Читать книгу: «Historia romana. Libros XXXVI-XLV»
BIBLIOTECA CLÁSICA GREDOS, 326

Asesor para la sección griega: CARLOS GARCÍA GUAL .
Según las normas de la B. C. G., la traducción de este volumen ha sido revisada por M.a LUISA PUERTAS CASTAÑOS (libros XXXVI-XL) y ROSA M.a MARIÑO SÁNCHEZ ELVIRA (libros XLI-XLV).
© EDITORIAL GREDOS, S. A.
Sánchez Pacheco, 85, Madrid, 2004.
www.editorialgredos.com
La traducción y notas de este volumen ha sido llevada a cabo por JOSÉ M.a CANDAU MORÓN (libros XXXVI-XL) y M.a LUISA PUERTAS CASTA ÑOS (libros XLI-XLV).
REF. GEBO406
ISBN 9788424937027.
DIVERGENCIAS RESPECTO A LA EDICIÓN DE BOISSEVAIN *
LIBRO XXXVI

LIBRO XXXVII



LIBRO XXXIX


LIBRO XL


* Cassii Dionis Cocceiani Historiarum Romanorum quae supersunt, Berlín, 1895-1931.
LIBRO XXXVI
SINOPSIS
1 Sorteo de los cónsules. Metelo marcha a Creta (1a ).
2 Lúculo combate en Asia contra Mitrídates, Tigranes y Fraates (lb -17).
3 Guerra Cretense (17a -19).
4 Origen de la piratería. Su expansión durante el periodo tratado (20-22).
5 La guerra contra los piratas. Gabinio propone que se encomiende la guerra, con concesión de poderes extraordinarios, a Pompeyo. Discursos de Pompeyo y Gabinio (23-29).
6 Oposición a la propuesta de Gabinio. Discurso de Cátulo (30-36a ).
7 Pompeyo inicia la guerra contra los piratas (37).
8 Disturbios políticos en Roma. Se encomienda a Pompeyo la dirección de la guerra en Asia (38-44).
9 Pompeyo asume la guerra en Asia. Sus combates contra Mitrídates. Mitrídates se refugia en la Cólquide (45-50).
10 Intervención de Pompeyo en Armenia (51-53).
11 Pompeyo combate con Oroises, rey de los albanos (54).
Tiempo abarcado, cuatro años, en los cuales fueron cónsules quienes a continuación se relacionan:
[685/69]
Q. Hortensio Hórtalo, hijo de Lucio; Q. Cecilio Metelo (Crético), hijo de Gayo.
[686/68]
L. Cecilio Metelo, hijo de Gayo; Q. Marcio Rex, hijo de Quinto.
[687/67]
G. Calpurnio Pisón; M. Acilio Glabrión, hijo de Marco.
[688/66]
M. Emilio Lépido, L. Volcacio Tulo.
[1a ] Echaron 1 suertes los cónsules y tocó a Hortensio la guerra cretense. Pero la afición a vivir en su ciudad y las ocupaciones jurídicas, campo en el que — después, ciertamente, de Cicerón — destacaba más que cualquiera de sus contemporáneos, lo movieron a ceder la expedición voluntariamente a su colega mientras él permanecía en el país. Pues bien, Metelo marchó a Creta ***
[1b ] Por aquel tiempo Lucio Lúculo había vencido en batalla a los soberanos de Asia, Mitrídates y el armenio Tigranes, y tras forzarlos a rehuir el combate asediaba Tigranocerta 2 . Grandes daños le infligieron los arqueros bárbaros y la nafta arrojada por los bárbaros [2] sobre las máquinas. La nafta es un compuesto a base de asfalto, de una combustión tal que consume por completo cuanto toca, sin que líquido alguno la extinga con facilidad. Y Tigranes, reanimado por ello, avanzó con tan numeroso ejército que incluso tomaba a broma a los romanos que allí había. Pues decía, según cuentan, que eran pocos cuando venían a luchar, pero muchos cuando venían en [3] embajada. Sin embargo su diversión no se prolongó, pues pronto aprendió hasta qué punto la valía y la destreza predominan sobre cualquier magnitud numérica. Una vez puesto en fuga, los soldados encontraron su tiara y la diadema que la sostenía y las entregaron a Lúculo. Efectivamente, temeroso de caer prisionero al ser conocido por éstas, se había desprendido de ellas para arrojarlas.
*** y porque en ambas direcciones había experimentado [1] pujantes embates de la fortuna, se lo entregó 3 . En efecto, tenía credencial de hombre a quien sus muchas derrotas y no menos victorias habían hecho muy versado en cuestiones bélicas. Ambos, por tanto, se dedicaron a preparar la guerra como si entonces la iniciaran por primera vez, y enviaban embajadas a los pueblos de alrededor, entre ellos —y no obstante el hecho de que éste fuese enemigo de Tigranes en razón de cierta disputa territorial— al de Ársaces el parto 4 ; al cual cedían el territorio en cuestión, a la par que lanzaban [2] críticas contra los romanos, de quienes afirmaban que, si a ellos se les dejaba solos y por esa razón los romanos les vencían, inmediatamente se produciría un ataque romano contra Ársaces: pues por naturaleza toda parte que vence es insaciable en la explotación de su éxito y no pone límite alguno a su ambición, y así los romanos, una vez obtenidos considerables dominios, no querrían dejar en paz a Ársaces.
En tal menester se hallaban éstos; mientras, Lúculo, que [2 ] no corrió en persecución de Tigranes, sino que incluso le permitió ponerse a salvo con gran tranquilidad, se veía en razón de ello bajo la acusación que, entre otros, le dirigían los ciudadanos, según la cual no había querido liquidar la guerra con objeto de prolongar su mandato. Por esta razón [2] fue devuelto entonces el gobierno de Asia a los pretores, y más adelante, dado que pareció haber incurrido de nuevo en el mismo proceder, le enviaron como sucesor al cónsul correspondiente [3] a aquel año. Pues bien, en lo referente a Tigranocerta, la capturó cuando los extranjeros que residían en ella se alzaron contra los armenios. Dichos extranjeros —en su mayoría cilicios que en otro tiempo fueron sacados de su [4] país— introdujeron de noche a los romanos. De aquí que todo fuera saqueado menos las pertenencias de aquéllos, y en cuanto a las mujeres de los notables, que fueron capturadas en abundancia, Lúculo las puso bajo guardia sin inferirles ofensa alguna, gracias a lo cual se hizo también con sus [5] maridos. Habiéndole llegado misivas de Antíoco, rey de Comagena (esto es, el territorio sirio que se halla entre el Eufrates y el Tauro), de cierto Alcaudonio, dinasta árabe 5 , y [3 ] de otros, los recibió. Y al saber por ellos de la embajada que Tigranes y Mitrídates habían enviado a Ársaces, a su vez hizo llegar a éste por algunos de sus aliados amenazas en el supuesto de que socorriera a Tigranes y Mitrídates, promesas [2] si anteponía militar a su lado. En un primer momento Ársaces (pues con Tigranes se hallaba aún encolerizado y contra los romanos no albergaba sospecha alguna) le devolvió la embajada y entabló acuerdos de amistad y alianza con él. Pero después, cuando vio llegar a [Secilio] 〈Sextilio〉 6 , conjeturó que venía a espiar sus territorios y sus fuerzas (pensaba, en efecto, que por esta razón y no por el acuerdo a [3] la sazón concluido le era enviado, pues se trataba de un hombre con reputación en cuestiones bélicas) y ya no le dispensó ayuda alguna. No obstante tampoco puso obstáculos de ninguna clase, sino que mantuvo una posición intermedia entre ambos, sin querer, como es lógico, que ninguno de ellos cobrase auge. Pues estimaba que mientras permaneciese indecisa la guerra que mantenían gozaría de la mayor seguridad.
Tales empresas ocuparon durante ese año a Lúculo, que conquistó abundantes porciones de Armenia. Y bajo el consulado [4 ] de Quinto Marcio (éste, efectivamente, ejercía el consulado en solitario a pesar de no haber sido designado solo; pues quien fue elegido con él, Lucio Metelo, murió a comienzos del año y su sustituto pereció antes de tomar posesión del cargo, razón por la cual no fue nombrado ningún otro), en este año, por tanto, Lúculo, ya mediado el verano [2] (en primavera no pudo invadir el territorio enemigo a causa del frío) avanzó con su ejército y devastó una porción de terreno con objeto de que los bárbaros, al emprender su defensa, se vieran atraídos al combate; y como continuaran quietos, se lanzó contra ellos. En este enfrentamiento la caballería [5 ] romana se veía obstaculizada por la caballería enemiga, mientras que con la infantería nadie trababa combate, produciéndose una huida cada vez que la infantería pesada de Lúculo corría en auxilio de los jinetes. A pesar de ello, no sufrían estrago alguno, e incluso, disparando a los que les perseguían con sus arcos, ocasionaron la muerte inmediata de muchos y produjeron gran cantidad de heridos. Las [2] heridas eran, además, complicadas y difíciles de curar, porque utilizaban puntas dobles y, por añadidura, acopladas, de suerte que el dardo, ya permaneciese clavado en cualquier parte del cuerpo o ya fuese arrancado de éste, rápidamente lo destruía, pues el otro hierro, el segundo, permanecía dentro al no haber punto alguno desde el que tirar de él.
[6 ] Lúculo entonces, dado que les estaban causando un gran número de heridos —de los cuales el que no moría quedaba inválido— y como, por añadidura, comenzaron a faltarles [2] los víveres, se retiró de allí, para marchar a Nísibis 7 . Esta ciudad se encuentra situada en la llamada Mesopotamia (ese es el nombre que recibe toda la zona comprendida entre el Tigris y el Eufrates); actualmente es nuestra y tenida por colonia nuestra, pero por entonces Tigranes, que se la había arrebatado a los partos, tenía depositados en ella sus tesoros y la mayoría de sus otros bienes, colocándola bajo la custodia [3 ] de su hermano. Hacia ella, por tanto, marchó Lúculo en el verano, pero, pese a atacarla con energía, no obtenía ningún progreso: pues los muros eran dobles y además de ladrillo, tenían gran espesor y entre ambos corría un profundo foso, de manera que no ofrecían parte alguna en que se les pudiera derruir y tampoco era posible socavarlos, por lo [7 ] cual Tigranes ni siquiera corrió en su auxilio Cuando llegó el invierno y los bárbaros empezaron a tomar las cosas con mayor desidia, ya que llevaban las de ganar y esperaban la inminente retirada de los romanos, aguardó una noche sin luna y agitada por violentas lluvias acompañadas de truenos, [2] de suerte que los enemigos, imposibilitados de ver u oir na da, abandonaron —menos unos pocos— el circuito exterior y el foso intermedio; atacó entonces por muchos puntos la muralla, subió a ella sin esfuerzo desde los terraplenes y [3] mató fácilmente a los escasos guardianes allí dejados. Colmó entonces —sin que, a causa de la abundante lluvia, pudieran dañarlo las flechas ni el fuego— una parte del foso (cuyos puentes habían sido cortados por el enemigo) y, una vez sobrepasado éste, inmediatamente capturó el resto, hallando una resistencia no muy enérgica por parte de la tropa del interior del recinto, la cual confiaba en los hombres apostados fuera del mismo. Algunos, sin embargo, huyeron a la acrópolis, entre ellos el hermano de Tigranes, con quien llegó [4] a un acuerdo; se adueñó también de muchas riquezas, y pasó allí el invierno.
Nísibis, por tanto, cayó en sus manos de la manera expuesta, [8 ] pero de Armenia y los restantes territorios pónticos perdió abundantes porciones. Efectivamente, si Tigranes no prestó socorro a Nísibis por pensar que no sería capturada, en cambio se lanzó sobre los mencionados territorios, pues creyó que al hallarse Lúculo ocupado en lo de Nísibis podría hacerse con ellos sin que aquel alcanzase a impedirlo. Mandó entonces a Mitrídates de vuelta a casa, mientras él se [2] dirigió a sus dominios de Armenia, donde acorraló y puso cerco a Lucio Fanio, que le había hecho frente, hasta que Lúculo se enteró y corrió en auxilio de aquél. Y mientras [9 ] ocurría esto, Mitrídates cayó sobre la otra Armenia 8 y comarcas adyacentes y acabó con gran número de romanos, ya liquidándolos al acometerlos inesperadamente mientras merodeaban por la zona, ya dándoles muerte en combate; al mismo tiempo recuperaba con rapidez la mayor parte de los territorios. Pues la población albergaba, tanto por comunidad [2] de sangre como por apego a la monarquía ancestral, sentimientos de afecto hacia su persona, mientras que guardaba odio a los romanos a causa de su condición de extranjeros y en razón de los daños infligidos por los gobernantes que les habían sido impuestos; en vista de lo cual se pasaron a su bando y a continuación vencieron al comandante romano [3] de la zona, Marco Fabio. A dicha victoria contribuyeron de manera importante los tracios que, mercenarios primero de Mitrídates, a la sazón militaban con Fabio, así como los esclavos que había en el campamento romano. Fabio, en efecto, envió a los tracios para que reconociesen el terreno, pero las informaciones que éstos remitieron no tenían validez [4] ninguna y, por añadidura, cuando Mitrídates cayó súbitamente sobre Fabio, que marchaba desprevenido, los tracios juntaron filas contra los romanos; en medio de lo cual, también los esclavos, al haberles prometido libertad el bárbaro, [5] se unieron al ataque. Y hubieran exterminado *** a no ser porque Mitríates, mientras se revolvía (entre) los enemigos *** 9 (pues a pesar de sus más de setenta años tomaba parte en la batalla), recibió el impacto de una piedra, haciendo que los bárbaros temieran por su vida. A la vista de lo cual pararon éstos el combate, con lo que Fabio y algunos [10 ] más pudieron huir para ponerse a salvo. Seguidamente se vio encerrado en Cabira 10 , donde, sometido a cerco, quedó libre gracias a Triario. Pues Triario, que pasó por allí cuando marchaba desde Asia para reunirse con Lúculo, al conocer lo ocurrido reunió cuantos efectivos pudo, a partir de sus [2] disponibilidades; de esta manera atemorizó a Mitrídates, quien se figuró que avanzaba con ingentes tropas romanas, hasta el punto de conseguir que se retirara sin aguardar siquiera a verlo. Ello le infundió ánimo para perseguir a Mitrídates hasta Comana 11 , donde se había refugiado, y allí lo derrotó. Mitrídates, efectivamente, había establecido su campamento [3] en una de las márgenes del río por donde avanzaban los romanos y, en la idea de trabarse en combate con ellos cuando se viesen bajo el cansancio producido por la marcha, él mismo les salió al encuentro, dando instrucciones para que otros cruzasen el río en el momento mismo de la batalla y atacasen; durante largo tiempo se debatió en igualado combate, pero como el puente, al correr por él muchos y a la vez, *** 12 quedó sin refuerzos y sumido en confusión.
A continuación —pues era ya invierno— unos y otros [11 ] buscaron refugio tras sus respectivas murallas, donde permanecieron tranquilos. Forma Comana parte de la actual Capadocia y, al parecer, ha albergado ininterrumpidamente la estatuilla taúrica de Ártemis y al linaje de Agamenón; pese a circular gran cantidad de versiones respecto a cómo aquélla y éste llegaron allí o cómo allí permanecieron, no puedo hallar ninguna explicación convincente: consignaré [2] así lo que sé con certeza. Son las Comanas dos ciudades del mismo nombre en territorio capadocio, no muy distantes entre sí y de idéntico rango 13 ; las leyendas y reliquias de ambas son las mismas, y en concreto ambas guardan, como si fuera la verdadera, la espada de Ifigenia.
Sobre este asunto baste lo dicho. El año siguiente, correspondiente [12 ] al consulado de Manio Acilio y Gayo Pisón, Mitrídates se estableció en las proximidades de la zona de Gaciura 14 , frente a Triario; se empleó en incitar a éste al combate al tiempo que llevaba a cabo maniobras tendentes a despertar su cólera (concretamente se ejercitaba él mismo y [2] e instruía al ejército a la vista de los romanos), ya que pretendía batirse con él y, según confiaba, vencerlo antes de que compareciese Lúculo, cosa que le permitiría recuperar el resto de su imperio. Pero dado que no efectuaba ningún movimiento, envía algunas tropas al fuerte de Dádasa 15 , donde estaban depositados los bagajes romanos, a fin de que aquéllos, al menos para defenderse de su acometida, plantasen batalla. Y logró su objetivo. Pues al principio Triario se [3] mantuvo tranquilo por temor a la magnitud de las huestes de Mitrídates y porque esperaba a Lúculo (a quien había hecho llamar). Pero cuando llegaron noticias del cerco de Dádasa y los soldados, llenos de ansiedad en lo concerniente a sus personas y por tal motivo revueltos, comenzaron a amenazar con socorrerse a sí mismos bajo iniciativa propia en caso de que nadie quisiera acaudillar la empresa, Triario hubo de abandonar, aun sin quererlo, sus posiciones. Cuando [4] estaba ya en marcha, los bárbaros atacaron para rodear y liquidar, apoyándose en su superioridad numérica, a cuantos encontraban, mientras que envolvían y daban muerte a quienes, sin saber que el río había sido desviado hacia la llanura, buscaron refugio en ésta. Y habrían sido exterminados [13 ] por completo a no ser porque un romano, haciéndose pasar por aliado de Mitrídates (el cual, como dije, contaba con no pocos de estos que combatían a su lado y ostentaban equipamiento idéntico al romano), se le acercó como si quisiera decirle algo y le infligió una herida. El romano fue capturado y muerto, pero a causa de la turbación que produjo en los bárbaros el suceso muchos de los romanos alcanzaron a escapar. Mientras Mitrídates sanaba de la herida entró en sospecha [2] de que algunos enemigos más se escondían también en el campamento, ante lo cual, y bajo pretexto de otra cosa, pasó revista a las tropas; y al ordenar que cada uno se retirase rápidamente a su tienda, logró sorprender y exterminar, separados como estaban de los demás, a los romanos. En esto [14 ] se presentó Lúculo, cuya llegada hizo pensar a muchos que vencería fácilmente a Mitrídates y en breve recuperaría cuanto se había perdido; no logró, sin embargo, resultado alguno. En efecto, Mitrídates, establecido en las alturas vecinas [2] a Talaura 16 , no le salía al encuentro, y el otro Mitrídates —el medo, yerno de Tigranes 17 — cayó repentinamente sobre los romanos cuando se hallaban desperdigados y mató a muchos hombres; adémas, llegó la noticia de que el propio Tigranes se dirigía hacia allí y el ejército se rebeló. Efectivamente, [3] entre los Valerianos 18 , —inicialmente excluidos de la expedición pero después incorporados a ella— reinaba ya en Nísibis la inquietud a causa de la victoria obtenida y de la falta de movimiento, de que disponían de todo en abundancia y de que, por estar Lúculo ausente con mucha frecuencia, [4] pasaban la mayor parte del tiempo sin él; y, sobre todo, en razón de que los incitaba a la sedición un tal Publio Clodio, llamado por algunos Claudio 19 , a quien, a pesar de que su hermana estaba casada con Lúculo, movía un ingénito afán de subversión. En aquella ocasión, concretamente, la turbulencia se desencadenó ante la noticia de que llegaba el cónsul Acilio, quien había sido designado, por las razones que ya expuse, sucesor de Lúculo. Ello hacía, en efecto, que considerasen desdeñosamente a Lúculo como relegado ya a [15 ] la condición de particular. Lúculo, en vista de ello y de que no obtuvo de Marcio —predecesor de Acilio en el consulado y a la sazón en camino a Cilicia, de cuyo gobierno iba a hacerse cargo— la ayuda que le había pedido, se veía sumido [2] en la incertidumbre, pues no se decidía a levantar la marcha sin motivo, pero también temía permanecer allí; se dirigió entonces contra Tigranes para ver si podía, al caer sobre él cuando no lo esperase y además se hallase fatigado, hacerlo retroceder, gracias a lo cual pondría fin, de la manera que fuese, a la rebelión de los soldados. Mas ninguna de [3] las dos cosas alcanzó a cumplir. Efectivamente, las tropas lo acompañaron hasta un punto desde donde era posible girar en dirección a Capadocia, hacia la cual todas, de manera unánime y sin decir palabra, se desviaron. Y por lo que respecta a los Valerianos, al conocer que las autoridades de Roma los habían eximido de la expedición, desertaron en masa 20 .
Nadie se extrañe de que Lúculo —que llegó a ser el más [16 ] avezado de los generales, el primer romano que cruzó el Tauro acompañado de un ejército y con fines bélicos, el vencedor sobre dos reyes de no poca monta a los que habría aniquilado si su decisión hubiera sido la de librar con rapidez la guerra— no pudiese imponer su autoridad a los soldados que combatían a sus órdenes, los cuales, por el contrario, se rebelaban una y otra vez para acabar desertando de su lado. Pues los abrumaba con órdenes, era riguroso al exigirles [2] su cometido, inflexible en los castigos y no conocía manera alguna ni de atraérselos con palabras, ni de ganar su adhesión mediante benevolencia, ni de hacerlos suyos con honores o repartos de dinero, cosas todas necesarias cuando se trata con una masa de hombres y especialmente cuando se la conduce a la guerra. Ante tal estado de cosas los soldados [3] prestaron obediencia mientras se veían en buena situación y obtenían el botín que les compensaba por los peligros, pero tan pronto sufrieron golpes adversos y el miedo sustituyó a la esperanza, dejaron de reconocer su liderazgo. Prueba de ello es que cuando Pompeyo cogió a esos mismos soldados (pues incluso enroló de nuevo a los Valerianos) no tuvo problema alguno de sedición. Tanto difiere un hombre de otro.
Siendo tal el proceder de los soldados, Mitrídates recuperó [17 ] prácticamente todos sus dominios y dañó gravemente el territorio de Capadocia, sin que lo socorriesen ni Lúculo —bajo el pretexto de que Acilio estaba cerca— ni Acilio. Éste, en efecto, primero se apresuró, como si tuviese propósito, incluso, de arrebatar a Lúculo la victoria, pero después, al conocer lo sucedido, ni siquiera llegó al campamento, sino [2] que dejaba pasar el tiempo en Bitinia. En cuanto a Marcio, no prestó ayuda a Lúculo con la excusa de que los soldados no habían querido seguirle, y en vez de ello se presentó en Cilicia, donde acogió a un tal Menémaco, que había desertado de Tigranes, y nombró a Clodio, quien había hecho defección de Lúculo bajo el temor de los sucesos acaecidos en Nísibis, comandante de la flota: pues también Marcio tenía [3] por esposa a una hermana de Clodio. Clodio cayó en manos de piratas, que lo soltaron por miedo a Pompeyo, y a continuación compareció en Antioquía de Siria albergando el propósito, al parecer, de unirse como aliado a los antioquenos para hacer frente a los árabes, con quienes los antioquenos mantenían diferencias. Allí provocó, igualmente, la sedición de ciertas gentes, a raíz de lo cual poco faltó para que perdiera la vida 21 .
