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A TRAVÉS DE UN MAR DE ESTRELLAS
Diana Peterfreund
Traducción de Olga Hernandez


Créditos
A través de un mar de estrellas

V.1: abril, 2020

Título original: Across a Star-Swept Sea

© de la traducción, Olga Hernandez, 2015

© de esta edición, Futurbox Project, S. L., 2020

Todos los derechos reservados.

Diseño de cubierta: Harper Collins

Adaptación de cubierta: Taller de los Libros

Publicado por Oz Editorial

C/ Aragó, 287, 2.º 1.ª

08009 Barcelona

info@ozeditorial.com

www.ozeditorial.com

ISBN: 978-84-17525-95-8

THEMA: YFHR

Conversión a ebook: Taller de los Libros

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra sólo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos) si necesita utilizar algún fragmento de esta obra (www.conlicencia.com; 91 702 19 70 / 93 272 04 47).

Para Eleanor, que es fantástica, bella y valiente.

Contenido

Portada

Página de créditos

Dedicatoria

Sinopsis

Introducción

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Sobre la autora

A través de un mar de estrellas
Una novela inspirada en La pimpinela escarlata

En un mundo destruido por las guerras, solo quedan dos islas habitables: Galatea y Albión, donde incluso la Reducción, una devastadora enfermedad cerebral que asoló la humanidad, no es más que un recuerdo lejano.

Un levantamiento contra los aristócratas que gobiernan Galatea está fuera de control y parece que hasta la antigua enfermedad podría volver a propagarse. La única esperanza es un misterioso espía llamado la Amapola Silvestre, del que solo se sabe que pertenece a los aristos, la clase dirigente.

En medio de los cotilleos y frivolidades de la corte, en la que circulan peligrosos planes para salvar a las islas de una nueva destrucción, la Amapola Silvestre tendrá que decidir en quién puede confiar y, sobre todo, si de verdad puede permitirse amar a quien elija.

«Una deliciosa novela de aventuras.»

Publishers Weekly

La historia de la raza humana tiene dos puntos claves: el desarrollo de la agricultura, que creó la civilización, y la Reducción, que la destruyó.

Antes de la Reducción, las pocas personas (pobres o disconformes) que no manipularon genéticamente a sus hijos fueron objeto de desprecio y lástima. Pero, una generación más tarde, cuando estos niños «perfectos» solo pudieron engendrar bebés reducidos, disminuidos mental y físicamente, se demostró que se había cometido un error descomunal. Con la mayor parte de la humanidad afectada por esta tragedia, los perdidos no aceptaron su derrota con aplomo. Se volvieron en contra de aquellos que habían salido ilesos, convirtiéndolos en objeto de envidia y odio. Y, con las Guerras de los Perdidos, intentaron su exterminación total.

Una vez acabadas las guerras, los supervivientes se dieron cuenta con horror y consternación de lo que habían provocado. Casi no quedaban lugares habitables en el mundo, y pocas personas se habían salvado de la Reducción.

Desesperados, dos sirvientes sin recursos desafiaron a sus patrones, pertenecientes a los perdidos. Valiéndose del arma más espantosa de las guerras, terraformaron un nuevo hogar, un oasis en las ruinas del mundo: Nueva Pacífica. Allí declararon que condenarían para siempre a los responsables de la destrucción de la Tierra y no volverían a cometer los mismos errores.

No fue así.

—«Derechos humanos en Albión: ensayo escrito por lady Persis Blake».*

Capítulo 1

Si la Amapola Silvestre se atrevía a regresar a Galatea, el Ciudadano Cutler estaba preparado. Había puesto guardias armados en la entrada de la propiedad y diez soldados adicionales rodeando los campos de ñame. Aunque sabía que ningún reducido intentaría escapar, Cutler era consciente de que el peligro real se hallaba en el exterior. El floreado espía albiano había «liberado» al menos a una docena de enemigos de la revolución en los últimos meses, pero eso no iba a suceder durante su guardia.

Durante la mejor parte de la mañana, una brisa marina había atravesado los campos más bajos, moviendo las hojas de ñame y provocando que el agua se agitara y ondeara como la piel de una serpiente. Los prisioneros reducidos se desplazaban lenta y metódicamente en sus parcelas, siguiendo una antigua, y francamente innecesaria, tradición de cortar las raíces a mano y replantar los tallos con el fin de que estuviesen listos para la siguiente cosecha.

El último patrón del estado (llamado Lacan, aunque Cutler dudaba de que el hombre lo recordara tras haber sido reducido) chapoteaba y daba traspiés en el campo, podando los tallos de ñame con un cuchillo muy poco afilado para la tarea. Su pelo gris se le apelmazaba en el cuello por el sudor y el barro; y su boca, que una vez había sido altanera, le colgaba flácida y estúpidamente. Mientras Cutler lo observaba, el cuchillo se le resbaló de la mano y el filo se le hundió profundamente en el pulgar.

Lacan lanzó un lamento, y los guardias comenzaron a gritar y a reírse a carcajadas. Cutler no se movió de su posición, inclinado contra una de las máquinas de cosecha en desuso. Era bueno dejar que los soldados se entretuvieran. Estar allí, en la costa rural este, ya era lo bastante aburrido.

—¿No deberíamos ir a ayudarlo? —preguntó una de sus reclutas más recientes, una muchacha que apenas parecía lo suficientemente mayor para recibir un entrenamiento básico. Se llamaba Trina Delmar, había llegado aquella mañana y no se callaba nunca—. Parece un corte feo.

Cutler se encogió de hombros y escupió a la marisma. Chica tonta. Siempre eran las chicas las que se ponían sentimentales al ver a los prisioneros.

—Ese es el antiguo patrón de esta plantación. ¿Cree que los de su clase se preocuparon alguna vez de los pulgares de nuestros antepasados, cuando Galatea estaba en sus manos?

—¡Sus manos ya no son tan efectivas! —soltó un guarda.

—No se sienta mal por estos aristos, Ciudadana Delmar —continuó Cutler—. Si se hubiesen preocupado por nosotros, la cura para la Reducción se habría descubierto mucho antes.

Por eso había sido un nor quien había descubierto la Cura Helo hacía dos generaciones. Durante cientos de años, antes de la cura, la mayor parte de las personas que no eran aristas habían nacido reducidas, enfermizas y retrasadas mentales. Se decía que solo una persona de cada veinte nacía ya siendo nor, con un cerebro y un intelecto normales. La Cura Helo terminó con la Reducción en tan solo una generación: tras la cura, todos los bebés nacieron con normalidad.

Y ahora, gracias a la píldora de la Reducción obtenida por los revolucionarios, era el turno de los aristos de revolcarse en el fango. En el campo, el antiguo patrón estaba gimiendo y aferrándose la mano herida contra su pecho. Cutler le daba una semana, dos como mucho. La Reducción no se había diseñado para constituir una pena de muerte, pero las cuchillas afiladas y los idiotas no debían mezclarse.

—Pero lo cierto es que lord Lacan se esforzó por distribuir la cura entre los reducidos —señaló Trina—. Cuando era joven; vi una foto suya con Persistence Helo…

Cutler la miró echando chispas por los ojos.

—No sabe de lo que habla, Ciudadana. Si está aquí, significa que es enemigo de la revolución. Enemigo de normales como nosotros.

Pero Trina seguía lanzando miradas de lástima a Lacan. La recluta había sido una molestia desde que había aparecido, cuestionando las dosis de la píldora y la cantidad de tomas, como si importase que Cutler repartiera las píldoras rosadas de la Reducción con una frecuencia un poco mayor de la requerida. Una vez reducidos, unas pocas píldoras de más no los volverían más estúpidos. Además, a Cutler le gustaba ver a los aristos retorcerse un poco. Allí no había mucho más que hacer.

Y ahora aquella recluta idiota se abría paso a través del campo. Se estaba acercando a Lacan, que de manera infructuosa se afanaba de nuevo con los tallos de ñame usando su mano sana. Eso era exactamente un reducido. Trabajaban hasta caer hechos pedazos.

—¡Regrese a su puesto, Delmar! —vociferó Cutler. Una recluta novata no iba a ponerlo en evidencia.

La recluta lo ignoró y extendió un poco de ungüento en la herida de Lacan antes de vendarla.

—¿Le he indicado que ayudase a este reducido inmundo? —espetó Cutler, mientras entraba agitadamente en el campo y golpeaba el costado de Lacan con el mango de su pistola. El hombre mayor cayó contra el ñame y Trina hizo una mueca de dolor—. Tenga cuidado, Delmar. O me veré obligado a entregarle un informe negativo al Ciudadano Aldred.

Trina ni siquiera alzó la mirada. Bien. Seguramente la había asustado y la había metido en vereda.

—Usted no está aquí para ayudarlos. Está para mantenerlos alejados de la Amapola Silvestre. Cada prisionero que perdemos a favor de Albión debilita la revolución.

—Lo que debilita la revolución —escupió —, de verdad, es… —Pero bajó la cabeza y dejó de hablar cuando vio la expresión amenazadora del hombre.

Justo entonces, un deslizador pasó a toda velocidad por el sendero que había entre los campos, formando nubes de polvo con sus elevadores. Había una jaula vacía detrás de la cabina.

—¡Oficial! —gritó el conductor, un joven que llevaba uniforme militar.

Cutler se desplazó por el agua hasta el límite del campo y elevó la vista hacia la cabina con ojos entornados. Trina lo siguió, para mayor irritación de él.

—Solicitud de transferencia —manifestó el conductor con la mano izquierda extendida. Un oblet cobró vida en su palma, revelando un holograma del rostro del ciudadano Aldred.

—Todos los reducidos de nuestras plantaciones externas han de trasladarse de vuelta a la prisión en la ciudad de Halahou —indicó la voz de Aldred, que provenía de la imagen.

—No tengo noticias de eso. —Cutler extrajo su propio oblet y la superficie negra destelló al sol como el guijarro de obsidiana por el que había recibido su nombre. No había mensajes de Halahou. Ni un solo mensaje.

El muchacho se encogió de hombros. La gorra militar le sombreaba los ojos.

—Lo suponía. También tengo una cobertura horrible aquí, en medio de la nada.

Cutler mostró su acuerdo con un bufido.

—Entonces, ¿cuál es el problema?

—Creo que, quizás —empezó el muchacho, sacudiendo su oblet al tiempo que el mensaje aparecía y desaparecía—, es la Amapola Silvestre —finalizó, y esperaron a que volviera a cargarse el mensaje—. El Ciudadano Aldred dijo que incrementar la guardia no había sido suficiente para evitar que el espía nos robase a nuestros prisioneros.

—Ya me he encargado de eso. —Y, si Aldred abandonara la comodidad de Halahou de vez en cuando y viajara hasta allí para ver lo que hacían sus tenientes en el campo, tal vez lo sabría. Pero Cutler jamás diría aquello en voz alta. El Ciudadano Aldred los había liberado a todos; primero, de su reina indiferente e insensata y, ahora, de los aristos que habían seguido sus pasos.

—Aquí está —señaló el conductor cuando la imagen de Aldred volvía a hablar.

—A todos los prisioneros reducidos hay que ponerles collares nanotecnológicos para evitar que fuerzas extranjeras se los lleven de Galatea.

El muchacho se asomó por fuera de la cabina y bajó la voz.

—He oído que los collares los asfixiarán si la Amapola se los intenta llevar de Galatea. —El joven mostró una expresión de suficiencia y Cutler sonrió. Ese era el tipo de reclutas que necesitaban allí. Duros y de buen juicio.

Collares nanotecnológicos. Merecería la pena verlo. Ojalá Cutler pudiera deshacerse de todos sus idiotas con tanta facilidad. Aunque, bien pensado, quizás podía.

—Delmar, ayude a este muchacho a cargar los prisioneros y acompáñelo hasta la capital.

—No hace falta —intervino el joven.

—Oh, sí que hace falta —replicó Cutler—. No he tenido a estos prisioneros controlados todo este tiempo para que la Amapola Silvestre rompa mi racha durante su último viaje por la isla. Su informe de recluta dice que es diestra con las pistolas. —Asintió en dirección a Trina, que ya se afanaba en reunir a los aristos—. Y a ella le vendrá bien ver cómo la revolución requiere que se lidie con estos prisioneros. —Además, eso también apartaría de su vista a aquella recluta molesta.

El muchacho frunció el ceño, pero Cutler se encogió de hombros. Trina Delmar sería su problema a partir de ese momento.

Si le hubiesen preguntado, Persis Blake habría estado de acuerdo con el odioso Ciudadano Cutler en un asunto en particular: la joven recluta era, en efecto, problema de ella. Pero no era uno insalvable. Al fin y al cabo, Persis acababa de llevarse, sin ayuda de nadie, a la familia Lacan ante las narices de diez soldados y su oficial. Persis podía manejar a un revolucionario más, incluso cuando la Ciudadana Delmar estaba sentada en su deslizador.

Y, aunque la ampliación de la guardia era una molestia, no podía evitar sentir una sacudida de orgullo, ya que, tras seis meses de misiones, la revolución finalmente reconocía que la Amapola Silvestre era una amenaza real. Ahora solo le restaba hallar la forma de salir de aquel aprieto sin arruinarlo todo.

«Piensa, Persis, piensa». Su cabellera larga le picaba, apelotonada bajo la gorra militar galatiense, pero ignoró la comezón, concentrándose, en su lugar, en la chica sentada en silencio a su lado mientras Persis conducía el deslizador por el elevado sendero que serpenteaba entre los pantanosos campos de ñame. La Ciudadana Delmar daba la impresión de ser demasiado joven como para ser soldado; aunque, en realidad, a sus dieciséis años, Persis también era demasiado joven para ser la espía más infame de su país, así que sabía bien cuán engañosas podían ser las apariencias.

Y Trina Delmar, quienquiera que fuera, había puesto de los nervios a aquel oficial, lo que hacía que mereciese la pena investigarlo más a fondo. Persis había clasificado enseguida al oficial como uno de aquellos hombres despreciables y sádicos que ni siquiera se molestaban en pensarse las órdenes dos veces, siempre que Persis prometiera castigar a los prisioneros con más crueldad. Sabía que su nueva aplicación portable estaba funcionando de maravilla; con ella, podía mezclar sílabas de cualquier discurso propagandístico de Aldred para crear el mensaje que deseara.

—No sabía que reclutáramos gente tan joven —comentó Persis cuando cruzaban el antiguo puente de madera que separaba la hacienda de los Lacan de la carretera principal. Había dejado en funcionamiento el inhibidor de señal que había utilizado para bloquear los mensajes entrantes del oblet del oficial, por si se daba el caso de que alguien de la plantación descubriera la verdad e intentara enviarle un mensaje a Trina—. ¿Cuántos años tiene?

—Dieciocho —contestó la chica con tanta rapidez que Persis supo que debía de ser mentira—. Y mira quién habla. La voz ni siquiera le ha cambiado aún.

Tal vez ese no era un tema de conversación aconsejable. Emitió un gruñido un tanto ronco.

—Así que las pistolas se le dan bien, ¿eh? —Era mejor saberlo, sobre todo teniendo en cuenta que la única arma de Persis estaba oculta bajo los guantes de su disfraz y la munición que se había llevado solo le serviría para un único disparo.

—Se me dan muy bien —replicó la soldado, y su tono esta vez era más afirmativo y menos defensivo, así que probablemente era verdad.

—Pues es un alivio —afirmó Persis, a pesar de que estaba pensando lo contrario—. No nos gustaría que la Amapola nos pillara sin posibilidad de defendernos.

El deslizador ganó velocidad al dejar el hundido laberinto de campos de ñame y avanzó por la carretera que limitaba con la costa norte. A la derecha, se extendían acantilados y, mucho más abajo, las playas de arena negra que conformaban la frontera de Galatea. Más allá, se expandía el reluciente mar que las separaba del hogar de Persis, Albión. Las dos islas tenían forma de media luna a punto de besarse, pero, tan al este, la orilla estaba demasiado lejos como para apreciarlo a simple vista.

La guarda no estaba disfrutando del panorama. En su lugar, echó un vistazo fugaz al patético grupo de prisioneros. Estaban apiñados en la cama próxima a los ventiladores.

—Cuidado con la velocidad. Esos prisioneros ya han tenido un día bastante duro.

Persis alzó las cejas. ¿Empatía por parte de una guarda revolucionaria? Eso sí que era inesperado. Decidió investigar.

—Había un reducido (un reducido real) que vivía cerca de mí cuando yo era muy joven. Probablemente el último que quedaba con vida. Pero no era… así. Mudo, sí; estúpido, sí. Pero no era como esta gente torpe y rota.

A lo largo de la historia, sobre todo antes de las guerras, habían existido personas que creían en dioses, en seres inmortales que imponían castigos y otorgaban premios a los seres humanos, basándose en un listado único. Algunos pensaban que la Reducción había constituido una venganza de esos dioses contra la humanidad por haber intentado perfeccionarse. Evidentemente, aquello era absurdo.

Los humanos habían estado tratando de perfeccionarse a sí mismos desde el principio de los tiempos. Crearon las herramientas porque no poseían dientes afilados, ni garras. Crearon la ropa debido a que no tenían pelaje, ni escamas. Inventaron las gafas para poder ver y los vehículos para permitirles viajar a mayor velocidad. Protegían sus cuerpos contra las enfermedades y realizaban intervenciones quirúrgicas para extirpar lo que les hacía daño. Se habían manipulado genéticamente antes y después de la Reducción. No había sido un castigo, sino un desgraciado error genético.

Y tampoco tendría que ser un castigo en aquellos días. Persis no descansaría hasta ponerle fin.

—Se cuenta que la Reducción real era exactamente así. —Trina estaba repitiendo la frase del partido.

Persis insistió con más empeño.

—¿Quién lo dice?

—¡Todo el mundo! —espetó Trina. Los médicos que la crearon… y el ciudadano Aldred, por supuesto. Va a conseguir que lo acusen de insubordinación si sigue hablando de esa manera.

Persis tomó una curva y empezó a ascender por el risco hacia el promontorio en donde Andrine estaba a la espera. Esa Trina era un misterio que no tenía tiempo de desentrañar. Al enderezar el volante, el amarre del guante que cubría el palmport que llevaba en su mano izquierda comenzó a aflojarse.

—Oh, puedo ir mucho más lejos. ¿Quieres oírlo? —preguntó Persis.

