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La huerta de La Paloma

Eduardo Valencia Hernán

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Imágen de portada: ©Alec Wainman

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1ª edición: 2019

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Eleuterio Valencia Moreno, Ejército Popular de la República. Ejército del Centro, 1.ª división, 26.ª brigada mixta, Cuerpo de Tren Regimental, primera agrupación hipomóvil de Madrid. Fuente: Archivo privado familia Valencia Hernán.

«Un hombre que ha hecho la guerra, un hombre que se ha encontrado en la encrucijada donde lo físico, lo moral y espiritual se confunden, un hombre que ha arrostrado el trance de matar, un hombre que ha sentido la muerte ajena alrededor, quien le ha visto días, semanas, meses, años, las orejas al lobo y los cuernos al diablo, merece ser considerado con cierta indulgencia».

Luis Romero, Tres días de julio, 1967.

PREÁMBULO

«Nunca el Estado español había sido lo bastante fuerte para realizar una política descentralizadora y las regiones seguían conservando sus particularidades y características. Lo curioso es que en el siglo XIX los liberales fueron centralistas, mientras que sus contrarios, los carlistas, habían defendido, sobre todo en las Vascongadas y en Cataluña, los fueros locales. La Primera República había sido también centralista y se hundió, en gran parte, por la insurrección de los cantonales, que desde la izquierda introducían por primera vez el federalismo. Durante la Restauración, los industriales catalanes y vascos acrecentaron mucho su potencia económica, y exigían del Gobierno de Madrid una protección aduanera que les asegurase su mercado principal, que nunca fue otro que el resto de España, entrando así en conflicto con los agricultores y terratenientes de las otras regiones, que veían amenazadas sus clásicas exportaciones de productos del campo. Como Cataluña y el País Vasco incluían las más ricas provincias españolas, contribuían más con sus impuestos y luchaban por administrar ellas mismas esas fuentes tributarias para su propio beneficio. Este era el fondo económico de la disputa, aunque el problema se hubiera agriado, por la posición poco amigable de los gobiernos monárquicos ante las manifestaciones lingüísticas, culturales y folklóricas, que fueron muchas veces reprimidas, sobre todo durante la dictadura de Primo de Rivera. Esto lo demuestra el que el mayor enemigo de la autonomía del País vasco fue una de sus provincias, Navarra, que no se había industrializado y donde predominaban los campesinos pequeños y medios. Asimismo, las regiones limítrofes a Cataluña, ligadas a ella históricamente, como Aragón y Valencia, pero de estructura económica distinta, asistieron con la mayor indiferencia a la lucha de aquella por el Estatuto, dando al traste con la idea de hacer resurgir la “Gran Cataluña”. En cambio, la autonomía gallega se planteaba de un modo muy diferente, no había estridencias, no despertaba sospechas, no encontraba enemigos. Galicia, región poco desarrollada económicamente, no entraba en contradicción con las otras regiones, pedía simplemente respeto a su lengua, a su literatura, a sus costumbres y a su tradición. En el desarrollo de la nueva Constitución de 1932 la mayoría anticlerical de las Cortes Constituyentes no vaciló en su ofensiva contra la Iglesia Católica.

La derecha española acogió con furia el artículo 30 según el cual España no tenía religión oficial, aunque esta declaración laica ya había sido aceptada por la inmensa mayoría de las naciones adelantadas del mundo. Sin embargo, fue el artículo 26 que suprimía toda ayuda oficial a la Iglesia y atacaba directamente a las congregaciones religiosas, poniendo a los jesuitas en peligro de inminente disolución.

La Iglesia católica, no solo no se apartó de la política, sino que se lanzó a ella con todas sus fuerzas y todos sus recursos, para defender sus posiciones. Quizás esta fue la combinación perfecta que provocó en parte un enfrentamiento civil, sin duda inevitable»1.

No recuerdo exactamente cuándo comenzó a gestarse en mis pensamientos escribir esta novela biográfica. De hecho, creo que mi interés sobre el tema fue el producto de una acumulación de pequeñas historias contadas por mi padre sobre su etapa militar, sumadas, como no, a mi pequeña pasión por saber más sobre lo que ocurrió en España a mediados de los años 30 del siglo pasado, la Guerra Civil Española. Una nefasta confrontación bélica entre españoles que provocó un terrible desencuentro que, sorprendentemente, tras ochenta y tres años, todavía pervive entre los nostálgicos del militarismo mal entendido, y entre otros, que lo buscan como justificante para hacer prevalecer, en los dos sentidos, el odio de clase que tanto daño hizo a nuestro país. No es el momento ni el documento para hacer valoraciones sobre si vamos en sentido correcto a la hora de valorar los hechos históricos desde una perspectiva actual; más cuando se politiza un hecho histórico, en el sentido de que, si el resultado de los actos va a favor o en contra de la ideología del lector —valga el recuerdo del traslado de los restos del dictador Francisco Franco o la valoración negativa de la reciente Ley de Memoria Histórica por parte de las corrientes de opinión más conservadoras—, entonces la tarea del historiador científico deja de tener sentido y se convierte en pura marioneta de intereses mediáticos puntuales. Solo es mi deseo, como aprendiz y puro transmisor del conocimiento de nuestra historia más reciente, que dejemos el protagonismo del pasado a los historiadores, que para eso nos hemos preparado, y nos dediquemos a construir el futuro con una base histórica real fuera de ideologías interesadas.

Esta es la historia de un trabajador de la tierra, un campesino, que por circunstancias ajenas a él se vio involucrado directamente en uno de los conflictos humanos que más impacto sigue teniendo en la sociedad española: la Guerra Civil.

Los hechos históricos reflejados en esta novela se acercan mucho a la realidad del lugar y del momento, no así los asiduos comentarios y diálogos de los participantes que, por supuesto, difieren de la realidad. Los personajes de alto rango, oficiales, jefes, generales y políticos de relieve en las fechas de la narración suelen ser sacados de documentación real en los archivos militares, civiles, visuales e historiográficos que disfrutamos en la actualidad. Por otro lado, la narración intento llevarla en primera persona a fin de presentar un punto de vista diferente de cómo es posible interpretar los mismos acontecimientos y experiencias históricas con otra visión que no sea la de un soldado al que le tocó estar en el sitio y el momento equivocados, separado y desarraigado de su querida tierra, la que le vio crecer, la huerta de La Paloma.

Muchas veces me he preguntado cómo hubiera cambiado el sentido de esta historia si al protagonista en cuestión, en vez de prestar el servicio militar en Barcelona, le hubiese tocado en Galicia o en las colonias africanas, dominadas desde los primeros instantes por los rebeldes fascistas. ¿Estaría luchando en otro bando o estaría fusilado en alguna cuneta? ¿Quién sabe? Es por eso por lo que considero muy acertada la reflexión del escritor e historiador Luis Romero, en el que me he inspirado con asiduidad, por tratar con cierta indulgencia a los protagonistas de este trabajo. Fueron simples seres humanos que intentaron sobrevivir a la barbarie generada por el odio al poder eclesiástico mezclado con el injusto reparto de la tierra y de la riqueza, siempre en manos de unos pocos privilegiados, un error antagónico con las perspectivas que ofrecía la joven República española. Sin duda, la frustración que generó el reparto de la tierra y las promesas de igualdad que ofrecían los nuevos gobernantes, tarde o temprano iba a provocar una explosión descontrolada y letal en las clases poderosas y dominantes hasta entonces.

Ruego, finalmente, que este documento historiográfico no sea interpretado con una valoración actual de derechos morales y libertades sociales e individuales de los cuales disfrutamos en la actualidad, sino que, en lo posible, se observe con las reglas contemporáneas a los hechos narrados.

1 Tagüeña Lacorte, Manuel (1913-1971), Testimonio de dos guerras, México, Ed. Oasis, 1973. Dirigente de la Federación Universitaria Escolar antes de la Guerra Civil. Durante la contienda civil mandó brigada, división y cuerpo de ejército de la República. En la batalla del Ebro tuvo a setenta mil soldados bajo su mando.




A mis padres…

Estadio Olímpico de Montjuic (Barcelona). Invierno de 1998.

En la grada del estadio…

—¿Qué te parecen los asientos?

—Están bien, pero hace frío aquí.

—Es verdad, sí que lo hace, pero es que estamos en marzo. Desde que nos fuimos del campo de futbol de Sarriá y nos trasladamos aquí, en invierno lo paso mal. Hay mucha humedad.

—¿Habías estado alguna vez en este estadio?

—Sí, hace algunos años, pero ahora está muy cambiado… Estuve viendo un partido entre España y Alemania… Creo que nos ganaron. Había mucha gente. Se estaban preparando las Olimpiadas Populares y algunos días veníamos a ver cómo entrenaban los atletas. Muchos eran extranjeros.

—Pero… ¿Estuviste aquí de joven, en Barcelona?

—Sí, en el servicio militar. Casi dos años, y luego… la guerra. Muchas veces, camino del castillo de Montjuic, nos parábamos frente al estadio, entrábamos dentro y veíamos a los deportistas correr en las pistas de tierra, y así pasábamos el rato…

El partido de fútbol fue soporífero y el resultado nos dejó insatisfechos a todos.

—¡Papá! ¿No te ha gustado el partido?

—Qué va. Ha estado bien.

Sé que no decía la verdad, pues su mente hacía tiempo que estaba en otro lado. Daba la sensación de que sus recuerdos escondidos durante años, de repente, volvieran a salir espontáneamente, sin control. Experiencias de una juventud malgastada en una absurda guerra que hubiera deseado no volver a recordar jamás…

١٩٣٦…

CONSPIRACIÓN

Barcelona, 12 de julio de 1936

En algún lugar del cuartel Jaime I, sede del regimiento de infantería Alcántara 14.

—¡Eduardo! ¿Dónde te has metido, que te estaba buscando?

—¿Qué pasa, a qué vienen esas prisas?

—Otra vez nos ha tocado hacer refuerzos en Montjuic. Siempre somos los mismos los que tenemos que resolver la papeleta.

—¡Pepe! Deja ya de lamentarte, ya está. Además, con todo el jaleo que hay en el centro de la ciudad mejor estaremos allí arriba que al alcance de algún descerebrado. ¿No te parece?

—Quizás tengas razón. No hay día que no se oiga un tiroteo en la ciudad. Bueno, vamos a preguntar al sargento a ver lo que dispone ¡Qué calor que hace!


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Las órdenes enviadas desde Capitanía correspondientes al servicio de plaza en la guarnición de Barcelona señalan al teniente coronel Jacobo Roldán Fernández como el jefe accidental del regimiento de infantería Alcántara 14 por estar su titular, el coronel Críspulo Moracho Arregui, de viaje por el norte de España. Este sábado, a su vez, ha sido nombrado Jefe de Día de los diferentes estamentos militares en la capital catalana, teniendo bajo su responsabilidad la orden de parada, imaginaria, guardia principal y ordenanzas ciclistas.


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El soldado del reemplazo de 1935, Eleuterio Valencia, aunque todos le llaman Eduardo, pues así dispuso la Iglesia, lleva en la ciudad condal cerca de dos años cumpliendo el servicio militar obligatorio. Está destinado en la 4.ª Compañía del 2.º batallón del regimiento de infantería Alcántara 14 con sede en el cuartel Jaime I4.

Para él, como para muchos jóvenes españoles, es una experiencia novedosa. Allá en el pueblo comparte con su hermano mayor, Natividad, las labores del campo, la lucha diaria con la tierra, el sudor, el frío y la lluvia5.

—A sus órdenes, mi sargento —responde Pepe junto con el saludo reglamentario—, ya estamos preparados para el traslado al castillo.

—¡Joder, con el calor que hace! —responde el sargento Ibáñez—. Arriba tomaremos un poco el aire fresco… A ver…, ¿estamos todos los de la lista? No quiero rezagados.

—Todos, mi sargento.

