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El ministerio médico
Elena G. de White

Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires, Rep. Argentina.
Índice de contenido
Tapa
Créditos y abreviaturas
Prefacio de la primera edición
Prefacio de la segunda edición
Sección I: El poder de curación y su fuente
Sección II: Plan divino en la obra médico misionera
Sección III: El médico cristiano y su obra
Sección IV: Nuestra Facultad de Medicina
Sección V: Advertencia contra la sofistería espiritista
Sección VI: Sistemas de cura mental verdaderos y falsos
Sección VII: Honorarios y sueldos
Sección VIII: Consejos y advertencias
Sección IX: Administración de los sanatorios
Sección X: Oportunidades para el ministerio en hospitales y sanatorios
Sección XI: La familia del sanatorio
Sección XII: Prevención de enfermedades y su tratamiento por métodos racionales
Sección XIII: Obra médico misionera y ministerio del evangelio
Sección XIV: Enseñar los principios de salud
Sección XV: Régimen alimentario y salud
Sección XVI: La salud del obrero
Sección XVII: Obra médico misionera en las grandes ciudades
Sección XVIII: Extensión de la obra
El ministerio médico
Elena G. de White
Título del original en inglés: Medical Ministry, Ellen G. White Estate, 1963.
Dirección: Aldo D. Orrego
Traducción: Félix Cortés (APIA)
Diseño del interior: Marcelo Benítez
Diseño de la tapa: Carlos Schefer
Ilustración de la tapa: Shutterstock
IMPRESO EN LA ARGENTINA
Printed in Argentina
Primera edición, e-Book
MMXX
Es propiedad. © Ellen G. White Publications (1963).
© ACES, 2020.
Queda hecho el depósito que marca la ley 11.723.
ISBN 978-987-798-109-4
| White, Elena G. deEl ministerio médico / Elena White. - 1ª ed. - Florida : Asociación Casa Editora Sudamericana, 2020.Libro digital, EPUBArchivo Digital: onlineISBN 978-987-798-109-41. Medicina. 2. Procedimiento de Urgencia. I. Título.CDD 616.025 |
Publicado el 30 de marzo de 2020 por la Asociación Casa Editora Sudamericana (Gral. José de San Martín 4555, B1604CDG Florida Oeste, Buenos Aires).
Tel. (54-11) 5544-4848 (Opción 1) / Fax (54) 0800-122-ACES (2237)
E-mail: ventasweb@aces.com.ar
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Prohibida la reproducción total o parcial de esta publicación (texto, imágenes y diseño), su manipulación informática y transmisión ya sea electrónica, mecánica, por fotocopia u otros medios, sin permiso previo del editor.
Aclaraciones
* Versiones bíblicas base: Reina-Valera Antigua (RV 1909) y Reina-Valera Revisada 1960 (RVR 60).
* Paginación de los libros en español: versión tapa Bordó.
* En el texto, las referencias bíblicas entre paréntesis están en los originales en inglés, pero las entre corchetes fueron agregadas por el editor de la obra en castellano.
* Los énfasis en negrita cursiva pertenecen a la autora.
* Las abreviaturas comunes significan:
p. = página
pp. = páginas
vers. = versículo/versículos
5:583 = tomo 5, página 583
Créditos y abreviaturas
En esta versión castellana de la obra, las referencias a artículos previamente publicados se indican mediante las siguientes abreviaturas:
CM - Consejos para maestros, padres y alumnos
CS - El conflicto de los siglos
CSS - Consejos sobre la salud
DTG - El Deseado de todas las gentes
Ed - La educación
FCE - Fundamentals of Christian Education
GCB - General Conference Bulletin
HAp - Los hechos de los apóstoles
JT 2 - Joyas de los testimonios, tomo 2
MC - El ministerio de curación
NB - Notas biográficas de Elena G. de White
OE - Obreros evangélicos
PE - Primeros escritos
PP - Patriarcas y profetas
PR - Profetas y reyes
PVGM - Palabras de vida del gran Maestro
RH - Review and Herald
SG 4 - Spiritual Gifts, tomo 4
SpT - Special Testimonies
TI 1-9 - Testimonios para la iglesia, tomos 1 al 9
TM - Testimonios para los ministros
YI - Youth’s Instructor
Prefacio de la primera edición
Cómo preservar y mejorar la salud, y cómo prevenir y tratar la enfermedad son problemas realmente vitales en el mundo médico contemporáneo. Nunca antes en la historia de la familia humana estos grandes temas habían recibido el estudio serio, intenso y científico, ni la amplia publicidad que se les está dando actualmente. La ciencia médica ha hecho un progreso maravilloso en todas sus ramificaciones durante la última mitad del siglo. La enumeración y la explicación de los descubrimientos, el desarrollo y los logros alcanzados en este vasto ramo del interés y el bienestar humanos, requerirían varios tomos. El conocimiento que se ha obtenido en el estudio exhaustivo de estos temas fundamentales se ha ofrecido al público en volúmenes altamente científicos y técnicos, como también en forma de divulgación en libros, revistas, periódicos y conferencias.
Esta obra, titulada El ministerio médico, es una valiosa contribución más a las necesidades del mundo en la esfera del bienestar físico, mental y espiritual. Es única en sus alcances. Identifica y recomienda lo verdaderamente científico en las causas y el tratamiento de las enfermedades. Coloca un fuerte énfasis en la atención cuidadosa de todo lo que tiene que ver con la prevención de las dolencias. Y aún más, la autora reconoce que el pecado, la transgresión de la ley divina, es la causa primaria de la enfermedad, el padecimiento y la muerte.
Puesto que la autora sostiene que la transgresión de la ley moral induce al desacato de las leyes físicas y mentales, da gran importancia a la obediencia de la ley moral como una condición fundamentalmente necesaria para la salud perfecta. Y la obediencia a la ley moral, se recuerda, se puede rendir solamente por medio de la aceptación de Cristo el Redentor del hombre arruinado por la transgresión, y la unión con él. De aquí que se afirma que el remedio perfecto para las enfermedades de la raza caída es la combinación, la apreciación y la observancia de las leyes espirituales, mentales y físicas de nuestro ser.
Es la vastedad del campo de instrucción que se expone en El ministerio médico, lo que recomienda tan altamente esta obra al público. Esta instrucción no es técnica; la puede entender la persona común. Los requerimientos expuestos para la felicidad y la salud espiritual, mental y física, son tan racionales que se pueden cumplir fácilmente. Lo referente a la prevención de la enfermedad es de valor inestimable, pues, como lo dice el antiguo adagio, una onza de prevención vale más que una libra de curación.
La Sra. Elena G. de White, la autora, dedicó casi 70 años de su vida aplicada y activa, al ministerio del evangelio. En su juventud fue una inválida. En sus primeros años de vida matrimonial luchó contra un corazón débil, con el cáncer y con otras indisposiciones. A la edad de 36 años experimentó un gran despertar referente a la temperancia y su relación con la salud, a la eficiencia física y mental como también a la vida cristiana. El estricto apego al conocimiento obtenido en cuanto a las leyes de la mente y del cuerpo le trajo gran alivio y restauración, y desde aquel tiempo hasta el fin de sus arduas labores, un período de casi cincuenta años, fue una exponente de los principios de la salud y la temperancia.
En 1865 la Sra. de White hizo una apelación a la Iglesia Adventista del Séptimo Día, de la cual era miembro, para que se estableciera una institución médica en la cual se diera a los enfermos un tratamiento racional y sin drogas para sus enfermedades, y también se les proveyera instrucción referente a las leyes de la salud. En respuesta, tal institución se estableció en Battle Creek, Míchigan. Esta empresa tuvo gran éxito. La institución creció en forma extraordinaria y por casi medio siglo ha sido conocida extensa y favorablemente como el Sanatorio de Battle Creek. A través de los años siguientes se han establecido muchos sanatorios similares en diferentes partes de Estados Unidos y en muchos otros países del mundo.
Los Fideicomisarios del Patrimonio de la Sra. de White, habiendo encontrado en sus archivos de Cartas y Manuscritos muchos documentos hasta aquí no publicados que contienen instrucción valiosa para médicos, enfermeros, administradores de sanatorios, auxiliares, evangelistas y obreros evangélicos, creen que este valioso consejo debe llegar al público. Nuestra sincera esperanza es que este libro pueda convertirse en una gran bendición para sus lectores, y por medio de ellos, para la inmensa cantidad de personas a quienes puedan servir.
Arthur G. DANIELLS
Prefacio de la segunda edición
Trasfondo histórico de los escritos de Elena de White acerca de la salud
La demanda continua que han tenido los libros de Elena de White ha hecho necesaria su frecuente reimpresión y ocasionalmente también ha requerido nuevas ediciones. Esta obra, publicada inicialmente en 1932, aparece ahora en una segunda edición. Aunque el tipo de letra y el tamaño de las páginas han sido alterados para colocarlos en conformidad con el tamaño popular de la Biblioteca del Hogar Cristiano, el texto no se ha cambiado y la paginación se mantiene como en la impresión anterior. Así la nueva edición permanece invariable con respecto a las referencias que se hacen de ella en el Índice general de los escritos de Elena G. de White.
El ministerio médico fue el primer libro de Elena de White, compilado mayormente de fuentes no publicadas, que vería la luz después de la muerte de la autora. Las instrucciones que la Sra. de White dio a su junta de fideicomisarios sirvieron de guía en la publicación de esta obra. En su autorización a la junta, hizo provisión “para la impresión de compilaciones de mis Manuscritos”. Ella reconoció que en las comunicaciones que dirigió a individuos y a instituciones a través de los años había consejos que serían de gran ayuda a la causa en general.
El ministerio médico ocupó su lugar junto a otros libros de la misma autora, después de lo cual se han publicado nuevas obras sobre el tema de la salud. Ya que este es sólo un eslabón de una cadena de libros dedicados a este importante asunto, parece apropiado hacer un recuento histórico de las varias producciones de Elena de White, tanto en el pasado como en el presente, que se relacionan con los principios de la salud y la obra médica. Esto ayudará al lector a identificar las publicaciones en circulación y las que ya no se imprimen, en este campo vital.
En 1848 Elena de White recibió instrucción referente a la naturaleza dañina del té y el café; y en 1854 se le impartió luz sobre la importancia de la limpieza y el uso de alimentos no altamente refinados ni demasiado grasosos. Sin embargo, no fue sino hasta 1863 que recibió la primera visión general con relación a la reforma pro salud. Acerca de ella escribió: “Fue en la casa del hermano A. Hilliard, en Otsego, Míchigan, el 6 de junio de 1863, donde el gran tema de la reforma pro salud se abrió ante mí en visión” (Review and Herald, 8 de octubre de 1867). En visiones subsiguientes se le presentaron muchos detalles concernientes a este tema, y estas visiones constituyeron la base para escritos más detallados en lo relativo a la salud y a la conducción de la obra de la salud en la iglesia.
Los primeros artículos de Elena de White sobre salud
La primera presentación general escrita por la Sra. de White sobre el tema de la salud apareció en un capítulo de treinta y dos páginas titulado “La salud”. Este se publicó en Spiritual Gifts [Dones espirituales], tomo 4, páginas 120 a la 151, en el verano de 1864. En este artículo expuso en forma condensada los grandes principios que se le dieron en la visión de 1863. Este material está disponible hoy en reimpresión en forma de facsímil de los volúmenes de Spiritual Gifts.
Reconociendo de alguna manera la magnitud de la obra de guiar a 3500 adventistas del séptimo día hasta una comprensión plena del mensaje de la reforma pro salud, en 1865 Jaime y Elena de White publicaron seis folletos titulados La salud, o cómo vivir. Cinco de ellos contenían 64 páginas, y uno, 80 páginas. En cada uno había un artículo de la pluma de Elena de White, titulado “La enfermedad y sus causas”. Junto con los artículos de la Sra. de White había materiales afines tomados de los escritos de médicos y ministros, y artículos especialmente preparados por Jaime White y otros, para estos tratados. Cada uno estaba dedicado a un tema de salud fundamental: el régimen alimentario, el matrimonio y la vida hogareña, el uso de las drogas, el cuidado de los enfermos y la higiene, el cuidado de los niños y la vestimenta apropiada para estos, como también la vestimenta saludable. En 1899 y en 1900, los seis mensajes de Elena de White fueron publicados como artículos en la Review and Herald. En 1958 fueron incluidos en un apéndice de 69 páginas en el tomo 2 del libro Mensajes selectos.
El artículo titulado “Una apelación a las madres” fue al comienzo un tratado de salud sobre un área más especializada, y se imprimió en 1864 en un folleto con ese título. En 1870 Jaime White lo incluyó, como una contribución, en una obra de 270 páginas titulada Una solemne apelación referente al vicio solitario. Amplias porciones de este artículo aparecen hoy en La conducción del niño en la sección titulada “La preservación de la integridad moral”. Los mismos consejos básicos se encuentran en Testimonios para la iglesia, tomos 2 y 5.
La temperancia cristiana y la higiene bíblica, 1890
Una obra titulada La temperancia cristiana y la higiene bíblica se publicó en 1890. La primera porción, La temperancia cristiana, fue escrita por Elena de White y la segunda, acerca de la Higiene bíblica, fue compilada de los escritos de Jaime White. En las primeras 162 páginas la Sra. de White presentaba principios básicos de salud en una forma más popular y abarcadora. Cincuenta años después este material formó la base para el libro El ministerio de curación.
Además, 9 de los 18 capítulos escritos por la Sra. de White en el libro de 1890 fueron reimpresos total o parcialmente en 1923, en Consejos sobre salud y en Fundamentos de la educación cristiana. Los otros capítulos fueron detalladamente utilizados en El ministerio de curación.
La vida saludable, 1897
En 1897, mientras la Sra. de White estaba en Australia, el Dr. David Paulson, entonces obrero del Sanatorio de Battle Creek, compiló un gran número de extractos y párrafos de los escritos de Elena de White referentes a la salud y los arregló en orden temático. Esta colección, titulada La vida saludable, apareció ocho años antes de la publicación de El ministerio de curación. El libro, de 284 páginas, se convirtió en una ayuda valiosa para la enseñanza, y se hicieron por lo menos tres impresiones de ese trabajo. No obstante, con la aparición de El ministerio de curación, en 1905, la compilación de Paulson dejó de publicarse. La Sra. de White apreció esta compilación, pero, por supuesto, carecía de la continuidad que caracteriza a sus libros.
El ministerio de curación, 1905
La Sra. de White hizo una presentación completa del tema de la salud en El ministerio de curación, un libro de 516 páginas que dirigió a lectores adventistas y no adventistas de Norteamérica y el extranjero. Al preparar sus 43 capítulos dependió ampliamente del material publicado en La temperancia cristiana y La higiene bíblica, aunque amplió y escribió de nuevo el material. Al tiempo de su fallecimiento en 1915, este era su único libro obtenible referido a la salud.
Consejos sobre la salud, 1923
Los amplios principios de la vida saludable se habían presentado en El ministerio de curación. Sin embargo, en los artículos de la Sra. de White que habían aparecido en los periódicos de la iglesia, en los Testimonios para la iglesia; y en ciertos libros que ya no se imprimían, había muchos mensajes adicionales. Estos contenían instrucción necesaria relativa a los principios de la salud, al manejo de las instituciones adventistas del séptimo día y en cuanto a la promulgación del mensaje de la salud. Los fideicomisarios del Patrimonio White reunieron dichos materiales en el libro Consejos sobre salud, publicado en 1923. Este tomo, de 634 páginas, reunía todo lo que había aparecido impreso en una u otra forma, transformándose en una obra de gran servicio para la iglesia y especialmente para el personal médico.
El ministerio médico, 1932
La promulgación del mensaje de la salud fue por 50 años un tema de la más alta preocupación para Elena de White. Ella escribió más sobre el campo de la salud que sobre cualquier otro tema de aconsejamiento. Muchos de sus documentos Manuscritos, dirigidos a médicos, administradores institucionales, enfermeras y personal de sanatorios contenían consejos de importancia vital. Las copias de estos escritos se guardaron en archivos. Muchos de los consejos dan dirección a la obra médica. Otros, escritos en tiempos cruciales durante el desarrollo de los diversos aspectos de nuestra obra médica, son importantes amonestaciones. Algunos fueron mensajes escritos para salvar a un obrero que enfrentaba un peligro especial. La instrucción en sí misma es siempre actualizada.
Este libro, El ministerio médico, es en esencia una selección de estos consejos dirigidos al personal médico y a otros vinculados con las instituciones médicas adventistas del séptimo día. Los consejos se han redactado y se han publicado para que otros puedan beneficiarse de ellos. El prefacio fue escrito por A. G. Daniells, presidente por muchos años de la Asociación General y uno de los fideicomisarios escogidos por la Sra. de White para cuidar de sus escritos. Cuando se publicó el libro por primera vez, el pastor Daniells era también presidente de la Junta del Colegio de Médicos Evangelistas.
Consejos sobre el régimen alimenticio, 1938
Para 1926 el doctor H. M. Walton, entonces maestro en el campo de la nutrición en el Colegio de Médicos Evangelistas, reunió los materiales de Elena de White, de fuentes publicadas y no publicadas, que tenían relación con el tema del régimen alimentario y de los alimentos en general. Este material, preparado en colaboración con los fideicomisarios del Patrimonio White, fue impreso en Loma Linda con fines didácticos, en una obra de 200 páginas, en rústica, a dos columnas, titulada Estudios basados en los testimonios sobre el régimen alimentario. Los materiales fueron ordenados por temas para una referencia más fácil. Finalmente se discernió el valor de una circulación más amplia de este material entre los adventistas del séptimo día. Los fideicomisarios del Patrimonio White tomaron estos materiales, omitieron algunas repeticiones, y los suplementaron con nuevos materiales de fuentes no publicadas; también añadieron algunas secciones; así salió a la luz lo que ha resultado ser la obra más popular, el libro de 600 páginas Consejos sobre el régimen alimenticio. Sus consejos, ordenados en forma de temas y con un índice cuidadoso, hacen que las declaraciones combinadas del Espíritu de Profecía sobre la dieta sean asequibles fácilmente para el estudio.
La temperancia, 1949
El libro de 300 páginas adecuadamente titulado La temperancia, coloca ante la iglesia toda la gama de consejos de la pluma de Elena de White, tomados de todas las fuentes, publicadas y no publicadas, que tienen relación con ese tema.
Aparecen allí como apéndice tres apelaciones que hace la autora acerca de la temperancia. Este libro se ha convertido en un verdadero manual para los obreros de la temperancia.
El ministerio de la bondad, 1952
La obra de bienestar social de la Iglesia Adventista del Séptimo Día combina la obra de la salud con las acciones de servicio cristiano en el vecindario. En sus 350 páginas, El ministerio de la bondad provee los consejos de Elena de White acerca de estos importantes aspectos del ministerio. Las experiencias de la Sra. de White en el terreno del bienestar social culminan esta obra. Este libro también es un manual en su campo.
Estos cinco volúmenes disponibles actualmente, junto con porciones del tomo 2 de Mensajes selectos, contienen toda la serie de consejos de Elena de White sobre el tema de la salud y del manejo de nuestra obra de la salud.
Consejos vitales para hoy
Es interesante observar que ha transcurrido un siglo desde que se llamó la atención de los adventistas del séptimo día al tema de la salud por medio de las visiones dadas a Elena de White. Estos consejos han resistido el escrutinio más estricto de científicos renombrados. Los hallazgos de investigadores serios añaden día a día evidencia confirmatoria a la exactitud científica de los consejos de Elena de White.
Cuando la Sra. de White, una iletrada en el campo de la ciencia médica, con una educación muy limitada, empezó en la década de 1860 a exponer sus puntos de vista sobre la salud, era natural que algunos buscaran asociar sus exposiciones con los escritos de ciertos médicos contemporáneos. A la sugerencia de parte de unos pocos de que las opiniones de los que la rodeaban habrían sido la inspiración real de sus escritos en el campo de la salud, ella respondió franca y simplemente, después de referirse a la visión del 6 de junio de 1863:
“Yo no leí ninguna obra sobre salud hasta después de escribir Spiritual Gifts [Dones espirituales], tomos III y IV, Una apelación a las madres, y hasta después de haber bosquejado la mayoría de mis seis artículos para los seis números de Cómo vivir...
“Al presentar el tema de la salud a amigos donde yo trabajaba en Míchigan, en New England y en el Estado de Nueva York, y al hablar en contra de las drogas y la alimentación a base de carne, y en favor del agua, el aire puro y una dieta apropiada, a menudo la respuesta era: ‘Usted habla muy parecido a las opiniones que se enseñan en Las leyes de la vida y otras publicaciones de los doctores Trali, Jackson y otros. ¿Ha leído usted esa publicación y esas obras?’ Mi respuesta fue que no lo había hecho, ni las había leído hasta después de escribir completamente mis puntos de vista, no fuera que se llegara a decir que había recibido mi luz sobre el tema de la salud de parte de los médicos, y no del Señor” (Review and Herald, 8 de octubre de 1867).
De nuevo ese año al referirse a sus escritos sobre el tema de la salud, ella declaró:
“Mis puntos de vista fueron escritos independientemente de los libros o de las opiniones de otros” (Manuscrito 7, 1867).
