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LA RAZÓN DE MI VIDA

Eva Perón

LA RAZÓN DE MI VIDA

CABECITA NEGRA

Duarte de Perón, María Eva

La razón de mi vida / María Eva Duarte de Perón. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Punto de Encuentro, 2021.

Libro digital, EPUB

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-4465-78-8

1. Peronismo. 2. Política Argentina. 3. Partido Justicialista. I. Título.

CDD 320.0982

© Punto de Encuentro, 2021

Av. de Mayo 1110, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, República Argentina

(54-11) 4382-1630

www.puntoed.com.ar

Director de la colección: Carlos Zeta

Diseño: Cristina Angelini

Armado: Cutral ediciones ¦ Victoria Ramírez

Queda hecho el depósito que establece la ley 11.723.

Libro de edición argentina.

No se permite la reproducción total o parcial, el almacenamiento, el alquiler, la transmisión o la transformación de este libro en cualquier forma o por cualquier medio, sea electrónico o mecánico, mediante fotocopias, digitalización u otros métodos, sin el permiso previo y escrito de la editorial.

ÍNDICE

Portada

Portadilla

Legales

Un destello hacia el refulgente esplendor de la eternidad

Prólogo

Primera parte: Las causas de mi misión

I - Un caso de azar

II - Un gran sentimiento

III - La causa del “sacrificio incomprensible”

IV - Algún día todo cambiará

V - Me resigné a ser víctima

VI - Mi día maravilloso

VII - ¡Sí, este es el hombre de mi pueblo!

VIII - La hora de mi soledad

IX - Una gran luz

X - Vocación y destino

XI - Sobre mi elección

XII - Demasiado peronista

XIII - El aprendizaje

XIV - ¿Intuición?

XV - El camino que yo elegí

XVI - Eva Perón y Evita

XVII - Evita

XVIII - Pequeños detalles

Segunda parte: Los obreros y mi misión

XIX - La Secretaría

XX - Una presencia superior

XXI - Los obreros y yo

XXII - Una sola clase de hombres

XXIII - Descender

XXIV - La tarde de los miércoles

XXV - Los grandes días

XXVI - Donde quiera que este libro se lea

XXVII - Además de la justicia

XXVIII - El dolor de los humildes

XXIX - Los comienzos

XXX - Las cartas

XXXI - Mis tardes de ayuda social

XXXII - Limosna, caridad o beneficencia

XXXIII - Una deuda de cariño

XXXIV - Finales de jornada

XXXV - Amigos en desgracia

XXXVI - Mi mayor gloria

XXXVII - Nuestras obras

XXXVIII - Nochebuena y Navidad

XXXIX - Mis obras y la política

XL - La lección europea

XLI - La medida de mis obras

XLII - Una semana de amargura

XLIII - Una gota de amor

XLIV - Cómo me pagan el pueblo y Perón

XLV - Mi gratitud

XLVI - Un idealista

Tercera parte: Las mujeres y mi misión

XLVII - Las mujeres y mi misión

XLVIII - El paso de lo sublime a lo ridículo

XLIX - Quisiera mostrarles un camino

L - El hogar o la fábrica

LI - Una idea

LII - La gran ausencia

LIII - El Partido Peronista Femenino

LIV - No importa que ladren

LV - Las mujeres y la acción

LVI - La vida social

LVII - La mujer que no fue elogiada

LVIII - Como cualquier otra mujer

LIX - No me arrepiento

UN DESTELLO HACIA EL REFULGENTE ESPLENDOR DE LA ETERNIDAD

Mónica Litza

“El camino que yo elegí”

Eva Perón

Antes que nada, quiero expresar mi agradecimiento a la invitación que me han hecho los compañeros de la editorial Punto de Encuentro y su Colección Cabecita Negra a prologar esta obra profundamente significativa para mí, y fundamental del legado de Evita, que inspiró por décadas tanto a la militancia y a la resistencia peronista, como a trabajos académicos que abordan el estudio de la vida de Eva Duarte.

Hasta aquí, estas serían las palabras correctas, formales, apropiadas para el comienzo de este prólogo. Pero, ¿cómo decir que me temblaron las manos, que se me aceleró el pulso, que se contuvo mi respiración, cuando un querido compañero, Carlos Zeta, me invitó a escribir ni más ni menos que el prólogo de La razón de mi vida?

¿Cómo contar el modo en que recorrieron mi mente y mi cuerpo infinidad de emociones, recuerdos, sensaciones?

Por ejemplo, la primera vez que escuché hablar de Evita, la primera vez que vi, entre las cosas que atesoraba mi viejo, el libro de tapa dura, con sus hojas amarillentas, con la foto de esa mujer rubia de pelo estirado en un rodete apretado y ojos encendidos. Esa imagen, que podía ser tanto dulce y angelada, como brava y desafiante. ¿Cómo no recordar aquellos fríos 26 de julio en mi querida Avellaneda obrera y conurbanense, en los que, con tantos compañeros y compañeras, nos juntábamos —y lo seguimos haciendo— para homenajear a quien tuvo el cargo más sublime al que se puede aspirar: “Abanderada de los humildes”?

Evita pueblo, Evita combatiente, Evita hada buena, Evita Compañera, ¡Santa Evita! ¡De cuántas maneras podemos recordarte!

Tengo en mis manos La razón de mi vida… lo leo y no dejo de maravillarme por el milagro de poder hacerlo hoy, en el siglo XXI, en el siglo de las mujeres empoderadas, que transitan y batallan por la ampliación de derechos todos los días.

¡Si Evita viviera!

Es posible que algunas de ellas no sepan siquiera que antes de ella las mujeres en nuestro país no tenían documento de identidad; ni hablar de la ausencia total de cualquier otro derecho político.

Pero eso no importa. Lo que de verdad importa es que sigamos el camino que Evita inauguró de una vez y para siempre en nuestra Patria. La mujer protagonista y artífice de su propio destino, como diría el General refiriéndose al pueblo. Y ahí, justo ahí, es donde Eva pone a las mujeres. Por primera vez, a la par de los varones, compartiendo ese destino de grandeza que imaginó el justicialismo para todas y todos los argentinos.

Es para mí un gran honor y una oportunidad inigualable expresar las emociones, los sentimientos y las ideas que este libro despertó y despierta en mi propia vida de mujer militante peronista, que pretendió —y pretende aún— con toda humildad, comprometerse con la búsqueda de una sociedad más justa donde las y los argentinos podamos ser un poquito más felices.

LAS CAUSAS DE MISIÓN. LOS OBREROS Y MI MISIÓN. LAS MUJERES Y MI MISIÓN

Estas son las tres partes que componen esta pieza única. En ellas, Evita desgrana a corazón abierto, toda su pasión y su cosmovisión desde el justicialismo.

Pero pongamos en sus propias palabras cómo es que surgen estas tres partes del libro:

Cuando un pibe me nombra Evita me siento madre de todos los pibes y de todos los débiles y humildes de mi tierra.

Cuando un obrero me llama Evita me siento con gusto compañera de todos los hombres que trabajan en mi país y aun en el mundo entero.

Cuando una mujer de mi Patria me dice Evita yo me imagino ser hermana de ella y de todas las mujeres de la humanidad.

Y así, sin casi darme cuenta, he clasificado, con tres ejemplos, las actividades principales de Evita en relación con los humildes, los trabajadores y la mujer.

Quizá para las nuevas generaciones resulten extrañas algunas aseveraciones o reflexiones. Evita escribió este libro en 1951. Y desde entonces mucha agua ha corrido bajo el puente. Sobre todo, en lo que se refiere a conquistas de derechos para las mujeres. Es imprescindible hacer un ejercicio de memoria para ubicarnos en aquel siglo XX —al mismo tiempo próximo y lejano— y tratar de imaginar el contexto en el que se desarrolló el accionar de Evita. Tener dimensión y perspectiva para comprender el significado de la puesta en marcha de la Fundación Eva Perón y la creación del Partido Peronista Femenino. Imaginemos, por un momento, a aquellas pioneras censistas que salieron a recorrer el país llevando la voz de la mujer a todas aquellas hermanas de género que habían estado invisibilizadas y calladas hasta ese momento. Evita las estaba convocando a entrar, por primera vez, a las grandes ligas de la política nacional. A la historia. Pasar de existir, a ser. Tener identidad, poder participar de la vida institucional, elegir, ¡ser elegida!