—No —mintió la muchacha, a pesar de inclinarse hacia adelante.

—Opino que reducir a los aristos es un castigo cruel y atroz —declaró, despojándose del guante mientras conducía—. Opino que, en lugar de cambiar las cosas para los nores de Galatea, la revolución simplemente se está dedicando a castigar a aristos.

La boca de la muchacha estaba abierta por la conmoción, lo que le venía bien a Persis, dados sus propósitos. Necesitaría un blanco directo para que la droga de desmayo funcionara. Ella alzó la mano y comenzó a concentrarse…

—Yo también creo que pueda ser así —admitió la muchacha, y Persis se detuvo.

Descendió la mano hasta el volante.

—¿De verdad? —A lo mejor había malinterpretado a la joven por completo. Una soldado galatiense podría constituir una verdadera ayuda para la Liga de la Amapola Silvestre, sobre todo si era diestra con una pistola. Ese era un campo al que no se extendían las habilidades de Persis. Al fin y al cabo, no se enseñaba a combatir en un cotillón.

La muchacha asintió.

—Pero no soy tan estúpida como para decirlo. Es usted igual que mi hermano. En serio le digo que todos aquí buscan problemas. Bueno, mantenga los ojos en la carretera y yo me mantendré alerta por si viene la Amapola Silvestre.

Persis suspiró. En la cima del risco, una enorme roca desnuda sobresalía del acantilado, el remanente de una antigua explosión que había constituido el violento nacimiento de la isla. Apretó la mandíbula, preparando la orden en su palmport mientras conducía el deslizador hasta detenerlo.

—¿Qué hace? —farfulló Trina, poniéndose rígida. En la cama enjaulada, los prisioneros reducidos las miraban con recelo.

Ella abrió la mano, pero en el instante en que Trina vislumbró el disco dorado en su palma, arremetió contra Persis y ambas se precipitaron fuera de la cabina.

—¿Quién es usted? —gritó al aterrizar en el suelo. Mientras caía, Persis había conseguido emitir una orden mental a su palmport para detener la aplicación. No podía permitirse desperdiciarla, a no ser que tuviese un tiro limpio.

Trina tomó su pistola, y Persis dio patadas y tortazos, intentando aflojar desesperadamente el agarre de la soldado. El arma produjo un ruido sordo contra el suelo y se cayó por debajo de los elevadores del deslizador.

—¡Deténgase! —vociferó Trina.

—¡Detente tú! —soltó como respuesta, esforzándose por vencer a la chica cuando ambas se lanzaron hacia la pistola. ¿Dónde estaba Andrine? Su apoyo no le vendría nada mal en ese momento. Los reducidos contemplaban la escena en silencio desde su jaula. Deseó que alguno de ellos aún conservara la mente.

Sus manos aferraron con fuerza, al mismo tiempo, el mango de la pistola, y ambas forcejearon en la hierba. Trina arañó con sus uñas la cara de Persis y la despojó de su gorra; entonces, se tambaleó hacia atrás de la sorpresa cuando su cabello del color de la plumeria cayó en cascada sobre las dos. Persis aprovechó la oportunidad para arrancar el arma de su agarre.

—¿Eres una chica? —balbució.

Persis se irguió, con el arma apuntando a Trina. Suspiró y se apartó varios mechones amarillos y blancos de la cara con su mano libre.

—¿Eso te sorprende? Tú eres una chica.

Las facciones de la muchacha mostraban repulsión. Persis sacudió la cabeza y se encogió de hombros. Era decepcionante, la verdad. Casi habían estado de acuerdo.

Trina, cuyo rostro estaba contorsionado por la ira, dio una patada y barrió los pies de Persis. Ella sintió los dedos de la muchacha en la pistola y todo se volvió una nube de polvo, manos y cabello blanco y amarillo.

Entonces, oyó un gorjeo salido de la nada y una mancha roja pasó como un rayo entre ellas, hundiendo unos afilados dientes en el hombro de Trina.

Ella chilló y se apartó de nuevo, y Persis se puso en pie apresuradamente.

—Slipstream, aquí.

El visón marino soltó a Trina y trotó obedientemente hasta el costado de Persis. Luego, se pasó las patas con forma de aleta por los bigotes. Su alargado y reluciente cuerpo estaba húmedo por su último baño y la sangre de la soldado apenas se apreciaba en su pelaje de color rojo oscuro.

Mientras seguía apuntando con la pistola a la muchacha, Persis reparó en Andrine, que subía corriendo; su cabello azul como el océano le ondeaba por detrás.

—Qué bueno que te dignaras a aparecer —espetó Persis a su amiga.

—Siento el retraso. —Andrine abrió la jaula y se dispuso a bajar a los prisioneros—. No mencionaste que traerías a una enemiga combatiente.

—Una incorporación de última hora —replicó Persis con ligereza. Trina seguía acuclillada en el suelo, agarrándose el cuello, que seguía sangrándole, con ambas manos.

—Sé quién eres —profirió con un gemido—. Eres la Amapola Silvestre.

—¡Qué deducción tan impresionante! —afirmó Andrine mientras ayudaba a salir del camión a la última víctima—. ¿Exactamente, cuánto tiempo te ha tomado llegar a esa conclusión?

Persis le lanzó a su amiga una mirada fugaz. No había ninguna necesidad de ponerse petulante. Estaba apuntando con una pistola a la pobre chica.

—Estáis acabadas —escupió la joven, furiosa—. No tenéis ni idea de con quién estáis tratando. No tenéis…

Entonces Andrine soltó una risita.

—Sí que es presuntuosa para ser una chica que por poco se convierte en el tentempié de un visón marino, ¿no?

Los ojos de la soldado se abrieron tanto que parecían salvajes.

—Le voy a contar todo al Ciudadano Aldred.

—Oh, ¿en serio? —intervino Persis, inclinando el cañón del arma y apuntando a la cara de la muchacha—. ¿Cómo planeas hacerlo desde la tumba?

En ese momento, notó una mano en el codo. Al principio, pensó que se trataba de Andrine, aunque sabía que su amiga tenía más fe en ella. En realidad, Persis no iba a disparar. Al fin y al cabo, aún tenía la dosis en el palmport; podía, simplemente, dejarla inconsciente. Se arriesgó a echar un vistazo por el rabillo del ojo.

Lord Lacan estaba allí, en silencio, con una expresión cercana a la lucidez en sus ojos sombríos.

Persis bajó el brazo.

—Parece que has hecho un amigo poderoso, galatiense. —Suspiró—. ¿Pero qué podemos hacer contigo? No sabes ni por qué estás peleando.

—Claro que sí —contestó Trina—. Por mi país.

Persis se le quedó mirando un instante, entonces se echó a reír.

—Iba a decirte que eres tonta, en vista de que claramente te superamos en número. Pero he decidido que, en realidad, eres increíblemente valiente. Y eso nunca debería ser objeto de mofa. Además, me gusta tu estilo. Ese movimiento con el pie casi acaba conmigo. Muy bien, pues. Dejaré que lord Lacan decida su suerte.

Trina la miraba atónita.

—Pero es un reducido. No puede valerse por sí mismo.

—No te preocupes, soldado —manifestó Persis, mientras algo emergía del disco dorado en el centro de su mano, girando. La muchacha se quedó con la boca abierta de nuevo, lo cual sí que era conveniente—. Nosotras nos ocuparemos de eso.

Un instante después, Trina Delmar se desplomó sobre el suelo.

Otra misión cumplida.

Capítulo 2

A menudo, la corte real de Albión se asemejaba a un jardín exuberante, pero su zumbido poco tenía que ver con las abejas, y estaba repleto de colores que jamás se hallarían en la naturaleza. Setos de buganvilla rodeaban el jardín y podas ornamentales de hibiscos conformaban los pasillos, pero no había flor que pudiese competir con el torbellino de trajes, capas, guirnaldas de flores y, sobre todo, con los enormes peinados de las aristócratas más a la moda de la isla. Sus parloteos ahogaban los sonidos del mar en la distancia; el constante zumbido de las aleteonotas, que volaban de un lado a otro entre los cortesanos; e, incluso, el delicado tintineo del famoso órgano hidráulico albiano.

Un rincón especialmente abarrotado estaba ocupado por lady Persis Blake y su séquito de admiradores. Esa noche llevaba un sencillo sarong amarillo chillón, atado al cuello con una serie de eslabones de oro entrecruzados, y un cubre muñecas dorado a juego, que en realidad era un guante de piel sin dedos que tapaba el palmport de su mano izquierda. La elegante caída de su vestido solo podía lograrse utilizando la más fina seda galatiense, un producto difícil de encontrar desde que había comenzado la revolución; no obstante, no cabía duda de que Persis Blake disponía de los contactos para saber dónde localizar las mejores telas. Su tono combinaba perfectamente con las tonalidades amarillas de su cabello, que había sido rizado, trenzado y dispuesto para que sus alzados mechones amarillos y blancos se asemejaran a la flor conocida como plumeria, grabada en el escudo de la familia Blake. Su belleza destacaba, incluso entre el variopinto gentío de la corte.

En los seis meses desde que la princesa Isla había ascendido al trono como regente y había nombrado a su vieja amiga del colegio como su dama de compañía principal, Persis se había convertido en uno de los miembros más deslumbrantes y populares de la corte. Casi nadie recordaba un tiempo en que una fiesta, un paseo en barco o un luau hawaiano estuviesen completos sin la presencia de la aristócrata más hermosa y boba de Albión.

Mejor aún: casi nadie de la corte había asistido al colegio con Persis antes de que ella lo abandonara, nadie que pudiese describir de forma demasiado distinta a la chica que se estaba ganando la reputación de no ser otra cosa que elegante, dulce y, por encima de todo, tonta.

Junto con su vestido y sus joyas, ese día, Persis lucía una expresión de puro aburrimiento a medida que la charla se desviaba hacia la revolución. El observador ocasional pensaría que se debía a que tal criatura ornamental encontraría la política un tema tedioso.

Lo cierto era que nadie en aquel lugar tenía idea de cómo era Galatea realmente en aquellos días.

—La guerra civil de los sureños se acabará extendiendo a nuestras costas —afirmó un joven cortesano con evidentes aspiraciones al Consejo Real—. Y, cuando lo haga, tendremos que sofocar cualquier levantamiento nor antes de que nos encontremos en el mismo aprieto que los galatienses.

—Espero que no —intervino Persis—. Hoy en día, ya es lo bastante difícil encontrar en Galatea comerciantes de seda que sigan en el negocio. Sencillamente, me moriré si también cierran las tiendas albianas.

—Típico en una mujer. —El cortesano soltó una risita indulgente—. lady Blake, si se produce una revolución contra los aristos de Albión, la ropa que se ponga será la última de sus preocupaciones.

—¡Jamás! —replicó Persis—. Tengo una reputación que mantener. No debemos permitir que algo tan tonto como la guerra haga que nos olvidemos de nuestro deber.

Hubo otra ola de risas entre los jóvenes sentados junto a ella.

—¡Hablo en serio! —añadió, haciendo un mohín con su rosada boca—. A pesar de mi responsabilidad para con la princesa Isla y su guardarropas real, mi querido padre ya casi nunca me permite navegar hasta las tiendas de Halahou. Dice que teme por mi seguridad, pero una pensaría que reservaría un poco de preocupación para mi vestimenta. Si alguno de ustedes, distinguidos caballeros, conoce la identidad de la Amapola Silvestre, ¿no podrían pedirle que rescate para nosotros algunos modistas en su próximo viaje a Galatea? Ya cansa que lo único que haya rescatado últimamente sean aristos. En serio, no sirven para nada, excepto para convertirse en mi competencia.

—Si supiese la identidad de la Amapola —empezó uno de los cortesanos—, sería el hombre más popular de ambas islas. Todas las damas de Albión me adorarían. —Varias soltaron risitas tontas, como dándole la razón—Y, en Galatea, me convertiría en el mejor amigo del mismísimo Ciudadano Aldred. La Amapola es el hombre más buscado de allí.

—Entonces mi propuesta resolvería los problemas de todos —insistió Persis—. Al ciudadano Aldred probablemente no le importaría demasiado perder un costurero o dos, y yo lograría esa meticulosa atención galatiense con el detalle sartorial que tanto he echado en falta. ¡Todo el mundo gana!

—Excepto los aristos —murmuró otro cortesano, pero nadie le prestó atención. Al fin y al cabo, los cortesanos albianos consideraban que hablar de los prisioneros mostraba falta de tacto; además, pensar en los aristos galatienses que todos ellos conocían y que podían estar entre rejas en aquel mismo momento ponía a cualquiera de un humor terrible.

Por una vez, Persis habría deseado seguir el curso de la conversación, en lugar de desviarlo. ¿Cambiarían las cosas si más aristos empezaran a cuestionarse la actitud pasiva del Consejo en relación a la guerra? ¿Valdría la pena ponerlo a prueba, aunque pusiese en peligro el disfraz que había forjado cuidadosamente?

Alzó la mirada y vio a Tero Finch haciéndole gestos desde el borde del círculo. Como miembro reciente del Colegio Real de Gengenieros, las ropas de Tero no eran tan finas como las de los aristos en torno a él, pero su altura, hombros anchos y cabello bronce metálico perfectamente teñido provocaban que varias jóvenes lo miraran a su paso.

—Persis —llamó—, la princesa nos puede recibir ahora.

Con una risa vibrante que chirrió en sus propios oídos, Persis se puso en pie de un salto.

—Debo dejarles, corazones. Por favor, asegúrense de tener cotilleos jugosos para cuando regrese.

Llegó junto a Tero y ambos ascendieron los amplios escalones de mármol hasta la terraza.

—¿Dónde está mi hermana? —preguntó entre susurros—. No habrán arrestado a Andrine por tu culpa, ¿verdad?

—Probablemente ya estará en la aldea de Centelleos, sana y salva, haciendo sus deberes —lo tranquilizó, mientras se adentraban en el salón del trono de la princesa regente de Albión. Tero estaba convencido de que Persis y Andrine arriesgaban su vida en cada excursión a Galatea. El hecho de que tuviera razón aún no había conseguido disuadirlas.

El atardecer se filtraba a través de las cortinas de bambú que tapaban la columnata que constituía la pared externa de la habitación. Jarras de tres metros de altura estaban repletas de hojas de palma que colgaban atadas a guirnaldas de orquídeas, y el intenso aroma de la flor real flotaba en el salón. La princesa Isla estaba sentada en el suelo, ignorando los enormes cojines blancos desparramados cerca de ella. Sus holgados pantalones blancos estaban arrugados en montoncitos sobre su regazo y su capa blanca yacía olvidada en uno de los divanes detrás de ella. Por un instante, Persis se imaginó que eran niñas otra vez, jugando con puzles o construyendo volcanes en el suelo con los cojines.

Isla extendió la mano derecha hacia el infante que se sentaba delante de ella, un niño pequeño de ojos destellantes que chillaba extasiado con los diminutos hilos dorados que saltaban entre las yemas de los dedos de Isla.

—¡Funciona! —exclamó Tero, poniéndose de rodillas al lado de la princesa.

—¿Otra aplicación? —preguntó Persis, al tiempo que se recogía los bordes de su sarong amarillo y se sentaba. Daba la impresión de que Tero se pasaba la mitad del tiempo de su nuevo trabajo en el Colegio Real de Gengenieros desarrollando nuevas aplicaciones de palmport para Isla.

Y, la otra mitad, trabajando clandestinamente para la Liga de la Amapola Silvestre.

Así que hilos saltadores. La semana anterior había sido una aplicación que permitía a Isla controlar la lista de reproducción del órgano hidráulico ubicado en el jardín. Y, antes de eso, Tero había inventado un código que combinaba la identificación óptica con la piel visible y, al hacer funcionar la aplicación, se podía lograr que el consejero Shift pareciera un armadingo. Lo que hiciera falta para arrancar las risas de Isla, o, más bien, para ayudarla a olvidar que ya no era solo la compañera de clase de ambos. No era únicamente la mejor amiga de Persis. Un pequeño accidente y se había visto huérfana, madre y gobernante de un país al borde de la guerra.

—¿Qué tipo de suplementos necesita para funcionar? —preguntó Persis, como si nada importara y pudiesen hablar igual que antaño.

—Potentes —respondió Isla con un suspiro—, pero es una auténtica maravilla para el rey. —Ella se encogió de hombros y las figuras se derrumbaron hasta convertirse en polvo brillante en torno al disco dorado incrustado en el centro de su palma. El bebé graznó en protesta, pero Isla lo agarró y lo volteó hasta acabar con la cabeza hacia abajo; empezó a reírse de nuevo.

—El rey de Albión, indiscutiblemente —añadió Tero con soberbia fingida—, tiene un gusto exquisito para tratarse de un niño que apenas acaba de empezar a caminar—. Sonrió hacia Isla e inclinó la cabeza—. Me alegra que os haya gustado, Alteza.

Alteza. ¿En qué momento se había vuelto Tero tan formal? Diez años atrás no había reverencias, no cuando se había dedicado a colarse en sus fiestas de pijamas para arrojarles medusepias a la cabeza.

Pero muchas cosas habían cambiado desde entonces.

Isla observó a Tero marcharse, y luego dio una palmadita al rey en el pañal.

—Está bien, Albie. Vete a jugar mientras tu hermana charla con la tía Persis.

El rey infante de Albión obedeció, tambaleándose hacia los brazos expectantes de su cuidadora.

—Princesa —comentó Persis alegremente, sin quitar ojo al bebé y a su niñera—, acabo de regresar de Galatea y te he traído unas… sedas preciosas.

—¿Lo mismo de siempre? —preguntó Isla, acostándose de espaldas sobre los cojines y echándose varios de sus mechones plateados por detrás de los hombros. A diferencia del pelo de Persis, el color de Isla era natural. Todo el mundo sabía que el cabello de la realeza albiana se volvía blanco en la adolescencia; era tal la firma genética de la dinastía que, si Isla hubiera conservado el oscuro cabello polinesio de su juventud, se lo habría teñido. Ya era lo bastante difícil conseguir reconocimiento como gobernadora legítima de la isla.

Persis soltó una risita audible.

—¿Me estás diciendo que te aburren mis esfuerzos por traerte lo mejor que Galatea tiene que ofrecer?

—En absoluto —replicó Isla, echando otro vistazo a la niñera del rey—, pero siento mayor curiosidad por otros albianos que introducen bienes galatienses de contrabando a mis fronteras. He oído rumores de que la Amapola Silvestre ha culminado otra misión hoy mismo.

