Читать книгу: «Herejía»

«[…] todo hereje o cismático ha de tener parte con el Diablo y sus ángeles en las llamas del fuego eterno […]».
Ley Canónica Católica
Por exigencias de la propia narración, me he tomado la libertad de alterar determinados aspectos de la ambientación histórica.
DAVID LOZANO

PRIMERA PARTE
Zaragoza, año del Señor de 1493
–Ginés de Alcoy –comenzó el inquisidor, volviéndose hacia él–, debéis intervenir. ¡Haced hablar al reo!
Tanto fray Agustín de Saviñán como los dos verdugos se apartaron para dejarle espacio. Ante él quedó ahora la maltrecha figura del prisionero. El hombre lo miraba, tendido sobre una tabla de madera que habían colocado en el centro de la sala.
Ginés quiso eludir ese gesto que no se apartaba de su semblante, aquella súplica que se hundía en sus entrañas. En los ojos del detenido podía leer una acusación que le perseguiría durante cada noche a partir de entonces.
Tú eres tan culpable como ellos. Mi sangre te convertirá en cómplice.
–Tomad, señor.
Uno de los carceleros le tendió el látigo que se había estado empleando con el prisionero hasta abrirle la piel. A continuación, hicieron girar el cuerpo del reo hasta colocarlo boca abajo sobre la pieza de madera.
–Adelante, Ginés. Proseguid vos.
El inquisidor quería verlo en acción. Aquella encerrona constituía una prueba más a la que se le sometía para comprobar si estaba a la altura del puesto que acababa de ocupar. Y él había llegado demasiado lejos como para rendirse ahora.
El joven Ginés de Alcoy cogió aire, empuñó el látigo y avanzó unos pasos hasta situarse frente al detenido. Procuraba exteriorizar una convicción que no sentía. A su espalda, fray Agustín de Saviñán no dejaba de estudiar cada movimiento.
Me está evaluando. No me puedo permitir decepcionarle. Todo está en juego.
El prisionero alzó entonces la cabeza. En su rostro aún brillaba una dignidad que el dolor no había logrado borrar. Ginés maldijo su aplomo: hubiera preferido castigar a un cobarde.
Dejó de pensar. El único modo de superar aquel trance consistía en impedir que los remordimientos se abriesen paso en su conciencia. Tenía que actuar con la mente muy lejos de aquella pesadilla. Levantó el brazo. A los pocos segundos descargaba el primer golpe, que restalló en sus oídos. Ni siquiera pestañeó mientras sentía cómo el dolor infligido en el cuerpo del detenido parecía transmitirse al suyo. Notó la mordedura del cuero fluir por sus venas hasta alcanzarle el corazón. Los gemidos del detenido le quemaban por dentro. Él también moría un poco con cada golpe. Quiso huir.
–Continuad –ordenó el inquisidor–. Más fuerte.
Ginés de Alcoy volvió a obedecer. Dos, tres, cuatro veces más. La rabia que sentía hacia sí mismo impulsaba cada nuevo latigazo, que caía sobre heridas abiertas. El sudor y la penumbra disimulaban sus lágrimas.
–¡Confesad, hereje! –gritó el muchacho–. ¡Salvad vuestra alma!
Continuó flagelando al prisionero hasta que fray Agustín de Saviñán le indicó con un gesto que se detuviera.
El inquisidor, que se había adelantado, aproximó su rostro hasta situarlo a escasos centímetros de las facciones del torturado, que no reaccionó. La cabeza de este –cubierta de una pátina de inmundicia y sangre– colgaba ya sin fuerzas para sostenerse sobre los hombros. Sus ojos, cercados de piel ennegrecida, apenas apreciaron el movimiento del religioso.
No resistiría mucho más.
Seis días de interrogatorios, sometido sin descanso a vejaciones, habían reducido su figura a un esqueleto. Su cara se mostraba ahora surcada de profundas arrugas provocadas por los espasmos de dolor.
–¿Persistís en vuestra terquedad? –preguntó Saviñán–. Tenemos testimonios de vuestros ritos prohibidos, Juan de Peralta.
Pero aquel hombre no reaccionaba ya ni a la mención de su propia identidad.
–Confesaréis –terminó susurrando el inquisidor, aún con la cara junto a la del prisionero–. Tarde o temprano, confesaréis.
La atmósfera de los calabozos derramaba sobre el semblante del dominico unas sombras que afilaron sus pómulos, otorgando a su sonrisa un aire diabólico.
Disfrutaba.
El religioso se giró entonces hacia los verdugos.
–¡Al potro!
El detenido fue llevado en volandas hasta una máquina que contaba con dos grandes ruedas de madera que giraban sobre sus ejes en direcciones opuestas. A ellas engancharon las extremidades del hombre, ante el gesto espantado de Ginés.
¿Qué nuevo horror iba a presenciar ahora?
A una señal del inquisidor, los verdugos comenzaron a impulsar los engranajes de las piezas circulares de aquel ingenio. El cuerpo del hombre comenzó a estirarse con calculada lentitud, mientras el recluso iniciaba su letanía de gritos y súplicas al sentir los primeros tirones.
El dominico, que permanecía al lado del reo, sintió una repentina humedad en la mejilla. Se llevó los dedos hasta ella para descubrir con asco el rastro de una salpicadura de saliva. Apartándose, se limpió con un pañuelo.
Fray Agustín de Saviñán alzó entonces una mano, lo que detuvo la maniobra de sus servidores.
–Juan de Peralta, ¿os obstináis en declarar que no sois un falso converso, un hereje? ¿Negáis haber celebrado ceremonias judías?
El prisionero le miraba sin pestañear. Lo único que brotó de sus agrietados labios fue un suspiro, un estertor.
–¿Mantenéis vuestra inocencia? –repitió Saviñán–. ¡Confesad, por vuestra salvación eterna!
Al inquisidor siempre le impresionaba la resistencia de algunos pecadores. ¿Cómo podían ser tan tercos? Supuso que el demonio dotaba de poderosas armas a sus fieles.
Un carraspeo sonó a su espalda.
Fray Agustín de Saviñán se volvió, molesto.
–Ilustrísima –se dirigió a él uno de los verdugos–, creo que está muerto.
El dominico tardó en asumir aquel hecho que ahora se ofrecía evidente a sus ojos. Ante él, sobre el potro de tormento, lo único que permanecía tendido era un cadáver, los restos de un próspero comerciante denunciado por un vecino dos semanas atrás.
Fray Agustín de Saviñán golpeó la pared con un puño.
No habían logrado sacarle ninguna información útil.
–¿Qué… qué hacemos? –preguntó el otro torturador en voz baja, temeroso de importunarle.
Saviñán lo decidió al momento.
–Se inscribirá en el acta que Juan de Peralta confesó su culpabilidad antes de morir –dictaminó–. Constará –ahora lanzaba a los verdugos una mirada disuasoria– que durante su agonía reconoció la celebración de rituales judíos.
Quienes le escuchaban abrieron mucho los ojos. Sobre todo Ginés de Alcoy, que apenas pudo reprimir la ira.
–Pero… –repuso uno de los torturadores–. Eso no…
–¡Se hará lo que he dicho! –impuso el dominico–. Y vosotros acataréis mis instrucciones guardando humilde silencio. La lucha contra el pecado –concluyó– exige en ocasiones ciertos… sacrificios. El Señor sabrá ver tras ellos nuestro celo por la virtud y la única verdad.
Los otros hombres bajaron la cabeza.
–Como vos ordenéis, ilustrísima.
El inquisidor juntó las manos en actitud orante.
–Confiemos a Dios el éxito de nuestra misión contra los herejes –murmuró.
Entre las sombras, las pupilas de Ginés destellaban. Se había visto arrastrado a participar en ese crimen, pero juró por lo más sagrado que el religioso pagaría por la mentira que iba a sustentarse sobre aquel cadáver. Una mentira más.
I
El chasquido leve de unas pisadas que se aproximaban por las escaleras advirtió a Pedro de Ortuña de que alguien llegaba. En efecto, no tardó en percibir a su espalda el quejido de la puerta que se entornaba y una presencia que se detenía, guardando un respetuoso silencio.
Ortuña, señor de la baronía de Alfajarín, observaba ensimismado la calle desde la ventana de aquella estancia de su palacio. No interrumpió su ocupación a pesar de saberse acompañado. Su figura –alta y robusta a los cuarenta años–, que parecía haber envejecido durante los últimos días, se recortaba contra la claridad de la mañana en la ciudad de Zaragoza.
Siguió mirando a través del arco. No estaba dispuesto a delatar su impaciencia.
Por fin, el criado, venciendo la timidez, llamó su atención:
–Señor.
Pedro de Ortuña se volvió y el joven que aguardaba junto a la puerta alcanzó a distinguir en sus ojos una serena desesperanza, que el noble se apresuró a disimular.
–¿Qué sucede, Martín?
Su voz sonó firme. Erguido, ataviado con elegantes prendas, apoyaba una de las manos en una mesa de madera de roble mientras esperaba una respuesta. En su dedo anular relucía un grueso anillo de oro con el sello de su linaje: una espada central, a cada uno de cuyos lados se distinguía el relieve de una rama de laurel.
El muchacho había bajado la mirada.
–Señor, guardias enviados por la Inquisición se dirigen a esta casa. Se rumorea que fray Agustín de Saviñán ha cursado orden de arresto contra vos. Se os acusa de herejía.
El criado, de unos doce años, hacía visibles esfuerzos por contener las lágrimas. Demasiado joven para mantener la compostura, balanceaba su cuerpo flaco con nerviosismo y respiraba como a trompicones. Sus ojos, bajo desordenados mechones de pelo negro, no parpadeaban.
–Así que ya vienen… –pensó Ortuña en voz alta, al tiempo que se giraba de nuevo para enfrentarse a su reflejo en un espejo encajado junto al ventanal–. Saviñán se ha dado prisa. No esperaba menos de un hombre de Dios.
El criado no captó la ironía en sus palabras.
–Señor –se atrevió a sugerir el chico–, deberíais iros… ahora. O será demasiado tarde. ¿Preparo la montura?
Ortuña esbozó una sonrisa paternal. Qué ingenuidad la de aquel muchacho. Su visión juvenil no alcanzaba a vislumbrar que, en realidad, el cerco se había cerrado. Su tiempo terminaba.
–Huir, jamás –sentenció, envidiando la vida que bullía en la calle, su entorno agitado de campesinos, mercaderes y artesanos–. Podrán privarme de mi patrimonio, de mi libertad, incluso de mi vida. Pero no del honor. Es lo único que la Inquisición no conseguirá arrebatarme.
En su fuero interno, el noble supo que nunca una decisión había sido tan fácil. No huiría… porque de la Inquisición nadie lograba escapar. ¿Adónde hubiera podido ir? Los secuaces del Santo Oficio y sus espías estaban por todas partes. La gente, asustada ante la posibilidad de ser vista como cómplice, denunciaba a los sospechosos al menor recelo, incluso sin fundamento. Y las denuncias siempre prosperaban.
Años atrás, un apellido noble otorgaba cierta protección ante las exigencias eclesiásticas. Pero a medida que la Inquisición iba ganando en influencia, se volvía más osada: ya ni siquiera un título frenaba su insaciable ambición de poder. Tan solo algún vínculo directo con el rey Fernando de Aragón –como el caso de los Santángel, prestamistas del monarca– servía de protección eficaz.
Y él no podía jugar esa baza.
No. El señor de Alfajarín no hubiese llegado muy lejos antes de ser capturado como un perro. Una fuga, además, habría sido utilizada para confirmar la falsa acusación que pesaba contra él, facilitando los oscuros planes de fray Agustín de Saviñán. No. No huiría.
–Pero, señor… Si sale por los establos…
Ortuña cortó al mozo alzando una mano. ¿Salir de su propia casa por la puerta de atrás?
–Martín, tráeme la capa y la espada –dispuso– y ayúdame a cambiarme. Si me buscan, aquí me encontrarán, ataviado como impone mi rango. No es mi conciencia la que debe avergonzarse, sino la suya. Yo me enfrento a la tibia justicia de los hombres, otros tendrán que someterse al rigor de Dios.
El chico obedeció, ahora más tranquilo tras constatar la seguridad en el amo. El noble aún continuó hablando para sí mismo.
… Nada pueden quitarme que me importe. Mi esposa abandonó ya este mundo, y mi hijo Luis se encuentra, por fortuna, muy lejos de aquí, a salvo de los atropellos que el rey está consintiendo en esta tierra para ganarse el favor de Roma.
Había llegado, así, el momento con el que llevaba soñando varias semanas. La pesadilla que había contaminado su reposo se materializaba en ese instante: acudían a arrancarlo de su casa para conducirlo hacia tenebrosas celdas. Le temblaban los labios. En silencio, extrajo de un mueble cercano un cofre y varios documentos notariales –la herencia para su hijo Luis, junto a algunas cartas de préstamo–, que depositó sobre el escritorio. Con parsimonia, se sentó frente a él, preparó un papel y, hundiendo su pluma de ave en el tintero, comenzó a escribir una carta con su exquisita letra de hidalgo. Quedaba poco tiempo y debía dejar todos sus asuntos en orden por si su regreso, tal como era previsible, no se producía.
