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Sobre este libro

Orgullo y prejuicio narra la vida amorosa las hermanas Bennet, por medio de las que la autora nos presenta con comicidad la sociedad de su tiempo y coloca a la mujer en un lugar más notorio que el que le correspondía en su época.

Índice

Sobre este libro

Orgullo y prejuicio

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Sobre la autora


Austen, JaneOrgullo y prejuicio / Jane Austen.–1a ed–Gualeguaychú : Tolemia, 2021.Libro digital, EPUBArchivo Digital: descargaISBN 978-987-3776-24-31. Novelas de la Vida. I. Título.CDD A823

Fecha de catalogación: Septiembre de 2021

© 2021 Ediciones Tolemia

Conversión a eBook: Daniel Maldonado

Hecho el depósito que marca la ley 11.723

Impreso en Argentina. Printed in Argentina

Reservados todos los derechos, incluso el de reproducción en todo o en parte, en cualquier forma.

Orgullo y prejuicio
Jane Austen

Título original: Pride and Prejudice

Traducción: Angela Stockdale

Capítulo 1

Es una verdad universalmente aceptada que un hombre soltero y rico tiene que querer una esposa. Aunque los sentimientos y opiniones de un hombre así sean poco conocidos a su llegada a cualquier localidad, esta creencia está tan arraigada en las fami­lias que lo rodean, que pronto es considerado propiedad indiscutible de una u otra de sus hijas.

–Mi querido señor Bennet –le dijo un día su espo­sa–, ¿has oído que Netherfield Park por fin se ha alquilado?

El señor Bennet contestó que no lo había oído.

–Pues está alquilado –volvió a decir ella–. La señora Long acaba de estar aquí y me lo ha con­tado todo.

El señor Bennet no respondió.

–¿No deseas saber quién lo ha tomado en arriendo? –se impacientó su esposa.

–Eres tú la que quieres contármelo, y yo no tengo inconveniente en oírlo.

Esto fue suficiente.

–Pues has de saber, querido, que la señora de Long dice que el Netherfield Park ha sido arrendado por un joven muy rico del norte de Inglaterra, que vino el lunes en un landó con cuatro ca­ballos para verlo, y quedó tan encantado con el lugar que inmediatamente llegó a un acuerdo con el señor Morris. Antes de San Miguel vendrá a ocuparlo y algunos de sus criados estarán en la casa a finales de la semana que viene.

–¿Cómo se llama?

–Bingley.

–¿Es casado, o soltero?

–¡Oh! soltero, querido mío, por supuesto. Un soltero de gran for­tuna: cuatro o cinco mil libras anuales. ¡Qué buen partido para nuestras hijas!

–¿Y qué? ¿En qué puede afectarles?

–Mi querido señor Bennet –replicó su esposa–, ¿cómo puedes ser tan ingenuo? Debes saber que pienso casarlo con una de ellas.

–¿Es ese el motivo que lo ha traído?

–¡Motivo! Tonterías, ¿cómo puedes decir eso? Es muy posible que se enamore de una de ellas. Por eso debes ir a visitarlo tan pronto llegue.

–No veo razón para hacerlo. Puedes ir tú con las muchachas, o las puedes enviar solas, lo que quizá sea lo mejor, pues siendo tú tan hermosa como cualquiera de ellas, podría resultar que el señor Bingley te prefiriera a ti.

–Me adulas, querido. Cierto que he tenido mi tinte de belleza, pero ahora no pretendo ser nada extraordi­nario. Cuando una mujer tiene cinco hijas adultas debe dejar de pensar en su propia hermosura.

–En esos casos, la mayoría de las mujeres no tienen mu­cha belleza en qué pensar.

–Pues bien, querido, has de ir a visitar al señor Bingley cuando se instale en el vecindario.

–No me comprometo a tanto, te lo aseguro.

–Piensa en tus hijas. Considera sólo el partido que sería para una de ellas. Sir Willam y lady Lucas están decididos a ir, y sólo con ese propósito. Ya sabes que normalmente no visitan a los nuevos vecinos. De veras, debes ir, porque para nosotras será imposible visitarlo si tú no lo haces.

–Eres demasiado escrupulosa. Me atrevo a asegurar que el señor Bingley se alegrará mucho de verte, y yo le pondré unas líneas dándole mi cordial consentimiento para que se case con la que elija de las muchachas, aunque tendré que deslizar alguna palabra en favor de mi pequeña Lizzy.

–Espero que no hagas semejante cosa. Lizzy no es en nada mejor que las otras, y estoy segura de que no es ni la mitad de guapa de Jane ni la mitad de alegre que Lydia, pero tú siempre la prefieres a ella.

–Ninguna tiene mucho de recomendable –replicó él–; Son tan tontas e ignorantes como

las demás muchachas; pero Lizzy tiene algo más de agudeza que sus hermanas.

–¡Señor Bennet!, no puedes rebajar de semejante modo a nuestras hijas. Te complaces en molestarme. No tienes com­pasión de mis pobres nervios.

–Te equivocas, querida; los respeto grandemente. Son viejos conocidos míos. Te oigo hablar así de ellos lo menos hace veinte años.

–¡Ah!, no sabes lo que sufro.

– Pero te pondrás bien y vivirás para ver venir a este lugar a muchos jóvenes de esos de cuatro mil libras al año.

–No sacaremos nada aunque vengan veinte si no los visitas.

–Ten la seguridad, querida, de que cuando estén los veinte los visitaré a todos.

El señor Bennet era una mezcla tan rara entre ocurrente, sarcástico, reservado y caprichoso, que la experiencia de veintitrés años no habían sido suficientes para que su esposa entendiese su carácter. Sin embargo, el de ella era menos difícil, era una mujer de poca inteligencia, más bien inculta y de temperamento desigual. Su meta en la vida era casar a sus hijas; su consuelo, las visitas y el cotilleo.

Capítulo 2

El señor Bennet fue de los primeros en visitar al señor Bingley. Siempre había pensado hacerlo, aunque también siempre asegurara a su esposa que no lo haría, y hasta la tarde siguiente a la visita su mujer no se enteró de nada. La cosa se llegó a saber de la siguiente manera: observando el señor Bennet cómo su hija se colocaba un sombrero, dijo:

–Espero que al señor Bingley le guste, Lizzy.

–¿Cómo podemos saber qué le gusta al señor Bingley –dijo su esposa resentida– si todavía no hemos ido a visitarlo?

–Por lo visto olvidas, mamá –dijo Lizzy–, que lo encontraremos en las fiestas y que la señora Long ha prometido presentárnoslo.

–No creo que la señora Long haga tal cosa. Tiene dos sobrinas, es egoísta, hipócrita, y no merece mi confianza.

–Tampoco la mía –acotó el señor Bennet– y me alegro de saber que no dependes de sus servicios.

La señora Bennet no se dignó contestar; pero incapaz de contenerse empezó a reprender a una de sus hijas.

–¡Por el amor de Dios, Kitty no sigas tosiendo así! Ten compasión de mis nervios. Me los estás destrozando.

–Kitty no es nada discreta tosiendo –dijo su padre–. Siempre lo hace en momentos inoportunos.

–No toso por divertirme –replicó Kitty con mal humor–. ¿Cuándo es tu primer baile, Lizzy?

–De mañana en quince días.

–Así es –exclamó su madre–, y la señora Long no regresa hasta el día anterior; de modo que le será imposible presentárnoslo, porque ella misma no lo co­nocerá.

–Entonces, querida, puedes adelantarte a tu amiga presentándole tú al señor Bingley.

–Imposible, señor Bennet, imposible, porque yo tampoco lo conozco. ¿Por qué te burlas de mí?

–Celebro tu discreción. Una amistad de quince días es verdaderamente muy poco. En realidad, luego de sólo dos semanas no se puede saber muy bien qué clase de hombre es. Pero si no nos arriesgamos

nosotros, lo harán otros. Al fin y al cabo, la señora Long y sus sobrinas pueden esperar a que se les presente su oportunidad. Por consiguiente, como puede ella tomar por acto de delica­deza el que declines el ofrecimiento, yo lo tomo a mi cargo.

Las muchachas clavaron los ojos en su padre. En cuan­to a la señora de Bennet, sólo exclamó:

–¡Qué necedad!

–¿Qué significa esa enfática exclamación? –preguntó el señor Bennet–. ¿Tienes por necias las fórmulas de presentación, con la importancia que revisten? No puedo convenir eso con­tigo. ¿Qué dices, Mary? Tú, que eres muchacha reflexiva y, según creo, lees librotes y los resumes.

Mary quiso decir algo sensato, pero no supo cómo.

–Mientras Mary aclara sus ideas –continuó él– volvamos al señor Bingley.

–Estoy harta del señor Bingley –exclamó la esposa.

–Siento oírte eso. ¿Por qué no me lo has dicho antes? Si lo hubiera sabido esta mañana, bien seguro que no habría ido a visitarlo. Es una verdadera desgra­cia, pero habiéndolo visitado, no puedo renunciar ahora a su amistad.

El asombro de las mujeres fue precisamente el que él deseaba; quizás el de la señora Bennet sobrepasara al resto, aunque una vez acabado el alboroto de júbilo, declaró que en el fondo era lo que ella siempre había imaginado.

–¡Mi querido señor Bennet, que bueno eres! Sabía que al final te convencería. Estaba segura de que quieres lo bastante a tus hijas como para no descuidar este asunto. ¡Qué contenta estoy! ¡Y qué broma tan graciosa, que hayas ido esta mañana y no nos hayas dicho nada hasta ahora!

–Ahora, Kitty, puedes toser a tu antojo –dijo el señor Bennet, y salió de la habitación, cansado de los entusiasmos de su esposa.

–¡Qué padre tan excelente tienen, hijas mías! –ex­clamó ella cuando se cerró la puerta–. No podrán reprocharle falta de cariño, ni a mí tampoco. Puedo asegurar que a nuestra edad no es grato entablar cada día nuevas rela­ciones, pero algo hemos de hacer por nuestras hijas. Lydia, amor mío, aunque seas la menor, me atrevo a asegurar que el señor Bingley bailará contigo en el próximo baile.

–Estoy tranquila –dijo resueltamente Lydia–, porque aunque soy la más joven, soy la más alta.

El resto de la velada transcurrió en conjeturas sobre cuán do devolvería el señor Bingley la visita del señor Bennet y en determinar qué día lo invitarían a comer.

Capítulo 3

Por más que la señora Bennet, con la ayuda de sus cinco hijas, preguntase sobre el tema, no conseguía sacarle a su marido ninguna descripción satisfactoria del señor Bingley. Lo atacaron de diversos modos: con preguntas descaradas, suposiciones ingeniosas, sospechas remotas, pero él supe­ró a la habilidad de todas las damas, que se vieron obligadas a aceptar los informes de segunda mano de su vecina lady Lucas. Su impresión era muy favorable, sir William había quedado encantado con él. Era joven, guapísimo, extremadamente agradable y para colmo pensaba asistir al próximo baile con un grupo de amigos. No podía haber nada mejor. El que fuese aficionado al baile era verdaderamente una ventaja a la hora de enamorarse; y así se despertaron vivas esperanzas para conseguir el corazón del señor Bingley.

–Si pudiera ver a una de mis hijas dichosamente es­tablecida en Netherfield –decía la señora de Bennet a su marido– y a las demás igualmente bien casadas no tendría ya nada que desear.

Pocos días después Bingley devolvió la visita al señor Bennet y permaneció unos diez minutos con él en su biblioteca. El joven había abrigado esperanzas de que le fuera permitida una mirada a las muchachas, de cuya belleza había oído hablar mucho, pero sólo vio al padre. Las señoras fueron algo más afortunadas, porque tuvie­ron la suerte de cerciorarse, desde una ventana alta, de que vestía traje azul y montaba un caballo negro.

Poco después se le envió una invitación para comer; y la señora de Bennet pensaba ya en los platos que ha­bían de acreditar sus cuidados domésticos, cuando se recibió una contestación que difirió todo: el señor Bin­gley se veía obligado a marchar al día siguiente a la capital, y en consecuencia no podía aceptar el honor de su invitación, etcétera.

La señora de Bennet quedó por completo desconcerta­da. No podía imaginar qué asuntos podría tener en la capital tan poco después de su llegada al condado de Hertford, y comenzó a temer que habría de estar siempre de un lado para otro y jamás fijar residencia en Netherfield, como era debido. Lady Lucas aquietó sus temores exponiendo la conjetura de que fuera a Londres sólo para traer nu­meroso acompañamiento al baile; y se corrió la noticia de que Bingley iba a llevar consigo a la reunión a doce señoras y siete caballeros. Las muchachas se afligieron con semejante número de señoras; pero el día anterior al baile se tranquilizaron al oír que en vez de doce sólo había traído de Londres seis: sus cinco hermanas y una prima; y cuando la partida penetró en la sala de la reunión constaba no más de cinco personas en conjunto: Bingley, sus dos hermanas, el marido de la mayor y otro joven.

El señor Bingley era apuesto, tenía aspecto de caballero, semblante agradable y modales sencillos y poco afectados. Sus hermanas eran mujeres hermosas y de indudable elegancia. Su cuñado, el señor Hurst, casi no tenía aspecto de caballero; pero fue su amigo el señor Darcy el que pronto centró la atención del salón por su distinguida personalidad. Era un hombre alto, de agradables facciones y de porte aristocrático.

Pocos minutos después de su entrada ya circulaba el rumor de que su renta era de diez mil libras al año. Los señores declaraban que era un hombre que tenía mucha clase; las señoras decían que era mucho más guapo que Bingley, siendo admirado durante casi la mitad de la velada, hasta que sus modales causaron tal disgusto que hicieron cambiar el curso de su buena fama; se descubrió que era un hombre orgulloso, que pretendía estar por encima de todos los demás y demostraba su insatisfacción con el ambiente que lo rodeaba; ni siquiera sus extensas posesiones en Derbyshire podían salvarlo ya de parecer odioso y desagradable y de que se considerase que no valía nada comparado con su amigo.

El señor Bingley, por su parte, enseguida trabó amistad con las principales personas del salón; era franco y vivaz, no se perdió ni un solo baile, lamentó que la fiesta acabase tan temprano y habló de dar una él en Netherfield. Tan agradables cualidades hablaban por sí solas. ¡Qué diferencia entre él y su amigo! El señor Darcy bailó sólo una vez con la señora Hurst y otra con la señorita Bingley, se negó a que le fuese presentada alguna de las damas y se pasó el resto de la noche deambulando por el salón y hablando de vez en cuando con alguno de sus acompañantes. Su carácter estaba definitivamente juzgado. Era el hombre más orgulloso y más antipático del mundo y todos esperaban que no volviese más por allí. Entre los más ofendidos con Darcy estaba la señora Bennet, cuyo disgusto por su comportamiento se había agudizado convirtiéndose en una ofensa personal por haber despreciado a una de sus hijas.

Debido a la escasez de caballeros, Lizzy Bennet se había visto obligada a permanecer sentada durante dos números del baile, y parte de ese tiempo había estado tan cerca de Darcy que pudo escuchar la conversación cuando Bingley llegó allí desde donde bailaba para invitar a su amigo a unírsele.

–Ven, Darcy –le dijo–; tienes que bailar. No soporto verte ahí de pie, solo y con esa estúpida actitud. Es mejor que bailes.

–No pienso hacerlo. Sabes cómo detesto bailar, a no ser que conozca personalmente a mi pareja. En una fiesta como ésta me sería imposible. Tus hermanas están comprometidas, y bailar con cualquier otra de las mujeres que hay en este salón sería como un castigo para mí.

–No deberías ser tan exigente y quisquilloso –se quejó Bingley–. ¡Por lo que más quieras! Nunca había visto a tantas muchachas tan encantadoras como esta noche; y hay algunas que son especialmente bonitas.

–Tú estás bailando con la única chica guapa del salón –dijo el señor Darcy mirando a la mayor de las Bennet.

–¡Oh! ¡Ella es la criatura más hermosa que he visto en mi vida! Pero justo detrás de ti está sentada una de sus hermanas, que es muy guapa y apostaría que muy agradable. Deja que le pida a mi pareja que te la presente.

–¿Qué dices? –y, volviéndose, miró por un momento a Lizzy, hasta que sus miradas se cruzaron. Él apartó inmediatamente la suya y dijo fríamente:

–No está mal, aunque no es lo bastante guapa como para tentarme; y no estoy de humor para hacer caso a las jóvenes que han dado de lado otros. Es mejor que vuelvas con tu pareja y disfrutes de sus sonrisas porque estás malgastando el tiempo conmigo.

El señor Bingley siguió su consejo. El señor Darcy se alejó; y Lizzy permaneció en el lugar con sus no muy cordiales sentimientos hacia él. Sin embargo, contó la historia a sus amigas con mucho humor porque era graciosa y muy alegre, y tenía cierta disposición a hacer divertidas las cosas ridículas.

