizaciones por despido y seguro por enfermedad.

En España la cuestión social tomó impulso entre 1883 y 1890 con la creación del Instituto de Reformas Sociales, una entidad que debía recoger información sobre la situación de la población trabajadora, ingresos, etc., y que tuvo como cabeza a Cánovas del Castillo. Ese llamado pensamiento social alcanzó una no desdeñable influencia en pensadores, gobernantes y políticos. La encíclica Rerum Novarum (1891), de León XIII, que alentó la formación de asociaciones de trabajadores, de ayuda social y de empresarios se plasmó en lo que se denominó el catolicismo social.

Pero también en la Argentina, donde probablemente no faltó la influencia española, se verificó un fenómeno similar denominado por Eduardo Zimmermann (1995) como la actuación a principios del siglo XX de los liberales reformistas, con la creación del Departamento de Trabajo en 1907, tras el fracaso del proyecto Código de Trabajo de Joaquín V. González. Fueron varias las iniciativas de legislación social promovidas principalmente por la bancada socialista y la de un grupo de economistas católicos liderado por Alejandro Bunge. Todo empezaba a encaminarse hacia una visión distinta del Estado que, en adelante, no sólo se limitaría a asegurar los derechos de los individuos, sino que intervendría en áreas reservadas a la esfera privada (Cortés Conde, 2015).*

La Grande Guerre 1 (1914-1918)

Pero fue la tragedia que significó la Primera Guerra Mundial la que definitivamente cambió los marcos institucionales conocidos. Hay circunstancias que fuera de toda previsión producen cambios profundos en la visión que se tiene sobre el mundo y modifican las instituciones que son el marco en que los individuos interactúan.

La Grande Guerre tuvo consecuencias de largo plazo. Los Estados mayores de los países en conflicto diseñaron sus planes pensando que tendría una magnitud y características similares a las del pasado. Prevista una corta duración, se supuso que los requerimientos de recursos serían limitados y en gran medida pagados por el derrotado, como en la guerra Franco-Prusiana de 1870. Aceptada la capacidad destructiva de las nuevas tecnologías, estimaron que duraría sólo algunos meses. Para su desconcierto, ocurrió todo lo contrario. La guerra duró cuatro interminables años y movilizó una masa enorme de población civil, millones de personas fueron incorporadas a los ejércitos viviendo el terror de las trincheras durante esos largos años. De ese modo, la guerra requirió una magnitud de recursos económicos que ninguno de los países (salvo Estados Unidos, que llegó al final) estaba en condiciones de afrontar. Esto tuvo consecuencias de larga duración, entre otras razones porque una vez finalizada la guerra, los millones de hombres, en gran medida campesinos, que habían expuesto sus vidas, retornaron a sus hogares con una visión distinta de sus derechos de las que habían tenido cuando fueron movilizados.

En el plano de la economía, es probable que la Grande Guerre haya sido la divisoria de aguas entre el mundo abierto al comercio, a los movimientos de capitales y población y el que lo siguió, aunque fue la crisis de 1930 la que, en forma definitiva, hizo lugar a las instituciones de un mundo que iba a ser distinto.

La suspensión del patrón oro, el financiamiento con deuda o emisión, la intervención en los mercados de mercancías, fijando precios máximos, las regulaciones del comercio y la producción fueron fenómenos que se generalizaron. Aunque al concluir el conflicto bélico se trató de volver a la normalidad, esto no se logró del todo en los años veinte (el caso más notorio fue el fracaso de los intentos de retornar al patrón oro) y, finalmente, la crisis de 1930 condujo al nuevo modelo institucional. También tuvo un efecto intelectual nada despreciable. No sólo los gobiernos habían tomado una intervención en la economía que respondía a la nueva noción de la guerra total, sino que los titulares de los factores de producción capital y trabajo, que hasta entonces negociaban sus remuneraciones en el mercado, empezaron a darse cuenta de que podían mejorar –o empeorar– sus posiciones respectivas (sus precios relativos) apelando a la intervención del gobierno.

Los reclamos por cambios en el Estado llegaron en casos extremos a la instauración de un régimen comunista en Rusia en 1917, donde el gobierno de los sóviets pudo instalarse gracias a que utilizó las instituciones autoritarias de una economía de guerra. Pero también en los países que seguían bajo regímenes democráticos tuvieron lugar cambios constitucionales profundos como la Constitución de Weimar en Alemania en 1919, que en su artículo 159 incluyó clausulas sociales y la formación de un Consejo Económico Social que preveía también participación a los obreros, o la Constitución mexicana de 1919 y sus cláusulas sociales.

Pero aun en los países en donde no se había llegado a procesos revolucionarios la experiencia de las medidas tomadas durante la guerra generalizaron la idea de que el poder político podía intervenir en los mercados modificando los precios. Esto podía ocurrir indirectamente, aunque no explícitamente, cuando monetizaba el déficit provocando inflación y caída de los salarios reales. También directamente, regulando los mercados fijando precios o por medio de la política cambiaria o tarifaria. No se trataba sólo de la utopía de la propiedad colectiva de los medios de producción o de la economía planificada, sino de una variedad de medidas que, ensayadas durante la guerra, volvieron a aplicarse en la emergencia de la crisis.

Si la economía de la guerra total había experimentado que el Estado podía intervenir en los mercados, se empezó a pensar que también se podrían usar esas formas de intervención para subsanar sus fallas. Estas transiciones hacia un nuevo marco institucional fueron graduales y sólo más adelante se advirtió la verdadera magnitud de los cambios.

Las ideas y los cambios institucionales tras la crisis del 30

Las consecuencias de la crisis mundial de 1930 llegaron hasta los comienzos de la Segunda Guerra Mundial, que acentúa y convierte en definitivos los cambios que habían surgido como respuestas a situaciones de emergencia.

La crisis de las bolsas y de las entidades bancarias llevó al abandono definitivo del régimen de patrón oro en Gran Bretaña en 1931 y en los Estados Unidos en 1933, mientras los países de Europa Central, Alemania y Austria impusieron un estricto control de cambios. Mientras que al comienzo, tanto el canciller Brunning en Alemania como el presidente Hoover en los Estados Unidos respondieron a la crisis con medidas restrictivas, debido a que la suponían consecuencia de un proceso inflacionario previo, de a poco, advirtiendo su magnitud y lo inédito de la situación, comenzaron a ensayar medidas expansivas que requerían la intervención del Estado.

Comenzó una guerra de aranceles y tarifas. Estados Unidos la desató con la ley Smooth Hawley durante la presidencia de Hoover, replicada enseguida por Canadá y algunos países europeos. El mundo del libre flujo de mercancías, personas y capitales se derrumbaba y se generalizaron guerras comerciales con devaluaciones competitivas que no lograron más que agravarlas, dando lugar aun a una caída drástica del comercio y de los ingresos. Las crisis financieras y el derrumbe de las bolsas se tradujeron en enormes caídas de ingresos y una desocupación de magnitudes inéditas.

En 1931 Gran Bretaña, el país líder del patrón oro por dos siglos, lo abandona, devaluando la libra e instituyendo discriminaciones al comercio, contrariando de ese modo su larga tradición mantenida desde la ley de granos del siglo XVIII.

En 1933 el presidente de Estados Unidos, Roosevelt, decidió la devaluación de un 50% del dólar, llevándolo a $35 por onza troy, y estableció restricciones a las operaciones en metálico. Dictó en 1933 la National Industrial Recovery Act como parte del programa del New Deal, que regulaba el mercado de trabajo. En 1935 es declarada inconstitucional por la Corte Suprema de Justicia. A la vez, implementa un ambicioso plan de obras públicas con la electrificación mediante el Tennessee Valley Act en 1934. En otro orden, se comienza a regular la actividad bancaria, entre otras, por la Glass Stegall Act de 1932, que separaba la banca de inversión de la comercial (Anderson, 1979 [1949]).

Francia fue el país que más tardó en salir del patrón oro y en 1937 nacionalizó el Banco de Francia y luego los bancos más importantes, como el Credit Lyonnnai, el Societé General y la Caisse d’Escompte, y en 1932 también nacionalizó los ferrocarriles.

La Segunda Guerra

El mundo entra en 1939 en una nueva guerra mundial, pero a diferencia de la primera ya no en un marco de libre flujo de comercio y capitales sino en uno de restricciones que continuaban desde la crisis del 30 y que acentuaron las condiciones de una economía de guerra, aun en los países democráticos.

La subordinación total al Estado por las necesidades de la guerra fue un verdadero terremoto institucional, que llevó a Europa en la posguerra a una nueva etapa de acciones directas del Estado, con nacionalizaciones de empresas que abarcaron la infraestructura, el sistema financiero, el transporte, la electricidad (en fin, los sectores más estratégicos de la economía), con intervenciones y también con regulaciones en los más variados ámbitos de la vida social.

En el Reino Unido se nacionalizó en 1946 el Banco de Inglaterra, la industria del acero y los transportes, y se establecieron un seguro nacional de salud y un sistema de previsión social, que era originalmente un proyecto de lord William Beveridge en el gobierno conservador de 1942, con el que se iniciaron una serie de medidas, profundizadas por el Partido Laborista y que fueron conocidas como el Welfare State.

Como ya se mencionó, Francia nacionalizó el Banco de Francia y otras entidades financieras de primer orden: los ferrocarriles, parte de la industria automotriz y otras empresas que habían colaborado o sido administradas por los ocupantes alemanes. Las medidas más radicales las exigió en los albores de la liberación el Conseil National de la Resistence y fueron implementadas por los primeros gabinetes de unión nacional (coalición de gaullistas, socialistas, radicales y comunistas).

Al final de la guerra, tras la derrota del fascismo y el nazismo, Europa quedó dividida en dos: el Este, con Estados comunistas, y la parte occidental con Estados democráticos que, inéditamente, comenzaron a mostrar una fuerte intervención del Estado.

Pero al mismo tiempo, en medio de este marco en el que habían surgido las ideas de un nuevo tipo de Estado omnipresente y cerrado al mundo, surgió una tendencia alternativa en las grandes economías del mundo hacia la liberalización del comercio mundial, que buscaba retornar a un orden más normalizado, que evitara las guerras comerciales y las devaluaciones competitivas. En 1942 se reúnen en Bretton Woods (New Hampshire), aún antes del fin de la guerra, los principales países de lo que más adelante serán las Naciones Unidas con el objetivo de acordar un sistema que retornara a intercambios más fluidos, con regímenes de cambio más estables. También se planteó allí encarar el problema de las tarifas y las restricciones al comercio para desmontar los sistemas enormemente protectores que habían afectado al comercio mundial, aunque esto se postergó hasta que tuviera lugar la primera conferencia de las Naciones Unidas sobre comercio y empleo, que se realizó en La Habana en 1947 y donde se redactó una carta para establecer una organización internacional de comercio. Hubo progresos en ese orden: se dio origen al acuerdo de tarifas en el GATT y, más tarde, a la Organización Mundial del Comercio (OMC), ámbitos creados para acordar la reducción de las tarifas y de restricciones cuantitativas que afectaban el comercio mundial y el desarrollo de las naciones.

Lo importante es que iniciativas como las de Bretton Woods indicaban una línea distinta a la de las experiencias de fuerte protección, intervención estatal y regulación de la posguerra, y favorecían el intercambio entre los países, posición que fue sostenida por los Estados Unidos. Muchos de los principios de liberalización del comercio y de los mercados de capitales fueron gradualmente puestos en práctica con el Plan Marshall y la Unión Europea de Pagos, sobre todo el levantamiento de las restricciones a los flujos de las cuentas corrientes, continuándose bastante más tiempo con las restricciones sobre los flujos de capitales. De cualquier modo, el mecanismo previsto para la liberalización del comercio de la OMC sólo empezaría a tener cierta vigencia muchos años después.

Esas fueron las experiencias institucionales y las ideas que circulaban y se conocían en el mundo, cuando en junio de 1943 se produjo la revolución que llevó al poder al coronel Perón.

De la Argentina liberal y abierta al mundo a una cerrada y corporativa: los cambios tras la Primera Guerra Mundial

La Argentina abierta al mundo fue quizá el país peor preparado para recibir el impacto que tuvo la Primera Guerra sobre el comercio mundial y el flujo de capitales.

En décadas anteriores se habían producido transformaciones sociales que dieron lugar a un continuo intercambio de mercancías, personas y capitales, especialmente con Europa. Todo ello había producido un progreso notable.

De todos modos, desde fines de siglo XIX, en medio de la enorme ampliación del mercado de trabajo y la urbanización surgieron no pocos problemas que dieron lugar a la creciente preocupación de lo que se dio en llamar la cuestión social, reclamando la intervención estatal. Se crearon instituciones como el Departamento de Trabajo en 1907 y se desarrollaron proyectos que se ocupaban de la población trabajadora. No sólo los sindicatos, anarquistas y socialistas, o los que se denominaron puramente sindicalistas. El Partido Socialista influyó en las reformas legislativas al régimen de trabajo aunque, al mismo tiempo, apoyó siempre la estabilidad monetaria para proteger el poder de compra del salario.

A partir de 1912 se dictó la ley de sufragio universal obligatorio y secreto, que llevó a una amplia participación popular en los comicios y al Partido Radical al gobierno en 1916. Todo ello despertó expectativas en los sectores populares de la población, que se tradujeron en movimientos sociales y en confrontaciones –como en Europa– entre sectores obreros y patronales, y con el gobierno mismo. Pero lo que ocurrió después de la Primera Guerra condujo a un marco distinto.

Las respuestas a las condiciones que generó la Primera Guerra

Siguiendo a los países europeos, se decidió, en agosto de 1914, la suspensión de entrega de oro en la Caja de Conversión dándose fin al régimen del patrón oro. La guerra afectó en forma notable el flujo de importaciones, produciendo un shock de oferta: escasez de combustible, materias primas e insumos industriales y enormes costos de transporte marítimo (seguros) que afectaron la producción del país.

También impactó en los mercados de capitales y trabajo, donde se interrumpieron los flujos hacia el país que tanta importancia habían tenido en la preguerra.

La suspensión de la convertibilidad y la política monetaria y cambiaria, la depreciación y la siguiente apreciación del peso, tuvieron un fuerte efecto en esos mercados. En el laboral, dieron lugar a amplias fluctuaciones de los salarios reales, no sólo como resultado de los factores que incidían en su oferta y demanda sino, sobre todo, por las medidas del gobierno que llevaron a la depreciación/apreciación del peso.

Dos circunstancias empezaron a mostrar el poderoso rol que el gobierno podía tener en mejorar las ganancias de los factores (los precios relativos): la posibilidad de mejorar los precios subiendo las tarifas aduaneras, que hacían más caras las importaciones y beneficiaba a los productores locales que las sustituían (esto podía hacerse, también, modificando los aforos) y la de mejorar los salarios reales con la apreciación del peso, lo que estaba en contradicción con lo primero, ya que la apreciación beneficiaba a los asalariados pero perjudicaba a los productores de manufacturas locales que en consecuencia reclamaban protección.

Esto fue una inconsistencia que perduraría, ya que un peso apreciado beneficiaba a los asalariados y ampliaba el consumo, pero con salarios más altos que, sin mejoras de productividad, reducían a su vez la tasa de beneficio de los empresarios, que quedaban afuera de las posibilidades de exportar, especialmente en actividades intensivas en trabajo (manufacturas para la exportación). Si se quería alcanzar ambos objetivos había que aumentar la productividad de la economía o, como se hizo después con el control de cambios, evitar que el consumo se desplazara a las importaciones. Y además, como ocurrió durante el gobierno peronista, intervenir en otros precios para mantener elevados los salarios reales sin elevar los nominales (porque ello perjudicaría a los productores de manufacturas locales). Esto llevó a una creciente intervención del gobierno en distintos mercados.

Los conflictos en la distribución del ingreso

Durante los años de guerra y los siguientes se produjeron cambios en la distribución del ingreso que dejarían profundas consecuencias en la sociedad argentina. En el período de la gran expansión, 1870-1913, los salarios reales habían subido 1% por año manteniéndose en un nivel más alto que el de los países europeos de donde llegaban los inmigrantes. Sin embargo, durante los mismos años el PBI per cápita subió más de un 3%, es decir que si bien los asalariados se beneficiaron, la productividad de la economía por habitante creció más, lo que debió beneficiar más a los titulares de los otros factores de producción, tierra y capital. Un nivel de salarios más elevado que el de los países europeos continuó atrayendo inmigrantes y evitando que, dado el notable flujo de inversiones y de demanda de trabajo, los salarios llegaran a aumentar aún más.

Durante los años de la Primera Guerra los salarios reales bajaron como resultado de la resistencia a aumentar los nominales. Una explicación posible es que si bien la oferta de trabajo disminuyó en esos años, eso fue compensado por una caída de la inversión probablemente mayor.

Todo lo contrario ocurrió después de 1920, cuando bajaron los precios pero los salarios nominales se mantuvieron en sus niveles anteriores (con una pequeña alza), lo que implicó una fuerte suba en los salarios reales. Hacia finales de la década del veinte se produjo un gran cambio en la distribución del ingreso. Mientras los salarios reales subieron un 4,4% por año entre 1924 y 1928, el producto per cápita creció mucho menos, sólo un 0,92% anual en el mismo período (Cortés Conde, 2005; Revista de Economía, 1930), lo que debe haber repercutido negativamente sobre las ganancias de los empresarios, dando comienzo a conflictos distributivos que también aparecieron en los países europeos en la posguerra.

Tanto asalariados como empresarios comenzaron a advertir que sus ingresos ya no dependían solamente de su productividad, sino de circunstancias externas que afectaban su poder de compra. En particular, las políticas del gobierno –fiscal cambiaria, y tarifaria– incidían sobre el poder de compra de los salarios, por lo que convenía dedicar recursos a presionar sobre este. Ello requería un distinto diseño institucional.

Caída de los ingresos fiscales. Obligaciones externas

La baja notable de las exportaciones desde 1929 condujo, aunque con algún rezago, a la de las importaciones, y arrastró una drástica disminución de los ingresos del fisco, mayoritariamente impuestos a las importaciones.

Teniendo en el recuerdo la crisis de 1890, las autoridades se habían propuesto cumplir con sus obligaciones externas, a pesar de múltiples sugerencias para declarar una moratoria. Los fondos congelados en la Caja fueron usados por el gobierno para pagar deuda en el exterior y para intervenir en el mercado de cambios tratando de evitar una creciente devaluación del peso (que tras el cierre de la Caja se había depreciado en un 59% con respecto al dólar entre 1929 y 1931).

Se produjo una disminución en el circulante que, junto con la caída de los precios, acentuó las dificultades de la economía y especialmente del sector agrario, cuyos precios se habían derrumbado. El fuerte endeudamiento con los bancos amenazó su solvencia, situación aún más difícil porque el gobierno también fue un deudor importante. Esto condujo a otra innovación institucional.

Las reformas impositivas

La dramática caída de los precios y el volumen de las exportaciones tuvo, aunque con un rezago, su contrapartida en la baja de las importaciones, lo que afectó los ingresos fiscales que dependían principalmente de los provenientes de aduana. Se había terminado un largo superávit fiscal primario de 1900 a 1929, resultado de las crecientes exportaciones y, por consiguiente, del aumento de la recaudación del impuesto a las importaciones –salvo los años de la guerra, 1914, 1915 y 1916, en que, por las restricciones que la guerra imponía, bajaron las importaciones (Cortés Conde, 2009)–. El gobierno provisional surgido del golpe de septiembre de 1930 adoptó medidas para tratar de compensar esa caída. Ya en los años anteriores se había advertido las dificultades que creaba la volatilidad de los ingresos fiscales dependientes de la evolución del comercio exterior y de los resultados de las cosechas.