Hoy quizás estas cosas las hayamos naturalizado. Sin embargo, fueron realmente revolucionarias. Un punto de inflexión. Un quiebre. Un antes y un después para las mujeres de nuestro país. Ya nunca más la Argentina sería lo que fue. Así como el 17 de octubre de 1945 marcó el nacimiento de la Patria allí donde antes había una colonia, la irrupción de Evita marcó para las mujeres el nacimiento de una nueva institucionalidad.

Este libro —que recomiendo profundamente— nos revela a una joven muchacha que fue puesta por el destino (¿o fue ella la forjadora de su propio destino, y, de alguna manera, también del nuestro?) en un lugar desde donde podía ser y hacer… ¡Y lo hizo! ¡Y tanto fue, que es y sigue siendo!

Creo, sinceramente, que si Evita viviera sería parte indisoluble del signo de estos tiempos. Su contribución sería decisiva para redimensionar el feminismo, por cuanto su lucha actual se inscribe en la denuncia de injusticias y en el propósito innegociable de construir equidad. ¿O qué otra cosa es, si no, el peronismo, que la lucha por la justicia, por la igualdad, por la inclusión de quienes no están incluidos/as y por el reconocimiento de quienes no son reconocidos/as?

Evita nació en 1919. El destino de (casi) todas las mujeres de las primeras décadas del siglo XX de (casi) todos los sectores sociales —y con pocos matices de clase— era el casamiento. Todas enfrentaban, además, un clima muy poco favorable (para ser prudentes) al trabajo femenino remunerado.

Las muchachas de familias humildes no tenían muchas más oportunidades que las de trabajar en talleres de costura o en fábricas, en pésimas condiciones, igual que las de los compañeros varones, a lo que debían sumar peores salarios, el acoso de jefes y patrones y la ausencia absoluta de protección del embarazo y la crianza. Más el trabajo no pago del cuidado.

Por otra parte, muchas chicas que pertenecían a las clases en ascenso, como las hijas de familias de comerciantes o de dueños de pequeñas fábricas, eran redireccionadas hacia la docencia, que se feminiza rápidamente desde fines del siglo XIX. La altísima presencia de mujeres en el magisterio respondió a un Estado que necesitaba incorporar docentes de manera intensiva y barata. El magisterio era un trabajo apropiado para las mujeres, aun cuando escondía —poco y mal— muchas contradicciones. Aunque muy mal remunerado, les permitía tener algún dinero propio, mientras reforzaba el estereotipo de “lo femenino”. Recordemos que, en aquellos momentos, se había empezado a entender a la infancia desde otro punto de vista, incorporando mejor trato con menos violencia y mayor contención. Es precisamente allí donde las mujeres podían desplegar las habilidades “naturalmente” maternales, de paciencia y afectividad en las que quedaban cristalizadas. El trabajo femenino se desarrollaba en un espacio físico y simbólico restringido, pero, a la vez, protegido de las amenazas del mundo público y con cierto reconocimiento social de grandes sectores analfabetos de la población. Un “muy buen proyecto”, en esa época, para las jóvenes de los sectores más acomodados y de la nueva burguesía vernácula.

La razón de mi vida nace a la luz de la injusticia que Eva percibe —y siente en lo más profundo de su sensibilidad— en el ensombrecido destino que aguardaba “naturalmente” a las mujeres. Y se rebela. No se resigna, como no habría de resignarse jamás. Algo semejante dispara en ella la situación de los trabajadores, de los niños y de los ancianos, que, junto a las mujeres, conformaron históricamente el grupo más vulnerable de la sociedad. Y en este grupo es precisamente donde ella pone su objetivo de reivindicación.

En el libro, proyecta las condiciones de trabajo que el pueblo merece y hace referencia al capitalismo internacional, que haría lo imposible para mantener al pueblo sojuzgado y a la nación, dependiente.

¿Es posible que una palabra alcance para sintetizar el contenido de esta larga, conmovedora, profunda, indispensable, conversación de Eva con su pueblo? Si me viera en el aprieto de pronunciar solo una, diría que el libro habla de pasiones: el trabajo incesante, el dolor por la injusticia que conmueve, la alegría del agradecimiento.

Pero, sobre todo, habla del amor de Evita por Perón, que se confunde con el amor por la causa de Perón; es decir, la causa del pueblo.

Un día me dijeron que era demasiado peronista para que pudiese encabezar un movimiento de las mujeres de mi Patria. Pensé muchas veces en eso y aunque de inmediato sentí que no era verdad, traté durante algún tiempo de llegar a saber por qué no era ni lógico ni razonable. Ahora creo que puedo dar mis conclusiones. Sí, soy peronista, fanáticamente peronista. Demasiado no, demasiado sería si el peronismo no fuese como es, la causa de un hombre que por identificarse con la causa de todo un pueblo tiene un valor infinito. Y ante una cosa infinita no puede levantarse la palabra demasiado.

Leer o releer este libro es, sin duda, siempre, una buena idea.

La razón de mi vida es una proclama del amor más sublime, unido a una clara concepción sobre el poder. Es una de las muchas expresiones de un legado inagotable. El de Evita pueblo, Evita combatiente, Evita compañera, ¡Santa Evita!

Un destello hacia el refulgente esplendor de la eternidad.

PRÓLOGO

Este libro ha brotado de lo más íntimo de mi corazón. Por más que, a través de sus páginas, hablo de mis sentimientos, de mis pensamientos y de mi propia vida, en todo lo que he escrito, el menos advertido de mis lectores no encontrará otra cosa que la figura, el alma y la vida del general Perón y mi entrañable amor por su persona y por su causa.

Muchos me reprocharán que haya escrito todo esto pensando solamente en él; yo me adelanto a confesar que es cierto, totalmente cierto.

Y yo tengo mis razones, mis poderosas razones que nadie podrá discutir ni poner en duda: yo no era ni soy nada más que una humilde mujer... un gorrión en una inmensa bandada de gorriones ... Y él era y es el cóndor gigante que vuela alto y seguro entre las cumbres y cerca de Dios.

Si no fuese por él que descendió hasta mí y me enseñó a volar de otra manera, yo no hubiese sabido nunca lo que es un cóndor, ni hubiese podido contemplar jamás la maravillosa y magnífica inmensidad de mi pueblo.

Por eso, ni mi vida ni mi corazón me pertenecen, y nada de todo lo que soy o tengo es mío. Todo lo que soy, todo lo que tengo, todo lo que pienso y todo lo que siento es de Perón.

Pero yo no me olvido, ni me olvidaré nunca, de que fui gorrión ni de que sigo siéndolo. Si vuelo más alto es por él. Si ando entre las cumbres, es por él. Si a veces toco casi el cielo con mis alas, es por él. Si veo claramente lo que es mi pueblo y lo quiero y siento su cariño acariciando mi nombre, es solamente por él.

Por eso le dedico a él, íntegramente, este canto que, como el de los gorriones, no tiene ninguna belleza, pero es humilde y sincero, y tiene todo el amor de mi corazón.

Eva Perón

PRIMERA PARTE

LAS CAUSAS DE MI MISIÓN

I

UN CASO DE AZAR

Mucha gente no se puede explicar el caso que me toca vivir.

Yo misma, muchas veces, me he quedado pensando en todo esto que ahora es mi vida.

Algunos de mis contemporáneos lo atribuyen todo al azar... ¡esa cosa rara e inexplicable que no explica tampoco nada!

No. no es el azar lo que me ha traído a este lugar que ocupo, a esta vida que llevo.

Claro que todo esto sería absurdo como es el azar, si fuese cierto lo que mis supercríticos afirman cuando dicen que de buenas a primeras yo, “una mujer superficial, escasa de preparación, vulgar, ajena a los intereses de mi Patria, extraña a los dolores de mi pueblo, indiferente a la justicia social y sin nada serio en la cabeza, me hice de pronto fanática en la lucha por la causa del pueblo y que haciendo mía esa causa me decidí a vivir una vida de incomprensible sacrificio”.

Yo misma quiero explicarme aquí.

Para eso he decidido escribir estos apuntes.

Confieso que no lo hago para contradecir o refutar a nadie.

¡Quiero más bien que los hombres y mujeres de mi pueblo sepan cómo siento y cómo pienso...!

Quiero que sienta conmigo las cosas grandes que mi corazón experimenta.