Ciertos hombres líderes en nuestras filas en 1864 comentaron acerca de este punto en conexión con la publicación del artículo de Elena de White en Una apelación a las madres. Después de la presentación de 29 páginas que ella hace, se introdujo cierto testimonio médico allí. Entre el artículo de Elena de White y estas declaraciones de otros escritores, los fideicomisarios de la Asociación Publicadora de los Adventistas del Séptimo Día insertaron la siguiente nota significativa:
“Hemos creído pertinente añadir a lo anterior los siguientes testimonios de hombres de alta posición y autoridad en el mundo médico, que corroboran los puntos de vista presentados en las páginas precedentes. Y en justicia a la escritora de aquellas páginas, diríamos que no había leído nada de los autores aquí citados, ni había leído otros trabajos sobre este tema, en forma previa a colocar en nuestras manos lo que ella ha escrito. Ella no es, por lo tanto, una plagiaria, a pesar de haber declarado verdades importantes a favor de las cuales han dado testimonio hombres que merecen nuestra más alta confianza.
Los Fideicomisarios”.
Para aquellos que sugerían que los escritos de la Sra. de White reflejaban las conclusiones de los innovadores médicos contemporáneos, uno sólo necesita observar los pronunciamientos conflictivos de esos tiempos y preguntar: “¿Cómo podía una ignorante sin información de aquellos días conocer qué seleccionar y qué rechazar?” Pocos de los conceptos populares de aquellos días sobreviven, sin embargo los consejos de la Sra. de White no sólo permanecen hoy sino que son reforzados por los últimos descubrimientos en clínica y laboratorio.
Objetivos y condiciones de prosperidad constantes
Se han hecho grandes avances en el mundo médico desde la muerte de Elena de White en 1915. Aunque estos avances han traído ajustes en los detalles de la práctica de la medicina, no han hecho pasar de moda el valor terapéutico del “aire puro, el ejercicio, la dieta apropiada, el uso del agua”, y “la confianza en el poder divino”, los cuales Elena de White enumeró como “los remedios verdaderos”. Mientras los métodos modernos de diagnóstico rápido y de tratamiento de las enfermedades han acortado el tiempo en que los pacientes deben permanecer en una institución médica, y si bien es cierto que esto tiene su consecuencia sobre la operación de las instituciones adventistas del séptimo día, los principios básicos establecidos en los consejos de Elena de White constituyen una guía segura y realizable hoy. Escribiendo reflexivamente, la Sra. de White declaró:
“A medida que nuestra obra se ha extendido y se han multiplicado las instituciones, el propósito que Dios tuvo al establecerlas ha sido el mismo. No han cambiado las condiciones para que prosperasen” (Testimonios para la iglesia 6:227).
Se nos puede dar certeza una y otra vez de la permanencia continua de estos consejos en las líneas médicas. Al estar de pie frente al Congreso de la Asociación General en 1909, ella dijo:
“Se me ha mostrado que los principios que nos fueron dados en los primeros días de este mensaje no han perdido su importancia y debemos tenerlos en cuenta tan concienzudamente como entonces” (Testimonios para la iglesia 9:127).
Los principios se mantienen, aunque las circunstancias cambiantes pueden hacer necesarios ajustes en la aplicación de algunos principios. En efecto, Elena de White escribió con relación a la obra de la recién establecida facultad en Loma Linda:
“No podemos establecer una línea precisa para seguir incondicionalmente. Las circunstancias y las emergencias se presentarán y el Señor debe dar instrucción especial; pero si empezamos a trabajar dependiendo completamente del Señor, velando, orando y andando en armonía con la luz que él nos envía, no seremos dejados para avanzar en tinieblas” (Carta 192, 1906).
Los testimonios y el significado de las palabras
El significado de ciertos términos también puede cambiar notablemente en un período de años. Sin embargo, un estudio cuidadoso de los principios básicos que se revelan mediante una acumulación de consejos, aclara la intención de la autora y con ello el debido curso de acción.
El estudiante de los consejos sobre salud de Elena de White es consciente de la condenación frecuente del uso de drogas y la apelación para el empleo de remedios sencillos. Hace cien años, y por muchos años subsiguientes, los remedios que emplearon los médicos fueron normalmente los que hoy reconocemos como venenos potentes. La causa de la enfermedad era desconocida a menudo. La teoría del germen todavía no estaba bien establecida y los tratamientos usualmente atacaban los síntomas. Cualquiera que esté familiarizado con la literatura médica de aquel tiempo reconoce la alta tasa de mortalidad y la corta expectativa de vida; es consciente de la naturaleza de muchos de los medicamentos que utilizaban los médicos. Muchos murieron como resultado del uso de las drogas prescritas.1 La voz de Elena de White clamando contra este menosprecio de la vida no era una voz aislada, ella hablaba con un corazón que podía sentir y una mente iluminada e inspirada.
El estudiante cuidadoso evitará aplicar mal las referencias a las drogas. No aplicará en forma general la condenación de las drogas a los remedios probados, obtenidos por medio de la investigación científica. Hallará al revisar las declaraciones de Elena de White, colocando línea sobre línea y precepto tras precepto, que sus referencias a “las drogas fuertes”, a “las drogas venenosas” y al uso de “medicinas que dejan tras sí efectos dañinos en el sistema”, son factores calificativos que deben tomarse en cuenta. Ver las declaraciones compiladas sobre el uso de drogas en Mensajes selectos, tomo 2, páginas 319 a la 327.
Descubrirá que la Sra. de White empleó los medios curativos y aprovechó las ventajas de los verdaderos avances de la ciencia médica durante los últimos años de su vida. Observará que su posición no fue ni extrema ni fanática, sino racional y al día con los verdaderos avances científicos, con una estimación conservadora de aquellos hallazgos. Observará que en los consejos del Espíritu de Profecía en cuanto a la salud, el énfasis está sobre la medicina preventiva. Hay un llamamiento a cuidar el cuerpo, a cultivar hábitos sencillos de vida y a aprovechar los agentes restauradores disponibles para todos.
El personal médico, al buscar entender la prevención, la causa y el tratamiento de la enfermedad, y al tratar de emplear la obra médica como el “brazo derecho” del mensaje del tercer ángel, hallará que estos consejos, advertencias y palabras de aliento, son de origen divino, y constituyen una ayuda adecuada.
Junta de Fideicomisarios
de los Escritos de Elena G. de White,
Washington, D.C.,
1º de noviembre de 1962
1 Para un cuadro documentado que ilustra esto, ver La historia de nuestro mensaje de la salud, cap. I, titulado: “Los tiempos de esta ignorancia”.
Sección I: El poder de curación y su fuente
La naturaleza es la sierva de Dios
El mundo material está bajo el control de Dios. Toda la naturaleza obedece las leyes que la gobiernan. Todo habla y actúa de acuerdo con la voluntad del Creador. Las nubes, la lluvia, el rocío, la luz del sol, los chubascos, el viento y la tormenta, todos están bajo la supervisión de Dios y rinden obediencia implícita a quien los emplea. El diminuto retoño de trigo brota de la tierra, primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga [Job 37:16; Mar. 4:28]. El Señor utiliza a estos siervos obedientes para hacer su voluntad.–Carta 131, 1897.
Cristo, la Vida y la Luz
Cristo, quien creó el mundo y todas las cosas que hay en él, es la vida y la luz de cada cosa viviente.–TI 6:185, 186
Nuestra vida se deriva de Jesús. En él hay vida original, propia, vida que proviene de él. En nosotros hay un manantial que mana de la fuente de vida [Sal. 36:9]. En él está la fuente de la vida. Nuestra vida es algo que recibimos, algo que el Dador toma nuevamente para sí. Si nuestra vida está escondida con Cristo en Dios, cuando se manifieste, también nos manifestaremos con él en gloria [Col. 3:3, 4]. Y mientras tanto en este mundo daremos a Dios, en servicio santificado, todas las facultades que él nos ha legado.–Carta 309, 1905.
Vida por medio del poder de Dios
La parábola de la semilla revela que Dios obra en la naturaleza [Sal. 147:8]. La semilla tiene en sí un principio germinativo, un principio que Dios mismo ha implantado; sin embargo, si se abandonara la semilla a sí misma no tendría poder para brotar. El hombre tiene una parte que desempeñar para promover el crecimiento del grano.
Hay vida en la semilla, hay poder en el terreno; pero a menos que se ejerza día y noche el poder infinito, la semilla no dará frutos. Deben caer las lluvias para humedecer los campos sedientos, el sol debe impartir calor, debe comunicarse electricidad a la semilla enterrada. El Creador es el único que puede hacer surgir la vida que él ha implantado. Cada semilla crece y cada planta se desarrolla por el poder de Dios [Sal. 104:14].–PVGM 43, 44.
Vida de Dios en la naturaleza
El Señor dio su vida a los árboles y las plantas de su creación. Su palabra puede aumentar o disminuir el fruto de la tierra.
Si los hombres abrieran su entendimiento para discernir la relación entre la naturaleza y el Dios de la naturaleza, se escucharían entusiastas reconocimientos del poder del Creador. La naturaleza moriría sin la vida de Dios. Sus obras creadas dependen de él [Sal. 36:9]. Él derrama propiedades vivificantes sobre todo lo que produce la naturaleza. Debemos considerar los árboles cargados de frutos como el don de Dios, de igual forma como si él hubiera colocado el fruto en nuestras manos.–Manuscrito 114, 1899.
Dios alimenta a los millones de la Tierra
Al alimentar a los 5.000, Jesús alzó el velo del mundo de la naturaleza y reveló el poder que se ejerce continuamente para nuestro bien. En la producción de las mieses de la tierra, Dios obra un milagro cada día. Por medio de agentes naturales se realiza la misma obra hecha al alimentar a la multitud. Los hombres preparan el suelo y siembran la semilla, pero es la vida de Dios lo que la hace germinar. Es la lluvia, el aire y el sol de Dios lo que hace producir “primero hierba, luego espiga, después grano lleno en la espiga” [Sal. 104:14; 147:8; Mar. 4:28]. Es Dios quien alimenta cada día a millones con las mieses de esta tierra.–DTG 335.
Mantenidos en actividad
El corazón palpitante, el pulso vibrante, todo nervio y músculo del organismo viviente se mantienen en orden y actividad por el poder del Dios infinito. “Considerad los lirios, cómo crecen; no trabajan, ni hilan; mas os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos. Y si así viste Dios la hierba que hoy está en el campo, y mañana es echada al horno, ¿cuánto más a vosotros, hombres de poca fe? Vosotros, pues, no os preocupéis por lo que habéis de comer, ni por lo que habéis de beber, ni estéis en ansiosa inquietud. Porque todas estas cosas buscan las gentes del mundo; pero vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de estas cosas. Mas buscad el reino de Dios, y todas estas cosas os serán añadidas” [Luc. 12:27-31].
Cristo dirige aquí la mente hacia el exterior para que contemple los campos abiertos de la naturaleza, y su vigor toque los ojos y los sentidos para que disciernan las obras maravillosas del poder divino. Él dirige la atención primero a la naturaleza, luego arriba, por medio de la naturaleza, al Dios de la naturaleza, quien sostiene los mundos por su poder.–Manuscrito 73, 1893.
A través de las leyes naturales
No debe suponerse que una ley se pone en movimiento para obrar por sí misma en la semilla; que la hoja aparece porque así debe hacerlo por su propia cuenta. Dios tiene leyes que ha instituido, pero ellas son solamente las siervas mediante las cuales él logra los resultados. Es por medio de la intervención directa de Dios como toda hierba diminuta nace de la tierra y brota a la vida. Toda hoja crece y todo capullo florece por el poder de Dios.
El organismo físico del hombre está bajo la supervisión divina, pero no es como un reloj que se pone en operación y debe funcionar por sí solo. El corazón palpita, un pulso sucede a otro, la respiración es consecutiva, pero todo el ser está bajo la supervisión de Dios. “Vosotros sois labranza de Dios, edificio de Dios” [1 Cor. 3:9]. En Dios vivimos, y nos movemos, y somos [Hech. 17:28]. Cada latido del corazón, cada respiración, es la inspiración de aquel que sopló en la nariz de Adán el aliento de vida,la inspiración del Dios omnipresente, el gran Yo Soy [Gén. 2:7; Éxo. 3:14].–RH 8/11/1898.
Dios en la naturaleza
En todo lo creado se ve el sello de la Deidad. La naturaleza testifica de Dios. La mente sensible, puesta en contacto con el milagro y misterio del universo, no puede dejar de reconocer la obra del poder infinito. La producción abundante de la tierra y el movimiento que efectúa año tras año alrededor del sol no se deben a su energía inherente. Una mano invisible guía los planetas en el recorrido de sus órbitas celestes. Una vida misteriosa satura toda la naturaleza: una vida que sostiene los innumerables mundos que pueblan la inmensidad, que habita en el minúsculo insecto que flota en el aire estival, que sostiene el vuelo de la golondrina y alimenta a los pichones de los cuervos que graznan y que hace florecer el pimpollo y convierte en fruto la flor.
Las leyes de la vida física
El mismo poder que sostiene la naturaleza obra también en el hombre [Heb. 1:2, 3]. Las mismas grandes leyes que guían igualmente a la estrella y al átomo rigen la vida humana. Las leyes que gobiernan la acción del corazón para regular la salida de la corriente de vida al cuerpo, son las leyes de la poderosa inteligencia que tiene jurisdicción sobre el alma. De Dios procede toda la vida [Sal. 36:9]. Únicamente en armonía con él se puede hallar la verdadera esfera de acción de la vida. La condición para todos los objetos de su creación es la misma: una vida sostenida por la vida que se recibe de Dios, una vida que esté en armonía con la voluntad del Creador. Transgredir su ley, física, mental o moral, significa perder la armonía con el universo, introducir discordia, anarquía y ruina.
Toda la naturaleza se ilumina para quien aprende así a interpretar sus enseñanzas; el mundo es un libro de texto; la vida una escuela. La unidad del hombre con la naturaleza y con Dios, el dominio universal de la ley, los resultados de la transgresión, no pueden dejar de hacer impresión en la mente y modelar el carácter...
El corazón que aún no se ha endurecido por el contacto con el mal, es pronto para reconocer la Presencia que penetra todas las cosas creadas. El oído que no se ha entorpecido por el vocerío del mundo, está atento a la Voz que habla por medio de las expresiones de la naturaleza... Lo visible ilustra lo invisible [Rom. 1:20]. En todas las cosas que hay sobre la tierra pueden contemplar la imagen y la inscripción de Dios.–Ed 99, 100.
Mensaje de la naturaleza
Toda la naturaleza está viva. Por medio de sus diversas formas de vida habla a los que tienen oídos para escuchar y corazón para entender quién es la fuente de toda vida. La naturaleza revela las obras maravillosas de su Artífice.–Carta 164, 1900.
El mensaje de amor
Al principio, Dios se reveló en todas las obras de la creación [Sal. 36:9]. Y sobre todas las cosas de la tierra, del aire y del cielo, escribió el mensaje del amor del Padre.
Aunque el pecado ha estropeado la obra perfecta de Dios, esa escritura permanece. Aún ahora todas las cosas creadas declaran la gloria de su excelencia... Cada árbol, arbusto y hoja emite ese elemento de vida, sin el cual no podrían sostenerse ni el hombre ni los animales; y el hombre y el animal, a su vez, sirven a la vida del árbol, del arbusto y de la hoja.–DTG 11, 12.
La naturaleza no es Dios
La obra de Dios en la naturaleza no es Dios mismo en la naturaleza. Las cosas de la naturaleza son una expresión del carácter de Dios [Rom. 1:20]; por ellas podemos comprender su amor, su poder y su gloria; pero no hemos de considerar a la naturaleza como Dios. La habilidad artística de los seres humanos produce obras muy hermosas, cosas que deleitan el ojo, y estas cosas nos dan cierta idea del que las diseñó; pero la cosa hecha no es el hombre. No es la obra, sino el artífice el que debe ser tenido por digno de honra. De igual manera, aunque la naturaleza es una expresión del pensamiento de Dios, ella no es lo que debe ser ensalzado, sino el Dios de la naturaleza.–TI 8:275.
La fuente de curación
La enfermedad, el padecimiento y la muerte son obra de un poder enemigo. Satanás es el destructor; Dios, el restaurador.
Las palabras dirigidas a Israel se aplican hoy a los que recuperan la salud del cuerpo o la del alma: “Yo soy Jehová tu sanador” [Éxo. 15:26].
El deseo de Dios para todo ser humano se expresa en estas palabras: “Amado, yo deseo que tú seas prosperado en todas las cosas, y que tengas salud, así como prospera tu alma” [3 Juan 2].
“Él es quien perdona todas tus iniquidades, el que sana todas tus dolencias; el que rescata del hoyo tu vida, el que te corona de favores y misericordias” [Sal. 103:3, 4].–CSS 165.
El gran Sanador
El poder curativo de Dios permea toda la naturaleza. Si un ser humano se corta la piel o se quiebra un hueso, la naturaleza empieza a curar la herida inmediatamente, y de esta forma preserva la vida del hombre. Pero el hombre puede colocarse en una posición en que la naturaleza se vea imposibilitada para hacer su labor... Si se usa el tabaco... el poder curativo de la naturaleza se debilita en un grado mayor o menor... Cuando se ingiere licor intoxicante, el organismo es incapaz de resistir la enfermedad con el poder de sanación original que Dios le otorgó. Es Dios quien ha hecho la provisión para que la naturaleza obre para restaurar las facultades agotadas. El poder es de Dios. Él es el Gran Sanador.–Carta 77, 1899.
Una obra combinada
El enfermo será restaurado por medio de los esfuerzos combinados de lo humano y lo divino. Cristo derrama todo don y todo el poder que prometió a sus discípulos, sobre los que le sirven con fidelidad.–Carta 205, 1899.
El Espíritu Santo renueva el cuerpo
El pecado ocasiona enfermedad física y espiritual. Cristo ha hecho posible para nosotros que nos libremos de esta maldición. El Señor promete renovar el alma por medio de la verdad. El Espíritu Santo habilitará a todo el que esté dispuesto a ser educado para que comunique la verdad con poder. Renovará todo órgano del cuerpo para que los siervos de Dios puedan trabajar aceptable y exitosamente. La vitalidad aumenta bajo la influencia de la acción del Espíritu. Elevémonos entonces, por este poder, a una atmósfera más alta y más santa, para que podamos realizar bien la labor que se nos ha asignado.–RH 14/1/1902
La mejor medicina
La religión de la Biblia no es dañina para la salud del cuerpo o de la mente. La influencia del Espíritu de Dios es la mejor medicina que un hombre o una mujer enfermos pueden recibir. El cielo es todo salud, y cuanto más profundamente se comprendan las influencias celestiales más segura será la recuperación del enfermo que cree.–TI 3:192.
Lo que intenta el médico, lo logra Cristo
Ninguno sino un médico cristiano puede cumplir con la aprobación de Dios los deberes de su profesión. En una labor tan sagrada, no deben hallar la menor cabida los planes e intereses egoístas. Toda ambición y todo motivo deben estar subordinados al interés de aquella vida que se mide con la vida de Dios. En todos sus negocios, debe reconocer las demandas de Jesús, el Redentor del mundo, para copiar su ejemplo. Lo que el médico intenta hacer, lo puede realizar Cristo. Ellos se esfuerzan por prolongar la vida; él es el Dador de la vida. Jesús, el poderoso Sanador, es el Médico Jefe. Todos los médicos están bajo un Maestro, y con seguridad es bendecido todo médico que ha aprendido de su Señor a velar por el alma mientras obra con toda su habilidad profesional para sanar el cuerpo de los enfermos dolientes.–Carta 26a, 1889.
La educación es mejor que la curación milagrosa
Algunos me han preguntado: “¿Por qué tenemos que tener sanatorios? ¿Por qué no oramos por los enfermos, como lo hizo Cristo, para que sanen milagrosamente?” He respondido: “Supongamos que pudiéramos hacer esto en todos los casos; ¿cuántos apreciarían la curación? ¿Se convertirían en reformadores de la salud los que fueran sanados, o continuarían siendo destructores de la salud?”
Jesucristo es el Gran Sanador, pero desea que podamos cooperar con él en la recuperación y el mantenimiento de la salud al vivir en conformidad con sus leyes. Debe haber una impartición de conocimiento acerca de cómo resistir la tentación en unión con la obra de curación. En los que vienen a nuestros sanatorios, se debe despertar el sentido de su propia responsabilidad de obrar en armonía con el Dios de la verdad.
Nosotros no podemos sanar. No podemos cambiar las condiciones enfermizas del cuerpo. Pero es nuestro deber, como médicos misioneros, como obreros juntamente con Dios, utilizar los medios que él ha provisto. Entonces oraremos para que Dios bendiga estos medios. Creemos en Dios; creemos en un Dios que escucha y responde a la oración. Él ha dicho: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” [Mat. 7:7].–RH 5/12/1907.
