Читать книгу: «Sobredosis de Ira»
Esteban Balza
Sobredosis de Ira

www.robalir.com
Todos los derechos reservados.
Esta publicación no puede ser reproducida, ni en todo ni en parte, ni registrada en, o transmitida por, un sistema de recopilación de información, en ninguna forma ni por ningún medio, sea mecánico, fotoquímico, electrónico, magnético, electroóptico, por fotocopia o cualquier otro medio, sin permiso previo por escrito del autor.
Queda hecho el depósito que previene la ley 11.723
© 2020, Esteban Balza
© 2020, Robalir
Primera edición
Foto de portada: Freepik.com
ISBN: 978-987-47812-1-5
Contenidos
1 Portada 2 Aviso legal 3 Contenidos 4 Dedicatoria 5 Prólogo 6 Capítulo I 7 Capítulo II 8 Capítulo III 9 Capítulo IV 10 Capítulo V 11 Capítulo VI 12 Capítulo VII 13 Capítulo VIII 14 Capítulo IX 15 Capítulo X 16 Capítulo XI 17 Capítulo XII 18 Capítulo XIII 19 Capítulo XIV 20 Capítulo XV 21 Capítulo XVI 22 Capítulo XVII 23 Capítulo XVIII 24 Capítulo XIX 25 Capítulo XX 26 Capítulo XXI 27 Capítulo XXII 28 Compartí tu opinión sobre el libro 29 Sobre el autor 30 Otros títulos del autor 31 Robalir Editora 32 Datos del ebook
Dedicatoria
A mi familia y demás seres queridos; quienes, al igual que para el protagonista de esta historia, son el hilo que sostiene mi cordura.
Prólogo
Cristian Gómez, profesor en un colegio secundario, es un hombre correcto, que tiene una vida perfecta, o al menos eso cree, hasta que muere Irene, el amor de su vida, y un ser anónimo le deja un obsequio macabro en el sillón del living. Con una muerta, un velorio y el aroma de las azucenas comienza esta historia vertiginosa, al mejor estilo de un thriller policial.
La gran obsesión por descubrir al responsable de sus desdichas, no tendrá buen fin para Gómez, y eso lo sabrá el lector desde el inicio, cuando el protagonista presente sus tortuosas vivencias tras las rejas.
Una búsqueda desesperada lo transportará a diversos escenarios y a otros tiempos, lo relacionará con personas a las que antes habría evitado, pero más que nada lo obligará a asomarse a su propio interior para poner en cuestión su apariencia de hombre feliz. Por algo entiende que la felicidad es un bien preciado y efímero.
Si uno le pregunta al joven y talentoso Esteban Balza acerca de la obra, dirá que trata diversos temas; algunos destacados en la actualidad como el bulling y la ineficacia policial, otros inherentes a la condición humana: la obsesión, la soledad y, fundamentalmente, la ira «...esa semilla diminuta sembrada en la tierra árida de nuestros corazones ardidos, que crece, crece y crece...».
Sin bien coincido con su punto de vista, considero que existe otra cuestión que enhebra como fecundo hilo conductor los tópicos enunciados, y es la memoria, o mejor aún, ese tropiezo de la memoria que se llama olvido.
¿Quiénes somos o quiénes creemos que somos?
Desarrollamos nuestra vida escudados en la memoria de nuestro pasado. Sin embargo, la memoria es traicionera, recordamos lo que queremos, lo que nos agrada, lo que nos reconforta.
Y si Gómez, ante la ausencia de su mujer —la más hermosa que ha conocido— recuerda los días plenos a su lado, también recuerda que olvidó.
Es en el torbellino de los hechos que se suceden sin darnos un momento de respiro, que este hombre cada vez más empeñado en descubrir un sentido que parece escapársele apenas se acerca, tendrá que recordar desde un lugar diferente. Y lo hará desde el olvido. Escarbar lo olvidado entre los vericuetos engañosos de la memoria, en eso que oculta la equívoca fachada del recuerdo, y atreverse a romper los estereotipos, serán las únicas formas que le permitirán rastrear la huella certera camino a la verdad.
Por lo general las novelas prescinden de los prólogos.
Pese a ello, el autor de Sobredosis de ira, Esteban Balza, me invitó a participar con un escrito de esta índole, tal vez no a mí individualmente, sino en representación tácita de los escritores de Ushuaia, Tierra del Fuego.
Por dicha razón, este no solo es un prólogo de la obra que el lector tiene entre manos, sino también un prólogo del prólogo.
Mi primera inquietud fue tratar de comprender cuál es el interés de que un fueguino o fueguina se ocupe de la cuestión. Antes, es necesario aclarar que Esteban, oriundo de Santa Fe, que además de escritor y músico es Guía de Turismo, estaba trabajando en esta ciudad del confín cuando lo sorprendió la pandemia, y aunque sus actividades se interrumpieron, decidió permanecer aquí.
Podía haber interrogado al autor sobre su intención al respecto, aunque no lo hice. Considerando que este libro trata una historia de ficción, decidí hallar por mí misma esa relación, y si esta fuese producto de mi fantasía nadie resultará perjudicado, al menos no tanto como el protagonista de la novela, el atormentado Cristian Gómez.
Que un escritor que habitualmente vive en Santa Fe requiera un prólogo en su localización eventual, Ushuaia, dos destinos tan distantes en el mapa del país, solo puede indicar una cosa: la ligazón de dos destinos geográficos en su vida. Esteban Balza recordará que escribió en Santa Fe su primera novela —ya nos había regalado un volumen de cuentos— y que cuando la publicó estaba muy lejos de allí, en Ushuaia. La atmósfera austral tal vez quede así marcada a fuego no solo en este libro sino en el transcurrir vital del escritor, con la nieve tardía de octubre, el color siempre cambiante de la bahía, los atardeceres encendidos y la sensación de estar en lo último del mundo, con las horas de frío y su imaginario de leyenda.
Lo demás queda a criterio del buen lector, más no me atrevo decir, solo le sugiero que se prepare para involucrarse en una aventura apasionante, que quizás identifique con el propio miedo de encontrarse a sí mismo, y que seguramente leerá con la sensación de estar viendo una película que no puede abandonar hasta que el misterio deje de ser inasible.
No creo que se arrepienta de haber tomado la decisión.
Alicia Lazzaroni
Primavera de 2020
Ushuaia
Capítulo I
Santa Fe, agosto 2013.
El invierno está llegando a su fin y eso me incomoda, no soporto el verano, nunca me gustó y menos ahora.
Los recuerdos se recrudecen y el encierro me asfixia. Dicen que tengo que sacar todo, dejarlo ir, pero no puedo, cada mañana cuando abro los ojos, las rejas me lo recuerdan, y apenas si puedo controlarlo en invierno a fuerza de trabajo bruto y silencio.
En verano todo el pasado se vuelve presente y quisiera gritar, ahuyentar los fantasmas que visitan mi cabeza, pero aquí no se puede gritar, las rejas te lo ordenan en todo momento.
Por eso estoy escribiendo, para gritar las palabras y ahogarlas en la tinta, mientras observo el florero con su azucena. Tal vez así desaparezcan los fantasmas y solo queden los mejores recuerdos.
Ustedes ya me conocen.
Soy Cristian Gómez, el tipo que salió en los diarios, en la tele, en la radio, el tipo del que todos hablan. El que según dicen, cayó en la locura... Pero tuve mis razones, y la primera de ellas fue aquel lunes tórrido en el que vi morir al amor de mi vida. Bueno, no lo vi en realidad. Más bien desperté como cualquier mañana, mi mano se escurrió traviesa por entre las sábanas y acarició la piel fría de su espalda.
No tengo palabras para describir con real certeza las fuertes sacudidas en mi pecho cuando mi corazón dio un vuelco y la garganta se me secó. Como el ardor que percibimos al tragar en seco. Y no soy un buen escritor, pero aun así intentaré poner en líneas coherentes y objetivas esta historia. Esperando capturar en ustedes la empatía que pudiera devolverme así mi libertad. Esta es la historia de cómo lo perdí todo; incluso la esperanza.
Irene era su nombre; la mujer más hermosa que hubiera visto. Y cuanto más tiempo pasa desde la última vez en que nuestras miradas se cruzaron, en que jugué con sus labios abultados, toqué su piel fría; más me convenzo de que fue la más bella. Como una vieja película que se recuerda muchos años después con devoción. Perfecta, insuperable, añejada en mi memoria.
El día que murió, ella tenía treinta y tres años y yo treinta y siete. Un mes atrás habíamos cumplido siete años de matrimonio. Como dicen en la ceremonia «juntos hasta que la muerte los separe», ¿no? ¡Vaya que así fue!
Pero, ¿cómo puede amanecer sin vida una persona tan joven porque sí? Quienes me conocen, argumentarán en la mesa que fue la diabetes de Irene.
Ella estaba condenada a inyecciones diarias de insulina que yo mismo le administraba. Pero no: la vitalidad siempre fue su carta de presentación, el fin de los días se diluía en el horizonte, distante. No podía entonces validar la excusa de que su fin se remitiera a esa simple enfermedad.
Por su parte, mi círculo más íntimo, pensará que fue una arritmia. Confieso que yo también lo creí en un principio. Sospechaba en que un día su corazón le daría martillazos en el pecho hasta matarla. No importaba a cuántos tratamientos se sometiera: la diabetes y la miocardiopatía dilatada fueron su cruz, la que arrastró hasta el día de su muerte.
Llamé a Emergencias y regresé a la habitación para cerciorarme de que todo aquello era real, que no alucinaba. Me incliné sobre ella tratando de percibir su aliento. Un atisbo de respiración entrecortada, una mínima señal por la cual tener algo de fe. Y el vacío infinito me devolvió a la realidad, en la que una fina capa de hielo recubría a mi mujer de pies a cabeza.
