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IAN PARKER Y DAVID PAVÓN-CUÉLLAR

PSICOANÁLISIS Y REVOLUCIÓN

PSICOLOGÍA CRÍTICA PARA MOVIMIENTOS DE LIBERACIÓN

1ª Edición, Santiago: Pólvora ed., 2021. 166 p.;

14 x 19,5 cm.

Colección La lengua del Otro

DIRECCIÓN DE LA COLECCIÓN

Lucas Sánchez A.

ISBN IMPRESO: 978-956-9441-42-4

ISBN DIGITAL: 978-956-9441-49-3

DISEÑO EDITORIAL Y PORTADA

Camila González S.


© 2021, Pólvora Editorial

IMPRESO EN PRINT FACTORYS S. A.


Índice

PRÓLOGO Jorge Alemán

PREFACIO

INTRODUCCIÓN: MISERIA, DIALÉCTICA Y LIBERACIÓN

Síntomas de la miseria como fenómenos históricos

El psicoanálisis, dialéctico, no es psicología ni psiquiatría

Liberación en la clínica y en la cultura

INCONSCIENTE: ALIENACIÓN, RACIONALIDAD Y OTREDAD

Alienación y sentido común

Racionalidad en la trampa del yo

Otredad, del psicoanálisis

REPETICIÓN: HISTORIA, COMPULSIÓN Y LIBERTAD

Historias de fracaso

Compulsión y síntoma

Libertad para repetir y fallar mejor

PULSIÓN: CUERPO, CULTURA Y DESEO

Cuerpos, de vida y muerte

Cultura, de sexo y más

Deseo de otros

TRANSFERENCIA: PODER, RESISTENCIA Y ANÁLISIS

Poder, dentro y fuera de la clínica

Resistencia, en y de la clínica

Análisis, del poder y de la resistencia

TRANSFORMACIÓN SUBJETIVA: TIEMPO PARA COMPRENDER Y MOMENTOS PARA LA ACCIÓN

Historia y tiempo revolucionario

Falsos futuros prometidos por las profesiones psiquiátricas terapéuticas

Transiciones, en el mundo y en psicoanálisis

LECTURA DE FONDO

Prólogo

Un manifiesto es siempre un llamado urgente. Es una invocación a desentrañar una situación que la historia ha encubierto con diversas estrategias ideológicas. Por esta pendiente, Ian Parker y David Pavón-Cuéllar han respondido a ese llamado por aquello que debe ser vuelto a escuchar.

Escuchar y separar, en este caso al psicoanálisis, de sus distorsiones ideológicas. Denunciar las diferentes capturas y recuperaciones del psicoanálisis y de la psicología crítica que el capitalismo neoliberal ha logrado efectivizar. Las academias, las instituciones, las profesiones han logrado separar al psicoanálisis de aquellas huellas históricas donde se puso en juego de un modo valiente una alianza histórica con el marxismo.

Para emprender el desafío implicado en este manifiesto, Parker y Pavón-Cuéllar han elaborado también un minucioso y riguroso trabajo de archivo y génesis conceptual en su manual Marxismo, psicología y psicoanálisis, un volumen colectivo que podemos caracterizar como un hallazgo incomparable. En él varios textos originales son recogidos y reseñados de un modo pertinente. Los autores son rusos, europeos, estadounidenses y latinoamericanos. La presencia de latinoamericanos, siempre ausentes en el régimen de circulación de este tipo de textos, le otorga a este gran manual su impronta definitiva de justicia: acceder en un mismo texto a Adorno y a Mariátegui, a Marcuse y a Bleger, a Reich y a Masotta.

En el trabajo paciente del libro Marxismo, psicología y psicoanálisis, se preparan las condiciones del carácter intempestivo y provocador del manifiesto que ahora presentamos.

Uno de los grandes problemas referidos al movimiento de liberación en el capitalismo contemporáneo es la compleja relación entre la transformación singular de la existencia hablante, sexuada y mortal, y la revolución social. Si bien una no va sin la otra, el problema que Pavón-Cuéllar y Parker asumen es tratar de dilucidar cuál es la dialéctica materialista para alojar este desafío. La transformación del sujeto y la revolución social, a diferencia de lo que se creyó en cierto freudomarxismo, no son términos que puedan sumarse e integrarse en una totalidad que los sintetice. Ni lo que acontece en el sujeto singular puede desligarse de las sobredeterminaciones procedentes de la fase actual del capitalismo, ni ningún proyecto colectivo asegura, sin el posible retorno de las figuras de la opresión, su permanencia emancipadora y antiburocrática.

Siempre quedará pendiente examinar aquellas derivas subjetivas en las que el sujeto, de un modo inconsciente, queda bajo los efectos de la colonización (racista o heteropatriarcal), es decir, queda bajo los efectos de aquello mismo contra lo que cree rebelarse. Liberarse de la opresión a partir de una praxis marxista implica, en el Manifiesto que aquí presentamos, liberarse de sí mismo, de las certezas narcisistas que nos habitan, para reinventarse como un sujeto distinto mientras las luchas capitalistas se despliegan.

¿Cómo logra el psicoanálisis separarse del devenir neoliberal que le ha borrado sus aristas subversivas? ¿Cómo consigue el psicoanálisis ser rescatado como aliado de la psicología crítica revolucionaria? Éstas son las tareas a las que nos invitan Parker y Pavón-Cuéllar en este manifiesto.

No obstante, estos simples enunciados llevan implícitos distintos pliegos problemáticos. Uno de ellos es el que se nos presenta como una inercia ideológica en aquellos que queriendo participar de un proceso transformador se encuentran anclados en cierta impotencia. O, dicho de otro modo, eso que indispone al sujeto a asumir la liberación como su propia causa, ¿de dónde procede?

¿Esos obstáculos provienen de lo producido por los dispositivos de poder del capital? ¿O el inconsciente es una estructura que no se agota en las determinaciones sociohistóricas del mismo y tiene su propia especificidad? ¿Puede el inconsciente en su trama simbólica, en su combinatoria significante irreductible, en su actividad pulsional, introducir sus propios problemas al movimiento de liberación?

¿Cuáles son los elementos del inconsciente que serían fácilmente apropiables para el discurso capitalista? Y a su vez, ¿el trabajo en un análisis permite reconocer o no aquello que es inapropiable y se sustrae en su trabajo material y sus efectos a la lógica del mercado?

La asunción de estos interrogantes lleva a Parker y a Pavón-Cuéllar a trabajar con los famosos cuatro conceptos lacanianos: inconsciente, transferencia, repetición y pulsión (provenientes del Seminario XI. Los cuatro conceptos fundamentales del psicoanálisis de Jacques Lacan), interviniéndolos en su manifiesto desde una dialéctica revolucionaria. Esta dialéctica conduce a dichos conceptos a un lugar bien diferenciado con respecto a la presentación lacaniana. El borde que se comparte con la lógica lacaniana es la diferencia radical entre el Yo, lugar de las identidades narcisistas, de la alienación individualista, y el sujeto, como ese lugar descentrado, una figura que emerge como una fractura conflictiva, constituyéndose de un modo paradójico: nunca encontrándose en posesión de sí mismo.

