Читать книгу: «Mentalidades matemáticas»

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«Mathematical Mindsets. Copyright © 2016 por Jo Boaler. Reproducido con permiso de John Wiley and Sons, Inc.». Este permiso gratuito está restringido a la reproducción en papel de los materiales para eventos educativos o de formación. No se permiten, sin la previa autorización por escrito del editor, la reproducción y la distribución sistemáticas o a gran escala (de más de cien copias por página al año) ni la transmisión, la reproducción electrónica o la inclusión en publicaciones que se vendan o se utilicen con fines comerciales.

Título original: MATHEMATICAL MINDSETS. UNLEASHING STUDENTS’ POTENTIAL THROUGH CREATIVEMATH, INSPIRINGMESSAGES AND INNOVATIVE TEACHING

Traducido del inglés por Francesc Prims Terradas

Diseño de portada: Editorial Sirio, S.A.

Maquetación: Toñi F. Castellón

© de la edición original

2016, Jo Boaler

Publicado inicialmente por Jossey-Bassey, un sello de Wiley

Derechos de traducción gestionados por Taryn Fagerness Agency

y Sandra Bruna Agencia Literaria, S.L.

© de la presente edición

EDITORIAL SIRIO, S.A.

C/ Rosa de los Vientos, 64

Pol. Ind. El Viso

29006-Málaga

España

www.editorialsirio.com

sirio@editorialsirio.com

I.S.B.N.: 978-84-18000-95-9

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Contenido

Cubierta

Créditos

Prólogo

Introducción: El poder de la mentalidad

El cerebro y el aprendizaje de las matemáticas

El poder de los errores y las dificultades Los errores que cometemos en la vida

¿Cómo podemos cambiar la manera en que los estudiantes ven los errores?

La belleza de las matemáticas y la creatividad que permiten

Conclusión

La creación de mentalidades matemáticas: la importancia de ser flexible con los números

Dar sentido a los números

¿Y las tablas matemáticas?

¿Hasta qué punto es importante la práctica en las matemáticas?

¿Y los estudiantes mayores?

Aplicaciones y juegos de matemáticas

Wuzzit Trouble

Mathbreakers

Number Rack

Motion Math

Conclusión

Tareas matemáticas interesantes

Caso 1. Ver la apertura de los números

Caso 2. Formas en expansión: el poder de la visualización

Caso 3. ¿Cuál es el momento de presentar o explicar métodos?

Caso 4. Una profesora ve una conexión matemática por primera vez (el triángulo de Pascal)

Caso 5. Las maravillas del espacio negativo

Caso 6. De las operaciones matemáticas básicas a la emoción matemática

De los casos de «entusiasmo matemático» al diseño de las tareas

1. ¿Se puede abrir la tarea para fomentar múltiples métodos, vías y representaciones?

2. ¿Se puede adaptar la tarea para que haya que efectuar una indagación?

3. ¿Es posible plantear el problema antes de enseñar el método?

4. ¿Es posible añadir un componente visual?

5. ¿Se puede hacer que la tarea sea «de suelo bajo y techo alto»?

6. ¿Se puede añadir el requisito de convencer y razonar?

Conclusión

Las matemáticas y el camino hacia la equidad

La construcción elitista de las matemáticas

El mito del niño que tiene talento para las matemáticas

Cuando las desigualdades matemáticas a la hora de ubicar a los estudiantes en los cursos son ilegales

Estrategias para la equidad

1. Ofrecer a todos los alumnos contenidos de alto nivel

2. Trabajar para cambiar las ideas relativas a quiénes pueden tener éxito con las matemáticas

3. Alentar a los estudiantes a pensar profundamente sobre las matemáticas

4. Enseñar a los estudiantes a trabajar juntos

5. Brindar a las niñas y a los estudiantes de color un estímulo adicional para que aprendan matemáticas y ciencias

6. Prescindir de los deberes, o al menos cambiar la orientación de estos

Conclusión

Del sistema de pistas a la agrupación favorable a la mentalidad de crecimiento

Oportunidades de aprender

Acabar con las pistas

La agrupación favorable a la mentalidad de crecimiento

Cómo impartir clase a grupos heterogéneos de manera efectiva: las tareas de matemáticas

1. Proporcionar tareas abiertas

2. Ofrecer tareas para elegir

3. Vías individualizadas

Cómo impartir clase a grupos heterogéneos de manera efectiva: la instrucción compleja

Multidimensionalidad

Roles

Atribución de méritos

Enseñar a los estudiantes a ser responsables de sus aprendizajes respectivos

Conclusión

Formas de evaluar para fomentar la mentalidad de crecimiento

Carrera a ninguna parte

La evaluación para el aprendizaje

Desarrollar la autoconciencia y la responsabilidad del estudiante

1. La autoevaluación

2. La evaluación entre iguales

3. Un tiempo de reflexión

4. El semáforo

5. Los grupos-puzle

6. El billete de salida

7. Los formularios en línea

8. Hacer garabatos

9. Los estudiantes escriben preguntas y exámenes

Los comentarios de diagnóstico

Consejos sobre las calificaciones

Conclusión

La enseñanza de las matemáticas favorable a la mentalidad de crecimiento Alentar a todos los alumnos

Establecer las normas de la clase

La prueba de participación

Cree en todos tus alumnos

Valora el esfuerzo y los fallos

Ofrece elogios y ayuda que favorezcan la mentalidad de crecimiento

Abrir las matemáticas

Enseña matemáticas como una materia abierta, que impulsa el crecimiento y en que lo importante es el aprendizaje

Alienta a los alumnos a ser matemáticos

Enseña matemáticas como la asignatura de los patrones y las conexiones

Enseña unas matemáticas visuales y fomenta la creatividad

Fomenta la intuición y la libertad de pensamiento

Valora más la profundidad que la velocidad

Conecta las matemáticas con el mundo mediante el modelado matemático

Modelar con las matemáticas

Anima a los estudiantes a plantear preguntas, razonar, justificar y ser escépticos

Enseña con la ayuda de herramientas tecnológicas y materiales atractivos

Apéndice A

Deberes de matemáticas: preguntas para reflexionar

Va de formas

Series con las regletas de Cuisenaire

Triángulo de Pascal

Tarea del espacio negativo

¡Encuentra cuadriláteros!

Cuatro cuatros

Boletín informativo

El salto de longitud

Líneas paralelas y una transversal

La escalera

Doblar un papel

Un cono y un cilindro

Mis deberes Mis reflexiones

Ordenar números

Expandir rectángulos

Función lineal

Función matemática

Cordones de zapatos

Roles en los grupos (versión estadounidense)

Roles en los grupos (versión británica)

Autoevaluación: polígonos

Autoevaluación para primero de Álgebra

Dos estrellas y un deseo

Reflexión

Puzle de álgebra – Tarea A

Puzle de álgebra – Tarea B

Puzle de álgebra – Tarea C

Puzle de álgebra – Tarea D

Billete de salida

Autoevaluación «Muestra lo que puedes hacer»

Prueba de participación: objetivos matemáticos

Prueba de participación: objetivos del grupo

Galletas para perro

Ejercicios para poner de relieve algunas conexiones matemáticas

Código de colores para brownies

El cubo pintado

La cabra atada

Simulación de la riqueza del mundo

Defendiendo la portería

Nos preguntamos

Apéndice B

Normas positivas pra fomentar en la clase de matemáticas

Referencias

Sobre la autora

Agradecimientos

Para Jaime y Ariane, mis dos chicas

que me inspiran todos los días.

Prólogo

Una de mis exalumnas de la Universidad Stanford es profesora de cuarto de primaria en el sur del Bronx, una zona de la ciudad de Nueva York en la que estudian muchos alumnos pertenecientes a grupos sociales minoritarios y desfavorecidos que presentan un rendimiento académico bajo. Todos estos alumnos piensan que no se les dan bien las matemáticas, y a la vista de sus resultados académicos, cualquiera podría tener la tentación de comulgar con esta apreciación. Sin embargo, después de haber asistido a clase con ella durante un año, sus alumnos de cuarto terminaron en primer lugar en el ranking del estado de Nueva York: el 100 % aprobaron el examen de matemáticas de ámbito estatal, y el 90 % obtuvieron la nota más alta. Y es que todos los estudiantes pueden tener éxito en el aprendizaje de las matemáticas; el caso de estos alumnos del Bronx no es más que uno de los muchos ejemplos que podría poner.

Hay quienes piensan que algunos niños no están hechos para las matemáticas, que el éxito en esta materia está reservado solamente a ciertos niños —­los que se cree que son «inteligentes»— o que es demasiado tarde para aquellos que no han crecido en los entornos adecuados. Quienes albergan estas creencias pueden aceptar fácilmente que muchos estudiantes suspendan la asignatura de matemáticas y la odien. De hecho, nos hemos encontrado con muchos profesores que intentan consolar a sus alumnos diciéndoles que no se preocupen por llevar mal las matemáticas, porque no todos pueden sobresalir en esta materia. Estos «facilitadores» adultos, padres y maestros por igual, permiten que los niños desistan de las matemáticas cuando apenas están empezando a estudiarlas. No es de extrañar que algunos estudiantes se limiten a aceptar su desempeño deficiente con esta declaración: «No estoy hecho para las matemáticas».

Pero ¿de dónde sacan los padres, los profesores y los alumnos la idea de que las matemáticas son solo para algunas personas? Una nueva investigación muestra que esta creencia está profundamente arraigada en el campo de las matemáticas. Los investigadores encuestaron a académicos (de universidades estadounidenses) de varias disciplinas. Les preguntaron hasta qué punto pensaban que el éxito en su campo dependía de una capacidad fija e innata que no se podía enseñar, frente a la idea de que el trabajo duro, la dedicación y el aprendizaje eran los factores determinantes. Entre todos los expertos encuestados —de los campos de la ciencia, la ­tecnología, la ­ingeniería y las matemáticas (las denominadas materias STEM)—, los matemáticos fueron los que más convencidos se mostraron de que la capacidad asociada a su disciplina era un rasgo innato, fijo (Leslie, Cimpian, Meyer y Freeland, 2015). Otros investigadores están descubriendo que muchos profesores de matemáticas empiezan el curso distinguiendo entre los estudiantes que son aptos para esta disciplina y los que no lo son. Se oyó decir a un profesor de universidad, en el primer día de un curso universitario introductorio: «Si esto no os resulta fácil, no es lo vuestro» (Murphy, García y Zirkel, en preparación). Si este mensaje se transmite de generación en generación, no es de extrañar que los estudiantes tengan miedo de las matemáticas. Y tampoco es de extrañar que lleguen a la conclusión de que no están hechos para las matemáticas si no les resultan fáciles.

Pero cuando empezamos a constatar que la mayoría de los estudiantes (tal vez casi todos) son capaces de sobresalir en esta asignatura y disfrutarla, como se muestra en los capítulos siguientes, ya no es aceptable que tantos alumnos la suspendan y la odien. ¿Qué podemos hacer para que todos los estudiantes logren avanzar en el aprendizaje de las matemáticas? ¿Cómo podemos ayudar a los maestros y a los alumnos a creer que se puede desarrollar la capacidad matemática, y luego mostrarles a los profesores cómo enseñar matemáticas de una manera coherente con esta idea? Esta es la materia de este libro.

En esta obra única y maravillosa, Jo Boaler saca partido de sus años de experiencia y su gran sabiduría para mostrarles a los docentes exactamente cómo presentar los contenidos matemáticos, cómo estructurar los problemas matemáticos y cómo guiar a los alumnos en esta disciplina y darles un tipo de retroalimentación que los ayude a adoptar y asentar una mentalidad de crecimiento. Boaler es una de esas educadoras excepcionales que no solo conocen el secreto de la enseñanza de la mayor calidad, sino que también saben cómo transmitir este don a los demás. Miles de maestros han aprendido de ella, y esto es lo que dicen:

«A lo largo de mi educación escolar […] me sentí estúpido e incapaz de aprender [matemáticas] […] No tengo palabras para expresar el alivio que siento ahora al ver que sí puedo aprenderlas, y al poder enseñarles a los alumnos que ellos también pueden hacerlo».

«[Usted] me ha ayudado a pensar acerca de la transición a los estándares básicos comunes y a ayudar a mis alumnos a sentir amor y curiosidad por las matemáticas».

«Estaba buscando un proceso de aprendizaje de las matemáticas que hiciera que los alumnos pasasen de odiarlas a disfrutarlas […] este era el cambio que necesitaba».

Imagina a tus alumnos pasándolo bien mientras lidian con problemas matemáticos realmente difíciles. Imagínalos pidiendo que se analicen sus errores delante de la clase. Imagínalos diciendo: «¡Se me dan bien las matemáticas!». Esta visión utópica se está materializando en aulas de todo el mundo y, si sigues los consejos que se ofrecen en este volumen, también puede ser una realidad en tu aula.

Carol Dweck,

profesora de Psicología y autora de Mindset: la actitud del éxito

Introducción: El poder
de la mentalidad

Recuerdo claramente la tarde de otoño en la que estuve con la decana en su despacho, en la que resultó ser una reunión muy importante. Hacía poco que yo había regresado a la Universidad Stanford desde Inglaterra, donde había sido profesora Marie Curie de Educación Matemática.

Todavía me estaba acostumbrando al cambio climatológico, de los grises cielos nublados que se empeñaron en acompañarme durante los tres años que pasé en la costa de Sussex, en Inglaterra, a la luz del sol que brilla en el campus de Stanford casi de continuo. Entré en el despacho de la decana con cierta inquietud ese día, ya que era la primera vez que iba a encontrarme con Carol Dweck. Estaba un poco nerviosa ante la perspectiva de conocer a la famosa investigadora cuyos libros sobre la mentalidad habían revolucionado la vida de personas de todos los continentes y cuyo trabajo había motivado a gobiernos, escuelas, padres e incluso a equipos deportivos de primera línea a enfocar la vida y el aprendizaje de manera diferente.

Durante muchos años, Carol y sus equipos de investigación han recopilado datos que respaldan un hallazgo indiscutible: que cada individuo tiene una mentalidad, una creencia fundamental acerca de su forma de aprender (Dweck, 2006b). Las personas que tienen una mentalidad de crecimiento creen que la inteligencia aumenta con el trabajo duro, mientras que las que tienen una mentalidad fija creen que uno puede aprender cosas, pero no cambiar su nivel de inteligencia básico. Las mentalidades tienen una importancia fenomenal, porque los estudios han demostrado que conducen a comportamientos dispares en cuanto al aprendizaje, lo que a su vez da lugar a distintos resultados en cuanto a este. Cuando las personas cambian de mentalidad y empiezan a creer que pueden aprender en mayor medida, cambian su forma de aprender (Blackwell, Trzesniewski y Dweck, 2007) y obtienen un mayor rendimiento académico, como expondré en este libro.

En la conversación que mantuvimos ese día, le pregunté a Carol si había pensado en trabajar con profesores y alumnos de matemáticas, porque sabía que las intervenciones relativas a la mentalidad ofrecidas a los ­estudiantes los ayudaban, pero los profesores de matemáticas tienen el potencial de impactar profundamente en el aprendizaje de los estudiantes de una manera sostenida en el tiempo. Carol respondió con entusiasmo y estuvo de acuerdo conmigo en que las matemáticas eran la disciplina en la que era más necesario un cambio de mentalidad. Esa fue la primera de muchas conversaciones y colaboraciones agradables en el curso de los cuatro años siguientes, que actualmente incluyen nuestro trabajo conjunto en proyectos de investigación, en los que también participan profesores de matemáticas, y la exposición de nuestras investigaciones e ideas en talleres dirigidos a los profesores de esta materia. Mi trabajo sobre la mentalidad y las matemáticas en los últimos años me ha ayudado a tomar mucha conciencia de lo necesario que es enseñar a los alumnos acerca de las mentalidades dentro del campo de las matemáticas, más que en un contexto general. Los estudiantes tienen unas ideas tan fuertes sobre las matemáticas, a menudo negativas, que pueden desarrollar una mentalidad de crecimiento respecto a todos los aspectos de su vida excepto este; es decir, pueden seguir creyendo que a unas personas se les dan bien las matemáticas y a otras no, sin más. Para cambiar estas creencias perjudiciales, los alumnos deben desarrollar mentalidades matemáticas. Este libro te enseñará formas de alentarlos con este fin.

La mentalidad fija que muchas personas tienen sobre las matemáticas a menudo se combina con otras creencias negativas relativas a esta disciplina, con un efecto demoledor. Por eso es tan importante compartir con los estudiantes los nuevos conocimientos que tenemos relativos al aprendizaje de las matemáticas que expongo en este libro.

Recientemente, he compartido algunas de las ideas que aquí se exponen en un curso en línea para maestros y padres (un curso en línea masivo y abierto, CEMA; este tipo de cursos son más conocidos por sus siglas en inglés: MOOC). Los resultados fueron asombrosos; superaron incluso mis mayores expectativas (Stanford Center for Professional Development, sin fecha). Más de cuarenta mil personas se inscribieron en el curso; profesores de todos los niveles escolares y padres. Al acabar, el 95 % de los asistentes dijeron que cambiarían su forma de impartir las clases o la forma de ayudar a sus propios hijos, a partir de lo nuevo que habían aprendido. Además, más del 65 % de los participantes permanecieron en el curso, no el 5 % que suelen acabar un curso CEMA. La increíble respuesta que obtuve se debió a que los nuevos conocimientos que tenemos sobre el cerebro y el aprendizaje de las matemáticas es sumamente potente e importante.

Cuando impartí este curso en línea y leí todas las respuestas de las personas que lo hicieron, me di cuenta, más que nunca, de que muchos individuos han experimentado un trauma en relación con las matemáticas. No solo descubrí lo muy extendidos que están estos traumas, sino que la información que recopilé mostraba que se alimentan de las creencias incorrectas relativas a las matemáticas y la inteligencia. El trauma y la ansiedad vinculados a las matemáticas se mantienen vivos porque estas creencias incorrectas están tan difundidas que permean la sociedad de Estados Unidos, del Reino Unido y de muchos otros países del mundo.

Fui consciente por primera vez de la magnitud del trauma asociado con las matemáticas en los días posteriores a la publicación de mi primer libro destinado a padres y profesores, titulado What’s Math Got to Do With It? [¿Qué tienen que ver las matemáticas con esto?] en Estados Unidos y The Elephant in the Classroom [El elefante en el aula] en el Reino Unido, el cual explica en detalle los cambios en la educación y en la crianza de los niños que debemos acometer para que las matemáticas sean más agradables y accesibles. Cuando ese libro vio la luz, me invitaron a numerosos programas de radio, a ambos lados del Atlántico, para conversar con los locutores sobre el aprendizaje de las matemáticas. Esto tuvo lugar en muchos formatos; desde intervenciones más informales en programas matinales hasta una discusión en profundidad de veinte minutos con un presentador de la televisión pública estadounidense muy reflexivo, pasando por mi participación en un programa de radio británico muy apreciado llamado Women’s Hour [La hora de las mujeres]. Hablar con los profesionales de la radio fue una experiencia realmente interesante. Empezaba la mayoría de las conversaciones hablando sobre los cambios que es necesario llevar a cabo, y señalaba que las matemáticas son traumáticas para muchas personas. Esta afirmación parecía relajar a mis anfitriones, e hizo que muchos de ellos se abrieran y compartieran conmigo sus propias historias de traumas vinculados a esta materia. Muchas de esas entrevistas acabaron convirtiéndose en algo similar a una sesión de terapia. Esos profesionales altamente capacitados e informados me hablaron de sus respectivos traumas y su origen, que normalmente era lo que había dicho o hecho un profesor de matemáticas. Todavía recuerdo que Kitty Dunne, de Wisconsin, me dijo que el nombre de su libro de álgebra estaba «grabado» en su cerebro, lo cual revelaba la fuerza que tenían las asociaciones negativas a las que se aferraba. Jane Garvey, de la BBC, una mujer increíble a la que admiro mucho, me confesó que les tenía tanto miedo a las matemáticas que temía entrevistarme. Ya les había contado a sus dos hijas lo mal que se le daba esta asignatura en la escuela (algo que nunca debe hacerse, como explicaré más adelante). Este grado de intensidad emocional, negativa, en torno a las matemáticas no es poco frecuente. Las matemáticas, más que cualquier otra materia, tienen el poder de «aplastar» el espíritu de los estudiantes, y muchos adultos no trascienden las experiencias que tuvieron con esta asignatura en la escuela si son negativas. Cuando los alumnos asientan la idea de que no se les dan bien las matemáticas, a menudo mantienen una relación negativa con estas durante el resto de su vida.

