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EUSEBIO
RUVALCABA
EL ARTE
DE MENTIR
ENSAYO
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© 2013 Eusebio Ruvalcaba
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EUSEBIO
RUVALCABA
| EL ARTEDE MENTIR | |

Almadía
Las almas bellas son las almas universales, abiertas y dispuestas a todo; si no instruidas, al menos instruibles.
MONTAIGNE
Para Vicente Quirarte
UNA BURBUJA BAJO EL DICTADO DEL VIENTO
1. Vivimos como por arte de magia, hasta que una desilusión nos devuelve a nuestro estado original de brutalidad y abandono.
2. Si de buscar la felicidad se trata, siempre será más feliz un hombre que vive sin ilusiones. La vida le devolverá con creces esta existencia neutra.
3. Más importante que mantener viva la llama de la ilusión es trabajar, erigir, ejercer. Una barda se construye con ladrillos y cemento, no con ilusiones.
4. Nadie avanza atenido a las ilusiones. Es fundar sobre una burbuja que se mueve bajo el dictado del viento. Hasta que revienta. Mejor es quitarse la camisa de fuerza de las ilusiones y atenerse a los propios medios. Por más modestos que sean. Son reales.
5. Un niño no juega con ilusiones. Para él, aquel avión que lanza por los aires no es producto de su fantasía, no es una ilusión constituida de aire sino una realidad tangible y rotunda. Por eso se enfurece si alguien interrumpe su juego. No está inmerso en una quimera, sino en una existencia que se despliega ante él en todo su prodigio y maravilla. Exactamente lo mismo acontece en la mentalidad de un artista cuando edifica su obra. Un escritor trabaja realidades concretas en su cabeza –y conste que no se está hablando de realismo en particular. Como aquellos alarifes que vigilaban con sus propias manos la edificación de una casa, el escritor se aplica arduamente a la consecución de la frase perfecta –qué lejos está de pensar en la página perfecta. Su herramienta está alejada del banco de la ilusión. No puede pensar en otra cosa que no sea su experiencia humana, su experiencia en el oficio y en los diccionarios. A proyectos concretos, ideas concretas.
6. Peor aún las ilusiones a largo plazo. Son una trampa de fuego. Cuando acaecen es demasiado tarde; o bien, nunca llegan –que es lo más probable. Estas ilusiones no fortalecen sino deprimen. No es difícil distinguir en el hombre de la calle cierto peso en la espalda que lo encorva, cierto aire de pesadumbre que rubrica su rostro. Es la huella de las ilusiones rotas. Su permanencia inescrutable.
7. Quien vive aferrado a las ilusiones bien podría recibir el título de iluso. Muy diferente de ilusionista, por quien el vulgo califica al hombre que hace ver cosas que no suceden en la vida real pero que provoca momentos de entretenimiento. Cuando se mira su espectáculo, inmediatamente el espectador se pregunta si no le vendrá mejor vivir en ese ámbito. Lo que no ha reflexionado es que en efecto lo está viviendo.
8. Cuando una misma ilusión ensancha el ánimo de una comunidad, todo puede ocurrir. Acaso la tiranía revele los alcances de esa ilusión.
9. El tratamiento oblicuo de las ilusiones conduce a metas impensadas. Los casos se cuentan por cientos. Un hombre se propone materializar una ilusión, toda su vida se encamina hacia ese cometido, aquella entelequia lo acompaña día y noche, la mira a lontananza, advierte sus contornos, sabe que está ahí, que podrá realizarla si se lo propone, y de pronto se percata de que en realidad el camino trazado ha sido diferente de su propósito. Se vuelve y donde cree contemplar jardines ve desiertos, y donde suponía la erección de árboles frondosos sólo percibe páramos desolados. Pero se aproxima y ahí mismo distingue la belleza. No era ése su propósito, pero ve algo mejor de lo que había soñado. Con una intensidad que le extrae lágrimas. Sin quererlo le ha dado un giro a su ilusión. Y ha salido ganando. Ha acrecentado el arte de la desilusión.
Lo ha alcanzado.
LA URTICARIA DE UN FILÓLOGO
Mi padre no fue un hombre amable. Seguramente a causa de provenir de una familia humilde, en la cual había que hacer cosas más importantes para ganarse el pan que fomentar las formas; seguramente porque desde niño tuvo que tocar el violín en la calle para contribuir al gasto familiar, careció de una educación refinada. Jamás lo oí dar las gracias o pedir las cosas por favor. Sencillamente eran palabras que no estaban en su vocabulario.
Creo que la educación es el aceite que permite que la maquinaria de las relaciones sociales camine sin escollos. Ser amable es ponerse en el lugar del otro. Pensar por un segundo que se es la otra persona, digamos el interlocutor. Que aquella persona merece nuestro respeto y consideración simplemente porque nos está escuchando, nos está poniendo atención, cuando sin lugar a dudas podría estar gastando su tiempo en otra cosa.
Es una persona educada, decimos de alguien cuyas maneras nos deja un buen sabor de boca. Y aquí la palabra amabilidad se traslapa con la palabra educación. Porque la persona amable siempre es educada. ¿O puede acontecer lo contrario, que alguien sea bien educado pero carente de amabilidad? Supongo que no, o acaso sea ésta la urticaria de un filólogo.
Una persona amable irradia respetabilidad, y la respetabilidad fomenta la aproximación. A simple vista pareciera que no. Que la gente respetable es más o menos odiosa. Que esa aura de respetabilidad es como una pared insalvable. Pero en realidad es lo contrario. Las personas amables son dignas de respeto porque podrían no serlo, podrían sumarse al gran contingente de individuos zafios que pueblan el mundo.
Pero, ¿depende de la voluntad de un hombre ser o no amable? Uno pensaría que no, que así se es, y punto. Como si la amabilidad fuese el color de los ojos, la estatura, el tamaño de las manos. La verdad es que la amabilidad se mama en el hogar. Exactamente como el lenguaje. ¿O no es cierto que los escritores abrevan de la lengua de sus padres el lenguaje que habrán de vaciar en lo que el día de mañana escribirán? Lo mismo acaece con el ser amables. Si los progenitores son amables entre sí, si son amables con las personas que visitan su casa, el hijo se percatará, desde luego inconscientemente, de las ventajas de ser así. Y lo aplicará a su vida.
Lo que es prodigioso es cuando una persona amable ejerce la grosería, la majadería. Porque entonces estará actuando. Principiará por hacer una selección de las personas con las que vale la pena ser amable, y aquellas otras que tratará con la punta del pie. Esta modalidad la practican bloques de individuos. Pues es su modo de divertirse. De hacerse odiar por un segmento de gente. ¿Por qué ser siempre amables?, se preguntan. ¿Por qué no poner un granito de sal a esta vida tan aburrida? Y así van, se conducen de un modo con alguien y del otro con quien no sea de su agrado.
La amabilidad, o la educación, como se quiera, es especialmente agradecible en un niño. Lo hace ver como un adulto, y eso causa gracia. Porque los niños no tienen por qué ser amables, educados sí, pero no más allá. No al grado de caerles bien a todos los que los rodean. Al revés. Más bien caen mal. Cuando un niño es demasiado amable, se piensa que algo trae. Que allí hay gato encerrado. Lo que ese niño está haciendo es darse cuenta de cómo funciona el mundo. De lo que puede obtener con unas gotas de buena educación.
UN POCO DE CARNE CRUDA NO CAE MAL
1. Se es original, cuando se es, por el ímpetu narrativo (o ímpetu creativo), siempre ajeno al narrador. No por convicción.
2. La carne cruda semeja la pasta narrativa con la que el escritor trabaja. Antes de comerse, habrá de sazonarse y cocerse; tal como lo hace el escritor con las palabras que las deja al punto. Conforme se cuece, aquella carne desprende el olor que inevitablemente despierta el apetito; de algún modo, se está a punto de comerse algo que fue un ser vivo; exactamente igual, conforme el escritor avanza, su trabajo desprende el olor de lo prohibido, que inevitablemente invita a leerlo. Porque el escritor se devora a sí mismo cuando escribe.
3. El escritor que siente que finalmente ha escrito una línea que sobrevivirá se engaña. No estaría en su mano reconocerlo. Exactamente como el amor; quienes se sienten amados se engañan. Y Dios, que es magnánimo, les concederá vida para confirmarlo.
4. ¿Qué significa concentración en literatura? Significa un mínimo de acción, de desplazamiento innecesario; y significa un máximo de intensidad, que es avanzar hacia dentro, hacia lo más profundo.
5. La literatura te pone en contacto con lo peor de ti mismo; la religión, con lo mejor. Escribe.
6. Debe haber una jerarquía entre los acontecimientos que se narran en un cuento; de tal modo que el principal desparrame su pulso sobre los secundarios. Mejor entre menos acontecimientos existan. Cuando los acontecimientos son extraordinarios apabullan al escritor. Entonces (el escritor) se quiere poner a la altura de lo que narra. Y siempre la vida le quedará grande. Como una gabardina cinco tallas más grande.
7. El escritor debe sentir en carne propia el rechazo editorial. Debe ponerse a prueba a través de negativas constantes. Cuando los escritores se quejan de que no hay quien los publique o de que las editoriales les cierran las puertas, deberían dar gracias de rodillas de que esto acontezca. Porque saldrán robustecidos de la experiencia. Cuando son verdaderos. Pues escribir, el acto de escribir, nace en contra de algo, contra lo mejor que cada uno de quien escribe tiene dentro, que es quedarse callado.
8. El escritor debe carecer de propósitos, de cometidos, de ambiciones. No debe proponerse nada. Ni conmover, entusiasmar o producir belleza. No debe ser presa de ningún deseo porque a partir de ahí escribirá para satisfacer ese deseo. Ni siquiera escribir por escribir. Es el único modo de eludir las complacencias.
9. Los escritores que se toman en serio ven su nombre escrito en la historia de la literatura. A partir de ahí la literatura los estará educando. Ya no son como son. Sino como la leyenda que quieren ser.
10. El escritor se siente enormemente complacido cuando deja volar su imaginación. Nada más peligroso para un narrador. Cuando su imaginación vuela escribe los ejemplos más conmovedores de la estulticia.
11. En literatura, el triunfo es mero espejismo. De ahí que el mejor lector es aquel que desdeña a la literatura. Y el mejor escritor, el que escribe contra sí mismo.
12. Entre la literatura y la vida hay semejanzas felices. Se da un paso, y otro, y otro más, y así sucesivamente hasta darle la vuelta al mundo y regresar al punto de partida. Del mismo modo, se escribe una palabra, y otra, y otra más, y así sucesivamente hasta terminar un libro, que es quedarse exactamente en cero, es decir, en el mismo punto en el que ese libro se originó. Porque el escritor ignora lo que ha hecho, desconoce el secreto de lo que ha hecho. De ahí que en la vida, y en la escritura, lo importante, lo verdaderamente importante, sea el viaje.