[17a ] Seguidamente subyugó la isla entera 22 , y ello a pesar de que Pompeyo el Grande —cuya jurisdicción se extendía ya sobre todo el mar y sobre la franja territorial que alcanza hasta una distancia de tres días del mar— intentase impedírselo y le obstaculizase como si también las islas estuviesen bajo su autoridad. No obstante, Metelo puso fin a la guerra cretense incluso contra la voluntad de Pompeyo, y por este motivo celebró triunfo y recibió el título de Crético.
*** se abstuviese 23 . Pues en su afán de poder atacó incluso [18 ] a los cretenses que habían firmado un acuerdo con aquél y, sin consideración alguna hacia los tratados que aducían, se apresuraba a castigarlos antes de que llegase Pompeyo. Y Octavio, que estaba allí pero no disponía de efectivos militares (en efecto, no había sido enviado para librar ninguna guerra sino para hacerse cargo de las ciudades), se mantenía en calma. También Cornelio Sisena, gobernador de Grecia, llegó a Creta a fin de conocer lo que ocurría; Sisena aconsejó a Metelo que dejase en paz al pueblo, pero aunque Metelo desoyó su consejo no emprendió acción alguna. Entre los muchos lugares donde Metelo ejerció su saña [2] se encuentra la ciudad de Eleutera 24 , a la que capturó por medio de la traición y castigó con una contribución en metálico; efectivamente, había en ella una torre hecha de ladrillo, muy grande y muy difícil de reducir, torre a la que los traidores impregnaron de vinagre por la noche una y otra vez, de suerte que la dejaron a punto de desmoronarse 25 . Seguidamente atacó y tomó Lapa 26 , a pesar de hallarse ésta ocupada por Octavio; a Octavio no le infirió daño alguno, pero liquidó a los cilicios que lo acompañaban. Lleno de irritación [19 ] ante ello, Octavio no permaneció quieto, sino que primero utilizó las tropas de Sisena (ya que éste había muerto de enfermedad) para llevar ayuda a quienes, en cualquier parte, sufrían un tratamiento injusto; y cuando dichas tropas fueron retiradas de allí, marchó a Hierapidna 27 , donde combate al lado de Aristión. Pues por aquellas fechas Aristión dejó Cidonia 28 y, tras vencer a un cierto Lucio Baso que había sido enviado al mando de una flota para hacerle frente, capturó [2] Hierapidna. Durante algún tiempo resistieron, pero cuando Metelo marchó contra ellos abandonaron los muros y embarcaron; víctimas de una tormenta, fueron arrojados a tierra, perdiendo muchos hombres. A raíz de ello Metelo se [3] hizo con toda la isla. Fue así como los cretenses, que duran te todo el tiempo anterior habían constituído un pueblo libre sin que ningún dueño de fuera viniera a subyugarlos, cayeron en la esclavitud. Metelo obtuvo a raíz de ello el título de Crético, pero no pudo conseguir el envío de Pánares y Lástenes 29 (pues había capturado también a aquél) para que formaran parte de su cortejo triunfal; efectivamente, Pompeyo, trás convencer a uno de los tribunos, se le adelantó en hacerse con ambos, mostrando de esa manera que era a él, y en razón del acuerdo obtenido, a quien se habían entregado, no a Metelo.
[20 ] Y voy ahora a exponer cómo se desarrollaron los asuntos concernientes a Pompeyo. Infligían los piratas daños continuos al navegante, según el proceder que observan también los bandidos respecto a quien habita en tierra. Porque no hay tiempo en que esto no se haya producido, ni dejará de producirse mientras la naturaleza humana siga siendo la [2] misma. Ahora bien, en época anterior los actos de pillaje —ya fuese el mar su escenario, ya la tierra— tenían lugar en determinados lugares, solamente en la estación adecuada y a cargo de pocos individuos. Pero durante los años que estamos tratando, desde que había muchas y continuas guerras, eran muchas las ciudades arrasadas —pendiendo además las penas pertinentes sobre cuantos huían de ellas— y no había nada seguro, gran cantidad de gente se dio a la rapiña. Y si el bandidaje operante en tierra firme podía eliminarse [3] mejor (ya que resultaba más patente a la población, infligía daños inmediatamente perceptibles y su represión no era muy difícil), la desarrollada por mar alcanzó las mayores proporciones. Porque como las guerras contra potencias [4] rivales absorbían los esfuerzos de Roma, floreció gran número de piratas que circundaban abundantes tramos de la costa y unían fuerzas con cuantos estaban en su misma situación, hasta el punto de que muchas veces algunos de ellos socorrieron a otros en calidad de aliados. Lo que hicieron [21 ] en cooperación con los otros ya se ha expuesto. Pues bien, una vez terminó aquello, no depusieron su actitud, sino que ellos solos causaron grandes y graves daños a los romanos y sus aliados. Navegaban no en pequeños grupos, sino a bordo de grandes flotas y tenían generales, llegando la cosa al extremo de que algunos de ellos adquirieron considerable renombre. Primero y antes que nada pillaban y [2] capturaban a los navegantes (a quienes no dejaban en paz ni siquiera durante la estación invernal, ya que incluso a lo largo de ésta —movidos por la audacia, la costumbre y los éxitos obtenidos— se empleaban sin temor en sus barcos), después a los que se hallaban en los puertos. Porque cuando [3] alguien osó guiar sus naves contra ellos, la mayoría de las veces fue derrotado y muerto, y si venció, fue incapaz no obstante de efectuar captura ninguna ante la rapidez con que los piratas surcaban las aguas; gracias a lo cual al poco tiempo, como si hubiesen vencido, volvían sobre sus pasos y por un lado arrasaban e incendiaban no ya aldeas y campos, sino incluso ciudades enteras, por otro dispensaban amigable trato a determinados lugares, en los que establecían, cual si de tierra amiga se tratase, cuarteles de invierno y [22 ] bases de operaciones. De esta manera, puesto que el éxito coronaba sus empresas, comenzaron a adentrarse en tierra firme, donde causaban grandes daños incluso a aquellos que no tenían relación alguna con el mar. Y ello lo sufrían no [2] sólo los aliados de otras tierras, sino también la misma Ita lia. Pues al estimar que se harían con las riquezas, de mayor entidad, existentes en territorio italiano y que todos los demás habían de mirarles con un más grande temor si ni siquiera dicho territorio respetaban, incluso a Hostia, además de las restantes ciudades de la costa italiana, hicieron víctima de sus incursiones marítimas, en el curso de las cuales [3] quemaban las embarcaciones y lo saqueaban todo. Por último, como no hallaban resistencia ninguna, adquirieron el hábito de establecerse en tierra, donde, sin temor y de igual manera que si estuviesen en sus casas, se dedicaban a disponer de cuantos hombres no habían matado y de cuantas [4] riquezas habían apresado. Cada uno ejercía su actividad pirática en una zona (pues de ninguna manera podían los mismos devastar a lo largo de todo el mar y simultáneamente), pero la solidaridad entre ellos era tan fuerte que enviaban medios y ayuda no sólo a aquellos con quienes mantenían [5] lazos estrechos, sino también a los que apenas conocían. Y una de las principales razones de su fuerza estribaba en que si alguien de entre ellos ayudaba a cualquier otro, era objeto de la consideración general, y en cambio aquellos que lo atacaban sufrían los asaltos de todos los demás.
[23 ] Tal vuelo cobró el asunto de los piratas que la guerra por ellos librada se volvió grande, continua, imposible de prevenir y pérfida. Ciertamente los romanos recibían noticia de lo ocurrido e incluso presenciaban algunas de sus consecuencias (en efecto, como no les llegaba ningún artículo de importación, también los envíos de trigo habían sido clausurados), pero, a despecho de que ya era hora de hacerlo, no concedían gran atención al asunto, sino que se limitaban a [2] despachar barcos y generales sólo cuando alguna noticia aislada los llenaba de inquietud; con ello no conseguían nada, antes bien mediante esos mismos expedientes incrementaban en grado muy considerable las penalidades arrostradas por sus aliados, quienes finalmente quedaron reducidos a una situación extrema. Se reunieron entonces y durante muchos días discutieron el plan a seguir. Bajo el peso de peligros sin [3] tregua, considerando que se encontraban ante una guerra de gran magnitud, en la idea de que no eran capaces de plantar batalla ni a todos los enemigos conjuntamente ni a cada uno por separado (ya que se prestaban ayuda entre sí y de otro lado resultaba imposible combatirlos simultáneamente en multitud de frentes), se abatió sobre ellos un fuerte sentimiento de incertidumbre y desesperanza respecto a las soluciones que cabría arbitrar. Por fin cierto Aulo Gabinio, tribuno, [4] expuso una propuesta (y al hacerla o bien actuó movido por Pompeyo o, en todo caso, quiso agradar a aquél; pues no lo guiaba sentimiento alguno de benevolencia hacia la república, ya que era hombre de pésima condición): que para hacer frente a todos aquellos se eligiera de entre los consulares a un general, el cual, revestido con el título de dictador, ejercería el poder por tres años, contaría con la ayuda de un buen número de subcomandantes y dispondría de fuerzas considerables. No pronunció abiertamente [5] su nombre, pero resultaba evidente que nada más escuchar una propuesta de tal índole la asamblea elegiría a [24 ] Pompeyo. Y así fue, pues tan pronto aceptaron su moción, todos se inclinaron por Pompeyo excepto el senado. Éste, en efecto, prefería sufrir cualquier cosa a manos de los piratas antes que entregar a Pompeyo tamaño generalato; poco faltó, incluso, para que dieran muerte a Gabinio en el mismo consistorio. Pero como Gabinio logró escapar de la manera [2] que fuese, la plebe, al conocer la disposición de los senadores, entró en tal estado de turbulencia que arremetió contra ellos mientras permanecían en la sala de sesiones. Y en verdad que, si no se hubiesen quitado de en medio, les habrían [3] dado muerte. Los demás, por tanto, se dispersaron y lograron mantenerse ocultos, pero el cónsul Gayo Pisón (pues los presentes sucesos se desarrollaban bajo el consulado de éste y de Acilio) fue capturado, y a punto estaba de morir en lugar de los demás cuando Gabinio lo liberó. A raíz de lo cual los notables, satisfechos con que les íuera permitido guardar la vida, no emprendieron por sí mismos maniobra alguna, pero se dedicaron a convencer a los otros nueve tribunos para que [4] plantasen frente a Gabinio. De esos nueve, y por temor a la plebe, sólo se le enfrentaron un tal Lucio Trebelio y Lucio Roscio, quienes, aunque tuvieron ánimo para ello, no consiguieron ni decir ni realizar nada de lo que habían prometido. Pues una vez que sobrevino el día fijado para que se ratificase [5] la propuesta, ocurrió lo siguiente. Alentaba Pompeyo gran deseo de ocupar el cargo, y, bajo el efecto de su propia ambición y del empeño de la plebe, llegó a estimar no ya que la designación supondría un honor, sino que el no obtenerla equivaldría a una deshonra; ante lo cual, y percatándose de la resistencia de los notables, decidió aparentar que se veía forzado a [6] aceptarla. En general, efectivamente, había simulado no apetecer para nada aquello que perseguía; pero ahora lo fingía aún más, al tener en cuenta que pretender el cargo voluntariamente constituiría algo sujeto a críticas, mientras que alcanzar el nombramiento no por voluntad propia sino por ser considerado el militar de mayor valía representaría un motivo [25 ] de gloria. Hizo, pues, acto de presencia y dijo: «Me congratu lo, quirites 30 , de verme objeto de vuestras distinciones. Porque todo hombre, de acuerdo con un impulso natural, se ufana cuando sus conciudadanos le otorgan título honorífico, y así yo, que tantas veces he disfrutado de vuestros gestos de aprecio, no sé de qué manera puedo elevar mi regocijo al nivel que merecela presente ocasión. Pienso, sin embargo, que ni a vosotros os cumple esa actitud de incansable favor hacia mi persona, ni a mí el ocupar ininterrumpidamente la posición de poder que sea. Pues por lo que a mí respecta, desde mi juventud he dilapidado fuerzas en las fatigas del servicio, y en cuanto a vosotros, es preciso que también a los demás les dispenséis [2] vuestro apoyo. ¿Es que no recordáis cuántas penalidades soporté en la guerra contra Cinna, a pesar de que era muy joven, ni cuántas fueron mis fatigas en Sicilia y en África, sin que en puridad me contara aún entre los efebos, ni cuántos peligros hube de arrostrar, y ello cuando todavía no era miembro del senado, en la empresa de Hispania? No diré que me haya faltado, en recompensa por todos esos servicios, vuestro agradecimiento. ¿Cómo iba a decirlo? Más bien es [3] cierto lo contrario, pues junto a las demás distinciones, muchas y considerables, con que me obsequiasteis, para mí supuso grandísimo motivo de honra el que me confiaseis el mando de la expedición contra Sertorio, mando cuyo peso ningún otro quería ni podía asumir, y el triunfo que, contra lo acostumbrado, celebré a su término. Pero las muchas preocupaciones [4] y los muchos peligros que afronté han desgastado mi cuerpo y castigado mi ánimo. No miréis, en efecto, que aún soy joven, ni calculéis cuántos años cumplo. Pues si enumeráis [5] las expediciones a cuyo frente me he hallado y los peligros por los que atravesé, encontraréis que ciertamente éstos son mucho más abundantes que mis años, lo que contribuirá a persudiros de que no estoy ya en disposición de soportar ni las fatigas ni los desvelos. Y si hubiera quienes, pese a cuanto [26 ] he expuesto, perseverasen en la opinión contraria, considerad que toda empresa de la índole de la presente arrastra consigo envidias y odios. Punto este al que vosotros no prestáis atención ninguna (pues el atribuiros semejantes consideraciones [2] resulta totalmente impropio), pero que puede ser sumamente gravoso para mí, ya que, lo reconozco, ninguno de los peligros inherentes a la guerra me causa ni los desasosiegos ni las aflicciones que tales situaciones me producen. En efecto, ¿quién en su sano juicio viviría gustoso entre hombres que albergan sentimientos de celosa inquina contra su persona? ¿Quién acogería con agrado el desempeño de una tarea pública bajo la perspectiva de enfrentarse a juicio si fracasa y ser [3] blanco de envidias en caso de que la corone con éxito? Antes bien, permitid, en lo que a mí respecta, que tanto por éstas como por otras razones lleve una vida tranquila dedicado a mis ocupaciones, con objeto de que pueda al fin velar por mis asuntos particulares y no agote mis fuerzas hasta quedar aniquilado. Y para hacer frente a los piratas votad a otro. Son bastantes los que tienen voluntad y capacidad para ejercer el mando de una flota, y sus edades varían desde la juventud hasta años más maduros, de manera que podéis elegir facilmente [4] entre muchos. Pues no soy el único que os aprecia ni el único en contar con experiencia bélica, sino que también el de aquí o el de más allá —y no quiero pronunciar nombre alguno por no dar la impresión de estar favoreciendo a nadie— reune idénticas condiciones».
[27 ] Después de que en tales términos se dirigiera aquél a la asamblea, Gabinio tomó la palabra y dijo: «La actitud que adopta ahora Pompeyo, quirites, hace honor a su línea de conducta habitual, en la que no se registra ni ansia de mandos ni disposición a aceptar cargos cuando se le entregan [2] con precipitación. Y si no de otra manera debe aspirar al poder ni perseguir el desempeño de tareas públicas quien es varón de altas prendas, también a las presentes circunstancias cuadra que cualquier misión sea asumida de manera reflexiva, ya que gracias a ello su ejecución podrá efectuarse con paso igualmente firme. Pues las promesas aventuradas cobran inoportuna premura cuando llega el momento de la acción, provocando así numerosos fracasos, pero lo que desde el primer momento procede con meticulosidad guarda idéntica firmeza a la hora de actuar y es causa de común beneficio. En cuanto a vosotros, debéis elegir no lo que es del [3] gusto de Pompeyo, sino lo conveniente para el estado. Los asuntos públicos, en efecto, han de encomendarse a quienes son adecuados para ello, no a quienes apetecen cargos. Y hombres de esta última clase podeis encontrar en abundante profusión, pero de la primera no hallaréis a ninguno salvo a Pompeyo. Recordad todo lo que pasamos cuando, en la guerra [4] contra Sertorio, estábamos necesitados de un general, y cómo ni entre los más jóvenes ni entre los de más edad dimos con nadie, fuera de Pompeyo, que reuniese las cualidades precisas, sino que hubimos de elegirlo a él pese a la oposición de ambos cónsules y no obstante el que ni entonces alcanzase aún la edad requerida ni fuese miembro del senado. Sería mi voluntad que pudieseis contar con abundantes [5] hombres de valía, y si se tratase de formular deseos los formularía. Pero ni a base de formular deseos van a hallar salida nuestros actuales requerimientos, ni éstos son satisfechos automáticamente por cualquiera, antes bien, se hace preciso alguien cuya condición responda adecudamente a lo que el asunto exige, alguien que alcance a conocer los remedios oportunos, que ejecute las medidas convenientes y a quien en todo momento asista la buena suerte; y como la concurrencia de estos atributos en el mismo hombre resulta sumamente rara, desde el momento en que aparezca [6] alguien así todos unánimemente debéis volcar en él vuestros afanes y de él serviros aun contra su voluntad. Pues semejante coacción redunda en el mayor beneficio tanto para quien la ejerce como para quien la padece: para aquél porque así puede obtener su salvación, para éste porque con ello conseguiría salvar a sus conciudadnos, en defensa de los cuales entregaría cuerpo y alma, sin reserva alguna, [28 ] quien es hombre cabal y amante de su ciudad. Si el Pompeyo muchacho fue capaz de servir en el ejército, desempeñar el generalato, incrementar vuestros dominios, preservar los de los aliados, anexionar los de los enemigos ¿porqué no puede resultaros de la mayor utilidad el Pompeyo de ahora, el que se halla en su plenitud y cumple la edad en que todo hombre alcanza el sumo de sus cualidades, el que ha adquirido toda [2] la experiencia que puede adquirirse en las guerras? El ado lescente a quien vuestro parecer otorgó públicas responsabilidades ¿topará con vuestro rechazo una vez ha alcanzado la virilidad? El miembro del orden ecuestre en cuyas manos pusisteis las guerras de antaño ¿no conseguirá que le fiéis el [3] presente generalato cuando forma parte del senado? Quien fue, antes de dar prueba fiel de su calidad, vuestro único recurso frente a los peligros que a la sazón apremiaban ¿no obtendrá ahora, cuando tenéis la más sobrada prueba de su valía, vuestro voto para afrontar los asuntos que con premura no inferior nos urgen en la actualidad? El hombre a quien designasteis para luchar contra Sertorio, aunque entonces ni siquiera aunase los requisitos necesarios para el desempeño de cargos públicos, ¿no habrá de merecer que lo enviéis contra los piratas pese a estar ya en posesión de la distinción [4] consular? Por el contrario, vosotros ceñid vuestra actuación a este criterio, y tú, Pompeyo, préstanos obediencia a mí y a la patria. Pues en ella has nacido, en ella te has criado y es tu deber plegarte a los dictados de su conveniencia y no eludir trabajo ni peligro alguno que la defensa de tales dictados exija, sino aguardar tu suerte e incluso, en el caso de que resulte necesaria la entrega de tu vida, consentir en arrostrar la muerte. Motivo de risa es, por lo demás, que haga yo [29 ] blanco de semejantes exhortaciones a alguien como tú, que en tantas y tamañas guerras ha dado muestra de su valor y de su devoción a la patria. Por tanto, préstanos obediencia a [2] mí y a éstos y no temas que algunos alimenten sentimientos de envidia, antes bien, en razón justamente de ello, redobla tu firmeza y desprecia así, considerando el afecto mayoritario hacia tu persona y el común beneficio de todos nosotros, a quienes te miran con malos ojos. Y si deseas causarles [3] además algún daño, comienza por esto, ya que a ellos les infundirás pesar al revestir el generalato contra su criterio y en beneficio de tu reputación, y por lo que a tí toca, coronorás tu carrera de la manera que mereces al alejar de nosotros abundantes y considerables calamidades.»
