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Eugenia Almeida
DESARMADERO

Durruti es una figura temida y respetada del bajo fondo. Su negocio son los autos robados, desarmarlos y vender sus partes, y otras actividades afines, propias de su ámbito. Pero sobre todo su negocio es el orden: que nadie haga lo que él no aprueba, que la policía y el poder político, con quienes tiene un pacto de hierro, no se vean obligados a sobre actuar y romper la armonía delictiva por acciones fuera del guion. No es fácil mantener a todos alineados. Alcanzaría una chispa en el lugar y en el momento equivocados para hacer tambalear ese equilibrio.
La chispa se produce; esa alteración, lentamente, precipita otras; cada una mayor que la anterior. Los soldaditos más jóvenes murmuran y dejan de ser obedientes; el barrio se altera; los arrebatos y la improvisación se imponen. La espiral de violencia crece y los va cercando a todos. La sospecha reemplaza al secreto y al respeto; un orden se tambalea a la espera de que llegue uno nuevo, y esto no es necesariamente una buena noticia.
En Desarmadero, Eugenia Almeida aprovecha los códigos de la serie negra para construir una ficción donde la corrupción y el delito alcanzan a todas las capas de la sociedad. Con una escritura seca y un extraordinario dominio del registro oral, cuenta una gran historia a partir de pequeños sucesos que producen incontrolables consecuencias. Su trama podría desarrollarse en cualquier ciudad argentina, sus personajes tratan de salir airosos del abismo que se abre ante ellos. Solo unos pocos lo logran.
Almeida, Eugenia
Desarmadero / Eugenia Almeida. - 1a ed. - Ciudad Autónoma de Buenos Aires : Edhasa, 2022.
Libro digital, EPUB
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ISBN 978-987-628-675-6
1. Literatura Argentina. 2. Narrativa Argentina. I. Título.
CDD 863
Diseño de cubierta: Juan Pablo Cambariere
Primera edición en Argentina: abril de 2022
Edición en formato digital: abril de 2022
© Eugenia Almeida, 2022
By arrangement with Literarische Agentur Mertin Inh. Nicole Witt e. K., Frankfurt am Main, Germany
© de la imagen de cubierta Daniela Teggi
© de la presente edición Edhasa, 2022
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ISBN 978-987-628-675-6
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Sobre este libro
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Sobre la autora
Todavía no sabemos
qué forma del abismo es nuestra forma.
Roberto Juarroz
1
–Se hicieron los gallitos. Se largaron solos. Como si fueran dueños. Decime. Decime qué tenía que hacer. Dos pelotudos que se ponen en pedo y se les ocurre salir a chorear. Así, de la nada. Y encima van de caño. Y matan. ¿Qué querías que hiciera? Pensé que era lo mejor. No había que dejarlos correr. Se iban a prender otros. Te estaban desafiando. Yo te protegí.
Durruti enciende un cigarrillo.
–Vos me estabas protegiendo a mí.
–Decime que entendés.
–Yo no te pedí que hicieras nada.
–Ya sé. Pero pensé que había que apretarlos. Para que quede claro.
–Es que no los apretaste, Noriega. Les metiste cuatro tiros. Adentro de su casa. Y me armaste tremendo quilombo.
–Si no los castigábamos era lo mismo que decir que cada uno puede hacer lo que se le canta.
–Parece que hay más de uno que piensa eso.
–Había que hacer algo.
–Eso lo decido yo. ¿Desde cuándo decidís vos? ¿Eh?
–No estabas.
–Justamente.
–Sabés que fue con buena intención.
–Si no supiera eso habría partes tuyas por todo el barrio. Ahora explicame cómo arreglo esto.
–Ya está. Va a estar todo quieto.
–Ningún quieto. Llamaste la atención.
–Pero lo cerré. Los pibes están muertos.
–¿Y qué creés que va a hacer la cana con eso?
–No sé. Hablá con ellos.
–¿Yo los tengo que hablar? ¿Y les digo qué? ¿Que tengo a cargo un pelotudo que mata a dos tipos y los deja en una casa a tres cuadras del desarmadero?
–No, bueno, pero vos podés arreglar.
–Noriega: esto funciona mientras sea callado. Me extraña que todavía no lo sepas. Ahora está todo el mundo culo al norte por tu chiste.
–Ya se va a calmar.
–Así por magia, no.
–Esperemos un poco.
–No te das una idea lo que me revienta que hablés en plural.
–Durruti.
El hombre de camisa levanta una mano abierta y pone la palma frente a los ojos del otro.
–Dale, genio. Decime cómo arreglamos. ¿Cómo era? ¿Pusiste orden para que todos supieran que nadie tiene que meterse con lo nuestro? Decí.
–Pensé que...
–No, no, no. Ahora pensá. ¿Qué tengo que hacer con vos? ¿Qué mensaje le tengo que dar a los otros? ¿Que me puentean y yo no hago nada?
–¡Yo no te puentié!
El otro empieza a retroceder temiendo que el movimiento que Durruti hace para espantar una mosca termine en el gesto de empuñar un arma.
–Decime. Qué hago.
–Pará, hablemos.
–Yo tendría que ir a tu casa y matarte toda la cría.
Noriega calcula el espacio, el tiempo. Mide si es capaz de correr y llegar a la calle antes de que una bala lo alcance.
–Pero sabés qué. Para hacer negocios hay que aprender a contenerse. Sólo por eso me voy a aguantar. Te vas a ir. Ahora. No vas a pasar por tu casa. Te vas a ir y no te quiero ver nunca más en la vida. Nunca. Yo te aconsejo que salgás del país. Si te quedás adentro, bien lejos. Y cuidate mucho de no volver a cruzarte conmigo. Las ganas de meterte un tiro las voy a tener siempre a mano. Te vas. Ninguna señal. Ni mail, ni correo, ni teléfono, nada. Desaparecés. Los dos pelotudos que se largan a robar sin hablar con nadie. Y que van y boletean gente. Y después vos, que me sumás dos muertos más. Me tengo que quedar frizado no sé cuánto tiempo. Que te quede claro que si no te mato ahora es sólo por eso. Por aquietar la cosa. Andate.