LA ARMADURA DEL CABALLERO
Lo mejor del amor es que se acaba. Única y nada más por esta circunstancia es posible valorar sus repercusiones.
El amor vuelve zafios a los de finos y atentos modales, de conversación hábil y mirada escrutadora; mentecatos a los inteligentes, esos que siempre están esperando el mejor momento para hacer reír a los demás; débiles a los de voluntad férrea, los llamados duros, y previsibles a los indomeñables. No es difícil adivinar en aquel individuo los estragos del amor. Se distrae fácilmente, todo parece haber pasado a segundo plano. Lo que antes atraía poderosamente su atención, ahora lo deja indiferente. Está enamorado y las cosas a partir de ahí adquieren otra dimensión –para él, la verdadera.
Lo que se torna difícil de creer es el hombre que por el amor pierde su voluntad. Ese individuo ha mutado determinación por enmudecimiento, bríos por docilidad. Come de la mano de su amada, y todo en torno pasa a segundo plano. ¿Dónde habrá quedado aquel hombre que asumía la vida con dignidad y pundonor?, habrá quien se lo pregunte. Y si lo mira más a fondo, verá en sus ojos que aquel brillo de ingenio y arrojo ha desaparecido. En cambio es posible descubrir cierta melancolía, cierta nostalgia. Una especie de brillo en proceso de extinción, porque algo en el fondo le dice que todo va a acabar yéndose por el caño. Que la vida, el destino, Dios, el azar, o como se quiera, le ha permitido asomarse al precipicio donde las cosas cambian de nombre, pero que no está en su mano perpetuarlo. Tal vez sea este convencimiento lo que provoca ese estado de levitación. Si tuviera la seguridad de que habría de ser para toda la vida, viviría en un estado de sobreexcitación continua. Pagado de sí al cien por ciento. Simple y llanamente, estaría aniquilado. Como vaca que será ejecutada en el rastro.
Sólo se valora el estado de libertad cuando el amor se ha extinguido. Primero sobreviene el desconcierto. Aquel hombre anda como desorientado. Como si de pronto perdiese la noción de los puntos cardinales. O la noción del bien y del mal. Sabe que las cosas no son lo que aparentan. Él viene de una situación extrema. Se ha jugado algo cuando cruzó ese campo minado. Pudo haber volado en pedazos. Se salvó porque su instinto de sobrevivencia le susurraba al oído dónde podía pisar y dónde no. En esa situación que vivió midió sus alcances respecto de la estulticia que lo habita. No salió fortalecido sino mal librado, y lo sabe. Y ya está esperando volver a atravesar el mismo tramo. Excepto si la libertad que ahora es suya se convierte en un acicate y no en un estancamiento.
La mediocridad va de la mano del enamoramiento. Porque el enamoramiento comprende cierto optimismo, cierta complacencia que termina por traducirse en una sonrisa de oreja a oreja. Ese hombre es fácil blanco de la comodidad. Tan fácil que es vivir. Tan agradable que resulta despertarse cada mañana pensando en qué momento habrá de toparse con la persona amada. Todo lo demás deja de tener relevancia. Trabajo, proyectos, planes, qué importancia pueden tener al lado de que tendrá aquellas manos entre las suyas, aquellos ojos a su disposición. Aquel perfume… Aquella caricia…
Todo mundo está en su derecho de trinchar el trozo de amor que le corresponde. Aunque cada quien quiere la rebanada más grande. Se lo merece. Porque el lado bueno del amor es compartible. Aquél que lo vive se ha puesto la armadura del caballero. Nada le puede pasar si el amor lo ha hecho suyo. Piensa.
UN TEMA PASADO DE MODA
1. En una carta fechada en Viena en 1812, Beethoven le dice a un amigo: “De no revelar su carta claramente la intención de hacer un bien a los pobres, habría considerado grave ofensa que viniese su petición acompañada de cifras. Nunca, desde mi niñez, pidió mi celo otra cosa que servir con mi arte al sufrimiento de los pobres; otra recompensa de la íntima satisfacción que acompaña al arte de la música”.
2. La vista de un individuo paupérrimo echa por tierra todas las buenas intenciones. La pobreza revela un estado de descomposición inocultable. Por más que la voz mediática hable de progreso, de igualdad, de compensación social, la pobreza pulveriza la demagogia. Porque delante del fenómeno de la pobreza las cosas parecen fracturarse. Todo lo que se conoce por confianza, las acciones legítimas que se emprenden en los campos de la educación, del suministro de empleos, se esfuman como por arte de magia.
3. Acaso Dostoievski ha sido el escritor que más trágicamente ha escrito sobre la pobreza. Sobre todo acerca de los sentimientos que genera. De cómo se constituye en una animadversión devastadora que a su paso –conforme va creciendo en el alma del pobre– se transforma en un manantial de resentimiento que genera primero envidia y luego venganza. ¿Venganza contra qué, contra quién? Por regla general venganza contra el adinerado. Aunque él no sea culpable de nada. ¿Cómo se articulan esos sentimientos demoledores? Dostoievski tiene la respuesta. Si algún estudioso quiere enterarse de cómo acontece esa escalada de dolor y confusión en la mente de ese hombre, que lea a Dostoievski. Nada importa que las condiciones sociales sean diferentes –por supuesto que ha habido cambios abismales de la Rusia del siglo XIX al México de nuestros días–, los sentimientos ruinosos son los mismos.
4. A nadie le gusta estar cerca de la pobreza. Porque un individuo –no estoy hablando de la sociedad sino del individuo– cuya indigencia es notable, provoca una suerte de repulsión en el otro hombre que lo contempla. Quien se preguntará: ¿cómo es posible haber tocado fondo de esa manera?, ¿qué rayos pasó para que se encuentre hundido en la miseria?, ¿qué estoy pagando, o por quién estoy pagando, la culpa de quién? Con esa serie de preguntas, aquel hombre está poniendo contra la pared el sistema de justicia y equidad que parece regir a la sociedad.
5. Hoy día, la pobreza está pasada de moda para los escritores. No se escribe más de la pobreza. Hay temas mucho más significativos –en el sentido de que venden más–, como el de los triunfadores, el de los exitosos, el de las mujeres que se desapegan de sus hijos y se convierten en mujeres emblemáticas por su poder de decisión, por su empuje en la empresa donde trabajan, por su capacidad para desplazar al varón en los puestos clave; el de los tipos que tratan de superar en todo a todos, y que se les hace poco; el de los que se lo pasan pregonando los valores de la ética y la moral y en casa maltratan psicológicamente a la esposa además de tener una amante para los fines de semana. Y cabría preguntarse por qué acontece esto: ¿de verdad ha disminuido dramáticamente, para bien, el número de pobres?, ¿o es que la literatura está sufriendo una especie de deshumanización?, ¿o es que las cosas están sufriendo una transformación radical?
6. La pobreza pende sobre los adinerados como la espada de Damocles. Hay que andarse con cuidado porque en cualquier momento se puede ser pobre. Qué ignominia.
METAMORFOSIS FEMENINA
Para Laurie Ann
La hija tiene el aplomo del que carece el hijo, si de apuntalar la figura del padre se trata. Si de proteger la casta. Aquel hombre no es querido por nadie tan intensamente como por su hija. Querido, respetado y admirado. Ni la propia madre –desde luego ni la esposa–, lo quieren de esa manera. Para que un padre colme la paciencia de la hija se necesita mucho. Primero le da la espalda la mujer, el resto de la familia, antes que la hija. La hija siempre estará ahí, al pie del cañón, celosa de la persona de su padre, vigilante de su salud y bienestar. Aun si no abre la boca. Porque cuántas se callan su opinión, cuántas prefieren la vigilancia antes que el conflicto.
Hijas ingratas las hay menos. Excepto si en algún momento de su vida aquella hija se sintió despechada como mujer. La mayoría de las veces la madre se encarga de envenenar el corazón de los hijos. Y le funciona. Sin contar con que no siempre la hija tiene la oportunidad de, a la vuelta de los años, buscar a su padre y echarle en cara lo que ella juzga como el abandono.
La hija sufre la muerte del padre hasta las últimas consecuencias. Es decir, aquel hombre desaparece de su vida, y esa mujer lo sigue rememorando con dulzura. Como si esperara verlo a la vuelta del día. Como si la estuviera esperando sentado a la mesa. Aquella hija vive con esa aprensión. Como si las leyes de la naturaleza se pudiesen modificar arbirtrariamente. Cuando una de estas mujeres evoca al padre muerto, todo cambia: los ojos se le llenan de lágrimas, la voz la traiciona, su piel se escuece, cruza la pierna izquierda sobre la derecha. Se alerta. Se prepara para hablar de su padre.
Hay que escuchar a estas mujeres cuando hablan de su padre. No saben por dónde empezar. Que si el padre las cargaba cuando eran chiquitas, que si las llevaba de la mano al parque, que si entraba a la casa cargado de regalos. O que si era un hombre hosco, que de repente se asomaba a la ventana y se quedaba mirando el vacío por horas. Que más bien no era dado a repartir besos ni regalos, lo cual es lo de menos. Que pasaba horas delante de la tele mirando el futbol y bebiendo cerveza, en su justo derecho porque toda la semana el trabajo no le permitía un minuto de descanso. O que si le gustaba tocar la guitarra, comer tortas de pierna, salir a pasear los domingos y encerar él mismo su automóvil.
Las mujeres se ven aún más hermosas cuando hablan de su padre muerto. Se transforman.
Cualquier padre sabe que siempre tendrá un lugar en el corazón de su hija. Esté vivo o muerto. Sabe que podrá aparecérsele a su hija en sueños. O que simplemente podrá venir del más allá y sentarse a platicar con ella cuando la noche acontezca.
Pero en la misma medida que cualquier mujer, la hija exige. Atención, ternura, palabras que alimentan el espíritu. La hija lo retribuirá con creces. Es el ser más dulce sobre el planeta. El padre sabe que está preparando esa persona para que el día de mañana otro hombre se la lleve. La está educando para que sea un enlace entre él y el próximo marido. Le está diciendo sí a la vida de esta forma. En nadie más ha centrado todo su conocimiento y su experiencia.
Es la mejor carta que le dio la vida.
EL MALETÍN DEL CÍNICO
El cínico le lleva enorme ventaja al resto de los hombres. Su categoría de cínico le permite adaptarse a las circunstancias más difíciles o embarazosas. No tiene que dar cuentas a nadie –como el resto de los mortales– de los actos que emprende. Para él, las cosas se acomodan a su modo de ver la vida. El que no quiera ajustarse a su criterio, que siga su camino.