—Reuniros en el patio central todos los nombrados de la compañía. Pronto vendrán a recogernos con los camiones.6

—Bueno, por lo menos no tenemos que subir andando porque la subida se las trae. A ver si asfaltan de una puñetera vez el trozo final hasta la entrada de la ciudadela. Llegamos con los huesos molidos.

* * *

En el castillo-fortaleza de Montjuic.

—Llevamos cuatro vueltas al castillo —comenta Eduardo— y aquí nadie viene a relevarnos, siempre nos pasa lo mismo.

—¡Cállate! —responde Pepe—. No te quejes tanto. A ver si vas a mosquear al de la garita y nos pega un tiro. ¿En qué estás pensando, joder?

—No sé por qué me viene a la memoria el día que fuimos al estadio de Montjuic, un poco antes de que liberaran a Companys, ¿te acuerdas?

—¿Qué si me acuerdo? ¡Vaya partidazo! Todavía recuerdo el golazo de Luis Regueiro.

—Sí, sí. Y de los dos que nos metieron los alemanes no dices nada, ¿verdad?

—¡Bah! Eso… se olvida rápido7.


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Hace un calor insoportable en toda la costa catalana. Un día de descanso y placer para muchos barceloneses que por seguro elegirán la playa en la Barceloneta, o los famosos Baños de San Sebastián. Sin embargo, para aquellos soldados que están de guardia, solo significa otro fin de semana perdido, sin otra reflexión que contar los días que faltan para la vuelta a casa.

Es domingo y la ciudad despierta tras una noche bochornosa y húmeda. Por la mañana en la explanada del cuartel se han distribuido los servicios de la plaza. Por suerte, hoy no hay gimnasia ni instrucción. Se repiten los mismos destinos que el día anterior. Por la tarde, los que libran de los servicios apetecen dar algún paseo por la ciudad, hasta los tiroteos descansan en día festivo; mientras que otros dedican su tiempo libre a actividades más alegres. La tropa, después de pasar revista, ya está preparada desde el mediodía para disfrutar de una velada agradable en los numerosos cines y cafeterías, sin olvidar los inevitables prostíbulos, la mayoría localizados en el barrio chino barcelonés. Unos se decantan por ir al cine, al Astoria, para ver el combate de boxeo filmado entre el alemán Max Schmelling, «defensor de la raza aria», y el afroamericano, Joe Louis. Otros, se dividen entre el estreno de la semana, Dos monjes en el Savoy, o Historia en dos ciudades, con Ronald Colman, en el Fémina; mientras que los amantes del teatro se deleitan en el Teatro Barcelona con el último estreno del dramaturgo Alejandro Casona, Nuestra Natacha.

Los periódicos de tirada nacional han ido repitiendo durante toda la semana los avances, en las continuas sesiones parlamentarias, de los diferentes anteproyectos de los estatutos autonómicos regionales. El estatuto gallego va a ser presentado en el pleno del próximo miércoles 15; mientras que el canario todavía está en los inicios.


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Por esas fechas, las fiestas de San Fermín ya han finalizado, destacando esta vez los catorce contusionados en la última carrera de la feria, ¡todo un récord! Mientras tanto, en el resto de España, sigue haciendo un calor espantoso.

Bien entrada la tarde, a las nueve más o menos, se tiene noticia de un asesinato perpetrado en Madrid por un grupo de «pistoleros» afines a la extrema derecha. La víctima, el teniente de la Guardia de Asalto, José del Castillo, conocido también como un militante activo del partido Socialista, que es cobardemente tiroteado al salir de su casa. En esos momentos, pocos imaginan que tras aquel día nada va a ser igual en la vida de los españoles.

Este crimen es uno más de una serie que se han registrado durante toda la semana. Sin embargo, las decisiones que se toman esa misma noche en el entorno de la víctima van a provocar el estallido en la capital de una virulencia incontenible de odio y venganza.

Pocas horas después, a las tres y media de la madrugada del lunes 13, el diputado en el Congreso, José Calvo Sotelo, líder de Renovación Española y jefe del Bloque Nacional, es detenido en su casa de la calle Velázquez 89 por guardias de asalto, la mayoría compañeros del teniente fallecido, y algunos guardias civiles, todos ellos dirigidos por el teniente Moreno, amigo del fallecido.

Pasadas algunas horas de angustia e incertidumbre en torno de la familia del detenido, todos se aferran a una leve esperanza de volverlo a ver con vida, aunque, en el fondo, se temen lo peor. En efecto, la venganza se ha consumado y el cuerpo del diputado, ya cadáver, es localizado aún de madrugada en un muro anexo al cementerio del Este (la Almudena) con diversos disparos en la nuca y en el pecho.

El juez de instrucción ya se ha personado en el depósito de cadáveres para comenzar las diligencias judiciales, que culminan con la identificación de la camioneta del servicio de asalto señalada con el número diecisiete. En ella, se supone que iban los sospechosos que llevaron a la víctima desde su domicilio hasta el lugar de ejecución. Seguidamente, se practican las primeras detenciones en la misma sección que mandaba el teniente Castillo, así como varios jefes y oficiales del mismo cuerpo.

En Barcelona, por fin llega el amanecer del lunes y las tropas de refuerzo enviadas al castillo se reúnen en la puerta principal de este para volver de nuevo al regimiento. Eduardo está cansado tras una noche de vigilia, el fusil Mauser pesa lo suyo, pero está contento, ya va de vuelta al cuartel. Allí le espera su amigo Rodri.

—Eduardo, ¿qué tal por allá arriba?

—Bien, pero como siempre los relevos han ido con retraso y nos ha fastidiado más de un descanso… Y por aquí, ¿qué?

—¿No has oído nada? Se han cargado a Calvo Sotelo en Madrid, así que habrá jaleo seguro.

—¿Cómo ha sido?

—Dice la radio que los asesinos son del entorno del teniente que mataron hace unos días.

O sea, una venganza.

—Pues sí, eso parece. Esto no se acaba nunca. Espero que cuando se arme, que se va a armar, me pille en mi casa con los míos.

—No seas tan alarmista —responde Eduardo—, seguro que todo se arregla en una semana y volvemos a la normalidad… Ya verás que todo estará tranquilo y podremos volver a casa sin contratiempos. Por cierto, a ti, ¿cuánto te queda?

—Tres meses, aunque, por mí, mañana mismo me iba. Estoy quemado, quemado, quemado. Faltan dos semanas para las fiestas del pueblo y otro año me voy a quedar sin verlas.

—¿De dónde eres tú?

—De Sevilla, ¿y tú?

—¿Conoces Despeñaperros, antes de entrar en la provincia de Jaén?

—Sí, aquel desfiladero por donde pasa el tren saliendo de Andalucía.

—Pues mi pueblo está a seis kilómetros del paso. Viso del Marqués se llama.

—¡Vaya nombre! Para los tiempos que corren, verás cómo dentro de poco lo del «marqués» pasa a mejor vida.

—De hecho, creo que ya se lo han quitado.

—Y ¿qué tal en tu pueblo? ¿Siguen mandando los de siempre?

—Allí manda un alcalde de izquierdas… Carlos Caminero. Parece un buen hombre, aunque los señoritos siempre están al acecho dando a entender que el cambio no va con ellos.

Se oyen pasos de lejos…

—A ver, Valencia y Rodríguez —interrumpe el sargento Ibáñez—. Se acabó el palique. Vayan a cambiarse y preséntense ante mí en media hora con equipamiento para comenzar la instrucción.

—Sí, mi sargento —responde Rodri con sumisión.

—Ya estamos con lo de cada día —comenta Eduardo cabizbajo—. Por lo menos esta vez lo haremos en el cuartel. No como la semana pasada que nos llevaron al lado del aeródromo de El Prat a pegar barrigazos.

—Bueno —gesticula Rodri—, allí por lo menos vemos despegar de vez en cuando a esos aparatos. ¿Has subido alguna vez en un cacharro de esos?

—Ni soñarlo, eso es cosa de ricos y mi familia es pobre. Lo más que he subido ha sido en bicicleta para ir a trabajar, y en tren para llegar aquí a Barcelona.

—Yo tampoco he subido nunca en esos aparatos. Allí en Sevilla mi familia se dedica a la venta ambulante y no damos para más. Ni siquiera tenemos vivienda propia. Últimamente vivimos cerca de La Tablada, así se llama el aeródromo, y desde allí se pueden ver volar a los aviones. En fin, vamos a cambiarnos que con el calor que pega ya estoy sudado de nuevo.

En el dormitorio de la compañía…

—Eduardo, ¿qué haces tumbado ahí? —pregunta Fermín, otro compañero de fatigas.

—Hola, la instrucción me ha dejado hecho polvo y el estómago lo tengo mal. Creo que ha sido la leche condensada.

—¿Cuál, la del bote?

—Sí, esa, la que se llama El Niño. Me ha dejado listo; así que, hasta que no toque teórica me quedo aquí en la habitación… Si preguntan, ya sabes.

—¿No vienes a comer tampoco?

—No, prefiero quedarme, además tengo ganas de vomitar… Quizás luego vaya a clase, no me la quiero perder. Eso de poder leer, escribir mi nombre y saber algo de números… No creo que vuelva a tener esa oportunidad cuando salga de aquí.

—¿No fuiste al colegio cuando eras pequeño?

—¡Qué va! A los siete años ya estaba en la huerta y así hasta ahora. Lo único que conseguí en ese tiempo fue ahorrar para comprarme una bicicleta usada para ir a cazar a la montaña.

—Yo tampoco fui, y ahora me arrepiento de no haberme apuntado.

—Todavía estás a tiempo.

—Me lo pensaré. Sabes, viéndote leer el periódico me das un poco de envidia.


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Leyendo La Vanguardia…

—¿Qué dice el periódico, algo interesante?

—Los destinos de siempre. Estamos de servicio de plaza hasta el domingo que viene… ¡Mira que pone aquí! Dice que se celebra un nuevo sorteo en la caja de reclutas, el número treinta y seis, y los talladores son dos sargentos del primer regimiento de artillería de montaña… ¡Bah! Seguro que hay tongo… También que el Parlamento de Cataluña presidido por el diputado Casanovas… ha aprobado una concesión de cien mil pesetas a los Juegos Populares.

—Pobrecillos —responde Fermín— los que les toque. Jodidos dos años, Dios sabe dónde y los políticos regalando dinero a extranjeros para que se diviertan.

—Siempre hay posibilidad de no presentarse, salir huyendo al extranjero y no volver en una temporada, ¿verdad?

—No sería mala idea, pero… eso es deserción. ¡Qué cojones! Nos apuntamos con esos extranjeros que vienen a lo de la Olimpiada Popular y, mezclándonos con ellos, nos largamos…


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Mira, aquí proponen interesantes excursiones a la Olimpiada de Berlín a partir del 18 de julio… Desde quinientas cincuenta a mil doscientas pesetas. ¡Todo incluido! También ofrecen la mejor excursión del año a través de los Balcanes, visitando países como Yugoslavia, Rumanía, Bulgaria y Turquía a partir de mil trescientas cincuenta pesetas. ¿Tú sabes dónde están esos países?

—Si no sé casi escribir mi nombre, voy a saber dónde está eso.

—¡Humm! —responde Eduardo—. La pega es que tendrías que estar ahorrando tres o cuatro años para reunir ese dinero… Soñar es gratis. Y luego, imagínate, nos coge entre ceja y ceja el Hitler ese, y que Dios nos pille confesaos… ¿No dice nada del asesinato del diputado madrileño?

—Nada nuevo que no sepamos… Aquí pone que: «O se acaba con esto inmediatamente o esto acabará con todos nosotros y con la República». Ya ves cómo está el patio. En Madrid se matan a tiros y aquí de huelga de transportes y, también, matándose a tiros, semana sí, semana no. Este país no hay quien lo entienda.

—Ahí te quedas. ¿No vas al cine?

—Hace meses que no voy, desde que fui a ver Ana Karenina con la Greta Garbo esa, no he vuelto a ir.

—Anímate, hombre y, deja de pensar tanto. Con la cantidad de chicas guapas que hay por ahí.