Durruti lo ve correr, tropezar, reacomodarse en el aire y seguir corriendo.
Al fondo del desarmadero está su hermano menor, meta charla con ese pendejo que trajo de la calle. Hay un pensamiento que está a punto de tomar forma pero antes, justo antes, el mayor hace un movimiento con la cabeza y se dice no, si tiene todas las minas que quiere.
2
Lo vienen a buscar para decirle que los que levantan están nerviosos. Que nadie entiende lo que pasó con los chicos Funes, que andan con miedo. Viene el Laucha, con ese chusmerío de barrio, todo el mundo de punta porque nadie sabe bien qué.
–Habría que decirles algo.
–No, si hoy todo el mundo me quiere explicar cómo tengo que hacer las cosas.
El Laucha prende un cigarrillo y espera. Sabe que eso es el núcleo de su trabajo. Esperar.
Durruti arranca el último sorbo al mate y se levanta de la silla. Se asoma al patio inmenso, repleto de autos desarmados. Resopla. El Nene sigue con ese chico, sentado en la pila de ladrillos.
–Hay que quedarse en el mazo un tiempo.
El Laucha asiente mientras busca qué es lo que el otro mira en el patio.
–¿Tu sobrino sigue yendo a la canchita?
–Sí.
–Decile que la cana está caliente porque les cortaron los fondos y que salieron de fierro para descargar tensiones.
–Se va a complicar peor. Van a querer bajar alguno.
–Decís que yo digo que no. Que si alguien hace algo que yo no ordené se va a tener que ir a vivir a otra provincia.
–¿No es mejor que digamos que fuimos nosotros?
–¡Es que no fuimos nosotros, Laucha! ¡Noriega no es nosotros!
–Ya sé. Pero, digo, para meter miedo.
Durruti saca los ojos del patio y los pone sobre el hombre sentado en su oficina. Lo mira. No dice nada. Va hasta la puerta, la abre, pone a un costado su cuerpo.
Esa noche, en la canchita de tierra, siete u ocho chicos flacos fuman y toman cerveza en la oscuridad. Uno de ellos ya ha dicho que lo mejor es quedarse quietos, que nadie haga boludeces, que parece que Durruti se puso loco con lo que pasó, que la cana anda boleteando y que se va a armar quilombo. Que no llamen la atención.
Los otros oyen y cabecean en silencio. Saben que los Funes hicieron lo que no debían, saben que la cana te mata por nada, saben que Durruti es muy pesado, saben que por ahora es mejor dejar de decir ese nombre. Reparten los paquetitos. Los guardan en los bolsillos del pantalón, en la campera, en las zapatillas. Cuando pasa la medianoche cada uno se va a cubrir su zona. El sobrino del Laucha cruza el descampado.
De mañana, al llegar a la casa, la madre sentada en el living, dos paquetitos sobre la mesa, el instante inmóvil y la mujer diciendo:
–Te pegás una ducha. Está viniendo tu tío para hablar con vos.
3
–Sos un boludo a cuerda. ¿A vos te parece que tenga que perder la mañana para venir a hablar con vos? ¿Qué te dije ayer? ¿Y estás con la mierda esta?
La mano tira los paquetitos al piso.
–¿Y qué querés que haga?
–¿No te dije que buscaras trabajo en el súper?
–No me jodas. En el súper.
–¿No te das cuenta que si te agarran con esto me joden a mí?
–¡Qué tiene que ver!
–Que te agarran a vos, miran la familia y ahí se ponen a mirarme a mí.
–¿Y?
–¡Como Y!
–Trabajás con Durruti.
– Justamente.
–Y bueno. Te arregla todo con la policía.
–No es así.
–Si a él parece que le importa más la cana que los del barrio.
El sopapo llega de golpe, en plena cara, le dobla el cuello.
–Nunca digás eso de nuevo.
El chico se agarra la boca, baja la cabeza. La voz viene mordida.
–Es verdad. La cana mató a los Funes y él no hizo nada.
El Laucha arrastra la silla hasta quedar pegado a su sobrino.
–Los Funes fueron flor de pelotudos en ir a robar un auto y dejar dos muertos.
–La cana también dejó dos muertos. Y Durruti no hizo nada.
–Parece que tuvieras ocho años. Si no acordás con la cana no se puede trabajar.
–Los dejaron tirados, como si fueran basura. A que se pudran.
El Laucha sabe que eso va a enojar a Durruti. Un cálculo rápido de riesgo y beneficio: hacer algo que, si sale mal, le va a costar un castigo. Pero si sale bien es un triunfo.
–No fue la cana.
El chico levanta la cabeza.
–Fue Noriega.
–¿Por qué?
–Porque es un pelotudo. Porque quiso poner orden.
–¿Por su cuenta?
–Sí. Ahora Durruti tiene cuatro muertos que acomodar. ¿Entendés?
–¿Y por qué me dijiste que los había matado la cana? Yo les dije eso a los chicos.
–Por eso. Porque sabía que lo ibas a ir a contar enseguida.
–Pero Durruti queda como un cagón.
Otro golpe en la cara.
–Por lo pelotudo se ve que saliste a tu viejo. No vuelvas a decir eso. Te vas a ir al súper ahora mismo. Vas a hablar con Cipriano y le vas a decir que querés empezar hoy. La mierda esa no la tocás más. Ni para vender ni para tomar. Y a la canchita no volvés. ¿Me entendiste?