El cínico se deja llevar por la corriente de los vientos. Nunca de los nuncas constituye un obstáculo. Descree de los preceptos que guían el criterio de los hombres sin criterio. Él le ve el lado bueno a la vida. Sabe que las cosas no tienen compostura, o en todo caso que otros se encarguen de arreglarlo.
Revisa la historia y advierte que los ganones siempre son los mismos, es decir quienes sospechosamente creyeron en sus ideales. Para que a la vuelta del tiempo traicionaran sus valores. Ese ir y venir lo pone contra la pared. Mejor ser un cínico, se dice. Mejor no creer en nada, ni en uno mismo, se repite. Y dejar que la vorágine de los conflictos arruine los sueños de los idealistas, de los que mueren por sus convicciones.
El cínico lleva en la mano su verdad, que incomoda y provoca malestar en unos y urticaria en otros. La exhibe en los momentos álgidos, a modo de una cuchilla despiadada pero envuelta en fina seda. Cuando ninguno de los interlocutores se la esperaba, la muestra. Todos se vuelven a mirar aquella arma. Su palabra es invencible. Y quienes lo rodean lo saben. El hecho de no tomarse las cosas en serio, lo hace resbaloso, como el cuerpo de los gladiadores. Porque los abanderados de la verdad son enemigos acérrimos de enfrascarse en una contienda donde lo único que priva es la inteligencia corrosiva, no la erudición ni mucho menos la solemnidad.
Los mortales le tienen envidia a los cínicos. Saben que atrás de cada cínico hay un alma que les puede brincar a la yugular. Un enemigo en potencia. No entienden cómo un cínico logra sobrevivir. Revisan entonces su cuenta bancaria. Miran con desconfianza su automóvil último modelo. Si él tiene todo, cómo es posible que un cínico –a quien no le quitan el sueño los avatares del consumismo– lo sobrepase, se burle de él.
El cínico desconfía de todo, incluso del amor. No ve en el amor más que una forma de esclavizarse. Él, que defiende su libertad a costa de todo y contra todos, advierte en el amor un guiño de la heroicidad. Asume que tras lo actos épicos, el amor es capaz de filtrarse. Entonces denuesta del amor. Lo hace a un lado y se dispone a lo que viene.
El cínico hace de cada día el colmo del aburrimiento. El mundo se puso delante de él para que lo viviera. Pero cada día es exactamente igual que el anterior. Aunque cada día le provoque connatos de sonrisa. Nunca de melancolía.
La palabra riesgo no entra en el vocabulario del cínico. Quien tiene los pelos de la mula en la mano no tiene por qué arriesgarse. Otras palabras constituyen su acervo cotidiano: epicureísmo, placer, vuelta en U. Porque ese insignificante peldaño que va de una situación a otra que acaso se torne trágica, el cínico la identifica de inmediato y prefiere seguir su camino. Ahora es él quien sique su camino.
De esta forma, sin quererlo, el cínico da lecciones de vida. Este cometido no figuraba en su manual del cinismo, pero al fin y al cabo a él le viene bien.
LOS PRECIOS DE LA LENCERÍA
Ser superficial no cuesta ningún esfuerzo. Por eso los superficiales son longevos. Aquellos ancianos de excelente buen humor –son adorables– siempre se inclinaron en la vida por la superficialidad. En cambio los frívolos son incapaces de llevarse la fiesta en paz. Siempre están buscando el modo de sobresalir, aunque sea con la máscara de pasar inadvertidos.
Se llega a la frivolidad por la vía del conocimiento, la inteligencia, la sensibilidad o el dolor.
El frívolo puede ser superficial en el momento que se le antoje; el superficial no puede ser frívolo. Carece de esa suspicacia.
El frívolo provoca admiración; el superficial, aburrimiento.
Nada más peligroso que una mujer frívola; sobre todo cuando navega con bandera de superficial.
La frivolidad de Wilde es única e irrepetible. Llevó la frivolidad a tal altura, que se tornó profunda –la factura todavía la está pagando.
El frívolo no se toma en serio ante los ojos de los demás porque de los hombres es quien más se toma en serio. Pero es un maestro en el arte del ocultamiento. Lo que genera en derredor es confusión: los superficiales lo tildan de banal, y las mujeres de encantador.
El superficial cree que siempre tiene la razón.
El frívolo hace un platillo de sus errores, y lo pone a la mesa para la degustación de los comensales.
Los superficiales miden el alcance de su superficialidad cuando cuentan los pasos de la bailarina. O las sílabas del endecasílabo. Es el límite del ejercicio de la superficialidad –el cual llevan a cabo de forma espontánea; si lo hicieran deliberadamente serían frívolos.
En el momento en que el superficial se advierte como superficial, se vuelve frívolo. Lo que asume con una gran sonrisa. Es el alpinista que llega a la cima y no hay nadie para recibirlo. La cumbre del anhelado fracaso.
El superficial es solemne, y cree que el mundo está hecho a su medida. El frívolo sabe que el mundo está hecho a su medida.
El frívolo sabe que ciertos gestos tienen aún más elocuencia que la palabra. Su mejor consejero es el espejo, y de cuerpo completo mejor todavía.
El superficial pone énfasis en sus palabras, sobre todo cuando, zafio, las considera profundas.
El superficial recita un poema en el momento en que nadie se lo espera, porque piensa que así no será considerado superficial.
El frívolo jamás recita un poema, excepto si lo inventa en ese momento y se lo adjudica a otro; es decir, excepto si es para reírse de sí mismo.
Para que el frívolo sobreviva, necesita del superficial. Es el mérito del superficial.
El frívolo defiende su semblante; el superficial, sus facciones.
El superficial sueña con la lencería; el frívolo sabe los precios de la lencería.
El superficial permanece superficial toda su vida. Para él no es cosa de mérito. Si hubiese doctorado en superficialidad, el frívolo se llevaría el galardón.
Se nace superficial. La frivolidad se advierte a lontananza no como un premio sino como el colmo de la fatalidad.
UNA ADICCIÓN INCONFESABLE
Para Leopoldo Lezama
El ensimismamiento obliga a quien lo ejerce.
Todos somos adictos a ensimismarnos –que no significa encimarse unos encima de otros. Aunque bien visto podría ser que la imagen no sea tan disparatada.
Como sea, el ensimismamiento va a la par de la introspección. Hay una actitud de fondo, cierta gesticulación inequívoca. El ensimismamiento le ordena al cuerpo que se contraiga, que ubique su centro de gravedad, el plexo rotundo, y que hacia allá tienda todos los vectores. Los vectores que le indican a un cuerpo qué actitud tomar. Porque no es lo mismo los vectores en línea recta, tensos como terminales nerviosas, que anuncian un cuerpo dispuesto a la carrera de los cien metros, que la tensión dramática del cuerpo del violinista a punto de tocar el primer acorde en un concierto con el auditorio abarrotado de gente.
Nadie se atreve a interrumpir a un hombre ensimismado. Quizás esté en el sacramento de la confesión –se dirán algunos. Quizás esté en ese proceso multívoco que se denomina yoga. O tal vez esté emprendiendo un viaje sin retorno. Como sea, cada vez que se interrumpe a un hombre ensimismado, se quiebra una nuez universal.
El hombre ensimismado –ensimismado en sí mismo, ¿es un pleonasmo, una tautología, un disparate decirlo?– nunca está solo; siempre está consigo mismo. ¿A la espera de qué? ¿De una idea?, ¿de un recuerdo?, ¿de una sensación?
El ensimismamiento tiene que ver con la edad. Una vez rebasados los, digamos, veinticinco años –edad crucial en la vida de un hombre, acotó san Agustín, y lo sublimó Beethoven– el hombre tiende a ensimismarse. Como las víboras, a cambiar de piel. Ha dejado atrás la piel de la superficialidad, y ahora se ve impelido a mirarse a sí mismo.
Todo hombre ensimismado lleva consigo un espejo de cuerpo entero. Un espejo que sólo y solamente y nada más ese hombre ensimismado contempla. Es un interlocutor, su interlocutor. Con él establece pactos y límites. Te veo pero de aquí no me hagas pasar. Me ves, pero no rebases esta línea.
El ensimismamiento tiene que ver más con los hombres que con las mujeres.
Las mujeres son dueñas de su tiempo. Valoran su tiempo de otro modo. Le dan a cada segundo –iba a escribir a cada nota musical– un peso específico determinado. El que tienen. Y no están dispuestas a conversar con su otro yo, sin ningún cometido a posteriori.
Porque ésa es otra. ¿Qué espera el individuo ensimismado si no es conversar consigo mismo, obtener una ganancia explícita de esos largos minutos vuelto hacia sí mismo?
Acaso la palabra ensimismamiento es de suyo de las más claras y felices por su estructura: ensimismamiento= en sí mismo. ¿Y qué habrá de entenderse, qué habrá de interpretarse de estas tres palabras?, ¿algo tan profundo que no resiste la anfibología? Seguramente. Porque todos hemos aspirado a concentrarnos en nosotros mismos, a dejar de lado lo que significa la abundancia y el exceso. Sin detenernos en lo que la palabra ensimismamiento lleva en su semántica, en su cambio de significados. Que no existen. Es unívoca.
El ensimismamiento no significa tristeza. Tal vez por eso las mujeres son poco afectas a ensimismarse, porque la tristeza parece atraerlas como fragmentos a su imán.
El ensimismamiento conduce directamente a la libertad y el descubrimiento, porque se practica en la soledad –en la bendita soledad, como quería Rilke y como enfatizó Nabokov.
RECETARIO DOMÉSTICO
1. Sé tolerante; lo que implica descubrir el lado noble que contiene aun el texto más deleznable. No hay que darle muchas vueltas para descubrir ese lado noble: el ejercicio de la escritura. Es el primer paso. Escribir. Se da ese paso y se da el siguiente, y así hasta darle la vuelta al mundo. Que se tenga talento o no es otra cosa. Pero el acontecimiento de aplicar la fantasía para conformar un texto ya implica cierto arrojo, cierta búsqueda. En un taller de creación literaria es lo que hay que imbuir. Nadie con la cabeza bien puesta exigiría obras maestras, ni siquiera medianamente pasables.
2. Comparte poemas, cuentos, fragmentos literarios que juzgues superiores y que a ti te hayan arrojado luz. Honrar es el único modo de sobrevivir. Cuánto placer implica poner en las manos de otro aquella novela, aquel cuento que desde tu óptica distingas ejemplar. No hay ninguna diferencia entre este acto y compartir un buen vino, un platillo soberbio. Cantidad de veces el camino ya está abierto. Los maestros se encargan precisamente de eso, de abrir brecha. Mostrar esos textos te ahorra palabras inútiles.