—También he oído los rumores —respondió Persis, cuidándose de que su tono fuera de chismorreo—. Por lo visto, rescató a lord Lacan y a toda su familia.

—¿También a sus hijos?

Persis asintió.

Isla no pudo contener su sonrisa pero, en seguida, se puso seria.

—Pero entonces habrían sido seis personas. Tengo entendido que la Amapola escapó con diez refugiados.

—¡Dios Santo, Princesa! —exclamó Persis—. No puedes esperar que yo sepa nada de eso.

—Persis… —Sin duda, Isla podía adoptar un aspecto muy real; cuando ella así lo deseaba.

—Unos cuantos nores en contra de los principios revolucionarios… —declaró Persis—, probablemente.

—Probablemente —repitió Isla, frunciendo los labios—, teniendo en cuenta lo persuasiva que es la Amapola Silvestre. Me pregunto qué es lo que él piensa que hago con los refugiados nores que amontona en mis fronteras.

Persis lanzó una sonrisa esperanzada a su amiga.

—Él probablemente piensa que los tratas bien, dado que eres una déspota benevolente. —Llevaba provocando a Isla con ese título durante años, desde que lo habían aprendido en las clases de historia antigua. Pero ahora la escuela había terminado para ambas. Isla era la gobernadora de facto de la isla y Persis… bueno, Persis se centraba en otras actividades, que la mantenían ocupada.

—¿Y darle a los miembros de mi Consejo otra razón para sospechar que conozco su identidad? —preguntó Isla. Las cuidadoras de Albie mantenían una respetuosa distancia, pero nunca se sabía.

—Dudo mucho que piensen eso —repuso Persis con una expresión escéptica—. Creía que todos en Albión sabían que lo único que te importa es competir conmigo por ser la mejor vestida de la isla. Eres regente solo en nombre, y tu intención es dejar que el Consejo decida la dirección del país hasta que el rey alcance la mayoría de edad.

Isla observaba a Persis con una advertencia chispeando en sus ojos oscuros. Persis miró a Isla con sus brillantes ojos ámbar.

—De acuerdo —pronunció la princesa finalmente, mostrándole una sonrisa indulgente a su amiga.

Por dentro, Persis dio un suspiro de alivio. Aunque Isla era la regente más benevolente con los normales que había visto Albión, no sentía ninguna obligación especial para con los nores de Galatea, más que nada, porque había sido su revolución la que había desmoronado el país.

Sin embargo, Persis no podía evitar sentir pena por los nores que había rescatado en la misión Lacan. Habían querido llevar vidas sencillas, sin haber sido afectados por los propósitos corrompidos de la revolución, y habían sido reducidos simplemente por quedarse y apoyar a los inocentes Lacan.

Aquella guerra era una parodia. Cómo deseaba poder salvarlos a todos.

Cómo deseaba que Albión pudiera. Pero Persis sabía que las manos de Isla estaban atadas. Y, mientras su amiga se centraba en las necesidades de su nación, ella hacía lo posible por proporcionar la ayuda que ambas muchachas habrían deseado que hubiera sido ofrecida por el país.

—Si tuviera la ocasión, ¿qué crees que el Consejo le diría a la Amapola Silvestre? —preguntó a la princesa.

—¿Deje de traernos pobres? —sugirió Isla.

Persis resopló con sorna.

—Hasta los aristos galatienses son pobres cuando llegan aquí. Han sido despojados de sus haciendas y de todas sus propiedades.

—Cuando no de sus cerebros.

Persis puso los ojos en blanco.

—Afortunadamente, eso podemos remediarlo. —Desintoxicarse de la droga de la Reducción no era un proceso agradable, pero era mejor que la alternativa.

Y, hasta que los galatienses no cesaran de castigar a los nores junto con los aristos, el cometido de la Amapola Silvestre sería el de salvaguardar la igualdad de oportunidades. Persis era una Blake y también una arista, pero su madre era nor. Y, más importante, el sufrimiento era el sufrimiento. Nadie debería ser despojado de sus habilidades mentales. Nunca.

Las cuidadoras se llevaron a Albie para que se echara su siesta. Isla las siguió con los ojos hasta que abandonaron la habitación.

—Con un poco de suerte, la revolución también desaparecerá y los galatienses que inundan nuestras costas recuperarán sus fortunas y encontrarán una manera de agradecernos nuestra generosidad. —Isla sacudió la cabeza—. No estaba previsto que yo gobernara, y menos en tiempos tan interesantes.

Persis colocó una mano en el hombro de su amiga. Había rumores en la corte que decían que el padre de Isla habría podido evitar la revolución. Que habría podido asesorar a la reina Gala al inicio del conflicto. Aún había quien proclamaba que los revolucionarios habían estado implicados en el accidente de barco que había reclamado las vidas del rey Albie, de su mujer y de su hijo mayor hacía poco más de seis meses.

Persis no lo creía, pero sí que daba crédito a las teorías de que el Ciudadano Aldred y su ejército habían actuado en su momento, seis meses atrás, porque sabían que Albión, todavía tambaleante por la pérdida de su rey y de su heredero mayor, no podría intervenir cuando los galatienses derrocaran y redujeran a su propia reina.

La reina Gala había sido la primera víctima de la monstruosa nueva «píldora de la Reducción», que los revolucionarios llamaban rosadas. Tras dos semanas cumpliendo su pena, la encontraron sin vida en su celda. Otro accidente, según los revolucionarios.

Acto seguido, habían alimentado con su cuerpo a sus propias bestias guardianas, la manada de mini orcas que había poseído en su cala privada cerca de Halahou. Tras aquello, Persis había estado segura de que su propio país se pronunciaría en contra de las tácticas de la revolución, segura de que la furia justificada de Isla debido a la muerte de la monarca vecina se traduciría en actos contra sus asesinos. Pero, seis meses más tarde, el Consejo Real Albiano todavía vacilaba y, peor aún, impedía que la princesa regente actuara.

Algunos deseaban evitar una guerra a toda costa; otros temían que la revolución pudiese extenderse a sus fronteras; pero las voces más ruidosas eran las que se aprovechaban del conflicto para sus propios fines, especialmente, el de lograr que la princesa pareciese débil.

En ese momento, Isla se levantó y se sacudió los pantalones, que cayeron hasta sus pies formando pliegues cremosos. El blanco también era estratégico. En contraste con los exuberantes colores del jardín y con los llamativos trajes de los otros cortesanos, Isla destacaba. Distante. Inaccesible. Inconfundible. Persis recogió la capa del suelo, y su amiga hizo una mueca mientras la tomaba.

—Odio esta cosa.

—Es un símbolo de poder —señaló Persis, asistiendo a su amiga con el broche. A Isla le venían bien todos los símbolos de poder que pudiese obtener. Las leyes albianas que impedían que las mujeres pudiesen recibir una herencia no solo evitaban que Isla se erigiera como la verdadera reina, sino que incluso convertía su regencia temporal en sospechosa a ojos de la mayor parte del pueblo.

Mientras el rey aún vivía, el Consejo Real albiano se había formado para constituir un ejemplo de gobierno modelo en comparación con el poder absoluto de la reina de Galatea. En Albión, el monarca estaba sujeto a la inspección e imparcialidad del Consejo. Pero ahora Persis e Isla veían la verdad que no habían aprendido en la escuela: el Consejo también podía incapacitar a la regente y culparla de no actuar.

Su único recurso era la Amapola Silvestre; y no podían permitir que nadie se enterase jamás.

—Ya, bueno. Los reyes de antaño llevaban capas emplumadas y gigantescas coronas metálicas todos los días. Es increíble que pudieran andar. —Isla suspiró—. Quedan quince años para que mi hermano tome el relevo.

—¿Y cuántos para que tú lo hagas? —interrogó Persis, e inmediatamente se arrepintió. Ya bastante dudaban de ella el Consejo y el pueblo. No necesitaba que su mejor amiga también lo hiciera.

Isla adoptó una expresión adusta.

—Galatea está reduciendo a sus ciudadanos a un ritmo de doce al día. El país se está desmoronando por la guerra. Con eso en el horizonte, ¿cómo piensas que se tomarían que condenara al Consejo por su pasividad?

—Eso lo entiendo, pero…

—¿Pero qué, Persis? —La voz exigente de Isla estaba teñida de un deje de frustración—. No quiero una guerra en Albión. Si eso significa ser amable con el Consejo hasta que las aguas vuelvan a su cauce después de la muerte de mi padre, que así sea.

El Consejo sostenía que intervenir en Galatea podría originar un levantamiento de plebeyos en sus costas. Pero los aristos albianos no estaban muy contentos viendo cómo la corte se quedaba de brazos cruzados mientras los aristos galatienses eran torturados y reducidos. Isla lo sabía. Los riesgos de un golpe de Estado de la aristocracia la afectaban a ella, no a los miembros del Consejo. Y Persis estaba segura de que los líderes del Consejo (casi todos aristos) lo sabían.

—¿Y si el Consejo nos conduce a una guerra civil?

—Entonces cuento con que la Amapola Silvestre nos salve. —Y, con eso, Isla apartó las cortinas de bambú y ambas muchachas salieron al jardín. Incluso la tonta chica que Persis fingía ser podría interpretar las acciones de su amiga. La conversación había concluido. Y, tal vez, era lo mejor. No podían cambiar las cosas. Isla únicamente podía contar con Persis, y Persis únicamente podía contar con la Amapola.

Fuera, en el jardín, el agua goteaba melódicamente a través de un riachuelo artificial hasta terminar sobre una serie de tubos musicales. El órgano hidráulico había sido diseñado durante el reinado del abuelo de Isla por un nor de nacimiento y era uno de los elementos de orgullo de la familia real albiana. Su rápido apoyo a los nores de nacimiento, además de la pronta adopción de la Cura Helo, eran dos hechos que al Consejo le gustaba sacar a la luz todo lo posible para conservar el apoyo poblacional de la monarquía. El sanatorio dirigido por el estado para aquellos con Demencia de Normalidad Adquirida (u Oscurecimiento, como la mayoría la llamaba) debería haber sido un tercer motivo de orgullo, pero a nadie le gustaba que le recordaran la sombra que planeaba sobre la cura.

Ni siquiera a los oscurecidos.

En todo el jardín, los hibiscos florecían y las hojas de palmera ondeaban por encima de las cabezas de los cortesanos, quienes se desplazaban en grupos, chismeando acerca de las últimas hazañas de la Amapola Silvestre o sobre qué aristo había sido sorprendido con la mujer de cuál otro. Aquí y allá, se podía oír el zumbido de las aleteonotas, volando de persona en persona, llevando mensajes o promesas, o únicamente impresiones. Eran un gasto de energía, pero igualmente causaban furor. Persis era en parte responsable. Suponía que no podía evitarlo.

Lo único sobre lo que la gente quería hablar era la Amapola Silvestre. Las aristas de Albión que no proclamaban ser su amante secreta, expresaban el deseo de serlo, en caso de que el espía estuviese interesado. A veces, Persis sentía la cruel tentación de gastar una broma o dos. ¿Qué harían si recibieran una aleteonota con forma de amapola silvestre pidiéndoles que se reuniesen con él, digamos, al amanecer, en el cenador del promontorio norte, llevando exclusivamente una guirnalda de amapolas, acompañada de una sonrisa? Pero no se arriesgaría. Tenía trabajo serio que hacer.

Lo que le recordaba algo. La situación con la joven soldado ese día había sido demasiado delicada como para sentirse cómoda. Alzó una mano para tocar la elevada torre que formaban sus trenzas, bucles y tirabuzones amarillos y blancos que eran la envidia de todas las chicas de la corte. Persis adoraba su cabello. Le encantaba el modo en que le enmarcaba el rostro cuando examinaba su reflejo, el modo en que evidenciaba el tono dorado oscuro de su piel. Le encantaba que cada trenza y bucle le recordara las horas que su madre se había pasado con ella en la terraza de piedra de Centelleos, enseñándole cómo elaborar las trenzas.

En su momento, su madre había sido la belleza reinante de Albión, y su cabello tupido y abundante era un legado genético del que Persis podía sentirse orgullosa. Pero si debía sacrificarlo por la Amapola Silvestre, por la misión, lo haría. Al fin y al cabo, hacía mucho tiempo que los días de trenzarse el cabello con su madre en la terraza habían llegado a su fin.

Una aleteonota en forma de pez volador zumbaba en torno a su rostro. Andrine. Persis se desprendió del cubremuñecas que protegía su palmport. La flor se hundió limpiamente en el disco de su mano y el mensaje fue emitido como un susurro en su conciencia.

Cargamento trasladado a la clínica sin problemas. Todos siguen inconscientes.

Ella cerró los ojos brevemente, centrándose en elaborar una respuesta. Codificó la forma de amapola, en lugar de la que tenía por defecto, la plumeria de la familia Blake.

Que la soldado siga dormida hasta nuevo aviso.

—¿Persis? —preguntó Isla, observando la aleteonota que, cual azúcar hilada, estaba formándose sobre el palmport de Persis—. ¿Va todo bien?

En efecto, era raro que Persis arreglara los asuntos de la Amapola Silvestre en público.

Mientras la aleteonota desaparecía volando con una brisa marina, Persis forzó una sonrisa.

—Nada que no pueda manejar.

La soldado que había capturado durante la misión Lacan había constituido una complicación inesperada. Hasta ahora, Persis solo se había llevado de Galatea a prisioneros de la revolución, y no estaba preparada para lidiar con una prisionera propia.

—He estado considerando algunas mejoras para mi… ropa de trabajo —señaló de manera significativa—. Los procedimientos convencionales no suplen las últimas necesidades. Estoy pensando en probar algo un poco más… radical para la misión de mañana.

Isla la observó durante largo rato.

—Los tempogenes son peligrosos.

—Y también ser atrapada por los galatienses.

La princesa sacudió la cabeza.

—No me da buena espina, Persis.

—Ni falta que hace. Los tempogenes se pueden encontrar con facilidad en las calles de Galatea hoy en día.

—Tal y como demuestran día a día las historias de terror que llegan al estrecho —replicó Isla—. ¿Cuántas muertes ha provocado la gengeniería clandestina desde que los revolucionarios dejaron de controlarla?

—No tantas como los fármacos de los propios revolucionarios. —Persis se volvió a colocar el cubremuñecas sobre la mano. Los riegos que entrañaban los tempogenes era menores que los de tener que arrebatarle el arma a una soldado galatiense, tal y como se había visto obligada a hacer ese mismo día. Y, si Tero disponía del tiempo suficiente para crear aplicaciones de palmport con el objeto de entretener a Isla y a Albie, podía improvisar unos cuantos tempogenes para ella.

—¿Y si acabas intoxicada? —interrogó Isla—. ¿Cómo podría explicárselo a tus padres?

Persis se mordió el labio. ¿Cómo reaccionaría Isla si le revelara que un accidente con los tempogenes probablemente sería el último de los problemas de la familia Blake?

—Les dirías que ha sido en cumplimiento del deber. Eso debería bastar para Torin Blake. —Y para su madre, si ese día en particular recordaba que tenía una hija.

—¿Y a la corte? ¿Y al Consejo?

—Fácil. —Se encogió de hombros, alejando de su mente los pensamientos de su madre—. Todos saben que Persis Blake es lo bastante tonta como para experimentar con cualquier cosa.

Capítulo 3

Mientras el sol asomaba por encima del mar, iluminando la costa con un rosáceo resplandor dorado, los niños Ford dejaron de retorcerse y sucumbieron a un extraño e intranquilo sueño. Sharie confiaba en que aquello fuese normal. Su contacto no le había revelado qué esperar exactamente de las rosadas, solo que los niños serían más fáciles de trasladar hasta los oficiales revolucionarios si ya estaban reducidos.

No le gustaba el aspecto que mostraban, tumbados en los palés con restos de espuma rosa secándose alrededor de sus bocas. No le gustaba que su contacto estuviese ausente, pues, según lo planeado, tendría que haberse presentado allí mucho antes del amanecer. Si los Ford se percataban de la desaparición de los niños, si la sorprendían con ellos de esa guisa…

Al final, no pudo seguir soportando la imagen de sus patéticos cuerpecitos, así que se escapó a la playa. Poco después, la sombra de un deslizador surgió en la arena a lo lejos, delante de ella. No había anticipado que apareciese en la dirección de la playa, sino en la de la carretera. Daba igual. El transporte había llegado por fin. El conductor no… no era precisamente la escolta policial que se había esperado. Aunque, bien mirado, era probable que la revolución llevara a cabo el trabajo sucio usando vías extraoficiales. Se trataba de una anciana, encorvada y arrugada, con mechones de cabello gris y ojos hundidos rodeados de masas de piel avejentada y descamada. Estaba envuelta en una gruesa túnica con capucha y, mientras se movía para bajar los frenos del deslizador hasta la arena, Sharie pudo apreciar que sus manos estaban cubiertas con largos guantes de lino.

—Llega tarde —soltó Sharie, preguntándose si la anciana podría siquiera ayudarla a trasladar los cuerpos.

La mujer elevó sus antiquísimos hombros.

—El dinero no tiene fecha de caducidad. Pero una oferta del ejército revolucionario, sí.

Sharie se apresuró a acompañar a la mujer al interior de la casa, antes de que pudiese cambiar de opinión. Allí, sobre un palé, yacían tres niños, aún inconscientes y con un sueño espasmódico. Manchas rosadas relucían en sus mejillas y gargantas, y también en esponjosos montoncitos en su cabello.

—Les ha dado rosadas —declaró la mujer inexpresivamente.

—Sí —replicó Sharie—. Como me ordenaron.

Pero la única respuesta de la mujer fue:

—¿Dónde está la cuarta?

—No pude llegar hasta ella. Es la heredera, así que tiene su propia ala. —Sharie puso los ojos en blanco—. Ya sabe cómo son los aristos. Hasta en medio de un asedio, deben mantener las apariencias.

La anciana bufó con un asqueroso sonido flemoso y alargó la mano para tomar el bolso de piel que le colgaba en el costado.

—Bueno, habíamos acordado cien por cabeza, ¿no?

—Trescientos —corrigió Sharie. ¡No se había arriesgado a sacar a los niños del asedio en la hacienda Ford por cuatro duros!—. Trescientos por cabeza.

La anciana hizo una pausa para pensar.

