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Guzmán, David Eufrasio
Piel de conejo / David Eufrasio Guzmán. -- Medellín: Editorial EAFIT, 2019
148 p.; 21 cm. -- (Letra x letra)
ISBN 978-958-720-592-3
1. Cuento colombiano. I. Tít. II. Serie
C863 cd 23 ed.
G993
Universidad EAFIT – Centro Cultural Biblioteca Luis Echavarría Villegas
Piel de conejo
Primera edición: agosto de 2019
© David Eufrasio Guzmán
© Editorial EAFIT
Carrera 49 No.7 Sur-50
Tel. 261 95 23, Medellín
http://www.eafit.edu.co/fondoeditorial
Correo electrónico: fonedit@eafit.edu.co
ISBN: 978-958-720-592-3
Edición: Juan Felipe Restrepo David
Diseño y diagramación: Alina Giraldo Yepes
Imagen de carátula: Mentiras, 2015. De la serie A lo que hemos llegado. Llíam Roja, (Medellín, 1982)
Prohibida la reproducción total o parcial, por cualquier medio o con cualquier propósito, sin la autorización escrita de la editorial
Universidad EAFIT | Vigilada Mineducación. Reconocimiento como Universidad: Decreto Número 759, del 6 de mayo de 1971, de la Presidencia de la República de Colombia. Reconocimiento personería jurídica: Número 75, del 28 de junio de 1960, expedida por la Gobernación de Antioquia. Acreditada institucionalmente por el Ministerio de Educación Nacional hasta el 2026, mediante Resolución 2158, emitida el 13 de febrero de 2018
Editado en Medellín, Colombia
Diseño epub: Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Contenido
Milord
El secreto del miami
Pecado al tablero
El último vuelo de la Araña
Chicle caliente
Piel de conejo
Un beso a Tyson
De vuelta al matadero
En las barbas de Joseíto
Criatura divina

A Gloria Estrada, mi hogar
Las historias rumorosas
como un río
a orillas de la infancia
Juan Manuel Roca
Milord
Las invitaciones a la finca del tío Fernando siempre fueron un arma de doble filo. Desde una semana antes del viaje mi mamá entraba en un acelere nervioso que trataba de controlar regañándonos por cualquier cosa. La empacada de ropa y demás preparativos se hacían bajo un ambiente tenso donde la cantaleta llegaba al punto de hacernos sentir que no merecíamos el paseo a pesar de habernos portado bien. Viejos traspiés escolares o actitudes perezosas, como hacer siesta después de llegar del colegio, le servían de argumento. Si hubiera sabido que ya tenía puesta la pantaloneta de baño en lugar de los calzoncillos también lo hubiera utilizado en mi contra.
Para tenernos afilados, esa semana previa vivíamos una especie de régimen militar en la casa: nos ponía a lavar platos y a tender las camas, a barrer, trapear, sacudir, acostarnos temprano y cualquier queja del colegio podía suponer el castigo de no ir a la finca del tío. Mi mamá siempre acudía a la frase “ustedes no son hijos de Pablo Escobar” si nos veía a mi hermanita o a mí derrochar algún producto, o si le pedíamos dinero extra para un antojo, pero en el fondo todos sabíamos que donde el tío vivían como príncipes y allí sí nos podíamos dar gusto hasta la saciedad. Al parecer entrar en esa vida, así fuera por un par de días, le generaba estrés y le preocupaba que sus pequeños vástagos –y quizás ella misma– estuvieran a la altura.
La cantaleta se evaporaba con el timbre del citófono. De la portería de la unidad llamaban para avisar que Morcilla, el conductor del tío, había llegado. A veces nos recogían en una van café y mis amigos de la unidad decían que era la versión paisa de la camioneta de Los Magníficos; se acercaban a los vidrios polarizados haciendo visera con sus manos para ver lo que los primos denominábamos “sofá en U con bar”. También veían una mesita, una nevera y todo el interior del carro casa. Otras veces era una Ranger roja y gris, como la de Profesión Peligro. Pero una cosa era lo que decían mis amigos y otra muy distinta lo que comentaban sus madres, que veían subir sendas naves por las callecitas de la unidad.
No recuerdo esa mañana decembrina en qué carro nos recogieron. La noche anterior, mi tía Sofía, esposa de Fernando, le había dicho a mi mamá que iban por nosotros muy temprano, Morcilla tenía que llevar encargos para el desayuno de la gente que estaba en la finca, unas veinte personas, desde los abuelos hasta los nietos más pequeños. Llevaban varios días allá y aunque la comida abundaba, algunos alimentos comenzaban a escasear. En Pakita, llegando a San Jerónimo, fue la única parada. Morcilla sacó un papelito y leyó: quince quesitos y doce paquetes de pandequesos. También pedimos unos chicles Adams de menta para mi mamá. Todo lo pagó Morcilla que siempre administraba un fajo de billetes del tío.
En menos de una hora llegamos a la carretera destapada del Tamarindo dejando atrás polvaredas que envolvían a los campesinos que iban y venían por un lado del camino. El portón de la finca estaba abierto. La camioneta entró despacio por el empedrado y desde lo lejos se veía la casona, los jardines, los árboles, las canchas desoladas. Todos dormían a esa hora de la mañana. Mientras el carro avanzaba vi por la ventanilla a Milord, el Lassie de la familia, correteando una mariposa por el césped que rodeaba la piscina. Su pelaje blanco y castaño se doraba con los rayos del sol aún débil; era tan elegante al trotar y de un garbo que una tía dijo que parecía un inglés, y por eso lo bautizaron Milord. El animal, que había sido un regalo de Fernando a su hijo Juanfer, era una alegría más en la familia.
Milord y el tío Fernando eran los únicos despiertos a esa hora, y por supuesto Juaco, el mayordomo, y su señora, que recibió los quesitos y los pandequesos. El olor del chocolate era el mismo de siempre pero era extraño estar tan temprano en la finca: la piscina parecía en obra negra, cubierta por un plástico con piedras en las esquinas. Si no fuera por el reguero de botellas, envolturas de mecato, vasos y copas se podía pensar que no había paseo.
Poco a poco la gente fue saliendo de las piezas. Primero los abuelos y los niños, luego las tías y los primos grandes y al final los camaradas: primos de la misma edad –algunos venidos de Cali y Bogotá que hacía tiempo no veía–, llenos de vitalidad para disfrutar hasta el último recoveco de la hacienda. El hecho de verlos despertar uno a uno somnolientos y despelucados, aún con los brazos desgonzados, atenuó esa desventaja a la que se somete el que llega tarde a los paseos. Otro gallo hubiera cantado si llego y los encuentro despiertos, jugando, con el espíritu en su esplendor: ahí sí hubiera sido comidilla y objeto de su crueldad.

A las diez de la mañana ya todos estaban levantados y desayunados. La piscina en tonos de azul lucía provocativa para devorarla a brazadas, para zambullirse una y otra vez y jactarse con el sonido del agua. Juaco dispuso las sillas bronceadoras alrededor del quiosco y quitó las lonas de cuerina de las dos mesas de billar, una de las pocas cosas que conservaba la finca del anterior dueño. También destapó un juego de sapo que, curiosamente, tenía cada vez más argollas. El empalme con los primos se dio rápido y el día de sol comenzó perfecto. Mi mamá, estresada e intensa en la casa, en la finca se convertía en la madre amorosa y responsable, siempre pendiente de que nos portáramos bien y de que no hiciéramos daños.