Quise llorar. La desesperación me ganó de mano y me encontró ardido y furioso. ¿Quién en su sano juicio podría comprender semejante comedia absurda? Sin signos de violencia, sin señales previas que me lo anticiparan. Nada.
¿Acaso merecía esto? Mi único crimen fue estudiar seis años para convertirme en profesor de geografía y educar las mentes jóvenes por otros catorce.
Solo eso.
Fue en ese preciso momento cuando los paramédicos azotaron mi puerta. Bajé a abrirles, cuidando de no hacer demasiado ruido: Nico, mi único hijo de tan solo seis años, dormía en la habitación contigua. No había necesidad aún de meterlo en aquel film de horror. Pero fue inútil, los de Emergencias subieron por la escalera a los gritos y dando pisotones. Aseguraron el cuerpo de Irene a la camilla y bajaron con la misma intensidad.
Llegó fría y rígida al hospital. Lo intentaron, dijeron. Quisieron reanimarla pero claro, la medicina no hace milagros.
Irene murió el 12 de agosto de 2013. Causa: paro cardiorrespiratorio.
***
Cuando era chico, estaba convencido que los seres humanos debían sufrir adversidades para ganarse el goce de una vida feliz. Lo creí durante toda la escuela primaria, en donde fui un marginado. Ni gordo, ni con anteojos, ni pobre, las causas más comunes de discriminación pueden descartarlas, pues no tuvieron nada que ver. Es cierto que fui malo en los deportes, en especial el fútbol... algo imperdonable. Pero la verdadera razón por la que sufrí de malos tratos fue mi timidez.
Han leído bien: timidez.
El estúpido que parece no saber hablar, el que se mantiene al margen siempre que puede, lo que hoy todos llaman bullying, término que en mis tiempos no existía en el imaginario colectivo. Pero no espero que me tengan lástima ni mucho menos, las risas crueles no me mataron, me fortalecieron.
Como dije antes, en mi niñez estuve convencido de que lo mejor siempre estaría por venir, que la crueldad es cosa de chicos, cualidad inherente a la falta de madurez. Algo que se supera finalizada la escuela secundaria. Y que si en todo caso existía la crueldad adulta, al menos cada quien contaría con la facultad de elegir en dónde trabajar, mientras que cuando somos chicos nos obligan a ir a la escuela.
Un pensamiento inocente, lo sé, pero nada más alejado de la realidad.
David Hoffmann, mi psicólogo, me lo advirtió, y acabé por comprobarlo yo mismo años después: la vida es una mierda cuando sos chico, cuando sos adulto y cuando sos viejo. En todo caso, podría intentar tomarla por las astas y combatirla con la frente en alto; lo cual hice, pero en el camino descubrí los nuevos problemas suscitados por la supuesta madurez.
No quiero menospreciar a los niños; a cada rato escucho cosas tales como: «los chicos no saben lo que es la depresión», señalando que deberían ser autómatas sonrientes las veinticuatro horas del día, solo por tener como única responsabilidad estudiar para los exámenes. He oído a colegas llegar a sostener que los jóvenes: «no saben lo que es sufrir por amor», burlándose con banalidades como: «¿Qué le pasó? ¿Se peleó con Barney el dinosaurio?».
Claro que los chicos no deben lidiar de frente con los problemas clásicos de sus mayores: matrimonios tempestuosos, divorcios, la economía del hogar, y un largo etcétera.
Pero he ahí el punto en el cual falla nuestra sociedad, incluidos profesores como yo: es ese menosprecio el que engendra la ira. La ira es una semilla diminuta, sembrada en la tierra árida de nuestros corazones ardidos, que crece, crece y crece hasta apoderarse de nuestras vidas, llevándonos a la perdición.
Eso fue lo que me sucedió a mí, la razón por la que hoy sigo encerrado y escribo tras unos gruesos barrotes. El fin de mi libertad y mi cordura comenzó a gestarse a muy temprana edad en un supuesto templo del saber.
Fui yo quien la sembró en Oscar... el nombre de mi ruina. Oscar: aun me acosan las pesadillas en las que él es el lobo y yo, el cordero.
***
Si usted ha vivido lo suficiente, doy por sentado que también ha tenido la oportunidad (o desgracia) de asistir al menos a un funeral. Es por ello que no me perderé en detalles acerca del velorio de Irene. No vienen al caso, son los que todos conocemos por simple experiencia.
Solo diré que la velaron en una sucursal de Braun & Asociados, en el centro de Santa Fe y que el féretro estaba abierto. Ella, preciosa como siempre lo había sido, con el cabello empapado en pétalos de flores.
Entre coronas y palmas con aroma a pino, me vi cautivado por unas que eran particularmente bellas, de pétalos blancos y centros amarillos. Una tía de Irene me dijo que esas eran azucenas. ¡Qué preciosidad! Nunca me han interesado las plantas, pero estas me hipnotizaron, cada vez que veo o huelo azucenas pienso en mi Irene, su perfume sigue cautivándome hasta estos días.
El doctor Reyes, el cardiólogo que la atendía, estuvo por una hora. Al verlo le hice muchas preguntas, yo ya tenía algunas suposiciones y él las confirmó. Acabé convencido: la sentencia de muerte de Irene estaba firmada desde su nacimiento, ligada a su corazón.
Ya que a fin de cuentas he acabado dando detalles del velorio..., añadiré además que también asistieron un sinfín de colegas de Irene. Ella trabajaba en el Banco de la Provincia desde los veinticinco años. Ganaba muy bien, incluso más que yo. Nunca me sentí menos por eso, no estoy en contra de que la mujer gane más que el hombre, eso no es relevante para mí.
Lo que muchos se preguntarán a estas alturas es en dónde se encontraba Nicolás: estuvo allí, por supuesto. Vale aclarar que él es muy parecido a mí, alto y flaco; yo en versión miniatura. Él gozó de la maravillosa virtud de no llegar a comprender en verdad la envergadura de los hechos, su vocecita aún resuena en mi cabeza y me hiela la sangre:
«¿Y mami?» me preguntó. «Mami se fue, Nico», atiné a decirle. «¿A dónde?», insistió «Al cielo». Él lo meditó por un instante, como tratando de decidir si creerme o no. Esperaba que preguntara por qué, cosa que no sucedió.
«¿Cuándo va a volver?»
Eso lo preguntó por la mañana, antes del velorio. No supe qué responder. Lo mandé a ver la tele, y dediqué mis exiguas fuerzas a gestionar el largo y burocrático proceso que comprende una sepultura. Una verdadera pesadilla.
Terminado lo anterior, avisé a la escuela donde trabajaba de mi situación. Acto seguido, envié a Nico a ducharse y a ponerse su mejor ropa.
—¿Adónde vamos? —Preguntó él, ansioso.
—A despedir a mami. —Respondí.
—Ya la extraño.
Quisiera nunca haber crecido. No porque los niños no conozcan la depresión o no puedan entender qué es sufrir por amor, sino por esa cualidad única de no ahogarse en las penas, como lo hacemos a veces quienes más nos jactamos de haber alcanzado la madurez.
—Yo también, hijo.
***
Todo lo que pasó a lo largo de esa semana ha quedado grabado a fuego en mis retinas, como una marca de yerra.
Después del velorio, marchamos hacia el cementerio municipal, el servicio de Braun & Asociados incluía dos coches para transportar a familiares y amigos de la fallecida, desde el local al cementerio y viceversa, con una espera no mayor a los veinte minutos.
Dejé que los usaran la madre de Irene, una viuda de sesenta años, con sus hermanas y otras mujeres más, todas ellas solteras o separadas. Con Nico subimos a mi auto y nos fuimos justo detrás de los coches de la empresa.
El féretro fue depositado en un nicho al ras del piso, de entre miles, en una galería tan laberíntica que temí no poder volver a encontrarlo más adelante. El mismo fue tapado con las coronas y palmas de azucenas, a la dulce espera de una placa de mármol que lo sellara para siempre.
Nico apretó mi mano con fuerza. Sin mirarlo, tuve la certeza de que empezaba a entender. Mamá en una caja, la caja en ese agujero en la pared... Lo escuché gemir y lo abracé, al mismo tiempo que una idea melancólica se apropiaba de mi mente: no lloraba porque supiera lo que estaba pasando, lloraba porque todos lo hacían. Y por ende, él también debía.
Cuán lejana parecía la tarde del día anterior en el Parque Garay, con mi hijo riendo, aprendiendo a andar en bici.
La felicidad es un bien preciado y efímero, al parecer.
Acabado todo, regresamos al auto. Caminé despacio, tirando del bracito de Nico, pensando en por qué David no habría venido al velorio. Es cierto que mi psicólogo siempre ha tenido una agenda apretada, y que los lunes son días depresivos por excelencia (como el domingo). Pero yo había asistido a su consultorio desde los siete años. ¿No merecía acaso un trato preferencial? ¿Qué otro paciente había pedido su consejo por treinta años como yo?
Traté de apartar esos pensamientos nefastos; me estaba dejando llevar por la frustración... Esa frustración de verme rodeado de personas a las que despreciaba, obligado a darles la mano y sonreírles como un imbécil, agradeciendo su presencia cuando en verdad la misma no hacía más que seguir ennegreciendo el día más negro de toda mi vida.
El esfuerzo sobrehumano por no llorar frente a Nico me agobió. Pero lejos de tranquilizarme, recordé que muchos de mis hasta entonces estimadísimos colegas, tampoco habían asistido. Conocía sus horarios, sé que podrían haber estado y no lo hicieron. Eso me dolió mucho, y una vez más reavivó el fuego en mis entrañas.
Hoy día se me ocurre pensar que esa es una de las tantas deficiencias en los hombres que empezamos a transitar la mediana edad y los primeros achaques; nos volvemos rencorosos, somos susceptibles a la menor decepción. Por cosas así solía mantener bajas mis expectativas: para suavizar el golpe seco de la decepción.