Cuando hubo terminado Gabinio, Trebelio intentó replicarle, [30 ] pero como no le fue concedida la palabra, manifestó su negativa a que se procediese a votar. Ante lo cual Gabinio. [2] lleno de cólera, detuvo la votación concerniente a Pompeyo, pero propuso otra concerniente al mismo Trebelio. Las diecisiete primeras tribus que trataron el asunto decretaron que había actuado de manera ilegal y que en adelante no podía ocupar el cargo de tribuno. Y a punto ya de decantarse en el mismo sentido la décimo octava, con grandes dificultades se mantuvo en silencio a Trebelio. Al verlo Roscio [3] no osó decir nada, pero elevó la mano para exhortarles a que eligieran dos hombres, en la idea de que mediante tal expediente quebraría de alguna manera la supremacía de Pompeyo. Y al tiempo que movía de tal manera las manos, la muchedumbre estalló en grandes y amenazadoras voces, hasta el punto de que un cuervo cuyo vuelo discurría por encima de ella vino a quedar fuera de sí y cayó como si lo hubiese abatido un rayo. Y ello motivó que Roscio mantuviese [4] quieta no ya la lengua sino además las manos. Cátulo, a todo esto, guardaba silencio; pero he aquí que Gabinio lo invitó a intervenir, pues —junto al hecho de que Cátulo presidía el senado— creía que gracias a su intervención habrían [5] de conseguir también el asentimiento de los otros (esperaba, en efecto, que al ver el mal trance por el que pasaban los tribunos, Cátulo se adhiriera a su parecer); y dado que gozaba del respeto y la consideración de todos, que lo veían como hombre de palabras y actuaciones encaminadas siempre al encuentro de cuanto les beneficiaba, obtuvo venia para hablar, pronunciando el siguiente discurso:
[31 ] «Que me he afanado hasta un punto difícilmente ponderable en servir a los que integráis la mayoría, todos sin duda lo sabéis bien, quirites. Y siendo ello así, a mi me resulta obligado deciros con franqueza absolutamente todo lo que en mi opinión redunda en beneficio de la ciudad, y a vosotros os toca atender con calma a mis palabras y seguidamente [2] tomar una decisión. Porque en medio de turbulencias, aunque seáis capaces de entender lo que os conviene, quizás no lo pongáis en práctica, pero si prestáis oído a quienes se dirigen a vosotros, atinaréis con toda precisión en lo que constituye [3] vuestro provecho. Pues bien, en primer lugar y sobre todo quiero yo declarar que a ningún hombre debe ponerse de manera consecutiva al frente de tan altas magistraturas. Tal proceder no sólo está vedado por las leyes, sino también comporta un riesgo cuya altísima magnitud atestigua la experiencia. Respecto a la conducta de Mario puede decirse, en efecto, que no fue inducida sino por las muchas guerras que le fueron confiadas en brevísimo tiempo y los seis consulados [4] que en un lapso mínimo desempeñó; y respecto a la de Sila, no obedeció sino al generalato que durante tantos años lo mantuvo sin interrupción al frente del ejército para seguidamente ser nombrado dictador y a continuación cónsul. Y es que no entra en la condición humana el que un alma —y ello toca no ya a la joven, sino también a la de edad provecta— tras haber vivido durante largo tiempo el ejercicio del poder consienta en atenerse a los usos heredados. Hablo así no porque albergue motivo alguno de reprobación [32 ] hacia Pompeyo, sino porque ni me parece a mí que esto haya redundado alguna vez en beneficio vuestro ni las leyes permiten semejante proceder. Pues si los nombramientos honran a quienes son juzgados dignos de ostentarlos, dicha honra debe alcanzar a todos los que se ven designados por ellos (ya que en eso consiste la democracia), y si comportan esfuerzo, también en éste tienen todos que tener su parte alícuota (ya que en eso consiste la igualdad). Ocurre, además, [2] que el obrar conforme a semejante criterio aumenta el número de cuantos, ejercitados en las tareas públicas, están por su experiencia calificados para afrontar cualquier tipo de empresa, con lo cual vuestra elección se toma mas fácil; mientras si prevalece aquel otro parecer, de manera indefectible será grande la escasez de hombres que ejerciten sus fuerzas en el servicio público y merezcan que éste se les confíe. Una de las razones —y no la última— por las que [3] en la guerra contra Sertorio os visteis faltos de un general fue precisamente ésta, la de que durante los años anteriores recurrieseis frecuentemente a los mismos hombres. Y así, incluso aunque todas las demás consideraciones subrayen la idoneidad de Pompeyo para ser puesto al frente de la guerra contra los piratas, dado no obstante que su elección iría contra lo dispuesto por las leyes y lo acreditado por los hechos, de ninguna manera conviene ese proceder ni a vosotros ni a él.
»Son ésas, por tanto, las razones que en primer lugar y [33 ] sobre todo quiero exponer; y en segundo lugar las siguientes: si cónsules, generales y representantes de ambos asumen regularmente sus cargos y sus gobiernos de acuerdo con las leyes, ni por lo demás dice mucho en vuestro favor el que éstos permitan la introducción de una nueva magistratura ni [2] tal cosa os beneficia. ¿Con qué objeto, efectivamente, elegís magistrados cada año si en realidad de nada os van a servir ante situaciones como la presente? No desde luego para que deambulen con togas orladas de púrpura, ni para que revistan el solo título de magistrado sin desempeñar sus funciones. [3] ¿Y cómo éstos y todos los demás que se consagran a alguna otra tarea pública no os harán blanco de su hostilidad si abolís las magistraturas tradicionales y para nada recurrís a quienes fueron elegidos según las leyes, sino asignáis a un particular la autoridad derivada de una institución foránea y [34 ] sin carta aún de naturaleza? Ciertamente, en el caso de que fuera preciso designar una magistratura que viniera a sumarse a las anuales, hay para ello un precedente antiguo, el del dictador. Figura que, por la índole de sus atribuciones, diseñaron nuestros antepasados sólo para casos extraordinarios [2] y con vigencia no superior a los seis meses. De esta manera, si os veis ante el imperativo de conferir a alguien semejantes atribuciones, podéis elegir dictador a Pompeyo o a cualquier otro sin que vuestra elección falte a las leyes ni incurra en un tratamiento negligente de cuestiones concernientes al bien común, siempre que el ejercicio de tal cargo no se extienda fuera de Italia ni vaya más allá del tiempo fijado. Pues sin duda no ignoráis que precisamente este punto fue objeto de rigurosa observancia por parte de nuestros mayores, y que no se registra territorio alguno al que le fuese asignado dictador con excepción de Sicilia, donde hubo [3] uno que, sin embargo, no llevó a efecto nada. Pero si ni Italia necesita semejante figura, ni vosotros podríais tolerar no ya la presencia de un dictador, sino siquiera su nombre (según acreditan las oleadas de indignación que tributasteis a Sila), ¿cómo va a resultar acertada la asignación de un caudillaje recién instituido, prolongado además por espacio de tres años y bajo cuya competencia caerían prácticamente todos los asuntos, tanto referidos a Italia como concernientes a los territorios exteriores? Pues todos por igual sabéis cuántos [4] peligros nacen de aquí para las ciudades y cuántos han sido los que, por inicuo apego al poder, trajeron repetida intranquilidad al pueblo y se infligieron a sí mismos incontables males.
»No hablaré más, por tanto, de este tema. En efecto, encomendar [35 ] a uno solo la gestión del estado, poner en unas solas manos, aunque sean las de alguien dotado de las más altas prendas, la potestad de decidir soberanamente sobre todo aquello en que radican nuestros bienes, ni puede aprobarse bajo ningún punto de vista ni tampoco resulta conveniente ¿quién puede dudarlo? Porque los grandes honores y las jurisdicciones desmedidas exaltan y destruyen a quienes las desempeñan. Esto otro, en cambio, os pido que miréis, la [2] completa imposibilidad de que un solo hombre mande sobre todo el mar y administre con acierto toda esta guerra. Porque debéis, si es que os decidís a obrar como es debido, librar simultánea guerra contra todos ellos, a fin de impedirles que se concierten entre sí y también que busquen refugio entre los que están excluídos de la guerra, privados de lo cual no resultarán excesivamente difíciles de doblegar. Semejante [3] objetivo de ninguna manera podría realizarlo un solo general ¿cómo iba a guerrear durante los mismos días en Italia y en Cilicia, en Egipto y en Siria, en Grecia y en Iberia, en el Mar Jonio y en las islas? Por tanto, se hace preciso que sean muchos los soldados y muchos los generales atentos a esta empresa para que de su empleo resulte algún beneficio. Y en el caso de que se mencione aquello de que si [36 ] encomendáis a uno solo toda la guerra, ése contará de todas maneras con abundantes almirantes y subcomandantes ¿cómo no va a resultar —diría yo— más conforme a la justicia y más conveniente, y qué impedimento hay para que quienes han de recibir el mando por delegación de éste sean previamente asignados a la misma función por vosotros y de vosotros reciban su autoridad, independiente así de cualquier [2] otra instancia? De esa manera incluso prestarán más atención a la guerra, al haberle sido confiada a cada uno en particular una parte y verse imposibilitados de trasladar a otro su incuria en lo tocante a ella; competirán además por la gloria con mayor encono, ya que al ser independientes guardarán en propio haber el renombre nacido de sus empresas. Pero de la otra manera ¿quién creéis que igualmente *** 31 si está sujeto a algún otro, y quién creéis que obedecerá cualquier orden sin replicar cuando la victoria ha de ser no para él sino para una persona ajena?
[3] »Por tanto, de ninguna manera podría un hombre solo librar simultáneamente tamaña guerra, según ha reconocido el mismo Gabinio: pues estima, ciertamente, que a la persona elegida se la debe dotar de muchos colaboradores. Queda así por mirar si los que se despachen han de ser comandantes o subcomandantes, generales 〈o subgenerales〉, legitimados por el pueblo entero para ejercer una suerte de autoridad [4] plenipotenciaria o por aquél para su asistencia. Que la propuesta por mí enunciada realmente se adecua más a la ley y resulta 〈más ventajosa〉 no ya con referencia a todos los demás aspectos, sino en lo tocante a los piratas mismos, cualquiera de vosotros lo aceptará. Con independencia de lo cual, prestad también atención a aquella otra vertiente de la cuestión, esto es, a la abolición de todas las demás magistraturas que de vosotros dependen con la excusa de los piratas, y al hecho de que durante este periodo ninguna de ellas ni en Italia ni en territorio sometido *** 32 ».
Y Cátulo, uno de los nobles, se expresó ante el pueblo de la siguiente [36a ] manera: «Si es enviado a esta tarea y fracasa, como suele suceder en muchas confrontaciones y especialmente en las marítimas, ¿con qué otro lo sustituiréis en momentos de mayor apremio?» Entonces el pueblo entero, como a una señal convenida, prorrumpió en un grito diciendo: «a ti». De esta manera quedó Pompeyo en posesión del imperio sobre el mar, las islas y el territorio de los continentes hasta una distancia de treinta estadios a partir del mar.
*** y cónsul de Italia por tres años, le asignaron quince [37 ] subcomandantes y la flota entera, y en lo tocante a dinero y tropas, decretaron que tomara cuantas quisiera. Todo aquello lo ratificó, aun contra su voluntad, el senado, y además dictaminó, cada vez que fue necesario, sobre cuanto requerían las diferentes cuestiones; lo movió a ello especialmente [2] la ingente cólera que concibió la asamblea del pueblo cuando Pisón, gobernador de la Galia Narbonense, no permitió a los delegados proceder a las levas en el territorio sujeto a su jurisdicción. Incluso habrían depuesto de inmediato a éste a no ser porque Pompeyo los hizo desistir. Efectuó, por tanto, [3] los preparativos que la empresa y su propio criterio requerían; a continuación recorrió, mediante un movimiento conjunto que en parte dirigió personalmente, en parte encomendó a sus generales, toda la línea costera que sufría la acción de los piratas, y dentro de ese mismo año pacificó la [4] mayor parte de ésta. Tanto en barcos como en en fuerzas de infantería el aparato militar que desplegaba era ingente, gracias a lo cual se imponía por mar lo mismo que por tierra sin resistencia posible; pero asimismo era ingente la benignidad desplegada hacia quienes se pasaban a su bando, conducta esta mediante la cual también logró atraer a una gran mayoría. [5] Pues doblegadas por sus fuerzas y conocedoras de su probidad, de muy buen grado abrazaban las gentes su causa. Se afanaba, entre otras cosas, porque de ninguna manera los volviese a colocar la pobreza en el trámite de atropellar las leyes, y cuantas tierras veía desiertas, cuantas ciudades necesitadas [6] de residentes, las ponía en sus manos. Una de las ciudades que así fueron refundadas es la llamada Pompeyópolis: situada en la costa de Cilicia, había sido devastada por Tigranes, portando anteriormente el nombre de Solos.
[38 ] Tales sucesos acaecieron bajo el consulado de Acilio y Pisón; y contra los convictos por soborno para la consecución de magistraturas decretaron los cónsules mismos la prohibición de desempeñar cargos y acceder al senado, e incluso [2] les impusieron el pago de sanciones económicas. Pues como la potestad tribunicia había vuelto a su antigua condición y muchos de los que habían sido tachados por los censores se esforzaban por recuperar mediante cuaquier procedimiento el acceso al senado, todas las magistraturas se veían envueltas en abundantes luchas de partidos y conspiraciones. [3] Los cónsules procedieron así no por rechazo hacia semejante práctica (se demostró, en efecto, que ellos mismos habían protagonizado intentos de esa índole; Pisón, concretamente, fue acusado por este motivo y compró de unos y otros la no celebración del juicio), sino bajo presión del senado. [4] La razón fue que un tal Gayo Cornelio, tribuno en ejercicio, propuso la imposición de penas muy duras sobre quienes actuaban de esta manera, siendo seguido en ello por la asamblea popular. Por su parte el senado consideraba que la severidad en los castigos esgrime amenazas capaces de infundir pánico, pero dificulta con lo irreparable de sus sanciones el dar con acusadores y con gentes dispuestas a la condena de los culpables, y que por el contrario la mesura [5] convoca numerosas acusaciones y no disuade de veredictos condenatorios; por lo cual instó a que fuera alterado el tenor de aquella propuesta y a que los cónsules le confirieran rango de ley. Puesto que la elección de magistraturas ya había [39 ] sido convocada y, consecuentemente, no era posible establecer ninguna disposición legislativa antes de ellas, dado además que en ese intervalo los candidatos habían perpetrado gran número de acciones criminales hasta el punto de que incluso se produjeron asesinatos, votaron que la ley fuera introducida antes de la elecciones y que se dotase de guardia a los cónsules. Y Cornelio, lleno de irritación ante semejantes [2] medidas, planteó una proposición que arrebataba al senado tanto la facultad de conceder magistratura alguna a quien la solicitase sin el amparo de la leyes, como la posibilidad de emitir acuerdos sobre cualquier otra cuestión cuyo arbitrio correspondiese al pueblo; tal era, efectivamente, el dictado de la antigua ley, dictado que sin embargo no se observaba en la práctica. Sobrevino ante ello gran turbulencia [3] (nacida de la oposición que, junto a muchos otros miembros del senado, levantaba Pisón), a resultas de la cual la muchedumbre quebró las haces de éste y a él lo intentó descuartizar. Al ver Cornelio tal vehemencia, disolvió de momento, [4] antes de que se procediese a votar, la asamblea, pero posteriormente efectuó un añadido a la ley por el cual en todos aquellos asuntos el senado formularía un decreto previo que el pueblo de manera obligada había de sancionar. De esa [40 ] manera reguló por ley el supuesto en cuestión, así como otro del siguiente tenor: todos los pretores debían ocuparse [46] de compilar y publicar las normas legales que habían de informar los procesos a celebrar bajo su mandato; pues ocurría que las disposiciones referentes a los contratos no siempre [2] se hallaban formuladas. Ahora bien, los pretores no cum plían este precepto mediante una promulgación definitiva, y tampoco se atenían a lo que habían publicado, sino que muchas veces volvían sobre lo allí escrito y, como es de esperar, en bastantes ocasiones tal vuelta venía dictada por el favor o la hostilidad hacia determinados personajes; ante lo cual Cornelio propuso que anunciaran inmediatamente al inicio de su mandato la normativa de que se iban a servir y que no [3] introdujeran ningún cambio en ésta. En suma, tal celo dedicaron los romanos en aquella época a la eliminación de sobornos, que además de castigar a los convictos dispensaban también recompensas a sus acusadores. Ocurrió así que Marco Cota hizo destituir al cuestor Publio Opio bajo el cargo de soborno y de sospecha de conspiración, mientras que de otro lado él mismo se hizo con gran cantidad de riquezas [4] procedentes de Bitinia; y que a Gayo Carbón, su acusador, lo distinguieron con honores consulares, a pesar de había desempañado sólo el cargo de tribuno. Posteriormente Carbón fue a su vez gobernador de Bitinia, y como incurrió en irregularidades de no menor monta que las de Cota, fue recíprocamente acusado por el hijo de aquél y se le encontró [5] culpable. Pues hay quienes, mucho más proclives a la ajena censura que a la propia advertencia, con la mayor facilidad hacen suyas aquellas prácticas que juzgan merecedoras de castigo cuando las cometen los de al lado, y por esta razón sus recriminaciones a otros no ofrecen garantía ninguna de que [41 ] odien aquello que recriminan. Y Lucio Lúculo desempeñó la pretura urbana, pero cuando le tocó en suerte el gobierno de Cerdeña no lo quiso, ya que aborrecía este cometido por ser muchas las ejecutorias provinciales caracterizadas por el abuso. Ofreció, en efecto, prueba más que sobrada de su honradez: cuando Acilio ordenó destruir la silla desde la [2] que Lúculo emitia sus veredictos porque en cierta ocasión éste permaneció sentado tras reparar en su presencia, Lúculo no se llamó a cólera, sino que desde ese momento, y en razón del proceder de Acilio, tanto él como sus colegas de magistratura impartieron de pie sus veredictos.
Roscio también introdujo una ley, y lo mismo Gayo [42 ] Manlio cuando fue tribuno. Ahora bien, el primero llegó a ser elogiado por su iniciativa (que separaba escrupulosamente de los demás asientos los lugares ocupados por los caballeros en las representaciones teatrales), mientras que [2] Manlio a poco estuvo de ser llevado a juicio. En efecto, el último día del año y por la tarde, confirió al estamento de los libertos, tras sobornar a algunos miembros de la asamblea popular, la facultad de votar juntamente con quienes los habían liberado. Y como al día siguiente mismo, justo al [3] iniciarse el mes en que inauguraron consulado Lucio Tulio 33 y Emilio Lépido, el senado rechazó su medida, Manlio, lleno de temor ante la ingente cólera del pueblo, atribuyó primero la proposición a Craso y algunos otros, pero puesto [4] que nadie le creía, dio en adular, aunque se hallaba ausente, a Pompeyo, movido especialmente por el gran predicamento que, según le constaba, tenía Gabinio ante aquél. Asignó a Pompeyo, de acuerdo con ello, la guerra contra Tigranes y Mitrídates, así como el gobierno de Bitinia y Cilicia. Un indignado [43 ] rechazo se adueñó de los notables, entre otras cosas porque Marcio y Acilio iban a ser depuestos antes de consumir el plazo de su mandato. Pero la plebe, a pesar de [2] haber enviado poco antes a estos hombres para regir los territorios conquistados (ya que, a tenor de los informes de Lúculo, creían haber culminado la guerra), votó no obstante la última propuesta, siendo inducida ante todo por César y [3] Marco Cicerón. Unieron éstos sus fuerzas a la plebe no porque estimasen que las medidas convenían a la ciudad, ni porque pretendiesen congraciarse con Pompeyo. Ahora bien, como las cosas iban a tomar precisamente este rumbo, César, por una parte, hizo al pueblo objeto de sus atenciones, [4] pues veía hasta qué punto era superior al senado, por otra inició preparativos para que en un futuro se decretase una medida semejante en beneficio suyo; y al tiempo persiguió que, en virtud de las atribuciones conferidas, Pompeyo resultase blanco de mayores envidias y carga más onerosa, a fin de que, en un plazo rápido, se hartasen de él. En cuanto a Cicerón, aspiraba a dirigir la república y quería demostrar tanto al pueblo como a los notables que incrementaría decisivamente la fuerza del bando, fuese cual fuese, en el que se [5] integrara. Se mantenía, pues, en medio, y a veces secundaba a éstos, a veces a aquéllos, con objeto de que ambos lo requiriesen. Así, tras alegar primero que prefería a los notables, en consonancia con lo cual había puesto sus miras más en el cargo de edil que en el de tribuno, a la sazón se pasó a [44 ] la plebe. Posteriormente los notables iniciaron determinado proceso contra Manlio, proceso que éste intentaba demorar, ante lo cual Cicerón (que era pretor y presidía el tribunal), además de hacer todo lo posible en peijuicio de Manlio, a duras penas lo pospuso para el día siguiente, aduciendo como [2] excusa que el año tocaba a su fin. Seguidamente, el malestar surgido en el pueblo lo llevo a comparecer ante la asamblea popular —obligado, según decía, por los tribunos—, donde se extendió en críticas contra el senado y prometió hablar en defensa de Manlio. Objeto, a resultas de ello, de los vituperios correspondientes y calificado en especial de tránsfuga, el tribunal, sin embargo, no llegó a reunirse a causa de los desórdenes que inmediatamente sobrevinieron. Ocurrió que Publio Peto y Cornelio Sila, sobrino del [3] famoso Sila, habían sido nombrados cónsules; y convictos de corrupción, tramaron dar muerte a sus acusadores, Lucio Cota y Lucio Torcuato, movidos sobre todo porque éstos los habían sustituido. Fueron sobornados, entre otros, Gneo Pisón [4] y Lucio Catilina, hombre de la mayor osadía (también él había pretendido el cargo, y de aquí el furor que albergaba), pero no pudieron llevar nada a efecto porque la conjura fue delatada y el senado asignó guardia a Cota y Torcuato: *** 34 haberse emitido un decreto en su contra a no ser por [5] la oposición de un tribuno. Y puesto que aun bajo tales circunstancias daba Pisón muestras de osadía, invadió al senado el temor de que acaeciera algún disturbio, con lo que al punto se le despachó a Iberia bajo la excusa del desempeño de un cargo. Allí fue acuchillado por los nativos a causa de haber perpetrado cierto atropello.
En cuanto a Pompeyo, que inicialmente se preparaba para [45 ] navegar a Creta y hacer frente a Metelo, cuando conoció las medidas aprobadas dio, al igual que antes, fingidas muestras de fatiga y acusó a sus rivales de proporcionarle continuas cargas con objeto de causar el daño que pudiesen; no obstante acogió esas medidas con el mayor júbilo, se desentendió [2] de Creta y de cualquier otra cuestión referente a las operaciones marítimas que aún quedase pendiente y se dedicó a organizar la guerra contra los bárbaros. Y estando en ello quiso probar las intenciones de Mitrídates, a cuyo efecto envía a Metrófanes como portador de proposiciones amistosas. En un primer momento Mitrídates no se dignó a atenderlo (pues por esas fechas había muerto Ársaces, el rey de [3] los partos, y Mitrídates creyó que su sucesor Fraates haría causa común con él 35 ), pero como Pompeyo se apresuró a ofrecer propuestas de amistad a Fraates en idénticos términos y lo convenció para que desencadenase un ataque contra la Armenia de Tigranes, al enterarse de la maniobra Mitrídates envió inmediatamente una embajada con objeto de entablar [4] un acuerdo. Le instó Pompeyo a que depusiera las armas y le entregase a los desertores, lo que Mitrídates no tuvo ocasión de considerar. Pues al oír semejantes cosas se alzaron tumultuosamente los soldados de su campamento, temerosos los desertores (que eran muchos) de ser entregados, y los bárbaros de verse obligados a combatir sin ellos. [5] Y habrían liquidado a Mitrídates si éste no los hubiera con tenido a duras penas mediante falsas alegaciones de que envió la embajada no con vistas a la paz, sino para espiar los efectivos romanos.
[46 ] Pompeyo comprendió entonces que habría de combatir, a cuyo efecto, y entre otros preparativos, alistó a los Valerianos. Y cuando estaba ya en Galacia 36 , Lúculo le salió al encuentro para manifestarle que todas las operaciones de la guerra habían concluído y en esos momentos no había ninguna necesidad de expedición, en razón de lo cual incluso estaban ya presentes los hombres enviados por el senado para [2] encargarse de la administración. Como no lo convenció de que se retirara, recurrió al insulto, llamándole, además de otros calificativos, intrigante, amigo de guerras y acaparador de cargos. Pero Pompeyo le dedicó escasa atención, prohibió que nadie le rindiera obediencia y apresuró su marcha contra Mitrídates, pues pretendía entablar combate con él cuanto antes.