3. Sé sutilmente franco. Pero no bajes la guardia. Se puede ejercer ese doble filo: externar tu opinión con franqueza pero no de un modo brutal. La violencia innecesaria se castiga, aun en el futbol llanero.
4. Reprueba la crítica acerba. Porque el escritor bisoño que asiste a un taller lo hace con el ánimo de aprender, no de que lo apaleen. Poner los puntos sobre las íes en cuanto al modo de blandir la crítica le corresponde al coordinador. Cuando la crítica es demoledora el criticado no escucha. Se pasma. En el fondo es una crítica obscena.
5. Prohíbe los aplausos –no es un recital, es un taller de creación literaria. Si algo hay perfectamente kitsch en un taller es el aplauso. En primer término porque no hay texto que se lo merezca, y, en segundo, porque el aplauso es la hipérbole, el elogio desmesurado.
6. Haz de la incomplacencia tu chaleco antibalas. Descubre el error aun en el texto perfecto –porque no hay texto perfecto. Desde la primera palabra del texto que tengas ante tus ojos, destaca el error.
7. Empéñate en encontrar precedentes en los textos de los participantes. Uno de los cometidos de un taller literario –quizás el principal– es bajarle el volumen a la soberbia. De ahí la recomendación de que se deje la camisa de fuerza del amor propio en la entrada. Para nadie es novedad que el escritor se pasea en los hombros de la fatuidad. Señalar los precedentes literarios de cualquier texto contribuirá a que aquel vacuo pierda el equilibrio y caiga estrepitosamente.
8. Dispón lecturas neutras en voz alta –es taller de creación literaria, no de actuación. Las lecturas dramatizadas no son bienvenidas en un taller de esta naturaleza. Porque el que escucha se deja contaminar por el modo de leer del autor, y confunde una cosa con otra.
9. Sé puntual –es el único ejemplo que puedes dar.
10. Calla, si hay que callar; escucha, si hay que escuchar. Pero no escribas.
11. Regla de oro: no recomiendes tus propios libros ni leas en clase para demostrar, según tú, el buen empleo de tal o cual recurso.
12. Sé cauto con lo que digas, si te ves obligado a hablar. Porque aun las palabras más hueras, van a dar a oídos atentos. En un taller de creación literaria siempre hay alguien pendiente de tus palabras. Después de todo, eres el coordinador, y esa palabra equivale a general de división. Para algunos.
TAN FÁCIL QUE ES PROVOCAR ENVIDIA
El recato en un hombre equivale al encanto en una mujer.
Pocos individuos ejercen el recato. La inmodestia, la imprudencia en cambio generan expectativas. Crean una situación que habrá de resolverse de alguna manera. Generan.
El recato alimenta el espíritu. Cuando un individuo es recatado, los demás prefieren pasarlo por alto. Saben que con esa persona no irán a ninguna parte, desde el punto de vista del hombre exitoso. Pues nadie más alejado del éxito que el individuo caracterizado por el recato.
En el ejercicio del recato, las cosas adquieren otra dimensión. Acaso la de Aristóteles. Acaso la de Horacio. Acaso la de Quintiliano. Acaso la de Alfonso Reyes. De aquellos pensadores cómplices de la más alta retórica.
El recato va de la mano de la introspección. Un hombre recatado es un hombre prudente. Y un hombre prudente es aquel que prefiere contenerse. Y pensar antes de actuar, de abrir la boca más de la cuenta. Esto es, un hombre recatado sopesa las palabras antes de pronunciarlas. La boca se le tuerce por escupirlas, por arrojarlas lejos de sí y colmar el ámbito; pero sabe –lo experimenta todos los días– que la prudencia es mejor consejera. Cuántas veces la prudencia lo ha mantenido a salvo de cometer o decir cualquier improperio que lo haga denostar de sí mismo; prefiere callárselo. Es un buen tema sobre el cual podrá reflexionar cuando esté solo. Que es casi siempre. Pues el recato es ángel guardián de los solitarios. De los que caminan a solas en medio de la multitud.
El recato provoca envidia.
Aquel individuo que se encierra en su mutismo es calificado por los demás como timorato, pávido. ¿Por qué no habla?, se preguntan cuando la discusión sobre política, futbol o religión alcanza los cien grados de adrenalina. ¿Por qué no abre la boca dice lo que piensa y siente?, se cuestionan los que lo rodean. Ignoran que mientras ellos dicen pavadas y desgañitan ver desfallecer, él, el prudente, piensa sobre el arte vacuo de hablar, cuando de decir banalidades se trata. Pero no sólo eso. Por ahí empieza y se sigue, sembrando la tierra fértil de su cerebro. Que esperen las semillas del silencio como la parcela al rocío matinal.
El recato, la modestia, la prudencia, abren las puertas del alma.
El hombre prudente está dispuesto a escuchar. Siempre. Inequívocamente. Los más graves secretos que le han contado permanecerán en su interior como en un cofre de manuscritos ininteligibles. Si acaso alguien lograra tener en sus manos aquellas hojas amarillentas, no podría leerlas. Así es el corazón del prudente. Un pequeño estuche sin llave posible.
En la mujer el recato es doblemente valioso. Porque la condición femenina es opuesta a la prudencia. No hay mujer que, bajo la presión de la codicia, no revele los secretos que pueblan su corazón. Es como si rasgar la cortina de la prudencia la dotara de otras armas. Más fuerte que la bendición del recato. La mujer compara los beneficios de la imprudencia con los del recato, y se inclina por los del placer que, en su ser más profundo, provoca el morbo. El placer de manifestarse en acre intimidad.
Hay pueblos que se distinguen por ser recatados. Comunidades que pueblan el paso del tiempo a través de los escritores. Ellos son los que se encargan de recoger y guardar secretos multívocos, que yacen en boca de todos. Son naciones que han sido golpeadas por sociedades opuestas a la modestia. Enemigas del recato y la modestia. Y cuyos escritores, en este caso, les echan en cara la desfachatez y el desdoro.
LA LLAVE MAESTRA
La imaginación va un paso delante de nosotros.
Entre más echemos mano de la imaginación, el mundo cobrará su dimensión verdadera, porque será la nuestra.
La utilidad de la imaginación radica en que termina de armar las cosas que dejamos inconclusas. Que son las que más abundan. Por donde transcurrimos, vamos dejando rastros inequívocos de nuestra presencia. Pero siempre rastros incorpóreos, que exigen ser concluidos. Basta con dar media vuelta, para advertir tantos errores.
Los hombres con imaginación descuellan por encima del resto. No es difícil distinguir a un hombre dotado de imaginación. Sus labios escuecen por decir palabras, por tejer historias, por desentrañar la condición humana en cualquiera de sus formas: plástica, literaria, musical.
Los escritores cuentan con dos recursos para la elaboración de su trabajo: la solidez que otorga la estructura, y la solvencia que brinda la imaginación. Una se apoya en la otra. Se complementan y se enriquecen en forma simultánea. Quien nada más posea imaginación está perdido. Sus dotes irán a dar al bote de la basura. Pues la imaginación exige ser aplicada. Que adquiera cuerpo. Materia prima. No basta con imaginarse ser el mejor pintor de México. Hay que demostrarlo.
Pero asimismo el hombre sin imaginación se seca. Por más granítica que sea su estructura, al cabo del tiempo aquella losa de granito sufrirá las consecuencias del abandono. No basta con la inteligencia en estado primitivo, educada en la adversidad o echada a perder en los pupitres de la academia.
La inteligencia necesita ser regada con la lluvia de la imaginación.
La imaginación aporta su dosis de baño refrescante al hombre apabullado por la cotidianidad aplastante. Porque aquel hombre despliega las alas de sus sueños y remonta el vuelo. Cuando sea y donde sea. Su imaginación le permite relajarse, imaginarse que contempla el mundo desde una cima; que navega en el Pequod a la caza de la ballena blanca bajo las órdenes de un desquiciado, que mira la Tierra desde una nave espacial de la cual él es piloto.
El hombre que le teme a su imaginación se confunde. La imaginación es la llave que abre el propio corazón. Cuando el corazón se encuentra en estado de putrefacción, es cuando la imaginación le puede inocular frescura y salvarle la vida a ese hombre.
Cuidado con que la imaginación se desate en la pluma de un escritor. Tendrá que ser muy firme para mantenerla bajo su dominio. Apoyado en el contrafuerte de la estructura y el estilo, el escritor debe domeñar su imaginación, no al revés, Así las cosas, la imaginación es la peor consejera de quien practica el oficio escritural. Porque el ejercicio de la imaginación es insaciable. Y siempre estará exigiendo más. Un párrafo más, una línea más. Hay que ser muy audaz y astuto para cortarle las alas a la imaginación.
El hombre imaginario es el otro yo del hombre con imaginación. Cada hombre conferido de imaginación, lleva consigo su hombre imaginario. A todos lados. Y lo contempla desde que se mira al espejo por las mañanas. Le abre su corazón a ese hombre imaginario. Suele charlar con él en las horas más impensadas. En las juntas con el jefe. En el momento en que escucha las diatribas de su mujer. En el largo camino a casa. De ese yo imaginario no espera más que la verdad. Por eso hay el que acude a él tan de vez en cuando. Porque la verdad de uno mismo es la más rotunda y despiadada. Y no siempre se está de humor para escucharla. Aunque no falta el que se ríe de sí mismo con su hombre imaginario. Sólo el de alma grande lo hace.
EL ARTE DE SER PERRO
A la memoria de Lula
Al contrario que los perros, los hombres estamos educados para el ejercicio de la traición y la ingratitud. Para brincar a la yugular a la menor oportunidad, o volver la cabeza cuando el amigo nos necesita. Para escoger el camino más fácil entre la solidaridad y la indiferencia no nos quebramos la cabeza. Estamos formados para dar media vuelta cuando las cosas se complican.
Amamos a los perros porque se dejan acariciar. Todo el tiempo, en cualquier circunstancia. Ante quien sea. Delante de quien se trate, no importa en dónde se esté. El perro colabora en esa caricia. Sabe que en el fondo toda caricia es una suerte de complicidad. Esa caricia no acontece impunemente.
Dice Borges. El hombre que acaricia a un animal dormido –por animal dormido yo asumiría que se trata de un perro– está salvando al mundo.
Amamos a los perros porque son tiernos. Pocos ojos tan expresivos como los de un can. Más allá de la obtusa discusión respecto de si los perros tienen o no alma, los ojos de un canino cuando nos miran delatan la quietud del lago que yace en la más honda profundidad de ese ser.
