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Félix Giménez Noble

El enigma de la reelaboración

Fase decisiva del tratamiento psicoanalítico

PRIMERA EDICIÓN


Agradecimientos

Tuve la suerte de escuchar a pensadores del psicoanálisis sobresalientes. A algunos de ellos les importaba más hablar que transmitir. Pero, cada quien, me dejó lo suficiente como para alimentar mi empeño de escudriñar y comprender el alma humana. Sus imágenes fortalecieron mi ideal de ser psicoanalista, y aún hoy, se hacen presente cuando acudo a sus textos. Porque, y a veces no se repara en ello, el psicoanálisis no se construyó solamente con el diván, sino también con la pluma. Mauricio Abadi, Fidias Cesio, Jorge De Gregorio, André Green, Mary Langer, Enrique Pichon Riviére, Arnaldo Rascovski, Luis Storni, viven en mi recuerdo.

Mi acercamiento a Freud se lo debo a Ana Spagnuolo.

En la intimidad de mi consultorio, he conocido seres entrañables. Su presencia y la confianza que en mí depositaron, hizo de mi vida profesional una fuente de satisfacciones. Muchos de los que comparten conmigo el amor al psicoanálisis, siguen a mi lado. Juntos, nos repartimos la responsabilidad didáctica que hemos elegido. Sin la colaboración de Nelly Cortés, Marcelo De Castro, y Sandra Goldstein, mi Seminario del Instituto de Psicoanálisis y el Seminario de Graduados de APA, no hubiera sido posible. Con Ana Bidondo y Laura Pugnali, tengo una deuda de gratitud por el apoyo incondicional que siempre me brindaron.

La generalidad del establishment casi nunca contribuyó a otra cosa que a amenazarme con el desánimo. Por mi entusiasmo en la divulgación y enseñanza del psicoanálisis debo culpar, en cambio, y muy particularmente a mis alumnos. María Abella, Javier Antoniuk, Marina Andrea Alonso, Marina Barrancos, Laura Bauso, Cora Botchner, Mariana Estrin, Graciela Fondovila, Diego Giménez Noble, Adriana Gómez de García, Cristina Griffa, Malena Imposti, Patricia Katz, Adriana Kehm, Inés Klein, Ana Mattenet, Matías Luzuriaga, Liliana Popoff, Ana Rosenfeld, Teresa Roux, Miriam Santibañez, Laura Saidman, Vivian Secco, Mariano Solari, Verónica Vincini, Analy Werbin, Liliana Zaccarello, Camila Zapiola, y muchos otros. Gracias, a cada uno de ellos, por su interlocución y por ayudarme a pensar.

Debido a su hospitalidad, mi reconocimiento a Norma Cerrudo y a Daniel Biebel. Su calidez hizo de la tarea de edición, una experiencia muy grata.

De mi vida privada, debo destacar la actitud llana y valiente –en sus cuestionamientos– de mi hijo Gaspar. Martín es leal, y siempre está atento a mis necesidades o a las de cualquier otro miembro de la familia. El templado carácter de Diego se transluce en su aptitud psicoanalítica e incrementa nuestro entendimiento mutuo. Jorge es de pocas palabras, pero de mucha presencia y disposición a darme una mano con lo que sea. Los cuatro, cuya presencia no es necesariamente física, son un parte importante de la fuerza impulsora de mis empeños.

Mi vida no hubiera sido lo satisfactoria que fue, si no hubiera conocido a Graciela, y me hubiera casado con ella.

En el texto, el lector reconocerá, por momentos, cierta reiteración de conceptos. En capítulos distintos, y a partir, tanto desde el punto de vista clínico, como de la teoría de la técnica, hallará nociones que se vuelven a enunciar.

Dicha insistencia está dedicada a aquellos colegas que no estén familiarizados con las ideas de Freud fundamentales en la vinculación con este tema, o que no le hayan atribuido la importancia que la investigación sobre el mismo, necesita darle. Aquellos a los que les resulten consabidos, sepan dispensar esa recurrencia.

Presentación
Al lector de Freud

Estimado amigo:

Nuestro querido Professor está tan dedicado a construir el psicoanálisis, que a veces nos da la impresión de olvidarse un poco de nosotros. Por momentos, es difícil seguirle el tranco.

Inicialmente lo vemos cifrar gran parte de su perspectiva económica del aparato anímico en el comportamiento de los afectos, al tiempo que subordina el avatar pulsional al yo únicamente en el caso de la autoconservación. Las aspiraciones sexuales –en cambio– perseveran en ostentar una misteriosa autonomía que en muchas ocasiones se contrapone a los intereses del yo.

Caemos en la cuenta de que toda esta orientación conceptual que nos ha señalado nuestro respetado guía, se confió a una brújula sobrestimada: el principio de placer-displacer y su heredera consecuente, la teoría de la represión.

Como vos y yo, estimado lector, hemos recorrido muchas veces, y de su mano, el pensamiento de nuestro Maestro; también hemos asistido a sus fracasos (y a los nuestros propios) hasta resignarnos al doloroso esfuerzo de reconsiderar hasta la última de nuestras convicciones teóricas.

De nuestro “padre” en común, sabemos que dedicó su vida a descubrir una terapia para el sufrimiento del hombre.

Y sabemos que la encontró.

Pero…

Primera parte

Freud designó como reelaboración a una fase del tratamiento analítico. En 1926 se refirió a ella justificando su necesariedad, en vista que cancelar la resistencia yoica no es suficiente. Hace falta, todavía, superar el poder de los arquetipos inconscientes latente en las represiones. Según su consejo técnico original (1914), la reelaboración había que dejarla por cuenta del paciente, sin apremiarlo. Aparte de estas menciones, no existe indicio alguno acerca de lo que Freud habrá concebido como {Durcharbeiten}. Este trabajo es la construcción de una conjetura acerca de esa omisión.

Capítulo 1
Consideración preliminar
ONTOGENIA Y TEORÍA DE LA REPRESIÓN.
FILOGENIA Y COMPULSIÓN DE REPETICIÓN

Freud inventó el psicoanálisis buscando una cura más eficaz para la neurosis que la que ofrecían otras psicoterapias.

La encontró.

La inconsciencia del yo prometía un repertorio de resistencias obsesivas, fóbicas o, con suerte, histéricas, que podían desafiarse. “La Interpretación de los sueños” cumplió con auspiciar veinte años de fecundidad teórica y convalidación clínica apuntaladas en una sexualidad infantil que cifraba el secreto del desarrollo del adulto.

Sólo que eso no era todo.

Lo más funesto de su descubrimiento fue el develamiento de que la miseria humana no es consecuencia –solamente– de las defensas. El análisis “de las profundidades” del Hombre de los Lobos terminó de sacar el problema a la luz. En el consultorio, encalló sin remedio en la tenacidad de las fijaciones. (“El caso no fue particularmente propicio”, informará Freud en la página 95 del historial). Pero, la contrariedad lo anima a reconsiderar el problema de la disposición. “A menudo podemos observar que el esquema (filogenético {El complejo de Edipo es el ejemplo mejor conocido de esta clase}) triunfa sobre el vivenciar individual:1 en nuestro caso, por ejemplo, el padre deviene el castrador y pasa a ser el que amenaza la sexualidad infantil pese a la presencia de un complejo de Edipo invertido en todo lo demás.”2

Strachey consideró que «el posible carácter hereditario del contenido psíquico de las fantasías primordiales era “un oscuro problema”»,3 y en su Nota Introductoria a “la descripción científica de sucesos psicológicos cuya novedad y complejidad no habían sido jamás imaginadas” 4 omitió destacar los inquietantes descubrimientos que el enfrentamiento entre el psicoanálisis y Sergei Pankejeff habíanle deparado a Freud: la capacidad del esquema edípico hereditario para imponerse a las impresiones vitales en la ontogenia, y la presunta existencia de un núcleo instintual del inconsciente. Dichas conjeturas corroboraban una intuición que Freud le confesara a Fliess veintiocho años antes: “La leyenda de Edipo captura una compulsión {Zwang} que cada quien reconoce porque ha registrado en su interior la existencia de ella.”5

La conclusión resulta indiscutible: la compulsión que se repite en cada ser humano trasluce la coacción pulsional de un ello que le impone al yo la realización del incesto y el crimen. “La avidez del Edipo por la realización del incesto (compulsión {Zwang}) está en la sangre, siendo el complejo de representaciones del cortejo edípico (celos, filiparricidio) la historia de cómo cada ser humano intenta domeñarla.” 6

Desde afuera del yo, el desvalimiento acecha al psicoanálisis.

1 Nota del autor: el destacado es mío.

2 Freud, S. (1918[1914]). De la historia de una neurosis infantil, O.C., Vol. XVII, AE, 1989, pp. 108 y 109.

3 Strachey, J., Nota Introductoria en S. Freud (1918[1914]). De la historia de una neurosis infantil, O.C., Vol. XVII, AE, 1989, pp. 6 y 7.