Precisamente ese día noté que el paño de una de las mesas de billar estaba rasgado; el primo Jimi lo había roto por tacar massé, pero a Fernando no le importaban los daños, ni que las piedras que les tirábamos de noche a los sapos amanecieran en el fondo de la piscina, ni que cosecháramos mandarinas biches a puñados. Al tío lo que le importaba era que pasáramos bueno, y tener su vaso-termo lleno de hielo y whisky desde las once de la mañana. La grasa que comía en forma de chicharrón y choricitos lo mantenía en pie y con ganas de jugar de manos. Mis tías sufrían para que no nos fuera a lastimar con su brusquedad innata.
Ese día todo salía muy bien. Desde el quiosco, comandado por Fernando con su whisky, los grandes contaban chistes y vigilaban el juego de los chiquitos en los columpios mientras otros primos chapuceaban en la piscina. Juaco y su señora terminaban de recoger los restos del asado y después tenían la orden de ensillar las bestias habituales, que eran un par de yeguas, dos mulas y un táparo bautizado La Rosa. La costumbre de los grandes era hacer cabalgatas por los potreros y recorrer veredas pero después de que los pequeños diéramos algunas vueltas a cabestro dentro de la hacienda. También había carneros, vacas, gallinas, conejos, pavos reales y un mico, Aquiles, un miembro más de la numerosa familia.
De repente, en medio de las carcajadas y el tastás de las bolas, uno de los niños gritó. Era el llanto de Juanfer, sentado en el césped. Fue un momento eterno en el que el niño enrojeció, mudo, con los ojos rasgados y la boca abierta, seco en llanto. En medio de la confusión se escucharon varias frases.
—¡El perro le tiró al niño, lo mordió! –vociferó la tía Uge desde el quiosco.
—¡Le rayó la carita! –gritó indignada la tía Sofía lanzándose hacia su pequeño para auxiliarlo y mirarlo de cerquita. Como el niño seguía seco en llanto sin emitir sonido, Sofía lo sacudió para que reaccionara mientras todos sentíamos que iba a morir ahogado. Milord, con la trompa clavada al piso, iba y venía como enjaulado en campo abierto. Su comportamiento evidenciaba cierta culpa.
Juanfer se estaba demorando para volver en sí, para soltar el aire hecho berrido. Durante ese instante eterno, el tío Fernando reaccionó: la imagen congelada de su hijo llorando en seco, aterrorizado, con una herida leve en el cachete era muy fuerte, y eso sumado a las frases de mis tías, terminaron por despertar sus genes primitivos y decidido se paró de su poltrona, cosa que era difícil que ocurriera. ¿Qué pudo pasar por su mente en esos segundos en que la ebriedad placentera se convirtió en un caos familiar? ¿Milord, el tal perro inglés, era en realidad un peligro para el niño? Fernando puso su termo en una mesita que siempre llevaba consigo, al lado de una diminuta llanta de camión acostada que funcionaba como cenicero, repleto de cuscas de Marlboro rojo. Cuando el niño por fin volvió a emitir sonido, Fernando ya había llamado a Juaco con un grito desgarrado, y mis tías, que conocían muy bien las furias del tío, presintieron lo peor. Sin éxito intentaron calmar al pequeño.
Juaco llegó apresurado con la mano en el sombrero y Fernando le dijo que matara a Milord.
—¡Matá a ese hijueputa perro traicionero! –le insistió vocalizando mal, embombado por el efecto del licor, y el miedo se apoderó de todos porque hablaba en serio. Juaco se quedó estupefacto y quiso hacerlo recapacitar.
—¡Si no lo matás, te mato yo hijueputa! –lo interrumpió Fernando. Nadie sabía cómo reaccionar, los más allegados trataban de calmar al tío, pero la sangre le estaba corriendo muy rápido y muy caliente, como gasolina.
Cuando Joaquín llegó con un rifle, Milord seguía por ahí confundido con su trompa alargada y sus ojos pequeños y redondos. Mi mamá alcanzó a llevarse a mi hermanita y a unos primitos y los dejó encerrados llorando en una pieza. Otros primos mirábamos sin saber qué hacer y también sollozamos y chillamos cuando Juaco cargó la escopeta y apuntó. Milord se movía despacio, huía sin querer, volvía noble, y Joaquín equivocaba el tiro a ver si Fernando desistía, pero no. En su borrachera no le perdonaba a Milord que hubiera atacado al príncipe Juan Fernando, el heredero, su único hijo, sietemesino y de parto delicado.
Joaquín disparó unos cartuchos rojos que parecían tubos de vitamina C. Fueron dos escopetazos aturdidores que mataron a Milord. Y mientras el mismo Juaco fue a enterrarlo a orillas del río, el horror y la tristeza nos invadieron a todos, acurrucados en los rincones de las piezas, espantados. Ese día no volvimos a salir al aire libre y después de un rato nos pusimos a jugar Hágase Rico. Tiramos los dados hasta la madrugada en medio de un silencio sepulcral, haciendo la compraventa de inmuebles sin importar quién iba a ganar, sin ánimos de acumular las mansiones rosadas, sin remilgos para adquirir los tugurios de la zona marrón.
Al otro día, como si estuviera planeado, casi todo el mundo se organizó para bajar a Medellín. El 24 de diciembre estaba cerca y a la finca llegaban y salían amigos cercanos, allegados y conocidos todo el tiempo. Mi mamá, mi hermanita y yo nos devolvimos en el Renault de mi primo Gustavo. Fernando, cargando a Juanfer toda la mañana como un escudo, no se refirió a Milord. La tragedia estaba latente y dolía tanto que el mutismo parecía su apéndice. Quizás los grandes no sabían cómo manejar ese trauma que se estaba gestando en la mente de los pequeños. Un trauma muy diferente al de otras veces cuando dejábamos la finca para regresar al colegio y a la vida en Medellín.
Antes del mediodía salimos por el empedrado, muy despacio porque el carro era bajito; atrás quedaban la piscina, el quiosco, el sapo, los billares, el césped donde jugaba Milord... El tembleque de las ventanillas y de toda la carrocería desapareció cuando llegamos a la carretera pavimentada. El viaje de regreso pintaba silencioso pero con la diplomacia de alguien que es y no es de la familia, la novia de Tavo puso el tema: que en la noche habían dicho que Juanfer le pisó la cola al perro sin culpa y que el perro por naturaleza había reaccionado. Así como la naturaleza violenta y alcoholizada de Fernando lo había llevado a dar esa orden ciega. Cuando pasamos Pakita estábamos otra vez en silencio. Con Milord se fue la fantasía, esa vida de príncipes nunca se volvió a mencionar en la casa.
El secreto del miami
El chocolate del desayuno, las gaseosas y los bolis de los descansos, el jugo o la leche de la media mañana, el agua que bogaba de la llave, todo líquido que ingería en el transcurso de la jornada se iba asentando silenciosamente pero una vez el viejo bus del colegio arrancaba con sus brincos y frenazos, mi vejiga se inflaba y empezaba a sacudirse como una claraboya en el mar picado.
