Читать книгу: «Ojo por ojo»

Шрифт:

Título original: The Line that Held Us

© David Joy, 2018.

© de la traducción: Efrén del Valle Peñamil, 2020.

© de esta edición digital: RBA Libros, S.A., 2020.

Diagonal, 189 - 08018 Barcelona.

www.rbalibros.com

REF.: ODBO693

ISBN: 9788491876380

Composición digital: Newcomlab, S.L.L.

Queda rigurosamente prohibida sin autorización por escrito del editor cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra, que será sometida a las sanciones establecidas por la ley. Todos los derechos reservados.

Índice

1

2

3

4

5

6

7

8

9

10

11

12

13

14

15

16

17

18

19

20

21

22

23

24

25

26

27

28

29

30

31

32

33

34

35

36

37

38

39

40

Agradecimientos

Notas

A MI PADRE, QUE RECORRIÓ LA SENDA DESGASTADA

¡Estar loco provoca un placer que solo los locos conocen!

JOHN DRYDEN

1

A Darl Moody le importaba una mierda lo que el Estado considerara caza furtiva. En su opinión, a quien redujera la temporada del rifle a dos semanas y no permitiera cazar ciervas ni un solo día le daba igual que un hombre se muriera de hambre. La carne en el congelador era comida que no había que comprar ni pagar, y eso significaba mucho cuando el trabajo disminuía cada invierno. Así pues, saldría a cazar con casi dos meses de antelación.

El ciervo al que Darl había visto salir de la granja de los Buchanan en dirección al bosque de Coon Coward durante los dos últimos años tenía una mecedora en la cabeza y un cuello ancho como el tronco de un árbol. Coon no permitía que nadie pusiera un pie en sus tierras por el ginseng que escondía allí, pero ahora no estaba en la ciudad. El anciano había ido a la llanura a enterrar a su hermana y tardaría una semana en volver.

La ensenada estaba atestada de señales: rozaduras que habían arrancado la corteza de arces y abedules, y rasguños en el suelo obra de un cervatillo que había actuado por instinto, pero sin pies ni cabeza. Un ciervo maduro sabía exactamente lo que hacía cuando arañaba la tierra como si trazara una línea con las pezuñas, pero los jóvenes correteaban sin rumbo y dejaban marcas por todas partes, intentando participar en una conversación que eran demasiado inexpertos para comprender.

Darl se ubicó junto a un roble negro cuyas primeras ramas brotaban a seis metros de altura. Trepó hasta una buena posición y observó un montón de arena en el que la luz vespertina del incipiente otoño doraba algunos tramos. Una ola de frío impropia de aquella estación tras uno de los veranos más secos que había vivido el condado trajo el otoño un mes antes de lo habitual. Era la última semana de septiembre, pero las crestas de las montañas ya estaban peladas. En el valle, los árboles irradiaban rojos y naranjas ardientes como ascuas y las bellotas caían cual gotas de lluvia. Por las noches ya empezaba a helar, y en unas semanas los primeros alientos del invierno solo dejarían la osamenta gris de las montañas.

Darl bebió un sorbo de una pinta de whisky que guardaba en el bolsillo lateral de los pantalones de camuflaje, se quitó la gorra y se pasó la mano por el pico de viuda para escurrirse el sudor de la frente. Luego se rascó la poblada barba y prestó atención a cualquier movimiento, aunque, igual que las dos noches anteriores, todavía no había visto ni oído más que ardillas. En cuanto el sol se ocultó detrás de la ladera occidental, el bosque quedó envuelto en sombras. No faltaba demasiado para que anocheciera. Pese a ello, seguiría allí, pues era imposible intuir el momento en que aparecería aquel ciervo, y cuando oscureciera se orientaría con una linterna frontal.

Más arriba, algo hizo crujir una rama y el sonido recorrió el cuerpo de Darl como una sacudida eléctrica. Con el pulso acelerado, empezaron a sudarle las manos y abrió los ojos como platos. Las hojas secas crepitaron bajo sus pies y detrás de las desaliñadas ramas de una cicuta muerta advirtió un leve y rápido movimiento, pero tan lejano y con tan poca luz que resultaba imposible distinguir qué era. A través de la mira telescópica del rifle vio algo de cuatro patas, algo gris agazapado en el suelo. La CenterPoint 3-9 × 50mm servía de poco con aquella iluminación, pero era lo único que podía costearse.

Al calibrar la mira a la máxima distancia que permitía, reprodujo el disparo mentalmente. A doscientos metros, el animal llenaba algo menos de una cuarta parte de la circunferencia. Darl tiró del cerrojo lo justo para comprobar que hubiera una bala en la recámara y quitó el seguro.

Un jabalí hurgaba en la tierra en busca de comida. Cada año aparecían más hacia el norte desde Carolina del Sur. Una década atrás llegaron desde Walhalla, y en la actualidad infestaban las granjas de todo el condado de Jackson. Debido a los desperfectos que ocasionaban, el Estado había abierto la veda contra ellos. Aquel mismo año, un padre y un hijo del condado de Caswell estaban cazando en una finca privada situada entre Brevard y Toxaway cuando el hijo asustó a una manada de jabalíes que se ocultaba en un matorral de laurel y el padre abatió un ejemplar de trescientos kilos. Aquello sucedió justo por encima de la línea montañosa que conducía al condado de Transylvania. El jabalí pesaba doscientos sesenta kilos destripado y se llevaron a casa unos setenta kilos de salchichas. Haz cuentas de lo que cuesta eso en el supermercado.

Toda su vida, antes de matar a un animal se había sumido en un estado de inconsciencia. Era difícil de explicar, pero lo notó al apoyar el rifle en el tronco del roble, e intentó afinar la puntería con una mente que había quedado reducida al instinto. Una maraña de maleza obstruía su campo de visión, pero sabía que el CoreLokt la atravesaría sin problemas. Trató de ampliar la perspectiva deslizando la mejilla por la culata, pero la mira barata daba poco juego. Cuando hubo ampliado el campo de visión, movió la anilla para que la imagen fuera lo más nítida posible, pero nada quedó totalmente enfocado al situar la mira sobre los hombros delanteros del animal. Entonces se concentró en el pulso. «Respira lentamente. Cuenta las inspiraciones. Dispara entre un latido y otro. A la de cinco, aprieta el gatillo». La imagen empezó a temblar cuando inició la cuenta atrás. «Tres. Dos. Dispara».

El rifle le golpeó en el hombro y las ondas sonoras lo inundaron todo y regresaron fragmentadas tras rebotar contra las montañas. Darl siguió la trayectoria de la bala para comprobar que el animal había caído.

—Lo tengo —dijo. Notó un escalofrío y su cabeza empezó a flotar. La adrenalina le recorrió todo el cuerpo y lo dejó sin respiración. No se lo podía creer—. Lo tengo, joder.

Darl apuró de un trago el whisky que quedaba, se colgó el rifle al hombro y se bajó de su silla de espera. En menos de una hora habría oscurecido y sabía que debía darse prisa. Apenas tendría tiempo para despellejar al jabalí y sacarlo del bosque antes de que cayera la noche. Quizá Calvin Hooper podría ayudarlo. Cal tenía un buen polipasto para desollar ciervos y, desde luego, era mucho mejor que el camal improvisado que Darl tenía en casa. Ya fuera para quitarle el pelo o para despellejarlo, era mucho más fácil con cuatro manos que con dos. Cal no pediría nada a cambio por las molestias. Nunca lo había hecho. En cuanto dejara el animal en la camioneta, Darl iría a su casa.

—Lo tengo, joder —repitió.

Al fondo del barranco discurría un pequeño riachuelo y la pendiente se acentuaba detrás de unos matorrales de laurel. Darl atravesó la arboleda trabajosamente y subió hasta el saliente en el que había caído el jabalí. Entonces tropezó con un sedal atado a dos cornejos y unas latas llenas de piedras repiquetearon en las ramas situadas más arriba. Darl se quedó quieto y miró a su alrededor. Cuando logró fijar la vista, vio unos anzuelos oxidados que colgaban de los árboles a la altura de los ojos —trampas para los cazadores furtivos— y los apartó uno a uno como si se abriera paso entre telarañas. Y entonces lo vio. No era un jabalí, sino un hombre tumbado boca abajo. Llevaba una camisa tan ensangrentada que parecía negra y unos pantalones del mismo camuflaje grisáceo que la camisa.

Darl se acercó a él, se arrodilló junto a sus piernas y le tocó el muslo izquierdo. Aún estaba caliente, pero no se apreciaba movimiento ni respiración. Totalmente conmocionado, avanzó un poco y vio el agujero de bala en la caja torácica. La bala de punta hueca lo había atravesado en diagonal, había salido por detrás del omoplato derecho y le había destrozado el hombro. Tenía el brazo izquierdo pegado al costado, con la mano abierta y la palma hacia arriba, y Darl pudo ver un puñado de frutos rojos en la yema de sus dedos. En ese momento se percató de que estaba arrodillado en un denso sembrado de ginseng, en su mayoría plantas jóvenes de doble tallo, pero algunas eran mucho mucho más viejas. Junto al hombre había una mochila abierta que contenía un haz de raíces gruesas, y los delgados tallos de ginseng se retorcían como cabellos revueltos.

Darl sabía que, al igual que él, aquel hombre no debería haber estado allí. Se encontraban en las tierras de Coward, y ambos habían violado una propiedad privada. Eran dos cazadores furtivos que no deberían estar en aquel lugar, pero allí estaban. Allí estaban, el uno acababa de dejar este mundo y el otro lo contemplaba en toda su enormidad. Mientras permanecía allí a gatas, pasmado como un crío, su mente oscilaba entre el asombro y el terror.