4 Ibídem.

5 Freud, S. (1886). Cartas a Fliess, O.C., Vol. I, AE, 2006, carta 71, p. 307.

6 Giménez Noble, F. (2014). Lo ominoso de la compulsión de repetición. Compulsión de repetición, eXel Publishing, p. 131.

Capítulo 2
El individuo:
una semblanza metapsicológica
PULSIÓN. INVESTIDURA. NECESIDAD. OBJETO. YO. REPRESENTABILIDAD. DESEO. LAS CINCO RESISTENCIAS. COMPULSIÓN DE REPETICIÓN. LIBIDO. DESEXUALIZACIÓN.

Por compulsión de la naturaleza, el alma humana se configura albergando dos estirpes distintas de fuerzas naturales: el continente real-material de la percepción conciencia que reconocemos como yo, y el incontinente virtual-potencial de lo pulsional-ello, indiscernible de la realidad externa. Es en el segundo inquilino, que hace pie la humanidad toda. El individuo se amamanta de él, pero, en lo que puede, le pone condiciones a su influjo. Es lo que Freud llama “domeñamiento” {Bändigung}.7

Pulsión es un término de origen conjetural, virtual, al que se le atribuye un origen somático pero que se deslinda en lo psíquico. En cuanto a sus propiedades, se ha logrado aislar lo alternante de sus metas y la invariancia de su perentoriedad, sobre todo cuando la contingencia del objeto, no la asiste. En tal caso, la ingobernabilidad de su poder es atribuible a las propiedades de indiscernibilidad e inconsciente que caracterizan lo pulsional. Solamente esas cualidades pueden explicar el engendramiento de su propia necesidad; lo pulsional es empuje en procura de lo que no hay; es la búsqueda de una forma afectada por los límites que imponen el tiempo y el espacio (la metáfora que mejor alude a esta búsqueda es el objeto).

La exhumación de “el ello” en 1923 le atribuye a lo pulsional un mítico anterior, pero dinámicamente actual, eficaz. Son, definitivamente, energías naturales que el hombre ha reconocido constitutivas de sí –aprehendiéndolas con análogos perceptuales como investiduras, cargas, cathexis, etcétera. Dichas fuerzas vestigiales de la humanidad en su conjunto habrían logrado (con ayuda de la realidad), para la naturaleza, una hazaña sin par: trasmutar lo potencial-virtual en real.

Asistimos de este modo a la figuración de dos aspiraciones completamente diferentes obligadas a complementarse entre sí. La presencia de la herencia arcaica patrimonio del ello es la responsable de mantener constante la fuerza de insistir en pos de un fin. Considerada en forma aislada, la ingobernabilidad de su poder es atribuible a lo indiscernible e inconsciente de las propiedades que caracterizan lo pulsional. Solamente esas cualidades pueden explicar el engendramiento de su propia necesidad; lo pulsional-ello es empuje en procura de lo que no hay; es la búsqueda de una forma afectada por los límites que imponen el tiempo y el espacio (la metáfora que mejor alude a esta búsqueda es el objeto).

“El yo representa su máximo logro, pero las pulsiones en sí mismas son indiferentes a su destino; “les resulta indistinto” ser fijadas a una represión, transferir la perentoriedad sobre su propia fuente somática y crear una enfermedad, o devenir compulsión incoercible. Son justamente esos modos “incompletos” de alivio de las necesidades del ello las que mejor translucen el afán del alma por cobrar alguna clase de formalización: la locura “erótica”, el masoquismo y las resoluciones trágicas representan sólo algunas de ellas.” 8

Si de conceder que la pulsión tiene un propósito, “para novedad no hay como lo clásico”.

“Al comienzo de todo, en la fase primitiva oral del individuo, es por completo imposible distinguir entre investidura de objeto e identificación. Más tarde, lo único que puede suponerse es que las investiduras de objeto parten del ello, que siente las aspiraciones eróticas como necesidades.” 9

Las investiduras resultan, entonces, acción y efecto de la necesidad pulsional: la pulsión tiene que investir. Ellas importan los atributos pulsionales que el ello le impone encarnar al objeto, y por eso devienen portavoces del mismo, cual “traductoras” que –a cada yo– le dictaminan el mundo exterior. Verbigracia: esa “realidad-ello” también contribuye a configurar al propio yo. La investidura que hace pie en el objeto satisface la aspiración agregadora10 del ello en una primera fase de la dimensión formal, real perceptual, fundando la diferencia entre lo pulsional y lo representable. Más luego, el siguiente movimiento de la investidura que –partiendo del objeto lo abandona y ocupa el yo– aunque representante de las aspiraciones eróticas del ello, le transfiere poder al yo. A través de esa mediación, “lo humano” no consabido e inconsciente se transforma en libido que –aunque desexualizada–11 pretende seguir sirviendo a los dos amos.

Hasta aquí, en el panorama descripto –el cual responde al principio de Eros– el término pulsión admite ser reconocido –no por “un propósito propio”– sino por lo alternativo de sus destinos: tanto como objetalizarse y acceder a la representabilidad, como contribuir al mecanismo de la represión ejercida por el yo y participar prestando su energía a las transferencias.

La primera dualidad pulsional le adjudica a la pulsión dos ocupaciones diferentes según la clase de necesidad en juego: la conservación del individuo o la relación de objeto. En el caso de las funciones de autoconservación no hay modo de extraviarse: pasado un tiempo, solamente el alimento calma el hambre. Pero las pulsiones sexuales se ven comprometidas en la estructura del deseo, que es un campo con memoria autónoma: la imagen del objeto que proporcionó la satisfacción. El planteo de ambas alternativas se registra en el marco del principio yoico placer-displacer, y las mociones pulsionales se distinguen por el ámbito en que se despliega su colocación: en procura de la manutención del cuerpo o hacia el investimiento del objeto.

En la segunda tópica, lo pulsional-ello, en cambio, es advertido según dos manifestaciones: aquella capturada en la representabilidad y consecuente capacidad de ligazón (las resistencias del yo) y el contingente pulsional indiscernido e inconsciente al estado puro o resistencias impersonalizables. Este último corresponde a las resistencias no-yoicas: la inconsciencia de culpa y la atracción que sufre el proceso pulsional reprimido desde los arquetipos inconscientes o {Schema} filogenéticos. Dicha imposición de lo arcaico en la ontogenia se verifica por medio la compulsión de repetición, un factor que Freud atribuye a la naturaleza de todas las pulsiones, y al cual le designa la función de resistencia de lo inconsciente: esa definición inviste a la compulsión de repetición como un arcano del alma y la propone ubicua.

Sin embargo, el poder potencial de este factor compulsional, no siempre es irrestricto. En la clínica, por ejemplo, tenemos lo que Freud llama “su gobierno del psicoanálisis en una parte de su decurso”: la compulsión de repetición permitiendo que la transferencia positiva la “reclute” para alimentar la “figuración del cumplimiento de deseo” (el sector inconsciente de la tranferencia) en cultivos –imaginarios– del principio de placer. El análisis se “aprovecha” de la compulsión con la mira futura de instaurar el principio de realidad. Más a veces ocurre que la compulsión de repetición “desengañada” se emancipa de las obligaciones de ese pacto y no se contenta con el retorno de las imágenes oníricas (interpretaciones) y desacatando el convenio de aceptar solamente palabras por parte de la analista, impulsa una actuación.12

En términos descriptivos, la compulsión de repetición como voracidad de la especie humana se encuentra en dos estados: libidinizada por el yo (objetalizada), o al estado originario (como pura aspiración erótica sin continente). El punto de vista dinámico la localiza subyacente en las resistencias de represión, de transferencia y en el beneficio secundario, haciéndola responsable de cada retorno de lo reprimido por el yo inconsciente. Más allá del yo, su manifestación económica es, en ausencia del objeto, exclusivamente deductible a partir de actos de conducta, actos somáticos, o actos inconscientes que engendran hechos –a veces– inanalizables. Es decir que a la compulsión de repetición que participa de la conducta en la transferencia de los neuróticos, se le suma el conocimiento de individuos no neuróticos, en quienes toda relación humana conduce a idéntico desenlace (el vivenciar pasivo de Freud y Emmy de N. y la viuda triple). La compulsión de destino sufrida por individuos “vividos por poderes ignotos, ingobernables” víctimas de la compulsión del ello inconsciente que no presentan retornos de lo reprimido (afectado en forma directa, no mediado por la neurosis).

7 Domesticación, control, refreno. Término que describe la admisión total de la pulsión en la armonía del yo para ser asequible a toda clase de influjos por otras aspiraciones que hay en el interior del yo. Correspondería a la tramitación duradera de una exigencia pulsional. En 1895 Freud define este recurso yoico por sus efectos: “Los recuerdos penosos dejan de portar afecto.” Treinta años después se lo atribuirá a la libido: “La libido inactiva la pulsión de muerte.”