Esas condiciones materiales del sujeto son las que permiten arrancarlo de las estrategias de la psicologización adaptativa o del relativismo rortyano promovido por el pragmatismo liberal, donde el sujeto permanece en la clausura indefinida de una redescripción de sí mismo. El dilema de la psicología crítica revolucionaria está permanentemente atravesado por la pregunta sobre las posibilidades del sujeto de asumir la condición revolucionaria. Los conflictos y las contradicciones del sujeto constituyen la oportunidad de que advenga como revolucionario. Parker y Pavón-Cuéllar no dudan en plantear que, si el psicoanálisis puede ser un aliado fundamental de la liberación, también en un gesto a lo Wittgenstein, es la escalera de la que debemos despojarnos en el fin del proceso. El sujeto despojado de sus conflictos inconscientes se abre a la praxis revolucionaria. Parafraseando a Freud, podríamos escuchar en Parker y Pavón-Cuéllar la sentencia transformada.

Allí donde era el sufrimiento del inconsciente y su corporalidad viviente, el sujeto de un nuevo lugar de las relaciones sociales debe advenir en la revolución. De este modo, el manifiesto que aquí presentamos vuelve a reeditar un nuevo Manifiesto Comunista en el psicoanálisis.

Prefacio

El presente manifiesto es para movimientos de liberación por un mundo mejor. Se dirige y se ofrece a individuos y colectivos que luchan contra la realidad opresiva, explotadora y alienante de nuestra época. Trata sobre la relación entre esta realidad externa miserable de la vida actual y nuestras vidas “internas”, lo que podemos llamar “nuestra psicología”, lo que sentimos “dentro de nosotros”, eso que parece —demasiado a menudo— resignarse a la realidad o bien —esperamos— rebelarse contra ella.

A veces tenemos la impresión de que nuestra propia rebeldía no puede salir de nosotros mismos, liberarse y convertirse en acción. Es como si fuese algo que nos carcomiera por dentro. Quizás afecte gravemente nuestras vidas. Es posible entonces que se nos diga que padecemos un trastorno psicológico.

Muchos de nuestros problemas se ven reducidos a la psicología individual por parte de la sociedad, la cultura de masas, los medios de información masiva y los profesionales “psi”, psicólogos, psiquiatras y otros, capacitados para hacer exactamente eso, reducirlo todo a lo psicológico. El resultado puede ser, por ejemplo, que nuestros problemas políticos parezcan ser “psicológicos”, aunque no lo sean. ¿Cómo deberíamos repolitizarlos? ¿Cómo luchar afuera contra las raíces de lo que sentimos adentro?

La relación entre el mundo “interior” y el “exterior” es decisiva para los movimientos de liberación. De ahí que estos movimientos puedan beneficiarse del psicoanálisis que ha dedicado más de un siglo a explorar la íntima y compleja relación entre la realidad y lo que se siente en lo más profundo e insondable de cada uno de nosotros. Debemos comprender la naturaleza de esta interconexión, con el auxilio de medios como el psicoanalítico, para luchar contra lo que nos oprime, explota y aliena, pero también para construir una alternativa práctica al capitalismo, al sexismo, al racismo y a las nuevas formas de colonialismo.

Psicoanálisis

El psicoanálisis es una práctica terapéutica inventada por Sigmund Freud en Europa, a finales del siglo XIX, como una alternativa a los tradicionales enfoques médicos psiquiátricos para tratar el sufrimiento. En lugar de someter a las personas en peligro al internamiento, a la medicalización y a terribles tratamientos físicos, el psicoanalista se encuentra en su clínica con su cliente o paciente, al que llamamos “analizante”. La tarea del psicoanalista es escuchar a este sujeto hablante, ofreciéndole un extraño espacio confidencial para que hable de aquello que lo aqueja y escuche en su propio discurso conexiones entre el pasado y el presente que nunca había observado.

Las imágenes clásicas del analizante acostado en un diván son verdaderas, pero hay algo engañoso en detalles como el del psicoanalista que toma notas, emite un diagnóstico y proporciona sabias interpretaciones. El psicoanálisis tan sólo abre un espacio para que el analizante eventualmente realice interpretaciones que le parezcan verdaderas y que después operen como el motor de la comprensión y del cambio. Esto puede hacer que un analizante simplemente aborde el “síntoma” que lo condujo al psicoanalista, pero puede también llegar a cambiar su vida. En este manifiesto, como se verá, somos bastante modestos en nuestras afirmaciones a favor del psicoanálisis. Sencillamente creemos que es una alternativa terapéutica progresista en lugar de la psiquiatría y la psicología, y explicaremos por qué.

En los siguientes capítulos describiremos elementos cruciales del psicoanálisis: primero, centrándonos en la noción de inconsciente, reflexionaremos sobre las diversas formas en que nuestras vidas obedecen inconscientemente a patrones repetitivos que luego se repiten en la clínica; después mostraremos cómo esta repetición de patrones, a veces dolorosos y autodestructivos, es expresión de pulsiones que pueden empujarnos hacia la vida o hacia la muerte; finalmente examinaremos cómo la misma repetición es manejada como transferencia por el psicoanalista. Insistiremos en el fundamento clínico de estos elementos porque el psicoanálisis ha surgido y se ha desarrollado como un método clínico, y no porque busquemos promover el tratamiento psicoanalítico o recomendárselo a nuestros lectores. Nuestro propósito es más bien destacar aquello que juzgamos potencialmente revolucionario del psicoanálisis y que tal vez pueda servir a los movimientos de liberación en sus luchas actuales.

Nuestro interés está en la efectividad política progresista y revolucionaria del psicoanálisis —a contracorriente de sus usos conservadores y reaccionarios— y no en la difusión de la teoría o de la clínica psicoanalítica. Lo más que nos permitimos es discutir si esta “clínica” puede ser un espacio potencialmente progresista para la práctica política. Este libro es un manifiesto. No es otra introducción al psicoanálisis, otra entre muchas otras, sino un argumento a favor del vínculo entre psicoanálisis y revolución. Nuestros lectores pueden leer más sobre el método y la teoría en otros textos introductorios, pero ahora teniendo en cuenta nuestras advertencias sobre la forma en que el psicoanálisis ha sido adaptado y deformado.

Otro mundo es posible, realizable, y para que se realice, podemos usar el psicoanálisis como una valiosa herramienta. Usarlo como tal no significa importar la ideología psicoanalítica dentro de nuestras formas de lucha o imaginar que siempre estará con nosotros. El psicoanálisis apareció con una forma particular que podemos hacer que funcione para nosotros y que podemos también desechar cuando haya cumplido su trabajo.

La tarea que nos hemos fijado es la de reconstruir el psicoanálisis como una forma auténtica de “psicología crítica” y como un recurso eficaz para los movimientos de liberación. Cualquier lector atento se percatará muy pronto de que somos bastante críticos ante la psicología como tal y ante las demás profesiones “psi”. La excepción es el psicoanálisis, que nos puede llevar más allá, pero siempre y cuando se conciba dialécticamente, reconociendo sus fallas y desarrollando sus fortalezas.