El hombre tenía la cara vuelta hacia el suelo, el cuello enrojecido por el sol y salpicado de pecas naranja oscuro y el cabello, de un rubio heno, grueso y rizado. Darl pasó por encima del cuerpo procurando no pisar la sangre. El hombre llevaba un sombrero de camuflaje con un forro naranja de cazador en el borde de la visera y las palabras CANEY FORK GENERAL STORE bordadas en la parte delantera. El sombrero estaba torcido, y Darl agarró la visera para intentar apartarle el rostro de la tierra.

En cuanto vio la marca de nacimiento de color púrpura oscuro que le cubría la parte derecha de la cara, Darl lo reconoció. Carol Brewer, a quien todos llamaban Sissy, yacía muerto y frío como un témpano sobre los helechos. Darl conocía a Carol de toda su triste vida, un subnormal a cuya familia no habría podido salvar ni Jesucristo. Algunos creían que Red, el padre de Carol, era el mismísimo demonio. Irradiaba cierta mezquindad, una mezquindad que era lo más parecido al mal absoluto que hubiera conocido cualquier hombre temeroso de Dios. Carol era el alfeñique de la familia y, en opinión de la mayoría, el único que alguna vez tuvo posibilidades. Había quienes pensaban que, si hubiera conseguido salir de debajo de las alas de su padre y de Dwayne, su hermano mayor, todo habría ido bien, pero las cosas no fueron así, y Carol acabó dando tantos problemas como todos los demás.

Darl soltó la visera y la cabeza de Carol se posó en el suelo. Tenía los ojos cerrados y la boca ligeramente abierta. Una avispa le rozó la oreja a Darl y se posó en los labios de Carol. Luego intentó meterse en la boca, pero Darl la ahuyentó y tocó sin querer la tez de Carol. Cuando la avispa se acercó al suelo, la pisoteó y miró hacia el oeste para ver cuánta luz quedaba. Darl sabía que no mucha, pero el anochecer no importaba tanto como hacía unos minutos. No podía dejar de pensar en lo que se avecinaba, pero sabía que la oscuridad era un regalo y la agradeció. Sus pensamientos se agolpaban mientras la noche lo envolvía lentamente como si fueran unas manos ahuecadas. Tenía hasta el amanecer para cavar una tumba.

2

Dwayne Brewer iba haciendo el paso de la oca por la sección de cervezas del Walmart de Franklin con una máscara de chimpancé que había encontrado en el suelo al lado de los adornos de Halloween. El látex barato le daba calor y le costaba respirar. El interior olía a moho y se pasó los dedos por el pelo de nailon mientras se reía de una mujer que lo miraba con desdén.

La mujer vestía un uniforme de enfermera de color pastel, unas zapatillas de deporte blancas y una melena con mechas recogida en una coleta. A través de las rendijas de la máscara, Dwayne vio junto a ella a una niña de unos seis años con un dedo metido en la comisura de los labios. Dwayne se rascó la axila con una mano y se puso la otra en la nuca, saltando con las piernas encogidas como un mono, y la pequeña se echó a reír. Después se quitó la máscara y la tiró en una nevera que estaba abierta. Cuando se pasó la mano por la cara notó la piel sudada y fría y cogió un paquete de Bud fuerte, le hizo un agujero, sacó una cerveza y la abrió.

—Que tenga usted buen día —dijo con una sonrisa de oreja a oreja.

Después, inclinó la lata hacia la mujer y asintió. Ella lo miró como el desalmado que era y la niña se escondió detrás de su pierna, llena de curiosidad al ver a aquel gigante engullir media cerveza de un trago.

Lo bueno de Walmart era que incluso un hombre como Dwayne Brewer podía pasar desapercibido. La gente iba empujando su carro con una mirada gélida mientras todo se deslizaba por la periferia. El consumismo a semejante escala lograba camuflar las clases sociales.

Al final del pasillo vio a una chica fornida con unos pantalones muy cortos que llevaba un bebé apoyado en cada cadera y tres niños corriendo en círculos a su alrededor. En la siguiente vuelta, uno de los niños extendió el brazo y tiró al suelo un expositor de Doritos Cool Ranch. La chica había entablado conversación con una conocida, una mujer mayor que llevaba en el carro a una niña que se hurgaba la nariz. La chica corpulenta no cesaba de repetir que el bebé de la izquierda no era suyo.

—Clyde y yo paramos después de este —añadió, agitando al que llevaba a la derecha—. Esta es de Sara. Te acuerdas de Sara, ¿verdad? Esta es Tammy, la pequeña de Sara. Es mi sobrina.

Los carros chocaban, las luces centelleaban, las cajas registradoras soltaban pitidos, unos niños se peleaban con un fantasma hinchable de Halloween que debería haber estado en un jardín, y la locura de todo aquello habría bastado para provocar convulsiones a cualquiera, pero a Dwayne le importaba todo un carajo. Él se paseaba en medio del caos, sonriendo porque era viernes, y, después de empeñar cinco motosierras y un televisor de pantalla plana robados, llevaba un fajo de billetes en el bolsillo.

Los ositos de peluche negros y la lencería de color rojo sangre estaban rebajados a nueve dólares con ochenta y siete centavos. Dwayne apuró la primera cerveza al lado del estante, pasándose el satén entre los dedos con los ojos cerrados y soñando con la última mujer con la que se había acostado. Cuando acabó, aplastó la lata con la mano, la dejó en la copa de un sujetador beis y abrió otra.

Desde allí podía ver el pasillo de los zapatos, donde había un niño sentado en un banco. A Dwayne le recordó a su hermano. El cabello, pelirrojo y desgreñado, le tapaba las orejas, y tenía la piel rojiza y cubierta de pecas. A excepción de las gafas de culo de botella con montura negra, era la viva imagen de Sissy cuando tenía trece o catorce años. El chaval llevaba una camisa raída y unos vaqueros manchados de hierba con barro a la altura de las rodillas. Estaba probándose unas zapatillas de deporte grises, un modelo de marca desconocida con tiras de velcro. De la nada aparecieron dos chicos y se acercaron a él. Uno, con vaqueros ajustados y el pelo tapándole parcialmente los ojos, le arrebató una zapatilla, la examinó, negó con la cabeza y se puso a reír.

A tanta distancia, Dwayne no oyó lo que decían, pero lo entendió. Pudo adivinarlo en el rostro abatido de aquel pobre muchacho. Había padecido aquello toda su vida, por la casa en la que se crio y el coche que tenía su padre. Le decían que sus zapatos y su ropa no valían nada. Se metían con su padre, un borracho que, cuando se hizo viejo y perdió la cabeza, iba al puente de la ciudad y maldecía al río. Se metían con él por su peinado raro y por oler a rancio después de clase de gimnasia, por recibir comida gratis, porque alguien lo había visto delante de la lavandería o porque su madre trabajaba de cajera en Roses. Había oído la palabra «basura» toda su vida, y después de treinta y seis años estaba harto.

Existían dos maneras de enfrentarse a ello, pero Dwayne solo conocía una. Agarraba a un chico, le abría la cabeza en un abrir y cerrar de ojos y asunto arreglado. «Con sangre en la boca no hablan tanto», pensaba, y era cierto. Pero había visto a su hermano actuar de otra manera. Había visto la amargura, la ira y la tristeza convirtiéndose en un estoicismo ausente.

Entiérralo dentro de ti. Mira hacia delante.

El niño estaba mirando al frente con una expresión inmutable.

El de los vaqueros ajustados ladeó la cabeza para apartarse el pelo de los ojos. Luego metió la mano en la zapatilla y presionó la suela contra la cara del niño, que no se movió ni dijo nada y siguió mirando las cajas que tenía delante mientras se burlaban de él. El chico del pelo largo le dio un fuerte manotazo en la cabeza y a Dwayne se le inyectaron los ojos en sangre. Notó los puños apretados y bebió un buen trago de Budweiser para intentar aplacar aquella sensación. El matón tanteó el terreno unos segundos y, al ver que el chico no iba a reaccionar, lo golpeó de nuevo, más fuerte esta vez, y lo tiró al suelo. Los dos empezaron a reírse y el niño volvió a sentarse en el banco mientras ellos se alejaban con una sonrisa de oreja a oreja y una mirada de arrogancia y orgullo.

Dwayne pasó un buen rato observando al chico del banco. No lloró. No se dejó dominar por la ira. Retomó lo que estaba haciendo antes —probarse unas zapatillas de deporte— como si nada hubiera ocurrido. Dwayne quería acercarse a él y decirle que las cosas no tenían por qué ser así, que debía plantar cara y la próxima vez aplastarle la cabeza a ese pequeño hijo de puta, que así aprendería la lección, pero no lo hizo y volvió a la zona de material deportivo con la esperanza de que tuvieran un par de cajas blancas de Winchester.

Dwayne se acabó la tercera cerveza en la caja de autoservicio mientras la empleada verificaba su carné de identidad e introducía su fecha de nacimiento en el ordenador. Al principio parecía que fuera a reprenderlo por beber en la tienda, pero al final negó con la cabeza y se fue, porque ganando siete dólares con veinticinco centavos la hora es difícil mostrar interés. Dwayne metió un billete de veinte dólares en la máquina y esperó a que escupiera el cambio.

En la entrada había revuelo y, cuando Dwayne levantó la cabeza, vio a los mismos dos chicos. El del pelo largo iba renqueando como si tuviera un pie equino, con la mano muerta delante del pecho y poniendo cara de disminuido psíquico. Dwayne se dio la vuelta y fue entonces cuando vio a la mujer de la que estaba mofándose: una recepcionista discapacitada con un corte de pelo a tazón y gafas tintadas que miraba como si estuviera presenciando un milagro. El melenudo lanzó un juego de llaves a su compañero y entró en el baño mientras el otro se dirigía a la salida.