8 Giménez Noble, F. (2014). Compulsión de repetición, eXel Publishing, Véanse pp. 177 y 178.

9 Freud, S. (1923). El yo y el ello, O.C., AE, Vol. XIX, p. 31.

10 Platón. El Banquete. La fuerza de Eros: re-unir lo que alguna vez formó parte de un todo. Freud, S. (1923). El yo y el ello, AE, Vol. XIX, p. 41. “Eros persigue la meta de complicar la vida mediante la reunión, la síntesis de la sustancia viva dispersada en partículas, y esto, desde luego, para conservarla.”

11 Condición inmanente al ideal-yo.

12 Freud, S. (1923 [1922]). “Nuevas observaciones sobre la teoría y la práctica de la interpretación de los sueños”, O.C., AE, Vol. XIX, p. 119: “Tal como lo consigné en ese libro, con gran frecuencia sucede que la compulsión de repetición se emancipa de las obligaciones de aquel pacto y no se contenta con el retorno de lo reprimido en la forma de imágenes oníricas.”

Capítulo 3
Definición y características de la compulsión de repetición según el Diccionario de Psicoanálisis Argentino, 2020, APA Editorial
TÉRMINO
COMPULSIÓN DE REPETICIÓN

–Al.: Wiederholunzwang. –Fr.: compulsion de répétition. –Ing.: compulsion to repeat. It.: compulzione della ripetizione. Por.: compulção de repetição.

Definición

En el ámbito de la primera tópica, lo inconsciente psíquico exterioriza la supremacía de un factor, proveniente de las mociones pulsionales, lo bastante poderoso para doblegar el principio de placer: una compulsión de repetición probablemente dependiente de la naturaleza más íntima de las pulsiones.

Durante la última teoría freudiana de las pulsiones, el poder de la compulsión de repetición es atribuido a la atracción que ejercen los arquetipos inconscientes sobre el proceso pulsional reprimido y recibe la designación de resistencia de lo inconsciente.

Según los desarrollos en la obra de Freud, la compulsión de repetición fue cobrando distintas semblanzas como: *insospechado ahorro de gasto psíquico13, *actitud de un paciente en análisis14, *fuente de un sentimiento15, *responsable de la impulsión del juego en el niño, del carácter demoníaco de ciertos aspectos de la vida anímica16 y del gobierno del psicoanálisis de los neuróticos en una parte de su decurso.

ANTECEDENTES

(1999). “Repetición y compulsión de repetición”, Giménez Noble, F. en Técnica Psicoanalítica, Letra Viva, Buenos Aires.

(2006). “Introducción de la compulsión de repetición”, Giménez Noble, F., La Peste de Tebas, N° 36.

(2007). “Entre el recuerdo y el destino: la repetición”. Marucco, N., Revista de APU.

(2010). “Más allá de la palabra”, Giménez Noble, F., La Peste de Tebas, N°47.

(2012). “Repetición y compulsión de repetición”, Giménez Noble, F., La Peste de Tebas, N° 53.

(2014). “Compulsión de repetición”, Giménez Noble, F. eXel Publishing, p. 437.

(2017). “Aportes de la compulsión de destino a la segunda tópica freudiana”, Laznin, Lubián y Klingmann. UBA, Anuario de Investigación, XXIV, pp. 143-148.

CONCEPTO

Historia del término y sus traducciones al castellano.

1) Su primera aparición17 remite la compulsión de repetición a un efecto del encuadre psicoanalítico, el cual produciría la “repetición de una actitud homosexual que se fuerza hacia el primer plano como resistencia a todo recordar.” [Cabe destacar que dicha resistencia: a) Es un acto18 y b) De naturaleza narcisista.] 2) Probablemente la traducción en López Ballesteros, Rueda y otras19, sigan la sugerencia implícita de la Standard Edition, la cual atribuye a la compulsión “causar” la repetición. La versión de Etcheverry20 se aproxima –en cambio– a “compulsión que repite”, “que se vuelve a imponer”.

Relaciones entre los hallazgos clínicos y la hipótesis de la existencia de una compulsión de repetición.21

1) Durante la primera tópica el término compulsión de repetición aludió a: a), Un acto de resistencia a todo recordar22 como efecto de la técnica y vinculado con la transferencia, b) La fuente del sentimiento ominoso,23 c) un carácter universal de todas las pulsiones.

2) Conexiones teóricas entre las manifestaciones polifacéticas de la compulsión de repetición en la teoría de la represión: su conjetura se despliega a punto de partida de la carta 71 a Fliess: “la leyenda de Edipo captura una compulsión que cada quien reconoce porque ha registrado en su interior la existencia de ella.” Se apoyará, más tarde, en la dificultad en el análisis del hombre de los lobos y la sospecha de que los {Schema} filogenéticos mandan por sobre la ontogenia. En contemporaneidad, alude a un imprevisto: la técnica psicoanalítica, finalmente decidida por el diván y la asociación libre, se ve obligada a enfrentarse con el paciente que calla y a quien no se le ocurre nada.

El paciente de 1914 que no podía hablar (Freud, 1914, p. 171) (revisitado por Freud en el capítulo III de su “Mas allá…), el descubrimiento clínico de los {Schema} filogenéticos y su ascendencia sobre el vivenciar individual (Freud, 1918, p. 108), los enfermos de destino (Freud, 1920, pp. 22-23) y muchos testimonios más, prefiguraron el develamiento de un factor desde siempre ubicuamente activo; invisible en las profundidades del alma, pero todopoderoso en sus afanes. “En vista de estas observaciones relativas a la conducta durante la transferencia y al destino fatal de los seres humanos, osaremos suponer que en la vida anímica existe realmente una compulsión de repetición que se instaura más allá del principio de placer.” (Freud, S., 1920, p. 22).24

Análisis del término y la aplicación
que Freud hace de él

Compulsión de repetición {Wiederholenzwang} resulta de la combinación de dos conceptos de distinto rango: compulsión {Zwang} (de origen virtual-potencial; pulsional, en suma) y repetición {Wiederholen}, (de origen real-perceptual; yoico). Su ascendiente epistémico más antiguo, la compulsión {Zwang} aparece en la –ya mencionada– temprana carta a Fliess, fechada en 1886, para ilustrar la participación obligada del complejo de Edipo en la constitución de la psique. El complejo de Edipo es el ejemplo mejor conocido de los esquemas {Schema} congénitos por vía filogenética. A menudo podemos observar que el esquema triunfa sobre el vivenciar individual. (Freud, S., 1918, p. 109) Compulsión trasluce el modo en que lo pulsional-ello se impone sobre el yo como coerción. Repetición {Wiederholen} designa un acto sintomático del yo que participa en toda transferencia, cual contrainvestidura que sustituye la representatividad genuina. Pone de manifiesto el enfrentamiento entre la insistencia pulsional que no puede hacerse entender, que no ha devenido representable, y la defensa que le opone el yo. Compulsión de repetición nos habla, entonces, de un desenlace de fuerzas siempre singular entre la necesidad que siente el ello de emplazar sus investiduras para cumplir sus aspiraciones eróticas y del fracaso de la satisfacción de esa necesidad.

Inferencias

En tanto la teoría de la represión se hubo tornado insuficiente, la compulsión de repetición sugería esconder un propósito que, al margen de inconsciente, se revelaba como indiscernible. Los enfermos “de destino” eran el ejemplo de dicha fatalidad.

La hipótesis de la compulsión de repetición puso en crisis a la primera tópica, pero también devino garante de su renovación.

En tal ámbito metafórico, las resistencias resultan defensoras de los intereses de cada instancia frente al asedio de los {Schema}. La huida del yo, el ataque del superyó y el reclutamiento del ello componen al individuum, campo de litigio de la especie.

Propiedades de la compulsión de repetición

La compulsión de repetición es uno de los factores de la psiquis menos esclarecidos. La intuición que llevó a Freud a caracterizarla como “demoníaca”, señaliza sus propiedades más destacables. Las mismas son: su ubicuidad, su capacidad de pasar inadvertida, y su poder. Lo impersonalizable, en suma.

En cuanto a su ubicuidad: participa en distinta medida en todo acto psíquico.

Su “invisibilidad” se debe a su marginación, distanciamiento y discriminación del Yo. Como sustituto denigrado de la represión, carece de la orientación que depende del principio placer-displacer, y desconoce la existencia del objeto. Dicha mutilación explica las sustituciones insólitas de las adicciones consecuentes a una frustración libidinal: la pérdida de un objeto de investidura sustituIdo; por ejemplo, por la ingesta de alcohol o sustancias.

Los alcances de su poder son inversamente proporcionales a la posibilidad de su descubrimiento: cuanto menos se la denota, mayor es su eficacia.

Aunque reconocida muchas veces por Freud en su función de causa, también se le aparece como efecto. Tal la compulsión de repetición como escena que se reproduce (caso Emmy Von N.) y que manifiesta el resultado siempre singular de cómo cada Yo se opone a la atracción de los arquetipos inconscientes.

