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Perdón, compasión y esperanza



Perdón, compasión y esperanza10
Euclides Eslava–Compilador–


Perdón, compasión y esperanza / Euclides Eslava (compilador). -- Chía: Universidad de La Sabana, 2020

Incluye bibliografía

ISBN: 978-958-12-0546-2

e-ISBN: 978-958-12-0547-9

DOI: 10.5294/978-958-12-0546-2

1. Perdón 2. Compasión 3. Esperanza 4. Amor de Dios I. Eslava, Euclides. II. Universidad de La Sabana (Colombia). III. Tit.


CDD 234.5 CO-ChULS


RESERVADOS TODOS LOS DERECHOS

© Universidad de La Sabana

Facultad de Filosofía y Ciencias Humanas

© Catalina Bermúdez

© Franklin Buitrago Rojas

© Hernán Cardona Ramírez

© Juan Alberto Casas Ramírez

© Euclides Eslava

© Jesús David Girado-Sierra

© Philip Goyret

© Bogdan Piotrowski

© Ana Lucía Rueda de Prieto

© María Fernanda Torres

© Obdulio Velásquez

Primera edición: junio de 2020

ISBN: 978-958-12-0546-2

e-ISBN: 978-958-12-0547-9

DOI: 10.5294/978-958-12-0546-2

Conversión ePub: Lápiz Blanco S.A.S.

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DIAGRAMACIÓN Y DISEÑO DE CUBIERTA

Angélica Ramos

CORRECCIÓN DE ESTILO

Nathalie De la Cuadra

HECHO EL DEPÓSITO QUE EXIGE LA LEY

Queda prohibida la reproducción parcial o total de este libro, sin la autorización de los titulares del copyright, por cualquier medio, comprendidos la reprografía y el tratamiento informático. Esta edición y sus características gráficas son propiedad de la Universidad de La Sabana.

AUTORES

Catalina Bermúdez

Franklin Buitrago Rojas

Hernán Cardona Ramírez

Juan Alberto Casas Ramírez

Euclides Eslava

Jesús David Girado-Sierra

Philip Goyret

Bogdan Piotrowski

Ana Lucía Rueda de Prieto

María Fernanda Torres

Obdulio Velásquez

CONTENIDO

Presentación

Introducción

El perdón cristiano

Philip Goyret

Dios ante el sufrimiento humano: perdón, compasión y esperanza

Fr. Franklin Buitrago Rojas, O.P.

La venganza de Dios…, enjugar las lágrimas de los oprimidos. Una lectura de Apocalipsis 6,10

Juan Alberto Casas Ramírez

Islas de compasión en un mar de indiferencia. Rajám, rajamím en Jesús de Nazaret

Hernán Cardona Ramírez, SDB

La compasión: emoción dolorosa, fundamento del amor cristiano

Jesús David Girado-Sierra

El perdón en Paul Ricoeur. Geografía ricoeuriana del perdón

María Fernanda Torres

Tríptico romano de san Juan Pablo Magno, el poemario sobre la esperanza

Bogdan Piotrowski

Justicia, religión y libertad. El pensamiento político de Benedicto XVI

Euclides Eslava

Cultura del encuentro: una invitación a la esperanza

Ana Lucía Rueda de Prieto

“La hora de los laicos” en América Latina. De Medellín a Francisco

Catalina Bermúdez

PRESENTACIÓN

El perdón, la compasión y la esperanza son temas siempre vigentes para el ser humano, pero podemos decir que en las circunstancias actuales de nuestra sociedad cobran mayor relevancia. Por esa razón, me alegra resaltar el significado que tiene para la Universidad de La Sabana, desde su inspiración en el humanismo cristiano, esta publicación que abre un nuevo espacio para el diálogo entre teólogos del país y de otras regiones sobre un tema tan importante, actual y necesario en nuestra sociedad.

Además, no solo se trata de promover el diálogo interinstitucional de una sola disciplina, sino también con otras ciencias, en este caso las sociales. Es el espíritu que guía estas páginas, que aspiran a ser las primeras de una nueva serie: fomentar la conversación entre la teología y la cultura, la articulación de la ciencia teológica con los demás saberes; de esa manera, se permitirá la mutua iluminación, convencidos de que la fe y la razón se enriquecen recíprocamente.

San Josemaría, el Inspirador de la Universidad de La Sabana, esperaba que en ella se formaran personas doctas y con sentido cristiano de la vida. Con esa perspectiva de fondo, afirmaba: “Queremos que en este ambiente, propicio para la reflexión serena, se cultive la ciencia enraizada en los más sólidos principios y que su luz se proyecte por todos los caminos del saber” (Discurso 25-10-1960).

Desde los primeros pasos de esta Universidad hemos procurado esa proyección de la luz teológica en los caminos del conocimiento. Sobre esa tradición, estamos trabajando el proyecto de una Maestría en Teología que esperamos ofrecer en poco tiempo. Con esa perspectiva, acaba de comenzar su andadura el Centro de Estudios para el Desarrollo Humano Integral (Cedhin) que está uniendo esfuerzos de diversas disciplinas como el derecho, las ciencias empresariales, las ciencias políticas, la filosofía y la Teología para afrontar problemas reales como la ecología, las migraciones o la formación ciudadana. Algunos de estos frentes se revisan en este libro, por ejemplo: la política en el pensamiento de Benedicto XVI, la cultura del encuentro que promueve el papa Francisco o el papel de los laicos en las circunstancias actuales de América Latina.

Basta ver la variedad de autores convocados en esta publicación para notar la importancia de este tipo de iniciativas, que fomenten la convergencia de la comunidad académica, y de la sociedad en general, en torno al contacto entre la fe, la razón, la ciencia y la cultura. De esa manera, se iluminarán los derroteros de la sociedad actual con la luz de la investigación y del Evangelio.

Espero que esta primera publicación del proyecto sobre Teología y cultura sea el inicio de una larga historia de aportaciones al diálogo académico interdisciplinar, que resalte el papel de la Teología como integradora de saberes y que amplíe la perspectiva del estudio científico al brindar el saber sapiencial, el sentido último para las demás disciplinas, y al garantizar una perspectiva trascendente y un horizonte más humano para el trabajo universitario.

Obdulio Velásquez

Rector y profesor de Responsabilidad Civil

Universidad de La Sabana

INTRODUCCIÓN

Desde los tiempos de Caín y Abel, la convivencia humana parece condenada a padecer conflictos y violencia debido a las injusticias, las venganzas y los odios de diverso cuño. Junto con ese destino, la humanidad experimenta el ansia de una coexistencia armónica, como requisito para alcanzar el desarrollo y la verdadera paz, que se sitúa más allá del mero silencio de las armas. Todos los análisis concluyen que, para lograrlo, se requiere el diálogo, que lleva a la pregunta por la reparación de las ofensas como condición para el recomienzo de las relaciones pacíficas.

Pero la sola justicia no basta. También es necesaria la disposición a perdonar y a reconciliarse, que potencia toda posibilidad de diálogo. En esta obra multidisciplinar e interinstitucional, se intenta ofrecer luces desde diversas perspectivas sobre un tema siempre tan actual. Con este volumen comienza una nueva serie editorial que intentará dejar testimonio escrito de los diálogos entre Teología y cultura que la Universidad de La Sabana quiere fomentar con ocasión del proyecto de su Maestría en Teología.

En primer lugar, Philip Goyret expone la naturaleza esencialmente religiosa del perdón, un argumento que ya había vislumbrado, entre otros, H. Arendt (2005), quien afirmaba que

El descubridor del papel del perdón en la esfera de los asuntos humanos fue Jesús de Nazaret. El hecho de que hiciera este descubrimiento en un contexto religioso y lo articulara en un lenguaje religioso no es razón para tomarlo con menos seriedad en un sentido estrictamente secular1.

El decano de Teología de la Universidad de la Santa Cruz concluye que “el perdón es la característica sobresaliente del cristianismo. Solo se puede entender en un contexto de amor”, de un amor que ordena perdonar siempre y en todo, como perdona Dios.

Una manifestación práctica de esta afirmación es el estudio de Franklin Buitrago, quien demuestra en su trabajo con víctimas del desplazamiento forzado en Colombia que el cristianismo popular de las personas que entrevistó “ha asimilado rasgos fundamentales de la fe bíblica y permite, en un buen número de casos, darle un sentido a experiencias tan duras como la violencia, el desplazamiento forzado y la muerte de seres queridos”.

Juan Alberto Casas Ramírez afronta esa misma óptica de la víctima, pero en un texto del Apocalipsis (6, 10), donde los mártires suplican a Dios con insistencia: “¿Hasta cuándo, Dueño santo y veraz, ¿vas a estar sin hacer justicia y sin vengar nuestra sangre de los habitantes de la tierra?”. El clamor de venganza, que se repetirá a lo largo de la historia, tiene una respuesta inesperada por parte del Señor: “el Cordero que está delante del trono los apacentará y los conducirá hacia fuentes de aguas vivas. Y Dios enjugará toda lágrima de sus ojos” (Apocalipsis 9, 17). Casas resalta que “el modo como Dios responde al clamor de venganza por parte de las víctimas no es atacando a los opresores, sino enjugando las lágrimas de los oprimidos, dándoles consuelo”. Quizá puede servirnos como luz para nuestros procesos actuales de reconciliación: insistir en el cuidado de las víctimas, en su atención cariñosa, sin descuidar la atención a la justicia.

La perspectiva religiosa sugiere investigar cómo se entiende la misericordia divina en los textos sagrados. Desde esa visión, Hernán Cardona Ramírez propone utilizar con mayor frecuencia el término compasión, que “va mucho más allá de la empatía, la compasión es la percepción y la compenetración en el sufrimiento del otro, y el deseo y la acción de aliviar, reducir o eliminar por completo tal situación compleja, dolorosa, necesitada de una salida”. Ese cuidado o compasión equivale, en palabras de Cardona, a la misericordia, que es uno de los principales atributos de Dios en la Biblia.

A la orientación teológica planteada hasta aquí se le une en esta obra la perspectiva filosófica. Por ejemplo, David Girado concluye que el cristianismo aporta a la tradición griega una perspectiva nueva, la caridad. A la luz de la parábola del buen samaritano, infiere que

el prójimo no solo es a quien se le hace próximo, sino aquel que se hace próximo al miserable, aunque originariamente no haya nada en común; alguien se hace prójimo una vez es capaz de ponerse en la situación de sufrimiento o necesidad del otro, pero, no es esto posible si antes no se consideró al necesitado de ayuda como alguien a quien se está dispuesto a auxiliar, como si fuera “uno de los míos”.

También desde la filosofía, María Fernanda Torres explora la doctrina de Ricoeur sobre el perdón y concluye que

[…] si hay algo característico en el perdón ricoeuriano es la asimetría que se produce entre culpa y perdón. […] Ricoeur ubica el perdón entre los dos extremos, y evidencia así una disparidad vertical: la profundidad de la culpa y la altura del perdón que se deriva del amor a los enemigos, un mandato que parece imposible.

Estas meditaciones sobre el perdón abren la mirada a la esperanza en un futuro mejor, al compromiso —también político— que conlleva el desafío religioso para construir una sociedad pacífica, reconciliada y justa. En ese sentido, los últimos papas aportan luces que guían el tortuoso sendero.

San Juan Pablo II, pontífice poeta, expone en su último poemario publicado, Tríptico romano, una meditación sobre la esperanza. De acuerdo con su traductor al castellano, Bogdan Piotrowski, “el tema de la esperanza siempre era muy contemplado y vivido por Karol Wojtyla y Juan Pablo II, pero se intensificó a finales de su vida. Su evolución refleja una creciente maduración y —¿por qué no reconocerlo?— su preparación para el encuentro con Dios”.