—Hala, ves para abajo que ya voy. Yo ya tengo en quien pensar. Lo que quiero es largarme de aquí. Eso es lo que quiero.

—No te pongas así que es peor. Ya queda poco para que salgamos de aquí antes de que todo se fastidie.

—Que sí, que sí. Tira ya…


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* * *

Jueves, 16 de julio…

Todo sigue con absoluta normalidad en el cuartel. El calor sigue siendo asfixiante y la falta de aire no permite el descanso relajante. Por la mañana se han repartido los destinos en las diferentes dependencias militares. A unos les toca el Parque; otros, el servicio de guardia principal, ciclistas y personal sanitario, pura rutina. Ese día entra como responsable el capitán médico del regimiento, Alfonso Durán Merino.

Los avisos y sospechas de un posible levantamiento militar cobran intensidad conforme pasan las horas. La incertidumbre tiene en vilo a la mayoría de los políticos y sindicalistas. Se temen lo peor. Desde el Palau de la Generalitat, Lluís Companys intenta calmar a la población con frases tranquilizadoras a través de las emisoras locales: «Estamos expectantes ante unas horas de nerviosismo alimentado por rumores y fantasías que se irán de la misma manera que han venido».

La táctica disuasoria propagandística no surte efecto y la tensión aumenta por momentos. El president hace cuatro meses que ha sido restituido en su cargo por el presidente de la República, siendo recibido con honores por el alcalde de Barcelona, señor Moles, después de un largo cautiverio entre rejas. Su intento de secesión a la misma República que lo ha repuesto en su cargo no le ha salido gratis. Sin embargo, ahora es diferente, los golpistas son otros, y a él le corresponde defender la República como si de él mismo se tratara.

Las noticias que vienen del extranjero tampoco ayudan a levantar el ánimo. El rey de Inglaterra, Eduardo VIII (el futuro duque de Windsor tras su abdicación), ha sufrido un atentado del que sale milagrosamente ileso en las inmediaciones de Hyde Park. Este suceso, junto a la lejana guerra de Abisinia, comparte con las novedades provenientes de Madrid las portadas de los periódicos de larga tirada. El origen de este conflicto proviene de la ambición colonial de Mussolini por dominar el Cuerno de África, a costa de los autóctonos del lugar y de su líder espiritual y real, ¡el último descendiente de la reina de Saba!, el emperador Haile Selassie.

Mientras tanto, en el resto de España las purgas políticas se resuelven asiduamente a pistoletazo limpio, siendo en los últimos meses la extrema derecha la que sufre numerosas detenciones policiales. Los jefes y subjefes de Falange Española son los objetivos preferidos.

Ante esa situación, la Diputación Permanente de las Cortes ha prorrogado el decreto de estado de alarma. Una noticia poco alentadora para calmar los ánimos y, de paso, para aumentar el descontento generalizado entre los militares13. Esta es una cuestión que ni tan siquiera el Gobierno popular se molesta en negarlo. Tan solo se intenta controlarlo aun a sabiendas de que tarde o temprano explotará. De hecho, desde que se instauró la Segunda República y, más concretamente, desde que el propio Manuel Azaña como ministro de la Guerra se puso en la tarea de reducir en gran medida el porcentaje de la oficialidad respecto a la tropa, se ha generado un malestar entre los altos mandos e intermedios, provocando distintos conatos golpistas.14

2 Foto/Postal: cuartel Jaime I en Barcelona (actual Universidad Pompeu i Fabra). Instrucción frente al cuartel, 1936. (J.V.B.). Fuente: ejercito.mde.es

3. Foto: cuerpo de guardia del regimiento Alcántara 14. Probablemente listos para la revista. Fuente: Archivo privado familia Valencia Hernán.

4. Situado entre la calle Sicilia y la calle paralela de Francisco Aranda, linda con el cuartel de Roger de Lauria por el Este, también llamado de intendencia, calle Villena y por el sur con el Parque barcelonés de la Ciudadela. Ver Cartotecadigital.icc.cat/cdm/compoundobject/collection/Catalunya/id/1686/rec/8hojab2. Estas instalaciones son las que actualmente ocupa la biblioteca de la Universidad Pompeu i Fabra.

5. Eduardo es el menor de una familia numerosa compuesta por sus padres, Román y Emilia, y por sus hermanos, Juan de la Cruz, Aurelia, María de la Cruz, Tomás y Natividad. Los varones de la familia han servido en el ejército durante el periodo obligatorio, los dos mayores en África; incluso uno de ellos participó en las operaciones de la guerra del Rif. Todos ellos lejos de su añorada huerta de La Paloma. Un trozo de tierra propiedad del conocido en el pueblo como el Chato Josanta, donde trabaja toda la familia, la mayoría de las veces de sol a sol, cultivando y mimando la tierra regada con un hermoso manantial que abastece generosamente a todo el terreno.

6. El regimiento Alcántara 14 está formado por tres batallones mandados desde el 2 de junio de 1936 por el coronel Críspulo Moracho Arregui, que a su vez había relevado desde el 20 de marzo de ese mismo año al coronel Arturo Cebrián Sevilla.

7. 23 de febrero de 1936. Fútbol, domingo en el Estadio de Montjuïc. España-Alemania (1-2), amistoso. 60.000 personas. Alineaciones: España: Zamora, Aedo, Zabalo, Bertolí, Lecue, Luis Regueiro, Muguerza, Emilín Alonso, Iparagorri, Lángara y Ventolrá. Entrenador: Amadeo Garcia. Alemania: Munkert, Paul, Janes, Lehner, Jacob, Goldbrunner, Siffling, Szepan, Gramlich, Fath, Lenz. Goles: 14 m. (Fath), 35 m. (Luis Regueiro), 68 m. (Fath).

8. Foto: Selecciones de Alemania y República Española en el estadio de Montjuic, febrero de 1936. Fuente: J.M. Sagarra. AFB.

9. Foto: asesinato del diputado Calvo Sotelo, frente a los muros del cementerio de la Almudena en Madrid, el 13 de julio de 1936. Fuente: CNT.

10. Foto: Cafetería El Español, Paralelo, Barcelona, 1936. Fuente: J.M. Sagarra. AFB.

11. Foto: Cartel Olimpiada Popular, 1936. Fuente: Pérez de Rozas. AFB

12. Foto: Olimpiada Popular, 1936. Fuente: Pérez de Rozas. AFB

13. Salas Larrazábal, Ramón, Historia del Ejército Popular de la II República. Madrid: Editora Nacional, 1973.

14. La primera reforma militar comenzó apenas nacido el régimen republicano mediante una declaración de principios afirmando que sometería a juicio de responsabilidad los actos de gestión y autoridad de los gobiernos anteriores; que respetaría la libertad de conciencia; que acataría la libertad personal y el estatuto de los derechos del ciudadano, reconociendo como principio la personalidad sindical y corporativa, y que garantizaría la propiedad privada y no abandonaría la República en manos de quienes, desde fuertes posiciones seculares y prevalidas de sus medios, quizás refiriéndose al ejército, pueden dificultar su consolidación. En un primer momento, buena parte de la oficialidad estaba esperanzada ante el nacimiento del nuevo régimen siendo una minoría de estos los exaltados a favor de ella y otra menor en contra, que aún seguía estancada en la monarquía perdida. Entre tanto, el 23 de abril de 1931 se había publicado un decreto por el cual toda la oficialidad debía guardar fidelidad a la República. Así pues, con el Decreto del 25 de abril de 1931 por el que se amnistiaba a los condenados por acciones antimonárquicas, comenzó la reforma militar con el objeto de reducir los efectivos militares y de recortar la influencia del Ejército en el Estado.

El Ejército de África se moviliza

Mientras que, en Madrid, el presidente de la República española duerme plácidamente, tras unos días agitados por los cruentos asesinatos del teniente Castillo de los guardias de asalto y del diputado Calvo Sotelo, en Melilla, Tetuán y Ceuta, buena parte de la oficialidad del Ejército de África se está alzando contra el Gobierno republicano e intenta consolidar el golpe de Estado que comenzó a fraguarse hace escasas horas. La rebelión ha comenzado.

El palacio Real de Madrid, ahora llamado palacio Nacional, sede de la Presidencia de la República, está fuertemente protegido por la Guardia de Palacio. La forman dos compañías del regimiento Inmemorial n.º 1, la escolta presidencial y un pequeño refuerzo de guardias civiles; incluso se han instalado ametralladoras en previsión de futuros altercados.

Azaña está prácticamente solo ante el estamento militar, que se la tiene jurada, y solo cuenta con algunos «leales» que no dejan de ser la excepción. Son esos que a lo largo de este relato nos resultarán conocidos; los Sarabia, Caminero, Riquelme, Núñez de Prado, Miaja, etc. Estos serán los generales o altos mandos del Ejército Popular que defenderán la legalidad frente a la insurrección de sus compañeros de armas15.

El presidente de la República se siente inquieto ante la creíble posibilidad de un golpe de Estado militar, aunque de momento todo parece bajo control. La noche anterior tuvo que trasladarse precipitadamente desde su residencia habitual en El Pardo en espera de lo que irremediablemente iba a suceder en unas horas. Son momentos trágicos para España y para la República.

* * *

En las habitaciones del palacio Nacional…

—¡Hay que despertar al presidente! —comenta el secretario personal de la presidencia.

—No le ha sentado bien la comida —comenta su ayudante—. ¿Podríamos esperar un poco más?

—Peor se va a poner cuando se entere de las noticias que llegan de África. ¡Este Casares no se entera! Cuando tome decisiones, si las toma alguna vez, ya tendremos el problema encima. —¡Señor presidente! ¡Don Manuel!

—¡Eh! ¿Qué ocurre? ¿Pasa algo?

—Señor, malas noticias, tenemos problemas en África. ¿Cómo se encuentra?

—El estómago fatal, pero… Déjeme, déjeme. En cinco minutos espéreme en el despacho.

Al rato…

—Bueno, cuénteme… ¿Qué coño pasa en África?


Imagen 16

—Señor, nos llegan noticias del protectorado de que algunas guarniciones se están declarando en rebeldía con sus mandos. Creemos que se trata de un intento de golpe de Estado propiciado por la oficialidad afín a la derecha.

—¿Se sabe quiénes son los cabecillas?

—Las conexiones telefónicas son muy malas. Creo que el levantamiento ha comenzado en Melilla, pero no es seguro.

—¡La madre que los pario! No quieren que hagamos nuestro trabajo. Cuando tengamos más información reúna al gabinete de seguridad. Me temo que esta noche no vamos a dormir mucho… Póngame lo más pronto posible con Casares y reúna a mi gabinete de crisis, ya sabe, a los que llamo siempre. No podemos perder un minuto.

El viejo político, al que apodan El Berrugas, se sienta en su mejor sillón como si el mundo se le cayera encima. Se siente aturdido ante el aluvión de acontecimientos que conviene solucionar lo más rápido posible…

—¡África! Tenía que haberlo previsto. Tanto preocuparnos por Madrid y resulta que el levantamiento es al otro lado del estrecho… Necesito saber ya quiénes son los que están detrás de todo esto antes de que se nos vaya de las manos. ¡Venga! Todo el mundo en su sitio y a trabajar. ¡Usted! Llame a mi ayudante y póngame en contacto con el Ministerio de la Guerra, rápido.

El presidente no las tiene todas consigo. Han estado meses planificando una situación como esta, pero… no es lo mismo. La realidad le desborda por momentos, no sabe qué hacer, en quién confiar, ni cómo solucionar una situación novedosa para él. Está solo y algo aturdido por la avalancha de noticias contradictorias que recibe. Sabe que no se trata de una proclamación como la de Primo de Rivera y que, si no se soluciona en las próximas 48-72 horas, la situación será irreversible. Reflexiona…

—¡Joder! Lo que nos ha costado levantar esta República y, ahora, estamos a punto de enviarlo todo al traste. No puede ser, Tenemos que luchar y hacerlo bien. No podemos fracasar.

—¡Señor, señor!

—¡Eh! ¿Qué pasa?

—Se ha dormido por un momento y estaba hablando solo.