Durante algún tiempo Mitrídates se dedicó a esquivarlo [47 ] (ya que sus fuerzas eran inferiores), a esquilmar la tierra que pisaba y a hacerlo errar al tiempo que le dificultaba el avituallamiento. Pero cuando Pompeyo, en razón de lo anterior y para apoderarse de ella, puesto que estaba vacía, invadió Armenia, Mitrídates, temeroso de que la capturase antes de su llegada, penetró en el mismo territorio y tomó un sólido [2] cerro situado enfrente, donde se mantenía quieto con todo su ejército, suponiendo que la imposibilidad de obtener alimentos agotaría a los romanos (en cuanto a él, al hallarse en territorio sujeto a su autoridad, contaba con provisiones abundantes y de muy variada procedencia); por otra parte, mediante continuas incursiones de sus jinetes a la llanura de abajo, que estaba desnuda, infligía daños a quienes se les acercaban, y los numerosos desertores que con tal motivo surgían encontraban en él acogida. Pompeyo no se atrevió [3] de momento a trabar combate con ellos, sino que trasladó su campamento a otra posición cuyos alrededores, al ser boscosos, debían exponerle en menor medida a los daños causados por la caballería y los arqueros enemigos; a continuación [4] tendió una emboscada en lugar apropiado para ello y con unos pocos se aproximó abiertamente al campamento de los bárbaros, a los que llenó de confusión y atrajo al paraje que pretendía, donde liquidó a muchos. Y a raíz de lo ocurrido cobró ánimos para envíar distintos grupos a las diversas partes del territorio en busca de provisiones.
Puesto que a Pompeyo los víveres le llegaban con fluidez, [48 ] ya que se había adueñado, por medio de ciertos personajes, de Anaítis 37 —ciudad de Armenia consagrada a una [2] diosa epónima— y gracias a esta captura se habían pasado a su bando bastantes otros e incluso contaba con los soldados de Marcio, Mitrídates, lleno de temor, no permaneció ya en el territorio, sino que, de noche y a escondidas, levantó rápidamente el campamento para dirigirse por medio de marchas [3] nocturnas a la Armenia de Tigranes. Pompeyo le seguía deseoso de cruzar las armas; sin embargo ni de día (cuando no salían del campamento) ni de noche (por miedo a su desconocimiento del terreno) se atrevió a hacerlo hasta que pisaron el borde de la frontera; entonces vió que iban a escapar, lo que le impuso la necesidad de entablar combate [4] nocturno. Cuando se percató, pues, de ello, levantó la marcha y, sin que los bárbaros, que reposaban el mediodía, lo advirtiesen, se adelantó al lugar por donde aquéllos habían de pasar. Al dar con cierto paraje encajonado entre unas colinas, hizo que las tropas ascendiesen a las alturas, y allí se [5] dedicó a esperar a las fuerzas enemigas. Estas penetraron en el ahuecado paraje confiadamente y sin efectuar reconocimiento previo, pues como antes no habían sufrido ningún contratiempo y en esos momentos se encontraban ya más seguros, ni siquiera esperaban que todavía les siguiesen los romanos: y entonces, en la oscuridad —pues ni brillaba luz alguna en el cielo ni disponían de ninguna otra iluminación—, cayó sobre ellas Pompeyo.
[49 ] La batalla fue como sigue. Primero las trompetas, a una señal convenida, hicieron sonar simultáneamente el toque de guerra y a continuación los soldados y demás componentes del ejército emitieron el grito de ataque, golpeando unos sus escudos con las lanzas, otros sus herramientas de bronce con piedras. Los huecos montes acogieron el estruendo producido [2] para devolverlo con incremento de su horrísono clamor, de suerte que los bárbaros, al percibir repentinamente, en medio de la noche y en la soledad el ruido que hacían, se vieron invadidos por extroardinaria ansiedad, como si hubiesen caído bajo los efectos de algún evento sobrenatural. Al tiempo los romanos, apostados en las alturas, les arrojaban [3] desde todos los lados piedras, flechas y dardos, y, dado su ingente número, inevitablemente herían a algunos, acabando así por colocarlos en situación sumamente peligrosa. Pues como guardaban no la disposición propia de un enfrentamiento, sino la de una marcha, los caballos y los camellos, bagajes de todo tipo, los hombres y las mujeres se movían en un mismo espacio, e iban en mezcolanza unos sobre carros [4] ligeros, otros sobre carretas, dentro de los vehículos cubiertos o las carrozas; de esta suerte, al recibir unos ya los disparos y a la espera otros de recibirlos, entraron en un estado de confusión bajo el cual se atropellaban entre sí y justamente por ello aumentaban sus posibilidades de perecer. Una vez que los romanos, tras agotar sus recursos de ataque [5] a distancia, se abatieron sobre ellos, los contingentes de los bordes eran masacrados (para liquidarlos les bastaba un solo golpe, pues la mayoría se hallaban desguarnecidos), mientras que los de la parte central, al retroceder todos sobre ella por miedo a lo que ocurría en el perímetro, se veían comprimidos. Así, presionados y arrollados los unos por los [6] otros, recibían muerte sin que hallasen ni amparo alguno para sus personas ni medio de aventurar un golpe contra el enemigo. En efecto, siendo en su mayoría jinetes y arqueros, la oscuridad les impedía ver y la angostura de espacio [54] maniobrar. Cuando salió la luna, hubo quien se alegró, bajo la creencia de que la luz les habría de proporcionar algún [7] medio de defenderse. Y en algo les habría beneficiado de no ser porque los romanos, con la luna a sus espaldas, les acometían ya por un lado ya por otro y hacían que tanto su atención como sus movimientos errasen de acá para allá. Pues como eran muy numerosos y todos por igual arrojaban una muy larga sombra, no los distinguían bien hasta el momento [8] en que prácticamente estaban ya sobre ellos. De esta manera los bárbaros golpeaban inutilmente el vacío, en la idea de que estaban ya cerca, acometiendo en la sombra para ser alcanzados cuando no lo esperaban. Y así murieron muchos y no pocos fueron capturados. Pero también escaparon bastantes, entre ellos Mitrídates.
[50 ] El cual al principio apresuraba su marcha hacia Tigranes. Pero después detectó en éste, gracias los emisarios que despachó por delante, una disposición nada amistosa, ya que su hijo Tigranes se había rebelado y la responsabilidad de semejante infortunio recaía, según las sospechas del padre, sobre Mitrídates, abuelo de su hijo, por lo cual no sólo decidió no acoger a aquél, sino incluso aprehendió y encarceló a [2] sus emisarios; frustradas, por tanto, sus esperanzas, desvió el camino en dirección a la Cólquide 38 , y desde allí, recuriendo ya a la persuasión ya a la fuerza, alcanzó por tierra la Meótide 39 y la zona situada junto al Bósforo 40 ; se introdujo a continuación en el país, donde mandaba su hijo Mácares, que había abrazado la causa de Roma, y tras infundirle tal temor que ni llegó a comparecer ante él, le dio muerte por medio de gentes de su entorno, a quienes prometió inmunidad y riquezas. Entre tanto Pompeyo envió fuerzas para perseguirlo, [3] pero como Mitrídates se les anticipó atravesando el Fasis 41 , fundó una ciudad en el lugar donde había vencido, ciudad que entregó a los soldados heridos y de edad más avanzada. También muchas gentes del entorno se les unieron voluntariamente, y aún existe hoy la ciudad, cuyos habitantes, llamados nicopolitas, pertenecen al distrito de Capadocia 42 .
En tales cosas se ocupaba. Respecto a Tigranes, el hijo [51 ] de Tigranes, tras hacerse con algunos notables a quienes el gobierno del anciano no satisfacía, buscó refugio al lado de Fraates —que a la vista de sus acuerdos con Pompeyo deliberaba sobre el camino a tomar— y lo convenció para que invadiese Armenia. Apoderándose de todo el territorio que [2] hallaron a su paso, alcanzaron Artaxata 43 , a la que igualmente acometieron. Pues Tigranes el Viejo se había refugiado, por miedo a ellos, en las montañas. Sin embargo les pareció que el cerco requeriría tiempo, por lo cual Fraates dejó a Tigranes hijo una parte de sus fuerzas y regresó a su país; entonces el padre regresó para enfrentarse a su hijo solo, a quien venció. Huyó éste, y en primer lugar corrió hacia [3] su abuelo Mitrídates, pero cuando supo que se hallaba vencido y necesitado de ayuda más que en situación de prestarla a nadie, marchó junto a los romanos; Pompeyo lo nombró general y con su ayuda dirigió sus ejércitos a Armenia para combatir a Tigranes padre. Éste, lleno de temor ante la noticia, [52 ] al punto le envió mensajeros y le hizo entrega de los emisarios de Mitrídates. Pero a causa de la oposición de su hijo, no halló una respuesta comedida, sino que, a pesar incluso de sus deferencias, Pompeyó pasó el Araxes 44 y llegó [2] junto a Artaxata; entonces Tigranes le entregó la ciudad y voluntariamente entró en el campamento romano, ocasión para la cual revistió, a fin de parecer digno tanto de respeto como de compasión, un atuendo con que de la manera más clara se colocaba a sí mismo en posición intermedia entre su anterior encumbramiento y su decaimiento actual. Pues, desechada la túnica moteada de blanco y el vestido de púrpura, [3] portaba la tiara y la banda que la circundaba. Pompeyo envió un lictor y lo hizo descender de su caballo (ya que Tigranes marchaba como si, según es costumbre en su pueblo, pretendiese cabalgar hasta dentro de la empalizada misma), pero cuando lo vio acercarse a pie, arrojar banda y tiara y [4] saludarlo postrado en tierra, lleno de compasión se levantó rapidamente para incorporarlo; a continuación le ciñó la banda e hizo sentar a su lado al tiempo que le dirigía palabras de consuelo, afirmando entre otras cosas que no había perdido el trono de Armenia, sino adquirido la amistad de Roma. Con tales palabras lo confortó Pompeyo, quien además [53 ] lo invitó a comer con él. En cuanto al hijo, que estaba sentado al otro lado de Pompeyo, ni se puso en pie para saludar a su padre ni le dio la bienvenida de ninguna otra manera, y ni siquiera compareció en la comida, a pesar de que también había sido invitado. Ello suscitó considerable animadversión [2] por parte de Pompeyo. Y al día siguiente, tras atender a las palabras de uno y otro, devolvió al anciano cuanto había sido el dominio tradicional del reino; pues lo que éste había adquirido (entre otras posesiones, parte de Capadocia y Siria, Fenicia y la Sofanena, un territorio no pequeño limítrofe con Armenia 45 ) se lo quitó, y además le exigió el pago de una suma. Al hijo le concedió sólo la Sofanena. Como ocurría que el tesoro se hallaban en esta última, [3] entabló el joven disputa por su posesión; y al no conseguirlo (pues de ninguna otra parte podía obtener Pompeyo la suma acordada), lleno de cólera tramó escapar. De ello tuvo conocimiento previo Pompeyo, por lo que, sin encarcelarlo, lo puso bajo vigilancia, y a continuación envió un mensaje a quienes custodiaban las riquezas con la orden de que las entregasen en su totalidad al padre. Dicha orden no fue acatada, pues alegaban [4] que debía darla el hijo, bajo cuya jurisdicción estaba ya el territorio, y ante la negativa Pompeyo hizo que el joven marchara a las fortificaciones. Éste las encontró cerradas, por lo que se aproximó y, aun contra su voluntad, instó a que las abrieran. Pero como los otros persistieron en su negativa por estimar que daba la orden no voluntariamente, sino bajo coacción, Pompeyo, irritado, mandó encarcelar a Tigranes. Así [5] se hizo el anciano con el tesoro; y en cuanto a Pompeyo, tras dividir a su ejército en tres partes se dispuso a pasar el invierno en territorio de Anaítis, junto al río Cirno 46 , recibiendo de Tigranes, además de otras abundantes dádivas, una suma mucho mayor que la estipulada. No fue éste el último motivo por [6] el que, poco después, inscribió a aquél entre los amigos y aliados de los romanos, mientras que a su hijo lo envió a Roma bajo guardia.
Sin embargo no pasó el invierno en calma. Pues Oroises, [54 ] rey de los albanos que habitan más allá del Cirno 47 , resuelto por una parte a realizar algo del agrado de Tigranes el Joven, que era su amigo, por otra, y principalmente, bajo el temor de que los romanos atacasen también la tierra albana, en la idea además de que forzosamente habría de obtener algún logro si les acometía cuando, al ser invierno, no lo esperaban y sin que se hallasen acuartelados en un solo campamento, condujo sus fuerzas contra ellos justamente en la [2] época de las Saturnales 48 ; él marchó contra Metelo Céler, a quien estaba encomendado Tigranes, otro contingente lo despachó contra Pompeyo y otro contra Lucio Flaco, comandante de un tercio del ejército, a fin de que, sumidos todos y al mismo tiempo en confusión, no se auxiliasen unos a [3] otros. En ninguno de los puntos, sin embargo, consiguió nada. Pues a él lo rechazó Céler enérgicamente, y Flaco, como no era capaz de guardar el extenso perímetro que recorría su foso debido a la amplitud del mismo, construyó otro por dentro, con lo cual hizo creer al enemigo que era presa del miedo [4] y así los atrajo al interior del foso externo, donde, acometiéndolos inopinadamente, mató a muchos en combate cuerpo a cuerpo, y a muchos otros cuando huían. Entre tanto Pompeyo, al conocer previamente el intento que los bárbaros habían dirigido contra los otros, se adelantó inesperadamente al encuentro de quienes marchaban contra él, los venció y sin demora alguna corrió hacia Oroises. No lo cogió (ya que, rechazado por Céler e informado de los fracasos que cosecharan los otros, había emprendido la huída), [5] pero en los alrededores del paso del Cirno atrapó a numerosos albanos a quienes dio muerte. Después de lo cual, y a petición de los albanos, firmó la paz. Pues si abrigaba, por lo demás, vivo deseo de penetrar a su vez en territorio albano, a causa del invierno pospuso con agrado la guerra.
1 En los manuscritos de Dion Casio faltan el índice y el comienzo del presente libro. Es usual suplir dicho comienzo mediante los extractos de JUAN XIFILINO (parágrafos 1a [= pág. 1.5-12 DINDORF ] y lb [= pág. 1.20-2.15 DINDORF ]), monje y escritor bizantino que por encargo del emperador Miguel Ducas (1071-1078) realizó un epítome de los libros XXXVI-LXXX de Dion.
2 Fundada por Tigranes I, que hizo de ella la capital de Armenia. El lugar donde se encuentran sus restos recibe actualmente el nombre de Farkin.
3 El párrafo, cuyo comienzo falta (véase n. 1), se refiere al asentimiento de Tigranes a que Mitrídates desempeñara el mando supremo en la guerra que ambos mantenían con Roma.
4 Ársaces 1 (238-215) fue el fundador de la casa real parta. Los dinastas partos tomaban el nombre genérico de «Ársaces», al que añadían su nombre particular. El Ársaces aquí mencionado es Fraates III.
5 Los árabes aquí aludidos son los habitantes de la Mesopotamia a la que las fuentes literarias llaman a menudo «provincia árabe»: cf. G. W. BOWERSOCK , Roman Arabia , Cambridge-Massachusetts-Londres, 1983, págs. 80; 115.
6 El nombre de «Secilio», que aparece en la tradición manuscrita, parece erróneo. PLUTARCO , Vida de Lúculo 25, 4, llama al personaje Sextilio y APIANO , XII (Sobre Mitrídates) 84 habla de un lugarteniente de Lúculo del mismo nombre.
7 La actual Nusaybin, en Turquía, muy cerca de la frontera con Siria.
8 La «otra Armenia» es la Armenia Menor o Pequeña Armenia, situada al oeste de la Armenia Mayor.
9 En los dos pasajes señalados por asteriscos la tradición manuscrita muestra sendas lagunas, de unas quince letras primero y unas once después.
10 Ciudad situada frente a la vertiente oriental de la costa sur del Mar Negro.
11 La Comana Póntica, ciudad situada al sur de Cabira, a orillas del Iris (actualmente llamado Ye§il Irmak y Tozanlí-Sú en su curso superior). Su emplazamiento se ha ubicado en el yacimiento arqueológico de Gümenek.
12 Laguna de unas siete letras.
13 La segunda Comana, Comana de Capadocia, se situaba a orillas del Saro (actual Sevhan Nehri).
14 Ciudad situada al oeste de Comana, también a orillas del Iris, en el emplazamiento de la actual Turkhal.
15 Dádasa era una fortaleza ubicada en las proximidades de la Comana Póntica.
16 La ciudad de Talaura o Taulara ha sido identificada con la actual aldea de Taourla, a orillas del río Kelkit Cay (antiguo Lico), afluente oriental del Iris.
17 El Mitrídates aquí mencionado es el el rey de Atropatena. Atropates, comandante de los medos en la batalla de Gaugamela, se unió a Alejandro cuando murió Darío. En el reparto de territorios ocurrido tras la muerte de Alejandro, Atropates recibió el noroeste de Media, que tomó de él el nombre de Atropatena
18 Con tal nombre designa Dion a las tropas de L. Valerio Flaco, cónsul sufecto en el 86 que sucedió a Mario en el generalato de las guerras contra Mitrídates. Valerio fue muerto con motivo de un botín encabezado por su lugarteniente Fimbria; el mando de la tropas de Valerio pasó primero a Fimbria (de aquí que estas unidades reciban también el nombre de «fimbrianos») y después a Lúculo (cf. T. R. S. BROUGHTON , The Magistrates of the Roman Republic. Volume II, 99 b. C - 31 b. C., Atlanta 1984, págs. 53 y 101).
19 Publio Clodio Pulcro (92-42 a. C.), hijo de Apio Claudio Pulcro. Clodius es la forma «popular» de Claudius , una forma que adoptaron Publio y dos de sus hermanas.
20 Según A. KEAVENAY (Lucullus. A Life, Londres-Nueva York, 1992, pág. 125) los Valerianos mantenían que su periodo de alistamiento había terminado y ello fue lo que motivó su desobediencia.
21 Tras el presente parágrafo la tradición manuscrita muestra una laguna de dos folios en los que se debía tratar la guerra cretense; el parágrafo 17a procede de XIFILINO , pág. 1, 13-20 DINDORF (cf. n. 1).
22 El sujeto es Metelo.
23 El sujeto es Metelo.
24 También llamada Eleutema, en Creta central.
25 En la antigüedad circulaba la idea de que el vinagre tiene la capacidad de descomponer la piedra: cf. LIVIO , XXI 37, 2.
26 O Lampa, en Creta occidental.
27 O Hierapitna, actual Ierapetra, en Creta oriental.
28 La actual Janiá, en la costa noroccidental de Creta.
29 Panares de Cidonia y Lástenes de Cnosos fueron protagonistas de la resistencia cretense.
30 Es decir, «ciudadanos». Sobre este término, cf. n. 228.
31 BOISSEVAIN , y con él la mayoría de los editores, supone que el texto presenta aquí una laguna, cuyo sentido se ha intentado suplir con expresiones como «sentiría la llamada del valor» (REISKE ) o «pondría enn juego su osadía» (POLAK ).
32 La desaparición de un folio provoca aquí una importante laguna; el sentido del texto omitido suele suplirse mediante el resumen de XIFILINO , pág. 4, 2-11 DINDORF ( = cap. 36a ).
33 El verdadero nombre parece ser Lucio Tulo.
34 El texto muestra aquí una laguna de dos o tres palabras.
35 Error de Dion: Fraates III, que es el Ársaces aquí mencionado (véase n. 4), murió en el 58, siendo sucedido por Orodes II.
36 La parte de la meseta frigia, en el centro de Asia Menor, ocupada por los pueblos celtas (llamados «gálatas») en el 278/77.
37 Anaítis es el nombre de una divinidad iránica cuyo culto se extendió por Armenia, Siria y Asia Menor. Posteriormente fue conocida como Ártemis Taúrica. De su culto procede el taurobolio. Posiblemente la Anaetica de la que hablan las fuentes latinas (cf. PLINIO , Historia natural V 83) debe identificarse con Aquilisena, territorio annenio situado en la orilla izquierda del Eufrates y conocido hoy con el nombre de Egkilis; su ciudad más significativa. Eriza, era un centro importante de culto a Ártemis. Cabe pensar, pues, que la Anaítis aquí citada es Eriza: véase A.BAUMGART NER , «Anaïtica regio», Paulys Realencyclopaedie der classischen Altertumswissenschaft (citado en adelante como RE) 1 2 (1894), cols. 2029-2030 y «Akilisene», RE 1.1 (1893), col. 1168.
38 La Cólquide, mítica patria de Medea y escenario principal de la gesta de los argonautas, estaba situada al sureste del Mar Negro.
39 El actual Mar de Azov.
40 Se refiere al Bósforo Cimerio, actual estrecho de Kerch, que separa el Mar de Azov del Mar Negro.
41 El actual Rioni.
42 En realidad esta Nicópolis — varias ciudades llevaban este mismo nombre — había sido fundada por Seleuco I (311-281). Lo de Pompeyo fue, pues, una refundación.
43 Actual Artashat.
44 El actual río Aras, Rakhsi en georgiano.
45 Sofanena, llamada también Sofena, estaba situada entre Armenia y Capadocia, al oeste del curso superior del Tigris.
46 El Cirno o Ciro, es el actual Kura, en el Caúcaso.
47 El área ocupada por la Albania caucásica (distinta de la Albania ilírica), coincidía en gran medida con el territorio del actual Azerbayán.
48 Las Saturnales (Saturnalia) se celebraban el diecisiete de diciembre.
LIBRO XXXVII
SINOPSIS
El libro trigésimo séptimo de la Historia romana de Dion contiene lo siguiente:
1 Cómo Pompeyo luchó contra los iberos de Asia (1-5).
2 Cómo Pompeyo anexionó el Ponto a Bitinia.
3 Cómo Pompeyo sometió Siria y Fenicia.
4 Cómo murió Mitrídates (10-14).
5 Acerca de los judíos (15-19).
6 Cómo Pompeyo, tras disponer lo concerniente a Asia, regresó a Roma (20-23).
7 Acerca de Cicerón y Catilina, y las gestas de ambos (24-42).
8 Acerca de César, Pompeyo y Craso, y de su alianza (43-58).
Tiempo abarcado, seis años, en los cuales fueron cónsules quienes a continuación se relacionan:
[689/65]
L. Aurelio Cota, hijo de Marco; L. Manlio Torcuato, hijo de Lucio.
[690/64]
L. Julio〉 César, 〈hijo de Lucio〉; G. Marcio Fígulo, hijo de Gayo.
[691/63]
M. Tulio Cicerón, hijo de Marco; G. Antonio, hijo de Marco.
[692/62]
Décimo Junio Silano, hijo de Marco; L. Licinio Murena, hijo de Lucio.