—Pues, sin la heredera, no me van a pagar el precio total. El plan es intercambiar a estos niños por lady Ford y su marido. A ellos son a quienes quiere el ciudadano Aldred, pues están liderando la resistencia monárquica. Pero, con la heredera, lady Ford podría decidir que los demás niños son prescindibles, sacrificios necesarios, igual que todos esos guardas que han ido muriendo para mantener fortificado el asedio contra las fuerzas revolucionarias.

—No lo harán —aseveró Sharie. Podía ver el acuerdo desmoronarse ante sus ojos—. Es verdad que son aristos, pero los Ford quieren a sus hijos. Créame, fui su canguro durante cinco años.

—Cinco años —repitió la anciana—. ¿Usted ha cuidado de estos mocosos y ahora los reduce? —Silbó entre dientes—. ¿Qué va a hacer con el dinero? ¿Comprar una nueva vida en Halahou, donde jamás tenga que volver a cuidar de la prole mimada de un aristo?

Evidentemente. Sharie no tenía más experiencia que la de cuidar niños y, con los aristos cayendo como moscas, ya nadie quedaba que la pudiese contratar. Más le valía conseguir todo lo que pudiese mientras aún quedasen cosas que merecieran la pena obtener. De todos modos, los niños Ford ya estaban condenados. El asedio iba a acabar desmoronándose y, cuando lo hiciese, la familia al completo sería reducida; ellos y cualquiera que fuese sorprendido ayudándolos. Sharie veía las señales de peligro y no tenía la intención de permanecer allí cuando aquello se viniese abajo.

La anciana realizó un cálculo mental mientras observaba dormir a los niños.

—Ciento cincuenta por cabeza. Es mi oferta final, y más vale que la acepte. El tiempo se agota.

—De acuerdo.

La mujer le entregó el dinero en el bolso de piel. Las monedas tintinearon una contra la otra, sorprendentemente pesadas. Jamás en toda su vida había sostenido tanto dinero; o, más bien, dinero en metálico. Los Ford le habían pagado en créditos reales, todo bonito y legal. Pero con lo inestable que estaba el gobierno, lo mejor era llevar dinero en efectivo. Especialmente, si una trabajaba en algo que no era precisamente legal.

Se colgó el bolso del hombro y luego ayudó a la anciana a trasladar a los niños, uno por uno, a la parte trasera de la cabina del deslizador. Cuando colocaba a la más joven, Mardette, los ojos de la niña se abrieron con un pestañeo.

—Guuuuuh —balbució.

Sharie tragó saliva. Mardette poseía una voz preciosa para el canto. Se preguntó si los reducidos sabrían siquiera cómo entonar una melodía.

De un modo u otro, los habrían capturado. De un modo u otro, los habrían reducido. Nada había que Sharie hubiera podido hacer para impedirlo. Si intentaba ayudarlos, terminaría por ser castigada, junto con los demás nores de la hacienda Ford. Sharie apretujó el bolso con fuerza, reconfortada por el peso del dinero en su interior. Y, además de obtener su fortuna, había contribuido a la revolución. Ahora estaban en deuda con ella.

—A propósito —comentó la anciana mientras se subía de nuevo al asiento del conductor—, ¿qué ha pensado hacer si los hombres de los Ford salen en su busca?

Sharie sacudió la cabeza.

—Si pudieran pasar por encima de los revolucionarios, ¿no cree que ya lo habrían hecho? —En cualquier caso, no necesitaba preocuparse por los Ford. La revolución la protegería. Sharie había escogido el lado ganador.

—Hmm —profirió la anciana, y arrancó.

Tan pronto como se hubo marchado, Sharie corrió al interior de la casa. En los palés del suelo aún podían verse las marcas rosadas de los cuerpos de los niños Ford; Sharie desvió la mirada. Al menos había conseguido el dinero. Metió la mano en el bolso, deleitándose con el tacto frío de las monedas. Ese dinero sería más que suficiente para empezar su nueva vida en Halahou. Abrió el bolso; lo mejor era ver su recompensa. Ahí había cuarenta y cinco piezas de plata. Dinero a cambio de nada, excepto librarse de la ira de los revolucionarios. La luz del sol saliente se filtraba a través de las ventanas de la casa y destelló en la superficie de las monedas.

Que empezaron a cambiar.

Ante sus ojos, los grabados de las monedas comenzaron a disolverse y a girar en la superficie. Sharie pestañeó con fuerza, pero la ilusión óptica continuaba. Agarró una de las monedas y se la acercó a los ojos. El rostro de la antigua reina Gala se volvió borroso, las líneas pasaron a ser puntiagudas y dentadas, hasta que tomaron forma de nuevo, la de una flor de hojas puntiagudas.

Sacudió la cabeza con estupefacción y consternación. La nanotecnología no se aplicaba a las monedas. ¿La habían timado? ¿Aquella vieja arpía le había dado dinero falso? Le dio la vuelta a la moneda para ver lo que había por detrás.

Mi agradecimiento eterno, Amapola Silvestre.

La moneda produjo un golpe sordo contra la encimera. Sharie retrocedió, tambaleándose. No.

Se oyeron golpes contra la puerta desde del exterior.

—¿Sharie Bane? Hemos venido a por los niños.

Sharie se puso las manos contra el pecho con fuerza, sintiendo cómo la trampa se cerraba firmemente. ¿Cómo había podido ser tan necia? Con dedos temblorosos, abrió la puerta. En el umbral aguardaban dos guardas revolucionarios junto a una tercera persona: una joven que llevaba unos elegantes pantalones negros y una chaqueta militar a juego con una insignia que la señalaba como capitana. La mirada de Sharie descendió hasta el nombre bordado en la chaqueta de la mujer.

Aldred.

Vania Aldred, la joven capitana a cargo del asedio de los Ford. La mismísima hija del ciudadano Aldred. A Sharie se le secó la garganta.

—¿Es usted Sharie Bane? —preguntó la capitana, elevando una ceja hasta que desapareció bajo su flequillo oscuro. Su cabello negro era demasiado largo, y más liso que el agua al fluir desde un grifo.

Sharie pensó en fingir ignorancia.

—Yo…

La mujer la rozó al pasar a su lado para revisar la habitación.

—¿Dónde están los niños Ford? ¿Ha fracasado en cumplir su promesa a la revolución?

—No… yo… —La mirada de Sharie se dirigió a las monedas de la encimera. La joven (apenas una niña también) miró en aquella dirección. Alzó una de las monedas, siseó y la dejó caer con otro golpe sobre la encimera.

—Idiota. ¿Qué aspecto tenía él?

—Era… era una anciana. —Tragó saliva y retrocedió—. Por favor, ¿cómo iba a saberlo? Yo no he…

La capitana dio una pequeña sacudida con la cabeza.

—No, no ha hecho nada de lo que debía. —Se giró y desfiló hasta los guardas en la puerta, murmurando órdenes. Los hombres avanzaron hacia ella.

—Por favor —musitó.

—Idiotas inútiles como usted no merecen sus cerebros —espetó la capitana Aldred.

Justen Helo caminaba por el muelle con las manos en los bolsillos, como para proteger los oblets que había escondido ahí. Dudaba que hubiese una sola persona capaz de detectar aquellos ordenadores del tamaño de guijarros, pero, de igual forma, se sentía mejor al rodearlos con los puños. Hasta el momento, su huida se había producido sin incidentes. El personal de la sala de registro apenas había advertido su visita, y los guardas junto a la entrada del palacio tan solo habían inclinado la cabeza en su dirección cuando se los había cruzado. Su seguridad estaba a muy poca distancia.

¿Realmente iba a seguir adelante con aquello?

¿Tenía elección? En cuanto los oficiales de la hacienda Lacan se dieran cuenta de lo que había hecho, su detención estaría esperándolo a la vuelta de la esquina. Ya no podría despistar a su tío, ni evitar que su investigación se convirtiese en una mofa de todo aquello por lo que se había pasado la vida trabajando.

Delante de él, un precioso yate tiraba impacientemente de sus amarras. Por el aspecto de sus aparejos, era albiano. Mejor que mejor. Los viajes entre ambas naciones se habían reducido desde la revolución, pero Justen había albergado la esperanza de que hubiese alguien en el puerto de Halahou que le permitiese subir a bordo. Se paseó delante del barco dos veces, con la perspectiva de encontrar al capitán, pero no vio a nadie en la cubierta. La tercera vez que atravesó el muelle, la mirada de uno de los guardas se mantuvo en él durante un tiempo y los ojos se le iluminaron con lo que podía ser comprensión.

Aquello había sido un error, el último de muchos. Debería haber sabido que su tío acabaría adivinando sus planes. Había un motivo por el que Damos Aldred era la primera persona que había desafiado a un gobernante de Galatea en siglos, desde la creación de la isla.

—Usted —le llamó un guarda; Justen se puso rígido. Pero el hombre, ataviado con el uniforme de la revolución, no señalaba en su dirección, sino a alguien detrás de él. Justen se volteó para ver a una figura tambaleándose por el muelle. Alta y bien entrada en años, la mujer era una arista, a juzgar por su ropa, una cascada de volantes de seda de color rojo oscuro y azul marino que se extendían desde su clavícula hasta sus rodillas. Su cabello estaba dispuesto en un elaborado embrollo de bucles y trenzas del color de las nubes en un día tormentoso. Justen se sorprendió. Dudaba que quedara un solo aristo en Albión que aún conservase su color natural de pelo. Y aquella arista era, sin duda, albiana. Una noble galatiense que, de alguna manera, había evitado la revolución durante tanto tiempo no saldría al exterior vestida con ropas tan finas. A eso se le llamaba buscar problemas.

—Usted —repitió el guarda—, identifíquese.

La arista, quienquiera que fuera, lo ignoró. Toda su atención estaba en el yate, como si pudiese subir a bordo simplemente con la fuerza de su voluntad.

Era una arista albiana drogada, disfrutando de las distracciones baratas que se podían obtener en los suburbios de la zona del muelle. Justen sintió una sacudida de desprecio, seguida inmediatamente por arrepentimiento. A pesar de lo que proclamaban, la revolución no se había esforzado mucho por ayudar a los nores más empobrecidos. ¿Qué sentido tenía castigar a los aristos por su comportamiento si no se protegía a las víctimas?

—Deténgase ahora mismo—ordenó el guarda.

En aquella ocasión, la mujer sí se detuvo y, por vez primera, Justen reparó en que los volantes de su vestido eran iridiscentes al oscilar y ondear al sol. Un segundo después, se dio cuenta del motivo. La arista estaba temblando, estremeciéndose tanto que era increíble que sus dientes no se hiciesen añicos en su boca.

Intoxicación por tempogenes. Al menos, esa era la impresión que daba, y la explicación más probable si había estado de fiesta en los suburbios. Con el instinto surgido tras años de entrenamiento médico, Justen alargó los brazos hacia la mujer, que se desplomó contra su cuerpo. Él le aferraba la cabeza mientras ella se retorcía y se sacudía en sus brazos. Una grasienta pasta gris que provenía de su peinado le manchó los dedos. Ella se hundió en sus brazos mientras varias botas golpeaban los tablones detrás de ellos.

Serios problemas estaban a punto de desencadenarse en aquel lugar. Problemas y atención que no se podía permitir.

Cuando el primero de los guardas los alcanzó, arrancó a la mujer de sus brazos de un tirón.

—¿Quién se cree que es? —vociferó el guarda mientras ella colgaba en su firme agarre como un águila debilitada—. Arista inmunda, contéstenos.

Justen empezó a retroceder. Afortunadamente, no parecía que estuviesen ni la mitad de interesados en él. En el yate, vio un destello turquesa cuando un ocupante se asomó por encima de las barandillas para ver la conmoción. La mujer atrapada en el agarre del guarda levantó la mirada hacia el barco y sacudió la cabeza una vez. Pero incluso ese movimiento parecía ser demasiado esfuerzo para ella, y los ojos se le pusieron en blanco.

Otro guarda soltó un bufido.

—Parece que ya ha probado su primera rosada. Si esperamos a que haga efecto, podremos divertirnos de verdad.

Ante eso, Justen se puso tenso y un escalofrío le atravesó las venas. Su primera rosada. ¿Así que a aquello habían llegado en las calles de Galatea? ¿A bromear con la píldora de la Reducción? Realmente había estado aislado. Y, si no se marchaba de aquella isla, las cosas iban a empeorar muchísimo. Para todo el mundo.

Su cautela se evaporó y abrió la boca para hablar en un tono de voz más acostumbrado a dirigirse a técnicos de laboratorio que a unos guardas de seguridad de muelle.

—Caballeros, ¿no se dan cuenta? Esta mujer es albiana, aunque sea arista.

—¿Y quién se cree que es usted? —interrogó el primer guarda, mirando a Justen por debajo de la nariz.

Él se enderezó, aunque seguía sin ser tan alto como el soldado.

—Un transeúnte curioso, señor, y amigo de la revolución. Ustedes saben que el Ciudadano Aldred ha concedido inmunidad a los albianos visitantes. Está claro que no nos gustaría hacer enfadar a su princesa por culpa de una estúpida arista como esta, y tampoco lo querrían los del palacio, ¿no es así?

—Esa es su opinión, joven.

—Cierto, lo es. —Estaba preparado para liberar su arma secreta cuando la arista procedió a vomitar en el suelo.

El guarda hizo una mueca.

—Pues que Albión se la quede. —Soltó a la mujer, que se desplomó en el muelle, inconsciente. Cuando el guarda le dio una patada, apenas se quejó.

Justen abrió la boca, pero no emitió palabra. Siempre que se marcharan y la dejaran en paz, una patada no le haría más daño del que ya le ocasionaba la intoxicación por tempogenes. Extendió los brazos y la alzó una vez más. Las sacudidas habían empeorado.

—Mi barco —graznó.

—Sí —replicó secamente Justen. Tontear con genética temporal era de lo más estúpido y de lo más mortífero. Desde la revolución, el mercado de tempogenes no autorizados había aflorado en los barrios menos fiables de Halahou, que ofrecían de todo, desde piel que resplandecía en la oscuridad y plumas, hasta ojos de serpiente y cambios de sexo. Causaban furor entre los adolescentes nores, incluso Remy había expresado interés en probarlos, hasta que Justen le había explicado exactamente lo que podría ocurrir si las cosas salían mal.

Los tempogenes también eran muy populares entre los aristos albianos aburridos en busca de una aventurilla de vacaciones en el sur. Justen ni se molestaba en odiarlos. El infierno que entrañaba la intoxicación por tempogenes era castigo suficiente. Aquella, sin embargo, era lo bastante mayor como para haber sido más sensata. Parecía tan vieja como la propia Cura Helo.

Llevó a la anciana a rastras hacia el barco, y la albiana de cabello turquesa que había vislumbrado anteriormente se reunió con él en la rampa. Era unos años más joven que Justen, de amplias mejillas sonrosadas y con un intenso brillo de inteligencia en sus ojos de color marrón oscuro.

—Gracias, Ciudadano —expresó la muchacha, aferrando a la anciana y liberándola de su agarre—. Le estoy agradecida por ayudar a mi abuela. Está… bastante débil…

—Sufre intoxicación por tempogenes —le soltó a la joven—. No soy idiota. El código se está descomponiendo peligrosamente y sus células están entrando en shock. ¿Tiene un botiquín de primeros auxilios a bordo?

La muchacha le lanzó una mirada inquieta a su abuela sin decir nada.

—Escuche —siseó Justen—, necesita cuidados médicos o entrará en coma. Soy médico. Puedo tratarla aquí o la podemos llevar al hospital de Halahou. Usted elige.

La joven de cabello turquesa se marchó en busca del botiquín. Justen dispuso a la anciana en un banco acolchado. Le apartó el pelo de la cara con la mano y la grasa gris se le esparció en la piel. Ahí fue cuando se dio cuenta de que el color era falso al percibir que el gris destellaba entre las trenzas.

La mujer abrió los ojos con un pestañeo. Él había anticipado que parecieran acuosos y hundidos por la edad, pero eran de un claro castaño dorado. No daba la impresión de que hubiera tantas arrugas y parecían menos profundas que las que había observado en el muelle.

—¿Tempogenes de envejecimiento? —preguntó como si se encontrara en la clínica rodeado de otros médicos—. Esto es nuevo.

—No ha funcionado como debía —señaló la mujer, cuyo graznido se había desvanecido para dar paso a la voz de una muchacha—. Se suponía que tenía que aparentar treinta años, no noventa.

—Ah. —Justen asintió. Aquella arista no era una abuela. Era probable que hubiera querido acceder a establecimientos con restricciones de edad. Aunque eso no explicaba el cabello canoso. Jamás había comprendido las razones de ser de la moda albiana. Los extravagantes colores de pelo, los ridículos volantes…

La muchacha de cabello turquesa regresó con un botiquín médico en las manos.

—Estás despierta —emitió con un suspiro de alivio.

La arista extendió la mano hacia su compañera.

—Andrine, ¿está todo listo?

La joven de cabello turquesa, Andrine, asintió.

—Bien —profirió la otra—. Prepara al Daydream para zarpar en cuanto mi salvador galatiense termine.

Justen vio su oportunidad.

—En realidad, como le decía a su amiga, usted precisa de atención médica. Quisiera ofrecerle mis servicios durante la travesía. Soy médico cualificado.

—No hace falta.

—Discrepo. —Vaciló un instante—. De todos modos, necesito viajar a Albión. Si no acepta mis cuidados, estaría encantado de pagarle por el viaje. Pero, en cualquier caso, como médico, me veo en la obligación moral de ofrecerle mi ayuda.

La muchacha lo estudió durante un buen rato. Se preguntó qué edad tendría realmente. Si había ingerido un tempogén de envejecimiento, puede que fuese incluso más joven que él.

—Qué agradable es ver que no todos los galatienses han desechado la moral. De acuerdo, puede venir con nosotras. Pero, díganos, ¿con quién estoy en deuda?

Echó una mirada detrás de él, hacia el muelle. Ninguno de los guardas se había rezagado. De todas formas, siempre que se marchara, daba lo mismo.

—Me llamo Justen Helo.

Andrine retrocedió un paso. Los ojos de la arista se ensancharon. Era comprensible. Incluso las jóvenes fiesteras albianas sabían lo que entrañaba aquel nombre.

—Ciudadano Helo —murmuró con suavidad—, es un honor.

