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COSAS QUE PASAN
FEDERICO CAEIRO

Caeiro, Federico José
Cosas que pasan / Federico José Caeiro. - 1a ed . - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Tamara Herraiz, 2020.
Libro digital, EPUB
Archivo Digital: descarga y online
ISBN 978-987-86-4609-1
1. Narrativa Argentina. 2. Cuentos de Ciencia Ficción. 3. Cuentos de Suspenso. I. Título.
CDD A863
Prólogo y agradecimientos
Y en la luz desnuda ví
Diez mil personas, quizás más.
Gente hablando sin conversar,
Gente oyendo sin escuchar.
Gente escribiendo canciones que las voces jamás compartirán
Sounds of silence. Paul Simon. 1964. Simon and Garfunkel
¿Correrán mis cuentos la misma suerte?
Los libros no necesitan introducción del propio autor. ¿No entendés que la literatura ocurre en la cabeza del que lee, que a nadie le interesa porqué escribís sino lo que escribís?... en el caso que tengas la suerte de que te lean, claro.
Así terminó mi charla con una ex profesora de escritura.
Son infinitos los motivos por qué alguien escribe.
Podría adueñarme de las palabras de Amélie Nothomb: “para buscar desesperadamente la puerta de salida” o de Julio Cortázar “para quitarse esa cosquilla molesta del estómago”. Pero prefiero hacer mías las de Horacio Salas: “La verdad es que escribo porque me gusta, me divierte hacerlo. Experimento una felicidad cercana al orgasmo cuando, al concluir un texto, siento que lo que dice se parece bastante a lo que pretendía decir en un comienzo”.
Con el ensayo y las notas de opinión, ante la indiferencia de los propios, logré el respeto de los ajenos, quienes, con el tiempo, se volvieron propios. Pero el ensayo te introduce en un callejón que te lleva al centro del laberinto del que querés salir, te lleva a la cárcel de la que pretendes escapar. En cambio, escribir cuentos, me aleja de ese laberinto, de esa cárcel, y me hace volar, disfrutar.
A todos nos pasan cosas. Quisiera que vivenciaran mis relatos como verdaderos, que los vivieran “desde adentro”. La anécdota es una excusa para escribir, pero el tema sólo, por más original que sea, no hace a un (gran) cuento. No saben lo complicado que es pasar de la mera descripción de hechos a la narración, porque escribir no se trata únicamente de contar una historia, sino de darle vida a los personajes, que estos sean queribles, que los lectores se imaginen protagonistas, que tengan el frío que ellos sufren, que huelan lo que ellos, que los lugares sean reales. Hay que poner las piedras con las que uno va a tropezar, lograr la verosimilitud de la ficción a través de la precisión de los detalles. Hay que darle vida a palabras muertas, ordenarlas para que tengan sentido, tornarlas visibles, rodearlas de pares que las signifique, lograr que una (palabra) se enamore de otra, se entrelacen y, jugando, formen un texto.
Padecí párrafos que nacían llenos de vida y luego se marchitaban; excitantes anécdotas que iba matando mientras las escribía. Genialidades de las que me había enamorado y planteos que cambiarían al mundo, fueron a parar a la papelera de reciclaje (en otra época se decía tacho de basura; hoy la tecnología nos permite guardar lo escrito, por las dudas, aun sabiendo que no hay programa que convertirá lo malo en bueno).
Algunos cuentos nacieron en algún taller literario (intentando sin suerte seguir consignas prefijadas), otros a partir de vivencias reales o anécdotas familiares, uno de la charla con un amigo que espero me lea desde el cielo, otros imaginando situaciones que se podrían dar a partir de un hecho determinado; ¿situaciones demasiado grotescas? No lo creo, la realidad termina siempre superando a la ficción.
Hay quienes inferirán en que el tono tragicómico de algunos de los cuentos deja entrever difíciles tiempos vividos. Quizás el inconsciente haya escrito conmigo, no lo sé, ni me lo planteo. Esos tiempos van quedando atrás y son sólo prólogo de otros tiempos que vendrán.
Ciertos protagonistas de mis relatos tienen nombres raros. Nombres en desuso que no intentan mostrarme "original", sino rendir homenaje a quienes fueron obligados a vivir encorsetados en otros tiempos. Nombres que te servirían para ganar una partida de Scrabble si los nombres propios no estuvieran prohibidos. No es antojadizo. Uno de los mejores amigos de mi padre era Lalo. Un Lalo que no era Lalo, sino Sandalio. Un Sandalio que nunca pudo ser Sandalio; que tuvo que ser Lalo para no ser estigmatizado. La idea de que se suicidó debido a eso se apoderó de mí apenas me enteré. Lo que aún no he podido dilucidar es si Sandalio suicidó a Lalo o Lalo suicidó a Sandalio.
Muy pocos por suerte, tuvieron que padecer el leerme años atrás, conejos de indias que sufrieron mis ansias primerizas. A ellos, perdón y gracias. Perdón por lo que les hice leer -en bruto, sin corregir, denme otra oportunidad- y gracias por sus aportes, dolorosamente sinceros algunos, pero enriquecedores y necesarios todos.
Quiero agradecer especialmente a quienes, desde distintos lugares, me ayudaron a mejorar mi escritura. José María Brindisi, Ariel Dilon, Mariana Travacio, Cecilia Todesca, Pablo de Laferrère, Ernesto Toubes, Alicia Vandamme, María Casado, Isabel Ferreira Lamas y a mi mujer Valeria, lectora primigenia y crítica feroz (por saber qué hay detrás de cada cuento).
La relectura y corrección final de los textos en tiempo de cuarentena fue terapéutica. "Provéete tus propias salidas, conéctate con lo tuyo, que el corregir sea tu salida, la escritura es el afuera", me dijo alguien que está dándome una mano para sobrellevar el encierro, y le hice caso.
La niña
Todos los martes almorzaba en el patio del monasterio de las Catalinas. Un lugar embalsamado en un tiempo que no es pasado, presente ni futuro. Intentaba llegar cuando las campanas daban las doce. Sentía que repicaban por mí.
Lo hacía siempre en la misma mesa, a la sombra de un palo borracho adornado de espinas que no lastiman. Cada tanto tenía la fortuna de que me obsequiara algún pétalo rosado, que complementara mi lectura. Un día terminé un libro, no me acuerdo cuál, cuando aún no había tomado mi café.
Me puse a observar el recoleto entorno. La cruz de hierro que corona la cúpula del campanario se recortaba en el cielo azulino. En la visión de las galerías abovedadas que enmarcaban el patio, los enormes ladrillos de los pisos y del aljibe de mármol en el centro del patio, imaginé a las monjas de la Segunda Orden Dominicana que dedicaron allí su vida al silencio y la oración.
Entonces la vi.
Tendría unos doce años. Tenía puestos un jean y un buzo gris que, aunque viejos, estaban en perfecto estado. Las zapatillas gastadas. El pelo rojizo, atado en dos prolijas trencitas. Dos aritos redondos, nacarados. La nariz un poco aplanada.
Estaba sentada en un banco verde bajo una palmera. La luz que pasaba a través de las ramas jugaba en su cara. Por momentos, el sol se le metía en los ojos, haciéndolos brillar más aún. Apoyado sobre sus piernas, un libro. El dedo índice de su mano derecha recorría con lentitud las líneas. Sus labios acompañaban las palabras. Y cada tanto, con timidez distraída, se comía el esmalte de las uñas.
De repente, dejó el libro en el banco y se acercó a una mesa recién desocupada. Se sentó, espantó a un par de gorriones impertinentes que se disputaban las migas, limpió un tenedor con una servilleta y se puso a comer las sobras. Lo hizo con rapidez, pero sin voracidad.
Apenas terminó, se levantó y volvió a sentarse en el banco bajo la palmera.
Simulando que leía, la observé largo rato. Repitió la acción dos veces más. Restos para algunos, manjares para otros. La tercera vez se llevó una botella con agua a medio tomar. Salió por la puerta del monasterio y desapareció.
El martes siguiente la volví a ver. Sostenía en su regazo el mismo libro de la semana anterior. Intenté concentrarme en mi lectura, pero fue imposible. Mis ojos la buscaban con insistencia.
Almorzó selectivamente en mesas recién dejadas. Parecía que no le gustaban ni las verduras, ni las gaseosas ni el pan. ¿Además de alimento, encontraría, como yo, paz en el convento?
Al otro martes decidí hablarle.
Caminaba hacia una mesa en la que una cuarentona con aires de secretaria ejecutiva había dejado unos ravioles que lucían más que apetitosos.
–Hola –le dije, cuando pasó a mi lado.
No me contestó. Repetí el saludo levantando la voz.
Se dio vuelta sobresaltada y me miró de arriba abajo.
–...¿Me está hablando a mí?… ¿Cómo hace para verme? –me preguntó.
–Tengo súper vista –le contesté, intentando caerle simpático.
–...¿Usted también tiene súper poderes? –me dijo, abriendo los ojos con desmesura. Eran de un marrón profundo. Su mirada era limpia, transparente.
El también que usó me alertó:
–Por supuesto… ¿cuáles son los tuyos? –le dije, incorporándome.
Puso una cara de vos me estás jorobando y me dijo que intentara verla sin la súper vista activada.
–Mi súper vista no se activa y desactiva, la tengo todo el tiempo activada –le dije.
–...Con razón… –dijo, arrastrando musicalmente la zeta.
–¿Con razón qué? –pregunté extrañado.
–...Con razón no se dio cuenta de que soy invisible.
Recién entonces me percaté de que le costaba arrancar las frases, como si las pensara.
Estábamos a un metro el uno del otro.
–¿Qué estás leyendo? –le pregunté, señalando el libro que había dejado en el banco.
–...Alicia en el País de las Maravillas.
No pude evitar mirarle las uñas levemente despintadas. Se sonrojó con coquetería, y se metió las manos en los bolsillos.
–Me encanta la Reina de Corazones cuando desaparece –le dije.
–...El que desaparece es el gato –me corrigió, agregando: –La reina es insoportable.
Sus cejas subían y bajaban al compás de las palabras.
–Es cierto, y cuando desaparece deja una sonrisa en el aire –agregué.
Un suave movimiento de las comisuras hizo que los labios de la niña apenas se entreabrieran; en sus mejillas se dibujaron unos hoyuelos que eran más mueca que risa, pero imaginé la sonrisa del Gato de Cheshire.
No tenía claro cómo llevar adelante la conversación ni supe disfrutar del momento.
–¿Dónde vivís?
Aunque no quería incomodarla, lo estaba haciendo. ¿Por qué no seguí hablando de Alicia en el País de las Maravillas?
–...Esta es mi casa –me dijo, mirando de reojo el plato de ravioles.
Iba a decirle que eso era imposible, que el convento cerraba de noche. Pero esta vez me ganó la prudencia.
Vi su cara de decepción cuando el mozo se llevó el plato de ravioles.
–...¿Por qué me hace preguntas? –me dijo con impaciencia.
Seguía con las manos en los bolsillos ¿Cómo se contesta eso?
–Contame de tu invisibilidad –le dije.
–…Al principio no sabía que era invisible, pero con el tiempo me di cuenta de que nadie me ve, nadie nota que existo.
Tardé unos segundos en comprender el significado de sus palabras.
–¿Te puedo invitar con algo?
–…No, gracias señor, no entre en gastos. Con lo que dejan acá, tengo lo que necesito. Sobre todo, por las mujeres, que dejan mucho sin comer.
Si bien hasta ahora no me había tuteado, el señor que usó me descolocó. Uno no quiere ser un señor a los cuarenta.
Sonó mi celular. Era de la oficina; intenté cortar lo más rápido posible.
Cuando terminé de hablar, no estaba. Esperé largo rato, pero no volvió.
Recorrí el patio y los pasillos del convento. Caminé las calles vecinas con esa sensación de esperanza que lo lleva a uno a no alejarse demasiado del lugar donde perdió algo importante.
Esa noche y varias otras releí Alicia.
Cuando volviera a verla, nuestra conversación no sería tan corta. Me prometí hacerle menos preguntas.
La niña habitó mi corazón, rasgándolo. A pesar de su parquedad, me había impactado sin artificios ni imposturas. Su hablar arrastrado se convirtió en música.
La vi tan pronto como entré. Estaba en su banco.
En vez de sentarme junto a ella, fui a mi mesa de siempre y me quedé mirándola de lejos. Leía con dificultad; unos inflamados párpados violáceos –que no eran los suyos– le dificultaban distinguir las letras. Quise imaginar un accidente.
No sé para qué me distraje leyendo el menú que conocía de memoria. Cuando levanté la vista, ya se había ido. ¿Otra vez me abandonaba?
Me terminé comiendo de postre el chocolate que le había llevado de regalo.
Empecé a ir a almorzar al monasterio todos los días. El banco bajo la palmera siempre vacío.
Pasaron varios días hasta que me animé a preguntarle al mozo que me atendía si la había visto.
–¿Qué niña? –murmuró, mientras doblaban las campanas.
Las flores que más le gustaban
¡Oh, alma de víbora, oculta bajo belleza en flor!
¿Qué dragón habitó nunca tan hermosa caverna?
William Shakespeare. Romeo y Julieta.
–Señor… –me insinuó el taxista al enésimo mensaje que le dejé a Fedra.
–Usted concéntrense en llegar rápido.
Al instante, me arrepentí de mi grosería, pero no me disculpé. Una generosa propina lo ayudaría a entender mi angustia creciente.
Estaba muy preocupado. Fedra vivía prendida al celular y siempre me devolvía los llamados al instante. Había intentado avisarle, sin éxito, que se había suspendido la reunión prevista para el último día de mi viaje y adelantaba mi regreso.
Apreté de nuevo el redial. Eran las cuatro y media de la madrugada.
Cuando entré al edificio, el sereno que dormía, se sobresaltó. Más tarde comprendería que lo hizo extrañado por mi presencia.
–Otra vez tá roto –balbuceó despabilándose, mientras señalaba el cartel en la puerta del ascensor donde se podía leer: decompuesto.
La puta madre, pensé, cinco pisos por la escalera.
Subiendo los escalones de dos en dos, atravesé el persistente hedor de la bagna cauda del primero, los gemidos lésbicos del tercero y el estruendoso televisor siempre prendido del viejo sordo del cuarto, hasta llegar a la oscuridad del palier del quinto.
El encargado no solo no escribe bien, pensé, sino que el inútil es incapaz de cambiar una bombita.
Como un ciego, tanteé las paredes hasta dar con la puerta. Mientras tocaba inútilmente el timbre, busqué las llaves en los bolsillos. La oscuridad, la agitación y el sudor de mi mano se aliaron con la esquiva cerradura. Luego de un rato eterno logré abrir la puerta.
Me detuve en el umbral, indeciso, expectante. Encendí la luz del hall y en la penumbra del living la vi, tirada en el piso, plácida, desnuda.
Pensé que estaba muerta. Temeroso, me acerqué a ella. No me animé a tocarla; ¿estaría fría?
Me alivié cuando escuché un abisal ronquido.
Entonces, percibí un ronroneo ahogado. Provenía de un objeto que sostenía en su mano izquierda, junto a nuestros corazones entrelazados tatuados en su muñeca.
Lo tomé y sentí una pegajosa humedad. Encendí la luz, y cuando vi el vibrador que languidecía en mis manos, se apagó mi ser.
La luz alumbró mucho más.
Otros consoladores, unas bolas chinas de metal unidas por un sedoso cordel, una peluca violeta, una botella de vodka vacía, latas de bebidas energizantes, copas con restos de rouges, un paquete de cigarrillos abollado, un cenicero lleno de colillas pintadas, velas consumidas alumbrando una pasión ajena, sahumerios y, en medio del living, el gong chino que habíamos comprado en nuestra luna de miel, descolgado de su sitio que, como un ciclópeo ojo voyeurista, había visto todo pero no iba a decirme nada. Jamás.
Llevé a Fedra a la habitación y la acosté en nuestra cama, inmaculada; al menos esta vez.
La vestí con un pijama hindú de seda. Con un algodón embebido en desmaquillador le limpié el rímel chorreado y despinté sus labios traicioneros. En la mesa de luz puse un vaso con un poco de agua y dejé un blíster de barbitúricos, vacío.
Seguía profundamente dormida.
Colgué el gong encubridor en su lugar. Puse las orgiásticas evidencias en una bolsa negra de consorcio. Limpié las copas, vacié los ceniceros y abrí las ventanas.
La casa empezaba a respirar.
Se llamaba Federica, pero cariñosamente le decía Fedra, mi Fedra. Éramos compañeros de clase. Nos enamoramos a los trece, a los catorce, a los quince… En los recreos, mirándonos a hurtadillas, a escondidas de nuestros compañeros, inventando excusas para acompañarla hasta la puerta de su casa, demorando despedidas que nunca se gastaban.
Me senté frente a ella en el piso, en posición de loto. Mi mirada tomó la forma de su cuerpo. Aún dormida, poseía una belleza radiante que invisibilizaba todo a su derredor. ¿Seguiría tan linda cuando fuéramos ancianos?, pensaba mientras la besaba con la mirada.
¿Continuaríamos juntos? No. No podíamos seguir unidos después de lo que me había hecho. No debíamos.
La ira creció (dentro de mí), y pronto, muy pronto, se hizo adulta.
Fedra me había vaciado. La odié en silencio, imaginando un futuro que nunca deseé.
Tirar por la borda tantos años de felicidad; qué disparate. ¿Me habría engañado antes? ¿Para qué le fui fiel? Qué boludo.
Mascullé mi bronca por largo rato hasta que un lejano recuerdo de mi padre vino en mi ayuda. No permitas que te arrecie el torbellino, me decía, experto en reprimir sentimientos, propios y ajenos. Y por primera vez, seguí su consejo sin rumiar lo horrible que sonaba la frase.
