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FEDERICO SANNA BAROLI

En Búsqueda de las Sombras


Sanna Baroli, Federico

En búsqueda de las sombras / Federico Sanna Baroli. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Autores de Argentina, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-87-1729-6

1. Narrativa Argentina. 2. Novelas. I. Título.

CDD A863

EDITORIAL AUTORES DE ARGENTINA

www.autoresdeargentina.com

info@autoresdeargentina.com

Queda hecho el depósito que establece la LEY 11.723

Impreso en Argentina – Printed in Argentina

Al mundo, que es hermoso, que es una porquería.

Recuerdan los muertos a los vivos, olvidan los vivos a los muertos. Falsa dicotomía, de razón imbuida, que no ha de volver a ser, que quizás nunca fue. Es necesaria la memoria, aunque no siempre sea historia. Si las verdades no han de ser, sus sombras quizás podamos ver.

Santa Julia, 5 de febrero de 2010

Juan se levantaba todas las mañanas a las siete, era el primero de los trabajadores en hacerlo. No le gustaba tener que trabajar catorce días corridos, pero el sueldo era notoriamente más alto de lo que había ganado en toda su vida. Es más, con un par de meses de sueldo bien podía equiparar el total de sus ganancias en los cuatro años que trabajó como peón rural en la estancia “La Milagrosa”. Le gustaba levantarse temprano para ver asomar el sol tras los picos de la cordillera, un espectáculo que no se perdía. Eran los primeros días del mes de febrero, a las seis empezaba a aclarar, pero el sol demoraba una hora en dar en el campamento.

Santa Julia estaba ubicada a tres mil quinientos metros sobre el nivel del mar, éramos alrededor de diez trabajadores explorando la vieja mina. Había sido una de las más importantes de su época, en la década del 60 llegó a ser la más grande del país en extracción de oro y plata. Algunas décadas después, fue abandonada por haberse agotado el mineral en las vetas del cerro. Sin embargo, los modernos métodos de explotación reavivaron el interés en la mina, los geólogos estaban convencidos de que la concentración del mineral era lo suficientemente buena para poder reactivar Santa Julia.

Juan se levantaba temprano, iba al baño, se limpiaba la cara, y se sentaba en el alto del campamento a esperar el sol. La Jornada para el resto comenzaba a las ocho, cada uno sabía muy bien cuáles eran las tareas asignadas. Un par de semanas atrás, antes de su última bajada al pueblo, Juan me había dicho que estaba pensando en irse a vivir con Mariana, llevaban tres años de novios y ambos estaban convencidos de que querían pasar juntos mucho más tiempo. La vida para un trabajador minero no era fácil, catorce días aislado entre la inmensidad de las montañas, lejos de la familia, de los amigos, de las diversiones. Juan sabía que Mariana no estaba de acuerdo con su decisión de trabajar para la nueva empresa “Esumen Gold S.A.”. Creía que, si se iban a vivir juntos, podría pasar más tiempo con ella y evitaría las recriminaciones por sus prolongadas ausencias.

Santa Julia se ubicaba a noventa kilómetros del pueblo más cercano. Por el estado del camino y sus dificultades, eran más de cuatro horas de viaje. Esumen lo había reparado, se encontraba mucho mejor que en los años de abandono, de igual manera siempre fue (y es) un camino que no permite distracciones.

Mariana era bióloga, se había recibido hacía poco más de un año, estaba trabajando en el área protegida El humedal; luego de terminar sus estudios, decidió volver al pueblo, rápidamente consiguió ser contratada. Era una aficionada por el montañismo, deporte que practicaba desde muy chica, en el que se había iniciado gracias a su padre, Héctor. Dos años antes había fundado una multisectorial que se oponía a la construcción de la represa “Los Piuquenes”, el embalse era un proyecto histórico de la provincia y parecía estar cada vez más cerca de su concreción. Los Piuquenes proyectaba una capacidad de almacenamiento que le permitiría al resto de la provincia sobrellevar sin problemas las temporadas de sequía. La represa tenía una superficie inundable de cinco mil hectáreas, pero lo más preocupante para los asambleístas era el lugar exacto que llenaría de agua ese embalse.

Juan no tenía ningún título universitario, tampoco había tenido la posibilidad de elegir, aunque siempre decía que el estudio nunca le atrajo demasiado, había sido criado por sus tías, Carmen y Rosa. Su vida siempre había transcurrido en el pueblo de Los Algarrobos, su historia familiar era conocida por todos y le había significado un peso difícil de superar. Era el único hijo de un matrimonio de ingenieros, Antonio y Teresita, que habían llegado a Los Algarrobos en los años 80 para trabajar en la mina de Santa Julia. Por aquellos años, ya estaba en la etapa final de su explotación, sin embargo, sus dueños anteriores no se resignaron con facilidad, buscaron exprimirle hasta el último gramo de oro. Por ello fue que contrataron a dos prestigiosos ingenieros, de igual manera el proyecto se vio trunco. Finalmente, Santa Julia cerró sus puertas un 24 de abril de 1988, cuando Juan tenía solo un año.

Carmen y Rosa se habían hecho cargo de él. Las dos vivían en la capital, a más de trescientos kilómetros de Los Algarrobos; cuando tuvieron que asumir los cuidados de Juan, no les quedó otra opción que usar la casa de su hermana, Teresita. Carmen era artesana, Rosa era médica, habían vivido juntas toda su vida, los cuidados de su sobrino parecieron condenarlas a seguir haciéndolo por la eternidad. En el centro de la ciudad alquilaban un pequeño departamento, nada lujoso, pero lo suficientemente amplio, la situación económica les estaba poniendo cada vez más complicado el pago de los alquileres. El día que recibieron la noticia, supieron perfectamente que, si tenían que hacerse cargo de los gastos que un niño implicaba, no podrían seguir afrontando el pago del alquiler. Estuvieron de acuerdo en que lo mejor era mudarse a la casa que había dejado su hermana.