En conjunto, la velada transcurrió gratamente para toda la familia. La señora de Bennet había visto a su hija mayor muy admirada por la gente de Netherfield; Bingley había bailado con ella dos veces, y sus hermanas la habían distinguido. Jane estaba tan satisfecha por todo eso como pudiera estarlo su madre pero con más tranquilidad; Lizzy notó la satisfacción de Jane. Mary misma se había oído llamar por la señorita Bingley la muchacha más completa de la vecindad, y Kitty y Lydia habían sido suficientemente afortunadas para no estar nunca sin pareja, que era cuanto ellas habían aprendido a ambicionar en un baile. Por eso volvieron contentas a Longbourn, lugar donde vivían y en que eran los principales habitantes. Encontraron aún levantado al señor Bennet, quien, con libro delante, no se cuidaba del tiempo, y en ese momento sentía bastante cu­riosidad por conocer el resultado de una velada que había despertado tan óptimas esperanzas. Acaso creyera que la opinión de su esposa sobre el forastero sería des­agradable, pero pronto se dio cuenta de que lo que iba a oír era todo lo contrario

–¡Oh, mi querido señor Bennet! –dijo ella no bien entró al cuarto–. Hemos pasado una velada agradabilísima; ha resultado un baile admirable. Quisiera que te hubieses hallado allí. Jane ha sido tan admirada que no se ha visto cosa igual. Todo el mundo ha confesado lo bien que parecía, y el señor Bingley la ha encontrado bellísi­ma y ¡ha bailado con ella dos veces! Piensa en eso, querido: ¡ya ha bailado con ella dos veces!, siendo la única del salón a quien ha pedido el segundo baile. El primero lo pidió a la señorita Lucas. ¡Estaba yo tan contrariada de verlo a su lado!, pero no le gustó nada, y es natural que no le gustase, tú lo sabes; al paso que pareció por completo entusiasmado con Jane cuando ésta salió a bailar. Por eso se informó de quién era; le fue presenta­do, y la comprometió para el número próximo de baile. Después bailó el tercero con la señorita Long, y el cuarto con Mary Lucas, y el quinto otra vez con Jane, y el sexto con Lizzy...

–Si hubiera tenido alguna compasión de mí –exclamó impaciente el marido– no habría bailado ni la mitad. ¡Por Dios, no me hables más de sus parejas! ¡Ojalá se hubiese torcido un tobillo en el primer baile!

–¡Oh, querido mío –continuó la señora Bennet–, me tiene fascinada, es increíblemente guapo, y sus hermanas son encantadoras. Llevaban los vestidos más elegantes que he visto en mi vida. El encaje del de la señora Hurst...

Aquí fue nuevamente interrumpida. El señor Bennet protestó contra toda descripción de atuendos. Por lo tanto ella se vio obligada a pasar a otro capítulo del relato, y contó, con gran amargura y algo de exageración, la ofensiva rudeza del señor Darcy.

–Pero te aseguro –añadió– que Lizzy no pierde gran cosa por no ser su tipo, porque es el hombre más desagradable y horrible que existe, y no merece las simpatías de nadie. Es tan estirado y tan engreído que no hay forma de soportarlo. No hacía más que pasearse de un lado para otro como un pavo. ¡Que no es bastante guapa para bailar con él! Querría que hubieses estado allí, querido mío, para haberle dado una buena lección. Lo detesto por completo.

Capítulo 4

Cuando Jane y Elizabeth quedaron solas, Jane, que antes había elogiado con mucha cautela a Bingley, expresó a su hermana cuánto lo admiraba.

–Es todo lo que un hombre joven debería ser –dijo–, sensato, alegre, con sentido del humor; nunca había visto modales tan desenfadados, tanta naturalidad con una educación tan perfecta.

–Y también es guapo –replicó Lizzy–, lo cual nunca está de más en un joven. De modo que es un hombre completo.

–Me sentí muy adulada cuando me sacó a bailar por segunda vez. No esperaba semejante cumplido.

–¿No te lo esperabas? Yo sí. Ésa es la gran diferencia entre nosotras. A ti los cumplidos siempre te toman de sorpresa, a mí, nunca. Era lo más natural que te sacase a bailar por segunda vez. No pudo pasarle inadvertido que eras cinco veces más bonita que todas las demás mujeres que había en el salón. No agradezcas su galantería por eso. Bien, la verdad es que es muy agradable, apruebo que te guste. Te han gustado muchas personas estúpidas.

–¡Lizzy, querida!

–¡Oh! Sabes perfectamente que tienes cierta tendencia a que te guste toda la gente. Nunca ves un defecto en nadie. Todo el mundo es bueno y agradable a tus ojos. Nunca te he oído hablar mal de un ser humano en mi vida.

–No quisiera ser imprudente al censurar a alguien; pero siempre digo lo que pienso.

–Ya lo sé; y es eso lo que lo hace asombroso. Estar tan ciega para las locuras y tonterías de los demás, con el buen sentido que tienes. Fingir candor es algo bastante corriente, se ve en todas partes. Pero ser cándido sin ostentación ni premeditación, quedarse con lo bueno de cada uno, mejorarlo aun, y no decir nada de lo malo, eso sólo lo haces tú. Y también te gustan sus hermanas, ¿no es así? Sus modales no se parecen en nada a los de él.

–Al principio desde luego que no, pero cuando charlas con ellas son muy amables. La señorita Bingley va a venir a vivir con su hermano y ocuparse de su casa. Y, o mucho me equivoco, o estoy segura de que encontraremos en ella una vecina encantadora.

Lizzy escuchó en silencio, pero no se convenció; el comportamiento de las hermanas de Bingley en la reunión no había sido a pro­pósito para agradar a nadie, y con más viveza de ob­servación y menor flexibilidad de temperamento que su hermana, así como con juicio sobradamente libre de atenciones a sí misma, se encontraba poco dispuesta a la aprobación. Eran, en efecto, señoras muy finas; no les faltaba buen humor cuando eran complacidas, ni deja­ban de resultar agradables cuando lo anhelaban; pero parecían orgullosas y vanas. Eran más bellas que otra cosa; habían sido educadas en uno de los mejores colegios particulares de la capital, poseían una fortuna de veinte mil libras, tenían la costumbre de gastar más de lo debido y de juntarse con gente de alto rango, sien­do inclinadas por lo tanto a pensar bien en todo de sí mismas y medianamente de las demás. Pertenecían a una respetable familia del norte de Inglaterra, circunstancia más impresa en su memoria que el hecho de que su propia fortuna y la de su hermano habían sido ganadas en el comercio.

Bingley había heredado unas cien mil libras de su padre, quien ya había tenido la intención de comprar una propiedad pero no vivió para hacerlo. El señor Bingley pensaba de la misma forma y a veces parecía decidido a hacer la elección dentro de su condado; pero como ahora disponía de una buena casa y de la libertad de un propietario, los que conocían bien su carácter tranquilo dudaban el que no pasase el resto de sus días en Netherfield y dejase la compra para la generación venidera.

Sus hermanas estaban ansiosas de que él tuviera una mansión de su propiedad. Pero aunque en el momento no fuese más que arrendatario, la señorita Bingley no dejaba por eso de estar deseosa de presidir su mesa, ni la señora de Hurst, que se había casado con un hombre de más ele­gancia que medios, se veía por aquello menos dispuesta a considerar la casa de su hermano como la suya propia siempre que le conviniese. No hacía sino dos años que Bingley era mayor de edad cuando, por una casual re­comendación, se decidió a conocer la posesión en Netherfield. La vio por fuera y por dentro durante media hora, le agradó el estado y las principales habitaciones de la casa, y se dio por satisfecho con las ponderaciones del propietario, alquilándola inmediatamente.

Entre él y Darcy reinaba firme amistad, a pesar de tener caracteres tan opuestos. Bingley había ganado la simpatía de Darcy por su carácter abierto y dócil, así como por su naturalidad, aunque ningún temperamento ofreciese mayor contraste al suyo. Bingley sabía el respeto que Darcy le tenía, por lo que confiaba plenamente en él, así como en su buen criterio. Entendía a Darcy como nadie. Bingley no era nada tonto, pero Darcy era mucho más inteligente. También arrogante, reservado y quisquilloso, y aunque era muy educado, sus modales no lo hacían nada atractivo. En lo que a esto respecta su amigo llevaba todas las de ganar: Bingley tenía asegurado agradar ahí donde se presentase, mientras Darcy resultaba siempre ofensivo

La manera como hablaron de la reunión de Meryton fue suficientemente característica. Bingley jamás se ha­bía hallado con gente más agradable ni con muchachas más bonitas, todo el mundo se había mostrado atento y afable con él; no había habido etiqueta ni rigidez, y en cuanto a la mayor de las Bennet, no podía concebirse ángel más bello. Darcy, por el contrario, había visto una colección de personas donde aparecía escasa belleza y ninguna elegancia, por ninguna de las cuales sentía el menor interés, así como de ninguna había recibido atenciones ni satisfacción. Reconocía que la mayor de las Bennet era bonita, pero notaba que se sonreía demasiado.

La señora Hurst y su hermana coincidían que así era, pero la admiraron y gustaron de ella, declarándola muchacha dulce y de quien no rechazarían mayor intimidad. Así, pues, Jane declarada una muchacha dulce, y con semejante re­comendación, Bingley autorizado para pensar en ella cómo y cuándo quisiera.

Capítulo 5

A poca distancia de Longbourn vivía una familia con la cual las Bennet tenían especial amistad. Sir William Lucas había pertenecido primero al comercio de Meryton, y quedó elevado al rango de caballero por cierta alocución que, ejerciendo el cargo de corregidor, dirigió al rey. Acaso esa distinción lo impresionó dema­siado. Le empezaron a disgustar los negocios y la residencia en una ciudad mercantil, y, abandonando ambas cosas, se retiró a una casa situada a una milla próximamente de Mery­ton, llamada desde entonces Lucas Lodge, donde podía pensar a su placer en su propia importancia y, libre de los negocios, dedicarse únicamente a ser sociable con todo el mundo. Aunque orgulloso de su rango, no se había vuelto engreído; por el contrario, se desvivía en atenciones para con todo el mundo. De natural inofensivo, sociable y servicial, su presentación en St. James lo había hecho, además, cortés.

Lady Lucas era una buena mujer aunque no lo bastante inteligente para que la señora Bennet la considerase una vecina valiosa. Tenían varios hijos. La mayor, una joven inteligente y sensata de unos veinte años, era la amiga predilecta de Elizabeth.

Que las Lucas y las Bennet se reuniesen para charlar después de un baile, era algo absolutamente necesario, y la mañana después de la fiesta, las Lucas fueron a Longbourn para cambiar impresiones.

–Tú empezaste bien la noche, Charlotte –dijo la señora Bennet fingiendo toda amabilidad posible hacia la señorita Lucas–. Fuiste la primera que eligió el señor Bingley.

–Sí, pero pareció que le gustaba más la segunda.

–¡Oh! Supongo que te refieres a Jane y porque bailó con ella dos veces. Cierto que parecía que le agradaba, así lo creo, y hasta oí decir algo de eso, aunque no lo recuerdo bien; algo referente al señor Robinson.

–Quizá se refiera a lo que oí entre él y el señor Robinson, ¿no se lo he contado? El señor Robinson le preguntó si le gustaban las fiestas de Meryton, si no creía que había muchachas muy hermosas en el salón y cuál le parecía la más bonita de todas. Su respuesta a esta última pregunta fue inmediata: «La mayor de las Bennet, sin duda. No puede haber más que una opinión sobre ese particular.»

–¡Caramba!

–Bien; pues eso está resuelto; parece que... pero, no obstante, habrá de quedar en nada; ya lo sabes.

–Lo que yo oí fue mejor que lo que oíste tú, ¿verdad, Elizabeth? –dijo Charlotte–. Merece más la pena escuchar al señor Bingley que al señor Darcy, ¿no crees? ¡Pobre Eliza! Decir sólo: «No está mal.»

–Te suplico que no le metas en la cabeza a Lizzy que se disguste por Darcy. Es un hombre tan desagradable que la desgracia sería gustarle. La señora Long me dijo que había estado sentado a su lado y que no había despegado los labios.

–¿Estás segura, mamá? ¿No hay en eso una pequeña equivocación? –preguntó Jane–. Yo vi al señor Darcy hablando con ella.

–¡Ah! Porque al final ella le preguntó si le gustaba Netherfield, y no pudo evitar contestarle, pero la misma señora dijo que él parecía molestarse cuando se le hablaba.

–La señorita de Bingley nos contó –añadió Jane– que él no habla mucho, a no ser con sus amigos ínti­mos. Y con ellos es sumamente agradable.

–No lo creo, querida. Si fuera tan agradable habría hablado con la señora Long. Pero me figuro cómo fue la cosa; todos saben que está repleto de orgullo, y apostaría a que oyó que la señora Long no tiene coche y que fue al baile en uno de alquiler.

– A mí no me importa que no haya hablado con la señora Long –dijo la señorita Lucas–, pero desearía que hubiese bailado con Lizzy.

–Yo que tú, Lizzy –agregó la madre–, no bailaría con él en ninguna otra ocasión.

–Creo, mamá, que puedo prometerte que nunca bailaré con él.

–El orgullo –dijo la señorita Lucas– ofende siempre, pero a mí el suyo no me resulta tan ofensivo. Él tiene disculpa. Es natural que un hombre atractivo, con familia, fortuna y todo a su favor tenga un alto concepto de sí mismo. Por decirlo de algún modo, tiene derecho a ser orgulloso.

–Es muy cierto –replicó Elizabeth–, y podría perdonarle fácilmente su orgullo si no hubiese mortificado el mío.

–El orgullo –observó Mary, que se jactaba de lo só­lido de sus reflexiones– es un defecto muy común. Mis lecturas me han convencido de ello, de que la naturaleza humana es extremadamente propensa a él, y de que hay muy pocos que no abriguen sentimientos de propia compla­cencia con motivo de tal o cual cualidad real o imagina­ria. La vanidad y el orgullo son cosas muy diversas, aun­que a menudo ambas palabras se tomen como sinónimos. Una persona puede ser orgullosa sin ser vana. El orgullo se refiere más a nuestra opinión sobre nosotros mismos; la vanidad, a lo que los demás hayan de pensar de nos­otros.

–Si yo fuera tan rico como el señor Darcy –exclamó un joven Lucas, que había venido con sus hermanas– no me importaría ser orgulloso. Tendría una jauría de perros de caza, y bebería una botella de vino al día.

–Pues beberías mucho más de lo debido –dijo la señora Bennet– y si yo te viese te quitaría la botella inmediatamente.

El muchacho protestó, asegurando que no ocurriría eso, mas ella continuó diciendo que sí lo haría, y así siguieron discutiendo hasta que se dio por terminada la visita.

Capítulo 6

Las damas de Longbourn visitaron pronto a las de Netherfield, y la visita fue devuelta en debida forma. El encanto de Jane aumentó la estima que la señora Hurst y la señorita Bingley sentían por ella; y aunque encontraron que la madre era intolerable y que no valía la pena dirigir la palabra a las hermanas menores, expresaron el deseo de profundizar las relaciones con ellas en atención a las dos mayores. Esta atención fue recibida por Jane con agrado, pero a Elizabeth, que seguía viendo arrogancia en su trato con todo el mundo, exceptuando, con reparos, a su hermana, no podían gustarle.

Aunque valoraba su amabilidad con Jane, sabía que probablemente se debía a la influencia de la admiración que el hermano sentía por ella. Era evidente, dondequiera que se encontrasen, que Bingley admiraba a Jane; y para Elizabeth también era evidente que en su hermana aumentaba la inclinación que desde el principio había sentido por él, lo que la predisponía a enamorarse de él; pero se daba cuenta, con gran satisfacción, de que la gente no podría notarlo, puesto que Jane uniría a la fuerza de sus sentimientos, su moderación y una constante jovialidad, que ahuyentaría las sospechas de los impertinentes. Así se lo comentó a su amiga, la señorita Lucas.

–Tal vez sea mejor en este caso –replicó Charlotte– poder escapar a la curiosidad de la gente, pero a veces es malo ser tan reservada. Si una mujer disimula su afecto con igual habilidad ante el objeto que lo provoca, puede perder la oportunidad de conquistarlo. Es entonces un pobre consuelo pensar que los demás están en la misma ignorancia. Hay tanto de gratitud y vanidad en casi todos los cariños, que no es nada conveniente dejarlos a la deriva. Normalmente todos empezamos por una ligera preferencia, y eso sí puede ser simplemente porque sí, sin motivo; pero hay muy pocos que tengan tanto corazón como para enamorarse sin haber sido estimulados. En nueve de cada diez casos, una mujer debe mostrar más cariño del que siente. A Bingley le gusta tu hermana, indudablemente, pero si ella no lo ayuda, la cosa no pasará de ahí.

–Ella lo ayuda tanto como se lo permite su forma de ser. Si yo puedo notar su cariño hacia él, él, desde luego, sería tonto si no lo descubriese.

–Recuerda, Lizzy, que él no conoce tan bien como tú el carácter de Jane.

–Pero si una mujer está interesada por un hombre y no trata de ocultarlo, él lo habrá de descubrir.

–Tal vez si la ve con la suficiente frecuencia, pero, aun­que Bingley y Jane se vean bastante, no pasan juntos muchas horas, y viéndose sólo en reuniones muy nume­rosas es imposible que empleen todo el tiempo en hablar entre sí. Por eso Jane debería extremarse siempre que pudiera para llamarle la atención. Y cuando esté segura de él, ya tendrá tiempo para enamorarse de él todo lo que quiera.

–El tuyo es un buen plan –replicó Lizzy– cuando sólo se trata de casarse bien. Si yo estuviese decidida a conseguir un marido rico, o cualquier marido, casi puedo decir que lo llevaría a cabo. Pero esos no son los sentimientos de Jane, ella no actúa con premeditación. Todavía no puede estar segura de hasta qué punto le gusta, ni el porqué. Sólo hace quince días que lo conoce. Bailó cuatro veces con él en Meryton; lo vio una mañana en su casa, y desde entonces ha cenado en su compañía cuatro veces. Esto no es suficiente para que ella conozca su carácter.

–No tal y como tú lo planteas. Si solamente hubiese cenado con él no habría descubierto otra cosa que si tiene buen apetito, pero no debes olvidar que pasaron cuatro veladas juntos; y cuatro veladas pueden significar bastante.

––Sí; en esas cuatro veladas lo único que pudieron hacer es averiguar qué clase de bailes les gustaba a cada uno, pero no creo que hayan podido descubrir las cosas realmente importantes de su carácter.