Las ganas de orinar, si bien las controlaba, me impedían disfrutar la ciudad a través de la ventanilla. Era nuevo en el transporte y no tenía la costumbre de hacer pipí a la salida del colegio, pero debía incorporarlo si no quería seguir siendo víctima de una vejiga a punto de explotar. Así sentía su ferocidad cuando descendía del bus y cruzaba la puerta de la unidad, como si el cuerpo supiera que el baño estaba cerca y por eso acosaba de mala gana amenazando con expulsarlo todo si no arribaba de inmediato al sanitario.
Bajaba las escaleras de la portería dando patadas hacia atrás, contrayendo los genitales, empuñándolos, y llegaba al bloque con la respiración contenida. Apenas comenzaba a subir las escalas la sensación era incontenible. Desde mi debut en la ruta 6 tuve que orinar en una matera frente al apartamento 302. A duras penas llegaba hasta ahí, era el límite, la mata de doña Mirian, la mamá de Ángela, una peladita de mi edad con una belleza muy extraña: su lindo rostro estaba infestado de pecas.
Aunque los primeros días llegaba con la intención de subir un piso más y orinar en la casa como un niño educado, en el tercer piso la claraboya me doblegaba. Desesperado, desabrochándome la bragueta, debía arrimarme a la matera, que hospedaba un miami amarrado a una estaca, sacar mis partes y dejar que el líquido represado y caliente fluyera con libertad. Soltar el aire, respirar, sentir el peso del morral, los taches de los guayos tallando la espalda. Nada importaba, en esos momentos me estaba solazando en el paraíso.
Al cabo de una semana noté que el miami estaba más frondoso y sus hojas, verdes oscuras con pintas verdes claras, habían adquirido un tono más intenso alrededor del nervio principal. Lo confirmé un domingo por la mañana que bajé a jugar fútbol. Doña Mirian estaba conversando con la vecina del 301 mientras trapeaban entre las dos el pasillo y las escalas.
—Como tenés de hermoso ese miami, está divino –le dijo la vecina.
Yo seguí como si nada pero escuché que doña Mirian le respondió algo así como que en el balcón no le estaba dando buena sombra. Salí del bloque estimulado con ese universo de las matas, tan ajeno para mí, pero a la vez tan presente. Neli, la empleada que trabajaba con mi mamá desde que yo nací, brillaba las hojas con cáscara de banano, las bañaba con agua jabonosa para quitarles las plagas, las cambiaba de lugar con frecuencia y las podaba en ciertas noches de luna. ¿Sabría ella que el orín podía darles un buen aspecto? No sé, ni le quise preguntar, pero al ver tan bonito el miami de doña Mirian pensé que también podía embellecer las matas de la casa.
Las matas eran de mi mamá pero yo también me pondría contento de verlas vitales, para mí cada una tenía carácter y personalidad. Las más elegantes eran tres miamis que colgaban de un mueble de la sala; por el amor que mi madre les profesaba al tocarlos o al hablarles, invitaban a respetar lo de ella, sus cosas, sus actos. Una palmera muy grande para un apartamento, con las puntas chuzudas, me intimidaba como si quisiera que llegara a hacer las tareas. Por ningún motivo quería verme jugando por ahí en la sala. Había unas maticas chistosas, de hoja gorda, no sé si por pequeñas pero parecían pícaras y alcahuetas, como si pensaran que la vida es corta y hay que disfrutarla. Un cafeto, el que brillaban con cáscara de banano, era mediano y aburrido, no me decía mayor cosa, como si estuviera en un velorio a toda hora. Me gustaba un helecho que llamaba a la necedad, al desorden con su melena: como sus puntas se quemaban cada tanto lograba que lo estuvieran cambiando de lugar.
Una opción fácil era aprovechar un rato a solas en la casa para aportar mi abono bajo dos modus operandi: el salvaje, pipiciar directamente sobre el sustrato, o el civilizado, orinar en una coca y luego regarlas como hacía Neli. El día llegó y aunque hice pipí en una conservadora que mantenían en el balcón, sentía que la magia era estar reventándome después de subir escalas, con el susto de ser descubierto y al mismo tiempo el placer de estar compenetrándome con la tierra. Pero aguantar un piso más nunca fue posible y tampoco pude orinar un poco en el miami de doña Mirian, contraer esfínteres y suspender el chorro para terminarlo de irrigar en las plantaciones del hogar, no me atrevía, no sé si por pereza a interrumpir lo que ya estaba en curso o por miedo a sufrir algún daño en los conductos del miembro. Así las cosas, mi única posibilidad era hacerlo como había comenzado: en casa, a solas. Eso significaba que el acumulado del colegio seguiría siendo exclusivo del miami que adornaba el frente del 302.
La segunda vez que aboné las matas de la casa me serví de una coca para alcanzar las más altas, en especial los miamis. Mis intenciones eran buenas pero me sentía mal por algún motivo. No sé si a los ojos de mi mamá y Neli sería bien visto lo que estaba haciendo, a veces veía que tildaban de asqueroso al que orinaba en los arbolitos o en los postes, y en últimas esas matas eran testigos de las intimidades familiares, habitaban la casa con estoicismo mientras se desarrollaban nuestras vidas como para que de pronto se sintieran humilladas. Debía estar muy atento a posibles olores o a reacciones inesperadas al mismo tiempo que el aspecto del miami de doña Miriam, piropeado por la vecina, me iba dando la pauta, como una especie de conejillo de indias que alimentaba y monitoreaba.
No sé qué pasó un día en el colegio, si disminuí la ingesta de bebidas, pero descendí del bus con la vejiga a medio llenar. Bajé tranquilo las escalas de la portería y me dirigí al bloque observando los palos de mango, los balcones con matas de otras vecinas, consciente de la luz fuerte sobre la acera, las sombras definidas y hasta los pájaros que ignoraba cuando llegaba haciendo maromas. Subí las escalas y en el segundo piso sentí unas leves ganas de orinar, como si el miami de doña Mirian ya funcionara como el dispositivo del cuerpo que acosa los esfínteres cuando detecta la cercanía del baño. Tenía tiempo de llegar a casa pero para no perder la costumbre hice pipí en la planta. Al exhalar y provocar el chorro sentía que también un poco de maldad contenía este acto. Orinar en su miami me daba cierto poder ante doña Mirian, me hacía sentir superior cuando la veía por ahí, quizás por tener el poder de la información. No era cosa menor que su planta lactara mis nutrientes.
Ese día sentí cierto olor a chichí viejo. Me detallé el miami y busqué algo extraño en sus hojas, en sus tallos, en la tierra, pero lucía saludable, con sus dos tonos de verde. Ya en la casa me pregunté cuánta agua le echaría doña Mirian y con qué frecuencia. O si le daba nutrientes, o si la luz y la sombra influían y en qué se diferenciaba un miami de otro o una planta de otra. Podían no asimilar de la misma forma mis riegos. Hubiera quedado en la ignorancia si no es porque una mañana converso con Víctor, el jardinero del colegio. No se me había ocurrido hablar con él ni con la profesora de ciencias pero ambos me podían ayudar. En el primer descanso lo vi podando los arbustos que amurallaban la rectoría. Lo saludé y le pregunté qué les gustaba más a las matas. Con sus tijerotas en la mano, me respondió que el agua y la luz principalmente, y que muchas cosas podían ser su alimento. En un momento dijo que la boñiga, el estiércol y la gallinaza eran buenos abonos y ahí vi mi oportunidad.