—Ojalá todo haya sido un sueño, pero me temo que la realidad es otra. Venga, pongámonos a trabajar…

15. Al advenimiento de la República, el Ejército activo se componía de diez capitanías generales, ocho peninsulares y dos insulares, además de las fuerzas de ocupación del territorio de Marruecos. Cada una de ellas contaba con dos divisiones de infantería, o sea en total dieciséis, además de dos brigadas de infantería de montaña, con cabeceras en Madrid y Barcelona, una división de caballería, siete brigadas de esta arma y una brigada de ingenieros de ferrocarriles. Las capitanías insulares disponían de una brigada de infantería de dos regimientos y las tropas de ocupación de Marruecos comprendían el Tercio de extranjeros, seis medias brigadas de cazadores y los grupos de fuerzas regulares indígenas, además de tropas dependientes de la Dirección General de Marruecos y colonias compuestas por las mehal, las jalifianas, la Policía del Sáhara y la Guardia Colonial de Guinea. Las fuerzas de orden público se componían de la Guardia Civil y los cuerpos de carabineros y seguridad. En total, de 178 generales, 17.671 jefes y oficiales y 240.564 clases de primera y segunda categoría a principios de 1936, tras la drástica reducción, habían quedado 102 generales y 15.543 jefes y oficiales; de tal forma que, en general, los regimientos de infantería pasaron de 74 a 39 y de los de caballería se habían disuelto 18. Por tanto, el Ejército se había reducido a ocho divisiones orgánicas más las tropas de cuerpo de ejército. El Cuerpo de Tren, lo que podríamos definir hoy como intendencia, estaba integrado con personal procedente del cuerpo de suboficiales promovidos a alféreces después de un cursillo. A su cargo estaría la ejecución de los servicios de transportes, cuya dirección se encomendaba a jefes y oficiales de artillería e ingenieros, intendencia y tropas de sanidad. Resumiendo, podríamos decir que a principios de 1935 había en plantilla 96 generales, 11.668 jefes y oficiales, 9.373 suboficiales y 148.682 soldados de tropa. Las fuerzas de seguridad constaban de ocho generales, 2.642 jefes y oficiales, 3.785 suboficiales y 67.300 hombres. En total había 250.000 hombres, de los que 14.500 aproximadamente eran jefes y oficiales. Sin duda, los conatos de golpe de Estado tras el descontento general de la clase militar fueron adquiriendo carácter después de las algaradas de Castilblanco y Arnedo por los que el general Sanjurjo había sido sustituido de la dirección general de la Guardia Civil por el general Cabanellas. Sanjurjo, también llamado el León del Rif, fue uno de los generales que se habían considerado más agraviado por las circunstancias políticas provocadas por el Gobierno republicano, comenzando su actividad conspiratoria favorecida por la discusión de la ley de congregaciones religiosas o por el estatuto catalán y que acabaría con su propia muerte por accidente en las primeras horas del alzamiento nacional. Cabe destacar que uno de los conatos golpistas y revolucionarios que tuvo que sufrir la recién llegada República fueron los hechos acaecidos en octubre de 1934. Una rebelión de sello revolucionario con socialistas a la cabeza con centros en Asturias y Cataluña donde el propio Gobierno de la Generalidad se rebeló contra el Gobierno central. En Asturias la rebelión fue sofocada por el teniente coronel Yagüe al frente de tropas africanas bajo la dependencia del general López Ochoa y dirigido desde el Estado mayor por el general Franco, asesor personal del ministro Hidalgo. Tras la resolución de estos focos revolucionarios e independentistas, en Cataluña, después de la revuelta fueron condenados a muerte el teniente coronel de infantería Juan Ricart March, el comandante de artillería Enrique Pérez Farrás, el de infantería Ricardo Sala Ginestá y los capitanes de caballería, Enrique Escofet Alsina y Francisco López Gatell, del arma de artillería, quienes se pusieron de lado del presidente de la Generalidad, Lluís Companys, en un amago secesionista contra el Estado. No obstante, pasado un corto tiempo, todos fueron indultados, excepto el sargento Vázquez, el cabeza de turco, declarado culpable oficial máximo.

16. Foto: presidente Azaña y el general Franco meses antes del golpe de Estado. Fuente: Hª y Vida, septiembre de 1972. Pag, 12.

GOLPE DE ESTADO Y REVOLUCIÓN

Melilla, protectorado de Marruecos, la tarde del viernes del ١٧ de julio de ١٩٣٦

Todo son rumores hasta que, por fin, llegan noticias desde Marruecos y Canarias. En el protectorado, el Ejército regular se ha sublevado en su práctica totalidad. Los generales Romerales y Morato, fieles a la República, han fracasado en el intento de conservar el orden establecido y peligran sus propias vidas. Todo es confuso y comienza a subir la adrenalina en el Ministerio de la Guerra. El golpe comienza a tener forma.

—¡Oiga, Madrid, Madrid! / ¡Al habla el sargento Rodríguez desde el centro de comunicaciones de Tetuán! / Confirmo, repito, confirmo que se han sublevado el Tercio y los Regulares. Toda la oficialidad está desaparecida y nos encontramos totalmente rodeados por las fuerzas sublevadas… Paso a la escucha.

Las comunicaciones con África se van deteriorando conforme va avanzando la tarde, creando un estado de ansiedad ante la falta de información real y veraz. La sala del ministerio donde se encuentra el general Pozas, inspector general de la Guardia Civil, se encuentra en silencio absoluto intentando asimilar las noticias que van llegando. Por fin, el general toma la iniciativa y ordena despejar la habitación, quedando solo los más altos responsables. El sudor frío comienza a ser palpable en unos rostros perplejos y descompuestos ante la nueva situación.

—Oiga, ¡Tetuán!, al habla el general Pozas. ¿Me oye bien?

—Sí, mi general.

—Escúcheme bien, sargento, por ningún motivo obedezca órdenes que no sean transmitidas por su capitán de servicio y por escrito. Ese es su deber.

—Pero ¿y si me presionan por la fuerza, mi general? Creo que el oficial al mando está con ellos y hace un buen rato que no lo veo.

—Usted cumpla con su obligación como lo haría cualquier soldado. Le deseo mucha suerte y sepa que estaremos en contacto permanente. No corte la línea de comunicación. Seguiremos en contacto.

—...

Tras un corto silencio, la respuesta de confirmación desde Tetuán se recibe entrecortada y difusa. El sargento sabe que está solo a mucha distancia de Madrid, que su vida y la de su familia corren peligro y que las próximas horas van a ser decisivas.

Pozas ha salido extenuado de la habitación dirigiéndose a su despacho particular. Tiene intención de escribir una orden de estricto cumplimiento dirigida a todas las guarniciones de la Guardia Civil destacadas en el protectorado, a sabiendas de que la práctica totalidad de la oficialidad se ha pasado al bando golpista. Se siente cansado, necesita dormir, pero España lo necesita. Es preciso saber la situación en Melilla por si existe la posibilidad de coartar la extensión de la rebelión a la península. Todavía hay esperanza, la Escuadra Naval mandada por el Gobierno les cortará el camino, seguro que lo hará. Finalmente, el cansancio resuelve lo inevitable. Su excelencia duerme profundamente en su despacho. Solo por un rato.

En las calles de la capital el nuevo día va abriéndose camino. Un tórrido sábado veraniego que se refleja en la soledad de las grandes avenidas. Todo está tranquilo, hace calor. Las organizaciones sindicales y sus grupos armados, que son muchos, siguen expectantes en una vigilancia intensiva. Saben que pronto se producirá el estallido y se ha de estar preparado. Los militantes socialistas y anarquistas que deambulan por la capital van bien armados y pertrechados dentro de sus coches, que recorren las calles a gran velocidad.

En el otro bando, los grupos de extrema derecha, los falangistas, están también al acecho y van bien armados. Tienen cierta ventaja, pues más de uno ya sabe cuándo será la fecha y la hora de la sublevación en Madrid. Solo se trata de controlar la impaciencia. Escasea la munición y las armas son obsoletas, aunque todos confían en que cuando se haya dado la orden puedan abastecerse desde el propio Cuartel de la Montaña, núcleo militar de la conspiración.

Bien entrada la tarde, el Congreso de los Diputados comienza a ser un hervidero de periodistas ansiosos por saber que está pasando. Prácticamente todos los diarios de gran tirada, El Socialista, El Sol, El Mundo Obrero, La Voz, La Libertad, están representados por los sabuesos de la información. Nada se consigue de momento; todo son especulaciones. Por fin, el diputado socialista Indalecio Prieto rompe el silencio informativo.

—¡Señores!, la guarnición de Melilla se ha sublevado. Solo les puedo decir que la situación en la península está controlada, pero las comunicaciones con el protectorado y con Canarias resultan dificultosas. De momento no hay nada más.

—¡Pero! ¿Se sabe quién o quiénes son los cabecillas de todo esto?

—No hay confirmación oficial, pero todos los indicios indican que el general Franco está detrás de todo esto.

En efecto, un comunicado dirigido desde Melilla por el coronel Solans al general Franco, comandante militar de Canarias, y captado por el SIM (servicio de información militar), corrobora lo ya expuesto por el veterano político. La respuesta del general golpista es inmediata:

«Gloria al heroico Ejército de África. España, sobre todo. Recibid un saludo entusiasta de estas guarniciones que se unen a vosotros y demás compañeros en la península en estos momentos históricos. Fe ciega en el triunfo ¡Viva España con honor!». El estado de shock dentro del Gobierno es manifiesto. Una de las primeras decisiones del gabinete ministerial es la de censurar al máximo cualquier información que pueda alterar la paz ciudadana, pero ya es demasiado tarde. Casares Quiroga, presidente del Consejo de Ministros, consulta con todo el mundo, pero es incapaz de tomar una decisión que pueda clarificar a la población y a su propio equipo de gobierno cuales son los pasos que seguir.

—¡Señores! —llama la atención a todos los presentes en su despacho—. Tenemos que acelerar el nombramiento del general Núñez de Prado como nuevo inspector general de Marruecos antes de que la situación sea incontrolable y enviarlo a su destino a la mayor brevedad.

Efectivamente, el general es convocado en la misma tarde y, tras recibir los poderes gubernamentales de su nombramiento, saldrá esa misma noche a un destino incierto del cual no volverá, al menos vivo. Casares considera que, antes de viajar a Marruecos, el general debe aclarar la situación en Zaragoza.

Está claro que, ante tal indecisión, el pueblo comienza a prepararse para lo peor, y los sindicatos aceleran sus movimientos. No hay tiempo que perder. Todo está en manos de los comunistas, la UGT, la CNT y la FAI. Solo falta el armamento que el Gobierno se niega a distribuir por miedo a perder el control definitivo del poder y del Estado de derecho. La República, tras cinco años de dura pelea contra las facciones involucionistas, se tambalea. Todo está en manos del destino.

Casares está nervioso, se encierra por unos momentos en su despacho y empieza a ojear la carta que hace unos días recibió del general Franco en su exilio canario. Una nota cargada de quejas y desagravios, pero que leída ahora de nuevo más detenidamente va cargada de intenciones reaccionarias y con un sentido muy determinado:

«Las recientes disposiciones que reintegran al Ejército a los jefes y oficiales sentenciados en Cataluña y la más moderna de destinos, antes de antigüedad y hoy dejados al arbitrio ministerial, que desde el movimiento militar de junio del 17 no se había alterado, así como los recientes relevos, han despertado la inquietud de la gran mayoría del Ejército».17

El presidente del Consejo abre su pitillera, eso lo tranquiliza. En ese instante llama a la puerta el general Núñez de Prado.

—¡Pase, Núñez! —comenta Casares—. ¿Alguna novedad?

—Se confirma lo del general Franco.

—Precisamente estaba ojeando la carta que le comenté. Valiente cabrón nos ha salido este gallego. Bueno, siéntese y empecemos a arreglar todo este guirigay. Presiento que las próximas horas van a ser muy largas. Vamos a centrarnos en la evolución, tanto en Cataluña como en Aragón.