Quizá esa era la causa por la que, en vez de preparar su fuga, se había entretenido contemplando el resplandor matutino durante aquella jornada. La intuición le había llevado a atesorar el recuerdo de la luz del sol, a acumularla como un valioso equipaje para el camino que se disponía a emprender hacia la prisión del palacio de la Aljafería. Se trataba de una fortaleza de arquitectura árabe situada en las proximidades de Zaragoza, donde tenía su sede y cárcel la Inquisición. Ortuña reunió todo su valor: por muy terribles que fuesen los designios que fray Agustín de Saviñán había reservado para él, no doblegarían su ánimo. Mantendría el rostro alzado, desafiante, con el orgullo que solo nace de la inocencia.
* * *
Ginés de Alcoy había sido convocado a presencia del inquisidor, que aguardaba en sus dependencias del palacio de la Aljafería. El muchacho, inquieto ante el motivo de aquella llamada, no tardó en encontrarse frente a él, que lo estudiaba sin disimulo acomodado en su sillón de terciopelo rojo.
–Me ha gustado vuestro modo de actuar durante el interrogatorio a Juan de Peralta, Ginés –comunicó Saviñán, complacido–. Estáis todavía algo verde, pero he visto en vuestros ojos la fe que busco. Haréis grandes cosas por la Iglesia, sin duda.
Ginés, de pie frente a él, reprimió un suspiro de alivio. Había superado la primera prueba.
–Agradezco vuestro generoso juicio sobre mí, ilustrísima –se limitó a responder.
Saviñán se había dejado engañar, malinterpretando la rabia con que Ginés flagelaba al detenido. El muchacho, sin embargo, no estaba dispuesto a sacarle de su error. Le convenía aquella imagen de fanatismo. Por ese motivo se esforzaba en disimular el resentimiento que acumulaba contra el dominico. Ya llegaría la hora de ajustar cuentas…
–Pero no es eso lo que ha llamado mi atención –añadió de pronto el inquisidor, dando un giro a la conversación.
Ginés contuvo el aliento. ¿De qué podía tratarse? Las sorpresas solían implicar riesgo.
–¿Esto es obra vuestra?
Saviñán le tendía un documento manuscrito, que él reconoció al instante: el informe que había tenido que elaborar para cerrar el proceso contra el mercader fallecido. Ginés, ganando tiempo, procuró sin éxito leer en el semblante de su superior algún signo que le pudiese revelar los pensamientos de Saviñán.
¿Habría cometido algún error al preparar aquel texto?
–Sí, ilustrísima –contestó por fin–. Yo lo he redactado.
De nada servía retrasar su respuesta.
–Qué oculta teníais vuestra habilidad como escribiente, Ginés. El Señor os ha concedido talento para las letras.
Por segunda vez, el muchacho se dejó dominar por el alivio. Falsa alarma.
–Gra… gracias, ilustrísima. No merezco tales palabras.
–Desde luego que sí. Sin duda habéis recibido una excelente educación.
Ginés asintió, procurando aparentar modestia.
–No os equivocáis, ilustrísima. Y estoy dispuesto a emplearla a vuestro servicio.
Saviñán se acarició el mentón.
–Así puede que sea –determinó–. Necesito un secretario, y tengo la impresión de que sois la persona oportuna, a pesar de vuestra juventud.
Ginés supo que un cargo así podía facilitarle mucho las cosas.
–Sería un honor, ilustrísima.
–Más os valdrá no decepcionarme si así lo dispongo –advirtió el dominico–. No me gusta equivocarme.
–No lo haré, ilustrísima.
–De momento, quedáis bajo las órdenes de fray Bartolomé de Ribas, inquisidor del tribunal que yo presido, quien os explicará vuestra primera misión como familiar del Santo Oficio. Ahora retiraos. Mi decisión final os será comunicada a su debido tiempo.
Ginés de Alcoy abandonó la estancia con la mente hecha un hervidero. Su comienzo como servidor de la Inquisición había empezado muy bien. Ahora se trataba de no cometer ningún error.
* * *
El criado Martín oteó el exterior desde la ventana. El barón se encontraba de pie en el centro de la sala, exhibiendo un porte regio ensayado para la ocasión, con una capa de seda sobre los hombros y la espada envainada colgando de su cintura.
–Los soldados han llegado a la plaza, señor.
Qué cerca están ya.
Pedro de Ortuña prestó atención.
–No se les oye –dijo.
Aquella reducida tropa avanzaba en silencio. ¿A qué venía tanta discreción, cuando las fuerzas del Santo Oficio solían exhibirse por el valor ejemplarizante de sus arrestos?
–Señor…
En los ojos del muchacho aún podía leerse un último ruego de que abandonase su actitud digna y escapara. Ortuña no se molestó en intentar explicar al vasallo la importancia del orgullo. Consideró que se trataba de un concepto fuera del alcance del chico, dada su humilde condición. Emitió un suspiro. La sombra de la Inquisición se cernía sobre ellos imponiendo una calma tensa. Una cuenta atrás.
El barón se disponía a dirigirse a Martín cuando llegó hasta ellos un alboroto procedente de la planta baja. Algo sucedía, algo ajeno al inminente encuentro con los guardias del Santo Oficio. Fuera lo que fuese, era muy poco oportuno.
¿Acaso el destino les deparaba todavía más sorpresas?
Ortuña había fruncido el ceño, irritado ante ese ruido que amenazaba con estropear la elegante escena que había preparado para recibir a sus captores.
–¿Qué sucede, Martín?
El aludido se encogió de hombros. Por la escalera subió entonces una criada, una niña regordeta, de apenas diez años de edad, que se apresuró a comunicar las novedades.
–Alguien ha entrado a caballo por los establos, señor. Se dirige hacia aquí.
Ortuña se había quedado con la boca abierta.
–¿Pero quién tiene la audacia de invadir así mi propiedad? ¿No se le ha impedido el paso?
La doncella tuvo que hacer un esfuerzo para responder.
–Parece que se trata… que se trata de su hijo Luis, señor.
Al noble le dio un vuelco el corazón. Se vio en la necesidad de apoyar las manos en el escritorio que tenía a su espalda, superado por un mareo que a punto estuvo de hacerle perder el equilibrio.
Su rostro había palidecido. Ahora ofrecía un aspecto débil, vulnerable. La altivez que su figura exhalaba hacía unos instantes se había desintegrado.
De repente podía perderlo todo, ahora sí, y la conciencia de ello le abrasaba el pecho. Podía perder lo único que le importaba en la vida: su hijo, heredero último de su apellido y único recuerdo de su amada esposa.
El destino, en su ironía, volvía a reírse del noble con una súbita maniobra para la que el barón no estaba preparado. El joven Luis de Ortuña alcanzaba el palacio familiar justo cuando la Inquisición se dirigía hacia ese mismo lugar para detener a su padre. Qué cruel sarcasmo: en su ignorancia, Luis llevaba varias jornadas de viaje dirigiéndose hacia su perdición. Él mismo se colocaría en manos de los torturadores.
Un final tan prematuro a sus dieciséis años…
El barón apretó los dientes con rabia mientras llevaba una de sus manos hasta la empuñadura de su espada. La casualidad brindaría un doble arresto que haría las delicias de fray Agustín de Saviñán. Porque Ortuña lo vio claro: el inquisidor detendría también a su hijo. El corrupto dominico no se arriesgaría a dejar libre a alguien que se interponía en sus ambiciosos planes, alguien que podía suponer un serio obstáculo más adelante. Cercenaría de raíz la estirpe de los Ortuña y se apropiaría de todos sus bienes.
Una jugada maestra.
Ortuña apartó los dedos de su arma. Se obligó a recuperar la tranquilidad.
Los recuerdos se agolparon entonces en la mente del barón al tiempo que aguardaba, emocionado, la aparición ya inevitable de su hijo. A la muerte de su esposa, acontecida hacía seis años, Ortuña –sumido por aquel entonces en una insuperable tristeza– había enviado a su único descendiente a la residencia de su hermano Gonzalo, en Italia, para que pudiera educarse en un ambiente menos desolado. Se había tratado de una decisión sobre la que no había dejado de arrepentirse ni un solo día desde aquella trágica fecha. Tan solo la comunicación que había mantenido con Luis a través de cartas había logrado atenuar esa ausencia.
Y ahora, su joven vástago regresaba. En el peor momento.
Martín, de nuevo asomado a una de las ventanas, advirtió al barón de que los guardias enviados por el Santo Oficio desfilaban en dirección a la casa a menos de cien metros. En apenas unos minutos alcanzarían los umbrales del palacio.
Ortuña asintió. No estaba dispuesto a arrastrar a su hijo a su propia suerte. Supo que no lo entregaría a los sanguinarios brazos de la Inquisición. A su hijo, no.
II
La servidumbre había desaparecido de la sala por orden suya, y ahora Pedro de Ortuña aguardaba a su hijo. A la impaciencia se unía el nerviosismo.
El sonido de alguien que brincaba sobre los peldaños del último tramo de la escalera le advirtió de que el muchacho llegaba. Por fin. Contuvo el aliento al percibir el encuentro, contento de recibir a Luis con su mejor atuendo. Deseaba grabar en la memoria del joven una imagen suya amable, aún ajena al drama que iba a producirse.
Y entonces apareció. Ante las pupilas cansadas del noble surgió una figura alta, esbelta, de movimientos armoniosos, vestida con exquisito gusto. Pedro de Ortuña, conmovido, reconoció al momento la mirada clara y directa del recién llegado, herencia de su madre, y sus facciones suaves bajo un cabello oscuro que caía en una corta melena.
Largo ha sido el camino,
como lo es la vida hoy,
rumbo hacia mi destino.
Y aquí estoy.
Los versos de Petrarca confirmaron su impresión: se trataba de su hijo, Luis de Ortuña. No había duda. Conocía su pasión por la poesía. El muchacho ya era un adulto a sus dieciséis años, constató el noble, admirado de la transformación experimentada en aquel cuerpo que él recordaba tan pequeño. Ahora se le veía fuerte, vigoroso. Un joven poeta, que además iba armado: una lujosa espada oscilaba entre destellos, enganchada a su cintura.
Irradiaba nobleza.
Era su hijo, sí. Se había convertido en un hombre. En un hombre cuya actitud hablaba de honor, inteligencia… y una sensibilidad para las artes que también había heredado de su madre.
–Seguro que habéis aprovechado en Italia vuestro don para los versos –comentó el barón, procurando quitar seriedad al encuentro–. No habrá dama que resista un asedio así. Sobre todo en un joven tan apuesto.
–Podéis jurarlo, padre –el chico sonreía–. Varios corazones han quedado ya a mi alcance.
En esa respuesta no había soberbia, solo la frescura de la juventud. Aquella ingenuidad enterneció al noble.
Pedro de Ortuña lamentó haberse perdido tantas cosas durante esos años de separación. Pero, viendo el resultado, quizá había merecido la pena. Tal vez había llegado la hora, incluso, de concertar un matrimonio conveniente para él, cayó en la cuenta. De improviso necesitaba recuperar el tiempo perdido. Demasiado tarde.
Luis, ajeno a las reflexiones de su padre, se mantenía quieto a las puertas de la estancia, disfrutando de aquel momento con el que había soñado tantas veces. El barón abrió, por fin, los brazos.
–Hijo mío.
–¡Padre!
Luis se abalanzó hacia él y ambos se fundieron en un enérgico abrazo. El barón se obligó a separarse poco después, sin apartar las manos de los hombros de su hijo, consciente de que cada minuto contaba. El peligro continuaba acercándose. Aquel encuentro podía convertirse en una trampa para el joven.
–Ya eres casi un caballero, Luis. Me siento tan orgulloso de ti… como lo hubiera estado tu madre.
El semblante del muchacho se iluminó.
–Soy un Ortuña, padre.
De repente, el gesto del noble perdió vigor.
–¿Por qué has venido? No has debido hacerlo. No en este momento, hijo. Tienes que marcharte.
Aquella reacción desorientó a Luis.
–¿No leísteis mi última carta?
–No ha llegado a tiempo, por lo que veo. Te has adelantado a tus propias noticias.
–Ya terminó mi formación en Italia –comunicó entonces el chico, con una ligera frialdad–. He acudido a retomar mi vida. Ha sido un largo viaje. Confiaba en que estuvierais de acuerdo con mi decisión.
Pedro de Ortuña meneó la cabeza.
–No me malinterpretes. Tu presencia anima mi viejo corazón. Pero no puedes quedarte. Debes irte… ya.
–¿Pero por qué? ¿Acaso ha dejado de ser esta mi casa?
–Siempre tendrás tu hogar entre estas paredes, hijo mío. Así ha sido para los Ortuña durante generaciones. Pero se avecinan tiempos difíciles. La vida en el reino de Aragón se ha vuelto muy arriesgada –suspiró con agobio–. Los soldados vienen a arrestarme por una falsa acusación. Debes saberlo. No quiero que te vean ni que des crédito a lo que se dirá sobre mí. Ya no se puede confiar en la justicia de los hombres. No aquí.
