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Morris, DesmondBúhos / Desmond Morris - 1a ed.Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora, 2021Libro digital, EPUB - (naturalezas)Archivo Digital: descargaTraducción de: Mariano García ISBN 978-987-8388-58-81. Literatura Inglesa. 2. Ensayo. 3. Animales Exóticos. I. García, Mariano, trad. II. Título. CDD 824

naturalezas

Título original: Owl

Traducción: Nicolás Gelormini

Editor: Fabián Lebenglik

Diseño: Gabriela Di Giuseppe

Producción: Mariana Lerner

1ª edición en Argentina

Owl by Desmond Morris was first published in English by Reaktion Books, London, 2009 and 2018, in the Animal series.

Copyright © Desmond Morris 2009, 2018

© Adriana Hidalgo editora S.A., 2021

www.adrianahidalgo.com

ISBN: 978-987-8388-58-8

Queda hecho el depósito que indica la ley 11.723

Prohibida la reproducción parcial o total sin permiso escrito de la editorial. Todos los derechos reservados.

Disponible en papel

Índice

Portadilla

Legales

Introducción

1. Búhos prehistóricos

2. Búhos de la antigüedad

3. Búhos medicinales

4. El búho como símbolo

5. Búhos emblemáticos

6. El búho en la literatura

7. Búhos tribales

8. Búhos y artistas

9. Búhos típicos

10. Búhos inusuales

Apéndice. Clasificación de los búhos

Bibliografía

Asociaciones y páginas de Internet

Acerca de este libro y del autor

Otros títulos



Introducción

El búho es una contradicción. Es la más conocida de las aves y la menos conocida de las aves. Pidamos a cualquiera, incluso a un niño pequeño, que dibuje un búho y lo hará sin dudar. Preguntémosle cuándo vio uno por última vez y se detendrá, hará un esfuerzo mental y luego dirá que no lo recuerda. Como ilustración en un libro, sí; como ave en un documental de televisión, probablemente; como preso en una jaula de zoológico, es posible. Pero ¿cuándo vio por última vez un búho vivo en la naturaleza, en su estado natural? Eso es otro asunto.

¿Cómo pudo surgir esta contradicción? Es bastante fácil comprender por qué nos encontramos tan raramente con un búho vivo, pues es un tímido predador nocturno de vuelo silencioso. A menos que salgamos de nuestro camino para avistarlo o hagamos incursiones nocturnas con equipamiento especial, tendríamos pocas posibilidades de encontrarnos con uno cara a cara. Más difícil es entender por qué estamos tan familiarizados con su apariencia, si lo vemos tan poco. La respuesta reside en la singular forma de su cabeza. Al igual que los seres humanos, el búho tiene una cabeza amplia y redonda, con rostro aplanado y un par de enormes ojos penetrantes apartados entre sí. Esto le confiere una inusual cualidad humana que ninguna otra ave puede superar y en la antigüedad a veces se lo refería como el ave de cabeza humana. Nos denominamos a nosotros mismos Homo sapiens, es decir, “hombre que sabe”, y puesto que el búho tiene una cabeza de aspecto humano nos referimos a él como “viejo pájaro sabio”. En realidad el búho no es tan inteligente como el cuervo o el loro, pero pensamos en él como sabio simplemente por su semejanza superficial con nosotros.

Es su mirada humanoide la que nos hace sentir que conocemos al búho. Y es la amplia cabeza y los grandes ojos frontales lo que vuelve imposible para nosotros mirar a un búho sin sentir que estamos en presencia de un familiar aviar de profundos pensamientos. Esto al mismo tiempo nos pone un poco sentimentales con los búhos y nos asusta. Si son tan sabios y, no obstante, salen al morir la noche, es posible que no anden en nada bueno. Al igual que los ladrones acechan a su presa cuando sus víctimas se encuentran más vulnerables. Al igual que los vampiros sólo beben sangre cuando el sol se ha puesto. Quizá, en lugar de sabiduría, sólo haya maldad en el búho.

Si examinamos la historia de nuestra relación con los búhos encontramos que de hecho ha sido con frecuencia tanto símbolo de sabiduría como de maldad. Sabio o malvado, malvado o sabio, la imagen del búho no deja de cambiar. Por varios miles de años estos dos valores icónicos siguieron alternándose y modificándose. Otra de las contradictorias cualidades del muy malinterpretado búho.

En este libro quisiera examinar estos dos aspectos, y también otros. Pues el búho malévolo puede transformarse en búho protector si su violencia imaginada es aprovechada y dirigida contra nuestros enemigos. En la India también fue considerado como vehículo para una diosa, precipitándose desde el cielo, y en Europa hay quienes lo vieron como símbolo de obstinación y quienes lo vieron como emblema de calma frente a una provocación extrema. En el siglo XXI, cuando por fin comenzamos a apreciar la fauna salvaje de nuestro planeta y a preocuparnos por su dramática declinación, también estamos ansiosos por comprender la fascinante biología del búho.

De modo que hay muchos búhos para ser examinados aquí: el búho sabio, el búho malvado, el búho protector, el búho transportador, el búho obstinado, el búho tranquilo y el búho natural. Y han sido muy distintas las épocas y las culturas en las que nuestro interés por los búhos nos llevó a una fascinante colección de mitos, leyendas y objetos, dominados todos por la hipnótica mirada del búho.

Como nota personal, en mis días como conservador de zoológico conocí muchos búhos en cautiverio, y durante esos días en los que viajaba y hacía programas de televisión sobre vida animal conocí muchos más. Pero para ser honesto, supongo que, como usted, me crucé con muy pocos búhos en la naturaleza, en su hábitat natural. Hubo, sin embargo, un encuentro memorable que todavía recuerdo vívidamente en cada uno de sus detalles, aun cuando tuvo lugar hace más de sesenta años, cuando estaba internado en un colegio. Había paseado por el campo cercano al colegio una tarde de verano, y vi algo extraño en un lugar del campo. Me acerqué despacio y en silencio porque podía ver que se trataba de alguna clase de ave, de pie e inmóvil en tierra. A medida que me acercaba seguía sin moverse. Luego, cuando estaba a unos tres metros de distancia, me di cuenta con un repentino sobresalto de reconocimiento que era un búho gravemente herido, cubierto de sangre. Debía haber sido disparado, atrapado en una trampa, enredado en alguna clase de alambre de púas o golpeado por un automóvil en la noche. Sus heridas eran horribles y estaba muriendo lentamente y con gran dolor. No me encontraba al alcance de ayuda veterinaria. ¿Qué debía hacer?