Sin coraje para volver a casa y echarme a mojar la almohada, traté de darle un poco más de ánimos a mi hijo. Lo llevé a McDonald’s en la peatonal, y pedí dos hamburguesas con papas fritas. Comí por comer, de pura costumbre.
Nico casi no tocó la suya, apenas le dio un mordisco. No lo reté, cosa que por lo general hubiera hecho, no era su culpa que su padre tratara de empujar la tristeza hacia adentro con comida. Solo pensé que ir a cenar a su lugar favorito le arrancaría una sonrisa.
¿Quién lo diría? Una vez más demostrando que menospreciamos a los niños y su cualidad de sentir dolor. La hamburguesa a medio comer en su bandeja me dio la certeza de que no había llorado porque sí, lloró por su madre.
***
Pasamos más de dos horas en McDonald’s, sin mucho de qué hablar, viendo pasar a la gente feliz y ajena a nuestros problemas.
He ahí otra cruel verdad: el mundo sigue girando, no se detiene por seres minúsculos como nosotros.
Nos fuimos a casa, pasadas las once y media de la noche. Ya en el auto, subí el volumen de la radio con la esperanza de ahogar mis pensamientos. Mi favorita era la Oldies 97.3, donde escuchaba clásicos del Rock and Roll. Nos desplazamos por las siguientes cuadras acompañados de la estremecedora voz de Billy Joel. Nico se durmió en el trayecto. ¡Qué envidia!, bostecé, impaciente por llegar y echarme en mi cama de una vez por todas.
La casa que alquilábamos por entonces le pertenecía a un tipo de San Carlos; una construcción de dos pisos, con patio trasero, pero sin garaje. De modo que mi Volkswagen azul de tres puertas dormía en la calle.
Estacioné en frente, apagué el motor y permanecí con los ojos insertos en un punto fijo durante algunos minutos. Inspiré profundo y exhalé. Bajé, corrí el asiento y cargué a Nico, cuya respiración acompasada me transmitió algo de paz interior. Me fui hasta la puerta haciendo malabares entre mi hijo y las llaves, con una punzada en los espinales. Mi niño sí que había crecido.
Páginas atrás, mencioné que mi estado calamitoso y posterior encierro tuvieron como principal antecedente la repentina muerte de Irene.
Mentí. Y es que esa clase de cicatrices al final siempre sanan, por muy profundas que sean, en cambio, lo que vi esa noche en el living no pudo sanar jamás.
Así comenzó mi historia con Oscar, el ser de mis pesadillas, mi amante tóxico, el que siempre vuelve para atormentarme.
Entré y la vi a ella echada en el sofá.
El cuerpo de Irene, cual muñeca de trapo, en un vestido blanco de encaje. Las manos cruzadas en su pecho, los ojos avellana muy abiertos, la mirada vacía, fija en mí.
Capítulo II
La persona que hizo semejante atrocidad, dijo llamarse Oscar.
De la muñeca de Irene pendía una diminuta tarjeta con ese nombre, como si ella no fuese más que un obsequio de su parte.
Pronto descubrí que habían forzado la puerta del patio trasero: los muros eran bajos, no sería difícil treparlos, o pasar un saco al otro lado. El cómo y cuándo los sabía, sin embargo aún faltaban resolver otras inquietudes: ¿quién?, y, ¿por qué?
Fue difícil conciliar el sueño con el cuerpo de Irene allí abajo; y más todavía lo fue tener que explicárselo a la policía por teléfono.
Acosté a mi hijo y llamé. Me dijeron que la unidad llegaría enseguida. Tras una hora de tortuosa espera, mis ojos se cerraron. La policía llegó minutos antes de las siete; afuera seguía siendo de noche, me desperecé, molesto, y bajé a abrirles.
Junto al patrullero aguardaba un hombre alto, de facciones rígidas y cara de pocos amigos, caminaba tan erguido que podría haber cargado con una pila de libros en su cabeza sin que estos se tambalearan. Junto a él estaba otro tipo mucho más joven y expresivo, al que identifiqué como un simple suboficial inexperto.
El de facciones rígidas se aproximó tendiéndome la mano:
—Comisario Gerardo Martínez —dijo.
Tenía una voz suave, casi femenina, lo que me resultó gracioso teniendo en cuenta su aspecto de tipo duro.
—Entiendo que... bueno, que hay un cuerpo robado en su casa.
—Así es, el de mi mujer.
Sus pobladas cejas negras remontaron vuelo por su frente lampiña y cubierta de arrugas. Le expliqué con detalle todo lo que había ocurrido: la repentina muerte de Irene, el velorio, su cuerpo exhumado y abandonado en mi sofá.
—¿Cómo murió su mujer? —preguntó Martínez.
—Muerte súbita, se le paró el corazón mientras dormía —respondí.
—¿Ella tenía problemas cardíacos?
—Sí. Y también diabetes, que era lo que más le preocupaba.
—¿Se inyectaba insulina?
—Yo se la inyectaba, no se animaba ella sola.
La salud de mi mujer siempre se tambaleó sobre un fino hilo de sangre. Lo de sus problemas cardíacos no son exageraciones.
El comisario se enjugó los labios, pensativo.
—Sé de gente con afecciones cardíacas que murió haciendo deportes, por la intensidad, ¿vio? Pero nunca escuché de adultos que se mueran así durmiendo. A lo sumo sí de bebés.
—Irene tenía miocardiopatía dilatada —expliqué—, tenía el ventrículo izquierdo dilatado y disfunción sistólica.
—¿Ella se hacía controles regulares?
—Iba a lo del cardiólogo todos los meses —dije—, el doctor Reyes. Pero Reyes ya le había anticipado que tenía una patología grave. No era de dar muchas esperanzas que digamos.
Martínez asintió sin modificar su expresión.
¿Que si se controlaba? Mientras yo me llenaba los pulmones de humo, ella se cuidaba como nadie. No bebía ni fumaba, y evitaba las grasas a toda costa. Irene fue una niña enfermiza, comprendía a la perfección que sin una vida de riguroso autocontrol, hallaría el final del camino mucho antes de los cincuenta.
—Así que su mujer murió por una arritmia mientras dormía, ¿eh?
—Eso parece. —respondí con frialdad. El comisario empezaba a impacientarme—. Reyes estuvo ayer en el velorio, dijo que era posible.
—Entiendo. Bueno, ¿y qué me dice de ese tal Oscar?, el que mencionó por teléfono.
—No sé nada. Es más, podría ser un seudónimo de la persona que lo hizo.
—No sé... Robar un cuerpo no es tan fácil. Es algo que haría alguien que lo odia de verdad. Si yo fuera él, querría que usted supiera de dónde vino el favor, ¿no le parece?
—No creo que nadie me odie tanto como para hacer algo semejante —declaré.
Martínez asintió otra vez, en silencio. No pareció convencido, sus ojos me atravesaron como balas de cañón, como si buscara una falla en mi historia, algo anormal, capaz de desbaratarla.
Carraspeó y volvió a hablar con su voz afeminada:
—Bueno, lléveme a donde está el cuerpo.
Giré sobre mis talones, el comisario me siguió. Su acompañante, el probable suboficial, también. Entró y cerró la puerta, Martínez se paró en seco.
—Déjela abierta, Díaz —dijo.
—¿Por qué? —preguntó Díaz extrañado.
El comisario le dedicó una dura mirada de reproche y él comprendió, arrugando la nariz.
—Oh, disculpe.
El suboficial volvió a abrir la puerta y regresó con nosotros. Pasamos del vestíbulo al living, en donde ella esperaba por nosotros.
—Si quieren les traigo desodorante de ambiente —musité, irónico.
Por el rabillo del ojo comprobé que ambos se sonrojaron.
Pero el silencio incómodo duró tanto como un pedo en la mano: al entrar al living, la vieron. Díaz soltó una exclamación ahogada, Martínez, mucho más curtido, se limitó a suspirar.
Irene seguía en el mismo sitio en donde yo la había encontrado. Blanca como la cal, fría como la mañana en la que amanecí junto a su cadáver, tenía los ojos avellana muy abiertos, inexpresivos.
Me sentí tan insensible como una piedra, convencido de que ya no era posible albergar más dolor.
—Dios mío, ¿quién puede ser tan enfermo? —dijo el suboficial Díaz.
—No te das idea de cuántos hay por ahí a las vueltas —replicó Martínez, sin mirarlo.
Sus ojos seguían entornados, subiendo y bajando por las bellas curvas de Irene. Tuve la lúgubre sensación de que el comisario disfrutaba de la vista y sentí náuseas.
—Santa Fe está cada vez peor. Cuando era pibe se podía andar tranquilo por la calle, sabías que no te iba a pasar nada, hoy ya se fue todo a la mierda, ni dentro de tu casa estás seguro —dijo Martínez.
Asentí callado, aunque Martínez no me caía simpático, debía admitir que estaba en lo cierto cuando se refería al aumento de la inseguridad; aunque no tanto de la supuesta tranquilidad de años anteriores, creo que nunca se vivió en paz aquí.
Permanecimos en silencio por un rato hasta que el comisario habló:
—Bueno, voy a llamar a los forenses para que hagan el peritaje. Le voy a pedir que tenga paciencia, Gómez.
—Estoy a su disposición —respondí condescendiente.
Martínez asintió y llamó a los refuerzos a través de su handy. El aparato hizo estática, una voz profunda salió de sus entrañas de cables y circuitos integrados, confirmando el arribo.
Como no se me ocurría qué otra cosa decirles, mientras esperábamos, se me dio por preguntar:
—¿Quieren café?
Ellos aceptaron, agradecidos y acto seguido, salieron a fumar.
