Читать книгу: «Trabajando en profundidad relacional»

Шрифт:


Mearns, Dave

Trabajando en profundidad relacional en counseling y psicoterapia / Dave Mearns ; Mick Cooper. - 1a ed . - Cuidad Autónoma de Buenos Aires : Gran Aldea Editores - GAE, 2020.

(Profesional)

Libro digital, EPUB

Traducción de: Verónica Kenigstein ; Estela Falicov.

Archivo Digital: descarga y online

ISBN 978-987-1301-94-2

1. Psicología. 2. Psicoterapia. I. Cooper, Mick. II. Kenigstein, Verónica, trad. III. Falicov, Estela, trad. IV. Título.

CDD 150.7

Diseño de cubierta e interior: Michelle Kenigstein

Cuidado de la edición: Estela Falicov

Coordinación de producción: Carolina Kenigstein

Corrección: Luciana Pérez Andrada

© Dave Mearns y Mick Cooper, 2005.

© Traducción: Verónica Kenigstein y Estela Falicov, 2011.

Título original: Working at Relational Depth in Counselling and Psychotherapy.

English language edition published by SAGE Publications of London, Thousand Oaks, New Delhi and Singapore, © Dave Mearns & Mick Cooper, 2005. Traducción autorizada de la tercera edición por acuerdo con SAGE Publications, Londres, Reino Unido.

1a edición: marzo de 2011

Edición en formato digital: julio de 2020

ISBN 978-987-1301-94-2

© 2011, 2020 Gran Aldea Editores SRL

Tel: (5411) 4584-5803 / 4585-2241

info@granaldeaeditores.com.ar www.granaldeaeditores.com.ar

Se prohíbe la reproducción total o parcial, por cualquier medio electrónico o mecánico incluyendo fotocopias, grabación magnetofónica y cualquier otro sistema de almacenamiento de información, sin autorización escrita del editor.

Conversión a formato digital: Libresque

Este libro está dedicado a Tony Merry (1948-2004) un muy querido pionero del movimiento británcio centrado en la persona, cuya calidez, sentido del humor y contribuciones al enfoque serán recordados por mucho tiempo.

PREFACIO A LA EDICIÓN EN CASTELLANO

Al escribir este libro sobre el poder de la relación en psicoterapia, somos conscientes de las muchas diferencias en la naturaleza y la centralidad otorgada a las relaciones en una gran variedad de culturas. Es más que un estereotipo considerar que los británicos tienen una tendencia a ser algo tímidos y lentos para comprometerse con los demás. De manera similar, hay cierta verdad en la consideración de que, al menos históricamente, el ciudadano estadounidense prioriza la independencia por sobre la interdependencia. A pesar de que la cultura japonesa ahora está muy occidentalizada, todavía hay una valoración tan profundamente arraigada de la comunidad, que el ciudadano japonés no solo es parte de su comunidad: su comunidad es parte de él. No es fácil definir las tendencias particulares de los países hispanoparlantes con respecto a la centralidad de la relación, porque es un mundo muy amplio y diverso, pero es posible que haya una mayor facilidad de relación que en las culturas antes mencionadas. Ciertamente nos lo dice así nuestra experiencia en nuestros viajes a diversos lugares como Los Picos, en el norte de España, hasta Andalucía en el sur, y desde Atacama y el Altiplano hasta la Patagonia, en Sudamérica.

Si bien las culturas varían con respecto a la centralidad que le otorgan a la relación, hay un rasgo común que forma parte del tejido mismo de la humanidad: todas las personas se sienten impresionadas por la experiencia de sentir un encuentro profundo con el otro. La reacción inicial puede variar desde una fácil bienvenida al encuentro en profundidad hasta la sospecha, o incluso el miedo, si han sido previamente dañados por aquellos que deberían haberlos amado. Pero aun aquellos inicialmente cautos, tendrán al menos una débil esperanza de que esta oferta de relación profunda sea real. Porque cuando nos encontramos con el otro en profundidad tenemos la oportunidad de experienciarnos más plenamente. Esperamos que dicha experiencia, que describimos en este libro, se comunique por sí misma a las diferentes partes del mundo hispanoparlante.

Profesor Dave Mearns

Profesor Mick Cooper

Junio de 2010

PREFACIO

Mick: Una noche, cuando tenía 9 o 10 años, mis padres me obligaron a ir a cenar a la casa de unos amigos. No me gustaban mucho los amigos y mucho menos verme privado de mis horarios de televisión, pero cuando llegué enseguida me atrapó uno de los juegos que los dueños de casa habían sacado para que mi hermana y yo nos entretuviéramos. Era un tablero de plástico con ranuras y el juego consistía en insertar unas piezas en ellas para que formaran un engranaje: si una pieza giraba, todas lo hacían. Todavía recuerdo esa sensación de las ruedas girando juntas –ese sentido de compromiso y conexión– y cómo contrastaba con la soledad de una rueda girando sola. Cuando comencé a ejercer el counseling, recordé lo sucedido esa noche por el sentimiento puro de conexión que experienciaba con algunos de mis consultantes. No ocurría todo el tiempo, pero por momentos sentía que estaba profundamente conectado con mi consultante; comprometidos, entrelazados, engranados. Era como si cuando yo “giraba”, eso afectara a mis consultantes y cuando ellos “giraban”, me afectaran a mí; y aunque en esos momentos el ritmo del trabajo terapéutico era mucho más lento, percibía una profunda sensación de contacto humano genuino. Por lo general, después de esos encuentros salía muy feliz de la sesión, en parte aliviado porque realmente parecía estar disfrutando mi nueva carrera, pero también por la percepción de que en esos momentos de encuentro parecía estar ayudando a mis clientes de una manera muy profunda. Muchos años más tarde, después de muy diversas excursiones teóricas y empíricas, soy consciente de que este deseo de conectarme con mis consultantes sigue siendo el corazón de mi trabajo terapéutico: me parece que nada tiene mayor potencial de sanación.

Dave: “¡Diablos, deja ya de quererme!” gritó Peter, con una voz no lo suficientemente fuerte como para que alguien lo escuchara aunque, esa mañana de sábado, la escuela “Lista D”1 estaba vacía, con excepción de algunos miembros del personal doméstico, Peter –que ese día cumplía 14 años–, y yo.

Yo sabía que era su cumpleaños y que él lo iba a “celebrar” solo, excepto por mi saludo y la caja de caramelos que le había llevado. Los otros 94 chicos habían salido con permiso de fin de semana –el 75% para ir a la casa de sus padres y los otros con parientes o amigos. Algunos de los muchachos no tenían a dónde ir, pero se iban con compañeros. Peter solía recibir invitaciones, pero como siempre se había negado, dejaron de invitarlo. “No me gustan las familias; al diablo con sus familias”, decía. Su opinión sobre las familias era esperable: su padre estaba condenado a cadena perpetua por matar a su madre.

Traer los caramelos había sido un error de juicio, y a la vez no lo había sido. Peter lo había experienciado como “una muestra de amor” hacia él, cosa que no quería, o al menos una parte suya no lo deseaba. Otra parte suya comenzó a devorarse los caramelos y me ofreció uno.

Ése fue el comienzo de lo que para ambos fue “el día de Peter”. Le dije que estábamos obligados a estar juntos todo el día porque yo era el único miembro del personal que estaba de guardia y él era el único muchacho. Le pregunté qué quería hacer, sabiendo que iba responderme el habitual: “ni idea”; cualquier otra cosa habría sido dar demasiado. “No, en serio”, le dije, “vamos a hacer cualquier cosa que quieras, siempre que sea posible y legal”. Tenía sentido agregar “legal” ya que, a pesar de su corta edad, Peter tenía 27 condenas previas, que solo registraban sus “fracasos”.

Me miró directamente a los ojos; en verdad yo le agradaba mucho y él a mí. Pero el secreto era no mostrarlo abiertamente, por lo cual los caramelos le habían molestado un poco. “¿Cualquier cosa?”, repitió. “Cualquier cosa”, confirmé. “Ok”, dijo, “primero iremos a tu Unión de Estudiantes y jugaremos billar y luego al mediodía iremos al bar”. De sus labios asomó una sonrisa presuntuosa. “Ok, al café”, dijo. “Luego iremos al partido”. Por un momento me pregunté si estaba preparado para aceptar la idea de ver jugar a mi equipo de fútbol, pero fue una falsa esperanza; tenían que ser los Glasgow Rangers, por supuesto. Había con ello un pequeño problema porque el partido era contra los Celtics y seguramente las entradas estarían agotadas. “Después del partido, podemos cenar en un restaurante elegante y luego ir al casino… ¡Bueno, me conformo con cenar fish supper2 y volver al colegio!”. Una de las cosas que Peter y yo disfrutábamos juntos era nuestro sentido del humor.

El día fue estupendo. Algunos de los estudiantes de la Unión miraron despectivamente a este escandaloso chico de 14 años, pero al mismo tiempo seguían observando nuestra mesa y admirando su habilidad para el juego. Me ganó siete a uno; “te regalé uno”, dijo, “me diste lástima”. “Lo gané con todas las de la ley”, retruqué, “en esa jugada estuve brillante”. La comida en el café estuvo deliciosa, especialmente nuestra competencia para ver quién podía comer más copas de helado –nuevamente ganó Peter– pero esta vez solo cuatro a tres y medio.

En el partido de fútbol me superé a mí mismo y obtuve la admiración de todos, incluyendo a Peter. Avanzamos dejando atrás los molinetes comunes y nos dirigimos hacia los que decían “entradas de cortesía” donde retiramos dos entradas a mi nombre. Temprano esa mañana había llamado a un amigo que jugaba para mi equipo favorito para pedirle dos entradas, pero no para su partido; él llamó a otro amigo, etc. Los tickets eran para las gradas centrales, justo al lado del palco de los directivos. Apenas entramos, Peter se quedó con la boca abierta y la mantuvo así durante la mayor parte de la tarde mientras señalaba a sus héroes lesionados a pocos metros de distancia en el palco de los directivos.

Su equipo ganó 4-2 y comimos nuestros chips de pescado y papas fritas en el camino de vuelta a la escuela, comiendo directamente de la envoltura de papel de diario, como corresponde. Cuando regresamos a la escuela, lo llevé a la sala del personal y tomamos juntos el té; para los muchachos era especial estar allí.

Al final del día estuve junto a su cama como había hecho al comienzo. “Buenas noches, Peter”, dije. “Gracias, Dave”, dijo Peter y me sonrió. Le devolví la sonrisa y me fui rápido antes de que el nudo en la garganta llegara a mis ojos.

Personas como Peter me enseñaron mucho sobre psicoterapia aún mucho antes de convertirme en terapeuta. No importa cuán “dañadas” estén, siempre hay una parte de ellos, a veces una muy pequeña, que quiere relacionarse y hasta quiere ser amada. El secreto es encontrarse con ellas en sus propios términos.

A lo largo del tiempo y del espacio y bajo distintas apariencias, filósofos (por ejemplo, Buber, 1947), psicoterapeutas (como Laing, 1965; Schmid, 2002) y muchos otros pensadores (como Bohm, 1996) intentaron describir un modo de relacionarse en profundidad en el cual dos individuos experiencian una gran sensación de conexión entre ellos. Martin Buber, el filósofo existencial judío, por ejemplo, escribió sobre momentos de “diálogo genuino” en los cuales “cada uno de los participantes realmente tiene en la mente al otro o a los otros en su ser presente y particular y se dirige a ellos con la intención de establecer una relación viva y mutua” (Buber, 1947: 37). Judith Jordan, psicoterapeuta feminista, también escribió sobre momentos de “mutua intersubjetividad” en los cuales:

Uno está afectando al otro y a la vez siendo afectado por él; uno se extiende para alcanzar al otro y también recibe el impacto del otro. Hay una apertura a la influencia, disponibilidad emocional y un patrón de respuesta y de afectar al estado del otro siempre cambiante. Hay tanto receptividad como iniciativa activa hacia la otra persona (Jordan, 1991a: 82).

El presente libro habla sobre este contacto tal como se manifiesta en el counseling y la psicoterapia. Trata de aquellas experiencias de compromiso y conexión reales que, como sugieren nuestros relatos autobiográficos, ambos llegamos a considerar –como muchos otros terapeutas contemporáneos (por ejemplo, Ehrenberg, 1992; Friedman, 1985; Hycner, 1991; Jordan, 1991a; Schmid, 2002; Stern, 2004)– el corazón de una relación sanadora.

Puede ser muy difícil poner en palabras dichas experiencias de compromiso. ¿Cómo describir, por ejemplo, los momentos de conexión e intimidad con un consultante durante los cuales las palabras de cada persona parecen fluir del otro y se pierde toda reticencia? Un encuentro de esta naturaleza trasciende el lenguaje, y explicar ese momento puede sentirse como banalizar la intensidad y profundidad de la experiencia. Sin embargo, dejar de hablar de tales experiencias por ser indefinibles sería similar a la actitud del borracho que busca las llaves debajo del farol porque allí hay luz, aun cuando las perdió en otra parte. Sin duda es más fácil operacionalizar y hablar de aspectos de la terapia como “cumplimiento de la tarea”, “niveles de alianza terapéutica”, hasta de “frecuencia de auto revelaciones”, pero nos parece que ninguno de estos componentes capta la verdadera esencia de la terapia. Para nosotros la terapia se trata de un encuentro y una conexión verdaderos con otro ser humano, y aunque tales experiencias son difíciles de poner en palabras, ciertamente vale la pena hacer el intento.

La expresión que usaremos en este libro para describir estas conexiones profundas con otros es “profundidad relacional”. Dave Mearns desarrolló este concepto en textos anteriores (Mearns, 1997c; 2003a). En una conferencia reciente dio a conocer algunos antecedentes de esta expresión:

En 1989, Windy Dryden y yo publicamos un libro titulado Experiencias de counseling en acción, en el que examinamos las vivencias tanto de counselors como de consultantes. Durante la investigación para este libro me sorprendió comprobar que en gran medida la experiencia de ambas partes se mantenía oculta al otro, aun en los casos en que los dos consideraban que el trabajo era “bueno”. Cuando empecé a observar el material de esta “relación no hablada” (Mearns, 1994; 2003a), encontré que allí estaba la mayor parte de lo que era realmente importante para el consultante. El paso siguiente fue explorar las circunstancias en las cuales el cliente podía expresarlo. Encontré una sola respuesta a este interrogante: el consultante solo exponía material realmente importante cuando experienciaba “profundidad relacional” con su counselor o terapeuta. Aunque es una búsqueda emocionante –explorar y desarrollar la profundidad relacional– el corolario de este descubrimiento no es muy tranquilizador: gran parte de lo que “normalmente” sucede durante el counseling y la terapia apenas roza la superficie (Mearns, 2004c).