[693/61]
M. Pupio Pisón, hijo de Marco; M. Valerio Mesala Nigro, hijo de Marco.
[694/60]
〈L.〉 Afranio, hijo de Aulo; Q. Cecilio Metelo Céler, hijo de Quinto.
[1 ] Tales cosas llevó a cabo en aquellas fechas; y al año siguiente, en que fueron cónsules Lucio Cota y Lucio Torcuato, guerreó con los albanos y también con los iberos 49 . Primero se vio obligado a marchar, sin haberlo previsto, contra [2] estos últimos. Pues su rey Artoces (los iberos habitan ambas márgenes del Cirno y parten términos de un lado con los albanos, de otro con los armenios), temeroso de que se dirigiese también contra él, le había despachado embajadores como para entablar lazos de amistad, pero organizaba una acometida que, al desencadenarse cuando el otro estaba [3] confiado, le cogería por sorpresa. Al tener noticia previa de esto, Pompeyo se anticipó a penetrar en su territorio antes de que Artoces dispusiese preparativos suficientes y ocupase por adelantado las vías de penetración, sumamente difíciles; y avanzó hasta llegar por sorpresa a la ciudad llamada Acrópolis 50 sin que Artoces alcanzara a percatarse de su [4] presencia. Se hallaba la plaza en los desfiladeros mismos, donde, 〈fluyendo el Cirno por un costado y el otro flanco〉 ocupado por el Cáucaso, había sido levantada a fin de guardar el paso. Artoces, lleno de sobresalto, no dispuso de oportunidad alguna para conjuntar sus fuerzas, sino que cruzó el río y prendió fuego al puente, con lo cual los de la ciudad, [5] ante su fuga y también por haber sido derrotados en combate, se entregaron. Dueño de los accesos, Pompeyo estableció guarnición en ellos y a partir de allí sometió todo el territorio circundado por el río. Se aprestaba también él a cruzar el [2 ] Cirno cuando Artoces le despacha una misiva en que solicita paz y promete por propia iniciativa suministrar un puente y aprovisionamiento. Una y otra cosa la llevó a cabo como [2] si tuviese intención de llegar a un acuerdo, pero al ver que Pompeyo efectuaba el cruce, lleno de temor emprendió la huida al Péloro 51 , que fluía también por sus dominios: por tanto, atrajo a aquel cuyo paso habría podido evitar para seguidamente escapar del mismo. Y al ver que huía, Pompeyo [3] lo persiguió, le dio alcance y lo venció. Efectivamente, cayó sobre el enemigo a la carrera y sin dar opción a que sus arqueros pusiesen en práctica la técnica que les es propia, con lo que en un instante los puso en fuga. A la vista de ello, Artoces [4] cruzó el Péloro, incendió también en esta ocasión el puente y se dio a la fuga; de los demás, unos murieron en combate cuerpo a cuerpo, otros cuando intentaban atravesar a pie el río. Un buen número se dispersó entre los bosques y [5] durante algunos días perseveró en disparos de arco desde los árboles, que eran extraordinariamente altos, pero al cabo también ellos, talados los árboles, fueron aniquilados. En estas condiciones, Artoces despachó nuevos mensajeros a Pompeyo y le hizo llegar regalos. A fin de que Artoces alentase [6] esperanzas de acabar la guerra y no se alejase más, Pompeyo aceptó estos últimos, pero rehusó firmar la paz hasta que aquel le mandase previamente a sus hijos en calidad de rehenes; así Artoces aguardó algun tiempo, pasado el [7] cual los romanos, en un momento del verano en que por determinados lugares podía pasarse el Péloro sin dificultad —y máxime cuando nadie lo estorbaba—, atravesaron dicho río. Entonces le envió a sus hijos y finalmente concluyó un tratado.
[3 ] Después de ello, al saber Pompeyo que el Fasis no estaba lejos, proyectó seguir su curso para bajar hasta la Cólquide y desde allí marchar al Bósforo contra Mitrídates; [2] emprendió el camino tal como planeaba y atravesó, valiéndose ya de persuasión, ya de amenazas, el pais de los colcos y de sus vecinos. Pero una vez allí tuvo noticia de que la ruta terrestre transcurriría por medio de abundantes pueblos desconocidos y belicosos, mientras que la marítima sería sumamente difícil por tratarse de una comarca desprovista [3] de puertos y en razón de las gentes que la habitaban; ordenó entonces que la escuadra anclase frente a Mitrídates, con lo cual prevenía que aquél partiese por mar a algún otro lugar y le cortaba la recepción de avituallamiento; él por su parte se dirigió al país de los albanos, a cuyo objeto no tomó el camino más corto, sino que deshizo el trayecto hacia Armenia, pues pretendía presentarse ante ellos cuando, tanto por la ruta elegida como a causa de los acuerdos existentes, no [4] lo aguardasen. Cruzó a pie el Cirno por donde, al ser verano , era vadeable, dando orden de que en el paso se antepusiese a la corriente la caballería, a continuación los vehículos con la impedimenta y después la tropa de a pie: de esa manera los jinetes disiparían con sus cuerpos las turbulencias del agua, y si incluso así algún objeto de la impedimenta era arrastrado vendría a dar con los que marchaban por el [5] otro flanco y no se desviaría más allá. Desde allí marcha hacia el Cambise 52 sin sufrir daño alguno por parte del enemigo, pero bajo las severas penalidades que, a pesar de recorrer la mayor parte del camino por la noche, ocasionaron el calor y la consiguiente sed a todo el ejército. Efectivamente, los guías, extraídos de entre los prisioneros, no los condujeron por la ruta más adecuada. Y tampoco el río les fue [6] de utilidad, ya que sus aguas, sumamente frías y de las que bebieron en abundancia, perjudicaron a muchos de ellos. Como tampoco entonces se divisaba ningún peligro, marcharon hacia el Abas 53 llevando consigo sólo agua. Pues lo demás les era voluntariamente suministrado por los habitantes del pais, en correspondencia con lo cual tampoco ellos les inferían ningún daño. Cuando ya habían atravesado el [4 ] río llegó noticia de que Oroises se aproximaba. Planeó Pompeyo atraerlo al combate antes de que conociese las dimensiones de los efectivos romanos, no fuera a ser que, al saberlas, se retirase; con tal propósito colocó en primera linea [2] la caballería, advirtiéndoles cómo habían de proceder, y a los demás los retuvo atrás arrodillados, ocultos tras sus escudos y con orden de permanecer quietos, a fin de que Oroises se percatase de su presencia sólo cuando hubiese llegado a las manos. Víctima del ardid, Oroises creyó que la caballería, [3] al encontrarse sola, sería presa fácil, de suerte que trabó armas con ella, y cuando los jinetes, tras unos instantes, dieron intencionadamente la vuelta, puso todas sus fuerzas en perseguirlos. Súbitamente en pie, los infantes abrieron filas, con lo que, de un lado, aseguraron la huida de los suyos por entre los huecos, de otro cortaron el empuje de los enemigos —que, entregados a la persecución, no se percataron de la maniobra— y encerraron en un círculo a buen número de ellos. Y al tiempo que la infantería liquidaba a [4] quienes quedaron dentro del círculo, los jinetes dieron la vuelta, ya por la derecha, ya por la izquierda, para caer sobre las espaldas de los que se hallaban fuera de él. Infantes y jinetes mataron sobre el terreno a muchos, mientras que a otros que se habían refugiado en los bosques los aniquilaron por medio del fuego. Y apostrofaban «¡Saturnales, oh Saturnales!», en alusión al ataque que cuando celebraban esas fiestas aquellos habían desencadenado.
[5 ] Después de tales gestas y tras completar su recorrido por la comarca, Pompeyo concedió la paz a los albanos y, asimismo, recibió legados y entabló acuerdos con algunos otros pueblos habitantes del territorio que a lo largo del Cáucaso llega hasta el Mar Caspio, donde termina la sierra [2] que parte del Ponto. Fraates le despachó misivas con propósito de renovar su tratado. Pues al ver el feliz momento por el que atravesaba Pompeyo y cómo sus comandantes incrementaban el territorio sometido con el resto de Armenia y con los dominios del Ponto vecinos a ésta, al ver que Gabinio había incluso pasado el Eufrates para avanzar hasta el Tigris, se llenó de temor por lo que pudieran hacerle y concibió [3] fuertes deseos de asegurar el convenio. Pero nada consiguió. Porque Pompeyo, ante la situación existente y dadas las previsiones que de ella se deducían, no lo tuvo por digno de consideración y, entre otras muestras de arrogancia que marcaron las entrevistas con los embajadores, reclamó el territorio de la Corduena 54 , a causa del cual mantenía Fraates [4] diferencias con Tigranes. Los embajadores no habían recibido instrucciones sobre dicho territorio y, consecuentemente, no le respondieron, ante lo cual escribió una breve carta a Fraates; sin aguardar, no obstante, contestación alguna, dio a Afranio orden de marchar inmediatamente al territorio en cuestión, territorio que ocupó sin lucha y entregó a Tigranes. Y cuando Afranio, transgrediendo los acuerdos con el [5] reino parto, atravesaba Mesopotamia para regresar a Siria, se extravió y sufrió un severo castigo a causa del invierno y la escasez de víveres. Incluso hubieran perecido si no lo llegan a acoger y acompañar gente de Carras 55 , colonos de los macedonios que vivían por las cercanías. De tal manera actuó, [6 ] asistido por el poder de que entonces disfrutaba, frente Fraates, y a través de dicha actuación mostró de la manera más clara a quienes albergaban ansias de grandeza cómo todo depende de las armas y cómo el que prevalece con ellas adquiere indefectible potestad de arbitrar aquello que desea; humilló además el título del que Fraates se ufanaba ante todos los demás y ante los mismos romanos, y que éstos, a su vez, utilizaban siempre cuando se dirigían a él. Efectivamente, [2] si era llamado rey de reyes, Pompeyo suprimió la denominación «de reyes» y al escribirle le dio el título de «rey»; y cuando celebró en Roma su triunfo sobre Tigranes, llegó a dar, por propio acuerdo y con infracción de los usos vigentes, el título en cuestión a este último, prisionero a la sazón. Pues bien Fraates, aunque temía a Pompeyo y ansiaba [3] agradarle, se irritó ante semejante proceder, que parecía desposeerle de su trono, y envió embajadores por medio de los cuales le reprochaba todas las injurias de que había sido objeto y le prohibía cruzar el Eufrates. Como la respuesta [4] que recibió no fue en absoluto comedida, inmediatamente, en la primavera del año cuyo consulado desempeñaban Lucio César y Gayo Fígulo, marchó contra Tigranes en compañía del hijo de éste, a quien había desposado con su hija 56 . Y derrotado en un primer encuentro, se alzó después [5] con la victoria. Tigranes llamó entonces a Pompeyo, que se encontraba en Siria, en vista de lo cual Fraates, a su vez, hizo llegar a este último una embajada que, cargada de acusaciones contra Tigranes, imputaba también a los romanos abundantes cargos, de suerte que llenó a Pompeyo de consternación [7 ] e inquietud. Consecuentemente, ni se preocupó por Tigranes ni efectuó ningún movimiento hostil contra Fraates, alegando que aquella expedición no le había sido asignada y que Mitrídates aún estaba en pie de guerra. Decía estar satisfecho con los logros alcanzados y no pretender 〈ulteriores avances〉, pues era de temer que, como de alguna manera le había sucedido a Lúculo, los esfuerzos por ir a [2] más arruinasen también esos logros. Tales consideraciones hacía, al tiempo que disertaba —ahora, cuando ya no podía practicar ni una ni otra cosa— sobre los peligros de la ambición y lo injusto de ansiar bienes ajenos. Temeroso, por tanto, de los efectivos partos y bajo el miedo a las incertidumbres de la empresa, desechó la guerra, por más que recibiera muchos requerimientos en el sentido contrario, y minimizó [3] las reclamaciones del bárbaro, a quien no contestó, mediante la afirmación de que las diferencias de éste con Tigranes se referían a ciertas fronteras sobre las cuales recibirían ambos el dictamen de tres árbitros. Los árbitros los envió. Y ambos monarcas les dieron la consideración de verdaderos mediadores y solucionaron todas las reclamaciones que mantenían entre sí, Tigranes despechado por no haber obtenido [4] la ayuda, Fraates deseoso de que el armenio no fuese aniquilado y pudiese así servirle, si alguna vez llegaba a tener necesidad, de aliado contra los romanos. Porque ambos sabían bien que si uno de los dos se imponía al otro, eso prepararía el camino a los romanos, quedando el vencedor en posición más inerme.
Por tales razones, pues, se reconciliaron aquéllos, y en [5] cuanto a Pompeyo, invernó, también en esta ocasión, en Aspis 57 ; subyugó asimismo los demás territorios que aún resistían, y concretamente tomó el fuerte de Sinforion 58 , que le entregó Estratonice. Ésta era esposa de Mitrídates, y como se hallaba resentida con su esposo porque la había abandonado allí, despachó a la guarnición con objeto, aparentemente, de que se aprovisionasen de alimentos y a continuación acogió a los romanos, si bien de su hijo *** 59 .
A la vuelta de Armenia, y tras haber emitido veredictos y repartido [7a ] riquezas entre los reyes y príncipes que habían ido a su encuentro, cuyos tronos y dominios consolidó e incrementó en unos casos, cercenando y aminorando en otros sus pretensiones, reorganizó los territorios Celesiria y Fenicia, las cuales, emancipadas recientemente de los reyes, habían sufrido daños a manos de los árabes y de Tigranes. Y si bien Antíoco tuvo la audacia de reclamar dichos territorios, no los recuperó, sino que ambos fueron colocados bajo una magistratura única y recibieron leyes en conformidad con el régimen político de los romanos.
[8 ] *** no sólo por esto fue 60 alabado en su desempeño del edilato, sino también porque celebró con el mayor dispendio los espectáculos romanos y los megalesios 61 , y asimismo porque organizó en honor de su padre lujosísimos combates de gladiadores. De los gastos ocasionados por ello unos los compartió con su colega Marco Bíbulo, otros corrieron exelusivamente [2] a su cargo. Y tanto fue alabado por los segundos que se adueñó también de la gloria correspondiente a los primeros y parecía que todos los gastos habían salido de su bolsillo. Ante lo cual Bíbulo comentaba en son de burla que le había sucedido lo mismo que a Pólux: pues si éste tenía un templo en común con su hermano Cástor, el edificio es mencionado únicamente bajo el nombre de su hermano 62 .
[9 ] Deleitaban a los romanos tales sucesos, pero también los conturbaban, y mucho, los portentos. En el Capitolio, efectivamente, los rayos redujeron a escombros muchas estatuas, entre ellas la efigie de Zeus colocada sobre una columna, cayó una imagen que representaba a una loba con Remo [2] y Rómulo y las letras de las estelas en que eran grabadas las leyes se desvanecieron hasta resultar ilegibles. Por consejo de los expertos en adivinación llevaron a efecto ritos expiatorios, y a Zeus concretamente votaron que le fuera erigida una efigie de mayores dimensiones vuelta hacia el este en dirección al foro, con objeto de que desapareciesen las conjuras que sacudían la vida pública.
Junto a estos sucesos ocurrió también en aquel año que [3] los censores mantuvieron diferentes opiniones sobre las poblaciones del otro lado del Po (uno estimaba, en efecto, que se les debía conceder la ciudadanía, el otro sostenía lo contrario), a causa de lo cual tampoco cumplieron sus demás cometidos, sino que abdicaron. Por idéntica razón sus sucesores [4] continuaron igualmente ociosos en el año siguiente; pues paralizó su actuación la actitud de los tribunos quienes, temerosos de verse excluidos del senado, permanecían pendientes del catálogo de la corporación. Por las mismas fechas [5] fueron expulsados, en virtud de moción presentada por cierto tribuno llamado Gayo Papio, todos los 〈extranjeros〉 residentes en Roma con exepción de los habitantes de la actual Italia, pues se volvían excesivamente numerosos y no se estimaba que estuviesen a la altura necesaria para vivir con los romanos.
El año siguiente, cuyo consulado desempeñaron Fígulo [10 ] y Lucio César, acontecieron pocas cosas, pero dignas de mención por ilustrar lo imponderable de los asuntos humanos. En efecto, el individuo que por orden de Sila había liquidado [2] a Lucrecio 63 y otro personaje responsable de acabar con muchos de los que aquel declaró reos de muerte, fueron llevados a juicio por sus crímenes y recibieron castigo, cuestión esta en la que César puso el mayor empeño. Así la [3] mudanza de los tiempos tranforma en los más inermes a quienes antaño disfrutaron de poder considerable. Contra el cálculo de muchos discurrió, pues, tal asunto, como también el que Catilina, inculpado por esos mismos sucesos (porque también él había dado muerte a muchos de aquellos reos) resultase absuelto. A causa de lo cual, precisamente, empeoró considerablemente su condición, y ello lo condujo a la [4] muerte. Efectivamente, bajo el consulado de Cicerón, hijo de Marco, y Gayo Antonio —cuando Mitrídates, incapaz ya de llevar a cabo nada que supusiese peligro para los romanos, acabó con su propia vida— intentó Catilina llevar la revolución al estado, a cuyo efecto coaligó a los enemigos de éste y atemorizó a los ciudadanos con la perspectiva de una no modesta guerra. Estos dos hechos sucedieron como sigue.
[11 ] En lo que respecta a Mitrídates, no se rendía a los infortunios, sino que había concebido el proyecto —alumbrado por su deseo más que por la consideración de sus fuerzas— de llegar al Danubio a través del territorio escita 64 para desde allí caer sobre Italia, proyecto al que favorecía la circunstancia [2] de que Pompeyo permaneciese en Siria. Por manera de ser, en efecto, tendía a las empresas grandiosas, a la par que los muchos fracasos y no menos éxitos obrantes en su haber le hacían pensar que nada había de quedar fuera de la mira donde apuntase su audacia. Y en el caso de que fracasara, prefería sucumbir con su trono y con su orgullo intacto antes que, privado de aquel, vivir una existencia baja y oscura. [3] Él, por tanto, cobró vigor bajo tales consideraciones, pues cuanto más languidecían las fuerzas de su cuerpo, tanto mayor firmeza adquiría su ánimo, de suerte que los cálculos del segundo redundaban también en cura para la debilidad del primero. Y como la posición de los romanos se hacía cada vez más fuerte y la de Mitrídates más debil (a [4] otras cosas vino a añadirse el seísmo, el mayor de los hasta entonces ocurridos, que destruyó muchas de sus ciudades), los que estaban con él tomaban distancias, las tropas andaban sediciosas y hubo quien se adueñó de determinados hijos de Mitrídates y los entregó a Pompeyo. Ante lo cual [12 ] castigaba a cuantos sorprendía en semejantes menesteres, descargaba su cólera sobre quienes eran simplemente sospechosos y no guardaba ya confianza en nadie, sino que llegó a degollar, víctimas de su recelo, a algunos de los hijos que le quedaban. Pues bien, uno de esos hijos llamado Farnaces, al ver lo que ocurría y movido de un lado por el temor a su padre, de otro por la perspectiva de que los romanos le entregarían el cetro (era ya, en efecto, un hombre), conspiró contra él. Y fue descubierto (ya que eran muchos quienes, [2] abiertamente o de manera oculta, rastreaban todo movimiento suyo), con lo que al punto hubiera rendido cuentas si realmente la guardia real albergase todavía algo de benevolencia hacia la persona del anciano. Pero a pesar de que Mitrídates conocía a la perfección todo lo concerniente al ejercicio de la realeza, no se percató de que a nadie confieren fuerza alguna ni los ejércitos ni la abundancia de súbditos cuando no dispone del aprecio de ambos, sino que, al contrario, mientras más poder se posee, más precario resulta el desempeño de éste si sus instancias no son fieles. Farnaces, [3] en suma, acompañado de los que ya participaban de la intriga y de los que había despachado su padre para detenerlo (a quienes, en efecto, puso de su lado con la mayor facilidad), no se demoró en marchar directamente contra su padre. Al saberlo, el anciano (que estaba en Panticapeo 65 ) envió por delante unos soldados que hicieran frente a su hijo y cuyos [4] pasos habría de seguir posteriormente él mismo. A los soldados Farnaces los puso rápidamente en fuga, ya que tampoco ellos sentían aprecio por Mitrídates, la ciudad se le entregó voluntariamente, y respecto a su padre, que había [13 ] buscado refugio en la residencia real, le dio muerte. Éste había iniciado un plan para acabar con su propia vida, con vistas a lo cual liquidó previamente a sus mujeres y a sus demás hijos por medio de veneno y bebió lo que quedaba; sin embargo no alcanzó a ejecutarse a sí mismo ni en virtud [2] de esto ni recurriendo a la espada. Pues el veneno, aunque era mortal, no pudo con él, al aumentar su resistencia la abundancia de antídotos preventivos que diariamente consumía. Y en cuanto a la espada, el golpe careció de vigor por la debilidad de su mano —debida a su edad y sus circunstancias— y por la acción, cualquiera que fuese, del veneno. [3] Como, por tanto, sus propios intentos no acababan de poner fin a su vida y como parecía prolongar su aliento más allá de lo oportuno, los que había enviado contra su hijo cayeron sobre él y con sus espadas y lanzas apresuraron la [4] muerte. Así Mitridates, cuyas suertes habían estado siempre cargadas de mudanza y grandeza, tampoco para el término de su exitencia obtuvo un desenlace sencillo. En efecto, deseó, sin quererlo, morir y se esforzó, sin lograrlo, por dar cuenta de sí, antes bien, blandiendo veneno y espada fue ejecutor de sí mismo al tiempo que víctima de las hojas [14 ] enemigas. Farnaces embalsamó el cuerpo de Mitrídates y lo envió, como prueba de lo ocurrido, a Pompeyo; y a continuación hizo entrega de su persona y del trono. Pompeyo no infirió injuria alguna a Mitrídates, sino ordenó que fuese entre las tumbas de sus ancestros donde recibiese sepultura. Estimaba, en efecto, que su enemigo se había extinguido al exhalar la vida, por lo cual no guardaba ningún fútil sentimiento [2] de cólera hacia el cadáver. No obstante gratificó a Farnaces, a modo de pago por su crimen, con el trono del Bósforo, y lo inscribió entre sus amigos y aliados.