Como no había esperanza de salvarlo, mi decisión fue profundamente desagradable. La opción más fácil era dejarlo solo, pero esto habría significado condenarlo a morir en agonía. Por otro lado, si lo mataba, le estaría acortando su miseria, pero eso requeriría de mí un acto violento contra una víctima indefensa y destruir un ave magnífica. Como pequeño escolar me resultó difícil elegir. Observé al búho y el búho me observó, con sus enormes ojos negros, sin registrar emoción. Debía estar allí hacía horas, esperando morir, y mientras nos mirábamos uno al otro sentí un tremendo apego emocional hacia él y una furia ardiente contra los humanos que, directa o indirectamente, habían causado sus heridas. El año era 1942 y la Segunda Guerra Mundial devastaba Europa. En cierto modo, este búho cubierto de sangre de pie en el rincón de un campo soleado de Wiltshire parecía simbolizar los incontables seres humanos que inevitablemente serían heridos aquel día a lo largo de todo el continente. Cómo odié a la especie humana en ese momento. Decidí que no podía elegir la opción fácil. Busqué una piedra grande, golpeé al búho en la cabeza con ella y lo maté. Terminé con su sufrimiento pero me sentí horrible. Y al día de hoy sigo sintiéndome fatal cada vez que pienso en ese momento. De manera irracional, creo que no me habría sentido tan mal si el ave hubiese sido un faisán herido. Y en eso reside el poder del búho. Sabemos que no es humano, pero su cabeza de forma humana envía señales a nuestro cerebro que nos hacen identificarlo más estrechamente con ella que con aves de rostro agudo. Como bebés respondemos intensamente a un par de ojos maternales que nos miran desde arriba. Estamos genéticamente programados para responder de este modo y no podemos evitarlo. Por eso el búho desencadena una reacción especial en nosotros cada vez que lo miramos y esto nos da una sensación de cercanía con él, si bien, en verdad, no es más que un perfecto extraño.


Autillo bigotudo (Scops trichopsis)

Acaso la razón por la que decidí escribir este libro haya sido intentar reparar el daño infligido a aquel búho herido. Quiero expiarlo haciendo algo por los búhos en general, explicando lo fascinantes que son biológicamente, y lo rico y variado que es su simbolismo y su mitología. En las páginas que siguen haré lo mejor que pueda por ellos.

1

Búhos prehistóricos

Sabemos por restos fósiles que los búhos han existido como una raza aparte por al menos sesenta millones de años. Esto los convierte en uno de los más antiguos grupos de aves conocidos y les dio tiempo suficiente para refinar su modo de vida altamente especializado como rapaces nocturnas.

Es sólo durante la última parte de su largo reinado que deben haberse encontrado con esa especie irritantemente intrusiva, el ser humano. Felizmente para ellos, este encuentro habrá sido bastante menos dañino que para muchas otras clases de aves. Raras veces han sido encerrados en diminutas jaulas como tantos pájaros canoros o perseguidos para terminar en la mesa como incontables aves de caza. Pero como toda ave salvaje, han sufrido la humillación de ver sus hábitats destruidos a lo largo de vastos territorios, sus bosques y arboledas diezmados y sus presas envenenadas por pesticidas. A pesar de esos estragos, todavía prosperan a lo largo del mundo y, fuera de los desiertos polares, son pocas las regiones en las que están ausentes.

La primera prueba de la existencia de los búhos conocida por el hombre puede calcularse unos treinta mil años atrás. El descubrimiento de estos indicios es muy reciente. El 18 de diciembre de 1994 tres espeleólogos encontraron una entrada oculta en una caverna subterránea en el sudeste de Francia. Arrastrando fuera los escombros que bloqueaban esta entrada desenterraron un pasaje estrecho. Avanzando apretujados terminaron encontrándose en una vasta caverna, con sus paredes cubiertas por hermosas pinturas prehistóricas. Eran todos los animales que tan bien conocemos del arte rupestre: bisontes, venados, caballos, rinocerontes, mamuts y otros mamíferos de gran tamaño, pero lo más sorprendente de esta caverna recién descubierta fue que, bien al fondo, también se cruzaron con la imagen burilada de un búho.

Es la representación más antigua de un búho que conozcamos hasta ahora. Describe a un ave de cabeza grande, amplia y redondeada de la que se asoman dos erguidos penachos a modo de orejas. Los ojos están presentes aunque algo borroneados y tiene un fuerte pico. Debajo de la cabeza, las alas se muestran claramente con cerca de una docena de líneas verticales que sugieren el plumaje. La altura de esta figura es de unos 33 cm y sus detalles aparecen como líneas blancas grabadas en el ocre amarillo de la pared de la cueva. Las incisiones pueden haber sido hechas por una uña fuerte, aunque con mucha más probabilidad por un simple palito o herramienta similar.


Búho americano (Bubo virginianus)

Por un feliz azar la antigüedad de esta imagen ha sido demostrada por su posición en la cueva. En el centro de la sala en la que se encuentra, llamada sala Hillaire,

hay un enorme cráter, un gran agujero en la tierra que se hundió en la antigüedad. La imagen del búho fue labrada en un saliente por encima de este agujero, en un punto que ahora es imposible de alcanzar para una mano humana. El agujero es de 4,5 m de profundidad y el cráter tiene un diámetro de 6 m. El colapso del suelo de la cueva dejó al búho convenientemente alto y seco, demostrando por sobre toda duda que no se trata de una falsificación moderna.

La primera imagen de un búho ha sido identificada con entusiasmo como la representación de un gran búho cornudo (bubo virginianus). No hay manera de confirmarlo; sólo se puede señalar que en efecto tiene cuernos y que aparece junto a imágenes de mamíferos de la Era del Hielo como mamuts, lo que sugiere que tiene que haber sido un ave muy grande para sobrevivir al frío. Llamarlo entonces “búho cornudo” quizá no sea una sugerencia demasiado caprichosa. Un segundo argumento, sin embargo, se presenta más dudoso. Es el que sostiene que los artistas prehistóricos eran tan buenos observadores que notaron que el búho puede hacer girar su cabeza en un ángulo amplio, y que la imagen pretende captar al ave de espaldas, con su cabeza vuelta para vigilar algo que tiene muy cerca detrás. La razón para este argumento es que se supone que las alas aparecen representadas desde la espalda. Podría ser, pero mucho más plausible es que, como con cualquier niño que dibuja un búho, las alas se muestren así, aun si el ave es observada de frente, como una sencilla manera de enfatizar que se trata de un plumífero.

Más allá de estas nimias objeciones, la única ave en lo que ahora se conoce como Cueva Chauvet, así llamada en honor a uno de sus descubridores, nos ofrece un maravilloso preludio al largo romance que ha existido entre el artista humano y la icónica figura del búho. (1)

Para encontrar las siguientes imágenes de búhos tenemos que movernos al sudoeste de Francia, a las laderas de los Pirineos y a una cueva pintada llamada Trois-Frères. Se llama así por los tres hermanos, hijos del conde Bégouën, que la descubrieron en 1910. Allí, entre pinturas parietales que se remontan a miles de años más tarde que las de la cueva Chauvet, no encontramos uno sino tres búhos. Parece formar un grupo familiar con dos adultos, uno a cada lado del pichón de búho. Han sido identificados como de la familia del búho nival (bubo scandiaca), presumiblemente porque coexisten en las paredes de esta cueva con diversas imágenes de animales de la Edad del Hielo. Si esta identificación es correcta, significa que esta especie vivió mucho más al Sur de donde vive hoy, algo poco sorprendente si consideramos el dramático cambio en el clima. (2)

A unas treinta millas al este de Trois-Frères, también en la falda de los Pirineos, se encuentra la cueva poco conocida de Le Portel. En la primera galería, no lejos de la entrada, está la imagen de un ave que ha sido identificada con un búho, en un sencillo trazo negro, cerca de la de un caballo y un bisonte. Al igual que en la cueva Chauvet, se trata de una imagen solitaria entre numerosos caballos, venados, toros y bisontes. (3)Hay también una supuesta imagen de búho en la pared de una cueva de La Viña en el norte de España y hay tres ejemplos de figuras de búho de la Edad de Piedra completas, dos de Dolní Věstonice en la República Checa, modelada con arcilla y cenizas de hueso, y una de Mas D’Azil en los Pirineos franceses, labrada en el diente de un animal. (4)Y esa es la totalidad de imágenes paleolíticas de búhos.