Aquella información encendió el ánimo del chico, que empezó a desenvainar la espada.
–¡Pues aquí me encontrarán! No todo ha de ser poesía…
–¡No! –gritó Pedro de Ortuña, obligando a su hijo a enfundar de nuevo el arma–. Tendrás que confiar en mí, Luis. No hay tiempo para explicaciones. Debes marcharte… antes de que sea tarde. Aquí no me ayudas. Por favor, tienes que irte.
Martín se asomó en ese momento a la dependencia. No ocultaba su resentimiento hacia la tropa que se aproximaba amenazando con arruinar la única vida que había conocido.
–Señor –anunció–, los guardias llegan.
Los acontecimientos se precipitaban sin concederles el margen suficiente para asumir lo que sucedía.
–Pero… –Luis no se movía–. No puedo huir, padre. Lo siento, pero yo…
Pedro de Ortuña se adelantó un paso hasta situarse frente a él.
–¡Obedecerás a tu padre! –le exigió–. Ahora no puedes entenderlo, pero lo harás. Eres lo único que tengo, Luis. Todo lograré superarlo, excepto tu pérdida. No me la puedo permitir. Por favor –suavizó el tono–. Te lo ruego. Abandona este palacio.
La pesarosa voz del criado volvió a dejarse oír en medio de la escena.
–Llaman a la puerta, señor. Ya están aquí. Preguntan por vos. Os reclaman.
Durante unos segundos, nadie habló.
–¡No hay tiempo para indecisiones! –el barón reaccionaba, acuciado por la angustia–. ¡Martín, ensilla dos caballos! Llevarás a mi hijo al monasterio de Santa Clara.
Mientras el criado obedecía, Pedro de Ortuña agarró a Luis de un brazo y lo llevó hasta el escritorio.
–Toma –le hizo entrega del cofre y de una bolsa de cuero–. Son las joyas de tu madre, y una buena cantidad de florines de oro. Te ayudarán a sobrevivir hasta que se resuelva mi acusación.
En realidad, lo que le entregaba era una auténtica fortuna. Suficiente para afrontar una nueva vida. Pedro de Ortuña no contaba, de hecho, con un buen desenlace para la trampa que le había tendido fray Agustín de Saviñán. Pero se trataba de una conjetura que no pensaba compartir con su hijo.
A continuación le entregó unos documentos.
–Guárdalos bien –pidió sin desviar su mirada de la de su descendiente–. Son los títulos de nuestras propiedades y algunas cartas de préstamo que podrás cobrar más adelante. Tarde o temprano, la justicia se impondrá.
Luis, la imagen misma de la perplejidad, no hablaba, impactado ante todo lo que acontecía frente a sus ojos. En su interior se enfrentó a un dilema: había sido educado en el respeto a sus mayores, lo que le obligaba a acatar sin objeciones la decisión de su padre, pero al mismo tiempo lo habían formado en la convicción de que nada era más importante que el honor.
Se empezaron a escuchar gritos en la planta baja. El tiempo se agotaba.
Pedro de Ortuña extrajo de un cajón un documento, atrapó con la diestra su pluma de ave y, tras humedecerla en el tintero, comenzó a escribir. La aparición de su hijo trastocaba sus planes. Después plegó el papel. Empleó una vela encendida para derretir una pieza de lacre que colocó sobre el documento hasta que la sustancia roja, convertida en líquido, comenzó a gotear. Aplastó el sello de su anillo en la recién formada mancha viscosa, que se secó al momento cerrando la carta con el grabado del escudo de la baronía de Alfajarín.
–Guárdalo con cuidado –tendió el mensaje a Luis–. Debes entregarlo a la priora de Santa Clara, Catalina de Bolea.
–¿Una mujer?
Luis no esperaba, ante la gravedad de los acontecimientos, una protección femenina.
–Una gran mujer –puntualizó el barón sin vacilar–. Fuerte y honesta. Es buena amiga de la familia. Te ofrecerá refugio y consuelo. Puedes confiar en ella, lo que es mucho en los tiempos que corren.
La última iniciativa del noble fue depositar su propio anillo –tras un leve titubeo: a fin de cuentas, aquella joya no se había separado de su dedo anular durante décadas, desde que su padre se lo entregara como primogénito– sobre la palma de la mano de su hijo.
–Será tu salvoconducto. Pero no lo muestres en público –aconsejó–. Si el proceso contra mí prospera, el emblema de nuestra familia te traerá problemas. No lo olvides.
Luis, que por primera vez se percataba de lo que había envejecido su padre en esos años, solo era capaz de asentir en silencio. Recibió en la frente un beso, y quiso retener todo el calor que le había faltado durante los últimos años. Se abrazaron.
Martín había regresado y esperaba en la puerta.
–Vete ya, Luis –Pedro de Ortuña recuperaba una inesperada frialdad–. Por los establos. Te has convertido en el baluarte de nuestro apellido. Defiéndelo con dignidad.
El semblante del barón adoptó ahora un aire ausente y comenzó a prepararse para la inminente irrupción de los guardias. No hallaría compasión en ellos.
Martín, adelantándose, tiró con insistencia del brazo de Luis hasta lograr que le acompañara fuera de la sala. El joven noble, mientras se dejaba conducir, no podía evitar girarse hacia la dependencia donde quedaba el barón envuelto en su silencio. Una vez en las escaleras, ambos iniciaron una discreta carrera que los condujo sin ruido hacia un corredor que comunicaba con los jardines traseros del palacio. Allí, junto a los establos, estaban listas dos cabalgaduras que mantenía sujetas por las bridas otro mozo. Martín –envuelto en una capa y cubierto con un sombrero ladeado que se caló para ocultar el rostro– saltó sobre una de ellas con una sorprendente agilidad, y el joven caballero hizo lo propio con el segundo caballo, de un modo más cuidadoso para no perder los objetos que portaba ni los documentos. A continuación salieron a la calle, provocando algunos sobresaltos entre los caminantes que cruzaban en aquel momento. Pretendían salir de la ciudad por la Puerta del Puente, hacia el norte, en dirección a la villa de Zuera.
La patrulla enviada por la Inquisición se encontraba ya en el interior de la casa, así que no pudo asistir a la sospechosa maniobra de fuga que, sin embargo, atrajo la atención de los viandantes bajo el repiqueteo de fondo que provocaban las herraduras de los caballos fugitivos.
III
El segundo inquisidor del tribunal de Zaragoza, Bartolomé de Ribas, se dirigió a Ginés.
–Hasta que fray Agustín de Saviñán decida si os acepta como secretario, trabajaréis para mí con el oficial Juan de Artos y el familiar Jaime Alcalá –los presentó, todos reunidos en una sala del palacio de la Aljafería–. Su ilustrísima me ha hablado bien de vos.
El chico saludó con sencillez a los aludidos. Artos, su superior dentro de aquella oscura jerarquía, era un jurista de unos treinta años, de complexión fuerte y ojos ambiciosos, que no se esforzó en ser amable. Tal vez intuía en el nuevo fichaje del Santo Oficio un competidor para ganarse el favor del religioso a cuyo servicio actuaban, lo que no le hacía ninguna gracia. Por su parte, Jaime Alcalá ejercía de médico en Zaragoza. Se trataba de un tipo calvo, alto y huesudo, menos arisco, que le saludó esbozando una sonrisa que apenas quedó visible bajo la tupida barba que le cubría media cara.
–No vais a tener que esperar para demostrar vuestra valía, Ginés de Alcoy –le advirtió entonces el inquisidor, jugando con su anillo–. Acaba de llegar una denuncia de herejía que afecta a una familia sospechosa, los Ferrer. Debéis traerla aquí hoy mismo, pues existe riesgo de fuga y no quiero perderlos. Concebid esta misión como… un bautismo en vuestra nueva condición.
Una nueva prueba.
Ginés tragó saliva mientras procuraba manifestar entusiasmo. No contaba con empezar tan pronto a actuar en el exterior. Ni siquiera había tenido aún ocasión de reponerse del impacto que había supuesto para él participar en el interrogatorio a Juan de Peralta.
Y ahora se veía arrastrado a otro desafío.
Obsesionado con obtener el título de «familiar», que le concedía el privilegio de acceder a la Inquisición, Ginés de Alcoy no había dedicado tiempo a asimilar unas funciones que en realidad detestaba y que, ahora que había sido aceptado en el seno del Santo Oficio, se iba a ver obligado a ejecutar sin titubeos.
–No os fallaré, ilustrísima –se limitó a responder ante la mirada curiosa de los otros.
El oficial Juan de Artos ya disponía de la información necesaria sobre aquella familia, así que al poco rato se encontraban los tres servidores fuera de la Aljafería, de camino al domicilio de los sospechosos junto a varios guardias también armados.
Caía la tarde en la ciudad cuando llegaron a su destino, lo que otorgaba a la escena un aura aún más siniestra de la que ofrecía su desfile por las calles vacías de la ciudad. Invisibles ojos seguían a la comitiva desde detrás de las ventanas. Nadie hubiera osado entrometerse en el avance de una procesión tan reconocible.
La Inquisición actuaba una vez más, y los pocos vecinos que se habían percatado permanecían en el interior de sus hogares rogando por que no fuese a su puerta donde llamara esta vez el Santo Oficio.
La amenaza de haber sido denunciados, con o sin fundamento, cobraba fuerza durante esos instantes de terror en los que la suerte de alguien pendía de un hilo. Los escasos habitantes conscientes a aquella hora de lo que se estaba fraguando en las calles aguardaban conteniendo la respiración.
Nada había perturbado, de momento, el transcurso apacible de la noche.
La prepotencia con la que se movían Artos y Alcalá, a la caza tal vez de objetivos inocentes, no ayudaba a Ginés a tranquilizar su conciencia. Le preocupaba lo que estaba a punto de suceder, unos acontecimientos de los que iba a ser, de nuevo, partícipe involuntario.
Por fin llegaron a la vieja construcción donde se alojaba la familia sospechosa.
El oficial, antes de descubrir definitivamente la presencia de la patrulla en el vecindario, ordenó a dos guardias que se situasen en la parte trasera de aquella casa, para evitar fugas.
–A veces cunde el pánico cuando nos ven –explicó Artos a Ginés–, e intentan escapar. Esa reacción suele ser una clara prueba de su culpabilidad.
Ginés se planteó si, en efecto, un intento de fuga constituía un movimiento tan comprometedor. A fin de cuentas, los Ferrer eran de baja clase social, así que no tenían por qué comportarse con honor.
Conociendo el arbitrario funcionamiento del Santo Oficio, llegó a la conclusión de que, incluso siendo inocente, él también procuraría desaparecer a tiempo.
Hubiera huido.
Juan de Artos golpeó la puerta de la casa. Lo hacía con energía, secundado por Jaime Alcalá. Una mujer joven abrió e intentó volver a cerrar el acceso cuando cayó en la cuenta de lo que ocurría, pero ya no tuvo tiempo. Fue apartada de un empujón mientras el oficial dejaba vía libre hacia las dependencias de la vivienda.
En medio de la oscuridad se escuchó el metálico y amenazador sonido de las espadas desenvainándose –aquel gesto de la mujer se había interpretado como resistencia a la autoridad–, y los guardias accedieron en tromba a la casa mientras en el interior comenzaban a oírse ruidos, gritos y carreras. Un sollozo infantil se impuso al resto de los sonidos, otorgando a la escena un patetismo que salpicó a Ginés.
¿Cuántos sacrificios más se vería forzado a llevar a cabo?
Juan de Artos y el otro familiar entraron en la casa, dándose aires mientras pronunciaban en alta voz la acusación que se había tramitado contra la familia alojada allí, los Ferrer. Se notaba que disfrutaban con la sensación de poder, percibiendo a cada paso las miradas asustadas de los presentes.
Ginés, que se había quedado rezagado en el exterior, se obligó a avanzar hasta cruzar los umbrales de ese hogar cuya paz interrumpían en mitad de la noche con la alevosía de los allanadores. Desenfundó su arma y, a pasos lentos, alcanzó la sala de la casa donde estaban colocando a todos los detenidos, mujeres y niños incluidos.
Llegaba su momento de actuar. Una vez más.
* * *
–Yo soy el barón Pedro de Ortuña, señor de Alfajarín –anunció el aristócrata–. ¿Quién pregunta por mí?
Su aparición hizo enmudecer a todos los presentes, reunidos en el vestíbulo del palacio. La servidumbre había logrado contenerlos hasta ese instante, pero la paciencia de los guardias –seis incluyendo al oficial, todos armados– se agotaba. El inquisidor había dado órdenes muy precisas.
Solo la elevada condición del sospechoso había permitido esa excepcional espera. «Los nobles no escapan», había sentenciado el capitán al mando de aquella patrulla con una media sonrisa. «Son presa fácil».