Seguramente, muchas de las cosas que diré son enseñanzas que yo recibí gratuitamente de Perón y no tengo tampoco derecho a guardar como un secreto.

II

UN GRAN SENTIMIENTO

He tenido que remontarme hacia atrás en el curso de mi vida para hallar la primera razón de todo lo que ahora me está ocurriendo.

Tal vez haya dicho mal diciendo “la primera razón”; porque la verdad es que siempre he actuado en mi vida más bien impulsada y guiada por mis sentimientos.

Hoy mismo, en este torrente de cosas que debo realizar, me dejo conducir muchas veces, casi siempre, más por lo que siento que por otros motivos.

En mí, la razón tiene que explicar, a menudo, lo que siento; y por eso, para explicar mi vida de hoy, es decir lo que hago, de acuerdo con lo que mi alma siente, tuve que ir a buscar, en mis primeros años, los primeros sentimientos que hacen razonable, o por lo menos explicable, todo lo que es para mis supercríticos un “incomprensible sacrificio” que, para mí, ni es sacrificio, ni es incomprensible.

He hallado en mi corazón, un sentimiento fundamental que domina desde allí, en forma total, mi espíritu y mi vida: ese sentimiento es mi indignación frente a la injusticia.

Desde que yo me acuerdo, cada injusticia me hace doler el alma como si me clavase algo en ella. De cada edad guardo el recuerdo de alguna injusticia que me sublevó desgarrándome íntimamente.

Recuerdo muy bien que estuve muchos días tristes cuando me enteré que en el mundo había pobres y había ricos; y lo extraño es que no me doliese tanto la existencia de los pobres como el saber que al mismo tiempo había ricos.

III

LA CAUSA DEL “SACRIFICIO INCOMPRENSIBLE”

El tema de los ricos y de los pobres fue, desde entonces, el tema de mis soledades. Creo que nunca lo comenté con otras personas, ni siquiera con mi madre, pero pensaba en él frecuentemente.

Me faltaba, sin embargo, todavía, dar un paso más en el camino de mis descubrimientos.

Yo sabía que había pobres y que había ricos; y sabía que los pobres eran más que los ricos y estaban en todas partes.

Me faltaba conocer todavía la tercera dimensión de la injusticia.

Hasta los once años creí que había pobres como había pasto y que había ricos como había árboles.

Un día oí, por primera vez de labios de un hombre de trabajo, que había pobres porque los ricos eran demasiados ricos; y aquella revelación me produjo una impresión muy fuerte.

Relacioné aquella opinión con todas las cosas que había pensado sobre el tema... y casi de golpe me di cuenta que aquel hombre tenía razón. Más que creerlo por un razonamiento, “sentí”, que era verdad.

Por otra parte, ya en aquellos tiempos creía más en lo que decían los pobres que los ricos porque me parecían más sinceros, más francos y también más buenos. Con aquel último paso había llegado a conocer la tercera dimensión de la justicia social.

Este último paso del descubrimiento de la vida y del problema social lo da indudablemente mucha gente. La mayoría de los hombres y mujeres saben que hay pobres porque hay ricos, pero lo aprende insensiblemente y, tal vez por eso, les parece natural y lógico.

Yo reconozco que lo supe casi de golpe y que lo supe sufriendo y declaro que nunca me pareció ni lógico ni natural.

Sentí, ya entonces, en lo íntimo de mi corazón algo que ahora reconozco como sentimiento de indignación. No comprendía que habiendo pobres hubiese ricos y que el afán de estos por la riqueza fuese la causa de la pobreza de tanta gente.

Nunca pude pensar, desde entonces, en esa injusticia sin indignarme, y pensar en ella me produjo siempre una rara sensación de asfixia, como si no pudiendo remediar el mal que yo veía, me faltase el aire necesario para respirar.

Ahora pienso que la gente se acostumbra a la injusticia social en los primeros años de la vida. Hasta los pobres, que la miseria que padecen es natural y lógica. Se acostumbra a verla o sufrirla, como es posible acostumbrarse a un veneno poderoso.

Yo no pude acostumbrarme al veneno y nunca, desde los once años, me pareció natural y lógica la injusticia social.

Esto es tal vez lo único inexplicable de mi vida; lo único que ciertamente aparece en mí sin causa alguna.

Creo que, así como algunas personas tienen una especial disposición del espíritu para sentir la belleza como no la sienten todos, más intensamente que los demás, y son por eso poetas o pintores o músicos, yo tengo, y ha nacido conmigo, una particular disposición del espíritu que me hace sentir la injusticia de manera especial, con una rara y dolorosa intensidad.

¿Puede un pintor decir por qué él ve y siente los colores? ¿Puede un poeta explicar por qué es poeta?

Tal vez por eso yo no pueda decir jamás por qué “siento” la injusticia con dolor y por qué no terminé nunca de aceptarla como cosa natural, como lo acepta la mayoría de los hombres.

Pero, aunque no pueda explicarse a sí mismo, lo cierto es que mi sentimiento de indignación por la injusticia social, es la fuerza que me ha llevado de la mano, desde mis primeros recuerdos, hasta aquí... y que esa es la causa última que explica cómo una mujer que apareció alguna vez a la mirada de algunos como “superficial, vulgar e indiferente”, pueda decidirse a realizar una vida de “incomprensible sacrificio”.

IV

ALGÚN DÍA TODO CAMBIARÁ

Nunca pensé, sin embargo, que me iba a tocar una participación tan directa en la lucha de mi pueblo por la justicia social.

Débil mujer al fin, yo nunca me imaginé que el grave problema de los pobres y de los ricos iba a golpear un día tan directamente a las puertas de mi corazón, reclamando mi humilde esfuerzo para una solución en mi Patria.

A medida que avanzaba en la vida, eso sí, el problema me rodeaba cada día más. Tal vez por eso intenté evadirme de mí misma, olvidarme de mi único tema: y me entregué intensamente a mi extraña y profunda vocación artística.

Recuerdo que, siendo una chiquilla, siempre deseaba declamar. Era como si quisiese decir siempre algo a los demás, algo grande, que yo sentía en lo más hondo de mi corazón.

¡Cuando ahora hablo a los hombres y mujeres de mi pueblo siento que estoy expresando “aquello” que intentaba decir cuando declamaba en las fiestas de mi escuela!

Mi vocación artística me hizo conocer otros paisajes: dejé de ver las injusticias vulgares de todos los días y empecé a vislumbrar, primero, y a conocer, después, las grandes injusticias; y no solamente las vi en la ficción que representaba, sino que también en la realidad de mi nueva vida.

Quería no ver, no darme cuenta, no mirar la desgracia, el infortunio, la miseria; pero más quería olvidarme y más me rodeaba la injusticia.

Los síntomas de la injusticia social en que vivía nuestra Patria se me aparecían entonces a cada paso; en cada recodo del camino; y me acorralaban en cualquier parte y todos los días.

Poco a poco, mi sentimiento fundamental de indignación por la injusticia llenó la copa de mi alma hasta el borde de mi silencio, y empecé a intervenir en algunos conflictos...

Personalmente nada me iba en ellos, y nada ganaba con meterme a querer tratar de arreglarlos; lo único que conseguía era malquistarme con todos los que, a mi modo de ver, explotaban sin misericordia la debilidad ajena. Es que eso iba resultando progresivamente superior a mis fuerzas, y mis mejores propósitos de callarme y de “no meterme” se me venían abajo en la primera ocasión.

Empezaba a manifestarse así mi rebeldía íntima.

Reconozco que, algunas veces, mis reacciones no fueron adecuadas y que mis palabras y mis actos resultaron exagerados en relación con la injusticia provocadora.

¡Pero es que yo reaccionaba más que contra “esa” injusticia, contra toda injusticia!

Era mi desahogo, mi liberación, y el desahogo, lo mismo que la liberación, suelen ser a menudo exagerados, sobre todo cuando es muy grande la fuerza que oprime.

Alguna vez, en una de esas razones mías, recuerdo haber dicho: —Algún día todo esto cambiará...—, y no sé si eso era ruego o maldición o las dos cosas juntas.

Aunque la frase es común en toda rebeldía, yo me reconfortaba en ella como si creyese firmemente en lo que decía. Tal vez ya entonces creía de verdad que, algún día, todo sería distinto; pero lógicamente no sabía cómo ni cuándo; y menos aún que el destino me daría un lugar, muy humilde, pero lugar al fin, en la hazaña redentora.