—Señor, en Cataluña la situación está más controlada que en Zaragoza. No creo que Llano de la Encomienda esté con los golpistas, al menos eso es lo que nos ha comunicado Pozas, confirmándome que la Guardia Civil allí no crearía problemas.

—¿Y en Zaragoza? —pregunta Casares.

—Cabanellas me preocupa. No es de fiar. Está muy esquivo, como si esperase ganar tiempo. Creo que deberíamos actuar rápido antes de que la situación sea irreversible.

Tras unos instantes de reflexión…

—¿Estaría usted dispuesto —pregunta Casares— a presentarse allí y en caso necesario tomar el mando de la situación?

—Señor, un militar está para cumplir órdenes.

—Bien, no esperaba menos de usted. Déjeme pensarlo y pronto le comunicaré mi decisión.

Ninguno de los dos podía adivinar el futuro. Casares no hubiera tomado esa decisión si supiera que enviaba al general a una muerte segura. En efecto, Núñez de Prado nunca volverá de Zaragoza, al menos vivo. No tendrá ocasión de tomar posesión de su destino en África.

Mientras tanto, Casares Quiroga sigue con sus consultas. Es necesario tomar decisiones y quiere tener todas las opiniones disponibles.

—¡Que pase el general Riquelme!

Pasados unos segundos…

—Señor ministro, a sus órdenes.

—Siéntese, Riquelme… Es usted el único general de división que tengo cerca de mí. Dígame, ¿qué haría usted si el Cuartel de la Montaña se sublevara?

—Señor, la situación es complicada, pero, de todos modos, sería imprescindible que la tropa no se desplegara por Madrid y se recluyera en el cuartel. Allí son más inofensivos.

—Quiero comunicarle —responde Casares— que mi intención, en caso de rebelión, es de reducirla con los medios militares disponibles sin armar a la población, y menos a los sindicatos, pues no me fio de su poder en el momento de que tomaran la calle con las armas.

—En ese caso, solo queda movilizar a la Guardia Civil y a los guardias de asalto, aunque insisto en que no sería una solución descabellada armar a grupos de voluntarios dirigidos por oficiales leales a la República.

—A ver, Riquelme, ¿puede usted asegurarme la lealtad de toda la oficialidad aquí en Madrid? Piense muy bien la respuesta.

—Señor…

—Gracias, Riquelme. Entiendo su posición, pero yo debo tomar mis propias decisiones. En todo caso, espero que esto no llegue a más. Ordene que se hagan los preparativos para poner en estado de alerta a la Guardia Civil y a los de asalto y tenga mucho sigilo con los mandos. Sigo pensando que no las tenemos todas con nosotros.

Es media tarde del sábado 18 y la confusión informativa sigue en aumento. Los periodistas están ávidos de respuestas. Todo son bulos y especulaciones. Desde el Ministerio de la Gobernación no se confirma ni se desmiente nada. No se sabe a ciencia cierta si el general Mola, en Pamplona, se ha sublevado junto con los carlistas y falangistas. Tampoco se sabe nada del general Queipo de Llano en Sevilla. La espera se hace interminable.

Todo el mundo comienza a estar nervioso y alarmado. Los dimes y diretes recorren toda la ciudad dependiendo su inclinación de la filiación política de quienes lo divulgan. Se comenta que una parte del Ejército de África se ha sublevado pero que elementos leales al gobierno resisten todavía, y que la flota leal a la República se dirige a sofocar a los sediciosos.

La población sigue distante de los comunicados oficiales y se teme lo peor pese a las arengas gubernativas de calma total. Mientras tanto, un grupo de periodistas, deseosos de noticias frescas, espera en el Ministerio de la Gobernación la habitual conferencia del ministro. Sin embargo, esta vez son recibidos por el subsecretario de Gobernación.

—Señores —comenta el subsecretario—, la sublevación se limita al protectorado de Marruecos y dentro de poco se les anunciará el fin de esta situación. La calma en la península es total y no se prevé nada al respecto.

—¿Y qué pasa en Navarra y en Canarias? —comenta un periodista—. Corre el rumor de que Mola se ha sublevado en Pamplona con los carlistas.

—No sé nada de Navarra. ¡Todo eso es mentira! El general Mola es leal a la República y no hace mucho él mismo se ha puesto en contacto con el señor ministro. Y eso es todo, buenas tardes.

En la logia matritense están reunidos algunos militares de la UMRA. Han llegado noticias de que el general Queipo de Llano se ha sublevado en Sevilla, aunque los obreros luchan en las calles. Uno de ellos comenta que seguro se solucionará lo mismo que ocurrió con La Sanjurjada. Sin embargo, la impresión general es que la situación va empeorando. Barcelona, Zaragoza, Valencia, Oviedo, etc. De todas partes llegan noticias de conspiraciones en los cuarteles, aunque algunos se aferran a leves esperanzas.

—No os preocupéis tanto, opina uno de ellos. En Asturias estamos salvados con Aranda y, además, se comenta que un fuerte contingente de mineros se dirige hacia aquí. Asturias está segura.

—¡Oye! Y del Cuartel de la Montaña, ¿sabes algo?

—Que están acuartelados.

—¡Venga ya! —comenta otro—. Están sublevados. Lo mismo que ese Aranda. A saber, qué debe de estar tramando. Da la sensación de que el Gobierno no se entera de lo que pasa, incluso el coronel Serra, del Cuartel de la Montaña, se niega a entregar los cerrojos a un representante del Gobierno. Creo que al final habrá jaleo. Por otro lado, los barrenderos madrileños, ausentes de la realidad en que están inmersos, siguen con su cotidiano trabajo de limpiar las calles, que es para lo que les pagan.

17. Romero, Luis, Tres días de Julio, Barcelona: Ariel, 1967.

Castillo de Montjuic. Cuerpo de guardia

Eduardo, junto con algunos compañeros más, ha sido trasladado de nuevo a Montjuic. Llevan toda la semana, día sí, día no, reforzando los exteriores del castillo-prisión. Ahora toca descanso en el cuerpo de guardia en espera del próximo relevo…

—¡Eduardo! —despierta Fermín a su compañero con un leve meneo—. Será mejor que te levantes de la tumbona.

—Déjame estar un rato más.

—El sargento de guardia —insiste Fermín— ha dicho que estemos todos atentos y que formemos frente a la entrada en quince minutos.

—Pero ¿qué pasa para alarmar a todo el mundo? —responde todavía somnoliento tras un corto espacio de sueño mal aprovechado.

—Parece ser que ha habido follón en África y que la cosa se puede poner fea, así que lávate la cara y coge de nuevo el fusil.

Al poco rato…

—¡Pelotón! —vocea el sargento Ibáñez—. ¡Firrrmes! Soldados, se nos ha comunicado que hay cierto descontrol abajo en la ciudad, así que, hasta nueva orden, seguiremos de vigilancia externa aquí procurando tener la máxima cautela en espera de que todo se tranquilice y recibamos nuevas órdenes. ¡Ah!, los permisos de fin de semana quedan cancelados.

—¡Valencia!

—Sí, mi sargento —responde al instante.

—Usted, junto con Rodríguez y Sánchez, formará el primer turno de refuerzo hasta que sean relevados.

—¡A la orden, mi sargento!

Eduardo está cabreado. No le han dejado dormir lo suficiente y por momentos su crispación va en aumento. Comienza la ronda con los Mauser en la espalda por dos horas más.

—No me creo nada de lo que ha dicho el sargento. ¿Le has visto la cara? Está realmente preocupado y más blanco que la hostia.

—Ya habéis oído las órdenes —responde Sánchez—. A cumplirlas y a esperar a ver qué coño pasa. Estoy seguro de que pronto lo sabremos.

—Verás cómo vamos a estar todos jodidos —responde Eduardo—. ¡Maldita sea mi estampa! Esta vez vamos a ser nosotros los encarcelados en el vapor Uruguay18…

Eduardo recordaba las numerosas veces que actuó de enlace entre la oficialidad del castillo y los jefes y oficiales que estaban prisioneros en el buque-prisión desde el levantamiento en octubre de 1934, incluso había entablado cierta amistad con el teniente coronel Juan Ricart, uno de los implicados en el golpe.

Conforme iba entrando la noche, muchos ya sabían que lo de África iba en serio y también que las guarniciones militares de Canarias se habían sublevado, por lo que el nombre del general Franco, el golpista, ya empezaba a correr de boca en boca. Era cuestión de horas saber cuál sería el siguiente paso de los rebeldes en su obsesión de desestabilizar al Gobierno de la República. Sin embargo, ante este estado de alarma, nadie podía sospechar como iba a ser la actitud del pueblo y de sus gobernantes, ya que, aunque se esperaba una reacción así por parte del Ejército, los acontecimientos no tardarían en desbordar toda previsión de control frente a los sublevados. Tampoco se sabía que harían los sindicalistas y anarquistas. Las circunstancias en Barcelona habían cambiado desde la revuelta anterior en octubre de 1934. En esta ocasión, era parte del Ejército el que se sublevaba contra el orden establecido y la Generalitat el organismo amenazado por los rebeldes.

En la comandancia del castillo…

—A la orden de usted, mi capitán, se presenta el alférez Ramírez.

—Descanse —responde el capitán Lozano—. Vienen ustedes del regimiento Alcántara, ¿verdad?

—Sí, mi capitán. Tenemos orden del capitán Llopis de reforzar la guarnición esta noche.

—Bien, alférez. Siéntese, por favor.

—¿Cuál es su nombre?

—Emilio, señor —responde el alférez.

—Bien, Emilio. Como habrá oído parece ser que ha habido un conato de levantamiento en varias de nuestras guarniciones en África. Todavía no sabemos nada concreto sobre el alcance de la situación por lo que debemos de mantenernos expectantes ante las nuevas órdenes que recibamos de la autoridad competente. Mientras tanto, usted y sus hombres deben estrechar la vigilancia en todo el perímetro exterior de la muralla que rodea la fortaleza pues, aunque no esperamos ninguna reacción provocadora, es necesario mantener la calma y la seguridad en todo momento, ¿lo ha entendido?

—A sus órdenes, mi capitán —responde el alférez.

—También tengo que comunicarle —dice el capitán— que esta noche han ingresado en prisión, por orden del general Llano, el capitán de asalto Pedro Valdés; los tenientes del mismo cuerpo, Conrado Romero, Manuel Villanueva, y el suboficial José Salas. En fin, ya le mandaré la lista por escrito para oficializar su ingreso.

—¿Cuál es el motivo, mi capitán?

—Parece ser que en alguno de ellos se ha encontrado un bando faccioso firmado por un general, se dice que es el general González Carrasco, declarando el estado de guerra en Cataluña. Ya ve usted, Emilio, que el horno no está para bollos.

—Sí, mi capitán. Trasladaré las órdenes recibidas a los suboficiales y resto del destacamento. Pero, mi capitán, ¿tan jodida cree que está la cosa?

—No lo sé Ramírez, pero sí le aseguro algo. Que en poco tiempo saldremos de dudas. Nuestra obligación es cumplir las órdenes recibidas. No es momento para dudas.

—Sí, mi capitán.

En el cuerpo de guardia del castillo…

—¡Ibáñez, por favor, acérquese! Venga conmigo un momento.

—A la orden mi alférez.

Los dos se dirigen a un rincón del establecimiento.

—Ibáñez, es necesario doblar la guardia en todo el perímetro del castillo. Existe la posibilidad de que grupos de sindicalistas, anarquistas o, vaya usted a saber, merodeen alrededor nuestro aprovechando la confusión existente. Debe tener claro que, en estos momentos, el único aliado que tenemos somos nosotros mismos; así que, ante cualquier duda, se pone en contacto conmigo y ya la resolveremos.

—Mi alférez —responde Ibáñez—, ¿es mucho preguntar saber que está pasando? La tropa no hace más que hacerme preguntas y no son idiotas.