—Justen —corrigió. Cómo desearía no volver a oír el título «ciudadano». ¿Y a quién se creía que engañaba aquella arista? ¿Un honor? Había vómito atascado en su garganta.

Ella inclinó la cabeza.

—Lady Persis Blake, a su servicio.

Capítulo 4

La seda cálida le acariciaba la mejilla y la luz solar moteaba de tonos corales el interior de sus párpados. Persis fue despertándose poco a poco. Sentía los miembros como si fuesen algas mojadas y el cuerpo le dolía como si hubiese nadado kilómetros. El delicado balanceo de la hamaca era su único consuelo. Intentó abrir los ojos y un puñal de dolor le rebanó las sienes.

Los recuerdos inundaron la herida. La misión. Los tempogenes. Los jóvenes galatienses del muelle. El que había dicho que se llamaba…

Ignorando el dolor, Persis se obligó a abrir los ojos. Justen Helo. Había estado demasiado intoxicada en el barco como para cuestionar las razones del galatiense. Demasiado intoxicada, incluso, como para hallar la forma de negarle que viajara con ellas en el barco después de haberla ayudado.

Andrine tendría que haber sido más sensata y no haber permitido que un desconocido navegara con ellas, aunque su apellido fuese Helo. Persis debía de haber estado realmente enferma como para que su amiga asumiese tal riesgo. Por lo menos, Andrine la había llevado de vuelta a casa, a Centelleos. ¿Pero qué habría sido de Justen Helo?

Hubo un suave gorjeo, acompañado del sonido de unas zarpas contra el lustroso parquet de bambú. Notó un tirón en las sábanas de seda junto a sus piernas; entonces, sintió el familiar peso y calor de Slipstream contoneándose a medida que subía por su cuerpo y se enroscaba en sus brazos. Sus bigotes le hicieron cosquillas y ocultó sus facciones de nutria en la cara interna de su codo. Pestañeó hacia ella con sus enormes y redondos ojos llenos de preocupación.

—No pasa nada, Slippy. Ya estoy en casa —susurró.

—Y despierta —señaló una voz al otro lado de los pliegues de su cama. Persis aferró con fuerza a Slipstream—. Antes de lo que me esperaba. Debe de tener una constitución fantástica.

Persis se sentó con esfuerzo. El visón marino se acurrucó contra ella con su pelaje de terciopelo seco y cálido por el sol, lo que significaba que aún no había ido de pesca esa mañana. Justen Helo estaba de pie junto a los escalones que conducían al jardín y era poco más que una mancha negra contra el sol. Su biombo de privacidad no estaba desplegado, lo que le permitía contar con una fantástica vista panorámica de los acantilados de Centelleos que se alzaban más allá del jardín. Aunque se había despertado con aquel paisaje casi todos los días de su vida, en ese momento, Persis palideció. No necesitaba que un revolucionario galatiense (en especial Justen Helo) fuese testigo de la opulencia de su dormitorio.

—¿Cuánto tiempo he estado inconsciente? —preguntó, detestando el modo en que la voz se le quebraba al hablar. Persis intentó acordarse de lo que sabía de él, pero lo único que le vino a la mente fue el recuerdo vago de una historia en la que sus padres habían fallecido cuando era niño en un levantamiento nor. Aquello había dejado huérfanos a Justen y a su hermana.

Era evidente que había crecido desde entonces.

—Todo el día y toda la noche —respondió con un tono que seguía siendo formal, de médico.

Lo que significaba que ya había estado un día entero en Centelleos. ¿Cómo iba a explicárselo a sus padres? Su padre había prohibido las visitas para que nadie pudiese ver a su madre sufrir uno de sus episodios. Andrine sabía que ya no podía subir nadie a su casa, ni siquiera ella, aunque no conocía el motivo. ¿En qué había estado pensando su amiga al dejar allí a Justen?

Probablemente, en que nadie en Nueva Pacífica negaría hospitalidad a un Helo.

—¿Siente dolor? —preguntó; de alguna manera, su tono estaba impregnado de preocupación y mandato. Tal vez, Andrine no había tenido elección al dejarlo allí. Justen había insistido en atenderla en el barco. Quizás el médico (¡un médico Helo!, seguía atónita) pensaba que su deber no había llegado a su fin.

—No tanto como probablemente debería —replicó—. Tenía entendido que la intoxicación por tempogenes era más severa—. Tero le había comido el coco sobre el tema antes de entregarle los fármacos que había confeccionado.

Tendría que haberse pasado menos tiempo sermoneando y más tiempo codificando.

—Generalmente, lo es —afirmó Justen mientras se acercaba. El galatiense era de complexión esbelta, con un cabello oscuro natural muy corto, a la moda revolucionaria. Unos prominentes pómulos afilados como puntas de lanza le otorgaban a su rostro un aire grave y severo, o tal vez era el modo en que la atravesaba con la mirada por debajo de sus puntiagudas cejas negras. Habría resultado atractivo si hubiese esbozado una sonrisa. Sus ojos eran muy oscuros y sagaces, y la expresión de su semblante le recordaron a Persis a las imágenes que había visto de su famosa abuela. Colocó la palma de la mano en la frente de ella. Estaba fría y seca. No llevaba cubremuñecas. No tenía palmport. Tenía las uñas cortas y limpias, aunque sin esmaltar—. Pero se me da bien mi trabajo. La pillé a tiempo.

Persis tragó con la boca seca. ¿La pillé?

—La próxima vez que se vaya de fiesta a Galatea, lady Blake, le sugiero que se ciña a drogas menos peligrosas que los tempogenes. Y no solo por el riesgo de intoxicación. Si la descomposición de un tempogén no está codificada adecuadamente, se corre el riesgo de acabar con el código implantado para siempre.

Ella asintió y, después, movió las piernas con cuidado hacia un lado de la hamaca. De fiesta. Entonces, estaba a salvo; y agradecida de haber contado con la lucidez necesaria, incluso en mitad de una intoxicación por tempogenes, para elaborar una excusa creíble que justificara su condición. Si Justen pensaba que se había envejecido de más accidentalmente, no era probable que la relacionara con la vieja que acababa de liberar a una familia entera de niños sitiados.

Aunque eso le diera motivos para encontrarla despreciable.

Tero Finch era hombre muerto. No veía el momento de ponerle las manos encima al joven gengeniero; siempre y cuando quedase algo de él una vez se las hubiese visto con su hermana Andrine, claro. La sorprendía que no estuviese notando los temblores de la erupción que debía de estar teniendo lugar en la casa Finch, abajo, en el pueblo. ¿Código erróneo? Le daban ganas de enviar un aleteo mordaz a los antiguos instructores del muchacho. Y ya no volvería a dejarle experimentar con el código de Slipstream cuando le viniese en gana. Su mascota era un visón marino, no una cobaya.

Al apoyar el peso de su cuerpo sobre sus piernas doloridas, Justen giró la cabeza a un lado con una expresión que Persis reconoció por las enfermeras de su madre. Era el gesto de un médico cuya intención era la de otorgar algo de privacidad a su paciente. Justen Helo, el médico. Un Helo. En su dormitorio.

Persis tiró de la fina seda verde azulada hasta cubrirse los muslos y se puso en pie. Slipstream se deslizó de su regazo y aterrizó, ligero como un gato, en el suelo. La pintura que había utilizado en su cabello para el disfraz de anciana había sido lavada, pero aún tenía que comprobar si los tempogenes habían dejado algún daño permanente en su cara.

¡Qué noticia tan jugosa para la corte albiana! Lady Persis Blake, desfigurada en un desacertado viaje de placer a Galatea. En serio, mataría a Tero si ese era el caso.

Pero había algo que Persis necesitaba más que ver su reflejo, necesitaba averiguar qué había pasado con el cargamento de la Amapola Silvestre. En cuanto entró en el baño y colocó el biombo de privacidad, cerró los ojos a causa del dolor que seguía palpitándole en el cráneo y se concentró en formar una aleteonota.

Lo siguiente que supo es que estaba tumbada sobre el liso suelo de ónix y que sus células suplicaban misericordia.

Por encima de ella, la voz de Justen sonaba nebulosa, distante:

—Arista idiota—. Notó un pinchazo en el brazo y el dolor se desvaneció. Persis pestañeó hasta que su vista se aclaró.

—Oiga —comenzó—, escúcheme—. Agitó la mano izquierda de la propia Persis delante de sus ojos. Estaba flácida, laxa en su muñeca; el reluciente disco dorado del palmport se mostraba borroso contra su piel—. No puede usar esta cosa hasta que se haya recuperado completamente, ¿me entiende?

Persis se encogió de vergüenza. Había ignorado la advertencia de Isla, pero la princesa había estado en lo correcto. Los tempogenes eran una mala idea. Dejando a un lado lo que la droga le podría haber ocasionado en la cara, parecía que también la había vuelto estúpida. Sabía de los requisitos de energía que precisaba un palmport y había sido consciente de que no los reunía en aquel momento. Forzó su mejor cara de «Persis Bobalicona» y soltó una risita.

—Necesito usar mi mano, bobo.

Él le soltó la mano como si fuese pescado podrido y salió airado del baño, murmurando entre gruñidos lo que a Persis le pareció «inútil».

Bien. Tenía que dar la impresión de inútil. Era evidente que había comenzado con buen pie convenciendo a Justen Helo.

Poniéndose en pie de un empujón, volvió a cerrar el biombo y tiró de la palanca de su bañera. Un torrente de agua mineral caliente cayó en la bañera de respaldo alto, y Persis se desprendió de sus ropas para deslizarse en el agua con olor a azufre. No se molestó en utilizar perfumes. La pared de obsidiana por encima de la bañera estaba pulida; en el lustre, contempló su reflejo. Tenía bolsas en los ojos, que estaban inyectados en sangre, aunque aquello probablemente era por la intoxicación, y no por efectos duraderos del tempogén.

—Por cierto —expresó la voz de Justen desde el otro lado—, su amiga me dio un mensaje para usted. La del pelo azul. —Su tono de voz estaba impregnado de desdén—. Ha llevado los paquetes derechos a su costurera.

Más buenas noticias. Persis se dejó caer en la bañera, permitiéndose una sonrisita al pensar que estaba llamando costurera a la médica de la liga, Noemí. Iba a enfadarse de verdad, pero sabría qué hacer para ayudar a los niños. Echó la cabeza hacia atrás a medida que el calor impregnaba sus doloridos músculos.

—Gracias.

Gracias, Justen Helo. Persis se cubrió el rostro con las manos y gimió. Toda su vida se había imaginado cómo sería conocer a un miembro de aquella famosa familia, tal vez, cuando asistiese con Isla a una de las fiestas de la reina Gala. Pero ese momento nunca había llegado. En su lugar, esto era lo que había sucedido: Justen Helo le había salvado la vida y ella le había vomitado en los zapatos. Adiós a la elegante y encantadora lady Persis Blake.

Al otro lado del biombo, hubo silencio durante varios minutos, los suficientes como para que Persis considerara volver a dormirse. Pero Justen no podía dejarla en paz un rato.

—¿Lady Blake? ¿Tiene intención de quedarse ahí mucho tiempo?

—¿Estoy retrasándole para una cita, Ciudadano Helo? —Sabía que los criados de Centelleos habrían satisfecho todas las necesidades de Justen, no solo porque era su invitado, sino por su famoso apellido. Los nores harían cualquier cosa por un descendiente de los Helo. Seguro que Justen era considerado un ciudadano modelo en su propia nación.

Y, por eso, permitir que se paseara por ahí sin vigilancia no era una buena idea. Con un gruñido, Persis se obligó a enderezarse hasta quedar sentada en la cálida y reconfortante agua. Ya pondría los huesos en remojo más tarde. Ahora debía tratar con el revolucionario galatiense de su dormitorio.

Tecleó unas instrucciones en su bañera y en seguida obtuvo un torrente de agua con aroma a plumeria. Limpia y perfumada, emergió del agua, se secó y se envolvió en un kimono azul intenso que la cubría desde el cuello hasta los pies. Adecuadamente lista, salió del baño solo para encontrarse con un espacio vacío. Miró a su alrededor, confusa, y vió a Justen en el jardín, junto a una mesa preparada con un desayuno para dos. Estaba de rodillas sobre el resplandeciente césped exquisitamente cuidado, mientras Slipstream se alzaba sobre sus patas traseras con el cuello estirado, suplicando que le diera el trozo de tarta de manguaba que Justen sostenía por encima del reluciente hocico negro.

—Sabe mantener en equilibrio comida en su hocico, por si quiere probarlo —comentó desde los escalones, entrecerrando los ojos cuando el sol le dio de lleno en la cara.

Justen hizo una prueba y se sentó sobre sus talones, impresionado.

—Tiene usted una mascota muy bien entrenada.

—Para eso mi padre pagó a los gengenieros. —Persis miró al visón marino—. ¡Slippy, ya! —Slipstream volteó el trozo de tarta con el morro y lo atrapó en el aire mientras Persis descendía los escalones hasta llegar a la suave tierra del jardín—. ¿Había visto alguna vez un visón marino?

—En Galatea no utilizamos la gengeniería para mascotas —replicó Justen, poniéndose en pie—. Solo para ganado, animales guardianes… cosas así.

Cosas como mini orcas a las que alimentar con enemigos. Pero en ese momento no iba a darle vueltas a aquello. No cuando Justen había tenido la amabilidad de salvarle la vida. No cuando tenía que esforzarse en hacerle creer que era una mujer superficial de la alta sociedad.

—Slipstream es una bestia guardiana excelente —repuso, mientras el animal se apresuraba hasta su costado—. No me han robado el yate ni una sola vez. —Una sirvienta había colocado en la mesa un desayuno que no estaría lista para abordar hasta que el tsunami de su estómago remitiese. En su lugar, se sirvió una taza de té de jazmín y se hundió en la silla acolchada—. Y dígame, Ciudadano Helo, ¿está disfrutando de mi hacienda?

—Justen mejor, lady Blake.

Ella le sonrió por encima de la taza.

—Y a mí Persis. Al fin y al cabo, ahora somos buenos amigos, ya que has pasado la noche en mi casa.

Él desvió la mirada con un parpadeo y la sonrisa de Persis se ensanchó. A pesar de todo, respondía a sus coqueteos. Puede que fuera apuesto, famoso e inteligente, pero ella era Persis Blake.

—Y dime, ¿qué te trae por Albión… Justen?

—Unas simples vacaciones. —Se encogió de hombros, pero seguía sin devolverle la mirada—. Tú fuiste de visita a mi país por diversión.

—No me puedo imaginar por qué querrías marcharte de Galatea cuando todo os está yendo tan bien en casa. —Persis cruzó las piernas, dejando que la seda de su bata se le separara en las rodillas, al tiempo que Justen trataba de ignorar la imagen y se concentraba en la tetera. El galatiense estaba ocultando algo.

Justen se sirvió su propia taza de té, tras lo cual tomó un largo sorbo. Después de un instante, volvió a mirar a Persis.

—No, realmente no. Un verdadero patriota de mi país no disfrutaría de la violencia que está teniendo lugar actualmente. Soy nor, soy un Helo, pero no apruebo lo que están haciendo con los aristos galatienses.

Sus palabras laa golpearon con fuerza. Persis tragó y luchó contra el deseo de cerrar su bata firmemente. A lo mejor, no era que estuviera escondiendo algo, sino que estaba seriamente afectado por los horrores de Galatea.

—Me alegra oír eso —consiguió pronunciar.

—No me sentiría cómodo aceptando la hospitalidad de una arista sin expresar las objeciones que tengo contra las tácticas de mi gobierno.

Persis deseaba preguntarle la razón por la que, siendo un Helo, no se valía de su influencia para detener aquello. ¿Por qué no luchaba por ayudar a sus paisanos, del mismo modo en que su abuela lo había hecho al inventar la cura? Ella estaba luchando. ¿Qué detenía al resto del mundo?

Pero ese ya no era el tipo de cuestión que Persis Blake le planteaba a nadie. No la Persis Blake que se pasaba la mitad del año convenciendo a todo el mundo de que tenía la cabeza vacía, que solo era ornamental, y de que era absolutamente indispensable en la reluciente corte de la princesa Isla. Esa clase de preguntas se las reservaba exclusivamente a la Amapola Silvestre aquellos días, y la Amapola Silvestre estaba fuera de servicio; al menos, hasta que se recuperara del error de Tero.

—¿Qué te gustaría hacer mientras estés aquí? —preguntó en su lugar—. Debo decir que has caído en excelentes manos, aunque puede que no lo creas después de lo de ayer. Soy bastante popular en la corte. Estoy segura de que podría conseguirte una invitación para una fiesta. —Lo cierto era que toda la corte, aristos y nores por igual, se quedaría embobada al ver a un Helo. Llevarlo con ella solo afianzaría su rango en la corte.

Pero, de alguna manera, le costaba imaginarse a Justen disfrutando de todo aquello.

—Eso me gustaría, gracias —replicó, sorprendiéndola—. ¿Conoces a la princesa Isla?

¿Qué creía que significaba «popular en la corte»?

—Soy su dama de compañía principal.

Justen tenía una expresión de desconcierto.

—¿Cómo una doncella?

Persis sonrió con indulgencia.

—Para la realeza, es la forma de decir: «Es una de mis mejores amigas».

Justen pestañeó.

—¿En serio? Ah… Estupendo. Porque he venido a Albión para conocerla.

¿Era decepción eso que no podía ocultar completamente? ¿Por qué estaría decepcionado de haber dado con una arista tan bien relacionada? ¿Y qué quería de Isla? Persis entrecerró los ojos. Aquello precisaba de un análisis más profundo.

Al igual que Justen Helo.

Para cuando la arista terminó de arreglarse el cabello, la ropa y el maquillaje, Justen ya había disfrutado de todos los trucos de salón que el roedor de gengeniería era capaz de hacer y había paseado alrededor de los terrenos de la enorme hacienda dos veces. No se podía negar que el lugar era tan hermoso como la muchacha que vivía allí. Situada en lo alto de un precipicio, en el extremo más meridional de la península oeste de Albión, la casa tenía el aspecto de una flor en el acantilado, floreciendo entre los tonos marrones y negros de la tierra. La mayor parte de las habitaciones estaban abiertas al aire marino, únicamente cubiertas con tejados en forma de pétalos, sujetos por finas columnas translúcidas de ónice y cristal. Justen podía ver hendiduras en las paredes externas, que explicaban cómo protegían el interior durante la estación lluviosa: cerrando las gruesas cortinas.