A los fines de este libro, usaremos la siguiente definición de profundidad relacional:

Un estado de profundo contacto y compromiso entre dos personas, en el cual cada una es profundamente real con el Otro y es capaz de comprender y valorar en muy alto nivel las experiencias del Otro.

Al usar el término “profundidad” en este contexto no queremos implicar un modelo objetal del “sí mismo” en el cual se considera que la persona tiene un “núcleo interno” profundo. En realidad, desde el punto de vista fenomenológico e intersubjetivo (ver capítulo 1), la idea de que las experiencias se encuentran “dentro” de la persona es muy problemática (ver Boss, 1963; Cooper, 2003a: 37-9). En cambio, con “más profundo” nos referimos a aquellas cosas que son, desde el punto de vista fenomenológico, “más verdaderas” y “más reales” para alguien: que coinciden más plenamente con la realidad de sus experiencias vividas. También deberíamos señalar que no queremos asignar juicio de valor alguno a la palabra “profundidad”; no la consideramos superior a las maneras de ser o relacionarse más “formales”. Por supuesto, ambas ocupan un lugar importante en las vidas humanas. Lo que sostendremos, sin embargo, es que cierta profundidad en las relaciones es esencial para el funcionamiento humano óptimo, como también suele ser clave para el proceso terapéutico.

En este libro usaremos la expresión “profundidad relacional” para referirnos tanto a momentos específicos de encuentro como a la cualidad particular de una relación. En otras palabras, así como podemos utilizar el término “intimidad” para referirnos tanto a una experiencia específica (por ejemplo, “Anoche sentí gran intimidad con John”) como a un tipo particular de relación (por ejemplo, “Mi relación con John ha sido siempre muy íntima”), también usaremos “profundidad relacional” en ambos sentidos. En el primer sentido generalmente usaremos palabras como “momentos”, “ocasiones”, “experiencias” de profundidad relacional. Al respecto, lo que entendemos por momentos de profundidad relacional es similar a lo que Stern (2004) denomina “momentos de encuentro” y también tiene mucha similitud con la noción de Buber (1947; 1958) de “diálogo” y de actitud “Yo-Tú”. En el segundo sentido, sin embargo, profundidad relacional describe no solo un momento específico de encuentro, sino una sensación perdurable de contacto e interconexión entre dos personas. Habrá muchos momentos de profundidad relacional, pero también es probable que haya instancias de contacto menos intenso. Además, cuando entre dos personas existe profundidad relacional, hay una conexión entre ellas que se da independientemente de los momentos específicos de proximidad física. Entonces, por ejemplo, si existe profundidad relacional entre mi hermana y yo, puedo tenerla en mente como una presencia positiva y valiosa; incluso, podría sentir su calidez y comprensión aun cuando ella no está presente.

Dada nuestra definición de profundidad relacional, es importante destacar que la consideramos un fenómeno relevante para todo el espectro de encuentros humanos y no nos limitamos a la relación terapeuta-consultante. Por lo tanto, aunque este libro se enfoca principalmente en la profundidad relacional en el contexto terapéutico, lo consideramos solo uno de los ámbitos dentro de los cuales pueden producirse dichos encuentros profundos.

El propósito de este libro es explorar la naturaleza de la profundidad relacional y delinear una práctica profesional entre cuyas principales características se encuentre esta forma de relación. Aunque, como autores, provenimos del campo de la terapia centrada en la persona y el enfoque existencial, consideramos fundamental el concepto de “profundidad relacional” para el trabajo de terapeutas de diversos enfoques y escribimos este libro teniendo presente dicha diversidad. Resulta fascinante ver la creciente cantidad de profesionales psicodinámicos y cognitivos moviéndose en esta misma dirección (ver capítulo 1).

Desde el punto de vista del enfoque centrado en la persona, nuestra meta es esbozar y desarrollar una concepción dialógica particular a la terapia centrada en la persona. Esta es una “terapia centrada en dos personas”, o lo que Godfrey Barrett-Lennard (2005), el distinguido autor e investigador de este enfoque, ha llamado recientemente “una psicoterapia relacional centrada en la persona”. Es una perspectiva en la cual el eje básico del trabajo no consiste en mantener una actitud no directiva (ver “terapia clásica centrada en la persona”, Grant, 2004; Merry, 2003) ni en facilitar el cambio emocional per se (ver “terapia experiencial de procesos” y “terapia centrada en la emoción”, Elliot et al., 2004; Greenberg et al., 1993), sino en encontrarse profundamente con la persona y sostener dicha profundidad en la relación.

Aunque esta manera de trabajar puede ya estar implícita en los objetivos profesionales de muchos terapeutas centrados en la persona –quizás particularmente en el Reino Unido– creemos que es hora de hacer más explícita esa postura, como lo están haciendo terapeutas de esta corriente como Peter Schmid (2001a) y Godfrey Barrett-Lennard (2005). Por último, al desarrollar dicha perspectiva dialógica en la terapia centrada en la persona, creemos que se pueden incorporar al mundo del Enfoque Centrado en la Persona algunos de los desarrollos contemporáneos más interesantes en filosofía, psicología y psicoanálisis, así como crear valiosos puentes con otros enfoques relacionales y posmodernos del counseling y la psicoterapia.

El libro está dividido en nueve capítulos. En el capítulo 1 presentaremos una selección de conclusiones contemporáneas del campo de investigación en psicoterapia, así como desarrollos recientes en los campos de la filosofía, la psicología evolutiva y la psicoterapia misma, que sugieren que, para la mayoría de los consultantes, la calidad de la relación terapéutica es probablemente un factor clave en el éxito de la terapia. En el capítulo 2 analizaremos un punto de vista similar pero desde la perspectiva de la “psicopatología”. Creemos que muchas formas de angustia psicológica provienen de –o están compuestas por– una carencia de compromiso interpersonal íntimo, por lo cual un profundo encuentro relacional en terapia puede ser un elemento esencial para el éxito del tratamiento. En el capítulo 3 revisaremos cómo pueden ser esos momentos de profundo contacto entre cliente y counselor; y en el capítulo 4 dedicaremos nuestra atención a la clase de relación terapéutica que se caracteriza por una perdurable sensación de profundidad relacional. En los capítulos 5 y 6 presentaremos ejemplos de trabajo terapéutico al nivel de profundidad relacional a través del estudio de dos casos; en el capítulo 7 veremos cómo los terapeutas pueden facilitar encuentros de esta naturaleza. En el capítulo 8 ampliaremos esa mirada para aplicarla a la agenda de desarrollo personal del profesional, y en el capítulo 9 concluiremos analizando algunas de las implicaciones de nuestro análisis.

Como autores, nuestras relativas fortalezas, intereses y experiencias facilitaron que cada uno participara más activamente en diferentes aspectos del libro. Dave Mearns, con su amplia experiencia como terapeuta centrado en la persona, docente, supervisor y escritor, trabajó en los capítulos más prácticos (5, 6 y 7) y el análisis final (capítulo 9). Mick Cooper, por su parte, con su formación en terapia existencial y su interés en la investigación del diálogo, la intersubjetividad y la psicoterapia, se ocupó de los capítulos más teóricos y empíricos (1, 2 y 3), así como del capítulo 7. Cabe destacar que el borrador del capítulo 4, que sugiere que la profundidad relacional puede ayudar a los consultantes a explorar sus problemas y preocupaciones existenciales, fue escrito primero por Dave Mearns. Cada uno de los capítulos fue revisado varias veces por ambos autores, por lo que el producto final es por completo un esfuerzo conjunto.

Como parte de la preparación para este libro realizamos entrevistas cualitativas en profundidad (Kvale, 1996) a ocho experimentados terapeutas y docentes centrados en la persona. Les preguntamos sobre sus experiencias de encontrarse con sus consultantes a nivel de profundidad relacional y también acerca, por ejemplo, de su manera de experienciar a sus consultantes en esos momentos y lo que consideraban el valor terapéutico de esos encuentros. La información surgida de este estudio se presenta principalmente en el capítulo 3, aunque las respuestas de nuestros entrevistados forman parte de diversos aspectos de este libro.

Para asegurar un total anonimato, cambiamos todas las características que pudieran identificar a los consultantes presentados en este libro y, en algunos casos, los “consultantes” son en realidad una amalgama de diferentes historias de casos. Cuando se usa extensamente el “relato” de una persona, en todos los casos, excepto en uno, consultamos con ella y le propusimos elegir otro nombre. Enfatizamos el hecho de que cambiamos todos los nombres para evitar que alguien crea, erróneamente, reconocerse.

No distinguimos entre los términos “counseling” y “psicoterapia” porque todo lo dicho se puede aplicar a cualquiera de ambas actividades en la mayoría de sus enfoques. En cuanto a nosotros, podemos decir que nos hace igualmente felices ser conocidos como “counselors” o como “psicoterapeutas”, reconociendo que los diferentes rótulos tienden a referirse a la diversidad de contextos más que a prácticas diferenciadas.

Estamos muy agradecidos a Helen Cruthers, Suzanne Keys y Gill Wyatt por sus feedbacks sobre el primer borrador, y a Tessa Mearns, Rachel Owen, Heather Robertson y Norma Craig por el extraordinario apoyo logístico brindado durante la escritura de este libro. Del mismo modo, agradecemos muchísimo el tiempo y esfuerzo que nuestros entrevistados nos concedieron para la investigación. Nos gustaría agradecer también a nuestros supervisados, estudiantes y consultantes a lo largo de los años, ya que han desempeñado un importante rol al ayudarnos a desarrollar las ideas y las prácticas que aquí presentamos. Finalmente queremos expresar nuestra gratitud a Alison Poyner, Louise Wise, Joyce Lynch y otros miembros del equipo de SAGE Publications quienes, como siempre, nos brindaron el indispensable nivel de apoyo, aliento y profesionalismo mientras escribimos este libro.

Dave Mearns y Mick Cooper

Febrero de 2005

1 En Inglaterra, una escuela “Lista D” es una especie de reformatorio para jóvenes delincuentes. (N. de T.)

2 Los chips de pescado (fish suppers o fish chips) son una popular comida rápida británica consistente en pescado frito con papas fritas; se venden envueltos en papel de diario. (N. de T.)

1

HACIA UNA TERAPIA RELACIONAL

Este libro trata sobre los momentos de intenso contacto relacional y experiencias perdurables de conexión dentro de la relación terapéutica. Dichas experiencias de profundidad relacional pueden resultar impactantes por su importancia para las personas involucradas. Su efecto refleja el alto grado en que la existencia humana depende de las relaciones; por lo general nacemos en el seno de una poderosa relación que suele ser intensamente amorosa; aprendemos a definirnos a través de las relaciones y a lo largo de la vida nuestro autoconcepto recibe una especial influencia de nuestros vínculos. Las relaciones también pueden ser muy destructivas, la crítica hiere más porque es formulada por otra persona y el abuso es especialmente dañino cuando proviene de alguien que se supone que nos ama.

A lo largo del libro mencionamos a más de veinte consultantes. Casi todos fueron heridos en alguna relación y continúan muy dolidos. Algunos estaban tan lastimados que intentaron dejar de relacionarse. Los seres humanos son hábiles para relacionarse e ingeniosos a la hora de protegerse de las relaciones; pueden intentar alejarse de ellas, evitándolas por completo o “eludiendo el compromiso” o pueden adelantarse al temido ataque del otro atacando ellos primero; de esa manera, la autoestima se ve tan afectada que la disfuncionalidad en las relaciones se convierte en una profecía autocumplida. También pueden protegerse de las relaciones “matando”, en un sentido figurado (y a veces literalmente) a la persona cuya relación les parece amenazante. Todas estas personas están en este libro; todas se encontraron en la situación potencialmente riesgosa de ser consultantes de counseling o psicoterapia.

¿Por qué llegaron a esto? Quizás porque la esperanza y la desesperación van de la mano. Tal vez porque estamos tan aferrados a las relaciones que aunque hayamos sido profundamente heridos, vemos que ellas representan la mejor esperanza de cambio. Aun así, la “esperanza” puede ser apenas visible y la tarea del terapeuta muy delicada; ¿puede ofrecer “encuentro” sin “invasión” y hacerlo además de manera tal que resulte genuino?

El trabajo terapéutico a través de la relación es un desafío para ambas partes pero es la manera lógica de trabajar; si el daño se produjo a través de la relación, ¿no puede lograrse la sanación también a través de ella? Desde mediados del siglo pasado, muchos psicólogos, psicoterapeutas y filósofos han apuntado a este potencial sanador de la relación terapéutica y en este capítulo introductorio veremos los argumentos y evidencias que se han desarrollado.

Evidencia empírica

En 2002, la Asociación Norteamericana de Psicología (APA, por sus siglas en inglés) creó un grupo de trabajo para revisar toda la información disponible sobre el vínculo entre la relación terapéutica y los resultados de la terapia. La conclusión principal fue que “la relación terapéutica (...) contribuye de manera sustancial y consistente a los resultados, independientemente del tipo específico de tratamiento realizado” (Comité Steering, 2002: 441); y recomendaba que los profesionales “construyeran y cultivaran la relación terapéutica (...) como objetivo fundamental en el tratamiento de pacientes” (op. cit.: 442).

La labor de revisión realizada por el grupo de trabajo de la APA fue extremadamente rigurosa. Por ejemplo, en un estudio realizado por Krupnick y sus colegas (1996) se observó la relación entre la calidad de la relación terapéutica y los resultados de la terapia en el caso de personas deprimidas que habían sido tratadas con terapia cognitivo-conductual, “terapia interpersonal”, tratamiento con medicamentos o controles con placebos. Entre los dos grupos terapéuticos, los investigadores no encontraron diferencias significativas en los resultados (Elkin et al., 1989), pero sí encontraron una relación significativa entre la calidad del vínculo –en opinión de los pacientes– y la mejoría resultante. En otras palabras, en términos de resultados, pareció no tener importancia el enfoque de los profesionales (cognitivo-conductual o interpersonal), pero lo que sí fue relevante fue la potencia percibida de la alianza terapéutica. Otro descubrimiento interesante fue que la conexión entre la relación terapéutica y su resultado fue tan poderosa entre los pacientes en terapia cognitivo-conductual como para quienes experimentaron una terapia interpersonal más “relacional” (¡e incluso fue igualmente fuerte para quienes recibieron tratamiento con medicación y para quienes fueron medicados con placebos!). De hecho, la evidencia sugiere que los factores relacionales pueden ser en realidad más importantes –o al menos estar vinculados más estrechamente con los resultados– en los abordajes más orientados a las técnicas. Bohart et al. (2002), por ejemplo, descubrieron que existía una mayor correlación entre los niveles de empatía y los resultados en las terapias cognitivo-conductuales que en los enfoques psicodinámicos y humanístico-experienciales.