Lo más frustrante de este puñado de tempranos artefactos es que no tenemos manera de determinar cómo eran vistos por los artistas prehistóricos que los fabricaron. Su misma escasez hace aún más difícil resolver el problema. En comparación, hay literalmente cientos de bisontes, venados, caballos y otros grandes predadores en las paredes de las cuevas de Francia. Parece obvio que estos artistas se sintieran fascinados por aquellos animales. Aportaban la carne que permitía a las pequeñas tribus humanas sobrevivir en el gélido clima de aquel momento. Pero ¿por qué los búhos? ¿Serían un suplemento adicional de la dieta primitiva o habrán poseído un papel simbólico cuya naturaleza nunca conoceremos? Si queremos comprender el simbolismo del búho, tenemos que avanzar hacia representaciones mucho más tardías de estas aves, a épocas en que tenemos una idea más precisa de creencias y supersticiones locales.

1. Jean-Marie Chauve et al., Chauvet Cave: The Discovery of the World’s Oldest Paintings, Londres, 1996, pp. 48-49.

2. Abbé H. Breuil, Four Hundred Centuries of Cave Art, Montignac, Dordogne, 1952, pp. 159 y 162, fig. 123.

3. Ann y Gale Sieveking, The Caves of France and Northern Spain, Londres, 1962, p. 188.

4. Rosemary Powers y Christopher B. Stringer, “Paleolitic Cave Art Fauna”, en Studies in Speleology, II/7-9, noviembre de 1975, pp. 272-273.



Búho nival (Bubo scandiacus)

2

Búhos de la antigüedad

Las antiguas civilizaciones de Oriente Medio y el sur de Europa nos proporcionan algunos búhos memorables.

Babilonia

Cerca de cuatro mil años atrás en Babilonia (hoy sur de Irak), un artista dio forma a un extraño relieve en una placa de arcilla en el centro de la cual aparece una temible diosa desnuda de forma humana, pero con las alas y las garras de un búho. Para indicar su poder, es representada pisoteando a dos escuálidos leones. Está flanqueada por un par de grandes búhos, rígidamente erguidos y mirando hacia el frente, dando la impresión de que son sus guardianes o familiares.

Esta obra de arte única, alguna vez considerada una falsificación pero que más tarde se verificó como genuina, nos muestra a una diosa de nombre desconocido, pero que ha sido diversamente identificada con la babilonia Ishtar, la babilonia Lileth, la cananita Anat, la sumeria Inanna o quizá Ereshkigal, la hermana de Inanna y Reina del Inframundo. A causa de esta confusión erudita, su nuevo dueño, el Museo Británico, se refiere a ella simplemente como Reina de la Noche. Quienquiera que ella sea, aparece como la primera de las muchas formas de la Diosa Búho. En esta fase parece ser una criatura rapaz completamente agresiva, cuyas enormes garras podrían someter a casi cualquier enemigo, pero en encarnaciones posteriores, como la griega Atenea, su naturaleza belicosa, aunque todavía presente, es refrenada por la adquisición de sabiduría.

Egipto

Si bien es posible encontrar algunos ejemplos exquisitos de búhos pintados o tallados en relieve sobre las paredes de tumbas y edificios del antiguo Egipto, sorprendentemente no hay un dios búho egipcio, o siquiera un nombre para el búho en la antigua lengua egipcia. En la escritura jeroglífica, el glifo del búho sólo tiene la función de procurar el sonido o la letra m. Hay dos características interesantes de este glifo. Todas las otras aves y, de hecho, todas otras formas de vida animal se muestran de perfil cuando aparecen como jeroglíficos. Esta es una tradición rígida que sólo se abandona con el búho, cuyo cuerpo es mostrado de perfil, pero cuya cabeza aparece girada a noventa grados a fin de enfrentar al espectador de manera frontal. Presumiblemente era esta la única forma en que el autor del jeroglífico podía dejar absolutamente en claro que se estaba representando un búho antes que alguna otra clase de ave de presa. La segunda característica furiosa de los glifos de búhos es que a veces las aves se muestran con sus patas rotas, como si se tratara de un intento de imposibilitar la vuelta a la vida de las aves y lanzarse al ataque.


Lechuza común (Tyto alba)

Si bien el búho no jugó en la religión egipcia el papel prominente que vemos asignado al halcón, el ibis o el buitre, sí sabemos que era lo bastante respetado para que se le concediera el honor de ser ocasionalmente momificado. Varias especies distintas han sido identificadas en restos momificados, incluyendo a la lechuza común (Tyto alba).

Se ha sugerido que el búho pudo haber estado asociado de alguna extraña manera con el alma humana. Los egipcios consideraban que el alma tenía siete partes. Estaba el ka, asociado a la fuerza vital, creativa, dadora de energía. Después de la muerte, el ka residía en la tumba, donde requería sustancia en forma de ofrendas. (5)También estaba el ba, fantasma no físico de la persona, y el akh, espíritu eterno que seguía viviendo después de la muerte y que era resultado de ka y ba combinados. Para que esta combinación ocurriese, el ba debía regresar a la tumba cada noche. Se creía que emprendía esta jornada nocturna bajo la forma de un ave de cabeza humana. Se ha señalado que esta ave de cabeza humana “pudo haber derivado de los búhos que frecuentan las tumbas”. (6)Es fácil entender que el búho espectral a medias atisbado, con su cabeza de forma humana, revoloteando cerca de una tumba al anochecer, pudo haber dado lugar a esta idea de una encarnación aviar del ba.

Grecia

Entre las civilizaciones antiguas, es en la griega Atenas donde el búho alcanzó el cenit de su apreciación como ave simbólica. Fue allí donde sabiduría y búho se convirtieron en sinónimos. Atenas había sido bautizada a partir de su diosa protectora, Atenea o Atena, y el búho era sagrado para ella. Por cientos de años, del siglo VI al I a.C., monedas atenienses eran acuñadas con la imagen de la diosa en una cara y el búho en la otra. Fue esta moneda la que introdujo el concepto de “cara o cruz” que se volvió tan popular en muchas monedas posteriores. Estas monedas griegas eran conocidas coloquialmente como “búhos”, y en su obra Las aves (414 a.C.) Aristófanes bromea diciendo que los búhos plateados son la mejor clase porque “nunca te abandonarán; vivirán en tu casa y harán nido en tu cartera, empollando tus moneditas”.

Se cree que el ave que sirvió de modelo para la moneda ateniense es el mochuelo europeo o mochuelo común (Athene noctua), y se lo representa por lo general en la postura del jeroglífico egipcio, con su cuerpo de perfil y su cabeza mirando de frente. En pocas monedas aparece en cambio en postura frontal con las alas desplegadas.

La moneda griega más conocida en la que aparecía un búho era el tetradracma, la pieza de plata de cuatro dracmas, pero aparecía en monedas de diversas denominaciones, incluyendo el decadracma y los menos valiosos didracmas, dracmas, hemidracma, tetróbolo, dióbolo, trihemióbolo, óbolo, hemióbolo, tritartemorio, trihemitartemorio, tetartemorio y hemiartemorio. (El desafío de discernir el cambio para las compras en el ágora debe haber sido abrumador.) El dracma era una unidad del sistema monetario basado en el peso de la pieza. Un dracma = 4,37 gr. Estas monedas sobreviven incluso hoy, bajo la forma de la moderna moneda griega de un euro, de la que el búho ateniense es la pieza central. En años recientes el búho ateniense también apareció tanto en billetes griegos como en sellos postales griegos. Su fama corre a lo largo y a lo ancho del mundo, y se dice que el presidente estadounidense Theodore Roosevelt solía llevar una moneda con búho ateniense como talismán.