En 1931, en previsión de que las perspectivas para el año serían extremadamente difíciles, se dictó un decreto que redujo gastos y estableció nuevos impuestos. Entre ellos uno de emergencia a los réditos, y un adicional del 10% a las importaciones, que se agregó a la contribución territorial. Luego se estableció un impuesto a las transacciones, muy criticado por su carácter de cascada, por lo que fue reemplazado (a fines de 1934) por uno a las ventas, que excluyó a los artículos de primera necesidad.

Cuando Gran Bretaña decidió abandonar la convertibilidad de la libra, retirándose del patrón oro, la Argentina decretó que todas las transacciones de cambio debían realizarse por los bancos de Capital Federal autorizados, al tipo que la comisión iba a fijar diariamente. Se fijó a 3,86 pesos por dólar que quedó un 20% debajo del de mercado.2 Con esta medida se estableció el control de cambios, que consistía en el monopolio estatal de todas las transacciones con monedas extranjeras, algo que ya habían implementado Alemania y algunos países de Europa Central y que fue resistido en Francia y Estados Unidos por considerárselo un avance totalitario del Estado. Sería este un instrumento que tendría profundas consecuencias en la vida argentina y que modificaría el rol que hasta entonces había tenido el Estado.

El tipo de cambio oficial se mantuvo estable hasta 1933 y, como a ese precio oficial la demanda superó su oferta, se implementó racionamiento. El decreto del 25 de enero de 1932, que reglamentó los del 10 y 22 de octubre de 1931, obligaba a los exportadores a la presentación de un permiso previo en que constara toda venta de cambio realizada por los bancos.

Una de las razones no declaradas para el cierre de la Caja de Conversión en 1929 fue querer dejarle al gobierno la disponibilidad del oro depositado en la misma. El oro no sólo se utilizó para pagar la deuda sino que, en 1932, se empleó para intervenir en el mercado de cambios a fin de evitar una mayor caída del peso que le encarecería el pago de la deuda externa. Pero se evitó recurrir al mercado de cambios para comprar oro en una situación donde la caída de las exportaciones y de los flujos de capitales había producido una gran escasez de divisas, por lo que la competencia del gobierno demandando divisas en el mercado las encarecería fuertemente (y que, recordemos, fue uno de los factores que habían llevado a la crisis de 1890).

La devaluación y el valor de la moneda

Desde que en 1890 el gobierno nacional monopolizó la emisión de la moneda a la que le dio curso legal, toda obligación pública o privada podía saldarse entregando billetes de curso legal por su valor escrito. Durante los años de la Primera Guerra y los de la posguerra –en que suspendió la convertibilidad– se iniciaron acciones judiciales en casos en que se había establecido la obligación de pagar en otras monedas.

Debido a la fuerte devaluación que se produjo tras el cierre de la Caja, y las sucesivas de 1931 y 1933, se llevaron varios casos a la Corte Suprema, que en 1934 dictó una sentencia con una nueva interpretación sobre el valor de la moneda. La Corte entendía que la moneda se utiliza por el poder de compra que tiene, pero que cuando debido a circunstancias excepcionales, ajenas a la voluntad de las partes, esa moneda tiene un mayor o menor poder de compra, esa circunstancia producirá un enriquecimiento (o empobrecimiento) ilegítimo sin causa para sus titulares, por lo que debían ajustarse las obligaciones.

“La ausencia de una definición jurídica del valor ha dado origen a que las leyes supongan implícitamente que el valor se mide con la moneda, aun a través del tiempo, como si ella lo midiera en la forma que el litro, el kilo o el metro miden el contenido, el peso o la extensión.”

“Ante la valorización o desvalorización catastrófica o muy apreciable de la moneda, la justicia va viéndose obligada a suplir esa ausencia de una definición jurídica del valor.”

“Los derechos contractuales, en moneda, entran, en tales casos, en conflicto con otro derecho más fundamental y más general que se funda en el de reclamar el bien dado y el deber de devolver el bien recibido.” (Revista de Economía Argentina, 1935, p. 21)

Se iniciaba así un largo período de nuevas experiencias monetarias en muchos casos con consecuencias perdurables muy negativas.

La autorización de emisión en la Caja de Conversión y la creación del Banco Central en 1935

Tras una muy fuerte salida de oro en octubre de 1929 se cerró la Caja de Conversión, con lo que esas salidas se frenaron. A partir de 1931 se comenzó a emitir también sobre la base de redescuentos del Banco Nación (y luego también sobre deuda del gobierno, cuando se colocaron parte de los bonos del Empréstito Patriótico). Las reservas de oro continuaron bajando a pesar del cierre de la Caja porque el gobierno retiró oro para hacer pagos de su deuda externa.

En 1935 se crea el Banco Central. El artículo 35 de la ley 12.155 que lo crea disponía que el Banco Central “tendría el privilegio exclusivo de la emisión de billetes en la República Argentina (excepto la moneda subsidiaria a que se refiere el artículo 4° de la Ley de Organización); y ni el Gobierno Nacional, ni los gobiernos de las provincias, ni las municipalidades, bancos u otras instituciones cualesquiera podrán emitir billetes u otros documentos que fuesen susceptibles de circular como papel moneda” (Cortés Conde, 2005). La versión final de la ley disponía que las existencias de oro debían reconocer la importante depreciación del peso que había tenido lugar desde el cierre de la Caja de Conversión. Esta es la innovación institucional más importante adoptada en la presidencia de Justo y el Ministerio de Pinedo –junto con Raúl Prebisch–, que reemplaza al régimen de la Caja de Conversión, régimen que difiere de la versión original del Bank of England, pero también del Banking School, que había adoptado en 1913 el Banco de la Reserva Federal de los Estados Unidos. Estos temas serán expuestos en el capítulo respectivo de este libro.

Final de la guerra

La guerra de 1939-1945 acentuó el aislamiento iniciado durante la crisis y la depresión de los 30. Cuando la guerra terminó en 1945, Argentina había pasado por una dura experiencia, prácticamente aislada y teniendo que aprender a sustituir la provisión de bienes, combustibles y materias primas que antes recibía de su comercio. También había aprendido a vivir fuera del mercado internacional de capitales. No se puede entender lo perdurable de las medidas tomadas durante y en la posguerra sin tener en cuenta que ese aislamiento había durado más de una década y, por lo tanto, generado un nuevo clima y una concepción distinta sobre la posición del país en la economía mundial, que después de 1930 parecía muy frágil, y también sobre el papel del Estado.

La guerra total llevó a una nueva concepción del Estado compartida –en distinto grado– por la vasta mayoría de la población. Pero fue la necesidad de adaptarse y responder a lo que ya no era simplemente una emergencia lo que condujo a la aparición de actividades nuevas; a que en medio de la crisis agraria por la caída de los precios internacionales y las políticas cambiarias desfavorables se iniciaran nuevas ocupaciones, a que la gente cambiara de residencia a la búsqueda de otras ocupaciones, moviéndose hacia un mundo urbano donde aparecían actividades sustitutivas de las importaciones. Todo ello ayudó a la consolidación de un nuevo marco institucional. Cuando la Segunda Guerra terminó, el país era bastante distinto al de los años previos a 1939 y los sectores que habían emergido tuvieron otros intereses que iban a defender. Por otro lado, fue probablemente el hecho de que el país llegó a la Segunda Guerra Mundial más preparado para el aislamiento lo que hizo que esa experiencia no fuera tan traumática. En la Primera Guerra Mundial, con una economía abierta, el shock externo dio lugar a una severa recesión y caída del producto. Cuando estalló la Segunda Guerra Mundial, con las nuevas instituciones creadas durante la crisis de 1930 y una economía más cerrada, el país estaba más preparado para el aislamiento y, en vez de sufrir una caída del producto, creció.

Por ello las políticas y las instituciones que aparecieron con la guerra y en los años posteriores no surgieron como un programa previamente definido y elaborado por un movimiento político (el peronismo) como luego se conoció, si bien con este tomó una dimensión política e ideológica que lo hizo perdurable. Fueron al comienzo respuestas pragmáticas a las presiones de distintos intereses. Es cierto que esas instituciones se consolidaron porque existió el generalizado convencimiento –al menos por más de una década– de que eran beneficiosas para el conjunto de la sociedad y que, gracias a esa intervención del Estado, unos y otros habían evitado a una nueva y terrible crisis (shocks externos). También se adoptaron en medio de un clima ideológico mundial, tras la crisis del capitalismo del 30 y el florecimiento de los movimientos de izquierda y de los Estados dirigistas en Europa, que ayudó a la creencia de que si el capitalismo podía ser aceptable al menos tenía que ser controlado y suavizado.

Esta fue la convicción generalizada en Occidente hasta que Estados Unidos, tras Bretton Woods y con el Plan Marshall, dio un vuelco notable, eliminando las regulaciones de guerra, promoviendo una mayor libertad de comercio y la vuelta al mercado. Esto tuvo un efecto decisivo en los países europeos que, si bien no estaban convencidos de sus bondades, debieron seguir ese camino para contar con la ayuda norteamericana durante la Guerra Fría. Argentina quedó marginada y continuó atada a instituciones de preguerra por décadas cuando ya eran anacrónicas. Probablemente en ningún otro lado más que aquí esas instituciones –producto de los intereses que había desarrollado– tuvieron tanta fuerza y perduraron tanto. No se pueden entender las instituciones que creó el peronismo si no se tiene en cuenta que el país no tuvo acceso desde 1930 al mercado internacional de capitales y que por ello utilizó como alternativa mecanismos de apropiación forzosa del ahorro. Esto fue posible debido al poder de jurisdicción que tiene el Estado sobre sus residentes. Cuando se gravan los capitales, eso podía tener poca influencia para desalentar la inversión, cuando de todos modos no había forma de acceder a capitales del exterior y cuando los titulares de ahorro doméstico tenían grandes dificultades –por entonces– para llevarlos a otra parte.

Del multilateralismo al bilateralismo en el comercio exterior.
El control de cambios

Cerrada la Caja de Conversión, los particulares no podían cambiar pesos por oro al tipo de cambio oficial. Pero el gobierno retiró oro de la Caja para pagar vencimientos de su deuda externa. Cuando se cerró, el peso estaba en 227 los 100 dólares y se depreció a 383. Se mantuvo luego sin cambios hasta 1933, cuando oficialmente se devaluó un 33%. A partir de la reforma de 1933 se fijaron dos tipos: comprador y vendedor. Se creó una Comisión de Cambios que racionó la escasa disponibilidad de divisas dando prioridad al pago de obligaciones públicas y luego de importaciones imprescindibles. Con la diferencia se creó un Fondo que, se dijo, serviría para ayudar al agro en su caída dramática de precios, pero cuando los precios en los mercados internacionales se revirtieron sirvió de recurso financiero (de hecho, un impuesto cuasi fiscal a las exportaciones) que permitió a la Argentina en los 30 ser uno de pocos países en el mundo en pagar su deuda externa. También, debido a la enorme cantidad de permisos acordados para obtener cambio para importar que no lograban cubrirse con las divisas disponibles, se estableció que se debía tramitar previamente un permiso previo de cambios.

Se había conformado un mecanismo que perduraría el resto del siglo y el siguiente: el monopolio del Estado en las transacciones externas, racionando la oferta y asignando prioridades que importan subsidios para acceder a un mejor tipo de cambio.

Con ello terminó también la adhesión argentina a un sistema multilateral de pagos al comercio, que llevó el resto de los años 40 y 50 a negociar acuerdos bilaterales con varios países, que comenzaron con el llamado pacto Roca-Runciman. 3

Queremos destacar que, a diferencia de las referencias muy críticas este tratado implementó un ingenioso mecanismo financiero que permitió el cambio de deuda argentina en libras, que en el mercado internacional nadie tomaba en las condiciones del sudden stop de los 30, por la de un consorcio inglés que colocó la suya exitosamente en Londres. En medio de mercados mundiales cerrados la Argentina, decía entonces The Economist, pudo colocar su deuda y pagar el muy considerable atraso que quedaba de ganancias e intereses de capitales invertidos en el país, que habían quedado bloqueados para que cuando las circunstancias se normalizaran, se continuara con un flujo regular de acceso a esos capitales (Cortés Conde, 2005).

En 1946 y 1947 se firmaron, entre otros, convenios bilaterales con Alemania, Francia, Bélgica, etc., y en los años 50 con países del pacto de Varsovia (Checoeslovaquia, Polonia, la URSS). Este sería el mecanismo generalizado de comercio exterior y pagos que existió durante el peronismo hasta la misión Verrier de 1957 en lo que fue el primer caso de una vuelta al régimen multilateral de pagos y se llegó –con el llamado Club de París– a un acuerdo con los países con que se realizaban hasta entonces intercambios bilaterales con costos económicos considerables.

El fin del pacto fiscal. Los cambios en el sistema tributario.
Políticas económicas. Proteccionismo

Con el Pacto de San Nicolás, la Constitución de 1853 y la definitiva entrega de la Aduana de Buenos Aires en 1862 terminó el largo conflicto que había sido la causa de las guerras civiles, centrado en diferencias sobre la distribución del mayor recurso fiscal: la Aduana de Buenos Aires.

Un régimen basado en los impuestos a las importaciones (uno indirecto al consumo) en un país cuyo comercio exterior crecía gracias precisamente a la paz lograda, el Estado por primera vez tuvo recursos materiales para ejercer su autoridad en todo el territorio del país, no sólo asegurando la libertad que prometía la Constitución, sino la vigencia de la ley, el orden y el respeto a los derechos de propiedad que fueron condiciones de ese notable crecimiento. El impuesto a las importaciones se percibía eficientemente al tiempo que el bien entraba al puerto y sobre el que existía un amplio consenso en una población con ingresos reales relativamente altos dada una canasta de alimentos local barata.

La Primera Guerra ya había creado problemas al establecer límites a las importaciones de manufacturas de los países en conflicto pero, sobre todo, por su encarecimiento –como el de la energía (carbón)–, lo que llevó al gobierno a tomar ciertas medidas como dejar congelados los aranceles a los precios de 1908 hasta 1922 para evitar su efecto en los consumos populares. Sin embargo, desde entonces, se ajustaron a los precios de mercado. A partir de 1929 y hasta 1933, tras un derrumbe del 70% en los precios agrícolas, los ingresos tuvieron tal dramática reducción que pusieron punto final al acuerdo de la Constitución que había sido la base de consenso sobre su legitimidad. Para cerrar la brecha que dejaban se instituyó un impuesto a los réditos, que se dijo sólo de emergencia, y otro a las ventas (en cascada), que no llegaron a compensar la caída de ingresos aduaneros.

Aunque se había recurrido varias veces por limitados períodos a impuestos a las exportaciones –una innovación de la Convención de 1866 por las necesidades que generó la Guerra del Paraguay–, su uso fue transitorio y limitado, recurriéndose en general a los recursos que dejaban en manos del gobierno las diferencias de cambio. Con la mayor parte de esas diferencias se pagaron los vencimientos de la deuda en moneda extranjera.

Proteccionismo: las ideas y la política económica

Un régimen de cambios dual con un tipo comprador y otro vendedor, sumado a un racionamiento a las importaciones, no sólo podía ser fuente de recursos cuasi fiscales sino que, como no requería aprobación legislativa, podía ser implementado por el Poder Ejecutivo con total autonomía del Congreso. Se trataba de un instrumento que hacía más caras las importaciones de algunos productos industriales, pero que protegía a los productores locales y favorecía las importaciones de insumos industriales. Al mismo tiempo, perjudicaba al agro con un tipo oficial de cambio subvaluado, generando transferencias de ingresos de un sector a otro. Ese fue el perfil de las políticas industrialista y de distribución del ingreso de los años peronistas. Ya no sólo se usó por necesidades fiscales sino respondiendo a una política que implicaba una redistribución de las cargas y los beneficios de los bienes públicos, que no respondía a un acuerdo legislativo que reflejara un consenso de los involucrados, por lo que generó permanentes conflictos sectoriales y escaseces que se expresaron en repetidos procesos inflacionarios.

Con unos aranceles que hacían más cara la importación de bienes de capital y menos la de insumos industriales, se estimuló más una industria intensiva en mano de obra que, si bien resolvió en un principio el problema del desempleo, perpetuó en el tiempo un sector industrial de baja productividad y de casi obsoleta tecnología por los altos costos para importar bienes de capital (Díaz Alejandro, 1970). Esta industria dependiente, además, de la provisión de insumos de las importaciones llevó a los reiterados ciclos de stop and go.

El pensamiento económico

Sin embargo, al tiempo que políticos y economistas tuvieron un amplio apoyo en sectores del pensamiento, la dura experiencia de la Primera Guerra y la crisis del 30 había convencido a muchos que el modelo de economía abierta basada en las exportaciones sobre el que el país había crecido, al menos hasta 1930, no tenía vigencia en la nueva división internacional del trabajo, en la que ya no se intercambiaban alimentos y materias primas de los países menos desarrollados por manufacturas de los más adelantados. En la nueva conformación de comercio mundial se intercambiaban manufacturas por otras. No se trataba solamente de la caída de los flujos de mercancías sino también los de capitales. La difícil experiencia del país desde los 30 lo mostraba. Por otra parte, según Bunge el país había alcanzado en la primera década del siglo XX un límite a la expansión de su frontera agropecuaria y, en adelante, la tasa de crecimiento de la población sería mayor a la de la extensión de la superficie cultivada. En ese caso, se debían producir manufacturas que antes se importaban, por lo que el Estado debía intervenir con políticas industrialistas. Se señalaba que la difícil experiencia argentina tras la crisis de 1930 así lo mostraba. A estos argumentos se agregaron otros más adelante, como la tesis de Prebisch-Singer sobre la desigual tendencia de los términos de intercambio entre países productores primarios e industriales (Fernández López, 1997, p. 449).

Junto con ello y no menos importante, alcanzaron una notable influencia los pensadores del campo católico, coincidiendo con la posición social de la Iglesia y los nacionalistas, que desde mucho antes favorecían el proteccionismo y la autarquía como un medio de defensa de los intereses nacionales.

A principios de los años cincuenta del siglo XX y tras haber atravesado con una economía abierta y dos shocks externos –el de la Primera Guerra y el de la crisis del 30–, que al parecer se habían superado exitosamente cerrando la economía (aunque hubieran sido implementadas como medidas de excepción), pocos dudaban de la ventaja de aislarse de los shocks externos. Aunque ya en 1949 había aparecido la primera crisis de balance de pagos, no se conocían aún las consecuencias de la protección industrial, el desaliento a la actividad agrícola y la represión financiera, que llevaron a repetidas crisis de las balanzas de pago. Además, el proteccionismo generaría un aislamiento de los shocks externos desfavorables, pero también entre los 50 y los 70 de los que en el mundo fueron favorables (Cortés Conde, 1997).