El enojo dio paso a la tristeza. Y a otras preguntas sin respuestas. ¿Serían sinceros sus orgasmos? ¿Estaría aburrida? Compartíamos fantasías, que suponía nuestras. Las suyas siempre me incluían, al menos eso me decía.
La pasión seguía siendo la de años atrás, no podía sentirse desatendida. Todavía parábamos el ascensor entre pisos y nos amábamos con desesperación adolescente, como cuando la soñaba en colores que no existían. Qué cursi que es el amor, ¡por Dios!
No le faltaban afecto ni compañerismo. Seguíamos siendo confidentes, riéndonos de cualquier cosa, entendiéndonos con la sola mirada.
¿En qué le había fallado para que traicionara nuestros votos de eternidad? Busqué entre mis muchas promesas incumplidas, en nuestras últimas peleas, en esos pequeños gestos que a ella tanto le importaban. Nada justificaba que hubiera actuado así.
¿Era mucho una semana de viaje? Una acá, otra en alguna ciudad del interior; así era mi trabajo desde hace años. ¿Debiera irme menos tiempo? ¿Lo haría cada vez que me ausentaba?
Recordé que aún antes de nuestra primera salida, tuve pánico de que alguna vez me dejara.
Y también nuestro primer beso, esperanzado en que sus labios tuvieran mi nombre, en que su sabor me quedara en la boca para siempre.
Me quedé a su lado dos largas horas escuchando mis palabras como si las dijera otro.
Cuando empezó a amanecer cerré las ventanas, borré de su celular todos mis llamados, la abracé como para siempre y me fui.
Bajé los cinco pisos pensando en el bendito cartel; era momento de tomar decisiones importantes: del escritorio del sereno que dormía cómplice, tomé un lápiz y le agregué la s a decompuesto.
Dejé la bolsa negra junto a un contenedor colmado; imaginé la sorpresa de quién la abriera y sonreí.
Estuve largo rato en un bar cercano frente al café que pedí sin tocarlo, pensando en cómo se enfriaba.
Salí a la ciudad indiferente y por horas deambulé abrazado a mis dudas, pensando en todo, pensando en nada.
Y cada tanto, una lágrima solitaria, desconsolada, era lavada por una llovizna purificadora que se dejaba caer en el momento preciso en que me estaba por romper.
El atardecer me alcanzó en ningún lugar.
En el momento en que mi avión debería haber aterrizado, le mandé un mensaje: llegué, tomando taxi.
Su respuesta no se hizo esperar; varios corazones rojos pasión iluminaron la pantalla de mi celular.
En la esquina de nuestra casa compré un ramo de camelias, las flores que más le gustaban.
Fantasmas del pasado
Mirá el corto basado en este cuento
Malos recuerdos, sin embargo, sed bienvenidos, sois mi juventud lejana.
Jean-Pierre Melville. El ejercito de las sombras (1969)
Desde la vereda de enfrente, Florencio miró instintivamente la entrada vidriada del edificio donde su hermana había vivido cuando estuvo casada con Margarito. A pesar de que se había separado y mudado diez años atrás, se le había vuelto costumbre; de hecho, Florencio siempre miraba las entradas de los edificios donde habían vivido o vivían aún familiares o amigos.
A través del blindex lo vio saliendo del ascensor. Había pasado por allí cientos de veces y nunca antes se lo había encontrado.
Margarito llevaba su eterna campera Barbour verde que habían comprado juntos en Londres, un año antes de que le presentara a su hermana, cuando aún eran íntimos amigos. Esos tres meses recorriendo Europa de mochileros marcaron sus vidas.
Lo conocía mucho, demasiado. Tenía la certeza de que no lo saludaría. No saludaba a sus padres o a sus hermanas, ¿por qué saludarlo a él?
Entonces se le ocurrió. Cruzó la calle y se le adelantó. Florencio sintió los pasos de Margarito que empezaban a seguirlo.
¿Adónde iría tan temprano? Supuso que, como todos los miércoles, pasaría a buscar a sus hijas por la casa de su hermana y las llevaría al colegio. Conocía su camino.
Su andar cansino, casi inmovilizado, como acariciando la vereda, que parecía no llevarlo a ningún lugar, y esa campera verde oscura. A Florencio le recordó a una escultura que tenía en su casa; ambos cubiertos de una musgosa pátina oxidada. La diferencia radicaba en que la pátina de la escultura provenía de la oxidación del cobre y el estaño, mientras que la de Margarito procedía de su corazón. A pesar de esto, durante largos años había sido su mejor amigo.
Florencio aligeró su andar para adecuarse a la marcha de Margarito. Reguló sus pasos con los suyos, sintiendo en sus espaldas el odio a su hermana, a él, a su familia, a él mismo.
Era una desapacible mañana primaveral. Lloraban las tipas. Una lluvia de flores de jacarandás había teñido de violeta la vereda, duplicando las copas de los árboles.
Doblaron por Quintana hacia Cinco Esquinas, mientras caminaban, Florencio pensaba: ¿sentirá, como yo, frustración por nuestra amistad malograda?, ¿seguirá rumiando el pasado?, ¿sentirá algo, o nada?
Pasaron por varios edificios donde vivían conocidos; Florencio no miró las entradas, estaba concentrado en Margarito. Se cruzó con un amigo a quien dejó pagando con el saludo. Más vale pasar por maleducado que perder una presa; después lo llamaría para disculparse.
Una ambulancia pasó haciendo sonar la sirena y por unos instantes dejó de escuchar sus pasos; se alarmó, ¿se habría ido? El alma le volvió al cuerpo cuando lo sintió detrás.
El semáforo de Juncal detuvo sus pasos.
Margarito paró unos metros más atrás. Simuló atender un inexistente llamado mientras esperaba que el semáforo cambiara de color y les permitiera avanzar. En ese momento, y a pesar de que estaba nublado, se puso unos innecesarios anteojos negros, tal vez creyéndose un avestruz. ¿Pensaría que así Florencio no lo vería y ahora era él quien estaba jugando? Siempre le había gustado desafiar a los demás.
Florencio tenía la certeza de que Margarito lo había visto y se estaba haciendo el estúpido. Le salía tan bien.
Hubiera seguido siendo su amigo, pero después de su separación Margarito optó por pelearse con todo el mundo; si no hubiese visto que el problema era con la humanidad toda, Florencio habría tomado su alejamiento como algo personal.
Continuaron la marcha. Metros más adelante, para dejar que se distanciaran, Margarito paró frente a una casa de lotería.
Inmediatamente, Florencio detuvo su andar. Se aburrió de ver los resultados de apuestas que no había hecho.
De reojo lo observó: Margarito estaba mucho más viejo que la última vez que lo había visto, cuando atestiguó en su contra en el juicio de su divorcio; quiso quedarse con lo poco que su hermana había heredado.
La vida se había ensañado con él; los años se le habían adosado con esa tristeza que se atornilla para no irse más. Enjuto, encorvado, hombros vencidos por la fuerza de gravedad, demacrado, cara comedida, religiosa. No era más que piel y huesos, el cutis oliva mustio, canoso, ojeras y arrugas que se mostraban como parte esencial de él, tenía el labio inferior levemente caído, la amargura se lo había bajado.
Su presencia no generaba en Florencio odio, sino que actualizaba su sentimiento. Era un auténtico desastre. En todos los sentidos. Quizás no fuera un completo inútil, aunque todo indicaba lo contrario.
Apenas empezó a andar, Florencio se le adelantó. Margarito apuró sus pasos, Florencio apuró los suyos, no lo iba a dejar pasar. En el reflejo de otra vidriera percibió la intención de Margarito de cruzar la calle. Florencio nunca cruzaba por la mitad de cuadra, pero esta vez tenía un motivo valedero. Apenas Margarito bajó del cordón, él también lo hizo. Sonrió especulando cómo lo estaría maldiciendo.
Cruzaron Libertad, y Florencio sintió que los pies de Margarito se arrastraban menos, que tomaban fuerzas para pasarlo. Lo intentaría antes de llegar al puesto de diarios, que actuaría como un brete. Florencio se figuró que trataría de hacerlo por su derecha. Jamás se animaría a quedar encerrado entre la pared y su humanidad. Adivinó. Con disimulo empezó a desviarse hacia la calle.
Así caminaron, uno detrás del otro, hasta el puesto de diarios que apenas dejaba espacio libre para que pasara una persona. Florencio se detuvo a hojear unas revistas. Margarito también. Podría haber salteado el kiosco, evitándolo, pero no lo hizo.
Hojeó varias revistas de viaje con desgano. Margarito tuvo menos suerte, le tocó detenerse frente a las de moda. Florencio se decidió por una que invitaba a leer un artículo del norte de España, un sueño anhelado por su suegra. Florencio pagó y empezó a caminar. Segundos después, Margarito lo siguió. Quería jugar su juego. Florencio avanzó despacio unos metros; y cuando lo sintió cerca, frenó de golpe. Por poco Margarito lo choca, pero tuvo reflejos.
Pasaron frente a una pared llena de graffitis; uno decía: basta de perseguir. Florencio percibió que más allá de la diversión, había llegado la hora de terminar el juego. No se sentía mal por molestarlo, pero estaba empezando a asfixiarlo lo que no fue, lo que podría haber sido, lo compartido y perdido.
Cuando llegó a la esquina, se corrió adrede. Margarito apuró su paso y con la mirada fija en el piso, lo pasó.
–Chau, flaco –le dijo Florencio en voz alta, para que Margarito esta vez lo escuchara.
En vano esperó su insulto.
Florencio va a empezar a pasar más seguido por la casa de Margarito.
Con un poco de suerte, se lo vuelve a encontrar.
La ola
El deseo de rememorar viejas épocas llevó a Fulgencio de nuevo al mar. Hacía mucho que no iba, la montaña lo había secuestrado. Pero el salado y soleado amor de juventud seguía intacto.
Nubes milgrises colgaban de hilos invisibles, como en una escenografía surrealista. Los perfectos azules del cielo y el mar se amalgamaban en un casi irreconocible horizonte móvil. Competían por ser bellos en una lidia que jamás tendría ganador.
En la orilla, con el agua por los tobillos, un hombre jugaba levantando a un niño ante la llegada de cada ola, que gritaba aterrorizado y feliz.
Se acercó hasta el rompiente y durante un largo rato escrutó las olas verdes o azules o grises o marrones. Todas iguales, todas distintas. A pesar del tiempo, Fulgencio y el mar tenían un asunto.
Intentó ver algún cardumen reflejado en el sol. De niño, a los pejerreyes los soñaba delfines.
Miró el banderín negro y amarillo de mar dudoso y al guardavida, que lo alentó con su pulgar levantado.
Nadó en línea recta hacia ese horizonte movedizo.
Una decena de barrenadores aguardaban con impaciencia las olas rompientes que los harían sentir torpedos. Dependiendo de la habilidad y de cuán lejos los dejara la primera, podían agarrar una segunda en la misma tanda. Fulgencio agradeció que no hubiera surfistas, uno no barrena tranquilo con las amenazantes tablas cerca.
Intentó agarrar varias, pero su falta de timing era evidente. A pesar de sus vigorosas braceadas, lo sobrepasaban. Y su frustración se acrecentaba. Se agotó más rápido de lo pensado. Se prometió nadar una vez por semana cuando volviese de sus vacaciones.
La temperatura del agua invitaba a quedarse largo rato. Se sentía más calor adentro que afuera.
Estaba descansando en el subibaja de las olas cuando a unos diez o quince metros, vio a tres adolescentes atléticos, pelos decolorados, piel bronceada y dientes demasiado brillosos que, impulsándose en el lecho arenoso, saltaban por sobre la cresta de las olas a punto de romper para avistar si la que venía atrás era mejor. Cuando esto sucedía, y al grito de la de atrás, la de atrás, dejaban pasar la ola, esperando la de atrás, más grande, más potente.
Fulgencio se puso a observarlos.
Cada tanto el grito se reducía a un mero atrás, atrás; contraseña interna para que los adolescentes barrenaran esa ola, que era siempre la última de la tanda.
El resto –desprevenidos primero, decepcionados después– dejaba pasar esa ola para encontrarse con una calma chicha que se prolongaría por algunos larguísimos minutos.
Fulgencio recordó al instante el juego.
Decidió no dejarse engañar, y apenas escuchó el "atrás, atrás" empezó a dar poderosas brazadas para no perdérsela. En la cresta observó cómo los chicos también se zambullían.
Pendejos de mierda, sonrió. La ola era perfecta, exclusiva para ellos cuatro. El resto, confiado que la había dejado pasar, se lamentaba.
La ola comenzó a romper formando un maravilloso tubo, la pared casi vertical tenía un metro y medio de alto –quizás no parezca mucho, pero en el agua ciento cincuenta centímetros son mucho más que un metro y medio–. En el momento exacto del rompimiento Fulgencio dejó de nadar para dejarse llevar por la ola, envuelto en espuma. Estrechó sus brazos a lo largo del cuerpo y giró la cabeza para ver a los jóvenes delfines barrenando a la par de la vieja tonina, que no había perdido las mañas.
Entonces sucedió.
La ola los había escuchado; quizás ofendida porque creyó que los chicos realmente preferían a la de atrás o porque sus palabras privaron al resto del disfrute, decidió escarmentarlos. La espuma que los envolvía se transformó en la de un perro rabioso y la ola se convirtió en un poderoso remolino que los zarandeó hacia dentro y hacia fuera, arriba y abajo. Sus cuerpos, laxos, se bambolearon como muñecos de trapo. De pronto, el mar debajo de ellos desapareció y los tres cayeron al fondo arenoso.
Fulgencio dejó de verlos, su parte de la ola siguió evolucionando a la perfección. Un tobogán interminable lo depositó en la orilla, varándolo como a una ballena. El disfrute hizo que por largos segundos se olvidara de los chicos.
Cuando se incorporó, los vio. Intentaban salir del mar con dificultad, los cuerpos magullados, un ojo en compota, algún hilo de sangre en una nariz, una renguera, un codo dislocado, nada grave.
Fulgencio recordó sus quince y sonrió.
Casimiro
–Por favor Casi, hoy paseá vos a Petronilo –me dijo Casandra, mientras seguía abrazada a la almohada.
Si bien no era lo que habíamos acordado antes de comprarle el perro a nuestro hijo Indalecio, accedí. Era el Día de la Madre. Lo pasearía unos quince minutos, después iría a correr mis cinco kilómetros diarios, le compraría a Casandra unas flores, me ducharía y a las nueve en punto estaría desayunando con ellos –el ellos incluía a Petronilo que, a pesar de haber llegado hace tan sólo seis meses a la casa, ya era uno más de la familia–.
Jamás lo confesaría, pero había empezado a disfrutar de los paseos con Petronilo. Me esperaba puntual, impaciente a la hora de salir. Y ya en la calle perseguía los olores y movía la cola cuando se reconocía en algún otro de sus pares.
Eran las siete de una mañana primaveral. Poca gente en la calle. Atravesé el olor rancio del contenedor gris que vaciaban poco. Me extrañé no ver al homeless que siempre duerme en el cajero automático. Un portero baldeando la vereda, una parejita alegre que volvía de algún boliche con una bolsa con medialunas, un señor con dos enormes rottweilers a los que no me acercaría y, en la esquina, una madre empujando un cochecito azul de bebé, un Gracco igual al que habíamos usado con Indalecio. Sonreí al recordar cuánto le costaba a Casandra armarlo a pesar de tener las instrucciones enfrente –en castellano y con ilustraciones–.
A mis espaldas oí el ronronear de un motor e instintivamente tanteé el celular en el bolsillo.
Creí reconocer la moto. Venía despacio. Cuando pasó a mi lado me llené de satisfacción.
Las Jawa eran robustas, confiables. Un caño. A pesar de que ésta tendría varios años, no dudé de que seguiría andando a la perfección. Era entre marrón y bordó, igual a la primera que me había comprado.
–Esa es para los que no pueden comprarse una Harley, me decían mis amigos, envidiosos.
Saqué el celular y le tomé una foto. Verifiqué que estuviera nítida y la subí a Facebook sin leyenda. Los entendidos la reconocerían enseguida. Tuiteé: @casimiro #jawa350spyder #libertadtotal #quierounaya #imborrablesrecuerdos #maquinoninfernal.
Vi que el tanque de nafta tenía una pequeña abolladura. Sería de tiempo atrás, un poco de óxido lo delataba. Yo lo hubiera arreglado apenas se lo hice.
Le miré la patente, 123 LAD, pero no pude calcular de qué año era; no era como antes, que con sólo mirar la primera letra, uno sabía el año.
Noté que el que conducía llevaba casco blanco, tenía guantes y unas botas de cuero negras, una remera negra de los Guns n´ Roses con una calavera, y unos jeans azules gastados.
Sentado atrás, un joven de unos veinte años, sin casco, pero con el chaleco verde flúo obligatorio, aunque la patente impresa en él, 789 RON, no coincidía con la de la moto, lo que me extraño. También tenía unos jeans y unas zapatillas negras con tres tiras rojas. El chaleco no me dejó ver detalles de la remera blanca que tenía puesta. El pelo negro le llegaba a la mitad de la espalda y estaba atado con una gomita amarilla que le hacía juego con una pulsera de goma, de esas que puso de moda un ciclista que resultó un bluff. Tenía puestos unos anteojos Ray–Ban Aviator polarizados que clamaban truchos. No como los míos.
Me estaba impacientando, habían pasado los quince minutos previstos y Petronilo ni señales de hacer lo suyo. Siempre giraba tres o cuatro veces sobre sí mismo antes de hacer popó.
La moto subió a la vereda y se le cruzó a la madre con el cochecito. Al tiempo que el conductor intentaba arrebatar la invitante cartera que la señora llevaba al hombro, el que estaba atrás se bajó y con destreza abrió el arnés que sujetaba al bebé. El chico se puso a llorar, la madre se olvidó de la cartera y se tiró sobre el joven, gritando:
–¡Hijo de puta, hijo de puta!