Tuve el poderoso impulso de pedirle al comisario un cigarrillo, pero me contuve. Había dejado el cigarrillo por Irene y por Nico, y lo había dejado para siempre; no debía permitir que la tragedia doblegase mi fortaleza, por mucho que temblaran mis piernas.
Mientras el café se calentaba en la cocina, regresé junto a Irene.
Una parte de mí se negaba a dejarla ir, se suponía que el día anterior sería mi última vez con ella, acariciando sus delicadas facciones junto al féretro, pero el destino la había traído de vuelta, desde el más allá.
Las mejillas hundidas sin el vigor de sus mejores días, sin los hoyuelos de su sonrisa, ni la pasión reflejada en su voz.
El café se rebalsó y apagó la hornalla, alcancé a oírlo desde el living. Me apresuré a limpiarlo, y serví para todos. Los endulcé sin preguntar. Martínez tiró al piso la colilla humeante y agradeció el café, bebió un sorbo y arrugó la cara.
—¿Tiene azúcar? —preguntó.
Asentí con la cabeza.
—Yo lo tomo amargo.
—¡Oh!
Me aseguré de que mi respuesta sonara tan desinteresada como su esfuerzo por tratar de agradarme.
El comisario hizo una mueca pero al final se bebió su café endulzado con tres generosas cucharadas, en cuanto a Díaz, por su expresión, supe que estaba más que conforme.
Los forenses llegaron un cuarto de hora más tarde, eran casi las ocho cuando el segundo móvil policial se detuvo frente a casa. Dos hombres bajaron, y sin palabra mediante, pidieron ser conducidos hasta el cadáver.
Eran casi tan simpáticos como Martínez.
El proceso fue largo y tedioso: muchas preguntas y demasiado escepticismo por parte de todos. Por algún motivo que me era desconocido, la policía parecía empecinada en demostrar que yo era un mentiroso. Algo así como: «¡Confiese, Gómez! ¿Cómo la mató? ¿Se le fue la mano con la insulina? Va a tener que acompañarnos...» Pero nadie hizo acusaciones de ningún tipo, no al menos de forma directa.
Cuando vi asomar los primeros rayos del sol, caí en la cuenta de que hacía ya media hora que debía haber estado en el colegio del Sagrado Corazón, dictando clases.
Las pericias se extendieron durante toda la mañana. Para cuando se dieron por satisfechos en cuanto a preguntas y fotografías, ya me había tomado cinco o seis tazas grandes de café.
Creo que sospecharon de mí al verme temblar, como si hubiera sido por los nervios.
Introdujeron el cuerpo de Irene en una bolsa para cadáveres, se la llevarían a la morgue para practicarle una autopsia, cosa que me pareció innecesaria.
—Tal vez encontremos un pelo o restos de piel muerta del tipo que la robó —dijo uno de los forenses—. Lo mantendremos al tanto de cualquier descubrimiento que hagamos, señor.
Cargaron la bolsa en una ambulancia y se fueron tras ella. La vi marcharse muy lejos, hasta perderse de mi vista. Entonces, Martínez palmeó mi espalda.
—No se preocupe, Gómez —dijo—, nosotros vamos a encontrar al responsable, pero primero necesito que venga con nosotros y deje asentada la denuncia.
No se dijo más. Para cerrar con broche de oro esa mañana, me pasé dos horas en la comisaría, declarando lo mismo que le había dicho a Martínez en casa: problemas de corazón y diabetes.
Una auténtica mierda.
***
Irene... Nos llevábamos cuatro años, pero es como si hubiésemos nacido en el mismo día, en la misma clínica, y salido del mismo útero. La expresión «almas gemelas» está sobrevalorada hoy día, y aun así juro que ese no era nuestro caso.
La capacidad de Irene para empatizar con cada uno de mis actos, decisiones y deseos, era asombrosa. Amaba su personalidad, libre de prejuicios, positiva, luminosa.
Tanta alegría espontánea corriendo por sus venas tenía sentido si pensábamos en sus orígenes, en una familia bien acomodada, sostenida por un matrimonio sólido y sin grietas. La familia de Irene vivió en el barrio La Florida en Rosario por muchos años, antes de mudarse a Santa Fe.
Irene, la mayor de sus hermanos —dos varones y una nena—, como ya he dicho antes, fue una chica enfermiza, pero también fue una luz, una chica brillante que enfrentó la adversidad con su mejor cara.
Acabó la secundaria en un colegio religioso, y estudió la carrera de Contador Público en un instituto privado con excelentes contactos, que la depositaron en el Banco de la Provincia.
Cuando nos conocimos, ella ya estaba muy arriba en el escalafón, sumado al hecho de que en su hogar el dinero nunca fue un problema, fue sencillo empezar nuestro propio camino.
Aunque mi orgullo no nos dejó entregarnos al placer tan pronto. Una vez, mi suegro me ofreció un generoso cheque y lo rechacé, no quería que me siguieran regalando nada. Irene y yo teníamos nuestros empleos, éramos independientes, no necesitábamos caridad. Compraríamos nuestra propia casa a su debido tiempo, y tendríamos un auto mejor cuando lo mereciéramos.
¿Que si había algo de egoísmo implícito en rechazar ese cheque? Sí, pero no.
Me consideraba muy capaz como para andar mendigando; y por otra parte esperaba poder sentarme con mi hijo, el día de mañana, señalar lo que fuera que tuviera a mis espaldas, y declarar con total solemnidad que todo lo que teníamos, era por mérito propio y sudor de nuestras frentes.
Mi suegro lo entendió. No se habló más del tema, ni tampoco se lo dijimos a Irene, fue nuestro secreto. Él murió en 2010 por un derrame cerebral; la única ocasión en la que vi esfumarse la sonrisa de mi mujer, cuando se dejó caer rendida junto al féretro y rompió a llorar.
Por suerte yo estaba allí para consolarla.
Tres años después, no contaba con la misma mano comprensiva palmeando ahora mi espalda.
Capítulo III
Nico estaba despierto cuando llegué a casa. Tenía los ojos insertos en el techo de yeso, del cual pendía una solitaria lamparita forrada en telarañas, con una suplicante mosca atrapada y a punto de ser devorada.
Por lo general contrataba a una niñera para que cuidase de mi hijo, una anciana un tanto decrépita llamada Raquel Carranza, que vivía en la casa de en frente. Mientras me iba a la comisaría, con Martínez y el suboficial Díaz, llamé a Raquel para informarle de que tendría otra vez la mañana libre. Sin velorios a los que asistir, la mujer tendría que buscarse otro pasatiempo.
Nico pudo dormir algo más de lo habitual, más de lo que yo hubiera querido.
Cuando entré a su habitación, él giró la cabeza para verme y luego retornó a su posición inicial.
—¿Dormiste bien? —pregunté.
—Sí.
—Levantate que ya vamos a almorzar.
—No tengo hambre.
Yo tampoco la tenía, de todas formas insistí:
—Algo tenés que comer y tenés que ir al jardincito después.
Nico volvió a mirarme. Los ojos enrojecidos.
—¿Tengo que ir?
—Sí hijo, vos tenés que ir al jardín y yo a trabajar. El mundo no se detiene porque...
Exhalé un largo suspiro dejando inconclusa la frase. ¿Para qué dar tantas explicaciones sobre algo que no las necesitaba?
Nico conoció la muerte a muy temprana edad. Y aunque es necesario que así sea, pues un niño debe entender que existe algo tal como el ciclo de la vida, esperaba que más bien fuera a través de la pérdida de una mascota, y no de su madre.
Me consolé pensando que al menos él tendría un buen recuerdo de ella.
Yo a mi madre la tengo presente como a una mujer despechada, triste, dolida, y a mi padre... Bueno, desapareció de mi vida cuando tenía la edad de Nico, y lo hizo de la peor manera posible: encerrado en la cárcel y con una orden de restricción que no le permitió volver a verme ni en sus últimos días. Ese tipo de cosas se gana uno cuando olvida que los niños son niños, y se excita tocándolos... y algo más.
Pensar en ello me produjo un súbito escalofrío. Hay cosas que uno nunca supera, aunque los recuerdos sean difusos y no queden marcas físicas. Algunas marcas quedan en el alma.
—Dale, levantate que ya empecé a cocinar —dije.
Almorzamos en silencio, me llevé la tele hasta el comedor y puse History Channel. Estaban dando El Precio de la Historia, Rick Harrison examinaba una vieja escopeta Winchester que acababan de traerle.
«Me preocupan estas marcas —dijo Rick, desde la tele—, creo que trataron de restaurarla y le hicieron más daño aún. ¿Te molesta si llamo a un experto para que la vea?»
Por supuesto que no era molestia.
Como en cada episodio, Rick salió de escena para hacer la llamada. A Nico siempre le gustó ese programa, solía reírse de las ocurrencias de sus protagonistas, pero ese día, ni eso pudo distraerlo de su dolor.
Dejé los platos sucios en la mesada y me apresuré a cambiarme para el trabajo.
Siempre vestía igual: zapatos negros, vaqueros azules y camisa beige. Sí, ya sé que no soy ningún gurú de la moda. Después vestí a Nico, que seguía con el pijama y cuando estuvo listo, subimos al auto, y salimos.
El jardín de infantes al que concurría Nico por las tardes quedaba en el centro, por calle Junín. Se trataba de un aula bastante amplia, situada en un primer piso, donde los niños aprendían a hacer manualidades como barriletes o su primera artesanía en madera, bajo la estricta vigilancia de la maestra, o al menos eso aseguraba ella.
Estacioné sin problemas, entré al vestíbulo y subí las escaleras hasta encontrarme con la señorita Silvina, una veinteañera recién egresada, con un culo fantástico.
—Nos vemos, Nico —dije mientras me retiraba.
Él no contestó. Podía contar con los dedos de la mano cuantas palabras había pronunciado en lo que iba del día.