—Víctor, ¿y si uno se orina en una mata? —pregunté sin tapujos, como si se me hubiera acabado de ocurrir la idea.
Víctor me escarbó con la mirada buscando alguna motivación oculta pero solo encontró mi interés genuino.
—Pues depende de la mata, Richi, lo cierto es que los orines son buenos, tienen nitrógeno, fósforo, minerales –contestó ya con cierto entusiasmo por verme interesado en su oficio–, el peligro es que si es mucha cantidad, la planta puede sufrir y quemarse –me advirtió.

Perdí casi todo el descanso hablando con Víctor pero salí con un par de datos importantes. Ya tenía claro que las matas se me podían quemar y una opción para evitarlo era diluir el orín en agua. Al final me regaló una bolsa de tierra de capote y musgo para que llevara a la casa y abonara las matas. Recibí el regalo como si fuera un botín de lujo, Neli sufría cada tanto para conseguirlos y a veces correteaba cuadras enteras al campesino que pasaba los viernes vendiendo tierras, musgo y penca de sábila.
Los conocimientos aportados por Víctor invitaban a no excederse pero a diario seguía haciendo pipí en el miami, casi siempre obligado por la vejiga pero otras veces por pura obstinación. Lo importante era estar pendiente de cualquier alteración y, aunque las matas de la casa estaban radiantes, lo mejor era reducir al mínimo mis riegos; a veces me alertaba un olor dulzón que mi mamá y Neli le adjudicaban a la jaula de mis hámsters, ubicada en una esquina del balcón.
Por esos días, encariñado con el miami que me servía de orinal, como si sintiera que fuera un poco mío, le dije a mi mamá que le pidiera a doña Mirian un piecito. No sé qué la sorprendió más, que usara la palabra piecito para ese efecto, como le decía Neli a la rama que cortaban de una mata madre para duplicarla, o la propuesta en sí.
—Oigan a este bobo con lo que sale –se apresuró a contestarme.
El hecho de haberme dicho bobo significaba que estaba desconcertada y prevenida. Ella tenía sus miamis dentro de la casa, en la sala, y para ella eran más hermosos que el de las escalas, y no tenía por qué ir a pedir piecitos de miamis a nadie y menos a la vecina. Mi mamá desconfió de mi hombría por estos intereses inesperados, por haber llevado tierra de capote y musgo a la casa, pero en vista de que mi relación con las matas era secreta muy pronto dejó de vigilarme.
Mi vida siguió común y corriente. Como sabía que el olor en la sala podría no ser culpa de los hámsters, abandoné la idea de abonar las matas de la casa mientras que al miami de la vecina le entregué todo. Ahora no solo lo orinaba cuando llegaba del colegio, sino en cualquier subida si tenía un mínimo de ganas. Así pasaron varios días hasta que, sumergido en mis cosas, cometí la falla de no prestar atención a dos hechos que me hubieran podido alertar: uno, que cada vez era más frecuente ver a las vecinas del tercer piso trapeando el pasillo, y dos, el olor a jaula de mico perfumado que viajaba entre los pisos dos y cuatro.
Un día que estaba chichiciando normal en el miami, doña Mirian abrió la puerta intempestivamente. Había estado toda la mañana vigilando por el ojo mágico, esperando el momento con el puñal en la boca. A través de ese pequeño monóculo desenfocado en los bordes me vio llegar bien enfocado allá al fondo, en realidad cerquitica de su puerta y de su mata, desabrocharme el pantalón, bajarme el cierre y empapar sus reinos que también eran los míos. El sonido de la puerta me hizo brincar y me alcancé a orinar una mano.
—¡Maldito culicagado, vos sos el que me está miando la mata! –gruñó doña Mirian mientras yo seguía evacuando mi agüita amarilla. La falta de práctica no me permitía detener la orinada con soltura. Lo único que pude hacer fue encorvarme un poco para tener más privacidad. Para que la situación no se hiciera muy eterna, se me ocurrió abrir la boca.
—Abonando la matica, doña Mirian –dije apenado y me apresuré a terminar. Al mirarla, pude ver el rostro pecoso de Ángela asomado en la puerta.
—¡Descarado, ¿por qué no va y orina en las matas de su casa?, puerco! –vociferó la doña y siguió echando cantaleta pero yo ya estaba viajando en la memoria. Que madre e hija me vieran orinando frente a su casa me recordó la vez que, enfermo de varicela, una vecina llegó de visita con una niña de mi edad. Por falta de previsión de Neli, entraron hasta las piezas y me vieron desnudo parado en la cama de mi mamá mientras ella me echaba una pinta de pomada en cada roncha. Ahora estaba igual de acorralado y tan descubierto que me tuve que escabullir escaleras arriba. Nunca más volví a hacer pipí en el miami de doña Mirian. Sufrí como nunca a partir de entonces para entrar o salir del apartamento, del bloque o de la unidad. Tuve que obligarme a orinar al salir del colegio hasta que a los dos meses me sacaron del bus para meterme a otro transporte más barato con un señor de la unidad. A veces me comía un banano y le entregaba las cáscaras a Neli para que brillara el cafeto y una vez probé a pasar yo mismo las cáscaras por sus hojas, pocas caricias que cambiaron mi relación con él: ya no parecía en un entierro, sino un buen estudiante con zapatos Verlón.
De pronto, cuando estaba jugando en la unidad, hacía pipí en cualquier arbolito pensando en que le estaba dando un bocadillo de fósforo y nitrógeno, y otras veces, motivado por la maldad, me metía a otros bloques para buscar miamis y matas paralelas para mearlas y desquitarme del embarazo que me había dejado el tropiezo con doña Mirian y la pecosa. Era terrible darles la cara pero me tocaba porque me saludaban formales y complacidas. La emboscada me había servido de escarmiento. Solo pude superar el episodio al año siguiente cuando nos trasteamos para los bloques de abajo de la unidad. Separados por una colina, ya casi no me encontraba a doña Mirian. A Ángela sí la veía con sus amiguitas por ahí. Si coincidíamos me miraba con la fuerza del que tiene la información. Sonreírle cada vez era tener preservado nuestro secreto.
Pecado al tablero
La fila para confesarse con el padre Fabio se alargaba por el corredor, doblaba la esquina de la enfermería y llegaba hasta el bosquecito donde jugábamos canicas. En condiciones normales, la hubiera hecho. No solo para capar clase y alargar el momento de la confesión, sino porque el padre Fabio, el cariñoso Pafabio, era comprensivo y laxo a la hora de sentenciar las penitencias. Esta vez, sin embargo, las piernas me temblaban de miedo: en mi pecado estaba involucrado un compañero del salón que, de todo el estudiantado, era su consentido, su monaguillo honoris causa. En especial me asustaba que Pafabio me pidiera hacer público lo sucedido.
El problema era que la medalla dorada ya estaba colgada en mi pieza, junto a otras viejas medallas futboleras de plata y bronce. La única de oro era aquella con un caballo en relieve que me acreditaba como campeón absoluto del interclases de ajedrez a costillas de Carlito, la ñaña de Pafabio y uno de los alumnos más admirados por los profesores. Estaba en el top tres de los mejores del salón y era el único que cargaba con el sufrimiento prematuro de haber perdido a su madre. No sé cómo hacía para aguantar ese inmenso dolor en su cuerpito de pluma, yo no lo hubiese resistido.