Yo estaba agotado, a punto de irme a acostar, cuando Juan se acercó y me pidió que charláramos un rato:

–Che, muy pronto empezarán a construir Los Piuquenes–dijo Juan.

–La verdad que no tenía idea, pensé que la obra iba a estar más demorada por falta de fondos –le respondí sin darle demasiada importancia.

–Ya es casi seguro, Mariana estaba muy preocupada por ese tema y habían buscado un abogado porque decían no sé qué cosas, de la audiencia pública y unas giladas así.

–Bueno, igual viste cómo es esto, por más que le metan abogado o lo que sea, cuando algo se decide, se decide. No hay mucha vuelta que darle. ¿Cuál es el problema que tiene Mariana con esa obra?

–Sí, es como vos decís, pero Mariana está muy metida con esto, no acepta que nos tengamos que ir del pueblo. Yo ya le he dicho que es un hecho, este pueblo no tiene mucha vida, y cada vez queda menos gente. Igual ella no cede en su posición.

–Creo que quedaban dos mil personas no más, además ya no hay ni tierras cultivadas, se ha perdido gran parte de la producción, hace tiempo que acá no hay oportunidades.

–Sí, eso es lo que le digo a Mariana. Yo no sé bien que tienen en mente con su grupo, pero cuando no hay opciones, no hay opciones. Según dicen, la construcción va a llevar cinco años, en cuatro nos estarían reubicando.

–Eso había escuchado, van a otorgar una vivienda a cada familia, y a los productores les darán hectáreas cerca de la ciudad, o sea, nadie sale perdiendo.

–Es lo mismo que le digo a Mariana, y ella me viene con su discurso de la defensa de los territorios, de que el embalse tampoco es viable en esta zona para almacenar el agua, de que con los diques que hay aguas abajo es suficiente. En fin, tiene sus argumentos, no digo que no, pero cuando una decisión está tomada ya no hay vuelta atrás.

–Sí, no hay más vuelta que darle, llevo años acá y sé cómo es esto. Además, este pueblo ya no tiene futuro.

Santa Julia, 4 de agosto de 1986

Don Sánchez estaba parado en la puerta de la sala de reuniones esperando a los nuevos ingenieros. Le habían comentado que vendrían junto con un grupo de geólogos a explorar los alrededores de Santa Julia, en búsqueda de exprimir hasta el último gramo de oro. Antonio venía con una camisa a cuadros prolijamente colocada dentro de su pantalón, un jean azul y unas zapatillas marrones. Debe haber tenido alrededor de treinta años, pero aparentaba tener unos cuantos más que yo, y eso que yo ya estaba llegando a los cuarenta. Teresita, en cambio, parecía mucho más joven, tenía una ropa similar a la de su marido, lo cual no era llamativo, ya que los ingenieros suelen vestirse todos en forma bastante parecida, aún no se le notaba su embarazo. Yo trabajaba en Santa Julia desde el año 76, había ingresado cuando los militares tomaron el poder. Mi tío era amigo de varios altos mandos del Ejército, él logró conseguirme un puesto como inspector general de la mina. Según me contaron, el inspector que trabajaba antes era de la Juventud Peronista, incluso había utilizado varios puntos del camino a Santa Julia como lugar de reuniones clandestinas durante abril del año 76.

Cuando el Ejército se enteró de ello, se lo comunicaron directamente a la compañía que explotaba Santa Julia, mi tío logró intervenir en el momento justo. Sabiendo de mi situación laboral y del salario que cobraba un inspector en Santa Julia, él pidió estar presente en la reunión que iban a tener con Eduardo Sarrinda, gerente general de la compañía. Sarrinda entendió bien el mensaje: no podía seguir teniendo subversivos entre el personal, menos aún un empleado jerárquico. Le costó un poco más comprender que el reemplazo de José Segovia no iba a decidirlo él. Durante la reunión no pudieron convencerlo, le pidieron que lo pensara y se tomara unos días para darles la respuesta. Luego de recibir algunos llamados, Sarrinda finalmente cedió. Así fue como logré ingresar a Santa Julia.

Al poco tiempo de conocer a Antonio nos hicimos buenos amigos, pasábamos juntos gran parte del día, pero lo mejor era cuando bajábamos al pueblo y nos quedábamos tomando en la vereda de su casa. Teresita solía acompañarnos, era una mujer sumamente inteligente y perceptiva, se daba cuenta de que yo no era cualquier inspector minero. Durante diez años de trabajo en Santa Julia había tenido que hacer todo tipo de labores. Ingresé a la mina en el mes de mayo del año 76, la situación en el país era muy delicada, tuve que hacerme cargo de muchas tareas. En fin, yo lo conocí a Juan desde que estaba en la panza de su madre.

Teresita había comenzado a trabajar estando embarazada; sin embargo, se lo había ocultado a todos, inclusive al propio Sarrinda, tenía sus motivos para hacerlo. Una mujer embarazada difícilmente iba a ser tomada. De hecho, si me lo preguntaban a mí, yo les iba a ser claro: tarde o temprano se vuelve un problema para el trabajo. Ellos me caían muy bien, eran un matrimonio de personas aplicadas, Antonio era más respetuoso que Teresita, entendía que en realidad jugaban con esos roles. Nunca pensé que su paso por Santa Julia sería tan efímero, realmente creí que sabrían ocupar bien su lugar.

HUELLAS

Huellas del ayer, escenas del mañana. ¿Te acordás de la primera vez? La lluvia caía tras la ventana. ¿Dónde estarán esas caricias? El temporal las ha borrado. Las puertas se cierran, las ventanas se abren. Las cortinas se encienden, las lámparas se desprenden. Se esfuman los olores, se desvanecen los colores. Asoman tímidos los brotes, aún quieren crecer en tiempos del ayer.