En el lugar donde pasé mi infancia, los pobres eran muchos más que los ricos, pero yo traté de convencerme de que debía de haber otros lugares de mi país y del mundo en que las cosas ocurriesen de otra manera y fuesen más bien al revés.

Me figuraba, por ejemplo, que las grandes ciudades eran lugares maravillosos donde no se daba otra cosa que la riqueza; y todo lo que oía yo decir a la gente confirmaba esa creencia mía. Hablaban de la gran ciudad como de un paraíso maravilloso donde todo era lindo y extraordinario y hasta me parecía entender, de lo que decían, que incluso las personas eran allá “más personas” que las de mi pueblo.

Un día —habría cumplido ya los siete años— visité la ciudad por vez primera. Llegando a ella descubrí que no era cuanto yo había imaginado. De entrada, vi sus barrios de “miseria”, y por sus calles y sus casas supe que en la ciudad también había pobres y que había ricos.

Aquella comprobación debió dolerme hondamente porque cada vez que regreso de mis viajes al interior del país y llego a la ciudad, me acuerdo de aquel primer encuentro con su grandeza y su miseria; y vuelvo a experimentar la sensación de íntima tristeza que tuve entonces.

Solamente una vez en mi vida he tenido una tristeza igual a la de aquella desilusión; fue cuando supe que los Reyes Magos no pasaban de verdad con sus camellos y con sus regalos.

Así, mi descubrimiento de que también en la ciudad había pobres y que, por lo tanto, estaban en todas partes, en todo el mundo, me dejó una marca dolorosa en el corazón. Aquel mismo día descubrí también que los pobres eran indudablemente más que los ricos y no solo en mi pueblo sino en todas partes.

V

ME RESIGNÉ A SER VÍCTIMA

Un día me asomé, por la curiosidad que derivaba de mi inclinación, a la prensa que se decía del pueblo.

Buscaba una compañía... ¿No es acaso verdad que casi siempre, en los libros, en los libros y diarios que leemos, buscamos más una compañía que un camino para recorrer o una guía que nos conduzca?

Por eso, tal vez, leí la prensa de izquierda de nuestro país; pero no encontré en ella ni compañía, ni camino y menos quien me guiase.

Los “diarios del pueblo” condenaban, es verdad, al capital y a determinados ricos con lenguaje duro y fuerte, señalando los defectos del régimen social oprobioso que aguantaba el país.

Pero en los detalles, y aún en el fondo de la prédica que sostenían, se veía fácilmente la influencia de ideas remotas, muy alejadas de todo lo argentino; sistemas y fórmulas ajenas de hombres extraños a nuestra tierra y a nuestros sentimientos.

Se veía bien claro que lo que ellos deseaban para el pueblo argentino no vendría del mismo pueblo. Y esta comprobación me puso de inmediato en guardia...

Me repugnaba asimismo otra cosa: que la fórmula para la solución de la injusticia social fuese un sistema igual y común para todos los países y para todos los pueblos y yo no podía concebir que, para destruir un mal tan grande, fuese necesario atacar y aniquilar algo tan natural y tan grande también como es la Patria.

Quiero aclarar aquí que hasta no hace muchos años, en este país, muchos “dirigentes” sindicales (a sueldo) consideraban que la Patria y sus símbolos eran prejuicios del capitalismo, lo mismo que la religión.

El cambio que después hicieron es otra razón que me hizo desconfiar de la sinceridad de estos “ardientes defensores del pueblo”.

La lectura de la prensa que ellos difundían me llevó, eso sí, a la conclusión de que la injusticia social de mi Patria solo podría ser aniquilada por una revolución; pero me resultaba imposible aceptarla como una revolución internacional venida desde afuera y creada por hombres extraños a nuestra manera de ser y de pensar.

Yo solo podía concebir soluciones caseras, resolviendo problemas a la vista, soluciones simples, y no complicadas teorías económicas; en fin, soluciones patrióticas, nacionales como el propio pueblo que debían redimir.

¿Para qué —me decía yo— aumentar, por otra parte, la desgracia de los que padecen la injusticia quitándoles, de ese mundo que estaban acostumbrados a contemplar, la visión de la Patria y de la Fe?

Me decía que era como quitar el cielo de un paisaje.

¿Por qué, en vez de atacar constantemente a la Patria y a la religión, no trataban los “dirigentes del pueblo” de poner esas fuerzas morales al servicio de la causa de la redención del pueblo?

Sospeché que aquella gente trabajaba más que por el bienestar de los obreros, por debilitar a la nación en sus fuerzas morales.

¡No me gustó el remedio para la enfermedad!

Yo sabía poco, pero me guiaba mi corazón y mi sentido común y volví a mis pensamientos de antes y a mis propios pensamientos, convencida de que no tenía nada que hacer en aquella clase de luchas.

Me resigné a vivir en la íntima rebeldía de mi indignación.

A mi natural indignación por la injusticia social se añadió, desde entonces, la indignación que habían levantado en mi corazón, las soluciones que proponían y la deslealtad de los presuntos “conductores del pueblo” que acababa de conocer.

¡Me resigné a ser víctima!

VI

MI DÍA MARAVILLOSO

En todas las vidas hay un momento que parece definitivo.

Es el día en que una cree que ha empezado a recorrer un camino monótono, sin altibajos, sin recodos, sin paisajes nuevos. Una cree que, desde ese momento en adelante, toda la vida ha de hacer ya siempre las mismas cosas, ha de cumplir las mismas actividades cotidianas, y que el rumbo del camino está en cierto modo tomado definitivamente.

Eso, más o menos, me sucedió en aquel momento de mi vida.

Dije que me había resignado a ser víctima. Más aún: me había resignado a vivir una vida común, monótona, que me parecía estéril pero que consideraba inevitable. Y no veía ninguna esperanza de salir de ella. Por otra parte, aquella vida mía, agitada dentro de su monotonía, no me daba tiempo para nada.

Pero, en el fondo de mi alma, no podía resignarme a que aquello fuese definitivo.

Por fin llegó “mi día maravilloso”.

Todos, o casi todos, tenemos en la vida un “día maravilloso”.

Para mí, fue el día en que mi vida coincidió con la vida de Perón. El encuentro me ha dejado en mi corazón una estampa indeleble; y no puedo dejar de pintarla porque ella señala el comienzo de mi verdadera vida.

Ahora sé que los hombres se clasifican en dos grupos: uno, grande, infinitamente numeroso, es el de los que se afanan por las cosas vulgares y comunes; y que no se mueven sino por caminos conocidos que otros ya han recorrido. Se conforman con alcanzar un éxito. El otro grupo, pequeño, muy pequeño, es el de los hombres que conceden un valor extraordinario a todo aquello que es necesario hacer. Estos no se conforman sino con la gloria. Aspiran ya el aire del siglo siguiente, que ha de cantar sus glorias y viven casi en la eternidad.

Hombres para quienes un camino nuevo ejerce siempre una atracción irresistible. Para Alejandro, fue el camino de Persia; para Colón, el camino de las Indias; para Napoleón, el que conducía al imperio del mundo; para San Martín, el camino llevaba a la libertad de América.

A esta clase de hombres pertenecía el hombre que yo encontré.

En mi país lo que estaba por hacer era nada menos que una revolución.

Cuando la “cosa por hacer” es una revolución, entonces el grupo de hombres capaces de recorrer ese camino hasta el fin se reduce a veces al extremo de desaparecer.

Muchas revoluciones han sido iniciadas aquí y en todos los países del mundo. Pero una revolución es siempre un camino nuevo cuyo recorrido es difícil y no está hecho sino para quienes sienten la atracción irresistible de las empresas arriesgadas.

Por eso fracasaron y fracasan todos los días revoluciones deseadas por el pueblo y aún realizadas con su apoyo total.

Cuando la Segunda Guerra Mundial aflojó un poco la influencia de los imperialismos que protegían a la oligarquía entronizada en el gobierno de nuestro país, un grupo de hombres decidió hacer la revolución que el pueblo deseaba.

Aquel grupo de hombres intentaba, pues, el camino nuevo; pero después de los primeros encuentros con la dura realidad de las dificultades... “la Revolución” fue quedando, poco a poco, en medio de la calle, en el aire del país, en la esperanza del pueblo como algo que todavía era necesario realizar.