Al principio pensé que mi sentimiento de culpa sería vencido por mis rezos y monólogos nocturnos dedicados a dios y la virgen, pero al seguir atormentado había decidido acudir a la confesión. Y para no mencionar a Carlito ante Pafabio, me incliné a hablar de mi pecado con el temido padre Aníbal. Su fama era muy distinta, no lo tomaba a uno por la barbilla, ni le apretaba con cariño un brazo para anunciar la pena, sino que hablaba distante y pausado, repetía los pecados que uno decía, como para rumiarlos en su boca, y luego, con el tono de un papá molesto que se priva de darle correa al hijo, preguntaba algún detalle que permitiera conocer las razones de la debilidad y dictaba la dura penitencia.
Era la oportunidad de desahogarme sin zalamerías y al mismo tiempo esquivar roces con Pafabio. Con las manos sudando frío crucé al corredor donde estaba Aníbal confesando a la profesora de Sociales. No había nadie más en la cola. Esperé mi turno mientras repasaba mentalmente el parlamento que más o menos tenía preparado para este difícil momento.
—Cu én ta me tus pe ca dos, hi jo... –me dijo por fin el padre Aníbal desde un pupitre que sacaban al corredor para las confesiones.
Como uno se confesaba parado, quedaba a la misma altura y muy cerca del padre. Años atrás me había confesado con él para la primera comunión pero no recordaba bien el tamaño de su cabeza. Lo miré y fue como descubrirlo en realidad, tenía tanta cantidad de piel entre los ojos, la nariz y la boca que para apreciar su rostro entero debía hacer recorridos con la mirada.
—Padre, es que he estado diciendo muchas groserías –dije, como para empezar con un pecado estándar.
—¿Di ci en do mu chas gro se rí as, eh?... –replicó el padre Aníbal en su costumbre de recapitular los pecados–. ¿Qué ma las pa la bras has es ta do di ci en do?
—Eh, padre, las que oye uno por ahí... güevón... cacorro...
—¿Qué más?
—Pues padre, carechimb, malpari, hijueput, las conocidas...
El padre Aníbal me echó un sermón sobre la limpieza del alma y del manantial o el pantano que brota de los labios y otras cosas que no recuerdo porque yo estaba esperando para avanzar con el pecado importante. Aunque no haberme confesado después de varios días de decir groserías me impedía comulgar, no era una cosa que me atormentara, en la familia y en la unidad era común el insulto como muletilla permanente. Antes de que el padre Aníbal indagara por más fallas en mi comportamiento, tomé la iniciativa.
—Padre, otra cosita es que... hice trampa en la final del interclases de ajedrez –solté la frase y ardí por dentro como si tuviera el corazón ampollado.
Quedé a merced del padre, desprotegido, listo para ir a la guillotina o a la horca. En ese caso hubiera pedido como último deseo que me dejaran estar a solas con Teresita, mi directora de grupo, para darle un beso y abrazarla, y quizás también para despejar dudas sobre si hubo algún tipo de amor entre nosotros. Pero más que un verdugo, lo que quería el padre Aníbal era conocer detalles y yo sabía que si lo conmovía era posible obtener una pena que así fuera dura me permitiera conservar la medalla, un oro que me había representado premios adicionales en la familia y ahora lucía con orgullo en una pared de mi cuarto. Estaba dispuesto incluso a ser su monaguillo el resto de año con tal de permanecer con esa gloriosa medalla de oropel.
Amplié mi confesión tratando de lacerarme pero a la vez con piedad. Primero acepté haber cometido una “canallada”. Utilicé la palabra a propósito, la conocía por mi papá y me parecía que podía surtir un buen efecto porque parecía provenir de los tiempos de la Conquista y la evangelización. Así fue. Aníbal movió su cuello de cebú para mirarme de soslayo. Aproveché entonces para decirle que había tenido una infancia muy dura, que la separación de mis padres me había devastado, y que una de las cosas que le había heredado a mi papá y a mi abuelo era el gusto por el ajedrez. Le conté que era el mejor de los primos, que ya le ganaba a mi papá y al tío abuelo Alfredo. A veces yo mismo me interrumpía para decir que estaba arrepentido por no haber denunciado, pero que no sabía hasta qué punto había pecado. Eso lo improvisé sobre la marcha para generar curiosidad. Hizo efecto. Me pidió que avanzara, que qué era lo que había pasado. Ahí fui más solvente y le conté despojado de cualquier sentimiento que todo había ocurrido en el interclases de ajedrez, que había sido el primero en superar la primera ronda con un jaque pastor a mi contrincante y que eso me había convertido automáticamente en uno de los favoritos para llevarme la medalla de oro. Al igual que Carlito, cuando fue pasando de rondas. A medida que los dos íbamos venciendo a los contrincantes de séptimo y octavo, el entusiasmo se fue apoderando de la gente del salón. Eran nuestros primeros interclases en bachillerato y dos compañeros estábamos peleando contra los grandes por una dorada. En los demás deportes no teníamos posibilidad de arañar siquiera un bronce. Cuando mencioné a Carlito, el padre Aníbal borbolló sutilmente, cualquier otro nombre o apodo habría pasado desapercibido. Su interés creció cuando le dije que los dos habíamos llegado a la final: el salón celebró que ya teníamos aseguradas dos medallas y aunque en el bajo bachillerato Carlito era favorito indiscutido para llevarse el oro, los más amigos míos y algunos rebeldes pensaban que yo podía dar la sorpresa.
Pero en el fondo sentía que era imposible ganar. La sola presencia consumida y silenciosa de Carlito me intimidaba, pocos eran más flacos que yo en aquella época. Con su pelito de paja oscura parecía ir levitando todo el tiempo, imperturbable. Había ganado dos veces la Copa del Mejor Carácter y era considerado uno de los más inteligentes del colegio mientras que los profesores veían mi faceta ajedrecista como un chiste del destino. Si hubieran abierto apuestas para aquella final, todo el mundo habría apostado por Carlito, quien además de mazo despertaba la simpatía de todos por su vulnerabilidad física y fortaleza mental, y también por la terrible realidad de tener la mamá en el cielo.
El día de la final me hallé sin mentalidad ganadora, como si ya hubiera llegado muy lejos. Atrás habían quedado los jaque mate maravillosos con los que derroté a pelaos de séptimo y octavo. Ahora veía a Carlito meditando como un gigante frente al tablero, como si fuera Gandhi con el cerebro de Gasparov. El padre escuchaba atento mi relato. Le conté que había salido súper defensivo, especulando con los caballos, con miedo a adelantar los peones, luego Carlito atacó y ya enfrentado a la bestia tuve que defenderme, abrirme, atacarlo.
La partida, programada en horas de clase para poder jugar en silencio, se alargó. Como Carlito parecía en una mejor posición, me demoraba eternidades en hacer mis jugadas, y así, de tanto pensarle, equilibré el juego hasta que ambos quedamos con el rey y un par de peones. Le propuse que le dijéramos a Jairo, el profesor de Educación Física, que habíamos quedado en tablas, que nos diera el oro a los dos. Carlito accedió pero Jairo dijo que era imposible, había una medalla de oro, una de plata y una de bronce. Jueguen hasta que haya un ganador, dijo, y tuvimos que volver a armar el tablero, padre. Ahora me tocaba con las negras y el miedo me volvió al cuerpo pero decidí jugar lo más concentrado posible. Pensé que la medalla de plata ya era ganancia y jugar contra Carlito, casi un privilegio.
