Читать книгу: «Geografía. Libros I-II»

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BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 159

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .

Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por CONCEPCIÓN SERRANO AYBAR .

© EDITORIAL GREDOS, S. A.

Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 1991.

www.editorialgredos.com

J. L. GARCÍA RAMÓN ha llevado a cabo la Introducción a los Libros I y II, y la traducción y notas de los Libros I y II 1; J. García Blanco ha realizado la Introducción General y la traducción y notas del libro II 2-5.

PRIMERA EDICIÓN , 1991.

REF. GEBO267

ISBN 9788424931964.

INTRODUCCIÓN GENERAL
I
VIDA DE ESTRABÓN 1

Todo lo que sabemos sobre Estrabón proviene de su propia Geografía . Su fecha de nacimiento más probable es 63-2 a. C., según la datación de ciertos sucesos de 64-3 o posteriores, mediante expresiones como kath’ hēmâs o kath’ hēm n , «en nuestra época» (XII 5, 1; XIV 5, 18; X 2, 13), comparados con otros aludidos como mikròn prò hēm n , «poco antes de nuestra época» (XVI 2, 29, y VIII 7, 5, datados en 67-6; XII 3, 46, de 64 a. C.) 2 .

Nació en Amasía del Ponto, ciudad y plaza fuerte a un tiempo, situada en el valle del río Iris, de cuya belleza se hace eco así como de su glorioso pasado, que atestiguan los palacios y tumbas de los antiguos reyes del Ponto que en ella residieron (XII 3, 39). Esto marcó profundamente la personalidad de Estrabón como lo prueban las numerosas referencias a ese reino y a la intervención de varios antepasados suyos en la política de aquel tiempo. Más adelante volveremos sobre ello; baste aquí señalar que la derrota final de Mitrídates por Pompeyo selló la conquista romana, y que la familia de Estrabón debió de sufrir notables pérdidas y tuvo que emigrar.

1. Maestros

Al joven Estrabón, en todo caso, lo encontramos en Nisa del Meandro, en Caria, estudiando gramática y retórica con Aristodemo de Nisa (XIV 1, 48). Este Aristodemo —hijo de Menécrates, que fue discípulo a su vez del famoso filólogo Aristarco— había educado a los hijos de Pompeyo y ejerció la enseñanza también en Rodas y, al parecer, era pariente del estoico Posidonio, que tanta influencia ejerció sobre nuestro autor 3 .

Es probable, pero no seguro, que viajase por primera vez a Roma antes del 44 a. C., pues afirma que «vio», aunque no dice dónde, a P. Servilio Isáurico que murió ese año, y que sin duda pudo haber viajado por Asia Menor, donde tendría relaciones, pues fue procónsul de Cilida en 78-5 4 . Como apoyo de esa pretendida estancia en Roma se aduce también la noticia de que fue discípulo de Jenarco de Seleucia en Cilicia, aunque Estrabón tampoco dice dónde (XIV 5, 4); Jenarco vivió poco en su patria, residió en Atenas y Alejandría, donde fue amigo de Ario Dídimo, y, finalmente, se estableció como profesor en Roma, donde consiguió el aprecio del propio Augusto y murió viejo. Estrabón no estuvo en Atenas, pero sí en Alejandría y pudo escucharlo allí lo mismo que en Roma 5 .

Al igual que el anterior, también peripatético fue otro maestro de Estrabón, Tiranión 6 de Amiso en el Ponto (XII 3, 16), que educó a los hijos de Cicerón, Marco y Quinto. Tiranión fue discípulo de Dionisio Tracio en Rodas, ca . 90 a. C.; de allí volvió a su tierra y Lúculo lo llevó a Italia en el 71-0, residiendo en Roma desde el 67, donde quizá lo escuchó hacia el 30 a. C. 7 . La actividad peripatética de Tiranión se ejerció en Roma, entre otras cosas, en su aplicación a la biblioteca de Aristóteles y Teofrasto que Sila se trajo de Atenas tras el saqueo de la ciudad en el 84, y que estaba bajo la custodia de Apelicón (XIII 1, 54). Otros dos rasgos de Tiranión resultan reveladores porque también los encontramos en Estrabón: por un lado, lo mismo que su maestro Dionisio Tracio, escribió sobre Homero; por otro, Cicerón (Ad Att . II 6, 7) nos dice que era una autoridad en geografía.

Quizás por medio de Tiranión, o de Jenarco, conoció al filósofo Boeto de Sidón, con el que estudió el aristotelismo, según declara (XVI 2, 24); tampoco nos dice ni dónde ni cuándo.

Como se ve, sus maestros son todos griegos de Asia Menor y aristotélicos.

2. Viajes

En primer lugar, seguramente en su juventud pero no sólo entonces, viajó por numerosos lugares de Asia Menor, cuyo conocimiento directo parece desprenderse de varios pasajes 8 : visitó Comana en el Antitauro (XII 2, 3); en Cataonia ha visto los cañones que forma el río Píramo al atravesar el Tauro (XII 2, 4); ya mencionamos que residió en Nisa del Meandro (XIV 1, 43-6) y, cerca de allí, visitó Trales (XIV 1, 42) y Acaraca (XIV 1, 44), así como Hierápolis del Meandro (XIII 4, 14), Magnesia del Meandro (XIV, 1, 41) y Mazaca en Capadocia, de la que da abundantes datos (XII 2, 7 ss.). W. Aly supone también un viaje por mar desde Tarso a Éfeso con escala en Rodas, dado su buen conocimiento de las costas de Cilicia (XIV 5, 4-7). En todo caso, es seguro que visitó Éfeso (XIV 1, 23) y Tarso (XIV 5, 12), al igual que Rodas (XIV 2, 5) y Cos (XIV 2, 19).

En Creta visitó a su tío abuelo, el viejo Estratarcas (X 4, 10) y estuvo también en Corinto en el año 29 a. C. —donde se encontraba Augusto de vuelta a Roma para celebrar el triunfo de Accio— y en la isla de Giaros en las Cíclades (X 5, 3); nos habla de la restauración romana de Corinto y de su subida al Acrocorinto, desde donde divisó Cleonas, en el camino de Corinto a Argos (VIII 6, 21), la legendaria Cleonas «bien construida», mencionando, como buen amante de Homero, un verso de Ilíada (II 570).

En Roma estuvo sin duda en varias ocasiones. Ya hemos comentado una posible estancia antes del 44. Es seguro que estuvo antes del 31, pues contempló el templo de Ceres antes del incendio de ese año en que se perdió el retrato de Dioniso realizado por Aristides (VIII 6, 23; Dión Casio, L 10); quizás hacia el 35, según Honigmann, pues vio en el anfiteatro la muerte del siciliano Seluro. Poco después del 31 también estuvo en Roma, pues se refiere al citado incendio como algo reciente y quizás su paso por Corinto en compañía de Augusto en el 29 era una escala en su viaje a Roma. Allí vio a los altísimos britanos (IV 5, 2), que quizás formaban parte de la delegación que presentó su sumisión a Augusto el 7 a. C. 9 . Finalmente, estuvo en Roma al menos después del 14 d. C., según se desprende de su descripción de la tumba de Augusto (V 3, 8). Pero nada sabemos de la duración de estas diversas estancias.

En alguna de ellas aprovechó para visitar varias regiones de Italia. Probablemente recorrió la Vía Apia desde Brindisi hasta la capital (V 3, 6, y VI 3, 7); desde Populonio contempló las costas, según dice, de Cerdeña, Córcega y Elba (V 2, 6), aunque no parece que llegara a pisarlas. Por el sur, atravesó la Campania hasta Nápoles (V 4, 7-8); probablemente también visitó Capri, pasó por el Estrecho de Mesina y llegó hasta el pie del Etna 10 .

Su descripción de la costa cirenaica (XVII 3, 20) debe de ser fruto de un viaje marítimo de Italia a Egipto. En Alejandría permaneció largo tiempo (II 3, 5). Sin duda trabajó en el Museo y su comentario sobre la gran biblioteca de que disponía Eratóstenes y que alababa Hiparco (II 1, 5), unido a su silencio sobre ella al hablar del Museo (XVII 1, 8), parece un testimonio indirecto del incendio que se habría producido en el 47. Su experiencia en Egipto aparece en numerosos comentarios. Emprendió un viaje por el Nilo en el año 25-4 (XI 11, 5, y XVII 1, 24), en compañía de su amigo el prefecto Elio Galo, viaje que ya entonces estaba de moda, pues también lo realizaron Germánico y Balbilo 11 ; en él visitó Heliópolis (XVII 1, 29), Menfis (XVII 1, 31) y las Pirámides (XVII 1, 34), Tebas (XVII 1, 46), Siene y File (XVII 1, 50) y llegó hasta los confines de Etiopía (II 5, 12).

Cuando Augusto fue a Samos el 20 a. C., todavía estaba Estrabón en Egipto (XV 1, 45 y 73). Menciona el templo de César en Alejandría, consagrado el 10 a. C. (XVII 1, 9). De allí quizás pasó a Roma, como indicamos anteriormente. Y no es posible indicar nada concreto sobre sus últimos años. Ignoramos si fijó su residencia en Roma o en Nápoles o si regresó a su patria, que todo ello se ha sugerido 12 .

Sólo sabemos que en la Geografía hay bastantes referencias a acontecimientos de los años 18-9 d. C. (IV 6, 9; XII 1, 4; XII 3, 29; XVI 2, 3). Su muerte fue posterior a 23 d. C., fecha en que murió Juba II, rey de Maurusia, hecho que menciona tres veces (XVII 3, 7 y 9 y 25), por lo que debió de morir nonagenario.

II
LA ÉPOCA 13
A) DEL REINO DEL PONTO A AUGUSTO

Estrabón es contemporáneo de Augusto, al que sobrevivirá unos diez años. Su nacimiento coincide además con el fin de la independencia del Reino del Ponto. Su infancia y juventud transcurrieron en medio de las sucesivas guerras civiles de Pompeyo y César, de Antonio y Octavio. Y a partir de Accio, vivió bajo la paz de Augusto para acabar sus días en el reinado de Tiberio. Todos estos acontecimientos, probablemente hasta Accio, los trató Estrabón en sus Comentarios históricos , que, en gran medida, trataban los sucesos de Asia y su enfrentamiento con Roma. Numerosas noticias de esta época se encuentran esparcidas por su Geografía , al hilo de sus observaciones sobre distintas regiones o personajes. Para comodidad del lector las recordaremos aquí brevemente, teniendo en cuenta sobre todo su eco en nuestro autor. Aunque en muchos de estos pasajes Estrabón utiliza diversas fuentes, la responsabilidad de la selección es obviamente suya. Y en cuanto a su punto de vista, no se olvide que toda la Geografía fue escrita después de Accio y probablemente, en gran parte, en los primeros años del reinado de Tiberio.

1. Reino del Ponto

El Reino del Ponto fue fundado por Mitrídates I 14 (XII 3, 41) al final del siglo IV y permaneció siempre independiente de las grandes monarquías helenísticas. En principio fue de pequeña extensión, con su capital en Amasía, la patria de nuestro autor, hasta mediados del siglo II , en que Farnaces I conquistó el importante puerto de Sinope (XII 3, 11), al que trasladó la capital. Este rey acariciaba ya la idea de extender el Reino por todo el Mar Negro, lo que conseguirán en gran medida sus sucesores, sobre todo Mitrídates V Evérgetes, al final de dicho siglo, y Mitrídates VI Éupator, que reinó de 120 a 63 y extendió su influencia al Oeste por Paflagonia y Bitinia, al Sur por Capadocia, al Este por Armenia y Cólquide y al Norte hasta el lago Meótide (Mar de Azov), lo que permitió a los geógrafos, como señala Estrabón (I 2, 1), el mejor conocimiento de estas alejadas regiones.

Pero todo ello no se hizo sin grandes convulsiones, no sólo políticas sino también sociales, que comenzaron con el levantamiento de Aristonico en el Reino de Pérgamo y su masiva liberación de esclavos en 132-129, con la promesa de fundar un nuevo Estado, Heliópolis o «Ciudad del Sol», basado en la justicia (XIV 1, 38).

Mitrídates V ayudó a Roma en la represión de la rebelión; poco antes, en el 136, Roma había aplastado otra rebelión semejante en Sicilia, acaudillada por Eunus de Apamea (VI 2, 6). Y las dificultades irán en aumento con los comienzos de la piratería fenicia y cilicia, que será utilizada por Mitrídates Éupator contra Roma (XIV 5, 2); Side, en Panfilia, fue un centro importante de piratas y mercaderes de esclavos (XIV 3, 2), mercado que compartía con Delos (XIV 5, 2) y del que Estrabón sabía sin duda mucho más de lo que dice, pues el propio Ponto, junto a Bitinia y Capadocia, procuraron durante los siglos II -I un fuerte suministro de esclavos. Por ello, episodios como el de Aristonico preocupaban a la nobleza griega dominante más que la amenaza romana: tras la guerra de Aristonico, el Reino de Pérgamo pasó a manos romanas.

Pero si Mitrídates V pudo ensanchar sus dominios por el Ponto con el permiso de Roma, la política más ambiciosa de su sucesor le llevó a la confrontación directa. Mitrídates VI Éupator, que había nacido y se había criado en Sinope (XII 3, 11), extendió su influencia por toda el Asia griega, intentando no ya la consolidación de un reino póntico sino restaurar una potencia helenística capaz de oponerse a Roma. Sus territorios se extendieron en el sur del Ponto desde Cólquide, de donde obtuvo la mayoría de sus recursos navales (XI 2, 18), Pequeña Armenia, Farnacia, Trapezunte y algunas zonas de Paflagonia hasta Heraclea, construyendo en la zona oriental, que le cedió Antípatro, 75 fuertes, en los que depositó la mayoría de sus tesoros (XII 3, 1-2, 9 y 28). En el norte del Ponto, en la Meótide, sus generales Neoptólemo y Diofanto vencieron a los roxolanos (II 1, 16; VII 3, 17-8), atacó a los escitas y, por regalo de Parisades, se hizo dueño del Bósforo Cimerio (VII 4, 3-4), cuya capital era Panticapeo. Los griegos de la zona se le someten felices de que les defienda de escitas y otros bárbaros. La enorme riqueza de esta región le suministró un tributo de 180.000 medimnos de grano y 2.000 talentos de plata (VII 4, 6). Así, aupado en sus riquezas y primeros éxitos, proclamándose campeón del helenismo, Mitrídates alcanzó pronto una fama inmensa. Ya en 102-1 en la isla de Delos se construye un santuario en el que se rendirán honores a Posidón, los Cabiros y al héroe Mitrídates identificado con Dioniso.

Mitrídates también encontró apoyo en Grecia, sobre todo en Atenas, donde colaboró para instalar al tirano Aristión (IX 1, 20) y sus incursiones, pese a que Bitinia le cerraba el paso por el Bósforo (XII 3, 2), alcanzaron Delos, que fue saqueada en el 88. Sin embargo, no todos los griegos le ayudaron, pues medidas como la cancelación de deudas y la liberación masiva de esclavos, que participaron en una matanza de romanos en algunas ciudades, alarmaron a muchos aristócratas griegros. Hubo revueltas y luchas intestinas: su general Diodoro ejecutó a consejeros de la ciudad de Adramicio (XIII 1, 66) y el propio Mitrídates al atacar Sardes absolvió a Diodoro Zonas, que había sido acusado de levantar ciudades en su contra (XIII 4, 9). Venció a Nicomedes III de Bitinia, aliado de Roma, y en el apogeo de su poder manda sus ejércitos a Grecia, consiguiendo la alianza de Atenas.

Ante la rebelión de buena parte de Grecia contra Roma, la intervención de Sila supondrá, en el 86, la derrota de Mitrídates en la Queronea beocia (IX 2, 37) y el saqueo de Atenas, en el 84. La paz de esta primera guerra la firmaron Sila y Mitrídates el 85 en Dárdano de Tróade (XIII 1, 28). Pero poco después, Lúculo, cónsul en 74, continuó la guerra contra Mitrídates. El rey armenio Tigranes, aliado e hijo adoptivo de Mitrídates, había despoblado la Cilicia llana llevándose a sus moradores a Tigranocerta, la nueva capital, con el afán de convertirla en una ciudad griega, y había asediado largo tiempo sin éxito Antioquía: en el 69, Lúculo lo expulsó de Siria y Fenicia (XI 14, 15). Lúculo se alió con el regente de Capadocia, regalándole la fortaleza de Tomisa (XII 2, 1); en el 73, ayudó a Cícico, llave de los estrechos del Ponto, contra el asedio de Mitrídates, quien sufrió grandes pérdidas y estuvo a punto de ser capturado (XII 8, 11) y, finalmente, adentrándose en el Reino del Ponto, asedió Amiso (XII 3, 14) y capturó Sinope (XII 3, 11), de donde se llevó la esfera de Bilaro y la estatua de Autólico, el legendario fundador; asimismo, despojó de su colosal Apolo a Apolonia Póntica, para llevarlo al Capitolio (VII 6, 1). Heraclea Póntica sufrió la misma suerte que Sinope y Amiso y así Lúculo dejó a Mitrídates a la defensiva, aunque sus éxitos no se repitieron con los piratas, que de nuevo asolaron Delos en el 69 acabando con su floreciente comercio.

En Danala de Galacia, Lúculo traspasó sus poderes a Pompeyo (XII 5, 2), que inició la ofensiva final contra los piratas y Mitrídates en el 67 (XI 1, 6; XI 8, 4; XII 3, 1). Tras acabar con los primeros, estableció a algunos de ellos en Dime de Acaya y a otros en Solos de Cilicia (VIII 7, 5), a la que rebautizó como Pompeyópolis (XIV 3, 3). Expulsó definitivamente a Tigranes de Siria, proclamando a Antioquía ciudad libre (XVI 2, 8), y limpió de bandidos la zona montañosa de Siria (XVI 2, 18); venció a Hircano y Aristobulo, hijos del rey Alejandro de Judea, y tomó Jerusalén (XVI 2, 40). En Capadocia Póntica destruyó la fortaleza de Sagilio y mandó obstruir las fuentes de las montañas para que no cobijasen bandidos (XII 3, 38). A continuación invadió el Ponto (XII 3, 1), la Pequeña Armenia y la Cólquide, obligando a Mitrídates a una difícil huida por el territorio de los belicosos heníocos, zigos y aqueos, desde el Fasis, en la Cólquide, durante 4.000 estadios, hasta refugiarse en Panticapeo, en el Bósforo Cimerio (XII 3, 28), donde moriría poco después.

De las actividades administrativas de Mitrídates, Estrabón sólo menciona cómo aumentó el recinto sagrado del templo de Ártemis en Éfeso, que servía de asilo (XIV 1, 23), y cómo embelleció Amiso con templos (XII 3, 14). Sobre su vida privada se decía que Adobogion, madre de Mitrídates de Pérgamo, el amigo de César, fue su mujer y de ahí el nombre del hijo (XII 4, 3); los intentos de inventarse una estirpe haciéndose pasar por hijo de Mitrídates debieron de ser frecuentes pues Arquelao, que casó con la reina de Egipto, Berenice, también pretendía ser su hijo (XVII 1, 11).

Con la muerte de Mitrídates Éupator terminaron las veleidades griegas de independencia de Roma. Los aristócratas partidarios de entenderse con la nueva potencia, que ya existían antes, se aprestaron a cantar las loas del vencedor. Teófanes de Mitilene y el estoico Posidonio convirtieron a Pompeyo en el héroe de sus historias. Y no todo eran alabanzas huecas: su agradecimiento a Roma por haberles salvado de una conmoción social, como fue la liberación de esclavos, y de las actividades de piratas y bandidos era sincera; ahora las cosas volvían a su sitio. La familia de la reina del Ponto, Pitodoris, a quien tanto ensalza Estrabón (XIV 1, 42), nos ofrece un ejemplo perfecto del arte de marear: su abuelo Queremón había sido enemigo de Mitrídates y partidario de Roma y el resultado fue que su padre Pitodoro, gracias a su amistad con Pompeyo, tenía una fortuna de más de 2.000 talentos.

Estrabón nos cuenta cómo su propia familia participó de forma destacada en estos acontecimientos. El bisabuelo de su madre, Dorilao el Táctico, fue amigo de Mitrídates V y se encargaba del reclutamiento de mercenarios, lo que le llevaba a frecuentar Grecia, Tracia y Creta; en una de sus estancias en la isla dirigió a los habitantes de Cnoso en una disputa con los de Gortina y su éxito le procuró grandes honores. Al enterarse de que Mitrídates V había sido asesinado (120 a. C.) en Sinope, en una conjura de sus íntimos, y que el trono había pasado a la viuda y a su hijo, que sólo tenía entonces once años, decidió instalarse definitivamente en Cnoso; allí, de una tal Estérope, tuvo dos hijos, Lagetas y Estratarcas, y una hija. Estrabón pudo visitar todavía en Creta al viejo Estratarcas. Pero, políticamente, el más importante de la familia fue Dorilao el joven, sobrino del Dorilao establecido en Creta. Se educó con Mitrídates VI y cuando éste tomó el poder otorgó a su camarada todos los honores: jefe de su guardia personal, comandante en jefe de su ejército y consejero son algunos de los títulos que aparecen atribuidos a Dorilao en el citado Heroon de Delos; Estrabón menciona que le procuró el sacerdocio de Comana y le ofreció el regreso de los familiares exiliados en Cnoso: el viejo Dorilao ya había muerto, pero su hijo Lagetas regresó a su patria con su hermana, la abuela materna de Estrabón. Sin embargo, poco duró la fortuna de la familia pues Dorilao traicionó a su amigo el rey y fue ejecutado, arrastrando consigo, como confiesa Estrabón, la ruina del resto de la familia (X 4, 10).

Por su parte, la abuela materna de Estrabón casó con el hermano de Moafernes, amigo también de Mitrídates, que le nombró gobernador de Cólquide, y que, a diferencia de Dorilao, fue fiel a su rey (XI 2, 18; XII 3, 33); pero el hermano de Moafernes, el abuelo materno de Estrabón, para vengar la muerte de su primo Tibio y del hijo de éste por Mitrídates, se puso de acuerdo con Lúculo al que entregó quince ciudadelas, aunque la prometida recompensa no la cumplió su sucesor en la dirección de la guerra, Pompeyo (XII 3, 33).

El resultado final fue la ruina relativa de la intrigante familia de Estrabón y, desde luego, de su ciudad natal Amasía, que perdió su pasado esplendor y que ofrecía a los ojos de Estrabón un lamentable paisaje de fortalezas en ruinas y tierras abandonadas por doquier (XII 3, 39).

2. Dominación romana

Pompeyo estaba empapado de cultura griega y eso facilitó el favor de los aristócratas griegos. Fue educado por el gramático Aristodemo, cuyo sobrino, Aristodemo de Nisa, el maestro de Estrabón, educaría en Roma a los hijos de Pompeyo (XIV 1, 48). Escuchó alguna clase del famoso Posidonio, su amigo e historiador, quien le ordenó, con un verso de la Ilíada , «ser siempre el mejor y destacar por encima de todos» (XI 1, 6); íntimo amigo suyo fue también su historiador Teófanes de Mitilene, que le aconsejó en numerosas empresas, le acompañó en su expedición contra iberos y albanos, y al que Pompeyo, en agradecimiento, le ayudó a embellecer su ciudad (XIII 2, 3; XI 5, 1); también el riquísimo Pitodoro de Trales, nacido en Nisa y padre de la reina del Ponto, Pitodoris, fue su amigo y, gracias a ello, pudo recuperar su fortuna confiscada por César (XIV 1, 42).

Tras sus victorias, Pompeyo emprendió en Asia una reorganización territorial de largo alcance. A Tigranes de Armenia le obligó a pagar un tributo de 6.000 talentos de plata, que distribuyó entre el ejército (XI 14, 10), pero también le concedió la mayor parte del territorio de Gordion (XVI 1, 24). Asignó Seleucia del Éufrates a la Comagene, y nombró a Arquelao sacerdote de Comana (XII 3, 34). Desmembró prácticamente el Reino del Ponto, otorgando Mitridacio a Bogiodiataro (XII 5, 2), y a Deyotaro, tetrarca de Galacia, parte de Gazelonitis Farnacia y Trapezunte hasta la Cólquide y Pequeña Armenia (XII 3, 13); en esta última Pompeyo fundó Nicópolis (XII 3, 28). A cambio, la Zelitis, cuya capital Zela era el centro religioso del Ponto y que había sido regida como santuario de los reyes persas en la política panasiática de Mitrídates, incorporó varias provincias, y Zela recibió el rango de ciudad, gobernada en tiempos de Estrabón por Pitodoris (XI 8, 4; XII 3, 37). También en el Ponto, fundó Neápolis, en Fazemonitis, aumentó el territorio de Eupatoria, que había conquistado Mitrídates Éupator, y la llamó Magnópolis (XII 3, 30); reconstruyó Cabira, llamándola Dióspolis, a la cual a su vez Pitodoris, en honor de Augusto, rebautizó como Sebasté y allí fijó su residencia (XII 3, 31). En Judea, arrebató a los judíos los territorios que habían conquistado y dio el sumo sacerdocio a Herodes (XVI 2, 46).

Pompeyo, realizó, pues, una gran reordenación del territorio desde 67 a 48 aproximadamente, premiando a quienes le habían servido y confiscando muchas propiedades de la nobleza. Con él la política romana prefirió que gran parte de Asia Menor quedase en manos de pequeños reyes clientes, cuya carga principal era aportar las contribuciones necesarias para las continuas guerras. Su estabilidad dependía de la fortuna de su amo oriental, pero como Pompeyo primero y Antonio después llevaron las de perder, los cambios de bando a última hora y las represalias estuvieron a la orden del día.

Además de alguna mención de sus campañas en Iberia, Estrabón destaca que Pompeyo, a la par que César y Augusto, fue el que más contribuyó al embellecimiento de Roma (V 3, 8).

La monarquía del Ponto desapareció brevemente con Pompeyo, pero resurgió con el intento de Farnaces II de revivir el imperio de su padre Mitrídates; no lo consiguió, pero en Oriente provocó nuevas guerras durante los años del enfrentamiento de César con Pompeyo (49-8).

Finalmente, Pompeyo, que había acogido en Roma al exiliado rey de Egipto Ptolomeo Auletes y lo repuso en el trono, fue muerto traidoramente por él junto a la ciudad de Pelusio (XVII 1, 11), donde está enterrado en las inmediaciones del monte Casio (XVI 2, 33).

César, que fue deificado oficialmente en el 42, es mencionado casi siempre por Estrabón como ho theós . Recuerda su estancia en la Galia y su división en tres partes (IV 1, 1), su guerra con Vercingétorix (IV 2, 3), su victoria sobre 400.000 helvecios (IV 3, 3) y sobre la tribu belga de los énetos (IV 4, 1), su paso a Britania (IV 3, 3 y 5, 2) y sus victorias sobre los britanos (IV 5, 3). César hizo también campañas en Liguria y en la Galia Cisalpina (IV 4, 2), donde añadió a la colonia romana de Como, fundada por Pompeyo Estrabón, padre de Pompeyo el Grande, otros 5.000 colonos, entre los que destacaban 500 griegos (V 1, 6).

El enfrentamiento con Pompeyo lo presenta Estrabón como una guerra civil (IV 1, 5). Recuerda la derrota de los pompeyanos Afranio y Petreyo en Ilerda y la lucha posterior del hijo de Pompeyo, Sexto, en Jacetania (III 4, 10); el trato moderado que dispensó a Masalia, que fue aliada de Pompeyo (IV 1, 5), y la derrota en el 45 de Gneo Pompeyo en Munda (III 2, 2).

En Oriente, la actividad de César tuvo menos repercusión que la de Pompeyo. Amiso, asaltada por Farnaces, fue liberada por César (XII 3, 14), que acabó con su rival y cuya victoria en la batalla de Zela fue la ocasión del famoso informe al Senado: «ueni, uidi, uici». Estableció colonias romanas en Sinope y Amiso, de lo que se queja Estrabón (XII 3, 12; XII 4, 3). Alaba, en cambio, la restauración de Corinto, despoblada desde su destrucción en 146 (VIII 6, 23). Al igual que Alejandro, César honró a Ilio conservando su libertad y otorgándole exención de impuestos (XIII 1, 27). Fue amigo de Mitrídates de Pérgamo, rey del Bósforo y de otros territorios, quien perdería vida y reino a manos de Asandro, especialista, al parecer, en ejecutar reyes, pues fue el mismo que mató a Farnaces II, el hijo del Éupator (XIII 4, 3).

En Egipto, César mató al hermano de Cleopatra y colocó a ésta en el trono (XVII 1, 11). Estrabón recuerda también sus campañas en Libia contra Juba I y Escipión (XVII 3, 7 y 12). Poco antes de morir, César preparaba una expedición contra el rey de los getas, Birebistas (VII 3, 5). Su muerte, al igual que la de Pompeyo, fue a traición y uno de sus asesinos, Trebonio, sería capturado y muerto en Esmirna por Dolabela (XIV 1, 37). Desde luego Estrabón debió de tratar con detalle la muerte de César en sus Comentarios históricos , como muestra uno de los fragmentos que nos ha llegado y que versa sobre los prodigios premonitorios de su fin (fr . 19 = Plutarco, César 63).

Tras el asesinato de César, Bruto y Casio llegaron en el 43 a Asia Menor sin hombres ni dinero y su crueldad y rapiña dejaron chico lo sucedido hasta entonces, como comenta Estrabón en el caso de Laodicea (XVI 2, 9).

Derrotados por Antonio en Filipo, en el 42 (VII 41), éste quedará como nuevo dueño de Oriente. Sexto Pompeyo huyó de Hispania y puso a Sicilia en pie de guerra (VI 1, 6), dañando sobre todo Siracusa (VI 2, 3-4) de donde es expulsado por Octavio, siendo finalmente capturado y muerto por los generales de Antonio en Mileto (III 2, 2). Antonio restablecerá el Reino del Ponto en la persona de Darío, nieto de Éupator, y tras su fallecimiento a los dos años de gobierno, en la de Polemón I de Laodicea, en el 37, creando otro reino vasallo que perdurará un siglo, hasta el 64 d. C. en que Nerón lo transformará en provincia romana. Polemón ayudó a Antonio en la campaña contra los partos y supo bandearse entre dos aguas pues en Accio no estuvo en persona aunque envió tropas (Plutarco, Antonio 61, 1-2); después de la batalla, Augusto siguió contando con él, lo que demuestra su honradez, según Estrabón (XII 8, 16). En esa expedición contra los partos en 36-5 Antonio llegó hasta Media (XI 14, 9), pero tuvo grandes dificultades ya que fue traicionado por el guía de la expedición y por su aliado y acompañante, el rey de Armenia Artavasdes, sucesor de Tigranes, cuya traición descubrió demasiado tarde y al que llevó prisionero a Alejandría para ejecutarlo en las fechas de Accio (XI 13, 4; XI 14, 15; XVI 1, 28). En esa expedición sitió el palacio de invierno parto, Vera, como relata su amigo, comandante e historiador oficial Q. Delio, que lo acompañó dejando un relato de la incursión (XI 13, 3).