Dwayne dejó el paquete de cervezas al lado del servicio de hombres y se asomó un momento para cerciorarse de que no había nadie. El chico estaba delante del urinario con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados, y Dwayne se agachó para comprobar que los cubículos estaban vacíos. Detrás de la puerta había un cartel de ESTAMOS LIMPIANDO, y Dwayne lo colocó en la jamba para evitar interrupciones. Luego entró y se situó justo detrás de él. El chico no notó su presencia hasta que se dio la vuelta.

Dwayne era un gigante, un hombre de metro noventa y cinco y más de ciento quince kilos. Al verlo allí, el chico retrocedió como si se hubiera topado con una serpiente.

—Joder, señor, me ha dado un susto de muerte.

Dwayne no medió palabra y lo estudió unos instantes.

El chico llevaba una camiseta negra con el lema JOVEN Y TEMERARIO y unos vaqueros de color verde menta. El pelo le caía por la cara y no dejaba de apartárselo de los ojos como si tuviera un tic nervioso.

—¿Cuántos años tienes, chaval?

El muchacho lo miró extrañado.

—Dieciséis —respondió.

Dwayne se rascó la coronilla con los nudillos y entrecerró los ojos como si estuviera sopesando una decisión trascendental.

—Ya eres mayorcito —dijo.

Entonces, se sacó una pistola 1911 de la parte trasera del cinturón y le apuntó a la frente. El chico adoptó una expresión de terror y levantó los brazos instintivamente, como si alguien hubiera tirado de ellos con unas cuerdas.

—Si gritas, te reviento ese cerebro de guisante, ¿entendido? —El chico abrió la boca y asintió—. ¿Cómo te llamas?

—Brett —dijo.

—¿Brett qué?

—Starkey.

—¿Starkey? Creo que no conozco a nadie que se apellide Starkey.

—Vivo en Clarks Chapel.

—¿En dónde de Clarks Chapel?

—En Sunset Mountain Estates.

—¿Tu familia es de por aquí?

—¿Qué?

—He dicho que si tu familia es de por aquí.

—Mis padres son de Saint Pete.

Dwayne se pellizcó el tabique nasal y cerró los ojos un segundo. Luego asintió y miró las inmaculadas zapatillas de caña alta que llevaba el chico. Iba con los cordones desatados y las lengüetas por encima de los bajos del pantalón.

—¿Cuánto cuestan esas zapatillas?

—No lo sé —dijo.

—¿Qué significa que no lo sabes?

—Significa que no... No lo sé —murmuró el chico.

Tenía una de esas caras que se ponían rojas como un tomate cuando estaban a punto de llorar. Al mirar la pistola parecía bizco.

—¿Quieres decir que no lo sabes porque no te acuerdas o que no lo sabes porque te las pagaron mamá y papá? —El chico se había quedado sin palabras—. ¿Cuál de las dos opciones es la correcta?

—Me las compró mi madre.

Dwayne asintió y soltó un gruñido.

—Pues vas a tener que quitártelas. —El chico no se movió—. No volveré a repetírtelo, chaval. Quítate las zapatillas.

El chico se descalzó y se quedó allí quieto, pisando el suelo mojado con unos calcetines blancos como la nieve.

—Ahora cógelas —dijo Dwayne.

El chico hizo lo que le ordenaron.

Dwayne ladeó la cabeza hacia la partición metálica beis que dividía los cubículos.

—Quiero que abras la puerta del primero.

El chico fue hacia allí y abrió la puerta con el codo.

Dwayne lo siguió y, apuntándole aún con la pistola, apoyó la espalda en la pared de baldosas situada junto a los lavamanos. Al mirar detrás del chico vio lo que esperaba: una taza de inodoro, papel higiénico y agua teñida.

—Mete las zapatillas ahí.

El chico lo miró con incredulidad y los ojos llenos de lágrimas. Luego se agachó y metió lentamente las zapatillas en la taza.

—No quiero que floten. Quiero que las hundas.

El chico las empujó ligeramente hasta que el agua tocó las suelas.

—¡Te he dicho que las hundas! —gruñó Dwayne entre dientes.

Después, avanzó hasta que la pistola estuvo a solo treinta centímetros de la cara del chico, que al hundir las zapatillas se mojó los antebrazos.

Ahora lloraba desconsoladamente. Tenía las mejillas surcadas de lágrimas y su respiración era entrecortada.

—No te me pongas blandito —dijo Dwayne—. Hace unos minutos eras un tío duro con ese chaval, ¿no? Te he visto dándole empujones. Si has sido duro con él, también tienes que serlo ahora.

El chico cerró los ojos y parecía que fuese a vomitar. Había apartado la vista del inodoro y la luz amarilla del techo le iluminaba la cara como si fuera la luna.

—Muy bien —dijo Dwayne—. Ahora póntelas.

—¿Qué?

—He dicho que te las pongas.

El chico dejó las zapatillas en el suelo y deslizó los pies dentro como si estuviera calzándose unas pantuflas. A su alrededor se formó un charco y los pies chapotearon al meterlos.

—Ahora átatelas —dijo Dwayne—. No queremos que se te caigan ni que tropieces con los cordones. Esa no es manera de caminar.

Una vez más, hizo exactamente lo que le ordenaban. En aquel momento, Dwayne pensó que quizás habría sido un buen muchacho si le hubieran apuntado a la cabeza con una pistola cada segundo de su vida. El chico se agachó como si intentara contener su propio peso. Al parecer, era la primera vez que se encontraba en una situación así, y Dwayne se sintió orgulloso. «Todo el mundo necesita que lo humillen alguna vez», pensó. Empatía no es mirar un agujero en el suelo y decir que lo entiendes. Empatía es haber estado en ese agujero.

—Quiero que recuerdes esto —dijo Dwayne—. Quiero que recuerdes este día toda tu vida, lo que habría podido pasar y lo que ha pasado. —El chico lo miró perplejo—. Nuestros caminos se han cruzado por alguna razón. Lo que me ha traído hasta aquí es el destino, ¿lo entiendes?

Dwayne se guardó la pistola en la parte trasera del pantalón y tapó la culata con la camiseta blanca. Después de mirarse en el espejo, fue hacia la puerta y quitó el cartel. Luego se fue por donde había venido y cogió la cerveza al pasar. Fuera, las cosas seguían igual que hacía unos minutos, pero, dentro, algo parecía distinto.

Un hombre no podía nivelar las manos de la Justicia, pero sí inclinar la balanza un momento, acorralar a los privilegiados, al menos el tiempo suficiente para sonreír. El sol empezaba a ponerse y Sissy había dicho que estaría en casa a las siete.

Dwayne no veía el momento de contarle la historia a su hermano.

3

Con la llegada del otoño, las temperaturas empezaron a bajar y el hombre del tiempo pronosticaba intensas heladas en las montañas para mediados de la semana siguiente. En opinión de Calvin Hooper, ya iba siendo hora. Odiaba el verano como cualquiera que tuviese medio cerebro y se ganara la vida trabajando al aire libre. La sala de estar se inundó de luz cuando el informativo nocturno dio paso a los anuncios. La única fuente de iluminación era el televisor, y Calvin cogió lo que quedaba de un Jack con hielo. El whisky estaba aguado, pero frío.

Volteó la bebida en el fondo de un tarro de mermelada reutilizado, engulló lo que quedaba y entró en la cocina a servirse otra. Era casi medianoche, pero no estaba cansado. Lo cierto era que ya no pegaba ojo. Cada noche hacia las diez estaba más despierto que en cualquier otro momento del día. Si se tumbaba cuando su novia, Angie, iba a la cama, se pasaba cuatro o cinco horas dando vueltas antes de dormirse. Casi todas las noches lo mataba el dolor de pies y tenía que levantarse a tomar un par de ibuprofenos si quería descansar un poco. Su madre le decía que se hiciera friegas en las piernas con avellano de bruja y, aunque cueste creerlo, le iba bien, pero, cuando no funcionaba, su mente se expandía por completo y era incapaz de conciliar el sueño.

La pequeña luz blanca del congelador le iluminó el torso desnudo mientras llenaba el tarro hasta arriba de hielo. La botella de whisky estaba casi intacta en una encimera de formica y se sirvió otra copa a la media luz que llegaba desde la otra habitación. Cuando hubo tapado la botella, agitó el tarro y el hielo tintineó contra el cristal. Aparte de agarrarse una cogorza una vez al mes, nunca bebía para emborracharse. La mayoría de las noches ni siquiera se achispaba. Los dos vasos que tomaba durante esas dos horas le provocaban un sueño plácido suficiente para descansar, levantarse y volver a empezar.

El teléfono sonó en el comedor y Calvin volvió al sofá con una mano metida en el pantalón de chándal y la otra sosteniendo la bebida delante del pecho. Nunca llamaba nadie a aquellas horas. El móvil estaba boca arriba en la mesita y se agachó a comprobar quién era. En la pantalla ponía DARL, y Calvin se planteó dejar que saltara el contestador, ya que probablemente iba borracho y le comería la oreja con sabía Dios qué y, como cada sábado, él tenía que levantarse a las seis para ir a trabajar. Al final, el sentimiento de culpa pudo con él. Darl era el mejor amigo de Calvin, siempre lo había sido, y la idea de que pudiera necesitar algo se impuso a todo lo demás.

Calvin desconectó el cargador del móvil para que no estuviera sujeto a la pared al responder.

—Hola.

—¿Estabas durmiendo? —preguntó Darl.

Había algo extraño en su voz y respiraba fuerte, como si le faltara resuello.