La política social. El derecho laboral.
El modelo sindical argentino. Corporativismo

Las profundas reformas en las relaciones de trabajo (derechos laborales, tribunales del Trabajo) y de organizaciones gremiales –que fueron una característica del primer peronismo– también tuvieron antecedentes previos. La preocupación por la cuestión social, que en España llevó a la creación del Instituto de Reformas Sociales, tuvo influencia en el país ya a principios del siglo XX, entre quienes Eduardo Zimmermann llamó los reformistas liberales (Zimmermann, 1995). La creciente concentración de población en centros urbanos, una temprana y no poco importante industrialización, la incorporación de unos tres millones de inmigrantes, alguno de los cuales contaban con una anterior experiencia sindical, no sólo se expresaron en numerosos conflictos sociales y políticos, sino en la preocupación en los círculos gobernantes que se concretaron en el no aprobado proyecto de Código de Trabajo de Joaquín V. González, y en el de un conservador cercano al pensamiento social de la iglesia católica, Indalecio Gómez, de creación del Departamento Nacional del Trabajo (DNT). El Departamento, como instrumento en el que el gobierno basaría sus proyectos, debía estudiar la legislación vigente, nacional y comparada, informarse sobre las condiciones de los trabajadores (tuvo una notable difusión el informe Bialet Masset, de 1904, sobre las condiciones de vida de las clases trabajadoras) y el respeto a la legislación sobre la materia, que en los años siguientes fue bastante abundante. Debe señalarse que el control del cumplimento de esas normas en el régimen federal argentino competía a la justicia provincial.

Desde el comienzo fueron dos las interpretaciones sobre la extensión de las funciones del DNT, y por ende del grado de intervención estatal en el mercado de trabajo. Matienzo, su presidente, entendía que debía limitarse a la información y al asesoramiento al gobierno sobre la legislación nacional y extranjera, y las condiciones de trabajo. Una interpretación distinta entendía que debía extenderse a la vigilancia del cumplimiento de la legislación vigente y, en el caso de su violación, a aplicar sanciones a los infractores.

Un dirigente del Partido Demócrata (conservador y modernista) de Córdoba, Julio A. Roca (hijo), presentó un proyecto en 1912 que ampliaba las funciones del DNT, que no fue aprobado.

Hasta 1930 era generalizada la idea de que la legislación laboral, muchas veces iniciada –aunque no sólo– por los socialistas, en la práctica no se cumplía. Esto en parte tenía que ver con que los inspectores no tenían facultades para entrar en una fábrica sin autorización de su propietario o de un juez y, por el otro, a que dentro del sistema federal argentino, para que un obrero exigiera la aplicación de una ley nacional, debía recurrir a los tribunales provinciales.

Tras el golpe militar de 1930, durante la presidencia provisional del general José Félix Uriburu, la nueva gestión trató de hacer efectivo el cumplimiento de la legislación. Por un lado, pidiendo al Ministerio del Interior que pusiera a disposición de los inspectores personal policial y, por el otro, reuniendo en el Congreso Nacional de Derechos del Trabajo de 1931 a prestigiosos tratadistas y políticos (cuyo secretario fue un socialista, luego notorio dirigente comunista), para consensuar con las provincias métodos que hicieran cumplir la legislación sobre derechos del trabajador.

De todos modos, durante esos años el DNT realizó una tarea de recopilación de información legal y estadística local y comparativa, incluyendo investigaciones sobre las condiciones y el trabajo de los obreros. Con el desembarco del coronel Perón, se lo acusó de haber sido totalmente inútil. Cuando se produjo el golpe militar de 1943, y en medio de un mundo en guerra y enormes cambios sociales, era insistente la necesidad de atender los problemas de los trabajadores. Sin embargo, el primer decreto del gobierno militar fue dictar una norma de Asociaciones del Trabajo que, a la vez que prohibía por antinacional a la CGT2 (controlada por los socialistas con apoyo comunista que, entre otras, integraban la Unión Ferroviaria y La Fraternidad), dejaba funcionar a la sindicalista CGT1 en la que convergieron algunos de los sindicatos que habían estado afilados a la otra. Poco después, el proyecto fue derogado ya que a partir de octubre se adelantaban las negociaciones del coronel Perón con dirigentes sindicales en una nueva alianza que redefiniría para siempre la política y el Estado argentino. Desde entonces, el proyecto revolucionario, aunque no uniformemente, tuvo alcances muchísimo mayores. En 1944 se dictó el decreto ley 23.842-35 que implementó un nuevo régimen de organizaciones gremiales en donde se reconocía para su representación, ante el gobierno y los empleadores, a un sindicato único por rama o profesión. Aunque no se prohibió la existencia de otro, al no reconocerle representación se le quitó toda relevancia. Así quedó plasmado hasta hoy lo que luego se conoció como el modelo sindical argentino, que tuvo características corporativas al crear por ley un sujeto colectivo de derecho, un sindicato único que representaba también a los no afiliados, a quienes se les extendían los beneficios sociales pero se los excluía de los derechos de participación y representación, por lo que los individuos quedaban subsumidos en ese nuevo sujeto colectivo. Tuvo una notable influencia en ese decreto ley un funcionario del DNT, José Figuerola, que había llegado al Departamento con el gobierno de Uriburu tras haber vivido una experiencia profesional en el gobierno español de Primo de Rivera. En el año 1943 Figuerola, que seguirá en posiciones claves (Consejo Nacional de Posguerra, Plan Quinquenal, Reforma de la Constitución de 1949), publicó un libro sobre los regímenes de las organizaciones gremiales en el que se refiere al real decreto de Primo de Rivera de agosto de 1926 que, junto con la Carta del Laboro de 1927 en Italia, fueron los antecedentes directos en la legislación argentina. Otra innovación importante sobre procedimientos que eran interminables en los tribunales ordinarios fue la creación de Tribunales del Trabajo muchos más rápidos, con notificaciones telegráficas y una instancia previa oral de conciliación, pero sobre todo porque pasaban a la jurisdicción nacional los tribunales con competencia sobre los temas laborales. Esto provocó el rechazo por inconstitucional por parte la Corte Suprema de Justicia, cuyos miembros luego fueron sometidos por el nuevo gobierno ya elegido de Perón a un juicio político y a su posterior destitución. Así se llegó a un nuevo esquema de poder. 4

En los capítulos siguientes, los autores profundizarán varios de los aspectos enunciados en este apartado.

Notas

* Los temas están tratados más extensamente en Cortés Conde, 2015.

1 El conflicto bélico que hoy conocemos como Primera Guerra Mundial fue llamado, en su momento, “La Gran Guerra” en el mundo hispanoparlante, “The Great War” en el anglosajón y “Grande Guerre” en Francia. La elección y utilización de este último se debe a que ese país fue el centro de las hostilidades, junto con Bélgica.

2 Todavía en 1931.

3 El tema está desarrollado en Cortés Conde, 2005.

4 Sobre el tema véanse Figuerola, 1943; Vanossi, 1987; Goldin, 1997; Etala, 2012, y Palacio, 2020.


Plan Quinquenal, 1947. Zami Treguer.

Capítulo 1

Impulso expansivo, redistributivo e industrializador: la política fiscal bajo el peronismo1

Federico Grillo*, Sebastián Katz** y José Luis Machinea***

Dele al pueblo, especialmente a los trabajadores, todo lo que sea posible. Cuando parezca que ya les está dando demasiado, deles más. Todos tratarán de asustarle con el espectro del colapso económico. Pero todo es mentira. No hay nada más elástico que la economía, a la que todos temen tanto porque no la entienden. (Consejo de Perón al presidente chileno Ibáñez, citado en Gerchunoff y Llach, 2018)

El presente capítulo estudia la evolución de las finanzas públicas durante la experiencia peronista de gobierno en el período 1946-55 poniendo el foco en las tensiones que esa evolución trajo aparejada sobre el desempeño agregado de la economía. Como se sabe, con el objetivo de impulsar un ambicioso programa de reforma social y económica a través del que intentó responder a las demandas –muchas de ellas, largamente postergadas– de la novedosa coalición social que lo llevó al poder, el gobierno de Perón promovió un activo involucramiento gubernamental en la asignación de los recursos económicos. Fue ese un aspecto insoslayable de aquella experiencia de gobierno. Una de las manifestaciones de esa mayor presencia estatal fue que el gasto público consolidado (incluyendo a provincias y municipios) se incrementó en forma marcada para ubicarse a fines del período de gobierno en torno de un nivel equivalente al 25% del PBI, lo que contrastaba con un sector público que, aún después del mayor intervencionismo de la década del treinta, típicamente representaba el equivalente a menos de un quinto de la economía nacional. Pero ese hecho –que, por otra parte, estaba relativamente en línea con tendencias observadas en el período en una gran cantidad de países– estuvo lejos de ser el único reflejo, o necesariamente el más relevante, de la creciente influencia estatal en el proceso de toma de decisiones económicas.

En un clima de ideas que –luego de la Depresión y a la salida del conflicto bélico– desconfiaba naturalmente de las soluciones de libre mercado, en todas las latitudes –incluidas muchas de las principales naciones capitalistas– se favorecía una amplia intervención estatal orientada a asegurar el pleno empleo y a promover la redistribución del ingreso. Al mismo tiempo, en el contexto de las economías de menor desarrollo relativo, existía un consenso optimista en que el postergado impulso industrializador vendría de la mano de una activa planificación estatal de la actividad económica. En ese sentido, las políticas del gobierno peronista sintonizaban plenamente con el clima de opinión reinante. Sin embargo, la intensidad que caracterizó al impulso expansivo y redistributivo y el modo en que la administración intentó tomar ventaja de una coyuntura externa inicialmente favorable para promover una acelerada industrialización a través de mecanismos fiscales muy poco transparentes fueron rasgos puramente idiosincrásicos de la experiencia peronista.

Pese a las particulares características que asumió la experiencia local, las áreas en que la influencia estatal se manifestó estuvieron a tono con los consensos internacionales de posguerra. En primer lugar, en el marco de una concepción del desarrollo “orientada hacia adentro”, el Estado –tanto en su dimensión de planificación y regulación económica, de protección de la actividad doméstica como en su rol directo como productor– fue concebido como el principal impulsor del esfuerzo industrializador en el que se había embarcado el país a partir de las circunstancias generadas por los conflictos bélicos y el período de entreguerras. Profundizando los pasos ya dados desde el inicio de la Segunda Guerra, el gobierno de Perón avanzó decididamente en la dirección de un mayor involucramiento del Estado, principalmente en la provisión de servicios públicos. La nacionalización de los ferrocarriles y de las compañías telefónicas en manos de capitales extranjeros fueron posiblemente los movimientos más visibles en esa dirección, pero no los únicos. Aun cuando el propio Perón no fue tan lejos como muchos de sus seguidores pretendían, el gobierno se involucró en las áreas más diversas, desde aquellas consideradas estratégicas por las Fuerzas Armadas hasta otras menos “vitales” para el complejo militar/industrial.

En segundo término, y también en sintonía con el clima intelectual de posguerra y de las demandas de su propia base de sustentación política, el gobierno peronista promovió, a través de diversos mecanismos, una amplia redistribución de los ingresos en favor de los sectores urbanos y, en particular, de los trabajadores. Las políticas tributarias –a través de la creación o aumento de diversos impuestos directos– y de gasto público –a través de un mayor peso de las erogaciones en educación, salud y vivienda y del impulso al propio empleo estatal– así como la introducción de nuevos beneficios sociales desempeñaron, desde ya, un rol muy importante al respecto.

Pero, más allá del flamante estado de bienestar que se creaba en línea con las concepciones predominantes en otras latitudes, muchos de los mecanismos –no menos contundentes– utilizados para inducir la mencionada redistribución transcurrieron a través de vías alternativas, de escasa transparencia institucional y poco apego a las reglas presupuestarias. Tanto la nacionalización de los depósitos y la centralización del crédito a partir de los redescuentos otorgados por el Banco Central como el control estatal establecido sobre el comercio exterior fueron así instrumentos centrales en el impulso redistributivo desplegado por las políticas del peronismo y la fuente de generación de marcados desbalances a nivel agregado. Por un lado, una política crediticia de sesgo –en general– muy expansivo a tasas reales fuertemente negativas fue un factor clave para compensar los efectos que, sobre la rentabilidad del sector industrial, tenían las políticas distributivas orientadas a inducir una mejora sistemática de los salarios reales, con aumentos que superaron largamente a la evolución de la productividad. Por otro lado, el IAPI fue uno de los pivotes de un esquema de fuerte redistribución intersectorial del ingreso nacional a través del cual el fisco se apropió de la bonanza de los términos de intercambio de los primeros años de la posguerra y financió buena parte de las políticas públicas orientadas en favor de los sectores urbanos. Del mismo modo, a partir del momento en que se reviertan esos favorables términos de intercambio, aunque de manera ahora ampliamente perdidos a través de una política no sostenible de subsidios públicos, las actividades del IAPI intentaron compensar, al menos parcialmente, la gran apreciación del tipo de cambio aplicable a las exportaciones del sector agropecuario. La manera de hacerlo fue comprando a precios más altos a los productos agropecuarios y subsidiando el precio de comercialización en el mercado interno en el intento de preservar, al mismo tiempo, los salarios reales.

Aunque se trataba de actividades de naturaleza evidentemente fiscal, ninguna de estas acciones del IAPI se reflejó debidamente en el presupuesto público que aprobaba el Congreso de la Nación. Su financiamiento ocurría, en realidad, a través de los préstamos que los bancos públicos redescontaban a su turno en el Banco Central. Debido, como se dijo, a las reducidas tasas a las que se concedían, la gran mayoría de esos créditos fueron licuados por el alza del nivel de precios. Algo similar ocurrió con los créditos que el Banco Hipotecario otorgaba como parte de la agresiva política de vivienda que impulsaba el gobierno. En la medida en que el ritmo de evolución de esos créditos superó largamente al de los depósitos privados, una parte sustantiva de los redescuentos otorgados por el Banco Central representó, en la práctica, emisión monetaria destinada a financiar por fuera del presupuesto una gama muy relevante de actividades fiscales. Los generosos redescuentos otorgados y las ostensibles transferencias de riqueza desde los depositantes también beneficiaron, como se dijo anteriormente, a los tomadores de préstamos del sector privado.

Lo que todas estas acciones revelan es la determinación de las autoridades de utilizar, con fines menos moderados y mucho más ambiciosos, varios de los instrumentos –reformulados– de política e instituciones heredados de la respuesta a la Depresión (Gerchunoff y Machinea, 2014). Bajo el mismo prisma puede leerse un tercer aspecto crucial para entender la acción estatal y las políticas fiscales desplegadas por el peronismo: la promoción del pleno empleo. En línea con las ideas keynesianas en boga, la nueva carta orgánica del recién nacionalizado BCRA incorporó el objetivo explícito de promover “el máximo pleno empleo de los recursos humanos y materiales disponibles”. Sin embargo, en lugar de promover “una expansión ordenada de la economía nacional” –tal como también mandaba la reformada carta orgánica de la institución– el fuerte impulso expansivo del gasto agregado de los años iniciales se tradujo muy rápidamente en excesos de demanda generalizados que presionaron peligrosamente sobre la balanza de pagos y los precios internos.

Tal como se examina en las páginas siguientes, el análisis de las cuentas públicas revela que, en su determinación de alcanzar el pleno empleo y aumentar el salario real, la política fiscal llevada adelante por el gobierno en esos primeros años fue, en realidad, muy procíclica, resultado de la imprudente administración de la bonanza de los términos de intercambio. En efecto, fruto de una acelerada expansión de la absorción interna, la holgura de divisas de los años inmediatos de posguerra se agotó ya a mediados de 1948 y el sector externo se transformó velozmente en un cuello de botella para la continuidad de la expansión, dando inicio a una nueva etapa que agudizaría de allí en adelante los problemas de balanza de pagos ya presentes en la dinámica macroeconómica local. Del mismo modo, la tasa de inflación –que había sido ya más elevada durante la guerra, sobre todo en algunos rubros mayoristas– se ubicó en un inusual escalón superior, del orden del 25% promedio anual y con picos de casi el 60% a inicios de 1952, inaugurando lo que más tarde sería caracterizado como el ingreso de la economía argentina a una novedosa etapa de inflación crónica. El inicio de los ciclos recurrentes de stop-go (la nueva modalidad que adoptaron, en ausencia de financiamiento externo, los problemas de balanza de pagos) y el ingreso a una etapa de inflación crónica serían, desde ese momento y por el próximo medio siglo, una de las marcas registradas de la dinámica agregada de la economía argentina.

En 1949 el gobierno tomó nota de las dificultades e implementó medidas correctivas, como la contención del gasto y la disminución del déficit fiscal, la drástica reducción de varias actividades del IAPI y el inicio de un tratamiento más favorable al sector agropecuario a través de una mejora de sus precios relativos y de una mayor asignación del crédito dirigido al sector.

A inicios de 1952, con la intensa sequía que afectó a la cosecha pero especialmente con la reelección asegurada, lo que permitía al gobierno un mayor margen para tomar decisiones impopulares, se puso en marcha un programa antinflacionario que incluía el congelamiento de precios y salarios por dos años. La política de ingresos, acompañada no sólo con la disciplina fiscal de los últimos años sino también con un endurecimiento de la política monetaria, permitió reducir la inflación y ordenar la macroeconomía. Sin embargo, la situación volvería a complicarse en los últimos años del mandato: aun cuando la economía mostraba un incipiente ritmo de crecimiento, las cuentas fiscales y externas volverían a reflejar una preocupante ampliación de los desbalances.

Una pregunta relevante –quizá la más importante de este capítulo– refiere a las razones que condujeron al gobierno a llevar tan lejos el impulso expansivo y distribucionista, al punto de malograr en forma imprudente condiciones iniciales excepcionalmente propicias para una política económica que intentaba incorporar el progreso social a la agenda del crecimiento. ¿Fueron errores en la percepción de la duración y naturaleza de la perturbación en los términos de intercambio los que condujeron a pensar que se trataba de un shock positivo de tipo permanente? ¿Había concepciones equivocadas que despreciaban los problemas de la inestabilidad y la disciplina monetaria y crediticia y, en todo caso, sólo se detenían cuando la restricción externa –una restricción de presupuesto “dura” e imposible de violar para la economía local– se hacía operativa (véase D’Amato y Katz, 2018)? ¿Se trataba, más bien, del intento de asegurar rápidamente las condiciones para una rápida industrialización, una mayor autarquía económica y una menor vulnerabilidad a los avatares del sector externo lo que motivaba buena parte de las políticas dirigidas a un supuesto ahorro de divisas futuras como la nacionalización de empresas de capital extranjero y la repatriación de deuda externa en un mundo que, se creía, marchaba a un mayor proteccionismo y a nuevos conflictos bélicos? ¿O, en realidad, junto con la necesidad de inducir una necesaria reparación social hubo, asimismo, otras razones de economía política “menos legítimas” asociadas al ciclo político y dirigidas a consolidar la base de sustentación del gobierno y a asegurar la reelección de Perón?

Antes de considerar y ponderar estas diferentes –aunque no excluyentes– hipótesis en la sección cuarta del trabajo, las dos secciones previas analizan, respectivamente, el clima de ideas que motivó el corpus de intervenciones estatales y de políticas fiscales del gobierno peronista y la evolución de las cuentas públicas y sus diversos mecanismos de financiamiento.

II. Las condiciones iniciales y el clima de época

A fines de la Segunda Guerra Mundial, la dirigencia de la mayoría de los países se preguntaba hacia dónde se dirigía el mundo. Pese a que las especulaciones eran muchas y variadas, había cierto consenso en lo que se refiere a los principales lineamientos económicos y sociales que había que seguir. La palabra mágica del momento era “planeamiento”, que, entre otras cuestiones, significaba una mayor presencia del Estado en la vida económica de las naciones. Más allá de una URSS con mayor influencia y poder político y territorial después de la guerra –y en donde la presencia del Estado era obvia–, esa influencia también empezó a ser mucho más notoria en los grandes países de Europa, decididos a nacionalizar empresas –sobre todo de servicios públicos pero también bancos, de aviación y algunas industrias– y a lograr una sustancial mejora de la protección social –pensiones, salud, vivienda y educación–, a través de grandes aumentos del presupuesto dirigido a esas áreas. La aparición de esos lineamientos en programas de gobierno de partidos políticos con distinta orientación ideológica era una manifestación palpable de esos consensos generalizados. También lo era –en el campo político– la importancia creciente que iban adquiriendo los partidos políticos socialistas y comunistas de Europa.