Saqué varias fotos y guardé el celular. A mí, no me lo iban a afanar.
El portero miró de reojo y siguió limpiando la vereda.
El dueño de los rottweilers los soltó y les ordenó:
–¡Ataquen! -pero los perros se quedaron moviendo el rabo junto a su él.
La parejita se dio vuelta y sin dejar de comer las medialunas, se limitó a observar la escena.
A una cuadra, un policía terminó de textear e inició un cansino trotar para cumplir con su deber, al tiempo que gritaba:
–¡Policía, deténganse!
¡Estos canas son unos inútiles!, me dije, ¿Creen que con un grito pedorro van a parar?
El que manejaba la moto le pegó una trompada a la mujer, que cayó al suelo, y, llevándose la cartera, aceleró por la vereda.
El otro, precedido por el ulular del bebé que llevaba en brazos, empezó a correr hacía mí. Era un poco más bajo que yo, no llegaría al metro ochenta. Flaco, huesudo, fibroso. Corría arrastrando levemente la pierna derecha. Una baldosa floja desacomodó más su renguera y empezó correr con más lentitud.
El policía dudó a quién perseguir. Luego de un rato se dio cuenta de que no iba a alcanzar a la moto.
La madre se incorporó con dificultad y empezó a correr con desesperación.
El chorro con el bebé pasó junto al inmóvil portero. ¡Qué guacho, ni siquiera intentó levantar la manguera para que se tropezara!, pensé.
Varias veces había imaginado cómo reaccionaría ante una situación como esta: ¿Lo interceptaría y le haría un tackle, como en mis épocas de rugbier? ¿Le pegaría un hombrazo que lo arrojaría contra la pared? ¿Me haría el distraído y cuando pasase a mí lado le haría una zancadilla? En cualquier caso, llevaría mi valentía hasta las últimas instancias.
Estaría a unos cinco metros cuando se le cayeron los anteojos, no se detuvo a recogerlos. Vi sus ojos pardos, achinados, inyectados en heroinica sangre. Vestigios de un acné mal curado adornaban su cara. En el brazo derecho llevaba tatuado un corazón rojo con la palabra mamá, sin tilde, en blanco.
Estaba casi encima de mí. Bajé la mirada al piso, como buscando algo. Por las dudas, sujeté fuertemente la correa de Petronilo. No fuera a ser que al chorro se le ocurriera cambiar bebé por perro.
Cuando pasó a mi lado pude ver que era una beba, con un gorrito rosa con la leyenda I Iove Mummy. No tendría más de seis meses. Sus cachetes estaban rojos, pero no lloraba.
El olor a birra no era de ella. Tampoco el olor a chivo; rancio, profundo. Quiera Dios que no queden grabados en la memoria de la beba –pensé.
Al llegar a la esquina, el tipo se detuvo, y con una llamativa delicadeza depositó a la beba en la entrada de un edificio. Una gentileza para la madre, que al ver lo que pasaba, aminoró su marcha.
Instantes después, llegó el policía que, usándome como excusa para desistir de la persecución, se detuvo. La remera bordó humedecida en los sobacos y la panza que luchaba contra el chaleco reglamentario, que más temprano que tarde se daría por vencido. Agitado me preguntó:
–¿No lo viste al chorro? ¿No lo pudiste parar?
–¿A quién? –le pregunté, preocupado porque mi Petronilo no quería hacer sus necesidades.
Cosas que pasan
Las cosas podían haber sucedido de cualquier otra manera, y sin embargo sucedieron así.
Miguel Delibes, “El Camino”
El padre de Fortunata era muy testarudo y nada supersticioso. Cinco años antes que ella naciera había nacido otra Fortunata, su primera hermana mayor, que a los cuatro meses murió súbitamente. Dos años después nació otra Fortunata, su segunda hermana mayor, que tuvo tan poca suerte como la primera Fortunata; vivió sólo un año por culpa de una bronquitis aguda. Fortunata nunca supo de la existencia de sus hermanas.
Eran casi las diez de la mañana. Fortunata volvía de una gira por el interior chubutense. Estaba terminando el verano, poco viento, un cielo azul profundo y la tranquilidad patagónica que todo lo envolvía.
De repente, un caballo suelto se cruzó en su camino. Intentó esquivarlo pegando un volantazo pero mordió la banquina y volcó. La camioneta dio varios tumbos antes de detenerse, en medio de la polvareda, en un jarillar.
Perdió el conocimiento. Tardó un largo rato en recobrarlo. Cuando abrió los ojos, el mundo estaba al revés; yacía colgada y atrapada por el cinturón de seguridad. Pensó que estaba muerta, pero no, no podía ser; la muerte no debía doler tanto.
Lo primero que vio fue la bolsa del airbag, desinflada y colgante, que le recordó un enorme profiláctico usado. Y detrás, un zorro colorado que despedía un particular, denso y fuerte olor y husmeaba en busca de una comida que no iba a encontrar. Ella era muy pulcra. No comía en la camioneta.
Miró sus manos, estaban perfectas. Unos guantes de antílope con las puntas de los dedos cortados que dejaban ver unas uñas siempre prolijas y pintadas. Ante todo, la coquetería. Empezó a palpar su cuerpo. Se tocó el pantalón, estaba todo mojado. El accidente había hecho que se orinara encima. Recién con el movimiento de las manos el zorro se percató de su presencia, la miró, la olfateó y sigilosamente se fue.
Cerró los ojos… qué hacer. A su mente le llegaron reminiscencias de otro accidente.
Tenía veinte años. Estaba en una cama. No sabía dónde ni desde cuándo. De a ratos tomaba conciencia, pero pronto volvía a dormirse. Un olor a formol flotaba en el ambiente. Cada tanto, una luz fina, penetrante, le perforaba los ojos. Cuando los abría, veía un barbijo y una linterna. A su costado una radiografía de una columna vertebral apoyada en una pantalla iluminada y tres personas que la miraban, y hablaban. A dos creyó reconocer como a sus padres, la tercera tenía un delantal blanco. Volvía a quedarse dormida. A la columna vertebral no la reconoció como suya hasta que, entre sueños, escuchó: –médula cortada… cintura para abajo… paralítica… silla de ruedas… adaptarse… pobre Fortunata.
No tardó en comprender su nueva realidad. El cuarto donde estaba se le ocurrió más oscuro. Se lamentó de haber desobedecido a su padre y haber salido con “esos” amigos que resultaron ilesos en el accidente. Había decidido seguir viva hasta el final de su vida. Con la definitiva parálisis y la inevitable infertilidad, también murió el deseo sexual.
Fortunata tenía casi cuarenta y a pesar de sus limitaciones, un estado físico envidiable que no hubiera logrado de no haberse obligado a hacer tres horas de ejercicio diario. Muchas repeticiones con poco peso, brazos, espalda, tórax, abdominales fuertes como el hierro, pero no desarrollados como los de esas fisicoculturistas tan poco femeninas.
Fortunata se juró que no sería un estorbo para nadie, nunca. Apenas salió del hospital empezó a entrenarse. Se había acostumbrado a las adversidades y se había resignado a las desgracias, encarando la vida como una obligación. No usó su silla de ruedas como púlpito o para dar lástima, como muchos en su condición, sino que por el contrario fue mucho más terrenal: capacitaba a las maestras rurales en el uso de las computadoras.
Se desabrochó el cinturón de seguridad y cayó pesadamente sobre el techo de la camioneta. Intentó hablar por la radio, pero el cable del micrófono se había cortado. Buscó su celular; revisó hasta donde pudo, no lo encontró. Intentó abrir la puerta. Tardó quince minutos en sacar los restos de vidrio de la ventana, se agarró fuerte del marco, se deslizó, salió y se apoyó en el capot.
Estudió la situación. Estaba en el medio de unos matorrales, a unos treinta metros de la ruta. Era imposible que la vieran desde allí.
Tuvo que romper el parabrisas con una piedra para sacar la silla de ruedas del lugar del acompañante, a la que también le había puesto el cinturón de seguridad. Era extremadamente versátil, una silla todo terreno motorizada de última generación con una batería solar envirofriendly que había comprado por catálogo en Special Mobility Inc. Las ruedas no eran macizas, sino que se inflaban lo que hacía que fuera mucho más liviana y fácil maniobrarla. Se felicitó por la inversión realizada.
Se puso entonces a buscar una primera edición del comic Giant Size X–men de Marvel Comics. Era el ejemplar de mayo 1975 en el que aparecía Storm, la súper heroína de cabello blanco y ojos azules capaz de controlar el clima. Fortunata la llamaba por su verdadero nombre, Ororo Munroe. Le había costado conseguirla y no iba a dejarla abandonada en el medio de la Patagonia. Suspiró aliviada cuando vio la revista enganchada en el paragolpes.
Se puso la silla sobre la espalda y comenzó a arrastrarse. Entre la piedra laja y las espinas de neneo tardó casi media hora en llegar a la vera de la ruta. En la banquina, un caballo husmeaba un poco de pasto. Esperó un rato para retomar el aliento. Armó la silla de ruedas; se subió a ella y comenzó a andar.
Si bien las lomadas no eran demasiado altas, el ripio y el viento en contra que se había levantado se sumaban para dificultar su andar. Se extrañó que nadie anduviera por la ruta. A lo lejos vio un poste de esos que los concesionarios de la ruta habían puesto para comunicarse en caso de una emergencia. Cuando llegó, sus peores temores se confirmaron: no había teléfono, solo un derruido y solitario cartel con la leyenda “S.O.S.”.
Fortunata se fue haciendo ducha en eso de manejar la silla en el ripio, y avanzaba cada vez más rápido. Todo iba sobre ruedas hasta que una de las gomas reventó. No se preocupó, quería verdaderamente poner a prueba las virtudes de la silla. De la alforja del respaldo sacó un spray e infló la goma, solidificándola al instante. Si bien el andar fue menos fluido, pudo avanzar. Una vez más se felicitó por haber comprado esa silla.
Siguió andando, disfrutando la inmensidad ¡cuánto cielo! El sol tibio le había secado la mancha oscura del pantalón. La vista del mar, plácido, verde azulado, y alguna manada de guanacos hicieron menos tedioso su andar. Cada tanto una suave brisa marina le llenaba los pulmones y le daba fuerzas para seguir. A la vera de la ruta observó una osamenta blanqueada por los años que se aburría en soledad.
Veinte años atrás había decidido que sus manos jamás acariciarían a nadie, que en cambio las usaría para modelar. La escultura era su cable a tierra; la práctica asidua había perfeccionado su técnica. Estaba muy satisfecha con cómo había evolucionado su obra. Deseaba llegar a su casa para esculpir.
El sol empezaba a picar, Fortunata improvisó un sombrero con una bolsa de arpillera que encontró tirada a la vera del camino, la sacudió y voló una nube de polvo. No le importó demasiado, ella estaba tan sucia como la bolsa. Se secó con la manga unas gotas de sudor denso y amarronado que le corrían por la frente y las sienes.
La boca seca, mucha sed. Recordó que la silla tenía una cantimplora en el respaldo, ¿tendría agua? La sacudió. Sí, pero tomó solo dos sorbos para que no le cayeran mal. Decidió guardar un poco, no era fácil conseguir agua en esos lugares. Junto a la cantimplora encontró dos barras de cereales, las palpó, estaban duras, poco importó, y se las comió al instante.
Siguió su marcha. Estaba mirando el mar a lo lejos cuando sintió que había pisado algo. Se dio vuelta y miró al piso. Allí vio una mezcla negruzca y amorfa que le recordó una mosca aplastada por un matamoscas. En el verano, eran muchas las enormes arañas pollitos que cruzaban la ruta y Fortunata había pisado miles sin darse cuenta. Empezó a mirar por dónde avanzaba, y de aburrida que estaba empezó a avanzar en zigzag, esquivando arañas, vivas y muertas.
Era casi mediodía cuando, después de una curva en bajada, vio a lo lejos una larga hilera de vehículos parados. Tardó unos veinte minutos en llegar allí. No había nadie. Autos, camiones, un ómnibus y una ambulancia con la puerta trasera abierta de par en par, todos vacíos. ¿Qué pasó?, ¿dónde se habrán ido los conductores?, se preguntó. Alguna radio prendida, la mayoría de los vehículos sin restos de polvo. Llegó a la conclusión de que no estaban abandonados. Extrañada, siguió avanzando hasta que la vio.
Bajo un despintado pasacalle, pasaruta en este caso, pensó Fortunata, con la leyenda Por la vida, una anciana solitaria cortaba la ruta. Estaba sentada en una mecedora que no se mecía. Un cigarrillo apagado colgaba de sus labios resecos. Dos bebés de edades parecidas pero distintas tonalidades intentaban vanamente mamar de sus pechos secos que parecían diminutas pasas de uva. “Es muy vieja para tener hijos ¿Serán sus nietos? ¿Serán prestados? ¿Alquilados? ¿Robados?”, se preguntó.
Junto a la vieja, arriba de una destartalada mesa hecha con un cajón de manzanas, había una pila de panfletos con la leyenda “Por la vida, no a la fábrica contaminante”, “No al cáncer para nuestros hijos”. El viento los sacudía y los hacía volar, uno por uno. La vieja ni se inmutaba.
–Buen día, Doña, ¿qué anda pasando por acá?
–Por acá no está pasando nada… ni nadie. La orden de la asamblea soberana es que hasta que no se desmantele la fábrica de cemento, por acá no pasa nada con ruedas. Si quiere deje la silla y siga como pueda.
–Volqué con la camioneta… –intentó explicar Fortunata, pero fue interrumpida por la vieja de los pechos rancios, el cigarrillo apagado y los bebés alquilados o prestados o robados.
–Es la voluntad de la asamblea, es por el futuro de nuestros hijos –dijo, bajando los ojos hacia los bebés…. Y aclaró: –La fábrica tira aire contaminado.
Intentó convencerla de que la dejara pasar, pero la postura de la vieja era inamovible: –¿No entiende castellano? Si no pasaron ellos, ¿por qué usté sí va a pasar? –le dijo, haciendo un ademán hacia un costado. Fortunata observó que junto a la ruta yacían motos, bicicletas además de un carrito de cartonero y una camilla.
–¿Tiene teléfono?
–Acá no hay forma de comunicarse. Espere hasta la tarde, cuando me vengan a buscar y si no, camine como hicieron los demás, son sólo siete kilómetros.
Fortunata estaba perdiendo la paciencia. Tenía la certeza de que hablar con la necia de las tetas marchitas y los bebés alquilados o prestados o robados, sería inútil. Intentó pasar.
–Yo que usté ni trato –le dijo la vieja haciendo un nuevo ademán, ahora hacia el otro lado. Allí, petrificados como los guerreros de terracota de Xi'an, estaban ellos. Una docena de panzones pero amenazadores policías de la temida guardia de infantería provincial con la sacra misión de proteger a la anciana.
Se dirigió a ellos y amablemente les solicitó ayuda:
–Por favor, préstenme un teléfono… o al menos déjenme pasar.
Una mirada gélida y un silencio sepulcral fueron la respuesta. Pensó en recordarles que eran servidores públicos o hablarles sobre sus derechos, pero supo que sería inútil en época en que había derechos más importantes que otros, y algunos con más derechos que otros.
Añoró cuando era una de las mujeres más escuchadas de la Argentina; durante años había sido la locutora del 113, la hora oficial.
Volvió sobre sus pasos pensando que al menos la vieja no era sorda. Recurrió entonces a un remedio infalible, a esa llave mágica que abre todas las puertas, a ese argumento irrebatible que tira por tierra todo principio. Abrió la billetera y sacó un billete de dos pesos:
–Tome, buena señora, para el futuro de sus hijos –le dijo, señalando a los bebés prestados o alquilados o robados.
–¿Usté se cree que yo valgo sólo dos pesos? ¿está loca?
Fortunata abrió nuevamente la billetera y, lamentando no tener un billete de cinco, sacó uno de diez.
Los ojos de la vieja brillaron. Miró a los policías que simulaban no verla, y tomando el billete y señalando a los bebés prestados o alquilados o robados, le dijo:
–No lo hago por mí, lo hago por ellos.
–Lo sé, buena señora, lo sé, es por ellos… –y agregó: –¿Me daría un poco de agua?
La vieja pensó un rato.
–Tome, pero un solo sorbo –le dijo la vieja, dándole una botella con un líquido oloro, sípido y coloro.
Lo tomó ávidamente.
–¿Puedo llenar la cantimplora?
–Debiera agradecer en vez de pedir, le dije un solo sorbo –le dijo la vieja secamente.
El viento comenzó a rugir. En el horizonte, un muro de arena de un poder incontrolable avanzaba como un monstruo; una imagen estremecedora de una belleza inquietante y caótica. En un instante el día se hizo noche y la visibilidad se redujo a cero.
La arena que volaba golpeaba con violencia su rostro, aguijoneándole la piel como lo haría un enjambre de avispas furiosas. Puso el freno de mano de ambas ruedas, inclinó la cabeza casi hasta tocarse las rodillas, se tapó los ojos con la bolsa arpillera y se agarró fuertemente a la silla.
Fueron pocos minutos, pero parecieron una eternidad. La tormenta pasó. Fortunata se sacó la bolsa y miró a su alrededor. La vieja no estaba ni tampoco los chicos. Se preguntó si el viento se los habría llevado. En cambio, los guerreros más de terracota que nunca, esperando órdenes de la superioridad para pestañear.
Comenzó a alejarse mientras rumiaba: “qué vieja chota”.
La ruta seguía vacía.