El trauma vinculado a las matemáticas no solo lo sufren personas que decidieron dedicarse al arte o labrarse un futuro en el ámbito del entretenimiento. El lanzamiento de mis libros me llevó a conocer a algunas personas increíbles; una de las más interesantes fue la doctora Vivienne Parry. Vivienne es una científica eminente de Inglaterra; recientemente recibió un OBE, el mayor honor concedido en esta nación, otorgado por la reina. Su lista de logros es larga: fue vicepresidenta del consejo del University College de Londres, fue miembro del Consejo de Investigación Médica británico y presentó programas de ciencia en la BBC Television. Tal vez sea sorprendente que, con la carrera científica que tiene a sus espaldas, Vivienne hable pública y abiertamente sobre el miedo paralizante que experimenta en relación con las matemáticas. De hecho, me contó que las teme tanto que no puede calcular los porcentajes cuando necesita rellenar los documentos fiscales. Meses antes de abandonar el Reino Unido y regresar a la Universidad Stanford, impartí una ponencia en la Royal Institution de Londres. Fue un gran honor poder hablar en una de las instituciones más antiguas y respetadas de Gran Bretaña, que tiene el noble objetivo de dar a conocer el trabajo científico a la gente. Todos los años, en ese país, las Conferencias de Navidad, fundadas por Michael Faraday en 1825, se emiten por televisión, pronunciadas por eminentes científicos, que comparten así su trabajo con el gran público. Le pedí a Vivienne que me presentara en la Royal Institution, y en esa presentación dijo que, cuando era niña, la profesora de matemáticas, la señora Glass, la obligó a permanecer de pie en un rincón por no saber recitar la tabla de multiplicar del siete. A continuación hizo reír al público al añadir que, cuando contó esta historia en la BBC, seis mujeres llamaron al teléfono que acogía las llamadas del público para preguntarle si se estaba refiriendo a la señora Glass de la escuela Hoxbury, a lo cual respondió afirmativamente.

Por fortuna, estas prácticas de enseñanza tan duras ya son casi inexistentes, y sigo inspirada por la dedicación y el compromiso de la mayoría de los profesores de matemáticas con los que trabajo. No obstante, sabemos que siguen dándose mensajes negativos y dañinos a los alumnos todos los días, sin la intención de perjudicarlos, pero que pueden hacer que, a partir de ese momento, desarrollen una mala relación con las matemáticas. Esta relación puede invertirse en cualquier momento y pasar a ser buena, pero esto no ocurre en muchos casos. Lamentablemente, cambiar los mensajes que reciben los estudiantes sobre las matemáticas no es tan simple como cambiar las palabras que usan los docentes y los padres, aunque las palabras son muy importantes. Los alumnos también reciben y absorben muchos mensajes indirectos sobre las matemáticas a través de muchos aspectos de la enseñanza de estas, como los ejercicios y los problemas con los que trabajan en clase, los comentarios que reciben, las formas en que se los pone a trabajar en grupo y otros aspectos de la enseñanza de las matemáticas que se abordan en este libro.

Vivienne está convencida de que tiene un problema cerebral llamado discalculia que le impide tener éxito con las matemáticas. Pero ahora sabemos que una experiencia o mensaje puede suponer un cambio radical para los estudiantes (Cohen y García, 2014), y parece muy probable que las experiencias negativas que tuvo con las matemáticas estén en la raíz de la ansiedad que siente actualmente en relación con ellas. Afortunadamente para los muchos que se han beneficiado de su trabajo, Vivienne pudo tener éxito a pesar de sus experiencias matemáticas, incluso en un campo cuantitativo, pero la mayoría de las personas no tienen tanta suerte, y sus primeras experiencias perjudiciales con las matemáticas les cierran las puertas para siempre.

Todos sabemos que los traumas relacionados con las matemáticas existen y lo que perjudican; se han dedicado numerosos libros al tema de la ansiedad matemática y las formas de ayudar a la gente a superarla (Tobias, 1978). En nuestro planeta hay innumerables individuos que se han visto perjudicados por la forma deficiente en que se les han enseñado las matemáticas, pero las ideas negativas que prevalecen sobre esta materia no provienen solo de las prácticas de enseñanza dañinas. Proceden de una idea que es muy fuerte, que impregna muchas sociedades y que está en la raíz del fracaso y el bajo rendimiento académico en el ámbito de las matemáticas: que solo algunas personas pueden dominarlas. La creencia de que las matemáticas están asociadas con un «don» que algunos han recibido y otros no es responsable de gran parte del fracaso que experimenta tanta gente con ellas en gran parte del mundo.

Hacer cursos de matemáticas es importante. Estudios de investigación han dejado claro que cuantos más cursos de matemáticas hagan los estudiantes, mayores serán sus ingresos diez años más tarde. Los cursos de matemáticas avanzadas están asociados a un salario un 19,5 % mayor diez años después de la educación secundaria (Rose y Betts, 2004). Las investigaciones también han revelado que los estudiantes que asisten a clases de matemáticas avanzadas aprenden unas formas de trabajar y pensar —aprenden, sobre todo, a razonar y aplicar la lógica— que hacen que sean más productivos en el trabajo. Quienes estudian matemáticas avanzadas aprenden cómo abordar situaciones matemáticas de cierto nivel, lo cual hace que, cuando consiguen un empleo, sean ascendidos a puestos más exigentes y mejor pagados, lo cual está fuera del alcance de quienes no estudiaron matemáticas de nivel avanzado (Rose y Betts, 2004). En el estudio que realicé con escuelas de Inglaterra, descubrí que los estudiantes pasaban a destacar en su puesto de trabajo, lo cual hacía que acabasen obteniendo un empleo mejor remunerado, porque en la enseñanza secundaria habían aprendido matemáticas a través de un enfoque basado en los proyectos, el cual analizaré en capítulos posteriores (Boaler, 2005).

Y ¿de dónde proviene esta idea dañina, que, cabe observar, está ausente en países como China y Japón, que encabezan el ranking mundial del éxito en matemáticas? Tengo la suerte de tener dos hijas que, en el momento de escribir estas líneas, están cursando tercero de primaria y sexto [que en Estados Unidos es el primer curso de la enseñanza denominada intermedia] en California. Esto significa que tengo el dudoso placer de echar ojeadas, regularmente, a los programas de televisión infantiles. Esto ha sido muy esclarecedor para mí, y también muy preocupante, ya que no hay un solo día en que las matemáticas no aparezcan, en uno de estos programas, bajo una luz negativa. El mensaje insistente es que las matemáticas son muy difíciles a la par que nada interesantes, inaccesibles y solo para frikis; no son para la gente divertida y atractiva… y no son para las niñas. ¡No es extraño que tantos niños desconecten de las matemáticas y crean que no se les pueden dar bien!

La idea de que solo algunas personas pueden manejarse bien con las matemáticas está profundamente arraigada en la psique estadounidense y británica, por lo menos. Esto las convierte en algo especial y hace que la gente tenga unas ideas sobre ellas que no tiene sobre ninguna otra materia. Muchos dirán que las matemáticas son diferentes porque todo en esta disciplina tiene que ver con las respuestas correctas frente a las incorrectas, pero esto no es así; precisamente, parte del cambio que necesitamos ver en el campo de las matemáticas es el reconocimiento de su naturaleza creativa e interpretativa. Las matemáticas son una materia muy amplia y multidimensional que requiere razonamiento, creatividad, establecer conexiones e interpretar métodos. Es un conjunto de ideas que ayuda a alumbrar el mundo, y está cambiando constantemente. Los problemas matemáticos deberían alentar y reconocer las distintas formas en que las personas ven esta disciplina y los diferentes caminos que toman para resolver los problemas. Cuando esto es así, los estudiantes se implican más con las matemáticas, y más profundamente.

Otro concepto erróneo acerca de las matemáticas, generalizado y perjudicial, es que las personas a las que se les dan bien son las más inteligentes. Esto hace que el hecho de fallar con las matemáticas sea especialmente demoledor para los estudiantes, ya que lo interpretan como que les falta inteligencia. Es necesario acabar con este mito. El peso combinado de todas las ideas erróneas que prevalecen en la sociedad acerca de las matemáticas es terrible para muchos niños: creen que la capacidad matemática es un signo de inteligencia y un don, y que si no tienen este don no solo les seguirá yendo mal en el campo de las matemáticas, sino que, además, son personas poco inteligentes a las que probablemente no les irá bien en la vida.

Mientras escribo este libro, está claro que el mundo está desarrollando una gran comprensión y respeto en cuanto a lo importante que es la mentalidad. El libro de Carol Dweck se ha traducido a más de veinte idiomas (Dweck, 2006b), y el interés en el impacto de la mentalidad sigue creciendo. Lo que es menos sabido es que las ideas relativas a la mentalidad se infunden a través de las matemáticas, y que los profesores de matemáticas y los padres que trabajan con sus hijos en el hogar pueden transformar las ideas, experiencias y futuras oportunidades laborales de sus alumnos e hijos abordando las matemáticas con una mentalidad de crecimiento. Las intervenciones relativas a la mentalidad general pueden ser útiles para cambiar la mentalidad de los estudiantes, pero si siguen trabajando de la misma manera que siempre con las matemáticas en el aula y en el hogar, la mentalidad de crecimiento se irá desvaneciendo en relación con esta materia.

Las ideas que comparto con profesores y padres y que se exponen en este libro incluyen prestar atención a los planteamientos matemáticos con los que van a trabajar los alumnos, las formas en que los alientan o los califican, las maneras de trabajar en grupo en las aulas, las formas en que se abordan los errores, las normas instauradas en las aulas, los mensajes relativos a las matemáticas que podemos dar a los estudiantes y las estrategias que se pueden aprender para abordar la asignatura. En definitiva, en este libro se plantea todo lo relativo a la experiencia de enseñar y aprender matemáticas. Estoy emocionada por compartir este nuevo conocimiento contigo, y estoy segura de que os ayudará a ti y a cualquier persona con la que trabajes en el ámbito de las matemáticas.

En el próximo capítulo, y al principio del segundo, expondré algunas de las ideas fascinantes e importantes que han aportado las investigaciones en los últimos años; y a partir de la segunda mitad del capítulo dos me centraré en las estrategias que se pueden usar en las aulas de matemáticas y en los hogares para implementar las ideas presentadas inicialmente. Recomiendo encarecidamente leer todos los capítulos; pasar directamente a las estrategias no será útil si no se han comprendido bien las ideas subyacentes.

En los meses posteriores al curso CEMA que impartí para profesores y padres, recibí miles de cartas, correos electrónicos y otros mensajes por parte de personas que me hablaban de los cambios que habían efectuado en el aula y en el hogar y el impacto que esto había tenido en los estudiantes. Cambios relativamente pequeños en la forma de enseñar y criar a los niños pueden modificar su forma de relacionarse con las matemáticas, porque el nuevo conocimiento que tenemos sobre el cerebro, las mentalidades y el aprendizaje de las matemáticas es verdaderamente revolucionario. Este libro trata sobre la creación de mentalidades matemáticas a través de una nueva forma de enseñar y criar a los niños. En esencia, esta nueva forma de enseñanza y crianza tiene que ver con el crecimiento, la innovación, la creatividad y la realización del potencial asociado a las matemáticas. Gracias por acompañarme y por dar pasos en un camino que podría cambiar para siempre la relación que tú y tus alumnos o hijos tenéis con las matemáticas.

CAPÍTULO 1

El cerebro y el
aprendizaje de
las matemáticas

En la última década hemos visto el surgimiento de tecnologías que han brindado a los investigadores nuevas formas de ver cómo funcionan la mente y el cerebro. Ahora los científicos pueden estudiar a los niños y adultos en el momento en que están trabajando con las matemáticas y observar su actividad cerebral; pueden comprobar tanto el crecimiento como la degeneración del cerebro y ser capaces de ver el impacto de distintos estados emocionales en la actividad neuronal. Un fenómeno que se ha descubierto en los últimos años y ha sorprendido a los científicos es la neuroplasticidad. Antes se creía que el cerebro con el que nacían las personas no podía cambiarse, pero esta idea ha sido rotundamente refutada. Estudio tras estudio han demostrado la increíble capacidad que tiene el cerebro de crecer y cambiar en un período de tiempo realmente corto (Abiola y Dhindsa, 2011; Maguire, Woollett y Spiers, 2006; Woollett y Maguire, 2011).

Cuando aprendemos una idea nueva, una corriente eléctrica se dispara en nuestro cerebro, cruza las sinapsis y conecta distintas zonas de este órgano.

Si aprendes algo en profundidad, la actividad sináptica creará conexiones duraderas en tu cerebro y se formarán caminos estructurales, pero si consideras una idea una sola vez o de manera superficial, las conexiones sinápticas podrán «borrarse» como los caminos hechos en la arena. Las sinapsis se activan (es decir, transmiten impulsos eléctricos) cuando tiene lugar el aprendizaje, pero este no se produce solamente en las aulas o cuando se leen libros; las sinapsis se activan cuando tenemos conversaciones, cuando jugamos a juegos o construimos juguetes ensamblando piezas y en el transcurso de muchísimas otras experiencias.

Un conjunto de hallazgos que hicieron que los científicos cambiaran lo que pensaban acerca de la capacidad y el aprendizaje provinieron de ­investigaciones sobre el desarrollo cerebral que presentaban los conductores de los conocidos taxis negros de Londres. Soy de Inglaterra, y en Londres he viajado en taxi muchas veces. Aún tengo buenos recuerdos de los emocionantes viajes de un día que mi familia y yo hacíamos a Londres en mi infancia, desde nuestra casa, que se encontraba a unas horas de distancia. Siendo ya adulta, estudié y trabajé en el King’s College, de la Universidad de Londres, y tuve muchas más oportunidades de desplazarme en taxi por la ciudad.

En el área de Londres operan varios tipos de taxis, pero el rey de los taxis londinenses es el taxi negro (black cab). Durante la mayoría de mis desplazamientos por la ciudad en un taxi negro, no tuve ni idea de lo muy cualificados que estaban los conductores. Resulta que para llegar a ser un conductor de taxi negro en Londres, los aspirantes deben estudiar durante un período de dos a cuatro años y, en este tiempo, memorizar unas veinticinco mil calles y veinte mil lugares dentro de un radio de cuarenta kilómetros desde el centro de la ciudad. Hay que tener en cuenta que aprender a recorrer la ciudad de Londres es considerablemente más difícil que aprender a recorrer la mayoría de las ciudades estadounidenses, ya que no está construida sobre una estructura de cuadrícula y comprende miles de calles entrelazadas e interconectadas.

Al final de su período de formación, los aspirantes a conducir un taxi negro hacen un examen que se llama sencillamente The Knowledge (‘el conocimiento’). Si viajas en un taxi negro de Londres y le preguntas a su conductor sobre The Knowledge, lo normal es que se alegre de obsequiarte con alguna historia sobre la dificultad de la prueba y su período de formación. Se sabe que The Knowledge es uno de los exámenes más exigentes del mundo; los solicitantes se presentan doce veces, en promedio, antes de aprobarlo.

A principios de la década del 2000, los científicos decidieron estudiar a los conductores de los taxis negros de Londres para buscar los cambios que se hubiesen podido producir en su cerebro, ya que habían pasado por un entrenamiento espacial complejo durante años. Pero no esperaban encontrarse con unos resultados tan espectaculares. Los investigadores descubrieron que, al final del período de formación, el hipocampo del cerebro de los taxistas había crecido significativamente (Maguire et al., 2006; Woollett y Maguire, 2011). El hipocampo es la zona del cerebro especializada en adquirir y utilizar la información espacial.

En otros estudios, los científicos compararon el desarrollo cerebral de los conductores de los taxis negros con el de los conductores de autobús de la misma ciudad. Los conductores de autobús solo aprenden rutas sencillas y únicas, y los estudios mostraron que su cerebro no había experimentado el mismo desarrollo (Maguire et al., 2006). Esto confirmó la conclusión de los científicos de que la formación inusualmente compleja por la que habían pasado los taxistas era la razón del espectacular desarrollo de su cerebro. En un estudio adicional, se descubrió que, tras jubilarse, el hipocampo de estos taxistas volvía a reducirse (Woollett y Maguire, 2011).

Actualmente hay muchos estudios realizados con los conductores de los taxis negros (Maguire et al., 2006; Woollett y Maguire, 2011), que han mostrado un grado de flexibilidad cerebral (o neuroplasticidad) que ha sorprendido a los científicos. Antes de llevar a cabo los estudios, los investigadores no habían previsto que fuese posible un desarrollo cerebral tan grande como el que midieron. Esto condujo a un cambio, en el mundo científico, en los planteamientos relativos al aprendizaje y la «capacidad» y la posibilidad de que el cerebro cambie y se desarrolle.

Alrededor de la época en que surgieron los estudios sobre los conductores de los taxis negros, sucedió algo que sacudiría aún más el mundo científico. Una niña de nueve años, Cameron Mott, sufría unos ataques que los médicos no podían controlar. Su médico, el doctor George Jello, propuso algo radical: extirpar la mitad de su cerebro, todo el hemisferio izquierdo. La operación fue revolucionaria, y se llevó a cabo con éxito. En los días que siguieron a la intervención quirúrgica, Cameron quedó paralizada. Los médicos esperaban que permaneciera discapacitada durante muchos años, ya que el lado izquierdo del cerebro controla los movimientos físicos. Pero con el paso de las semanas y los meses, los sorprendió al recuperar determinadas funciones y movimientos, lo cual solo podía significar una cosa: el lado derecho de su cerebro estaba desarrollando las conexiones que necesitaba para realizar las funciones propias del lado izquierdo. Los médicos atribuyeron esto a la increíble plasticidad cerebral y solo pudieron llegar a la conclusión de que, en efecto, el cerebro de Cameron había vuelto a crecer, y lo había hecho más rápidamente de lo que se creía posible. En la actualidad, Cameron corre y juega con otros niños, y el único signo significativo de su pérdida cerebral es una leve cojera (esta noticia podía leerse en www.today.co).