Había también un cierto consenso en que la crisis de la década de 1930 y, en cierta medida, la Segunda Guerra habían sido el resultado de la ausencia de instituciones mundiales que facilitaran la concreción e implementación de acuerdos internacionales. De allí la reunión mantenida en julio de 1944 en Bretton Woods, que dio nacimiento al FMI y al Banco Mundial, aunque con rasgos claramente deficitarios respecto del establecimiento de mecanismos que asegurasen un ajuste semiautomático de la balanza de pago y recursos suficientes para aliviar los costos socioeconómicos de la corrección de los desequilibrios, como pretendía la propuesta de Keynes desestimada por Estados Unidos. Las deficiencias de los nuevos organismos internacionales tuvieron como resultado el surgimiento del Plan Marshall, en 1947, y pusieron en alerta a Perón, quien entendió que el “nuevo orden internacional” sería incapaz de lidiar con el problema europeo. Esa convicción, junto con el bloqueo a Berlín por once meses en 1947-1948, terminó de convencerlo de que existía la probabilidad de una nueva contienda mundial. Ese convencimiento alentó el intento de profundizar la autarquía y aceleró la necesidad de importar insumos y bienes de capital.

Por otra parte, aun antes de asumir la presidencia, desde su despacho en la Secretaría de Trabajo, Perón seguramente evaluó no sólo el contexto internacional en que le tocaría gobernar sino también la experiencia económica argentina de los tres lustros previos. El devastador shock externo provocado por la Depresión habría de dejar una profunda huella en la economía argentina. Pese a la relativa recuperación experimentada en la segunda mitad de la década del treinta, el crecimiento del 1,4% anual promedio fue, de hecho, el menor de los seis decenios previos. Además, en contraste con lo ocurrido en esas décadas, por primera vez sucedía que el ingreso argentino no aumentaba por encima del de la mayor parte de los países de la región, entre ellos Brasil y México. En la visión de muchos observadores –y no sólo de Perón–, la economía argentina, pese a la sustitución de importaciones ya ocurrida durante la crisis, era todavía muy abierta, y eso la tornaba demasiado vulnerable frente a un comercio mundial en franco colapso que, se creía, no iba a recuperarse en la posguerra. En esa visión, los elevados coeficientes de apertura comercial generaban un espacio importante para intentar una estrategia industrial proteccionista. Durante el conflicto bélico, el crecimiento volvió a ser menor que el de América Latina, aunque el 2,5% anual implicó una mejora sustancial si se lo compara con la caída que tuvo durante la Primera Guerra y con las expectativas negativas que había a inicios de la contienda.

El menor ritmo de crecimiento económico explica sólo parcialmente que el salario real no aumentase entre 1928 y 1942. A esto último contribuyó, sin duda, la creciente migración del campo a la ciudad, explicada por la fuerte caída de ingresos reales que afectaba a la producción agropecuaria, pero también la escasa preocupación por la distribución del ingreso de los gobiernos conservadores. Las frecuentes huelgas en los dos o tres años previos a la guerra eran una manifestación del descontento de los trabajadores, una insatisfacción que era previsible que se volviera a manifestar con el fin de la guerra.

Las dificultades para importar durante la guerra, que fueron mayores para la Argentina dadas las tensiones con Estados Unidos por la demora en romper relaciones con los países del Eje, junto con el aumento en el precio de los alimentos, generaron un abultado superávit en la cuenta corriente.2 A ello contribuyó también la “desaparición” de los Estados Unidos de los mercados de la región dado que su prioridad era ocupar las bodegas de los barcos con el transporte de armamentos. Ello permitió a la Argentina no sólo aumentar sus exportaciones a los países de América Latina sino también al propio mercado norteamericano. Las exportaciones industriales llegaron, en ese contexto, a representar el 20% de las exportaciones totales. Pero, como el fin de la guerra dejaría claro, la captura de esos mercados para las exportaciones industriales era transitoria y sólo duró el tiempo que los Estados Unidos necesitaron para recuperarlos, un proceso en el que la Argentina desgraciadamente colaboró con una política económica poco atractiva para las exportaciones.

En síntesis, a la salida de la guerra había una oportunidad y un desafío: estaban las divisas y faltaban los bienes; los salarios reales no crecían hacía quince años y había una abundante mano de obra que, en parte como consecuencia de las dificultades del sector agrícola-ganadero, había empezado a emigrar masivamente desde el interior hacia los grandes centros urbanos. Además, la perspectiva era la de una economía y un comercio mundiales que Perón imaginaba estancados y con renovadas presiones proteccionistas (Gerchunoff y Llach, 2018).

En tales condiciones, parecía que sólo se requería aumentar la demanda interna, y en esa tarea Perón pondría toda su energía, convencido de que esa estrategia era, al mismo tiempo, un elemento esencial para la viabilidad de su proyecto político. Con esas perspectivas, con un clima de ideas propicio y ayudado por las holguras iniciales, utilizó distintos mecanismos para satisfacer sus objetivos industrializadores, expansivos y redistributivos: el aumento de los salarios y del gasto público, la expansión de la cantidad de dinero y el crédito, el subsidio a los alimentos, el atraso de las tarifas de las empresas públicas y el congelamiento de los alquileres. Esa tarea, como se dijo, se vio facilitada por la presencia de instituciones e instrumentos heredados de la década de 1930 y de los años de la Segunda Guerra Mundial que Perón utilizaría más intensa y osadamente, como el control de cambios, los tipos de cambio múltiples, las juntas reguladoras, los precios máximos, y los redescuentos del BCRA que adoptaron, sin embargo, modalidades enteramente alejadas de su función tradicional de asistencia financiera por iliquidez (Gerchunoff y Machinea, 2018).3 Había también varios impuestos relevantes heredados de los gobiernos de comienzos de la década de 1940, que ayudaban al financiamiento de las cuentas públicas y, al menos parcialmente, contribuían a mejorar la distribución del ingreso.

III. La evolución de las cuentas públicas

Mayor presencia del Estado en la economía: el aumento del gasto público

Las intenciones del gobierno de Perón de impulsar la industrialización, promover el pleno empleo y redistribuir el ingreso se reflejaron en una mayor presencia del Estado en la economía. Aunque la presencia del Estado ya había aumentado en respuesta a la crisis durante la década de 1930, el impulso se hizo visible a partir de 1943 y se aceleró notablemente durante los primeros años del gobierno peronista. El gasto total del gobierno nacional consolidado pasó así de un promedio del 16,2% del PBI en 1945-46 a uno del 22,5% en 1954-55,4 aunque con un pico del 29,7% (1948) cuando se consideran las erogaciones extraordinarias, vinculadas principalmente con la nacionalización de empresas (véase el Gráfico 1).5, 6 Luego del fuerte aumento de los primeros años, el intento de corrección de la política económica, motivado por los límites que la expansión inicial empezó a mostrar en el sector externo y en la evolución de la inflación, generó una relativa moderación de los niveles de gasto público. En los años siguientes, el peso del Estado nacional en la economía se mantuvo prácticamente estable en torno al 22% del PBI. Con todo, sobre el final del gobierno peronista el gasto público había crecido alrededor de seis puntos porcentuales del PBI con relación a su nivel inicial.

Tal como se observa en el Cuadro 1, en el marco del Primer Plan Quinquenal, prácticamente todos los rubros del gasto experimentaron un fuerte incremento en los primeros años de gobierno. Esta expansión venía a sostener las demandas de los sectores que mayoritariamente respaldaban al peronismo: la clase trabajadora y los militares, y estaba enmarcada en los objetivos de justicia social y autonomía económica que se había planteado el gobierno. El mayor impulso se reflejó tanto en los gastos corrientes como en los de capital y se concentró inicialmente en defensa, salud, educación y vivienda, junto con la nacionalización de empresas.

Gráfico 1: Gasto del gobierno nacional (en % del PBI)


Fuente: En base a CEPAL (1959).

Las tensiones que aparecieron en 1948-49 generaron, sin embargo, cambios importantes en el comportamiento del gasto público: mientras el gasto corriente mantuvo su dinámica ascendente durante todo el período creciendo alrededor de 7 puntos del PBI, la inversión pública (incluyendo allí no sólo el gasto de capital real sino también la compra de activos y otra inversión financiera)7 experimentó una importante reversión luego del aumento de los primeros años, de modo que al finalizar el período de gobierno exhibía niveles incluso algo menores a los del punto de partida (del orden del 4,5% del PBI; véase el Cuadro 1). Dejando a un lado la compra de activos reales ya existentes, esa reversión vino acompañada por un importante cambio en la composición de la inversión real: si en los primeros años el grueso del gasto se destinó al rubro de defensa (que absorbió cerca del 40% del total), a partir del Segundo Plan Quinquenal, y en el contexto de una fuerte descapitalización y déficits ostensibles en materia de energía, transporte e infraestructura, se observó un intento de reorientación de la inversión real hacia estos sectores (véase el Gráfico 2).

Cuadro 1: Gasto total del gobierno nacional por rubros (en % del PBI)


194519461947194819491950195119521953195419551946-19481948-19551946-1955
Gastos corrientes10,8%10,1%11,1%14,0%14,3%14,1%14,2%15,2%15,8%18,0%17,1%3,9%3,2%7,1%
Gastos consumo6,7%6,8%6,6%7,2%7,5%7,1%6,5%7,3%7,6%7,3%6,8%0,4%-0,4%0,0%
Remuneraciones4,1%4,3%4,3%5,1%5,5%5,5%5,0%5,6%5,7%5,7%5,3%0,8%0,2%1,1%
Compras de bienes yservicios no personales2,6%2,5%2,3%2,1%2,0%1,7%1,5%1,7%1,9%1,7%1,5%-0,4%-0,6%-1,0%
Gastos de transferencias4,1%3,3%4,5%6,8%6,9%7,0%7,6%7,9%8,3%10,6%10,3%3,5%3,5%7,0%
Intereses de la deuda1,5%1,0%0,7%0,7%0,5%0,4%0,4%0,4%0,3%0,2%0,1%-0,3%-0,6%-0,9%
Pagosde previsión social1,4%1,1%1,0%1,1%1,9%1,8%1,7%2,0%2,2%3,0%3,4%0,0%2,3%2,3%
Aporte a empresas0,0%0,2%0,8%2,2%1,8%1,3%1,7%1,8%1,7%1,8%1,6%2,1%-0,6%1,5%
Subsidiosal sector privado0,2%0,0%0,3%0,7%0,3%1,0%1,1%0,8%1,8%3,1%2,6%0,7%1,9%2,5%
Aporte a provinciasy municipalidadde Bs. As.1,0%0,8%1,4%1,7%1,9%2,1%2,1%2,2%2,0%2,0%2,3%0,9%0,6%1,5%
Otros0,1%0,2%0,2%0,3%0,4%0,4%0,6%0,5%0,3%0,6%0,3%0,1%0,1%0,1%
Gastos de capital(inversión real)5,0%3,9%4,4%8,4%6,9%6,3%5,9%5,6%5,2%4,9%3,9%4,5%-4,5%0,0%
Gasto total sin inversión financiera e indirectaNacionalizacionesy expropiacionesResto inversiónfinanciera e indirecta15,8%14,0%15,5%22,4%21,3%20,4%20,1%20,7%21,0%22,9%21,0%8,4%-1,3%7,1%
0,4%0,1%1,3%5,9%1,0%0,4%0,2%0,1%0,0%0,0%0,0%5,8%-5,9%-0,1%
0,8%1,4%1,9%1,4%0,6%1,2%0,5%0,5%0,5%0,5%0,5%0,0%-0,9%-0,9%
Gasto total17,0%15,5%18,7%29,7%22,8%22,0%20,8%21,3%21,5%23,4%21,5%14,2%-8,2%6,0%

Fuente: En base a CEPAL (1959).

Buena parte de la inversión pública, en el caso de la compra de activos existentes, se materializó a partir de la participación directa del Estado en la producción de bienes y servicios. Ya durante el gobierno militar surgido del golpe de 1943 se habían dado los primeros pasos en esa dirección. Además de la creación de Fabricaciones Militares y de la inauguración de Altos Hornos Zapla, se dio impulso a la Flota Mercante del Estado, puesta en marcha durante el gobierno de Castillo. Bajo el gobierno de Farrell se crearon varias empresas relevantes como LADE, Gas del Estado, Yacimientos Carboníferos Fiscales y la flota aérea mercante (FAMA), y el proceso se intensificó durante el gobierno de Perón, principalmente entre 1946 y 1950.

Las actividades alcanzadas por la propiedad estatal se concentraron en los servicios públicos (ferrocarriles, telefonía, agua y energía) y en transportes (aeronavegación y navegación fluvial y marítima).8 Aunque hubo algunos casos de empresas industriales, como SOMISA y las expropiadas a alemanes y japoneses como consecuencia del desenlace de la Segunda Guerra Mundial, que se concentraron bajo la órbita de la Dirección Nacional de Empresas del Estado, estas fueron poco relevantes hasta la llegada del desarrollismo. También se crearon empresas públicas financieras y de seguros, como el Banco Industrial, el Instituto Mixto Argentino de Reaseguros y el Instituto Mixto de Inversiones Mobiliarias.

Gráfico 2: Distribución % de la inversión real del gobierno nacional


Fuente: En base a CEPAL (1959).

En la medida en que las tarifas de los servicios públicos fueron deliberadamente retrasadas como parte de las políticas de ingresos dirigidas a proteger el nivel de los salarios reales, el déficit de muchas de las empresas públicas se transformó en uno de los principales factores que dieron cuenta del peso creciente de los subsidios a estas empresas en la evolución del gasto gubernamental.9 Estos aportes, que se transformaron en un gravamen creciente para las finanzas públicas, se explicaron en gran medida por la disminución promedio de las tarifas de los servicios públicos y de los precios de los combustibles de alrededor del 40% en términos reales entre 1946 y 1952, superando el 50% en la energía eléctrica, el transporte y el gas natural. A partir de 1952 las tarifas de los servicios públicos y los precios de los combustibles se estabilizaron en términos reales (véase el Gráfico 3).10 En consecuencia, los aportes del gobierno nacional a las empresas, inexistentes en 1945, llegaron al 2,2% del PBI en 1948, para estabilizarse en torno al 1,8% del PBI durante el resto del gobierno peronista (véase el Cuadro 1).11

Junto con estos aportes, otra de las transferencias que explicaron el marcado aumento de los gastos corrientes ocurridos en el período fueron los subsidios directos al sector privado, en particular a la agricultura y la ganadería, dirigidos a mantener reducidos los precios de los bienes básicos en un contexto de mejoras de los precios recibidos por los productores agropecuarios. Estas erogaciones, vinculadas a la actividad del IAPI, adquirieron relevancia luego de 1950 a partir del deterioro de los términos de intercambio y del tipo de cambio real de la mayoría de las exportaciones agropecuarias, y llegaron a alcanzar un nivel cercano al 3% del PBI sobre el final del segundo mandato de Perón (véase el Gráfico 4). El IAPI había sido creado en 1946 con el objeto de concentrar y regular las operaciones de comercio exterior, en un contexto internacional de fuerte intervención de entes estatales en la comercialización de alimentos y de proliferación de acuerdos comerciales bilaterales.12, 13 En esta área, el IAPI centralizó el comercio exterior de los principales bienes de exportación agropecuarios y otorgó permisos de importación en el contexto de las restricciones cambiarias que comenzaron en 1947 y se agudizaron a partir de entonces. También intervino en los mercados internos ante situaciones de escasez de determinados productos.

En los años iniciales de bonanza, mientras estuvieron vigentes términos de intercambio excepcionalmente favorables, el gobierno se vio beneficiado por las ganancias provenientes de la comercialización de las cosechas y de la producción ganadera llevada adelante por el organismo. El establecimiento de un diferencial de precios entre el mercado doméstico y el internacional buscaba proteger el nivel de los salarios reales y, al mismo tiempo, permitía al gobierno apropiarse de una parte sustantiva de la prosperidad exportadora que transitoriamente gozaba el país en las muy particulares condiciones de un mundo necesitado de alimentos a la salida de la contienda bélica. Sin embargo, una vez superada la excepcional coyuntura de posguerra, esta situación cambiaría drásticamente y el IAPI –invirtiendo su rol– se transformaría en uno de los principales factores de deterioro de las cuentas públicas. En efecto, frente a la crisis externa, el gobierno se vio obligado a instrumentar un importante cambio de rumbo y a otorgar estímulos a los productores agropecuarios dirigidos a incentivar una necesaria recuperación de las exportaciones. Cambiar los precios relativos en favor del sector agropecuario fue más difícil y costoso por la caída de los términos del intercambio, que en 1954-1955 eran 35% más bajos que en 1946-48, y aun menores que en 1939 (véase el Gráfico 3).

Gráfico 3: Precios relativos: relación de tarifas de empresas públicas con el IPC y relación de los precios internos y externos del sector agropecuario e industrial


Fuente: En base a Ugalde (1983) e INDEC.


Fuente: En base a CEPAL.

Gráfico 4: Gastos del gobierno financiados por el IAPI (en % del PBI)


Fuente: En base a Novick (1986) y CEPAL (1959).

La manera de hacerlo fue mediante el aumento del precio de compra del IAPI a los productores agropecuarios. Para evitar un fuerte aumento del precio al público y el consecuente deterioro del salario real, se subsidiaron los precios de comercialización, subsidio que aumentó a medida que se incrementaba el precio a los productores. Lo curioso del esquema era que en el ínterin los tipos de cambio oficiales se seguían apreciando en términos reales, incluyendo entre ellos el comprador básico por el que habitualmente se comercializaban los productos agropecuarios, por lo cual su valor era cada vez menos relevante como indicador de los ingresos del sector.14 El estímulo al sector agropecuario tomó entonces la forma de precios de compra al productor muy por encima de su paridad de exportación, con un fuerte impacto sobre la posición fiscal.

De este modo, en los últimos años de gobierno la suma de los subsidios solventados por el IAPI a los bienes básicos y la atención presupuestaria de las empresas de servicios públicos –la manifestación fiscal del ostensible desajuste existente en la estructura de precios relativos– llegó a representar casi cinco puntos porcentuales del PBI, o más del 20% del gasto público del gobierno nacional. Puesto de otra manera, una parte muy relevante del aumento del gasto público era un simple reflejo del atraso del tipo de cambio real y de las tarifas, y podía corregirse, no sin esfuerzo, si se verificaba un cambio en esos precios relativos.

En menor medida, el aumento del gasto corriente estaba explicado también por el incremento en las transferencias a provincias y, sobre todo, el incipiente pero sostenido crecimiento de los gastos previsionales, que pasaron de apenas el 1% del PBI a valores superiores al 3% del PBI (véase el Cuadro 1). A pesar de ello, el sistema previsional siguió mostrando un abultado superávit dado que el número de jubilados era todavía en ese entonces mucho menor que los que aportaban y lo sería por varios años posteriores al gobierno peronista.15 Por ende, a pesar de su lenta pero inexorable reducción, esos recursos seguirían siendo una fuente importante de recursos netos para el financiamiento del fisco.