Con movimientos pausados descendía el barón los últimos peldaños de la escalera, y ante los recién llegados quedaba una figura grave que los miró con firmeza. El aplomo de los guardias se debilitó.
El oficial se adelantó unos pasos y alzó frente a sus ojos un documento, que procedió a leer.
–Don Pedro de Ortuña y Lanaja, señor de Alfajarín, queda arrestado bajo acusación de herejía. Se decreta contra vos prisión preventiva.
Nada nuevo bajo el sol, meditó el barón mientras se dejaba detener ante la mirada escandalizada de los criados, demasiado asustados para rebelarse. Todo era previsible, vulgar. Resultaba tan fácil arruinar una vida honorable… No sucumbiría a la tentación de suplicar, no perdería la dignidad. De nada habría servido.
Al menos, en esos momentos su único hijo, acompañado por Martín, se alejaba a caballo rumbo a un lugar seguro. Aquella certeza le infundió valor.
–Soy inocente y pagaréis por este atropello –señaló sin perder la calma–. Mi memoria no olvidará.
El capitán le dedicó una sonrisa que Pedro de Ortuña supo interpretar: «Los muertos no albergan recuerdos».
–Registrad la casa –ordenó por fin el oficial a los soldados, reacio a perder más tiempo–. No hay que fiarse de los herejes, y en cuanto llegue el notario del Santo Oficio habrá que preparar el inventario.
* * *
Entre las personas detenidas dentro de la casa había dos criaturas que no superarían los seis años, a las que habían separado de los brazos de la madre, apartada en un rincón con las manos atadas. La mujer no dejaba de gritar los nombres de sus hijos.
–¿Hace falta llevarse también a los niños? –preguntó Ginés al médico, con voz algo trémula, señalando a los pequeños.
Jaime Alcalá sonrió ante el gesto de su nuevo compañero.
–Se nota que es vuestra primera misión –observó–. Ya os acostumbraréis. Hemos de llevarnos a todos. Si son herejes, los niños ya estarán contaminados.
–Pero…
–A mí tampoco me gusta esta parte del trabajo –le cortó con un susurro–. Pero es nuestro deber, Ginés. Tendréis que habituaros o perderéis el título.
El joven asintió, procurando recuperar un aspecto decidido. Juan de Artos, mientras repartía instrucciones, le dirigía miradas de reojo desde su posición, lo que recordó al muchacho que estaba en periodo de prueba. Al menos, pensó, su intuición no le había engañado: el médico aún conservaba vestigios de humanidad.
En ese momento, uno de los niños se soltó del guardia que lo sujetaba y echó a correr hacia la madre. Fue detenido a tiempo por otro de los alguaciles, que tras agarrarlo con violencia alzó la mano para golpearle. La mujer chilló implorando piedad y Ginés, sin poder evitarlo, se adelantó de un salto e, interponiéndose, contuvo el brazo del guardia cuando ya caía sobre la cabeza del pequeño.
–No es necesario –advirtió al alguacil–. Solo es un crío.
Su rango de familiar del Santo Oficio lo situaba por encima del guardia, que a regañadientes acató la orden, limitándose a llevar al niño donde los demás.
En la estancia se había hecho un repentino silencio ante aquel pulso, aunque enseguida se reanudó el escándalo cuando comenzaron a llevarse a los detenidos.
Durante esos minutos de tensión que acababa de protagonizar, Ginés había notado a su espalda la mirada del oficial. Juan de Artos no había perdido detalle de la escena. El chico supo que había cometido su primer error al mostrar indulgencia.
–Habéis tenido suerte de que el alguacil no estuviera obedeciendo órdenes mías –le advirtió el oficial–. Si en algún momento llegáis a cuestionar mis instrucciones, me encargaré personalmente de que su ilustrísima prescinda de vuestros servicios.
–Tened por seguro que no habría osado hacerlo de haber partido de vos la orden.
Juan de Artos asintió.
–Más os vale curtiros en estas labores –terminó aconsejando–. A fe mía que vais a resultar demasiado blando, y eso no nos es útil.
–Así lo haré –prometió Ginés–. No tendréis queja de mis actuaciones a partir de ahora, os doy mi palabra.
El muchacho debía ser prudente, pues con toda certeza el inquisidor Bartolomé de Ribas solicitaría un informe al oficial sobre la primera misión ejecutada por el familiar más reciente.
Juan de Artos salió por fin a la calle, y en el interior de aquel hogar, ya vacío de inquilinos, solo quedaron Ginés y el barbudo Jaime Alcalá. Este le observaba desde su escuálida altura, entre divertido y preocupado.
–¿Pero qué hacéis vos aquí? –preguntó el médico, intrigado–. ¿Qué os ha traído a la Inquisición?
–Lo que a todos –repuso él con una evasiva–. Dadme tiempo y también perderé mis principios.
–Espero que sea pronto –Alcalá concluía con una afirmación que sorprendió al chico–: Ginés de Alcoy, hoy habéis conseguido avergonzarme.
Y es que la actitud del chico había provocado en el médico un recuerdo incómodo: el de sus propias reticencias cuando comenzaba como familiar del Santo Oficio, demasiado parecidas a las que había mostrado el muchacho.
Aunque con la diferencia de que el médico había logrado amortiguarlas pronto, lo que reducía la dignidad de su postura.
Salieron al exterior. Ginés agradeció la frescura de la noche sobre la cara. Distinguió, en medio de la penumbra, la triste comitiva de prisioneros que avanzaba flanqueada por los guardias de la Inquisición. Su honor se iba astillando a cada paso.
IV
Emplearon medio día en alcanzar los dominios del monasterio de Santa Clara desde Zaragoza, unas fértiles tierras a las que llegaron al anochecer tras describir una intrincada ruta entre bosques destinada a evitar algunas aldeas. El criado Martín, ya en territorio menos expuesto, acababa de hacer fuego con unas ramas que había recogido del camino y, manteniendo en alto esa improvisada antorcha, iluminaba el sendero que iba recorriendo su cabalgadura.
Luis, situado algo más atrás, se sentía exhausto. Al esfuerzo que había supuesto aquella fuga se unía la fatiga provocada por su viaje desde Italia, de la que no había podido reponerse.
Aún sometido a una absoluta perplejidad por todo lo que estaba sucediendo a su alrededor, confió en que la priora, dueña y señora de aquellas tierras que ahora atravesaban sin permiso, pudiera explicarle pronto qué ocurría. Luis necesitaba entender por qué una falsa acusación pendía sobre la cabeza de su padre. Y por qué él se había visto obligado a escapar de su casa como un ladrón.
Por vez primera, Martín suavizó el ritmo de los caballos. Ya se percibía frente a ellos la silueta de una construcción que se alzaba sobre el paisaje crepuscular con una apacible firmeza: el monasterio de Santa Clara. Un resplandor se derramaba desde algunas de sus ventanas más altas, delatando el destello de velas encendidas.
Luis tiró de las riendas de su animal para frenar su impulso y acompasarlo al que imponía el criado desde su montura. El noble sintió alivio por su castigado caballo, que resoplaba por el hocico salpicando de espuma el bocado. Durante esa jornada apenas habían concedido descanso a las cabalgaduras –tan solo dos paradas para aprovisionarse–, pero Luis había distinguido a lo largo del camino tal gesto de terror en el criado, tal palidez en su semblante, que fue incapaz de imponer mayor calma. Aquel paisaje aragonés que no reconocía, con su hostilidad latente tras cada rincón del bosque, le infundía una tremenda inseguridad. Se sintió extranjero en su tierra. Prefirió entonces conceder al criado el privilegio de la iniciativa; a fin de cuentas, era su padre quien había depositado su confianza en aquel chico.
La superficie rumorosa de un riachuelo le devolvió, entre sombras, su reflejo: la imagen de unos fugitivos.
Lo eran, en realidad. Fugitivos que –Luis cayó en la cuenta, empezando a asimilar la situación en la que se veía envuelto– no contaban siquiera con cobijo para pasar la noche. En apenas unas horas se habían convertido en unos vagabundos. A sus dieciséis años recién cumplidos, el noble tuvo miedo. No estaba preparado para algo así. Si la priora no respondía con la buena disposición que había previsto el barón… ¿Qué harían? ¿Dónde podrían ocultarse? Luis observó un instante el anillo de su padre que llevaba colgado del cuello, bajo la ropa, enganchado a un cordón de cuero. Allí se lo había colocado, una joya única transmitida de generación en generación. La imposibilidad de exhibir su linaje, meditó, le privaba también de su pasado.
El joven noble se dio cuenta de que por fin acariciaba esa soledad que tanto había inspirado a los poetas. Ahora entendía lo que sentían al recitar sus versos. Y confirmó que detrás de unas hermosas palabras podían ocultarse el dolor y la desesperación.
Comprendió que para ser poeta había que entregarse a la vida y sufrir en carne propia lo que el destino reservaba a cada hombre. Había que vivir intensamente.
Aceptó su suerte mientras susurraba una nueva estrofa de su admirado Petrarca:
Por un camino,
por viento y cielo y ondas agitado,
iba, que era ignorado y peregrino:
cuando he aquí a tus nuncios, no sé dónde,
que del propio destino me han mostrado
que a él cede aquel que lucha, y quien se esconde.
Luis acarició el cofre y los documentos notariales que transportaba en un saco sobre la silla, consciente de que aquel ajuar constituía su único patrimonio.
Los caballos proseguían al trote. Ahora la construcción que vislumbraran minutos antes había ganado en tamaño. Se encontraban ya muy cerca.
–¿Es allí? –quiso confirmar Luis señalando el imponente conjunto de edificios de piedra circundados de huertas y árboles frutales.
Martín asintió, demasiado pendiente de la retaguardia como para fingir que el peligro había pasado.
–Llegamos ya, señor.
Poco después se situaban frente a dos portones de madera maciza encajados en una sobria fachada. Sobre sus hojas, dos pomos de bronce permanecían fríos, quietos. Desde esa distancia, aquellas piezas de cuerpo cilíndrico reflejaron destellos anaranjados cuando el criado, aún sobre el caballo, aproximó el brazo que portaba la antorcha.
Un aire gélido, a su espalda, barría la llanura sobre la que se deslizaban, de vez en cuando, los aullidos de los lobos.
Los caballos relincharon al tiempo que cabeceaban, intranquilos.
–¿Nos ofrecerán su hospitalidad a estas horas? –Luis albergaba serias dudas, pues aquel era un recinto de clausura. La perspectiva de pasar la noche a la intemperie, bajo la amenaza de la Inquisición, no resultaba muy agradable.
Inquisición y lobos.
La noche, observó el noble para sus adentros, es la patria de las alimañas.
–A vos sí, señor –respondió el criado, con un tono de voz tan estrangulado que amenazaba con extinguirse–. Para vos se abrirán las puertas del monasterio. Seguro.
Martín persistía en sus miradas hacia el horizonte que se extendía tras ellos, como temeroso de que en cualquier instante pudieran surgir de la oscuridad guardias con el emblema del Santo Oficio.
–Contente –exigió Luis–. ¡Ni que nos persiguiese el mismo diablo!
El rostro del criado no se mostró muy convencido a la hora de descartar esa idea.
Martín descendió entonces de su montura, avanzó los últimos pasos y maniobró con el pomo de uno de los portones. Una voz ronca no tardó en dejarse oír desde el interior.
–¡Hora tardía es para pretender refugio! ¡Volved con el alba y seréis atendidos como manda Nuestro Señor!
Martín insistió. Lo que quedaba a su espalda resultaba para él mucho más aterrador.
–¡El señor de Alfajarín se presenta esta noche tras largo viaje! –mintió–. ¡Solicita audiencia con la priora por asunto de máxima importancia!
Al joven noble le irritó estar suplantando a su padre. ¿Quién había autorizado al criado para transmitirle el título?
–¡No son horas! –rezongó la voz desconocida tras el portón–. ¡Lo que pretenda el señor de Alfajarín podrá esperar a mañana! ¡La priora se encuentra ya descansando en sus aposentos!
Al menos los recién llegados habían escuchado cómo resbalaba la pieza de madera que tapaba una celosía situada sobre uno de los portones. La silueta oscura que acababa de hablar se inclinaba hacia ellos amparada en aquella tupida cuadrícula, con desconfianza. El criado Martín, sin darse por vencido, acercó aún más su cara y la antorcha.
–¡La madre priora espera esta visita! –advirtió–. ¡No le agradará saber que habéis impedido el encuentro!
A ese aviso siguieron unos segundos de muda inactividad: el portero, hostil, sin apartar la vista de los visitantes, aprovechaba para valorar si las palabras de aquel muchacho constituían o no una fanfarronada. El semblante taciturno de Ortuña permanecía envuelto en sombras, así que aquel servidor no pudo apreciar su sospechosa juventud.
–¿Tanto os cuesta comprobar lo que os digo? –insistió el criado, introduciendo los dedos a través del entramado que tapizaba la abertura del portón–. ¡Consultad a la madre priora, os lo ruego! No os pesará.
El viejo se había retirado de la puerta.