Al rato empezaron a aparecer los carteles, principalmente de hoteles y de servicios para el automotor. Unos pocos eran de restaurantes. En pocos metros eran cientos. Una sinfonía de derruidos colores y óxido que afeaba el paisaje. Sobresalía uno, mucho más grande, nuevo, lustroso, que anunciaba las virtudes de un celular e invitaba: No deje de tenerlo ya.
Nunca supo si fue por las barras de cereales, el agua contaminada de la cantimplora o la que le dio la vieja chota, lo cierto es que una brutal diarrea la asaltó sin preaviso. Luego siguieron una serie de retorcijones que la tiraron de la silla, que se volcó. Instintivamente miró atrás para ver si venía algún vehículo; recordó que por culpa de la vieja chota, nadie pasaba por allí. Se sacó el pantalón, por suerte la bombacha había contenido las heces.
Al tener dificultades para controlar sus deposiciones, Fortunata utilizaba una bombacha para incontinencia extrema con un diseño anatómico elastizado ultra delgado que le facilitaba la movilidad otorgándole mayor independencia y protección, con un gel súper absorbente que neutraliza olores, vías antidesbordes y una cubierta interior de tela hipoalergénica con aloe vera que colabora en la prevención de escaras y permite mantener la piel siempre seca. Además, la bombacha tenía una cubierta exterior impermeable que protegía a las prendas del contacto con los líquidos.
Se la sacó y con la parte limpia se aseó, se puso nuevamente el pantalón y empezó a escarbar un pequeño pozo para enterrar la bombacha, pero la tierra seca y compacta se lo impidió. Haciendo un bollo, la arrojó lo más lejos que pudo. Se subió a la silla y continuó su andar.
Los álamos flacos que alguna vez habían intentado ser el bulevar de entrada a la ciudad, con los troncos pintados de un llamativo color blanco, le indicaban que estaba cerca. Pasó frente al cementerio; en las paredes encaladas aún se podían leer, pintados en rojo, los nombres de unos políticos que años atrás quisieron sin suerte llegar al poder y que ahora ofendían la memoria de quienes intentaban descansar en paz tras los muros. Semiocultos en la sombra del paredón, una prostituta vieja con una dentadura malograda y un travesti, casi desnudos, desafiando el viento sureño, esperaban a clientes que difícilmente vendrían, no solo por el corte de la ruta. Fortunata bajó a la banquina y avanzó por el pastizal hacia ellos. Una vez más celebró la compra de la silla.
–Nunca estuve con una paralítica –la recibió la puta. –Si querés que te la chupe son 10, si querés chupar una buena verga arreglá con ella que tiene un lindo regalo para vos –le dijo, señalando al travesti.
Fortunata reprimió su asco.
–Lamento desilusionarlas, pero no vengo a contratar sus servicios, necesito un teléfono, ¿tendrían uno para prestarme?
–No estamos acá para hacer caridad sino para laburar. Chau, mi amor, rajá –le dijo el travesti.
Volvió a la ruta. Unos metros más adelante el telo Mimos, con una estética setentosa de acrílicos naranjas y rojos ajados por el tiempo, que no invitaban a entrar por más que un cartel ofrecía un combo imperdible: “Una botella de champagne gratis por turno. Si se queda toda la noche, desayuno bufé sin costo”. Enfrente, la parrilla El chorizo alegre, usualmente llena de camioneros, estaba cerrada.
Siguió su camino. A su derecha, unas chapas oxidadas iban tomando forma de asentamiento precario, como si pretendieran emular las chapas de los latones de combustible que recubrían las casas de las pocas familias que en 1901 se asentaron allí.
Un poco más adelante, piqueteros muy duros de la Conspicua Asamblea Ciudadana Ambiental (CACA) con las caras tapadas, que reclamaban por cloacas –vana promesa eleccionaria de cuatro años atrás–, habían cortado la calle. Unos metros más allá, otro grupo piquetero exigía la liberación de uno de sus líderes, preso por extorsionar a una cadena de jugueterías extranjera con el objeto de obligarla a entregar juguetes gratis para niños de los barrios carenciados.
“Espero que no sean como la vieja y me dejen pasar”, pensó.
Y no fueron como la vieja, es más, ni se percataron de su presencia.
Estaba anocheciendo cuando, agotada, llegó a su casa. Entró. Sacó de la heladera una milanesa hecha la semana anterior y una limonada helada, que comió y bebió mientras iba al baño. Había sido un día largo. Se duchó por largo rato con agua muy caliente, salió del baño, se puso un jogging y se dirigió a su taller, el único lugar donde ella era ella.
Su colección estaba a punto de completarse.
Tomó un poco de masilla Epoxy y comenzó a modelar. Sus manos se movieron con destreza; sus uñas pintadas permanecieron inmaculadas durante la faena.
A pesar del cansancio, en tres horas una nueva escultura estaba lista para ser pintada. Tenía poco tiempo, la masilla era de fraguado rápido y la pintura de acrílico perdía adherencia si la pasta se secaba. Prolija hasta el mínimo detalle, hizo que distintos tipos de pinceles insuflaran vida a su creación.
Así, en el escultural cuerpo de una mujer pintó primero el pelo negro, luego unas estrellas blancas sobre un short azul eléctrico, un corsé rojo con un escote pronunciado, unas botas rojas hasta las rodillas y un ajustado cinturón y una tiara, también dorada, con una estrella carmesí que le daban más brillo aún a la obra. Era la Mujer Maravilla.
Embelesada, la miró largo rato.
De una caja sacó una réplica en miniatura de su silla de ruedas. La había comprado en la toys division de Special Mobility Inc. Sentó a la Mujer Maravilla en ella y la ató con el cinturón de seguridad.
Giró y llevó la escultura a una mesa donde estaba su colección más preciada: Superman envuelto en su capa roja, Batman oculto detrás de su antifaz, Flash con su rayo amarillo atravesándole el pecho, Linterna Verde y su anillo de poder, el Hombre Araña con su mano lista para tirar su tela, el Capitán América y su escudo de adamantio, Ironman con su reactor de poder brillando en el pecho, el verde Hulk con sus músculos deformes, Birdman con sus alas desplegadas, los Cuatro Fantásticos y sus poderes naturales, Thor y su martillo.
Estaban todos en círculo, mirando un espacio libre en el centro, esperándola a ella.
Bicicleta fija
Abrí la puerta del gimnasio y miré el reloj. Eran las diez y media exactas. Celebré mi inútil puntualidad.
Como siempre, ellos ya estaban allí. Los saludé al entrar.
–Buen día –me contestaron en un automático unísono, y siguieron enfrascados en su conversación.
Charlie –había dejado de ser Carlos María antes de nacer– contaba en un desaforado pedaleo y con minuciosidad los metros recorridos, las pulsaciones y las calorías bajadas, repitiendo mentalmente los números como si fueran un mantra.
A su lado, Matuco –que además del nombre, había perdido también el apellido– intentaba llevarle el ritmo. No lo lograba; si bien eran de la misma edad, Charlie se entrenaba todos los días y no tenía la prominente buzarda de Matuco, que se jactaba de tomarse tres whiskies diarios y dos gin tonics sin que lo afectasen.
La tercera bicicleta estaba ocupada por el Bebe –no lo llamaban así desde que era niño como podía suponerse, sino por su cara de eterna juventud–. El Bebe no competía con ellos, era flaco, muy flaco, no necesitaba pedalear para adelgazar, se entrenaba para sentirse bien.
Los tres eran íntimos amigos y todos los días se la pasaban charlando durante el aeróbico. Los temas eran casi siempre los mismos: el fútbol, lo mal que estaba el club y el valor del dólar que, como la mayoría de los socios del ilustre club, tenían que vender para sobrevivir.
Me subí a la cuarta bicicleta, regulé la altura –siempre me toca antes un petiso que nunca seca el asiento–, configuré distancia, esfuerzo y calorías y empecé a pedalear.
Estábamos en el gimnasio de un exclusivo club masculino pintado de un viejo color crema. En un ángulo, un televisor silencioso sintonizado en un canal económico que nadie veía. A su lado, un cartel decía que el uso máximo permitido de los artefactos era de treinta minutos; no todos lo cumplían. Más allá, el reloj, cuyas agujas se lentificaban a medida que uno se ejercitaba, un bebedero con fresca agua mineralizada, toallas de papel para secar los sudores y una mesa con los diarios del día y algunas gastadas revistas pornográficas. A pesar de dos aburridos ventiladores de techo que giraban sin parar, un rancio olor a tufo dominaba el ambiente.
Si bien nos habíamos visto infinidad de veces, lo mío con ellos eran un buen día y hasta luego. Y no porque yo no fuera simpático, sino porque conversaban entre ellos como celosos guardianes de su cofradía selecta.
Los tres orillaban los setenta y presumo que eran víctimas de alguna sordera incipiente, ya que hablaban a los gritos.
El suicidio de Junior Bustamante, un insigne socio del club, los mostraba muy afectados.
–Estoy deshecho por lo de Junior, ¿cómo alguien que tiene todo en la vida puede pegarse un tiro? –dijo Charlie, secándose el sudor.
–Justo estuve comiendo con él la semana pasada y me contó que no tenía problemas económicos… estoy consternado –acotó el Bebe.
–Yo estoy desgarrado, no sólo por la forma. Vivimos muchas cosas juntos. A mí me contó que le estaba pagando el colegio a los cuatro hijos de Apolinario Jr., que hace dos años que no tiene trabajo, pero los sigue mandando al San Andrés… ¿será por eso? –preguntó Matuco.
–¿Por qué el hijo no tiene laburo? –preguntó Charlie. –Nadie se mata por eso.
–No, me refería a que quizás andaba corto de guita y no podía seguir bancando el colegio de los chicos –aventuró Matuco.
–Estás loco, tiene ochocientas hectáreas en Rojas, es una fortuna –dijo el Bebe.
–Tenía, dirás, ahora las tienen su mujer e hijos… –contestó Matuco, mientras sus muslos bajaban y subían golpeando una y otra vez su mondongo colgante.
–El campo ya era de ella, así que no cambia nada…
–Sí, pero no te olvides que heredaron más de dos mil y fueron vendiéndolas poco a poco.
–Como la mayoría de nosotros –acotó Charlie, que era el único de los tres que no provenía de una familia terrateniente.
Los otros dos hicieron que no lo habían escuchado. Touche. Sonreí para mis adentros. A veces, Charlie me caía muy bien.
–Mucho capital, pero poca renta; entre las retenciones y la cosecha perdida por las lluvias, en los últimos años no les fue tan bien –dijo el Bebe, sin disminuir el vigoroso ritmo.
–Y para colmo, Marta que no suspendía su mes en la Toscana por nada del mundo… No soportaba los inviernos acá… no sé qué va a hacer ahora…
–Va a seguir viajando como siempre… Junior mal no la dejó… invitará a alguna amiga… o se enganchará algún novio… –acotó el Bebe.
–¡¿Estás loco?! Junior era el amor de su vida –dijo Charlie.
–Además, ya tiene sesenta y pico… –comentó Matuco.
–¿Qué querés decir con eso? Está esplendida –dijo Charlie.
–Espléndida pero jovata, está más para abuela que para amante… Aunque vos que andás soltero podés hacerle un tirito…–le dijo Matuco a Charlie, que no le contestó.
No sé qué me molestó más de Matuco, si la bajeza o el infantilismo. Estuve a punto de decirle algo, preferí callarme.
–¿Le habrán detectado alguna enfermedad incurable?
–¡Imposible! Cuando desayunamos el otro día me contó que se había hecho unos exámenes clínicos de rutina y que le habían dado perfecto. Además, ayer en el velorio me encontré con el Oso que me contó que Junior estaba bárbaro.
–¿Quién es el Oso? –preguntó Charlie.
–El médico de Junior, es hijo del Puma Larreta, no es tan buen médico como el padre pero heredó a todos sus clientes… perdón, pacientes… y le va muy bien… con decirte que no atiende por obra social –dijo Matuco, agitado.
–¿Marta le habrá descubierto algo? –preguntó el Bebe.
–¿Qué insinúas? –preguntó Charlie.
–No sé… ¿una amante… una familia paralela? –aventuró el Bebe.
–No creo… era muy vivo –dijo Matuco.
Percibí su ironía. Lo miré de reojo para que supiese que había percibido su doble sentido. No me miró. Tenía puesta la clásica remera de los Rolling Stones de la lengua; la voluminosa panza de Matuco hacía que los labios parecieran deformados, como si les hubieran puesto Botox.
–Me impresionó que lo velaran con el cajón cerrado –dijo Charlie.
–¿Y qué pretendías? Se pegó un tiro en la boca.
–¿Y cómo sabés eso?
Hondamente satisfecho por tener información que sus amigos no tenían, les dijo:
–Me lo contó mi portero, que es primo del de Junior, que el baño era un enchastre… sangre y sesos por todos lados.
–Pobre Marta… pobres los chicos… -acotó Charlie.
–No lo vieron, cuando escuchó el tiro, Marta no se animó a entrar y llamó a Lucho para entrar al baño…
–¿Lucho?
–El portero de Junior –acotó Matuco, jadeante.
Imaginé que ahondarían en los detalles escabrosos, me equivoqué.
–No se dan una idea el abrazo que me dio Marta cuando me vio, me dijo lo importante que yo había sido para Junior, destacó que siempre había estado a su lado cuando más lo necesitaba… Me emocioné. Estaba en un grado inferior, y ya desde esa época en el colegio me pedía que lo defendiera de los que lo jodían –dijo el Bebe.
–¿A qué colegio iban? –preguntó Matuco.
–Al Nacional Buenos Aires cuando era el Nacional Buenos Aires, …no como ahora que está copado por progres –le contestó el Bebe.
A Matuco pareció no importarle la respuesta:
–Apenas entré al velorio, Apolinario Jr. se me abalanzó sollozando, me hizo saber que siempre había sido como un padre para él, nos quedamos largo rato abrazados sin decirnos nada, no fue necesario, entre nosotros siempre hubo un afecto muy especial, ese vínculo que sólo te dan los años y las cosas importantes compartidas.
–A mí, Marta me pidió que pasados estos momentos la invite con los chicos unos días a Punta. Me quedé hasta el final, a las tres de la mañana. No quería dejarla sola, al final me pidió que me fuera, que necesitaba descansar –dijo Charlie.
La charla siguió en una escalada por dilucidar quién era el más amigo. ¿La tragedia habría aumentado el sentido de la amistad?
Me quedé pensando en cómo reaccionaría yo si se muriera uno de mis mejores amigos. Sin duda estaría tan deshecho como ellos. No me atreví a pensar cómo reaccionarían mis amigos si yo me muriese.
Bajé de la bicicleta, me sequé unas gotas de sudor que me hacían picar los ojos y busqué el control remoto de la tele. Como no podía ser de otra manera, no lo encontré. Entonces fui a buscar el diario. No tan de casualidad, lo encontré abierto en la página de los avisos fúnebres. Me subí de nuevo a la bici para terminar mi religiosa media hora de pedaleo. Apoyé el diario en el manubrio y, sin dejar de pedalear, vi la gran cantidad de avisos que recordaban a Junior Bustamante. Esto despertó mi curiosidad. Sin duda había sido un tipo querido o importante. Empecé a leerlos de atrás para adelante, pasé por el de sus entrañables amigos de tantos años del club que lo despedían consternados. En una larguísima y abaratadora nómina descubrí el verdadero nombre de Matuco –que rato antes se había indignado porque el empleado del club que redactó el aviso había cometido un error imperdonable, que ameritaba cuanto menos el despido-. –¿Cómo Anchorena? ese inútil tiene que saber que soy de Anchorena...; me enteré que el Bebe se llamaba Alfonso y que para el aviso Charlie había vuelto a ser Carlos María. Seguí leyendo, acercándome a los avisos de los más allegados… a los de sus primos… sus sobrinos y hermanos, sus fieles colaboradores… y, por fin, al de su mujer, hijos y nietos, que rogaban una oración en su memoria. Pedían a Dios para que encontrara la paz que no encontró en esta tierra e invitaban a su entierro en un coqueto cementerio privado de la zona norte a las once.
Miré el reloj del gimnasio, las once en punto, hora de enterrar a Junior Bustamante y dar por terminado mi ejercicio diario. Bajé de la bicicleta, me despedí con un hasta luego respondido con un indiferente chau grupal y me fui a dar una ducha. Ellos seguían charlando sobre su mejor amigo muerto.
El problema de los límites
–Pasaporte –le pidió el policía de fronteras.
El gordo se lo extendió.
El policía lo abrió, y dijo:
–Este no es usted.
–Sí lo soy… –afirmó desafiante el gordo. Sus brazos no colgaban derechos sino en jarro, más bien en ancha tinaja. –Pero la foto es de unos años atrás, cuando era flaco –se excusó.
El policía lo miró sin contestarle y llamó a un compañero.
–¿Te parece que es él? –le preguntó, señalando con la cabeza al gordo.
–No parece; si es, está muy cambiado.
Llamó a otros… Pronto cuatro policías de frontera y tres empleados aduaneros debatían si la foto correspondía o no al sujeto obeso que esperaba ansioso el dictamen.
–Hagamos una votación: ¿quién dice que es él? –propuso el policía de frontera.
Nadie se animó a aseverarlo.
–¿Quién dice que no es? –repitió.
El silencio fue la respuesta.
–¿Quién dice que podría ser?
–Yo creo que quizás pudiera… los ojos son casi iguales, parecen ser los mismos, aunque ahora están más achinados –dijo una mujer pintarrajeada y teñida.
–Es verdad, la grasa apenas deja verlos, pero son los mismos –dijo un portamaletas que pasaba por ahí. La suya fue palabra sagrada.
–Ok… lo dejamos pasar, pero actualice la foto de su pasaporte –le dijo el policía con una amble sonrisa.
Ya no tenía nombre, lo había perdido para convertirse en El Gordo. No me acordaba que me hubieran bautizado así, ¿para qué carajo me pusieron un nombre? ¿cuál era mi nombre?