Nuestra convicción es que el psicoanálisis debe criticarse y transformarse a sí mismo para poder ser útil a los movimientos de liberación. Pensando en las necesidades específicas de estos movimientos, examinaremos aquí, de manera sucesiva, el papel del inconsciente, la repetición, la pulsión y la transferencia en el análisis clínico y político. Abordaremos en cada caso cuestiones relativas al cambio subjetivo y la transformación de la realidad. Aunque no evitemos la teoría, la práctica será la clave. Primero aprenderemos de la clínica psicoanalítica. Luego lo aprendido se conectará con la práctica de liberación.

Revolución

El objetivo de liberación, tal como es concebido por los movimientos anticapitalistas, antiheteropatriarcales, antirracistas y anticoloniales, será el horizonte de nuestro manifiesto. Las siguientes páginas son para los movimientos de liberación y se escribieron pensando en ellos. Estos movimientos, que están en contra de la opresión y la explotación, cuentan con toda nuestra solidaridad. Nuestro psicoanálisis también está en sintonía con lo “negativo”, con lo que es “anti”, con lo que hay en nosotros que nos permite rebelarnos. Y, como esos movimientos políticos, nuestro psicoanálisis también desentraña un aspecto positivo del sujeto humano: una capacidad para pararse a reflexionar, para cambiar el mundo y para volverlo menos resistente a la creatividad y la transformación.

El presente manifiesto se ha escrito en un momento de profunda crisis político-económica en la que el mundo simbólico, el que todos habitamos como seres humanos, está siendo sacudido y perturbado, al mismo tiempo que los mundos futuros que podemos imaginar y crear se ven impactados y amenazados por enigmáticas fuerzas reales materiales que operan completamente fuera de nuestro control. El insondable sustrato biológico de nuestro ser, nuestra incognoscible naturaleza, irrumpe en nuestro universo simbólico en momentos como éste. Al hacerlo, exacerba las contradicciones sociales a las que estamos sujetos, contradicciones que debemos entender y superar si queremos resistir y sobrevivir. Somos tanto más débiles cuando más divididos estamos ante el peligro.

Un virus mortal, por ejemplo, es una amenaza para todos nosotros en este mundo, pero su llegada muestra claramente que no somos afectados todos por igual, que no estamos todos juntos en esto. Quienes habitan en los llamados “países menos desarrollados” padecen más, quienes ya sufren de racismo se mueren en mayor número, y las mujeres confinadas en sus hogares, cuando los tienen, son más vulnerables a ataques violentos. Los oprimidos, los ya discapacitados por esta sociedad o los ya debilitados por ella, tienen menos probabilidades para sobrevivir.

Es durante el confinamiento que elaboramos el presente manifiesto. Su elaboración requirió múltiples comunicaciones entre los autores, así como consultas a camaradas en todo el mundo. La escritura del texto fue difícil y su lectura también debería serlo. Exponemos algunas ideas que a menudo se consideran “complejas” y que por ello se evitan. Estas ideas no pueden expresarse a través de la narrativa fácil de los textos populares. Lo más que hemos podido hacer es volver una y otra vez a ellas para tratar de aclararlas, pero su clarificación continuará con su lectura y sus consecuencias. Todo lenguaje está escrito como una forma de traducción. Ahora nos gustaría que nuestros lectores tradujeran las siguientes páginas a la práctica. Esta práctica es necesaria y urgente.

La mayor parte de la humanidad está en peligro bajo un “capitalismo del desastre” favorecido por los mismos capitalistas neoliberales a los que favorece. Esta forma de capitalismo, al igual que las anteriores, pero en mayor medida, no puede funcionar sin las crisis que él mismo propicia. Cualquier motivo es una buena excusa para entrar en modo crisis.

Una crisis como la que estamos conociendo es realmente un desastre, una catástrofe que brota de lo real y que nos impacta, golpeándonos en el meollo de lo que somos. Nada mejor que el psicoanálisis para considerar la conexión íntima entre esto real, nuestros intentos de imaginar lo que nos está pasando y el universo simbólico que compartimos. Esta conexión requiere de una crítica de la ideología que debe estar vinculada con lo que experimentamos, con lo que sufrimos como sujetos, para que podamos actuar mejor y cambiar la realidad. Se trata de una tarea para el psicoanálisis, pero tiene que ser una tarea colectiva y política, y no individual ni psicológica.

Nuestra individualidad y su psicología forman parte del problema. Debemos cuestionarlas. Necesitamos un tipo especial de crítica de la psicología, una “psicología crítica” que sea psicoanalítica. Necesitamos el psicoanálisis.

Introducción: miseria, dialéctica y liberación

¿Qué nos dicen los síntomas sobre el tipo de sociedad enferma que los agrava y que en algunos casos los produce? ¿Cómo escuchar esos síntomas? ¿Qué hacer al escucharlos?

Quienes están bajo presión, quienes trabajan en fábricas, oficinas, tiendas, campos, calles u hogares, pueden sentir que necesitan un apoyo emocional. Quizás este apoyo sea particularmente necesario para los activistas que luchan por cambiar el mundo. El activismo en movimientos de liberación es a menudo una dura prueba para personas que deben romper con su pasado, abandonar sus lugares asignados, enfrentarse a lo que les rodea, cuestionarse a sí mismas, desprenderse de sus identidades anteriores y renunciar a sus inercias o a los privilegios que los hacen aferrarse a lo que ya tienen.

A veces, como en el 1 % de los más ricos, los privilegios que nos dividen son enormes. Sin embargo, por lo general, son sorprendentemente pequeños. Lo que sorprende es que, siendo tan miserables, tan insignificantes, puedan ser tan importantes para nosotros. Su atracción es material, pero también “psicológica”. Se trata de algo que el psicoanálisis entiende y que puede llegar a transformar.

Debemos romper nuestras cadenas psicológicas para percatarnos de que somos como trabajadores de tipos diferentes. Por más grandes que sean las diferencias entre nosotros, ahí está el trabajo que nos une, el que hacemos al vivir y para vivir, y debemos reconocerlo para juntar nuestras fuerzas y ganar el mundo. Seguiremos perdiendo el mundo, hasta perderlo por completo, mientras permanezcamos atrapados en el interior de lo que se nos ha hecho ser como individuos.

Cada uno debe liberarse no sólo a sí mismo, sino de sí mismo, de las categorías que lo aprisionan o de la individualidad misma, que se ha convertido en un refugio para huir de un mundo que también se experimenta como una prisión. Esto causa desgarramientos internos que pueden ser considerados, estudiados y tratados con medios como los psicoanalíticos, inventados por el médico vienés Sigmund Freud entre los siglos XIX y XX y luego refinados y desarrollados por sus discípulos y seguidores en los últimos cien años.

La historia de la herencia freudiana es la de un tratamiento único, sin parangón, de los desgarramientos internos en la subjetividad moderna. Es también la historia de una relación compleja, ambivalente y contradictoria con el fin último de liberación. Esta historia está hecha de avances, desviaciones, rodeos y retrocesos. Ya desde el principio, Freud era un hijo de su tiempo, inmerso en la ideología sexista y racista, y en su propia formación psiquiátrica, pero consiguió romper con las ideas dominantes sobre la psicología y la naturaleza humana para abrir el camino a una “psicología crítica” potencialmente progresista.