El chico mira el suelo.
–Tu mamá no está para quilombos.
4
–Tuve que decirle a mi sobrino que no fue la cana. Era lo mejor que podía hacer. Vos no estás con los pibitos, no sabés cómo piensan.
–¿Y yo tengo que explicarles lo que hago?
–No te das cuenta que ahí la cosa es frágil. Que son muy boludos y están todo el día dados vuelta. Esos son los que pueden abrir el pico.
–No me puedo estar preocupando por unos pendejos.
–Por eso. Dejame a mí. Le dije que había sido Noriega. Lo va a ir a contar enseguida. Es mejor así.
–¿Que crean que alguien me puenteó y tuvo tiempo de irse?
–Nadie sabe que hablaste con él. Y no va a volver. Dejá que yo lo arreglo.
A las tres de la mañana, en la esquina de la plaza, una mujer se asoma a la ventana para ver qué es lo que ilumina la noche. De la casa de Noriega salen llamas de dos metros. El humo tapa el cielo del barrio.
Los de la canchita van a ir diciendo aquí y allá que Noriega quiso puentear a Durruti, que no digan cómo lo supieron, que no pregunten nunca nada.
Ahora todos saben que lo de los Funes fue un error. Como si cada uno pudiera hacer lo que quiere. Salir de fierro, pasarse de rosca y cuando la cosa se pone fea, bala y listo: dos muertos.
Los autos no se tocan. Eso dicen los viejos. Las viejas. Los autos no se tocan porque de eso se ocupa Durruti. Y cada vez que uno de los más jóvenes pone eso en cuestión, sopapo. Grito. Mano en alto. Insulto. Que les quede bien claro.
Bueno. Ahora el mensaje está a la vista.
Si uno cruza esa esquina ve las piedras negras y duras que hasta ayer eran la casa de Noriega. Acá nadie toma decisiones por su cuenta. Eso es lo que más cuesta hacerles entender a los pendejos. Que todo tiene una jerarquía. Y aunque crean no estar incluidos, son parte. Podés no ensuciarte nunca con esas cosas y nadie te va a decir nada. Pero no entender que el que manda con los autos es Durruti, no. Antes o después vas a hacer algo, algo que quizás parezca inocente. Y ese algo va a traer desgracia.
5
El Laucha llega cuando ya se ha enfriado el mate.
–¿Y?
–Ya avisé. Nada de venta hasta que la cosa pase.
–Bien.
–A los Otero les dejé un poco de plata para que aguanten hasta que arranquemos de nuevo.
Se queda mirando por la ventana. El Nene acomoda unas chapas en el galpón que está al fondo.
–¿Algo más?
–Fui a ver a los Acosta también. Aunque estén fuera nunca está de más asegurarse.
–No, los Acosta no me preocupan.
–Ya sé. Pero como andan solos pensé que era mejor avisarles.
–¿Qué están haciendo?
–Casas vacías.
–¿Sigue con el berretín de las cerraduras el viejo?
–Sigue.
El Laucha saca de un bolso tabaco y papel de armar. Despeja un rincón de la mesa.
–Dale.
–Qué.
–Decimeló. Que estás ahí meta dar vuelta.
Hay una media sonrisa.
–Fui a hablar con el Buche.
–¿Y?
–No sé. Me puso nervioso. Me preguntó cuánto le pasabas a Lanbro para que te dé tamaña cobertura.
–Ese tiene un pico...
–Por eso le pagamos.
–¿Qué le dijiste?
–Nada. Qué sé yo.
–¿Sabés que es raro que Lanbro esté quieto? Está muy al filo. No se puede quedar en el mazo con cuatro muertos.
–Si llegó a jefe de policía boludo no es.
–Pero algo tiene que hacer.
Por la calle pasa un rastrojero con su ronquido viejo.
–Yo también me quedé pensando. ¿Cuánto le pagás?
Durruti se da vuelta y mira al Laucha como si no supiera que estaba ahí.
Hay un rato largo de silencio, cortado por el ruido de chapas que llega desde afuera.
6
En el noticiero informan sobre un megaoperativo antidrogas. El presentador destaca el hecho de que –si bien el procedimiento fue llevado a cabo por fuerzas federales– el origen de la investigación se dio gracias a un arduo trabajo de inteligencia de la Central de Policía de la provincia. De esta manera –dice la voz monocorde– el comisario general Lanbro vuelve a demostrar algunas de las razones por las que obtuvo su cargo: la buena conducción de los equipos y la clara convicción de la necesidad de trabajar en colaboración con otras fuerzas de seguridad.
–¿A este no le estarán pagando demasiado? –dice el Nene riéndose.
–Lanbro debe estar llorando por toda la merca que tuvo que sacar del depósito para armar ese circo.
Oscurece. El más chico trajina en la cocina mientras Durruti se deja estar frente a la pantalla. Ya ni saben cuándo ese ritmo empezó a volverse rutina. Hace años. El más grande, padre y madre de uno que quedó roto. Atento a ese que se volvió adolescente y después hombre. Por fin la tranquilidad de verlo crecido y entero. El más chico, extrañamente alegre cuando debería ser taciturno.
–¿En qué andás con el chico ese?
–¿Pichón?
–Ese.
–Le voy a buscar trabajo.
–No me lo metás acá.
–No, pensaba hablar con Sosa, no te preocupés.
–Ahora nada raro, ¿eh?
–Ya sé, ya sé. Igual, a lo de Sosa tengo que ir.
–Andá. Pero estate atento. No llamés la atención.
–Por eso. Si dejo de ir es peor.
Desde la cocina llegan los ruidos del agua cayendo en la olla, un fósforo, el fuego que tiembla en la hornalla, la puerta de la heladera que respira al cerrarse.