—Estoy viendo las noticias. —Calvin se sentó en el sofá y buscó un paquete de tabaco entre los cojines de vinilo oscuro. Se encendió un cigarrillo, cogió un pequeño cenicero de cristal de la mesita y lo dejó encima del reposabrazos. Luego tiró las primeras briznas de ceniza sobre un montón de colillas apagadas—. ¿Qué haces?

—¿Tienes la excavadora en casa?

—El viejo modelo de los ochenta está en el prado de atrás. Las máquinas grandes están en la obra. ¿Por?

—Quería saber si puedes venir a cavarme una fosa para un caballo.

—¿Una tumba para un caballo? —Calvin se echó a reír. Llamar a alguien a las tantas de la noche pidiendo ayuda para cavar una fosa para un caballo era típico de Darl Moody—. ¿Qué le pasa a la pala de tu tractor?

—El brazo está roto.

—De acuerdo. Mañana hacia las ocho he quedado con una gente en la cafetería, pero puedo pasarme por allí cuando vuelva.

—No, lo necesito ahora.

—¿Ahora? Es casi medianoche, hijo de puta. No pienso cavar una fosa para un caballo a estas horas. —Calvin soltó una carcajada, dio una larga calada al pitillo y expulsó el humo hacia el techo de estucado—. Lo haré mañana por la mañana.

—No puedo esperar tanto.

—¿Qué coño te preocupa? ¿Los coyotes? Joder, Darl, si los putos coyotes van a por el caballo, enterrarlo será coser y cantar.

Calvin bebió un sorbo de whisky y se limpió un círculo de condensación que le había dejado el tarro a la altura del muslo.

—No me preocupan los puñeteros coyotes, ¿de acuerdo? Pero esto no puede esperar hasta mañana. ¿Puedes hacerme ese favor o no?

—No, Darl. Es medianoche. Angie está durmiendo y yo tengo que levantarme a las seis. Cuando me acabe la copa me voy al catre.

—No te llevará ni una hora.

—Los cojones. Tardaré una hora en prepararme. No voy a cavar un agujero en un prado por un puto caballo. ¿A ti qué te pasa?

—Entonces, préstame la excavadora. Te la devolveré antes de que despiertes.

Darl estaba nervioso. Por su tono de voz, Calvin supo que algo iba mal, como se reconoce siempre ese tipo de cosas en los tonos de voz de la gente más afín.

—No se trata de un caballo.

—Tú no te preocupes por eso. Lo único que necesito saber ahora mismo es si puedes cavarme un agujero en el prado.

—No haré nada a menos que me expliques qué está pasando.

—No puedo hacer eso, Cal.

—Entonces, no voy.

Calvin dio una última calada, que consumió el cigarrillo hasta el filtro, y aplastó la colilla en el cristal.

—Mierda —dijo Darl—. Mierda.

—¿Qué coño pasa?

—¿Puedes acercarte a casa de Coon Coward?

—¿De Coon Coward?

—¿Puedes venir o no?

Calvin pensó en Angie durmiendo en la parte trasera. Odiaba despertarla e intentar explicarle adónde iba, pero aún odiaba más que abriera los ojos y no estar allí, aunque dormía como un tronco. «Probablemente ni se enterará», pensó. No sabía qué ocurría, pero sí sabía que Darl lo necesitaba, que no se lo pediría si no fuera así, y sabía que él haría lo mismo por él llegado el momento.

La familia no hacía preguntas. La familia te tendía una mano. Y así había sido siempre su amistad, como una familia.

—Sí —dijo Calvin finalmente.

—¿Cuánto tardarás?

—Deja que me vista. Veinte minutos.

—De acuerdo —dijo Darl.

—De acuerdo —repitió Calvin.

Después de colgar, Calvin cogió el tabaco y se encendió otro cigarrillo. Se quedó mirando el televisor, aunque no veía ni oía nada, y lo asaltaron las dudas cuando cogió el whisky y bebió hasta que solo quedaba hielo.

La camioneta traqueteaba por una zona despejada del camino de Coon Coward y, cuando enfiló una pequeña pendiente, los faros iluminaron los pies de Darl y luego su pecho y la punta del sombrero. Tenía la cabeza agachada y, al levantarla, su rostro se inundó de luz y sus ojos brillaron como los de un animal.

Calvin apagó las luces y el motor y se bajó de la camioneta. Soplaba un aire frío, así que se puso la capucha de la sudadera negra e introdujo los pulgares en los bolsillos de los vaqueros. De la hierba mojada de rocío emanaban los últimos cantos de los grillos estivales, que se veían eclipsados por el crujido de la gravilla.

—¿Dónde cojones está Coon? —preguntó Calvin cuando llegó a la parte trasera de la camioneta de Darl, que estaba sentado en la plataforma con los pies colgando.

Darl cogió una botella de plástico que tenía al lado, desenroscó el tapón y escupió dentro el tabaco de mascar.

—Está fuera de la ciudad —respondió Darl—. Su hermana ha muerto.

—Ah —murmuró Calvin—. Bueno, ¿y qué narices haces aquí?

Darl apoyó la mano en la culata de nogal de una Savage 110 que tenía encima de la plataforma de la camioneta. Debajo había una silla de caza. Por encima de las botas le asomaban unos pantalones de camuflaje y llevaba una camiseta a juego con un patrón diferente.

—He salido de caza —dijo.

—De caza furtiva —corrigió Calvin.

Darl asintió y se rascó el rabillo del ojo con el canto de la mano. Tenía unas cejas pronunciadas que le ensombrecían los ojos y un mentón que hacía sobresalir su barba poblada a la misma altura que la nariz.

—Bueno, ¿qué pasa?

—No quiero implicarte en esto —dijo Darl.

—Pero he venido, ¿no?

—Sí, pero no tienes por qué.

—En todos estos años, cada vez que he necesitado algo has estado ahí, ¿verdad?

—Supongo.

—Y siempre que me has necesitado, yo he estado ahí, ¿no?

—Sí —respondió Darl.

—Entonces, cuéntamelo.

Darl se levantó de la plataforma y ambos quedaron iluminados por la luz nocturna. Había luna llena, una superluna según los noticiarios, y un eclipse les teñía el rostro de un naranja apagado como el de los huevos de granja. Darl le sacaba una cabeza. Estaban a solo unos metros de distancia y miró a Calvin a los ojos durante un par de segundos, pero apartó la vista rápidamente.

—Ven —dijo al darse la vuelta.

Calvin siguió a Darl hasta el bosque y se adentraron en una maleza poco frondosa que les llegaba hasta la cintura. Darl llevaba una linterna frontal encima de la gorra, pero no la encendió. La luna estaba alta y proporcionaba luz suficiente para caminar. Un viejo cupé Plymouth era pasto del óxido junto a un pequeño y trémulo riachuelo. Luego treparon hasta una pequeña loma, donde la tierra se proyectaba en un campo de retama en el que solo quedaban las vigas astilladas de un establo en ruinas.

Al otro lado del campo volvieron a internarse en la arboleda y Calvin reconoció aquel lugar. De niño había estado allí docenas de veces pescando truchas de arroyo con su padre y su abuelo. Aquellos momentos del verano que parecían durar eternamente eran los mejores de su vida. Dependiendo del color del agua, el padre de Calvin cebaba los anzuelos con granos de maíz Silver Queen o larvas de mosquito rojo, e iban guardando las truchas en un tarro hasta que tenían un revoltijo de pescado para cenar. Su abuelo lo freía con puerros y papas silvestres, y las truchas eran tan dulces y delicadas que se las comían con cabeza y todo. En aquella época, las estrellas parecían más brillantes y, al mirar al cielo, Calvin pensó que tal vez era cierto. Quizá solo haya uno o dos momentos como ese en la vida de un hombre, y quizás el hombre sea una criatura demasiado estúpida para reconocerlos hasta que todo se ha desvanecido.

Darl sostuvo una rama de laurel para que pasara Calvin. Después, encendió la linterna e iluminó el bosque. Habían avanzado demasiado para que los vieran desde la carretera.

—Déjame pasar a mí primero —dijo Darl mientras seguían ascendiendo por la ladera.

De repente, retrocedió como si algo lo hubiera atacado. Calvin tropezó con la alarma casera y las latas tintinearon en los árboles. Se había enredado en la cuerda y, cuando intentó liberarse, vio el haz de la linterna de Darl iluminando los anzuelos oxidados que colgaban delante de su cara.

—¿Qué coño es esto?

—El campo de ginseng de Coward —respondió Darl—. Está lleno de trampas.

Ambos echaron a andar agitando los brazos para no engancharse, y unos pasos más adelante Darl se detuvo y enfocó el cuerpo con la linterna. Lo primero que vio Calvin fue el dibujo de las suelas de las botas. El hombre tenía las piernas retorcidas, un brazo pegado al torso y el otro extendido. Calvin Hooper parecía incrédulo, sin saber qué decir, preguntar o hacer, inmóvil y mudo por lo que tenía ante sí.

—¿Quién es? —dijo finalmente, llenándose la boca con aquellas palabras.

Darl rodeó el cuerpo y se arrodilló junto a los hombros del muerto. Después pellizcó la visera de la gorra, le levantó la cabeza y le enfocó la cara con la linterna. Al principio, Calvin pensó que tenía la mejilla ensangrentada, pero entonces se dio cuenta de que no era sangre. La marca era demasiado púrpura y mate. Tenía los ojos obnubilados, pero aquella marca de nacimiento lo hacía inconfundible.

—Dios mío, ¿es Sissy?

—Sí —dijo Darl—. El puto Carol Brewer.

—¿Qué cojones ha pasado?

—Ya te he dicho que estaba cazando.

—Sí, pero ¿cómo ha sido?