Freud se relacionó crítica o escépticamente con la esfera psicológica. No la aceptó como algo dado, real y enteramente manifiesto, que pudiera conocerse de modo objetivo. Tampoco la vio como algo unitario que sería lo mismo siempre y en cualquier persona. Esto le permitió proponer ideas valiosas sobre la naturaleza humana de la miseria como algo histórico, sobre el proceso dialéctico a través del cual podemos entender esta miseria como algo condensado en síntomas, y sobre la relación entre comprensión y liberación.

Síntomas de la miseria como fenómenos históricos

Freud se encontró con ciertos signos que se presentaban como síntomas médicos, pero que bloqueaban psicológicamente a las personas, y los vio como “síntomas” de un tipo muy diferente. Estos “síntomas” ya no podían ser explicados ni tratados por la medicina, sino que exigían otros medios teóricos y prácticos. El psicoanálisis fue así desarrollado por Freud a partir de las insuficiencias de la medicina.

Aunque Freud hubiera sido entrenado como un “médico mental” convencional, se apartó completamente de la psiquiatría y de los tipos de psicología que trataban y siguen tratando el sufrimiento humano según un modelo médico mecanicista. Como veremos, a diferencia de los síntomas de la medicina, los del psicoanálisis no consisten simplemente en signos visibles. Son más bien como palabras que exigen ser escuchadas, que hablan de angustia y resistencia, y que abren posibilidades de cambio.

El mundo puede transformarse al tratar los síntomas como lo hace el psicoanálisis, al escucharlos, al tomarlos en serio y al actuar en consecuencia. La acción política transformadora, subversiva y potencialmente revolucionaria, puede surgir de la palabra sintomática de nuestro sufrimiento, de lo que no puede continuar como lo ha hecho hasta ahora, de lo que debe cambiar. Es por esto por lo que los síntomas son el punto de partida del presente manifiesto.

Lo que aquí nos preocupa especialmente es el vínculo psicoanalítico entre la palabra y la acción, la acción política, la que intenta enfrentar y superar las causas históricas más fundamentales de nuestro sufrimiento. La presión y las rupturas internas que sufrimos hablan de la naturaleza particular de nuestro malestar en esta miserable sociedad que tanto queremos cambiar. Para cambiarla, el psicoanálisis es un aliado potencialmente poderoso.

Nuestra principal tarea es conectar nuestra lucha social con el tipo de lucha interna inevitable descrita por la teoría psicoanalítica. El propósito práctico no es el fin terapéutico de curarnos al pacificarnos, al reconciliarnos internamente con nosotros mismos y con la sociedad, sino que es el fin político radical de ir a la raíz de nuestra lucha interna. Esto hace que el psicoanálisis que aquí nos interesa difiera sensiblemente de cualquier terapia individual readaptativa de inspiración psicoanalítica.

El psicoanálisis, una teoría y práctica de nuestras desgarradas “vidas mentales internas”, a menudo se ha aliado con el poder, pero en realidad proporciona una crítica clínica y política de la miseria. No es algo que debamos temer. No se ha diseñado para subyugarnos al adaptarnos al orden establecido, al hacernos desconfiar de nuestros ideales transformadores, al apartarnos de nuestras luchas colectivas, al encerrarnos dentro de nosotros o al vencer nuestra más íntima resistencia contra la dominación.

Lo que Freud nos ha legado no es un instrumento de atomización, resignación y sujeción. Es cierto que el psicoanálisis a veces ha funcionado así, como sucede, por cierto, con todo tratamiento profesional de nuestra vida mental. Esto no es sorprendente en la sociedad de clases, que separa a los sanadores profesionales del resto de las personas, asignándoles una función precisa vinculada con el poder.

El psicoanálisis también nos enseña que el profesional, ya sea médico, psiquiatra, psicoterapeuta o psicólogo, también está desgarrado en su propia existencia. Puede luchar por una carrera exitosa, pero a veces también recuerda eso que lo llevó inicialmente a su decisión de cuidar a los demás. Todos vivimos esas tensiones de una forma u otra. Las manejamos y generalmente las encubrimos. La pregunta clave es qué hacemos con esos conflictos y contradicciones, cómo los orientamos a nuestro favor, haciendo que funcionen para nosotros en lugar de contra nosotros.

Aunque haya sido utilizado en un sentido reaccionario, el psicoanálisis no es reaccionario por sí mismo. No es necesariamente un instrumento de dominación. Por el contrario, puede ser un arma contra el poder. Es posible para él mostrar cómo nuestra propia psicología está colonizada por la realidad, por la realidad miserable de nuestra vida en el capitalismo, y cómo podemos hablar y actuar contra eso a medida que nos involucramos en la propia liberación.

Somos más que la “psicología” que nos atribuyen los profesionales de la salud mental. No estamos condenados a encerrarnos dentro de nuestra individualidad ni a soportar la realidad ni su miseria ni el sistema capitalista. Se nos dice que no podemos cambiar las cosas, pero sí podemos, y necesitamos un enfoque basado en la posibilidad de cambio.

Adaptación

El psicoanálisis, un acercamiento crítico psicológico al sufrimiento y un tratamiento radical a principios del siglo XX, fue alguna vez un aliado abierto de la izquierda. La mayoría de los psicoanalistas eran miembros o simpatizantes de movimientos comunistas o socialistas antes de que sus organizaciones fueran destruidas por el fascismo en Europa y antes de que ellos mismos debieran huir y exiliarse en diferentes partes del mundo. Estos psicoanalistas estaban comprometidos con una lucha para cambiar el mundo porque podían ver y escuchar de sus pacientes la miseria que había en el mundo.

Los “síntomas” escuchados por los primeros psicoanalistas no eran simples indicios de problemas orgánicos. Eran más bien signos de conflictos, conflictos no sólo personales o familiares, sino ideológicos, políticos e históricos. Los síntomas eran ellos mismos conflictos condensados y expresados en una suerte de palabra dirigida a los demás. Eran lo que el psicoanálisis sabe escuchar.

Con el paso del tiempo, como lo veremos ahora, muchos psicoanalistas fueron perdiendo el arte de escuchar. Su escucha cedió a veces lugar a una mirada objetivadora y clasificadora. El psicoanálisis fue convirtiéndose en una especialidad médica o psicológica. Su práctica se volvió una simple “técnica” pretendidamente científica y deliberadamente despolitizada.

Incluso los primeros psicoanalistas, una vez llegados a los países a los que se exiliaron y en los que vivieron en condiciones bastante hostiles, tuvieron que renunciar a la militancia política y protegerse contra la persecución anticomunista característica de los países occidentales entre los años 1930 y la Guerra Fría. Se despolitizaron y se adaptaron así a su nueva realidad, y por el mismo gesto despolitizaron y adaptaron al psicoanálisis, convirtiéndolo en un tratamiento adaptativo. Esta adaptación ha sido crucial para la historia del psicoanálisis en la clínica y en la cultura popular.

Los conflictos de los que hablaban los síntomas ahora se veían como problemas que debían resolverse en el nivel personal. Esto aseguró que la política se mantuviera fuera de la clínica. Luego, cuando las ideas psicoanalíticas se “aplicaron” erróneamente a la sociedad, fue este psicoanálisis adaptativo el que se utilizó como un modelo para describir cómo funcionaba la sociedad.