En los diez años, aproximadamente, que Antonio dominó en Oriente realizó numerosas reformas administrativas, a menudo criticadas por Estrabón, que sigue la doctrina oficial de Augusto. Volvió a ampliar los límites de asilo del templo de Ártemis en Éfeso, con lo que se convirtió en refugio de criminales (XIV 1, 23). Puso a Boeto, «mal poeta y mal ciudadano», como gobernador de Tarso (XIV 5, 14) y honró al famoso citaredo Anaxenor, dándole una guardia personal y encargándole la recaudación de impuestos de cuatro ciudades (XIV 1, 41). Nombró reyes a usurpadores, como a Arquelao en Capadocia (XII 2, 11) y Herodes I en Judea (XVI 2, 46). También estableció reyes en Amiso en el Ponto, que sería liberada después por Augusto (XII 3, 14). ¿Y qué decir de otros bribones aupados por Antonio?: dio parte de Heraclea Póntica a Adiátorix, quien poco antes de Accio, y afirmando actuar en nombre de Antonio, hizo una matanza de romanos, lo que después de la batalla le costó la vida a él y a su hijo (XII 3, 6); ó bien hizo aliado suyo al jefe de piratas Cleón, estableciéndolo en Abretene, el cual, sin embargo, en Accio se pasó a las filas de Octavio (XII 8, 9).

La realidad, como señala Bowersock, es que Augusto no hizo demasiados cambios respecto a Antonio en su política oriental, lo que demuestra que no era tan errónea, y que mantuvo a Polemón, Herodes y Cleón, mientras que con la protección de artistas famosos como Anaxenor y Boeto, Antonio pretendía granjearse el favor de las capas cultas. Pero las rapiñas y expolios de Antonio fueron notorios: se llevó las estatuas colosales de Atenea, Heracles y Zeus, obra de Mirón, del Hereon de Samos (XIV 1, 14); pero los juicios más duros de Estrabón se refieren a los despojos que Antonio efectuó para complacer a Cleopatra, lo que vuelve a ser la doctrina oficial, pues Octavio fomentó la indignación popular por los regalos de Antonio a Cleopatra como excusa para romper el triunvirato en 33-2. Así, cuenta Estrabón que Antonio llevó a Egipto desde Tróade un colosal Ayante y las mejores obras de arte de los templos para complacer «a la egipcia» (XIII 1, 30). Su unión con Cleopatra, de la que tuvo hijos (XVII 1, 11) será causa de estos regalos y de otros más importantes aún: le regala Hamaxía en Cilicia por su buena madera de cedro para las construcciones navales (XIV 5, 3) y nada menos que Chipre (XIV 6, 6). Mantuvo excelentes relaciones con el rey de Maurusia Bogo, que en Accio cayó ante Agripa (VIII 4, 3) y una hija suya y de Cleopatra casó con su sucesor Juba II, cuyo hijo Ptolomeo —nieto, pues, de Antonio— le sucedió a su muerte en el 23 d. C. (XVII 3, 7).

Tras su derrota en Accio (VII 7, 6), en el 31, Estrabón rememora su triste final: en sus últimos días en Alejandría, traicionado, escogió la vida en soledad como el legendario misántropo Timón (XVII 1, 9). Junto a Alejandría, en Nicópolis, Octavio derrotó a sus últimas tropas (XVII 1, 10). La trayectoria de Antonio es resumida así por Estrabón: después de Filipo marchó a Asia donde casó con Cleopatra y con la que tuvo hijos; los dos estuvieron presentes en Accio y los dos fueron perseguidos por Octavio hasta Egipto, país al que liberó de sus ebrios desmanes (XVII 1, 11).

Las noticias que Estrabón da sobre Augusto son, lógicamente, las más abundantes pues coincide el gobierno de aquél con la mayor parte de la vida de éste.

Augusto había expulsado a Sexto Pompeyo de Sicilia (VI 1, 6, y 2, 3) y en 34-3 llevó a cabo campañas en Dalmacia incendiando algunas ciudades VII 5, 4-5). Después de su enfrentamiento con Antonio, éste se divorció de Octavia, a la que Estrabón sólo cita como hermana de Augusto y madre de Marcelo (XIV 5, 14). Después de Accio, y junto al lugar de la batalla, fundó Nicópolis, trasladando allí a habitantes del Epiro, y creó los juegos de Accio con categoría de olímpicos (VII 7, 5-6). Estrabón se encontró con Augusto en Corinto cuando se encaminaba a Roma para celebrar el triunfo (X 5, 3) y seguramente lo acompañó.

En Hispania, Augusto sometió a cántabros y pueblos vecinos dejando tres legiones (III 3, 8) y estableció a sus soldados como colonos en Bética (III 2, 1). En la Galia Cisalpina, a partir del 25, sometió a los salassi , limpió la zona de bandidos y construyó todos los caminos que pudo, fundando además Augusta Praetoria, la actual Aosta (IV 6, 6-7).

En Egipto, nombró primer prefecto a Cornelio Galo, que se apoderó de Heroómpolis (XVII 1, 53), aunque Estrabón no menciona siquiera su fama como poeta. Augusto intentaba ensanchar sus dominios atraído por la riqueza de Etiopía y de Arabia y, después de la caída en desgracia y muerte de Cornelio Galo, su sucesor Elio Galo fue despachado a ambos lugares, en expedición militar a Arabia (XVI 4, 22) y en viaje exploratorio hacia Etiopía, en el que, como ya dijimos, le acompañó el propio Estrabón. Pero el tercer prefecto, Petronio, tuvo que hacer frente a un levantamiento de etíopes que conquistaron Siene, Elefantina y File, y derribaron las estatuas de Augusto antes de ser reducidos (XVII 1, 54).

Hacia el 20, Tiberio es enviado por Augusto a Armenia y consigue regresar con las insignias legionarias que perdió Craso en el 53, con el reconocimiento de Armenia como zona de influencia romana y con un tratado de amistad con los partos, que sería ratificado posteriormente y por el que los hijos y nietos de Fraates IV quedaron como rehenes de Augusto (XVII 1, 54; VI 4, 2; XVI 1, 28). También consiguió Augusto la amistad de la Media Atropatene, al ayudar a Ariobarzanes a hacerse con el poder (XI 13, 2: Res Gestae 31). Augusto recibió una embajada incluso del rey Pandión de la India (XV 1, 4 y 73).

En Iliria, en 16-5 Tiberio y Druso vencen a los carni y norici de la zona de Aquileya (IV 6, 8) y las operaciones de Tiberio contra los vindelici en el lago de Costanza, en la región de la actual Bregenz, le permitieron en una sola jornada de camino avistar las fuentes del Istro (VII 1, 5). El recrudecimiento de las hostilidades durante 13-9 a. C. concluyó con la victoria sobre los yápodes, cerca de Istria (IV 6, 10).

En Germania, la consigna de Augusto a sus generales fue la de no pasar el Elba (VII 1, 4). Al hilo de estos sucesos recuerda Estrabón la muerte de Druso, el hermano de Tiberio y padre de Germánico y Claudio, el 9 a.C. (VII 1, 3), y el apoyo de Augusto al germano Marabodo, que se crió en Roma (VII 1, 3), pero que luego sería su rival, aunque Estrabón no menciona este hecho. Sí, en cambio, la expedición contra los getas (VII 3, 11; Res Gestae 30), que tuvo lugar entre 9-6 o bien 6-4 a. C. La embajada que por estos mismos años le enviaron los britanos, pagándole tributo y de la que parece que Estrabón fue testigo (IV 5, 3; Res Gestae 32), le sirve para hacerse eco de la propaganda oficial sobre la renuncia a la conquista de Britania, anunciada a bombo y platillo en los primeros años de gobierno de Augusto y ahora arrinconada bajo el pretexto del mayor provecho económico que ofrece a Roma la situación actual.

Estrabón menciona el sitio y destrucción de Artageras en el Éufrates después de la rebelión de su comandante Ador (XI 14, 6), pero no menciona lo más importante y es que allí murió Gayo César, el hijo de Julia y Agripa adoptado por Agusto, lo que dejaría abierto el camino de la sucesión a Tiberio. En el 5 d. C., los cimbrios envían a Augusto una embajada con diversos regalos, incluido un caldero sagrado (VII 2, 1; Res Gestae 26, 2). El germano Arminio aniquilará tres legiones de Q. Varo el 9 d. C. (VII 1, 4), lo que dejará en situación delicada la frontera norte.

Entre las decisiones políticas que destaca Estrabón figuran la confirmación de Herodes en el trono de Judea (XVI 2, 46) y la entrega de Maurusia, a la muerte de Bogo, a Juba II (XVII 3, 7). Devolvió su libertad a Amiso en el Ponto (XII 3, 14), y Amasía, que se había mantenido independiente con una monarquía, será anexionada al Imperio el 2 a. C. (XII 3, 39). Al pirata Cleón, que se pasó a su bando en Accio, le nombró sacerdote de Comana dándole «más de lo que merecía» (XII 8, 9): es una de las pocas veces que Estrabón se atreve a criticar una medida de Augusto.

En cuanto al Reino del Ponto, Polemón I, a quien según dijimos, estableció Antonio, era hijo de un famoso orador y político pro-romano, Zenón de Laodicea, y consolidó su reino gracias a su segundo matrimonio con Pitodoris, hija del rico Pitodoro anteriormente citado y de una hija de Antonio, por lo que, una vez apaciguados los odios contra Antonio, el que su esposa fuese una Julio-Claudia añadía los mejores auspicios al reino de Polemón; tuvieron dos hijos y una hija, Antonia Trifena (XII 3, 29). Pitodoris gobernará en ausencia de Polemón, que marchó al Bósforo, y a su muerte en el 8-7 a. C. contrajo nuevo matrimonio con Arquelao I de Capadocia, al que también enterró el 17 d. C., como señala Estrabón en el mismo pasaje. Pitodoris vivió hasta 22-3, o bien hasta 34-5 d. C., y la admiración de Estrabón hacia ella es tan manifiesta que, después de Augusto y Tiberio, es el personaje político más ensalzado en su obra: mujer prudente y capaz de presidir los asuntos de Estado, gobierna Cólquide, Farnacia, Trapezunte, sobre tibarenos y caldeos, Fanorea, Zelitis y Megalopolitis; un hijo de su matrimonio con Polemón, Zenón, gobierna la Gran Armenia (XI 2, 18; XII 3, 29 y 31 y 37; XIV 1, 42).

Volviendo a Augusto, el princeps tuvo también a su lado a algunos griegos que Estrabón no deja de citar: así, nos cuenta que fue discípulo de Atenodoro de Tarso (XIV 5, 14), discípulo y amigo de Teodoro de Gádara (XIII 4, 3) y amigo también de Jenarco de Seleucia, uno de los maestros de Estrabón (XIV 5, 4). El hijo de Teófanes de Mitilene, Pompeyo Macer , hizo carrera en Roma y fue procurador de Asia (XII 2, 3), organizando también la biblioteca de Augusto.

Su acercamiento a los griegos llevó a Augusto a devolver el Ayante de la Tróade y otras obras de arte robadas por Antonio (XIII 1, 30), así como la Atenea y el Heracles de Mirón del Hereon de Samos, pero el Zeus del mismo grupo lo trasladó al Capitolio (XIV 1, 14) y dedicó a César la Afrodita Anadioumene de Apeles (XIV 2, 19).

Entre sus medidas administrativas Estrabón recuerda que, en Hispania, excepto la Bética, el resto depende de Augusto (III 4, 20); dividió la Galia en cuatro partes (IV 1, 1). En Sicilia repobló Siracusa con el envío de una colonia romana, así como Catania y Censorina (VI 2, 4); anuló las sucesivas ampliaciones de Mitrídates y de Antonio del asilo del templo de Ártemis en Éfeso. Restauró Trales y Laodicea, gravemente dañadas por un terremoto (XII 8, 18). Y la propia Geografía de Estrabón se cierra con un panorama de los dominios y provincias del Imperio en época de Augusto (XVII 3, 24-5).

También recuerda Estrabón ciertas prerrogativas de Augusto: Capri es propiedad personal suya (V 4, 9); Augusto designa al sacerdote encargado del Museo de Alejandría (XVII 1, 8) y enviados personales suyos, «idiologoi», requisan las propiedades sin dueño en Egipto (XVII 1, 12). Su magnanimidad, alabada en varios de los pasajes citados, se revela por ejemplo en su trato a los etíopes sublevados, a quienes perdona el tributo (XVII 1, 54).

Augusto embelleció Roma (V 3, 8) y tomó medidas urbanísticas que la hicieron más segura, como el servicio de bomberos y la limitación de alturas en la edificación (V 3, 7). Los honores divinos que recibió Augusto son recordados en el templo que le dedicaron todos los galos en Lugduno, actual Lyon (IV 3, 2). Augusto murió el 14 d. C. y su Mausoleo es cuidadosamente descrito (V 3, 8).

De Tiberio ya señalamos su intervención en las campañas que realizó a las órdenes de Augusto. De su retiro forzoso en Rodas a partir del 6 a. C. Estrabón no menciona nada. Mantuvo algunas medidas de Augusto, como el estacionamiento de tres legiones cerca de los cántabros (III 3, 8), conservó algunos amigos de Augusto, como Pompeyo Macer , del que Estrabón nos dice que es uno de sus íntimos (XIII 2, 3). Alaba sus ayudas económicas para restaurar Sardes, Magnesia del Meandro y otras ciudades dañadas por un nuevo terremoto (XII 8, 18, y XIII 4, 8). Después de la muerte de Arquelao en el 17 d. C. convirtió la Gran Capadocia en provincia romana (XII 1, 4) y por las mismas fechas lo mismo hizo con Comagene.

Al final de su libro IV, Estrabón da un nuevo resumen de las conquistas romanas, que prácticamente engloban todo el mundo conocido, y de acuerdo con la propaganda oficial concluye con la referencia al gobierno de Tiberio, que tiene por modelo a Augusto, ayudado por sus hijos Germánico (hijo de su hermano Druso y padre de Calígula) y Druso (generalmente conocido como Cástor y que morirá joven): un poder tan amplio como el que tiene Roma ha de ser ejercido por un solo hombre que se comporte como un padre, afirma, y concluye cantando la paz y abundancia tan grandes y nunca antes conocidas (VI 4, 2).

Ya dijimos que la muerte de Juba II, rey de Maurusia, el 23 d. C. es la última noticia fechable de su obra (XVII 3, 7; 9 y 25).

B) EL AMBIENTE CULTURAL

Descendiente de ilustre familia, con sus favoritos reales e intrigantes incluidos, en un reino algo alejado del centro del mundo, con mezcla de sangre griega y bárbara, y que fue motivo de grave preocupación para la República romana, Estrabón es un griego de la zona oriental que ve nacer el Imperio. Y griego no ya por su nacimiento, sino por su integración en la comunidad de lengua y cultura helenas, que es la que define a los dominadores de Asia frente a la gran mayoría de indígenas sometidos. El mantenimiento del poder en una zona inestable es el objetivo prioritario de esa clase. Con Mitrídates habían acariciado la idea de ser por vez primera el eje del mundo griego, pero también se habían desatado amenazadores desórdenes sociales; más valía supeditar el poder a Roma que perderlo por entero, y Estrabón acepta que el poder de Roma es irreversible y no alimenta ilusiones nacionalistas, sino que muestra abiertamente su alegría por la vuelta del orden, que le permite seguir disfrutando de sus privilegios, y busca su beneficio en el nuevo ombligo del mundo.

Vimos cómo todos sus maestros habían sido griegos y todos procedían de Asia Menor, de donde cita asimismo una pléyade de compatriotas ilustres, según él, en los campos de la gramática, la retórica, la filosofía, la medicina y las artes; con frecuencia se dedican a la enseñanza y muchos de ellos también están embarcados en política y mantienen estrechas relaciones con Roma: éste es el mundo de Estrabón y, como en el capítulo anterior, intentaremos conocerlo sobre todo a través de sus propias palabras.

Estrabón está muy interesado en las obras de los gramáticos, término en el que también se engloba lo que hoy llamaríamos filólogos, y que, a menudo, compaginaban esta actividad con la retórica —como, por ejemplo, en el caso de su maestro Aristodemo de Nisa, que daba clases de retórica por la mañana y de gramática por la tarde (XIV 1, 48)— e incluso con la filosofía. Estrabón ha consultado para su obra varios de estos gramáticos asiduamente y, además, cita a casi todos los filólogos ilustres de época helenística. De los bibliotecarios alejandrinos conoce a Zenódoto y a Aristarco, de Eratóstenes cita otras obras además de su Geografía y, si no cita a Aristófanes de Bizancio, sí lo hace con Diodoro y Artemidoro de Tarso (XIV 5, 14-5), dos «aristofánicos» 15 .

El gran período de la filología helenística fue a mediados del siglo II , y Estrabón manejó no sólo a los alejandrinos, sino, sobre todo, a autores de la Escuela de Pérgamo como Crates de Malos y Demetrio de Escepsis; la afiliación estoica del primero era ya un punto en común y sus interpretaciones alegóricas de Homero son, en parte, defendidas por Estrabón 16 . Y es que la superioridad de los estoicos en gramática fue cosa admitida y, por otro lado, la Escuela de Pérgamo, más atenta a la explicación del texto recibido de Homero que a las correcciones y atétesis de los alejandrinos, tenía una mayor proyección pedagógica y cultural.

Cuando se produjo la dispersión de filólogos y otros sabios alejandrinos con la subida al poder de Ptolomeo VIII, en 145, otras ciudades griegas se beneficiaron de la diáspora. Estrabón también utilizó con profusión el Catálogo de las naves , de Apolodoro de Atenas, que trabajó con Aristarco en Alejandría y luego marchó a Pérgamo, y cita también al otro gran discípulo de Aristarco, Dionisio Tracio, cuya Arte gramática , el manual de la materia más usado en la Antigüedad, contiene influencias de la teoría gramatical estoica 17 . Dionisio se estableció en Rodas, que se convirtió en el gran foco cultural de los siglos II -I , gracias también a la actividad de los estoicos Panecio y Posidonio, el último de los cuales es fundamental en la obra de Estrabón. A Rodas fueron a estudiar Cicerón y Tiberio, y Estrabón todavía recuerda a algún gramático contemporáneo 18 .

La tradición de Pérgamo también continuó siendo fructífera, y Estrabón no deja de mencionar a su amigo Atenodoro de Tarso, discípulo de Posidonio y bibliotecario de Pérgamo, que fue maestro de Augusto y gobernador de Tarso 19 .

Por otra parte, la tradición alejandrina debió de llegarle a Estrabón por su maestro Aristodemo de Nisa, ya que él y su hermano, el también gramático Sóstrato, son hijos de Menécrates de Nisa, que fue discípulo de Aristarco (XIV 1, 48). Gramáticos alejandrinos contemporáneos de Estrabón son Aristonico de Alejandría, del que cita su obra «Peregrinaciones de Menelao» (I 2, 31) y que extractó los comentarios de Aristarco a Ilíada y Odisea 20 , y Ario (XIV 5, 4), más conocido por Dídimo, que además de una ciclópea labor como crítico también recopiló los comentarios homéricos de Aristarco y fue amigo y maestro de Augusto, al igual que sus hijos 21 . A ambos debió de conocerlos Estrabón en Alejandría.

La retórica, cuya definición nos da Estrabón (I 2, 5), y la oratoria eran también profesiones habituales, a menudo ligadas a la historia y a la filosofía, y en general relacionadas con la política. Estrabón, aunque estudió retórica como todo griego culto, no es un rétor, pero conoce muy bien la enorme importancia que tenía en la época y en sus citas se trasluce con claridad el papel que en la vida pública desempeñaron muchos de sus practicantes. Dejando a un lado, como de costumbre, a los oradores más antiguos, citados todos ellos, recordaremos los más próximos. Ya Diófanes de Mitilene (XIII 2, 3) fue profesor de elocuencia de Tiberio Graco 22 ; Apolonio Molón, de Alabanda, condujo en el 81 una embajada de su ciudad a Roma y fue maestro de Cicerón y César 23 , y Marco Catón se trajo de Tarso a Atenodoro Cordílion, que vivió y murió en su casa (XIV 5, 14); contemporáneos de Cicerón fueron Alejandro de Éfeso, apodado «Lychnus», que fue también político e historiador y escribió poemas geográficos y astronómicos (XIV 1, 25), Menipo de Estratonicea, en Caria, del que afirma que fue el orador más aplaudido por Cicerón (XIV 2, 25) y Hermágoras de Temno, que escribió un Arte retórica (XIII 3, 5), Diodoro el Viejo, Zonas, que fue acusado de sublevar ciudades contra Mitrídates y fue absuelto por éste; su hijo, Diodoro el Joven, amigo de Estrabón, era también historiador y poeta (XIII 4, 9). Recuerda también a Hegesias, iniciador del asianismo (XIV 1, 41).

Aparte de otros oradores citados 24 , Estrabón destaca en su propia época a tres rétores. Diotrefes de Antioquía en el Meandro fue maestro de Hibreas de Milasa, que fue el mayor orador de su época según el geógrafo (XIII 4, 15) y, junto con su compatriota Eutidemo, supieron combinar retórica y política, lo que procuró a Hibreas abundantes riquezas y honores en su patria, pues se alió con Roma contra Labieno, que se había proclamado rey de los partos, y defendió su ciudad, por lo que Augusto le otorgó la ciudadanía romana y le nombró gran sacerdote (XIV 2, 24); Zenón de Laodicea, también orador y padre de Polemón I, rey del Ponto, cerró asimismo su ciudad a Labieno (ibid.) . Pero, según Estrabón, las dos escuelas más importantes fueron la de Apolodoro de Pérgamo y la de Teodoro de Gádara: el primero, consejero de Octavio, que lo llevó consigo a Apolonia, y maestro de elocuencia, escribió una Retórica y aprovechó su amistad con Augusto 25 , mientras que del segundo sabemos que fue maestro de Tiberio 26 .

Estrabón se declara a sí mismo filósofo estoico, aunque sus primeros maestros fueron peripatéticos; por eso la mayoría de filósofos citados del siglo I pertenecen a estas dos escuelas; cierto es que el adjetivo ‘filósofo’ es usado con poco rigor y en muchos casos, como en el de nuestro geógrafo, seguramente debe entenderse poco más que como sinónimo de hombre culto.

Antíoco de Ascalón (XVI 2, 29), fundador de la quinta Academia, fue amigo de Lúculo y maestro de Cicerón y Bruto 27 ; también académico fue Néstor de Tarso, maestro de Marcelo y sustituto de Atenodoro en el gobierno de Tarso (XIV 5, 14) y, quizá, maestro asimismo de Tiberio 28 . Entre los epicúreos, cuyo influjo al final de la República fue muy importante como testimonian Lucrecio y Horacio, sobresale la figura de Filodemo de Gádara (XVI 2, 29), cuyo patrón fue Calpurnio Pisón, al que posiblemente acompañó durante su gobierno en Macedonia 29 y que recaló en Roma alrededor del 70.

Entre los peripatéticos ya citamos a sus maestros Jenarco de Seleucia y Tiranión, así como a Boeto de Tarso, que pertenecía a esta escuela igual que su hermano Diódoto (XVI 2, 24). Además de Andronico de Rodas (XIV 2, 13), Estrabón menciona a Aristón, contemporáneo suyo y autor de una obra Sobre el Nilo , que nuestro geógrafo ha cotejado personalmente con la obra de Eudoro sobre el mismo tema, siendo difícil decidir quién es el plagiario, aunque se inclina más bien por el segundo (XVII 1, 5). Ateneo de Seleucia en Cilicia es otro ejemplo de los peligros del filósofo metido a político: fue instructor de Marcelo y probable autor de un tratado de poliorcética a él dedicado 30 , pero su amistad con Murena estuvo a punto de costarle la vida cuando se acusó a éste de conspiración. Ateneo, finalmente absuelto, regresó a su patria recitando aliviado el verso inicial de la Hécabe de Eurípides, puesto en boca de la sombra de Polidoro: «Vengo tras dejar el antro de los muertos y las puertas de las tinieblas», sólo para perecer al poco tiempo víctima del hundimiento de su propia casa (XIV 5, 4).

Estrabón, por su pertenencia a la escuela estoica, ha realizado lecturas y comentarios de sus grandes autores, sobre todo de Zenón y de Crisipo; de acuerdo con su escuela está su interés por la gramática y la filología y, en especial, por Crates de Malo, exégeta alegórico de Homero, el estoico que más cita después de Posidonio. Por medio del discípulo de Crates, Panecio, Rodas se convertirá en los siglos II -I en el centro de la filosofía estoica y también, como vimos, de los estudios gramaticales a partir de la enseñanza de Dionisio Tracio; por eso acudieron a Rodas Cicerón y Tiberio, y el propio Pompeyo escuchó a Posidonio, que ejerció una enorme fascinación en su época y durante todo el siglo I . Todo ello lo conocía bien Estrabón que, además, tuvo a su disposición el catálogo de filósofos estoicos y de sus obras elaborado por el estoico Apolonio de Tiro, poco antes de su época (XVI 2, 24). Otros estoicos mencionados son Leónidas de Rodas (XIV 2, 13), Arquedemo de Tarso y Antípatro de Tarso (XIV 5, 14).

Y sin adscripción a escuela menciona a Plutiades y Diógenes de Tarso, filósofos itinerantes, el último de los cuales fue también poeta, sobre todo trágico (XIV 5, 15) y a Estratocles de Rodas (XIV 2, 13).

Se observará que, junto a Rodas, Tarso cuenta con numerosos representantes y es que Estrabón señala que las escuelas de Tarso, de filosofía y demás disciplinas que forman la cultura general, habían superado en su tiempo a las otrora dominantes de Atenas, primero, y de Alejandría, después, y para demostrarlo aporta una larga serie de hombres ilustres que, desde luego, supera a las que da Estrabón para otras ciudades. Y como ya dijimos que estos intelectuales buscan su medro en el centro del poder no nos sorprende que concluya afirmando que Roma está llena de griegos cultos procedentes de Tarso y de Alejandría (XIV 5, 15). Pero además de Alejandría, Rodas y Tarso, otras dos ciudades en Occidente disfrutan también de una posición eminente en cuanto a cultura y modos de vida griegos, que habrían persistido pese a la conquista romana: Masalia, que por su dedicación a la filosofía y a la retórica ha hecho que muchos romanos contemporáneos de Estrabón la prefieran en lugar de Atenas (IV 1, 5), y Neápolis, con numerosas huellas de su pasado griego que atrae al retiro a profesores griegos y romanos, y no sabemos si al propio Estrabón (V 4, 7).

Entre otros contemporáneos ilustres citados sin especificar su actividad 31 , fue más conocido Teopompo de Cnido (XIV 2, 15), mitógrafo amigo de César y cuyo hijo Artemidoro previno en vano a éste sobre los trágicos idus de marzo del 44 32 .

Finalmente, Estrabón menciona tres autores contemporáneos que tuvieron un importante papel en Roma. Crinágoras de Mitilene (XIII 2, 3) fue poeta cortesano de Augusto y embajador de su ciudad, primero ante César y después ante Augusto en Tarraco, en el año 26, del que ya no se separaría; dedicó poemas a personajes de su corte como Marcelo, a las bodas de Antonia y Druso, y a Juba II, o bien a enemigos como Nicias, el tirano de Cos 33 . Nicolás de Damasco (XV 1, 72-3) es utilizado como fuente por Estrabón, de lo que hablaremos más adelante; fue político e historiador, maestro y consejero de Herodes de Judea, tutor de los hijos de Antonio y Cleopatra, embajador ante Augusto de los intereses de Herodes y autor de una Historia en 144 libros que llegaba hasta el 4 a. C., de una biografía de Augusto, basada en la propia autobiografía del príncipe, y autor de su propia autobiografía 34 . El trío lo completa Dionisio de Halicarnaso (XIV 2, 16), historiador y crítico literario que después de Accio marchó a Roma bajo el patronazgo de Q. Elio Tuberón, a quien dedicó su estudio sobre Tucídides; coincide con Estrabón en el objetivo de sus Antigüedades romanas , la utilidad política, y es el máximo exponente de la fusión de las culturas griega y latina: Roma es griega en su origen y todo lo bueno que tiene proviene de Grecia; Dionisio apoyará el neoaticismo respondiendo a la demanda de la aristocracia romana y a las directrices de Augusto, que prefería los clásicos a los autores helenísticos tan de moda en años anteriores 35 .

Otro historiador famoso de la época, algo mayor que Estrabón, fue Timágenes de Alejandría (IV 1, 13; XV 1, 57) que, llevado a Roma por Gabinio, estableció escuela de retórica y sirvió a Antonio y a Augusto hasta que, después de una disputa con éste, pasó su vida confinado en casa de Asinio Polión. Escribió una Historia desde los sucesores de Alejandro hasta Accio, probablemente, y quemó el panegírico de Augusto que había escrito. Timágenes representó el papel de oposición, bastante inocua, a Augusto 36 .

Otros muchos hombres ilustres desfilan por la Geografía 37 , antiguos y contemporáneos, pero, como griego que es, el autor preferido de Estrabón es Homero, cuyas citas doblan las de cualquier otro autor, incluidos los geógrafos, por sorprendente que parezca. Desde los «Prolegómenos», Homero lo invade todo y acaba convirtiéndose casi en el eje de la descripción de Grecia y Tróade, no sólo por las fuentes que utiliza Estrabón sino por voluntad de autor, relacionada como veremos, con los objetivos de su Geografía , y porque era tradicional considerar a Homero el primer geógrafo e historiador.

III
PERSONALIDAD DE ESTRABÓN

En este ambiente de griegos de Asia al servicio de Roma se mueve Estrabón. ¿Dio clases como era norma? Es muy probable que lo hiciera, quizás en Roma o en Nápoles, pero nada sabemos. ¿Quién fue su patrón romano? Hay dos posibilidades: algunos han deducido que era cliente de los Servilio, basándose en leves indicios como la escueta afirmación de Estrabón de que «vio» en Roma al viejo Servilio Isáurico, combinada con la noticia ciceroniana de la existencia, por la misma época, de un Servilio Estrabón cerca de Nisa 38 . Más importante es poner de relieve las relaciones de Estrabón con el prefecto de Egipto, Elio Galo, con el que viajó por Egipto y al que defiende y exculpa de la fallida incursión en Arabia; teniendo en cuenta que el padre de Seyano fue prefecto de Egipto con Tiberio y se llamó Seyo Estrabón y que es casi seguro que el propio Seyano fue adoptado por Elio Galo, se ha conjeturado 39 que el nombre del geógrafo le viene del padre de Seyano, cuya familia conservó, incluso como nomen , el de Estrabón en un hijo de Seyano (frente a apariciones esporádicas del cognomen en otras familias, como C. Iulius Caesar Strabo o Cn. Pompeius Strabo) . Así, el nombre del geógrafo podría haber sido Elio Estrabón; los Elio tenían además vínculos con los Tuberón, y, de estos personajes, bastantes pertenecen al círculo posterior de Tiberio.

¿Educó Estrabón, como también era habitual, a algún noble romano o griego? No lo sabemos, como tampoco si sirvió de embajador en algún asunto determinado. Pero ya vimos cómo la familia de Pitodoro de Trales, y sobre todo su reina Pitodoris, recibe un tratamiento especial que permite suponer unas relaciones más estrechas, no simplemente basadas en un cierto sentimiento nacionalista, pues obsérvese que de su propia patria, Amasía, ni siquiera menciona los nombres de los reyes que tuvo hasta su incorporación al Imperio.

Lo único que podemos deducir de sus opiniones dispersas es su postura ideológica en algunas cuestiones importantes.

Ya vimos que Homero era el autor preferido de Estrabón y en sus páginas podemos vislumbrar una teoría de la poesía. Polemizando con Eratóstenes, que opinaba que la poesía es un entretenimiento, Estrabón defiende su papel didáctico, que, mediante el placer, nos introduce en el arte de vivir e instruye nuestro carácter, emociones y acciones para conseguir un objetivo moral; lo mismo que la música (I 2, 3), la poesía tiene un papel subordinado a la filosofía, es «una primera filosofía» (I 1, 10), y el mito es el vehículo apropiado para ese aprendizaje, capaz de colmar el ansia de sabiduría de una inteligencia todavía tierna y de dirigirla hacia el terreno social y político mediante ficciones sólo parecidas a la realidad; en su propia época el mito es sustituido por la filosofía, pero ésta es sólo de minorías, de modo que la poesía sigue sirviendo para la gran mayoría (I 2, 8); con palabras que quizá provienen de Crisipo, sólo el sabio es poeta (I 2, 3) y sólo es buen poeta quien es persona buena (I 2, 5), y que recuerdan la definición del orador de Quintiliano uir bonus et peritus dicendi 40 .