Entonces, aunque algunos terapeutas cognitivo-conductuales consideran que sus técnicas y sus habilidades son el motor fundamental del cambio terapéutico (por ejemplo, Reinecke y Freeman, 2003), es posible que, aun en estos abordajes, el factor “curativo” principal sea la calidad de la relación terapéutica. La investigación así lo refleja, al menos con algunos consultantes. Por ejemplo, Keijsers et al. (2000) revisaron cinco casos en los que les preguntaron a los pacientes en terapia cognitivo-conductual sobre los aspectos más útiles de la terapia y, entre sus conclusiones, plantean que los pacientes informaron consistentemente que “la relación con el terapeuta fue más útil que las técnicas empleadas” (op. cit.: 267). Keijsers y sus colegas continúan afirmando que “cuando les pedimos a los pacientes que habían terminado tratamientos cognitivo-conductuales que indicaran lo que los había ayudado a resolver sus problemas, la respuesta fue: ‘hablar con alguien que escuche y comprenda’” (op. cit.: 291).

Descubrimientos de esta naturaleza contribuyen a la creciente aceptación de un modelo de cambio terapéutico con “factores comunes” (por ejemplo, Hubble et al., 1999; Lambert, 1992). Los defensores de este enfoque sostienen que el cambio terapéutico no es fundamentalmente el resultado de prácticas específicas aplicadas por profesionales de diferentes orientaciones. Más bien proponen que en todo el espectro de abordajes psicoterapéuticos y de counseling hay un conjunto común de factores responsables del cambio terapéutico. El primero, según Asay y Lambert (1999), son “las variables del cliente y los acontecimientos extraterapéuticos”. Estas son variables como, por ejemplo, el grado de motivación del consultante y acontecimientos en su vida –como el nacimiento de un hijo– durante el transcurso de la terapia. Pero en segundo lugar, y sobre la base de una gran cantidad de datos empíricos, se encuentra la calidad de la relación terapéutica. Asay y Lambert calculan que esta influye aproximadamente en un 30% en los resultados de la terapia. Hubble y sus colegas dicen al respecto que “excepto por lo que los clientes traen a la terapia”, los factores vinculados con la relación “probablemente son responsables de la mayoría de los beneficios obtenidos en las intervenciones terapéuticas” (Hubble et al., 1999: 9).

Aunque no todos los investigadores del campo de la psicoterapia concuerdan en que la asociación entre los factores relacionales y el resultado obtenido sea de esta magnitud (ver, por ejemplo, Beutler et al., 2004; Sachse, 2004), hay una coincidencia general en que “la calidad de la relación es uno de los factores más correlacionados con el resultado de la terapia” (Beutler et al., 2004: 292). Pero, ¿de qué tipo de relación terapéutica estamos hablando? Sobre la base de la evidencia empírica, el grupo de trabajo de la División de Psicoterapia de la APA clasificó a los factores relacionales en los “demostrablemente efectivos” y en aquellos “prometedora y probablemente efectivos” (Comité Steering, 2002). En cuanto a la terapia individual, tres factores entraron en la primera de estas categorías, uno de los cuales es el nivel de empatía del terapeuta (Bohart et al., 2002). Un segundo factor demostrablemente efectivo fue la alianza terapéutica: “la solidez y la calidad de la relación cooperativa entre terapeuta y paciente” (Hovarth y Bedi, 2002: 41); y un tercer factor fue el nivel de acuerdo entre terapeuta y consultante con respecto a los objetivos de la terapia (Tryon y Winograd, 2002).

Se encontraron siete variables relacionales “prometedoras y probablemente efectivas” (Comité Steering, 2002). La primera es la conocida condición de consideración positiva del enfoque centrado en la persona (Farber y Lane, 2002). Un segundo factor prometedor y probablemente efectivo fue el nivel de congruencia del terapeuta; e íntimamente ligados con este se encontraron otros dos factores: la calidad de respuesta (feedback) que el terapeuta ofrecía al consultante con respecto a sus conductas (Clairborn et al., 2002) y la capacidad de auto revelación del terapeuta, siempre y cuando la auto revelación no fuera demasiado frecuente y estuviera focalizada en temas “no íntimos” (Hill y Knox, 2002). Un quinto factor prometedor y probablemente efectivo fue la voluntad, el deseo y la habilidad del terapeuta para reparar crisis o “rupturas” de la alianza terapéutica (Safran y Muran, 2000); una sexta variable, la habilidad del terapeuta para manejar los temas de “contratransferencia” (Gelso y Hayes, 2002), es decir, su capacidad y voluntad de no exteriorizarlos al consultante. Finalmente, se concluyó que “la calidad de las interpretaciones relacionales” era un elemento prometedor y probablemente efectivo de la relación terapéutica, siempre que estas interpretaciones no fueran habituales y estuvieran principalmente focalizadas en la manera como el cliente se relacionaba con el terapeuta (ver feedback) (Crits-Christoph y Gibbons, 2002).

El giro hacia la intersubjetividad en filosofía

Paralelamente al avance de la investigación en counseling y psicoterapia, los desarrollos en el campo de la filosofía durante el siglo pasado apuntan hacia la idea de que la relación entre el consultante y el terapeuta es fundamental para el resultado de la terapia.

Hasta mediados del siglo XX, en la mentalidad occidental predominaba una manera particular de comprender la existencia humana. Ejemplificada en el pensamiento del filósofo y matemático francés René Descartes, esta visión “moderna” del mundo considera a la existencia humana en términos fundamentalmente individualistas: cada ser humano era concebido como una entidad autónoma, soberana, única, básicamente distinta y separada de cualquier otra persona a su alrededor. Mientras desde este punto de vista moderno se considera que los seres humanos tienen la capacidad de relacionarse entre sí, estas relaciones se perciben apenas como la reunión entre dos entidades separadas –como dos bolas de billar que se chocan– dentro de y desde la cual ambos seres pueden conservar su condición individual.

Esta concepción del ser humano fue tan predominante que la mayoría de las personas la acepta como algo indiscutible. De hecho, aun los teóricos relacionales, como Carl Rogers (1959), tienen muy arraigada la concepción individualista e infieren que el ser humano es una entidad única y separada, con capacidad de existencia autónoma, dirigida hacia sí misma (ver críticas de Barrett-Lennard, 2005; Holdstock, 1993) y con derecho a la autodeterminación (Grant, 2004; Witty, 2004).

Pero ¿estamos realmente tan separados de los otros seres humanos? Durante el transcurso del siglo XX muchos filósofos y psicólogos cuestionaron esta afirmación: sostienen, en cambio, que estamos fundamental e inextricablemente entrelazados con otros y que nuestro ser es, en primer lugar, un “ser en relación”. En otras palabras, estos autores sugieren que no existimos primero como individuos y luego nos unimos a otros para formar relaciones. Por el contrario, plantean que existimos primero con otros y solo a partir de allí desarrollamos cierta noción de individualidad o separación.

Este punto de vista “intersubjetivo” (ver Crossley, 1996) proviene de distintas perspectivas. Filósofos existencialistas como Martin Heidegger (1962) comenzaron afirmando que la existencia humana no era un objeto en el sentido en que lo son una mesa o una molécula, sino un flujo de experiencia en permanente cambio (ver Cooper, 2003a: 12-13). Y si concebimos la existencia humana de esta manera, para la esencia de quienes somos son fundamentales otras existencias. Es decir, cuando “vivimos-siendo”, interactuamos constantemente con los demás, pensamos en otros, nos imaginamos haciendo cosas con otros o utilizamos recursos que surgieron de una matriz interpersonal. Así, por ejemplo, aunque yo pueda estar físicamente solo (en este capítulo, la primera persona se refiere a Mick Cooper) mientras escribo estas palabras, todo mi ser, mi “estar escribiendo estas palabras ahora”, está orientado hacia un otro imaginario: el tú que las está leyendo. En el nivel de “vivir-siendo” estoy impregnado de la existencia de otros como del aire que respiro: otros circulan a mi alrededor, dentro de mí, y son una parte integral de quien soy.

Cuando escribo y me relaciono contigo también uso el lenguaje. Que el lenguaje –un medio socialmente construido– sea fundamental para quienes somos y lo que hacemos es una de las causas principales por las que el concepto de seres separados e individuales comenzó a decaer a partir del siglo pasado. Filósofos contemporáneos como Derrida (1974) y Wittgenstein (1967), así como psicólogos como Vigotsky (1962) y Gergen (1999), sostienen que el lenguaje está en la raíz de todos nuestros pensamientos, algo de lo que no podemos “sustraernos” y algo que es intrínseco a nuestro sentido de quiénes somos. En consecuencia, aun las nociones de “individualidad” o “sí mismo” no pueden ser consideradas como verdades definitivas y preestablecidas, sino como constructos que provienen de un contexto sociolingüístico particular.

Este es un punto de vista compartido por muchos teóricos feministas e interculturales, que también cuestionaron la idea de que la individualidad es una verdad predeterminada de la existencia humana (ver Gergen, 1999). Investigadores del campo psicosocial demostraron que muchas culturas no occidentales tienen una mirada más “interdependiente” del sí mismo en la cual el “Yo” no es considerado como una entidad aislada, sino como algo que se define en relación con otros (ver Aronson et al., 1999). Cuando se les pide, por ejemplo, que completen oraciones que comienzan con “Yo soy...”, las personas provenientes de culturas asiáticas son más propensas a definirse en términos de familia o grupos religiosos que los individuos que forman parte de culturas occidentales (Aronson et al., 1999). Asimismo, algunas teóricas feministas sostienen que la noción de individualidad es una concepción particularmente masculina de la existencia humana y que las mujeres tienden a un conocimiento más relacional e interdependiente con respecto a quiénes somos (ver Jordan et al., 1991). En realidad, desde estos puntos de vista, el individualismo moderno abarca mucho más que un grupo inofensivo de creencias y constituye más bien una ideología que legitima un conjunto muy específico de relaciones sociales: occidental, patriarcal, propias del capitalismo tardío; por ejemplo, el supuesto de que la competencia entre los seres humanos es el estado “natural” de las cosas, o que la gente no debería ser subvertida por influencias socialistas. Tal vez esta sea la razón por la que Rogers (1963) ganó mucha popularidad hace cuarenta años, cuando presentó el valor positivo de la tendencia actualizante en contraposición con las fuerzas de la sociedad y la conformidad.

Aunque estos avances en nuestra comprensión de lo que significa ser humano pueden parecer relativamente abstractos, tienen importantes implicaciones tanto en la teoría como en la práctica del counseling y la psicoterapia. Por más ateóricos que podamos considerarnos, nuestra práctica terapéutica siempre estará basada sobre ciertos supuestos acerca de lo que significa ser humano. Si, por ejemplo, nuestro ejercicio profesional está orientado a ayudar a nuestros consultantes a revisar sus creencias, entonces en cierta medida debemos considerar que las creencias son un importante intermediario entre lo que la persona siente y su manera de responder al mundo. Del mismo modo, si el énfasis en nuestro trabajo terapéutico está puesto en cambiar el “interior” del consultante –quizás ofreciéndole interpretaciones o un conjunto de condiciones que lo ayuden a darse cuenta de su propio potencial– entonces en cierto nivel debemos concebir a los seres humanos como entidades separadas, diferenciadas, en cuyo interior se producen los procesos psicológicos claves. Orientarse en torno a una comprensión más intersubjetiva de la existencia humana supondría un cambio significativo hacia una práctica terapéutica más relacional. Entonces, cuando conceptualizamos a una persona como sus vínculos con los demás, la relación consultante-terapeuta se convierte en el caldero en el que pueden sanarse los aspectos más integrales del ser del consultante. Además, a través de la exploración de la relación entre consultante y terapeuta, el primero puede comenzar a reflexionar y revisar aquellos elementos de su ser que son absolutamente centrales en su existencia: sus relaciones con los demás.

Perspectivas de desarrollo

La idea de que la individualidad precede a la relación fue cuestionada no solo en un sentido filosófico, sino también en un sentido evolutivo. A este respecto, muchos psicólogos evolutivos, psicoanalistas y filósofos sostienen que los niños no comienzan la vida como individuos aislados, sino como parte de una matriz relacional fundamental. Uno de los primeros, el filósofo existencialista judío Martín Buber, escribe: “La vida prenatal del niño es una combinación puramente natural, una interacción corporal que fluye de uno al otro” (Buber, 1958: 40). Esto es muy similar al concepto de psicoanalistas como Margaret Mahler (Mahler et al., 1975), Hans Loewald (ver Mitchell, 2000) y D. W. Winnicott, este último muy conocido por su afirmación “no existe tal cosa como un bebé, sino una pareja de crianza” (citado en Curtis y Hirsch, 2003: 73). Sin embargo, fue Margaret Mahler quien probablemente desarrolló el modelo más complejo de ese estado inicial de “fusión”. A partir de la cuidadosa observación del comportamiento del niño y su cuidador, ella afirma que desde las cuatro semanas hasta los cinco meses de vida, el niño atraviesa una “etapa simbiótica” en la cual “funciona y se comporta como si él y su madre fueran un sistema omnipotente, una unidad dual dentro de un espacio común” (Mahler et al., 1975: 44). En este estadio, sostiene esta autora, el niño no distingue entre el “Yo” y el “no-Yo”: las fuerzas externas que satisfacen las necesidades del bebé (como el pecho materno) no son experienciadas de manera diferente a las fuerzas internas (como el eructar). Según Mahler, solo más tarde el niño desarrolla cierto sentido del sí mismo y del otro. Y mientras que, para Mahler, el niño aprende a diferenciarse a sí mismo de los otros a medida que se desarrolla, para Hans Loewald, esta sensación simbiótica de ser-con-otros persiste a lo largo de la vida –en la fantasía y la imaginación– y continúa existiendo de manera “subyacente” al sentido del sí mismo y del otro más diferenciado y consciente (Mitchell, 2000).

No todos los psicólogos evolutivos coinciden en esto; de hecho, tanto Daniel Stern (2003) como Colwyn Trevarthen (1998), principales defensores del enfoque intersubjetivo, ponen en tela de juicio la idea de esta fusión primaria. Sin embargo, en el campo de la psicología evolutiva, un creciente número de teóricos e investigadores han venido cuestionando la idea de que los seres humanos son, primero y principalmente, individuos diferenciados, argumentando en cambio, que los niños llegan al mundo orientados hacia otros y en sintonía con ellos.

En el campo del psicoanálisis, uno de los primeros en desarrollar esa perspectiva fue John Bowlby (1969), quien sostenía que por razones evolutivas los niños nacen con una predisposición a encariñarse con sus cuidadores y que organizan su comportamiento y su pensamiento para mantener dichas relaciones de apego (Mitchell, 2000).