Una de las facetas del amplio pensamiento de Joseph Ratzinger/Benedicto XVI es el mundo de la política, como escribe el papa Francisco. En esta obra, me baso en las conclusiones de un estudio previo sobre este aspecto de sus publicaciones antes de ser elegido papa, y las comparo con sus discursos pontificios de índole política. Se colige que los temas principales de sus alocuciones políticas son el derecho, la ley natural y la religión; si bien lo más llamativo es que el primer concepto que aparece en ellos es el de la libertad, como elemento que une todos los demás. Su encíclica Caritas in veritate merece un estudio aparte; de ella podemos tomar una cita oportuna para el tema del perdón: “la ‘ciudad del hombre’ no se promueve solo con relaciones de derechos y deberes, sino, antes y más aún, con relaciones de gratuidad, de misericordia y de comunión. La caridad manifiesta siempre el amor de Dios también en las relaciones humanas” (n. 6).

Finalmente, el magisterio del papa Francisco se aborda en este libro desde dos ángulos diversos. Por una parte, Ana Lucía Rueda relaciona dos conceptos clave de la pastoral del pontífice argentino: la cultura del encuentro y la Iglesia en salida. Su conclusión es que esas dos ideas

[…] instan a la vida académica para que sea un eslabón más en la cadena de la paz, y así demostrar que el cambio es posible, que los males del mundo no se resuelven con lamentos, sino buscando formas productivas de solucionar los múltiples conflictos y llamando al corazón de los estudiantes para que no se dejen ganar por la indiferencia.

Por otra parte, Catalina Bermúdez estudia “la hora de los laicos” como fruto del “renovado y creciente impulso misionero que […] convoca a “una Iglesia en salida”, llamada a promover en todas las esferas de la sociedad una cultura y una experiencia profunda de integración, solidaridad, encuentro y transformación”.

Puede ser útil meditar, antes de comenzar la lectura de estas interesantes aportaciones, el consejo del Inspirador de nuestra Universidad: “Esfuérzate, si es preciso, en perdonar siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que por grande que sea el perjuicio o la ofensa que te hagan, más te ha perdonado Dios a ti” (san Josemaría, Camino, n. 452).

Euclides Eslava

Director Departamento de Teología

Facultad de Filosofía y Ciencias humanas

Universidad de La Sabana

Notas

1 La condición humana. Barcelona: Paidós, p. 258. En este mismo sentido, cf. Derrida, J. (2003). El siglo y el perdón. Fe y saber. Buenos Aires: Ediciones de la Flor.


EL PERDÓN CRISTIANO
Philip Goyret*

Los que estamos en la séptima década de nuestra vida recordaremos seguramente la película Love Story, tomada de la novela de Erich Segel y dirigida por Arthur Hiller a principios de los años setenta. Éramos adolescentes rodeados de hippies, con el Festival de Woodstock fresco en nuestra memoria. Tal vez todavía silbamos el tema principal, que era por entonces muy popular. Una de las frases más conocidas pronunciadas por el personaje principal y citada con frecuencia en los trailers de la película, en el libro y en el disco (aquellos viejos discos negros de vinílico de 33 rpm...) decía: “amar significa nunca tener que pedir perdón”. Esta frase se convirtió en un lema para una generación que necesitaba olvidarse de los horrores de la guerra de Vietnam. La película ponía la ternura y el afecto en primer plano, enfatizando la felicidad que había estado ausente en la jungla vietnamita. Se estimulaba un cierto sentimentalismo nostálgico, mezclado con la tendencia, característica de aquellos años, a escapar de la realidad.

Sin embargo, un análisis en profundidad del significado de esa frase pone de manifiesto su desarmonía con la perspectiva cristiana de la vida. Para comprender esto mejor, puede ayudarnos su comparación con otra frase, pronunciada por un sacerdote católico en esos mismos años. Después de escuchar a alguien que le había explicado cuánto había sufrido a causa de diversas calumnias, el sacerdote le dijo: “Tienes que aprender a perdonar”. Inmediatamente después, recordando experiencias personales similares, agregó, como hablando consigo mismo: “yo no he necesitado aprender a perdonar, porque el Señor me ha enseñado a querer” (san Josemaría Escrivá, 2012, n. 804). El verdadero amor incluye el perdón; si es auténtico, el amor necesariamente rechaza el resentimiento, la venganza y el rencor.

Aunque el vínculo entre amor y perdón surge de la naturaleza humana en sí misma, este se debilita seriamente como consecuencia del pecado y en muchos casos desaparece por completo. En algunas culturas y religiones esto sucede no solo como una cuestión de hecho, sino también a nivel de principios. Ahora bien, el cristianismo, entre otras cosas, viene a la humanidad para restablecer este vínculo esencial entre amor y perdón y, de hecho, considera que esta es su característica sobresaliente. Un cristiano perdona, o al menos debería perdonar. La vida cristiana tiene su origen en la Muerte y la Resurrección de Cristo, quien sufrió la Pasión perdonando a sus torturadores y volvió a la vida perdonando la negación de Pedro. Podríamos decir que los cristianos deben ser reconocidos porque perdonan.

Pero ¿qué significa todo esto? ¿Es este un lenguaje válido hoy? ¿No es importante que prevalezca la justicia, dando a cada uno lo que se merece y castigando —no perdonando— los crímenes? ¿No es antinatural el perdón, no va contra el sentido común, no niega la verdad, cancelando de la historia lo que realmente sucedió? ¿Podemos pedir a “personas normales” que perdonen, teniendo en cuenta que probablemente es lo más difícil que se puede pretender de alguien? La superficialidad nos lleva con frecuencia a pensar en el perdón como una simple fórmula de cortesía, como cuando alguien te detiene por la calle para pedirte una dirección, comenzando con “disculpe, ¿podría por favor indicarme...?” Pero cuando llega la verdadera agresión, cuando tu honor es denigrado, cuando tu cuerpo es herido, cuando tu propiedad es dañada, cuando tu amor es rechazado, cuando tu gente es asesinada, ¿cómo puedes perdonar? Nos incumbe, entonces, establecer por qué es tan importante que los cristianos perdonen, qué significa realmente perdonar y cómo podemos llegar a perdonar. La pretensión no es fácil ni breve, pero al menos podemos tratar de señalar, en estas pocas páginas, el sendero principal que nos lleve hacia respuestas satisfactorias.

Un Dios que perdona

El punto de partida es Dios, en cuyo nombre de algún modo está ya inscrita la idea del perdón. Cuando Moisés, delante del arbusto en llamas, pregunta a Dios por su nombre, recibe como respuesta las célebres palabras “Yo soy el que soy” (Ex 3,14), palabras que descifran el tetragrama hebreo “Jwhw”, Yahvé (Schneider, 2000, p. 478). La respuesta completa, sin embargo, se encuentra varios capítulos más adelante en el mismo libro del Éxodo, durante el encuentro de Moisés con Yahvé en la cima del monte Sinaí: se dice en Ex 34,5-6 que “Moisés invocó el nombre de Yahvé. Yahvé pasó por delante de él y exclamó: ‘Yahvé, Yahvé, Dios misericordioso y clemente, tardo a la cólera y rico en amor y fidelidad”. El “nombre de Yahvé” invocado es pues el nombre de un “Dios misericordioso y clemente”, como se repite luego muchas veces a lo largo del Antiguo Testamento.

En ambiente específicamente cristiano profesamos nuestra fe en “Dios, Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, y de todas las cosas visibles e invisibles”. La paternidad y la omnipotencia están aquí vinculadas, junto con la creación de todas las cosas, siguiendo la afirmación del Símbolo de nuestra fe. Podemos hablar de una “omnipotencia paterna” de Dios, no solo como potencia ilimitada de creación, sino también como paternidad en su plenitud. Esto nos conduce a entender que el perdón, como un aspecto de la paternidad de Dios hacia el hombre, existe en Él también en plenitud. Para aferrar esta idea, hay que recordar que la paternidad auténtica y el perdón se unen en la fidelidad. O sea, el padre que perdona es fiel a su paternidad, porque perdonando dona nuevamente la vida, permitiendo al hijo volver a empezar. Esto está maravillosamente expresado en la parábola del hijo pródigo, en la que la fidelidad del padre a su paternidad se traduce en la misericordiosa acogida del hijo (san Juan Pablo II, 1980, n. 6). El perdón permite a Dios manifestar toda su paternidad. En coherencia con ello, Dios no abandonó al hombre después del pecado de Adán, sino que, por el contrario, “rediseñó” su plan sobre la humanidad y decidió enviar a su propio Hijo para actualizar su perdón. El hecho de que Dios Todopoderoso en lugar de simplemente eliminar al hombre lo perdone nos da una idea de lo importante que es el perdón. Dice santo Tomás de Aquino: “Dei omnipotentia ostenditur maxime parcendo e miserando” (S.Th. I, 25,3, ad 3). Dios es tan misericordioso, desea tanto perdonar al hombre, que envió a su propio Hijo para sanar a la humanidad manchada por el pecado, que no supo pedir perdón y, en consecuencia, no pudo recibirlo. El perdón es un aspecto del amor y, como tal, puede recibirse solo cuando el corazón está abierto a él, cuando el orgullo y el egoísmo son eliminados por el amor redimido. El perdón es entonces la clave que activa todo el proceso de salvación.

Conviene tener presente que nuestra vida es un don de Dios: nadie ha forjado para sí mismo su propia vida. Y si la vida recibida de Dios es un don, el “per-dón” es un “don” que alcanza su plenitud (como suele suceder en el latín clásico cuando se añade el prefijo aumentativo “per” a un concepto, Cfr. Gouhier [1969], p. 37). Podemos decir que el perdón recibido de Dios es un don más grande que nuestra vida; podemos así entender que el atributo “misericordioso” aplicado a Dios es extremadamente certero.

Cristianismo y perdón

Debería ser ahora más fácil percibir por qué el perdón es la característica sobresaliente del cristianismo. Solo se puede entender en un contexto de amor. El Señor dijo: “Así es como todos sabrán que son ustedes mis discípulos, si se aman los unos a los otros” (Jn 13,35). El perdón es precisamente el amor en su manifestación más profunda y, por consiguiente, es ilimitado. Jesús enfatiza esto de modo contundente: cuando Pedro le pregunta: “Señor, si mi hermano peca contra mí, ¿con qué frecuencia debo perdonarlo? ¿Hasta siete veces? Y Jesús responde: Te digo, no siete veces, sino setenta veces siete” (Mt 18,21-22). Naturalmente, Jesús no quiso decir 490 veces, sino siempre.

La ecuación es simple: lo primero es recordar que el cristianismo tiene que ver con el amor. Deus caritas est es el nombre de la primera Encíclica del papa emérito Benedicto XVI. En ella se anima a todos a concentrar sus esfuerzos en el núcleo de nuestra fe, es decir, en la caridad. Como escribió el apóstol Juan, “Dios es amor, y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1Jn 4,16). El segundo paso exige reconocer que el amor cristiano supera con creces el precepto ya existente en el Antiguo Testamento de amar a nuestro prójimo. En el Sermón de la Montaña, que es como la “Carta Magna” de la Iglesia, el Señor explica esta diferencia utilizando un lenguaje contrastante: “Han oído que se dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo les digo que no hagan frente al que les hace mal: al contrario, si alguien te da una bofetada en la mejilla derecha, preséntale también la izquierda” (Mt 5,38-39). Con estas palabras fuertes el rencor es superado por el amor, la venganza pierde legitimidad y el perdón pasa a la primera posición. Este precepto llega a su apogeo con una asombrosa exhortación: “Ustedes han oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pero yo les digo: Amen a sus enemigos, rueguen por sus perseguidores; así serán hijos del Padre que está en el cielo, porque él hace salir el sol sobre malos y buenos y hace caer la lluvia sobre justos e injustos” (Mt 5,43-45).