Los Algarrobos, 6 de febrero de 2010

Aquel día había bajado de la mina, a las cinco de la tarde ya estaba en mi casa, mis tías siempre me esperaban con abundante comida en la heladera. Les había explicado que arriba no nos faltaban alimentos, e igual ellas se esmeraban en hacer todo tipo de platos. Don Vicente nos dio un día de descanso extra, era un inspector bastante generoso y tenía años de experiencia en el trabajo. Él había sido el único empleado que resistió luego de que cerrasen la mina, e incluso persistió al cambio de compañía.

Don Vicente solía presumir que todos los secretos de Santa Julia habían pasado por sus ojos, desde que trabajaba allí en el año 76, ningún detalle se le había escapado. Era un hombre muy educado, tendría unos sesenta años en aquel entonces, pero con más vitalidad que alguien de veinte. En lo único que yo le ganaba, era en levantarme más temprano para ver el amanecer, me encantaba poder ver el sol asomando tras los picos de la cordillera, siempre decía que algún día subiría esos cerros, aunque Mariana no me creía demasiado.

La tía Rosa me sirvió la comida, la llevé rápidamente a la boca, ganas no me faltaban. Es cierto, si bien en la mina nos alimentaban bien, la calidad no era la misma, además la tía Rosa tenía una mano especial para la cocina. Siempre decía que hubiera ganado más como gastronómica que como médica, pero realmente el pueblo no tenía demasiado lugar para comida gourmet. La tía Carmen no se quedaba atrás, solía preparar un estofado y una carne rellena que eran platos exquisitos. En aquel tiempo vivían alrededor de dos mil personas en Los Algarrobos, estaban dispersas en varios kilómetros, el casco céntrico solo tenía la iglesia, la municipalidad, la policía y un único restaurante que ofrecía siempre los mismos cuatro platos.

Nunca había sido un pueblo turístico, aunque decían que antes de los 90 la situación agrícola les permitía vivir mucho mejor, incluso muchas personas vivían de sus propias hectáreas de tierra (no más de tres o cuatro por familia). Todo cambió cuando el ferrocarril dejó de llegar, la distancia con la ciudad y los caminos de montaña implicaban una barrera natural para los productos del pueblo. El costo de transportarlos se volvió elevadamente alto y ninguno de los productores pudo hacerle frente. Hubo intentos de fundar cooperativas, pero no estaban preparados para eso, cada cual se había acostumbrado a disponer por sí solo de su propia producción y no era sencillo que cambiaran de opinión.

Todavía recuerdo cómo era el pueblo hasta mediados de los 90. En la entrada, a ambos lados de la ruta se extendían las plantaciones de manzanos, con la tía Carmen íbamos siempre a buscar los cajones de manzana para preparar orejones, luego ella los vendía en la feria de la plaza.

Las calles internas del pueblo con sus grandes sauces y las veredas levantadas por sus raíces, esos árboles le dan un encanto singular al lugar. Solo que antes había mucha más gente en sus calles, Don Vicente dice que vivían alrededor de cinco mil personas. Contrariamente a lo que pasa en la mayoría de los lugares de nuestro país, aquí la población se fue reduciendo. La gran mayoría partió cuando cerró el ferrocarril, recuerdo la imagen de los frutales secándose, las grandes plantaciones de aromáticas abandonadas, y muchos amigos de la primaria que jamás volví a ver.

Para fines de los 90, el pueblo se había convertido en una sombra de lo que fue, de las grandes plantaciones de frutales solo quedaban sus esqueletos, las aromáticas no eran más que una leyenda y la población se había reducido enormemente. Con mis tías estuvimos a punto de irnos, a la tía Rosa le salió una oportunidad para ir a trabajar como médica en la ciudad, pero al final desistió de esa opción. Las formas de contratación también habían cambiado. En el pueblo, Rosa era una médica empleada por el Estado, sin embargo, para el traspaso a la ciudad debía renunciar a su cargo y transformarse en una prestadora de servicios del sistema de salud. Es decir, pasaría a ser una monotributista que trabajase en forma “independiente” para uno de los hospitales privados más importantes. Ella finalmente no aceptó porque, si bien le ofrecían mayor dinero mensual, no tenía estabilidad alguna. Carmen ya no tenía ingresos de sus productos ni artesanías, Rosa se había transformado en el único sustento del hogar.

Luego de comer, largo y tendido, charla de por medio con mis tías, me di un baño y salí para encontrarme con Mariana, habíamos quedado en juntarnos en el río. Ella llegó puntual, como siempre. Desde que había empezado a trabajar en la mina, hacía ya cuatro meses, en muchas ocasiones se había enojado por mi trabajo para Esumen y mi relación con Don Vicente, quien no le era de mucha simpatía. Antes de que dijera una sola palabra, ya percibía su ánimo, me daba cuenta por su mirada. Por más que las palabras lo negaran, las miradas son más elocuentes que cualquier frase.

Esa tarde nos pusimos a tomar mate a la orilla del río, ambos nos despejábamos haciéndolo. El río era nuestro lugar de encuentro preferido. En esa época del año sus aguas empezaban a limpiarse luego de los deshielos de diciembre y enero, tomando un color verde que, con el reflejo de los rayos sol, adquiría un encanto especial. Yo había aprendido a disfrutar del río desde chico, apreciar sus meandros, verlo cambiar su cauce, jugar en sus brazos, observar sus aguas aclararse, disfrutarlo cuando en noviembre comenzaba a crecer y abrir nuevos caminos. Nos quedamos allí a ver el atardecer, los últimos rayos de luz se ocultaron tras los picos de los Andes, dejando una estela de nubes naranjas en el cielo. La noche se apoderó de nosotros, los ruidos del pueblo se terminaron de acallar; pasadas unas horas, solo se escuchaba el sonido del agua.