Hay gran cantidad de evidencia que sustenta esta hipótesis. Cualquier padre que, por ejemplo, circule por una casa desconocida con un deambulador aferrado a su pierna porque teme a los otros adultos, conoce el verdadero significado de la teoría del apego. Además, los niños están muy bien equipados con uno de los recursos más poderosos para llamar la atención de sus cuidadores cuando están asustados o angustiados: ¡un alarido que te taladra los oídos!

De mayor relevancia para este libro son los recientes avances en el campo de la psicología evolutiva y la observación de niños que sugerirían que los seres humanos tienen un deseo y una capacidad innatos no solo para vincularse con otros, sino también de comunicarse e interactuar con ellos (ver, por ejemplo, Beebe et al., 2003b; Stern, 2003; 2004; Trevarthen, 1998). En otras palabras, a pesar de que los niños pueden querer afecto, seguridad y aceptación incondicional –particularmente en situaciones amenazantes o poco familiares– parecería que tienen el deseo básico de algo más comprometido. Quieren ser amados pero también buscan interactuar con ese otro y con ese amor, dar y al mismo tiempo recibir, y experienciar un contacto inmediato y comprometido. Efectivamente, el terapeuta centrado en la persona David Brazier (1993) llega a afirmar que la necesidad humana fundamental puede no ser recibir consideración positiva, sino proporcionarla a los otros. El hecho de que los niños tengan a veces conductas que generan desaprobación, pero a través de las cuales obtienen atención, sugiere que en ocasiones el deseo de interacción es mayor que el de aceptación o aprobación. Cuando Ruby, mi hija de dos años, mete los dedos en el yogurt y los pasa por la mesa del comedor, no parece estar buscando aprobación. Más bien parece buscar algo más atractivo, al menos para ella: conseguir la atención de mamá y papá, interactuando con nuestros ruegos de “cenemos en paz y armonía” y, en general, convertir una comida aburrida en un asunto mucho más interactivo.

El deseo humano básico de contacto y compromiso con los demás es tan omnipresente que es fácil de omitir, aunque las investigaciones empíricas con adultos indican que es una de las principales necesidades básicas. Por ejemplo, la mayoría de las personas dicen que lo más importante en su vida son las relaciones (Duck, 1998) y que uno de sus principales temores es quedar excluido de las interacciones sociales (Csikszentmihalyi, 2002). Los seres humanos también dedican una gran parte de su día a establecer contacto con otros: ya sea personalmente, por correo electrónico, mensajes de texto o llamadas telefónicas. Cualquiera que haya visto el tecleo frenético de mensajes en los celulares que realizan los jóvenes, no puede poner en duda el enorme impulso humano de establecer contacto con otros.

También hay evidencia de que los niveles de salud están relacionados con la experiencia de poder conectarse con otras personas, tanto que la presencia de una o dos personas de confianza puede ser decisiva en el bienestar físico de un individuo (Duck, 1998). Exploraremos esto con mayor profundidad en el capítulo 2.

Con respecto al enfoque centrado en la persona, la postura que planteamos no se contradice con la hipótesis de Rogers que señala la imperiosa necesidad del niño de consideración positiva (Rogers, 1959; Standal, 1954). Sin embargo, al sugerir que los seres humanos también tienen la necesidad de algo más interactivo, bidireccional y mutuo, estamos esbozando un modelo de desarrollo humano que tiene implicaciones sutiles pero significativas para la práctica de la terapia centrada en la persona. Si partimos de la posición rogeriana clásica (1959) que sostiene que la necesidad de consideración positiva es una fuerza motriz clave del desarrollo humano –que hace que las personas nieguen o distorsionen aquellas experiencias que no concuerdan con su “complejo de consideración positiva”–, es absolutamente lógico que la práctica terapéutica se centre en proporcionar al consultante consideración positiva incondicional. Sin embargo, si también sostenemos que los seres humanos tienen una necesidad fundamental de algo más interactivo y que cuando la capacidad de una persona de contactarse con otros se ve interrumpida se producen dificultades psicológicas (ver capítulo 2), apuntamos a un enfoque terapéutico en el cual el diálogo y la interacción ocupan el centro de la escena: un abordaje donde la clave del proceso de sanación es el encuentro entre terapeuta y consultante, más que la provisión de un conjunto particular de condiciones para este último. Esto significa que en el enfoque dialógico de la terapia centrada en la persona se hace más hincapié en la entrega personal del terapeuta durante el encuentro y en la interacción con el consultante de una manera mutuamente transparente. El terapeuta no es solo un “contenedor” del trabajo terapéutico o la personificación de un conjunto de condiciones; más bien está presente en ese encuentro como un ser humano real y genuino, y es el proceso de un consultante siendo real en relación con un terapeuta que también está siendo real, lo que está conceptualizado como el quid del proceso de sanación. No solo sugerimos que el ser humano tiene el deseo inherente de interactuar con otros. Sobre la base de recientes avances en el campo de la observación infantil y en investigaciones en el campo de la psicología evolutiva, nos atrevemos a sugerir que los bebés nacen con la capacidad de contactarse con los demás en esas interacciones. Estudios hechos con bebés de no más de 42 minutos de vida revelan que tienen la capacidad de imitar algunas acciones como sacar la lengua, abrir la boca o poner expresiones de asombro (Meltzoff y Moore, 1998; Trevarthen, 1998). Lo más notable es que si un adulto le saca la lengua a un bebé y espera pacientemente, antes de dos o tres minutos el bebé puede “sacar deliberadamente la lengua para ‘provocar’ otra respuesta de ese adulto” (Trevarthen, 1998: 30). Más interesante aún: a las seis semanas de vida, los bebés pueden reproducir gestos al día siguiente de haberlos visto y lo hacen dirigiéndose a la persona que realizó dichos gestos. Esto indica, entonces, que estos comportamientos imitativos no son simples acciones reflejas, sino intentos voluntarios del bebé de establecer contacto con otro ser humano, tal vez como una manera de comprobar la identidad de esa persona (Trevarthen, 1998).

Además, el hecho de que los niños recién nacidos puedan imitar gestos y movimientos de otros indica que los seres humanos nacemos con cierto grado de capacidad de comparar las acciones de otros con las propias. Es decir, deben tener la capacidad innata de saber si el otro “es como ellos”. Significa que los seres humanos venimos al mundo con cierta aptitud, rudimentaria y compleja a su vez, de entender a otras personas (Trevarthen y Hubley, 1978); alguna preparación innata para conocer cómo está el otro (Trevarthen, 1980). Trevarthen (1998) se refiere a esto como “inteligencia interpersonal efectiva” y sugiere que esa sensibilidad hacia otros seres humanos es muy anterior al desarrollo de las habilidades cognitivas que nos permiten pensar acerca de objetos inanimados (Trevarthen, 1980). Beatriz Beebe y sus colegas (2003a) se refieren a esta inteligencia como una “conciencia comprensiva innata”. Como una evidencia más de esta inteligencia interpersonal, Meltzoff y Moore (1998) citan la investigación que demuestra que niños de aproximadamente dieciocho meses ya son capaces de percibir las intenciones detrás de las acciones de los otros. Si, por ejemplo, ven a alguien que trata de hacer algo pero falla en el intento, imitarán lo que esa persona estaba tratando de hacer (la conducta pretendida) en lugar de lo que en realidad hizo (la conducta no lograda). Entonces, a esta edad los niños ya deben haber desarrollado cierta noción sobre “las mentes de los otros”: que los demás tienen pensamientos e intenciones detrás de sus acciones manifiestas.

Sin embargo, no solo ocurre que los bebés parecen venir al mundo con una inteligencia interpersonal; sino también con una atracción innata hacia los rasgos humanos. Por ejemplo, la investigación revela que, pocos minutos después de su nacimiento, los bebés muestran mayor interés en un conjunto de formas organizadas en una configuración parecida a un rostro humano, que si están todas desordenadas (Dziurawiec, 1987; Goren et al., 1975) y manifiestan un interés particular por los órganos de comunicación humana como manos, ojos y bocas (Trevarthen, 1979). Los niños muy pequeños reaccionan con especial interés al sonido de las palabras y prefieren el tono característico de la voz a otros tipos de sonidos (Trevarthen, 1979).

Sin embargo, como ya hemos visto con respecto a la imitación, los bebés no solo responden de manera pasiva y con simples actos reflejos a las características y acciones de los demás. Por el contrario, los niños parecen nacer con una capacidad para asumir un rol proactivo en las interacciones interpersonales. En otras palabras, no solo están en capacidad de lograr que los cuiden sino también de influir significativamente sobre sus cuidadores (Trevarthen, 1980). Estudios realizados sobre las miradas entre niños y cuidadores, por ejemplo, revelan que los bebés “ejercen un mayor control en la iniciación, el mantenimiento, la finalización y la evasión del contacto social” (Stern, 2003: 21). Los bebés de dos meses pueden interrumpir e iniciar actividades con sus cuidadores así como actuar para restablecer la comunicación en el caso de que estos dejen de demostrarles afecto (Trevarthen, 1979). Esto se comprobó fehacientemente en un estudio en el que una madre recibió instrucciones de congelar su expresión en medio de un feliz intercambio con su bebé. Ante esto, los bebés reaccionaron con una serie de complejas respuestas emocionales: movimientos repentinos de brazos, haciendo muecas de excitación mientras miraban fijamente la cara de la madre, como si intentaran restablecer el intercambio (Trevarthen, 1979). En cuanto a la capacidad innata para comunicarse con los demás, también hay evidencia fílmica y fotos que muestran que los niños nacen con la habilidad de realizar casi todas las expresiones propias de los adultos, así como los movimientos de la boca y lengua relacionados con el habla (Trevarthen, 1979).

Por lo tanto, en términos de interrelación humana, parecería que los bebés nacen con la habilidad tanto de recibir como de transmitir comunicaciones interpersonales, y para los diez u once meses ya se los puede considerar comunicadores muy competentes (Newson, 1978). Más aún, las investigaciones en el campo de la psicología evolutiva indican que los niños muy pequeños tienen la capacidad de sincronizar su comportamiento con el de los adultos en un intercambio mutuamente regulado, cooperativo y “cointencional” (hacia un mismo objetivo). Sobre la base de observaciones del intercambio entre una niña pequeña y su madre, la antropóloga Mary Bateson describió “cómo la madre y la niña colaboraban en un patrón bastante alternativo, vocalizando sin superponerse, en el cual la madre decía oraciones breves y la niña respondía con arrullos y murmullos produciendo una breve actuación conjunta similar a una conversación” (citado en Trevarthen, 1998: 23). Bateson llamó a estas interacciones “protoconversaciones” y parecerían ser las precursoras del “protolenguaje” de los nueve o diez meses (Trevarthen, 1979), así como de las diferentes formas de diálogo e intercambio en las que los seres humanos participan más adelante.

La habilidad de los niños de comunicarse en el momento adecuado es central en estas protoconversaciones y la investigación empírica sugiere que, aun en los más pequeños, cierto tipo de sincronicidad es inherente al funcionamiento infantil. Desde los primeros días de vida, los bebés alternan entre períodos de interés/atención y evasión/desatención, y se ha propuesto que estos ciclos pueden ser los precursores de los futuros intercambios interpersonales (Shaffer, 1996). Esta habilidad de interactuar por turnos se observa también en la capacidad inagotable que parecen tener los niños pequeños para jugar juegos como el de esconder la cara con las manos y mostrarla nuevamente (cucuuuu... ¡acatá!), en el cual el movimiento cíclico de acción, respuesta y contra respuesta refleja la futura estructura dialógica de las posteriores comunicaciones del adulto.

La evidencia de estudios de observación realizados en niños sugiere que el cerebro humano se especializa en la mutua regulación de las acciones conjuntas (Beebe et al., 2003b); y descubrimientos muy recientes en el campo neurobiológico proporcionan cierto fundamento tentativo. Al respecto, los investigadores hallaron un tipo especial de célula en el cerebro de los primates, denominadas “neuronas espejo”, que se activan tanto durante la observación como durante la ejecución de una actividad (Wolf et al., 2001). Este descubrimiento sugiere que la capacidad humana de imitar, entender, empatizar y sincronizarse con otros puede tener, efectivamente, una base biológica innata.

Como ocurre con los avances filosóficos a los que ya nos referimos, los desarrollos en el campo de lo intersubjetivo tienen gran importancia para la práctica del counseling y la psicoterapia. Si los seres humanos vienen al mundo fundamentalmente orientados hacia los demás, tiene sentido sugerir que la relación terapeuta-cliente suele tener una importancia primordial en la terapia, porque es el crisol en el que el consultante puede explorar, revisar y sanar aquello que es central para su ser. Además, si los seres humanos nacemos con la necesidad del compromiso con los otros, entonces la relación terapéutica es uno de los contextos en los que es posible satisfacer en un nivel muy profundo esta necesidad. Exploraremos esto más ampliamente en el capítulo 2.

El desarrollo de las terapias relacionales

En vista de los desarrollos que presentamos hasta aquí, no debería sorprendernos el crecimiento que se produjo en los últimos años de los abordajes relacionales e intersubjetivos en counseling y psicoterapia del que hemos sido testigos. Por ejemplo, sobre la base del trabajo de Martin Buber, Maurice Friedman (1985) desarrolló una “psicoterapia dialógica” que considera al encuentro entre el terapeuta y el consultante como el núcleo central de la sanación. Del mismo modo, terapeutas feministas de la línea psicodinámica, como Judith Jordan (1991b; 2000), se dedicaron al desarrollo de terapias relacionales en las cuales se considera que la empatía es la clave para el proceso de desarrollo. Recientemente, en el campo de la psicoterapia se produjo un rápido aumento de abordajes “interpersonales” (por ejemplo, Stuart y Robertson, 2003) que se enfocan en ayudar a los consultantes a reflexionar y revisar sus maneras de relacionarse con los demás.

Paralelamente, en los abordajes terapéuticos más convencionales, han empezado a surgir variaciones orientadas a lo relacional. En el campo de la terapia gestáltica, por ejemplo, Richard Hycner (1991; Hycner y Jacobs, 1995) desarrolló una modalidad dialógica, basándose en el trabajo de Martin Buber y Maurice Friedman (1985), que apunta a facilitar que los consultantes desarrollen un encuentro mutuo con su terapeuta. También surgieron enfoques relacionales dentro del análisis transaccional (Hargaden y Sills, 2002). Aun en el campo cognitivo-conductual, considerado tradicionalmente como una de las terapias menos orientadas a lo relacional, los factores interpersonales son considerados cada vez más como elementos de cambio en sí mismos y no solamente como vehículos para aplicar diferentes técnicas (Giovazolias, 2004). A este respecto, también se reconoce cada vez más que las técnicas cognitivo-conductuales solo son efectivas en la medida en que se basan en una buena alianza de trabajo entre el terapeuta y el consultante (Grant et al., 2004).