Amamos a los perros porque descubrimos en ellos aquello de lo que nosotros carecemos: la paciencia.
Hoy día, el adiestramiento de la paciencia ha pasado a mejor vida. Todo mundo tiene prisa. Todo mundo anda a la carrera, sin tiempo para escuchar una confesión. Sin un par de segundos para ponerlos a disposición del interlocutor. La paciencia exige humildad para escuchar sin juzgar. Para no tomar partido.
Quien habla con un perro es hombre sabio. Puede detenerse a hablar por horas con él. Durante una caminata o en la soledad de su casa. Cuando nadie atisbe. Sentirá un bálsamo al instante. Como un alivio que cayera del cielo.
Amamos a los perros porque ellos nos aman sin escollos de clase, condición sine qua non para amar a una persona desde la óptica clasemediera de nuestro tiempo. Quién no lo sabe, los perros brindan amor sin prejuicios de clase. Nada importa nuestro aspecto. Si usamos ropa de marca o garras. Menos la elegancia les dice cosas. Los impele o los detiene. Carecen de prejuicios a favor o en contra. Y ni el estado de embriaguez flagrante, o de adicción consumada, provocan un centímetro de alejamiento.
El hombre que ama los perros posee una exigencia difícil de complacer. Pero que él la vuelca hacia el exterior. Es la sed de compartir las beatitudes de la vida. Un hombre que ama los perros da mucho porque exige mucho. Da silencio y paz. Porque es lo que espera de los demás. Es lo que le da el perro sin poner condiciones.
El hombre que ama los perros camina con la frente en alto. Sabe que su perro no le guarda rencor, le haya hecho lo que le haya hecho; pues cuántas veces la frustración, la desesperanza, el desconsuelo, generan violencia, malos tratos, inequidad. Que ese perro tiene la capacidad de perdón que un hombre –que él mismo– no tendría jamás.
El hombre ha devuelto ese amor de muchas formas. La primera y la más importante, amando a su perro. Adecuando su vida a la de él. Pero ha habido más.
La literatura es copartícipe en el amor al perro. Desde épocas remotas, la literatura ha elevado el arte de ser perro. De Homero a Paul Auster, de Dostoievski a Jack London, escasísimos escritores han resistido la tentación de acariciar a un perro a través de su palabra. De hecho, ha sido aún más ponderado que la mujer misma. Porque no tiene defectos.
SOLEDAD EN PEQUEÑAS DOSIS
Sólo bajo el manto de la soledad, un hombre conoce sus posibilidades –y limitaciones.
La soledad impele.
La soledad ubica a un hombre en su verdadera dimensión. Lo hace sentirse grande, cuando de verdad lo es; e increíblemente débil, igualmente cuando lo es. Esto es, la soledad le devuelve a ese hombre su rostro sin careta alguna.
Las mujeres resisten la soledad con mucha mayor entereza que los varones. Porque están preparadas emocionalmente para hacer frente al mundo desde el púlpito del aislamiento. Toda la vida lo han padecido, sin chistar.
Los hombres huyen de la soledad, como si fuera una peste. Se miran a sí mismos desvalidos, arruinados. A las primeras horas que pasan en soledad, la angustia los carcome. No están educados a vivirla. Carecen de respuestas. Preguntarse qué harán los próximos minutos quiebra su estructura. Es una pregunta que les llueve desde un cielo negro y hostil. Una pregunta maldita, que se repite ad infinitum, cada vez que esos cinco minutos transcurren. Rebasa su capacidad de sobrevivencia.
Precisamente porque la soledad empuja al individuo hacia el descubrimiento de sí mismo. A hurgar en su interioridad. Ningún otro vector tan impío. La soledad atraviesa el entendimiento de un hombre hasta pulverizarlo.
La soledad es un estado de gracia. Bajo el imperio de la soledad, las ideas bullen y se enciman entre sí. Porque la soledad extrae lo mejor de un hombre, que es su razonamiento.
Con la soledad como única acompañante, un hombre piensa. Da cuenta de lo que ha sido su existencia. Pone en una balanza los principales acontecimientos que, buenos o malos, para bien o para mal, le ha tocado vivir. Y la soledad –siempre y cuando se trate de un hombre honesto consigo mismo, que es lo más difícil de alcanzar– no le permite esquivar respuestas. No sólo es inclemente; también es implacable.
El hombre habla consigo mismo a través de la soledad.
Cada mañana que ese hombre se mira al espejo, a quien está mirando es a su soledad. Que lo devasta. Lo hace trizas. No son más que unos cuantos minutos. Acaso segundos. Sesenta segundos. En los que ese hombre se formula preguntas esenciales. Cuya respuesta ninguno otro sabría. Es la sabiduría que la soledad proporciona, aun más que la más confiable terapia O el más elevado sacramento de confesión.
La soledad se concentra en un solo punto. Se desparrama de un extremo a otro de aquella obstinación y termina anclándose en un punto nodal. Si un hombre ha llegado hasta este sitio, el camino a la muerte le será menos arduo.
Beethoven vivió siempre en la soledad. Lo acompañan en ese estado de beatitud, Brahms y Chaikovski.
También se llega a la santidad por la práctica constante de la soledad. Porque la soledad desgaja. Obliga al protagonista a despellejarse. Finalmente, la soledad es insobornable –de lo poco insobornable que queda. Devuelve la peor cara: la de quien se sabe descubierto. Avistado desde un ángulo que no tenía contemplado: su propio yo. Que es el más atroz de sus yoes.
Lo mejor de la educación es que se practique la soledad como método de aprendizaje. Vivir la soledad es como sumergirse en un estanque de agua helada. Que todos los nervios se excitan, hasta que la templanza termina por imponerse.
Soledad: sol al que se llega por la edad.
Cuando un niño advierte el desamor que se ejerce en su persona, está atisbando el corazón mismo de la soledad. Porque las mejores prendas de la soledad son el autodesprecio, la baja estima, la flagrante y acuciante derrota. Bajo ese atuendo, la soledad no da lugar a equívocos.
VECINAS DE CUNA
Virtud cardinal que consiste en moderar los apetitos, define el diccionario a la templanza. Entiéndase por cardinal, dos elementos: fundamental y primordial.
Pero es mucho más que eso.
Pocos hombres pueden moderar sus apetitos. Porque el hombre es proclive a los excesos. Nada como el exceso atrae con tanta fuerza.
Se educa para la templanza. Ningún progenitor con la cabeza bien puesta sobre los hombros, sería capaz de educar a su hijo en el camino de la perdición. Pero atrás de la palabra educación viene otra, que de suyo provoca temor: la pasión.
Templanza vs. Pasión.
No es necesario saber mucho para adivinar hacia qué lado se inclinan los hombres.
Los excesos se avistan como la tierra prometida. Como el oasis en el desierto, cuando, paradójicamente, todo se daba por perdido. Los excesos están ahí, atrayendo poderosamente aun al hombre de sangre fría. Ese individuo se aproxima sigilosamente y prueba. Y toca. En ese momento, la contención se va al diablo.
La templanza detiene, y propicia la reflexión. Durante la templanza, en ese tramo particularmente espinoso, el hombre realiza un acto de conciencia. Se mira en el ejercicio de los excesos y se pregunta cuál es su destino. Desfilan delante de él instantes de intensidad luminosa y apabullante, que lo han acercado al conocimiento de sí mismo. Se mira desde su conciencia, medita y concluye. La templanza –quizá ni siquiera acuda a su cabeza esta palabra– se levanta delante de él como un muro infranqueable. Claro que cuesta trabajo. Enorme esfuerzo remontarlo. Porque lo que hay más allá es nada. El hombre en su absoluta esencia. En contraposición con los excesos, qué significa la esencia.
El hombre en su esencia más cruda y acre decepciona más que ninguna otra cosa. Sobre todo a sí mismo. La templanza le permite tener una visión despiadada de su persona. Así soy. Sin afeites ni caretas. ¿Podría pedir más? Pero no todo mundo está conforme con lo que es.
Bajo el manto de la templanza, se robustece el carácter. El hombre que se pone la armadura de la templanza, es un hombre fuerte. Para vencer las incitaciones tiene que revestirse de aplomo. Dejar que los excesos revoloteen en torno y mantenerse impertérrito.
Mas la templanza y la pusilanimidad son vecinas de cuna. Cuántas veces, ante el exceso humeante de apetitoso, no se da el siguiente paso no por una convicción sólida sino por mero temor. Aunque posiblemente el resultado sea el mismo –la contención–, en el caso de la mediocridad la satisfacción no existe.
Cuando se elude el exceso en virtud de un ejercicio de voluntad férrea, aquel hombre crece. Cuando se elude el exceso en aras de un temor pusilánime, la estatura de aquel hombre decrece hasta perderse en el horizonte.
Hay que detenerse de un asidero cuando los excesos llaman con toda su melódica voz. O taparse los oídos.
Pero los hombres educados en la templanza, que han optado por ella a lo largo de su vida, acaso se pregunten si han hecho lo correcto. Y aquí sí no hay respuesta universal. Sí, has hecho bien, se responderán algunos. Quienes no han visto el mundo en su maquinaria implacable. Que avanza y a su paso muestra la vida en todos sus matices. Quizás el secreto estribe en que hay que probar de todo. El secreto para no terminar siendo un costal pestilente de amargura. Probar de todo como lo hizo Liszt, que enseguida de una noche de lujuria desatada, se fustigaba para resarcirse a los ojos de Dios. Como sea, situarse en el extremo de la templanza o de la pasión, impele al arrepentimiento. El único maestro.
EL ARTE DE MENTIR
“Para decir mentiras y comer pescado hay que tener mucho cuidado”, decían los abuelos. Y seguramente hay mucho de cierto en esto.
Mentir es una prueba de fuego, y no hay quien salga bien librado. Tarde o temprano, aun la más ingeniosa mentira sale al aire. Pero en idéntica medida, mentir es un deleite. Nadie, o muy pocos –digamos los pusilánimes– no disfrutan cuando mienten. Al momento de mentir, la boca ensaliva. Es una sensación que va colmando los sentidos, en particular el del gusto. Porque la mentira se disfruta aun antes de pronunciarla. El cuerpo se va preparando para brincar a la yugular de la víctima.
A veces hay mucho tiempo para urdir una mentira, y de pronto surge de forma casi tan espontánea como un reflejo.