Charlamos de varios temas, pero habíamos evitado tocar el problema del embalse, Mariana estaba muy mal por ello, yo no estaba seguro de que el accionar de su grupo pudiera tener algún resultado. Finalmente, le propuse que nos fuésemos a vivir juntos a partir del siguiente mes. Había un par de viviendas que estaban desocupadas, los propietarios las alquilaban desde la ciudad por temporada, podíamos hablar con ellos y tratar de que el alquiler fuera anual. Mariana me dijo que antes debía saber algo importante:

–Es posible que en estos meses comience la construcción de Los Piuquenes. ¿Vos sabés lo que eso significa?

–Sí, más o menos, de igual manera este pueblo no tiene mucho futuro.

–Con el grupo hemos decidido que haremos un bloqueo al campamento de la empresa, no la dejaremos ingresar. Estamos dispuestos a llegar a las últimas consecuencias con tal de que nos escuche el Gobernador. Además, nunca hicieron la audiencia pública ni nos dejaron opinar sobre la obra, de eso se está encargando el abogado.

–Igual me parece un poco arriesgado, van a terminar todos presos.

–A estas alturas no nos queda más opción, no hemos podido resolver esto de otra manera.

–Vos sabés que yo prefiero mantenerme neutro en estos temas.

–Neutros son los detergentes, Juan.

–No sé si yo pueda bancarte en esto, me parece un exceso. No quiero dramatizar, pero si en la empresa se enteran de que convivo con una persona que participa en el corte, es posible que tampoco me extiendan el contrato para la próxima temporada.

–Estoy un poco cansada de tus idas y vueltas. Si tanto te preocupa la situación, entonces no convivas con una persona que participa en el corte.

Mariana se levantó, me miró apesadumbrada, acercó su cara para darme un beso, casi imperceptible, y se retiró. Fue la última charla que tuvimos por bastante tiempo. El plan de irnos a vivir juntos quedó postergado por completo, o más bien nunca vio la luz. A decir verdad, yo también tenía muchas dudas sobre si realmente podríamos convivir siendo personas tan distintas, ni que hablar de compartir toda una vida. Mariana era una militante política desde que tenía uso de razón, algo que debo reconocer no me agradaba demasiado, menos aun cuando se ponían en juego temas delicados. Nuestro pueblo estaba en franco retroceso y la construcción de Los Piuquenes iba a permitirles a todas las familias salir de esa condena eterna, del olvido y de la falta de oportunidades. ¿Quién quería quedarse en un lugar olvidado por el mundo? Ni siquiera turistas llegaban a Los Algarrobos, con suerte aún figurábamos en los mapas.

Las familias que quedábamos viviendo allí no teníamos opción de salir, sin dudas que la gran mayoría se hubiese ido con la primera oportunidad que surgiere. Mariana era un caso especial, su familia era dueña del único supermercado del pueblo, eso les daba un capital bastante importante y eran de los pocos que podían decidir sobre su futuro. Sus padres nunca quisieron irse, todavía esperaban ingenuamente el día que retornase el ferrocarril, creían que Los Algarrobos volvería a tener grandes plantaciones de frutales y aromáticas. ¡Nada más ingenuo! Ellos podían darse el lujo de soñar con ese mundo, sabiendo que tenían un plato de comida asegurado y mucho más que eso. Habían podido enviar a sus dos hijos a estudiar a la ciudad, Mariana y Fausto, ella había optado por la Biología, mientras que él se había inclinado por la Administración de Empresas.

La hija mayor del matrimonio era la única que había logrado recibirse, su hermano aún luchaba contra las exigencias del sistema universitario, no pocas veces había pensado en colgar la toalla. Sin embargo, el temor de volver al pueblo siempre le ayudaba para intentar una y otra vez progresar en la ciudad.

Mariana volvió, convencida de que tenía un deber que cumplir, sus conocimientos ayudarían a cuidar lo poco que iba quedando en un pueblo fantasmal. Al principio su compromiso me pareció admirable, diría que hasta fue una de las cosas que hicieron que me enamorara de ella. No su militancia política, pero sí su amor por la tierra que la vio crecer, el hecho de volver, pese a que tuvo todas las posibilidades de hacer una vida distinta en la ciudad. Ella se comportaba como una más y nunca hizo gala de las claras diferencias económicas de su familia con el resto. Incluso en mi casa, donde teníamos el ingreso mensual de la tía Rosa, nuestra situación era bastante mala. Desde que cayó la venta de artesanías de la tía Carmen y la economía del pueblo se fue a pique, Rosa nos había mantenido a ambos con su salario. Ello fue así hasta que al fin alcancé la mayoría de edad y comencé a trabajar.

Mis primeros empleos fueron en las pocas plantaciones que quedaban en pie, la paga era realmente muy mala. El salario de Rosa no alcanzaba para que fuese a estudiar a la ciudad, no me quedaba otra opción que intentar progresar por mi cuenta.

Eso puede parecer muy romántico si se lo plantea como una idea abstracta. Por supuesto, está lleno de personas que creen que si se levantan más temprano cada día tendrán más oportunidades, y están los otros, esos que son aún peores. Los que creen que los que no hemos tenido oportunidad es porque no nos hemos esforzado lo suficiente, que nos falta dedicación, esmero, creatividad, ingenio o cualquiera de esos tips de autoayuda. No entienden que hay quienes hemos nacido condenados, no tenemos más opciones sobre la mesa, es posible que a Dios se le hayan agotado las ideas en algún momento. No se le ocurrió para qué podíamos ser buenos, simplemente terminamos siendo depositados en pueblos aislados que se derrumban un poquito cada día.

Mariana siempre me retaba por algunas de estas reflexiones, ella decía que no se trataba de designios divinos sino de decisiones humanas que nos habían condenado. En fin, yo siempre creí que era fácil hablar y hacer bellos análisis cuando hay un plato de comida asegurado por la eternidad de los días. Por eso, si bien al principio admiré su amor por el pueblo, me costó estar de acuerdo con su lucha contra Los Piuquenes. Aunque hubo momentos en que creí haberme equivocado, instantes en los que el manto del olvido pareció levantarse de estas tierras.