Sin embargo, los movimientos más sorprendentes hacia una terapia más relacional e intersubjetiva se produjeron en el campo de la terapia psicodinámica y psicoanalítica (ver Mitchell, 2000, para un panorama muy completo al respecto). En este ámbito, escribe Daniel Stern, el pensamiento actual “ha recorrido una gran distancia, en los últimos tiempos, desde la psicología unipersonal hasta la psicología bipersonal” (Stern, 2004: 77). Mitchell se refiere a esto como “el giro hacia lo relacional” (Mitchell, 2000: xiii). Tales son los avances en este campo que ya existe la Asociación Internacional de Psicoanálisis y Psicoterapia Relacional (International Association of Relational Psychoanalysis and Psychotherapy) y una revista sobre las perspectivas relacionales, Psychoanalytical Dialogues (Diálogos psicoanalíticos). Saliendo un poco del pensamiento psicoanalítico clásico, los psicoanalistas orientados a lo relacional, como Darlene Ehrenberg (1992), Daniel Stern (2004) y Robert Stolorow y sus colegas (1987), coinciden en que los psicoterapeutas no deben ser considerados como “pantallas en blanco” en las que el consultante proyecta su subjetividad, sino como verdaderos seres humanos que interactúan con sus clientes en sentido bidireccional. Estos avances dieron lugar a cambios con respecto a la conceptualización de la práctica terapéutica, con un mayor énfasis en la exploración de las interacciones del aquí y ahora y la creación de una relación mutua, cálida y cooperativa. La importancia de estos cambios es tal que, en algunos casos, los psicoanalistas han estado dispuestos a rechazar algunos de los principios fundamentales del psicoanálisis. Ehrenberg, por ejemplo, escribe que “para algunos pacientes, el hecho de que alguien esté dispuesto a escucharlos, que esté interesado en su experiencia, en conocerlos, que sea capaz de disfrutar el hecho de estar con ellos y deseoso de permanecer aun en los momentos difíciles puede ser mucho más significativo que cualquier interpretación” (Ehrenberg, 1992: 23).

Desde el punto de vista del enfoque centrado en la persona, es alentador ver a tantos terapeutas volcarse a este enfoque relacional (aunque la poca frecuencia con que se reconoce o se hace referencia a escritos sobre el enfoque centrado en la persona resulta frustrante; ver Bott, 2001). En gran medida, la terapia centrada en la persona puede ser considerada como la terapia relacional original: una en la que la relación terapeuta-consultante se considera la base del cambio terapéutico (Rogers, 1957). Sin embargo, como ya dijimos, al mismo tiempo hay elementos en el abordaje clásico de la terapia centrada en la persona que no son tan coherentes con la postura dialógica intersubjetiva. Las ideas de Rogers estaban inevitablemente teñidas por la mirada moderna y la cultura de su época, y muchas de sus creencias como, por ejemplo, que el desarrollo personal implicaba lograr una mayor autonomía y autodirección (Rogers, 1961), revelan un punto de partida fuertemente individualista. En el campo del enfoque centrado en la persona también hay una tendencia a centrarse en las experiencias y la comunicación del terapeuta hacia el cliente (por ejemplo, la empatía y la consideración positiva) (Rogers, 1957) más que en el encuentro mutuo, bidireccional entre el terapeuta y el consultante. Esta es una de las razones por las que muchas de las investigaciones en el campo de la psicoterapia se alejaron de la investigación de las condiciones básicas porque, en realidad, es la alianza terapéutica entre el terapeuta y el consultante la que generalmente permite predecir mejor los resultados positivos de la terapia.

En los últimos años, sin embargo, se han visto avances hacia una terapia centrada en el cliente más dialógica e intersubjetiva. A la vanguardia de estos desarrollos está el terapeuta austríaco Peter Schmid (2001a; 2001b; 2002; 2003), quien se apoya en el trabajo de Martin Buber, así como también en el del filósofo francés Emmanuel Levinas (1969), para proponer que el corazón del acercamiento centrado en la persona es un encuentro dialógico. Dave Mearns y Brian Thorne (2000) también comenzaron a alejarse del énfasis que ponían en la realización individual hacia una mayor aceptación de la necesidad de realizarse en las necesidades sociales e interpersonales. Al mismo tiempo, Mick Cooper (2005), y otros pocos terapeutas centrados en la persona y experienciales (por ejemplo, van Kessel y Lietaer, 1998) comenzaron a investigar las dinámicas interpersonales desde la mirada centrada en la persona. El trabajo de Dave Mearns sobre profundidad relacional (1997c; 2003a) es, obviamente, otro intento de desarrollar las dimensiones relacionales e intersubjetivas de la práctica centrada en la persona. Y en este libro esperamos realizar una incursión aún más seria, hacia la terapia centrada en dos personas.

En el campo de la terapia existencial sucede algo similar; en gran medida, los fundadores del movimiento de terapia existencial, como Rollo May, Medard Boss y R. D. Laing, están entre los primeros profesionales que propusieron que el encuentro genuino entre terapeuta y cliente constituye el centro de una verdadera relación sanadora (ver Cooper, 2003a). A la vez, los escritos de muchos de los terapeutas existenciales –particularmente terapeutas humanistas-existencialistas estadounidenses como Irvin Yalom (1980)– transmiten un profundo sentimiento individualista, enfatizando la “inexorable soledad” del ser humano y la necesidad de la gente de despegarse de los demás. Sin embargo, recientemente en el Reino Unido, terapeutas existenciales como Ernesto Spinelli (1997; 2001), desarrollaron una modalidad de práctica más intersubjetiva en la cual el terapeuta se atreve a entrar en el mundo de relaciones del consultante y a utilizar la relación terapéutica como medio para explorar la manera como el consultante interactúa y experiencia a los otros. Es interesante observar cómo, en los últimos tiempos, terapeutas existenciales como Irvin Yalom también parecen estar poniendo más énfasis en la interrelación humana y en el encuentro terapéutico (ver su excelente colección de “consejos” para terapeutas, Yalom, 2001), y menos en la “soledad primordial” del ser humano.

¿Hacia dónde estamos yendo?

Sobre la base de la anterior revisión de la investigación, la teoría y la práctica, podemos tener una relativa certeza con respecto a algunas cosas. En primer lugar, parecería claro que la calidad de la relación entre el terapeuta y el cliente es un factor clave que determina la efectividad del trabajo terapéutico. En pocas palabras, cuanto mejor es la relación, mejores parecen ser los resultados. En segundo lugar, daría la impresión de que los seres humanos son menos individualistas de lo que la sociedad moderna occidental quiso hacernos creer; y muchos parecen tener una motivación y una capacidad para establecer relaciones con otras personas. Tercero, muchos abordajes terapéuticos parecerían estar volcándose en una dirección relacional, dialógica e intersubjetiva. Todo esto sugeriría que si queremos ayudar todo lo posible a nuestros consultantes, deberíamos prestar atención a la calidad de la relación terapéutica.

Pero ¿qué sucede en realidad entre terapeuta y consultante? A pesar de todas las investigaciones realizadas sobre las variables terapéuticas asociadas a resultados positivos, lo cierto es que todavía sabemos muy poco sobre los verdaderos procesos y dinámicas que acontecen entre terapeuta y consultante, y cómo estos pueden conducir a cambios terapéuticos significativos (Bachelor y Hovarth, 1999). De hecho, nuestra comprensión de las variables relacionales clave y el tipo de cambio que pueden producir se ha desarrollado muy poco desde las primeras afirmaciones de Rogers (1957) sobre las condiciones necesarias y suficientes para que se produzca un cambio terapéutico de la personalidad. Por eso es necesario desarrollar nuestras teorías sobre lo que ocurre en las relaciones terapéuticas y perfeccionar modelos acerca del modo como determinados procesos relacionales pueden producir distintos tipos particulares de beneficios psicológicos. Además, ya que gran parte de la investigación tiende a focalizarse en variables terapéuticas relativamente superficiales (como, por ejemplo, niveles de colaboración) se necesita investigar y teorizar sobre los sentimientos de conexión, intimidad y encuentro mucho más intensos y profundos que pueden surgir dentro de la relación terapéutica. Sobre esto no sabemos prácticamente nada; y sin embargo, como veremos, estas experiencias de conexión son absolutamente centrales en los informes de los terapeutas acerca de cómo funciona la terapia.

Antes de examinar en mayor detalle el fenómeno de la profundidad relacional, queremos exponer las razones por las cuales consideramos que este tipo de relación puede ser tan importante en la terapia. Por lo tanto, en el capítulo 2 analizaremos diversos problemas psicológicos y mostraremos cómo estos pueden estar íntimamente relacionados con las dificultades que tienen las personas para establecer conexiones profundas en su vida.

2

MALESTAR PSICOLÓGICO:
UNA COMPRENSIÓN RELACIONAL

Dennis

Dennis, uno de mis consultantes (en este capítulo, la primera persona está referida nuevamente a Mick Cooper), era un jefe bibliotecario de cincuenta y tantos años que estaba atrapado en una espiral conflictiva particularmente viciosa con su esposa, Tsui. Dennis estaba muy estresado en el trabajo, pero sentía que no podía contarle a Tsui sus dificultades porque no quería “cargarla” con todos sus problemas. Tampoco quería aparecer como débil y vulnerable ante ella. Lamentablemente, el efecto que esta falta de apertura tenía en su mujer era totalmente opuesto a lo que Dennis deseaba. Ella sabía que algo estaba sucediendo porque él estaba irritable todo el tiempo, pero como él no decía lo que estaba pasando, ella se sentía confundida, creía que él no confiaba en ella y que estaba excluida de su vida. En consecuencia, estaba frustrada y enojada con él, e incluso amenazó con tener un romance con un colega. Esto agravó más la situación. Dennis se enfureció con Tsui; no podía dormir, empezó a rendir menos en el trabajo y en consecuencia estaba todavía más estresado y se volvió más irritable; lo que a su vez llevó a Tsui a sentirse más confundida.

Rebecca

Rebecca, una chef de veintitantos años, era otra de mis consultantes. Vino a terapia esperando sobreponerse a sus sentimientos de depresión y a su creciente adicción al alcohol. En la primera sesión Rebecca habló “ante” mí casi sin parar: acerca de sus problemas en el trabajo, su entrometida madre y, sobre todo, del inútil “peor es nada” de su novio, Ewan. La segunda sesión fue parecida. Para mí era como ser bombardeado por palabras: un incesante torrente de opiniones y críticas demoledoras –todo dicho de manera fría y monótona– con la que era prácticamente imposible conectarse. En la tercera sesión, Rebecca disminuyó un poco el ritmo y comenzó a hablar más acerca de su relación con Ewan, contando que él nunca hacía nada, que ella tenía que organizar todas sus vacaciones y sus eventos sociales, y que él parecía estar más interesado en sus juegos electrónicos que en ella. En esta sesión Rebecca empezó a verbalizar algo de su frustración y enojo hacia Ewan, pero en la cuarta sesión, después de que el joven hubiera pasado todo el fin de semana entretenido con sus juegos, reapareció el muro de palabras. Al ser el receptor de esto, me sentí impotente, silenciado y frustrado, y finalmente decidí compartir con Rebecca algo de lo que estaba sintiendo. “Rebecca”, dije, “realmente estoy tratando de entender lo que te está pasando, pero se me está haciendo difícil ‘engancharme’, encontrar una manera de comunicarte mi sensación acerca de todo esto”. Para mi sorpresa, Rebecca tomó mi feedback con bastante calma y dijo: “Esto es lo que Ewan me dice siempre. Me dice que nunca lo escucho ni lo dejo hablar”. Cuando seguimos explorando esto, Rebeca reconoció que su relación con Ewan había entrado en un círculo vicioso, según el cual cuanto más se retiraba él, más hablaba ella ante él, y entonces él se alejaba aún más. Rebecca sentía que este ciclo era fundamentalmente culpa de Ewan, pero también aceptaba que por lo general le resultaba más fácil hablarle a la gente y decirle qué hacer, que escucharla. Dijo: “Creo que me asusta que si dejo que la gente me diga lo que tengo que hacer, pueda perder el control”.

En muchos aspectos, las dificultades enfrentadas por Dennis y Rebecca son muy diferentes. Lo que las vincula, sin embargo, es que ambos parecen encontrar difícil relacionarse con otras personas en un nivel de profundidad. En el caso de Dennis, el problema parecía ser que le resultaba difícil expresar sus verdaderos sentimientos a su esposa y a otras personas. En el caso de Rebecca, el problema parecía ser menos de expresión y más de “receptividad”, de no ser realmente capaz de aceptar a otros y comprometerse con lo que le estaban diciendo.

Este capítulo se basa en los argumentos presentados en el capítulo anterior, proporcionando nueva evidencia de las razones por las cuales un encuentro en profundidad puede ser tan importante para el desarrollo de nuestros consultantes. Aquí, sostendremos que muchas de las dificultades psicológicas por las que nuestros consultantes nos vienen a ver provienen, como en los casos de Dennis y Rebeca, de la dificultad de relacionarse con otros de una manera profunda o por la ausencia en su vida de relaciones de esta naturaleza. Dicho argumento es consistente con movimientos más amplios dentro de los campos de la psicología y la psicoterapia para comprender los problemas psicológicos en términos interpersonales e intrapersonales: un modelo “relacional” o “dialógico” del malestar psicológico (por ejemplo, Birtchnell, 1999; Segrin, 2001; Storolow et al., 1987; Stuart y Robertson, 2003).

La soledad

La soledad es quizás el problema psicológico más obvio en cuyo núcleo se encuentra una falta de contacto relacional profundo con otros. Este problema es más común de lo que creemos (Duck, 1998). Un estudio en gran escala, por ejemplo, encontró que casi una cuarta parte de las personas se había sentido “muy sola” recientemente (Bradburn, 1969, en Duck, 1998). La soledad también puede ser mucho más dolorosa de lo que muchos suponen. Investigaciones en las que se monitoreaban cada hora los pensamientos y sentimientos de las personas sugieren que “la mayoría de los individuos experimenta una sensación casi intolerable de vacío cuando están solos, especialmente cuando no tienen algo específico para hacer” (Csikszentmihalyi, 2002: 168). La descripción que hace un preadolescente de la soledad transmite poderosamente este sentimiento: “[la soledad es como] estar en un pozo profundo y oscuro, sin nada a la vista, y sin manera de salir. Se siente como un oscuro día lluvioso. Solo ahí, solo sentado ahí en soledad. Es como un azul, un azul oscuro, casi negro, pero entonces también es como un azul claro, lavado y sucio. Es un profundo pozo vacío en el estómago” (citado en Moustakas, 1961: 40). La investigación también muestra que las personas solitarias reportan mayores sentimientos de desesperación, impaciencia, aburrimiento y desprecio por ellos mismos, y son más propensos a sufrir depresión y problemas de salud en general, y a intentar el suicidio (Duck, 1998).