Cuando la oración por sanidad es presunción
Muchos han supuesto que Dios los librará de la enfermedad únicamente porque se lo han pedido. Pero Dios no considera sus oraciones, porque su fe no se perfeccionó en las obras. Dios no hará un milagro para librar de la enfermedad a los que no se han cuidado; más aún, que están violando de continuo las leyes de la salud y no hacen esfuerzos para evitar la enfermedad. Cuando hacemos todo lo que está a nuestro alcance para tener salud, entonces podemos esperar que se produzcan los bendecidos resultados, y podemos solicitar a Dios con fe que bendiga nuestros esfuerzos para la preservación de la salud. Entonces él contestará nuestra oración, si su nombre puede glorificarse de esta manera. Pero que todos entiendan que tienen una obra que hacer. Dios no obrará de una manera milagrosa para preservar la salud de personas que lleven una conducta que seguramente las enfermará por causa de su descuido de las leyes de la salud.
Los que satisfacen su apetito y de esta manera sufren debido a su intemperancia, e ingieran drogas para aliviarse, a los tales se les puede asegurar que Dios no se interpondrá para salvar la salud y la vida que de forma tan temeraria se ha puesto en peligro. La causa ha producido el efecto. Muchos siguen las directrices de la Palabra de Dios como su último recurso, y solicitan las oraciones de los ancianos de la iglesia para restaurar su salud. Dios no ve adecuado responder las oraciones que se ofrecen a favor de los tales, pues él sabe que si se les devolviera la salud, de nuevo la sacrificarían sobre el altar del apetito pervertido.–SG 4:144, 145.
Provisión para la obra evangelizadora médico misionera
La forma de trabajar de Cristo consistía en predicar la palabra y en aliviar el sufrimiento mediante obras milagrosas de sanidad. Pero se me ha instruido acerca de que no podemos obrar ahora de la misma manera, pues Satanás ejercerá su poder por medio de milagros. Los siervos de Dios hoy no podrían trabajar valiéndose de milagros, porque se realizarán obras espurias de curación, pretendiendo ser divinas [2 Tes. 2:9, 10].
Por esta razón, el Señor ha señalado un camino en el cual su pueblo debe hacer avanzar una obra de curación física combinada con la enseñanza de la Palabra. Se deben fundar sanatorios y con estas instituciones deben estar relacionados obreros que lleven adelante la obra médico misionera genuina. De esta manera se ejerce una influencia protectora en los que vienen a los sanatorios en busca de tratamiento.
Esta es la provisión que Dios ha hecho por medio de la cual se debe realizar obra evangélica médico misionera en favor de muchas almas. Estas instituciones deben establecerse fuera de las ciudades y en ellas la obra educativa debe llevarse en forma inteligente.–Carta 53, 1904.
Los milagros no son evidencia segura del favor de Dios
Muy cerca está el tiempo cuando Satanás obrará milagros para confirmar en la mente de muchos la creencia de que él es Dios [2 Tes. 2:9, 10]. Todo el pueblo de Dios debe estar de pie ahora sobre la plataforma de la verdad como ha sido dada en el mensaje del tercer ángel [Apoc. 14:9-12]. Se presentarán muchos cuadros agradables y obras milagrosas para, que si es posible, se engañen aun los elegidos [Mat. 24:24; Apoc. 16:14]. La única esperanza para cualquiera es que esté asido de las evidencias que han confirmado la verdad en justicia. Que estas sean proclamadas una y otra vez, hasta el cierre de la historia de esta tierra.–RH 9/8/1906.
Cuando Cristo se negó a hacer milagros
La escena de la tentación de Cristo iba a ser una lección para todos sus seguidores. Cuando los enemigos de Cristo, por instigación de Satanás, les pidan que muestren algún milagro, ellos deben responder de forma tan mansa como lo hizo el Hijo de Dios ante Satanás: “Escrito está también: No tentarás al Señor tu Dios” [Mat. 4:7]. Si los tales no se convencen por el testimonio inspirado, una manifestación del poder de Dios no les sería benéfica. Las maravillosas obras de Dios no se manifiestan para gratificar la curiosidad de nadie. Cristo, el Hijo de Dios, se negó a dar a Satanás prueba alguna de su poder. Él no hizo ningún esfuerzo para quitar los “si” de Satanás haciendo un milagro.
A los discípulos de Cristo se los colocará en situaciones similares. Los incrédulos requerirán de ellos que hagan algún milagro, si creen que el poder especial de Dios está en la iglesia y que son el pueblo escogido de Dios. Los incrédulos afligidos con enfermedades, los instarán a que hagan un milagro en ellos, si Dios los acompaña. Los seguidores de Cristo imitarán el ejemplo de su Maestro. Jesús, con su poder divino, no hizo obras poderosas para diversión de Satanás. Ni tampoco las pueden hacer los siervos de Cristo. Ellos deben remitir al incrédulo al testimonio escrito e inspirado para hallar allí evidencia de que son el pueblo leal de Dios y los herederos de la salvación.–SG 4:150, 151.
La reforma precede a los milagros
Estoy muy agradecida por la obra médico misionera realizada según los lineamientos del evangelio. Esta actividad debe enseñarse, debe llevarse a cabo; pues es la misma obra que Cristo realizó cuando estuvo en esta tierra. Él fue el más grande Misionero que el mundo vio jamás.
Ustedes pueden decir: “¿Por qué entonces no adoptamos esa obra y sanamos a los enfermos como lo hizo Cristo?” Les respondo: No están listos. Algunos han creído; algunos han sido sanados; pero hay muchos que se enferman por su forma intemperante de comer o por complacer otros hábitos erróneos. Cuando enfermen, ¿oraremos por ellos para que se curen y sigan haciendo lo mismo? Debe haber una reforma en todas nuestras filas; el pueblo debe elevarse a una norma más alta antes que podamos esperar la manifestación del poder de Dios de una manera notoria en la curación de los enfermos...
Si nos aferramos del Maestro, apropiándonos de todo el poder que él nos ha dado, entonces se revelará la salvación de Dios. Permítanme decirles que los enfermos se curarán cuando tengan fe para venir a Dios en la forma correcta. Le agradecemos a Dios por darnos la obra médico misionera. Doquiera llevemos el evangelio, debemos enseñar al pueblo cómo cuidar de sí mismos.–GCB 3/4/1901.
Oración por el enfermo
La oración por el enfermo es un asunto demasiado importante para que se maneje descuidadamente. Creo que debemos llevar todo al Señor, y darle a conocer todas nuestras debilidades y especificarle todas nuestras perplejidades. Cuando estemos acongojados, cuando estemos perplejos en cuanto a qué conducta seguir, que dos [Mat. 18:19] o tres que estén acostumbrados a orar se unan para rogar al Señor que su luz brille [Mat. 5:14] sobre ellos e imparta su gracia especial; y él respetará sus peticiones y contestará a sus oraciones. Si padecemos debilidades corporales, por supuesto que es consecuente confiar en el Señor, haciendo rogativas personales a nuestro Dios en nuestro propio caso, y si nos sentimos inclinados a solicitar a otros en quienes tenemos confianza que se unan a nosotros en oración a Jesús, quien es el poderoso Sanador, seguramente la recibiremos, si la solicitamos con fe. Creo que somos demasiado faltos de fe, demasiado fríos y tibios.
Entiendo que el versículo de Santiago debe ponerse en práctica cuando una persona está enferma en su cama, si llama a los ancianos de la iglesia y ellos ponen en práctica las directrices que se dan allí, ungiendo al enfermo con aceite en el nombre del Señor y orando por él la oración de fe. Leemos: “Y la oración de fe salvará al enfermo, y el Señor lo levantará; y si hubiere cometido pecados, le serán perdonados” [Sant. 5:15].
Pero nuestro deber no consiste en llamar a los ancianos de la iglesia [Sant. 5:14] por cada pequeño malestar que sintamos, pues esto colocaría una carga sobre ellos. Si todos lo hicieran, su tiempo estaría completamente ocupado, y no podrían hacer nada más; pero el Señor nos da el privilegio de buscarlo en forma individual en oración ferviente, o de descargar el alma ante él, sin ocultar nada a aquel que nos ha invitado: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” [Mat. 11:28]. ¡Oh, cuán agradecidos debemos sentirnos de que Jesús esté dispuesto a llevar todas nuestras dolencias, y lo puede hacer, fortaleciéndonos y sanando todas nuestras enfermedades si ha de ser para nuestro bien y para su gloria!
Algunos murieron en el tiempo de Cristo y en los días de los apóstoles porque el Señor sabía con exactitud qué era lo mejor para ellos.–Carta 35, 1890.
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Para estudio adicional
Dios, no el hombre, es la fuente de curación: CSS 343 [MC 186, 187].
La iglesia fortalecida para curar: CSS 29, 30; 530.
Los siervos de Cristo, canales de energía que dan vida: CSS 29-31 [DTG 762-764].
El amor de Cristo como poder vitalizador: CSS 29 [MC 78].
Cuando la educación es mejor que la curación milagrosa: CSS 467.
La oración a favor de los enfermos: CSS 370-379; MC 221-231; TI 2:132-136; TI 4:558-563.
No se preserva milagrosamente la salud de los que escogen ser ignorantes: CSS 504.
Incidente: Un degenerado busca curación: CSS 620-623.
La obediencia sigue a la curación: CSS 135, 138 [TI 9:131-133].
Vida y oración correctas: CSS 244, 245 [TI 1:488, 489].
Los milagros de curación serán falsificados por Satanás: CSS 457-459 [Ibíd., 646-648]; TI 1:272.
Una advertencia contra los médicos espiritistas: CSS 451-457.
Sección II: Plan divino en la obra médico misionera
La Majestad del Cielo como Médico misionero
Este mundo ha sido visitado por la Majestad del Cielo [Heb. 1:3], el Hijo de Dios. “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” [Juan 3:16]. Cristo vino a este mundo como la expresión del mismo corazón, mente, naturaleza y carácter de Dios. Él era el resplandor de la gloria del Padre para expresar la imagen de su persona. Pero él dejó a un lado su túnica y su corona reales y descendió de su exaltada posición para tomar el lugar de un siervo. Él era rico; pero se hizo pobre por amor a nosotros, para que pudiéramos tener riquezas eternas [2 Cor. 8:9]. Él hizo el mundo, mas se vació a sí mismo en forma tan completa que durante su ministerio declaró: “Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar su cabeza” [Mat. 8:20].
Él vino a este mundo y estuvo entre los seres que había creado como un varón de dolores, experimentado en quebrantos. Él fue “herido por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” [Isa. 53:3-5]. Él fue tentado en todo como nosotros; no obstante, no se halló pecado en él [Heb. 4:15].
Un siervo de todos
Cristo estuvo a la cabeza de toda la humanidad en forma de un ser humano. Su actitud fue tan llena de simpatía y amor que el más pobre no temía acudir a él. Era amable con todos y asequible, aun para el más indigno. Anduvo de casa en casa curando enfermos, alimentando hambrientos, animando a los que se quejaban, alentando a los afligidos y dirigiendo palabras de paz a los angustiados.
El Señor tomó a los pequeñuelos en sus brazos y los bendijo [Mar. 10:13-16], y tuvo palabras de esperanza y aliento para las madres cansadas. Con un cariño y una gentileza constantes enfrentó toda forma de miseria y de aflicción humanas. Trabajó, no para sí mismo, sino para los demás. Estuvo dispuesto a humillarse y negarse a sí mismo. No buscó distinción. Fue el siervo de todos. Su objetivo máximo era ser alivio y consuelo para los demás, alegrar a los tristes y a los cargados con quienes tenía contacto diariamente.
Una expresión del amor de Dios
Cristo está ante nosotros como el Hombre modelo, el gran Médico misionero: un ejemplo para todos los que quieran seguirlo. Su amor puro y santo bendecía a todos los que entraban en la esfera de su influencia. Su carácter fue absolutamente perfecto, libre de la más mínima sombra de pecado. Él vino como la expresión del perfecto amor de Dios, no para aplastar, no para juzgar y condenar, sino para sanar todo carácter débil y defectuoso, para salvar a los hombres y las mujeres del poder de Satanás.
Él es el Creador, el Redentor y el Sustentador de la raza humana. Jesús hace a todos la invitación: “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es fácil y ligera mi carga” [Mat. 11:28-30].
Tras las huellas
¿Cuál, pues, es el ejemplo que debemos dar al mundo? Debemos hacer la misma obra que el gran Médico misionero hizo a nuestro favor. Debemos seguir la senda de abnegación por la cual anduvo Cristo [Juan 4:34].
Cuando veo a tantos que pretenden ser médicos misioneros, vienen a mi mente destellos de lo que Cristo fue en esta tierra. Al pensar en cuán por debajo de la norma que dan los obreros de hoy cuando se comparan con el Ejemplo divino, se agobia mi corazón con una pena que las palabras no pueden expresar. ¿Harán los hombres y mujeres alguna vez una obra que refleje los rasgos y el carácter del gran Médico misionero?...
¿No hay suficiente infortunio en esta tierra azotada y maldecida por el pecado, que nos induzca a consagrarnos a la obra de proclamar el mensaje que “de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna?” [Juan 3:16] El Hijo de Dios pisó esta tierra. Vino a traer luz y vida a los hombres, a liberarlos de la esclavitud del pecado. Y vendrá otra vez con poder y gran gloria [Mat. 24:30], para recibir a los que durante esta vida hayan seguido en sus huellas.
Su nombre debe honrarse
¡Oh, cuánto deseo ver a los que afirman ser médicos misioneros honrar al Gran Ejemplo, demostrando en su vida lo que comprende la declaración de ser un médico misionero! Quisiera que estuvieran aprendiendo de la mansedumbre y la humildad del Salvador. Mi corazón se apena al pensar que Cristo es tan enormemente defraudado por sus seguidores. Ellos llevan un nombre cuya vida diaria no les da derecho a ostentar.
Debemos ser santificados, alma y cuerpo [1 Tes. 5:23], por medio de la verdad; entonces honraremos el nombre de médico misionero. ¡Oh, este nombre significa tanto! Requiere una representación completamente distinta de la que han dado muchos que así se han autodenominado. Pronto comprenderán ellos cuánto se han apartado de los principios del cielo, y cuán grandemente han contristado el corazón de Cristo.–Carta 117, 1903.
Se comprende a través de la práctica
Cuando todos nuestros médicos misioneros vivan la vida renovada en Cristo Jesús, y tomen sus palabras con el significado de todo lo que Cristo quiso que significaran, habrá una comprensión mucho más clara y abarcadora de lo que constituye la obra médico misionera genuina. Y no obstante, esta línea de trabajo puede entenderse mejor cuando se la practica con sencillez. El desempeño de esta obra tendrá un significado más profundo para los que la llevan a cabo cuando obedezcan la santa ley grabada en las tablas de piedra por el dedo de Dios, incluyendo el mandamiento del sábado, en relación al cual Cristo mismo habló por medio de Moisés a los hijos de Israel... [Éxo. 32:15, 16; 20:8-11; 31:18].
Sigan al Maestro
Los siervos de Dios que están haciendo la genuina obra médico misionera tienen sobre ellos la responsabilidad de lo más solemne y sagrada de reflejar la vida de Cristo al realizar un servicio desinteresado. Deben apartar los ojos de todo lo demás y mirar sólo a Jesús, el autor y consumador de su fe [Heb. 12:2]. Él es el origen de toda luz, la fuente de toda bendición celestial. A todo obrero médico misionero se me ha instruido a decir: Sigan a vuestro Líder. Él es el camino, la verdad, la luz y la vida; su ejemplo es el que debemos seguir como verdaderos médicos misioneros.
En esta época de piedad enfermiza y de principios pervertidos, los que están convertidos en vida y práctica revelarán una espiritualidad saludable e influyente. Los que tengan un conocimiento de la verdad como está revelada en la Palabra de Dios deben pasar al frente. Mis hermanos, Dios requiere esto de ustedes. Toda pizca de vuestra influencia deben usar ahora en la causa correcta. Todos debemos aprender ahora cómo permanecer en defensa de la verdad que es digna de aceptación. Los que se esfuerzan por vivir la vida de Cristo deben llamar las cosas por su verdadero nombre y levantarse en defensa de la verdad como es en Jesús.
Tiempo para avanzar
A toda alma cuya vida esté escondida con Cristo en Dios le corresponde pasar al frente ahora. Algo debe hacerse. Necesitamos contender más ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos [Jud. 3]. El espíritu con el cual se defiende la verdad para que el reino de Dios avance debe ser como sería si Cristo estuviera personalmente en esta tierra. Si él estuviera aquí, hablaría para dar una solemne reprensión a muchos que dicen ser médicos misioneros, pero que han escogido no seguir el mandato que él les ha dado: que aprendan de él su humildad y mansedumbre de corazón. Se ha exaltado el yo en la vida de algunos de los que ocupan las posiciones más altas. Hasta que los tales desechen todo deseo de exaltarse, no pueden discernir claramente el carácter y la gloria del gran Médico misionero...
Debemos unirnos ahora, y por medio de la verdadera obra médico misionera preparar el camino para la venida de nuestro Rey. Incrementemos el conocimiento de la verdad y rindamos toda excelencia y gloria debida a aquel que es uno con el Padre. Busquemos más fervientemente la unción celestial, el Espíritu Santo.–Manuscrito 83, 1903.
Propósito de la humildad de Cristo
Hay demasiado del yo y muy poco de Jesús en el ministerio de todas las denominaciones. El Señor utiliza a hombres humildes para proclamar sus mensajes. Si Cristo hubiera venido en la majestad de un rey, con la pompa que acompaña a los grandes hombres de la tierra, muchos lo habrían aceptado; pero Jesús de Nazaret no deslumbró los sentidos de la gente con una exhibición de gloria externa, ni la convirtió en la razón fundamental para ser reverenciado por ellos. Vino como un humilde hombre [Fil. 2:7] para ser Maestro y Ejemplo, como también el Redentor de la humanidad. Si él hubiera dado lugar a la pompa, si hubiera venido acompañado del séquito de insignes hombres de la tierra, ¿cómo habría podido enseñar la humildad? ¿Cómo habría podido presentar verdades ardientes como las de su Sermón del Monte? El ejemplo que nos dio era el que anhelaba que imitaran sus seguidores. ¿Qué hubiera sido de la esperanza de los de vida humilde si él hubiera venido con altivez y vivido como un monarca sobre la tierra? Jesús conocía las necesidades del mundo mejor que ellos mismos. No vino como ángel, vestido con la armadura celeste, sino como hombre. Sin embargo, en combinación con su humildad había un poder y una grandeza inherentes que los hombres admiraban a la vez que lo amaban. Aunque poseía tanto atractivo a la vez que una apariencia tan modesta, caminaba entre los hombres con la dignidad y autoridad de un rey nacido del cielo.–TI 5:233, 234.
Los discípulos de Cristo deben representar su carácter
El Salvador vivió en esta tierra una vida que el amor por Dios de cada verdadero creyente en Cristo lo constreñirá a vivir. Siguiendo su ejemplo en nuestra obra médico misionera, debemos revelar al mundo que nuestras credenciales son de lo alto, que como representantes del reino de los cielos estamos cumpliendo las palabras de la oración del Señor: “Venga tu reino” [Mat. 6:10]. Unidos con Cristo en Dios, revelaremos al mundo que así como Dios escogió a su Hijo para ser su representante sobre la tierra, del mismo modo Cristo nos ha escogido para representar su carácter. Todo el que tiene una fe genuina en Cristo Jesús lo representará en carácter...
Hacia las alturas de la fe
Nuestros obreros médicos misioneros deben elevarse a alturas que puedan ser alcanzadas sólo por una fe viviente y activa. En este tiempo de nuestra historia, los hombres que están a la cabeza de la obra no deben permitir que prevalezca una confusión sentimental con relación a lo que en realidad se debe esperar de los misioneros médicos que son enviados por Dios. Debe haber una comprensión más definida y clara de lo que abarca la obra médico misionera. Se la debe definir como situada en un plano sumamente más elevado, y como fuente de resultados de un orden mucho más santificado, antes que Dios pueda aceptarla como genuina. Los que desean honrar a Dios no mezclarán los planes de política mundana con los planes del Señor para tratar de lograr los resultados que Dios ordena que esta obra alcance...
Nuestra obra está definida con claridad. Como el Padre envió a su Hijo unigénito a nuestro mundo, de esta forma Cristo nos envía [Juan 17:18], sus discípulos, como sus obreros médicos misioneros. Debemos cumplir la voluntad de Dios al cumplir esta misión exaltada y santa. Ni la mente ni el juicio de un hombre deben ser nuestro criterio en cuanto a qué constituye la verdadera obra médico misionera...
La verdadera obra médico misionera es de origen celestial. No se originó en ningún ser humano. Pero en conexión con ella vemos tanto que deshonra a Dios, que se me ha instruido a decir: La obra médico misionera es de origen divino y tiene una gloriosa misión que cumplir. Debe estar en conformidad con la obra de Cristo en todo su alcance. Los que obran en unanimidad con Dios representarán el carácter de Cristo en forma tan segura como Cristo representó el carácter de su Padre mientras estuvo en este mundo.