Martín tragó saliva. En realidad, Catalina de Bolea no podía ni sospechar esa visita, pero el criado confió en que la antigua amistad que unía a su amo con la priora sirviese para compensar el carácter intempestivo de la reunión.
–Es muy tarde –sentenció el portero, retomando su gesto hosco–. Volved mañana.
Comenzaba a cerrar la celosía cuando Luis reaccionó, descabalgando de un salto.
–¡Tomad! –exclamó al llegar junto al portón–. ¡Llevad este documento a la priora! ¡Es un asunto de vida o muerte!
Le tendió el papel lacrado que le entregara su padre durante la despedida, un documento que arrugó al introducirlo por el enrejado.
Aquella maniobra desconcertó al portero, que detuvo su movimiento ante la irrupción de ese perfil altivo y elegante, cuya mirada honesta atravesaba la mirilla.
–¿Acaso queréis tener sobre vuestra conciencia la pérdida de dos almas?
El rostro hermoso del muchacho, bajo su media melena agitada por las ráfagas ventosas, se mantenía erguido, exigiendo una respuesta. Sus ojos color avellana, muy abiertos, no estaban dispuestos a aceptar una nueva negativa.
El viejo alargó su brazo para recibir el manuscrito. Inmediatamente después desapareció.
Ya solo quedaba aguardar. Martín, mientras tanto, contemplaba la noche, imaginando ya el sonido de unos cascos hundiéndose sobre la tierra y la aparición apocalíptica de los jinetes armados; el avance sin piedad de los guardias de la Inquisición, heraldos de la muerte.
* * *
La noche se había impuesto en el palacio de la Aljafería. Las sombras se alargaban al pie de sus murallas, describiendo el perfil de las almenas, hasta perderse en el foso que rodeaba la fortaleza. En una de sus dependencias interiores, fray Agustín de Saviñán se acariciaba el mentón sentado ante su escritorio, mientras mantenía sus ojos clavados en el detenido, de pie al otro lado de la mesa.
El inquisidor dejaba transcurrir los minutos sin prisa, como recreándose en la nueva situación, con el propósito de minar la integridad del noble. Pedro de Ortuña, en cambio, mantenía su dignidad negándose a tomar asiento, una insolencia que había logrado molestar a Saviñán. El dominico no estaba dispuesto a tolerar esa rebeldía. La entereza de algunos pecadores siempre le asombraba, una entereza que solo parecía remitir cuando sentían el aliento de la muerte.
Fray Agustín había ordenado que privaran al reo de sus ropas, pero ni siquiera esa nueva iniciativa destinada a humillarle –lo habían dejado como a un preso común– había conseguido quebrar el aplomo de Pedro de Ortuña.
–Podemos hacer esto de varias maneras, don Pedro –habló por fin el dominico, jugando con las sortijas que adornaban los dedos de sus manos–. Va a depender de vos la elección.
–Cuidado con lo que proponéis –repuso el barón–. No estáis acostumbrado a otorgar libertades a vuestras víctimas.
Medía sus palabras y, tal como había supuesto, el empleo del término «víctimas» acentuó la rabia del religioso.
–Vuestro descaro no os ayuda –advirtió Saviñán–. Aquí estáis bajo mi jurisdicción. De nada os servirán vuestros títulos. Bien haríais en imitar la humildad de Nuestro Señor.
Pedro de Ortuña arrugó el entrecejo.
–¿Del mismo modo en que lo hacéis vos?
El inquisidor soltó una carcajada poco efusiva.
–Esa soberbia puede llevaros a la hoguera. ¿No sentís miedo, acaso?
–No, solo vergüenza y compasión.
Se hizo de nuevo el silencio.
–No sois consciente del privilegio que supone la alternativa que os brindo –señaló el dominico–. Los demás prisioneros no gozan de esta posibilidad. Están abocados al dolor y la muerte. Lo que merecen.
Ortuña exhaló un prolongado suspiro.
–¿Por qué no nos dejamos de rodeos?
Fray Agustín hizo un gesto y los dos guardias que permanecían en la estancia la abandonaron, cerrando la puerta tras ellos.
–Hace dos semanas se os vio en compañía de un falso converso –murmuró.
El inquisidor saboreaba cada palabra.
Pedro de Ortuña asintió antes de defenderse. Conocía la reputación del hombre al que aludía el dominico.
–Sé a quién os referís. Se trata de un anciano con quien me había tropezado en la calle, Saúl de Monés, un conocido maestro argentero de Zaragoza. Simplemente le ayudé a levantarse y lo acompañé hasta su casa.
–Comprenderéis que resulta una actitud muy sospechosa.
–¿La compasión? Yo pensaba que entraba dentro de las obligaciones cristianas.
–No me deis lecciones de cristiandad, barón –amenazó Saviñán–. Estáis muy lejos de la santidad y ese hereje se ha confesado culpable.
–¿Bajo tortura? –al inquisidor no se le escapó el tono sarcástico de aquel interrogante, que provocó en su interior una nueva llamarada de ira.
–Los pecadores se resisten –afirmó–. Hay que utilizar con ellos métodos tan rotundos como debe serlo nuestra fe en la única verdad.
–¿Ahora os interesa la verdad? ¿Por qué intuyo que la vuestra, fray Agustín, hace tiempo que se ha alejado de la de Roma?
El aludido puso los ojos en blanco.
–Por una acusación semejante podría sentenciaros a muerte, barón. No os lo advertiré otra vez. Cuidad vuestra lengua u os la arrancaré con unas tenazas.
–Me consta que ya lo hacen en las mazmorras de este palacio. Supongo que de la misma forma en que arrancan las confesiones a los pobres desgraciados que caen en vuestras manos.
Los labios del inquisidor se curvaron en una sonrisa siniestra.
–Pobres pecadores como vos, barón. Al menos nos encargamos de salvar sus almas.
–Mientras destruís sus cuerpos.
–Solo importa nuestra esencia inmortal. Liberamos las almas de la esclavitud del pecado. A veces el proceso es doloroso, pero la recompensa siempre merece la pena: la salvación eterna.
Pedro de Ortuña se negaba a aceptar aquel cúmulo de despropósitos formulados con tal frialdad. Se preguntó cómo podía ese individuo dormir por las noches cuando en su conciencia se acumulaban tantas muertes injustas. El fanatismo engendraba monstruos.
–No podréis sostener la acusación contra mí, fray Agustín. El tribunal no lo aceptará.
La sonrisa del religioso se ensanchó.
–Sí podremos. Me temo que, durante el interrogatorio, Saúl de Monés citó vuestro nombre.
Aquel dato descolocó al noble.
–¿Mi nombre? Imposible. Si no teníamos relación…
–Me extraña. Ese artesano insistió en mencionaros como participante en los ritos hebreos que solía celebrar en su casa. Parecía muy sincero. Le creímos.
Esa afirmación sí logró resquebrajar la entereza de Pedro de Ortuña, que sintió su cuerpo barrido por un escalofrío. El panorama se estaba poniendo muy feo. Fray Agustín se revelaba como un enemigo calculador y meticuloso. ¿A qué torturas habrían sometido al maestro argentero para obligarle a ampararse en una mentira tan absurda?
–No conseguiréis probarlo.
Aquel argumento no tenía solidez.
–Compadezco vuestra ignorancia –el religioso movía la cabeza hacia los lados–. Es a vos a quien corresponde demostrar la inocencia, barón. Despertad antes de que sea tarde.
Pedro de Ortuña no se dejó intimidar.
–¿Dónde está Saúl de Morés? ¡Exijo verle!
–Los procesados no tienen derechos, así que nada pueden exigir. No responderé a vuestra pregunta.
El barón se asustó.
–¿Está muerto?
–Debería preocuparos vuestra situación y no la de ese judío. Estamos dilapidando un tiempo precioso… y vos tenéis mucho que perder.
Pedro de Ortuña bajó, por fin, la cabeza. Se estaba hundiendo, incapaz de mantener el pulso con un adversario que se iba creciendo a cada segundo mientras exhibía nuevas armas. ¿Por qué Dios permitía tales injusticias?
–Continuad.
El dominico se alegró ante aquel giro en su actitud.
–Veo que vais entrando en razón. Me alegro por vos. Sabía que podía confiar en vuestro criterio, a pesar del lamentable vínculo con ese hereje, que no puedo ignorar.
Pedro de Ortuña no logró reunir fuerzas para defender la imagen del artesano. Odió la condescendencia con que el dominico se expresaba, destinada a humillarlo todavía más.
La imagen de su hijo bajo la protección de la priora de Santa Clara fue lo único que le permitió soportar ese trato.
–Ahora mismo, como sospechoso de herejía, hemos procedido a confiscar vuestros bienes. Sin embargo –añadió Saviñán–, la Corona no podrá disponer de ellos mientras no haya sentencia firme de culpabilidad.
Aquella era la versión oficial. El señor de Alfajarín sabía que algo callaba el inquisidor. Este jugaba con las vidas de los hombres por una simple cuestión de avaricia, y no precisamente en favor de la Corona.
–¿Y…? –se limitó a preguntar.
–Una confesión voluntaria por vuestra parte nos ahorraría mucho tiempo.
–Debo, pues, confesarme hereje.
–En efecto.
–¿Y a cambio?
–Un proceso rápido… e indoloro. Como inquisidor decano del tribunal, puedo garantizaros que no se os aplicará la pena de muerte. A lo sumo, el destierro.
–¿Durante cuánto tiempo?
Saviñán no dudó.
–A perpetuidad.
Claro, dedujo Ortuña. El inquisidor no permitirá jamás que yo regrese.
El barón se había quedado blanco. Su incredulidad iba en aumento, al mismo ritmo que su desesperación. Solo ahora contemplaba en toda su perspectiva el terror que cobijaban aquellas paredes del palacio de la Aljafería. Y lo bien que había hecho al forzar la huida de su hijo.
–¿Pretendéis… pretendéis que arruine el honor de mi apellido manchándolo con una falsa acusación, que renuncie a mi pasado y mi existencia, a cambio tan solo de salvar la vida? ¿Pero por quién me tomáis?
–Creo que no lo termináis de entender, barón. El desenlace va a ser el mismo de cualquier modo. Tarde o temprano confesaréis. Yo os propongo ahorrar sufrimientos y sobrevivir. Si lo pensáis con detenimiento, os daréis cuenta de que no es poco lo que ofrezco. Si os hubierais comportado como un buen cristiano…
Ortuña entendió que aquel pacto era una trampa maquinada por una simple cuestión de impaciencia. El proceso a un noble siempre resultaba incómodo. Fray Agustín quería terminar con ello cuanto antes por si llegaba a oídos del rey Fernando. Y es que, en tal caso, Saviñán no podría llevar a cabo el negocio que ocultaba con aquel arresto, un interés que el barón adivinaba.
–Jamás –respondió el noble–. Jamás confesaré lo que no he hecho.
Fray Agustín adoptó una mueca de decepción.
–Lo imaginaba.
El inquisidor llamó a los guardias, que entraron en la estancia y se dirigieron al detenido.
–Conducidlo a los calabozos –ordenó–. Pronto, don Pedro, tendréis ocasión de replantearos vuestra disposición. Soy un hombre paciente… hasta cierto punto.
Ya se llevaban a Ortuña cuando fray Agustín detuvo a los guardias con un gesto.
–Barón –llamó–, vos tenéis descendencia, ¿verdad?
El noble se quedó sin respiración.
–¿Por qué lo preguntáis? Mi hijo está muy lejos, en Italia, desde hace años.
El dominico aguzó sus facciones.
–Ya veo. Corre el rumor de que se vio salir a dos jinetes jóvenes de vuestro palacio poco antes de la detención. Así que me preguntaba quién pudo visitaros en esos momentos tan… poco oportunos… y adónde se dirigían con tanta prisa.
–Se os está yendo la cabeza, fray Agustín. Veis fantasmas donde no los hay.
El inquisidor entrecerró los ojos.
–Puede. Pero con esta pregunta tan inofensiva he conseguido sembrar en vuestros ojos más pánico que amenazando vuestra vida y propiedades.
El barón tenía la boca seca.
–No entiendo.
Aquel comentario había constituido una patética e inútil forma de ganar tiempo.
–Vuestro hijo ha regresado, don Pedro –interpretó el religioso–. Ahora ya no me cabe la menor duda. Os ha faltado frialdad.
V
Apenas dos días después de la detención de los Ferrer, Ginés de Alcoy fue llamado de nuevo a presencia del segundo inquisidor del tribunal de Zaragoza.
–Ginés –anunció fray Bartolomé de Ribas desde su sillón–, dentro de cuatro horas protagonizaréis vuestro primer arresto sin la supervisión del oficial. Acudiréis al domicilio que os voy a señalar acompañado de varios guardias y me traeréis al matrimonio Almazán y a sus dos hijos.
El chico tragó saliva. La intervención en el arresto de los Ferrer no había sido suficiente, y ahora le exigían llegar más lejos. La presencia de Juan de Artos, de pie junto a él, le obligó a manifestar entusiasmo.