El tercer paso consiste en reconocer que perdonar las ofensas que recibimos condiciona el perdón que recibimos de Dios. Todos los domingos oramos: “perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos a los que nos ofenden”, y en Mt 18,23-34 leemos la parábola del siervo condenado porque su amo le había perdonado una enorme deuda, mientras que él no fue capaz de perdonar una mucha más pequeña a un compañero suyo. Estos pasajes están conectados, porque la relación de amor entre Dios, nosotros mismos y nuestro prójimo depende del perdón. Lo que dice san Juan en una de sus cartas: “Amados, si Dios nos ama, también debemos amarnos los unos a los otros” (1Jo 4,11) es paralelo a lo que san Pablo dice a los Colosenses: “como el Señor te ha perdonado, así también debes hacer tú” (Col 3,13). En ambos casos hay una “condición” que no es ni una “medida” (como decir “Te perdonaré en proporción a lo que perdonas a los demás”), ni una “decisión arbitraria” de Dios, como si Él nos estuviera pidiendo algo que realmente no se conecta con lo que nos concede. En cambio, cuando una persona no perdona, al mismo tiempo cierra su corazón para recibir el perdón. La frase “quien ama a Dios debe también amar a su hermano” (1Jn 4,21) es una ley inscrita en la naturaleza del corazón humano, de tal manera que la palabra “debe” no significa realmente una obligación (que, de todas maneras, existe), sino una manifestación. Es como decir: si no amas a tu hermano, no amas a Dios. Teniendo en cuenta que el perdón es un aspecto del amor, podemos (y debemos) aplicar la regla de esto último a lo primero: si no perdonas a tu hermano, realmente no deseas el perdón de Dios. Esto es lo que está en el centro de una sentencia del catecismo de la Iglesia católica cuando se dice:

Este derramamiento de misericordia no puede penetrar en nuestros corazones mientras no hayamos perdonado a los que nos han ofendido. El amor [...] es indivisible; no podemos amar al Dios que no vemos si no amamos al hermano o hermana que vemos. Al rehusar perdonar a nuestros hermanos y hermanas, nuestros corazones se cierran y su dureza los hace inmunes al amor misericordioso del Padre; pero al confesar nuestros pecados, nuestros corazones se abren a su gracia. (n. 2840)

Antropología del perdón

Todo esto quedaría en agua de borrajas si no reconocemos valientemente que perdonar es difícil. Acertadamente, dice Paul Ricoeur (2000) que esto es así porque “la experiencia de la ofensa tiene lugar primordialmente en el ámbito del sentimiento” (p. 596). Efectivamente, la ofensa incide primero en el ámbito emocional y este hace de “caja de resonancia en el espíritu, el cual puede sentirse incapaz de tomar la decisión de perdonar” (Cárdenas, 2014, p. 488). Dicho esto, conviene inmediatamente añadir, de nuevo con palabras de Ricoeur: perdonar “no es fácil, pero no es imposible” (p. 593). El camino para lograrlo pasa por el reconocimiento del vínculo esencial entre pedir perdón y otorgar perdón, algo que surge de la unidad del corazón humano. El orgullo es lo que nos impide la “humillación” de pedir perdón. El mismo orgullo hace que sea difícil o imposible perdonar, o nos lleva a conceder un “falso perdón”: como cuando alguien “perdona” humillando al perdonado. Lo mismo que nos impide otorgar y recibir el perdón con respecto a nuestro prójimo nos impide recibir de Dios el perdón que nos ofrece. Este contexto nos debería ayudar a entender mejor lo que san Juan Crisóstomo, obispo de Constantinopla durante el cambio de los siglos IV-V, decía:

El Señor quiere dos cosas de nosotros: que consideremos nuestros propios pecados y que perdonemos a nuestro prójimo [...]. Porque alguien que considera sus propios pecados está mejor dispuesto a perdonar los pecados de su compañero. Y a perdonar no solo con palabras, sino con el corazón [...]. Intentemos, por lo tanto, no lastimar a nadie, para que Dios nos ame. Por eso, aunque le debemos diez mil talentos, Él se apiadará de nosotros y nos perdonará. (In Matthaeum Homiliae 61, 5)

Porque el perdón es una forma de amar, la más profunda; cuando perdonamos, crecemos como seres humanos, como sucede con todo acto de amor. Las relaciones con nuestro prójimo son parte integral de nuestra personalidad: ser persona es ser persona en relación. Como leemos en la Introducción al cristianismo de Ratzinger (2018): “la forma más elevada del ser se encuentra en el elemento de la relación”, y esto, aplicado al hombre, es una “revolución”, en cuanto “no se considere como lo más alto […] la autarquía absoluta y cerrada en sí misma, sino que lo más alto vaya unido a la relación, a la fuerza creadora que crea, sostiene y ama a otros” (p. 14). En nuestras relaciones, importantes o menos, las ofensas son inevitables, porque todos padecemos en nosotros mismos, de diferentes maneras, las consecuencias del pecado. El pecado también afecta nuestro comportamiento y nuestra capacidad para relacionarnos con otras personas. El que nunca perdona pierde gradualmente su capacidad de perdonar (y por tanto de amar), y su personalidad es dañada. El perdón, en cambio, libera de la esclavitud del pasado y ayuda a comprender que, de cierta manera, la historia no es absolutamente irreversible: los hechos no cambian, pero las actitudes sí. De este modo, el perdón manifiesta y promueve la libertad interior, elimina la ansiedad necia de perder el respeto de los demás, disipa la mentalidad de tener en consideración únicamente a quien inspira miedo, descalifica la idea de que lo más importante es no parecer débil. En la misma línea, los hombres crecen en humanidad cuando, conscientes de que se han equivocado en algo, vuelven y comienzan de nuevo. No somos como los ríos de montaña, cuyas aguas rápidas nunca podrán regresar a la fuente.

El perdón —perdonar y pedir perdón— está muy relacionado con la conversión. La conversión no solo significa “cambiar”, sino que, más profundamente, significa “unificar versiones” (la “convergencia”, como opuesto a la “divergencia”). Conversión es poner unidad en lo que está dividido, haciendo que las cosas que fluyen por cauces paralelos o divergentes confluyan en una única corriente: nuestro corazón, nuestra mente, nuestra voz, nuestro cuerpo (nuestras acciones) deben obrar de modo unitario. Para recuperar la unidad con nuestro prójimo es necesario tenerla dentro de nosotros. Por eso la conversión es la primera y más fundamental experiencia del verdadero discípulo de Cristo, cuando Dios se acerca al hombre y se muestra a sí mismo como misericordia, cuando el pecado (que genera división) y el perdón (que reconstruye la unidad) aparecen en toda su verdad.

Entender el perdón como conversión unificadora de nosotros mismos nos lleva, en efecto, a ver su conexión con la verdad. El perdón real y completo exige conocimiento, justicia y amor en todas las partes involucradas. El olvido o el escapismo no son suficientes; al contrario, cuando la ofensa retorna a la mente se vuelven a despertar el rencor o el resentimiento. En definitiva, ni el perdón debe identificarse con el olvido, ni el recuerdo con la venganza. Perdonar no consiste simplemente en decir “borrón y cuenta nueva”. Exige recuperar la verdad de la ofensa y de la injusticia, que muchas veces pretenden camuflarse o distorsionarse. El mal realizado debe ser reconocido y, en lo posible, reparado. De ahí que el papel del corazón en el proceso del perdón sea importante, pero también lo sea el de la inteligencia. La parte que solicita el perdón tiene que pasar por el proceso de conocer y aceptar la verdad de la falta que ha cometido, y tomar conciencia de que la justicia y la caridad exigen pedir perdón. La admisión de nuestras propias faltas, por lo tanto, presupone tomar conciencia de la dignidad humana, y distanciarse así de la insensibilidad moral y de la indiferencia.

Por otro lado, la parte que perdona debe tener en cuenta que perdonar no significa olvidar en términos psicológicos o aceptar el pecado como tal; más bien, consiste en tomar conciencia de la entera realidad que rodea a la ofensa que se intenta perdonar. El verdadero perdón es un acto de fe en la justicia de Dios, a quien confiamos toda la situación, dejando de lado nuestra pretensión de jugar a Dios y hacer justicia. La verdad es frecuentemente más rica que el simple hecho. A veces, las ofensas que recibimos no estaban destinadas a ofendernos; otras veces, hubo un contexto, desconocido para nosotros, que llevó a la otra persona a una acción que percibimos como ofensiva; en otras ocasiones, podemos purificar los efectos de la “violación” soportada, eliminando las exageraciones que habitualmente creamos al respecto; en muchos casos, simplemente podemos reconocer que hay asuntos más importantes de los que preocuparnos. En cualquier caso, estamos llamados a “proteger” nuestra mente del daño que se produce a través del deseo de venganza, de los sentimientos de rabia o del resentimiento, y así dejar de lado nuestra tendencia a “igualar la puntuación”. Con otra frase del catecismo, recordemos que “está ahí, de hecho, en lo más profundo del corazón, todo lo que está atado y desatado. No está en nuestro poder no sentir u olvidar una ofensa; pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo convierte la ofensa en compasión y purifica la memoria al transformar la herida en intercesión” (n. 2843).

Ética del perdón

Hay quien piensa que perdonar es actuar ingenuamente, sin saber lo que se hace, y hay quien confunde el perdón con la debilidad. Hay quien acusa al perdón cristiano de faltar a la justicia, dejando impunes los crímenes, hay quien mira la misericordia con ironía o hilaridad. Es verdad que en el Evangelio encontramos el mandato de amar a los enemigos, y ello podría conducir a la idea de que el perdón supone renunciar a la justicia y a la verdad. A veces parecería que es así, pero, en realidad, lo que sucede es que el perdón conlleva referir ambas dimensiones al bien de la persona y de la sociedad, y esto puede arrojar resultados particulares, como sucede cuando las circunstancias lo imponen o lo aconsejan (como cuando se establece una amnistía en vistas de cortar con un círculo vicioso de violencia). Pero habitualmente el perdón no está reñido con la justicia penal. Perdonar a un asesino no significa necesariamente eliminar una sentencia a la reclusión. En el marco de estas articuladas relaciones entre justicia y perdón es justamente donde se calibra si el perdón otorgado es verdadero, sobre todo si de la actuación personal se derivan efectos hacia otras personas o instituciones.

Hay que convencerse de que no es lo mismo buscar la verdad y la justicia desde el rencor que desde la caridad. El rencor abre la posibilidad de que la justicia degenere en venganza y surjan luego nuevas ofensas. Fomentada, en cambio, desde el perdón, la justicia alcanza mejor su propio fin. Por su parte, la indagación de la verdad podría convertirse en acumulación de motivos que validen el propio resentimiento, en vez de otorgar fundamento real a la justicia, la cual, en el marco de un conocimiento completo y unitario de la verdad, puede realizarse en toda su profundidad. La verdad, en definitiva, hace más justa la justicia (Cárdenas, 2014, p. 493).

Pienso que, en cierta medida, las etimologías de las palabras “perdonar” y “condonar” apuntan hacia una sutil distinción existente entre estos conceptos, que puede ayudarnos en esta reflexión. Ya hemos hablado sobre el origen del vocablo “perdón” en el “don”. También “condonar” proviene de “donar”. Volviendo al latín clásico, el prefijo “con”, además del sentido frecuente de “hacer compañía”, se añade a veces para indicar repetición o continuidad, y ha sido asumido en el lenguaje jurídico con el sentido de liberar de una pena debida o exonerar de una obligación, como cuando se hablaba de condonare crimen (Malo, 2018, p. 35). Siguiendo a Malo (2018), podemos decir que:

[…] en la dilatación de la semántica del don se produce una trasposición del significado inicial, concreto y material, de “dar” […] hacia el de “condonar”, en el cual se trasciende la temporalidad aunque en el sentido negativo de cancelar una deuda limitada, llegando finalmente a la trascendencia de la temporalidad en sentido positivo, expresada con la palabra “perdonar”, que apunta hacia una justicia recuperada a través de una gracia. (p. 38)

Simplificando las cosas, podemos decir que entre donar, condonar y perdonar hay una progresión de significado en sentido inclusivo: una trascendencia que no niega lo precedente.