La polémica de Estrabón con Eratóstenes no es sino la aplicación en el campo geográfico, a propósito de Homero, de la polémica más general sobre la poesía que debió de abrirse con la llegada a Roma, hacia el 70, de Filodemo de Gádara, el filósofo epicúreo probable cliente de los Pisones, y que encuentra, en la propia época de Estrabón, la famosa formulación horaciana aut prodesse uolunt aut delectare poetae . Que Estrabón coincida con Horacio en el doble valor de la poesía no es extraño pues la epístola horaciana va dedicada al hermano menor de Cn. Pisón, de quien Estrabón adquirió información sobre África, lo que permite imaginar los círculos en que se movían 41 .

La música, compuesta de danza, ritmo y melodía, nos pone en contacto con lo divino por el placer y la belleza; la felicidad es producto de la alegría, las fiestas, la filosofía y la música; ésta, pese a su actual decadencia, es el principio de la educación y por ello Platón y los pitagóricos llamaron música a la filosofía, estimando que el universo seguía las leyes de la armonía, que es obra divina, por lo que debe confiársele la formación del carácter 42 .

Poesía y música se subordinan, pues, a la filosofía. Pese a sus estudios aristotélicos, Estrabón se declara estoico designando a los miembros del Pórtico como «los nuestros» (II 3, 8), o aplicando el mismo posesivo a Zenón (I 2, 34). Echa en cara a Eratóstenes haber puesto por delante de Zenón a sus discípulos disidentes (I 2, 2). Parece, por tanto, que su afiliación al estoicismo debe de ser una elección adulta, quizás influido por su amigo Atenodoro de Tarso, el discípulo de Posidonio y maestro de Augusto. El estoicismo estaba extendido entre las capas altas de Roma y no es sorprendente que Estrabón lo profesara. Posidonio es, según el geógrafo, el más erudito de todos los filósofos de su tiempo (XVI 2, 10), aunque le achaca una cierta imitación de Aristóteles por su excesivo afán de buscar las causas de los fenómenos, lo que evita la escuela estoica por su oscuridad (II 3, 8) 43 . En todo caso, Estrabón ha leído en profundidad a Posidonio, a quien admira sin perder por ello su sentido crítico: para nuestro autor la investigación de las causas es competencia exclusiva del filósofo, mientras que quien participa de la vida política no dispone de tiempo suficiente para esa tarea (I 1, 21).

Estoica es también su distinción de las tres grandes partes de la filosofía: física, ética y lógica (II 5, 2). Pero la obra de Estrabón es una geografía y por eso no son abundantes los comentarios más o menos filosóficos: ideas estoicas son su concepto de la inteligencia, que compone el conjunto a partir de los datos de los sentidos (II 5, 11), su fe firme en las obras de la naturaleza (I 3, 17) y en el papel de la providencia (IV 1, 14), que engendra a los seres vivos y distribuye dioses y hombres por el universo y produce sus cambios dentro de la unidad del todo (XVII 1, 36). A Estrabón le interesa la felicidad del hombre, algo común en las filosofías helenísticas, que se consigue, como dijimos, con alegría, fiestas, filosofía y música; la vida del hombre es concebida como vida en sociedad dependiente de un solo autor, sea dios u hombre (XVI 2, 38), en una escena total que es el mundo habitado reunido en un solo imperio y regido por las mismas estructuras políticas (I 1, 16). Por eso Estrabón dará gran importancia en su obra a la geografía de poblaciones, incluidas historia y costumbres, como guía para los gobernantes 44 .

Pero sería exagerado ver en Estrabón un filósofo exclusivamente estoico: es claro que el aristotelismo ha sido un componente importante en su formación y, además de otros maestros, Tiranión, que utilizó la biblioteca de Aristóteles y Teofrasto y se interesó mucho por la geografía, ha debido desempeñar un papel relevante. Si Estrabón rechaza el aristotelismo de Posidonio en cuanto a las causas, debemos ver en ello probablemente un rasgo original del geógrafo, que retornaría a la concepción de la antigua Estoa, al servicio de los intereses romanos ligados a la práctica política y no a la ciencia meramente especulativa 45 .

La educación de Estrabón fue la que corresponde a los hombres libres (I 1, 22), consciente de la división de la humanidad entre griegos y bárbaros por sus leyes, orden político, educación y dominio de la palabra (I 4, 9): porque esos griegos, que son los hombres más charlatanes del mundo (III 4, 19), se distinguen por su gusto del buen gobierno, de las artes y de la ciencia de la vida, y, pese a habitar un país montañoso y pobre, fueron en su día los líderes de Europa, cediendo posteriormente ante Macedonia y ésta ante Roma (II 5, 26). El Imperio Romano alberga prácticamente todos los pueblos civilizados y apenas Arabia, Persia e India quedan fuera de la nómina; los demás no cuentan, son bárbaros que por naturaleza están destinados a la esclavitud como demuestran su indisciplina, rudeza y ferocidad (IV 4, 2), o, lo que es peor todavía, bandidos y piratas que son la máxima amenaza de la vida civilizada (II 5, 26; XIV 5, 2). En nuestro geógrafo no es dudosa la ideología esclavista, que resulta palpable en su descripción de los britanos (IV 5, 2) o en la repugnante de los esclavos corsos (V 2, 7). En realidad, su etnografía está al servicio del imperialismo y es por doquier una legitimación de la esclavitud 46 .

Con estas premisas y a la vista de lo dicho en páginas anteriores, el lector no tendrá muchos problemas en deducir la postura de Estrabón ante el poder romano 47 . Para empezar, la superioridad griega sobre Roma en cultura es incuestionable: por ejemplo, los historiadores romanos son imitadores de los griegos y se limitan a traducirlos sin mostrar una gran afición al saber (III 4, 19). Por eso, frente a la inmensa lista de griegos citados en el campo de la cultura, la mayoría de los latinos son políticos y apenas menciona una vez los Comentarios de César (IV 1, 1), un par de veces a Cicerón (X 2, 13; XVII 1, 13), una vez a Q. Delio (XI 13, 3) y otra a Asinio Polión (IV 3, 3).

Si la nómina de artistas y obras de arte griegas es también notable, cada vez que aparece un nombre romano ligado a ellas es para informarnos de un despojo: Lúculo llevó a Roma el colosal Apolo de la isla Apolonia en el Euxino, obra del famoso escultor del siglo V Cálamis (VII 6, 1); un general llevó a Roma los Trabajos de Heracles de Lisipo desde un santuario del héroe en Acarnania (X 2, 21) y Agripa se llevó de Lámpsaco el León caído del mismo escultor (XIII 1, 19); ya mencionamos los tres colosos de Policleto en el Hereon de Samos, las estatuas más bellas del mundo según Estrabón, que se llevó Antonio y de las que Augusto sólo devolvió dos, llevándose el Zeus a Roma, lo mismo que hizo con la pintura de Apeles, la Afrodita Anadioumene del Asclepieion de Cos, que dedicó a César porque era «la fundadora femenina de la familia» (XIV 2, 19); Lúculo, Antonio, Augusto seguían una larga tradición: ya mencionamos la biblioteca de Aristóteles y Teofrasto que se trajo Sila y en el siglo II , tras la destrucción de Corinto, Mumio se trajo el Dioniso del pintor Aristides de Tebas (VIII 6, 23).

Las artes son griegas y el ideal de vida griego se aprecia todavía en Masalia o en Neápolis, como vimos. El ideal romano es diferente, según se aprecia en la disposición de las ciudades: los griegos buscaron sobre todo la belleza, mientras que los romanos han sido más previsores y utilitarios, dedicándose primero a las obras públicas como cloacas, acueductos y conducciones de agua en general, caminos, y sólo después pensaron en el embellecimiento de sus ciudades (V 3, 8). Pero su predilección por lo griego y por su patria en Asia Menor no obnubila, sin embargo, su razón. El liderazgo griego ahora está en manos romanas y nos habla del parentesco entre ambos pueblos, e incluso de la mítica fundación de Roma por los arcadios al mando de Evandro (V 3, 3), que admitía hasta el historiador romano Celio, o por Eneas (XIII 1, 27), siguiendo la línea inaugurada por Polibio (I 1, 5).

Roma es la dominadora del mundo (XVII 3, 24-5), aprovechando las ventajas naturales de Italia (VI 4, 1-2), y sus juicios históricos sobre diferentes episodios nunca son desfavorables en lo esencial a Roma: el brutal incendio y arrasamiento de Corinto en 146 por Lucio Mumio está justificado por las ofensas recibidas por los romanos y no pierde ocasión de señalar la restauración de la ciudad por César y Augusto (VIII 4, 8, y 6, 23). Cuando habla de la conquista de su patria, el Asia Menor, se muestra desapasionado (XII 3, 33), sin emitir juicios, con una postura excesiva e interesadamente prudente. Y es que Estrabón es dócil receptor de la propaganda oficial de Augusto: la extinción de piratas y bandidos es obra de la pax romana (III 2, 5; XIV 3, 3; XVI 2, 20), lo mismo que la sumisión de los cántabros (III 3, 8), y, junto a ella, la clementia (XII 3, 35; XVII 1, 54; XIV 5, 4) y la amicitia (VII 1, 3, y 2, 1; IV 5, 3) son claros ecos de la doctrina que aparece en las Res Gestae , así como sucede con la ya citada renuncia a la conquista de Britania (II 5, 8). El establecimiento de colonias romanas o de alianzas con Roma lleva la prosperidad a todas partes (III 3, 8; II 5, 26; III 1, 8; IV 1, 5; VI 3, 4) menos a Asia Menor, claro (XII 3, 6, y 12; XII 4, 3, y 6, 6). Y, según dijimos, en VI 4, 2 hay un claro eco de la declaración oficial de Tiberio en su acceso al poder. Con todo, el elogio de las naciones que han guardado su independencia, como Licia (XIV 3, 3), Cilicia interior (XIV 5, 6), Capadocia (XII 1, 11) y, sobre todo, el Reino del Ponto (XII 3, 1-40) o el empleo de un verbo como ekbarbar sthai (VI 1, 2) para designar la pérdida del elemento griego en la Magna Grecia, prueban que la libertad seguía siendo el valor supremo y que los griegos de Asia, y entre ellos Estrabón, miraban a Roma como el ocupante, sin identificarse con ella más de lo necesario para sus intereses de clase.

IV
LA OBRA DE ESTRABÓN
A) Los «COMENTARIOS HISTÓRICOS » 48

De la obra histórica de Estrabón sólo nos han llegado 19 fragmentos muy breves, de los que tres son referencias del propio autor en su Geografía y la mayoría, doce, provienen de un solo autor, Flavio Josefo, y de una sola obra, sus Antigüedades judías (once fragmentos; el otro es de Contra Apión) . Los restantes son tres de Plutarco y uno de Tertuliano.

El título nos lo ha transmitido el propio Estrabón (XI 9, 9: Historikà Hypomnḗmata) , afirmando que ha tratado profusamente de los partos en el libro VI de esta obra, que es el libro segundo de la continuación de Polibio (tà metà Polýbion) . De modo que su obra histórica es anterior a la Geografía , que realizó como complemento de aquélla. En I 1, 22-3 nos dice que tanto el público como el objetivo de su Geografía son idénticos al de los Comentarios: «es preciso que este escrito sea de interés general y que sea igualmente de utilidad para el político y para el público medio, como lo es mi obra histórica… Esta es la razón por la cual nosotros, tras haber escrito unos Comentarios históricos útiles, según suponemos, para la filosofía, ética y política, hemos tenido la idea de añadir a ellos también el presente trabajo». Polibio, en su libro XXXIV, había añadido a su Historia una descripción geográfica de Europa. En el mismo pasaje citado, y siguiendo con el paralelismo de sus dos obras, Estrabón, comparándolas con una gran estatua, las califica de obra colosal , propia de un filósofo, y como tal lo calificará Plutarco en César 63.

Por tanto, parece que los Comentarios contenían cuatro libros de «Prolegómenos» y a partir del V comenzaría la historia propiamente dicha o continuación de Polibio. Sabemos que la historia universal de éste último abarcaba desde 265 hasta 146 a. C., con el final de la Tercera Guerra Púnica y la destrucción de Corinto, pero que el período principal era 220-168, desde la Segunda Guerra Púnica hasta la Batalla de Pidna y la caída de Macedonia; los dos primeros libros, de 265 a 220, los concibió Polibio como una sumaria introducción a la obra propiamente dicha. La ampliación final hasta el año 146 la basa Polibio en que fue testigo y participó en muchos de los hechos importantes de esos años. Con la destrucción de Cartago y de Corinto, Roma se convierte en la primera potencia y Grecia pierde su libertad. Polibio en estos libros daba especial relieve al comportamiento de Roma ante su responsabilidad universal 49 .

Parece que podemos establecer ciertos paralelos entre los Comentarios de Estrabón y la Historia de Polibio, autor al que Estrabón admiraba y que debió de ser uno de sus modelos principales. Los «Prolegómenos» seguramente arrancaban de la época de Alejandro y contenían un resumen de su historia 50 , como atestigua la crítica de los historiadores de Alejandro que vemos en II 1, 9, donde los trata, en conjunto, de mentirosos, y muy en especial a Deímaco, Megástenes, Onesícrito y Nearco: a los dos primeros les achaca todo tipo de fábulas increíbles y los descalifica como historiadores, lamentándose de que de embajadas a lejanos reinos sólo nos hayan dejado una sarta de embustes, y salvando sólo a Patrocles, cuyo viaje de investigación a las órdenes de los Seléucidas entre 268-5 por la zona del Caspio era una obra respetada 51 . Pero como todo este pasaje se basa en la crítica que ya les dirigió el propio Eratóstenes, es dudoso que Estrabón los utilizase de primera mano y, en cambio, es evidente que sí lo hizo con la Geografía de Eratóstenes, que precisamente en su primer libro contenía el resumen crítico de sus predecesores. Retengamos que Polibio no había pasado del siglo III en sus propios Prolegómenos.

A partir del libro V comenzaba la parte principal de su historia, desde 144 en que acabó Polibio. Ahora bien, sabemos que Posidonio escribió una historia universal en 52 libros que también abarcaba desde Polibio hasta la época de Pompeyo (61 a. C.) 52 . Como Posidonio vivió hasta 51-50 y los Comentarios de Estrabón deben de haber sido redactados unos 30 años después, es imposible que Estrabón, que tanto lo admiraba, no los conociese. Extraña, a primera vista, que Estrabón prefiriese arrancar desde la misma fecha que el maestro y la única explicación lógica, como dice Honigmann, es que quisiera tratar con mayor detalle y originalidad los acontecimientos relativos a Mitrídates, en los que su familia estuvo tan directamente involucrada, con lo que la conquista de Asia Menor sería parte importante de su obra, mientras que Posidonio la habría tratado más sumariamente 53 . Pero como la mayoría de los fragmentos conservados son relativos a los judíos, en lo que Estrabón no era un experto, dichas reliquias no pueden darnos una idea fidedigna de su trabajo: por ellos sólo sabemos que Estrabón citaba a algunos autores como Timágenes, Hipsícrates o Asinio Polión.

También podemos deducir la fecha de composición a partir del Fr . 19 (= Plutarco, César 63), que narraba los presagios maravillosos que precedieron al asesinato de César, lo que hace suponer que se extendería hasta el final de las guerras civiles y el advenimiento de Augusto. Jacoby sitúa la redacción final después del 20 a. C. y Honigman prefiere 27-5, sospechando que el viaje por el Nilo con Aulo Gelio, que está casi al final de la Geografía (XVII 3, 25) podría haber sido también la conclusión de los Comentarios , como una ilustración del nuevo mundo de Augusto.

Así, además de la continuación de una Historia universal en la que Posidonio parece que trató más las regiones occidentales y la historia de su propia patria, Siria, Estrabón, siguiendo a su modelo, habría dedicado mayor atención a Asia Menor. Eso explicaría perfectamente por qué sus «Prolegómenos» iban mucho más allá de Polibio: le interesaban los orígenes de los reinos de Asia y, también, sin duda, las hazañas de los grandes hombres (I 1, 23), desde Alejandro hasta Augusto. Ya vimos cómo en su Geografía Mitrídates y Pitodoris tenían un tratamiento excepcional y a Asia Menor le dedica cuatro de los quince libros corográficos, que además constituyen lo mejor de su obra. Es probable que Estrabón pensase que Asia Menor era realmente el último foco de cultura griega y que, por tanto, el Imperio Romano sólo se hizo universal cuando la conquistó. En cualquier caso, el juicio sumario de Jacoby, «sin notas propias, banal pero útil» es totalmente gratuito.

B) LA «GEOGRAFÍA » DE ESTRABÓN
1. Evolución de las ideas geográficas hasta Estrabón

La obra de Estrabón contiene una enorme cantidad de referencias a autores y obras anteriores, de modo que su comprensión cabal sólo es posible con un conocimiento, por somero que sea, de la geografía anterior.

La geografía fue en la Antigüedad, como sigue siendo hoy día, una disciplina compleja en la que confluyeron diversos tipos de saberes. En realidad, la geografía, con este nombre, no existe hasta Eratóstenes, lo que demuestra las dificultades existentes para extraer de otros diversos géneros su concepto y metodología propios, y aun así, la controversia acompañó siempre a estos estudios, y la forma de aunar sus diferentes ramas continúa siendo su problema fundamental. Por ello resulta sorprendente que se acuse a Estrabón de un cierto eclecticismo enciclopédico o de que no resolvió lo que todavía está sin resolver.

Al comienzo de su descripción de Grecia (VIII 1, 1) dice Estrabón que de ella se han ocupado, después de Homero, tres tipos de autores: unos han escrito estudios particulares como portulanos, periplos y períodoi g s; otros, en obras históricas de carácter general, han mostrado «la topografía de los continentes», como Éforo y Polibio; en fin, en obras «de física y matemáticas» también han tratado algo el tema autores como Posidonio e Hiparco.

Estrabón resume aquí perfectamente las tres líneas fundamentales de investigación que, aparte de Homero, confluyeron en la geografía y constituyen su historia. El esfuerzo de unificarlas raramente se llevó a cabo en la Antigüedad: quizás, antes de Estrabón, lo hicieron Eudoxo y Eratóstenes, los fundadores de la nueva geografía; después de ellos, tan sólo Estrabón, desde un ángulo diferente, lo volvió a intentar y de ahí el estancamiento de la geografía en los siglos siguientes.

El problema es cómo unificar dos métodos diversos que producen datos de diversa naturaleza: la vieja autopsia jonia es la base de la historía , o investigación, que desemboca en los relatos de viajes terrestres y marítimos con fines eminentemente prácticos; la exploración está al servicio casi siempre, cuando se trata de países extraños, de la expansión política y del intercambio comercial; con frecuencia sus frutos se limitaban a un catálogo de importantes accidentes naturales, a una seca mención de lugares habitados y de los diferentes pueblos que los integraban políticamente y a un recuerdo de sus principales recursos económicos. Dicho de forma un poco ruda, dónde hay tierras con las que comerciar o a las que dominar, con quién hay que tratar o luchar y qué podemos ganar en ello. De la relación entre las dificultades de la empresa y el beneficio que pueda obtenerse dependerá la forma final de contacto elegida.

A esta utilidad de la geografía vino a unirse otro rasgo: la geografía también servía para entender los hechos importantes de la historia y, de hecho, historia y geografía nacieron íntimamente ligadas y es ingenuo reprochar a Heródoto esa indefinición en su obra. La historía era la profundización de los relatos de viaje y en vez de limitarse a la simple enumeración aportaba toda la documentación explicativa asequible sobre los países en cuestión. En Heródoto y en Hecateo historia y geografía son la misma cosa. Pero a partir de cierto momento, la masa de materiales, tanto históricos como geográficos en sentido moderno, creció tanto que obligó a una elección práctica a la hora de escribir un tratado, otorgando prioridad a los primeros, con lo que se consolida la historia, o a los segundos, con lo que el género del viaje seguirá vivo durante toda la Antigüedad. Pero la mezcla de ambos será constante porque el historiador necesita situar en el espacio su narración y porque la obra de viajes, si aspira a ser una obra literaria y no un mero catálogo, deberá explicar los pueblos y ciudades que menciona. El rápido crecimiento de la historiografía como género limitará la parte geográfica contenida en ella, sobre todo por su frecuente deseo de universalidad: la geografía será aquí sólo el marco general y no habrá lugar, salvo en episodios determinados, para una geografía regional. Ésta será confinada a historias parciales y a viajes también locales, frente a los viajes generales de la tierra habitada.

Un problema evidente era la selección de los datos geográficos, según se trate de la descripción de un país, de una región o del mundo habitado: a más extensión, menor cantidad de datos. Pero al mismo tiempo, cualquier descripción geográfica, pormenorizada o no, al versar sobre relaciones espaciales necesita una representación espacial. El primer mapa es siempre el «mapa mental» que seguimos construyendo ante cada descripción espacial que recibimos, basándonos en los datos de nuestra propia experiencia. Nosotros estamos tan acostumbrados al uso del mapa que difícilmente podemos imaginarnos los comienzos de la geografía griega sin ellos. Dibujar un mapa aproximado es sin duda un paso adelante, pero el arduo problema de la geografía ha sido siempre realizar una representación de la tierra proporcionada a la realidad, para lo que es necesario el concurso de las disciplinas científicas que señala Estrabón: la física, para determinar forma y posición de la Tierra en el Universo; la astronomía, para extraer de los postulados físicos todo lo referente a movimientos, distancias y situación, y la matemática para poder medir con exactitud los datos astronómicos y poder representarlos gráficamente. Cuando esto se consiga, aun con algunas inexactitudes, la geografía, tal y como aparece en Ptolomeo, volverá a ser, paradógicamente, un catálogo tan seco como los viejos periplos, pero ahora un catálogo científico, con la determinación exacta, para la época, de cada ciudad, expresada en grados, y de cada distancia, medida en estadios. Pero estos mapas, que cumplen nuestro sueño de un conocimiento más exacto, no reflejan todos los deseos que contenía nuestro primitivo mapa mental: ¿Todo lo que hay que decir de Troya, geográficamente hablando, queda resumido en su escueta localización en grados? parece preguntarse Estrabón; se puede describir la ciudad y la región haciendo corografía, pero tampoco eso será suficiente porque cada uno de esos nombres ilustres está asociado a múltiples reminiscencias vitales y la descripción actualizada se superpone a una descripción soñada que incluso, en el caso de ciertas reminiscencias especialmente vigorosas, pueden ser las principales. Esto es lo que hace Estrabón con Grecia y lo que se le ha echado en cara, olvidando que modernamente la geografía está empezando a reflexionar sobre la importancia de estos mapas mentales y que, por otro lado, la geografía histórica es una rama importante de estos estudios 54 .

Tradicionalmente se atribuye a Anaximandro el primer mapa griego. En el milesio vio Eratóstenes al primer geógrafo, seguido de Hecateo 55 . Si ello es cierto, los primeros mapas serían contemporáneos de los primeros periplos de que tenemos noticia y se ha señalado que la períodos g s , que designa el primitivo mapa jonio, sólo después se aplicaría a la explicación y comentario del mismo. Así, la obra de Hecateo sería el comentario del mapa de Anaximandro; sin embargo, el mapa de Anaximandro difícilmente podría haber sido algo más que una rudimentaria configuración de los principales países y accidentes geográficos 56 .

Los comienzos . — El punto de partida, pues, lo constituyen los relatos de viajeros y navegantes, sin duda antiquísimos y que se pierden en la tradición oral griega. No podemos olvidar que dejando a un lado las navegaciones micénicas, de cuya índole y extensión todavía sabemos poco, la primera colonización (1000-700) ha debido originar muchos relatos de este tipo. Pero es sobre todo la segunda colonización (800-550) la que ha dejado huellas en nuestras fuentes. En este período los griegos se instalan en el Mar Negro, por una parte, en Siria (Al Mina, en el siglo VIII ) y en Egipto (Náucratis, en el siglo VII ), en Libia (Cirene, 630), en Sicilia y sur de Italia hasta Isquia (desde 750), en Córcega y Masalia (600) y desde aquí se internan por la costa mediterránea española. En esta colonización participaron habitantes de casi todas las ciudades griegas, pero las más importantes fueron Mileto, Calcis y Eretria, Corinto, Focea y Mégara. Si el sur del Mediterráneo era menos conocido se debió al dominio fenicio, que había fundado Gades, probablemente al principio del milenio, y que con la fundación de Cartago en el siglo VIII reforzarán esta ruta.

Todos estos viajes suministraron la ocasión de ver directamente numerosos países y pueblos, así como la necesidad de ordenar esa vasta información, con fines eminentemente prácticos, al servicio de esa expansión y de su floreciente comercio. Quizá de los fenicios les vino a los griegos la idea de poner por escrito sus andanzas, pues recuerdan importantes viajes suyos: bajo el faraón Necao (ca . 600) los fenicios dieron la vuelta a África en un viaje de tres años (Heródoto, IV 42); el cartaginés Himilcón (ca . 520) emprendió un viaje por el Atlántico norte hasta las Casitérides, al sur de Inglaterra, y su compatriota Hannón, en el siglo V , recorrió la costa atlántica de África, donde los fenicios poseían numerosas factorías.

En Grecia la épica conserva indicios inequívocos de estos viajes: la saga de los Argonautas es el viaje hasta el límite oriental del Mar Negro y, en su vuelta, se interna por Europa central y occidental. En esta dirección se mueven los Nostoi y la Odisea , por un lado, y la leyenda de Heracles con su expansión hasta Iberia, por otro. Las Arimaspeas de Aristeas de Proconeso se aventuraban por las estepas asiáticas entre el Tanaide y los actuales montes Altai. En la propia Ilíada , el Catálogo de las naves es una auténtica periḗgēsis de Grecia y el escudo de Aquiles está configurado como un auténtico mapa. No podemos extendernos sobre la cantidad de detalles geográficos contenidos en estas obras, ni tampoco en el dilatado conocimiento del mundo habitado que suponen los versos finales de la Teogonía de Hesíodo; baste con señalar que, tal y como nos han llegado, todas estas épicas pertenecen seguramente a los siglos VII -VI , que es el período de los primeros relatos de viajeros que conocemos.

En el siglo VII sitúa Heródoto (IV 152) la aventura de Coleo de Samos, que llegó hasta Tartesos y cuya riqueza fue proverbial. En la segunda mitad del VI hay que situar la fuente del posterior periplo de Avieno, que nos ha dejado la primera descripción de las costas ibéricas mediterráneas y atlánticas; es obra de un masaliota, quizá de Eutímenes, del que también se cuenta que viajó por la actual costa marroquí, y cuyos datos aprovechó Hecateo. Aquí se apunta ya la tradición marinera de los masaliotas que culminará con Píteas. Y al final de este mismo siglo hay que situar el periplo de Escílax de Carianda 57 que, al servicio del persa Darío, recorrió desde el curso medio del Indo hasta su desembocadura, la costa de Arabia y el Mar Rojo hasta el Istmo de Suez, para continuar por las costas sur y este de Asia Menor. Este periplo por los dominios del Imperio Persa, que quizás iba acompañado de un mapa, sirvió de fuente tanto a Hecateo como a Heródoto. La obra de Escílax, tras las noticias de otros viajes más limitados, es la primera gran síntesis de un amplio espacio habitado y el modelo que culminará en Hecateo.

La influencia oriental . — Pero al lado de estas geografías descriptivas, a veces en contacto y la mayoría al margen, venía desarrollándose una especulación filosófica y científica, cuyos frutos serán los que, finalmente, revolucionen el saber geográfico. El desarrollo de la astronomía y de la geometría serán, sobre todo, los que permitan los mayores avances. Y desde luego no es casual que los primeros geógrafos sean jonios, como Hecateo, y que de la misma Mileto procedan Tales y Anaximandro, que, entre sus preocupaciones, colocaron en lugar destacado la forma de la Tierra.

La tradición atribuye a Tales, al igual que a otros griegos famosos como Solón, Pitágoras y Platón, una fuerte dependencia de Egipto y de Oriente en general; y lo mismo sucederá con Eudoxo, aunque su estancia allí no es mera leyenda 58 , y con Hiparco. Y es que la ciencia no nació en Grecia sino en Oriente, como reconocían los griegos 59 . La continuidad de esta gran tradición centrada en las culturas sumerio-babilonia y egipcia fue lo que permitió a los griegos, en unos casos directamente y en otros por intermedio de lidios, fenicios 60 o persas, el gran impulso que se aprecia desde el siglo VIII . Desde Oriente penetran en Grecia, además del alfabeto y numerosas formas artísticas, la medicina, las matemáticas y la astronomía 61 . Las fechas concretas de estos préstamos son, naturalmente, desconocidas y, en realidad, el proceso es continuo a lo largo de la historia griega. Las noticias que atribuyen a determinados griegos de época arcaica la introducción de algunos principios fundamentales de estas ciencias son confusas y, a menudo, contradictorias, y tampoco ayudan mucho las fuentes orientales, pues continuamente recopilan datos más antiguos. Importa destacar que tanto en Egipto como en Mesopotamia los textos que nos han llegado tienen un carácter empírico (presentación y resolución de problemas, listas de observaciones astronómicas) que, sin embargo, no pueden explicarse sin una base teórica que no nos ha llegado; lo lógico es admitir que esa teoría se transmitía oralmente, quizás con cierto hermetismo, como muestran las numerosas noticias en este sentido sobre el saber de sacerdotes egipcios y caldeos. Por lo demás, esa es precisamente la práctica de los primeros griegos: piénsese en Heráclito, los órficos, los pitagóricos y en el propio Platón, cuyas obras presuponen otros conocimientos no expuestos en sus diálogos, la doctrina esotérica de la escuela. Y no menos griega es la práctica de la compilación continua de conocimientos como demuestran en matemáticas los Elementos de Euclides o, en nuestro campo, la obra del propio Estrabón o la de Tolemeo.

Señalemos, por tanto, que en Mesopotamia son de gran antigüedad los cálculos de los ortos y ocasos de Venus y la Luna y las tablas con el cálculo sistemático de las sombras del gnomon. Por lo menos entre 1400-900 hay que situar las observaciones exactas de los ortos solares de las estrellas fijas y la construcción de astrolabios. Aproximadamente hacia 700 aparece el cálculo mediante el gnomon de la proporción 3/2 para el día más largo en Babilonia, se dan los primeros pasos en la determinación del Zodíaco, se halla la oblicuidad de la eclíptica y se efectúan observaciones sistemáticas relacionadas con los eclipses, que conducen a la predicción de los lunares al menos en el siglo VII . La gran biblioteca de Asurbanipal en Nínive recogía todos los textos transmitidos desde época sumeria hasta su destrucción en 612. En el período neobabilonio (reyes caldeos, 626-539, y reyes persas desde 539-336, hasta Alejandro), tenemos testimonios de cálculo de períodos lunares y planetarios, con registros sistemáticamente fechados de eclipses y otros fenómenos, así como el comienzo de los horóscopos (el primero es de 409), la división del Zodíaco en 12 signos de 30° y el desarrollo de una astronomía plenamente matemática, que permite el cálculo de los movimientos del Sol, la Luna y los planetas 62 .