Por último, si bien los gastos de consumo mantuvieron su participación constante con relación al producto, en torno del 6,8%, su composición varió a favor de las remuneraciones y en detrimento de las compras de bienes y servicios, en línea con el fuerte aumento verificado en esos años en la planta de empleados públicos (véase el Cuadro 1). En los años previos al ascenso del peronismo el empleo público ya había crecido a un ritmo promedio del 4% anual, con subas muy fuertes en 1944 y 1945. Luego de la asunción de Perón, la creación de cargos públicos se aceleró hasta alcanzar un inédito ritmo del 7% anual. En una primera etapa dicho crecimiento vino acompañado de un fuerte aumento de los salarios reales, situación que se revirtió a partir de 1949. En el contexto del programa de ajuste, vinculado al programa antinflacionario, desde 1952 el empleo público se estancó y en el marco de una fuerte contracción real de la remuneración promedio el gasto salarial tendió a reducirse levemente como proporción del PBI.16

Por último, es importante destacar el gran aumento del gasto en educación y en particular en salud, en parte como gasto en consumo, pero también por el gasto en inversión asociado a la construcción de hospitales.17

El aumento del gasto público tuvo como contrapartida un incremento de la presión tributaria

La crisis de 1930 había llevado a una fuerte caída de la recaudación, incluyendo el colapso de los aranceles de importación, que hasta ese momento representaban el 60% de los ingresos fiscales del gobierno nacional. La respuesta a esto fue la búsqueda de nuevas fuentes de recursos fiscales, como el impuesto a los réditos y el impuesto a las ventas.

En la década del cuarenta la creciente participación del Estado en la economía agregó un factor de presión a la búsqueda de fuentes alternativas de ingresos fiscales. Al mismo tiempo, la necesidad de crear nuevos tributos se combinó con la intención de lograr una mayor progresividad de la estructura tributaria. A fines de 1943, en la presidencia de Ramírez, se instrumentaron una serie de medidas tributarias que se reflejaron claramente en la recaudación, la cual se incrementó casi 2 p.p. del PBI entre 1943 y 1945, dejando una base tributaria ampliada al gobierno de Perón.18 La mayor parte de este incremento estuvo explicada por el desempeño de algunos impuestos directos, como los de réditos y beneficios extraordinarios, y por los ingresos de la seguridad social. Los impuestos directos –ganancias, capital y patrimonio– llegaron a recaudar más del 25% de los ingresos en 1944 y se mantuvieron en esos elevados niveles por varios años, una experiencia que no volvió a repetirse en la Argentina.

Durante el gobierno de Perón, en particular hasta 1950, se intensificó la tendencia creciente de la presión tributaria, que había comenzado en 1944. Así, la expansión del gasto del gobierno nacional fue financiada, en parte, por un incremento significativo de los ingresos fiscales, que pasaron del 11,7% del PBI en 1945-46 al 18,7% del PBI en 1954-55 (véase el Cuadro 2).

La principal fuente de recursos fiscales fueron los ingresos tributarios, que incluyen los recaudados por la DGI, la Aduana y la seguridad social y los beneficios del cambio, provenientes estos últimos de las operaciones de importación y exportación, dada la diferencia entre el tipo de cambio de estas. Estos recursos, que representaron en promedio un 87% del total de ingresos, aumentaron del 9,5% del PBI al 15,8% del PBI entre 1946 y 1955 (véase el Cuadro 2).19 Dentro de estos ingresos, se combinó un deterioro progresivo de la recaudación vinculada al comercio exterior con un aumento sistemático de los ingresos provenientes de las cajas previsionales y con una mayor presión tributaria en los impuestos recaudados por la DGI, inicialmente en los impuestos directos y, más adelante, en los indirectos.20

Cuadro 2: Ingresos totales del gobierno nacional (en % del PBI)


194519461947194819491950195119521953195419551946-19481955-19481946-1955
Ingresos totales12,1%11,3%14,5%16,2%18,6%18,6%18,6%19,3%19,2%19,4%17,9%4,9%1,7%6,6%
Ingresos corrientes12,0%11,2%14,5%16,1%18,1%18,5%18,1%19,2%19,0%19,3%17,6%5,0%1,5%6,4%
Ingresos tributarios9,7%9,5%12,9%14,2%15,4%16,3%16,2%17,3%16,6%17,1%15,8%4,7%1,7%6,3%
Impuestos directos3,9%3,6%5,0%6,0%6,3%6,9%6,3%7,1%6,8%6,7%6,4%2,4%0,4%2,8%
Rentas brutas del Gobierno Nacional2,6%2,4%3,5%3,9%4,0%4,6%4,4%4,9%4,4%4,1%3,8%1,4%0,0%1,4%
Aportes de afiliados a Cajas de Previsión1,3%1,2%1,5%2,1%2,3%2,3%1,9%2,2%2,4%2,6%2,6%1,0%0,4%1,4%
Impuestos indirectos5,0%5,3%6,1%6,3%7,7%8,7%9,1%9,1%9,4%10,1%9,4%1,1%3,0%4,1%
Rentas brutas del Gobierno Nacional4,0%4,2%4,4%4,3%5,4%6,2%7,1%6,7%6,8%7,2%6,7%0,1%2,4%2,5%
Aportes patronales a Cajas de Previsión1,0%1,0%1,6%2,0%2,3%2,6%2,0%2,4%2,6%2,9%2,6%1,0%0,6%1,6%
Beneficios de cambio0,8%0,7%1,8%1,8%1,4%0,6%0,8%1,0%0,5%0,3%0,0%1,2%-1,8%-0,6%
Ingresos no tributarios2,2%1,7%1,6%2,0%2,7%2,3%1,9%1,9%2,4%2,2%1,8%0,3%-0,2%0,1%
Bienes nacionales0,4%0,2%0,2%0,2%0,3%0,4%0,3%0,3%0,3%0,3%0,3%0,0%0,1%0,1%
Servicios nacionales0,7%0,8%0,7%0,9%1,1%1,1%0,8%0,9%1,0%0,9%0,7%0,1%-0,1%-0,1%
Rentas diversas0,3%0,1%0,2%0,3%0,5%0,3%0,2%0,2%0,3%0,2%0,1%0,2%-0,2%0,0%
Recursos de cuentas especiales0,8%0,5%0,5%0,6%0,8%0,5%0,6%0,5%0,8%0,7%0,6%0,1%0,0%0,1%
Ingresos de capital0,1%0,1%0,1%0,1%0,5%0,1%0,4%0,1%0,1%0,2%0,3%0,0%0,2%0,2%
Ingresos tributarios (sin beneficios del cambio)8,9%8,8%11,1%12,3%14,0%15,6%15,5%16,2%16,1%16,8%15,8%3,5%3,5%6,9%

Fuente: En base a CEPAL (1959).

Para obtener mayores recursos tributarios, el gobierno de Perón tomó una serie de medidas que en los primeros años afectaron a los impuestos directos recaudados por la DGI. En 1946, se modificó el impuesto a los réditos para ampliar las rentas alcanzadas e incrementar las alícuotas del gravamen, especialmente, de las sociedades.21 Asimismo, se creó un nuevo impuesto a las ganancias eventuales que gravaba las ganancias de capital de las personas físicas no alcanzadas por el impuesto a los réditos. Estos gravámenes ganaron participación en la estructura tributaria hasta 1948. Sin embargo, a partir de entonces, las medidas para incrementar ingresos recayeron, más bien, en impuestos indirectos, que pasaron a recuperar entre 1949 y 1955 el peso perdido hasta entonces en la estructura tributaria. Las medidas más relevantes de este último período fueron el aumento de la alícuota del impuesto a las ventas, el incremento de los precios máximos de los combustibles, que aumentó la base imponible del respectivo tributo, y el cambio de la forma de recaudación de los impuestos internos, que pasó de un impuesto por unidad a uno ad valorem, lo que implicó el aumento de la carga tributaria de algunos bienes.

Por otra parte, los ingresos vinculados con el comercio exterior, salvo por la recuperación transitoria en los primeros años de la posguerra, continuaron mostrando una caída en términos del PBI, perdiendo relevancia en la estructura tributaria. La recaudación de aduanas, principalmente por aranceles a las importaciones, pasó del 1% del PBI en 1946 al 0,4% del PBI en 1955. La política de sustitución de importaciones disminuyó la relación entre importaciones y el PBI, mientras que el estancamiento que evidenciaron las exportaciones, incluyendo las sequías en 1949 y 1951, derivaron en menores importaciones. Así, las compras al exterior se mantuvieron prácticamente en torno a U$S 1.000 millones a partir de 1949, un valor similar al de 1929 y que sólo fue superado en 1960. Por otra parte, los beneficios del cambio de las operaciones de exportación e importación, resultante del distinto tipo de cambio aplicado a las mismas, alcanzaron un pico del 1,8% del PBI en 1947 y 1948, para luego, como parte de la corrección de precios relativos, caer hasta desaparecer como fuente de ingresos fiscales al final del segundo mandato de Perón.

Finalmente, los ingresos por aportes y contribuciones a la seguridad social continuaron la tendencia ascendente iniciada a partir de 1944 por la creación de la caja de empleados de comercio, a la que se sumó la de empleados de la industria en 1946. Así, el fuerte incremento del número de aportantes, en un contexto de aumento de los salarios reales, impulsó esta fuente de ingresos, que pasó del 2,5% del PBI en 1946 al 5,8% del PBI en 1955, aumento que se concentró principalmente entre 1946 y 1950. Esta dinámica de los ingresos previsionales, en un contexto de cajas de reciente creación, derivó en un superávit creciente de la seguridad social, que alcanzó un promedio del 4,2% del PBI durante el gobierno peronista. Como veremos enseguida, este excedente fue utilizado como una fuente muy relevante de financiamiento del gasto del resto del gobierno nacional.

El resultado fiscal y su financiamiento

La disímil evolución de ingresos y gastos reseñada en las dos secciones previas se tradujo en déficits relativamente importantes en las cuentas públicas, lo que si bien estaba lejos de ser una novedad en el país, sí lo era en otras dimensiones. Por un lado, a partir del creciente involucramiento del Estado en la dinámica económica y el uso activo de la política fiscal con fines redistributivos y de estímulo al empleo impulsados por el peronismo, el tamaño de los desequilibrios tendió a ser mayor que en el pasado. El contraste con la década previa, en la que hubo un gran ajuste fiscal en los primeros años de la crisis, puede explicarse entre otras cosas por las demandas políticas que el gobierno tenía que atender. En cierto sentido, también, por las nuevas ideas keynesianas respecto al papel de la política fiscal que recién vieron la luz en 1936 y acababan de ser aplicadas con éxito por Estados Unidos durante el conflicto bélico.

Sin embargo, más allá del tamaño del desequilibrio, lo más relevante fue lo ocurrido con los mecanismos de su financiamiento: mientras una parte de las fuentes de recursos utilizados eran de naturaleza sólo transitoria –lo que auguraba potenciales problemas futuros para sostener los niveles de gasto alcanzados sin generar mayores desequilibrios–, comenzó, al mismo tiempo, a apelarse al financiamiento monetario sistemático para su atención. En cierta medida esto último ocurrió de manera explícita pero, fundamentalmente, lo hizo por vías extrapresupuestarias muy poco transparentes.

En promedio, en el período 1946-55 el desequilibrio fiscal observado osciló en torno al -4,4% del PBI.22 Sin embargo, cabe tener en cuenta que esos registros toman en consideración operaciones extraordinarias y no recurrentes, tales como la nacionalización de servicios públicos, así como la concesión de préstamos a España e Italia por parte del IAPI.23 Cuando se depura al gasto de ambos tipos de operaciones el resultado financiero promedio se ubicó en valores mucho más reducidos, de alrededor del -2,6% del PBI (véase el Cuadro 3), un desequilibrio que está lejos de ser particularmente pronunciado y no es mucho mayor que el observado en períodos previos.

Obviamente, esa evolución promedio esconde el contraste entre diferentes etapas. Si se trabaja con las cifras “sin depurar” de operaciones extraordinarias, ese contraste es particularmente marcado y pueden distinguirse con suma nitidez etapas con rasgos muy diferentes en la evolución de la política fiscal de esos años: la corta pero intensa fase inicial (1946-48) de fuerte expansión, impulso redistributivo y avance estatal en sectores clave de la economía (-7,3% del PBI, con un pico que llegó al -13,5% en 1948), el período de ajuste de 1949-53 (-2,9%) y la reaparición de las tendencias al desequilibrio presupuestario, una vez que la economía retomó un mayor ritmo de crecimiento sobre bases algo menos frágiles (-3,8%).

Cuadro 3: Resultado financiero del gobierno nacional consolidado

(en % del PBI)


194519461947194819491950195119521953195419551946-481949-531954-551946-55
Ingresos totales (1)12,1%11,3%14,5%16,2%18,6%18,6%18,6%19,3%19,2%19,4%17,9%
Gasto total (2)17,0%15,5%18,7%29,7%22,8%22,0%20,8%21,3%21,5%23,4%21,5%
Resultado financiero (3 = 1 - 2)-4,9%-4,2%-4,2%-13,5%-4,3%-3,4%-2,2%-2,1%-2,4%-4,0%-3,6%-7,3%-2,9%-3,8%-4,4%
Convenios e inversión indirecta (4)0,8%1,4%1,9%1,4%0,6%1,2%0,5%0,5%0,5%0,5%0,5%
Gasto total sin convenios ni inversión indirecta (5 = 2 - 4)16,2%14,1%16,8%28,3%22,3%20,8%20,3%20,8%21,0%22,9%21,0%
Resultado fin. sin convenios ni inversión indirecta (6 = 1 - 5)-4,1%-2,8%-2,2%-12,1%-3,7%-2,2%-1,7%-1,6%-1,8%-3,4%-3,2%-5,7%-2,2%-3,3%-3,5%
Nacionalizaciones y expropiaciones (7)0,4%0,1%1,3%5,9%1,0%0,4%0,2%0,1%0,0%0,0%0,0%
Gasto total sin nacional.,convenios e inv. indirecta (8 = 5 - 7)15,8%14,0%15,5%22,4%21,3%20,4%20,1%20,7%21,0%22,9%21,0%
Resultado fin. sin nacional., conveniose inv. indirecta(9 = 1 - 8)-3,7%-2,7%-0,9%-6,2%-2,7%-1,8%-1,5%-1,5%-1,8%-3,4%-3,1%-3,3%-1,9%-3,3%-2,6%
Resultado cajasprevisionales (10)1,7%1,9%3,0%3,8%4,3%4,8%4,0%4,3%4,8%4,6%3,8%2,9%4,4%4,2%3,9%
Resultado financierosin cajas previsionales (11 = 9 - 10)-5,4%-4,6%-3,9%-10,0%-7,0%-6,6%-5,6%-5,8%-6,6%-8,0%-6,9%-6,2%-6,3%-7,5%-6,5%

Fuente: En base a CEPAL (1959).

Sin embargo, como se sugirió previamente, esa evolución está muy distorsionada por las operaciones extraordinarias antes mencionadas, de modo que esa mirada epifenoménica puede dificultar la apreciación del impulso fiscal subyacente en cada una de las etapas. En efecto, si bien las cifras depuradas muestran todavía un cierto contraste entre períodos, ese contraste es mucho menos acentuado: -3,3% del PBI en los años iniciales, -1,9% en los años de ajuste y, nuevamente, -3,3% en la fase final del gobierno.

De todos modos, pese a esta depuración, un entendimiento aún más acabado de la dinámica fiscal subyacente puede alcanzarse si la evolución de las cuentas públicas es corregida, a su vez, por el impacto provocado en los ingresos por factores de naturaleza puramente cíclica. Vale decir, si se considera el comportamiento del denominado resultado fiscal estructural.24 Esta medida, que se presenta en el Gráfico 5.a, compara la evolución del déficit financiero “depurado” de operaciones extraordinarias con ese mismo resultado pero cíclicamente ajustado.25 Así, una vez que se depuran los ingresos gubernamentales de factores de naturaleza puramente cíclica se puede tener un panorama más claro de la dinámica fiscal subyacente, algo especialmente útil para analizar el período en cuestión caracterizado por impulsos cíclicos pronunciados. Esto se observa en el Gráfico 5.b, que muestra la variación anual del resultado fiscal estructural, una medida más apropiada del comportamiento subyacente de las finanzas públicas (o impulso fiscal). Al cruzar esta medida con el comportamiento de la brecha de output se aprecia con bastante claridad que –excepto en los años extremos del período de gobierno– la política fiscal llevada adelante por el gobierno peronista fue de naturaleza esencialmente procíclica:26 el gasto público se expandió fuertemente –y, en consecuencia, el resultado estructural se deteriora– durante los años de auge (notablemente en 1948, cuando la brecha positiva del output aumenta fuertemente hasta el 8% y el resultado fiscal estructural disminuye en casi seis puntos porcentuales del PBI) y tiende a contraerse en forma marcada en los períodos de receso cíclico (especialmente en 1949 y en 1952). Ese patrón de comportamiento cíclico se mantiene en los años finales del período de gobierno, luego del período de consolidación fiscal cuando el déficit de las cuentas públicas vuelve a ampliarse coincidiendo con la recuperación de la actividad económica (gráficos 5.a y 5.b).

Hay, además, un aspecto muy relevante a tener en cuenta cuando se considera la dinámica fiscal del período. En efecto, ya se dijo que las cuentas públicas se beneficiaron del fuerte ascenso observado en los ingresos de la seguridad social, una importante fuente de fondos para el fisco que era, por razones de diseño y demográficas, de naturaleza esencialmente transitoria y tendería a agotarse con el transcurso del tiempo. En el marco de un esquema de reparto, a medida que fueran jubilándose los aportantes a las nuevas cajas previsionales, las contribuciones dejarían de superar a los beneficios, lo que implicaría que, en la práctica, no se podría sostener en forma permanente el fuerte aumento verificado en los niveles de gasto. Esto ocurrió recién después de finalizado el gobierno peronista. Entretanto, los excedentes financieros del sistema jubilatorio fueron una fuente muy relevante de financiamiento para el gobierno nacional, que colocaba una significativa cantidad de títulos públicos en las cajas previsionales. Así, el 90% del aumento nominal en la deuda pública ocurrido entre 1946 y 1955 está explicado por el incremento de estos papeles (véase el Cuadro 4). En promedio, el financiamiento anual recibido automáticamente por el Tesoro de los fondos jubilatorios se ubicó en torno del 4,2% del producto, con máximos que en algunos años superaron el 5% del PBI.27 De hecho, si se detraen estos recursos, el déficit financiero del gobierno nacional habría promediado alrededor del 6,5% del PBI, una cifra que alerta mejor sobre el desequilibrio subyacente en las cuentas públicas que el resultado financiero observado en el período (véase el Cuadro 3).

Gráfico 5: Resultado fiscal estructural del gobierno nacional



Fuente: En base a CEPAL (1959) y BCRA.

Otras fuentes de recursos que dieron impulso al gasto público fueron de naturaleza aún más efímera. En efecto, ya se vio que mientras duró la bonanza de los términos de intercambio el monopolio del comercio exterior permitió al fisco apropiarse de la prosperidad exportadora a través del establecimiento por parte del IAPI de precios internos muy por debajo de las favorables cotizaciones de los productos primarios vigentes en el mercado internacional. Aunque de manera indirecta y nada transparente desde el punto de vista presupuestario, en la práctica este mecanismo funcionaba como una suerte de retención a los exportadores. Un ejemplo de este tipo de transferencias fueron los “beneficios del cambio” de las operaciones de exportación e importación, resultante del distinto tipo de cambio aplicado a las mismas, por los que se llegó a recaudar en los primeros tres años de gobierno el equivalente de hasta unos dos puntos porcentuales del PBI.