El juego final comenzó parejo y muy pronto me le comí un caballo sacrificando una de mis torres. Eso lo azaró y en un momento le vi cara de preocupado. Luego cometió un error infantil que puso la partida a mi favor. A punto de despejar el camino por donde iba a empezar a desgastarlo con jaques sonó el timbre del descanso y la gente llegó a ver quién había ganado las finales. A unos metros de nosotros acababa de terminar la final del alto bachillerato entre un pelado de once y la vencedora, una pelada de décimo. Todos los que estaban fueron a ver entonces el desarrollo de nuestro partido; se abarrotaron alrededor del tablero y los de once y décimo gritaban encima de nosotros y les tiraban chitos a las piezas. Jairo trató de poner orden pero la mayoría se quedó sin parar de reírse, ni de comentar jugadas imposibles, ni de burlarse de nosotros sin conocer los dolores humanos que había padecido, por ejemplo, Carlito.
Mi pecado, le dije finalmente al padre Aníbal, fue guardar silencio frente a lo que hizo uno de los pelaos de once, apoyado al lado del tablero: en medio de la bullaranga y la chanza de los espectadores agarró la torre que me habían comido y ocultándose la mano con el otro brazo la colocó en el tablero. Esperé a que Carlito alegara para llamar a Jairo y suspender el juego, pero hizo su jugada como si nada hubiera pasado. Yo me hice el bobo y moví cualquier otra pieza inofensiva. Carlito volvió a jugar. Me parecía increíble que no se hubiera dado cuenta, de pronto había estado cegado creando jugadas en la mente.
La trampa no descubierta por mi rival hizo que los espectadores se carcajearan contenidos y permanecieran expectantes alrededor del tablero. No sé por qué sentía que debía corresponderles aquel gesto con un triunfo liderado por aquella torre resucitada; si lo hacía no solo podía ganar, sino que era una forma de congraciarme con gente que ya estaba curtida del bachillerato. Así que satanás tomó mi mano y usé la torre maldita para romper la defensa de Carlito. Le di jaque mate en cinco jugadas y en medio de la actuación, los de once me montaron en hombros, me tiraron para arriba varias veces y casi me dejan caer.
Le expresé al padre Aníbal que desde eso me sentía muy mal, habían hecho trampa en mis narices, a mi favor, y no fui capaz de decir nada, y lo peor es que había llevado la medalla a la casa y le había dado una felicidad a mis padres. Traté de volver a conmoverlo con la historia del divorcio y la herencia del ajedrez, lastimero le dije que mi padre ya no vivía con nosotros y que eso era muy duro, y como un dato suelto le confié que me había regalado unos tenis por haber obtenido ese oro. Acudí a esta artimaña con el único fin de que no me condenara a devolver la medalla, pero pensé en Carlito, el perjudicado, y le dije al padre que nada de lo que yo había sufrido se comparaba con la muerte de la mamá de mi compañero, y que tal vez eso era lo que más me dolía, pero que a religión cierta no sabía si había engañado o mentido, ni cuál era el pecado exactamente.
—¿A sí que co me tis te u na ca na lla da, eh? –retomó el padre y resumió los hechos. Su sotana emanaba un aroma a libro mohoso y su aliento amargo revelaba que había estado tomando café en la mañana.
Al final, me dijo que hiciera lo que me dictara el alma, me habló del arrepentimiento y de la paz que obtendría si hablaba con Carlito. También me dijo que si no lo hacía, no iba a quedar tranquilo y yo sabía eso, pero la posibilidad de devolver la medalla me angustiaba y agradecía que no me obligara a hacerlo. De penitencia dictó siete padrenuestros y cinco avemarías por el tema de las groserías y, como mi drama había funcionado de una manera protectora, dejó en mis manos el asunto que me agobiaba.
Salí contento de donde Aníbal pero al día siguiente los mismos tormentos me asaltaron la conciencia. Si me miraba los tenis nuevos me sentía sucio mientras que Carlito caminaba en paz, ajeno a la corrupción que me había tocado presenciar y que había alimentado con cobardía. El viernes de esa semana, cuando ya no aguantaba más la situación, fui a buscar a Pafabio en la capellanía. No podía creer que tuviera tanto miedo de enfrentarme al padre más bondadoso que conocía. Al abrir la puerta se sorprendió de verme allí asustado en lugar de estar disfrutando el descanso. Le dije que era importante y le conté lo sucedido. Cuando le mencioné a Carlito sonrió con los ojos cerrados, lo amaba desde adentro porque, además de ser el único herido por la vida, era tierno como una mascotica. Emití unos lloriqueos y entonces Pafabio me tomó de la barbilla y acercó su cara rosada y redonda, sonriente como la de Ziggy, para susurrarme.
—Tranquilo, pequeño, a veces hacemos travesuras pero lo importante es que estás arrepentido, haz lo que te deje tranquilo, pero no llores por eso, eres un buen niño –me dijo Pafabio ocasionándome unas lágrimas sinceras.
Gracias a esas lágrimas de las que me sentía orgulloso tuve un fin de semana de paz. Había superado la confesión con los sacerdotes del colegio. Sin embargo, el lunes al ver a Carlito me volví a sentir en deuda conmigo y con él. En medio de mis reflexiones entendí que no era un asunto de arrepentimiento, sino de honestidad, y que era urgente confrontarlo. En la tarde, a solas en mi cuarto, descolgué la medalla de oro y la metí en un sobre. Había estado casi mes y medio en la pared de mi cuarto, pero la indulgencia de los padres frente a mi pecado quizás había surtido un efecto de desapego hacia ella.
El martes, emocionado, busqué a Carlito en el primer descanso y conversamos. Cuando le entregué el sobre y sintió la dureza y la forma de la medalla, pareció incomodarse. Yo hubiera querido salir corriendo y cambiarme de colegio pero ya estábamos ahí, frente a frente como aquella vez de la final. Como empecé a gaguear, tomó la palabra y me dijo que él se había dado cuenta de la trampa, pero que al igual que yo no había sido capaz de reaccionar. Los dos habíamos sido ratones de laboratorio de los grandes de bachillerato.
Como un felino con su presa, Carlito había olfateado mi miedo desde que supe que la final era contra él, y los dos lo sabíamos. Por eso estaba resignado a recibir mi medalla de plata, pero en un acto de su grandeza Carlito me propuso repetir la partida a puerta cerrada, en la biblioteca, en el descanso largo. Sería nuestra final secreta. Me correspondieron las blancas y desde la salida hice un trabajo digno, con movimientos bien pensados. En los primeros minutos la partida fue pareja y con el paso de las jugadas se desarrolló como era de esperarse: Carlito me fue maniatando con su estrategia ofensiva. Las piezas que dispuse para proteger mi retaguardia se tuvieron que ocupar de otras labores y descuidé lo más preciado. Después de una masacre progresiva, que pudo haber detenido antes, por fin me dio jaque mate. Ni resucitando mis dos torres y mi reina a tiempo lo hubiera podido impedir.