–Es bueno el pibe.
–Tené cuidado vos con ese coleccionar pibes buenos.
–Después me vas a agradecer.
–No sé. No me gusta que lo traigas acá.
–¿Y qué vamos a hacer? ¿Trabajar toda la vida con esos viejos chotos?
–Esos viejos chotos te dan de comer.
–Ya sabés qué quiero decir. Necesitamos gente confiable.
–Y la vas a elegir vos...
–Mis amigos nunca te jodieron. Nunca tuvimos problema por eso.
–Ese es el tema. No se trata de los amigos. Amigos buscate todos los que quieras. Salí a bailar, salí de farra, hacé lo que se te cante. Esto es trabajo.
–Si vos no tenés amigos yo no tengo la culpa.
Durruti se ríe.
Una brecha, una fisura.
–Sos un pendejo atrevido.
–De verdad, te digo. El pibe es bueno. Dejame que lo tenga un tiempo en lo de Sosa. Sin abrirle nada. Que trabaje ahí, nada más. Un año. Y vemos. Lo vas conociendo y vemos.
–¿De dónde lo sacaste?
–Se estaba muriendo de hambre.
–¿Y nosotros qué somos? ¿Teresa de Calcuta?
Tenedores, cuchillos, una botella, una mesa de madera sin mantel. El más chico pone la mesa. La tapa de la olla golpea replicando el hervor.
–Está bien. Llevalo. Decile a Sosa que lo ponga a hacer un poco de todo. Pero que no está habilitado a saber nada. Que le quede claro eso.
–Yo me ocupo.
–Es muy delicado esto, Nene. Vos te encariñás enseguida con la gente. Eso nos va a terminar metiendo en un quilombo.
El más chico se ríe.
–Claro, de todo lo que pasa acá, el quilombo lo voy a traer yo, por encariñarme con la gente.
La comida se sirve. El más grande deja el sillón para sentarse a la mesa.
–Lo chequeaste bien antes, ¿no?
–Sí. Sí. Sí.
–Tampoco seas tan susceptible.
–Vos andás cerca de gente como el Buche y me venís a pedir garantías.
–Al Buche lo necesito.
–También informa para el otro lado.
–Esas cosas son así.
–Y más riesgosas que llevar a Pichón a trabajar con Sosa.
–No, Nene. El Buche me trae data. No es mi amigo. Eso es lo que vos no ves. Si las cosas se dan vuelta hay que limpiar todo. ¿Cómo mierda hacés para limpiar a un amigo?
La conversación se interrumpe porque ninguno de los dos está dispuesto a asomarse a ese abismo.
Pero habrá vasos donde cae el vino y pan recorriendo los platos, la cajita de metal donde guardan el tabaco, un estallido de fuego y una columna de humo que va hasta el techo. Y ya parecerá olvidado ese comentario, ya se habrá diluido cuando el hermano mayor le diga al más chico:
–Por qué no lo mirás un poco al sobrino del Laucha. Fijate qué hace.
–¿Con la bandita?
–Sí. Miralo. Ese me da mala espina.
–Si me meto ahí se va a notar, ¿eh? Se va a saber.
–Qué.
–Que me mandás vos.
–A mirar te digo nomás.
–Nadie va a mirar ahí. O comprás o vendés. Dejalos, si nosotros estamos bien.
–Pasa que si siguen con eso, la cana tiene que intervenir.
–Están todos arreglados, no te preocupés.
–Son arreglos chicos. Se rompen apenas cambia el viento.
–Si querés veo. Pero me parece mejor ni acercarse.
–Ta. Lo pienso un poco más y te digo.
7
Pichón se tira en la cama, los pies colgando en el aire, el cuerpo demasiado largo para ese cajón de manzana que ni sabe de dónde salió.
Pero ahora no importa nada.
El Nene le ha dicho que van a ir a ver a un amigo suyo, que va a trabajar ahí.
Todo lo otro no importa.
Afuera se oyen tiros. Al fondo del barrio, una corrida. Antes se hubiera asomado, hubiera ido a ver qué pasa, quién disparó la bala, quién la recibió, de dónde venía la bronca.
Ahora no importa. Ya está afuera. Vive acá, sí. Pero ya está afuera.
Mañana va a ver al Nene, va a poder demostrarle. Ser el más confiable, el más cercano. Tiene paciencia Pichón. Por todos los años de impaciencia, de ansiedad, de correr como loco, ahora puede sentir que esa puerta se abre. Que dentro de poco el Nene lo va a abrazar y va a decir delante de todos este es Pichón y todos van a saber.
Por la ventana entra el rebote azul de un patrullero. La puerta de un auto que se cierra, alguien que habla a los gritos, la luz desaparece cuando los policías se meten en una casa donde suena música. Risas varias horas, disparos al aire sobre la madrugada, más risas y antes del amanecer el patrullero que se va, turno terminado, merca suficiente, los bolsillos del uniforme hinchados por la cantidad de billetes que han recaudado.
8
Toda la noche tratando de dormir en ese infierno. Y cada vez que aparece el infierno, llega lo turbio. Las preguntas, los enojos, la imposibilidad de perdonar.
Rita se levanta. Luz turbia. El agua en el jarro, turbia. El cielo turbio. La desesperación de no poder sacarse eso de encima. Qué le importa a ella qué piensa su hermana.
Como que fuera qué. Como si tuviera autoridad, ella. Mejor ser sirvienta, parece. Eso es digno. Trapear como una esclava, tener que limpiar a esos viejos. No, pero ella, como si fuera dueña. Geriátrico de mierda. Dandosé aires, haciendosé la importante: sirvienta.