Mochuelo europeo (Athene noctua)

En tiempos antiguos el búho ateniense también aparece en muchos recipientes de cerámica griegos, en especial pequeñas tazas de medida llamadas glaux skyphos (tazas búho) del siglo IV a.C. Se piensa que la presencia de la imagen de un búho en una de las tazas la convertía en la herramienta de medición oficialmente reconocida en la Atenas clásica. Significativamente, hay en el Louvre un pequeño recipiente griego en el que aparece la diosa Atenea en guerra, portando una lanza. La característica peculiar de esta imagen en concreto es que aquí Atenea ha sido transformada casi por completo en la figura de un búho. Los únicos rasgos humanos que sobreviven en ella son sus brazos. Aquí, en lugar de ser el alma de Atenea, el ave se ha convertido en la diosa misma.

La razón para esta asociación estrecha entre Atenea y el búho no parece haber sido registrada con exactitud por los propios griegos antiguos, lo cual ha generado desde entonces interminables debates académicos. Una sugerencia es que Atenea tenía una precursora bajo la forma de la prehistórica Diosa del Ojo mesopotámica. Es conocida para nosotros bajo la forma de idolillos que consisten en poco menos que un cuerpo simple coronado por un enorme par de ojos circulares de mirada fija. Estos ídolos, que datan de 3000 a.C., pueden no haber sido representaciones de los búhos, pero sus ojos de mirada escrutadora bien pueden haber conducido a comparaciones con los ojos de los búhos y, a su manera, haber relacionado a Atenea con esta clase de ave. Un milenio más tarde, en 2000 a.C., pequeños figurines de arcilla de diosas de cabeza de búho se hicieron en gran número en la antigua Siria, de modo que Atenea simplemente pudo haber sido una rezagada en la larga línea de diosas búho de Oriente Medio.

Un punto de vista alternativo sugiere que los búhos eran vistos a menudo volando cerca del gran templo de la diosa, el Partenón en Atenas, y que su presencia allí habría derivado en la adopción del búho como ave sagrada para la diosa. De hecho, estas dos teorías rivales no discrepan y, por cierto, pueden haberse reforzado mutuamente. A propósito, los búhos deben haber sido inusualmente comunes en Atenas porque hay un proverbio acerca de “llevar búhos a Atenas” que tiene el mismo significado que la frase “vender hielo a los esquimales”.

Otra sugerencia, bastante ingeniosa, relaciona al búho con la diosa a través de sus ciclos menstruales. Expresado en pocas palabras, el argumento es el siguiente: el búho es un ave de la luz de la luna. La luna tiene un ciclo lunar. La diosa tiene un ciclo mensual. Por consiguiente, el búho y la diosa están íntimamente ligados. Cuando los registros fácticos faltan, es maravilloso lo que la imaginación humana puede hacer enfrentada a una cuestión desconcertante.


Ascálafo es convertido en búho. Tras haber delatado ante Zeus que Perséfone había comido una granada y por eso debía permanecer en el Hades, ella lo roció con agua del Flegetonte para transformarlo.

Sea cual sea la verdad acerca del vínculo original entre la diosa y el búho, no cabe duda de que el ave era considerada un animal totémico por los atenienses, capaz de traerles buena suerte. En su popular obra Las avispas (422 a.C.), Aristófanes, por ejemplo, menciona el búho ateniense como un buen presagio en la batalla. Cuando Atenea “envió su ave nocturna; y mientras el pequeño búho voló sobre la multitud, nuestros ejércitos concibieron presagios de esperanza y alegría. De modo que con ayuda del Cielo, antes de que el día terminara, gritamos victoria, y nos encaminamos hacia nuestro enemigo”.

De hecho se desarrolló la poderosa creencia de que el aspecto de Atenea en la figura de un búho era un signo crucial que presagiaba que las fuerzas griegas triunfarían en la batalla. Se lo tomaba tan en serio que un general griego solía tener un búho oculto en una jaula entre su equipaje de modo que pudiera liberarlo para que diera vueltas en torno a sus tropas e infundirles así el valor necesario para asegurar la victoria. (7) “¡Ahí va un búho!” era un dicho ateniense que significaba “esos son los signos de la victoria”. (8)

En un período anterior, la ciudad-Estado de Corinto, rival de Grecia, también había utilizado el búho como imagen para algunos de sus recipientes de cerámica, y en el Louvre hay un famoso vaso de perfume (aryballos) protocorintio del siglo VII a.C. con silueta de búho. Tiene una forma curiosa, con la cabeza del búho vuelta hacia un lado, como si el alfarero corintio que la diseñó estuviese aún bajo la influencia egipcia y en cierto modo imitase el jeroglífico del búho, con su cuerpo de perfil y su cabeza girada hacia el espectador.

El búho también figura en la leyenda griega de Ascálafo, un espíritu del inframundo, hijo de Aqueronte y Orfne, que denunció el hecho de que Perséfone había comido una granada en los infiernos. Como se le dijera que sólo podía regresar al mundo de arriba si no comía nada mientras estaba en el inframundo, se la castigó por su desacato y ella se vengó de Ascálafo, convirtiéndolo en búho. Una buena pregunta es por qué sería un hecho tan terrible ser convertido en búho cuando esta ave era tan venerada por los antiguos griegos. La respuesta es intrigante: a saber, que Ascálafo no fue convertido en un búho cualquiera, sino específicamente en un autillo o búho chillón (megascops). El autillo era el animal familiar de Hades, el dios del inframundo, y en términos mitológicos resultaba bastante distinto a la venerada ave de Atenea, el búho pequeño. Ovidio describe al autillo como un “ave repugnante, mal presagio para la humanidad, heraldo de la tristeza”.

Roma

En la antigua Roma la diosa Atenea fue transformada en la diosa Minerva. Cuando los ejércitos romanos subyugaron a los griegos, cooptaron su figura guardiana y, como su diosa romana Minerva tenía virtualmente las mismas cualidades que la griega Atenea, tomaron prestada su ave sagrada y la hicieron propia. Unido a Minerva, sin embargo, al búho no le fue tan bien porque ya había una creencia extendida entre el pueblo romano de que los búhos eran criaturas malévolas y símbolos de muerte.

Una de las populares supersticiones romanas consistía en que las brujas podían convertirse en búhos y lanzarse en picada sobre los bebés dormidos para chuparles la sangre, creencia que empujó al búho al mundo de los vampiros. Si se oía ulular a un búho significaba que una bruja estaba cerca, o que alguien moriría pronto. Se aseguraba que un búho había gritado justo antes de las muertes de Julio César, Augusto y Agripa. Ver un búho a la luz del día era considerado un presagio particularmente malo y, si se podía cazar un búho, se lo mataba y su cuerpo se clavaba en la puerta para proteger la casa de todo daño. En el siglo I de nuestra era, Columela, en su gran obra sobre la agricultura romana, refiere que cuerpos de búhos eran colgados por la gente del campo específicamente para evitar tormentas.