Durante los tiempos sombríos a los que nos referimos, tiempos verdaderamente oscuros para los psicoanalistas y para sus pacientes, fue casi como si hubiéramos llegado al final de la historia de las propuestas radicales e innovadoras de Freud. Algunos practicantes lucharon por seguir adelante, mientras que algunos teóricos sociales trataron de emplearlo para comprender las condiciones históricas subyacentes que lo habían llevado a olvidar su pasado. Casi todos comprendieron muy bien, de un modo u otro, que el psicoanálisis había claudicado, que se había dejado recuperar y domesticar, adaptándose y volviéndose adaptativo. Ahora tenemos que liberar al psicoanálisis de su vínculo coyuntural con la adaptación, retomar su auténtico núcleo histórico radical y volverlo a la vida.

Si debemos rechazar el psicoanálisis adaptativo, es porque se ha convertido en algo conservador, algo que ha renunciado a su potencial transformador. Que no hace posible transformar, sino sólo adaptarse y así aceptar y perpetuar la realidad tal como es, por más opresiva, explotadora y alienante que sea. Por ejemplo, aunque el capitalismo sea injusto e intolerable, nos adaptamos a él como si fuera nuestro ambiente natural, como si no fuera histórico y, por ende, superable.

El problema del psicoanálisis adaptativo no es tan sólo que naturalice lo histórico, sino que nos haga ver el mundo como un “ambiente” externo separado de cada uno de nosotros. Esto impide reconocer que formamos parte del mundo, que estamos en él, que somos él y que por eso podemos transformarlo al transformarnos, pero también transformarnos al transformarlo. Por lo mismo, al concebir el mundo como un ambiente, nos ocultamos despreocupadamente de su constitución como una trama o estructura ecológica en la que todos somos responsables unos de otros, lo mismo puede experimentarse en un psicoanálisis no-adaptativo que a través de formas emancipatorias de acción colectiva. Tanto al analizarnos como al actuar colectivamente sentimos que el mundo y sus habitantes constituyen lo más íntimo de nosotros y no un simple “ambiente”.

Todo movimiento de liberación aprende en algún momento que hay una diferencia crucial entre “ambiente” y “ecología”. Esta diferencia se torna explícita en la comprensión ecosocialista de nuestro mundo. Hablar del “ambiente” es hablar del mundo como algo separado, aparte de nosotros, que luego aprendemos a ajustar o dominar, mientras que la “ecología” se refiere a la interconexión íntima entre nosotros y el mundo. Nuestras vidas están unidas en redes de solidaridad y conciencia política de una manera tan ecológica, tan estrecha y compenetrada, que sentimos el dolor de los demás en su lucha y sabemos que sólo empeoraremos este mundo al intentar dominar y explotar a los demás, ya sean humanos u otros seres sintientes. Esta conciencia ecológica de nuestro vínculo con los demás está en el corazón del psicoanálisis.

Tal como son concebidos por el psicoanálisis, los individuos no están verdaderamente solos, aislados y separados unos de otros. Nosotros formamos parte de las vidas de los demás y nuestras acciones y palabras pueden tener consecuencias fatales para ellos. De algún modo, sabemos que somos tan responsables de ellos como lo somos de nosotros. Nuestros vínculos no son únicamente “exteriores”. Los otros no sólo están “afuera”, alrededor de nosotros, sino también “adentro”, en cada uno de nosotros, en lo que pensamos, decimos y hacemos. En nuestros gestos hay rastros de los otros, así como en nuestras palabras e ideas hay también ecos de otras voces. Las relaciones pasadas con los demás no sólo reaparecen en las relaciones presentes, sino que se anudan en cada uno de nosotros y nos hacen ser como somos. La constitución del individuo es social y cultural, pero también histórica, lo que hace que se transforme incesantemente.

Así como las condiciones de opresión, explotación y alienación en que vivimos han sido históricamente producidas, lo que abre la posibilidad histórica de superarlas, así también las formas alienadas particulares de nuestra psicología son productos de la historia y por ende pueden ser dejadas atrás. Esto es así a pesar de la mayoría de los psiquiatras, psicólogos y psicoterapeutas, que afirman que trabajan con las propiedades esenciales e inmutables de la vida mental. En realidad, su trabajo se dirige a factores extremadamente variables determinados por la cultura, por el momento histórico, por las relaciones sociales, por los ideales de cierta sociedad y por la biografía única de cada sujeto.

Los psicoanalistas conservadores, junto con la mayoría de los profesionales de salud mental, se representan la existencia humana como algo estático, negando su carácter histórico y su constante cambio. Esto resulta especialmente forzado y reaccionario en la sociedad actual, donde todo se transforma de forma incesante y vertiginosa, donde es como si todo lo sólido se desvaneciera en el aire. Nosotros mismos nos vemos obligados a ser flexibles y aprendemos a existir a cada momento de manera diferente, pero los profesionales “psi” fijan nuestra existencia en su lugar, como si fuera un objeto, mientras la estudian o la tratan, anulando así lo más radical y transformador que caracteriza nuestra naturaleza humana.

La imagen de nuestra naturaleza que nos devuelven las profesiones “psi” es la de una máquina complicada o la de aquel animal bruto, aquel puro mecanismo instintivo, que sólo existió en la imaginación de los seres humanos para que se sintieran superiores al compararse con él. ¿Quién habría previsto que estos mismos seres humanos terminaran confundiéndose con su degradante representación de la animalidad? Es como si la vieja degradación del animal en contraste con el ser humano hubiera servido para preparar la actual degradación del ser humano en la psicología y en otras profesiones psi, como el psicoanálisis conservador.

El psicoanálisis radical, por el contrario, nos enseña que está en la condición misma de los seres humanos reflexionar sobre sus condiciones sociales y tratar continuamente de transformarlas y transformarse. Intentamos cambiar, pero fallamos, y el psicoanálisis radical, junto con la práctica política radical, puede llegar a mostrarnos por qué fallamos y cómo estamos atrapados en los ideales dominantes de la sociedad y en la biografía única de cada uno de nosotros. Desde luego que no podemos hacer desaparecer ni las condiciones que nos hacen quienes somos ni los obstáculos internos que nos atan a nuestra opresión, que nos incitan incluso a desearla al mismo tiempo que la resentimos y tratamos de escapar de ella. Quizás ni siquiera podamos liberarnos enteramente de nuestro deseo de la opresión, pero podemos conocerlo, discernirlo cuando interviene al bloquearnos o al hacernos claudicar, y este conocimiento puede ser el primer paso hacia nuestra liberación.

Desear la opresión es algo muy peculiar y una de las más dolorosas paradojas de la subjetividad. Lo más fácil es pretender que no existe esta paradoja, pero tarde o temprano tropezaremos con ella y el tropiezo puede comprometer nuestra lucha por la liberación. Quizás al final, respondiendo a nuestro deseo, terminemos creando nuevas formas de opresión para sustituir aquellas de las que nos hayamos liberado. Para evitar esto, debemos tomar en serio lo que nos hace regresar al punto de partida, lo que nos detiene y arrastra hacia atrás cuando queremos ir adelante. Debemos tomar en serio todo esto, no para culpar a la víctima, sino para comprender la naturaleza contradictoria de cada uno de nosotros como seres humanos en este mundo miserable.