Sin embargo, entre los gestores de aquel movimiento, un hombre insistía en avanzar por el camino difícil.

Yo lo vi aparecer, desde el mirador de mi vieja inquietud interior. Era, evidentemente, distinto de todos los demás. Otros gritaban “fuego” y mandaban avanzar.

Él gritaba “fuego” y avanzaba él mismo, decidido y tenaz en una sola dirección, sin titubear ante ningún obstáculo.

En aquel momento sentí que un grito y su camino eran mi propio grito y mi propio camino.

Me puse a su lado. Quizás ello le llamó la atención y cuando pudo escucharme, atiné a decirle con mi mejor palabra: “Si es, como usted dice, la causa del pueblo su propia causa, por muy lejos que haya que ir en el sacrificio, no dejaré de estar a su lado, hasta desfallecer”.

Él aceptó mi ofrecimiento.

Aquel fue “mi día maravilloso”.

VII

¡SÍ, ESTE ES EL HOMBRE DE MI PUEBLO!

Pronto, desde los bordes del camino, los “hombres comunes” empezaron a apedrearnos con amenazas, insultos y calumnias.

Los “hombres comunes” son los eternos enemigos de toda cosa nueva, de todo progreso, de toda idea extraordinaria y, por lo tanto, de toda revolución.

Por eso, dijo alguien “el hombre mediocre es el más feroz y más frío enemigo del hombre de genio”.

Todo lo extraordinario es para ellos locura imperdonable, fanatismo exagerado y peligroso.

Yo los he visto y los veo todavía mirándome “compasivos” y “misericordiosos” con ese aire de superioridad que los define...

Nunca entenderán cómo y por qué alguien puede hacer una cosa distinta de la que ellos piensan ¡y nunca hacen nada que no sea para ellos!

Lo vieron avanzar a Perón y primero se reían de él creyéndole y aun diciéndole loco.

Pero cuando descubrieron que el loco incendiaba y que el incendio se propagaba por todas partes y ya les tocaba en sus intereses y en sus ambiciones, entonces se alarmaron y organizándose en la sombra se juramentaron para hacerlo desaparecer.

No contaron con el pueblo. Nunca se les había ocurrido pensar en el pueblo ni imaginaron que el pueblo podría alguna vez, por sí mismo, hacer su voluntad y decidir su destino.

¿Por qué los hombres humildes, los obreros de mi país no reaccionaron como los “hombres comunes” y, en cambio, comprendieron a Perón y creyeron en él?

La explicación es una sola: basta verlo a Perón para creer en él, en su sinceridad, en su lealtad y en su franqueza.

Ellos lo vieron y creyeron.

Se repitió aquí el caso de Belén, hace dos mil años; los primeros en creer fueron los humildes, no los ricos, ni los sabios, ni los poderosos.

Es que ricos y sabios y poderosos deben tener el alma casi siempre cerrada por el egoísmo y la avaricia.

En cambio, los pobres, lo mismo que en Belén, viven y duermen al aire libre y las ventanas de sus almas sencillas están casi siempre abiertas a las cosas extraordinarias.

Por eso vieron y creyeron. Vieron también cómo un hombre se lo jugaba todo por ellos. Yo sé bien cuantas veces él apostó todo a una sola carta por el pueblo.

Felizmente ganó. De lo contrario hubiese perdido todo, incluso la vida.

Yo, mientras tanto, cumplía mi promesa de estar a su lado.

Sostenía la lámpara que iluminaba sus noches; enardeciéndole como pude y como supe, cubriéndole la espalda con mi amor y con mi fe.

Muchas veces lo vi, desde un rincón en su despacho en la querida Secretaría de Trabajo y Previsión, él escuchando a los humildes obreros de mi Patria. Hablando con ellos de sus problemas, dándoles las soluciones que venían reclamando desde hacía muchos años. Nunca se borrarán de mi memoria aquellos cuadros iniciales de nuestra vida común.

Allí le conocí franco y cordial, sincero y humilde, generoso e incansable, allí vislumbré la grandeza de su alma y la intrepidez de su corazón.

Viéndolo se me ensanchaba el espíritu como si todo aquello fuese cielo y aire puro. La vieja angustia de mi corazón empezaba a deshacerse en mí como la escarcha y la nieve bajo el sol. Y me sentía infinitamente feliz. Y me decía a mí misma, cada vez con más fuerza: Sí, este es el hombre. Es el hombre de mi pueblo. Nadie puede compararse a él.

Y cuando le veía estrechar las manos callosas y duras de los trabajadores, yo no podía dejar de pensar que en él y por él mi pueblo, por primera vez, daba la mano con la felicidad.

VIII

LA HORA DE MI SOLEDAD

El incendio seguía avanzando con nosotros. Los “hombres comunes” de la oligarquía cómoda y tranquila empezaron a pensar que era necesario acabar con el incendiario. Creían que con eso acabaría el incendio.

Por fin, se decidieron a realizar sus planes.

Esto sucedió en la última hora de la Argentina oligárquica. ¡Después, amaneció...!

Durante casi ocho días lo tuvieron a Perón entre sus manos.

Yo no estuve en la cárcel con él; pero aquellos ocho días me duelen todavía; y más, mucho más que si los hubiese podido pasar en su compañía, compartiendo su angustia.

Al partir me recomendó que estuviese tranquila. Confieso que nunca lo vi tan magnífico en su serenidad. Recuerdo que un embajador amigo vino a ofrecerle el amparo de una nación extranjera. En pocas palabras y con un gesto simple decidió quedarse en su Patria, para afrontarlo todo entre los suyos.

Desde que Perón se fue hasta que el pueblo lo reconquistó para él —¡ y para mí!— mis días fueron jornadas de dolor y de fiebre.

Me largué a la calle buscando a los amigos que podían hacer todavía alguna cosa por él.

Fui así, de puerta en puerta. En ese penoso e incesante caminar sentía arder en mi corazón la llama de su incendio, que quemaba mi absoluta pequeñez.

Nunca me sentí —lo digo de verdad— tan pequeña, tan poca cosa como en aquellos ocho días memorables.

Anduve por todos los barrios de la gran ciudad. Desde entonces conozco todo el muestrario de corazones que laten bajo el cielo de mi Patria.

A medida que iba descendiendo desde los barrios orgullosos y ricos a los pobres y humildes las puertas se iban abriendo generosamente, con más cordialidad.

Arriba conocí únicamente corazones fríos, calculadores, “prudentes” corazones de “hombres comunes” incapaces de pensar o de hacer nada extraordinario, corazones cuyo contacto me dio náuseas, asco y vergüenza.

¡Esto fue lo peor de mi calvario por la gran ciudad! La cobardía de los hombres que pudieron hacer algo y no lo hicieron, lavándose las manos como Pilatos, me dolió más que los bárbaros puñetazos que me dieron cuando un grupo de cobardes me denunció gritando: —¡Esa es Evita!—.

Estos golpes, en cambio, me hicieron bien.

Por cada golpe me parecía morir y, sin embargo, a cada golpe me sentía nacer. Algo rudo, pero al mismo tiempo inefable, fue aquel bautismo de dolor que me purificó de toda duda y de toda cobardía.

¿Acaso no le había dicho yo a él: “por muy lejos que haya que ir en el sacrificio no dejaré de estar a su lado, hasta desfallecer”?

Desde aquel día pienso que no debe ser muy difícil morir por una causa que se ama. O simplemente: morir por amor.

IX

UNA GRAN LUZ

Conservo muchos recuerdos de aquellos días de angustias y amarguras.

Al lado de las sombras que fueron la traición y la cobardía de muchos aparecen, entre mis recuerdos, los gestos iluminados de la lealtad y del valor.

Pero yo no quiero escribir todavía en detalle todo eso.

La semana de octubre de 1945 es un paisaje de muchas sombras y de muchas luces. Será mejor que no nos acerquemos demasiado a él... y que más bien lo veamos otra vez, desde más lejos. Esto no me impide decir, sin embargo, con absoluta franqueza, y como un anticipo de cuanto alguna vez he de escribir en detalle, que la luz vino únicamente desde el pueblo.

En este libro, que quiere exponer las causas y los objetivos de la misión que me he propuesto cumplir, no puedo dejar de recordar un episodio que figura en mi espíritu como una razón fundamental de lo que soy en esta hora de mi Patria, y que por sus hondas sugerencias contribuyó a conducirme al puesto que ahora ocupo en el Movimiento Justicialista.