Cuadro 4: Fuentes de financiamiento del déficit del gobierno nacional consolidado (1946-55)


m$n mill.Distrib. %
Déficits acumulados del gobierno nacional consolidado 1946-55(sin seguridad social)69.887100%
Financiamiento con deudaCambio en la deuda tomada por las cajas previsionales36.42252%
Cambio en deuda en poder de otros tenedores4.1156%
Total financiamiento con deuda40.53758%
Financiamiento BCRAPara operaciones del IAPI16.34623%
Para necesidades fiscales8.64412%
Para nacionalización y financiamiento servicios públicos4.0606%
Total financiamiento BCRA29.05042%

Fuente: En base a Blanco (1956), CEPAL (1959) y Memorias BCRA (1945-1955).

Sin embargo, tal como se dijo anteriormente, una vez superada la inédita coyuntura de posguerra, esta situación se revirtió dramáticamente,28 ayudada por la apreciación cambiaria. Así, el IAPI pasó a ser una fuente de pérdidas importantes y un peso muerto muy significativo para la evolución de las finanzas públicas a través de los subsidios otorgados por el organismo.29 La propia actividad del IAPI fue financiada a través de un generoso esquema de créditos ofrecidos por los bancos públicos (el Nación, el recientemente creado de Crédito Industrial y, en menor medida, el de la Provincia de Buenos Aires) que estos, a su vez, redescontaban con liberalidad en el Banco Central. Vale decir, a través de la política monetaria y crediticia. De acuerdo a las Memorias de esta institución, entre 1946 y 1955 la creación monetaria y crediticia asociada directa e indirectamente a la actividad del IAPI totalizó unos m$n 20.500 millones, nada menos que el 25% del total de creación bruta de medios de pago internos del período (véase el Cuadro 4). Sin embargo, salvo alguna cancelación puntual en los años de corrección fiscal, la mayoría de los créditos recibidos por dicho organismo se acumularon, impagos, en la hoja de balance de las entidades financieras oficiales y en 1957 tuvieron que ser reconocidos –junto con otros créditos otorgados por estos bancos al sector público– como préstamos incobrables, a través de la emisión de un bono de consolidación (por casi 10% del PBI) dirigido a sanear el patrimonio del Banco central y el de los bancos públicos involucrados.30, 31

Al margen de estas fuentes de financiamiento, el resto del desequilibrio fiscal se atendió a través de la emisión monetaria provista por el BCRA en forma directa al Tesoro y de colocaciones de deuda interna. Como puede apreciarse en el Cuadro 4, en un contexto de tasas de interés muy poco atractivas para los ahorristas e inversores, apenas un 6% de las necesidades totales de fondos fue atendido con colocaciones netas de títulos públicos en el mercado de capitales doméstico (para un análisis de la evolución del mercado de financiamiento interno, véase el capítulo 10 escrito por Corso y Della Paolera en este mismo volumen). Por último, pese a los que podría suponerse, el financiamiento monetario directo al Tesoro fue un rubro de menor significación relativa en comparación con las otras fuentes de fondos mencionadas. En efecto, del total del déficit fiscal acumulado por el gobierno nacional consolidado en el período 1946-55 (m$n 33.464 millones), apenas el 25٪ se explica por la creación de medios de pago dirigidos a solventar en forma directa las necesidades del fisco –una cifra que se reduce a sólo el 12% si entre las fuentes de fondos se explicitan los recursos de la seguridad social, que dan cuenta del 52% de las necesidades brutas totales–. El resto de los factores mencionados, el IAPI y el uso de divisas para la nacionalización de servicios públicos, explican el 30% del total de las fuentes de fondos disponibles para atender el desequilibrio fiscal.

¿Desmiente lo anterior lo que es prácticamente un hecho establecido en la historiografía económica –que con el ascenso del peronismo se inició una práctica que vinculaba el déficit fiscal al financiamiento monetario sistemático y que determinó el ingreso de la economía argentina a un régimen de inflación crónica que iría a durar al menos el siguiente medio siglo–? Muy por el contrario, ya que la mayoría de esas otras fuentes remiten también a la hoja de balance del sistema bancario y, dadas la nacionalización de los depósitos y la centralización del crédito, a la del Banco Central. Lo único que el Cuadro 4 pone de manifiesto es que el uso de señoreaje puro y de impuesto inflacionario como mecanismos de financiamiento del fisco ocurrió mayormente por vías no explícitas y extrapresupuestarias. En efecto, tal como se aprecia en el Cuadro 5, la suma de ambos conceptos (el señoreaje total) promedió en esos años nada menos que el 6,8% del PBI, de los cuales 5,5% corresponden, en promedio, al “impuesto inflacionario”, y el resto al crecimiento real de los medios de pago transaccionales.32 Aunque la fuerte expansión de los préstamos ocurrida en el período favoreció principalmente a los deudores del sistema bancario que vieron erosionar el valor real de los créditos, una parte muy relevante de la creación monetaria y crediticia (40% del aumento bruto de los medios de pago internos en el período) estuvo dirigida a financiar, a través de diferentes vías, actividades fiscales.33 De este modo, excepto en el período 1950-1952 cuando el financiamiento monetario al fisco se moderó para volver a expandirse de manera importante en los años finales del gobierno, el sector público se benefició ampliamente de este mecanismo de captación de recursos reales (véase el capítulo 2 escrito por D’Amato y Ortiz Batalla en este mismo volumen).

La falta de moderación en la administración macroeconómica y la ausencia de controles en la evolución del presupuesto público recién examinados remiten, sin duda, a la notoria debilidad del marco institucional que gobernaba la toma de decisiones. Pero, más allá de la calidad del contexto de reglas de juego vigentes, ponen de manifiesto también la propia concepción de las autoridades del período que, evidentemente, tendieron a subestimar muchos de los desequilibrios generados por su orientación de política y parecieron concebir a las restricciones económicas de presupuesto como restricciones “blandas” (véase Kornai, 1980, y D’Amato y Katz, 2018). La consecuencia de esa conducta fue lógicamente un comportamiento muy procíclico de la política fiscal durante los primeros años de gobierno que continuó hasta que la economía argentina se topó al poco tiempo con su restricción de presupuesto dura: la restricción externa. No fueron estas, sin embargo, las únicas razones de la imprudente administración macroeconómica de los primeros años, tal como se analiza a continuación.

Cuadro 5: Cálculo de señoreaje e impuesto inflacionario entre 1946 y 1955


1946194719481949195019511952195319541955
Señoreaje total9,0%8,2%8,2%6,9%7,2%5,7%3,5%6,8%6,2%6,2%
Impuesto inflacionario sobre M16,9%6,7%4,5%6,4%5,3%10,5%5,8%2,8%2,0%3,5%
Señoreaje puro2,1%1,5%3,7%0,5%1,9%-4,8%-2,4%4,0%4,1%2,8%

Fuente: En base a BCRA e INDEC.

IV. Los excesos de demanda

Tal como se documenta en la sección anterior, durante el gobierno peronista el comportamiento de la política fiscal fue muy procíclico, en especial, en 1946-48. En ese primer trienio el producto crecía al 8% anual, el ingreso nacional de la mano de la mejora de los términos del intercambio lo hacía al 11% y la absorción interna al 14,5%, al tiempo que las cuentas públicas mostraban un deterioro. Ese extraordinario crecimiento de la demanda produjo, asimismo, un fuerte empeoramiento de las cuentas externas y de la posición de reservas, agravada por las nacionalizaciones de los servicios públicos y la cancelación anticipada de la deuda externa.34

A partir de entonces quedó claro que la restricción externa se había convertido en el principal límite al crecimiento. La más clara manifestación de esa restricción fue la decisión de los Estados Unidos de mayo de 1948 de dejar de financiar las exportaciones a la Argentina debido a la acumulación de deudas por ese concepto. Desde entonces sólo se podrían importar bienes si se pagaban por anticipado. Un crédito del Eximbank de 1950 permitió saldar la deuda acumulada hasta 1948.

La restricción en el sector externo se manifestaría con especial virulencia en el sector energético por el incremento de la producción y el mayor consumo de bienes durables que utilizaban electricidad. A comienzos de la década de 1950 las compras de petróleo llegaron a representar el 20% de las importaciones.

Pero esas malas noticias no vendrían solas. La inflación argentina, aunque ya se había insinuado, aumentó sensiblemente después de la guerra. Algo similar ocurrió en los países que habían combatido en el conflicto: por ejemplo, entre 1945 y 1947, la inflación de la Argentina fue similar a la de los Estados Unidos. Pero si en otras latitudes los aumentos de precios reflejaban la escasez transitoria de productos en una economía que buscaba reconvertirse hacia la producción civil, los males argentinos tenían una raíz distinta. Por ende, no es de extrañar que en 1949, mientras la inflación comenzaba a descender en Estados Unidos, aumentara hasta llegar al 30% en la Argentina. El elevado déficit fiscal, la expansión monetaria y crediticia junto con el aumento del orden del 50% de los salarios reales entre 1946 y 1949, son naturalmente parte de la explicación. Con la asunción de Gómez Morales en reemplazo de Miranda en 1949, comienzan políticas fiscales y monetarias más austeras, lo que prepararía las condiciones para el programa antinflacionario de 1952.

Esos problemas –restricciones recurrentes en el sector externo y elevada inflación– inaugurarían una época del comportamiento macroeconómico y nos acompañarían, con mayor o menor intensidad, por décadas, hasta la actualidad. Por ello, es razonable preguntarse por qué se llegó a esa situación. Mientras en la sección 2 discutimos las razones de por qué Perón aumentó de forma considerable la demanda y los salarios, aquí trataremos de encontrar explicación a estos “excesos”.

La primera explicación se vincula con las cuestiones que llevaban a acelerar el gasto en el corto plazo. Por un lado, las expectativas de mantenimiento de los altos precios internacionales de los productos de exportación que el país experimentó en el primer trienio de gobierno. Esa idea resultaba por lo menos opinable y estaba lejos de ser generalizada: ya un informe del Banco Mundial de junio de 1947 señalaba que el shock favorable sería de naturaleza transitoria (Anderson et al., 1947). Poco después, Prebisch señalaría el previsible deterioro que cabía esperar de los términos del intercambio de los países exportadores de materias primas. Por otro lado, las expectativas del gobierno por la participación en el Plan Marshall se vieron frustradas debido a que el gobierno de los Estados Unidos, posiblemente como represalia por la demora de Argentina en romper relaciones con el Eje, decidió excluir a nuestro país de dicho plan.

A pesar de que las expectativas de la continuidad de un contexto favorable se estaban viendo desmentidas, todavía se podía argumentar que era conveniente acelerar la compra de insumos y bienes de capital en el exterior. La explicación en este caso se vinculaba con el pronóstico de Perón de que el mundo se deslizaba hacia otro conflicto bélico. Si ello era así, cabía presumir que aumentarían las dificultades para importar, como había ocurrido en las dos conflagraciones previas. Las tensiones entre Estados Unidos y Rusia –que llevaron al bloqueo de Berlín en 1947 e incluso a la Guerra de Corea en 1950– parecieron darle la razón a este punto de vista. Pero afortunadamente no se desencadenó otra guerra mundial. Además, dadas esas expectativas es difícil explicar por qué el país canceló casi todos los créditos externos de forma anticipada. Hubiese sido razonable guardar esos recursos para enfrentar tiempos difíciles. El argumento de que se utilizaba esa política para ahorrar un flujo de divisas futuro reduciendo la carga de intereses de la deuda parece poco plausible. Parece tener más asidero la idea de que la prioridad era cumplir con el objetivo político de proclamar la “independencia económica nacional” en julio de 1947. Algo similar puede decirse respecto de reducir la remisión de utilidades de las empresas de capital extranjero a través de su nacionalización, ya que seguramente aquellas serían restringidas en caso de un nuevo conflicto bélico.

Hemos argumentado brevemente que las distintas hipótesis para explicar los excesos pueden rebatirse, al menos parcialmente. Sin embargo, hay una que puede explicar mejor que cualquier otra los excesos económicos de ese momento; ella se vincula con la intención de Perón de ser reelecto, para lo cual convocó a una Asamblea Constituyente para reformar la Constitución. La elección tuvo lugar en diciembre de 1948 y la victoria del gobierno fue contundente. Unas semanas más tarde Perón despedía a Miranda y nombraba en su lugar a Gómez Morales. A partir de entonces hubo un cambio bastante ostensible de la política económica. Podría afirmarse que, en la típica lógica del ciclo político, Perón esperó el resultado de las elecciones para corregir una situación económica que –él mismo– intuía insostenible.35

Utilizando un razonamiento distinto a lo planteado hasta aquí, Raymond Aaron argumenta que, pese a que no siempre se le da cabal cabida, muchas veces los hechos históricos pueden explicarse por impericia o ineptitud. Más allá de los comentarios previos, este parece ser el caso de la administración de Miranda, una persona con gran habilidad para los negocios pero con limitada capacidad para manejar la economía de un país. Que la salida de Miranda fuera tan repentina podría explicarse por el hecho de que Perón, a partir de determinado punto, percibió que la acumulación de errores en la conducción de la política económica había dejado a la economía del país en una situación crítica.36

En términos generales, da la impresión de que Miranda se manejaba de forma permanente con “soft budgets”. Siempre había expectativas de buenas noticias y la mayoría de las veces esas buenas noticias no llegaban; siempre había una explicación para gastar por arriba de las posibilidades, ya sea por las expectativas de un conflicto militar o para ganar las elecciones que permitieran la reforma constitucional y, por ende, la reelección.37

En síntesis, los “soft budgets” fueron en buena medida la respuesta a las demandas políticas y a los errores en las proyecciones. Obviamente la ausencia de instituciones fuertes que sirvieran de contrapeso y limitaran el poder de los políticos de turno facilitaron esos excesos. De hecho, las mayorías absolutas en el Congreso y el lento pero permanente intento de acallar las voces de la oposición facilitaron la creación de una tesorería paralela cuyas actividades quedaban fuera de la vista del Congreso y de la crítica de los medios de comunicación. Por allí pasaron, como se mostró en este trabajo, gastos que alcanzaron magnitudes equivalentes a varios puntos del producto.

Pero hubo, al mismo tiempo, diagnósticos equivocados que inducían a las autoridades a tratar a las restricciones de presupuesto como “blandas” hasta que la escasez de divisas –una restricción “dura”, difícil de eludir para una economía como la argentina– se imponía por su propio peso. Esa podría ser la lectura respecto a las medidas que adoptó la conducción económica entre 1949 y 1951: un ajuste fiscal gradual y la ausencia de una estrategia integral para reducir el ritmo de crecimiento de los precios, o sea, intentar seguir adelante implementando correcciones pero sin una firme voluntad estabilizadora. En esta lectura los límites –impuestos por la sequía de 1951-52– se habrían hecho visibles cuando ya era demasiado tarde y la restricción externa se hizo plenamente operativa.

Sin embargo, hay otra lectura posible: lo que hizo Gómez Morales fue reducir sensiblemente el papel que el IAPI había cumplido en los primeros años, disminuir el déficit fiscal, moderar de forma gradual pero constante el ritmo de crecimiento de la cantidad de dinero, revertir el crecimiento no sostenible de los salarios reales –que, de hecho, disminuyeron un 20% entre 1949 y 1952– y cambiar los incentivos en favor del sector agropecuario a través de mejores precios relativos y de un gran aumento del financiamiento al sector. A partir de esos cambios fue posible implementar una estrategia antinflacionaria como la puesta en marcha en 1952, cuando Perón ya había conseguido la reelección.38 Esa parece ser la hipótesis que más se ajusta a los hechos, lo cual no invalida que la restricción externa asociada a la sequía haya acelerado la toma de decisiones.

Lo cierto es que los desequilibrios acumulados durante los primeros tres años resultaron, por razones económicas y políticas, difíciles de solucionar en los años posteriores. Recién en 1954 y 1955 da la impresión que la economía se ponía nuevamente en marcha. El golpe militar dejó esa historia inconclusa, pero es evidente que varios de los errores recién identificados explican en buena medida por qué después del extraordinario crecimiento de los primeros tres años el ingreso por habitante de 1955 era igual al de 1948.

Notas

1 Nuestro agradecimiento a Oscar Cetrángolo, Pablo Gerchunoff y Roy Hora por sus comentarios a una versión preliminar de este documento.

* BCRA.

** UBA-BCRA.

*** UTDT-UBA.

2 Véase Escudé (1980) en relación con las medidas restrictivas para la Argentina que aplicó Estados Unidos durante el período 1945-49.

3 El esquema instaurado a partir de la reforma bancaria de 1946 es un caso arquetípico del carácter extremo que tomaron en el caso local varios de los mecanismos de fomento e intervención estatal en los mercados utilizados en el período bajo estudio. Si bien la etapa de posguerra fue testigo –a través del control de las tasas de interés, la regulación estricta de la actividad bancaria y de los mercados bursátiles, las restricciones a la movilidad internacional de capitales, e incluso, en muchos casos la participación estatal directa en la actividad financiera y el direccionamiento del crédito– de la implementación de esquemas de represión financiera en la mayoría de las economías, las modalidades que ese esquema tomó en el caso local fueron particularmente extremas y, podría decirse, hasta estrafalarias. En efecto, la nacionalización de todos los depósitos y la centralización completa del crédito otorgaron al gobierno un virtual monopolio de la creación crediticia y quitaron toda iniciativa al sector privado. Ese esquema, junto con la vigencia de tasas de interés fuertemente negativas en términos reales, se tradujo en un inédito y sistemático sesgo expansivo de las políticas durante la mayor parte del período. Además de inducir numerosas distorsiones microeconómicas en la asignación de los recursos, como se verá, dicho esquema estuvo en la base de la generación de importantes desbalances a nivel agregado y dio lugar a significativas transferencias de riqueza en favor de los deudores públicos y privados y en detrimento de los ahorristas.

4 A ello debe sumarse el gasto de provincias y municipios. Contabilizando estos, el tamaño del sector público consolidado se ubicó en torno al 25% del PBI. Esta cifra contrasta con valores típicos del orden del 19% durante la década del treinta.

5 Los datos de las cuentas públicas se obtuvieron de CEPAL, “El desarrollo económico de la Argentina”, Serie: Análisis y Proyecciones del Desarrollo Económico, vol. 5, 1959. Corresponden al gobierno nacional consolidado, que incluye las cuentas del gobierno nacional, organismos descentralizados (incluyendo el IAPI), seguridad social y aportes a empresas del Estado (véase el apartado metodológico). Por su parte, los datos del PBI nominal corresponden a las cuentas nacionales de 1960 publicadas por el BCRA en 1975. Para los datos previos a 1950 se empalmó la serie anterior con las variaciones del PBI nominal de las cuentas nacionales a precios de 1950 de la Secretaría de Asuntos Económicos de 1955. Las cuentas nacionales a precios de 1950 presentan un PBI nominal inferior a las de precios de 1960, con lo cual el cociente entre gasto y producto se incrementa cuando se utilizan las primeras. Estas series están publicadas en Series históricas de cuentas nacionales de la República Argentina, vol. III, BCRA, 1976.