—Estaba sentado en la silla de caza en un árbol de esa ensenada de ahí cuando he oído un crujir de hojas y por la mira telescópica me ha parecido ver un jabalí. Joder, caminaba a cuatro patas. Parecía un puto jabalí.

—Mierda, Darl. —Calvin estalló—. ¿Por qué no llamaste a alguien?

—Cuando llegué ya estaba muerto. No podía hacer nada. Nadie podía hacer una mierda. —Darl levantó la cabeza y la linterna emitió un haz cegador—. Llamar no habría servido de nada.

—Tenemos que avisar a alguien —dijo Calvin—. Tiene que venir alguien.

—No voy a llamar a nadie, Calvin.

Este no podía ver el rostro de Darl, pero, cuando contestó, la luz se movía adelante y atrás.

—¿A qué te refieres con que no vas a llamar a nadie? Tienes que hacerlo, Darl. Has matado a una persona, joder.

—¡Ya lo sé! ¿Crees que no lo sé?

Ahora, la voz de Darl era estridente y seria.

—Tú mismo lo has dicho. Fue un accidente. Puede que te condenen por caza furtiva, Darl, pero eso no es asesinato. Ahora mismo no lo es. Pero si cometes una locura, podría serlo. No puedes hacer algo así.

—¿Y entonces qué, Cal? ¿Qué crees que pasará después de eso? Es Carol Brewer. ¡El puto Carol Brewer! ¡Brewer, por Dios! —gritó Darl—. ¿Crees que su hermano Dwayne lo dejará correr? ¿Crees que Dwayne Brewer dirá: «Tío, ya sé que mataste a mi hermano, pero no era tu intención. Sin acritud»? ¿Crees que dirá eso? —Calvin no contestó—. Tendría suerte si solo fuera a por mí —añadió Darl—. Pero, conociéndolo, sabiendo bien todo lo que ha hecho, no se quedará ahí. Seguro que iría a por mi madre, mi hermana pequeña, mis sobrinos y todo aquel al que pudiera ponerle una mano encima. Ese hijo de puta está lo bastante tarado como para desenterrar los huesos de mi padre solo para prenderles fuego.

—Pareces un loco, Darl.

—Ah, ¿sí?

Darl miró el cadáver y la luz iluminó el rostro de Carol Brewer. En el orificio de salida que tenía en el hombro había fragmentos de hojas y pinaza.

—¿Y qué coño vas a hacer?

—Voy a enterrarlo. Voy a enterrarlo y nadie lo sabrá jamás.

—Has perdido la cabeza, Darl. Has perdido la puta cabeza.

—Mira, si quieres irte, vete. Ya te dije que no quería involucrarte en esto. Si quieres largarte, date la vuelta ahora mismo, olvídate de todo y yo haré lo que tenga que hacer.

—Entonces, ¿para qué cojones me has llamado?

—Porque necesitaba un favor, Cal, y solo te tenía a ti.

Calvin observó el cuerpo que yacía entre ambos. En los brazos de Carol había aparecido una especie de moratón, una mancha de color púrpura azulado casi del mismo color que la marca de nacimiento. Calvin se arrodilló y le puso la mano en el antebrazo. Carol Brewer tenía la piel fría y los músculos rígidos, pero no olía a putrefacción. Todavía. Ese horror de la muerte no le había llegado en tan pocas horas.

Calvin se levantó y miró a su alrededor. Los árboles eran tan altos que tapaban la luz de las estrellas. De repente, se sintió rodeado. Poco a poco dio media vuelta y contempló la oscuridad del bosque. El canto de los últimos saltamontes era ensordecedor ahora que lloraban el cambio de estación. En aquel momento supo que se hallaba en medio de algo que jamás caería en el olvido, algo que llevaría consigo el resto de su vida. No había marcha atrás.

Esa sola certeza lo consumía.

4

En lo alto de Allens Branch, Sissy compartía una cabaña encalada con una horda de ratas de alcantarilla y ratones de campo y una zarigüeya blanca como la leche a la que llamaba Milkjug. La zarigüeya dormía todo el día en el semisótano y, por la noche, a Sissy le encantaba poner sobras en un plato y dejarlas en los escalones traseros para ver al animal engullir lo que fuese, desde galletas de mantequilla hasta crema de maíz dulce. Red Brewer se había criado en aquella casita destartalada y, cuando fallecieron sus padres, entregó las llaves a sus hijos.

Durante años, Dwayne y Carol compartieron habitación, una pequeña cocina, un salón y un baño agregado con suelo de tierra hasta que sus padres murieron un lustro atrás. Cuando Red los dejó a él y a su mujer en la cuneta de Cabbage Curve, Dwayne enfiló la carretera rumbo a su hogar de infancia y dejó que su hermano se las arreglara solo.

Dwayne llevaba desde las ocho cruzado de brazos en el sofá de Carol. Aquella mañana, su hermano le había dicho que volvería de arrancar ginseng a las siete, pero era casi medianoche y no había rastro de él. Los muelles del sofá estaban desgastados y se hundía en los mohosos cojines amarillos como si se hallara agazapado en una madriguera. Una lámpara de cristal de color ámbar situada al otro lado de la habitación proyectaba en las paredes una falsa y cálida luz de hoguera, y desde un televisor de cincuenta pulgadas llegaba la voz ronca de un vendedor nocturno que ofrecía navajas. Dwayne miró la colección de espadas samuráis que aparecían en pantalla mientras cogía una caja de pizza que había al borde de una mesa de mimbre blanco ubicada junto a sus rodillas. Al levantar la tapa vio que un roedor había mordisqueado una porción. Dwayne la arrancó y devoró el resto de una tacada igual que haría una serpiente.

Durante la última hora se había distraído desmontando y montando lo más rápido que podía su Colt 1911 con los ojos cerrados. Su crono más rápido superaba por poco los dos minutos, pero estaba convencido de que podría recortar otros diez segundos si se concentraba. Como siempre, tenía un cargador lleno y una bala en la recámara cuando cogió el arma del reposabrazos del sofá. Dwayne se apoyó la pistola en el muslo derecho y puso la mano encima. Luego activó el cronómetro del teléfono móvil, cerró los ojos y empezó.

Utilizando el pulgar, expulsó el cargador, que le cayó en el regazo, y tiró de la corredera para sacar la bala de la recámara. Oyó el ruido metálico cuando cayó en el sofá, soltó la corredera y giró el arma vacía hacia él. Sosteniendo la pistola entre los muslos, empujó el resorte recuperador con el pulgar derecho e hizo girar la boquilla del cañón en el sentido de las aguas del reloj. Ahora, el resorte estaba suelto. El siguiente paso era el más difícil de llevar a cabo sin mirar, ya que debía tirar de la corredera e intentar alinear la palanca con una pequeña muesca en forma de media luna situada en la parte izquierda. Una vez alineada, soltó la palanca, dio la vuelta al arma, extrajo la corredera y retiró la varilla guía y el cañón. El arma estaba desmontada y ordenó los componentes encima del cojín de la izquierda. Entonces, comenzó el proceso a la inversa. Cuando hubo montado de nuevo el arma, introdujo el cargador, tiró de la corredera y abrió los ojos. El cronómetro seguía superando los dos minutos y dieciséis segundos.

—Vamos, Dwayne —se dijo decepcionado, y puso el seguro para inutilizar el percutor.

Después, expulsó el cargador, volvió a cogerlo del cojín situado a su derecha, lo introdujo y dejó la pistola en el reposabrazos del sofá. Cuando terminó, cogió una lata de Budweiser de la mesa de mimbre, limpió la condensación y bebió un buen trago de cerveza tibia. Debajo de la lata podía leerse «America» escrito en cursiva.

Al mirar de soslayo vio algo al lado de la puerta. En la esquina de la habitación apareció una rata y Dwayne extendió lentamente el brazo para coger la pistola. Empuñó el arma, quitó el seguro y centró la mira en el cuerpo. La rata se lo quedó mirando y se hizo una bola. Parecía no saber si estaba escondida o no, pero no había tiempo para preguntas. El percutor descendió y el fogonazo se reflejó en las paredes. En aquella habitación pequeña y desvencijada, el ruido fue ensordecedor. Dwayne notó un zumbido en la cabeza y bajó la pistola. La bala con punta hueca del calibre 45 había partido al animal en dos. La mitad trasera seguía propinando patadas, la delantera estaba consciente y se arrastró hasta la otra mitad y se aferró a ella como si aquel maligno ser vivo fuera el responsable de todo aquello.

Dwayne Brewer se echó a reír como si fuera lo más divertido que había visto en su vida. Estaba casi llorando cuando dejó la pistola en el sofá y observó las salpicaduras de sangre en la pared y la carne, de un púrpura rojizo como la del venado. Su mirada se desplazó hasta una foto de su bisabuela, colgada en un marco con elaboradas volutas doradas que estaba allí desde su niñez. La mujer llevaba moño, una blusa blanca con el cuello ondulado y ceñido y una falda de lana negra. El cristal sobresalía del marco de tal manera que parecía que su bisabuela estuviera entrando en la habitación, algo que asustaba a Dwayne cuando era pequeño. Se levantó y se acercó a la fotografía, limpió con el pulgar una gota de sangre del cristal y se la restregó por la pernera del pantalón.

La mujer de la foto no sonreía y tenía una mirada inexpresiva. Se parecía mucho a la abuela de Dwayne, con unas facciones redondas que su hermano había heredado. Se preguntaba dónde demonios estaría Carol. Dwayne miró a la rata muerta, que yacía entre sus pies, negó con la cabeza y sonrió al pensar: «A Sissy le va a encantar». Luego la empujó con la punta de la bota y corroboró que estaba muerta. Dwayne cogió sus cosas y salió por la puerta. Se había hartado de esperar.