El nuevo descubrimiento de que el cerebro puede crecer, adaptarse y cambiar conmocionó al mundo científico y dio lugar a nuevos estudios sobre el cerebro y el aprendizaje, en los que se emplearon nuevas tecnologías y equipos de exploración cerebral. En uno de ellos, que creo que es muy importante para quienes estamos en el mundo de la educación, investigadores del Instituto Nacional de Salud Mental estadounidense dieron a los sujetos un ejercicio de diez minutos en el que aplicarse cada día durante tres semanas. Compararon el cerebro de quienes hicieron el ejercicio con el de los sujetos del grupo de control, que no lo hicieron. Los resultados mostraron que el cerebro de quienes habían trabajado en el ejercicio durante unos minutos cada día experimentaron cambios estructurales. El cerebro de los participantes se «reconfiguró» y se desarrolló en respuesta a una tarea mental de diez minutos realizada a diario durante quince días laborables (Karni et al., 1998). Estos resultados deberían hacer que los educadores abandonasen las ideas fijas tradicionales sobre el cerebro y el aprendizaje que actualmente inundan las escuelas; ideas como que los niños son inteligentes o tontos, rápidos o lentos. Si el cerebro puede cambiar en tres semanas, ¡imagina lo que puede suceder en el transcurso de un año de clases de matemáticas si a los alumnos se les dan los materiales adecuados y si reciben mensajes positivos sobre su potencial y su capacidad! En el capítulo cinco se explica la naturaleza de las mejores tareas matemáticas en las que los estudiantes deberían trabajar para experimentar este desarrollo cerebral.

Los nuevos resultados arrojados por las investigaciones sobre el cerebro nos dicen que todos, con la enseñanza y los mensajes correctos, podemos tener éxito con las matemáticas, y que todo el mundo puede sacar las calificaciones más altas en la escuela en esta asignatura. Hay algunos niños que tienen unas necesidades educativas especiales muy particulares que les dificultan el aprendizaje de las matemáticas, pero la gran mayoría de los niños, alrededor del 95 %, pueden lidiar con las matemáticas escolares, de cualquier nivel. Y el cerebro de los niños que tienen necesidades especiales tiene el mismo potencial de desarrollo y transformación que el de los demás. Los padres y los profesores deben tener esta información tan importante. Cuando les comunico estos hallazgos a los docentes en talleres y charlas, la mayoría se sienten alentados e inspirados, pero no todos. Hace poco estuve con un grupo de profesores, y uno de matemáticas de la enseñanza secundaria se mostró claramente preocupado por la idea. Dijo: «¿No estarás diciendo, verdad, que cualquiera de los estudiantes de sexto de mi escuela podría elegir Cálculo en el último curso de secundaria?». Cuando le respondí que eso era exactamente lo que estaba diciendo, pareció verdaderamente turbado, aunque tengo que reconocer que no rechazó por completo el mensaje. A algunos profesores les resulta difícil aceptar el hecho de que cualquiera puede aprender matemáticas a niveles altos, especialmente si llevan muchos años decidiendo quién puede y quién no puede aprenderlas y enseñándolas en función de esta apreciación. Por supuesto, los estudiantes de sexto han tenido muchas experiencias y han recibido muchos mensajes desde siempre que han retrasado el aprendizaje de algunos de ellos, y ciertos alumnos pueden llegar a sexto con un conocimiento matemático significativamente menor que el de otros compañeros, pero esto no significa que no puedan acelerar y alcanzar los niveles más altos. Serán capaces de hacerlo si reciben la enseñanza y el apoyo de calidad que todos los niños merecen.

A menudo me preguntan si estoy diciendo que todos nacemos con el mismo cerebro. La respuesta es que no. Lo que estoy diciendo es que las diferencias cerebrales con las que nacen los niños no son tan importantes como las experiencias de desarrollo cerebral que tienen a lo largo de la vida. La gente cree firmemente que la forma en que nacemos determina nuestro potencial, y apuntan a personas conocidas que se consideran genios, como Albert Einstein o Ludwig van Beethoven. Pero los científicos saben actualmente que cualquier diferencia cerebral presente al nacer se ve eclipsada por las experiencias de aprendizaje que tenemos a partir del nacimiento (Wexler en Thompson, 2014). Cada segundo del día se activan nuestras sinapsis cerebrales, y los estudiantes criados en entornos estimulantes en los que reciben mensajes coherentes con la mentalidad de crecimiento son capaces de todo. Las diferencias cerebrales pueden darles ventaja a algunas personas al principio, pero solo una cantidad muy minúscula de individuos nacen con un tipo de ventaja que acabe por ser significativa con el paso del tiempo. Y quienes son considerados genios naturales son los mismos que a menudo subrayan el trabajo duro que han realizado y la cantidad de errores que han cometido. Einstein, probablemente el más conocido entre los individuos considerados genios, no aprendió a leer hasta los nueve años, y dijo muchas veces que sus logros se debieron a la cantidad de errores que cometió y a la persistencia que mostró. Se esforzó, y cuando cometió errores, se esforzó más. Abordó el trabajo y la vida con la actitud de quien tiene una mentalidad de crecimiento. Una gran cantidad de indicios científicos permiten inferir que la diferencia entre quienes tienen éxito y quienes no lo tienen no es el cerebro con el que nacieron, sino su manera de enfocar la vida, los mensajes que reciben sobre su potencial y las oportunidades que tienen de aprender. Y las mejores oportunidades de aprender acuden cuando los estudiantes creen en sí mismos. Demasiados escolares ven obstaculizado su aprendizaje por los mensajes que han recibido sobre su potencial: se los ha inducido a creer que no son tan buenos como otros, que no tienen el potencial de otros. Este libro te proporciona la información que precisas, como profesor o como padre, para darles a los alumnos o a tus hijos la fe en sí mismos que necesitan y deberían tener; para asentarlos en un camino que los lleve a tener una mentalidad matemática, independientemente de las experiencias que hayan tenido con anterioridad. Este nuevo camino implica un cambio en la forma en que se ven a sí mismos y también en la forma en que abordan las matemáticas, como irás viendo.

Aunque no esté diciendo que todo el mundo nazca con el mismo cerebro, sí estoy diciendo que no existe un «cerebro matemático» o un «don para las matemáticas», como muchos creen. Nadie nace sabiendo matemáticas y nadie nace sin la capacidad de aprender matemáticas. Desafortunadamente, las ideas sobre el talento natural están muy extendidas. Un equipo de investigadores indagó la medida en que los profesores universitarios albergaban ideas sobre el talento en relación con su materia y encontró algo muy significativo (Leslie, Cimpian, Meyer y Freeland, 2015): las matemáticas eran la materia cuyos profesores tenían las ideas más fijas sobre quién podría aprenderla. Además, los investigadores descubrieron que cuanto más se valoraba el talento en un campo, menos doctoras había en ese campo, y que las creencias específicas predominantes en los treinta campos que investigaron estaban correlacionadas con la cantidad de mujeres que había en esos campos. La razón por la que hay menos mujeres en los campos donde los profesores creen que solo los «talentosos» pueden prosperar es que siguen predominando los estereotipos relativos a quién debería formar parte de ellos, como se describe en el capítulo seis. Es imperativo para nuestra sociedad que pasemos a tener una visión más equitativa y fundamentada del aprendizaje de las matemáticas en nuestras conversaciones y en el trabajo con los alumnos. Estas conversaciones y este trabajo deben reflejar la nueva ciencia del cerebro y transmitir a todos que todo el mundo puede aprender matemáticas sin problema, no solo los que se cree que tienen el «don». Esta podría ser la clave para inaugurar un futuro diferente, uno en el que el trauma asociado a las matemáticas sea cosa del pasado y los estudiantes de todos los orígenes tengan la oportunidad de recibir una enseñanza de calidad en este ámbito.

Los estudios de Carol Dweck y sus colegas revelaron que alrededor del 40 % de los niños tenían una mentalidad fija perjudicial; creían que la inteligencia es un don que se tiene o no se tiene. Otro 40 % de los alumnos tenían una mentalidad de crecimiento. El 20 % restante oscilaban entre las dos mentalidades (Dweck, 2006b). Es más probable que los estudiantes que tienen una mentalidad fija se rindan fácilmente, y que los que tienen una mentalidad de crecimiento sigan adelante incluso cuando el trabajo sea duro; optan por perseverar y mostrar lo que Angela Duckworth ha denominado «agallas» (Duckworth y Quinn, 2009). En un estudio, se hizo una encuesta a alumnos de séptimo grado (equivalente a primero de ESO) para medir su mentalidad, y luego los investigadores les hicieron un seguimiento durante dos años para monitorizar sus logros en el campo de las matemáticas. Los resultados fueron muy reveladores, ya que las calificaciones de los estudiantes que tenían una mentalidad fija se mantuvieron constantes, mientras que las de aquellos que tenían una mentalidad de crecimiento no pararon de mejorar (Blackwell et al., 2007) (ver la figura 1.1).


En otros estudios, los investigadores han demostrado que los escolares (y los adultos) pueden cambiar la mentalidad fija por la de crecimiento, y que cuando ocurre esto, pasan a enfocar el aprendizaje de forma significativamente más positiva y sus calificaciones mejoran sustancialmente (Blackwell et al., 2007). También tenemos nuevas pruebas, que reviso en el capítulo dos, de que los estudiantes que tienen una mentalidad de crecimiento dan muestras de una actividad cerebral más positiva cuando cometen errores; se les iluminan más regiones del cerebro y ponen más atención a los errores y la corrección de estos (Moser, Schroder, Heeter, Moran y Lee, 2011).

No necesitaba más pruebas para convencerme de lo importante que es ayudar a los estudiantes, y a los adultos, a desarrollar una mentalidad de crecimiento en relación con las matemáticas en particular, pero recientemente me encontré sentada con el equipo del Programa Internacional para la Evaluación de los Alumnos (PISA, por sus siglas en inglés) en la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) en París, explorando con ellos el increíble conjunto de datos de los que disponen, obtenidos de trece millones de estudiantes de todo el mundo. El equipo del PISA realiza pruebas internacionales cada cuatro años, y los resultados se notifican a los medios de comunicación de todo el mundo. Los resultados de estas pruebas a menudo hacen sonar las alarmas por todo Estados Unidos, y por una buena razón: en las últimas, Estados Unidos ocupaba el puesto 36, entre los sesenta y cinco países de la OCDE, en cuanto a rendimiento académico en el campo de las matemáticas (PISA, 2012), un resultado que habla, como muchos otros, de la increíble necesidad que hay de reformar la enseñanza y el aprendizaje de esta materia en este país (y en muchos otros). Pero el equipo del PISA no solo realiza pruebas de matemáticas; también encuesta a los estudiantes para obtener información sobre sus ideas y creencias relativas a las matemáticas y sobre su mentalidad. Me invitaron a trabajar con este equipo después de que algunos de sus miembros hicieron el curso en línea que había impartido el verano anterior. Uno de ellos fue Pablo Zoido, un español de voz suave que dedica pensamientos profundos al aprendizaje de las matemáticas y tiene una experiencia considerable en el trabajo con conjuntos de datos gigantescos. Pablo es analista del PISA, y cuando él y yo exploramos los datos, vimos algo asombroso: que los estudiantes que obtienen mejores calificaciones en todo el mundo son los que tienen una mentalidad de crecimiento, y superan a los otros alumnos por el equivalente a más de un año en el campo de las matemáticas (ver la figura 1.2).


El pensamiento dañino de la mentalidad fija, aquel en virtud del cual los estudiantes creen que son inteligentes o no lo son, está presente en todos los niveles de logros, y algunos de los alumnos más perjudicados por estas creencias son niñas que obtienen calificaciones altas (Dweck, 2006a). Resulta que incluso creer que eres inteligente, uno de los mensajes de la mentalidad fija, es perjudicial, ya que los estudiantes que albergan esta creencia están menos dispuestos a abordar tareas o temas más dificultosos, porque temen cometer errores y que dejen de considerarlos inteligentes. En cambio, los estudiantes que tienen una mentalidad de crecimiento asumen las tareas difíciles y estiman que los errores constituyen un desafío y una motivación para dar más de sí. La alta prevalencia de la mentalidad fija entre las niñas es uno de los motivos por los que se autoexcluyen de las materias STEM (ciencia, tecnología, matemáticas e ingeniería). Esto no solo reduce sus posibilidades en la vida, sino que también empobrece estas disciplinas, que necesitan el pensamiento y las perspectivas que aportan las niñas y las mujeres (Boaler, 2014a).

Una razón por la que tantos estudiantes tienen una mentalidad fija son los elogios que reciben por parte de los padres y los profesores. Cuando los estudiantes reciben un «elogio fijo» —por ejemplo, cuando se les dice que son inteligentes cuando hacen algo bien—, pueden sentirse bien al principio, pero cuando cometen errores más tarde (y a todos les ocurre), piensan que esto significa que no son tan inteligentes después de todo. En un estudio reciente, los investigadores descubrieron que los elogios que les dan los padres a sus hijos entre el momento del nacimiento y los tres años permite predecir cuál será su mentalidad cinco años después (Gunderson et al., 2013). Y el impacto de las alabanzas que reciben los alumnos puede ser tan fuerte que afecte a su comportamiento de forma inmediata. En uno de los estudios de Carol, los investigadores pidieron a cuatrocientos estudiantes de quinto de primaria que hiciesen una prueba fácil y poco extensa, en la que casi todos obtuvieron buenos resultados. A la mitad de los niños los alabaron por «ser realmente inteligentes», y a la otra mitad se los felicitó por «haber trabajado muy duro». A continuación se pidió a los niños que hicieran una segunda prueba; se les dio a elegir entre una que era bastante sencilla, con la que no tendrían problemas, u otra más difícil, en la que podrían cometer errores. El 90 % de los que habían recibido elogios por su esfuerzo eligieron la prueba más difícil; en cambio, la mayoría de los que habían sido alabados por ser inteligentes optaron por la prueba fácil (Mueller y Dweck, 1998).

Los elogios hacen sentir bien a quien los recibe, pero cuando se elogia a alguien por lo que es como persona («Eres muy inteligente») en lugar de por lo que ha hecho («Este trabajo es increíble»), lo que recibe es que el grado de su capacidad está establecido y es inamovible. Decirles a los alumnos que son inteligentes los predispone a tener problemas más adelante. A medida que van pasando por la escuela y la vida y van fallando en muchas tareas, lo cual es perfectamente natural, se van autoevaluando y van decidiendo qué indica sobre su inteligencia aquello con lo que se van encontrando. En lugar de elogiar a los estudiantes por ser inteligentes, o por cualquier otra cualidad personal, es mejor darles mensajes como «es genial que hayas aprendido esto» o «has pensado de una forma realmente profunda sobre esto».

Nuestros sistemas educativos se han visto impregnados por la idea tradicional de que algunos alumnos no están preparados, por razón de sus capacidades, para lidiar con las matemáticas a ciertos niveles. Sorprendentemente, un grupo de profesores de matemáticas de enseñanza secundaria de un centro educativo que he conocido hace poco escribió a la junta directiva argumentando que algunos alumnos nunca podrían aprobar el segundo curso de Álgebra. Citaron, en particular, a los estudiantes pertenecientes a minorías con bajos niveles de ingresos; argumentaron que esos alumnos no podrían aprender álgebra a menos que rebajaran la exigencia del plan de estudios. Este pensamiento racista y discriminador debe ser desterrado de las escuelas. La carta escrita por esos maestros se publicó en los periódicos locales y terminó utilizándose en la legislatura estatal como un ejemplo de la necesidad que hay de escuelas autónomas (Noguchi, 2012). La carta sorprendió a muchas personas, pero desafortunadamente la idea de que algunos estudiantes no pueden aprender matemáticas de nivel alto es compartida por muchos. El pensamiento discriminador puede adoptar todo tipo de formas y, a veces, refleja una verdadera preocupación por los estudiantes; por ejemplo, muchas personas creen que estos deben pasar por una determinada etapa de desarrollo antes de estar preparados para abordar ciertos contenidos matemáticos. Pero estas ideas también están obsoletas, ya que los alumnos están preparados en relación directa con las ­experiencias que han tenido, y si no están en el nivel requerido, pueden alcanzarlo fácilmente por medio de las experiencias correctas, las altas expectativas de los demás y una mentalidad de crecimiento. No hay un ritmo predeterminado asociado al aprendizaje de las matemáticas, lo cual significa que no es cierto que si no han alcanzado cierta edad o madurez emocional no pueden aprender algo de matemáticas. Es posible que haya estudiantes que no estén preparados para abordar ciertas cuestiones matemáticas porque aún necesiten aprender algunos contenidos más básicos, previos, pero no porque su cerebro no pueda desarrollar las conexiones pertinentes debido a su edad o grado de madurez. Cuando los estudiantes necesitan establecer nuevas conexiones, pueden aprenderlas.

Para muchos de nosotros, apreciar la importancia de las mentalidades matemáticas y desarrollar la perspectiva y las estrategias destinadas a cambiar la mentalidad de los alumnos implica reflexionar cuidadosamente sobre nuestro propio aprendizaje y nuestra relación con las matemáticas. Muchos de los maestros de primaria con los que he trabajado, algunos de los cuales hicieron mi curso en línea, me han dicho que las ideas que les di sobre el cerebro, el potencial y la mentalidad de crecimiento les han cambiado la vida. Lo que aprendieron hizo que desarrollaran una mentalidad de crecimiento en relación con las matemáticas, que pasaran a abordar esta materia con confianza y entusiasmo y que transmitieran todo esto a sus alumnos. Esto suele ser especialmente importante para los maestros de primaria, porque a muchos de ellos se les dijo, en algún momento de su propio aprendizaje, que no saldrían adelante con las matemáticas, o que no eran para ellos. Muchos enseñan esta asignatura albergando sus propios miedos en relación con esta materia. Las investigaciones que he compartido con docentes de estas características los han ayudado a superar este miedo y los han llevado a abordar las matemáticas de otra manera. En un estudio importante, Sean Beilock y sus colegas encontraron que el alcance de las emociones negativas que los maestros de primaria albergaban respecto a las matemáticas permitía predecir el rendimiento de sus alumnas, pero no de sus alumnos (Beilock, Gunderson, Ramírez y Levine, 2009). Esta diferencia de género probablemente se debe a que las niñas se identifican con sus maestras, especialmente en la enseñanza primaria. De ese modo, asumen rápidamente los mensajes negativos de las maestras relativos a las matemáticas, mensajes que dan, muchas veces, en un intento de mostrar empatía con el alumnado; son declaraciones del tipo «sé que esto es muy difícil, pero intentemos hacerlo», «las matemáticas se me daban mal en la escuela» o «nunca me gustaron las matemáticas». Este estudio también destaca el vínculo existente entre los mensajes que dan los maestros y el rendimiento académico de sus estudiantes.

Dondequiera que te halles en tu propio viaje en el terreno de las mentalidades, ya sea que estas ideas sean nuevas para ti o que seas un experto en este ámbito, espero que los datos y las ideas que ofrezco en este libro os ayuden a ti y a tus alumnos a ver las matemáticas, de cualquier nivel, como accesibles y agradables. En los próximos capítulos, del segundo al octavo, presentaré las muchas estrategias que he recopilado a lo largo de años de investigación y experiencias prácticas en las aulas para fomentar la mentalidad de crecimiento en clase y en el hogar en relación con las matemáticas. Estas estrategias brindarán a los alumnos las experiencias que les permitirán desarrollar unas mentalidades matemáticas fuertes.

CAPÍTULO 2

El poder de los
errores y las
dificultades

Comencé a impartir talleres sobre cómo enseñar matemáticas dentro de la mentalidad de crecimiento con mis estudiantes graduadas de Stanford (Sarah Kate Selling, Kathy Sun y Holly Pope) después de que los directores de escuelas de California me dijeron que sus profesores habían leído los libros de Carol Dweck y comulgaban totalmente con sus ideas, pero no sabían cómo trasladarlas a la enseñanza de las matemáticas. El primer taller tuvo lugar en el campus de Stanford, en el amplio y luminoso centro Li Ka Shing. Para mí, uno de los momentos más destacados de ese primer taller fue cuando Carol les dijo a los profesores, durante la presentación, algo que los sorprendió: «Cada vez que un alumno comete un error en matemáticas, desarrolla una sinapsis». Se oyó una expresión de asombro en la sala cuando los docentes se dieron cuenta de la importancia de esta declaración. Una razón por la que es tan significativa es que habla del enorme poder y valor que tienen los errores, aunque los estudiantes de todo el mundo piensen que cuando cometen un error esto significa que no están hechos para las matemáticas, o, peor aún, que no son inteligentes. Muchos buenos maestros les han dicho a los estudiantes, durante años, que los errores son útiles y muestran que estamos aprendiendo, pero las nuevas constataciones acerca del cerebro y los errores señalan algo mucho más importante.