En su gran Historia natural (del año 77), Plinio el Viejo dice del búho que “si es visto volar ya sea en las ciudades, o bien fuera en cualquier parte, no es para bien, sino que pronostica alguna temible desgracia”. Luego registra lo que ocurrió cuando un búho fue observado en el centro de la gran ciudad de Roma. El búho entró “al secretísimo santuario dentro del capitolio en Roma [...] tras lo cual [...] la ciudad de Roma aquel año organizó procesiones generales para aplacar la ira de los dioses y fue solemnemente purgada mediante sacrificios”. (9)Plinio es escéptico acerca de todo esto y, como buen científico, declara: “Yo mismo conozco casos en los que búhos se han posado sobre casas donde no siguió ninguna desgracia”. Es posible, pero quizá los antiguos romanos disfrutaban de la excitación de sus sacrificios purgatorios y de todos los otros rituales de protección que habían creado. Una cosa parece segura, no obstante, y es que en aquellos días lejanos había muchos más búhos instalándose en las casas de los que nunca podríamos ver hoy. Los ruidos de tránsito y la iluminación de las calles los han espantado a todos.


Búho del desierto (Bubo ascalaphus)

Algunos romanos estaban tan convencidos de que el grito del búho anunciaba una muerte inminente que hacían lo que podían para capturar al ave y matarla, con la esperanza de que esto neutralizara la profecía. Aun cuando la infortunada ave estaba muerta, existían temores de que pudiera tener poderes sobrenaturales que le permitieran volver a la vida, de modo que su cuerpo era cremado y sus cenizas arrojadas al Tíber.

Los búhos eran también considerados mensajeros de hechiceros que danzaban sobre las tumbas de los muertos. Es fácil adivinar cómo pudo haber comenzado esta creencia, puesto que los búhos suelen frecuentar cementerios donde, en noches de luna, pueden ser vistos lanzándose en picada sobre un ratón incauto, y el acto de atraparlo con las garras de hecho pudo haber sido interpretado como una especie de danza.

Búhos, o partes suyas, eran utilizados en prácticas mágicas. Se creía que si se podía colocar una pluma de búho sobre el cuerpo de alguien dormido sin despertarlo, uno estaría en condiciones de descubrir sus secretos. Y si uno resultaba estar de viaje, una peligrosa empresa en tiempos antiguos, y tenía tanta mala suerte como para soñar con búhos, estaba a punto de encontrarse con alguna clase de desastre, como un robo o un naufragio.

China

En China la imagen del búho atrajo la atención de una gran civilización que floreció en el segundo milenio antes de Cristo. Los artistas de la dinastía Shang (c. 1500-1045 a.C.) crearon algunas de las más elaboradas y hermosas figuras de bronce que el mundo haya visto. Entre ellas había una cantidad de búhos majestuosos, cubiertos por adornos burilados y dibujos en relieve de una complejidad asombrosa. Se los suele fechar alrededor de 1200 a.C. y toman la forma de encantadoras botellitas de vino llamadas zun. (10)Apoyados con firmeza sobre un trípode hecho con las dos patas y la base de la rígida cola, se cree que estos búhos fueron utilizados durante ceremonias de adoración de los ancestros. Los ojos penetrantes son enormes y la cabeza del búho está coronada con dobles penachos a modo de orejas. Sobre el pecho del búho hay un emblema en relieve de la cabeza de un toro y, muy extrañamente, las alas están formadas a partir de un par de serpientes espiraladas. La espalda del búho está adornada con un par de aves de rapiña con brutales picos curvos. La cabeza del ave es una tapa movible. En el ejemplo que mostramos aquí hay un pomo encima de la cabeza que facilita que se la levante. El pomo mismo está diseñado con la forma de un ave pequeña de largo pico agudo y cresta pequeña. Este pajarito parece brotar de la propia coronilla del búho.

Un número de estas notables figuras de búho fue exhumado de las tumbas de ciudades amuralladas de aquellos antiguos reinos feudales, donde el peso del bronce empleado en su manufactura era con claridad el despliegue ostensible de una sociedad próspera. No han sobrevivido registros de la época que nos capaciten para interpretar con certeza el simbolismo de estos búhos y se han ofrecido sugerencias opuestas para explicar por qué fueron favorecidos. La más plausible de ellas considera a los búhos ubicados en la oscuridad de la tumba para proteger a los ocupantes en su viaje a la vida después de la muerte. Con su habilidad para ver en la oscuridad y matar certeramente, los búhos estarían en condiciones de detectar peligros mejor que cualquier otra forma de vida y lidiar con estos en silencio y con destreza. Luego podrían volar con las almas de los muertos, guiándolos con seguridad hacia el otro mundo. Quizá a las alas diseñadas como serpientes enroscadas se las pensaba como capaces de vencer y abatir en la oscuridad a los espíritus del mal con su veneno letal. Nunca lo sabremos con seguridad, a menos que nuevas excavaciones revelen algún registro por largo tiempo perdido de ese arcaico período.

Alrededor de un milenio más tarde, en la era taoísta, los primeros chinos consideraban al búho no como un sabio viejo amigo, sino como una figura violenta, horrorosa: una malévola ave de presa nocturna. Por alguna razón se lo consideraba un monstruo y también se creía que los pichones arrancaban los ojos a su madre o la devoraban. Si niños chinos nacían en el “día del búho” (solsticio de verano), se les atribuía una personalidad violenta, y se creía que podían llegar a asesinar a su madre.


Botellita de vino con forma de búho (zun), de finales de la dinastía Shang, hacia 1200 a.C.

Fue acaso la personalidad violenta del búho chino lo que condujo a asociarlo con tormentas violentas. En la religión taoísta, Lei-gong, el dios del trueno, era una quimera cuyo cuerpo consistía en una mitad búho y otra mitad humana. Era su deber castigar a los seres humanos culpables de crímenes secretos. El búho chino también aparecía asociado a los relámpagos pues se decía que “aclaraba la noche”, y había una vieja costumbre de colocar una efigie de búho en cada rincón de la casa para proteger al edificio de ser golpeado por un rayo.

América precolombina

El búho aparece con frecuencia en las artes de la antigua América, desde el antiguo arte rupestre de América del Norte a la cerámica pintada del Perú. La cultura mochica en particular, que floreció en el norte de Perú entre los años 100 y 800 de nuestra era, nos ha dejado una amplia variedad de atractivos recipientes de cerámica con forma de búho. Para los mochica, el búho era una importante y compleja presencia simbólica que representaba, por un lado, sabiduría y un curandero mágico y, por el otro, un guerrero involucrado en decapitación ritual y los espíritus de los muertos. Así, en este caso, la eterna contradicción del búho –sabio y malévolo– existió dentro de la misma cultura. En su papel de sabio, era visto como una figura humana que se encontró transformada en su contrapartida animal durante unos ritos nocturnos, como búho sobrenatural, que podía ver mágicamente en la oscuridad. En su papel maléfico representaba un guerrero letal en quien se trazaba una comparación simbólica entre hacer la guerra y cazar una presa.