Características

La compulsión de repetición es el componente universal de toda pulsión. Sus manifestaciones parecen reflejar el anhelo de retorno de lo pulsional al soma del que se ha desprendido y la tenacidad del querer alcanzar –subrogados del mismo– expresado por su perentoriedad.

Su empeño es transformar su rango virtual en rango real, cobrar forma perceptible.

Acciona imponiendo al vivenciar individual el esquema filogenético.

Se evidencia siempre como un desenlace; el resultado de las tensiones entre la necesidad del ello, el domeñamiento siempre parcial del yo y la inconsciencia de culpa y condena por parte del superyó.

Para la especie, representa garantía de continuidad.

Bibliografía

Freud S. (1886). Carta a Fliess n. 71.

———— (1893-1895). Estudios sobre la histeria, II. Historiales clínicos (Breuer y Freud), Breuer, J. y Freud, S., 2. Señora Emmy Von N. (40 años, de Livonia)”, Buenos Aires: Amorrortu.

———— (1896). Manuscrito K. O.C., Vol. II, Buenos Aires: Amorrortu.

———— (1914). Recordar, repetir, reelaborar, O.C., Vol. II, Buenos Aires: Amorrortu.

———— (1914). Recalling, remembering and working through (New advices on psychoanalysis technique), en The Standard Edition of the Complete Psychological Works of Sigmund Freud, Vol. 6, The Hogarth Press Ltd. The Institute of Psychoanalysis (Londres) y Angela Richards: Compulsion “to” repeat. J. Strachey, The Standard Edition.

———— (1918 [1914]). De la historia de una neurosis infantil, O.C., Vol. XVII, Buenos Aires, Amorrortu.

———— (1919). Lo ominoso. O.C., Vol. XVII, Buenos Aires, Amorrortu.

———— (1920). Mas allá del principio de placer. O.C., Vol. XVIII, Buenos Aires, Amorrortu.

———— (1923). El Yo y el Ello. O.C. Vol. XIX, Buenos Aires, Amorrortu.

———— (1923[22]). Observaciones sobre la teoría y práctica de la interpretación de los sueños. O.C., Vol. XIX, Buenos Aires, Amorrortu.

———— (1926). Inhibición, síntoma y angustia. O.C., Vol. XX, Buenos Aires, Amorrortu.

Giménez Noble, F. (1998). Repetir, volver a pasar por “Eso”. Coloquio Psicoanalítico, La peste de Tebas.

———— y cols. (1999). En Técnica psicoanalítica. Buenos Aires: Letra Viva.

———— (2000). “Entre el dolor y la muerte, la compulsión de repetición”. XXIII Congreso Latinoamericano de Psicoanálisis

———— (2006). Introducción de la compulsión de repetición, La peste de Tebas, Volumen XXXVI.

———— (2014). Compulsión de repetición, eXel Publishing.

Palabras clave

Repetición - Resistencia de lo inconsciente - Esquemas filogenéticos - Demoníaca.

13 Freud, S. (1905). El chiste y su relación con lo inconsciente, O.C., AE, Vol. VIII, p. 123.

14 Freud, S. (1914). Recordar, repetir, reelaborar, O.C., AE, Vol. XII, p. 152.

15 Freud, S. (1919). Lo ominoso, O.C., AE, Vol. XVII, p. 236.

16 Freud, S. (1919). Lo ominoso, O.C., AE, Vol. XVII, p. 238.

17 Freud, S. (1914). Recordar, repetir, reelaborar, O.C., AE, Vol. XII, p. 152.

18 No una representación en función de contrainvestidura (N. del A.)

19 Compulsión a la repetición.

20 Compulsión de repetición. Traducción directa del alemán en Amorrortu.

21 En apariencia, el concepto sufrió una serie de mutaciones que lo llevaron desde consignar una actitud del paciente en análisis hasta la descripción del modo en que el ello no cesa de imperar en el yo. En el trayecto aludió a una forma de ahorrar gasto psíquico, al silencio y a la viscosidad de la libido. Además de ser considerada un carácter de la vida orgánica, la compulsión de repetición resulta secreta protagonista en la reproducción del trauma. Develada su ubicuidad, dejará al descubierto tanto el lazo de sangre con lo demoníaco como su subversión a la ley del placer.

22 “Actually the original idea expresses a patient in analysis attitude, which appears as a consequence of treatment. This compulsion will conform an acting instead of thinking.”

23 Freud, S. (1919). Lo ominoso, O.C., AE, Vol. XVIII.

24 Cabe subrayar que lo que se instaura no es una “tendencia que obliga al Yo a repetir” sino una compulsión que el Yo reconoce en su insistencia, que –en suma– siente que se le vuelve a imponer displacenteramente. (N. del A.)

Capítulo 4
Punto de partida: la necesidad
de reelaboración
{Durcharbeiten}
LAS RESISTENCIAS DEL YO.
LAS RESISTENCIAS DEL ELLO.

“tras cancelar la resistencia yoica, es preciso superar todavía el poder de la compulsión de repetición...”25 “En cuanto a la cuarta clase, la [resistencia] del ello26, acabamos de hacerla responsable de la necesidad de reelaboración…”27

Indiscutible el lazo de sangre inaugurado doce años antes, cuando el paciente de Freud se recostaba y guardaba silencio.

“el médico había olvidado que nombrar la resistencia no puede producir su cese inmediato. Es preciso dar tiempo al enfermo para enfrascarse en la resistencia no consabida para él para reelaborarla {Durcharbeiten},28 vencerla prosiguiendo el trabajo en desafío a ella y obedeciendo a la regla analítica fundamental.”29

Nombrar la resistencia no afectaba más que al componente yoico de la resistencia, su revestimiento libidinal. En su entraña, la atracción del ello desafiaba el ensalmo de la palabra con la fuerza antigua del arquetipo trágico. Un Freud desconcertado y vacilante prefiere atribuirle la responsabilidad de este enfrentamiento decisivo al paciente, como si estuviera en manos del mismo (y no del analista) lidiar con aquello suyo/propio –pero al margen de su yo– “que lo puede”.

Ante la compulsión de repetición conviene reconocer que “nombrar la resistencia” no es un análogo de “interpretarla”. No es el caso del desalojo de una representación. No se trata de diagnosticar una contrainvestidura para “aflojar” la represión. Tampoco corresponde a un falso enlace ni una consecuencia del masoquismo. Al enfermo no hay nada que revelarle que él no sepa. Pero ¿por qué le pasa? Ante “el abismo, la grieta, entre el individuo real y el concepto de la especie [...] no puede hablarse, por cierto, de una herencia directa en el yo.” Pero “el ello no puede vivenciar o experimentar ningún destino exterior si no es por medio del yo”. Tal dificultad solamente puede superarse si el análisis es capaz de procurar al ello una forma de expresión más favorable para el yo. Y no es sino el yo mismo –al coparticipar a la compulsión de repetición en su defensa de las mociones pulsionales que lo amenazan, quien nos enseña el camino.

El asedio pulsional representa una amenaza para la coherencia del yo, el cual se ve obligado a transigir, permitiendo que la pulsión “intervenga” en el mecanismo de represión. Dicha maniobra, en que el yo le da cabida a la compulsión de repetición del ello inconsciente, inactiva el esforzar pulsional poniendo fin a su insistencia interminable. La vicisitud descripta involucra la fuga del yo y el daño sufrido por el ello, que resulta menoscabado. El cambio de estado sufrido por la pulsión al ser fijada hace que, en el caso de advenir a la conciencia, lo haga como representación de un objeto y adquiera la propiedad de ligarse y tramarle al yo sistemas de memoria –reconocedores, que ahorran esfuerzo al trabajo de elaboración psíquica (Green, 1996). La ligadura se solidariza a la fijación para acotar el caos y limitar la angustia al estado puro; “lo actual”. Paralelamente a ser desalojada de la conciencia, la moción pulsional experimenta un cambio de estado: en adelante “se hará entender” como representación de “algo” presente en el tiempo. Pareciera que lo que añora Freud bajo esa expectativa que llama reelaboración {Durcharbeiten} sería justamente este cambio de forma de lo pulsional a lo representacional, del impulso consumado en acción a la alternativa de diferirlo concibiéndole ligazones que “contribuyan a hablar” de la necesidad en juego. La anciana dama no podía hablar de “eso” que la endemoniaba; pero Freud pensaba que él podría haberle dicho “algo”, “capaz de impedirle esa repetición”.

La resistencia decisiva
PROPIEDADES DE LA COMPULSIÓN DE REPETICIÓN. LA CAUSALIDAD EN EL SUCEDER PSÍQUICO. DEL {DRANG} AL {ZWANG}; DE LOS {SCHEMA} A LOS ARQUETIPOS. ¿DE LA COMPULSIÓN DE REPETICIÓN A UNA PULSIÓN DE MUERTE?