El agua los rodeaba por tres sitios, extensa y resplandeciente bajo el cielo soleado. Desde ahí arriba, apenas se podía oír el oleaje, y el intenso olor del agua había disminuido hasta convertirse en una simple brisa salina. Justen se detuvo en el borde del acantilado oeste y contempló la inmensidad del océano. Hubo un tiempo, mucho antes de la Reducción y de las guerras que habían destrozado el mismo corazón del mundo, en que habían existido otras tierras, otras personas. Gente que vivía y respiraba en democracias, gente que había logrado sus objetivos sin derramar una gota de sangre. Los galatienses habían fracasado en eso. Justen había fracasado.

Lo único que había querido desde siempre era ayudar a la gente, como había hecho su abuela. Y, entonces, cuando las cosas se habían puesto muy feas, no había tenido otra elección que la de escapar; y el único lugar que quedaba para huir era Albión. Esperaba obtener la misericordia de la monarca.

Eso si Persis Blake acababa de arreglarse de una vez.

Allá adonde fuera, sentía sobre él los ojos de los criados de la hacienda. Terminó cansándose de sus serviciales intentos de llevarle cosas: aperitivos, perfumes, o ropa para cambiarse de colores monstruosamente llamativos. Pero lo que más odiaba era el modo en que todos y cada uno de ellos lo llamaban Ciudadano Helo. Probablemente lo consideraban una señal de respeto, o incluso de apoyo a la revolución galatiense, pero eso solo lo hacía sentirse aún peor.

—Ciudadano Helo, solo quería un segundo de su tiempo para darle las gracias (para darle las gracias a su familia) por su regalo al mundo.

—Ciudadano Helo, mis padres volvieron a nacer gracias a la cura. Que Dios lo bendiga a usted y a los suyos.

—Odio importunarlo, Ciudadano Helo, pero jamás me lo perdonaré si no lo digo. Es un honor estar en presencia de un descendiente de Persistence Helo. Todos aquí, en Centelleos, nos sentimos abrumados. ¿Desea que le traiga algo?

Este último le implantó una idea en la cabeza, así que lo detuvo; era un mayordomo de cabello azul.

—Discúlpeme, pero la señora de la casa…

—¿Lady Heloise Blake? Ni ella, ni lord Blake se encuentran aquí en estos momentos. —El sirviente lo miró—. Ah, se refiere a Persis.

Pero Justen ya había obtenido la información que necesitaba. Cerró la boca de golpe. Heloise. Persis. Tendría que haberse dado cuenta antes. Los nombres no eran una coincidencia. Pero, entonces, ¿por qué los conservaban las aristas?

—¿Ciudadano? —llamó el sirviente.

Justen sacudió la cabeza.

—Solo me preguntaba cuánto tiempo le falta todavía.

El hombre mayor rio.

—Sí, a nuestra chica le gusta la ropa. Parece ser lo único en lo que piensa estos días.

Nuestra chica. Justen empezó a examinar la hacienda con nuevos ojos. Había estado demasiado preocupado por el bienestar de su paciente cuando habían llegado el día anterior por la tarde y, durante la noche y la mañana, había estado ocupado intentando trazar un plan de futuro, pero ahora finalmente estaba comenzando a apreciar los detalles de aquella hacienda arista. El pequeño pueblo de pescadores situado en la base de los acantilados estaba lleno de casas pulcras y bien cuidadas, en lugar de las chozas destartaladas que se veían a menudo en las plantaciones de Galatea. Niños felices y rechonchos correteaban por el césped de la propia hacienda. Los sirvientes prácticamente silbaban mientras trabajaban. ¿Eran las cosas tan diferentes en Albión?

Sabía que el fin de la Reducción se había tratado de manera distinta en las dos naciones de Nueva Pacífica. En Albión, se habían impulsado leyes de salario justo y de educación obligatoria para nores. Hacía más de una generación que había representantes nores en el Consejo Real. Pero eso no podría haber logrado cambiar tanto las cosas, ¿verdad? Como había dicho su tío Damos, aún tenían un rey que tomaba las decisiones. A uno sólo le hacía falta ver el modo en que trataban a las mujeres en Albión, y la manera en que aristas como Persis llevaban vidas decadentes e inútiles como para ver lo podrido que debía de estar el sistema.

Aunque esos nombres… había algo raro en Centelleos.

—¿Listo para marcharnos? —pronunció una voz detrás de él. Se dio la vuelta para encontrarse a Persis ataviada con un sari del color de la puesta de sol. Tenía joyas que relucían en el dobladillo y en el escote. Su cabello estaba una vez más amontonado por encima de su cabeza, de una manera que era sin duda exageradamente intrincada, pero que a sus ojos era como un nido de águilas. Coronando su peinado, llevaba un ridículo tocado en forma de ave del paraíso que estaba confeccionado exclusivamente con plumas reales. Su piel era luminosa y dorada, y resplandecía con una vitalidad que uno no hubiese pensado posible en una muchacha que hacía tan poco tiempo se había recuperado de una intoxicación por tempogenes. Sus ojos claros estaban perfilados con kohl, y sus amplias mejillas y labios gruesos eran del mismo tono rosa brillante. Posiblemente, una buena cantidad de cosméticos albianos había contribuido al aspecto que mostraba su tez.

El visón marino, cuyo pelaje rojo brillante resaltaba gracias a un collar enjoyado de coral, jugueteaba a sus pies.

La arista frunció el ceño en su dirección mientras analizaba su cuerpo con la mirada, repasando sus sencillos pantalones y camisa de color negro.

—Ah, veo que no te has cambiado.

—¿De dónde sale tu nombre? —soltó.

Los ojos de Persis regresaron a sus facciones de golpe.

—¿De dónde crees tú?

—De mi abuela.

—Bueno —expresó, ladeando la cabeza de modo que las plumas le ondearon—, veo que, por lo menos, has heredado parte de su inteligencia.

—Tu madre…

—Es nor, sí —aclaró con tono cortante. ¿Estaba… avergonzada de ello? Justen no podía adivinarlo. Jamás había conocido a una medio arista. No a una legítima, al menos. No a una que guardara amistad con la realeza.

Persis dio un golpecito a su mano izquierda enguantada y, entonces, pareció recordar que seguía recuperándose.

—Bueno, vamos. La corte real de Albión nos espera.

Y Justen se dio cuenta de que no tenía ni idea de qué esperar.

Capítulo 5

Justen había estado en dos viajes con Persis Blake hasta el momento, pero todavía no la había visto manejar los mandos. En el viaje de vuelta de Galatea, había estado inconsciente, y ahora había dejado el yate en modo autopiloto y no paraba de beber suplementos de palmport. Estaba situada junto al wallport de la cabina para intercambiar lo que parecían mensajes muy urgentes con su modista.

El mecanismo de atraque en modo autopiloto era, en cierto modo, precario. Justen descendió para avisar a Persis, quien puso los ojos en blanco, frustrada por la interrupción.

—El Daydream no se va a hundir —aseguró con un gesto de la mano. La imagen de un teclado planeaba delante de ella con letras parpadeantes—. Ahora, déjame sola. Soy un poco torpe con el wallport. Es increíble que tengas que teclear. Con los dedos. Como algo primitivo.

Ambos costados del yate comenzaron a golpear contra el atracadero.

¿Qué chica poseía una embarcación tan espléndida como aquella y la trataba como a un zapato viejo?, se preguntó Justen. La misma cuyo papi le había comprado una mascota personalizada, supuso. Si terminaba por hundir su yate, no albergaba dudas de que su aristocrático padre sencillamente le compraría otro, y otro, y otro más.

Si Persis no hubiese supuesto el modo más rápido de acceder a la princesa Isla, ya habría encontrado la manera de perderla de vista. Pero no disponía de un plan mejor para introducirse en la corte; además, tenía que admitir que, hasta el momento de atracar, el viaje, en el que habían rodeado el extremo de Centelleos y habían continuado hasta la costa oeste de Albión, había sido pintoresco: mar azul bañado por el sol y brisa que olía a sal y a fogata. Justen había permanecido en la cubierta, deleitándose con el panorama de los acantilados que desaparecían hasta formar las lisas laderas que caracterizaban el litoral de Albión, mientras observaba al visón marino juguetear en la estela del barco y preguntándose si, después de todo, no había pasado demasiado tiempo encerrado en su laboratorio.

A primera vista, Justen decidió que la corte real no era tan distinta de como se la habían pintado en Galatea. El órgano hidráulico era espléndido, pero ostentoso; las estrafalarias ropas casi lo dejaron ciego; y las horriblemente excesivas aleteonotas zumbaban por todos lados y tendían a causarle dolor de cabeza si permanecía en medio demasiado tiempo. Había aprendido su funcionamiento en la formación médica que había recibido y siempre se había sentido aliviado de que la moda no se hubiese extendido a Galatea. ¿Biotecnología parasitaria que se valía de los propios nutrientes corporales para operar? Era absurdo e innecesario. ¿Por qué los aristos albianos no podían emplear oblets, como todos los demás? Rozó con los dedos sus valiosos oblets, todavía ocultos en los bolsillos. Sus bordes lisos tintineaban unos contra otros, sólidos y reconfortantes. Puede que hubiese abandonado a su país y a su hermana, pero al menos estos estarían a salvo… y fuera del alcance de su tío.

Afortunadamente, no encontró paisanos galatienses entre la multitud del jardín. Aunque era probable que todos los cortesanos de Albión fuesen enemigos de la revolución, prefería que su tío Damos no se enterase de su paradero demasiado pronto. Y, aún más afortunadamente, su anfitriona lo escoltó con ligereza a través de la muchedumbre hasta una pequeña antecámara blanca cubierta de orquídeas para esperar por una audiencia con la princesa regente. Persis se había adentrado en el palacio con su visón marino como si el lugar le perteneciera. La muchacha se había visto obligada a sacarse de encima a varios cortesanos por el camino y había logrado llevarlo hasta la princesa sin rodeos. Eso significaba que Persis había dicho la verdad, eran amigas.

Y, con todo, era la hija de un aristo casado con una nor. ¿Nunca acabarían las sorpresas?

El aspecto de la princesa era exactamente el de las imágenes que había visto de ella. Era unos años más joven que él, rondaba la edad de Persis, y poseía un cabello plateado. Llevaba un vestido largo totalmente blanco que resultaba casi práctico después del arcoíris de colores y brillos por el que había tenido que abrirse paso en el exterior, incluso cubierto de plumas ondulantes y cristales que destellaban cuando se movía.

Una de las mayores quejas en lo tocante a la antigua reina Gala era que se comportaba como una mujer albiana, más que como una galatiense: superficial, boba y más interesada en las fiestas y en la ropa que en la política y la cultura. Justen esperaba que Isla supusiera un desafío a sus expectativas. Su amistad con Persis no era un buen augurio. Había oído que la princesa no ejercía mucho su poder en la regencia de Albión. Y, con una cabeza hueca como Persis de dama de compañía, quizás había un buen motivo para que así fuese.

Aunque, claro, con su situación desesperada, no podía permitirse ser exigente.

—Bienvenido, galatiense —saludó la princesa Isla, extendiendo los brazos en un gesto de recibimiento—. Mi amiga Persis me ha dicho que va usted a dejarme atónita. Aunque, dado el número de galatienses que abarrota mis costas estos días, me pregunto qué es lo que le sorprende tanto esta vez.

Persis miró a la princesa y frunció el ceño. Isla sonrió con serenidad. La arista obsequió a su princesa con la sombra de una reverencia. Estaba sujetando otra botella medio vacía de bebida suplementaria. Justen imaginaba que, llegados a ese punto, su lengua debía de estar cuajada por el exceso de azúcar. Era evidente que estaba desesperada por volver a usar su palmport. No entendía por qué una persona sometería su cuerpo a ese castigo cuando la batería geotérmica de un oblet podía durar semanas.

—Seguid vosotros dos con la charla. Creo que estoy lo bastante recuperada como para hacerlo funcionar esta vez, ¿no? —Persis agitó su mano izquierda hacia Justen.

Él se encogió de hombros de forma evasiva. Probablemente no tendría problemas, pero le costaba imaginarse que tuviera mensajes pendientes tras el frenesí en el Daydream.

Los defensores del palmport afirmaban que era lo más parecido a la telepatía que había logrado la raza humana, pero Justen opinaba que su precio era demasiado alto. Además, de todos modos, se necesitaban los oblets para almacenar datos y para transferir grandes cantidades de información. La capacidad de un palmport era tan buena como la capacidad de memoria de la persona que lo usaba. Sus datos eran poco más que nanoazúcares digeribles e ilocalizables. Y, teniendo en cuenta el tipo de personas que los utilizaban, como Persis Blake, su única finalidad era la de intercambiar jueguecitos y cotilleos absurdos.

En cualquier caso, Persis parecía satisfecha. Se dejó caer en un cojín cercano y se arrancó el cubremuñecas. Él se esforzó por evitar fruncir el entrecejo. Lo que tenía que decir no era pienso para los cotilleos albianos.

¿Y qué iba a decir, exactamente? Era obvio que no iba a revelar toda la verdad. La princesa Isla era arista. Si averiguaba cómo había contribuido a la revolución, lo enviaría a prisión y jamás podría enmendar los errores que había cometido. Era mejor comenzar con solo una parte de la historia.

—Su Alteza —empezó Justen, encontrando aquellas palabras tan difíciles de pronunciar como «ciudadano» había sido de oír. Suponía que no todos sus principios revolucionarios se habían extinguido, a pesar de lo que había averiguado. Le mostró una reverencia corta y tensa, y luego se enderezó y la miró directamente a los ojos. Era de la realeza. No una diosa—. Me llamo Justen Helo…

Ella alzó las cejas y, al sonreír esta vez, su aspecto no daba tanto la impresión de una monarca, como la de una adolescente que acabara de recibir un regalo de cumpleaños. Así que causaba el mismo efecto en la realeza que en todos los demás.

—Soy el nieto de Darwin y Persistence Helo. Y estoy aquí para pedirle asilo.

Ante esto, Isla pestañeó con sorpresa; Persis parecía aburrida. Justen se preguntó si siquiera sabría lo que significaba «asilo».

—Y —añadió—, necesito que se mantenga en secreto.

—¿Por qué? —preguntó Isla—. Le aseguro que no tengo reparos en celebrar alto y claro que un Helo prefiere vivir en Albión antes que alentar la revolución.

Por lo menos era sensata, aunque tuviese un gusto absurdo en lo que concernía a las amistades. Puede que solo mantuviese a Persis cerca de ella por consejos de moda, aunque se cuestionó cuán recomendable era eso.

—Preferiría que mis compatriotas creyesen que simplemente estoy de visita en vuestra isla —explicó—, al menos, hasta que pueda idear la manera de sacar a mi hermana de la casa del ciudadano Aldred. —Aunque su tío adivinara la verdad, una mentira pública podría bastar para proteger a Remy.

Persis alzó la cabeza y fijó los ojos en su cara con interés.

—Un momento… ¿ese revolucionario de Galatea tiene a tu hermana prisionera? ¡Eso sí que es interesante!

La princesa le hizo un gesto a su amiga con la mano y, con un suspiro, Persis regresó su atención al diagnóstico que planeaba por encima de su disco de palmport. Justen se mordió la lengua, frustrado. A Isla no parecía importunarle la presencia de la muchacha y, como nor extranjero, ¿qué derecho tenía a exigir que una arista los dejara solos? Además, Persis era quien lo había llevado allí. Iba a tener que aguantarse, así de sencillo.

—No prisionera —la corrigió Justen. Con el cerebro lavado, quizás. Igual que él, hasta hacía poco—. El ciudadano Aldred es su tutor. —También había sido el tutor de Justen y probablemente todavía se viese a sí mismo de esa forma, aunque ya hubiese cumplido los dieciocho.

Era increíble la manera en que los pensamientos de una persona empezaban a rezumar desde el momento en que una sola grieta aparecía en la superficie de sus creencias. ¿Cuánto tiempo había estado planeando el tío Damos la revolución? ¿Sabía, diez años atrás, cuando había aceptado la custodia de los niños Helo que acababan de quedarse huérfanos, cuánta benevolencia iba a obtener de los nores de Galatea?

No habría podido adivinar que sería Justen el que le entregase el arma que le haría falta para derrocar al gobierno. Ni siquiera Justen lo había sabido cuando lo había hecho.

—Tutor —repitió Isla—. Rima con «celador».

Justen asintió con alivio. Pues sí que lo entendía.

—Ahora mismo, así son las cosas. Y somos valiosos para la revolución como símbolos de la cura.

—Ustedes son valiosos para nosotros por el mismo motivo —afirmó Isla—. Doy por sentado que no desea intercambiar una jaula dorada por otra.

—No soy un símbolo —replicó Justen con amargura—. Y, desde luego, no soy un símbolo de esta revolución.

—Ya me cae usted mejor —declaró Isla. Las persianas de bambú que separaban la antecámara de la corte crujieron—. Persis, querida, vete a ver quién nos interrumpe.

Allí había un hombre, ataviado también con ropa estrambótica y con aspecto de estar enfadado.

—¿Quién es ese galatiense? —siseó a Persis—. ¿Qué hace la princesa con él?

Persis presionó una mano contra su pecho.

—Señor consejero, una dama no debe revelar demasiadas cosas.

—¿Pues entonces qué hace usted aquí?

—¡Ya le gustaría a usted saberlo! —Y cerró las cortinas de nuevo—. Eso no lo detendrá por mucho tiempo.

—Desde luego —coincidió Isla—. El consejero Shift no soporta la idea de que algo se haga sin su permiso. —Suspiró—. Hasta ahora, esta conversación ha molestado al presidente del consejo y ha perjudicado mi reputación. Espero que merezca la pena, ciudadano. —Se dio la vuelta de nuevo para encarar a Justen y su faldón giró con ella; entonces, fijó sus ojos en los de él con intensidad.

Se asombró a sí mismo al sentir ganas de retroceder un paso, o de inclinarse, o de ponerse de rodillas. ¿Cómo lo lograban esos aristos? Sabía que no nacían siendo superiores, a pesar de lo que proclamaban ellos. Más bien, los aristos y las personas de clase más baja habían sido adoctrinados desde su nacimiento en sus roles de patrón y subordinado. Creía que le habían enseñado a resistirse, que la revolución había extraído de su cuerpo ese instinto, pero era obvio que estaba profundamente arraigado.