Heródoto (II 109) afirma que los griegos tomaron el polos y el gnomon de los babilonios y que la geometría procede de Egipto. Que Tales de Mileto predijo un eclipse, como afirma la tradición, y que ese fue el de 584 a. C., es algo que no puede admitirse, pues para ello se requieren archivos documentados con observaciones de varios años, lo que entonces no estaba al alcance de los griegos 63 . Con el gnomon, en cambio, el préstamo pudo ser más sencillo: las tablas babilonias lo utilizan para marcar la sombra de los dos solsticios y la del equinoccio y su equivalencia en la duración del día más largo y más corto; pero también se utilizaba, más sencillamente, como simple reloj de sol y no sabemos cuándo emplearon los griegos ambas posibilidades. Según algunas fuentes, Anaximandro construyó un gnomon en Esparta 64 e incluso halló la oblicuidad de la eclíptica 65 , pero no tenemos seguridad 66 . La introducción de los Signos del Zodíaco se atribuye a Cleóstrato de Ténedos, lo que también es hipotético; el calendario lunar utilizado también es babilonio y, desde luego, lo es la teoría de los números introducida por los pitagóricos.

Por eso no nos extraña que Tales sostenga que el agua es el principio fundamental, doctrina babilonia muy antigua; o que la adivinación penetre en Grecia por las mismas fechas: la creencia en la repetición periódica de los fenómenos es la base de la astrología, pero también, por singular paradoja, es el principio fundamental del pensamiento científico. Los griegos tomaron de Oriente no pocas disciplinas científicas, entre las que nos interesan las matemáticas y la astronomía; no sólo los instrumentos de medición propios de ellas, como el gnomon y el polos , el reloj de arena y el de agua o clepsidra, sino también las teorías que permiten interpretar los datos: desde el valor religioso de los números en los pitagóricos y el papel del fuego en Heráclito hasta la teoría de la inmortalidad y transmigración de las almas 67 . En geografía, los sumerios habían redactado ya listas de las principales ciudades y accidentes geográficos, que fueron después ampliadas por los acadios; y, sobre todo, la idea de la representación gráfica del espacio les permitió la confección de mapas tanto de ciudades, así el de Nínive, como del mundo, según el ejemplar neobabilónico de ca . 600 68 , cuya réplica parece el de Anaximandro.

Pero hay que destacar no sólo los préstamos concretos sino su significación: la adopción de observaciones metódicas, de medidas espaciales y temporales, el registro por escrito de los datos acumulados generación tras generación son presupuestos básicos del quehacer científico y en el mundo griego debieron suponer una auténtica revolución.

La geografía jonia . — La forma en que los griegos adoptaron estos conocimientos básicos en astronomía fue predominantemente geométrica, y quizás sea ahí donde su aportación al progreso común fue más genuina, pues aunque también desarrollada por los babilonios, la interpretación preferida por éstos era la numérica, con un método de progresiones aritméticas que les hizo cometer errores, por ejemplo, en la determinación mediante el gnomon de la sombra del equinoccio.

Es posible, aunque no seguro, que fuese Anaximandro quien lograse medir con exactitud dicha sombra y eso explicaría su fama puesta en relación con el gnomon; en todo caso, esa medida era bien conocida. Lo importante era que con esta medida exacta se puede determinar la latitud de un lugar, como consecuencia de la esfericidad de la Tierra. El gnomon, verdadero instrumento universal de la astronomía antigua, valía también para calcular la medida del arco intersolsticial (o intertropical, como lo llamaban los griegos): en la circunferencia que se traza tomando como radio la propia altura del gnomon, es el segmento que corresponde a las intersecciones producidas en dicha circunferencia por los rayos solares los días solsticiales, es decir, el día más corto y el más largo del año; una vez calculado este arco, su mitad es precisamente la medida clásica de la oblicuidad de la eclíptica y corresponde exactamente al lado de un pentadecágono regular inscrito en la circunferencia, es decir, 360°:15 = 24°. Esta cifra, la lóxōsis , fue calculada con mayor rigor por Eratóstenes (23° 51′ 19″) y por Tolemeo (23° 51′ 15″), de modo que el valor de 24° que dan tradicionalmente las fuentes es un valor redondeado, por lo menos desde Eratóstenes 69 .

Algunos autores atribuyen a Anaximandro este descubrimiento, aunque otros lo hacen recaer sobre Enópides, en la segunda mitad del siglo V 70 ; lo único que necesitaba Anaximandro para deducir el arco intersolsticial es el teorema de la igualdad de los ángulos opuestos por su vértice, que la tradición atribuía a Tales 71 . Pero todo ello sólo es admisible si Anaximandro admitía la esfericidad de la Tierra, que algunos le atribuyen aunque, según otros, sostenía que era un cilindro. La esfericidad de la Tierra se atribuyó también a Pitágoras y a Parménides de forma dudosa. Pero Diógenes de Apolonia y Anaxágoras seguían pensando que era plana, lo que es bien significativo, y Demócrito que era ligeramente cóncava; Heródoto también la concebía plana, y Platón dudaba cuando escribió el Fedón y sólo aceptó la esfericidad al final de su vida 72 . Todavía Aristóteles tiene que demostrar la esfericidad frente a los partidarios de una tierra plana 73 . Por ello, parece que las teorías sobre la esfericidad comenzarían a aparecer en el mundo griego en todo caso al final del siglo V , para imponerse sólo en el siglo siguiente.

Lo que no podemos saber es cómo sería el mapa de Anaximandro y ni siquiera si éste fue realmente el primer geógrafo en sentido pleno, como sostuvo Eratóstenes 74 . Quizás era semejante a los mapas de que se burla Heródoto (IV 36): «representan a Océano rodeando la tierra que, según ellos, es circular, como trazada a compás, y dan las mismas dimensiones a Asia que a Europa». Pero el propio historiador afirma que había muchos mapas y quizás se esté refiriendo al de Hecateo. Heródoto (V 49) nos cuenta que Aristágoras de Mileto enseñó a Cleómenes de Esparta un mapa jonio, grabado en una lámina metálica, pidiéndole ayuda para la sublevación contra los persas, y es muy probable, por la coincidencia de tiempo y lugar entre Aristágoras y Hecateo, que ese mapa fuese el de este último.

La obra de Hecateo es fundamentalmente un periplo —también se llama periḗgēsis —, aunque de concepción más ambiciosa que los anteriores, siguiendo la ruta que será clásica desde entonces: desde las Columnas de Heracles por el norte del Mediterráneo hasta el Mar Negro, y regreso por el este y sur hasta el punto de partida. El estilo era bastante conciso y con frecuencia era una simple enumeración, si bien ya presentaba rasgos que serán característicos, como digresiones mitológicas, descripción de animales insólitos, pinturas etnográficas, etc. Lo que interesa en Hecateo es que su periplo abarcaba todo el Mediterráneo y que, al parecer, también dibujó un mapa que mejoraba sensiblemente el de Anaximandro.

Heródoto, como dijimos, conservó la representación plana de la tierra, aunque ahora era rectangular (III 104) tal y como se mantendrá hasta Éforo de Cime, que escribe en la segunda mitad del siglo IV y que, para entonces, no es ya sino el epígono de la vieja geografía jonia. Al igual que Heródoto une geografía e historia, pero a diferencia suya, dedica a la geografía dos libros independientes (IVV) de los 30 totales, según el procedimiento que después empleará Polibio. Algunos rasgos de Éforo nos recuerdan a Estrabón: seguía el orden de exposición tradicional desde Hecateo, utilizaba a Homero con frecuencia, consideraba la geografía complemento de la historia y su obra, por el uso de numerosas fuentes, venía a ser una compilación de la geografía jonia anterior.

La geografía jonia, por su frecuente alianza con la historia, cultivó la etnografía desde el primero hasta el último de sus representantes. Ctesias de Cnido escribió hacia el 400 diversas obras, entre ellas una Periḗgēsis , de la que casi nada sabemos, y unas Indiká que le convirtieron, a ojos de la posteridad, en el prototipo del historiador embustero, por el carácter fabuloso de muchas de sus anotaciones. Ctesias trabajó también al servicio del rey persa y publicó un opúsculo sobre Los tributos del rey , coetáneo de Los recursos del Ática , de Jenofonte, y que atestiguan la creciente preocupación por la economía que con frecuencia aparecerá ligada a la geografía. La Anábasis del propio Jenofonte contribuirá al conocimiento de las regiones del Imperio Persa más desconocidas para los atenienses.

Pero mayor interés que estas obras tiene el tratado hipocrático De los aires, aguas y lugares , al que puede calificarse de verdadera geografía médica por sus importantes avances sobre el influjo del clima en la salud; la extensión de este hecho a la influencia del clima sobre los pueblos será de uso corriente en toda la Antigüedad. Vemos aquí un caso claro de que la nueva savia le llega a la geografía de su contacto con otra disciplina, como es casi norma a lo largo de su historia.

Según vimos, la tradición más fiable atribuía a Enópides de Quíos, en la segunda mitad del siglo V , el descubrimiento de la oblicuidad de la eclíptica. Y por las mismas fechas Euctemón, que trabajó en Atenas, había introducido la división tropical del Zodíaco y había construido el primer parapḗgma del que tenemos noticia, es decir, un calendario astronómico grabado en tablas de madera o en piedra, que señalaba fenómenos astronómicos o meteorológicos diarios: al lado de cada día había un agujero en el que se introducía una señal, de donde el nombre, que significa «clavado al lado». Los más antiguos que nos han llegado son del siglo II a. C., pero ya Demócrito pudo escribir un tratado sobre ellos 75 . El ateniense Metón fue el que introdujo en vez del antiguo calendario lunar, el nuevo año solar de 365 días, siguiendo las normas babilonias que conocemos desde principios del siglo V 76 , y que exigía un ciclo de 19 años para intercalar los desajustes. Parece que Metón y Euctemón también notaron las diferencias temporales entre el recorrido del Sol según las estaciones. El reconocimiento de los equinoccios presupone alguna noción de la esfericidad de la Tierra y del cielo, y coincide en fechas con la atribución al pitagórico Filolao de estos conceptos 77 .

Parece claro, pues, que desde el final del siglo V y gracias a la adopción de nuevas ideas y métodos procedentes de Babilonia, se preparaba un cambio notable en las ideas geográficas que irá cumpliéndose en la primera mitad del IV . Platón, en la República , afirma, además de las ventajas intelectuales, la utilidad práctica de la astronomía para el piloto (488d), para el agricultor (516c) así como para el marinero y el general (527d). En Fedón (99d) habla del peligro de observar los eclipses de sol en directo y de cómo se observaba su reflejo en una superficie de agua. Geometría y astronomía pertenecen a los noētá 78 porque usan hipótesis no demostrables como la línea y el ángulo. Eudoxo era discípulo de Platón y la afirmación de este último de que la astronomía debe dar cuenta de las velocidades relativas de los cuerpos celestes 79 pudiera estar en relación con el trabajo de aquél 80 , y a eso se dedicarán los astrónomos posteriores. Platón conoce ya los cinco planetas clásicos, aunque por su nombre sólo menciona Venus y Mercurio 81 . Es evidente la influencia pitagórica en las ocho órbitas de Sol, Luna, planetas y estrellas fijas del Timeo , pero innova respecto a ellos desterrando las nociones pitagóricas de la contratierra planetaria y del fuego central alrededor del cual giraría todo, incluida la Tierra, haciendo a ésta de manera tácita el centro; tanto la pitagórica como la platónica parecen construcciones apriorísticas. Platón imagina una tierra fija en el centro y ocho órbitas girando alrededor a diferentes velocidades 82 . Platón está al tanto de una astronomía que empieza a basarse en el concepto de la esfera celeste y en Epinomis se señala que aunque los griegos han adoptado tarde estos conocimientos, lo que toman de fuera lo mejoran (987d). El estudio de la geometría y de la astronomía dice que es imitación de la costumbre egipcia 83 . La importancia de las matemáticas fue enorme en la Academia, como lo prueban el propio Eudoxo, que estuvo en Egipto, o Teeteto, fundador de la geometría espacial. Las matemáticas deben ser puramente racionales, sin mezcla de la experiencia sensible. Así, su concepción astronómica será racional y geométrica. En el mito de la caverna afirma que las matemáticas son el instrumento principal para que el alma pase de la contemplación de las sombras a la de la realidad 84 , lo que, en astronomía, quiere decir pasar de las sombras del gnomon o de los eclipses a su formulación matemática, que sería esa realidad. Pero esta enorme importancia de la astronomía y de la geometría en la educación también la sostiene Isócrates, lo que significa que era un fenómeno general en esta época. Eudoxo, con su construcción astronómica de las esferas, se basa en conceptos abstractos y respondería a la petición de Sócrates 85 de que la investigación astronómica debe proseguir más con el planteamiento de problemas que con la mera observación 86 . Parece claro que se necesitaban nuevas hipótesis, más allá de las pitagóricas, y que fuera de éstas todo lo que había era la observación y anotación de datos, pero no sustentada por una teoría completa.

Y lo mismo podría aplicarse a la geografía descriptiva, que había acumulado ya una gran cantidad de materiales, pero carecía de explicaciones de muchos fenómenos y de una teoría sólida. Sin embargo, aun de forma parcial, iba intentando solucionar una serie de problemas concretos que habían llamado la atención.

Janto de Lidia, en el siglo V , que escribió una historia de su país, había notado que en diversas regiones interiores de Armenia y Frigia se encontraban restos de conchas marinas y concentraciones de agua salada, que explicaba por una progresiva retirada del mar de esos lugares (I 3, 4). Catástrofes naturales conmovían periódicamente los ánimos reclamando una explicación: especial sensación causó la desaparición de Hélice y Bura, en Acaya, en el año 373 (I 3, 18, y VIII 7, 2), que a causa de un violento seísmo fueron engullidas por las olas. De la misma manera, desde el establecimiento de los griegos en la Magna Grecia, el Etna debió cautivarlos, como testimonia la descripción de una erupción en la primera Pítica de Píndaro; allí situaron el enterramiento de Tifeo por Zeus y después la forja de Hefesto. Apolonio de Rodas alude al nacimiento de Tera 87 , cuya famosa erupción volcánica tuvo lugar hacia 1500 a. C., lo que significa que ya se especulaba en el siglo IV con el nacimiento de esta isla, que, según algunas teorías modernas, habría sido el punto de partida de la Atlántida platónica del Timeo y del Critias; en todo caso, es claro que Platón conocía ya toda una serie de especulaciones sobre las grandes transformaciones que había sufrido la tierra. El Vesubio, en cambio, recibió menos atención porque se le consideraba un antiguo volcán extinguido (V 4, 8).

Heródoto ya se había ocupado en su libro II tanto de las causas de las crecidas del Nilo como de los aluviones de su delta, exponiendo sobre el primer fenómeno hasta cuatro teorías. Las fuentes del Nilo fueron también objeto de numerosas hipótesis, y, más tarde, Alejandro Magno creyó haberlas encontrado en la India (XV 1, 25). Las corrientes de los estrechos, bien conocidas empíricamente por los marineros en los casos más cercanos del Euripo, que separa Eubea del continente, el Bósforo y el Estrecho de Sicilia, habían ya penetrado en la épica de los Argonautas y en la Odisea con las figuras de Escila y Caribdis. Los datos particulares escasean por lo fragmentario de nuestras fuentes, pero el hecho de que todos estos problemas y otros muchos semejantes sean tratados por Aristóteles en sus Meteorológicos y en otras obras nos indica la importancia que habían adquirido ya en esta época.

El esfuerzo sistematizador de Aristóteles y su empeño en construir una teoría general que pudiera explicarlos demuestra, como en el caso de Platón y la astronomía, tanto la abundancia de observaciones concretas como la necesidad de hipótesis explicativas. Es el esfuerzo de la razón por ordenar los datos empíricamente fragmentados y multiplicados. Pero, al igual que Platón, también Aristóteles es en este aspecto el último pensador de la época anterior, un jonio de espíritu que intenta explicar toda la geografía física con el juego de los cuatro elementos. Sería injusto, sin embargo, ver sólo en Aristóteles lo que en él permanece del antiguo modo de ver el mundo y no subrayar la enorme importancia de otros rasgos más generales, algunos de ellos comunes con su época, y que preludian ya el helenismo. Ante todo, quisiéramos señalar: 1) La importancia científica, en su sentido más amplio, del método dialéctico platónico y de la lógica aristotélica, junto con el abandono definitivo del mito, sin los que la nueva mentalidad racional sería impensable. 2) La importancia decisiva de que la lectura y la escritura se impongan definitivamente en este período como forma de comunicación culta, lo que permitirá la mejor conservación no sólo de obras particulares sino de datos de muy diverso tipo. 3) La implantación de un trabajo organizado en torno a centros como la Academia, el Liceo, con la formación por primera vez en Grecia de importantes bibliotecas, siguiendo los ejemplos de Egipto y Babilonia. Los frutos de estos cambios fundamentales comenzarán a recogerse rápidamente. Una nueva mentalidad cosmopolita iba abriéndose paso desde finales del siglo V , y, a lo largo del IV , son frecuentes las consideraciones de este tipo, a las que, sin duda, no son ajenas las aportaciones de la geografía, tanto por los ejemplos que suministraba de diversos tipos humanos como por su afán de unificarlos y de tratarlos globalmente en una geografía universal de la tierra habitada, que era la gran unidad básica.

La exigencia de la razón pura, confiada a las matemáticas según el ejemplo egipcio, es la base de todo el desarrollo posterior de las matemáticas y de la astronomía, con la enorme importancia que esto tendrá en la consideración posterior de la geografía. Aristóteles, además, con su sistema de causas, aunque no le guste a Estrabón, establece los cimientos de una investigación sin desmayo de los distintos fenómenos.

La nueva geografía . — Con Eudoxo de Cnido podemos decir que la esfericidad de la Tierra quedará definitivamente asentada en el pensamiento griego. Pero esta idea ya la vimos en los pitagóricos y Platón. Eudoxo es importante porque es el primero, que sepamos, que reúne una preparación geográfica y una científica, especialmente geométrica y astronómica: esta conjunción de saberes era la que podía otorgar a la geografía una base científica seria y éste será el camino seguido por los principales geógrafos posteriores, como Píteas y Eratóstenes, pero por pocos más. Ya hemos comentado cómo su estancia en Egipto, donde todavía Estrabón pudo ver su observatorio, debió de ser muy importante; según Diógenes Laercio (VIII 8, 86) allí habría escrito su tratado sobre la Octaeterís 88 . El propio Estrabón (XVII 1, 29) dice que los griegos deben a los egipcios, por medio de Eudoxo, de Platón y de la traducción de textos egipcios, el conocimiento del año; y dado que Ptolomeo se refiere con frecuencia a «los egipcios y Eudoxo» es muy probable que ese tratado fuese una traducción de fuentes egipcias, basadas en datos del siglo anterior, de donde provendrían las críticas posteriores de Eratóstenes sobre los datos consignados 89 .

Eudoxo fue, pues, intermediario entre los sacerdotes egipcios y Grecia. Pero ¿cuáles fueron exactamente los conocimientos que introdujo? 90 . Se le atribuye la reforma de la teoría de las proporciones que figura en los libros V y VI de Euclides y la determinación de áreas y volumenes mediante polígonos inscritos 91 y, de hecho, es el primer geógrafo a quien nuestras fuentes asignan la determinación de la latitud de un lugar mediante la proporción entre el día más largo y el día más corto, método usado en Babilonia desde mucho antes: así, daba 5/3 para Grecia (41°) en sus Phainómena y, corrigiéndose a sí mismo, 12/7 en su Enoptron o «Espejo» (42° 21′), que a su vez corregirá Hiparco. Más dudoso es si fue el primero en determinar las posiciones estelares mediante grados, pero, en todo caso, fue el primero que situó Canopo a 38° 1/2 del Círculo Antártico, una estrella visible apenas sobre el horizonte desde Rodas. Pese a correcciones de detalle, Hiparco, dos siglos más tarde, está de acuerdo con la mayoría de sus datos.

Es seguro que situó las doce constelaciones del Zodíaco como demuestra Arato al fijar en el grado inicial de las respectivas constelaciones (Cáncer, Capricornio, Libra y Aries) los trópicos y equinoccios, mientras que los babilonios solían hacerlo en el grado 8 o en el 15 de cada una de ellas. Y la mayoría de los astrónomos posteriores siguieron a Eudoxo en esto. No está claro si dividió los zṓdia en doce sectores iguales de la eclíptica, es decir, introduciendo la división de la misma en 360°. Una parte de su obra, o bien otra independiente eran las Sunanatolaí, Ortos simultáneos de las estrellas para fijar la posición de las desconocidas a partir de las conocidas. Sin embargo, Eudoxo todavía pensaba que el Sol recorría el Zodíaco a velocidad uniforme. Vimos que Enópides descubrió la inclinación de la eclíptica, pero la medida de esa inclinación parece deberse a Eudoxo (23° 44′, redondeada en las fuentes en 24°). La inscripción del pentadecágono en el círculo, base para deducir la oblicuidad de la eclíptica, según el testimonio de Proclo está ya en Euclides (IV 16) 92 .

Por ciertos comentarios de Hiparco parece que la situación de las constelaciones se hacía mediante descripciones verbales asignando a las estrellas diferentes lugares específicos en las figuras del Zodíaco (la cabeza de Ofiuco, el cuello del Cisne, etc.) mediante letras del alfabeto, que fue el método que persistió durante la Antigüedad y la Edad Media, lo que supone el dibujo de un mapa de las figuras de las constelaciones, el primer mapa celeste del que tenemos noticia: Eudoxo debió trabajar con un globo celeste 93 y allí se dibujarían también, obviamente, los círculos principales.

El sistema del Zodíaco, incluidas sus figuras, es una de las evidencias más claras de los préstamos babilonios a Grecia: muchos datos sólo encajan en época anterior a Eudoxo, los nombres de varias figuras son los mismos en Grecia (Gemelos, León, Serpiente, Toro, etc.) que en textos babilonios, al menos de 700, pero que recogen fuentes todavía más antiguas; no sólo los nombres sino las propias figuras están tomadas de allí, lo que, como es lógico, era lo más importante para situar las estrellas 94 .

El sistema planetario atestiguado por Aristóteles, introducido junto con el estelar, fue tomado tal cual de egipcios y babilonios: el período de Saturno, antigua estrella del Sol 95 , es el mismo de 30 años; desde el segundo milenio los babilonios habían realizado observaciones sobre Venus y desde el siglo VI , como mínimo, sobre otros planetas. Pero, ante todo, hay que destacar que para la determinación de tales períodos es necesaria la acumulación de datos durante largo tiempo y ya hemos visto cómo en la época del propio Eudoxo es cuando nuestros textos atestiguan por primera vez el conocimiento de los cinco planetas.

Todo esto no significa, naturalmente, que los griegos tomaran todo de Babilonia: la concepción esférica, la precesión de los equinoccios, la sustitución de las progresiones aritméticas, habituales en Babilonia, por observaciones más reales para diseñar períodos completos a partir de ciertos datos parecen, hoy por hoy, conquistas griegas. En todo caso, hay que tener en cuenta que los textos babilonios que nos han llegado presentan datos esquemáticos sin teoría, por lo que ésta sólo podía ser accesible mediante el contacto directo con los caldeos o mediante traducciones. La mayor diferencia reside en la concepción geométrica de la astronomía griega, mientras que la babilonia era fundamentalmente aritmética 96 , y el complejo sistema de esferas concéntricas de Eudoxo es seguramente la aportación griega, el sistema explicativo que reclamaba insistentemente Platón, y que durará hasta el siglo II a. C., mediante las leves correcciones de Calipo de Cícico y de Aristóteles.

Eudoxo explicó su sistema en su obra Perì tach n (Sobre las velocidades) . No nos ha llegado el detalle sino sólo sus líneas generales: un cosmos esférico con movimientos circulares de todos los astros en torno a la Tierra, fija en el centro, es el esquema general que se impondrá durante largos siglos, con posteriores modificaciones de detalle en el mundo griego y con el rechazo de la teoría heliocéntrica. Había 8 esferas principales y las órbitas particulares de las fijas, del Sol, de la Luna y de los cinco planetas se realizan a diferentes velocidades: las del Sol, la Luna y los planetas están inclinadas respecto a la rotación diaria de la esfera celeste. Las anomalías observadas desde la Tierra se explican mediante la introducción de nuevas esferas secundarias y específicas de cada astro; así, la Luna responde al movimiento de tres esferas, hay otras tres para el Sol y cuatro para cada planeta. Pese a las dificultades, la teoría de Eudoxo representó un avance científico incomparable con lo que había hasta entonces y le convierte, prácticamente, en el fundador de la nueva geografía, comentado por Eratóstenes e Hiparco. Su visión grandiosa del Universo se hizo famosa por méritos propios y por la fama que le confirió el poema de la primera mitad del siglo III los Fenómenos , de Arato, comentado numerosas veces y traducido al latín por varios autores, entre ellos Cicerón y Germánico.

Pero Eudoxo no se conformó, como dijimos, con establecer los nuevos principios científicos de la geografía matemática, sino que completó su obra con una Periḗgēsis t s g s , que contenía siete libros, seguramente el comentario de su mapa terrestre que debió de presentar un aspecto muy diferente de los viejos mapas jonios a los que sustituirá definitivamente. Ya vimos cómo determinaba la latitud de un lugar mediante la proporción entre día más largo y día más corto, lo que implica el conocimiento del cálculo necesario, nada fácil, basado en su teoría de las proporciones. Y es más dudoso si también fue el introductor de los clímata . Procedió al cálculo de la circunferencia terrestre, probablemente mediante el cálculo de la altura de Canopo en dos lugares del mismo meridiano, quizás Heliópolis y Rodas (ciudades ambas en las que trabajó), y la cifró en 400.000 estadios, demasiados sea cual fuere el valor de sus estadios, aunque lo más importante era el método; a continuación debió de establecer las zonas terrestres 97 , seguramente mediante el círculo de las estrellas fijas, y probablemente trazó las dos perpendiculares que le sirvieron de ejes: la línea meridiana Heliópolis-Bizancio y la paralela que atravesaba el Mediterráneo desde las Columnas de Heracles hasta el Golfo de Iso, con lo que puede considerársele fundador de la cartografía moderna; también defendió con clarividencia la existencia de dos hemisferios climáticamente semejantes que se alternaban según el movimiento del Sol, oponiendo así a la oikouménē una antoikouménē .

Sabemos que eran abundantes sus informaciones sobre Egipto, y, por ejemplo, acertó en su explicación de las causas de las crecidas del Nilo por las lluvias etiópicas. Inició también la costumbre de trazar figuras geométricas para cada país 98 , sin duda para poder relacionar matemáticamente, a imagen del cielo, los puntos de la superficie terrestre. En sus descripciones particulares recogía el material anterior, como no podía ser menos, pero también se interesaba especialmente por la geografía urbana: Estrabón toma de él la descripción de Corinto (VIII 6, 21), y de Eudoxo es la primera medición orográfica que conocemos, la del Acrocorinto: 3,5 estadios de altura vertical y 30 de subida, para lo que utilizó un nuevo instrumento, la dioptra, perfeccionada después por Arquímedes 99 . Finalmente, Eudoxo se interesó también por numerosos fenómenos geológicos 100 .

Poco después de la muerte de Eudoxo, Alejandro realizará su inaudita empresa entre 331-323, que cambiará definitivamente no sólo el curso de la historia sino la faz del orbe hasta entonces conocido. Nos interesa destacar la enorme ampliación de la oikouménē para los griegos, su implantación en los soñados centros de cultura de Egipto y Babilonia, la fusión cultural entre Oriente y Occidente y el cosmopolitismo, el desplazamiento del centro de la cultura griega de Atenas a Alejandría, Antioquía, Pérgamo y otras ciudades orientales, la emigración de numerosos griegos a estas ciudades recién construidas en número importante, la fundación de grandes bibliotecas y centros de investigación, simbolizados por el Museo de Alejandría, y la transformación de muchos hábitos de la mentalidad tradicional griega.

Todo esto condujo, en lo que nos incumbe, a la implantación definitiva en ciertos círculos de un verdadero espíritu científico que alcanzará sus más hermosos logros durante los dos o tres siglos de vida de los diferentes estados creados a la muerte de Alejandro.

La propia expedición de Alejandro fue un viaje extraordinario como apenas griego alguno había jamás realizado, llegando hasta más allá del Indo. En los relatos de los historiadores de Alejandro, Calístenes, Aristobulo y Onesícrito se encuentran muchos datos geográficos, lo mismo que en el periplo de su general Nearco. Megástenes, con sus Indiká dará un paso más lejos al centrar por primera vez su relato en el valle del Ganges. Por más que los critique a todos, Estrabón los utiliza en numerosas ocasiones.

Por los mismos años de la expedición de Alejandro, Píteas de Masalia realizará el periplo al que tanto alude Estrabón, negándole crédito; tras rodear Gran Bretaña llegará hasta la nórdica Tule (las islas Shetland, Islandia o Bergen en Noruega) y por el Báltico hasta la altura de Danzig, en un viaje tan novedoso para los griegos, o más, que el del propio Alejandro, y cuyos datos consignó en su obra Sobre el Océano . La latitud norte que da Píteas para Tule es de 63°, a uno sólo del Círculo Ártico, lo que correspondería a Islandia; su afirmación de que la noche dura sólo dos o tres horas y de que los indígenas le mostraron el lugar donde el Sol descansa concuerdan también con la proximidad al citado Círculo, así como su visión de hielos flotantes. Píteas era navegante y científico: describió y explicó las mareas en relación con las fases de la Luna, hizo una descripción general de Gran Bretaña y de Irlanda, consignando su perímetro en estadios, fuente que utilizará Estrabón en su libro IV.

Píteas situó correctamente por primera vez el Círculo Ártico y, dentro de él, el Polo. Fijó también la latitud de Masalia por un procedimiento que aparece ahora por primera vez y que tendrá enorme importancia, la relación entre la altura del gnomon y su sombra: 41 4/5 dividido por 120, lo que da una latitud de 43° 12′ (real, 43° 15′). Y seguramente de Píteas proceden toda una serie de localizaciones que da Estrabón de lugares de elevadas latitudes refiriéndolas a Masalia y basadas en otro procedimiento: la altura del Sol en el solsticio de invierno indica también la distancia del paralelo en cuestión al Círculo Ártico, puesto que allí el Trópico coincide con el propio Círculo Ártico. Son datos de Píteas admitidos por Hiparco y es curioso que la medida empleada no sea el grado sino el codo astronómico, que vale dos grados. Según las diferentes latitudes dadas por Estrabón (II 1, 18) se puede observar la correlación entre altura del Sol y duración del día más largo que da por resultado la latitud. Y se observa que Píteas utilizaba progresiones aritméticas 101 , características de la astronomía babilonia, al igual que la medida en codos. Y no debe ser ajena a esa influencia el que la teoría matemática de las proporciones se desarrolle precisamente con Teeteto y Eudoxo.

Todo esto supone un gran avance geográfico y ese es el mérito fundamental de Píteas. Sus datos fueron admitidos en gran medida, con leves correcciones, por autores como Dicearco, Eratóstenes, Hiparco y Ptolomeo; frente a ello, las críticas de legos en la materia como Polibio y Estrabón tienen poca consistencia. Píteas, con su formación científica unida al viejo gusto por la autopsia y la limitación del espacio geográfico escogido, debió de dejar, siguiendo la estela de Eudoxo, una obra geográfica integral sobre una zona que nunca en el mundo antiguo volvió a ser examinada como lo había hecho él 102 .