Así, pues, el perdón, desde esta óptica, no es ni contrario ni alternativo a la justicia, aunque la trascienda. Como bien dijo en su momento J. Burggraf (2007), perdonar

[…] significa ir más allá de la justicia. Hay situaciones tan complejas en las que la mera justicia es imposible. Si se ha robado, se devuelve; si se ha roto, se arregla o sustituye. ¿Pero si alguien pierde un órgano, un familiar o un buen amigo? Es imposible restituirlo con la justicia. Precisamente ahí, donde el castigo no cubre nunca la pérdida, es donde tiene espacio el perdón. El perdón no anula el derecho, pero lo excede infinitamente. (s. p.)

En cierta medida podemos decir que la justicia contiene un componente institucional fuerte, mientras que el perdón y la misericordia van más dirigidos hacia las personas singulares. Contempladas en estos términos, creo que es especialmente acertado lo que afirma Malo (2018): separada de la misericordia, la justicia acaba cubriendo bajo capa de ley lo que es solo venganza y, como tal, raíz de ofensas sucesivas, mientras que la misericordia, practicada independientemente de la justicia, se transforma en buenismo tóxico e intoxicante, que ni resuelve las cosas ni genera satisfacción.

Ya se habrá percibido que difícilmente se logra perdonar de verdad con un único acto singular e instantáneo; el perdón se logra habitualmente a través de un proceso que lleva a establecer una nueva relación.

Una cosa es perdonar y otra distinta es que la decisión tomada abarque la totalidad de la persona (inteligencia, voluntad y esfera afectiva) y que la decisión se mantenga a lo largo del tiempo. El Evangelio recoge este significado diciendo que hay que perdonar “de corazón” (Mt 18,35) y la sabiduría cristiana ha descrito a la totalidad como “perdonar de todo corazón”. (Cárdenas, 2014, p. 488)

Nos volvemos a encontrar aquí con la conversión en el sentido de confluencia unitaria de nuestro interior; cuando el perdón se produce de modo demasiado fácil, a la larga se revela superficial e incluso falso. Aunque la ofensa, como recordábamos antes, golpea primero en el ámbito emocional, el proceso auténtico del perdón no se reduce a una mutación afectiva, sino que involucra a la inteligencia y a la voluntad. Von Hildebrand (1980) lo dijo muy bien: “el perdón, aunque está estrechamente unido a vivencias afectivas, no es un sentimiento. Es un acto de la voluntad que no se reduce a nuestro estado psíquico” (p. 338). Cuando una persona ha realizado este acto eminentemente libre, el sufrimiento pierde ordinariamente su amargura, y se atenúa con el tiempo.

En el fondo, perdonar es ayudar a pagar parcialmente lo debido, y esto es posible por el carácter asimétrico del don:

[…] perdonando, la víctima vuelve a dar confianza al ofensor. A pesar del mal que has hecho, tú no eres así, no eres ni esencial ni necesariamente malo. Por lo tanto, aunque el perdón otorgado por la víctima no elimine la deuda, ni moralmente, ni legalmente, ayuda a cancelarla parcialmente. La deuda se cancela parcialmente con la aceptación del perdón por parte del ofensor, con su arrepentimiento, el cual conlleva la promesa de evitar hacer el mal en el futuro. Cancelada la deuda, víctima y ofensor tienen la posibilidad de establecer una nueva relación, ya no dominada por la venganza y la agresión, sino por el arrepentimiento y el perdón, que son modalidades del don. (Malo, 2018, p. 107)

El perdón, en definitiva, está relacionado con el don de la vida, como veíamos al principio respecto a Dios. Al ofensor perdonado se le devuelve su dignidad de persona, y en la víctima que perdona se elimina el rencor y el resentimiento, que podría amargar su vida para siempre.

Para completar estas reflexiones, conviene subrayar la distinción entre venganza como actitud existencial (ser vengativo) y la vindicatio en sentido jurídico-penal. El perdón, como realidad entendida dentro de la lógica del don, supera la reciprocidad, y en este contexto es compatible con la vindicatio (incluso la exige), la cual “impone una pena al ofensor en vista del bien común, impidiéndole que cometa nuevos crímenes o que estos se difundan, pero también en vista del bien del ofensor, en cuanto se le hace expiar la propia culpa y, con ello, se le posibilita cambiar de vida” (Malo, 2018, p. 116). Téngase presente que es muy fácil tachar de ingenuo a quien perdona, sin darse cuenta de que sin perdonar no es posible evitar el contagio del mal.

Naturalmente, el campo del perdón cubre una gama infinita de situaciones. No es lo mismo perdonar un pisotón en el autobús que el asesinato de un hijo. Hay casos extremos en los que perdonar exige una grandeza inconmensurable de corazón. Gertrud von Le Fort escribió (1950), con verdades en poesía no fáciles de aferrar: “hay ciertas flores que sólo florecen en el desierto; estrellas que solamente se pueden ver al borde del despoblado. Existen algunas experiencias del amor de Dios que sólo se viven cuando nos encontramos en el más completo abandono, casi al borde de la desesperación” (p. 90).

El perdón en la Iglesia

A medida que profundizamos en este tema, comprendemos que la falsedad o el conocimiento incompleto no son fuentes auténticas de perdón. Por esta razón, “la Iglesia promueve una reconciliación en la verdad, sabiendo que no son posibles ni la reconciliación ni la unidad fuera o contra la verdad” (san Juan Pablo II, 1984, n. 9). También por esta razón, durante la preparación para el Grande Año Jubilar del 2000, la Iglesia católica estudió aquellos periodos de su historia en los que serpenteaba la sospecha de faltas institucionales. Algunas de ellas se reconocieron bien fundadas y dieron lugar a una petición de perdón; otras acusaciones no correspondían a la realidad de los hechos y fueron dejadas de lado. Para la Iglesia, como institución, era muy importante hacer esto, porque solo una Iglesia “en estado de conversión” puede convertirse en signo de las buenas noticias que vienen de arriba. Como dijo san Juan Pablo II (1984), “la Iglesia, para ser reconciliadora, ha de comenzar siendo una Iglesia reconciliada” (n. 9).

En este sentido, vale la pena reproducir un pasaje de la carta pastoral de los obispos de Ruanda a los fieles de ese país, con motivo de los 25 años del genocidio de 1994, cuando en un periodo de tres meses 800.000 tutsi fueron masacrados por sus connacionales hutu. Puede uno fácilmente imaginarse la dificultad que esto supone en vista de perdonarse unos a otros. En la carta se dice:

Para reconciliarte con otra persona, primero debes ver la bondad en esa persona. La bondad con la que Dios la creó, y perdonarla sin considerar todas las lesiones que te ha causado, para que las heridas sean superadas por la bondad y la comprensión. Esto requiere un gran esfuerzo para distinguir la ofensa del ofensor, y esto significa que odias la ofensa que la persona ha cometido, pero amas a la persona a pesar de su debilidad, porque en ella ves la imagen de Dios. (Conferencia Episcopal de Ruanda, 2018, p. 17)

Esta exhortación no ha quedado en el aire. Una tutsi católica superviviente, Immaculée Iligabiza, a quien los hutus, que también eran católicos, mataron a padres y hermanos, mientras ella se salvaba escondida en un baño de tres metros cuadrados con otras seis mujeres durante los tres meses de las matanzas, cuenta cómo emprendió el proceso interior de perdonar: lo primero fue asumir el hecho de que también los asesinos eran hijos de Dios. Dicho con sus mismas palabras:

[…] ciertamente eran creaturas feroces, que merecían ser castigadas severamente por sus acciones, pero seguían siendo hijos […]. Habían cometido males atroces a los otros, a sus hermanas y hermanos tutsi, a Dios, pero no entendían el mal que se hicieron a ellos mismos […]. A pesar de esas atrocidades, eran hijos de Dios, y yo debería perdonar a un hijo, aunque no sería fácil, especialmente a quien intentaba asesinarme. A los ojos de Dios, los asesinos eran parte de su familia y merecían amor y perdón. (Iligabiza, 2007, pp. 131-132)

Así, pues, entender a la Iglesia como la familia de Dios facilita entenderla como un espacio de perdón. Podemos aspirar a perdonar y ser perdonados si consideramos que no estamos solos en este proceso. Gracias a Dios, los pecadores pertenecemos a la Iglesia. Esto es algo que la Iglesia ha tenido que reafirmar muchas veces. Más de una herejía ha surgido a partir de grupos de personas “iluminadas” que comenzaron a pensar y a decir que solo los perfectos pertenecen a la Iglesia. Los Padres y Doctores de la Iglesia, apoyados por el Magisterio, han siempre afirmado, en cambio, que la Iglesia acoge y alberga dentro de sí misma, durante esta fase de peregrinación hacia el Reino de Dios, a santos y pecadores, y esta doctrina fue recogida en el último Concilio con palabras de la Const. Lumen Gentium: “la Iglesia encierra en su propio seno a pecadores, y siendo al mismo tiempo santa y necesitada de purificación, avanza continuamente por la senda de la penitencia y de la renovación” (n. 8/3). Como alguien comentó una vez, quizás no muy científicamente, pero con gran sentido común, la Iglesia es una especie de gran lavadora, donde lo sucio se sumerge y emerge limpio.

Dios, de hecho, concede el perdón de los pecados a través de la Iglesia. Después de su resurrección, Jesús “sopló sobre ellos (sobre los apóstoles) y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. Los pecados que perdonan son perdonados y los que retienen se retienen” (Jn 20,22-23). Esta disposición del Señor se continúa a lo largo de la historia por los obispos, sucesores de los Apóstoles, con la ayuda de los sacerdotes. Solo Dios perdona; sin embargo, no la Iglesia ni sus ministros. Cuando el sacerdote imparte la absolución sacramental diciendo: “Yo te perdono de tus pecados”, el “Yo” no es el Padre Felipe o el Padre Juan, sino Cristo mismo. Por eso dice inmediatamente que absuelve “en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”. Este evento extraordinario puede tener lugar solo porque los apóstoles, y los obispos y sacerdotes en su ordenación sacramental, han recibido “el poder del Espíritu Santo”, que se acaba de mencionar en las palabras del Evangelio de san Juan. Podríamos decir, volviendo al ejemplo anterior, que la electricidad de la lavadora es el Espíritu Santo, y el jabón es la gracia de Cristo.

Muchos otros temas están vinculados al perdón, pero me atrevo a decir que la mayoría de ellos tienen que ser “descubiertos” por cada ser humano, porque el perdón no es algo meramente intelectual, sino principalmente existencial. Sin embargo, creo que se puede decir que el lema señalado “amar significa nunca tener que pedir perdón” se aplica solo a Dios en sí mismo, entre Dios Padre y Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Allí no hay perdón, porque tampoco hay ofensa. Parecería intrínsecamente incorrecto aplicar este lema a las relaciones humanas, donde existen delitos incluso entre personas que se aman. Perdamos el miedo a decir “perdóname”; sería peor no volver a amar nunca más.

Referencias

Burggraf, J. (2007). El arte de perdonar. En Conferencia en el Instituto de Estudios Superiores de la Familia (IESF) de la Universitat Internacional de Catalunya.

Cárdenas, J. (2014). Álvaro del Portillo y el perdón. En P. Gefaell (Ed.), Vir fidelis multum laudabitur. Nel centenario della nascita di Mons. Álvaro del Portillo (vol. 2) (pp. 481-496). Roma: Ediciones Universidad de la Santa Cruz.

Conferencia Episcopal de Ruanda. (2018). Carta de los Obispos católicos a los fieles durante el año especial de la reconciliación en Ruanda. Kigali.

Gouhier, A. (1969). Pour une métaphysique du pardon. París: l’Épi.

Iligabiza, I. (2007). Viva per raccontare. Milano: Tea.

Malo, A. (2018). Antropologia del perdono. Roma: Ediciones Universidad de la Santa Cruz.

Ratzinger, J. (2018). Introducción al cristianismo. Madrid: BAC.

Ricoeur, P. (2000). La mémoire, l’histoire, l’oubli. París: Seuil.

San Josemaría Escrivá (2012). Surco. Bogotá: Procodes.