6 Estas operaciones estuvieron concentradas principalmente en los años 1947 y 1948 y representaron, respectivamente, el 3,2% y el 7,3% del PBI. Como se sabe, su financiamiento ocurrió mayormente a través de un agresivo –y tal vez imprudente– uso de divisas, lo que se tradujo en una fuerte erosión de la holgada posición inicial de reservas internacionales. Más allá de discutidas y polémicas cuestiones de valuación y, aunque se trataba de divisas bloqueadas en el área de la libra, de oportunidad financiera –temas que concitaron una enorme atención en el momento y en la literatura historiográfica posterior–, estas operaciones representaron en la práctica un cambio en la composición de los activos públicos. Por lo tanto, no deberían haber tenido a priori un impacto patrimonial.

7 Además de las compras de activos existentes, la inversión financiera incluye expropiaciones y algunos préstamos, entre los que se destacan los convenios con España e Italia.

8 En este rubro se destacaron la creación de Empresa Mixta Telefónica Argentina (EMTA), Agua y Energía Eléctrica, Empresa Ferrocarriles del Estado (EFEA), Flota Argentina de Navegación de Ultramar (FANU), Flota Argentina de Navegación Fluvial (FANF), Aerolíneas Argentinas, Empresa Nacional de Energía y Empresa Nacional de Transporte.

9 El congelamiento de los alquileres fue otro componente central de las políticas de ingresos del período. A diferencia de la visión popular, el congelamiento de alquileres fue, en realidad, una decisión del gobierno conservador en 1943. Con algunos retoques esa decisión se mantuvo durante el peronismo y recién se eliminó en 1976.

10 Los datos se obtuvieron de Núñez Miñana, H. y Porto, A., “Inflación y tarifas públicas: Argentina 1945-1980”, en Desarrollo Económico, n° 84, vol. 21, 1982.

11 Inicialmente, los aportes se concentraron en los ferrocarriles y en la empresa de transportes de la Capital Federal (CTCBA), que manejaba los subtes, tranvías y ómnibus de la ciudad. Más adelante, pasaron a tener mayor relevancia en el total de las transferencias del gobierno nacional los destinados a empresas del sector de combustibles y energía eléctrica.

12 El IAPI se creó el 28 de mayo de 1946, entre la elección de Perón como presidente y su asunción, por un decreto firmado por Farrell. Dependía originalmente del Banco Central y estaba presidido por Miguel Miranda, presidente de esta última entidad. En 1949 quedó bajo la órbita del Ministerio de Economía y en 1952 pasó a depender del Ministerio de Comercio Exterior. Si bien la existencia de este tipo de organismos que centralizaban el comercio exterior no era extraña para la época, el IAPI se dedicó a muchas otras actividades. Así, realizó un conjunto muy relevante de operaciones vinculadas con el financiamiento de gastos corrientes (adquisición de insumos, pagos de salarios, viáticos, comisiones), la nacionalización de empresas (de ferrocarriles, teléfonos y radiodifusoras) y la compra de nuevos bienes de capital (vinculados a las nacionalizaciones, al equipamiento de la flota fluvial, marítima y aérea, a la defensa nacional –como la compra de aviones de combate–, y al sector de energía, como equipos para la explotación de petróleo y energética y la construcción de gasoductos). Es decir que, en la práctica, se convirtió en una segunda tesorería sin ningún tipo de control (Cortés Conde, 2007).

13 Los países europeos importadores de materias primas se agruparon para aumentar su poder de negociación en sus compras externas, y algunos países exportadores de commodities también concentraron su comercio exterior; por ejemplo, Australia (Australia Wheat Board), Canadá (Canadian Wheat Board) o Estados Unidos (Commodity Credit Corporation).

14 Entre 1949 y 1952, frente a una inflación acumulada del orden del 200%, la suba nominal de los distintos tipos de cambio vigentes para el comercio exterior apenas fue de entre el 33 y el 5%.

15 Las cajas existentes al inicio del gobierno de Perón eran las de empleados públicos (creada en 1904), ferroviarios (1915), empleados de servicios públicos (1921), bancarios (1923), militares (1933), periodistas y marina mercante (1939) y comercio (1944). Durante el gobierno peronista se crearon la caja previsional de los empleados industriales en 1946 y las cajas previsionales de empresarios, profesionales, independientes y trabajadores rurales en 1954. Si bien no se registró un aumento significativo del número de cajas previsionales, sí se verificó una gran expansión del número de aportantes y beneficiarios durante el período. Sobre este tema, véase el capítulo 5 en este mismo volumen, a cargo de Juan Luis Bour.

16 Un rubro del gasto corriente que cayó fuertemente fueron los intereses de la deuda pública, que pasaron del 1,5% del PBI en 1945 a apenas el 0,1% en 1955. La principal razón de esta abrupta disminución fue, naturalmente, la fuerte reducción operada en el peso de la deuda pública, que, en el mismo período, pasó del 42% del producto a sólo el 29%. La repatriación de deuda externa resultó en su virtual eliminación, pero eso apenas explica una pequeña porción de la caída en el nivel de endeudamiento. Tal como se menciona en la sección que estudia el financiamiento del déficit, el grueso debe atribuirse a la licuación experimentada por los títulos a tasas de interés reales fuertemente negativas recibidos por las cajas jubilatorias.

17 El ministro de Salud, Ramón Carrillo, impulsó la creación de un sistema de salud universal. La oposición, en especial de los sindicatos, no lo permitió, pero se duplicaron las camas en los hospitales y el número de médicos, a la vez que amplió la campaña de vacunación y hubo una fuerte reducción de la mortalidad infantil (Torre y Pastoriza, 2002).

18 Se reformó el impuesto a los réditos ampliando la escala de alícuotas e incrementando la alícuota máxima, y aumentando los mínimos no imponibles y las deducciones. Se creó el gravamen a los beneficios extraordinarios de las actividades productivas que gravaba las utilidades superiores al 12% del capital y las reservas libres, que fue implementado como un impuesto transitorio ante la situación excepcional que generaba la Segunda Guerra Mundial, con el argumento de que llevaba a muchas empresas a tener utilidades superiores a las corrientes. También se modificó el impuesto a la transmisión gratuita de bienes para mejorar su recaudación. Además, se incrementó la alícuota del impuesto a las ventas para las exportaciones del 3 por mil al 1,25%, equiparando la alícuota de las ventas externas con la de las ventas al mercado interno, se modificaron los impuestos internos (con aumentos de tasas y nuevos bienes gravados) y se crearon el impuesto de emergencia a los hipódromos y el de premios de Lotería. En el ámbito de la seguridad social, se destacó la creación de la caja previsional de los empleados de comercio en 1944.

19 La DGI se creó en diciembre de 1946, agrupando la Dirección General de Impuesto a los Réditos y la Administración General de Impuestos Internos.

20 La clasificación de impuestos directos e indirectos incluye no sólo los impuestos de la DGI, sino también los de comercio exterior (como indirectos) y los de seguridad social (aportes personales como directos y contribuciones patronales como indirectos).

21 A partir de entonces, el impuesto a los réditos sufrió modificaciones adicionales. Se incrementaron las alícuotas, particularmente, para las sociedades, y en varias oportunidades se ajustaron los mínimos no imponibles y las deducciones para compensar el impacto del aumento nominal de los ingresos en la carga tributaria.

22 Estas cifras refieren al comportamiento del gobierno nacional consolidado y excluyen la evolución fiscal de provincias y municipalidades (véase CEPAL, 1959).

23 Aunque figuran en las estadísticas fiscales presentadas por CEPAL (1959), en teoría la concesión de préstamos a España e Italia representan operaciones financieras “debajo de la línea” y, estrictamente, no deberían ser considerados como parte del gasto público. Sin embargo, si se toma en cuenta que estos préstamos fueron concedidos en pesos a tasas nominales muy reducidas y que tendieron a licuarse en términos reales, entonces podrían considerarse dentro del déficit fiscal. Según las estimaciones de Sourrouille y Ramos (2013), la recuperación del crédito otorgado a España fue del orden del 50%. Cabe presumir que una suerte similar corrieron las acreencias existentes con Italia.

24 Hay una extensa literatura sobre la noción de resultado fiscal estructural y los ajustes posibles a las cuentas públicas para depurarlas de efectos cíclicos. Entre otros, puede consultarse Bornhorst et al., 2011.

25 Dos son los ajustes principales efectuados a las series de ingresos fiscales para llegar al resultado financiero corregido cíclicamente: por un lado, los ingresos tributarios del gobierno nacional fueron corregidos para dar cuenta de la brecha del producto (negativa en 1946 y en 1952-54 y fuertemente positiva en 1948-1951 y 1955); por el otro, el rubro “diferencias de cambio” fue corregido para dar cuenta de la evolución cíclica de los términos de intercambio.

26 Las fases cíclicas fueron definidas aquí a partir del comportamiento de la brecha del producto: las fases expansivas comprenden aquellos años en que la brecha va de un valle a un pico (1946-48 y 1953-55) y viceversa (1949-52, con un hiato en 1951).

27 Aunque formalmente el gobierno nacional colocaba papeles de deuda en las cajas previsionales para captar sus excedentes financieros, el rendimiento real ofrecido era sistemáticamente negativo dado que sus tasas nominales oscilaron en torno del 4% al 5% anual (véase Blanco, 1956). De modo que la licuación de esos pasivos se asemejaba en la práctica a un impuesto captado por el fisco. Las cifras de resultado fiscal del gobierno nacional consolidado presentadas en el Cuadro 3 colocan dichos ingresos netos del sistema previsional “arriba de la línea” como una fuente regular de recursos. No se sugiere aquí que esos recursos no deban efectivamente contabilizarse disminuyendo –como lo hacen– el resultado financiero deficitario. Se quiere simplemente llamar la atención sobre el hecho de que el desequilibrio de las cuentas públicas estaba financiado por una voluminosa fuente de fondos destinada a agotarse en un futuro más o menos cercano.

28 Cabe mencionar que en el caso del trigo (el principal producto comercializado por el IAPI) ya en el año 1949 se registraron pérdidas (Sourrouille y Ramos, 2013).

29 Algo similar ocurrió, como ya se dijo, con las tarifas de los servicios públicos que fueron deliberadamente retrasadas para evitar el deterioro de los salarios reales, manteniendo a las empresas recientemente estatizadas como una fuente de importante desequilibrio presupuestario. Reutz (1991) y Cortés Conde (2005) enfatizan la necesidad de incorporar los déficits de las empresas públicas, entre otros rubros “fuera de presupuesto”, para tener una dimensión adecuada del tamaño de los déficits fiscales del período. Sin embargo, las cifras presentadas en los cuadros de este trabajo ya incorporan los subsidios necesarios para solventar los desbalances presupuestarios de las empresas públicas. Véase el apéndice metodológico en este mismo libro, a cargo de Marcela Harriague y Agustina Rayes, para una comparación de cifras y metodologías de cómputo donde se presenta una discusión detallada del tratamiento de estos y otros rubros “extrapresupuestarios”.

30 El reconocimiento fiscal a través del bono de consolidación fue, en rigor, menor que el monto real del quebranto provocado por la actividad del IAPI ya que la emisión de ese título (por m$n 27.599 millones) apenas reconoce poco más que el valor nominal de los créditos acumulados e impagos que llegaron a representar entre el 30 y el 40% de los activos de los principales bancos públicos involucrados (véase una discusión de estos puntos en Todeschini, 2005, y en Cortés Conde, 2007). Con diferencias no muy significativas respecto de este último trabajo, un cálculo actualizado a la fecha de emisión del bono del valor real de esos flujos de financiamiento (sumando una tasa real del 5%, 1% superior a la tasa media de crecimiento de la economía en el período) arrojaría un total de m$n 93.698 M (32% del PBI). De modo que aproximadamente una cifra equivalente al 23% del PBI fue licuada por la inflación e implicó una transferencia de riqueza no deseada desde los tenedores de medios de pago a los beneficiarios de la actividad del IAPI (los receptores de sus subsidios en el sector privado y el propio sector público).

31 En Reutz (1991) se sugiere que, del mismo modo que corresponde hacerlo con los desbalances de las empresas públicas y los créditos impagos del IAPI, a los déficits fiscales del período deberían adicionarse, asimismo, los préstamos hipotecarios otorgados mayoritariamente por el Banco Hipotecario. El stock nominal acumulado de estos préstamos entre 1946 y 1955 fue de unos m$n 20.000 millones, otro 25% de la creación bruta de medios de pago. Una parte muy relevante de esta cartera también fue licuada por la inflación y fue en la práctica financiada involuntariamente por los tenedores de medios de pago: un cálculo similar al efectuado en la nota de pie de página anterior arroja un valor equivalente al 15% del PBI. Sin embargo, en la medida en que posiblemente el remanente no en todos los casos representaba préstamos incobrables, no necesariamente corresponde a nuestro juicio incorporarlos como déficits fiscales “no computados”. En el marco del reordenamiento bancario a fines de 1957, la memoria del BCRA reconoció que esos préstamos también deberían consolidarse pero, en este caso, a través de las renacidas cédulas hipotecarias (que habían sido rescatadas a partir de 1946 y se buscaba volver a utilizar como mecanismo de financiación del crédito a la vivienda). De este modo, en cancelación de los redescuentos originalmente otorgados, el Banco Central recibió de los bancos valores hipotecarios por un total de $ 25.500 millones (8,9% del PBI), aunque en este caso se vio obligado a seguir otorgando redescuentos (por unos m$n 5.000 millones) para continuar financiando la actividad crediticia.

32 Dada la lógica de funcionamiento del sistema bancario en el período, a los fines del cálculo del señoreaje sobre los medios de pago internos hemos considerado la totalidad del dinero transaccional (billetes y monedas en poder del público y depósitos a la vista), y no la base monetaria, como pasivo del BCRA. De este modo, en las cifras presentadas en el cuadro el señoreaje puro representa la evolución de los saldos reales de dinero transaccional medidos sobre el PBI y lo mismo ocurre con la captación de “impuesto inflacionario”, que está calculada como la erosión del valor real de dicho agregado monetario. Ese “impuesto inflacionario” –de allí las comillas– no fue utilizado únicamente para financiar –por vías directas o extrapresupuestarias– al fisco, sino que también operó como mecanismo de subsidio y transferencia de riqueza a los deudores privados del sistema bancario a través de la licuación inflacionaria de sus préstamos posibilitada por la vigencia de tasas de interés reales notoriamente negativas.

33 Cabe considerar que del total de redescuentos otorgados por el sistema bancario al sector privado, alrededor de un 40% estuvo dirigido a las financiaciones hipotecarias, en el marco de la agresiva política de viviendas implementada por el gobierno. Véase la nota al pie n° 32.

34 Las reservas internacionales pasaron de 1.686 millones de dólares a 387 millones de dólares en apenas tres años.

35 Pese a lo que suele suponerse, el “pacto” entre Perón y sus bases de apoyo estaba lejos de estar plenamente consolidado en la primera fase de su gobierno. Además de sus propias convicciones, la importancia que Perón asignaba a las iniciativas de política dirigidas a distribuir el ingreso en favor de los asalariados tenía que ver precisamente con las constricciones que le imponía (o creía que le imponía) una posición política que todavía percibía como frágil. En este sentido, es erróneo mirar al Perón de 1947 o 1948 como el líder indiscutido que fue después: necesitaba todavía asegurar esas lealtades, algo que recién logró con su reelección plebiscitaria de 1951, que amplió mucho su margen de iniciativa.

36 Un detalle, narrado en sus memorias por el entonces embajador de España, haría pensar que la situación fue algo más complicada. Se relata allí que, a los pocos días de dejar el gobierno, Miranda lo visitó con el objetivo de pedirle que lo ayudara a salir del país. El embajador cumplió con el pedido y lo envió por canales no oficiales a Montevideo, donde vivió hasta su fallecimiento en 1953.

37 Perón no era, en realidad, ajeno a esa visión, como lo demuestra el consejo dado al presidente Ibáñez en su visita a Chile. Véase el epígrafe de este capítulo.

38 La activa participación de Perón en las negociaciones previas al lanzamiento del programa parece confirmar la relevancia que le dio a esa decisión. También es interesante que, a pesar de ese involucramiento, Perón no pudo convencer al sindicalismo para que apareciera liderando una estrategia que, después de un aumento inicial, congelaba los salarios por dos años. Por lo tanto, tuvo que tomar esa decisión en la soledad del poder. Esa negociación está detallada en un trabajo de Sowter (2013). Una síntesis se puede leer en Gerchunoff (2018).

Capítulo 2

Política monetaria y bancaria: el Banco Central y el sistema financiero durante el primer peronismo

Laura D’Amato* y Javier Ortiz Batalla**

Este capítulo se realizó con la colaboración de Guillermo Bermúdez (FIEL) e Ignacio Caro Solís (IIEP).

Introducción

El Banco Central de la República Argentina comenzó a operar en mayo de 1935, como resultado de un conjunto de normas que transformaron el funcionamiento del sistema financiero argentino. Habiendo sido creado luego de la Gran Depresión (1929-1932), se le otorgaron mayores poderes que los que la ortodoxia monetaria recomendaba. Durante sus primeros años de existencia, y luego de resolver los resabios de la crisis financiera generada por la Gran Depresión mediante una fuerte inyección de medios de pago, el banco reguló activamente la liquidez en el mercado financiero.

Sin embargo, a partir de 1941, y con las autoridades monetarias decididas a evitar una apreciación del tipo nominal de cambio, balanzas de pagos positivas de magnitud resultantes de la Segunda Guerra Mundial dieron origen a un importante incremento en los agregados monetarios, que fue crecientemente acompañado por desequilibrios fiscales de magnitud.

Con estos precedentes, este capítulo analiza la importante reforma del sistema financiero que fue llevada a cabo entre 1946 y 1949, y que resultó en la estatización del Banco Central (previamente una entidad de carácter mixto) y en una drástica redefinición de su rol como estabilizador del ciclo económico a la de administrador de la totalidad del crédito bancario con el objetivo de financiar actividades seleccionadas.

Es durante este período que se consolida la existencia del Banco Central como una entidad dependiente del Poder Ejecutivo, orientada mediante su política crediticia a promover el desarrollo y lista para imprimir moneda cada vez que el gobierno lo dispusiese. Se analizan en este capítulo las motivaciones existentes detrás de esta transición que transformó un banco central con un grado significativo de autonomía del gobierno, y con los objetivos convencionales de este tipo de organismos, de proveer una macroeconomía estable1 y de actuar como banco de bancos (prestamista de última instancia del sistema), en un organismo dependiente, dispuesto a actuar como banco de desarrollo y prestamista de primera instancia del gobierno.

El documento revisa además las implicancias mediatas e inmediatas que estas reformas y otras decisiones vinculadas tuvieron sobre distintas variables del mercado financiero. También su impacto en la evolución macroeconómica general de la Argentina, en particular sobre la aparición de crisis recurrentes de “stop and go” y la implementación consecuente de sucesivos planes de estabilización.

1. El sistema financiero internacional de entre guerras (1919-1940)

Los años veinte no sólo estuvieron caracterizados por un retorno de una importante cantidad de países al patrón oro,2 en una de sus variantes, el patrón cambio oro,3 sino también, como puede observarse en la Tabla 1, por una intensa ola de reformas monetarias que indujo la creación de once bancos centrales.4 Luego de superada la Primera Guerra Mundial, y la breve pero intensa recesión de 1921-1923, un conjunto de países –muchos de los cuales habían salido de regímenes convertibles con la guerra en 1914– llevaron a cabo importantes reformas financieras. Estas incluían la vuelta a la convertibilidad (Tabla 2),5 la creación de bancos centrales e importantes reformas en los procesos presupuestarios y regulatorios (Eichengreen, 1992; Ortiz Batalla, 1998).