¿Qué otra oportunidad tendría la gente de Los Algarrobos de salir de esta situación? Con la construcción de la obra se otorgarían nuevas viviendas en sitios cercanos a la ciudad, una para cada familia. Además de eso, a las poquísimas producciones que seguían en pie se las compensaría otorgándoles la misma cantidad de hectáreas y una indemnización por la expropiación de las tierras.

Es cierto que el pueblo quedaría totalmente sumergido, nunca volveríamos a sentarnos a orillas del río, eso me generaba un poco de tristeza. Más que tristeza era nostalgia. Y nadie puede vivir de la nostalgia, creemos que podemos idealizar un recuerdo una y otra vez, que ese recuerdo puede alimentarnos, pero llega un punto en que no hay recuerdo que alcance si no tenemos un futuro por delante. Mariana y su familia vivían idealizando recuerdos, creían que el pueblo podría volver a ser el oasis de plantaciones que fuera hace antaño, aunque no había nada en el futuro que lo hiciera probable.

Volví caminando a casa, era una noche fresca, la brisa suave mecía las ramas de los sauzales de un lado al otro. Mis pies se movían lentamente por una larga calle de tierra, entre el túnel de árboles y la luz tenue de las pocas farolas que seguían en pie. Eran alrededor de las dos de la mañana, nadie quedaba en las calles del pueblo, pasé por la plaza y pude ver un par de niños rayando la estatua central, ya bastante maltrecha, por cierto. Entré a casa con sigilo para no despertar a mis tías, Rosa tenía el sueño bastante ligero y había tenido una larga etapa de insomnio. La vida para ella no había sido nada fácil, la mente le pasaba factura.

Su historia era un sinfín de malos momentos combinados con discriminación y prejuicios. Carmen había sido muy distinta, yo todavía conservaba sus recuerdos de cuando era una mujer alegre que despertaba cada día con una idea nueva y daba lugar a toda su creatividad. Desde que su actividad como artesana había caído en la ruina, lentamente se fue apagando. Primero intentó disimularlo y siguió haciendo todo tipo de artesanías, pero no tenía a quien venderlas. Los habitantes del pueblo eran cada vez menos, sus paupérrimos ingresos no les permitían comprar los productos, que tampoco eran valorados lo suficiente, ya no llegaban los viajeros del ferrocarril ni los turistas. Lentamente, la menor de mis tías comenzó a ser completamente dependiente de los ingresos de su hermana, así se transformó en una desocupada más. Su autoestima fue disminuyendo, ella se fue apagando, un poquito cada día, de manera casi imperceptible, hasta que me di cuenta de que la imagen que tenía de ella no era más que un recuerdo, casi nada se parecía a la señora con gesto amargado y poco expresivo que convivía conmigo. Carmen fue muriendo en vida, pareció condenada por el destino, para mí a Dios se le acabó toda la creatividad y se olvidó de nosotros, yo no encuentro otra explicación.

Santa Julia, octubre de 1987

Don Sánchez entró eufórico, estaba cada vez más cerca de conseguir la factibilidad para comenzar a explotar la nueva mina, esto significaba extender la vida de Santa Julia. Con el ritmo de explotación que teníamos en ese momento, se estimaba que el yacimiento se agotaría en un par de meses. Sin embargo, el nuevo equipo lo había logrado, una nueva veta había sido encontrada a pocos kilómetros del actual yacimiento, la planta de procesamiento podría seguir funcionando; y no solo eso, sino que se volvería a extraer mineral como en las mejores épocas.

Santa Julia había sido un pueblo minero pujante, vivían tres mil personas, de las cuales mil eran trabajadores, el resto eran parejas e hijos de ellos. De los mil trabajadores, novecientos cincuenta eran hombres y solo cincuenta mujeres. La empresa tenía una política muy selectiva respecto a las mujeres, más aun teniendo en cuenta que les permitían convivir con su pareja. ¿Cómo evitar que se queden embarazadas y estén meses siendo improductivas?

En el año 1987, de los mil trabajadores, solo quedaban doscientos, la población total del pueblo se había reducido a seiscientas personas. Cientos de viviendas habían quedado abandonadas, los espacios públicos quedaron enormes para la escasa población de Santa Julia. La empresa de aquel entonces, National Gold, era mayoritariamente de capitales ingleses. Ellos habían diseñado un pueblo perfecto, querían obreros satisfechos para que cumplieran bien con su trabajo. Tenerlos en el pueblo les permitía controlar que tampoco se divirtieran demasiado en su tiempo libre. Por otro lado, de esta forma la empresa se ahorraba los constantes traslados hacia Los Algarrobos. Todo estaba perfectamente diseñado: el gimnasio, la cancha de fútbol, la capilla, la plaza y hasta el cine. Una vez al mes subía el Padre Del Castillo y daba la misa para toda la comunidad. Los ingleses fueron reacios a ello al principio, pero Don Sánchez les explicó lo importante que era que el pueblo mantuviera intacta su fe.

El nuevo hallazgo le permitiría al emprendimiento recuperar sus antiguos niveles de producción, era una noticia fantástica, digna de celebrarse una y otra vez. Sin embargo, a mí me generaba ciertas preocupaciones. Santa Julia guardaba muchos secretos, solo había dos personas que teníamos pleno conocimiento de ello, Eduardo Sarrinda y yo.

Esa misma noche decidí que iría personalmente a inspeccionar el lugar del hallazgo y la posible traza de caminos que debía hacerse para llevar el material hasta el sitio actual de la planta de tratamiento.

Al día siguiente me levanté temprano, ensillé mi mula y salí sin que nadie se percatara. Tomé los puntos cardinales de referencia de la libreta de Antonio, ya que compartíamos la misma oficina; salí antes de que la noche le cediera paso al día. Demoré dos horas, si bien el lugar estaba a seis kilómetros, las posibilidades de acceso eran bastante complejas. Apenas llegué, reconocí perfectamente la zona e imaginé sin duda alguna el sitio exacto por donde pasaría el camino. Había estado varias veces por allí, pocos conocían la cordillera como yo. No es por presumir, pero sabía a dónde conducía cada una de las quebradas.