El Buick de 1978 que Dwayne Brewer había heredado de sus abuelos funcionaba de maravilla. Tenía un poco de óxido alrededor de las aletas y el bastidor estaba medio partido después de tres décadas de carreteras cubiertas de sal y nieve en invierno. Pero la pintura de color bermellón aún relucía en algunas zonas y el vinilo blanco que cubría la mitad posterior del habitáculo no había desaparecido del todo. Además de su belleza, aquel viejo Electra de dos puertas flotaba por carreteras llenas de baches como una barca a la deriva.

Dwayne estaba girando el dial para sintonizar el sermón de algún predicador de pacotilla cuando entró demasiado rápido en Caney Fork y desplazó a la cuneta a un conductor que iba en la dirección opuesta. La carretera describió una curva y una pendiente antes de volver a las tierras en las que años antes cultivaban maíz y a veces fresas y en las que siempre veían al ciervo de cola blanca salir a pastar entre los matorrales cuando los últimos rayos de luz coloreaban los campos de amarillo.

Después entró en Moses Creek y puso rumbo a la casa de Coon Coward con la esperanza de encontrar a su hermano. A la derecha había un desvío fangoso y dos caminos de tierra roja se adentraban de nuevo en el bosque. Las rodadas de los tractores habían dejado el suelo pelado y la hierba que crecía en medio llegaba a la altura de las rodillas. A cien metros de allí, las luces traseras del Grand Prix de Carol Brewer emitían un destello rojo. Dwayne aparcó detrás del coche de su hermano, cogió una lata de la caja de cartón que llevaba en el asiento del acompañante y la abrió antes de apearse.

Después bebió un buen trago, dejó la lata en el techo del automóvil de Carol y abrió la puerta pensando que el gilipollas se habría dormido sentado al volante. El vehículo estaba vacío y cogió un paquete blando de Doral 100, sacó un cigarrillo y lo encendió con un mechero que había en la guantera. Le pareció ver una linterna en el bosque, pero la luz se desvaneció y supuso que se trataba de un fuego fatuo o un producto de su ebria imaginación. «Seguro que ese hijo de puta ha encontrado una mina de oro», pensó, sabiendo que, si su hermano había descubierto una de las plantaciones de ginseng de Coon Coward, podía pasarse toda la noche cavando.

Dwayne acompañó un trago de cerveza con una calada del Doral de su hermano, volvió al coche y escribió «Sissy maricón» en el polvo de la luna trasera. Después observó las rodadas de tractor, que conducían a un viejo prado al que los agricultores llevaban el ganado para protegerlo del calor estival. El otoño estaba en el aire, aunque los últimos coletazos del verano seguían asentados en los bosques, y al cerrar los ojos sintió la opresión de cuanto lo rodeaba.

Después se montó en el Buick, salió dando marcha atrás y entró en la carretera estatal con una sacudida. Dwayne volvió por donde había venido. En Caney Fork tomó un desvío a la derecha y se incorporó a la autopista 107 pisando el acelerador a fondo. Tras enfilar una curva, el cielo se tiñó de un marrón pálido detrás de las montañas, un cielo manchado por la contaminación lumínica de la universidad. La silueta de la cordillera era negra, puntuada por las luces de las casas de tal manera que parecía que el mundo estuviera al revés: el suelo repentinamente repleto de estrellas y lo que antes eran las nubes ahora de un color terroso.

Cuando pasó junto a la universidad, ya había decidido qué haría el resto de la noche. Iría al O’Malley y No Name, y tal vez se dejaría caer también por la nueva cervecería para ver qué bar estaba más concurrido. Los estudiantes tenían un local llamado Tucks en la parte trasera del campus, pero siempre había policía universitaria vigilando. Dwayne estaba acostumbrado a lugares en los que a los camareros les daba miedo servir en vasos de cristal; lugares en los que las noches acababan en el aparcamiento con navajas y sirenas, lugares que ya no existían, como el Rusty Lizard. «Vaya noches en el viejo Crusty Rusty», pensó. El mundo se había vuelto muy blandengue.

En los viejos tiempos, enzarzarse en una pelea de bar era tan sencillo como pisarle las botas a alguien. Ahora tenía que pasarse toda la noche provocando para que alguien le diera un empujón. Dwayne quería encontrar a un grupo de muchachos de alguna fraternidad, empapados en colonia, con raya en medio y camisa, y partirle la cara a alguno por el mero hecho de verlo sangrar. Si tenía suerte, se abalanzarían sobre él como una jauría de perros y lo pasaría en grande hasta que llegaran las luces azules y todos se dispersaran. Abrigaba la esperanza de que alguien sacara un cuchillo para poder desenfundar el suyo. Al fin y al cabo, era viernes por la noche y un hombre merecía un poco de diversión.

5

Darl y Calvin sacaron a Carol Brewer del bosque en una vieja lona que el primero guardaba detrás del asiento de su destartalada camioneta Tacoma y lo depositaron en la plataforma. Calvin lo siguió hasta casa, a veces tan de cerca que Darl no veía los faros en el retrovisor. Aunque no pretendía meter a Calvin en todo aquello, ahora estaba hasta las rodillas y pronto estaría hasta el cuello. Desoyendo el plan de Darl, Calvin había insistido en que enterraran el cuerpo detrás de la granja de su familia.

Al final del camino había varios buzones de hojalata con colores y numeraciones distintos, aunque compartían el mismo nombre. Desde antes de que el condado fuera tal, aquellas tierras pertenecían a los Hooper. El 10 de diciembre de 1850, nueve familiares de Calvin habían firmado una petición para que Haywood y Macon formaran un condado. Una de aquellas rúbricas era tan chapucera que no se leía el nombre de pila, pero daba igual, porque el apellido era Hooper. Aquella tierra les pertenecía entonces igual que les pertenecía ahora. En aquel emplazamiento, la sangre estaba vinculada a un lugar lo mismo que había nombres vinculados a montañas, ríos, ensenadas, valles, árboles, flores y cualquier cosa que mereciera un apelativo. Personas y lugares eran indisociables desde hacía tanto que el paso del tiempo no había brindado ninguna respuesta sobre cómo desvincularlos.

Darl estaba sentado en la camioneta, aparcada en un polvoriento apartadero al lado de los buzones. Los faros iluminaban una verja para el ganado en la que Calvin intentaba abrir una cadena. Cuando lo consiguió, Darl avanzó con la ventanilla bajada y el brazo colgando junto a la puerta. Bajo la reluciente luna roja, la niebla hacía que el mundo entero pareciera envuelto en un halo brumoso de color óxido. Calvin se acercó a la ventanilla y miró hacia la plataforma de la camioneta.

—Cuando llegues a ese campo de ahí en medio, apaga las luces para no iluminar la casa.

—De acuerdo —respondió Darl.

—Al entrar en el prado verás una zona en la que he estado arrancando tocones. Llegaré en un par de minutos. Este diésel hace demasiado ruido para cruzar el campo sin que el eco llegue hasta la casa.

Calvin señaló la camioneta con la cabeza.

Darl se adentró en el prado y Calvin cerró la verja. Al avanzar, los faros iluminaron los ojos de las vacas Angus y Hereford, que permanecían inmóviles en el pasto de avena. En su día, la familia de Calvin fue propietaria de casi cien cabezas, pero ahora solo le quedaban veinte o treinta. Un zorro rojo se detuvo momentáneamente y observó con unos ojos brillantes. Luego levantó el morro y empezó a seguir el aroma de algo que había pasado antes por allí.

El prado era prácticamente llano, pero se elevaba un poco y volvía a descender hacia el campo central. Darl apagó las luces cuando se aproximaba a la valla, y al bajarse a abrir la puerta notó la humedad en los brazos. Había mucha luz cuando cruzó el segundo prado, donde la hierba no era más que un rastrojo desarrapado. El campo alcanzaba su punto más bajo junto a un pequeño arroyo en el que, cuando eran pequeños, él y Calvin atrapaban lagartijas y cangrejos debajo de las piedras cubiertas de liquen utilizando anzuelos con trozos de perrito caliente. El último prado era más largo que ancho, y al fondo se elevaban montones de tierra roja junto a una pequeña excavadora Cat de los años ochenta. Darl aparcó detrás y apagó el motor.

Desde la camioneta, observó el terreno por el espejo retrovisor y esperó a que Calvin llegara a la colina. Pensó en cuántas generaciones hacía que aquellas tierras pertenecían a los Hooper y hasta cuándo seguiría siendo así. «Los apellidos son curiosos», pensó. Estaban ligados a lugares, ocupaciones y condiciones, algo que llevaba a la gente a preguntar cosas como: «¿Eres un McCall Little Canada o un McCall Glenville?», a lo que cabía responder: «Sí, soy de Glenville» o «No, mi familia es de Balsam Grove». Algunas familias se dedicaban a la agricultura y otras construían casas, vendían material y regentaban tiendas. Algunas se dedicaban a la abogacía y otras eran proscritas. En la lejanía, la mayoría de los apellidos mantenían lazos, pero tenían una historia que podía empujar a alguien a decir: «Sí, son los Franks que lleva dentro», cuando Leigh Ann Rice se puso irascible en el restaurante Ingles, de modo que los apellidos se convertían en algo que perseguía a uno aunque se casara. Darl pensó en la persona que yacía en la parte trasera de la camioneta. El apellido Brewer exigía que las cosas se hicieran de aquella manera.