El psicólogo Jason Moser estudió los mecanismos neuronales que operan en el cerebro de las personas cuando cometen errores (Moser et al., 2011). Él y su equipo encontraron algo fascinante. Cuando cometemos un error, el cerebro tiene dos respuestas potenciales. La primera es un aumento de la actividad eléctrica cuando experimenta un conflicto entre una respuesta correcta y un error; es la denominada respuesta ERN. Curiosamente, esta actividad cerebral se produce tanto si la persona que responde sabe que ha cometido un error como si no lo sabe. La segunda respuesta es una señal cerebral que refleja la atención consciente a los errores; es la denominada respuesta Pe. Esta se produce cuando hay conciencia de que se ha cometido un error y se le presta atención consciente.

Cuando he informado a profesores de que los errores hacen que el cerebro chispee y crezca, han comentado: «Seguramente esto solo sucede si los alumnos corrigen el error y siguen resolviendo el problema». Pero esto no es así. De hecho, el estudio de Moser y sus colegas nos muestra que ni siquiera tenemos que ser conscientes de haber cometido un error para que se produzcan chispas cerebrales. Cuando los docentes me preguntan cómo es posible esto, les digo que lo mejor que podemos postular ahora mismo al respecto es que el cerebro centellea y crece cuando cometemos un error, incluso si no somos conscientes de ello, porque ese es un momento de lucha; el cerebro es desafiado, y es entonces cuando crece.

En el estudio de Moser y sus colegas, estos observaron la mentalidad de los participantes y compararon las mentalidades con sus respuestas ERN y Pe cuando cometieron errores a la hora de responder a una serie de preguntas. El estudio reveló dos cuestiones importantes. En primer lugar, los investigadores encontraron que el cerebro de los estudiantes reaccionó con mayores respuestas ERN y Pe (con mayor actividad eléctrica) cuando cometieron errores que cuando sus respuestas fueron correctas. En segundo lugar, hallaron que la actividad cerebral era mayor después de cometer ­errores en los individuos que tenían una mentalidad de crecimiento que en los que tenían una mentalidad fija. La figura 2.1 representa la actividad cerebral en los individuos que tienen una mentalidad fija o de crecimiento; en el estudio de Moser y sus colegas, los cerebros asociados a la mentalidad de crecimiento se iluminaron mucho más cuando se cometieron errores.


El hecho de que nuestro cerebro reaccione con una mayor actividad cuando cometemos un error es sumamente importante. Volveré a este hallazgo dentro de un momento.

El estudio también encontró que los individuos que tenían una mentalidad de crecimiento eran más conscientes de sus errores que los que tenían una mentalidad fija, por lo que era más probable que se ocuparan de corregirlos. Este estudio apoyó la conclusión, que habían revelado otros (Mangels, Butterfield, Lamb, Good y Dweck, 2006), de que el cerebro de los estudiantes que tienen una mentalidad de crecimiento reacciona mejor frente a los errores y está más atento a estos. Todos los alumnos respondieron con una chispa cerebral —una sinapsis— cuando cometieron errores, pero tener la mentalidad de crecimiento significaba que era más probable que el cerebro destellara de nuevo, mostrando la conciencia de que se había cometido el error. En las matemáticas, la enseñanza, la crianza o cualquier otra área de la vida, es muy importante que uno crea en sí mismo, que crea que puede hacer cualquier cosa. Esta creencia puede cambiarlo todo.

Las recientes investigaciones neurológicas sobre el cerebro y los errores son muy importantes para nosotros como profesores de matemáticas y como padres, ya que nos dicen que cometer un error es algo muy positivo. Cuando cometemos errores, nuestro cerebro brilla y crece. Los errores no son solo oportunidades de aprendizaje, ya que los estudiantes los revisan, sino que también son ocasiones en las que nuestro cerebro crece, incluso si no sabemos que hemos cometido un error. Saber que los errores tienen este poder es muy importante, dado que los niños y los adultos de muchas partes del mundo se suelen sentir muy mal cuando han cometido una equivocación en matemáticas. Piensan que esto significa que no están hechos para las matemáticas, porque han sido educados en una cultura del rendimiento (Boaler, 2014b) en la que los errores no se valoran, o, peor aún, se castigan. Conviene que los estudiantes cometan errores, pero en muchas aulas se procura darles tareas que harán correctamente. Más adelante mostraré el tipo de planteamientos matemáticos que motivan a los alumnos a implicarse y estimulan el crecimiento de su cerebro, junto con la forma de enseñar y los mensajes parentales que deben acompañarlos.

Los países que están a la cabeza en el rendimiento académico en matemáticas, como China, abordan los errores de manera muy diferente. Recientemente fui testigo de una lección de matemáticas en un aula de segundo de primaria en Shanghái, la parte de China donde los estudiantes obtienen las mejores notas del país, y del mundo. El maestro les dio a los alumnos profundos problemas conceptuales con los que trabajar y luego les pidió que dijeran sus respuestas. Mientras los estudiantes compartían felizmente su trabajo, el intérprete se inclinó y me dijo que el maestro estaba eligiendo a los alumnos que habían cometido errores. Y estos estaban orgullosos de exponerlos, ya que el maestro valoraba los errores. En el capítulo nueve comparto un breve extracto, muy interesante, de una de las lecciones que se imparten en China.

Los diversos estudios de investigación sobre los errores y el cerebro no solo nos muestran el valor que tienen los errores para todos; también manifiestan que los estudiantes que tienen una mentalidad de crecimiento presentan una mayor actividad cerebral relacionada con el reconocimiento de los errores que aquellos que tienen una mentalidad fija. Esta es otra razón por la que la mentalidad de crecimiento es tan importante para los alumnos en el aprendizaje de las matemáticas y otras materias.

El estudio de Moser y sus colegas, al mostrarnos que el cerebro de las personas que tienen una mentalidad de crecimiento presenta mayor actividad al cometerse un error que el de los individuos que tienen una mentalidad fija, nos dice algo muy importante. Nos dice que las ideas que tenemos sobre nosotros mismos —en particular, si creemos en nosotros mismos o no— cambian la forma que tiene de funcionar nuestro cerebro. Si creemos que podemos aprender y que los errores son valiosos, nuestro cerebro crece en mayor medida cuando cometemos un error. Este resultado es muy significativo, y subraya lo importante que es que todos los estudiantes crean en sí mismos, y también lo importante que es que todos nosotros creamos en nosotros mismos, especialmente cuando nos hallamos frente a algo que nos plantea dificultades.

Los errores que cometemos en la vida

Los estudios sobre los empresarios que tienen éxito y los que no lo tienen muestran algo sorprendente: lo que separa a las personas triunfadoras de las que no lo son tanto no es la cantidad de éxitos que tienen unas y otras, sino la cantidad de errores que cometen; las personas más exitosas son las que cometen más errores. Starbucks es una de las empresas más prósperas del mundo y Howard Schultz, su fundador, uno de los empresarios con más éxito de nuestro tiempo. Cuando Schultz comenzó lo que más tarde se convertiría en Starbucks, tomó como modelo las cafeterías italianas. En Estados Unidos no había muchas cafeterías en esos momentos, y Schultz admiraba las que había visto en Italia. En los primeros establecimientos que creó, los camareros llevaban pajarita, lo que les parecía incómodo, y los clientes bebían su café mientras sonaba, a un volumen alto, música de ópera. El enfoque no fue bien recibido por los clientes estadounidenses, de manera que el equipo volvió a reconcebir toda la estrategia... y cometió muchos más errores antes de acabar por crear la marca Starbucks.

Peter Sims, escritor de The New York Times, ha escrito mucho sobre lo importantes que son los errores para el pensamiento creativo y empresarial (Sims, 2011). Señala lo siguiente:

La imperfección forma parte de cualquier proceso creativo y de la vida; sin embargo, por alguna razón, vivimos en una cultura que le tiene un miedo paralizante al fracaso, lo cual impide emprender acciones y fomenta un perfeccionismo rígido. Este es el estado mental más contraproducente que uno puede tener si quiere ser más creativo, inventivo o emprendedor.

Sims también resume así los hábitos de los individuos que tienen éxito:

 El hecho de estar equivocados no les produce incomodidad.

 Prueban a poner en práctica ideas aparentemente descabelladas.

 Están abiertos a las experiencias diferentes.

 Consideran ideas sin prejuzgarlas.

 Están dispuestos a ir en contra de las ideas tradicionales.

 Siguen avanzando en medio de las dificultades.

Hace un tiempo impartí un curso en Internet: «How to Learn Math: For Students» (‘Cómo aprender matemáticas: para estudiantes’). En el momento de escribir estas líneas, han participado en él más de cien mil personas. Este curso está diseñado para proporcionar a los estudiantes la mentalidad de crecimiento, para mostrarles las matemáticas como atractivas y emocionantes, y para enseñarles estrategias matemáticas importantes que ofreceré en este libro. (Encontrarás este curso en https://www.­youcubed.org/online-student-course/).

Impartí el curso con algunos de mis alumnos universitarios de Stanford, que representaron los hábitos descritos por Peter Sims, los cuales Colin, el productor del curso, hizo más interesantes con la adición de algunos «decorados» y personajes.

Estos hábitos son tan importantes en las clases de matemáticas como lo son en la vida, pero a menudo están ausentes en el aula y cuando los estudiantes hacen los deberes * de matemáticas en casa. Se trata de que los estudiantes se sientan libres al trabajar con esta materia —libres de probar varias ideas sin miedo a la posibilidad de equivocarse—, de que estén abiertos a abordar las matemáticas de manera diferente, de que estén dispuestos a jugar con ellas al hacer las tareas, ** de que intenten aplicar ideas aparentemente locas (ver el capítulo cinco). Se trata de que vayan en contra de las visiones tradicionales y rechacen la idea de que solo algunas personas pueden estudiar matemáticas y, por supuesto, se trata de que sigan adelante cuando la asignatura se ponga difícil, incluso cuando no puedan ver una determinada solución de inmediato.

¿Cómo podemos cambiar la manera en que los estudiantes ven los errores?

Una de las cosas más efectivas que puede hacer un profesor o un padre es darle otro tipo de mensaje al estudiante en relación con los errores que cometa y las respuestas incorrectas que ofrezca en el campo de las matemáticas. Recientemente recibí un vídeo muy conmovedor de un profesor que hizo mi curso en línea y comenzó el año enseñándole a una clase compuesta por alumnos con resultados académicos insuficientes lo importantes y valiosos que son los errores. Los estudiantes cambiaron completamente a lo largo del año; superaron sus anteriores suspensos y pasaron a implicarse positivamente con las matemáticas. El vídeo mostraba a alumnos que hacían sus reflexiones; hablaban sobre el mensaje de que los errores hacen crecer el cerebro, y afirmaban que esta idea había cambiado su realidad como estudiantes. Decían que previamente se habían considerado unos fracasados, y que esa mentalidad había obstaculizado sus progresos. Su nuevo profesor les había dado unos mensajes y unos métodos de enseñanza que los motivó a desprenderse de su miedo a las matemáticas, que habían albergado durante años, y a abordar esta materia con ilusión. Cuando enseñamos a los estudiantes que los errores son positivos, ello tiene un efecto increíblemente liberador.

En mi curso en línea para docentes y padres, compartí la nueva información sobre los errores y planteé un desafío. Les pedí a los participantes que diseñaran una nueva actividad, para realizar en el aula o en el hogar, que indujera a ver los errores bajo una nueva luz. Una de las propuestas más interesantes la ofreció una maestra; me dijo que comenzaría la clase pidiéndoles a los alumnos que arrugaran una hoja de papel y la lanzaran a la pizarra con el sentimiento que tenían cuando cometían un error en matemáticas. Los invitaría así a expresar sus sentimientos, generalmente de frustración. Luego, les pediría a los alumnos que recuperaran su papel, lo alisaran y trazaran líneas sobre todas las arrugas con rotuladores de colores, que representarían el crecimiento de su cerebro. Finalmente, les pediría que conservaran ese papel dentro de su carpeta durante el año escolar, como recordatorio de la importancia de los errores.

Hace un par de años que estoy trabajando codo a codo con Kim Halliwell, una maestra inspiradora que forma parte de un grupo de profesores del Distrito Escolar Unificado de Vista. Cuando visité el aula de Kim el año pasado, vi las paredes cubiertas de entrañables dibujos de cerebros hechos por sus alumnos, acompañados de mensajes positivos sobre el desarrollo del cerebro y los errores. Kim me explicó que les había pedido a los estudiantes que tomasen sus mensajes favoritos sobre el desarrollo del cerebro entre aquellos que habían revisado juntos y los escribiesen al lado de sus dibujos, en la misma hoja.

Otra estrategia destinada a resaltar el papel de los errores en el aula consiste en pedirles a los estudiantes que entreguen cualquier tipo de trabajo, incluso exámenes que hayan hecho (aunque cuanto menos examinemos a los alumnos, mejor, como explicaré en el capítulo ocho); con ese material en sus manos, el profesor elige sus «errores favoritos». El profesor debe decirles a los alumnos que va a buscar sus errores favoritos, los cuales deben ser conceptuales, no numéricos. Luego, puede exponer los errores a la clase y abrir un debate sobre el origen de cada uno y el motivo por el cual eso es un error. Este también es un buen momento para insistir en el importante mensaje de que cuando el alumno se equivocó, fue algo positivo, porque se encontraba en una etapa de esfuerzo cognitivo y su cerebro estaba destellando y creciendo. Asimismo, exponer errores y hablar de ellos es bueno porque si un estudiante comete un error, podemos saber que otros también lo han cometido, por lo que es muy útil para todos poder reflexionar sobre ese fallo.

Si se pone nota a los deberes de matemáticas (una práctica inútil de la que hablaré más adelante) y los alumnos reciben una calificación baja por haber cometido errores, reciben un mensaje muy negativo sobre equivocarse y el aprendizaje de las matemáticas. Para enseñar a los estudiantes la mentalidad de crecimiento y transmitirles mensajes positivos generales sobre el aprendizaje de las matemáticas, los docentes deberían evitar los exámenes y la evaluación de las tareas en la medida de lo posible (ver el capítulo ocho); y en caso de que continúen examinando y calificando, deberían poner la misma nota, o más alta, a los alumnos que cometan errores y añadir junto a la nota un mensaje que manifieste que los errores constituyen una oportunidad perfecta para el aprendizaje y el desarrollo cerebral.

Es importante darles valor a los fallos en clase, pero los profesores también deben dar mensajes positivos acerca de las equivocaciones en sus interacciones individuales con los alumnos. Mi propia hija recibió mensajes muy dañinos por parte de los maestros en sus primeros años en la escuela, lo que instauró en ella una mentalidad fija a una edad temprana. A los cuatro y cinco años de edad sufría problemas de audición, lo cual, en esa etapa, no fuimos capaces de detectar. A causa de ello, los maestros decidieron que tenía problemas cognitivos, y le mandaban hacer tareas fáciles. Ella era muy consciente de esto y, con solo cuatro años, un día al llegar a casa me preguntó por qué a los otros niños les daban tareas más difíciles. Sabemos que los alumnos dedican mucho tiempo, en la escuela, a tratar de averiguar qué piensan de ellos sus maestros, y ella llegó a la conclusión de que no la valoraban mucho. Debido a esto, se convenció de que era tonta. Ahora tiene doce años y, después de ir durante tres años a una maravillosa escuela de primaria en la que rápidamente identificaron su mentalidad fija y vieron que esta la estaba frenando, es una persona diferente y le encantan las matemáticas.

Cuando mi hija estaba en cuarto de primaria y aún tenía una mentalidad fija, ella y yo visitamos un aula de tercero, en su escuela. La maestra puso dos problemas de aritmética en la pizarra, y mi hija resolvió uno bien y el otro mal. Cuando se dio cuenta de que se había equivocado, se lo tomó muy mal; dijo que se le daban fatal las matemáticas y que incluso los alumnos de tercero tenían más nivel que ella. Aproveché ese momento para comunicarle, de forma muy directa, algo muy importante. Le dije: «¿Sabes lo que acaba de pasar? Cuando obtuviste esa respuesta incorrecta, tu cerebro creció, pero cuando obtuviste la respuesta correcta, no ocurrió nada en tu cerebro; no hubo ningún desarrollo cerebral». Este es el tipo de interacción individual que los maestros pueden tener con sus alumnos cuando cometen errores. Mi hija me miró con los ojos muy abiertos, y supe que había comprendido lo importante que era esa idea. Ahora que está empezando sexto, es una alumna diferente; acepta los errores y tiene una actitud positiva consigo misma. Esto no es consecuencia de haberle enseñado más matemáticas u otros contenidos académicos, sino de haberle enseñado a tener una mentalidad de crecimiento.

En la pasada década de los treinta, el suizo Jean Piaget, uno de los psicólogos más importantes del mundo, rechazó la idea de que aprender tuviese que ver con memorizar procedimientos, y señaló que el verdadero aprendizaje depende de la comprensión de cómo las ideas encajan entre sí. Sugirió que los estudiantes tienen unos modelos mentales que describen la manera en que las ideas encajan unas con otras, y que cuando estos modelos mentales tienen sentido para ellos, se encuentran en un estado que llamó de equilibrio (ver, por ejemplo, Piaget, 1958, 1970). Cuando los estudiantes se encuentran con ideas nuevas, se esfuerzan por hacerlas encajar en su modelo mental del momento, pero cuando estas no parecen encajar, o el modelo debe cambiarse, entran en un estado que Piaget llamó de desequilibrio. Una persona que se encuentra en estado de desequilibrio sabe que no puede incorporar la nueva información a su modelo de aprendizaje, pero tampoco puede rechazarla, porque tiene sentido, por lo que se ve abocada a trabajar para adaptar su modelo. El proceso de desequilibrio es incómodo para quien está aprendiendo, pero es el desequilibrio, afirma, lo que conduce a la verdadera sabiduría. Piaget mostró que el aprendizaje es un proceso en el que se pasa del equilibrio, donde todo encaja bien, al desequilibrio, donde una nueva idea no encaja, para llegar a un nuevo estado de equilibrio. Este proceso, sostiene, es esencial para el aprendizaje (Haack, 2011).

En el capítulo cuatro, cuando trate el tema de la práctica matemática y los tipos de práctica que son y no son útiles, mostraré que uno de los problemas que tiene nuestra versión actual de la educación en matemáticas es que los alumnos reciben ideas simples y repetitivas que no los ayudan a pasar al importante estado de desequilibrio. Sabemos que los individuos que tienen una alta tolerancia a la ambigüedad efectúan la transición del desequilibrio al equilibrio con mayor facilidad, una razón más por la que debemos brindar a los estudiantes más experiencias de ambigüedad matemática y de asunción de riesgos. En capítulos posteriores encontrarás ideas sobre cómo hacer esto.