—¿Puede decirme, si no le importa, la excusa que planea utilizar con sus compatriotas y su hermana como motivo por el que se queda en la corte de Albión? No puede usted preferir nuestro sistema aristocrático a los ideales revolucionarios de Galatea, ¿no?

—No… he pensado en eso a fondo todavía. —Había estado demasiado concentrado en salir de Galatea antes de que el trabajo de su abuela pudiese hacer más daño. Antes de que él lo hiciese. Escapar era la prioridad. Las excusas y las disculpas podían dejarse para más adelante.

Isla chasqueó la lengua y se volteó hacia su amiga.

—Persis, querida, ¿en dónde te encuentras a esta gente?

Persis analizaba a Justen apreciativamente, como si fuese un rollo de seda o un sombrero particularmente exquisito.

—La verdad es que él me encontró a mí. En el suelo. Me rescató en el puerto de Galatea.

—¿Te rescató?

—Sí —admitió Persis avergonzadamente—. Estaba sufriendo una intoxicación por tempogenes.

Isla frunció el entrecejo.

—Te dije lo que pasaría. ¿No te lo dije? —Dio un golpe contra el suelo con el pie. Como una verdadera reina, pensó Justen. El modo en que aquellas dos hablaban… eran amigas de verdad. Una princesa evidentemente inteligente y la medio arista idiota de la alta sociedad cuya idea de pasarlo bien era merodear en los barrios bajos de Halahou para conseguir tempogenes y seda barata.

Puede que Justen estuviera fuera de lugar en Albión.

La princesa le volvió a dirigir la atención.

—¿Por qué huye de su país si se lleva tan bien con el ciudadano Aldred? Allí no corre usted peligro.

—Eso no es cierto —replicó. En cuanto llegara a sus oídos la información acerca de la hacienda Lacan, las sospechas de su tío Damos quedarían confirmadas. Y, desde luego, Justen sería el sospechoso principal—. Ya no comparto las acciones de mis compatriotas. Ya no puedo apoyar la revolución ahora que se ha transformado en… —tomó aliento—, cruel venganza y violencia contra inocentes. Vale la pena luchar por la justicia social, no por un reinado de terror.

—Así que —comentó Isla—, si no actúa como debe un buen revolucionario, ¿Aldred hará de usted un ejemplo para los demás?

—Exacto. —Por supuesto, ella sabía cómo funcionaba. Probablemente estaba muy familiarizada con tales métodos de gobierno despótico. El mismo tío Damos le había enseñado sus peligros, mucho antes de la revolución. ¿Cómo había llegado a aquello? Justen Helo, en el salón del trono de Albión, aliándose con una monarca.

—Pero usted es un Helo —continuó Isla—. Aldred no sería tan necio como para hacer algo en público.

—Tal vez no —admitió—, pero lo he visto actuar en privado.

La boca de Persis formó una pequeña «o».

—¿Estás diciendo que podría daros a tu hermana o a ti esa píldora de la Reducción de la que tanto he oído hablar?

Justen esperaba que no, aunque sería un castigo ejemplar por su desobediencia, y Aldred lo sabía. Nada había que le gustase más a su tío. Por eso se había abalanzado sobre las rosadas.

No sabía con quién estaba más enfadado: con Remy o consigo mismo. Pocos días antes de marcharse, le había confesado todo a ella, todas sus dudas acerca de la revolución; incluso, había admitido haber saboteado un lote entero de rosadas listas para transportar a una hacienda de prisioneros en el este. Se había esperado su estupefacción, pero también su apoyo. En su lugar, su hermana de catorce años había empezado una lluvia de ideas sobre cómo enmendar el desastre que había ocasionado, como si fuese posible. Ya le habían prohibido la entrada a los laboratorios. El tío Damos sospechaba… algo.

Remy no lo entendía. Aunque pudiese rectificar, no lo haría. Habían intercambiado duras palabras. Ella lo había llamado idiota. Él la había llamado niñata. Y, entonces, había salido corriendo, probablemente para enfurruñarse; y más tarde no había respondido a sus mensajes. Justen aguardó todo lo que pudo, pero al final decidió que Remy estaría a salvo aunque se marchara. Al fin y al cabo, ella seguía siendo una ciudadana revolucionaria modelo.

Isla volvió a hablar.

—No puedo rescatar a su hermana.

—Ah —empezó Persis, ignorando el palmport otra vez—. ¿Sabes quién podría hacerlo? La Amapola Silvestre.

Justen bufó.

—Vale, ¿acepta peticiones?

Isla hizo una pausa.

—¿Qué le hace pensar que puedo controlar lo que la Amapola Silvestre haga o deje de hacer? —Volvió a girarse y su capa volvió a moverse—. ¿Yo? ¿Controlando a uno de mis propios súbditos? Para troncharse, ¿verdad, Persis?

—Sí, Princesa —respondió Persis obedientemente para luego regresar su atención al aparato.

—E inútil, en todo caso —aseveró Justen—. El tí… el ciudadano Aldred es un hombre peligroso, Alteza. No creo que nadie en Galatea comprenda de verdad de lo que es capaz.

Isla se giró para encararlo.

—Creo, ciudadano Helo, que puedo nombrarle a varios aristos galatienses que sí lo comprenden.

Con una oleada de vergüenza, Justen alejó la mirada de Isla y de Persis, cuya atención estaba puesta en él otra vez. ¿Disfrutaba viéndolo derrumbarse ante su princesa? No obstante, sus facciones reflejaban una advertencia amable y Justen recordó que, aunque era aristócrata, su estatus era más bajo que el de su amiga real. Contaba con más experiencia que él en lo que se refería a tratar con ella. ¿Y cómo había estado tratando Persis a la princesa? Siempre con cautela y deferencia.

Suponía que, después de todo, sí que había algo que podía aprender de ella.

—Lo que quería decir, en realidad —señaló, con un tono más suave esta vez—, es que el palacio real de Halahou no es un simple campo de trabajo en una hacienda vieja.

—Menos mal que la Amapola Silvestre no puede oírle hablar de esa forma —señaló Isla a Justen—. Por su comportamiento hasta ahora, creo que lo vería como un reto.

—Ah —arrulló Persis con una sonrisa—. ¿Lo crees en serio?

—Cierra el pico, Persis. —Isla volvió a encarar a Justen y continuó con tono entrecortado—. Y no pienso que sea una buena idea vaciar su nación de todos los revolucionarios, gracias. Ya tenemos bastantes problemas aquí. —Volvió a hablar, paseándose—. Usted quiere quedarse. Necesita una razón para no levantar sospechas en Galatea. —Lo atravesó con la mirada—. ¿Qué hace cuando no está representando una revolución sangrienta?

—Soy médico —respondió—. Científico, como todo el mundo en mi familia. —Excepto su hermana, que afirmaba querer seguir la senda militar, como el tío Damos y la hermana adoptiva de ambos, Vania. Teniendo eso en cuenta, no era extraño que Remy hubiera defendido la línea del partido cuando Justen le había contado cómo de retorcida se había vuelto la revolución y los pasos que había dado para detenerla.

—Ya. —Seguía caminando de un lado a otro—. ¿Y cuánto hace que ha terminado su formación?

—Técnicamente… no lo he hecho. Acabo de cumplir dieciocho años y he estado algo distraído últimamente. —El tío Damos se había valido de sus contactos para asignarle un laboratorio a pesar de no contar con un título. Era probable que el apellido Helo también hubiese ayudado. Y, por supuesto, había contribuido a que Justen se sintiese en deuda con su tutor. Lo había manipulado como a una marioneta.

—No te sientas mal —intervino Persis—. También abandoné la escuela.

—Yo no la abandoné. Me tomé una licencia para centrarme en mi investigación.

—Ah, esa es buena. Debería de probar esa excusa con mi padre. «Me he tomado una licencia para centrarme en mis compras».

Justen no dignificó aquello con una respuesta. Su intención había sido la de salvar vidas, no la de expandir su guardarropas. Aunque, bien mirado, la caza de seda de Persis probablemente había perjudicado a menos personas que su propia investigación.

—Lo importante aquí es…

—Lo importante aquí es que tenemos científicos —interrumpió Isla—. Científicos adultos. Lo único que usted nos ofrece es el apellido Helo.

Apretó los puños con fuerza contra sus costados. ¿Quién se creía que era esa princesita para decidir quién era un adulto? Debía permitirle continuar con su investigación. Si no, todo lo que había ocurrido (su deserción, perder a Remy y el sufrimiento de quién sabía cuántos aristos galatienses) de nada serviría.

—Y cada segundo que permanecemos aquí, los cotilleos sobre nuestro romance imaginario se intensifican. —Isla cruzó la habitación hasta las persianas, echando un vistazo a la multitud al tiempo que sacudía la cabeza—. Los rumores lo son todo en la corte. A veces pienso que son más importantes que la verdad… —Dio un saltito y los cristales de su traje tintinearon—. ¡Eso es!

—¿El qué? —preguntó Persis.

—Un rumor. Un romance. —Señaló a Justen—. Él está aquí porque está enamorado.

—¿De ti? —Persis parecía escéptica.

La princesa se volteó hacia su amiga.

—No. De ti.

Persis y Justen negaron con la cabeza al mismo tiempo.

—Seguro que se nos ocurre un plan mejor —pronunció ella rápidamente. Justen no sabía si Persis estaba capacitada para convencerla, pero estaba dispuesto a dejar que lo intentara.

—No —repuso Isla—, tiene que ser así. ¿No ves que es perfecto? Resuelve todos nuestros problemas. —Empezó a enumerarlos con sus dedos enjoyados—. Es una razón válida para que Justen se quede en Albión; y Persis es mi mejor amiga: si apruebo vuestra relación, eso dejará a la monarquía en buen lugar y me dará libertad para condenar las actividades de los revolucionarios. Los nores adoran a la familia Helo. No se sentirán inclinados a sublevarse sabiendo que la estrella de la aristocracia albiana tiene una relación cercana con uno de ellos.

—¿Quieres que salga con él? —preguntó Persis con los dientes apretados.

—¡Sí! —exclamó Isla con una sonrisa de satisfacción—. Es un cuento romántico. Él te salvó en el puerto de Galatea. Seremos… ambiguos sobre el motivo. Y luego te trajo de vuelta, te cuidó hasta curarte, etcétera, etcétera. Amor a primera vista. La gente se lo tragará, Persis. Sabes mejor que nadie que a todo el mundo le encanta una buena historia de amor entre un aristo y un nor.

Un mohín cruzó las facciones de la arista. Sin duda, Isla hablaba de los padres de Persis. Pero Justen comenzaba a ver la genialidad del plan, siempre y cuando ninguno de sus amigos llegara a enterarse de la persona superficial y excéntrica que era Persis. Jamás se creerían que se hubiera enamorado de una arista como ella, tuviese o no una madre nor.

—Os exhibiréis un poco para que todo el mundo se crea que estáis locamente enamorados, fingiréis unos cuantos momentos íntimos, y todo el mundo feliz.

—No nos tendremos que casar, ¿no? —interrogó Justen, inquieto de pronto por lo que la princesa quería decir con «momentos íntimos».

Isla agitó la mano, desestimando su comentario.

—No, no creo que tengamos que llevarlo tan lejos.

—¿No lo creéis? —enfatizó Justen.

—Me parece poco… conveniente —profirió Persis finalmente.

—¿Por qué? —Justen la confrontó—. ¿Mi presencia afectará mucho a tu vida social?

Persis fijó la mirada en él; sus ojos ámbar estaban tan encendidos como su vestido.

—Bueno, pues si quieres saberlo, sí. Mira cómo vistes, por ejemplo. —Se dirigió a Isla con tono suplicante—. ¿Crees de verdad que la gente va a aceptar que alguien como yo salga con alguien como él?

Justen puso los ojos en blanco.

A Isla se le había agotado la paciencia.

—Es un Helo, Persis. Que se crean que quieres tenerlo del brazo no va a ser un problema. Aunque solo sea como trofeo.

El mohín de Persis se acentuó cuando pareció darse cuenta de que la monarca llevaba razón.

—Estoy muy ocupada ahora mismo —probó a decir.

—Te lo pido. —Isla se enderezó todo lo que pudo y miró a su amiga por debajo de ella—. Te lo pido. No hay nadie a quién confiaría a nuestro valioso galatiense más que a ti.

Algo pasó a través de ambas mujeres. Algo que Justen no esperaba comprender. Pero, fuera lo que fuese, hizo que Persis acabara cediendo.

Sacudió la cabeza en señal de derrota e, inmediatamente, se transformó ante sus ojos en una resplandeciente aristócrata, lanzándole una sonrisa coqueta y seductora.

—De acuerdo, querido —arrulló—. Supongo que ha llegado la hora de hacer nuestro debut.

Capítulo 6

Para cuando salieron de los aposentos privados de Isla, daba la impresión de que todos los ojos de Albión estaban sobre ellos. Persis tuvo que reconocerle el mérito a su nuevo amorcito cuando enlazó su brazo con el de ella y bajaron las escaleras desde la terraza hacia el campo de batalla con valentía. Slippy se deslizaba junto a ellos, gruñendo al evitar los zapatos de la gente; se detuvo para beber del órgano hidráulico y se cepilló los bigotes con sus patas delanteras.

—¿No te preocupa que lo puedan pisotear?

—Oh, Slippy sabe cuidar de sí mismo —replicó. Y mucho mejor que el visón marino promedio, gracias a Tero y la gengeniería. Ella lo vio dirigirse hacia la tamardilla león dorado de una de las cortesanas. La diminuta criatura naranja estaba atada a su ama con una larga cadena brillante, y había joyas destellando en su tupida cola de ardilla. En sus diminutas zarpas sostenía un trocito de papaya y mostró sus dientes de mono a Slippy cuando el visón marino se aproximó. Slippy arremetió.

—Oh, no, de eso nada —lo reprendió Justen, asiendo a Slipstream con delicadeza por la alargada panza antes de que el animal pudiese forcejear. Sonrió e inclinó la cabeza al entregárselo a Persis—. Su bestia, mi señora.

Ella abrazó al visón marino contra su pecho y miró a Justen cuidadosamente. Ese joven y atractivo revolucionario podía resultar peligroso cuando se valía de su encanto, ese médico de apellido famoso y con un deseo tan grande de escapar de Galatea que había abandonado a su hermana y se había unido a una arista que evidentemente menospreciaba. A lo mejor, también era un espía.

La siguiente media hora estuvo repleta del bullicio de conversaciones en tanto Persis presentaba a su «querido amigo, Justen Helo» a los cortesanos albianos, que naturalmente estaban encantados de conocerlo. En un acuerdo tácito, Persis y Justen mantenían charlas coquetas y fáciles, como era apropiado en una pareja que se acababa de conocer el día anterior. Mientras la noticia del recién llegado galatiense se propagaba en la corte, hubo murmullos que llegaron a oídos de Persis.

—Mírenlo. ¡Está perdidamente enamorado! —Por lo visto, Justen era un actor excelente.

—¿Y cómo podría no estarlo? Ella tiene el rostro de su madre. —Sí, bueno, pero ese rostro no parecía haberlo impresionado.

—Ya verán cómo Persis Blake nos trae a un Helo a casa. —A decir verdad, él tan solo era el último en una larga lista de galatienses que se había llevado con ella. No tan rico como algunos, no tan agradecido como otros.

—Su padre se casó con la nor más hermosa de su generación. ¿Por qué no iba Persis a conseguir el más famoso de la suya?

Ella frunció los labios a medida que los cotorreos se multiplicaban. Isla había adivinado correctamente que la gente en seguida relacionaría su última conquista con su fachada de «Persis Bobalicona» cuidadosamente cultivada. ¿Y por qué no iba a ser así? Se había pasado los últimos seis meses cimentando su reputación en la corte de la princesa. Para eso había sacrificado la escuela, para eso había reinventado su imagen, para eso había escandalizado a los residentes de Centelleos, que habían pasado de pensar que Torin Blake había estado en lo correcto al nombrar como heredera a su única hija, a preguntarse qué cuernos había pasado con la chica inteligente y trabajadora junto a la que habían crecido. ¿Pero qué elección le quedaba a Persis? Debía proteger a la Amapola Silvestre. Debía proteger a Isla. Debía salvar Nueva Pacífica.

Si no la tomaban en serio, nadie sospecharía de ella. Era la muchacha más elegante, la más reluciente, la más frívola de Albión. De ninguna manera podía estar orquestando en secreto una red de espionaje.

Finalmente se encontraron con una pareja mayor formada por dos aristos cuyos orígenes galatienses quedaban patentes por su cabello natural y vestuario más discreto. Justen los saludó con rigidez y Persis siguió su ejemplo, aunque la verdad era que los conocía personalmente, si bien ellos no eran conscientes. lord y lady Seri habían constituido el botín de uno de los primeros asaltos de la Amapola Silvestre. Su aspecto había mejorado muchísimo, en comparación con los deprimentes y desdichados reducidos que había rescatado de su casa solariega.

—Justen Helo —comenzó lord Seri, estrechando la mano del joven—, bienvenido a Albión. Es un honor conocerlo. Conocía bien a su abuela.

—Sí —contestó Justen en un tono tan profundo como el mar—. Discutió usted largo y tendido con ella acerca de la distribución universal de la cura.

El aristo mayor simplemente se rio y luego asintió.

—Sí que lo hice; y perdí. No vamos a discutir sobre quién llevaba razón, a pesar de las repercusiones generadas por su trabajo.

—Si se refiere a la revolución —intervino Justen con un tono aún más controlado y firme—, no era previsible. Fue provocada por el maltrato que sufrían los nores galatienses por parte de sus amos aristos. Se habrá dado cuenta de que en Albión no está teniendo lugar una revolución como resultado de la cura.

—No hay una revolución… todavía —respondió lord Seri.

Persis se quejó. Audiblemente.

—Esta cháchara sobre política hace que me duela la cabeza. Lady Seri, lleva un vestido divino. Esa seda es tan exquisita que creo que podría sumergirme en ella. ¿Viene en algún otro color aparte del negro? —No había rescatado a aquellos aristos para que pudiesen trasladar su esnobismo a su país. E Isla no había accedido a la petición de Justen para que pudiese actuar como instigador de una revolución. Sus inclinaciones políticas eran obvias, incluso comprensibles, dado el antiguo sistema de Galatea. Pero su plan no funcionaría si no podía mantener el pico cerrado delante de los individuos más conservadores de la corte.