–¡Os agradezco la oportunidad, ilustrísima! –sentía que a cada palabra, a cada gesto, se iba hundiendo en su propia vileza–. ¿De qué se les acusa?
–Un vecino –comunicó Juan de Artos– ha visto en casa de los Almazán una menorá, ese candelabro de siete brazos empleado como símbolo ritual en el culto judío.
–¿Y…?
El chico no había podido evitar su segunda intervención, a pesar de que aquel interrogante resultaba un tanto insolente. El gesto del oficial así lo confirmó.
–¿No os parece suficiente, Ginés? –Artos le dirigía ahora una ironía cargada de intención–. ¿Sugerís, quizá, que utilizan la menorá como elemento decorativo?
El muchacho se había girado hacia él. Ambos se estudiaron mutuamente, contendientes en un enfrentamiento encubierto del que el inquisidor no se percató.
–No, claro que no –Ginés se tragó el orgullo–. Está claro que esa familia continúa celebrando ceremonias judías.
–Ah, los herejes… –fray Bartolomé dio por zanjado el asunto con un ademán–. Ginés, debéis actuar sin miramientos. No olvidéis la sagrada institución a la que ahora representáis.
El chico había recuperado su posición frente al inquisidor.
–Cumpliré con mi deber, ilustrísima.
–Retiraos –concedió el religioso–. Debo ahora despachar con el oficial.
Ginés de Alcoy se despidió con un gesto de cabeza. Abandonaba ya la estancia cuando Bartolomé de Ribas se dirigió de nuevo a él.
–Ginés, sería conveniente que aprovecharais para ultimar los preparativos –le aconsejó–. Repasad la ruta que va a requerir la detención. No quiero fallos.
–Así lo haré, ilustrísima.
A su espalda creyó escuchar la molesta risilla de Juan de Artos. Recordó –se obligó a recordar– que no necesitaba defender su honor.
* * *
Luis de Ortuña y Martín, su improvisado escudero, aguardaban en aquella estancia a la que los había conducido en silencio el portero que vigilaba la entrada al monasterio. Obligado a desarmarse antes de atravesar sus umbrales, Luis había cedido la espada al viejo, que en esos instantes se estaría apresurando en ocultar las cabalgaduras de los recién llegados. Ahora, indefenso, Luis caminaba de extremo a extremo de la habitación a grandes zancadas. Su criado había adoptado una actitud más humilde y se limitaba a permanecer quieto en un rincón.
Luis necesitaba respuestas. Solo la obediencia que se le debía a un padre le había permitido someterse a unas instrucciones que implicaban una deshonrosa huida de su casa, pero eso no impedía que mantuviera su pose arrogante de noble, su mirada directa y franca. No estaba dispuesto a humillarse más: en caso de que la priora se negase a ofrecerles refugio, abandonaría aquel lugar sin emitir ni una súplica.
–Entre contrarios vientos va mi nave –recurría a los versos, una vez más, para infundirse aplomo–, que en alta mar me encuentro sin gobierno, tan leve de saber; de error tan grave, que no sé lo que quiero aconsejarme…
Una voz suave interrumpió su murmullo.
–Así que sois el joven Ortuña. Vuestro aliento poético lo confirma.
Alguien acababa de aparecer. El muchacho se volvió para descubrir a una mujer de mediana edad ataviada con un hábito, delgada y alta, de mejillas blandas sobre las que se imponían unos ojos grandes y brillantes. Ella le tendía en esos momentos una mano de dedos pequeños entre los que destacaba un anillo de oro con un rubí engastado. Luis, a pesar de ignorar aún la identidad de la recién llegada, inclinó su rostro para besar aquella mano. Martín le imitó a continuación –fue presentado como escudero–, acentuando la reverencia.
Seguidamente, para probar su identidad, el noble mostró a la religiosa el sello de su familia.
–Soy Luis de Ortuña –confirmó–. ¿Sois vos Catalina de Bolea?
–Así es –respondió ella con una sonrisa afable, tras dedicar una breve mirada al anillo que el muchacho llevaba colgado del cuello–, priora de Santa Clara y amiga de vuestro padre. A mi protección habéis sido encomendado, como supongo que sabíais incluso antes que yo –exhibió en una de sus manos el documento que se le había entregado–. Los caminos del Señor son inescrutables. Os doy la bienvenida, joven poeta. Con frecuencia me ha hablado vuestro padre de vos.
El chico disimuló su decepción ante la vulgar fisonomía de aquella mujer de Dios. A la vista de las circunstancias, durante el frenético trayecto hasta el monasterio había imaginado que su padre habría recurrido a una dama más apuesta; al menos, de una apariencia intimidante. Ni siquiera la voz, tan mesurada, acompañaba a esa religiosa. ¿Cómo podría ayudarle una persona de maneras tan pacíficas?
–Mucho habéis crecido desde que os vi por última vez –observaba la priora con admiración–. Poca edad tenéis aún, escasa experiencia para unos ojos en los que se adivina, sin embargo, hambre de mundo –asentía con la cabeza, y entonces cambió de tono–: Fuisteis un niño de impulsos inoportunos, y en eso veo que no habéis cambiado. No habéis podido regresar en peor momento.
Luis frunció el ceño.
–He tenido que escapar de mi casa –se quejó–. ¿Cómo iba a imaginar algo así?
–No podíais. Y ahora llegáis a mi convento…
–Las horas de una fuga no se eligen.
–Ni suelen ser benevolentes para quien escapa –concedió Catalina de Bolea–, en efecto. Aunque el hecho de que os encontréis aquí ahora, sano y salvo, indica que en esta ocasión las circunstancias han sido generosas.
–Tal vez, y debo agradeceros la acogida que me brindáis. Pero sigo sin entender lo que sucede… madre priora –titubeó al decidir el tratamiento que dispensar a la religiosa.
–De tiempo dispondréis para entender. Pero ahora –Catalina de Bolea extendió un brazo en dirección a la puerta de aquella sala, invitándolos a que la acompañaran–, vos y vuestro escudero debéis descansar. Seguidme hacia la capilla: os conviene orar antes del reposo.
El joven no se movió.
–¿Acaso, entonces, no me vais a dar ninguna explicación sobre lo que está ocurriendo?
–Eso puede esperar a mañana. Por lo pronto, contáis con mi protección. ¿Sufrís alguna otra necesidad más imperiosa?
Luis de Ortuña no se dio por satisfecho.
–¿Pretendéis que me limite a dormir en la situación en que me encuentro?
–Solo por esta noche. Os recomiendo que ahora descanséis. No siempre será posible hacerlo a lo largo de la travesía que acabáis de iniciar.
* * *
Un lánguido atardecer anunciaba el crepúsculo. Ginés miró al cielo desde un ventanal, para calcular el tiempo del que disponía antes de tener que dirigirse con los alguaciles al domicilio de los Almazán.
El arresto de los Almazán.
Se trataba de la primera misión bajo su mando como familiar del Santo Oficio.
Los Almazán. Aquella familia, se dijo con angustia, ignoraba aún que estaba disfrutando de sus últimos momentos de libertad.
Comenzó a caminar por los pasillos de la fortaleza. Entonces, su mente le sorprendió con una ocurrencia tan absurda… como sugerente.
¡Podía ayudar a esa familia!
¿Y si los avisaba antes de la visita oficial para que tuvieran tiempo de escapar?
Disponía de varias horas todavía, margen suficiente.
Ginés había detenido sus pasos. Lo que se le acababa de ocurrir era una auténtica locura. Miró hacia los lados, como si cualquier testigo pudiera acceder a sus pensamientos. Nadie a la vista, tan solo vigías en ronda por los muros del castillo de la Aljafería.
Su cabeza bullía.
Por primera vez desde su obtención del título de familiar, recuperaba el ánimo. Y no estaba dispuesto a renunciar a ese consuelo.
No.
Porque esa idea, a pesar de todo, suponía un asidero para su conciencia, al borde del naufragio desde el interrogatorio a Juan de Peralta.
Podía ayudar a los Almazán.
Decidido a intentarlo, Ginés se escabulló por los corredores del palacio.
–Ensilladme un animal –ordenó a un mozo, maquillando su impaciencia con el tono autoritario que se esperaba de un familiar de la Inquisición.
Ginés confió en no cruzarse con Juan de Artos: su repentina marcha del castillo ante la proximidad de la nueva misión habría sido difícil de justificar, y lo último que ahora le convenía era llamar la atención.
Tuvo suerte y poco después se alejaba de la fortaleza rumbo a Zaragoza, a galope tendido. En su interior crecía la incertidumbre. Lo que se disponía a hacer entrañaba un serio peligro, pero la perspectiva de aguardar sin hacer nada hasta la detención de los Almazán le resultaba insoportable.
Su iniciativa, al menos, atenuaba los remordimientos.
La imagen del torreón que dejaba a su espalda, en cuyo interior continuaban encerrados tantos presos, le animó también a planificar nuevas maniobras. Y es que tenía que empezar a pensar en cómo aprovechar mejor su actual condición para sabotear las operaciones de la Inquisición.
Ginés de Alcoy, que no había dejado de espolear a su caballo, cruzó pronto las murallas de la ciudad. Frenó la marcha del animal. Ya inmerso en las callejuelas cercanas a la antigua judería, vacías y tenebrosas por la cercanía de la noche, descabalgó y siguió caminando en dirección al hogar de los Almazán. Conducía al caballo por la brida, acariciando su hocico para que no se intranquilizara, por entre aquellas vías estrechas. A ambos lados, casas de dos y tres alturas, algunas tan próximas entre sí que casi no dejaban ver el cielo si uno alzaba la vista.
Atravesó una maloliente plaza, esquivó la mole pétrea de la iglesia de San Gil y, a los pocos pasos, distinguió el edificio del que le hablara Bartolomé de Ribas esa misma tarde. Sí, no había duda: allí vivían los denunciados, una residencia amplia que hablaba de una posición acomodada.
Sin embargo, no avanzó. Había oído pasos. Ginés se volvió, en guardia. Sus ojos tan solo registraron frente a ellos el paisaje de una vía solitaria que se abría bajo el resplandor de fuegos próximos.
Murmullos de conversaciones entre vecinos, el eco de unos ladridos, los gritos de una discusión algo más lejos… Ningún otro sonido perturbaba la calma.
Nada inquietante.
Ginés no respiraba, con su mano diestra descansando aún sobre la empuñadura de su espada. A lo largo de la ruta recorrida a través de la ciudad había escuchado otros ruidos, sin conseguir detectar indicios sospechosos en ninguna ocasión.
¿Le habrían seguido?
Vaciló. Debía calibrar su siguiente paso, pues un error a esas alturas podía costarle la cabeza. A él… y a los demás.
Soportó unos minutos más de espera, al acecho de cualquier evidencia que confirmara su intuición.
Tras él, oscuro, ajeno a las tensas circunstancias, se alzaba el edificio donde dormían los Almazán. La suerte de aquella familia estaba echada.
O tal vez no, se dijo sin apartar las pupilas de cada rincón que pudiera cobijar a un espía.
Entonces creyó percibir un nuevo chasquido.
VI
Era muy temprano. Apenas habían terminado de desayunar en un refectorio separado de la zona de clausura cuando la priora les mandó llamar. El joven Ortuña y su criado fueron conducidos a su presencia por el hermano Jonás, un monje joven procedente del monasterio de San Francisco, anejo a Santa Clara. El religioso camuflaba su timidez con una permanente sonrisa que les mostraba cada pocos pasos. De hombros estrechos y elevada estatura, el hábito no acababa de encajarle, al igual que las sandalias, en cuyo interior bailaban unos pies diminutos y muy blancos.
Sin separarse del hermano franciscano, no tardaron en llegar a la biblioteca, en uno de cuyos escritorios, rodeada de anaqueles sobre los que descansaban voluminosos códices, se hallaba trabajando Catalina de Bolea. Esta alzó la vista al escuchar el anuncio del hermano Jonás.
Luis de Ortuña albergaba la esperanza de que a plena luz del día mejorase su primera impresión sobre la priora de Santa Clara, pero sus expectativas no se vieron recompensadas: ante sus ojos quedaba la misma figura –de mirada firme, eso sí– que ya tuviese ocasión de estudiar la noche anterior.
–Buenos días –les saludó Catalina de Bolea, levantándose–. Confío en que hayáis podido reposar.
–Así ha sido –comunicó Luis, a quien el agotamiento había vencido a poco de acostarse–. Ya nos encontramos mejor.
–Lo celebro –la priora se inclinó para cerrar su lectura y depositó sobre la mesa el documento firmado por Pedro de Ortuña. Luis lo reconoció al instante, a pesar del lacre partido–. Hermano Jonás, podéis retiraros. Gracias por vuestra diligencia.
El aludido desapareció de modo discreto, cerrando a su espalda la puerta de la estancia.
Catalina de Bolea se volvió entonces hacia el joven noble.
–¿Queréis leer la carta que me dirige vuestro padre?
Luis rechazó la invitación.