Las investigaciones sobre los errores y el desequilibrio tienen enormes implicaciones para las aulas de matemáticas, no solo en cuanto a la forma de gestionar los errores, sino también en cuanto a las tareas que se dan a los alumnos. Si queremos que los estudiantes cometan errores, debemos darles unas tareas que les resulten difíciles, que les induzcan el desequilibrio. Estas tareas deben ir acompañadas de mensajes positivos sobre los errores, que les permitan sentirse cómodos a la hora de trabajar con problemas más difíciles, cometer fallos y seguir adelante. Esto supondrá un gran cambio para muchos profesores de matemáticas que actualmente planean las tareas para asegurar el éxito de sus alumnos; procuran que sean lo bastante fáciles como para obtener, en general, las respuestas correctas. Esto significa que no se plantean suficientes desafíos a los estudiantes, con lo cual no cuentan con las suficientes oportunidades para aprender y hacer crecer su cerebro.

En los talleres con Carol Dweck a menudo oigo que les dice a los padres que les comuniquen a sus hijos que no es impresionante hacer bien las tareas, ya que esto demuestra que no estaban aprendiendo. Carol aconseja que si los niños vuelven a casa diciendo que lo han respondido bien todo en clase o en un examen, los padres les digan: «Oh, lo siento; esto significa que no se te ha dado la oportunidad de aprender nada». Este mensaje es radical, pero debemos darles a los estudiantes mensajes sólidos que contrarresten la idea que a menudo reciben en la escuela de que es muy importante responder todo correctamente y que esto es un signo de inteligencia. Carol y yo intentamos reorientar a los docentes para que valoren menos las respuestas correctas y más los errores.

Sandie Gilliam es una profesora increíble. Llevo muchos años observando su forma de enseñar; sus alumnos obtienen las notas más altas, y adoran las matemáticas. Un día la estuve observando en el primer día de clase a los alumnos de décimo grado (equivalente a cuarto de ESO). Cuando llevaban un rato trabajando en sus tareas, se percató de que un estudiante había cometido un error y se dio cuenta de ello. Se acercó a él y le preguntó si mostraría su error en la pizarra; él la miró dubitativo y dijo: «Pero tengo la respuesta equivocada». Sandie le respondió que esa era la razón por la que quería que compartiera su trabajo, y que sería muy útil. Le explicó que si él había cometido ese error, otros también lo habían cometido, y que sería genial para todos comentarlo. El chico estuvo de acuerdo y expuso su fallo al resto de la clase; lo mostró en la pizarra blanca del aula. Durante todo el curso, la exposición de errores se convirtió en algo habitual para varios estudiantes.

Suelo mostrar un vídeo en el que aparecen alumnos de Sandie, que ayuda a los docentes y a los responsables de las políticas educativas a ver qué son capaces de hacer los estudiantes si reciben buenas clases de matemáticas. En uno de mis vídeos favoritos, los vemos trabajando juntos para resolver un problema complejo en la pizarra. Se esfuerzan por resolver el problema y se escuchan unos a otros a medida que van ofreciendo ideas. Cometen errores y toman rumbos equivocados, pero acaban por encontrar la solución, gracias a la contribución de muchos alumnos. Es un ejemplo potente de estudiantes que utilizan los métodos y las prácticas matemáticas estándar (según lo recomendado en los Estándares Estatales Básicos Comunes estadounidenses). Combinan sus propios pensamientos e ideas con métodos que conocen para resolver un problema aplicado irregular, el tipo de problema que se encontrarán en el mundo. A menudo ven el vídeo maestros experimentados, quienes señalan que pueden ver que los estudiantes se sienten realmente cómodos ofreciendo ideas sin temor a equivocarse. Hay una razón por la que los alumnos pueden trabajar con tareas matemáticas de nivel alto sin miedo a cometer errores: Sandie les ha enseñado a aceptar los fallos; ella les da valor en todas las etapas de la enseñanza.

Hace poco he trabajado en un estudio de investigación con Carol Dweck, Greg Walton, Carissa Romero y Dave Paunesku en Stanford; son los miembros de un equipo que ha efectuado muchas intervenciones importantes para mejorar la mentalidad de los estudiantes y el sentimiento de pertenencia en la escuela (para más información sobre el Proyecto para la Investigación en Educación Ampliable, o PERTS, consulta https://www.perts.net/). En nuestro estudio, brindamos una intervención a los profesores de matemáticas; les enseñamos el valor de los errores y algunas de las ideas relativas a la enseñanza que he ofrecido en este capítulo. No tardamos en descubrir que los profesores que completaron la intervención pasaron a tener una mentalidad de crecimiento significativamente mayor y sensaciones más positivas hacia los errores cometidos en matemáticas; también pasaron a fomentar la valoración de los errores en el aula. Hay otros cambios importantes que los docentes pueden efectuar en el aula, y los exploraremos en capítulos posteriores; por ahora, uno de los cambios más importantes que un profesor (o un padre) puede realizar fácilmente, y que puede tener un gran efecto en los estudiantes, es transmitirles una visión amable sobre los errores. En el siguiente capítulo hablaré sobre la importancia de cambiar algo igual de significativo: las matemáticas mismas. Cuando las matemáticas se enseñan como una materia abierta que admite una gran creatividad, y en que lo relevante son las conexiones, el aprendizaje y el crecimiento, y se alientan los errores, ocurren cosas increíbles.

* En este libro se distingue entre deberes y tareas. Los deberes, vocablo de uso habitual en España (en otros lugares, tarea), hacen referencia al trabajo encargado por el profesor a los alumnos para que lo hagan en casa. Las tareas hacen referencia a cualquier problema o ejercicio que los alumnos deben resolver, tal vez en la misma aula (N. del T.).

** Ver la nota anterior.

CAPÍTULO 3

La belleza de las
matemáticas y
la creatividad
que permiten

¿Qué son realmente las matemáticas? ¿Y por qué tantos estudiantes las odian, las temen o ambas cosas? Las matemáticas son diferentes de otras asignaturas, no porque en ellas todo sea correcto o incorrecto, como dicen muchos, sino porque se enseñan de acuerdo con unos procedimientos que no utilizan los profesores de otras asignaturas y porque la gente alberga unas creencias sobre ellas que no tiene sobre otras materias. Algo que distingue a las matemáticas es que suelen considerarse una asignatura en que lo esencial es el rendimiento académico: si se pregunta a los estudiantes cuál creen que es su función en la clase de matemáticas, la mayoría dirán que es hacer bien las tareas o responder correctamente. Los alumnos rara vez piensan que están en la clase para apreciar la belleza de las matemáticas, para hacer preguntas profundas, para explorar el interesante conjunto de conexiones que conforman la asignatura o incluso para saber de qué les podrá servir lo que están aprendiendo; creen que están en la clase de matemáticas para rendir. Hace poco una colega, Rachel Lambert, me dijo que su hijo de seis años había regresado a casa diciendo que no le gustaban las matemáticas; cuando le preguntó por qué, él manifestó que «las matemáticas son demasiado tiempo para las respuestas y no suficiente para aprender». Desde una edad temprana, los estudiantes advierten que las matemáticas son diferentes de otras asignaturas, y que el aprendizaje cede su lugar a la respuesta a preguntas y la realización de exámenes. Al rendimiento académico, en dos palabras.

La cultura favorable a los exámenes, que está más presente en el ámbito de las matemáticas que en otros, constituye gran parte del problema. Cuando los alumnos de sexto de mi distrito local llegaron a sus casas diciendo que habían hecho un examen el primer día de clase, estaba claro en qué asignatura se lo habían puesto: matemáticas. La mayoría de los estudiantes y padres aceptan la cultura favorable a los exámenes en el ámbito de las matemáticas; como me dijo una niña, «bueno, el profesor solo quería averiguar lo que ya sabíamos». Pero ¿por qué esto solo ocurre con las matemáticas? ¿Por qué los profesores no creen que tienen que averiguar qué saben los estudiantes a través de exámenes, el primer día, sobre otras materias? ¿Y por qué algunos educadores no se dan cuenta de que los exámenes constantes hacen algo más que evaluar a los alumnos? Esto último presenta sus propios problemas (y son abundantes), pero es que, además, la evaluación constante hace que los estudiantes piensen que las matemáticas no son otra cosa que dar respuestas cortas a preguntas muy concretas estando bajo presión. ¡No es de extrañar que tantos decidan que las matemáticas no son para ellos!

Hay otros factores que hacen que las matemáticas sean diferentes de todas las demás asignaturas. Cuando les preguntamos a los alumnos qué son las matemáticas, generalmente ofrecen unas descripciones que son muy diferentes de las que proporcionan los expertos en este campo. Suelen responder que es una asignatura de cálculos, procedimientos o reglas. Pero cuando les preguntamos a los matemáticos qué son las matemáticas, contestan que es el estudio de los patrones; afirman que es una materia estética, bella y que admite mucha creatividad (Devlin, 1997). ¿Por qué difieren tanto ambas descripciones? Cuando les preguntamos a los estudiantes de literatura inglesa en qué consiste esta asignatura, no formulan unas descripciones muy diferentes de las que ofrecen los profesores de esta materia.

Maryam Mirzakhani fue una matemática de Stanford, fallecida en 2017, a los cuarenta años de edad, que ganó en 2014 la Medalla Fields, el mayor premio mundial en el campo de las matemáticas. Maryam fue una mujer increíble que estudió las superficies hiperbólicas y que formuló lo que se ha llamado «la teoría de la década». En artículos periodísticos sobre su trabajo, se la ve dibujando ideas en grandes hojas de papel sobre la mesa de su cocina, ya que su trabajo era casi enteramente visual. Se dio el caso de que presidí el tribunal que escuchó la defensa de la tesis doctoral de una alumna de Maryam (antes del fallecimiento de esta). Ese día entré en el departamento de Matemáticas de Stanford experimentando curiosidad por la defensa que iba a escuchar. La sala en la que iba a tener lugar el acto era pequeña; las ventanas daban al impresionante Palm Drive de Stanford, la entrada a la universidad, y estaba llena de matemáticos, alumnos y ­profesores que habían acudido a escuchar o juzgar la defensa. La estudiante de Maryam era una mujer joven llamada Jenya Sapir; estuvo caminando de un lado a otro de la sala y pegando dibujos en varias paredes, unos dibujos que señalaba mientras hacía conjeturas sobre las relaciones existentes entre las líneas y curvas que los componían. Las matemáticas que describió consistían en imágenes visuales, creatividad y conexiones, y estaban llenas de incertidumbre (ver la figura 3.1).


A lo largo de la defensa, los profesores hicieron preguntas en tres o cuatro ocasiones, a las que la joven, segura de sí misma, se limitó a responder: «No lo sé». A menudo, quien había hecho la pregunta reconocía que él o ella tampoco sabía la respuesta. Sería muy inusual que en la defensa de un doctorado en Educación el aspirante respondiese «no lo sé» a algo; algunos profesores lo desaprobarían. Pero las matemáticas, las verdaderas matemáticas, están llenas de incertidumbre; se trata de efectuar exploraciones, conjeturas e interpretaciones, no de dar respuestas definitivas. Los profesores pensaron que era perfectamente razonable que ella no supiera la respuesta a algunas de las preguntas, ya que su trabajo se adentraba en territorio desconocido. Superó el examen de doctorado con honores.

Esto no significa que no haya respuestas en matemáticas. Se saben muchas cosas en este ámbito, y es importante que los estudiantes las aprendan. Pero, de alguna manera, las matemáticas escolares se han alejado tanto de las matemáticas reales que si hubiera llevado a la mayoría de los alumnos de una escuela a la defensa de esa tesis ese día, no habrían reconocido que eso iba de matemáticas. Esta amplia brecha que hay entre las matemáticas verdaderas y las que se enseñan en la escuela está en el núcleo de los problemas que tenemos con las matemáticas en el ámbito de la educación. Creo firmemente que si en las clases de matemáticas, en las escuelas, se presentara la auténtica naturaleza de esta disciplina, los alumnos no aborrecerían la asignatura, y tampoco la suspenderían masivamente.

Las matemáticas son un fenómeno cultural; un conjunto de ideas, conexiones y relaciones desarrolladas para que las personas le encuentren sentido al mundo. En esencia, las matemáticas tienen que ver con los patrones. Podemos poner una lente matemática sobre el mundo, y cuando lo hacemos, vemos patrones en todas partes; y a través de nuestra comprensión de los patrones, adquirida con el estudio matemático, expandimos nuestro conocimiento. Keith Devlin, un importante matemático, ha dedicado un libro a esta idea. En su obra Mathematics: the Science of Patterns [Matemáticas: la ciencia de los patrones], escribe:

Como ciencia de los patrones abstractos, casi no hay aspectos de nuestra vida que no estén afectados, en mayor o menor medida, por las matemáticas; porque los patrones abstractos son la esencia misma del pensamiento, de la comunicación, del cálculo, de la sociedad y de la vida misma (Devlin, 1997).

El conocimiento de los patrones matemáticos ha ayudado al ser humano a navegar por los océanos, a enviar misiones al espacio, a desarrollar la tecnología que hay detrás de los teléfonos móviles y las redes sociales, y a efectuar nuevos descubrimientos científicos y médicos. Con todo y con eso, muchos escolares creen que las matemáticas son una asignatura muerta, irrelevante para su futuro.

Para comprender la verdadera naturaleza de las matemáticas, es útil fijarse en la presencia de estas en el mundo, es decir, observar las ­matemáticas de la naturaleza. Los patrones que subyacen a los océanos y la vida silvestre, las estructuras y la lluvia, el comportamiento animal y las redes sociales han fascinado a los matemáticos durante siglos. El patrón de Fibonacci es probablemente el más conocido de todos. Fibonacci fue un matemático italiano que publicó, en el año 1202, un patrón que pasó a conocerse como la sucesión (o serie) de Fibonacci. Actualmente se sabe que este patrón se formuló mucho antes, en el año 200 a. de C., en la India. Esta es la famosa secuencia de Fibonacci:

1, 1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55…

Los dos primeros números son 1 y 1; el resto se obtienen de la suma de los dos números anteriores. Hay algo muy interesante en el patrón de Fibonacci: si avanzamos por la serie y vamos dividiendo cada número por el inmediatamente anterior, obtenemos una razón que cada vez se acerca más a 1,618:1. Esta razón se conoce como la proporción áurea, y está presente en toda la naturaleza. Por ejemplo, las espirales de la piña (tanto el fruto del pino como el del ananás) y de las flores siguen la proporción áurea.

Si examinamos los copos de nieve, vemos otra cosa interesante. Cada copo de nieve es único, pero todos siguen el mismo patrón: la forma general del hexágono, por lo que casi siempre tienen seis puntos (ver las figuras 3.2 y 3.3). Esto obedece a un motivo: los copos de nieve están formados por moléculas de agua, y cuando el agua se congela, lo hace según un patrón en el que se repiten los hexágonos.



Los animales también se sirven de las matemáticas. En un curso en línea que he impartido recientemente para estudiantes, al que se apuntaron más de cien mil personas, mostré las matemáticas utilizadas por los animales, y los participantes lo encontraron realmente interesante. Los delfines, por ejemplo, emiten un sonido que los ayuda a encontrarse en el agua.

Estos animales marinos emiten unos chasquidos característicos que rebotan en los objetos y regresan a ellos como un eco. Se basan en el tiempo que tarda el sonido en volver, y en su calidad, para saber dónde están sus amigos. Calculan intuitivamente una proporción, la misma que se les enseña a los alumnos en clase de Álgebra, a menudo una y otra vez, sin explicarles cómo se vincula a una situación de la vida real. Les dije como broma, a los alumnos del curso en línea, que si los delfines pudieran hablar en un lenguaje humano, podrían hacerse profesores de álgebra.

En el curso de una investigación para aportar contenidos a este curso en línea, Michaela, una de mis alumnas, descubrió que las arañas son expertas en espirales. Cuando una araña teje una red, primero crea una forma de estrella entre dos soportes verticales resistentes, como pueden ser dos ramas de árbol. A continuación, comienza a hacer una espiral. Necesita hacer esta espiral lo más rápidamente posible para fortalecer la estrella, por lo que elige hacer una espiral logarítmica. En las espirales logarítmicas, la distancia que hay entre cada giro sucesivo alrededor del centro aumenta en el mismo factor cada vez.

Esto significa que la espiral se expande cada vez más rápidamente cuanto más grande se hace. Pero esta espiral logarítmica deja mucho espacio en la red, por lo que la araña empieza a hacer una segunda espiral, más densa. Esta nueva espiral es aritmética, lo que significa que la distancia que hay entre las vueltas de la espiral es siempre la misma. Para esta segunda espiral, la araña necesita mucho más tiempo, porque tiene que hacer muchos más giros alrededor del centro de la estrella, pero la ayuda a atrapar más insectos, porque hace que no queden grandes espacios en la red. Esta asombrosa obra de ingeniería podría hacerse efectuando cálculos, pero la araña usa intuitivamente las matemáticas para crear y usar su propio algoritmo. Para más ejemplos de cómo los animales se sirven de las matemáticas, consulta Devlin (2006).

Cuando les mostré estas ideas a los alumnos del curso en línea, algunos de ellos se resistieron a aceptarlas, con el argumento de que las matemáticas de la naturaleza y las utilizadas por los animales no eran tales. Esos estudiantes solo reconocían unas matemáticas muy diferentes, las de los números y los cálculos. Mi objetivo era impulsarlos a que vieran las matemáticas de manera amplia y a que tomaran conciencia de las verdaderas matemáticas, y logré este objetivo. Al final del curso proporcioné una encuesta a los asistentes, y el 70 % admitieron que el curso les había hecho cambiar de opinión respecto a qué son las matemáticas. Y es importante destacar que el 75 % pasaron a tener más fe en que a partir de ese momento podrían llevar bien esta materia.

Las matemáticas existen abundantemente en la naturaleza, el arte y el mundo, pero la mayoría de los escolares no han oído hablar de la proporción áurea y no ven las matemáticas como el estudio de los patrones. Cuando no mostramos la amplitud de las matemáticas a los estudiantes, les negamos la oportunidad de experimentar lo maravillosas que son.

No soy la única persona que ha argumentado que las matemáticas de la escuela no son las reales. El matemático Reuben Hersh escribió un libro fascinante titulado What Is Mathematics, Really? [¿Qué son las matemáticas en realidad?], publicado en 1999, en el que argumenta que las matemáticas están muy mal representadas en las aulas. La mayoría de los estudiantes piensan que las matemáticas son una serie de respuestas a preguntas que nadie ha hecho. Pero Hersh señala que son las preguntas las que impulsan las matemáticas. Y añade: «Resolver problemas y concebir otros es la esencia de la vida matemática. Si las matemáticas se conciben separadas de la vida matemática, parecen muertas, por supuesto».

Numerosos estudios de investigación (Silver, 1994) han demostrado que cuando los estudiantes tienen la oportunidad de plantear problemas matemáticos, es decir, de pensar en una situación y concebir una pregunta matemática para preguntar sobre esa situación, lo cual es la esencia de las matemáticas reales, se implican más profundamente en la materia y ­presentan un rendimiento académico mayor. Pero esto rara vez ocurre en las clases de matemáticas. En Una mente maravillosa, película que fue un éxito de taquilla, los espectadores ven a John Nash (interpretado por Russell Crowe) esforzándose por encontrar una pregunta interesante. Esta es la primera etapa del trabajo matemático, y es fundamental. En el aula, los alumnos no experimentan este importante paso; en lugar de ello, pasan el tiempo respondiendo preguntas que les parecen inútiles, preguntas que no han formulado.