–Bien, pues –contestó Charlotte–. Deseo el mejor éxito a Jane con todo mi corazón. Y si mañana se casara creo que tendría más posibilidades de ser feliz que si se dedica a estudiar su carácter durante doce meses. La felicidad en el matrimonio es sólo cuestión de suerte. El que una pareja crea que son iguales o se conozcan bien de antemano, no les va a traer la felicidad en absoluto. Las diferencias se van acentuando cada vez más hasta hacerse insoportables; siempre es mejor saber lo menos posible de la persona con la que vas a compartir tu vida.

–Me haces reír, Charlotte; no tiene sentido. Sabes que no tiene sentido; además tú nunca actuarías de esa forma.

Ocupada en observar las atenciones de Bingley hacia su hermana, Lizzy estaba lejos de sospechar que ella misma había llegado a ser objeto de cierto interés a los ojos del amigo de aquél. Darcy, al principio, apenas le había concedido el ser bonita; la había visto en el baile, sin admirarla, y cuando se encontraron de nuevo la miró sólo con el fin de criticarla. Mas no bien se percató, y lo comunicó a sus amigos, de que poseía buenas faccio­nes, comenzó a tenerla por inteligente como pocas por la hermosa expresión de sus ojos negros. A tales descubrimientos siguieron otros análogos. Por más que con ojo crítico percibía más de un defecto de perfecta simetría en su figura, se vio obligado a reconocer que era esbelta y agradable, y a pesar de sus asevera­ciones de que sus modales no eran los del mundo elegan­te, quedó prendado de su sencillo aire juguetón. De este asunto ella no tenía la más remota idea. Para ella, Darcy era el hombre que se hacía antipático dondequiera que fuese y el mismo hombre que no la había considerado lo bastante bella como para bailar con él.

Darcy empezó a querer conocerla mejor, y como preparación para conversar con ella se fijaba en su con­versación con los demás. Ese proceder no escapó a Lizzy. Ocurrió un día en casa de sir Lucas donde se había reunido un amplio grupo de gente.

–¿Qué querrá el señor Darcy –le dijo ella a Charlotte–, que ha estado atento a mi conversación con el coronel Forster?

–Eso es cosa a que sólo él puede contestar.

–Es que si lo vuelve a hacer le haré comprender que me doy cuenta. Tiene una mirada muy burlona, y si no empiezo siendo impertinente, acabaré por tenerle miedo.

Poco después se les volvió a acercar, y aunque no parecía tener intención de hablar, la señorita Lucas desafió a su amiga para que le mencionase el tema, lo que inmediatamente provocó a Elizabeth, que se volvió a él y le dijo:

–¿No cree usted, señor Darcy, que me expresé muy bien hace un momento, cuando le insistía al coronel Forster para que nos diese un baile en Meryton?

–Con gran energía; pero ése es un tema que siempre llena de energía a las mujeres.

–Es usted severo con nosotras.

–Ahora te va a tocar verte molestada –dijo la señorita Lucas–. Voy a abrir el piano y ya sabes lo que sigue, Eliza.

–¿Qué clase de amiga eres? Siempre quieres que cante y que toque delante de todo el mundo. Si me hubiese llamado Dios por el camino de la música, serías una amiga de incalculable valor; pero como no es así, preferiría no tocar delante de gente que debe estar acostumbrada a escuchar a los mejores músicos – pero como la señorita Lucas insistía, añadió–: Muy bien, si así debe ser será –y mirando fríamente a Darcy dijo–: Hay un viejo refrán que aquí todo el mundo conoce muy bien, «guárdate el aire para enfriar la sopa», y yo lo guardaré para mi canción.

El concierto de Lizzy fue agradable, pero no extraordinario. Tras una o dos canciones, y antes de poder contestar a los ruegos de algunos para que cantase más, fue reemplazada en el instrumento por su hermana Mary, quien, habiendo trabajado mucho para procurarse conocimientos y perfección, estaba siempre ansiosa de ostentarlos.

Mary no tenía ni talento ni gusto; y aunque la vanidad la había hecho aplicada, también le había dado un aire pedante y modales afectados que deslucirían cualquier brillantez superior a la que ella había alcanzado. A Elizabeth, aunque había tocado la mitad de bien, la habían escuchado con más agrado por su soltura y sencillez; Mary, al final de su largo concierto, no obtuvo más que unos cuantos elogios por las melodías escocesas e irlandesas que había tocado a ruegos de sus hermanas menores que, con alguna de las Lucas y dos o tres oficiales, bailaban alegremente en un extremo del salón.

Darcy permaneció cerca de ellos en silencio, indignado con semejante manera de pasar la velada, prescindiendo de toda conversación; y se hallaba demasiado embebido en sus propios pensamientos para notar que sir William Lucas estaba a su lado, hasta que éste habló:

–¡Qué encantadora diversión para la juventud, señor Darcy! Mirándolo bien, no hay nada como el baile. Lo considero como uno de los mejores refinamientos de las sociedades más distinguidas.

–Cierto, señor; y posee también la ventaja de estar en boga entre las menos cultas del mundo. Todos los salvajes saben bailar.

Sir William se limitó a sonreír.

–Su amigo lo hace deliciosamente –siguió diciendo tras una pausa, al ver a Bingley en el grupo–, y no dudo de que usted mismo, señor Darcy, será afi­cionado a ese ejercicio.

–Me parece que me vio usted bailar en Meryton.

–Cierto, y me agradó mucho verlo. ¿Baila usted a menudo en St. James?

–No, señor; nunca.

–¿No cree usted que sería un acto muy oportuno en ese sitio?

–Es uno que no ejecuto en ninguna parte si puedo evitarlo.

–¿Supongo que tiene usted casa en la capital?

El señor Darcy asintió con una inclinación de cabeza.

–Pensé algunas veces en fijar mi residencia en la ciudad, porque me encanta la alta sociedad, pero no estaba seguro de que el aire de Londres le sentase bien a lady Lucas.

Sir William hizo una pausa con la esperanza de una respuesta, pero Darcy no estaba dispuesto a dar ninguna. Al ver que Elizabeth se les acercaba, se le ocurrió hacer algo que le pareció muy galante de su parte y la llamó.

–Querida Lizzy, ¿por, qué no bailas? Señor Darcy, permítame usted que le presente a está señorita como una pareja muy apetecible. Estoy seguro de que no podrá usted rehusar el bailar teniendo cerca semejante hermosura.

Y tomando la mano de Lizzy, se la iba a dar a Darcy, quien, aunque en extremo sorprendido, no la rechazaba, cuando Lizzy se volvió de pronto y dijo, algo descom­puesta, al propio sir William:

–La verdad, señor, es que no tenía la menor intención de bailar. Suplico a usted que no se figure que he venido aquí para pescar pareja.

Darcy, con grave cortesía, rogó que le hiciera el honor de su mano, pero fue inútil. Lizzy estaba resuelta, y ni sir William con sus intentos para persuadirla la hizo vacilar en su propósito.

–Sobresales tanto en el baile, Lizzy, que es una crueldad negarme la dicha de verte bailando, y aunque este ca­ballero no guste de esa diversión en general, estoy se­guro que no se opondrá a complacernos durante media hora.

–El señor Darcy es la cortesía en persona –dijo Lizzy riéndose.

–Lo es en efecto; pero habida consideración al estí­mulo, querida Lizzy, no hemos de admirar su compla­cencia, porque ¿qué se puede reprochar a una pareja así?

Lizzy miró con gracia y se marchó. Su resistencia no la había indispuesto con el caballero en cuestión, y éste se encontraba pensando en ella con cierta complacencia, cuando fue abordado por la señorita Bingley:

–¿A que adivino por qué está tan pensativo?

–No lo creo.

–Está usted pensando en cuán insoportable sería pa­sar todas las veladas de este modo, entre semejante so­ciedad, y soy en absoluto de su opinión. ¡Jamás he estado más aburrida! ¡Qué insípidas son estas gentes, y, a pesar de ello, qué ruido meten!; ¡qué insignificantes son, y, con todo, qué tono se dan! ¡Qué daría por oír sus juicios sobre ellos!

–Está usted por completo equivocada, se lo aseguro. Mi mente estaba ocupada de modo más grato. Pensaba en el placer que procuran dos hermosos ojos en el rostro de una mujer bonita.

La señorita Bingley lo miró con atención, manifestán­dole su deseo de que le dijese qué dama había logrado inspirarle semejantes reflexiones.

–La señorita Lizzy Bennet.

–¡La señorita Lizzy Bennet! Me deja atónita. ¿Desde cuándo es su favorita? Y dígame, ¿cuándo tendré que darle la enhorabuena?

–Ésa es precisamente la pregunta que yo esperaba de usted. La imaginación de una dama va muy rápido y salta de la admiración al amor y del amor al matrimonio en un momento. Sabía que me daría la enhorabuena.

–Si lo toma tan en serio, creeré que es ya cosa hecha. Tendrá usted una suegra encantadora, de veras, y ni que decir tiene que estará siempre en Pemberley con ustedes.

Él la escuchaba con perfecta indiferencia, mientras ella seguía disfrutando con las cosas que le decía; y al ver, por la actitud de Darcy, que todo estaba a salvo, dejó correr su ingenio durante largo tiempo.

Capítulo 7

La propiedad del señor Bennet consistía casi enteramente en una renta de dos mil libras al año, la cual, desafortunadamente para sus hijas, estaba destinada, por falta de herederos varones, a un pariente lejano; y la fortuna de la madre, aunque abundante para su posición, difícilmente podía suplir a la de su marido. Su padre había sido abogado en Meryton y le había dejado cuatro mil libras.

La señora Bennet tenía una hermana casada con un tal señor Phillips, quien, habiendo sido dependiente del padre, le había sucedido en el cargo y un hermano en Londres que ocupaba una respetable posición en el comercio.

El pueblo de Longbourn estaba sólo a una milla de Meryton, distancia muy conveniente para las muchachas, quienes iban allí tres o cuatro veces a la semana para visitar a su tía y, de paso, detenerse en una tienda de sombreros que había cerca de su casa. Las que más frecuentaban Meryton eran las dos menores, Catherine y Lydia, que solían estar más ociosas que sus hermanas, y cuando no se les ofrecía nada mejor, decidían que para pasar bien la mañana, un paseo a la ciudad era necesario, de manera de tener tema de conversación para la tarde, ya que aunque las noticias no abundaban abundar en la localidad, su tía siempre tenía algo que contar. De momento estaban bien provistas de chismes y de alegría ante la reciente llegada de un regimiento militar que iba a quedarse todo el invierno y tenía en Meryton su cuartel general.

Ahora las visitas a la señora Phillips proporcionaban una información de lo más interesante. Cada día añadían un nuevo conocimiento a lo que ya sabían de los nombres y las familias de los oficiales. El lugar donde se alojaban ya no era un secreto y pronto empezaron a conocer a los oficiales en persona. El señor Phillips los conocía a todos, lo que constituía para sus sobrinas una insospechada fuente de felicidad. No hablaba de otra cosa que no fuera de oficiales. La gran fortuna del señor Bingley, de la que tanto le gustaba parlotear, ya no valía la gran cosa en comparación con el uniforme de un alférez.

Después de oír una mañana el entusiasmo con que sus hijas se referían al tema, el señor Bennet observó fríamente:

–De cuanto puedo sacar en limpio de vuestra manera de hablar, debéis de ser las muchachas más tontas de toda la comarca. Hace tiempo lo sospechaba, pero ahora ya estoy convencido de que es así.

Catherine quedó desconcertada y no contestó. Lydia, con absoluta indiferencia, siguió expresando su admiración por el capitán Carter, y manifestó su esperanza de verlo aquel mismo día, pues a la mañana siguiente se marchaba a Londres.

–Me asombra, querido –dijo la señora Bennet–, que estés siempre tan predispuesto a hablar de la necedad de tus propias hijas. Si yo despreciase a alguien, sería a las hijas de los demás, no a las mías.

–Si mis hijas son tontas, lo menos que puedo hacer es reconocerlo.

–Sí, pero el caso es que son muy listas.

–Presumo que ese es el único punto en el que no estamos de acuerdo. Siempre deseé coincidir contigo en todo, pero en esto difiero, porque nuestras dos hijas menores son rematadamente tontas.

–Mi querido Bennet, no pretenderás que estas niñas tengan tanto sentido como sus padres. Supongo que cuando lleguen a nuestra edad no hablarán de los oficiales más de lo que lo hacemos nosotros ahora. Me acuerdo de una época en la que me gustó mucho una casaca roja, y la verdad es que todavía lo llevo en mi corazón. Y si un joven coronel con cinco o seis mil libras anuales quisiera a una de mis hijas, no se me ocurriría negársela. Encontré muy bien al coronel Forster la otra noche en casa de sir William.

–Mamá –dijo Lydia–, la tía dice que el coronel Forster y el capitán Carter ya no van tanto a casa de los Watson como antes. Ahora los ve mucho en la librería de Clarke.

La señora de Bennet no pudo responder por la llega­da de un lacayo con una carta para Jane; venía de Netherfield, y aguardaba contestación. Los ojos de la señora Bennet brillaron de alegría y estaba impaciente por que su hija acabase de leer.

–Bien, Jane, ¿de quién es?, ¿qué dice? Vamos, apresúrate. Date prisa y dinos, date prisa, cariño.

–Es de la señorita de Bingley –dijo Jane; y la le­yó en voz alta–: «Mi querida amiga: Si tienes compasión de nosotras, ven a cenar hoy con Louise y conmigo, si no, estaremos expuestas a odiarnos la una a la otra el resto de nuestras vidas, porque dos mujeres juntas todo el día no pueden acabar sin pelearse. Ven tan pronto como te sea posible, después de recibir esta nota. Mi hermano y los demás señores cenarán con los oficiales. Saludos, Caroline Bingley.»

–¡Con los oficiales! –exclamó Lydia– ¡Qué raro que la tía no nos lo haya dicho!

–Comer fuera –dijo el señor Bennet– es una des­gracia.

–¿Puedo disponer del coche? –preguntó Jane.

–No, querida mía. Es mejor que vayas a caballo, porque parece que va a llover, en cuyo caso tendrás que quedarte a pasar la noche.

–Sería un buen plan –dijo Elizabeth–, si estuvieras segura de que no se van a ofrecer para traerla a casa.

–Oh, los señores llevarán el landó del señor Bingley a Meryton y los Hurst no tienen caballos propios.

–Preferiría ir en el carruaje

–Sí, querida; pero estoy segura de que tu padre no puede ceder los caballos. Se necesitarán en la granja, ¿no es así, señor Bennet?

–Se necesitan más en la granja de lo que yo puedo ofrecerlos.

–Si puedes ofrecerlos hoy –dijo Elizabeth–, los deseos de mi madre se verán cumplidos.

Por fin forzó a su padre a confesar que los caballos del coche estaban ocupados, de manera que Jane se vio obli­gada a ir a caballo. Su madre la despidió en la puerta con muy cariñosos pronósticos de mal tiempo. Sus vaticinios se cumplieron: no se había alejado mucho Jane cuando empezó a llover a cántaros. Las hermanas se quedaron intranquilas por ella, pero su madre estaba encantada. No paró de llover en toda la tarde; era obvio que Jane no podría volver...

–Verdaderamente, ha sido una feliz idea la mía –repetía la señora Bennet, como si hacer llover fuese cosa suya. Pero hasta la mañana siguiente no supo nada del resultado de su estratagema. Apenas habían acabado de desayunar cuando un criado de Netherfield trajo la siguiente nota para Elizabeth: «Mi querida Lizzy: No me encuentro muy bien esta mañana, lo que supongo poder atribuir a haber llegado ayer calada hasta los huesos. Mis amables amigas no quieren ni oírme hablar de volver a casa hasta que no esté mejor. Insisten en que me vea el señor Jones, así no os alarméis si os enteráis de que ha venido a visitarme. No tengo nada más que la garganta resentida y dolor de cabeza. Tuya siempre, Jane.»

–Bien, querida –dijo el señor Bennet una vez que Elizabeth acabó de leer la carta en voz alta–, si tu hija contrajera una enfermedad peligrosa o se muriese sería un gran consuelo saber que todo fue por conseguir al señor Bingley y bajo tus órdenes.

–¡Oh! No tengo miedo de que se muera. La gente no muere por resfriados insignificantes. Tendrá buenos cuidados. Mientras esté allí todo irá de maravilla. Iría a verla, si pudiese disponer del coche.

Elizabeth, que estaba verdaderamente preocupada, tomó la determinación de ir a verla. Como no podía disponer del coche ni montaba bien, su único recurso era ir a pie.

–¿Cómo puedes ser tan tonta? –exclamó su madre–. ¿Cómo se te puede ocurrir semejante cosa? ¡Con el barro que hay! ¡Llegarías hecha un desastre!

–Estaré muy bien para ver a Jane.

–¿Es esto una indirecta para que mande a buscar los caballos, Lizzy? –dijo su padre.

–No, por cierto. No me importa caminar. La distancia no es nada teniendo un motivo. Son sólo tres millas. Estaré de regreso para cenar.

–Admiro tu bondad –observó Mary–, pero todo impulso del sentimiento debe estar dirigido por la razón, y a mi juicio, el esfuerzo debe ser proporcional a lo que se pretende.

–Iremos contigo hasta Meryton –dijeron Catherine y Lydia.

Elizabeth aceptó su compañía y las tres jóvenes salieron juntas.

–Si nos apuramos –dijo Lydia mientras caminaban–, tal vez podamos ver al capitán Carter antes de que se marche.

En Meryton se separaron; las dos menores se dirigie­ron a casa de la esposa de uno de los oficiales, y Elizabeth continuó sola su camino. Cruzó campo tras campo a paso ligero, saltando cercas y lodazales con impaciencia hasta que por fin se encontró ante la casa, fatigada, con las medias mojadas y el rostro encendido por el ejercicio.