A partir de los sucesores de Alejandro, los griegos se encuentran como amos de todo el mundo oriental hasta la India, que es tanto como decir, del mundo de mayor desarrollo cultural. Aunque las zonas más orientales como Persia, Media, Aria, Susiana, Carmania, etc., se pierdan ante la aparición de los partos al cabo de un siglo, en el resto de las zonas conquistadas sus dos siglos largos de permanencia van a coincidir con el apogeo de la geografía griega. Por un lado, su conocimiento directo de esta parte del mundo permitirá observaciones más rigurosas; por otro, la ciencia griega avanzaba a pasos agigantados y su contacto con Egipto y Babilonia, ahora ya sin trabas, permitía óptimos resultados para unos y otros. Los tres astrónomos caldeos citados por Estrabón (XVI 1, 6; Kidinnou sería de hacia el 300) testimonian este intercambio. El bilingüismo debió de ser una constante, imprescindible en reinos étnicamente tan abigarrados, y las traducciones en todos los dominios fueron frecuentes. En nuestro campo cobró importancia excepcional una obra por su amplísima difusión, la del sacerdote de Baal, Beroso, que dedicó a Antíoco I a comienzos del siglo III . Sus Babyloniaká o Chaldaiká (Historias de Caldea) , presentaban la astrología y astronomía indisolublemente unidas y las dos iban a ejercer un poderoso influjo sobre el mundo griego. Tanto platónicos como pitagóricos y estoicos van a quedar impregnados de misticismo. La obra de Beroso contenía tres libros 103 que trataban de geografía y ciencia caldea en general, cosmogonía e historia de Babilonia 104 ; además, Beroso estableció una escuela de astrología en Cos, convirtiéndose en un importante intermediario entre ambas culturas hasta el punto que en Atenas se le dedicó una estatua 105 .

Los propios reyes helenísticos, siguiendo el ejemplo de Alejandro, favorecerán las exploraciones y mediciones no sólo de sus territorios sino de las regiones vecinas 106 . Así, Seleuco enviará a Damodamas, hacia el 300, más allá del río Yaxartes por la gran estepa asiática, y hacia 285 Patrocles, que merece la confianza de Estrabón (II 1, 9), exploró el Mar Hircanio (Caspio); a Megástenes, en cambio, enviado como embajador ante el rey indio Chandragupta y que llegó hasta la actual Calcuta, exponiendo entre otros muchos datos las creencias bramánicas, Estrabón no lo trata muy bien. En Egipto, los Ptolomeos midieron toda la costa en días de navegación y en estadios (XVI 4, 4-14) y enviaron expediciones a Arabia por medio de Aristón, hasta Méroe, la capital de Etiopía, con Filón, y más al sur todavía con Dalión.

Como consecuencia se conseguirán ciertos avances parciales, como la explicación de las crecidas del Nilo, la formación de los deltas o el régimen de los monzones. También aparecerán nuevos modos de tratamiento geográfico, como la geografía urbana, con el Itinerario de ciudades griegas de Heraclides. El conocimiento de plantas y animales aumenta rápidamente, y Teofrasto, el primer sucesor de Aristóteles al frente del Liceo, podrá crear la botánica; su sucesor, Estratón de Lámpsaco se dedicará sobre todo a estudios geológicos y oceanógraficos. La geografía descriptiva seguirá sujeta a la historia y la mayor novedad serán estos estudios naturalistas 107 .

Poco después de Píteas, Dicearco de Mesene (II 4, 1), al final del siglo IV , trabajaba también al estilo de Eudoxo. Midió de nuevo la circunferencia terrestre, con un método semejante al que empleará después Eratóstenes, dándole un valor de 300.000 estadios. La Tierra habitada se extendía ahora desde las Columnas de Heracles hasta el Hindu-Kuch en una recta que servía de paralelo fundamental, y en longitud desde Méroe hasta el Círculo Polar, tomando como eje el meridiano de Siene; la medida de esta tierra habitada será de 40.000 estadios de longitud por 60.000 de anchura. Dicearco, además, fue el primero en calcular sistemáticamente la altura de las montañas.

Los mayores progresos no se dan tanto en el campo de la geografía descriptiva cuanto en la científica. La teoría de las esferas está ya en marcha como demuestran las obras de Euclides, los Fenómenos , y de Autólico, Sobre la esfera en movimiento , así como los tratados de Arquímedes, Sobre la esfera y el cilindro . Y si un siglo antes la teoría atómica de Demócrito pudo haber marcado un camino diferente para la ciencia griega, ahora es la teoría heliocéntrica de Aristarco de Samos, aunque posiblemente tuvo algunos predecesores, la que pudo suponer el paso definitivo en la consecución de las bases científicas de la geografía. Pero pasó de puntillas por la historia griega pese a la fama de Aristarco y nuestro planeta no acabó de ponerse en marcha. A Aristarco también se le atribuye la «skáphe» o gnomon perfeccionado con un hemisferio cóncavo.

Eratóstenes . — Eratóstenes de Cirene 108 (276-196) es citado numerosas veces por Estrabón. Junto a Hiparco y Posidonio, aunque en diferentes aspectos, es uno de los geógrafos que más respeta Estrabón, pese a esporádicas críticas. Y es que la Geografía de Eratóstenes debió de marcar época, tanto que el nombre que dio a su tratado, Geōgraphiká o Geōgraphoúmena , acabó convirtiéndose en el de la disciplina, desterrando otros más antiguos que hemos ido encontrando. Aunaba la geografía científica con la descriptiva, en la línea de Eudoxo, sobre quien tenía la ventaja de toda la nueva documentación tanto teórica como práctica que se había acumulado en el último siglo, y que, como director de la Biblioteca de Alejandría, tuvo a su disposición.

Sabemos que precisó todavía más la medida de la eclíptica (23° 51′ 20″), medida que utilizarán Hiparco y Ptolomeo. Midió con mucha más aproximación que Dicearco la circunferencia terrestre (250.000 estadios, que redondeó en 252.000, es decir 39.690 km. frente a los 40.003 reales). Su mapa de la tierra habitada, cuyas dimensiones eran 37.800 estadios de longitud por 77.800 de anchura (redondeados en 38.000×78.000), seguía las líneas básicas de Dicearco pero lo desarrolló hasta convertirlo ya casi en la retícula que nos es familiar, auténtico principio de la cartografía moderna, pues si bien hay errores notables, no son imputables al método empleado sino a la imprecisión de los datos que le suministraban sus fuentes y que no estaba en su mano corregir, sobre todo los referentes a los meridianos.

Estableció los siguientes paralelos: 12° que pasaba por el País de la Canela, Taprobane (Ceilán) y sur de Libia; 16° 30′ por Méroe, sur de la India; 24° por Siene y Golfo Pérsico; 31° por Alejandría, Cirene, Maurusia Central, Babilonia, Susiana, Persia y norte de la India; 36° por Rodas, Gades, Columnas de Heracles, Estrecho de Mesina, Caria, el Tauro y el Himalaya; 41° por Masalia; 43° por el Helesponto, entre Roma y Neápolis, Sinope, Cólquide, Hircania y Bactriane; 48° 30′ por la desembocadura del Borístenes; 54° por Yerne (Irlanda) y 66° por Tule.

El eje era Rodas por la que pasaban el paralelo y el meridiano principal. Aparte de este meridiano, los otros que conocemos son: 9° al este de Rodas, el del Golfo de Iso y el lago Meótide; a 27° el del Mar Caspio, Puertas Caspias, Golfo Pérsico; a 52° el del Indo; a 81° el que pasaba por India oriental; a 90° el del límite del mundo habitado, el extremo sur de la India que, según él, se extendería hacia el Este; al oeste del meridiano de Rodas, a 25°, se encontraba el de Cartago, Estrecho de Sicilia y Roma; a 41° el de las Columnas de Heracles; a 50° el del Cabo Sagrado, extremo occidental del mundo habitado 109 .

Después de trazar esta red, Eratóstenes representó en el mapa cada país mediante figuras geométricas aproximadas, las sphragídes 110 , lo que le valdrá las críticas de Hiparco por su carácter hipotético. Estrabón cita una para la India, otra para Ariane (II 1, 22), otra del Golfo Pérsico al Tauro y desde el Éufrates a Carmania (II 1, 23) y una cuarta al suroeste de ésta (II 1, 36). Desgraciadamente, Estrabón no comenta nada sobre los principios que caracterizaban estas construcciones, de modo que algunos críticos han especulado para explicarlas con el gusto por la geometría del espíritu griego. Creemos más bien que Eratóstenes, siguiendo con los principios científicos que animan su obra, intentaría probablemente, partiendo de las distancias a su disposición, establecer estas figuras para facilitar los cálculos de dimensiones. Pero no sabemos nada sobre si utilizó ya algún método de proyección sobre el plano para confeccionar su mapa. Suponemos que sí porque los trabajos sobre la esfera y las proyecciones de diferentes figuras geométricas sobre el plano estaban muy adelantados en su tiempo, como puede verse en su coetáneo Arquímedes.

Su método de trabajo 111 habitual fue la crítica de los geógrafos anteriores, excluyendo terminantemente la poesía y especialmente a Homero; la selección rigurosa de sus fuentes empleando los materiales más modernos y fiables, como las medidas de etapas de los Ptolomeos (stathmoí) o su preferencia por las medidas náuticas sobre las terrestres y, por encima de estos datos, cuya inexactitud no se le escapaba, el uso de medidas astronómicas si era posible. Su documentación era mucho más rica para Oriente que para Occidente, donde utilizó sobre todo a Píteas, y Estrabón se lo reprocha como si él mismo lo conociera mejor cuando no hace más que valerse de la obra posterior de Posidonio. Aunque es difícil asegurar si fue Eratóstenes quien introdujo la costumbre babilonia del sistema sexagesimal para la medida del círculo 112 , es probable que lo hiciera empleando un grado con la equivalencia de 700 estadios. El mismo origen tiene el sistema de coordenadas ortogonales, usado ya por los babilonios desde 500 a. C. aproximadamente.

De Eratóstenes a Estrabón . — En este período la geografía griega alcanzará su máxima expresión científica con la figura de Hiparco y, desde el punto de vista descriptivo, colmará la laguna del deficiente conocimiento de Occidente, que será el objetivo de los geógrafos más renombrados del período. Las conquistas romanas después de la Segunda Guerra Púnica comienzan a derribar en Oriente las monarquías helenísticas y en Occidente Hispania, Galia, y la Europa central al sur del Danubio se irán convirtiendo en feudos romanos. Occidente dejará de ser la región legendaria de la que la mayoría escribía sin haberla visitado.

Por otro lado, el poderío griego en Oriente se debilita por las invasiones de los partos que arrebataron a los Seléucidas sus dominios de más allá del Éufrates. De modo que para la mayoría de los griegos la pérdida de la independencia política va a ser la nota dominante.

La geografía se va a escindir definitivamente en dos ramas: la geografía científica alcanza ya tal desarrollo que autores como el propio Estrabón no está en condiciones de entenderla. Frente a los autores anteriores, desde Eudoxo hasta Eratóstenes, que combinaban matemáticas y descripción, ahora nos encontramos con que se cultiva una de las dos. La Geografía de Ptolomeo, después de enunciar los principios matemáticos en que se asienta, es una simple lista de lugares situados en las coordenadas del mapa. Y la de Hiparco, lo mismo. De los autores que cultivan la descriptiva, la mayoría siguen supeditándola a la historia, bien por el viejo procedimiento de intercalarla, como Polibio, bien escribiendo tratados independientes que, en todo caso, se entienden como complementos de sus historias, caso de Estrabón. Geografía se entiende, propiamente, como el trazado y explicación del mapa, y seguirá separada de la corografía.

Estrabón tomará la mayor parte de su información sobre Occidente, que no visitó, de Polibio y de Posidonio. Las campañas de Roma contra Armenia y zonas adyacentes serán casi la única aportación novedosa en Oriente, ya que este reino no había sido conquistado por los monarcas helenísticos. Teófanes de Mitilene escribió sobre la expedición de Pompeyo a aquellas tierras y Q. Delio sobre la de Antonio en el 36 a. C.

Hiparco de Nicea, en Bitinia (194-120), es fundamentalmente un astrónomo y sólo le interesan los problemas geográficos que tienen relación con su trabajo. Nuestro defectuoso conocimiento de los diferentes pasos que configuraron la astronomía y la geografía matemática, ya señalados para Eratóstenes, alcanzan con Hiparco un grado superlativo. Unos ven en él al mayor astrónomo de toda la Antigüedad, a quien Ptolomeo sólo esporádicamente pudo corregir, y le atribuyen varios méritos importantes como el cálculo de eclipses de sol y luna durante 600 años, la precesión de los equinoccios, la división del círculo en 360°, con un grado equivalente a 700 estadios, el sistema de coordenadas de paralelos y meridianos, los clímata , la determinación de la latitud mediante la relación del gnomon con su sombra, etc. Otros, por el contrario, piensan que nuestras carencias de documentación son las que han provocado que muchas de esas importantes innovaciones parezcan recaer sobre Hiparco, cuando, en realidad, los pasos habrían sido progresivos desde Eudoxo y sería excesivo contabilizar todo esto en la cuenta del bitinio. Las dudas se extienden a aspectos esenciales, por lo demás, de la ciencia griega pues la aparición de la trigonometría poco antes de Hiparco, al parecer, no ha sido definitivamente aclarada; y precisamente es la trigonometría la que permitirá alcanzar los mejores resultados en este campo. Pero otros no aceptan la trigonometría antes del siglo I a. C., y sabemos tan poco de Hiparco que uno de los problemas fundamentales de la obra de Ptolomeo radica en si es esencialmente la de Hiparco o no 113 .

Lo que está claro es que en el terreno estrictamente geográfico la aportación de Hiparco parece haberse limitado a la corrección de errores en la obra de Eratóstenes, pero sin proponer soluciones realmente novedosas. Su crítica la expuso en el Contra Eratóstenes , que utilizó ampliamente Estrabón en sus dos primeros libros. Critica dos de las sphragídes de Eratóstenes (II 1, 27-34) pero construyendo, como el de Cirene, nuevas figuras geométricas. Su cuadro de latitudes probablemente fue más completo y sistemático pues indicaba la relación entre día más largo y día más corto, la relación del gnomon con su sombra en equinoccios y solsticios y la altura del polo por encima del horizonte (II 5, 34-43).

Pero todo es tan confuso en la figura de Hiparco que, según Estrabón, un científico tan consumado prefería a menudo los antiguos mapas jonios al de Eratóstenes (II 1, 11 y 38) o, para placer de Estrabón, alababa las cualidades geográficas de Homero (I 2, 3 y 20). En realidad Estrabón, después de los «Prolegómenos», no volverá a utilizar a Hiparco.

Polibio (208-126 aproximadamente) dedicó el libro XXXIV de su Historia a la geografía de los países que vio, especialmente Hispania, Galia e Italia más la costa occidental de Maurusia. Pero de este libro sólo nos han llegado fragmentos, muchos de los cuales provienen de Estrabón. En la medida de distancias, el método geométrico de Erastóstenes sigue en pie con la inscripción de Italia y Galia Cisalpina en sendos triángulos (II 4, 2). Ya vimos cómo Estrabón utilizó su crítica de Píteas. Polibio es ante todo un historiador, no un geógrafo, y menos todavía un científico; de ahí el tono de suficiencia empleado por Estrabón cuando lo critica (II 4, 3).

Agatárquides de Cnido (190-105 aproximadamente) escribió cinco libros Sobre el Mar Rojo , que utilizó Estrabón en su libro XVI por intermedio de Artemidoro. Desde el Mar de Eritrea hasta el Indo, describió tanto la fauna africana como numerosos pueblos primitivos, a muchos de los cuales, de manera peculiar, caracterizó por su alimentación: comedores de peces, de raíces, de elefantes, de saltamontes, etc., sin olvidar los datos económicos fundamentales 114 .

Artemidoro de Éfeso (en torno al 100) vuelve a una geografía universal. Visitó Hispania hasta el Cabo Sagrado, Egipto, Etiopía y otros muchos lugares, dejando 11 libros de Geographoúmena , de los que nos quedan los restos en Estrabón y el resumen de Marciano de Heraclea, del siglo IV -V . Su obra parece que fue en buena medida una reacción a la geografía científica, pues aplica el mismo título que Eratóstenes a una geografía descriptiva y, tanto las medidas de la Tierra habitada como las de distancias, eran medidas empíricas y no astronómicas; las totales aparecían con frecuencia descompuestas en etapas (XIV 2, 29; XVI, 2, 33) y tradujo a estadios diferentes medidas como la schoíne egipcia (XVII 1, 24). En realidad, la abundancia de menciones de accidentes geográficos costeros y de ciudades lo acercaban a los viejos periplos. Completó la obra de Agatárquides en Etiopía y Estrabón lo tuvo como fuente constante y, muy especialmente, para la descripción de África desde Cirenaica a Maurusia (XVII 3), pero, como los periplos, sus descripciones del interior parece que fueron mucho más someras que las de la costa. Es más bien una geografía de inventarios al estilo de lo que será la geografía romana. En lo que se refiere a las medidas utilizadas, la verdad es que ni las empíricas ni las astronómicas podían progresar mucho más 115 .

Posidonio de Apamea (135-50 aproximadamente), jefe de la escuela estoica, es un filósofo de reputación universal en su época, con alumnos como Cicerón y, esporádicamente, Pompeyo, el héroe de sus Historias o Continuación de Polibio , en las que insertó, al viejo estilo, muchas informaciones geográficas. Junto a ellas, en su obra Sobre el Océano (II 2, 1), de idéntico título al de Píteas, discutía una serie de problemas de geografía física. Viajó, entre otros lugares, por Hispania, Galia e Italia antes de establecerse en Rodas, como hicieron Eudoxo e Hiparco. Y Estrabón aprovechará su obra para la parte occidental, especialmente para Hispania. Fue un hombre interesado por todo, científico y político, observador incansable y dotado de una curiosidad universal que se centró especialmente en la geografía física. Gran compilador de sus vastas lecturas, perfectamente asimiladas, brillante en la exposición, ordenado y sintético, su influencia se deja sentir no sólo en los detalles sino también en la grandiosa concepción de la simpatía universal, en la que quedan amorosamente integrados todos los factores naturales y humanos. Conocer al hombre, conocer la naturaleza es conformarse a ese hombre divino, con lo que la geografía sería en realidad parte de la filosofía (I 1, 1).

Como geógrafo Posidonio no es autor de grandes innovaciones, pero su inteligencia expositiva le convirtió en el gran divulgador de ideas ajenas. Así, las mareas, que ya habían sido descritas correctamente por Píteas, volverá a describirlas, explicación que toma Estrabón (III 5, 8). Trató numerosas cuestiones de meteorología que inspiraron a autores posteriores 116 . Volvió a calcular la circunferencia terrestre basándose en la observación de la estrella Canopo desde Gades, pero su evaluación, 180.000 estadios, no la sigue Estrabón que prefiere la de Eratóstenes (II 2, 2). Volverá a definir las zonas, cuestión siempre debatida, adoptando los trópicos y los círculos polares como líneas divisorias, y aunará los criterios para su división: zonas de doble sombra, de sombra alterna y de sombra circular; pero, al tiempo, las zonas quedan divididas por los diferentes climas (a partir de él los clímata o «inclinaciones», término astronómico en un principio, irán adquiriendo su sentido actual) que son los causantes de la diversidad de suelos, vegetaciones y razas humanas, idea que toma de Panecio 117 . Posidonio dedicó gran atención a los fenómenos sísmicos y volcánicos y describió los grandes volcanes italianos (VI 2, 3-11), así como a la oceanografía, especialmente a las mareas y a las formaciones de aluvión en los grandes deltas. Su amor al orden le lleva a una jerarquización clarificadora del espacio geográfico desde las grandes divisiones hasta las más pequeñas y, dentro de sus descripciones, ocuparon un papel especialmente importante la economía, el comercio y los recursos naturales 118 .

Pero Posidonio no se contentó con la descripción, sino que continuamente buscó las causas de lo que veía (II 3, 8). La llanura pedregosa de La Crau le lleva a la hipótesis de la desecación de un antiguo lago cuya superficie se habría resquebrajado después (IV 1, 7).

Tras Posidonio, y ya en la época de Estrabón, Roma domina finalmente todo el Mediterráneo y aumentarán los conocimientos sobre todo de Norte y Centroeuropa. César llega hasta Britania y domina toda la Galia, aunque no la describe, y Estrabón la conoce mal; ya mencionamos las incursiones de Pompeyo y Antonio en Armenia; Druso y Tiberio se internaron en Germania y Augusto sometió el norte de Hispania. Cornelio Balbo, en el 19 a. C., penetró en África en su expedición contra los garamantes, C. Petronio en Etiopía, en el 23, y Elio Galo en Arabia en el 25-4 (XVI 4, 22-4).

Geógrafo contemporáneo de Estrabón fue Menipo de Pérgamo, que escribió un Periplo del Mar Interior (35-25). Augusto asignó a Isidoro de Caracte, hacia el 20, la confección del itinerario por territorio parto, Las etapas partas , para preparar las operaciones militares de Tiberio. Juba II, rey de Maurusia, escribió Arábicas y Líbicas , con gran abundancia de datos económicos, lo mismo que el citado Isidoro. Pero de todo esto Estrabón ya no aprovechó casi nada.

2. La «Geografía»

La Geografía es la única obra de Estrabón que nos ha llegado casi entera y por la que es conocido; sólo en el libro VII, a partir de 7, 12, hasta el final, que debía contener Macedonia y Tracia, tenemos que lamentar la pérdida del texto y suplirlo con fragmentos de diversa procedencia. Está dividida en 17 libros con dos partes claramente diferenciadas: los libros I-II constituyen los «Prolegómenos», dedicados fundamentalmente a la defensa de Homero como geógrafo, a la discusión de la obra de sus principales predecesores y a los conceptos básicos de la geografía. Desde el libro III hasta el final se ocupa de la descripción de cada una de las diferentes regiones del mundo conocido, o corografía, partiendo de las Columnas de Heracles y dando la vuelta a la cuenca mediterránea y al mundo habitado, de Norte a Sur, hasta volver al mismo lugar. Los libros quedan repartidos del siguiente modo: III, Iberia; IV, Galia, Britania e Italia Cisalpina; V, Italia hasta Campania; VI, sur de Italia y Sicilia; VII, Europa central, Epiro, Macedonia y Tracia; VIII, IX y X, Grecia y las islas; XIXIV, Asia Menor; XV, India y Partia; XVI, Oriente Próximo; XVII, Egipto, Etiopía y norte de África.

Retengamos, por el momento, la vasta concepción de la obra, auténtica geografía universal de su época, y algunos hechos notorios en la distribución de los libros: la máxima extensión, con cuatro libros, es para Asia Menor y sólo hay dos para Italia, centro del poder y perfectamente conocida ya en su época.

Lugar y fecha de composición . — Está claro que la Geografía es , posterior a los Comentarios , como él mismo indica (I 1, 22-3) y por lo tanto hay que situarla en una época avanzada de su vida, pero no tanto como quería Niese 119 (17-23 d. C.), lo que nos llevaría a aceptar que Estrabón emprendió la redacción de una obra tan gigantesca a los ochenta y tantos años. Pais 120 señaló la abundancia de referencias a acontecimientos políticos relacionados con Augusto y Tiberio, entre 31-7 a. C., su escasez entre 7 a. C.-14 d. C. y la reanudación de las mismas para el período 17-23 d. C.: su conclusión es que debió de redactarla hacia el 7 a. C. y que hizo una segunda edición hacia el 18 d. C. 121 . Aly 122 , basándose en algunas repeticiones y contradicciones y en ciertos descuidos de redacción, que hacen pensar que la obra no quedó totalmente terminada, señaló la posibilidad de una edición póstuma, opinión sostenida también por Sbordone 123 , que argumenta con un manuscrito original del autor lleno aún de problemas para explicar las variantes y las notas marginales que presentan los manuscritos medievales; a favor de esta hipótesis pesa también el hecho de que la obra no obtuvo ningún eco ni en su época ni poco después; que el propio Plinio ni siquiera la mencione, entre tantos autores como cita, es realmente sorprendente.

Dónde compuso la Geografía es imposible saberlo y, seguramente, es una pregunta mal planteada. Pais se inclinaba por Asia Menor, otros por Alejandría o Nápoles 124 . No vemos por qué tuvo que escribir la obra en un solo lugar; una cosa es la terminación, últimos toques y edición, si la hubo en vida, cuyo lugar ignoramos, y otra diferente que cada uno de esos sitios propuestos ha podido servir para la composición de diversas partes después ensambladas, tarea tanto más fácil dada la división por regiones de la obra. De hecho los viajes de Estrabón se escalonan a lo largo de su vida y no es necesario suponer que toda la obra ha sido compuesta ni en la misma fecha ni en el mismo lugar; es más lógico pensar en un largo trabajo de preparación durante bastantes años y, posiblemente, de redacción de diferentes partes, que, como señala Aly, tampoco tienen por qué haber seguido el orden de nuestros libros actuales.

Si la geografía debe ser una ciencia útil a los hombres de Estado, según sus reiteradas manifestaciones, no es extraño que los críticos hayan buscado algún destinatario concreto. Pais pensó que la obra iba dirigida a la reina del Ponto, Pitodoris, y a un público específicamente griego por la abrumadora superioridad de citas de escritores y artistas helenos sobre los latinos, opinión que compartimos. Aly pensó que el destinatario habría sido Augusto, y Sbordone propone al joven Tiberio, pero todo ello son especulaciones sin confirmación posible.

Fuentes . — Estrabón utiliza información de primera mano en algunas partes de su obra gracias a los viajes que realizó y de los que dimos cuenta en su biografía. Sin embargo, estos viajes no cubrían ni mucho menos la totalidad de su programa geográfico. Conoció directamente bastantes zonas de Asia Menor, parte de Etruria, Lacio y Campania, Alejandría y el Nilo. Para el resto de su obra, que es la mayor parte, utiliza en unos pocos casos informes orales de viajeros, según la práctica corriente desde los primeros logógrafos: Elio Galo le ha informado sobre Arabia (II 5, 12), Gneo Pisón sobre Libia (II 5, 33) y Atenodoro sobre Petra (XVI 4, 21). Y es que el oído es superior al ojo en materia de ciencia, como señala nuestro autor al justificar su recurso a otros geógrafos para la composición de su obra (II 5, 11).

El grueso de su información le viene de los geógrafos que le han precedido, que utiliza citándolos casi siempre por su nombre. Pero dicha información era ya muy grande y los diversos criterios seguidos por los autores, así como la diferente fecha de composición, convertían el material en una mole difícilmente manejable que nuestro geógrafo se ve obligado a seleccionar. Por un lado, numerosos autores tratan regiones particulares y no siempre desde un criterio estrictamente geográfico, sino a menudo mezclado con la historia, mientras que, por otra parte, no abundaban las geografía generales, que, a su vez, contenían información ya seleccionada de autores anteriores. Estrabón acepta dicha selección por lo que muchos autores que cita lo son indirectamente.

a) Fuentes contemporáneas . — En la mayoría de los casos es difícil alcanzar una certeza sobre la extensión de los préstamos. Estrabón cita como fuente en IV 1, 13, y XV 1, 57, a Timágenes 125 , el historiador y retórico de Alejandría, que debió de morir al comienzo de la era, retirado en la casa de Asinio Polión en Túsculo, tras haberle prohibido Augusto la enseñanza.

Asinio Polión es citado por Estrabón en sus Comentarios (91 F16) y una vez en la Geografía (IV 3, 3); su Historia de las guerras civiles debió de ser fuente importante de la historia de Estrabón, al menos en el período 66-44 y en la época de César. Poco claro es si Estrabón leyó a Asinio Polión en latín o bien por medio de la versión griega que hizo su liberto Asinio Polión de Trales, o incluso si lo conoció por medio de su protegido, el anteriormente citado Timágenes 126 .

Nicolás de Damasco es citado una vez en XV 1, 73, sin que sepamos si la cita se refiere a las Historias o a la Autobiografía . Quizá un par de pasajes del libro XVI (2, 20, y 2, 46) puedan depender de él, según se interprete la noticia de Josefo (Antigüedades Judías XIV 104) de que Estrabón y Nicolás dicen lo mismo en sus historias, sin que pueda descartarse que Estrabón utilizase otras fuentes 127 .

Q. Delio es citado sólo una vez en XI 13, 3. Escribió un relato sobre la expedición de Antonio contra los partos. Para otros posibles préstamos en los libros XI y XVI remitimos a los mismos; probablemente, Estrabón lo tomaría de su propia historia 128 .

Teófanes de Mitilene fue amigo de Pompeyo y escribió la historia de sus campañas (XI 5, 1). Es lo único que nos dice Estrabón. Se ha intentado rastrear la utilización de Teófanes como fuente allí donde Estrabón (XI 1, 6) habla de los errores de Posidonio, pero el asunto no está claro 129 .

Metrodoro de Escepsis es citado en XI 5, 1; XIII 1, 55, y XVI 4, 16. Autor de una Historia de Mitrídates , de quien fue hombre de confianza y enemigo declarado de los romanos, no es seguro si Estrabón lo utilizó directamente. Es el único citado por su nombre de los autores de historias mitridáticas a los que se refiere genéricamente Estrabón en XI 2, 14 130 .

También genéricamente (II 5, 12) se refiere a los autores de historias párticas del círculo de Apolodoro de Artemita, de los que ya hemos citado a Q. Delio. Es posible que el propio Apolodoro fuese utilizado por Estrabón 131 .

b) Fuentes generales directas . — Ya al comienzo de su obra (I 2, 1) Estrabón declara que no es necesario leer a todos los autores sino a aquellos realmente importantes como, según sus palabras, Eratóstenes, Posidonio, Hiparco y Polibio entre otros. Y entre estos otros hay que colocar sin duda a Artemidoro de Éfeso, muy en primer lugar, porque su obra escrita a principios del siglo I debía de contener la suficiente información como para que Estrabón lo cite numerosas veces y de forma regular por toda su Geografía , lo que demuestra que lo tuvo constantemente a la vista. Sin embargo, es posible que en algunos casos, en los libros III-IV, esté citado indirectamente por medio de Posidonio.

c) Fuentes particulares directas . — El gramático Apolodoro con su obra Catálogo de las naves es fuente para el libro I y para Grecia (VIII-X). El gramático contemporáneo Aristónico, para el viaje de Menelao (I 2, 31). Teófanes de Mitilene, Apolodoro de Artemita y Demetrio de Escepsis para la Tróade. Atenedoro de Tarso, con su versión resumida del Sobre el Océano de Posidonio y el llamado Corógrafo, quizá Vipsanio Agripa 132 los ha utilizado en diversos lugares de los libros III-VI.

d) Fuentes indirectas . — Por medio de Eratóstenes, probablemente, cita a Anaximandro, Hecateo, Dicearco y Eudoxo, Píteas, los historiadores de la India Deímaco, Megástenes, Onesícrito y Aristobulo, y al autor de portulanos, Timóstenes. Por medio de Posidonio a Asclepíades de Mirlea.

Aunque en el caso de los historiadores es más que dudoso que Estrabón no los conociera previamente de primera mano cuando redactó sus Comentarios , al menos a los más importantes, todo parece indicar que Eratóstenes, Polibio, Artemidoro y Posidonio han sido sus fuentes principales y además intermediarios de otros autores.