Muerto Mitrídates, quedaron sometidos todos sus dominios [3] excepto pocos núcleos (pues aún por aquellas fechas ciertas fortalezas fuera del Bósforo disponían de guarniciones que no dieron su conformidad de inmediato, y ello no porque pensaran en llegar a oponerse a Pompeyo, sino porque temían que hubiese quien arrebatase las riquezas por ellas guardadas para, seguidamente, hacer recaer la culpa sobre los guardianes, y por esta razón se mantenían a la espera, con la pretensión de exponerlo todo al mismo Pompeyo); ya que, por tanto, el territorio de aquella parte había sido [15 ] subyugado, que Fraates permanecía en calma y el orden dominaba en Siria y Fenicia, marcha contra Aretas. Reinaba Aretas sobre los árabes, ahora sometidos a los romanos, de la zona que llega hasta el Mar Rojo; y como había inferido abundantes daños a los dominios sirios, los romanos, prestos a su defensa, lo derrotaron por las armas, pese a lo cual aún entonces estaba en pie de guerra. Así pues, Pompeyo se [2] dirigió contra éste y sus vecinos, los redujo sin esfuerzo y estableció una guarnición. Desde allí partió hacia la Siria Palestina, puesto que también se habían producido devastaciones en Fenicia por obra de los habitantes de aquella zona. Reinaban sobre dicha zona los hermanos Hircano y Aristobulo, dándose el caso de que ambos habían entrado en conflicto y habían llevado la disensión a sus ciudades por diferencias concernientes al sacerdocio (y con tal denominación aludían a la institución real que desempeñaban) consagrado al dios, cualquiera que sea, de su pueblo. Pompeyo se hizo [3] con Hircano, que no disponía de fuerzas importantes, sin recurrir a las armas, y a Aristobulo lo arrinconó en cierto terreno hasta forzarlo a entrar en conversaciones; como no hacía entrega ni de su tesoro ni de su guarnición, lo mandó encadenar 66 . A partir de aquí se adueñó fácilmente del resto del país excepto Jerusalén, cuyo asedio le planteó dificultades. [16 ] Efectivamente, las demás áreas de la ciudad las tomó sin más al abrirle las puertas los del partido de Hircano, pero el santuario mismo, que había sido previamente ocupado por los de la facción contraria, lo capturó con esfuerzo. [2] Pues, edificado sobre una elevación del terreno, se hallaba circunvalado por muro defensivo propio. Y si lo hubieran defendido todos los días por igual, no lo habría tomado. Ahora bien, como levantaban la defensa los días llamados de Crono 67 , durante los cuales no hacen absolutamente nada, dieron a los romanos ocasión de derruir el muro en este [3] intervalo. Pues sabedores del trance por el que pasaban en tales momentos, el tiempo restante no ponían empeño alguno, pero cuando reanudaban la ofensiva los días en cuestión, [4] acometían con el mayor encono. De esa manera fueron vencidos, sin que siquiera llegaran a defenderse, en el día de Crono, siendo expoliadas todas las riquezas. El trono le fue entregado a Hircano y a Aristobulo se lo condujo prisionero.
[5] Esto fue lo ocurrido por aquellas fechas en Palestina. Porque así se llama de antiguo la comarca toda que va de Fenicia a Egipto a lo largo del Mediterráneo. Y tiene también otra denominación de cuño posterior: pues el territorio recibe el nombre de Judea y sus habitantes el de judíos. Tal [17 ] apelativo no sé de dónde les proviene, pero se aplica también a todos los demás hombres que observan sus costumbres, aunque procedan de otro pueblo. Esta gente vive tambien entre los romanos, y, proscrita muchas veces, ha cobrado tal auge que incluso goza de libertad de culto. Puede [2] decirse que cada detalle de su régimen de vida los mantiene segregados del resto de la humanidad, pero ello se manifiesta ante todo en el hecho de no venerar a los demás dioses, sino sólo a cierta deidad a la que tributan fuerte adoración. No poseyeron jamás efigie alguna, ni siquiera en la misma Jerusalén, y a esta divinidad, que estiman así indecible e imposible de representar, rinden honores con fervor inigualado. Para ella construyeron un templo de grandes proporciones [3] y suma belleza —si se deja aparte su condición de edificio abierto y carente de techumbre—, templo que consagraron en el llamado día de Crono; y entre la muchas peculiaridades [4] con que distinguen este día sobresale la de no atender a ninguna ocupación importante.
Lo referente a ese dios —quién es, la razón de su ferviente [5] culto y qué ardoroso extravío inspira a sus fieles— ha sido expuesto por muchos y en absoluto compete al ámbito de la presente historia. Ahora bien, el consagrar los días a [18 ] los siete astros llamados planetas fue una institución de los egipcios que, aunque extendida a todos los hombres, no tiene un origen, por así decirlo, remoto. Porque al menos los antiguos griegos no sabían nada, según tengo entendido, de semejante institución. Dado, sin embargo, que actualmente [2] tiene carta de plena naturaleza entre toda la humanidad, y concretamente entre los romanos, y que incluso representa ya para éstos una especie de costumbre ancestral, quiero disertar brevemente sobre ella, sobre el cómo y el porqué de esta ordenación. A mis oídos llegaron dos noticias por lo demás no difíciles de entender, aunque presuponen cierto [3] razonamiento. Porque si la armonía llamada cuádruple, aque lla que de alguna manera es tenida por principio y cifra de la música, se lleva a los mencionados astros —bajo cuyo intervalo halla asiento el orden todo de los cielos— según la disposición a que obedece la trayectoria de cada uno de ellos; si se comienza por la órbita exterior, la atribuída a [4] Crono, y con omisión de las dos siguientes se nombra al dueño de la la cuarta para seguidamente, tras nuevo salto de otras dos órbitas, alcanzar la séptima; si el recorrido por las restantes órbitas guarda este mismo proceder y va completando la serie de los dioses que presiden sobre ellas para dar nombre a los días: si asi se hace, entonces resultará que el conjunto de estos nombres reproduce la ordenación en cierto [19 ] sentido musical de los cielos 68 . Ésta es una de las noticias que circulan al respecto, y la otra es como sigue: enumérense las horas del día y de la noche a partir de la primera; esa primera sea atribuida a Crono, la inmediata a Zeus, la tercera a Ares, la cuarta al Sol, la quinta a Afrodita, la sexta a Hermes, la séptima a la Luna, conforme a la disposición de los ciclos que [2] guardan los egipcios; con empleo de igual método continúese la andadura hasta agotar las veinticuatro horas del día: resultará que la primera hora del siguiente día toca al Sol; a esas [3] veinticuatro horas que siguen apliqúese asimismo el método enumerador antes utilizado: la primera hora del tercer día será asignada a la Luna. Y si, de esta manera, alcanza su fin el trayecto, cada día recibirá al dios que le corresponde 69 .
Tales tradiciones circulan al respecto. Y una vez que [20 ] Pompeyo llevó todo aquello a término, marchó de nuevo al Ponto, desde donde, tras tomar posesión de las fortalezas, partio hacia Asia, Grecia e Italia. Muchas eran las batallas [2] en que había vencido, muchos los caudillos y reyes a los que ya combatió, ya colocó, por medio de acuerdos, bajo alianza, había fundado ocho ciudades, abierto a los romanos numerosos territorios y fuentes de tributación, había reglamentado y guarnecido con leyes y fueros propios la mayoría de las provincias que a la sazón poseían los romanos en Asia continental, de suerte que aún ahora sus habitantes se rigen por las ordenanzas a él debidas. Ahora bien, tales empresas, [3] por grande que sea su dimensión y por más que ningún romano con anterioridad a él hubiera efectuado nada semejante, podrían atribuirse tanto a la fortuna como a sus compañeros de armas. Pero una cosa, por encima de cualquier otra, constituyó la gesta personal de Pompeyo y debe ser objeto de universal admiración, algo que a continuación voy a exponer. Fueron, en efecto, abundantísimos los contingentes [4] navales y terrestres de que dispuso, abundantísimas las riquezas que extrajo de sus prisioneros, tuvo la amistad de numerosos caudillos y reyes, contó, gracias a su benéfica actuación, con la aquiescencia de prácticamente [5] todos los pueblos sujetos a su dominio, y por medio de ellos hubiera podido someter Italia y hacerse con todo el imperio de Roma, pues los más lo habrían aceptado voluntariamente, y aquellos que estuvieran disconformes, si alguno se diese, por falta de efectivos se habrían visto en la ineludible [6] necesidad de reconocerlo: y con todo no quiso obrar así; al contrario, tan pronto como desembarcó en Brindis, espontáneamente —sin que ni el senado ni la asamblea popular emitieran decreto ninguno al respecto— depuso su fuerzas, y ni siquiera se preocupó de emplearlas en la celebración de sus victorias. Pues sabía que el régimen de Mario y el de Sila eran objeto de general aborrecimiento, y por ello no quiso alimentar, ni aun durante escasos días, temores relativos a [21 ] una experiencia similar. Incluso renunció a cualquier denominación, si bien sus empresas lo autorizaban a portar muchas. Efectivamente, aceptó los triunfos —y me refiero a los tenidos por mayores 70 — que le fueron decretados, no obstante consagrar los usos patrios, en puridad, que nadie debía celebrarlos bajo ausencia de quienes habían participado en [2] la victoria. Protagonizó los correspondientes a todas sus campañas en una sola ocasión, para la cual envió, junto a muchos otros trofeos primorosamente decorados y que significaban cada una de sus gestas con inclusión de la más nimia, uno que sobresalía entre los demás, de rica decoración [3] y portador de un rótulo alusivo a la ecumene. Pero en cuanto a títulos, no aceptó ninguno, sino se contentó exclusivamente con el de Magno, título este que de alguna manera había adquirido con anterioridad a las gestas en cuestión. Tampoco pugnó por asumir ninguna exorbitante distinción, ni utilizó, salvo en una ocasión, las que le habían sido decretadas durante su ausencia. Consistían tales distinciones [4] en el derecho a portar corona de laurel en todas las fiestas públicas a que asistiera, y a revestir el atuendo de general en las mencionados ocasiones, el triunfal en los certámenes hípicos. Y ello le fue otorgado a instigación, sobre todo, de César y contra el parecer de Marco Catón. Acerca del primero [22 ] se ha dicho antes quién era, que adulaba al pueblo y que en general pretendía abatir a Pompeyo, pero se alineaba con éste en la medida en que así había de obtener el favor de la masa o mayor poder para su propia persona. Respecto a Catón, era del linaje de los Porcio y pretendía emular al célebre Catón, excepto por el hecho de que su cultura helénica era superior a la de aquél. Abogaba diligentemente por [2] la causa de la plebe y no tributaba admiración a ninguna personalidad individual, pues era en lo común donde ponía su mayor contento; al tiempo aborrecía, por recelo a cualquier forma de dominación, cuanto implicase natural preminencia y, movido de conmiseración hacia la debilidad, profesaba afecto a todo lo que guardase relación con el pueblo. [3] Y amante del pueblo como no lo fue ningún otro, hablaba sin cortapisa, aunque ello supusiese riesgo, en defensa de la justicia. Esta conducta suya venía enteramente dictada no por deseos de poder, de fama o de distinción alguna, sino por la causa en sí del régimen cívico y de derecho. Consecuentemente, [4] al ser tal su índole, cuando en aquella ocasión compareció en el senado, y era su primera comparecencia, se opuso a la propuesta no porque albergase hostilidad ninguna hacia Pompeyo, sino concretamente porque ello estaba fuera de los usos patrios.
[23 ] Fue así en su ausencia cuando le confirieron estos honores, y en cambio al regresar no le otorgaron ninguno, por más que, si hubiese querido, con toda seguridad habría obtenido ulteriores prerrogativas; pues otros que ascendieron a posiciones de poder no tan altas como la suya recibieron abundantes y desorbitadas distinciones. Y que aquello ocurrió contra la [2] voluntad de los otorgantes, resulta palmario. Pompeyo, en efecto, sabía con certeza que toda concesión hecha por la masa a quien ostenta una posición dominante se halla sujeta, por muy libremente que sea atribuida, a la sospecha de haber sido forzada por las maniobras del que está en el poder, y que —en tanto se ve en ella no el producto de una decisión autónoma y movida por la benevolencia, sino el de una voluntad constreñida y guiada por la adulación— no aporta gloria alguna a su recipiendario; ante lo cual prohibió terminantemente a todos la introducción de cualquier propuesta. Pues decía que esto resultaba preferible, con mucho, al repudio de los honores decretados. [3] Efectivamente, lo último suponía sentimientos de aversión hacia los poderes por cuyo desempeño se emitía el acuerdo y una arrogante soberbia ínsita en el rechazo a las concesiones hechas no ya por quienes eran superiores, sino por sus iguales; mientras lo primero indicaba una fidelidad al cuerpo de ciudadanos auténtica por forma y por contenido, no [4] meramente ostentatoria, sino veraz. Consecuentemente, las magistraturas y los generalatos que asumió caían, prácticamente todos, fuera de los usos ancestrales; ahora bien no aceptó las demás nominaciones de esa índole que, sin reportar beneficio ni en general ni para su persona, habían de suscitar, además de celos, hostilidad por parte de los otorgantes mismos.
[24 ] Tal conducta vio la luz paulatinamente; por lo que respecta a entonces, los romanos se mantuvieron libres de guerras durante el resto del año, de suerte que incluso celebraron, después de largo intervalo, el llamado augurio de la salud 71 . Es ésta una forma de adivinación bajo cuyo acatamiento inquieren si la divinidad les permite pedir salud para el pueblo, en la idea de que, antes de que acceda a ello, no es piadoso ni siquiera pedirla. De periodicidad anual, se realizaba [2] un día en que ninguna fuerza expedicionaria hubiese partido para guerrear, se hallase alineada frente a enemigo ni hubiese trabado combate alguno. Por lo cual en los tiempos de continuos conflictos, y máxime si eran civiles, no llegaba a ejecutarse. Pues en general les resultaba muy difícil guardar un día exento por completo de tal tipo de cosas, y sobre todo hubiera sido una total incongruencia reclamar salud de la divinidad cuando, con ocasión de las disensiones, se infligían voluntariamente inenarrables daños unos a otros y se veían en posición de sufrirlos tanto si eran vencedores como si salían vencidos. Y por mucho que en el periodo [25 ] tratado hubo oportunidad de celebrar el oráculo en cuestión, sin embargo el rito no procedió con entera limpieza. Efectivamente, algunos pájaros emprendieron un ominoso vuelo, con lo que desvirtuaron el ejercicio adivinatorio. Asimismo les sobrevinieron otros signos adversos: abundantes [2] rayos cayeron con cielo claro, la tierra tembló violentamente, en muchos lugares se vieron simulacros de forma humana y por el oeste subieron luces a lo alto del cielo, de manera que cualquiera, aun no siendo versado, pudo predecir [3] a qué apuntaban las señales. Pues los tribunos se habían adherido al cónsul Antonio, de inclinaciones muy similares a las suyas, y el uno postulaba como magistrados a los hijos de los desterrados por Sila, el otro intentaba conferir a Publio Peto y Cornelio Sila, el que había sido condenado con éste, la facultad de acceder al senado y desempeñar magistraturas. [4] Hubo quien proponía la abolición de deudas, otro distribución de tierras en Italia y el territorio sometido.
Todas estas medidas hallaron término gracias a Cicerón y al grupo partícipe de sus ideas, quienes, adelantándose, las detuvieron [26 ] antes de que alcanzasen efecto alguno. Aunque Tito Labieno, al acusar a Gayo Rabirio de la muerte de Saturnino 72 , les proporcionó grandísimas inquietudes. Saturnino, en efecto, había muerto unos treinta y seis años antes, y por entonces las órdenes referentes a la guerra dirigida contra él las recibieron los cónsules del senado, con lo que, a raíz de aquel juicio, la corporación iba a ver liquidada su capacidad para [2] emitir decretos. Así, el orbe entero de la república estaba lleno de turbulencia. Porque Rabirio, lejos de reconocer la muerte, se enrocaba en el desmentido; y mientras, los tribunos trabajaban por suprimir de cuajo la fuerza y el predicamento del senado, y aprestaban procedimientos que los facultarían para [3] efectuar todo cuanto quisiesen. Pues la rectificación de las decisiones emitidas por el senado y de las medidas adoptadas tantos años antes iba a suponer, precisamente, impunidad para aquellos que iniciasen empeños similares y obstáculo para su represión. Consecuentemente el senado estimaba, por una parte, que resultaba duro dar muerte a un hombre de rango senatorial, libre de culpas y ya avanzado en años, pero sobre todo se irritaba al constatar el deterioro que sufriría la república y cómo su dirección quedaría encomendada a las gentes de menos valía. Ante la perspectiva del juicio, por tanto, ambas [27 ] partes se enzarzaron en turbulentas maniobras y disputas, encaminadas a justificar de un lado que Rabino no compareciese, de otro que ocupase el banquillo, y cuando César y algunos otros lograron que prevaleciese la última opción, se reanudaron los desórdenes con motivo ahora del proceso. Efectivamente, con el mencionado César estaba Lucio César, [2] y en ejercicio de la función judicial (pues el proceso incoado contra Rabirio no era ordinario, sino el que llaman de perduellio 73 ) votaron contra Rabirio, si bien no habían sido elegidos, como reclamaba la norma tradicional, por el pueblo, sino por el pretor mismo, lo que no era conforme. Rabirio apeló, pero [3] con toda seguridad habría sido condenado por el pueblo a no ser por la oposición de Metelo Céler, augur y pretor. Y puesto que, junto al descrédito general hacia sus iniciativas, tampoco tenían en consideración que el proceso contrariaba los usos legales, subió al Janículo antes de que votasen nada y arrió el estandarte militar, con lo cual ya no les era posible adoptar decisión ninguna.
Ese arriar el estandarte implica lo siguiente. En época [28 ] antigua muchos enemigos habitaban cerca de Roma; temerosos entonces de que mientras celebraban asambleas por centurias quienes quiera que fuesen ocupasen el Janículo y atacasen la ciudad, decidieron no votar todos juntos, sino que ininterrumpidamente se sucediesen hombres armados [2] en la guardia de aquel emplazamiento. Así el Janículo permanecía bajo custodia durante el tiempo de la asamblea, y cuando ésta iba a finalizar, se quitaba el estandarte y los guardianes partían. Pues desde el momento en que la colina quedaba desguarnecida, no era ya lícito tratar ninguna otra [3] cuestión. Ello tenía lugar solamente con ocasión de las asambleas por centurias, realizadas fuera de los muros y donde habían de congregarse todos los hombres capaces de portar armas. Y por respeto aún hoy día se practica.
[4] En aquella ocasión, por tanto, al arriarse el estandarte la asamblea fue disuelta y Rabirio quedó a salvo. Pues si bien Labieno hubiera podido iniciar de nuevo el juicio, no lo hizo. [29 ] Ocurrió, efectivamente, la muerte de Catilina, acaecida de la siguiente manera y bajo las siguientes circunstancias. Como también entonces persiguiese el consulado e hiciese todo lo posible para obtener la nominación, el senado decretó, por iniciativa sobre todo de Cicerón, añadir diez años de destierro [2] a las penas fijadas para el soborno. Ahora bien, Catilina supuso que el acuerdo iba dirigido contra su persona, cosa que en gran medida era cierta, y ante ello dispuso una facción encargada de dar muerte a Cicerón y a algunos otros próceres el día mismo de los comicios, con lo cual sería elegido cónsul sin problemas; pero no logró su objetivo. Porque Cicerón conoció [3] previamente la conjura, la desveló ante el senado y lanzó graves acusaciones contra él. Y como no los convenció para que votaran ninguna de sus propuestas (pues los cargos que había alegado no resultaban convincentes y además su hostilidad hacia los implicados lo hizo sospechoso de acusarlos con falsedad), sintió miedo de haber colocado a Catilina en un grado ulterior de excitación, ante lo cual no osaba acudir sin más, [4] como acostumbraba, al senado, sino se hacía acompañar de sus allegados, prestos a defenderlo si surgía algún peligro, y también revistió, para defensa propia y denuncia de los adversarios, una coraza que llevaba bajo su vestimenta, pero de la que hacía calculada ostentación. Y en razón de ello, pero [5] además por haber surgido desde otras instancias rumores indefinidos que lo hacían víctima de un complot, el pueblo fue presa de gran irritación, temerosos de la cual los conjurados con Catilina guardaron calma. De esta manera los cónsules [30 ] elegidos fueron otros, y Catilina, sin ocultar ya su intriga, la dirigió no sólo contra Cicerón y los aglutinados en torno a éste, sino contra la república entera. Se hizo, en efecto, con la [2] gente más baja de Roma, deseosa siempre de innovación, y de entre los aliados con tantos como pudo, prometiendo abolición de deudas, reparto de tierras y aquellas otras medidas que estimaba más adecuadas para atraerlos a su causa. Y a [3] quienes de entre ellos eran los primeros en rango y poder (entre los cuales se contaba el cónsul Antonio) los forzó a pronunciar juramentos criminales: inmoló un muchacho y, después de efectuar los juramentos sobre sus entrañas, consumió éstas en compañía de los demás. Partícipes señalados de la [4] conspiración fueron, en Roma, el cónsul y Publio Léntulo —quien, excluído del senado tras haber sido cónsul, desempeñaba la pretura con vistas a reingresar en la corporación—, en Fiésole, donde se reunían sus partidarios, un tal Gayo Manlio, [5] hombre sumamente experto en lides bélicas (ya que había tomado parte como centurión en las guerras de Sila) y sumamente derrochador: se daba el caso de que había liquidado de mala manera cuantos bienes consiguió en aquellos tiempos, a pesar de que eran muy numerosos, y ahora ansiaba una ocasión similar a la de antes.