La nueva mina fue bautizada como Santa Teresita, en honor a su descubridora. A decir verdad, esa veta ya había sido explorada, se contaban con informes anteriores; no obstante, fue Teresita quien sugirió volver a trabajar en ella. Si bien faltaban estudios técnicos, todo hacía indicar que el proyecto sería factible. Era cuestión de semanas para que comenzara a realizarse el camino de acceso que conectaría con Santa Julia, se mantendrían todos los campamentos en el lugar actual, al igual que la planta de procesamiento del mineral. La empresa había estudiado que ello era menos costoso que cambiar de sitio todo el procesamiento. Lo que más me preocupaba de esta situación era la quebrada por la que tomaría el camino, decidí inmediatamente pedir dos días de licencia y bajar a dialogar con Sarrinda.

UNA TREGUA

El otoño, de nuevo el otoño.

Pronto, si el calendario tiene razón, las alamedas se empezarán a pintar de dorado, los colores se fundirán, las hojas caerán.

La quietud se verá interrumpida por los vientos otoñales que suavemente irán limpiando los árboles.

Luego de una lenta suspensión en el aire, tocarán el suelo, al fin hasta la más alta de todas caerá, en el piso ya serán iguales.

¿Y si finalmente lo logramos? ¿Y si la historia se equivoca? Por un instante que así sea, que las leyes del mundo no sean tales.

El arte nos dará la anomia, una isla en los océanos de la razón.

Mejor que solo sea un segundo, que no se haga ley ni nueva razón. Que no haya método ni se banalice la emoción.

La belleza está en lo efímero, lo que se va dejándonos llenos de nostalgia y abriendo algo de futuro.

Los Algarrobos, 10 de abril de 2010

–Tengo novedades y creo que son positivas –explicó el abogado.

–¿Qué puede ser positivo en este contexto? La empresa ha comenzado a pedir curriculums en el pueblo, dicen que tomarán mano de obra local. Vaya paradoja, serán las mismas manos de este pueblo las que lo hundan para siempre –expresó Mariana.

–Dieron lugar a la acción de amparo y se ordenó detener la construcción de la primera etapa hasta tanto se realice la audiencia pública y se asegure la participación.

–A estas alturas eso es casi un absurdo, nadie se pronunciará en contra si gran parte del pueblo siente que es su única posibilidad de trabajo –explicó Tadeo.

Hubo un silencio breve, de no más de unos segundos, fruto del desconcierto que vivíamos los miembros de la Asamblea.

–Es cierto eso que dicen, y más aún que la opinión de la comunidad no es vinculante para hacer o no la obra, pero esto también significa tiempo. Es muy difícil frenar la obra judicialmente, lo único que podemos hacer es retardarla. La única forma de frenarla es políticamente, mediante la presión de su pueblo –expresó el abogado.

–Acá no hacemos política, ya se lo hemos dicho doctor, solo venimos a defender el ambiente –dijo Raúl.

–Tenemos que hablar con aquellas personas que han vivido toda su vida en el pueblo y no están dispuestas a irse, necesitamos que los que más años tienen aquí sean los que se pongan al frente de esto –expresó Julia.

–¿Qué pretenden? ¿Acaso vamos a poner un escuadrón de viejos a bloquear la ruta cuando lleguen los camiones de la empresa? Seamos realistas, por favor –dijo Sonia.

–Doctor, ¿cuándo cree que se hará la audiencia? –preguntó Julia.

–Imagino que en el mes de mayo. Debe informarse con antelación suficiente, pero desde la empresa están presionando mucho al Gobierno para que agilice todo.

–No tenemos más opción que intentar sumar voluntades. Igual, si de cualquier manera la obra se hará por más que el resultado de la audiencia no sea positivo, ¿qué sentido tiene participar? –dijo Raúl.

–Vamos a participar en la audiencia, pero tenemos que pensar algo más, nos enfrentamos a la constructora más grande de la Argentina. Esta empresa ya ha hecho muchas inversiones, tiene gran parte de la máquina lista en la capital, con ansias de ser instalada en el campamento. No tiene sentido que creamos que podemos arreglar esto legalmente. Como dijo el abogado, la legalidad solo nos da tiempo, esto lo debemos arreglar por otros medios –dijo Mariana.

–Debo retirarme, estimados, creo haber cumplido con mi labor por el momento. Seguiremos en contacto y los mantendré informados si hay otras novedades formales –expresó el abogado.

El profesional se puso de pie, se colocó su saco, sacó un pañuelo descartable y limpio la tierra de sus zapatos, levantó su mano saludando a los miembros de la Asamblea y se despidió.

–Ya sé, tengo una idea, podemos bloquear todos los accesos al pueblo y que los miembros oficiales de la empresa no puedan llegar –expresó Andrés mientras terminaba de dar una pitada al faso.

–Pensé que habíamos sido claros en que no queríamos más drogadictos en esta Asamblea –dijo Raúl.

–Esperá un poco, Raúl, todos tenemos derecho a participar, sé respetuoso con el resto. Además, el tema del bloqueo es algo que siempre hemos evaluado– intervino Mariana.

–Bueno, sigo con mi idea, obviamente eso no tendría demasiado sentido porque postergarían la fecha de la audiencia y en algún momento llegarían al pueblo. Porque no estoy hablando de un bloqueo, tiene que parecer un derrumbe natural, algo que no fue producto del accionar de ningún ser humano. Podemos decir que lo hizo algún dragón o alguna criatura mitológica –expresó Andrés sonriendo tímidamente.

–¡Esto es una burla! Venimos a escuchar los delirios de este tipo fumado –gritó Raúl perdiendo toda paciencia.