Tabla 1: Variación en números de bancos centrales, 1900-1990


DécadaNúmero de bancos centralesAumento en cantidad
190018--
1910202
1920233
19303411
1940417
19505918
19608021
197010828
198013725
199016124

Fuente: Elaboración propia en base a Capie, F.; Goodhart, C. y Schnadt, N. (eds.) (1994).

Tabla 2: Países en el patrón oro entre guerras (1929-1937).

Número y porcentaje sobre el total de países


AñoCantidad de países adoptantes (número)Proporción de países en el total
191959.3
1920611.1
1921611.1
1922814.8
19231018.5
19241324.1
19252444.4
19262851.9
19273768.5
19284481.5
19294583.3
19304379.6
19314583.3
19322240.7
19331324.1
19341018.5
1935916.7
1936611.1
19370-

Fuente: Elaboración propia en base a Capie, F.; Goodhart, C. y Schnadt, N. (eds.) (1994).

Los bancos centrales que ya existían, mientras tanto, con el estallido de la Primera Guerra habían perdido gradualmente buena parte de su independencia. Con el recuerdo de los aproximadamente cuarenta años prósperos del patrón oro a escala global previos al conflicto (1875-1914), el impulso de grandes conferencias internacionales como las de Génova y Bruselas, la experiencias inflacionarias recientes (1914-1920) y las hiperinflaciones de comienzos de los años 20 (en Alemania, Austria, Hungría, y Polonia) (Sargent, Th., 1981), surgió con renovado ímpetu el deseo por estabilidad y el restablecimiento de un régimen de transacciones global, de modo que este trajera de vuelta la prosperidad y el progreso vividos durante la vigencia del régimen de patrón oro. Así surgieron nuevos bancos centrales independientes, y los que ya existían recuperaron el grado de autonomía del Tesoro del que gozaron durante buena parte del siglo XIX (Capie, F., Ch. Goodhart y N. Schnadt, 2012). Instituciones como la Liga de las Naciones o asesores financieros internacionales (como E. Kemmerer, W.W. Cumberland, F. Fetter, John y Arthur Young, y O. Niemeyer) fueron importantes impulsores de estas reformas que gobiernos, en su mayoría de orientación liberal y reformista, pusieron en práctica (especialmente luego de la vuelta a la convertibilidad de Inglaterra, seguida por más de treinta países, en 1925).6

Gráfico 1: Crecimiento del producto bruto en países seleccionados

Tasa media anual (%)


Nota: Latam incluye: Argentina, Brasil, Chile, Colombia, México, Perú, Uruguay y Venezuela. Países de nueva población incluyen (PCR): Australia, Canadá y Nueva Zelanda. Mundo incluye: Latam, PCR, EE.UU., Europa 12, India y Japón.

Fuente: Elaboración propia en base a The Maddison Project (2015).

La Gran Depresión (1929-1932) interrumpió ese proceso. Los países abandonaron, uno tras otro, la convertibilidad de sus monedas, depreciaron sus tipos de cambio y procedieron a reformar sus bancos centrales dotándolos de más instrumentos contracíclicos, modificando sus objetivos y haciéndolos más dependientes del gobierno.7 En 1931 el Reino Unido abandonó la convertibilidad oro de la libra, seguido por un conjunto de países, y en 1933 lo hizo Estados Unidos,8 el otro centro financiero más relevante. Una reactivación importante de la actividad surgió gradualmente en distintas naciones, como Reino Unido, y para 1933 la recuperación se generalizó. Además, una visión que favorecía realizar políticas monetarias contracíclicas se extendió en los distintos bancos centrales y recibió mayor reconocimiento académico luego de la aparición de la Teoría General de John Maynard Keynes, en 1936. Así, distintas autoridades monetarias alrededor del globo, liberadas además de tener que mantener una paridad estable con el oro, comenzaron a inyectar mayores niveles de liquidez. Con los preparativos para la guerra, durante la segunda mitad de la década de los años treinta, la política fiscal contribuyó a acelerar la recuperación. Como puede observarse en el Gráfico 1, el PIB mundial creció durante el período 1933-1939 a una tasa muy satisfactoria (4.8% anual promedio), con recuperaciones superiores al 5% en países de menor desarrollo (como los países de América Latina, por ejemplo).

2. El sistema monetario y financiero internacional durante la Segunda Guerra y los años posteriores (1939-1959)

La Segunda Guerra (1939-1945) dio origen, en función de una visión muy crítica de lo actuado durante el conflicto anterior, a un todavía mayor número de controles sobre los movimientos de divisas, los flujos comerciales y de capitales. Algunos de ellos habían surgido como respuesta a la Gran Depresión. Ahora estos fueron acompañados, además, por racionamientos e intervención directa de los bancos centrales sobre el crédito, e intentos por mantener las tasas de interés bajas para evitar un crecimiento significativo en la deuda de los gobiernos. El resultado, por distintas causas, fue un crecimiento muy satisfactorio (como puede observarse también en el Gráfico 1) para el mundo en su conjunto (el PIB subió durante esos años a un 3,1% vs. el 1,6% observado durante la Primera Guerra Mundial), aun con las terribles pérdidas materiales experimentadas por aquellos países que soportaron el conflicto en su territorio (Francia, Alemania, la Unión Soviética, Italia y Japón, entre otros). Muy pronto, y como parte de este proceso hacia mayor injerencia del Tesoro en las actividades y objetivos de las autoridades monetarias, comenzaron a estatizarse un importante número de bancos centrales (“nacionalizaciones”), como puede observarse en la Tabla 3.

Pronto le siguieron las estatizaciones de otros sectores esenciales de sus economías, como los servicios públicos o el mismo sistema bancario, como parte de una importante tendencia hacia regímenes de una orientación más socialista (como el gobierno de Francia, o los del laborismo en el Reino Unido).9

Tabla 3: La nacionalización10 de los bancos centrales


AñoBanco Central
1936Danmarks Nationalbank
Reserve Bank of New Zealand
1938Bank of Canada
1945Banque de France
1946Bank of England
1948Nederlandsche Bank
Norges Bank
1949Reserve Bank of India

Fuente: Elaboración propia en base a Capie, F.; Goodhart, C. y Schnadt, N. (eds.) (1994).

Sin embargo, al mismo tiempo, países centrales importantes, liderados por Estados Unidos e Inglaterra, habían comenzado a trabajar en la recuperación de un orden económico internacional que asegurara un proceso de integración económica que proveyera un prolongado período de estabilidad y crecimiento. Así, en 1944, en Bretton Woods, se dio origen al Fondo Monetario Internacional y al BIRF12 y se llevaron a cabo los primeros pasos en el diseño de un Acuerdo General de Comercio que restableciera un sistema multilateral de intercambio. Un régimen de tipos de cambio fijos, pero ajustables (en presencia de “desequilibrios fundamentales”), fue el elegido para restablecer la prosperidad y la integración, mientras los Estados Unidos implementaban un Plan de Ayuda a los países aliados para colaborar en su recuperación (el Plan Marshall, que se hizo recién visible en una escala significativa en la segunda mitad de 1948). Con la derrota de Plan de Keynes13 frente al Plan White se intentó implementar un sistema de transacciones globales que impulsara una fuerte estabilidad en los tipos de cambio, y la rápida eliminación de los controles impuestos sobre la libre movilidad internacional de bienes y factores productivos. Sin embargo, por un conjunto de factores que involucraban en un lugar primordial los fuertes desequilibrios existentes al finalizar la Segunda Guerra, este camino fue muy gradual y además pleno de dificultades, de modo tal que aún hacia fines de la década (septiembre de 1949), los países europeos procedieron a devaluar en promedio un 30% sus monedas, mientras todavía subsistían una multitud de restricciones a las importaciones (Eichengreen, 1996). Para entonces ya se habían producido dos eventos de suma importancia en el retorno gradual a la normalidad. La vuelta fallida a la convertibilidad de la libra en 1947 (que durará sólo seis semanas) y una importante recesión en los Estados Unidos en 1948-1949.

Sin embargo, y a pesar de todo, el sistema de tipos de cambios fijos y ajustables y la restauración de un régimen multilateral de comercio, el último objetivo de todo este sistema, continúo avanzando. En 1948 el FMI comenzó a operar, el Plan Marshall tomó impulso durante el mismo año y en 1950 se creó la Unión Europea de Pagos, un organismo destinado a restablecer a escala regional la convertibilidad de la cuenta corriente de los países signatarios. Así, con muchas dificultades y crisis periódicas, y aun atravesando importantes conflictos como el comienzo de la Guerra Fría y episodios bélicos de magnitud como la Guerra de Corea (1950-1953), el proceso de reintegración global continuó avanzando. Y de este modo, en diciembre de 1958, los países de Europa (aquellos que no se hallaban para entonces bajo la órbita política y económica de la Unión Soviética) restauraron la convertibilidad de sus cuentas corrientes, de modo que para 1961 el FMI pudo declarar a estos países como naciones que cumplían con el artículo VIII de los Artículos del Acuerdo. El mundo cerraba de este modo los años cincuenta con un nivel mucho mayor de integración comercial y daba comienzo a un nuevo impulso a la reducción a las barreras, todavía numerosas, sobre los movimientos de capitales.

3. La creación del Banco Central de Argentina y su accionar durante sus primeros tiempos (1935-1945)

Como puede observarse en los gráficos 2 y 3, la Argentina había tenido en el largo plazo una alta tasa de crecimiento y niveles de inflación similares a los de países que se hallaban en el camino a ser los de ingreso per cápita más altos, como los Estado Unidos.14

Gráfico 2: Crecimiento del producto bruto en países seleccionados

Tasa media anual 1900-1945


Fuente: Elaboración propia en base a The Maddison Project (2015).

Gráfico 3: Inflación comparada: Argentina y Estados Unidos

Tasa media anual (%)


Fuente: Ortiz, J.; Harriague, M. y Bermúdez, G. (2001).

A una relativamente no tan intensa contracción durante la Gran Depresión, le siguió una recuperación con un papel mucho más activo del sector público. Luego de dejar depreciar el tipo de cambio (1929) después de dieciocho meses de caída ininterrumpida de las reservas,15 el gobierno introdujo en forma creciente una serie de intervenciones incluyendo, en octubre de 1931, un rígido control de cambios (Fiel, 1989). Con el abandono del tipo de cambio fijo, el drenaje de reservas se redujo drásticamente, estabilidad que se reforzó con la imposición del control de cambios. Producido el golpe militar del 6 de septiembre de 1930, en abril de 1931 y nuevamente en mayo de 1932, los respectivos ministros de Hacienda, Enrique Uriburu y Alberto Hueyo, autorizaron las primeras emisiones sin respaldo metálico desde la aprobación de la Ley de Convertibilidad de 1899.16

Mientras, en el frente fiscal, el gobierno ponía como prioridad el equilibrio de las finanzas públicas. Con sus ingresos en caída, debido a que el 55% de los mismos provenían de tributos sobre el colapsado comercio exterior, y con la decisión tomada de mantener los pagos de la deuda, el gobierno debió recurrir a medidas drásticas para alcanzar dicho equilibrio.17 Sin embargo, y como consecuencia de las mismas, hacia 1932 el déficit del presupuesto comenzó a declinar, hasta desaparecer para 1935.

Luego de experimentar brechas cambiarias, entre el tipo de cambio único oficial y el cambio paralelo, de hasta el 40%, el gobierno estableció un mercado dual, que implicó en la práctica la legalización del paralelo, y un importante ingreso fiscal adicional: el Margen de Cambios, además de una significativa reducción en la brecha cambiaria que, hasta finales de la Segunda Guerra, se ubicó en promedio por debajo del 20%.

La reacción a este conjunto de medidas monetarias, cambiarias y fiscales fue positiva. En 1931, los agregados monetarios dejaron de caer (véase Gráfico 4), y para comienzos de 1933 los índices de precios frenaron su declinación y empezaron a recuperarse.

Junto con estos, el nivel de actividad comenzó a mejorar, finalizando el año 1933 con un crecimiento del 4,7%. Acompañado por el progreso de sus indicadores externos, luego del derrumbe de estos durante la Gran Depresión (Gráfico 5), la economía entró en un proceso de sólida recuperación.

Gráfico 4: Emisión de la Caja de Convención

En millones de pesos moneda nacional


Fuente: Ortiz, J. y Della Paolera, G. (1996).

Gráfico 5: Capacidad para importar

Base 1937=100


Fuente: Ortiz, J. y Della Paolera, G. (1996).

Estas eran las condiciones que necesitaban las autoridades económicas para proceder a reordenar el sistema monetario. Si bien existen antecedentes muy anteriores, el movimiento hacia la creación de un banco central en Argentina se activó en 1931, con la convocatoria a una comisión de notables realizada por el ministro Uriburu. En febrero de 1932, uno de sus miembros más destacados, Alberto Hueyo, fue designado nuevo ministro de Hacienda. Este disolvió la Comisión, producto del sesgo inflacionario que presumía imperaba en dos de sus otros integrantes (F. Pinedo y R. Prebisch), y solicitó al Banco de Inglaterra el envío de una misión de expertos. Así, en enero de 1933, llegó al país un grupo de asesores internacionales encabezado por uno de sus más experimentados directores, sir Otto Niemeyer. Permaneció tres meses en el país, y al partir dejó una propuesta que establecía un banco central ortodoxo. Un verdadero banco de bancos, con mínima injerencia del gobierno, emisor de una moneda convertible, y con capacidad sumamente limitada para hacer política monetaria (sólo mediante el uso del instrumento tradicional del redescuento). Cuando Pinedo reemplazó a Hueyo como ministro de Hacienda hubo una vuelta a la propuesta original de la Comisión, y la misma fue aprobada por el Congreso a comienzos de 1935.

Así, como consecuencia de un conjunto de seis leyes aprobadas, el 31 de mayo de 1935 el Banco Central abrió sus puertas, pero además la regulación del sistema financiero se transformó. Se creaba una superintendencia bancaria, un Instituto Movilizador (con el objeto de sanear la instituciones financieras en problemas), y se reorganizó el sistema bancario a la vez que se transformaba a los Banco Nación e Hipotecario.

Nuestro Banco Central, habiendo sido creado luego de la Gran Depresión, recibía mayores poderes que lo que la ortodoxia previa a esa gran crisis recomendaba, o aquellos de los bancos Kemmerer originales, o el concebido en la propuesta original de Niemeyer. Y, una vez abiertas sus puertas, y con su nuevo gerente general Raúl Prebisch a la cabeza de su personal técnico, hizo un uso intensivo de ellos.

Primero mediante una inyección de base monetaria provenientes de una revaluación contable de sus reservas de oro, que alejó cualquier posibilidad de crisis financiera sistémica. Y luego nuevamente durante la crisis internacional de 1937-1938, actuando principalmente mediante operaciones de mercado18 abierto en forma contracíclica. También lo había hecho en forma muy efectiva antes en dirección contraria, absorbiendo medios de pago mediante el uso amplio de operaciones de mercado abierto, cuando el banco observó un exceso de liquidez.19 20

Sin embargo, dos eventos muy relevantes iban a cambiar en forma radical el comportamiento del Banco Central. En primer lugar, la Revolución de 1943 contra el presidente Castillo, que con un sesgo marcadamente industrial y nacionalista, modificó su percepción sobre esta institución, cambio que fue acompañado por una salida de sus autoridades originales, entre ellas de su influyente gerente general.21 En segundo lugar, y desde 1939, con el progreso de la guerra, un aumento sostenido en las exportaciones que en presencia de importaciones ligeramente declinantes, implicaron una balanza comercial promedio positiva cercana a los 265 millones de dólares anuales (en 1946 se aproximaron incluso a los 500 millones), más del doble de las observadas durante el período 1933-1939 (Gráfico 6).

Gráfico 6: Argentina: Evolución comercial

Promedio anual - En millones de USD


Fuente: Elaboración propia en base a El control de cambios en la Argentina (FIEL).

Estos saldos positivos en el balance comercial implicaban un superávit promedio superior a los seis puntos del PIB (Gráfico 7). Y eran el resultado de dos fenómenos concurrentes: buenos términos del intercambio y la decisión del Banco Central de no dejar apreciar el tipo de cambio. Esta elección, que otorgaba mejores precios relativos a aquellos bienes expuestos al comercio internacional, significó a la vez una muy fuerte expansión en los medios de pago.

Gráfico 7: Argentina: Evolución de balance comercial

Promedio anual - En % del PBI


Fuente: Elaboración propia en base a El control de cambios en la Argentina (FIEL).

Gráfico 8: Argentina: Evolución de los agregados monetarios

Crecimiento medio anual (%)


Fuente: Elaboración propia en base a BCRA y Diz (1966). Money and Prices in Argentina, 1935-1962.

Así, la evolución de los agregados monetarios triplicó su tasa de crecimiento (Gráfico 8), superando en promedio el 20% anual, dando impulso a un aumento de precios, a pesar de la introducción en 1939 de un rígido control sobre los mismos. Sin embargo, es importante aclarar, este incremento de precios en tiempos de guerra no era inusual en otras latitudes. Además, este aumento en los billetes y monedas era acompañado por una muy importante alza en las reservas del Banco Central que alcanzaron, medidas en dólares, niveles superiores, incluso, a los de la Gran Crisis (Gráfico 9).

Gráfico 9: Argentina: Evolución del stock de reservas internacionales (oro y divisas)

Promedio anual. En millones de USD


Fuente: Elaboración propia en base a IERAL (1986).

La ortodoxia indicaba que luego de la guerra, dicho crecimiento en los agregados monetarios debiera moderarse. Así lo hicieron otros países, inclusive de la región. Sin embargo, la Argentina se encaminaba en una dirección distinta. Desde 1942, el gasto del sector público crecía a tasas muy elevadas (Gráfico 10), un proceso que se aceleraría con la llegada del peronismo en 1946. Para el fin de la guerra, el gasto como proporción del sector público duplicaba los del final de la Belle Époque. Y esto era sólo el comienzo: los mismos crecerían otros diez puntos porcentuales promedio durante el peronismo (Gráfico 11).

Gráfico 10: Argentina: Evolución del gasto del sector público

Tasa media anual de crecimiento (%)


Fuente: Elaboración propia en base a IERAL (1986).

Gráfico 11: Argentina: Evolución del gasto del sector público

Promedio anual en % del PBI


Fuente: Elaboración propia en base a IERAL (1986).

Consecuentemente, para fines de la Segunda Guerra el déficit del sector público superaba los cinco puntos porcentuales del PIB. Y con la llegada del coronel Perón al gobierno este seguiría creciendo hasta llegar a dieciséis puntos del producto. Eran los déficits presupuestarios más altos observados hasta entonces en el siglo XX (Gráfico 12).

Gráfico 12: Argentina: Evolución del déficit del sector público

Promedio anual. En porcentaje del PBI (%)


Fuente: Elaboración propia en base a IERAL (1986).

Así, el Banco Central empezaba a adquirir dos características que iban a condicionar todo el diseño institucional futuro del sistema financiero en su conjunto. El de ser “prestamista de primera instancia” del gobierno, en abierta contraposición con los límites impuestos por la Ley de 1935, y en consonancia con la fuerte retórica y conjunto de acciones industrialistas (que incluyeron la creación del Banco de Crédito Industrial en 1944),22 la de ser un “banco de desarrollo”. Esta segunda característica llevaría luego a las autoridades a estatizar todo el régimen de depósitos y créditos, en un intento de manejar el crédito como un instrumento más del proceso de desarrollo que se intentaba llevar a cabo (sus principales lineamientos estaban presentes en los planes quinquenales elaborados por el gobierno de Perón).23, 24

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