Limpios de mundanalidad
Se me ordena decir que Dios tendrá una obra médico misionera limpia de la impureza de la mundanalidad y elevada para permanecer en su verdadera posición ante el mundo. La influencia de esta obra se destruye cuando se mezclan con ella ardides que ponen en peligro las almas. Por eso, al llevarse a cabo la obra médico misionera, se han suscitado muchas perplejidades que demandan nuestra consideración cuidadosa...
Nada será de más ayuda para nosotros en esta etapa de nuestra obra que comprender y cumplir la misión del más grande Médico misionero que alguna vez pisara la tierra; nada nos ayudará más a comprender cuán sagrada es esta clase de labor y cuán perfectamente corresponde con el trabajo de la vida del gran Misionero. El blanco de nuestra misión es el objeto mismo de la misión de Cristo. ¿Por qué envió Dios a su Hijo a este mundo caído? Para dar a conocer y demostrar a la raza humana su amor por ellos. Cristo vino como Redentor. Durante todo su ministerio debía mantener en forma exaltada su misión para salvar a los pecadores...
El propósito de Dios al delegar a los hombres y mujeres la misión que encomendó a Cristo es liberar a sus seguidores de toda política mundana y darles una obra idéntica a la obra que Cristo hizo.–Manuscrito 130, 1902.
La fuente del éxito
El Señor nos ha instruido respecto a que todos nuestros sanatorios deben ser dirigidos, no como si el éxito de la obra hecha se debiera a la habilidad o al conocimiento de los médicos, sino al poder divino unido al médico. El Gran Sanador debe ser magnificado. Debe demostrarse que el favor de Dios está en la institución debido a que allí se respetan los principios de la reforma a favor de la salud y se reconoce a Cristo como el Médico Jefe. En el pasado nuestros sanatorios han sido un medio de bendecir y de mejorar a la humanidad, y continuarán siéndolo si se manejan en la forma debida. Si la verdad se representa de un modo correcto, los que patrocinan nuestros sanatorios sabrán mucho de sus principios, y muchos se convertirán. Estas instituciones me han sido presentadas como haces de luz que muestran la verdad como es en Jesús. El Señor Jesús es el gran Ministro de la curación y su presencia en nuestras instituciones ha tenido sabor de vida para vida. Cristo vino al mundo como el gran Médico de la raza humana. Nuestros sanatorios, doquiera estén establecidos, deben ser fuerzas educadoras. El Señor se complacería de ver que ustedes y sus colaboradores organizan su obra para que lleve a cabo un trabajo más especial en las líneas religiosas.
Ha sido maravilloso el resultado del plan de Dios en el establecimiento de tantas instituciones de salud. La intemperancia de toda clase está tomando al mundo cautivo, y los que son verdaderos educadores en este tiempo, los que instruyen con abnegación y sacrificio propio, tendrán su recompensa. Ahora es nuestro tiempo, ahora es nuestra oportunidad para hacer una obra bendecida.–Carta 50, 1909.
Tipos del poder salvador de Dios
En nuestras instituciones médicas misioneras debe ponerse a la gente en contacto con las verdades especiales para este tiempo. Dios dice que habrá instituciones establecidas bajo la supervisión de hombres que han sido sanados por su creencia en la Palabra de Dios, y que han vencido sus defectos de carácter. En el mundo se ha hecho toda clase de provisión para el alivio de la humanidad enferma, pero la verdad en su sencillez debe presentarse a estos dolientes por medio de hombres y mujeres leales a los mandamientos de Dios. Deben fundarse en todo el mundo, manejadas por gente que esté en armonía con las leyes de Dios, que coopere con Dios en presentar la verdad que determina el caso de cada alma por la que Cristo murió...
Toda la luz del pasado, que brilla hasta el presente y que se extiende hasta el futuro, como está revelada en la Palabra de Dios, es para cada alma que viene a nuestras instituciones de salud. El Señor desea que los sanatorios establecidos entre los adventistas del séptimo día sean símbolos de lo que puede hacerse a favor del mundo; tipos del poder salvador de las verdades del evangelio. Deben ser canales para el cumplimiento de los grandes propósitos de Dios a favor de la raza humana.
Las palabras escritas por Moisés guiado por el Espíritu de Inspiración pertenecen al pueblo de Dios y a sus instituciones de esta generación tanto como a las del antiguo Israel:
“Porque eres pueblo santo a Jehová tu Dios, y Jehová te ha escogido para que le seas un pueblo único de entre todos los pueblos que están sobre la tierra” [Deut. 7:6].
“Mirad, yo os he enseñado estatutos y decretos, como Jehová mi Dios me mandó... Guardadlos, pues, y ponedlos por obra; porque ésta es vuestra sabiduría y vuestra inteligencia ante los ojos de los pueblos, los cuales oirán todos estos estatutos, y dirán: Ciertamente pueblo sabio y entendido, nación grande es ésta. Porque, ¿qué nación grande hay que tenga dioses tan cercanos a ellos como lo está Jehová nuestro Dios en todo cuanto le pedimos? Y ¿qué nación grande hay que tenga estatutos y juicios justos como es toda esta ley que yo pongo hoy delante de vosotros?” [Deut. 4:5-8]
Ni siquiera estas palabras son capaces de alcanzar la grandeza y la gloria del propósito de Dios que su pueblo debe cumplir.–Manuscrito 166, 1899.
El más alto objetivo
Se necesitan sanatorios en los cuales se realice una obra médica y quirúrgica de éxito. Esas instituciones, conducidas de acuerdo con la voluntad de Dios, quitarán el prejuicio y expondrán nuestra obra a una notoriedad favorable. El más alto objetivo de los obreros de estas instituciones debe ser la salud espiritual de los pacientes. Puede hacerse una obra evangelizadora exitosa en conexión con la obra médico misionera. Es en la unión de estas líneas de trabajo donde podemos esperar reunir el más precioso fruto para el Señor.–Carta 202, 1903.
Monumentos para Dios
Nuestros sanatorios han de ser, en todos sus departamentos, monumentos para Dios, instrumentos suyos para sembrar las semillas de la verdad en los corazones humanos. Lo lograrán si son debidamente dirigidos.–TI 6:229.
Reformar las prácticas médicas
El uso de las drogas en nuestras instituciones es contrario a la luz que al Señor le ha placido darme. El negocio de la droga ha hecho más daño a nuestro mundo y ha matado a más personas de las que ha ayudado o curado. Según la luz que se me dio al principio en cuanto a por qué debían establecerse estas instituciones, esto es, los sanatorios, era para reformar las prácticas médicas de los facultativos.–Carta 69, 1898.
Un honor para Dios
El Dios del cielo es honrado por una institución manejada en esta forma. El sanatorio de ----- fue establecido de acuerdo con el plan divino, para que los hombres y las mujeres pudieran comprender mejor las virtudes del árbol de la vida. En su misericordia, Dios ha hecho del sanatorio tal poder en el alivio del sufrimiento físico, que miles son atraídos a él para ser curados de sus malestares; y muy a menudo, no sólo se curan físicamente, sino que reciben del Salvador el perdón de sus pecados y se identifican completamente con Cristo, con sus intereses y su honor. Sus pecados les son quitados y puestos en la cuenta de Cristo. Su justicia les es imputada. El bálsamo sanador se les aplica al alma. Reciben la gracia de Cristo y salen a impartir a otros la luz de la verdad. El Señor hace de ellos sus testigos. El testimonio de ellos es: “Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él” [2 Cor. 5:21]. Ellos nunca olvidan las oraciones, los himnos de alabanza y agradecimiento que escucharon mientras estuvieron en el sanatorio. ¿Nos damos cuenta de cuánto es glorificado Dios por medio de esta obra?–Carta 38, 1899.
Para exaltar a Cristo
El propósito de nuestras instituciones de salud no es, por encima de todo, el mismo de los hospitales. Las instituciones de salud conectadas con la obra final del evangelio en la tierra representan los grandes principios del evangelio en toda su plenitud. Debe revelarse a Cristo en todas las instituciones que tienen relación con la obra final, pero ninguna de ellas puede hacerlo tan plenamente como la institución de salud donde el enfermo y doliente viene para hallar alivio y liberación de sus malestares tanto físicos como espirituales. Muchos de estos, como el paralítico de antaño, necesitan el perdón del pecado primeramente [Mat. 9:2]; y después aprender lo que significa “vete, y no peques más” [Juan 8:11].
Si un sanatorio relacionado con este mensaje final no exalta a Cristo y los principios del evangelio como se muestran en el mensaje del tercer ángel, fracasa en su característica más importante y contradice el objeto mismo de su existencia.–RH 29/10/1914.
Cristo otorga alivio y curación
Se me ha dado la instrucción de que en nuestras instituciones debemos guiar a los enfermos a esperar grandes cosas debido a la fe del médico en el gran Sanador, quien en los años de su ministerio terrenal fue por las ciudades y villas de la tierra sanando a todos los que vinieran a él. Ninguno fue enviado de vuelta vacío; él los sanó a todos. Permítase que el enfermo comprenda que, aunque invisible, Cristo está presente para traer alivio y curación.–Carta 82, 1908.
Despertar fe en el gran Sanador
Como seguidores de Cristo, debemos trabajar con todos los métodos racionales para predicar el evangelio de la verdad presente. Tenemos que dar evidencia, no solamente por medio de palabras sino por acciones, de que Cristo está deseoso hoy de unirse con sus ministros devotos para sanar al enfermo y doliente. El Señor restaurará en la mente de sus obreros una ardiente fe en su poder. Cuando crezcamos en la fe del evangelio de Cristo y la estimulemos como se presenta en la Palabra de Dios, habrá en nuestros sanatorios, no solamente un conocimiento práctico de cómo tratar a los enfermos de acuerdo con los principios correctos, también habrá una manifestación de la fe viviente en Dios que guiará a los obreros a apoyarse en el gran Médico para obtener ayuda divina. Y el Señor vendrá para ayudar a los tales en respuesta a su fe en el poder divino.
Por el hecho de tener sanatorios para la curación de los enfermos no debemos cesar de pedir la ayuda del gran Sanador. Cuando se nos llama insistentemente a establecer sanatorios, no es únicamente para que dependamos de los remedios sencillos que se utilizan en ellos, sino para que dirijamos a los afligidos al gran Sanador de la enfermedad. Debemos rogar que su poder obre en armonía con nuestros servicios médicos. La obra de nuestro sanatorio sería mucho más exitosa si los médicos leyeran la Palabra más fervientemente y colocaran sus preceptos en práctica, si predicaran el reino de Dios y oraran por la gracia sanadora de Cristo, para que esta venga a los afligidos.
Presentemos el evangelio al enfermo, ligando a Jesús, el gran Sanador, con los remedios sencillos que se usan; y nuestra fe viviente obtendrá respuesta. Pero los que se allegan al gran Sanador deben estar dispuestos a hacer la voluntad de él, a humillar su alma y a confesar sus pecados. Al asirnos del poder divino con una fe que no sea negada, veremos la salvación de Dios.
Cristo declaró que vino a rescatar la vida de los hombres. Los seguidores de Cristo han de hacer esta obra, y deben hacerla con los medios más sencillos. Se debe enseñar a las familias cómo cuidar de los enfermos. La esperanza del evangelio debe revivir en el corazón de hombres y mujeres. Debemos buscar atraerlos al gran Sanador. Que los médicos obren inteligentemente en el desempeño del ministerio de curación, no con drogas, sino siguiendo métodos racionales. Entonces, por medio de la oración de fe, que se cimienten en el poder de Dios para detener el progreso de la enfermedad. Esto inspirará en los dolientes fe en Cristo y en el poder de la oración, y les dará confianza en nuestros métodos sencillos de tratar la enfermedad. Tal obra será un medio de dirigir las mentes a la verdad, y será sumamente eficaz en la obra del ministerio evangélico.–Carta 126, 1909.
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Para estudio adicional
Los métodos de servicio de Cristo: CSS 27, 30, 31-34; 313-315; 497-499; 527-530; MC 11-32, 49-63, 102.
Cristo nuestro ejemplo en la sencillez: CSS 316, 317.
Objetivos y blanco de los sanatorios: CSS 200-251 [JT 2:465-476]; CSS 268-270 [TI 7:95-97]; TI 8:192-203.
Los sanatorios y la obra evangélica: CSS 209-211.
El peligro más grande en la obra de los sanatorios: TI 1:487, 488.
Sección III: El médico cristiano y su obra
Responsabilidad por el cuerpo y el alma
Cada médico, ya sea que lo reconozca o no, es responsable tanto por el alma como por el cuerpo de sus pacientes. El Señor espera de nosotros mucho más de lo que nosotros solemos esperar de él. Cada médico debiera ser un médico misionero evangélico, dedicado e inteligente, tan familiarizado con el remedio del Cielo para el alma enferma de pecado como con la ciencia de sanar la enfermedad del cuerpo.
Al ponerse diariamente en contacto con la enfermedad y la muerte, debiera tener la mente llena con el conocimiento de las Escrituras, para poder extraer de esta mina expresiones de consuelo y esperanza y depositarlas como buena semilla en los corazones preparados para recibirla. Debiera animar a quienes están por morir a confiar en Cristo como el Salvador que perdona los pecados, y prepararlos para encontrarse con su Redentor en paz.
Los médicos necesitan una doble porción de religión. Entre las personas de cualquier profesión, ellos son los que requieren mayor claridad mental, pureza de espíritu y una fe que obre por amor y purifique el alma, para causar una impresión adecuada en todas las personas con quienes se relacionan en el ejercicio de su profesión. El médico no sólo debiera proporcionar tanto alivio físico como le sea posible a los enfermos desahuciados que pronto yacerán en el sepulcro; además, debiera aliviar su alma agobiada. Presente ante ellos al Salvador resucitado. Exponga a su contemplación al Cordero de Dios que quita el pecado del mundo... [Juan 1:29].
Los que comprenden la ciencia del cristianismo disfrutan de una experiencia religiosa personal. El que actúa como guardián de la salud corporal debiera poseer tacto para trabajar por la salvación del alma. Hasta que el Salvador llegue a ser realmente el Salvador del alma del médico, este no sabrá cómo responder a esta pregunta: “¿Qué debo hacer para ser salvo?” [Hech. 16:30]...
Un error lamentable
¡Qué oportunidad notable tiene el médico consagrado para manifestar un interés semejante al de Cristo por los pacientes que están bajo su cuidado! Suyo es el privilegio de hablarles en forma animosa, y también inclinarse junto a su lecho para ofrecer una breve oración. Permanecer junto al lecho del enfermo sin tener nada que decir es un error lamentable. Que el médico convierta su mente en una fuente de pensamientos renovadores, que aprenda a repetir las expresiones reconfortantes que Cristo pronunció durante su ministerio terrenal, cuando enseñaba sus lecciones y sanaba a los enfermos. Que hable palabras de esperanza y confianza en Dios. Surgirá un interés genuino. Las preciosas palabras de las Escrituras que el Espíritu Santo fije en la memoria [Juan 14:26] ganarán corazones para Jesús, su Salvador.–Carta 20, 1902.
Fidelidad y perseverancia
Los médicos deben manifestar los atributos de Cristo y perseverar firmemente en la obra que Dios les ha encomendado. A los que llevan a cabo esta labor con fidelidad, los ángeles reciben el encargo de proporcionarles una perspectiva más amplia del carácter y la obra de Cristo, y de su poder, gracia y amor. De este modo, se convierten en participantes de su imagen, y cada día crecen hasta alcanzar la estatura plena de hombres y mujeres en Cristo [Efe. 4:13]. Los hijos de Dios tienen el privilegio de poseer una comprensión de la verdad que crece constantemente, para poder introducir amor a Dios y al cielo en la obra, y suscitar en los demás expresiones de alabanza y agradecimiento a Dios por la riqueza de su gracia...
Los médicos deben permanecer firmes bajo el estandarte del mensaje del tercer ángel [Apoc. 14:9-12], peleando la buena batalla de la fe con perseverancia y éxito, sin confiar en su propia sabiduría, sino en la sabiduría de Dios; vistiéndose con la armadura celestial, con la Armadura armería de la Palabra de Dios, sin olvidar jamás que tienen un Líder que nunca fue vencido ni puede ser vencido por el mal.–Manuscrito 24, 1900.
Cuando se desacredita la obra del Señor
El médico nunca debe hacer su trabajo de un modo vulgar, descuidado ni chapucero; debe preocuparse constantemente de aumentar su refinamiento. Ha de ser, en todo el sentido de la palabra, alguien que ministra; un servidor a quien el Señor ausente ha confiado el cuidado de sus semejantes. La manera de trabajar laxa y descuidada con que algunos médicos actúan desacredita la obra que debiera mantenerse sobre una elevada plataforma ante el mundo. Cuando un médico realiza una obra ineficiente, perjudica a sus compañeros de trabajo.–Manuscrito 105, 1902.
Prestar atención a la edificación del carácter
Nuestros médicos necesitan prestar cuidadosa atención a la edificación de su carácter. Se ha producido en muchos de ellos un deterioro gradual de la piedad, del dominio de sí mismo, de la pureza, de la santidad y de la vigilancia. Es preciso que se produzca un cambio total de mente y espíritu antes que puedan decir que son obreros aceptables...
Únicamente quien diariamente y a toda hora vive una vida cristiana, puede desempeñar bien los deberes propios del médico. Que nuestros médicos procuren comprender cuáles son las solemnes responsabilidades de su profesión, que entiendan todo lo que incluye el trato con los que tienen el cuerpo y la mente enfermos. La vida del paciente suele estar en las manos del médico. Un solo movimiento desatinado de un instrumento quirúrgico en una operación puede causar la muerte del paciente. ¡Qué solemne pensamiento!
¡Cuán importante es que el médico se encuentre en todo momento bajo el control del Médico divino! Por eso el que procura prolongar la vida del paciente debe contemplarlo y dejar que dirija todos sus movimientos. Si el médico sabe que está a su lado aquel que es vida en sí mismo, uno que puede realizar lo que el ser humano es incapaz de lograr, ¡cuánta confianza le inspirará este conocimiento! Y cuán grande bendición puede ser el médico en el cuarto de un enfermo si ha aprendido a confiar constantemente en aquel a quien pertenecen las almas de las personas a quienes ministra [Heb. 7:25]. El Salvador le dará tacto y habilidad para tratar con los casos difíciles.–Carta 61, 1904.
La influencia del médico
Los médicos que cultivan un sentido de la presencia de Dios impresionarán a los pacientes con la influencia de la verdad. Al demostrar que creen firmemente en estas palabras: “Yo sé que mi Redentor vive, y al fin se levantará sobre el polvo; y después de deshecha esta mi piel, en mi carne he de ver a Dios” [Job 19:25], dejan sentir la influencia de esta convicción. Los médicos tienen escaso conocimiento del poder que ejercerán en el cuarto del enfermo si reconocen la presencia de Dios. Sus palabras serán de tal naturaleza que realizarán impresiones para el bien sobre la mente...
Abran toda ventana hacia el cielo y den la bienvenida a los brillantes rayos del Sol de Justicia. “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová” [Prov. 1:7]. Vivir y trabajar bajo la impresión constante de que “Dios está en este lugar”, acarrea una influencia santificadora que el Espíritu impresiona constantemente sobre el corazón y la mente [Mat. 5:14,15]. –Manuscrito 33, 1901.
Una pauta de buen juicio
El Señor desea que usted manifieste gozo y exprese palabras gozosas a los enfermos. Permita que el Sol de Justicia brille en lo que dice. Manifieste mucha decisión en sus servicios religiosos. Haga al Señor Jesús su confidente. Establezca un elevado objetivo, y logre que sus realizaciones sean cada vez más elevadas en el conocimiento de su Señor y Salvador Jesucristo.–Carta 128, 1905.
Asistentes celestiales
El tiempo empleado en comunión con Dios, en buscar su ayuda antes de dedicarse a aliviar a los que se encontraban en condición crítica, ha atraído a los ángeles junto al médico y sus asistentes. Usted ha tenido éxito en la medida en que ha confiado en Dios. Él ha estado a su lado tan ciertamente como Cristo estuvo junto a los sufrientes cuando vivió en este mundo.–Health, Philanthropic, and Medical Missionary Work, pág. 40.
Dar a Dios la gloria
Dios obrará con cada médico cristiano. Y el médico debe tributarle la honra y la gloria por el éxito logrado en su trabajo. La única seguridad para los médicos se encuentra en actuar y trabajar con humildad y fe...
Usted depende totalmente del Gran Médico para obtener la habilidad y el poder de realizar una buena obra. Aférrese de Jesús. Él le concederá agudeza de intelecto para discernir con rapidez, y firmeza de nervios para ejecutar con precisión.–Carta 3, 1901.
Dios es la eficiencia del médico
El Señor debe ser la eficiencia de cada médico. Si cuando el médico se encuentra en la sala de operaciones siente que está trabajando sólo como la visible mano ayudadora del Señor, el Gran Médico estará presente para sostener esa mano del instrumento humano y guiarla en los movimientos que ejecuta. El Señor conoce el temblor y el terror con que muchos pacientes llegan a la mesa de operaciones como la única oportunidad de salvar su vida. Saben que se encuentran en la situación más peligrosa en que han estado. Sienten como si su vida estuviera en las manos de quien consideran un médico experto. Pero cuando ven a su médico de rodillas pidiendo a Dios [Miq. 6:8] que las operaciones críticas tienen éxito, la oración los inspira a ellos, y también al médico, con esperanza y confianza decididas. Esta confianza, aun en los casos más críticos, es un medio para hacer que las operaciones sean un éxito. Se efectúan sobre la mente impresiones que Dios se había propuesto que se imprimieran...