Toda la vida diciendo qué sí y qué no. Tendría que ir a tirarle un bollo de plata en la cara. Les estás mintiendo. Qué hija de puta. Siempre arruinando las cosas. Para venir a juzgar, la primera.
Qué sabrá.
¿Tirar las cartas es mentir? ¿Leer las manos es mentir?
Esas cosas que te inventás, dijo.
Como si ella no inventara, que nunca le ha dicho a la Negrita quién es el padre. Y bien que se hace la tonta. Cómo si no supieran todos de qué trabaja la chica. Departamento en el centro. Por favor. Hay un solo caminito que te lleva al centro cuando sos joven. Secretaria. Sí, claro. Pero ella, tonta. Reina de las tontas. Hace esa sonrisa de estúpida y dice consiguió un trabajo y alquiló un departamentito en el centro. Consiguió un trabajo. Por favor. Se le desvió la cría. Pero la señora perfecta, a eso no lo ve. Lo único que ve es lo que hago yo. Qué mierda le importará. Yo no tengo jefe, sirvienta. Yo hago lo que quiero.
Y ya no puede sacarse eso de encima. Ya empieza el nudo. Como si esa pelea, seis años atrás, hubiera sido ayer, anoche, hace unos minutos.
El agua de la pava se enfría, por la ventana lo ve pasar al chico de la vuelta. Allá lejos ve la silueta de su hermana saliendo del barrio.
Cierra la cortina. Esperar media hora. Un poco más. Hasta que llegue caminando a la ruta. Hasta que venga el colectivo y se la lleve. Recién después, salir. Cuando ya se haya ido.
Todo el día eso sigue mordiendo, hace mella, horada. Si le preguntara. Si su hermana quisiera escuchar en vez de andar siempre juzgando. Si por una vez quisiera escuchar. Que se acuerde, si no, cuando la madre decía que ella tenía instinto. Eso: instinto. Se da cuenta; en cuanto ve la gente, entiende. Qué importa que les diga que lo lee en la mano. Si lo que dice es verdad. Pero no. Qué va a escuchar.
Flaquea a veces. Como hoy, arriba del colectivo, moviéndose al vaivén de las calles, los ojos en la ventanilla, la idea silenciosa de que si ella pudiera explicarle quizás su hermana entendería. Y apenas empieza a pensarlo se suelta eso por dentro. ¡Qué entendería! Nunca entendería.
Y volver a dejar reposar esa furia. Y otra vez la idea insistiendo. Ella le diría que si uno se fija bien el cuerpo de la gente dice cosas. Que si uno presta atención, si uno deja de ser el centro por un minuto, los cuerpos hablan. Y que ella escucha. Y sabe traducir. Y le dice a la gente lo que ve. Y que eso es un don. Igual que si leyera las manos. Que ella también hace un trabajo importante. Les dice en voz alta lo que necesitan oír. Lo que vos te imaginás, le diría su hermana. ¿Y si cada vez descubro que lo que me imaginé es cierto?, preguntaría ella.
Eso sería lo más cercano a la verdad: me imagino cosas que después resultan ciertas. Pero no hay que usar esa palabra. Imaginar. Tendría que decirlo de otra forma.
El colectivo frena de golpe. Rita se da cuenta de que ha estado buscando caminos para acercarse a su hermana. Una distracción, una inclinación que no puede permitirse. Debería vigilar más lo que piensa. Ella no tiene que explicar nada, qué mierda le tiene que explicar, siempre obligada a rendir cuentas a esa sirvienta.
Baja en la esquina de la plaza, cruza la calle y entra al primer bar. Ya desde la puerta sabe quién sí y quién no. Se acerca a un hombre que tiene los ojos puestos en su pocillo de café.
–¿La suerte, señor? –dice estirando la mano izquierda.
9
A media mañana el Nene le hace una seña y suben al auto. Pichón juega con la correa del bolso entre los dedos.
Le habla de la canchita que está en el límite del barrio, le pregunta si conoce a los que paran ahí, pregunta por uno en especial.
–El sobrino del Laucha, ¿lo tenés?
Pichón cabecea para decir que no. Los nervios, las manos inquietas. Quiere decir sí, quiere responder a todo lo que le pregunta el otro, quiere ser útil. Pregunta en qué puede ayudar. El Nene diciendo que no importa, que no se preocupe, que era por las dudas lo conociera.
Las últimas cuadras diciéndole que ahí va a estar bien, que Sosa le va a enseñar, que no le vaya a fallar, que haga buena letra.
–Esperame acá.
Después son quince, veinte minutos largos de ver que dentro del negocio el Nene y Sosa conversan. Uno que señala al auto, otro que se acerca a la vidriera para mirar afuera, sobre la puerta un cartel viejo y amarillo que dice Autopartes, los ojos de Pichón buscando el nombre del negocio. No hay. Solo Autopartes y el dibujo de un tubo de escape con pies y sonrisa.
10
El día termina con el Nene atravesando las góndolas del súper. Compras para una casa de dos. Él se ocupa de la comida. Porque le gusta, quizás. Salir como un cazador manso a recolectar lo que se ofrece. Levantar las frutas y sentir el perfume. Buscar algún corte que encaje justo en la asadera del horno, alguna botella para cuando la noche se hace larga y hay que tomar un trago.
Le gusta. Se imagina lo que dirán algunos. Que es la mujer de la casa. No importa. Como si hubiera insulto en eso. Los domingos se queda viendo televisión, un grupo de gente que compite para demostrar sus habilidades en la cocina. Le gustaría, eso. Una cocina más grande. Una mesada de aluminio, una de esas cosas que sirven para colgar las ollas y las sartenes.
En un pasillo, los frascos de especias. Hay unos que salen el doble, el triple que lo habitual. Merkén. Mañana va a probar qué puede preparar con eso.