–¡Era un chiste, viejo! Ya sé que no vamos a atribuirle el derrumbe a un dragón. Bien puede ser un simple fenómeno natural –aclaró Andrés.

–De igual manera, no sé qué ganamos. Los miembros de la empresa no llegarán, pero ¿qué hacemos con los funcionarios del Gobierno? Ellos son la autoridad y si no están tampoco hay posibilidad de celebrar la audiencia. Además insisto en que solo estaríamos retrasando las cosas –expresó Raúl.

–¿A qué punto querés llegar, Andrés? –preguntó Mariana.

–Lo de los funcionarios de Gobierno no lo había pensado, es un buen punto. Creo que deberemos pensar otra cosa. –aclaró Andrés.

–Bueno, es evidente que perdimos tiempo escuchando un drogadicto –expresó Raúl enojado.

–Miré Raúl, yo sé que tenemos diferencias. Como decía mi abuelo: no le entiendo pero le comprendo –agregó Andrés.

–Lo único que faltaba, que te me hagas el vivo. ¡Pendejo irrespetuoso! –contestó Raúl.

Hubo un silencio incómodo de varios minutos, claramente nuestra suerte estaba echada hacía tiempo. No había posibilidad de evitar que el pueblo pereciera hundido, además gran parte de sus habitantes deseaban irse a toda costa de ese lugar. En realidad, más que un deseo, era una brutal resignación; sentían un profundo respeto por su pueblo, pero hacía tiempo se habían dado cuenta de que no había oportunidades. Luchar ya no era una opción, pasaron años intentando sobreponerse al olvido, pero no lo habían logrado. El emprendimiento de Santa Julia era lo único que podía generar un cambio, pero la nueva forma de practicar la actividad minera también era resistida por sectores de la comunidad. Habían llegado noticias de problemas ambientales en otros pueblos, nada de ello le parecía simpático a buena parte de la población de Los Algarrobos.

En cambio, la construcción de la represa les daba la posibilidad de irse hacia una nueva vida. El Estado otorgaría nuevas viviendas e indemnizaciones, hectáreas para todos los productores, y devolvería el sueño de progresar a las dos mil personas que aún quedaban en Los Algarrobos. ¿Por qué nos resistíamos tanto a la represa? Varias veces me lo había preguntado, me costaba explicarlo. Sentía que esa tierra me había adoptado, que era nuestro lugar, para mí había alternativas para que el pueblo volviese a ser ese lugar que había conocido veinte años atrás.

Yo llegué a Los Algarrobos a fines de la década del 80, cuando no tenía otra opción que venir a hacerme cargo de mi sobrino, Juan. La muerte de mi hermana fue un golpe muy duro, éramos muy unidas, hasta el día de hoy siento que ocurrieron hechos confusos. He tratado de no pensar mucho, porque no podemos retrotraer el tiempo ni corregir el pasado. En fin, todavía estoy convencida de que este pueblo merece una segunda oportunidad, estas tierras pueden volver a llenarse de frutales y aromáticas, los propietarios pueden volver a asociarse, hay lugar suficiente para que todos, y no solo algunos, puedan tener su producción.

El traslado a la ciudad podía ser muy positivo para los pocos productores que quedaban, a todo aquel con más de diez hectáreas en producción se le otorgaría la misma cantidad de tierra en los campos periféricos de la urbe. Pero no pasaría lo mismo con quienes vivían en fincas semiabandonadas, quienes poseían pocas hectáreas pasarían simplemente a vivir en los cordones de la ciudad, perdiendo toda su historia, sus costumbres, sus cultivos familiares, su idiosincrasia. A veces me preguntaba: “¿Qué hago yo, una médica que vino de afuera, hablando de la idiosincrasia de este pueblo?”. Muchos querían la obra, otros no estaban de acuerdo, pero de igual modo no se movilizaban, la resignación pudo con ellos. No los culpo, yo he gozado la suerte de tener mis ingresos como médica todos los años, pero la mayoría ha sufrido mucha angustia por no tener un peso para alimentar a sus familias. Aman esta tierra, pero han sido abandonados, tampoco les podemos pedir que sean mártires, llevaban años intentando reactivar un pueblo que fue sacrificado. Para mí todo ha sido parte de un plan premeditado, aunque me dicen que soy una paranoica, que exagero.

Mariana volvió a tomar la palabra:

–Creo que hay una única opción y es aprovechar este tiempo para convencer al pueblo de nuestro plan inicial, un bloqueo por tiempo indefinido en la ruta de acceso. No veo otra posibilidad de frenar la obra.

–Sí, igual te olvidás de que buena parte del pueblo ya está entusiasmado con trabajar en la obra y que otros son parientes de esos interesados y no quieren meterse en líos familiares –expresó Sonia.

–Es verdad lo que dice, señora, pero no nos queda más opción, sino que cada uno se vaya a su casa. Algo debemos intentar –exclamó Andrés.

–Pienso que podemos convencer a las personas de que el pueblo puede volver a ser lo que fue. En lugar de que venga una empresa a dar trabajo, podríamos reclamar al Municipio que otorgue préstamos para las familias que quieran producir. Y hablo de los que quieran trabajar realmente, no de una política para mantener vagos –expresó Ricardo.

–Vago serás vos que en tu vida te leíste un libro sobre políticas sociales –contestó Susana.

El ambiente empezaba a caldearse. No era para menos, existían posiciones demasiado distintas y poco en común entre todas las personas que estábamos. En realidad, solo nos unía el deseo de quedarnos en el pueblo, pero ni siquiera teníamos las mismas tácticas o estrategias, mucho menos acuerdos sobre alternativas para lograr sacar a Los Algarrobos del letargo.

–¡Estoy podrido de estas viejas que se creen que por haber comprado un par de libros saben más que uno! – replicó Ricardo.

–¡Basta! No vamos a querernos ni ponernos de acuerdo en prácticamente nada, pero tenemos que acordar en una cosa: cómo frenar esta obra. Creo que lo que dice Mariana es la que nos queda, la única opción de veras, sin dragones ni falsas catástrofes naturales, ni cosas raras –expresó Don Arnaldo.