—Me creería que no lo sé ni yo. Hace un rato estaba en el regimiento y lo único que se sabe es que el general Franco se ha sublevado en África y Canarias, y que en Madrid hacen lo necesario para volver a la normalidad. Así lo estaba contando el comandante Brinquis a un compañero mío. Solo me queda decirle que tanto usted como yo debemos cumplir las órdenes que nos marcan nuestros superiores y, de esta forma, sea lo que sea, no tendremos problemas.

—De acuerdo, mi alférez —responde Ibáñez—. Solo quiero que sepa que llevo con usted mucho tiempo y que puede contar con todos nosotros.

—Gracias, Ibáñez, esperemos que la situación mejore en las próximas horas.

—A sus órdenes, mi alférez.

En la ciudad…

A primeras horas de la tarde toda Barcelona es un avispero de conspiraciones y habladurías, entre cerveza y cerveza, y alguna que otra amenaza. Sin duda, la tragedia se va acercando inexorablemente. Solo unos pocos saben con certeza cuándo y cómo se van a desarrollar los acontecimientos en las próximas horas. Las órdenes preparativas para la sublevación ya se han dado; sin embargo, algo es seguro. Ninguno tiene idea de cómo acabará todo esto.

Ahora, las circunstancias son diferentes; así como el 6 de octubre de 1934 la masa obrera mayoritariamente afiliada a la CNT se mantuvo fuera del conflicto, en esta ocasión nadie duda de su reacción y su postura en contra de la sublevación. Esta vez la burguesía catalana, los independentistas y, en general, los afiliados a ERC no están a favor del levantamiento, más bien lo contrario, quedando solamente favorables a este una parte de los militares, algunos conservadores de la Lliga Catalana, los falangistas, la CEDA y los carlistas.

En la calle, el nerviosismo se va apoderando dentro del colectivo anarquista. Nadie duerme tranquilo, pues presienten que el golpe militar es inevitable. No quieren estar desprevenidos en el momento de entrar en acción. Por eso, Durruti y compañía hace días que van insistiendo a Companys de la conveniencia de poder repartir el armamento, que sigue bajo control del Ejército y de la Generalitat, para no estar indefensos ante lo que se les avecina. Esto no hace más que aumentar la histeria y la rebelión contra los cuadros de mando anarquista. Incluso el propio Durruti, un cabecilla anarquista, con pistola en mano intenta apaciguar, a riesgo de recibir un balazo, a los exaltados que desean que explote todo y comience la revolución de una vez.

—Bueno —comenta Durruti—. Si no tenéis nada nuevo, yo me voy a la casa de Gregorio, pues está convocada una reunión del Comité de Defensa para dentro de un rato ¿Vienes conmigo, Paco?

—Sí, Buenaventura —responde el compañero Ascaso—, y creo que llegamos tarde. ¿Te acuerdas del número?

—Creo que está en la esquina entre la calle Pujadas y Espronceda. A ver, espera… Sí, es el doscientos setenta y seis. Por cierto, ¿quién nos lleva?

—Uno de aviación que está destinado en el aeródromo de El Prat. El teniente Meana… Servando, creo que se llama… No te preocupes, es de confianza.

—¿Sabéis algo de los cuarteles de San Andrés? —pregunta García Oliver.

—Creo —responde Durruti— que los militares no aprobarán tan amablemente a cedernos los fusiles que les pedimos. Tendremos que esperar a que salgan y presionarlos para que cedan. Eso si tenemos suerte y no nos liquidan antes. Tenemos que conseguir esos veinticinco mil fusiles que tienen en el cuartel. ¡Hay que conseguirlos como sea!…

—Por cierto. ¿Qué dice ese teniente? ¿Crees que cuando se arme el lío la aviación actuará en nuestro favor?

—Según dice él —responde Ascaso—, la situación está controlada. Esta mañana ha hablado con el jefe de la base y le ha comentado que «como la tropa salga de los cuarteles, la aviación atacará contra los insurrectos».

—¿Cómo se llama su jefe? —insiste Durruti.

—Díaz Sandino. Teniente coronel Díaz Sandino.

—De acuerdo, pero no hay que fiarse de nadie. Son militares y en el fondo todos son iguales.

Durruti y los suyos lo tienen todo preparado. Saben que las horas siguientes van a ser interminables, aunque están contentos por el trabajo efectuado. Ha dado órdenes de dejar salir de los cuarteles a la tropa. Fuera de los muros del cuartel el entorno les será más hostil. Tienen controladas hasta las alcantarillas y el tendido eléctrico, por si hiciera falta un apagón oportuno. El viernes pasado asaltaron varios barcos en el puerto en busca de armamento, el Manuel Arranz, el Uruguay, el Argentina y el Marqués de Comillas, todos fueron registrados, aunque con resultados casi infructuosos.

18. Buque prisión estacionado en el puerto de Barcelona.

Palacio de la Generalitat.

Primeras horas de la mañana del sábado ١٨ de julio

Federico Escofet, comisario general de Orden Público de la Generalitat, hace días que no duerme con tranquilidad. Viste de paisano, aunque se le haya repuesto en su antiguo cargo de capitán de caballería por el Gobierno del Frente Popular.

Desde el 6 de octubre de 1934, a raíz de la intentona golpista encabezada por el presidente Companys y animado por un elevado grupo de catalanistas enfervorizados, vive en un auténtico calvario dentro del estamento militar por su más que comprometedora actitud ante los sublevados en esos días. El rechazo de sus compañeros de armas, mayoritariamente adscritos a la UME, es notoria. Se le considera un traidor pues, al fin y al cabo, fue condenado a muerte y expulsado del Ejército.

Su nueva ocupación no le permite mucho tiempo para la reflexión y el desánimo. Está en permanente contacto con su jefe directo, el propio Companys. Este es su protector más directo, a quien le aconseja y le informa de los últimos movimientos tanto en la calle como en los acuartelamientos. En sus archivos tiene almacenados infinidad de documentos comprometedores referidos a militares, políticos, familias de renombrado prestigio, estudiantes e incluso futbolistas. Todos comprometidos de alguna forma con la más que probable sublevación militar.

—Buenas tardes, Escofet. ¿Alguna novedad desde nuestra última conversación?

—Buenas tardes, señor president. Las noticias que van llegando desde África no pueden ser más desalentadoras. Desde ayer por la tarde todo el protectorado se ha levantado y solo permanecen fieles Tetuán o, por lo menos, el alto comisario Arturo Álvarez Buylla. En Madrid todo es confusión y silencio, como si todo el mundo estuviera esperando lo que estábamos sospechando desde hace meses.

—Bueno —responde Companys—, no dramaticemos más de lo necesario. Lo importante es que no perdamos el control ni la serenidad en estas horas tan cruciales. ¿Se ha puesto en contacto con el general Llano de la Encomienda?

—De esto mismo quería hablarle, señor. Creo que en principio podemos contar con él, pues es un republicano convencido y, según tengo entendido, también masón como Azaña; sin embargo, da la sensación de que no es consciente de lo que se está cociendo a su alrededor. Aun así, no podemos olvidar que quienes mandan en los regimientos y las compañías no son los generales sino los coroneles y capitanes, muchos de ellos afiliados a la UME, y es a través de esta asociación corporativa donde pienso que vendrán las instrucciones de movilización. Creo, señor, que es recomendable que por su seguridad se traslade usted junto a su gabinete aquí a la comisaria de Layetana con la máxima discreción y envíe a su familia y parientes más cercanos a otros domicilios que no estén controlados por los anarquistas ni por los servicios de seguridad del Ejército.

—¿De verdad cree que la situación lo exige?

—No le quepa la menor duda. Las próximas horas serán críticas en toda España y no podemos fiarnos ni contar con nadie. Hace dos días todavía guardaba cierta esperanza. Hoy me temo que la sublevación en la península es inminente.

—¿Alguna incidencia destacable de la huelga de transportes?

—Hay algunos conatos de violencia —responde Escofet—. Con esos de la FAI y de la CNT no podemos transigir, pues son realmente peligrosos, incluso se han atrevido a asaltar algunos barcos que están en el puerto en busca de armas y munición. El comandante Guarner ha ido con una compañía de asalto al sindicato de transportes para intentar recoger las armas, aunque creo que con poco éxito. Ha estado a punto de armarse una buena si no es por Durruti y García Oliver, que se han enfrentado con sus propios compañeros a riesgo de recibir un disparo. Creo que también se huelen lo que se está tramando y quieren estar preparados para la defensa…

—¿De qué se ríe, Escofet?

—Es curioso, señor president, jamás podría imaginar el tener a los anarquistas de nuestro lado, aunque nunca estaremos seguros sobre de qué bando están.

—Eso digo yo. En cualquier caso, siempre tendremos a la Guardia Civil, ¿verdad? ¿No lo cree usted así, Escofet?

—¡Y encima la Guardia Civil! Esto suena a chiste, pero sin ninguna gracia… Con todos los respetos. En estos momentos no nos podemos fiar de nadie. Eso sí, son disciplinados y obedientes al mando y, mientras Pozas esté de nuestro lado en Madrid y el general Aranguren aquí en Barcelona, no creo que los coroneles Brotons y Escobar nos vayan a crear problemas. Sin embargo, no puedo decir lo mismo de los mandos inferiores, sobre todo el comandante Recás y el capitán Pin, aunque los capitanes Lara y Moreno Suero casi seguro que están con nosotros. De todos modos, pronto lo sabremos, tengo entendido que tienen convocada una reunión en el cuartel de Ausias March en las próximas horas, donde creo que decidirán su papel en este conflicto. Espero que en ese momento salgamos de dudas.

—Bien, bien —agiliza el president—. Atenderé sus recomendaciones y me pondré en contacto con el Conseller de Gobernación (Josep M.ª España) para que prepare el traslado.

—Comunicaré a Guarner su inminente llegada.

—Pasemos a otro tema. ¿Tiene preparado el informe que le pedí sobre la situación y control de los estamentos militares? Ya sabe que es esencial tener la máxima información de primera mano.

—Bueno, tenemos serias sospechas de que en el regimiento de infantería Badajoz 13, el que está en Pedralbes, y el de Alcántara 14, el que está al lado de la Ciutadella, parte de su oficialidad están preparados para el golpe; también los de Caballería de Santiago 3 y Montesa 4 creemos que están por sublevarse.

—O sea, por lo que me está diciendo, si estos cuatro regimientos salen a la calle, ya podemos preparar las maletas, ¿es así?

—Todavía quedan los regimientos de artillería 1.ª de montaña y el 7.º ligero; la columna de municiones de la primera brigada de montaña; el parque de artillería de cuerpo de ejército y división; el grupo de información de artillería n. º 2; el batallón de zapadores minadores n. º 4; destacamentos de la remonta y del regimiento de ferrocarriles; grupos de intendencia y sanidad; la sección móvil de evacuación veterinaria y la comandancia de fortificaciones y obras; y, en el Prat de Llobregat, la escuadra aérea n. º 3 con el grupo de caza n. º 13. En fin, si quiere, sigo detallando más la situación.

—Está bien, no hace falta, veo que ha preparado exhaustivamente el informe. Déjelo en la mesa que quiero echarle un vistazo; pero ¿sabemos de verdad con quién podemos contar?

—Señor president, Barcelona está en manos de los militares, el armamento está custodiado en sus cuarteles y lo único que podemos oponerles son nuestros Mossos d’Esquadra, algunas compañías de guardias de asalto, los anarquistas y los sindicalistas, pues me consta que ya están en ello, y algunos de los animosos de Estat Catalá.

—… ¡Estem fotuts! En fin, ¿algo más, Escofet?

—Bueno, para completar el informe diré que todavía no tenemos información sobre la escuela de pilotos de la Marina y de la Base de Hidroaviones de Aeronáutica Naval que tenemos en el puerto. No me gusta dejar cabos sueltos.

—Y qué me dice de las provincias. ¿Tenemos informes fiables?