Mientras, por tanto, se entregaban éstos a semejantes [31 ] maniobras, recibe Cicerón noticia primero de lo que se trama en la ciudad, trama comunicada por unas cartas cuyo autor quedaba en el anonimato y que Cicerón mostró a Craso y a algunos otros notables; en base a ellas se emite un decreto que proclama estado de emergencia y ordena la búsqueda [2] de los causantes. La segunda noticia, referente a los asuntos de Etruria, dio lugar a una votación adicional que ponía en manos de los cónsules, conforme a lo preceptuado por la tradición, la custodia de la ciudad de Roma y de todos sus intereses; al decreto en cuestión se añadió, así, una clausula que alertaba la vigilancia de los cónsules para que el estado [3] no sufriera ningún atropello. Llevado ello a efecto y establecida guardia armada en gran número de puntos, la sedición desapareció ya de la ciudad, hasta el punto incluso de que Cicerón fue calumniosamente acusado de extorsión, pero las nuevas de Etruria corroboraron sus cargos y provocaron además que se lanzara sobre Catilina una denuncia por violencia. [32 ] Al principio éste, como si tuviera la conciencia tranquila, acogió la denuncia con bastante buena disposición; pretendía estar listo para el juicio y ofreció poner su persona bajo vigilancia del mismo Cicerón, de suerte que la huida le resultase [2] enteramente imposible. Y al rechazar Cicerón el ofrecimiento, fijó voluntariamente su residencia en la casa del pretor Metelo, a fin de que sus proyectos de subversión no fuesen objeto de la más mínima sospecha antes de conseguir alguna fuerza más gracias al concurso de quienes, desde allí mismo, participaban [3] en la conjura. Pero como no hacía progreso alguno (pues Antonio se retraía lleno de temor y Léntulo era muy poco resuelto), los citó de noche en una casa donde, a ocultas de Metelo, se reunió con ellos y les reprochó su falta de audacia [4] y su indolencia. Expuso a continuación cuánto sufrirían si eran descubiertos y cuánto conseguirían si tenían éxito, con lo que les dió ánimo y exaltó hasta el punto de que dos de los presentes prometieron introducirse por la mañana en la casa [33 ] de Cicerón para darle muerte. Sin embargo también esto se supo (pues era mucho el poder de Cicerón, cuya elocuencia suscitaba ya simpatía ya temor en numerosos individuos, en virtud de lo cual contaba con mucha gente presta a informarle de cosas como aquellas), y el senado decretó que Catilina abandonase la ciudad. Con tal excusa Catilina partió de buen [2] grado; llegado a Fiésole emprendió abiertamente la guerra, revistió el título y las insignias consulares y se dedicó a aprestar las fuerzas reunidas por Manlio al tiempo que ganaba algunos apoyos más, apoyos reclutados primero entre la población libre, después entre los esclavos. A raíz de ello los [3] romanos, además de condenarle por violencia, enviaron a Antonio para dirigir la guerra —ignorantes al parecer de su implicación en la conjura—, y por su parte cambiaron de atuendo 74 . Como consecuencia de estos sucesos también Cicerón permaneció en el país; había obtenido, en efecto, el gobierno [4] de Macedonia, pero, dada la situación, ni marchó a ésta (cuyo gobierno, al hallarse ocupado en los juicios, cedió a su colega) ni tampoco a Galia, que le había correspondido en segundo lugar, sino que asumió personalmente la custodia de la ciudad, y, a fin de que Catilina no llegara a adueñarse de Galia, envió allí a Metelo.
Y su permanencia fue para los romanos realmente oportuna; [34 ] pues Léntulo —en compañía de los demás conjurados así como de unos alóbroges 75 presentes allí en calidad de embajadores y a quienes persuadió para que abrazaran su causa— se disponía a incendiar la ciudad y perpetrar asesinatos [2] *** 76 tomó consigo a quienes habían sido enviados a ésta, los condujo, junto con las cartas, al edificio del senado, les concedió inmunidad y de esta manera desveló toda la conjura. A consecuencia de ello Léntulo hubo de renunciar a la pretura por imperativo del senado y fue puesto bajo vigilancia con los otros detenidos, al tiempo que se hacían indagaciones sobre [3] los restantes cómplices. Estas medidas complacieron también al pueblo, ante todo porque, mientras Cicerón pronunciaba un discurso sobre lo acaecido, se erigió, en el momento mismo de la asamblea, la estatua de Zeus en el Capitolio, que además, y según las indicaciones de los adivinos, fue instalada mirando hacia el oriente, en dirección al foro. Los adivinos, [4] en efecto, habían afirmado que con motivo de la colocación de la efigie se pondría al descubierto una conspiración, y dicha colocación vino a coincidir con el descubrimiento del complot, en razón de lo cual embargó a las gentes un sentimiento de admiración hacia el poder divino y de redoblada cólera hacia los inculpados.
[35 ] Corrió entonces un rumor referente a que también Craso se contaba entre aquellos, cosa que incluso fue declarada por uno de los detenidos, pero a la que muchos no concedieron crédito. Pues unos no llegaban a considerar siquiera la [2] posibilidad de hacerlo blanco de semejantes sospechas, y otros conjeturaban que la noticia había sido urdida por los culpables, que mediante tal maniobra intentarían obtener alguna ayuda por parte de Craso, hombre de grandísima influencia. Y quienes estimaban digno de crédito el rumor, no miraban sin embargo con buenos ojos la muerte de un hombre que figuraba entre sus propias filas como uno de los más prominentes, muerte que incrementaría la turbulencia reinante en la ciudad. Así la imputación se disipó por completo. [3] De otro lado, un buen número de gente —tanto libres como esclavos y movidos ya por temor, ya por conmiseración hacia Léntulo y los otros— planeaba liberar por la fuerza a todos los detenidos para evitarles la muerte, pero Cicerón, al conocer de antemano el intento, puso guardia por la noche en el Capitolio y el foro; y cuando amaneció concibió esperanzas [4] de realizar un excelente plan que le indujo la divinidad (pues habiendo acogido su casa a las vestales para que realizasen sacrificios por el pueblo, el fuego se elevó a mayor altura de la esperable): hizo que el pueblo jurase ante los pretores alistarse en el ejército, en previsión de que resultase necesario el concurso de tropas, y él por su parte convocó al senado, infundió en sus miembros inquietudes y temores y, de esta manera, logró persuadirlos para que emitieran una condena de muerte contra los detenidos. Surgieron opiniones [36 ] contradictorias, y la decisión de liberarlos estuvo a punto de prevalecer. Porque César, antes de cuya intervención todos los que votaron se pronunciaron por la muerte, expuso la opción de encadenarlos y repartirlos por separado entre distintas ciudades, tras confiscar sus bienes y bajo condición [2] de que ya nunca más se deliberase sobre su perdón y de que, si alguno huía, fuese tenida por enemiga la ciudad de la que huyese. Y hasta llegar a Catón, todos los que se manifestaron después asumieron esa propuesta, de suerte que incluso algunos de los que votaron primero cambiaron de parecer. Pero como Catón se adhirió a la sentencia de muerte y su [3] voto arrastró además el de cuantos quedaban, los detenidos recibieron castigo conforme a la opinión que prevaleció y además se decretó la realización de un sacrificio y la observancia de un mes de celebraciones solemnes, cosa a la que jamás habían dado lugar asuntos como ése. También el resto de los inculpados por las delaciones fueron sometidos a investigación, y algunos hubieron de rendir cuentas simplemente por recaer sobre ellos la sospecha de que pensaban [4] adherirse al complot. En general se encargaron del asunto los cónsules, pero Aulo Fulvio, varón de rango senatorial, recibió muerte a manos de su propio padre, que no fue, como algunos creen, el único en proceder privadamente de esta manera: pues también muchos otros, y no sólo cónsules, sino simples particulares, dieron muerte a sus hijos.
[37 ] Tales sucesos ocurrieron entonces; y a propuesta de Labieno, pero por instigación de César, la plebe volvió a instaurar la designación pública de las magistraturas sacerdotales, lo que abolió la ley de Sila y restituyó la de Domicio. Muerto, en efecto, Metelo Pío, hizo presa en César el deseo de vestir, a pesar de su juventud y de no haber sido aún pretor, la carga sacerdotal [2] desempeñada por aquel. Y como esperaba conseguirla gracias a la plebe, entre otras cosas porque había pugnado al lado de Labieno contra Rabirio y porque no había votado la muerte de Léntulo, procedió de la manera mencionada y obtuvo el nombramiento de sumo pontífice, distinción por la que rivalizaban muchos otros y señaladamente Cátulo. Pues su disponibilidad [3] para halagar y agasajar a cualquiera, incluso gentes comunes, era absoluta, y con tal de satisfacer sus empeños no reparaba en decir ni hacer lo que fuese. Tampoco le importaba allanarse de momento cuando preveía conseguir posteriormente el poder, sino que empezaba por tratar como superiores a esos mismos a los que planeaba poner bajo su férula.
[38 ] En razón de todo ello la masa estaba bien dispuesta hacia César, mientras que a Cicerón, contra quien guardaba sentimientos de cólera por la muerte de los ciudadanos, le dirigió repetidas muestras de hostilidad, y acabó por hacerlo callar cuando, en el último día de su consulado, quiso justificar su ejecutoria y enumerar todo lo que había llevado a cabo a lo largo de ella (Cicerón, en efecto, hallaba placer [2] considerable no ya en las alabanzas ajenas, sino en las loas que él mismo tributaba a su persona); de esta manera, y con la colaboración del tribuno Metelo Nepote, no le permitieron pronunciar palabra alguna fuera del juramento, si bien Cicerón, en su esfuerzo por defender su postura, juró además que había salvado a la ciudad.
Con tal motivo incurrió en odios aun mayores; y por lo [39 ] que respecta a Catilina, fue muerto justo a comienzos del año en que ejercieron el consulado Junio Silano y Lucio Licinio. Pues al principio, y a pesar de que contaba con no pocos efectivos, se mantenía pendiente de la actuación de Léntulo y dejaba pasar el tiempo, al confiar en que, si desaparecía Cicerón y los que con él fuesen acuchillados, lo demás podría llevarse adelante con facilidad. Pero cuando supo que Léntulo había [2] muerto y constató que por esta razón muchos de los que estaban con él habían cambiado de bando, dado además que Antonio y Metelo Céler, estacionados en Fiésole, le vedaban cualquier desplazamiento, no le quedó sino aventurar un golpe extremo; partió así (ya que aquellos dos acampaban por separado) contra Antonio, a pesar de que la reputación de éste era superior a la de Metelo y las fuerzas bajo su mando mayores. Adoptó tal decisión por alentar esperanzas de que Antonio, [3] ateniéndose al juramento, se dejaría derrotar. Ahora bien, Antonio barruntó lo que pensaba, y como no estaba ya, dada la debilidad de Catilina, inclinado a su favor (porque la mayoría de los hombres determina sus amistades y sus antagonismos a la vista de las fuerzas en juego y de sus propias conveniencias), como además recelaba de que, al verlos combatir [4] con ardor, dejase caer Catilina algún improperio y descubriese sus compromisos secretos, adujo estar enfermo y puso el encuentro en manos de Marco Petreyo. El cual cayó sobre el [40 ] enemigo y aplastó a Catilina y tres mil hombres más, que lucharon con el mayor coraje en batalla no incruenta; pues aquellos, lejos de huir, cayeron todos sobre el terreno, de suerte que hasta los vencedores mismos deploraron profusamente la parte a ellos tocante en la derrota: pues eran ciudadanos y aliados, y abundantes en número y calidad, los que, si [2] bien con justicia, habían recibido muerte a sus manos. Antonio envió la cabeza de Catilina a la ciudad, con objeto de que, seguros de su fallecimiento, no albergasen ya temor ninguno, y por esta victoria fue aclamado «imperator», no obstante ser las bajas enemigas inferiores en número a lo preceptuado. Se votó la celebración de sacrificios y cambiaron de indumentaria en señal de que todos los peligros habían desaparecido.
[41 ] Sin embargo, no permanecían en calma aquellos de entre los aliados que habían participado en el movimiento de Catilina y todavía estaban vivos, sino que el miedo a pagar por lo ocurrido los mantenía en un estado de agitación. Contra los distintos grupos de éstos se despacharon jefes militares que los apresaron cuando estaban más o menos dispersos y les [2] impusieron castigo. Y otros que permanecían en la sombra eran descubiertos y llevados a juicio por delación de Lucio Vecio, varón de rango ecuestre que había compartido la causa de los conjurados y ahora los denunciaba bajo inmunidad; pero llegó un día en que, tras acusar a determinados individuos y escribir sus nombres en una tablilla, pretendió insertar en la [3] lista a muchos otros. Sospecharon por ello los senadores que su proceder no era correcto y, sin devolverle la tablilla (no fuera a ser que borrase a alguien), le ordenaron que mencionara de viva voz a cuantos habían quedado fuera. Ante lo cual se llenó de embarazo y temor y no pudo señalar más que a [4] unos pocos. Pero como incluso así el desconocimiento de las nombres que habían salido a relucir originaba una situación de desorden tanto en Roma como entre los aliados —pues había quienes se inquietaban sin motivo por sus propias personas y quienes eran objeto de infundadas sospechas—, decidió el senado publicar los nombres en cuestión. A raíz de ello los inocentes recobraron la tranquilidad y a los responsables se les sometió ajuicio. De estos unos estaban presentes, otros fueron condenados en ausencia.
Tales fueron los hechos y tal el final de Catilina, cuya [42 ] figura alcanzó, debido a la fama de Cicerón y a los discursos que éste pronunció en su contra, una preeminencia ciertamente superior a la merecida por sus actuaciones. En cuanto a Cicerón, poco faltó para que fuese llevado de inmediato ante los tribunales a causa la muerte de Léntulo y los demás detenidos. El cargo iba dirigido nominalmente a [2] Cicerón, pero de hecho se había urdido apuntando al senado. Efectivamente, por instigación sobre todo de Metelo Nepote sus miembros fueron recibidos en la asamblea popular con abundantes gritos inculpatorios, bajo argumento de que no tenían facultad para emitir sentencia de muerte contra ningún ciudadano sin el concurso del pueblo. Sin embargo, [3] en esa ocasión Cicerón no tuvo que expiar culpa alguna. Pues el senado concedió inmunidad a todos los que habían llevado aquel asunto, y anunció además que sería considerado adversario y enemigo quien se reafirmase en pedir cuentas a cualquiera de aquéllos, visto lo cual Nepote, atemorizado, no hizo ya ningún movimiento.
El senado, por tanto, se impuso en este punto, como también [43 ] se impuso en abortar la ratificación de una propuesta presentada por Nepote que pedía la presencia de Pompeyo (aún en África) con su ejército; bajo pretexto de llevar orden a la situación existente, la propuesta confiaba en que la intervención de Pompeyo, tenido por partidario de la causa popular, conferiría cuerpo a aquellas reclamaciones donde Nepote fundamentaba su labor de agitación. Pero Catón y Quinto Minució, [2] tribunos de la plebe, primero vetaron la moción, después, cuando el secretario comenzó a leerla, lo interrumpieron, al tomar el texto Nepote para exponerlo él mismo, se lo arrebataron, y como aún intentó decir algo de su propia cosecha, le taparon la boca. Aquéllos se enzarzaron así en una pugna librada con palos, piedras e incluso espadas y a cada uno de cuyos bandos concurrieron también algunos otros; consiguientemente, los senadores se reunieron el mismo día en su sala de sesiones, donde cambiaron la indumentaria y confiaron a los cónsules la guardia de la ciudad con objeto de [4] que la república no sufriese detrimento. Y Nepote, embargado nuevamente de temor, enseguida desapareció de la escena; a continuación dio a la luz pública un escrito contra el senado y marchó en busca de Pompeyo, aunque no le estaba permitido pasar una sola noche fuera de la ciudad.
[44 ] Ante semejantes sucesos, ni siquiera César (pretor a la sazón) intentó ya innovación alguna. Éste, efectivamente, maniobraba para que el nombre de Cátulo fuese borrado del templo de Zeus en el Capitolio (a cuyo objeto lo había llevado ante los tribunales por robo y pedía razón de las sumas invertidas) y fuese a Pompeyo a quien se encomendase el resto de 2 la construcción. Porque, como es esperable en obra de tal importancia y magnitud, quedaban algunas cosas por terminar; o bien César fingía que quedaban, a fin de que Pompeyo se alzase con la gloria de haber concluído el edificio e inscribiese allí su nombre en sustitución del de Cátulo. Ahora bien, el afán de agradarlo no llevaba a César hasta el punto de arrostrar que se votase contra su persona un decreto como el emitido contra Nepote. En efecto, su conducta de ninguna manera estaba motivada por Pompeyo, sino por el pueblo, al que pretendía [3] poner a su lado mediante estas maniobras. Y, sin embargo, tanto temor sentían todos hacia Pompeyo (pues aún no estaba claro que fuese a licenciar sus contingentes) que cuando mandó a Marco Pisón, su subcomandante, para optar al consulado, las elecciones se retrasaron a fin de que pudiese asistir ellas, y una vez presente lo designaron por unanimidad. Porque Pompeyo lo había recomendado no ya a sus amigos, sino también a sus enemigos.
También por esas fechas Clodio Publio ultrajó a la esposa [45 ] de César en su casa, durante la celebración de aquellos ritos que las vestales, conforme a la tradición, ejecutan en las casas de pretores y cónsules sin participación ninguna de la población masculina 77 ; y César no acusó de nada a Clodio (quien, bien lo sabía, había de quedar exonerado gracias a sus amistades), pero a su esposa la repudió, diciendo que no [2] confiaba en sus explicaciones y que, sobre todo, no podía ya cohabitar con ella al haber en definitiva caído bajo sospecha de adulterio; porque la mujer prudente no sólo debe estar libre de culpa, sino también a salvo de cualquier sospecha infamante.
Tales cosas acaecieron entonces; y también se construyó [3] el puente de piedra llamado Fabricio, que conduce a la isleta formada por el Tíber. Al año siguiente, bajo el consulado de [46 ] Pisón y Marco Mesala, los nobles, guiados del odio que ya albergaban contra Clodio, pero también, y especialmente, con objeto de conjurar el sacrilegio que perpetró —pues los pontífices decretaron la repetición de los ritos sacrifícales, cuya santidad había sido manchada por el sacrilegio en cuestión—, llevaron a éste ante los tribunales bajo acusaciones [2] referidas al adulterio (sobre el cual, sin embargo, César guardaba silencio), la sedición habida en Nísibis y además las relaciones íntimas que presuntamente mantenía con su hermana; pero Clodio fue absuelto, pese a la guardia que los jueces pidieron y obtuvieron del senado a fin de no sufrir [3] violencia ninguna por parte del reo. Y a causa de ello Cátulo decía en son de chanza que si pidieron la guardia no fue para condenar libres de amenazas a Clodio, sino para mantener a salvo las sumas con que habían sido sobornados. No mucho después murió Cátulo, figura la más conspicua que se haya jamás dado en lo tocante a anteponer las prerrogativas [4] del común a cualquier otra consideración. También aquel año inscribieron los censores en el senado, aun con transgresión del cupo, a todos los que habían desempeñado magistraturas, y el pueblo, que hasta entonces había asistido a los combates de gladiadores sin hacer alto, se puso en pie en medio de la función y marchó a almorzar; la práctica, que tomó allí inicio, se observa todavía hoy en cuantos juegos patrocina el que entra en posesión de su cargo.
[47 ] Esos sucesos tuvieron lugar en Roma. Y como la Galia Narbonense fuese saqueada por los alóbroges, Gayo Pomptino, gobernador de la zona, despachó a sus comandantes contra el enemigo y él se estableció en lugar adecuado para observar los acontecimientos, a fin de poder brindarles consejo y asistencia a tiempo cada vez que la ocasión lo precisase. [2] Manlio Lentino acaudilló una expedición contra la ciudad de Vencía 78 , a cuya población infundió tal pánico que una mayoría huyó y los restantes despacharon embajadas para acordar la paz. Y en medio de ello los que se hallaban por los campos concurrieron en ayuda de los otros, desencadenando un súbito ataque; expulsado así de la ciudad, [3] se dedicó Lentino a saquear impunemente la comarca hasta que Catúgnato, comandante del ejército común a todos aquellos gentes, y algunas más de las poblaciones establecidas a lo largo del Isara 79 socorrieron a sus habitantes. De momento Lentino, a la vista del gran número de barcos, no osó impedirles el paso, —no fuera a ser que al verlos enfrente formados para combatir aunasen fuerzas—, pero como a lo [4] largo mismo de la ribera el terreno estaba cubierto de árboles, se emboscó allí e iba capturando y dando muerte a los grupos que sucesivamente efectuaban la travesía. Y al perseguir a unos que huían vino a dar con el mismo Catúgnato: hubiera sido totalmente masacrado a no ser por una violenta tempestad, que al sobrevenir repentinamente hizo desistir a los bárbaros de la persecución. A continuación, una vez que [48 ] Catúgnato marchó lejos, volvió a recorrer la zona y tomó el enclave junto al cual había sido derrotado. Por su parte Lucio Mario y Servio Galba atravesaron el Ródano y castigaron el país de los alóbroges hasta llegar a la ciudad de Solomo 80 ; se asentaron entonces en una recia posición que [2] dominaba la plaza, combatieron victoriosamente a quienes les hicieron frente y prendieron fuego a una parte de la ciudadela construida en madera, aunque no la capturaron: pues Catúgnato llegó en su auxilio. Pomptino, al tener noticia de esa comparecencia, avanzó al frente de todo su ejército sobre la plaza, la sometió a asedio y se adueñó de los defensores pero no de Catúgnato.