Cuando la mentira se arma como una maqueta –¿no toda maqueta es una mentira?–, que lleva su tiempo arquitecturar, que paulatinamente va creciendo ante los ojos de su creador como cualquier obra que se respete, significa una proeza. El hombre que la forja tiene la obligación de calibrar los riesgos que implica su construcción. Habrá de antever por dónde puede reblandecerse la estructura, ceder a la presión (interna o externa; más peligrosa todavía la interna), derrumbarse como castillo de naipes. Precisamente ésa es la mentira que lleva sus horas de trabajo acometer. Y que va creciendo ante los ojos de su instigador hasta que lo rebasa. Es la mentira que más ponzoña contiene y despide. Suele haber un momento que hasta su mismo creador se espanta de lo que ha hecho. Porque son mentiras de consecuencias imprevisibles.
Las mentiras espontáneas son igual de imprevisibles, no importa cuáles hayan sido las intenciones de su autor. Surgen como el resplandor de un relámpago en la mentalidad de quien las piensa. Acaso menos. Y tal instigador ni siquiera se pregunta las consecuencias, cuando la frase ya está dicha. Pero este tipo de mentiras generalmente no van inoculadas de veneno, apenas de la mínima dosis de carroña –para que sea mentira. Pueden obedecer a un espíritu de envidia o de competencia no resuelta. A veces se trata simplemente de salir del paso. Un sí estuve ahí cuando no hay tal, un eran las seis de la tarde en punto cuando ni idea se tiene de la hora que era, ponen al mentiroso contra la pared. ¿Y si se dan cuenta? ¿Y si me caen en la mentira? Bueno, yo creo que no –se dice para consolarse.
Los sabios apuntan que no hay día que el hombre no mienta, y, según Borges, varias veces al día. A veces hasta siete (¡siete mentiras por día!, no se necesita entrenamiento propedéutico). Mientras que Stendhal afirmó que en el arte de mentir las mujeres les llevaban a los varones kilómetros andados.
Es posible. Aunque la diferencia estribaría en las razones para mentir. De entrada, lo mismo privan razones aviesas que piadosas. Maestra de la mentira fue Madame Bovary. Y, cosa curiosa, el semblante de Flaubert todo refleja menos un experto en la mentira. ¿O será que todo escritor lo es, por más cara desprovista de maldad que posea?
La mentira acerca a los hombres, cuando menos a los varones adolescentes. Basta mirarles la cara de fascinación que tienen cuando uno de ellos narra sus experiencias con la novia. Todo mundo sabe que es mentira lo que aquél cuenta, pero lo hace de un modo tan sabroso. Que finalmente es lo que se quiere oír. Como la mentira de Orson Welles. La más grande que haya habido. Más honor merece Welles por esa mentira que por su Citizen Kane.
UN DIAMANTE DE CADA PALABRA
Para Jaime Aljure
Hablar no es conversar. Se habla y se habla, por cualquier pretexto y a la menor oportunidad; pero no hay nada más alejado del arte de la conversación que hablar sin ton ni son.
Escuchar a un buen conversador es un privilegio. Buenos conversadores –cuyo arte ha llegado hasta nuestros días– lo han sido Borges y Yourcenar, Marguerite Duras y Mircea Eliade. Basta leer sus entrevistas. Que es decir sus libros de conversaciones, y Anton Rubinstein entre los músicos –mérito por partida doble, los músicos, tan apartados de la conversación.
El buen conversador hace un diamante de cada palabra. Es, pues, como un músico. Pensemos en una conversación como en una sonata para piano. El intérprete por antonomasia sabe que no puede desperdiciar –despreciar, sería más apropiado decir; descuidar, acaso– una sola nota. Porque aun la más simple y anodina nota –que no las hay– tiene un peso específico en el corpus de esa sonata.
El mal conversador –que son la mayoría de los parlantes– habla sin reparar en la belleza de las palabras. En su gravedad por su significado y su prosodia. En su relevancia. De hecho, jamás se pregunta por el origen de los vocablos, por su divinidad. Los utiliza indiscriminadamente, como un surfista utiliza las olas.
El arte de la conversación conduce directamente al placer. Nada tan agradable para el espíritu crítico como entablar una buena charla. Todos los sentidos se alertan para ese deleite. Aun los que en apariencia no tuvieran nada que ver. Porque una buena conversación se apropia paulatinamente de la voluntad, lo mismo de quien habla como de quien escucha. Y el apetito por la belleza no se termina jamás. Quien escucha al buen conversador quiere más. Y más. Se torna insaciable.
Quien sabe conversar sabe escuchar. El arte de la conversación no radica en la erudición. De hecho, la erudición no deja de ser más que un adorno fútil. Prescindible por pedante. Los conversadores pazguatos piensan que entre más demuestren su erudición, más duchos son cuando conversan. Que conversar quiere decir asombrar, y de paso humillar y aplastar. Estos conversadores no nada más necesitan todo el tiempo los reflectores encima de su cabeza, sino que, no podía ser de otra manera, no dejan hablar al interlocutor. Se apropian del micrófono y no hay modo de que lo suelten. Y cuando acaso le permiten hablar al otro, no lo escuchan. Lo que provoca un desasosiego en la otra parte del binomio.
El buen conversador acaricia las palabras. Las modula a su arbitrio, como mejor se acomoden, como mejor caigan. Incluso se permite tener matices. De pronto sube el tono de voz –jamás como muestra de prepotencia, sino de arrobamiento–, de pronto, como si la voz fuera una pelota de béisbol, aquellas palabras hacen una curva delante del otro. Como si tardaran más en llegar a su destino. En la misma medida el conversador maestro es astuto. Sabe cuánto tiempo sostener en la boca una palabra (o una avalancha de palabras) antes de decirla. Sabe que así crea una expectativa. Y quizás ahí radique el deleite mencionado arriba. Que el buen conversador sabe mantener un suspenso en su conversación.
Ser imparcial no es fácil, y menos todavía que no se note. Ésta es una de las gracias envidiables de un buen conversador. Se advierte que a su lado el tiempo transcurre sin dejar huella. Que las cosas son amables y precisas.
Quizás para un buen conversador, la mejor charla es aquélla en la que se ha convencido al interlocutor sin que éste jamás se haya percatado.
LAS GAFAS DE QUEVEDO
El coleccionismo vuelve insaciable a quien lo practica. Un buen coleccionista jamás se da por satisfecho. Acaso un vacío prive en su interior, que no hay modo de colmar.
Pocos individuos tan débiles como el coleccionista. Más débil aun que el adicto. Si el coleccionista atiborra su casa de ranas, bastará con mostrarle una rana a la que le falta un anca y decirle que perteneció a Salvador Novo para que sus ojos se vuelquen al cielo y ofrezca todos sus ahorros por aquel objeto.
Nadie, pues, tan fácil de morder el anzuelo de la mentira.
El coleccionismo mata el buen gusto. Con tal de satisfacer su obsesión, el coleccionista pasa por alto circunstancias adversas que empobrecen aquella cosa. Es capaz de cerrar los ojos ante la evidencia. Se resiste y lo piensa dos veces. Pero sabe que hay objetos que aunque no estén en perfecto estado, vale la pena poseerlos. Más que eso. Pueden pasar un par de días, y se reclamará por no haber tenido el aplomo de comprar aquello que ahora le quita el sueño. Al día siguiente, lo primero que hará será correr hasta el vendedor y adquirirlo. Esa noche, conciliará el sueño como un bendito.
Hay de colecciones a colecciones. No importa qué se coleccione. Pueden ser cuadros de Rembrandt, cartas de Beethoven, anforitas de ron, trajes de charro, gafas de hombres ilustres, libros autografiados, elefantes de porcelana, automóviles Bugatti, curiosidades extraídas de barcos hundidos, armas Ninja, kimonos de geishas célebres, piezas de aviones derrumbados en la Segunda Guerra Mundial, prendas de vestir de luminarias del cine, cancioneros, recetarios, violines de Paganini, zapatillas de la Callas, estoques de Manolete, collares de Rin Tin Tin, hasta peines de José Luis Cuevas o gafas de Quevedo.
Todos los objetos son coleccionables, y en particular algunos que posean la impronta que los hace únicos. ¿O alguien no querría la espada que usó Espartaco en su lucha por acometer su movimiento libertario? ¿Y de ahí seguirse con la espada de Pedro de Alvarado, bajo cuyo filo murieron cientos de indígenas en Cholula? Y ese coleccionista, ¿podría decirle no al sable con que Scaramouche partió en dos la yugular de sus adversarios?
Apelando a la debilidad del coleccionista, se inventan numerosos trucos que obligan a ciertos clientes a dilapidar su dinero en sueños guajiros. Por ejemplo, cuando surge una colección bajo el sello de una marca famosa. Las plumas fuente, para no ir más lejos. De pronto aparece la colección William Faulkner, la Stendhal, la Oscar Wilde, la Dumas… por mencionar algunas, y aquel hombre acude al punto de venta y le da un zarpazo a su cartera. Las consecuencias no importan. Lo único que vale la pena es tener la colección completa de aquellas obras maestras.
El coleccionista vive con los sentidos alerta. Atento a cualquier señal de que su colección puede enriquecerse –aunque se trate del que colecciona tazas. Piénsese si no en el que va de invitado a una casa. Observará hasta la saciedad la sala de aquella residencia, en particular las vitrinas y los anaqueles. Y feliz él si descubre una colección afín a la suya. Pero feliz es un decir, porque en realidad no lo será hasta que se entreviste con la dueña de la casa. Querrá saber cómo llegó hasta sus manos este objeto, aquel otro.
Aunque, ya se dijo arriba, hay de colecciones a colecciones. No abundan, pero sí sobran. Como están las cosas, a nadie sorprendería enterarse del que colecciona orejas, y no precisamente por ser médico forense. Y por ahí andará el marido celoso que colecciona la cabellera de sus esposas. Lo de menos es que les haya comprobado su infidelidad.
FRANZ LISZT DIXIT
El cosmopolita pertenece al mundo.
No importa si ha viajado o no. El cosmopolita –el usuario del cosmopolitismo– ve con ojos de admiración las manifestaciones –sobre todo de índole cultural– aun de las naciones más alejadas de la suya propia, o incluso antagónicas.
El cosmopolitismo enriquece el horizonte de los hombres con visión amplia. Quien es cosmopolita no valora a su país por encima de los demás; por el contrario, intenta darle su valor al universo humano que lo rodea.
Por regla general, el cosmopolita recalcitrante es mal visto en su lugar de origen. Se le dice traidor por ponderar el arte culinario extranjero por encima del suyo; se le dice pusilánime por no apoyar el deporte de casa, no importa a qué nivel de podredumbre se encuentre; se le dictamina de mediocre o débil por preferir las expresiones musicales ajenas y no las propias; se le dice incongruente por no ponderar el cine de su país como el mejor de todos los tiempos, y en cambio detenerse en las parcelas cinematográficas de otras latitudes.