Recuerdo que en mi soledad y en mi amargura, y mientras recorría la gran ciudad, esperaba a cada instante recibir algún mensaje del líder ausente y prisionero. Me imaginaba que de alguna manera él se ingeniaría para hacerme saber cómo estaba y dónde estaba; y esperaba sus noticias con el alma en un hilo, torturada por la angustia.

Conservo de aquellos días varios mensajes manuscritos por él; y en todos ellos aparece, en su letra clara, firme y decidida, la serenidad con que su espíritu afrontaba los acontecimientos.

En todos sus mensajes no hizo otra cosa que recomendarme a sus obreros “que estuviesen tranquilos, que no se preocupasen por él, que no creasen situaciones de violencia...”.

Yo —lo confieso honradamente— busqué con afán en todas sus cartas, una palabra que me dijese su amor.

En cambio, casi no hablaba sino de sus “trabajadores”, a quienes por aquellos días la oligarquía, suelta por las calles, empezó a llamar “descamisados”.

Su rara insistencia me iluminó: ¡aquel “encargarme de sus trabajadores” era su palabra de amor, su más sentida palabra de amor!

Comprender aquello fue —y lo es todavía— una gran luz en mi vida.

A mí, a una humilde y pequeña mujer, me encomendaba el cuidado de sus trabajadores, lo que él más quería. Y yo me dije a mí misma: “Pudo encomendárselo a otros, a cualquiera de sus amigos, incluso a algún dirigente gremial... pero no, quiso que fuese yo... ¡una mujer que no sabe otra cosa que quererlo!”.

Esa era, sin duda, la prueba absoluta de su amor. Pero una prueba que exigía respuesta; y yo se la di.

Se la di entonces y se la sigo dando. Mientras viva no me olvidaré que él, Perón, me encomendó a sus descamisados en la hora más difícil de su vida.

¡Mientras yo viva no me olvidaré que él, cuando quiso probarme su amor, me encargó que cuidase a sus obreros!

Él no encontró mejor manera de expresarme su amor y ahora estoy segura que eligió la más pura y la más grande manera de decírmelo.

Desde entonces, cuando yo quiero a mi vez expresarle mi amor de mujer —¡y quiero expresárselo permanentemente!— no encuentro tampoco una manera más pura ni más grande que la de ofrecerle un poco de mi vida, quemándola por amor a sus “descamisados”.

Esto, por otra parte, es mi deber de gratitud para con él y para con ellos y yo lo cumplo alegremente, feliz, como se cumplen todos los deberes que impone el amor.

X

VOCACIÓN Y DESTINO

No, no fue el azar la causa de todo esto que soy, en mi país y para mi pueblo. Creo firmemente que he sido forjada para el trabajo que realizo y la vida que llevo.

Cuando analizo, en la intimidad de mi alma, el caso que me ha tocado vivir, más y más me convenzo de la mentira que son el azar y la casualidad.

Si el azar y la casualidad gobernaran el mundo todo sería un grotesco caos; y no podríamos vivir en un escenario tan variable. No, el azar no gobierna al mundo ni a los hombres. Por fortuna, gracias a Dios las cosas suceden de otra manera que unos llaman Destino y otros Providencia y casi todos atribuimos a Dios.

Yo creo firmemente que, en verdad, existe una fuerza desconocida que prepara a los hombres y a las mujeres para el cumplimiento de la misión particular que cada uno debe realizar.

Si esa fuerza es maravillosamente divina o ha sido puesta por Dios en la naturaleza de la sociedad o del alma humana, yo no lo sé ni pretendo averiguarlo, pero creo que existe y que nos conduce sin forzarnos, con tal que nosotros no le neguemos nuestra generosidad.

Lo indudable es que esta solución espiritual es también más fecunda que a otra del azar: el que se cree hijo de la suerte no se siente obligado a nada, puesto que el azar no tiene personalidad ni puede tener exigencias de ninguna clase: pero el que se sabe hijo de un Destino o de la Providencia, o de una fuerza desconocida, pero de un origen superior a su vida y a su naturaleza, tiene que sentirse responsable de la misión que le ha sido encomendada.

Perdónense estas explicaciones que, sin quererlo, casi han venido a dar con cierto tono de filosofía que no entiendo y no deseo hacer.

Sin embargo, pienso que debí decir todo cuanto he dicho, en primer lugar, porque así lo siento y, en segundo lugar, porque me parece una cosa de simple sentido común.

Mi vida es una prueba de todo lo que he dicho. Si no hubiese llegado a ser lo que soy, toda mi vida hubiese quedado sin explicación.

¿Por qué yo he sufrido siempre ante la injusticia?

¿Por qué no me resigné jamás a ver pobres y ricos como una cosa natural y lógica? ¿Por qué siempre sentí indignación ante los dueños del poder y del dinero que explotaban a los humildes y a los pobres?

¿Por qué no pude librarme nunca de aquella angustia íntima que me ahogaba?

¿Por qué hasta “mi día maravilloso” me sentí sola, desconcertada, como si mi vida no tuviese sentido, ni razón?

Demasiadas preguntas hubiesen quedado sin respuesta si no hubiese encontrado a Perón en mi camino, y en él, la causa de mi pueblo.

No, no es el azar lo que pone a los hombres y a las mujeres al frente de las grandes causas.

Por el contrario, parece como que las grandes causas preparasen el alma de sus hombres y de sus mujeres. Esto, en parte, puede ser vocación, pero además hay evidentemente otra cuya explicación no está en nosotros, ni está librada a la suerte del azar.

Por eso yo me permito insistir todavía en este tema con dos palabras más, que quisieran ser de humilde consejo.

Creo que alguien se ve, de pronto, llevado a un puesto de responsabilidad en la lucha por una gran causa, debe buscar, en su vida y en sus recuerdos, la explicación de su caso; y la hallará sin duda.

Así sentirá todo el peso de su responsabilidad y trabajará lealmente por la causa que sirve.

Y pienso también que los que sean espectadores de un hecho tal, no deben atribuirlo sin más trámite al azar.

¿No sería más sensato aceptar la presencia de algo más?

Y conste que yo no digo que sea directamente Dios quien determine todas estas cosas, pero sí que en su magnífico ordenamiento de todas las leyes y de todas las fuerzas habrá creado alguna ley o alguna fuerza que conduce a quienes libremente y generosamente quieran dejarse conducir.

Esta es la humilde explicación que yo doy de mi vida y de mi caso.

Guardo entre los manuscritos de Perón uno que escribió sobre un tema parecido, poco tiempo después de asumir la Presidencia.

En este borrador, él abordó, con su franqueza habitual, este raro asunto de la vocación y del destino.

Nada me ha parecido mejor que reproducirlo tal como él lo escribió; y como allí aparece toda su alma, en su sencillez y en su grandeza o sea en su genialidad, yo me ahorro el grave compromiso de presentarlo... cosa que lo confieso sería tarea imposible para mí.

Para saber cómo es el sol no basta ni su descripción ni su pintura, y nadie, si no es loco, intenta ni pintarlo ni describirlo. Para saber cómo es, hay que salir a mirarlo y aun mirándolo no se le puede ver sin deslumbrarse.

Aquí están sus palabras y su pensamiento, su alma y su corazón. ¡Yo me limito a invitar que salgamos a verlo!

XI

SOBRE MI ELECCIÓN (1)

En la vida de los pueblos, como en la vida de los hombres, no todo lo hace el destino. Es necesario que los pueblos, como los hombres, ayuden a su destino.

En mi vida, lo mismo que en la vida de mi pueblo, esto se cumple al pie de la letra.

Yo estoy al frente de mi pueblo no solo por decreto del destino. Estoy porque, sin saberlo tal vez, me preparé para esto como si hubiese sabido que algún día iba a tocarme esta responsabilidad y este privilegio.

Y puedo afirmar, y demostrar también, que mi pueblo se preparó paciente, aunque inconscientemente, también para esta hora de su destino.

Lo que hace la providencia es poner las circunstancias necesarias para que las cosas sucedan, luego, de una manera y no de otra. Pero las cosas suceden casi siempre por “culpa” nuestra.

Muchas veces pienso que si hubiese nacido en cualquier otra parte de mi país tal vez no sería hoy presidente de la República.