Historia

El enfoque psicoanalítico, al igual que el marxismo y otras aproximaciones teóricas al poder y a la emancipación, apareció en un período histórico específico a fin de concebir, entender y resolver una serie de problemas históricamente constituidos. Fuera del contexto histórico de los últimos dos siglos, el psicoanálisis no tendría todo el sentido que tiene para nosotros. Lo mismo sucedería con el marxismo si lo lleváramos a otra época.

Es difícil imaginar qué habrían hecho esclavos insurrectos en la antigua Roma, por ejemplo, con los análisis marxistas de la “plusvalía”, de lo que el capitalista sustrae al trabajador, o con los intentos de construir partidos revolucionarios y asociaciones internacionales. El moderno proletariado industrial no existía en la época de Espartaco. Liberarse de la esclavitud no era lo mismo que liberarse de la explotación del trabajo asalariado. Es por esto por lo que el marxismo sólo empezó a ser útil cuando el capitalismo se impuso en el mundo como el modo dominante de producción. De igual modo, se necesitó el desarrollo de los estados coloniales y del imperialismo para que hubiera necesidad de movimientos de liberación anticolonial y antiimperialista. Cada movimiento político surgió para combatir condiciones particulares de explotación u opresión.

En cuanto al psicoanálisis, ha sido inventado para tratar “síntomas” específicos de la sociedad moderna. Estos síntomas son tan históricos, tan históricamente determinados, como lo es la representación freudiana del psiquismo. Lo “inconsciente”, por ejemplo, está ligado a la forma tan peculiar de alienación que sufrimos en la modernidad capitalista.

La alienación en el capitalismo produce conflictos “internos” que pueden ser invisibles como tales, pero que no dejan de conocerse por sus efectos, por lo que motivan en las personas, como padecimientos inexplicables, desarreglos vitales, decisiones absurdas o acciones erráticas, a veces destructivas o autodestructivas. Todo esto es patente en la actual experiencia del trabajo. Los sujetos están encerrados en su actividad laboral de tal manera que repiten incesantemente el mismo tipo de tareas, fuera y no sólo dentro de su trabajo, ya que su vida se estructura de un modo repetitivo particular que está fuera de su control. Así también, quienes hoy trabajan se ven impulsados a hacerlo por imperativos económicos, de modo que su “pulsión” de trabajar y de sobrevivir está ligada con la esfera de la economía y específicamente con el capitalismo. La dominación capitalista moldea las relaciones de poder con las que nos vinculamos, las cuales, al mismo tiempo, repiten relaciones de poder anteriores a través de una repetición que es impulsada inconscientemente y que luego reaparece como lo que los psicoanalistas llaman “transferencia” dentro de la clínica. Abordaremos cada uno de estos temas en este libro, y, a través de ellos, mostraremos que el psicoanálisis interpreta los síntomas como indicadores del malestar en la sociedad particular en la que vivimos.

Los síntomas aparecen de tal manera que el psicoanálisis, una invención histórica, nos permite leerlos como lo que son, como conflictos en la vida personal y como expresión de conflictos sociales. Una sociedad particular y una persona singular en esta sociedad son lo que manifiesta sus problemas de modo sintomático. El síntoma es tanto un indicio de que algo anda mal en la sociedad como un mensaje sobre el sufrimiento de cada sujeto separado.

Sujetos

Aquí, en este manifiesto, nos referimos a los seres humanos como “sujetos” porque el término “individuo”, además de reductor, implica erróneamente que nuestra subjetividad es indivisa, que se opone a la sociedad y que está separada, aislada, encerrada en la individualidad. Un “sujeto” es más que el individuo, incluye a otras personas, está abierto al mundo social, atravesado y dividido por la exterioridad, por un espacio ecológico para ser. Un sujeto está en contradicción consigo mismo y por esto mismo puede ser una fuente de cambio, ya sea en el nivel psicológico de la persona individual o en el nivel político del proceso colectivo.

El sujeto puede ser un agente histórico, pero también es víctima y producto de la historia. Los acontecimientos nos afectan y nos determinan de maneras diversas que pueden ser abordadas actualmente a través del psicoanálisis. El pensamiento psicoanalítico es uno de los recursos más potentes de los que disponemos para entender y cambiar nuestra experiencia en los tiempos modernos. Lo que nos estaba ocurriendo como sujetos en la modernidad tardía, entre los siglos XIX y XX, cobró de pronto, con la teoría freudiana, un sentido radicalmente nuevo. Se forjaron ciertos nombres médicos para nuestro sufrimiento y al mismo tiempo se inventó el psicoanálisis para lidiar con ellos, para ponerlos a prueba, para sublevarse contra lo que significaban, para transformarlo.

El psicoanálisis continúa siendo uno de los mejores medios para captar nuestros síntomas de miseria en la vida bajo el capitalismo avanzado, neoliberal, con sus manifestaciones coloniales, racistas y sexistas. Estos síntomas, que operan inconscientemente y que luego encuentran expresiones distorsionadas en los síntomas visibles observados por médicos y psicólogos, tienen una profunda conexión con la trama de nuestras biografías individuales y con las actuales condiciones de vida. Es en este doble sentido que los síntomas son fenómenos históricos: por un lado, se producen en la historia personal de cada individuo; por otro lado, su forma general está estructurada por el tipo histórico de sociedad en la que vivimos.

Nuestro pasado y nuestro mundo nos acechan, enferman y trastornan. Esto es así ya sea que estemos completamente embrujados por la ideología y creamos que éste es el mejor de los mundos posibles, lo que no es razón para preocuparse, o bien que seamos activistas que saben que las cosas están mal y tienen que cambiar. La contradicción y el conflicto nos atormentan a todos y penetran dentro de nosotros mismos, nos desgarran, se abren paso hacia nosotros y luego toman la forma de síntomas que pueden ser dolorosos y aparentemente inexplicables.

El psicoanálisis, dialéctico, no es ni psicología ni psiquiatría

El tortuoso camino de la historia del enfoque psicoanalítico transcurrió paralelamente al desarrollo de la psicología entendida como especialidad científica o pseudocientífica y como disciplina profesional y académica. Esta psicología no debe confundirse con el psicoanálisis. Aunque frecuentemente haya conseguido absorberlo, discrepa de él en sus premisas, ideas, métodos y objetivos. La psicología, de hecho, está constituida por mucho de lo que intentamos resolver a través del psicoanálisis. Desde el punto de vista psicoanalítico, la esfera psicológica es problemática.

La psicología toma forma como una experiencia ilusoria, engañosa e incluso delirante, a saber, la experiencia de cada uno como yo, como individuo separado, indiviso y unitario, que puede tomarse a sí mismo como si fuera un objeto, y así conocerse y controlarse. Este modelo psicológico del yo es parte del problema porque hace imaginar a cada persona que es responsable de todo lo que experimenta, incluso lo desagradable y lo no deseado, y puede hacerla sufrir aún más por sentirse “dividida”, por sentir que hay una dimensión inconsciente en su vida. Tal división, que a todos nos afecta, es reconocida por el psicoanálisis y negada por la psicología. Su negación oculta nuestra alienación y nos impide resistir contra lo que nos aliena. Contribuye así a dominarnos “por dentro”, a manipularnos y reprogramarnos ideológicamente.