No resulta sorprendente por lo tanto que, en sus representaciones cerámicas, aparezca bajo estas dos guisas: como él mismo bajo una atractiva forma naturalista, y como un siniestro humano que lleva la máscara de un búho y una capa con forma de alas de búho. A veces la figura enmascarada es mostrada sosteniendo un largo garrote y a veces una cabeza humana y un cuchillo, pues ese es el búho guerrero, el predador, el matador. En un ejemplo el búho transporta a un hombre sobre su ala, interpretado como víctima sacrificial que es llevada al otro mundo a continuación de una matanza ritual. (11)

De modo que para las grandes civilizaciones antiguas, el búho ya jugaba un importante papel en el mito y la leyenda. Desde Babilonia y Egipto en el Oeste Medio, a Grecia y Roma en la temprana Europa, y tan lejos como China y Sudamérica, imágenes de búhos eran laboriosamente forjadas, buriladas y moldeadas, y su nombre estaba indeleblemente incrustado en el folklore local. Es casi inevitable que como consecuencia de esto, para los profundamente supersticiosos, las partes del cuerpo de esta icónica ave hayan sido imaginadas con poderes mágicos, según veremos en el próximo capítulo.

5. Edward Terrace, Egyptian Paintings of the Middle Kingdom, Londres, 1968, p. 26.

6. Faith Medlin, Centuries of Owls, Norwalk, CT, 1967, p. 16.

7. Virginia C. Holmgren, Owls in Folklore and Natural History, Santa Barbara, CA, 1988, p. 31.

8. Edward A. Armstrong, The Folklore of Birds, Londres, 1958, p. 119.

9. Plinius Secundus, The Historie of the World. Commonly called the Naturall Historie, Londres, 1635, tomo I, libro X, pp. 276-277.

10. Robert W. Bagley, Shang Ritual Bronzes, Cambridge, MA, 1987, pp. 114-116, figs. 152-156.

11. Elizabeth P. Benson, The Mochica: A Culture of Peru, Londres, 1972, p. 52.


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Búhos medicinales

Siglos atrás, antes de que se introdujeran exámenes médicos de carácter científico, muchos animales padecieron muertes innecesarias a manos de curanderos que consideraban que ciertas partes del cuerpo de estas desafortunadas criaturas curarían males diversos. El búho no fue una excepción, y el rango de aflicciones que ciertas partes de su cuerpo supuestamente curaban es absolutamente increíble. Incluso William Shakespeare (1564-1616) contribuyó a esta locura. Las infames brujas que cuecen una preparación mágica en la escena de apertura de Macbeth exclaman:

Ojo de salamandra, un dedo de rana,

lengua de perro y del murciélago la lana,

bífida de culebra, y aguijón de lución,

pata de lagartija y de búho joven un alón.

El gran rival de Shakespeare, Ben Jonson (1572-1637) no podía quedarse atrás. Para cocer una poción, sugería:

Del búho chillón plumas negras y huevos,

la sangre del sapo y de su lomo el hueso.

Un poco antes, en el compendio de saberes médicos y biológicos del siglo XV Hortus sanitatis, se registra que un tratamiento para la locura incluía colocar las cenizas de un búho sobre los ojos del lunático. Este intento de cura se basaba sin duda en el principio de que la sabia visión del búho podría, a su manera, ser infundida en la visión salvajemente distorsionada del loco. En la India una creencia vinculada consideraba la ingestión de huevos de búho una manera de mejorar la visión nocturna. Los indios cheroqui preferían mojar los ojos de sus hijos con agua que contuviera plumas de búho, como manera de darles la habilidad para mantenerse despiertos toda la noche.

Una de las más extrañas creencias médicas, que duró por siglos, era que comer huevos crudos de búho curaría a una persona de su borrachera. En su Speculum mundi del siglo XVII, John Swan comenta: “Hay quienes sostienen que los huevos de un búho, rotos y puestos en la copa de un borracho, o de quien desea seguir bebiendo, hará tal trabajo en él que repentinamente abominará de su buen licor y estará disgustado con la bebida”. (12)Esta creencia, presumiblemente, llegó a darse porque el búho es un ave de aspecto tan estudioso y solemne que se lo creyó epítome de la sobriedad y, por consiguiente, que ponía huevos para mantener la sobriedad. Lo enigmático de todos estos remedios caseros es qué los mantuvo creíbles por tanto tiempo si carecían de mérito; a menos, desde luego, que lo que actuase fuese el poder de sugestión. Una variante del tema de los huevos-de-búho-para-curar-borrachos consideraba la administración de huevos en sucesivos vasos de vino. A simple vista parece haber un defecto básico en esta versión del tratamiento pero entonces, quizá, los huevos hacían que el sabor del vino fuera tan horrible que este método finalmente funcionaba.

Si el borrachín se había extralimitado al punto de que también sufriera de gota, podía curar esta dolorosa afección, se decía, arrancando todas las plumas del cuerpo de un búho, salarlo por una semana, luego colocarlo en un recipiente, taparlo y hornearlo para momificarlo. Este búho momificado era luego molido en un polvo fino y mezclado con grasa de jabalí para elaborar un ungüento. Si se lo aplicaba en el “sitio afectado” del cuerpo del gotoso, este ungüento pronto lo restablecería. Como dijo alguien, afortunado el animal que no posee virtudes medicinales.

La grasa de búho hervido, se decía, era también útil para aliviar el cuerpo de dolores. Un rostro humano paralizado, masajeado con sangre tibia de búho, o con el corazón caliente de un búho, pronto sanaría. La sangre de búho en aceite eliminaría los piojos de la cabeza. El buche desecado y molido del búho curaría los cólicos. La bilis del búho detendría la enuresis. El espinazo del búho en aceite, administrado en gotas por la nariz, acabaría con las migrañas. Y así sucesivamente. Es asombroso que los búhos no se hayan extinguido por todos estos tratamientos absurdos.

Hay más. Una recomendación aún más extraña era la de matar un búho, arrancar su corazón y depositarlo sobre el pecho izquierdo de una mujer dormida. En este contexto el corazón actuaría como una droga de la verdad y haría que la mujer revelase sus más oscuros secretos. Asimismo, se podía llevar consigo el corazón de un búho a la guerra y ser más fuerte en la batalla. O quemar la pata de un búho con la hierba plumbago para protegerse de picaduras de serpientes venenosas. Plinio menciona todas estas supuestas curas en el año 77 de nuestra era, pero también se toma el trabajo de descartarlas como mentiras escandalosas.

En Inglaterra, la gente de Yorkshire solía elaborar una sopa de búho para tratar la tos ferina. Se basaban en la idea de que si un búho podía toser espasmódicamente sin sufrir ningún daño, entonces los beneficios especiales de la sopa de búho, por un proceso de magia simpática, quitarían el dolor al enfermo. En otra región, la sopa de huevo de búho, elaborada durante luna menguante, se consideraba eficaz contra la epilepsia. Puesto que los búhos son tan calmos y compuestos y suelen posarse tan quietos, se creía que los movimientos frenéticos del ataque de epilepsia se calmarían bebiendo su esencia.

Acaso la más extraña de todas las medicinas basadas en búhos sea una creencia alemana que sostiene que uno puede evitar ser mordido por un perro enloquecido y contraer la rabia colocando el corazón y la pata derecha de un búho bajo la axila izquierda. Con esta joya médica hemos entrado ya en el mundo de los Monty Python, pero esto es sólo el comienzo.

Sería posible llenar un libro entero con curas de búho, todas absolutamente inútiles pero empleadas con fervor en siglos previos. Leerlas todas juntas, como hicimos aquí, hace que se agradezca el haber nacido en una época científica donde se llevan a cabo exámenes de control médico antes que administrar cualquier remedio a los ansiosos enfermos. Nunca somos tan vulnerables a las sugerencias como cuando estamos enfermos, y en el pasado esta vulnerabilidad ha sido explotada por curanderos y charlatanes a un límite difícil de creer. También los búhos deben estar agradecidos a la medicina moderna por hacer que las partes de su cuerpo sean menos atractivas. Estaremos talando sus bosques, pero al menos hemos dejado de meternos pedazos suyos bajo las axilas.