–Si vos sois la destinataria, no me hace falta. Ya sé que en ella os solicita apoyo para mí.
–Apoyo que he decidido ofreceros.
–Contáis con mi gratitud.
La priora le dirigió una mirada penetrante.
–No me basta –señaló.
Aquel comentario descolocó al chico, que había asumido desde un principio que la supuesta amistad entre esa mujer y su padre bastaría para aplacar posibles ambiciones de la religiosa.
–¿Acaso pretendéis algún otro tipo de… recompensa? –Luis pensaba con recelo en las joyas de su madre, de las que no estaba dispuesto a desprenderse. Tal vez unas monedas de oro fueran suficientes para pagar aquel favor.
La priora esbozó una leve sonrisa.
–La estancia en Italia ha alimentado vuestro don para la poesía, pero, en cambio, os ha privado del refinado trato con el Santo Oficio en el reino de Aragón –observó con ironía–. Ayudar a un prófugo de la Inquisición constituye un delito muy grave, Luis. Desde el mismo instante en que pisasteis este sagrado recinto, todas nuestras cabezas están en peligro.
El chico frunció el ceño.
–Es mi padre el procesado –su tono se había vuelto desafiante–. A mí no me busca la Inquisición.
Catalina de Bolea se humedeció los labios.
–Ahora ya sí –la solemnidad con que pronunció aquellas palabras provocó un respingo en sus oyentes–. No he perdido el tiempo mientras dormíais… y el inquisidor fray Agustín de Saviñán tampoco. Jamás se había mostrado tan impaciente con un asunto.
El criado Martín se había encogido ante esas noticias.
–¿Qué insinuáis? –Luis necesitaba mayor claridad.
–Se os vio salir de vuestro palacio. Alguien os reconoció.
Luis negó con la cabeza.
–Imposible. Hace años que no vivo en Zaragoza y nadie estaba al tanto de mi regreso. ¿Tal vez identificaron a Martín?
La priora continuó.
–En cualquier caso, el inquisidor lo sabe. Y no ha tardado en actuar en consecuencia, creedme.
–¿Tan segura estáis?
–Tan segura como que ya se os busca por los alrededores de Zaragoza. La descripción habla de dos jinetes jóvenes, e incluso se ha facilitado el color de los caballos. Vuestro elegante aspecto no os ayuda a pasar inadvertido, además.
Luis de Ortuña no escuchó aquellas últimas palabras: las anteriores habían acaparado toda su atención.
–¿Cómo os habéis enterado de eso? –exigió saber–. ¿Se trata de una información fiable?
–La Inquisición sigue teniendo enemigos en Aragón –señaló la priora–. Y yo, por fortuna, amigos leales. Además, algunos de los campesinos que trabajan nuestras tierras han confirmado ese rumor. Nada corre más rápido que una mala noticia.
Luis de Ortuña entendía ahora la actitud temerosa que el criado había exhibido a lo largo de la huida. Jamás habría imaginado el celo con el que actuaba el Santo Oficio cuando iniciaba la caza.
–¿Pero cómo es posible…? –acertó a preguntar, perplejo–. Si tan solo hace unas horas que…
–Es sorprendente, sí –convino la priora–. Debo reconocer que el Santo Oficio no suele reaccionar con tal rapidez. La única razón que la justifica es una visita del rey Fernando a Zaragoza, anunciada para dentro de varias semanas. Vuestro padre es un noble con cierta influencia y, dada la falsedad de la acusación que se ha formulado contra él, es fácil suponer que fray Agustín no tiene ningún interés en que el proceso llegue a oídos de su majestad…
–Así que quiere resolver el asunto antes de que don Fernando llegue –terminó el chico.
–Eso es. El inquisidor no puede permitir, por ello, vuestra presencia en las inmediaciones de la ciudad: intentará impedir a toda costa que lleguéis a hablar con el rey.
Luis empezaba a comprender.
–Y la única forma de lograrlo es implicarme en la acusación contra mi padre.
–Ya hay denuncia de herejía contra vos –confirmó Catalina de Bolea–. Sois oficialmente un prófugo del Santo Oficio.
Luis sintió hervir su sangre.
–¡Pero yo soy inocente!
–Como lo es vuestro padre –la priora se le aproximó–. Miradme a los ojos, Luis de Ortuña.
El joven obedeció, mientras se apartaba con una mano los cabellos que le caían sobre la frente. En aquellas pupilas enérgicas, aún sin el desgaste de la edad, podía leerse una provocadora valentía. Sin fisuras.
–Por eso os decía que no me basta con vuestra gratitud –advirtió Catalina de Bolea.
Luis le sostuvo la mirada.
–Decidme qué queréis de mí, ya que arriesgáis vuestra vida al ayudarme –contestó el chico.
La priora se quedó en silencio durante unos segundos.
–Que estéis a la altura –requirió por fin–. Que seáis digno hijo de vuestro padre en el camino sin retorno que acabáis de emprender.
La figura de la priora, anodina en un primer vistazo, iba creciendo a los ojos del joven noble, que se vio obligado a modificar su impresión sobre ella. Esa mujer sabía imponer respeto.
Luis aferraba el anillo que colgaba de su cuello mientras repetía en su interior las últimas palabras de Catalina de Bolea. Un camino sin retorno. Solo acertó a vislumbrar el peligro al que se enfrentaba, como si se asomara a un abismo de profundidad desconocida.
* * *
La calma no se interrumpía, así que Ginés de Alcoy dedujo que sus temores eran infundados. Además, tampoco disponía de mucho tiempo si debía regresar a la Aljafería para organizar la patrulla encargada del arresto de los Almazán. Tenía que actuar ya.
El muchacho recordó las palabras de Juan de Artos sobre las fugas de los sospechosos en el momento de las detenciones, así que se dirigió a la zona trasera de la casa. La inspección resultaba, por otra parte, oportuna; su maniobra requería discreción, decidido como estaba a advertir a la familia para que escapara antes de la llegada de los guardias. Si los Almazán respondían a tiempo, aún podrían huir.
Su sorpresa fue grande cuando, al rodear el edificio, se encontró con un patio silencioso, aunque muy concurrido. Allí se desarrollaba una escena de evasión: varios adultos y niños se afanaban en la oscuridad cargando un carro cuyos animales cabeceaban, ya listos para partir. Nadie emitía ni un sonido. Ginés, absorto ante aquella imagen, no tuvo ocasión de reaccionar: tras él acababa de surgir una hoja de acero que acariciaba ahora la piel de su nuca.
–¿Quién sois vos y qué hacéis aquí? –susurró una voz.
Ginés no contestó. Se fue girando con lentitud, hasta quedar frente a un rostro masculino de mediana edad que le observaba con recelo.
Así que están sobre aviso, concluyó, maldiciendo la inutilidad de su iniciativa. Estos presuntos herejes se sabían ya en el punto de mira de la Inquisición.
–¿Sois… sois Esteban Almazán? –se atrevió a preguntar, maniobrando con el nombre del sospechoso que se le había facilitado en la Aljafería.
Las pupilas del desconocido se afilaron.
–¿Quién lo pregunta?
Ginés supo que si se presentaba como familiar del Santo Oficio no tardaría en morir. Agradeció la condición reciente de su rango y la circunstancia de no llevar en su indumentaria ningún distintivo que lo delatase. De todos modos, no alcanzó a contestar, pues en ese instante la brusca aparición de varios alguaciles, surgidos de callejuelas próximas como por ensalmo, quebró aquella atmósfera tensa. Se produjo entonces un violento estallido de gritos, carreras y el acostumbrado tintineo metálico de las espadas que se deslizan fuera de sus vainas. El agresor de Ginés se había apartado, dejándolo solo, y ahora corría hacia los niños para protegerlos.
Los guardias del Santo Oficio, comandados por Jaime Alcalá –su flaca figura acababa de aparecer por un lateral–, se abalanzaban sobre los fugitivos que ahora, pillados in fraganti, se precipitaban en todas las direcciones buscando el refugio de la noche. En cuanto los alguaciles tuvieron en su poder a uno de los niños, todo terminó. Se rindieron, sí, con una mansedumbre que parecía acusar a Ginés de Alcoy, paralizado a unos metros de distancia como si aquel episodio no fuera con él.
Todo había concluido. Tan rápido.
Ginés, consciente de lo que acababa de suceder a su alrededor, sintió que el mundo se le venía encima. Jaime Alcalá y su escolta le habían seguido desde la Aljafería, ahora ya no había duda. Gracias a su negligencia, a su comportamiento irresponsable, lo que había comenzado como una apuesta para salvar a los sospechosos había terminado convertido en una eficaz estrategia para impedir su marcha.
Su imprudencia, su intento de sabotear el arresto, había condenado a aquella familia.
Pero no era eso lo más grave, se recreó Ginés en su desesperación, detenido en medio de aquel caos sobre el que volvía a aletear el silencio. ¡Esa idea suya había puesto en evidencia, además, su juego! Se había servido a sí mismo en bandeja a Juan de Artos, que no tardaría en exigir su cabeza. Y fray Bartolomé de Ribas se la brindaría, deseoso de tapar cuanto antes el error de procedimiento que había permitido que un traidor hubiera accedido hasta las mismas entrañas del Santo Oficio.
Aquello era el final, se dijo Ginés con el rostro orientado al suelo.
Qué pronto había terminado su aventura.
Se le ocurrió un modo de recuperar la dignidad: soportaría sin desvelar nada el dolor de los interrogatorios a los que se le iba a someter.
Tenía que buscar un desenlace rápido que le ahorrase el goce de los verdugos y garantizara su silencio. Con él debía morir el secreto. Sería su particular forma de expiar la culpa.
El muchacho interrumpió sus pensamientos. Alguien se aproximaba. Alzó su semblante ausente de expresión. Sus ojos ya no veían. Aguardaba unas ataduras que tardaban en llegar. Había fracasado. Sus torpes pasos solo habían servido para conducirle hacia una sentencia definitiva. Ya nada importaba.
–Ginés.
Era Jaime Alcalá quien acababa de pronunciar su nombre, tras detenerse junto a él. Él levantó la cabeza, sorprendido. No había en aquella voz agresividad, ni rencor, ni sarcasmo.
Era un tono afable, incluso entusiasta.
Ginés miró directamente al médico colaborador del Santo Oficio. En las pupilas del joven podía leerse la rendición sin condiciones. No había querido disimular, estaba harto. Todo había terminado.
–¿Qué os pasa?
Ginés se percató entonces de que Alcalá, con los brazos abiertos, había interrumpido un gesto inequívoco: pretendía abrazarle.
¿Qué estaba ocurriendo?
–¿Os pasa algo? –repitió el médico, sin atreverse a culminar su gesto–. La operación ha sido un éxito, ¿no? Ninguno de los herejes ha logrado escapar. Hemos llegado justo a tiempo. ¿Cómo sabíais que iban a intentar huir antes de que llegáramos? ¡A quién se le ocurre aventurarse sin escolta! Sois un valiente. Fray Bartolomé de Ribas se va a alegrar mucho cuando se entere de la forma en que os habéis comportado en vuestra primera misión.
Ginés de Alcoy tardó en comprender o, más bien, se resistió a entender lo que aquellas palabras implicaban. Ante ese nuevo giro en sus circunstancias, que concibió como otra broma de un destino que se empeñaba en jugar con él, apenas pudo balbucear una justificación.
–Son… son los nervios, Jaime. No acabo de creerme lo que ha sucedido.
Aquella afirmación era rigurosamente cierta. Aunque no en el sentido que interpretó el médico.
VII
La priora describía el panorama al que se enfrentaba Luis de Ortuña, una realidad muy diferente a la que el muchacho había dejado en Italia.
–Vuestro padre no tiene posibilidades de eludir una sentencia de culpabilidad –dictaminó–. Eso conviene que lo sepáis. Nunca será liberado como inocente.
Luis de Ortuña se quedó boquiabierto.
–¿Por qué decís eso? ¿Acaso no creéis en su honor?
–No creo en la justicia inquisitorial –matizó–. Fray Agustín es un corrupto: sus decisiones se rigen por principios muy poco transparentes. No cederá. Y vuestro padre tampoco.
–¿Qué es lo que ambiciona ese dominico del que tanto se habla?
La priora extrajo un mapa, que permanecía junto a otros documentos sobre un anaquel de madera oscura, y lo extendió encima del escritorio. Su dedo índice se posó en un punto muy concreto.
–Esto es lo que desea. Fray Agustín de Saviñán quiere apropiarse de algunas tierras de vuestra familia que forman parte del señorío de Alfajarín. Unas ricas propiedades, colindantes con las suyas, que ya han sido embargadas hasta que se resuelva el juicio.
Luis dio un puñetazo sobre la mesa.
–¿Puede hacer eso?
La priora asintió.
–Ya han actuado así con todo el patrimonio de vuestro padre. A estas alturas se habrá efectuado un inventario de sus bienes en presencia de un notario del Santo Oficio. Nunca se les escapa nada. Nada que valga dinero. Conviene tener contenta a la Corona.
–Ya veo.