Eratóstenes es para Estrabón el primer gran geógrafo moderno y su Geografía su modelo fundamental, por lo que sabemos, la única geografía universal. Pero Eratóstenes es un científico que, primero, recopila y critica las opiniones de sus predecesores —de lo que se valdrá nuestro propio autor—, para establecer después los datos indispensables de esta ciencia: el carácter esférico de la Tierra, la medida de su circunferencia, la determinación de la longitud y de la anchura del mundo habitado y, como resultado, un nuevo mapa basado en consideraciones matemáticas y dividido en sphragídes; finalmente, en su tratado había numerosas observaciones particulares de pueblos y regiones, aunque no era la geografía regional lo que más le interesaba. Será la fuente principal de Estrabón para los países orientales, cuya descripción era la más fiable (XIV 2, 29) al disponer en la Biblioteca de Alejandría de las relaciones de los historiadores alejandrinos. Eratóstenes estudiaba también temas de geografía física como las mareas, corrientes de los estrechos, etc., que despertaban su curiosidad científica. En este terreno Estrabón no podía competir con el sabio alejandrino, aunque es un mérito que reconociese y aceptase su autoridad. Para hacer una obra diferente y con sello propio, Estrabón, además de criticar en detalles menudos allí donde le es posible la obra de su antecesor, tiene que cambiar el rumbo general de su obra de acuerdo con sus propósitos: frente al matemático y especialista una obra de divulgación, más asequible, en que el peso recaiga en la descripción regional y no en la geografía general. Y en dos puntos concretos se extenderá en su crítica: la negación de Homero por parte de Eratóstenes como fuente de conocimientos geográficos y la aceptación del alejandrino del periplo de Píteas como fuente fundamental de su información sobre las regiones occidentales. Pero incluso el planteamiento general de la obra de Estrabón, prolegómenos teóricos y crítica de los predecesores seguida de la geografía general, responde probablemente al esquema de Eratóstenes, pese al cambio de énfasis ya mencionado para cada una de las partes.

Algunas de las correcciones de Eratóstenes que hace Estrabón provienen de su crítico Hiparco. Pero el astrónomo, desinteresado de la geografía local y dedicado exclusivamente al campo matemático, no podía ser un modelo permanente para Estrabón, cuyo espíritu y objetivos eran muy distintos; por eso es citado casi sólo en los «Prolegómenos».

Polibio ya había criticado a Eratóstenes por su uso de Píteas y, por tanto, será la fuente básica de Estrabón para los países occidentales en los libros III-VI. Aunque Estrabón le dirija ciertas críticas menores, su espíritu interesado por la vida humana y por los asuntos de Estado, poco dado a la abstracción, está mucho más próximo a Estrabón que el de Eratóstenes o Hiparco.

De la Geografía de Artemidoro, puramente descriptiva, tomará numerosas medidas de distancias, sobre todo costeras, y todo tipo de informaciones menudas propias de los periplos.

Posidonio era para Estrabón el filósofo con mayores conocimientos en su época (XVI 2, 10). Explicaciones científicas, datos económicos y etnográficos dejarán huella en Estrabón, especialmente en los libros III-VI, XII y XVI. Por su intermedio, quizás, cita teorías de filósofos y físicos anteriores a Posidonio; puede haber influido también en Estrabón su capacidad para confrontar tesis opuestas, que al parecer utilizó con frecuencia, y su interés por hacer accesibles los conocimientos especializados 133 .

3. La tarea del geógrafo

Estrabón distingue dos partes fundamentales, una geografía general y una regional o corografía: la geografía debe «exponer en primer lugar nuestro mundo habitado, sus dimensiones, su figura, su naturaleza y su relación respecto a la tierra entera, pues ésta es la tarea propia del geógrafo. Después debe dar la explicación conveniente de cada una de las regiones, tanto terrestres como marítimas, añadiendo cuanto no haya sido suficientemente tratado por nuestros predecesores, especialmente los considerados los mejores en estos temas» (II 5, 4). Pero la investigación de la totalidad del orbe habitado (I 1, 13) debe ir acompañada de las dimensiones y características del globo terrestre, del que el orbe habitado es una parte, y del lugar que ocupa en el Universo, de sus partes habitadas, de las dimensiones y características de las no habitadas y de sus causas (I 1, 15). Estrabón duda entre el tratamiento general del globo terrestre entero o el del orbe habitado solamente y en su obra optará por el segundo.

Un objetivo tan enorme requiere una auténtica polymatheía (I 1, 12), que es precisamente lo que hace de la geografía una actividad propia del filósofo (I 1, 1). En efecto, se requiere el conocimiento suficiente de una amplia gama de disciplinas, unas científicas y otras humanísticas.

Entre las científicas son fundamentales la astronomía, la meteorología 134 y la geometría (I 1, 13-15-20) «uniendo en una sola entidad lo que hay sobre la tierra y en el cielo»; a ello se añade la investigación sobre lo que hay en la superficie terrestre «animales, plantas y demás, todo cuanto de provechoso o nocivo sustentan la Tierra y el Mar» (I 1, 16). Si el geógrafo se basa en los geómetras, éstos deben basarse en los astrónomos y éstos, a su vez, en los postulados físicos, pues la física es una ciencia que en sus principios y pruebas no depende de ninguna otra disciplina 135 , y en los matemáticos (II 5, 1-3). La física demuestra que «el universo y el cielo son esféricos», que los graves giran en torno al centro y que en ese centro se encuentra la tierra inmóvil, alrededor de la cual giran el cielo, las estrellas y los planetas en diferentes círculos (II 5, 2). A partir de ello los astrónomos se ocupan «de los movimientos, los períodos, los eclipses, las dimensiones, las distancias y de otras mil cosas» (ibid.) , estableciendo también las cinco zonas celestes y terrestres (II 5, 3). Después, el geómetra «mide la parte habitable de la Tierra como un agrimensor, basándose para el resto en el cálculo de las distancias» (II 5, 4). Y de ahí «debe impulsarse el geógrafo a partir del que ha medido toda la Tierra, confiando en él y en aquellos en los que éste confió» (ibid.) , exponiendo «la forma y el tamaño de lo encuadrado en la carta geográfica» (II 5, 13); pero no sólo «formas y dimensiones de los lugares, sino también las posiciones recíprocas» (II 5, 18). En cada lugar se muestran «los factores positivos y negativos, con las ventajas y desventajas que de ellos derivan, unas por la naturaleza y otras por la disposición» (II 5, 17). El geógrafo se ocupa de los naturales porque son permanentes. Ahora bien, ni siquiera debe tratar el geógrafo de los lugares que quedan fuera del mundo habitado ni de todos los que están en él, porque es una materia árida (II 5, 34).

Pero la geografía no sólo se ocupa de los factores naturales de un lugar, sino también de los humanos que, aunque varían, si son importantes adquieren carácter de auténtica naturaleza (II 5, 17). Por eso la historia y el mito son también disciplinas importantes para el geógrafo (I 1, 19) y por eso Estrabón recuerda en su obra «leyes y regímenes políticos que ya no existen» (II 5, 17) y dice que «lo que nosotros deseamos conocer son precisamente aquellas regiones en las que existe una mayor tradición de hazañas, de regímenes políticos, de técnicas y de todo lo demás que contribuye a la sabiduría» (II 5, 18). La tarea del geógrafo es, desde luego, hablar de los lugares tal y como ahora son (XII 8, 7), pero a veces los hechos del pasado que son importantes deben ser también citados (VI 1, 2; IX 5, 12). Si bien todas las distinciones físicas y étnicas son importantes, las políticas, que varían fácilmente, serán objeto sólo de exposición sumaria (IV 1, 1). Y los factores económicos serán también tenidos en cuenta (II 5, 18).

Como todo ello es una tarea de conjunto, el geógrafo se aplicará a ese conjunto tratando sólo lo más importante, tanto en lo que se refiere a las disciplinas científicas que están en la base (I 1, 19; XV 1, 38), como en general (I 1, 23), pues lo menos importante no debe afectar a la totalidad de la obra, como es el caso de los problemas de distancias que se plantean a veces (VI 3, 10). Su obra debe ser mirada como esas estatuas colosales en las que «no buscamos el detalle pormenorizado, sino que más bien nos fijamos globalmente, a ver si el conjunto resulta bien» (I 1, 23).

Con una adecuada base científica se puede abordar esta tarea, mejorando los diferentes periplos y portulanos que son incompletos precisamente por falta de dicha base (I 1, 21).

Tras la geografía general, debe tratarse la corografía: «mostraremos la realidad actual en cuanto a disposición y distancias de los lugares, pues ésta es la tarea más propia de la corografía» (X 3, 5). Pero el grave problema al que se enfrentaba Estrabón era la aridez de la corografía, soportable sólo cuando se trata de lugares famosos (XIV 1, 9). ¿Cómo convertir una seca enumeración de lugares y distancias en una obra amena, sin que perdiese su utilidad original? O, dicho de otra manera, ¿cómo conseguir que la geografía se convirtiese en un género literario? Esta formulación parece importante para el tipo de geografía que escribe Estrabón. La misma aridez se da en los nombres de los pueblos bárbaros (III 3, 7; XVI 4, 18), donde una difícil transcripción de los nombres va unida a la insignificancia de los pueblos, lo que colma la paciencia del geógrafo 136 .

Estrabón tiene muy claro que la geografía propiamente dicha es la científica, que es la exposición general del mundo habitado. Pero esto no es suficientemente útil: se necesita también la descripción particular de los países, que es tarea propia de la corografía. Y a la vez ésta, si se limita a un catálogo de lugares y distancias, puede ser muy árida, aunque útil. Y aquí entra la práctica de los historiadores: la mezcla de geografía e historia puede convertir a la primera en un género literario ameno, de modo que exista, junto a una geografía descriptiva, física y humana, una geografía histórica, con mención de los hechos y hombres sobresalientes en política y cultura.

No es totalmente cierto que Estrabón sea inconsecuente con lo que dice en los «Prolegómenos», pues nunca pensó en la geografía científica más que como pórtico general de su obra. Además, como se ve en la definición general de Ptolomeo 137 , la frontera entre geografía y corografía a veces no está clara: las grandes ciudades serían propias de la geografía, por ejemplo, así como los grandes accidentes geográficos; y de todo ello hay abundantes muestras en la obra de Estrabón, pues para cada nación aporta primero los datos físicos que la definen, lo que es geografía, para sólo después pasar a la corografía.

4. Utilidad de la Geografía

Por un lado, radica en el conocimiento científico de lo que hay en cielo y tierra, pero sobre todo es útil «a los asuntos políticos y prácticas de gobierno» (I 1, 1; II 5, 13). «La geografía está en su mayor parte orientada hacia las necesidades políticas» (I 1, 16), o más bien «está toda ella orientada hacia las acciones propias del gobierno» (I 1, 16 y 18), «pues como mejor podrían manejar cada país es sabiendo de qué extensión es el territorio y a qué distancia se encuentra de otros lugares y qué características diferenciales tiene tanto en su clima como en sí mismo» (I 1, 16) 138 .

Y en este beneficio para el gobernante coincide con la filosofía ética y política, sobre las que la geografía tiene cierta superioridad práctica (I 1, 18) 139 . Ese criterio de la utilidad explica el recurso a los datos históricos y míticos (I 1, 19, y II 5, 17), así como la limitación de las informaciones matemáticas (I 1, 19) 140 , y es la medida para determinar el mayor o menor detalle de las informaciones sobre diversos países (I 1, 16). Cuanto mayor es la empresa, mayor es el provecho de la geografía, aunque ésta resulta útil incluso en asuntos menores como la caza (I, 1, 17). «En una palabra, es preciso que este escrito sea de interés general y que sea igualmente de utilidad para el político y para el público medio» (I 1, 22).

5. Geografía general

La esfera celeste 141 . — Cualquier hombre culto tiene que haber visto una esfera con sus círculos, unos paralelos, otros perpendiculares y otros oblicuos, y debe haber observado la posición de los Trópicos, del Ecuador y del Zodíaco, señala Estrabón (I 1, 21).

La Tierra se encuentra fija en el centro de otra esfera mucho mayor que es la esfera celeste. Y la observación de los cambios de posición de las estrellas ofrece a los sentidos la impresión de que esa esfera celeste gira continuamente, en dirección Oeste, arrastrando consigo a las estrellas, como si éstas estuviesen incrustadas en dicha esfera, lo que para nosotros es causado por el movimiento de rotación de la Tierra. Imaginando, pues, ese giro de la esfera celeste, se observa que hay un punto en el cielo que no gira sino que permanece inmóvil, el Polo Norte celeste (aunque, de hecho, ya Hiparco había descubierto la precesión de los equinoccios, es decir, el lento desplazamiento de la Estrella Polar, que, por tanto, ha ido cambiando de identidad con el paso del tiempo). Junto con el Polo Sur celeste forma el eje en torno al que gira la esfera celeste.

En esta esfera el Ecuador celeste divide el Hemisferio Boreal del Austral mediante un círculo que es el que recorre el Sol, en su aparente movimiento diurno, exactamente los dos días de los equinoccios de primavera y de otoño; por eso el nombre del Ecuador es, en griego, isēmerinós , el círculo «de los días iguales». El resto del año los círculos diarios que traza el Sol son más o menos paralelos al Ecuador, aunque desde el equinoccio de primavera están al Norte hasta alcanzar el trópico de verano el día del solsticio de verano, y al Sur desde el equinoccio de otoño hasta alcanzar el trópico de invierno el día del solsticio de invierno; como a partir de los días de solsticio el Sol parece cambiar su trayectoria, de ahí el nombre griego de trópico , es decir, círculo de «giro» del Sol en su progresión hacia el Norte o hacia el Sur. Dichos solsticios marcan a su vez los días más largos y más cortos del año.

Junto al aparente movimiento diurno del Sol, su aparente desplazamiento anual en sentido contrario, de Oeste a Este, se realiza por un círculo oblicuo al Ecuador que denominamos eclíptica y que es el círculo medio de la banda zodiacal que corta el Ecuador y cuyos puntos extremos de intersección de la esfera celeste son los puntos equinocciales. Este plano tiene aproximadamente 24° de inclinación respecto al Ecuador. Las estrellas situadas en la banda zodiacal, que tiene 12° de anchura, son las famosas constelaciones zodiacales que va atravesando el Sol en su curso anual.

La atracción y caída de los graves sirve para determinar la vertical de un lugar cuyo polo es el cenit, perpendicular a la cual es el plano del horizonte. El ángulo formado por la vertical del lugar y el eje del mundo es igual al formado por el plano del horizonte con el plano del Ecuador celeste y determina la latitud: la altura del Polo celeste por encima del horizonte es el clíma o inclinación, que es de 0° en el Ecuador.

El meridiano celeste es el círculo de la esfera celeste que pasa por los polos; el Sol lo atraviesa diariamente cuando alcanza su máxima altura a mediodía (de donde su nombre, mesēmbrinós o círculo de mediodía) en puntos diferentes según la época del año y las estrellas lo atraviesan dos veces cada día sideral. Así, la altura del Sol y de las estrellas se miden en este punto de paso por el meridiano (I 1, 21; II 1, 18), determinando la distancia al polo o al horizonte. Tanto el horizonte como el cenit y el meridiano varían localmente.

El Círculo Ártico es el máximo círculo siempre visible, situado encima de la Tierra y que toca el horizonte en un punto; las estrellas en él contenidas giran en torno al polo, siempre visibles. El Círculo Ártico varía según la latitud: el observador que se encuentra en el Polo Norte ve cómo todas las estrellas giran en torno al Polo sin salir ni ponerse nunca y, para él, el Círculo Ártico coincide, pues, con el horizonte y con el Ecuador celeste; en cambio, desde el Polo hacia el Ecuador, ese Círculo Ártico o de estrellas siempre visibles va disminuyendo hasta alcanzar su mínima expresión en el Ecuador, donde no hay Círculo Ártico, es decir, no hay estrellas siempre visibles, pues todas salen y se ponen. Por efecto de la rotación de la Tierra, la apariencia es que el eje del mundo, en torno al que gira la esfera celeste, se aproxima al Polo según aumentamos de latitud y, al Ecuador, si bajamos de latitud. Su variación la señala Estrabón (II 2, 2) y la utiliza para determinar la latitud (II 5, 8-41-43) porque la distancia del Círculo Ártico al Polo celeste es igual a la distancia al Ecuador del lugar en cuestión.

Ahora bien, tanto Píteas (II 5, 8) como Hiparco y Posidonio (II 5, 43), junto a este círculo variable, utilizan, sin que la nomenclatura sea siempre clara, la idea de un Círculo Ártico fijo, sea nuestro Círculo Polar a 24° del Polo y 66° del Ecuador, sea el de las estrellas siempre visibles en una latitud dada, la de Grecia, círculo que está a 36° del Polo.

Las estrellas, como si estuvieran fijas en la esfera celeste, giran en torno al eje del mundo describiendo círculos que son mayores a medida que se alejan del Polo y se aproximan al Ecuador celeste, con velocidades proporcionadas (II 3, 2, y II 5, 2). Cualquier hombre culto, insiste Estrabón, debe reconocer las siete estrellas de la Osa Mayor (I 1, 21), aunque otras, como Canobo o la Cabellera de Berenice, hace poco que han sido identificadas (I 1, 6). Estrabón anota que la estrella α de la Osa Menor comienza a formar parte del Círculo Ártico a la altura del País de la Canela, situado a 12° 30′, entre el Ecuador y el Trópico, mientras que la Osa Mayor no comienza a ser continuamente visible más que en el Trópico, y no del todo (II 5, 36). Por ello la afirmación de Nearco de que vieron ponerse las dos Osas en la India implica que el cabo sur de la India tiene que estar situado por debajo de 12° 30′. Arturo alcanza su cenit en la latitud de Alejandría, 31° (II 5, 38) y Casiopea a mitad de camino entre Ecuador y Polo, a 45° (II 5, 41) y toda Casiopea entra a formar parte del círculo siempre visible 3.800 estadios al norte de Bizancio, a 48° 30′ (ibid.) . La estrella η de Perseo está al norte de α de Casiopea y, por tanto, a algo menos de 45° del Polo (II 5, 41).

Estrabón describe cómo Posidonio en Gades, al igual que antes Eudoxo en Cnido, reconoció a la estrella Canopo, que se sitúa en lo alto del timón de la Argo, perteneciente al Hemisferio Austral (II 5, 14), aproximadamente a 37° 30′ del Polo Austral.

Los ortos y ocasos heliacos de las estrellas, que fueron tradicionalmente utilizados por agricultores y navegantes a manera de calendario práctico, como vemos en Trabajos y Días , acabaron siendo sustituidos, a causa de su validez local y no general, por los calendarios; en Estrabón sólo los encontramos en pasajes tomados a Aristobulo (XV 1, 17-8 y XVII 2, 5).

Píteas ya había descrito los países del norte donde la noche duraba sólo un par de horas y había una cierta claridad. El fenómeno de la luz crepuscular atrajo la atención y, frente a explicaciones un tanto fantasiosas de Artemidoro, Posidonio observó en Gades que tampoco en el Océano la oscuridad sucedía inmediatamente a la puesta del Sol (III 1, 5). En realidad, ya Hiparco había explicado perfectamente el fenómeno, señalando que en todos los lugares en que el Sol no desaparezca del horizonte más allá de 17° 30′ subsiste la claridad crepuscular (II 1, 8, y 5, 42). En el mismo pasaje citado de Posidonio, éste también intentaba explicar el mayor tamaño aparente del Sol al ponerse en el Océano por una especie de refracción provocada por los vapores desprendidos de una superficie húmeda.

El movimiento del Sol en el Ecuador es más rápido que en los Trópicos, lo que permitió sospechar a Eratóstenes, Polibio y Posidonio que el Ecuador sería menos caluroso que los Trópicos y por tanto habitable (II 3, 2). Pero, de forma sorprendente, la opinión popular de que el Sol calentaba más en los Trópicos porque estaba más cerca se mantiene en Estrabón frente a la correcta explicación, ya conocida por Onesícrito, de que la causa es que los rayos solares caen más perpendiculares.

En el movimiento del Sol ya vimos que los puntos de los equinoccios eran fundamentales por señalar los días de igual duración que la noche; pero también lo son porque son los únicos días del año en que el Sol sale exactamente por el Este y se pone exactamente por el Oeste. Por eso encontramos en Estrabón ecos de un uso peculiar para indicar direcciones de Levante (E) y Poniente (O) de equinoccio, Levante y Poniente de solsticio de verano (NE y NO) y Levante y Poniente de solsticio de invierno (SE y SO), o, simplemente, Levante y Poniente de verano o de invierno (II 1, 26; VI 1, 5 y 2, 1; XI 4, 2, y XIV 5, 11). Pero estas direcciones son variables según la latitud y no pueden ser tomadas umversalmente, de modo que Estrabón critica a Polibio por su empleo (II 4, 7), aunque es muy posible que el historiador utilizase esas direcciones en relación a unos puntos fijos.

Finalmente, sobre la Luna el caldeo Kidinnou, citado por Estrabón (XVI 1, 16) había realizado cálculos muy exactos del mes lunar sinódico, corregidos por Hiparco, y de otros datos. Ya comentamos la descripción de las mareas por Posidonio, basada en las fases lunares (III 5, 8-9). Los eclipses de Luna, como señaló Hiparco, permitían establecer exactamente las diferencias de longitud (I 1, 12).

El globo terrestre 142 . — Tras el estudio de la esfera celeste, el geógrafo debe explicar el globo terrestre cuya importancia sería ridículo ignorar (I 1, 15) y una parte del cual, situado sólo en el Hemisferio Boreal, es el mundo habitado. Este globo terrestre está en el centro del mundo y su esfericidad puede probarse, sencillamente, por la experiencia sensible en alta mar (I 1, 20). Aunque debe quedar claro que esa esfericidad es sólo aproximada por las variaciones del relieve terrestre (II 5, 5). Los círculos que utilizamos para el estudio del globo terrestre son la proyección de los mencionados en la esfera celeste (II 5, 3).

Para la determinación del tamaño de este globo, es decir, para la medida de la circunferencia terrestre, Estrabón disponía de dos valores diferentes: el calculado por Eratóstenes, no en su Geografía sino en su Sobre las dimensiones de la Tierra , y que pese a las críticas de sus sucesores es el aceptado por Estrabón (I 4, 1) y por Hiparco (II 5, 7), así como por la mayoría de los autores (I 4, 3), y el calculado por Posidonio, que es el más pequeño de los recientes (II 2, 2). El procedimiento para ambos cálculos no lo cuenta Estrabón, pero nos ha sido conservado por Cleomedes, De motu circulari I 10.

La medida de Erastóstenes se basaba en cinco puntos: 1) Siene y Alejandría están en el mismo meridiano (en realidad, Siene está 3° al Este); 2) su distancia es de 5.000 estadios; 3) los rayos solares tocan los diferentes lugares de la Tierra paralelamente; 4) las rectas que cortan a paralelas dan ángulos alternos-internos iguales, φ = φ′ en la fig. 1 ; 5) Los arcos correspondientes a ángulos iguales son semejantes.

FIGURA 1

Además, Siene está situada en el trópico de verano, como señala Estrabón (XVII 1, 48), porque el gnomon no da sombra a mediodía el día del solsticio de verano. El arco φ′ es la proyección en la skáphē del arco de meridiano A-S; φ′ es el arco del pequeño círculo cuyo centro es la punta del gomon: Eratóstenes mide este arco que es la 50ava parte del círculo = 7° 12′ (en realidad, 7° 7′) y, por tanto, habrá que multiplicar por 50 la distancia Siene-Alejandría: 5.000×50 = 250.000 estadios. Sin embargo, en II 5, 43, se da como medida 252.000 estadios, lo que parece que es una cifra redondeada, quizá por Eratóstenes, quizá por Hiparco, para permitir que 1° = 700 estadios.

Posidonio partió de la hipótesis de que Rodas y Alejandría están en el mismo meridiano. La estrella Canopo aparece en Rodas justo en el horizonte, luego midiendo su elevación en Alejandría, que es la 48ava parte del círculo, no hay sino que multiplicar por 48 la distancia Rodas-Alejandría, que es de 5.000 estadios: 240.000. Pero Posidonio no tiene en cuenta el fenómeno de la refracción y fija la distancia en 7° 1/2, la 48ava parte, cuando en realidad sólo es de 5° 1/4 (Eratóstenes, con el gnomon la fijó en 3.750 estadios, o sea, 5° 1/3: II 5, 24). La distancia en estadios entre las dos ciudades es difícil de medir con exactitud por ser marina: Estrabón menciona tanto 5.000 como 4.000 como los 3.750 de Eratóstenes, e incluso 3.640, de Alejandría al centro de la isla de Rodas (II 5, 39), no sabemos si de Hiparco o también de Eratóstenes. ¿Qué distancia utilizó Posidonio? Por Gémino y el propio Estrabón, que señala que su medida es la más pequeña de las recientes, parece lógico aceptar la de 3.750 estadios de Eratóstenes, con lo que la medida de la circunferencia terrestre sería de 180.000 estadios, frente a los 240.000 que supondría la distancia de 5.000 143 .

a) Las zonas 144 . — La proyección de los círculos celestes en la esfera terrestre divide a ésta en cinco zonas desde un punto de vista astronómico. Y así lo conocía ya Aristóteles: dos zonas glaciares, dos templadas y una tórrida (II 2, 2). Polibio introdujo una ligera modificación al dividir la tórrida en dos, una a cada lado del Ecuador (II 3, 1-2). Pero esta división astronómica debía corresponderse con algún otro criterio más práctico. En Aristóteles y Polibio el Círculo Ártico que delimitaba la zona templada era el relativo a Grecia y estaba, por tanto, situado a 54°, que era considerado el límite de la zona habitada. Y en el siglo IV probablemente se consideraba también el Trópico como el límite sur de la misma zona habitada. Es decir, que seguramente se buscó una falsa relación entre zonas astronómicas y zonas habitables que, muy pronto, un conocimiento más dilatado de las regiones situadas más allá de los citados puntos demostró incorrecto, sobre todo cuando se manejaban como sinónimos inhabitable e inhabitada (II 3, 1): sólo serían habitables las dos templadas e inhabitables las dos glaciares y la tórrida. Varios autores, como Eratóstenes y Panecio, dedicaron especial atención a las condiciones climatológicas y biogeográficas de las diferentes zonas, aunque, naturalmente, buscar límites precisos para estas últimas era imposible y, mucho menos, hacerlas coincidir con las astronómicas. Posidonio criticará el uso de los Trópicos como límite de la zona habitada, pues Etiopía, bastante más al Sur, era ya bien conocida (II 2, 2), y ensayará un nuevo método basado en la sombra del gnomon que Estrabón juzga conforme con la física y con la geografía (II 3, 1) y que describe ampliamente (II 5, 43): una zona entre los trópicos en que el gnomon proyecta sombra a ambos lados; una zona de una sola sombra, siempre en el mismo sentido, entre el trópico y el Círculo Polar; una zona de sombra circular desde el Círculo Polar al Polo. Por lo demás, junto a estas zonas astronómicas distinguirá siete zonas climático-biológicas, dividiendo en dos la ecuatorial y la templada a cada lado del Trópico y haciendo de la ecuatorial restante una más templada, e intentará distinguirlas también por las características de sus pobladores humanos.

Estrabón conoce ambos tipos de criterios y, de acuerdo con los intereses de su geografía, aceptará cinco zonas, dos glaciares, dos templadas y una tórrida, definidas por los criterios de habitabilidad antes mencionados (II 5, 3) y separadas por círculos paralelos al Ecuador que, por los nuevos conocimientos, ya no pueden coincidir con los principales círculos celestes: el límite sur de la Zona Templada estará en el País de la Canela, 8.000 estadios al sur del Trópico de Cáncer y 8.800 al norte del Ecuador, contra Eratóstenes y con Hiparco, mientras que el límite norte de la misma zona templada estaría en Yerne, a 54°. La Zona Ecuatorial abarcaría 8.800 estadios a cada lado del Ecuador.

b) Longitud y latitud . — Para la localización exacta de los lugares el geógrafo tiene que recurrir a procedimientos gnomónicos y astronómicos (II 5, 4). La longitud, como ya señaló Hiparco (I 1, 12) sólo puede establecerse correctamente con observaciones simultáneas de eclipses de Luna, por lo que durante toda la Antigüedad los datos serán escasos e inexactos, hasta para Ptolomeo (Geogr . I 4). Estrabón tendrá que fiarse de las medidas de marinos y bematistas.

La determinación de la latitud de un lugar podía efectuarse en época de Estrabón por cuatro procedimientos diferentes:

a) La altura meridiana de las estrellas (II 5, 38 y 41). La distancia entre dos lugares puede hallarse por la diferencia entre dicha altura, o bien se determina la latitud de un lugar si se conoce la declinación de la estrella, pues el complemento en grados hasta 90° es la latitud: si Arturo dista del Polo 59° el lugar donde alcance su cenit será la latitud 31°.

b) La altura del Sol en el horizonte mediante la sombra del gnomon. A mediodía del equinoccio el Sol está en el Ecuador celeste y el ángulo que forma con el horizonte es complementario del que forma con el cenit. Ya Píteas estableció así la latitud de Masalia (II 5, 41) y Eratóstenes la distancia entre Rodas y Alejandría (II 5, 39 y 24).

c) La relación del día más largo con el día más corto, o sencillamente el día más largo (II 1, 11).

d) En las latitudes septentrionales mediante la altura del Sol en el solsticio de invierno. Ese día, en el Círculo Polar, el Sol está a la altura del horizonte y, como su Círculo Ártico es el Trópico, la altura del Sol indica la distancia que separa el lugar del Círculo Polar Ártico (66°). Hiparco tomó el procedimiento de Píteas, con medidas en codos y distancias referidas a Masalia (II 1, 18), verificándolo con el cálculo por el día más largo.

El término que designa la latitud, clíma significa «inclinación», es decir, la del Cielo y, por tanto, la de la Tierra, concepto que sólo tiene sentido con una teoría esférica de la Tierra. Estrabón nos dice que Eudoxo era ya experto en clímata (IX 1, 2) y los datos que maneja en sus «Prolegómenos» proceden, al parecer, tanto de Píteas como de Eratóstenes e Hiparco (II 5, 35-42), aunque quizás Hiparco construyó un cuadro regular de paralelos procediendo de grado en grado.

c) El gnomon . — Para realizar estos cálculos se utilizaba la dioptra y, sobre todo, el gnomon, confrontándose, como hemos indicado, la ratio del gnomon con su sombra y el día más largo. El gnomon podía utilizarse como simple horólogium o reloj para marcar las horas, o bien como calendario que marcaba los solsticios y las estaciones 145 . Sólo cuando se aprende a calcular con él la sombra del equinoccio se convierte en instrumento importante de la astronomía, porque da el emplazamiento del Ecuador celeste y, por ende, del terrestre y porque permite determinar la latitud. Para ello es imprescindible que esté orientado correctamente en la dirección Norte-Sur y que sea perfectamente perpendicular. La representación del gnomon se convierte en la representación figurada del mundo, de acuerdo con la figura 2 146 :

FIGURA 2

Z es el cenit.

AB es la altura del gnomon, cuya punta, A, es el centro del Universo y la Tierra.

EI es la línea del horizonte que «delimita» el hemisferio visible y el invisible.

PQ son los polos, y la línea que los une, el eje del mundo.

LHR es la sombra proyectada por el Sol a mediodía el día del trópico de verano, el día más largo.

KGT ídem el día del trópico de invierno, el día más corto.

NFC ídem el día de los equinoccios, días iguales a noches, y también el ecuador del mundo y la eclíptica.

El círculo es el meridiano celeste.

BR, BC y BT son las sombras correspondientes del Sol proyectadas en plano.

Los trazos gruesos de LG y KH ilustran la duración del día en los trópicos de verano e invierno respecto a la duración de la noche, representada por el resto de la recta en trazo fino.

Tanto El como GL, HK y NF deben entenderse como la proyección de los círculos celestes de horizonte, trópicos y Ecuador, respectivamente.

Los arcos FG y FH equivalen al lado de un pentadecágono regular inscrito en el círculo.

HG es el arco intersolsticial, cuya mitad corresponde a un ángulo en el centro de 24°, la eclíptica.

El ángulo φ′ es la altura del Polo, mientras que φ es la latitud.