—De Lérida no sabemos nada sobre la situación ni de la 8.ª brigada de infantería ni del regimiento Albufera 16. En Tarragona creemos que el regimiento Almansa 15 seguirá siendo fiel a la República. La misma situación la tenemos en Gerona. No tenemos información fiable del cuartel general de la 1.ª brigada de Montaña, tampoco de la plana mayor de su 1.ª media brigada, del batallón de montaña Asia n.º 2 ni del regimiento de artillería Pesada n.º 2 con su sección de veterinaria. Estoy a la espera de nuevos informes procedentes de Barbastro donde se encuentra la plana mayor de la otra media brigada de montaña y el batallón Ciudad Rodrigo n.º 4. Después quedan pequeños destacamentos cuya situación creemos que no es preocupante por el momento; en concreto son los situados en Figueras donde se halla el batallón de montaña Chiclana n. º 1 y una compañía de intendencia de la brigada; en Manresa con el batallón de ametralladoras n.º 4 y, finalmente, en la Seo de Urgell con el batallón de montaña Madrid n. º 3. De todos modos, creo que la actitud de los mandos militares va a venir condicionada al desarrollo de los acontecimientos aquí en Barcelona.

—Muy bien, Escofet, gracias por el informe. Veo que se ha esmerado lo suyo en conseguir la máxima información. Más tarde me lo leeré más detenidamente.

—Señor, hemos hecho lo posible, aunque todavía queda mucho por hacer.

—Entonces —responde Companys—, solo nos queda confiar en la seguridad de Casares Quiroga. Hace un rato que lo he llamado y me asegura que la situación está controlada y que solo hay pequeños grupos de exaltados que intentan romper el orden constitucional.

—Que Dios nos pille confesados, ¡Casares Quiroga! Yo creo, señor president, que en lo único que nos podría ayudar Casares es en autorizarnos a detener a los militares que tengo en esta lista, y acabar de una vez con la conspiración.


imagen 19

Esa misma tarde noche el joven Joan Casanellas, flamante diputado de ERC está a punto de coger el tren de la MZA en la estación de Francia que lo llevará a Madrid para ocupar su puesto de subsecretario de Trabajo. A parte de una pequeña maleta y una cartera de mano, también es portador de una carta escrita por el propio Companys dirigida al jefe del Gobierno. En ella se le informa de las pesquisas realizadas por la Policía en referencia a la conspiración que se está fraguando, aportando numerosos nombres sospechosos de sedición.

El diputado está pensativo. El tren ya ha partido y recorre la ciudad dirección sur por la zanja que transcurre por la calle Aragón. El humo y el hollín de la chimenea de la máquina empapan todo el entorno de los vagones desprendiendo su olor característico. Está nervioso, le han comentado que el expreso pasará por Zaragoza de madrugada y que allí la cosa no está clara. Algo le dice que la noche va a estar movidita. El presentimiento está constante en su cabeza. El general Cabanellas no se define en sus intenciones.

Pronto llegará el desenlace. En efecto, antes de llegar a Calatayud, Casanellas será detenido por los rebeldes y, posteriormente, fusilado. El destino de España comienza a fraguarse con sangre, sudor y lágrimas.

Mientras tanto, Franco ya está en Casablanca, en el protectorado francés, acompañado de su inseparable y conspirador, Bolín. Todos son prisas e improvisaciones. Ni siquiera van a tener tiempo de saborear los famosos cócteles del Café de Rick.

Antes de salir de Canarias ha dado instrucciones de trasladar a su familia fuera del país. Toda precaución es poca. La suerte está echada. El viaje en el bimotor Dragón Rapide, alquilado a una compañía inglesa con dinero del banquero mallorquín March, ha sido duro desde las Canarias tras repostar en Agadir. El general viste de paisano y se ha afeitado el bigote por seguridad. Mañana aterrizará en Tetuán, pero esta noche toca descansar.

19. Companys emitiendo instrucciones a través de Radio Barcelona en 1936. Fuente: cadenaser.com, 2019.

Alrededores del Castillo de Montjuic

Desde hace horas se van formando pequeños piquetes de sindicalistas y seguidores de la FAI vigilando los cuarteles. Durruti y sus lugartenientes han dado órdenes estrictas de mantener los accesos bloqueados tanto de entrada como de salida de los establecimientos militares. Uno de ellos está apostado en la esquina de la calle Aragón con Tarragona controlando las entradas y salidas del cuartel de caballería de Montesa, junto al escorxador de Barcelona. Todo sigue en calma. Bueno…, no todo, pues las cuadrillas de la CNT que controlan puesto a puesto el buen hacer de sus compañeros en la tarea de vigilancia intentan mantener la tensión para que los responsables de vigilar no se relajen.

—Os tengo dicho —increpa el cabecilla del grupo— que no dejéis entrar a gentes de paisano que se dirijan al cuartel. Si es preciso los liquidáis sin más.

—¿Y cómo sabemos que van al cuartel? Hace un rato ha pasado uno pegado al muro del matadero y cuando pasaba por delante se ha puesto a correr.

—Ya sabéis las órdenes. No voy a repetirlo. Están a punto de salir las tropas a la calle y no podemos permitir que se vayan apuntando más fascistas con esa gentuza. ¡Si la jodeis, os liquido allá mismo!

En algún lugar externo a la muralla del castillo…

—Ya son las ocho, Pepe —comenta Eduardo—. ¿Qué tal si volvemos al cuerpo de guardia a ver si ya ha llegado el desayuno y nos recuperamos un poco?

—Me parece bien y de paso le preguntamos al sargento qué está pasando ahí abajo, pues no se me va la mosca de la oreja.

—Seguramente los de la FAI la estarán armando de nuevo. Esta huelga de transportes seguro que los ha envalentonado y quieren aprovechar la ocasión. Además, con este calor, a todo el mundo le apetece estar en la calle ahora que el sol está oculto.

—¿Sabes una cosa? Yo creo que se está preparando algo muy gordo y nadie quiere soltar prenda. Todo este movimiento y el silencio de noticias de los oficiales solo significa que no tienen claro lo que está ocurriendo.

—Lo dicho, vamos a ver si nos enteramos de algo.

Pasado un rato…

—Mi sargento, sin novedad en el recorrido. Se oye mucho ruido abajo en la ciudad por la zona del Paralelo, pero no hemos tenido ningún incidente.

—Descansad e id a la cocina a desayunar. Después os presentáis a mí, ¿entendido?

—¿No vienen a buscarnos como de costumbre para volver al cuartel?

—Hum… Bueno, como ya he hablado con vuestros compañeros, sentaos ahí que quiero deciros algo nuevo… De momento nos quedamos aquí hasta nueva orden. El alférez no ha querido dar más detalles, solo que la situación está empeorando allí abajo por momentos y se aconseja que estemos localizables lo más cercanos al cuerpo de guardia. Y ahora, id a desayunar y dejadme tranquilo por un rato. Tengo que preparar vuestro relevo, ya que a partir de ahora los turnos serán dobles.

—A la orden, mi sargento —contestan al unísono tanto Pepe como Eduardo.

—Joder, que mala suerte —comenta Pepe nada más salir del encuentro—. Precisamente nos tiene que tocar a nosotros. Si por lo menos nos dejaran volver al cuartel.

—Ya te dije que había algo. Ahora que nos queda poco nos vienen todos los problemas encima. Vamos al cuerpo de guardia.

—¿Has visto que galletas más duras? —responde Eduardo. Como si no fuera la historia con él—. Un poco más y me rompo una muela.

—¿Quieres que miremos —insiste Pepe— si hay por aquí una radio para enterarnos de lo que está pasando?

—Vale, pero creo que no nos dejarán escuchar. A ver si nos van a pegar un paquete. Los oficiales están muy nerviosos.

Cerca del cuerpo de guardia, en la oficina de transmisiones…

—¿Se puede? Venimos del refuerzo de esta mañana.

—¿Qué queréis?

—Saber si hay noticias nuevas de lo que está pasando ahí abajo. El sargento nos ha dicho que no podemos volver a nuestra compañía porque la cosa está algo jodida, pero… no nos dice exactamente qué está pasando.

—Lo que os voy a contar —responde el radiotelegrafista— no vayáis soltándolo por ahí… Creo que va a haber un levantamiento y que los oficiales intentan disimular su nerviosismo.

—Pero ¿quién se va a levantar y contra qué? —pregunta Pepe con ansia e interés—. ¡Macho, no me entero de nada!

—De momento no sé nada más, solo que el Ejército de África se ha levantado, y aquí en la Península van de puto culo para que no se expanda la rebelión. Aquí, por lo que estoy oyendo, todos están a la expectativa de que pase algo. Y ya no os voy a contar más, no vaya a ser que se entere el oficial de guardia. Venid después cuando acabéis el refuerzo a ver si hay algo de nuevo.

—Vale, y gracias por la información. ¿Tú qué opinas, Eduardo?

—No sé, pero todo esto es preocupante. Creo que ese tiene menos idea que nosotros. Anda, no te comas tanto el coco y vamos a desayunar. A ver si han dejado algo.

Cuartel del Bruc en Pedralbes. Sede del regimiento de infantería Badajoz ١٣.

Primeras horas de la tarde del sábado ١٨…

—¡Mercader!, ¿está usted loco? —vocea el general Sampedro—. ¡Enfunde la pistola y deje de apuntarme! Lo que están haciendo no tiene sentido, la sublevación no puede prosperar.

—Mi general —responde el capitán Mercader—, esto va en serio. España necesita que el Ejército se levante y usted no lo va a impedir. Así que, ¿está con nosotros o en contra?

—Yo pienso que esto es una locura y que acabará muy mal.

—Bien, si esa es su última palabra. Acompañen al general al cuarto de banderas y, si ofrece resistencia, redúzcanlo sin contemplaciones.

Todo está claro para los golpistas, la sublevación sigue en marcha y ya no hay vuelta atrás.

—¿Con quién contamos, Mercader? —pregunta el jefe de los sublevados en el cuartel de Pedralbes, el comandante López Amor.

—El capitán Oller está con nosotros, mi comandante. También contamos con el teniente coronel Raduá y algunos paisanos que han ido viniendo durante el día.

—Todavía somos pocos —responde el comandante—. Necesitamos más adeptos a la causa. Vamos a ver, Mercader, necesito que llame, que engañe, que haga lo que haga falta para sacar a la calle uno o dos batallones más. Mañana será un día muy largo y necesito que nos cubramos un poco las espaldas. Nos la estamos jugando y no nos podemos permitir ningún error. Va nuestra vida en ello.

—Veremos lo que puedo hacer. Voy a hacer unas cuantas llamadas telefónicas.

En el cuarto de banderas del regimiento Badajoz 13.

El general no consigue salir de su asombro mientras es conducido junto a otros prisioneros. Allí se encuentra con algunos oficiales fieles a la República.

—¡Espallargas! ¿Usted también está detenido?

—Sí, mi general. Esto no tiene nombre y no sé cómo va a acabar.

—Que sea lo que Dios quiera. ¿Qué sabe del regimiento Alcántara?

—Ni idea, aunque el teniente coronel Roldán parece que simpatiza con los amotinados. Si el coronel Moracho —reflexiona Espallargas— hubiera vuelto ya, no creo que hubieran llegado a tanto. ¿Dónde estará Moracho ahora?

—Quién sabe. Lo que sí sabemos es que Roldán ha tenido tiempo de leer el bando a la tropa por el que el Gobierno ordena la licencia inmediata a la tropa de los cuarteles que se hayan sublevado. Espero que lo haya hecho… Todo es muy confuso, incluso el Gobierno ha dimitido y están buscando un sustituto con Martínez Barrio… Solo nos queda la posibilidad de que el general Llano de la Encomienda se ponga a trabajar de una vez y envíe tropas para desbloquear esta situación.

—No se haga ilusiones, mi general. Creo que en la comandancia estarán más preocupados de que no se rebele la oficialidad contra ellos más que de enviar tropas a los cuarteles. Por cierto, ¿sabe usted quién es el cabecilla aquí en Cataluña?

—Pues no tengo ni idea. Se había comentado algo del general Martínez Anido, don Severiano, que estaba en las andadas tras su exilio en Francia y, sobre todo, cuando ganaron las derechas. Sinceramente no creo que sea él.