El último vuelo de la Araña
El paseo comenzó normal, con el acostumbrado madrugón a las tres de la mañana. El silencio y la penumbra que en días de colegio me abrumaban y ejercían sobre mi morral un peso insoportable en estos días eran cómplices de la emoción por viajar al mar. Salir de la casa en medio de la pureza de la noche, transitar las calles vacías, sentir el silencio expandido, uno que otro ladrido a lo lejos, uno que otro loco arrastrando una cobija, uno que otro carro fantasma. Todo resultaba hermoso cuando íbamos para la cabaña del tío Fernando.
El encuentro alegre con los primos y el resto de la familia fue en Los Ruiseñores, la fonda que también funcionaba como fortín político de los tíos. Allí nos recogió el pulman que alquilaron para uso exclusivo de la familia. Las últimas imágenes antes de partir, tías en sudadera con el rostro desfigurado por haber dormido poco, primitos sin bañarse, primas con los párpados hinchados, termos de tinto, fiambres, maletas en el suelo, la contentura de los familiares. Era extraño estar en Los Ruiseñores a esa hora; los recuerdos en este lugar eran en campaña, haciendo sánduches en días de elecciones, repartiendo propaganda, despachando carros, festejando el triunfo en las urnas, pero ahora también lo recordaríamos como nuestra pequeña terminal privada.
El imponente Rey Dorado se fue llenando de a poco. En las sillas de adelante se hicieron los familiares más adultos mientras que los más bullosos y fiesteros, que llevaban radio con pilas y botas llenas de aguardiente, colonizaron la banca y las sillas de atrás. Los primos de mi edad, Andresayo, Caliche y yo quedamos en el medio del bus, cerca de primas que acapararon sillas dobles para acostarse en posición fetal y dormir todo el viaje sin quitarse sus walkman.
Como Colombia recién había sido sensación de la Copa América de Argentina, estábamos afiebrados con el fútbol; desde que arrancamos empezamos a hablar del partido que solíamos armar contra los nativos, o sea, contra los hijos de Peyo, el mayordomo, y los hijos de otros mayordomos de la zona. La idea era entrenar todos los días para preparar y ganar el partido como si de eso dependiera nuestro propio triunfo en la Copa. Esa posibilidad de entrar en concentración como unos futbolistas profesionales nos sedujo y nos generó un sentido de pertenencia por nuestro equipo.
Tras una hora de viaje, el bus se quedó en silencio y desde la banca de atrás apenas si se sentía un murmullo o alguna carcajada solitaria. Las luces se apagaron y fuimos arrullados por el ruido del motor que prometía un largo viaje. Yo miraba de reojo a Sayo y lo veía con sus ojos entrecerrados, tratando de dormir con sus manitos de rata entrelazadas en el regazo y no sé por qué sentía como si fuésemos la selección Tamayo yendo a jugar una decisiva semifinal a tierras cordobesas, tal como lo había hecho ese año la selección Colombia ante Chile. Durante largas horas rumié esa expectativa, teníamos toda la infraestructura para jugar nuestro juego: hospedaje, alimentación, balones y playas para entrenar.
También quería que los primos, además de vivir en torno al gran partido, tuviéramos un buen comportamiento, que estuviéramos a la altura del reto, y quizás esto lo pensaba influenciado por las novedosas enseñanzas que el Loco Marroquín y Pacho Maturana le impartían a los futbolistas criollos para obtener triunfos: usar bien los cubiertos, vestirse bien, tener buen gusto, ser respetuoso, expresarse correctamente, pensar en la persona humana antes que en el jugador.

Enterrar los pies en la arena y derrumbar las dunas daba placer, pero jugar fútbol era como luchar contra la gravedad en guayos de plomo. Los negros, en cambio, dominaban el terreno. Como jugábamos descalzos podíamos ver las plantas de sus pies tan claras como las nuestras, como si sus abuelas se las restregaran con blanqueador antes de los partidos. Pisaban la pelota para protegerla y con su fortaleza iban avanzando veloces. Este panorama nos obligaba a reforzarnos con algún primo mayor o algún tío y a prepararnos muy bien si queríamos ganarles.
Al principio el plan diseñado en el pulman se cumplió a cabalidad. Con ayuda de Peyo improvisamos el arco de siempre, entre una palmera y un almendro, para ensayar jugadas, cobrar penaltis y tecniquiar. La disciplina era notable, nos levantábamos a la misma hora y nos manteníamos juntos, enfocados en el partido. Al comienzo me sentía feliz. Sayo y Caliche me empezaron a decir Araña Negra, por petición mía, pues suplantar la identidad del portero ruso me inspiraba para volar de palo a palo. A ellos también los veía contentos y comprometidos. Toda actividad, en el mar, en la playa, en la piscina, tenía la segunda intención de prepararnos. Si nadábamos y jugábamos con las olas, estábamos fortaleciendo los brazos; si íbamos a cazar cangrejos, practicando agilidad; si corríamos jugando chucha con las primas, era velocidad lo que estábamos trabajando; si nos excedíamos en chocolatinas americanas, nos estábamos recargando de energía.
Aún no sabíamos pero eran los últimos momentos de concentración e inocencia, porque días más tarde, cuando la cotidianidad del paseo adquirió personalidad y surgieron objetivos y dinámicas en el subgrupo de las primas o de los primos mayores, aparecieron nuevas distracciones y como un ser insensible que se toma confianza y te da mal ejemplo, el paseo empezó a dañar la disciplina del plantel de cara al desafío y de paso me sembró inquietudes indiscretas relacionadas con las primas y en general con las mujeres con las que desde entonces tuve que lidiar.
***
Una tarde, antes del entreno vespertino, nos dimos cuenta de que Mauro y Jimi planeaban subir a la terraza donde estaban los tanques de agua dulce. Según ellos, tenían información de que algunas primas habían cogido la costumbre de broncearse allá arriba durante horas, desnudas, con conchitas de mar cubriendo sus pezones para protegerlos de los lengüetazos del sol. Yo sí había visto que algunas se embadurnaban con aceites de coco y zanahoria, y esa fragancia tropical me gustaba porque era exclusiva de las vacaciones en la costa, pero ahora imaginarlas empelotas era motivo de angustias tentadoras. Si años antes las tetas de Jenny fueron causal de algún desafortunado chiste infantil, ahora me generaban una atracción diferente, incómoda, como una gula de carne viva alimentada por la imaginación.
Mauro y Jimi treparon por la escalerilla y los concentrados fuimos detrás. Los tanques ocultaban la vista hacia las primas. Sigilosos nos acercamos y escuchamos algunas voces, reconocimos a Paula, a Jenny y a una de las primas de Bogotá. Bordeamos los tanques para buscar el ángulo de visión y cuando lo íbamos a alcanzar, la voz de mi mamá y las risas de la tía Marta nos produjeron un cortocircuito de pánico. Mauro y Jimi ni se mosquiaron y para Andresayo y yo fue como recibir una puñalada de esos ganosos que iban a gatear a nuestras madres. Como un acto de supervivencia y dignidad, abandonamos la misión haciendo bulla para prevenir a las mujeres.
—¡¿Quién está ahí?! ¡¿Mauricio?! ¡Aquí solo suben mujeres! –gritaron varias y mientras Sayo y yo bajábamos era imposible no imaginárselas levantándose de las toallas tendidas, las conchitas cayendo y ellas cubriéndose las tetas con un brazo o los dos para echar los improperios.