Se había peleado con su familia porque le decían gordo cariñosamente sin imaginar que, aunque fuera dicho con cariño, lo sentía una ofensa y una discriminación. Y justo ellos, que también eran gordos. Siempre vivió atrapado en sus adiposidades, así lo atestiguan fotos de su infancia. ¿Por qué negarse a un mandato familiar? Los factores genéticos heredados le sirvieron de excusa:
–Mis padres eran gordos, mis abuelos eran gordos, mis bisabuelos eran gordos, mis tatarabuelos eran gordos. Y los hijos de padres gordos, los nietos de abuelos gordos, los bisnietos de bisabuelos gordos, los tataranietos de tatarabuelos gordos tenemos una predisposición especial a engordar. Ellos me acostumbraron a comer mucho y mal –concluía.
–Comé todo, debieras saber que los niños de Biafra no tienen qué comer –le decía su madre cuando no quería comer algo que le habían servido. Y él obedecía. No se comía solamente lo que podían comer los niños de Biafra, sino también la comida de los niños de Somalía, Burundí, Eritrea, Chad y Haití.
Dejó su billetera, reloj y celular en una bandeja que se llevó la cinta y avanzó hacia el detector de metales. Escuchó que los policías apostaban si podría pasar o no por allí. No pudo pasar, el espacio era demasiado estrecho.
El inspector se apiadó de él:
–Venga, pase por acá. Sáquese el saco.
Recorrió su cuerpo con un detector de metales. Cuando lo pasó por el abdomen, el detector empezó a chillar.
–Sáquese la camisa –le dijo el empleado.
–Pero…
–Sáquese la camisa –repitió.
El obeso susurró:
–Son los anillos del cinturón gástrico.
–No se haga el gracioso. Sáquese la camisa.
–En serio, me operé hace un tiempo…
El empleado no contestó y con su pie apretó un botón. En un instante apareció un policía. El empleado le informó que el señor se resistía a ser revisado. El policía le trasladó la obligación de desnudarse con la sola mirada. El gordo se abrió la camisa sin sacársela. El inspector no insistió, apoyó el detector en el estómago. El aparato volvió a chillar, con mayor intensidad. Unos metros más allá, los pasajeros que aguardaban miraban con morbosidad su inmensa presencia.
–¿Otro caso de contrabando de ravioles? –preguntó el policía.
–No es joda, tiene algo de metal en el estómago… debieran mirarlo con rayos X; puede ser un contrabandista o un terrorista.
El policía apoyó amenazadoramente la mano en la culata de su pistola sin desenfundar.
–Acompáñeme señor –le ordenó el policía.
Con sus mofletes bamboleantes como una cosa independiente y viva, ajena a su voluntad, lo siguió por interminables pasillos hasta que llegaron a una sala. Entraron.
–Espere aquí –le dijo y se marchó.
A el gordo ya no le dolía la gordura. Siempre encontraba una buena razón para seguir en statu quo, que más que momentáneo amenazaba eterno.
Una vez se visualizó flaco –después de bajar los cincuenta kilos que le sobraban– con los pliegues de carne de brazos y tetillas colgando y pensó en las cirugías necesarias para extirpar esos restos fláccidos. Imaginó estrías indelebles que lo acusarían aún flaco, que siempre lo sindicarían como un ex gordo. Contabilizó lo que tendría que gastar en achicar la ropa buena, o ir de compras.
Pasada la época de anfetas, laxantes y diuréticos diarios y, con la certeza de que la anorexia o la lombriz solitaria tan deseadas jamás llegarían, que ningún lunes empezaría un régimen y que no tenía problemas glandulares que lo hacían engordar hasta cuando tomaba agua, se asumió como gordo. Su cuerpo se había descompuesto y él jamás intentó recomponerlo.
Sabía que tener sobrepeso era mucho más que un problema de estética. Que era una cuestión médica que iba más allá de una segura diabetes o problemas cardíacos –benditas y milagrosas pastillas: gracias–. Sabía que su obesidad afectaba las articulaciones, la respiración, el sueño, estado de ánimo y los niveles de energía, repercutiendo negativamente sobre su calidad de vida. Postergó la aparición de esas dolencias mintiéndose y mintiéndole al médico.
Se habituó a vivir en un cuerpo repudiado y se descuidó como uno se descuida cuando se retira del campo del amor. Sabía que no estaba en las fantasías de ninguna mujer. Sólo una vez se había expuesto al riesgo ciego que corren los enamorados. Y le fue mal. Por una no amiga se enteró de la mentira piadosa del rechazo –este gordo está loco si cree que una mujer como yo le va a dar pelota–. Renunció a ser amado. Vació de contenido el “te quiero” y reordenó sus valores en función de sus necesidades terrenas –no tenía de las otras–. Así, fue excluyéndose, levantando una coraza infranqueable que sólo podrá cruzar quien me acepte como soy; nadie la cruzó, nadie quiso cruzarla. El aislamiento lo hizo dueño de sus carencias.
Cada tanto intentaba creer que antes todo había sido mejor. Pero nada había sido mejor. Siempre había tenido una vida de mierda. Así como en el porvenir no había nada que lo entusiasmara, en el pasado no había nada que lo enorgulleciera.
Su baja autoestima y su imagen corporal menospreciada hicieron que estableciera relaciones con los demás desde un lugar diferente, poco sano. Cuando debía interactuar lo hacía como una mole arrolladora.
Se fue replegando de los eventos sociales, como el velamen de un velero que ancló.
Le costó aceptar su soledad. Una cosa es cierta, si alguna vez se animara a la sinceridad, hablaría de la soledad de los gordos, confesaría que no hay gorduras felices.
Empezó a navegar entre la depresión, la agresividad y el retraimiento, pero siempre mostrando otra cara. No quería que nadie conociera su verdadero yo.
Quince minutos más tarde el policía volvió con otros dos.
–Desnúdese.
El gordo se sacó el traje a medida y la camisa. No le era fácil encontrar ropa de su talle, ni aún en los Estados Unidos. Se desabrochó las ligas, y las medias cayeron flojas por sus pantorrillas anchas. Quedó en calzones.
–Le dije que se saque todo.
Se sacó el calzoncillo.
Escuchó que los policías susurraban:
–Mirá, no tiene pito…
–No seas boludo, lo tiene bajo el rollo…
–¿Cómo hará para fifar?...
Lo extrañaba. Hacía mucho tiempo que no se lo veía.
Hizo que no los había escuchado. Se había convertido en un experto en hacer oídos sordos a ciertas cosas que decían de él, en reprimirse.
–Párese atrás de esa pantalla mirando para acá.
El obeso apoyó la panza en la fría pantalla. Las grasas se desparramaron, ocupándola toda. Cuatro anillos, abiertos, despedazados por un voluminoso estómago, se veían con nitidez.
–Perdón señor, pensé que me estaba tomando el pelo con eso del cinturón gástrico… Debiera hacerle juicio al médico porque me parece que no le funcionó.
El obeso lo fulminó con la mirada.
Salió del cuartucho y miró el reloj. Debía apurarse si no quería perder el avión. Ensayó algo parecido a un trote desgarbado. Se agitó a los pocos metros. Por enésima vez se prometió empezar a hacer gimnasia. Nunca tuvo la voluntad de iniciar algún tratamiento. No estaba dispuesto al esfuerzo de salir de su zona de confort. Tenía una nula predisposición al esfuerzo. Estoy bien así, se mentía. Así, ensayó las más variadas excusas para postergar la decisión de iniciar un régimen por días, semanas, meses, años –no tengo tiempo para el ejercicio ni para prepararme comidas saludables–; –ya estoy demasiado grande y me aburre hacer gimnasia–.
Fue el último en subir al avión. Mostró su pasaje de clase ejecutiva a la azafata y se dirigió a su asiento. Había elegido uno de la última fila, no quería volver a pasar por la experiencia de pasar golpeando con sus adiposidades bamboleantes a los demás pasajeros ya sentados.
Se sentó pesadamente: su cuerpo encajó a presión en el amplio asiento. ¿Achicaron también los asientos de business?, qué miserables, ya no saben qué hacer para ganar más guita.
Sacó del bolsillo unas toallas húmedas perfumadas. A partir del momento en que había engordado se había vuelto un obsesivo de los olores. Se las pasó por la frente… y desabrochándose dos botones de la camisa, por los sobacos y por debajo de las tetillas.
Llamó a la azafata.
–¿Me podría dar un alargue para el cinturón de seguridad?
El alargue que le llevaron le quedó corto.
–¿Dónde guardaste el cinturón especial? –preguntó la azafata a una compañera a viva voz. Todo el pasaje se enteró de la cuestión.
Luego de unos minutos la segunda azafata apareció con el cinturón, que con el largo suficiente se perdió entre sus adiposidades.
El avión estaba por despegar. Otra azafata pasó a su lado.
–¿Tiene el cinturón ajustado?
–Sí –le contestó con sequedad.
–No lo veo, por favor póngase el cinturón –le pidió con amabilidad.
–Acá está –dijo, levantándose el abdomen.
–Perdón señor –dijo la azafata, sonrojándose y ahogando la risa al mismo tiempo.
–¿El señor va a comer pollo, carne o pescado?
–Todo.
–Debe elegir uno solo menú.
–Pagué business para comer lo que quiera, así que por favor tráigame los tres platos. Y una botella de vino tinto.
Nunca tuvo empacho en dar rienda suelta a actitudes patológicas frente a la comida. Comía de forma compulsiva –devoro cuando estoy angustiado, no puedo parar de comer–.
Con el postre tomó una pastilla fosforescente. Pidió dos frazadas y se tapó, pero no alcanzaron. Pidió una tercera. Todo tapado, se durmió casi al instante.
Se despertó cuando estaban sirviendo el desayuno.
–¿Jugo o café? ¿tostadas o medialunas?
–Jugo y café. Tostadas y medialunas.
Esta vez la azafata no comentó nada.
Apenas terminó de desayunar tomó una pastilla rayada.
Intentó levantarse, pero no pudo. Estaba encajado en el asiento. Las horas y el sudor habían hecho una suerte de efecto succión que lo adhirió al asiento.
Llamó a la azafata que le extendió la mano. La agarró y quiso impulsarse, pero lo único que logró fue atraer a la azafata que cayó sobre él.
–¿Por qué no utiliza el respaldo del asiento de adelante que está vacío para ayudarse?
La azafata pasó su brazo bajo la sudorosa axila e intentó levantarlo, al tiempo que el obeso hizo palanca con el codo en el apoyabrazos y se apoyó en el respaldo del asiento delantero. Un sonoro ruido hizo que varios pasajeros miraran sobresaltados y vieran cómo el respaldo del asiento caía al piso.
Logró incorporarse.
Se dirigió al baño. Cada ida era un enorme esfuerzo. Sincronizaba sus deposiciones con un poderoso y casi instantáneo laxante. No fuera a ser que le vinieran las ganas en algún lugar no apto.
Empujó la puerta tijera y quiso entrar, pero no pudo. Sus rollos lo trabaron en el marco de la puerta.
–¿Me ayuda por favor? –le dijo a un señor fornido sentado en la primera fila de económica.
–¿Cómo va a salir después?
–Todo lo que entra sale, así que no se haga problema.
El pasajero le dio un empujón y el obeso entró. Se apoyó en la esquina y cerró la puerta.
Cinco minutos después una azafata golpeó la puerta.
–Estamos descendiendo, vuelva a su asiento.
–Ya voy.
Trabajosamente se limpió. Odiaba el esfuerzo supremo que debía hacer por no tener un potente bidet como el que tenía en su casa que le aseguraba el acceso a los lugares más recónditos. Apoyándose en la mesada del baño se incorporó. La panza impidió que la puerta tijera se abriera.
Llamó a la azafata.
–No puedo salir… –dijo susurrando.
La azafata intentó plegar la puerta, pero no pudo. Pidió ayuda al señor fornido de la primera fila.
–Es un gordo boludo, le dije que no iba a poder salir –dijo, refunfuñando.
Los intentos de ambos fueron infructuosos, la enorme panza que impedía que la puerta tijera se abriera se convirtió en un obstáculo insalvable.
–Ya estamos por llegar, va a tener que aterrizar en el baño –le dijo la azafata, que fue a sentarse junto a una compañera.
–Vamos a tener que bajar con el gordo en el baño, no lo pude sacar.
–¿Y si le pasa algo?
–¿Qué le va pasar? Entró a presión… todo el baño es su cinturón de seguridad.
Una vez que el avión aterrizó y los pasajeros bajaron, ingresaron dos empleados de la aerolínea.
Desarmar el marco de la puerta les llevó tres minutos, sacar a El gordo, unos quince.
Llegó a su casa pasadas las once de la noche. Había sido un día agotador. Necesito una buena ducha de agua caliente, pensó.
Fue al baño. Todo estaba hecho a su medida, sus rollos no rozaban con nada y, junto al inodoro reforzado y el bidet de alta presión, manijas fuertemente amuradas a la pared le servían para incorporarse. Abrió la puerta de la mampara y se metió en la ducha.
Prendió el agua caliente y levantándose uno por uno los pliegues, dejó que esta recorriera cada uno de sus recovecos.
¡Ahh, qué bueno, esto es vida!
Se quedó largo rato retozando bajo el agua caliente.
Empezó a masturbarse pensando en la azafata –la ataba con el cinturón especial a una cama redonda–, con indiferencia, sin fantasías ni expectativas.
No se preocupó una vez más por no poder acabar, más tarde contrataría a una profesional. Unos minutos por semana en compañía de una mujer solícita le bastarían para sentirse feliz, a él, que alguna vez creyó necesitar una esposa, un matrimonio, un hogar.
Cerró las canillas, y sin secarse se puso una bata de fino algodón robada en algún hotel cinco estrellas. Pasó por la heladera donde siempre había un kilo de helado de banana split esperándolo y fue a su cuarto. Se desplomó en la cama King reforzada, se acomodó entre los mullidos almohadones y encendió la tele en el canal de deportes.
Por ese palpitar
Imagina que estás enfermo del estómago, con unas nauseas realmente intensas… ahora, imagina que es todo tu cuerpo el que se siente así, imagina que todas las células de tu cuerpo, se siente así de mal, enfermo, intolerablemente enfermo. Sin oportunidad de vomitar sin aliviar la sensación… es en donde te das cuenta que la cosa mala eres tú… tú mismo eres la enfermedad… ahora te das cuenta de ello.
David Foster Wallace, The Planet Trillaphon
Minutos después de las siete de la mañana, Esculapia Agripina llamó al doctor Ramos Mejía, su médico personal y amigo. Le contó que se había despertado sobresaltada, con el corazón latiéndole más rápido de lo habitual.
Entre bostezos, el doctor Ramos Mejía le hizo una serie de preguntas:
–¿Tomaste mucho alcohol o café?, ¿estás fumando mucho?, ¿hay antecedentes de enfermedades cardíacas, derrames, hipertensión arterial en tu familia?, ¿estás muy ansiosa, estresada?, ¿estás tomando algún medicamento para adelgazar o descongestivos?, ¿te duele el pecho?, ¿sentís las palpitaciones desde hace más de dos horas?, ¿aparecieron gradualmente o de repente?, ¿estabas realizando algún tipo de actividad?, ¿tuviste aumento de la temperatura corporal?
–Me desperté así –le contestó Esculapia Agripina, sin darle más explicaciones.
No le contó que había dormido sólo dos horas. Su partenaire de la noche anterior no la había defraudado, pero Esculapia Agripina ya no estaba para esos trotes. La próxima vez sería con alguien de su edad, no con el hijo de una amiga que no había cumplido los veinte. Se había quedado dormida en sus brazos sintiendo intensas palpitaciones. Cuando se despertó, ya no estaba.
–Las palpitaciones son normales, pero por las dudas andá a la guardia del sanatorio y que te hagan un electrocardiograma. No te preocupes, cuando llegue veo los estudios y te llamo –le dijo el doctor Ramos Mejía.
Esculapia Agripina se fue sin desayunar. Una vez que le hicieron el electro, decidió esperarlo en el sanatorio. Varias veces preguntó a las enfermeras por el doctor, sin creerles que llegaría recién después del mediodía. Se contuvo para no llamarlo al celular. La atendió recién a las dos y media de la tarde, entre dos pacientes que tenían turno previo. Revisó los estudios y le dijo que estaba todo bien.
Entonces Esculapia Agripina le comentó que además sentía dolor, que estaba fatigada, que tenía mareos y sudoración y que el dolor se irradiaba hacia los brazos y la espalda. El doctor sabía que esos síntomas que le detallaba eran los de un posible infarto. Le ordenó un electrocardiograma de doce derivaciones, una angiografía y una arteriografía de las coronarias.
Esculapia Agripina se retiró triunfal, segura de que se los había indicado porque tenía algo.
Una semana más tarde la llamó la secretaria del doctor Ramos Mejía; había que repetir un estudio para corroborar ciertos datos. No le dio mayores explicaciones.
La recibió días después. Le dijo que tenía un pequeño problema en la aorta, nada importante, pero que quizás sería conveniente un stent, más que nada por precaución.
Esculapia Agripina intentó que no se vislumbrara su alegría de saber que su diagnóstico era tal como ella le había sugerido.
El doctor detalló el diagnóstico:
–Las arterias coronarias son las que irrigan el miocardio. Tu problemita es en la arteria coronaria izquierda, en la circunfleja, que es la que riega la cara posterior del ventrículo izquierdo. Aunque tenés un muy bajo nivel de colesterol, la arteria está un poco obstruida, lo que impide que la sangre fluya con normalidad y podría terminar ocasionándote una angina de pecho o un infarto de miocardio; más vale prevenir que curar.
El condicional del podría no le gustó. Esculapia Agripina necesitaba certezas.