En mi libro What’s Math Got to Do with It? [¿Qué tienen que ver las matemáticas con esto?], describo un enfoque de enseñanza basado en el planteamiento de preguntas de matemáticas (Boaler, 2015a). El profesor Nick Fiori les dio a sus alumnos elementos del tipo piñas, juegos de naipes, cuentas de colores, dados, tuercas y tornillos, y les pidió que formulasen sus propias preguntas matemáticas. A los estudiantes les costó adaptarse, pero progresivamente, y emocionados, fueron aprendiendo a usar sus propias ideas, realizar investigaciones matemáticas y aprender nuevos métodos, alentados por un propósito.

A lo largo de los años, las matemáticas escolares se han ido desconectando cada vez más de las matemáticas que usan los matemáticos y de las matemáticas de la vida. Los alumnos pasan miles de horas en el aula aprendiendo conjuntos de procedimientos y reglas que nunca usarán en su vida cotidiana ni en su trabajo. Conrad Wolfram ostenta un alto cargo directivo en Wolfram-Alpha, una de las empresas matemáticas más importantes del mundo. También critica abiertamente la enseñanza tradicional de las matemáticas, y sostiene firmemente que estas no tienen que ver con el cálculo. En una charla TED que han visto más de un millón de personas, Wolfram (2010) propone que el trabajo con las matemáticas incluye cuatro etapas:

1 Plantear una pregunta.

2 Ir del mundo real a un modelo matemático.

3 Realizar un cálculo.

4 Regresar del modelo al mundo real, para ver si la pregunta original ha encontrado respuesta.

La primera etapa consiste en hacer una buena pregunta relativa a ciertos datos o a una situación. Este es el primer acto matemático que es necesario efectuar en el lugar de trabajo. El empleo que está experimentando un crecimiento más rápido en Estados Unidos es el de analista de datos: este profesional analiza la ingente cantidad de datos de los que disponen todas las empresas actualmente y formula preguntas importantes sobre dichos datos. La segunda etapa que describe Wolfram es configurar un modelo para responder la pregunta; la tercera, realizar un cálculo, y la cuarta, aplicar el modelo al mundo para ver si se ha respondido la pregunta. Wolfram señala que el 80 % de las matemáticas escolares están centradas en la tercera etapa (realizar cálculos a mano) cuando esta es la única etapa que los empresarios no necesitan que los trabajadores dominen, ya que para eso están las calculadoras y los ordenadores. Wolfram propone que los alumnos trabajen con las etapas 1, 2 y 4 durante mucho más tiempo en las clases de matemáticas. Lo que los empresarios necesitan, argumenta, son personas que puedan hacer buenas preguntas, establecer modelos, analizar resultados e interpretar las respuestas matemáticas. Antes, los empresarios necesitaban personas para efectuar los cálculos, pero actualmente ya no tienen esta necesidad. Lo que necesitan son individuos que piensen y razonen.

La lista Fortune 500 constituye una relación de las quinientas empresas más importantes de Estados Unidos. Hace unos cincuenta años, cuando se les preguntó a las empresas qué valoraban más en los nuevos empleados, esto fue lo que respondieron, en el orden que se indica:

TABLA 3.1. Habilidades más valoradas por las empresas de Fortune 500 en 1970.


1.Escritura
2.Habilidades de cálculo
3.Competencia lectora
4.Comunicación oral
5.Capacidad de escucha
6.Desarrollo profesional y personal
7.Pensamiento creativo
8.Liderazgo
9.Establecer metas/Motivación
10.Trabajo en equipo
11.Eficacia organizativa
12.Capacidad de resolver problemas
13.Habilidades interpersonales

Las habilidades de cálculo ocupaban el segundo lugar en la lista. En 1999, habían caído a la penúltima posición, y los primeros lugares habían sido ocupados por el trabajo en equipo y la capacidad de resolver problemas.

TABLA 3.2. Habilidades más valoradas por las empresas de Fortune 500 en 1999.


1.Trabajo en equipo
2.Capacidad de resolver problemas
3.Habilidades interpersonales
4.Comunicación oral
5.Capacidad de escucha
6.Desarrollo profesional y personal
7.Pensamiento creativo
8.Liderazgo
9.Establecer metas/Motivación
10.Escritura
11.Eficacia organizativa
12.Habilidades de cálculo
13.Competencia lectora

Los padres a menudo no ven la necesidad de algo que es esencial en matemáticas: la disciplina. Muchos me han preguntado qué sentido tiene que su hijo explique su trabajo si sabe obtener la respuesta correcta. Y mi respuesta es siempre la misma: explicar el propio trabajo es lo que, en matemáticas, llamamos razonamiento, y el razonamiento es fundamental en la disciplina de las matemáticas. Los científicos prueban o refutan las teorías con contextos experimentales, pero los matemáticos demuestran las teorías a través del razonamiento matemático. Necesitan formular argumentos que convenzan a otros matemáticos por medio de razonar cuidadosamente su avance de una idea a otra utilizando conexiones lógicas. Las matemáticas son una disciplina muy social, ya que las demostraciones se producen cuando los matemáticos pueden convencer a otros compañeros de profesión de las conexiones lógicas que han establecido.

Muchas matemáticas son el resultado de colaboraciones entre matemáticos; Leone Burton estudió el trabajo de los matemáticos y descubrió que más de la mitad de sus publicaciones se produjeron en colaboración (Burton, 1999). Sin embargo, muchas aulas de matemáticas son lugares donde los estudiantes rellenan hojas de ejercicios en silencio. Los debates grupales y aquellos en los que participa toda la clase son muy importantes.

Los debates no solo constituyen la mayor ayuda en aras de la comprensión —ya que los estudiantes rara vez comprenden las ideas si no se habla de ellas— y no solo animan la asignatura y hacen que los alumnos se impliquen, sino que también son los encuentros en los que aprenden a razonar y a criticar los razonamientos de los demás. Esto último tiene una importancia capital, actualmente, en los lugares de trabajo en los que se usa la alta tecnología. Casi todos los puestos de trabajo nuevos que se crean en el mundo tecnológico actual implican trabajar con conjuntos de datos ingentes, hacer preguntas sobre dichos datos y razonar sobre procedimientos matemáticos. Conrad Wolfram me dijo que cualquier persona que no sepa concebir razonamientos matemáticos no es valiosa en el mundo laboral de hoy en día. Cuando los empleados razonan determinados procedimientos matemáticos y hablan de ellos, otros individuos pueden desarrollar nuevas ideas basadas en estos procedimientos y analizar si se ha cometido un error. El trabajo en equipo que valoran tanto los empresarios tiene como base el razonamiento matemático. Las personas que se limitan a dar el resultado de cálculos no son útiles en los lugares de trabajo; deben ser capaces de vincularlos a un razonamiento.

También conviene que los alumnos razonen en las clases de matemáticas, porque el hecho de razonar el recorrido hacia la solución de un problema y analizar los razonamientos de otras personas es interesante para ellos. Los estudiantes y los adultos se implican mucho más cuando se les dan problemas de matemáticas abiertos y se les permite idear métodos y procedimientos que si se limitan a trabajar con problemas que lo que requieren es realizar un cálculo y ofrecer una respuesta. Mostraré muchos problemas matemáticos adecuados e interesantes que requieren razonamiento y explicaré algunas formas de diseñarlos en el capítulo cinco.

Otro problema grave al que nos enfrentamos en la enseñanza de las matemáticas es que la gente cree que todo en esta disciplina tiene que ver con el cálculo y que los mejores pensadores matemáticos son aquellos que calculan más rápido. Y algunos creen algo aún peor: que, en el campo de las matemáticas, tienes que ser rápido para ser bueno. En la sociedad está ­fuertemente arraigada la creencia de que si puedes calcular rápidamente eres una persona a la que se le dan realmente bien las matemáticas y que eres «inteligente». Sin embargo, los matemáticos, que podríamos considerar que son las personas más capaces en matemáticas, a menudo piensan con lentitud. Trabajo con muchos matemáticos, y no son pensadores matemáticos rápidos. No digo esto para faltarles al respeto; son lentos porque piensan con cuidado y profundamente sobre su materia.

Laurent Schwartz ganó la Medalla Fields en matemáticas y fue uno de los mejores matemáticos de su tiempo. Pero en la escuela era uno de los pensadores matemáticos más lentos de su clase. En su autobiografía, A Mathematician Grappling with His Century [Un matemático lidiando con su siglo], publicada en 2001, reflexiona sobre su etapa escolar y afirma que se sintió «tonto» porque su escuela valoraba el pensamiento rápido, mientras que él pensaba de forma lenta y profunda:

Siempre estuve muy inseguro de mi propia capacidad intelectual; pensaba que era poco inteligente. Y es cierto que era, y aún soy, bastante lento. Necesito tiempo para asimilar las cosas porque siempre necesito entenderlas por completo. Hacia el final del undécimo grado [primero de bachillerato] pensaba que era tonto. Pero no se lo dije a nadie. Este tema me tuvo preocupado mucho tiempo.

Sigo siendo igual de lento. […] Al final del undécimo grado, adopté una perspectiva realista de la situación y llegué a la conclusión de que la rapidez no se correlaciona de forma precisa con la inteligencia. Lo importante es comprender profundamente las cosas y las relaciones que mantienen entre sí; en esto consiste la inteligencia. El hecho de ser rápido o lento no es relevante, en realidad. (Schwartz, 2001)

Schwartz escribe, como han hecho muchos otros matemáticos, sobre la representación errónea de las matemáticas en las aulas y sobre que la esencia de las matemáticas son las conexiones y el pensamiento profundo, no el cálculo rápido. Hay muchos alumnos en las clases de matemáticas que piensan de forma lenta y profunda, como él, a quienes se les induce la creencia de que no están hechos para las matemáticas. De hecho, la idea de que las matemáticas consisten en efectuar cálculos rápidos intimida a grandes proporciones de estudiantes, especialmente a las niñas, como comentaré con mayor profundidad en los capítulos cuatro y siete. Pero las matemáticas siguen presentándose como una carrera de velocidad, más que cualquier otra materia: hay exámenes de matemáticas cronometrados, tarjetas de estudio, aplicaciones de matemáticas para operar contra reloj... No es de extrañar que los estudiantes que piensan lenta y profundamente se desanimen con las matemáticas. Personalidades como Cathy Seeley, expresidenta del Consejo Nacional de Profesores de Matemáticas estadounidense, también están trabajando para disipar la idea de que las matemáticas son solo para los estudiantes rápidos, y ofrecen como alternativa una nueva forma de proceder para que los profesores y los estudiantes trabajen de manera productiva y profunda (Seeley, 2009, 2014). Es muy importante acabar con el mito, tan extendido, de que las matemáticas tienen que ver con la velocidad si queremos que pensadores lentos y profundos como Laurent Schwartz y muchas niñas (Boaler, 2002b) dejen de pensar que las matemáticas no son para ellos. En el siguiente capítulo mostraré cómo se pueden enseñar las matemáticas, particularmente los números y el cálculo, de una manera que destaque el valor de la profundidad y no la velocidad, que mejore las conexiones cerebrales y que haga que muchos más estudiantes se sientan cómodos con esta materia.

Conclusión

He empezado este capítulo hablando de que las matemáticas son distintas de otras asignaturas. Pero la diferencia no radica en la naturaleza de esta materia, como creen muchas personas, sino en algunos conceptos erróneos importantes y generalizados: que las matemáticas son una asignatura caracterizada por las reglas y los procedimientos, que ser bueno en matemáticas significa ser rápido y que la esencia de las matemáticas son los números, las certezas y las respuestas correctas frente a las incorrectas. Estas ideas equivocadas las tienen innumerables profesores, alumnos y padres, y son parte de la razón por la que se ha ido manteniendo la enseñanza tradicional a pesar de ser defectuosa e ineficaz.

Muchos padres odiaban las matemáticas cuando iban a la escuela pero a pesar de ello abogan por la enseñanza tradicional, porque piensan que las cosas deben ser así y que la enseñanza desagradable que experimentaron se debió a la naturaleza engorrosa de las matemáticas. Muchos maestros de las escuelas de primaria han tenido terribles experiencias con esta materia y tienen problemas para impartirla, ya que creen que solo puede enseñarse como un conjunto de procedimientos muy acotados. Cuando les muestro que las verdaderas matemáticas son otra cosa y que no tienen que ­someter a sus alumnos a las matemáticas que ellos experimentaron, se sienten realmente liberados, y a menudo eufóricos, como se mostrará en el capítulo cinco. Cuando tenemos en cuenta cuántos de los conceptos erróneos que he presentado en este capítulo están presentes en las aulas de matemáticas, podemos entender más fácilmente por qué tantos alumnos llevan mal esta asignatura en Estados Unidos y más allá; y, lo que es más importante, podemos entender también que el fracaso y la ansiedad asociados a las matemáticas son completamente innecesarios.

Cuando observamos las matemáticas del mundo y aquellas en las que se aplican los matemáticos, vemos una materia visual y viva, caracterizada por las conexiones y en la que es posible una gran creatividad. Sin embargo, los escolares a menudo ven las matemáticas como una materia muerta; como cientos de métodos y procedimientos para memorizar que nunca usarán y como cientos de respuestas a preguntas que nunca han formulado. Y cuando se le pregunta a la gente cómo se usan las matemáticas en el mundo, generalmente piensa en números y cálculos (piensa que sirven para calcular hipotecas o precios de venta). Pero el pensamiento matemático es mucho más. Las matemáticas están en el centro de las reflexiones sobre cómo pasar el día, cuántos eventos y tareas se pueden abordar en una jornada, qué espacio se necesita para alojar una determinada cantidad de equipaje o para dar la vuelta con un automóvil, cuál es la probabilidad de que ocurran determinados sucesos o cómo se extienden los tweets y a cuántas personas llegan. El mundo respeta a quienes pueden efectuar cálculos rápidos, pero el hecho es que algunas personas pueden ser muy rápidas con los números y no saber hacer grandes cosas con ellos, mientras que otras, que son muy lentas y cometen muchos errores, pueden hacer algo sorprendente con las matemáticas. Los pensadores valiosos del mundo de hoy no son los que pueden calcular con rapidez, como ocurría antes; actualmente, los cálculos rápidos están completamente automatizados y son rutinarios y poco inspiradores. Los pensadores valiosos son aquellos que establecen conexiones, piensan de manera lógica y utilizan el espacio, los datos y los números de manera creativa.

No se puede culpar a los docentes del hecho de que se enseñe una versión estrecha y empobrecida de las matemáticas en las aulas de muchas escuelas. Los profesores generalmente reciben largas listas de contenidos que deben enseñar, junto con cientos de descripciones de dichos contenidos, y no tienen tiempo de profundizar en ninguna idea. Cuando reciben las listas de los contenidos, ven una materia que ha sido reducida a sus partes constituyentes; es como recibir una bicicleta desmontada, un conjunto de tuercas y tornillos que los alumnos deberán abrillantar y pulir a lo largo del curso. Las listas de contenidos no incluyen conexiones; presentan las matemáticas como si las conexiones ni siquiera existieran. Pero yo no quiero que los estudiantes estén limpiando componentes sueltos de bicicletas todo el día; quiero que se suban a las bicicletas una vez ensambladas y que viajen libremente, experimentando el placer de las matemáticas, la alegría de efectuar conexiones, la euforia del verdadero pensamiento matemático. Cuando ensanchamos el marco conceptual y enseñamos las matemáticas amplias, visuales y creativas que mostraré en este libro, también enseñamos las matemáticas como una materia de aprendizaje. Es muy difícil que los estudiantes desarrollen una mentalidad de crecimiento si lo único que hacen es responder preguntas que solo admiten dos posibilidades —la respuesta correcta y las incorrectas—. Estas preguntas transmiten mensajes fijos sobre las matemáticas. Cuando enseñamos las verdaderas matemáticas, que tienen profundidad y se basan en las conexiones, aumentan las oportunidades de desarrollar una mentalidad de crecimiento y de aprender, y las aulas están llenas de estudiantes felices, entusiasmados e implicados. En los siguientes cinco capítulos se expondrán muchas ideas que apuntarán a la consecución de estos objetivos, así como las pruebas (más concretamente, los resultados de investigaciones) que las respaldan.

CAPÍTULO 4

La creación de
mentalidades matemáticas:
la importancia de ser
flexible con los números

Los bebés y los niños pequeños adoran las matemáticas. Dales a los niños pequeños unos cuantos bloques de juguete y los apilarán y ordenarán, fascinados por la forma en que se alinean los bordes. Los niños también miran al cielo y se deleitan con las formaciones en V de los pájaros. Cuenta un conjunto de objetos con un niño pequeño, después disponlos de otra manera y cuéntalos de nuevo, y quedará encantado por el hecho de que sigue habiendo la misma cantidad. Pidamos a los niños que dispongan patrones con unos bloques de colores y trabajarán felizmente disponiendo patrones repetitivos, uno de los actos más matemáticos. Keith Devlin ha escrito una serie de libros en los que ofrece pruebas sólidas de que todos, de forma natural, empleamos las matemáticas y tenemos un pensamiento matemático (ver, por ejemplo, Devlin, 2006). Queremos ver patrones en el mundo y comprender los ritmos del universo. Pero la alegría y la fascinación que experimentan los niños pequeños con las matemáticas se ven reemplazadas rápidamente por el temor y la aversión cuando empiezan a estudiar esta asignatura en la escuela y se les presenta un árido conjunto de métodos que, creen, solo tienen que aceptar y recordar.

En Finlandia, uno de los países del mundo en que los estudiantes sacan las notas más altas en las pruebas del PISA, los alumnos no aprenden según métodos formales de matemáticas hasta los siete años de edad. En Estados Unidos, el Reino Unido y algunos otros países, comienzan mucho antes, y cuando tienen siete años, ya se les han enseñado algoritmos para sumar, restar, multiplicar y dividir números, y han tenido que memorizar las tablas de multiplicar. En el caso de muchos estudiantes, su primera experiencia con las matemáticas es de confusión, ya que los métodos no tienen sentido para ellos. La curiosidad que habían mostrado nuestros hijos en los primeros años se desvanece y es reemplazada por la fuerte creencia de que en el ámbito de las matemáticas todo consiste en seguir ciertas instrucciones y reglas.

Lo mejor que podemos hacer para iniciar a los niños en las matemáticas es animarlos a jugar con números y formas y a que piensen en qué patrones e ideas pueden ver. En mi anterior libro conté la historia de Sarah Flannery, que ganó el Premio al Joven Científico del Año por inventar un nuevo algoritmo matemático. En su autobiografía, habla de la forma en que desarrolló su pensamiento matemático haciendo puzles en casa con su padre; explica que esos rompecabezas fueron más importantes para ella que todas las lecciones de matemáticas que recibió en la escuela en el transcurso de los años (Flannery, 2002). Quienes utilizan con éxito las matemáticas tienen un enfoque de estas, y una comprensión matemática, distintos de los que tienen quienes las utilizan con menos éxito. Se acercan a las matemáticas con el deseo de entenderlas y pensar en ellas, y con la confianza de que podrán encontrarles un sentido. Quienes usan con éxito las matemáticas buscan patrones y relaciones y piensan en las conexiones. Tienen una mentalidad matemática; saben que las matemáticas son una materia vinculada al crecimiento y que lo que deben hacer es aprender y pensar en nuevas ideas. Necesitamos inculcar una mentalidad matemática en los alumnos desde el primer contacto que tengan con esta materia.