En lo alto de la colina divisó una silueta que parecía salida de las profundidades de la tierra. Cuando se acercó, Darl pudo oír los pasos entre los juncos, que le llegaban a la altura de la cintura, e instantes después Calvin estaba a su lado. Darl bajó de la camioneta y se situaron al lado de la rueda trasera. Ninguno de los dos medió palabra y miraron inexpresivos lo que tenían ante sí. Calvin se dirigió a la excavadora y la puso en marcha. El motor diésel petardeó ruidosamente, pero el sonido quedó amortiguado, ya que el bosque y la tierra proporcionaban una barrera de secretismo.

No tardaron mucho en cavar la tumba y, cuando hubieron terminado, sacaron el cuerpo de la lona. Darl se negó a mirar a Carol y Calvin paleó arena como si estuvieran tapando una tubería recién reparada. Cuando la fosa estuvo llena, compactó la tierra apoyando todo el peso de la máquina en la pala. Prácticamente había amanecido y atravesaron de nuevo el prado mientras unos tenues atisbos de luz se elevaban por detrás de la cresta oriental.

Estaban sentados a la mesa de la cocina tomando café bajo una nube de humo de tabaco cuando Angie Moss salió del dormitorio. Llevaba una raída camiseta Guy Harvey de Calvin con dos corvinas rojas en la espalda. Las mangas le llegaban hasta los codos y los bajos, hasta media pantorrilla, donde también terminaban unos calzoncillos a rayas, y parecía que solo llevara la camiseta. Angie se detuvo en el umbral con ojos de adormilada y se rascó el cogote.

De repente, Darl fue consciente del lugar de donde venían y de que ahora se encontraban en una habitación de lo más corriente, una habitación en la que había estado miles de veces a lo largo de su vida. Nada parecía real. No estaban acostumbrados a semejante oscuridad. Eran hombres normales, hombres que trabajaban duro, guerreros de fin de semana que se levantaban para ir a la iglesia, y lo que acababan de ver, el lugar de donde venían, les afectaba sobremanera. La insensibilidad y la incredulidad los vaciaban por dentro, y en la carne tenían atrapado un fuego avivado por la verdad que ocultaban.

—¿Qué demonios estás haciendo aquí? —preguntó Angie.

Nadie dijo nada, pero por la expresión de Calvin parecía que los hubieran descubierto cometiendo alguna fechoría. Angie los miró a ambos tratando de averiguar si se había perdido algún chiste, si había algo que se le escapaba.

—Yo también me alegro de verte —dijo a la postre Darl, que se obligó a sonreír y pensó: «Actúa normal. Sonríe».

Angie fue a la cafetera y, cuando volvió a la mesa, Darl observó la curvatura de sus piernas y el balanceo de sus pechos debajo de la camiseta. Angie se sentó en una silla con travesaños horizontales en el respaldo y sopló el vapor de la taza, intentó beber un trago y decidió dejar que se enfriara. Aun recién salida de la cama era tan imponente que costaba no quedarse mirándola embobado. Su cabello rubio tenía bucles naturales, y sus ojos eran tan verdes como canicas pulidas. En la nariz y las mejillas tenía unas pecas que parecían manchas de barro. Angie se pasó el pelo entre los dedos hasta que le cayó todo sobre el hombro derecho.

Calvin se había encendido otro cigarrillo y Angie hizo ademán de arrebatárselo, pero él deslizó sobre la mesa una cajetilla con un mechero encima.

—No quiero uno entero —dijo ella—. Estoy intentando dejarlo.

Calvin le tendió el pitillo y Angie dio una larga calada, que retuvo lo que pareció una eternidad antes de exhalar el humo por la comisura de los labios. Tenía las piernas cruzadas y balanceaba un pie, movimiento que hacía temblar todo su cuerpo. Antes de devolverle el cigarrillo a Calvin, le dio otra calada rápida.

—En serio, Darl, ¿qué haces aquí tan temprano?

—He venido a ver a Calvin por un tema de trabajo.

Darl se volvió hacia Calvin, que agachó la cabeza y tiró unas briznas de ceniza.

—¿Por qué vas lleno de barro?

Darl miró la arcilla roja que le cubría los pantalones de camuflaje y las botas.

—Algunos no tenemos quien nos lave la ropa.

—A lo mejor ahí está el problema, colega. Andas por ahí buscando una mujer que te cocine y te limpie y que tenga que ver esa cara tuya. —Angie sonrió y sostuvo la taza delante de la boca con ambas manos—. Lo llevas crudo.

Cuando Calvin se terminó el café, fue a la nevera. Al mirar dentro no encontró nada de su agrado y se sirvió lo que quedaba en la cafetera.

—¿A qué hora entras a clase? —preguntó cuando volvió a la mesa.

Angie estudiaba enfermería en un centro formativo superior. Era ocho años más joven que Calvin y Darl, pero tenía la cabeza bien amueblada. Se había criado allí, igual que ellos, y su familia era originaria de Bradley Branch, en Whittier.

—Hoy es sábado —dijo desconcertada.

—Ah, claro —respondió Calvin—. ¿Tienes planes?

—Pensaba ir al mercadillo de Uncle Bill a ver si encuentro unas cortinas. —Angie ladeó la cabeza en dirección a la sala de estar—. Hay una mujer que vende todo tipo de ropa de cama y cortinas. Lleva una electrolaringe.

—¿Una electro... qué?

Angie se llevó la mano a la garganta e imitó un sonido electrónico.

—Serán diez dólares con quince centavos —dijo, pero la expresión de Darl y Calvin no se alteró—. ¿Qué coño os pasa? —Ninguno de los dos respondió—. Bueno, pasaré por allí a buscar unas cortinas y luego iré a ver a mamá por si necesita algo. La última semana y media se ha encontrado fatal. Seguro que papá está muerto de hambre.

Se quedaron unos minutos en completo silencio, bebiendo café y mirando al frente. A medida que avanzaba la mañana, la sala fue inundándose de un brillo etéreo que se filtraba por las delgadas cortinas blancas y las viejas hojas de vidrio crown. En medio de la cocina, Darl parecía sumido en un trance, y Calvin y Angie estaban sentados a su lado. Todo parecía imaginario.

—Darl, creo que la temporada de osos no empieza hasta dentro de unas semanas —dijo Angie.

Sus palabras salieron de la nada y lo cogieron desprevenido. Darl la miró confuso.

—¿De qué estás hablando?

—Digo que creo que la temporada de osos no empieza hasta dentro de un par de semanas, ¿verdad, Carl? —Angie miró a Calvin y de nuevo a Darl—. La del ciervo no empieza hasta Acción de Gracias. Si no puedes cazar osos ni ciervos, ¿por qué vas vestido así? ¿Son los preparativos de Halloween?

Darl no contestó. Se miró la ropa de camuflaje y no se le ocurría nada. Le daba miedo no tener respuesta.

—¡Madre mía! Esta mañana hablar con vosotros es como hablar con dos cadáveres —comentó Angie—. Lo hacía solo por tocarte las narices. A mí me da igual que caces ciervos todo el año siempre que me traigas un poco de carne.

Angie se levantó y fue a la encimera, dobló un trapo a cuadros y lo usó para tapar un cuenco de madera lleno de huevos frescos. Después abrió un armario, cogió un bol de cristal, empezó a romper huevos de diferentes colores y los batió con un tenedor.

—Una vez, mi padre mató una cierva en Whiteside Cove la noche antes de que se abriera la veda, así que se le ocurrió dejarla en el bosque hasta que pudiera volver a buscarla. —La historia de Angie se entremezclaba con el sonido del tenedor golpeando el cuenco—. Así que camufló al animal y lo hundió en un estanque de castores para que no se estropeara. A la mañana siguiente volvió y lo sacó. Pues, bueno, cuando se lo llevó a Burt Hogsed al día siguiente, papá dice que Burt abrió a la cierva y tenía cangrejos de río dentro. Burt se lo quedó mirando y le dijo: «¿De dónde ha salido esta cierva? Lleva un montón de cangrejos dentro». Papá le contestó: «Los ciervos comen de todo cuando tienen hambre».

Angie negó con la cabeza, soltó una carcajada y se volvió hacia la mesa.

Darl la miró a los ojos, sacudió la cabeza y forzó una sonrisa.

—Tengo que irme —anunció.

—¿Por qué no te quedas a desayunar? Voy a hacer huevos revueltos y creo que hay una salchicha ahí que habría que cocinar. Voy a prepararla de todos modos.

—No, será mejor que me vaya —respondió Darl, que se levantó de la mesa y estiró los brazos.

—Bueno, al menos llévate unos huevos. —Angie cogió el cuenco de madera y se lo ofreció. Había una mezcla de huevos de color marrón y crema, unos cuantos de color verde y algunos huevos de Pascua azul pálido—. Encima de la lavadora hay hueveras. Nos salen por las orejas.

—No hace falta, de verdad —dijo Darl.

Angie se acercó a él, se puso de puntillas para darle un beso en la mejilla y Darl notó sus labios húmedos y fríos. Le ardía la cara.

No había una sola nube en el cielo y el sol apenas había aparecido sobre la ladera para quemar la niebla que cubría los campos. Unos pollos, mezcla de Araucana y Rhode Island Red, estaban picoteando larvas y cereales entre la hierba que se extendía a un lado de la casa. Calvin siguió a Darl hasta el camino y se detuvieron junto al parachoques delantero de la camioneta. La granja estaba igual que siempre. El tejado de zinc era más nuevo, pero no había cambiado nada más: un edificio pequeño y blanco de una planta con contraventanas negras. En el centro había un porche con columnas decorativas de hierro forjado negro y parras y hojas como en todas las casas del sur. Al mirar el rostro adulto de Calvin, Darl vio al chico que conocía de toda la vida, los mismos ojos verdes y la mandíbula cuadrada. La gente decía que parecían hermanos, pero Calvin era bajo y fornido, mientras que Darl era alto y esbelto.