La resistencia que Freud más tardó en descubrir fue la compulsión de repetición. Los psicoanalistas todos heredamos esa demora, la cual se debe a que la resistencia de lo inconsciente –como Freud la “rebautiza” en “Inhibición, síntoma y angustia”– debe su hegemonía en el aparato anímico a las propiedades que la ocultan. Su poder, su ubicuidad, su capacidad de pasar inadvertida y lo contingencial de resultar personalizable.

De la vida psíquica, el psicoanálisis ha revelado, aunque parcialmente, innumerables causas eficaces. Pero la explicación de cada una de ellas siempre encuentra un límite. Así, el determinismo etiológico es susceptible del desplazamiento de la significación de una representación a otra. La tramitación de la sexualidad infantil dependiendo de la disposición, el rigor de un ocasionamiento de la realidad externa versus la consolidación del yo, etcétera.

La causalidad es “comprendida” así, por medio de representaciones sustitutivas que cumplen con el rigor metapsicológico de ser defendidas desde los puntos de vista descriptivo, dinámico y económico que el psicoanálisis impone. Pero cuando las mismas “se agotan”, hay un último intento que la literatura psicoanalítica propone: la causa última es la pulsión de muerte.

¿Una pulsión “de muerte”? Vale tener en cuenta que el análisis del componente esencial de toda pulsión –y que es el aspecto funcional que la caracteriza– fue sistematizado dos veces: en un principio fue el {Drang} y en definitiva fue sustituido por el {Zwang}. Lo mismo ocurrió con las consecuencias epistemológicas de los {Schema}: en su sistematización definitiva, Freud apeló a la metáfora arquetipos. Y la obra freudiana ofrece otros muchos ejemplos.

La idea –entonces– de una especificidad pulsional cuya meta se desentienda de la alternativa activa-pasiva y se proponga con un fin que se confunde con un principio (Tánatos), quizá sea consecuencia de otro enfrentamiento más entre la concepción funcional de un acto psíquico y el término escogido para su lugar en la nosografía.

En consecuencia, resulta muy llamativa la dificultad que se presenta para discernir las propiedades que Freud le conjetura a la pulsión de muerte, con las que se desprenden de la hipótesis freudiana de la compulsión de repetición en su condición de pura resistencia del ello. Ambas contienen un anhelo de retorno y la tenacidad del querer alcanzar, ambas expresan la necesidad de mutar su rango virtual por una realización, ambas son expresión incoercible de lo arcaico, y ambas conducen a un desenlace producto de las tensiones entre la necesidad del ello, el domeñamiento siempre parcial del yo y la inconsciencia de culpa y condena por parte del superyó.

La responsable de la necesidad de reelaboración es la compulsión de repetición 30

La compulsión de repetición se le impuso a Freud a lo largo de todo su pensamiento. El desarrollo de la primera tópica consignó las primeras aproximaciones al concepto: su vinculación con el Edipo, la actitud del paciente en análisis, y la hipótesis de formar parte de toda pulsión.

El reposicionamiento teórico de la segunda tópica reclutó los apuntes preliminares para enfrentar el desafío de conjeturar una fuerza que impera en lo inconsciente con independencia absoluta del principio de placer-displacer y desentendida de la coherencia yoica. De esta segunda etapa de la construcción de la hipótesis contamos con apuntalamientos de “Mas allá del principio de placer”, la nota agregada al historial de Emmy Von N. en 1924, y la estatura conceptual definitiva que le otorga Freud en “Inhibición, síntoma y angustia” al considerar a la compulsión de repetición, la resistencia de lo inconsciente.31

25 Freud, S., Inhibición, síntoma y angustia (1926 [1925]), en O.C., Vol. XX, AE, p. 149.

26 Compulsión de repetición.

27 Freud, S., Inhibición, síntoma y angustia (1926 [1925]), en O.C., Vol. XX, AE, p. 150.

28 {Durcharbeiten} en el original alemán; Working-trough en la Standard Edition; Perlaboración en algunos textos franceses.

29 Freud, S. (1914). Recordar, repetir, reelaborar, O.C., Vol. XII, AE, p. 157.

30 Freud, S. (1925[1924]). Inhibición, síntoma y angustia, O.C., Vol. XX, AE, 1989, p. 150.

31 Giménez Noble, F., Compulsión de repetición, eXel Publishing (2014) recorre el camino freudiano invitando al lector a jerarquizar huellas más tenues –pero no menos firmes–, de la intuición de Freud en su descubrimiento de la compulsión de repetición. Intercambios epistolares e historiales tempranos, contribuyen a conjeturar las conexiones conceptuales a veces de apariencia diversa. También explora los contextos en que esta fuerza aparece ora como causa, ora como efecto, reconducible, en algún caso, a lo inconsciente y otras, en cambio, confundida con el destino.

Finalmente resume, como “reliquias de la hipótesis compulsión de repetición”, alternativas de la presentación clínica de este factor del alma.

Dicho libro, antecedente de éste, contiene sesiones desgrabadas, pasajes de sesión reconstruidas y viñetas clínicas; también síntesis de historiales, ejemplos todos que muestran la relación de la compulsión de repetición con los temas fundamentales del psicoanálisis. También explora la posibilidad de instrumentar el pensamiento analítico para comprender fenómenos sociales.

Capítulo 5
Una psiconeurosis de compulsión

(Viñeta clínica)

Paciente: –Ayer Ana me pone un mensajito. Ni le contesté. Más tarde la llamo, y en cuanto se me pone a hablar, yo me quiero ir. Ahora la corto más rápido. Antes, te acordás, con Melina, con Jillian, con…, bueno, siempre; eran años y yo seguía y seguía… ¡Si no quería estar! Para qué me quedaba. No sé por qué salgo con Ana; si ¡No me gusta!

En el ejemplo, las primeras palabras oídas por el analista adquieren una representación que le “habla” de la historia de P. y de los ocasionamientos que participaron en su complejo de castración. Escuchando a P., lo “ve” desprotegido, sin papá, “aprovechando” la desesperación de la madre para convertirse en su salvador y devenir así su falo. Piensa que P. se “engancha” con mujeres que no le gustan para crear un ámbito en el que pueda mantenerse intacta la necesidad insatisfecha de aprontar investiduras eróticas en la madre. Considera al odio y el resentimiento de P. hacia las mujeres en especial (y al mundo en general) una consecuencia de los maltratos y humillaciones que sufrió de su madre, los cuales habrían reforzado la desilusión de la aspiración incestuosa de –ya que el padre no estaba de por medio–, yacer con ella. Asocia etapas en que P. se ayuntaba con mujeres añosas, y otras temporadas en que, en sus sueños, cogía con la madre. Encuentra en los celos paranoides y la extremada rivalidad homosexual de P., el complemento suficiente para darle figuración acabada al complejo de representaciones que dan cuenta de una estructura edípica secundaria producto de fijaciones pulsionales y ligadura de las representaciones consecuentes que se puede reconocer, a partir de sus retornos, como un conjunto reprimido. Podría decirle algo de todo eso, por ejemplo: “En cada mujer buscás a tu madre. Si no te gusta, es la vieja mala que te da motivo para seguir vengándote. Si la hacés llorar, es la pobre vieja que te carga de culpa.” Pero una intervención así se asentaría sobre los elementos representables, transcurriendo por la periferia de la insistencia pulsional, “resbalando” a causa de la refractariedad de la misma, impotente de penetrar y trastornar esa fuerza. Como cuando se cruza un arroyuelo saltando de piedra en piedra. O se pueden afirmar mejor las piedras que dan apoyo, pero siempre habrá que seguir saltando, o se opta por agregar las piedras que nunca hubo para crear un camino menos lagunoso y un poco más seguro. Poner “piedras nuevas” sería la función del analista que, frente la compulsión de repetición –ese retorno incoercible de lo igual–, opta por implicarse en el proceso de reelaboración.

Paciente: No sé por qué salgo con Ana; ¡si no me gusta!

Analista: Por la misma razón que te ves conmigo, justamente porque no te gusto.

P.: … Pero yo vengo, y vengo…

A.: Sí, como una obligación que te imponés. Pero la relación conmigo no te gusta, la escondés. Nadie sabe que te analizás. Esto que decís; vengo y vengo, es verdad. Venís a vengarte de mí, porque no te gusto. Con Ana igual.

P.: Porque no me gusta.

A.: Estás porque no te gusta, así tenés motivo para estar mal, con bronca, las cosas de ella que no te caen bien. No se las decís. Conmigo también; me dejás hablar, me escuchás, yo puedo pensar que te analizo, pero de alguna manera…

P.: No creía en esto, pero puse toda la carne al asador. Los primeros años, no sé si te acordás, todos los días anotaba los sueños.

A.: Y cuando venías de Rosario, a ciento ochenta para llegar a horario… ¡Seguro! Lo que me habrás puteado.

P.: Ahora lo digo, ahora es mucho menos. Digo lo que no me gusta.