En la fila para pagar se da cuenta de que el que está en la caja es el sobrino del Laucha. Tanto preguntar y ahí lo tiene. No entiende qué quiere saber su hermano. Lo que hay que saber, lo saben todos: en la canchita, cada noche, se reparte merca. Es chiquitaje y no vale la pena meterse. Pero su hermano preguntó y eso es suficiente.
–Frasquito.
–Qué hacés.
–¿Hace mucho que laburás acá?
–No.
El lector de códigos suena a medida que las compras se amontonan.
–¿Y te gusta?
–¿Me estás jodiendo? ¿No oís la mierda esta?
Frasquito levanta el lector y lo sostiene frente a los ojos.
–¿Y por qué te quedas?
–Hay que trabajar.
El Nene sonríe pero el otro no lo ve.
–¿Seguís yendo a la canchita?
–¿Por?
–Por nada. Por preguntar, nomás.
–Habías salido preguntón.
El de la caja sabe que debería contenerse, que no hay que provocar. Pero lo mismo de siempre, ese carácter de mierda que lo vive poniendo en riesgo:
–¿Y vos? ¿Se te piró la sirvienta que andás haciendo cosas de mina?
El Nene mete la mano en el bolsillo del jean para sacar la billetera. Dejarlo pasar. A este y sus boludeces. No engancharse.
–¿Cuánto es?
Paga, recibe el vuelto y saluda. Cuando está agarrando las bolsas, Frasquito levanta el lector de códigos y lo apunta como si fuera una pistola. Hace un ruido con la boca, algo que quiere imitar un disparo, un chasquido en voz baja. El Nene hace la mueca de una sonrisa y, sin querer, un movimiento con los hombros. Algo que parece decir no importa pero que también puede verse como el impacto de una bala imaginaria.
11
El Laucha pasa por la casa de su hermana para ver cómo va la cosa, para llevarle plata, para medir a ojo cuánto avanza el cáncer, para controlar si el pendejo hace buena letra, para no sentirse un paria, para hacer algo suyo en días en que todo es barro.
Se han sentado con Aurora en el patio, esas sillas plegables que compraron hace años, el mate sobre una mesita de plástico que se mueve cada vez que ella agarra el termo.
–No prende la parra.
–La que pusiste al fondo agarró enseguida.
–Pero yo quería esta, acá, para matear.
–Ya va a agarrar.
–Me da bronca.
–Estás nervioso.
–No, no. Nomás me gustaría que tengas sombra. Si querés te puedo hacer un pisito al fondo, unas baldosas, para que te sientes allá.
–Igual me puedo sentar allá ahora.
–Te llenás de tierra.
–Te hacés mala sangre por nada. Tenés que cuidarte.
–Me preocupo por vos. Por el pibe.
–Yo estoy bien. Y por ahora lo del súper funciona. Le pagan por día.
–¿Te dio plata?
–Pero no, cómo le voy a pedir plata, si nos alcanza bien con lo que vos traés.
–Tiene que aprender a colaborar, a hacerse hombre.
–Dejalo. Con que no ande en la canchita me sobra y me basta.
–Me basta y me sobra.
–Sí, eso –dice ella riéndose.
–¿Sigue funcionando bien el calefón?
–Haceme el favor de dejar de preocuparte por todo. ¿Cómo estás vos?
–Normal, nomás.
–Pasaron cosas feas.
–Sí.
–¿Tenés con quién hablar?
–Con vos estoy hablando.
–No seas tonto. ¿Hablás de esas cosas con alguien?
–Sabés que no puedo.
–Conmigo sí.
–Con vos menos que nadie. Tenés que estar tranquila, bien, con tus plantas, con tus cosas.
–Con mi hermano...
–Ya sé, ya sé. Me acompañás un montón. Pero no vamos a hablar del trabajo.
–¿Te quedás a cenar?
–¿A qué hora vuelve Frasquito?
–¡No le digás así!
–Todo el mundo le dice así.
–Vos sos el tío, tiene un nombre el chico. ¿O querés que yo te empiece a decir Laucha?
Se ríen. Cuando se acaba el mate están charlando de esas vacaciones en las que ella casi se ahoga en Mina Clavero y él se tiró al río a rescatarla y se raspó las piernas con las piedras porque el agua apenas le llegaba a la cintura.
Se están riendo cuando se oye el ruido de la puerta de calle y llega hasta el patio el olor del cigarrillo que Frasquito trae entre los labios.
12
La mala cara durante la cena. Las ganas de sacudir a ese pendejo que no le da paz a su hermana. Cuando ella se levanta a buscar el postre, el Laucha dice en voz baja:
–Más vale que cambiés la jeta porque te voy a meter un sopapo.
Frasquito abre la boca para contestar pero su madre acaba de entrar. Traga eso que iba a decir, acomoda la espalda, no levanta la vista del plato.
Cuando está todo lavado, cuando Aurora va al living y se sienta frente al televisor, el Laucha hace un cabeceo a su sobrino y salen al patio, van hasta el fondo, abajo de la parra. En algún momento Aurora va a ir a la cocina y desde la ventana va a ver dos brasas que flotan en la oscuridad. Va a decirse que tiene suerte de que su hermano la ayude con el chico, va a sentir un hilo de dolor, va a preguntarse cuánto le queda y qué va a ser de su hijo y de su hermano cuando ella no esté.
–Me querés decir qué mierda te pasa.
–Vos decime. ¿Por qué tu patrón me está siguiendo?
–Yo no tengo patrón, pendejo. Cuidado con lo que decís.
–Qué mierda, que viene el Nene al súper a espiarme, a preguntarme boludeces.
–Qué decís.