—Saludá a tu papá, Nico —lo reprendió la señorita Silvina.
Pero si mi hijo se dirigió a mí para decirme algo, nunca lo supe, ya estaba saliendo del edificio.
Regresé a mi auto y partí rumbo a la escuela Belgrano. Los martes por la tarde tocaba allí en barrio Candioti. Venía dando clases en esa escuela desde 1998, mi primer año como docente titular. Desde entonces, junto a otros siete establecimientos educativos, había conformado mi rutina semanal.
***
Me dirigí al este, pasando la Cervecería. Para mi sorpresa, había un magnifico lugar vacío frente a la entrada de la escuela. Bajé con mi portafolio y entré. Como siempre me fui derecho a firmar mi llegada, la escuela contaba con una sala de administración.
Al entrar, uno se topaba con la preceptora antes de poder pasar a dirección. Apenas entré, una mujer de sesenta años, jorobada y canosa, me recibió: Mónica, enseñaba matemáticas.
—¡Cristian! —dijo—, disculpá que no haya podido ir ayer a acompañarte. ¡No sabés lo mal que me puso! Lo que necesites sabés que...
—Gracias Moni —dije, harto de las condolencias.
Acepté su abrazo. También me saludaron la preceptora Gladys Cornier, un portero llamado Gabriel Vergara, y hasta la directora, Norma Engels. Todos ellos me dieron sus malditas condolencias.
Consciente de que iba quedar atrapado en ese circo de generosidad superficial por el resto de la tarde, me excusé de ellos para irme de una vez por todas al salón de clases. Gozaba de cierta popularidad ahora, por haberme quedado viudo.
Pero ellos solo sabían de la repentina muerte de Irene, ignoraban lo más jugoso: su exhumación. Una atrocidad digna de mostrarse en un clásico del cine negro, o en alguna producción argentina de bajo presupuesto, pero con un guión osado, al mejor estilo de «Pizza, Birra, Faso».
Sabía que si Norma, Gladys, o cualquier otra persona de mi círculo profesional llegaba a enterarse, el chisme correría por las aulas más rápido que Usain Bolt en los Juegos Olímpicos.
El timbre había sonado hacía ya cinco minutos. Crucé el patio solitario sin otra compañía más que el eco incesante de voces ajenas. Los martes por la tarde dictaba clases a tres cursos, en primera hora tocaba cuarto año.
Entré al aula. Treinta y cuatro jóvenes de entre dieciséis y diecisiete años se volvieron para verme. Las risas se fueron callando, una a una. Regresaron a sus asientos sin que yo se los ordenara. No me era necesario levantar la voz. ¡Cuánto más fácil guardar silencio y ya! Que la inmensidad del vacío los absorba y doblegue su costado anárquico. Sin gastar saliva, con la boca cerrada. Ellos le temen al silencio.
—Buenas tardes —dije, con los ojos puestos en mi portafolio.
Poco menos de la mitad respondió. Entre ellos, Morales, una chica insoportable y empeñada en caerme bien. Me repugnaba aunque tuviera las mejores notas del curso.
Sentí esos ojos curiosos puestos en mi persona. Sabía que ellos lo sabían. Pero nadie atinó a decir algo al respecto. Ni siquiera Morales, ni una pequeña condolencia o señal de respeto. Mejor.
Eché una ojeada a sus rostros inexpresivos, al sinfín de reglas rotas efectuándose en mis narices: chicas con el pelo suelto, gorros de lana puestos, dos en el fondo sin el buzo blanco obligatorio, al menos tres de ellos masticando chicle con la boca abierta. Pero no me sentía con ánimos como para retarlos. ¿Qué sentido tiene hacerse mala sangre con un montón de pendejos maleducados?
Me limité a tomar asistencia, corroboré dos ausencias y comencé la clase.
Hablé durante una hora sin parar de los cambios territoriales en Europa, durante la Guerra Fría; un tema fascinante que les importaba poco y nada, en comparación a la novela del momento o el fin de semana. De a momentos me interrumpía para acallar los cuchicheos del fondo, y cuando se dignaban a cerrar la boca, seguía.
La clase continuó lenta y cíclica, nada fuera de lo normal, incluso la interrupción tonta y predecible de Luciano Favre en medio de mi explicación. Aparté los ojos de mi lista de países nacidos tras la fragmentación de la URSS, para fijarme en él.
Luciano era un chico retraído, a menudo molestado por sus compañeros. Era esa clase de chico solitario que habita en todo salón de clases: un chivo expiatorio en donde poder volcar las frustraciones.
—Profesor —dijo Luciano Favre—, ¿cuáles dijo que eran las reformas de Gorbachov? No escuché.
—¿Será posible que siempre te quedés atrás, Favre? —ataqué frenético—. Decime, ¿qué hacés cuando yo explico?
Favre no contestó, se contrajo en su silla, como esperando ser tragado por la tierra, desaparecer sin más, fundirse en la negrura.
—Perdón, me quedé...
—Siempre te quedás —repliqué, aplastándolo con cada sílaba—; la Perestroika y la Glasnost, Favre, buscá en Google qué son, porque no lo pienso repetir.
Me volví al pizarrón, tratando de ignorar las risas de mis alumnos; pasarlas por alto como de costumbre y seguir haciendo de cuenta que nadie me interrumpió. Al minuto, tuve la certeza de que no se detendrían, así que me callé.
Deslicé la mirada sobre cada uno de ellos, desafiándoles a pasarse de listos conmigo, hasta que mis ojos cayeron en Favre. La cabeza gacha, los apuntes a un lado, las manos temblorosas, como intentando comprender por qué era tan lento. O por qué siempre que podía, lo trataba así...
Fue en ese momento en el que me hubiera venido bien un vaso de agua, la garganta reseca, crepitante.
Mis alumnos se quedaron como piedra, convencidos de que estaba reprendiéndoles de nuevo con mi técnica silenciosa. Se miraron entre ellos, preguntándose quién había hablado esta vez. Quién estaba rompiendo la regla número uno: no hablar mientras el profesor lo hace.
Ajeno en parte a ellos, rememoré las palabras de Martínez esa misma mañana: «...es algo que haría alguien que lo odia de verdad».
¿Quién podría odiarme lo suficiente? No lo sé.
Luciano Favre, por ejemplo. Cualquiera de mis alumnos podría.
En mis doce años de docencia no había perdonado errores, fui estricto como mi madre lo fue conmigo; fui cruel como mis compañeros y mis profesores. Cientos, quizá miles de personas podrían odiarme lo suficiente, como para cometer semejante atrocidad con los restos de mi amada Irene.
Perturbado ante esta idea, dejé caer mi libro sobre el escritorio y me deslicé, apresurado fuera del salón.
—Ya... vuelvo —dije en un susurro.
Con parsimonia me fui hasta el baño. Contemplé mis ojeras en aquel espejo surcado por algunas grietas, con la respiración entrecortada, esperando ver un poco más allá de mis pupilas, de mis errores.
Distaba mucho de ser un profesor ejemplar. ¿Y si había maltratado a un tal Oscar? En ese caso, la exhumación de Irene no habría sido más que un retorcido acto de venganza de un exalumno furioso, astuto, sagaz, decidido a destruirme como yo en su momento lo hice con él.
Sacudí la cabeza, apartando esta suposición. Decir que yo y nadie más que yo, podía influir tanto en la vida de una persona ya era darse demasiados méritos. No era posible. Me estaba consumiendo la rabia y no debía permitirlo.
Salí del baño cinco minutos después, necesitaba tomarme unos días, algo de relax, lejos de ese manicomio lleno de jóvenes exacerbados. Necesitaba pensar en ese tal Oscar, averiguar quién era, tal vez estuviera en lo cierto, tal vez se tratara en verdad de un exalumno.
De pronto sentí la vibración del celular en mi bolsillo. Yo tenía uno de esos modelos viejos, que usamos los que tenemos por costumbre quedarnos atrás con las tendencias. Tenía un mensaje de texto de un número desconocido. Lo abrí.
Las piernas se me agarrotaron y algo muy caliente subió por mi cara. El mensaje decía así:
«Hola Cristian. Tu hijo lleva mucho tiempo dormido, ¿sabías? Oscar.»
Capítulo IV
Sin duda estaba jugando conmigo. Pero no me detuve a pensarlo, tan pronto como leí el mensaje salí corriendo a toda velocidad por el patio. Vislumbré la palidez en el rostro de Nico, las mejillas hundidas, la mirada vacía. Quizá todos a quienes yo amaba estuvieran condenados a dormirse y nunca despertar, como una maldición vudú: un pinchazo y a la tumba.
Abrí mi auto a la distancia con el control remoto de las llaves, salté dentro, puse el contacto y arranqué. Hice chirriar las ruedas, casi choqué con una camioneta estacionada adelante, y me interné como una bala por Alem, ignorando los bocinazos, las puteadas, los semáforos en rojo. Ni siquiera miré para doblar y meterme por Candioti, derrapé en la esquina con Las Heras, y aceleré a fondo por Junín. Aquellos ruidos externos no eran más que ecos lejanos, hasta que alcancé a ver el jardín de infantes.
¿Cómo que llevaba mucho tiempo dormido? Esa pendeja estúpida de culo ancho no se había dado cuenta de que Nico no se despertaba. ¡Qué podría estarse congelando en ese preciso momento! ¿En dónde mierda estaba?
Fundí la bocina de mi auto tratando de abrirme paso, cualquiera hubiese dicho que llevaba el diablo en el cuerpo.
Mis problemas no acabaron ahí: ni un puto lugar para estacionar. Aporreé el volante reprimiendo el impulso de gritar. Ya no podía darme el lujo de seguir esperando: estacioné en doble fila. Irrumpí en el vestíbulo y subí la angosta escalera al primer piso, me llevé por delante la puerta vidriada de la salita.
La señorita Silvina se sorprendió al verme.