Tal oración puede ofrecerse ante personas incrédulas, y hasta infieles, porque barre la sombra mediante la cual Satanás ha oscurecido la mente; y cuando el sufriente emerge de la crisis, la verdad ocupa el lugar de la duda y la incredulidad. Así se disipa la niebla del escepticismo que ofuscaba la mente.–Manuscrito 26, 1902.
Peligro de la popularidad
El Dr. ----- no ha quedado satisfecho con una educación superficial, sino que ha aprovechado la mayor parte de sus operaciones para obtener un completo conocimiento del organismo humano y de los mejores métodos de tratamiento de las enfermedades. Esto ha hecho que ejerza una gran influencia. Ha ganado el respeto de la comunidad como hombre de sólido juicio y fino discernimiento, como alguien que razona cuidadosamente de causa a efecto; es muy estimado por su trato cortés e integridad cristiana. Pero hay también en esa institución otros que pueden convertirse en hombres influyentes, dignos de confianza y dotados con poder.
El 23 de noviembre de 1879 se me revelaron algunas cosas referentes a nuestras instituciones y los deberes y peligros de los que ocupan posiciones directivas en ellas. Vi que el Dr. ----- había sido levantado para que hiciera una obra especial como instrumento de Dios; para ser conducido, guiado y controlado por su Espíritu. Tiene que dar cuenta de los derechos de Dios sobre él, y nunca suponer que él es su propio dueño y que por lo tanto puede emplear sus facultades como lo estime más provechoso para sus propios fines. Aunque tiene la intención de ser y hacer lo que es recto, es casi seguro que errará, a menos que sea un constante estudiante en la escuela de Cristo. Su única seguridad yace en andar humildemente con Dios.
Seguridad únicamente por un milagro
Hay peligros que amenazan su camino, y si sale vencedor, ciertamente tendrá un canto de triunfo para entonar en la Ciudad de Dios. Posee firmes rasgos de carácter que necesitarán ser reprimidos constantemente. Si los mantiene bajo el control del Espíritu de Dios, estos rasgos serán una bendición; pero si no lo hace, resultarán en maldición. Si el Dr. -----, quien ahora cabalga sobre la ola de la popularidad no se marea, será un milagro de la misericordia. Si se inclina ante su propia sabiduría, como han hecho muchos en la misma situación, su sabiduría demostrará que era necedad. Mientras se entregue sin egoísmo a la obra de Dios, sin apartarse en lo mínimo de los principios, el Señor lo rodeará con sus brazos eternos y le mostrará que es su poderoso Ayudador. “Yo honraré a los que me honran” [1 Sam. 2:30]...
Rasgos malignos fortalecidos por la complacencia
Mientras haga a Dios su fortaleza, y lo ame y le tema, se mantendrá adecuadamente equilibrado; pero con toda seguridad, cuando pierda su conexión con Dios e intente andar por sus propias fuerzas, esa misma voluntad que ha demostrado ser una bendición, resultará en perjuicio de sí mismo y de otros. Se volverá dominador, tirano, exigente y dictador. Debe impedir que esos rasgos se impongan bajo ninguna circunstancia; porque la complacencia los fortalecerá y no tardarán en convertirse en un poder controlador. Entonces su carácter perderá el equilibrio, lo cual lo descalificará para la obra de Dios...
Dios exige una consagración absoluta y total, y cualquier cosa que sea menos que esto él no la aceptará. Cuanto más difícil sea su posición, tanto más necesitará a Jesús. El amor y el temor de Dios mantuvieron a José puro y sin mancha en la corte del rey [Gén. 41:39-46]. Como resultado, fue exaltado a una posición de riqueza increíble y al elevado honor de ser el segundo después del rey; y este encumbramiento fue tan repentino como grandioso.
Ejemplo de éxito en la humildad
Es imposible permanecer en un lugar muy elevado sin correr peligro. La tempestad deja indemne a la modesta flor del valle, mientras que lucha con el elevado árbol en la cumbre de la montaña. Hay muchos hombres a quienes Dios habría podido usar con éxito asombroso cuando estaban afligidos por la pobreza –pudo haberlos hecho útiles aquí y coronarlos con gloria después– pero la prosperidad los arruinó; fueron arrastrados hacia el fondo porque se olvidaron de ser humildes; olvidaron que Dios era su fortaleza y se tornaron independientes y autosuficientes. Usted también corre estos peligros.
José soportó la prueba del carácter en la adversidad, y el oro no fue ennegrecido por la prosperidad. Demostró la misma elevada consideración por la voluntad de Dios cuando estuvo junto al trono como cuando estaba en la celda de la prisión. José llevaba su religión a todas partes, y este era el secreto de su inconmovible fidelidad. Como hombres representativos, ustedes deben contar con el poder que surge de la verdadera santidad que todo lo permea. Les digo en el temor de Dios que su camino está asediado por peligros que ustedes no ven ni perciben. Tienen que ocultarse en Jesús. No están seguros a menos que se tomen de la mano de Cristo. Deben cuidarse de todo lo que se parezca a la presunción, y apreciar aquel espíritu que está dispuesto a sufrir antes que a pecar. Ninguna victoria que puedan obtener será ni de cerca tan preciosa como la victoria sobre ustedes mismos.–Special Testimonies tu Physicians and Helpers, págs. 7-27.
El primer trabajo del médico
El Redentor espera que nuestros médicos hagan de la salvación de las almas su trabajo más importante. Si caminan y trabajan con Dios, en su amor y temor, recibirán hojas del árbol de la vida para darlas a los sufrientes. Su paz los acompañará y convertirá en mensajeros de paz.
No basta que solamente leamos las Escrituras. Debemos pedir al Señor que llene con su Espíritu nuestro descarriado corazón, para poder comprender el significado de sus palabras. Para recibir beneficio de las palabras de Cristo, debemos aplicarlas en forma adecuada a nuestros casos individuales.
Se nos ha encomendado un mensaje que sobrepasa la importancia de cualquier otro mensaje que se haya dado a los mortales. Cristo fue personalmente a la isla de Patmos para presentar este mensaje a Juan. Le pidió que escribiera lo que se le mostraría y se le diría durante su visión, para que las iglesias supieran lo que ocurriría en este mundo [Apoc. 1:9-20]. ¿Comprenden nuestros obreros médicos la importancia del mensaje de Apocalipsis?...
Las palabras “pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor” [Apoc. 2:4], se aplican a muchas personas que viven en este tiempo. Dios pide que haya arrepentimiento y reforma inmediatos. Debe ocurrir ahora un gran cambio en el pueblo que espera la segunda venida de su Señor. Pronto ocurrirán sucesos insólitos. Dios nos tendrá por responsables de la forma como manejamos la verdad. Nuestra pureza de fe y acción decidirá nuestro futuro.
Dios se preocupa de veras por nosotros. A cada persona ha encomendado su obra. Cada uno debe hacer la parte que le corresponde. Hay que presentar un testimonio inequívoco y definido, porque hay que preparar a un pueblo que deberá enfrentarse con un tiempo de angustia como nunca hubo desde que el mundo fue poblado [Dan. 12:1].–Manuscrito 36, 1902.
Preparar a los enfermos para la muerte
Muchas veces se ha hecho esta pregunta: ¿Debiera el médico suponer que es su deber exponer la verdad a sus pacientes? Eso depende de las circunstancias. En numerosos casos lo único que debiera hacerse es mostrar a Cristo como un Salvador personal. Hay personas que sólo resultarán heridas si se les presenta cualquier doctrina que no esté en consonancia con sus creencias. Dios debe guiar en esta obra. Él puede preparar la mente para que reciba la palabra de verdad. Es deber del médico tanto la preparación del alma de las personas que trata para lo que les ocurrirá, como atender sus necesidades físicas. Debe hacerles comprender su peligro. Debe ser un fiel mayordomo de Dios. No permita que nadie se enfrente a la eternidad sin recibir palabras de advertencia. Usted no puede descuidar este deber y ser un mayordomo fiel. Dios requiere que usted sea fiel a él en cualquier parte donde esté. Hay una gran obra que debe realizarse. Dedíquese a ella y llévela a cabo cabalmente. Dios ayudará a todos los que actúen de este modo.–Manuscrito 62, 1900.
El deber de ser veraces
El médico no debiera por ningún motivo suponer que puede mentir. No siempre es seguro y mejor expresar ante un inválido toda la extensión del peligro que corre. No es indispensable presentar la verdad completa en todas las ocasiones, pero nunca diga una mentira. Si para el bien del inválido es importante no alarmarlo, porque eso podría resultar fatal para él, no le mienta...
La fe y los principios religiosos se han deteriorado, se han mezclado con costumbres y prácticas mundanas, y por eso la religión pura y sin contaminación es escasa [Sant. 1:27]. El alma, el alma preciosa, es de gran valor, y debe emblanquecerse en la sangre del Cordero. La fortaleza y la gracia de Dios se proveyeron al costo de un sacrificio infinito para que usted pueda ganar la victoria sobre las sugerencias y tentaciones de Satanás, y salir de la prueba sin contaminación, como lo hicieron José y Daniel. Dejemos que la vida, el carácter, sea el argumento más poderoso para el cristianismo, porque en esta forma todas las personas serán compelidas a tomarlo en cuenta a usted y reconocer que ha estado con Jesús y que ha aprendido de él. La vida, las palabras y el comportamiento constituyen el argumento más definido y la apelación más solemne para los que son descuidados, irreverentes y escépticos...
Todos ustedes necesitan una religión viva para poder ser testigos de Dios y proclamar a los enfermos la realidad de que el pecado siempre va seguido por el sufrimiento; y a la vez que combaten el dolor y el sufrimiento debieran explicarles claramente lo que ustedes saben que es la causa real, y el remedio: “No peques más” [Juan 5:14], y dirigir su atención hacia el Salvador que perdona los pecados.–Manuscrito 4a, 1885.
Conducir a la gente al poderoso Sanador
En ninguna otra rama de la obra debe brillar la verdad con mayor lustre que en la obra médico misionera. Cada médico misionero auténtico posee un remedio para el alma enferma de pecado, como también para el cuerpo enfermo. Mediante la fe en Cristo debe actuar como un evangelista, como mensajero de la misericordia. Mientras usa los sencillos remedios provistos por Dios para la curación del sufrimiento físico, debe hablar del poder de Cristo para sanar las enfermedades del alma.
Mediante los esfuerzos de los médicos cristianos, la luz acumulada desde el pasado hasta el presente producirá su efecto. El médico no sólo debe impartir instrucciones de la Palabra de Dios, línea sobre línea, precepto sobre precepto, sino además deberá humedecer estas instrucciones con sus lágrimas y fortalecerlas con sus oraciones, para que las almas se salven de la muerte...
Los médicos, en su obra de vérselas con la enfermedad y la muerte, corren el peligro de perder el sentido de la solemne realidad del futuro del alma. A causa de su grave y febril ansiedad por alejar el peligro para el cuerpo, existe el peligro de que descuiden el riesgo que corre el alma. Quisiera decirles que se pongan en guardia, porque deberán encontrarse con sus enfermos agonizantes ante el trono del juicio de Cristo.–Carta 120, 1901.
Deberes evangelizadores
Nuestros médicos necesitan un discernimiento más profundo de la obra evangelizadora que Dios espera que realicen. Deben recordar que si no trabajan por la sanidad del alma como lo hacen por la curación del cuerpo, no están siguiendo el ejemplo del gran Médico misionero. Que estudien la Palabra de Dios con diligencia para poder familiarizarse con sus promesas, y con ternura y amor dirigir la atención de los pecadores hacia el gran Médico. Nuestros sanatorios se establecieron con el objetivo de llevar sanidad espiritual y física a los enfermos.
El médico debe ser un constante receptor de la gracia de Cristo. Debe recordar que el médico temeroso de Dios está autorizado para considerarse un obrero juntamente con Dios. El Salvador está deseoso de ayudar a todos los que acuden a él en busca de sabiduría y claridad de pensamiento. ¿Y quién necesita más sabiduría y claridad de pensamiento que el médico, de cuya decisión depende tanto?
El Señor desea que nuestros médicos colaboren con él en su manera de tratar a los enfermos, y que demuestren más fe y utilicen menos medicamentos. Confiemos en Dios. Nuestra fe es débil, y nuestro corazón permanece sin cambiar. Dios quiere que se produzca un cambio. Dice: “Os daré un corazón nuevo” [Eze. 36:26]. Cuando esta promesa se cumpla para el pueblo de Dios, la condición de las cosas será muy diferente de lo que es ahora.–Manuscrito 14, 1904.
Anhelo más profundo por las almas
Dios desea que en la obra médico misionera se introduzca un anhelo más profundo por las almas. Este anhelo llenaba el corazón de quienes establecieron nuestra primera institución médica. Cristo debe estar presente en el cuarto del enfermo, y llenar el corazón del médico con la fragancia de su amor. Cuando su vida sea de tal naturaleza que Cristo pueda acompañarlo junto al lecho de los enfermos, estos recibirán la convicción de que él, el compasivo Salvador, está presente, y esta convicción hará mucho por restaurar en ellos la salud.
Los médicos y las enfermeras de nuestras instituciones debieran expresar en forma inequívoca, por sus obras y sus palabras, que “Dios está aquí” para salvar y no para destruir. Cristo invita a nuestros médicos a familiarizarse con él. Cuando respondan a su invitación, sabrán que reciben lo que piden. Se les iluminará la mente con sabiduría de lo alto. Al contemplar constantemente al Salvador se harán cada vez más semejantes a él, hasta que finalmente podrá decirse de ellos en las cortes celestiales: “Estáis completos en él” [Col. 2:10. Cristo se ha comprometido a dar a sus discípulos lo que pidan en su nombre [Juan 14:13, 14]. Al trabajar en armonía con él, pueden pedirle que les ayude en todo momento de necesidad.–Manuscrito 14, 1904.
Dedicar tiempo para la comunión con Dios
El médico cabalmente convertido no se echará encima responsabilidades que interfieran con su trabajo en favor de las almas. Es un error recargar al médico cristiano, a quien Dios ha designado como su representante a su propia manera, con tantas responsabilidades que no le quede tiempo para estar en comunión con Dios mediante la lectura de su Palabra y la oración. Cristo declaró: “Sin mí, nada podéis hacer” [Juan 15:5]. Entonces, ¿de qué modo puede un médico misionero dedicarse con éxito a su importante trabajo sin buscar fervientemente al Señor en oración? La oración y el estudio de la Palabra proporcionan vida y salud al obrero creyente.–Manuscrito 159, 1899.
A un joven médico desanimado
Siento profunda simpatía por usted. El Señor no lo ha abandonado. Él es un Dios de tierna compasión y admirable amor y benignidad, que no desea que usted ande en tinieblas. No necesita retraerse, porque el Señor dice: “Su vida no necesita ser un fracaso. Haré que me pertenezca. Le mostraré que aprecio su alma. Contenderé con él y lo levantaré. Él no debe perecer. Tengo una obra especial para que él la realice. Si él se une conmigo, si cree en mí y si trabaja para mí, sus puntos más débiles de carácter, a pesar de sus fracasos anteriores, llegarán a ser sus puntos más fuertes”.
No concentre su mente en el ejemplo defectuoso de los cristianos nominales. Por cierto que usted verá en la vida de ellos cosas que no son correctas. Pero si usted insiste en contemplar sus faltas, llegará a ser como ellos. En lugar de fijarse en la vida de sus congéneres, mire a Jesús. No verá en él imperfección alguna, sino perfección, justicia, benignidad, misericordia y verdad. Adopte al Salvador como su ejemplo en todas las cosas. Por mirar a los hombres en lugar de contemplar a Jesús usted ha cometido su grave error.
Sin excusa
Usted no tiene excusa para vivir una vida no cristiana. Cristo vino a este mundo, sujeto a la voluntad de su Padre, con un Propósito sumamente importante: mostrar a los hombres y las mujeres lo que Dios desea que sean y lo que por su gracia pueden llegar a ser. Vino para mostrar a los seres humanos cómo es un carácter a la semejanza del cielo.
Pero la intención de esta carta no es condenarlo, sino animarlo a que aparte la vista de los ejemplos pecaminosos y en cambio la fije en el Ejemplo perfecto, y dirigir su atención hacia la senda de paz y santidad. El misericordioso amor de Dios continúa siendo para usted. Pero él desea que adopte un sistema de vida mejor que el que ha tenido en el pasado. Esto no lo conseguirá manteniendo la vista fija en la vida de personas defectuosas, de quienes pretenden ser cristianos, sino contemplando a Cristo, el Enviado de Dios, quien en este mundo y en su naturaleza humana vivió una vida pura, noble y perfecta, estableciendo así un ejemplo que todos pueden seguir con seguridad.
El Señor le está extendiendo la mano para salvarlo. Anhelo ver que usted responda a su invitación: “¿O forzará alguien mi fortaleza? Haga conmigo paz; sí, haga paz conmigo” [Isa. 27:5].
Ha habido muchas cosas que lo han tentado a que vacile en su fidelidad a la verdad, pero el Salvador ha estado dispuesto a guiarlo en cada paso. Dios reclama como sus ayudadores a hombres jóvenes. Samuel era tan sólo un niño cuando el Señor lo usó para efectuar una obra buena y misericordiosa... [1 Sam. 1:24-28; 2:11]
Hay que edificar un carácter para la eternidad
Aunque algunos sirven en las filas del enemigo, nadie necesita abandonar al Señor. Ilumine su alma con la luz de la Palabra de Dios. Recuerde que cada día está edificando su carácter para esta vida y para la eternidad.
Lo que la Biblia enseña acerca de la edificación del carácter es muy explícito. “Todo lo que hacéis, sea de palabra o de hecho, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús” [Col. 3:17]. Colóquese bajo su control, y luego pida su poder protector. Él dio su vida por usted. No le cause aflicción. Tenga cuidado con todo lo que diga o haga. Cristo desea que usted sea ante otros hombres jóvenes su representante, su médico misionero evangélico comisionado.
Recuerde que la religión en su vida no debe ser solamente una influencia entre otras, sino la influencia que domine a todas las demás. Sea estrictamente temperante. Resista todas las tentaciones. No haga ninguna concesión al astuto enemigo. No escuche las sugestiones que él coloca en boca de hombres y mujeres. Usted tiene una victoria que ganar. Tiene que obtener nobleza de carácter; pero no puede lograr estas cosas mientras está deprimido y desanimado por los fracasos. Rompa las ataduras con las que Satanás lo ha atado. Es innecesario que usted sea su esclavo. Jesús dijo: “Vosotros sois mis amigos, si hacéis lo que yo os mando” [Juan 15:14].
Jesús lo ama y me dio un mensaje para usted. Su gran corazón de ternura infinita lo anhela. Le envía el mensaje de que usted puede recobrarse de los efectos causados por la trampa que le tendió el enemigo. Puede recuperar su autorespeto. Puede llegar al punto de considerarse no un fracasado, sino un conquistador, por medio de la influencia elevadora del Espíritu de Dios. Aférrese de la mano de Cristo y no se suelte de ella.
Usted puede ser una gran bendición para otros si se entrega sin reservas al servicio del Señor. Se le concederá poder de lo alto si toma su posición del lado del Señor. Con la ayuda de Cristo puede escapar de la corrupción que existe en el mundo a causa de la concupiscencia, y ser un noble ejemplo de lo que Cristo puede hacer por quienes cooperan con él [2 Ped. 1:4].
La elección de los asociados
No elija la compañía de servidores del pecado, con lo cual se expondría a la tentación. La nobleza de carácter no se logra cuando uno se asocia con personas objetables. No ponga de lado los importantes requerimientos de la Palabra de Dios. Su única esperanza está en colocarse en la debida relación con Dios. Usted supuso que podría endurecer el corazón para actuar sin hacer caso de la verdad y la justicia. Pero no lo consiguió. Ha anhelado tomarse de la mano de alguien que pudiera ser un sostén, una fortaleza y un apoyo.
El propósito de Dios para nosotros es que siempre nos dirijamos hacia arriba. Aun en los deberes más insignificantes de la vida común debemos crecer continuamente en la gracia, acompañada de motivos elevados y santos; poderosos, porque provienen de aquel que dio su vida para proporcionarnos los incentivos necesarios para llegar a tener éxito completo en la formación del carácter cristiano.
Cristo ha realizado una expiación por usted, de modo que no tiene que ir por la vida con un carácter formado a medias. Tiene que ser fuerte con la fortaleza de Dios, afirmado en la esperanza del evangelio. Como usted conoce los requerimientos de Dios, le ruego que no siga siendo una persona débil.
Tengo mucha esperanza en que llegará a ser todo lo que el Señor anhela que usted sea: un médico misionero evangélico. Usted no debe ser solamente un médico cada vez más hábil, sino uno de los misioneros designados por el Señor, que siempre colocará su servicio en primer lugar.