–Bueno, lo sometamos a votación –dijo Mariana.

–Yo no estoy de acuerdo con votar, creo que tenemos que llegar a un consenso –dijo Rodrigo.

–Pero no estamos de acuerdo, no nos queda otra opción –contestó Mariana.

–No, compañeros, somos una organización horizontal, no podemos darnos el lujo de que una opinión valga más que la otra. No podemos permitir que una mayoría ocasional someta a una minoría. No podemos reproducir las estructuras de decisión burguesas, no podemos someter un desacuerdo a voto. ¡Tenemos que llegar a un consenso! –exclamó enfático Rodrigo.

–Claro, vos porque no trabajás y tenés todo el día al pedo, dejate de hinchar las bolas –expresó Raúl.

–Raúl, por favor, podemos mantener el respeto entre los miembros de la Asamblea –dijo Mariana.

–¡Respeto es no venir drogado a una reunión! –gritó Raúl mirando a Andrés.

–¡No ofenda al compañero, cada cual es dueño de su vida y de su cuerpo! –contestó Rodrigo.

–¿Podemos volver al tema que nos compete? –dijo Mariana.

–¡Creo que no hay que cortar los debates compañera! No se equivoque –replicó Rodrigo

–Sí, demos lugar al debate libre, nadie es quien para decirnos qué temas tratar y cuáles no –exclamó Paola.

–Es que es evidente que no podremos ponernos de acuerdo en todo, muchachos. Llevo cuarenta años de militancia y sé por qué se los digo –expresó Don Arnaldo.

–Mire, Don Arnaldo, respetamos su trayectoria, pero aquí no manejamos las lógicas de un partido político y menos del PJ –contestó Rodrigo.

–Me tienen podrido, yo me voy de acá, no hay ni la más mínima disciplina en esta reunión –exclamó Raúl.

–Usted no ha parado de faltarnos el respeto desde que comenzamos con esta charla –replicó Andrés.

Raúl se paró, miró fijo a Andrés y le dijo:

–Arreglemos las cosas como hombres, a ver si te la aguantás.

–Cuando quieras, vejete –contestó Andrés.

–Mirá que te voy a romper la cara, pendejo atrevido. Vas a tener que pedirles ayuda a tus amigos dragones.

–¡Viejo de mierda! Los dragones alguna vez existieron, no sos quien para burlarte.

En ese momento no aguanté más, me vi obligada a intervenir, había ganado el respeto del pueblo por los años que llevaba como médica. A diferencia de los otros dos médicos que también vivían allí, yo nunca había sido insultada ni escrachada por abandonar ni maltratar ningún paciente. Esto último no era poco decir, con pesar debo admitir que mis colegas trataban a los pacientes como objetos carentes de personalidad. La insensibilidad pululaba entre muchos profesionales, yo siempre estuve convencida de que no era un problema individual, sino estructural, pero también es cierto que había pequeños gestos que podían cambiar el trato con los pacientes. Finalmente, aprovechando ese respeto que había sembrado durante años, tomé la palabra:

–Me parece que esta Asamblea no está yendo a ningún lado, creo que si hay quienes no quieren votar pues bien que no voten. Ahora tampoco sé qué estamos discutiendo exactamente porque hubo una sola propuesta que siguió en pie y fue la de Mariana. Si no hay otra, por favor avancemos en cómo llevar adelante esa. Y si hay otra propuesta que ya mismo sea explicada y puesta sobre la mesa.

Realmente no dije nada nuevo, pero como suele ocurrir, las palabras son escuchadas de otra forma dependiendo de quién las pronuncie. Y sí, yo hice uso del privilegio que me otorgaba ser una persona respetada y valorada por todo el pueblo. No es que fuese su líder, solo era de las pocas que tenían la simpatía de todos los miembros de la Asamblea. Pese a los rumores que corrían sobre mi cercanía con Susana, tenía la estima de gran parte de los presentes.

Finalmente, no hubo que debatir mucho más, Rodrigo y Paola refunfuñaron un poco, pero luego quedó claro que llevaríamos adelante la propuesta de Mariana. Repartimos el trabajo en dos comisiones: un grupo se encargaría de la campaña de difusión, intentando convencer la mayor cantidad de personas, mientras que otros se ocuparían de la logística del corte. Decidimos que el bloqueo debía comenzar justo después de la fecha de la audiencia pública. Para ello, era fundamental que nuestra posición fuese claramente mayoritaria en la audiencia, pero sabíamos que no lograríamos convencer a gran parte de los habitantes. Con los más duros, nos propusimos solo pedirles que no se metan. Que, si ellos no querían defender su pueblo, no interviniesen en contra de quienes sí lo hacíamos.

La estrategia adoptada hizo cuestionarme seriamente quiénes éramos para acallar la voz de otras personas en una audiencia pública, pero creo que elegir ese camino era el mal menor. No teníamos opción de convencer a mucha gente para que cambie de opinión; no obstante, teniendo en cuenta la apatía cultural que se había forjado en los últimos años, sí podíamos convencerlos de que no se hicieran presente ese día. La indiferencia era nuestra arma, sabíamos que muchos querían irse por falta de oportunidades, pero a la vez sentían la tristeza de ver sepultado al pueblo que los vio crecer. Aprovecharíamos ese margen de duda para pedir que se abstengan de ir. Con un triunfo en la audiencia, podríamos tener mayor argumento para realizar el corte. Pensábamos que, una vez instalado, mucha gente se contagiaría de ello y sería una muestra de que no todo estaba definido, de que nosotros como pueblo también podíamos decidir, venceríamos al olvido y hasta nos transformaríamos en noticia nacional.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
07 ноября 2025
Объем:
151 стр. 3 иллюстрации
ISBN:
9789878717296
Правообладатель:
Bookwire
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