La introdujeron al comedor donde estaban todos reunidos menos Jane y su presencia causó mucha sorpresa. A la señora Hurst y a la señorita Bingley les parecía increíble que hubiese caminado tres millas sola, tan temprano y con un tiempo tan espantoso. Elizabeth notó que la menospreciaban por ello. No obstante, fue recibida con mucha cortesía, pero en los modales de Bingley percibió algo más que gentileza: había buen humor y amabilidad. Darcy habló poco y el señor Hurst, nada en absoluto. El primero fluctuaba entre la admiración por la luminosidad que el ejercicio le había dado al rostro de Elizabeth y la duda de si el motivo justificaba el que hubiese venido sola desde tan lejos. El segundo sólo pensaba en su almuerzo.

Las preguntas que Elizabeth hizo acerca de su hermana no fueron contestadas favorablemente. Jane había dormido mal, y, aunque se había levantado, tenía bastante fiebre y no se encontraba en condiciones de salir de su habitación. Elizabeth se alegró de que la condujesen a verla inmediatamente; y Jane, que sólo se había contenido de expresar en su nota cómo deseaba esa visita, por miedo a provocar alarma, se alegró muchísimo al verla entrar. De todos modos, no se sentía con ánimos para mucha conversación, y cuando la señorita Bingley las dejó solas, dijo pocas cosas, excepto expresar su gratitud por la extraordinaria amabilidad con que la trataban en aquella casa. Elizabeth la asistió en silencio.

Cuando acabó el desayuno, las hermanas Bingley se reunieron con ellas; y a Elizabeth empezaron a gustarle al ver el afecto y la solicitud que mostraban por Jane. El médico vino y, tras examinar a la paciente, dijo, como era de suponer, que había pescado un fuerte resfriado y que debían hacer todo lo posible por cuidarla. Le recomendó que se metiese otra vez en la cama y le recetó algunas medicinas.

Lo prescripto se cumplió inmediatamente y al pie de la letra, ya que la fiebre había aumentado y el dolor de cabeza era más agudo. Elizabeth no abandonó la habitación ni un solo instante y las otras señoras tampoco se ausentaban por mucho tiempo. Los señores estaban fuera porque en realidad nada tenían que hacer allí.

Cuando dieron las tres, Elizabeth comprendió que debía marcharse, y, aunque muy en contra de su voluntad, así lo expresó. La señorita Bingley le ofreció el coche; Elizabeth sólo estaba esperando que insistiese un poco más para aceptarlo, cuando Jane tal pesar por separarse de ella que la señorita Bingley se vio obligada a convertir el ofrecimiento del landó en una invitación a quedarse en Netherfield. Elizabeth aceptó muy agradecida, y mandaron un criado a Longbourn para hacer saber a la familia que se quedaba y para traerle algunas ropas.

Capítulo 8

A las cinco las señoras se fueron a vestir y a las seis y media llamaron a Elizabeth para que bajara a cenar. A las corteses preguntas que le dirigieron, en las que tuvo la satisfacción de entrever la extrema solicitud de Bingley, no pudo responder favorablemente: de ningún modo Jane se encontraba mejor. Al oírlo, las hermanas repitieron tres o cuatro veces cuánto lo lamentaban, cuán tremendo era tener un mal resfriado y lo que a ellas les molestaba estar enfermas. Después ya no se ocuparon más del asunto. Y así, su indiferencia hacia Jane cuando no la tenían delante, volvió a despertar en Elizabeth la antipatía que en principio había sentido por ellas.

Era a Bingley al único del grupo que veía con agrado. Su interés y preocupación por Jane eran evidentes, y las atenciones que tenía para con ella misma le eran muy gratas pues le evitaban sentirse como una intrusa, que era como creía ser considerada por los demás. Tan sólo Bingley parecía darse cuenta de su presencia. La señorita Bingley estaba absorta con Darcy; su hermana, poco menos, y en cuanto al señor Hurst, que estaba sentado al lado de Elizabeth, era un hombre indolente que no vivía más que para comer, beber y jugar a las cartas. Cuando supo que Elizabeth prefería un plato sencillo a un ragout, ya no tuvo nada de qué hablar con ella.

Cuando acabó la cena, Elizabeth volvió inmediatamente junto a Jane. La señorita Bingley comenzó a criticarla en cuanto salió del comedor: sus modales eran, en efecto, pésimos, mezcla de orgullo e impertinencia; no tenía conversación, ni estilo, ni gusto, ni belleza. La señora Hurst fue de su misma opinión, y añadió:

–En resumen, lo único que se puede decir de ella es que es una excelente caminante. Jamás olvidaré su aparición de esta mañana: parecía realmente una salvaje.

–En efecto, Louise. Cuando la vi, apenas pude contenerme. ¡Qué necedad venir hasta aquí! ¿Para qué correr por los campos sólo porque su hermana tiene un resfriado? ¡Traía el cabello tan desordenado, tan revuelto!

–Sí. ¿Y las enaguas? Si las hubieseis visto, con seis pulgadas de barro. Y el vestido, que debía cubrirlas, desde luego, no cumplía su cometido.

–Es posible que tu retrato sea muy exacto, Louise –acotó Bingley–, pero todo eso a mí me pasó inadvertido. Creo que la señorita Elizabeth Bennet tenía un aspecto inmejorable al entrar en el salón esta mañana. Casi no me di cuenta de que llevaba las faldas sucias.

–Estoy segura de que usted sí que se fijó, señor Darcy ––dijo la señorita Bingley–, y supongo que no le gustaría ver a su hermana dar un espectáculo semejante.

–Por cierto que no.

–¡Caminar tres millas, o cuatro, o cinco, o las que sean, pisando barro y sola! ¡Completamente sola! ¿En qué estaría pensando? Me parece que eso revela una abominable independencia y presunción, además de ese desinterés por el decoro propio de la gente del campo.

–Demostrando, además, un muy apreciable cariño por su hermana –dijo Bingley

–Me temo, señor Darcy –observó la señorita Bingley a media voz–, que esta aventura habrá disminuido la admiración que sentía usted por sus bellos ojos.

–En absoluto –respondió Darcy–; con el ejercicio se le pusieron aun más brillantes.

A esta intervención siguió una corta pausa, y la señora Hurst empezó de nuevo.

–Le tengo gran estima a Jane, que en realidad es una muchacha encantadora, y desearía con todo mi corazón que tuviese mucha suerte. Pero con semejantes padres y con parientes de tan baja esfera, temo que no tenga muchas oportunidades.

–Creo haber oído decir que su tío es abogado en Meryton.

–Sí, y tiene otro que vive cerca de Cheapside1*.

–¡Colosal! –exclamó su hermana, y ambas se rieron a carcajadas.

–Aunque tuviesen suficientes tíos como para llenar Cheapside –exclamó Bingley–, no por eso ellas serían menos agradables.

–Pero les disminuirá las posibilidades de casarse con hombres con alguna consideración en el el mundo – replicó Darcy.

Bingley no hizo ningún comentario a la observación de Darcy, pero sus hermanas asintieron encantadas, y estuvieron un rato divirtiéndose a expensas de los vulgares parientes de su querida amiga.

Sin embargo, en un acto de renovada bondad, al abandonar el comedor, las mujeres pasaron al cuarto de la enferma, sentándose con ella hasta que fueron llamadas para el café. Jane se encontraba todavía muy mal, y Elizabeth no quiso de ningún modo abandonarla hasta muy avanzada la velada, cuando se tranquilizó al ver que dormía. Entonces le pareció que debía ir abajo, aunque no le apeteciese nada. Al entrar en el salón encontró a todos jugando a las cartas. De inmediato la invitaron a unirse a ellos, pero, temiendo que estuviesen jugando fuerte, no aceptó, y, tomando a su hermana como excusa, dijo que se entretendría con un libro durante el poco tiempo que podría permanecer abajo. El señor Hurst la miró con asombro.

–¿Prefieres leer a jugar? –le dijo– Es muy extraño.

–La señorita Elizabeth Bennet –dijo la señorita Bingley– desprecia las cartas. Es una gran lectora y no encuentra placer en otra cosa.

–No merezco ni ese elogio ni aquella censura –exclamó Elizabeth–. No soy gran lectora y encuentro placer en muchas cosas.

–Como, por ejemplo, en cuidar a su hermana –intervino Bingley–, y espero que ese placer aumente cuando la vea completamente repuesta.

Elizabeth se lo agradeció de corazón y se dirigió a una mesa donde había varios libros. De inmediato, Bingley se ofreció a ir a buscar otros, todos los que hubiese en su biblioteca.

–Desearía que mi colección fuese mayor para beneficio suyo y para mi propio prestigio; pero soy un hombre perezoso, y aunque no tengo muchos libros, son más de los que pueda llegar a leer.

Elizabeth le aseguró que con los que había en la habitación tenía de sobra.

–Me extraña –dijo la señorita Bingley– que mi padre dejara una colección de libros tan pequeña. ¡Qué estupenda biblioteca tiene usted en Pemberley, señor Darcy!

–Tiene que ser buena –repuso–; ha sido obra de muchas generaciones.

–Y además usted la ha aumentado mucho: siempre está comprando libros.

–No puedo comprender que se abandone una biblioteca de familia en tiempos como éstos.

–¡Abandonar! Estoy segura de que usted no descuida nada que pueda añadir belleza a esa morada ilustre. Charles, cuando construyas tu casa, me conformaría con que fuese la mitad de bonita que Pemberley.

–Ojalá pueda.

–Pero te aconsejaría que comprases el terreno cerca de Pemberley y que lo tomases como modelo. No hay condado más bonito en Inglaterra que el de Derby.

–Ya lo creo que lo haría. Y compraré el mismo Pemberley si Darcy me lo vende.

–Hablo de posibilidades, Charles.

–Sinceramente, Caroline, preferiría conseguir Pemberley comprándolo que imitándolo.

Elizabeth estaba demasiado absorta en lo que ocurría para prestar alguna atención a su libro, de manera que no tardó en abandonarlo, se acercó a la mesa de juego y se colocó entre Bingley y su hermana mayor para observar la partida.

–¿Ha crecido la señorita Darcy desde la primavera? –preguntó la señorita Bingley–. ¿Será tan alta como yo?

–Creo que sí. Ahora será de la estatura de la señorita Elizabeth Bennet, o más alta.

–¡Cuánto tiempo de no verla! Nunca he conocido a nadie que me agrade tanto. ¡Qué figura, qué modales y qué talento para su edad! Toca el piano de un modo exquisito.

–Me asombra –comentó Bingley– que las jóvenes tengan tanta paciencia para aprender tanto, y lleguen a ser tan perfectas como lo son todas.

–¡Todas las jóvenes perfectas! Querido Charles, ¿qué dices?

–Sí, todas lo son. Pintan, forran biombos y hacen bolsitas de malla. Apenas conozco alguna que no sepa hacer todas estas cosas, y nunca he oído hablar de una muchacha por primera vez sin que se me informara de que era perfecta.

–Tu lista de lo que abarcan comúnmente esas perfecciones –dijo Darcy– tiene mucho de verdad. Se aplica ese adjetivo a mujeres cuyos conocimientos no son otros que hacer bolsos de malla o tapizar un biombo. Pero estoy lejos de convenir contigo en lo que se refiere a tu estimación de las damas en general. No puedo alardear de conocer más que a una media docena que sean verdaderamente perfectas.

–Ni yo, desde luego –dijo la señorita Bingley.

–Entonces –observó Elizabeth– será que su concepto de la mujer perfecta es muy exigente.

–Sí, es muy exigente.

–¡Oh, desde luego! –exclamó su fiel colaboradora–. Nadie puede estimarse realmente perfecta si no sobresale mucho lo que se encuentra normalmente. Una mujer debe tener un conocimiento profundo de la música, el canto, el dibujo, el baile y las lenguas modernas para merecer tal adjetivo. Y además de todo eso, ha de poseer un algo especial en su aire y manera de andar, en el tono de su voz, en su trato y modo de expresarse. De lo contrario no merecería el calificativo más que a medias.

–Debe poseer todo esto –añadió Darcy–, y a ello hay que sumar algo más sustancial en el desarrollo de su inteligencia por medio de abundantes lecturas.

–No me extraña ya que sólo conozca a seis mujeres perfectas. Lo que me sorprende es que conozca a alguna.

–¿Tan severa es usted con su propio sexo que duda de que esto sea posible?

–Nunca he visto una mujer así. Nunca tanta capacidad, gusto, aplicación y elegancia juntas como usted describe.

La señora Hurst y la señorita Bingley protestaron contra la injusticia de su duda, asegurando conocer muchas mujeres que se ajustaban a dicha descripción, cuando el señor Hurst las llamó al orden quejándose amargamente de que no prestasen atención al juego. Como la conversación parecía haber terminado, Elizabeth no tardó en abandonar el salón.

–Lizzy Bennet –dijo la señorita Bingley cuando la puerta se cerró tras Elizabeth– es una de esas muchachas que tratan de hacerse agradables al sexo opuesto desacreditando al suyo propio; no diré que no dé resultado con muchos hombres, pero en mi opinión es una treta mezquina, de baja estofa.

–Sin duda –replicó Darcy, a quien iba dirigida principalmente la observación– es la más ruin de cuantas artes emplean algunas mujeres para cautivar a los hombres. Todo lo que tenga algo que ver con la astucia es despreciable.

La señorita Bingley no quedó lo bastante satisfecha con la respuesta como para continuar con el tema. Elizabeth volvió a reunirse con ellos sólo para decirles que su hermana se encontraba peor y que no podía dejarla. Bingley decidió enviar a alguien a buscar inmediatamente al doctor Jones; mientras que sus hermanas, convencidas de la escasa utilidad de la asistencia médica en el campo, propusieron enviar a alguien a la capital en busca de uno de los más eminentes doctores. Elizabeth no quiso ni oír hablar de esto último, pero no se oponía a que se siguiese la indicación del hermano. De manera que se acordó mandar a buscar al doctor Jones temprano a la mañana siguiente si Jane no se encontraba mejor. Bingley estaba bastante preocupado y sus hermanas manifestaban su desconsuelo, pero más tarde se consolaron cantando dúos, mientras Bingley apenas encontraba alivio a su preocupación dando órdenes a su ama de llaves para que se prestase toda atención posible a la enferma y a su hermana

1. Cheapside puede entenderse como zona (side) barata (cheap), de mala calidad, lo que provoca la mofa de las hermanas Bingley.

Capítulo 9

Elizabeth pasó la mayor parte de la noche en la habitación de su hermana, y por la mañana experimentó la satisfacción de po­der contestar con buenas noticias a las múltiples preguntas que ya muy temprano venía recibiendo, a través de una sirvienta de Bingley. Poco después recibía de las dos elegantes damas de compañía de las hermanas. A pesar de la mejoría, Elizabeth pidió que se mandase una nota a Longbourn, pues quería visitase a Jane para que ella misma juzgara la situación. La esquela fue despachada inmediatamente y su contenido se cumplimentó con igual presteza. La señora Bennet, acompañada de sus dos hijas menores, llegó a Netherfield poco después del desayuno.

De haber encontrado a Jane en peligro aparente, la señora Bennet se habría sentido muy desgraciada, pero una vez que comprobó que la enfermedad no era alarmante, no tenía ningún deseo de que se recobrase pronto, ya que su cura significaría marcharse de Netherfield. Por este motivo se negó a atender la petición de su hija de que se la llevase a casa, cosa que el médico, que había llegado casi al mismo tiempo, tampoco juzgó prudente. Después de estar sentadas un rato con Jane, se presentó la señorita Bingley y las invitó a pasar al comedor. La madre y las tres hijas la siguieron, siendo recibidas por Bingley, que les preguntó por Jane esperanzado en que la señora Bennet no hubiese encontrado a su hija peor de lo que esperaba.

–Pues verdaderamente, la he encontrado mal –respondió la señora Bennet–. Tanto que no creo posible llevarla a casa. El doctor Jones dice que no debemos pensar en trasladarla. Tendremos que abusar un poco más de su amabilidad.

–¡Trasladarla! –exclamó Bingley–. ¡Ni pensarlo! Estoy seguro de que mi hermana tampoco quiere oír hablar de su traslado.

–Puede usted contar –repuso la señorita Bingley con fría cortesía–, con que a Jane no le habrá de faltar nada mientras esté con nosotros.

La señora de Bennet se extendió en frases de recono­cimiento.

–Estoy segura –añadió– de que si no hubiera sido por tan buenos amigos, no sé qué habría sido de ella, pues está muy enferma y sufre mucho; aunque eso sí, con la mayor paciencia del mundo, como hace siempre, porque tiene el temperamento más dulce que conozco. Muchas veces les digo a mis otras hijas que no valen nada a su lado. Tiene usted aquí, señor Bingley, una bonita habitación ¡Y qué encantadora vista al jardín! No recuerdo en la región sitio comparable a Netherfield. Supongo que no pensará dejarlo pronto, aunque lo haya alquilado por poco tiempo.

–Todo lo hago repentinamente –respondió Bingley–, de manera que si decidiese dejar Netherfield, probablemente me iría en cinco minutos. Pero, por ahora, me encuentro bien aquí.

–Eso es exactamente lo que yo me esperaba de usted –dijo Elizabeth.

–Empieza usted a conocerme, ¿no es así? –exclamó Bingley volviéndose hacia ella.

–¡Oh, sí! Lo conozco perfectamente.

–Querría tomarlo como un cumplido, pero me temo que sea lamentable el ser conocido tan fácilmente.

–Según. No hay que dar por sentado que tener un carácter difícil y complejo sea más o menos estimable que el suyo.

–Lizzy –exclamó su madre–, recuerda dónde estás y no te propases, como acostumbras hacer en casa.

–No sabía que se dedicase usted a estudiar el carácter de las personas –prosiguió de inmediato Bingley–. Debe ser un estudio apasionante.

–Sí; y los caracteres complejos son los más apasionantes de todos. Por lo menos, tienen esa ventaja.

–El campo –dijo Darcy– debe proporcionar poca materia para semejante estudio. En un pueblo se mueve uno en una sociedad invariable y muy limitada.

–Pero la gente cambia tanto, que siempre hay algo nuevo que observar en ella.