–Vino a preguntarme qué hago y desde cuándo trabajo en el súper y para qué. Hasta el pelotudo ese se sorprende de que tenga que trabajar.
–No hablés así. Explicame qué pasó.
–Vos explicame. ¿Por qué me están jodiendo?
–Hablame bien porque te voy a dar vuelta la cara. Hablame bien.
Frasquito respira hondo. De qué vale toda esa bronca. Tiene que calmarse, ya sabe. Para poder seguir con sus cosas tiene que ser menos bocón. Pero no puede.
–Si la nenita esa me sigue jodiendo va a haber problemas.
El golpe llega sin que lo haya visto, lo tira al suelo, tarda en entender qué pasa. La mano hundida en el barro, el cigarrillo un poco más allá, el desconcierto de tener que levantarse sin saber del todo cómo fue que cayó.
–Defendés más a esa gente que a tu familia.
–Sos un boludo. A vos te defiendo. A tu mamá. No sé de dónde saliste tan pelotudo. ¿Vos sabés con quién trabajo?
–Vos no trabajás con nadie, vos sos empleado.
–Qué pendejo de mierda. Te tendría que moler a palos. Si no fuera por tu vieja te metía un patadón que te tienen que ir a buscar a Catamarca. Levantate.
El Laucha le ofrece la mano, hace palanca, levanta el cuerpo flaco de Frasquito, hay algo en esos gestos que disuelve el tono que han tenido hasta ahora.
–Escuchame bien. Nunca vuelvas a hablar así del Nene. Nunca.
–Te importan más ellos que nosotros.
–Yo no entiendo cómo podés vivir en el barrio y ser tan pelotudo. ¿No sabés quién es Durruti?
–No dije nada de él. Del hermano estoy hablando.
–Justamente.
Los dos en el fondo del patio, a oscuras, de pie. Uno hablándole al otro. Una conversación que va cambiando de tono a medida que avanza. El Laucha, que con cada cosa que cuenta baja un poco más la voz y hace que Frasquito se incline, se acerque para escuchar.
13
–Hace muchos años Durruti tenía un socio. El Chileno. Nadie sabía bien cómo había llegado, cómo se habían conocido. Pero para Durruti era intocable. Lo que decía el Chileno, valía. No sé. A lo mejor era la primera vez que tenía socio. La cuestión es que era confianza ciega. Si vos ibas con algo y le consultabas, Durruti decía ¿le preguntaste al Chileno? Y lo que hubiera dicho el otro, palabra santa. Te estoy hablando de hace mucho. No sé, veinte años, más.
Hubo un momento en que pensamos que siempre iba a ser así. Ellos dos manejando todo. Había otro cacique antes. Y justo se había muerto sin dejar nada armado. Un infarto y chau. No tenía segundo, eran todos soldaditos. Y Durruti aprovechó, hizo una movida y se hizo cargo. Después lo mandó llamar al Chileno, no sé de dónde lo conocía. Lo llamó y lo sumó. No como segundo, ¿eh? Como socio. Me acuerdo que nos dijo a todos que el Chileno mandaba igual que él. Yo le hice una cara como diciendo sí, claro porque no creía que fuera en serio. Pero sí. Bueno. Hacían todo juntos. Yo me daba cuenta que Durruti lo quería como si fuera un hermano. Pero se me hace que no se conocían tan bien de antes. No sé. No hablaban de eso. Hacete la idea de cómo era esto en esa época. El Nene tenía, no sé, seis años. Por ahí. Eran ellos dos solos, los padres se habían muerto cuando el chico era bebé, un accidente, no sé. Tampoco pregunté mucho. Cuando yo empecé a trabajar ya eran ellos dos solos. El Nene era chiquito. Ni a la escuela iba.
El Chileno estaba todo el día en la casa, con ellos. O en el galpón. No era este, ¿eh? Era otro, uno que había cerca de la avenida. No existe más. Hay unos negocios ahora. Bueno, no importa. La cuestión es que un día el Chileno se encuentra con dos tipos en la calle. Y le entra una alegría y una risa y un festejo y alguien los ve y, ya sabés cómo es el barrio, alguien le cuenta a alguien y entonces Durruti se entera y cuando el Chileno llega al galpón le dice me dijeron que te encontraste con unos amigos y el otro dice que sí y entonces Durruti le dice invitalos a comer y el otro le dice que no y así están hablando, charlando y después la cosa se disuelve. La cuestión es que unos días después vuelven a aparecer los tipos. A mí ya me dio mala espina. ¿Qué hacían tanto en el barrio? Le hubiera dicho a Durruti pero, como era él antes, me hubiera dicho que no, que si eran amigos del Chileno estaba todo bien. Bueno, nada. Se encuentran de nuevo. Durruti iba con el Chileno en el auto y desde un Peugeot estacionado en una esquina alguien empieza a los bocinazos y a mover los brazos haciendo señales. ¿Son tus amigos?, pregunta Durruti, el otro dice que sí. Estacionan para ir a saludarlos. Te lo cuento y veo que hace ruido por todos lados. Que ahora desconfiaríamos como locos. Que no dejaríamos que unos tipos anden dando vuelta por nuestra zona. Pero en esos años era distinto. No sé cómo decirte. Las cosas eran distintas. Durruti era distinto.
La cuestión es que se acercan, hay presentación, hay charla, cuando ya se están despidiendo, Durruti les dice que vayan al día siguiente al galpón, que se junten a comer algo y a charlar, les pregunta qué les gustaría comer. Uno dice Cabrito, para homenajear al Chileno. Hay risas. Unas risas de las que Durruti no participa pero igual se alegra.
Cuando al otro día llega el Chileno con los invitados, sobre la parrilla del fondo hay un cabrito asandosé. Cuando Durruti le dice que preparó su plato preferido hay más risas.