–¿Tuve un infarto? –le preguntó, casi excitada.
–No Esculapia Agripina, pero tomalo como una señal de alerta… Existen fármacos muy eficaces para prevenirlo, pero a veces es necesario resolver el problema de otra manera, en tu caso vamos a colocarte un stent mediante angioplastia. El pronóstico es muy favorable.
Esculapia Agripina tuvo la esperanza de que el doctor Ramos Mejía tuviera la misma habilidad que un pronosticador del tiempo.
–¿Me van a hacer un bypass?
–Tampoco, eso es cuando se coloca un conducto para puentear una zona bloqueada, no es tu caso. Un stent es un dispositivo metálico que se introduce en las arterias coronarias y actúa apuntalando su pared. De esta forma se evita la oclusión o el cierre brusco de la arteria.
A pesar de que la información que le había dado sería suficiente para cualquier mortal, Esculapia Agripina le pidió más detalles; entonces se enteró de que la angioplastia se realiza sin anestesia general y consiste en introducir un balón en la arteria femoral a través de un pinchazo en la ingle y llevarlo al corazón guiándose por rayos X. Al inflar el balón, la zona estrechada se dilata y la sangre fluye con normalidad. Tras realizar el inflado del balón, se coloca un stent coronario de acero o cromo–cobalto. En la mayoría de los casos, el paciente recibe el alta entre las 24 y las 48 horas posteriores al procedimiento.
Esculapia Agripina no desacreditó el diagnóstico del galeno; pero apenas volvió a su casa lo profundizó en la Internet. Descripciones frías y enciclopedistas no ahondaban su espíritu. El tecnicismo alejaba su sentimiento, su dolor, su necesidad. El lenguaje médico tenía un poder que tendría que reformular. No le gustó el discurso estandarizado, lo tenía que singularizar; ella no era una más.
Tenía muchas mejores amigas y para no tener que llamarlas a cada una, decidió reunirlas en una comida. Las recibió con bocaditos de tofu, una ensalada de garbanzos con hojas verdes, arroz integral y brócoli con pescado blanco al vapor, todo rociado con abundante agua mineral con bajo contenido de sodio. A los postres –que no hubo–, les preguntó si sabían qué se festejaba ese día, 29 de septiembre. Una sarta de arriesgadas inexactitudes fue la respuesta.
Entonces les contó que se festejaba el día mundial del corazón y que había organizado la comida porque ¡la iban a operar del corazón! Después de la sorpresa y los largos abrazos de cada una, les contó cómo sería el postoperatorio y la vida que le esperaba de ahí en más.
Además, les habló de la importancia de adoptar, a partir de ese momento, hábitos de vida saludables para prevenir las enfermedades del corazón, la primera causa de mortalidad en todo el mundo. A las fumadoras les dijo que el consumo de tabaco estaba relacionado con un aumento en el riesgo de padecer dolencias cardiovasculares y que potenciaba las posibilidades de padecer un problema de corazón si se encontraba unido a otros factores como, por ejemplo, la hipertensión o el sobrepeso. A las que estaban un poco excedidas de peso las arengó a volverse normales. Con un metro obligó a que todas se midieran a la altura de la cadera. Intentó medir el índice de masa corporal de alguna, pero no supo cómo hacerlo; igual no perdió la oportunidad de recordarles que este no debía ser superior a 25 ¿25 qué?
Pretendió seguir ayudándolas, pero no tuvo éxito. Tres se apartaron con disimulo del grupo, una se quedó dormida, dos se fueron a charlar a la cocina. Las que quedaron, le pidieron que por favor cambiara de tema. Aunque no quiso, terminó contándoles de su joven e infatigable amante.
Cuarenta y ocho horas después le pusieron el stent. A la tarde siguiente estaba en su casa con la indicación de dos días de reposo moderado. Estuvo en cama dos semanas y otras dos sin moverse demasiado, deambulando por la casa, recibiendo las visitas de sus amigas y molestando a la mucama.
Al mes, y para su desilusión, el doctor Ramos Mejía le dio de alta con la recomendación de hacer su vida normal.
Esculapia Agripina sabía que el estrés continuado y las situaciones de ansiedad y depresión maltrataban el corazón. Decidió “rehacer” su vida, relajarse y tomarse las cosas con filosofía positiva. Resolvió tomarse un año sabático –otro–. Empezó a practicar tai chi y yoga. Poca actividad comparada con los tres partidos de tenis semanales a.s. (ante stent). Nula, si se lo comparaba con todo el deporte que había practicado toda su vida hasta los casi cuarenta.
Además, se aconsejó no tener más sexo; una multiorgásmica intensa como ella no podía darse el lujo de sufrir un infarto en pleno acto, aunque pensándolo bien, ¿habría mejor manera de morir?
En algún lado había leído que los niveles elevados de glucosa en sangre aumentan un 2,4% el riesgo coronario. Por las dudas, se asumió diabética, se compró un medidor de glucosa y empezó a realizarse chequeos frecuentes del nivel de azúcar en la sangre. Se pinchaba unas diez veces por día, cifra que aumentaba a unas veinte cuando hacía tai chi o yoga; los resultados eran siempre normales, pero seguía pinchándose por las dudas.
Esculapia Agripina era una docente frustrada. Pero nunca es tarde cuando la vocación es tan fuerte. Se sintió en la obligación de transmitir a los demás lo que aprendía, en hacerles el bien diciéndoles qué les convenía y qué no.
Así, una mañana le dijo al piletero que una acumulación excesiva de lípidos en la sangre puede contribuir a obstruir las arterias, por eso es necesario reducir en nuestra dieta el consumo de grasas saturadas y analizar los niveles de colesterol y triglicéridos –que no superen los 150 mg/dL–. Se considera que hay un nivel demasiado alto (hipercolesterolemia) cuando el nivel total de colesterol supera los 200 mg/dL. Cuando quiso empezar a hablarle del LDL, el colesterol malo, se dio cuenta de que estaba hablando sola –conocía muy bien esa situación–; el piletero estaba pasando el limpiafondo en la otra punta de la pileta.
Una noche invitó a una prima a comer; la dieta mediterránea fue el único tema:
–Según los últimos estudios, es la mejor para proteger nuestro corazón, ya que es pobre en grasas y rica en alimentos como las legumbres, el pescado o el aceite de oliva, todos ellos beneficiosos para el corazón. Además, el consumo de frutas y verduras disminuye el riesgo cardiovascular, mientras que una ingesta continuada de grasas trans y saturadas incrementa las posibilidades de padecer una enfermedad cardíaca. Su prima siguió simulando interés mientras devoraba un helado de dulce de leche y chocolate.
–Hay que hacer ejercicio intenso con regularidad; mejora la circulación, favorece el buen funcionamiento del músculo cardíaco, contribuye a disminuir la presencia de glucemia y colesterol LDL y revierte el proceso inflamatorio de las arterias –le dijo a la hermana mayor de su segundo ex marido, que se había fastidiado un poco creyendo que se lo decía por los kilos de más que tenía.
Comprendió que hacer visible su enfermedad ayudaría a los demás. Imbuida de una profunda generosidad, decidió masificar su saber; conocimientos que se agigantaban con el pasar de los días. En su Facebook subió frases como la Guanábana o la fruta del árbol de Graviola es el anticancerígeno más poderoso del planeta. Es un producto milagroso diez mil veces más fuerte que una quimioterapia y no quieren que lo sepamos porque si no las grandes cadenas de medicamentos dejarían de vender sus macabros productos… o Gracias por hacerme acordar cuáles son las tres peores cosas para las arterias y el corazón: sal, pan y manteca, las pondré como protector de pantalla.
Se volvió un poco cursi, pero lo cierto es que cuanto más variado es el arco iris de alimentos en el plato, más son los nutrientes que se incorporan. Verdades de perogrullo, como los lácteos son para el lactante, la vaca no come leche, come pasto crudo, se convirtieron en muletillas que usaba y abusaba. Empezó a hablar de superalimentos desconocidos para el vulgo –spirulina, maca, goyi, gomasio, algarroba– ¡Y se los comía!
Le llenaron los posts de likes. La gente necesita que la cuiden. Y quién mejor que ella para hacerlo.
Empezó a transformarse. Utilizaba purgantes naturales. Se obligaba a largos rituales de lavado hirviendo previamente el agua. Ayunaba tres veces por semana para eliminar toxinas y depurar el hígado. Aprendió cuál era la hora exacta para evitar que la comida engorde. Un café descafeinado con leche deslactosada, poca margarina de canola y algún arroz integral los jueves, eran los máximos placeres que se permitía. Dejó de comer carne picada, el síndrome urémico hemolítico se daba en niños y ella seguía sintiendo una niña en el fondo de su corazón. Empezó a tomar dosis industriales de calcio y vitamina D, tenía terror a la osteoporosis.
Se tomaba el pulso y la temperatura varias veces al día.
Los blísteres de los muchos remedios que tomaba produjeron en Esculapia Agripina un efecto compulsivo. No los de dos capas de aluminio superpuestas, esos que vacíos parecen un profiláctico usado; a esos los doblaba sobre sí mismos hasta que era imposible un nuevo pliegue y los tiraba a la basura. Las finas láminas de aluminio abiertas, desgajadas, sufriendo por el comprimido que se fue, la ponían mal.
Los blísteres ocupaban mucho lugar, a medida que los iba usando, cortaba los espacios inútiles. Al principio, lo hacía cuando había consumido la mitad de los comprimidos. Después, empezó a cortarlos apenas sacaba uno. Más bien recortarlos. Los agujeros vacíos imploraban por un corte perfecto. No soportaba que quedaran puntas lacerantes. Era como hacerles la manicura, ¿o se llamará blistericura? Y debía hacerlo apenas sacaba el comprimido. El blíster no podía esperar.
El hábito la tomó de la mano y la llevó, sin que tuviera conciencia alguna, dónde él quiso.
Al principio, la cuestión pasaba por cómo sacaba los comprimidos. Ponía el blíster vertical, con los comprimidos mirándola. En el reverso, el nombre del producto debía leerse de abajo hacia arriba. Empezaba consumiendo el comprimido de arriba a la izquierda, seguía con el de la derecha, después bajaba al de la izquierda de la segunda fila y así zigzagueaba en prolijo descenso hasta que el blíster estuviera vacío, momento en el que iba a parar a una vieja lata de galletitas Lincoln, que por años no les había encontrado utilidad. Tenía varias en su casa, latas sarcófagos llenos de blísteres enteros. Y no es por una cuestión ecológica que no las tirara, no era de separar ni de reciclar. Antes de que esos blísteres llegaran a su morada final jugaba horas con ellos. Sacaba los restos de las tapitas y después hundía y levantaba las cavidades vacías, hasta que el plástico, ajado, perdía su consistencia.
Los trozos de los blísteres recortados también descansaban en latas, pero de galletitas Manon. La ventana circular del frente de las latas le permitía constatar que descansaban en paz.
Le costó encontrar la tijera ideal para cortar las finas láminas de aluminio y plástico termosellados. En una vieja ferretería industrial compró una de hojalatero, pequeña, de color rojo, que trozaba el material en sentido curvo hacia la izquierda, ideal para los despuntes. Intentó hacer figuras, pero su destreza manual sólo le permitió incursionar en el mundo de las letras; así, cortando huecos vacíos, el blíster adquiría la forma de la C, la E, la F, la J, la L, o una P medio trucha. A la anodina I nunca la intentó, su confección no suponía ningún desafío. Que la mayoría de los blísteres tuvieran sólo dos hileras de pastillas no le permitía incursionar en letras más seductoras, como la M o la T.
Había llegado a comprar remedios que no iba a tomar pero que venían en blísteres de tres o más filas. Su imaginación volaba mientras el bolsillo adelgazaba. Varias veces, al ir recortando, se encontró con que el nombre del medicamento había desaparecido. Así, el Tamoxifeno no le curaba la gripe ni el Ibuevanol le sacaba la acidez.
Antes usaba cualquier tijera común. Terminó desafilándolas a todas. La de hojalatero que compró tiene cuchillas de acero al carbono que no se desafilan y corta rápido, sin hacer sufrir el blíster. Además, no hacía ruido al cerrarse, ya que el tornillo axial tenía una silicona especial.
Un día, un dolor punzante en el metatarso, cerca del 2º o 3º espacio interdigital, la llevó al médico. Se ilusionó cuando mediante la maniobra de Mulder le descubrieron un neuroma de Morton. No sabía qué era, pero lo de neuroma la excitaba.
Excitación que se desvaneció cuando el médico le explicó que técnicamente la denominación más correcta es neuritis de Morton, ya que es impropio llamarlo neuroma porque no es un tumor. Su decepción fue total cuando le dijeron que con dos días de antiinflamatorios ya no tendría más dolor.
Vivía pendiente de todas las señales que su cuerpo le daba. Se pasaba horas frente al espejo estudiándose, buscando descubrir cualquier modificación apenas esta apareciera. Su esperanza se centraba en la posibilidad de descubrir nuevas dolencias. Tenía miedo de que eso que sentía fueran sólo síntomas. Deseaba que el médico de turno le confirmara que tenía algo, no importaba qué.
Comenzó a centrar su atención en las funciones biológicas y fisiológicas básicas, pensando en ellas como fuentes de seguras enfermedades. ¿Qué otras enfermedades estarían ocultas, acechándola detrás de los signos corporales más ínfimos?, ¿cuál sería su enfermedad? Así, un día se despertó con la impresión colesterosa de que su aorta se había convertido en un caño de acero obstruido por el óxido. Cuatro estudios, en distintos centros de imágenes, fueron necesarios para demostrarle que no era nada.
Contrató una segunda medicina prepaga que le abrió no solo la posibilidad de nuevos galenos, sino también poder hacerse un mismo examen varias veces.
Durante unos meses consultó a distintos clínicos para realizarse análisis rutinarios con mayor asiduidad, pero un día le llevó a un médico estudios que le había pedido otro. Seguramente hablaron entre ellos porque todos dejaron de atenderla.
Los consultorios pasaron a ser sus lugares más deseados. A pesar de que nunca comprendió por qué los cuestionarios para los pacientes tenían tan poco espacio para extenderse, nada disfrutaba más que las visitas a los distintos médicos. Realizaba un exhaustivo análisis de su lenguaje corporal mientras analizaban los estudios. Una mueca, un bufido o una levantada de ceja sería claro indicio de una enfermedad letal.
Amaba sus interrogatorios:
–¿Náuseas?, ¿sensación de ahogo?, ¿sabor amargo en la boca?, ¿sudoración olorosa?, ¿vértigo?, ¿expectoraciones?, ¿fiebre? –¿Aumento de temperatura corporal, le hubiera preguntado el doctor Ramos Mejía–, ¿encías sangrantes?
Pero mucho más amaba su invariable respuesta:
–¡Todo!
Eran tantos los estudios que pedía, que acondicionó un ropero para guardarlos. Cuando no tuvo más lugar, empezó a cargar los resultados en la PC. Armó una suerte de historia clínica en la nube a la que podía acceder cuando quería, estuviese donde estuviese. Cambió la forma de leer el diario, dejó de leer los chistes y la sección espectáculos, para abocarse a estudiar qué farmacias estaban de turno.
Cambió las idas al cine por las salas de espera de hospitales públicos. Allí siempre se encontraban ancianas necesitadas de sociabilizar sus cuitas. Que comparasen sus enfermedades con las de ella las aliviaba. ¿Cómo podían pensar que podrían estar peor que ella?
Se transformó en cardióloga, oncóloga, mastóloga y todas las ólogas imaginables.
Se convirtió en una It girl. Padecía todas las inflamaciones posibles, desde una amigdalitis a una encefalitis.
Comenzó a automedicarse; para eso falsificó un talonario de recetas y el sello de un médico conocido que había muerto unos meses atrás.
Los prospectos médicos se convirtieron en su Biblia; cumplía a rajatabla con lo que estos decían, no las indicaciones, sino los probables efectos colaterales.
Se imaginaba poseedora de todas consecuencias adversas de cada remedio. En la letra pequeña –muy pequeña, tamaño 3– de un folleto de un té de muérdago –para bajar la presión arterial por sus funciones vasodilatadores–, había leído: no deseche cualquier síntoma por más pequeño que sea, un control a tiempo puede salvar su vida, consulte a su médico. La periodicidad de dos veces a la semana le pareció la adecuada. La enfermedad era su camino. Optar por la enfermedad la hacía sentir libre.
Ante la proximidad de un análisis de sangre, se imaginaba miles de posibles malos resultados y después leía con voracidad los resultados, comparando cada ítem con los anteriores. Convertía la posibilidad en certeza. Se bajoneaba cuando al fin la realidad le mostraba que no existía ninguna enfermedad asociada a los clarísimos síntomas que percibía.
Tomarse la presión se convirtió en otro de sus hábitos preferidos; se decepcionaba cuando le decían que era la correcta. Desconfiaba de los resultados y sugería que se la tomaran de nuevo. Los estetoscopios no son infalibles –les decía.
Google se volvió su mejor aliado. Donde la mayoría de las personas veía una fuente de consulta, Esculapia Agripina, la posibilidad de alguna nueva dolencia. Como el vértigo, esto la atraía, la seducía, despertaba en ella el deseo de caer. Google, como un oráculo moderno, la secuestraba. Ya no buscaba "dolor de cabeza + molestia luz", sino "cefalea + fotofobia".
A un googleo de la muerte; así vivía. Un zumbido en el oído era algo que terminaría fagocitándole el cerebro. Las manos temblorosas sólo tenían una respuesta: una falla neurológica. Pequeñas heridas requerían de cirugías mayores y decenas de puntos de sutura, una tos ocasional era prólogo de una neumonía, un dolor de cabeza era consecuencia de un tumor cerebral, o sensaciones físicas vagas y ambiguas preanunciaban un pronto final. Defecaba sospechando una enterocolitis y orinaba imaginando una cistitis. Una roncha violácea le recordó a alguno con quien veinte años atrás había tenido relaciones sin cuidarse. Los resultados que decían que "es normal" que la piel tenga alteraciones no fueron tenidos en cuenta. Por las dudas se hizo exámenes de sida –tres pruebas veinte años más tarde resultaron negativas–.