Dar lo mejor a Cristo
No permita que nada perturbe su paz. Entregue los afectos más santos del corazón a aquel que dio su vida para que usted pudiera encontrarse entre las familias redimidas en los recintos celestiales. Luchar por la corona de la vida no le causará insatisfacción ni disminuirá su utilidad. El Gran Maestro desea reconocerlo como su mano ayudadora. Él pide su cooperación. ¿No le dará usted todo lo que tiene y lo que es? ¿No consagrará sus talentos a su servicio?
Esta vida es su tiempo de siembra [Gal. 6:7, 8]. ¿No se comprometerá usted con Dios para que su semilla sembrada no produzca maleza, sino una cosecha de trigo? Dios obrará con usted: aumentará su utilidad. Le ha confiado talentos que con su poder usted puede usar para producir una valiosa cosecha.–Carta 228, 1903.
A un médico confundido
Yo deseaba intensamente tener la oportunidad de conversar con usted. Si pudiera verlo, le diría lo que le hablaba recientemente en visiones recibidas en la noche. Usted se veía indeciso con respecto a lo que haría en el futuro. Le pregunté: “¿Por qué está confundido?” Su respuesta fue: “Estoy confundido con respecto a cuál ha de ser mi mejor manera de proceder”. Entonces uno que tiene autoridad se dirigió hacia usted y dijo: “Usted no se pertenece a sí mismo. Ha sido comprado por un precio. Su tiempo, sus talentos, cada partícula de su influencia pertenece al Señor. Usted es su servidor. Su parte consiste en hacer lo que él le pida y aprender de él cada día. No debe dedicarse a los negocios por cuenta propia. Este no es el plan de Dios. No debe unirse con incrédulos en la obra médica. Tampoco es este el plan del Señor. Él le dice: ‘No os unáis en yugo desigual con los incrédulos; porque ¿qué compañerismo tiene la justicia con la injusticia? ¿Y qué comunión la luz con las tinieblas? ¿Y qué concordancia Cristo con Belial? ¿O qué parte el creyente con el incrédulo? ¿Y qué acuerdo hay entre el templo de Dios y los ídolos? Porque vosotros sois el templo del Dios viviente, como Dios dijo: Habitaré y andaré entre ellos, y seré su Dios, y ellos serán mi pueblo’ [2 Cor. 6:14-16]”.
Usted tiene que recibir la gracia de Cristo, el gran Médico misionero. Se le concederá su sabiduría divina si usted no cede a la inclinación de unirse con el mundo. Dios desea que usted se coloque donde pueda trabajar en relación con otros médicos. Usted y la persona con quien se ha asociado pueden no ser de igual temperamento. Es mejor que no lo sean. Lo que uno necesita el otro lo puede proveer, si cada uno aprende a llevar el yugo de Cristo...
Hermano mío, elija obedecer a Cristo y reciba su consejo en su mansedumbre y humildad. Trabaje hombro a hombro con sus hermanos, y esto los animará a mantenerse hombro a hombro con usted. Oculte el yo en Cristo, y el Salvador será para usted una valiosa ayuda en todo momento de necesidad.
Hay que impartir el amor de Dios
Los que pertenecen al pueblo de Dios tienen que aprender muchas lecciones. Gozarán de perfecta paz si mantienen la mente centrada en él [Isa. 26:3], quien es demasiado sabio para errar y demasiado bueno para perjudicarlos. Deben captar el reflejo de la sonrisa de Dios y proyectarla hacia otros. Deben ver cuánta luz del sol pueden introducir en la vida de la gente con quienes se relacionan. Han de mantenerse cerca de Cristo, tan cerca que puedan sentarse con él como niñitos suyos, en dulce y santa unidad. Nunca deben olvidar que así como reciben el afecto y el amor de Dios, están bajo la más solemne obligación de impartirlos a los demás. De este modo pueden ejercer una influencia de gozo que será una bendición para todos los que se relacionen con ellos, y también iluminar su camino.
Aquí es donde los que integran el pueblo de Dios cometen muchos errores. No expresan agradecimiento por el gran don del amor y la gracia de Dios. El egoísmo debe erradicarse del alma. El corazón debe ser purificado de toda envidia, de toda mala suposición. Los creyentes deben recibir constantemente el amor de Dios e impartirlo. Entonces los incrédulos dirán de ellos: “Han estado con Jesús y han aprendido de él. Viven en íntimo compañerismo con Cristo, quien es amor”. El mundo tiene una percepción muy aguda y captará algún conocimiento de parte de los que se sientan juntos en los lugares celestiales en Cristo Jesús [Efe. 2:6]. El carácter de los instrumentos humanos de Dios debe ser una copia del carácter de su Salvador...
Hay que unirse a los hermanos
Le escribo esto, mi apreciado hermano, con la esperanza de ayudarlo. Usted se encuentra en un estado mental alterado, y se siente tentado a efectuar una obra extraña que Dios no le encargó. Ninguno de nosotros debe trabajar solo; tenemos que unirnos con nuestros hermanos y laborar juntos, porque así Dios nos proporcionará influencia y control sobre nosotros mismos. Debemos acercarnos a Dios para que él se aproxime a nosotros [Sant. 4:8].
Nadie puede alcanzar la plenitud en Cristo si, teniendo los medios para obtener una experiencia más profunda en las cosas de Dios, deja de comprender que cada rayo de luz celestial, cada partícula de bendición, se le da para que las comparta con todos los que ingresan en la esfera de su influencia. Si nos estamos preparando para vivir en el cielo, cada día nos aproximamos más a nuestro Redentor. Tenemos que representar a Cristo en cada fase de nuestro carácter.
¿Cuál es la prueba bíblica del carácter? “El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él” [Juan 14:23]. Nadie necesita perecer en la ceguera espiritual. Se ha dado un claro “así dice el Señor” para que sirva de guía a todos.–Carta 40, 1903.
Consultar con los hermanos
No rehúse unirse con sus hermanos por temor a que si se coloca en igualdad con ellos no podrá hacer todo lo que su juicio personal podría sugerirle. Los obreros de Dios deben aconsejarse mutuamente. Los ministros, médicos o directores van por sendas falsas cuando se consideran como un todo completo; cuando no sienten necesidad de los consejos de hombres experimentados que han sido conducidos por el Señor. Estos, al avanzar con abnegación para promover la obra, han dado evidencia de que fueron guiados y controlados por el Espíritu Santo y así fueron capacitados para hablar, hacer planes y actuar sabiamente y con entendimiento [Hech. 4:13].
El Señor necesita a hombres dispuestos a unirse al yugo de Cristo y de sus hermanos; hombres dispuestos a esforzarse para llegar a ser todo lo que deben ser a fin de lograr que la obra de Dios progrese inteligentemente; hombres que contemplen a Jesús y cumplan con la invitación: “Venid a mí... y yo os haré descansar. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas” [Mat. 11:28, 29].–Carta 13, 1902.
¿Gobernará el yo?
Es preciso que cada médico se examine íntima y críticamente. ¿Cómo está su condición religiosa? ¿Permite que su yo gobierne? ¿Da un lugar supremo a sus propios deseos? ¿Mantiene siempre delante de sí la gloria de Dios? ¿Aprende cada día de Jesús? Si esta es su experiencia, entonces las personas con quienes se relaciona serán conducidas más cerca del Salvador. ¿Por qué? Porque usted contempla constantemente a aquel que es el camino, la verdad y la vida...[Juan 14:6]
Tentación a sentirse autosuficiente
Quiero decir que existe el peligro de que nuestros médicos actúen por cuenta propia, pensando que son los que mejor entienden lo que deberían hacer. Piensan que los que les ofrecen consejos no comprenden sus capacidades ni aprecian su valor personal. Esta es la piedra de tropiezo que ha hecho caer a algunos. Usted no es inmune a la tentación de pensar que puede hacer un mejor trabajo solo que cuando está conectado con sus hermanos. Los que piensan de este modo son precisamente los que más necesitan el compañerismo y la ayuda de sus colaboradores en el trabajo.
Hermano mío, el Señor cuenta con su ayuda en su obra. ¿Está dispuesto usted a ser su mano ayudadora? Sería un grave error de su parte aceptar una posición mundana, en la que no pudiera llevar a cabo el trabajo misionero que Dios desea que realice. No cometa este error. Colóquese bajo la dirección del Médico misionero más grande que el mundo haya conocido. Bajo su dirección, usted aumentará sus habilidades para efectuar su obra.
El pueblo del Señor debe dar testimonio por medio de vidas semejantes a la de Cristo, de que Dios tiene un pueblo en la tierra que representa al grupo santo que se congregará alrededor del trono de Dios cuando los redimidos se reúnan en la Ciudad Santa. Quienes en esta tierra aman y obedecen a Dios se encontrarán entre los fieles, los puros y los leales: los que son dignos de morar con él en los recintos celestiales.–Carta 41, 1903.
Exhortación a la unión fraternal
Temer a Dios y andar con él es privilegio y deber de todo médico. Se me mostró que Satanás asedia con sus tentaciones con mayor fuerza a los médicos que pertenecen a nuestro pueblo que a quienes no son de nuestra fe. La obra de Satanás consiste en fomentar el orgullo y la ambición, egoísmo y amor por la supremacía, para impedir esa fuerte unión fraternal que debiera existir entre nuestros médicos, la cual daría vigor a sus propósitos y contribuiría en gran medida a asegurar el éxito en todas sus empresas. Los médicos que creen la verdad debieran esforzarse por alcanzar la armonía en todas nuestras instituciones.
No debiera existir la rivalidad. Los desacuerdos y la rivalidad son más ofensivos aun para Dios cuando se manifiestan entre los médicos que entre los que aseguran haber sido llamados al ministerio; porque el médico piadoso es embajador de Cristo que debe llevar la palabra de vida a los sufrientes que están por despedirse de esta vida. Si posee sabiduría para hablar palabras oportunas que inducirán al sufriente a confiar en Jesús, podría ser el instrumento en manos de Dios para la salvación de un alma. Cuán firmemente resguardada debiera estar el alma del médico para que los pensamientos impuros y sensuales no encuentren lugar en ella.
Se me ha mostrado que se pierde mucho cuando los médicos de nuestra fe se apartan unos de otros debido a las diferencias que existen entre sus métodos de práctica médica. Debieran efectuarse reuniones para médicos, en las que todos pudieran dialogar juntos, intercambiar ideas y hacer planes para trabajar unidos. El Señor creó a los seres humanos para que fueran seres sociables y se propuso que fuéramos imbuidos con la naturaleza bondadosa y amante de Cristo. Quiso que por medio de la asociación mutua nos vinculáramos en estrecha relación como hijos de Dios, con el fin de trabajar para el momento presente y la eternidad...
Los médicos deben asesorarse mutuamente
Los médicos debieran realizar reuniones en el amor y el temor de Dios, para asesorarse y deliberar acerca de los mejores métodos de servir al Señor en este sector de su gran obra. Que unan todos sus conocimientos y habilidades para que puedan ayudarse mutuamente. Sé que existen recursos para lograr que actúen en armonía, sin que nadie siga su propio juicio independiente.–Carta 26a, 1889.
Un estudiante de causa y efecto
El médico cristiano inteligente posee un conocimiento cada vez mayor de la relación existente entre pecado y enfermedad. Procura constantemente aumentar su información acerca de la conexión que existe entre causa y efecto. Está consciente de la necesidad de educar a los alumnos del curso de enfermería para que sean estrictamente temperantes en todas las cosas, porque el descuido en lo que atañe a las leyes de la salud, la negligencia en el debido cuidado del cuerpo, es la causa de una porción considerable de las enfermedades que aquejan a nuestro mundo. No hacer caso del cuidado que requiere la maquinaria viviente es un insulto al Creador. Existen leyes divinamente designadas [Éxo. 20:3-17], las cuales, si se obedecen, protegerán a los seres humanos contra las enfermedades y la muerte prematura...
Cuando un médico comprende que una enfermedad que ha afectado el cuerpo es el resultado del hábito impropio de comer y beber, y a pesar de eso no le dice al paciente que su padecimiento se debe a acciones equivocadas, está perjudicando la fraternidad humana. Presente el asunto con delicadeza, pero nunca guarde silencio acerca de la causa de la enfermedad.–Carta 120, 1901.
El médico como observador del sábado
Cristo era prácticamente un adventista del séptimo día. Él fue quien llamó a Moisés para que subiera al monte donde recibió instrucciones para su pueblo... Cristo, con imponente magnificencia, dio a conocer la ley de Jehová, y promulgó entre otros mandamientos, el que sigue: “Acuérdate del día de reposo para santificarlo” [Éxo. 20:8]. Hermano mío, usted no ha atribuido al sábado la santidad requerida por Dios. La irreverencia se ha introducido y ha dado un ejemplo que Dios no aprueba. Él no es honrado ni glorificado. Siempre habrá deberes que tendrán que realizarse en el día sábado para aliviar el sufrimiento de la humanidad. Esto es correcto y está de acuerdo con la ley de aquel que dice: “Misericordia quiero, y no sacrificio” [Ose. 6:6; Mat. 9:13]. Pero existe en esto el peligro de caer en una actitud descuidada, y de hacer lo que no es realmente indispensable efectuar en el sábado.
Se viaja innecesariamente en sábado, y hay muchas otras cosas que debieran dejarse sin hacer. El Señor dice: “Presta atención a todos tus caminos, no sea que quite mi Espíritu Santo debido a la floja consideración que has dado a mis preceptos”. “Acuérdate del día de reposo para santificarlo” [Éxo. 20:8]. No descuiden la exhortación a recordar. No olviden descuidadamente que “seis días trabajarás, y harás toda tu obra” [Éxo. 20:9]. Durante este lapso deberán llevarse a cabo todos los deberes necesarios para efectuar los preparativos para el sábado.–Carta 51, 1901.
Descanso para los que están agotados
Las tentaciones que asaltan al médico son intensas, porque con frecuencia está más recargado de lo que puede soportar, con exceso de trabajo, agotado. Pero si encomienda el cuidado de su alma a Dios como fiel Creador, encontrará reposo y paz. Lo envolverá una reconfortante influencia procedente de Jesús.
Los médicos infieles abundan. No se dejan iluminar por la misma luz que ilumina a otros. Exaltan el yo, y pierden las ventajas espirituales y eternas. Pero los médicos que reciben la influencia de la verdad sobre la mente y el corazón, son hábiles en el uso de remedios tanto para el alma como para el cuerpo enfermos por el pecado. Asistidos por la sabiduría del cielo, pronuncian palabras que despertarán melodías en el alma a causa del crecimiento espiritual.
Usted es pastor del alma tanto como médico del cuerpo. Necesita ayuda divina, y podrá recibirla si se aproxima al Señor con la actitud de un niñito. Usted puede tener una abundante experiencia; pero no debe agotarse con demasiadas preocupaciones y esfuerzo excesivo. Si goza del equilibrio proporcionado por el Espíritu Santo buscará en primer lugar el reino de Dios y su justicia [Mat. 6:33]; y se colocará en una posición donde la verdad para este tiempo le será manifestada en rayos de luz claros y definidos. Discernirá la verdad en lo que concierne al tiempo presente, y su experiencia estará en armonía absoluta con el mensaje del tercer ángel...
Contemplemos lo eterno y lo invisible
No podemos mantener nuestra vista fija en las cosas visibles y al mismo tiempo apreciar las realidades eternas. Necesitamos, y especialmente usted que está tan agobiado por las aflicciones y las necesidades de la humanidad, mantener el ojo de la fe contemplando lo eterno y lo invisible, para que cada vez pueda conocer mejor el gran plan de Dios para ayudar a los sufrientes a discernir el valor del alma humana. Debe estimar el reproche de Cristo como una riqueza de más valor que los tesoros de Egipto [Heb. 11:26].
Sé que usted pasa por momentos de desánimo y pruebas que agobian su alma, hasta el punto de que casi olvida que Jesús es su Auxiliador, y que su ojo lo observa en todo momento. En el desarrollo de sus planes en favor de la bendición y el alivio de la humanidad, recuerde siempre que no es usted quien está realizando el trabajo. Cristo requiere que lleve su yugo y levante su carga. El gran corazón de Cristo, lleno de simpatía, siempre se está identificando con la humanidad doliente. Usted no puede hacer nada por su propia cuenta. Considérese como un instrumento en las manos de Dios, y deje que su mente, su paz y su gracia gobiernen su corazón y su vida.
Sea el hilo de Dios con el cual él teja su diseño. Nunca podrá manejarse a sí mismo. Tampoco podrá ubicarse con éxito en una posición adecuada. Debe trabajar como agente que colabora con Dios. “Ocupaos de vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad” [Fil. 2: 12, 13]. Aquí están los elementos combinados: Dios y el agente humano, ambos trabajando en armonía.–Carta 97, 1894.
Ocultar el yo en Cristo
El Dr. John Cheyne, mientras se desarrollaba hasta alcanzar un lugar destacado en su profesión, no olvidó sus obligaciones hacia Dios. Cierta vez, escribió esto a un amigo: “Podría ser que usted deseara conocer la condición de mi mente. Me siento humillado hasta el polvo por el pensamiento de que no existe una sola acción en mi atareada vida que pueda soportar la mirada de un Dios santo. Pero cuando reflexiono acerca de la invitación del Redentor: ‘Venid a mí’ y en que la he aceptado; y además, al ver que mi conciencia testifica que deseo ardientemente mantener mi voluntad en armonía con la voluntad de Dios en todo, entonces disfruto de paz y poseo el reposo prometido por aquel en quien no se ha hallado engaño”.
Este médico eminente, antes de su fallecimiento ordenó que se erigiera una columna cerca del lugar donde yacería su cuerpo, en la cual debían inscribirse estos textos como voces desde la eternidad: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” [Juan 3:16]. “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar” [Mat. 11:28]. “Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” [Heb. 12:14].
Y aunque el Dr. Cheyne procuró de ese modo, aun desde su tumba, llevar a los pecadores al Salvador y la gloria, ocultó su propio nombre y no permitió que apareciera en ninguna parte en la columna. No fue menos cuidadoso al decir a los transeúntes: “El nombre, la profesión y la edad de quien yace debajo de este lugar, tienen poca importancia; pero puede ser de la mayor importancia para usted saber que por la gracia de Dios fue inducido a buscar al Señor Jesús como el único Salvador de los pecadores y que esta contemplación de Jesús le llenó el alma de paz”. Dice además: “Ore a Dios; sí, hágalo, para ser instruido en el evangelio y para tener la seguridad de que Dios le dará el Espíritu Santo, el único Maestro auténtico de verdadera sabiduría, para quienes se la pidan”. Este monumento recordativo se erigió para dirigir la atención de todos hacia Dios e inducirlos a perder de vista al hombre.
Este hombre no causó oprobio alguno a la causa de Cristo. Le digo, apreciado hermano, que en Cristo podemos hacer todas las cosas. Es animador recordar que ha habido médicos consagrados a Dios, que fueron guiados y enseñados por él; y puede haber otros iguales ahora: médicos que no exaltan el yo, sino que se comportan y trabajan teniendo como objetivo la gloria de Dios, que son fieles a los principios, fieles al deber, que siempre buscan a Cristo por su luz...
Al examinar los registros del pasado, encontramos a médico tras médico calificados para ministrar tanto al alma como al cuerpo, y algunos continúan haciéndolo. Incitados por los peligros de su profesión, buscaron la sabiduría de Dios y fueron guiados por su Espíritu por la senda cuyo final es la gloria...
El médico que teme y ama a Dios anhela revelar a Jesús al alma enferma de pecado, y decirle cuán gratuita y completa es la provisión hecha por el Redentor que perdona los pecados. “Su tierna misericordia abarca todas sus obras” [Sal. 145:9]; pero para la humanidad se ha hecho una provisión más amplia aún, y abunda la promesa que señala hacia Jesús como la Fuente abierta para lavar el pecado y la inmundicia. ¿Qué puede alivianar tanto el corazón, qué puede difundir tanta luz en el alma, como sentir que sus pecados están perdonados? La paz de Cristo es vida y salud.
Entonces, que el médico comprenda que debe rendir cuentas y mejorar sus oportunidades de revelar a Cristo como un Salvador que perdona. Que tenga una elevada consideración por las almas y que haga todo lo posible a fin de ganarlas para Cristo y la verdad. Que el Señor ponga su Espíritu sobre los médicos y les ayude a trabajar con inteligencia por el Maestro porque aman a Jesús y las almas por quienes Cristo murió.–Manuscrito 17, 1890.
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Para estudio adicional
El médico cristiano: CSS 318-383 [TI 6:232-237; TI 4:559-562]; MC 75-86; TI 6:246-256.
Mejor calificado que el ministro que simplemente predica: CSS 503-505.
Un mensajero de misericordia: CSS 348-351 [TI 7:73-76].
Resultados prácticos de la comunión con Dios: MC 512, 513.
Descuido de los deberes religiosos: CSS 359; 400, 40.
La cultura moral e intelectual: CSS 255-257 [TI 4:537-541].
El valor de la prueba y el peligro de la suficiencia propia: TI 8:135-144.
Los hábitos de temperancia: CSS 318-320 [TI 5:415-418].