Puede advertirse que la altura del Polo es igual a la latitud puesto que NAFC, que es el rayo meridiano equinoccial, es también el Ecuador, según hemos dicho, y la distancia del lugar donde está situado el gnomon al Ecuador es el arco de meridiano BF (sombra del trópico de verano más eclíptica o 24°), es decir la latitud; ahora bien, el ángulo φ es igual a φ′ puesto que sus lados son perpendiculares.

Las longitudes de las sombras BR, BC y BT se calculan mediante la inscripción, atribuida a Tales, de dichos triángulos rectángulos en un semicírculo cuyo diámetro es la hipotenusa y los dos catetos son cuerdas: éste es el comienzo de la tabla de cuerdas que aparece en Tolemeo, el comienzo de la trigonometría. Algunos pasos primarios para la composición de esta tabla de cuerdas serían los siguientes: 1) se divide el círculo en 360° y la cuerda mayor, es decir, el diámetro, en 120 partes; por tanto, al arco de 180° le corresponde la cuerda de 120. 2) Al arco de 60°, que es la sexta parte del círculo, le corresponderá la cuerda que sea el lado de un hexágono regular, que es igual al radio del círculo, o sea, una cuerda de 60 partes. 3) El arco de 90° es un cuarto del círculo y su cuerda es la hipotenusa de un triángulo rectángulo, cuyos catetos son los radios; aplicando el teorema de Pitágoras obtendremos una cuerda de 84 partes.

Los cálculos con el gnomon comenzaron midiendo su sombra y a partir de ella se deducía el arco intersolsticial, la oblicuidad de la eclíptica y la latitud; gracias al valor constante de la oblicuidad de la eclíptica se facilitaron los cálculos, siendo suficiente con medir la sombra del solsticio de verano, el único de los dos solsticios de medida fácil y segura; con δ + ε se obtenía la latitud; con δ + 2ε = 48° el ángulo opuesto a la sombra del solsticio de invierno, que era difícil de medir. Con la proyección de los círculos celestes en la Tierra comenzó la geografía astronómica.

Para hallar la latitud a partir de la razón gnomónica se aplicaba el teorema de Pitágoras, puesto que siempre conocemos los dos catetos: uno es la altura del gnomon y el otro la sombra proyectada; por ejemplo, si en Grecia la razón gnomónica es de 4/3 la hipotenusa valdrá 5 (32 + 42 = 52 y hay que buscar el ángulo correspondiente a esta cuerda en la tabla de cuerdas.

La construcción de tablas de latitudes en Ptolomeo se hace sobre la duración del día más largo, lo que probablemente remonta a Hiparco, pero el propio Eratóstenes y Píteas, que da para Masalia la más antigua medida conocida de la latitud a partir de la razón gnomónica, han utilizado ya el gnomon con este fin.

El día más largo ha sido, empíricamente, el procedimiento más antiguo para determinar la latitud, pero su cálculo exacto, que es en realidad el de la altura del Polo, precedido de las mencionadas medidas del gnomon, resulta bastante complicado como para que sólo lo pudieran efectuar los especialistas. Con la razón gnomónica se calculaba la distancia al Ecuador, y con el día más largo la altura del Polo, contrastando los resultados de ambas operaciones; tanto Píteas como Filón conocían ya ambos procedimientos 147 .

Finalmente, hay que decir respecto a tales medidas, que hasta la implantación del grado como unidad de medida, y aún después, se utilizaron fracciones del zṓdion con ese fin 148 .

Toda la teoría de las cuerdas ha comenzado por la inscripción en el círculo de polígonos regulares, probablemente desde el siglo V . Y al menos desde Píteas, y quizás desde Eudoxo, se desarrolla una misma tradición científica hasta Ptolomeo.

d) El mundo habitado 149 . — Con estos datos el geógrafo procederá a dibujar el mapa del mundo habitado (II 5, 1). Estrabón conoce la utilización de globos 150 , como el de Crates, pero son demasiado difíciles de manejar por el tamaño que requieren, de modo que lo normal es la proyección sobre un plano, tanto la ortogonal como la convergente, aunque a efectos prácticos se decide por la primera (II 5, 10).

Como Estrabón rechaza las pretensiones de una tierra habitada al sur del Ecuador en su discusión sobre los viajes de Eudoxo de Cícico (II 5, 3), sólo la mitad del Hemisferio Norte es habitable. La oikouménē es una isla (I 1, 8), como ya sostenían Homero (I 1, 3) y Eratóstenes (I 1, 9). Y nada cambia que admita teóricamente la posibilidad de tierra habitada al sur del Ecuador porque, señala, no es tarea del geógrafo hablar de lugares desconocidos (II 5, 5).

Dentro, pues, del Hemisferio Boreal la oikouménē es un cuadrilátero, una vez eliminada la zona glacial (II 5, 5), o bien un paralelogramo limitado por los paralelos y meridianos extremos (II 5, 14). El límite sur, tras rechazar el Ecuador (II 5, 34), lo sitúa en el País de la Canela, a 12° 30′, 8.000 estadios al sur del Trópico y a 8.800 estadios al norte del Ecuador, en línea con Taprobane (II 5, 14). El límite norte lo sitúa en Yerne, a 54°, que es el límite de la zona templada para Aristóteles y Polibio, a 9.000 estadios al norte de Masalia, al rechazar las noticias de Píteas porque nadie más ha vuelto a hablar de los lugares que él visitó (II 1, 13 y 18; II 5, 7-8); Eratóstenes, siguiendo a Píteas, lo había situado en el Paralelo de Tule, en el Círculo Polar, a 66° y 11.500 estadios al norte del Borístenes (I 4, 2). El límite este lo forma el extremo del Tauro llamado Imeo, que llega hasta el mar de los indios (XI 11, 7), y el límite oeste, en el mismo paralelo, lo forma el Cabo Sagrado en Iberia (II 5, 14).

De modo que, siguiendo la costumbre de sus predecesores, Estrabón medirá las dimensiones de la oikouménē . Para Eratóstenes eran de 38.000 estadios de ancho por 78.000 de largo (I 4, 2-6). Para Hiparco sólo sabemos la anchura, que sería casi lo mismo que en Eratóstenes, 25.300 hasta el Borístenes (II 5, 7-8) más la distancia de aquí a Tule, puesto que Hiparco sí aceptaba la relación de Píteas. De Posidonio sólo conocemos que medía 70.000 estadios de largo (II 3, 6). Para Estrabón tendría unos 70.000 estadios de largo por 29. 300 de ancho (II 5, 6), con un desglose parcial de la primera medida como sigue (II 5, 6 y 9; XI 1, 3, y 11, 7): de los cabos orientales de la India al Golfo de Iso, 40.000; de Iso a Rodas, 5.000; de Rodas al Estrecho de Sicilia, 8.500 o más; del Estrecho de Sicilia a las Columnas de Heracles, 12.000; de las Columnas de Heracles al Cabo Sagrado, 3.000.

Para la representación gráfica en el mapa, una vez adoptada la proyección ortogonal, hay que buscar dos ejes principales y trazar paralelas a partir de ellos (II 5, 16). El punto central de esta representación gráfica, por donde pasan tanto el paralelo como el meridiano principal, es Rodas, convertida así en el centro del mundo habitado.

— El paralelo principal va desde el Cabo Sagrado hasta los cabos orientales de la India pasando por Rodas (II 5, 39); al desplazar Rodas a Atenas como eje de la representación se producen algunas dudas: para Eratóstenes había entre ambas localidades una diferencia de 30 (II 1, 35), o bien el paralelo pasa por los cabos meridionales del Peloponeso y del Ática (II 1, 1) o, según Hiparco, el paralelo de Rodas no pasa por el Ática sino por el Peloponeso (II 5, 39). Este paralelo fundamental que atraviesa el Mediterráneo más o menos por su centro está situado aproximadamente a 36°.

Al norte de éste, Estrabón cita otros cuatro paralelos:

— El de la Propóntide y el Helesponto, a 41°, y que, de acuerdo con Eratóstenes, pasaría por Escitia oriental, Bactriane, Hircania, Cólquide, Amiso, Sinope, Paflagonia, Misia, Anfípolis, Apolonia de Epiro y entre Roma y Nápoles (II 5, 40 y 1, 3).

— El de Masalia, Bizancio y Nicea, a 43° según Hiparco, aunque Estrabón sitúa Masalia 2.000 estadios más al Sur (II 5, 41).

— El de la desembocadura del Borístenes, a 48° 30′ aproximadamente, que pasa por Céltica, según Estrabón, y por Britania, según Hiparco (II 5, 42).

— El de Yerne, a 54°, sin otras referencias, el último según Estrabón, a 12.700-13.000 estadios al norte de Rodas.

Al sur del paralelo fundamental Estrabón cita los siguientes:

— El de Alejandría, a 31°, que pasa por Maurusia central, Cirene, Siria, Babilonia, Susiana, Persia, Carmania y Gedrosia, India (II 5, 38).

— El de Siene, a 24°, por Berenice, el país de los trogloditas, los ictiófagos de Gedrosia e India (II 5, 36).

— El de Méroe, a 16° ó 17°, según se adopte la distancia de 14.000 estadios desde Rodas o de 11.800 al norte del Ecuador, respectivamente. Pasa por Ptolemaida, los cabos de la India y Etiopía occidental al sur de Cartago (II 5, 36).

— El situado 3.000 estadios al sur de Méroe, a 12°, que pasa por la isla de los egipcios, el País de la Canela en la desembocadura del Golfo Arábigo, la punta meridional de Taprobane y el extremo sur de Libia (II 5, 35).

— El meridiano principal pretende seguir el Nilo por el Sur, y el Borístenes por el Norte, pasando por Bizancio y el Helesponto, la costa de Asia Menor, Rodas, Alejandría y Méroe (II 4, 6 y 5, 7).

Al este del mismo se encuentran los siguientes:

— A 5.000 estadios, a 9° de longitud, el meridiano que pasa por Iso, Amiso, Meótide, Tanaide, Éufrates y País de la Canela (I 4, 5, y II, 5, 25).

— A 15.000 de Rodas, 27° al Este, el que pasa por los mares de Hircania y de Persia y, quizá, por las Puertas Caspias (I 4, 5).

— A 29.000 estadios de Rodas, 52° al Este, el del Indo (I 4, 5).

— A 45.000, 81° al Este, el último del mundo habitado que pasaría por la frontera oriental de la India (I 4, 5).

Al oeste del meridiano fundamental se encuentran:

— A 8.500-9.000 estadios de Rodas, el que pasa por el Estrecho de Sicilia y por Cartago, corrigiendo a Eratóstenes que lo hacía pasar también por Roma y, además, lo situaba a 13.500 estadios de Rodas (II 1, 40, y 4, 3).

— El de Masalia, Britania y Yerne, a 7.000 estadios de las Columnas de Heracles según Eratóstenes (II 4, 4).

— El de las Columnas de Heracles y cabos septentrionales de Iberia, que situaban demasiado al Este, a 8.000 estadios de Cartago y unos 21.000 de Rodas.

— El del Cabo Sagrado, 3.000 estadios al oeste del anterior 151 .

e) Forma del mundo habitado . — La oikouménē es una isla en forma de clámide, rodeada por todas partes por el Océano, salvo un pequeño espacio en el centro (II 5, 5), que quizá está bordeado por mar o por tierra deshabitada. El límite sur, tanto de Etiopía como de Libia, se conoce mal por los desiertos (XVII 3, 23). Libia forma aproximadamente un triángulo rectángulo, cuyo ángulo recto lo forman la costa mediterránea y el Nilo, y cuya hipotenusa sería la costa oceánica entre Maurusia y Etiopía (XVII 3, 1-2), o bien un trapecio (II 5, 33).

Al Norte, el Mar de Hircania sería un golfo del Océano (II 5, 18). Al rechazar la obra de Píteas afirma que más allá del Elba es territorio desconocido (III 38, 1); lo mismo sucede al norte del Ponto (VII 2, 4) y en los alrededores del Hircanio (XI 7, 4). Tanto al Este como al Oeste la «oikouménē » disminuye de anchura (II 5, 6 y 14).

6. La Geografía física

En la naturaleza y por obra de la Providencia «todo está en perpetuo movimiento y sufre grandes cambios» (XVII 1, 36). En la descripción regional, Estrabón concede gran importancia, como es natural, a las principales características físicas de cada país, que con frecuencia le sirven para delimitar unos de otros, sobre todo en el caso de ríos y montañas importantes 152 . Pero de modo más general hay tres aspectos sobre los que sus comentarios retornan de forma periódica: mares y ríos, sismología y condiciones atmosféricas 153 .

Mares y ríos . — Ya mencionamos cómo el estudio de las mareas oceánicas por parte de Píteas y aceptado por Eratóstenes (I 1, 8) había merecido una nueva exposición de Posidonio (III 5, 8). Sin embargo, lo que para ellos era un régimen uniforme de mareas en cualquier océano lo criticaba Hiparco (I 1, 9) que, invocando a Seleuco de Babilonia (III 5, 9) para su estudio en el Mar Rojo, las hacía depender, en este caso, de la posición de la Luna en los signos zodiacales.

Desde Janto de Lidia y Estratón se había observado la existencia de conchas marinas y lagos de agua salada a grandes distancias de la costa, y lo mismo había observado Eratóstenes en las proximidades del templo de Amón (I 3, 3 ss.), explicándolo por grandes sequías que habrían provocado la retirada de las aguas marinas de los lugares donde quedaban tales restos. El lago Méride en Egipto sería un ejemplo más (XVII 1, 35).

De esta teoría y de la observación de los estrechos que comunicaban grandes mares surgió la idea de grandes movimientos de agua marina. Así, el Mar Negro habría sido primero un mar cerrado hasta que consiguió abrirse paso al Mediterráneo —la corriente fluye en ese sentido— y éste, también cerrado en principio, se abrió paso hasta el Atlántico. Según Estrabón, esto habría ocurrido no porque el suelo marino se encontrase a niveles diferentes en cada uno de estos mares, sino por la transformación de dicho relieve mediante elevaciones o depresiones, por fenómenos sísmicos marinos (I 3, 10). La Atlántida platónica que traía a colación Posidonio era un buen ejemplo de ello (II 3, 6), y por eso no sería raro que un día desapareciese el istmo que separa el Mediterráneo del Mar Rojo (I 3, 17).

Las corrientes de los estrechos eran tradicionalmente explicadas por la diferencia de niveles de agua a ambos lados de los estrechos (I 3, 11), pero Estrabón no puede aceptarla porque parece que el principio de Arquímedes no se cumple: en el Bósforo la corriente es siempre desde el Ponto al Mediterráneo y en las Columnas desde el Mediterráneo al Atlántico, aunque es modificada por una doble corriente por efecto de las mareas oceánicas. Estrabón nos ha conservado la descripción de Eratóstenes de las corrientes del Estrecho de Sicilia que presenta también corrientes inversas debidas a la desigualdad de los niveles del agua (I 3, 11) y nos deja con la miel en los labios al tratar del Estrecho del Euripo, cuya corriente presenta hasta siete cambios de sentido en un solo día, al remitir a otros autores para su explicación (I 3, 12, y IX 2, 8).

De los ríos interesa, sobre todo, el Nilo y algunos fenómenos con él relacionados. El problema de sus fuentes ya lo trató Heródoto, que creía que estaban en los alrededores de Siene y Elefantina (XVII 1, 52), Alejandro creyó haberlas descubierto en la India (XV 1, 25) y otros las situaban en los límites de Maurusia (XVII 3, 4). Pero ya se pensaba con razón que sus fuentes estaban en las montañas de Etiopía, aunque, en realidad, nadie las había visto todavía (XVII 1, 5). Vemos aquí un viejo problema que heredará la geografía del siglo XIX . La misma ignorancia se da sobre las fuentes de los grandes ríos escitas, el Tanaide, Tiras, Borístenes e Hípanis (XI 2, 2, y II 4, 6).

Pero más importante que el problema de sus fuentes era el de las crecidas del Nilo, de las que dependía la vida en Egipto. Ya Heródoto dio hasta tres explicaciones (II 20) y Nearco pensó que si las lluvias de verano en la India eran las causantes de las grandes inundaciones, lo mismo debía ocurrir con el Nilo. En efecto, esas lluvias propiciadas por los vientos etesios eran la causa admitida de las crecidas del Nilo (XVII 1, 5), aunque Estrabón no puede explicarse por qué se dan esas lluvias en verano en Etiopía y no en Egipto. Para medir la crecida anual era famoso el «nilómetro» instalado en Siene y que describe Estrabón (XVII 1, 48), quien, por su estancia en Egipto, ha sido testigo presencial de estas crecidas (XVII 1, 4). Como sí se conocía la existencia de montañas en el nacimiento del Tigris y del Éufrates, sus crecidas son explicadas por la fundición de la nieve (XVI 1, 9 y 13).

También resultaba intrigante la existencia de corrientes fluviales subterráneas, conocidas en diferentes lugares como en el Orontes, el Tigris, el Nilo y otros (VI 2, 9). La teoría antigua era que existían bajo tierra auténticos circuitos subterráneos recorridos por aire, fuego y agua que intermitentemente salían a la superficie. Sin embargo, Estrabón no admite esta explicación para la teoría de Eratóstenes de que los lagos próximos a Arabia estarían formados por aguas subterráneas (XVI 1, 12) y rechaza la vieja leyenda de Alfeo y Aretusa que ilustraba esta teoría (VI 2, 4).

La descripción del curso del río Píramo al estrecharse formando un magnífico cañón es una de las más vivas de su obra (XII 2, 4).

Los aluviones formados por los grandes ríos no podían pasar desapercibidos. Ya Nearco citaba los aluviones de los ríos de la India, y las llanuras de los grandes ríos de Asia Menor, el Hermo, el Caistro, el Meandro y el Caico, debían su fertilidad al limo arrastrado por los ríos (XV 1, 16); del Meandro, por cierto, cuenta que, como con frecuencia cambiaba de curso, cada vez que borraba los límites de los campos se le abría un proceso y si se le declaraba culpable se le condenaba a multas que se percibían en los lugares de peaje (XII 8, 19). Pero es el Nilo, sobre todo, la llanura fluvial por excelencia, encerrada por dos cadenas montañosas, y que después de la crecida obliga a una actividad frenética para aprovechar en la siembra los aluviones todavía húmedos antes de que se secaran (XVII 1, 4).

Las desembocaduras de los ríos, por su importancia y dificultades para la navegación, merecen especial atención. Algunos ríos tienen un acceso muy difícil por mar, como el Ródano que, según los autores, tiene de dos a siete bocas (IV 1, 8), o el Erídano (Po) que también tiene muchas (V 1, 5); el Istro tiene siete bocas principales y las dos extremas están separadas por 300 estadios (VII 3, 15), mientras que el Indo tiene sólo dos y el Ganges, según Estrabón, sólo una (XV 1, 13). El delta por excelencia es una vez más el del Nilo, con dos ramas principales, cinco secundarias y muchas otras más pequeñas, además de otras artificiales, que hacen todo el delta navegable, aunque también hay falsas bocas peligrosas por sus bajos fondos (XVII 1, 4 y 18).

Esos bajos fondos formados por los aluviones obligan a señalizar mediante torres, como la que hay en la desembocadura del Betis (III 1, 9), y pueden cegar casi completamente la desembocadura, como es el caso del Escamandro y del Simois (XIII 1, 31). De hecho, en esas zonas de aluvión se han levantado ciudades, como las tres Larisas: la del Caistro, Larisa Fricónide en el Hermo, la tesalia en el Peneo (XIII 3, 4). O lo que antes eran islas han quedado unidas al continente, como Faros (I 2, 30), el Pireo —como probaría su nombre según Estrabón 154 — o Artemita, una de las Equínades, y los islotes situados junto a la desembocadura del Aqueronte que forman parte del continente (I 3, 18). Incluso una ciudad costera como Priene puede haberse convertido con el paso del tiempo en ciudad interior (XII 8, 17). Estos aluviones, como ya señaló Estratón de Lámpsaco, se depositan en los fondos marinos y este fenómeno de sedimentación era muy fuerte en el Euxino (I 3, 4). Estrabón precisa que esos aluviones se depositan en realidad en las riberas, como ocurre en el Fasis y en la llanura de Temiscira entre el Termodonte y el Iris, y de los bordes de la desembocadura pasarían al mar (I 3, 7-9).

La utilidad de la geografía puede demostrarse con el ejemplo del error cometido por Átalo Filadelfo que, al levantar un malecón en el puerto de Éfeso, impidió el desagüe de los aluviones con lo que todo el puerto se llenó de bancos (XIV 1, 24).

Seísmos y volcanes . — Los fenómenos sísmicos y volcánicos son propios de regiones inestables, con suelos llenos de cavernas y canales subterráneos por los que circula una mezcla de fuego y aire, caminos que a veces, como vimos, toman los ríos; suelos caracterizados por su humedad, fragilidad y porosidad, como en Beocia (IX 2, 16) o por exhalaciones de fumatas fétidas, fuentes calientes y depósitos de azufre.

Algunas de estas regiones son bien conocidas, como Sicilia y alrededores. Estrabón nos ha conservado la descripción del Etna por Posidonio (VI 2, 3 y 8); en la misma zona, las islas Lípari son bien conocidas: según Polibio, de acuerdo con la disposición de las llamas y el humo que sale de sus cráteres, se puede prever la disposición del viento con tres días de anticipación; allí también es frecuente ver llamas en la superficie del agua y Posidonio describió una erupción submarina (VI 2, 9-11), cuya causa podría ser el fuego interior que no encontraba salida (VI 1, 6) y que ha provocado la aparición de islas en el mar, como Prócide y Pitecusa, que son trozos desgajados del continente. El Vesubio es un volcán extinguido, según Estrabón (V 4, 8), pero en la zona hay todavía exhalaciones fétidas de azufre y fuego o aguas termales en Baias (V 4, 6-7), y las cenizas volcánicas de la zona producen la fertilidad del suelo, lo mismo que en Catania (V 4, 8, y VI 2, 3).

En Grecia la zona más sísmica es la de Eubea y Tesalia (I 3, 20, y X 1, 9) y la llanura del Peneo era antes un lago (IX 5, 2); hay erupciones de asfalto en ebullición en Apolonia de Epiro (VII 5, 8) y en el Golfo Hermiónico, en los alrededores de Metone, surgió una montaña (I 3, 18). Pero los dos fenómenos más conocidos son el seísmo que sumergió Bura y Hélice, ya mencionado, y que mereció la visita de Eratóstenes un siglo después (I 3, 18, y VIII 7, 2), y el surgimiento de una nueva isla entre Tera y Terasia (I 3, 16) 155 .

La tercera gran zona sísmica es Asia Menor, sobre todo en Lidia, Jonia y Tróade (I 3, 17): así, Laodicea y alrededores y toda la región del Meandro, donde hay gran cantidad de lagos, ríos y cavernas subterráneas (XII 8, 16-19), o bien en Hierápolis del Meandro, donde hay aguas calientes que se solidifican y una gruta de Hades, orificio muy profundo lleno de humo que mata a los animales que penetran en él (XIII 4, 14). También en Cilicia surgen con frecuencia fuegos subterráneos (XII 2, 7) y Posidonio hablaba de seísmos en la zona de Sidón cuyos efectos se habrían extendido hasta Eubea, provocando la aparición en la llanura lelantina de un río de lava (I 3, 16). Famosas eran también las ebulliciones de asfalto en el lago Asfaltito o Sirbonis, como lo llama Estrabón, el Mar Muerto, que con sus inundaciones habría asolado Sodoma y alrededores (XVI 2, 42-44).

En fin, en India, según Aristobulo, la misma causa tendrían los cambios de curso de algunos ríos (XV 1, 19) y la famosa llanura de La Crau en la Galia (IV 1, 7).

Todos estos fenómenos que apasionaron a los antiguos eran, para el sabio estoico, la ocasión ideal para mostrar la impasibilidad y acabar con el estupor que causaban en la gente vulgar (I 3, 16).

Condiciones atmosféricas . — Ya mencionamos que, al menos desde el siglo V , la teoría de la influencia del clima sobre todo tipo de vida se había ido extendiendo. En Estrabón el doble sentido de clíma , latitud y clima, es patente, puesto que la latitud determina el calor, el frío y las condiciones atmosféricas (I 1, 13). La temperatura media, el exceso de calor o de frío sirven para determinar las zonas (II 3, 1). Así, el Mediterráneo y gran parte de Europa gozan de un clima templado (II 5, 18 y 26). En cambio, los países situados demasiado al norte tienen pocas plantas cultivables y animales domésticos, según Píteas: no se da la vid —típica de la zona templada— y la agricultura es apenas posible, nutriéndose de mijo, hierbas, raíces y frutos; donde hay trigo tienen que batirlo en el interior, y casi no hay eras por el poco sol y la mucha lluvia (IV 5, 5); en el Rin y en Tule hay pocas horas de sol al día y nieblas constantes (IV 5, 2). Y lo mismo ocurre al norte del Meótide, cuya desembocadura está helada en invierno y hace mucho calor en verano (VII 3, 18), de forma que un general de Mitrídates combatió en el mismo campo de batalla, en invierno a caballo sobre el hielo, y en verano, en batalla naval. Eratóstenes citaba un epigrama votivo en el templo de Asclepio en Panticapea con la ofrenda de un vaso de estaño roto por el hielo como testimonio de los rigores invernales (II 1, 66). La influencia de este clima sobre los animales hace que al norte del Ponto no haya asnos, que algunos bueyes nazcan sin cuernos, o haya que limárselos porque es la parte más sensible al frío, que los caballos sean pequeños y los corderos grandes (VII 3, 18); el agua helada es capaz de romper las piedras en el Meótide (ibid . y II 1, 16).

Pero no sólo la latitud sino también la altura provocan el aumento del frío en montañas y mesetas (II 1, 15), por lo que ciertas regiones del Tauro y la Capadocia interior tienen climas propios de pueblos más septentrionales (XII 2, 10, y XI 1, 4), lo mismo que la zona montañosa de Iliria, muy fría y con raras vides (VII 5, 10), y el Cáucaso (XI 5, 6-7). En Armenia, en su zona montañosa, caravanas enteras desaparecen bajo la nieve esperando socorro de forma harto fantástica (XI 14, 4), y es que la nieve depende de la altura y es más frecuente en la cara norte de las montañas (XVI 1, 13).

Por el contrario, en la Zona Tropical el Sol está en el cenit cerca de un mes, la tierra es seca, arenosa y no produce más que silfium (II 2, 3, y XVII 3, 23), los animales son más pequeños (XVII 2, 1) y Posidonio caracterizaba a los animales, por sus cuernos recurvados, pero también a los hombres por su pelo crespo y sus labios salientes (II 2, 3), frente a Onesícrito, que atribuía a las aguas y no al sol la tez negra y los cabellos crespos de los etíopes (XV 1, 24). Sin embargo, hacia el Ecuador el clima es más templado, la tierra más fértil y mejor regada (II 2, 3) porque frente a la Zona Tropical donde no hay montañas y, por tanto, ni lluvias ni ríos, ya Polibio y Posidonio admitían la existencia de montañas en la Zona Ecuatorial contra las que chocarían los vientos etesios causando su humedad (II 3, 2-3). Con razón, desde luego, se opone Estrabón a Posidonio cuando éste, de forma muy extraña, para explicar que las lluvias en la India son más raras que en Etiopía, sostenía que las regiones orientales son más húmedas porque el Sol pasa rápidamente al levantarse, mientras que las occidentales son más áridas porque allí se pone durante largo rato (XVII 3, 10).

De las lluvias sólo llamaron la atención las grandes lluvias estacionales de la India referidas por los historiadores de Alejandro: con el comienzo de la primavera, según Aristobulo, se producían lluvias torrenciales que provocaban el desbordamiento de los ríos (XV 1, 17); la fertilidad de la India dependía de su gran humedad (XV 1, 22), causada, según Eratóstenes, por las evaporaciones de sus enormes ríos y por los vientos etesios (XV 1, 13).

El poder nutritivo de las aguas de ciertos países hace que los animales sean más grandes, por ejemplo en la India, según Onesícrito, y en el Nilo, donde, además, son la causa de que las mujeres egipcias sean multíparas (XV 1, 22).

Los vientos, importante factor meteorológico, son citados, sin embargo, casi siempre como elementos de orientación. Tras recordar los vientos citados por Homero (I 2, 20-1), Estrabón recuerda los ocho que eran comunes en su época y la opinión de que el Sol provocaba su diversidad, aunque «se forman y se alimentan de los vapores del mar» (VI 2, 10). A pesar de que los vientos para la navegación entre Iberia e Italia son fáciles y regulares, a Posidonio le costó tres meses el viaje de vuelta (III 2, 5). En la India, según Onesícrito, soplan siempre desde el mar (XV 1, 20). Pueden favorecer la temperatura refrescando, como es el caso de Herculano (V 4, 8) o de Alejandría (XVII 1, 7), o al contrario, al norte del Ponto y en Susa hace mucho calor en verano porque no hay viento (VII 3, 18, y XV 3, 10), mientras que en La Crau un viento del norte muy frío y violento hace rodar las piedras, derriba a los hombres de los carros y les arranca armas y vestidos (IV 1, 7).

En resumen, el clima de las regiones demasiado al Norte y demasiado al Sur hace difícil la vida civilizada y, dentro de la zona templada, el clima europeo es el mejor por la mezcla que obliga a trabajar, frente al de Asia que hace la vida demasiado fácil, pero el carácter particular de cada raza depende en gran medida del azar, no de la providencia, y en él cooperan la naturaleza y la costumbre humana (II 3, 7).

Flora y fauna . — En la geografía física tiene gran importancia la flora y la fauna de cada país, sobre las que Estrabón nos informa casi siempre. Señalemos tan sólo, a modo de ejemplo, algunos datos. En la fauna —y dejando a un lado a los elefantes de los que trataremos en la geografía económica— inserta noticias de Megástenes sobre los monos o sobre los enormes tigres de la India, dos veces más grandes que un león (XV 1, 37), así como de leopardos y bisontes en el mismo país (XV 1, 69), o nos habla de las fabulosas hormigas-leones buscadoras de oro (II 1, 19; XV 1, 37 y 69) con la descripción de Megástenes (XV 1, 44), y de las suyas propias de Etiopía (XVI 4, 15). También hay fieros leopardos al sur de Etiopía y describe un rinoceronte que vio personalmente allí (XVI 4, 15); en Etiopía hay elefantes y leones (XVII 2, 2) y en Maurusia leopardos, elefantes, gacelas, leones y antílopes (XVII 3, 4). En Arabia encontramos leopardos, camellos salvajes, ciervos, gacelas, leones y lobos (XVI 4, 18). En India se probaba el valor de los perros ante leones (XV 1, 31) y éstos se utilizaban en las procesiones (XV 1, 69). Zonas abundantes en leones son Gordiea, en Mesopotamia (XVI 1, 24) y la tierra de los comedores de raíces en Etiopía (XVI, 4, 9). Nos narra asimismo episodios legendarios relacionados con leones (XVI 4, 20) o el culto que recibía este animal en Leontópolis, en Egipto, junto a una lista del culto específico que ciertos animales recibían en ese país (XVII 1, 40).

Estrabón puede contarnos desde que Alabanda está llena de escorpiones (XIV 1, 26) hasta los enormes perjuicios que ocasiona el conejo en Iberia (III 2, 6, y 5, 2), o la abundancia excepcional de ratas en Cantabria que obligó a los romanos a poner precio a sus cabezas (III 4, 18).

Y lo mismo sucede con la flora: véanse, por ejemplo, los árboles de la India, desconocidos para los griegos, que mencionaban Onesícrito y Aristobulo (XV 1, 21), los árboles raros de Arabia (XVI 3, 6) o los animales y plantas peculiares de Egipto (XVII 2, 4), además de aquellos otros que por su rendimiento económico citaremos en ese apartado.