Su semblante se oscureció y hasta retrocedió en cuanto vio mi rostro crispado, se quedó tiesa en su lugar, sin saber cómo reaccionar a mi intromisión.
—¿Cristian? —musitó preocupada—, ¿pasó algo?
—Lo mismo te pregunto a vos —dije—, ¿dónde está mi hijo?
—¿Hay... algún problema?
—¡Te pregunté dónde está mi hijo!
Ella apretó los labios aturdida, señaló hacia el otro extremo de la salita, en un rincón con libritos y almohadones de colores brillantes.
—Está descansando —dijo—, se ve que durmió poco anoche.
Me precipité al fondo de la salita sin contestar, al rincón de los sonámbulos, solo había un pequeño bulto arropado entre los almohadones. Me acerqué con cautela, las piernas temblorosas. El horror latente, desde el día anterior. Hinqué las rodillas en la superficie plástica que cubría el suelo, y extendí mi mano temblorosa hacia él, como cuando Irene no respondió a la alarma del despertador...
***
Lo cual me extrañó, era ella la que usualmente debía zarandearme a mí para que despertara. Irene la enérgica, la positiva, la que amanecía siempre de buenas. Al carajo el ventrículo dilatado, que se joda la insulina. La vida sigue y es corta como para desperdiciarla compadeciéndose de uno mismo. Esa era su filosofía, no la mía. Pero eso no evitó que Irene equilibrara mi ser. Ella fue la casualidad más bella que pudo existir.
Nos conocimos en una fiesta privada de no sé quién, y a la que no quería ir. David me convenció de que pasaba demasiado tiempo a solas. No me produje mucho, cosa de la que me arrepentí cuando vi cuánta gente había ido de etiqueta. Sonaba buena música, un poco anticuada —la que me gusta a mí—, mesas con comida y cerveza tirada. No perdí la oportunidad de acercarme al barril para servirme un vaso.
Entonces David me llamó para presentarme a unos viejos amigos, unos banqueros de traje; y entre ellos una dama de vestido azul escotado, cabellos castaños y ojos avellana, sola entre todos ellos, radiante, esculpida en mármol. Sostenía una copa de vino tinto.
Uno de sus colegas nos la presentó. Me apresuré a saludarla con un beso en la mejilla y tropecé. Un pie, el vestido azul, mi propia torpeza; nunca lo sabré. Tratando de recuperar el equilibrio, el contenido de mi vaso saltó por los aires y fue a parar de lleno en su escote. Todos quedamos boquiabiertos, en especial ella. Pero poco a poco, su asombro se transformó en diversión y soltó una estridente carcajada, que me hizo sonreírme también a mí y a los otros presentes.
Al día siguiente la llamé para disculparme, ella contestó que se lo pensaría, siempre y cuando la invitara con un café...
Así empezó todo. Fuimos novios por dos años, antes de casarnos, y pasó uno más hasta que Nico nació. Una familia hecha y derecha, ¿qué más se le puede pedir a la vida?
Todo acabó aquel lunes de madrugada.
Con la misma mano rígida aparté la manta de mi hijo, y me pronuncié con los labios resecos:
—¿Nico?
Se volvió hacia mí, bostezando, sus ojos dubitativos se encontraron con los míos.
—Papi, ¿qué hora es?
—Gracias a Dios... —dije y lo abracé.
***
Ni la grúa se llevó mi auto ni nadie me multó. Me fui con la misma impunidad con la que llegué, haciendo oídos sordos a los reclamos. Sin despegar los ojos de un BMW blanco a mis espaldas, reluciente, magnifico por donde se lo mire. Lo seguí embobado por el espejo retrovisor hasta que un semáforo en rojo nos separó, dejándolo atrás.
«Tal vez en cinco vidas pudiera comprarme uno» pensé.
El trayecto se tornó silencioso, incómodo. Miré a Nico por el rabillo del ojo, preguntándome en qué estaría pensando; analizando por qué me lo habría llevado así sin más, dos horas antes de lo previsto. Él se dio cuenta y se volvió con su carita bañada en sombras, masculló algo ininteligible.
—¿Qué pasa, hijo?
—Tuve una pesadilla.
—¿Qué soñaste?
—Soñé con mami —dijo—, que no la volvía a ver más y... que se olvidaba de mí. No me acuerdo mucho. Eso.
La última palabra la imaginé: Nico no le confirió el suficiente aire como para pronunciarla con claridad. Suspiré compungido.
No es secreto que al despertar uno se olvida de la mitad de lo que ha estado soñando, y que el resto acaba por desvanecerse en los siguientes diez minutos. Olvidamos hasta el hecho de haber soñado. Y si de sueños se trata, los míos son más que acreedores del premio a lo peor; al menos desde la noche en que hallé a mi Irene en el sofá.
Traté de concentrarme en el tránsito pero no pude, con los ojos sumidos en la niebla, torcí a la derecha huyendo hacia una calle más tranquila; estacioné y apagué el motor.
Quise decir algo, lo que fuera que pudiera iluminar el camino de mi hijo y por azar del destino, fue mi celular el que una vez más me desvió del mío.
—¿Ya te tenés que ir? —preguntó mi niño acongojado.
—Me llaman de la escuela, Nico. Tengo que atender.
Lo hice y una voz rasposa con la huella patente de cajas y cajas de cigarrillos, me perforó los tímpanos:
—¡Cristian! ¡Cristian! ¿Me escuchás? —gritó la directora de la escuela Belgrano.
—¡Te escucho, Norma!
Vieja y sorda, para mi desgracia.
—¿Se puede saber adónde te fuiste?
Solo entonces caí en la cuenta de lo rápido que me había marchado, sin avisar a nadie, sin dar explicaciones. Y es que no albergaba ya el más mínimo espacio en mi mente, media hora antes.
Fue tal la precisión en la palabras de Oscar, tan sugerentes... estaba aterrado. Después de perder a mi esposa, de que fuera exhumada vilmente, he de reconocer que me sentí acorralado. Atrapado en su juego, con sus reglas.
—Está todo bien, Norma —dije—. Hubo una emergencia, mi nene se descompuso y me llamaron para que lo vaya a buscar.
—¿Y realmente justificaba que te vayas así sin avisar?
—Es que tiene un virus, vinimos al Cullen para que lo revisen. Te pido mil disculpas por haberme ido así, Norma. La verdad es que estuve mal.
—¿Al hospital? ¡Pobrecito! —gimió ella—. Ya está, no te preocupes. Yo sé que estás pasando por un momento difícil, tomate el tiempo que necesites y cualquier cosa, llamame.
—Gracias Norma, sos una buena amiga.
Corté la llamada impidiendo toda posibilidad de réplica. Entre menos supiera Norma, mejor.
—Papi, ¿vamos al hospital? —preguntó Nico con la cara larga.
—No —puse en marcha el auto—, le dije eso a la señora para que no nos moleste. A veces una mentirita puede hacerle bien a todos... pero sin abusar.
***
Llevaba cuatro días sin ver a mi psicólogo. Como ustedes saben, eso incluye el velorio de Irene.
He de reconocer que hallaba paz en nuestras sesiones, paz verdadera, a veces todo lo que necesitamos es un buen par de oídos que nos escuchen.
Ahora que mi esposa se había ido, me hallaba en la disyuntiva de qué hacer con mi hijo durante la sesión. No podía dejarlo solo en casa, mucho menos llevarlo conmigo y que oyera mis inquietudes.
Opté por dejárselo a Raquel, cosa que a ella no le agradó en principio, siendo que eran ya más de las seis, pero aceptó luego de que añadiera una generosa gratificación a su sueldo.
David atendía en un edificio de tres pisos en el centro, sobre calle San Jerónimo. En el mismo atendían también una oftalmóloga, un ortodoncista y un proctólogo. Había otros dos consultorios pero seguían vacíos por entonces. El de mi psicólogo se hallaba en el tercer piso, al final de la escalera de caracol.
Apreciaba a David como a nadie, a él le debo todo cuanto soy y tengo. Desde los siete años él guió mis decisiones a buen puerto y modeló mi persona.
Me motivó a estudiar para convertirme en profesor; aplaudió mi unión con Irene, señalándola como un cambio positivo.
Con sus más de setenta años, el hombre seguía ejerciendo para algunos clientes selectos —de años como yo—, que seguirían visitándole hasta que se muriera.
La gran incertidumbre era, ¿cuánto tiempo le quedaba para eso? A veces lo oía toser, golpearse el pecho: los cigarrillos hicieron estragos en su cuerpo, verlo así fue otro empujón justo a tiempo para dejar el vicio.
A las siete en punto toqué a su puerta y David abrió jovial, a pesar de los años, el hombre seguía preocupándose por nimiedades como la ropa y un buen afeitado. Los ojos verdes me sonrieron junto a sus dientes postizos.
—Hola Cristian, pasá, tomá asiento —dijo estrechándome la mano con su poderosa garra.
Si se lo preguntan, el consultorio era tan cliché como lo imaginan: libreros, diplomas enmarcados, una agradable melodía de Tchaikovsky en un restaurado tocadiscos de madera, y en el centro de la escena... adivinaron: un diván para recostarse y llorar como un imbécil, sesión tras sesión. Me dejé caer sobre este, de brazos cruzados. El techo de madera me devolvió la mirada.
—¿Pudiste descansar bien? —preguntó tomando asiento en su sillón forrado de cuero.
—Sí.
—¿Y cómo está Nico?
—Bien, lo dejé con Raquel.
Había algo muy potente intentando salir de mi boca, algo desgarrador. Quería llorar, como lo había hecho tantas veces bajo la tibia luz de esas lámparas, ante la atenta mirada de David. Pensé en Irene, en el dolor de perderla, de despertar junto a su cadáver tieso, frío como los pies de un esquimal. Miré a Hoffmann y este parecía expectante, atento a cada uno de mis gestos. No era la primera vez que consideraba la posibilidad de que mi psicólogo fuera capaz de leer los pensamientos.