–Ya lo creo que sí –exclamó la señora Bennet, ofendida por la manera en la que había hablado de la gente del campo–; le aseguro que eso ocurre lo mismo en el campo que en la ciudad.

Todo el mundo se quedó sorprendido. Darcy la miró un momento y luego se volvió sin decir nada.

La señora Bennet creyó haber obtenido una victoria completa y continuó triunfante:

–Por mi parte no creo que Londres tenga ninguna ventaja sobre el campo, a no ser por las tiendas y los lugares públicos. El campo es mucho más agradable. ¿No es así, señor Bingley?

–Cuando estoy en el campo –repuso Bingley– nunca deseo dejarlo, y cuando estoy en la ciudad me pasa lo mismo. Cada una tiene sus ventajas y yo me encuentro igualmente a gusto en ambas.

–Claro, porque usted tiene muy buen carácter. En cambio ese caballero ––dijo mirando a Darcy– no parece que tener muy buena opinión del campo.

–Mamá, estás muy equivocada –intervino Elizabeth, sonrojada a causa de su madre–. No entiendes al señor Darcy. Él sólo quería decir que en el campo no se encuentra tanta variedad de gente como en la ciudad. Lo que debes reconocer que es cierto.

–Ciertamente, querida, nadie dijo lo contrario, pero en cuanto a no tener aquí muchos vecinos, creo que hay pocos pueblos más grandes que el nuestro. Yo he llegado a cenar con veinticuatro familias.

Sólo su consideración por Elizabeth pudo hacer que Bingley se contuviera. Su hermana fue menos delicada, y miró a Darcy con una sonrisa muy expresiva. Elizabeth, tratando de decir algo que cambiara el rumbo de la conversación, preguntó a su madre si Charlotte Lucas había estado en Longbourn desde que ella se había ido.

–Sí, nos visitó ayer con su padre. ¡Qué hombre tan agradable es sir William! ¿No es así, señor Bingley? ¡Tan distinguido, tan gentil y tan sencillo! En cualquier ocasión tiene una palabra agradable para todo el mundo. Esa es mi idea de la buena educación; esas personas que se creen muy importantes y nunca abren la boca, no tienen idea de educación.

–¿Cenó Charlotte con vosotros?

–No, se fue a casa. Creo que la necesitaban para hacer el pastel de carne. Lo que es yo, señor Bingley, siempre tomo sirvientas que conocen su oficio. Mis hijas están educadas de otro modo. Pero todas deben ser juzgadas por lo que son y las Lucas son excelentes muchachas, se lo aseguro. ¡Es una pena que no sean bonitas! No es que crea que Charlotte sea muy fea; en fin, sea como sea, es muy amiga nuestra.

–Parece una joven muy agradable –dijo Bingley.

–¡Oh, sí, querido! Pero debe admitir que es bastante feúcha. La propia lady Lucas lo dice muchas veces, envidiándome por la belleza de Jane. No me gusta elogiar a mis hijas, pero la verdad es que no se encuentra a menudo muchachas de mejor aspecto que Jane. Yo no puedo ser imparcial, claro; pero es que lo dice todo el mundo. Cuando sólo tenía quince años, había un caballero que vivía en casa de mi hermano Gardiner en la ciudad, y que estaba tan enamorado de Jane que mi cuñada aseguraba que se declararía antes de nuestro regreso. Pero no lo hizo. Probablemente pensó que era demasiado joven. Sin embargo, le escribió unos versos, y muy bonitos.

–Y así terminó su amor –dijo Elizabeth con impaciencia–. Yo creo que más de uno ha triunfado por esa senda. Me pregunto quién sería el primero en descubrir la eficacia de la poesía para acabar con el amor.

–Yo siempre he considerado a la poesía el alimento del amor –dijo Darcy.

–Puede que lo sea de un amor verdadero, fuerte y vigoroso. Cualquiera cosa nutre lo que de por sí ya es fuerte. Pero si se tratara de una leve, de una débil in­clinación, estoy convencida de que un buen soneto la acabaría matando de hambre.

Darcy se limitó a sonreír, y el silencio que siguió hizo temer a Elizabeth que su madre volviese a hablar. La señora Bennet lo deseaba, pero no sabía qué decir, hasta que después de una corta pausa empezó a reiterar su agradecimiento al señor Bingley por su amabilidad con Jane y se disculpó por las molestias que también pudiera estar causando Lizzy. Bingley le contestó con cortesía y sin afec­tación, obligando a su hermana menor a ser igualmente cortés y decir lo que la ocasión requería. Ella representó bien su papel, aunque sin mostrar mucha sinceridad. De todos modos, pero la señora Bennet, quedó satisfecha y poco después pidió su carruaje. Al oír esto, la más joven de sus hijas se decidió a hablar. Las dos muchachitas habían estado cuchicheando entre sí durante toda la visita, y el resultado de ello fue que la menor recordase a Bingley que había prometido en su primera venida al campo dar un baile en Netherfield.

Lydia era una muchacha muy crecida para tener quince años, de buena figura y alegre carácter. Era la favorita de su madre que por el amor que le tenía la había presentado en sociedad a muy temprana edad. Era muy impulsiva y tenía algunas ínfulas, que se habían incrementado con las atenciones que recibía de los oficiales, a lo que las cenas de su tía y sus modales sencillos contribuían. Era muy natural, pues, que se dirigiera a Bingley recordándole su promesa y añadiendo que se­ría cosa de lo más vergonzosa no cumplirla. La respuesta a este repentino ataque fue encantadora a los oídos de la señora Bennet.

–Le aseguro que estoy completamente dispuesto a mantener mi compromiso, en cuanto su hermana se encuentre repuesta. Usted misma, si gusta, podrá señalar la fecha del baile, pero supongo que no querrá bailar mientras su hermana siega enferma..

Lydia se dio por satisfecha:

–¡Oh! sí, será mucho mejor esperar a que Jane mejore; y para entonces lo más seguro es que el capitán Carter se encontrará nuevamente en Meryton. Y cuando usted haya dado su baile –añadió–, insistiré para que den también uno ellos. Le diré al coronel Forster que sería vergonzoso que no lo hiciese.

Por fin la señora Bennet y sus hijas se fueron, y Elizabeth volvió de inmediato justo a Jane, dejando su conducta y la de su familia sujetas a los comentarios de las dos damas y del señor Darcy. Sin embargo, Darcy no pudo compartir con los demás la censura hacia Elizabeth, a pesar de la agudeza de la señorita Bingley al hacer chistes sobre sus bellos ojos.

Capítulo 10

El día transcurrió igual que el anterior. Por la mañana, la señora Hurst y la señorita Bingley pasaron algunas horas junto a la enferma, que continuaba mejorando, aunque lentamente. Por la tarde, Elizabeth se reunió con ellas en el salón. Pero no se dispuso la acostumbrada mesa de juego: Darcy escribía, y la señorita Bingley, sentada su lado junto a él, seguía el curso de la carta, llamándole repetidas veces la atención con mensajes para su hermana. El señor Hurst y Bingley ju­gaban al piquet, y la señora Hurst contemplaba la partida.

Elizabeth se abocó a una labor de aguja, entreteniéndose con lo que pasaba entre Darcy y su compañía. Los constantes elogios de ésta a la caligrafía de Darcy, a la igualdad de sus renglones o a la extensión de la carta, así como la absoluta indiferencia con que eran recibidos, constituían un curioso diálogo que armonizaba exactamente con la opinión que Elizabeth tenía de cada uno de ellos.

–¡Qué contenta se pondrá la señorita Darcy cuando reciba esta carta!

Él no contestó.

–Escribe usted más rápido que nadie.

–Se equivoca. Escribo muy despacio.

–¡Cuántas cartas tendrá ocasión de escribir al cabo del año! Además, las de negocios. ¡Qué insoportable debe ser!

–Entonces es una suerte, pues, que sea yo y no usted, el que tenga que escribirlas.

–Le ruego que le diga a su hermana cuánto deseo verla.

–Ya se lo he dicho una vez, por petición suya.

–Me temo que su pluma no le guste. Déjeme que la afile. Lo hago increíblemente bien.

–Gracias, pero yo siempre afilo mi propia pluma.

–¿Cómo hace para lograr una escritura tan uniforme?

Darcy no respondió.

–Dígale a su hermana que me alegra oír que progresa con el arpa; y le ruego que también le diga que estoy admirada con el diseño de mesa que hizo, y que lo considero infinitamente superior al de la señorita Grantley.

–¿Me permite que aplace su entusiasmo para otra carta? En ésta ya no tengo espacio para más elogios.

–¡Oh, no tiene importancia! De todos modos, la veré en enero. Pero, ¿siempre le escribe cartas tan largas y deliciosas, señor Darcy?

–Generalmente son largas; pero si son o no deliciosas, no soy yo quien pueda determinarlo.

–Para mí es como una norma que quien sabe escribir una carta tan larga con tanta facilidad, no puede hacerlo mal.

–Ese cumplido no es adecuado para Darcy, Caroline –interrumpió Bingley–, porque no escribe con facilidad. Estudia demasiado las palabras, y las busca complicadas y de más de cuatro sílabas, ¿verdad, Darcy?

–Mi estilo es diferente al tuyo.

–¡Oh! –exclamó la señorita Bingley–. Charles escribe sin ningún cuidado. Se olvida de la mitad de las palabras y emborrona el resto.

–Mis ideas fluyen tan rápido que no tengo tiempo de expresarlas, de manera que, a veces, mis cartas no comunican ninguna idea.

–Su humildad, señor Bingley –intervino Elizabeth–, tiene que desarmar todos los reproches.

–Nada hay más engañoso –acotó Darcy– que la apariencia de humildad. Normalmente es sólo falta de opinión, y a veces es una forma indirecta de ostentación.

–¿Y cuál de esos dos calificativos aplicas a mi reciente acto de modestia?

–Una ostentación indirecta. Tú, en realidad, estás orgulloso de tus defectos al escribir, puesto que los atribuyes a tu rapidez de pensamientos y a un descuido en la ejecución, cosa que, si no muy estimable, al menos lo tienes como muy interesante. Siempre se aprecia mucho el poder de hacer cualquier cosa con rapidez, sin fijarse en la imperfección que la acompaña. Cuando esta mañana le dijiste a la señora Bennet que si alguna vez decidías dejar Netherfield, te irías en cinco minutos, tuviste eso como una especie de encomio, de cumplido hacia ti mismo; sin embargo, ¿qué tiene de meritorio marcharse precipitadamente dejando, sin duda, asuntos sin resolver, y no puede re­portar ni a ti ni a nadie ninguna clase de utilidad?

–¡Ya! –exclamó Bingley–. Es demasiado recordar por la noche las tonterías que se dicen por la mañana. Y te doy mi palabra: estaba convencido de que lo que decía de mí mismo era verdad, y lo sigo estando ahora. No iba a adoptar un carácter precipitado para presumir delante de las señoras

–Seguramente lo creías, pero soy yo el que no está convencido de que te marchases tan aprisa como aseguras. Tu conducta dependería de las circunstancias, como la de cualquier persona. Y si, montado ya a caballo, te dijera un amigo: «Bingley, quédate hasta la semana próxima», probablemente lo harías, probablemente no te irías, y bastaría sólo una palabra más para que siguieras aquí un mes.

–Con esto, usted sólo ha probado –dijo Elizabeth– que Bingley no hizo justicia a su propio modo de ser. Lo ha retratado ahora mejor de lo que él mismo lo había hecho.

–Estoy extraordinariamente agradecido –señaló Bingley– de que convierta usted en un cumplido lo que dice mi amigo. Pero me temo que no lo interpreta de la forma que él pretendía; porque él pensaría mejor de mí si, en esa circunstancia, yo me negase en forma rotunda y me marchara tan pronto como pudiera.

–¿Consideraría entonces el señor Darcy reparada la imprudencia de su primera intención con la obstinación en seguirla?

–No soy yo, sino Darcy, el que debe explicarlo.

–Quieres que dé cuenta de unas opiniones que tú me atribuyes, pero que yo nunca he formulado. Volviendo al caso, debe recordar, señorita Bennet, que el supuesto amigo que desea que se quede y que retrase su plan, simplemente lo desea y se lo pide sin ofrecer ningún argumento.

–¿El ceder pronto y fácilmente al pedido de un amigo, no tiene para usted ningún mérito?

–El ceder sin convicción dice poco en favor de la inteligencia de cualquiera de los dos.

–Me da la sensación, señor Darcy, de que no concede nada a la influencia de la amistad y el afecto. El respeto o la estima por el que pide nos hace a menudo ceder a la petición sin exigir ninguna razón o argumento. No me refiero en particular a este caso que ha supuesto sobre el señor Bingley. Además, tal vez deberíamos esperar a que se diese la circunstancia para discutir entonces su conducta. Pero en general, en casos ordinarios entre amigos, cuando uno desea que el otro cambie de decisión, ¿vería usted mal que esa persona complaciese ese deseo sin esperar las razones?

–¿No sería conveniente, antes de proseguir con este tema, dejar claro con más precisión qué grado de importancia habría de tener el pedido y qué intimidad hay entre los amigos?

–Desde luego –exclamó Bingley–, fijémonos en todos los detalles sin olvidarnos de comparar estatura y tamaño; porque eso, señorita Bennet, puede tener más peso en la discusión de lo que parece. Le aseguro que si Darcy no fuera tan alto comparado conmigo, no le tendría ni la mitad del respeto que le tengo. No conozco nada tan imponente como Darcy, en determinadas ocasiones y en determinados lugares, especialmente en su casa y en las tardes de domingo cuando no tiene nada que hacer.

Darcy sonrió, pero Elizabeth advirtió que se había ofendido bastante y contuvo la risa. La señorita Bingley se molestó mucho por el modo en que Darcy había sido tratado y censuró a su hermano por decir tales tonterías.

–Conozco tu sistema, Bingley –dijo su amigo–. Cuando no te gusta un tema, quieres que se termine.

–Tal vez. Las discusiones se parecen demasiado a las disputas. Si tú y la señorita Bennet posponéis la vuestra para cuando yo me ausente del salón, estaré muy agradecido. Entonces podrás decir de mí todo lo que quieras.

–Por mi parte –dijo Elizabeth–, no tengo ninguna objeción a hacer lo que pide, y así el señor Darcy podrá acabar la carta.

Darcy siguió su consejo y acabó la carta. Una vez concluida, se dirigió a la señorita Bingley y a Elizabeth solicitándoles que los deleitasen con algo de música. La señorita Bingley se dirigió velozmente al piano, pero antes de sentarse invitó a Elizabeth a tocar en primer lugar. Con igual cortesía y mayor sinceridad Elizabeth rechazó la invitación; entonces, la señorita Bingley se sentó y comenzó el concierto.

La señora Hurst cantó con su hermana, y, mientras lo hacían, Elizabeth no dejó de advertir, al hojear unos libros de música que había sobre el piano, con cuanta frecuencia los ojos de Darcy se fijaban en ella. Le era difícil suponer que fuese objeto de admiración para tan elevado personaje, y aun sería más extraño que la mirase porque ella no le gustara. Por fin, sólo pudo imaginar que llamaba su atención porque había algo en ella peor y más reprochable, según su concepto de la virtud, que en el resto de los presentes. La suposición no la apenó. Darcy le gustaba tan poco, que la opinión que tuviese sobre ella, no le preocupaba en lo absoluto.

Tras ejecutar algunas canciones italianas, la señorita Bingley varió el repertorio con un aire escocés más movido. Al momento, Darcy se acercó a Elizabeth y le dijo:

–¿No le apetecería, señorita Bennet, aprovechar esta oportunidad para bailar un reel?

Ella sonrió y no contestó. Algo sorprendido, Darcy repitió la pregunta.

–¡Oh! –contestó ella– Ya lo he oído a usted antes. Estaba meditando la respuesta. Sé que usted querría que contestase que sí, y así habría tenido el placer de criticar mis gustos; pero a mí me agrada impedir esa clase de trampas y defraudar a la gente que está premeditando un desaire. Por lo tanto, he decidido decirle que no deseo bailar en absoluto. Y, ahora, desáireme si se atreve.

–Por cierto que no me atrevo.

Ella, que creyó haberlo ofendido, quedó confusa por su galantería. Pero había en los modales de Elizabeth tal mezcla de dulzura y malicia, que era difícil que pudiese ofender a nadie. Por otra parte, Darcy nunca había estado encantado con una mujer como lo estaba con ella. Creía realmente que si no fuera por la inferioridad de su familia, se vería en algún peligro.

La señorita Bingley vio o sospechó lo suficiente para ponerse celosa, y su ansiedad por el restablecimiento de su querida amiga Jane se incrementó con el deseo de librarse de Elizabeth.

Iba de hacer que a Darcy la joven le desagradase, hablándole de su supuesto matrimonio con ella y de la felicidad que esa alianza le traería.

–Espero –le dijo al día siguiente mientras paseaban por el jardín– que cuando ese apetecible acontecimiento tenga lugar, hará usted a su suegra unas cuantas advertencias para que refrene su lengua; y, si puede conseguirlo, evite que las hijas menores vayan detrás de los oficiales. Y, si me permite mencionar un asunto tan delicado, procure reprimir ese algo, rayando en la presunción y en la impertinencia, que su dama posee.

–¿Tiene algo más que proponerme para mi felicidad doméstica?

–¡Oh, sí! Deje que los retratos de sus tíos Phillips se coloquen en la galería de Pemberley. Póngalos al lado de su tío abuelo, el juez. Tienen la misma profesión, como usted sabe, aunque en diferente categoría. En cuanto al retrato de su Elizabeth, no debe permitir que se lo hagan, porque ¿qué pintor podría hacer justicia a sus hermosos ojos?

–Desde luego, no sería fácil captar su expresión, pero el color, la forma y sus bonitas pestañas podrían ser reproducidos.