San Juan Pablo II. (1980). Carta Encíclica Dives in misericordia. Vaticano: Vaticana.

San Juan Pablo II. (1984). Exhortación Apostólica Reconciliatio et Poenitentia. Vaticano: Vaticana.

Schneider, J. (2000). Dio. En Dizionario dei concetti biblici del Nuovo Testamento (pp. 477-489). Bologna: EDB.

Von Hildebrand, D. (1980). Moralia, Werke IX. Regensburg: Habbel.

Von Le Fort, G. (1950). Unser Weg durch die Nacht. En Die Krone der Frau (p. 90). Zürich: Arche.

Notas

* Decano de la Facultad de Teología y profesor de Teología Sacramentaria, Eclesiología y Ecumenismo en la Universidad de la Santa Cruz, Roma.


DIOS ANTE EL SUFRIMIENTO HUMANO: PERDÓN, COMPASIÓN Y ESPERANZA
Fr. Franklin Buitrago Rojas, O.P.*

Reflexionar sobre el perdón, la compasión y la esperanza, desde el horizonte de la teología, tiene mucho significado para nosotros hoy en Colombia. En primer lugar, porque estas tres palabras, aunque pueden ser enunciadas y comprendidas desde el derecho, la filosofía o la psicología, tienen una profundidad y un fundamento concretos dentro de la tradición de fe y de vida cristiana que los teólogos cristianos tratamos de reflexionar. Aún más, podemos afirmar que el valor que tienen estas tres palabras en nuestra sociedad se debe finalmente a la matriz cristiana de nuestra cultura. Por otra parte, como colombianos reconocemos la necesidad de reflexionar sobre el significado del perdón, la compasión y la esperanza en una nación como la nuestra, necesitada de reconciliación y de una mirada de futuro compartido, pero que no está dispuesta a aceptar una paz que simplemente cubra las atrocidades del pasado con un discurso fácil de perdón o con una amnistía rápida que favorezca la impunidad.

Una investigación con víctimas de desplazamiento forzado

Las reflexiones que les quiero compartir nacen de una investigación realizada hace algunos años a partir de un trabajo de construcción de relatos de vida y de entrevistas semiabiertas hechas a un grupo de sesenta personas víctimas de desplazamiento forzado en Colombia. En la investigación se indagaron las interpretaciones religiosas que ellas mismas hacían de sus experiencias de migración forzada, peligro de muerte, pérdida de seres queridos y de medios de sustento.1 Tal vez para algunos de ustedes pueda resultar extraño o novedoso el recurso a este tipo de investigación de campo dentro de una reflexión teológica. En realidad, este tipo de investigación se inscribe dentro de una corriente denominada “teología práctica” (Grieu, 2009) que ha ido creciendo, especialmente en medios angloparlantes y francófonos. El método teológico implementado, que puede ser especialmente útil en contextos de diálogo entre teología y cultura, como en el título de este libro, es un método teológico de “correlación” desarrollado por autores como Edward Schillebeeckx (1994) y David Tracy (1996). Dicho método concibe la labor del teólogo como un “poner en resonancia” los textos de la tradición cristiana junto con la experiencia y los lenguajes humanos contemporáneos, buscando proponer nuevas formulaciones de la fe cristiana que sean comprensibles para los hombres y mujeres de nuestro tiempo (Tracy, 1996).

Las sesenta personas entrevistadas fueron contactadas gracias a una organización católica llamada Opción Vida, dirigida por los dominicos y dominicas de Colombia, que durante varios años brindó atención humanitaria a centenares de personas víctimas del conflicto armado en distintos lugares de nuestro país, especialmente en Bogotá, Soacha, Tunja y Barranquilla. Con el objetivo de tener una visión amplia de la realidad estudiada, se entrevistó a personas de diferentes edades, medios sociales, afiliaciones religiosas y procedencias geográficas (Kaufmann, 2011). Se estableció solo un criterio para seleccionar a las personas que fueron entrevistadas: que su desplazamiento forzado hubiera tenido lugar entre seis meses y dos años antes de la entrevista. Con esta limitación temporal, se buscó que las personas hubieran tenido un cierto tiempo para reflexionar sobre su experiencia de desplazamiento. Se sabe que la interpretación de una experiencia puede evolucionar con el tiempo, por eso resultaba importante establecer un límite temporal de distancia con respecto a la experiencia.

En la práctica, la mayoría de las personas entrevistadas fueron mujeres: 46, frente a 14 hombres. Esta proporción no sorprende si se tiene en cuenta que la mayoría de los beneficiarios de los programas de ayuda a población desplazada son mujeres. Los coordinadores de estos programas afirman que esto se debe a que la violencia afecta de modo más directo a los hombres: dentro del núcleo familiar son los que mueren o deben esconderse. Además, existen razones culturales: a la mujer le resulta más fácil pedir ayuda que al hombre. Por eso, son ellas las que acuden a las instituciones para recibir ayuda en nombre de su familia.

En cuanto a la edad, los entrevistados más jóvenes fueron tres personas de menos de veinte años. Nueve entrevistados se ubican entre los veinte y treinta años. El grupo más numeroso lo formaban las personas entre los treinta y cuarenta años (diecisiete) y entre los cuarenta y cincuenta años (veintiuno). Se entrevistó a cinco personas entre los cincuenta y sesenta años y cuatro personas entre los sesenta y setenta años. La mayoría de las personas entrevistadas eran padres y madres de familia con hijos pequeños o adolescentes.

Las personas entrevistadas procedían de diferentes regiones del país. Sin embargo, un grupo importante venía del corredor centro-sur formado por los departamentos de Cundinamarca, Tolima, Huila y Caquetá. Esto se explica, posiblemente, por la ubicación geográfica de Soacha como punto de llegada de ese corredor desde el sur hacia el centro del país. En cuanto al medio sociocultural de origen, diecinueve personas provenían de medios urbanos. La mayoría trabajaba en pequeñas empresas, comercio o en el sector de servicios. Las otras 42 personas venían de áreas rurales donde trabajaban en actividades agropecuarias.

Tres causas de desplazamiento forzado fueron mencionadas con mayor frecuencia por los entrevistados: 1) la presión de grupos armados para adueñarse de sus tierras; 2) amenazas de reclutamiento de sus hijos por parte de las guerrillas, y 3) enfrentamientos armados en el lugar donde habitaban. Once personas manifiestan haber perdido un familiar cercano por causa de la violencia, generalmente, el esposo o un hijo varón. Casi todos mencionan amigos, parientes lejanos, vecinos o conocidos que murieron a causa de la violencia. No siempre resulta fácil establecer con exactitud cuánto tiempo han vivido estas personas como desplazadas. Muchos de ellos han vivido varios desplazamientos forzados a lo largo de su vida. Otros han tenido que moverse de un lugar a otro durante varios años por amenazas repetidas, sin lograr arraigarse en ningún sitio.

Frente a la formación religiosa y la identificación confesional de los entrevistados se puede decir que treintaisiete personas se identificaron como católicas, de las cuales diecinueve manifestaron una participación activa en actividades religiosas y dieciocho, solo una participación esporádica. Diecinueve personas afirmaron ser protestantes (en su mayoría, miembros de iglesias evangélicas), de las cuales siete manifiestan una participación activa y doce una participación ocasional. Cinco personas hablaron de un proceso de cambio confesional a partir del desplazamiento forzado; dos de ellas se pasaron definitivamente a una iglesia diferente. La gran mayoría de las personas hablan de una cierta “itinerancia religiosa” tras el desplazamiento: siendo católicos han participado ocasionalmente en cultos protestantes o siendo protestantes han participado en misas católicas. De todo el grupo, tres personas afirmaron no pertenecer a ninguna iglesia en particular.

Una investigación de este tipo, en nuestro contexto colombiano, implica entrar en relación con un cristianismo popular (Scannone, 1977) que está en lo profundo de nuestra cultura y que muchas veces rebasa los límites confesionales o de práctica religiosa. Tras un primer ciclo de entrevistas indagando las interpretaciones religiosas del desplazamiento forzado, fue tomando forma aquello que constituiría el tema central de la investigación. Las personas en sus relatos y respuestas hablaban continuamente de aquello que Dios había hecho (o no había hecho) por ellas en medio de las experiencias difíciles relacionadas con el desplazamiento forzado: lo que Dios hizo, permitió, no permitió, iluminó, socorrió, evitó, movió, protegió, sanó, condujo, etc. De igual modo, el hecho de que la acción divina esperada no se produjera se fue mostrando como un factor importante en aquellos que manifestaban haber vivido crisis de fe.

El tema de la acción divina también brindó elementos útiles para establecer más adelante una tipología de las interpretaciones religiosas del desplazamiento forzado encontradas en estas personas. Un primer elemento fue identificar, en cada caso, si la persona afirmaba haber vivido un periodo de cuestionamiento a nivel religioso, de reclamo hacia Dios o de distanciamiento de sus prácticas religiosas habituales a causa de la experiencia del desplazamiento forzado. Frente a este tema, algunas personas afirmaron de manera clara que nunca cuestionaron a Dios por su sufrimiento, ni se alejaron de la práctica religiosa. Otras manifestaron haberse cuestionado seriamente sobre el porqué de la situación que estaban viviendo y haber llegado a la conclusión de que Dios estaba permitiendo una gran injusticia hacia ellos. Algunas narraron sus “peleas” con Dios, en las que le pedían que les mostrara las razones de su sufrimiento. Algunos entrevistados reconocieron haberse distanciado de la práctica religiosa o de toda forma de comunicación con Dios de manera temporal o permanente. Dentro de este grupo, algunos narraron de qué modo y a partir de qué acontecimientos decidieron retomar la práctica religiosa. Algunos pocos cuentan haber cambiado definitivamente de afiliación religiosa tras la experiencia del desplazamiento. En algún caso, el entrevistado sostiene haberse alejado definitivamente de Dios y no encontrarle ningún sentido a la práctica religiosa. Sin embargo, un buen número de estas personas explicó que con el tiempo había llegado a comprender las razones por las que Dios permitió su sufrimiento. Otras afirmaron que, aunque habían retomado la práctica religiosa, en el fondo nunca comprendieron por qué Dios permitió que sucediera lo que tuvieron que vivir. Algunas dicen haber escuchado explicaciones por parte de líderes religiosos sobre el porqué de su sufrimiento que les parecieron poco convincentes o, incluso, inaceptables (por ejemplo, la idea de que se trataba de un castigo divino).

Un segundo elemento útil para establecer una tipología entre las respuestas de los entrevistados fue las razones por las cuales, según ellos, Dios permitió su sufrimiento. Una buena parte de los entrevistados habló de razones pedagógicas: Dios permitió los eventos desafortunados para hacerlos crecer y madurar, para enseñarles cosas nuevas, para corregirlos o para hacer de ellos mejores personas. Otros consideran que Dios ha establecido un plan providencial que predetermina los eventos que sucederán en la vida de cada persona. En ese plan también está contemplada una serie de eventos desafortunados por los que cada persona debe pasar. Dios habría puesto las adversidades en su vida como medio para traer un bien mayor, una bendición, un cambio favorable o para evitar un mal mayor. Otros entrevistados sostuvieron que la causa de sus calamidades se encontraba en potencias maléficas de carácter espiritual. En cambio, algunos pocos entrevistados afirmaron que Dios no tiene nada que ver con los acontecimientos negativos en su vida porque Él simplemente no interviene en la vida presente. Dios respeta nuestra libertad en este mundo, hasta que llegue el día cuando se manifestará para pedirnos cuentas de nuestras acciones.