Porque naciendo en otra parte, el medio me hubiese dado otras inclinaciones... no hubiese elegido ser militar, no hubiese aprendido allí las cosas que aprendí, nunca me hubiese visto obligado a hacer una revolución... ¡Esas son las cosas que están en manos de la providencia!

Ella combina las infinitas circunstancias y no creo que pueda averiguarse por qué ni explicarse nada de su mecanismo.

¡Todo lo demás lo hacemos nosotros!

Así fue como un día me vi en una circunstancia que decidió mi destino.

El país estaba solo. Marchaba a la deriva sin conducción y sin rumbo. Todo había sido entregado al extranjero. El pueblo sin justicia, oprimido y negado. Países extraños y fuerzas internacionales lo sometían a un dominio que no era muy distinto a la opresión colonial.

Me di cuenta de que todo eso podía remediarse.

Poco a poco advertí que yo era quien podía remediarlo.

En ese momento, el problema de mi país pasó a ser un problema de mi conciencia.

Lo resolví decidiéndome por la revolución.

Esta decisión fue “mi ayuda al destino”.

Dos años y medio después todo parecía perdido.

Había luchado intensamente en la Secretaría de Trabajo y Previsión.

El pueblo me había comprendido. Los trabajadores de mi país conocían ya lo que era la justicia social y me seguían casi como si yo fuese una bandera.

Lo único que yo había hecho era decirles la verdad y darles lo que todos hasta entonces les habían negado.

Pero las fuerzas conjuradas de la oligarquía y de los poderes internacionales pudieron en un momento más que el pueblo y que mi voluntad.

Fue en octubre de 1945.

Esa es historia conocida.

Durante ocho días conocí todos los matices de la soledad, el abandono y la amargura.

Así como yo había pensado un día que era necesario hacer una revolución, el pueblo sintió —¡el pueblo siente!— que había legado un momento crucial de su historia.

Se dio cuenta de que todo estaba perdido, pero que todo podía salvarse.

Por suerte advirtió que eso dependería de su decisión.

Y se decidió.

Todo lo demás lo hizo la providencia... pero la decisión la puso el pueblo... su decisión fue “la ayuda que el pueblo le prestó al destino”.

Allí están las razones de mi elección.

Dos decisiones en dos momentos providenciales.

Pero para que haya una decisión en un momento providencial es necesario estar ya preparado para eso.

A mí me preparó la vida misma: mi hogar paterno, mi niñez en la Patagonia bravía, mi carrera militar, mi vida en la montaña, mis viajes por Europa... Todo eso me acostumbró a vencer. Vencer a la naturaleza es más difícil que conducir y dominar a los hombres, y a mí me tocó muchas veces luchar con las fuerzas naturales y vencerlas.

Todo eso me preparó para que empezara a sentir profundamente la suerte de mi pueblo.

Esto me preparó para el momento de la decisión.

Para que el pueblo, a su vez, tomara en octubre de 1945 la decisión de salvarme y darme luego la conducción de sus destinos también fue necesario realizar una tarea de preparación.

Esta tarea consistió en algo así como un despertar.

Desde 1943 a 1945 el pueblo fue despertado de un viejo letargo que ya duraba más de un siglo. Pero durante ese siglo había vivido de sus viejas glorias. No pudo olvidar la hazaña de sus granaderos por medio continente. No pudo olvidar su vocación por la libertad y la justicia. Por eso me resultó fácil desertarlo. Me bastó insistir en los viejos temas de la hora inicial de su vida: la justicia, la libertad, la independencia y la soberanía.

Mi elección no es evidentemente una cosa del azar. La providencia hizo su parte, indudablemente, y de eso siempre doy gracias a Dios.

Pero el pueblo y yo lo ayudamos.

La clase del porvenir reside en cuidar, precisamente, que eso no deje de ocurrir entre nosotros.

1. de las memorias del General Perón.

XII

DEMASIADO PERONISTA

Ahora ya pude comprender quien haya leído el capítulo precedente que, siendo así Perón en su grandeza, que unida a su sencillez lo hacen genial, sea yo como soy: fervorosa y fanáticamente peronista.

A veces me suele decir cariñosamente el mismo Líder que soy “demasiado peronista”.

Recuerdo que una tarde después de haberle estado hablando durante largo rato de... ¿de qué iba a hablarle sino de él, de sus sueños, de sus realizaciones, de su doctrina, de sus conquistas? Me interrumpió para decirme:

—¡Tanto me hablabas de Perón que voy a terminar por odiarle!—. No se extrañe pues quien buscando en estas páginas mi retrato encuentre más bien la figura de Perón.

Es que —lo reconozco— yo he dejado de existir en mí misma y es él quien vive en mi alma, dueño de todas mis palabras y de mis sentimientos, señor absoluto de mi corazón y de mi vida.

Por otra parte, esto es un viejo milagro, un antiguo milagro del amor que a fuerza de repetirse en el mundo ya ni siquiera nos parece milagro.

Un día me dijeron que era demasiado peronista para que pudiese encabezar un movimiento de las mujeres de mi Patria. Pensé muchas veces en eso y aunque de inmediato “sentí” que no era verdad, traté durante algún tiempo de llegar a saber por qué no era ni lógico ni razonable.

Ahora creo que puedo dar mis conclusiones.

Sí, soy peronista, fanáticamente peronista.

Demasiado no, demasiado sería si el peronismo no fuese como es, la causa de un hombre que por identificarse con la causa de todo un pueblo tiene un valor infinito. Y ante una cosa infinita no puede levantarse la palabra demasiado.

Perón dice que soy demasiado peronista porque él no puede medir su propia grandeza con la vara de la humildad.

Los otros, los que piensan, sin decírmelo, que soy demasiado peronista, esos pertenecen a la categoría de lo “hombres comunes”. ¡Y no merecen respuesta!

¿Que por ser peronista no puedo encabezar el movimiento femenino de mi Patria? Esto sí merece una explicación.

—¿ Cómo va usted —me decían— a dirigir un movimiento feminista si usted está fanáticamente enamorada de la causa de un hombre? ¿No reconoce así la superioridad total del hombre sobre la mujer? ¿No es contradictorio?

No, no lo es. Yo lo “sentía”. Ahora lo sé.

La verdad, lo lógico, lo razonable es que el feminismo no se aparte de la naturaleza misma de la mujer.

Y lo natural en la mujer es darse, entregarse por amor, que en esa entrega está su gloria, su salvación, su eternidad.

¿El mejor movimiento feminista del mundo será tal vez entonces el que se entrega por amor a la causa y a la doctrina de un hombre que ha demostrado serlo en toda la extensión de la palabra?

De la misma manera que una mujer alcanza su eternidad y su gloria y se salva de la soledad y de la muerte dándose por amor a un hombre, yo pienso que tal vez ningún movimiento feminista alcanzará en el mundo gloria y eternidad si no se entrega a la causa de un hombre.

¡Lo importante es que la causa y el hombre sean dignos de recibir esa entrega total!

Yo creo que Perón y su causa son suficientemente grandes y dignos como para recibir el ofrecimiento total del movimiento feminista de mi Patria. Y aún más, todas las mujeres del mundo pueden brindarse a su Justicialismo; que, con ello, entregándose por amor a una causa que ya es de la humanidad, crecerán como mujeres.

Y si bien es cierto que la causa misma se glorificará recibiéndolas, no es menos cierto que ellas se glorificarán en la entrega.

Por eso soy y seré peronista hasta mi último día, porque la causa de Perón me glorifica y, dándome la fecundidad de su vida, me prolongará en la eternidad de las obras que por él realizó y que seguirán viviendo como hijas mías, después que yo me vaya.

Pero no solamente soy peronista por la causa de Perón. Soy peronista por su persona misma y no sabría decir por cuál de las dos razones más.

Ya he dicho cómo y en qué medida soy peronista por su causa. ¿Puedo decir cómo y en qué medida soy peronista por él, por su persona?

Aquí tal vez sea conveniente que den vuelta la página quienes piensan que entre Perón y yo pudo darse un “matrimonio político”.

Quienes lo crean así no verán en esta página sino literatura o propaganda.

Nos casamos porque nos quisimos y nos quisimos porque queríamos la misma cosa. De distinta manera los dos habíamos deseado hacer lo mismo: él sabiendo bien lo que quería hacer, yo, por solo resentirlo; él, con la inteligencia; yo, con el corazón; él, preparado para la lucha; yo, dispuesta a todo sin saber nada; él culto y yo sencilla; él, enorme, y yo, pequeña; él, maestro, y yo, alumna. El, la figura y yo la sombra.