—Además —continuó lord Seri—, no me refería solo a la revolución. El Oscurecimiento es una consecuencia lo bastante grave como para cuestionarse todo el experimento, ¿no le parece? ¿Cuál es el porcentaje de nores rehabilitados por la cura Helo que sufre y muere por ese insignificante efecto secundario? ¿El cinco? ¿El diez?

Justen apretó el agarre en su brazo. ¿La habría sentido ponerse rígida? Ella examinaba el semblante del viejo lord, pero apenas parecía percatarse de su presencia. Su comentario había sido mordaz, pero no por Persis. Nadie en la corte sabía lo de su madre. Aún.

—El uno por ciento —señaló Justen con tono cortante—. Pero seguro que incluso ellos prefieren padecer de DNA antes que pasarse la vida reducidos.

Lord Seri parecía entretenido cuando se inclinó hacia Justen.

—¿Y cómo sabe usted eso, joven? No es como si se les pudiese preguntar una vez están comatosos.

Persis percibió que el mentón de Justen se crispaba. Ella misma sentía ganas de vomitar.

—Ay, mira —intervino rápidamente—. Andrine está allí. Vamos con ella. —Lo alejó de un tirón antes de que pudiese ocasionar más daños.

Andrine había limitado el tiempo que pasaba en la corte porque aún asistía a la escuela; o, como el padre de Persis lo había expresado, Andrine «sabía cuál era su orden de prioridades». Ya dedicaba la mayor parte de su tiempo libre a las escapadas de la Amapola Silvestre; Persis no le reprochaba los demás compromisos. Al fin y al cabo, al contrario que ella, la nor de quince años no tenía una hacienda que heredar. Andrine y Persis habían sido amigas toda su vida, aunque Persis jamás habría sospechado que sus payasadas en los acantilados y las playas de Centelleos las prepararían tan eficientemente para arriesgar su vida en Galatea… y en el ligeramente menos peligroso ambiente de la corte.

—¡Ciudadano Helo! —exclamó Andrine en cuanto los vio. En aquella ocasión, llevaba un vestido que combinaba con su rebelde cabello azul—. Me alegra verlo entre nosotros. ¿Y qué es eso de que planea quedarse un tiempo?

Persis hizo un gesto y Andrine se ofreció para presentar a Justen a su hermano mayor.

—Dos científicos como ustedes sin duda tienen que conversar —declaró Andrine, atrapándolo por el brazo—. Puede usted hablarle de los peligros de la intoxicación por tempogenes, ¿no, Persis?

Ella puso los ojos en blanco. Estaba segura de que Justen no aprobaría la ciencia de Tero, más frívola que la suya, que iba desde Slippy y los puertos de palma, hasta llegar a los tempogenes mal codificados. Pero se sentía más que lista para dejar que Tero fuese objeto del menosprecio revolucionario de Justen durante unos minutos. Se lo merecía después de lo que le había hecho a ella.

En cuanto Persis se quedó sola, fue en busca de Isla.

—¿Podemos hablar un segundo, Alteza? —murmuró Persis entre dientes.

—No seas boba, Persis —bromeó Isla—. Ni una vez en tu vida me has dicho algo en un segundo. —Pasó junto a su amiga, dirigiéndose a un espacio entre las buganvillas—. Rapidito.

En cuanto estuvieron ocultas entre las hojas y los pétalos, Persis dijo:

—Esta es una idea horrible.

—Dices eso solo porque, por primera vez desde que nos conocemos, no es a ti a la que se le ha ocurrido.

—Olvídate de darle asilo secreto. —Persis observó al famoso galatiense a través de las flores—. Puedo traer a su hermana, si eso es lo que le preocupa. El problema está en tenerlo bajo control. Es un Helo, sí, pero también es un rebelde. ¿Crees que su presencia ayudará a prevenir una revolución? Si lo oyeras hablar cinco minutos, pensarías que está aquí para incitarla.

—¿Qué quieres que haga, Persis? ¿Que lo ponga en coma inducido, como a la soldado que secuestraste la semana pasada? Ella no es nadie y aun así podría meternos en un montón de problemas. Justen es un Helo. —Isla la miró con intensidad—. Un Helo, Persis. Si estuviese encarcelado en Galatea por hablar en contra de las atrocidades de la revolución, moverías cielo y tierra para sacarlo de allí, y lo sabes.

Persis detestaba que su amiga actuara con la inteligencia que en realidad poseía. Significaba admitir que llevaba razón.

La vida resultaba muchísimo más sencilla cuando la única preocupación de ambas había sido quién sacaría las notas más altas en el colegio; normalmente, Persis, aunque Isla siempre la superaba en botánica. ¿Hacía solo un año de eso? Entonces, los padres y el hermano mayor de Isla habían perecido, y la madre de Persis había caído enferma, y los galatienses habían derrocado a su gobierno y, por fin, la Amapola Silvestre había nacido. Apenas recordaba a las niñas que habían sido en su momento. Día tras día, la máscara de superficialidad que se había puesto le raspaba más y más; y no importaba cuántos disfraces llevara Persis como Amapola Silvestre, no podía evitar sentir que encajaban con ella mejor que el que se ponía en casa.

El aleteo en forma de plumeria que se deslizó al interior del puerto de Persis era delicado, incluso frágil. El mensaje susurrado en su cabeza un instante después fue el siguiente:

Persis, querida. He oído rumores raros acerca de un extraño huésped que has recibido en nuestra ausencia. Regresa a casa ahor mismo.

Amor y deber, Torin Blake.

Persis arrugó la cara. Su padre siempre sonaba muy formal en sus aleteos, como si no pudiese desprenderse de la etiqueta de mensajería que le habían enseñado en su juventud.

Ya voy, papá. Besos.

Se llevó a Justen con ella y regresaron al Daydream tan aprisa como les permitió la multitud de la corte.

—Mis padres saben que has pasado la noche en casa —explicó, mientras Slipstream daba vueltas en torno a sus pies. Él detestaba la corte y siempre sentía alivio al regresar al océano—. Y ahora insisten en conocerte. —A lo mejor su apellido era suficiente para compensar que Persis hubiese actuado contra sus deseos y hubiese llevado a un extraño a su hogar. Probablemente, su madre hubiera descansado durante todo el día en preparación para conocer a Justen.

—Estoy deseando conocerlos —fue todo lo que dijo el galatiense. Fue todo lo que dijo en casi todo el viaje de vuelta, en el que rodearon la costa de Albión rumbo al lejano punto suroeste que constituía la entrada desde el mar a la hacienda de su padre. Cuando los acantilados se alzaron sobre ellos, volviendo el agua de un oscuro tono verde azulado y tapando los rayos del sol, Persis se percató de que su pasajero contemplaba maravillado la imagen por encima de él.

—Acostumbrarse a Scintillans Pali lleva su tiempo —comentó, usando el nombre ancestral del precipicio—, pero ya lo viste al traerme a casa, ¿no?

—No —replicó Justen—. Estaba abajo, contigo. Estabas… convulsionando.

—Qué vergüenza —pronunció Persis con un tono cuidadoso que revelaba solo la superficie de su verdadera humillación—. No puedo disculparme lo suficiente.

—No te preocupes. —Su vista estaba fija en las rocas que se elevaban delante de ellos—. Soy médico. Además, me estás haciendo un gran favor al participar en esta argucia. Considéranos en paz.

—¿Significa eso que no puedo contar contigo si necesito más ayuda médica? —preguntó con coquetería.

Él le lanzó una mirada seria por encima del hombro.

—Si te refieres a si voy a confeccionar más tempogenes, definitivamente, no.

—Ya. —Ella se encorvó, decepcionada, mientras él sacudía la cabeza con repulsa, o desdén, o algo semejante a la frustración.

Bueno, él no era el único frustrado. Tenía en su propio barco a un médico Helo que se había criado en la casa del ciudadano Aldred y no podía preguntarle nada importante. La misión de la Amapola Silvestre dependía de su habilidad para ocultar su verdadera identidad, de presentarse a sí misma como una persona superficial e impasible. Y era de vital importancia hacerlo delante de aquel revolucionario galatiense. El que hubiese solicitado asilo no significaba que pudiera confiar en él.

Lo que le recordaba que era el momento de instruir a Justen en cómo comportarse adecuadamente ante la corte.

—Volviendo al asunto de la corte, esos galatienses con los que estuviste hablando…

—¿Los Seri? —Justen resopló.

—Sí. —En otra situación, con otro aspecto, probablemente también hubiera resoplado. ¡Qué horrible había sido por parte de lord Seri implicar que los oscurecidos estaban mejor reducidos! Para un hombre que había estado reducido, era una afirmación pasmosa. Estaba claro que él formaba parte del grupo de aristos que habría preferido que la cura jamás se hubiera inventado. Menos mal que los Seri habían perdido el poder del que una vez habían disfrutado para controlar las vidas de otras personas. Y, no obstante, aún eran influyentes entre los aristos albianos del Consejo. —Mira, no deberías ser tan duro con ellos. He oído que fueron torturados. Que les suministraron esa píldora de la Reducción.

—Lo sé —musitó con suavidad—. Y lamento que… que mis paisanos hicieran eso. Pero ahora están a salvo y discutiré con todas mis fuerzas sus creencias intolerantes. Personas como ellos son la razón por la que Galatea está en medio de una revolución.

«¿Y no personas como los revolucionarios?» Se moría por decir Persis, pero no podía. Nunca lograría hacer cambiar de opinión a Justen, y la verdad era que no quería. La mayor parte de los aristos galatienses habían sido horribles con su población tras la aplicación de la cura. Aunque la gente ya estaba naciendo nor, a la mayoría se la había tratado como esclavos reducidos. A muchos no se les pagaba por su trabajo, ni se les proporcionaba una educación, ni se les permitía tener un control de bienes; y los aristos y nores más afortunados que habían hecho campaña por la igualdad de derechos habían sido acallados por la reina y sus seguidores, o peor.

Las ansias de lograr un cambio estaban más que justificadas. Persis no podía negarlo. Pero la revolución estaba cambiando las cosas de forma negativa. La solución no era más esclavitud; y la tortura seguía siendo tortura.

Además, si Justen iba a constituir una ventaja para Isla, tendría que aprender a pisar con más cuidado sobre las minas desperdigadas en la aristocracia albiana.

—¿Has oído su historia? —inquirió—. Yo sí. Fueron esclavizados en sus propias tierras ancestrales, obligados a hacer trabajos forzosos para entretenimiento de sus propios carceleros. —Hasta que la Amapola Silvestre los había rescatado.

—¡Oh, qué horror! —gruñó Justen sin darse la vuelta—. Tener que trabajar. Como sus sirvientes hicieron durante generaciones. Como tus sirvientes hacen ahora.

Persis enfureció.

—Mis sirvientes hacen su trabajo. Tienen un horario justo y una paga justa. No están esclavizados ni encarcelados. —Dudó, eligiendo las palabras con más prudencia, del modo en que lo haría Persis Blake—. Y tampoco les suministramos fármacos para volverlos estúpidos.

—¿Y qué hay de los sirvientes reducidos a los que lord Seri no quería administrar la cura? —preguntó Justen, girándose para encarar a Persis en el timón—. Al elegir privarlos de la cura, habrían quedado esclavizados para siempre, en sus cuerpos y en sus propias mentes.

Persis aferró el timón con fuerza mientras un escalofrío le sacudía la carne. Eso era lo que estaba pasando con los prisioneros en Galatea. Y no solo la revolución guardaba un destino tan espantoso para su gente. Incluso allí, en Albión, algunos eran esclavos en sus mentes, y a otros les aguardaba ese futuro, planeando ante ellos sin escapatoria posible. Nada había que Persis pudiese hacer por los oscurecidos, nada en absoluto. Pero tales inevitabilidades estaban escritas en el código genético y no iba a permitir que ese sufrimiento se cerniese sobre alguien que no tuviese por qué experimentarlo. La Reducción había llegado a su fin. No iba a dejar que los revolucionarios la recuperaran con sus espantosas píldoras rosadas.

—Pero, al final, la cura no se retuvo —señaló finalmente. Era lo bastante seguro. Era una afirmación que incluso Persis Blake podía pronunciar—. La reina que gobernaba entonces hizo que su aplicación fuese universal, tal y como hizo el rey aquí. ¿Vosotros, los revolucionarios, perdonasteis a sus descendientes en agradecimiento? —Ella jamás olvidaría la noche en que la reina Gala había muerto. Su reducción había constituido el primer golpe; pero, incluso entonces, Persis (y todo Albión) había sido lo bastante inocente como para creer que se trataba de una locura temporal y que todo acabaría por resolverse. Pero, al morir y, luego, cuando su cuerpo fue profanado por una muchedumbre furiosa, lo único en lo que Persis había podido pensar era en su propia princesa. Su mejor amiga, joven y gobernando sin el poder de prevenir que ese tipo de cosas sucediera.

Fue la noche en que nació la Amapola Silvestre.

—No. —Justen bajó la cabeza—. Cometimos muchos errores. Te lo he dicho, ya no creo en la manera en la que está actuando la revolución. Pero eso no hace menos válidas las metas que nos han traído hasta este punto. A veces ocurren cosas malas cuando intentas hacer algo bueno.

Persis sabía exactamente de lo que hablaba, al igual que su tocaya antes de morir. Como los síntomas de la enfermedad no se manifestaban hasta que sus víctimas rondaban los cuarenta, Persistence Helo ya era muy mayor cuando la Demencia de Normalidad Adquirida había aparecido por primera vez entre la población de los nores rehabilitados por la Cura Helo. Se pasó el resto de su vida aislada. Algunos decían que era por la vergüenza, pero Persis a menudo pensaba que, a lo mejor, había estado investigando, tratando de encontrar el modo de enmendar el problema que había ocasionado sin querer.

Persis se lo habría preguntado a Justen, pero no se suponía que debiera tener curiosidad por algo así.

—Pienses lo que pienses —profirió finalmente—, debes cuidar tu tono en la corte albiana. No todo el mundo es tan comprensivo con los ideales de vuestra revolución como la princesa, y no te interesa ganarte enemigos en tu posición. —La estaba mirando fijamente, así que se colocó el cabello detrás de la oreja y se encogió de hombros de manera coqueta y despreocupada—. No soy política, pero sé cómo apañármelas en la corte.

Justen asintió.

—Tienes razón. Estoy demasiado acostumbrado a las actitudes de casa. Me… esforzaré más. —Él le obsequió con lo que probablemente pretendía ser una sonrisa esperanzada—. Soy consciente de que no todos los aristos son malvados, que lo sepas.

—¿Sí? —Ella ladeó la cabeza. Era mono cuando sonreía. Le suavizaba las facciones, haciendo que sus ojos se arrugaran un poco en las esquinas y que sus pómulos cambiaran de severos y graves a… bueno, probablemente sexis era exagerado.

—Tú estás bien. Es decir, sin contar con eso de tu cabeza. Cualquier cosa con tantas plumas y que no pueda volar es malvada seguro.

Ella se rozó el tocado con los dedos e hizo un puchero.

—Pues te diré que este es mi segundo mejor sombrero.

El Daydream avanzó hasta atracar y Slipstream repiqueteó en la cubierta, lanzando su largo cuerpo desde el borde hasta el agua verdosa de debajo.

—Ostras —señaló Persis a Justen—. No hay nada que le guste más a Slippy.

La cara del acantilado se alzaba delante de ellos, vertical y escarpada. Caminaron por el muelle hacia el ascensor y Persis se deshizo del cubremuñecas para que su palmport abriese la puerta.

Justen soltó una risita.

—¿Qué? —preguntó.

—Me acabo de acordar de la noche pasada —explicó—. Andrine y yo lo pasamos fatal intentando activar tu puerto lo suficiente como para introducir la clave de acceso en el ascensor. A ninguno nos hacía gracia la idea de tener que arrastrarte arriba y abajo.

Persis levantó la mirada hacia la antigua carretera en zigzag del acantilado. Era el resquicio de otro tiempo muy lejano en que un propietario de Centelleos había abarrotado el camino, con pronunciados altibajos, de sirvientes reducidos y los había tratado como mulas de carga. Pero el ascensor había sido instalado mucho antes de la cura. Los Blake habían sido aristos progresistas durante generaciones.

—Supongo que, si vas a quedarte aquí, deberías tener tu propia clave de acceso.

—¿Sí? —profirió Justen cuando las puertas del ascensor se abrieron y se adentraron en él.

—Bueno —añadió Persis—, depende de cuánto impresiones a mi padre. —El sitio era lo bastante grande como para que cupiesen diez pasajeros a la vez, pero Justen presionó las manos contra las ventanas, como intentando escapar de allí a medida que el ascensor se elevaba en el aire. Ella se quedó donde estaba, en el centro del ascensor, observándolo. Las paredes, que daban al mar, estaban inclinadas hacia el exterior y largos paneles de vidrio revelaban el vasto y resplandeciente canal que había más allá. A veces, cuando el cielo estaba lo suficientemente despejado, se podía vislumbrar Galatea; pero, a pesar de que su acompañante examinaba el horizonte con diligencia, la niebla bloqueaba la vista hacia el sur.

—¿Nostálgico, ya?

Justen no contestó.

Con una sacudida, el ascensor se detuvo y las sólidas puertas traseras se abrieron en espiral, como pétalos, revelando el patio delantero de Centelleos y a todos sus habitantes, firmes y engalanados con la ropa de ocasiones especiales.

Sus progenitores estaban situados a la cabeza de aquel despliegue ostentoso. Persis ahogó un quejido. Sabía lo que vendría a continuación.

—Justen Helo —comenzó su padre, extendiendo los brazos y sonriendo abiertamente—, bienvenido a Centelleos. Es un honor y un privilegio recibirlo como invitado. —Su madre, que agarraba con firmeza el brazo de su marido, también sonrió. Todos los sirvientes de la propiedad daban la impresión de estar listos para dar un concierto y, si Persis conocía bien a su padre, probablemente llevaban ensayando toda la mañana.

Justen se giró hacia Persis y alzó las cejas. Ella se encogió de hombros.

—A mí no me mires. Si hay algo que le guste a papá de verdad, es hacer de todo una exageración.

—Ah —repuso Justen con una sonrisa irónica—. Entonces, es genético, ¿no?

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