En esta presentación he evitado poner cifras exactas sobre las personas que estarían dentro de cada categoría por dos razones: primero, porque se trata de una investigación de carácter cualitativo, no cuantitativo. No es una encuesta de opinión, sino un esfuerzo por brindar una comprensión del fenómeno. Segundo, porque muchas veces una misma persona puede identificarse con dos o más de los tipos de interpretación religiosa propuestos. Un relato de vida es una unidad coherente de sentido que muchas veces puede armonizar imaginarios religiosos opuestos o dispares: diferentes circunstancias o la evolución misma de los procesos de duelo y de recomposición de la propia vida pueden llevar a las personas a considerar más plausible una interpretación religiosa en un momento determinado de su vida. Los detalles de cada tipo de respuesta e interpretación religiosa identificada a partir del estudio, así como abundantes ejemplos tomados de los mismos relatos de vida y de las respuestas de los entrevistados, pueden encontrarse en el libro La acción de Dios frente al sufrimiento humano publicado en el 2018.

Nociones teológicas sobre la acción de Dios ante el sufrimiento

A nivel propiamente de los contenidos teológicos, el estudio permitió identificar cinco nociones sobre la acción de Dios en medio del sufrimiento producido por el desplazamiento forzado que se encuentran presentes en la mayor parte de los entrevistados.

Dios es el Creador y Señor del mundo, por eso es bondadoso y cuida a sus creaturas

La gran mayoría de los entrevistados cree que Dios es el creador del mundo y de los seres que lo habitan, por eso Él tiene señorío sobre su creación. Es interesante constatar que no se encontró ateísmo o agnosticismo entre los entrevistados, incluso entre aquellos que declararon haberse alejado de la práctica religiosa a causa del sufrimiento. Para la gran mayoría de ellos, Dios conoce y tiene control sobre todo lo que pasa en el mundo. Él dispone o permite los acontecimientos favorables o desfavorables que marcan la vida de cada ser humano. Dios tiene derecho y potestad para decidir sobre los acontecimientos de nuestra vida, porque Él nos creó y nos guía nuestra existencia con sabiduría y bondad. Algunos entrevistados afirman que aunque Dios no puede ser la causa de los infortunios que afectan a los seres humanos, por diferentes razones, Él decide permitir el mal.

Casi la totalidad de los entrevistados dice que Dios se opone directamente a la violencia y a la injusticia. Como creador del hombre, Dios se opone a la violencia que amenaza y destruye la vida humana. Por eso, quienes han sido víctimas de la violencia afirman que Dios está (o debería estar) de su lado, mientras que aquellos que reconocen haber participado en acciones violentas tienen conciencia de haber actuado en contra de Dios. Otra convicción muy extendida es que Dios es más poderoso que las fuerzas que amenazan la vida humana. Algunos consideran que tales fuerzas contrarias a la vida humana provienen de personas alejadas de Dios, mientras que otros las ven como manifestaciones de poderes malignos que existen más allá de la realidad material. En cualquier caso, aunque a veces parezca que las fuerzas contrarias a la vida humana triunfan, Dios conserva su señorío sobre el mundo. El predominio del mal solo puede ser transitorio.

Un buen número de entrevistados ve en su propia supervivencia y la de sus familiares una confirmación del poder salvador y la bondad de Dios que triunfan por encima de las amenazas de muerte y de las acciones de los grupos armados. Con frecuencia, las personas explican que Dios se valió de diferentes personas o circunstancias para salvar sus vidas. Para muchos, la acción protectora de Dios va más allá de los momentos de peligro inminente. Dios sigue protegiendo a los desplazados, asegurándoles que tengan las cosas esenciales para su supervivencia. Por esta razón, muchas personas ven confirmada su fe en el poder y la bondad de Dios, en las oportunidades y el apoyo que encuentran para recuperarse a nivel socioeconómico en el nuevo lugar donde viven tras el desplazamiento forzado. Pero, al mismo tiempo, la ausencia de estos elementos puede generar cuestionamientos frente a Dios e incluso una crisis religiosa. La muerte violenta de un ser querido es una de las razones más citadas entre quienes manifestaron haber vivido periodos de alejamiento de Dios. Algunos se sienten cuestionados o decepcionados en su fe cuando son víctimas de las acciones de los grupos armados. Estas personas sienten que Dios no responde a sus oraciones, que permanece indiferente ante la injusticia o que se ha olvidado de ellos. Es común que se pregunten por qué Dios no quiere oírlos o por qué no hace nada ante el mal que los afecta.

En algunos casos, dichos cuestionamientos pueden llevar a las personas hacia otras formas de interpretación religiosa como, por ejemplo, pensar que las situaciones adversas que está viviendo hacen parte de un plan providencial predeterminado por Dios con un propósito benigno o que son un medio del que Dios se vale para corregirlos o para ayudarles a crecer como personas. Los cuestionamientos religiosos también pueden aparecer cuando las personas sienten que, por más esfuerzo que hagan, no logran una verdadera recuperación socioeconómica después del desplazamiento forzado. En ciertas personas, vivir en una situación de pobreza, carecer de recursos mínimos, pasar hambre o residir en zonas urbanas violentas conduce a crisis temporales o permanentes frente a la dimensión religiosa.

Dios es aquel que hace justicia a los inocentes y desamparados

Un buen número de entrevistados ve a Dios como un juez sabio que conoce todo y, por eso, puede premiar a aquellos que han hecho el bien, castigar a quienes han hecho el mal y recompensar a quienes han sido víctimas de la injusticia humana. Esta noción aparece de manera aún más clara con relación a los culpables de la violencia y del desplazamiento forzado. Muchas personas consultadas expresan su confianza en que Dios hará justicia y, de hecho, muchos afirman que la justicia divina ya se ha ido cumpliendo por medio de eventos específicos como la persecución o el asesinato de los miembros de los grupos armados. Para muchas personas entrevistadas, la justicia de Dios se manifiesta en acontecimientos dentro de su historia personal; uno de los más mencionados es la supervivencia de los inocentes. Muy a menudo las personas que han escapado de una amenaza inminente de muerte afirman que Dios escuchó sus oraciones y los salvó de sus perseguidores debido a su inocencia.

Dos elementos hacen que la noción de justicia divina sea tan importante para las personas entrevistadas. Primero, la falta de confianza en la justicia legal. Muchas personas afirman que los delitos de los que fueron víctimas permanecen impunes o, peor aún, sabiendo quiénes son los responsables de su situación, no pueden hacer nada. La impotencia ante el agresor y la impunidad de los crímenes se convierte en una fuente de odio y de frustración para muchos. Esto hace aún más importante la fe en la justicia de Dios. Él conoce toda la verdad y tiene el poder para castigar a los culpables. Un hallazgo interesante de este estudio es que la mayoría de los entrevistados afirma ser inocente frente a la violencia armada de la que fueron víctimas. Se sienten, por una parte, desplazados por una guerra que no les pertenece y, por otra, víctimas de los prejuicios que la gente de la ciudad tiene contra los desplazados. Por eso, casi todos expresan su confianza en que Dios, viendo su inocencia, les hará justicia. Muchos afirman que Dios recompensará a los que sufren con paciencia y sin dejarse contaminar por la violencia que lo rodea.

La mayoría de estas personas rechaza la idea de que lo que les ocurre sea un castigo de Dios. Muchos encuentran ofensivo e injusto que algunas personas afirmen que la desgracia de las víctimas del desplazamiento es un castigo divino. Solo un pequeño grupo reconoce cierta responsabilidad frente a su desplazamiento forzado, pero incluso en ellos la posibilidad de que su situación sea un castigo de Dios aparece solo como una posibilidad, nunca como una certeza.

Dios actúa según un plan establecido previamente

Un buen número de personas entrevistadas afirma que el señorío de Dios sobre el mundo y sobre los seres humanos se ejerce a través de un plan con el cual los principales acontecimientos de la vida de cada persona se han establecido con anterioridad. Sin embargo, ninguno considera que la existencia de tal plan divino anule la libertad humana. La mayoría cree que aunque Dios haya establecido los acontecimientos que determinan la vida de cada persona, cada cual es libre en su manera de reaccionar frente a dichos acontecimientos. Más aún, en la forma de reaccionar ante los acontecimientos positivos y negativos que ocurren en la propia vida se comprueba la responsabilidad y la calidad moral de las personas.

Esta concepción religiosa, con frecuencia, les ayuda a las personas a asumir las situaciones adversas con esperanza, confiando en que estas no son fruto del absurdo sino que tienen un propósito dentro del plan de Dios para su vida. Muchas personas afirman que la razón de ser de las adversidades solo se comprende después de pasado algún tiempo, cuando las cosas se van normalizando nuevamente. De este modo, la seguridad de que sus vidas van guiadas por un plan benevolente es, para muchos, una fuente de confianza que les permite esperar algo mejor para el futuro.

Varios entrevistados señalaron que la consciencia de haber sobrevivido a acontecimientos difíciles, sabiendo que otros no contaron con la misma suerte, genera en ellos un sentimiento de gratitud hacia Dios y un sentido de responsabilidad frente sus vidas. Por ejemplo, varios padres de familia con hijos pequeños consideran que Dios les permitió sobrevivir para que puedan hacerse cargo de sus hijos. Esta responsabilidad los anima a sobreponerse a las dificultades del desplazamiento y de la adaptación al nuevo medio de vida. En estos casos se ve que la noción del plan divino también está relacionada con la consciencia de haber recibido por parte de Dios una misión en este mundo, especialmente frente a los hijos y nietos.

Muchas personas tratan de comprender las razones que guían el plan divino: ¿por qué ciertas cosas les han sucedido a ellos y no a otros? En su esfuerzo por responder a esta pregunta muchos creen que Dios ha permitido las adversidades para conducirlos hacia bienes nuevos y mejores. Esta interpretación es más plausible cuando las personas tienen una percepción positiva de su situación socioeconómica después del desplazamiento forzado. Otros creen que Dios permitió su tragedia para evitar males mayores. Poder identificar una razón de peso que guía el plan divino (y que justifica los sufrimientos vividos) es importante para evitar o para superar la crisis religiosa. La credibilidad de la noción de un plan divino está directamente relacionada con la posibilidad de identificar las razones y las etapas de ese plan en la propia historia de vida.

En algunos casos, las personas dicen que, aunque no entiendan el porqué de las adversidades que Dios les ha enviado, siguen esperando y creyendo que los sufrimientos que han padecido deben tener un propósito o una finalidad positiva. Otros, en cambio, sienten que la magnitud del mal que les aconteció es demasiado grande como para pensar que Dios lo haya planeado. Es el caso, por ejemplo, de las personas que narran su vida como una sucesión de desgracias. La repetición de situaciones de peligro, de pérdidas de seres queridos y de experiencias lamentables hace que sea más difícil creer en un plan divino providente o en razón última detrás de tales eventos.

Dios permite el sufrimiento para hacernos crecer como seres humanos

Un grupo numeroso de entrevistados expresó que las desgracias que han vivido son un medio por el cual Dios les ha enseñado cosas nuevas y les ha hecho crecer como seres humanos. Para ellos, Dios actúa al modo de un padre que educa a sus hijos poniéndoles pruebas que estos deben superar. El paralelo con la figura del padre es muy importante dentro de esta noción religiosa porque ayuda a comprender cómo Dios puede permitir el mal para sus hijos y, a la vez, amarlos y querer el bien para ellos. Estas personas afirman que Dios, como un padre sabio, nunca nos pone pruebas que no seamos capaces de superar, ni nos abandona en medio de las pruebas. Con frecuencia, las personas afirman que el problema no es que Dios ponga al ser humano a prueba, sino que este se aleja de Dios a causa de los problemas. Cuando esto sucede, las adversidades pueden terminar destruyendo la vida de las personas.

La lista de las cosas que, según los entrevistados, Dios enseña por medio del sufrimiento es muy variada: Dios enseña a ser agradecidos, a valorar lo que tenemos, a confiar en Él, a tener más fe, a ser fuertes para afrontar las dificultades y tomar consciencia de nuestras limitaciones. Algunos dicen que Dios los sacó de una mentalidad materialista y egoísta. Otros afirman que, por medio de las dificultades, Dios les enseñó a ser humildes, solidarios y compasivos con los que sufren. Dios les ayudó a tomar conciencia de sus errores, dejar un defecto o un estilo de vida desordenado, incluso, a alejarse de una actividad ilegal. Muchas personas consideran que Dios se valió del desplazamiento para sacarlos del medio violento donde vivían.

En estos casos, la acción divina, como la de un padre o la de un maestro, consiste en hacer que las personas reaccionen frente a los eventos difíciles y darles medios concretos para que hagan un cambio en sus vidas. A menudo, los entrevistados afirman que las dificultades los llevaron a “tocar fondo”, a momentos de toma de conciencia, al deseo de cambiar o a la decisión de asumir con mayor responsabilidad sus propias vidas. Este momento suele ser un punto fuerte dentro de su relato de vida.

Los entrevistados también identifican elementos de la realidad que le dan credibilidad a esta interpretación religiosa. Suele tratarse, en general, de experiencias de toma de conciencia frente a sí mismo o frente a la propia historia de vida. Estas personas son conscientes de haber tomado decisiones que condujeron a una mejor situación personal y familiar o que tienen la satisfacción de haber adquirido nuevos conocimientos y desarrollado nuevas habilidades tras el desplazamiento forzado. Con frecuencia, el análisis retrospectivo que implica contar su propia historia lleva a las personas a confirmar que Dios se ha valido de lo sucedido para hacerlos mejores personas o para mejorar su relación con Él.

Por el contrario, una interpretación pedagógica del sufrimiento resulta difícil cuando las personas no han podido encontrar elementos positivos surgidos de su experiencia de desplazamiento. Como otras nociones religiosas, esta necesita un tiempo de distancia para releer la experiencia y un cierto progreso en el proceso de adaptación tras el desplazamiento. Para las personas que sienten que su situación tras el desplazamiento es peor, en todos los niveles, a su situación anterior, resulta muy difícil creer que Dios puede estar haciendo algo positivo en medio de su desgracia.

Dios actúa en nosotros para contrarrestar el sufrimiento

Las nociones religiosas señaladas anteriormente hacían referencia a formas de acción divina en los acontecimientos del mundo exterior y en las acciones de los demás. Otras formas de acción divina tienen lugar, según los entrevistados, en el interior de las personas. En un buen número de relatos, las personas dan una gran importancia a la acción divina para restablecer la salud física. Dios actúa para curar a los enfermos o para garantizar el éxito de un tratamiento médico.

Un grupo importante de personas habla de la acción de Dios sanando a los seres humanos de tendencias autodestructivas o de problemas psicológicos. Las personas dicen a menudo que Dios les ha ayudado a superar la ansiedad, el miedo, el pesimismo, la agresividad, el deseo de venganza o la adicción al alcohol. Esta forma divina de acción también es mencionada en relación con la pedagogía divina. Algunas personas dicen que la intervención divina les hizo percibir la necesidad de cambiar su forma de pensar o de actuar. Otras personas admiten que por sí mismos no hubieran podido cambiar su manera de actuar y que es Dios quien les ha permitido superarse.

Con frecuencia, las personas describen la acción de Dios en relación con la inteligencia y la voluntad. Para algunos, Dios puede iluminar la mente de las personas para ayudarles a tomar decisiones correctas, decisiones que en muchos casos han salvado sus vidas. Para otros, Dios puede actuar sobre la voluntad, y así fortalecerlos para afrontar los problemas, dándoles perseverancia para seguir adelante con serenidad en momentos de desgracia. Otra forma de acción de Dios, muy apreciada por varios entrevistados, es la escucha. Dios nos conoce, por eso a Él se le puede confiar nuestro sufrimiento; Él puede comprendernos, escucharnos con amor y ternura. Dios entiende el dolor de las personas porque Él las conoce, sabe lo que han vivido y sabe cuándo son inocentes.

Muchas personas cuentan haberse sentido aliviadas o fortalecidas después de un momento de oración o después de una celebración litúrgica, dicen haberse sentido escuchadas por Dios, amadas y perdonadas a pesar de sus errores o “inundadas” de serenidad y paz. Este tipo de experiencias son fundamentales dentro de sus relatos de vida. Según un buen número de entrevistados, entre aquellos desplazados que se han alejado de Dios y de la práctica religiosa es más fácil encontrar resentimiento, depresión, falta de confianza en sí mismos, deseos de venganza y tendencia a reproducir la violencia. Para muchos de ellos, esto confirma que la acción de Dios en los seres humanos es algo real e importante y que cuando la gente se aleja de Él, esto se refleja en su comportamiento.

Por último, unida a esta noción religiosa, está la dimensión de la acción divina que podríamos denominar: “Dios que actúa a través de nosotros”. Muchas personas afirman que Dios movió o inspiró a otros para que les ayudaran en un momento de adversidad. Por ejemplo, la ayuda recibida de un vecino, un consejo o asesoría oportuna, la generosidad de alguna persona, la amabilidad de un funcionario, son situaciones que las personas mencionan como manifestaciones de la bondad y la providencia de Dios. Dios actúa moviendo la voluntad de las personas para que estas hagan el bien.

Resonancias teológicas

Los resultados de la investigación presentados hasta aquí pueden identificarse con una fenomenología religiosa, es decir, con una exploración de imaginarios y nociones teológicas subyacentes en una cultura. En este caso, hemos descrito las nociones religiosas presentes en un cristianismo popular que se manifiestan con mayor fuerza ante una situación de violencia donde la propia vida se ve amenazada. Pero el trabajo propuesto por el método de correlación no se detiene allí (Tracy, 1996). Esta investigación cobra un sentido teológico cuando las nociones religiosas encontradas se ponen en correlación con la revelación del Dios cristiano que encontramos en las Sagradas Escrituras y en la fe de la Iglesia.

Recordemos entonces que toda la Sagrada Escritura puede ser comprendida como testimonio de la acción divina que busca rescatar al ser humano de las fuerzas que lo amenazan: la violencia, la guerra, el odio, la pobreza, el pecado y la muerte. La Sagrada Escritura proclama la fe en un Dios bueno, justo y providente que cuida de sus creaturas. En los evangelios, Jesús predica una confianza total en la voluntad amorosa del Padre. Invita a los discípulos a abandonarse llenos de confianza entre las manos de Dios y a consagrarse por completo al Reino de Dios. Jesús afirma que su Padre es Señor del cielo y de la tierra (Mt 11,25; Mt 5,45; Lc 6,35; Mt 6, 25-34), Aquel que cuida con solicitud a todos les seres que habitan en ellos. En las enseñanzas de Jesús a sus discípulos, se manifiesta un énfasis en la protección de Dios sobre cada individuo. Cada ser humano está invitado a reconocer que Dios vela sobre su vida y a actuar confiando en la protección paterna de su Creador (Schilson, 1996, p. 786).

Sin embargo, la afirmación de una providencia divina que guía la creación y la historia con sabiduría y bondad se ve confrontada con la objeción de la existencia del mal y del sufrimiento en el mundo. Ante dichas realidades, no resulta fácil afirmar que todos los acontecimientos que ocurren en el mundo estén dirigidos por un plan bondadoso diseñado por Dios. Al contrario, realidades como el mal, la violencia, el sufrimiento y la muerte llevan a preguntarse si este mundo no está gobernado más bien por el caos o por el choque de fuerzas ciegas y violentas. Las grandes tragedias de la historia humana con frecuencia han suscitado objeciones y cuestionamientos frente a la divina providencia. Por ejemplo, en la Sagrada Escritura se encuentran ecos de las dudas de fe por parte de Israel en tiempos del Exilio; en la obra de san Agustín se perciben la incertidumbre y las acusaciones contra el cristianismo en el periodo de la caída del Imperio romano; en los comentarios satíricos de Voltaire (1995) se refleja la conmoción de Europa tras el terremoto que destruyó Lisboa en 1755, y en la literatos contemporáneos como Fedor Dostoeivski (2004), Albert Camus (1978) y Elie Wiesel (2007) se encuentran numerosas alusiones al escándalo del mal suscitado por tragedias como las guerras mundiales, la Shoah, los genocidios o la amenaza nuclear.

Pero el escándalo religioso ante el mal no es un tema nuevo. El libro de Job es probablemente la mejor expresión en el Antiguo Testamento del creyente que le reclama a Dios el porqué de su desgracia y se pregunta hasta cuándo debe esperar que haga justicia en su favor. La desgracia sufrida por el inocente es un escándalo para la fe en un Dios justo:

¿Acaso oculté a los hombres mi delito, o escondí en mi seno mi pecado? ¿Acaso tuve temor a los rumores de la gente, miedo al desprecio de los míos, o permanecí en silencio sin salir a la calle? ¡Ojalá alguien me escuchara! ¡He dicho mi última palabra! A Shaddai le toca responder. El libelo que haya escrito mi adversario ¡juro que sobre el hombro lo llevaré, ceñido como una diadema! Le daría cuenta de mis pasos, me acercaría a él como un príncipe. (Job 31, 33-37)

La fe bíblica responde de diferentes maneras a esta pregunta religiosa por las razones del mal. Con frecuencia, la Sagrada Escritura recuerda que los designios divinos son insondables y que si Dios no actúa para impedir el mal es por razones justas que solo Él conoce. Los planes de Dios obedecen a su sabiduría infinita que sobrepasa las capacidades y cálculos humanos. Esta es precisamente la respuesta que reciben las preguntas de Job. Dios le recuerda la inmensidad de su sabiduría, con la que rige el universo, y la pequeñez de Job para poder entender todo lo que sucede a su alrededor (Jb 38,1-4s). De este modo, antes que dar una explicación final al porqué de las desgracias, el libro de Job invita a una actitud de esperanza, paciencia y confianza en Dios (Farley, 1988).

Por su parte, los profetas bíblicos respondieron a las tragedias nacionales vividas por Israel y Judá desde una referencia a la Alianza. Dios permanece fiel a la promesa de velar por su pueblo, pero pide que este respete la Ley. Por eso, las desgracias sobrevenidas al pueblo son el resultado de la falta de fidelidad del pueblo a la Alianza y del extravío de sus gobernantes. Esta respuesta de la tradición profética marcará profundamente la experiencia religiosa del judaísmo y orientará la pregunta por el mal hacia el tema de la desobediencia del ser humano a Dios. La causa del mal y del sufrimiento en el mundo es el pecado humano, no una falencia del amor divino (Estrada, 1997).

Al mismo tiempo, la predicación profética mantiene abierto un horizonte de esperanza. Para los profetas, aunque el pueblo se haya alejado de Dios y haya caído en desgracia por culpa de su propia desobediencia, Dios sigue guiando la historia y abre una esperanza de salvación para sus fieles (Is 41,25; 45, 1-7; 46,10s). De este modo, a partir de la época del Exilio, la salvación se convierte claramente en una salvación esperada. El pueblo espera la intervención salvadora de Dios aún en medio de circunstancias políticas cada vez más difíciles. La intervención divina se espera en un futuro escatológico. El mundo, más allá de las circunstancias presentes de la historia, se convierte en el lugar donde Dios prepara su acción y su juicio final (Labarrière, 1986).

Dentro de este horizonte de espera de la acción definitiva de Dios toman forma dos concepciones religiosas: la idea de resurrección y la esperanza del restablecimiento victorioso del Reino de Dios en la tierra. El Nuevo Testamento proclama que estas promesas encuentran su cumplimiento en la Pascua de Cristo y en el don del Espíritu Santo. Según el testimonio de los evangelios, la vida, muerte y resurrección de Jesús son la manifestación de que Dios se ha comprometido de manera definitiva con la salvación de todo el género humano. Por eso, se puede decir que, más que desarrollar una doctrina nueva sobre los orígenes del mal, el Nuevo Testamento proclama que el mal ha sido vencido por el poder salvador de Jesucristo. La enfermedad, la influencia demoniaca, el pecado e incluso la muerte, última y definitiva manifestación del mal, han sido vencidos por la muerte y resurrección de Cristo (1 Co 15-26). San Pablo afirma que del mayor mal moral que ha sido cometido jamás, el rechazo y la muerte del Hijo de Dios, causado por los pecados de todos los hombres, Dios, por la superabundancia de su gracia (Rm 5, 20), sacó el mayor de los bienes: la glorificación de Cristo y nuestra Redención. Así, se manifiesta que “en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rm 8, 28).

Por eso, se puede afirmar que el conjunto de la fe cristiana proclamada por el Nuevo Testamento es una respuesta a la cuestión del mal: la bondad de la creación, el drama del pecado, el amor paciente de Dios que sale al encuentro del hombre, la Encarnación redentora del Hijo, el don del Espíritu, la congregación de la Iglesia, la fuerza de los sacramentos, la llamada a una vida bienaventurada. No hay un rasgo del mensaje cristiano que no sea en parte una respuesta a la cuestión del mal2.

Las coincidencias entre las nociones teológicas de la fe bíblica y las concepciones religiosas expresadas por las personas entrevistadas son numerosas. Desde una sabiduría sencilla y práctica, el cristianismo popular de estas personas ha asimilado rasgos fundamentales de la fe bíblica y permite, en un buen número de casos, darle un sentido a experiencias tan duras como la violencia, el desplazamiento forzado y la muerte de seres queridos. Al mismo tiempo, se descubren rasgos contrarios a la fe cristiana como las ideas de Dios colérico y vengativo, el pesimismo fatalista o una religión de la prosperidad material que deberían ser afrontados desde la acción evangelizadora de la Iglesia (Buitrago, 2018, pp. 163 y ss.).

El perdón, la reconciliación y el problema de la justicia

La amplitud y profundidad de las cuestiones relacionados con la acción de Dios ante el sufrimiento humano, tanto en la fe proclamada por la Sagrada Escritura, como en los testimonios de las personas entrevistadas, pueden dar lugar a un gran número de reflexiones y elementos de diálogo entre fe y cultura. En esta última parte de mi intervención quiero centrarme en un tema que considero fundamental dentro del marco de este libro: el perdón, la reconciliación y el problema de la justicia.

La predicación de la Iglesia católica en nuestro país, fiel al Evangelio, ha estado siempre dirigida hacia la búsqueda del perdón, la reconciliación y la paz entre los colombianos. Un propósito laudable. Sin embargo, llama la atención que para muchos de los entrevistados la posibilidad de perdonar a los causantes de su desplazamiento forzado resulta abiertamente escandalosa e inaceptable. Es paradójico que mientras en el título de este libro, como en muchos documentos y eventos eclesiales, hablamos de perdón y compasión, la esperanza que manifiestan muchas de las personas entrevistadas es que Dios haga justicia: haga pagar a los culpables por el mal que han cometido. Esta esperanza se refuerza por el ambiente de impunidad legal y por la impotencia que las victimas sienten ante los grupos armados. La víctima inocente y desvalida pone su esperanza última en ese Dios justo que no puede permitir que tanta maldad quede sin castigo.

Es interesante que el teólogo alemán Jurgen Moltmann, comentando sobre el ateísmo contemporáneo, afirme como una de las causas del ateísmo del siglo XX el escándalo producido por el sufrimiento injusto de millones de inocentes en las guerras mundiales o en los regímenes totalitarios. Según Moltmann, las explicaciones religiosas se quedaron cortas para justificar por qué Dios permitió la muerte de tantos inocentes. Moltmann (1977) llama a ese tipo de ateísmo contemporáneo “ateísmo de protesta” que surge finalmente del deseo profundo que tiene el ser humano de “que el asesino no triunfe sobre su víctima” (p. 313). Podemos decir que este mismo anhelo de que el asesino o el verdugo no se salgan con las suyas está muy presente en muchos de los entrevistados, solo que en la mayoría de ellos no genera un rechazo contra Dios. Al contrario, pareciera que para muchos de ellos la necesidad de justicia se convierte precisamente en una de las razones para esperar una intervención divina. La fe en Dios es, para muchos de ellos, la única posibilidad que ven de que se haga verdaderamente justicia:

Uno se siente impotente frente a esas personas porque son muchos y porque ellos tienen armas. Yo por eso creo que la única justicia es que Dios haga justicia por sí mismo3 (*).

Tal vez uno no la ve ahora (la justicia), porque no llega inmediatamente y a veces a uno le da rabia viendo que ellos siguen por ahí sin recibir el castigo que se merecen […] pero la justicia de Dios llega, yo estoy convencida de eso, tarde o temprano, pero llega4.

Creo que es importante tener en cuenta este anhelo legítimo de justicia a la hora de hablar de perdón y reconciliación en un contexto como el de las víctimas del desplazamiento forzado y la violencia en nuestro país. Presentar el Evangelio simplemente como un llamado al olvido de las ofensas, al perdón y a la reconciliación sin predicar con igual fuerza la justicia, la necesidad de conocer la verdad y de un sincero arrepentimiento por parte del agresor puede caer en comprensiones contrarias a la misma fe. Dentro de una sociedad con un nivel elevado de impunidad, la predicación cristiana no puede reducirse al anuncio de una paz fundada en el olvido, dejando en la sombra el sufrimiento de las víctimas.

Al mismo tiempo, la predicación del Evangelio en estos contextos debe tener presente otro peligro no menos evidente: la fe en Dios y la esperanza en su justicia pueden convertirse en un medio eficaz para alimentar el rencor y los deseos de venganza. Aun comprendiendo las razones señaladas por muchos de los entrevistados, no se puede negar que la justicia divina que ellos esperan tiene todas las características de una venganza. Varios de ellos sostienen que esperan de Dios que haga sufrir a los culpables de su desplazamiento algo igual o peor a lo que ellos han padecido. En este sentido, las persecuciones y venganzas violentas entre miembros de grupos armados o la muerte de los jefes de dichos grupos son entendidas, e incluso celebradas, como actos de justicia divina.

Yo creo que Dios tiene que hacer justicia porque esa gente es muy, muy mala. Mi Dios les tiene guardada su parte, como dicen. Cuando yo veo en los periódicos que mataron a un jefe de la guerrilla, yo digo: ahí está la justicia de Dios pidiéndoles cuentas por lo que hicieron5.

Dios se encargará de enviarles cosas duras para que sufran. El castigo existe, de eso estoy seguro […] (Hablando de un jefe guerrillero:) Dicen que vive en la pobreza absoluta, que perdió a su familia y tiene que estarse escondiendo permanentemente6.

Es comprensible que la persona sometida a un sufrimiento injusto manifieste espontáneamente deseos de venganza. Pero no se puede olvidar que el Evangelio nos invita a ir más allá de este sentimiento natural. Dentro de un horizonte cristiano, la noción de justicia divina excluye la idea de venganza e invita a superar el odio. Aquí se perciben los límites de una imagen de Dios visto exclusivamente como juez, desprovisto de los atributos del perdón, la compasión y de la misericordia. Una imagen reductiva que conduce a expresiones deformadas de la fe cristiana.

¿Cómo predicar el perdón y la reconciliación sin que el perdón de las ofensas abra paso a la impunidad? ¿Cómo predicar la justicia de Dios evitando proyectar en Él los propios deseos de venganza? Creo que, como lo afirman el mismo Jurgen Moltmann o el jesuita Jon Sobrino (1999), una clave de respuesta está en redescubrir el sentido de la cruz de Cristo. El Crucificado es por excelencia el inocente sobre quien recae una violencia inmerecida y una muerte injusta. Y, al mismo tiempo, el Crucificado es aquel que tiene la libertad y la paz interior para perdonar a aquellos que le han hecho daño. Solo así se puede romper la cadena de la violencia y cortar el ciclo del odio y la venganza.

La Cruz no invita a esconder las consecuencias de la violencia, ni a olvidar lo ocurrido, ni a cerrar los ojos ante el sufrimiento y la injusticia. Al contrario, al contemplar al Crucificado estamos llamados a volver nuestra mirada hacia los crucificados de nuestro tiempo, hacia el dolor de tantos hombres y mujeres en nuestro mundo. El Crucificado-Resucitado que aparece en la mañana de Pascua para desear la paz a los discípulos que lo han traicionado les muestra enseguida las marcas de los clavos y la lanza: no esconde su sufrimiento, no hace como si nada hubiera pasado. Muestra las heridas que han marcado su cuerpo para construir, a partir de allí, una reconciliación basada en la verdad, en el reconocimiento de lo sucedido y en la promesa de un mañana donde la comunión es posible. La paz que trae el Crucificado-Resucitado busca la conversión y el arrepentimiento del agresor, recordando que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que este se convierta y viva (Ez 18,32). Por eso, la justicia de Dios que se manifiesta en Cristo no es una justicia que ajusticie (que castigue o que se busque venganza), sino una justicia que justifica, es decir, que permite una nueva comunión a partir del arrepentimiento y la conversión.

Al presentar a Cristo como modelo de perdón y reconciliación, debemos recordar también que se trata de una invitación. El perdón no puede obligarse, no puede decretarse, no puede forzarse. El perdón solo puede otorgarlo la víctima. Es distinto de la amnistía legal que pronuncia un juez o un tribunal. Es importante mantener esta distinción para no pasar demasiado rápido del plano religioso-ético al plano legal. El perdón en sentido cristiano implica un cambio de mirada y de actitud que se da en lo profundo del ser humano y que a veces requiere años, procesos de sanación y duelo, palabras y gestos concretos. Creo que por su naturaleza específica la Iglesia puede contribuir de un modo único a lograr este perdón y esta reconciliación que no alcanzan ni los acuerdos políticos ni los tribunales judiciales. No estoy diciendo que no sean importantes, estoy diciendo que operan a otro nivel. De igual manera, el perdón cristiano no puede reemplazar el necesario esclarecimiento de la verdad, la condena por parte de la justicia legal al agresor, la garantía de no repetición de la agresión. Todos estos elementos son necesarios dentro del largo proceso de sanación de un pueblo, de reconciliación y perdón.

Si el perdón en un sentido cristiano es algo que no se puede obligar y que solo puede conceder la víctima, ¿qué razones tiene una persona que ha sido víctima de la violencia para emprender el camino del perdón? Es interesante constatar que muchos entrevistados son conscientes de que sus sentimientos de odio hacia sus agresores y los deseos de venganza son contrarios a lo que Dios quiere de ellos. Se dan cuenta, además, de que dichos sentimientos e ideas de venganza les hacen daño a ellos mismos y les impiden superar lo ocurrido. Muchos hablan del deseo de venganza como de un círculo vicioso que termina destruyendo la vida de la víctima o convirtiéndola en agresor. Un gran número de padres de familia expresaron, por ejemplo, el temor de que sus hijos sigan alimentando sentimientos de venganza y actitudes violentas que los lleven a unirse a grupos armados u organizaciones delincuenciales en los barrios periféricos donde ahora viven. Por eso, algunos luchan por superar la tendencia a la agresividad que producen en ellos la violencia sufrida y el contexto de zozobra y peligro donde ahora viven. Una madre de familia hablando de su hijo de siete años afirma: “Es muy agresivo, dice groserías, insulta a los que le mataron a su papá. Yo le dije que no repitiera más esas palabras. Pero él respondió: malditos, malditos, los voy a matar con mis propias manos”7.

Por eso, a partir del reconocimiento de los efectos negativos del odio y del deseo de venganza, algunos entrevistados se muestran abiertos a la posibilidad del perdón a partir de lo que enseña la fe cristiana. Por ejemplo, una persona afirmó: “Yo creo que, si Dios murió por todos nosotros, ¿a nosotros no nos tocará también perdonar? En mi caso, yo creo que ya perdoné y eso sí ayuda mucho”8.

Otros manifestaron que la participación en momentos de oración o en celebraciones litúrgicas les ha ayudado a “sanar” los sentimientos de odio. Algunos afirman que en su oración personal le piden a Dios que les dé la capacidad de perdonar y de vivir en paz a pesar de los recuerdos dolorosos. Saben que no es fácil, pero sienten que Dios les puede ayudar por medio de la oración:

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22 октября 2025
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9789581205479
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