A.: Pero a la primera de cambio te agarra la bronca, acá, cuando tarda el ascensor o cualquier cosa, te agarra la bronca.

P.: Yo vivo con bronca. Qué me vas a decir ahora, vos lo sabés bien. Vos me lo decías hace muchos años, al principio, cuando te hablaba de mis padres… “No, P., vos los odiás a tus viejos.”

A.: Te pincho el globo, cómo no me vas a odiar.

P.: Yo vine porque la chica que había hecho ese curso con vos me dijo: “Estás lleno de odio. Tenés que ir con A., que es muy bueno.” Así que yo vine a ver a Freud. Por eso no quería saber nada de tu vida ni de vos como analista.

A.: Seguro que te decían: y ése ¿Quién es? ¿Quién lo conoce?

P: …

A.: Para que hagas lo que no te gusta, para que hagas eso en lo que no creés, tengo que ser Freud. Y como es imposible que sea Freud, esa frustración, en lugar de decirme: vos no sos Freud, y mandarte a mudar, te quedás pegado a mí. Con Ana, con todas las minas lo mismo.

P.: Me comporto como un chico, con miedo a la gente… ¡Qué falta de personalidad!

A.: Un chico con el pene mío metido adentro. El pene de Freud, el pene de tu madre.

P.: Tiene que ser… Debe ser, esa bronca que le tengo a mi madre, cuando me incendio.

A.: Llamas de odio por el amor frustrado. Tu calentura con ella que te da gato por liebre. Por más que vos le diste todo, como le decís cuando te “incendiás”.

P.: Pero yo me fui hace mucho.

A.: Vos hacés que ella esté siempre, en cada persona que elegís todos los días, para volver a sentirte incómodo y mal, y vivenciar el odio y castigarla infinitamente por no haberte querido. Ella quedó lejos y en el pasado, pero vos la acercás continuamente.

P.: Eso me ha llevado la vida.

A.: “Eso” te lleva la vida, pero sos vos el que no lo soltás a “eso”. Conmigo, por ejemplo, lo que llamás el “reloj de arena”, la vivencia de salir de cada sesión en que te dejaste llenar con las palabras mías que no te gustan. Pero en la medida que transcurre el día mis palabras se escurren, se te alejan, y así te ves obligado a venir a buscar más al día siguiente.

El fragmento clínico muestra el intento de expugnar el conjunto pulsional renuente a toda racionalidad, y rebelde al aprendizaje que “debieron haber dado” las experiencias con Jillian, Melina, y ahora Ana; minas que no le gustan. Las intervenciones buscan imponer una fijación que represente un rasgo de la relación con el analista. Si algo de esto lograra inscribirse, sería un punto a favor del principio de placer, apuntalable y ampliable cada nueva ligazón conseguida.

La reproducción infinita de la escena siempre involucra la indiferenciación entre víctima y victimario (Green, 1996). Ante ella, las transferencias del analista son, generalmente, de desaliento e impotencia. Representan el “precio” que el analista inconscientemente paga para defender, desde su lugar, la estereotipia de la repetición. Si, en cambio, el analista opta por convocar las investiduras retenidas en la compulsión de repetición y devenir objeto de investidura del paciente, la sexualización de su persona, puede dar paso a una vivencia persecutoria que lo amenazará.

Quizá algunas de las consideraciones planteadas sean necesarias, pero difícilmente suficientes si no se le atribuye a la palabra del analista una cualidad que le permita “hacer contacto” y movilizar la fuerza del ello en la transferencia. Ese residuo pulsional de la palabra es lo que da vida a los discursos mesiánicos de políticos y profetas: el arbitraje del padre muerto por la horda.

Así, caemos en la cuenta que no hemos dicho nada nuevo que no supiéramos antes. Quede como excusa el afán de entender un poco más las razones de Freud cuando nos manda a manejar la transferencia, esa realidad “otra” capaz de manejarnos a nosotros.

Capítulo 6
Resumen de la hipótesis freudiana compulsión de repetición {Wiederholenzwang}
Primera aparición del término

Al instrumentar el encuadre definitivo, el incumplimiento de la regla de la asociación libre induce al creador del psicoanálisis a formular cierta hipótesis referida al paciente, sobre una actitud homosexual que se presenta como resistencia. Las asociaciones del paciente, que debieran aproximarse a lo reprimido, fallan, pero él no se apercibe de ello. Freud denominó a esa actitud {Wiederholenzwang} y Etcheverry la traduce como compulsión de repetición. Este silencio resulta una categoría de resistencia diferente a las representaciones y sus destinos; distinta a la condensación en la inervación somática, y discernible de las representaciones que cumplen función de contrainvestidura en la defensa de las formaciones obsesivas. Se trata de “una actitud”, un acto; pura insistencia pulsional carente de la traducción que exprese su sentido. Tal la enseñanza. En cuanto a la prevención, “tenemos que estar preparados para que el analizado se entregue a la compulsión de repetir…” 32

El paciente de Freud “no habla” –“calla y afirma que no se le ocurre nada [...] uno comprende, al fin, que esta es su manera de recordar”–,33 víctima de la compulsión de repetición, del {Zwang} de su carta a Fliess de 1886,34 de esa leyenda de Edipo que “captura una compulsión que todo el mundo reconoce por haberse dado cuenta de su existencia en sí mismo”. De guardar discreción se trata, de mantener reserva acerca de los significados edípicos. Es que lo inconsciente amordaza. Según el doble sentido antitético de las palabras, en lo que está callado, silencioso (del latín silens) hay un grito (clamor).35

De esa compulsión de repetición de lo inconsciente reprimido se destacan, en un primer momento, su carácter de resistencia en estrecha vinculación con la transferencia y su contrapartida técnica: la reelaboración. Dado que el trabajo de reelaboración corresponde al paciente, esta resistencia de lo reprimido contiene una contradicción: no es interpretable. A cambio, señaliza el camino para la investigación de un destino pulsional tan habitual como poco advertido hasta entonces; el {Agieren} o actuar repetitivo.

La reelaboración {Durcharbeiten}, por su parte, se convertiría nada menos que en la marca registrada del psicoanálisis: “la pieza del trabajo [...] que distingue al tratamiento analítico de todo influjo sugestivo”.36 En las compulsiones de los obsesivos se advertía bien la tenacidad de las resistencias. En la obsesión, el complejo de Edipo invertido se imponía al vivenciar individual.37 Pero el psicoanálisis no estaba aún en condiciones de probar que lo que tan automáticamente defendían esas reiteraciones rituales era una aspiración edípica.38

Compulsión de repetición describe la necesidad pulsional que le impone al yo el esquema edípico. La repetición es el síntoma de ese avatar. El silencio, el olvido, el impulso irrefrenable, la regresión, el poder de la mítica pulsión ascencional, todo hablaba de lo mismo: desde lo inconsciente, un poder ordena los acontecimientos.

El fracaso con la anciana dama y su extravío en el Trastévere hicieron presente, en la conciencia de Freud, la compulsión de repetición. El contacto se había hecho a través del sentimiento de desvalimiento ya que, como hemos señalado antes, se siente “como ominoso justamente aquello capaz de recordar a la compulsión interior de repetición”.39

La definición más completa en el marco
de la primera tópica

La compulsión de repetición impera en lo inconsciente, “depende [...] de la naturaleza más íntima de las pulsiones; [...] [su] poder [...] doblega al principio de placer, confiere carácter demoníaco a ciertos aspectos de la vida anímica, se exterioriza [...] con mucha nitidez en las aspiraciones del niño pequeño y gobierna el psicoanálisis de los neuróticos en una parte de su decurso40. [El texto entre corchetes es mío].

“Es sólo el factor de la repetición no deliberada, lo que vuelve ominoso algo en sí mismo inofensivo y nos impone la idea de lo fatal, inevitable, donde –de ordinario– sólo habríamos hablado de ‘casualidad’” 41 (Nótese que el término inevitable deviene nexo entre la compulsión de repetición y lo ominoso). Explorar lo ominoso depara un descubrimiento que “Pulsión y destinos de pulsión” no había revelado: la actividad psíquica inconsciente está dominada por un automatismo o impulso de repetición {repetición compulsiva} “inherente, con toda probabilidad a la esencia (el destacado es mío) misma de las pulsiones, provisto de poderío suficiente para sobreponerse al principio de placer; un impulso que confiere a ciertas manifestaciones de la vida anímica un carácter demoníaco que se manifiesta con mucha nitidez en la tendencias del niño pequeño y que domina parte del curso que sigue el psicoanálisis del neurótico.” 42

La hegemonía del recuerdo anunciaba su fin. El olvido había fracasado en su papel curador; la represión no evitaba el sufrimiento y emplazaba a Freud a dar una explicación acerca de la reproducción que se conquistan “vivencias en todo sentido penosas del período sexual de la primera infancia”.43 La reaparición de vivencias displacenteras delataba el excesivo papel que, en la teoría de la represión, Freud le había permitido cobrar al principio de placer.