—Angie no debió de despertarse ayer por la noche cuando me fui —dijo Calvin finalmente.

Miró la casa rozando la parrilla de la camioneta con la espalda, y Darl estaba apoyado en la capota con la cabeza girada hacia la carretera.

—Probablemente.

Calvin se dio la vuelta y apoyó los codos en la pintura áspera y desgastada de la capota.

—¿Y ahora qué?

—¿A qué te refieres?

—¿Qué hacemos?

—Nada. Vamos a trabajar y hacemos lo de siempre.

—¿Y si pasa algo?

—No pasará nada —repuso Darl, aunque expresarlo casi parecía una maldición, así que buscó un trozo de madera para tocarlo, pero no había ninguno por allí.

—Pero ¿y si pasa? —insistió Calvin con voz temblorosa.

—Entonces, será cosa mía. —Calvin se quedó mirando a Darl con una expresión en el semblante de culpabilidad y preocupación—. Cargaré con toda la culpa, Calvin. Te doy mi palabra. No te preocupes por nada.

Calvin no abrió la boca, pero permaneció allí un par de minutos mientras la mañana se extendía a su alrededor. Cuando Calvin volvió a casa no se despidieron, y Darl esperó delante de la camioneta hasta que hubo entrado.

Después, se montó en el coche y se quedó absorto un minuto mirando la casa con el motor encendido. Todavía no había asimilado nada. En aquel momento, la noche anterior y lo que habían hecho era irreal y onírico, como si lo hubiera imaginado todo. No había pasado tiempo suficiente para saber si podría vivir con aquello o si lo partiría por el medio. Todavía estaban demasiado cerca de lo ocurrido para verlo con perspectiva.

Cogió una lata de Skoal Wintergreen del asiento, se puso un buen puñado de tabaco en las encías y salió dando marcha atrás. Cuando llegó a los buzones se quedó en blanco sin saber si girar a la derecha o a la izquierda. Conocía el camino de vuelta a casa, pero las cosas sencillas ya nunca volverían a serlo.

6

Al tercer día, la culpabilidad casi había partido a Darl por el medio. Se despertó de repente de un sueño. Con las sábanas empapadas de sudor e incapaz de desterrar la imagen de la ropa ensangrentada de Carol Brewer.

La mañana anterior, sentado en el banco de la iglesia con su madre, había escuchado al sacerdote contar la historia de José y sus hermanos. José había recibido un mensaje de Dios, y sus hermanos, movidos por los celos, tramaron su asesinato. Luego fingieron su muerte y lo vendieron como esclavo. Fue la imagen del manto de José —la tela llena de sangre animal que los hermanos le llevaron a su padre para demostrar que estaba muerto— lo que debió de provocar el sueño. Darl vio relucientes manchas de color carmesí entrelazadas como pétalos de rosa. En medio había un charco oscuro tan grande y negro que parecía interminable, sin fondo, como si hubiera resbalado y caído en aquella negrura y fuese a seguir cayendo para siempre.

En el fondo de su cerebro algo no cesaba de insistir en que confesara, y cuanto más pensaba en ello, más se convencía de que acudir al sheriff era la única manera de lavar su conciencia. El bien y el mal eran tarea fácil. Lo difícil era renunciar a tu vida, reunir coraje suficiente para mirar lo que tenías y decir: «Sí, renunciaré a todo para poner las cosas en su sitio». Tumbado en la cama aquel lunes por la mañana, con la mente asediada por las consecuencias de aquella situación, decidió darse una semana. Puede que esperar fuera egoísta, pero, si pensaba ir a por todas, debía saber cuánta carne ponía en el asador. Debía hilvanar un relato adecuado.

Aquella mañana fue a casa de su hermana Marla. Ella y su marido vivían con sus tres hijos varones y una hija pequeña en un parque de caravanas situado a medio kilómetro de Jimmy’s Mini Mart, en Tuckasegee. El amanecer otoñal confería un tono amarillento a los álamos. El reflejo proyectaba una luz cálida y dorada a través de las cortinas de lino, pero, en una casa con una pequeña de dos años, esas cosas pasaban desapercibidas.

El humo llenó la cocina e hizo saltar la alarma antiincendios. Marla agitó un trapo sucio para despejar el ambiente mientras su marido, Rusty, salía por la puerta principal con una pesada sartén de hierro. Ruth, su bebé de dos años, se puso a gritar desde la trona, y tenía los deditos pegajosos de compota de manzana. Estaba combatiendo una infección de manos, pies y boca que le había provocado un sarpullido y la había convertido en una sirena antiaérea de once kilos. Los niños, que se sacaban una cabeza entre sí, de modo que al situarse uno al lado del otro parecían una escalera, estaban peleándose por unas migas. Darl observó el caos que reinaba en la diminuta cocina y pensó en lo mucho que lo echaría de menos.

La neblina llegó hasta el salón, pero la alarma se detuvo y Rusty se terminó el café antes de volver a sentarse a la mesa. La cocina olía a beicon y huevos quemados. Marla llevaba una bata andrajosa y el pelo recogido en una coleta grasienta. Cuando salió de la cocina y deslizó un plato sobre la mesa, sus pies descalzos emitieron sobre el pegajoso suelo de linóleo un ruido semejante a un perro relamiéndose el hocico. Al lado de cuatro tiras de beicon tan negras como vías ferroviarias había un montón de huevos revueltos chamuscados. Rusty parecía tan cansado que ni siquiera se dio cuenta. Simplemente cogió la sal y la pimienta, aderezó la comida apresuradamente y la engulló sin mediar palabra.

Darl observó a Rusty comerse el desayuno bocado a bocado y se preguntó cuánto duraría aquel hombre, cuánto durarían todos ellos. Diez años atrás, Rusty tenía un reluciente Peterbilt negro con un montón de cromados y un freno de motor que sonaba como una ametralladora disparando desde lo alto de una montaña. Trabajaba por su cuenta. Pasaba fuera tres semanas y una en casa, y ganaba tanto dinero que no sabían qué hacer con él. Pero un día sufrió unas convulsiones. Días después volvió a ocurrir. Salieron de la nada y le robaron todo lo que tenía. El Estado le retiró el carné de conductor comercial e incluso el permiso de conducir convencional. No podía manipular maquinaria como había hecho toda su vida. Ni siquiera podía conducir un coche. Un compañero que trabajaba en el concesionario del condado lo llevaba cada mañana al Centro de Justicia, donde limpiaba retretes y ventanas y vaciaba papeleras para llevar a casa un dinero que a duras penas daba para hundirse poco a poco.

Rusty rebañó lo que quedaba en el plato con el tenedor. Luego miró la hora en el microondas, cogió el almuerzo de la encimera, le dio un beso a su mujer, le arremolinó el pelo a su hijo menor, se despidió de Darl asintiendo y salió por la puerta, demasiado cansado y abatido para hablar.

Ahora solo quedaban Darl, Marla y los niños. Ruth seguía chillando a pleno pulmón y Marla lavaba los platos mientras los niños lamían el suyo antes de meterlo en agua jabonosa. Fuera se oyó una bocina y los niños fueron corriendo a por las mochilas. Sus pasos atronadores hicieron temblar la pequeña autocaravana y salieron a toda prisa para intentar arrebatar un asiento de ventanilla a los otros chicos del parque en el autobús escolar. Cuando se fueron, Marla se secó las manos con la bata, se acercó a la mesa y cogió a Ruth en brazos. La niña estaba llorando y Marla se la apoyó en el hombro dándole palmadas y susurrándole al oído, el sonido más apacible que Darl había oído en toda su vida.

Mirar a su hermana era como mirarse al espejo. Ambos habían heredado la nariz afilada y la barbilla prominente de su madre. Su padre la había palmado joven y Darl tuvo que llevar ese peso sobre los hombros. Un hombre venía a este mundo a sacar a su familia adelante y, en el caso de Darl, eso significaba cuidar de su madre y cerciorarse de que su hermana y su familia nunca pasaran hambre. Marla y los niños eran uno de los motivos por los que seguía en el bosque. Podía pescar un número limitado de truchas cada mes, a excepción de marzo; cazar ciervos en otoño, palomas y conejos en invierno y pavos en primavera y tener los congeladores llenos todo el año. Al pensar en ello se preguntaba cómo sobrevivirían sin él. ¿Quién se aseguraría de que a su madre no le faltara de nada? ¿Quién echaría comida a la olla cuando escaseara el dinero? Confesar lo que había hecho no solo era renunciar a su vida; era algo más. Era sacrificar a toda la gente a la que amaba.

—¿Qué querías decirme? —preguntó Marla cuando la bebé dejó de llorar lo suficiente para que ella pudiera hablar.

—¿Puedo cogerla? —preguntó Darl.

—Pues claro.

Darl sostuvo a la pequeña contra su pecho. Notó el calor de su cuerpo y pegó la punta de la nariz a su cabeza. Desprendía un olor indescriptiblemente dulce y desvaído, como el aroma de un jarrón con flores que llegaba desde una habitación situada en el otro extremo de la casa. Era muy suave y ligero, pero resultaba imposible ignorarlo, e inhaló lo más fuerte que pudo, como si fuera incapaz de respirar sin él, como si aquel olor fuera oxígeno.

—¿De qué querías hablar? —insistió Marla.

El olor de aquella niña le llenó los pulmones y le recorrió todo el cuerpo como una droga.

—De nada —respondió con un susurro que no era más que una exhalación contra el cuero cabelludo de la bebé—. De nada en absoluto.

Бесплатный фрагмент закончился.

901,53 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Объем:
240 стр. 1 иллюстрация
ISBN:
9788491876380
Издатель:
Переводчик:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги