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ARGENTINA Y SUS CLASES MEDIAS

Para un país que ha presumido desde hace mucho ser “de clase media”; donde ciertas expresiones públicas son caracterizadas como “clase media”; y, aún más, la “clase media” es objeto de invocación frecuente, su estudio sistemático a través de diferentes disciplinas se ha tornado crucial si se espera trascender tanto el sentido común como los discursos más evaluativos y normativos. Esta es la pretensión principal de este libro: ofrecer un conjunto de estudios empíricos acerca de la clase media en la Argentina. Se despliega así, a través de sus nueve capítulos, una línea amplia y heterogénea de investigación que trata de entender cómo actúan y piensan determinados sectores en diferentes zonas del país, a través de los modos en que interactúan, se definen y diferencian de otros, apelando a una amplia batería de prácticas, lenguajes y narrativas.

Sergio E. Visacovsky es doctor en Antropología Cultural por la Universidad de Utrecht (Países Bajos) y graduado en Ciencias Antropológicas por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Es investigador principal del Conicet y director del Centro de Investigaciones Sociales (CIS) del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) y Conicet. Es profesor de la Maestría y el Doctorado en Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de General Sarmiento e IDES y en la Maestría en Antropología Social del Instituto de Altos Estudios Sociales (Idaes) de la Universidad Nacional de San Martín (Unsam) e IDES.

Enrique Garguin es magíster en Historia por la Universidad del Estado de Nueva York en Stony Brook y profesor y licenciado en Historia por la Universidad Nacional de La Plata (UNLP), en cuya Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación (FAHCE) se desempeña como docente de Historia de la Historiografía e Historia Argentina. Es investigador del Centro de Investigaciones Sociohistóricas (CISH)-Instituto de Investigaciones en Humanidades y Ciencias Sociales (IDIHCS), FAHCE, UNLP/Conicet y forma parte del comité editorial de Sociohistórica. Cuadernos del CISH.

SERGIO VISACOVSKY

ENRIQUE GARGUIN

coordindores

ARGENTINA Y SUS CLASES MEDIAS

Panoramas de la investigación empírica en ciencias sociales


Índice

  Cubierta

  Acerca de este libro

  Portada

  Introducción, por Sergio Visacovsky y Enrique Garguin

  1. Clase media, género y domesticidad: el hogar como espacio de negociación de las distancias sociales en la Argentina de mediados del siglo XX, por Inés Pérez

  2. De inquilinos a propietarios: la construcción del mercado de la propiedad horizontal en Buenos Aires, 1947-1970, por Rosa Aboy

  3. La clase media como lenguaje y los lenguajes de las clases medias en tres ciudades del interior bonaerense, por Gabriel D. Noel

  4. Un campo inesperado de inclusión social: negociaciones identitarias y movilidad socioeconómica en un equipo de triatlón en Santiago del Estero, por Sara Kauko

  5. Universitario y de barrio: la construcción de un nosotros de clase media en un club social y deportivo platense, por Julia Hang

  6. La corrupción como categoría clave para pensar la clase media argentina, por Sarah Muir

  7. El pasaje por la crisis: diferencias generacionales, valor y trabajo en la Argentina, por Sonia Prelat

  8. ¿Orientaciones políticas de la “clase media”, o la “clase media” y sus orientaciones políticas?, por Fernando Toyos

  9. Entre el esfuerzo y el confort: autonomía y cambio cultural, por Patricia B. Vargas y Nicolás Viotti

  Bibliografía general

  Índice temático

  Acerca de los autores

  Créditos

Introducción

Sergio Visacovsky y Enrique Garguin

Difícilmente pueda decirse que el interés por la clase media (o las clases medias, cuando se enfatiza en su diversidad) sea un asunto totalmente nuevo para las ciencias sociales en la Argentina. Entre las décadas de 1940-1960, el padre de la sociología científica local, el italiano Gino Germani (1911-1979), la hizo objeto de estudio privilegiado, casi al mismo tiempo que se imponía la imagen de un país que desde mediados del siglo XX fue presentado como “de clase media”, caso atípico en América Latina. El cuadro de una Argentina caracterizada por vigorosas corrientes inmigratorias europeas (la Argentina aluvial del historiador José Luis Romero), cuyos descendientes ascenderían socialmente poco después, ha dominado los estudios académicos y el sentido común. Una vez establecido el modelo de Germani como programa de investigación, preponderaron los estudios empíricos centrados en estimar las variaciones cuantitativas de la población; por ejemplo, cuánto creció o disminuyó en un período de tiempo para un determinado territorio, en qué zonas había mayor o menor concentración, qué ocupaciones estaban representadas y en qué proporción, qué niveles educativos estaban representados, etc. Pero la idea de un país de una amplia clase media, resultado del ascenso social, con buenos niveles de vida y calidad en materia educativa y sanitaria entró en crisis en la década de 1990. Los procesos de desindustrialización, los continuos programas de ajuste estructural, el creciente desempleo y empobrecimiento de la sociedad desde mediados de la década de 1970 introdujeron una nueva problemática: el descenso social de sectores medios. Ya no solo las posibilidades de ascenso social se veían comprometidas, sino que el temor a la caída se volvía real, tal como lo pusieron de manifiesto los estudios sobre la nueva pobreza.

Desde la profunda crisis socioeconómica de inicios del siglo XXI, diferentes expresiones públicas fueron tipificadas como “de clase media”, desde los cacerolazos de diciembre de 2001, el apoyo que sectores urbanos dieron al paro agropecuario en 2008 (ver Noel en este volumen), las protestas contra el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, la marcha a favor del esclarecimiento de la muerte del fiscal Alberto Nisman el 18 de febrero de 2015 o las diferentes muestras de apoyo a Mauricio Macri, antes, durante y después de su presidencia. Así, la clase media se presentó no solo como un sector de la sociedad, visible a través de los números de un diagrama, sino especialmente presentado por los medios de comunicación como un actor que ha ocupado el centro de la escena pública, con sus propios intereses y valores, ponderado o denostado (Visacovsky, 2009). Está claro que para un país que desde hace mucho ha presumido de ser “de clase media”, donde una mayor parte de la población se percibe como tal sin importar demasiado su condición económica objetiva (ver Toyos en este volumen), donde ciertas expresiones públicas son caracterizadas como “clase media” y, aun más, es objeto de invocación frecuente por parte de los políticos, su estudio sistemático a través de diferentes disciplinas de las ciencias sociales se ha tornado un asunto crucial, si se espera trascender tanto el sentido común o los discursos más evaluativos y normativos.1 Esta es la pretensión principal de este libro: ofrecer un conjunto de estudios empíricos acerca de la clase media en la Argentina en cuanto objeto, que por un lado muestren cuáles son los modos como está siendo estudiada, mediante qué enfoques teóricos, a través de qué métodos, qué preguntas configuran una posible agenda de investigación, en qué difieren estas y los resultados alcanzados hasta el momento de las perspectivas legas y expertas más conocidas y, finalmente, cuál es el potencial de estos estudios para el afianzamiento de un campo de investigación futura.

Ante todo, es preciso aclarar que la omnipresencia de la clase media se refiere menos a su estudio científico que a su lugar en el discurso público. Esto no quiere decir que no se pueda constatar en paralelo un crecimiento del interés por la clase media como objeto de indagación histórica, sociológica o etnográfica. No obstante, este interés (que fue bastante significativo hasta mediados de la segunda década del presente siglo) nunca alcanzó el desarrollo de otros campos de investigación que han tenido un crecimiento sostenido y se han afianzado en los últimos años. Además, los estudios sobre clase media presentan algunas peculiaridades, empezando por algo tan crucial como resolver cuáles resultan admisibles o no como tales. Desde una perspectiva amplia, numerosos estudios empíricos emprendidos desde mediados de los años 90 hasta hoy son presentados por sus autores como “estudios sobre una población de clase media”. En estos casos, la clase media es vista como una parte existente de la población, delimitada principalmente por criterios objetivos (como sus niveles de ingreso), a la cual se le pueden atribuir adhesiones políticas, valores o comportamientos (ver Toyos en este volumen).2 Es imprescindible diferenciar esta línea mucho más frecuente de otra, en la que “clase media” deja de ser una población conocida para convertirse en algo a interrogar: una categoría social a la que se pretende conocer por sus usos diversos y sus efectos constitutivos de la realidad social. Esta visión ha emergido mucho más recientemente no solo en la Argentina, y su propósito primordial reside en intentar resolver algunos de los problemas que ha presentado históricamente el campo de investigación sobre las clases sociales. A través de nueve capítulos, este libro explora una línea amplia y heterogénea de investigación que trata de entender cómo actúan y piensan determinados sectores de la sociedad argentina a través del modo en que se definen y diferencian de otros apelando, por caso, a la asignación de cualidades virtuosas o deshonestas, a las maneras de justificarse o tornar inteligibles los actos propios o los ajenos, a las formas de contar los orígenes, narrar el pasado e imaginar el futuro. Ciertamente, un camino muy distinto al de atribuir las acciones e ideas de los grupos sociales a una supuesta condición objetiva (“clase media”), que produciría los mismos efectos en cualquier tiempo y lugar.

En consecuencia, nuestro interés aquí es ofrecer una muestra de la potencialidad de esta línea de investigación (aun en pleno desarrollo), a través de estudios empíricos efectuados por investigadoras e investigadores argentinos y no argentinos sobre la Argentina. Como se verá, el nuevo programa de investigación sobre clases medias ha dado lugar a una comprensión renovada, tanto en lo que respecta a los enfoques teóricos como a una diversificación de las temáticas asumidas como vitales. Si bien las autoras y los autores no comparten un enfoque común, sí comparten una serie de intereses, una conciencia de los problemas que posee el campo, así como ciertos núcleos estratégicos que resultan puertas de acceso reveladoras de lo que espera a quien se atreva a emprender estos estudios. Así, los modos de definir la identidad, apelando de manera explícita o no a la categoría “clase media”, se tornan cruciales, en directa relación con las formas de diferenciación y el trazado de fronteras sociales y simbólicas (particularmente en los capítulos de Pérez, Noel y Kauko). Y en estrecha relación con el estudio de las identidades, se presenta la preocupación por el abordaje de la moralidad, la cual atraviesa todos los capítulos: en la construcción de distancias sociales a través de las relaciones establecidas en el espacio del hogar (Pérez), en la construcción del mercado de la propiedad horizontal (Aboy), en los usos del lenguaje en la definición identitaria (Noel), en las aspiraciones de ascenso e inclusión social (Kauko), en las disputas por las imágenes de las instituciones (Hang), en el rol de la corrupción como un lente para definir la historia nacional y dar sentido al futuro (Muir), en la organización diferente de las experiencias generacionales en cuanto respuestas a las crisis recurrentes (Prelat), en la relación entre autoadscripción de “clase media” y orientaciones ideológico-políticas (Toyos), en la autorrealización y el confort como valores de nuevas “clases medias” (Vargas y Viotti). En todos los capítulos sobresale un mismo interés por explorar los caminos abiertos más recientemente y contribuir al desarrollo de un campo que, pese a todo, reclama con avidez más investigación.

No obstante, también se podrá ver que este camino no desprecia ni ignora las contribuciones pioneras que ayudaron a crear tanto una comprensión experta como lega de la clase media en la Argentina. Antes bien, se trata de poner de manifiesto que la bibliografía clásica constituye una referencia obligada para quien quiera comenzar a caminar estos terrenos, que cualquier nuevo desarrollo debe necesariamente conocerlos y entrar en diálogo con ella. Por ello, dedicaremos los apartados siguientes a exponer un cuadro histórico de los estudios en nuestro país.

Los inicios

Germani comenzó a desarrollar estudios empíricos sobre la clase media a comienzos de la década de 1940. Integrado al Instituto de Sociología de la Universidad de Buenos Aires (creado en 1940), Germani (1942, 1943, 1944) llevó a cabo una serie de indagaciones acerca de la composición de la población, la opinión pública y la situación de la clase media. En el flamante Boletín del Instituto de Sociología, creó y dirigió una sección denominada “Datos sobre la realidad social argentina contemporánea”, en la que se presentaba información estadística sobre la economía, la demografía, y los niveles de escolarización e instrucción de la población (Blanco, 2003: 48-49).

Hacia 1950 la Oficina de Ciencias Sociales de la Unión Panamericana impulsó un programa de investigación sobre la clase media en América Latina, considerándola clave en razón de que su fortaleza ayudaría a sostener la estabilidad social y la económica de la región (Carli, 2000: 3). Para tal fin, resolvió compilar un volumen dedicado al tema, y para ello convocó como autores de contribuciones particulares a Germani y a otras dos figuras del medio académico argentino: Sergio Bagú (1911-2002) y Alfredo Poviña (1904-1986). A pesar de sus diferencias, los tres autores coincidieron en la necesidad de abordar el estudio de la clase media no solo en términos económicos, sino también psicológicos y culturales. De ahí que Bagú (1950) hablase de la existencia de una “psicología” de la clase media, Germani (1950: 21) señalase que la clase media portaba una específica “personalidad” y Poviña (1950: 73-74) le atribuyese un patrón cultural distintivo, un “estado de espíritu”, que marcaba el nivel intelectual de la sociedad, pero que carecía de “conciencia de clase” y “unidad”. Lo que revelaban estos estudios era la necesidad de buscar la cualidad distintiva de estos sectores en aspectos tales como los niveles de instrucción y la valorización de la educación y la “cultura” como fuentes de progreso, entendido este como movilidad social ascendente.

Pero aquello que diferenciaba crucialmente las perspectivas de Poviña y Bagú de la de Germani era la importancia que concedía este último a los estudios empíricos de largo aliento. Germani y su equipo iniciaron los estudios adoptando el enfoque de la estratificación social. Sus trabajos influyeron especialmente en la sociología cuantitativa, debido a su insistencia en el diseño de cuestionarios y en la identificación de indicadores objetivos de clase y de autoidentificación y ubicación social, metodología que entendía imprescindible para conocer las relaciones entre estratificación y movilidad social (Germani, 1955, 1962). Su trabajo estableció la interpretación de la clase media argentina en vigencia durante la segunda mitad del siglo XX, al destacar su origen inmigratorio europeo, la movilidad social ascendente a través del comercio y la educación; esta última transformada en un valor capital que posibilitaba el progreso individual (Germani, 1971 [1963]). Germani sostuvo que la Argentina debía romper con las rémoras tradicionalistas que impedían la modernización y el desarrollo, siendo la clase media el agente modernizador por excelencia, dado que por su naturaleza estaba orientada al progreso, basado en la adquisición de conocimiento y en la pretensión de ascenso social (Visacovsky, 2008; Adamovsky, 2009; Garguin, 2006, 2007; Visacovsky y Garguin, 2009a; Visacovsky, 2014).

En el curso de la década de 1960 y decididamente en la de 1970, la creciente difusión del marxismo en las ciencias sociales en la Argentina, junto a un creciente proceso de radicalización política de estas, postergó en buena medida los estudios empíricos en general y, en especial, los centrados en aquellos sectores que dichas disciplinas denominaban “clase medias”, “sectores medios” o “pequeña burguesía”. Sin embargo, algunos trabajos centrados en el ámbito de la educación enfatizaron en el rol político y la orientación ideológica de estos sectores; desde una lectura marxista, estos trabajos atribuyeron a la clase media una inclinación por los valores de las clases dominantes (Graciarena, 1971; Tedesco, 1971).3

Pese a todo, durante los años 70 se llevaron a cabo algunas investigaciones empíricas que pudieron constituir el preámbulo de un campo disciplinario específico de la antropología social, el cual quedó trunco en parte por la profundización de la violencia política y el terrorismo de Estado, en parte por peculiaridades de la conformación del campo antropológico local (Guber y Visacovsky, 1999: 25, 2000: 307). Estos estudios fueron importantes porque se realizaron fuera del ámbito de la ciudad de Buenos Aires (una cualidad que también poseen los trabajos de Pérez, Noel, Kauko, Hang y Prelat, en este volumen), la región a partir de la cual se forjó el modelo predominante del desarrollo y que confirió ciertas características estereotipadas a la clase media argentina: entre colonos friulanos productores de algodón en el norte de la provincia de Santa Fe (Archetti, 1975; Archetti y Stølen, 1974) y colonos descendientes de ucranianos y polacos en Apóstoles, en el sudeste de la provincia de Misiones (Bartolomé, 1991). Los debates incluían la pertinencia de su caracterización, sea como pequeña burguesía (Archetti, 1975) o como una “clase media rural”, ubicada entre los proletarios y los terratenientes (Archetti y Stølen, 1974, 175; Bartolomé, 1991), así como el papel de las identidades étnicas y su relación con las elites locales y las ideologías (Bartolomé, 1991).4

Mientras Germani y su equipo llevaban a cabo sus estudios empíricos sobre la clase media de Buenos Aires y un tiempo antes de que Eduardo Archetti, Kristi Anne Stølen y Leopoldo Bartolomé iniciaran sus investigaciones etnográficas sobre sectores medios rurales del interior del país, aparecieron una serie de trabajos usualmente comprendidos en lo que se dio en llamar “ensayo sociológico” o “de interpretación nacional” (Saítta, 2004; Altamirano, 1997). Como esta caracterización había sido usualmente efectuada por la autodenominada sociología científica fundada por Germani, “el ensayo” se presentaba como lo opuesto a la ciencia, en razón de que esta última era el producto de investigaciones empíricas basadas en una metodología explícita y clara, así como apelaba a enunciados y conceptos teóricos, no ideológicos. Desde el lado del ensayo, la sociología de Germani era vista como expresión del “cientificismo” académico “elitista” y de un pensamiento contrario a los intereses nacionales. Su propósito era polemizar e intervenir en los debates ideológicos y políticos (Neiburg, 1998). Así, Juan José Hernández Arregui (1960) hablaba del “hombre promedio”, “conservador y reaccionario”, atrapado en las cuestiones mundanas. Juan José Sebreli (2003 [1964]) apelaba a su propia experiencia y subjetividad, reconociendo ser parte de la clase media, para describirla, incurriendo en generalizaciones y fórmulas ideológicas incuestionadas (Altamirano, 1997). Julio Mafud (1965, 1985) sostuvo que la movilidad social que llevó a los inmigrantes europeos de fines del siglo XIX e inicios del siglo XX a crear la clase media argentina fue producto de sus valores de origen, tales como la “sed de dinero” y el “utilitarismo”. Ante esto, los nativos criollos habrían adoptado la “picardía” o “viveza”, una manera de obtener ventajas que pronto se extendió también a los inmigrantes, convirtiéndose en algo “típicamente argentino”. Finalmente, la obra de Arturo Jauretche (1966) ha sido quizá la de mayor impacto político, la más duradera en cuanto a su presencia en el discurso público, muy en especial del peronismo, con el concepto de “medio pelo”, esto es, una pequeña burguesía que tendía a adoptar los valores y estilos de vida de la “oligarquía” en lugar de su real condición. Los estudios más recientes han puesto su atención en esta producción, en la medida en que ha expresado concepciones colectivas sobre la clase media en la Argentina que tienen plena vigencia en el discurso público (Garguin, 2007; Adamovsky, 2009; Fava y Zenobi, 2009).

Resumiendo, los estudios inaugurados por Germani constituyen sin lugar a dudas no solo una fuente permanente de consulta, sino a la vez un modelo en cuanto a la importancia decisiva de la investigación empírica, lo cual compartía con los estudios etnográficos mencionados, pero no así con el “ensayo”. Los estudios etnográficos plantearon la relevancia de indagar otras realidades del país, fuera de la Buenos Aires urbana, lo cual constituye un desafío vigente. El “ensayo”, por su parte, llamó la atención respecto de los vínculos posibles entre las perspectivas autodefinidas como “científicas” y las concepciones políticas e ideológicas, una inquietud que exige de cualquier programa científico en ciencias sociales estar alerta.

La clase media reaparece

Durante la década de 1980, junto a la reestructuración de los espacios de investigación en ciencias sociales tras el fin de la última dictadura militar en 1983, recibieron inicialmente mayor atención por parte de las ciencias sociales los sectores más postergados de la sociedad. Pero a partir de la década de 1990, las políticas neoliberales que condujeron al aumento de la pobreza y el desempleo hicieron que la clase media fuese objeto de un renovado interés. Se desarrolló así una línea de estudios focalizados en el deterioro de sus condiciones de vida, mostrando a través de información preponderantemente cuantitativa cómo determinadas fracciones de la llamada clase media urbana se habían pauperizado; entre las razones, estaban el incremento de la desocupación y la subocupación, la reducción de sus ingresos y la propagación de los puestos de trabajo precario e inestable, por lo cual formaron parte de un estrato de pobreza reciente, el de los “nuevos pobres” (Minujin y Kessler, 1995; González Bombal, 2002; Lvovich, 2000; Minujin y Anguita, 2004). Estos trabajos evidenciaron que la tipificación de la Argentina como un país de oportunidades era empíricamente inadecuada: podía existir clase media sin ascenso social y, más aún, con descenso a la pobreza.

Simultáneamente, otros estudios se focalizaron en la emergencia de una fracción de la clase media enriquecida, que adoptó estilos de vida próximos a los estratos altos. Desde aproximaciones predominantemente cualitativas, estos trabajos abordaron la aparición de nuevas formas de residencia (Arizaga, 2000; Svampa, 2001, 2002) y consumo, que expresaban la recepción de objetos y significados globales (Wortman, 2003) que legitimaban determinados estilos de vida (Arizaga, 2004). También se llevaron a cabo estudios sobre el mundo de valores, actitudes y opiniones considerados característicos de la clase media (Sautu, 2001), a partir de la elaboración de datos obtenidos a través de entrevistas estructuradas.

Durante la misma década de 1990, Emanuela Guano (por entonces estudiante doctoral de la Universidad de Texas, Austin, y luego profesora de antropología en la Universidad Estatal de Georgia, Estados Unidos) estudió los efectos de las políticas neoliberales, analizando los movimientos sociales porteños que ella definió como “de clase media”, y que se oponían a las reformas educativas impulsadas por el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el gobierno de Carlos Menem. Entre varios aspectos a destacar, Guano (2002, 2003, 2004) mostró cómo los residentes porteños caracterizados como “de clase media” se esforzaron por dar sentido a su propio empobrecimiento negando su derecho a la ciudadanía a los pobres.

La crisis económica y política de inicios del siglo XXI constituyó un período propicio para el desarrollo de trabajos centrados en algunas formas específicas de protesta urbana, tales como los “cacerolazos”, las asambleas vecinales o barriales y los clubes de trueque (González Bombal, 2002; Hintze, 2003). Fue también ocasión para el desarrollo de algunos trabajos con perspectiva de género, tal como lo fue el estudio de las antropólogas Claudia Briones y Marcela Mendoza y un equipo de colaboradores, que se ocuparon de mostrar las respuestas de mujeres caracterizadas como “de clase media urbana” a la crisis a través de observaciones en concentraciones, protestas callejeras, cacerolazos, asambleas barriales y entrevistas, así como fuentes documentales tales como artículos de diarios, revistas, publicaciones académicas y páginas de internet (Briones, Fava y Rosan, 2004; Briones et al., 2003).

Un estudio a destacar para el período 2001-2002 es el de Jon Tevik, por entonces estudiante de la Universidad de Bergen (Noruega), quien realizó un trabajo de campo entre abogados, ingenieros, arquitectos y contadores que, por su nivel socioeconómico, no acusaron un impacto significativo en su situación. Influenciado por el enfoque de Pierre Bourdieu y haciendo foco en la circulación global de bienes y servicios, Tevik (2006, 2009) abordó las prácticas y significados asociados a ciertos consumos de estos sectores que, en una situación de crisis, tenían la propiedad de producir distinción, delimitaciones que afirmaban las diferencias respecto de los sectores populares.

En síntesis, la clase media fue objeto de una atención especial por parte de las ciencias sociales durante los años 90 y los tiempos signados por la crisis socioeconómica de inicios del siglo XXI. Sin embargo, aunque estos estudios han sido sin duda relevantes, no problematizaban la índole histórica y contextual de la categoría misma de clase media, sus condiciones de producción y de uso, su variabilidad. En general, se la consideraba una población predefinida por el investigador a través de criterios estimados como objetivos, desdeñándose el carácter sociocultural de la categoría. Para ello, era indispensable estudiar la naturaleza práctica de la categoría, las perspectivas que los actores ponían en juego y el abordaje de dimensiones poco contempladas hasta entonces, como los gustos y los juicios morales, encarnados en las identidades étnico-nacionales o las apariencias corporales y espaciales.

Las nuevas perspectivas

En el curso de la primera década del presente siglo, se produjo en gran parte de América Latina un proceso de crecimiento económico, el cual permitió a vastos sectores (merced a un incremento sensible de los niveles de ingreso) acceder a bienes y servicios que transformaron significativamente sus estilos de vida. Diversos estudios académicos y organismos como el Banco Mundial caracterizaron este proceso como “crecimiento de la clase media”; lo que resultaba remarcable era que este aumento transformaba profundamente la realidad de países que, históricamente, habían tenido una clara polarización entre ricos y pobres (como Brasil) o que, si bien se habían caracterizado históricamente por una fuerte clase media, también habían sufrido una reducción aguda de esta en la década de 1990. Este último era el caso de la Argentina. Precisamente, tanto desde organizaciones financieras, gobiernos e incluso la academia se impuso la noción de “clase media global”, la cual supone que la pobreza a escala global se ha reducido progresivamente y esa será la tendencia irremediable en el futuro (así, todo estancamiento o retroceso sería visto como transitorio). En suma, que la globalización ha impulsado la incorporación de amplios sectores a los mercados de trabajo, que los ingresos han aumentado significativamente para amplios sectores de la población mundial y, por ende, participan en consumos globales de bienes y servicios, tales como marcas transnacionales de electrónicos, vestimenta, alimentos, informática, turismo, etc. Como se advierte, se trata de una concepción teleológica del desarrollo: determinados países o regiones son considerados modelos a los que otros deben tender. La noción de “clase media global” constituye, pues, una creencia según la cual la mejora de los niveles de vida de la población mundial será algo indudable, que el acceso cada vez mayor a bienes y servicios de circulación global conducirá a una homogeneización en los estilos de vida e identidades, los cuales perderán sus vínculos locales y se tornarán, en tal caso, globales (López-Pedreros y Weinstein, 2012: 1-5; véase también Knauss, 2019).

En contraposición, emergieron programas de investigación empírica que, por un lado, acentuaron la dimensión comparativa al abordar la emergencia tanto de las “clases medias europeas” como de las “nuevas clases medias”, caso India, China, Nepal, Egipto o los países que surgieron tras la caída del bloque soviético, entre otros. El ambicioso proyecto para el estudio comparativo de las clases medias europeas, dirigido por el historiador alemán Jürgen Kocka,5 puede considerarse pionero en cuanto al estudio de la formación de clases medias específicas a partir de las diversas prácticas sociales, tales como las formas de reproducción familiar, el trabajo, el consumo o la constitución de asociaciones voluntarias. A su vez, diversos estudios realizados sobre las clases medias por fuera del mundo noroccidental señalaron no solo el carácter contradictorio de la modernidad periférica sino que revelaron el sesgo “fracturado” del propio proyecto de la modernidad, sea en Europa, Asia, África o América (Joshi, 2001; Liechty, 2003; Gunn, 2012; Heiman, Freeman y Liechty, 2012).

La clase media siempre constituyó una piedra en el zapato para las teorías de las clases sociales, especialmente para las diferentes variantes del marxismo, pero también para las teorías de la estratificación social. Entre las razones, podemos señalar la heterogeneidad económica, política y cultural de los sectores que la integran; la consiguiente vaguedad de la categoría, cuyos límites se tornan frecuentemente imprecisos, y la pretensión científica de establecer un criterio objetivo y universal de delimitación. Desde el comienzo, los estudios sobre el sistema de clases en el capitalismo debieron afrontar el problema de cómo explicar la existencia de un vasto segmento conformado, básicamente, por comerciantes, profesionales y burócratas, indistintamente propietarios o asalariados. Como hemos señalado, la solución predominante fue emplear la noción como una categoría objetiva y universal, que clasificaba a determinados segmentos de la población en los países capitalistas, homogeneizando sus variaciones empíricas merced a criterios seleccionados por el observador o analista, tales como el nivel de ingreso, la ocupación o el nivel educativo. Ahora bien, como quienes usualmente han sido clasificados en cuanto “clase media”, aun bajo condiciones análogas, actúan y piensan de modos muy disímiles, es necesario preguntarse qué sentido ha tenido la unificación de conductas e ideas disimiles bajo una misma categoría. Frente a esto, la teoría de la estratificación social ha insistido en que la solución consistiría en establecer buenos criterios clasificatorios desde el punto de vista del observador. Pero rápidamente nos percataremos de que los límites son problemáticos, porque siempre podemos preguntarnos qué justifica que alguien esté de un lado u otro de la frontera. Claro está que la sectorización o división por estratos de la sociedad para diseñar un modelo basado en los niveles de ingreso tiene una gran utilidad para el diseño de las políticas públicas, por ejemplo. Pero lo que estamos poniendo en foco aquí es cómo logramos entender formas específicas de actuar y pensar o, dicho de otro modo, la clase (media) como una categoría social (Visacovsky, 2008, 2018b).

Los nuevos desarrollos emergentes en el curso de los primeros años del siglo XXI fueron acompañados de una renovación teórica y metodológica intensa del estudio de las clases sociales en general y de las clases medias en particular, que incluyó las obras de Pierre Bourdieu (1998 [1980]), Edward Thompson (1989 [1963]), Leonore Davidoff y Catherine Hall (1994 [1987]) o Erik Olin Wright (2018 [2015]), e incluso la del crítico literario Philip Nicholas Furbank (2005 [1985]). El propósito central consistió en comprender cómo determinados conjuntos sociales se constituían como clases medias bajo condiciones locales específicas. Esto obligó a prestar atención de manera muy especial a las prácticas concretas en la vida cotidiana. Dicho de otro modo, lo que resultaba imprescindible era conocer los procesos específicos de constitución que hiciesen inteligibles determinados modos de acción y adhesión política, así como orientaciones relativas al consumo, las pautas residenciales o las formas de presentar públicamente la persona, variables en el tiempo y el espacio (Adamovsky, 2009; Visacovsky y Garguin, 2009b; Adamovsky, Visacovsky y Vargas, 2014; Cosse, 2014a). Estudios etnográficos como el de Mark Liechty (2002) sobre Nepal o el de Leela Fernandes (2006) sobre la India abrirían un nuevo camino para el estudio de las clases medias como objeto plural y en abierta disputa con los defensores de la idea de la “clase media global” a partir de enfoques etnográficos (Donner, 2017), que combinaron el abordaje de la cotidianeidad con el de los medios de comunicación, con la pretensión de entender fenómenos complejos y multidimensionales en los que sistemas de identificación clasistas emergían en contextos locales donde prevalecían, simultáneamente, cuestiones religiosas, de casta y género profundamente arraigadas (Heiman, Freeman y Liechty, 2012; López-Pedreros y Weinstein, 2012).

Para América Latina, el punto de partida lo constituyó The Idea of the Middle Class: White-Collar Workers and Peruvian Society, 1900-1950, del historiador David Parker (1998). Parker investigó cómo y por qué los empleados en las oficinas, los bancos y las tiendas de Perú comenzaron a definirse como miembros de la clase media a principios del siglo XX. Él se propuso cuestionar ideas bien establecidas en la historiografía occidental acerca de la incompatibilidad entre concepciones y lenguajes estamentales y la moderna política clasista. Y lo que encontró fue que detrás de un lenguaje clasista y combativo, los empleados de Lima perseguían no solo defenderse de ciertas amenazas propias del capitalismo, sino también preservar determinadas prerrogativas adquiridas en tiempos de la sociedad de castas. De modo singular, la persistencia de figuras retóricas propias de una sociedad estamental no fue vista por Parker como mero vestigio, sino como parte integral de la constitución de una identidad de clase media. Por su parte, centrándose en el período 1920-1950, Brian Owensby (1999) mostró cómo hombres y mujeres brasileños reformularon el significado del trabajo y el hogar basándose en legados de jerarquía y mecenazgo y, a la vez, orientándose hacia el ideal de clase media de la modernidad occidental, para diferenciarse de los que estaban debajo de ellos y proyectar, así, un sentido de superioridad moral sobre “los de arriba”.6

En la Argentina, el inicio de una nueva perspectiva lo constituyó el libro Historia de la clase media argentina: apogeo y decadencia de una ilusión, 1919-2003, de Ezequiel Adamovsky (2009). Hay dos cuestiones fundamentales que permiten comprender la enorme relevancia de esta obra. La primera de ellas reside en la discusión que propone el autor respecto de qué entender sobre “clase media”. En lugar de ver en ella la expresión de una condición estructural, Adamovsky plantea que se trata de una identidad que, como tal, se define no solo por aquello que quienes alegan pertenecer “son”, sino por aquello que “no son”. En consecuencia, los aspectos económicos son relevantes, pero están estrechamente relacionados con lo moral, lo político y lo étnico. Una vez comprendido esto, es posible pasar al otro aspecto fundamental del libro, que es la discusión de una suerte de creencia muy arraigada en la Argentina, según la cual la clase media sería el producto del ascenso social de los inmigrantes europeos llegados de Europa a fines del siglo XIX y principios del siglo XX (y, en especial, de las generaciones subsiguientes); clase media emergente que se habría expresado en la Unión Cívica Radical, que llegaría al poder en la primera presidencia de Hipólito Yrigoyen entre 1916 y 1922. Adamovsky afirma que esta versión de los orígenes sociales y políticos de la clase media (así como la íntima relación de esta última con el radicalismo) se debe a Germani, pero que carece de base histórica cierta. En su lugar, sostiene que la clase media, como identidad, tuvo un origen más tardío; en concordancia con los estudios de Enrique Garguin (2007, 2009), ubica su nacimiento durante el primer peronismo (es decir, en la segunda mitad de la década de 1940), siendo empleada por diversos sectores sociales para diferenciarse de, y oponerse a, quienes constituían la base de apoyo del gobierno de Juan D. Perón. En esta diferenciación, fueron politizados el origen étnico y el color de piel, desafiando el relato de la Argentina blanca y europea. Hasta ese momento, la expresión “clase media” había sido utilizada por algunos intelectuales y dirigentes en la década de 1920 con propósitos políticos, en una sociedad en la que predominaba una imagen binaria de sí misma, con “la gente bien” por un lado, y el “populacho” por otro. En suma, Adamovsky reformula las interpretaciones vigentes atacando la idea de la clase media como una clase social, así como la versión más difundida sobre su origen y desarrollo económico, social y político.

En paralelo al trabajo de Adamovsky o adoptando y explorando sus tesis, se desarrolló el Programa de Investigación Histórica y Etnográfica sobre las Clases Medias (o, simplemente, Programa de Estudios sobre Clases Medias) con sede en el Centro de Investigaciones Sociales del Instituto de Desarrollo Económico y Social (IDES) y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet). Originado en 2004 bajo la coordinación de Sergio Visacovsky, formaron parte del mismo el ya mencionado Adamovsky, Enrique Garguin, Patricia Vargas e Isabella Cosse.7 El grupo desarrolló una intensa labor académica, que incluyó la realización de un seminario-taller periódico (que al comienzo estaba limitado solo al ámbito nacional, pero que en sus últimas ediciones ha convocado a investigadores de otras partes del mundo) y la conformación de una red internacional, de la que participan, entre otros, los historiadores Ricardo López-Pedreros, David Parker, Mario Barbosa Cruz, Claudia Stern y Azun Candina Polomer, y el antropólogo Moises Kopper. Además de aportes individuales que tuvieron una línea de investigación propia, como los de Cosse (2014a)8 y Vargas (2014),9 es importante destacar lo que, en gran medida, fue producto del trabajo colectivo del grupo. En este sentido, la compilación Moralidades, economías e identidades de clase media: estudios históricos y etnográficos, bajo la coordinación de Visacovsky y Garguin (2009b), permitió no solo difundir la producción de algunos de los miembros del grupo local que estaban desarrollando sus tareas desde un enfoque novedoso, sino también la de los ya mencionados historiadores Ricardo López-Pedreros y David Parker, más Juan Pablo Silva y los antropólogos Jon Tevik, Maureen O’Dougherty y Mark Liechty. En la introducción, Visacovsky y Garguin (2009a) presentaron en el medio local una discusión general de los problemas inherentes a la conceptualización y a la metodología de abordaje empírico de la clase media, analizando los debates sociológicos e historiográficos en torno a la cuestión, así como los aportes de la moderna historiografía y los estudios etnográficos. Una nueva compilación coordinada por Adamovsky, Visacovsky y Vargas (2014) prolongó los esfuerzos por difundir la producción del grupo, más la de otros investigadores nacionales y extranjeros, como los historiadores Klaus-Peter Sick y Geoffrey Crossick, el sociólogo Jorge Raúl Jorrat y el antropólogo Ruben George Oliven.

En diálogo o no con este programa de investigación, con mayor, menor o ninguna influencia de él, algunas obras locales han abordado cuestiones que, sin duda, han contribuido al enriquecimiento del campo. Nos referimos a estudios sobre el consumo, la familia y el ámbito doméstico, el género, la moral sexual, el turismo y la vida cotidiana. Tales son los casos de Isabella Cosse (2010), quien problematizó la visión usual que atribuye a la década de 1960 un carácter revolucionario, entre otras cosas, respecto de los mandatos sobre moral sexual y familiar, ofreciendo un panorama más contradictorio y matizado, haciendo foco especial en la relación de la domesticidad con la identidad de la clase media en ascenso, principalmente en Buenos Aires; Elisa Pastoriza (2011) y sus estudios sobre el turismo y su impulso por el primer peronismo, extendiendo estilos de vida y produciendo conflictividad en los usos del espacio;10 el texto de Inés Pérez (2012a) sobre cómo la llegada de la tecnificación al ámbito doméstico influyó en las transformaciones de la familia entre las décadas de 1940 y 1970; el libro de Natalia Milanesio (2014) sobre el papel del Estado durante el primer gobierno peronista para estimular el consumo popular y, así, generar un mercado de consumo moderno; el análisis biográfico de la más célebre cocinera y figura de medios argentina, Petrona Carrizo de Gandulfo (1896-1992), que permitió a Rebekah Pite (2016) articular las dimensiones de etnicidad, clase y género al abordar temas relacionados con la historia de las mujeres en el siglo XX, la cotidianeidad, el consumo y el mundo del trabajo; o la “paradoja de la empleada” y las tensiones entre clase y estatus analizadas en la obra de Graciela Queirolo (2018) sobre la historia de las empleadas administrativas durante la primera mitad del siglo XX (donde cobra relevancia la perspectiva de género). Asimismo se han realizado valiosos aportes en otros campos conexos, como el de las religiosidades y las moralidades (Semán, 1998; Viotti, 2009, 2010; Vargas y Viotti, 2013), las relaciones entre patronas y empleadas de casas particulares (Canevaro, 2013, 2015; Pérez y Canevaro, 2016), las prácticas deportivas y el uso del tiempo de ocio de sectores identificados como de clase media (Rodríguez, 2016; Iuliano, 2013; Hang, 2018) o distintas estrategias y narrativas de movilidad social (Bartolucci, 2009; Da Orden, 2004; Visacovsky, 2010, 2014).

Como señalamos previamente, nuestra intención ha sido centrarnos en aquellos trabajos que han interrogado los procesos de conformación de lo que se conoce como “clase media”, no dando por sentada su existencia como solo un segmento socioeconómico al que se ha predefinido como efecto de una serie de mediciones. Vale la pena insistir en que el enfoque enfatizado aquí no pretende desentenderse de las dimensiones propiamente económicas, de las restricciones y condicionamientos de las acciones y formas de pensar que operan sobre los conjuntos sociales. En su lugar, queremos poner el acento en la naturaleza propiamente social de la clase media, esto es, tipos de acción social multidimensionales que deben comprenderse como parte de los procesos históricos y en las prácticas de la vida cotidiana.

Organización del libro

Como adelantamos, nuestra pretensión es ofrecer a lo largo de los nueve capítulos que conforman este volumen un panorama heterogéneo de los estudios sobre clases medias en nuestro país. Estos capítulos no comparten necesariamente ni un enfoque ni una literatura en común, pero sí son plenamente conscientes de los problemas que presenta el campo de investigación. Por otra parte, como ya hemos indicado, tocan una serie de cuestiones empíricas y temáticas concretas diversas, como el hogar y el espacio doméstico, el mercado inmobiliario, las localizaciones urbanas, el deporte y sus formas de organización institucional, la corrupción, el emprendimiento, las orientaciones políticas o el diseño. Sobre ellos, las autoras y los autores indagan, entre otros aspectos, en los procesos de conformación identitaria, en las moralidades, en la dimensión significativa y los usos lingüísticos, las creencias y la delimitación de fronteras sociales.

En el capítulo 1, “Clase media, género y domesticidad: el hogar como espacio de negociación de las distancias sociales en la Argentina de mediados del siglo XX”, Inés Pérez parte de las lecturas que han buscado trascender las miradas objetivistas, enfocándose en diversos procesos de construcción identitaria. Mas lo hace abandonando parcialmente la esfera pública, tantas veces privilegiada, para centrarse en el espacio doméstico y en los modos en que un modelo de domesticidad definido como “de clase media” fue difundido y apropiado por nuevos sectores gracias, en buena medida, al impulso dado por las políticas públicas del primer peronismo, política inclusiva que estuvo, a su vez, atravesada por diversas desigualdades y exclusiones, lo que facilitó que el consumo de bienes durables, por ejemplo, estuviera también “marcado por búsquedas de distinción de sujetos de distintos sectores sociales que tomaban la domesticidad de clase media como modelo” (nuestro subrayado). Centrándose en el caso de Mar del Plata, Pérez muestra cómo la clave para la búsqueda de la respetabilidad asociada al modelo de familia “de clase media” en el plano del consumo no radicaba solo en la posesión de determinados objetos (muchos de los cuales eran, incluso, publicitados poniendo un fuerte énfasis en su función distintiva, tal el caso de los bienes de consumo durables), sino que también se rodeaban de un discurso moral que distinguía prioridades y sancionaba los modos legítimos y oportunos de su adquisición y su uso. El capítulo plantea, así, el peso de la cultura material hogareña y los modos de significarla, a los fines de la construcción de identidades de clase media, y hace lo propio también con las relaciones establecidas en el espacio del hogar, fundamentalmente aquellas basadas en principios de diferenciación de clase entre mujeres. También revela cómo la figura de la empleada doméstica y las relaciones estructuradas en torno al trabajo doméstico remunerado adquirieron un lugar importante con relación a la construcción de las distancias de clase y, en particular, en la configuración de la identidad de clase media.

En el capítulo 2, “De inquilinos a propietarios: la construcción del mercado de la propiedad horizontal en Buenos Aires, 1947-1970”, Rosa Aboy se centra en la producción social del espacio, rastreando posibles fundamentos materiales de una construcción identitaria diferenciada para las clases medias, identificadas, a su vez, de manera creciente a medida que nos acercamos a la década de 1960 con la sociedad porteña en su conjunto. Muestra cómo la sanción de la Ley de Propiedad Horizontal en 1948 permitió por vez primera en la Argentina combinar los anhelos de “ser propietario” y de habitar un departamento moderno y, quizá, céntrico. La ley posibilitó un cambio de paradigma que afectó no solo la materialidad del tejido urbano, sino también su organización social y cultural. Así, sus efectos fueron asombrosos: en la ciudad de Buenos Aires los propietarios de la vivienda que habitaban pasaron del 17,6% en 1947 al 45,6% en 1960. Los departamentos, que en 1944 representaban el 20% de los hogares, llegaron al 75% en 1970. La ley abrió, pues, un nuevo mercado inmobiliario que incorporó al departamento al horizonte de aspiraciones y consumo de los porteños. El crecimiento en el número de propietarios estuvo, en buena medida, mediado por la creación de un nuevo mercado inmobiliario, dirigido principalmente a las clases medias. Diversos actores (arquitectos, desarrolladores, constructores, agentes inmobiliarios, muchas veces combinados todos ellos en una misma empresa familiar) fueron dando forma a ese mercado, que muy pronto se fue fragmentando simbólica y materialmente no solo respecto de distintos tipos de departamentos, sino también de los destinatarios de sus intervenciones. Así, si por un lado el gran incremento de propietarios y de habitantes de departamentos modernos facilitaban la creciente identificación de la mayoría de los porteños con la clase media, por el otro el mismo fenómeno tendía a fragmentarla en razón de la gran distancia, material y simbólica, que separaba a algunos proyectos inmobiliarios de otros. Desde su proyección, la diversidad de materiales, el espacio, los sistemas de financiación y las publicidades para su venta, Aboy muestra una clara contraposición entre dos modelos de distribución espacial, social y simbólica: por un lado, los departamentos “para las altas clases medias”, por el otro, “los departamentos mínimos”. Distancias abismales que, como concluye la autora, debieron funcionar “como ámbitos catalizadores de nuevas y diferenciadas identidades sociales de las clases medias participantes del mercado”.

En el capítulo 3, “La clase media como lenguaje y los lenguajes de las clases medias en tres ciudades del interior bonaerense”, Gabriel Noel compara analíticamente sus experiencias de trabajo de campo etnográfico en Tandil, Villa Gesell y Verónica (cabecera del partido de Punta Indio). Noel destaca especialmente las disímiles imágenes que los habitantes de estas tres localidades proyectaban sobre ellas y, a su vez, las diferentes formas de identificación entre los habitantes de cada una de las ciudades, según su ubicación en el espacio urbano y situación social. Así, en Tandil en 2003, los habitantes del centro presentaban a la ciudad como un lugar próspero que usualmente se asocia con el estereotipo de la clase media (aunque no fuese nombrada explícitamente), en razón de los niveles y la calidad de los consumos de bienes y servicios o por la seguridad frente al delito que ofrecía. En contraposición, en un barrio popular, Las Tunitas, sus pobladores (considerados “extraños” por los habitantes del centro) se identificaban con una clase media en crisis, empobrecida. A su vez, en Villa Gesell en 2008, los sectores populares urbanos no se concentraban en barrios marginales, sino que eran una presencia significativa en toda la ciudad. “Los notables” (que invocaban una genealogía cuyo origen se remontaba a los “fundadores”) poseían una relativa hegemonía respecto de la representación de la ciudad y se presentaban como “autóctonos”, frente a las acusaciones políticas del gobierno del Frente para la Victoria, que había ganado la intendencia en 2007, según las cuales se trataba de un sector que tenía a la ciudad de rehén para su propio beneficio, condenando a la miseria al resto. Finalmente, en 2014, Noel encuentra que, de acuerdo con los relatos de sus habitantes, Verónica era presentada como un lugar en el que no había segmentaciones o quiebres como los que encontró en Tandil y Villa Gesell (pese a que las asimetrías y diferencias socioeconómicas eran reconocidas), siendo consideradas algo accidental, esto es, personas que atravesaban una “mala situación”. De tal modo, en Verónica las diferencias y desigualdades no responderían a “clases” ni “clases medias”, sino a asuntos fortuitos del dominio de lo individual. De manera relevante, Noel cuestiona tanto los usuales análisis de la clase media basados en estudios de la Ciudad de Buenos Aires y su conurbano proyectados acríticamente al conjunto del país, como el no tener en cuenta las formas de identificación especificas a las que apelan los conjuntos sociales para establecer sus fronteras, las cuales son, como lo ha señalado Philip Furbank, enunciados morales.

“Un campo inesperado de inclusión social: negociaciones identitarias y movilidad socioeconómica en un equipo de triatlón en Santiago del Estero” es el capítulo 4, cuya autora es Sara Kauko. Se trata de un trabajo etnográfico donde pone su atención en un escenario: un gimnasio y su equipo de triatlón. Tal como ella lo presenta, en ese espacio se producía el encuentro entre deportistas considerados de clase media acomodada (“gente bien”, en su mayoría profesionales) y jóvenes provenientes de familias de bajos recursos (“negros”), que suplantaban sus carencias materiales y culturales con destrezas y esfuerzo físico, accediendo a becas para entrenar. Kauko ve en ese “campo deportivo” la posibilidad de analizar el cruce de dos mundos sociales radicalmente distintos, donde la identidad de clase media de unos se ve fortalecida, al tiempo que promueve las aspiraciones y posibilidades de movilidad social de los otros. El mundo del triatlón santiagueño se muestra, así, como un terreno en el que es posible apreciar tanto el papel activo de las jerarquías raciales y clasistas como la posibilidad de que ciertas formas de convivencia y solidaridad puedan emerger. Y, en particular, la difusión de las aspiraciones de ascenso social a través del esfuerzo individual a través del cual salir de la pobreza. El caso resulta particularmente instructivo, ya que revela que las prácticas de distinción de los sectores más favorecidos no solo afirman fronteras sociales que los separan de otros sectores sociales, sino que estos pueden disputarlas no contraponiendo otros valores, sino apropiándose de ellos. Y debido a la lógica misma del campo, pueden hallar allí reconocimiento social.

El interés por el deporte como un campo o escenario social se prolonga en el capítulo 5, “Universitario y de barrio: la construcción de un nosotros de clase media en un club social y deportivo platense”, de Julia Hang. Ella pone su atención en el Club Universitario de la ciudad de La Plata, fundado oficialmente en 1937. A través de un trabajo de campo etnográfico realizado entre 2013 y 2018, Hang muestra cómo una situación de crisis económica del club, que le exigía incrementar sus ingresos y ampliar la masa societaria, llevó a diferentes actores involucrados a (re)definir la identidad institucional. Hang sostiene que en el período estudiado se configuró un nosotros de clase media (de la clase media platense) en el cual se aunaron moralidades heterogéneas y hasta contradictorias. Así, los dirigentes promocionaron al club tanto como un lugar donde fuese posible practicar deportes y, simultáneamente, gozar de un “estilo de vida”, basado en un pasado deportivo glorioso pero con “espíritu barrial”: un lugar de encuentro de la clase media. En el club, sostenían, se preservaban valores “originarios”, como la humildad, lo universitario, el esfuerzo, la mesura y la familia. Pero otros impugnaron estas virtudes morales, calificándolas de “elitistas”. Estas definiciones convivirían de manera compleja con la presentación de la institución con aquellos valores que había estudiado Maristella Svampa en la década de 1990, con el surgimiento de los countries y barrios cerrados: como un espacio donde resultaba posible llevar un “estilo de vida verde y natural”. De tal modo, el requerimiento de un incremento de la masa de socios entraba en tensión con una representación de la institución como un espacio distinguido y exclusivo, que para algunos debía mantenerse, mientras que para otros era necesario disputar.

En el capítulo 6, “La corrupción como categoría clave para pensar la clase media argentina”, Sara Muir postula una interpretación acerca de cómo se conformaron los escenarios políticos recientes en la Argentina, caracterizados por la conflictividad entre opuestos irreconciliables. La autora rechaza la idea de que esto provenga de antiguos antagonismos (es usual atribuirlos a la segunda mitad del siglo XX, o incluso a diferentes momentos del siglo XIX); en su lugar, sostiene que es algo relativamente reciente, que responde a la configuración de la clase media tras la salida de la crisis de inicios del siglo XXI. A tal fin, Muir sostiene que lo que caracteriza a ese sector que se ve como “clase media” es el hecho de que las promesas de prosperidad han sido desmentidas, en razón de la instalación de una convicción: la crisis en la Argentina es una situación rutinaria. Aborda la corrupción etnográficamente, esto es, tratándola como una categoría social que opera en la vida cotidiana, la cual permite a quienes se perciben como miembros de la clase media describir y evaluar prácticas en cuanto “ilícitas”, “inmorales”, “espurias”. Tal categoría, señala, permite a quienes la asumen orientarse frente a las ambigüedades de orden ético-moral con las que deben tratar cotidianamente. La importancia del análisis de Muir es crucial para comprender las interpretaciones de la historia reciente en la Argentina, así como buena parte de lo acontecido en la esfera política.11 Así, a través de la autobiografía de un funcionario que aparece como una versión reducida de la historia nacional, la corrupción constituye el recurso interpretativo central, en particular para dar sentido a una versión fatalista de la historia (la crisis rutinaria). Muir sostiene que cualquier clase media puede ser vista como una configuración temporal y sociomoral; en el caso de la idea de la “clase media global”, esta moralidad está marcada por el optimismo respecto del progreso. Sin embargo, el caso argentino revela algo muy distinto, en la medida en que es el pesimismo lo que prevalece respecto del futuro frente al cual opone su pureza moral.

La problemática de la crisis recurrente vuelve en el capítulo 7 de Sonia Prelat, “El pasaje por la crisis: diferencias generacionales, valor y trabajo en la Argentina”. Prelat no hace de la clase media un objeto especial de indagación; ella prefiere referirse a pequeños propietarios, emprendedores o comerciantes de la ciudad entrerriana de Concordia, que es al momento de escribir esta introducción la ciudad más pobre del país. No obstante, no es la pobreza el eje de su análisis, sino cómo las crisis recurrentes que han caracterizado a la Argentina condicionan el trabajo de emprendedores y comerciantes de la ciudad. Prelat sugiere que no solo se deben tener en cuenta las restricciones resultantes de las situaciones de crisis, sino también las experiencias, los recuerdos, en la medida en que pueden servir de orientadores, precisamente, cuando el futuro resulta incierto. Señala que las crisis dan lugar a una memoria colectiva; ella encontró que las narrativas en las cuales se manifestaba la memoria diferían en función de las generaciones. Aquellas personas de más edad, que habían sobrellevado la crisis de inicios del siglo XXI, veían su práctica como una lucha personalizada para enfrentar adversarios como la inflación y la recesión. Prelat diferencia esta versión –a la que define como “no moral”– de la de los más jóvenes, influidos por los discursos de autoayuda tendientes a la autorrealización, que conferían al esfuerzo, al trabajo duro y a la disciplina una índole moral. Esta generación, que no había experimentado de manera directa la crisis de inicios de siglo, veía las interpretaciones de sus padres como algo arcaico. En su lugar, ponderaban la individualidad y la responsabilidad personal (como veremos enseguida, estos resultados de las indagaciones etnográficas de Prelat parecen entrar en conflicto con las de Vargas y Viotti, ya que, a diferencia de estos últimos, aquí la autorrealización conviviría con el esfuerzo y el trabajo duro entre los más jóvenes). En conclusión, la autora muestra cómo las memorias colectivas de crisis se estructuran diferencialmente en función de las experiencias generacionales, dando lugar a formas distintas de orientación práctica.

En el capítulo 8, “¿Orientaciones políticas de la «clase media», o la «clase media» y sus orientaciones políticas?”, Fernando Toyos estudia la relación entre la autopercepción de clase media y las orientaciones ideológico-políticas, haciendo foco especialmente en las formas de concebir la corrupción. En lugar de una etnografía de las prácticas cotidianas (como había sido el caso de Muir), Toyos basa su examen en la información derivada de grupos focales de residentes en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires entre 2017 y 2018, es decir, durante el gobierno de Cambiemos presidido por Mauricio Macri, a menudo señalado como “un gobierno de clase media”. Toyos también utilizó información proveniente de la encuesta Latinobarómetro, para América Latina y Argentina, entre 2011 y 2017, y de la Encuesta Nacional de Estructura Social (ENES-PISAC) realizada en 2017. Una de las conclusiones importantes del estudio es que prevalecen las personas que imaginan su ideología como “de centro” y, simultáneamente, se autoperciben como miembros de la “clase media”. Al mismo tiempo, entre quienes manifestaron su apoyo al gobierno de Macri también prevalecía un fuerte discurso sobre la corrupción como un mal. Si bien el estudio tiende a mostrar una conexión entre la autopercepción de clase media, la orientación “de centro”, el discurso contra la corrupción y la adhesión al macrismo, Toyos no concluye que de ello se desprenda necesariamente una idea homogénea de la identidad de clase media. Justamente, la información de los grupos focales abona la tesis de la heterogeneidad ideológico-política.

Finalmente, en el capítulo 9, “Entre el esfuerzo y el confort: autonomía y cambio cultural”, Patricia Vargas y Nicolás Viotti prolongan las inquietudes de Prelat respecto de las diferencias en las perspectivas generacionales y algunos elementos ya presentes en el estudio de Hang. Vargas y Viotti se plantean la necesidad de reparar en las transformaciones que se han producido en el mundo de los valores de las clases medias. Más específicamente, señalan que a los valores tradicionales del esfuerzo y el sacrificio que han sido propios de estas clases, es indispensable ahora tener en cuenta una serie de prácticas más vinculadas a valores como la autonomía, lo emotivo y el desarrollo personal, donde lo que se priorizaría sería el confort. Vargas y Viotti definen esto como una corriente cultural que tiene la cualidad de organizar la experiencia de ciertos conjuntos sociales identificados con la clase media. La médula del texto reside en exponer un caso de lo que llaman “modo de vida alternativo”, a través de la historia de vida de una empresaria de cuarenta años, Anabela. Con esta historia de vida pretenden exponer el lugar que tienen estos nuevos valores, poniendo de manifiesto que Anabela no separa o establece diferencias entre su realización personal, laboral o económica; al contrario, sus interpretaciones incluyen preguntas y respuestas en torno al significado del éxito, el trabajo o la vida. Es más, este proceso de transformación puede corroborarse poniendo atención en la importante circulación a través de los medios de comunicación de cuestiones tales como el consumo de alimentos orgánicos, actividades laborales no convencionales, el neorruralismo, las terapias alternativas, las prácticas de la Nueva Era, etc. En definitiva, Vargas y Viotti están convencidos de que esta transformación en el mundo de valores está aconteciendo, en una escala que futuros estudios deberán precisar y que, por consiguiente, demandará un replanteo de los análisis, posiblemente, como también lo señalaba Prelat, estimando la relevancia de las experiencias generacionales divergentes.

Obviamente, los temas tratados aquí no son una muestra representativa de los estudios sobre clases medias en nuestro país, ni sobre los que se llevan a cabo sobre otras partes del mundo, ni mucho menos agotan los temas que todavía no se han desarrollado. En buena medida, la bibliografía que ha servido para redactar esta introducción, así como aquella con la que entran en diálogo los autores de los capítulos, puede ayudar a los lectores a elaborar una cierta aproximación al horizonte de posibilidades temáticas que los estudios sobre clases medias comprenden. Como hemos insinuado, aun nuestro país está en los albores en cuanto a la constitución de un campo de investigación, siendo mucho lo que hay por hacer. Poco sabemos todavía acerca del papel que juegan los usos idiomáticos, los modismos, las jergas en la fabricación de fronteras sociales y simbólicas. Nos falta mucho por conocer respecto de la manera en que se construyen las imágenes corporales en relación con determinados tipos de persona social (algo iniciado por Alejandro Damián Rodríguez), las variables articulaciones entre clase, etnicidad y género (algunos aportes al respecto pueden encontrarse en los capítulos aquí publicados de Pérez y Kauko) o las actividades de consumo cotidiano (como los estudiados por Daniel Miller, 1999). Sin embargo, a través de los capítulos pretendemos estimular la investigación de estos y otros campos, que ayuden a entender mejor a este país que, como podemos ver a diario, oscila entre insistir con su imagen estereotípica de “clase media” y, al mismo tiempo, rechazarla sin contemplaciones, denunciando en su lugar la realidad de un país profundamente pobre y desigual.

1. En Gabriela Benza et al. (2016) puede hallarse un interesante y exaustivo análisis de los estudios desarrollados entre 2003 y 2014 sobre las clases sociales en general, con un apartado especial dedicado a las clases medias.

2. Ejemplos de esta perspectiva pueden ser, entre otros, Ruth Sautu (2001), Ana Wortman (2003) y Sebastián Carassai (2013). También la compilación de Rolando Franco, Martín Hopenhayn y Arturo León (2010) sobre América Latina. Este enfoque es semejante al que suele exponerse en los medios de comunicación, en el discurso público, en la boca de políticos, consultores, analistas de opinión e incluso expertos como economistas o politólogos.

3. Llamativamente, estas afirmaciones emergían en el mismo momento en que se estaba produciendo una inusitada incorporación de jóvenes procedentes de familias identificadas como de “clase media” a las filas de la militancia política peronista, de izquierda y revolucionaria (Gillespie, 1998, 87-99; Altamirano, 1997, 2001; Tortti, 2006).

4. También, debemos considerar dos estudios sobre poblaciones reconocidas como de “clase media urbana”: el de Rubén Reina (1973), sobre la ciudad de Paraná, Entre Ríos, y el de la antropóloga norteamericana Julie M. Taylor (1979, 1981) sobre “los mitos de Eva Perón”, una indagación de las concepciones sobre género, sexualidad y moralidad de la clase media urbana en Buenos Aires.

5. El proyecto de Kocka fue crucial para superar la tendencia a considerar ciertas pautas de conducta como consustanciales a la clase media (como el liberalismo), para poner las prácticas, históricamente variables, en el primer plano de la observación y considerarlas como constituyentes (y no como derivadas) de las distintas clases medias. En este proceso se fue tornando cada vez más evidente la peculiaridad (y no la excepcionalidad) de cada caso (Fradera y Millán, 2000; Kocka, 1995; Kocka y Mitchell, 1993). No obstante, los estudios de Kocka no estaban exentos de los usuales problemas en el tratamiento de las clases medias, tales como el esencialismo, el eurocentrismo y la teleología (Adamovsky, 2014a; Joshi, 2012).

6. Véanse también las recientes obras de Candina Polomer (2009), Kopper (2016a y 2016b), López-Pedreros (2019) y Stern (e/p), A su vez, discusiones comparativas respecto de América Latina pueden verse en la compilación de Parker y Walker (2013) y en el dossier de la revista Contemporánea, coordinado por Isabella Cosse (2014b).

7. También, en diferentes momentos, lo integraron Santiago Canevaro, Diego Zenobi, Nicolás Viotti, Ricardo Fava, Natalia Cosacov, Bárbara Guerschman, Soledad Gallo, Lucila Dallaglio y María Florencia Esmoris, entre otros.

8. Cosse realizó un importante aporte a través de su estudio de la historieta Mafalda, relacionándola con los modelos de familia de la década de 1960. Mostró cómo la historieta, sus imágenes y texto, plantearon un diálogo con la clase media en cuanto identidad. Más que una mera representación de una clase media preexistente, Mafalda es presentada por Cosse como articulando, dando voz y constituyendo una experiencia novedosa, signada por la heterogeneidad sociocultural y política de la clase media de los años 60.

9. Vargas estudió etnográficamente el contexto de la poscrisis de 2001, realizando trabajo de campo con personas que se autoadscribían como “de clase media” y, a la vez, como “diseñadores y emprendedores”. Mostró que la identidad de “emprendedor” constituye una categoría moral dependiente de valores como el esfuerzo personal.

10. Véase también el más reciente Pastoriza y Torre (2019).

11. Nos referimos al papel que ha jugado la interpretación de la historia nacional en términos de “una esencia corrupta ante la cual lucha la parte sana de la población”. En general, esta “parte sana” es identificada por quienes se ven a sí mismos como “aquellos que trabajan y se esfuerzan”, quienes “no viven del Estado”, etc.; es un discurso que se ha ido imponiendo con fuerza desde fines de los años 90 en adelante, y ha conferido identidad a los proyectos políticos de la Alianza para el Trabajo, la Justicia y la Educación, que ganó las elecciones nacionales en 1999, y de Cambiemos, en 2015 (Visacovsky, 2018a).

1. Clase media, género y domesticidad: el hogar como espacio de negociación de las distancias sociales en la Argentina de mediados del siglo XX

Inés Pérez

Es un plan del gobierno, creo, que es de la primera presidencia de Perón, el plan. Ese plan se le daba a personas que no tenían vivienda… Pero eran viviendas que para ese momento… tenían muchas ventajas… eran muy modernas… Pero qué pasa. Yo tengo entendido que tal vez se la dieron a gente que no valoró. Nosotros la compramos porque esa gente… Eran planes muy largos. Yo no sé si a veinticinco o treinta años. Planes muy largos con una cuota ínfima. Y cuando vos no la pagabas, el banco te la remataba. Mi papá compró esa casa en un remate. Y a mí algo que me llamó la atención, porque nosotros vivíamos muy humildemente. No teníamos nada más que la radio, una radio así… No teníamos nada en esa casa que alquilábamos. Y a mí me llamó la atención porque yo fui con mi papá a ver la casa, la gente nos hizo pasar, y me llamó la atención la cantidad de artefactos que tenían, que yo tenía entre ocho y nueve años años y nunca había visto tantas cosas… Porque tenían licuadora, tocadiscos, muchos artefactos. Ellos, que perdían la casa. Nosotros no teníamos nada y comprábamos la casa… Y vos fijate hasta qué punto esta gente no supo apreciar lo que tenía que en el dormitorio el piso era de parquet, tenía parquet, que hoy es una reliquia que está, todavía está, pero había una parte del parquet que estaba quemado, con las botellas de vino marcadas. O sea, vos fijate a qué nivel daban poco valor a lo que para nosotros fue un mundo… Ellos perdieron la casa, y entonces mi papá la compró y la seguimos pagando. (Entrevista a Perla, Mar del Plata, noviembre de 2009, citada por Pérez, 2012a: 58-59)

De seguro esta no es la primera vez que la lectora o el lector escucha hablar de la leyenda negra del parquet quemado por los beneficiarios de los planes de vivienda del peronismo. Aquí aparece retomada en un relato autobiográfico, el de una mujer que a fines de los años 50, momento en el que se sitúan los hechos relatados, no era más que una niña de entre ocho y nueve años, hija de un empleado ferroviario que poco tiempo después comenzaría a trabajar como vendedor y de la mujer que abriría la primera panadería del barrio donde estaba la casa de la que habla, ubicada en las afueras de Mar del Plata. El fragmento de la entrevista aquí citado, en rigor cualquier versión de esta leyenda negra, pone el hogar en el centro de la construcción de las distancias sociales. Esta versión permite pensar en las formas en que fue usada para apropiarse de un modelo de domesticidad de clase media y así establecer distinciones de clase, no solo por sujetos señalados como pertenecientes a la clase media desde criterios objetivistas, sino por otros que en esas mismas clasificaciones hubieran sido ubicados en una categoría diferente. También permite observar estos procesos en escenarios distintos al de la capital nacional, para poner de relieve su diversidad regional.

Distintas investigaciones recientes han propuesto hacer foco en los procesos de identificación de clase, trascendiendo las miradas centradas en las categorías socioocupacionales, para privilegiar, en cambio, los modos en que los actores construyen esas identidades en términos relacionales y situados. Estos estudios señalaron, además, los procesos de racialización de las clases populares, paralelos a la construcción del mito del crisol de razas y de una imagen de la Argentina blanca y de clase media (Adamovsky, 2009; Visacovsky y Garguin, 2009b; Adamovsky, Visacovsky y Vargas 2014). A partir de estas contribuciones, la hipótesis que se desarrollará en este texto es que dichos procesos no tuvieron lugar solo en el mundo público, sino también en el ámbito doméstico, y estuvieron también marcados por clivajes de género.

En un artículo publicado hace ya dos décadas, Eduardo Míguez (1999) señaló que entre las décadas de 1930 y 1940 cristalizó en la Argentina un modelo de familia de clase media, con algunas características particulares: una estructura nuclear, con un núcleo heterosexual completo y un número de hijos reducido. El modelo de familia de clase media retomaba los elementos más salientes a partir de los cuales Gino Germani (1971 [1963]) había analizado el cambio familiar asociado a la modernización, y los utilizaba para explicar la integración tanto de los migrantes provenientes del interior del país como de los inmigrantes del otro lado del Atlántico a la sociedad moderna.

Sin embargo, la lectura de Míguez introducía cambios interpretativos de relevancia, con relación a los modos de comprender las identidades de clase media y la diversidad familiar. En su mirada, dicho modelo no era tomado como una expresión de lo que la mayoría de las familias hacían o de las características que efectivamente tenían, sino como un signo de respetabilidad a partir del que las personas evaluaban (y al que intentaban adecuar) sus prácticas, diluyendo las diferencias sociales en una promesa de homogeneidad. Algunos años después, Isabella Cosse (2010: 14) señaló la centralidad de la familia en las “aspiraciones de respetabilidad de los nuevos sectores sociales en ascenso”, en tanto “dotó de identidad a esos sectores, permitiéndoles asociar ciertos criterios morales con su propia posición social. Es decir: tener una familia doméstica les otorgaba prestigio y respetabilidad y los diferenciaba de los sectores populares”.

Las políticas impulsadas por el gobierno peronista, en efecto, abrieron la posibilidad de que sujetos de diversos sectores sociales se apropiaran del modelo de domesticidad de clase media, no solo por las transformaciones en la propia idea de familia (Cosse, 2006), sino también por aquellas promovidas con relación a la posibilidad de acceder a bienes clave en la adopción de dicho modelo. La ampliación y diversificación del consumo centrado en el hogar fueron el sustento sobre el que diferentes actores construyeron sus identidades de clase, pero también marcaron un escenario de desestabilización de las jerarquías sociales caracterizado por la ansiedad y la búsqueda de distinción. Como muestra el fragmento de la entrevista citado anteriormente, tener o no tener casa propia o los bienes “necesarios” para hacerla confortable no agotaba las tensiones que podían surgir en torno de ellos, sino que ellas se articulaban muchas veces alrededor de moralidades que informaban su adquisición y su uso.

En este capítulo, a partir de una revisión de mis propias investigaciones centradas en la historia del trabajo doméstico en las décadas centrales del siglo XX, me gustaría dar un nuevo giro a esta hipótesis, para señalar el peso de la cultura material y de las relaciones establecidas en el espacio del hogar en la construcción de distancias sociales. Estos procesos tuvieron particularidades regionales. Aquí haré foco sobre el caso de Mar del Plata, una localidad que nació como puerto de pescadores a mediados del siglo XIX, para transformarse en el balneario predilecto de las elites porteñas primero y, hacia mediados del XX, en un destino de turismo masivo.

El texto está organizado en dos apartados. En el primero, me detengo en las condiciones materiales que permitieron que el modelo de domesticidad identificado con la clase media pudiera ser apropiado por sujetos de distintos sectores sociales. Analizaré el lugar de la vivienda y de los artefactos domésticos destinados a hacerla confortable en esas apropiaciones y en las estrategias de distinción que habilitaron. Destacaré la centralidad del trabajo doméstico –en este caso no remunerado– y del consumo centrado en el hogar en el sostenimiento de la respetabilidad familiar y, con ella, de la propia posición social. En el segundo apartado, abordaré las relaciones de servicio doméstico en la producción, pero también en la desestabilización, de las jerarquías sociales, haciendo foco en casos de hurto protagonizados por empleadas domésticas y sus empleadores.

Clase media, consumo y domesticidad

El modelo familiar de clase media tuvo un escenario preferencial: la vivienda moderna, con espacios funcionalmente diferenciados, una planta compacta y una clara delimitación (y generización) de lo privado y lo público (Prost, 2001; Liernur, 1999a). Es más, algunas interpretaciones han señalado que sus características expresaron cambios importantes en las formas y los comportamientos familiares. La especialización de los ambientes y el desplazamiento hacia modos de habitar que privilegiaban el confort han sido leídos como resultado de un creciente individualismo y de una nueva relevancia atribuida a la intimidad y a la creación de espacios donde la familia pasara tiempo junta (Béjar, 1995; Marsh, 1989). La vivienda moderna fue diseñada para cobijar familias nucleares, más bien pequeñas, con un núcleo completo (heterosexual) y roles genéricamente diferenciados.

Aunque esta tipología de vivienda fue construida previamente, su extensión a grandes sectores de la población argentina solo fue posible gracias a un cambio sustantivo en las políticas públicas que comenzó en los años 40. Como ha señalado Anahí Ballent (2007: 415), con la llegada del peronismo se “inició la construcción masiva por parte del Estado y [se] consolidó un aparato estatal destinado a la vivienda cuyas características se mantuvieron, con matices, creciendo y diversificándose hasta 1976”, en un escenario en que el acceso a la vivienda era visto como parte del derecho al bienestar (Gaggero y Garro, 1996: 64). La creación de líneas de crédito para la construcción con bajas tasas de interés, extensos plazos de pago y altas tasas de cobertura resultó clave tanto durante como después de los gobiernos peronistas. Sin embargo, en la mayor parte de los casos, como la posesión de un lote era un requisito, la posibilidad de los sectores de menores recursos económicos de acceder a ellos fue limitada. Durante toda la segunda mitad del siglo XX se extendió significativamente la proporción de viviendas ocupadas por sus dueños: si en 1947 solo alcanzaba el 37%, en 1960 ascendía al 57% y para 1980 llegaría al 68% de las viviendas (Ballent, 2007: 425).

En el fragmento de la entrevista citado en el inicio de este capítulo, el acceso a la vivienda propia marcaba un hito en la historia familiar en torno del que se estructuraban también señas identitarias. Quienes perdían la casa eran presentados como sujetos descuidados con aquello que les había sido dado (una casa moderna, con pisos de parquet) y como consumidores irresponsables que poseían una gran cantidad de artefactos domésticos (licuadora, tocadiscos), pero habían sido incapaces de sostener la cuota del crédito hipotecario gracias al que habían llegado a tener esa casa. Quienes compraban, en cambio, aparecían como personas humildes, con un modo de vida austero. Esa oposición expresa una moralidad del gasto particular (Horowitz, 1985), marcada por el esfuerzo, la previsión y la racionalidad, y permite sostener una imagen de acuerdo con la que la adquisición de la propia vivienda y el acceso a los modos de habitar modernos fue resultado del esfuerzo propio, desdibujando el papel de las políticas públicas.

A pesar de que en ese fragmento la adquisición de artefactos domésticos es presentada como parte de los consumos irresponsables de los que la entrevistada busca distanciarse, para mediados de siglo el confort y la “liberación” de las amas de casa habían ganado relevancia tanto en el modelo de domesticidad de clase media como en la retórica peronista de “democratización del bienestar” (Torre y Pastoriza, 2002). Como se puede ver en el primero de los textos que siguen, tomado del capítulo XV del Segundo Plan Quinquenal, tanto la vivienda propia como los artefactos domésticos eran presentados como conquistas que antes solo pertenecían a “los pudientes” y que, ahora, “gracias a Perón”, eran aspiraciones legítimas de “todos”, accesibles para “todos” en la medida de su propio esfuerzo. En el capítulo XV del Segundo Plan Quinquenal, referido a la energía eléctrica, tomado del diario Mundo Peronista del 13 de septiembre de 1953, se afirmaba:

Antes nadie soñaba siquiera con tener su heladera, su aspiradora y otros implementos que facilitan la vida hogareña: eran privilegios de los pudientes. Hoy todos somos pudientes en la medida de nuestro propio esfuerzo, que se nos reconoce gracias a Perón y todos queremos esas cosas, como queremos levantar nuestra vivienda.

En el mismo diario, pero del 1 de abril de 1955, en “Confort para el pueblo”, se señalaba:

Las familias argentinas van teniendo heladeras y lavarropas casi sin excepción. Las amas de casa se van liberando de las pesadas tareas del hogar, ya que esos y otros adminículos mecánicos las hacen más llevaderas y gratas. Los alimentos se conservan mejor y la familia obrera argentina ahorra dinero y salud como consecuencia. Quizá alguno todavía piense que esos adelantos están desvinculados de la conducción político-social del país por parte del gobierno y que son regalos que la técnica hace al hombre a esta altura de los tiempos. A ese podemos preguntarle cuántos pueblos del mundo, con excepción de Estados Unidos y algunas naciones europeas –no muchas– cuentan realmente con estos regalos de la técnica. Las comodidades y ventajas que la técnica ofrece son allí gozadas por los privilegiados de siempre, pues esos pueblos no tienen la suerte del nuestro, en lo que a justicia en la distribución de la riqueza se refiere. Argentina ya es un pueblo moderno que cuenta con todas las ventajas que la técnica ofrece, y esas ventajas han llegado a las más humildes capas sociales del país gracias al genio de un Presidente que es el ejemplo del mundo y el orgullo de los argentinos.

Si en el primero de los fragmentos citados el propio esfuerzo (el mismo al que hacía alusión la entrevistada cuyo relato abre este capítulo) aparece como elemento clave (puesto en valor gracias a Perón), en el segundo el énfasis está puesto en la justicia de la distribución del modelo peronista. Resulta significativo que, en ambos casos, aquello que es justo redistribuir no es solo el acceso a la vivienda propia, sino a los bienes de “confort” que permiten la “liberación” del ama de casa. En efecto, la expansión del consumo de estos artefactos se apoyó en mayores facilidades para acceder a bienes asociados previamente a “los pudientes”, impulsadas en buena medida por el crecimiento de los salarios reales y la disminución de rubros como la vivienda, la alimentación y el vestido en el gasto de los hogares de sectores medios y trabajadores (Rapoport, 2003; Aroskind, 2003; Belini, 2009).

Natalia Milanesio (2014: 10) ha señalado que durante el peronismo surgió “el consumidor obrero como una fuerza social única que transformó la Argentina moderna”. La autora sostiene la hipótesis de que, aunque los sectores de menos ingresos participaban del mercado de consumo previamente, fue recién durante el peronismo cuando su participación se volvió masiva, dando lugar al consumidor obrero como “actor histórico dotado de una enorme visibilidad cultural y social y de una influencia económica y política sin precedentes”. A partir del análisis de entrevistas, Milanesio señala que los trabajadores vivieron el acceso a nuevos bienes menos como una forma de ascenso social (o de emulación de las clases medias) que como un proceso que reforzó su identidad obrera.

Ahora bien, de un modo similar al observado con relación al acceso a la vivienda propia, las desigualdades en el consumo, y en particular en el de artefactos domésticos, fueron significativas. De acuerdo con Adriana Marshall (1981), los obreros solo se incorporaron masivamente al mercado de algunos bienes durables (como heladeras y televisores) entre 1963 y 1969. Por otra parte, el consumo de estos artefactos fue muy desigual en términos regionales. De acuerdo con el Censo Nacional de Vivienda de 1960 del Instituto Nacional de Estadística y Censos (Indec), mientras en 1960 el 42% de las viviendas de la provincia de Buenos Aires poseía una heladera eléctrica, solo el 13% de los hogares en la provincia de Catamarca tenía una (Pérez, 2012b).

Dichas desigualdades fueron clave en las vías a partir de las que distintos sujetos construyeron su identidad de clase. A diferencia de lo observado por Milanesio, en mi investigación encontré que el consumo de estos bienes estuvo marcado por búsquedas de distinción de sujetos de distintos sectores sociales que tomaban la domesticidad de clase media como modelo. Es posible que esta diferencia en términos interpretativos derive, al menos en parte, del tipo de consumo en el que se centraron nuestros estudios y en los espacios que analizamos. Milanesio abordó las experiencias de consumo de distintos bienes (vestimenta, calzado, alimentos, etc.) de trabajadores rosarinos. En cambio, mi trabajo se centró en el consumo de artefactos vinculados al trabajo y al entretenimiento domésticos en hogares marplatenses.

Rosario y Mar del Plata son ciudades con perfiles marcadamente distintos: si la primera es una ciudad que creció al calor del desarrollo industrial y de la actividad de un puerto comercial nodal a la región del litoral, Mar del Plata tuvo una estructura productiva marcada por la importancia del turismo estival protagonizado eminentemente por la clase media porteña. Su presencia en la ciudad acercó a los marplatenses sus consumos y modos de habitar por distintas vías. Además de los posibles espacios de sociabilidad compartidos, constructores, albañiles y empleadas domésticas que quizás no los frecuentaran podían entrar en contacto con los estilos de vida de los turistas a partir de su trabajo. La emulación del estilo de vida de la clase media porteña podía resultar clave en las estrategias de distinción de marplatenses provenientes de distintos sectores sociales, aunque supusiera, como veremos, adaptaciones, apropiaciones y resignificaciones.

Por otro lado, los artefactos domésticos no solo eran bienes menos accesibles en términos económicos, sino que además se promocionaban como bienes de estatus (Owensby, 1999; O’Dougherty, 2002). Como puede verse en la publicidad reproducida en la imagen 1, la figura de la empleada doméstica y el concepto de “eléctricos servidores” eran utilizados para presentarlos como promesas de distinción para quienes buscaban no solo alcanzar un nuevo estándar de confort sino materializar su bienestar en objetos visibles (y mostrables), confirmando así su lugar en las jerarquías sociales (Pérez 2013).


Imagen 1. Para Ti, 28 de abril de 1953 (tomada de Pérez, 2013).

En mi investigación, observé que la compra de los nuevos artefactos domésticos motivaba numerosas visitas (en palabras de Perla, “todo el mundo venía a ver lo que te habías comprado”). Es más, los artefactos solían ubicarse en lugares visibles y destacados con distintos elementos decorativos. En la imagen 2, podemos ver el papel protagónico de una heladera en dos fotografías tomadas en el festejo de una primera comunión. La heladera no solo está en un lugar central en estas fotos, sino que se encontraba ubicada en el comedor de la casa familiar, el espacio destinado a recibir, y decorada por un florero, en un gesto que recuerda lo que Jean Baudrillard (1999: 21) identificara como una estrategia de redundancia, es decir, “la envoltura teatral y barroca de la propiedad doméstica […], no solo poseer, sino subrayar dos veces, tres veces, lo que se posee”.


Imagen 2. Fotografía familiar, 1963, aproximadamente.

Cortesía de una entrevistada (tomada de Pérez, 2012b).

Quienes tuvieron acceso a este tipo de bienes más tempranamente no tenían la misma necesidad de mostrarlos. También para ellos la respetabilidad familiar podía estar asociada a la posibilidad de exhibir los elementos centrales de la domesticidad de clase media, pero posiblemente lo hiciesen con otros criterios estéticos, más cercanos a los retratados en Casas y Jardines o Claudia, revistas dirigidas a (aunque no exclusivamente leídas por) un público de mayor poder adquisitivo, donde se recomendaba esconder, o al menos disimular, la presencia de estos nuevos artefactos. Como podemos ver en la siguiente cita, la respetabilidad familiar dependía no solo de poseer ciertos bienes, como una vivienda propia y artefactos domésticos, sino del tipo del cuidado que se les daba, de la posibilidad de presentar una casa limpia y ordenada a quienes pudieran visitar el hogar. La distinción no solo devenía de los bienes que se poseían, sino también de la forma en la que se realizaban las tareas del hogar.

Al piso de parquet se pasaba primero una viruta gruesa, todo a mano, yo recuerdo que te ponías una viruta en un pie y con un pie ibas rasqueteando en el sentido de las maderas. Las maderas estaban puestas como espigas, primero en un sentido y después en el otro. Después de eso, salía cualquier cantidad de… de polvillo. Eso se barría, se limpiaba y después se le pasaba cera. Al otro día se le pasaba cera, se le volvía a pasar, y después cuando ya estaba seco se le pasaba un trapo seco, porque después vino la lustradora. Que ya fue también otro adelanto […] El encuentro de ellas (las mujeres de la generación de su madre) era la visita. A las tres, tres y media de la tarde, la visita. Hasta las cinco y media, seis. La visita no se anunciaba porque no había teléfonos, o había pocos. O sea que la visita te caía de sorpresa, cosa que ahora eso no se estila. “Vas a estar, te llamo”. Antes vos ibas a una casa porque sabías que el ama de casa estaba. Quién iba a salir, salvo que tuvieras que ir al médico […] me acuerdo un día que vino una tía que era recharlatana, entonces mi mamá me hizo una seña y yo de atrás ordené el baño, puse toallas, qué sé yo… porque era eso, el qué dirán. “Te imaginás que si llega a venir la tía Carmen y nos ve que…” […] Se cuidaba mucho ese detalle porque era como un fracaso de la mujer, ¿no? (Entrevista a Perla, Mar del Plata, septiembre de 2009; citada por Pérez, 2012a)

Ahora bien, si ese cuidado dependía en última instancia de las amas de casa, su ejecución no siempre quedaba a su cargo. Tener una casa propia, adecuada a ciertos estándares de confort, orden y limpieza, era clave en la confirmación del estatus y la identidad de clase, pero en tiempos en que las jerarquías sociales estaban siendo disputadas, para muchos esto era insuficiente. Amén de la adquisición de “eléctricos servidores”, la presencia de una empleada doméstica en el hogar –para quienes podían solventarlo– podía ser pensada como garantía del lugar ocupado en ellas. Como veremos, sin embargo, también podía dar lugar a nuevas tensiones que desestabilizaban la posición de quienes las empleaban.

Empleadas domésticas, jerarquías sociales y consumos impropios

El 14 de septiembre de 1959, Irene de García presentó una denuncia a la policía porque desde hacía algunos meses había notado la falta de “prendas de vestir y otros efectos de su domicilio” (causa 4205, Archivo del Departamento Judicial de Mar del Plata; citada por Pérez, 2016).1 En ella, sostuvo que sospechaba de la empleada doméstica que trabajaba en su casa, Angélica Ortega. Tras tomar la denuncia, el oficial y uno de sus compañeros se trasladaron al domicilio de Irene y llevaron a Angélica a la comisaría. Interrogada por las prendas en cuestión, Angélica confesó haberlas tomado, según consta en la causa:

La patrona tenía el cuerpo muy similar a la declarante, las ropas de esta le quedaban bien y como el sueldo que ganaba era poco, no le alcanzaba para comprarse suficientes prendas y en diversas oportunidades, sustrajo ropas interiores, es decir una bombacha y una combinación de nylon, un par de aros, un mate, una bombilla, una lapicera, dos pañuelos y algún otro efecto que no recuerda. Que dichas cosas las llevó en distintas oportunidades y solo para su uso personal.2

Este caso forma parte del corpus que trabajé en una investigación en la que abordé expedientes caratulados como hurto en los que las acusadas eran empleadas domésticas y quienes iniciaban las denuncias sus antiguos empleadores, iniciados en la justicia penal de Mar del Plata (Pérez, 2016).3 Significativamente, en buena parte de los expedientes que encontré, las trabajadoras confesaban haber tomado de casa de sus empleadores y devolvían prendas de vestir, joyas o enseres domésticos, muchas veces de un valor monetario relativamente menor. En el expediente en el que Angélica Ortega se confesó culpable, la policía incautó:

Una combinación de nylon color rosa con encaje del mismo color. – Una botella de Cognac marca “TERRY” empesada. – Un pañuelo de seda floreado grande. – Uno idem estampado con bordes color marrón. – Un mate de loza con adornos floreado. – Dos fundas color blancas de dos plazas. – Una bombilla de metal blanco. – Dos pañuelos de mano color blancos de hilo. – Una tijera de cortar género. – Un paquete de the de un cuarto kilo marca “Starboard Tea”. – Una bombacha de mujer color blanca de nylon. – Una lapicera color verde y negro con capucho de metal blanco marca “RIVER”. – Una tasa de losa. – Un plato de losa. – Una cucharita de cafe. – Un corte de pluma de metal dorado. – Cuatro cajitas de asafran. – Un cepillo de limpiar discos. – Una sábana de una plaza color banca. – Un repasador. – Una revista de modelos. – Un libro de versos de nominado “Sus mejores Tangos” de Carlos Gardel. – Dos recortes de género, colores rojo y uno amarillo. – Un par de aros de oro con una piedra color colorada aplicada en los mismos con estuche color marrón.

Tras ser reconocidos por Irene, los bienes le fueron devueltos. Como en este caso, las trabajadoras que confesaban y devolvían los objetos hurtados solían dar cuenta de que los habían tomado de casa de sus empleadores para usarlos, no para venderlos. Estos objetos tenían un valor simbólico, más allá de su valor de uso o de cambio: como muestra la declaración de Angélica transcripta anteriormente, tenerlos y usarlos implicaba desestabilizar las jerarquías sociales establecidas, mostrando que las trabajadoras podían verse igual a sus empleadoras y que, de hecho, más allá de lo legalmente establecido, era justo que lo hiciesen.

Ahora bien, ¿por qué estos hurtos llegaron a la justicia penal? De acuerdo con Jurema Brites (2004), este tipo de hurtos, menos frecuentes de lo que los empleadores suponen, son, de todos modos, aún más raramente denunciados. A partir de un análisis etnográfico realizado en el Brasil contemporáneo, Brites observó que, ante la falta de algún objeto, lo que los empleadores suelen hacer es señalar su ausencia a las trabajadoras sin acusarlas directamente, dándoles así un tiempo para que los restituyan simulando que estaban perdidos. En otros casos, el descubrimiento de un hurto da lugar a la ruptura de la relación laboral. Lo que es poco frecuente es que lleguen a la policía y, aún menos, a la justicia penal. El escaso valor monetario de muchos de los bienes que aparecen en los casos que trabajé y lo engorroso que resultaba hacer una denuncia y comparecer en un juicio me llevaron a preguntarme por las motivaciones de los empleadores que de hecho iniciaron acciones legales contra sus empleadas.

Según Natalia Milanesio, el acceso al consumo masivo de los trabajadores y la emergencia de la figura del consumidor obrero durante el peronismo dieron lugar a nuevas ansiedades entre la clase media. De acuerdo con su lectura, la imagen de la empleada doméstica que vestía el mismo tipo de prendas que su empleadora se había convertido en “el ejemplo más común de la creciente igualdad social durante el peronismo”, y el vestido expresaba una progresiva homogeneización del consumo que “dificultó la expresión inequívoca de la diferencia de clase y el establecimiento de divisiones claras entre los distintos sectores sociales” (Milanesio, 2014: 143). Las denuncias del hurto de prendas de vestir resultan comprensibles en ese escenario, en el que lo que estaba en juego trascendía el valor económico de los bienes en cuestión. La denuncia en la policía podía ser una forma de disputar la legitimidad del acceso de las trabajadoras a objetos que otrora resultaban clave para la definición del estatus social de los empleadores, reafirmando la inferioridad tanto social como moral de las trabajadoras.

Lo que estos hurtos evidencian, y la confesión de Angélica vuelve manifiesto, es que lo que estaba en cuestión era la deferencia esperada de las trabajadoras. Como han mostrado distintos análisis (Rollins, 1985; Romero, 2002; Gorbán y Tizziani, 2014), la deferencia es uno de los elementos centrales de las relaciones establecidas en el servicio doméstico. Parte del trabajo de las empleadas domésticas consiste en representar un papel. Independientemente de la imagen que tengan de sí mismas, frente a sus empleadores deben ubicarse en una posición de inferioridad social. El sentido de superioridad construido en esta relación fue particularmente importante para los empleadores de clase media en las décadas que siguieron a las transformaciones sociales iniciadas durante el primer peronismo, cuando otros elementos que anteriormente habían garantizado su estatus (como el consumo de ciertos bienes) se habían vuelto también accesibles para los trabajadores.

Las propias relaciones de servicio doméstico estaban experimentando fuertes cambios. Desde principios de siglo XX, había crecido el empleo con retiro y por horas, en detrimento del empleo “con cama”, había crecido el número de trabajadoras que eran migrantes internas desplazando a las provenientes de ultramar, y las ocupaciones más especializadas –y masculinizadas– habían dejado de ser consideradas parte del sector –al menos en términos legales– (Cárdenas, 1986). La sanción del decreto-ley 326 en 1956 constituyó otro hito relevante. Pese a que las protecciones que garantizaba eran limitadas, dicho decreto constituyó un primer régimen legal en el que las trabajadoras domésticas podían ampararse (Pérez, Cutuli y Garazi, 2018).

Las disputas por esos bienes eran más intensas cuando, como en muchos de los expedientes aquí analizados, los empleadores y las empleadas tenían un origen social no tan lejano. En el caso mencionado con anterioridad, ambas habían migrado a Mar del Plata desde localidades más pequeñas: la empleadora, Irene de García, que tenía treinta años y estaba casada, había nacido en Balcarce, una localidad ubicada a 74 kilómetros de Mar del Plata; Angélica Ortega, la trabajadora, tenía treinta y dos años y estaba soltera, había nacido en Monteros, a 53 kilómetros de San Miguel de Tucumán. Esta no era una situación excepcional en Mar del Plata, donde la afluencia de migrantes había sido muy intensa. Si en 1947 el partido de General Pueyrredón –del que Mar del Plata es cabecera– contaba con casi 124.000 habitantes, en 1960 llegaría a los 225.000 y en 1980, a los 434.000. La magnitud de este crecimiento se explica por el flujo migratorio hacia la ciudad: entre 1895 y 1947 se trató sobre todo de migrantes extranjeros; entre 1947 y 1960, de migrantes de localidades pequeñas y zonas rurales del país (Núñez, 2000).

En este escenario, no era necesario poseer un patrimonio muy importante para lograr establecer diferencias con quienes habían llegado a Mar del Plata más recientemente, ubicándose en sectores urbanos más periféricos, pero también aceptando peores empleos que aquellos que residían en la ciudad desde hacía más tiempo y habían logrado acumular ya algún tipo de capital, no solo económico, sino también social. En este sentido, podemos señalar que, en septiembre de 1959, al momento de la denuncia a partir de la que se iniciara el proceso por hurto, Irene vivía en una casa de tres dormitorios, cocina, baño y comedor, a la que se accedía por el local (un negocio de despensa y bar) que ella misma atendía. La casa estaba ubicada en el centro de la ciudad, en la esquina de Córdoba y Colón. Angélica vivía a cien metros de esa casa, en un hotel situado en Santiago del Estero y Colón. Aunque sus posiciones sociales eran evidentemente desiguales, sus trayectorias muestran que la distancia que las separaba era menor a la que existía entre empleadores y trabajadoras domésticas algunas décadas antes.

No es solo que esas distancias fueran menores en términos materiales. En la confesión de Angélica ya transcripta lo que se observa es un cuestionamiento a las distancias simbólicas. Ella enfatizaba la similitud de su cuerpo y el de Irene, en virtud de la cual a ambas la misma ropa les quedaba bien. Ahora bien, puede que su cuerpo fuera uno de los sitios clave a partir de los que Irene construía su distancia social respecto de Angélica. Aunque ambas eran migrantes internas, Irene provenía de una localidad situada en la provincia de Buenos Aires, relativamente cercana a Mar del Plata, e incluso a la Capital Federal. Angélica, en cambio, provenía de una localidad, quizás similar en términos de su tamaño, pero ubicada en la provincia de Tucumán. No sabemos nada de la apariencia de estas dos mujeres, pero esta diferencia de origen puede haber sido relevante en términos de la racialización de sus distancias de clase. Enrique Garguin (2009) ha señalado que el ser descendiente de inmigrantes europeos que se asentaron en el litoral fue un elemento clave en la conformación de la identidad de clase media en la Argentina, a partir de un contraste explícito con quienes habían migrado del “interior” del país. En ese contexto, la similitud corporal señalada por Angélica y reforzada por el uso de las mismas prendas pudo haber atizado las ansiedades de Irene, motivándola a hacer una denuncia por bienes cuyo valor material era relativamente menor.

La singularidad de Mar del Plata también permite pensar en otros escenarios en los que el estatus de quienes se identificaban como clase media podía ser tensionado por los usos que los trabajadores hacían de espacios y bienes que les pertenecían y que eran marcas claras de su lugar en las jerarquías sociales. En 1965, por ejemplo, una mujer que vivía en la ciudad de Buenos Aires pero poseía una casa de veraneo en Mar del Plata presentó una denuncia a la policía acusando a los caseros de haber hurtado un juego de cubiertos de plata, cuatro cuchillos, una manguera, una máquina de cortar césped, una tusadora, entre otros elementos. Los caseros, una pareja de hermanos, respondieron a esa acusación indicando que era falsa y que había sido hecha “en carácter de venganza” (denuncia 440.601, Archivo del Departamento Judicial de Mar del Plata, citada por Pérez, 2016). Puntualmente, la casera sostuvo:

[…] al parecer a la [denunciante] le fastidió que su hermano hubiera usado algunos platos de la cocina, como también que la declarante hubiera tendido ropa en el cordel en el parque, por lo cual esta le solicitó las llaves a la declarante, entregándoselas, previa revisación de dicha persona en el inmueble manifestando que todos los efectos existentes se encontraban en la casa, no faltándole nada […] Que cuando la denunciante volvió a irse a Capital Federal clausuró la puerta de entrada con maderas, así que era imposible entrar. Que ignora quién sustrajo las cosas de la casa, si es que ha habido sustracción.

Aunque es imposible establecer la veracidad de las acusaciones cruzadas entre empleadora y caseros a partir del expediente, resulta evidente que, independientemente de un posible hurto –que no fue probado–, el uso de ciertos bienes y espacios resultaba motivo de tensión. El caso permite pensar lo desestabilizadores que podían ser los usos de los caseros para los dueños de esas casas de veraneo que, fuera de su vigilancia, podían comportarse como si fueran ellos los propietarios, no solo de las casas, sino de los objetos con los que estaban equipadas. A mediados del siglo XX, si el servicio doméstico en el propio hogar confirmaba el estatus social del empleador, también era un permanente recordatorio del nuevo estatus alcanzado por los trabajadores y, en este sentido, de la vulnerabilidad de las jerarquías establecidas.

Reflexiones finales

¿Qué es y cuándo se formó la clase media en la Argentina? Desde hace al menos una década, distintos estudios han vuelto sobre esta pregunta para discutir las interpretaciones objetivistas, centradas en las categorías socioocupacionales, para poner los procesos identitarios en el centro de atención. En ese contexto, ganaron fuerza las hipótesis respecto del surgimiento de la identidad de clase media como respuesta al estatus y la visibilidad que adquirieron los trabajadores durante el peronismo. Esta hipótesis ha señalado las tensiones, los conflictos y las exclusiones desdibujadas en la imagen de la “democratización del bienestar”. En este texto busqué mostrar la relevancia del mundo doméstico en la construcción de las distancias sociales y las identidades de clase en la Argentina contemporánea.

En primer lugar, me detuve en el lugar del modelo de domesticidad de clase media como medida de la respetabilidad familiar. Mostré que, aunque el peronismo amplió las posibilidades de adquirir una vivienda propia y los artefactos domésticos necesarios para hacerla “confortable”, el acceso a dichos bienes estuvo marcado por dinámicas de distinción orientadas a establecer jerarquías con quienes no los poseían, o los habían alcanzado más tarde. Si otras investigaciones señalaron que la ampliación de las posibilidades de consumo redundó en un reforzamiento de la identidad obrera, en mi propio trabajo observé una adopción del modelo de domesticidad de clase media en las prácticas de distinción de sujetos provenientes de distintos sectores sociales; al tomarlo, sin embargo, lo modificaban en aspectos sustantivos.

Aún más central para la interpretación que propuse es la relevancia de la práctica de la domesticidad (Davidoff y Hall, 1994; Maynes, 2003), del trabajo y el consumo domésticos, en la negociación del estatus de la propia familia, puesto que permite reponer no solo la importancia del mundo “privado” en las identificaciones de clase, sino también la del género. La construcción de la figura del “ama de casa liberada” como principal beneficiaria del confort doméstico fue concomitante de la de su esposo como proveedor, y de ambos como consumidores responsables que destinaban su tiempo e ingresos al bienestar familiar. El acceso a esos bienes, sin embargo, era solo un momento en una secuencia ininterrumpida en la que los cuidados prodigados al hogar resultaban fundamentales para evitar posibles cuestionamientos al estatus familiar.

Las relaciones que se daban en el marco del servicio doméstico también muestran las ansiedades surgidas ante la percepción de esa inestabilidad de las distancias sociales. La denuncia policial de hurtos de objetos que no tenían un valor material relativamente alto permite pensar en los modos en que la presencia de una trabajadora doméstica podía no ya confirmar el estatus de los dueños de casa, sino ponerlo en cuestión. La denuncia, en este sentido, no solo buscaba reponer las jerarquías en el plano material (a partir de la recuperación de los objetos hurtados) sino también en el plano simbólico, señalando la inferioridad moral de quienes habían accedido a ellos mediante acciones condenables. Como ocurrió en el caso citado en extenso, el hecho de que buena parte de los conflictos giraran en torno de prendas de vestir, que muchas trabajadoras confesaron tomar para uso personal y que, como sostuviera Angélica, ponían en evidencia su similitud física con sus empleadoras, muestra la relevancia del cuerpo (feminizado y racializado) en la construcción de las distancias sociales y en su confrontación.

Las prácticas de trabajo y consumo centradas en el hogar eran instancias clave de las negociaciones a partir de las que se establecía el propio lugar en las jerarquías sociales. Su análisis muestra la fragilidad que ese lugar podía tener para ciertos sujetos, que debían confirmarlo de manera reiterada ante audiencias diversas. Las interacciones cotidianas desarrolladas en el mundo doméstico eran momentos centrales de esas negociaciones, en las que género, clase y raza se articulaban de modos específicos en la producción de las distancias sociales. La identificación con la clase media dependía en buena medida de confrontaciones “privadas” y muchas veces desarrolladas entre mujeres.

1. Los nombres han sido cambiados para preservar la intimidad de las personas involucradas en la causa.

2. Se mantienen la ortografía y redacción originales.

3. Trabajé con diecinueve expedientes de hurto iniciados en el Departamento Judicial de Mar del Plata entre 1950 y 1980, en los que empleadas domésticas aparecían como acusadas y sus empleadores como denunciantes. Los expedientes fueron consultados en el Archivo del Departamento Judicial de Mar del Plata.

2. De inquilinos a propietarios: la construcción del mercado de la propiedad horizontal en Buenos Aires, 1947-1970

Rosa Aboy

La sanción en 1948 de la ley 13.512, de Propiedad Horizontal, supuso la posibilidad de que los distintos departamentos de un mismo edificio pudieran ser vendidos a diferentes propietarios. Hasta entonces, los edificios de departamentos solamente podían pertenecer a un único dueño, quien arrendaba las unidades de vivienda a inquilinos, pues la propiedad de los inmuebles estaba ligada a la propiedad de la tierra y no se podía subdividir. La norma tuvo implicancias sociales y culturales profundas, al habilitar el acceso a la condición de propietarios a miembros de las clases medias.

Desde mediados de la década de 1940 y hasta fines de la de 1970 los sectores medios urbanos de la Argentina experimentaron una expansión cuantitativa que fue paralela a un incremento sustancial en el número de propietarios. Siguiendo los análisis de los censos nacionales llevados a cabo por Horacio Torres (1993: 14), podemos saber que en el período comprendido entre 1947 y 1960 el aumento de propietarios en la ciudad de Buenos Aires fue espectacular, pues pasó del 17,6% al 45,6%.1 Es posible concluir, entonces, que muchos individuos y familias de las clases medias accedieron, por estos años, a la propiedad de sus viviendas. La herramienta que posibilitó ese pasaje, de inquilinos a propietarios, fue la mencionada ley 13.512. Anteriormente, la propiedad de edificios se concentraba en manos de un grupo más reducido y más adinerado.

La investigación de las estadísticas municipales permite saber que el número de departamentos tuvo un exponencial aumento como forma de habitar de los porteños, luego de la sanción de la norma. Mientras que el número de departamentos en 1944 representaba el 20% de los hogares porteños, para 1980 las tres cuartas partes de las viviendas eran de este tipo (Aboy, 2007: 44). Por supuesto, la notable expansión de los departamentos no fue privativa de las clases medias, puesto que tanto los sectores de alto poder adquisitivo como las clases trabajadoras adoptaron esta forma de habitar doméstico. En el caso de los sectores de la elite, la modernización tecnológica y una nueva sensibilidad en relación con el hogar, unidas a la crisis económica de inicios de la década de 1930, determinaron la adopción de la vida en departamentos (Aboy, 2011). Por su parte, las políticas de vivienda estatal dirigidas a la población trabajadora habían comenzado a adoptar la tipología de los departamentos como solución eficaz y económica al déficit habitacional, tendencia que se consolidó en los años peronistas (Aboy 2005). A pesar de la amplia difusión de los departamentos en todos los estratos de la sociedad porteña, el objeto de este trabajo es indagar en su adopción por parte de los sectores medios y, más precisamente, en su acceso a la propiedad de este tipo de vivienda, posibilitado por la Ley de Propiedad Horizontal.

El incremento en el número de propietarios fue de la mano de la creación de un nuevo mercado, que irrumpió en esos años, y estuvo dirigido principalmente a las clases medias. Ahora bien, ¿quiénes eran los actores del mercado de los departamentos para la venta? ¿Por medio de qué recursos, materiales y simbólicos, este tipo de vivienda ingresó en el horizonte de aspiraciones y consumo de las clases medias? ¿Eran los nuevos departamentos diferentes en términos de organización espacial, confort, pautas de domesticidad, etc., de los departamentos de alquiler, construidos antes de la sanción de la Ley de Propiedad Horizontal? ¿Cómo eran las prácticas de habitar que proponían? ¿A través de qué estrategias y dinámicas fue posible para muchas familias de clase media acceder al mercado de la propiedad?

En diálogo con la bibliografía reciente sobre las clases medias, esta investigación indaga en la construcción de un nuevo mercado, que conlleva la creación de nuevos consumidores y de un nuevo entramado de actores vinculados al proyecto, construcción y comercialización de los departamentos para la venta.

Algunos apuntes sobre las clases medias entre 1947 y 1970

En los años que siguieron al fin de la Segunda Guerra, los académicos comenzaron a prestar atención a las crecientes clases medias latinoamericanas. En su ensayo introductorio a Latin Americas’s Middle Class, David Parker analiza algunas de las preocupaciones de entonces. Investigadores como Johnson, Pike, Whiteford, López Cámara y Wagley se preguntaban en aquel tiempo si serían las clases medias quienes lideraran un proceso de desarrollo y modernización que algunos auguraban inminente, si serían ellas los sectores sociales garantes de la frágil democracia en la región o, en su defecto, qué otras políticas estarían dispuestas a adoptar, cuáles serían sus valores y, de manera más general, si las clases medias se constituirían en los diferentes países como agentes de crecimiento y estabilidad (Parker, 2013).

En un país como la Argentina que, como ha señalado Ezequiel Adamovsky (2009), se autopercibe como “de clase media”, este grupo social ha representado un porcentaje superior al 40% de la población a lo largo de los años que se enfocan en este análisis. En la década de 1940 la Argentina tenía a casi la totalidad de su población alfabetizada, la tasa de universitarios era de las más altas a escala global, era el sexto país en el ranking de ingreso per cápita y el tercero si se medía la productividad. Según Liliana de Riz (2010), en 1970, el 40% intermedio percibía el 36,1% del ingreso, el 40% más pobre el 16,5% y el 20% más rico el 47,4%. Estos datos permiten caracterizar a la Argentina de entonces como un país con un moderado nivel de desigualdad distributiva. La Argentina era, en esos años, una sociedad mucho más igualitaria que la mayor parte de sus vecinos latinoamericanos.

Las interpretaciones sociológicas de las décadas de 1950 y 1960 entendían a las clases medias como motor económico y amortiguador social interclasista, pero el contexto histórico de la década siguiente puso en duda esas hipótesis, pues esos sectores plantearon nuevos escenarios de conflictos y nuevos desafíos, en el terreno cultural y político, en contraste con la moderación política que con anterioridad se les atribuyera.2 En la segunda mitad del siglo XX, la sociedad argentina modificó su dinamismo y, consecuentemente, el bienestar de las clases medias se deterioró comparativamente en relación con América Latina, donde únicamente Bolivia y Venezuela crecieron a tasas inferiores, mientras que México, Brasil y Chile duplicaron la tasa de crecimiento argentina. Para nuestro período, no obstante, de acuerdo a las estimaciones de Susana Torrado (1992), la clase media representó un amplio contingente, que en promedio osciló entre el 40 y el 45% de la población del país.

Ahora bien, ¿quiénes eran esos integrantes de las clases medias? La bibliografía actual ha señalado las dificultades que presenta la delimitación de este colectivo, compuesto por un amplio número de identidades autocontenidas bajo la adscripción a la clase media, noción que en términos de Adamovsky parecería abarcar a la población toda. Este colectivo presenta gran diversidad en términos de ingreso, capital cultural y autoidentificación social. Desde el punto de vista ocupacional, para el período comprendido entre los censos de 1947 y 1970 se pueden considerar dentro de ella a los profesionales liberales, empleados del comercio y la industria, empleados públicos, empresarios pequeños y medianos, docentes, militares, comerciantes, universitarios, entre otros. Pero esta descripción por actividades no da cuenta de las diferencias de estilo de vida, relaciones sociales, abolengo, ideologías políticas, colectividades de origen, clivaje cultural, creencias religiosas, etc., que complejizan la adscripción a los diferentes estratos y que no pueden ser determinados únicamente por la estructura de ingresos.

Frente a esta inestabilidad e indefinición, hemos adoptado la decisión de aproximarnos al estudio de las clases medias que fueron participantes activas (como proyectistas, comercializadoras y destinatarias) del mercado de los departamentos para la venta a partir de una conceptualización laxa. En este trabajo se denomina clases medias, o sectores medios, a aquellas que no forman parte de las elites ni de los trabajadores. Esta laxitud implica también considerar que las personas que nutrieron sus filas pueden haber percibido su identidad o estatus como pertenecientes a un grupo social situado en el medio o, por el contrario, carecer de una autopercepción en términos de clase o colectivo social diferenciado de quienes estaban posicionados por encima y por debajo en la pirámide social. Por estas razones, juzgamos más pertinente, para el enfoque propuesto, el empleo de la expresión clases medias, en plural, dando cuenta de la heterogeneidad de identidades, rangos de ingreso, ocupaciones, autopercepción y percepción social por parte de terceros, contenidas bajo un denominador común.

En Buenos Aires, las clases medias urbanas, hijas de la educación pública, el pleno empleo, la democratización del bienestar de los años peronistas, la movilidad social, la incipiente industrialización y un lento proceso de modernización cultural, criadas en una aspiración de ascenso social a través de la educación y el sueño de la casa propia, pudieron convertirse en tenedoras de sus viviendas, mayoritariamente, a través de la posesión de departamentos. Nuestra hipótesis es que estos ámbitos espaciales, y las simbolizaciones asociadas a su propiedad, funcionaron como ámbitos catalizadores de nuevas y diferenciadas identidades sociales de las clases medias. Más aún, la irrupción de nuevos consumidores y la aparición de novedosos recursos publicitarios que implicaron la difusión a través de la prensa de discursos escritos y gráficos de departamentos para la venta, así como nuevas ramas de actividad al abrigo de la creación del incipiente mercado de la propiedad horizontal, se convirtieron en creadores de sujetos de clase media, en el sentido en que Dror Wharman se refiere a la creación de la clase media británica, definiendo pertenencias mediante la invención de nuevas necesidades y nuevos deseos.3

En un sentido similar, Sharon Marcus analiza los discursos sobre los departamentos en Londres y París asumiendo que esos discursos frecuentemente eran productores de los fenómenos a que hacían referencia. La autora analiza los planos de arquitectura como representaciones elaboradas sobre la base de afiliaciones institucionales, estrategias retóricas y objetivos políticos. Como los geógrafos urbanos, analiza el espacio del departamento como producto social y canal de reproducción social al mismo tiempo.4 Esta perspectiva, tributaria del ya clásico trabajo de Henri Lefebvre (2013 [1974]) sobre la producción del espacio, ofrece una perspectiva para analizar la dimensión espacial de la construcción de identidades sociales a partir de la tríada conceptual propuesta por el autor francés: prácticas espaciales, representaciones del espacio y espacios de representación.

Para Lefebvre (2013 [1974]: 97) estas nociones se encuentran en constante tensión y su interrelación es la que define las formas de producción social del espacio. Las prácticas espaciales refieren al espacio percibido, producido y apropiado por las personas a través de sus prácticas cotidianas. El segundo, las representaciones del espacio, es el “espacio concebido por los científicos, planificadores, urbanistas, tecnócratas fragmentadores, ingenieros sociales”, es decir, aquel definido por los saberes técnicos ejercidos por especialistas. El tercero, el espacio de representación, surge de los conocimientos locales, de los imaginarios y los deseos. Es el “espacio vivido” donde se manifiestan y tensionan los diferentes significados. En este sentido, los espacios de representación constituyen para Lefebvre los sitios de resistencia. Las representaciones del espacio pueden expresar lo concebido desde las instituciones y corresponden al espacio vertical, reglado desde discursos dominantes que se proponen como verdaderos. Pero también puede ser un espacio creado desde saberes técnicos sin pretensiones de dominación. Esta tensión será analizada respecto del espacio concebido, construido y simbolizado por los participantes del novedoso mercado de la propiedad horizontal, posibilitado por la sanción de la ley 13.512.

El mercado de la propiedad horizontal dirigido a las clases medias porteñas

Desde antes de la sanción de la ley 13.512 de Propiedad Horizontal, la aspiración de contar con una vivienda en lote propio, para uso exclusivo, había constituido un anhelo profundamente arraigado en las clases medias, mayoritariamente inquilinas,5 cuya conquista daba cuenta del progreso social de la familia. El desplazamiento de esos sectores hacia la propiedad de departamentos es indicador de una serie de cambios culturales, sociales y materiales en relación con el hogar, que habrían redundado en una valorización de la vida en departamentos y no una mera consecuencia del cambio normativo y el alza en el valor de la tierra y la propiedad urbana que tuvo lugar en los años bajo estudio.

La investigación estadística ha mostrado que los efectos de la ley 13.512 fueron diferidos en el tiempo y, más que promover la construcción de nuevas unidades para la venta, la medida motivó, en primera instancia, la subdivisión de los edificios y venta de los departamentos construidos con anterioridad a sus anteriores arrendatarios.6 El cuadro 1 muestra, discriminados por año y cuantificados, los edificios, las unidades y superficies afectados al régimen de propiedad horizontal, discriminando inmuebles posteriores y anteriores a la sanción de la ley. Allí se observa que la cantidad de departamentos vendidos en edificios existentes fue nueve veces mayor que en los construidos bajo el nuevo régimen. Probablemente, la vigencia de las leyes que protegían los derechos de los inquilinos, y el tiempo requerido para la asimilación de un cambio de paradigma en relación con la propiedad hayan determinado este efecto. En 1960, no obstante, la adopción del nuevo paradigma era muy extensa pues casi la mitad de las viviendas porteñas era habitada por sus propietarios (45,5% sobre un total de 659.407).7 Estas dinámicas comportaron un incremento notable de las clases propietarias, en un porcentaje superior al 150% entre los censos nacionales de 1947 y de 1960 (Aboy, 2007: 357).

Cuadro 1

Inmuebles autorizados para la venta en propiedad horizontal


Edificios nuevos Edificios existentes
Año Cantidad de edificios Cantidad de departamentos Superficie (m2) Cantidad de edificios Cantidad de departamentos Superficie (m2)
1950 6 81 221.466 138 1994 216.117
1951 32 440 909.145 509 8240 863.755
1952 37 590 1.100.934 768 10.311 1.040.755
1953 105 1.373 1.443.487 1.026 13.439 1.304.792
1954 171 2.109 1.571.512 1.018 13.541 1.360.285
1955 130 2.222 1.604.154 1.254 13.704 1.335.329
1956 32 609 634.396 570 5.621 578.315
1957 35 585 791.606 802 7.871 730.217
Total 548 8.009 8.276.700 6.085 74.721 7.429.565

Fuente: Dirección Nacional de Estadística y Censos, Municipalidad de la Ciudad de Buenos Aires, año I, mayo de 1958.

La nueva legislación hizo posible vivir en departamentos en calidad de propietarios y, a la vez, convirtió a los habitantes en copropietarios de la totalidad del edificio. Esta novedosa reconfiguración de las relaciones entre los vecinos de un mismo inmueble introdujo dinámicas que redundaron en la progresiva desaparición de la figura jerárquica del “propietario único” del edificio y consolidó la figura del “administrador del consorcio”. Por su parte, los nuevos copropietarios debieron asumir responsabilidades en la toma de decisiones, que debían ser negociadas en un ámbito potencialmente más democrático que el anterior.

La posibilidad de acceder a la propiedad de departamentos seguramente impactó de modo diferente en los diversos estratos sociales, pero fue una medida que alcanzó a todos ellos. Los sectores medios y altos fueron quienes, por su mayor disponibilidad de capital, o acceso a créditos y a información, pudieron acceder a la propiedad de un departamento, en primera instancia. Con el tiempo, muchas familias de la clase media incorporaron la mudanza a un departamento de su propiedad al repertorio de sus deseos de ascenso y respetabilidad social.

Con la liberalización del precio de los alquileres, producida a la caída del peronismo, dice Torres (1993), se amplió la oferta, que fue reforzada con planes de financiamiento para la compra de los departamentos. En este incipiente “mercado de la propiedad horizontal” que comenzó a despuntar en 1950 y se consolidó en la década siguiente, el papel del empresario de la construcción frecuentemente recayó en arquitectos o ingenieros cuyas pequeñas empresas abarcaban todas las actividades del sector: el proyecto, la construcción, los aspectos financieros y la promoción inmobiliaria.

Para seguir la evolución de este mercado, hemos revisado los avisos inmobiliarios y las publicidades de construcción de edificios en propiedad horizontal publicados en el diario La Nación entre 1948 y 1961. Se observa en ellos que la construcción de nuevos edificios se concentró principalmente en Recoleta, Barrio Norte, Palermo, Belgrano y Caballito, a lo largo de todo el período. Eso no significa que no se hayan publicado anuncios de departamentos en Almagro o en Flores, pero su número es sensiblemente inferior. Esto permite suponer, por parte de las empresas que controlaban el mercado, la elección de localizaciones que garantizaran la mayor rentabilidad posible, en los barrios más solicitados por los consumidores y en aquellos donde el Código de la Edificación permitía construir mayores superficies y un más elevado número de pisos.8

La información estadística, que mostraba que el mayor número de operaciones de venta de departamentos correspondía a la subdivisión de edificios construidos con anterioridad a la sanción de la ley 13.512, es confirmada por la evidencia que surge de la revisión de los avisos publicados en los diarios. Sobre todo en la primera mitad de la década de 1950 es preponderante el número de avisos de venta de departamentos en casas de renta en proceso de subdivisión de la propiedad. Por su parte, la oferta de departamentos nuevos obedeció a dos modalidades: la venta de unidades terminadas y la compra a plazos (a precios más bajos, en etapas iniciales) para financiar la construcción. En la primera modalidad, un particular o empresa se hacía cargo de la compra del terreno, la contratación de proyectistas y constructores, y luego vendía los departamentos terminados. En la segunda, la empresa buscaba inversores una vez comprado el terreno y esbozado el proyecto, y con ello financiaba la construcción.

Para el caso de los departamentos que se vendían ya finalizada la obra, los desarrolladores solían ser empresas más grandes, con mayor capital, o con las suficientes garantías para acceder a una financiación bancaria. El Banco de Galicia y el Banco Supervielle fueron algunas de las entidades privadas que financiaron la construcción de departamentos en la década de 1950, sobre todo de pisos de categoría, solo accesibles para las capas más altas de las clases medias y las elites. En el caso de los departamentos que se vendían en las etapas iniciales, el precio de compra podía ser menor, pero el futuro propietario debía tomar más riesgos. La existencia de situaciones potencialmente abusivas puede inferirse del aviso publicado por La Nación en septiembre de 1958, en cuyo encabezado puede leerse: “Asegúrate! de comprar terreno y departamento a construir; no el terreno y una promesa” (imagen 1). El texto caracteriza el emprendimiento que promociona como una opción “confiable”, en oposición a otras propuestas, sobre las que arroja un manto de sospecha.

El material analizado muestra la existencia de empresas que controlaban todo el ciclo del negocio de la propiedad horizontal, en coincidencia con lo anticipado por Torres. El aviso publicado el sábado 13 de septiembre de 1952 muestra el caso de una empresa familiar de este tipo, en el cual se publicitaban los departamentos que la empresa constructora Incar SRL –del ingeniero Claudio Cardini– estaba construyendo en la calle Billinghurst 2584, en Barrio Norte (imagen 2) Los proyectistas eran los arquitectos Enrique Douillet, Mario Capagli y Roberto Cardini, previsiblemente emparentado con el titular de la empresa, quien además era el calculista de la estructura de hormigón. Un tercer miembro de la familia, Mario A. Cardini, se ocupaba de la venta de los departamentos y posterior administración del consorcio. De esta manera, los miembros de una misma familia participaban de todas las instancias del negocio inmobiliario, desde el proyecto, cálculo estructural y construcción del edificio, hasta la venta y administración, maximizando el control y las ganancias en cada una de las etapas.


Imagen 1. Aviso aparecido en La Nación, Buenos Aires, septiembre de 1958.

El aviso ofertaba departamentos en los barrios más caros de la ciudad, poniendo de manifiesto una elección conservadora de las inversiones de la empresa familiar de los Cardini. Había productos para familias de los estratos más altos de las clases medias y de las elites, como el departamento de cinco dormitorios, tres baños, triple dependencia para el servicio y garaje para dos autos ubicado en Figueroa Alcorta 3084, y también departamentos para grupos de menores ingresos o para parejas sin hijos o personas solas, con un solo dormitorio y sin dependencias, en Belgrano y en Barrio Norte. Es decir que, si bien las decisiones de la empresa eran conservadoras en cuanto a la localización, mostraban una gran variedad y ductilidad en la oferta de productos, que iban desde el monoambiente céntrico, pensado como atelier o vivienda para una sola persona, hasta el departamento de gran cantidad de habitaciones, prefigurado para una familia con muchos hijos y ayuda doméstica. Esta diversidad es indicadora de un mercado sofisticado, en sintonía con prácticas sociales complejas y matizadas en relación con el habitar, que no responderían a un único modelo familiar o de conformación de las unidades domésticas.


Imagen 2. La Nación, Buenos Aires, septiembre de 1952.

Tal vez haya sido José Luis Romero (1976) quien primero percibió una serie de cambios en las expectativas vitales de las clases medias urbanas, en los años que siguieron a las décadas de 1930 y 1940. Romero hace coincidir ese período con un “repliegue de la sociedad tradicional” cuando, de la mano del cambio cultural, “empezó a parecer normal, en las familias de clase media o alta, que los jóvenes de ambos sexos quisieran dejar la casa paterna para instalarse en un departamento, que quería tener aire de atelier”. Señala Romero que aquel “repliegue” fue de la mano de una vida con menos acartonamientos, en la cual los cambios producidos por el reposicionamiento de las mujeres en el espacio social habrían tenido un papel central. Este cambio en las expectativas se habría dado en primera instancia en los estratos altos e ilustrados, entre los que empezaba a despuntar un cierto inconformismo juvenil y un ambiente de bohemia artística y literaria, que recién a partir de la década de 1960 tendría un correlato en otros sectores de las clases medias.

Desde esta perspectiva, las expectativas de acceso a la propiedad de las clases medias parecen impulsadas por un deseo de encontrar un nuevo posicionamiento social que, en los diferentes estratos, parecía satisfacerse a través de diversos tipos de vivienda, diferentes presupuestos y en distintas localizaciones. La finalidad de las publicidades en los diarios era invariablemente seducir a los potenciales compradores, empleando estrategias de mercado que ponían de manifiesto diferentes características en los departamentos, según se tratase de edificios proyectados para los estratos sociales altos, medianos o bajos. Las publicidades permiten observar que los edificios construidos en los barrios más caros eran proyectados, por regla general, por arquitectos de cierto renombre o, al menos, conocidos. Los avisos solían consignar la autoría en un lugar destacado. Por el contrario, en los avisos de departamentos destinados a los estratos medios y bajos es infrecuente que el autor del proyecto sea mencionado, aunque suele haber referencia a la empresa constructora y a la financiación propuesta.

Esta diversidad en la oferta no contradice sino que tensiona la imagen de una sociedad urbana porteña sin contrastes sociales muy marcados, que señala la historiografía para esos años.9 No sorprende, entonces, que los departamentos que se construían para la venta estaban destinados a la amplia gama de las clases medias, absorbidas en un imaginario amplio que, al tiempo que integraba esa diversidad a un incipiente mercado, iba configurando no solamente el espacio representado de los departamentos, sino también los espacios de representación y las prácticas sociales de nuevos actores en la escena urbana: los copropietarios o consorcistas. Sobre esta novedosa creación, el mercado de departamentos en propiedad horizontal, para los diferentes estratos de las clases medias, tratan los siguientes apartados.

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9789876919531
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