Un problema clave que enfrentamos ahora es el de la construcción histórica de una experiencia individual aislada que no corresponde a nuestra existencia, que no se reconoce en ella, que no tiene poder ni sentido por sí misma y que resulta por ello vulnerable a la dominación, la manipulación y la reprogramación ideológica. Es el problema de la psicología separada con respecto a la naturaleza compartida y colectiva de nuestras vidas como seres humanos. Es, en su raíz, el problema del individualismo en la sociedad capitalista y en sus expresiones psicológicas.

Psicología

La disciplina profesional académica de la psicología mantiene a cada yo individual como una esfera psicológica separada, como una experiencia de su propia psicología, como la de cada trabajador aislado con respecto a los demás. La psicología y la disciplina dedicada a su mantenimiento se formaron al mismo tiempo que el capitalismo y se han extendido con él por el mundo. La expansión capitalista mundial ha sido también una propagación global de sus dispositivos psicológicos no sólo en instituciones universitarias y de salud, sino en todas las esferas de la vida. Todo tiende a teñirse con un tinte psicológico. Este proceso de psicologización implica mecanismos de atomización, desocialización, despolitización, deshistorización, patologización, incriminación de los individuos y adaptación a la sociedad capitalista.

Sí, vivimos hoy bajo el capitalismo globalizado, bajo el brutal sistema capitalista neoliberal, pero para entender cómo funciona este sistema necesitamos algo más que un simple nombre para el problema. Como nos lo enseña el psicoanálisis —aunque no sólo el psicoanálisis—, no tiene sentido hablar sobre la vida en el capitalismo, en la sociedad de clases específicamente capitalista, sin referirnos también al sexismo, al racismo y a las múltiples formas de opresión que incapacitan a las personas. El psicoanálisis radical ya es “interseccional”, abordando el profundo vínculo subjetivo entre diferentes formas de opresión combatidas por los diversos movimientos de liberación.

Liberarnos de las experiencias opresivas de clase, raza y sexo requiere que las combatamos también “dentro” de nosotros mismos. Aquí, en la esfera subjetiva, lo oprimido aparece no sólo como lo afectado, sino como lo resignado o adaptado a la opresión. Esta adaptación, que sostiene y perpetúa lo que nos oprime, es a menudo vista como “salud mental” por los psiquiatras y los psicólogos.

Estrechamente vinculada con un modelo médico psiquiátrico de enfermedad, la psicología se ha desarrollado en todo el mundo como una herramienta psicoterapéutica útil para adaptar a las personas a la realidad en lugar de permitirles cambiarla. El dispositivo psicológico-psicoterapéutico recoge la mayor parte del bagaje ideológico histórico de la psiquiatría médica y pretende humanizarlo, centrándose en manifestaciones sintomáticas mensurables, observables en la conducta de las personas, en lugar de síntomas de sufrimientos psíquicos invisibles. Este desplazamiento desde la enfermedad hasta la conducta no es un gran paso adelante. La insignificancia del avance puede apreciarse cuando se le juzga desde una perspectiva psicoanalítica en la que no todo se reduce a lo que puede observarse y aliviarse.

El psicoanálisis ha conseguido romper con la psiquiatría. Pero la herencia médica psiquiátrica aún está presente dentro de la psicología, incluso cuando los psicólogos se presentan como amigables, como progresistas y como “psicoterapeutas”. De cualquier modo, aquí debemos tener claro que existen importantes diferencias teóricas, así como disputas de estatus profesional, entre los psiquiatras con formación médica, los psicólogos que tienen sus propios modelos de comportamiento y pensamiento, y los psicoterapeutas que mezclan y combinan cualesquiera perspectivas que parezcan funcionar para aliviar la angustia y hacer que la gente regrese al mundo.

Por el momento, son los psicólogos los que están en el centro del escenario con sus afirmaciones de efectividad científica. Se consideran a sí mismos los más eficaces y comparan su eficacia con la que atribuyen a la psiquiatría, la psicoterapia y la práctica psicoanalítica. Sería más fácil para nuestro propósito, el de la defensa del valor del psicoanálisis, si la psicología no funcionara. El problema es precisamente que funciona. La psicología funciona porque encaja muy bien en las relaciones sociales de opresión y explotación.

Digamos que funciona muy bien para adaptar a las personas de tal modo que mantengan este mundo funcionando sin problemas. La misma psicología funciona sin problemas hasta que aparecen los síntomas que luego ella misma intenta calmar a través de sus habilidades supuestamente psicoterapéuticas.

La difusión de la psicología en todo el mundo y en la vida cotidiana está provocando una reducción, contracción y simplificación de la experiencia, de la forma en que sentimos, pensamos y hablamos acerca de nosotros mismos. Nuestro comportamiento se parece cada vez más al de las pobres caricaturas psicológicas de la existencia humana que nos rodean por todos lados. Estas caricaturas se difunden por medios como el cine y la televisión, las revistas y los periódicos, los bestsellers y los manuales de autoayuda, la psicoterapia, la reeducación emocional, el coaching en las empresas, las opiniones de los expertos, las redes sociales y hasta las iglesias pentecostales.

Todo el entorno cultural está saturado con simplistas representaciones psicológicas altamente funcionales para el sistema capitalista. Ciertamente nos reconocemos en ellas, pero no porque sean tan fieles que nos reflejen tal como somos. Lo que ocurre es que son tan poderosas que nos hacen reflejarlas, corresponder a ellas, actuarlas y vivirlas en nuestras miserables condiciones de vida.

La psicología tiene tanto éxito que logra desplegarse y confirmarse a través de nosotros. A veces nuestra existencia parece incluso materializar conceptos de las grandes corrientes psicológicas, entre ellas la conductista, la humanista, la cognitiva e incluso la psicoanalítica. Los consumidores, por ejemplo, han aprendido a responder a estímulos publicitarios, identificarse con la naturaleza humana que se les vende, procesar la información requerida para comprar y entregarse a las pulsiones ocultas que los empujan al consumismo.

Incluso hay versiones psicoanalíticas exitosas de la psicología, como las hay también de la psiquiatría. Debemos cuidarnos de estas imposturas, que son capitulaciones ante la “normalidad” y distorsiones ideológicas de lo que debería ser un enfoque radical y liberador. El psicoanálisis no puede volverse psiquiatría o psicología sin dejar de ser lo que es, perder su utilidad para los movimientos de liberación e incluso volverse perjudicial para ellos, no sólo despolitizando al psicologizar o psiquiatrizar, sino contribuyendo a adaptar y sojuzgar en lugar de liberar.

Es posible adulterar y degradar el psicoanálisis al hacerlo funcionar como la psicología y ayudar a los sujetos a ser lo que deben ser para insertarse de la mejor manera en el capitalismo. Sin embargo, si queremos preservar el psicoanálisis como lo que es y puede ser, necesitamos deslindarlo de este proceso y mostrar cómo puede permitirnos resistir contra él. El propio psicoanálisis, debido a la historia de adaptación a la que ha estado sujeto, se ha implicado por sí mismo con la ideología, pero se rebela. Es como si el psicoanálisis fuera él mismo un síntoma de opresión que ahora puede ser hablado, y en el proceso de hablarlo bien, podemos liberarlo y liberarnos a sí mismos.