Como la mayoría de nosotros sabe, la soledad es mucho más que solo estar consigo mismo. En realidad, para muchas personas, la soledad es una experiencia profundamente gratificante. También es posible sentirse solo en medio de una multitud. Gavin, por ejemplo, uno de mis consultantes, un muchacho de 20 años muy apuesto, decía sentirse muy solo cuando estaba en el bar con sus compañeros. “Me siento en un rincón”, comentó, “y solo escucho la conversación que sucede a mi alrededor. No es que nadie vaya a hablarme, simplemente no puedo conversar con nadie acerca de lo que me está pasando, lo mal que me siento conmigo mismo y cómo me cuesta levantarme por las mañanas.”

Para personas como Gavin, entonces, el dolor de la soledad tiene mucho menos que ver con la ausencia física de otras personas y se relaciona en mayor medida con una falta de contacto humano genuino. Dice Chris Segrin, un profesor estadounidense de comunicación, “lo que la persona solitaria parece anhelar son amistades significativas e íntimas” (Segrin, 2001: 41). Como muchas otras personas solitarias, Gavin tiene una profunda sensación de que los demás realmente no saben quién es él, que no han llegado realmente a las profundidades de su ser ni han sido testigos del mundo oculto que allí se encuentra. De hecho, Gavin estaba muy consciente de que los demás tenían una imagen particular de quién era él, pero esta imagen era tan incongruente con su propio sentido de sí mismo que hacía que la soledad fuera mucho más dolorosa. La gente conocía su máscara, pero nunca nadie había podido ver la cara detrás de la máscara, y esto era profundamente triste y perturbador para él. Gavin también sentía que él tenía que sobrellevar solo las dificultades y desafíos que enfrentaba en su vida, y que no había nadie que lo ayudara, porque nadie sabía cuáles eran sus luchas. Además, como en muy raras ocasiones se encontraba con otras personas en un nivel de profundidad e intimidad, tenía una honda sensación de alienación, de estar afuera de los nexos de las interacciones sociales cotidianas. Para Gavin, todos los demás parecían saber lo que sucedía; todos los demás parecían conversar entre ellos. Pero él estaba al margen, solo, desconocido.

La soledad de Gavin también provocaba en él un profundo sentido de frustración y pérdida. Aunque estaba consciente de mantener a los demás a la distancia, también deseaba desesperadamente que las personas por las que sentía aprecio lo vieran y lo conocieran. Un malestar psicológico de esta naturaleza tiene particular sentido si proponemos, como hicimos en el capítulo 1, que los seres humanos tienen una necesidad inherente de mantener contacto con otros, de manera tal que carecer de esta cercanía es frustrar uno de los deseos humanos más poderosos. “Aun en la reclusión más profunda”, escribe Hycner, “hay una vaga inquietud del alma que anhela un encuentro genuino con los demás... Es como si la capacidad de diálogo y encuentro verdadero estuviera dormida, en espera de alguien que busque al sí mismo real” (Hycner, 1991: 65, subrayado en el original).

Conflictos interpersonales

Como en el caso de Dennis, los conflictos interpersonales representan uno de los problemas más comunes que los consultantes traen a terapia; y aquí, el tipo de estilos de relación que los consultantes tienen suelen ser la antítesis misma de una manera abierta, íntima y recíproca de comprometerse con otros. En el caso de Dennis, por ejemplo, sus dificultades con Tsui parecían estar íntimamente relacionadas con su tendencia a esconderle sus verdaderos sentimientos –como solía hacer con todo el mundo– y a comprometerse de una manera incongruente e indirecta. Esto tenía diversas consecuencias: primero, como no le decía a Tsui cómo se estaba sintiendo, a ella no le quedaba más remedio que hacer inferencias a partir de la observación de su conducta, y lo que ella veía –su irritabilidad y agresividad– era solo una pequeña parte de lo que a él le estaba sucediendo; pero como esto era todo lo que ella sabía, era a lo que podía responder y, en consecuencia, actuaba hacia Dennis de un modo que lo dejaba sintiéndose incomprendido y herido. En alguna medida, el problema real era que Dennis no compartía con Tsui (ni con los demás) lo que le estaba sucediendo, y aun sin decirlo suponía que ellos, de todos modos, lo sabrían. Entonces asumía, por ejemplo, que Tsui sabría que su irritabilidad era superficial y no estaba dirigida hacia ella, de manera tal que su furia en respuesta a la frustración y rabia de ella se basaba en el sentimiento: “¿Cómo puede ser tan insensible hacia mí cuando ella ‘sabe’ lo difíciles que me resultan las cosas ahora?”. Es interesante que dentro de los campos de la terapia cognitiva e interpersonal esta creencia de que los otros pueden leer nuestra mente –el “mito de la auto-transparencia”– se considera una distorsión cognitiva clave, asociada con las disputas conyugales (Stuart y Robertson, 2003) y con los tipos de personalidad evitativa y paranoide (Kaslow et al., 2003: 233). Desarrollé extensamente este tema en un artículo publicado en una revista (Cooper, 2005).

Otro problema era que como Dennis no le decía a Tsui lo que necesitaba, no obtenía lo que deseaba. Esta falla en comunicar “asertivamente” las propias necesidades es, quizás, una de las principales razones por las cuales algunas personas no obtienen lo que desean en la vida; y, también en este caso, se relaciona en parte con la suposición de que los demás sabrán instintivamente lo que ellos quieren. Lucy, por ejemplo, estaba harta y cansada de que su novio fuera al bar todas las noches. Cuando hablamos de ello en terapia, me explicó que se vengaría saliendo con sus amigas o diciéndole que estaba cavando su propia tumba al beber tanto; pero la idea de decirle de manera honesta y directa “me gustaría que pasaras más tiempo conmigo” simplemente no se le había ocurrido.

Los problemas de Dennis con su esposa, sin embargo, no se limitaban a su dificultad para abrirse con ella con respecto a lo que le estaba sucediendo. Como analizaremos con mayor detalle en el capítulo 3, encontrarse con alguien en profundidad requiere tanto receptividad como expresividad; y parecía que Dennis, y también Rebecca, se resistían a escuchar lo que la otra persona estaba diciendo.

Esta incapacidad de recibir y reconocer a los otros puede ser una fuente de conflictos interpersonales tanto como la incapacidad de sentirse seguros de sí mismos: algo que probablemente estimule en el otro el resentimiento, la frustración y el rechazo. Una persona que en sus conversaciones habla sin cesar, sin permitir que los demás digan nada, probablemente reciba de ellos fuertes respuestas negativas. Jim, por ejemplo, era un hombre de alrededor de 50 años que amaba profundamente a su única hija. Estaba muy orgulloso de todo lo que ella hacía y solía contarle a sus amigos sobre sus logros –la carrera de medicina, los dos nietos–, pero cuando ella venía a visitarlos a él y a su esposa, terminaba sintiéndose rechazado y herido, como si nunca obtuviera el afecto suficiente que anhelaba de ella. La versión de la historia de su hija, Sandra, era esta: ella amaba a su padre, pero cada vez que estaban juntos sentía que él realmente no la escuchaba. Ya fuera que hablaran de política o de su trabajo, siempre sentía que él tenía que saber más, que debía demostrarle a ella y a su mamá cuán inteligente era, como un niño pequeño. Era como si estuviera cerrado a ella y, a pesar de que sabía que él anhelaba con desesperación su amor y atención, sentía que simplemente no podría dárselo. Lo lamentaba muchísimo. Ella intentaba hablarle acerca de cómo se sentía, pero él parecía cerrado a eso también; se volvía muy defensivo y le decía que ella era “demasiado sensible”. Entonces, sin ser realmente capaz de responder y recibir a los otros, Jim encontraba que los demás no le respondían ni lo aceptaban.

Otros terapeutas también subrayaron la importancia que tiene para el bienestar psicológico la capacidad de “recibir” al otro. Yalom (2001), por ejemplo, afirma que la habilidad de ser empático es esencial tanto para los pacientes como para los terapeutas y que deberíamos ayudar a nuestros pacientes a desarrollar esta capacidad hacia otras personas. También Jessica Benjamin (1990), psicoanalista feminista, sostiene que el objetivo de la terapia debería ser que el paciente pueda experienciar a los demás como sujetos más que como objetos. Hycner (1991), vinculando este tema con la relación terapéutica, sugiere que uno de los indicadores de que una persona está lista para terminar la terapia es que pueda ver el proceso desde el punto de vista del terapeuta tanto como desde el suyo propio.

Otra manera de observar este problema es decir que Jim, como otros consultantes que vinieron a terapia, no parecía capaz de comprometerse con la persona real que tenía enfrente. Era como si estuvieran hablando con alguien del pasado (transferencia), alguien que los criticaba mucho o, quizás, en las palabras de Buber: “una corte de apelación ficticia cuya vida consiste nada más en escucharlos [a ellos]” (Buber, 1988: 69). Mikael Leiman (2004), psicoterapeuta finlandés, realizó un interesante trabajo sobre este tema, mostrando cómo nuestra conversación (ya sea externa o interna) siempre se dirige hacia alguien, pero la pregunta sería, ¿es hacia la persona real con quien estamos o es hacia alguien totalmente diferente? Si ocurre esto último, las oportunidades de malentendidos y conflictos interpersonales parecen relativamente altas.

La ansiedad

“La soledad... es la madre de la ansiedad”, afirma E. S. Wolf (citado en Stern, 2003: 109), y es posible que muchas de las formas de la ansiedad también se relacionen con la ausencia de conexiones profundas con otras personas o la incapacidad para establecerlas. Por ejemplo, un individuo podría estar preocupado porque está solo, a cargo de todas sus dificultades, y esto podría ocurrir porque realmente nunca compartió sus problemas con los demás, pues no estableció el tipo de relación en la cual sentirse apoyado o cuidado. Podemos observar esto en la extraordinaria sensación de alivio que muchas personas experiencian tan solo hablando de sus problemas con alguien y percibiendo que los otros saben por lo que están pasando. De hecho, parecería que simplemente sentirse solo aumenta los sentimientos de ansiedad, y quizás esto ocurre porque, como sugiere Csikszentmihalyi (2002), cuando estamos en relación con otras personas y hacemos cosas juntos, no pensamos tanto en nuestros propios problemas y dificultades. Tal vez esta sea la razón por la cual muchos de nosotros experienciamos las mayores ansiedades a las cuatro de la mañana, el momento en el cual todos duermen, incluso nuestra pareja. Sin cierta perspectiva externa de nuestros problemas que nos “sostenga”, nuestras ansiedades pueden fácilmente crecer en espiral convirtiendo la preocupación más pequeña en la mayor de las catástrofes.

Una de las formas de ansiedad que particularmente puede tener su origen en la falta de relaciones profundas es la ansiedad social. Este es el más prevalente de los “trastornos” de ansiedad (Segrin, 2001) y puede ser definida como “la ansiedad que resulta de la perspectiva o la presencia de evaluación hacia sí mismo en situaciones sociales reales o imaginadas” (Segrin, 2001: 44). Las dificultades para establecer relaciones profundas pueden ser un precursor de la ansiedad social por varias razones: primero, si los individuos no experiencian relaciones mutuamente reafirmantes con otras personas, es más probable que consideren que sus interacciones sociales son negativas; de hecho, la evidencia muestra que los individuos con ansiedad social construyen fuertes representaciones acerca de los resultados negativos que tendrán las interacciones con los demás (Stuart y Robertson, 2003). En segundo lugar, y muy relacionado con lo primero, si un individuo no tiene la experiencia de encuentros honestos y abiertos con otras personas es poco probable que sienta con claridad la manera como los otros lo perciben. Y como le faltan relaciones en las cuales los demás lo perciban positivamente, es posible que establezca construcciones erróneas, en una dirección negativa, de la imagen que otros tienen de él. En efecto, así sucede. La investigación muestra, por ejemplo, que las personas con ansiedad social tienden a subestimar su atractivo general y también el interés que ellos pueden transmitir a un compañero mientras sobrestiman la visibilidad de su ansiedad (ver Segrin, 2001). Por supuesto, también debe observarse que la relación entre la ansiedad social y las dificultades para encontrarse con otros en un nivel de profundidad es bidireccional, porque es poco probable que las personas que temen a los contactos sociales tengan facilidad para encontrar intimidad con otras personas. La ansiedad social también está íntimamente relacionada con la experiencia de la soledad (Stuart y Robertson, 2003) y es probable que estas tres formas de ser se complementen y se agraven individual y mutuamente.

La depresión

De todas las formas de malestar psicológico, la depresión es aquella en la cual la falta de contacto interpersonal íntimo se hace más evidente. Los estudios empíricos demuestran, por ejemplo, que las personas deprimidas tienen relaciones menos íntimas, más distantes y de menor calidad (Birtchnell, 1999; Segrin, 2001) y, en muchos casos, carecen totalmente de relaciones cercanas.

La razón por la cual existe esta correlación entre la depresión y la falta de relaciones interpersonales íntimas probablemente se deba a una variedad de factores. Primero y fundamental, como dijimos antes, los seres humanos parecen ser más felices y sentirse más vivos cuando están con otras personas (Csikszentmihalyi, 2002) y esto ocurre en especial cuando el contacto es íntimo. Como afirma el profesor estadounidense de psicología Mihaly Csikszentmihalyi: “Hay pocas cosas tan satisfactorias como compartir libremente los propios sentimientos y pensamientos más secretos con otra persona” (Csikszentmihalyi, 2002: 188). Por lo tanto, si un individuo no tiene en su vida contactos de esta naturaleza, es probable que experiencie niveles más bajos de felicidad, así como la sensación de que se está perdiendo algo y, posiblemente, también sienta envidia hacia los demás. Como segundo factor, está el hecho de que las personas que no se relacionan íntimamente o de manera positiva con otros son propensas a experienciar mayores niveles de conflicto interpersonal, y la evidencia sugiere que esto está profundamente vinculado con los sentimientos de depresión. El 50% de las mujeres deprimidas se encuentra en matrimonios disfuncionales, donde suelen existir procesos de comunicación mordaces y pobres, y en los que hay falta de sincronía y sensibilidad entre los miembros de la pareja (Segrin, 2001).

Sin embargo, no solo la experiencia de relaciones pobres puede ser un factor desencadenante de la depresión: la falta de relaciones positivas también puede serlo. El estudio clásico de Brown y Harris (1978) sobre la depresión en mujeres, por ejemplo, encontró que la ausencia de relaciones íntimas y de confianza era un “factor de vulnerabilidad” clave que hacía que las mujeres fueran más susceptibles a la depresión. En otras palabras, las personas que no tienen relaciones íntimas pueden ser tan felices como las otras cuando todo anda bien, pero cuando comienzan a aparecer los problemas no tienen el apoyo social que las ayude a transitar las dificultades. Por lo tanto, es más probable que la tristeza, el dolor o los sentimientos de pérdida conduzcan hacia una depresión más profunda.