El carácter demoníaco designaría el grado de expropiación que es capaz de sufrir el yo ante el poder del ello. Lo sexual demoníaco es el servicio que el yo le hace a sus muertos al precio de su propia insatisfacción.

La compulsión que gobierna el análisis de los neuróticos durante una parte de su decurso no es otra que la que se ha puesto a favor del yo y de sus resistencias. En otras palabras; la represión le presta forma como transferencia de las representaciones-retornantes (padre del complejo de representaciones edípicas reprimidas). De cuño yoico, la forma de esta transferencia es mutable: la resistencia de represión disminuye en pos del incremento de la resistencia de transferencia, de idéntica naturaleza, pero más compleja, ya que, al establecer un vínculo con la situación analítica, reanima como actual (repetición), una represión que meramente debía ser recordada (representada): transferencia “actual” sobre la persona del analista (padre de la tragedia edípica). Analista mediante, la transferencia insiste en hacer comprensible lo incomprendido, formalizable a lo informe; tornar, en suma, palabra a la pulsión. En “Lo ominoso” ya citado, el calificativo de interior en cuanto a la compulsión de repetición sugiere que Freud ya estaba discriminando esta compulsión de repetición, reconociéndola más próxima a la función de causa, de la compulsión de repetición como exteriorización forzosa, vale decir, efecto de lo reprimido.

La definición última

“Tras cancelar la resistencia yoica, es preciso superar todavía el poder de la compulsión de repetición, la atracción de los arquetipos inconscientes sobre el proceso pulsional reprimido; y nada habría que objetar si se quisiese designar ese factor como resistencia de lo inconsciente.”44

La aclaración de Freud en “Inhibición, síntoma y angustia” vuelve nuestra atención sobre las represiones: “El factor fijador de la pulsión a la represión es la compulsión de repetición del ello inconsciente.”45 Se cae en la cuenta que este componente del ello ha estado activo desde la fundación misma de lo psíquico: en su organización, el yo inconsciente ha varado al ello en la fijación de las pulsiones. “Lo reprimido […] no es más que una parte del ello.”46 Las resistencias, cuyo continente yoico cumple la función dinámica de defender al yo del asedio de mociones pulsionales, son firmes hacia fuera y hacia el porvenir, pero expugnables desde adentro, desde un pasado actualizado en su fijación. Las “mociones que no pueden más que obedecer a la compulsión de repetición” son las que intervienen en los procesos de fijación reforzando las represiones, mientras que, otros contingentes pulsionales –dispensados de participar en los retornos de lo reprimido–, no es que no obedezcan, sino que los mismos no son tan “evidentes”. Deben considerarse “indetectables” hasta encontrar expresión impersonal en circunstancias generalmente aciagas; el avatar criminoso o el castigo ineludible.

32 S. Freud (1914): Recordar, repetir y reelaborar (Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, II, O.C., Vol. XII, AE, 1989, p.153.

33 S. Freud (1914). Recordar, repetir y reelaborar. Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, II, O.C., Vol. XII, op. cit., p. 152.

34 S. Freud (1886). Cartas a Fliess, O.C., Vol. I, AE, 2006, carta 71, p. 307.

35 S. Freud (1910): El sentido antitético de las palabras primitivas, O.C., Vol. XI, AE, 1989, p. 149.

36 S. Freud (1914). Recordar, repetir y reelaborar. Nuevos consejos sobre la técnica del psicoanálisis, II, O.C., Vol. XII, AE, 1989, p. 157.

37 S. Freud (1918[1914]): De la historia de una neurosis infantil, O.C., Vol. XVII, AE, 1989, p. 109.

38 S. Freud (1918[1914]): De la historia de una neurosis infantil, O.C., Vol. XVII, AE, 1989, p. 109.

39 S. Freud (1919): Lo ominoso, O.C., Vol. XVII, AE, 1989, p. 238.

40 Ibidem.

41 S. Freud (1919): Lo ominoso, O.C., Vol. XVII, AE, 1989, p. 237.

42 S. Freud (1919): Lo ominoso, O.C., Vol. XVII, AE, 1989, p. 238.

43 S. Freud (1923[1922]): Observaciones sobre la teoría y la práctica de la interpretación de los sueños, O.C., Vol. XIX, AE, 1979, p. 119.

44 S. Freud (1926): Inhibición, síntoma y angustia, O.C., Vol. XX, AE, 1989, p. 149

45 S. Freud (1926): Inhibición, síntoma y angustia, O.C., Vol. XX, AE, 1989, Apéndice A. «Represión» y «defensa».

46 S. Freud (1923): El yo y el ello, O.C., Vol. XIX, AE, 1979.

Capítulo 7
La resistencia de las profundidades del alma
ESQUEMAS FILOGENÉTICOS. RESISTENCIA DE LO INCONSCIENTE. LO DEMONÍACO. REPETICIÓN.

(Entrevista de la Revista Moción, Año 2001. Fragmento)

“Moción: Siendo el psicoanálisis, el análisis de las resistencias, ¿cómo actúan las resistencias en el transcurso de una sesión?

Giménez Noble: Las resistencias están para impedirle –a la conciencia–, tomar contacto con lo reprimido, que debe permanecer ajeno a ella. En ese sentido, velan, a la conciencia (la restringen) y velan por ella (la protegen). Como dice Freud, los psicóticos hacen realidad lo que la neurosis apenas nos permite soñar. Se evidencia, así, no solamente la limitación psíquica –que las resistencias producen–, sino también, el papel estructurante que cumplen.

El dispositivo analítico –la sesión, en suma–, es producto de la exquisita intuición de Freud. La naturaleza de dicho ámbito produce los efectos necesarios para que la enfermedad sea asequible al análisis. La privación perceptual y motora obliga a las investiduras a acumularse en torno a las escasas ideas permeables a la conciencia. Se incrementa, así, la cualidad alucinatoria de dichos pensamientos: la transferencia. Con los afectos sucede otro tanto: también se ven aumentados: transferencia sobre la persona del analista. El rigor cronológico que la consciencia acostumbra imponerle a la memoria es desbaratado por la obediencia a la asociación libre. La misma resulta una versión dinámica del recordado “esquema del peine” del que se vale Freud –en la “Psicología de los Procesos Oníricos” de la {Traumdeutung}– para figurar los sistemas de almacenamiento mnémico. Así, el encuadre “arrasa” la pretensión temporal. Animado por estas facilitaciones, lo inconsciente manifiesta su pujanza. El yo, por su parte, se defiende a tomar contacto con lo reprimido, incrementando sus resistencias.

M.: Para no sufrir...

G.N.: Para no sufrir, pero –principalmente, creo– para asegurar la coherencia de su estructura. Las resistencias son un límite (en el sentido de impedimento) que –paradojalmente– protege al yo de asumir sus límites (en el sentido de impotencia). De ser relevadas, dejarían lugar a la conciencia de castración, lo cual impediría que la imagen de poder fálico del yo siga sosteniéndose a expensas de un basamento predominantemente narcisista.

M.: El análisis de una psiconeurosis resulta, en suma, el análisis del narcisismo... ¿Cómo se relaciona ésto con las resistencias? ¿Por qué las hay de diferentes clases?

G.N.: Es obvio que –por diferente que sea la modalidad de presentación de las resistencias, todas cumplen con una última única función. Si alguien justifica su modo de ser, es la defensa de esos rasgos de carácter lo que asegura su identidad. Es como ese conocido chiste del hombre que, antes de casarse, le informa a la futura esposa las actividades personales que despliega y piensa seguir cumpliendo –a pesar del matrimonio–, cada noche de la semana. “El lunes por la noche, juego tennis, el martes, happy hour con los muchachos de la oficina, el miércoles, noche de póker...”

M.: Y la novia dice: “Y yo te aviso que los jueves por la noche, en nuestra casa, se hace el amor. ¡Estés, o no estés!”

G.N.: ¿Te das cuenta? Describíamos una de las resistencias del yo, los rasgos de carácter o beneficio secundario, y a través de la asociación con el chiste surge claramente la finalidad narcisista. Si pensamos en otra de las resistencias del yo, la de represión –destinada a bloquear una laguna mnémica–, tampoco logramos acceder al objeto. Y cuando la inconducente vía del recuerdo es subrogada por conductas, reacciones, ocurrencias de pensamiento, malestar, alteraciones somáticas, aburrimiento, impaciencia, modificaciones del talante, todas ellas referidas al analista, es decir, cuando la neurosis es transferida sobre su persona, es durante dicha reanimación cuando estamos en las mejores condiciones para asegurar que esta resistencia de transferencia preserva de la incertidumbre que siempre depara el objeto.

M.: Hasta aquí, las resistencias del yo.

G.N.: Claro. Las que “fueron presentables en sociedad”.

M.: A ver...