La paciencia y la simpatía para los que no las merecen: CSS 344-351 [TI 3:198-205; TI 7:73-76].
Ser firmes, pero no obstante corteses y tiernos: TI 3:189, 190.
El deber de la veracidad: MC 242.
La enseñanza de las causas de la enfermedad: CSS 363, 364.
Las promesas adecuadas para el moribundo: CSS 84-86.
Ayuda divina en las operaciones: TI 8:199-201.
Alábese a Dios por la recuperación: CSS 330-332.
No hay lugar para la graduación: CSS 402, 403 [TI 4:547-555].
Sección IV: Nuestra Facultad de Medicina
Por la providencia de Dios
El domingo 15 de abril fueron dedicados al servicio de Dios y en forma solemne los bellos edificios y terrenos del Sanatorio de Loma Linda...
Durante la ceremonia, la gente escuchó el relato de cómo la Providencia dirigió notablemente cada paso que se dio para obtener la propiedad. También se habló del propósito que tenemos al establecer muchos sanatorios. Estuve presente sólo en una parte de la reunión, y hablé con libertad casi por media hora acerca de las ventajas de la vida al aire libre para el tratamiento de la enfermedad.
Traté de dejar claro que los médicos del sanatorio y su equipo de colaboradores debían cooperar con Dios combatiendo la enfermedad no sólo mediante el uso de remedios naturales que él ha colocado a nuestro alcance, sino también invitando a sus pacientes a que se aferren a la fortaleza divina por medio de la obediencia a los mandamientos de Dios...
Una de las principales ventajas de la situación en Loma Linda es la magnífica variedad de paisajes encantadores que hay en todo su entorno. Pero más importante que el magnífico panorama, los edificios imponentes y amplios terrenos, es la gran proximidad de esa institución a un distrito densamente poblado. Eso brinda la oportunidad de comunicar a una enorme cantidad de personas el conocimiento del mensaje del tercer ángel. Debemos tener un claro discernimiento espiritual; de lo contrario seremos incapaces de comprender las primeras providencias de Dios que nos abren el camino para iluminar al mundo.
La gran crisis está precisamente ante nosotros. Ahora es el tiempo para que hagamos sonar el mensaje de alarma, con los elementos que Dios nos ha dado para este propósito. Recordemos que una de las agencias más importantes, es nuestra obra médico misionera. Nunca debemos perder de vista el gran objetivo por el cual se establecen nuestros sanatorios: para el avance de la obra final de Dios en la tierra.
Para ser un centro educativo
Loma Linda debe ser no solamente un sanatorio, sino también un centro educativo. Con la posesión de este lugar viene la pesada responsabilidad de hacer que la obra de la institución cumpla también un papel educativo. Debe establecerse una escuela aquí para el adiestramiento de médicos misioneros evangelistas.
Mucho está implicado en esta tarea, y es esencial que tenga un comienzo adecuado.–RH 21/6/1906.
Un lugar para ser estimado
En Loma Linda tenemos un centro muy ventajoso para llevar a cabo varias empresas misioneras. Podemos ver que por providencia de Dios este sanatorio fue colocado en manos de nuestro pueblo. Debemos estimar a Loma Linda como un lugar que el Señor previó que necesitaríamos, y que él nos dio.–Manuscrito 3, 1908.
Preparación práctica
Tenemos una obra que hacer: debemos procurar el mejor talento, y colocar a estos obreros en puestos donde puedan educar a otros. Entonces, cuando nuestros sanatorios y campos misioneros pidan médicos, tendremos hombres jóvenes que, por su experiencia adquirida en el trabajo práctico, serán aptos para llevar responsabilidades.–CM 458.
Llamado en favor de nuestra Facultad de Medicina
El desarrollo adecuado de la obra de Loma Linda requiere planes y pensamientos fundados en la oración, para que sea una realidad la instrucción que el Señor nos ha dado con relación a la obra que allí se hace... La labor de la Facultad de Medicina de Loma Linda no se debe paralizar por falta de espacio. Hay que encontrar algún modo de ampliar rápidamente los dormitorios de los estudiantes, de modo que no se rechace a los que buscan una educación en Loma Linda.
Los estudiantes de Loma Linda buscan una educación que esté de acuerdo con el plan del Señor, que les ayude a convertirse en maestros y colaboradores de éxito para los demás. Cuando completen su educación en Loma Linda deben unirse a los obreros inteligentes que laboran en los grandes campos de cosecha del mundo, donde llevan a cabo la obra de reforma que debe preparar a un pueblo para que permanezca firme en el día de la venida de Cristo. En todas partes se necesitan obreros que sepan cómo combatir la enfermedad y atender hábilmente a los enfermos y dolientes. Debemos hacer todo lo que esté a nuestro alcance para que los que deseen prepararse así para el servicio obtengan la instrucción necesaria...
Nuestro pueblo debe aprender a tratar inteligentemente de las enfermedades sin la ayuda de drogas venenosas. Muchos debieran tratan de obtener la educación que los capacitará para combatir la enfermedad en sus diversas formas por medio de los métodos más sencillos. Debido al uso de drogas venenosas, miles que han bajado a la tumba pudieron haber recuperado la salud por medio de métodos sencillos de atención médica. Los tratamientos con agua, prudente y hábilmente aplicados, pueden ser el medio de salvar muchas vidas. Que se una el estudio diligente a los tratamientos cuidadosos. Que se ofrezcan oraciones de fe al lado del lecho del enfermo. Que se aliente a los enfermos a reclamar las promesas de Dios para ellos.–Manuscrito 15, 1911.
Provisión de lo esencial
Se me ha dado luz acerca de la necesidad de proveer las cosas esenciales para preparar a nuestros jóvenes que desean ser médicos, de modo que puedan pasar los exámenes requeridos para probar su eficacia como médicos. Se les debe enseñar a tratar juiciosamente los casos de los enfermos, para que se elimine la posibilidad de que cualquier médico sensato imagine que en nuestra facultad no damos la instrucción suficiente para calificar debidamente a nuestros jóvenes y señoritas como médicos bien preparados. Los estudiantes que se gradúan deben avanzar de continuo en conocimiento; pues la práctica hace la perfección.
La Facultad de Medicina de Loma Linda debe ser de la más alta calidad, porque los que están en esa escuela tienen el privilegio de mantener una conexión viva con el más sabio de todos los médicos, de quien se recibe el conocimiento de calidad superior. Y para la preparación especial de nuestros jóvenes que tienen claras convicciones de su deber de obtener una educación médica que los capacitará para pasar los exámenes requeridos por la ley, debemos suplir lo que se necesite para que no tengan que ir a facultades de Medicina dirigidas por hombres que no son de nuestra fe. Así cerraremos una puerta que al enemigo le gustaría mantener abierta; y nuestros jóvenes y señoritas, cuyos intereses espirituales el Señor desea que salvaguardemos, no se sentirán obligados a unirse con incrédulos para obtener una preparación completa en las ramas médicas.–Pacific Union Recorder 3/2/1910.
Necesidad de los mejores talentos
Se me ha especificado que Loma Linda es un lugar muy importante, que demanda el mejor profesor de Biblia que podamos ofrecer. Hay jóvenes promisorios aquí, que deben prepararse para ocupar cargos importantes en la obra. Ellos deben tener la mejor clase de instructores, los más capaces maestros de Biblia que entiendan las verdades de la Palabra. La verdad y la justicia, reveladas en la Palabra de Dios, deben ser la fortaleza de nuestros obreros.
Se me ha dado un bosquejo de la obra que debe realizarse en Loma Linda, y sé que debemos invertir nuestros mejores esfuerzos en ese lugar. El Señor desea que estén allí los talentos más destacados, pues por medio de nuestro talento educativo más sabio debemos preparar a nuestros obreros ministeriales. La obra debe llevarse a cabo de acuerdo con las órdenes del Señor, y no de acuerdo con suposiciones humanas.
El Señor nos ha dado una ventaja maravillosa al permitir conseguir a Loma Linda para el establecimiento de la obra que ya se tiene allí. En Loma Linda se debe construir una escuela que prepare obreros bíblicos y enfermeros misioneros para el servicio eficiente.–Carta 196, 1908.
Clases de obreros que deben educarse
La causa de Dios estaría hoy mucho más adelantada de lo que está, si en años anteriores hubiésemos estado más activos en el adiestramiento de enfermeros que, además de la adquisición de una habilidad más que común en el cuidado de los enfermos, hubieran aprendido también a trabajar como evangelistas en el servicio de ganar almas.
La escuela de Loma Linda se fundó para la preparación de tales obreros, como también para la formación de médicos. En esta escuela se han de preparar muchos obreros habilitados para ser médicos, no para trabajar en ramos profesionales como médicos, sino como misioneros médicos evangelistas. Esta preparación ha de estar en armonía con los principios sobre los cuales se funda la verdadera educación superior. La causa necesita a centenares de obreros que hayan recibido una educación práctica y cabal en los ramos de la medicina, y que también estén preparados para trabajar de casa en casa como maestros, obreros bíblicos y colportores. Tales estudiantes deben salir de la escuela sin haber sacrificado los principios de la reforma pro salud, ni su amor a Dios y la justicia.
Los que adquieran una preparación avanzada en enfermería y salgan a todas partes del mundo como médicos misioneros evangelistas, no podrán esperar del mundo los honores y las recompensas que a menudo reciben los médicos plenamente acreditados. Sin embargo, mientras atiendan su trabajo de enseñar y sanar, y se vinculen tan íntimamente con los siervos de Dios que han sido llamados al ministerio de su palabra, la bendición del Señor descansará sobre sus labores y se realizarán maravillosas transformaciones. En un sentido especial, serán su mano auxiliar.–CM 456, 457.
Prepararlos para muchas ramas de trabajo
Hay una preciosa obra que hacer en relación con los intereses del sanatorio y de la escuela de Loma Linda; y esta se hará cuando todo se encauce hacia ese objetivo. La Palabra de Dios debe ser nuestro libro de texto. En la unidad que se empieza a percibir en nuestro pueblo se puede ver que Dios obra en nuestro medio...
En nuestra escuela de Loma Linda, muchos pueden educarse para trabajar como misioneros en la causa de la salud y la temperancia. Debe emplearse a los mejores maestros en esta obra educativa: no hombres que estimen altamente sus propias capacidades, sino los que anden en forma circunspecta, dependiendo completamente del Señor...
Si los profesores de las ramas médicas mantienen siempre su lugar, veremos que se hace una buena obra. De mi alma brotan constantes oraciones a Dios para que él preserve al honesto de corazón, de modo que no sea desviado por los que están en confusión y tinieblas.
Los maestros deben prepararse en muchas ramas de trabajo. Se deben fundar escuelas en lugares donde no se han hecho esfuerzos... La verdad, la verdad bíblica, debe presentarse en muchos lugares. Se representa a Cristo como identificándose con todos los necesitados de la tierra cuando dice: “En cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” [Mat. 25:40].
Todos debieran dedicar sus mejores esfuerzos para ampliar su experiencia. Estamos en una situación de lo más crítica; pero Cristo se identifica con nuestras necesidades. Los cristianos deben aprender diariamente de Cristo. Se requieren ahora nervios y músculos espirituales para presentar los principios de la verdad a toda ciudad, pueblo y villa. Se deben apreciar y cultivar los diferentes talentos y con todo esto todavía necesitamos la verdadera sabiduría. Puede que no veamos nuestra necesidad de buscar consejo de Dios; pero el verdadero cristiano en todo lugar inquirirá cuál es la voluntad del Señor con relación a su obra individual...
Se debe realizar la obra de promulgar los principios de la reforma pro salud que el Señor nos ha mostrado. Cuando estudiemos la abnegación de Cristo, y hagamos de su vida nuestro ejemplo, la verdad y la justicia prevalecerán entre nosotros. Estimaremos como de un alto valor los ornamentos de un espíritu manso y humilde, lo que a la vista del Señor es de gran precio [1 Ped. 3:4].–Carta 132, 1908.
Preparación especial de las mujeres
Tengo palabras de instrucción para usted y sus colaboradores que son ministros, médicos y consejeros en Loma Linda...
De una forma notoria Dios ha colocado en nuestra posición las instituciones por medio de las cuales debemos lograr la obra de reforma a la cual hemos sido llamados como pueblo. En este tiempo debe considerarse todo talento de cada obrero como una posesión especial para ser usada en la obra de extender la reforma. El Señor me ha instruido acerca de que ha preparado a nuestras hermanas que han recibido instrucción, para que ocupen cargos de responsabilidad: deben servir con fidelidad y discernimiento en su vocación, utilizando su influencia en forma prudente y, en unión con sus hermanos en la fe, obtener una experiencia que las califique para ser aún más útiles...
En tiempos antiguos el Señor obró de manera maravillosa por medio de mujeres consagradas, quienes se unieron en la labor de Dios con hombres que él había escogido como sus representantes [Éxo. 1:15-21]. Él utilizó a mujeres que obtuvieran grandes y decisivas victorias. En más de una emergencia, él las colocó al frente y obró por su medio para la salvación de muchas vidas...
Hay muchas mujeres preparadas para mantenerse junto a sus esposos en la obra de los sanatorios, para dar tratamientos a los enfermos y para ofrecer palabras de consejo y aliento al prójimo. Hay algunas que deben buscar una educación que las capacite para actuar como médicos.
En esta rama de servicio, se necesita hacer una obra positiva. Tanto las mujeres como los hombres deben recibir una preparación médica integral. Ellas deben especializarse en las enfermedades comunes de las mujeres, para que puedan entender cómo tratarlas. Se considera esencial que los hombres que desean ejercer la medicina reciban la amplia preparación necesaria para dedicarse a tal profesión. Es igualmente esencial que las mujeres reciban la misma preparación y que obtengan diplomas que certifiquen su derecho a ejercer la medicina...
Nuestras instituciones debieran ser especialmente concienzudas al proveer a las mujeres una preparación que las capacite para actuar como parteras. En nuestros sanatorios debe haber damas doctoras en Medicina quienes entiendan bien su profesión y que puedan asistir a las mujeres en sus partos. Se me ha mostrado que las mujeres, y no los hombres, deben atender esos casos. Se me dirigió al plan bíblico, en el cual en tales oportunidades las mujeres desempeñaban la parte del médico. Debemos adoptar este plan, pues es el plan del Señor.
Una y otra vez se me ha dado luz referente a que debe escogerse a mujeres para esta rama de trabajo. Ahora ha llegado el tiempo cuando debemos enfrentar claramente el asunto. Deben educarse más mujeres para esta labor, y así cerrar una puerta de tentación. No debemos permitir que se coloquen tentaciones innecesarias ante los médicos y enfermeros, ni ante las personas para las cuales ellos ministran.–Carta 22, 1911.
Sin componendas
Se me instruye decir que en nuestra obra educativa no debe haber componendas con el fin de alcanzar las normas del mundo. El pueblo de Dios guardador de los mandamientos no debe unirse con el mundo para seguir las diversas ramas de trabajo de acuerdo con los planes y la sabiduría mundanos.
Nuestro pueblo está siendo probado en cuanto a si obtendrá su sabiduría del más grande Maestro que el mundo ha conocido o si buscará al dios de Ecrón [2 Rey. 1:2, 3]. Decidamos que no nos uniremos ni siquiera por un hilo a los sistemas educacionales de los que no disciernen la voz de Dios ni acatan sus mandamientos.
Debemos escuchar atentamente esta advertencia: “Entrad por la puerta estrecha” [Mat. 7:13]. Los que transitan por la senda estrecha siguen en las huellas de Jesús. La luz del cielo ilumina su camino.
¿Haremos ver al mundo que nuestros médicos deben seguir las normas mundanas antes que puedan ser calificados para actuar con éxito como médicos? Esta es la pregunta que ahora está probando la fe de algunos de nuestros hermanos. Que nadie chasquee al Señor al fomentar en sus asambleas la idea de que necesitamos obtener de los incrédulos una educación más alta que la especificada por Dios.
Se debe considerar la representación del gran Maestro como la revelación suficiente en todo. Los que en nuestras filas se califiquen como médicos deberán recibir solamente una educación que esté en armonía con estas verdades divinas. Algunos han aconsejado que los estudiantes deben, luego de matricularse en algunos cursos en Loma Linda, completar su educación médica en las universidades del mundo. Pero esto no está en armonía con el plan del Señor. Dios es nuestra sabiduría, nuestra santificación y nuestra justicia. Se deben proveer medios en Loma Linda para que la instrucción necesaria en las ramas médicas sea impartida por instructores que teman al Señor y que estén en armonía con sus planes para el tratamiento de la enfermedad.
No tengo ni una palabra que decir en favor de adoptar las ideas mundanas referentes a la educación superior en ninguna escuela que organicemos para la preparación de médicos. Hay peligro en unirse a las instituciones del mundo y en trabajar bajo la ministración de los médicos del mundo. Satanás da sus órdenes a los que él ha inducido a alejarse de la fe. Yo aconsejaría ahora que ninguno de nuestros jóvenes tenga relación alguna con las instituciones médicas del mundo animado por la esperanza de obtener mejor éxito o mayor influencia como médico.–Carta 132, 1909.
La parte de Cristo y la nuestra
La obra del Salvador de servir a la humanidad doliente siempre se combinó con su ministerio de la palabra [Mat. 9:35]. Él predicó el evangelio y curó las dolencias por el mismo gran poder [Mat. 4:23]. Él hará lo mismo hoy; pero debemos cumplir nuestra parte para poner a los enfermos en contacto con el poderoso Sanador. El Salvador dejó los atrios de gloria y vino a nuestro mundo para soportar la tentación y resistir el mal, a fin de que el hombre tuviera poder para asirse de su fortaleza. El alma que se allega a Cristo por la fe viviente recibe su poder y es curada de su enfermedad.
Hoy estamos combinando la obra de ministrar y de sanar como nunca lo hemos hecho antes. Trabajamos para educar a nuestro pueblo a tratar la enfermedad del cuerpo, a recuperar la salud y a mantenerse bien cuando se la ha restaurado.–Manuscrito 95, 1908.
Misioneros genuinos como pioneros
Una noche fui despertada para recibir la instrucción de escribir un testimonio directo con relación a la obra de nuestra escuela de Loma Linda. Esa escuela debe llevar a cabo una obra solemne y sagrada. Las enseñanzas de la reforma pro salud debían sobresalir clara y brillantemente, para que todos los jóvenes que allí asistieran pudiesen aprender a practicarlas. Todos nuestros educadores debieran ser estrictos reformadores de la salud. El Señor desea que misioneros genuinos salgan de nuestras escuelas como pioneros. Ellos deben estar completamente consagrados a la obra como obreros juntamente con Dios, ampliando diariamente su esfera de utilidad y santificándose cada vez más por medio de la verdad. La influencia de un maestro médico misionero consagrado es inestimable en nuestras escuelas.–Manuscrito 31, 1908.
El estudiante de Medicina
Mientras se prepara para su vocación, al estudiante de Medicina se le debe estimular a alcanzar el más alto desarrollo posible de todas sus facultades. Sus estudios, por exigentes que sean, no necesitan forzosamente minar su salud física, ni disminuir su regocijo en las cosas espirituales. Durante toda su preparación puede crecer continuamente en la gracia y en el conocimiento de la verdad; y, al mismo tiempo, aumentar sin cesar la reserva de conocimiento que le hará un sabio en su profesión.
A los estudiantes de Medicina quisiera decirles: Inicien vuestros estudios con la resolución de hacer lo recto y conservar los principios cristianos. Huyan de la tentación, y eviten toda influencia del mal. Conserven vuestra integridad del alma. Mantengan un aprecio concienzudo de la verdad y la justicia. Sean fieles en las responsabilidades más pequeñas, y muéstrense reflexivos, críticos, con corazón sano e íntegros, siendo leales a Dios y fieles a la humanidad.
Oportunidades
Hay oportunidades delante de ustedes; si son estudiosos y sinceros pueden obtener una educación del más alto valor. Saquen el mejor partido de vuestros privilegios. No se conformen con logros comunes; procuren calificarse para ocupar puestos de confianza en relación con la obra del Señor en la tierra. Unidos con el Dios de sabiduría y poder, pueden llegar a ser intelectualmente fuertes y cada vez más capaces como ganadores de almas. Pueden llegar a ser hombres y mujeres de responsabilidad e influencia si, por el poder de la voluntad acoplada con la fuerza divina, se dedican con fervor al trabajo de obtener la preparación adecuada.
Ejerciten las facultades mentales, y en ningún caso descuiden el desarrollo físico. No permitan que la pereza intelectual les cierre el paso a mayores conocimientos. Aprendan a reflexionar tanto como a estudiar, para que su mente se amplíe, fortalezca y desarrolle. Nunca piensen que han aprendido bastante, y que pueden ahora disminuir sus esfuerzos. La mente cultivada es la medida del hombre. Vuestra educación debe continuar durante toda vuestra vida. Cada día deben aprender y poner en práctica todo el conocimiento que hayan adquirido.
A fin de que lleguen a ser hombres y mujeres en quienes se pueda confiar, deben desarrollar vuestras facultades, ejercitar toda aptitud, aun en las cosas pequeñas; entonces adquirirán mayor capacidad para llevar mayores responsabilidades. La responsabilidad individual es esencial. Al poner en práctica lo que están aprendiendo durante vuestros días estudiantiles, no rehuyan llevar vuestra parte de responsabilidad, porque haya riesgos que correr, o algo que aventurar. No permitan que los otros sean cerebros para ustedes.