Abajo, escondidos entre las camionetas, Sayo se acercó demasiado a una esquina y alborotó un panal de abejas. Salimos corriendo pero las abejas lo alcanzaron y se encarnizaron. Eran unas abejas pequeñitas picándole toda la garganta. El primo corría y chillaba agarrándose del cuello, como si quisiera ahorcarse con sus propias manos. Daba gritos desgarradores de auxilio mientras los demás huíamos con fuerza hacia la mar. El escándalo y el llanto alertaron aún más a las mujeres, que nos vieron pasar como alma que lleva el diablo.
—¡Corran! ¡Por hijueputas! ¡Corran! –gritaron desde la terraza.
Me fui a caminar por la playa lleno de preguntas y tormentos. Era difícil asimilar que en mi primera incursión para ver una mujer empelota estuviera involucrada mi mamá. Habría sido fatal haber llegado con esa hambre lasciva y al mirar encontrarme con la desnudez de mi progenitora. Agradecí que todo hubiera pasado así, pero me debatía entre si estaba creciendo muy rápido y no le estaba dando tiempo a mi mamá para que fuera una señora más parecida a una madre, o si era culpa de ella por haberme tenido tan joven, y que más que mi mamá pareciera mi hermana mayor, amiga de mis primas grandes y con un cuerpo como el de ellas. Nunca lo había pensado pero desde esa vez me atormentó la idea de que mis primos vieran buena a mi mamá. Y a la vez me sentía mal por ver buenas a las primas, pues si yo morbosiaba, era probable que los primos grandes usaran a mi madre en sus mentes.
Cuando regresé a la cabaña, Sayo gimoteaba con lágrimas secas en los ojos. Le estaban haciendo curaciones y solo la abuela con sus dedos regordetes pudo extraer los aguijones. El primo tenía fiebre y en su huida se había caído lastimándose un tobillo y una rodilla. Era una baja sensible para el equipo; jugaba de diez y a pesar de su minúscula presencia se echaba el equipo al hombro, escurriéndose entre los rivales. Lo mejor era que su piernitas flacas sacaban unos riflazos impresionantes. Era increíble ver cómo había crecido en apenas un año, sobre todo porque hacía muy poco todavía arrastraba su cobijita de bebé. Con el borde refilado se hacía cosquillas todo el día en el labio y no la soltaba por nada del mundo. Con artilugios y engaños por fin las tías lograron que se deshiciera de ella lanzándola al mar. Le prometieron y lo convencieron de que, en las profundidades, la cobija iba a quitarle el frío a una ballena bebé. Sayo se conmovió con la historia pero cuando el mar se fue tragando la cobija sin misericordia hacia sus entrañas, hizo pucheros y pareció arrepentirse. Si no lloró fue porque los primos estábamos con él animándolo en esa despedida.
***
Con la veta de las primas recién descubierta y Sayo lesionado, nos olvidamos del balón. Fue el momento de integrarnos al paseo con más libertad y nuevas motivaciones. En un parpadeo pasamos de ser unos futbolistas en concentración a ser la base envenenada de una pandilla comandada por dos enfant’s terribles. Ahora no nos despegábamos de Mauro y Jimi y comenzamos a hacer cosas inéditas, salir a la playa de noche, tomar brandy que robábamos al escondido y buscar en la playa viejas de otras cabañas. Como los primos no habían podido pasar a la universidad, se mantenían aprendiendo cosas en la calle y no solo nos contaban sus historias y nos enseñaban sus tácticas, sino que nos confiaban las manías exóticas de algunos tíos.
Yo quería que localizáramos unas pelaítas a ver si conseguía novia y hacía realidad mis ensoñaciones cuando me acostaba en la cama a escuchar el mismo casete de Camilo Sesto mientras imaginaba una futura vida en pareja. Pero este deseo iba a ser truncado por un episodio que le daría un vuelco al paseo. Íbamos a jugar voleibol en la piscina con las primas, el tío Leoncho estaba armando los equipos cuando de pronto llegó una visita a la cabaña. Eran los Ramírez, una familia de médicos muy prestigiosa. Venían el señor y la señora, ya lentos y canosos, con un puñado de hijos grandes: dos varones y dos mujeres con sus esposos, cada una con un bebé de brazos, y dos niños que ya hablaban. También estaba la hija menor de los Ramírez, como de veinte años, y una amiga suya que a leguas se notaba que no era de la familia.
—Eh, ¿quién pidió pollo? –dijo Jimi.
Aunque no tenían la presión de ir a saludar, él y Mauro fueron al encuentro de la visita. Deslumbrados por la presencia de las chicas, caminaron con esa vehemencia de ellos cuando algo realmente les interesaba. Sin duda era carne fresca de su edad, pero lo que más llamaba la atención, y tal vez lo que nos motivó a todos a ir a recibirlas, era que la amiga parecía desnuda. Vestía un diminuto bikini color curuba que hacía muy poco contraste con su piel bronceada, y como el bikini era tejido en croché y encima llevaba apenas un camisón blanco y delgadito, dejaba poco a la imaginación: mi mirada se rebelaba y se enfocaba fugazmente en la entrepierna de la amiga para ver allí una sombra felpuda atrapada en una telaraña.
Mauro y Jimi tenían gafas oscuras pero ni así lograban disimular sus miradas libidinosas hacia las señoritas. Saludaron de beso y se quedaron cerca aprovechando que las primas ya les habían puesto conversa. No les daba ni un pelo de vergüenza con el doctor Ramírez y su esposa, los primos no dejaban de mirar esas carnes tostadas y generosas a través de las transparencias. Una tía se dio cuenta y mandó a Mauro por hielo. Separados, ya no tenían el mismo poder y Jimi se opacó a pesar de que las chicas estaban receptivas y coquetas.
El tío Fernando con su infaltable termito de whisky y el tío Lucio con su sonrisa congelada de candidato en campaña iban a conversar a solas con el doctor Ramírez, que no solo era médico, sino un aliado político que trabajaba por votos en el sector de la salud. Se sentaron en una mesita apartados del resto con una jarra de agua, el viejo Peyo les puso un ventilador para ellos mientras las tías atendían al resto de visitantes.
Como Mauro se estaba demorando, Jimi fue a buscarlo. Las chicas estaban conversando con mis primas, los niños jugaban por ahí y yo, a una distancia prudente, observaba a la amiga, eclipsado más que por su belleza, por su desparpajo. A mis primas no las dejaban fumar pero ella sacó un cigarrillo de una carterita y lo prendió ante las miradas inquisidoras de las tías y la abuela; yo no quitaba la mirada por si le decían algo y también para ver cómo controlaba cada movimiento de sus manos, de sus piernas, de sus caderas, de su boca.
De pronto Jimi llegó corriendo atascado de risa y se acercó a un grupito donde estaban los más cansones, el tío Leoncho y unos primos grandes. Sin medir el tono de voz ni parar de reír contó que había visto a Mauro en el baño haciéndose la paja. Como la gente se carcajeó con dejos de incredulidad, Jimi lo juró y empezó a agitar el puño semicerrado en su entrepierna con cara de simio excitado. Y la gente más se reía, no tanto por lo que contaba Jimi, sino porque su mímica inspirada confirmaba que efectivamente lo había visto.
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