Las investigaciones han demostrado definitivamente la importancia que tiene la mentalidad de crecimiento, es decir, la creencia de que la inteligencia puede aumentar y de que cuanto más aprendes, más inteligente te vuelves. Pero para acabar con el fracaso en el campo de las matemáticas, necesitamos que los estudiantes alberguen creencias de crecimiento (creencias acordes con la mentalidad de crecimiento) sobre sí mismos y que estas vayan acompañadas de creencias de crecimiento sobre la naturaleza de las matemáticas y sobre el papel que tienen, como alumnos, en relación con ellas. Los niños deben ver las matemáticas como una materia conceptual y de crecimiento en la que deberían pensar y a la que deberían encontrar sentido. Cuando las ven como una serie de preguntas cortas, no pueden reparar en cómo aprovecharlas para su propio aprendizaje y crecimiento interno; piensan que están compuestas por un conjunto fijo de métodos que uno conoce o no conoce. En cambio, cuando las ven como un amplio panorama de rompecabezas inexplorados que les permite divagar, hacer preguntas y pensar sobre las relaciones, comprenden que su papel como alumnos es pensar, darle un sentido a aquello con lo que se encuentran y crecer. Cuando los estudiantes ven las matemáticas como un conjunto de ideas y relaciones y comprenden que su papel es el de pensar sobre las ideas y encontrarles sentido, tienen una mentalidad matemática.

Sebastian Thrun, director general de Udacity y profesor de investigación en la Universidad Stanford, tiene una mentalidad matemática. Empecé a trabajar con él hace dos años. Cuando lo conocí, era profesor de informática y había sido quien había inventado el coche autónomo y quien había impartido el primer curso CEMA; también había liderado los equipos que desarrollaron Google Glass y Google Maps. Sebastian pasó de su exitoso curso en línea, que hicieron ciento sesenta mil personas, a crear Udacity, una empresa de aprendizaje en línea. Comencé a trabajar con él cuando me pidió consejo para los cursos de Udacity. Sebastian es un usuario de las matemáticas de muy alto nivel cuyos logros son conocidos en todo el mundo. Ha escrito libros de matemáticas que son tan complejos que, como él dice, «harían que te saliese humo de la cabeza». Algo que no es tan sabido de Sebastian es que es muy reflexivo en cuanto a su conocimiento y aprendizaje de las matemáticas. Cuando lo entrevisté para mi curso en línea para docentes y padres («How to Learn Math», ‘Cómo aprender matemáticas’), me habló sobre el importante papel que juega la intuición en el aprendizaje de las matemáticas y la resolución de problemas, y a la hora de dar sentido a las situaciones. Puso como ejemplo una ocasión en la que estaba desarrollando robots para ser utilizados en la Institución Smithsonian y surgió un problema: los niños y otros visitantes del Smithsonian hacían un ruido de fondo que confundía a los robots. Sebastian dijo que él y su equipo tuvieron que ponerse manos a la obra para encontrar nuevas soluciones matemáticas que permitieran que los robots funcionaran bien. Acabó por resolver el problema usando la intuición. Siguió el proceso de concebir una solución matemática que tenía sentido para él de forma intuitiva; a continuación, la demostró aplicando métodos matemáticos. Sebastian habla con firmeza acerca de no avanzar nunca en matemáticas a menos que algo tenga sentido desde la intuición. En mi curso en línea, aconseja a los niños que están aprendiendo matemáticas que nunca trabajen con fórmulas o métodos a menos que les encuentren sentido, y que se detengan si no encuentran dicho sentido.

Entonces, ¿cómo podemos desarrollar mentalidades matemáticas en los niños para que estén dispuestos a abordar esta materia haciendo prevalecer el sentido y la intuición? Antes de que empiecen a ir a la escuela, la tarea es sencilla: hay que pedirles que jueguen con rompecabezas, formas y números, y que piensen en las relaciones. ¿Y cuando comiencen a asistir a la escuela? Vivimos en un sistema en el que los estudiantes deben, desde una edad temprana, aprender muchos métodos matemáticos formales, como los que se usan para sumar, restar, dividir y multiplicar. Este es el momento en que se alejan de las mentalidades matemáticas y desarrollan mentalidades fijas, basadas en los procedimientos. Este es el momento en que es más importante que los maestros y los padres les presenten las matemáticas como una materia conceptual flexible cuyo eje es el pensamiento y dar sentido. El ámbito de los primeros trabajos con los números nos proporciona el ejemplo perfecto de las dos mentalidades que pueden desarrollar los estudiantes, una que es negativa y conduce al fracaso, y otra que es positiva y conduce al éxito.

Dar sentido a los números

Eddie Gray y David Tall son dos investigadores británicos que trabajaron con estudiantes de edades comprendidas entre los siete y los trece años que habían sido designados por sus profesores como alumnos de rendimiento académico bajo, medio o alto (Gray y Tall, 1994). A todos se les dieron problemas numéricos, como sumar o restar dos números. Los investigadores encontraron una diferencia importante entre los estudiantes de rendimiento alto y bajo. Los primeros resolvieron los problemas utilizando lo que se conoce como sentido numérico, es decir, interactuaron con los números de manera flexible y conceptual. En cambio, los estudiantes de bajo rendimiento no usaron el sentido numérico; parecía que albergaban la creencia de que lo que debían hacer era utilizar la memoria y aplicar un método estándar, incluso cuando era difícil hacerlo. Por ejemplo, cuando a los alumnos se les planteó la resta 21 – 6, los que sacaban buenas notas hicieron el problema más fácil cambiando los números y restando 20 – 5, pero los que sacaban notas bajas contaron hacia atrás desde 21, lo cual es más difícil de hacer y predispone al error. Tras estudiar exhaustivamente las distintas estrategias empleadas por los estudiantes, los investigadores concluyeron que la diferencia entre los de alto y bajo rendimiento no era que estos últimos sabían menos matemáticas, sino que interactuaban con ellas de otra manera. En lugar de acercarse a los números con flexibilidad y sentido numérico, parecían aferrarse a los procedimientos formales que habían aprendido y los aplicaban con mucha precisión, sin abandonarlos, incluso cuando tenía sentido hacerlo. Los alumnos que sacaban notas bajas no sabían menos; todo lo que ocurría era que no usaban los números de manera flexible, probablemente porque se los había asentado en el camino incorrecto, desde una edad temprana, de tratar de memorizar métodos y datos numéricos en lugar de interactuar con los números con flexibilidad (Boaler, 2015). Los investigadores señalaron otra cuestión importante: las matemáticas que usaban los alumnos que presentaban un rendimiento académico bajo eran más difíciles. Es mucho más fácil restar 5 de 20 que comenzar desde 21 y contar dieciséis números en sentido descendente (sic). Desafortunadamente para los alumnos que sacan notas bajas, a menudo se cree que tienen dificultades con las matemáticas y, por lo tanto, se les dan más instrucciones y prácticas; con esto asientan aún más su creencia de que el éxito en las matemáticas depende de memorizar métodos, y no de comprender las situaciones y darles un sentido. Se los hace transitar por una senda perjudicial que hace que se agarren a los procedimientos formales y, como resultado, a menudo se hallan abocados a tener dificultades con las matemáticas toda su vida.

Una mentalidad matemática refleja un enfoque activo del conocimiento matemático, en el cual los estudiantes ven que su papel es comprender y otorgar sentido. El sentido numérico refleja una comprensión profunda de las matemáticas, pero deriva de una mentalidad matemática centrada en dar sentido a los números y las cantidades. Es útil pensar sobre las formas en que el sentido numérico se desarrolla en los estudiantes, no solo porque es la base de todas las matemáticas de nivel superior (Feikes y Schwingendorf, 2008), sino también porque el sentido numérico y las mentalidades matemáticas se desarrollan conjuntamente, y aprender formas de cultivar uno de los dos aspectos contribuye al desarrollo del otro.

Las matemáticas son un dominio conceptual. No consisten, como mucha gente piensa, en un conjunto de tablas y métodos para recordar.

En la figura 4.1, las flechas azules representan los métodos pendientes de aprender, y los recuadros rosados, los conceptos aprendidos. Comenzando en la parte inferior izquierda del diagrama, vemos el método consistente en contar. Cuando los estudiantes aprenden a contar, recuerdan el orden y los nombres de los números, pero también desarrollan el concepto de número, es decir, la idea de lo que es un número. En las primeras etapas del aprendizaje de la suma, aprenden un método llamado seguir contando. Este método se emplea cuando se tienen dos conjuntos de números, por ejemplo 15 + 4, y se aprende a contar el primer conjunto, en este caso hasta 15, y después se sigue contando: 16, 17, 18, 19. Cuando los alumnos aprenden el método de seguir contando, desarrollan el concepto de suma. Pero este no es un método de suma; es una idea conceptual. En la siguiente etapa de su trabajo con las matemáticas, tal vez aprendan a sumar grupos de números, como tres grupos compuestos por el número 4, y al aprender a sumar grupos, desarrollan el concepto de producto. Nuevamente, esto no es un método (de multiplicación en este caso); es una idea conceptual. Las ideas de número, suma y producto son conceptos matemáticos sobre los que los estudiantes deben pensar profundamente. Deben aprender los métodos, como sumar y multiplicar, no como fines en sí mismos, sino como parte de la comprensión conceptual de los números, las sumas y los productos, y cómo se relacionan entre sí.


Sabemos que cuando aprendemos matemáticas tiene lugar un proceso cerebral llamado compresión. Cuando aprendemos un nuevo aspecto de las matemáticas sobre el que no sabíamos nada, este contenido ocupa un gran espacio en el cerebro, ya que debemos pensar mucho sobre cómo funciona y sobre cómo las nuevas ideas se relacionan con otras. Pero las matemáticas que hemos aprendido antes y que conocemos bien, como la suma, ocupan un espacio pequeño y compacto en nuestro cerebro. Podemos usar fácilmente ese conocimiento, sin pensarlo. El proceso de compresión tiene lugar porque el cerebro es un órgano muy complejo que debe controlar muchas cosas, y solo puede centrarse en unas pocas ideas no comprimidas en cualquier momento dado. Las ideas que se conocen bien son comprimidas y archivadas. William Thurston, un importante matemático que ganó la Medalla Fields, describe la compresión de esta manera:

Las matemáticas son increíblemente compresibles: puede ser que te esfuerces mucho tiempo, paso a paso, para trabajar en el mismo proceso o la misma idea desde varios enfoques. Pero una vez que realmente entiendes eso y tienes la perspectiva mental que te permite verlo como un todo, a menudo se produce una tremenda compresión mental. Puedes archivar ese contenido, recuperarlo totalmente y con rapidez cuando lo necesites y utilizarlo como un solo paso en algún otro proceso mental. La comprensión que acompaña a esta compresión es una de las verdaderas alegrías que nos aportan las matemáticas. (Thurston, 1990)

Muchos estudiantes no consideran que las matemáticas les aporten «verdaderas alegrías», en parte porque en ellos no tiene lugar la compresión. Cabe destacar que el cerebro solo puede comprimir conceptos; no puede hacer lo mismo con las reglas y los métodos. Por tanto, los alumnos que no adoptan el pensamiento conceptual y abordan las matemáticas como una lista de reglas que deben recordar no están llevando a cabo el fundamental proceso de la compresión, por lo que su cerebro no puede organizar y archivar ideas; en lugar de ello, se esfuerza por no olvidar largas listas de métodos y reglas. Por eso es tan importante ayudar a los estudiantes a abordar las matemáticas conceptualmente en todo momento. Aproximarse conceptualmente a las matemáticas es la esencia de lo que denomino una mentalidad matemática.

¿Y las tablas matemáticas?

Muchos creen que no es posible pensar conceptualmente en las matemáticas todo el tiempo porque hay muchas operaciones matemáticas básicas (las que se suelen presentar en tablas, como 8 × 4 = 32) que deben ser memorizadas. Hay algunas operaciones básicas que es bueno memorizar, pero los estudiantes pueden aprenderlas y memorizarlas con una visión conceptual de las matemáticas. Desafortunadamente, la mayoría de los docentes y padres piensan que debido a que algunas áreas de las matemáticas son objetivas, como las operaciones matemáticas básicas, se deben aprender a través de la práctica rutinaria y los ejercicios de velocidad. Este enfoque del aprendizaje de los números desde el principio es lo que perjudica a los estudiantes, les hace pensar que tener éxito en las matemáticas consiste en recordar operaciones a gran velocidad y los empuja a basarse en los procedimientos, lo cual actúa en contra del desarrollo de una mentalidad matemática.

Las operaciones matemáticas básicas incluidas en las tablas constituyen, en sí mismas, una pequeña parte de las matemáticas solamente, y la mejor forma de aprenderlas es usar los números de distintas formas y en varias situaciones. Por desgracia, en muchas aulas se pone el foco en las operaciones matemáticas de forma aislada, con lo cual los alumnos se hacen la idea de que dichas operaciones son la esencia de las matemáticas y, lo que es peor, piensan que dominar la evocación rápida de estas («¿Cuánto es siete por seis?», «¡Cuarenta y dos!») los convierte en magníficos estudiantes de esta asignatura. Ambas ideas están equivocadas y es fundamental que las erradiquemos de las aulas, ya que tienen un papel clave en el surgimiento de la ansiedad y la insatisfacción en relación con las matemáticas.

Crecí en una época progresista en Inglaterra; por aquel entonces las escuelas de primaria se centraban en el «niño completo», y no me dieron unas tablas de sumar, restar o multiplicar para que las memorizase. Nunca he guardado operaciones matemáticas en mi memoria, aunque puedo obtener rápidamente cualquier resultado, ya que tengo el sentido numérico y he aprendido buenas maneras de pensar en las combinaciones numéricas. El hecho de no haber memorizado no ha supuesto un obstáculo para mí en ningún momento o contexto de mi vida, a pesar de que soy profesora de matemáticas, gracias al sentido numérico. Es mucho más importante que los estudiantes aprendan este, pues incluye el aprendizaje de las operaciones matemáticas básicas, más una profunda comprensión de los números y las formas en que se relacionan entre sí.

Para un tercio de los estudiantes aproximadamente, el inicio de los exámenes cronometrados supone el comienzo de la ansiedad vinculada a las matemáticas (Boaler, 2014c). Sian Beilock y sus colegas estudiaron el cerebro de personas a través de imágenes de resonancia magnética y encontraron que las operaciones matemáticas básicas se conservan en la región cerebral que aloja la memoria operativa. Pero cuando los estudiantes están estresados, como ocurre cuando disponen de un tiempo limitado para resolver las cuestiones matemáticas que se les plantean, la memoria operativa se bloquea, y no pueden acceder a los datos matemáticos que conocen (­Beilock, 2011). Cuando se dan cuenta de que no pueden desempeñarse bien en los exámenes cronometrados, empiezan a experimentar ansiedad y falta de confianza en sí mismos en relación con las matemáticas. El bloqueo de la memoria operativa y la ansiedad asociada a dicho bloqueo es especialmente habitual entre los alumnos que sacan buenas notas y las niñas. Las estimaciones más prudentes permiten inferir que al menos un tercio de los estudiantes en general (es decir, sin atender a sus calificaciones ni a la posición económica de sus familias) experimentan un estrés extremo frente a las pruebas cronometradas. Cuando sometemos a los alumnos a esta experiencia generadora de ansiedad, pasan a odiar la asignatura.

La ansiedad vinculada a las matemáticas se ha registrado en estudiantes de apenas cinco años, y los exámenes cronometrados son una causa importante de este estado debilitante, que a menudo acompaña a la persona durante el resto de su vida. En mis clases en la Universidad Stanford, me encuentro con muchos alumnos que tienen un trauma con las matemáticas, a pesar de que se cuentan entre los estudiantes más sobresalientes del país. Cuando les pregunto acerca del origen de su aversión hacia las matemáticas, muchos me dicen que los exámenes cronometrados de segundo o tercero de primaria constituyeron un punto de inflexión importante a partir del cual decidieron que las matemáticas no eran para ellos. Algunos de los alumnos, especialmente las alumnas, me hablan de la necesidad que tenían de comprender en profundidad la materia (un objetivo muy pertinente) y de que se les hizo sentir que este objetivo no era importante, o incluso dejó de estar presente, en el momento en que los exámenes cronometrados pasaron a ser una realidad cotidiana en la clase de matemáticas. Es posible que realizaran también otro tipo de trabajo, más valioso, en las clases de matemáticas, enfocado en la comprensión y la otorgación de sentido, pero las pruebas cronometradas evocan emociones tan fuertes que los estudiantes pueden llegar a creer que ser rápido en las operaciones es la esencia de las matemáticas. Esto es tremendamente lamentable. Vemos el resultado del énfasis equivocado que se está poniendo en la memorización y los exámenes en la gran cantidad de estudiantes que abandonan las matemáticas y en la «crisis matemática» que estamos viviendo en la actualidad (consulta www.youcubed.org). Cuando mi hija empezó a memorizar la tabla de multiplicar y a hacer exámenes a los cinco años, comenzó a llorar a causa de las matemáticas. Esta emoción de desesperación no es la que queremos que los estudiantes asocien con esta materia, pero mientras sigamos presionándolos para que recuerden las operaciones básicas a gran velocidad, no acabaremos con la ansiedad y el disgusto vinculados a las matemáticas que se encuentran tan generalizados en Estados Unidos, el Reino Unido y muchos otros países (Silva y White, 2013).

Llegados a este punto, surge la pregunta: ¿qué podemos hacer para ayudar a los estudiantes a aprender las operaciones matemáticas básicas si no utilizamos los exámenes cronometrados? La mejor manera de fomentar el aprendizaje de estas operaciones y el desarrollo de una mentalidad matemática es ofrecer tareas matemáticas conceptuales que ayuden a aprender y entender los números y las operaciones numéricas. Un equipo de investigadores del cerebro estudió a dos grupos diferenciados de alumnos, que estaban aprendiendo matemáticas de dos maneras diferentes. Uno estaba aprendiendo a través de estrategias; por ejemplo, los estudiantes averiguaban el resultado de 17 × 8 calculando 17 × 10 (170) y restando 17 × 2 (34). El otro método consistía en memorizar las operaciones (17 × 8 = 136). Encontraron que los dos enfoques (las estrategias y la memorización) implican dos rutas neuronales distintas y que ambas son perfectamente susceptibles de ser utilizadas en el transcurso de la vida. Sin embargo, es importante destacar que el estudio también encontró que quienes estaban aprendiendo a través de estrategias mostraban un «rendimiento académico superior» que quienes estaban centrados en memorizar; respondían los exámenes a la misma velocidad, pero lo hacían mejor a la hora de aplicar sus conocimientos a los problemas nuevos. Los investigadores concluyeron que la automaticidad debería alcanzarse con la comprensión de las relaciones numéricas, lograda con el pensamiento sobre las estrategias numéricas (Delazer et al., 2005).

En otro estudio importante, los investigadores descubrieron que el aprendizaje más potente tiene lugar cuando usamos distintas vías neuronales (Park y Brannon, 2013). El lado izquierdo del cerebro gestiona la información objetiva y técnica, mientras que el lado derecho gestiona la información visual y espacial. Se ha descubierto que el aprendizaje de las matemáticas y el desempeño en este ámbito son óptimos cuando las dos partes del cerebro se están comunicando (Park y Brannon, 2013). Los investigadores también encontraron que cuando los alumnos estaban trabajando en problemas aritméticos, como la resta, los que obtenían mejores resultados eran los que mostraban las conexiones más fuertes entre los dos lados del cerebro. Las implicaciones de este hallazgo son extremadamente importantes para el aprendizaje de las matemáticas, ya que nos dicen que el aprendizaje de las matemáticas abstractas formales que conforman gran parte del currículo escolar mejora cuando los estudiantes utilizan el pensamiento matemático visual e intuitivo.

En el artículo de Youcubed «Fluency without Fear» [Fluidez sin miedo], que tuvo una repercusión significativa, incluimos estos hallazgos y actividades que los maestros y los padres pueden usar para habilitar las importantes conexiones cerebrales. Uno de los juegos de matemáticas que incluimos en el artículo se hizo muy popular y fue tuiteado en todo el mundo. Lo describo a continuación.