—Pasó algo anoche, David.
Él reclinó su sillón, imperturbable, y arqueó un poco las cejas.
—Contame qué pasó.
Le conté con lujo de detalles todo lo que había ocurrido. Despertar junto al cadáver de Irene, encontrarlo por la noche en el sofá, las preguntas de Gerardo Martínez, el mensaje de texto de ese tal Oscar, la corrida al jardín de infantes.
—Muerte súbita —masculló Hoffmann—. ¿En serio pensás que fue por el corazón?
—Vos sabés que Irene siempre tuvo problemas del...
—Sí, es cierto —me interrumpió—, pero todavía así, ¿no se te ocurrió pedir la autopsia? Quiero decir, cuando te despertaste y ella...
Esa pregunta me tomó desprevenido.
A decir verdad: no, no se me había ocurrido, todo se dio por sí solo. En el acta de defunción se constató que había fallecido en el hospital. Así pues, pasó derecho al cementerio sin más intervenciones.
Se lo expliqué a Hoffmann; él cambió de postura en su sillón, reflexivo.
—Dijiste que se la llevaron los forenses. Ahora sí la van a revisar.
—Eso espero, quiero saber quién la sacó del nicho. Dijeron que podían llegar a encontrar pelos o restos de piel del que lo haya hecho.
David se puso de pie, se desplazó por el consultorio con la mirada perdida en algún punto lejano.
—Estaba pensando en Oscar —dijo—, me suena ese nombre. Creo que lo nombraste hace ya varios años.
Esta vez fui yo el que se incorporó de un salto.
—¿Que lo nombré? ¿Cuándo?
—Hablamos de tantas cosas, Cristian. Y al menos una cuarta parte de todo eso la dedicaste a quejarte de tus alumnos. Creo que una vez nombraste a un tal Oscar, hace bastante, no estoy seguro.
—Así que alumno, ¿eh?
—Sí —corroboró él.
Lo había pensado esa misma tarde cuando me fui al baño de la escuela, después de mi exabrupto con Luciano Favre, y ahora Hoffmann lo sugería también como cosa suya. Quizá no fuera tan descabellado pensar que un exalumno mío fuera el responsable de la exhumación de Irene. Un resentido, un maldito esquizofrénico resentido.
Pero si así era, tampoco me hallaba cerca de la solución: había tenido a miles de estudiantes en mis catorce años de docencia. Miles de experiencias particulares de las que poco y nada recordaba. Una suerte de karma, que venía a pagarme con la misma moneda.
—No sé quién podría ser —dije.
De pronto tuve una idea.
—Voy a pedir los registros del alumnado de 1998 en adelante hasta encontrarlo.
Hoffmann sonrió.
—¿De todas las escuelas? Vas a estar una vida entera, Cristian. Además estoy seguro de que habrá más de un Oscar por ahí.
—No me importa David, voy a encontrarlo antes de que él me encuentre a mí... otra vez.
Capítulo V
Esa mañana decidí que debía obtener sí o sí, los registros de alumnado de todas las escuelas en que impartía clases, pero como había dicho David, eso me llevaría toda una vida, además de tener que responder a un sinfín de preguntas que no tenía ganas de contestar, y que me harían perder más tiempo todavía.
No, debía pensar en obtener esa información de manera rápida y segura. Pero ¿cómo?
Tan solo pensar que debía convencer a Gladys Cornier, se me revolvía el estómago. Seguro que me observaría con desconfianza, con esa mirada gélida que ponía cada vez que tenía que tratar conmigo y me acribillaría con sus estúpidas preguntas, eso era un hecho, porque nunca le caí bien a esa bruja.
Reconozco que yo tampoco puse mucho de mi parte para caerle bien, es más, en algunas ocasiones, la menosprecié sin contemplación. Y no lo lamento, es que si ya de por sí me molestan las personas que abusan de su cargo, mucho más lo hacen aquellas que quieren tomar decisiones que no les corresponden, y Gladys era una de esas.
No, debía pensar en obtener esa información de otra manera.
Podría ir al Ministerio y solicitarla directamente, allí está todo digitalizado y con solo presionar una tecla, aparecería en la pantalla del ordenador todo como por arte de magia. Pero, ¿quién es atendido en el momento en ese lugar? La burocracia de los funcionarios públicos de este país, no es ajena a este Ministerio provincial. Entre solicitud de cita, envío de informes, y esperas inútiles, se me iría la vida.
Me preparé una gran taza de café y deambulé por la casa tratando de hallar una respuesta, mientras Nico miraba los dibujos animados en el living y la solución me llegó de una manera impensada.
En un intervalo de la programación, creo que en la publicidad de una serie pronta a estrenar, alguien hizo mención del apellido Gamboa. Me palmeé la frente entonces al caer en la cuenta de cuan fácil podía ser la solución a mi dilema.
Conocía a un tal Gamboa. Me lo había cruzado en varias ocasiones en distintas escuelas, dijo ser encargado del sistema o algo así, ¿qué hacía en las escuelas? no lo sé. Pero recuerdo muy bien la ocasión en que me dijo que él por dos mangos con cincuenta hacía lo que le pidieran con el sistema sin preguntar.
Después de eso su rostro, redondo como una moneda, con unos anteojitos que no alcanzaban a cubrir esa mirada huidiza, como el que está escondiendo algo, me quedó grabada y lo reconocí luego en el bar de la esquina, donde acudía todos los días, tomándose un café y leyendo el diario a media mañana.
Así de sencillo fue, dejé a Nico mirando la tele bajo la supervisión de Raquel y me dirigí al bar.
Lo hallé como todos los días, detrás del diario. No tenía tiempo que perder, le mostré un par de billetes de los grandes y le expliqué lo que necesitaba y me preguntó para qué los quería.
Poner una excusa tonta como decir que deseaba reencontrarme con viejos alumnos no iba a funcionar. Así pues tuve que sacarme una buena de la galera: le dije que la policía precisaba las listas de alumnado desde 1998 a la actualidad. Al parecer, ciertos exalumnos se hallaban implicados en tráfico de drogas. Cuando me preguntó por qué carajos entonces me enviaban a mí en lugar de apersonarse ellos mismos, me encogí de hombros:
—El caso lo lleva adelante un tipo llamado Gerardo Martínez, él... es amigo mío. Me pidió que los buscara yo de favor para ahorrarle tiempo.
No me creyó, pero sí surtió efecto cuando los dos billetes se duplicaron. Refunfuñando y escupiendo duras críticas contra la policía, me dijo que volviera en una hora.
De este modo, antes del mediodía, conseguí los nombres de los más de mil alumnos a los que había impartido clases desde el inicio de mi carrera. Claro que en agradecimiento a su solícita diligencia, Gamboa me pidió que agregara un billete más. ¡El muy hijo de puta!
Pero ya estaba hecho, ya tenía lo que necesitaba.
Era preciso, en primer lugar, determinar si en verdad había tenido alguna vez en mi aula a un tal Oscar, y que este no fuera solo un tonto seudónimo.
Mientras Nico seguía mirando los dibujos animados en el living, me preparé otra gran taza de café y ocupé toda la mesa de la cocina con los papeles. Disponía de una hora antes de llevarlo al jardín de infantes, y al menos de tres antes de irme a dar clases al instituto de turismo.
Esa primera hora se fue enseguida, y con el tránsito perdí más tiempo aún. En ese primer rato hice poco y nada.
Por la tarde, una vez salí del instituto, y con Nico de regreso en casa, me dediqué a seguir revisando los registros.
Puede sonar sencillo, pero créanme que no lo es. Páginas y páginas con un montón de nombres que de tanto leer y releer ya se me estaban mezclando en un principio, pero después, despertó un lugar en mi memoria hasta entonces dormido, olvidado como todo lo que siempre me hizo daño.
Antes mencioné que mi estancia en las escuelas primaria y secundaria resultó ser un verdadero calvario y lo sostengo, por lo que estudiar un profesorado y tirarme de un trampolín de regreso al despiadado sistema educativo, no parece ser una decisión lógica.
Bueno, eso mismo pensé al principio, antes de iniciar la carrera.
Fue Hoffmann quien me convenció argumentando que si quería crecer y superar mis temores, debería hacerles frente, desafiarlos, vencerlos en su propio juego. Convencido, me inscribí en la carrera para convertirme en profesor de geografía.
La única materia, aparte de historia, que disfruté en mi juventud.
Con mi título de la Universidad Nacional del Litoral en mano empecé rápido, apenas recibido, enseñando en una modesta escuela pública como reemplazante.
Con el tiempo logré convertirme en el titular de la cátedra en varios establecimientos. Contabilizando las escuelas en las que aún trabajaba, en las que había reemplazado, y otras en las que sin ir más lejos, había presentado mi renuncia; había dictado clases en casi veinte instituciones diferentes.
Era comprensible pues, que no recordase a la mayor parte de mis viejos alumnos, incluyendo al maldito Oscar.
1998.
Han pasado siglos, el mundo cambió mucho desde entonces, la gente se viste diferente, Britney Spears ya no encabeza el ranking de los más pedidos y los celulares parecen ser tan necesarios como el aire que respiramos.
Y ahí estaba yo con veintitrés años, un título universitario y una experiencia laboral casi nula; a excepción de una pasantía como ayudante de cátedra. Hasta que llegó el gran día: fui llamado para un reemplazo.
El año lectivo comenzaba, y la profesora titular pasaba por su segundo embarazo. David conocía a la directora, consiguió el dato y le habló de mí. Así fue como el lunes dos de marzo de ese mismo año terminé ahí, libro en mano, listo para dar el primer paso.