El psicoanálisis está desgarrado por el conflicto. Habla de conflicto al dar cuenta de nuestra naturaleza humana construida históricamente. Ha surgido en un momento histórico preciso, reflejando las necesidades, inclinaciones y aspiraciones contradictorias de un sujeto humano que lleva en su interior las contradicciones de nuestro mundo. Es también por esto que podemos hablar del psicoanálisis como de un síntoma.

El enfoque psicoanalítico no sólo se ocupa de manifestaciones sintomáticas del sufrimiento del sujeto, sino que él mismo es un síntoma. Él mismo es tan contradictorio como lo que aborda. Es por esto por lo que, al mismo tiempo que pedimos al psicoanálisis que trate la naturaleza contradictoria de la vida bajo el capitalismo, que atienda los síntomas que surgen hoy en la sociedad, también le exigimos que sea una “psicología crítica” reflexiva capaz de examinarse a sí misma. Debemos analizar qué hace que el psicoanálisis se adapte a la sociedad y qué le permite resistir y convertirse en algo subversivo y liberador.

Conflicto

Lo que ocurre con el psicoanálisis es lo mismo que sucede con la subjetividad que lleva un síntoma en sí misma. Los sujetos están desgarrados por conflictos. Se encuentran habitualmente aprisionados en relaciones opresivas dañinas, atrapados por un patrón de experiencia particular, biográficamente distinto en cada caso. Esto es lo que viene a definir quiénes son, lo que los hace reconocibles como la misma persona para ellos mismos, para su familia y sus amigos.

Lo distintivo de cada uno es algo inconsciente en lo que uno está atrapado, algo resistente y repetitivo, así como contradictorio, conflictivo. Hay un conflicto interno que se concreta en el síntoma propio de cada persona. Este síntoma puede paralizar a la persona e impedirle transformarse y modificar las relaciones que la oprimen y la dañan. El cambio a menudo ocurre cuando sucede algo dramático o traumático, algo que rompe con los patrones mantenidos inconscientemente, como puede ser un cambio social por el que se posibilita un cambio individual.

El proceso de cambio y la cristalización del conflicto en el síntoma pueden entenderse dialécticamente. El conflicto es lo que nos atrapa, lo que nos inmoviliza, pero es al mismo tiempo lo que nos hace movernos para solucionarlo y liberarnos de él. Nuestro movimiento es tan impulsado como estorbado por el conflicto. Esto nos hace movernos poco a poco, avanzar y tropezar, cambiando sin cambiar casi nada, pero los pequeños cambios de pronto producen una transformación.

Los cambios cuantitativos acumulados preparan una mutación cualitativa. Esto sucede en el nivel político cuando una lucha colectiva sostenida conduce finalmente, después de años de esfuerzo, a nuevas posibilidades y a la aparición de nuevas formas de subjetividad. Lo mismo ocurre en la clínica cuando el síntoma se manifiesta como un conflicto abierto y exige una decisión sobre cómo seguir con la vida. Como se comprueba en este caso, el síntoma es un obstáculo, pero también, dialécticamente entendido, es una oportunidad.

El síntoma es una oportunidad para cambiar y no sólo para conocerse. Es por esto por lo que no debe eliminarse, como lo hacen habitualmente psicólogos y psiquiatras, que así pueden asegurarse de que nada se descubra y todo siga igual. Para descubrirse y transformarse, hay que escuchar al síntoma con la mayor atención, como se hace en el psicoanálisis.

Las personas acuden al psicoanalista no porque tengan síntomas, ya que todos los tienen en esta sociedad enferma, sino porque se vuelven insoportables, porque hay un inminente desplazamiento de la miseria cuantitativa a alguna forma de cambio cualitativo. Una de las tareas del psicoanálisis clínico es orientar el tratamiento de tal manera que este cambio cualitativo se haga posible para el sujeto, que se le presente bajo la forma de una oportunidad para la reflexión y para la elección decidida sobre cómo vivir la propia vida, en lugar de tambalearse al borde del colapso y de la desesperación. El psicoanálisis le ayuda al sujeto a no ser ni sobrepasado ni vencido por lo que se manifiesta en el síntoma, a sobreponerse a él, lo que sólo es posible al escucharlo y actuar en consecuencia. El síntoma es de naturaleza dialéctica, y el psicoanálisis es un enfoque dialéctico que ayuda al sujeto individual a tomar un nuevo rumbo, hacia la adaptación o la liberación.

Para ser liberador, el psicoanálisis debe ser liberado. Tiene que liberarse de lo que no es ni está destinado a ser. Debe depurarse del sedimento de mistificaciones, prejuicios, valores, dogmas, estereotipos e ilusiones que se le han inyectado y depositado, neutralizando su potencial progresista y convirtiéndolo en un enfoque instrumentalmente útil para el capitalismo, para el colonialismo y para las relaciones de género opresivas.

El enfoque psicoanalítico ha sido instrumentalizado en los sucesivos contextos a los que ha intentado adaptarse. Estos contextos han empapado el psicoanálisis con sus normas, creencias, prejuicios y valores, exigiéndole moderar sus reivindicaciones radicales y hacer concesiones. Así, a lo largo de su historia, el psicoanálisis ha ido perdiendo su radicalidad al verse inoculado con todo tipo de contenido ideológico reaccionario. Tal contenido, que incluye venenosas nociones de una supuesta diferencia esencial entre la sexualidad masculina y la femenina, está incorporado en el cuerpo del psicoanálisis como una forma de práctica, una práctica del habla. Esto es grave porque el psicoanálisis es una “cura por la palabra” que nos muestra cómo lo que decimos está conectado con lo que hacemos.

Los conflictos y las contradicciones de nuestra sociedad de clases resultan indisociables de nuestras palabras, pero también de nuestra vida sexual, la cual, al igual que nuestras palabras, se encuentra en el centro del psicoanálisis. Intentaremos explicar en las siguientes páginas por qué es así. Trataremos de elucidar también cómo es que el psicoanálisis se centró en la sexualidad que ya era vista como el núcleo de nuestras vidas.

Hablamos de sexo, y es por esto por lo que el psicoanálisis es tan conocido, pero ¿por qué? Si la familia nuclear se experimentó como el corazón de un mundo sin corazón cuando se desarrolló el capitalismo, la sexualidad se vivió como la parte más íntima y secreta de nosotros. Sin embargo, la vida sexual no sólo fue “reprimida”, escondida como algo vergonzoso y rechazada como algo malo, sino que fue incitada, exigida. Fue así convertida en una obsesión, así como en nuestro punto más débil, en una herida abierta, constantemente irritada, que sirve para dominarnos en una lógica heteropatriarcal.

El patriarcado es siempre heteropatriarcado. Es siempre heteronormativo, es decir, hace que la heterosexualidad sea obligatoria como base del contrato social de nuestro mundo globalizado. El patriarcado impone el poder de los hombres sobre las mujeres, pero también de los hombres mayores sobre los jóvenes, y además excluye o apenas tolera las diferentes formas de sexualidad. Éste es el caso incluso cuando el capitalismo patriarcal utiliza una versión distorsionada del discurso feminista contra la izquierda o cuando convierte las diversas preferencias sexuales en un nicho de mercado.

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9789569441493
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