12. John Swan, Speculum Mundi, Cambridge, 1643, p. 397.


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El búho como símbolo

El búho malvado

Por miles de años el búho ha sido visto como un espíritu maligno que deambula en silencio por el cielo nocturno en busca de víctimas humanas, con la intención de hacerles daño. Sus ominosos chillidos han realzado esta impresión y lo han caracterizado a menudo como heraldo funesto de la destrucción y la muerte. Como sólo aparece de noche y aun así permanece en un extraño silencio, nos recuerda a un criminal furtivo, un ladrón o un asesino que acecha en la oscuridad. Según hemos comentado ya, para los antiguos romanos el modo de vida del búho significaba ser considerado como un temido mensajero de la muerte. No eran los únicos en establecer esta asociación totalmente injustificada y sombría con el inofensivo búho, inocente controlador de plagas. Muchas otras culturas han sentido lo mismo.

La Biblia está llena de odio al búho. Hay dieciséis menciones a búhos en el Antiguo Testamento, la mayoría antipáticas. Por empezar, el búho es considerado sucio y, por consiguiente, no debe ser comido. En Deuteronomio 14 se encuentra la instrucción “Nada abominable comerás” y el búho entra en esta categoría de abominaciones. De hecho, en la lista de aves inmundas el búho se destaca en una mención especial: “Y el búho y la lechuza y el cuclillo y el halcón según su especie [...] El búho pequeño, el búho grande, y el cisne...”. Es como si la Biblia, para asegurarse de que no haya malentendidos, discriminase entre el búho pequeño y el búho grande en el caso de que algún hambriento devorador de pájaros pudiese pensar en un resquicio de la ley que dejaba fuera algunas clases de búhos, considerándolos inmunes y aptos para ser servidos en la mesa. (13)

En Isaías 13 encontramos que cuando Babilonia esté condenada a permanecer deshabitada, “bestias salvajes del desierto dormirán allí; y sus casas estarán llenas de criaturas penosas; y los búhos habitarán allí, y los sátiros bailarán allí”. Un poco más adelante, en Isaías 34, volvemos a encontrar al búho retratado como el inevitable ocupante de tierra enemiga, tierra que “se convertirá en pez ardiente”. Una vez que esta tierra es asolada, “el cormorán y el avetoro la poseerán; el búho también y el cuervo morarán en ella [...] y será habitación para dragones, y una corte para búhos [...] el búho chillón también descansará aquí y se buscará un lugar de descanso. Allí el gran búho hará su nido, y pondrá, y empollará, y los reunirá bajo su sombra...”.

Estos poco auspiciosos comienzos para el búho cristiano habrían de tener consecuencias duraderas en su imagen para los siglos que siguieron. En la Europa del siglo XIII el búho era retratado, junto con la cabra y el mono, como miembro de un trío demoníaco. En un salterio del siglo XIV, un libro de salmos, himnos y plegarias, hay un dibujo satírico de un caballero que sale en caza de volatería con los tres animales paganos reemplazando al noble señor, su corcel y su halcón. La imagen muestra a un mono con un búho sobre su puño enguantado cabalgando una cabra.

Los primeros bestiarios no podían encontrar nada bueno para decir del búho. En uno, el búho chillón es descripto como “un ave abominable porque su nido está sucio con sus deyecciones, tal como el pecador lleva a todos los que moran con él al descrédito a través del ejemplo de su conducta deshonrosa. Está [...] atado a una pesada holgazanería, la misma holgazanería que ata a los pecadores que están inertes y ociosos cuando se trata de hacer el bien”. (14)El hecho de que en realidad el búho estuviese intensamente activo por la noche “haciendo el bien” por la humanidad como eficaz destructor de plagas de roedores claramente era algo desconocido para el autor de estas palabras.

En épocas medievales ciertos teólogos cristianos emplearon al búho de manera inusual. Sostenían que, como ser nocturno, el ave era símbolo de los judíos. Esto era así, decían, porque los judíos habían preferido la oscuridad de sus propias creencias a la deslumbrante luz del cristianismo. Los cerebros detrás de esta clase de antisemitismo medieval eran lo bastante astutos para usar el acoso de un búho como ejemplo de un judío siendo atacado por una justificada reunión de cristianos iluminados.

En la Inglaterra del siglo XVI nuestro mayor dramaturgo aportó su cuota para mantener viva la mala reputación del búho. En Macbeth, Shakespeare hace que Lady Macbeth se refiera al grito del búho como “el campanero fatal que da las más severas buenas noches”. Y en Sueño de una noche de verano, Puck habla del búho chillón, que cuando grita fuerte “hace que el desgraciado, en su calamidad, sólo piense en la mortaja”. Y continúa: “Ahora es el momento de la noche en que las tumbas, abiertas por completo, liberan sus demonios, que planean sobre el sendero de la iglesia”, sugiriendo que, quizá, los demonios que planean y los búhos de cementerio son una y la misma cosa, y que los búhos, como vampiros rapaces, habitaban las tumbas hasta la “hora bruja” en que agitaban sus alas draculinas y salían volando.

En Enrique VI, parte III hay un verso elocuente donde Shakespeare hace hablar al rey como un antiguo romano: “El búho gritó en su nacimiento, un mal signo...”. En Julio César confirma su conocimiento del papel del búho en la leyenda romana, cuando hace que César diga: “Ayer el ave nocturna se posó, a pleno mediodía, en la plaza del mercado, ululando y chillando”, y César concluye que estos son “signos portentosos”.

La estrecha asociación entre el búho y la muerte inspiró a un artista del siglo XVII a crear una obra fascinante en el género de la vanitas, mostrando a un búho posado sobre un cráneo humano. Junto al cráneo aparece un candelabro en el que la llama de la vela simbólicamente está muriendo. El término vanitas significa frivolidad, y las pinturas de esta clase pretendían enfatizar la fugaz naturaleza de la vanidad y de la vida misma. Usualmente incluían un cráneo acompañado por recordatorios de la muerte inevitable, tal como fruta descompuesta, relojes de arena e insectos. En este caso el artista, cuyo nombre es desconocido, hizo la escena más sombría y siniestra al colocar a un búho mirando fijo, el temido mensajero de la muerte, encima del cráneo.


Búho, cráneo y vela apagada. Artista alemán u holandés desconocido, siglo xvii.

Sir Walter Scott (1771-1832) continúa con este tema en su poema “Antigua melodía gaélica” (1819), en el que habla de “aves de presagios oscuros e infames, cuervos de la noche, murciélagos y búhos”, rogándoles que “dejen dormir al enfermo; toda la noche los oyó gritar”. (15)

En muchas imágenes del búho en esa época hay un claro vínculo entre el búho y la brujería. Es más común que aquel matador nocturno rival, el gato, actúe como familiar de la bruja, pero en algunas ocasiones el gato es desplazado por el búho, que aparece representado cabalgando tranquilo sobre el mango de la escoba de la bruja mientras ella atraviesa volando el cielo nocturno.