Durante la noche, cuando ya hayan tomado mucho, yo me acuerdo porque también estaba, uno de los invitados va a contar algo y tanto Durruti como yo vamos a entender de golpe que cuando ellos dicen cabro, hay que entender niño. Y que los cabritos que prefería el Chileno eran... Bueno. Eso. Yo vi cómo a Durruti le cambió la cara. A lo mejor estaba pensando todas las veces que el Nene se había quedado solo en la casa con el Chileno. A lo mejor estaba tratando de calcular dónde estaba el Nene en ese momento. Yo me di cuenta de que quería que se fueran, que se fueran todos. Pero que no lograba reaccionar.
Yo lo entiendo. Los amigos siempre tienen fallas. Pero eso. No. Eso no.
Encima seguían con las bromas y cada vez que decían cabritos y se reían, Durruti y yo sentíamos algo que no sé decir. No sé, no sé. Hubiera querido quedarme para hablar con él. Pero no pude. En un momento se disculpó, dijo que al otro día tenía que entregar varios autos, me pidió que fuera al taller a buscar unas cosas. Lo que quería era que me fuera. Les dijo a las visitas si no les molestaba que siguiéramos en otro momento. Cuando el Chileno estaba por salir con ellos le dijo mañana venite temprano que tenemos que hablar.
Lo que hablaron, no sé. A lo mejor el Chileno le explicó que era una broma, que no era cierto, que cómo creía eso de él. No sé. La cuestión es que la sociedad siguió. Pero Durruti no le sacaba los ojos de encima. Algo deben haber acordado porque nunca más el Chileno se quedó solo con el Nene. Durruti estaba siempre atento. Tenso. No sé cómo se puede vivir así. Y en algún momento aflojó. Habrá pensado eso, que era todo mentira, que era una de esas cosas que se dicen, que cómo va a querer estar con chicos, en qué cabeza cabe. No sé. Cuando uno no quiere ver, no ve. Y así fue pasando el tiempo.
Un día Durruti se fue del taller a la casa a buscar unas cosas. No era donde viven ahora, era más adelante, del otro lado de la avenida, donde está la vinería ahora, ¿te das cuenta? Bueno, no importa. Era en otro lado. Al Nene lo sabía cuidar una señora que vivía en la misma cuadra. Le decía tía. Vos no la llegaste a conocer, la Marucha. Se va Durruti del taller a la casa, estaba a diez minutos caminando. Y cuando está llegando se cruza con la Marucha que iba con una bolsa de compras. Y se queda duro. Y le pregunta por el Nene. Y ella le dice no, me dijo el señor que él se hacía cargo, que me fuera, que él se quedaba. Un segundo tarda Durruti en entender que el señor es el Chileno, que cómo no le advirtió a esta mujer, que claro que ella iba a confiar. Sale corriendo hasta la casa y cuando llega no consigue meter la llave en la cerradura de lo nervioso que está y cuando entra, bueno. Cuando entra no sé lo que ve. Nunca habló de eso. No se habla de eso. Nomás sé que una hora después vino uno de los nuestros, todo agitado, a decirme que había que ir enseguida a lo de Durruti, que había pasado algo. Y yo salí corriendo. No sé. Lo primero que vi fue al Nene, que estaba sentado en un rincón, con sus shorcitos, mirando todo. Tenía una cara ese chico. No sé decirte. Ahora, cada vez que lo veo, veo esa cara. Nadie se había dado cuenta de sacarlo. Lo alcé, se me abrazó enseguida, me fui a lo de esta vecina, la Marucha. Estaba asomada a la ventana, como casi todos en la cuadra. Todos querían saber pero nadie quería salir. Eso hacen los disparos. O por lo menos en esa época. La gente se guardaba para mirar por una rendija. Por suerte me abrió. El Nene le estiró los brazos. Cuando se lo estaba dando me di cuenta de que tenía una mancha de sangre en la remera. Levanté la tela para ver si era suya la sangre, si lo habían lastimado. La piel lisita. Pensé que debía ser sangre del Chileno. Marucha no preguntó nada, abrazó al Nene, me hizo un gesto con la cabeza y cerró la puerta. Ya cuando llegué a la vereda se oían las sirenas de los patrulleros.
Me quedé en la esquina. Mirando de lejos. Yo sé que parece falta de lealtad pero era todo lo contrario. Si se lo llevaban a Durruti, alguien tenía que estar afuera para ayudarlo. Alguien de confianza. Vi que uno de los nuestros salía por el techo, saltaba tapias, ya llegaban los patrulleros. Me quedé fumando y mirando. Lo que yo quería era que Durruti me viera. Que supiera que estaba ahí. Pero tampoco podía ponerme tan a la vista. Lo que me desesperaba era hacerle saber que el Nene estaba a salvo. Porque todo eso era por el Nene. No podía acercarme. En esa época no teníamos paraguas. Dependía del cana que te tocaba. Sabía que tenía que aguantar y hacerle llegar el mensaje después, cuando supiera adónde lo llevaban. Mala cosa. Yo lo había visto al Chileno. No sé cuántas balas le metió. Pero eran muchas. Estaba lleno de huecos.
Se lo llevaron. Las manos esposadas a la espalda, el cuello caído, la cabeza baja.
Yo fui a hablar con la Marucha. Le llevé plata. No quiso aceptar. Me dijo que no me preocupara, que ya íbamos a ver. Yo me daba cuenta de que quería preguntarme qué había pasado pero el Nene estaba ahí a un paso, no se podía. Ella lo cuidó. Hasta que vinieron los de Minoridad. Fueron a la casa de Durruti y no encontraron a nadie y preguntaron y algún pelotudo les señaló la casa de la Marucha. Y ahí fueron. Y se llevaron al Nene.
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