Las miras del hombre cosmopolita le permiten disfrutar lo mejor de cada nación, sin que el juicio por su conducta le quite el sueño.
El cosmopolita pone el dedo en la llaga cuando descuella la insignificancia de los valores nacionales, trátese de la nación que se trate; pues hay que destacar que los cosmopolitas son vituperados lo mismo en Rusia que en Estados Unidos, en Argentina que en Somalia.
Con soberbia discreción, el cosmopolita pasa de largo delante de los juicios estrechos de los hombres de mirada chata. Acaso en algún momento de su vida intentó convencer a quienes lo rodeaban de la limitación que significa adjudicarle prebendas excesivas a la patria; ahora prefiere disfrutar para sí mismo lo mejor del pensamiento universal.
El cosmopolita habla su idioma madre con fruición. Pero una fuerza interior –llamada lucidez– lo obliga a interesarse, cuando no aprender, otros idiomas; sabe que la prosodia de la palabra luna es igual de hermosa, o acaso más, en francés (lune), en portugués (lua), en alemán (mond), en inglés (moon).
La globalización no hace cosmopolita a un hombre. Quien anda con una venda en los ojos, jamás advertirá lo que acontece en rededor.
El cosmopolitismo hace más agradable la vida.
El cosmopolita advierte el placer en aquello más insignificante a los ojos del hombre vulgar. Porque el alma del cosmopolita es grande, ése es el principio reactor que lo rige. Y se desparrama en su vida diaria.
Paradójicamente, quien se niega a reconocer los valores de otras naciones, quien no los ve, menos ve los propios, los suyos; excepto los que son enaltecidos por la demagogia, los que aplastan aquellos que juzgan rivales.
El cosmopolita no muere en casa; muere en el ámbito del universo, y a todo el universo le afecta.
Si los líderes en el mundo abrevaran del cosmopolitismo, las guerras no abundarían. Las relaciones entre los países serían más amigables, y no se verían en las reacciones de los extranjeros señales de violencia o desafío.
Pero el cosmopolita no está cerrado a descubrir en su entorno valores universales. Ve la belleza donde otros sólo ven trivialidad, perfección donde otros sólo distinguen bastedad. Más aún, el cosmopolita defiende las virtudes de su país ante el descrédito, o, peor, la indiferencia.
“No soy alemán ni húngaro, como tampoco soy francés ni italiano. Con igual derecho podría afirmar que soy inglés. Mi patria es el mundo, y la encuentro en todas partes”, dijo alguna vez Franz Liszt ante el asedio de una mujer.
EL OFICIO DE LA INVISIBILIDAD
Para Christophe Lucquin
1. Lo bello permanece invisible a los ojos del profano. Como las sinfonías de los pájaros a los oídos del sordo.
2. Dios es invisible. O preguntémonos, ¿a quién le rezamos cuando levantamos los brazos al cielo?, ¿habrá quien piense que a nadie?
3. Nada mejor que pasar inadvertido, que ser invisible. En la medida que no existimos para la humanidad, la humanidad nos deja en paz.
4. La invisibilidad es la capacidad de estar sin estar. De no figurar. Y no es precisamente la modestia llevada hasta sus últimos extremos. Es el hartazgo de esa bestia llamada hombre. Que obliga a ceñirse la corona del aislamiento.
5. La música es invisible. Si la ves tras una cortina de agua, sólo distinguirás alas de ángeles.
6. La invisibilidad nos permite disfrutar de las cosas sin el alto precio de figurar en escena. Acaso para las mujeres resulte aún más difícil. Por su avidez de figurar en los primeros planos del mundo. Que pasen inadvertidas es doblemente complicado. Porque su vanidad las obliga a estar ahí en donde transcurre la acción. Y no es que los varones no sean harto vanidosos, sino que la mujer necesita retroalimentarse de eso que ella misma da a torrentes. No puede pasar un día sin que la mujer se sienta impelida a exhibirse. Aun en el larguísimo trecho de la cama al baño. O a la inversa.
7. Los ojos, o, más que eso, la mirada, es básica para el éxito de la invisibilidad. Porque los ojos son como aquel corazón delator de Poe. Que se manifiesta su presencia a costa de lo que sea. De tal manera que los ojos atraen las miradas, y delatan. Allí está, se dirá alguien señalando al aludido. De ahí que sea prudente domesticar la mirada. Domeñar los ojos. No permitir que se salgan de sus cuencas.
8. La invisibilidad es la única cómplice de la Iglesia. Tal vez porque Jesucristo sólo se revela a los ojos del corazón. Tal vez porque el Nazareno fue invisible, y sólo lo distinguieron los impíos para su salvación eterna. Tal vez porque el Redentor no existió, salvo en su invisibilidad –que éste habría sido el argumento indiscutible del Diablo, en su demostración de la no existencia divina.
9. ¿Quién dice que el agua no es invisible? El sediento vulgar descubre el manantial en la fuente. El sediento hiperestésico descubre el manantial donde el resto sólo ve piedras áridas.
10. Ser invisible consiste en estar sin estar.
11. La máxima aspiración de la invisibilidad es trocarse en aquello que está a la vista de todos y que nadie requiere: una cosa cualquiera. Digamos como un discreto florero. Entre ese hombre invisible y el florero no habría diferencia alguna. Nadie le va a pedir su opinión. Nadie se dará cuenta del color de su corbata. Nadie se empecinará en sentarse junto a él para salir beneficiado.
12. La mujer invisible es más imprevisible que el hombre invisible. La mujer invisible no deja huella por donde pasa; el hombre, deja un hijo.
13. A los visibles se les juzga por todos los ámbitos. Son escarnio aun en el caso de que sean buenas personas. Porque abren la boca más de la cuenta. Porque no se comportan como se esperaría de ellos. Porque no son capaces de tragarse su opinión. Porque ese carácter de visibilidad los convierte más en un estorbo que en un acicate.
14. Si la Sagrada Familia hubiera sido invisible, no seríamos creyentes. Ni sufriríamos tanto.
15. Nada hay oculto para la invisibilidad, excepto un desafío ante el espejo.
16. Los perros muertos que nos visitan en el tramo de la noche son invisibles; no así sus ladridos, sus aullidos, sus garras, su olor. O ni su pelambre a las manos del amo.
17. El practicante de la invisibilidad aprenderá a dejar su amor propio en el perchero de la entrada. Sobrevivir sin semejante recurso lleva más tiempo de lo imaginado. A veces más de lo soportable.
18. Cuando invocamos un ente invisible y se aparece, surge el milagro –o la intemporalidad, que aún es más peligrosa.
19. Cuando un hombre ha sido generoso, está rodeado de amigos invisibles. Los muertos, en primer término. De ellos, sólo se escucha el rumor de las viudas.
20. Las palabras son invisibles hasta que aparecen en el papel.
21. La mediocridad, como la genialidad, es invisible; y sólo se manifiesta cuando se la acorrala.
EL DEMONIO DEL MEDIODÍA
Para Daniel Escalante
Se dice que los tristes son melancólicos, pero no siempre que los melancólicos son tristes.
La melancolía –alguna vez llamada demonio del mediodía, alguna vez llamada bilis negra– pesa como un costal de piedras que habría de llevarse de un lugar a otro a cuestas. Pero no desde que se nace.
Pobre del niño que se torna melancólico. Como una bruja de los cuentos de Perrault, la melancolía infestará sus mejores días, que son los de la fantasía y el arrobo por lo sobrenatural, o de plano por lo cotidiano vuelto sobrenatural. Sin embargo, la melancolía es una palabra fuerte, y nadie en su juicio diría de un niño taciturno: es un niño melancólico; mejor: es un niño triste, eso cuadra con todo.
En determinados seres, la melancolía va manifestándose al paso de los años. Conforme aquel hombre escudriña en sí mismo, o se percata de la indiferencia de la humanidad para con él. En esta transición hacia la melancolía, ese individuo hace de las cosas que lo rodean un amasijo de nervios. De nervios devastadores que lo aguijonean. Que lo van hundiendo en un pozo sin fondo, sin rescate posible.
No se llega a la melancolía de la noche a la mañana. Porque ser melancólico no es una meta. Salvo en el romanticismo, precisamente ser melancólico era signo inequívoco de genialidad mórbida –al punto de que también había quien actuaba como melancólico sin serlo, con tal de ser aceptado en círculos en los que reírse a carcajadas era visto como una profanación–, de que se estaba en el camino correcto hacia la inmortalidad apesadumbrada.
Para un santo, la melancolía declaraba un estado entre el dolor y la introspección, en el que se caía sin remedio –y mejor aún, si iba acompañado de un ayuno prolongado–, entre un desconsuelo y un dejarse arrastrar, como una mota de polvo. Aunque bien podría ubicarse a ese hombre más cerca del padecimiento mental que de la santidad.
La melancolía acerca entre sí a las almas desvalidas. Un hombre y una mujer asaz melancólicos, se miran, se escudriñan, atisban sus interiores más devastados sin dirigirse la palabra. Apenas han cruzado un par de miradas y con eso les basta. Saben que en ese ser que tienen enfrente –cuando van en el metro, no es difícil imaginarlos–, o a un lado –digamos en el centro de trabajo, digamos en el centro escolar–, es alguien en el cual se ven reflejados. Y que por eso mismo no podrán intercambiar palabras, por mejores que sean las intenciones.
Cantidad de gente se escuda en la melancolía para urdir y ejecutar planes aviesos. Proyectos que persiguen un fin del cual podrán obtener beneficios personales. Piénsese si no en el individuo que, bajo el manto de la melancolía, que lo hace ver desamparado a los ojos de los demás, despierta la compasión con tal de irse con la cartera abultada.
Un melancólico jamás podrá definir la melancolía.
La palabra melancolía tiene un halo trágico, y apapacha el desconsuelo aun antes de que se presente. Cuando se le dice a un hombre que es melancólico –aunque no lo sea–, le provocará cierta complacencia perversa. Se sentirá comprendido. Se sabrá diferente a los demás por ese estado de aletargamiento mórbido. Más todavía si es mujer. Se acentuará las ojeras de ahí en adelante. Pero que no le digan, a ese hombre o a esa mujer, que es depresivo, porque se sentirá incómodo. Hay mucha diferencia entre venir al mundo a causar interés y causar lástima.
La melancolía es algo más que tenerle miedo a la vida, como alguna vez se pensó. Es otro modo de amar la vida.
UNA TENTACIÓN IRRESISTIBLE
¡Qué misterio es una dedicatoria, una entrega de símbolos!
JORGE LUIS BORGES
La dedicatoria es la acción y el efecto de dedicar.