Por supuesto, la razón por la cual existe una correlación entre la depresión y la calidad de las relaciones interpersonales de un individuo también puede deberse a que a las personas deprimidas les cuesta más trabajo encontrar intimidad con otros o tienen una tendencia a alejar a los demás. En efecto, Segrin (2001) sugiere que una de las dinámicas clave en esta situación es que las personas deprimidas tienen una tendencia a buscar consuelo en los demás, solicitudes que inicialmente son recibidas con simpatía, pero que son percibidas cada vez con más irritación y rechazo cuando las exigencias comienzan a repetirse sin cesar. Entonces, no podemos decir que la falta de relaciones interpersonales íntimas haya causado la depresión, pero puede ser un importante factor interviniente que, en consecuencia, le dificulta a la persona restablecer un nivel de bienestar psicológico por las razones previamente analizadas.

La psicosis

A lo largo del siglo XX, varios psiquiatras existencialistas también propusieron que el desarrollo de la esquizofrenia puede atribuirse a la ausencia de relaciones íntimas y dialógicas con otras personas (Laing, 1965; Trüb, 1964; von Weizsäcker, 1964). Su punto de partida es, como dijimos en el capítulo 1, que los seres humanos tienen una necesidad básica de interrelación. Desde este concepto, sostienen que sin dichos encuentros en el plano externo, las personas tenderán a encontrarse a sí mismas en el plano interno, creando así escisiones y fragmentaciones intrapersonales. Buber, sobre cuyo trabajo se basa gran parte de esta teoría, lo dice así:

Si un ser humano no representa el a priori de la relación con el mundo viviente, si no elabora y desarrolla el Tú innato en aquello con lo que se encuentra, se vuelve hacia sí mismo. Se desarrolla en el objeto del Yo innatural e imposible, es decir, donde no existe lugar para su despliegue. Se produce entonces una confrontación dentro de sí mismo y esto no puede ser relación ni presencia, ni interacción fluida, sino solo contradicción consigo mismo (Buber, 1958: 93-4).

Buber sugiere, entonces, que un individuo que no puede alcanzar a un verdadero Otro y comprometerse con él, se las arreglará para crear algún tipo de otredad en el plano interno. Desde esta perspectiva, el diálogo alucinatorio puede ser comprendido como un intento desesperado del individuo psicótico de alcanzar cierto nivel de encuentro, de encontrarse con algo aun cuando no tenga una forma concreta. El psiquiatra alemán Viktor von Weizsäcker utiliza un enfoque similar para explicar la alucinación del individuo esquizofrénico como un doble de sí mismo parado al lado de su cama. Escribe:

Esta ilusión de un doble no es sino la restauración alucinada de un ser-dos (una díada), después de que uno ha alcanzado la insoportable soledad. Es la representación de una síntesis inapropiada de un Yo y un Tú, la fragmentación del yo representa –por un instante– la relación del Yo hacia el Tú que se ha vuelto inalcanzable. Es un sustituto para este último (von Weizsäcker, 1964: 409).

El psiquiatra existencialista escocés R. D. Laing (1965) propuso una interpretación similar de la psicosis. Laing sostenía que las personas predispuestas a la psicosis con frecuencia experiencian patrones de comunicación en los que sus experiencias son invalidadas, distorsionadas, malinterpretadas o “mitificadas”; la antítesis absoluta de un encuentro relacional auténtico y profundo. Por ejemplo, en el libro de Laing y Esterson (1964), Cordura, locura y familia, cuando una de las jóvenes mujeres esquizofrénicas le dice a su madre que la experiencia como dominante, la madre ignora una y otra vez el comentario y en cambio le dice a la hija que ellas “se llevan muy bien juntas” (Laing y Esterson, 1964: 94). Dicha negación, sugiere Laing (1967), se vuelve más ominosa cuando es negada en sí misma; por ejemplo, la madre le dice a la hija que por supuesto ella la escucha, pero continúa repitiendo que su relación es perfecta. Sobre la base del trabajo del antropólogo estadounidense Gregory Bateson (Bateson et al., 1956), Laing también sostiene que “el doble mensaje” puede ser un precursor particularmente significativo de un posterior brote psicótico. En estas situaciones, un individuo recibe amenazas de castigo si hace algo, pero también se le dice –en general en un nivel más solapado– que será castigado si no lo hace. Por ejemplo, a un niño le dicen “¿por qué no vienes y le das un beso a papá?”. Pero cuando se acerca, le dicen “no seas tan cargoso” y cuando se va, nuevamente le vuelven a decir “¿cuál es el problema, no quieres a papá?”.

En estas circunstancias, en las cuales hay un “constante cambio de significado y de posición” (Laing y Esterson, 1964: 96) y en las cuales el individuo siente que “no puede hacer un movimiento sin producir una catástrofe” (Laing, 1969: 146), sugiere que la persona puede recluirse en su propio “mundo interior”. En otras palabras, se retraen hacia una ciudadela privada de la mente y “levantan el puente” para no sentir más que los demás podrían aniquilarlos y así tener cierto sentido de control y certeza. Según Laing, lo que dejan en el plano externo es una cáscara falsa, vacía –por lo general una persona altamente complaciente–, que proyectan hacia afuera del mundo para mantener a los otros fuera de la pista del ser “real”. Sin embargo, como Laing señala, la trágica paradoja es que mientras el individuo más intenta proteger su ser real de esta manera, más se destruye. “Este ser acallado, al estar aislado, es incapaz de enriquecerse a través de la experiencia exterior, y de este modo todo el mundo interior comienza a estar cada vez más empobrecido, hasta que el individuo puede llegar a sentir que es simplemente un vacío” (Laing, 1965: 75). En términos de Trüb, al volverse hacia sí mismo, el individuo se aísla de la profunda “nutrición del alma” que proviene de los otros (Hycner, 1991: 61). La persona, recluida en su mundo “interior”, experiencia una creciente sensación de muerte y desolación, y como sus interacciones con los demás siempre están en un nivel de indiferencia, son percibidas como fútiles e insignificantes. Además, como analizamos en la sección sobre la ansiedad, como el sí mismo nunca recibe el reconocimiento de otra persona y no experiencia el tipo de verificación de la realidad que las relaciones humanas pueden proporcionar, se encuentra en creciente peligro de perder todo contacto con “la realidad” y descender hacia un mundo de fantasía y alucinación.

El soporte empírico de estos modelos existenciales de las psicosis continúa siendo escaso; de hecho, en los últimos años, un creciente cuerpo de evidencia sugiere la existencia de un fuerte componente biológico de la esquizofrenia (ver, por ejemplo, Plomin et al., 2001). Sin embargo, la investigación contemporánea también indica que “las comunicaciones y relaciones interpersonales desempeñan un rol vital en estos severos problemas de salud mental” (Segrin, 2001: 65). En esta revisión de la evidencia, Segrin identifica tres factores en particular que se superponen bastante: primero, como insinuó Laing (1965), las familias de los esquizofrénicos parecen comunicarse en “maneras extrañas, idiosincráticas, ilógicas y fragmentadas” (Segrin, 2001: 71), con focos de atención y significados confusos, y cambios abruptos o desplazamientos en la conversación. Este estilo se denominó “comunicación desviada”. Existe también evidencia de que la esquizofrenia se asocia con altos niveles de “emociones expresadas” en familias en las cuales la comunicación tiende a ser crítica, confusa, invasiva y de alta reactividad emocional (Segrin, 2001). La investigación empírica sugiere que un tercer estilo de comunicación asociado con la esquizofrenia es un “estilo afectivo” negativo, en el cual los individuos con predisposición a la psicosis reciben directamente mensajes críticos, hostiles y poco compasivos durante los conflictos. A partir de tales investigaciones, no se sugiere que ninguno de estos estilos de comunicación cause la esquizofrenia, pero parecería que dichas formas de relaciones interpersonales problemáticas tienen mayor probabilidad de inducir a ciertos individuos a desarrollar este trastorno, así como a favorecer las recaídas después del alta.

Perspectivas de desarrollo

Hasta ahora en este capítulo sostuvimos que muchos problemas psicológicos pueden tener en su núcleo o estar compuestos por la incapacidad de experienciar relaciones profundas con los demás o por carecer de ellas. Los lectores atentos observarán, sin embargo, que en el capítulo 1 dijimos que los seres humanos tienen una capacidad inherente de relacionarse de esta manera con otras personas. Entonces, esto nos hace preguntarnos cómo es posible que los seres humanos no desarrollen esta capacidad de comprometerse profundamente con otros o cómo puede llegar a anularse esta habilidad.

En la sección previa sobre la psicosis ya exploramos algunas formas en las que esto puede suceder. Sin embargo, Stern (2003) (ver también Gerhardt, 2004), en un trabajo reciente con una base empírica más sólida, describió muchas maneras en las cuales un niño puede comenzar a desarrollar representaciones negativas de las interacciones con los demás y puede, entonces, optar por evitar el contacto interpersonal íntimo. Stern se refiere a dichas representaciones como “RIGs”: Representaciones de Interacciones que han sido Generalizadas.

Stern (2003) sugiere, primero, que existe la posibilidad de que el niño experiencie niveles intolerables de sobrestimulación al interactuar con sus cuidadores. Por ejemplo, si la madre de un niño juega constantemente con él, aun cuando este no desee hacerlo, quizás debido a su propia necesidad de cercanía y afecto, él puede desarrollar una representación de las interacciones con los demás que dice “las relaciones con los demás son demasiado exigentes para mí”. En consecuencia, puede tender a evadir el contacto interpersonal o quizás resignarse y mostrarse complaciente en la interacción con otros. Cuando un padre o una madre tiende a invadir y ocupa demasiado espacio en las interacciones, también es posible que el niño sea incapaz de desarrollar suficientemente su propia capacidad de comunicarse e interactuar con los demás, de manera tal que esta habilidad no puede desarrollarse en todo su potencial (Trevarthen y Hubley, 1978). En el peor escenario, si un niño experiencia a su madre como sobrestimulante o sobreprotectora, puede comenzar a temer que su propio sí mismo sea fagocitado por este otro. Entonces, sugiere Laing, “al individuo le aterran las relaciones en sí mismas con alguien o con algo, e incluso consigo mismo, porque la incertidumbre sobre la estabilidad de su autonomía lo deja expuesto al temor de perder su autonomía e identidad en cualquier relación” (Laing, 1965: 44).

Por otra parte, el niño puede experienciar las interacciones con los demás como intolerablemente subestimulantes, quizás porque su cuidador es indiferente, está deprimido o muestra desinterés por él. Esto, entonces, puede conducir al niño a construir representaciones en las que las relaciones son poco reconfortantes y de rechazo. Como consecuencia, puede tender a evitar el contacto íntimo porque siente que puede obtener muy poco de las interacciones con los demás. Stern (2003) también sugiere que puede orientarse hacia lo opuesto, convirtiéndose en un “pequeño actor” como un medio para intentar obtener la interacción, la cercanía y la atención que anhela; y quizás, como adulto, se convierta en una persona incapaz de recibir a otros porque está desesperado para que reciban sus propias experiencias.

Una tercera posibilidad analizada por Stern (2003) es que los cuidadores pueden conectarse selectivamente con algunas de las conductas y emociones del niño. Por ejemplo, una madre puede prestar total atención a su hija cuando está brillante y contenta, pero dejarla sola cuando está triste o enojada. Esto se parece a la idea de Rogers (1959) de que la conducta y las experiencias de los niños están fuertemente influidas por la consideración positiva condicional que reciben de sus cuidadores. Entonces, la niña puede aprender que solo tiene sentido interactuar con los demás cuando está de buen humor; y que cuando se siente malhumorada o deprimida, es preferible quedarse sola. O bien, a través de esta conexión selectiva, el individuo puede desarrollar un sentido muy rígido y estrecho del sí mismo (Safran y Muran, 2000) -por ejemplo, “soy una persona que siempre está feliz”- como un medio para intentar ser el tipo de persona con quien a los demás les gustaría interactuar. Una vez más, esto se parece al pensamiento de Rogers (1959): en este caso, la idea de un “autoconcepto” que sea consistente con las “experiencias del sí mismo” reales. Esta persona podría descubrir posteriormente que solo tiende a involucrarse con otros cuando se encuentra en determinados estados de ánimo.

Una cuarta posibilidad sugerida por Stern (2003) es que los cuidadores no puedan entrar en sintonía con el niño. En esta forma de respuesta, los padres pueden coincidir en alguna medida pero aún no están “alineados” con el pequeño. Por ejemplo, un padre que responde a los grititos de placer de su hija sonriendo con suavidad, pero luego intenta limitar su alegría con palabras como “no te entusiasmes demasiado”. Stern sugiere que dichas formas de desconexión pueden ser especialmente perjudiciales para el niño porque el nivel parcial de correspondencia implica que logran entrar en su mundo, antes de distorsionarlo y destruirlo. Entonces, el niño puede terminar sintiendo que las relaciones con los demás son confusas o frustrantes, o incluso que sus experiencias parecen ser “robadas” en dichas interacciones, y por lo tanto puede tender a protegerse a sí mismo ocultando a los demás lo que está experienciando realmente.

Finalmente, están las conexiones no auténticas, que son muy similares a los tipos de formas falsas o engañosas de comunicación analizadas por Laing (1965). En ellas, los niños pueden desarrollar la idea de que las relaciones con los demás son profundamente desorientadoras, porque las expresiones abiertas de los otros serán experienciadas como incongruentes con lo que parecen estar queriendo decir en un nivel encubierto. El resultado de dichos RIGs suele ser un completo retraimiento hacia su interior.

Por supuesto, cuando sugerimos que los problemas relacionales se producen cuando los padres no pueden conectarse adecuadamente con sus hijos, de ninguna manera estamos insinuando que los primeros deben ser espejos perfectos todo el tiempo. En realidad, es interesante observar que tanto Beebe et al. (2003a) como Safran y Muran (2000) hacen hincapié en que el problema puede ser no tanto el grado de conexión o desconexión, sino si existe o no el potencial de reparar las interacciones cuando estas inevitablemente entran en crisis. Entonces, por ejemplo, si una beba sonríe a su padre y este está tan absorto en sus preocupaciones que no le devuelve la sonrisa, la pregunta es si él será capaz de darse cuenta de esta falta de respuesta y compensarla, o si los intentos de interacción de la niña se perderán para siempre. Cuando el padre puede reparar la interacción, el niño no solamente podrá desarrollar un RIG más positivo, sino que también puede comenzar a aprender que los fracasos en la comunicación son manejables, porque son diferencias en la manera como las personas se sienten y responden. Pero en las situaciones en las que cada crisis de comunicación conduce a una brecha insalvable entre uno mismo y el otro, el niño puede llegar a temer cualquier falta de conexión o sintonía por miedo a que esto signifique una pérdida total de contacto. Más adelante en este libro presentaremos diversos ejemplos de encuentros terapéuticos en profundidad relacional donde un ingrediente clave no solo es que el terapeuta “comprenda” (actúe correctamente) todo el tiempo, sino que esté dispuesto a reparar la interacción si por alguna causa se equivoca.