En ese momento, por otro sendero del jardín, salieron a su paso la señora Hurst y Elizabeth.

–Ignoraba que estaban paseando –dijo la señorita Bingley un poco confusa al pensar que pudiesen haberla oído.

–Se portan muy mal con nosotras –respondió la señora Hurst– al no decirnos que iban a salir.

Y, tomando el brazo de Darcy, dejó que Elizabeth pasease sola. En el camino sólo cabían tres. Darcy advirtió la descortesía y dijo:

–Este paseo no es lo bastante ancho para los cuatro. Haremos mejor saliendo a la avenida.

Pero Elizabeth, que no tenía el menor deseo de continuar con ellos, contestó sonriente:

–No, no; sigan ustedes ahí. Forman un grupo encantador, está mucho mejor así. Una cuarta persona lo echaría a perder. Adiós.

Y se marchó alegremente regocijándose al pensar, mientras caminaba, que dentro de uno o dos días más estaría en su casa. Jane se encontraba ya tan bien, que aquella misma tarde tenía la intención de salir de su cuarto durante un par de horas.

Capítulo 11

Cuando las señoras se levantaron de la mesa después de comer, Elizabeth subió a ver a su hermana y al ver que estaba bien abrigada la acompañó al salón, donde sus amigas le dieron la bienvenida con grandes demostraciones de alegría. Elizabeth nunca las había visto tan amables como en la hora que transcurrió hasta que llegaron los caballeros. Hablaron de todo. Describieron la fiesta con todo detalle, contaron anécdotas con mucha gracia y se burlaron con sumo ingenio de sus conocidos.

Pero en cuanto entraron los caballeros, Jane dejó de ser el primer objeto de atención. Los ojos de la señorita Bingley se volvieron instantáneamente hacia Darcy y no había dado cuatro pasos cuando ya tenía algo que decirle. Darcy se dirigió directamente a Jane, felicitándola cortésmente. También el señor Hurst le hizo una ligera inclinación de cabeza, diciéndole que “se alegraba mucho”; pero la efusión y el calor quedaron reservados para el saludo de Bingley, que se mostró lleno de júbilo y atenciones para con ella. La primera media hora se la pasó avivando el fuego para que Jane no sufriese por el cambio de habitación, y le rogó que se pusiera al lado de la chimenea, lo más lejos posible de la puerta. Luego se a su lado y ya casi no habló con nadie más. Elizabeth, enfrente, con su labor, contemplaba la escena con mucha satisfacción

Cuando terminaron de tomar el té, el señor Hurst recordó a su cuñada la mesa de juego, pero en vano; ella intuía que a Darcy no le apetecía jugar, y el señor Hurst vio su petición rechazada de inmediato. Le aseguró que nadie tenía ganas de jugar; el silencio que siguió a su afirmación pareció corroborarla. En consecuencia, al señor Hurst no le quedó otra cosa que hacer que tumbarse en uno de los divanes y dormirse. Darcy tomó un libro, la señorita Bingley tomó otro, y la señora Hurst, ocupada principalmente en jugar con sus pulseras y sortijas, de vez en cuando tomaba parte en la conversación de su hermano con Jane.

La señorita Bingley dedicaba más atención a la lectura de Darcy que a la suya propia. No paraba de hacerle preguntas o mirar la página que él tenía delante. No obstante, no consiguió sacarle ninguna conversación; él se limitaba a contestar y seguía leyendo. Finalmente, agobiada por la perspectiva de tener que entretenerse con el libro que había elegido solamente porque era el segundo tomo del que leía Darcy, luego de un bostezo, exclamó:

–¡Qué agradable es pasar así una velada! Pienso que no hay mayor placer que la lectura. Cualquier otra cosa en seguida cansa, pero un libro, nunca. Cuando tenga casa propia seré muy desgraciada si no poseo una gran biblioteca.

Nadie replicó. Entonces volvió a bostezar, cerró el libro y paseó la vista a su alrededor buscando en qué ocupar el tiempo; cuando oyendo a su hermano mencionar a Jane su baile, se volvió de repente hacia él y dijo:

–¿Piensas seriamente en dar un baile en Netherfield, Charles? Te aconsejaría que antes de deci­dirte consultases los deseos de los presentes pues, o mucho me engaño o hay entre nosotros alguien a quien un baile le resultaría más un castigo que una diversión.

–Si lo dices por Darcy –contestó su hermano–, puede irse a la cama antes de que empiece, si así lo prefiere; pero en cuanto al baile, es cosa hecha, y tan pronto como Nicholls lo haya dispuesto todo, enviaré las invitaciones.

–Me gustarían más los bailes –replicó ella– si fueran de otro modo, pero esa clase de reuniones suelen ser tan pesadas que se hacen insufribles. Sería más racional que lo corriente fuese la conversación y no un baile.

–Mucho más racional sí, Caroline; pero entonces ya no sería un baile.

La señorita Bingley no contestó, levantándose poco después y paseando por el cuarto. Su figura era elegante y su andar, airoso, pero Darcy, a quien iba dirigido todo, continuó enfrascado en la lectura.

Ella, desesperada, decidió hacer un esfuerzo más, y, volviéndose a Elizabeth, dijo:

–Señorita Bennet, déjeme que la convenza de seguir mi ejemplo y dé una vuelta por el salón. Es muy saludable después de permanecer tanto tiempo sentada en la misma postura.

Elizabeth quedó sorprendida, pero accedió de inmediato. De este modo, la señorita Bingley logró lo que se había propuesto con su amabilidad: Darcy levantó la vista. Estaba tan extrañado de la novedad de esta invitación como la propia Elizabeth, e, inconscientemente, cerró su libro. Fue invitado de manera directa a unirse a ellas, a lo que se rehusó, explicando que sólo podía haber dos motivos para que paseasen por el salón juntas, y si se uniese a ellas interferiría en los dos. «¿Qué querrá decir?», pensó la señorita Bingley. Se moría de ganas por saber cuál sería el significado y le preguntó a Elizabeth si ella podía entenderlo.

–En absoluto –respondió–, pero supongo que quiere mostrarse severo con nosotras. El mejor medio de mortificarlo será no preguntarle nada.

Pero la señorita Bingley, incapaz de decepcionar a Darcy, insistió en pedir que les explicase los dos motivos.

–No tengo el más mínimo inconveniente en explicarlo –dijo tan pronto como ella le permitió hablar–. Ustedes eligen este modo de pasar el tiempo o porque tienen que hacerse alguna confidencia o para hablar de sus asuntos secretos, o porque saben que paseando lucen mejor su figura. Si es por lo primero, al ir con ustedes las importunaría; y si es por lo segundo, las puedo admirar mucho mejor desde aquí.

–¡Oh!, eso es horrible –exclamó la señorita Bingley–. Nunca he oído nada tan abominable. ¿Cómo podríamos darle su merecido?

–Nada tan fácil, si está dispuesta a ello –repuso Elizabeth–. Todos sabemos fastidiar y mortificar. Búrlese, ríase de él. Siendo tan íntima amiga suya, sabrá muy bien cómo hacerlo.

–No sé, le doy mi palabra. Le aseguro que mi intimidad con él no me ha enseñado eso. ¡Burlarse de una persona flemática, de tanta sangre fría! Y en cuanto a reírnos de él sin más mi más, no debemos exponernos; podría desafiarnos y tendríamos nosotros las de perder. Del señor Darcy no se puede una reír.

–¡Que no se puede una reír señor Darcy! –exclamó Elizabeth–. Es un privilegio muy extraño, y espero que siga siendo extraño, porque sería una gran desdicha para mí tener muchos conocidos así. Me encanta reírme.

–La señorita Bingley –intervino Darcy– me ha concedido más importancia de la que merezco. El mejor y más sabio de los hombres, mejor dicho, la más sabia y mejor de las acciones, puede volverse ridícula a los ojos de una persona cuyo primer anhelo de la vida sea reírse.

–Cierto –replicó Elizabeth–, que hay gente así, pero creo ser una de ellas. Creo que nunca ridiculizo lo que es bueno o sabio. Las insensateces, las tonterías, los caprichos y las inconsecuencias son las cosas de las que me burlo siempre que puedo. Pero supongo que éstas son las cosas de las que usted carece.

–Quizá no sea posible para nadie, pero yo me he pasado la vida tratando de evitar semejantes debilidades, que a menudo exponen al ridículo a cualquier persona inteligente.

–Como la vanidad y el orgullo, por ejemplo.

–En efecto, la vanidad es una debilidad. Pero en cuanto al orgullo, en caso de personas de inteligencia superior, siempre estará bien regulado.

Elizabeth tuvo que volverse para ocultar una sonrisa.

–Supongo que usted habrá acabado de examinar al señor Darcy –dijo la señorita Bingley–, y le suplico que me diga qué conclusiones ha sacado.

–Estoy plenamente convencida de que el señor Darcy no tiene defectos. Él mismo lo reconoce abiertamente.

–No –repuso Darcy–, no he pretendido decir eso. Tengo suficientes defectos, pero no se relacionan con la inteligencia. De mi carácter no me atrevo a responder; soy demasiado intransigente, en realidad. No puedo olvidar tan pronto como debería las insensateces y los vicios ajenos, ni las ofensas que se me hacen. Mis sentimientos no se apaciguan por muchos esfuerzos que se hagan para cambiarlos. Quizá se me pueda acusar de rencoroso. Cuando pierdo la buena opinión que tengo sobre alguien, la pierdo para siempre.

–Ése es verdaderamente un defecto –exclamó Elizabeth–. El rencor implacable es una auténtica sombra en un carácter. Pero ha elegido usted muy bien su defecto. No puedo reírme de él: está usted a salvo de mí.

–Creo que en todo individuo hay cierta tendencia a determinada maldad, a un defecto innato, que ni aún la mejor educación puede vencer.

–Y su defecto es la propensión a odiar a todos.

–Y el suyo –respondió Darcy con una sonrisa– es el interpretar mal a todo el mundo premeditadamente.

–Hagamos un poco de música –propuso la señorita Bingley, cansada de una conversación en la que no tomaba parte–. Louise, ¿no te importará que despierte a Hurst?

Su hermana no opuso la más mínima objeción, y abrió el piano; a Darcy, después de unos momentos de recogimiento, no le pesó. Comenzaba a sentir el peligro de prestarle demasiada atención a Elizabeth.

Capítulo 12

De acuerdo con su hermana, a la mañana siguiente Elizabeth escribió a su madre pidiéndole que les mandase el coche ese mismo día. Pero la señora Bennet había calculado que sus hijas estarían en Netherfield hasta el martes, cuando se cumpliría una semana de que Jane había llegado allí, y no estaba dispuesta a aceptar su regreso antes de ese momento. De manera que su respuesta no fue muy favorable o, por lo menos, no fue la que Elizabeth hubiera deseado, pues estaba impaciente por volver a su casa. La señora Bennet les contestó que no era posible enviarles el coche antes del martes, añadiendo en la posdata que si el señor Bingley y su hermana las instaban a quedarse más tiempo, accedería a ellos muy a gusto. Pero Elizabeth no estaba dispuesta a seguir allí por mucho que se lo pidieran; temiendo, al contrario, resultar molestas por quedarse más tiempo innecesariamente, rogó a Jane que le pidiese el coche a Bingley; y al fin decidieron ambas manifestar aquella mis­ma mañana su proyecto de dejar Netherfield y pedir que les prestasen el coche.

La noticia provocó muchas manifestaciones de preocupación. Las hermanas BIngley les expresaron reiteradamente su deseo de que permanecieran con ellas al menos hasta el día siguiente, y no hubo más remedio que demorar la marcha hasta entonces. No obstante, a la señorita Bingley no le agradó la dilación, porque los celos y la antipatía que sentía por una de las hermanas era muy superior al afecto que profesaba a la otra.

El dueño de la casa sí que oyó con verdadera pena que Jane proyectara marcharse tan pronto, e intentó convencerla de que no sería bueno para ella, porque todavía no estaba lo bastante repuesta. Pero Jane era firme cuando sabía que obraba como debía.

En cuanto a Darcy, recibió la noticia con agrado, pues Elizabeth había estado ya lo suficiente en Netherfield. Le atraía más de lo que él quería y la señorita Bingley era descortés con ella, y se veía con él más molesta que nunca. Resolvió tener especial cuidado en que no se le escapase ninguna señal de admiración, nada que pudiera despertar en Elizabeth la idea de que ella tuviera alguna influencia en su felicidad. Consciente de que podía haber sugerido semejante idea, su conducta durante el último día debía ser decisivo para confirmársela o quitársela de la cabeza. Firme en su propósito, apenas le dirigió diez palabras en todo el sábado y, aunque los dejaron solos durante media hora, se abocó a su libro y ni siquiera la miró.

El domingo, tras el servicio religioso de la mañana, tuvo lugar la separación, tan grata para casi todos. La cortesía de la señorita Bingley con Elizabeth aumentó rápidamente en el último momento, así como su afecto por Jane. Al despedirse, después de asegurar a esta última el placer que siempre le daría verla tanto en Longbourn como en Netherfield y de abrazarla tiernamente, apenas dio la mano a Elizabeth, quien se despidió de todos con el espíritu más alegre que nunca.

No fueron muy cordialmente recibidas por su madre. No entendía por qué habían regresado tan pronto y afirmó que hacían muy mal en ocasionarle semejante disgusto, dando por seguro que Jane volvería a resfriar­se. Pero el padre, aunque muy lacónico en sus expresiones de alegría, estaba verdaderamente satisfecho de verlas. Se había dado cuenta de la importancia que tenían en el círculo familiar: la conversación de la noche, cuando todos estaban reunidos, había perdido la animación e incluso el sentido con la ausencia de Jane y Elizabeth.

Como de costumbre, encontraron a Mary enfrascada en el estudio profundo de la naturaleza humana; tenían que admirar sus nuevos resúmenes y escuchar las observaciones que había hecho recientemente sobre una moral muy poco convincente. Lo que Catherine y Lydia tenían que contarles era muy distinto. En el regimiento se ha­bía hablado mucho y se habían hecho muchas cosas desde el viernes anterior; varios oficiales habían comido re­cientemente con su tío, había sido azotado un soldado, y corría el rumor de que el coronel Forster iba a casarse.

Capítulo 13

–Espero, querida –dijo el señor Bennet a su esposa, cuando desayunaban a la mañana siguiente–, que hayas preparado una buena comida, porque tengo razones para suponer que hoy se sumará uno más a nuestra mesa.

–¿A quién te refieres, querido? No tengo noticia de que venga nadie, a no ser que a Charlotte Lucas se le ocurra visitarnos, y me parece que mis comidas son suficientemente buenas para ella. No creo que en su casa sean mejores.

–La persona a que me refiero es un caballero, además de forastero.

Los ojos de la señora Bennet relucían como chispas.

–¿Caballero y forastero? Se trata del señor Bingley, sin duda. Jane, ¿por qué nunca dices ni palabra de estas cosas? ¡Qué pícara eres! Bien, me alegraré mucho de verlo. Pero, ¡Dios mío, qué mala suerte!: no se puede conseguir hoy ni un trozo de pescado. Lydia, cariño, toca la campanilla; tengo que hablar con Hill al instante

–No se trata del señor Bingley –dijo su esposo–. Es una persona a quien no he visto en mi vida.

Estas palabras despertaron el asombro general, y en consecuencia, él tuvo el placer de ser interrogado ansiosamente y a la vez por su mujer y sus cinco hijas.

Después de divertirse un rato, excitando su curiosidad, les explicó:

–Hace cosa de un mes recibí esta carta, y la contesté recién hace unos quince días, porque pensé que se trataba de un tema muy delicado y necesitaba tiempo para reflexionar. Es de mi primo Collins, quien, cuando yo me muera, puede echaros de esta casa en cuanto le plazca.

–¡Oh, querido! –se lamentó su esposa–. No puedo soportar oír hablar del tema. No menciones a ese hombre tan odioso. Es lo peor que te puede pasar en el mundo, que tus bienes no los puedan heredar tus hijas. De haber sido tú, hace mucho tiempo que yo habría hecho algo al respecto.

Jane y Elizabeth intentaron explicarle por qué la herencia no les pertenecía. Lo habían intentado muchas veces, pero era un tema sobre el que su madre evitaba entrar en razón. Y así, siguió quejándose amargamente de la crueldad que significaba desposeer de la herencia a una familia de cinco hijas, a favor de un hombre que a ninguno le importaba nada.

–Es en verdad muy injusto –dijo el señor Bennet–, y no hay nada que pueda probar la culpabilidad del señor Collins por heredar Longbourn. Pero si escuchas su carta, puede que su modo de expresarse te tranquilice un poco.

–No, no la escucharé; y, además, me parece una impertinencia y una hipocresía que te escriba. No soporto a esos falsos amigos. ¿Por qué no continúa pleiteando contigo como en su tiempo hizo su padre?

–Porque parece tener algún cargo de conciencia, como vas a oír:

«Hunsford, cerca de Westerham, Kent, 15 de octubre.