Se juega por parejas. Cada niño dispone de una cuadrícula compuesta por cien cuadrados en blanco. El primero tira dos dados. Los números que aparecen son los que usa para crear una matriz en su cuadrícula. Puede colocar la matriz en cualquier lugar de la cuadrícula, pero el objetivo es que, al final, la cuadrícula esté lo más llena posible. Después de que el jugador ha coloreado la matriz en su cuadrícula, escribe la oración numérica que describe la matriz. El juego finaliza cuando ambos jugadores han tirado los dados y no pueden poner más matrices en la cuadrícula (ver la figura 4.2). En este juego, los estudiantes están aprendiendo operaciones numéricas simples, como 2 × 12, pero también están haciendo algo mucho más ­importante: están pensando en el significado de las operaciones numéricas y en lo que representa 2 × 12, visual y espacialmente.

Otro juego que fomenta las mismas conexiones cerebrales potentes toma la idea de las cartas de matemáticas, que a menudo se usan de formas perjudiciales, como fomentar la memorización y las respuestas rápidas, y las utiliza de manera muy diferente. El objetivo del juego es emparejar las cartas que ofrecen la misma respuesta, mostrada a través de distintas representaciones, sin límite de tiempo. El profesor pone todas las cartas sobre una mesa y les pide a los alumnos que las recojan por turnos; agarran tantas como encuentran con la misma respuesta (mostrada a través de cualquier representación). Por ejemplo, 9 y 4 se pueden mostrar como una cuadrícula compuesta por 9 x 4 cuadrados, por medio de conjuntos de objetos como pueden ser piezas de dominó o como una oración numérica. Cuando los alumnos emparejan las cartas, deben explicar cómo saben que son equivalentes. Esta actividad también está enfocada en comprender la multiplicación visual y espacialmente, lo cual estimula las conexiones cerebrales al mismo tiempo que sirve para practicar las operaciones matemáticas elementales. También se puede jugar con las cartas bocabajo, como en los juegos de memoria, para añadir un desafío adicional (ver la figura 4.3).


Estas actividades enseñan el sentido numérico y una mentalidad matemática y fomentan nuevas rutas neuronales en los dos hemisferios cerebrales. La antítesis de este enfoque es centrarse en la memorización rutinaria y la velocidad en las respuestas. Cuanto más ponemos el acento en la memorización, menos dispuestos están los alumnos a pensar en los ­números y en las relaciones que hay entre ellos, y a usar y desarrollar el sentido numérico (Boaler, 2015). Pero a algunos estudiantes no se les da tan bien como a otros memorizar las operaciones matemáticas básicas. Esto es algo que se debe celebrar; forma parte de la maravillosa diversidad de la vida y las personas. Imagina lo horrible que sería si, ante los exámenes en los que se evalúa el conocimiento de las operaciones matemáticas básicas, todos los alumnos respondieran de la misma manera y a la misma velocidad, como si fuesen robots. En un estudio reciente sobre el cerebro, los científicos examinaron el cerebro de algunos estudiantes cuando se les estaba enseñando a memorizar este tipo de operaciones matemáticas. Vieron que algunos las memorizaban mucho más fácilmente que otros. Esto no tiene nada de sorprendente. Ahora bien, muchos de nosotros supondríamos, probablemente, que aquellos que memorizaban mejor eran los que sacaban mejores notas o eran «más inteligentes». Pero los investigadores descubrieron que los estudiantes que memorizaban con mayor facilidad no eran los que presentaban un mejor rendimiento académico; no tenían más «capacidad matemática» (en palabras de los investigadores) ni obtenían puntuaciones más altas en la evaluación del cociente intelectual (Supekar et al., 2013). Solo encontraron diferencias en la región cerebral llamada hipocampo, que es la responsable de las operaciones memorizadas. El hipocampo, al igual que otras áreas del cerebro, no es fijo y puede crecer en cualquier momento, como ilustran los estudios efectuados con los conductores de los taxis negros de Londres (Woollett y Maguire, 2011), pero siempre ocurrirá que algunos estudiantes serán más rápidos o más lentos a la hora de memorizar, lo cual no tiene nada que ver con el potencial matemático.

Para ser un buen estudiante de inglés, para poder leer y comprender novelas o poemas, hay que haber memorizado el significado de muchas palabras. Pero ningún estudiante de inglés diría o pensaría que aprender esta lengua consiste en memorizar y recordar palabras a gran velocidad. Esto se debe a que aprendemos las palabras al usarlas en muchas situaciones diferentes: al decirlas, al leerlas, al escribirlas. Los profesores de inglés no les dan a sus alumnos cientos de palabras para que las memoricen y, luego, los evalúan con pruebas cronometradas. Todas las asignaturas requieren memorizar algunos datos e informaciones, pero las matemáticas son la única asignatura en la que los maestros creen que los conocimientos deben evaluarse bajo unos límites de tiempo ajustados. ¿Por qué tratamos así a las matemáticas? Los estudios nos han mostrado que los estudiantes pueden aprender mucho mejor las operaciones matemáticas básicas realizando tareas atractivas; ahora es el momento de usar este conocimiento y liberar a los estudiantes del miedo a las matemáticas.

LA HISTORIA DE UNA PROFESORA SOBRE UN TRAUMA MOTIVADO POR LA MEMORIZACIÓN EN MATEMÁTICAS

En un taller de desarrollo profesional que impartí en fechas recientes, dirigido a profesores de California, conté que no memoricé la tabla de multiplicar en mi infancia. También dije que esto nunca me ha supuesto ningún tipo de obstáculo en ningún momento, a pesar de que decidí dedicarme a las matemáticas y trabajo con ellas a diario. Cuando dije esto a esa sala llena de profesores, cuatro de ellos lloraron. En el almuerzo, uno de ellos, una mujer, me explicó, entre sollozos, que mi declaración había tenido un gran impacto en ella. De niña, le costó memorizar la tabla de multiplicar, y su padre le hizo creer que tenía algún tipo de déficit cognitivo. Toda su vida había sentido que tenía algún tipo de problema. Me dijo que el director de su escuela estaba con ella en la sala, y temió que su «deficiencia» quedara al descubierto. La cantidad de personas que se han visto perjudicadas por el énfasis que se pone en las pruebas cronometradas y en la memorización de las operaciones matemáticas básicas en las aulas es terriblemente grande.

¿Hasta qué punto es importante la práctica en las matemáticas?

Cuando les muestro a los padres y los docentes los resultados de los estudios que indican que los estudiantes necesitan abordar las matemáticas de forma conceptual y visual, algunos padres preguntan: «Pero ¿no necesitan los estudiantes practicar mucho las matemáticas?». Con esta pregunta están haciendo referencia a las páginas llenas de operaciones matemáticas que deben resolver de forma aislada. La pregunta de si los alumnos de matemáticas deben practicar o hasta qué punto necesitan hacerlo es interesante. Sabemos que cuando tiene lugar un aprendizaje se activa una sinapsis, y que para que acontezca un cambio estructural en el cerebro debemos repasar las ideas y aprenderlas profundamente. Pero ¿qué significa esto? Es importante repasar las ideas matemáticas, pero practicar los métodos una y otra vez no es útil. Cuando aprendemos una nueva idea en matemáticas, es útil reforzarla, y el mejor modo de hacerlo es usarla de distintas maneras. Hacemos un muy flaco favor a los estudiantes cuando elegimos la versión más simple de una idea y les ponemos delante cuarenta ejercicios que insisten en ella. Las hojas de trabajo que repiten la misma idea una y otra vez alejan a los alumnos de las matemáticas, son innecesarias y no los preparan para usar esa idea en situaciones variadas.

En su éxito de ventas Outliers (Fuera de serie), Malcolm Gladwell desarrolla la idea de que se requieren unas diez mil horas de práctica para llegar a dominar una determinada disciplina (Gladwell, 2011). Describe los logros de músicos famosos, jugadores de ajedrez y estrellas del deporte, y muestra algo importante. Muchas personas creen que los individuos como Beethoven son genios naturales, pero Gladwell muestra que trabajan duro y durante mucho tiempo para alcanzar sus grandes logros, y que la mentalidad de crecimiento respalda su trabajo. Sin embargo, he hablado con varias personas que, lamentablemente, han interpretado que la idea de Gladwell significa que los estudiantes pueden llegar a dominar las matemáticas después de practicar rutinariamente durante diez mil horas. Pero esto no es así. Dominar las matemáticas requiere diez mil horas de trabajo matemático. No necesitamos que los estudiantes tomen un solo método y lo practiquen una y otra vez. Esto no son matemáticas; no hace que los estudiantes adquieran las ideas, los conceptos y las relaciones que dominan los matemáticos expertos. El aspirante a experto en matemáticas debe trabajar durante diez mil horas, sí, pero abordando las matemáticas como un todo, reflexionando sobre ideas y conexiones matemáticas, resolviendo problemas, razonando y conectando métodos.

La mayoría de los autores de libros de texto de Estados Unidos basan todo su enfoque en la idea de aislar métodos, reducirlos a su forma más simple y practicarlos. Esto es problemático por muchas razones. En primer lugar, practicar métodos aislados induce aburrimiento en los estudiantes; muchos se desentienden de la materia cuando piensan que lo que deben hacer es aceptar pasivamente un método (Boaler y Greeno, 2000) y repetirlo una y otra vez. En segundo lugar, la mayoría de los ejemplos de práctica ofrecen la versión más simplificada y desconectada del método que se deberá practicar, y no les dan a los estudiantes ninguna pista sobre cuándo o cómo podrán usar ese método.

Este problema se extiende a la forma en que los libros presentan los ejemplos de las ideas, ya que siempre dan la versión más simple. El cuadro 4.1 muestra las respuestas que los alumnos dan a los problemas de matemáticas en los estudios de investigación, lo cual resalta la naturaleza del problema causado por las preguntas de los libros de texto.

CUADRO 4.1

Se mostró la siguiente figura a niños de once años y se les preguntó: «¿Son paralelas las líneas a y c?».


La mayoría respondieron: «No, porque la línea b está en medio». El origen de esta respuesta se encuentra en el hecho de que el concepto de líneas paralelas se ilustra casi siempre ofreciendo la imagen de dos líneas:


A continuación, se pidió a los estudiantes que dijeran el nombre de la siguiente forma:


La mayoría no supieron hacerlo. Es un hexágono (un polígono de seis lados), pero los hexágonos casi siempre se nos muestran de esta manera:


Esta imagen no ilustra totalmente el concepto de hexágono.

Más de la mitad de los niños de ocho años a quienes se preguntó no vieron lo siguiente como ejemplos de un ángulo recto, un triángulo, un cuadrado y líneas paralelas…


... porque siempre se les ha mostrado la versión más simple de los conceptos. Estas son las imágenes con las que están familiarizados, y las que esperan ver:


El hecho de que más de la mitad de los estudiantes que participaron en los estudios no pudieron identificar las formas nos dice algo importante: que cuando los libros de texto presentan solo la versión más simple de una idea, a los alumnos se les niega la oportunidad de aprender la esencia de la idea. Los estudiantes no pudieron identificar los distintos ejemplos porque los autores de los libros de texto les habían proporcionado «ejemplos perfectos» en todas las ocasiones. Cuando se pretende ilustrar una definición en toda su amplitud, es útil ofrecer ejemplos variados, incluidos algunos que respondan bien a la definición, otros que apenas se ajusten a la definición y otros que no respondan a ella en absoluto, en lugar de ofrecer ejemplos perfectos en todas las ocasiones. Por ejemplo, al instruir a los alumnos sobre las aves, puede ser útil pensar en los murciélagos y explicar por qué no son aves, en lugar de mostrarles, una y otra vez, fotos de gorriones y cuervos. Esto deberían tenerlo en cuenta no solo los autores de los libros de texto sino también los profesores, incluidos los de matemáticas.

Las ideas erróneas que adquieren los estudiantes cuando se les muestran ejemplos perfectos son análogas a las limitaciones que desarrollan cuando practican métodos aislados una y otra vez. Se les dan situaciones sencillas que requieren el uso simple de un procedimiento (o, a menudo, ninguna situación); y cuando se les proponen problemas matemáticos realistas o cuando necesitan usar las matemáticas en el mundo, no saben aplicar los métodos que han aprendido (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, 2013). Los problemas reales a menudo requieren la elección y la adaptación de métodos que los estudiantes, normalmente, no han aprendido a usar; de hecho, es muy posible que ni siquiera hayan reflexionado sobre ellos. En el siguiente capítulo veremos cómo son los problemas matemáticos interesantes y efectivos que evitan estos inconvenientes.

En un estudio de investigación llevado a cabo en Inglaterra, que fue galardonado, hice el seguimiento a varios estudiantes durante tres años a través de un enfoque de las matemáticas basado en la práctica. Se les mostraron ejemplos aislados en la clase de matemáticas, que practicaron una y otra vez (Boaler, 2002a). Contrasté este enfoque con otro en el que se mostró la complejidad de las matemáticas con la intención de que pensaran conceptualmente en todo momento y eligieran, usaran y aplicaran métodos. Los dos enfoques se enseñaron en escuelas separadas, a alumnos cuyo entorno social y rendimiento académico coincidían; todos ellos vivían en zonas desfavorecidas del país. Los estudiantes a quienes se les enseñó a practicar métodos una y otra vez, en una escuela disciplinada en la que se dedicaba mucho tiempo a las tareas, obtuvieron puntuaciones significativamente más bajas en el examen nacional de matemáticas que aquellos que practicaron mucho menos pero a quienes se animó a pensar ­conceptualmente. Un ­problema importante al que se enfrentaron los alumnos de la escuela tradicional en el examen nacional, compuesto por un conjunto de preguntas sobre formas de proceder para resolver distintas cuestiones, fue que no supieron qué métodos elegir para responder las preguntas. Habían practicado los métodos una y otra vez, pero nunca se les había pedido que reflexionasen sobre una situación y eligiesen un método. A continuación, dos de los estudiantes de esa escuela reflexionan sobre las dificultades con las que se encontraron:

Esto es una lata, realmente, porque cuando estás en clase trabajando, incluso cuando la tarea es difícil te equivocas solamente en una o dos respuestas, las más raras; la mayoría las aciertas, y piensas: «Bueno, en el examen, haré bien la mayoría de los ejercicios». Pero no es así. (Alan, Amber Hill)

Es diferente, y me gusta la forma en que lo plantean allí; no es lo mismo. Las historias, las preguntas… no están igual que en los libros, ni coinciden con la forma de proceder del profesor a la hora de llegar a las respuestas. (Gary, Amber Hill)

La simplificación excesiva de las matemáticas y la práctica de métodos a través de procedimientos simplificados aislados es uno de los motivos del fracaso generalizado en Estados Unidos, el Reino Unido y otros países. También es una de las razones por las que los estudiantes no desarrollan mentalidades matemáticas: no ven que lo que les corresponde hacer es pensar y encontrarle sentido a lo que hacen; creen que todo consiste en tomar los métodos que se les presentan y aplicarlos una y otra vez. Se provoca que crean que no hay lugar para el pensamiento en la clase de matemáticas.

En un segundo estudio, realizado en Estados Unidos, les preguntamos a un conjunto de estudiantes a quienes se les estaba enseñando según un modelo similar cuál era su papel en la clase de matemáticas (Boaler y Staples, 2005). Un sorprendente 97 % de los alumnos dijeron lo mismo: que su papel consistía en «prestar mucha atención». Este acto pasivo de observar en lugar de pensar, razonar o dar sentido no conduce a la comprensión o al desarrollo de una mentalidad matemática.

A los estudiantes a menudo se les dan ejercicios de matemáticas como deberes (tareas para hacer en casa). Hay muchas pruebas de que los deberes, de cualquier tipo, son innecesarios o perjudiciales; hablaré de algunas de estas pruebas en el capítulo seis. Como madre, sé que los deberes son la causa más habitual de lágrimas en casa, y la asignatura que provoca más estrés en el hogar son las matemáticas, sobre todo cuando las tareas no consisten en más que largas listas de ejercicios aislados.

Se envían a los hogares páginas llenas de problemas por resolver como práctica, sin ninguna consideración, al parecer, por el efecto negativo que van a tener en el ambiente familiar. Pero hay esperanza: las escuelas que deciden dejar de mandar deberes no ven que los estudiantes tengan un rendimiento académico inferior y, en cambio, mejora significativamente la calidad de vida en el hogar (Kohn, 2008).

Los grandes estudios de investigación han demostrado que el hecho de que se manden o no deberes tiene unos efectos mínimos o nulos en el rendimiento escolar (Challenge Success, 2012) y que los deberes conducen a desigualdades significativas (Programa Internacional para la Evaluación de los Alumnos, 2015), un problema que retomaré en el capítulo seis. Además, los deberes tienen un papel muy negativo en la vida de muchos padres e hijos. Los estudios también muestran que los únicos deberes efectivos son aquellos en los que se les da a los estudiantes una experiencia de aprendizaje valiosa, no hojas de trabajo llenas de problemas prácticos, y los deberes que no se ven como una obligación, sino como oportunidades ocasionales de realizar una tarea significativa. Mis hijas van a escuelas que conocen las investigaciones sobre los deberes y generalmente solo les ponen deberes de matemáticas útiles, como rompecabezas kenken, pero en ocasiones los profesores les han mandado cuarenta ejercicios para que practiquen un método como la resta o la multiplicación. Mis hijas se desaniman cuando les mandan este tipo de tarea. En esos momentos, les explico que esa página de ejercicios monótonos no refleja lo que son las matemáticas en realidad, y una vez que me han demostrado que pueden resolver algunos de los ejercicios (cuatro o cinco, normalmente) les sugiero que se detengan. Le escribo una nota a la maestra en la que le digo que estoy satisfecha de que hayan comprendido el método y no quiero que trabajen en treinta y cinco ejercicios más, ya que eso les haría concebir ideas perjudiciales sobre la naturaleza de las matemáticas.

Si trabajas en una escuela en la que se exige que los profesores pongan deberes, se les pueden dar a los alumnos problemas por resolver que sean mucho más productivos que las páginas llenas de operaciones. Dos maestras innovadoras con las que trabajo en el Distrito Escolar Unificado de Vista, Yekaterina Milvidskaia y Tiana Tebelman, desarrollaron un conjunto de planteamientos reflexivos para mandarlos como deberes, con el fin de ayudar a sus alumnos a procesar y entender las matemáticas que han aprendido a un nivel más profundo. Por lo general, cada día les ponen una de las preguntas que incitan a la reflexión y entre uno y cinco ejercicios prácticos (la cantidad de ejercicios que les ponen en cada ocasión, dentro de este margen, depende de la complejidad de los problemas). El cuadro 4.2 muestra las preguntas para la reflexión que han desarrollado, de las cuales eligen una cada vez.

Yekaterina y Tiana llevan dos años utilizando estas preguntas para la reflexión y han advertido un impacto muy positivo en sus alumnos, que ahora reflexionan sobre lo que han aprendido, sintetizan sus ideas y hacen más preguntas en clase.

Cada año, les dan a sus estudiantes una encuesta a mitad de curso para recopilar datos y obtener sus comentarios sobre las prácticas realizadas en el aula y también sobre la nueva forma de enfocar los deberes. En cuanto a estos últimos, recibieron las siguientes respuestas:

Creo que la forma en que hacemos los deberes es muy útil. Cuando pasas más tiempo reflexionando sobre lo que has aprendido (en las respuestas por escrito) y menos tiempo haciendo operaciones matemáticas, aprendes mucho más.

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