Un día un médico la malinterpretó. Se había desnudado para que le viera un pequeño grano en la espalda. No entendió que podía ser el principio de un cáncer de piel o una segura gangrena.
La convicción de tener las enfermedades más graves, a partir de la interpretación personal de uno o más signos, la hizo padecer tres tipos de cánceres, lupus y mal de chagas en un mismo año. A pesar de eso, y envidiando la terminalidad de ciertos enfermos, seguía viviendo.
Pero no todo eran rosas.
Para su cumpleaños, sus muchas mejores amigas fueron menos.
No la pasó bien, ¿cómo podía ser que no se dieran cuenta de que prefería el Manual de psicoterapia cognitivo–conductual para trastornos de la salud a la obligada bijou?
Además, algunas se animaron a plantearle que se estaba convirtiendo en una persona depresiva e insegura de sí misma, que utilizaba la excusa de estar enferma para llamar la atención de los demás. Que disfrutaba estar enferma. Que lo deseaba, que le era cómodo, funcional, útil. Que se creía con licencia para enfermar también a su entorno. Que ellas intentaban hablar de cualquier otra cosa, pero que ella siempre se las ingeniaba para volver al monotema.
No entendían nada, si no hablaban de su enfermedad; ¿de qué?
Lo cierto es que en un principio había recibido muestras de amor, de cariño, pero las opiniones comparecientes y comprensivas se convirtieron en dañinas, hirientes. El ¿cómo estás? dio paso al te llamo en otro momento de quienes estaban cansadas de compartir solo sus enfermedades. A pesar de que le aseguraron que se lo decían por su bien, eso hizo que se volviera hermética. Las entendió, cuando se está sano no se quiere escuchar de la enfermedad. Pero no volvió a verlas.
El pasado se le iba. Pero no le importó, se acercaba un futuro de padeceres. Bienaventurado.
Un egoísmo patológico se apoderó de ella. Todo fue yo, yo, yo. Empezó a tener una visión poética de su propio cuerpo. A medida que su cuerpo se ausentaba, su yo aumentaba.
Su hipocondría le llenó los espacios vacíos dejados por los amigos que se alejaron.
Le dio paso al dejar de ser y habilitó a su cuerpo a enfermarse; a mantener viva la enfermedad dentro de ella. Estar enferma pasó a ser su forma de estar viva.
Esculapia Agripina es un milagro médico. Aunque todavía no sabe de qué, está enferma. Muy enferma. Su declive es cada día más palpable. Su pelo no comenzó a raleársele porque somatizó una imaginaria quimio, como le sugirió una amiga. La vistió una flacura extrema –bienvenida la ansiada anorexia, al fin entró en el ansiado talle treinta y ocho, si hubiera sabido antes que enfermarse era más fácil que hacer régimen–.
En sólo seis meses su piel perdió lozanía, se le aflojaron las facciones, aparecieron unas imperceptibles arrugas que se convirtieron en profundos surcos. Las canas jaspearon sus sienes primero y empujaron el teñido después, dándole un aspecto zorrinesco que solo en un principio trató de ocultar. ¿Para qué teñirse? Dejó a los amantes, las amigas la dejaron, y a su familia hace mucho que no la ve. ¿Querrá saber su madre de su enfermedad?
La semana pasada fue al consultorio del doctor Ramos Mejía para una visita de rutina. Esculapia Agripina cree que está cansado de ella, no la quiere atender más de una vez por mes. Llegó dos horas antes del turno asignado. Lo hizo con muchas expectativas, esperanzas que se desinflaron cuando el doctor Ramos Mejía le dijo que ya no necesitaba volver a verla. Fue lo peor que le podría haber dicho.
En cambio, le sugirió algún tipo de atención psicológica o que se acercara a un grupo de autoayuda. Le dijo que viviría mucho mejor con los recursos emocionales necesarios que un profesional le podía dar. Estaba empezando a contarle de un psicólogo especializado en mejorar la calidad de vida de las personas que aplicaba innovadoras estrategias psicológicas, cuando Esculapia Agripina lo paró en seco:
–Muchas gracias doctor, pero sé muy bien qué hacer para estar bien.
La salud de nuestros hijos
Sofía tenía habilidades innatas. Claro que sus destrezas no eran deportivas, intelectuales o las que cualquiera podría suponer. Las de ella eran de otro tipo.
Tenía treinta y cinco, pero aparentaba muchísimos menos. Físicamente, sí representaba la edad que tenía. Los años le habían caído encima, implacables, como esos estantes llenos de platos que un día se caen, destrozándolos a todos.
La inteligencia la había perseguido durante años, pero un día, impotente, se cansó y dejó de seguirla. Fue cuando harta de que la consideraran una rubia tonta, Sofía se tiñó con una tintura negra de neuronas. No tenía ni idea de por qué decía la mitad de las cosas que decía, ni sabía por qué decía la otra mitad. Su mente se adentraba con facilidad en un laberinto al que no le encontraba salida.
Con los años se había convirtió en una vasta oquedad. Mucho continente con muy poco contenido.
Se despertaba siempre con ganas de irse a dormir. Se mantenía siempre en la periferia de sí misma huyendo del día y de sí misma. Participaba de la vida con lánguido entusiasmo, como si le estuviera ocurriendo a otra y no a ella.
Ojos marrones, comunes.
En muy poco tiempo, había hecho una pequeña fortuna; había heredado de una tía solterona una gran fortuna, pero rápidamente se encargó de dilapidarla.
Era el fin del verano. Sofía llegó a Mar del Sur, un coqueto balneario de moda a solo quince kilómetros del campo –lo único que le quedaba de lo heredado años atrás–. Después de haber recorrido varias veces las calles cercanas al mar sin encontrar un espacio donde dejar la 4 x 4 último modelo, decidió hacerlo a unas cinco cuadras, casi dentro del bosque, lo bastante lejos como para estacionar sin chocar a nadie y, además, evitar los insoportables bocinazos de los conductores impacientes que padecían su lento andar en la espera de algún lugar libre para estacionar cerca del mar. Estaba con sus dos hijos, Atanacio de seis y Anastasio de tres años; Ata le decía al mayor, y Ana al segundo.
Inmediatamente después de estacionar, mientras hacía malabares para cargar la reposera y tres bolsos (dos de ella y el otro de los chicos), un niño cuidacoches la sorprendió con un rapidísimo:
–¿Le cuido la 4x4, doña?, son diez pesos.
La semana anterior no había querido pagarle por el servicio a otro cuidador y la camioneta había aparecido rayada. ¿Qué le saldría más caro, el cuidacoches o el taller?. No soy tan boluda –se dijo, mientras le daba el dinero, apretando con firmeza el billete.
–Más cerca de la playa le cobran veinte –le dijo el niño cuidador, que sintió la firmeza desesperada de Sofía. Se puso el billete dentro de la media y empezó a agitar con energía un trapito naranja y negruzco, a la búsqueda de un nuevo cliente.
Se habían alejado unos metros cuando el niño cuidador, señalando la camioneta, le gritó:
–¿No la cierra, doña?
Miró a Atanacio y le ordenó:
–Andá a cerrar las puertas.
Ella siguió caminando hacia la playa. Al rato, Atanacio la alcanzaba y al tiempo que le daba las llaves, le decía:
–Las habías dejado puestas.
Siguieron caminando.
–¿Por qué el chico cuida autos, en vez de ir a la playa? –le preguntó Atanacio.
Y como tantas otras veces, Sofía se hizo la boluda. Te sale tan bien, le recordaba su ex marido cada tanto; cada vez que la veía.
Pasaron frente a un kiosco donde adolescentes semiborrachos dormitaban en medio de botellas de cerveza vacías.
–¿Qué hacen esos chicos, mamá? –preguntó Atanacio.
Sofía apuró el paso:
–Falta una cuadra, caminen más rápido.
En la rambla, voces desesperadas de vendedores ambulantes que apenas vendían algunos artículos. Unos preservativos gigantes, con piernas y brazos, llenaron las manos de los chicos de profilácticos que repartía el ministerio de Salud provincial como parte de una campaña de prevención del sida. Un ruidoso avión que pasaba una y otra vez sobrevolando los cuatro kilómetros de playa anunciaba: Los bonaerenses debemos estar orgullosos de los primeros diez años de vida de Mar del Sur; para poder festejar muchos más debemos cuidarnos.
Los niños observaron divertidos la grotesca escena y preguntaron:
–Mamá, mamá, ¿qué es un profiláctico? –y otra vez Sofía hizo lo que mejor le salía.
Llegaron a la playa. Aunque no podían ver el mar, sabían que estaba allí, detrás de los carteles publicitarios de una bebida energizante. Quemándose con la arena caliente –Sofía se había sacado las sandalias apenas bajó de la vereda para sentir la tierra y las había puesto en bolso –qué fiaca abrirlo–, atravesaron la hilera de carpas privadas que sólo dejaban libre una muy angosta franja de arena húmeda junto al agua: la playa pública, único lugar al que podían acceder quienes disponían de menos recursos o no querían gastar en alquilar una carpa.
Conseguir un lugar para estacionar y la larga caminata hasta la playa había sido demasiado para Sofía. No iba a perder más tiempo buscando dónde instalarse. Puso la sombrilla y la reposera en el primer lugar en el que no había gente; sobre miles de colillas de cigarrillos, envases de gaseosas vacíos y desperdicios de todo tipo.
–Ponete el protector solar –le dijo al mayor sacando sin mirar del bolso una crema antiestrías. –Y ponele también a tu hermanito.
Se acostó en la reposera. Suspiró hondo. Estaba feliz, había llegado el momento de conectarse con su deseo más profundo: tomar sol para estar más quemada y parecer más joven. Empezó a leer un libro que hacía ya tres meses estaba leyendo y le estaba costando terminar: El tránsito lento y su influencia en el humor femenino.
Cada tanto, muy de tanto en tanto, miraba de reojo a sus hijos. En un momento su hijo menor levantó un pañal sucio y se lo llevó a la boca; la tibia llamada de alerta no alcanzó para superar los miles de decibeles de la música tecno del parador. En un instante Anastasio lamía el pañal. Sofía se levantó cansinamente y caminó hacia su hijo.
Los cachetes no bambolearon. El Botox que se estaba poniendo últimamente era de muy buena calidad.
–Esto no es para comer –le dijo, tirando el pañal nuevamente y con la sensación de estar cumpliendo con su rol de madre. Cuando se fueran de la playa pasaría por el baño y le lavaría la boca. A pocos metros, rodeado de papeles y latas, un cesto de basura esperaba inútilmente con sus fauces abiertas y el estómago vacío.
Sofía estaba hablando por celular. No se dio cuenta de que Atanacio estaba parado junto a ella, escuchando.
–Nos vimos varias veces…
–…
–Mamá, mamá, tengo sed…
–Obvio que los finjo, lo hago tan bien que hasta yo me los creo…
La confidencialidad de alcoba (y muchos otros lugares) no era su fuerte. Nunca lo había sido. Menos desde que había vuelto a la soltería.
–…
–Mamá, quiero tomar algo…
–…
–Obvio que nos cuidamos. Además, él es estéril y mirá si me quedo embarazada y le transmito la esterilidad a mi hijo…
Hablaban las dos a la vez, probablemente de cosas distintas. Pero se entendían.
–Mamá, mamá, hace calor… –le dijo el hijo menor, tirándole de la bikini.
–Que pendejo hincha pelotas… te llamo después…
No le preocupó que la hubiera escuchado. Es tan chico, no entiende nada –pensó.
Hacía calor. Sofía decidió llamar a uno de los muchos vendedores ambulantes que pululaban por los alrededores, salteando a algunos veraneantes y pisando a otros. Sólo tenían gaseosas calientes y sin gas, por las que terminó pagando tres veces el valor al que se vendían en un comercio común. A pesar de la insistencia de los chicos, no compró los sándwiches de jamón y queso traslúcidos, untados con algo parecido a una mayonesa amarillenta descompuesta por el calor.
–La próxima traemos empanadas –le dijeron.
No se van a morir por no comer hasta la noche –pensó.
De pronto, un griterío la hizo darse vuelta, y apenas tuvo tiempo de apartarse antes de que la pasaran por encima unos rugbiers jugando a la tocata. Menos suerte tuvo Atanacio, que por el golpe que recibió terminó con un brazo fracturado (se enteraría varios días después, cuando empezaron las clases y la llamaron del colegio).
Vano fue el intento de conseguir a un guardavida que lo atendiera; estaban de paro, reclamaban una suba del trescientos cuarenta y seis por ciento retroactiva a 1993. Además, ir al hospital implicaba irse de la playa; no había que desperdiciar el sol. El niño se quejaba del dolor. Para que no la molestara más, Sofía le compró otra gaseosa. También le dio un Rivotril de 2 miligramos que sacó de su bolso.
El tranquilizante surtió efecto, por un largo rato no la molestó. Tampoco el menor, que estaría jugando quién sabe dónde.
Estaba anocheciendo y si bien la brisa había amainado, el frío se empezaba a sentir. Sofía decidió volverse al campo.
–Chicos, nos vamos… junten sus cosas.
–Mamá, me quemé mucho, estoy todo colorado…
–Pero qué mierda que es el protector que compré… cómo me cagaron, seguro que estaba vencido… Tomá Ata, ponete esto que te va a hacer bárbaro –le dijo dándole nuevamente la crema antiestrías. –Y ponele también a Ana, que está como un tomate…
Cuando fue a buscar la camioneta, no la encontró. ¿Dónde la habré dejado? Se puso histérica, empezó a gritar como loca:
–¡Me la robaron, me la robaron, Melchor me mata!
Sofía lo llamaba Melchor cuando estaba sola; frente a los demás se refería a él como el padre de los chicos, agregándole un indisimulable tono de bronca. Los últimos años con él habían sido difíciles. Melchor era un gran hijo de puta. Había despertado el amor de muchas mujeres sin tener intenciones siquiera de quererlas y Sofía no fue la excepción, le mintió amor por deporte, sin desearla. Le había prometido que iban a terminar juntos sus vidas; pero eso sólo podría haber pasado si ambos se hubieran muerto en el mismo instante y años atrás.
El niño cuidador, que la miraba incrédulo, la tranquilizó:
–Ahí está su camioneta, señora.
Detrás de un cartel parasol que anunciaba un protector solar, y bajo miles de calcomanías que nadie había autorizado a pegar, Sofía reconoció su camioneta. En agradecimiento, y sin mirar, le dio un billete de cien pesos. Nunca se dio cuenta, sino hubiera pensado que Melchor la mataba.
Había anochecido. Faltaba poco para llegar al campo.
–¿Qué les pasa que están tan callados?, ¿están cansados? Los felicito por no pelearse, esta noche pueden jugar un rato más con la compu.
–A mí no me gusta jugar… –le dijo Anastasio.
Si empieza a joder le encajo otro Rivotril, pensó, y le preguntó:
–¿Cómo que no te gusta jugar?
–No me gusta jugar solo…
–Vas a jugar con tu hermano.
–¿Ah?, ¿Atanacio viene después?
Sofía miró por el espejo y vio vacío el otro asiento. Tardó en reaccionar. Cuando se dio cuenta, clavó los frenos y sin mirar, giró ciento ochenta grados. No provocó un accidente por casualidad.
–Qué boluda soy –repitió una y otra vez mientras volvía a Mar del Sur. –Melchor me mata.
Milagrosamente, y luego de muchas vueltas encontró el lugar donde antes había estacionado. Sentado en el cordón de la vereda, Atanacio estaba jugando con unas latas con el chico que cuidaba autos.
–Subite ya.
–¿Sabés que me contó que tiene que trabajar porque es pobre? ¿Sabés que vive en un barrio que se llama La Villa?, le dije que algún día que no trabaje podía venir a jugar al campo.
Sofía aceleró sin contestar.
Apenas llegaron a su casa, los chicos fueron corriendo a sus habitaciones.
–¡Báñense! –les gritó Atanasia Nicasia, sin demasiadas expectativas, pero con la certeza de estar cumpliendo, una vez más, con sus deberes de madre.
Tres horas más tarde fue al cuarto de sus hijos. Golpeó la puerta. No obtuvo respuesta. La abrió y entró diciéndoles:
–Hola chicos.
Silencio.
–Hola chicos.
Más silencio aún.
–Hola chicos –repitió, esta vez levantando la voz. –No se bañaron.
–Hola Ma –le respondió Atanacio sin sacar los ojos de la pantalla. Anastasio seguía ensimismado en su mundo.
–Vayan a bañarse.
Sofía se quedó mirándolos largo rato. No se movieron.
Una lágrima empezó a caer buscando la comisura de sus labios, los ojos se le empañaron, ahogó un sollozo. Los chicos nunca se dieron cuenta.
Fue a la cocina. Aplastó dos pastillas de Lexotanil y las mezcló con el puré –Les hace mal jugar tanto tiempo con la compu y no duermen nada –se justificó. –Con esto por lo menos van a dormir.
Entró sin llamar a la habitación de sus hijos, ¿para qué golpear la puerta si no le iban a contestar?
–Chicos, acá les dejo unas salchichas con puré, hasta mañana –les dijo, y abandonó el aire rancio del cuarto sin esperar respuesta; sabía que no la iba a tener.
A veces (muy de vez en cuando, unas diez veces por día) Sofía extrañaba a Melchor.
Él sabía que ella era un amor imposible, como si él tuviera agorafobia y ella claustrofobia, como si tuvieran que accederse eternamente bajo el marco de una puerta, uno mirando siempre al interior y el otro hacia afuera. Su historia de amor con él había sido basura. Restos para los que no había reciclaje.