Con respecto a la manera como se desarrollan los RIGs, también es importante señalar que no estamos sugiriendo que estos se determinan en concreto en edades tempranas y definen la manera de ser de la persona de modo irreversible. Por el contrario, sin lugar a dudas, los RIGs son modificables, si no, ¿cuál sería el sentido de la terapia? Pero con frecuencia lo que puede suceder es que esos RIGs particulares pueden materializarse a través de bucles de retroalimentación. Por ejemplo, una persona cree que las interacciones con los otros le producirán sentimientos de rechazo y dolor, de manera que evita el contacto, lo que hace que los demás tiendan a evitar hacer contacto con ella. Entonces, por supuesto, como observa la evasión de los demás, se refuerza su creencia de que las interacciones conducirán a sentimientos de rechazo y dolor.

Antes de finalizar esta sección, deseamos proponer una última reflexión. Como muchos otros modelos de malestar psicológico, lo que estamos sugiriendo es que, a una edad temprana, los niños internalizan ciertas representaciones de su mundo y estas -cuando son inconsistentes con el mundo real donde habita el adulto- pueden convertirse en la base de problemas psicológicos posteriores. Lo que difiere en nuestra propuesta del modelo de Stern (2003), sin embargo, es que no decimos que los niños básicamente internalizan representaciones de otras personas o partes de otros (como objetos internos), o incluso cierto sentido generalizado de lo que los demás aprobarán [como en el “complejo de consideración positiva” de Rogers (1959)]. En cambio, proponemos que los niños internalizan fundamentalmente cierta idea de cómo se desarrollarán las interacciones con los demás. En otras palabras, el aprendizaje básico del niño no es que “mi madre es una persona que siempre me descalifica”, sino “siento dolor cuando intento acercarme a alguien como mi madre”. Tal manera de conceptualizar las cosas presenta varias ventajas; primero, es un modelo menos abstracto y más “cercano a la experiencia” de cómo la gente da sentido a su mundo: no pensamos tanto en términos de cómo son las otras personas, sino más bien en términos de lo que sucederá directamente cuando interactuemos con ellas. Esto también implica una expectativa no solo de cómo pueden ser los demás en un nivel conceptual, sino en un encuentro real y concreto con otra persona. Comprender esto también aclara por qué es tan fácil “transferir” la experiencia de una persona a otra: porque básicamente no sentimos “fulano de tal es así”, sino “cuando me comprometo de esta manera particular, parecen suceder tales cosas específicas”.

Modos de relacionarse consigo mismo

Hasta ahora, en este capítulo hemos hablado de las relaciones en un nivel exclusivamente interpersonal. Sin embargo, como Rogers señala en su diálogo con Buber (ver Anderson y Cissna, 1997) también podemos hablar de la relación de una persona consigo misma; y también sobre las relaciones entre los distintos “aspectos” o “facetas” de una persona. Lo que propondremos en esta sección, entonces, es que el malestar psicológico puede estar relacionado tanto con dificultades en el encuentro intrapersonal como en el interpersonal.

Antes de hacerlo, sin embargo, podría ser útil una breve digresión. Dentro del mundo del enfoque centrado en la persona (como también en muchas otras áreas de la psicología, la psicoterapia y el counseling) un creciente número de teóricos y profesionales sugieren que los seres humanos pueden ser conceptualizados tanto como una constelación de distintas “partes” -o “configuraciones del sí mismo” (Mearns y Thorne, 2000), “modos” (Cooper, 1999) y “sí mismos” (Barrett-Lennard, 2005)- así como un todo unificado (ver Cooper et al., 2004, para un diálogo reciente entre teóricos de la pluralidad del sí mismo en el mundo del enfoque centrado en la persona y experiencial; y Hermans y Dimaggio, 2004; Rowan, 1990; Rowan y Cooper, 1999, para una revisión más amplia). En otras palabras, mientras Buber (1958) y los pensadores existencialistas antes analizados tendieron a considerar la pluralidad del sí mismo como un estado inherentemente problemático, muchos teóricos ahora afirman que es una cualidad básica de la existencia humana. Lo que estos autores también sugieren, sin embargo, es que hay ciertas formas de pluralidad del sí mismo relacionadas con el bienestar psicológico y otras asociadas con el malestar psicológico, y lo que hace la diferencia es el nivel de comunicación y relación entre las distintas “partes”. Más específicamente, el bienestar psicológico se ha asociado con las relaciones abiertas y dialógicas entre las diferentes partes del ser, mientras que los problemas psicológicos han sido asociados con las relaciones “intrapersonales” competitivas, poco empáticas y abusivas (ver un resumen en Cooper, 2003b).

Uniendo estos argumentos, Mick Cooper (2003b; 2004) sugiere que es posible hablar de dos modos específicos de relaciones intrapersonales: el primero se denomina el modo “Yo-Yo” y el segundo el modo “Yo-Mí”. El modo Yo-Yo es una transposición de la actitud Yo-Tú de Buber (1958) a nivel interpersonal y puede pensarse esencialmente en términos de profundidad de la relación consigo mismo. En este caso, la persona se comunica consigo misma -o de una configuración a otra- de una manera empática y validante, reconociendo los distintos sentimientos, conductas, pensamientos o configuraciones como formas de ser válidas y humanas. En otras palabras, en este modo de relacionarse consigo mismo, el individuo que está abierto a su propia “Otredad” -en términos de Rogers (1986), está en contacto con la parte desconocida de sí mismo- se permite ser impactado y aprender de ella, mientras reconoce que esa Otredad es, en última instancia, una parte de él. Por ejemplo, una persona que tuvo una discusión acalorada con un colega de trabajo puede sentirse mal respecto de su reacción, pero también es capaz de ponerse en los zapatos de su “parte enojada” y comprender por qué llegó a reaccionar con este nivel de agresividad. Esto se parece a lo que Jordan denomina “empatía consigo mismo” y a la manera como utilizaremos el concepto de “aceptación de sí mismo” en el capítulo 8.

El opuesto a este modo de relacionarse consigo mismo en la modalidad “Yo-Yo” es lo que Mick (Cooper, 2003b; 2004) denomina la postura “Yo-Mí”. Esto equivale a lo que Buber llama la actitud “Yo-Eso” hacia los demás. En esta instancia, la persona hace pocos intentos de “ponerse en sus propios zapatos” después de haberse comportado de una determinada manera y de comprender cómo llegó a hacerlo. En cambio, se critica y se deshumaniza a sí misma, o a una parte de ella, o el individuo puede intentar no hacerse cargo de esa parte de sí mismo; por ejemplo: “fue el alcohol/la sociedad/mis padres/mi inconciencia/etc., lo que me hizo hacerlo”. Aquí, la relación entre ambas partes del sí mismo es más monológica que dialógica: una diatriba hacia sí mismo en la cual no hay interés en escuchar a la otra parte del ser, o en reconocer la legitimidad de sus necesidades.

Con respecto al bienestar psicológico, Mick (Cooper, 2003b; 2004) sostiene que esta manera de relacionarse consigo mismo que ha denominado “Yo-Mí” está asociada con la existencia de dificultades psicológicas por varias razones. Lo más obvio es que si una persona se relaciona consigo misma básicamente de la manera crítica o despersonalizada “Yo-Mí”, entonces es probable que su sentido de autoestima sea relativamente bajo, como su estado de ánimo. En segundo lugar, dicha manera de relacionarse consigo mismo probablemente esté asociada con un alto nivel de conflictos internos, responsables de absorber grandes proporciones de su “espacio mental”, dejando al individuo con menor capacidad para lograr sus objetivos cotidianos. Además, hay una tendencia a que las relaciones “Yo-Mí” estén asociadas con la creación y el mantenimiento de partes del sí mismo “sometidas” (Hermans y Kempen, 1993) o “renegadas” (Stone y Winkelman, 1989). Esto es problemático por diversos motivos. Primero, como cada una de las configuraciones del sí mismo contiene una necesidad válida (por ejemplo, ser escuchada o respetada), la negación de una de ellas también supondrá la supresión de un deseo legítimo y saludable. Además, como esta necesidad es parte de la persona, no se irá a ningún lado; y esto significa que puede crear ansiedad en las configuraciones más dominantes, debido a que golpea una y otra vez la puerta de la conciencia exigiendo repatriación. También existe el problema de que mientras la persona más intenta negar o renegar una parte particular de su ser, más difícil se le hace controlarla. Tomando como ejemplo el caso anterior, si la persona reniega de su exabrupto y dice que fue causado por su compañero, sentirá que no tiene ninguna posibilidad de controlarlo; después de todo, ¡no fue ella quien lo creó! Finalmente, si la persona no crea un puente de comunicación con las partes sometidas y renegadas, entonces estas tomarán el poder -y lo harán, porque son una parte legítima del organismo total- y la persona no tendrá forma de “responderle” a las configuraciones más “adultas”. En otras palabras, cuando la empleada actúa su parte iracunda no puede escuchar las voces de su adulto interior, ni siquiera a su crítico interno, porque no se construyeron puentes de comunicación entre ambas partes.

La hipótesis de que los problemas psicológicos se relacionan con las dificultades en la manera como una persona se comunica consigo misma ha sido desarrollada muy recientemente por otros psicólogos y psicoterapeutas interesados en el modelo de la pluralidad del sí mismo (por ejemplo, Semerari et al., 2004). Los estadounidenses John y Paul Lysaker (2002; 2004), filósofo y psicólogo respectivamente, sugieren que las personas con esquizofrenia tienen un diálogo interno interrumpido o suspendido de modo tal que solo pueden hablar consigo mismos o con los demás de maneras monológicas. También el terapeuta cognitivo italiano Giancarlo Dimaggio advierte que muchos pacientes con “trastornos” disociativos y ciertos “trastornos” de personalidad pueden experienciar una forma “desorganizada” de diálogo interno en el cual “su teatro mental está habitado por una multitud de personajes, cada uno de los cuales ocupa de modo caótico el centro del escenario y clama urgentemente por hablar, sin esperar a que otro plantee la pregunta o a que se satisfagan sus deseos” (Dimaggio et al., 2004: 192).

Conclusiones

En este capítulo hemos sugerido que muchas de las formas de malestar psicológico pueden originarse en una falta –o ausencia– de relaciones en profundidad, ya sea con los demás o consigo mismo. Además, parece probable que las que aquí analizamos solo sean algunas de aquellas en las cuales pueden estar implicadas las dificultades con los encuentros en profundidad. Dentro del espectro de trastornos autistas, por ejemplo, parecería que la incapacidad de empatizar con otros y las insuficientes habilidades de comunicación fueran un común denominador del síndrome (Comer, 1998); y algunos teóricos ahora están comenzando a relacionar el autismo con las dificultades interpersonales a través del mecanismo de los déficits de neuronas espejo (Williams et al., 2001; Wolf et al., 2001; ver también el capítulo 1). Asimismo, Segrin (2001) describe un abanico de problemas psicológicos en los cuales pueden jugar un rol las dificultades interpersonales, entre los que se encuentran el desorden bipolar, los trastornos de personalidad, el abuso de sustancias y los trastornos alimentarios.

Además de ser factores causantes y predisponentes, también podría suceder que las dificultades en las relaciones interpersonales moderaran y mediaran el nexo entre las dificultades de la niñez temprana y los problemas psicológicos posteriores. Whiffren et al. (1999), por ejemplo, encontraron que los sobrevivientes de abuso sexual infantil estaban más protegidos contra la depresión cuando percibían que sus relaciones eran de alta calidad y eran más vulnerables a deprimirse cuando estas no lo eran. Esto lleva a Segrin a sugerir que “el abuso sexual infantil puede causar depresión posterior porque predispone a la gente para las dificultades interpersonales que interfieren con el establecimiento de la intimidad con otros” (Segrin, 2001: 40).

Antes de concluir este capítulo, sin embargo, parecería importante hacer algunas advertencias. Primero, aunque sugerimos que los problemas psicológicos pueden estar relacionados con las dificultades en establecer o experienciar conexiones íntimas con los demás, no estamos sugiriendo que las personas deban relacionarse con los otros y consigo mismos consistente y exclusivamente de esta manera. Como Buber y muchos otros teóricos sugieren (por ejemplo, Birtchnell, 1990; Greenberg, 2005; y Safran y Muran, 2000), los seres humanos tienen una necesidad de distancia interpersonal tanto como de intimidad, y parecería que un nivel saludable de funcionamiento psicológico incluye ambos. Entonces, no estamos insinuando que la separación de los demás o de sí mismo sean inherentemente problemáticas; simplemente decimos que cuando esta es la única manera como una persona se relaciona consigo mismo o con los demás, muy probablemente dé lugar a dificultades psicológicas.

En este libro tampoco sugerimos que todas las formas de malestar psicológico pueden ser reducidas a dificultades con las relaciones íntimas. Por lo tanto, no estamos diciendo que la profundidad relacional sea la panacea terapéutica. Claramente, para algunos pacientes los problemas están más asociados con las dificultades relacionales que para otros, de modo tal que un encuentro terapéutico en profundidad tendrá distinto valor para cada consultante. Por ejemplo, un consultante que tiene muchos amigos cercanos pero que no puede decidir qué desea hacer con su futuro, puede necesitar menos un encuentro terapéutico en profundidad y más una exploración cognitiva de sus diversas posibilidades. Sin embargo, lo que sugerimos en este capítulo es que los problemas para encontrarse con los demás y consigo mismo en un nivel de profundidad pueden ser más prevalentes de lo que suponemos y estar implicados en un amplio rango de dificultades psicológicas. Por lo tanto, aunque un encuentro en profundidad relacional no sea el fin en sí mismo de toda terapia, puede ser un elemento clave para ayudar a los consultantes a superar las dificultades que traen a la terapia. En el siguiente capítulo exploraremos con mucho más detalle cómo puede ser un encuentro de esta naturaleza.

Бесплатный фрагмент закончился.

811,28 ₽
Возрастное ограничение:
0+
Дата выхода на Литрес:
09 июня 2025
Объем:
332 стр. 4 иллюстрации
ISBN:
9789871301942
Издатель:
Переводчики:
Правообладатель:
Bookwire
Формат скачивания:

Похожие книги