Deben educar sus facultades para que sean fuertes y vigorosas; los talentos que se les han confiado crecerán siempre que ejerzan una energía constante, uniforme e inquebrantable en el desempeño de la responsabilidad individual. Dios quiere que añadan día tras día, poco a poco, algo a vuestra reserva de ideas, actuando como si los momentos fuesen joyas, que se han de juntar cuidadosamente y atesorar discretamente. Adquirirán así amplitud de miras y fuerza intelectual.
No desperdicien las horas
Dios no requerirá del hombre ninguna cuenta más estricta que la que pedirá por la manera como ocupó su tiempo. ¿Malgastó y abusó de sus horas? Dios nos ha concedido la preciosa bendición de la vida, pero no para que la desperdiciemos en la satisfacción egoísta. Nuestra obra es demasiado solemne, demasiado corto el tiempo para servir a Dios y a nuestros semejantes, para que lo dediquemos a buscar fama. ¡Oh, si los hombres se detuvieran en sus aspiraciones donde Dios trazó los límites, qué diferente servicio recibiría el Señor!
Cabalidad
Son muchos los que tienen tanto apuro por alcanzar posiciones distinguidas, que pasan por alto algunos de los peldaños de la escalera; y al hacerlo, pierden la experiencia que deben tener para ser obreros inteligentes. En su celo, el conocimiento de muchas cosas les parece sin importancia. Pasan rápidamente por la superficie, y no penetran hondamente en la mina de la verdad, para adquirir por un proceso lento y esmerado una experiencia que los habilitaría para ser de ayuda especial a los demás. Queremos que nuestros estudiantes de Medicina sean hombres y mujeres muy cabales, que consideren como su deber aprovechar todo talento a ellos confiado, a fin de que puedan duplicar finalmente su capital.
La luz que Dios ha dado en los lineamientos médico-misioneros no hará que su pueblo sea considerado como inferior en el conocimiento médico científico, sino que lo colocará en la más alta eminencia. Dios quiere que se destaque como un pueblo sabio y comprensivo porque cuenta con su presencia. En la fuerza de aquel que es la fuente de toda sabiduría y de toda gracia, pueden vencerse los defectos y la ignorancia.
Un alto objetivo
Procure cada estudiante de Medicina alcanzar una norma elevada. Bajo la disciplina del mayor de los maestros nuestro curso debe ser siempre ascendente, hacia la perfección. Todos los que están relacionados con la obra médico misionera deben aprender. Nadie se detenga para decir: “No puedo hacer esto”. Más bien diga: “Dios quiere que yo sea perfecto. Espera que trabaje apartado de todo lo común y vil, y que me esfuerce por alcanzar lo que sea de la más alta calidad”.
Hay un solo poder que puede hacer de los alumnos de Medicina lo que debieran ser y mantenerlos firmes: la gracia de Dios y la fuerza de la verdad, al ejercer su influencia salvadora sobre la vida y el carácter. Los estudiantes que se proponen servir a la humanidad doliente no hallarán fin a sus estudios antes de llegar al cielo. Debe adquirirse el conocimiento que se llama ciencia, y al mismo tiempo el que lo busca ha de reconocer diariamente que el temor de Dios es el principio de la sabiduría [Sal. 111:10]. Todo lo que fortalezca la mente debe cultivarse al máximo posible; y a la vez, se debe buscar a Dios en procura de sabiduría; porque a menos que uno sea guiado por la sabiduría de lo alto, llegará a ser presa fácil del poder engañador de Satanás. Llegarán a ser grandes en sus propios ojos, pomposos y llenos de suficiencia propia.
Integridad de los estudiantes
Los profesores de nuestra Facultad de Medicina deben estimular a los alumnos a obtener todo el conocimiento que puedan en cada departamento. Si hallan alumnos deficientes en el cuidado y la comprensión de sus responsabilidades, deben presentarles el asunto claramente, dándoles oportunidad de corregir sus hábitos y alcanzar una norma más alta.
Los profesores no deben desalentarse porque algunos sean tardos en aprender; ni tampoco desalentar a los alumnos que cometen errores. Mientras se les señalan bondadosamente sus errores y defectos, por su parte los estudiantes deben sentir agradecimiento por cualquier instrucción que se les dé. No hay que estimular un espíritu altanero de parte de los alumnos. Todos tienen que estar dispuestos a aprender, y los profesores a instruirlos y a enseñarles a tener confianza propia, a ser competentes, cuidadosos y esmerados. Mientras estudian bajo instructores sabios, y comparten con ellos sus responsabilidades, los estudiantes pueden, con la ayuda de los profesores, ascender al peldaño más alto de la escalera.
Los alumnos deben estar dispuestos a trabajar bajo la dirección de los que tienen experiencia y a escuchar sus sugerencias y consejos, para seguirlos hasta donde sea posible con reflexión, preparación e inteligencia emprendedora; pero nunca deben violar un reglamento ni despreciar un principio que se haya entretejido con el desarrollo de la institución. El descenso es bastante fácil; el desprecio de los reglamentos es natural para el corazón inclinado a la comodidad y a la complacencia egoísta. Es mucho más fácil derribar que edificar. Un solo alumno de ideas descuidadas puede contribuir más a rebajar las normas, de lo que el esfuerzo de diez hombres puede hacer para contrarrestar la influencia desmoralizadora...
Sin jactancia
Los médicos temerosos de Dios hablan modestamente de su obra; pero los novicios con experiencia limitada en tratar con los cuerpos y almas... hablan con frecuencia jactanciosamente de sus conocimientos y proezas. Ellos necesitan conocerse mejor; entonces serían más inteligentes en el cumplimiento de sus deberes y comprenderían que en todo departamento donde tengan que trabajar, deben poseer una disposición voluntaria, un espíritu ferviente y un celo cordial y abnegado al tratar de hacer bien a otros [Sant. 1:27]. No estudiarán la mejor forma de preservar su dignidad, sino que por un espíritu servicial y cuidadoso conquistarán una reputación de esmero y exactitud, y por un ministerio lleno de simpatía ganarán el corazón de cada persona a quien sirvan.
En la profesión médica hay muchos escépticos y ateos que exaltan las obras de Dios por encima del Dios de la ciencia. Son comparativamente pocos los que ingresan en las facultades de Medicina del mundo y salen puros y sin mancha. No se elevaron, ni ennoblecieron, ni santificaron. Las cosas materiales eclipsaron las celestiales y eternas. Muchos mezclan la fe y los principios religiosos con las costumbres y prácticas del mundo, y escasea la religión pura y sin mancha. Pero cada estudiante puede ingresar en la facultad con la misma firmeza y resolución con que Daniel ingresó en la corte de Babilonia [Dan. 1:8], y mantenerse íntegro durante toda su carrera.
La victoria
La fuerza y la gracia de Dios han sido provistas al costo de un sacrificio infinito, para que los hombres puedan vencer las sugerencias y tentaciones de Satanás, y salir sin contaminación. La vida, las obras y el comportamiento son el argumento más poderoso y solemne para los negligentes, irreverentes y escépticos. Sean la vida y el carácter un enérgico argumento en favor del cristianismo; entonces, los demás se verán obligados a reconocer que uno ha estado con Jesús y ha aprendido de él [Hech. 4:13].
No se dejen engañar los estudiantes de Medicina por las trampas del diablo ni por ninguno de sus pretextos arteros que tantos adoptan para engañar y entrampar. Manténganse firmes y fieles a los principios. Pregunten a cada paso: “¿Qué dice el Señor?” Digan firmemente: “Seguiré la luz. Honraré y respetaré la Majestad de la verdad”.
Especialmente los que estudian Medicina en las universidades del mundo deben protegerse contra la contaminación de las malas influencias que los rodean constantemente. Cuando sus instructores son hombres sabios según el mundo, y sus condiscípulos son incrédulos que no piensan seriamente en Dios, hasta los cristianos experimentados corren el riesgo de verse afectados por la influencia de su trato con los irreligiosos. Sin embargo, algunos han seguido la carrera de Medicina y han permanecido fieles a los buenos principios. No quebrantaron el sábado por causa de sus estudios; y demostraron que los hombres pueden prepararse para los deberes de médico sin chasquear las expectativas de quienes los estimularon a completar su educación.
El bienestar de los pacientes
Al preparar obreros que cuiden de los enfermos, incúlquese en el estudiante el pensamiento de que su objeto más elevado debe ser siempre atender el bienestar espiritual de sus pacientes. Debe aprender a repetir las promesas de la Palabra de Dios y ofrecer diariamente oraciones fervientes, mientras se está preparando para servir. Ayúdesele a comprender que debe recordar siempre a sus pacientes la influencia suavizadora y santificadora del gran Médico misionero. Si pueden hacer que los dolientes comprendan que Cristo es su Salvador compasivo y lleno de simpatía, esos enfermos obtendrán el descanso mental indispensable para recobrar la salud.
La educación preparatoria
Debido a las tentaciones peculiares que nuestros jóvenes afrontan en las facultades de Medicina del mundo, se debería hacer provisión para impartir preparación médica en nuestras propias instituciones, con profesores cristianos. Nuestras escuelas mayores de las diferentes uniones, deben colocarse en la posición más favorable para capacitar a nuestros jóvenes a fin de que satisfagan los requerimientos de ingreso que exigen las leyes del Estado para los que quieren estudiar Medicina. Deben obtenerse los profesores de más talento, para que nuestras escuelas se pongan a la altura debida. Los jóvenes y los de más edad que deseen prepararse para un trabajo que requiera ciertos exámenes legales, deben poder obtener en los colegios de nuestras uniones todo lo que sea esencial para entrar en una Facultad de Medicina.
La oración realizará maravillas para los que se dediquen a ella con vigilancia [Efe. 6:18]. Dios desea que todos estemos en condiciones de aguardar y esperar con esperanza. Él hará lo que ha prometido; y por cuanto hay requerimientos legales de que los estudiantes de Medicina estudien ciertas materias preparatorias, nuestros colegios deben ponerse en condiciones de dar a sus estudiantes la preparación literaria y científica necesaria.
Y no sólo deben nuestras escuelas superiores dar esta instrucción a los que piensan seguir la carrera de Medicina, sino que deben hacer también todo lo que es esencial para el perfeccionamiento de los estudios ofrecidos por nuestro Colegio de Médicos Evangelistas de Loma Linda. Como se hizo notar al fundarse esta escuela, debemos proveer lo esencial para nuestros jóvenes que desean ser médicos, a fin de que puedan prepararse inteligentemente y pasar los exámenes requeridos para probar su eficiencia como médicos. Se les debe enseñar a tratar comprensivamente los casos de enfermedad, a fin de que no pueda ningún médico sensato imaginar que en nuestra escuela privamos a los jóvenes de la instrucción necesaria para habilitarlos debidamente para ejercer la medicina. Los jóvenes que se han diplomado deben progresar continuamente en conocimiento, porque la práctica perfecciona.
Importancia del estudio de la Biblia
Si los estudiantes de Medicina quieren estudiar la Palabra de Dios diligentemente, estarán mucho mejor preparados para comprender sus otros estudios; porque siempre se obtiene iluminación de un fervoroso estudio de la Biblia. Ninguna otra cosa les ayudará tanto como el estudio de las Escrituras para adquirir una memoria retentiva. Comprendan nuestros obreros misioneros médicos que mientras mejor conozcan a Dios y a Cristo, y cuanto más se familiaricen con la historia bíblica, tanto mejor preparados estarán para hacer su obra.
Clases de Biblia
Profesores fieles deben encargarse de las clases bíblicas; profesores que se esfuercen por hacer comprender sus lecciones a los estudiantes, no porque les expliquen todo, sino porque les exijan que expliquen claramente cada pasaje que lean. Recuerden estos profesores que poco bien se logra recorriendo superficialmente la Palabra. Para comprenderla se necesita investigación reflexiva y estudio fervoroso y asiduo.
Cristo, el gran Médico misionero, vino a este mundo haciendo un sacrificio infinito, a fin de enseñar a hombres y mujeres las lecciones que habilitan para conocer correctamente a Dios. Él vivió una vida perfecta, dando un ejemplo que todos pueden seguir con seguridad. Estudien nuestros alumnos de Medicina las lecciones que Cristo ha dado. Es esencial que las comprendan claramente. Sería un terrible error de su parte descuidar el estudio de la Palabra de Dios por un estudio de teorías equivocadas, que desvían las mentes de las palabras de Cristo a las falacias de la producción humana. Dios quiere que todos los que profesen ser médicos misioneros evangélicos aprendan diligentemente las lecciones del gran Maestro. Deben hacerlo si quieren hallar descanso y paz. Aprendiendo de Cristo, su corazón se llenará de la paz que sólo él puede dar.
Hagan de la Biblia vuestra consejera. Vuestro conocimiento de ella crecerá rápidamente si mantienen su mente libre de la escoria del mundo. Cuanto más estudien la Biblia, más profundo será vuestro conocimiento de Dios. Las verdades de su Palabra quedarán escritas en vuestra alma y harán una impresión imborrable.
Dios me ha estado presentando estas cosas durante muchos años. En nuestras escuelas destinadas a preparar médicos misioneros necesitamos hombres que tengan un conocimiento profundo de las Escrituras, hombres que puedan enseñar estas lecciones a otros con claridad y sencillez, como Cristo enseñó a sus discípulos lo que él consideraba más esencial.
Y el conocimiento necesario será dado a todos los que vengan a Cristo, reciban y practiquen sus enseñanzas, haciendo de su Palabra una parte de su vida. El Espíritu Santo enseña al estudiante de las Escrituras a juzgar todas las cosas por la norma de la rectitud, la verdad y la justicia. La revelación divina le proporciona el conocimiento que necesita. Los que se colocan bajo la instrucción del gran Médico misionero, para ser colaboradores con él, tendrán un conocimiento que el mundo, con todas sus tradiciones, no puede suministrar.–CM 459-468.
Desarrollo de la experiencia
El crecimiento espiritual
Quisiera decir a todos los estudiantes que procuran una educación médica: Miren más allá del presente. Apártense de las cosas transitorias de esta vida, de las ambiciones y complacencias egoístas. ¿Con qué propósito están procurando educarse? ¿No es para poder aliviar a la humanidad doliente? A medida que el verdadero conocimiento amplía la mente, el corazón se conmueve al comprender la bondad, la compasión y el amor de Dios. El alma se llena del ferviente anhelo de explicar a otros cómo pueden cooperar con el gran Maestro. Harán mucho por ustedes mismos mientras impartan el conocimiento que reciben. Así adquirirán más conocimiento para impartirlo y aumentará vuestra capacidad de trabajar para Dios.
Hay quienes les sugerirán que a fin de tener éxito en vuestra profesión deben ser políticos; que a veces deben apartarse de la estricta rectitud. Estas tentaciones hallan fácil acogida en el corazón del hombre; pero digo lo que sé. No sean engañados ni seducidos. No se mimen. No abran una puerta por donde el enemigo pueda entrar a posesionarse del alma. Hay peligro en la primera y más ligera desviación de la más estricta rectitud. Sed fieles a ustedes mismos. En el temor de Dios, preserven la dignidad que él les ha dado. Hay gran necesidad de que cada obrero médico se mantenga aferrado al brazo del Poder infinito.
Ser fieles
El seguir métodos políticos nos meterá seguramente en dificultades. El que considera el favor de los hombres como más deseable que el favor de Dios, caerá bajo la tentación de sacrificar los principios en favor de la ganancia o el reconocimiento mundano. Así se sacrifica constantemente la fidelidad a Dios. La verdad, la verdad de Dios, debe ser acariciada en el alma y conservada con la fuerza del cielo, o el poder de Satanás la arrebatará. Nunca alberguen el pensamiento de que un médico honrado y veraz no puede tener éxito. Un sentimiento tal deshonra al Dios de la verdad y la justicia. Puede tener éxito porque tiene de su parte a Dios y al cielo. Rechácese severamente todo cohecho ofrecido para disimular. Aférrense a vuestra integridad con la fuerza de la gracia de Cristo, y él cumplirá la palabra que les ha dado.
El estudiante de Medicina, por joven que sea, tiene acceso al Dios de Daniel. Por la gracia y el poder divinos puede llegar a ser tan eficiente en su vocación como Daniel lo fue en su exaltada posición. Pero es un error considerar la preparación científica como lo de más importancia, mientras se descuidan los principios religiosos que son el fundamento del éxito en el ejercicio de la profesión. Muchos que desprecian el pensamiento de que necesitan confiar en Cristo para obtener sabiduría en su trabajo son alabados como hombres hábiles en su profesión. Pero si estos hombres que confían en su conocimiento de la ciencia, fuesen iluminados por la luz del cielo, ¡a cuánta mayor excelencia podrían llegar! ¡Cuánto más fuertes serían sus facultades y con cuánta mayor confianza podrían tratar los casos difíciles! El hombre que está íntimamente relacionado con el gran Médico tiene a su disposición los recursos del cielo y de la tierra, y puede trabajar con una sabiduría y una precisión infalibles, las que el impío no puede poseer.
Como Enoc, el médico debe andar con Dios. Esto será para él una salvaguardia contra todos los sentimientos engañosos y perniciosos por los cuales muchos se tornan infieles y escépticos. La verdad de Dios, practicada en la vida y seguida constantemente como guía en todo lo que concierne a los intereses de los demás, hará de los principios celestiales una barricada para el alma. Dios no se olvidará de nuestras luchas por mantener la verdad. Cuando pongamos toda palabra que procede de la boca de Dios [Mat. 4:4] por encima de la política mundana, por encima de todos los asertos del hombre falible y errante, seremos guiados en todo lo bueno y santo.
El médico cristiano, en su aceptación de la verdad por los votos bautismales, se ha comprometido a representar a Cristo, el Médico jefe. Pero si él no se mantiene en guardia estricta y permite que se quebranten las barreras contra el pecado, Satanás lo vencerá con tentaciones especiosas. Habrá una mancha en su carácter, que por su mala influencia amoldará a otros. La parálisis moral del pecado no sólo destruirá el alma del que se aparte de los principios estrictos, sino que tendrá poder para reproducir en otros el mismo mal.
Ser constantes
No es seguro ser cristianos ocasionales. Debemos ser siempre semejantes a Cristo en nuestras acciones. Entonces, por la gracia, estaremos seguros para esta vida y para la eternidad. El poder experimental de la gracia recibido en tiempos de prueba, es de más valor que el oro o la plata. Confirma la fe del que confía y cree. La seguridad de que Jesús es para él un auxiliador que está siempre presente, le da un vigor que lo capacita para aceptar la Palabra de Dios al pie de la letra y confiar en él con fe inquebrantable aun en las circunstancias más penosas.
Nuestra única seguridad para no caer en el pecado consiste en mantenernos constantemente bajo la influencia del Espíritu Santo y al mismo tiempo participar activamente en la causa de la verdad y la justicia, desempeñando todo deber dado por Dios, pero sin asumir cargas que él no nos haya impuesto. Los médicos y estudiantes de Medicina deben permanecer firmes bajo el estandarte del mensaje del tercer ángel, peleando la buena batalla de la fe, con perseverancia y éxito, no confiando en su propia sabiduría sino en la de Dios, vistiéndose de la armadura celestial, el equipo de la Palabra de Dios, sin olvidar jamás que tienen un Jefe que nunca fue ni puede ser vencido por el mal.
Estudiar a nuestro Líder
Quisiera decir a cada estudiante de Medicina que desee honrar la causa de Dios durante las escenas finales de la historia de esta tierra: Contemple a Cristo, el Enviado de Dios, quien, en este mundo y en la naturaleza humana, vivió una vida pura, noble y perfecta, dando un ejemplo que todos pueden seguir sin peligro. El Señor extiende su mano para salvar. Responda a la invitación hecha a todos para “que echen mano... de mi fortaleza, y hagan paz conmigo. ¡Sí, que hagan paz conmigo!” [Isa. 27:5]. ¡Cuán ávidamente toma el Señor la mano temblorosa en la suya, reteniéndola con calor y firmeza, hasta que los pies se asientan en terreno ventajoso!...
Confíen en aquel que comprende vuestra debilidad. Manténganse cerca de Cristo; porque el enemigo está listo para llevar cautivo a cualquiera que no esté en guardia...
Son los jóvenes a quienes el Señor quiere como manos auxiliadoras. Samuel era tan sólo un niño cuando el Señor lo usó para hacer una obra buena de misericordia...
Dios envía ángeles a los que con firme perseverancia se esfuerzan por revelar los atributos de Cristo, para darles una visión ampliada de su carácter y obra, de su poder, gracia y amor. Así llegan a ser participantes de su naturaleza, y día tras día crecen hasta la plena estatura de hombres y mujeres en Cristo. Se ve la santificación del Espíritu en sus pensamientos, palabras y obras. Su ministerio es vida y salvación para todos aquellos con quienes se relacionan. De los tales se declara: “Y vosotros estáis completos en él” [Col. 2:10].–CM 469-474.
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