A raíz de ello, Pomptino sometió el resto ya con más facilidad; [49 ] y en el tiempo aquel llegó Pompeyo a Italia e hizo designar cónsules a Afranio Lucio y Metelo Céler, en la vana esperanza de que por su mediación podría llevar a efecto cuanto proyectaba. Junto a otras cosas, pretendía —y era lo [2] principal— la concesión de tierras para quienes habían combatido bajo sus órdenes y la ratificación de todas sus disposiciones, pero a la sazón no pudo obtener ni una ni otra. Pues los notables, que ya antes no lo miraban con [3] agrado, impidieron que ambas medidas se votaran. Y de los cónsules, Afranio (fuerte más en danzas que en cualquier otro asunto) no le fue de ninguna ayuda y Metelo, airado porque había repudiado a su hermana a pesar de tener hijos de ella, opuso considerable resistencia a todas sus medidas. [4] Lúculo Lucio, al que una vez, durante un encuentro ocurrido en Galacia, trató Pompeyo despectivamente, le planteaba insistentes objecciones y le conminaba a exponer individualmente y por separado cada una de sus actuaciones en vez de exigir la ratificación conjunta de todas ellas. Pues decía que, en cualquier caso, era de justicia no dar por sancionado de un solo golpe, como si de un soberano se tratara, cuanto Pompeyo había llevado a efecto, con inclusión además de medidas cuya índole era ignorada por todos ellos. Y ya que Pompeyo había abolido algunas disposiciones del propio Lúculo, solicitaba que el senado examinase la ejecutoria de uno y otro y validase lo que en cada caso mereciese [50 ] su aprobación. Dispensaban a Lúculo enérgico apoyo Catón, Metelo y todos los que hacían causa común con éstos. En tales circunstancias, cuando el tribuno presentó la propuesta relativa al reparto de tierras entre los partidarios de Pompeyo, complementada además —a fin de que pasase más facilmente la propuesta en cuestión y la ratificación de las medidas de Pompeyo— con una asignación de lotes a todos los ciudadanos, Metelo agudizó su oposición a todo ello hasta el punto de ordenar el tribuno su confinamiento en prisión y pretender Metelo que el senado se reuniese allí. [2] Y como el tribuno (cuyo nombre era Lucio Flavio) colocó el banco tribunicio en la entrada misma de la celda y sentado en él impidió que nadie entrara, Metelo ordenó abrir un hueco en el muro de la prisión a fin de que el senado pudiese penetrar a través de éste, e inició los preparativos para pasar la noche allí. Informado de lo cual, Pompeyo, avergonzado [3] y al mismo tiempo temeroso de que hasta el pueblo fuese presa de indignación, ordenó a Flavio que se retirara. Hablaba como si lo hubiera pedido Metelo, pero no resultaba convincente: pues la arrogancia de éste era a todos bien conocida. Incluso cuando los demás tribunos decretaron su [4] liberación, la rechazó Metelo. Y cuando Flavio llegó a amenazarle con impedir, si no le permitía presentar la ley, que marchase a la provincia cuyo gobierno había obtenido, tampoco cedió, sino que permaneció de muy buen grado en Roma. Entonces Pompeyo, como veía sus planes frustrados [5] por Metelo y los otros, afirmó que éstos lo habían hecho blanco de su envidia y que pondría tal circunstancia en conocimiento del pueblo; pero ante el temor de quedar expuesto a una verguenza todavía mayor si la maniobra no le salía bien, depuso su pretensión. Supo así que no contaba con fuerza real, sino con la reputación y las envidias suscitadas por sus anteriores empresas, las cuales no le había reportado ninguna ventaja efectiva, y se arrepentía de haber licenciado tan pronto sus legiones y haberse puesto en manos de sus enemigos. De otro lado, Clodio, guiado por 〈su [51 ] odio〉 a los notables, concibió deseos de ocupar el tribunado después del juicio, y por medio de algunos tribunos presentó propuesta de que también los aristócratas ocupasen la magistratura, pero como no tuvo éxito, abjuró de su linaje y adquirió la condición de plebeyo, llegando a tomar parte en las asambleas de éstos. Inmediatamente se presentó al tribunado, [2] pero no obtuvo el nombramiento por la oposición que le hizo Metelo; pues éste, que era pariente suyo, no aprobaba su conducta. Adujo como pretexto que el traslado de Clodio no había guardado conformidad con los preceptos consuetudinarios, porque dicho traslado podía tener lugar sólo bajo propuesta de ley curial.
[3] Tal fue el curso seguido por aquellos sucesos; y puesto que los impuestos afligían gravemente a la ciudad y al resto de Italia, todos llegaron a mirar con buenos ojos la ley que había de abolirlos, pero los senadores, por aversión al cónsul autor de la propuesta (que era Metelo Nepote), pretendieron borrar de la ley el nombre del proponente y sustituirlo [4] por otro. Y aunque el intento no alcanzó ejecución, a todos resultó evidente que ni los beneficios aceptaban con gusto si venían de las capas bajas. En esas mismas fechas Fausto, el hijo de Sila, celebró en memoria de su padre un concurso de gladiadores y obsequió con magnificencia al pueblo, proporcionándole gratuítamente baños y aceite.
[52 ] Mientras esto acaecía en la ciudad, César gobernaba Lusitania después de haber desempeñado la pretura; hubiera podido suprimir sin gran esfuerzo el bandolerismo, endémico en aquella zona, y llevar una vida tranquila, pero no quiso. Pues su afán de gloria y su rivalidad con Pompeyo y demás figuras anteriores a él mismo que en alguna ocasión habían ocupado posiciones eminentes, lo empujaban a planes [2] de no poca monta: alimentaba esperanzas de realizar en esos momentos alguna gesta para, a renglón seguido, ser nombrado cónsul e ilustrarse con hazañas extraordinarias, ambición esta alentada, entre otras cosas, por haber tenido en Gades 81 , cuando era cuestor, un sueño en el que creyó yacer con su madre y a raíz del cual los adivinos le comunicaron que adquiriría gran poder. Por esta razón, cuando vió también allí una efigie de Alejandro que había sido consagrada en el templo de Heracles, rompió a llorar y a lamentarse porque todavía no había realizado ninguna alta empresa. Así pues, a causa de ello —y aunque, como dije, hubiera [3] podido llevar una vida tranquila— marchó a la sierra Herminia 82 y dio orden de que sus habitantes se trasladaran a la llanura, presuntamente para que no desencadenasen incursiones de bandidaje al abrigo de las montañas, pero de hecho con clara conciencia de que jamás cumplirían la orden y de que la negativa le brindaría ocasión para iniciar una guerra. Como realmente ocurrió. Se alzaron, por tanto, [4] en armas, y César los subyugó. Y cuando algunos pueblos vecinos, temerosos de que avanzara también contra ellos, buscaron al otro lado del Duero refugio para sus hijos, sus mujeres y todo aquello que tenían en más alta estima, tomó sus ciudades mientras estaban ocupados en el transporte y a continuación arremetió también contra los hombres. Los [5] cuales lanzaron por delante su ganado con objeto de atacar a los romanos cuando estuviesen esparcidos en la captura las reses. Pero César dejó a un lado las bestias, cayó sobre ellos y los venció. Entretanto supo que los habitantes de la sierra [53 ] Herminia se habían rebelado y planeaban tenderle una emboscada a su regreso, ante lo cual primero regresó por otro camino, y después los atacó de nuevo; derrotados y en fuga, los persiguió hasta el océano. Y cuando abandonaron el [2] continente para cruzar a una isla, él permaneció en tierra (ya que no tenía muchos barcos), pero mandó componer embarcaciones en las que despachó una parte de sus tropas, sufriendo numerosas pérdidas. Pues el oficial que estaba al mando se aproximó a un rompiente que había delante de la isla e inició el desembarco de los soldados, en la idea de hacerlos cruzar desde allí a pie, pero seguidamente fue arrastrado por la fuerza del reflujo y hubo de abandonar a sus soldados: todos menos Publio Escevio, que sin escudo y [3] cubierto de heridas saltó al agua y atravesó a nado, murieron [4] tras valerosa defensa. Eso fue lo que ocurrió entonces; pero después César mandó traer de Gades embarcaciones sobre las cuales pasó a la isla con todo su ejército, de suerte que se impuso sin esfuerzo al enemigo, estragado por la falta de víveres. A continuación marchó por mar a Brigancio 83 una ciudad de Galicia cuyos habitantes (que nunca habían visto una escuadra) se le sometieron llenos de temor ante la agitación producida en las aguas por la llegada de los barcos.
[54 ] Llevadas a cabo estas empresas, por medio de las cuales consideraba haber cobrado bazas suficientes cara a la obtención del consulado, partió a toda prisa, sin esperar siquiera la llegada de su sucesor, para las elecciones; y determinó presentar su candidatura antes incluso de que tuviera lugar la ceremonia triunfal, dado que no era posible celebrar ésta [2] por adelantado. Pero al no alcanzar, por oposición sobre todo de Catón, que le fuera concedido el triunfo, se olvidó de la ceremonia en cuestión. Pues esperaba que, una vez designado cónsul, realizaría empresas y protagonizaría triunfos de valor y entidad mucho mayores. A los ya mencionados motivos con que de continuo alimentaba sus altas ambiciones vino a añadirse el nacimiento en sus cuadras de un caballo con hendiduras en los cascos de las patas delanteras, caballo que portaba a César con orgullosa estampa, pero no [3] aceptaba ningún otro jinete. También esto se le antojaba presagio de un no mediocre destino, de suerte que abandonó de grado la celebración de sus victorias para, una vez entrado en la ciudad y nominado para el cargo, deshacerse en atenciones cuyo punto de mira eran, junto a otros, Pompeyo y Craso: y ello hasta el punto de que, si bien éstos albergaban ya entonces una recíproca hostilidad que incluía tanto a sus personas como a sus respectivas facciones y si el uno rechazaba toda medida en cuya consecución supiese empeñado al otro, se atrajo a ambos y fue proclamado cónsul por consenso general y unánime. Lo cual ciertamente da cumplido [4] testimonio de su sagacidad, ya que logró medir tan bien el grado y la ocasión de sus atenciones a aquellos que ambos le apoyaron no obstante su mutua rivalidad.
Pero tampoco se contentó con esto, sino que llegó a reconciliarios [55 ] a los dos, no porque quisiera verlos unidos, sino por percatarse de que contaban con la máxima influencia, y por tener la certeza de que sin el común concurso de uno y otro no escalaría una posición suficientemente alta; pues si entraba en coalición con quienquiera que fuese de los dos, ello le acarrearía el antagonismo del otro, y antes fracasaría a causa de ese antagonismo que triunfaría con el apoyo de su aliado. En efecto, estimaba de un lado que todos los [2] hombres son más propensos a enfrentarse con sus enemigos que a llevar auxilio a los de su bando, y no sólo por aquello de que la cólera y el odio suscitan empeños superiores en vehemencia a los de cualquier amistad, sino también porque el uno actúa en beneficio propio, el otro en el de persona ajena, y así cosechan satisfacción —en caso de éxito— o contrariedad —cuando se fracasa— de distinta magnitud. Y [3] además resulta más expedito obstaculizar a alguien e impedirle cualquier forma de prosperidad que pretender subirlo a posiciones elevadas, porque quien no consiente prosperidad ninguna actúa de manera grata para los demás y también para sí mismo, pero el que quiere encumbrar a otro hace de éste una carga para los dos.
A partir de tales consideraciones, por tanto, fue César [56 ] buscando la amistad de Pompeyo y Craso y a continuación los reconcilió. Pues pensaba que sin ellos no conseguiría jamás una posición fuerte y que tampoco dejaría de chocar en alguna ocasión con uno de los dos, y por otra parte no temía que se pusiesen de acuerdo para relegarlo a una posición de inferioridad. Porque sabía con toda claridad que de momento se impondría a los demás gracias a la amistad de ambos y no mucho despues a cada uno de ellos por intermedio [2] del otro. Y así fue. Pompeyo y Craso, como si también sobre ellos obrasen razones particulares, hicieron las paces de inmediato y admitieron a César en su consorcio [3] político. Pompeyo, cuyas fuerzas no eran tan grandes como creyó, al ver que Craso disponía de considerable influencia y que César estaba en alza, temió sufrir un completo revés a manos de los dos, y al mismo tiempo se aventuró a esperar que, si compartía con ellos sus actuales recursos, a través de [4] ellos recuperaría su posición de antaño. Craso estimaba ser superior a todos por linaje y por riqueza, pero como el predicamento de Pompeyo era mucho mayor y como preveía que César iba a llegar alto, quiso enfrentarlos entre sí a fin de que ninguno se elevase, en la idea de que serían rivales de fuerza pareja, de que así él cosecharía la amistad de uno y otro y de que obtendría prerrogativas superiores a las de [5] ambos. Pues no seguía cabalmente ni la causa del pueblo ni la del senado, sino que en todo lo guiaba su propio encumbramiento; por eso apoyaba por igual a ambos y evitaba enemistarse con cada uno de ellos, promoviendo gradualmente los intereses de ambos en la medida en que así toda ventura sobrevenida a uno de los dos apuntaría a él como causa, pero en sus reveses no habría de tener parte.
[57 ] De esta manera y por estas razones entablaron los tres la alianza, y tras prestarle juramentos de fidelidad asumieron la gestión del estado para, a raíz de ello, concederse, mediante mutuos repartos y recíprocos intercambios, cuanto apetecían y cuanto cuadraba a sus actuales conveniencias. [2] Al estar aquellos de acuerdo, pactaron asimismo las respectivas facciones, de suerte que también éstas, al amparo en todo de sus líderes, se veían libres para actuar como querían; y en tales circunstancias la poca reserva de discreción que había pasó a ser patrimonio de Catón o de aquellos otros que quisiesen figurar como adeptos a sus ideas. Pues una política desprendida [3] y libre de ambiciones particulares no la practicaba entonces nadie salvo Catón: si había quien —abochornado por lo que estaba ocurriendo, o también bajo el deseo de imitar a aquél— intervenía en cualquier asunto público y se hacía notar por alguna actuación similar a las de Catón, al emanar estas intervenciones de un voluntario ejercicio y no de ínsita virtud, sus autores no eran perseverantes.
A tal punto llegaron entonces los asuntos de Roma bajo [58 ] guía de aquellos hombres, que mantuvieron oculta su alianza cuanto tiempo pudieron. En efecto, realizaban todo lo que habían acordado, pero simulaban y aducían las excusas más contrarias a fin de pasar desapercibidos el mayor tiempo posible y culminar sus preparativos. Ahora bien, la divinidad [2] no ignoraba lo que hacían, sino que entonces mismo desveló con gran claridad a los capaces de comprender ese tipo de cosas las futuras consecuencias que resultarían de ello. Pues súbitamente cayó sobre la ciudad toda y el conjunto del país tan gran temporal que de modo muchísimos [3] árboles fueron derribados de raíz, muchas casas cayeron, las embarcaciones amarradas en el Tíber —ya anclasen junto a la ciudad, ya en la desembocadura— se hundieron, el puente de madera quedó destrozado, un teatro que había sido [4] construido en madera con vistas a determinada concentración festiva se vino abajo, y en el curso de todo esto gran número de hombres pereció.
Semejantes sucesos, por tanto, constituyeron una anticipada demostración, cual imagen de lo que les iba a sobrevenir en tierra y por mar.
49 Los habitantes de la Iberia Caucásica, coincidente en gran medida con la actual Georgia.
50 Acrópolis es la ciudad que ESTRABÓN , XI 3, 5, llama Harmócica. Estaba situada en los arrabales de la actual Sa-Karthvelo, al norte de Tiflis: véase W. TOMASCHEK , «Akropolis, 2», RE I I (1893), col, 1200 y «Armastika», RE II 1 (1895), col. 1177.
51 El Péloro es un afluente del Cirno. El presente pasaje es la única referencia a dicho afluente en los autores clásicos.
52 El Cambise es el actual Jori, afluente del Cirno: véase A. HERRMANN , RE X2 (1919), col. 1818.
53 El Abas se identifica frecuentemente con el Alazonio (el actual Alazani), pero se corresponde quizás con el Aldzigana-Çai; ambos se encuentran en el Cáucaso central: véase W. TOMASCHEK , «Abas», RE 1 1 (1893), col. 18, y «Alazonios», ibid., col. 1299.
54 Corduena, llamada tambien Gorduena o Gordea estaba situada en el curso superior del Tigris, en los límites de Armenia, Asiria y Mesopotamia. Corresponde, aproximadamente, al territorio habitado actualmente por los curdos.
55 Carras estaba situada cerca de la actual frontera entre Turquía y Siria, al sur de Urfa.
56 La presente noticia parece no guardar congruencia con lo que narra el mismo DION , XXXVI 51; dicha contradicción se ha atribuido a un cambio de fuente: véase la nota al pasaje de Boissevain.
57 No se tienen más noticias de esta Aspis. El invierno al que alude el presente pasaje es el del 65-64, pero toda la narración que ofrecen los parágrafos 6, 4, y 7, 4, del presente libro se refiere al año 64. Allí se exponen las diferencias entre Tigranes y Fraates y el pacto que sellaron ambos, asuntos todos que se produjeron a lo largo del año 64; los parágrafos que siguen —del 7, 5 al 7a — relatan las empresas acometidas por Pompeyo durante el mismo año; y en 8, 1 la narración vuelve al año 65 para exponer lo ocurrido a la sazón en Roma. Las palabras «también en esta ocasión» parecen indicar que ya el invierno del 66-65 lo pasó Pompeyo en Aspis, lo que sugiere la zona de Anaítis o un paraje cercano al río Cirno como área de emplazamiento de esta desconocida localidad.
58 Posiblemente se trata del fuerte, situado en la frontera armenia, que ESTRABÓN , XII 3, 28 llama «Sinoria», y AMIANO MARCELINO , XVI 7, 10 Sinhorium: véase E. HONIGMANN , Sinoría, RE III A 1 (1927), cols. 255-256.
59 El texto muestra aquí una laguna producida por la desaparición de un folio en la tradición manuscrita de Dion. El Epítome de XIFILINO (pág. 6, 26-7, 5 DINDORF = parágrafo 7a ) suple parte de esa laguna. Sobre Estratonice y el destino de su hijo, véase APIANO , XII (Sobre Mitrídates) 107, y PLUTARCO , Vida de Pompeyo 32, 8.
60 El sujeto es César.
61 Se refiere a los ludí Megalenses. que se tributaban a Cibeles, Mater Magna, del 4 al 10 de abril.
62 Referencia al templo conocido usualmente como aedes Castoris.
63 El individuo en cuestión se llamaba Gayo Bilieno.
64 Siguiendo la práctica de los hisoriadores griegos tardíos, Dion llama «escitas» a los pueblos bárbaros establecidos al norte del Danubio.
65 La actual Kerch, en la península de Crimea.
66 Hircano II habia heredado el sumo sacerdocio de su padre y, a la muerte de su madre, en el 67, debía heredar también el trono; ambos le fueron arrebatados por su hermano Aristobulo II. En el año 63 Pompeyo capturó a Aristobulo y restituyó el sumo sacerdocio a Hircano. Tras la batalla de Farsalo, en el 48, César nombró a Hircano etnarca de los judíos. Sobre todo esto, véase el relato y las indicaciones de fuentes que ofrece E. SCHÜRER , Historia del pueblo judio en tiempos de Jesús. I. Fuentes y marco histórico [trad. de J. COSGAYA y A. PIÑERO ], Madrid. 1985, págs. 308-320 y 350-366
67 Es decir, los sábados. Sobre los nombres de los dioses en Dion, cf. n. 162
68 Dion utiliza las ideas astrológicas y musicales que se mezclan en la teoría sobre la armonía de las esferas para esta primera explicación del origen de la semana. El tetracordo (tetráchordon mésōn) o intervalo de cuatro notas descendentes constituye el fundamento de la escala tonal antigua. Por otra parte, los planetas (entre los que se incluían el Sol y la Luna) se ubicaban en siete esferas concéntricas que de acuerdo con su lejanía respecto a la tierra se sucedían de la siguiente manera: Saturno, Júpiter, Marte, Sol, Venus, Mercurio y Luna. Si el número cuatro del tetracordo se aplica a dicha sucesión, resultan siete series; los primeros miembros de cada serie, contando siempre como primero el último de la serie anterior, se ordenan en un conjunto idéntico al de la semana planetaria romana. Sobre todo ello consúltese F. BOLL , «Hebdomas». RE VII 2 (1912), cols. 2547-2578; U. KLEIN , «Musik», Der Kleine Pauly 3 (1979), cols. 1485-1495; H. GUNDEL , «Planeten», RE XX 2 (1950), cols. 2071-2185; E. J. BICKERMAN , Chronology of the Anciemt World, Londres, 1968. págs. 58-61.
69 Los planetas se turnaban, ordenados como se indica en la nota anterior, para regir sucesivamente cada una de las veinticuatro horas del día. La semana comenzaba con la primera hora del sábado, regida por Saturno; si a partir de aquí se recorre la semana siguiendo el mencionado turno resulta que la primera hora de cada día corresponde al planeta del que dicho día toma el nombre.
70 Se refiere al triumphus propiamente dicho, distinto de la ovatio, llamada minor triumphus.
71 Frente a lo que indica Dion, el augurio no era exactamente una forma de adivinación. En su sentido más antiguo, el auguriun venía a materializar una súplica dirigida a pedir éxito o prosperidad (lo que se refleja en la etimología del término, pues augurium comparte raíz con augere, «hacer crecer» o «incrementar»). En un sentido más amplio, la actividad augural consiste en una indagación por la que, a través de ciertos indicios, se inquiere si la divinidad asiente a una acción que puede llevarse a cabo u omitirse. El «augurio de la salud» (augurium salutis) consistía inicialmente en un ruego encaminado a incrementar la salud o integridad del pueblo romano. Posteriormente la ceremonia, sobre cuyos pormenores apenas sabemos nada más de lo que aquí consigna Dion, adquirió el significado que le atribuye el presente texto. Véase sobre el tema K. LATTE , Römische Religiongeschichte, Múnich. 1960, págs. 66-67, 140-141.
72 Lucio Apuleyo Saturnino, partidario de Mario y continuador de la tradición de ios Gracos, fue tribuno de la plebe en el 103 y en el 100. Murió este último año a consecuencia de las luchas políticas desatadas por entonces en Roma.
73 Se trata del procedimiento que juzgaba los delitos por alta traición, que en prinicipado recibirá el nombre de crimen maiestatis.
74 En la mentalidad romana el vestido y el atuendo en general tenían valor de insignia (así la toga distinguía al ciudadano, el anillo de oro al caballero, el latus clavus era exclusivo del senador, etc.). El cambio de atuendo (mutatio vestis) desempeñaba, por ello, un papel social importante; concretamente individuos y grupos podían revestir el atuendo de luto como manifiesto político. Véanse los ejemplos que suministra al respecto W. KROLL , Die Kultur der Ciceronischen Zeit. II Gesellschaft und Bildung. Leipzig, 1933, págs. 60 y siguientes.
75 Los alóbroges (gr. Allóbriges; lat. allóbroges) constituían la población mas numerosa y próspera de la Galia Narbonense.
76 El texto parece presentar aquí una laguna de entre media y una línea.
77 Se trata de las fiestas nocturnas en honor de Bona Dea; tenían lugar a principios de diciembre y ejercía de anfitriona la esposa de un magistrado cum imperio. La que aquí menciona Dion se celebró en la noche del 4 al 5 de diciembre del 62.
78 Es decir, Vincium, actualmente Vence, la ciudad más importante de la Galia Narbonense.
79 El actual Isére.
80 Ciudad de los alóbroges, en la Galia Narbonense. Se corresponde quizás con la actual Salagnon, en el departamento de Isére.
81 La actual Cádiz
82 La actual Serra da Estrela, entre el Tajo y el Duero.
83 Actualmente La Coruña.
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