Cuando nos movemos hacia épocas modernas el maligno búho comienza a perder su poder, pero todavía acecha en unos pocos rincones oscuros. Lo que a menudo ocurre cuando un antiguo símbolo de malignidad comienza a declinar es que se desplaza de la creencia seria a la humorada. Halloween es un buen ejemplo de esto. En sus orígenes, una celebración pagana del año nuevo celta, cuando la frontera entre los vivos y los muertos se volvía borrosa, los muertos resultaban peligrosos por un breve lapso y los vivos se defendían imitando a los malos espíritus para aplacarlos. Hoy los niños usan esto como excusa para disfrazarse de fantasmas o brujas y asustar a los adultos. Las solemnes ceremonias de ayer se convirtieron en poco más que una alegre pantomima. Entre las imágenes involucradas en estos despliegues de Halloween se cuentan fantasmas, duendes, muertos vivos, demonios y otros monstruos del moderno género de terror. Uno de los malvados animales que acompaña a estos espíritus demoniacos, actuando como familiar de las brujas, es el búho.

Hoy es posible comprar un sombrero de bruja tan voluminoso que tenga espacio suficiente para que un búho arme dentro su nido. La cara del búho contempla fuera del sombrero y, al hacerlo, se las ingenia para mantener viva la antigua tradición del maligno búho de tiempos pasados. Puede que no sea más que una broma ahora, pero una broma con una larga historia detrás que muestra que si bien el malvado búho ya no es tomado con seriedad como heraldo de la muerte y la destrucción, no ha sido completamente olvidado.

El búho obstinado

En el siglo XVII se popularizó una nueva clase de símbolo para el búho: el búho obstinado. Aparece en 1602 y de nuevo en 1635 en un grabado que representa al búho como dueño de una visión que decae en eficacia a medida que la intensidad de la luz aumenta. Muestra al búho usando gafas y portando antorchas encendidas, una en cada garra. Frente a él hay un par de candelabros con velas que arden intensamente. En el cielo, el sol brilla sobre la escena y la moraleja es que, si alguien tiene un prejuicio ciego, ningún bagaje de razonamiento iluminado le permitirá reconocer la necedad de sus decisiones. De hecho, cuanto más razonado es el argumento que se le presenta, más obstinado se volverá el prejuicio. El epigrama reza: El que es ciego nada verá de la luz que lo rodea. El poema bajo el emblema comienza:

Nuestros Búhos, dicen ciertas gentes,

aves de día son de muy mala visión;

y que a más luz que les aumentes,

más los privarás de orientación.

Ni velas, antorchas, ni el sol de mediodía,

ni todo reunido más un par de anteojos

hará que un mochuelo vea de día,

pues nadie, de noche, tiene mejor ojo. (16)

Un poco más adelante en el siglo XVII el búho obstinado reaparece en un famoso grabado holandés que muestra a Oliver Cromwell echando al parlamento británico en 1653. Enojado por el rechazo de estos a reconocer la necesidad de reformas, entró a la cámara y les espetó violentamente que eran unos borrachuzos, rufianes, corruptos e injustos. Asistido por cuarenta mosqueteros, hizo que los parlamentarios fuesen echados de la cámara, algunos por la fuerza. En el grabado holandés los vemos arreados fuera y encabezando el grupo hay un búho que lleva anteojos y un amplio collar de hierro en el que hay una vela encendida. El uso del búho en esta dramática escena pretendía subrayar el hecho de que los parlamentarios que abandonaban la cámara habían sido ciegos a las necesidades de establecer reformas esenciales, a pesar de las repetidas peticiones para que lo hicieran. Una vez más, al búho se lo empleaba como símbolo de la obstinación y la ceguera caprichosa.

El búho como vehículo

En Asia, para la religión hindú, el búho tiene un complejo simbolismo dual. Su papel principal es como vahana, divino vehículo o montura sobre el que una diosa puede cabalgar. La deidad en cuestión es Lakshmi, diosa de la riqueza y prosperidad, y su búho es llamado Uluka o Ulooka en sánscrito. A pesar de la asociación del búho con la diosa, sigue siendo mal mirado por los indios en general, quienes lo ven como un ave de mal agüero y un mensajero de la mala suerte. Creen que si un búho visita una casa, algo terrible ocurrirá allí.

Se considera que los búhos tienen un inusual estilo de vida, que encierra soledad, temor y aislamiento. En este aspecto se dice de ellos que son como los muy ricos, que se apartan de la vida común y corriente. Así, la presencia de un búho como transporte de la diosa Lakshmi es un constante recordatorio para ella de que aunque represente una gran fortuna, al mismo tiempo debe cuidarse de sus trampas. Ella tiene que representar a la fortuna generosa, o espiritual, y evitar el egoísmo del avaro solitario. Cuando la diosa desciende a tierra para visitar al pobre, en una noche especial del año, para llevarse la oscuridad de la pobreza, cabalga sobre su gran búho blanco porque su corcel, al ser un ave nocturna, ha de conocer los lugares más oscuros a los que llevarla, y donde podrá, en consecuencia, realizar el mayor bien.

Aunque parezca contradictorio, en la norteña ciudad india de Ludhiana, los búhos son cazados y matados cada año en honor de la diosa Lakshmi durante el festival de Divali. Un titular local dice: “Divali significa calamidad para nuestros búhos en Ludhiana. Desafortunadas aves sacrificadas para aplacar a la diosa Lakshmi”. Cazadores de búhos están habilitados para vender las aves a individuos que sufren de problemas financieros y que creen que con el sacrificio de los búhos agradarán a la diosa de la prosperidad, que solucionará para ellos todo problema. Un informe sostiene que los cazadores de búhos reciben cada año propuestas de “empresarios desilusionados” para que lleven a cabo rituales de magia negra que incluyan partes del cuerpo del búho: la carne, el pico, las garras, las plumas y la sangre. Por qué se destruye el ave misma a la que Lakshmi confía sus movimientos por los cielos para agradar a los dioses no está para nada claro. Lógicamente, el ritual de sacrificio de los búhos, que la priva de su sagrado vehículo, debería entristecerla o enojarla, de modo que esta es otra complicación en el papel contradictorio que presenta el búho en la religión hindú.

Para muchos indios los búhos son también símbolo de pereza, porque parece que están siempre posados sin hacer nada. Una mujer cuyo marido no está ocupado en la casa con tareas domésticas puede caracterizarlo como alguien que “está sentado como un búho”. A pesar de esto las pequeñas imágenes de búhos de bronce que se venden en la India hoy se ven notablemente vivaces y listas para entrar en acción.

Consideradas en conjunto, estas actitudes hacia el búho en la India se inclinan más a la antigua visión del ave maligna que a la del ave sabia. Con todo, al mismo tiempo, Uluka es aceptado como una confiable bestia de carga para la adorada diosa de la prosperidad y en ocasiones, incluso, para su compañero Shiva. Curiosas ambigüedades de esta clase no son desconocidas en otros aspectos de la religión hindú, lo que puede ser una de las razones por la que los occidentales encuentran su doctrina tan difícil de aprehender.

El búho sabio

Hoy la visión más popular del búho es la de un ave anciana, amigable y sabia. Según hemos visto, el búho como hechicero y mensajero de la calamidad ha quedado bastante relegado a un pasado supersticioso. Gracias a los libros de historia natural y a los programas de televisión estamos mucho más familiarizados con las maravillas de la vida de las aves para ser capaces, aun en nuestra fantasía, de ver a un búho como ninguna otra cosa más que una maravilla aviar. En los momentos en que dejamos de lado nuestra objetividad científica y nos permitimos entregarnos a una pequeña fantasía romántica, nos vemos inclinados a ver al búho bajo una luz más benévola.

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22 октября 2025
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9789878388588
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