Pero más allá de lo maravilloso que resultaba al fin poder jugar en las grandes ligas, los viejos enemigos del pasado fueron a saludarme: los nervios, los prejuicios...
Bueno, les estoy hablando de mi carrera docente y de los viejos enemigos del pasado que no podrán entender si no les cuento un poco sobre mi cruenta infancia.
***
Yo era un niño callado, distante, incapaz de hallar la diversión en juegos simples como las escondidas. Me molestaban por ello, pues si yo era diferente, entonces parecía justo que me tratasen diferente.
Mi hogar no fue un gran consuelo, cada día encontraba a mi madre trabajando sin descanso, haciendo changas de aquí para allá, solo para asegurarme el plato de comida.
Desde el momento en el que encerraron a mi viejo, la familia se fue a pique.
Mamá vivía ofuscada en sus cosas, mis hermanos me odiaban y yo no podía hacer otra cosa más que albergar esperanzas de que algún día, por obra y gracia de quien nos mira desde allá arriba, los errores se revirtieran y volviésemos a ser una familia feliz.
A mis treinta y siete años no recuerdo muy bien la cara de papá, así como tampoco guardo recuerdos nítidos de aquellas primeras sesiones en las que, tal parece, revelé a mi psicólogo lo que él me hizo.
Él habló con mamá y juntos hicieron la denuncia. Mis padres ya estaban próximos a separarse, por lo que no resultó tan difícil para ella.
Nunca tuve mucho conocimiento acerca del caso, ni siquiera en mi adolescencia. Cuando sacaba el tema a mi madre, ella se enfurecía y me gritaba que dejara de preguntar estupideces. Hoffmann, aunque mucho más sutil que ella, también insistía en no profundizar demasiado sobre el traumático proceso judicial que había escupido a mi padre en la cárcel. Pasó catorce años encerrado antes de morir, tiempo en el cual no se me permitió visitarle jamás.
Mamá murió en el noventa y nueve, vivió lo suficiente como para verme convertido en un adulto maduro y encaminado. Supongo que se habrá sentido orgullosa.
Nunca tuve una gran relación con mis tíos o primos; mis hermanos siguen sin hablarme desde que testifiqué contra papá.
A excepción de la voz consoladora de Hoffmann, que a fin de cuentas hace su trabajo, nadie me ha prestado mayor atención.
Sin embargo, en la primaria —fui a la escuela pública Benjamín Gorostiaga—, logré hacer un amigo: Marcelo Giacosa.
Nos conocimos en tercer grado en un recreo —él estaba en otra división—, jugando a las escondidas. Sí, a pesar de que las odiaba, estaba jugando a las escondidas; por casualidad ambos elegimos y compartimos el mismo escondite y casi al instante nos hicimos amigos.
Con su actitud suelta y divertida siempre lograba sacarme una sonrisa. Pronto se convirtió en la única persona, además de mi madre y Hoffmann, en la que yo confiaba, y cierto día le revelé mi oscuro secreto. Marcelo se horrorizó. No solo no volvió a hablarme, sino que se lo contó a otro de sus amigos, quien se encargó de esparcirlo por toda la escuela.
El dolor y el resentimiento acabaron por convertirme en una persona odiosa y altanera. En un ser frustrado.
Tuve otras seudoamistades en la secundaria, pero nunca fueron importantes para mí y también acabaron.
Un día decidí que la única persona por la cual me preocuparía desde entonces sería por mí mismo; los demás podían irse a la mierda.
***
Ahora que he explicado con más detalle mis primeros años, supongo que no se extrañarán al saber que en mi primer día como profesor, justo antes de cruzar la puerta y enfrentar a la clase, relajé todos los músculos, forcé la expresión más seria posible, entré, y en cinco minutos dejé bien en claro quién impondría las reglas del juego. Si no iban a quererme, haría que me temieran; solo así me respetarían.
Desde entonces, creo que esa fue la única imagen que supe dar en mis clases. Y sí, es probable que me haya excedido en ciertas ocasiones, puede incluso que me haya excedido con ese tal Oscar.
En cuanto a Marcelo Giacosa, no había vuelto a dirigirle la palabra. Le perdí el rastro después de la escuela primaria, pero su rostro siguió grabado en mi mente.
No quería verlo, ni a él ni a los demás; por eso no fui a la reunión por las bodas de plata de la Gorostiaga, meses atrás. ¿Quién quería reencontrarse con toda esa basura?
Yo no.
Pero volvamos a mi investigación. Dejé a un lado las hojas del registro de una de las primeras escuelas en las que había trabajado. Tomé el registro de la escuela Belgrano.
Comencé con los más antiguos. Recorrí los nombres de arriba abajo e hice una copia a mano por las dudas: Isabel Alfaro, Marta Barbera, Julio Cambra, Mauro Contelles, Jessica Estrada... No recordaba a ninguno de ellos.
Avancé a los años siguientes, leyendo y releyendo esos nombres olvidados, sin encontrar a ningún Oscar. Hasta entonces, el nombre lo había leído cuatro veces en los registros de otras escuelas. El mismo se repetía con distintos apellidos: Gaminara, Ochoa, Valdés, Fazio. Los recuerdo a todos porque también los anoté, y fueron mis principales sospechosos por varios minutos, hasta que descubrí al verdadero.
Según las siguientes páginas del registro de la escuela Belgrano, tanto en la de 1999 como en la del 2000, no había ingresado ningún alumno con ese nombre a primer año. Las hojas blancas con esos diminutos caracteres negros me mareaban. Estaba necesitado de anteojos, solo que venía posponiendo la visita al oftalmólogo hacía tiempo ya.
Pasé a la cuarta hoja, la del año 2001. Bajo la misma se podía leer a la perfección un nombre ubicado en el sector inferior de la página: Oscar Sosa. Junto a él figuraban también su DNI y la fecha de nacimiento.
Otro más para la colección, ya iban cinco.
Hasta el momento ese era el primer registro que hallaba con una anomalía, porque al año siguiente ese nombre desaparecía. Supuse que tal vez se hubiera cambiado de escuela, o quizás lo habrían expulsado por mal comportamiento. Esto último reforzó mi idea de que era él el exalumno al que estaba buscando. Un alma tempestuosa, complicada, violenta. Alguien con la suficiente dosis de locura y los huevos como para robarse un cuerpo del cementerio. Sería ese quien, pasados tantos años, aun me odiaría lo suficiente como para llegar a esos extremos.
Pero sin el legajo no tenía nada, estaba en el punto de partida.
No quería molestar a Gladys, mas no tuve otra opción. Las ansias me desbordaban, marqué el número de la preceptora en mi celular y esta atendió al tercer timbrazo:
—¿Hola? —gruñó molesta. Se había hecho tarde.
—¿Gladys? Soy yo, Cristian.
—¡Ah!
Su tono era insensible y hasta molesto, me las tuve que apañaran para tratarla con cariño, en ese momento me hubiera gustado mandarla al carajo.
—¿Qué? ¿Qué pasa Gómez, qué necesitás? —me preguntó con impaciencia.
—Es que estaba en casa, recordando viejos tiempos...
No sé qué se le cruzó por la cabeza, tal vez creyó que recordaba los días felices con Irene, lo cierto es que se ablandó. Por las dudas no dije nada, que pensara lo que quisiera.
—¡Ahhh! Sí, los viejos tiempos siempre son mejores —dijo—, pero ya pasaron.
—Bueno —carraspeé para darme tiempo—, me puse a pensar en los primeros tiempos de mi entrada en la escuela y recordé a un chico...
—A un chico —repitió y por el cambio en el tono de su voz noté que se ponía a la defensiva y continuó con precaución—, tantos chicos pasaron por esta escuela desde que entraste Gómez.
—Sí, sí, ya sé... Pero me parece que estuvo poco tiempo, se me ocurre que capaz este chico se haya pasado a otra escuela, o —me atreví un poco más—, no sé en una de esas lo echaron.
—¿Qué chico?
—Oscar Sosa. No creo que te acuerdes, ya pasó mucho...
—Ah sí, Sosa —me interrumpió, y guardó silencio por un instante.
—¿Te acordás de él? ¿Qué pasó con ese chico? ¿Lo expulsaron?
La preceptora suspiró como quien busca desembarazarse de un pesar enorme que no deja vivir en paz. Ella se tomó un momento para contestar, puede que para elegir con más cuidado sus palabras:
—No se comentó mucho a pedido de la madre que nos hizo firmar un acuerdo de confidencialidad. No quería... publicidad.
—¿Qué pasó, Gladys?
—Que se suicidó, Cristian. El pibe se mató.
***
Nunca fui un hombre supersticioso; aún así, cuando supe que Oscar Sosa llevaba doce años muerto, el alma se me cayó a los pies, como si hubiera visto un fantasma, la garganta se me secó.
—¿Cristian? —preguntó Gladys—. ¿Pasa algo?
—No nada —me apresuré a responder—, es que... pateé la pata de la mesa y estaba descalzo.
—¿Con este frío? ¡Lo único que falta es que te enfermes!
—Está haciendo bastante calor me parece. Igual no te preocupes, ya me voy a ir a acostar.
Dirigí una mirada rápida a la pila de hojas que me había entregado Gamboa.
—Gladys, ¿qué le pasó a Sosa? No me acuerdo de nada.
Durante los siguientes minutos, Gladys Cornier me lo explicó todo: Oscar Sosa se suicidó el trece de agosto de 2001, el mismo año en el que había comenzado la escuela secundaria. Por lo que la preceptora sabía, el chico de tan solo catorce años, había tomado la triste decisión de quitarse la vida para huir del acoso de sus compañeros de clase.
Otra víctima del bullying, antes de que se popularizara el término. Lo había investigado por mera curiosidad: el sueco Dan Olweus lo acuñó por primera vez en 1978, al traducir al inglés su libro «Agresiones en la Escuela».
Бесплатный фрагмент закончился.