—Pues estamos jodidos. Estos desalmados nos están metiendo en un problema muy gordo. No sé cómo vamos a salir de esta, ¿ha conseguido hablar con su mujer?

—Esta mañana he podido hablar un momento y me he permitido darle instrucciones para que se ponga en contacto con tu mujer y preparen las maletas, en caso de que no tengan respuesta nuestra a lo largo del día de hoy, la huida hacia la frontera.

—Tuvo usted razón en preparar la estrategia tras el cambio de gobierno.

—¡Espallargas! La experiencia es un grado. Ojalá salgamos de esta para contarlo.

En la comandancia militar de la división…

Dentro de las instancias militares, situadas en el Paseo de Colón, el traqueteo en la sede del Estado Mayor es inusualmente hiperactivo. Las órdenes van siendo tramitadas conforme se reciben y confirman la información de los diferentes establecimientos militares. Manda la guarnición en Cataluña el general de división Francisco Llano de la Encomienda, jefe de la Cuarta división y comandante militar de Barcelona.

—Mi general, tenemos conexión de nuevo con Madrid.

—Bien, comandante —responde el general—. Pase la llamada a mi despacho y no deje pasar a nadie.

—A la orden.

Suena el teléfono…

—Mi general, ya tenemos la conexión con Madrid.

—Aquí Llano de la Encomienda ¿Con quién hablo?

—Paco, soy Pozas. ¿Qué tal están las cosas en Barcelona?

—Hombre, Sebastián, hacía días que no hablábamos. La situación está calmada de momento, pero las noticias que van llegando no son nada tranquilizadoras. ¿Qué me puedes decir al respecto?

—Bueno, de momento sabemos que uno de los cabecillas de la sublevación es el general Franco.

—¡Vaya!, ese enano prepotente.

—Sí —confirma el general Pozas—, acabamos de recibir un mensaje que ha sido enviado desde Melilla a todas las comandancias en la península, enviando con su firma saludos entusiastas a esas guarniciones para que se subleven y se pongan a sus órdenes.

—¿Y qué dice Casares? ¿Cómo piensa parar a ese insensato?

—De momento ha dado órdenes a la escuadra para que bloquee las plazas sublevadas de Ceuta, Larache y Melilla, bombardeándolas si es necesario, para intimidar a los sublevados.

—Hum…, no creo que eso sea suficiente, Sebastián, pero, en fin, algo es algo. Este ministro me da mala espina y creo que no va a dar la talla.

—No seas pesimista y verás cómo pronto se aclara el asunto. Y tú qué, ¿has hablado con tus subalternos?

—Todos los jefes de cuerpo me han reafirmado su lealtad al orden establecido. No creo que se subleven.

—¿Estás seguro?

—Bueno, no pondría la mano por todos, pero creo que la mayoría son leales y a otros los tengo bajo una discreta vigilancia.

—Bien, si hay alguna novedad, me llamarás, ¿verdad?

—Cuenta con ello y lo mismo digo.

—Por cierto, Paco ¿te ha informado tu servicio de inteligencia sobre la reunión celebrada en el cuartel de la Guardia Civil en la calle Ausias March?

—Algo me han comentado. Allí estaban presentes los coroneles Escobar y Brotons, pero yo pensaba que ya estabas al corriente.

—Sí, lo estoy, pero no sé nada del resultado. No les pierdas ojo.

—Estaré atento, aunque tanto Brotons como Escobar son gente de orden y sería una sorpresa que cometieran alguna locura. Te mantendré informado, adiós.

El general Llano de la Encomienda está intranquilo, sabe que mucha de la oficialidad que le ha ofrecido lealtad miente y, llegado el momento, actuara sin control alguno desde la Comandancia General20. De todos modos, por si acaso, el general ha incautado el cine Pathé para convertirlo en cuartel general en caso de necesidad. A su vez, ya ha organizado diferentes retenes armados con el objetivo de controlar los distintos itinerarios que podrían utilizar las tropas rebeldes presumiendo que estas podrían alcanzar entre cuatrocientos y quinientos efectivos entre civiles y militares.

En el cuartel de los Docks, situado por detrás de la estación de Francia y el parque de la Ciudadela, se encuentra ubicado el regimiento de artillería de Montaña n. º 1, muy cerca del barrio portuario de la plaza de Palacio. También se halla la Conselleria de Gobernación y el barrio tradicional de los pescadores, la Barceloneta. Dentro del establecimiento militar, la mayoría de la oficialidad se halla acuartelada desde hace horas gestando, algunos de ellos, los preparativos de la sublevación que tendrá lugar en pocas horas. Los cabecillas están con ánimo para el combate que se avecina. Uno de ellos, el capitán Luis López Varela de la 5.ª Batería y secretario en Barcelona de la UME (Unión Militar Española), asociación militar de carácter conservador, está dando las últimas instrucciones en el cuarto de banderas del regimiento. Todos están al corriente de los hechos tras la última reunión conspiratoria celebrada en una finca del Barón de Viver en Argentona, en la comarca del Maresme al norte de Barcelona; allí, la mayoría de ellos ya se habían conjurado contra el orden establecido.

—¡Señores!, les ruego su atención —pide la atención uno de los oficiales—. El día tan esperado ha llegado. Se acaba de dar la orden del alzamiento y todos debemos estar dispuestos a ello. El Ejército de África ya está con nosotros y Canarias también. «Mañana recibirá cinco resmas de papel». Recuerden, ahora nos toca llevar la iniciativa a nosotros por el bien de España. Ténganlo todo preparado. Cada uno sabe perfectamente cuál es su cometido y tengan mucha precaución en sus compañías. Es importante… ¡Muy importante! Que la tropa no sospeche nada hasta el último momento, haciéndoles entender que su labor irá en defensa de la República y del orden establecido. Así que, mañana domingo nos pondremos en marcha a las cinco horas. Teniente, por favor, ¿alguna novedad sobre el coronel Serra Castells?

—No, mi capitán —responde el teniente Fernández Unzué—. Nada nuevo. Da la sensación de que el coronel está a la expectativa y lo mejor será pasar de él.

—Bien —contesta el capitán López Varela—; no obstante, es imprescindible mantenerlo vigilado. Lo dejo en sus manos. Repito, es importante que la tropa no presienta lo que está ocurriendo. A ver, ¡Fernández!, usted se encargará de transmitir al comandante Mut y a Lizcano de la Rosa las últimas novedades que serán trasmitidas al general Goded, y de ponerse en contacto con el comandante Recás de la Guardia Civil para que le informe de lo que han decidido después de la reunión.

—A la orden, mi capitán.

En efecto, en Barcelona varios grupos afines a la UME están coordinados por Juan Aguasca Codina, miembro de la entidad España Club, integrada básicamente por militares retirados. Otro de los cabecillas rebeldes es Josep Mª Cunill Postius, jefe de la asociación derechista paramilitar asociada al carlismo de Requetés, que aporta su apoyo con cinco mil hombres más, según él, pero que finalmente no llegarán a ser doscientos. Las consignas comunicadas a la oficialidad rebelde desde el primer momento son claras y escuetas: convocar una Junta Suprema y nombrar jefe del Estado al general José Sanjurjo Sacanell; crear unos tribunales de Honor por regiones; expulsar a los judíos, desterrando y confinando a los masones y miembros de sectas; y disolver partidos y sindicatos.

* * *

Madrid, atardecer del sábado 18…

En el Ministerio de la Guerra todavía se aferran a una leve esperanza de que todo se calme conforme trascurra el día, aunque no todos están confiados en tan ingenua solución. Ellos son los militares de la UMRA (Unión Militar Republicana Antifascista), contraria a la UME y de carácter republicano. Desde su sede central se van poniendo en contacto con todos sus asociados disponibles en las diferentes regiones militares. Los informes no pueden ser más negativos. El general Queipo de Llano se ha sublevado en Sevilla; también Mola en Pamplona, Aranda en Asturias y Cabanellas en Zaragoza. Por el contrario, Batet, fiel a la República, ha sido detenido y encarcelado en Burgos, temiendo por su vida. Ya solo se aferran a la conducta que adoptarán los guardias de asalto o la Guardia Civil en las diferentes provincias. Nadie sabe ciertamente si se pondrán a las órdenes de los gobernadores civiles o apoyarán el golpe.

Madrid sigue en calma; sin embargo, todas las sospechas se van centrando en el Cuartel de la Montaña. Es curioso que en él se tenga la llave de entregar o no a la población los cincuenta mil cerrojos de fusil necesarios para su funcionamiento.

El nerviosismo va en aumento, todos son bulos, dimes y diretes. Tan solo el diario Claridad, órgano de los socialistas de Largo Caballero se atreve a pronosticar un movimiento militar insensato y vergonzoso. El otro diario, La Libertad, está influido por el gobierno republicano y es mucho más cauto. Nada es cierto y comprobado, aunque todos piensan que el Gobierno de Casares pasa por su peor momento y no tardará en ser reemplazado por Azaña. La rumorología indica que el diputado Martínez Barrio está en la lista de los elegidos para sustituir al dimisionario.

Por fin, una voz esperanzadora irrumpe en la radio de los madrileños. Es la dirigente del Partido Comunista Dolores Ibárruri, La Pasionaria, que arenga al pueblo a luchar en estos momentos tan cruciales: «Pueblo de Cataluña, Vasconia, Galicia, españoles todos: a defender la república democrática; a consolidar la victoria lograda por el pueblo el 16 de febrero».

Van pasando las horas y, entre la impresión y el desconcierto, va calando la idea de que el Gobierno ha dejado de existir. La impotencia se va apoderando en los órganos de dirección. Se sospecha que las horas de Casares Quiroga al frente del gabinete están tocando a su fin y comienzan a llegar rumores ya confirmados de que el diputado sevillano Diego Martínez Barrio, jefe del partido de la Unión Republicana, presidente de las Cortes y Gran Oriente de la masonería, ha aceptado de manos de Azaña formar un Gobierno con el fin de enderezar la situación.

Azaña se pone en contacto con el diputado Maura, uno de los jefes de la oposición conservadora, para pedir opinión sobre el nuevo Gobierno adelantándole que Largo Caballero, líder de los socialistas más exaltados y secretario general de la UGT no está por la labor de formar parte de este. Maura le comenta al presidente que sin Largo no hay nada que hacer, deseándole suerte en las futuras negociaciones. Mientras tanto, en la sede de Unión Republicana en Madrid, su líder, el diputado Diego Martínez, es despertado bruscamente después de una larga siesta. La noche anterior ha sido intensa y el resultado de las negociaciones no ha sido el esperado. Los contactos con los generales rebeldes a participar de un gobierno de concentración han resultado un auténtico fracaso. Sus ayudantes lo están presionando para que asuma sus responsabilidades como futuro jefe del Gobierno; sin embargo, don Diego no está por la labor. Está cansado y presiente que el pueblo no está con él.

—¡Don Diego!, ya es hora de reemprender las negociaciones. Todos los asesores están preparados para recibir instrucciones. Es la hora de tomar decisiones.

—¡Alto, alto! —responde con contundencia aún medio adormecido—. Siéntense un momento todos, pues quiero transmitirles algo importante.

Pasados unos instantes…

—Quiero comunicarles mi decisión unánime de dimitir del encargo de formar Gobierno. He reflexionado lo suficiente como para entender que el pueblo no está conmigo y, en esta situación, prefiero retirarme. Dentro de un rato me dirigiré al palacio Nacional a presentar mi renuncia al presidente Azaña. Así que, quiero agradecer el esfuerzo que habéis tenido para conmigo y esperemos que en las próximas horas el destino de España empiece a esclarecerse, muchas gracias a todos.

20 Las brigadas principales que forman la división están dirigidas por los generales Sampedro en infantería; Fernández Burriel en caballería; y Legorburu en artillería. Desde hace días, estos dos últimos han sido los designados por el mando rebelde para encabezar el alzamiento en Barcelona hasta la llegada del general Goded desde Mallorca, después de que este dominase la situación en las Baleares.

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