»Estimado Bennet:

»El desacuerdo subsistente entre tú y mi padre, recientemente fallecido, siempre me ha llevado a sentir cierta inquietud, y desde que tuve la desgracia de perderlo, he deseado zanjar el asunto, pero durante algún tiempo me retuvieron las dudas, temiendo ser irrespetuoso a su memoria, al ponerme en buenos términos con alguien con el que él siempre estaba en discordia, habiendo pasado tan poco de su muerte. Pero

ahora ya he tomado una decisión sobre el tema, por haber sido ordenado en Pascua, ya que he tenido la suerte de ser distinguido con el patronato de la muy honorable lady Catherine de Bourgh, viuda de sir Lewis de Bourgh, cuya generosidad y beneficencia me ha elegido a mí para hacerme cargo de la estimada rectoría de su parroquia, donde mi más firme propósito será servir a Su Señoría con gratitud y respeto, y estar siempre dispuesto a celebrar los ritos y ceremonias instituidos por la Iglesia de Inglaterra. Por otra parte, como sacerdote, creo que es mi deber promover y establecer la bendición de la paz en todas las familias a las que alcance mi influencia; y basándome en esto espero que mi presente propósito de buena voluntad sea acogido de buen grado, y que la circunstancia de que sea yo el heredero de Longbourn sea olvidada por tu parte y no te lleve a rechazar la rama de olivo que te ofrezco. No puedo sino estar preocupado por perjudicar a tus agradables hijas, y suplico que se me disculpe por ello, también quiero dar fe de mi buena disposición para hacer todas las enmiendas posibles de ahora en adelante. Si no te opones a recibirme en tu casa, espero tener la satisfacción de visitarte a ti y a tu familia, el lunes 18 de noviembre a las cuatro, y puede que abuse de tu hospitalidad hasta el sábado siguiente, cosa que puedo hacer sin ningún inconveniente, puesto que lady Catherine de Bourgh no pondrá objeción y ni siquiera desaprobaría que estuviese ausente fortuitamente el domingo, siempre que hubiese algún otro sacerdote dispuesto para cumplir con las obligaciones de ese día. Te envío afectuosos saludos para tu esposa e hijas, tu amigo que te desea todo bien,

William Collins.»

–Por consiguiente –dijo el señor Bennet en cuanto plegó la carta–, a las cuatro debemos esperar a este ca­ballero conciliador. Parece ser un joven educado y atento, y no dudo de que su amistad nos será valiosa, especialmente si lady Catherine es tan indulgente como para dejarlo venir a visitarnos.

–Ya ves, tiene sentido eso que dice sobre nuestras hijas. Si está dispuesto a darles alguna reparación, no seré yo la que lo desanime.

–Aunque es difícil –observó Jane– adivinar de qué modo puede entender eso de darnos lo que piensa que nos merecemos, debemos dar crédito a sus deseos.

A Elizabeth le impresionó mucho aquella extraordinaria deferencia hacia lady Catherine y aquella sana intención de bautizar, casar y enterrar a sus feligreses siempre que fuese preciso.

–Debe ser un poco raro –dijo–. No puedo imaginármelo. Su estilo es algo pomposo. ¿Y qué querrá decir con eso de disculparse por ser el heredero de Longbourn? Supongo que no trataría de evitarlo, si pudiese. Papá, ¿será un hombre astuto?

–No, querida, no lo creo. Tengo grandes esperanzas de que sea lo contrario. Hay en su carta una mezcla de servilismo y presunción que lo afirma. Estoy impaciente por verlo.

–En cuanto a la redacción –dijo Mary–, su carta no parece mala. Eso de la rama de olivo no es muy original, pero, así y todo, se expresa bien.

A Catherine y a Lydia, ni la carta ni su autor les interesaban lo más mínimo. Era prácticamente imposible que su primo se presentase con casaca roja, y hacía ya unas cuantas semanas que no sentían agrado por ningún hombre vestido de otro color. En lo tocante a la madre, la carta del señor Collins había extinguido su rencor, y estaba preparada para recibirlo con tal moderación que dejaría perplejos a su marido y a sus hijas.

El señor Collins llegó puntualmente a la hora anunciada y fue recibido con gran cortesía por toda la familia. Verdad que el señor Bennet habló poco, pero las señoras estaban muy dispuestas a hacerlo, y el señor Collins no parecía necesitar que lo animasen ni ser aficionado al silencio. Era un hombre joven, alto, de mirada profunda, con un aire grave y estático y modales ceremoniosos. No llevaba mucho tiempo sentado cuando felicitó a la señora Bennet por tener unas hijas tan hermosas; dijo que había oído hablar mucho de su belleza, pero que la fama se había quedado corta en comparación con la realidad, añadiendo que no dudaba de verlas a todas bien casadas a su debido tiempo. La galantería no fue muy del gusto de alguna de las oyentes, pero la señora Bennet, que no se andaba con cumplidos, contestó de inmediato:

–Es usted muy amable y deseo de todo corazón que sea como usted dice, pues de otro modo quedarían las pobres bastante desamparadas, en vista de la extraña manera en que están dispuestas las cosas.

–¿Alude usted, acaso, a la herencia de esta propiedad?

–¡Ah! En efecto, señor. No me negará usted que es un asunto muy penoso para mis hijas. No es que lo culpe, pues sé que semejantes cosas son debidas a la suerte. Nadie tiene noción de qué va a pasar con las propiedades una vez que tienen que ser heredadas.

–Siento mucho el infortunio de mis lindas primas; pero voy a ser cauto, no quiero adelantarme y parecer precipitado. Lo que sí puedo asegurar a estas jóvenes, es que he venido dispuesto a admirarlas. De momento, no diré más, pero quizá, cuando nos conozcamos mejor... dispuesto a admirarlas. Por ahora no digo más; cuando nos conozcamos mejor...

Fue interrumpido por la invitación de ir a comer, y las muchachas se sonrieron entre sí. No sólo ellas fueron objeto de admiración del señor Collins: examinó y elogió el vestíbulo, el comedor y todo el mobiliario; y las ponderaciones que de todo hacía, habrían llegado al corazón de la señora Bennet de no ser porque se mortificaba pensando que Collins veía todo aquello como su futura propiedad. También elogió la cena y suplicó se le dijera a cuál de sus hermosas primas correspondía el mérito de haberla preparado. Pero aquí, la señora Bennet lo atajó sin contemplaciones diciéndole que sus medios le permitían tener una buena cocinera y que sus hijas no tenían nada que hacer en la cocina. Él se disculpó por haberla molestado y ella, en tono muy suave, le dijo que no estaba nada ofendida. Pero Collins continuó excusándose aproximadamente durante un cuarto de hora.

Capítulo 14

Durante la cena, el señor Bennet apenas habló, pero cuando los criados ya se habían retirado, creyó llegado el momento oportuno para conversar con su huésped. Comenzó con un tema que creía sería de su agrado, y le dijo que había tenido mucha suerte con su patrona. La atención que lady Catherine de Bourgh prestaba a sus deseos y su preocupación por su bienestar eran extraordinarios. El señor Bennet no pudo haber elegido nada mejor. Collins elogió de lady Catherine con gran elocuencia y solemnidad y, dándose mucha importancia, afirmó que nunca había visto un comportamiento como el de lady Catherine una persona de su alcurnia ni tal afabilidad y condescendencia. Se había dignado dar su aprobación a los dos sermones que ya había tenido el honor de pronunciar en su presencia; lo había invitado a comer en Rosings en dos oportunidades, y el mismo sábado anterior mandó a buscarlo para que completase su partida de cuatrillo durante la velada. Conocía a muchas personas que tenían a lady Catherine por orgullosa, pero él no había visto nunca en ella más que afabilidad. Siempre le habló como lo haría a cualquier otro caballero; no se oponía a que frecuentase a las personas de la vecindad, ni a que abandonara por una o dos semanas la parroquia a fin de ir a ver a sus parientes. Siempre había tenido a bien recomendarle que se casara cuanto antes con tal de que eligiese con prudencia, y lo había visitado en su humilde casa, donde aprobó todos los cambios que él había hecho, llegando hasta sugerirle alguno ella misma, como, por ejemplo, poner algunas repisas en los armarios de las habitaciones de arriba.

–En verdad, todo eso está muy bien y es muy cortés por su parte –comentó la señora Bennet–. Ha de tratarse de una mujer muy agradable. ¡Lástima que las grandes señoras en general no se le parezcan! ¿Vive cerca de usted?

–El jardín donde se alza mi humilde residencia está separado sólo por un camino de Rosings Park, morada de Su Excelencia.

–Creo que dijo usted que era viuda. ¿Tiene familia?

–Sólo una hija, la heredera de Rosings y de otras extensas propiedades.

–¡Ay! –suspiró la señora Bennet sacudiendo la cabeza–. En ese caso, está en mejor situación que ciertas jóvenes. ¿Qué clase de muchacha es? ¿Es guapa?

–Es una señorita realmente encantadora. La misma lady Catherine dice que, haciendo honor a la verdad, en cuanto a belleza se refiere, supera con mucho a las más hermosas de su sexo, porque hay algo en sus facciones que revela en una mujer su distinguida cuna. Infortunadamente es de constitución enfermiza, lo que le ha impedido progresar en ciertos aspectos de su educación que, a no ser por eso, serían muy notables, según me ha informado la señora que dirigió su enseñanza y que aún vive con ellas. Pero es muy amable y a menudo tiene la bondad de pasar por mi humilde residencia con su pequeño carruaje y sus yeguas.

–¿Ha sido presentada en sociedad? No recuerdo haber oído su nombre entre las damas de la corte.

–Su variable estado de su salud no le ha permitido, desafortunadamente, ir a la capital, y por ello, como le dije un día a lady Catherine, ha privado a la corte británica de su ornato más radiante. Su Excelencia pareció muy complacida con esta apreciación; y ya pueden ustedes comprender que me considero dichoso de dirigirles, siempre que tengo ocasión, estos pequeños y delicados cumplidos que suelen ser gratos a las damas. Más de una vez le he hecho observar a lady Catherine que su encantadora hija parecía haber nacido para duquesa y que el más elevado rango, en vez de darle importancia, quedaría enaltecido por ella. Esta clase de cosillas son las que agradan a Su Excelencia y me considero especialmente obligado a tener con ella tales atenciones.

–Estás en lo cierto –apuntó el señor Bennet–, y es una suerte que tengas el talento de saber adular con delicadeza. ¿Puedo preguntarte si esos gratos cumplidos se te ocurren espontáneamente o si son el resultado de un estudio previo

–Brotan por lo general en forma espontánea, y aunque a ve­ces me entretengo en idear y preparar esos cumplidos elegantes para poderlos adaptar a las ocasiones que se presentan, siempre anhelo darles tal aire que en lo posible parezcan improvisados.

Las suposiciones del señor Bennet se habían confirmado. Su primo era tan absurdo como él había creído y por eso lo escuchaba con intenso placer, conservando, no obstante, la más perfecta compostura. Y, excepto alguna mirada que le lanzaba de vez en cuando a Elizabeth, no necesitaba que nadie más fuese partícipe de su regodeo.

Sin embargo, a la hora del té ya la dosis había sido suficiente, y el señor Bennet tuvo el placer de llevar a su huésped de nuevo al salón. Cuando el té hubo terminado, lo invitó a que leyese algo en voz alta a las señoras. Collins accedió al punto y trajeron un libro; pero en cuanto lo vio –se notaba en seguida que era de una biblioteca circulante– se detuvo y, excusándose, declaró que jamás leía novelas. Kitty lo miró extrañada y a Lydia se le escapó una exclamación. Le trajeron otros volúmenes y tras algunas dudas, eligió los sermones de Fordyce. En cuanto abrió el libro Lydia empezó a bostezar, y antes de que Collins, con monótona solemnidad, hubiese leído tres páginas, la muchacha lo interrumpió:

–¿Sabes, mamá, que el tío Phillips habla de despedir a Richard? Y si lo hace, lo contratará el coronel Forster. Me lo dijo la tía el sábado. Iré mañana a Meryton para enterarme de más y para preguntar cuándo viene de la ciudad el señor Denny.

Las dos hermanas mayores suplicaron a Lydia que refrenase la lengua; pero Collins, muy ofendido, dejó a un lado el libro y exclamó:

–Con frecuencia he observado a cuán pocas señoritas interesan los libros de carácter serio, aunque estén escri­tos sólo para su bien. Confieso que me confunde, pues, en verdad, nada puede haber tan ventajoso para ellas como la instrucción. Pero no quiero importunar más tiempo a mi primita.

Se dirigió entonces al señor Bennet y le propuso una partida de backgammon. El señor Bennet aceptó el desafío y encontró que obraba muy cuerdamente al dejar que las muchachas se divirtiesen con sus frivolidades. La señora Bennet y sus hijas se deshicieron en disculpas por la interrupción de Lydia y le prometieron que ya no volvería a suceder si quería seguir leyendo. Pero Collins, tras asegurarles que no estaba enojado con su prima y que nunca podría interpretar lo que había hecho como una ofensa, sentándose en otra mesa con el señor Bennet, se dispuso a jugar al backgammon.

Capítulo 15

Collins no era un hombre inteligente, y a las deficiencias de su naturaleza no habían sido suplidas ni por su educación ni por su vida social. Pasó la mayor parte de su vida bajo la autoridad de un padre inculto y avaro; y aunque había concurrido a la universidad, sólo permaneció en ella los cursos estrictamente necesarios, sin adquirir ningún conocimiento verdaderamente útil. La sujeción con que su padre lo había educado le había dado, en principio, gran humildad a su carácter, pero ahora se veía contrarrestada por una vanidad debida a su corta inteligencia, a su vida retirada y a los sentimientos inherentes a una repentina e inesperada prosperidad. La afortunada casualidad de que quedara vacante la rectoría de Hunsford, lo había colocado bajo la protección de lady Catherine de Bourgh, cuando, y su respeto al alto rango de la señora y la veneración que le inspiraba por ser su patrona, unidos a un gran concepto de sí mismo, a su autoridad de clérigo y a sus derechos de rector, lo habían convertido en una mezcla de orgullo y servilismo, de presunción y modestia.

Poseyendo ahora una buena casa e ingresos más que suficientes, Collins estaba pensando en casarse. En su reconciliación con la familia de Longbourn, buscaba la posibilidad de realizar su proyecto, pues tenía pensado escoger a una de las hijas, en el caso de que resultasen tan hermosas y agradables como se decía. Tal era su plan de enmienda, o reparación, por heredar las propiedades del padre, plan que le parecía excelente, ya que era legítimo, muy apropiado, a la par que muy generoso y desinteresado por su parte.

Su plan no había variado un ápice al verlas. El encantador rostro de Jane le confirmó sus propósitos y corroboró todas sus estrictas nociones sobre la preferencia que debe darse a las hijas mayores; y así, durante la primera velada, se decidió definitivamente por ella. Sin embargo, a la mañana siguiente tuvo que hacer un cambio, pues antes del desayuno, mantuvo una conversación de un cuarto de hora con la señora Bennet. Empezaron hablando de su casa parroquial, lo que lo condujo, naturalmente, a revelar su proyecto de buscar en Longbourn una señora para la misma. Entre complacientes sonrisas y generales estímulos, la señora Bennet le hizo una advertencia sobre Jane: «En cuanto a sus hermanas menores, no podía contestar positivamente, aunque no sabía que nadie les hubiese hecho proposiciones; pero en lo referente a Jane, debía prevenirle, aunque, al fin y al cabo, era cosa que sólo a ella le incumbía, de que posiblemente no tardaría en comprometerse.»

Collins no tenía más que sustituir a Jane por Elizabeth; y, espoleado por la señora Bennet, hizo el cambio rápidamente. Elizabeth, que seguía a Jane en edad y en belleza, fue la nueva candidata.

La señora Bennet se percató bien de ello, confiando en que pronto tendría dos hijas casadas, de manera que el hombre de quien el día antes no había querido ni oír hablar, se convirtió de pronto en el objeto de su más alta estimación.

El proyecto de Lydia de ir a Meryton seguía en pie. A excepción de Mary, todas las hermanas accedieron a ir con ella. El señor Collins iba a acompañarlas a petición del señor Bennet, que tenía ganas de deshacerse de su pariente y tener la biblioteca sólo para él, pues hasta ahí lo había seguido Collins después del desayuno y, al parecer, ahí se proponía continuar, ocupado con uno de los mayores folios de la colección, aunque, en realidad, hablando sin cesar de su casa y de su jardín de Hunsford. Todo esto descomponía al señor Bennet de modo extraordinario. La biblioteca era para él el sitio donde sabía que podía disfrutar de su tiempo libre con tranquilidad. Estaba dispuesto, como le dijo a Elizabeth, a soportar la estupidez y el engreimiento en cualquier otra habitación de la casa, pero en la biblioteca quería verse libre de todo eso. Fue así que empleó toda su cortesía en invitar a Collins a acompañar a sus hijas en su paseo; y Collins, a quien se le daba mucho mejor pasear que leer, se tuvo por feliz en extremo con cerrar su libro y marcharse.

Y entre pomposas e insulsas frases, por su parte, y corteses asentimientos, por la de sus primas, transcurrió el tiempo hasta que llegaron a Meryton. A partir de ese momento, las hermanas menores ya no le prestaron atención. No tenían ojos más que para buscar oficiales por las calles, y, a excepción de un sombrero verdaderamente elegante o una muselina realmente nueva, nada podía distraerlas.

Pero la atención de todas las jóvenes fue de inmediato acaparada por un joven al que no habían visto anteriormente, que tenía aspecto de ser todo un caballero, y que paseaba con un oficial por el lado opuesto de la calle. El oficial era el señor Denny en persona, cuyo regreso de Londres había venido Lydia a averiguar, y que se inclinó para saludarlas. Todas se quedaron impresionadas con el porte del desconocido y se preguntaban quién podría ser. Kitty y Lydia, decididas a indagar, cruzaron la calle con el pretexto de comprar algo en la tienda de enfrente, alcanzando la acera con tanta fortuna que, en ese preciso momento, los dos caballeros, llegaban exactamente al mismo sitio. El señor Denny se dirigió directamente a ellas y les pidió que le permitiesen presentarles a su amigo, el señor Wickham, que había venido de Londres con él el día anterior, y había tenido la bondad de aceptar un destino en el Cuerpo. Esto ya era lo máximo, pues pertenecer al regimiento era lo único que le faltaba para completar su encanto. Su aspecto decía mucho en su favor, era guapo y esbelto, de trato muy afable.

Hecha la presentación, el señor Wickham inició una conversación con mucha soltura, con la más absoluta corrección y sin pretensiones. Aún estaban todos allí de pie charlando agradablemente, cuando un ruido de cascos atrajo su atención y vieron a Darcy y a Bingley que, en sus cabalgaduras, venían calle abajo. Al distinguir a las jóvenes en el grupo, los dos caballeros fueron hacia ellas y empezaron los saludos de rigor.