¡El, seguro de sí mismo, y yo, únicamente segura de él!

Por eso nos casamos, aun antes de la batalla decisiva por la libertad de nuestro pueblo con la absoluta certeza de que ni el triunfo ni la derrota, ni la gloria ni el fracaso, podrían destruir la unidad de nuestros corazones.

¡Sí, yo estaba segura de él!

Sabía que el poder no lo deslumbraría ni lo haría distinto.

Que seguiría siendo lo que era: sobrio, llano, madrugador, insaciable en su sed de justicia, sencillo y humilde; que nunca sería sino tal como lo conocí: dando generosamente y francamente su mano grande y tibia a los hombres de mi pueblo.

Sabía que los salones estarían demás para él, porque en ellos se miente demasiado como para que eso pudiese ser soportado por un hombre de sus quilates.

Yo tampoco ignoraba cuál tendría que ser mi conducta para que resultase armónica con la suya.

Sabía que para armonizar con él necesitaba subir a cumbres muy altas, pero conocía cómo era de maravillosa su humildad descendiendo hasta mí.

Me atrevo a decir que me propuse formalmente que él viese cada día en mí un defecto menos hasta que no me quedase ninguno.

¿Cómo podía desear y hacer otra cosa conociendo como conocía sus proyectos y sus planes?

Porque él no me conquistó con palabras bonitas y elegantes, ni con promesas formales y risueñas. No me prometió ni gloria ni grandeza, ni honores. Nada maravilloso.

Más: ¡creo que nunca me prometió nada! Hablando del porvenir me habló siempre únicamente de su pueblo y yo terminé por convencerme que su promesa de amor estaba allí, en su pueblo, en mi pueblo. ¡En nuestro pueblo!

Es muy simple todo esto.

Es el camino que hacemos todas las mujeres cuando amamos al hombre de una causa.

Primero la causa es “su causa”. Después empezamos a decirle “mi causa”. Y cuando el amor alcanza su perfección definitiva, el sentimiento de admiración que nos hacía decir “su causa” y el sentimiento egoísta que nos hacía decir “mi causa”, son sustituidos por el sentimiento de la unidad total y decimos “nuestra causa”.

Cuando llega este momento no se puede decir ya si el amor por la causa es mayor o menor que el amor por el hombre de esa causa. Yo pienso que los dos son una sola cosa.

Por eso digo ahora: ¡Sí, soy peronista, fanáticamente peronista!, pero no sabría decir qué amo más: si a Perón o a su causa; que, para mí, todo es una sola cosa, todo es un solo amor; y cuando digo, en mis discursos y en mis conversaciones, que la causa de Perón es la causa del pueblo, y que Perón es la Patria y es el pueblo, no hago sino dar prueba de que todo, en mi vida, está sellado por un solo amor.

XIII

EL APRENDIZAJE

¿Puedo seguir hablando de Perón?

Aunque alguien diga —¡ y vaya si se ha dicho!— que eso no es elegante ni es inteligente, tengo que seguir haciendo el elogio de mi Líder.

¿Quién si no podrá hacerlo bien? Yo le conozco como mujer y como peronista; le conozco en su misión de presidente y en su vida hogareña; sé cómo trabaja y cómo descansa, cómo habla y cómo calla, cómo goza y cómo sufre. Conozco sus pequeños gestos que solo pueden nacer de las grandes almas.

Yo sería desleal con mi pueblo si no hablase de él. Por otra parte, nadie puede pensar que mi elogio tenga algún interés.

Ya de él he recibido todo cuanto podría pretender; mucho más de lo que yo merecía.

Y no es por gratitud tampoco que siempre hablo de él, en todas partes, en todos mis discursos y en todas mis conversaciones, sin ninguna excepción. Hablo de él simplemente por necesidad, por la misma razón que los poetas hacen versos y las rosas florecen.

Recuerdo cómo él, por ejemplo, fue enseñándome su doctrina, mostrándome sus planes, haciéndome conocer los grandes problemas de la vida nacional; y cómo me hizo distinguir lo posible de lo imposible, lo ideal de lo práctico.

Cada conversación que sostengo con él es una lección maravillosa que nunca parece lección.

Esto no solamente lo digo yo, su más constante discípula. Lo dicen también todos los que se acercan a él por cualquier motivo.

Sabe hablar sencillamente de las cosas más simples y de las más complicadas. Para él nada hay que no se pueda explicar de alguna manera, incluso a los que saben menos, y él lo consigue siempre. Nadie se aburre ni se fatiga con él, nadie se siente incómodo. Mucha gente entra a su despacho con cierto lógico temor, en cuanto él dice las primeras palabras, el primer saludo, ya no ven en él al presidente, líder de millones de hombres y mujeres; y aparece ante ellos un amigo, amable y cordial.

Así, amable y cordial es siempre en todos los actos de su vida.

Así, amable y cordial, haciéndome casi creer que yo le estaba enseñando a él, me hizo conocer todo cuanto era necesario saber para cumplir la misión que yo tenía que cumplir.

De él he aprendido, por ejemplo, a dejar de lado todo lo que es negativo, y a buscar siempre las cosas por hacer, los caminos que nadie recorre.

Muy frecuentemente me ha sucedido esto: concibo una idea siendo que es fecunda y útil y que, realizada, dará beneficio a la causa del pueblo. Cuando lo expongo, primero a algunas personas, por lo general amigos, casi todos aprueban, aunque no todos crean tal vez que eso es lo mejor, pero no faltan nunca quienes lealmente intentan persuadirme de que no me conviene y así me entero de que todos o la gran mayoría piensa que tal vez no convenga. A veces tienen razón, pero cuando yo estoy absolutamente convencida, cuando “siento” claramente que la idea tiene que salir bien, me lanzo a realizarla a pesar de todos los augurios; ¡y son las mejores realidades de mi vida!

Así nació la Fundación. Así surgió el movimiento peronista femenino.

Aprendí de Perón a ver los caminos que nadie recorre, que nadie se anima a recorrer. De él también aprendí a realizar. Él siempre es constructivo. En su conversación lo mismo que en su conducta.

Siempre suele decirme:

“No hay que olvidar que lo mejor es enemigo de lo bueno”. Y él que siempre habla tan fervorosamente de su doctrina, nunca se olvida de añadir: “De nada vale una gran doctrina si no tiene sus realizadores”.

Confieso que padezco casi de fiebre, permanentemente, de realizar, y que es una fiebre de contagio.

Él me ha enseñado que para realizar no es necesario, como cree la mayor parte de la gente, hacer grandes planes. Si los planes existen, mejor; pero si no, lo importante es comenzar las obras y luego hacer los planes.

Para que no piensen mal, sin embargo, quienes crean que esto es un pecado contra el arte de gobernar, me apresuro a decirles que Perón es el primer argentino que ha gobernado al país, según un plan premeditado.

De Perón aprendí a tratar con los hombres.

Pero en esto reconozco que en mí subsisten algunos defectos. ¡Aunque tampoco estoy convencida de que lo sean!

Él nunca espera demasiado de los hombres y se satisface con muy poca cosa. Confía siempre en ellos, sin excepción, mientras no tenga pruebas de la falsía de sus procederes. Por eso, el defecto que más desprecia y que más le duele de sus amigos o de sus colaboradores es la mentira.

Yo, en cambio, exijo mucho más de quienes son mis amigos o mis colaboradores inmediatos.

Ante todo, confieso que no puedo tener a mi lado, trabajando conmigo, sino aquellos en quienes creo y confío plenamente. Y en esto pocas veces me he equivocado.

Recuerdo que alguien en una oportunidad me preguntó:

—¿Por qué confió usted en mí la primera vez que habló conmigo?

Yo no supe darle una respuesta lógica. Si le hubiera dicho la verdad debí responderle:

—Porque “sentía” que en usted era posible confiar.

Muchas veces ocurre lo contrario, desgraciadamente, y desconfiar se hace a veces demasiado frecuente, máxime cuando una parte de mi gran deber consiste en cuidar las espaldas de un hombre y de su causa.

En esto de conocer a los hombres hay mucho más de intuición. Y como el tema lo merece y además me gusta, quiero brindarle un capítulo aparte.

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