G.N.: Quiero decir, las que el yo puede reconocer. Partes proscriptas, exiliadas u “obyectalizadas” que, de serles señaladas por el analista, tarde o temprano podrán resultarle consabidas.

M.: El análisis de un sueño, que conduce a un recuerdo, se emplaza la huella mnémica; es como si se recuperara algo extraviado.

G.N.: Exactamente. Análisis de las representaciones, de los retornos de lo reprimido por el yo, orientado por el principio de placer. Análisis finito, en suma. Análisis en el que el Diablo se aclara la garganta; todavía, ni siquiera ha empezado a cantar. Los analistas y las instituciones hemos creado una vasta fuente de recursos para evitar este enfrentamiento. Todos tienen en común una sola preocupación.

M.: Evitar que el análisis se desarrolle.

G.N.: Que no llegue a las profundidades. En general, resulta de una convención inconsciente entre paciente y analista. Tiene fachada de “alta” o de “didáctico”, de reacción terapéutica negativa, o de ideología institucional. La letra chica de un contrato que ninguno de los dos está capacitado para leer.

M.: ¿Decís que los análisis de corta duración son una especie de... huida?

G.N.: Una represión. Sí. La represión es un intento de huida.

M.: Me parece que muchos no estarían de acuerdo...

G.N.: Porque no se analizan. El otro día me encontré con mi primera analista. Yo estaba con Gustavo Dupuy, y después le conté a él, recuerdos de ese análisis. Me vinieron a la memoria las interpretaciones, el rigor técnico, todo. Mi amigo comentó que esa psicóloga había sembrado muy bien, porque desde ese entonces (y él lo sabe) –hace más de treinta años–, mi análisis ha constituido la sustentación más constante y segura que he tenido.

M.: Antes hablabas del Diablo.

G.N.: Es la representación que eligió Freud para caracterizar a la compulsión de repetición. La representación demonio le sirvió en muchos momentos como ejemplo de acciones como el engaño, la traición, la dominación. Aunque la única vez que en su obra aparece como adjetivo, es para calificar a esa resistencia. Freud dice: “Hacemos la experiencia de que el yo sigue hallando dificultades para deshacer las represiones, aunque se formó el designio de resignar sus resistencias, y llamamos “reelaboración” {Durcharbeiten} a la fase de trabajoso empeño que sigue a ese loable designio. [...] Tras cancelar la resistencia yoica, es preciso superar, todavía, el poder de la compulsión de repetición, la atracción de los arquetipos inconscientes sobre el proceso pulsional reprimido; [...] la resistencia de lo inconsciente.” La página 149 del tomo XX fue escrita en julio de 1925: Freud había aceptado que el modelo de la neurosis era insuficiente para dar cuenta de los fenómenos clínicos. Y estaba barajando para dar de nuevo.

M.: En los Seminarios del Instituto de Psicoanálisis, vos dabas un ejemplo para figurar esa frase.

G.N.: Una forma metapsicológica de pensarlo, un modelo de funcionamiento. Asimilamos las resistencias del yo a tres diferentes clases de limaduras de hierro: más grandes o más afiladas, etc. Tres grupos diferentes, del mismo “material yoico”: hierro. Las arrojamos al azar sobre una mesa. En este acto, el azar suplanta lo accidental, el origen traumático de las resistencias. Debajo de la mesa hay un poderoso imán, llamémosle arquetipo reprimido, una especie de matriz del más allá, al margen del yo. Lo descripto contiene un poder dinámico: la atracción, vehiculizada por un factor económico: la compulsión de repetición del ello inconsciente. Así, la resistencia de lo inconsciente, avasalla las posiciones que hayan adoptado las resistencias del yo.

M.: Cuando arrojás las limaduras de hierro, las tires como las tires, siempre van a adoptar la misma forma... ¿Eso es lo que denominamos repetición?

G.N.: La transferencia, los rasgos de carácter y las represiones son revestimientos que modulan el poder de la compulsión de repetición. Estos conjuntos ligados consienten la interasociación y los desplazamientos. Pero en el núcleo mismo de lo inconsciente, lo que resiste es instinto puro, pulsión anobjetalizable, pujanza irrestricta, tendencia a la descarga. Dicho componente pulsional, la compulsión de repetición, sirve de “motor”, alimenta los retornos. Pero permanece inasociado de los conjuntos que moviliza. Como vos decías recién: si miramos a las limaduras según su textura, grosor, etcétera, percibimos tal resistencia del yo. Si atendemos a la estereotipia más o menos parecida con la que se ordena, reconocemos una repetición, que –por otra parte–, nunca es exactamente igual. Cuando Freud consigna que la compulsión de repetición gobierna el análisis de los neuróticos en una parte de su decurso, no está diciendo otra cosa. Se muestra a través de las máscaras del yo.

M.: ¿Y una vez analizadas las resistencias?

G.N.: Despojada de sus revestimientos formes, se revela como impersonalizable, proviene del ello inconsciente, y su poder se evidencia como imposible de domeñar.

La otra resistencia extra yoica, alude a la desinformación que el yo padece de sus crímenes. Esta inconsciencia de culpa es sustituida por avatares externos que perjudican al sujeto. En estos casos –y como relata Kafka excepcionalmente en “El proceso” o en “La colonia penitenciaria”– la responsabilidad no se consigue reconducir al yo: el hilo de Ariadna se ha cortado. Los padres desexualizados del superyó devienen destino.

Esta necesidad de castigo por la culpa edípica, también se consuma a fuerza de compulsión de repetición. Los {Schema} filogenéticos –parricidio, incesto, etcétera– encuentran, a través de la resistencia del superyó, buena oportunidad de hacer actual su poder ordenador.

M.: De acuerdo a lo que explicás, ¿Cuándo un paciente estaría en condiciones de ser dado de alta?

G.N.: Bueno, el alta es una resistencia...

M.: ¿Lo pensás así?

G.N.: Cumple con la definición que dio Freud, ¿no? Resistencia es todo lo que se opone al análisis.

M.: Se podría objetar que no va a estar uno en análisis toda la vida...

G.N.: Bueno, depende... Uno trata de cuidarse, durante toda la vida. ¿Acaso no leés todo lo que podés, estudiás, etcétera? ¿Qué tendría de particular usufructuar el análisis como una función erótica más? Ahora, bien: desde el punto de vista teórico, los analistas que asumimos el cambio de paradigma…

M.: ¿A qué te referís?

G.N.: A la remodelación conceptual a partir de “Lo ominoso” y de “Más allá del principio de placer”. Te decía que, si aceptás que el modelo de la neurosis se le torna a Freud insuficiente para dar cuenta de los fenómenos clínicos, no te queda otra que asomarte con él a los horrores de la humanidad. A partir de 1920 dejás de verlo trabajar en su consultorio para dedicarse a hacer los deberes con nosotros. Nos explica que el mentado Oedipus complex no es más que un complejo de ¡ideas!; una mera contrainvestidura, la losa de la sepultura. Quien se atreva a levantarla devendrá protagonista de una tragedia. Perseguido por el instinto, la culpa lacerará su carne; porque en los Dominios Mas Allá de la Palabra, lo sexual siempre está manchado de sangre. Y un pequeño detalle: en esa clase de avatares, las pretendidas identidades yoicas paciente y analista, como pasaporte, no son válidas. Lo que te saca vivo de cada una de esas sesiones, es tu fe, el amor por la verdad: tu análisis. Análisis del ello, análisis interminable. Así, interminable, es como sentimos la vida mientras la vivimos.

M.: ¿Qué relación hay entre repetición y compulsión? ¿Y por qué compulsión de repetición?

G.N.: Lo importante del término es la presión pulsional inherente a la compulsión. Compulsión es lo que insiste, compulsión que… repite, indica, detecta el yo. La repetición es un indicio yoico en términos espaciales (identidad de percepción) y temporales (el reconocimiento de lo que ya sucedió otra vez). Es un patrimonio humano heredado de lo biológico47 y refleja una propiedad conservadora. Como si la naturaleza “impusiera” cierto ordenamiento48 y lo hiciera notar. Cuando yo era chico, veía que mi padre y mi abuelo materno, no perdían ocasión de pelearse. En Nochebuena, Año Nuevo, siempre se armaban despelotes. Yo no sabía por qué, pero estaba convencido de que eso iba a pasar.

M.: Por los celos…

G.N.: Seguramente, pero lo que quiero decir es que eso que mi consciencia 49 registraba en esas oportunidades, lo reconocía como un doblaje o conjunto de elementos de mi memoria: papá, abuelo, discusión, etcétera. Entonces, repetición alude a un acto psíquico del yo y testimonia la defensa ante el asedio pulsional. Compulsión, en cambio, proviene de la virtualidad del término pulsión. La compulsión no entraña intencionalidad alguna. No puede. No tiene cómo señalizar un destino. Su necesidad es solamente tender a la descarga.

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Дата выхода на Литрес:
22 октября 2025
Объем:
212 стр. 5 иллюстраций
ISBN:
9789878362366
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