Bingley habló más que nadie y Jane era el objeto principal de su conversación. En ese momento, dijo, iban de camino a Longbourn para saber cómo se encontraba; Darcy lo corroboró con una inclinación; y estaba procurando no fijar su mirada en Elizabeth, cuando, de repente, se quedaron paralizados al ver al forastero. A Elizabeth, que vio el semblante de ambos al mirarse, le sorprendió mucho el efecto que les había causado el encuentro. Los dos cambiaron de color: uno se puso pálido y el otro colorado. Después de una pequeña vacilación, Wickham se llevó la mano al sombrero, a cuyo saludo se dignó corresponder Darcy. ¿Qué podría significar aquello? Era imposible imaginarlo, pero era también imposible no sentir una gran curiosidad por saberlo.

Un momento después Bingley, que no pareció ente­rado de lo ocurrido, se despidió y siguió adelante con su amigo.

Denny y Wickham continuaron paseando con las mu­chachas hasta la puerta del señor Philips, y allí se des­pidieron, no obstante los ruegos de Lydia referentes a que entrasen, y a pesar también de que la señora Philips abriera la ventana y secundase en voz alta la invitación.

Como siempre, la señora Philips se alegraba de ver a sus sobrinas. Las dos mayores fueron especialmente bien recibidas debido a su reciente ausencia. Les expresó su sorpresa por el rápido regreso a casa, del que nada habría sabido, puesto que no volvieron en su propio coche, a no haberse dado la casualidad de encontrarse con el aprendiz del doctor Jones, quien le dijo que ya no tenía que mandar más medicinas a Netherfield porque las señoritas Bennet se habían retirado. Entonces Jane le presentó a Collins, a quien dedicó toda su atención. Lo acogió con la más exquisita cortesía, a la que Collins correspondió con aún más delicadeza, disculpándose por haberse presentado en su casa sin que ella hubiese sido advertida previamente, aunque él se sentía orgulloso de que fuese el parentesco con sus sobrinas lo que justificaba dicha intromisión. La señora Philips se quedó completamente abrumada con tal exceso de buena educación. Pero pronto tuvo que dejar de lado a este forastero, por las exclamaciones y preguntas relativas al otro. La señora Philips no podía decir a sus sobrinas más de lo que ya sabían: que el señor Denny lo había traído de Londres y que se iba a quedar en la guarnición del condado con el grado de teniente. Agregó que lo había estado observando mientras paseaba por la calle; y si el señor Wickham hubiese aparecido entonces, también Kitty y Lydia se habrían acercado a la ventana para contemplarlo, pero por desgracia, en aquellos momentos no pasaban más que unos cuantos oficiales que, comparados con el forastero, resultaban «estúpidos y desagradables». Algunos de estos oficiales irían a cenar al día siguiente con los Philips, y la tía les prometió decirle a su marido que visitase a Wickham para invitarlo también a él, si la familia de Longbourn quería venir por la noche. Así lo acordaron, y la señora Philips les ofreció jugar a la lotería y tomar después una cena caliente. La perspectiva de semejantes delicias era magnífica, y las chicas se fueron muy contentas. Collins volvió a pedir disculpas al salir, y se le aseguró que no eran necesarias.

De camino a casa, Elizabeth le contó a Jane lo sucedido entre los dos caballeros, y aunque Jane los habría defendido de haber notado algo raro, en este caso, no pudo explicarse el hecho mejor que su hermana.

A su regreso, Collins halagó a la señora Bennet ponderándole los modales y la educación de la señora Philips. Aseguró que, excepto lady Catherine y su hija, nunca había visto mujer más elegante, pues no sólo lo había recibido con la más extremada cortesía, sino que, además, lo había incluido en la invitación para la próxima velada, a pesar de serle totalmente desconocido. Claro que ya sabía que debía atribuirlo a su parentesco con ellas, pero no obstante, en el curso de toda su vida jamás había sido tratado con tanta amabilidad.

Capítulo 16

Como no se puso ningún inconveniente al compromiso de las jóvenes con su tía y los reparos de Collins por no dejar a los señores Bennet ni una sola velada durante su visita fueron firmemente rechazados, a la hora indicada el coche lo condujo, a él y a sus cinco primas, hacia Meryton. Al entrar en el salón de los Philips, las muchachas tuvieron el gusto de oír que Wickham había aceptado la invitación de su tío y se hallaba entonces en la casa.

Después de recibir esta información, y cuando todos habían tomado asiento, Collins pudo observar todo a sus anchas. Las dimensiones y el mobiliario de la pieza le causaron tal admiración, que confesó haber creído encontrarse en el comedorcito de verano de Rosings Park. Al principio, la comparación no despertó ningún entusiasmo, pero cuando la señora Philips oyó de labios de Collins lo que era Rosings y quién era su propietaria, cuando escuchó la descripción de uno de los salones de lady Catherine y supo que sólo la chimenea había costado ochocientas libras, apreció todo el valor de aquel cumplido y casi no le habría molestado que hubiese comparado su salón con la habitación del ama de llaves de los Bourgh.

Collins se abocó a contarle a la señora Philips todas las grandezas de lady Catherine y de su mansión, con digresiones mención de vez en cuando en elogio de su humilde casa y de las mejoras que estaba efectuando en ella, hasta que llegaron los caballeros. Collins encontró en la señora Philips una oyente atenta cuya buena opinión del rector aumentaba con lo que él le iba explicando, y ya estaba pensando en contárselo todo a sus vecinas cuanto antes. A las muchachas, que no podían soportar a su primo, y que no tenían otra cosa que hacer que desear tener a mano un instrumento de música y examinar las insignificantes imitaciones de porcelana china de la repisa de la chimenea, se les estaba haciendo demasiado larga la espera. Pero por fin aparecieron los caballeros. Cuando Wickham entró en la estancia, Elizabeth notó que ni antes se había fijado en él ni después lo había recordado con la admiración suficiente. Los oficiales de la guarnición del condado gozaban en general de un prestigio extraordinario; eran muy apuestos y los mejores se encontraban ahora en aquella reunión. Pero Wickham, por su gallardía, su soltura y su modo de andar, era tan superior a ellos, como ellos lo eran al rechoncho tío Philips, que los había seguido al salón apestando a oporto.

Wickham era el afortunado hacia el que se volvían casi todos los ojos femeninos, y Elizabeth fue afortunada a cuyo lado él decidió tomar asiento. Aunque se limitó a decir que la noche era húmeda y que probablemente llovería mucho durante toda la temporada, Wickham inició la conversación de un modo tan agradable que Elizabeth se dio cuenta de que los tópicos más comunes, triviales y manidos, pueden resultar interesantes si son usados con destreza.

Con rivales para acaparar la atención de las damas como lo eran Wickham y los demás oficiales, Collins parecía hundirse en su insignificancia. Para las muchachas él no representaba nada. Pero de vez en cuando la señora Philips todavía le prestaba alguna atención y se ocupaba de que no le faltase ni café ni pastas.

Cuando se dispusieron las mesas de juego, Collins vio una oportunidad para devolverle sus atenciones, sentándose a jugar con ella al whist.

–Por ahora, conozco poco este juego –le dijo–, pero me gustaría aprenderlo mejor, habida cuenta de mi situación en la vida.

La señora Philips quedó muy agradecida de su condescendencia, pero no pudo entender esas razones.

Wickham no jugaba al whist y fue recibido con verdadero entusiasmo en la otra mesa, entre Elizabeth y Lydia. Al principio pareció que había peligro de que Lydia lo acaparase por completo, pues era muy habladora, pero como también era muy aficionada a la lotería, no tardó en centrar todo su interés en el juego y estaba demasiado ocupada en apostar y lanzar exclamaciones cuando tocaban los premios, para que pudiera distraerse en cualquier otra cosa. Gracias a la conversación general propia del juego, Wickham podía dedicar tiempo a hablar con Elizabeth, y ella estaba de­seosa de escucharlo, aunque no tenía ninguna esperanza de que le contase lo que a ella más le apetecía saber: la historia de su relación con Darcy. Ni siquiera se atrevió a mencionar su nombre. Sin embargo, su curiosidad quedó satisfecha de un modo inesperado. Fue el mismo señor Wickham el que empezó el tema. Preguntó qué distancia había de Meryton a Netherfield, y después de oír la respuesta de Elizabeth y de unos segundos de titubeo, quiso saber también cuánto tiempo hacía que estaba allí el señor Darcy.

–Un mes, poco más o menos –contestó Elizabeth. Y no queriendo abandonar el tema, añadió–: Creo posee grandes propiedades en Derbyshire.

–Sí –repuso Wickham–, su hacienda es importante y le proporciona diez mil libras anuales. Nadie mejor que yo podría darle a usted informes verídicos acerca del señor Darcy, pues he estado particularmente relacionado con su familia desde mi infancia.

Elizabeth no pudo evitar mirarlo con sorpresa.

–Le extrañará lo que digo, señorita Bennet, después de haber visto, como probablemente lo hizo usted, la frialdad de nuestro encuentro de ayer. ¿Conoce usted mucho al señor Darcy?

–Más de lo que desearía –contestó Elizabeth con viveza–. He pasado cuatro días en la misma casa que él y me parece muy antipático.

–No tengo derecho a decir si es o no es antipático –continuó Wickham–. No soy el más indicado para ello. Lo he conocido durante demasiado tiempo y demasiado bien como para ser un juez adecuado. Me sería imposible ser imparcial. Pero creo que la opinión que usted tiene de él sorprendería a cualquiera y puede que no la expresaría tan categóricamente en ninguna otra parte. Aquí está usted entre los suyos.

–Le aseguro que lo que digo aquí lo diría en cualquier otra casa de la vecindad, excepto en Netherfield. Darcy ha disgustado a todo el mundo con su orgullo. No encontrará a nadie que hable mejor de él.

–No puedo fingir que lo siento –dijo Wickham tras una corta pausa–. No creo que él ni nadie sean estimados sólo por sus méritos, pero con Darcy no suele suceder así. La gente se ciega con su fortuna y con su importancia o le temen por sus distinguidos y soberbios modales, y lo ven sólo como a él se le antoja que le vean.

–Pues yo, a pesar de lo poco que lo conozco, lo tengo por una persona de malas cualidades.

Wickham se limitó a mover la cabeza. Luego agregó:

–Me pregunto si pensará quedarse mucho tiempo en este condado.

–Lo ignoro en absoluto, pero no oí nada acerca de su marcha mientras estuve en Netherfield. Supongo que la presencia de Darcy no alterará sus planes de permanecer en la guarnición del condado.

–Claro que no. No seré el que me vaya por culpa del señor Darcy, Si desea evitar el verme, él será quien haya de partir. No estamos en buena amistad, y me molesta el encontrarlo, pedro no tengo otra razón para huirle sino una que puedo proclamar ante todo el mundo: el creer haber sido muy mal tratado, y los penosos recuerdos de que sea él lo que es. Su padre, señorita Bennet, el último señor Darcy, fue el mejor de los hombres y mi mejor amigo; no puedo hablar con Darcy sin que se me parta el alma con mil tiernos recuerdos. Su conducta conmigo ha sido indecorosa; pero confieso sinceramente que se lo perdonaría todo menos que haya frustrado las esperanzas de su padre y haya deshonrado su memoria.

Elizabeth encontraba que su interés iba en aumento y escuchaba con sus cinco sentidos, pero la delicada índole del asunto le impidió hacer más preguntas.

Wickham empezó a hablar de temas más generales: Meryton, la vecindad, la sociedad; y parecía muy complacido con lo que ya conocía, hablando especialmente de lo último con fina pero comprensible galantería.

–El principal incentivo de mi ingreso en la guarnición del condado –continuó Wickham– fue la esperanza de estar en constante contacto con la sociedad, y y de sociedad buena. Sabía que era un Cuerpo muy respetado y agradable, y mi amigo Denny me tentó, además, describiéndome su actual residencia y las grandes atenciones y excelentes amistades que Meryton le ha procurado. Confieso que me hace falta un poco de vida social. Soy un hombre decepcionado y mi estado de ánimo no soportaría la soledad. Necesito ocupación y compañía. No era mi intención incorporarme a la vida militar, pero las circunstancias actuales me hicieron elegirla. La Iglesia debió haber sido mi profesión; para ella me educaron y hoy estaría en posesión de un valioso rectorado de no haber sido por el caballero de quien estábamos hablando hace un momento.

–¿De veras?

–Sí; el último señor Darcy me legó la primera presentación que correspondiese a la familia. Era mi padrino y me quería entrañablemente. Nunca podré hacer justicia a su bondad. Proyectó dejarme bien situado, y creyó haberlo hecho; pero cuando el puesto quedó vacante, fue concedido a otro.

–¡Cielos! –exclamó Elizabeth–. ¿Cómo pudo ser eso? ¿Cómo pudieron contradecir su testamento? ¿Por qué no recurrió usted a la justicia?

–Había tal informalidad en los términos del legado, que la ley no me hubiese dado ninguna esperanza. Un hombre de honor no habría puesto en duda la intención de dichos términos; pero Darcy prefirió dudarlo o tomarlo como una recomendación meramente condicional y afirmó que yo había perdido todos mis derechos por mi extravagancia e imprudencia. Lo cierto es que la rectoría quedó vacante hace dos años, justo cuando yo ya tenía edad para ocuparla, y se la dieron a otro. Y no es menos cierto que no puedo culparme de haber hecho nada para merecer perderla. Tengo un temperamento ardiente, soy indiscreto y acaso haya manifestado mi opinión sobre Darcy algunas veces, y hasta a él mismo, con excesiva franqueza. No recuerdo ninguna otra cosa de la que se me pueda acusar. Pero el hecho es que somos muy diferentes y que él me odia.

–¡Es vergonzoso! Merece ser desacreditado en público.

––Un día u otro le llegará la hora, pero no seré yo quien lo desacredite. Mientras no pueda olvidar a su padre, nunca podré desafiarlo ni desenmascararlo.

Elizabeth elogió esos sentimientos y su interlocutor le pareció más atractivo que nunca mientras los expresaba.

–Pero –continuó después de una pausa–, ¿qué puede haber dado motivo para eso? ¿Qué puede haberlo inducido a obrar con esa crueldad?

–Una profunda y firme antipatía hacia mí que no puedo atribuir sino hasta cierto punto a los celos. Si el último señor Darcy no me hubiese querido tanto, su hijo me habría soportado mejor. Pero lo irritaba, según creo desde su más tierna infancia, el extraordinario afecto que su padre sentía por mí,. No tenía carácter para resistir aquella especie de rivalidad en que nos hallábamos, ni la preferencia que a menudo me otorgaba su padre.

–Recuerdo que un día, en Netherfield, se jactaba de lo implacable de sus sentimientos y de tener un carácter que no perdona. Su modo de ser es espantoso.

–No debo hablar de este tema –repuso Wickham–; me resulta difícil ser justo con él.

Elizabeth reflexionó de nuevo y al cabo de unos momentos exclamó:

–¡Tratar de esa manera al ahijado, al amigo, al favorito de su padre!

Podía haber añadido: «A un joven, además, como usted, cuyo sólo aspecto ofrece sobradas garantías de su bondad.» Pero se limitó a decir:

–A un hombre que fue seguramente el compañero de su niñez y con el que, según creo que usted ha dicho, lo unían estrechos lazos.

–Habíamos nacido en la misma parroquia, dentro de la misma finca; la mayor parte de nuestra juventud la pasamos juntos, viviendo en la misma casa, compartiendo juegos y siendo objeto de los mismos cuidados paternales. Mi padre empezó con la profesión en la que parece que su tío, el señor Philips, ha alcanzado tanto prestigio, pero lo dejó todo para servir al señor Darcy y consagró todo su tiempo a administrar la propiedad de Pemberley. El señor Darcy lo estimaba mucho y era su hombre de confianza y su más íntimo amigo. El propio señor Darcy reconocía a menudo que le debía mucho al celo y laboriosidad de mi padre, y cuando, poco antes de que muriese, el señor Darcy le prometió espontáneamente encargarse de mí, estoy convencido de que lo hizo por pagarle a mi padre una deuda de gratitud a la vez que por el cariño que me tenía.

–¡Qué extraño! –exclamó Elizabeth–. ¡Y qué abominable! Me asombra que el propio orgullo de Darcy no lo haya obligado a ser justo con usted. Porque, aunque sólo fuese por ese motivo, es demasiado orgulloso para no ser honrado; y falta de honradez es como debo llamar a lo que ha hecho con usted.

Es raro –replicó Wickham–, porque casi todas sus acciones han sido guiadas por el orgullo, que ha sido a menudo su mejor consejero. Para él, está más unido a la virtud que ningún otro sentimiento. Pero en este caso ninguno de los dos se atuvo a su carácter, y en su comportamiento hacia mí, había impulsos incluso más fuertes que el orgullo.

––¿Es posible que un orgullo tan detestable como el suyo lo haya alguna vez inducido a hacer algún bien?

–Sí. Lo ha llevado con frecuencia a ser liberal y generoso, a dar su dinero a manos llenas, a ser hospitalario, a ayudar a sus colonos y a socorrer a los pobres. El orgullo de familia, su orgullo de hijo, porque está muy orgulloso de lo que era su padre, lo ha llevado a proceder de este modo. El deseo de demostrar que no desmerecía de los suyos, que no era menos querido que ellos y que no echaba a perder la influencia de la casa de Pemberley, fue para él un poderoso motivo. Tiene también un orgullo de hermano que, unido a algo de afecto fraternal, lo ha convertido en un amabilísimo y solícito custodio de la señorita Darcy, y oirá decir muchas veces que es considerado como el más atento y mejor de los hermanos.

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Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
15 ноября 2024
Объем:
420 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9789873776243
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Правообладатель:
Bookwire
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