7. Geografía humana

La moderna geografía humana comprende varias ramas: social, política, urbana, económica e histórica. De las dos primeras y de la histórica dimos bastantes datos en los capítulos iniciales dedicados al ambiente y la época de Estrabón. Por eso aquí dedicaremos atención preferente a los pueblos diferentes de griegos y romanos, así como a la geografía urbana y económica.

Etnografía 156 . — La geografía griega dedicó siempre una gran atención a la geografía humana de los países extraños: los usos y costumbres sociales y religiosos, la organización política y militar, las formas de vida, vivienda, vestido, adornos, apariencia física, actividad económica. Todo ello contribuyó al desarrollo de la etnografía y Estrabón es heredero en buena medida de las descripciones de sus predecesores. Junto a estas descripciones se fue configurando una teoría de la cultura humana que arranca de los sofistas. Aparece la idea de un progreso de la humanidad y la dicotomía sofista entre phýsis y nómos se coloca en el centro del debate. La oposición griegos-bárbaros se puede interpretar como algo «natural» o bien como producto de una evolución basada en tradiciones y costumbres en la que la geografía tiene un importante papel: las enormes diferencias de clima o de recursos naturales se apuntaron desde antiguo como condicionamientos básicos de la actividad humana, aunque no se llegó a caer en un determinismo absoluto que los propios hechos desmentían, pues los países más ricos por naturaleza no siempre albergaban pueblos civilizados y, viceversa, muchos de éstos habían tenido que imponerse primero a una naturaleza, si no hostil, al menos difícil. De aquí que se enriqueciese la teoría: una naturaleza favorable posibilitaba una civilización desarrollada a condición de que los hombres estuviesen dispuestos a aprovecharla. Se necesitaba algo de carácter, voluntad de progreso y éxito a la hora de organizar una sociedad más compleja. En una palabra, la capacidad para explotar el medio, cuando éste ofrece posibilidades adecuadas, define al hombre civilizado.

Fuera quedarán aquellos pueblos que habitan territorios con climas extremados, pero también dentro de la zona templada subsistirán pueblos que no han alcanzado el grado máximo de civilización representado por una economía agrícola, el desarrollo de ciertas industrias, el comercio y las artes en general, especialmente las relacionadas con la palabra y, coronando todo ello, dotados de una constitución política capaz de organizar y defender ese grado de civilización (I 4, 9). Y en el mundo antiguo la prueba visible de esa capacidad organizativa es la ciudad, de modo que decir civilización es decir urbanismo. La teoría evolutiva es fundamental en la etnografía griega: el hombre primitivo vive como un animal y tiene costumbres salvajes que sólo se dulcificarán a medida que vaya civilizándose. Todo esto estaba en la etnografía anterior y lo encontramos en la obra de Estrabón.

Nuestro autor, después de dar el cuadro físico de cada país, suele trazar un cuadro general de los bíoi o modos de vida de cada pueblo, más o menos detallados según su importancia y las fuentes de que dispone 157 . Así, es muy breve la descripción etnográfica de los habitantes de Yerne, tanto por su escasa relevancia cuanto por la poca calidad de la información que hay sobre ellos (IV 5, 4). Por el contrario, la descripción de los indios (XV 1, 39-52) es muy amplia, porque son uno de los pocos pueblos civilizados que no pertenecen al Imperio y por las abundantes noticias que sobre ellos dejaron los historiadores de Alejandro.

Estrabón suele informarnos de aspectos como vestido y atuendo, formas de agrupación social, recursos económicos, organización social y política, armamento, costumbres, usos religiosos, datos históricos. Con ello, en su obra están representadas todas las ramas de la geografía humana, si bien esta información varía de un pueblo a otro en cuanto a su calidad. Traza un cuadro del mundo habitado que abarca desde los pueblos más lejanos y bárbaros hasta los más civilizados, que son griegos y romanos. En su concepción, el desarrollo de la civilización coincide, salvo algunas excepciones, con la expansión de griegos, macedonios y romanos y su geografía histórica es, en gran medida, la historia de la expansión de esos pueblos que han llevado la civilización a casi todo el mundo conocido. En sus páginas es fácil rastrear las teorías sobre la evolución de la cultura humana que venían aplicando los griegos, desde los sofistas hasta Posidonio, en un afán de englobar la diversidad de los pueblos bajo la unidad del lógos .

Podemos observar dos teorías, contrapuestas en cierta medida. De un lado, una visión optimista en la que la conquista de diversos países se contempla como un progreso de la civilización; de otro, aparece en diversos pasajes el ideal de una sencillez e inocencia perdidas al contacto con esa misma cultura, la inocencia primitiva o el mito del buen salvaje. Desde luego es más frecuente la primera postura, pero interesa señalar que el ideal de vida que representa la ciudad en el mundo antiguo está también amenazado por diversos factores. Hay un equilibrio inestable al que contribuyen la naturaleza y el hombre y que puede romperse en cualquier momento.

Podríamos decir que hay tres puntos fundamentales: 1) Una naturaleza difícil en regiones de climas extremos, sea por los fríos excesivos del norte como por la sequedad de la zona tropical, sea en regiones montañosas o desérticas, es un freno para una vida plenamente civilizada porque obliga al hombre a acomodarse a esas circunstancias adversas. Pero, aun dentro de estas dificultades, el comportamiento de los diversos pueblos no es idéntico; por ejemplo, influye, y mucho, su mayor o menor alejamiento de centros civilizados. 2) Unas buenas condiciones naturales, incluso excelentes, favorecen el progreso de la civilización pero no la garantizan. Es una posibilidad de la que cada pueblo puede beneficiarse o no. Sólo los pueblos capaces de organizarse social y políticamente consiguen aprovechar la ocasión. 3) Una naturaleza excesivamente pródiga puede ser, a la larga, un obstáculo porque los hombres tienden a caer en la molicie y pueden perder, por exceso de lujo, el bienestar alcanzado.

La teoría tiene un aire bastante aristotélico, pues para este autor la mejor civilización es un término medio entre una naturaleza demasiado pobre o demasiado rica y entre unos pueblos que, a consecuencia de esas condiciones, deben trabajar en exceso, y otros que, con un mínimo esfuerzo, hallarían el máximo fruto de una generosa naturaleza. Aristóteles sistematizó en su Política (I 2-10) algunos de los conceptos que vemos en Estrabón: a) La definición de la pólis como la comunidad perfecta y del hombre como animal político por excelencia; quien no vive en sociedad, dice, es como una bestia o como un dios. b) La naturaleza suministra el sustento que el hombre debe saber aprovechar de forma conveniente. c) La clasificación de los pueblos, según su medio de sustento, en pastores, agricultores, piratas, pescadores y cazadores, además de comerciantes, y la posibilidad de combinación de estas actividades básicas, como pastoreo y bandidaje, agricultura y caza.

Estrabón caracteriza a los pueblos más primitivos como cazadores y recolectores de frutos y raíces, y la mayoría viven al norte o al sur de la zona templada. En ellos la influencia de la naturaleza es determinante. Caso característico son los habitantes de Yerne: los niños devoran a sus padres una vez que han muerto, son herbívoros, practican el sexo a la vista de todos, incluido el incesto (IV 5, 4). Los pueblos bárbaros viven entregados a la necesidad y a un impulso animal (III 4, 16), casi siempre motivado por su alejamiento de las regiones civilizadas (III 3, 8, y 4, 13), que suele estar combinado con la pobreza, como en el caso de los etíopes (XVII 1, 3). El contacto con un pueblo más civilizado tiende a dulcificar sus costumbres, como ocurrió con la llegada de Alejandro a Sogdiane y Bactriane (XI 11, 3). Los pueblos bárbaros se caracterizan por un vestido peculiar, como los galos (IV 4, 3), los tapiros (XI 11, 8), por ir prácticamente desnudos como los etíopes (XVII 2, 3); al norte, por vestirse con cortezas de árboles o pieles de focas (XI 8, 7), o bien por ciertos hábitos como el pelo largo de galos y lusitanos (III 3, 7), los adornos excesivos de los galos (IV 4, 5) o los complicados tocados de las turdetanas descritos por Artemidoro (III 4, 17).

En casos extremos, el bárbaro da pruebas de un auténtico salvajismo, como los corsos y britanos (V 2, 7, y IV 5, 2), pero la mayoría de las veces se caracteriza por su irreflexión e indisciplina (IV 4, 2) o su falta de organización: viven de forma dispersa (XI 2, 16) o son incapaces de organizarse militarmente, como los soanes del Cáucaso (XI 2, 19) o los iberos (IV 4, 2), o de organizarse socialmente para explotar los recursos naturales, como los ilirios (VII 5, 10) o los albanos (XI 4, 3) y de vivir en ciudades, como los iberos (III 2, 15).

Entre sus costumbres, además de la citada promiscuidad sexual unida a su falta de pudor, Estrabón menciona el vergonzoso abandono de los ancianos (XI 4, 8, y 11, 8), el suicidio de los cántabros o la muerte que dan a sus compañeros para escapar a la esclavitud, lo que es común con celtas, tracios y escitas, rasgo que Estrabón califica a un tiempo de valeroso y salvajamente cruel (III 4, 17) 158 .

La explotación de los recursos naturales es un buen módulo para calibrar el grado de civilización: ilirios, así como albanos e iberos (XI 2, 19) o masagetas (XI 8, 6-7) no los aprovechan mientras que los turdetanos sí supieron hacerlo y por eso son un pueblo más civilizado (III 2, 4-5). Pero es la agricultura la que, sobre todo, define al civilizado y, dentro de ella, la calidad de una tierra se prueba por la posibilidad de cultivar la tríada mediterránea, cereales, vid y olivo (IV 1, 2; XI 11, 1; VII 5, 10, etc.). De este modo, el contacto con los romanos llevó a los galos (IV 1, 5) y a los númidas, bajo la dirección de Masinisa (XVII 3, 15) a abandonar sus hábitos anteriores y convertirse en agricultores.

Los indios son un pueblo civilizado porque han sabido organizarse social y políticamente, aunque persistan rasgos bárbaros como el hecho de que algunos de ellos no explotan los minerales. Y algo semejante sucede con los árabes. También los egipcios han demostrado su capacidad para aprovechar las aguas del Nilo (XVII 1, 3), pero su arquitectura, por ejemplo, tiene algo de bárbaro en comparación con la griega (XVII 1, 28). Los partos, de origen escita, tienen rasgos bárbaros, aunque su organización política y su éxito ante Roma prueban su civilización (XI 9, 2).

Bandidos y piratas son empujados por su falta de recursos a este tipo de vida, como los árabes escenitas (XVI 3, 1) y otros pueblos (XI 7, 1, etc.), pero a veces lo hacen empujados por su natural salvaje, pese a disponer de una tierra fértil, como los ilirios. Incluso la decadencia del sistema político puede llevar al bandidaje, como ocurrió con los judíos (XVI 2, 37).

Cuantas menos ciudades menos civilización, como ocurre con los iberos (III 2, 15) y samnitas (V 4, 11). Y puede darse un auténtico retroceso como sucedió en Sicilia, que pasó de ser una sociedad eminentemente urbana a otra con enorme abundancia de pastores (VI 2, 6).

Mezclada con la etnografía andaba desde antiguo la moral. En algunos pasajes Estrabón se hace eco de las ideas sobre la inocencia primitiva y la corrupción de la civilización, que ya apuntó Platón 159 . Así, los albanos son altos y hermosos, tienen tan buena tierra que no necesitan el mar y no conocen moneda, pesos ni medidas, llevando una vida ciclópea (XI 4, 3-4); los etíopes son piadosos y justos y entre ellos no hay robos; los tracios son piadosos (VII 3, 3); los ictiófagos han suprimido lo superfluo y su falta de codicia les evita guerras y comercio por mar, de modo que teniendo lo que desean son felices según la lógica, no de la opinión sino de la naturaleza; los escitas han visto corrompidas sus costumbres por el modo de vida griego, como muchos otros nómadas: el contacto con el mar les lleva a piratear y las prácticas mercantiles y el afán de lujo han sustituido su simplicidad primitiva (VII 3, 7-8) 160 . La civilización puede significar corrupción y una vida excesivamente fácil acabó arruinando a los campanios (V 4, 3 y 13), a los tarentinos (VI 3, 4) y ha llevado a la indolencia a los sabeos (XVI 4, 19). De modo que, como señaló Eratóstenes, la oposición no debería ser entre griegos y bárbaros sino entre hombres buenos y malos.

El ejemplo de organización lo da Europa, con sus tres tipos de clases, agricultores, soldados y ciudadanos (II 5, 26) y de aquí han salido griegos, macedonios y romanos cuyos éxitos son la prueba del máximo nivel cultural y un ejemplo de que no sólo la naturaleza sino ante todo el hombre es responsable, pues ni griegos ni romanos disponían de una tierra especialmente rica y, sin embargo, supieron organizarse hasta llegar a la cima.

En la obra de Estrabón aparecen esporádicamente otros rasgos interesantes para la geografía humana. Del aristotélico Agatárquides toma la caracterización de los pueblos de Arabia según su medio de vida y alimentación: los diversos ictiófagos (XVI 4, 13), los elefantófagos (XVI 4, 10), los comedores de avestruces (XVI 4, 11), de langosta (XVI 4, 12), de tortugas (XVI 4, 14), de leche de perra o cinamolgos (XVI 4, 10), etc. A veces utiliza la lengua para probar el parentesco entre pueblos separados, como macedonios e ilirios del sur (VII 7, 8) o para distinguir tribus vecinas bárbaras (XII 1, 1-2) o a los propios griegos (VIII 1, 2). Son numerosísimos también los datos que aporta para una geografía histórica. Citemos, como ejemplo, las noticias sobre las migraciones de los énetos (IV 4, 1), la procedencia lidia de los etruscos (V 2, 2) o los cambios de habitantes en Acaya (VIII 7, 1), por no hablar de destrucciones y reconstrucciones de ciudades, como la ya citada de Corinto (VIII 6, 20-3); en este último campo, véase la detallada discusión de los diferentes emplazamientos de Ilio (XIII 1, 26-7).

Geografía urbana 161 . — Lo mismo que hemos dicho en la etnografía puede aplicarse a la geografía urbana en Estrabón. Contiene todos los datos que la disciplina moderna ha ido desarrollando pero en forma no excesivamente sistemática. Bueno será recordar una vez más que esta obra tenía que ser necesariamente selectiva y que así lo quiso su autor. Estrabón distingue dos tipos de urbanismo, el griego y el romano: el primero tiene más en cuenta la belleza del emplazamiento, los recursos naturales y los puertos, mientras que el romano desarrolló más las medidas higiénicas y de seguridad (V 3, 8).

Estrabón suele mencionar el sitio natural escogido para la ciudad, con su orientación y las distancias a localidades próximas; en este sentido, las mejores descripciones son las de Cícico (XII 8, 11), Amasía (XII 3, 39) y Mazaca (XII 2, 7-9). A continuación, da detalles del plano urbano, siendo la mejor descripción la de Alejandría (XVII 1, 9-10) y, según las localidades, nos habla del aprovisionamiento de agua, como las fuentes de Petra (XVI 4, 21) o los acueductos de Roma y sus cloacas (V 3, 8); de ágoras, gimnasios y termas en muchas ciudades, de jardines, entre ellos los famosos de Babilonia que no podían faltar (XVI 1, 15); de bibliotecas, como las de Pérgamo (XIII 1, 54) y Alejandría (XVII 1, 8); de numerosas obras de arte, tanto estatuas como pinturas, templos y santuarios; y numerosísimos puertos también, siendo una vez más la mejor descripción la del puerto de Alejandría.

Casi nula es en cambio su información sobre el número de habitantes de las ciudades para la que suele utilizar términos imprecisos; señala en cambio la mezcla de razas en Alejandría (XVII 1, 44). Finalmente, Estrabón suele señalar el carácter fundamental de las ciudades importantes: centros de intercambio comercial, como Aquileya (V 1, 8), Dioscurias (XI 2, 15) o Copto en el Nilo (XVII 1, 45); nudos de comunicaciones como Brindisi (VI 3, 7-8); centros religiosos como Zela (XII 3, 37) y Pesinunte (XII 5, 3); centros de curación de enfermos como Epidauro (VIII 6, 15) y Cos (XIV 2, 19); lugares de placer, como Comana (XII 3, 36) y Canobo (XVII 1, 16-7), o bien lugares de turismo, como Etna (VI 2, 8) o ciudades industriales, muy numerosas y de las que hablaremos en el siguiente apartado.

Geografía económica 162 . — Un dicho griego citado por Estrabón (IX 2, 40) dice:

Dinero, para los hombres lo más honrado

y cuyo poder es mayor entre los hombres ,

justificando a continuación el geógrafo el poder de los reyes por la posesión de dinero. Una geografía que quiere ser útil a los gobernantes concederá gran importancia a los recursos económicos de los diferentes países, como ya habían hecho los grandes geógrafos anteriores.

a) Agricultura . — Comenzando por el grano, que era el producto básico 163 , Estrabón ve inútil cantar la fertilidad de Sicilia puesto que es un lugar común y se limita a señalar que es por lo menos igual a la de Italia y superior incluso en algunos productos como el trigo, la miel, el azafrán y algunos otros; como la mayoría de sus productos los exporta a la capital, se la denomina la despensa de Roma (VI 2, 7). En Italia señala su abundancia en Ancona (V 4, 2), aunque el mejor es el de Campania, del que se hace una harina superior a cualquier otra de arroz o de cereales (V 4, 3). Fuera de Italia, se produce en abundancia en Turdetania (III 2, 6), mientras que el suelo de Masalia es demasiado pobre para su cultivo (IV 1, 5). En Asia Menor recuerda cómo en otro tiempo los reyes persas, cuando cayeron en el lujo, importaban productos de diversas regiones y trigo de Aso en la Eólide (XV 3, 22). En la Súside es muy abundante tanto el trigo como la cebada (XV 3, 11). En Hircania es tan fértil la tierra que de los granos caídos del tallo brotan por segunda vez (II 1, 14). En la India se planta en invierno, al igual que la cebada y el mijo (XV 1, 13).

En cuanto a la cebada, de ella viven los etíopes así como del mijo, y de ella hacen una cerveza (XVII 2, 2), pero es en Babilonia donde se dan cosechas como en ningún otro lugar (XVI 1, 14).

Píteas afirmaba que en Tule vivían del mijo, de frutas y de raíces (IV 5, 5). El mijo es muy abundante en Temiscira (XII 3, 15), en la Galia Cisalpina y en la costa oceánica de Aquitania es el producto principal (IV 2, 1). En Campania se planta en la tercera siembra anual tras dos siembras de espelta (V 4, 3). Mijo y espelta son el alimento de los yápodes (VII 5, 4).

El cultivo del arroz, cuya descripción en la India nos da Estrabón siguiendo a Aristobulo, se daba también en Bactriane, Susa, Babilonia y Siria inferior (XV 1, 18).

La vid 164 . — Junto al grano, el cultivo de la vid y del olivo forman la tríada mediterránea, tan característica del mundo grecorromano que son sinónimas de pueblo civilizado. Una buena tierra es aquella que los produce en cantidad y calidad (XII 3, 30). Los países menos civilizados no producen vino o, en todo caso, lo hacen en precarias condiciones, es de mala calidad o se valen de sustitutos. Por ejemplo, requiere cuidados especiales en ciertas marismas de Arabia (XVI 4, 1), no crece o no da fruto por el frío en el Borístenes y en la Céltica oceánica (II 1, 16); en Sidraca, en India, de cuyos habitantes se dice que son descendientes de Dioniso precisamente por este cultivo, las uvas caen antes de madurar por el exceso de lluvias (XV 1, 8); en la Céltica y el Bósforo hay que cubrir las viñas durante el invierno por el frío (VII 3, 18); en Masesilia, en Libia, lo extraen de la planta llamada melilotus (XVII 3, 11) y en general el vino libio no es bueno «porque sus cubas contienen más agua de mar que vino» (XVII 1, 14); en la parte montañosa de Media lo extraen de ciertas raíces (XI 3, 11). En India la mayoría de los historiadores de Alejandro afirman que no tienen vino (XV 1, 22), aunque señala la existencia de una variedad de vid silvestre propia de la India (XV 1, 58). En Margiane las cepas son de gran tamaño (XI 10, 2), como en Carmania, de donde procede la variedad que lleva ese nombre (XV 2, 14). Los reyes persas importaban vino de Calimonion, en Siria (XV 3, 22). En Babilonia extraen vino de la palmera, como otros muchos productos (XVI 1, 14), pues la vid aquí y en Susiana la habrían introducido los macedonios, según Estrabón (XV 3, 11), lo que no es cierto.

En zonas más cercanas al centro de la civilización sí se da el vino: los cartagineses lo cambian en Caracte a los cirenaicos por silfio clandestino (XVII 3, 20) y también en Maurusia existen vides, pero tan gigantescas que apenas pueden ser rodeadas por dos hombres (XVII 3, 4); los getas eran tan sumisos a Berebistas que arrancaron sus viñas y decidieron vivir sin vino, rasgo bien bárbaro (VII 3, 11) y la gente civilizada vende vestidos y vino a los nómadas asiáticos en el Tanaide a cambio de esclavos y pieles (XI 2, 3).

El vino es cosa de gente civilizada, como los de Masalia (IV 1, 5) o nuestros antepasados turdetanos, que exportaban en gran cantidad y calidad la tríada mediterránea (III 2, 6). Frente al envase habitual en vasijas de barro, Estrabón anota la particularidad de las cubas de madera —primera mención conocida— que se empleaban en Aquileya y en la vecina Iliria (V 1, 8), cubas que en la Galia Cisalpina eran más altas que una casa y que conservaban el vino perfectamente cerradas con pez (V 1, 12).

Las tres grandes zonas de producción vinícola serán, por tanto, las tres zonas más civilizadas del Imperio: Italia, Grecia y Asia. El vino es abundante en las costas itálicas e ilíricas del Adriático (VII 5, 10), hay vino de resina en Liguria (IV 6, 2), vino de Retio que no tiene nada que envidiar a los mejores itálicos (IV 6, 8), las viñas abundan entre los sabinos (V 3, 1), buen vino en Ancona (V 4, 2) y es famoso el de Turio, la vieja colonia ateniense. Hay otros medicinales, como el dulce y suave de Lagaria (VI 1, 14), o el de Signia, que es el mejor astringente (V 3, 10). Pero los mejores caldos italianos son los del Lacio y Campania, el cécubo, fundanio, falerno, albanio y estatanio, junto con el de Setia (V 3, 5-6), que es uno de los más caros (V 3, 10). Junto a estos famosos, a los que se une el calenio, compite el mamertino, hecho en la siciliota Mesene (VI 2, 3) y, sobre todo, va suplantándolos el de Sorrento, que envejece mejor (V 4, 3). Si, como dice algún crítico, toda esta información le viene a Estrabón de Posidonio, habrá que concluir que durante su estancia en el Lacio y en Campania nuestro geógrafo no probó más que agua. Estrabón señala también la calidad de ciertos suelos volcánicos para el cultivo de la vid, debido a las cenizas depositadas, según él, como es el caso para la zona del Vesubio y del Etna (V 4, 8, y VI 2, 3), teoría que extenderá a la zona de Misia llamada katakekauméne («abrasada»), cuyos vinos tampoco son inferiores a ningún otro (XIII 4, 11). Las enfermedades de las vides curadas con una tierra asfáltica por Posidonio son también mencionadas (VII 5, 8).

De los vinos griegos propiamente dichos recuerda algunos viejos como el de Caristio, en Laconia, citado por Alcmán (X 1, 6) o las exportaciones que realizaba a Náucratis el hermano de Safo, Caraxo. Pero los grandes vinos griegos son los de las islas o ciudades asiáticas cercanas: buen vino y buen aceite en Chipre (XIV 6, 5), no el de Samos pero sí tienen calidad los de Éfeso y Metrópolis y son excelentes los de Cnido y Esmirna y los de Quíos, Lesbos y Cos, tanto de mesa como medicinales (XIV 1, 15, y 2 19) y de todos ellos el mejor vino griego es el de Ariusia en Quíos (XIV 1, 35).

En general los vinos de Asia son tan buenos como los que más por la excelente calidad de la tierra (II 1, 14). Así, se dan en abundancia en Temiscira (XII 3, 15), en Príapo y Lámpsaco, en la Tróade (XIII 1, 12), en torno al monte Mesogís, al Tmolo y en Misia (XIV 1, 15), en Hircania, de donde nos da incluso la cantidad producida (XI 7, 2), en Albania y en Aria florecen con poco esfuerzo (XI 4, 3) y en esta última se conserva bien durante tres generaciones (XI 10, 1): el de Amblada en Pisidia se utiliza para las dietas medicinales (XII 7, 2), el llamado monarita, de Melitene, es capaz de competir con los griegos (XII 2, 1) y, en fin, recuerdo quizás de la zona donde se educó, el de Aroma es el mejor del territorio de Nisa (XIV 1, 47).

En Egipto los griegos también impulsaron, como en Asia, el cultivo de la vid y así se cultivaba incluso en oasis como el más cercano a Abido (XVII 1, 42), pero el mejor era el del lago Mareótide, que aguantaba bien los años (XVII 1, 14), si bien en Alejandría, donde vivió, la mayoría del vino se traía de Laodicea, en Siria (XVI 2, 9).

Sería una lástima que tan experto catador de libros no hubiese aprovechado tan vastos conocimientos vinícolas.

El olivo. — La situación, como dijimos, es semejante a la de la vid. Así, Turdetania produce el mejor y en mayor cantidad (III 2, 6), se produce también en Masalia (IV 1, 5). En Italia es muy abundante entre los sabinos (V 3, 1) y en las costas italianas e ilíricas del Adriático (VII 5, 10), pero el mejor se da en Venafro (V 3, 10, y 4, 3). Junto a otros productos se comercia el aceite de oliva en el mercado de Génova (IV 6, 2) y también en Aquileya con los ilirios: éstos se llevan productos marinos, vino y aceite de oliva a cambio de esclavos, ganado y pieles (V 1, 8).

En Asia son abundantes los olivos en Sinope (XII 3, 12) y en Fanorea (XII 3, 30), en Armenia (XI 14, 4) y en Melitene que, como Comagene, está toda ella plantada también de frutales (XII 2, 1); en la región de Selge, en el Tauro, donde también se da el árbol que llaman stýrax , cuya madera se utiliza para las jabalinas, su savia como goma y sus raíces como incienso (XII 7, 3). Por ello es notable que Carmania produzca todo menos olivos (XV 2, 14) y lo mismo en las Puertas Caspias, donde si se produce alguna oliva son secas y sin aceite (XI 13, 7). Algunos afirmaban que bajo tierra cerca del río Oxo se habría descubierto una fuente de aceite, lo que le parece posible por comparación con los productos bituminosos (XI 11, 5).

En Libia, dos islas situadas a la entrada de Mio Hormos están densamente plantadas de olivos (XVI 4, 5) y en tres islas del Golfo Arábigo se da la variedad llamada etiópica, cuyo jugo se usa en medicina (XVI 4, 18). En Egipto, excepto en los jardines cercanos a Alejandría que producen olivas pero no aceite, sólo es abundante en el nomo Arsinoita, cuyas olivas son buenas pero el aceite malo porque no cosechan (XVII 1, 35). Hasta Etiopía, en Cabo Deiré, llega el cultivo del olivo (XVI 4, 14), pero la mayoría de los etíopes usan mantequilla y sebo (XVII 2, 2), como sucede con otros pueblos poco civilizados, sea uno de Arabia (XVI 4, 24), sean los lusitanos (III 3, 7). El aceite de oliva, mezclado con la tierra asfáltica, cura la infección de la vid (VII 5, 8).

El sésamo, que se siembra en la India en la estación de las lluvias (XV 1, 13) es raro en todos los lugares menos en Babilonia, donde usan su aceite (XVI 1, 14), así como los nabateos que lo usan en vez del aceite de oliva (XVI 4, 26).

Frutales. — Los higos son, quizás, el fruto más popular. En Asia descuellan dos regiones: Hircania, de la que nos da la producción (II 1, 14; XI 7, 2) y Antioquía del Meandro, especializada en la producción del higo seco «antioqueno», también llamado «tres hojas» (XIII 4, 15). El sicamoro de Egipto, fruto del sicaminus , es parecido al higo (XVII 2, 4). Un árbol de Céltica parecido a la higuera, el datura , produce un fruto que es como un capitel corintio y cuyo jugo mortífero se usa para envenenar las flechas (IV 4, 6). Y ¿cómo no recordar la higuera que menciona Andrómaca a Héctor en el canto VI de Ilíada para justificar la abundancia de higueras salvajes cerca de la antigua Ilión, en el lugar llamado Erineo? (XIII 1, 35).

Las peras y manzanas son abundantes en Temiscira (XII 3, 15) y hay perales silvestres en Persia (XV 3, 18). Los medos hacen panes de almendras tostadas y pasteles de manzana (XI 13, 11). Las nueces también son abundantes en Temiscira y en Sorgo, junto a perales, manzanos y mijo (ibid.) . Pero su uso como alimento fundamental denota barbarie: los heptacomitas, unos auténticos bárbaros, se alimentan de nueces y de carne de caza (XII 3, 18). Y lo mismo ocurre con el pistacho, del que se alimentan los cardaces, junto con peras silvestres y bellotas; las encinas son muy abundantes entre los sabinos, pero especialmente en Galia Cisalpina, cuya cría de cerdos alimenta a la mayor parte de Roma (V 1, 12). En cambio, signo de barbarie, es el alimento de los lusitanos de montaña durante dos tercios del año, un pan de harina de bellotas (III 3, 7).

Perfumes y especias 165 . — Ya Aristobulo señaló que la canela, el nardo y otros perfumes se daban desde el sur de la India hasta Arabia y Etiopía (XV 1, 22). En India se da también la casia y algunos sostienen que el mejor incienso es el de cerca de Persia (XVI 4, 25). En este último pasaje Estrabón nos da la división en cuatro partes del país de los perfumes, Arabia especialmente, cuyos productos eran incienso, mirra, casia, bálsamo, canela y nardo: en Gerra (XVI 3, 3); entre los sabeos (XVI 4, 19 y 25) es tan abundante que lo emplean como leña y desde su país se comercia de vecino a vecino con la mirra, el incienso y el bálsamo hasta Siria y Mesopotamia; y tienen una curiosa forma de desprenderse del mareo de estos perfumes, acudiendo a oler asfalto y culo de cabra. Abundan también entre los nabateos (XVI 4, 26) y en Palestina los venden gerreos y mineos (XVI 4, 18); el bálsamo también se da en Palestina (XVII 1, 15) y los perfumes entre Líbano y Antilíbano (XVI 2, 16) y en Jericó, junto al palacio de Herodes, existe un espléndido jardín del bálsamo, lo que le da pie para su descripción (XVI 2, 41). Otra zona abundante en mirra e incienso es en torno al Cabo Deiré, en Etiopía (XVI 4, 14), que solían llevarse desde Leuké Kome a Petra y de aquí a Fenicia para su distribución al resto, pero ahora, dice Estrabón, la mayoría son llevados por el Nilo hasta Alejandría (XVI 4, 24) 166 . Y, naturalmente, el País de la Canela, 3.000 estadios al sur de Méroe (II 1, 13, etc.). En Gedrosia se dan el nardo y la mirra (XV 2, 3) y en Gordiea, Mesopotamia, otro aromático, el amomo (XVI 1, 24).

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Дата выхода на Литрес:
30 января 2026
Объем:
598 стр. 14 иллюстраций
ISBN:
9788424931964
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