Sofía había tenido un pasado pluscuamperfecto, pero su presente dejaba mucho que desear. Se había casado por civil, por iglesia y por boluda. Desde un principio estuvo poco convencida del amor y las intenciones de Melchor ¿livianas pinceladas de intuición femenina?, pero tenía la absurda y firme convicción de poder cambiarlo –está demostrado técnicamente que es imposible cambiar a un hombre, le decía siempre su madre–. La primera vez que tuvo vida interior fue cuando se quedó embarazada de Atanacio.
En un principio conversaban, pero eso no era cierto. Melchor no la escuchaba…
Así, Sofía mantenía largas conversaciones con la nuca de su marido.
Durante un tiempo compartieron sus días sin hablarse. Tampoco hacían esfuerzos por entenderse. La recíproca indiferencia se había transformado en desdén. Dejaron de hacer el amor –entre ellos– sin darse cuenta; ninguno se preocupó demasiado. El final del matrimonio fue una cuestión de tiempo. Cuando la ley de gravedad se apoderó de las tetas y el culo de Atanasia Nicasia, Melchor la dejó.
Al año siguiente, Sofía heredó a su tía.
Un lifting desdibujó aún más su ya desdibujada personalidad amalgamándola con tantas otras. En sus alas retenía los vestigios de su otra nariz, la que se había operado. Además, se hizo las gomas y se levantó el traste. Dejó de ser un 65,0% de oxígeno, 19,37% carbono, 10 % hidrógeno, 3,2% nitrógeno y el resto calcio, fósforo, cloro y potasio, para ser 50% botox y 50% silicona, tan plástica que su médico le había prohibido fumar. La brasa encendida de un cigarrillo hubiera bastado para la instantánea combustión de sus nuevos pómulos.
Obviamente, Melchor quiso volver. Y por un tiempo Sofía intentó encontrar su felicidad en quien se la había arrebatado. Pero se dio cuenta de que ahora no lo necesitaba. El campo le proveía el sustento, las tetas nuevas, el culo parado, y los amantes.
Tiempo más tarde, Melchor empezó a salir con la hermana de Sofía, que tenía diez años menos, las tetas y el culo todavía firmes y naturales y además no había dilapidado la fortuna. ¿No resultaba extraño que cada vez que Melchor se enamoraba de una mujer, esta tuviera más dinero que la anterior?
Sofía había complicado su día, como siempre. Pero ella no lo recordaría. Como no recordaría haberse olvidado a Atanacio o haber hecho que se embadurnaran con crema antiestrías.
En el baño intentó sacarse el inútil maquillaje. No le gustó lo que vio en el espejo. Descartó su imagen abriendo la tapa del botiquín.
Fue a su cuarto. Encendió el home theater y puso una película de Chaplin, necesitaba reírse un poco. No pudo concentrarse. Apagó el video, empastilló su dolor con un Rivotril y se fue a dormir.
La tele
–¡Porfirio, apagá la tele! –le gritó su mujer Rudecinda desde el baño.
¿Cómo puede ser que escuche el televisor con el ruido que hace el secador de pelo y la puerta cerrada? –pensó Porfirio Autogol.
Como tantas otras veces, hizo que no la escuchaba.
–¿No ves que tenés a tu hijo al lado? –le dijo Rudecinda, levantando la voz.
Cuando ella se refería a Saturnino como tu hijo, algo andaba mal.
–Es nuestro hijo, creo –le contestó, y diciéndole que se tapara con la sabana, le dijo a Saturnino: –Y vos no mirás ni escuchás la tele.
Porfirio sabe que los noticieros de estos días no son para chicos, pero Saturnino está por cumplir diez, y pronto dejará de visitarlos todas las mañanas antes de ir al colegio.
El morbo le impidió apagar el televisor. Bajó un poco el volumen.
Apaleado por eyacular en el subte, decía la placa. Y en letras más chicas se leía: Se masturbó sobre una mujer de 46 años.
Con muy estudiada cara de circunstancias, la cronista, luego de una detallada y precisa introducción de los hechos, que incluyó una lección de moral, realizaba notas en el andén de la estación Pasco.
–Depravado, escoria, mirá cómo me dejaste la ropa –gritaba la damnificada, mostrando sus calzas negras que lucían impolutas.
–Hijo de puta –vociferaban algunos, al tiempo que pateaban y escupían al agresor que, sangrante, se revolcaba en el piso clamando: –soy inocente, yo no hice nada.
–Lo van a matar –decían otros, sin meterse a defenderlo.
–Papá, ¿qué significa depravado? –preguntó Saturnino.
Porfirio estiró la mano hacia la mesa de luz, tomó la tablet y se la dio diciéndole que jugara al Minecraft. Santo remedio. No le volvió a preguntar nada.
Acomodó el almohadón y se apoyó en el respaldo de la cama.
Sabía que su mujer aparecería furiosa en cualquier momento. Pero no podía dejar de mirar.
–¿Cómo fue? –preguntó la cronista a todos.
Y todos contestaron a la vez.
–Dicen que acabó gritando y entonces se dieron cuenta de la chanchada que había hecho –dijo una señora.
Hay que matarlo
–Yo escuché a la mina que se ponía gritar, pensé que la estaban afanando –dijo un joven sin sacarse los auriculares.
–Eso, ¿por qué nunca se meten con los pungas? Esos sí que son unos hijos de puta –agregó otro.
–Yo vi cuando lo bajaban entre varios. Si no lo sacaban acababa violándola –comentó una colegiala.
–No digas boludeces que acabó antes –le contestó una compañera.
–Son mentiras de la mina –gritó otro, agregando: –estaría necesitada, a ese bagayo no la apoya nadie.
La cronista, solidaria, le sacó el micrófono al desubicado.
–¿Dónde están los derechos sobre el cuerpo de la mujer? ¡Basta de violencia de género! –vociferó una treintañera bastante linda.
–Vos sos lesbiana y estás estigmatizando a los hombres –le contestó un señor circunspecto. –Por culpa tuya y de esta mina muchos van en cana injustamente –agregó.
–El mismo depravado me quiso violar la semana pasada –dijo al fin una sexagenaria, que hacía rato intentaba ser entrevistada.
–Demandamos al gobierno por más seguridad, y mejores condiciones laborales, y horas extras, y… –dijo un desprolijo pelilargo, que se identificó como metrodelegado.
Muchos otros pugnaban por aparecer en la tele y dar algún testimonio que los inmortalizara.
Al fondo, apoyada en una pared, una mujer policía mandaba mensajes de texto. Seguramente pedía ayuda a la autoridad.
Porfirio nunca se dio cuenta de que el secador de pelo se había apagado o de que la puerta del baño se había abierto.
–¿No me escuchaste? –le dijo Rudecinda, irrumpiendo en la habitación, tomando el control remoto y apagando el televisor en el momento en que la placa decía: hombre de 31 años le apoyó su miembro viril por atrás.
Qué hijaputez.
Todo lo que sube baja
–Clac –la puerta automática se cerró con suavidad apenas Bartolo entró al ascensor frío, espejado y dicroico.
Buscó desesperado la botonera, que no encontró. Junto a la puerta vio una decena de pequeños orificios geométricamente dispuestos en el acero, a los que imaginó una suerte de intercomunicador. Acercó a ellos su boca.
–Seten…. seten… setenta y dos –dijo por fin, y se apoyó contra la pared.
Esperó unos segundos que le parecieron una eternidad. El ascensor no se movió.
– Seten…. seten… setenta y dos –repitió en voz más alta.
El ascensor siguió inmóvil.
– Seten…. seten… setenta y dos, por favor.
Una gota de sudor comenzó a bajar de su frente calva. No le gustaban los ascensores, no le gustaba estar solo y mucho menos, que no tuvieran botones.
No me hizo efecto el Rohypnol, ¿hace cuánto lo tomé? Miró su reloj. Revisó sus bolsillos, solo encontró blisters vacíos de Alplax, Lexotanil y Rivotril. Buscó en la valija. Entonces recordó que las autoridades del aeropuerto se lo habían sacado cuando quiso subirlo a la cabina del avión que lo había traído a Chicago. También le habían sacado el desodorante y las toallitas húmedas que usaba para limpiarse. Su propio olor era otra de las obsesiones con las que convivía. Se ponía desodorante varias veces al día en invierno, todo el tiempo, en verano.
Respirá hondo, Bartolo, respirá hondo.
Entonces comprendió.
–¿Sevensitu? –preguntó con timidez.
No pasó nada.
–¿Seventisu? –volvió a preguntar.
Aunque el inglés aprendido en el colegio no era su fuerte, celebró que no tartamudeaba en inglés.
–Seventy two –suplicó.
–Seventy two –contestó una asexuada y amable voz metálica a través de los pequeños orificios. El ascensor cobró vida sin perder su gélida luminosidad.
El viaje en ascensor empezaba a convertirse en el más largo de su vida.
Vio su reflejo en el acero y no se reconoció. No se quiso reconocer. A veces, solo a veces, era un experto en huir de sí mismo.
Los ascensores herméticos no le eran fáciles; para su cumpleaños dieciocho, su padre le había regalado un auto, un Citroën 3 CV. Previo a retirarlo de la concesionaria, habían pasado por el banco a retirar la plata que guardaba en la caja de seguridad. La bóveda estaba en el tercer subsuelo y la única forma de acceder a ella era en un ascensor revestido en acero inoxidable, la última moda. La capacidad máxima eran seis personas o cuatrocientos cincuenta kilos. El ascensor arrancó sin que lo notara. Estaba calculando cuánto pesaba cada uno, cuando se detuvo. Se apagaron las luces principales, y al instante una tenue luz roja de emergencia se encendió. Los primeros segundos nadie se animó a hablar. Fue un empleado del banco el que dijo que no se preocuparan que, aunque nunca antes había sucedido, en pocos minutos el pequeño inconveniente estaría solucionado. Los pocos minutos fueron tres horas de gritos desesperados, llantos desconsolados, inútiles golpes de puño al acero inoxidable y voces ahogadas que provenían del techo diciendo que pronto lo sacarían de allí. Su padre permaneció mudo, abrazándolo. Se escuchó el trepidar de una soldadora cortando el techo. Nunca supuso que se pudiera tardar tanto en cortar el metal. Por el agujero bajaron una escalera. Fue el primero en salir.
… treinta y cuatro… treinta y cinco… ¡treinta y seis!... ¡Por fin! No tartamudeaba cuando pensaba. Exactos treinta y seis segundos para subir setenta y dos pisos. Dos pisos por segundo. Rápido, muy rápido. Pero no tanto como la aparición de la lividez de Bartolo, que antes de llegar al décimo piso había empalidecido.
–Seventy two –le anunció la asexuada y amable voz metálica a través de los pequeños orificios, mientras el ascensor se detenía por completo.
Apenas se abrió la puerta saltó a un también espejado, frío y dicroico palier. Estaba satisfecho. Había superado con éxito la primera parte. Metió la mano en el bolsillo, abrió la billetera. Sus dedos transpirados le entorpecieron sacar la tarjeta magnética que abría la puerta del penthouse. Se lo había prestado su cuñado. Al principio, cuando supo que era en el piso setenta y dos se negó. Además de claustrofobia, sufría vértigo.
–No podés ser tan boludo a los cincuenta, un depto espectacular, la mejor vista de Chicago y ¡gratis!...
No le molestó que su cuñado lo tildara de boludo. De hecho, lo hacía seguido.
Un excelente departamento y una vista sensacional eran razones de peso, aunque no tan fuertes como para vencer sus traumas. Que fuera gratuito era, sin duda, un argumento imbatible.
Deslizó la tarjeta por la cerradura. La puerta se abrió de par en par. Un fuerte reflejo lo encegueció. Cuando sus ojos se acostumbraron a la luz pudo ver a sus pies la magnificencia de la ciudad. Quedó paralizado. La visión de Chicago a través de los ventanales, desde el techo al piso, era inigualable.
¡Este hijo de puta me lo hizo a propósito!, pensó, recordando a su cuñado. Sabe perfectamente que acá no me voy a quedar.
Nunca entendió cómo la claustrofobia del banco pudo haber devenido en vértigo. Lo cierto es que había dejado de visitar amigos que vivieran a partir del sexto piso, no se asomaba a balcones y había dejado de practicar esquí, su deporte preferido desde pequeño. No soportaba las subidas en las aerosillas que se le antojaban peligrosas, aunque colgaran de un fuerte cable de acero; no entendía cómo la gente no se caía de allí.
Miró la decoración minimalista desde la puerta. Aunque la estética no era su preferida, el excelente gusto de su cuñado era innegable. Qué bien le está yendo con los negocios, pensó, haciendo un esfuerzo para alejar los envidiosos pensamientos que sabía no podría refrenar una vez que se echaran a andar. De hecho, su mujer siempre le echaba en cara lo bien que le iba a su hermano en Chicago, y alguna vez le planteó la posibilidad de empezar de vuelta allá.
Entonces lo vio: en el exterior, sujeto a un arnés y colgado en una silleta, un limpiavidrios fregaba el ya limpio ventanal.
Este tipo está loco, pensó, al tiempo que se le empezaba a acelerar el pulso.
Bajó la vista. No podía mirarlo. Comenzó a sudar. No era el Chicago que siempre había soñado.
Respirá hondo, Bartolo, respirá hondo, se dijo.
Retrocedió mirando el piso. Sólo levantó la vista para ver dónde estaba el ascensor. Pasó la mano por el sensor. La luz indicadora empezó a cambiar.
… treinta y cuatro… treinta y cinco… ¡Treinta y seis!
El ascensor abrió sus fauces y un agitado Bartolo entró con desesperación.
Clac –la puerta automática se cerró suavemente.
–Plan… plan… planta baja –dijo, apresurado.
El ascensor no se movió.
–¡Ca… ca… calle! –dijo.
–¡¡Cero!! –empezó a ponerse nervioso. Una situación que ya conocía pero que no podía evitar. Y que mataba el tartamudeo.
–¡¡¡Garaje!!! –comenzó a faltarle el aire.
Acercó más su boca a los malignos orificios.
–¡¡¡¡Sótano!!!! –el corazón le latía a mil.
–¡Planta baja!, ¡Planta baja!, ¡Planta baja!, ¡Planta baja! –gritaba, mientras pateaba la pared del ascensor.
Se sentó sobre la valija sollozando. Los agujeros negros se estaban fagocitando la poca materia gris que Bartolo tenía en momentos como ése.
–¡Planta baja!, ¡Planta baja!, ¡Planta baja!, ¡Planta baja! –repetía, mientras sentía que se ahogaba.
–¿Zero? –preguntó, recordando que el ascensor reconocía solo un idioma, pero su voz ya era inaudible. Y los malditos orificios del ataúd, sordos.
Entonces recordó a una ex, Lilian, que era psicóloga. No se cansaba de repetirle “lo mucho más feliz que sería si se tratara”. Al principio creyó que hablaba de su felicidad; muchos años después entendió que se refería a la suya.
Varias veces se preguntó si Lilian no tenía razón; ¿hubiera sido mucho más feliz si hubiera hecho terapia? Y siempre se contestaba que no estaba para empezar a lidiar –liliar- con un psicólogo a los casi sesenta.
Aunque, pensándolo bien, si se hubiera “tratado”, no le hubiera pasado lo que le estaba pensando en ese ascensor. Quizás, si le hubiera hecho caso, no tendría éstos agujeros negros (y muchos otros) dentro de él.
Sus abrazos encerraban la promesa de un mañana. Lo habían enamorado su sonrisa contagiosa, sus perspicaces ojos miel que brillaban con luz propia, su forma de decir las cosas, su saber compartir, su sincero interés en el otro, sus ganas de cambiar al mundo y mejorar a las personas.
Durante mucho tiempo y sin éxito intentó conjugar en pasado lo que sentía por ella. Aprendió a llorar por ella; en un pañuelo guardó sus lágrimas, las de él.
Ahora necesitaba volver sobre sus pasos y encontrarla para que desarmara todos sus argumentos con un abrazo.
Nunca le preguntó por qué lo dejó. Por qué Lilian se fue con las instrucciones sobre cómo debía vivir su vida.
Quince minutos más tarde el espejado y dicroico ascensor se movió.
En exactos doce segundos se detuvo en el piso cuarenta y ocho. La puerta se abrió y una figura entró sin que Bartolo lo notara.
Un bolso de lona lo golpeó. Colgaba del hombro de una pintarrajeada mujer de mediana edad que vestía un caro jogging tornasolado.
–Sorry –dijo la mujer sin mirarlo.
La no respuesta hizo que mirara al piso.
–¿Míster?
Bartolo lloraba en medio de inacabables temblores mientras susurraba:
–Planta baja, planta baja, planta baja…
–Veo que habla español, permítame ayudarlo –le dijo la mujer en un castellano que parecía dominar.
–Planta baja, planta baja, planta baja…
–My name is Meredith. Let me help you.
–Planta baja, planta baja, planta baja…
Meredith trabó la puerta del ascensor con su bolso diciendo:
–Enseguida vuelvo, no se vaya.
Entró a su departamento. Al rato volvió con un minúsculo sobre de papel. Lo abrió con pulcritud y dijo:
–Tome esto, buen hombre, le va a hacer mucho bien. Abra la boca.
Bartolo obedeció como un autómata sin dejar de sollozar ni temblar.
Meredith le puso el contenido del sobrecito bajo la lengua. Era un polvillo blanco, muy fino, parecía harina.
–Pronto estará mejor.
El ascensor seguía detenido en el piso cuarenta y ocho, y Bartolo tirado en el piso. La luz de las dicroicas hacía brillar su calva sudorosa. Meredith sacó una toalla del bolso y le secó la cabeza.
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