–El problema es que la única forma que tiene fray Agustín de Saviñán de maniobrar para quedarse con esas propiedades es lograr una sentencia de herejía o una confesión de culpabilidad. Ambas pueden implicar una condena a muerte.
Luis de Ortuña apenas lograba contener su indignación.
–¡Todo es mentira! ¡Si quieren acusar a mi padre tendrán que demostrarlo!
La priora, con cara de circunstancias, se acercó hasta un ventanal y se quedó oteando el paisaje.
–Eso sería muy fácil, con un par de testigos falsos –advirtió–. Pero es que al inquisidor no le hace falta. Es vuestro padre quien tiene que demostrar su inocencia. Así funcionan las cosas.
–Dios mío…
–¿Veis la trampa? Vuestro padre no tiene ninguna posibilidad. Cuando la Inquisición se fija en alguien, no hay nada que hacer. Así son las reglas del juego. El problema es que vuestro adversario… es al mismo tiempo juez.
–¿Nadie va a ayudar a mi padre? –el joven noble se quejó con amargura–. ¿Y sus amigos? ¿Es que todo el mundo va a permanecer en silencio mientras se comete esta injusticia? ¿Van a permitir que lo encarcelen, que lo ejecuten como a un vulgar ladrón?
–Tu indignación es legítima –reconoció la priora, volviendo al escritorio–. Hace algún tiempo, la rebeldía habría sido la reacción de los demás nobles zaragozanos, pero desde el asesinato de Pedro de Arbués hay demasiado miedo. Nadie se atreve contra el Santo Oficio. No hay quien defienda a un presunto hereje, por absurda que sea la acusación. Al menos –añadió, enigmática–, sin un plan viable.
Luis de Ortuña suspiró.
–¿Quién es Pedro de Arbués?
–Un inquisidor del tribunal de Zaragoza. Las grandes familias de esta ciudad, acostumbradas a la autonomía permitida por los fueros de Aragón, se enfrentaron a él hace varios años. Algunos conversos organizaron un complot y lo mataron mientras rezaba en la catedral de San Salvador. Pero el rey Fernando no tuvo piedad cuando conoció el hecho: tomó partido por la Iglesia y mandó ejecutar a los implicados que se logró apresar. Desde esa fecha no ha vuelto a haber resistencia a la Inquisición en Zaragoza.
–¿Entonces?
Era Martín quien había hablado, de pie junto a la puerta de la biblioteca. Sabía bien que no podían quedarse en el monasterio indefinidamente, y el exterior había pasado a inspirarle un profundo temor. ¿Quedaba alguna salida que no fuese entregarse al Santo Oficio?
Luis le perdonó aquella intromisión. A fin de cuentas, ambos estaban igual de involucrados. Los dos con el agua al cuello, unidos por un peligro que no habían buscado. Ortuña apreció en silencio la fidelidad de ese criado.
La priora contemplaba al lacayo con sus ojos sabios, y en ellos podía leerse también la aprobación. A la religiosa le gustaba ese muchacho discreto y leal.
–Existe una alternativa –adelantó, volviendo la mirada a Luis de Ortuña–. Se trata de una arriesgada posibilidad que os permitiría salir de este monasterio y empezar a aproximaros a vuestro padre. Aunque supone apostar la vida… y sin garantías.
El joven noble dio un paso al frente.
–Contadme. No tengo nada que pensar.
En ese momento, unos tímidos golpes se dejaron escuchar al otro lado de la puerta de la estancia, y a continuación se asomó el hermano Jonás.
–Madre Catalina –llamó con un hilo de voz.
–¿Qué ocurre?
–Fray Agustín de Saviñán ha llegado al monasterio acompañado de varios guardias. Pregunta por vos.
La priora se quedó contemplando al fraile, desconcertada.
–¿El inquisidor está aquí? ¿Ha venido en persona hasta Santa Clara?
El hermano asintió. Sus manos, nerviosas, asían con fuerza el marco de la puerta mientras aguardaba instrucciones. En los ojos del joven religioso, bajo aquel cráneo redondeado donde relucía la claridad de la tonsura, podía leerse el miedo que producía en todos los súbditos del rey la presencia de los servidores de la Inquisición.
La priora acariciaba su anillo. Aquella visita constituía una auténtica sorpresa.
–Anuncia que lo recibiré en el exterior, hermano Jonás –señaló–. Mientras tanto, no dejes a su comitiva acceder al recinto del monasterio. Bajo ningún concepto.
El muchacho no ofreció un aspecto muy convencido.
–Eso va a disgustar al padre inquisidor…
–Tampoco lo hago con ánimo de satisfacerle.
A Luis le admiró que a Catalina de Bolea no le temblase la voz al impartir una instrucción tan arriesgada. Sin duda era una mujer valerosa.
El hermano Jonás había asentido.
–Como ordenéis, madre priora.
El monje desapareció por el corredor, su avance modesto apenas delatado por los breves chasquidos de sus sandalias y por el siseo que producía su hábito al rozar el suelo de losas de piedra.
–Volved a vuestras celdas –pidió Catalina de Bolea a Luis–. Os han delatado. Y no salgáis hasta que yo vaya a veros.
–Debería irme –sugirió el joven noble–. No quiero comprometeros más ni poner en peligro este sagrado lugar. Devolvedme mi espada y los caballos. Escaparemos por la parte de atrás. Ya habéis hecho bastante por mí.
La priora sonrió.
–La audacia incontenible de la sangre joven. No termináis de entender contra quién os enfrentáis. Sin apoyos, caeríais muy pronto en sus manos –le advirtió–. Nadie escapa de la Inquisición, ya os lo he dicho antes. Y quien lo consigue va dejando detrás, como precio, un reguero de mártires: sus amigos y familiares. No –continuó–, sería un error. Además, debo cumplir los deseos de vuestro padre. Ni siquiera fray Agustín de Saviñán me apartará de ellos. Id ahora a vuestras celdas, os lo ruego.
El joven Ortuña asintió.
–Esperaré vuestras noticias, entonces.
–Haréis bien. Aprovechad para orar: vais a necesitar la ayuda del Señor como pocos en esta tierra.
* * *
Pedro de Ortuña no conseguía dormirse, tendido sobre un camastro cuya dureza apenas lograba mitigar una delgada capa de paja. Su agitación terminó dejando al descubierto un armazón cuyos relieves se clavaban ahora sin compasión en su espalda.
Con cada giro sobre ese lecho, las cadenas de los grilletes que atenazaban los tobillos y muñecas del barón entrechocaban, provocando tintineos. Multitud de cuerpos sucumbían bajo aquel mismo techo a un sueño agitado o al insombio.
Tal vez nadie dormía en ese sector aislado del palacio de la Aljafería, el interior de la torre del homenaje. Cada cierto tiempo, los pasos de los carceleros rompían con su cadencia regular ese ambiente de murmullos y repiqueteos metálicos que se diluía por los corredores.
El noble abrió por fin los ojos, rindiéndose a la larga noche que aún quedaba por delante. No lograba conciliar el sueño. La oscuridad a su alrededor se empeñaba en devorar los contornos de los objetos y, en medio de la penumbra, debía enfrentarse a un paisaje de miseria y desesperación.
Sus ojos dejaron de someterse a las piedras del techo bajo. Pedro de Ortuña orientó ahora las pupilas para seguir el correteo furtivo de unas ratas que merodeaban junto al cuerpo medio desnudo y cubierto de mugre de otro prisionero, sentado en el suelo a escasos metros de él. Aquel desconocido se abrazaba las rodillas, su rostro hundido entre ellas, y se mantenía tan inmóvil que su silueta se confundía con el tabique en el que se apoyaba.
–¿Dormís? –quiso saber Ortuña.
Transcurrieron unos segundos.
–¿Debería estar haciéndolo? –respondió entonces el otro, con voz quebrada, sin alterar su postura–. Aquí no se distingue el día de la noche. Dormir. Ni siquiera sé cuándo intentarlo.
–Ahora no sería mal momento, si lo precisáis. La madrugada debe de estar llegando.
Tanto formulismo resultaba absurdo en esas circunstancias, pero Pedro de Ortuña se negaba a renunciar a lo único que todavía lo humanizaba: la educación.
–Hace tiempo que el cielo no me concede el privilegio de unas horas sin dolor –reconoció su compañero de celda–. Es mejor así: uno nunca sabe si esta oscuridad pertenece a nuestra última noche.
El barón no quiso aceptar esa resignación. Se sentó en el camastro, un movimiento que acentuó el daño que le provocaban los grilletes. Apretó los dientes para reprimir un quejido mientras se observaba la piel lacerada. Sobre uno de sus tobillos se abría ya una llaga que no tardaría en infectarse, atrayendo el apetito de las ratas.
–¿Cuánto tiempo lleváis aquí? –preguntó en un susurro.
Ese interrogante provocó un gemido en su compañero de celda.
–Poco, aunque ya no lo sé –el hombre alzó un rostro macilento. Tendría unos treinta años, y en su cuerpo se apreciaban numerosas heridas y restos de sangre que se confundían con las costras de suciedad–. Toda mi vida anterior parece un sueño. Daría un brazo por un solo instante de sol y aire…
Pedro de Ortuña apreció ciertas maneras en la forma de hablar de aquel tipo. No daba la impresión de un origen humilde.
–Veo que os han interrogado con brutalidad…
El prisionero sonrió sin alegría.
–Muchas veces.
–¿De qué se os acusa?
–De falsedades.
El barón experimentó una repentina complicidad con el desconocido.
–Vuestra resistencia es señal de valentía –atisbaba en aquella silueta su propio destino–. ¿Puedo preguntaros vuestro nombre?
–Aquí… no soy nadie –concluyó el otro–. Todo te lo arrebatan. Todo.
En ese instante llegó hasta ellos el tintineo de unas llaves, un ruido que cortó la conversación, provocando en el prisionero una brusca reacción de pánico.
–¡No, no! –comenzó a gritar, con los ojos muy abiertos dirigidos hacia la puerta de la celda, mientras se encogía en el suelo–. ¡Ya vuelven!
El barón, que se había apresurado a tumbarse sobre su lecho, pronto pudo comprobar que el desconocido no se equivocaba: el acceso a aquella celda se acababa de abrir y de la oscuridad, bajo el resplandor agitado de las antorchas, surgieron dos fornidos carceleros que se dirigieron hacia el compañero de Ortuña. La aparición de los guardias hizo que los chillidos del preso se hicieran más fuertes. En vano se resistía, pataleaba, movía sus débiles brazos. Poco a poco fueron arrastrando su cuerpo hacia el corredor, rumbo a profundidades más tenebrosas. La sala de los tormentos esperaba a ese desgraciado al final de su trayecto nocturno, una suerte a la que era conducido bajo el silencio de fondo en el que se hallaban todos los cautivos, que escuchaban aguardando su turno. Algunos no regresaban de aquellas salidas en plena noche.
El miedo viciaba esa atmósfera. Y la muerte.
El reo elegido, ya fuera de la celda, no dejaba de retorcerse entre los carceleros. Estos, sin embargo, no mostraron ninguna piedad: lo empujaban, le golpeaban en las heridas, tiraban de sus cabellos hasta arrancárselos. Finalmente, consiguieron alejarlo a rastras. Allí quedó el barón. La oscuridad le sepultó y él se dejó abrazar por ella. Sintió una vergüenza que le dolió más que sus grilletes. No había sido capaz de intervenir, ni tan siquiera de contemplar la escena, de arriesgarse a dirigir su mirada a los ojos de su compañero de cautiverio, que lo buscaban suplicando ayuda. No. Pedro de Ortuña había girado la cabeza, había simulado dormir. Y ahora observaba, asediado por sus remordimientos, cómo se distanciaba por el corredor el otro prisionero. Aquel hombre todavía buscaba con sus brazos extendidos un último saliente al que agarrarse. Sus manos iban deslizándose por las paredes del corredor tanteando cualquier relieve que pudiera frenar su avance. Hasta que desapareció.
El silencio se fue imponiendo ahora. Ni las cadenas que anclaban los cuerpos de los presos emitían sus acostumbrados quejidos. Un silencio que se espesó conforme los gritos de la víctima iban amortiguándose, engullidos por los muros de aquella fortaleza de la que, se planteó Ortuña, tal vez nunca saldría vivo.
Calma en las celdas.
Pero nadie duerme, se dijo el barón.
Poco después quebrarían aquel mutismo los primeros aullidos de dolor procedentes de las dependencias más ocultas. Y en esos gemidos reconocería Ortuña la voz de su compañero.
Procuró pensar en su hijo. Esa imagen era lo único capaz de devolverle algo de paz. No sería tan fácil recuperar la dignidad, perdida quizá para siempre. Y así, sucio, tembloroso y despierto, le habría sorprendido el alba si hubiese podido apreciarlo desde el rincón en el que permanecía tendido.
Pero la luz solar jamás alcanzaba las mazmorras de la Aljafería.
Una pregunta resonaba en la mente de Pedro de Ortuña, hermanándole con el resto de los presos.
¿Cuándo vendrán a por mí?
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