Se pueden dedicar muchas cosas: un combate boxístico (“dedico esta pelea a mi madrecita, que me está viendo”), una sinfonía (Beethoven dedicó su tercera sinfonía a Napoleón, aunque finalmente destruiría esa dedicatoria por considerar que el general había pasado de ser un héroe a un tirano), una película (como Tess, que Polanski dedicó a la memoria de la que fuera su esposa, Sharon Tate), un libro (Stefan Zweig dedicó su libro Tres maestros a Romain Rolland, y Borges Los justos a María Kodama: “De usted es este libro, María Kodama. ¿Será preciso que le diga que esta inscripción comprende los crepúsculos, los ciervos de Nara, la noche que está sola y las populosas mañanas, las islas compartidas, los mares, los desiertos y los jardines, lo que pierde el olvido y lo que la memoria transforma, la voz del muecín, la muerte de Hawkwood, los libros y las láminas?).
Pero también una dedicatoria significa agregarle un peso a una persona. De todas las tribulaciones por las que tiene que pasar un hombre, en buena medida una dedicatoria contribuye a aumentar el infortunio. Qué bien estarían Jomi García Ascot y María Luisa Elío antes de que García Márquez les dedicara Cien años de soledad, y doña Clara antes de que Juan Rulfo hiciera lo propio con El llano en llamas.
Hay de dedicatorias a dedicatorias. Las más cándidas son las que figuran en las primeras páginas de las tesis: “Dedico esta tesis a mis padres Emiliano y Rosa María, que con su ejemplo me mostraron el camino del triunfo. A mis hermanos Emiliano, Rosa María y Germán, que siempre estuvieron cerca de mí, apoyándome con su ejemplo y abnegación. A mis tíos Filemón, Margarita y Amílcar, a mi padrino Fausto. A todos mis amigos que he tenido desde la primaria y que no menciono por no herir a nadie que no incluya en la lista, bien sea por olvido u omisión. A mis maestros y compañeros de generación, que vieron en mí un futuro triunfador”.
Bien podría decirse que la dedicatoria –que no el autógrafo– es género literario (como el obituario o el epitafio). Pero sobre todo las líneas que pergeñan los escritores cuando se ven presionados. Por ejemplo, en la presentación de un libro de su autoría. Es inaudito su afán por ser inmortales. Como si de veras cualquier palabra salida de su pluma habría de ser memorable. En efecto, el escritor se prepara. Hasta su actitud cambia cuando ve venir al lector con el libro en la mano. Permanece a la expectativa. Aquel individuo que se acerca obtendrá una firma del ungido. Observa pues que se aproxima sigilosamente, ceremoniosamente, y lo espera como un señor feudal al siervo. El supuesto lector extiende el libro delante del hombre de letras, quien lo mira como preguntándose ¿y qué querrá este pobre diablo, que lo traduzca? Por último, le pregunta su nombre, y firma: “Para Fulano, con afecto”. O más simple todavía.
Hay coleccionistas de dedicatorias. Pero no se sabe si la razón que obliga a un coleccionista es el amor a la literatura o la ambición. El amor a la literatura porque cuántas personas no atesoran como oro molido un libro de su autor favorito que lleve su firma. La ambición porque, quién no lo sabe, un libro dedicado, digamos, en una edición príncipe, vale más que uno sin dedicatoria alguna. Y eso el tiempo lo valora.
Cioran cuenta que alguna vez compró un libro usado precisamente por su dedicatoria: “Que en estos momentos difíciles la lectura de Cicerón te procure alivio”.
TIANGUIS DE HÍBRIDOS
Ser versátil es un arma de dos filos.
Es preferible servir para una sola cosa y avanzar. De pronto la versatilidad puede resultar muy llamativa, pero obliga a la toma de decisiones. Para quedarse con una sola cosa. Poseer una cabeza con ideas que no parecen coincidir y que marchan por itinerarios distintos, atrae y repele.
Las personas versátiles no saben qué hacer con sus talentos. Cuando menos la mayoría. Se levantan pintores, comen bajo el manto feraz de la filosofía, y concilian el sueño añadiendo un párrafo a su interminable novela. Pero no es que vayan de una actividad a otra aupados en la última capa de la cebolla cerebral, sino que no se conocen a sí mismas lo suficiente y la determinación que debe apuntalar su vida se aleja cada vez más.
Para estas personas, los días transcurren como una embarcación a punto de zozobrar. Cada diligencia las atrae por igual, y terminan bloqueándose entre sí.
Desde niños, dichos individuos (de)mostraron tener todo un espectro de posibilidades. Como cualquier niño. ¿Qué será de grande?, se preguntaba su padre cuando lo veía desarmar un carrito, ¿será músico?, aventuraba su madre cuando contemplaba a su vástago poner las manos en el piano, ¿será mago?, acotaba su padrino cuando lo observaba desaparecer monedas bajo el mantel.
La versatilidad es un estorbo. Pero también un desafío. Para un hombre versátil, cualquier logro significa un triunfo. Porque concretar significa un despliegue de concentración. Dejar de lado cualquier cosa, no importa qué tan atractiva resulte. Hacer a un lado las múltiples demandas del espíritu, para finalmente sacar algo a flote.
A veces la encrucijada es sangrienta. Como en el caso de Schumann, que de joven no sabía si inclinarse por la poesía o por la música. Escribía poemas encendidos y componía piezas para piano colmadas de fantasía. Finalmente, y como todo mundo sabe, se decidió por la música, porque se plantó la disyuntiva como una decisión mortal. Lo supo así porque tuvo la visión de su vida. La música le daría más dolor, y era tras lo que andaba. Tras el sufrimiento más enconado.
Pero no todos tienen esa fortuna. Más bien es al revés.
La versatilidad obliga a la dispersión. El talento se desparrama como agua de lluvia. Y no se avanza, o se avanza a cuentagotas. Y en lo que dura un parpadeo, se va la vida. Aquella persona de habilidades múltiples, ve que su existencia ha transcurrido en una serie de intentos que en eso se quedaron, en intentos.
La versatilidad crea ilusiones vacuas. Plantea derroteros inexistentes en la realidad. La expectante realidad que termina por pulverizar sueños, como si fueran atroces e infectos mosquitos en torno al hombre que intenta concentrarse en lo suyo.
El miedo al fracaso permea el criterio de los escritores versátiles. ¿Cuántos novelistas se ven impelidos a escribir poesía, pero los detiene desparramar su creatividad, o bien tienen muy presente los criterios que ordenan no ir de la prosa al verso sin pedir permiso a la academia?, ¿cuántos poetas se ven tentados por la diosa prosa de la narrativa, pero los pasma el terror de ser versátiles y derramar inocuamente su creatividad, o bien salirse de los cánones que dicen muy claro que un poeta no debe ser narrador, ni a la inversa?
La verdadera proeza no radica en la versatilidad sino en la administración del tiempo. Un hombre debe administrar su tiempo bajo el impulso de sacarle el mayor provecho posible. Sólo de esa manera podrá realizar cuantas tareas lo acometan. Sólo de ese modo podrá enfrentar un destino partido por la mitad, cuando lo atraigan tareas paralelas aunque opuestas.
LA VERDURA DE LOS CELOS
1. La mujer celosa ejerce una suerte de fascinación en el hombre que habitualmente ha tratado con mujeres cuerdas, porque insufla de vanidad su depósito de egolatría. Provocar celos en una mujer hermosa es una tarea que todo hombre sensato habría de acometer.
2. Las mujeres celosas buscan en el hombre la tendencia que los empuja a otras mujeres. Desplegar las alas de la tiranía las hace sentirse especialmente deseadas.
3. Más bien hay que desconfiar de las mujeres cuerdas. Están recurriendo a toda su cordura para ocultar los celos que les carcome el alma.
4. Las mujeres celosas suelen pasarse de sal al momento de cocinar. De ahí que una mujer celosa suela mantenerse alejada de la cocina. Cuando menos hasta que los celos den paso a la confianza. Lo cual no acontece jamás. Por eso cada vez es más insólito ver una mujer en la cocina. Excepto si es de edad mayor.
5. La mujer celosa se pregunta dónde ha estado su hombre, entre las 9 y las 11 de la mañana. Estuvo encima de ella, pero los celos le obnubilan los sentidos.
6. Cuando en un restaurante haya una mujer atractiva, hay que tomar medidas estrictas. Extremar precauciones. Por principio de cuentas, el hombre habrá de sentarse dándole la espalda a aquella mujer. Ni por asomo habrá de volverse a mirarla cuando vaya al baño. Ni mucho menos levantar la nariz y otear los olores en torno. Lo mejor es fingir un fuerte dolor estomacal, enseguida pedir la cuenta y marcharse de ahí. Como sea, la mujer le reclamará a su hombre que no finja, que disimuladamente la estuvo contemplando. Que lo conoce y que no desperdicia oportunidad de quererse ligar a cuanta mujer vea. Que es un macho recalcitrante y que es incapaz de guardar la menor dosis de respeto. Que lo mejor es decirse adiós en ese momento –coyuntura que aquel hombre habría de aprovechar.
7. La mujer celosa sufre de altibajos en su memoria, conforme la relación madura. En un principio es todo amor. Se desvive por su hombre. Se preocupa por el destino de ese varón que se cruzó en su vida, y que acaso le ha hecho hijos. Siempre quiere ir más allá: leerle el pensamiento, adelantarse a sus necesidades y satisfacerlas como se honra a un zar. Pero conforme gana terreno y la desconfianza anida en su corazón, sufre un cambio que va de una fase a la otra, exactamente como acaece con la luna –y de lo que habla Althusser–, y lo que despedía un aroma a flores silvestres ahora huele a alcantarilla, y lo que a la límpida luz matutina era azul cielo ahora tiene el color de la cucaracha.
8. El mundo es una entidad multívoca para la mujer celosa. Todo está al revés. Y lo que está de cabeza, se encuentra en su posición correcta.
9. Es más fácil predecir el advenimiento de un tsunami que adivinar en qué momento esa mujer se dejará arrastrar por los celos. Porque a la inversa de un hombre, que estalla y hace trizas todo lo que está alrededor, la mujer oculta los celos entre los amasijos nerviosos de su pelo, y ahí es capaz de contenerlos el tiempo que ella juzgue prudente, que puede ir de una hora a un mes. O hasta más. Años. En el momento más impensado, cuando él quiera saber dónde quedó su saco de pana, ella le responderá: Pregúntale a la idiota esa, la que estaba de negro en la cola del cine cuando estrenaron Lo que el viento se llevó.
10. La mujer celosa no perdona. Menos lo que haya acontecido en su imaginación. Porque lo que sucede en el reino de lo intangible, es lo que realmente ocurre en la mentalidad de la mujer celosa. No hay modo de refutarlo. Porque ella misma no tiene modo de comprobarlo.
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